Emperor Children
Emperor Children
First edition
Proyecto Scriptorum v
Warhammer 40k vi
Prólogo viii
I Parte I
Capítulo 1 3
Capítulo 2 18
Capítulo 3 51
Capítulo 4 64
Capítulo 5 85
Capítulo 6 107
Capítulo 7 125
Capítulo 8 148
Capítulo 9 165
Capítulo 10 187
Capítulo 11 208
II Part Two
Capítulo 12 245
Capítulo 13 253
Capítulo 14 258
Capítulo 15 269
Capítulo 16 285
Capítulo 17 299
Capítulo 18 320
Capítulo 19 347
Capítulo 20 356
Capítulo 21 393
Capítulo 22 399
Capítulo 23 405
Capítulo 24 420
Capítulo 25 438
Capítulo 26 446
Capítulo 27 495
Capítulo 28 520
Epílogo 543
Sobre la traducción 545
About the Author 546
Proyecto Scriptorum
v
Warhammer 40k
vi
interminable sucesión de carnicerías. Es experimentar
gritos de desesperación y dolor sofocados por las
carcajadas ávidas de oscuros dioses.
vii
Prólogo
viii
él ansiaba sentir. Era la dicha suprema. Tenía que
ser la felicidad, la sensación más sublime. ¿Por qué
si no estarían dispuestos los seres a dar sus vidas por
otros?
Ahora ella tenía su vida y él la suya. Había ex-
plorado los límites de las sensaciones: violencia y
asesinato, traición y degradación. Pero esto era algo
más retorcido para su mente. Sentirse cómodo. Ser
vulnerable.
Un revoltijo en su estómago lo hizo moverse en su
abrazo, tratando de restablecer el equilibrio de poder.
Dos almas danzaban alrededor una de la otra, reor-
ganizando impulsos, pensamientos y sueños, antes
de fusionarse de nuevo. Dos almas entrelazadas. Dos
almas en un solo cuerpo.
Ella era suya, se recordó a sí mismo. Siempre lo
había sido.
Y entonces ocurrió algo. Algo resplandeciente y
hermoso, algo nuevo. Él lo ignoró, enfocado, aún
buscando la dicha con la tenacidad de un cazador.
Pero ella lo vio, y titubeó, distraída. Se apartó. Su
piel suave como la seda se deslizó entre sus dedos,
su cabello fluyendo como gasa. Ella era suya, ¿por
qué se alejaba? Extendió la mano con todo su ser,
anhelando acercarla, deseoso de su calor.
—No te vayas… —Susurró, pero las palabras se
desvanecieron en su boca seca.
Ella era como humo, escurriéndose entre los dedos
ix
de él. Sus corazones latían al unísono, y él lanzó
un grito sin voz, buscando desesperadamente su
contacto, palpando a tientas hasta encontrar una
mano.
Tiró de ella. Su cuerpo cedió. Hubo una breve lucha,
un retorcimiento, antes de que ella se entregara. Se
fundió en él, y él suspiró, sintiendo la sensación que
lo envolvía. Su piel suave, su aroma embriagador, su
alma…
Las manos de ella se deslizaron por su abdomen,
recorriendo la piel aceitada, sorteando cicatrices y
contornos, hasta llegar a su pecho, apenas rozando
el musculoso relieve que cubría su esternón. As-
cendieron más, rodeando su garganta, las uñas afi-
ladas como alfileres sobre su piel desnuda, listas para
clavarse.
Aplicó presión, con firmeza, y el placer se convirtió
en dolor.
Xantine regresó a la realidad con un ahogado jadeo.
Sintió las manos alrededor de su cuello, la suavi-
dad contrastando con el férreo agarre. Las uñas se
hundieron en su piel, y el calor de la sangre derra-
mada se enfrió al tocar la cerámica de su armadura
Mark IV, tiñendo su cuello.
Luchó por apartar al atacante, pero no encontró
a nadie. Tragó saliva con fuerza, el aire finalmente
llenó sus pulmones, aliviando la opresión. Respiró,
primero superficialmente, luego controlando con-
x
scientemente su ritmo cardíaco. Había dejado atrás
su adoctrinamiento hacía milenios, pero aún record-
aba cómo dominar su propio cuerpo.
Inhaló profundamente. El aire tenía un sabor rico
y dulce en su boca, como la fruta madura bajo el
sol. Como estar en casa. Sus pupilas dilatadas se
contrajeron lentamente, adaptándose a la realidad
que lo rodeaba.
La cacofonía envolvía la nave. Las sirenas ululaban,
su música desafinada y, para el refinado gusto de
Xantine, exquisita. Ansioso por perderse en su sin-
fonía, pero conocedor de su ominoso significado: la
fragata Exhortación había emergido de la disformidad
más temprano de lo previsto. Él y su heterogéneo
grupo de Adorados1 , conformados mayormente por
Marines Espaciales Hijos del Emperador2 tachados
1
Los Adorados: Son una banda de saqueadores de los Hijos
del Emperador liderada por el Maestro de Guerra Xantine.
Los Adorados se quejan de su existencia como pequeños
incursores, amenazando el liderazgo de Xantine cuando lideró
a los Adorados en una incursión a un mundo Imperial que había
quedado aislado por las Tormentas Disformes.
2
Hijos del Emperador: Fueron la III Legión de Marines
Espaciales que el Emperador creó para su Gran Cruzada. Su
Primarca es Fulgrim, y su mundo natal era Chemos. Durante la
Herejía de Horus se unieron al Señor de la Guerra Horus contra
el Imperio, y cayeron en el culto a Slaanesh, convirtiéndose
en psicópatas hedonistas que viven por experimentar nuevos
excesos.
xi
como Traitoris Extremis por el Imperio, se dirigían a
encontrarse con los remanentes dispersos de la III
Legión. El viaje era arduo y largo, con semanas o
quizás meses por delante.
Una oleada de adrenalina inundó su sistema, el
efecto potenciado por los tratamientos de los apote-
carios3 de los Hijos del Emperador, aplicados mile-
nios atrás. La realidad se afiló a su alrededor.
Desde su trono en la cámara de placer de
Exhortación, Xantine observaba una paleta de colores.
El dorado de las lámparas de araña colgantes,
impregnadas de verdín tras siglos de exposición
al vacío. Tonos azules que se desvanecían en la
3
Apotecario: Son cirujanos de combate que suelen hallarse en
casi todas las Escuadras de Mando de los Marines Espaciales y
Marines Espaciales Primaris. Bajo el estandarte de la Escuadra
de Mando, los veteranos de la Compañía pelean con destreza y
arrojo mientras su Apotecario se afana en restañar a los heridos.
Los Apotecarios son los encargados de la importante tarea
de mantener la pureza genética del Capítulo y recuperar las
glándulas progenoides de los hermanos de batalla caídos. Por
este motivo, están versados en las artes del auxilio médico en
el campo de batalla, así como en cirugía avanzada, cibernética
y bioingeniería. También deben ser guerreros de gran potencia
y valentía inquebrantable, ya que su lugar está en el corazón
sangriento de la batalla. La función principal del Apotecario
es de asegurarse de que cada uno de sus hermanos caídos en
esencia no muera nunca. Por eso su carga es recuperar la
glándula progenoide, siempre que sea posible, para asegurarse
de que en caso de una pérdida de un hermano de batalla se
pueda evitar al máximo.
xii
oscuridad, rincones ocultos en la vasta negrura que
la cálida luz anaranjada de las velas no alcanzaba.
Yacían pieles humanas, desolladas y suspendidas
entre ganchos, teñidas de bronce, beige, ocre y
marrón, como testigos silenciosos de antiguas
agonías.
Bajo el trono, en un espacio que parecía el escenario
de una ópera, fluían torrentes de turquesa y cian,
salpicados de magenta y salpicados de amarillo,
blanco o plata. Los colores danzaban sobre las
armaduras de sus guerreros. Sus Adorados se en-
frentaban con sables de duelo afilados o compartían
cuencos de narcóticos, llenando el aire con un aroma
embriagador.
Y en medio de todo, el rojo. Un mar de rojos:
carmesí, bermellón, rubí y vino, salpicado en los
cogitadores4 y los frescos de las paredes. Incrustado
en tapices que oscilaban ligeramente al son de una
melodía discordante, y teñido en las pesadas cortinas
que enmarcaban la ventana hacia el vacío.
Detrás de las pesadas cortinas, a través de una am-
plia abertura, una joya. Una perla rosada, delicada y
perfecta, flotaba en la negrura como si reposara sobre
4
Cogitador: Es el término imperial para designar a los
ordenadores. Producidos por el Adeptus Mechanicus, se dice
que los Cogitadores tienen un Espíritu Máquina altamente
inteligente, pero que no se acerca al de la verdadera Inteligencia
Artificial.
xiii
un cojín de terciopelo. Brillaba, hermosa y recién
nacida. De todos los rincones del cosmos, Exhortación
emergió de la disformidad en las cercanías de un
mundo recién formado.
—Una joya —susurró una voz en su mente. Una
voz que no se escuchaba, pero se sentía. En sus
manos, en sus músculos, en sus huesos, en cada fibra
que compartían. Aquella que lo abrazaba como un
amante; aquella cuyas manos habían acariciado su
garganta.
S’janth.
—Un bonito adorno, pero una distracción. Me lo
prometiste, mi amor.
Ella carecía de forma en este plano de realidad, al
menos no en la forma que conocemos, pero Xantine
percibía su mirada fiera, hambrienta. Sentía su
deseo, siempre acechando cerca de la superficie. Era
un dolor que lo consumía todo. Como siempre.
Ella era el deseo personificado, una de las consen-
tidas del Príncipe Oscuro Slaanesh5 , que, a pesar de
su privilegiada posición junto a él, había abandonado
los lujosos confines de su palacio para saborear los
placeres de la galaxia.
Él la había capturado, o tal vez ella lo había cap-
5
Slaanesh: Es el Dios del Caos de la lujuria, el exceso, el dolor,
el placer, la perfección y el hedonismo. Fue el último de los
Grandes Poderes Ruinosos en nacer, con el derrumbe de la
civilización Eldar.
xiv
turado a él, en el mundo de Kalliope. Ella había
ido demasiado lejos, demasiado imprudente en su
desesperación, y había sido atrapada por los aeldari6 ,
encerrada lejos de las sensaciones, de la satisfacción
y de todo lo que la completaba durante milenios,
hasta que Xantine la liberó, compartiendo su forma
física con ella a cambio de su poder. Aunque de-
bilitada por milenios de cautiverio, su fuerza era
intoxicante.
—El Señor de los Excesos me espera. Me necesita. Nos
necesita.
Su poder había otorgado a Xantine su propia banda
de guerra, sus Adorados, y su propia nave. Le había
dado la fuerza para liberarse del yugo de Abaddon,
6
Eldars (Aeldari): Antigua raza de gráciles xenos humanoides.
Antaño dominaron la galaxia, pero actualmente se están
extinguiendo. Tras la Caída de los Eldars, perdieron sus
principales mundos natales, y hoy día están dispersos
por las estrellas. Son la raza inteligente más antigua y
tecnológicamente avanzada de la galaxia, después de los
Ancestrales y los Necrones. Antes de la caida de su civilizacion
los eldar se llamaban a si mismos Aeldari. Los que escaparon
de la destrucción en sus mundos atronave son conocidos como
Asuryani. El nombre Eldar fue simplemente con el que se dieron
a conocer al Imperio de la Humanidad durante sus primeros
contactos. Los Exoditas son los Aeldari que se exiliaron de los
mundos de origen de su imperio a planetas coloniales llamados
Mundos Virgenes para evitar el cataclismo que se avecinaba.
xv
despojando el negro de los Hijos Tormentosos7 del
Señor de la Guerra para adoptar el púrpura real
y el rosa desenfrenado de sus propios Hijos del
Emperador. Había clarificado su propósito.
—Debemos seguir adelante, mi amor. No te dejes
seducir por los bajos placeres. Slaanesh puede ofrecerte
mucho más.
El mundo flotaba más allá de la ventana. Lo con-
templó, voraz.
7
Hijos Tormentosos: Es un grupo de Marines Espaciales del
Caos adoradores de Slaanesh bajo el mando de varios Señores
del Caos de Slaanesh provenientes de la Legión Negra, como
Devram Korda y Zagthean el Roto. Los Hijos del Tormento son
despreciados por los Hijos del Emperador, que los ven como
traidores a Fulgrim y marionetas de Abaddon.
xvi
I
Parte I
Capítulo 1
E
l incensario se balanceaba como un péndulo.
Arqat lo contemplaba, inmóvil. Forjado en plata
labrada y exhalando un humo gris nauseabundo,
desaparecía momentáneamente en su propia estela,
solo para emerger de nuevo, como un cometa
hediondo en trayectoria inversa. El olor penetrante
asaltó las fosas nasales de Arqat, quien se frotó
la nariz y apartó la mirada del libro que estaba
transcribiendo.
Un golpe resonó y, al instante, un dolor agudo se
clavó en sus omóplatos.
—¡Concéntrate, muchacho! —Vociferó Gospeler
Lautrec, aferrando su bastón con las manos cruzadas
a la espalda. Arqat observó, con un rostro demasi-
ado juvenil para ocultar su fastidio, cómo Lautrec
continuaba su eterno paseo entre los bancos de la
Catedral de la Cosecha Generosa.
Maldijo en voz baja y volvió a centrar la vista en
la página frente a él. Era absurdo. Estaba en su
decimonoveno ciclo, en formación para convertirse
3
en adepto del Ministorum8 , era un hombre, pero esta
gárgola de sacerdote lo trataba como a un niño.
Arqat aborrecía las manos del viejo sacerdote. La
piel, pálida como un espectro y tan frágil que se
desgarraba sobre sus nudillos como papel rasgado,
dejando pequeñas gotas de sangre en el pergamino
que entregaba a sus discípulos. Serrine era un mundo
bendito, decía su padre, donde los privilegiados
podían rejuvenecer en las aguas del Tratamiento
Rejuvenat9 . ¿Por qué Lautrec despreciaba esa bendi-
ción?
Y, sobre todo, ¿por qué Arqat tenía que soportarlo?
—Tradición, Arqat —había musitado su padre,
recitando las reglas para los hijos vasallos antes de
que Arqat pudiera rebatirlo—. El primogénito para
8
Adeptus Ministorum: Más conocido como la Eclesiarquía, es la
iglesia estatal oficial del Imperio de la Humanidad. Su misión es
mantener y promover el culto al Emperador de la Humanidad
como el único y verdadero Dios de la Humanidad. También
administra y extiende el Culto Imperial a lo largo y ancho del
Imperio. A pesar de que la interpretación de ciertos dogmas
del Credo Imperial varía según el planeta, cualquier desviación
extrema de sus estructuras o teología es considerada como
herejía y castigada con gran severidad por la Eclesiarquía o,
en casos extremos, por el Ordo Hereticus de la Inquisición
imperial.
9
Tratamiento Rejuvenat: Tratamiento utilizado por el Imperio
para prolongar la vida de los mortales. Si bien son efectivos
para expandir en gran medida la vida de uno, en última
instancia no logran evitar la muerte eventual.
4
su señor, el segundo para los señores, el tercero para
el Señor de todos.
Su hermano mayor había abandonado el hogar
antes de que Arqat pudiera atesorar recuerdos; sus
deberes como asistente del subsecretario de logística
del planeta se habían establecido entre el tatarabuelo
de Arqat y el titular hereditario del título nobiliario
generaciones atrás. Arqat no envidiaba su existencia,
aunque solo fuera porque, en las escasas ocasiones
en que se reunía en la mesa familiar cuando su amo
estaba de expedición cazando en el océano de hierba,
o recuperándose de una de sus incursiones clandes-
tinas a los tugurios más sórdidos de la infraciudad,
parecía que su hermano tenía que hacer tantas copias
de documentos como él.
Pero su hermano mediano, Telo, ¡oh, vivía una
vida digna de envidia! Estaba forjando su destino:
manteniendo la paz en la milicia planetaria. Arqat se
había quedado embelesado escuchando a su hermano
narrar hazañas de entrenamiento que lo habían he-
cho astuto, fuerte y valiente. Historias de incursiones
bajo la línea de niebla y en las sombras de la ciudad
para enfrentar a contrabandistas despreciables y
poner fin a sus operaciones ilícitas.
Su hermano, siempre más grande y robusto que
Arqat, había crecido aún más alto y fuerte bajo el
régimen químico de la milicia, hasta que, solo dos
ciclos mayores que Arqat, era una cabeza y media
5
más alto que su padre.
Y allí estaba Arqat, atrapado en una catedral de-
crépita, copiando escrituras por enésima vez por
razones que sólo el Emperador alcanzaría a compren-
der.
De todas formas, podía recitar la historia de memo-
ria. Solía pedírsela a la niñera antes de dormir,
junto con su hermano, hasta que a Telo empezaron
a salirle vellos debajo de los brazos y decidió que ya
era demasiado mayor para cuentos infantiles. Arqat
pronto lo siguió en la pubertad, pero aún disfrutaba
de la historia y, cuando Telo estaba ocupado jugando
a la guerra con otros chicos de la academia, a veces
pedía a la niñera que se la contara. Descansaba
la cabeza en su hombro mientras ella se mecía en
su silla de ruedas, con sus rizos grises y rebeldes
rozando su mejilla.
Era una historia fundamental, los cimientos de su
mundo. Ahora la veía plasmada en el libro que estaba
copiando, con palabras e ilustraciones simples que
hasta un niño entendería. El pergamino estaba
desgastado y la tinta se desvanecía, pero la imagen
seguía siendo vívida y clara.
—Hubo una vez un mundo —comenzaba a decir
Nanny— con abundancia de dolor.
Un círculo gris yacía en la página, oscuro y perfec-
tamente vacío.
—Desde su Trono Dorado, nuestro señor de-
6
scendió a la tierra.
Una figura resplandeciente, descendiendo del cielo,
con su larga cabellera formando un halo ondulante
alrededor de sus rasgos perfectos.
—Él trajo la redención, la abundancia para todos.
Una luz dorada irradiaba desde lo alto, iluminando
las cuatro ofrendas ceremoniales que simbolizaban
a Serrine: la gavilla de hierba, la hoja de trillar y
las dos copas, una con agua y la otra con savia de
Solipsus. Cuatro ofrendas, sostenidas por cuatro
brazos. Su padre había mencionado que el Salvador
debería haber tenido solo dos brazos, pero el libro
de Nanny representaba una desviación de la forma
humana que cada vez adoptaban más creyentes.
—Regresó a nosotros en tiempos oscuros.
La figura se alzaba entonces imponente, montando
el mundo, envuelta en una armadura del color de la
principal exportación de Serrine. El color de los reyes
y emperadores.
Un púrpura profundo, imperial.
La hierba susurraba sus secretos por la noche.
Cecily había aprendido su lenguaje en su niñez, en
el precipicio que separa la verdadera infancia y el
considerarse con “la edad suficiente”, lo suficien-
temente fuerte, lo suficientemente educada para
trabajar en las trilladoras o en el mantenimiento de
las tuberías de riego. Se escapaba furtivamente por
la noche, en las escasas horas que le quedaban para
7
dormir, y se tumbaba al borde de los campos donde
la hierba se alzaba como un muro, cada brizna de
un suave rosa tan fuerte como un cable y tan ancha
como la cabeza de un hombre, escuchando el susurro
de las hojas al viento.
La hierba hablaba de bestias y bárbaros que pasa-
ban sus vidas en su seno, y de lugares, lugares
especiales alejados de las ciudades y fuera del alcance
de las trilladoras, donde los visitantes incluso podían
ver el cielo. La hierba se extendía a lo largo de la exis-
tencia, le había dicho su abuelo: de este horizonte a
aquel, y de vuelta. Ella nunca había visto el horizonte,
ni siquiera había estado por encima de la línea de
niebla, pero la hierba le decía que su abuelo tenía
razón.
Susurra sobre las trilladoras, esos colosos agrícolas
que trazan surcos interminables en sus dominios,
cortando y desgarrando el crecimiento antiguo y
reciente. Estas heridas cambian su matiz, debilitán-
dolo, aterrándolo o enojándolo. Murmura sobre el
agua, los miles de kilómetros de tuberías de riego que
derraman un flujo constante de líquido enriquecido
con fertilizante sobre la tierra reseca. Su primo Sol
trabajaba en estas tuberías, supervisando su estado
desde su planeador, escudriñando con unos magnoc-
ulares agrietados para detectar rupturas que luego
informaba a la base para su reparación. El abuelo
decía que Sol tenía un talento innato para volar, y
8
ella había creído durante años que así funcionaba:
que tu destino estaba predestinado cuando llegabas
a este mundo. Que el Emperador, en su sabiduría in-
finita, vigilaba a todos los miles de millones de bebés
nacidos en su Imperio y les asignaba un propósito al
nacer, mojados y llorosos. El abuelo se había burlado
cuando se lo mencionó y le había dicho que no era
así, pero ella no estaba tan convencida. Todavía no
lo estaba.
Inquirió por Sol en la hierba, una semana después
del cálido día en que no regresó a casa. Quería saber
si lo había atrapado una de esas bestias voladoras,
esas formas planas y ondulantes que pendían del
cielo, escudriñando la hierba con ojos bulbosos, o
si lo había atravesado un bombardero en picada, su
pico de un metro cortando su columna vertebral
mientras lo llevaba al suelo blando. ¿Habría fallado
su planeador y una de sus alas se habría despren-
dido por uso excesivo? Los mecánicos de la ciudad
hacían lo que podían, pero los recursos siempre eran
limitados y todo lo que bajaba por las tuberías desde
arriba solía ser descartado. ¿O simplemente se había
estrellado y el éxtasis de volar había trastornado
su mente y acabado con su vida? Planteó todas
estas posibilidades a la hierba, pero esta la ignoró,
continuando su cántico sobre sí misma.
Murmura sobre la ciudad. La ciudad tintinea,
humea, zumba, una mancha que desfigura su im-
9
pecable tono rosado. Anhela envolver la ciudad como
un glóbulo blanco, consumir su mal hasta que todo se
quede en silencio, nada más que el suave susurro del
viento sobre la hierba. Pero por ahora, se conforma
con rodear la ciudad, creciendo incluso cuando la
talan, forzando a las diminutas criaturas que habitan
en su seno a construir hacia arriba, siempre hacia
arriba, hasta que se encuentran por encima de las
nubes. Se pregunta si allí arriba podrían divisar la
luz del Emperador.
Sí, la hierba siempre había susurrado y ella había
escuchado, pero esta noche… esta noche era distinta.
Esta noche, sus palabras iban dirigidas directamente
a ella. Podía percibirlas desde el tercer subsuelo de
su bloque residencial en la refinería, atravesando
el denso ferrocemento y la tierra húmeda. La sacó
del letargo mientras danzaba al borde del sueño,
arrancándola de su litera, despojándola de su cobija
raída y llevándola más allá de las figuras inmóviles
de sus compañeras de turno. Siguió el camino que
había recorrido de niña, más allá de las barricadas
que marcaban el confín de la urbe subterránea, más
allá de las trilladoras, con sus motores en reposo
hasta el próximo día de labores, hasta llegar al borde
del vasto océano de hierba.
Se detuvo un instante, con la mano extendida y la
palma apoyada en un tallo fibroso. La vegetación
era densa y vigorosa, lista para la cosecha. En otros
10
tiempos, ya la habrían segado, cortándola desde la
raíz con cuchillas zumbantes antes de cargarla en
enormes receptáculos semejantes a los abdomen de
escarabajos voraces, montados en la parte trasera de
las trilladoras. De allí, sería triturada, molida y pul-
verizada en las refinerías que yacían en el corazón de
la metrópolis subterránea. Sus chimeneas exhalarían
una neblina pastel cuando la hierba se redujera a sus
componentes básicos, una bruma dulzona y pene-
trante del mismo matiz que las nubes que ocultaban
el firmamento.
Y una vez finalizado el proceso, ya no sería más
hierba. Se transformaría en una sustancia espesa,
picante, del tono púrpura de un hematoma en fase de
cicatrización: la droga que daba sentido a su universo.
Su abuelo afirmaba que ayudaba a rejuvenecer a las
personas, que los refinados habitantes que mora-
ban sobre las nubes mentían, engañaban e incluso
mataban por ella. Ella no comprendía por qué debían
recurrir a tales extremos. ¿Por qué no descendían
hasta aquí? Había suficiente hierba para todos.
Un ligero susurro captó su atención y se internó
en el campo. Las hojas ondulantes la rodeaban,
cada una más alta que un hombre y la mitad de
gruesa. Sabía que la ciudad estaba justo detrás de ella,
inmensa en su escala, pero la neblina empalagosa
la convertía en una forma difusa, y sintió que su
orientación se desvanecía. La bruma le irritó las fosas
11
nasales y se deslizó por su garganta, pesándole en
los pulmones. Tragó saliva con fuerza, buscando
el alivio que aplacara el palpitar acelerado de su
corazón. Y entonces, la hierba volvió a hablarle.
—Calma —susurró la hierba. Inhaló profunda-
mente y sintió cómo el ritmo entrecortado de su
pecho comenzaba a calmarse—. Sigue adelante
—le instó la hierba mientras ella avanzaba entre
las flexibles hojas, abriéndose paso en el perfecto
mar rosa—. Continúa, estás cerca —le alentó la
hierba con un tono sereno, como el de una madre
tranquilizando a su bebé.
Efectivamente, estaba cerca. En ese momento
no necesitaba que la hierba se lo recordara. Podía
escuchar las voces, distorsionadas por el viento y
amortiguadas por la niebla, pero aún resonantes y
poderosas, elevándose al unísono. Percibía el sonido
vibrante de un tambor, la piel estirada de uno de los
depredadores caninos que acechaban en manadas
por esos prados, tensa sobre alguna tubería o pieza
de motor de una trilladora. Y aún podía oír la hierba,
por encima de todo eso, guiándola hacia su destino.
—Ha llegado el momento.
Abrió paso entre las hojas y contempló un quiebre
en el mundo. Una amplia depresión había sido
excavada en la tierra, lo suficientemente ancha y
profunda como para albergar a un millar de per-
sonas. Cientos ya se encontraban allí, agrupados
12
en escalones de tierra delineados, y mientras per-
manecía en el borde de ese anfiteatro improvisado,
observó cómo se agregaban más: trilladores curtidos,
lavadores de semblantes marchitos, obreros de las
refinerías. Incluso bajo la luz lechosa de la luna,
pudo distinguir que muchos tenían la piel teñida de
púrpura y la distintiva falta de cabello que su abuelo
atribuía a la exposición a los productos químicos
segregados por la hierba.
Reconoció rostros entre la multitud. Estaba Doren,
cuya hija solía jugar con ella de pequeña, hasta que
se unió a una banda de trilladores y la hierba se la
llevó. También estaba Pount, el chatarrero, que com-
erciaba con piezas arrancadas clandestinamente de
las trilladoras o de la red de tuberías que conectaba la
ciudad subterránea con el mundo exterior, a cambio
de pequeños frascos de la refinada savia de la hierba.
Sus amigos más intrépidos afirmaban que el efecto
te hacía sentir una década más joven, pero ella había
experimentado de primera mano el revés: dolores de
cabeza, pérdida de memoria y la piel tan tensa que se
resquebrajaba alrededor de los ojos. Decidió que no
era para ella.
Pero para la gran mayoría, eran desconocidos,
una multitud de personas que se habían esparcido
por las profundidades de la hierba esa noche por
alguna razón desconocida. ¿Habrían sido convoca-
dos también de sus lechos? Llevaban consigo las
13
herramientas de su oficio: cuchillas, llaves, alicates
y martillos contundentes. Debían de haber salido
directamente de sus turnos, pensó con un atisbo
de compasión ociosa, recorriendo el largo trecho
a través de la hierba sin tiempo ni siquiera para
regresar a sus literas o viviendas, para asearse o
cambiar de ropa.
Y todos guardaban silencio. No había diálogo
entre los grupos que formaban, sino que su atención
estaba centrada en el centro del anfiteatro y en el
espectáculo que allí se desenvolvía. Un escenario
improvisado se alzaba, construido con piezas de
motores, tuberías oxidadas y paneles maltrechos que
parecían haber sido arrebatados de las trilladoras. A
su alrededor, presenció la fuente de los tambores:
cuatro gigantes, tan altos como la hierba que los
rodeaba, golpeaban con fuerza sus tambores con
palos de hueso blanqueado. Las figuras, ataviadas
con túnicas, tenían sus rostros ocultos en la densa
penumbra, y al observar cómo sus brazos se alzaban
y caían con cada golpe, notó que estaban envuel-
tos en vendajes de aspecto áspero. Una sensación
inquietante la invadió al percatarse de que uno de
los tamborileros, aparentemente el líder, poseía tres
brazos.
En el centro del escenario se encontraba una figura.
Al igual que los tamborileros, vestía una larga túnica,
con la cabeza cubierta por una capucha y los brazos
14
escondidos bajo mangas ondulantes. Permaneció en
el escenario por un momento más, cautivando con su
pura inmovilidad, antes de que una mano surgiera de
una de esas mangas y silenciara los tambores. En ese
instante, aunque estaba rodeada de desconocidos,
entre miles de habitantes de los bajos fondos, Cecily
podía escuchar el susurro de la hierba, tan intensa
era su atención embriagada.
—Hermanos y hermanas míos —comenzó la
figura desde el escenario. Su voz era exquisita:
meliflua y ligera, pero impregnada de tal fuerza
que Cecily podía escucharla como si estuviera junto
a ella. Como si resonara en su mente. Sonaba
como si la hierba misma le estuviera hablando—
. Nos dicenque el Emperador nos protege. Que
reposa en el Trono Dorado, allá en la distante
Terra, velando por sus súbditos, por nuestras
fatigas y aflicciones, sanando nuestras dolencias
y heridas. Nos dicen que este mundo complace al
Emperador, y que nuestra cosecha le pertenece a Él,
que nosotros le pertenecemos a Él. Cultivamos,
regamos, cosechamos y embalamos, enviando
cargamentos a la ciudad de arriba. Pero el fruto
de nuestro esfuerzo se marchita bajo un sol que no
podemos vislumbrar. Terra no responde a nuestra
llamada. El Emperador no responde a nuestra
súplica.
La figura prosiguió, su melodiosa voz ascendiendo
15
en tono.
—Miren en su interior, porque les revelo lo que ya
saben. En Terra no somos propiedad del Emperador
—hizo una pausa para inspirar —porque el Emper-
ador está muerto.
Casi escupió la palabra, la figura en el escenario, y
Cecily jadeó, impactada tanto por su tono como por
su significado. Se llevó la mano a la boca, sintiendo
que su estómago se revolvía como el de un piloto de
planeador en caída libre. Aquello era blasfemia, here-
jía, contrario a la realidad que había conocido. Pero
lo más impactante fue que ninguno de los presentes
parecía sorprendido. Permanecían impasibles, con
la boca abierta, o balanceándose ligeramente como
si estuvieran en trance, con herramientas de trabajo
colgando de sus brazos.
—Somos un pueblo envenenado —continuó la
figura—. Nacemos bajo las nubes. Trabajamos bajo
las nubes. Morimos bajo las nubes. Derrochamos
nuestros cuerpos para quienes viven arriba. Nos
cortan, nos desgarran, nos asfixian, nos deforman,
y la mayoría de nosotros nunca contemplará el cielo.
La figura señaló hacia arriba con ambos brazos. En
la oscuridad de la noche profunda, la línea de neblina
que se extendía por encima era gris, confiriéndole un
brillo artificial, como si una burbuja de plastiacero
hubiera descendido sobre el anfiteatro.
—Pero yo he visto las estrellas. Nuestra salvación
16
reside en ellas. Podemos alcanzarlas juntos, pero
debemos elevarnos, como uno solo, por encima de la
nube que nos ciega. Nos merecemos este mundo, nos
merecemos el cielo —ahora ambos brazos se alzaban,
esbeltos y musculosos, revelando una piel rosada
—¡y nos merecemos las estrellas!
La multitud encontró su voz, de repente y de
golpe. Hubo un rugido de asentimiento, uniforme y
perfecto, antes de que la figura volviera a hablar.
—Solo en esas estrellas hallaremos la redención.
Nuestro Emperador nos ha abandonado, pero alé-
grense, porque un amo superior se alza para ocupar
su lugar. Abandonaremos el abrazo de las nubes y
reclamaremos este mundo.
Cuando la figura inclinó la cabeza hacia atrás, cayó
la capucha y Cecily vislumbró claramente a la dueña
de aquella voz. Tenía la piel rosada y manchada
propia de los trabajadores de las refinerías, pero
donde el trabajo los había desfigurado, sus ojos
cetrinos y su piel flácida, ella irradiaba una belleza
inigualable a los ojos de Cecily. Su piel era tan
impecable que parecía resplandecer, y sus ojos verdes
destellaban en su cabeza lampiña.
Cecily la seguiría. La obedecería. Moriría por ella.
—Esta noche, hijos de Serrine —exclamó la lumi-
naria en el escenario—. ¡Esta noche, tomamos este
mundo para nosotros, y para nuestro porvenir!
17
Capítulo 2
E
l montículo de carne exudaba un hedor in-
soportable. Aun para Xantine, quien había
enfrentado con imperturbabilidad los más siniestros
osarios de la galaxia, el olor le hacía arder los ojos
turquesa.
Para la tripulación mortal de Exhortación, era in-
sufrible. La mayoría de ellos ocluían sus fosas nasales
con pinzas de oro o plata y respiraban a través de
bocas envueltas en gasa. Otros optaban por cubrirse
la cara con bolsas nasales llenas de hierbas narcóticas
y especias picantes, otorgándoles la apariencia de
grandes aves no voladoras mientras se movían por
el angosto puente.
Esto dificultaba la tarea de la tripulación, pero
eran precauciones necesarias. Después de todo, el
montículo era mucho más que cualquiera de ellos. Se
hacía llamar Ghelia, pero en realidad era Exhortación:
el cerebro y el cuerpo de la nave, el músculo que la
impulsaba y el imperativo que la llevaba a la batalla.
Poseía la capacidad cognitiva para realizar saltos
18
cuidadosos y complejos, permitiendo que la nave y
su amo navegaran por la disformidad sin la presencia
de un navegante10 vivo a bordo.
Eso no era del todo cierto técnicamente. Xantine
sabía que Ghelia había sido navegante en algún
momento. La nave había nacido como la hija menor
de Resh Irili, uno de los numerosos vástagos de la
Casa Navegante Irili. Durante mucho tiempo, la
casa había sido una fuente confiable de navegantes
10
Navegante (Homo navigo): Son una forma muy particular
de mutantes humanos caracterizados por poseer el Gen del
Navegante, que les da la habilidad única de navegar por
la Disformidad. Esto les hace absolutamente necesarios
para la supervivencia continuada del Imperio. Todos los
Navegantes tienen un tercer ojo, comúnmente llamado Ojo
de la Disformidad, en su frente, que les permite percibir la “luz
psíquica” del Astronomicón y emplear sus poderes para guiar
a las naves a través de las corrientes del Empíreo. Su capacidad
para sentir las mareas de la Disformidad es considerada
un poder psíquico, aunque los Navegantes no poseen otras
habilidades psíquicas que los poderes que les otorga su Ojo de
la Disformidad. Tienen una esperanza de vida natural de hasta
cuatrocientos años. A medida que envejecen, sus habilidades
aumentan de poder, y su apariencia física cambia: la esclerótica
y el iris de sus ojos desaparecen gradualmente hasta dejar solo
un orbe negro endurecido, el cuerpo se alarga y adelgaza, sus
manos y pies se vuelven largos y palmeados, su pálida piel
puede volverse escamosa, y suelen perder el pelo por completo.
Como la mayoría de humanos temen y desconfían de mutantes
y psíquicos, los Navegantes suelen mantenerse enclaustrados
a salvo de la sociedad, y muchos humanos ni siquiera saben
que estas criaturas existen.
19
para las pequeñas empresas navieras de Terra, pero
los gustos extravagantes de la dama Resh no se
satisfacían con una vida considerada simplemente
cómoda. En busca de placer, había cambiado su
identidad y había abandonado el Mundo del Trono,
empleando sus habilidades para llegar finalmente
a los confines del Ojo del Terror11 . Xantine nunca
había conocido a Resh Irili; la dama había muerto
sirviendo a un difunto Maestro de Guerra que apenas
se molestaba en recordarla, pero había dejado una
descendencia numerosa. Ghelia era una de sus hijas,
con una apariencia más o menos similar a la de la
línea de fondo antes de que cambiara su nombre y
su cuerpo para convertirse en la masa pulsante y
pestilente cuyos tentáculos ahora abarcaban toda la
longitud de Exhortación.
Mantener a un navegante a bordo de una nave
de los Hijos del Emperador era una empresa ardua.
Algunos sucumbían a la locura, abrumados por la
cacofonía de sonidos y sensaciones que embestían
sus frágiles capacidades psíquicas. Otros se dejaban
seducir por distracciones terrenales, desviando sus
mentes de las complejidades de pilotar una gigan-
tesca nave de guerra a través de los torbellinos y las
11
Ojo del Terror: También conocido como Ocularis Terribus,
es un pliegue inmenso, el más grande en la galaxia donde la
Disformidad coexiste con el Espacio Real. Se ubica en el borde
de la galaxia en el Segmentum Obscurus.
20
corrientes de la irrealidad.
Xantine había sido testigo de ello en primera per-
sona. Con su elocuencia y el influjo de unos cuantos
esclavos, había logrado una audiencia con el Bailarín
de las Sedas, antiguo hermano de la III y ahora líder
de su propia banda de guerra: las Almas del Esplen-
dor. Consciente de la volubilidad característica del
Bailarín, Xantine había ordenado a Exhortación estar
preparada en el punto de encuentro, con las armas
listas y los escudos de vacío12 activados, pero la banda
de guerra rival no se presentó.
Semanas más tarde, encontraron su nave, la Visión
del Esplendor, semienterrada en una luna en los
confines del sistema. La inspección de los restos
reveló varios cuerpos transhumanos y registros vox
12
Escudo de vacío: Son campos de energía empleados por el
Imperio para proteger desde Tanques Superpesados hasta
naves espaciales enteras. Los escudos emplean tecnología
Disforme, absorbiendo la energía de los ataques y enviándola
al Inmaterium. Al ser activados, crean una burbuja translúcida
en torno a su objetivo, que distorsiona la luz visual que intenta
atravesarla creando un efecto óptico nebuloso. Cuando desvían
los impactos de armas, los escudos ondean como gelatina
y crean un caleidoscopio de colores. Los colores mostrados
por un escudo de vacío atacado indican la fuerza del mismo
y cuánto más daño puede resistir. Además, los escudos de
vacío producen llamaradas de energía donde son alcanzados,
cuyo tamaño varía dependiendo de la naturaleza del ataque.
Asimismo, los escudos de vacío activos suelen generar un
distintivo olor a ozono.
21
que indicaban que el navegante de la nave había
estado contemplando su propio reflejo en un espejo
cercano cuando tuvo que utilizar sus habilidades
para navegar fuera de la disformidad. De hecho, los
registros sugerían que había estado absorto en su
propio reflejo durante el mes anterior, mientras los
recién llegados esclavos le alimentaban y le bañaban
para que no tuviera que apartar la vista de su propia
imagen.
Para Xantine resultaba difícil comprender qué
encontraba el navegante tan fascinante en su reflejo,
pero ya era difícil distinguir mucho del hombre: gran
parte de su rostro se había petrificado en roca sólida.
Incluso los navegantes que permanecían fieles al
Imperio tendían a sufrir mutaciones a medida que
avanzaba su carrera, pero aquellos que servían en
bandas de guerra como la de Xantine solían cambiar
con mayor rapidez, adoptando formas más exóti-
cas a medida que las corrientes de la disformidad
chocaban y se entrelazaban, transformándolos en
algo verdaderamente único.
Era Ghelia. Xantine apenas la recordaba. Había
permanecido confinada en sus aposentos en lo más
profundo de la nave, interactuando principalmente
con el Maestro de Guerra Euforos y su tripulación
desde el puente. Xantine, en aquel entonces, no era
más que uno de los muchos guerreros de Euforos.
Un guerrero respetado y de confianza, sí, pero más
22
preocupado por su propio crecimiento que por dirigir
una nave tan colosal.
Cuando tomó el mando de la banda de guerra y la
nave, encontró a Ghelia en plena floración. Consid-
eró sacarla de la nave para romper con el régimen
anterior, pero descubrió que la criatura estaba tan
arraigada en los sistemas de la nave como un tumor,
que extirparla equivaldría a matar al anfitrión. Se
resignó a aceptar esta realidad y, en el proceso,
descubrió el poder inmenso que poseía la criatura.
A pesar de ello, Ghelia apestaba.
Rhaedron, el capitán escultural de la nave, abordó
el problema de manera más elegante: se había deshe-
cho de su nariz por completo. En el centro de su
rostro, donde antes se encontraba el órgano ofen-
sivo, había una carne nueva, fruncida y rosada en
contraste con su piel cetrina. Xantine pensaba que
le daba un aspecto perpetuamente sorprendido, un
efecto acentuado por el gran y elaborado postizo que
adornaba su cabeza. En su cabello, tirabuzones y
rizos de oro reluciente se unían con plumas en tonos
magenta y verde azulado, cuyos tallos se clavaban
en su cuero cabelludo para asegurar que todo se
mantuviese en su lugar.
Rhaedron levantó su bastón plateado y pinchó
la masa temblorosa en el costado. El ser emitió
un chillido, retrocediendo ante su toque, antes de
calmarse con un gruñido de disgusto. Fue entonces
23
cuando Rhaedron dirigió la palabra a la criatura
despierta.
—¡Una traslación inesperada de la disformidad nos
ha arrojado de vuelta al espacio real!
Hubo un instante de silencio antes de que Rhae-
dron volviera a pinchar a Ghelia. Otro alarido y,
desde lo más profundo de la abultada masa de la
criatura, surgió una rejilla vox. Una voz mecánica
y entrecortada, acompañada de húmedos sorbos,
respondió.
—Causa desconocida. Motor disforme desconec-
tado. Rumbo de navegación no planificado —dijo la
voz.
—¡Reactiva el motor disforme13 y establece un
13
Motor Disforme: Son aparatos integrados en las naves
espaciales, que las hacen capaces de viajar más rápido que la
luz mediante lo que se conoce como viaje Disforme o salto a
la Disformidad. Los motores Disformes permiten a una nave
entrar en el Inmaterium, y viajar por sus corrientes hasta
reemerger al Espacio Real a años luz del punto de partida Los
motores son enormes y voluminosos, por lo que sólo pueden
ser instalados en naves de gran tamaño.
24
rumbo hacia el punto Mandeville14 del sistema!
—Ordenó Rhaedron con firmeza.
—Imposible —murmuró Ghelia—. Las complejas
corrientes de disformidad alrededor de esta región
del vacío han inutilizado el punto Mandeville de este
sistema.
Rhaedron frunció el ceño molesto.
—¿Dónde estamos? —Preguntó, dirigiéndose a
la tripulación del puente, que estaba conectada a
intrincados cogitadores. Un hombre de cabellos color
fuego se giró ansioso para responder.
—Los registros imperiales más recientes no hacen
mención de este mundo, milady, pero los datos más
antiguos hablan de un planeta llamado Serrine. Era
un mundo agrícola, con ciudades dispersas entre las
nubes.
—¿Y cuán antiguos son estos registros? —Preguntó
Rhaedron.
14
Punto Mandeville: Antes de que una nave estelar Imperial
equipada con un motor de disformidad pueda entrar en el
Immaterium, debe viajar primero a velocidad subluz hasta el
llamado Punto Mandeville de un sistema estelar. Esta es la
distancia más cercana a la que una nave nodriza puede entrar
o salir del espacio disforme de forma segura desde su origen
o hasta su sistema de destino, respectivamente. Se desconoce
el origen del nombre de este punto, ya que se remonta a la Era
de la Tecnología, cuando la primera civilización interestelar
de la Humanidad desarrolló el motor de disformidad, lo que
permitió a la Humanidad lograr un viaje MRL regular.
25
—Son de siglos pasados, mi señora —respondió el
hombre de pelo llameante.
Rhaedron se preparaba para seguir hablando, pero
Xantine interrumpió con su voz profunda, silen-
ciando la conversación.
—¿Y la población? ¿Siguen allí? —Preguntó direc-
tamente al hombre de pelo color fuego.
—Todavía hay signos de población humana, mi
señor. Los escáneres auspex muestran concentra-
ciones crecientes de ficelina15 y prometio16 en la
atmósfera local —respondió el hombre.
Rhaedron continuó, ahora entusiasmado por los
posibles descubrimientos.
—¡Magnífica señal de potencial! Además, hemos
detectado signos reveladores de actividad explosiva
en la superficie. Parece que la población sigue pre-
sente, aunque hay indicios de algo… desagradable
entre ellos —concluyó.
Una sonrisa se dibujó en los labios ennegrecidos
de Xantine. Este mundo prometía ser un premio
excepcional: rico, fértil y listo para ser saqueado. Sin
duda, ofrecería más que sus últimos destinos.
15
Ficelina: Principal ingrediente en la manufactura de explosivos
imperiales.
16
Prometio: Término general utilizado en el Imperio de la
Humanidad para denominar el combustible. Es también la
sustancia gelatinosa y altamente inflamable que utilizan los
lanzallamas de todos los ejércitos del Emperador.
26
En tiempos recientes, Xantine y sus Acólitos se
veían obligados a saquear colonias mineras, encon-
trando con frecuencia los desolados vestigios de
mundos que ya habían sido saqueados por sus aliados
renegados: recursos agotados, armas arrebatadas,
poblaciones masacradas, sacrificadas o esclavizadas.
En más de una ocasión, hallaron planetas del Imperio
que habían preferido autodestruirse en lugar de caer
en sus manos.
Como en Bax III, donde una valiente Legio Titán
se dividió y luchó hasta quedar paralizada entre los
escombros de la mayor ciudad del continente. Iguala-
dos y renuentes a aceptar la derrota, ambas facciones
optaron por desencadenar la explosión de los reac-
tores de plasma de sus Titanes, cobrándose la vida de
millones de personas e irradiando el asentamiento
más allá de toda habitabilidad. Los dos princeps
senioris responsables de la destrucción, hermanas
de nacimiento, solo diferían en un punto crucial: si
el Emperador había fallecido o simplemente había
abandonado Su Imperio.
O en Horsk, donde el gobernador planetario
saboteó el escudo de vacío, condenando al mundo
a una asfixia lenta y silenciosa, prefiriendo la
muerte rápida a la olvidada prometida por la
27
Cicatrix Maledictum17 . Xantine conservaba el
diario del gobernador, encontrando un placer
retorcido en rastrear la perversa lógica que llevó
a un hombre, mortal al fin y al cabo, a extinguir
la vida de millones con un solo acto. Los escritos
del gobernador permanecían razonables hasta el
final; el hombre nunca sucumbió a los delirios
y desvaríos que muchos habrían manifestado en
su situación. Xantine no podía sino admirar el
razonamiento del hombre; solo lamentaba no
haber estado presente cuando bajó los escudos para
presenciar el espectáculo de primera mano.
Cada uno de estos encuentros ofrecía un festín
de desesperación, pero para una banda de guerra
carente de las necesidades básicas de su oficio, mu-
niciones, armas, esclavos y narcóticos, eran expe-
17
Gran Fisura: También llamada Cicatrix Maledictum, el Camino
Carmesí, la Boca de la Ruina, la Cicatriz Disforme, el Dathedian,
la Sonrisa de Gorko y Mont—yhe—va (“la Devoradora de
Esperanzas”, en lenguaje Tau), es una enorme fisura Disforme
que atraviesa la galaxia desde el Ojo del Terror, en el
Segmentum Obscurus, hasta el Golfo de Damocles, en la Franja
Este del Segmentum Ultima, pasando por el núcleo galáctico
y el Torbellino. Cuando la Cicatrix Maledictum atravesó
rugiendo la galaxia, trajo consigo una terrible oscuridad que
cayó como una mortaja sobre gran parte de los dominios
del Emperador. Los registros de ese turbulento periodo
están fragmentados, llenos de alegorías y desordenados por
catastróficas distorsiones temporales, pero en general se
acepta que el destino de la galaxia quedó sellado en Cadia.
28
diciones que agotaban aún más sus menguantes
reservas.
Xantine se erguía sobre el suelo estéril de estos
mundos y vertía lágrimas, consciente de que su
preciado botín caía en manos inferiores. Seguidores
estridentes y lunáticos del Dios de la Sangre18 ; de-
votos hoscos y monótonos de Nurgle19 ; o los la-
cayos interminablemente molestos del Cambiante
18
Khorne: Es el Dios de la Sangre, el Dios del Caos de la violencia y
el asesinato, el dios guerrero cuyos aullidos de rabia insaciable
retumban a través del tiempo y del espacio. Su gran trono de
bronce está situado sobre una montaña de cráneos, en medio
de un mar de huesos partidos y lagos de sangre: los restos
de sus seguidores muertos en batalla y aquellos ejecutados
en su nombre. Khorne es el Poder del Caos que personifica
la violencia absoluta e insensata, destruyéndolo todo y todos
los que se pongan a su alcance, matando tanto amigos como
enemigos.
19
Nurgle: Nurgle es uno de los cuatro grandes Poderes Ruinosos.
Recibe los títulos de Señor de las Moscas, Gran Corruptor, Amo
de la Pestilencia y Señor de la Putrefacción (traducción de su
nombre en la Lengua Oscura, Nurgh-leth), y representa la
morbidez, la enfermedad y la corrupción física.
29
de los Caminos20 . Peor aún, a veces encontraban las
huellas reveladoras de la Legión Negra. La pandilla
de idiotas, bárbaros y cobardes de Abaddon había
estado persiguiendo a los Adorados durante décadas;
Xantine había perdido la cuenta de cuánto tiempo
exactamente.
Era una caza que continuaría hasta que Xantine o
Abaddon murieran, estaba seguro de ello. El Señor
de la Guerra de la Legión Negra nunca perdonaría el
asesinato tanto de un Teniente como de una mascota
favorita, y la posterior huida de Xantine de los Hijos
Tormentosos, así como la formación de su propia
banda de guerra, habían sido un golpe para un in-
dividuo cuya dominación de la galaxia dependía de
someter primero a sus camaradas Astartes renega-
20
Tzeentch: Tzeentch, también conocido como El Que Cambia
Las Cosas, es el Dios del Caos del Cambio, la Evolución, la
Intriga y la Hechicería, el que teje los hilos que conectan
todas las acciones, tramas y sutiles intrigas en un juego de
manipulación y subterfugio a escala galáctica. Al final de cada
uno de esos hilos se encuentra la engañada alma de un títere
humano; aquellos de sus sirvientes y agentes que creen que
sirven al Señor del Cambio en pactos con un beneficio mutuo.
La verdad es que todo acto de Tzeentch ha sido planeado con el
fin definitivo de colocarse como el Poder del Caos preeminente
en la Disformidad. Por supuesto, la misma naturaleza del Señor
de la Entropía hace que, en caso de que obtuviese su triunfo,
aún seguiría buscando crear perturbaciones y cambios.
30
dos21 . Que Abaddon aún no hubiera dado con los
Adorados, Xantine lo tomaba como una confirmación
de su propia genialidad. La alternativa, que al Señor
de la Guerra simplemente no le importara buscarlo, o
ni siquiera supiera quién era Xantine, no se le pasaba
por la cabeza.
Afortunadamente, los brutos de Abaddon eran
fáciles de engañar, siempre avanzando en línea recta
mientras Xantine dejaba que los caprichos y pref-
erencias de su tripulación guiaran los movimien-
tos de los Adorados. Vavisk, el marine Ruidoso,
su hermano más cercano, siempre persiguiendo el
canto de Slaanesh. Qaran Tun, el diabolista, antes
Portador de la Palabra pero ahora tan consumido
por sus pasiones como cualquiera de los hermanos
genéticos de Xantine, incansable en su búsqueda
21
Capítulos Renegados: En los 10.000 años pasados desde su
creación, muchos Marines Espaciales han sido declarados
Renegados del Imperio. De lejos los más famosos y numerosos
son los Marines Espaciales del Caos; sin embargo, hay fuerzas
que se consideran renegadas contra el Imperio por causas
distintas a la adoración del Caos, como las desviaciones de su
semilla genética (aunque hay que tener en cuenta que muchos
de estos Capítulos sucumben posteriormente al canto de sirena
de los Poderes Ruinosos).
31
de exóticas criaturas de entre los Nunca Nacidos22
para probar y catalogar. Sarquil, el organizador, con
obsesiones más pragmáticas que cualquiera de su
andrajosa Legión, asegurándose de que los Adorados
obtuvieran hombres y material.
Y andaban escasos de ambos. Xantine sabía que
era un riesgo invadir un mundo del Imperio, incluso
uno en plena revuelta. Pero Serrine era un festín
demasiado tentador como para dejarlo pasar, una
oportunidad para que los Adorados dejaran de ali-
mentarse de sobras.
—Puedo ofrecerte mucho más —ronroneó S’janth.
La ignoró y saboreó el momento. Un mundo, todo
un mundo inmaculado, con su vientre expuesto. Qué
22
Demonios (Nunca Nacidos): Sirvientes de los Dioses del
Caos hechos de su propia esencia y que no se encuentran tan
estrechamente unidos a la Disformidad. Los Demonios tienen
una naturaleza algo distinta a la de sus amos, y son las criaturas
más numerosas de la Disformidad. Un Demonio “nace” cuando
un Dios del Caos gasta una porción de su poder para crear a
dicho ser. El poder invertido unifica una serie de sentidos,
pensamientos y propósitos que dan lugar a una personalidad
y una conciencia capaces de moverse dentro de los confines
de la Disformidad. El Dios del Caos puede volver a arrebatar
en cualquier momento la independencia que ha entregado a
sus Demonios, lo cual garantiza que éstos le servirán con total
lealtad. El único modo de destruir realmente a un Demonio es
haciéndole perder la energía que lo compone, de manera que
su mente se disuelva en los remolinos y corrientes del espacio
disforme.
32
deleite.
Verdaderamente, una bendición del Dios Más
Joven.
Xantine pasó su larga lengua por los labios en-
negrecidos y habló con voz firme.
33
dulzura—. Estamos seguros aquí, amigo mío.
Como todo en su chalet, las paredes eran mag-
níficas, de mármol verde con vetas doradas. Pero
también eran funcionales. Un núcleo de ferroce-
mento mantenía a raya el frío nocturno y servía para
amortiguar el impacto del armamento, excepto de un
proyectil de cañón de guerra. Sobre la puerta había
una piedra fundamental, una reliquia que su padre
le dijo que provenía de Terra misma, extraída de las
antiguas canteras de Franc.
Y tenía guardias. Eran hombres duros, de mirada
feroz, que patrullaban el perímetro del chalet con
robustas pistolas láser listas para disparar. A veces
los observaba a través de las ventanas dobles del
edificio mientras hacían sus rondas, con sus calvas
cabezas moviéndose ligeramente al caminar. ¿Sería
algún tipo de ritual o desafío? ¿O simplemente la
última moda? Pierod estaba decidido a averiguarlo:
no quería perderse ninguna tendencia.
Pero los guardias ya no estaban a la vista, y la
inquietud comenzaba a carcomerlo.
—¡Rogirre! —Gritó de nuevo, infundiendo un
tono de autoridad en su voz. Su criado no se detuvo
ni levantó la mirada. La irritación se convirtió en
furia en las entrañas temblorosas de Pierod, una
emoción grotesca alimentada por el miedo y una vida
de complacencia—. ¡Rogirre! ¡Aquí ahora mismo! —
Vociferó.
34
Rogirre alzó la mirada, y por un instante Pierod
creyó que había despertado su sentido del deber.
Pero por primera vez en su larga relación, el criado
no obedeció. En cambio, se volteó bruscamente y
arrancó de un tirón la elaborada puerta de madera
del chalet, una pieza hermosa encargada por el padre
de Pierod, y se dispuso a escapar del lujoso domicilio
de su amo.
Con un solo paso, Rogirre fue atravesado por una
cuchilla del tamaño de una escotilla Taurox. La
hoja le atravesó el torso y se incrustó en el antiguo
marco de madera de la puerta. Pierod presenció
su muerte desde la comodidad de un sofá de siete
plazas. Vio cómo las piernas de Rogirre caían con
parsimonia al suelo, separadas del torso que aún se
mantenía erguido sobre la hoja, tan orgulloso y alto
como uno de los pasteles que Lady Salomé servía
en sus banquetes nocturnos, y sintió un escalofrío
al ver la sangre roja, espesa y oscura como el vino,
filtrándose de las entrañas del criado. El charco se
expandió hasta impregnar la gruesa alfombra que
exhibía el escudo familiar de Pierod. Quiso llorar
en ese momento, recordando que la alfombra había
sido tejida por los niños artesanos de Diltyn, pero
el pánico lo impulsó a levantarse de su confortable
asiento, y con piernas regordetas se dirigió hacia
la escotilla de la bodega que ocultaba uno de los
múltiples túneles de escape del chalet.
35
Mientras avanzaba entre las tenues bombillas ha-
cia una salida que esperaba que estuviera más cer-
cana de lo que parecía, Pierod pensó que era una
lástima. Aunque, si era sincero consigo mismo,
pensaba que Rogirre había actuado con prudencia
al abrir la puerta en lugar de atender a su amo.
¿Por qué tanto alboroto? Se cuestionó Pierod
por un momento si su criado tenía familia, pero
rápidamente desechó la idea. Lo único que importaba
era que no era su nombre y que su leal ayudante de
diecisiete años había obligado al respetado vicete-
sorero de Serrine a huir.
—La indignidad de todo esto —masculló Pierod
para sí mismo mientras, sudoroso, se tambaleaba
hasta quedar apoyado contra la trampilla de salida
del túnel. Su pecho se sentía como una losa, pero
sobre el estruendo de su respiración entrecortada
podía distinguir los ruidos de la batalla. El constante
repiqueteo de las ametralladoras, el retumbar de las
explosiones y los alaridos que se alzaban y caían
en oleadas. Pero también percibía otro sonido, uno
que le aliviaba desesperadamente: el rugido de los
motores. El puerto espacial de Serrine estaba cerca,
y aún activo. Se dirigiría hacia una nave, utilizaría
sus influencias y escaparía hacia el vacío mientras
la milicia planetaria se ocupaba del desagradable
embrollo. Juró que sobreviviría a ese día, aunque
maldita fuera su piel agrietada.
36
A bordo del Exhortación nunca había silencio. Lamen-
tos y gemidos, aullidos y susurros penetraban in-
cluso en los rincones más oscuros: las cubiertas de la
maquinaria, donde antes seres humanos sonrientes
danzaban entre cables llenos de un líquido viscoso
y maloliente; la bodega. Incluso los sótanos resona-
ban con el sonido, mientras criaturas de piel suave
nadaban entre siglos de fluido narcótico acumulado,
enviando ondas a través del líquido estancado. Y
detrás de todo eso, un zumbido discordante marcaba
el compás, el sonido del universo mismo, cargado de
toda la belleza y el sufrimiento que contenía.
Para un mortal, esos sonidos serían el eco del
terror. Para Xantine, eran música, y tarareaba mien-
tras recorría los pasillos alfombrados de Exhortación,
dirigiéndose a la cámara de su hermano Vavisk.
—¿Por qué debemos relacionarnos con los de tu tipo?
—Preguntó S’janth mientras Xantine se dirigía hacia
la cámara de Vavisk.
—Porque son hermanos de los Hijos del Emper-
ador, y deseo su consejo —dijo Xantine con una
sonrisa forzada.
—Mentiras. Buscas su aprobación por miedo a una
traición.
La risa de Xantine resonó por el pasillo, un sonido
37
vacío y desprovisto de alegría.
—Compartes mi cuerpo, demonio, pero jamás
comprenderás la esencia de mi linaje.
—Conozco tu alma —murmuró S’janth—. Buscas
convencer a tus hermanos para que se unan a tu causa.
Es un objetivo vano, y una causa aún más vanidosa.
Poseemos un poder inconmensurable, mi amor. No
necesitamos este mundo, ni a tus engañosos hermanos.
—No lo suficientemente poderosos —admitió Xan-
tine con una mirada desafiante—. ¿Anhelas re-
cuperar tu antigua gloria? Entonces necesitamos
armamento, suministros y esclavos. Este mundo
ofrece abundancia en todos ellos.
—Te equivocas —afirmó el demonio—. Este mundo
está enfermo. Puedo sentirlo.
—Entonces, yo seré su remedio. No deseo discutir
más sobre este asunto —zanjó Xantine.
Desviando su atención hacia las obras de arte
que adornaban los muros de los pasillos centrales
del Exhortación, Xantine contempló sus creaciones.
Muchas de las piezas exhibidas eran suyas: una
representación de Ciudad Cántico antes de su caída a
manos de la Legión Negra, elaborada con fragmen-
tos de cristal y hueso; un detallado estudio de la
anatomía aeldari, capturando a uno de esos pérfidos
seres entre dos láminas de plastiacero transparente,
enmarcado en oro.
Su progenitor genético había sido un artista con-
38
sumado. Xantine sentía que heredaba el talento
de su primarca en ese campo, pero mientras Ful-
grim había trabajado con técnicas tradicionales, Xan-
tine ansiaba nuevos horizontes artísticos, nuevos
medios de expresión. Rara vez sabía cuándo la
inspiración le golpearía, por eso había dejado su
hombrera derecha sin adornos, en contraste con los
intrincados y ornamentados diseños que cubrían el
resto de su armadura. La superficie nacarada era un
lienzo en blanco, al que a menudo recurrió durante
el fragor de la batalla, pintando con los fluidos
primarios del combate: sangre, excremento, y los
innumerables líquidos corporales de las especies
galácticas, fluidos de los que Xantine poseía un
conocimiento enciclopédico. A estas alturas, era
un palimpsesto de excesos, casi limpio después de
cada batalla, pero impregnado de los recuerdos y el
olor de guerras pasadas, de enemigos previamente
derrotados.
En su otro hombro, Xantine llevaba un trofeo de
guerra: el cráneo alargado de una criatura xenos
exótica, desprovisto de su mandíbula inferior y aún
con restos de plumas brillantes adheridas al hueso
blanco en parches. Había hecho añicos la Lanza de
Seda en su piel, deshaciendo así el antiguo artefacto
aeldari que una vez había servido como prisión para
S’janth, su ente demoníaco. Un fragmento de esa
lanza ahora formaba la hoja del estoque de Xantine,
39
un arma que él llamaba simplemente Angustia, en-
garzada en una guarda de hueso aeldari tallado.
A menudo prefería llevar su armadura completa,
incluso a bordo de Exhortación, disfrutando de las
sensaciones que la ceramita transmitía a su piel
flexible. Pasear por las cubiertas de su propia nave
completamente blindado era una declaración de
poder, un mensaje claro a sus subordinados de que
estaba listo para enfrentar cualquier desafío. Había
conquistado la fragata a su antiguo dueño, el difunto
comandante Euphoros, en un duelo mortal, y S’janth
tenía razón en parte: entre su tripulación actual,
había quienes sin duda ansiaban seguir un camino
similar. Mantenerlos a raya requería no solo fuerza
bruta, en lo que S’janth le ayudaba, sino también
símbolos.
Por eso, Xantine se enfundaba en su armadura
completa en ese momento. Era una amalgama de
piezas rescatadas de campos de batalla y tomadas
como trofeos en combates individuales, pero es-
taba construida alrededor del núcleo de su coraza
de guerra original, obtenida como miembro de los
Hijos del Emperador bajo el mando de Fulgrim, el
Primarca. Sabía que la coraza, incluso con su garra
alada deformada para representar el símbolo de
Slaanesh, inspiraría lealtad y honor en el corazón
de su hermano más confiable.
Se encontró a Vavisk en la Cámara de Exultación,
40
en la parte trasera del Exhortación. Su hermano era el
maestro de coro de los estridentes marines Adorados,
y aunque Xantine no podía ver a los guerreros, podía
sentir su presencia. Cantaban con más fuerza de lo
habitual, la clica secreta había aumentado el volumen
y el ritmo desde que la fragata había llegado al
sistema. El sonido resonaba a través de sus huesos y
fluidos corporales, estimulando su sangre, su ácido
estomacal y la humedad de sus ojos.
La orquesta invisible, liderada por Vavisk desde
el Órgano de la Dicha, estaba en pleno apogeo. Este
vasto edificio era una maravilla diseñada por el pro-
pio Vavisk, que había dedicado décadas de trabajo ob-
sesivo a reclutar las voces más sublimes de la galaxia,
o al menos los cantantes lo bastante talentosos como
para cruzarse en el camino de los Adorados, antes de
incorporarlos a su coro.
A pesar de haber visto el órgano innumerables
veces y de haber desviado incluso la ruta de Ex-
hortación para ayudar a su hermano a completar
su obra, el aparato seguía asombrando a Xantine.
Vavisk se alzaba en el centro, entonando en un
orificio que temblaba suavemente y conectaba con
un bosque de tubos dorados. Estos tubos se entre-
lazaban como nervaduras, antes de sumergirse en
los cuerpos de los humanos que formaban parte del
instrumento. Algunos transportaban pasta nutritiva
para mantenerlos alimentados y asegurar que sus
41
voces fueran potentes. Otros evacuaban los desechos,
mientras que cables más delgados monitoreaban sus
funciones vitales. Vavisk era atento y reaccionaba
rápidamente ante cualquier malestar de los humanos
que formaban parte de su composición.
Los resultados eran fascinantes. Cuando Vavisk
cantaba, su voz se multiplicaba y resonaba a través
de los instrumentos humanos. Cada mandíbula se
movía en armonía, reproduciendo las notas con
precisión pero añadiendo su propio matiz único a
la composición. Xantine se detuvo un momento,
permitiendo que su hermano continuara la obertura
sin interrupción.
Finalmente, fue Vavisk quien puso fin a la canción,
silenciando el Órgano de la Dicha y levantando su
cuerpo desgarrado por la disformidad. Xantine lo
saludó al ponerse en pie.
—Maravillosa composición, Vavisk —dijo, ob-
servando con aire despreocupado las espadas que
sobresalían de las grebas de su hermano. En otro mo-
mento, habría abrazado a su hermano, disfrutando
del contacto con un guerrero cultivado, pero incluso
en la relativa intimidad de la cámara, no sería apropi-
ado mostrar tal deferencia hacia un subordinado.
Sin embargo, una parte de su ser ansiaba el con-
tacto. Vavisk era su compañero más antiguo, en la
medida en que esa palabra aún tenía algún sentido
en una Legión de buscadores de placer y hedonistas.
42
De todos los seres en la galaxia, Vavisk era quien más
había hecho por Xantine. Ni los reclutadores de la
Legión que lo arrancaron de las nobles escuelas de
Chemos, ni sus sargentos y capitanes de los Hijos
del Emperador, ni siquiera su primarca, Fulgrim,
cuya atención estaba más concentrada en sus propios
placeres que en cualquier otra cosa.
Fue Vavisk quien entró en los Hijos del Emperador
junto a Xantine, Vavisk quien luchó codo a codo con
él durante la Gran Cruzada. Los recuerdos de la lucha
por el Emperador Cadáver dejaban un amargo sabor
en la boca de Xantine, pero la valentía y lealtad de
Vavisk eran verdaderos tesoros de aquel conflicto.
Fue Vavisk quien lo sacó de entre los escombros de
Ciudad Cántico mientras Abaddon desencadenaba la
nave de guerra Tlaloc sobre el mundo de Harmonía.
De no ser por la intervención de su hermano, Xantine
habría sido incinerado junto con miles de sus com-
pañeros Hijos del Emperador y millones de mortales,
y sus restos se habrían unido al vasto campo de vidrio
fundido, roca y materia biológica que era todo lo
que quedaba de la antigua y hermosa civilización del
planeta.
Fue Vavisk quien permaneció a su lado mientras
Xantine se enfrentaba a su Maestro de Guerra,
utilizando el poder del demonio que compartía su
cuerpo para decapitar a Euphoros, quien también
había sido miembro de la III Legión antes de
43
convertirse en el siervo de Abaddon. Xantine había
aceptado Exhortación y había abandonado la Legión
Negra, luchando por su cuenta con su hermano más
querido a su lado.
Y por eso le dolía ver a Vavisk tan afectado.
—Sí, Xantine. Cantan porque estamos cerca. Más
cerca que nunca de encontrar a nuestro primarca y
unir a nuestra Legión una vez más.
Xantine luchaba por contener el desdén que ame-
nazaba con empañar sus penetrantes ojos turquesa.
Si bien apreciaba la camaradería con Vavisk, el Ma-
rine Ruidoso siempre ansiaba más. La huida de
la banda de bárbaros y matones de Abaddon había
avivado en él un fervor por la unificación, anhelando
reunir las diversas y caprichosas bandas de guerra de
los Hijos del Emperador bajo la mirada benevolente
de su ascendido primarca. Una canción que Vavisk
afirmaba escuchar guiaba esta misión: un ritmo
primitivo y envolvente que él esperaba llevaría al
palacio de Slaanesh, donde persuadiría a su primarca
de regresar con sus hijos. Sin embargo, para Xantine,
sólo resonaban los aullidos aleatorios y caóticos de
una galaxia sumida en el dolor y el placer, por más
atractivos que fueran para sus oídos.
Aunque Xantine se prestaba a alimentar la fantasía
de su hermano y facilitaba proyectos como el Órgano
de la Dicha, él era un sabio en temas culturales. Re-
conocía que los Hijos del Emperador nunca podrían
44
reunirse verdaderamente como Legión: después de
diez mil años de entregarse a la Larga Guerra, sus
hermanos eran demasiado volubles y egoístas para
ello. Además, incluso si por algún milagro lograran
dejar a un lado sus diferencias, lo cual requeriría
el regreso de un atento Fulgrim como catalizador,
eso significaría la subordinación nuevamente para
Xantine.
Vavisk continuó, compartiendo su visión con fer-
vor.
—Seremos uno, Xantine. Una Legión una vez más,
entonando cánticos de adoración juntos —su aliento
resonaba mientras hablaba, como el aire húmedo
forzado a través de un antiguo acordeón.
Xantine se colocó junto a su antiguo amigo.
—Se nos presenta una nueva oportunidad, her-
mano: un mundo donde podemos satisfacer nue-
stros deseos —declaró con una falsa entusiasmo.
Comenzó a recorrer el escenario, haciendo que las vi-
gas de madera oscura crujieran ligeramente bajo sus
pasos—. Es un mundo que aún no ha sido mancillado
por nuestros primos, pero está a salvo del resplandor
corrupto del Emperador Cadáver —agregó, volvién-
dose hacia el Marine Ruidoso—. Podemos tomarlo y
hacerlo nuestro, Vavisk.
Sin embargo, Vavisk guardó silencio.
—Imagina —prosiguió Xantine —una catedral
erigida en tu honor, donde tú, como director de una
45
sinfonía divina, guías a miles, ¡a millones! de devotos
en su canto. Únete a mí, apóyame, y podré hacerlo
realidad.
—No necesito ninguna catedral, Xantine, ni
seguidores —respondió Vavisk, sin apartar la mirada
de la cámara—. Ni tú tampoco, hermano. La canción
nos lleva hacia el éxtasis divino, y cada paso que
damos nos aleja más de estas distracciones.
—Pero piensa en el salón, Vavisk, más majestuoso
que esta estrecha bodega. Imagina los instrumentos,
las voces que podrías elevar…
—¿Y qué ocurre mientras nos sumimos en esta
quimera? La canción sigue su curso sin nosotros.
Xantine cambió de estrategia.
—Esta es una oportunidad para reabastecernos,
para rearmarnos, para saborear nuevamente los
placeres de la galaxia. Mis Adorados necesitan ser
alimentados, Vavisk. El placer compartido duplica
su intensidad, no te interpongas en nuestro camino.
—He conversado con Sarquil. Sé que contamos
con suficiente equipo, suministros y esclavos para
resistir hasta llegar al Ojo y reunirnos con nuestros
hermanos.
Una perspectiva diferente.
—¿Cuántas batallas hemos librado juntos, Vavisk?
¿Qué es una más en nombre de nuestra fraternidad?
Nuestras espadas resplandeciendo juntas en un glo-
rioso combate —Xantine esperó un momento, esper-
46
anzado de que esta afirmación surtiera efecto.
—No soy ingenuo, Xantine —respondió Vavisk,
con sus ojos rojos como la sangre destellando breve-
mente con ira—. Entiendo tus artimañas. Esto no
es cortesía: necesitas mi respaldo para persuadir
a nuestros hermanos de llevar a cabo este ataque.
Si has decidido hablar conmigo ahora, antes de la
votación, es porque sospechas que no podemos ganar.
Somos Hijos del Emperador, no luchamos si no
podemos vencer.
—¡Siempre podemos triunfar, hermano! Contigo a
mi lado, podemos ganar en cualquier circunstancia.
Entonces, finalmente, Vavisk se volvió hacia su
Maestro de Guerra, con sus milenios de tensa experi-
encia grabados en un rostro desgastado.
Nunca fue un modelo de belleza. Mientras muchos
de los Hijos del Emperador lucían sus características
únicas heredadas de su Progenitor Genético: altos
pómulos, narices estrechas, ojos violetas; Vavisk
destacaba por su mandíbula cuadrada, un recorda-
torio de su origen en las familias industriales de
Chemos. Desde el primer encuentro junto a los
Manos de Hierro durante la Gran Cruzada, Xantine
lo había asociado con la prole de Ferrus Manus.
Sus similitudes físicas no pasaron desapercibidas
entre sus hermanos Hijos del Emperador, quienes,
sin duda, sentían envidia de su vínculo. Las bromas
sobre su semejanza con Fulgrim y Ferrus, Xantine
47
con su delicadeza y cabello largo, y Vavisk con su
semblante combativo, persistieron incluso después
de que Fulgrim decapitara a su hermano en Isstvan V.
Estas bromas solo cesaron definitivamente cuando
los hermanos se convirtieron en rivales en las ban-
das de guerra que surgieron tras la desgracia de su
Legión.
Con el tiempo, las similitudes desaparecieron.
Vavisk apenas recordaba a un ser humano. Su
mandíbula ahora se hundía en una rejilla vox, ya
sea como reliquia de su antiguo casco Mark IV
o como un crecimiento espontáneo de su forma
distorsionada por los milenios en la disformidad. La
piel colgaba de sus pómulos como cera derretida,
mientras mechones dispersos de pelo blanco se
erguían sobre una cabeza manchada, enmarcando
orejas deformadas que habían evolucionado para
captar mejor el sonido, y unos ojos tan inyectados en
sangre que sus iris parecían teñidos de rojo. Siempre
parecían cansados.
—¿Por qué crees que te sigo, Xantine? —Cuestionó
Vavisk.
—Por poder —replicó Xantine, con una certeza
palpable en sus palabras.
Vavisk suspiró, la fatiga pesaba en su tono tanto
como en sus ojos.
—Podrías ser el más grande motivo que nos une,
Xantine —dijo, con la voz cargada de agotamiento—.
48
Pero te has atado a esta entidad que yace bajo tu piel.
Tal forma de liderazgo no te conviene.
La ira se encendió en Xantine.
—Cuida tus palabras, hermano —advirtió—, o
podrías encontrarte con mi mano en tu garganta.
Sintió a S’janth retorcerse en su interior ante el
estallido de rabia, envolviendo su conciencia como
una bestia marina al percibir una gota de sangre en
el agua.
—Es un insolente, mi amor —susurró S’janth mien-
tras se enroscaba a su alrededor—. Se volverá en
nuestra contra.
«No —replicó Xantine—. No contra él.»
—Te busco consejo, Vavisk, porque has de-
mostrado ser sabio —continuó Xantine, su tono
agudizándose—. Pero la sabiduría viene en muchas
formas. Saber cuándo luchar, y también cuándo
retirarse, cuándo ceder ante los deseos de tus
superiores —sintió la presencia pulsante de S’janth
mientras su ira se desataba—. Esta es mi nave, y los
Adorados son mis guerreros. Tú eres mi guerrero.
Cuando te llame, espero que respondas, o de lo
contrario, yo mismo te entregaré a Abaddon para
que respondas por tus crímenes.
Por primera vez en milenios, Vavisk guardó silen-
cio. Incluso las bocas en su cuello dejaron de susurrar.
Los ojos rojos lo miraban fijamente desde las cuencas
encapuchadas, casi negros en la penumbra.
49
—Golpéalo —susurró S’janth—. Nadie puede
igualarnos.
Xantine se dio la vuelta y abandonó la habitación,
su mano derecha se cerraba y abría en un puño sin
control.
50
Capítulo 3
P
ierod detestaba el puerto desolado de Serrine.
Era una rareza en el planeta, más funcional
que elegante, construido con ferrocemento desnudo
y escaso en adornos artísticos como los que se
encontraban en la gran ciudad. Su antigüedad
contribuía en parte a esta falta de ornamentación,
mencionada en las colecciones más antiguas del
planeta que albergaban profecías y proclamas
milenarias, y en parte a su propósito.
Designado como mundo agrícola responsable de
la producción de una droga vital para algunos de los
tratamientos Rejuvenat más efectivos, Serrine había
sido un destino habitual para una variada flota de
naves desde su reintegración en el Imperio. Estas
naves llegaban a los cielos del planeta con una regu-
51
laridad comparable al Astronomicón23 , descargando
transbordadores masivos que se posaban en el puerto
de Serrine el tiempo necesario para cargar la preciada
carga líquida antes de partir nuevamente.
Esta posición otorgaba poder e influencia al plan-
eta en el Imperio, permitiendo a su padre ejercer
su influencia hasta en Terra. Pierod hacía gala de
este hecho constantemente ante sus compañeros
de escuela. Utilizó su influencia para persuadir a
Ysaac, dos años menor que él, de que falsificara las
pruebas de aritmética necesarias para conseguir su
actual posición, bajo la amenaza de ser denunciado
ante el Adeptus Astartes. Cuando Ysaac se volvió
más sabio y la amenaza perdió efecto, recurrió al
23
Astronomicón: Faro psíquico mantenido en pie por el Adeptus
Astronomica, y utilizado por los Navegantes usan para pilotar
las naves espaciales del Imperio a través del caos de otro
modo intransitable del espacio disforme. Al ser generado
con energía psíquica, existe dentro del universo psíquico
de la Disformidad. La “luz psíquica” del Astronomicón
es proyectada desde Terra, alimentado por los psíquicos
entrenados por la organización. La omnipotente voluntad del
Emperador dirige constantemente esta energía en un radio
de 50,000 años luz por la galaxia. Aunque el Emperador no
provee la energía del faro, sólo él tiene el poder suficiente para
manejar tanta energía y dirigirla por la galaxia. Debido a que
Terra está situada en el Oeste Galáctico, el Astronomicón no
cubre el extremo oriental de la galaxia. El viaje disforme más
allá del alcance del Astronomicón está gravemente limitado,
generando unas fronteras efectivas para el Imperio.
52
soborno, ofreciendo raros bienes obtenidos en las
visitas de su padre al Mundo del Trono, junto con la
promesa de influenciar a algún alto funcionario del
Administratum. Aunque esta influencia nunca llegó
a materializarse, para Pierod ya no importaba; había
jugado el juego, superado los obstáculos y, en teoría,
estaba listo para disfrutar de una vida tan cómoda
como la de su padre.
Pero entonces, todo cambió con la aparición de
la Gran Fisura, y la vida en Serrine se vio alterada
drásticamente. Las naves recolectoras, que una vez
surcaban los cielos, cesaron su llegada cuando él
era joven, dejando en su lugar una horrible cicatriz
carmesí en el firmamento. Pasaron diez años antes
de que una nueva nave arribara, y cuando finalmente
lo hizo, permaneció en órbita en un silencio omi-
noso durante una semana antes de que se decidiera
enviar un equipo de exploración desde la superficie
del planeta para investigarla. Sin embargo, nunca
regresaron. Se rumoreaba que habían transmitido
algunas señales confusas antes de que sus comunica-
ciones se cortaran, mencionando criaturas deformes,
medio humanas, y los vestigios de una sociedad
en decadencia, lo que sugería años perdidos en la
disformidad.
Tras ese episodio, las naves recolectoras simple-
mente dejaron de llegar. Serrine, un mundo dedicado
exclusivamente al cultivo y cosecha de una droga es-
53
encial, siguió su rutina de crecimiento y recolección
sin apenas inmutarse, con una sociedad demasiado
arraigada en sus costumbres como para adaptarse a
una nueva realidad.
Como funcionario gubernamental, Pierod había
sido testigo de las reservas de savia de Solipsus:
enormes tanques de líquido púrpura desperdiciado
y olvidado, ocultos en los rincones más sombríos
de la ciudad para no alarmar a la población. Rep-
resentaban la decadencia de Serrine: la pérdida de
milenios de propósito, la desconexión con el Imperio
en su totalidad y, lo que era más grave para Pierod,
la pérdida de su prestigio en la galaxia. Sin embargo,
él había encontrado una forma efectiva de lidiar con
ese problema, un lujo para un hombre acostumbrado
a los lujos: simplemente, prefería no pensar en ello.
La antigua opulencia de Serrine garantizaba abun-
dantes provisiones de alimentos y sistemas de pu-
rificación de agua. Para Pierod y las demás familias
que componían la intrincada red de casas nobles de
Serrine, tanto mayores como menores, cualquier
cambio era inaceptable. Mientras la hierba contin-
uara creciendo y la cosecha siguiera llegando, Pierod
podría llevar su vida, prolongada artificialmente
gracias a los tratamientos Rejuvenat, de acuerdo con
las expectativas de su noble linaje. Y, por supuesto,
eso no implicaba tener que apresurarse en absoluto.
Los latidos erráticos de su corazón resonaban en
54
su garganta, gruesos e inestables. Tragó saliva para
devolver la sensación a su cuerpo y abrió la trampilla
de salida del túnel. Con la mejilla pegada al frío metal
de la trampilla, se aventuró a asomarse al exterior.
El puerto se presentaba aún más desolador que
antes, pensó con resignación. Pierod había tratado
de convencerse de que había cierta estética en su
brutalidad, en su superficie gris perfectamente lisa
que se extendía como un mar artificial en calma. Sin
embargo, ahora estaba marcado por surcos, grietas,
protuberancias. En conjunto, el puerto le recordaba
el rostro adolescente de Ysaac, los estragos de la
adultez marcando lo que alguna vez fue impecable,
aunque terriblemente aburrido.
Los mayores estragos eran los enormes cilindros,
los vestigios de los huecos de los ascensores que
solían transportar la savia de Solipsus a las gigan-
tescas naves de carga. Tres de ellos aún se erguían
en el horizonte, pero los demás yacían esparcidos
por el puerto como árboles caídos, creando pasillos
improvisados y barricadas donde antes había espacio
abierto.
Los bultos más pequeños resultaron ser cadáveres,
se dio cuenta con horror, envueltos en las túnicas
rosa pálido de la milicia de Serrine. Algunos yacían
solos, otros en grupos de dos o tres. Parecía que
habían sido abatidos a traición mientras huían, y
sus armas yacían dispersas delante de ellos como
55
si hubieran sido arrojadas de sus manos hacia el
imponente edificio cuadrado que fungía como torre
de mando central del puerto.
Aquello no presagiaba nada bueno. Si bien Serrine
siempre podría reclutar más milicianos —el número
de muertos no era el problema— si la guarnición del
puerto había sido vencida, pensó Pierod, entonces
no habría nadie para protegerlo.
¿Quién era el responsable de este ataque?
¿Acaso extranjeros celosos de su fortuna? ¿Xenos
asquerosos, dispuestos a manchar la reputación
de la sociedad más civilizada de la galaxia? Había
escuchado rumores de tales amenazas en los corrillos
del Consejo. O, lo que resultaba infinitamente más
plausible, ¿era obra de otra casa buscando hacerse
con el poder?
Si era así, el asunto era más serio de lo que estaba
acostumbrado. Los intentos de golpe de Estado eran
algo común cada pocos años y, por lo general, se
resolvían con intrigas palaciegas, algunos nobles
apuñalados por la espalda con cuchillos ornamen-
tados y una sutil reestructuración de las líneas de
sucesión. Sin embargo, el uso de la artillería pesada
no era algo habitual.
Por ahora, la situación era incierta. Había violencia
entre personas, y aunque no sabía si la torre del
puerto seguía en pie, definitivamente no iba a salir
del mundo subterráneo como una simple rata.
56
Con el aliento volviendo gradualmente a sus pul-
mones, reunió valor y asomó la cabeza por la es-
cotilla, listo para moverse nuevamente.
Se agachó justo a tiempo cuando tres figuras
pasaron a toda velocidad, lo suficientemente cerca
como para distinguir el desgaste en sus botas
idénticas. Vestían overoles manchados que una
vez fueron blancos, ahora cubiertos de una mezcla
de tonos marrones, negros y morados. Los tres
mostraban la característica piel rosa pastel de los
habitantes de los niveles inferiores.
—¿Trabajadores de la refinería? —Se preguntó
Pierod en voz alta—. ¿Qué hacen aquí arriba?
Como vicetesorero, había interactuado previ-
amente con individuos, prefería no llamarlos
“personas”, que habitaban debajo de la línea de
niebla, pero solo en el ambiente controlado del
gabinete. No le gustaba prolongar esas reuniones
más allá de unos pocos minutos, dejando que sus
subalternos se encargaran de los debates sobre
fechas de cosecha, reparaciones de maquinaria
agrícola o pagos a familiares perdidos entre los
cultivos. Los habitantes de los bajos fondos tenían
un olor peculiar que hacía que Pierod arrugara la
nariz y le ofendiera su sensibilidad delicada.
Mientras observaba, dos de las figuras levantaron
un largo cañón del suelo y lo montaron en un trípode
que el tercero había colocado contra un fragmento
57
de ferrocemento roto. Ajustaron un cinturón de
municiones en la recámara del arma y el tercero
apuntó hacia la torre central a través del puerto,
apretando el gatillo mientras el cañón se alineaba.
La arma vomitó luz y estruendo, haciendo que
Pierod se estremeciera, agachándose para escapar de
la cacofonía.
—¡Por el Trono! —Siseó. Jaloneó la escotilla
casi cerrándola, dejando solo una rendija mientras
el cañón montado disparaba su primera ráfaga de
munición.
El fuego enemigo respondió desde la torre cuando
el cañón se detuvo, con el chisporroteo de los láseres
calentando el aire. Las balas impactaron contra la
barricada de ferrocemento, perforando pequeños
agujeros en la mampostería ennegrecida. Al menos
eso era una buena señal, pensó Pierod. Significaba
que la milicia de Serrine aún estaba en la lucha, dis-
puesta a arriesgar sus vidas para repeler al enemigo.
A espaldas del ferrocemento, los trabajadores bus-
caban en andrajosos sacos de arpillera, sacando
cintas de munición y cargadores de caja como si
fueran órganos de tela.
Cuando cesó el tiroteo, ya estaban en pie, uno re-
cargando el cañón con nuevas balas, otro conectando
cables entre paquetes de una sustancia cerosa que
Pierod no pudo identificar.
Anhelaba tener un arma. No, eso no estaba bien.
58
Anhelaba tener a Rogirre, y que Rogirre tuviera un
arma. No quería ensuciarse las manos, y además,
¿y si fallaba? Era mucho mejor que otro hiciera el
trabajo sucio.
El que manipulaba los paquetes de cera terminó
su labor de cableado y asintió a los otros dos. Sus
ojos, hundidos y brillantes, mostraban un tinte amar-
illento que Pierod alcanzaba a distinguir desde su
escondite. Estaban ocultos bajo una frente ancha y
un cráneo calvo y abultado.
Pierod se pasó una mano por el desordenado ca-
bello rubio mientras la figura que sostenía el objeto
con cables presionaba un botón en una unidad de
control. La luz roja del botón se encendió, y la figura
levantó el puño cerrado en señal de victoria.
Una vez reabastecida la munición, el operador
del cañón pesado volvió a disparar una descarga
fulminante hacia la torre de mando. Una vez oculta,
la figura que transportaba el objeto —Pierod ya había
deducido que se trataba de una carga explosiva— se
lo ajustó al pecho y salió de detrás de la barricada,
corriendo agachada por el descampado.
El primer rayo láser lo alcanzó en la rodilla, der-
ribándolo al suelo. Su pierna estaba destrozada,
como indicaba el agujero ennegrecido y humeante
en su mono, pero al trabajador no parecía importarle.
Con los ojos brillantes, iluminados por una deter-
minación sombría, se arrastraba a lo largo del fer-
59
rocemento cuando los segundos y terceros rayos lo
alcanzaron, perforando su espalda y el lado izquierdo
de su cabeza. Por un instante, Pierod creyó que la
figura seguiría avanzando, una especie de cadáver
animado de leyenda milenaria, pero sus delgados
brazos se aflojaron y quedó inmóvil, descansando
sobre la carga que llevaba. Pocos segundos después,
Pierod oyó el estruendo de una detonación y se metió
de nuevo en su escotilla mientras los restos del
desafortunado trabajador caían al suelo en una lluvia
espeluznante.
La explosión desorientó a las figuras que quedaban
detrás de la barricada, haciéndolas retroceder tam-
baleándose y permitiendo que los francotiradores
de la torre dispararan con claridad. Los proyectiles
láser alcanzaron a los dos hombres, quemando su
piel y músculos hasta los huesos. Disparos secun-
darios impactaron contra sus formas inertes incluso
mientras caían, haciendo que sus cuerpos sin vida se
deslizaran por el ferrocemento.
Por un momento, Pierod contempló la idea de
quedarse escondido en su agujero hasta que todo
aquel horror llegara a su fin o hasta que algún matón
le disparara en la cabeza, lo que sucediera primero.
Pero estaba demasiado cerca. Con el prestigio que
le otorgaba su posición, podría exigir acceso a una
nave; podría dejar aquel mundo, al menos por un
tiempo, y vivir lo que quedara de… lo que fuera… en
60
la comodidad de una nave de lujo. Una vez cesaran
los disparos, podría regresar a Serrine como un líder
emergente, su noble linaje y su genética superior
asegurándole un lugar en la cima de cualquier nuevo
gobierno que se formara.
Pierod pasó una pierna sudorosa por el borde de
la escotilla y trató de deslizar la otra. Se tropezó a
medio camino y cayó sobre el ferrocemento desgas-
tado. Se encogió en un ovillo, tratando de hacerse
lo más pequeño posible, y gimió mientras esperaba
que la bala del francotirador pusiera fin a aquel día
miserable.
No hubo disparo alguno. El único ataque llegaba
a través del penetrante olor en el aire: a humo, a
polvo de ferrocemento y a ficelina. También percibía
algo más, un matiz similar al aroma de la cocina de
Rogirre. Era el olor de la muerte, comprendió de
repente, la carne de los hombres cocida por el fuego
explosivo y los disparos láser.
Pensó en salchichas y filetes jugosos, en el chis-
porroteo y la tentación de los jugos animales, y en
el carbón de un asado perfectamente preparado. Su
estómago rugió y se llenó de pesar, su rostro rosado
palideció repentinamente.
Entonces vomitó ruidosamente, su cuerpo expul-
sando el último festín de Rogirre hacia su amo. El
líquido espeso brotó de su boca y salpicó jugueton-
amente el ferrocemento marcado por las cicatrices,
61
con fragmentos de aves medio digeridos y semillas
de frutas aún reconocibles en el desorden.
Pierod no había llorado desde aquel día a los
catorce años cuando su padre lo castigó cruelmente
por hablar con el hijo del carnicero de la ciudad.
Pero mientras estaba sentado en la ciudad sitiada,
expulsado de su propio hogar, cubierto de su propia
enfermedad, luchaba contra las lágrimas.
Sentía un calor abrasador en los ojos, como si es-
tuvieran siendo perforados por diminutos láseres, al
igual que aquellos repugnantes trabajadores. Habían
llegado desde sus inmundos escondites en los bajos
fondos, trayendo consigo su sudor, suciedad y mal
olor a su ciudad, su ciudad civilizada, ordenada y
pulcra. ¿Cómo se atrevían?
¡No! ¡Esto no podía ser! ¿Qué diría su padre? Su
padre resistiría, lideraría, sobreviviría. Él era Pierod,
descendiente de la familia Vaude, y vice tesorero de
Serrine. No se dejaría vencer por un rufián insolente
con un mono sucio que no sabía cuál era su lugar.
Pierod se puso de pie, apoyando una pierna tem-
blorosa contra el ferrocemento antes de enderezarse
con determinación. Levantó las manos y el rostro
hacia el edificio.
—Que el Trono nos asista si me disparan
—murmuró en voz baja. Y luego, más alto, gritó—:
¡Soy el Vicetesorero Pierod, y ustedes me darán paso
seguro!
62
Un disparo resonó desde lo alto de la torre.
63
Capítulo 4
L
as butacas orgánicas gemían bajo la presión
de sus ocupantes, sus columnas vertebrales
se extendían y las costillas se abrían para formar
asientos lo suficientemente amplios como para
albergar a guerreros mejorados genéticamente.
Cinco de estos guerreros se acomodaban en estas
butacas, con sus cuerpos modificados envueltos en
simples túnicas de seda blanca. La sexta y última
butaca sostenía a una figura mucho más menuda,
apenas alcanzando la mitad de la estatura de los otros
en la cámara, y tan esbelta que parecía una niña en
comparación. También llevaba una túnica de tela
blanca, pero la excesiva cantidad de joyas con las que
estaba adornada anulaba cualquier intento de mod-
estia. Estaba cubierta de oro y plata, con brazaletes
y anillos en los brazos y dedos que tintineaban con
cada movimiento. Rubíes y esmeraldas del tamaño
de globos oculares pendían de su cuello en collares
de platino, tirando de su cabeza hacia adelante con
su peso, otorgándole el aspecto de un pájaro exótico.
64
Xantine pasó distraídamente un dedo enguantado
en seda por el borde de su propia butaca. La piel
reaccionó a su contacto, generando un escalofrío de
placer o disgusto, no estaba seguro.
—Mis amigos —comenzó, complacido al no-
tar que la conversación en la sala se extinguía
inmediatamente—. Mi consejo. Gracias por
acompañarme hoy aquí. Los convoco porque ante
nosotros se presenta una elección difícil, así que me
dirijo a mis compañeros de mayor confianza, sabios
y respetados —Xantine inclinó la cabeza hacia cada
una de las figuras en la sala—. Vavisk, mi compositor.
Sarquil, mi intendente. Qaran Tun, mi coleccionista.
Torachon, mi campeón —por último, se dirigió a la
mujer—. Fedra, mi musa.
Ella asintió en señal de reconocimiento. Xan-
tine había visto esa inclinación de cabeza cuando
la encontró por primera vez: maloliente, vestida
con harapos, obligada a robar huevos de serpiente
y atrapar insectos para sobrevivir. Había vivido
en un pantano asfixiante en el borde de un mundo
asolado por señores de la guerra cuyos ejércitos
empleaban catapultas de madera y espadas de hierro
romas como armas, aplastando a sus habitantes en
estrictas jerarquías sociales y forzándolos a morir
por insignificantes ganancias territoriales.
Esta sociedad había rechazado a Fedra cuando era
joven, tildándola de bruja o monstruo.
65
Estaban justificados en su juicio.
Era anciana en aquel entonces, mucho más de lo
que aparentaba ahora tras innumerables tratamien-
tos Rejuvenat y trasplantes de tejido. Los Adorados
habían devastado su mundo, y tras la batalla, Xan-
tine se había entregado a deambular por el planeta,
embriagada por los excesos. Buscó una audiencia
cuando encontró a Fedra, deleitándose con los re-
latos de la destrucción.
Esperaba provocar ira, justa y satisfactoria, pero
ella simplemente se rió. Su risa encendió el aire, y
al amanecer siguiente, mientras contemplaban los
restos carbonizados de su choza, Xantine supo que
había encontrado a su musa definitiva.
A estos seis convencería Xantine del valor de Ser-
rine, y con ellos planearía una invasión del mundo.
La decisión ya estaba tomada. Serrine era demasiado
valioso, demasiado perfecto, para dejarlo escapar, y
tras la última incursión desastrosa, donde las fuerzas
de la Legión Negra habían expulsado a los Adorados
del sistema, el planeta se presentaba como la única
opción realista.
Más que eso, lo deseaba ardientemente. Este
mundo podía ser liberado, su gente emancipada de
la monotonía de sus vidas, con Xantine liderando el
camino.
Comenzó su discurso.
—Hemos llegado a Serrine, un planeta reciente-
66
mente revelado por los caprichos de la disformidad.
Es, me complace decirlo, una joya escondida en la
corona del Emperador Cadáver.
La joven figura en la silla frente a él escupió ante
la mención, una gota espesa brotó de su boca y se
estrelló contra el suelo de piedra pulida, formando
un charco burbujeante.
La mirada de Xantine se tornó severa.
—Basta, Torachon —dijo con leve exasperación—.
Pero ¿podríamos evitar tales incidentes hasta que
estemos fuera de estas salas viciadas? —Torachon
asintió en una breve reverencia, y Xantine ignoró la
interrupción, dirigiendo su atención hacia Rhaedron.
El capitán se adelantó, aclaró la garganta y
comenzó a hablar.
—Serrine, amigos míos, es un mundo agrícola.
Cuenta con múltiples láseres de defensa que rodean
el puerto de su metrópolis más grande, y su milicia
planetaria, compuesta en su mayoría por soldados
provenientes de las familias nobles del planeta y
formada principalmente por sus criados, está bien
equipada. Se registra que un cuerpo de élite de estos
soldados está sometido a mejoras químicas. A pesar
de que los escáneres de auspex han mostrado poca
actividad orbital en el último siglo, estas defensas
parecen estar intactas —mientras les hablaba, sus
botas resonaban marcando un ritmo entrecortado—.
El principal producto de este mundo es el Solipsus,
67
una potente sustancia química utilizada principal-
mente en terapias de rejuvenecimiento en todo el
Imperio. Además, sirve como base para muchos
estimulantes autorizados, así como para varios de
los narcóticos más populares e ilegales de la galaxia.
Eso debería captar su atención, pensó Xantine.
—Gracias, capitán —respondió, extendiendo las
manos con las palmas abiertas en un gesto que
pretendía mostrar humildad. Nunca podría estar
seguro, había olvidado esa sensación—. ¿Qué opinan
ustedes, mi senado? —Preguntó a la sala.
Torachon fue el primero en responder, como era
su costumbre.
—Debemos aceptarlo, su magnificencia —exclamó,
levantándose ligeramente de su asiento. Era el más
corpulento de todos, destacando incluso entre los
transhumanos genéticamente mejorados y afectados
por la disformidad que conformaban la asamblea.
Sus amplios músculos pectorales se movían bajo la
toga blanca mientras se estiraba en su asiento.
—Muchacho —intervino Xantine, forzando una
tonalidad amistosa—, ¡este es un lugar de iguales!
No hace falta que te dirijas a mí de esa manera. Un
simple “señor” será suficiente.
—Por supuesto, mi señor —murmuró Torachon,
inclinando la cabeza en un gesto de sumisión
excesiva—. Mis deseos son tus órdenes. Como
prefieras, este mundo debe ser nuestro. Solo anhelo
68
saborear su esplendor.
Torachon no mostraba respeto por la etiqueta.
Quizás era un remanente de su juventud impetuosa,
pero era un rasgo que Xantine encontraba particular-
mente irritante. Torachon no había participado en la
Gran Guerra en Terra, ni en las Guerras de la Legión
después de la caída de Horus y el fin de la Herejía.
No había estado en Ciudad Cántico, donde la Legión
Negra había destrozado la ciudad más hermosa de
la galaxia en un acto de profanación monstruosa e
imperdonable.
Tampoco había presenciado el inicio de la Dec-
imotercera Cruzada Negra del Señor de la Guerra,
cuando el antiguo Maestro de Guerra de Xantine,
Euphoros, había abandonado su lealtad hacia la III
Legión para unirse a la Legión Negra como miembro
de los Hijos Tormentosos, bajo el estandarte de
Abaddon.
Torachon había llegado a los Adorados más tarde,
salido recién de las forjas genéticas de Fabius Bilis,
con el olor a biología arcana del Señor Clonador aún
impregnado en su piel perfecta. Era una recompensa
por el trabajo bien hecho de la banda de guerra de
Xantine, y en términos de premios para una criatura
así, Torachon era excelente. Fuerte, leal y ágil como
la luz de las estrellas, se adaptaba a los caprichos
de los Adorados como una espada a su vaina: un
complemento perfecto para su forma majestuosa.
69
Su melena rubia caía en cascada sobre un rostro
simétrico, con una nariz aguileña y unos ojos violeta
profundo incrustados en él. Eran los ojos de Fulgrim,
y a Xantine le emocionaba liderar una copia tan
perfecta de su primarca.
Sin embargo, también le inquietaba ver tanta sum-
isión en esos ojos. Torachon era leal hasta el extremo.
Xantine no sabía si Bilishabía inculcado esa lealtad
en sus creaciones o si se trataba simplemente de
la deferencia natural de su linaje hacia un superior,
pero aunque Torachon tenía los ojos de su primarca,
carecía de la astucia de Fulgrim. A Xantine le re-
sultaba empalagosa la obediencia ciega del joven
marine espacial, como las atenciones de una mascota
pegajosa.
Pero resultaba útil. Aunque Torachon era joven, un
guerrero recién llegado a la alta política del Senado,
Xantine había agilizado su ascenso, asegurando su
lugar como el sexto miembro del grupo tras la de-
safortunada muerte de Talon Yannos en el Abismo
Chillón. En los vestigios de la III, el poder se man-
tenía en un puño firme y Xantine sabía el valor de
tener a alguien dispuesto a decir “sí” en su círculo
de toma de decisiones.
Algunos de los otros miembros habían objetado
la designación, pero Xantine, disimulando su mano
en el asunto, había señalado el impecable historial
de Torachon y su popularidad entre los hedonistas
70
de los Adorados, debido a su habilidad marcial y su
carácter jovial.
—Por supuesto, muchacho —asintió Xantine—
. Tu voto cuenta como asegurado, colocando uno
de nuestros preciados cónclaves a nuestro favor.
Un auspicioso comienzo. ¿Quién tomará la palabra
ahora?
Siempre cínico, Sarquil se aclaró la garganta.
Nunca se le veía sin su armadura de Exterminador
de Tartaros, ni siquiera entre sus camaradas más
cercanos dentro del cuadro de Exterminadores de
los Adorados. La piel oscura de su cabeza era la
única parte de su anatomía aún visible. Con un
brazo, golpeteaba los dedos de su enorme Puño
de Combate, mientras que el otro colgaba inerte,
fusionado quirúrgicamente con el mecanismo de
disparo de su amado cañón sierra. La parte superior
de su cráneo estaba revestida de plata ondulante,
una práctica común entre los Marines Espaciales
para conmemorar las batallas pasadas. Después
de numerosas incursiones, Sarquil parecía llevar
una especie de casco plateado que relucía a la luz de
las velas de la sala del cónclave. Bajo esa cubierta
de metal se esbozaba un rostro de halcón, con una
expresión de desdén permanente en su boca.
—¿Tenemos un ejército bien equipado? —Preguntó
la criatura—. ¿Estamos realmente preparados,
Xantine? ¿Tan solo aceptablemente equipados?
71
Sarquil había sufrido graves heridas en conflic-
tos anteriores y sus implantes augméticos eran de-
sagradables a la vista. Los pistones de su cuello
funcionaban mientras hablaba, revelando músculos
y venas en carne viva. Xantine hubiera preferido
que su intendente optara por algo más estéticamente
agradable.
—Tenemos a nuestra disposición tres mil cuatro-
cientos veinte proyectiles de bólter, ciento sesenta
y cinco paquetes de energía para cañones láser, y
diecisiete botes de prometio tras nuestra última
incursión —enumeró Sarquil, trazando cada cifra
en el aire con gestos precisos—. En la corte del
Príncipe Oscuro, ¿podríamos afirmar que estamos
“adecuadamente provistos”?
—Cobarde —siseó S’janth en la mente de Xantine—
. No muestra pasión. Permíteme saborear su angustia.
Xantine apretó los dientes, enviando una oleada
de irritación al demonio con una mirada significa-
72
tiva: «déjame manejar esto». El Exterminador24
atesoraba su arsenal como un tesoro, y arrebatarlo
de sus manos requería un enfoque más delicado.
—Amigo mío —comenzó Xantine, extendiendo
las manos como si estuviera recibiendo a un querido
compañero—. Estos números carecen de vida. Lo
que verdaderamente importa es nuestra maestría
en el uso de estas armas. Y en ese sentido, nuestra
armadura es impenetrable y nuestras armas jamás
fallan, porque somos de la Tercera. Un solo guerrero
nuestro vale por diez mil mortales.
—Díselo a Yannos —intervino Sarquil—. Era uno
de los nuestros y así mismo murió.
—Yannos era un insensato arrogante, Sarquil, y tú
lo sabes mejor que nadie —replicó Xantine. Ambos
habían estado a punto de llegar a las manos cuando
compartían asiento en el consejo de los Adorados; la
24
Exterminador: Son Marines Espaciales Veteranos que visten la
Armadura Táctica Dreadnought, más conocida como Armadura
de Exterminador. En la mayoría de Capítulos Codex son
miembros de la Primera Compañía, la élite de un Capítulo de
Marines Espaciales. Las Armaduras de Exterminador suponen
el pináculo de la protección disponible para los Marines
Espaciales, pues son prácticamente inmunes a las armas de
fuego personales e incluso pueden soportar sin problema las
armas antitanque y las presiones titánicas de la teleportación.
Las Armaduras de Exterminador son increíblemente raras, y
algunas de ellas se remontan a la época de la Gran Cruzada, por
lo que se consideran reliquias sagradas.
73
imprudencia ostentosa de Yannos y su amor por el
dramatismo chocaban con las obsesiones materiales
de Sarquil.
—Así era, Xantine, así era —murmuró Sarquil,
riendo entre dientes mientras se recostaba en su
asiento. Movió la mano como si quisiera desestimar
el asunto, pero Xantine persistió.
—Además —continuó Xantine, volviendo al tema
del cónclave—, el botín de este mundo abastecerá
nuestro arsenal durante años.
—Si es que ganamos —contrapuso Sarquil—. No
estamos preparados para una batalla prolongada, y
cada munición que gastemos en este desolado mundo
debe rendirnos cinco veces más para justificar el
desgaste de mi arsenal.
En su mente, Xantine reflexionó mientras dibujaba
una sonrisa en sus labios tiznados para disfrazar su
molestia.
—Sí, amigo mío. Serrine nos promete un botín dis-
tinto a todo lo que hemos conocido antes —expresó.
Sarquil bufó y comenzó a enumerar.
—Necesito diecisiete mil cien proyectiles de bólter,
ochocientos y…
—No solo nuestro arsenal —lo interrumpió Xan-
tine, consciente de que Sarquil, si lo dejaban, seguiría
hablando de sus tesoros hasta que las estrellas se
extinguieran en la galaxia—. Nuestras bodegas de
esclavos volverán a conocer el aplastamiento de
74
la carne mortal, nuestras reservas se llenarán de
nuevos y exóticos narcóticos, y nuestra decadencia
atraerá a maravillosas criaturas nunca antes vistas
para nuestros archivos.
Con esta última promesa, Xantine giró hacia Qaran
Tun. El diabolista permanecía imperturbable en su
asiento, con la espalda erguida y la mirada fija. Su
cabeza rapada estaba adornada con tatuajes cam-
biantes que parecían danzar con la tenue luz de la
cámara, creando y disolviendo símbolos y formas
en una piel bronceada. Tun, exmiembro de la XVII
Legión de Lorgar, había abandonado a sus hermanos
debido a su insaciable necesidad de explorar y cat-
alogar los demonios más raros y extraños, una ob-
sesión que incluso sus compañeros Portadores de
la Palabra encontraban inquietante. Ahora, al ser-
vicio de los Adorados, su lealtad estaba garantizada
siempre que Xantine alimentara su curiosidad.
—Mi señor —musitó Tun con voz ronca y vacilante.
Xantine sabía que su mente estaba en otro lugar.
Serrine había resistido los estragos de la Cicatrix
Maledictum, la fisura que desgarraba la galaxia y
que los adoradores del Cadáver llamaban así. A
diferencia de otros mundos menos afortunados, aquí
no había sucumbido a los horrores de la disformidad
que devoraban todo a su paso. Xantine, acompañado
por Tun, había escuchado relatos sobre un planeta
cuya población, ascendiendo a mil millones de habi-
75
tantes, se había fundido en una masa tan vasta que
se extendía hasta la atmósfera. En otros lugares,
la repentina inundación de energía disforme había
llevado a los mortales a éxtasis y agonías extremas,
dando origen a nuevos clanes y castas de demonios.
Tun era pragmático, especialmente en comparación
con los volubles Hijos del Emperador, pero también
era egoísta, anhelando ser el primero en estudiar
estas entidades exóticas.
—Este mundo nos reserva un festín de placeres
para aquellos con la voluntad de tomarlos —declaró
Tun, su mirada clavada en Torachon, quien parecía
ajeno mientras examinaba la circunferencia de su
bíceps con una mano colosal—. Pero propongo que
nos aventuremos hacia las profundidades de la Gran
Fisura, donde podremos esquivar mejor la mirada de
nuestro antiguo amo de esclavos —Xantine gruñó
al mencionar a Abaddon— y descubriremos deleites
más exquisitos.
—¿Acaso te refieres a adquirir criaturas más fasci-
nantes para tu colección de bestias? Los Adorados
no se entregan a gloriosos enfrentamientos para
que tú llenes tus jarrones y urnas con despojos de
monstruosidades, Portador de la Palabra.
Tun carraspeó, sus tatuajes parecieron danzar
más rápido mientras sus respuestas siseantes lucha-
ban por salir. Xantine alzó la mano para calmar la
situación, su ira disipándose tan rápido como surgió.
76
—No, amigo mío, no importa. He pedido tu con-
sejo y, en aras de nuestro honor, lo valoro.
Tun se enderezó en su asiento, adoptando una
postura más formal.
—Dos a favor, dos en contra —anunció Xantine.
Se giró hacia la única mortal entre sus consejeros,
aunque dudaba si podía seguir considerándola sim-
plemente mortal, y extendió la palma de la mano en
señal de invitación—. Mi musa, Fedra. Por favor,
danos tu consejo.
Hubo una pausa antes de que Fedra respondiera,
su voz resonando como el susurro del viento entre
los juncos. Las joyas y campanillas que adornaban
sus orejas tintineaban suavemente mientras hablaba,
creando una melodía sutil como la lluvia.
—¿Cómo viven los habitantes de este mundo?
—Con opulencia, querida —contestó Xantine—
. Residen por encima de las nubes, en ciudades de
mármol y piedra pulida, y sus vástagos no carecen
de nada.
Fedra suspiró con satisfacción, su tono evocando
el éxtasis de un alma en su lecho de muerte.
—Me encantaría ver ese mundo, Xantine —dijo,
sus ojos lechosos fijos en la distancia, como si visu-
alizara las delicias que les aguardaban. Sus manos
arrugadas se movían suavemente en el aire mien-
tras hablaba, como si buscaran algo invisible para
Xantine.
77
—Por supuesto, siempre y cuando mi querido
hermano esté de acuerdo con nuestra dirección. ¿Qué
dices, Vavisk? ¿Abrazaremos este botín como nue-
stro?
El sexto y último integrante del cónclave estaba
recostado en su asiento, respirando con dificultad.
Cada inhalación y exhalación de Vavisk generaba un
silbido musical que tensaba los nervios de Xantine y
le erizaba los cabellos. Estridente, áspero y eléctrico,
el pulso vital del Marine Ruidoso llenaba la atmósfera
de estática.
El cuerpo de Vavisk, rara vez despojado de su
elaborada armadura, era una ruina. Las pequeñas
bocas a lo largo de su cuello y torso se abrían y
cerraban, con sus lenguas y labios visibles bajo la
seda manchada de su toga. Era un reflejo desgastado
del hombre que Xantine recordaba, una imagen
distorsionada del más noble entre ellos.
El marine Ruidoso soltó otro suspiro musical y su
voz profunda se quebró.
—No, Xantine —resonó—. Este mundo es una
distracción.
Xantine sintió un vuelco en el corazón. Esperaba
la reticencia de Sarquil, incluso la contaba con ella.
Tun era también reservado, más observador que
participante. Pero la negativa de Vavisk arruinó
su estrategia cuidadosamente planeada: obtener la
aprobación del cónclave para legitimar sus planes.
78
Algunos líderes gobernaban mediante la fuerza
bruta o demostraciones de poder; otros llenaban sus
filas de guerra con brutos e idiotas, simples bloques
de músculos que obedecían ciegamente a sus amos.
Los Hijos del Emperador no eran así. Eran un
colectivo de artistas y estetas, la más refinada de
todas las Legiones. Los seres más cultivados de la
galaxia. Xantine disfrutaba de la compañía que le
desafiaba intelectualmente, pero un acuerdo como
ese implicaba preocupaciones más pragmáticas de
control. Su dominio sobre el poder entre los Ado-
rados era sutil, como una espada en manos de un
espadachín, y el respaldo de Vavisk, normalmente
inquebrantable, era el fundamento sobre el que podía
legitimar sus demandas.
—Mis coros entonan, siguiendo la melodía de
Slaanesh. Nos guía de regreso a nuestra Legión
y a nuestro primarca. Nos lleva más allá de este
insignificante mundo —soltó Vavisk con un suspiro
más—. Interrumpir su ritmo significa la muerte.
—¿Lo ves? —susurró S’janth en lo más profundo
de su ser—. Nos ha dejado.
—Vavisk —dijo Xantine, su voz acariciante traicio-
nando parte del auténtico dolor que sentía—. Pode-
mos hacer que este mundo entone una nueva y
gloriosa canción. Millones liberados de la tiranía
del Emperador Cadáver, viviendo sin ataduras, con
la libertad de satisfacer todos sus deseos. Todo en
79
nombre del Dios Más Joven. Todo en nombre de
nosotros.
—Sólo hay una canción, Xantine —dijo Vavisk, con
ojos enrojecidos—. Es la canción de la alegría y la
agonía, y nos conduce hacia nuestros hermanos.
Xantine complacía los deseos del Marine Ruidoso
según le convenía, prometiendo el sueño de la re-
unión de la III Legión. Pero sólo buscaría a sus
hermanos si podía liderarlos, y eso era poco probable
mientras Eidolon siguiera desafiante. La promesa
de la unificación, la amenaza de la Legión Negra, su
juramento a su querido hermano Vavisk de seguir
los acordes de su canción sin sentido… todas eran
verdades convenientes, esgrimidas por Xantine para
desestabilizar y distraer, para sofocar cualquier re-
sistencia organizada a sus órdenes, tanto real como
imaginada.
—Mis hermanos están aquí, Vavisk. Observa a tu
alrededor. Hay un exceso de sensaciones esperando
ser deleitadas, ¿y tú les niegas su banquete por tu
sombrío ascetismo? ¿Debemos postergar la satisfac-
ción de hoy por una promesa fugaz de mañana?
Vavisk se alejaba cada vez más de la realidad con
cada año que pasaba, insensible a los placeres ter-
renales mientras sintonizaba su ser con la música
del universo, una música que sólo él podía escuchar.
Su banda de guerra, sus hermanos, Xantine… los
estaba olvidando y abandonando, convirtiéndose en
80
un receptor de una verdad incomprensible.
Xantine volvió a abrir las palmas de las manos,
notando que su mano derecha se había cerrado en un
puño.
—¿Cómo puedo persuadirte, hermano?
—No puedes, Xantine.
Entrelazó las manos, gesto que marcaba una con-
clusión, intentando detener el movimiento involun-
tario de su mano derecha.
—Está bien —tres votos a favor. Tres en contra.
Era hora, entonces, de sacar la carta bajo la manga—
. En este grupo de iguales —declaró Xantine—,
soy su líder. Pero soy justo, y respeto su juicios,
por erróneos que puedan ser —sus miradas oscuras
se clavaron en los disidentes mientras hablaba—
. Sin embargo, en este momento, mi cónclave,
nos enfrentamos a un callejón sin salida. Así que
volvamos nuestra atención al último miembro de
nuestro grupo.
Sarquil intervino.
—No, ella no tiene voz aquí —protestó con indig-
nación.
Vavisk también expresó su disgusto ante lo que
estaba por venir. Las bocas en su cuello se movieron,
emitiendo un sonido húmedo de ansiedad.
—¡Silencio! —los interrumpió Xantine—. Es
la perfección personificada, mi propia carne, y la
escucharemos.
81
Qaran Tun, cuyo humor contrastaba con el de sus
compañeros, rompió su postura rígida y se inclinó
hacia adelante, perdiendo el control mientras se
frotaba las manos con avidez, ansioso por presenciar
el espectáculo demoníaco que estaba a punto de
ocurrir.
—Déjala hablar, mi señor… —susurró.
—¿Mi amor? —se preguntó Xantine para sí
mismo—. Mi cuerpo está a tu disposición.
Hubo una sensación de desprendimiento, como si
dedos se desentrelazaran de un abrazo compartido,
y Xantine se dejó llevar. Mientras caía, observó a
S’janth ascender a través de un velo resplandeciente,
una barrera que se volvía más densa y opaca a medida
que él descendía, sumergiéndose en las profundi-
dades de su conciencia.
Los ojos de Xantine rodaron en su cabeza mien-
tras agarraba los brazos de su silla con una fuerza
sobrehumana. Los huesos se fracturaron bajo su
agarre y escuchó un grito distante de agonía, que se
desvaneció como una ola que se aleja en el mar, cada
vez más silenciosa, hasta que sólo quedó el silencio y
la oscuridad.
Los presentes observaron cómo Xantine se inclin-
aba hacia adelante con una gracia renovada, sus ojos
turquesa ahora brillaban con un púrpura resplandor.
Una larga lengua se deslizó por los labios ennegreci-
dos, y las palabras de S’janth resonaron a través de
82
la boca de Xantine.
—Se detienen demasiado, mortales —declaró, su
influencia volviendo la voz de su amo más sibilante,
más etérea que el tono profundo de Xantine—. El
Príncipe del Placer ansía mi retorno. Llévenme a
Slaanesh.
—Está sellado, entonces —exclamó Sarquil, su
tono lleno de triunfo—. La propia criatura de Xantine
se ha vuelto contra él.
Xantine abrió la boca para responder, pero sus
palabras fueron ahogadas por un estruendo que
sacudió Exhortación. Los esclavos tambalearon, al
borde de caer, mientras las sillas gemían bajo el peso
de sus ocupantes.
A pesar de encontrarse en un estado liminal, Xan-
tine sintió el impacto y aprovechó la sorpresa de
S’janth para retomar el control de su cuerpo, arras-
trando su conciencia de nuevo al primer plano. Cerró
los ojos y, al abrirlos nuevamente, recuperó su tono
turquesa.
—Ghelia, informa —ordenó Xantine.
El montículo de carne se estremeció por un mo-
mento, golpeando el féretro sobre el que descansaba
mientras reflexionaba. Finalmente, habló.
—Análisis de combate: fuego entrante de las
baterías de defensa en el planeta de abajo. Informe
de daños: daños importantes en el reactor de
plasma, daños importantes en los motores primarios,
83
daños importantes en los motores secundarios,
daños importantes en el motor disforme, daños
significativos en los sistemas de armamento.
Informe de situación: fuga del reactor contenida,
motores inoperativos, motor disforme inoperativo,
armas principales inoperativas. Recomendación:
desactivar la fuente de fuego entrante.
84
Capítulo 5
E
l firmamento superaba todas las expectativas
de Cecily. Criada en los rincones más oscuros de
la urbe, donde una densa niebla rosácea ocultaba por
completo las estrellas y el sol apenas lograba filtrar
su luz, ahora se encontraba bajo un sol radiante en
un cielo azul intenso, deslumbrantemente esplen-
doroso. Al intentar sostener la mirada en él, sintió
una punzada en los ojos.
Desvió la mirada hacia el suelo, que también era
hermoso. Estaba conformado por innumerables frag-
mentos de cristal, salpicados de destellos dorados,
que delineaban las calles y avenidas, capturando la
luminosidad del sol con un resplandor deslumbrante.
A lo largo de esas vías se alineaban estatuas y escul-
turas, representando hombres y mujeres robustos,
soldados y santos, niños juguetones y extrañas criat-
uras híbridas, esculpidas en mármol, bronce y oro.
Qué mundo tan maravilloso habitaba y nunca había
conocido. ¿Acaso pertenecía realmente a este lugar,
sobre las nubes?
85
Recordaba el trayecto en uno de los imponentes as-
censores que conectaban las ciudades subterráneas
con las superiores del planeta. El frío en el inte-
rior del hueco del ascensor era intenso. Aquella
estructura, originalmente diseñada para transportar
maquinaria pesada, carecía de protección para los
frágiles cuerpos humanos, sin techos ni paredes
que resguardaran del entorno hostil. En el grupo
que la acompañaba había unas cincuenta personas,
aproximadamente. Observó a su alrededor mientras
ascendían. La familiaridad de la penumbra había
desaparecido, reemplazada por la concentración
de hombres y mujeres con la mirada perdida en
armas rudimentarias, en vetustas pantallas de datos
o simplemente en el horizonte. Le sorprendió no
reconocer a ninguno de ellos.
Las puertas se abrieron y sus compañeros de-
scendieron en tropel del ascensor. La mayoría avanz-
aba con decisión, pero otros, como ella, se quedaron
rezagados, desorientados ante el entorno descono-
cido y confundidos sobre su propósito.
Despertaron la atención de los hombres más impo-
nentes, quienes se desplazaban entre los rezagados,
marcando blancos, repartiendo armas y persuadi-
endo a los indecisos. Uno de ellos la divisó y le colocó
en la palma una pequeña y deteriorada pistola au-
tomática. Ella la recibió sin titubear. Observó el arma
detenidamente, realmente la veía por primera vez.
86
Le sorprendió su peso. Nunca antes había empuñado
un arma y desconocía por completo cómo cargarla,
pero tenía el suficiente sentido común para mantener
los dedos alejados del gatillo, en su lugar, los aferró
firmemente alrededor del deteriorado material que
recubría su empuñadura. Deseaba fervientemente
no tener que emplearla jamás.
¿Qué hacía allí? Estaba recostada en su bloque
residencial cuando salió a la hierba y vio… algo.
Avanza. Mantente con el grupo.
Se encontraba más distante de la superficie habit-
ual de su mundo que nunca, pero aún así percibía la
hierba. Le acariciaba la mente, instándola a avan-
zar, alejándola de los desechos industriales de la
plataforma de carga del ascensor y hacia la urbe
misma, entre imponentes estatuas y relucientes
torres. A medida que avanzaba, se topaba con per-
sonas desconocidas, ataviadas con ropajes de vivos
colores: naranjas, morados, verdes y azules. Lucían
bien alimentados, incluso robustos, y limpios. Sus
semblantes carecían del sucio y polvo característicos
de los barrios bajos, y se retorcían. No por temor a
la horda invasora desde abajo, sino por repugnancia:
semblantes burlones que se ocultaban tras puertas
cerradas y se alejaban por callejones laterales, dis-
tanciándose físicamente de los intrusos de abajo.
También reinaba la confusión. Hombres y mujeres
se detenían, asombrados ante un espectáculo tan
87
ajeno para ellos como la ciudad lo era para ella.
Quienes se acercaban demasiado eran apartados de
un empujón; aquellos que interponían obstáculos
e intentaban cuestionar las intenciones del grupo
eran derribados a golpes, y sus vistosos atuendos
desaparecían bajo las botas de trabajo mientras la
multitud proseguía su avance.
La colmena es fuerte. El individuo es débil.
Ahora el murmullo de la hierba tenía otro matiz.
Antaño susurros nocturnos, ligeros como plumas,
sinuosos como las hojas rosadas. Pero ahora, con un
sol jamás visto en lo alto del firmamento, su discurso
adquiría severidad. Le imponía órdenes.
Llegaron a una explanada abierta, una suerte de
plaza central engalanada con estatuas, fuentes y
hasta árboles. Solo había visto hierba, de un rosa
pálido, y le asombraba la intensidad del verde en
las plantas. Multitudes de habitantes se congre-
gaban allí, formando pequeños círculos o sentados
en cafeterías al aire libre, disfrutando de comidas,
bebidas y conversaciones. Lucían joyas: anillos,
pulseras y collares de oro y plata, el tipo de os-
tentación reservado para los líderes de bandas más
acaudaladas y los contrabandistas en los bordes de
la ciudad. Se encontró con la mirada de una mujer de
rostro redondo, ataviada con una elaborada túnica
amarilla, que la escudriñó de arriba abajo, sus ojos
entrecerrados se abrieron de par en par al posarse en
88
la pistola que sostenía en la mano.
Al otro lado de la plaza, divisó otro grupo de
obreros de los barrios bajos, con sus atuendos
monótonos, en marcado contraste con aquel
derroche de color.
Empuña tu arma. Abate a la presa.
Se escuchó un estruendo monstruoso y la mujer de
rostro redondo salió despedida hacia atrás, sus bra-
zos giraban antes de tocar el suelo. Mantenía los ojos
abiertos, muy abiertos, mientras su túnica amarilla
se empapaba de rojo con su sangre, goteando de las
heridas en su cuerpo.
Cecily se volteó en busca de la fuente del estrépito,
más atronador que cualquier sonido que hubiera
experimentado antes, y vio a un obrero con un mono
manchado de rosa a pocos pasos de ella, sosteniendo
un rifle entre los brazos. Hizo una mueca mientras
preparaba de nuevo el arma, hallando un nuevo
blanco entre la multitud de la plaza.
Algunos, los más avispados, huyeron despavoridos.
Varios recibieron disparos por la espalda mientras es-
capaban, cayendo hacia adelante como aves exóticas
desplegadas en colores vibrantes. Otros quedaron
estáticos mientras perecían, atónitos ante la incon-
gruencia de la situación. Los que pudieron escapar
lo hicieron, y la plaza se vació como la sangre de
una herida. Sin embargo, sus recién encontrados
camaradas continuaron disparando, un torrente de
89
luz y sonido que perturbó la serenidad anterior de la
plaza.
Matar, matar, matar.
Elevó la pistola hacia la espalda de un hombre que
había tropezado al intentar huir. Ahora se arrastraba,
medio reptando, enredado en su túnica, presa del
pánico. El arma le temblaba en la mano mientras
procuraba apuntar con precisión, obedeciendo a la
voz interna, cumpliendo órdenes. Su dedo se acercó
al gatillo cuando el hombre se volteó, con la boca
crispada en un gesto de terror.
Matar por la colmena.
Presionó el frío metal con el dedo y el arma se
sacudió en su mano. Las balas zumbaban, alcan-
zando su objetivo, y el hombre se alzó, preparado
para correr.
—No… —jadeó. Intentó dejar caer el arma al suelo,
con el cañón humeante, pero sus dedos se aferraban
con firmeza.
—Sigue disparando —susurró el hombre a su lado,
mientras descargaba una ráfaga de disparos hacia
la figura que huía. La primera bala impactó en el
tambaleante hombre en el cuello, quien se desplomó
entre los pliegues de su ropa.
—Matar por la colmena —repitió la voz en su
cabeza. Ahora más imperiosa, un zumbido estridente
que abrumaba sus sentidos y parecía controlar su
cuerpo. Involuntariamente, alzó de nuevo la pistola
90
y su mano temblorosa se movió sin su voluntad. Vio
a la multitud escapando y los fijó en la mira de la
pistola automática. Su dedo se enroscó en el gatillo
y disparó. Los tiros resonaron, liberándola de su
trance, y el estrépito del arma la sacudió y la devolvió
a la realidad.
—No, no, no, no.
Con la mano libre, empujó la boca de la pistola ha-
cia abajo y apretó el gatillo repetidas veces hasta que
el arma se quedó en silencio. Con un esfuerzo mental
que la hizo sudar, forzó su voz interior y retornó
a la realidad. Esto no era la hierba, comprendió al
enfrentarse a las miradas vacías de los trabajadores
que la rodeaban. Era algo distinto, que hablaba a sus
hermanos y hermanas desde la ciudad, instándolos
a mutilar y matar por su deleite.
—Detente —susurró, repentinamente horrorizada
al recobrar el sentido—. Esto no está bien.
El hombre más próximo se giró, sus dientes afila-
dos destellaban en una sonrisa burlona.
—Observa cómo viven —gruñó—. Mira sus
tesoros mientras nosotros nos consumimos y
perecemos bajo tierra. Mátalos o te matamos a
ti —descargó un puñetazo en la parte posterior de
su cráneo, y ella cayó hacia adelante bajo el peso del
golpe, con los oídos zumbando y la visión nublada
mientras se desplomaba entre las filas del grupo.
Comprendió que no era una amenaza hueca. Otro
91
hombre del grupo, cuyos años se reflejaban en la
flacidez y arrugas de su piel manchada, tambaleaba
también. Su túnica, adornada con bolsas de hierba y
teñida con el característico color rosa de la savia de
Solipsus, lo identificaba como predicador.
—Detengan esta locura —clamó mientras dejaba
caer su propia arma al suelo, una plegaria por clemen-
cia en medio de la carnicería.
Sin mediar palabra, uno de los trabajadores se
volvió y le disparó en el pecho. El anciano alzó
una mano temblorosa hacia el agujero en su cuerpo,
observando con curiosidad la devastación de sangre,
carne y hueso, antes de desplomarse lentamente al
suelo.
Ella jadeó, cubriéndose la boca con una mano
sucia. Quiso gritar, pero el bruto permanecía inmóvil
sobre ella, su rifle alzado para propinarle un golpe.
La miraba fijamente, con sus músculos colosales
preanunciando el impacto que destrozaría su cráneo
como un cascarón de huevo.
Elevó un brazo en defensa y concentró sus pen-
samientos en un único mensaje.
No sintonizó con la voz insistente y zumbante que
latía en su mente, sino con el viento, los árboles, la
esencia de Serrine. Después de años escuchando los
secretos de la hierba, podía hablar el lenguaje del
planeta, así que habló.
—Déjame ir —susurró.
92
Los ojos furiosos del hombre se nublaron breve-
mente y su mandíbula se relajó. Su rifle cayó al
suelo y, por un instante, su mirada se elevó al cielo,
buscando el origen de la visión que le asaltaba. Luego,
volvió la vista hacia abajo, con una expresión de
desconcierto, como un receptor privado de su señal.
Ella vio su oportunidad. Agachándose, se abrió
paso entre piernas y cuerpos hasta llegar al borde del
grupo, y entonces echó a correr. Esquivó escombros,
trozos retorcidos de metal y árboles arrancados,
ocultándose detrás de bancos de madera astillados,
temiendo la bala que pudiera terminar su vínculo con
aquel mundo.
93
nuevo, tan rápido como sus piernas le permitieron,
hacia la torre de mando. Los francotiradores del
edificio disparaban ráfagas de proyectiles láser sobre
su cabeza, y al girarse vio cómo los primeros se
encontraban con sus objetivos, mientras por encima
de su hombro surgían trabajadores de los túneles de
drenaje y pozos de mantenimiento: una marea inter-
minable de humanidad desolada, cada uno armado
con rudimentarias armas y envuelto en andrajos.
En el suelo, donde antes yacían esas figuras, ahora
se extendían docenas de cuerpos, ensuciando la
plataforma del puerto espacial. La mayoría eran
trabajadores, identificables por sus ropajes sucios
y su singular tono de piel. Había escuchado rumores
sobre la contaminación que afectaba a los habitantes
de los barrios bajos por la proximidad a la savia de
Solipsus, pero aquellos cuerpos brillaban con un tono
ceroso y púrpura, extraño para cualquier humano
que Pierod hubiera visto antes.
También divisó a los mutantes: enormes criaturas
inermes, sobrepasando en altura a los más bajos de
los obreros, con cejas tan densas que parecían crestas
óseas. Su piel morada lucía una armadura quitinosa
incrustada, y en algunos casos perturbadores, sus
formas se veían deformadas por la aparición de un
brazo adicional, una adición antinatural brotando de
sus axilas. Incluso en la muerte, empuñaban colos-
ales espadas y martillos, armas toscas manchadas
94
con inquietantes cantidades de sangre.
Uno de estos gigantes pareció surgir de la bruma
misma cuando Pierod se aproximaba a la sombra de
la torre de mando. Avanzaba hacia él hasta que un
rayo láser perforó su cráneo de un lado. A pesar de
que la mitad de su cerebro quedó deshecha, continuó
su avance, sus ojos mortecinos aún sin vida. Un
segundo disparo le amputó las piernas, y un tercero
acabó por destrozar el resto de su cráneo, dejando su
masivo cuerpo retorciéndose y contorsionándose en
el suelo.
La magnitud de la muerte y la destrucción era
impactante, pero Pierod notó que los cadáveres cam-
biaban a su alrededor mientras corría. No eran los
cuerpos de trabajadores, mutantes o cualquier cosa
que representara al Emperador. Estas figuras vestían
las ásperas túnicas magenta distintivas de las fuerzas
de defensa planetaria de Serrine.
Los hombres y mujeres caídos eran imponentes,
incluso en la muerte conservaban su belleza. La élite
militar de Serrine se beneficiaba del excedente de
fármacos rejuvenecedores del planeta, sometiendo a
sus soldados a intensos tratamientos para prolongar
su vida y potenciar su desarrollo. Esta práctica, com-
binada con la ausencia de amenazas significativas
para la ciudad, hacía que el servicio militar fuera
un honor codiciado en Serrine. Era un privilegio
reservado para los semi-nobles y las clases medias
95
altas, que enviaban a sus hijos e hijas secundarios a
las fuerzas armadas como un galardón.
Rara vez se les requería aventurarse en la bruma
que separaba la sociedad de Serrine para eliminar
a contrabandistas o líderes de bandas que habían
logrado avivar la llama de la revolución entre los
diversos clanes de trabajadores. La mayor parte del
tiempo la pasaban vigilando los numerosos mon-
umentos, estatuas y obras de arte de la ciudad, o
participando en elaborados desfiles.
Estaba claro que no estaban preparados para lo que
encontraron. Los cadáveres yacían como modelos de
moda, sus heridas mortales adornaban sus rostros
pálidos de una manera que imitaba las tendencias
de la alta sociedad. Solo su inmovilidad inquietante
delataba la verdad.
Decenas de cuerpos cubrían los majestuosos
escalones que conducían a la entrada de la torre
de mando. Pierod se abrió paso entre ellos mientras
el sonido de disparos de armas de pequeño calibre
resonaba contra la fachada reforzada del edificio.
Al llegar a la puerta, golpeó con los puños mientras
luchaba por recuperar el aliento.
—Déjenme… entrar —jadeó, sintiendo el latido de
su corazón en la garganta, amenazando con hacerle
vomitar. Luego, gritó—: ¡Abran la puerta, idiotas!
—mientras una bala rebotaba contra el plastiacero
de la puerta justo encima de su cabeza, dejando un
96
pequeño agujero circular.
Un crujido se escuchó al otro lado y la puerta
se entreabrió. Un par de ojos fríos lo observaron,
escudriñando el campo de batalla antes de posarse en
Pierod, cubierto de vómito, temblando ante la puerta.
Los ojos se abrieron sorprendidos.
—¿Pierod? —la voz del propietario de los ojos
resonó—. Por el Trono, pensé que habías mordido el
polvo hace tiempo.
Hoy ya había esquivado más balas de las que podía
contar, pero el comentario hizo que Pierod se es-
tremeciera.
—Frojean, ¡déjame pasar!
—¡Sí, claro, por supuesto! Voy a buscar a al-
guien que me ayude… —murmuró la voz mientras
la rendija se cerraba, desvaneciéndose en el eco del
corredor. En el horizonte, un estruendo sacudió el
suelo y Pierod se volteó para ver un tanque cuadrado
rugiendo hacia la torre de mando. Aquella máquina
de guerra era una reliquia, una de las pocas aún op-
erativas en el planeta, arrancada del museo que solía
ser testigo solo de desfiles y festivales. Pierod no
recordaba haberla visto disparar con tanta ferocidad.
Pero ahora lo hacía. El cañón del tanque escupía
humo blanco y una bola de fuego estallaba contra
el blindaje de la última nave en la plataforma de
atraque del vacío. Un estallido secundario resonó
cuando algo estalló dentro de la nave, diseñada para
97
la exploración de la alta atmósfera, no para el caos
del combate. Pierod protegió su rostro mientras el
plexiglás llovía al suelo con un tintineo melodioso.
—Frojean, ¡abre la puerta! —Gritó Pierod. Un
crujido siguió su llamado, esta vez más resonante,
y las enormes puertas se abrieron apenas. Pierod
se abalanzó hacia la brecha, aspirando con ansias
mientras se precipitaba hacia el suelo sintético del
centro de control del puerto.
—Pierod, mi buen hombre —declaró Frojean, im-
ponente en su presencia. Frojean siempre destacaba:
tan delgado como un rayo y casi tan alto como la
hierba de Serrine. Habría sido aún más alto si no
estuviera perpetuamente encorvado, lo que le daba
un aire de perpetua desaprobación que él alimentaba
al desaprobar perpetuamente todo y a todos a su
alrededor.
—¿Qué está pasando? —inquirió Frojean—. ¿Es-
tamos siendo invadidos?
—Son los nuestros —respondió Pierod—. Re-
beldes de la ciudad de abajo.
—¡Dios mío, qué horror! —Exclamó Frojean,
llevándose involuntariamente una mano de dedos
largos a la boca—. ¿Qué enfermedad los ha infectado
para que se vuelvan contra su propio pueblo?
—No importa —espetó Pierod, levantándose. Es-
taba tembloroso, embriagado por la adrenalina, y
había corrido más rápido y más fuerte que cuando el
98
viejo maestro Tuille lo castigó a correr por el patio
de armas por robar un pastelito de más—. ¡Llévame
al vox! Necesitamos pedir ayuda.
Frojean se mostraba perplejo.
—¿Ayuda? —Balbuceó, con las manos vuelta a
juntarse—. Entiendo tus preocupaciones, Pierod,
pero ¿quién podría brindarnos asistencia? Llevamos
tres décadas sin cosechas, y ni siquiera nuestros
más hábiles astrópatas han logrado establecer co-
municación con Terra. Únetenos, a mí y a nuestros
distinguidos colegas, en el refugio subterráneo y
aguardaremos hasta que nuestras fuerzas extermi-
nen a esos rebeldes.
Frojean se inclinó hacia él con una presunción tan
evidente que Pierod debió contener el impulso de
golpear su nariz aguileña.
—No soy tu buen hombre —replicó Pierod—. Soy
tu superior y, como tal, espero que me trates con el
debido respeto. Incluso si estos rebeldes no logran
atravesar nuestras defensas, carecemos de provi-
siones para un asedio, y con las comunicaciones
cortadas a las factorías y refinerías de la ciudad baja,
no tenemos medios para reabastecernos. No habrá
espera, ni contragolpe de nuestra milicia: decenas
de ellos yacen muertos a las puertas mismas.
Los soldados, ataviados con túnicas, intercam-
biaron miradas de inquietud. O al menos Pierod lo
supuso, pues sus rostros libres de arrugas apenas
99
mostraban emoción alguna, tan tensa estaba su piel
contra sus mandíbulas y pómulos esculpidos.
—Salir de este aprieto es mi prioridad, incluso
si debo lanzarte a la atmósfera, Frojean. Ahora,
llévame a la unidad central de comunicaciones.
Frojean recobró su compostura con una prontitud
que forzó a Pierod a concederle cierto respeto a
regañadientes.
—Por supuesto, vicetesorero. Sígueme, estos
valientes soldados te acompañarán —indicó a un
pequeño grupo de soldados de impecable aparien-
cia, con sus túnicas magentas abiertas a la cintura
para exhibir correajes de cuero que se ajustaban
firmemente alrededor de sus torsos y piernas. Las
túnicas los identificaban como integrantes de la
Sexta Sofisticante: la élite militar de Serrine.
Los hombres y mujeres parecían sorprendidos
por ser dirigidos de esa manera, aunque Pierod no
estaba seguro si su asombro era genuino por ser
llamados por un miembro de la nobleza media o si
era simplemente su expresión habitual. Sea como
fuere, comenzaron a moverse en formación: dos al
frente, liderando al grupo por la amplia escalinata en
el centro del vasto vestíbulo, y dos detrás, cubriendo
cautelosamente las grandes puertas dobles con sus
elegantes armas láser.
100
Las balas silbaban a su alrededor mientras Cecily
se lanzaba adelante, una melodía de peligro que
arremolinaba el aire cerca de ella. Sus propios ve-
cinos habían detectado su huida y ahora intentaban
derribarla.
Al abandonar los límites del parque, emergió en
una estrecha calle lateral de la plaza principal. In-
cluso allí, las estatuas adornaban el paisaje, es-
culturas de todos los tipos y tamaños, su mármol
blanco brillando bajo el implacable sol del mediodía.
Hombres, mujeres, niños y querubines, todos ellos
inmortalizados en piedra, algunos blandiendo es-
padas, otros con plumas, vasijas y monedas en sus
manos.
Sus piernas continuaban su danza frenética,
llevándola más allá de los edificios de cristal y
acero. El eco de los disparos resonaba no solo en la
plaza, sino también en otros rincones de la ciudad,
indicando que su grupo era solo uno de los varios
que habían ascendido en los inmensos ascensores:
una fuerza insurgente desde dentro.
La pistola en su mano pesaba como una losa, y
contempló la idea de soltarla cuando tres figuras
aparecieron al final de la calle. Se detuvo en seco
y se arrimó al pedestal que sostenía la estatua más
101
cercana, rogando en silencio para que los invasores
pasaran de largo.
Elevó la mirada hacia la estatua seleccionada,
recortada contra el cielo azul sereno. La figura
musculosa tenía cuatro brazos, sosteniendo los
elementos vitales para su mundo: la hoja de trillar,
la hierba, la savia y el agua.
Aunque la ciudad le era desconocida, esa imagen
era familiar. Su abuelo le había narrado historias
sobre un ángel celestial que descendió con alas de
fuego, quien purificó la tierra y sembró la hierba,
prometiendo volver cuando Serrine lo necesitara con
mayor urgencia. El Salvador, lo llamaban.
Con cautela, se asomó por encima del pedestal. Los
hombres al final de la calle ya no estaban allí.
102
—…¡por el Emperador, nave del Imperio! Somos
ciudadanos leales del Imperio. Ayúdanos.
—¿Ayudarlos? ¿Cómo te atreves… —comenzó
Rhaedron, antes de que Xantine alzara una mano
enguantada en seda para detenerlo.
El hombre en el vox volvió a hablar, su voz llena de
pánico y furia.
—Soy Pierod Vaude, vicetesorero de Serrine, un
mundo agrícola vital para el Imperio. Solicitamos
humildemente tu ayuda. Estamos siendo atacados
por nuestros propios ciudadanos, rebeldes que se
han vuelto contra su Emperador. Nuestra ciudad
está cayendo, y nuestro gobierno se esconde. No
sobreviviremos mucho más. Por favor, ayúdennos.
Rhaedron miró a Xantine, pero la mano de la
Marine Espacial permaneció en alto, ofreciendo solo
silencio. La voz humana intentó un enfoque difer-
ente, cada vez más tenso.
—Mi padre tenía amigos en Terra. Exijo que envíen
fuerzas para ayudarnos de inmediato, o sabrán de su
cobardía —continuó. Hubo una pausa. Luego, Pierod
gritó, mezclando frustración y miedo—. ¡Cobardes!
¡Ayúdennos!
Finalmente, Xantine habló.
—Humano, ¿sabes con quién estás hablando?
—Dijo, su tono suave pero firme.
Pierod tragó saliva, audiblemente, su bravuconería
desvaneciéndose.
103
—Lo siento, mi señor, no lo sé. Solo sé que esta-
mos hablando con una nave del Imperio. Nuestros
escáneres auspex tienen problemas para captar las
señales de su nave.
—¿Necesitas ayuda? Entonces, presenta tu in-
forme para que mis fuerzas sepan cómo asistirte
—respondió Xantine, disfrutando de la oportunidad
de participar en este drama.
—¡Nos atacan desde adentro! ¡Traidores y rufianes
han asolado la mitad de la ciudad, conquistado el
palacio central y, lo más atroz, ¡han asesinado a
Rogirre!
—¿Y dónde están tus soldados para defender tu
ciudad? ¿Son tan cobardes que necesitas recurrir a
los Adeptus Astartes?
—Adeptus Astartes? ¿Has dicho Adeptus Astartes?
—Preguntó Pierod, incrédulo—. ¿Son Marines Espa-
ciales?
—Sí, mortal. Estás hablando con la cúspide de la
especie.
—¡Entonces… entonces el mismísimo Emperador
debe haberlos enviado! Oh, por supuesto, por
supuesto. Mi padre decía que Terra nos había dado
la espalda, pero Terra nunca abandonaría un mundo
tan importante como Serrine. ¡Oh, Trono, gracias!
—exclamó Pierod, riendo con alivio abrumador.
—¿Tus soldados?
—Sí. Nuestra guardia de élite Sofisticante sigue
104
en pie; están aquí, defendiendo a los individuos
más valiosos del planeta, yo incluido. Los restos
de nuestra milicia también deben estar en pie, pero
están bajo un fuerte ataque, y no tengo ni idea de
cuántos quedan.
—Muy bien, Pierod, muy bien —dijo Xantine,
saboreando el momento—. ¿Y qué más puedes
ofrecernos?
—¿Ofrecerles? —Respondió Pierod, con sorpresa
evidente incluso a través de la distorsión de la salida
de voz de Ghelia—. Mi señor, por favor, somos un
simple mundo agrícola, ¿qué podemos ofrecer a los
verdaderos hijos del Emperador?
Xantine dejó que una sonrisa se curvara en sus
labios oscurecidos.
—Créeme, Pierod, somos los verdaderos Hijos
del Emperador. Pero has visto la Gran Fisura que
abarca el cielo. ¿Crees que tu mundo es el único
que sufre, el único que implora ayuda al vacío? El
Emperador ayuda a aquellos que se ayudan a sí
mismos, y debemos llegar a un acuerdo antes de
que podamos brindar nuestros servicios —hizo una
pausa—. Así que vuelvo a preguntar: ¿qué puedes
ofrecernos?
—Cualquier cosa. ¡Lo que deseen! —Respondió
Pierod—. Tenemos munición, tenemos combustible,
tenemos medicinas. Tómenlo, y después, cuando
el día esté ganado, personalmente encabezaré la
105
procesión en su honor. ¡Ayúdennos!
—Entonces el escenario está preparado. Pierod,
dile a tu mundo que se prepare para nuestra llegada.
Los Hijos del Emperador vendrán a salvarlos.
106
Capítulo 6
E
l estruendo inicial sacudió el polvo del antiguo
techo de piedra. Arqat apartó la mirada de la
página, molesto ante la posibilidad de ser perturbado
por una interrupción que no era culpa suya. Ni
siquiera el segundo estampido, más potente y
cercano, capaz de hacer vibrar el candelabro dorado
del altar del Emperador, lo distrajo de sus estudios.
Fue solo con el tercer estruendo, aquel que destrozó
la imagen de cristal de seis metros de altura de un
ángel ataviado de púrpura descendiendo de un cielo
dorado, que Arqat alzó la vista.
Optó por romper el silencio impuesto a los adeptos
del Ministorum y se dirigió al joven sentado a su lado.
—Oye, Roque, ¿qué crees que está sucediendo?
—Preguntó.
Roque respondió con una expresión perpleja, pero
antes de que pudiera articular una respuesta, un
cuarto estruendo lo interrumpió. Cuando Arqat
se volvió, observó cómo la puerta de la catedral
se doblaba hacia adentro, como la mandíbula de
107
un monstruo, revelando un abismo de oscuridad.
Otra explosión y la puerta se despedazó en astillas,
llenando el aire con proyectiles. El sol del mediodía
penetraba a través del hueco, iluminando el humo
en el aire y delineando las siluetas de decenas de
hombres y mujeres que emergían del agujero que
habían creado.
Gritaban, profiriendo desafíos guturales y mues-
tras de rabia que Arqat apenas podía discernir entre
el bajo gótico. Todos estaban sucios y blandían
armas oxidadas al hombro, disparando indiscrim-
inadamente en su dirección.
Las balas atravesaban los textos sagrados apilados
y golpeaban las columnas talladas, lanzando polvo
de mármol al aire con cada impacto. Más ventanas
estallaban, y los fragmentos de cristal de colores
caían al suelo como lluvia.
Arqat se arrojó bajo su banco, indignado ante la
destrucción. ¿Quiénes eran esos herejes de baja cuna
para irrumpir con violencia en el lugar más sagrado?
Profanar la imagen del Emperador y despreciar al
planeta que los había visto nacer. ¿Cómo se atrevían?
No era la primera vez que anhelaba la presencia de
su hermano. Telo habría liquidado a esos traidores
sin titubear. Se estremeció de emoción al imaginarlo:
una carabina apuntando hacia los cuerpos vulnera-
bles, sus balas destrozando piel y músculo hasta dejar
solo carne desgarrada, y Arqat emergiendo como el
108
héroe.
Pero Telo no estaba allí y Arqat carecía de armas,
solo llevaba consigo un libro de cuentos infantiles y
una pluma.
Buscó orientación en la mirada del anciano sacer-
dote, el padre Tumas, pero no encontró ira en sus
ojos lechosos, solo temor. Las lágrimas surcaban su
rostro arrugado mientras levantaba las manos en un
gesto de rendición. Arqat lo aborreció más que nunca
en ese momento.
—¡Haz algo! —Susurró en un tono bajo, mientras
el viejo sacerdote gemía desamparado.
Arqat no esperó más. Se puso de pie, ocultando el
cuaderno bajo el brazo, y se deslizó agachado, man-
teniéndose fuera de la vista de los recién llegados,
detrás de los bancos. Otros jóvenes lo observaban bo-
quiabiertos. A pesar de estar cerca de los veinte años,
sus vidas protegidas y las amplias túnicas los hacían
parecer notablemente jóvenes. Arqat les hizo señas
en silencio, instándolos a seguirlo. Se levantaron de
sus asientos y se unieron a él en una procesión que se
alejaba de los invasores, dirigiéndose hacia la parte
trasera de la catedral.
Aunque los habían tomado por sorpresa, él conocía
los rincones y pasadizos secretos de esa iglesia. Guió
a los jóvenes más allá del altar y la nave principal,
apartando suavemente el tapiz de San Desade para
revelar un corto pasadizo que descendía rápidamente
109
hacia el sótano de la catedral. Levantó el pesado
tapiz con un brazo y señaló a los otros jóvenes para
que pasaran, ayudándolos a bajar la corta pendiente
hasta alcanzar la relativa seguridad del sótano. Una
vez asegurado de que todos sus compañeros estu-
vieran a salvo, se deslizó tras ellos por la gastada
piedra.
Bajo tierra, los disparos se volvían más tenues,
amortiguados por capas de roca antigua, pero aún así,
no estaban fuera de peligro. La cripta, resguardada
por sus imponentes puertas de adamantio25 , era su
último refugio.
La majestuosa catedral de Serrine recibía el favor
de numerosas familias nobles del planeta. Aunque
raramente se veía a alguno de ellos en el culto, com-
petían entre sí por impresionar a la Eclesiarquía con
elaborados obsequios.
Algunos de estos regalos ocupaban un lugar desta-
cado en la catedral, pero el espacio era limitado. Con
el tiempo, muchos de ellos terminaban en el sótano,
25
Adamantio: Es quizás el material más fuerte usado por el
Imperio, impenetrable para la mayoría de las armas comunes.
La Puerta de la Eternidad del Palacio Imperial en Terra está
hecha enteramente de este metal, y a menudo se lo usa
junto al plastiacero y la ceramita, como en la estructura de
la armadura de Exterminador o de los Titanes Imperiales.
Muchos objetos fabricados antiguamente con adamantio no
pueden ser copiados por el Adeptus Mechanicus debido a que
su carcasa es tan dura que no puede ser desmontada.
110
su esplendor atenuado por los años de oscuridad.
Arqat condujo a los jóvenes entre estatuas de mármol,
atriles dorados en forma de águilas imperiales y
más imágenes del legendario Salvador de Serrine,
tratando de infundirles algo de ánimo.
Finalmente, llegaron frente a las imponentes puer-
tas dobles que custodiaban la entrada a la cripta.
Ignorando las dudas de los demás, Arqat los instó
a cruzar el umbral, empujando a los más reticentes
hacia la penumbra.
—¿Es este el único camino? —Preguntó uno de
los muchachos, con gesto preocupado—. ¿No nos
encontrarán aquí abajo?
—Es más seguro que arriba —respondió Arqat, sin
entrar en discusiones mientras llevaba al chico al
interior de la cripta.
Una figura surgió de la oscuridad.
—¿Qué haremos, Arqat? —Preguntó Voulet. Era
uno de los más jóvenes y lucía orgulloso el bigote
que le había crecido durante el invierno. Ahora, sin
embargo, estaba cubierto de mocos, y Voulet inhaló
profundamente antes de limpiarse con la manga de
su túnica.
—Quédate aquí y no hagas ruido —replicó Arqat,
colocando una mano reconfortante en el hombro
del muchacho—. Cierra la puerta y ábrela solo si
el Emperador en persona llama a la puerta.
—¿A dónde vas? —Preguntó Voulet.
111
—Voy a ascender de nuevo y enseñar a esos miser-
ables engendros de las sombras lo que les aguarda a
quienes osan atacar a los elegidos del Emperador.
Mientras regresaba a la nave de la catedral, pasó
junto a los tesoros acumulados, deteniéndose frente
a un ídolo de piedra negra pulida. La figura co-
incidía con la de su libro ilustrado: una deidad
de cuatro brazos sosteniendo dos cuencos y dos
espadas. Aunque las espadas eran ceremoniales,
lucían afiladas y relucientes incluso en la penumbra
del sótano. Arqat dio un tirón de prueba a la hoja más
cercana, satisfecho al notar su firme sujeción. Evaluó
el peso de la espada en su mano, reconociendo la
necesidad de emplear ambas manos para manejarla
con destreza. Sin embargo, era un arma, y confiaba
en que su justa ira le guiaría con acierto.
—Lo siento —murmuró Arqat al mítico fundador
de su mundo—. Creo que yo necesito esto más que
tú —se echó la espada al hombro y se volvió hacia el
ídolo—. Te la devolveré pronto, lo prometo.
112
parecía haber pasado una eternidad, apenas habían
transcurrido unas horas. Localizó una grieta y la
atravesó con el hombro, emergiendo por la puerta
abierta a un balcón que ofrecía vistas a la ciudad.
Por primera vez, la vista se desplegaba ante ella.
Desde la calle, la sobreciudad de Serrine era hermosa;
desde esa elevada posición, era impresionante. Ob-
servó mansiones de cristal y columnas de mármol,
torres de plata y oro, y entre todas ellas, bosques de
estatuas con formas humanas, bestiales y todas las
variaciones intermedias. Absorbió la belleza exótica
que le resultaba tan ajena, hasta que sus ojos se
posaron en algo familiar: una iglesia.
La edificación parecía surgir de su memoria.
Aunque mucho más imponente que las modestas
capillas y santuarios que conocía de los barrios bajos,
los símbolos de la fe, como el aquila dorada en lo alto
de la pared y las representaciones del Emperador
en las enormes ventanas de cristal, delataban su
propósito.
Los rascacielos que se alzaban a su alrededor, con
sus agujas y torres adornadas con detalles ornamen-
tales y estatuas omnipresentes, parecían inclinarse
en sumisión ante la majestuosidad de la iglesia.
El sendero se despejaba para permitir que todos
contemplaran esta obra maestra y admiraran su es-
plendor. En su corazón se erguía una enorme tubería,
utilizada para transportar la savia de Solipsus desde
113
las profundidades hasta esta ciudad en las alturas.
Larga y oscura, evocaba la imagen de la probóscide
de un gigantesco insecto que absorbía la esencia vital
de la ciudad inferior para nutrir a la superior.
Las puertas gemelas de la iglesia, de madera oscura
y adornadas con incrustaciones metálicas, reflejaban
la luz del sol en los ojos de Cecily desde su posición
en el balcón. Se estremeció y apartó la mirada hacia
las escaleras de mármol que se alzaban desde la calle.
Allí, los escalones estaban salpicados de cuerpos.
Docenas, quizás cientos, de víctimas yacían en re-
poso, como durmientes bajo el sol resplandeciente.
Su quietud perfecta y los charcos de sangre que teñían
el mármol blanco eran testigos mudos de la tragedia
que había ocurrido.
—Emperador… —murmuró Cecily, abrumada por
la magnitud de la masacre—. ¿Por qué? ¿Por qué han
hecho esto?
Una figura humana yacía en el balcón, pálida bajo
el sol del mediodía.
—¿Hola? —Llamó, esperando que la figura se
moviera, pero permanecía inmóvil. Con cautela, se
acercó al cuerpo hasta que descubrió su verdadera
naturaleza: una estatua caída de una de las nu-
merosas plataformas y pedestales que adornaban
la ciudad. Abajo, las estatuas reposaban junto a los
seres humanos de carne y hueso que representaban,
sus rostros serenos y perfectos, sus cuerpos pálidos
114
bajo el sol, parecían negativos de las personas que
habían perecido a su alrededor; una macabra parodia
de la vida por un objeto que ahora yacía sin vida.
El espectáculo de muerte y destrucción hería el
alma de Cecily. Sus ojos se humedecieron al con-
templar a hombres y mujeres vestidos con túnicas de
vivos colores, congelados en el horror de sus últimos
momentos, sus bocas abiertas en un grito silencioso
ante la tragedia.
No, el dolor no se limitaba al alma. También sentía
una punzada física en la cabeza, un hormigueo y
un zumbido, como si su cráneo estuviera siendo
aprisionado en una de las máquinas trituradoras de
la refinería.
—No —gemía, presionándose las sienes con las
manos en busca de un respiro, y jadeaba al verlas
manchadas con destellos carmesí—. Fuera de mi
cabeza.
La quietud se vio perturbada por el movimiento de
unas figuras que surgieron en una calle lateral. Se de-
splazaban como un enjambre de insectos, zigzague-
ando y congregándose mientras se dirigían hacia los
escalones. Con la cabeza aún aturdida, se asomó por
el borde.
Los líderes del grupo se movían ágilmente en-
tre los cuerpos, algunos recogiendo objetos que
ella no alcanzaba a distinguir, otros asegurándose
de la muerte de los caídos con disparos precisos.
115
Las siguientes filas escudriñaban los tejados y las
pasarelas de mármol en busca de blancos, apuntando
hacia arriba con sus armas mientras avanzaban. Se
acurrucó contra el muro al ver que se acercaban en
su dirección, aprovechando su posición elevada para
observar al grupo desde una perspectiva única.
En el centro, sobre un palanquín transportado por
figuras fornidas, se encontraba la mujer impresion-
ante. Había desechado su túnica, revelando un mono
rosa pálido similar al de sus subordinados. Aun con
una indumentaria tan común, brillaba bajo la luz del
sol, una presencia deslumbrante cuyos contornos
parecían desvanecerse y deformarse mientras Cecily
la observaba liderar a sus seguidores. Detrás de
ella, sostenido entre postes metálicos por figuras
igualmente imponentes, había un contenedor cuyo
contenido permanecía oculto a la vista, aunque clara-
mente masivo y reverenciado por la multitud.
El zumbido en su cabeza se intensificó hasta con-
vertirse en un rugido mientras sus ojos alternaban
entre la mujer y el contenedor, el dolor apretándole
la cabeza como un tornillo. Creyó escuchar palabras
en el Torbellino, como susurros sobre el estruendo de
una trilladora, pero no pudo descifrar su significado.
Quería levantarse, rebelarse, extender los bra-
zos y ofrecer disculpas por su flaqueza… cualquier
gesto para unirse a la líder y su séquito. Cecily
mataría por ella, moriría por ella, haría lo que la
116
figura radiante considerara necesario, todo el tiempo
que ella quisiera. El estruendo en su cabeza ahogó
cualquier otro pensamiento, y comenzó a erguirse
de su escondite, con los brazos en alto.
No. No. Bajó el brazo derecho seguido del izquierdo
y, cuando ambos amenazaban con alzarse al unísono,
los metió en los amplios bolsillos de su traje de
trabajo.
Palpó un pequeño objeto y, agradecida por una
distracción física a la avalancha mental, lo extrajo.
Era un manojo de hierba seca con forma humana,
pero con cuatro brazos en vez de dos.
Lo reconoció de inmediato. Por supuesto que
lo conocía: lo había llevado consigo durante los
últimos seis años, su compañero constante en cada
turno de trabajo, en cada turno de descanso. Era su
propio salvador. Su abuelo se lo había tejido para su
decimotercer cumpleaños, el mismo día en que había
sido reclutada para trabajar en la refinería.
—Te protegerá —había dicho el abuelo. Cuando
ella le preguntó qué protegería específicamente aquel
objeto, con el cinismo de una niña a punto de en-
frentarse al mundo adulto, él simplemente rodeó el
icono con la mano—. De lo que necesites —le había
respondido, y lo dejó así.
Miró hacia la iglesia, a la figura del Salvador. No
se parecía en nada a su propio ícono. El suyo estaba
tejido con hierbas secas unidas con alambre de fardo
117
desechado. No tenía los hermosos rasgos representa-
dos en la iglesia: ni nariz fina, ni labios apretados, ni
ojos ampliamente abiertos. No tenía rostro, pero era
inconfundiblemente la misma figura, y desde algún
lugar desconocido la conectaba con su propio pasado.
Sentía la sangre en sus mejillas y la visión se
le nublaba a medida que la presión en su cabeza
aumentaba. Sujetó el ícono con ambas manos y lo
llevó hacia su pecho, convirtiéndose en un refugio
para su protector, así como la iglesia era el hogar
para su propio ícono. Visualizó las cuatro paredes,
sólidas y altas, y las construyó en su mente. Colocó a
su protector en el centro y lo rodeó con más íconos
suyos: de su abuelo y de su valiente primo, de la
hierba y de la savia de Solipsus, del mismísimo
Emperador.
El Torbellino arreciaba. Las voces, antes apenas
audibles, resonaban con fuerza, emitiendo órdenes
y directrices. Golpeaban los muros que ella había
erigido en su mente y, cuando no lograban der-
ribarlos por completo, husmeaban a su alrededor,
buscando una fisura en los cimientos por donde
infiltrarse. Pero ella había construido esos muros
con su propia convicción, y conocía su solidez.
—Trono, protégeme —susurró, mientras la pre-
sión crecía hasta sentir que su cabeza iba a estallar.
Y entonces cesó.
Al asomarse por encima del muro, vio que la mujer
118
se había marchado, junto con su carga, y los rezaga-
dos de su grupo desaparecían por las puertas de la
iglesia, que parecían haberse abierto de par en par.
—Gracias —susurró a la figura de cuatro bra-
zos. Más allá, en el cielo azul, divisó una luz en
movimiento, como una estrella fugaz.
119
mecánicos mientras la entidad que abarcaba toda la
nave emitía un informe de situación confuso.
—Cubiertas inferiores comprometidas, filtración
de fluidos. Cubiertas de motor dañadas, reactor en
estado crítico —la Navegante hablaba con una voz
entrecortada, como si cada palabra fuera arrancada
de su garganta con dificultad, sus frases interrump-
idas por jadeos de agonía. Y luego, un susurro
audible—: El vacío se cierne sobre mi sangre…
El dolor saturaba el aire, tan espeso que Xantine
podía paladearlo. El amasijo de carne se retorcía,
como si estuviera luchando por su última bocanada
de aire.
Rhaedron lo observó atentamente, evaluando su
reacción.
—¿Qué ha sido eso? —Preguntó Xantine.
Rhaedron tardó un momento en responder.
—No lo sé, mi señor —dijo—. La nave ha estado
devolviendo respuestas confusas a mis solicitudes
de estado. Parece estar… desorientada.
Ghelia continuó con su sombrío informe, su voz
retomando su tono mecánico.
—Sistemas de armamento fuera de servicio, re-
quieren reparación inmediata. Escudo de vacío inop-
erativo. Vacío gélido. El frío del vacío —un sonido
de succión resonó, como el de un hombre hambri-
ento recuperando el aliento, luego la voz regresó.
Ahora más suave, aún audible en todo el puente
120
de Exhortación, pero el tono áspero y mecánico se
había desvanecido, reemplazado por una cualidad
más humana.
—¿Hola? —Sollozó la nave—. ¿Hay alguien ahí?
Tengo tanto frío… —el pánico se filtraba en su voz,
palpable a través de la distorsión. Las alarmas
aumentaron con cada palabra, el sufrimiento creció
hasta que la nave gritaba en agonía, implorando
ayuda.
—¡Auxilio!
Las alarmas alcanzaron un crescendo, bocinas y
sirenas, el coro completo de sonidos en una nave que
nunca había conocido el silencio, todos rugiendo al
unísono. Se fusionaron en un tono agudo y pene-
trante que desgarró los tímpanos de los tripulantes
del puente que no tuvieron la precaución de cubrirse
los oídos. Hombres y mujeres golpeaban sus cabezas
contra las consolas del cogitador, insensibles al
dolor del sonido, mientras la sangre y los fluidos
corporales brotaban de sus oídos.
Y entonces, el estruendo cesó. Un silencio absoluto
se apoderó del puente de Exhortación, algo inaudito
desde que la nave se unió al servicio de los Hijos del
Emperador.
—Informe —susurró Xantine. Un instinto le acon-
sejó mantener la voz baja. Quizás un atisbo de
reverencia.
—Desconozco los detalles, mi señor —dijo Rhae-
121
dron. Se apoyó en la plataforma central, aún tem-
bloroso por la prueba sónica. Los gemidos de dolor
de su tripulación resonaban en la habitación, un eco
apagado tras el estruendo—. Los sistemas princi-
pales están inactivos, los servidores no responden
y la Navegante está… —Rhaedron pinchó a Ghelia
con su bastón plateado, sin obtener respuesta. La
masa informe no reaccionó al toque, y Rhaedron
retrocedió—. Lo lamento, mi señor. No poseo más
información que usted.
—¡Exijo respuestas! —Rugió Xantine, arrancando
un chillido de pánico de Rhaedron. Inhaló profun-
damente, pero cualquier respuesta fue sofocada por
una nueva voz que se coló por el canal vox del puente,
sibilante y seca.
—Ella ha perecido —afirmó Qaran Tun con natu-
ralidad.
Xantine gruñó involuntariamente.
—Mientes, Portador de la Palabra—espetó, una
mezcla de incredulidad y furia en su tono.
—Digo la verdad —replicó Tun. No albergaba
rencor alguno hacia Ghelia, pero su deceso tenía
un interés académico para el coleccionista. Xantine
pudo vislumbrar una sonrisa en los labios tatuados
del Portador de la Palabra.
—Era un ser único, ¿sabes? Se había transformado
en algo sin igual, y su partida ha dejado un vacío en
la disformidad. Deberías contemplar a los Nunca
122
Nacidos, Xantine. Se contorsionan y juegan mientras
hablamos. Tengo semanas de estudio por delante.
—Me repugnas —gruñó Xantine. Anhelaba poder
golpear al Portador de la Palabra a través del vox—.
Ghelia es Exhortación. Mi nave. No puede simple-
mente perecer. No me haría esto.
—Permítame, mi señor —intervino Rhaedron—.
Puedo apenas imaginar las profundas emociones que
debe estar experimentando en este momento. Pero
si lo que afirma el Señor Tun es verídico, entonces
carecemos de un Navegante.
—Ya lo sé —espetó Xantine—. Cumple con tu
deber o compartirás su destino.
—Sin nuestro Navegador, no podemos abandonar
este sistema. La… eso…
—Ghelia —corrigió Xantine.
—Ghelia —repitió Rhaedron, tragándose la pal-
abra como si fuera carne rancia, antes de proseguir—
. Ghelia estaba tan entrelazada con los sistemas de
Exhortación que el motor disforme, y la propia nave,
no funcionarán sin ella.
—¿Qué sugieres? —Inquirió Xantine.
—No lo sé, mi señor —admitió Rhaedron.
Tun habló de nuevo, con voz sosegada a pesar de
la gravedad de la situación.
—Puede que haya una solución —susurró con tono
arenoso—. Así como el cuerpo de Ghelia se fusionó
con la nave, su esencia se acerca a la disformidad.
123
Si hallamos a alguien con las capacidades psíquicas
adecuadas, nuestros cirujanos podrían intervenir,
conectando los sistemas orgánicos de la nave con la
mente de un psíquico adaptable.
—Pero, ¿dónde encontraríamos a un individuo así?
—Cuestionó Rhaedron.
—Tenemos un planeta a nuestra disposición
—afirmó Xantine—. Estoy seguro de que podemos
obtener algo, o mejor dicho, alguien que satisfaga
nuestras necesidades.
124
Capítulo 7
L
os Hijos del Emperador siempre llevaban dos
espadas: una visible y otra oculta. La segunda,
el arma fatal, sería empuñada por el propio Xantine.
Siempre era así, pensó Torachon con cierto fastidio.
Sobresalía en todos los aspectos que importaban para
los Hijos del Emperador: era un estratega superior,
un duelista más hábil y un artista más refinado. Sin
embargo, Xantine nunca reconocía sus méritos, sin
importar cuán evidentes fueran.
Al menos, lo habían seleccionado para liderar el
ataque principal, lanzando su escuadrón hacia el
desolado puerto de Serrine. Su objetivo era sembrar
el caos y el temor en las líneas enemigas. Esta
demostración abierta de fuerza atraería a los líderes
enemigos, y Xantine se encargaría de ellos.
—Quizás incluso me conceda el honor de asestar
el golpe final —pensó Torachon en voz alta desde las
125
sombras del Dreadclaw26 —. He demostrado mi valía
innumerables veces.
Orlan respondió con un dejo de envidia en su voz.
—De ninguna manera —Torachon atribuyó su
actitud a los celos; después de todo, Orlan era sig-
nificativamente más pequeño y débil que él.
Decidido a no dejar que la actitud de Orlan lo
afectara, Torachon apartó esos pensamientos y se
concentró en lo esencial. Siempre se debatía entre
la anticipación previa a la batalla y la batalla misma.
Era un dilema que le asaltaba con frecuencia, sin en-
contrar una respuesta satisfactoria. Ansiaba ambos
estados, pero cuando tenía uno, anhelaba el otro,
impidiéndole disfrutar plenamente del fragor del
combate.
Suspiró y apartó esas cuestiones existenciales,
centrándose en la tensión que se acumulaba a medida
que su cápsula se acercaba al planeta. Cerró los
26
Dreadclaw: Las Cápsula de Desembarco Dreadclaw son
transportes parecidos a Cápsulas de Desembarco, usados por
las antiguas Legiones de Marines Espaciales, y que aún usan
los Marines Espaciales del Caos. Son utilizadas para desplegar
rápidamente Marines Traidores en un planeta desde la órbita,
siendo lanzadas desde Cruceros o Acorazados. Están armadas
con el sistema de armas Viento de Muerte, el cual al aterrizar,
abre fuego sobre cualquier enemigo cercano. Puede desplegar
tanto tropas como un Dreadnought. A diferencia de otros
modelos de Cápsulas de Desembarco, puede despegar otra vez
tras aterrizar.
126
ojos y se estiró dentro de los estrechos confines,
repasando mentalmente cada parte de su cuerpo
mejorado, desde las manos hasta los pies. Cada fibra
de su cuerpo estaba preparada, lista para el ataque.
Muy bien. Acarició la empuñadura forrada de
cuero aceitado de su Espada de Energía, un sable
afilado y puntiagudo que había adquirido de un hábil
maestro de duelos en Loucin IV, y sintió una conexión
palpable con el arma. Ambas eran instrumentos
de muerte: afiladas, poderosas y letales, y ambas
zumbaban con una energía apenas contenida. Tora-
chon apagó y encendió el generador de energía de la
espada varias veces, deleitándose con las vibraciones
electrizantes mientras un relámpago azul recorría la
hoja. Su camarada de los Adorados, que compartía el
Dreadclaw con él, le lanzó miradas irritadas.
—Impacto en diez, nueve…
La voz sintetizada resonó a través del vox del
Dreadclaw, y Torachon sintió un hormigueo recor-
riéndole las extremidades mientras el campo de
poder energizaba su espada. Se inundó de un orgullo
abrumador y agradeció una vez más el honor conce-
dido por su señor. Llegar tan lejos como para liderar
el ataque a un nuevo mundo, ser la punta de lanza
del asalto de los Adorados, enfrentarse a tal peligro
y saborear las primeras glorias… Xantine debía de
tenerlo en una estima extraordinaria.
—…tres, dos, uno, impacto.
127
Con la última palabra resonó un estruendo pro-
fundo y un golpe físico tan fuerte que lanzó a Tora-
chon hacia adelante en su arnés. Aprovechó el im-
pulso para liberarse con una mano y se inclinó hacia
adelante para rodar, una maniobra acrobática que su
cuerpo mejorado y su armadura modificada hacían
trivial. Su placa de guerra Mark VII había sido
obtenida de algún Capítulo Espacial de los Marines
leales, uno del que nunca había sentido necesidad de
aprender. Pero eso no importaba. Lo único relevante
era lo que pudiera hacer con ella ahora. Como todas
las creaciones de Bilis, había sido alterada de forma
drástica. Las placas ablativas habían sido cortadas
para segmentarlas, lo que permitía una mayor lib-
ertad de movimiento, aunque a costa de su defensa
pura. Sin embargo, eso no preocupaba a Torachon:
no tenía intención de recibir ningún golpe.
En otras áreas, la armadura había sido recortada
por completo, dejando al descubierto la piel desnuda.
Torachon había adornado tanto su armadura como
su cuerpo con una elaborada escarificación, tallando
espirales y verticilos que se entrelazaban entre la
ceramita y la carne. La única parte de su cuerpo sin
estas cicatrices era su rostro, bendecido con una piel
perfecta y unos ojos violetas del mismo tono que la
armadura de su primarca, solo empañados por una
expresión natural de desdén.
Las compuertas del Dreadclaw se deslizaron con
128
un susurro hidráulico y una ráfaga de vapor. La
secuencia duró apenas unos segundos, pero para
Torachon, la espera se hacía eterna. Con una bota
blindada, se impulsó sobre el borde de la abertura aún
en descenso, el resplandor eléctrico de su sable ilu-
minando la nube de vapor y escombros del impacto
como un dios del trueno ancestral.
Emergió en un espacio amplio, una plataforma
de ferrocemento lo suficientemente grande para
acomodar naves de carga y salpicada de puntos de
abastecimiento.
—Bien —musitó Torachon en voz baja, com-
placido de que el Dreadclaw hubiera mantenido
su curso durante el descenso.
Un movimiento bajo su bota captó su atención y
miró hacia abajo. Unos ojos rasgados lo observaban,
amarillos e imperturbables, en una cabeza bulbosa
y lampiña. El hombre había sido partido en dos
por el impacto del Dreadclaw, su mitad inferior
destrozada o amputada de tal manera que su cuerpo
terminaba en el ombligo, pero aún estaba vivo. No
había rastro de temor en esos extraños ojos, solo una
ira helada. La falta de emoción revolvió el estómago
de Torachon. Se agachó, cerrando la mano alrededor
de la garganta del hombre y apretando hasta que oyó
un chasquido discordante.
A su alrededor, vislumbró docenas de figuras más.
Eran sombras en la nube de polvo que se iba asen-
129
tando gradualmente, fusionándose pero aún indis-
tinguibles mientras se levantaban del suelo donde
habían sido arrojadas. Al otro lado del puerto, más
figuras se giraron hacia los recién llegados, em-
puñando pesadas ametralladoras montadas y apun-
tando con sus autofusiles al gigante de armadura
rosa que se cernía entre ellos.
Se dio cuenta de que estaba rodeado. Él y su
escuadrón habían llegado con éxito justo en el centro
de las fuerzas enemigas. Un guerrero menos au-
daz habría considerado la retirada, pero Torachon
simplemente sonrió. Después de todo, él era la
punta de lanza, la estocada dirigida al corazón de
las líneas enemigas. Estaba desempeñando su papel
a la perfección.
—¡Miren, mortales! —proclamó, alzando su sable
en alto mientras atraía las miradas gélidas de sus
enemigos—. Contemplen mi esplendor y su perdi-
ción.
Torachon descendió su espada en un amplio arco,
su larga melena blanca ondeando mientras abría el
vientre de una figura que luchaba por levantarse. Fue
recibido con un grito desgarrador y el penetrante
aroma a sangre impregnando el aire espeso. Los
rifles bólter resonaron mientras los demás guerreros
de la vanguardia de los Adorados abandonaban el
Dreadclaw, su fuego constante formando un ritmo
de tambor. Mutantes y cultistas caían por igual
130
cuando las balas atravesaban sus cuerpos, y el polvo
y la sangre manchaban las brillantes Armaduras
de Combate de los guerreros, desvaneciendo los
vibrantes colores rosa y morado a tonos grises y rojos
apagados.
Para Torachon, ese sonido era música. Se abrió
paso entre las figuras heridas cuando el polvo se
asentó, infligiendo estocadas indiscriminadas y der-
ribándolos mientras intentaban ponerse de pie. Ob-
servó su extraña fisiología: tenían demasiados bra-
zos para ser humanos normales. Quizás era la ex-
traña niebla rosa que rodeaba la ciudad subterránea.
Pero morían igual, pensó, al atravesar con su bota la
cavidad torácica de un hombre vestido con andrajos
sucios.
—Estos desgraciados huelen a xenos —gritó Orlan
por el vox abierto, mientras Torachon atravesaba con
su espada de energía el corazón de un mutante de tres
brazos. Permitió que la criatura chisporroteara un
momento sobre su hoja, retorciéndose mientras el
filo cargado quemaba sus entrañas, antes de inspec-
cionarla más de cerca.
—Extrañas criaturas —musitó. La sangre negra
chisporroteaba y escupía, sobrecalentada por su
arma, y un olor peculiar invadía sus sentidos. Era
amargo y extraño, muy diferente al dulce aroma de
la sangre humana—. Como el vacío —comentó con
sarcasmo, dejando que el mutante cayera al suelo
131
desde su espada.
Para ser sincero, Torachon nunca había prestado
mucha atención a los humanos. Recordaba algunas
características clave: eran pequeños, se asustaban
con facilidad y estaban muy mojados. Tenía una
teoría sin fundamento sobre una posible correlación
entre su miedo y su humedad, pero la mayoría de los
humanos a los que había destinado para investigar
la cuestión habían muerto antes de que pudiera
confirmar sus sospechas.
Estos humanos, sin embargo, se distinguían de las
variedades habituales que había encontrado en sus
viajes por el Ojo. No eran los fanáticos desquiciados
de un mundo sumido en la adoración desenfrenada
del Panteón. Tampoco eran simples aldeanos, resen-
tidos por el rechazo insano del placer por parte del
Emperador.
La forma en que se movían era peculiar: coordina-
dos, pero sin emitir sonidos, como si compartieran
una mente. Torachon recordó su juventud y recono-
ció similitudes con cosas que había visto en las forjas
genéticas de su creador, aunque con una apariencia
distinta. Eran criaturas escurridizas, parecidas a
enormes insectos, con mutaciones hiperespecial-
izadas. Algunas tenían garras tan largas como la
pierna de Torachon; otras desarrollaban sacos de
veneno sobredimensionados y probóscides babosos
capaces de lanzar una sustancia viscosa y letal con
132
una precisión aterradora.
Fabio los había llamado tiránidos27 en general,
pero había un tipo específico que destacaba como
particularmente peligroso en los mundos coloniza-
dos por humanos.
Una criatura de cuatro brazos emergió de una
alcantarilla frente a Torachon, deslizándose a través
de un espacio no más ancho que sus manos antes
de desplegarse completamente. Extendió sus cuatro
brazos, con sus garras negras reluciendo bajo el sol,
mientras emitía un grito. Los tentáculos de su rostro
ondeaban al compás del sonido.
Ah, eso era.
27
Tiránidos: Es una de las formas de vida más hostiles de la
Galaxia. Son depredadores que solo ven a las otras razas como
materia prima que necesitan para vivir y reproducirse. Viajan
por el espacio en formaciones de interminables enjambres
listos para atrapar y devorar toda la materia orgánica que se
cruce por su camino. Los Tiránidos se alimentan de mundos
enteros, desatando una avalancha de feroces guerreros que
aplastan cualquier oposición. Los Tiránidos no pertenecen
a esta galaxia, han viajado por el interminable vacío entre
galaxias por milenios. Se cree que ya consumieron todo la
materia orgánica de su lugar de origen, por lo que se han
aventurado por el universo para saciar su hambre.
133
—¡Genestealers28 ! —exclamó Torachon, mientras
la criatura dirigía sus garras hacia su pecho con la
intención de desgarrar su caja torácica. Rápidamente,
esquivó el ataque y realizó una pirueta, colocándose
al lado del atacante. Sin dudarlo, ejecutó un único
tajo, atravesando con su espada el lomo de la bestia.
La hoja penetró la quitina hasta llegar a la carne
más blanda en su interior, partiendo al genestealer
por la mitad. Ambas partes del ser continuaron
retorciéndose en el suelo de ferrocemento, sus garras
aún aferradas a Torachon mientras él se incorporaba.
Con desprecio, pateó la mitad superior del gen-
estealer, haciéndola chocar contra una pared, donde
finalmente dejó de moverse.
Fabius había intentado emplear a estas criaturas
en sus experimentos, buscando extraer sus carac-
28
Genestealers (Corporaptor hominis): Los Genestealers de
Ymgarl fueron las primeras criaturas Tiránidas a las que se
enfrentó el Imperio de la Humanidad, constituyendo el primer
contacto entre el Imperio y la raza Tiránida. Esto ocurrió unos
200 años antes de que la Flota Enjambre Behemoth invadiera
la galaxia. A estos Genestealers se los creía nativos de las
lunas de Ymgarl y aún hoy, su origen es un misterio. Esta
subespecie tiene la capacidad única de transformar su forma
física en unos instantes o cambiar de color para camuflarse.
Los Genestealers son oponentes extraordinariamente feroces
en el cuerpo a cuerpo, con rápidos reflejos y una velocidad
cegadora, con letales garras al frente que pueden atravesar
hasta la más dura de las armaduras y garfios de carne que salen
de su mandíbula distendida.
134
terísticas más útiles para incorporarlas a sus futuros
proyectos, pero se mostraron obstinadamente re-
sistentes a la manipulación del Señor de los Clones.
Podían ser xenos repulsivos, pero poseían una per-
fección en su forma que incluso el maldito Bilispodía
admirar.
Un segundo genestealer emergió de la misma re-
jilla que el anterior, seguido por un tercero que lo
empujaba, sus garras negras y relucientes cortando
el aire en busca de su presa.
Torachon posicionó su espada en un gesto de duelo,
con la empuñadura a la altura del hombro y la punta
hacia adelante. Estaba listo para enfrentarse, cuando
una voz profunda lo llamó desde atrás.
—Retrocede, muchacho —ordenó Vavisk, con una
voz sorprendentemente potente que se elevaba por
encima del fragor de la batalla. El marine Ruidoso
formaba parte de la segunda oleada de la espada
abierta, y había llegado con su cohorte al otro lado del
puerto. Ahora que ambas escuadras estaban unidas,
debían avanzar hacia el centro de control del puerto.
A Torachon le subió la bilis a la garganta cuando el
capitán de los Marines Ruidosos le puso una mano
enguantada en el hombro, apartándolo de su camino.
Su brazo empuñando el sable se tensó ante el gesto
despreciativo, pero incluso el impetuoso Torachon
sabía que no debía desafiar a la mano derecha de
Xantine. Se tragó su orgullo y decidió disfrutar del
135
espectáculo que se avecinaba.
Vavisk dio un paso adelante, llamando a cinco
de sus Marines Ruidosos para que se agruparan a
su lado con un chirrido estático. Cada uno de sus
subordinados tenía un cuerpo casi tan deformado
como el de su capitán, pero se movían con una pre-
cisión sorprendente, como si siguieran un ritmo que
Torachon no podía escuchar. Al unísono, levantaron
sus blásters sónicos, ornamentados objetos dorados
que más parecían artefactos antiguos que armas, y
comenzaron a emitir su sonido infernal.
El aire tembló con la resonancia de las armas,
encontrando una frecuencia común y sincronizando
su tono con la música de la devastación. El proceso
llevó varios segundos, mientras los genestealers,
ajeno al cataclismo que se avecinaba, continuaron
su frenética carga. Torachon desprendió su pistola
bólter de la funda en su pierna derecha y disparó
hacia la cabeza de uno de los engendros más cercanos.
La criatura fue lanzada hacia un lado, con sus garras
aún en el aire mientras volaba, y se detuvo a los
pies de Vavisk. El marine Ruidoso soltó un rugido
disonante que Torachon interpretó como un gesto
de agradecimiento.
Las balas de la pistola automática martillaron el
blindaje ácido rosado del Marine Ruidoso, mientras
los cultistas genestealer, ubicados más atrás, se
levantaban de sus posiciones de tiro para enfrentar
136
al nuevo enemigo. Uno de los compañeros de Vavisk
recibió un impacto de ametralladora pesada en la
garganta, y el tono del coro cambió ligeramente
mientras se tambaleaba. La herida era profunda,
pero Torachon observó cómo se cerraba en tiempo
real, con hebras fibrosas entrelazándose para formar
una malla en el cuello del marine Ruidoso. Regresó
a la formación, con su fisiología recién alterada
completamente funcional, uniéndose a la armonía
con un aterrador grito propio.
—¡Comiencen! —Rugió Vavisk, y los cañones sóni-
cos de los Marines Ruidosos estallaron en respuesta.
La onda de sonido fue tan poderosa que Torachon
pudo verla: una descarga visible que recorrió la lon-
gitud del puerto a la velocidad del sonido. Atravesó
los cuerpos, tanto quitinosos como carnosos, como
si fueran nada, reventando tímpanos y deshaciendo
huesos a su paso.
Los humanos, o aquellos cercanos a ellos, se ll-
evaron las manos a los oídos y abrieron la boca.
Torachon supuso que gritaban de agonía, pero sus
voces quedaron completamente ahogadas por el
bendito estruendo que sacudía el enclave del puerto.
Los genestealers, desprovistos de la capacidad
emocional para expresar dolor, simplemente se de-
splomaron mientras corrían, con sus órganos revuel-
tos dentro de sus exoesqueletos, sus garras letales
agitándose sin rumbo en el aire mientras perecían.
137
Vavisk orquestó una sinfonía infernal para su co-
horte, enviando ondas de sonido retumbante en
medio del asedio continuo. Estas vibraciones obli-
garon a los cultistas a abandonar sus escondites,
y sus ojos, oídos y otros orificios se inundaron de
su propia sangre. Las mutaciones de los híbridos
genestealer actuaron en su contra, con las placas
quitinosas que normalmente ofrecían protección
contra las armas balísticas aumentando la presión so-
bre los cráneos deformados desde dentro. Torachon
presenció cómo la cabeza de un mutante gigante es-
tallaba, lanzando esquirlas óseas y materia cerebral
hacia atrás, por encima de sus aullantes camaradas.
Los blásters sónicos convocaron el sonido de la
disformidad y, con su fuego continuo, acortaron
la distancia entre la existencia material y el reino
empíreo. Lenguas y zarcillos exploraron a través
de pequeñas fisuras en la realidad, ansiosos por
descubrir la fuente de aquel ruido blasfemo. Al-
gunos lograron pasar completamente, enredándose
alrededor de las extremidades de Vavisk y su marine
Ruidosos mientras continuaban su descarga sónica.
La sinfonía del apocalipsis hizo que la visión de
Torachon se nublara y parpadeó. Al abrir los ojos,
vio que la realidad titubeaba, revelando una versión
del puerto envuelta en una neblina púrpura. Los gen-
estealers habían desaparecido y el sonido, aunque
aún presente, se había transformado en un zumbido,
138
el eco de estrellas colapsando en agujeros negros.
En algún lugar de este espacio, Torachon divisó un
par de ojos, violetas como los suyos, pero felinos, y
lo observaban. Era como si, a través del tejido del
empíreo, algo lo viera por primera vez.
Parpadeó y regresó. Sintió que sus corazones latían
con fuerza mientras la canción alcanzaba su clímax y
luego, con una explosión final de ruido ensordecedor,
llegó a su fin. Los diminutos y gruesos tentáculos
cayeron al suelo del ferrocemento, desvaneciéndose
en la nada mientras la primacía del plano material se
restablecía. Torachon se dio cuenta de que estaba de
rodillas, respirando agitadamente.
Desde el imponente edificio a sus espaldas, es-
cuchó una orden enérgica, la voz sorprendentemente
diminuta en comparación con la orquesta de Vavisk,
y luego el suave crepitar del fuego láser del arma,
mientras los defensores humanos aniquilaban el
último intento fallido de los cultistas genestealer.
Percibió el metálico sonido de una cerradura, seguido
del crujido de las enormes puertas.
El penetrante aroma a miedo y sudor invadió las
fosas nasales de Torachon cuando diminutos hom-
bres y mujeres emergieron de la abertura, con sus
frágiles cuerpos y sus ojos llenos de humedad. A
los ojos de Torachon, apenas se distinguían de las
criaturas xenos que asediaban su posición.
—¡Gracias, gracias! —Exclamó una voz delgada.
139
Tras tres décadas de silencio, toparse con una nave
de guerra del Imperio, ¡nada menos que del Adeptus
Astartes! maniobrando en el sistema. Era una
coincidencia digna de la leyenda. Como solía decir el
padre de Pierod, el Emperador sonreía a sus elegidos.
Los detalles podrían resolverse más tarde. El Adep-
tus Astartes —solo pensar en su esplendor le hacía
palpitar el corazón— había llegado, frustrado el
asalto principal del enemigo y aniquilado a la chusma.
Pronto podría regresar a su mansión. Quizás incluso
le otorgarían una nueva. Sí, el prestigio de ser el
salvador de Serrine, el único capaz de invocar a
los propios ángeles para rescatar a su mundo de la
perdición, sería considerable.
¡Qué poderío! Incluso entablar una conversación
con uno de los ángeles le había debilitado las rodillas
y acelerado el pulso, pero lo había logrado, y no
dejaría que sus pares lo olvidaran. La mitad de la
nobleza de Serrine yacía probablemente abatida por
balas en la espalda; alguien debía encargarse de
la reconstrucción, de liderar. ¿Y quién mejor que
él? Pierod el Decisivo, Pierod el Valiente, Pierod el
Convocador de Ángeles.
Sin embargo, primero tendría que ocupar el lugar
de Rogirre. Y luego, necesitaría un nuevo atuendo.
140
Todo a su debido tiempo. Por ahora, debía dar
la bienvenida a los Astartes. Nunca antes se había
encontrado con uno de ellos, pero había escuchado
tanto sus hazañas como su estruendo imponente.
Era ensordecedor, ilógicamente ruidoso, y había
dejado incluso a los más curtidos de la Sexta Sofisti-
cante postrados en el suelo del centro de control,
cubriéndose los oídos con las manos. Pierod se unió
a ellos, cerrando los ojos y gimiendo de dolor hasta
que el estruendo cesó. Luego, se sentó en el suelo
por un momento, intentando asimilar lo que había
experimentado.
Así se autodenominaban: los Hijos del Emperador.
Sin duda, los mismos descendientes del Emperador
llevarían a cabo la guerra con una ferocidad tan im-
ponente, con una fuerza tan abrumadora que nadie,
absolutamente nadie, osaría desafiar la supremacía
de la humanidad y de su señor. Se estremeció al
concebir el enfrentamiento con esos Ángeles de la
Muerte en el campo de batalla.
Se preguntaba cómo serían. Visualizó figuras
musculosas, de amplios hombros, sonrientes con
una gracia benevolente, reflejos microscópicos de las
imágenes y estatuas del Emperador que adornaban
su ciudad.
Pronto lo descubriría. Pierod había instruido a
Frojean para que abriera las imponentes puertas de la
torre de mando, y el hombre delgado había delegado
141
la tarea en los miembros de la milicia que acababan
de ponerse en pie tras el caos.
Pierod se situó en lo alto de la escalinata, preparado
para recibir a sus distinguidos invitados. Era una
artimaña que había aprendido en los círculos aris-
tocráticos, para imponerse en altura durante las
presentaciones. Carraspeó una vez y se dispuso a
proyectar su voz. Desde el diafragma, tal como le
enseñó su padre.
—¡Bienvenidos, Adeptus Astartes del Emperador…
—comenzó a decir.
Un murmullo de asombro recorrió las escaleras
cuando el primero de los guerreros se inclinó para
atravesar el umbral, y la acogida de Pierod se
desvaneció en su garganta. El Marine Espacial vestía
una armadura de un rosa chillón, con sus paneles
adornados con extraños símbolos y perforados con
anillos que sostenían amuletos de oro y hueso.
Colgaban pieles de su cintura, balanceándose de
un lado a otro mientras avanzaba por el pasillo del
centro de mando. Pierod creyó distinguir la forma
de una mano humana en aquel espantoso tabardo,
con los dedos apuntando al suelo.
Sin embargo, lo más sobrecogedor de todo era el
rostro. Al principio, Pierod había asumido que el
guerrero portaba un extraño y amenazante casco,
quizás para infundir terror entre sus adversarios
en la contienda, pero se horrorizó al darse cuenta
142
de que estaba contemplando la desnuda piel de un
rostro que alguna vez fue humano. Para Pierod, el
marine espacial parecía haberse desfigurado, como
una vela abandonada a su suerte durante demasiado
tiempo. La piel de su rostro pendía de un tono
ceniciento, apenas adherida a los huesos, como si
estuviera clavada en su lugar. Su mandíbula había
sido absorbida por completo, sumergida en una
descomunal rejilla vocal que zumbaba mientras el
coloso avanzaba. El sonido continuó incluso cuando
se detuvo, y Pierod se dio cuenta de que era el sonido
de su propia respiración.
Frojean fue el primero en recobrarse del impacto y
se adelantó para saludar al recién llegado.
—¿Mi… mi señor? Parece herido. Por favor, per-
mita que mis hombres atiendan sus graves lesiones.
El guerrero astartes inclinó la cabeza y entrecerró
sus ojos rojos como la sangre al mirar al delgado
mortal que tenía delante.
—No estoy herido —dijo con una voz cargada de
estática y distorsión.
Pierod se estremeció al escucharlo hablar, retro-
cediendo físicamente ante el sonido y agarrándose
a la barandilla. Tragó saliva, se calmó y trató de
responder.
—Xantine, de los Hijos del Emperador. Le doy la
bienvenida a Serrine.
El gigante se giró hacia él y emitió un chirrido de
143
estática que podría haber sido una risa. Pierod se
tapó los oídos antes de recobrarse y bajar los brazos,
intentando recuperar una postura de estadista.
—No soy Xantine —resonó el marine espacial con
una voz que parecía provenir del núcleo del planeta—
. Él está en órbita, esperando nuestro ataque inicial.
Pierod se sintió abrumado por la vergüenza. Esto
no iba según lo planeado.
—Entonces, ¿puedo preguntar a quién tengo el
honor de dirigirme? —Preguntó, tratando de in-
fundir gravedad y autoridad a su voz.
Una nueva silueta se deslizó por la puerta entre-
abierta y avanzó por el pasillo. Era alta, incluso
más que sus compañeros, y llevaba consigo la ma-
jestuosidad angelical que Pierod había imaginado
del legendario Astartes. Sacudió su larga melena
rubia mientras se erguía, antes de lanzar a Pierod
una mirada desdeñosa.
—Él es Vavisk, y yo soy Torachon. Se dirigirán a
cada uno de nosotros como “mi señor”, o ensuciaré
mi espada con su sangre —declaró con firmeza
Torachon.
—Entendido —murmuró Pierod en voz baja, retro-
cediendo un paso hacia arriba por las escaleras.
—No pronuncies esa palabra aquí, mortal
—advirtió Vavisk, apoyando la mano en el pomo
de su sable. Pierod interpretó el gesto como una
escalada de amenaza disfrazada de advertencia, y
144
supuso que este era el más compasivo de los dos
emisarios astartes.
—Nos dijeron que tenían soldados —continuó
Torachon, ignorando la postura de su colega.
—Los tenemos, mi señor —respondió Pierod—.
Pongo a la Sexta Sofisticante a su disposición. Son la
élite de la élite, y le servirán bien, junto con cualquier
otro miembro de la milicia que siga operando en la
ciudad.
Ambos Marines Espaciales le escrutaron con aten-
ción. Sintiéndose de repente cohibido, Pierod se
colocó las manos detrás de la espalda, intentando
enderezar su postura lo mejor que pudo. Esperaba
que no notaran la mancha de vómito en su toga.
—¿Diriges la fuerza militar de este planeta?
—Preguntó Vavisk con un tono de desdén—.
Entonces, has fracasado rotundamente. Tu mundo
estaría destruido si no fuera por mi llegada.
Pierod sintió que el rubor invadía su rostro y el
pánico se convertía en ira. Intentó canalizarlo, in-
yectar algo de acero en su voz. El esfuerzo solo tuvo
éxito a medias.
—Soy el Vicetesorero Pierod de Serrine —declaró
con la voz temblorosa ante los aterradores recién
llegados—. Fui yo quien los convocó aquí, y con el
consejo gobernante de Serrine ahora desaparecido,
probablemente muerto, soy el noble de mayor rango
en este mundo.
145
Se llenó de coraje y enfrentó al guerrero más alto.
Los ojos violetas lo miraban con dureza, como gemas
incrustadas en un rostro demasiado perfecto. Una
oleada de miedo le recorrió el estómago y apartó
la mirada, observando a los demás guerreros de la
vanguardia.
No había uniformidad: llevaban armaduras de
rosa y negro, con detalles en púrpura oscuro o verde
luminoso, como si se hubieran vestido al azar. El
más alto tenía una belleza escultural, mientras que
los demás estaban marcados por cicatrices faciales o
heridas de batalla. Para Pierod, eran completamente
aterradores.
—Habla, hombrecito —dijo el apuesto guerrero,
con los ojos centelleantes. Pierod se estremeció ante
la orden, pero se esforzó por continuar.
—Sí, como decía, estoy a cargo no solo del
ejército de este planeta, sino también de su logística,
economía y de todas las decisiones importantes que
toma su población.
—¿Vice Tesorero Pierod? —Interrumpió Frojean,
haciendo que Pierod se estremeciera—. ¿Sí, Frojean?
—Preguntó entre dientes.
—El consejo. No están todos desaparecidos o
muertos. Alrededor de la mitad están a salvo. Están
abajo.
—¿El consejo? ¿Aquí? —Preguntó Pierod incré-
dulo.
146
—Ah, sí —respondió Frojean, como si fuera algo
obvio—. El Sexto Sofisticante sacó al gobernador en
cuanto comenzaron los ataques. Todos los miem-
bros importantes del consejo fueron identificados y
escoltados aquí.
—Llévame hasta ellos —ordenó el guerrero espa-
cial más alto, avanzando tan rápido que Pierod tuvo
que apartarse para evitar ser atropellado. Atrapó
a Frojean cuando intentaba seguirlo, agarrándolo
firmemente por la muñeca.
—No recibí tal escolta —susurró Pierod.
—No… —respondió Frojean con una mirada desafi-
ante, poniendo una mano en el hombro de Pierod—
. Desafortunadamente, decidieron que nuestros
recursos estarían mejor empleados… en otro lugar.
Pierod apartó la mano de un manotazo y se dirigió
hacia el hombre más alto, bajando los escalones y
siguiendo a los Marines Espaciales hacia el búnker
del sótano de la torre de mando.
—Aún así, ¡has llegado aquí intacto! —le gritó
Frojean—. Bravo.
147
Capítulo 8
S
utilmente manipulaste la situación, Xantine
—espetó Sarquil, su cabeza plateada brillaba
bajo la luz roja de la luminaria interna del Dreadclaw.
—¿Manipulación? ¿Yo? —respondió Xantine, su
tono reflejaba una mezcla de incredulidad y juego.
—Pensabas que no revisaría los registros del ar-
senal? Ordenaste la preparación de los Dreadclaw y
pusiste en marcha los rituales de bendición con los
esclavos de las armaduras antes de que el cónclave
se reuniera para votar.
—Por supuesto, querido amigo —repuso Xantine—
. ¿Qué clase de líder sería si no estuviera listo para
cualquier eventualidad? —Internamente, sonrió.
No había necesidad de dejar pistas tan evidentes
de sus planes, pero no pudo resistirse a un toque
de dramatismo. Xantine sabía que su meticuloso
intendente escudriñaría los registros de Exhortación;
solo él y su círculo de obsesionados realmente se
preocupaban por tales detalles a bordo de la nave. Al
prepararse para el combate antes de la votación del
148
conclave, demostró su capacidad para anticiparse
a sus compañeros. Si el reactor de Exhortación no
hubiera sido dañado por las defensas de Serrine, tal
vez habrían abandonado el planeta después de que
la votación estuviera en su contra, pero prefería no
pensar en eso. Era más gratificante deleitarse con la
impotente irritación de Sarquil. Eran las pequeñas
victorias.
—Y gracias a mi preparación, los Adorados lo-
graron un tiempo de despliegue en combate sesenta
y ocho punto dos, cinco, nueve veces más rápido de
lo habitual —continuó Xantine, disfrutando de la
oportunidad de usar las estadísticas de Sarquil en su
contra—. Un golpe certero debe ser rápido, Sarquil;
espero que comprendas eso.
—Ese no es el punto, Xantine. Y, por supuesto,
lo sé. Fui yo quien diseñó nuestros protocolos de
preparación para el combate, quien entrena a nues-
tras tropas, aplicando principios de excelencia a
nuestra chusma.
Y por ello te desprecian, reflexionó Xantine. Los ex-
tenuantes ejercicios de Sarquil se extendían durante
días, una tediosa tortura. Tan tediosa que más de
un miembro de la banda de guerra de Xantine había
solicitado el derecho a desafiar al intendente a un
duelo. Sin embargo, Xantine había rechazado todas
esas peticiones, optando por mantener a Sarquil en
su actual posición de poder relativo, al menos por
149
ahora. Aunque era un individuo abrumadoramente
tedioso, Sarquil se apaciguaba fácilmente con ganan-
cias materiales, y Xantine debía reconocer que su
obsesión por la precisión militar había mejorado no-
tablemente la eficacia de los Adorados como fuerza
de combate.
—Realmente apreciamos tu dedicación —expresó
Xantine—. Estoy ansioso por ver cómo se traduce en
el campo de batalla.
Sarquil gruñó, pareció que iba a decir algo más,
pero se contuvo. Bajó la mirada hacia su cañón
y extrajo el cinturón de munición de la recámara,
contando meticulosamente los proyectiles por cuarta
vez ese día.
El Dreadclaw estaba diseñado para transportar
a diez Marines Espaciales, pero Xantine y Sarquil
compartían el espacio solo con unos pocos miembros
selectos de los Adorados. De todos modos, ni siquiera
cabrían diez, no con Lordling a bordo.
El gigantesco guerrero había sido un Marine Espa-
cial en otro tiempo, pero había superado con creces
la capacidad de su armadura para contenerlo. Ahora
estaba hinchado, rosado y rechoncho, con el vientre
colgando sobre las grebas Mark IV, que se habían
resquebrajado por la presión interna y ahora estaban
sujetas con correas de cuero de origen desconocido.
Conociendo las preferencias de Lordling, Xantine
supuso que era humano. Su corpulencia era coronada
150
por una cabeza lampiña sostenida por rollos de grasa.
Tenía los ojos oscuros y una mueca permanente en
los labios.
Ahora gruñía, emitiendo pequeños resoplidos de
confusión mientras manipulaba su arnés de sujeción.
La criatura se había visto obligada a asegurarse con
los arneses destinados a tres asientos, cada uno
diseñado para un guerrero del tamaño de un Marine
Espacial, para mantenerse en su lugar durante el
turbulento viaje desde la bahía de Exhortación hasta
la superficie del planeta.
—¿Te encuentras confortable, Lordling? —Inquirió
Xantine, aliviada por la distracción.
El enorme guerrero levantó la mirada con una
chispa de emoción en los ojos mientras el Dread-
claw se sacudía, la saliva formando espuma en la
comisura de sus labios en anticipación a la batalla
que se avecinaba. Ajustó sus arneses con dedos mon-
struosos para asegurarse mejor en su improvisado
asiento.
—¡Guh! —Gruñó.
—Me alegra escucharlo —replicó Xantine, agrade-
cida de poder usar al bruto para escapar de la conver-
sación con Sarquil.
De mil maneras, Lordling resultaba útil para Xan-
tine; su aparentemente simple comprensión de la
existencia y su fácil maleabilidad lo convertían en un
guardián muy útil. Sin embargo, no era precisamente
151
un gran conversador: en todos los años que Lordling
había servido a los Adorados, Xantine nunca había
escuchado una palabra inteligible de su boca.
Afortunadamente, no había tiempo para largas
conversaciones durante el descenso a Serrine. Xan-
tine había considerado hacer su entrada en el Beso
Doloroso, pero el Thunderhawk presentaba un ob-
jetivo tentador para las fuerzas enemigas en tierra.
Aunque Xantine tenía sospechas sobre la causa y los
orígenes de los rebeldes, era un riesgo innecesario
llevar una nave de desembarco a una zona de guerra.
Un disparo afortunado con un lanzamisiles podría
derribarla, convirtiendo una entrada heroica en una
humillación.
No, era mucho más adecuado llegar en el Dread-
claw. El asalto en cápsula de lanzamiento había sido
uno de los favoritos de los Hijos del Emperador desde
los días de la Gran Cruzada, un ataque orquestado con
éxito que ofrecía una embriagadora mezcla de sor-
presa, habilidad y un toque de elegancia. A menudo
se utilizaba en la legendaria estrategia Maru Skara
de la Legión, un ataque de doble golpe que seguía
a la hoja abierta con una hoja oculta diseñada para
desmembrar a una fuerza enemiga identificando y
masacrando a sus líderes.
Pero incluso enfundados en la armadura de la
Legión, Xantine debía reconocer que los Adorados
no ostentaban el poderío de los Hijos del Emperador
152
en su grandiosidad. Mientras la Legión desplegaba
sus exploradores y vigías, identificaba las vulnerabil-
idades y arremetía con una fuerza tan contundente
que paralizaba al enemigo en cuestión de horas,
Xantine aún desconocía contra quién luchaban en
ese mundo, y mucho menos dónde localizar a sus
líderes. Los informes confusos del inútil Pierod
apenas describían una masa indistinta, emergiendo
desde las entrañas de la ciudad como si se deslizara
desde las mismas tuberías que la atravesaban.
—Golpea rápido y fuerte —susurró S’janth. El
daemonio se había vuelto cada vez más inquieto en
su prisión física a medida que se aproximaban al
planeta, la cercanía de millones de almas agitaba su
conciencia.
—Sí, querida, sé cómo combatir. Esta no es mi
primera batalla.
—¿Bleeeh? —inquirió Lordling, mientras luchaba
nuevamente con su arnés de sujeción.
—Nada, Lordling —respondió Xantine.
—¡¿No soy nada?! —se erizó S’janth—. Soy la
tentadora de la luna doncella, la devoradora de la luz
de Suldaen, la crescendo.
Xantine se regocijó cuando la lista de títulos del
daemonio fue ahogada por el repentino rugido de
la atmósfera en llamas del exterior. Eso indicaba
que habían cubierto la distancia desde los tubos
de lanzamiento de Exhortación hasta el planeta, y
153
que pronto tocarían tierra. En unos instantes, el
Dreadclaw se abriría y lo arrojaría a la superficie.
Pronto vería una nueva ciudad, un nuevo cielo, un
nuevo mundo. Lo haría perfecto.
154
rompiera. Finalmente, una sola voz se oyó, impreg-
nada de un leve atisbo de pánico.
—¿Quién está ahí?
Pierod reconoció la voz del gobernador Durant.
Seguramente, pensó, la mayoría del planeta la iden-
tificaría, dada la predilección del gobernador por
dirigirse a su pueblo.
—Abre la puerta, mortal. Los gloriosos Adorados
exigen tu lealtad.
—¿Perdón? —Balbuceó Durant.
Pierod se armó de valor, una sensación poco
común, y dio un paso al frente.
—Mi señor —preguntó al imponente Marine Es-
pacial, evitando su mirada—, si me lo permite…
El marine pareció tenso, como si estuviera a punto
de golpearlo, pero se contuvo y abrió la palma de la
mano.
—Solo tienes un momento antes de que yo mismo
abra la puerta.
Pierod accionó el vox y habló rápidamente.
—¡Lord Durant! Soy Pierod, miembro del consejo
y su humilde servidor.
Hubo una breve discusión al otro lado del vox, y
Pierod simuló no escuchar mientras Durant con-
sultaba a sus colegas parlamentarios sobre quién
exactamente estaba hablando.
—Ah, sí, Pierod. El asistente del tesorero Tenteville.
¿Qué haces aquí? Este lugar está reservado solo para
155
los miembros del Alto Consejo. No tenemos los recursos
aquí para un hombre de tus… ambiciones —incluso a
través del vox, Pierod percibía la condescendencia
que goteaba del tono de Durant.
—No, mi señor —continuó Pierod, con una voz
que rebosaba de entusiasmo—. Traigo noticias mar-
avillosas: ¡los he salvado a todos!
Hubo un bufido en la vox.
—¿Y cómo has logrado eso, Pierod? —preguntó
Durant.
—He logrado la llegada de los Adeptus Astartes.
Nada menos que los Hijos del Emperador. Terra envía
a sus mejores para responder a nuestro llamado.
—Esto huele a truco barato —espetó Durant—. No
hemos tenido contacto con el Imperio en tres décadas.
¿Por qué aparecerían ahora, justo el día en que nos
atacan desde dentro?
—No lo sé, señor. Pero lo que sé es que han
detenido el asalto rebelde. Han exigido el control
de las fuerzas militares restantes de Serrine para
completar nuestra liberación.
Hubo un breve silencio, como si Durant estuviera
sopesando la idea.
—Señor —insistió Pierod—. Nos han traído la
salvación. Abra la puerta para que podamos recibirla.
El consejo planetario de nobles de Serrine ofrecía
un espectáculo patético mientras ascendían penosa-
mente por las escaleras del centro de control del
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puerto del vacío. Despojados de sus elaborados
atuendos, lucían desaliñados, claramente arranca-
dos de su sueño matutino por sirvientes y soldados
antes de ser conducidos a la seguridad del búnker
subterráneo. Envueltos en camisones y mantas
ásperas para resguardarse del frío.
Algunos aún llevaban los estragos de la noche an-
terior. Disfraces y elegantes vestimentas delataban
a aquellos cuyas juergas se habían prolongado en
los variados establecimientos nocturnos de Serrine,
antes de que su diversión fuera interrumpida por los
equipos de evacuación. Pierod casi sentía compasión
por esas almas. Lord Armand se desplomó contra
una pared cercana, con la cabeza entre las manos,
soltando gemidos ahogados. Pierod percibió el olor
a Amasec en su aliento al salir del búnker, una resaca
que seguramente agravaba la ya horrenda situación
de este día fatídico.
Inicialmente, el consejo se aferraba al búnker con
terquedad, pero pronto se desvaneció esa actitud
cuando el colosal Marine Espacial comenzó a forzar
la puerta con su imponente Espada de Energía.
La expresión burlona de Durant se desvaneció
cuando guerreros imperiales de dos metros de altura,
ataviados con llamativas Armaduras de Combate
rosadas, irrumpieron en la sala. La sorpresa cedió
ante el miedo y luego ante un asombro silencioso,
al quedar patente que Pierod no mentía: Serrine no
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solo había tenido su primer encuentro con el Imperio
en treinta años, sino que este había llegado en forma
de los más destacados guerreros del Emperador.
El resto del consejo se agitaba, lanzando miradas
inquisitivas a los Marines Espaciales y luego a Pierod.
Habían seguido a Durant fuera del búnker, final-
mente tranquilizados por la contundente afirmación
del Marine Espacial de haber neutralizado a los ata-
cantes. Cualquier atisbo de duda sobre la veracidad
de sus palabras se disipó cuando las enormes puertas
gemelas de la torre de mando se abrieron de par en
par, dando paso a una mujer diminuta adornada con
tantas joyas que parecía un pájaro exótico.
Ella entró en el vasto vestíbulo con una gracia que
parecía sobrenatural, moviéndose con tanta deli-
cadeza que apenas hacía ruido al pisar el pulido suelo
del centro de mando. A pesar de su ostentosa apari-
encia, no emitió ni una sola palabra. Los miembros
del consejo de Serrine, aunque igualmente cargados
de joyas, sintieron una extraña incomodidad ante
la presencia de esa mujer y retrocedieron instin-
tivamente. En algunos, la repulsión fue evidente:
Lady Musetta se estremeció al sentir la cercanía
de la mujer, quien, al pasar junto a ella, detuvo su
paso. La recién llegada giró la cabeza hacia Lady
Musetta, esbozando una sonrisa amplia. Se acercó
a la miembro del consejo, acortando la distancia
hasta quedar a unos pocos centímetros. Su piel
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estaba tensa y radiante, con un ligero tono rosado y
una textura inflamada, revelando los signos de una
terapia Rejuvenat.
Inclinó la cabeza hacia un lado, haciendo sonar
los collares que adornaban su cuello encorvado, y
olisqueó el aire cerca de la garganta de Lady Musetta.
Esta última contuvo un grito, sintiendo el aliento a
carne descompuesta y agua estancada casi provocán-
dole náuseas.
Con voz seca y penetrante, la diminuta mujer
finalmente habló.
—No esta —sentenció, como si su voz emergiera
desde el mismísimo abismo. La desagradable esen-
cia de su aliento envolvió la estancia, perturbando
incluso al más imperturbable de los presentes.
Volviéndose hacia la sala, abandonó a Musetta,
quien sollozaba en silencio, y continuó su lento
paseo, alargando el cuello para escudriñar a los
demás miembros del consejo que se agrupaban a su
alrededor.
—Yo pregunto —interpeló Durant, recobrando
su aplomo y dando un paso al frente—, ¿quién te
crees que eres? —Sin embargo, la misteriosa mujer
lo ignoró, dedicándose a inspeccionar uno a uno
a los presentes. Ante el nuevo intento de Durant
por intervenir, se encontró con una hoja afilada,
sostenida por la mano de un atractivo Astartes.
—No interfieras en la labor de Fedra —advirtió
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el Marine Espacial con la paciencia de quien explica
algo obvio a un niño—. Será mucho más rápido si
te sientas y guardas silencio —antes de que Durant
pudiera replicar, el Astartes activó la energía de su
espada, emitiendo un zumbido y chispas danzantes
a lo largo de la hoja. Un gesto con la espada fue
suficiente para que Durant retrocediera y se sentara,
frunciendo el ceño.
La diminuta mujer detuvo su avance y señaló con
un dedo huesudo a un hombre calvo que había estado
evitando su mirada. Pierod lo reconoció como miem-
bro del Departamento de la Cosecha. Al ser una de las
pocas ramas del consejo que tenía contacto directo
con la infraciudad, Pierod había evitado cuidadosa-
mente cualquier interacción con ellos, temiendo que
su miasma contaminara su aura.
La mujer cambió su actitud abruptamente cuando
el hombre calvo se percató de su mirada y la enfrentó.
Su sonrisa, antes serena, se convirtió en una mueca
malévola que impregnó su rostro. Más perturbadora
aún fue su velocidad: en un abrir y cerrar de ojos,
estaba junto al hombre, recorriendo la distancia
que los separaba con una velocidad que desafiaba
la lógica. Un susurro ahogado se extendió por la
sala cuando tomó su barbilla y la inclinó hacia atrás,
exponiendo su garganta. Acerco su rostro a la piel
desnuda del hombre y la olfateó con avidez.
—Ahh, este es —susurró, como si hablara consigo
160
misma.
El hombre, con los ojos desorbitados, preguntó con
angustia:
—¿Qué estás haciendo? —Intentó liberarse de
su agarre, pero ella era formidable. Con esfuerzo,
intentó deshacer la sujeción de la mujer, pero esta se
mantuvo firme, aferrándose a su rostro con fuerza.
—Hay secretos ahí dentro, puedo percibirlos
—susurró la mujer, ajena al forcejeo del hombre.
—¡Mi señor, por favor, ayúdeme! ¡Llame a esta
bestia! —Gritó el hombre, mirando al gobernador
Durant, quien, junto a los marines espaciales, evalu-
aba la escena. Uno de ellos, el más apuesto, se había
quitado el guantelete izquierdo y se inspeccionaba las
uñas, mientras sostenía la Espada de Energía en su
mano derecha. El otro, de aspecto deforme, parecía
aburrido.
—¡Me estás lastimando! —Exclamó el hombre, al
borde de las lágrimas.
—Sería tan fácil ceder, ¿verdad, Balique? —Dijo
Fedra con una voz cruel, rodeando la barbilla del
hombre con sus dedos largos y apretándole los
labios—. Dime lo que necesito saber.
—Yo… no sé de qué hablas —balbuceó el hombre
con voz distorsionada—. ¿Cómo sabes mi nombre?
¿Qué quieres de mí?
—Quiero saber dónde se oculta tu líder, Balique
—susurró Fedra al oído del hombre, pero su voz
161
resonó en toda la sala, como si estuviera imbuida
de un poder sobrenatural—. Dímelo y serás libre.
—¡Mi líder está aquí, maldita sea! —gimió Balique,
señalando hacia el gobernador Durant con un gesto
tembloroso.
—No, no él, idiota. Tu líder. ¿Dónde está el
Patriarca?
Un destello de pánico genuino encendió los ojos
de Balique, revelando que entendía perfectamente el
peligro que enfrentaba.
—No puedo decírtelo —dijo con voz entrecortada.
Las miradas que habían evitado cruzarse con las
suyas durante el interrogatorio ahora se centraban
en él, señalando su posible implicación en el ataque.
—Querido, por supuesto que puedes —dijo Fedra,
acariciando sus mejillas sonrojadas.
—No, no, no entiendes. No puedo decírtelo. No
puedo —balbuceó, golpeándose la sien lentamente
con la mano libre—. Quiero, créeme, quiero. Pero
las palabras…
—Qué lamentable —dijo Fedra, apartando su ros-
tro. Liberado de su sujeción, Balique se frotó la
mandíbula y la miró desconfiado.
—No importa. Si no me lo dices, haré que te lo
saquen.
Los brazaletes de Fedra tintinearon cuando levantó
una mano. Los ojos de Balique se abrieron de par
en par y su mano se movió bruscamente. Sus dedos
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se unieron, formando una cuña antes de adentrarse
en su boca, explorando como un gusano intentando
abrirse paso en la tierra.
Fedra movió sus largos dedos y una fuerza invisible,
la misma que controlaba su mano, arrancó a Balique
una sonrisa forzada. Intentó articular algo, pero sus
palabras se vieron sofocadas por su propia mano, que
luchaba por abrirse camino entre sus dientes y lengua
hasta la garganta.
—¿Qué fue eso? —preguntó Fedra con dulzura—.
¿Estás listo para hablar?
Un gorgoteo intentó escapar de la garganta de
Balique, pero el sonido se extinguió cuando él mismo
comenzó a introducir su mano en su boca.
—Silencio —dijo Fedra, acercándose nuevamente.
Puso su frente contra la del hombre y colocó sus
manos a ambos lados de su cabeza. El aire en la
sala pareció vibrar alrededor de ellos mientras algo
invisible pasaba de la mente de Balique a la de Fedra.
Con un suspiro de satisfacción, Fedra inclinó la
cabeza de Balique hacia adelante, quien aún man-
tenía la mano en su boca, y le dio un beso leve en la
frente.
—Ya me has dado toda la información que nece-
sitaba —canturreó.
Las lágrimas inundaron los ojos del hombre. Los
vasos sanguíneos de sus ojos estallaron, pintando la
blancura de sus ojos con manchas rojas brillantes.
163
Cayó de rodillas, pero continuó empujando, uti-
lizando su brazo izquierdo como palanca hasta que
se hundió hasta el codo en su propia garganta. Por
un momento, reinó el silencio, con todos los sonidos
sofocados por la obstrucción en sus vías respirato-
rias, antes de que, con un jadeo y un sonido húmedo,
Balique se retirara, arrancándose un puñado de sus
propias entrañas de la boca. Las vísceras colgaron
frente a él, balanceándose débilmente mientras gote-
aban sangre y otros fluidos sobre el suelo de madera
pulida, antes de que cayera de bruces sobre su propio
lecho de órganos extraídos.
Fedra contempló al difunto por un momento, una
sonrisa tímida curvando sus labios, antes de girarse
y alejarse, sus pasos aún silenciosos.
—La Catedral de la Cosecha Generosa. Allí encon-
traremos nuestro premio.
164
Capítulo 9
L
a espada era tan pesada que debió sostenerla
como si fuera la más frágil de las criaturas
para evitar que rozara el suelo pulido del sótano
de la catedral. Era un artefacto de exhibición,
más ornamental que bélico, pero Arqat comprendía
el valor invertido en la forja de tales ofrendas
para la iglesia y confiaba en su capacidad para
cortar con precisión. Además, su durabilidad no
era una preocupación. No albergaba la menor
esperanza de salir con vida de la cripta, pero si podía
eliminar a algunos de esos profanadores antes de
sucumbir, sentiría que su existencia había tenido
algún propósito.
Ellos poseían el armamento y la superioridad
numérica, pero él contaba con dos ventajas propias:
la sorpresa y una ira justificada. Ambas eran armas
poderosas en su arsenal.
Si bien había desechado este sitio, anhelando una
vida diferente, ahora que había sido violado y ultra-
jado, se comprometía a defenderlo hasta la muerte.
165
Una ira ardiente lo consumía, otorgándole una sen-
sación de poder y determinación.
Se imaginó que su hermano experimentaba con-
stantemente esa misma ira justificada, una furia afi-
lada y feroz dirigida hacia objetivos que no merecían
clemencia. La idea resultaba embriagadora.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal al visualizar
el impacto de la pesada espada sobre la carne vulner-
able. ¿Hasta dónde llegaría? ¿Penetraría el filo en el
hueso? ¿Se vería obligado a retirarla de un hombro o,
incluso, de un cráneo? ¿Poseería la fuerza necesaria?
Se complacía al imaginar la agonía.
De pronto, un murmullo proveniente del piso su-
perior interrumpió sus pensamientos. Docenas de
pasos resonaban sobre la piedra. Con sumo cuidado,
depositó la espada en el suelo, evitando cualquier
ruido metálico, y se asomó por una ventana a nivel
de la calle. Los colores rojo y azul se filtraban a través
del cristal, pero pudo divisar siluetas imponentes
transportando una litera hacia la catedral, con una
figura femenina en su interior.
Emitía un aura que resplandecía bajo el sol del
mediodía, como una líder guerrera al frente de su
ejército victorioso. Arqat sentía punzadas en los ojos
al mirarla. También le atormentaba la cabeza. Un
zumbido creció en su mente mientras la observaba,
como un eco en las profundidades de su cráneo.
Gimió de dolor y su mano se deslizó del marco de
166
la ventana. Se desplomó al suelo, alcanzando su
espada en la caída. El zumbido se desvaneció y Arqat
envolvió la empuñadura con firmeza.
Se incorporó con esfuerzo. Su mente estaba en
calma, tan serena como el mismo sótano, pero sabía
que no estaba solo bajo la catedral.
Un individuo vestido con un overol raído se erguía
cerca, con el tejido tan manchado como su propia
piel. Sostenía un arma en sus brazos, aunque Arqat
no lograba distinguir de qué tipo: el hombre le daba
la espalda mientras avanzaba cautelosamente por
el sótano de la catedral. De todas formas, Arqat no
habría reconocido el arma de un vistazo. Su hermano,
perteneciente a la élite de la guardia planetaria,
habría identificado la marca y el modelo del arma
al instante. Podría describir su munición, estimar
su antigüedad y, probablemente, desmontarla en
cuestión de segundos.
Pero su hermano no estaba presente. Solo Arqat,
con su espada prestada y la ventaja de la sorpresa.
Avanzaba ahora descalzo, con pasos cautelosos para
evitar cualquier contacto piel con piedra, buscando
permanecer siempre en las sombras. Abundaban las
tinieblas en aquel recinto subterráneo.
Planificó su estrategia. Si permanecía junto a la
pared, podría descargar su espada sobre el hombre,
dividiéndolo desde el hombro hasta el vientre. O
podría asestar un golpe horizontal, atravesando su
167
columna vertebral, incapacitándolo para una muerte
más lenta. O quizás…
Temblaba. Atribuyó el escalofrío al frío, las pare-
des de piedra y el suelo desnudo entumecían sus
extremidades. Pero era más que eso. Sentía miedo.
El hombre era mucho más corpulento que él, con
músculos que abultaban sus brazos y piernas. Arqat
había combatido con su hermano, pero nunca con un
desconocido, nunca con la intención de matar.
Pero estaba decidido a intentarlo. Una excitación
febril lo invadía, sus extremidades temblaban al
ritmo de la adrenalina que pululaba por sus venas.
La idea de enfrentarse, de desatar su furia para
proteger a su gente y a su mundo de esos intrusos
despreciables lo consumía.
Agarró la espada con ambas manos y avanzó con
cautela, deslizándose sobre los bordes de sus pies.
Optó por embestir al hombre, confiando en que el
impulso del golpe compensara su falta de fuerza
para manejar la pesada arma. Levantó la espada,
intentando agarrarla con firmeza, con el filo plano
reposando en su palma, preparado para el asalto.
Sin embargo, fracasó. La hoja resultaba difícil
de controlar y pasó por encima de su mano abierta,
golpeando el suelo de piedra con un estrépito similar
al de una campana. El individuo sucio se volvió,
alzando su arma mientras escudriñaba en busca del
origen del ruido. Sus ojos diminutos se posaron en la
168
figura esbelta de Arqat, cuya túnica envolvía su joven
y delgado cuerpo. Una sonrisa maliciosa asomó en
los labios del hombre, revelando dientes afilados,
como los de un depredador que ha encontrado una
presa más débil y vulnerable.
De pronto, el retumbar de armas automáticas
resonó en el sótano de la catedral, eclipsando el eco
de las paredes. Arqat cerró los ojos, esperando sentir
el impacto de las balas rasgando su piel. Había estado
tan cerca.
Pero las balas no iban dirigidas hacia él. El in-
dividuo mugriento parpadeó, con los ojos abiertos
en su cráneo bulboso. Su pistola, un rifle oxidado
envuelto en harapos y vendajes, se le escapó de las
manos y se estrelló contra el suelo. Mientras la
sangre se sumaba lentamente a las manchas de su
mono, el hombre se arrodilló antes de desplomarse,
sin vida.
—Objetivo neutralizado —resonó una voz detrás
de Arqat. Dos figuras, un hombre y una mujer, de es-
paldas anchas y voces profundas, pasaron corriendo.
Avanzaban con pasos largos, vistiendo túnicas ma-
genta que Arqat reconoció de inmediato: el uniforme
de la élite de Serrine, la Sexta Sofisticante.
—Limpiado a fondo. El sótano está despejado.
¿Cuáles son sus órdenes, mi señor?
La voz al otro lado del comunicador era grave y
suave, a pesar de la distorsión de la señal.
169
—Aseguren el perímetro —ordenó—. Y prepárense
para la llegada de su magnificencia.
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—Monstruos —murmuró en voz baja mientras
se escondía—. ¿Cómo osan profanar este lugar
sagrado?
Los intrusos merodeaban por la catedral, hablando
en susurros mientras establecían posiciones defen-
sivas con armas gigantescas montadas en trípodes.
Se preparaban para algo, comprendió el padre Tu-
mas, su diligencia silenciosa centrada en asegurar el
espacio para alguien, o algo más.
También buscaban sobrevivientes. Presenció
cómo encontraban a uno de los desafortunados:
un hombre al que reconocía, quien había buscado
refugio en la catedral al inicio del ataque. Aunque
piadoso, una rareza en Serrine, incluso él había
sido arrastrado por los hombres y arrancado de su
escondite. Sus súplicas desesperadas cayeron en
oídos sordos: le colocaron sus botas sucias en el
cuello y le dispararon sin piedad. La sangre salpicó
los bancos, manchando libros centenarios de valor
incalculable.
Ahora había llegado algo más, algo horripilante,
algo sacrílego. Un gemido escapó de sus labios
al escuchar el crujido, el estrépito de algo colosal
retumbando por los conductos que habían dado vida
a su catedral, a su mundo. Su cabeza le palpitaba
de dolor y su corazón se desgarraba al presenciar
semejante profanación.
Al menos aún tenía el techo. Alzó la mirada y con-
171
templó al Salvador, cuya imagen había sido pintada
por un artista cuyo nombre se había desvanecido en
los anales del tiempo. Contempló la obra de arte más
preciada en el edificio más venerado de todo Serrine.
No podrían arrebatarle eso.
Pero entonces, lo vio estallar.
No hubo tiempo para discernir qué había causado
la devastación. Un caparazón, de púrpura imperial y
oro reluciente, con garras desplegadas como las de
un majestuoso ave de presa.
Presenció cómo el techo era destrozado irreme-
diablemente, mientras su vieja mente comenzaba a
procesar la sensación. Las sinapsis se dispararon y
las sustancias químicas de su cerebro se desataron,
preparando un cóctel de conmoción, furia, horror y
desolación.
Pero, en un destello de misericordia en medio
de la oscuridad, Tumas nunca experimentó esas
emociones. Tumas ya no sintió nada cuando la
cápsula de lanzamiento de Xantine se precipitó sobre
él, su mente, como el resto de su ser, reducida a poco
más que una mancha humeante de materia esparcida
por el suelo desgarrado de la catedral. Nada más que
la aniquilación total de sí mismo.
172
Las puertas del Dreadclaw se abrieron de par en par,
cayendo sobre el suelo pulido de la catedral como los
pétalos desplegados de una flor exótica. El polvo y
los escombros del techo se alzaron en un torbellino,
velando el interior de la cápsula.
Por un instante, reinó un silencio bendito, los
estruendos de los disparos cercanos cesaron ante
la repentina irrupción de un rayo de luz celestial.
Los cultistas se quedaron boquiabiertos, con los
afilados dientes visibles en sus bocas paralizadas por
el asombro.
Cuando el silencio se rompió, fue en dos frentes
simultáneamente. En la fachada de la catedral, una
serie de explosiones resonaron, seguidas por gritos y
aullidos. Dos voces dirigieron el tumulto: una aguda
y clara, la otra profunda y grave. Ambas proclamaban
la misma orden:
—¡Avanzada!
En el corazón de la catedral, desde el interior de la
cápsula real de púrpura, brotó un parloteo crudo, un
murmullo discordante que se mezclaba con destellos
de luz que penetraban el humo disperso.
Los cultistas fueron destrozados por los proyec-
tiles al estallar dentro de sus cuerpos, tiñendo el
antiguo recinto con la mancha sacrílega de sangre
xenos. Tras esta lluvia de fuego, una figura emergió
de la cápsula. Los destellos apenas permitían dis-
tinguir su contorno, pero incluso entre la variopinta
173
congregación de cultistas, mutantes y genestealers
que habían convertido la catedral en su refugio,
destacaba por su imponente presencia. Aceleró su
paso al atravesar la nube de escombros, volviéndose
visible justo antes de descargar una zweihander
cargada de electricidad contra el grupo de cultistas
más cercano.
Sus cuerpos se partieron, seccionados limpia-
mente por la fuerza del golpe, mientras Lordling
soltaba una risa estridente y cruel, que resonaba
sobre los sonidos de la batalla que rugían afuera.
Desde la seguridad de su posición dentro del
Dreadclaw, Xantine saboreaba la conmoción que
su llegada al mundo había causado, el temor y
la confusión de los cultistas casi palpables en el
aire enrarecido. Revisó sus armas, preparándose
con calma para el inminente combate. Hizo girar
Angustia con una empuñadura invertida, golpeando
con un ritmo frenético las hojas dentadas que se
extendían a lo largo de sus grebas púrpuras, cada
una meticulosamente modelada para asemejarse a
una ala de águila. En su cintura portaba su pistola
bólter. Como muchas de las armas de los Adorados,
había sido alterada tras siglos de navegación por
el Ojo del Terror. Su empuñadura ahora tenía una
textura carnosa y tibia al tacto. La pistola parecía
entender su propósito, sus proyectiles impactaban
con precisión en la carne blanda de los objetivos
174
de Xantine, haciendo que se despedazaran. Había
empezado a llamar al arma el Placer de la Carne.
—Están reformándose, Xantine —informó Sarquil.
El intendente se hallaba en el umbral del Dreadclaw,
su imponente armadura de Tartaros casi obstruía la
abertura de la nave—. ¿Estás preparado?
—La hoja en la sombra aguarda su momento
—replicó Xantine.
Estaba a punto de liberarse del arnés de sujeción,
pero ante las palabras de Sarquil, decidió aguardar un
instante más. Ajustó el collar dorado que adornaba
su cabeza, asegurándose de que mantuviera su larga
melena negra en su sitio. Finalmente se puso de pie,
listo para saborear la sangre de este mundo.
175
mentáneamente distraídas por los estruendos de
la batalla. Entre la multitud había humanos, con
la mirada perdida y armas primitivas colgando de
sus cinturas flojas. Estaban mezclados con seres
que se hacían pasar por humanos. A simple vista,
compartían la misma anatomía básica —dos brazos,
dos piernas, dos ojos y dos orejas—, pero su ADN rev-
elaba su naturaleza alienígena, como lo demostraban
sus frentes estriadas y sus garras.
Otros eran claramente xenos. Los híbridos de tres
brazos vestían túnicas manchadas y monos, con
pertenencias humanas —herramientas de recolec-
ción, armas automáticas, respiradores y gafas—
sostenidas en sus garras o sujetadas a sus cabezas
bulbosas y cerosas. Coaccionaban y sometían a
los aberrantes: monstruos musculosos con cabezas
deformadas y mentes simples, cuya única capacidad
era la violencia. En las sombras del pasillo, los
genestealers de cuatro brazos se movían con agilidad,
con músculos tensos y una coordinación alienígena
poco común. Algunos escalaban las paredes, afer-
rando sus garras a la antigua roca, creando la ilusión
de gárgolas resucitadas del pasado.
Estos genestealers fueron los primeros en reac-
cionar cuando una vaina púrpura perforó el techo de
la catedral y se estrelló contra el suelo de piedra con
una fuerza que sacudió los cimientos. Se movieron
en silencio, acompañados por dos grupos de cultistas
176
híbridos que se desgajaron de la congregación, re-
spondiendo sin necesidad de palabras a la llamada
de tropas adicionales para enfrentar esta amenaza
inesperada.
El momento elegido había llegado: el planeta había
sido infiltrado con éxito, con genestealers infiltrados
en todos los estratos de la sociedad, y las poblaciones
urbanas, tanto las altas como las bajas, estaban
demasiado debilitadas o apáticas para resistir una
revuelta armada. La resistencia que encontraron,
armada hasta los dientes, era desconcertante. Pero
ya no importaba. Ahora estaban al alcance.
—Hijos —llamó de nuevo, atrayendo las miradas
una vez más—. Hemos emergido de la suciedad y
la oscuridad de este mundo, y ahora ocupamos su
lugar más sagrado —señaló hacia el ábside curvado
de la catedral, con sus enormes ventanales ahora
fracturados y destrozados. La tubería se alzaba desde
lo profundo, una presencia industrial en el ornado
edificio—. Pero este es un templo de falsos dioses
—agregó, inyectando veneno en sus palabras.
La mujer estaba al tanto de que los soldados habían
irrumpido en la catedral. Vio a través de los ojos de
sus acólitos cómo luchaban y caían para preparar el
terreno para la llegada de su señor. Vio humanos
musculosos envueltos en túnicas relucientes, con
guerreros vestidos de púrpura entre ellos, más altos y
ágiles que sus camaradas. Algunos de estos guerreros
177
empuñaban armas extrañas que lanzaban ráfagas
concentradas de sonido, y sintió cómo los tímpanos
de sus acólitos estallaban y sus mentes se agitaban
en sus cráneos.
—El Imperio nos ha abandonado —continuó,
apresurándose mientras gigantes con armaduras
púrpuras salían disparados de la cápsula, atraves-
ando a sus hermanos y hermanas a una velocidad
alarmante.
—El Emperador ha muerto —anunció, proyectando
firmeza y determinación con su voz. Lamentos de
pesar inundaron la catedral, mientras los verdaderos
humanos, bajo el influjo psíquico de la mujer,
reaccionaban al pronunciamiento, imbuidos de
certeza.
—No derramen lágrimas, mis hijos. Han sido
manipulados, engañados y oprimidos, pero ahora
se elevan. Sus opresores profetizaron con razón:
Serrine hallará su redentor, pero no vendrá del fir-
mamento.
Un estruendo resonó desde el interior de la tubería,
un golpeteo rítmico que crecía en intensidad, eclip-
sando los sonidos de batalla que aumentaban afuera.
—No. ¡Nuestro Salvador viene desde las profundi-
dades!
La criatura había subsistido en este mundo durante
generaciones, en la penumbra. Mientras pasaban
las cosechas y las generaciones, mientras el interés
178
del Imperio por Serrine menguaba, hasta que, una
noche, los cielos se callaron y las enormes naves
dejaron de venir a buscar su tributo. Observó. Esperó.
Sobrevivió.
No era ocioso. No podía permitirse serlo; la inac-
tividad no estaba inscrita en su genética afilada. Era
un precursor, diseñado para vivir, y para matar, en
solitario, moviéndose rápido, golpeando más rápido.
Era la supervivencia de toda una especie, condensada
en una sola criatura. Una criatura casi perfecta.
Aunque no del todo perfecta. No conocía la soledad,
porque un ser así no podía comprender tal sensación.
Pero ansiaba. Anhelaba a su descendencia. Los
había convocado, y ellos habían respondido. Ahora
lo rodeaban.
Pero eso no bastaba. Esta criatura, casi perfecta,
ansiaba más. De alguna manera, en algún nivel
básico, sabía que era solo una parte de un todo.
Una entidad, una consciencia, que abarcaba toda
la galaxia. Extendía incluso más allá, a través de
distancias insondables, a través del gélido vacío entre
las estrellas, a través de las corrientes del tiempo.
El tiempo carecía de significado para esta entidad.
Solo persistía el hambre. Solo ardía el anhelo.
Pronto, este ser llamaría a sus descendientes, ex-
tendería su mente en busca de la prole que había
engendrado. Después de tantos milenios, los hallaría
y transmitiría un único pensamiento.
179
Estamos presentes.
Pero antes había labores que atender. Antes de
todo, tomaría las riendas de su descendencia y juntos,
moldearían este mundo; lo prepararían para ser
abrazado por la gloriosa totalidad.
180
cortadas, reservando su valiosa munición para obje-
tivos de alto valor. A los enemigos menos peligrosos:
híbridos, acólitos y humanos cooptados por el culto,
simplemente los aniquilaba con su Puño de Combate,
dejando cadáveres retorcidos en su estela.
Lordling blandía su espada entre la maraña,
gruñendo de esfuerzo. Los cultistas desafortunados
eran desmembrados al contacto con el filo de la
espada, sus entrañas y sangre derramándose sobre
la caliente piedra. Otros eran apartados a golpes, la
enorme arma usada más como un garrote que como
una espada. Algunos permanecían tendidos, con
las espinas dorsales fracturadas y las costillas rotas,
mientras que otros se erguían de nuevo, heridos
y desesperados, intentando lanzarse contra su
verdugo.
Euratio y Orlan, los gemelos enmascarados de
plata, permanecían de espaldas, sus bolters dispara-
ban en sincronía. Filo Eros, aparte, atraía a los
aspirantes con un gesto de su mano levantada, antes
de derribarlos con un golpe de su pesado sable.
Las amenazas se multiplicaban. Los genestealers
avanzaban entre la ruina de los muros y las pare-
des labradas, mostrando sus dentadas fauces; los
enormes aberrantes blandían armas del tamaño de
un hombre y pesados martillos; los metamorfos
azotaban con látigos carnosos y exhibían garras
quitinosas capaces de destrozar los huesos de un
181
Marine Espacial.
Xantine despreciaba a todos. Escrutó con su mi-
rada transhumana el interior del antiguo edificio,
buscando la mente maestra detrás de toda aquella
calamidad.
—Allí —susurró. La figura era pequeña y menuda,
pero su postura, de pie frente a la tubería que parecía
el ídolo de la catedral, y su control sobre la multitud,
indicaban a Xantine que estaba al mando de aquellos
despojos.
Perfecto. Sería una presa fácil. Aunque Xantine
haría que pareciera difícil, por supuesto, para el
espectáculo.
—No es ella quien lidera —susurró S’janth.
—¿Qué? —preguntó Xantine, irritado por la insin-
uación de que había subestimado la situación.
—No está en el mando —repitió el demonio—.
Hay… algo más.
S’janth mostraba una cautela sorprendente. Xan-
tine esperaba su confianza, impetuosa y soberbia,
unida a su constante deseo insaciable. Pero, en
lugar de eso, ahora parecía nerviosa, inquieta en su
cuerpo. Xantine nunca había sentido tal sensación
procedente del demonio.
La ignoró.
—Soy Xantine, magnificencia de los Adorados,
parangón del perfecta Tercera, y la libertadora de
tu bendita liberación —proclamó, apuntando con
182
Angustia hacia la mujer en el escenario. Cabezas
grotescas se volvieron y seres manchados de xenos
se abalanzaron sobre él. Desenfundó a Placer de la
Carne y disparó a uno, dos, tres mientras avanzaban.
Caían unos sobre otros, retrocediendo ante la fuerza
de los proyectiles. Con la otra mano, hizo girar el
estoque, perforando las rótulas de un cuarto. El
mutante intentó levantarse sobre sus tres brazos,
pero Xantine hundió Angustia hacia abajo, deslizando
limpiamente su filo monomolecular en el agrandado
cerebro del mutante.
S’janth anunció en sus pensamientos:
—Está en camino —su precaución era palpable,
como la de un felino acorralado, con el pelaje erizado.
Extraño.
La mujer en el escenario no percibió la impresion-
ante llegada de Xantine. Mantenía su atención en
la congregación, sus palabras se perdían entre el
estruendo de la batalla dentro y fuera de la catedral.
Su insolencia lo irritó.
—Te desafío, criatura xenos —gritó Xantine, em-
palando con su estoque ya manchado de sangre—.
He conquistado mundos y probado los frutos de la
galaxia. Será un placer verlos caer.
La mujer giró entonces hacia Xantine con ojos
rasgados. Su congregación también se volvió como
uno solo, observándolo como un organismo único.
Sintió las miradas xenos recorrer cada centímetro
183
de su ser. Perfecto. Sonrió, haciendo girar el estoque
mientras avanzaba hacia sus enemigos. Perfecto.
Ella continuó su ceremonia incluso mientras él
derrotaba a sus seguidores, señalando con un gesto
hacia la enorme tubería que se cernía sobre sus
cabezas. Aunque sus palabras seguían siendo inaudi-
bles para su oído transhumano, sus labios se movían.
Delgados y rosados, danzaban sobre su cabeza sin
cabello. Detrás de ellos, notó dientes puntiagudos y
una lengua bifurcada, como la de un lagarto. Como
la de un ser alienígena.
Se dio cuenta de que no estaba hablando. Ningún
sonido salía de su boca, pero la congregación escuch-
aba extasiada.
Rugió, su voz aumentada quirúrgicamente resonó
en los muros de la catedral.
—Te cortaré la cabeza, serpiente, y tu cuerpo
se pudrirá. Agradece a tu creador que te mate el
glorioso…
Fue interrumpido por una presión abrumadora
en su cabeza, limitando su visión. Había sido un
zumbido de fondo desde que llegó a la catedral, pero
ahora se intensificaba. Ahogaba sus pensamientos.
Había palabras entre la neblina, pero no eran para
él. Hablaban en un idioma que no conocía, con una
conciencia que no podía comprender.
—Casi está aquí —susurró S’janth, su voz melódica
como la de un niño, apenas perceptible entre el
184
tumulto. Xantine apenas podía concentrarse en sus
palabras, envuelto como estaba en la cacofonía de la
batalla.
Una sacudida lo devolvió al presente. Observó su
entorno: los despojos y los cristales destrozados, el
hedor a humanidad rancia y la pestilencia xenos.
Algo se agitaba en la tubería. S’janth tenía razón,
se dio cuenta Xantine con un toque de irritación. La
mujer no era la líder de esta horda. Era solo una
emisaria, guiándolos hacia este lugar para invocar a
su verdadero señor.
—Te lo advertí —dijo S’janth—. No podemos vencer
a este enemigo. ¡Corramos mientras podamos!
—No… es… nada —gruñó Xantine entre dientes—
. Los destruiré —juró, elevando su voz—. Los
exterminaré a todos.
Una garra, larga como un antebrazo humano,
atravesó el grueso metal de la tubería con un
estridente chirrido. Se quedó suspendida por un
momento antes de ser acompañada por otra. La
catedral retumbó con el estruendo de su llegada, un
estruendo que resonó a través de la tubería como un
trueno en el cielo.
Entonces, tiraron hacia abajo. Las garras des-
garraron el metal como si fuera papel, dejando un
pasadizo que solo se había usado para transportar
savia desde Solipsus hasta el puerto principal del
planeta.
185
Una mano emergió del agujero irregular. Era larga
y púrpura, con demasiados nudillos y uñas afiladas
que brillaban como la obsidiana en la penumbra.
Otra mano siguió, y otra, y otra más. Los cuatro
brazos se aferraron al borde del agujero, ensanchán-
dolo con el chirriante gemido del metal cediendo.
Los ojos brillaron en la oscuridad, amarillos y
malévolos. Les siguieron los dientes, afilados como
diamantes, y una lengua serpenteante.
Finalmente, la cabeza emergió, con un cerebro
hinchado pulsando en su cráneo alienígena.
La criatura, el Patriarca, se liberó completamente
de la tubería, desplegándose hasta alcanzar una
altura doble a la de un Marine Espacial, y emitió un
agudo chillido.
—Contemplen —llamó la hermosa mujer a la masa,
por encima del estruendo—. Nuestro Salvador.
186
Capítulo 10
E
l primero en caer bajo las garras del Patriarca
fue Filo Eros. Como el Adorado más cercano al
nuevo peligro, se lanzó hacia él, ansioso por la gloria
de la muerte. Empuñando su pesado sable a dos
manos, embistió hacia el Patriarca, derribando a los
cultistas con la fuerza de su embestida transhumana.
La criatura apenas dedicó una mirada a Eros
cuando su cola, larga y musculosa, estriada con
quitina y con una púa curva en el extremo, atravesó la
capa de ceramita que protegía su abdomen. Levantó
a Eros del suelo y lo empaló con su púa, desgarrando
músculos abdominales e intestinos antes de dirigirse
hacia arriba, perforando el diafragma y alojándose
entre los pulmones. Allí, Eros convulsionó, mientras
el veneno negro y viscoso se derramaba en su cavidad
torácica.
Xantine no observó estos detalles con deten-
imiento. Solo vio cómo la boca de su hermano se
llenaba de saliva oscura mientras era empalado por la
criatura; lo vio convulsionarse en silencio mientras
187
el Patriarca lo depositaba suavemente en el suelo de
la catedral.
Vio cómo el veneno actuaba con letal eficacia, cómo
su hermano, compañero de mil batallas y conflictos,
se retorcía y exhalaba su última bocanada de aire.
—Debo obtener una muestra —murmuró Xantine
en voz baja.
A su lado, Sarquil levantó su cañón, apuntando al
monstruo.
—¡No! — Ordenó Xantine, bajando el arma con
la palma abierta. Los múltiples cañones ardían al
tacto, incluso a través de los guanteletes de Xantine—
. Mantén la compostura, Sarquil. Este es mío.
Sarquil abrió la boca, listo para discutir, pero luego
reconsideró. Verificó el contador de munición de
su cañón y encogió los hombros, con su imponente
armadura de exterminador de Tartaros zumbando
con cada movimiento.
—Como desees —dijo, girándose para apuntar
nuevamente su arma hacia una manada de gen-
estealers que se aproximaba sigilosamente hacia la
posición de los Dreadclaw.
El Patriarca escudriñó la catedral con ojos inque-
brantables. Su cráneo hinchado pulsaba al ritmo de
las mareas de presión en la mente de Xantine.
A su lado, S’janth merodeaba los límites de su con-
ciencia, su cautela transformada en terror absoluto.
—Huye —insistió—. Huye, mientras haya tiempo.
188
—No —respondió él, con su sistema transhumano
saturado de adrenalina y otros estimulantes, antici-
pando la batalla inminente. S’janth repitió la orden,
ahora con más urgencia.
—Corre —murmuró—. Corre, corre, corre.
La palabra resonaba como un tambor en la mente
de Xantine mientras los ojos del monstruo se en-
contraban con los suyos, iris turquesa y amarillo
brillando en un paisaje desolado de polvo y tierra.
No huiría. Abatiría a esta abominación, solo él, y
sería celebrado por su hazaña.
—Corre. Corre, corre, corre.
—¡Basta ya! —gritó en su mente, lo suficien-
temente fuerte como para sofocar las demandas
insistentes del demonio—. Soy Xantine, señor de los
Adorados, y no hay enemigo que no pueda derrotar.
Apuntó nuevamente con Angustia hacia la impo-
nente criatura xenos. Odiaba la repetición, pero
ciertas formalidades debían mantenerse.
—Soy Xantine —comenzó de nuevo—, magnifi-
cencia de los Adorados, parangón del Tercero per-
fecto, y…
El resto de su desafío se ahogó en un grito cuando
el Patriarca se lanzó hacia él, sus garras rasgando la
ceramita púrpura mientras lo arrojaba hacia atrás,
estrellándose contra un montón de escombros.
La visión de Xantine se nubló, el impacto agravado
por la presión psíquica del Patriarca. Más por in-
189
stinto que por elección, se puso en pie de un salto,
adoptando una postura de combate químico mientras
sus sentidos exploraban sus heridas. Encontró un
abanico de sensaciones.
Dolor, en sus costillas fusionadas, sordo y lejano.
Saboreó la sangre en su boca, rica y madura como el
vino.
—Este no es un mestizo xenos —advirtió S’janth—
. Si no huyes, lo haré yo. Déjame entrar, amante.
Comparte tu carne, dame tus sensaciones, y juntos
podremos escapar de este mundo condenado.
Ahora intentaba seducirlo, su desesperación la
llevaba a intentar seducirlo de maneras que solo ella
conocía, estrategias que ya habían funcionado antes.
Podía sentir su poder, aún no completamente restau-
rado a su antigua gloria, pero firme. Parado entre
los escombros de la Catedral de la Cosecha Generosa,
Xantine anhelaba sumergirse en ello, rendirse ante
ello, sentir cómo su cuerpo era utilizado por ese
poder, esa gracia.
El rostro de Vavisk se materializó en su mente, su
voz profunda resonando.
—Te has ligado a esta cosa que ha manchado tu
piel.
Las palabras eran dagas que atravesaban su orgullo.
Le dolían más que las costillas.
—¡No! —rugió. Estaba furioso con S’janth por
dudar de su habilidad, con Vavisk por cuestionar su
190
liderazgo, y con la monstruosidad xenos que en ese
momento estaba hundiendo sus garras en su placa.
Xantine masticó con rabia su ira, saboreándola, usán-
dola como combustible.
—Te mataré, bestia —escupió.
La catedral se sumió en el caos. Figuras vestidas
con las brillantes túnicas de la guardia de élite del
planeta se abrían paso en el vasto espacio, ascendi-
endo por escaleras laterales desde sótanos invisibles
y trepando por los huecos de las ventanas rotas. Es-
taban estableciendo posiciones de fuego, utilizando
columnas derruidas y estatuas destrozadas como
barricadas, derribando cultistas por docenas a me-
dida que podían utilizar sus cañones láser dorados.
Aun así, avanzaban, escalando sobre los cadáveres
de sus hermanos contaminados por los xenos, dando
sus vidas voluntariamente para proteger a la enorme
bestia que acechaba entre los bancos.
—¡Ayuda, mi señor! —gritó un soldado vestido de
magenta. Tenía una garra genestealer incrustada
en la pierna, inmovilizándola contra el suelo de
piedra. Había inutilizado a la criatura, cuyas patas se
arrastraban sin fuerzas, con un agujero cauterizado
visible sobre la rodilla de cada una. Pero seguía
arrastrándose hacia adelante, con una luz fría en sus
ojos amarillos y el rechinar de sus afilados dientes.
—¡Mi arma! —Jadeó, luchando por alcanzar un
láser que reposaba entre los escombros de la catedral,
191
justo fuera del alcance de sus manos. Sería una
trivialidad patearlo hacia ella.
Sin embargo, Xantine optó por permitir que la
criatura se aproximara, hasta que casi pudo alcanzar
la pierna incapacitada de la mujer, antes de golpearle
el cráneo con la bota. Ella lo miró, con una mezcla de
asombro y terror reflejada en su rostro sudoroso.
Placer: la emoción de la muerte, tan cercana, tan
definitiva. Una chispa en el estómago, liberada,
como volar.
Sus ojos volvieron al Patriarca. La criatura le había
dado la espalda y él la castigaría por su descaro.
—¡Bien! —Gritó Xantine, infundiendo un toque de
sarcasmo en su voz, elevándola lo suficiente para que
resonara incluso sobre el estruendo de la batalla—
. ¡Bien! Por fin he sido bendecido con un enemigo
digno.
El Patriarca se volvió, y Xantine creyó detectar
sorpresa en sus ojos alienígenas. El golpe que lo
derribó habría partido en dos a un humano normal.
Pero él no era un humano normal.
Comenzó a rodear a la criatura, con el estoque
empuñado con gracia y la punta monomolecular
cortando el aire.
—Soy Xantine, magnificencia de los Adorados y
epítome del perfecta Tercera. Tú… bueno, quizás
tengas fuerza bruta, pero yo he aniquilado a miles de
tu estirpe —hizo girar el estoque, con su campo de
192
energía vibrando—. Ven, para que pueda deshacerte
y reclamar este mundo.
El Patriarca se acercó, esta vez más cauteloso,
tomándose un momento para evaluar a esta presa
más formidable y resistente. Desconfiaba de él. Eso
era bueno.
Placer: una satisfacción que recorría su ser desde
la corteza prefrontal hasta los músculos. Una ola de
deleite, fría y embriagadora como el agua helada, que
aliviaba el dolor en su pecho.
El Patriarca saltó, sus garras extendidas para un
golpe mortal. Xantine intuyó su avance y se agachó
hacia la izquierda, alzando Angustia con ambas
manos para empalar al monstruo por la garganta.
Fue un golpe ostentoso con el que el Patriarca se
sellaría su propio destino: el corte letal más sublime
de todos.
—Tú también… —murmuró mientras el Patriarca
se retorcía en el aire, contorsionando su cuerpo
alienígena de una manera incomprensible para los
humanos, incluso para los transhumanos—. Despa-
cio —concluyó cuando la criatura le atravesó la
muñeca con una enorme garra, haciendo que su
estoque resbalara por el suelo de la catedral.
El dolor: enfermizo en su calidez y humedad, el
resultado de un golpe que le habría mutilado la mano
de no ser por su armadura. Se encontraba desnudo
sin su arma, un momento de vulnerabilidad.
193
—Déjame tomar control —susurró S’janth.
—No —gruñó Xantine, obligado a detener un golpe
inesperado del Patriarca con sus guanteletes de púas.
La fuerza del impacto lo hizo tambalear hacia atrás,
deslizándose sobre el suelo irregular de la catedral
dañada, lejos de su estoque.
—Permite que me una a ti, mi amor. Comparte
tu cuerpo conmigo, para que juntos podamos vivir y
saborear la galaxia.
Xantine levantó su pistola con un solo movimiento,
extrayendo el arma de su funda de cuero suave, y
disparó tres veces hacia el Patriarca. Los proyectiles
dieron en el blanco, pero el alienígena se movió
ágilmente, ya demasiado cerca, y su gruesa quitina
desvió las balas reactivas hacia las profundidades
de la catedral. Xantine escuchó gritos distantes al
estallar entre cuerpos humanos y xenos por igual.
El Patriarca volvió a lanzarse sobre él y, desarmado,
Xantine se vio obligado a adoptar una postura de
duelo, con los brazos extendidos para desviar o,
mejor aún, evitar sus golpes. Aunque la mayor parte
de su Legión había sido entrenada meticulosamente
en el manejo de la espada, la criatura era implacable
y su fisiología alienígena la hacía aparentemente
inmune a la fatiga.
Sus garras descendieron una y otra vez, cortando
el aire hasta que, inevitablemente, Xantine falló
una finta y las garras del Patriarca encontraron su
194
objetivo. Se clavaron profundamente en la parte
superior de su brazo, rompiendo las cadenas de plata
y oro que colgaban de su hombrera jaspeada hasta
llegar a la carne transhumana.
El dolor: una lanza ardiente en la parte superior
del brazo izquierdo, profunda como el hueso mismo.
Caliente, aguda y localizada, como la exposición a un
sol en miniatura.
Xantine rugió y se revolcó con el golpe, su
movimiento mitigando ligeramente el impacto,
evitando que su brazo fuera cercenado por completo.
Ahora jadeaba. La sangre brotaba también, la
herida en su brazo tan profunda que burlaba los
agentes coagulantes de su sangre. Podía sentir
la sangre en la piel, cómo se enfriaba y se volvía
pegajosa, mientras su fisiología avanzada luchaba
por detener el flujo y cerrar la herida. Sintió a S’janth
en su ser, fortalecida y envalentonada por la punzada
de agonía que había experimentado.
El Patriarca se abalanzó nuevamente sobre él. Xan-
tine escudriñó la catedral, buscando destellos de
púrpura y rosa entre la multitud. Buscaba ayuda,
pero no la encontró.
—Sarquil —jadeó a través del vox, intentando
regular su respiración. Su intendente abrió su pro-
pio canal, el sonido rítmico de su cañón de cadena
resonando de fondo.
—¿Qué pasa? —preguntó Sarquil. El Exterminador
195
ya no se preocupaba por mantener las formalidades,
menos aún con su Señor de la Guerra.
—He reconsiderado mi posición —dijo Xantine,
escupiendo saliva mezclada con sangre—. ¿Te unirás
a mí para acabar con esta bestia?
—En absoluto, mi señor —respondió Sarquil. La
sonrisa en su rostro era evidente incluso a través del
vox—. No querría robarte el gran honor —Xantine
escuchó el retumbar del cañón de cadena de Sarquil
mientras trituraba los cuerpos de los mutantes—
. Además, estoy seguro de que tienes la situación
completamente bajo control.
—Maldito seas —siseó Xantine, cortando la conex-
ión vox un momento después. Intentó llamar la
atención de Lordling, pero el gigante estaba absorto
en su sed de sangre, rugiendo mientras abría paso
entre los cultistas, incluso cuando estos le clavaban
garras y espadas en la espalda como si fueran clavos y
trepaban por su enorme armazón. Rugía con la boca
abierta, los ojos en blanco. Ya sea por dolor o placer,
Xantine no estaba seguro.
Volvió a abrir el vox y seleccionó su frecuencia de
mando.
—Vavisk, Torachon, ¿me reciben? ¿Dónde están?
La voz de Torachon respondió un momento de-
spués.
—Mis disculpas, mi señor —expresó el marine
Espacial—. Nos hemos topado con una resistencia
196
inesperada en la entrada de la catedral. Algo ha incitado
a estos desdichados.
Xantine también lo había notado. La presencia del
Patriarca había avivado el fervor de los cultistas, que
ahora luchaban con total desprecio por sus vidas.
Su moral fluctuaba tanto como su lealtad. No era
el típico frenesí aullante de los cultos del Panteón;
su determinación era gélida y ajena, soportando
traumas que dejarían a un mortal común en estado
de shock, con ojos vacíos y gruñidos sin vida.
Pero no estaba solo.
No del todo. Nunca lo estuvo.
—Detrás de ti, mi amor —susurró S’janth.
El Patriarca lo golpeó por la espalda.
Dolor: como el embate de un asteroide en la super-
ficie de un planeta. Una columna vertebral doblada
al borde de la fractura, las costillas magulladas aún
más.
Xantine se incorporó antes de que el dolor se
hiciera evidente. Se deslizó nuevamente por el suelo
de la catedral, rozando el rosa y el morado de su
elaborada armadura. Escuchó el gemido y el chis-
porroteo de una máquina, dándose cuenta de que
el golpe había dañado la carcasa de ceramita de su
mochila energética. Se sumó un zumbido sordo,
como el ronroneo de un depredador. Exploró con
la mirada la catedral, buscando el origen del extraño
sonido, hasta que comprendió que emanaba de su
197
propia mente
—Qué placentero —susurró ella, su cautela y miedo
cediendo ante el éxtasis que le provocaba el dolor. Se
expandía dentro de él, alimentándose de su sufrim-
iento.
Al levantar la mirada, Xantine vio al Patriarca
acechándolo. De sus dientes afilados goteaba saliva
ácida. Le atrapó la cabeza con su garra. Sus dedos,
robustos como cables, envolvieron su cráneo. Por un
instante, sostuvo su cabeza con ternura, como una
madre con su hijo.
Luego, la golpeó contra el suelo de piedra, aplas-
tando piel y hueso.
Dolor: una explosión en su mente, aguda y pene-
trante, como si dos soles chocaran en sus oídos.
—¡Sí! —exclama S’janth, extasiada—. ¡Sí!
El dolor se convierte en una luz cegadora que llena
su cabeza, como si un sol estallara en su interior.
—Más, ¡más! —grita ella.
El dolor es nauseabundo, como el crujido de huesos
rompiéndose.
SLAM
El dolor es abrumador. Es absoluto.
Xantine se ríe entre dientes, levantando la mirada
hacia esa monstruosidad de proporciones inimagin-
ables, esa pesadilla que camina, ese grotesco intento
de perfección en la forma. Es horroroso.
—Saborea… —grita, la espuma en su boca.
198
SLAM
—Tú…
SLAM
—Último…
SLAM
—Aliento.
—¡DAME EL CONTROL! —grita el demonio en su
mente.
Siente el dolor, lo experimenta en lo más profundo
de su ser, como solo un ser transhumano puede.
Conoce cada fibra de su ser, cada órgano, cada hueso,
cada arteria. Ahora todo arde, y quiere recordar esta
sensación: esta agonía perfecta.
Y entonces la deja en control. La sensación es
abrasadora, pero ya no hay dolor. Ella anhela tomar
su cuerpo, pero aún no puede, así que comparten,
fusionando sus poderes.
Son poderosos. Increíblemente poderosos.
El Patriarca es rápido, pero él… ellos son más
rápidos ahora. Observa cómo la criatura se abalanza
hacia su garganta con su garra, y él la atrapa en el
aire, con un esfuerzo mínimo. Examina el brazo con
detenimiento, captando cada detalle de la criatura
con una precisión sorprendente.
Puede distinguir las crestas y los remolinos de
su quitina, como una firma única para una criatura
de la mente colmena. Siente el latido de la sangre
corrosiva bajo su piel, tan diferente químicamente
199
a la suya. Percibe su olor: a cloacas y suciedad, una
mezcla de lo humano y lo xenos.
Lo ve como lo ve ella, a través del prisma de las
sensaciones. Áspero y suave, claro y oscuro, placer
y… dolor.
Con cuidado, envuelve la palma de su otra mano
alrededor del brazo del Patriarca, explorando su peso,
su resistencia, deslizando sus dedos blindados a lo
largo de la extremidad para encontrar el punto de
apoyo adecuado.
Xantine destroza el brazo. La armadura de quitina
se desintegra en pedazos, arrojando fragmentos de
color oscuro púrpura al aire, donde flotan por un
instante, brillando como estrellas. La herida se llena
de sangre, un líquido oscuro, viscoso y con un olor a
ozono.
El Patriarca grita. El sonido es un chillido agudo
para todos los presentes en la catedral, pero para
Xantine, es un largo y grave gemido, tan distorsion-
ado como su propia realidad. Gime por el dolor,
por la ira, por cualquier emoción, o algo parecido
a una emoción, que pueda experimentar. Xantine lo
absorbe, y a pesar de que la distancia y la separación
amortiguan su fuerza, tiene una extraña intensidad.
El Patriarca retrocede, dejando su brazo de-
strozado en manos de Xantine. Se tambalea sobre
el suelo irregular, agitando el muñón, mientras
Xantine recoge su estoque del suelo de la catedral.
200
Una elección sabia, reflexiona en su mente, donde
nadie más pueda escuchar. Esta criatura está herida,
y S’janth se fortalece con el exceso de dolor, pero
sigue siendo peligrosa, sigue siendo un depredador
supremo en este mundo de presas.
El Patriarca se lanza hacia él, atacando con otro
de sus brazos con garras: el segundo de cuatro.
Xantine esquiva el golpe y clava la punta del estoque
en la axila del Patriarca. Aunque la armadura es
resistente, la delgada hoja se desliza hasta el hombro,
cortando tendones, huesos y nervios, todo lo que
estas criaturas esconden bajo su caparazón.
El impulso del Patriarca lo lleva hacia adelante,
y Xantine envuelve su brazo alrededor de él en un
abrazo distorsionado. Por un instante, se encuentra
envuelto en los tentáculos de un depredador xenos
alfa, antes de girar y desgarrar el segundo brazo
por la articulación. La extremidad se desprende
y Xantine la arroja contra un grupo de cultistas,
rociándolos con sangre cáustica. Gimen de dolor y
desesperación, y el sonido resulta delicioso.
El Patriarca se tambalea, sus extremidades per-
didas le impiden mantener su habitual equilibrio
sobrenatural, y su pie con garras resbala en una
mancha de sangre púrpura. Caído y desarticulado,
los cultistas acuden a su lado, intentando ayudarlo
a levantarse, pero con un movimiento de garra de
hueso, destroza al más cercano, atravesando huesos,
201
órganos y cartílagos mientras se reincorpora.
Se vuelve hacia Xantine, corriendo como una bestia
salvaje, apartando genestealers y mutantes de su
camino. De su cuerpo herido gotean fluidos: sangre
aceitosa de los muñones de sus brazos, saliva fibrosa
de su boca llena de colmillos.
—Xantine —escucha a través del vox. La voz
es tenue para él, pero sabe que es violentamente
poderosa en la realidad, distorsionada y devasta-
dora. Es Vavisk—. Hemos penetrado en la catedral
—anuncia. No hay formalidades en su discurso.
Nunca las hay—. Estaremos contigo en un instante.
Es antes de lo previsto, pero no importa. La muerte
aún será suya.
El aumento quirúrgico ha convertido su voz en un
arma, y aunque carece de la brutalidad de un devoto
del ruido como Vavisk, sigue siendo un golpe cuando
se proyecta con tal intensidad. La onda de sonido
golpea al Patriarca en pleno salto, forzándolo a cor-
regirse en el aire. Xantine se desliza suavemente para
interceptarlo, sosteniendo su estoque a dos manos.
La punta del arma encuentra su boca colmilluda.
Xantine se prepara, las botas de su armadura de poder
patinando en el suelo de la catedral, mientras siente
cómo la hoja monomolecular se abre paso por la
garganta del monstruo, cortando músculos, tejidos
y órganos principales en su viaje hacia el interior de
la bestia.
202
Detenido el ímpetu del Patriarca, Xantine deja caer
la punta del estoque al suelo. La criatura cae con
ella, aún empalada en el arma aeldari. Aunque sigue
viva, sus ojos amarillos están abiertos de par en
par mientras la sangre burbujea por su garganta,
mezclándose con su asquerosa saliva. Una espuma
oscura se forma a lo largo de la hoja, provocando un
escalofrío de asco en la mente de Xantine.
Xantine impulsa la punta del estoque hacia abajo,
atravesando el vientre del Patriarca. La hoja se
desliza sin esfuerzo por el suelo de piedra de la
catedral, inmovilizando a la bestia como un insecto
en una colección. Aunque se retuerce y clava sus
garras, Xantine se observa a sí mismo esquivando
sus zarpazos con habilidad, moviéndose con una
percepción del tiempo distorsionada.
Anticipa el próximo movimiento del demonio. Ig-
nora el caos del combate que lo rodea, los gritos
agonizantes de humanos y mutantes. Su dolor, su
sufrimiento: son meras migajas de sensaciones para
un ser sublime como S’janth. Ella ansía algo nuevo,
algo estimulante, algo que nunca haya experimen-
tado antes.
Xantine toma una espada larga, abandonada en
la refriega. Está oxidada y gastada, con un extremo
envuelto en un material sucio que sirve como em-
puñadura. Es un arma improvisada, carente de
belleza en su manufactura y equilibrio en su peso.
203
Pero corta. Eso es lo que importa.
Agarra la pierna del Patriarca con sus manos blin-
dadas. La criatura se contorsiona frenéticamente,
como si su existencia dependiera de ello. Él lo
contempla con una indiferente diversión. Él es más
fuerte; o más exactamente, el demonio que mora
en su interior, saciado de dolor y placer, es más
fuerte. Desliza las cuchillas de sus brazaletes por
el interior del muslo del Patriarca, hiriéndolo lo
suficiente como para dejarlo sin sensibilidad. Los
espasmos se vuelven más lentos mientras Xantine
tira de la pierna hacia afuera y baja con fuerza la hoja
oxidada.
El primer golpe llega a la mitad de la extremidad,
así que sigue con un segundo, y un tercero. Gol-
pea con una despreocupación deliciosa, como un
carnicero cortando carne sin emoción, hasta que
la pierna queda unida solo por hilos de quitina y
tendones. Con un tirón, se desprende con un glorioso
estallido.
Una ola de placer recorre al demonio. Para Xan-
tine, es apenas un eco de la sublime sensación que
experimenta ella, pero aún así es poderoso. Luego
vuelve a la tarea, aplicando su arte a la otra pierna
del Patriarca, serrando y cortando hasta que también
se desprende de su cuerpo.
Acabar con esta criatura sería simple. Podría
descerrajarle un tiro en el ojo con su pistola o deslizar
204
su cuchillo dorado entre las placas quitinosas que
resguardan su abultado cerebro. Pero S’janth desea
prolongar este deleite. No se conforma con sim-
plemente exterminar a esta monstruosidad xenos;
anhela despojarla por completo, aniquilar todo lo que
es y representa para demostrar su supremacía. Su
propia excelencia.
Xantine contempla cómo, con meticulosidad y
devoción, desgarra al Patriarca, absorbiendo su dolor
alienígena como si fuera ambrosía. Ella deja una
cáscara vacía: gimoteando, sangrando, debilitada.
El impacto del arte del torturador se propaga a la
progenie del Patriarca. Su resistencia, antes fortale-
cida por la llegada de su líder, se quiebra. Mutantes y
monstruos se aferran a sus cabezas y gritan mientras
el señor de su prole es despedazado. Enloquecidos
por el dolor transmitido y espiritualmente despoja-
dos, se lanzan contra Xantine y su séquito. Corren
vociferando, con los ojos desorbitados, blandiendo
toscos garrotes y cuchillas sin filo. Otros vagan por la
catedral como si despertaran de una pesadilla, con la
mirada perdida y la misión olvidada. Son presa fácil
para los Marines Espaciales de los Adorados, que los
destripan con garras, los desgarran con cuchillas o
los estrellan contra el suelo a puñetazos.
S’janth se regocija en el dolor. Es un crescendo,
ascendiendo, ascendiendo, ascendiendo, hasta que
es un solo grito de éxtasis, resplandeciendo más
205
brillante que cualquier estrella. Y luego, como una
estrella que ha consumido su combustible, comienza
a colapsar sobre sí misma.
Él aprovecha la oportunidad. Ha compartido su
cuerpo con el demonio durante tanto tiempo que
ha aprendido a mantener el más mínimo rastro de
consciencia en su ser, y ahora emplea estos anclajes
para recuperar su forma de carne y hueso. Ella apenas
ofrece resistencia, casi entumecida por su festín, y él
afirma su dominio dentro de su propia piel.
Reclasificó su dolor, y las sensaciones se intensi-
ficaron. Su cráneo fracturado ya había comenzado
a repararse, el lento movimiento óseo ahora era un
latido profundo en sus oídos. La piel desgarrada de
su hombro se había cubierto de costras, y bajo esa
capa protectora, brotaba piel nueva, rosada y con
comezón. Sus músculos ardían, empujados más allá
de los límites incluso por la influencia del demonio,
desafiando su fisiología transhumana.
Se sentía glorioso.
—Están colapsando —retumbó Vavisk a través del
vox—. Los sobrevivientes se retiran hacia las alcantar-
illas y conductos bajo la ciudad.
—Que huyan —declaró Xantine, su voz resonando
en la vieja catedral mientras los últimos rebeldes
agonizantes se arrastraban hacia las salidas rotas—.
Que regresen a sus madrigueras y cuenten sobre mí,
sobre mi grandiosidad —se aproximó a una montaña
206
de cadáveres y levantó los brazos—. Soy Xantine
—rugió, lo suficientemente alto como para hacer
tintinear los cristales rotos de las enormes ventanas
que aún se mantenían en pie—. Y he salvado este
mundo.
Los vítores resonaban desde el exterior.
207
Capítulo 11
A
rqat se precipitó tras los Sofisticantes, su
espada arrastrándose detrás de él, sin preocu-
parse ya por mitigar el ruido que esta producía al
golpear repetidamente el suelo de piedra.
—Espera —gritó a la figura vestida de magenta que
ascendía la desgastada escalera hacia la nave de la
catedral—. ¿Mi hermano está contigo? —Preguntó,
pero al recibir solo silencio, insistió—. Puedo ayu-
darte.
Una mujer de hombros anchos le respondió por
encima del hombro mientras avanzaba pegada a la
pared, balanceando un elaborado láser de Arma de
un lado a otro.
—No te acerques, muchacho.
Arqat ralentizó su paso, sorprendido de recibir
respuesta de aquella figura musculosa, pero continuó
avanzando.
—¡Mi hermano es militar! Me enseñó a luchar.
Puedo ser útil —exclamó, sintiéndose pequeño al
escuchar su propia voz reverberar en los antiguos
208
muros de piedra. Su tono, áspero y nasal, palidecía
frente a la mujer fuerte y vital ante él.
—Te lo digo en serio, muchacho. Deja esto en
manos de la Sexta, ahora tenemos a los ángeles de
nuestro lado —Arqat no comprendía a qué se refería,
pero ella se reía al decirlo, así que optó por no indagar
más: ¿y si pensaba que era un tonto?— Ahora vete,
buen chico —dijo condescendiente, provocando una
punzada de rabia en Arqat. Quiso protestar, deseaba
luchar por su causa, y dio un paso adelante, solo
para encontrarse con el extremo letal del láser Arma
apuntándole—. Te dispararé yo misma, te lo advierto
—endureció su voz la mujer—. Hoy hemos perdido a
mucha gente. ¿Qué más da un cuerpo más en la pila?
—Arqat detuvo su avance, pero mantuvo su postura,
la respiración agitada en su pecho.
Se miraron fijamente, divididos por las circun-
stancias, las mejoras genéticas y muchos años de
tratamiento Rejuvenat, pero ambos continuaban
siendo hijos de Serrine.
Finalmente, la mujer apartó la mirada primero.
Hizo una mueca y movió la cabeza hacia un lado, un
último gesto intentando proteger al chico, antes de
desaparecer de su vista al subir los escalones.
—No me habría disparado —murmuró Arqat, in-
halando profundamente para calmar sus manos tem-
blorosas. Aguardó, permitiendo que la adrenalina
inundara su cuerpo, atento al sonido de las pisadas
209
de la mujer que se desvanecían, al murmullo de sus
compañeros de escuadrón mientras se comunicaban
con figuras invisibles a través del vox. Y la persiguió.
Ascendió los escalones de piedra, como había he-
cho incontables veces en su corta existencia. Conocía
los puntos más desgastados, las huellas dejadas
por generaciones de sacerdotes rebeldes de Serrine.
Sabía qué aguardaba en la cima: más memorización,
más estudio interminable, más charlas de viejos
necios.
Pero hoy no. Arqat trepó las escaleras y se encontró
con algo asombroso, algo de leyenda.
Un ángel, radiante en su armadura rosa, impo-
nente en medio del caos de monstruos y mutantes
muertos y moribundos. Era alto, incluso más que
los soldados rejuvenecidos y mejorados de la Sexta
Sofisticante, y hermoso, con un rostro de alabastro
que parecía esculpido en mármol vivo.
Era perfecto. La salvación de Serrine encarnada.
El ángel se movía con una rapidez sorprendente.
Sus dos brazos se movían con tal velocidad que
parecían cuatro, y una larga hoja abría surcos entre
los cultistas que osaban aproximarse a una criatura
tan sagrada. La hoja se alzaba y descendía, giraba y se
arqueaba, desplazándose a través de la masa de carne
que rodeaba al ángel como si fueran meras volutas
de nube. Aunque morían, arañaban y maltrataban
la resplandeciente armadura púrpura, sus garras no
210
dejaban marca alguna en la perfección de su coraza,
y la figura avanzaba sobre sus cadáveres como si no
existieran. Después de todo, ¿qué eran los demonios
para un ángel de tal belleza?
Una máscara cubría la mitad inferior del rostro del
ángel, ocultando cualquier gesto de esfuerzo o ira y
proyectando una imagen de pura serenidad mientras
combatía. Sus ojos brillaban con vida, casi sonrientes
a pesar de la carnicería que dejaba a su paso.
Solo su cabellera desafiaba su velocidad. Ilumi-
nado por el sol del mediodía a través de la puerta
destrozada, siguió al ángel como la estela de una es-
trella fugaz, resplandeciente y hermoso, un vestigio
del movimiento.
Un torpe monstruo de tres brazos se lanzó hacia el
ángel, blandiendo su enorme sierra a dos manos en
un amplio arco destinado a atravesar su vientre. El
ángel recibió el golpe entre dos afiladas cuchillas que
sobresalían de su muñeca, y pareció sonreír mientras
giraba sobre sí mismo. Con un brazo, apartó a la
criatura, tirando de sus tres extremidades hacia
adelante como si implorara piedad. Con el otro brazo,
cortó los brazos de la criatura a la altura de los codos.
La criatura lanzó un grito de agonía y cayó sobre
sus muñones sangrantes. El ángel elevó una pierna
larga y colocó una bota puntiaguda en la nuca de la
criatura con tal fuerza que Arqat escuchó el crujido
de su cráneo, y el grito se convirtió en un gorgoteo
211
húmedo.
La espada de Arqat resbaló de su mano hasta el
suelo de piedra. Las lágrimas brotaron también,
dibujando surcos en la suciedad que embadurnaba
su rostro antes de caer al suelo.
Había luchado contra las dudas, pero aquí estaba la
prueba irrefutable de lo divino: un ángel que emergía
de las páginas de sus libros ilustrados, una estatua
de un dios cobrando vida.
Lo que había afirmado Nanny. Lo que había dicho
su padre. Lo que había mencionado su hermano.
Incluso las palabras del viejo Tumas. Todo era
verídico. El Salvador no era solo una leyenda, una
mera representación del Emperador, distante en su
Trono Dorado en Terra. Era una profecía. Era la
realidad.
—Por el Trono en Terra… —susurró para sí
mismo, y la valentía henchida de la adolescencia
se desvaneció como un globo pinchado. Su cólera
justa desapareció en un instante, reemplazada por el
miedo y el temor de un niño.
Finalmente, el ángel cesó su movimiento. Es-
cudriñó la catedral, observando a los docenas de
invasores, mutantes y xenos que había abatido. Sat-
isfecho, inspeccionó su arma y se tomó un momento
para limpiar la sangre de su hoja.
Exigía ser venerado. No, más que eso: merecía
ser adorado. Arqat actuó por instinto. Antes de
212
comprender sus propias acciones, ya se encontraba
de pie, con la mirada fija en la criatura legendaria.
—Lo sabía, lo sabía —exclamó al aproximarse al
ángel, su voz resonando en la mortuoria catedral.
Ignoró los nauseabundos cadáveres amontonados,
cautivado únicamente por la figura mítica. La con-
templó con aquellos ojos brillantes, su cuerpo final-
mente inmóvil y perfecto.
Extendió los brazos al acercarse, anhelando tocar
a esa entidad de luz, experimentar su forma terrenal,
buscando su salvación para validar su existencia.
Creyó, oh Trono, creyó. Había deseado otra cosa
para su vida. ¡Qué ingenuo! ¡Qué equivocado! Había
nacido para creer, para ser sacerdote, para evange-
lizar. Ahora lo sabía. ¿Cómo podía no creer? Había
contemplado a su Salvador en carne y hueso, había
sido testigo de su perfección.
Arqat percibió primero el corte, el movimiento
de la hoja en el aire, como un viento repentino
en el Parque de los Príncipes de Serrine en un día
tempestuoso, y luego el suave chapoteo de la sangre
sobre el suelo de mármol, como la lluvia.
Luego la olió, el sabor a hierro de la vida derramán-
dose de la herida en su hombro, y luego lo saboreó: el
estallido químico de la adrenalina, el sabor amargo
del terror en su boca.
Fue lo último que experimentó. Una agonía pura
y vibrante, que lo golpeó de golpe como si hubiera
213
ingresado a una nueva dimensión. Acompañada de
una nueva sensación: la ausencia. Intentó mover el
brazo, pero ¿cómo podía mover algo que ya no estaba
allí? Vio su miembro en el suelo de la iglesia, con el
mismo tono de piel, aún envuelto en las mangas de
su túnica. Presentado entero, como una ofrenda.
Al desplomarse en el suelo, Arqat se dio cuenta de
que nunca había visto el corte que le había arrebatado
el brazo izquierdo justo por debajo del hombro. El
ángel había sido demasiado rápido.
214
llegado hasta aquí. Anhelaba regresar abajo, ansiaba
retornar a la familiaridad, ansiaba su litera, su turno,
su familia y, oh Trono, anhelaba regresar a casa.
Añoraba la voz del follaje, deseaba escuchar una
vez más las historias que susurraba entre el suave
balanceo de sus hojas. Se dio cuenta de que ese había
sido el ritmo de toda su vida, pero ahora esa voz
estaba silente para ella, demasiado débil y distante
para ser oída desde esta elevada posición.
La idea era demasiado aterradora para compren-
derla completamente, y se esforzó aún más por
encontrar algún sonido reconfortante de su hogar,
explorando sus sentidos en busca de cualquier indicio
de familiaridad. Pero no encontró nada.
Bueno, no del todo nada. Había un sonido: débil
y amortiguado, pero estaba presente. Cerró los ojos
y extendió su percepción, buscando a tientas hacia
ese leve murmullo como si estuviera retornando a su
litera en medio de la noche.
Finalmente, lo halló. Era el sonido del sufrimiento.
215
ciones de fuego erigidas con prisa. Otros se en-
frascaban en la lúgubre tarea de retirar los cuerpos,
grupos de dos o tres cargando con los cadáveres de
compañeros y mutantes invasores, alzándolos por
las extremidades con gestos impíos y arrojándolos
en montones grotescos.
Se les unieron los valientes civiles más intrépi-
dos, cuyos rostros se mezclaban con las impávidas
estatuas del planeta, asomándose desde balcones
o asombrados detrás de los pilares al compás de
la insurrección. Ansiaban con desespero ver a los
ángeles, cuyos rumores se propagaban por las redes
de chismes de Serrine. Las familias dirigentes del
planeta temían por su propia seguridad, pero temían
aún más el deshonor si parecía que se escondían
mientras los enviados del Emperador regresaban del
cosmos.
Fueron recompensados por su osadía, divisando
figuras imponentes en tonos rosados y púrpuras
mientras se congregaba la milicia de Serrine. Tora-
chon, Vavisk y los demás líderes del asalto inicial
al puerto del vacío tomaron el mando de la Sexta
Sofisticante, la fuerza élite que lideraba el avance
hacia la catedral. Los atuendos reveladores de estos
soldados robustos y rejuvenecidos, con sus túnicas
magenta, destacaban entre los colores más sombríos
de las fuerzas regulares de defensa de la ciudad.
Los Marines Espaciales reforzaron su avance con
216
estos combatientes, arrancándolos de sus lujosos
cuarteles, donde antes sólo se ocupaban de pequeñas
disputas familiares y ocasionales protestas laborales,
para lanzarlos de nuevo al fragor de la batalla.
Juntos, formaban la punta de lanza: el asalto
visible que, aunque poderoso y bien coordinado por
sí solo, estaba diseñado para desviar la atención del
verdadero peligro. Y ese golpe fatal, por supuesto,
recayó en Xantine.
La aparición de esta fuerza combinada, operando
no solo con la cooperación de la unidad de élite más
famosa del planeta, sino bajo el mando de los propios
Ángeles de la Muerte del Emperador, provocó una
reacción audible entre la población civil. Al principio
fue un murmullo, como el rumor distante de un río,
pero aumentó rápidamente cuando quedó claro que
la insurrección había sido sofocada.
Cuando Xantine emergió bajo el sol ardiente del
mediodía en la ciudad de Serrine, elevada sobre
las nubes, fue recibido con un estruendo: una ciu-
dad agradecida expresaba su reconocimiento. Él se
deleitó en ello, permitiendo que los elogios aliviaran
sus heridas y relajaran sus músculos tensos. Levantó
el brazo derecho con la palma hacia el cielo y, como
un maestro de ceremonias, hizo un gesto que cortó
el sonido, dejando reinar el silencio.
—Respetables ciudadanos de Serrine —exclamó
Xantine, y su voz potente se transmitió a través de
217
los proyectores sónicos de su armadura Mark IV
modificada, alcanzando a la multitud que se congre-
gaba en la escalinata de la Catedral de la Cosecha
Generosa—. su tribulación… —hizo una pausa, cre-
ando suspenso— ha terminado —con un gesto de-
trás de él, Euratio y Orlan retiraron a la mujer del
escenario. Fedra la siguió a cierta distancia; la figura
esbelta permanecía envuelta en sombras, a pesar del
sol inclemente.
La presencia imponente de Fedra, un psíquico de
gran poder, había despojado a la mujer de cualquier
encanto que pudiera haber tenido. Ahora se veía
como una figura más entre los trabajadores despro-
vistos de pelo que había ordenado. Forcejeaba im-
potente entre las garras de los guerreros transhu-
manos, con sus delgadas muñecas sujetas por unos
guanteletes rosados, y las piernas retorcidas al ser
empujada hacia adelante. Aunque Xantine no podía
ver los rostros de los gemelos, siempre ocultos tras
máscaras plateadas sin boca, el placer emanaba de
ambos como un aura.
La alienígena emitió un siseo al ser arrastrada
hacia la brillante luz del mediodía de Serrine; sus
ojos amarillos se entrecerraron cuando la obligaron
a arrodillarse ante la multitud congregada. Agitó
sus manos con garras hacia el cielo en un intento
desesperado por alejar tanto a Xantine como al sol
mismo, pero fue en vano; él simplemente apartó
218
sus manos y la tomó del cuello, exhibiéndola ante
la multitud como si fuera una presa.
—He aquí su futura conquistadora —anunció.
El público respondió con abucheos y silbidos—
. Este despreciable ha ultrajado su majestuosa
urbe —proclamó con sarcasmo en su voz—. Este
ser xenos repugnante, esta aberración, este ser…
pusilánime —volvió hacia la criatura, clavando
sus ojos alienígenas llenos de terror—. Patético
—espetó Xantine a la extraterrestre, y le lanzó un
escupitajo en el rostro. Luego, volvió su atención
hacia la multitud—. Hoy, muchos de vosotros han
sacrificado sus vidas —anunció, dejando que el xenos
cayera al suelo mientras comenzaba a descender los
amplios escalones de mármol—. Pero les ordeno que
no recuerden este día como un día de muerte, tristeza
o pesar —giró y señaló con un dedo enguantado a
la multitud, imponiendo su voluntad. Levantó de
nuevo los brazos, imitando la pose de la gran estatua
que adornaba la fachada de la catedral detrás de él—.
Este mundo resurgirá de sus cenizas. Recuerden
este día como un día de poder, en el que juntos
erradicamos y aniquilamos el mal que anidaba en el
corazón de Serrine. Y recuerden este día como un
día de gloria —proclamó Xantine, extendiendo los
brazos con Angustia agarrada firmemente en una
mano—. Porque este día me trajo a Serrine.
Torachon le ofreció su sable, y Xantine lo hizo
219
descender sobre el cuello de la alienígena. Su cabeza
sin pelo rebotó al impactar contra el mármol, tiñendo
de rojo la piedra blanca.
Los vítores resonaron con tanta fuerza que el suelo
parecía temblar bajo los pies de Xantine.
220
mano y cerró los ojos mientras apuntaba con el cañón
del arma hacia el panel de cristal líquido en el centro
de la puerta. Apretó el gatillo y fue gratificada con
un único estampido y el sonido cristalino del vidrio
al romperse.
Se deslizó por el hueco, esquivando los fragmentos
de colores, y penetró en la oscuridad del interior. Sus
ojos se ajustaron a la relativa penumbra y se percató
de que se encontraba en una entreplanta desierta con
vistas al interior de la catedral. El sonido lastimero
estaba más cerca. Aunque no podía escucharlo con
claridad, sabía que provenía de abajo, aunque se
desvanecía rápidamente. Se aproximó al borde del
entresuelo y apoyó las manos en una balaustrada
de madera tallada que representaba el ciclo de la
cosecha: sembrar, cuidar, cosechar, refinar.
Un hedor agrio y dulce impregnaba el aire. Iden-
tificó el aroma a incienso impregnado en la madera
y la piedra de la antigua catedral. Le recordaba a
su propio culto, aunque este era mucho más rico y
poderoso que las finas varas que el sacerdote solía
encender en su capilla. Sin embargo, otro olor
se imponía sobre el incienso, uno que también le
resultaba familiar en la ciudad.
Era el olor de las carnicerías. Había visitado al-
gunas de las cámaras ensangrentadas de la ciudad
subterránea, donde los trabajadores intercambiaban
bienes ilegales. Eran espacios clandestinos donde se
221
negociaban trozos de carne sin identificar a cambio
de otros productos. Este olor evocaba una variedad
que contrastaba con las monótonas raciones de hier-
bas y almidón que apenas saciaban el hambre.
La causa del olor era evidente. A primera vista,
parecían estatuas caídas, pero el penetrante hedor a
carne muerta confirmaba que la catedral estaba llena
de cadáveres. Docenas, quizás cientos de cuerpos
formaban una macabra alfombra sobre el suelo de la
iglesia.
Y entonces, en medio de la maraña de cuerpos
sin vida, percibió movimiento. Fue un leve titubeo,
apenas un destello. La voz en su mente era apenas
un susurro en el silencio sepulcral.
Siguió el movimiento, descendiendo los escalones
de piedra, sorteando cadáveres y esquivando frag-
mentos de cristal rotos que se alzaban como cuchillas.
Agradeció el calzado resistente que llevaba. Le había
pertenecido a su abuelo.
Halló al niño entre dos figuras inanimadas. No
se permitió reconocerlas. Con sus múltiples brazos
y garras que parecían sacadas de una pesadilla, y
sus ojos amarillos y vidriosos que la observaban
incluso en la muerte, eran demasiado aterradoras
para enfrentarlas.
El rostro del chico era tan gris como su túnica, el
blanco material convertido en cenizas por el polvo
y el humo que invadían la catedral desde las explo-
222
siones que habían destrozado la puerta. A su lado,
un brazo yacía, con los dedos ensangrentados que
goteaban por donde habían sido arrancados. Se dio
cuenta de que era su propio brazo.
Afuerza, algo sucedía. Escuchaba disparos, salva-
jes y atronadores. Quería huir, esconderse, escapar
de los asesinos y monstruos que acechaban este
oscuro reflejo de su existencia.
Pero no podía abandonar al niño. Sus ojos os-
cilaban entre la consciencia y el desvanecimiento.
Observó la herida en su hombro. No, herida no era
la palabra adecuada. Era un corte demasiado limpio,
demasiado preciso. Era una disección.
Necesitaba ayuda. Había presenciado amputa-
ciones como esa antes, cuando una cuchilla de trilla
se desprendía o un refinador novato metía la mano en
la maquinaria para desatascarla. Sabía que el shock
podría matarlo pronto y, si no, la pérdida de sangre
seguramente lo haría.
Tomó una decisión. Arrancó un trozo de la túnica
del niño, dejando al descubierto sus pies descalzos y
sus pantorrillas casi lampiñas, y lo utilizó como un
torniquete improvisado en el muñón sangrante del
brazo. Lo levantó. Siempre había sido fuerte, en la
refinería no se sobrevivía si no se podía cargar los
barriles de savia. Pero le sorprendió lo liviano que
era él. Era solo un niño.
Por un instante, la idea de llevarse también el brazo
223
le cruzó la mente, pero la descartó de inmediato.
Sobrevivir las próximas horas en una ciudad asedi-
ada por mutantes ya sería una hazaña; encontrar
un cirujano capaz de reimplantarle el miembro era
prácticamente una quimera.
En el exterior, resonaban los vítores.
224
tal como había sido profetizado.
Se deleitó en esa sensación, aceptando la adulación
como si fuera un narcótico. Como cualquier droga,
embotaba sus sentidos.
Una joven agarró sus brazaletes de cuchillas, y
S’janth siseó ante el contacto. Giró con la mirada
llena de ira, pero detuvo el golpe al darse cuenta de
que ella le ofrecía un ramo de flores. Aunque sus ojos
reflejaban terror, Xantine solo veía los colores de
las flores: rosas y púrpuras brotaban de tallos de un
verde intenso, una visión de delicadeza en contraste
con la brutalidad del día.
—Para usted, mi señor —balbuceó, con las manos
temblorosas—. Mi padre las cultiva para los nobles,
pero creo que usted debería tenerlas porque usted…
usted… —se detuvo, con las flores aún extendidas
como un tributo.
Xantine aceptó el ramo con una reverencia.
La mujer se mezcló de nuevo entre la multitud
mientras avanzaban por las calles atestadas de cuer-
pos caídos, muchos de ellos mutilados o destrozados.
El polvo blanco de la mampostería y el mármol
destrozado cubría cada superficie, y Xantine solo
podía diferenciar entre una estatua y un cadáver
por el distintivo sabor a hierro en sus fosas nasales.
Experimentó pequeñas oleadas de sensaciones mien-
tras se abría paso entre los restos humanos. Era
placer: estar tan cerca de la muerte siempre encendía
225
una chispa de emoción en su ser. Pero también
era dolor, comprendió; el dolor de algo hermoso
destruido.
Era un dolor que conocía demasiado bien. Serrine
era un reflejo fracturado de Armonía, una sombra
de aquel lugar magnífico, pero aún así, estar aquí
evocaba imágenes de su hogar adoptivo entre los
Hijos del Emperador. Ese hogar se había desvanecido,
destruido cuando Abaddon, el bruto vulgar, había
lanzado una lanza al corazón de la Ciudad Cántico. Al
hacerlo, había robado a la galaxia su pináculo cultural
y artístico.
Chemos había sido ese pináculo antes que Armonía.
Fulgrim había hablado a sus hijos sobre su mundo
natal, describiéndolo como un lugar monótono y
aburrido, poblado por zánganos con ojos muertos.
Su llegada había transformado el planeta, convirtién-
dolo no solo en un mundo de producción eficiente,
sino también en una cuna de artistas y artesanos.
Chemos era un paraíso, una joya en el Imperio emer-
gente.
Y luego, las distracciones de Fulgrim garantizaron
que el regalo de Chemos fuera malgastado. El planeta
fue devastado por aquellos que no comprendían la
perfección. Igual que la Ciudad Cántico.
Xantine no pudo salvar su hogar adoptivo, al igual
que su padre no pudo salvar el suyo. Pero Xantine
podía salvar Serrine. Y así lo hizo.
226
Al fin, alcanzaron las majestuosas puertas de
madera de un edificio tan lujoso que eclipsaba
incluso a los distritos más opulentos de Ciudad
Cántico. Las puertas se abrieron exclusivamente
para él y sus guerreros, mientras la multitud que
les seguía quedaba bloqueada por los soldados de la
Sexta Sofisticante, resplandecientes con sus túnicas
magenta. Solo a los nobles y su séquito de servidores
se les permitía adentrarse en la cámara, y aquellos
que osaban desafiar esta norma eran repelidos con
culatas láser de Arma o amenazados con sables hasta
que retrocedían.
Xantine se recostó levemente cuando las puertas se
cerraron, cortando su conexión con la multitud que
lo aclamaba y le ofrecía su adulación. Aún podía es-
cuchar sus vítores desde afuera, aunque sus celebra-
ciones ensordecedoras empezaban a desvanecerse
mientras el imponente portal de madera del Senado
se cerraba tras ellos.
Los nobles del interior les dieron una bienvenida
mucho más contenida, muchos de ellos habían pres-
enciado personalmente el aspecto perturbador y las
habilidades extrañas del Adorado. Sin embargo, su
presencia como invitados de honor dictaba que los
Marines Espaciales ocuparan un lugar destacado en
la enorme mesa del banquete que se extendía por
el centro de la sala. A Xantine lo habían situado
cerca del extremo de la mesa, en una silla que habría
227
sido ostentosa incluso para un humano de tamaño
regular, aunque apenas sostenía su armadura.
Para los estándares humanos, el banquete de la
victoria era sumamente generoso. Se abrieron botel-
las de Amasec centenarias, se sacrificaron cientos
de pájaros cantores ceremoniales para confeccionar
elaborados pasteles, y los sirvientes ataviados con las
vibrantes túnicas características de Serrine bailaron
hasta que muchos de ellos cayeron exhaustos en
mitad de la danza.
Para Xantine, cuyos receptores neuronales habían
absorbido innumerables sensaciones a lo largo de la
galaxia, todo resultaba francamente tedioso.
—¿Le agrada esto, milord? —preguntó un hombre,
pinchándolo en el hombro mientras le ofrecía una
copa de vino. Xantine aceptó el gesto. Como invi-
tado de honor, se le había asignado un séquito de
sirvientes, catadores y demás personal. El hombre
que lo pinchó parecía ser el encargado de todos ellos.
La entrada de Xantine y sus escuderos elegidos
—Torachon, Vavisk y los gemelos— captó la atención
de todos en la sala. La imponente presencia de
los gigantescos Ángeles de la Muerte, vestidos con
armaduras en tonos rosados, púrpuras y dorados,
creó una atmósfera cargada de una mezcla entre ex-
citación y temor. Para contrarrestar esta sensación,
los nobles y las damas recurrieron a su pasatiempo
favorito: el cotilleo político. Murmuraban entre
228
ellos, inclinándose con aires conspirativos en sus
asientos, discutiendo los huecos de poder dejados
tras la revuelta mientras observaban a los recién
llegados con fascinación y aprensión.
Un hombre fornido se adelantó. Había ascendido
por las escaleras que conducían a los niveles su-
periores del Senado, y su cabello rubio se pegaba
a su frente sudorosa. Xantine notó sus temblores,
producto tanto del esfuerzo como del miedo. Aun así,
extendió su mano hacia él.
—Soy Pierod, su humilde servidor —se presentó
el hombre.
Xantine observó su mano por un instante, como un
depredador observando a su presa, antes de asentir
levemente.
Pierod tosió y retiró la mano, pasándola por su
cabellera rubia con un gesto fingido de despreocu-
pación.
—Mi señor Xantine, me honra haberle llamado a
este mundo —dijo con una reverencia.
—Entonces, debo expresarle mi gratitud —respondió
Xantine—. Es un honor.
Un sonido llamó la atención de todos cuando las
puertas de la gran sala se abrieron de par en par.
Desde el exterior, Xantine pudo escuchar los vítores
del pueblo, que anteriormente estaban dirigidos
hacia él y ahora encontraban un nuevo objetivo.
Los aclamaciones crecieron como una ola cuando
229
el gobernador ingresó en la sala, acompañado por
dieciséis miembros de la guardia de élite de la ciudad.
Al igual que ellos, llevaba una túnica magenta, pero la
suya estaba adornada con ribetes dorados, marcando
su posición. Los miembros del consejo lo recibieron
con una ovación estruendosa.
Lord Durant hizo una entrada teatral, saludando
a la sala con una falsa humildad mientras apoyaba
una mano en el hombro de un soldado para esta-
bilizarse antes de subir a una lujosa litera. Cuatro
soldados avanzaron con gracia, doblaron las rodillas
y recogieron la litera, ascendiendo elegantemente
por las escaleras del Senado. El gobernador aceptó
la adoración del senado mientras se encaminaba
hacia su trono en lo alto de la cámara, asintiendo con
condescendencia o llevándose la mano al corazón
cuando los senadores aclamaban su nombre y cele-
braban su regreso a salvo.
—Pierod, ¿cierto? —Preguntó Xantine al hombre,
quien dio un respingo al escuchar su nombre.
—Sí, mi señor?
—El gobernador. Quiero hablar con él.
—Por supuesto, mi señor. Permítame hablar con
sus asistentes, podemos organizar una presentación
formal.
—No, no me has entendido —dijo Xantine—.
Quiero hablar con él ahora.
Pierod titubeó un momento, luchando por encon-
230
trar una respuesta. Aquel imponente guerrero le
infundía temor, pero no había logrado asegurar sus
propios encuentros con el gobernador Durant, ni
siquiera después de años de sobornos y favores.
Pero eso era antes, cuando era simplemente Pierod.
Ahora era Pierod, Convocador de Ángeles. Aclaró su
garganta y trató de infundir confianza en su voz.
—Mi señor —dijo—, sígame. Lord Durant, per-
mítame presentarle a Xantine de la…— Pierod se
volvió hacia el marine espacial, inseguro de cómo
presentarlo.
Incluso con Durant sentado en su imponente trono,
Xantine destacaba por encima del gobernador. Lo
miró fijamente, sin hacer ningún gesto que pudiera
interpretarse como sumisión.
—Soy un Hijo del Emperador —afirmó Xantine,
sin una pizca de alegría en sus ojos.
—Xantine, un Hijo del Emperador —corrigió
Pierod.
—Encantado de conocerte, Xantine —dijo Durant,
su sonrisa apenas llegando a ser genuina—. Tuve
el placer de conocer a tus compañeros de armas
hoy. Lamento que su encuentro conmigo haya sido
en estas circunstancias desafortunadas; por favor,
hazles saber mis disculpas.
Xantine guardó silencio, escrutando al gobernador.
Durant prosiguió.
—También tuve el placer de conocer a la encanta-
231
dora dama que los acompañaba. ¿Nos acompañará
a cenar? —Preguntó Durant, y Xantine percibió su
inquietud.
—Fedra ha preferido retirarse esta noche para
atender otros asuntos —respondió Xantine.
—Excelente —dijo Durant, visiblemente aliviado—
. Excelente. Bueno, creo que es hora de brindar.
El gobernador aplaudió una, dos, tres veces.
Con la tercera palmada, el murmullo en la sala se
desvaneció.
—Damas y caballeros —exclamó a la concurrencia—
. Un brindis. Por nuestros distinguidos invitados y
su intervención oportuna —dirigiéndose a Xantine,
alzó su copa—. Agradezco tus esfuerzos de hoy,
Xantine, Hijada del Emperador. Verdaderamente,
el Emperador nos sonríe al enviarnos a sus más…
—miró al marine espacial de arriba abajo, con los
ojos fijos en la cabeza peluda de la bestia alienígena
de su hombrera—. Sus guerreros más… exóticos en
nuestra ayuda. Son tiempos oscuros, en los que la
humanidad está dividida entre las estrellas, pero tu
presencia bendita nos recuerda la importancia de
Serrine para el Imperio.
Durant vació su copa y la entregó a un camarero
para que la llenara de nuevo.
—Ya sabes —continuó, con los labios manchados
232
de rojo por el amasec29 —, que en este mundo existe
la leyenda de un Salvador que regresará de los cielos
cuando lo necesitemos para llevarnos a la gloria.
Superstición, por supuesto, porque nuestro único
Salvador es el Emperador de Terra, pero tu llegada me
trae a la mente esa historia y me llena de esperanza.
Verdaderamente, nos has salvado —Durant esperó
a que los aplausos se calmaran—. Por favor —dijo,
haciendo una leve reverencia—, ve y transmite nue-
stro agradecimiento a los señores de Terra cuando
te marches.
—Ve —murmuró Xantine, resonando las palabras
del gobernador. La palabra se convirtió en una
pregunta al pasar por sus labios.
Con un gesto sutil, abrió un canal de comunicación
con Vavisk. La voz de su antiguo camarada reverberó
en sus oídos, y Xantine imaginó a Vavisk con su
escuadrón de Marines Ruidosos, listo para desen-
cadenar el caos en los puntos clave de la ciudad. Solo
esperaba la señal.
29
Amasec: Bebida alcohólica muy popular en el Imperio de la
Humanidad, es un licor de alta graduación destilado a partir del
vino. Muchos mundos producen bebidas alcohólicas llamadas
amasec, cada una de un matiz y variedad diferentes. El amasec
se comercializa en muchos niveles de calidad, por lo que puede
ser adquirido y valorado por todas las capas sociales, desde las
petacas de los barracones de los Guardias Imperiales hasta los
aposentos de la nobleza.
233
También pensó en Lordling, dirigiendo a sus es-
clavistas a través del laberinto de calles residenciales
de la ciudad, anticipando el momento de acorralar a
miles de humanos en los corrales de Exhortación. De
Sarquil, quien ya calculaba con frialdad los botines
de este planeta saqueado, su arte, cultura y belleza
reducidos a simples mercancías.
Y pensó en las figuras caídas afuera, mezcla de
escombros de mampostería y carne humana. Los
vestigios de un mundo que luchaba por encontrar la
perfección en una galaxia despiadada. Un mundo que
lo valoraba.
No repetiría los mismos errores. Esta vez lo haría
bien, lo haría perfecto.
Xantine se giró hacia Lord Durant, con los ojos bien
abiertos, fingiendo asombro.
—¿Por qué deberíamos irnos?
El gobernador sonrió brevemente, esperando al-
gún remate cómico. Cuando este no llegó, su boca se
movió en silencio antes de formular palabras.
—¿Qué quieres decir?
Xantine se dirigió directamente a Durant, pero
proyectó su voz, utilizando su garganta aumentada
quirúrgicamente para asegurarse de que todos los
presentes en el banquete, desde los sirvientes hasta
el propio Durant, pudieran escuchar sus palabras.
—Mi decisión de quedarme en este mundo no
debería sorprenderte, buen hombre. Tu historia fue
234
una profecía, una que ahora cumplo. He descendido
de los cielos a tu mundo y lo he hallado insuficiente.
Pero no lo aniquilaré. Lo redimiré. Así que alégrate,
porque Xantine ha llegado.
—Pero, milord… —murmuró Durant, con una
sonrisa confusa aún en sus labios—. Estas estatuas…
El Salvador… ¡Son meros mitos! —Su declaración
provocó murmullos ahogados entre algunos de los
presentes en el banquete. Aunque la mayoría con-
sideraba al Salvador como una figura legendaria
más que real, negar su existencia seguía siendo
una afrenta, incluso en los círculos más elitistas de
Serrine.
Durant prosiguió.
—Soy el gobernante de Serrine —afirmó, su voz
endureciéndose al comprender la seriedad de la
situación—. Mi linaje fue escogido por nuestro
venerado Emperador para servir a sus intereses.
Solo nosotros tenemos el derecho de liderar a los
ciudadanos de este preciado mundo.
—Dime —interpeló Xantine, con la palma abierta
señalando la garganta del gobernador como una
espada en un duelo—. Si tu autoridad es absoluta,
¿cómo es que tu propio pueblo se alzó contra ti?
—¿P-p-pueblo? —tartamudeó el gobernador,
desconcertado por la pregunta directa—. No era mi
pueblo. Eran habitantes de las afueras, ciudadanos
solo de nombre. Meros peones para labrar y cosechar
235
la tierra, carentes de la sofisticación e inteligencia
necesarias para gobernar.
—Parecían no estar de acuerdo —observó Xantine.
—Eran esclavos de un monstruo —justificó el
gobernador.
—Sí… Una peculiar enfermedad, entre los de su
calaña —asintió Xantine.
Xantine escudriñó la sala con una mirada aguda,
sus ojos turquesa recorrieron la masa de nobles
hereditarios y aspirantes al poder.
—He decidido quedarme en este mundo para
guiarlo hacia la perfección. A Serrine le han fallado
sus líderes. Su pueblo merece un líder de carácter,
de honor, de habilidad. Son una decadente e ineficaz
colección de diletantes que no merecen más que la
gloria de la muerte en la punta de mi espada.
Un murmullo se desató entre los presentes, una
exhalación agitada que claramente excitó a Pierod,
quien apenas pudo contener una risita. Xantine
señaló al corpulento hombre.
—Solo Pierod ha demostrado valentía y astucia
para socorrer a su planeta, a su gente. Por ello,
será mi gobernador, mi voz en los asuntos estatales
mientras forjo una sociedad justa.
—¿Él? —balbuceó Durant, incrédulo—. ¡Él no es
nada! Un secretario pretencioso. No puede reem-
plazarme. ¡No lo permitiré! —Señaló al gigante
con una mano temblorosa—. ¡Guardias! ¡Arresten a
236
esta… criatura!
Los soldados comenzaron a moverse desde sus
posiciones en los flancos de la sala. Sin siquiera
dirigirles una mirada, Xantine empuñó el Placer de
la Carne y disparó: uno, dos, tres, cuatro. Cuatro
cabezas se abrieron en sincronía, esparciendo masa
encefálica y fragmentos óseos como pétalos de flor
antes de salpicar las túnicas y vestidos de los pre-
sentes en el banquete, un contraste carmesí sobre
blanco, rosa y magenta. Gritos resonaron entre los
invitados, desgarradores, que sacaron a S’janth de
su estado de reposo.
—¿Es dolor, mi amor? —susurró ella, suavemente.
—Lo es —confirmó Xantine.
—Perfecto —suspiró, complacida.
Xantine deslizó una mano enguantada por la
mejilla de Durant. Este había palidecido. En un
tono teatral, lo suficientemente alto para que toda la
sala lo escuchara, susurró:
—Querido, tu propio pueblo se ha vuelto contra ti.
Un líder debe ser amado. Escucha el clamor fuera. No
te aman a ti. Me aman a mí. ¿Cómo podría permitir
que siguieras en el poder?
Durant tembló cuando la enorme mano acarició su
mejilla. El contacto fue sorprendentemente suave.
—¿Tú, gobernándonos? Esto es una locura. ¿Por
qué has venido de los cielos para salvarnos, solo para
someter nuestro mundo?
237
Xantine descargó un golpe en el rostro de Durant.
El impacto torció la cabeza del hombre con tal violen-
cia que esta se separó de su cuello, lanzándose hacia
arriba como si buscara alcanzar la órbita. Solo los
tendones de la columna vertebral impidieron que el
cráneo saliera disparado, deteniendo su movimiento
y permitiendo que la gravedad hiciera su trabajo.
La cabeza de Durant quedó apoyada en su propio
hombro, ligeramente inclinada. Sus ojos muertos
miraron a Xantine con una expresión inquisitiva.
Dirigió su mirada hacia el senado, silenciando
todos los murmullos.
—¡Abran las puertas! —vociferó, señalando las
imponentes puertas de madera al fondo de la sala.
En su superficie oscura estaba tallada la imagen del
Salvador de cuatro brazos, con un rostro impasible
que no emitía juicio alguno. Los soldados restantes
vacilaron, y Xantine alzó de nuevo el Placer de la
Carne.
—Abran las puertas —repitió con firmeza, su voz
amplificada resonando con una disonancia emocio-
nante. El arma palpito en su mano, y sus entrañas
deformadas emitieron un latido ansioso. Esta vez
los humanos no tardaron en obedecer: varios sol-
dados se adelantaron y, con manos temblorosas,
accionaron cerraduras y cerrojos hasta que las puer-
tas, adornadas con intrincados relieves, se abrieron
de par en par, revelando el intenso cielo azul del
238
atardecer.
Con el color llegó el sonido: la cacofonía de cientos
de personas gritando al cielo su satisfacción por
seguir con vida. El clamor se intensificó cuando
la multitud se percató de que las puertas no solo
se abrían, sino que lo hacían para ellos. Xantine
empleó sus poderes para amplificar su voz una vez
más, dando la bienvenida a su pueblo a una cámara
que antes les había sido vedada.
—¡Ciudadanos de Serrine! —rugió Xantine—. Les
doy acceso a esta celebración. Por favor, únanse a
nuestro festín.
Un clamor de aprobación se extendió entre la multi-
tud, y Xantine se regocijó al escuchar que su nombre
seguía en boca de todos. Se movió entre la multitud
con naturalidad, como una fuerza imparable.
—¡XANTINE! —resonó el grito mientras la noticia
de su invitación se propagaba entre las filas más
cercanas.
—¡XANTINE! —se unieron otros a la llamada,
convirtiendo el grito en un estandarte de guerra para
muchos, para todos.
—¡XANTINE! —clamaron al avanzar como una
fuerza unificada hacia la abertura de la puerta. La
multitud, al ver a los soldados antes imponentes
ahora demasiado atónitos para detenerlos, abrió
de par en par las puertas de madera. La visión del
esplendor interior desató el frenesí entre la multitud,
239
que se precipitó y trepó sobre los demás en un intento
desesperado de acercarse al poder, de poder decir que
estuvieron presentes cuando su mundo fue salvado.
Hubo huesos rotos y piel desgarrada mientras los
más débiles quedaban atrapados bajo las pisadas o
contra las paredes, pero sus gritos se perdieron en el
estruendo jubiloso de sus compañeros y vecinos.
—¡XANTINE! ¡XANTINE! ¡XANTINE!
La muchedumbre invadió las puertas y se espar-
ció como un torrente por los espacios del Senado,
llenando pasillos y galerías, ascendiendo escaleras
y derribando mesas a su paso. Los presentes los
observaban con los ojos bien abiertos, pero pronto
se adaptaron. Algunos se servían de los tesoros
dorados repletos de manjares, agarraban bandejas
con copas de amasec o detenían al personal de servi-
cio, visiblemente preocupado, que portaba platos de
manjares asados. Otros intentaban iniciar animadas
conversaciones con los miembros del Senado o se
acomodaban en las suntuosas butacas diseñadas para
los de alta alcurnia.
Los nobles congregados reaccionaron como si
aquellos intrusos fueran plagas, alzando las túnicas
y encaramándose en sillas, por temor a que alguno
de los plebeyos se les acercara o, en el peor de
los casos, los tocara. Algunos huían presurosos
hacia las salidas, solo para encontrarse con el paso
bloqueado por la marea que había irrumpido por las
240
puertas laterales y las salidas de emergencia. Otros
permanecían aturdidos por la caída del gobernador
del planeta, parpadeando, mal preparados por una
vida de opulencia para enfrentar la cruda realidad
que les aguardaba.
Xantine agarró el cuerpo inerte de Durant por
el cabello y lo alzó desde su trono. Con una sola
mano, lo examinó detenidamente. Una mandíbula
débil. Una nariz abultada. Las cicatrices apenas
perceptibles del bisturí de un cirujano, marcando la
línea del cabello. Nada elegante. Feo. Con desprecio,
dejó caer el cadáver por las escaleras, observando
cómo se retorcía mientras descendía hasta descansar
de espaldas, con el cuello roto colgando, los ojos sin
vida fijos en el pueblo que una vez fue de Durant.
Se acomodó en el trono ahora vacío y se dirigió a
sus nuevos súbditos.
—El pueblo de Serrine merece más. Merece un
mundo mejor. Y yo se lo daré —proclamó, mien-
tras la sala quedaba en un silencio expectante. Ese
silencio podía nacer de la reverencia o del temor,
cualquiera de las dos opciones era aceptable para él.
Continuó, manteniendo a la multitud pendiente de
sus palabras—. La fuerza, la habilidad y el talento
serán recompensados. Cualquier persona puede
desafiar a otra por su posición, siempre y cuando
puedan superarla en un desafío previamente acor-
dado.
241
Se puso de pie, imitando la postura de la estatua del
Salvador que pendía sobre la cámara, con los brazos
en alto para recibir su adoración.
—Seré el árbitro de estos desafíos y conduciré a
Serrine hacia una nueva era.
—Xantine —susurró la multitud, mientras el coro
de antes cobraba fuerza nuevamente.
—Lloren hoy por su dolor, pero alégrense de que
su sufrimiento me haya llevado hasta aquí, porque
traeré una sociedad renovada. Una sociedad justa.
Una sociedad perfecta —concluyó, y el coro resonó
con más fuerza que nunca.
—¡XANTINE! ¡XANTINE! ¡XANTINE!
242
II
Part Two
Capítulo 12
A
sí comienza el decimocuarto Consejo de los
Más Sabios —la voz resonó por la cámara del
último piso, sacudiendo las ventanas con su fuerza,
lo que llevó a los residentes humanos a cubrirse los
oídos con las manos—. Observen, ciudadanos de
Serrine: el gobernador Pierod, nuestros venerables
barones Vavisk, Sarquil, Torachon, la dama Fedra
y el honorable señor Xantine. Que gobiernen con
sabiduría por los siglos de los siglos.
La mujer que había hablado cayó de rodillas, jade-
ando, cada respiración escapando de su cuerpo con
un estallido de estática. No tenía otra opción: su
boca y su nariz habían sido reemplazadas por una
unidad vox dorada y circular que emitía chasquidos
y gemidos incluso en reposo. Esta unidad estaba
conectada a su cuello por cables dorados y plateados
que se perdían bajo la carne flácida de su garganta,
donde se conectaban a sus pulmones aumentados.
Un cinturón de bolsas de nutrientes colgaba de su
cintura, llevando sustento directamente a su estó-
245
mago como un portador de munición.
Anjou D’urbique era la oradora personal de Xantine.
El puesto era un gran honor, pero Anjou ya era mayor
cuando su familia la designó para ello, y las extensas
cirugías necesarias para ocupar adecuadamente el
cargo habían dejado huellas en su cuerpo. Nece-
sitó más de un minuto para calmarse, con los ojos
enrojecidos y el pecho aún agitado, antes de poder
levantarse. A pesar de ser ciudadana de Serrine,
era de baja estatura, un detalle raro en un mundo
donde la terapia génica y el tratamiento Rejuvenat
eran comunes. Se tambaleó durante varios minutos
antes de salir de la cámara, apoyada por mujeres
musculosas vestidas con túnicas de seda blanca.
Xantine observó su partida con desagrado. No le
gustaba comenzar el día con señales de debilidad.
—La buena Dama D’urbique puede haber perdido
su eficacia —murmuró a una figura corpulenta con
una máscara dorada a su lado—. Veamos si podemos
organizar un desafío en los próximos días. He oído
que la Casa Gillone está ansiosa por avanzar.
—Sí, señor —respondió la figura con un murmullo,
antes de retirarse para hacer los preparativos.
Xantine estaba sumido en un estado de ánimo
sombrío. S’janth, su oscura contraparte, mostraba
una inquietud inusual, agitándose en su interior con
una fuerza incontrolable. El demonio se alimentaba
de poder, nutriéndose del sufrimiento y el deleite
246
de las incontables almas de la escalonada ciudad de
Serrine, imponiendo su voluntad con mayor frecuen-
cia. A menudo, perdía horas enteras mientras ella
era arrastrada, luchando por recuperar el control de
su propio ser, vagando por los oscuros callejones y
las luminosas calles de su mundo, satisfaciendo sus
oscuros anhelos en su propia gente. Esta pérdida de
dominio la torturaba. Su ánimo se oscureció aún más
cuando Sarquil tomó la palabra.
—Hay un asunto urgente que tratar —anunció el
gigante de cabeza plateada—. Nuestro suministro
de esclavos está menguando más rápido de lo que
podemos reemplazarlo, incluso con programas de
cría mejorados. Solo nos quedan doscientos doce
esclavos en Exhortación, de los tres mil cuatrocientos
diecisiete que originalmente llegaron a este mundo
—Sarquil esbozó una sonrisa fría—. En el lado posi-
tivo, la disminución en el número de muertes alivia
la presión sobre nuestros problemas de suministro
de alimentos.
—¿Qué sugieres? —gruñó Vavisk.
Xantine lanzó una mirada venenosa a su viejo
amigo, esperando que dejara de alentar al intendente.
Pero fue en vano.
—Propongo que desmantelamos esta ilusión
de civilización, esclavicemos a la mayoría de la
población de la ciudad, intensifiquemos nuestros
esfuerzos para rehabilitar Exhortación y solicitemos
247
ayuda a nuestras bandas guerreras hermanas. Se
rumorea que la Hueste de los Intachables30 ha
realizado incursiones en esta región. Podrían
responder a nuestro llamado —propuso Sarquil.
Xantine cerró los ojos durante un momento pro-
longado y respiró profundamente. Sarquil siempre
había mostrado una perspectiva peculiar, pero desde
que los Adorados fueron expulsadas de Serrine, se
había vuelto verdaderamente obsesivo.
—Hermano —suspiró—, ¿cuántas veces hemos
tenido esta misma conversación? Te lo pregunto
porque estoy seguro de que has llevado un registro
meticuloso de mis respuestas a este tipo de pregun-
30
Hueste de los Intachables (Flawless Host): Es una partida de
guerra de Marines Espaciales del Caos al servicio de Slaanesh.
La Hueste de los Intachables cree que son la encarnación de
la justicia y la pureza. Su semilla genética estuvo en el pasado
libre de la mancha del Caos, y el rígido entrenamiento mental
de su anterior encarnación como los Marines Espaciales leales
conocidos como las Espadas Brillantes (Shining Blades en
inglés), dieron al Capítulo una fe inamovible en sus propias
capacidades. Obtuvieron tantas victorias en combate que
se convencieron a sí mismos de que no podían fracasar,
lo que desembocó en las Masacres de Berillia del 489.M34.
Su arrogante orgullo y sus testarudos delirios hicieron que
atacaran en un frenesí de indignación a todos aquellos que
cuestionaran su magnificencia. Desde que decidieron cambiar
su nombre por el de la Hueste de los Intachables, han herido al
Imperio como hedonistas servidores de Slaanesh, creyéndose
aún como pináculos de la perfección.
248
tas. Y la respuesta siempre es la misma. ¿Qué te hace
pensar que cambiaré de opinión ahora?
—Espero que llegues a ver la razón —espetó Sar-
quil con firmeza.
—No hablas de esclavos, sino de mi pueblo. Yo les
ofrezco una sociedad justa. El Emperador Cadáver
somete a los no iluminados, los despedaza para
alimentar su vacía máquina de guerra. Pero yo he
visto la verdad: la galaxia rebosa dolor y placer. He
liberado a la humanidad y le he permitido saborearlo.
Sarquil golpeó con su enorme puño el brazo de su
silla, haciendo que esta emitiera un quejido de dolor.
—Son esclavos, Xantine, ¡y no hay más! Estás
cegado por tu compasión, pero yo veo claramente
el camino: debemos aprovechar las riquezas de
este mundo para fortalecernos y reconstruirnos, y
unirnos a nuestros hermanos de la Legión Negra.
—Sólo busca tu poder, mi amor —susurró S’janth,
tomando por sorpresa a Xantine con sus palabras que
rozaban su cuello como un dedo.
—¿Lo ves, Torachon? —Inquirió Sarquil, dirigién-
dose al joven Marine Espacial.
La expresión de Torachon mostraba confusión
mientras buscaba una respuesta adecuada, pero un
ligero asentimiento de Xantine lo llevó a afirmar:
—No, hermano Sarquil. El gobierno de Lord Xan-
tine es absoluto. Si él decide que debemos per-
manecer en este mundo, entonces así será.
249
—Sólo la ignorancia de la juventud —desestimó
Sarquil, buscando apoyo en el consejo. Su mirada se
posó en Fedra, quien le devolvió una sonrisa cruel,
evidenciando la falta de simpatía entre ellos. Luego,
volteó hacia Vavisk.
—Vavisk, sé que la llamada de Slaanesh te tienta.
Tus Ruidosos Marinos están inquietos; sus cánticos
resuenan por toda la ciudad. Ansían compartir su
música con las estrellas.
Las voces emanando de la voxreja de Vavisk mur-
muraron respuestas y objeciones. Xantine se pre-
guntaba si hablaban en nombre de su hermano o
por sí mismas, pero sabía que no podía permitirse
aceptar su respuesta. Así que esperó.
Con los ojos inyectados en sangre, Vavisk fijó su
mirada en el suelo y habló a través de su rejilla de
vox.
—Aguantaremos —afirmó con determinación.
Xantine cerró los ojos y respiró profundamente,
mostrando una exasperación teatral. Cuando los
abrió, lanzó a Sarquil una mirada fulminante.
—¿Has terminado, intendente? Aquí no encon-
trarás aliados —sentenció.
Se puso en pie, sus manos enfundadas en los guan-
teletes que rodeaban la empuñadura de Angustia.
—¿Quieres desbancarme? —espetó—. ¿Quieres
arrebatarme este edén que he forjado?
—No anhelo dirigir este abismo —contestó Sar-
250
quil, con incredulidad—. Quiero marcharme.
—Miente —susurró S’janth.
—Conozco tus maquinaciones, Sarquil. Veo cómo
tramás y conspiras para arrebatarme esta joya, cómo
intentas ganarte el favor de nuestros leales her-
manos. ¿Piensas que mi dominio es tan frágil que
tú, un pedante de mente estrecha, un materialista
torpe, un contador de frijoles glorificado, podrías
usurparlo? —Aferró el estoque con ambas manos y
adoptó la postura de los Palatinos de su Legión en sus
días gloriosos. Un claro gesto de amenaza. Sarquil
debería retroceder.
—¡Bien hecho, mi amor, bien hecho! —S’janth se
deleitaba en el furor de Xantine, lo sabía.
Pero el Exterminador no cedió terreno.
—¡Basta! —rugió Sarquil. Se levantó de su asiento,
su usual calma alterada—. ¿Ocho años en este mundo
devastado, para qué? ¿Para que levantes un mísero
monumento a los Chemos de Fulgrim? Mira a tu
alrededor, Xantine: buscas la adoración de mortales
idiotizados y los despojos de nuestra Legión. Este
mundo se descompone, y tú eres el cáncer en su
núcleo.
—Soy adorado.
—Eres despreciado. Abaddon conocía la verdadera
naturaleza de la Tercera…
—¡No pronuncies el nombre del traidor en mi pres-
encia! —Tronó Xantine. Se inclinó hacia adelante y
251
envainó Angustia con sus guanteletes, apuntando
el arma al cuello acorazado de Sarquil. El arma
zumbaba en su agarre, a escasos centímetros de la
placa de Tartaros que resguardaba el cuello de su
hermano.
Sarquil lo miró impasible. Sin mediar palabra, el
gigante activó el campo de energía de su Puño de
Combate. Llamaradas verdes danzaron entre sus
dedos al encenderse.
—No eres un príncipe, Xantine, y ya no seguiré
tus órdenes —declaró Sarquil antes de girarse y
abandonar la estancia.
252
Capítulo 13
E
l ataque tuvo lugar la noche. Sarquil tenía
claro que Xantine se reclinaría en su recámara,
saboreando los últimos manjares de la colección
de Qaran Tun. Era la ocasión perfecta para atacar,
mientras su líder se perdía en los confines entre las
almas que habitaban su ser.
Para Sarquil, alcanzar la cámara de Xantine resultó
sencillo. Con menos de cincuenta Adorados en Ser-
rine, la mayoría, grotescos transhumanos marcados
por la disformidad en comparación con los mortales,
tenían libertad dentro de la ciudad. Solo se encontró
con un desafío al llegar a las escaleras de la cámara
de Xantine, donde dos guardias mejorados, casi de su
misma estatura, bloquearon su camino. Los derrotó
sin miramientos, uno con su Puño de Combate y al
otro con el cañón de su arma de cadena, antes de
proseguir hacia lo alto del edificio.
Aun llevando su armadura de Exterminador, Sar-
quil se deslizaba en silencio. Xantine siempre había
apreciado esa habilidad en su hermano. Pero había
253
otras cualidades que valoraba también. Sarquil era
fuerte, obstinado y enfocado al extremo. Su hermano
no podía vislumbrar más allá de su propio plan,
incapaz de tolerar cualquier desviación de la rutina.
Xantine jugaba con esa peculiaridad.
Como era de esperarse, Sarquil encontró a Xantine
debilitado, listo para ser eliminado. El Maestro de
Guerra se desplomaba en su trono, la bilis negra
goteaba de la comisura de sus labios. Había ingerido
otro manjar daemónico: una criatura achaparrada y
ondulante que Qaran Tun había desenterrado de la
disformidad durante sus incursiones previas. Xan-
tine había gritado al devorar su esencia y gimió al
verse arrancado de su propia realidad.
La batalla fue breve, pero dejó a Xantine exhausto,
su cuerpo y alma agotados por la digestión metafísica.
Apenas pudo levantar un brazo cuando su hermano
irrumpió en la habitación, inclinando la cabeza para
seguir el paso del Exterminador. Su melena negra le
caía sobre el ojo izquierdo. Sin embargo, fue él quien
rompió el silencio primero.
—Al menos tienes el decoro de blandir la espada
tú mismo —dijo Xantine, con su voz reducida a un
graznido. Un líquido negro goteaba de sus labios
hasta la ceramita púrpura de su armadura, donde
burbujeaba y siseaba.
Sarquil alzó el cañón con precaución. Los servos
de su armadura Tartaros zumbaban en silencio bajo
254
el esfuerzo. Movió el arma de un lado a otro mientras
avanzaba hacia la habitación. Era espaciosa, ya de
por sí ostentosa antes de que Xantine se estableciera
en ella. El Marine Espacial no hizo más que acen-
tuar su grandiosidad. Esculturas y estatuas se alza-
ban majestuosamente entre pedestales, adornadas
con huevos de oro, homúnculos charlatanes y otras
rarezas similares, frente a vastos ventanales que
dominaban la estancia.
Convencido de que estaban solos, Sarquil habló.
—No me dejaste otra opción.
—Siempre estuviste destinado a traicionarme
—susurró Xantine con la mandíbula floja—. Solo era
cuestión… de cuándo.
—Tonto. Te seguí. Prometiste que nuestra Legión
recuperaría su gloria, que volvería a ocupar el lugar
que le correspondía como vanguardia de la Larga
Guerra. Me prometiste un ejército, una flota, una
guerra que valiera la pena luchar —Sarquil suspiró,
un sonido extrañamente humano—. Palabras boni-
tas con motivos superficiales. Eres igual que el resto
de ellos. Eidolon y Lucius, Kaesoron y Fabius.
Dio un paso adelante, con el cañón en alto.
—Mezquino.
Otro paso.
—Superficial.
Un paso más.
—Débil.
255
Ahora se encontraba a diez metros de Xantine, al
pie de la rampa alfombrada que conducía al trono del
Señor de Serrine.
—Odio este mundo, Xantine. Odio a sus mortales
quejumbrosos y lastimeros. Odio sus cuatrocientos
nueve millones de hectáreas de fértiles praderas.
Pero sobre todo, te odio a ti. Te odio por encerrarnos
en este planeta moribundo, mientras la galaxia está
lista para ser saqueada.
Levantó el cañón. Las fauces doradas en la punta
del arma brillaban a la luz de las velas de la cámara.
—Torachon. Qaran Tun. Vavisk. Aún no lo ven,
pero lo verán. No eres más que una pálida im-
itación de nuestro padre. Un niño desesperado por
aprobación.
—Yo… no… soy… Fulgrim —musitó Xantine, su voz
apenas un susurro.
—Te afanas en representar el papel, pero no, ni
siquiera rozas su grandeza.
Xantine curvó sus labios ennegrecidos en una
sonrisa.
—Yo soy mejor.
—¡Ja! —Sarquil soltó una carcajada. Xantine
se dio cuenta de que en milenios de servidumbre
compartida y décadas de lucha hombro a hombro con
aquel hombre, nunca había escuchado ese sonido—.
¿Sabes qué pensaba Padre de ti?
—Confieso que no —dijo Xantine.
256
—Nada —espetó Sarquil—. Fulgrim ni siquiera
conocía tu nombre.
Xantine rió, pero la puñalada fue más profunda
de lo previsto. Escarbó en sus recuerdos, hasta un
tiempo antes de que S’janth entrara en su cuerpo,
antes de la desaparición de Ciudad Cántico, hacia
algo que se movía, que cambiaba. Como la arena.
—¿Es hora ya? —preguntó S’janth, devolviéndolo
al presente.
—Sí, mi amor.
Las palabras brotaron de sus labios, y él se de-
splomó con ellas, fuera de su cuerpo. Los colores se
desvanecieron, los sonidos se desdibujaron, el sabor,
el olor y el tacto se tornaron en meros recuerdos. Ob-
servó su cuerpo a través de un velo sombrío mientras
el demonio crecía para apoderarse de él, lo absorbía
para sí.
S’janth se erguía, con las rodillas flexionadas bajo
la armadura, Angustia sostenida en una mano y el
Placer de la Carne en la otra.
—Puedo asegurarte, hombrecito —dijo el demonio—
, que él conoce bien el mío.
257
Capítulo 14
S
arquil apretó el gatillo del cañón, y los antiguos
cañones comenzaron a girar. El gemido era casi
musical, meticulosamente mantenido por Sarquil,
pero tomó un momento llegar a su punto álgido.
Eso era todo lo que S’janth necesitaba. El cuerpo
transhumano que habitaba no era tan impecable
como su forma anterior, pero aún conservaba rapi-
dez y fuerza. Aunque a veces discrepaban, cuando
sus objetivos se alineaban, podían llevar la forma
Espacial Marina de Xantine a hazañas de fuerza y
destreza inigualables por cualquier mente mortal.
Saltó del trono y se lanzó en un rollo mientras los
primeros proyectiles salían del cañón. Rasgaron la
gruesa alfombra, enviando mechones de tela al aire
perfumado de la cámara. Siguió en movimiento, con
las piernas acorazadas bombeando y el cabello negro
ondeando tras él, hasta que alcanzó una plataforma
dura: un enorme símbolo de Slaanesh hecho con
huesos de aeldari. Se dejó caer en cuclillas, con
la espalda contra la reliquia. El Placer de la Carne
258
resonaba en su mano, sintiendo una fugaz conexión
con el demonio que moraba en el arma.
El cañón de cadena entonó de nuevo su canción y
el símbolo estalló, enviando fragmentos de hueso
contra su armadura. Más sufrimiento para esa raza
ignorante. Delicioso. Se movió de nuevo, disparando
la pistola poseída mientras corría. Cada disparo
encontraba su objetivo, y el arma vibraba con la
anticipación de oler la sangre hiperoxigenada en
el aire, pero la gruesa placa de Tartaros de Sarquil
absorbía el impacto de los proyectiles reactivos a la
masa, dejando al arma decepcionada.
—No te desanimes, pequeña —murmuró, de-
teniéndose detrás de una efigie plateada agrandada
del propio Xantine—. Siempre hay más dolor.
Sarquil avanzó, tan silencioso como siempre.
—¿Es así como lidera el glorioso Xantine? ¿Permi-
tiendo que sus Nunca Nacidos luchen en su nombre?
—Inyectó veneno en su voz—. ¿Sientes que tienes el
control?
Un ligero temblor se filtró en su voz, apenas per-
ceptible. No era miedo; el Anatema había cultivado
cruelmente la más exquisita de las emociones en
estas insípidas creaciones, pero algo similar se in-
sinuaba. Incertidumbre. Esto no transcurría como
Sarquil había anticipado.
Tampoco era lo que Xantine había previsto, lo sen-
tía. Percibía su conciencia fluctuando suavemente
259
dentro de ella, agitada y confundida. Habían llegado
a un acuerdo, sí, pero ella prolongaba el placer,
jugueteando con su presa.
Era sublime. Su forma daemónica había sido to-
talmente aniquilada por sus captores aeldari, y los
milenios de cautiverio subsiguiente la habían de-
bilitado demasiado como para tomar posesión del
cuerpo de su nuevo anfitrión. Sin embargo, la ciudad
la había alimentado, tan cercana que podía saborear
su sufrimiento y su desdicha, su placer y su júbilo.
Había ocultado su fuerza a todos, incluso a su
huésped, y ahora la desataba en esta forma vital,
palpitante y musculosa. Sus corazones gemelos
latían con sangre caliente, sus fibras musculares se
agitaban en anticipación, sus sentidos reverberaban
con aromas y sabores, imágenes y sonidos.
Se volteó y embistió el hombro contra el pedestal
de la estatua. La ceramita rosa de su armadura
rozó el metal, y ella empujó. La estatua se tam-
baleó, inclinándose hacia adelante y luego hacia
ella. Aprovechando el impulso, empujó de nuevo:
un tremendo empujón hizo que la representación
de Xantine cayera hacia Sarquil. El Exterminador
blandió su Puño de Combate contra la obra de arte,
aplastando su pecho inerte con un crujido desco-
munal y desviando su volumen para que cayera
inofensivamente al suelo de la cámara. La cabeza de
la estatua se desprendió y rodó perezosamente hasta
260
detenerse, con el rostro congelado en una sonrisa
beatífica.
S’janth aprovechó la distracción y plantó una bota
blindada en el pedestal derribado, antes de lanzarse
hacia adelante, apoyando su peso en la afilada punta
de su estoque. Apuntó el arma al pecho de Sarquil,
ansiando sentir el beso de la sangre y el hueso al
atravesar la caja torácica fusionada y los órganos
dilatados del Marine Espacial.
La embestida fue repelida. Aunque Sarquil estaba
fuera de equilibrio y no pudo desplegar su Puño
de Combate, el Exterminador reaccionó con asom-
brosa celeridad. En su lugar, alzó su cañón sierra,
interponiéndolo entre su cuerpo y la punta de la
hoja. Resultó ser suficiente. El estoque perforó la
carcasa del arma antes de deslizarse por el brazo
derecho de Sarquil, labrando un profundo surco en
la ceramita púrpura. La herramienta chisporroteó
y siseó, liberando gases. Sarquil rugió de dolor y
frustración.
Una sonrisa se insinuó en los labios ennegrecidos
al escucharlo. No era el tipo de dolor que ella ansiaba;
deseaba la agonía cruda y húmeda de una herida de
muerte lenta. Sin embargo, la reacción del marine
espacial indicaba que había tocado algo profundo,
algo importante. Eso era bueno.
S’janth se movió con agilidad, rodando y adop-
tando una postura de combate, disparando el Placer
261
de la Carne desde la cadera. Los proyectiles reactivos
impactaron contra el pecho de Sarquil, perforando
la placa impecable. En el éter, volvieron a resonar
punzadas de dolor, pero ninguna lo suficientemente
intensa como para derribar a la guerrera. Necesitaba
acercarse más, sentir el aliento cálido en su rostro
mientras él moría.
Avanzó, sus dedos hundiéndose en la densa al-
fombra, y corrió como una bestia, con sus cuatro
extremidades bombeando para acortar la distancia
entre ellos. Sus ojos alternaban entre el Puño de
Combate y el cañón sierra mientras se aproximaba,
anticipando el momento preciso para esquivar antes
de clavar el estoque en su presa.
No anticipó la bota. Sarquil lanzó su pierna como
un tronco de árbol hacia adelante, atrapándola en
pleno avance. Su propia velocidad, antinatural, im-
posible, inhumana, jugó en su contra y la derribó al
suelo, sin aliento. Maldiciones salieron de sus labios
por su momentánea debilidad mortal cuando Sarquil
presionó la bota contra su pecho, sintiendo ceder la
sólida jaula ósea de sus costillas bajo el inmenso peso
tanto del gigante como de su ornamentada armadura.
—No tan rápido, ¿eh? —Gruñó Sarquil—. Es una
lástima destruir una de las creaciones de Slaanesh,
pero no puedo confiar en ti, demonio.
Elevó el cañón y lo dirigió hacia su frente. Ella
observó, sus mandíbulas gruñendo, rastreando los
262
seis cañones ennegrecidos hasta las profundidades
del antiguo arma. Un Marine Espacial no rogaría
por su vida, pero ella no era uno; era una criatura de
deseo, placer y dolor, de obsesión e indulgencia, y la
idea del olvido, un reino sin sensaciones, la aterraba.
Ofreció a Sarquil esclavos, armas y soldados.
Le prometió el favor de Slaanesh, aunque no le
perteneciera, y le juró llevarlo ante su padre, aunque
Fulgrim no le concediera audiencia. Le ofreció todo
lo que pudiera anhelar.
Cuando eso falló, cuando Sarquil simplemente la
miró con sus ojos oscuros, ella arañó, rasguñó y
despotricó, con espuma negra brotando de sus labios
oscuros. Todo fue en vano.
Sarquil apretó el gatillo del cañón.
El arma estalló.
El estoque había cortado profundamente, seccio-
nando arterias clave dentro del voluminoso armazón
del cañón, provocando un fallo catastrófico al dis-
pararse finalmente. Sus cañones se doblaron y ar-
quearon hacia fuera como una flor en pleno de-
spliegue; su gatillo, su receptor y su cicladora de mu-
nición simplemente dejaron de existir, atomizados
por la detonación.
La luz y el sonido llenaron sus sentidos. También
hubo dolor. La metralla caliente le desgarró la cara
y le manchó las mejillas con sangre que corría como
lágrimas.
263
Pero en esa habitación había aún más dolor. A
Sarquil le faltaba el brazo derecho, vaporizado hasta
el codo. Lo que quedaba de la extremidad colgaba
inerte contra su costado, con el hueso blanco y rosado
desgarrado por la fuerza de la explosión. Las det-
onaciones continuaron subiendo por el alimentador
de munición del cañón mientras colgaba inerte de
su cintura, estallidos intermitentes que se dirigían
hacia el reactor en la parte trasera de su armadura
Tartaros. Se tambaleó y con el Puño de Combate
se aferró al brazo que le faltaba mientras intentaba
estabilizarse, aullando de agonía.
Sarquil irrumpió entre obras de arte y reliquias,
derribando esculturas y bustos, su furia desatando
la destrucción sobre la riqueza cultural de aquel
mundo. Finalmente, se detuvo, sus pies colosales
plantados y su semblante deformado por la ira. Su
figura se perfilaba contra la ventana, rodeada por
los tonos púrpuras, rosados, negros y dorados de
la Gran Fisura. Pensó en ese lugar, una corriente
cambiante de sensaciones donde podría liberarse de
su forma mortal y reunirse con su patrón y príncipe,
tras milenios de soledad.
Pero aún no era el momento. Primero, debía
disfrutar. Con un movimiento improvisado, lanzó
Angustia con toda su fuerza hacia el cuerpo de Sarquil.
El guerrero reaccionó con lentitud, cegado por el
dolor o la frustración, o quizás ambos, y la hoja,
264
lanzada con precisión, atravesó la armadura de su
estómago. Penetró la piel, los músculos, la sangre y
los órganos, hasta encontrar algo sólido: la columna
vertebral de Sarquil, donde se detuvo.
La luz de las estrellas se reflejaba en su casco
metálico mientras retrocedía, arrastrado por el im-
pulso del estoque lanzado, hacia la ventana. Su
hombro impactó contra el cristal y este se hizo añicos,
permitiendo que el frío de la ciudad penetrara en
la estancia, acariciando su piel como una caricia.
Comenzó a caer al vacío.
Ella se movió más rápido de lo que creía posible
para su cuerpo, atrapando la empuñadura del es-
toque con una mano ensangrentada. El guante quedó
manchado y la seda de su vestimenta teñida de rojo
con las entrañas de Sarquil. El gigante se tambaleaba
en la cornisa, con los pies al borde y el cuerpo sus-
pendido sobre una caída inminente. Sus ojos se
encontraron: los suyos, grandes y suplicantes; los
de ella, rasgados y felinos. Un instante, un estudio
perfecto de los opuestos.
Pero la situación no perduraría. La hoja de Angustia,
incrustada en el cuerpo de Sarquil, se soltó y el
enorme marine espacial se desplomó hacia atrás. La
sangre y los fragmentos de hueso brotaron mientras
la antigua arma abandonaba por completo su cuerpo,
una cascada de rojo y blanco que parecía adornar su
pecho como una flor en caída libre desde la torre del
265
consejo, entre gigantescos edificios residenciales,
vastas redes de tuberías y estatuas del tamaño de
rascacielos.
La mancha púrpura y roja se hizo cada vez más
pequeña, hasta que incluso los ojos mejorados de ella
no pudieron seguir su rastro. Buscó con sus sentidos
agudizados, pero entre los millones de almas de
Serrine, el alma de Sarquil se perdió para ella.
Podría adentrarse en las entrañas de la ciudad en
busca de su presa. Imaginó a Sarquil, debilitado
y moribundo, con los huesos rotos y el cuerpo de-
strozado. Se deleitaría en clavar su espada entre
sus omóplatos, drenando hasta la última gota de
su sangre. Pero tal vez no lo encontraría, o peor
aún, podría estar ya muerto. Una posibilidad tan
desalentadora, ningún placer.
Observó la ciudad, con sus luces apagadas y las
almas titilando como velas en el sueño. Otras ardían
con mayor intensidad, entregadas a los placeres
que Slaanesh promovía. Decidió unirse a ellas. Les
mostraría esos placeres.
266
III
Part Three
Capítulo 15
L
o arrullaba como a un niño, con mimo y
seguridad. Su firmeza contrastaba con su
propia debilidad; él se sentía diminuto y frágil a
su lado. Sin embargo, una profunda satisfacción lo
invadía. Podía dejarse llevar, cerrar los ojos y dejarse
envolver por su calor y protección, como si pudiera
dormir eternamente en sus brazos, en medio de esa
oscuridad reconfortante.
Pero algo estaba mal, algo en su cuerpo. Él conocía
cada centímetro de su ser, cada lunar, cada cicatriz,
mejor que nadie, y algo no estaba bien. Se sentía
liviano, como si parte de él se hubiera desvanecido, y
esa ausencia, dolorosa y aguda, lo llenaba de angustia
y desequilibrio, haciéndolo caer en un abismo de
oscuridad…
Arqat despertó sobresaltado, con un grito a punto
de escapar de sus labios, pero una mano áspera y
firme se interpuso, silenciándolo en un susurro.
—Shh —siseó Sanpow, con urgencia en su voz
ronca, mientras su rostro arrugado se inclinaba sobre
269
él, apenas visible en la penumbra. Retiró su mano
con cautela y con un gesto pidió silencio.
—¿Quién? —Preguntó Arqat.
—Gassers —respondió Sanpow.
—¿Cuántos?
Sanpow levantó tres dedos en respuesta.
Arqat asintió. La adrenalina lo había despertado
por completo, disipando la neblina de la pesadilla.
Sabía cómo reaccionar, cómo mantenerse alerta,
especialmente con los Gassers cerca. No había ne-
gociación posible con ellos, no había moneda de
cambio. No te mataban al instante como otras bandas
que peleaban por el control de la Refinería Cedille
Cinco, pero caer en sus manos era una condena. Te
asfixiaban con su gas hasta que el mundo se volvía
gris y luego te llevaban a sus escondites, donde
despojaban de humanidad a sus víctimas, cortando y
mutilando hasta que dejabas de ser tú.
Los párpados de Sanpow se estrecharon, una señal
inequívoca de que el anciano estaba sintonizando
sus sentidos. Arqat se unió a él, enfocándose en una
mancha de óxido carcomido en la pared de la tubería,
aguardando el indicio revelador del pie vendado
contra el metal.
Pero no llegaba nada. Solo el constante goteo
líquido en alguna parte, su eco mezclándose con los
vestigios de savia en descomposición, creando el
sonido persistente de los entresijos de las refinerías
270
de Serrine. Ese goteo había enfadado a Arqat al
principio cuando llegó a la subciudad; ahora, se
había convertido en una especie de consuelo, el
ritmo de fondo del complejo sistema de tuberías que
constituía su hogar.
El anciano alzó la mano.
—Aquí está —murmuró.
Pero Arqat solo percibía los goterones, el tic—
tac—tic sobre el metal oxidado. ¿Estaba el viejo alu-
cinando, dañado por décadas de vida en las tuberías?
Tal vez deberían sacarlo de allí.
—¿Estás seguro? —Cuestionó, arqueando una
ceja. Habían sido cautelosos, borrando sus rastros
mientras se desplazaban por los intrincados pasillos
de las refinerías subterráneas de Serrine. Cuando en-
contraron el escondite para pasar la noche, Sanpow
había lanzado la celda de energía agotada que habían
usado para abrir la escotilla de mantenimiento.
Sanpow asintió con vehemencia y se cubrió los
oídos. No había ningún sonido.
Paciencia. Entre los golpeteos, hay algo.
Los Gassers se movían en la penumbra con una
habilidad silenciosa. Detestaban los enfrentamien-
tos directos, prefiriendo dejar fuera de combate a
sus víctimas sin mancharse las manos. Eran in-
munes al veneno, o al menos lo más cercano posible.
Vestían trajes de refinería desgastados, parchea-
dos con vendajes y cinta adhesiva, una imagen que
271
Sanpow describía como pesadillesca, con sus ojos
exageradamente abiertos y narices alargadas. Los
jóvenes de la zona especulaban que su aspecto era el
resultado de años de exposición al gas, pero Arqat
sabía que no era así; esos disfraces eran solo una
fachada. Al menos, eso se decía a sí mismo.
En los suburbios de Serrine, todos vivían bajo el
velo de niebla, pero los Gasser se habían sumergido
aún más, adentrándose en las profundidades de las
refinerías. Eran los primeros en caer cuando las
unidades de filtración fallaban, los más desesperados
y rastreros de la ciudad, dispuestos a cambiar sus
cuerpos y sus mentes por una oportunidad de pros-
perar. A pesar del venenoso gas, encontraban tesoros
allí abajo, como habitaciones que harían babear a
cualquier líder de banda, las mismas que desatarían
guerras a gran escala en la superficie.
Pero había un precio que pagar. Los primeros
valientes que se aventuraron allí salieron mal para-
dos, según decían. Arqat era demasiado joven para
haberlos visto, demasiado nuevo en la ciudad sub-
terránea, pero Sanpow le había hablado de horrores
que emergían de las profundidades, criaturas que
aullaban y gorgoteaban, deformadas por el gas que
inhalaban.
De repente, un siseo rompió el silencio. Columnas
de humo verde se alzaban desde una rejilla en la base
de la tubería, a unos cincuenta metros de distancia,
272
cerca de donde habían establecido su refugio para la
noche.
—¡Gas! —Exclamó Arqat, llevándose rápidamente
la mano a la máscara. Buscó a tientas el respirador,
tratando de asegurarlo con un solo movimiento. Sin
embargo, sus manos temblorosas no cooperaban; la
máscara se deslizaba inútilmente. Intentó nueva-
mente, sintiendo el pánico apoderarse de su pecho
mientras el humo espeso engullía el extremo distante
del pasillo. Pero volvió a fallar, sus dedos temblaban
y el aire se tornaba pesado con el sabor del gas.
Entonces, unas manos ásperas sujetaron su
muñeca, y Sanpow lo ayudó a colocarse la máscara
adecuadamente, ajustándola firmemente sobre su
boca y nariz antes de asegurarla en la parte trasera
de su cabeza.
El anciano le dio una palmada reconfortante en
el hombro, y Arqat asintió tembloroso. Sabía que
el respirador no protegería sus pulmones durante
mucho tiempo, pero al menos le otorgaría unos
valiosos segundos de aire limpio.
—Nos vamos —declaró Sanpow, y comenzó a
deslizarse por la estrecha tubería, con Arqat sigu-
iéndolo de cerca. Sanpow estaba en su elemento:
un verdadero hijo de los bajos fondos, había crecido
entre los callejones de la ciudad mucho antes de
que los ángeles llegaran, con años de experiencia
en los rincones más oscuros. Arqat, en cambio,
273
era más alto y fornido, sus hombros angostos de
juventud se habían robustecido con el tiempo y el
entrenamiento. Se agachó, arrastrando los pies
torpemente detrás de su guía, hasta que casi tropezó
con la espalda encorvada del anciano. La tubería era
angosta, pero comprendió por qué Sanpow se había
detenido: más gas, en densas nubes que les cerraban
el paso, cortando su huida. La tripulación Gasser los
había rodeado y ahora intentaba acorralarlos.
El anciano se giró hacia Arqat, compartiendo una
mirada significativa. Juntos, observaron las escotil-
las de mantenimiento bajo sus pies. Estas com-
puertas, instaladas para que los equipos de trabajo
pudieran inspeccionar cada tramo de los extensos
conductos que llevaban la valiosa savia de Serrine a
la superficie para su comercialización, ahora yacían
oxidadas y selladas. Se asintieron en silencio, el plan
se entendió sin necesidad de palabras.
Sanpow se posicionó sobre una rejilla y señaló otra
a Arqat, como lo habían ensayado antes. Era un en-
foque táctico para sembrar confusión, minimizando
el uso de la violencia, y luego hacer su escapada, tal
como les enseñó Galletti durante los ejercicios.
—¿Por qué limitarlo? ¿Por qué no enfrentarlos
directamente? Somos fuertes, más que los Gasser,
incluso que los Screamers —había argumentado,
encontrando eco en los otros jóvenes. Sin embargo,
Galletti había revirado con un gesto de fastidio y una
274
explicación tajante:
—No llegamos hasta aquí peleando.
Sanpow captó la mirada inquieta de Arqat con un
gesto de la mano, indicando con claridad: al suelo
y a correr. Se reunirían en el punto acordado, cerca
de su propio territorio. Arqat asintió, agachándose
para retirar la rejilla con determinación, listo para
dejarse caer al pasadizo de mantenimiento que se
encontraba debajo.
Bajo él se dibujaba un rostro. En su superficie, de
líneas indistintas, resplandecían unos ojos desco-
munales, su negrura intensa reflejando el último
destello de luz que parpadeaba en el pasillo. El
Gasser inclinó la cabeza, curioso. Sostenía algo en
sus manos, una botella plateada y opaca.
Arqat se dejó caer sobre el Gasser, sus botas
impactaron contra el torso del objetivo, y ambos
chocaron contra el suelo con un sordo estrépito que
reverberó en el pasillo.
Unos metros más abajo, Arqat escuchó la caída
del anciano: un golpe sordo seguido de un crujido.
Vio cómo la máscara de Sanpow se deslizaba de
sus manos, rodando por el suelo hasta detenerse
bruscamente bajo una bota vendada. El dueño de
la bota se giró para observar al anciano en el suelo, y
pateó el respirador, haciendo crujir la placa de cristal.
Sanpow intentó incorporarse, pero su pierna cedió
bajo él, doblándose en un ángulo antinatural. Arqat
275
no era sanador, pero desde donde estaba, podía ver
claramente que estaba fracturada. No había más
opción que cargar con él.
Se levantó, sacudiendo el impacto de la colisión,
y se dirigió hacia su amigo caído. Apenas dio un
paso cuando unos brazos delgados lo rodearon y lo
inmovilizaron. Luchó, pero los brazos del Gasser
eran fuertes como cables, y escuchó un risueño
resoplido en su oído. Con disgusto, se dio cuenta
de que era una risa.
El primer Gasser se puso en pie, con movimientos
espasmódicos y sus enormes ojos negros lo observ-
aban, haciéndolo parecer una de las gigantescas
arañas de refinería que habitaban en los túneles más
oscuros bajo la ciudad. Arqat había sentido terror
por esas criaturas cuando llegó por primera vez a
la ciudad subterránea. Ahora, simplemente no le
agradaban.
Arrodillándose sobre las piernas del anciano, el
Gasser rodeó el cuello de Sanpow con un brazo,
girando su rostro hacia Arqat. Los ojos de Sanpow,
siempre agudos y serenos, ahora irradiaban frenesí
en la penumbra.
Extrayendo una pequeña botella de plata de su
bandolera, el Gasser la posicionó justo debajo de la
barbilla de Sanpow. Sin apartar sus ojos de insecto de
Arqat, retiró el tapón de la botella con un movimiento
cuidadoso. Un sutil siseo llenó el aire, y un denso
276
humo púrpura se elevó hasta el rostro del anciano.
En un instante, Sanpow envejeció una década. Su
piel, ya curtida por décadas bajo tierra, se arrugó aún
más al contacto con el gas.
—¡Corre! — Jadeó Sanpow, su lengua entorpecida
mientras luchaba por hablar—. ¡Huye!
—No —gritó Arqat, forcejeando entre los brazos de
su captor. La risa sibilante en su oído se intensificaba.
La carne del rostro de Sanpow se descompuso ante
los ojos de Arqat, ennegreciéndose y desintegrándose
para revelar el hueso blanco de su cráneo, su amigo
consumido por el gas.
Arqat volvió a gritar, aullando a través de su respi-
rador con una furia impotente mientras luchaba en
las garras del Gasser. Dedos nudosos le cubrieron la
cara y le arrancaron la máscara mientras intentaban
silenciar sus gritos.
De repente, el aire del túnel llenó sus sentidos:
húmedo, pesado y cargado. La conciencia de Arqat
vaciló y un recuerdo afloró: incensarios oscilando, el
olor nauseabundo del incienso y la imagen de Tumas,
el anciano sacerdote. Había sido tan débil, incapaz
de salvar a su rebaño. Arqat lo odiaba.
Aprovechando la oportunidad, Arqat agarró su
machete con su brazo sano y lo blandió sobre su
hombro, apuñalando el aire repetidamente hasta dar
con su objetivo. Un grito resonó y los brazos del
Gasser se soltaron de su cuerpo. Arqat se volteó para
277
enfrentar a su atacante, cuyas manos se aferraban a
lo que quedaba de su rostro, la sangre brotando entre
los dedos vendados.
El otro Gasser soltó la cabeza arrugada de Sanpow
y extrajo una pistola automática de su traje protector,
pero el arma, como gran parte del equipo de los
Gasser, estaba en mal estado. Al intentar disparar, el
gatillo chasqueó con la bala atascada en la recámara.
Golpeó la pistola contra su palma y trató nuevamente,
pero Arqat se lanzó sobre él, rodeando su cintura con
su brazo bueno y derribándolo al suelo viscoso del
túnel.
La lucha se desarrolló junto al cadáver de su men-
tor, su amigo. Arqat contempló la devastación en
el rostro de Sanpow, lo que lo impulsó a luchar con
una furia indómita, golpeando sin piedad el torso,
el cuello y la cabeza del Gasser. Era tan ágil como
su compañero, magro y poderoso, y respondía con
igual ferocidad; los gruñidos de esfuerzo y rabia de
Arqat eran contrarrestados por el siseo infernal e
inhumano del Gasser. Este último extrajo un cuchillo
de su túnica y lanzó un tajo salvaje que alcanzó el
abdomen de Arqat.
Aunque esperaba que la herida lo frenara, el do-
lor lo avivó como un fuego, impulsándolo a seguir
adelante. Con un golpe de codo, aplastó el cartílago
del cuello del Gasser, dificultando su respiración.
El Gasser gorgoteó y Arqat sonrió con malicia. Si
278
bien ya había matado antes, como todos en ese
lugar, esta vez lo disfrutaría. Rodó y enlazó sus
piernas alrededor del Gasser, posicionándose sobre
su enemigo enmascarado, con su rodilla presionando
su garganta. Golpeó la máscara insectoide con el
puño con suficiente fuerza como para escuchar un
crujido. Los ojos de cristal del Gasser permanecían
impasibles.
El Gasser continuó su siseo.
—Deja de reírte —gritó Arqat, y con renovada
fuerza, arrancó la máscara del Gasser agarrando el
sello de goma del lateral. La nariz del Gasser se
desprendió con parte de la máscara. La sangre brotó,
oscura como tinta contra la piel pálida del hombre
que había debajo. Unos ojos rosados y brumosos lo
miraron con diversión, al menos así lo pareció a Arqat
más allá de la sangre, y rugió de rabia.
—¡Detente, detente, detente!
Arqat fijó el enorme agujero en la cara del Gasser
como su objetivo, golpeando repetidamente con su
puño el cráneo del hombre. Solo cesó cuando ya
no quedaba nada más que restos de carne y huesos
destrozados, y alzó la mirada. El último Gasser había
observado la decapitación de su compañero con un
horror mudo. Ahora, preso del pánico, giró sobre sus
talones e intentó huir. Pero no tenía a dónde ir, y la
furia de Arqat lo impulsaba más rápido.
Aprovechando su ventaja, Arqat atrapó al Gasser
279
por la espalda con su espada, clavándola primero en
la espina dorsal del enmascarado. Las piernas del
Gasser se doblaron al instante, los nervios cortados
por la hoja ancha que atravesó su delgado cuerpo.
Arqat lo derribó al suelo, con las rodillas sobre su
espalda baja. Escuchó el crujido de su pelvis contra
el duro metal, sintiendo el hueso romperse.
—No… —siseó el Gasser, su voz distorsionada por
la máscara respiratoria—. Por favor, ten piedad…
Se retorció cuando Arqat arrancó la hoja de su
columna, un movimiento antinatural que lo hizo
parecer una marioneta. La sangre brotó de la herida,
como la savia que fluía por los túneles hacia la ciudad.
Arqat clavó nuevamente la espada en la nuca del
Gasser con tanta fuerza que la punta perforó el
suelo metálico. El arma, ahora rojiza, quedó clavada
momentáneamente, un monumento a la ira de Arqat,
antes de que él la retirara.
—No… piedad —murmuró Arqat entre dientes
apretados—. Solo… sangre.
280
cuando lo deseaba. El demonio se había vuelto más
poderoso. Era una cáscara de la criatura que una vez
fue cuando él la invocó, debilitada por milenios de
cautiverio aeldari, pero se había nutrido de su cuerpo,
llenando su esencia con el sufrimiento y el éxtasis de
la población de Serrine.
Había dominado la disciplina de su mente mien-
tras ascendía en poder. Su existencia, prolongada
por siglos, se había desdibujado en los insondables
recovecos de la disformidad, olvidando más de lo que
la mayoría de los seres podrían concebir. Pasaba el
tiempo excavando en esos recuerdos, enredado en
las cambiantes corrientes del interés.
Ahora, se dejaba llevar por ellas, navegando en
el tiempo. Saboreaba la reminiscencia de su as-
censo al dominio en Serrine, el eco de su nombre
en innumerables lenguas. En aquel entonces, fue
amado, verdaderamente amado, por primera vez en
su vida. Ese amor aún tenía un sabor dulce, pero ya se
había vuelto rutinario con el paso de los años desde
entonces. Se había vuelto amargo. Continuó su viaje
mental.
Retrocedió en el tiempo, reviviendo su escape de
la Legión Negra a bordo de Exhortación. Se había
apoderado de la nave y su banda de guerra de las
garras de Euphoros. El insensato se había unido
a la horda de Abaddon, traicionando a Xantine y a
sus camaradas, convirtiendo a la banda de guerra en
281
Hijos Tormentosos. Xantine, demasiado magnético
y diestro para soportar tal indignidad, desafió a
Euphoros a un duelo. El ganador tomaría el mando
de la nave y sus guerreros. Naturalmente, él había
salido victorioso, y los sobrevivientes de la banda de
guerra, viéndolo como un ejemplo de las virtudes de
los Hijos del Emperador, optaron por unirse a él en
su noble búsqueda a través del espacio en su nueva
nave.
—No —interrumpió una voz—. No fue así que
ocurrió.
Se encontró en las profundidades de un antiguo
templo aeldari. Grandes estatuas se alzaban sobre
él, con sus cabezas coronadas por altos yelmos. Su-
ciedad xenos. La muerte impregnaba el aire, guer-
reros blindados con placas que reflejaban el color de
las paredes de obsidiana. Los había enfrentado, los
había aniquilado. Esa era su misión: eliminarlos.
Y más. Siempre más.
Había otro propósito. Una presencia en aquel lugar.
Le hablaba. La lanza, inmaculada, intacta, reposaba
sobre un lecho de pétalos. ¿Cómo podían florecer allí
en aquel sitio de desolación? Le dolía tocarlas, tomar
la lanza, fusionarse en uno.
—No quiero ver esto —murmuró, y la imagen
parpadeó.
—¿No? —replicó la voz.
—No. Algo ha perecido aquí. Algo ha terminado.
282
—¿Qué deseas ver?
—Algo fresco.
—Por supuesto.
Se visualizó a sí mismo como lo veían los Nunca
Nacidos. Era una vorágine oscura, con dientes agu-
dos goteando sangre. Sus ojos, pozos de oscuridad
pura, tan densos como joyas, donde ninguna luz
podía escapar. Nada escapaba. Percibía sus emo-
ciones. No eran como las suyas: estas criaturas
eran miedo, ira, lujuria, malicia, o cualquiera de
las incontables emociones, encarnadas en cuerpos
deformes en el mar de la disformidad, pero todas
irradiaban una sensación. Le temían. Vivían en un
mundo de formas fluidas, pensamientos y almas con
formas cambiantes. Él era un monstruo para ellos:
sólido, áspero, real. Los sacaba de sus madres y los
devoraba, riendo mientras desgarraba su esencia. Se
retorcían en su interior, ansiosos por perecer.
Experimentó una nueva sensación, una pequeña
chispa.
Pena. Era algo nuevo.
—Sí —murmuró, deleitándose en la sensación.
Vio tonos rosa y púrpura, espirales de blanco
nacarado atravesadas por una daga de ébano puro.
Escuchó el sonido de un millar de agujas de cristal,
lamentando sus tormentos hacia el cielo. Percibió
fragancia y humo. Gustó la sangre. Sintió dolor, un
dolor abrumador, en las piernas. En el corazón.
283
Ciudad Cántico. No. Aún para él, eso era demasiado
doloroso.
—Llévame a otro lugar.
—¿Estás seguro?
—Sí… sí. Por favor, llévame lejos.
—¿A dónde deseas ir?
—A cualquier parte. Duele demasiado.
La daga de ébano descendió, creciendo en un in-
stante para oscurecer el firmamento. El rosa y el
púrpura se desvanecieron, reemplazados por fuego
y luego… nada.
Arena negra, deslizándose entre dedos amorata-
dos.
Retrocedió como si lo hubiera golpeado un proyec-
til. El impacto fue físico, arrastrándolo a través de los
recuerdos. Vio Ciudad Cántico, el templo, Exhortación
en un destello mientras atravesaba las capas de la
conciencia. Sintió a S’janth en su interior, llenándolo
como el agua en un vaso, pero la repelió con facilidad.
Regresó a la realidad gritando una sola palabra.
—¡Padre!
284
Capítulo 16
E
douard encabezaba la fila hoy, lo cual le con-
venía. La noche anterior había sido imposible
conciliar el sueño debido al hambre implacable. Por
ello, tomó su saco de dormir y lo escondió en su lugar
habitual antes de dirigirse a la iglesia.
Desafortunadamente, Suell también estaba pre-
sente.
Suell no era una mala persona, pero parecía atraer
la desgracia como un imán. Los problemas siempre
lo rodeaban, al igual que el desagradable olor que
desprendía debido a su vida en los deteriorados
edificios de Serrine.
—He oído que se les acabó otra vez —comentó
Suell, rascándose la cabeza rapada. La costumbre
irritaba a Edouard, al igual que la mera presencia de
Suell. Incluso su voz era irritante, y el hombre mayor
no pudo evitar rodar los ojos.
—No seas ingenuo —suspiró Edouard—. Nosotros
llegamos primero. Ya han perdido una semana. No
van a perder otra.
285
Observó cómo sus palabras parecían pasar de-
sapercibidas para Suell, quien se agitaba inquieto
y se frotaba las manos para calentarse. La ciudad
de Serrine, elevada sobre una densa capa de nubes
planetarias, solía ser fría, especialmente antes del
amanecer.
—Sí, sí —asintió Suell, aunque parecía más pre-
ocupado por su propio pensamiento—. Mi comp-
inche me dijo que esta vez se acabó de verdad. Solo les
queda un poco y lo están reservando para las familias
adineradas —escupió al suelo, generando un vapor
al impactar la mucosidad—. Está en los bajos fondos
y afirma que ni siquiera están recolectando la hierba,
mucho menos refinándola.
—Tu amigo no sabe nada. Si detuvieran el sumin-
istro, habría disturbios en las calles.
Suell le dio un golpecito en la cabeza.
—Piénsalo. ¿Cuándo fue la última vez que viste a
los Sofisticantes descargando un cargamento? Ahora
solo se pasean buscando problemas. Sabes que tengo
razón, Ed.
—No hables así, y no me llames Ed —esperaba
que su tono brusco detuviera a Suell, pero una aguja
de miedo se clavó en la espalda de Edouard cuando
consideró el pensamiento prohibido. ¿Y si Suell
tenía razón? Un escalofrío recorrió su cuerpo ante la
idea. Hacía una semana que no conseguía ni siquiera
un poco del estimulante conocido como Runoff, y
286
cuando lo había obtenido, había sido solo un frasco.
Conocía bien esa sustancia, la desechada chatarra
que quedaba tras la elaboración del tratamiento
Rejuvenat. Su madre solía contarle que antaño se
enviaba a Terra, cuando Serrine aún era frecuen-
tada por naves imperiales en su puerto desolado.
Ahora, lo que quedaba se destinaba a las familias más
poderosas, dejándoles a ellos la escoria. Algunos la
adquirían, intercambiando nimiedades y favores por
su dosis. Otros luchaban por ella, derramando sangre
y mutilando a sus allegados a cambio de unas pocas
gotas. En los suburbios donde refinaban la hierba,
las bandas se enfrentaban y perecían por el control de
los suministros, y los ganadores obtenían el derecho
a venderla a los consumidores de las nubes.
Él solo seguía su culto. Asistía a la iglesia, se
prosternaba ante el Salvador y recitaba las palabras
requeridas. Su fe era barata ahora, vendida al mejor
postor. Más allá del Runoff, poco le importaba.
La ironía lo carcomía por dentro. Había nacido
para ser clérigo y había comenzado sus estudios en
el santuario más majestuoso y añejo de aquel mundo.
Pero esa vida le había sido arrebatada, al igual que
tantos edificios de Serrine, reducidos a escombros y
polvo de antiguas glorias. Estaba destinado a guiar
un rebaño, y ahora no era más que otra bestia en uno.
La voz de Suell lo sacó de su ensoñación.
—Te digo que el Salvador nos ha abandonado.
287
—Silencio —le espetó en respuesta. Aunque no
le caía bien, no quería que le hicieran daño, espe-
cialmente cuando estaban tan cerca de obtener su
dosis—. Los Sofisticantes te oirán. Si sigues así,
te romperán las piernas —dirigió una mirada fugaz
hacia la figura corpulenta junto a la puerta, con un
garrote de pinchos colgando de su cinturón de cuero
negro. La cabeza encapuchada se movía de un lado a
otro, observando atentamente a la congregación de
almas desaliñadas que esperaban su ración.
Recordaba un tiempo anterior al Gran Éxodo,
aunque apenas. Había sido testigo del Salvador
una sola vez, con sus propios ojos. Era solo un
niño de diez años cuando lo encerraron en el oscuro
sótano de la Catedral de la Cosecha Generosa. Se
había acurrucado en la penumbra durante horas,
aterrorizado, mientras el techo crujía, mientras los
niños mayores sofocaban sus sollozos, mientras su
mundo se desmoronaba a su alrededor. Hasta que
las antiguas puertas de madera se abrieron y unos
héroes llegaron para sacarlos a la luz. Vestido con
púrpura imperial y oro resplandeciente, era alto, tan
alto como un ser celestial de la mitología. Pero no
era un mito, era real, y se convertiría en el nuevo
gobernante de su mundo.
Con él trajo un nuevo orden. El gobernador de
Serrine fue derrocado, algunos decían que de manera
violenta, sus familias nobles purgadas y sus antiguas
288
costumbres borradas de un plumazo, excepto una:
la adoración al Salvador. En su victoria, abrió los
almacenes del planeta, otorgando acceso a vastos
tesoros, tecnología y, por supuesto, estimulantes.
La hierba se cultivaba originalmente para
el tratamiento Rejuvenat, pero los sabios del
Imperio conocían bien sus propiedades secundarias.
Cultivada y refinada con esmero, podía convertirse
en un potente agente estimulante que impulsaba
el desarrollo muscular, el crecimiento óseo y
la ferocidad en combate. Edouard no conocía
estos detalles. Solo sabía que el Runoff lo hacía
sentir poderoso, fortaleciendo sus miembros y su
determinación hasta el punto de sentir que podía
atravesar muros de piedra. Le confería una sensación
de fuerza, vitalidad, perfección.
Por un tiempo. Pronto llegarían los dolores mus-
culares agudos, los arrebatos frenéticos, las visiones
extrañas. La semana pasada había recobrado la
conciencia al aire libre, con los ojos secos y ardientes,
doloridos por observar fijamente la cicatriz púrpura
en el cielo. Juraba que era más grande de lo que jamás
había visto. Esa misma mañana se había refugiado en
su escondite improvisado, diciéndose a sí mismo que
no podía dormir, cuando en realidad temía hacerlo:
seguía viendo la cicatriz cada vez que cerraba los ojos.
Un pequeño tributo a pagar, concluyó, mientras
daba un paso adelante para recibir su porción de
289
caridad. Ya podía saborearla. Tan dulce que casi
resultaba enfermizo. Pronto se deslizaría por su
garganta, llenándolo de calor, de un calor radiante.
Sintió un hormigueo de anticipación en la lengua y
extendió las manos para aceptar el cuenco.
No había recipiente.
Miró hacia arriba, encontrándose con el rostro
severo de una mujer, cuyos ojos ardían con una
intensidad despiadada. No había rastro de simpatía
en ese rojo penetrante.
—El Salvador te otorga su bendición, hijo mío
—declaró.
Edouard quedó desconcertado.
—¿Qué? —Balbuceó débilmente—. ¿Dónde está el
Runoff?
—La bendición del Salvador es suficiente. Su gracia
es todo lo que necesitan sus súbditos.
—Pero… lo necesito… —gimió.
—Bah —dijo ella, el tono religioso desvanecién-
dose en una expresión más áspera—. No tenemos
nada. Ahora lárgate —su mandíbula se tensó.
Suell surgió a su lado, su aroma acre envolviendo
el aire.
—¿Ves? —Espetó Suell—. Te lo dije. El Salvador
nos ha abandonado.
—No nos haría eso —susurró Edouard, con la
mirada alternando entre la mujer y Suell. Estaba
suplicando—. No lo haría. Lo conozco, lo he visto.
290
—No has visto nada, miserable desgraciado. Ahora
vete.
—Claro que sí —intervino Suell—. Apuesto a que
ahora está en su palacio, deleitando a sus nobles adu-
ladores con lo mejor, mientras el resto de nosotros
nos pudrimos en las calles —una risa amarga escapó
de sus labios—. Sí, las grandes familias hacen
alarde de sus desafíos, pero ¡el sistema está podrido!
Nos dicen que podemos alcanzar la grandeza, que
cualquiera puede triunfar. Pero ellos se quedan con
lo mejor y nos dejan con las sobras, ¡y además nos
envían a sus monstruos para que nos devoren cuando
intentamos desafiarlos!
Suell ahora lanzaba sus diatribas, con saliva
saliendo de los bordes de sus labios resecos. El
Sofisticante, atraído por el alboroto, se giró hacia
él, con su máscara dorada mostrando una serenidad
imperturbable.
—Basta, Suell —interrumpió Edouard—. Nos
meterás en problemas. Solo queremos un poco,
¿verdad? ¿Suficiente para hoy? Mañana habrá más,
mañana todo estará bien —se dirigió hacia la mu-
jer, extendiendo sus manos rugosas—. Por favor
—dijo—. Debes concedernos un poco. ¿Solo un poco?
Ella le dio un bofetón en la cara, y él retrocedió,
tropezando y atrapando su pie en un escalón gastado.
Cayó al suelo y el aire escapó de su cuerpo al aterrizar
dolorosamente sobre sus costillas.
291
—¡Eh! ¡Suell! —gritó—. ¡No puedes permitirle
esto! ¿Quién se cree que es?
—Puedo hacer lo que me plazca, escoria —gruñó la
mujer. Levantó una bota de cuero largo y la estampó
con fuerza en el pecho de Edouard. Sintió algo ceder,
un sonido sordo acompañado de un agudo dolor. Se
preparó para más golpes, intentando encogerse en
un rincón, pero los golpes no llegaron. Abrió un ojo
y vio a Suell saltar hacia adelante, enfrentándose a
la mujer. Subieron tambaleándose por los escalones,
terminando en un revoltijo de extremidades, con la
túnica ceremonial de ella impidiéndole levantarse.
Suell era rápido.
—¡Déjalo en paz! —Gritó el joven, logrando
subirse a la espalda de la mujer y sujetándole los
brazos. Giró la cabeza hacia Edouard—. ¿Estás bien?
Antes de que pudiera terminar la pregunta, un
garrote con púas se estrelló contra un lado de su
rostro. La piel, los músculos y los huesos se pul-
verizaron con la fuerza del golpe, mientras el corpu-
lento Sofisticante blandía su arma en un arco mortal
que aplastó el cráneo de Suell. Por un instante, su
cuerpo se mantuvo en posición, aún encima de la
mujer, antes de que los convulsivos movimientos de
ella lo hicieran caer al suelo de la iglesia.
Edouard intentó gritar, pero el dolor en su pecho
sofocó cualquier sonido que intentara salir, convir-
tiéndose en un gemido. En su lugar, otros alzaron la
292
voz: un coro de gritos y alaridos surgió de la multitud
que esperaba recibir sus raciones semanales. Había
miedo en el aire, pero también ira. Ya había pasado
una semana desde su último suministro y la noticia
de la escasez se había propagado hasta el final de la
fila.
Los más valientes, o desesperados, de la multitud
se lanzaron hacia ellos, lanzando insultos al Sofisti-
cante y a la mujer.
—¡Asesino! —Rugió un hombre cuya piel parecía
al límite de desgarrarse como pergamino, mientras
sus músculos del cuello se tensaban como cuer-
das de arco. Era casi del tamaño del Sofisticante,
quien lo enfrentaba con su habitual impasibilidad.
La multitud lo empujó hacia adelante, incitando al
Sofisticante a un estallido de violencia. Con un golpe
de su maza, intentó alcanzar al hombre, pero este
se esquivó, dejando que el golpe alcanzara el pecho
de la mujer que tenía detrás. Luego, con un rápido
gancho al mentón, el bruto golpeó la mandíbula
del Sofisticante, desplazando su escultórea máscara
dorada y revelando la mitad inferior de su rostro,
enrojecido y fruncido como si estuviera quemado,
con labios ausentes, sustituidos por un tubo de goma
serpenteante.
La multitud aprovechó el caos. Se lanzaron sobre
el Sofisticante, agarrando sus brazos, impidiéndole
blandir su maza. Cuchillos y navajas brillaron en
293
el aire matutino antes de hundirse en el torso del
enmascarado. Desde el suelo, Edouard observó cómo
el Sofisticante desaparecía bajo la masa de cuerpos.
La mujer se encontraba más distante, utilizando
el improvisado altar como barricada entre ella y
la turba, como si estuviera a punto de ofrecer un
sermón.
—Hijos del Salvador —clamó—. Bajo su luz, so-
mos uno. Les ruego que se detengan.
Fue en vano. La congregación ahora olía a muerte,
y su colectiva sabiduría justificaba la violencia. Dos
mujeres se acercaron desde los lados del altar, ar-
madas con objetos improvisados: un trozo de cristal
de colores y un martillo de albañil.
—Vete —instó la mujer—. No tengo nada para
ti —sin embargo, su autoridad había sido desafiada
y la multitud, que momentos antes había esperado
obedientemente su bendición, no mostraba piedad.
Ante el avance de la muchedumbre, cuyas sonrisas
mostraban dientes oscurecidos y encías moradas, la
mujer cayó de rodillas.
No quería presenciar el horror que se avecinaba.
Se deslizó entre las piernas, gimiendo cuando las
extremidades lo golpearon en las costillas rotas,
retrocediendo hacia la salida. El sonido del martillo
golpeando el cráneo de la mujer resonó en sus oídos,
un eco de violencia familiar. Un grito de triunfo llenó
el aire helado de la mañana.
294
La multitud había obtenido su trofeo. Ahora se
agitarían, se volverían unos contra otros, sus ansias
insaciables no serían aplacadas por unas pocas vidas.
Había vivido lo suficiente para ver la corrupción que
se escondía detrás de la fachada de belleza de Serrine.
Se puso en pie, soportando el dolor en su pecho
destrozado mientras avanzaba a duras penas hacia
las puertas de la iglesia y emergió en la luminosa
mañana azul.
En el centro del cruce, una estatua se alzaba im-
ponente. En su juventud, las estatuas de Serrine
solían representar aves del paraíso, criaturas míticas,
figuras históricas y legendarias. Ahora, todas habían
sido remodeladas para retratar la misma figura, con
sus cuatro brazos en alto en señal de victoria.
—Te odio —gritó hacia la estatua.
295
los observaba. El Marine Ruidoso había convertido la
antigua estructura en su hogar principalmente por su
acústica, pero a lo largo de los años que había pasado
en Serrine, había realizado algunas modificaciones.
La gran tubería que solía distribuir la refinada savia
de Solipsus por la ciudad ahora se había convertido
en un amplificador para el canto de su congregación.
Esta noche resonaba un canto fúnebre, una
melodía de luto que reflejaba el estado de ánimo
de los Marines Ruidosos. Ansiaban regresar a las
estrellas, llevando consigo la música del Apocalipsis
a nuevos horizontes. Él entendía esa aspiración,
también anhelaba lo sublime. Sin embargo, se
encontraban inmersos en lo mundano, presenciando
una orgía de destrucción mezquina.
—Mi gente está inquieta esta noche —comentó
Xantine a Vavisk, a su lado. Su hermano solía fre-
cuentar la catedral, salvo cuando no se entregaba
a la colección de Nunca Nacidos de Qaran Tun o al
trance con el ente que había acogido en su ser. Aquel
lugar era un símbolo de su triunfo sobre el mundo,
pero Vavisk sabía que también valoraba su compañía
y consejo. La red de confidentes de Xantine nunca
había sido extensa; incluso entre los egoístas de los
Hijos del Emperador, desconfiaba especialmente de
sus iguales, y su estadía en Serrine solo la había
reducido aún más. La traición de Sarquil le había
afectado profundamente.
296
—Se están aniquilando mutuamente —observó
Vavisk—. ¿Deberíamos intervenir?
Conocía la respuesta antes de formular la pregunta,
pero después de milenios juntos, ambos tenían un
papel que desempeñar.
—¿Intervenir? ¿Por qué deberíamos hacerlo?
—Replicó Xantine—. El dolor es el tributo a la
perfección. Los más fuertes prevalecerán, y este
mundo avanzará. Esta es una lección que siempre
has luchado por comprender, Vavisk. A pesar de tu
antigüedad, aún no logras entender las motivaciones
de los mortales. Concéntrate en tu música y deja que
yo maneje las complejidades del alma.
—Estas son las semillas de la insurrección…
—No —cortó Xantine—. Esto es la realización
de mi visión: los más fuertes tomando el control
sobre los más débiles. Hablas como nuestro difunto
hermano, tan miope, tan ansioso por el próximo
placer efímero, incapaz de vislumbrar la culminación
de mi genio —suspiró, suavizando visiblemente
su postura—. Estoy al borde, Vavisk. A punto de
forjar una sociedad nueva, una sociedad perfecta.
Serrine se erige como un faro para el futuro de la
galaxia, donde la pasión se desata y la ambición es
recompensada. Ni el Emperador Cadáver ni nue-
stro Padre pudieron alcanzar esta hazaña. Solo yo
poseo la clarividencia necesaria para hacerlo realidad
—Xantine alzó el puño con determinación—. Habrá
297
otros que intentarán arrebatármelo y reclamar este
logro como propio. Sarquil lo intentó. Sospecho que
aún conspira desde cualquier fosa donde se pudra
en este mismo instante. Siempre anheló controlar
este mundo —volvió su mirada hacia Vavisk, sus ojos
turquesa penetrando en la piel del Marine Ruidoso—.
Pero no tú, mi viejo amigo. No espero que lo hagas
—Vavisk guardó silencio, permitiendo que la pre-
gunta flotara en el aire nocturno sin una respuesta.
Sin embargo, era inevitable—. ¿Lo harías?
Vavisk encontró la mirada de su Maestro de Guerra,
cuyo rostro desfigurado permanecía imperturbable
e inescrutable. Por una vez, las bocas en su cuello
permanecieron calladas.
—No ambiciono este mundo —declaró el Marine
Ruidoso—. No comprendo por qué tú sí —luego,
se volvió hacia la ciudad, contemplando por última
vez la tumultuosa masa de humanidad que fluía por
las calles como la sangre en las arterias—. Per-
míteme disculparme, hermano. Debo unirme a mi
coro —anunció Vavisk, descendiendo para dirigir la
sinfonía de la noche.
298
Capítulo 17
C
on la daga empuñada al revés, la hoja dentada
reposaba sobre su musculoso antebrazo, aún
tibio y manchado de sangre ajena. Las gotas
resbalaban del arma como la lluvia, susurros sutiles
de alivio en medio del tormento.
Su cuerpo se erguía sobre piernas robustas, más
anchas que los tallos de la hierba en Serrine. Los
músculos arden, desde el pecho hasta los muslos,
tensos y fatigados por la contienda. Aunque los
rejuvenecedores lo mantienen en juventud, también
inflaman sus nervios, como si estiraran sus huesos
bajo la piel. Se adormece a ratos, con un trapo junto
al catre para calmar la agonía cuando esta regresa.
En los momentos de debilidad, se cuestiona en si-
lencio si deseaba esto. Ser escogido, agasajado, com-
placido con manjares exquisitos y deleites inimagin-
ables. Pero no puede negarse, ¿quién lo haría? ¿Quién
rechazaría la oportunidad de ser el más grande, el
más fuerte, el mejor? Es el sueño de cualquiera, es-
pecialmente para el sexto hijo de una familia vasalla.
299
Sus padres, ahorradores incansables, vieron en
él la oportunidad de ascender cuando llegó a la
edad adulta: miembros largos, músculos tonifica-
dos, la gracia de un guerrero. Invirtieron todo en
sus tratamientos, buscando lo mejor de cirujanos
clandestinos y mercaderes del mercado negro. Él
podría ser su triunfo, su campeón.
Les dirige una mirada: su madre, con la boca
entreabierta y los ojos inyectados de desesperación;
su padre, con la mirada dura como gemas incrustadas
en su rostro envejecido. La voz grave que sale de sus
cuerdas vocales alargadas apenas es comprensible
para sus hermanos. Intentó escribirles, pero las
palabras se escabullen de su mente como pájaros
fugaces. Se limita a sonreírles, en las raras ocasiones
en que le visitan.
La adversaria avanzó hacia él, empuñando su
propia espada en alto. Era su espejo: alta, de
hombros anchos, sobresalía por encima de todos
en la sala de duelos. Los tratamientos habían
alargado su cráneo prematuramente, tensando
su piel alrededor de los ojos hasta el límite. Se
observaban cicatrices furiosas, perpetuamente
abiertas por el simple acto de parpadear. Parecía que
sus ojos derramaban lágrimas de sangre.
Aprovechó su embestida, elevando su espada corta
mientras cerraba la distancia entre ambos. El golpe
fue contundente, poderoso, pero ella no era como
300
él. Él era más alto, con un mayor alcance. Inclinó su
hombro, plantó su pie trasero y lanzó un puñetazo
robusto hacia adelante, impactándola de lleno en
el estómago. La fuerza del golpe transformó su
movimiento en un instante, arrojándola hacia atrás.
Resbaló sobre la gruesa alfombra de la sala de duelos,
teñida con manchas de sangre oscura, reflejo físico
de los enfrentamientos desde que él la hirió en el
muslo con su daga.
Yació en el suelo boca arriba, no completamente
quieta. Su pecho se elevaba y descendía, sus costillas
sobresalían bajo la piel tensa. Podría haber acabado
con ella.
Se aproximó a su adversaria derrotada. Sus ojos
estaban cerrados, pero la sangre aún fluía. Le salpi-
caba la cara, manchando su piel pálida. La lengua se
movía laxa en su boca.
Alzó su daga, aferrándola con ambas manos mien-
tras escudriñaba la tumultuosa sala. El clamor de
sonidos llenaba el ambiente: cánticos y vítores,
lamentos y alabanzas. Entre las voces reconocía las
de sus padres.
—Gané por ustedes —gruñó, inclinando su impo-
nente cabeza.
Entonces, cayó. Un golpe en los tobillos le ar-
rebató la estabilidad y se desplomó justo cuando su
oponente se levantaba de un salto. Estaba sobre
él, con una bota presionando su brazo contra el
301
suelo. Sonreía, o al menos él creía que lo hacía. Su
mandíbula estaba tan desencajada que apenas podía
cerrar los labios sobre los dientes.
La espada se hundió en su pecho. Un estallido de
dolor surgió cuando la hoja atravesó el músculo y
rozó las costillas endurecidas.
A pesar de la hoja clavada en su corazón, intentó
inspirar, preparándose para el siguiente torrente
de dolor, como le habían enseñado; como había
hecho tantas veces. Pero el dolor no llegó. Por
primera vez desde su elección, sintió cómo el fuego
de sus músculos se extinguía, cómo los tendones
se aflojaban, cómo su cuerpo se relajaba alrededor
de sus huesos. Durante un breve instante, no sintió
nada.
Bajó la cabeza pesada y encontró la mirada de su
madre.
—Te quiero —resonó con sus últimas palabras.
Ella gritaba algo, pero el bullicio de la multitud
ahogaba cualquier significado. Se preguntó si ella
estaría enfadada con él—. Lo siento —dijo antes de
expirar.
302
tirse tan cerca de la muerte, sobre todo una muerte
honorable, conmovía el alma.
—Ciudadanos, por favor, silencio.
Finalmente, el tumulto se calmó y el gobernador
pudo hablar.
—El desafío ha concluido —anunció, dotando a su
voz de un trémulo teatral. Había estado practicando
ese tono en su villa ministerial, y se sentía satisfecho
con los resultados—. Por decreto de Lord Xantine, la
Casa Ondine cede el cargo de defensor del pueblo del
Distrito Cincuenta y Cuatro a la Casa Dwann.
Hubo una ovación desde un lado de la cámara.
—Felicidades, maese Dwann. Creo que es el primer
título noble de su familia.
—Así es, gobernador.
—Y maese Ondine —continuó Pierod, señalando
al hombre con el rostro desencajado—. Usted y
su familia transferirán todos los atributos de su
cargo, incluyendo posesiones, residencia y riquezas,
a la Casa Dwann. Ya no son bienvenidos entre tan
distinguida compañía. Lárguense y llévense su…
—señaló el enorme cadáver en el centro del ruedo—
desecho con ustedes.
La mujer junto al hombre emitió un alarido, una
angustia que se propagó entre los que la rodeaban,
todos ataviados con las túnicas verde lima de la Casa
Ondine. Gemidos, lamentos y crujidos de dientes
resonaron, reclamando que el campeón de Dwann
303
había engañado, que el duelo era inválido, que sus
años de servicio les otorgaban superioridad sobre
una familia tan nueva como la Casa Dwann. Pierod
respondió a su vulgaridad con un claro gesto de
desprecio.
—La ley es inequívoca: el desafío es definitivo
—señaló a los guardias alineados en el borde de la
sala, con sus armas automáticas apuntando a las
corazas doradas—. Guardias, aseguren una salida
ordenada —varios hombres y mujeres sonrieron
y avanzaron, levantando sus armas para reprimir
cualquier resistencia de la ahora común familia.
Pierod los observó un momento, una sonrisa
curvando sus labios. Nunca había simpatizado
con Ondine. Olía a sudor y melancolía, un hombre
achacoso y serio que nunca había disfrutado
verdaderamente de su posición, a pesar de los lujos
que esta le otorgaba.
Se preguntó fugazmente cómo se adaptaría Ondine
a la vida plebeya, cuando una voz en su oído lo
hizo sobresaltarse. Era profunda y retumbante,
proveniente de su asistente, Corinto.
—Excelencia, lamento interrumpir, pero traigo
noticias graves.
Corinto era colosal, una masa de músculos que
parecía aumentar cuando se inclinaba para hablar
en su oído.
—Habla claro, Corinto —dijo Pierod—. ¿Qué ha
304
sucedido?
—Violencia, excelencia. Algunos de los desfavore-
cidos han aprovechado la Bendición del Salvador
para desatar el caos. Se han rebelado contra nuestro
gobierno —Corinto bajó la voz—. Han tomado el
control del puerto y han dejado al menos doscientos
milicianos muertos.
Pierod abrió los ojos. Los disturbios entre los
desposeídos no eran raros en la sobreciudad de Ser-
rine, pero apoderarse del puerto indicaba que no se
trataba de una simple disputa entre bandas. Esto
tendría repercusiones en la delicada esfera política
de Serrine. Suspiró con dramatismo.
—¿Excelencia? —Preguntó Corinto, aún inclinado
para que su enorme cabeza quedara al nivel del
gobernador.
—Tendré que informar a nuestro señor. Cancela
los desafíos restantes del día, reprograma todo para
mañana. Ofrece disculpas a las familias afectadas
y envía un barril de nuestro mejor suero —ordenó
Pierod.
—Su excelencia, los suministros son…
—Envía un barril de cualquier cosa que encuentres
—interrumpió Pierod, levantándose de su trono y
aplaudiendo—. Ciudadanos de este mundo perfecto.
Los desafíos del día han concluido.
Hubo un murmullo de descontento entre la audi-
encia, y él alzó las manos, con las palmas hacia abajo,
305
para silenciarlo.
—Todos tendrán su oportunidad, lo prometo. Pero
por ahora, nuestro señor me llama a sus aposentos.
Les deseo a todos un cálido adiós.
Giró sobre sus talones y se dirigió hacia la cámara
de Xantine en lo alto del edificio del Senado. Era otro
gesto ensayado en casa.
306
Antes, su santuario estaba lleno de efigies del
Emperador, de oro y mármol, una figura resplan-
deciente en reposo en Terra, vigilando a su pueblo
como un dios distante. Pero esas figuras habían
desaparecido hace tiempo. Bandas de hombres y
mujeres corpulentos habían saqueado la ciudad tras
la ascensión de Lord Xantine al poder supremo del
planeta, derribando puertas y confiscando o de-
struyendo cualquier ídolo que representara al Amo de
la Humanidad en Terra, en lugar del gobernante de
carne y hueso de Serrine. A ella no le había importado
mucho. Había rezado al Emperador, pero Él nunca
había hecho mucho por ella, así que ofreció sus
plegarias en otro lugar, a alguien que la ayudara.
Arielle había tomado el símbolo que ocupaba el
centro de su santuario el día del ataque xenos. Lo
descubrió en una alcantarilla, un destello dorado
entre los tonos terrosos y verdes de la ciudad. Lo
rescató y lo escondió en el fondo de su túnica antes
de que sus camaradas lo descubrieran. Lo llevó
a casa, lo limpió y se quedó maravillada ante su
visión. Supuso que había pertenecido a uno de
los ángeles, pues nada tan magnífico podía haber
sido creado por manos humanas. Era una obra de
arte, más bella que cualquier otra cosa que hubiera
tenido, forjada con una precisión y una perfección
desconocidas para ella. Ahora lo contemplaba de
nuevo, aún sorprendida por su belleza años después:
307
una estrella de ocho puntas, fundida en oro macizo,
con incrustaciones de nácar en espiral.
Le infundía poder. Y ella se había vuelto poderosa
mientras le rendía culto. Nacida en la humildad, hija
única de un tal Maro Ondine, cuyo trabajo como
transportista en el puerto se tornó insuficiente
cuando las grandes naves cosechadoras de Terra
llegaban cada vez con menos frecuencia, hasta
detenerse por completo. Su padre recurrió al
contrabando de suero, vendiendo parte y reservando
el resto para sí. Su caída solo alimentó su
determinación: hacer algo por sí misma, liberarse
de la miseria. El decreto de Lord Xantine le había
proporcionado esa oportunidad.
El precio había sido alto, por supuesto. ¿Siete hijos,
verdad? O quizás ocho ahora, considerando la muerte
de Gwillim en la arena del desafío. Suspiró. Debería
haberlo previsto: él siempre había sido un fracasado.
Se había adaptado al Tratamiento Rejuvenat y a
las terapias genéticas tanto como sus hermanos y
hermanas, creciendo fuerte y corpulento. Pero desde
su nacimiento había sido demasiado blando, no tenía
el temple necesario para la violencia esperada de los
campeones.
Recordaba haber visto a un joven Gwillim inten-
tando devolver un pájaro cantor a su nido en un
árbol cercano a su mansión. Las terapias genéticas
ya habían comenzado a surtir efecto en su cuerpo,
308
y con casi dos metros de altura, estaba a punto de
alcanzar su objetivo… hasta que ella le arrebató la
criatura de las manos y la pisoteó para darle una
lección. La piedad no le serviría en su vida. La piedad
no le serviría a ella.
Se asemejaba a su padre, ese era el dilema. Arielle
observó a Carnacho Ondine, que permanecía en silen-
cio desde la muerte de su hijo. Lágrimas brotaban de
sus ojos diminutos. La familia nunca había perdido
un desafío, hasta ahora, pero los tratamientos cobra-
ban un peaje mortal en los cuerpos de los campeones.
Los hígados fallaban, los corazones explotaban o,
en algunos casos, las manos propias los degollaban.
Carnacho había llorado tras la muerte de cada uno
de ellos. Arielle lo despreciaba por ello. Para ella, ese
era el precio del poder, de una vida de lujos.
Contempló la estrella dorada en sus manos. Era lo
único que le quedaba de esa vida.
Su hija tiró de su muñeca.
—Déjalo, madre —dijo Vivian Ondine. La habían
preparado para tomar el lugar de su padre cuando él
falleciera, la habían educado en diplomacia y astucias.
Ahora era superfluo.
Arielle respondió con un chasquido.
—De ninguna manera, Vivian. He trabajado de-
masiado para darte esta vida. Que me parta un rayo
si un matón de ciudad me arrebata todo.
Vivian volvió a tirar de su madre para sacarla del
309
santuario.
—Madre, las fuerzas de seguridad llegarán en
cualquier momento para supervisar la transición.
Tenemos que irnos.
—No, Vivian. No lo entiendes.
—Podemos empezar de nuevo, madre. Podemos
recuperar lo que perdimos. Conozco gente en el
edificio del consejo, puedo acelerar nuestro regreso…
—¡Es demasiado tarde! Soy demasiado vieja y mis
hijos me han fallado.
Arielle miró a los ojos de su hijo mayor y vio la
derrota. Apartó la muñeca y la mano de su hija se
deslizó por el sedoso material de su túnica verde.
—Vete. Y llévate a tus inútiles hermanos contigo—
.
—Madre…
—¡Vete! —Gritó Arielle tan alto que Vivian se
estremeció. Fue suficiente. Arielle observó cómo
su hija se retiraba, agarrando una pequeña bolsa
con sus pertenencias. Debería haber sentido lástima,
tristeza, los instintos de una madre. En lugar de eso,
sintió rabia. Una rabia abrasadora que la consumía.
Aulló a la espalda de Vivian mientras esta desaparecía
en la noche—. Ojalá hubieras muerto en las fosas con
tu hermano.
Supo que no volvería a verlos, ni a vivir con tanto
esplendor.
Finalmente, su esposo habló.
310
—No queda nada —murmuró Carnacho. Ella lo
ignoró mientras él proseguía—. No queda nada.
Nada, nada, nada…
Arielle continuó desatendiendo a su esposo mien-
tras él colocaba la empuñadura de la Pistola Láser
embellecida bajo su barbilla y rodeaba el gatillo con el
dedo. Ni siquiera alzó la mirada mientras escuchaba
el sonido efervescente de una bala láser penetrando
en carne y hueso, y olía el cerebro cocido del hombre
con quien había compartido tres décadas de su vida.
—No, esposo, estás equivocado —declaró mien-
tras levantaba su baratija dorada. Arielle apretó los
dedos contra las puntas de la estrella. La sangre roja
se fundió con el oro y sintió una fuerza interior—.
Todavía queda venganza.
311
señor Xantine había creado cada máscara individual-
mente, moldeando el oro con su propio rostro, antes
de incrustar piedras preciosas y metales exquisitos.
Las máscaras se otorgaban a sus seguidores más
devotos, aquellos considerados dignos de unirse a
las filas de los Sofisticantes como sus ejecutores en
la ciudad.
Por supuesto, Pierod no creía en esa historia. No
había visto al soberano de Serrine hacer gran cosa en
los años que había servido, a pesar de las conferen-
cias periódicas sobre los principios y la naturaleza
del arte.
Cada máscara mostraba una variación sutil: algu-
nas reflejaban la nariz aguileña y los altos pómulos
del marine espacial en un gesto de ira; otras, su
rostro sereno. Algunas mostraban el velo de seda que
solía llevar cuando se dirigía a su adorado público,
mientras que otras dejaban su boca al descubierto.
Pierod sonrió para sus adentros al ver estas últimas
variaciones; cuando se representaban en oro, los
labios carecían de la malignidad que manchaba la
boca del verdadero Xantine.
Él afirmaba ser su salvador, pero Cecily conocía
la verdad. Aunque llevaba un sombrero de plata,
eso no ocultaba sus verdaderas intenciones. Sabía
que había sido desterrado de la sociedad de arriba,
rechazado por su propia gente. Aunque se pre-
sentaba como uno de ellos, un coloso envuelto en
312
una armadura de tonos púrpuras, rosas y dorados,
ya no era bienvenido. Había cometido una atrocidad,
pero no mostraba remordimiento alguno. Según las
travesías de su mente que ella interceptaba, nunca
experimentaba tal emoción. Ni alegría, ni tristeza,
ni ninguna otra sensación que típicamente recorría
las mentes de sus semejantes en su enclave. Estaba
tan inmerso en la expansión de su arsenal, tan obse-
sionado con las armas que fusionaban con su piel y
su armadura, que ella se preguntaba si tenía alguna
conexión con el sentir humano.
Pero, ¿qué sabía ella de su especie? Aunque se
asemejaban a los humanos, eran mucho más im-
ponentes, pero no eran verdaderamente humanos.
Él y los suyos eran distintos. Descendieron de las
nubes, del firmamento, desafiando todo lo que ella
había conocido y creído conocer, descendiendo como
figuras sacadas de antiguos mitos.
¿Eran acaso deidades?
—La Refinería Nueve reporta la producción de
tres mil cuatrocientos ochenta y dos cartuchos en
este ciclo, mi señor —anunció Johias, postrándose
ante el podio del gigante. La plataforma había sido
antes el lugar de mando del supervisor de la refinería,
ofreciendo al coloso una vista dominante de la planta
de trabajo. Lord Sarquil se aproximó al borde de
la plataforma y descansó sus enormes manos en la
desnuda barandilla metálica, observando a Johias
313
con ojos oscuros.
—Hay un déficit del siete por ciento —declaró con
tono neutro.
El hombre parpadeó.
—Sí, mi señor. Los ataques de los Gasser y otras
bandas han interrumpido nuestra producción, y la
transición del procesamiento de hierba a la pro-
ducción de municiones ha llevado más tiempo del
previsto…
—Silencio —interrumpió Sarquil, llevándose la
palma de la mano a su cráneo plateado, su desilusión
era evidente incluso sin necesidad de intrusión
psíquica—. ¿Qué vamos a hacer contigo?
—Lo siento, mi señor —murmuró el hombre, con
los ojos desorbitados—. Le aseguro que no volveré a
defraudarlo.
—Esperaba que no dijeras eso —espetó Sarquil—.
Orlan. Estés donde estés, hermano, esta sangre es
tuya.
Un destello violeta surgió de la penumbra en el
suelo de la refinería, casi inaprehensible por su
velocidad. Se llevó al hombre en un instante, dejando
tras de sí miembros esparcidos como confeti. Antes
de que la figura púrpura se desvaneciera entre las
sombras, Cecily captó sus ojos: vastos y negros,
gélidos y voraces, como charcos nocturnos ansiosos
de devorar la luz.
No pudo resistirse y se sumergió en los pensamien-
314
tos del hombre, como un dedo rompiendo la superfi-
cie de un estanque.
Confusión.
Dolor.
Terror.
Frunció el ceño de dolor y se retiró antes de ver
más.
—Psíquica —murmuró Sarquil. Se dio cuenta
de que lo decían en su dirección y recuperó la
compostura—. Envía un mensaje a la Refinería
Nueve: necesitan un nuevo supervisor. Alguien
competente esta vez.
—Así lo haré, mi señor —respondió Cecily.
No eran dioses. Ella lo sabía, en lo más profundo
de su ser. Los dioses que ella conocía eran seres
benevolentes que protegían a su gente en una galaxia
despiadada. Su señor no amaba a su pueblo. Los
explotaba. Los utilizaba para forjar armas, para fab-
ricar municiones; empleaba su sudor y su sangre para
cimentar un imperio en este marasmo chirriante.
Protegía a los fuertes, a los habilidosos, a los sumisos,
a aquellos que fracturaban huesos y chamuscaban
piel para satisfacer sus deseos. Eliminaba cualquier
atisbo de debilidad, alimentando a sus bestias con los
débiles o los lentos, o simplemente arrojándolos a la
selva urbana, donde, sin una manada que los respal-
dara, eran presa fácil de los horrores que acechaban
en la oscuridad.
315
Podía hacerlo porque era el más poderoso. Podía
aplastar un cráneo con sus colosales manos, ella
lo había visto hacerlo, y mantenía su cañón sierra
cerca, acariciándolo ocasionalmente como si fuera
su mascota predilecta. Pero esa era la ironía, la ironía
que solo ella comprendía: él mismo era vulnera-
ble. Había vislumbrado su mente y descubierto un
alma tan miserable como la de aquellos a quienes
había matado, tan desdichada como la de aquellos a
quienes había desterrado. Había intentado construir
su imperio en el mundo de arriba, pero había fra-
casado. Había descendido a los bajos fondos, a su
ciudad, como un can derrotado, con el rabo entre las
piernas, aguardando otro golpe de su amo.
Los compañeros que la acompañaban poseían
fuerza, en comparación con ella, pero eran
aún más débiles que Sarquil y no se atrevían a
desafiarlo. Los mantenía cerca porque sabía que
necesitaría guerreros, pero no los apreciaba. Solo los
despreciaba.
—Eres una bestia degenerada —Sarquil llamó a
Orlan esa noche, tras retirarse a su habitación en
la Refinería Cuatro. Era un espacio austero, tan
funcional y directo como Sarquil mismo, rara vez
utilizado, prefiriendo observar la constante manu-
factura de armas y municiones. Pero ahora estaba
fatigado, lo percibía en los murmullos de su mente,
tan cansado como los de su especie podían llegar
316
a estarlo—. Eres una mancha en el legado de los
Hijos del Emperador —declaró Sarquil, apartando
la mirada de la pantalla que mostraba las reservas
de munición—. Quizás debería eliminarte. No sería
más que lo que te mereces: poner fin a la miseria
de los patéticos —la observó fijamente a través de
la cámara, sin parpadear—. ¿Qué me aconsejas,
psíquica?
Ella reflexionó durante un largo momento. Lo
había acompañado con frecuencia, convirtiéndose en
una especie de confidente, ya que estaba desprovista
de la compañía de sus hermanos. Pero también
comprendía que solo la incluía en esos momentos
privados porque cumplía una función, sin la cual
habría sido expulsada como tantos otros. Era su
comunicadora personal, capaz de tocar la mente de
un individuo y enviar mensajes entre las refinerías
que controlaba su banda. Por el momento, con los
Gasser y otros pandilleros bloqueando muchos de
los túneles para los mensajeros, ella era vital para el
flujo de información, pero sabía que podía traspasar
fácilmente sus límites y dejar de ser útil.
Estaba a punto de responder, pero su voz quedó
sofocada cuando Sarquil volvió a concentrarse en la
pantalla de datos frente a él.
—Ocho mil cuarenta y cuatro, ocho mil cuarenta y
cinco…
Esa misma noche, Cecily se retiró, permitiendo que
317
su señor absorbiera los datos presentados. Mientras
se encaminaba hacia su modesta alcoba, una antigua
cámara de ebullición de Savia Solipsus transformada
en refugio personal, escuchó su nombre. Desde
la distancia, una mujer con delantal manchado de
hollín y cabello gris caído sobre un rostro sudoroso
la llamó. Cojeando ligeramente tras un turno de
catorce horas, la mujer se aproximó lo suficiente
como para hablar por encima del estruendo continuo
de la refinería. La expresión en su rostro indicaba
que no traía buenas noticias.
—Cecily —exclamó la mujer.
El estómago de Cecily se revolvió
—. ¿Qué pasa con Arqat? —Preguntó, con la
pregunta ardiendo en su mente. La pérdida del an-
ciano sería una herida en el tejido social de Refinería
Cuatro, pero su compañero de patrulla ocupaba un
lugar más prominente en sus pensamientos.
—Todavía está vivo —respondió la mujer.
Un suspiro de alivio recorrió a Cecily, calentándola
incluso en el sofocante calor de la refinería. Había
rescatado al chico del infierno de la ciudad, pero
él también la había salvado, proporcionándole un
punto de anclaje en esta miserable nueva existen-
cia que compartían. Perderlo a él también… temía
perderse a sí misma.
El aire de la Refinería Cuatro zumbaba en sus oídos
mientras corría. Le susurraba, como lo había hecho
318
la hierba en tiempos más felices. Había practicado la
escucha desde la llegada de los ángeles, pero ahora
las palabras se mezclaban en un frenesí urgente.
Decidió ignorarlas.
Encontró a Arqat en la oscuridad de las literas,
rodeado por sus compañeros de patrulla. Ya no era
el niño que había rescatado de los escombros de
la Catedral de la Cosecha Generosa. Ahora era un
hombre robusto, tanto en cuerpo como en papel.
Sostenía un saco en la mano, del cual goteaba un
líquido rojo que formaba charcos en el suelo metálico.
Al verla entrar, Arqat permitió que el saco se abri-
era. Tres cabezas cortadas rodaron, deteniéndose
con los cuellos desnudos aún goteando líquidos os-
curos.
—¿Qué ha pasado? —Jadeó Cecily.
—Lo mataron —dijo Arqat—. Así que los maté.
Merecían morir.
Su rostro se contrajo en una mueca.
—Merecían sufrir.
319
Capítulo 18
N
o estaba hecha para este mundo. En el vacío,
era grácil y se movía con el aplomo de un
depredador. Aquí, Exhortación era una ballena varada,
pudriéndose lentamente al sol.
La fragata había ostentado anteriormente la ele-
gante proa puntiaguda y el esbelto cuello de sus her-
manas de clase Espada, pero el crecimiento desenfre-
nado de Ghelia había deformado irreversiblemente
su silueta. Ya era grotesca cuando Rhaedron fue
nombrado capitán, y sus líneas elegantes se habían
vuelto toscas por los brotes de carne rosada. Ahora
esa carne estaba marchita y gris. La navegante había
muerto, pero su cadáver permanecía allí, descom-
poniéndose lentamente a lo largo de los años desde
que el Adorado había aterrizado en Serrine.
No por primera vez, Rhaedron agradeció al
Príncipe haberse quitado la nariz. Aun así, le
parecía percibir el olor de Exhortación. Se estremeció
y presionó un botón platino en su bastón. Una
ráfaga de narcóticos neurodirigidos estimuló sus
320
sentidos olfativos, inundándolos con el aroma de las
orquídeas, una de sus preferidas.
—¿Cuántos hoy? —Preguntó a Harnek. Había sido
sargento de artillería a bordo de Exhortación, pero
con la nave incapacitada, se había convertido hábil-
mente en su mano derecha durante su estancia en el
planeta. Confiaba en sus consejos, aunque el hombre
no se hubiera deshecho de la nariz. Respondió con
los ojos vidriosos.
—Diecisiete, mi señora. Todos sobrevivientes. En-
contramos una colonia y pudimos capturar a algunos
con vida.
—¿Han cooperado?
—Al principio no, pero Lady Fedra logró con-
vencerlos de colaborar.
Rhaedron forzó su rostro inexpresivo en una son-
risa tensa para ocultar su mueca. Había visto a
la bruja “convencer” a la gente en el pasado, y
nunca pudo sacarse de la cabeza la imagen de globos
oculares hirviendo.
—Bien. ¿Y Lord Tun?
—Está abajo, con los potenciales.
—Muy bien. Llévame hasta él.
321
partículas, creando espirales de oscuridad que se
retorcían perezosamente sobre el terreno desolado.
En este páramo desolado, no había más sonido que el
susurro insistente del viento, que levantaba el polvo
y agitaba su melena larga. El aire estaba cargado con
el amargo aroma de la ficelina.
—¿Dónde me encuentro?
Mientras formulaba la pregunta en su mente, el
viento pareció susurrar la respuesta.
Hubo un tiempo distinto aquí. La música llenaba
el aire. Este mundo se llamaba Armonía, y resonaba
con una melodía única en la galaxia, sus agujas de
cristal y torres estriadas vibraban con las voces de
una Legión sin igual. Los Hijos del Emperador habían
sido atraídos a este planeta, en las profundidades
del Ojo del Terror, después del fracaso de la revuelta
de Horus contra el Palacio Imperial de Terra. Aquí
encontraron un hogar, un lugar de deleites y desvia-
ciones inimaginables.
Era un paraíso. Casi perfecto. Sin embargo, la
gloria pasada de la Legión se escapaba de su alcance,
susurros de una grandeza anterior que se desvanecía.
Fulgrim había abandonado a sus hijos y, sin su guía,
la III Legión se desgarraba, con tenientes y caudillos
disputándose el poder en los magníficos salones de
Ciudad Cántico.
Y entonces, Abaddon cortó la melodía de Ciu-
dad Cántico antes de que alcanzara su clímax, de-
322
strozando la ciudad con el crucero Tlaloc. La última
nota fue una sinfonía dolorosamente hermosa: los
gritos de muerte de diez mil guerreros de la III Legión,
de diez millones de esclavos y súbditos, antes de que
todo se extinguiera en silencio.
—Podríamos haberlo perfeccionado. Yo podría
haberlo hecho perfecto. Solo necesitaba más tiempo.
¡Mentira! El viento rugió la palabra, tan fuerte
que Xantine se estremeció. Luego, tan rápido como
surgió, se calmó, volviendo a ser un suave soplo.
Vavisk lo había rescatado de entre los escombros
de la ciudad agonizante y lo había llevado a una de
las últimas naves que abandonaron el planeta antes
de que los bárbaros de Abaddon lo aniquilaran por
completo. Ahora, solo quedaban los restos de un
mundo agonizante, azotados por el viento.
Xantine contempló la ciudad muerta.
—La reconstruiré —juró—. Una nueva Armonía,
perfecta esta vez. Puedo hacerlo. Debo hacerlo.
La brisa apenas susurraba en respuesta.
Y así, sin más que el silencio y la desolación para
acompañarlo, avanzó por el paisaje desértico. Re-
conoció fragmentos de la ciudad, incluso después
de milenios: las amplias avenidas de los Caminos
de la Piel, o la figura desmoronada de la Torre de
Degustación. Al alcanzar el borde de la urbe, divisó
una figura erguida y majestuosa. Pero al girarse para
ver mejor, una ráfaga de viento, más intensa que
323
antes, barrió las calles en ruinas, levantando cenizas
y polvo que le obligaron a cubrirse el rostro con el
antebrazo. Cuando bajó la mano, la Armonía muerta
había desaparecido.
324
sobre la importancia de la pasión en el arte.
Daría lo que fuera por volver a esos días. Sin
embargo, al cruzar las puertas de madera de la
cámara, no recibió ningún sonido de bienvenida,
ninguna multitud emocionada saludando su llegada.
Los lujosos sillones y sofás estaban casi vacíos, salvo
por algunos cuerpos humanos en diversos grados de
mutilación.
Xantine permanecía en el centro de la sala, absorto
en la contemplación de un enorme lienzo, ajeno a la
desolación que lo rodeaba.
—Gobernador Pierod —tronó Xantine, sin girarse
hacia el recién llegado. Pierod conocía el valor del
cuadro: un magnífico paisaje de las praderas del
planeta, pintado al óleo por el semimítico fundador
de la escuela clásica de Serrine, Balise du Gravé. Era
tan venerado que colgaba en solitario en su propia
ala del Museo Imperial de Arte, una joya exhibida a
las delegaciones visitantes de mundos como Cypra
Mundi, Elysia e incluso Terra, apenas horas después
de aterrizar en el agromundo.
—Esta obra fue el mayor tesoro de nuestro planeta.
La valorastes más que la cosecha, más que el suero,
más que nuestra gente. Le erigieron una catedral.
Y, sin embargo, no es nada. Es solo el garabato de
un niño —dijo Xantine, apuntando con su estoque
de plata hacia el cuadro—. Mira, Pierod, estas
pinceladas: uniformes, cautelosas, débiles. El tema,
325
superficial y sin inspiración. Los colores, sosos,
insípidos —continuó, mientras Angustia rasgaba el
lienzo y Pierod se estremecía con cada golpe—. El
verdadero artista trabaja desde lo más profundo de
su ser, usando materiales con alma en un medio
con espíritu —añadió Xantine, volviéndose hacia su
gobernador—. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Pierod parpadeó dos veces antes de responder.
—Sí, mi señor —dijo con vacilación.
—La perfección no puede alcanzarse sin pasión.
El artista debe amar su obra, estar consumido por
ella —continuó Xantine, cortando con Angustia a lo
largo del lienzo, que se desprendió por completo del
marco—. Todo lo demás es un fracaso total.
Finalmente, se volvió hacia Pierod, cuyos ojos
turquesa parecían apagados e inyectados en sangre,
como si no hubiera dormido en años.
—Me fallan, Pierod. Todos me fallan.
326
—Sí, he oído noticias en el viento. Lo siento mucho,
querida. Confío en que tu marido esté manejándolo
tan bien como se espera —respondió Katria.
Arielle la miró fijamente.
—Está muerto.
—Ah —Katria bajó la mirada un momento y luego
volvió a posarla en Arielle. No había rastro de sim-
patía, solo la asimilación de la información. Arielle
apreció el pragmatismo—. Un asunto terriblemente
feo —dijo la anciana.
Katria Lancere, aunque ya no ocupaba ningún
cargo oficial, mantenía su aire serio. Había sido parte
de la primera ola de desafiantes que prosperaron tras
la implementación del sistema. No ascendió por la
fuerza, sino por ingenio y oratoria. Un soneto que
encantó a Lord Xantine la catapultó a un alto cargo
en el gobierno central, en la época en que él mismo
presidía personalmente los desafíos.
Tales desafíos eran ahora un recuerdo remoto,
eclipsados por la finalidad y el atractivo masivo
del combate. Katria pronto perdió su posición en
favor de una de las casas más antiguas, que había
establecido un eficaz programa de cría de campeones
gracias a su vasta riqueza. Su primer esposo, un hábil
espadachín, fue rápidamente derrotado por un bruto
que le arrancó los brazos y le atravesó la garganta
con su propia espada. Katria nunca perdonó a los
responsables de su muerte.
327
La Casa Ondine ascendió poco después que la Casa
Lancere, y Katria y Arielle se reconocieron como
almas gemelas. A pesar de ser una noble de menor
rango, Arielle Ondine no se conformaba con una vida
de ocio. Era una intrigante, construyendo conex-
iones, relaciones y alianzas en el tambaleante ecosis-
tema político de Serrine. Estos lazos también resul-
taron útiles en el exterior. La red de amigos y aliados
de Katria la mantuvo en tratamientos Rejuvenat, lo
que le permitió prolongar su vida hasta bien entrados
sus ciento treinta años.
Ahora, estas conexiones podían servir a otro
propósito. El sistema de desafío de Serrine estaba
diseñado para ser infalible, con dos participantes
y un único resultado: sacrificar a los débiles para
exaltar a los más fuertes. Pero había un subproducto
en este ciclo, una imperfección que, con el tiempo,
podría socavar todo el sistema: el resentimiento.
La red de Katria estaba repleta de desposeídos y de-
splazados, mentes astutas que carecían de la fuerza
o la riqueza para sostener su posición, pero tampoco
estaban dispuestas a aceptar su destino pasivamente.
Arielle no tenía idea de cuántas personas estaban
conectadas con la anciana, pero tras una década de
injusticias, calculaba que debían de ser miles, quizás
decenas de miles, compartiendo su sed de venganza.
—¿Puedes ayudarme, Katria? —Preguntó Arielle.
—Depende, querida. ¿Para qué necesitas ayuda?
328
—Quiero derribarlo todo.
Katria sostuvo la mirada de Arielle por un largo
momento antes de que una sonrisa se esbozara en
sus labios.
—No eres la única, hija mía. Esta ciudad es un
polvorín, y mis aliados y yo estamos listos para en-
cender la mecha. ¿Nos ayudarás? —Katria extendió
su mano arrugada y Arielle la tomó.
—Este mundo debe ser purgado, querida —dijo la
anciana—. Para que de sus cenizas pueda surgir uno
nuevo. Juntas, drenaremos su sangre.
329
dejó en el paisaje perduró años después, con su casco
sobrecalentado quemando la hierba y marcando el
suelo fértil.
En esta huella, entre las chabolas levantadas por
los supervivientes esclavos de Exhortación, se encon-
traban veinte ciudadanos de Serrine, temblorosos
y mirando nerviosamente hacia el enorme navío.
Algunos habían sido capturados en los barrios bajos
por el Maestro de la Caza y sus fuerzas de seguridad;
otros eran habitantes de los barrios altos, llevados
bajo la línea de niebla por primera vez en su vida.
A pesar de sus orígenes diversos (plebeyos, nobles,
ricos o pobres), todos llevaban túnicas simples pro-
porcionadas por los soldados que los sacaron de sus
literas, hogares o lugares de trabajo, y todos eran
psíquicos.
Bajo uno de los edictos de Xantine, tras el ascenso
de la Marine Espacial al poder en el planeta, se
buscaba identificar jóvenes talentos psíquicos que
pudieran ser aprovechados para revivir a Exhortación.
Tras inspecciones exhaustivas de su nave naufra-
gada, Xantine ordenó a sus esclavos que despejaran
la carne putrefacta de Ghelia de Exhortación. Sin
embargo, resultó ser una tarea imposible: muchos de
los sistemas vitales de la nave estaban entrelazados
con la red orgánica de nervios y músculos.
Fue Qaran Tun quien presentó una alternativa.
Durante una sesión con entidades de la disformidad,
330
el diabolista descubrió un eco de la esencia de Ghelia,
flotando como un espectro en el Mar de las Almas.
Tun sugirió que, con la mente adecuada, capaz de
resistir y manipular el poder psíquico, el cuerpo de
Ghelia podría ser regenerado y sus habilidades como
navegante revitalizadas. La propuesta convenció a
Xantine, quien nombró a Tun como Maestro de la
Caza, otorgándole soldados, armas y recursos para
reclutar psíquicos de todos los estratos sociales.
331
jenme en paz.
Una víctima maltratada, eso es lo que era. Un paria,
condenado por su propia naturaleza, despreciado
por algo que no podía cambiar. ¿Cuándo lo des-
cubrieron por primera vez? se preguntó. ¿Fueron sus
compañeros de las refinerías quienes vislumbraron
el poder que yacía dentro de él? Tal vez los niños
del vecindario, siempre los primeros en notar las
diferencias. O quizás —observó detenidamente su
rostro desolado y sus ojos cansados— fueron sus
padres, tan temerosos de la criatura que habían
traído al mundo que la arrojaron a las sombras para
nunca volver.
Él era como ella. El pensamiento surgió de repente
y ella lo rechazó. No, él no era como ella. Este
desventurado estaba frente a ella, frágil, destrozado.
Ella había sido fuerte. Había reducido su mundo a
cenizas por el pecado de rechazarla y había navegado
entre las estrellas, con la muerte de miles de personas
flotando en su conciencia sin peso alguno.
—No, puedo ver que no haces nada —dijo. Hizo un
gesto y un hombre con una máscara de cuero negro
levantó un objeto de la consola situada en el centro de
la sala. Era rudimentario: un simple casco de metal,
con un cable que se hundía en la carne putrefacta del
suelo—. Acérquese, por favor —pidió con la dulzura
de un niño.
El hombre vaciló y la figura enmascarada se aprox-
332
imó.
—Espere, deténgase —gritó. Levantó una mano
y sus ojos brillaron con veneno—. Te he dado una
oportunidad —dijo—. Ahora no soy responsable de
lo que te ocurra. —levantó una mano, con la palma
abierta, como si invocara algo.
De su piel brotaron chispas amarillas y eléctricas.
Un olor a grasa quemada empezó a dominar el aire,
mezclándose con el hedor de la carne descompuesta
en la sala, y la luz parpadeó sobre las paredes oscuras.
Hasta que, de repente, las chispas se extinguieron.
El hombre tenía la mirada perdida, parpadeando con
tristeza hacia su propia mano. Sacudió la muñeca
como si quisiera deshacerse de un trozo de escombro
y lo intentó de nuevo. Lágrimas de sangre brotaron
de sus ojos con el esfuerzo, y las chispas crepi-
taron una vez más. Pero con la misma rapidez, se
desvanecieron en su mano.
Miró la sonrisa de satisfacción de Fedra y com-
prendió. Ella aplaudió mientras él conectaba los
puntos.
—Qué bien que nos muestres tus trucos, niña.
Pero no eres la única con esas habilidades —declaró,
elevando las manos y permitiendo que una chispa de
luz amarilla danzara entre sus palmas.
—¿Qué me has hecho? —Preguntó el hombre,
vencido, cayendo de rodillas.
—Una simple precaución antes de nuestro experi-
333
mento. No queremos que nos hagas daño ahora, ¿ver-
dad? —Giró la mano y la chispa la siguió, rebotando
como un animal doméstico—. Es una lástima que no
podamos ofrecerte lo mismo.
La figura negra enmascarada dio un paso adelante
con el casco en la mano.
—Es un objeto asombroso —dijo Fedra cuando
el hombre comenzó a llorar—. Conocía muy bien
a nuestro anterior navegante. Tan bien que ha
conservado sus principales habilidades. Todo lo
que necesitamos para escapar de este mundo es una
mente lo suficientemente poderosa y maleable como
para conectarse con los restos de esa querida criatura.
Será un gran honor si eres seleccionado. Si no lo
eres, bueno…— Fedra se inclinó para mirarlo directa-
mente a los ojos—. Al menos lo habrás intentado—.
El casco se deslizó sobre su cráneo e inmediata-
mente comenzó su trabajo, interactuando con la
conciencia envolvente. Gritó y retrocedió con pies
y manos hasta que su espalda llegó a la pared de
carne muerta. Su grito se alargó, estirándose y
deslizándose hacia abajo, hasta convertirse en un
estertor. Cuando abrió los ojos, eran de un blanco
lechoso. No había pupilas en esos orbes sin rasgos,
pero Fedra notó que se movían frenéticamente en
sus cuencas, buscando algo que ella no podía ver. Por
un momento, reinó el silencio, y sintió que las dos
mentes se rozaban a través de la línea divisoria entre
334
la vida y la muerte, la realidad y la irrealidad. Si, a
pesar de sus diferencias, lograban unirse, Exhortación
cobraría nueva vida y los Adorados podría regresar a
las estrellas.
El silencio fue interrumpido por un sonido bur-
bujeante. El hombre comenzó a convulsionarse, su
cuerpo delgado golpeando las desmoronadas paredes
de la cámara del navegante. Su piel se estremeció
cuando algo se movió bajo su superficie, serpentando
desde su rostro, descendiendo por su cuello hasta
sus extremidades. Levantó el brazo frente a su
rostro, con los ojos y la boca abiertos en un grito
silencioso, mientras los músculos y los huesos se
retorcían dentro de él, reorganizando su estructura
interna según caprichos inexplicables. Por un in-
stante, pareció que había superado el trance y respiró
profundamente. Luego, con un chasquido húmedo,
su brazo estalló con carne nueva. Surgió como cera
de una vela, emanando de algún lugar invisible, de
algún rincón dentro de su propio ser. Se alargó y
los brotes de carne superaron al rápido crecimiento
de los nuevos huesos, deformándose y cayendo al
suelo. Fedra observó sus ojos, verdes y suplicantes,
desapareciendo junto con la nariz, la boca y otros
rasgos faciales en los pliegues de tejido.
El hombre se enroscó sobre sí mismo, sus ex-
tremidades grotescamente largas se enredaron. Su
piel, antes pálida y cetrina por vivir bajo una bruma
335
asfixiante, ahora era rosada y palpitante, estirada
sobre su nuevo cuerpo.
—¿Nos vamos? —Preguntó Rhaedron, no acos-
tumbrada a presenciar tales experimentos de cerca.
—Esperen —ordenó Fedra, su tono no toleraba
objeciones. Rhaedron se quedó, ocultando su inco-
modidad mientras apartaba discretamente el dedo
hinchado que se enroscaba en su bota.
El hombre continuaba creciendo y creciendo, hasta
que hubo un momento, un instante estremecedor, en
que Exhortación pareció cobrar vida.
Y entonces, lo que había sido un hombre estalló.
Su piel se rasgó como una salchicha sobrecocida,
salpicando de sangre a Rhaedron, Fedra y a todos
los demás presentes en la cámara del navegante.
Qaran Tun, cuya armadura rosa ahora estaba teñida
de un rojo apagado como cuando se contaba entre los
Portadores de la Palabra, comentó.
—No es compatible —dijo con naturalidad—. In-
teresante. Anotaré los resultados en mis registros.
336
Cerró los ojos, intentando en vano conciliar el
sueño. Había olvidado cómo hacerlo.
La imagen de Sanpow se proyectaba detrás de sus
párpados, sus ojos marchitándose como vainas de
semillas en un horno, su piel despegándose de un
cráneo sonriente.
Vio al Gasser, con sus ojos de cristal grandes y
redondos, tan oscuros como las profundidades de la
ciudad de Serrine. Los arrancó. Le quitó la máscara,
le despojó de la cara, revelando un hueso blanco. Una
calavera.
El ángel apareció, su salvador, con sus ojos lumi-
nosos y fríos, bajando la espada. Rechazó el golpe y
contraatacó, decapitando al ángel. Su larga cabellera
brilló mientras la cabeza volaba por el aire, cayendo
al sucio suelo. Otro cráneo.
La sangre le hervía. Su respiración era agitada.
Percibió un sonido en la oscuridad de la sala de
literas.
Una mano tocó su frente.
—Estás ardiendo —dijo Cecily, sentada a su lado en
el catre—. ¿Estás bien? Estabas hablando dormido.
—¿Qué decía?
—No estoy segura —respondió Cecily, dubitativa.
Él murmuró, buscando la silueta de Cecily que se
esbozaba lentamente en la oscuridad.
—¿Por qué estás aquí?
—Quería ver cómo estabas.
337
—Sé cuando mientes, Cecily —dijo Arqat, ofre-
ciendo una sonrisa torcida—. ¿Qué querías real-
mente?
Ella confesó. Arqat sabía que Cecily no era buena
para expresar lo que realmente sentía. Finalmente,
él le tomó la mano.
—No podemos quedarnos aquí, Arqat. Hoy casi
mueres. Sanpow está muerto. Es solo cuestión de
tiempo para nosotros. No quiero que mueras. No
quiero morir.
—No morirás —aseguró Arqat, tratando de in-
fundir optimismo en su voz—. Eres el ayudante
del gigante. Serás el último de nosotros en quedar,
contando su munición y ayudándole a atar más armas
a su armadura.
—Por ahora. ¿Qué pasará cuando se canse de mí?
Está perdiendo la cabeza, Arqat, lo poco que le queda
por perder. No quiero estar aquí cuando colapse.
—Entonces, ¿cuál es el plan? Las Fauces Doradas
ya no son una opción desde que el Culto Rojo los
aniquiló hace semanas. Y ni siquiera considero
unirme a esos nauseabundos Gassers —espetó con
desdén.
—No en la subciudad —interrumpió Cecily.
—¿La ciudad alta? ¿A quién nos uniríamos allí?
—Me refiero a fuera del mundo —susurró Cecily,
exasperada.
—¿Fuera del mundo? ¿Cómo conseguiríamos una
338
nave?
—No lo sé —admitió—. Pero puedo hacer cosas,
Arqat. Sé que puedo sacarnos de aquí. Lo he visto.
—¿Dónde lo has visto?
—En mis sueños —respondió ella en un susurro
apenas audible.
Él suspiró. Intentaba ser comprensivo, pero sabían
que sus opiniones no cambiarían.
—No podemos huir, Cecily. Este es nuestro mundo.
Debemos defenderlo de esos monstruos. Debemos
luchar contra ellos —declaró, alzando la voz lo su-
ficiente como para que el hombre en la litera vecina
gruñera molesto.
—Arqat, por favor —rogó Cecily en un susurro—
. No podemos luchar contra ellos. Son ángeles
descendidos del cielo. Nosotros somos débiles en
comparación.
—Habla por ti —rebatió Arqat.
Cecily suspiró.
—Solo quiero irme —confesó—. Dejar atrás este
horrible planeta y estar entre el cielo y las estrellas.
Es hermoso allá arriba, más allá de la superficie,
entre el azul y el negro —le apretó la mano con
fuerza—. Ven conmigo, Arqat. Podemos hacerlo
juntos.
—No puedo —dijo él con firmeza—. No huiré.
Tienen que pagar por lo que nos hicieron —levantó
involuntariamente el muñón de su brazo—. Por lo
339
que me hicieron a mí.
340
—Lamentablemente, no, mi señor.
—No. No, me lo temía —Xantine se giró hacia
las pinturas de la pared del fondo—. Oigo susurros,
Pierod. Elementos sediciosos entre nosotros. Mis
queridos hermanos me dicen que mis ciudadanos
están descontentos con mi benevolente gobierno.
Que están conspirando contra mí. ¿Es cierto?
Pierod tragó saliva involuntariamente.
—¡No, mi señor! Tú eres su gobernante, su sal-
vador, su…
—¿Así que tachas a mis hermanos de mentirosos?
—Xantine hizo una pirueta en el acto, con el pelo
negro revoloteándole alrededor de la cara. Miró a
Pierod de arriba abajo, teatralmente—. Una elección
valiente para un hombre de tu destreza física. Pero
la valentía debe ser recompensada. ¿Organizo un
desafío con uno de mis hermanos? ¿Quizás Vavisk?
El perro viejo está perdiendo su filo. ¿O podría Qaran
Tun disfrutar de la oportunidad de perder a una de
sus mascotas?
Pierod ahogó un aullido. Solo había visto a Qaran
Tun cuatro veces; el marine espacial, muy tatu-
ado, pasaba la mayor parte del tiempo fuera de
la ciudad, pero recordaba cada encuentro con un
pavor aún palpable. El aire que rodeaba al guerrero
parecía congelado, como si hubiera salido del frío
de la tumba. Los botes y recipientes que llevaba
en su armadura marcada ritualmente traqueteaban
341
y rebotaban mientras caminaba, hogar de algunas
criaturas monstruosas que Pierod estaba seguro de
no querer conocer.
—No, no —dijo Pierod, con el pánico elevando el
tono de su voz—. Nunca mancharía el nombre de tus
honorables hermanos.
—¿En serio? —Dijo Xantine. Una sonrisa
socarrona se dibujó en las comisuras de su boca
ennegrecida—. Deberías probarlo, Pierod. Quizá te
guste.
—Yo… —tartamudeó Pierod.
—Bromeo, Pierod. Honestamente, deberías ver tu
cara. Se ha vuelto tan blanca como la seda. Sé por
qué estás aquí. Tienes que informarme de la muerte
de mis estimados guardianes a manos de mi propia
gente.
—Sí, señor. ¿Cómo lo has sabido?
—Esta es mi ciudad, Pierod, mi mundo. Conozco a
su gente mejor que ellos mismos, porque les he dado
todo lo que ahora aprecian. Esto es una llamada de
atención, nada más. Les daré la atención que anhelan.
Pero antes de eso, encontraré la podredumbre, la
cortaré y se la mostraré. Quizá entonces entiendan
lo mucho que me deben.
342
Las celebraciones durarían seis días, y culminarían
con una ceremonia, celebrada en el lugar donde Xan-
tine aplastó definitivamente el fallido levantamiento
xenos. Para Xantine, pretendía ser una efusión
comunitaria de amor hacia el gobernante del plan-
eta, una oportunidad para que decenas de miles de
ciudadanos de Serrine mostraran su agradecimiento
en persona al guerrero que había descendido de las
estrellas para salvarlos.
Estaba resultando difícil de organizar.
Preguntó Pierod a Corinto, sin mirar a su ayudante:
—¿Hemos demolido el bloque habitacional del
paseo marítimo oeste?
—Desgraciadamente no, mi señor. Los residentes
se muestran recalcitrantes y nuestro equipo de tra-
bajo no ha vuelto a informar.
—¿Otra vez? ¿No es el tercer equipo que enviamos?
—Sí, señor.
—Envía a la milicia, entonces, derriba la cosa
con la gente aún dentro. Si la vista a la catedral
está bloqueada desde el parque, Lord Xantine nos
desollará vivos.
—Lo siento mucho, señor —dijo Corinto—, pero
ya lo hemos hecho.
—¿Lo hemos hecho? ¿Qué ha pasado?
—Se mataron entre ellos. No teníamos estim-
ulantes suficientes para toda la unidad, y cuando
los subalternos se enteraron de que los oficiales
343
habían recibido su paga, se volvieron contra ellos.
Encontramos sus cuerpos quemados frente al bloque
habitacional. De los subalternos, ni rastro.
—Intensifica las patrullas en los bajos fondos,
Corinto. Tuvimos un acuerdo con las pandillas, una
vez. Necesitan conocer su lugar.
—Lo siento, mi señor, nosotros…
—Escúpelo, Corinto.
—También hemos hecho eso. De las últimas cinco
patrullas, sólo regresó un alma. Lo encontramos
mutilado y cegado, con la frente tallada con una
especie de símbolo.
—¿Una nueva banda? —Cuestionó Pierod.
—No lo creo, mi señor. También he visto el sím-
bolo aquí en la ciudad. Hay demasiados de ellos, en
demasiados lugares, para que sea el trabajo de un
líder. Todos parecen querer una sola cosa: sangre.
Pierod se estremeció al pensarlo. Esto iba a ser un
problema.
—Triplica las patrullas en la ciudad. Cuadruplí-
calas, si es necesario. Lord Xantine debe tener su día,
y para eso, necesitamos esos estimulantes.
344
vez, antes de gruñir de asentimiento y hacerse a un
lado. Arielle contó sus bendiciones y se adelantó.
La Sala de los Registros era antigua. Ya había es-
tado aquí una vez, antes de la llegada de los Marines
Espaciales, cuando bullía de actividad. Los ser-
vocráneos habían llenado el aire, transportando
pergaminos a los bancos de escribas y sirvientes, que
actualizaban los rendimientos de las cosechas, los
informes de hidratación, los costes de los diezmos y
los detalles de los regalos recibidos.
Ahora, la sala estaba casi vacía. Sólo quedaba
un puñado de escribas, con sus cuerpos marchitos
y sus plumas escribiendo palabras sin sentido en
pergaminos manchados. Ese papeleo había sido
antaño la savia del Imperio, una forma de rastrear el
pasado del planeta y prepararse para su futuro, pero
bajo el gobierno de Xantine había caído en el olvido.
—La podredumbre lo infecta todo —murmuró
Arielle Ondine en voz baja.
Al final encontró lo que buscaba en el tercer piso
del vestíbulo, en una modesta pila de libros. Los
planos no estaban completos, ya que Serrine se había
construido hacía demasiado tiempo como para que
se conservaran los registros iniciales, pero eran
suficientes, ya que contenían los detalles de los
estudios encargados por gobiernos anteriores sobre
los cimientos de la ciudad.
Eran lecturas áridas, pero Arielle siguió adelante,
345
buscando los detalles que Katria dijo que encontraría.
Miró nerviosa por encima del hombro mientras hoje-
aba las páginas, con el corazón latiéndole con fuerza
mientras leía, esperando sentir la enorme mano de
uno de los guerreros de Xantine sobre su hombro.
No hubo contacto, y por fin vio la información
que necesitaba. Los estudios detallaban las princi-
pales deficiencias estructurales descubiertas en los
cimientos de la ciudad de Serrine. Los inspectores
habían recomendado reparaciones urgentes, pero
Katria le había asegurado que el dinero destinado
a tales reparaciones había ido a parar a las arcas
personales de la familia Durant.
Cerró el libro y lo introdujo en su túnica negra con
una mano. Con la otra, apretó la estrella de ocho
puntas e intentó respirar más despacio. Sintió la
humedad de la sangre en los dedos y Lady Arielle
Ondine sonrió.
346
Capítulo 19
E
douard se encontraba en un estado de deses-
peración ineludible. A pesar de haber agotado
todas las vías posibles, no había logrado dar con
Runoff. La urbe estaba en calma, aunque la milicia
se preparaba para una inminente festividad de gran
envergadura.
Sin más alternativas, recurrió a su último recurso.
El templo, en su primitivismo, exhibía un altar rudi-
mentario, una masa de piedra negra cuyos con-
tornos ásperos se habían formado con tosquedad a
través de cinceles rudimentarios. Los bancos con-
sistían en columnas caídas, como árboles derriba-
dos por una tormenta. En el centro del recinto se
erguía un caldero de latón maltrecho, su metal opaco
destellaba bajo la luz del fuego. En la opulenta urbe
de Serrine, parecía como si un vestigio prehistórico
de civilización persistiera en aquel lugar. Las figuras
que se congregaban alrededor del caldero, envueltas
en túnicas rojas y portando máscaras metálicas,
contribuían a esta impresión, pareciendo devotos
347
de un antiguo dios animal.
A pesar de la situación, Edouard volvió a sentirse
conectado con los fieles. Había sido educado para
liderar como sacerdote, pero ahora se encontraba en
la posición opuesta, como un seguidor, atrapado en
su destino.
Dejó escapar una risa amarga. Sin embargo, nada
de eso importaba si lograba obtener algo de Runoff.
Aunque la iglesia solía ser su refugio, ahora es-
taba cerrada debido a los disturbios, con las calles
vigiladas por soldados bien vestidos, listos para
disparar a cualquier intruso. Edouard soltó otra risa
amarga, viendo cómo su aliento se convertía en una
nube en el aire gélido de Serrine. En esa ciudad, la
desaparición de plebeyos era cosa común, sin que
sus familias tuvieran el poder o la influencia para
investigar su paradero. Sin embargo, la pérdida de
una mascota favorita del Lord Xantine movilizaba a
todos los monstruos locales, con sus armas al alcance
y los dedos ansiosos sobre los gatillos, esperando un
pretexto para actuar.
A pesar del dolor por la retirada de Runoff, Edouard
había mantenido su distancia, dirigiéndose hacia
un lugar al que había jurado no volver: su pasado.
Conocía a Dartier desde su juventud en el sacerdocio.
A diferencia de Edouard, Dartier había encontrado
comodidad en su desviación del camino, dedicándose
al comercio, la venta y, en última instancia, a pro-
348
porcionar estímulos exóticos a los mejores postores.
Edouard confiaba en que la nostalgia lo llevaría a
ayudarlo. Por suerte, no estaba equivocado.
—No lo haría por cualquier alma —afirmó Dartier
con severidad, golpeando con énfasis una larga aguja
con un dedo enguantado en cuero, lo que produjo un
suave tintineo.
—Lo sé. Agradezco tu ayuda, viejo camarada
—respondió Edouard.
—No me llames “viejo camarada”. Han pasado
ocho años desde la última vez que nos vimos. Llegué
a pensar que estabas muerto. Abre tu bata —ordenó
Dartier.
Edouard aflojó su corbata y deslizó la tela hacia
atrás, revelando su costado herido. Un hematoma se
extendía desde la axila hasta el muslo, una paleta de
colores que recordaba al firmamento.
—Dioses… —silbó Dartier—. Me sorprende que
sigas con vida.
—Casi desearía lo contrario —murmuró Edouard.
—¿Los temblores? —Preguntó Dartier, chasque-
ando la lengua—. Hay otro lugar donde podrías
encontrar alivio.
—¿Dónde? —Inquirió Edouard, sintiendo dolor
cuando Dartier insertó la aguja entre sus huesos.
Pronto, una cálida sensación se extendió por su
costado, producto del efecto calmante de las drogas.
Aunque no era Runoff, por primera vez en días, su
349
cuerpo se sintió aliviado.
—Es un refugio seguro, dirigido por almas bonda-
dosas. Te proporcionarán lo que necesitas sin pedir
mucho a cambio.
—¿Cuánto cuesta? —Preguntó Edouard.
—Es gratuito. Solo requieren una mente abierta
—respondió Dartier.
350
S’janth fue el primero en expresarse, en la mente
de Xantine.
—Aún sientes la herida del traidor, mi amor
—susurró.
—Ese despreciable no pudo causarme daño,
querida. Sarquil no es más que un insignificante. Una
mente limitada no puede comprender la grandeza
—respondió Xantine.
—Y sin embargo, ocupa nuestros pensamientos
—afirmó ella, dejando que sus palabras flotaran
en su mente, más como una afirmación que como
una pregunta. Él podría negarlo, pero ella conocía
las sensaciones de su cuerpo.
—Solo pienso en el tormento que le infligiré a su
cuerpo y alma cuando lo saque del agujero en el que
se ha metido —afirmó.
—No, mi amor. Ardes en agonía. La llevas en tu
corazón y corre por nuestra sangre, densa y pesada.
Nuestros nervios arden, no de ira ardiente y dulce,
sino de melancolía, profunda y amarga. Duele. Duele
porque no entiendes cómo pueden volverse en tu contra,
cómo pueden dejarte atrás. Y sin embargo, tú también
has traicionado antes —añadió con una pausa, una
sensación como un beso en la nuca.
—Yo no soy un traidor —rugió Xantine, endure-
ciendo su mente, sintiendo cómo S’janth retrocedía
ligeramente. El toque en su cuello se desvaneció—
. No me compares con Abaddon, demonio. Yo no
351
traiciono. Me muevo contra los débiles con precisión
calculada. Así es la galaxia: el más débil sucumbe
ante el más fuerte.
Hubo una risa ligera, como el destello de las estrel-
las.
—No me instruyas sobre esta galaxia, mi amor. He
existido más tiempo del que tu especie ha surcado las
estrellas, y he sido testigo de innumerables traiciones a
lo largo de las telarañas de la realidad. Las almas justif-
ican sus acciones como mejor les conviene: necesidad,
deber, el bien supremo. Engañan a otros, se engañan
a sí mismos. La traición es la esencia misma. Es el
sustento que nos permite a los de mi especie saciar
nuestro hambre.
—¿Cuál es tu punto, demonio? —Preguntó Xan-
tine.
—Él es solo el primero, mi amor. Otros se volverán
contra ti. Tus hermanos más cercanos se convertirán en
tus mayores adversarios. No puedes alterar este destino.
—Puedo hacer lo que quiera —desafió Xantine.
Pero el silencio fue su única respuesta.
Volvió a enfocarse en el plano terrenal y observó a
los demás congregados en la sala del consejo. Trató
de disimular su preocupación, pero las palabras del
demonio seguían resonando en su mente, incrus-
tadas en su conciencia.
Torachon agitaba una rodilla nerviosamente, como
de costumbre. Qaran Tun permanecía sentado en
352
silencio, con los ojos dorados cerrados, mientras sus
dedos desnudos trazaban los símbolos de los Poderes
Ruinosos con movimientos delicados. En el otro
extremo de la sala, Vavisk vibraba con una especie
de zumbido. Su voz, surgida de una rejilla carnosa,
chirriaba con cada respiración, y las aberturas supu-
rantes en su cuello emitían un sonido húmedo al
abrirse y cerrarse.
Finalmente, Fedra suspiró.
—El gigante ha descubierto algo —anunció a
la sala del consejo, aunque su voz parecía llegar
desde lejos, como si fuera transportada por el viento.
Lordling emitió un murmullo de aprobación ante sus
palabras—. Ha descendido a la ciudad subterránea,
para… divertirse —continuó Fedra. Lordling asintió,
tan vigorosamente que sus manos resbalaron de
su cabeza. El ser deforme pareció decepcionado
por un momento, pero luego una amplia sonrisa
volvió a iluminar su rostro de carne cruda cuando
Fedra volvió a colocar sus dedos en su sien—. Uno
de sus juguetes le habló de un gigante púrpura, un
ángel de las alturas que descendió para proteger a
los olvidados. Estuvo a punto de destrozar el juguete,
pero lo dejó ir, lo dejó regresar a su guarida. Y lo
siguió. A través de tuberías y guardias, hasta un
lugar cálido y profundo. Allí lo encontró… —Fedra
retiró las manos de la cabeza de Lordling, quien gritó
de alegría. Su voz volvió a ser la misma de siempre:
353
seca y ronca, como el lecho seco de un río—. Ha
encontrado a tu hermano. Sarquil se oculta en la
ciudad subterránea.
—¡Inmundo traidor! —Rugió Torachon, ponién-
dose de pie—. ¡Lo decapitaré personalmente, te lo
juro! Lord Xantine, por favor, permíteme este placer.
Xantine alzó una mano para calmar al joven Marine
Espacial.
—Este chico rebosa energía —trinó S’janth en su
mente.
—Incluso ahora —reflexionó—. Debería haberlo
aprendido después de décadas a mis pies.
—Tú también fuiste así, una vez —apuntó.
—¿Una vez, demonio? Tú me elegiste como tu par.
Seguramente mostré suficiente vitalidad para captar
tu atención.
—Y has sido un excelente anfitrión, mi amor
—replicó S’janth.
Torachon lo observaba expectante, con la mano
aún sobre el pomo de su sable.
—¿Mi señor? —Inquirió, con los labios fruncidos
en un mohín.
—Aprecio tu entusiasmo, pero conocemos las ob-
sesiones de nuestro hermano. Es probable que haya
reforzado su posición —intervino.
Qaran Tun abrió los ojos tatuados y habló.
—Estoy en comunión con los Nunca Nacidos que
merodean en los bajos fondos. He estudiado sus
354
hábitos. Podría someterlos a nuestra voluntad,
acabar con nuestro hermano cuando menos lo
espere.
—Por tus venas corre sangre mixta, primo, así que
pasaré por alto tu impertinencia esta vez. Recuerda
que somos los Hijos del Emperador, yo soy Xantine,
y no asesinamos a nuestros enemigos en sus lechos.
Los enfrentamos en combate y los decapitamos con
un golpe mortal —advirtió Xantine, girándose hacia
la cámara sin intención de debatir.
—Nos moveremos con fuerza, y cuando localice-
mos a nuestro hermano errante —dijo, dirigiendo
su mirada turquesa a Torachon—, seré yo quien lo
mate.
355
Capítulo 20
L
as incursiones de caza eran comunes en la
infraciudad, pero se centraban en la captura
de psykers temerosos o en la eliminación de líderes
de bandas conflictivas. La fuerza que descendió del
imponente ascensor de Serrine era incomparable-
mente más poderosa, con veinte Marines Espaciales
y más de cien guardias personales Sofisticantes,
cuidadosamente seleccionados por Xantine, además
de quinientos miembros de la milicia, mejorada y
revitalizada, de la sobreciudad. Lordling y Fedra
lideraban la marcha hacia la guarida de Sarquil, con
Xantine en el corazón de la procesión, sostenido por
un palanquín llevado por seis de sus Sofisticantes.
La travesía por la ciudad subterránea transcurrió
con calma mientras la bruja dirigía hábilmente a
la fuerza hacia las refinerías. Aunque fue un viaje
prolongado, no hubo incidentes graves; incluso los
delincuentes más endurecidos sabían que atacar a
un solo Marine Espacial, y menos a veinte, era una
sentencia de muerte segura. Sin embargo, Xantine
356
se aburría profundamente cuando Lordling empezó
a señalar los puntos de referencia y los pasillos
familiares.
—Estamos cerca —anunció Fedra con su voz melo-
diosa, mucho después de que hubieran dejado atrás
el barro y el polvo de la superficie para adentrarse
en las entrañas del complejo de refinerías subter-
ráneas. La precisión de la guía de la bruja se confirmó
poco después, cuando la procesión fue emboscada
desde el otro extremo de un amplio pasadizo circular.
Diez figuras humanas, flacas y raquíticas, abrieron
fuego desde posiciones defensivas improvisadas,
disparando ráfagas de ametralladoras y autofusiles.
A pesar de su aspecto desaliñado, estaba claro que
aquellos guardias no eran meros pandilleros. Sus
disparos alcanzaban la ceramita con precisión letal, y
cuando caían, lo hacían empuñando sus armas hasta
el último aliento.
—Este es el nido de ratas —anunció Fedra.
—Es hora de purgarlo —respondió Xantine, mien-
tras su escolta depositaba el palanquín en el suelo.
Una imponente puerta blindada bloqueaba el
pasaje, cinco veces más alta que un hombre y lo
suficientemente ancha como para permitir el paso
de los transportadores industriales que llevaban la
mercancía desde los almacenes de la periferia hasta
las refinerías subterráneas. Se abría hacia arriba,
con segmentos recortados para dejar paso a las vías
357
férreas que se extendían hacia el espacio exterior. En
la puerta, en letras descoloridas, se leía “REFINERÍA
04”.
—¡Solo Sarquil podría considerar este lugar
su hogar! — exclamó Xantine, despreciando el
entorno prosaico, mientras sus Adorados reían
con complicidad—. Torachon —llamó a su joven
Teniente—, anuncia nuestra llegada.
—Será un honor, mi señor —respondió Torachon
con solemnidad. Dirigió a dos capitanes de la milicia,
identificados por las altas plumas verdes que adorn-
aban sus tocados, quienes sacaron de sus bolsas de
cuero un montón de bombas de fusión. Luego, dieron
órdenes a sus soldados, que rápidamente colocaron
las cargas explosivas en puntos estratégicos de la
puerta. Una vez completada la tarea, los capitanes
esperaron la aprobación de Torachon. El Marine Es-
pacial frunció el ceño con dramática desaprobación.
—¿Acaso somos aldeanos? ¿Acaso somos mendi-
gos? —cuestionó. Los capitanes intercambiaron
miradas, y uno de ellos se preparó para responder,
pero Torachon le detuvo con una bofetada—. ¡Por
supuesto que no! Más, necesitamos más.
Los milicianos descargaron sus bolsas y dis-
tribuyeron bombas melta aleatoriamente en la
entrada, hasta que Torachon detuvo su frenesí.
—¡Basta ya! No somos salvajes. Preparen las
cargas.
358
Los soldados humanos se retiraron a una distancia
segura mientras los temporizadores de las bom-
bas melta iniciaban la cuenta regresiva. Mientras
tanto, los Marines Espaciales de los Adorados per-
manecieron cerca, ansiosos por sumergirse en la luz,
el calor y el estruendo de las explosiones. Su prox-
imidad les permitió ser los primeros en atravesar la
brecha creada por las explosiones en la puerta blin-
dada, con el resplandor de sus armaduras disipán-
dose en la oscuridad del espacio más allá.
359
la entrada explosiva de los Adorados, condenados a
una vida de dolor eterno al servicio de un amo que
residía en las alturas.
Torachon aguardaba que estos pobres mortales
huyeran al ver su entrada estruendosa y veloz, que
aprovecharan su oportunidad y escaparan de los
supervisores corpulentos que merodeaban por las
estaciones de trabajo. Sin embargo, ninguno se
movió.
Se percató de que no podían hacerlo mientras sus
agudos ojos se ajustaban a la luz infernal de la vasta
cámara. Los mortales estaban encadenados a sus
puestos de trabajo, con grilletes de hierro pesado
alrededor de una muñeca y un tobillo. A pesar de
sus esfuerzos por liberarse, se agitaban y retorcían
contra sus ataduras en vano.
Xantine rugió sus órdenes, enviando a sus Sofisti-
cantes a explorar las antecámaras y las salas laterales,
y ordenando a su milicia que se posicionara para el
combate. Sin embargo, a los hedonistas guerreros de
su grupo, la única orden que les dio fue que se sacia-
ran, pues aquello era un festín que no podían resistir.
Los Adorados aceptaron su papel con entusiasmo y
se abrieron paso entre la masa humana, avanzando
con la misma facilidad con la que las segadoras del
planeta cortaban la hierba.
Se toparon con resistencia por parte de los
grotescamente inflados capataces, fortalecidos por
360
tratamientos brutales, que se aproximaban con
enormes machetes a dos manos. Eran lentos pero
robustos en sus movimientos, pudiendo sobrevivir
a la pérdida de uno o dos miembros antes de que la
lucha los abandonara por completo. Algunos afor-
tunados entre las filas de los trabajadores también
habían sido armados, equipados apresuradamente
cuando se hizo evidente que la refinería estaba siendo
atacada. Agitaban desesperadamente cuchillos
afilados en las manos libres, o disparaban de manera
descontrolada con armas en mal estado, medio
aterrados y medio exhaustos por el agobiante trabajo.
Los Marines Espaciales de los Adorados se di-
vertían con estas criaturas patéticas, esquivando con
destreza los frenéticos golpes antes de desmembrar
o destripar a sus presas como si fueran juguetes.
Muchos se rindieron completamente. Torachon se
lanzó sobre un hombre que sostenía temblorosa-
mente un arma oxidada, pero en lugar de apuntarla
hacia su agresor, la dirigió hacia su propia barbilla y
apretó el gatillo. Torachon rió, aunque su risa estaba
teñida de amargura. Matar a prisioneros no era un
entretenimiento. Escudriñó la cámara en busca de
desafíos dignos de su sable charnabal.
Se encontró con uno. Un destello rosado dan-
zaba entre la multitud de heridos y moribundos,
deteniéndose solo para enfrentarse a las imponentes
figuras de los Adorados. Tyllios cayó, aferrándose
361
a su garganta mientras la sangre roja y brillante
brotaba entre sus dedos largos. Orotholes se giró al
escuchar el sonido, antes de que sus piernas fueran
cercenadas a la altura de la rodilla. Cojeando, se
desplomó al suelo y expiró mientras una hoja curva
atravesaba su armadura, abriendo su cavidad torá-
cica y destrozando sus dos corazones.
Torachon había visto antes a un guerrero como ese
en el campo de batalla, cuando ambos luchaban por
la misma causa.
—Te reconozco, hermano —vociferó, persigu-
iendo el destello con su pistola bólter. Presionó el
gatillo, pero la figura se movió demasiado rápido y
los proyectiles reactivos impactaron contra la carne
blanda de los esclavos humanos, desgarrándolos en
una cascada de sangre y vísceras. Utilizó la multitud
como cobertura, acechando y emergiendo para atacar
cuando los Adorados estaban distraídos con su propia
masacre.
Él jugaría el juego. Se dispuso a elegir un nuevo
objetivo: un anciano de mirada húmeda, con la piel
pálida teñida de suciedad. Levantó su sable y aguardó
un momento.
El sonido del asalto llegó primero: pasos increíble-
mente sigilosos, apenas perceptibles incluso para
su oído transhumano. Se volteó y cruzó su sable
sobre su ancho pecho en un gesto defensivo. La
hoja curva resbaló sobre el filo pulido del sable
362
charnabal, y la resplandeciente armadura de ce-
ramita de Torachon resistió el impacto que la hoja
no absorbió. El atacante cayó entre dos esclavos
humanos, y Torachon los apartó con un empujón,
fracturándoles la columna vertebral en su prisa por
identificar a su adversario. La criatura rosada se
enderezó, levantándose y transformándose en dos
garras afiladas.
—Orlan —dijo con una sonrisa amplia—. Debí
suponer que habrías huido con las otras alimañas.
Ahora erguido, la criatura que una vez fue un
Marine Espacial estaba encorvada, balanceándose
como un depredador mientras adoptaba una postura
de combate. Orlan rodeó a Torachon con cautela,
observándolo fijamente con ojos del tamaño de un
platillo, del color del aceite derramado. Sus mandíbu-
las carnosas enmarcaban una boca fruncida, agar-
rando el aire como gusanos ciegos en busca de presa.
Orlan siseó a Torachon, intercambiando su espada
curva entre sus garras.
—Por el Príncipe, nunca fuiste hermoso, pero la
disformidad ha sido más cruel contigo de lo que
hubiera imaginado —musitó Torachon, inclinán-
dose hacia adelante para inspeccionar a su antiguo
hermano—. No me sorprende que escondas tus
deformidades en este oscuro abismo.
Orlan resopló, probablemente de rabia, y se lanzó
hacia adelante con un golpe certero. Las retorci-
363
das bendiciones de la disformidad lo habían vuelto
grotesco, pero también veloz, y la hoja curva rozó
la placa de ceramita sobre el estómago de Torachon.
Una espuma verde y sibilante brotó rápidamente de
la hendidura en la armadura.
—¿Veneno, Orlan? —Inquirió Torachon, alzando
los brazos en un gesto de frustración mientras la
criatura se abalanzaba sobre la masa de esclavos—.
No es justo, ¿verdad? —Como respuesta, Orlan ar-
rancó a un hombre de sus cadenas, cortando su mano
y parte de la muñeca, y lo lanzó hacia Torachon. Con
un solo movimiento, el joven marine espacial dividió
al proyectil, mutilado y gorgoteante, salpicando su
rostro de vísceras. Lamió los fluidos de sus labios.
—¡Esta es una verdadera batalla digna!
364
la oportunidad de descansar en la gran máquina
de Sarquil, junto con los elegidos para unirse a las
patrullas, y, sin embargo, no podía disfrutar de ese
lujo. No fue por bondad, ni siquiera por compasión,
que el imponente guerrero le había proporcionado
una cama y su propia cámara. Fue por pura lógica:
necesitaba su mente fresca y descansada para co-
municarse con sus otros compañeros. Si no podía
dormir, no sería útil para él, y entonces, bueno… Ya
había visto lo que Sarquil hacía con las cosas que no
le servían.
La mayoría, al menos. Su mente regresó a Arqat.
Desde su retorno, el sueño la había eludido. El
hombre que conocía, el joven que había salvado,
había cambiado. En su última conversación, había
sentido su toque en su mente, y vio el rojo: la ira
hirviente, la furia sin sentido. Quería ayudarlo, pero
después de eso, le daba vergüenza admitir que le
tenía miedo.
Extendió la mano como lo había hecho antes, es-
perando encontrar algún cambio, algún consuelo en
sus pensamientos. No tuvo que buscar mucho. Él
latía en su mente, el calor de su ira casi palpable a
través de las capas de roca que los separaban. Cecily
se estremeció y apartó la mirada del hombre que una
vez conoció. Recorrió el suelo de la obra, sintiendo
el peso de la miseria que se había acumulado allí.
No quería quedarse y se encaminó hacia los túneles
365
y tuberías que llevaban a la Refinería Cuatro. Pe-
queñas almas: roedores y lagartos que sobrevivían
devorándose unos a otros, con apenas un destello
de humanidad, o al menos de lo que una vez fue
humanidad. No había consuelo en esos seres rotos.
Se estiró aún más, mientras el sueño la evadía.
De repente, su mente fue invadida por luz y sonido,
deslumbrantes y ensordecedores. Cecily se recuperó
del shock y se encontró en su habitación oscura. Ape-
nas había visto el sol de Serrine, pero lo sintió como
si lo hubiera observado directamente. Su mente
ardía, la luz abrasadora había despejado cualquier
pensamiento de sueño. Necesitaba encontrar su
fuente, contemplar su esplendor.
Se levantó del catre tambaleándose y salió de su
dormitorio aturdida. La refinería estaba caliente,
como siempre, y el suelo de metal desnudo le
quemaba los pies. Se dio cuenta de que ni siquiera
se había molestado en ponerse sus desgastadas
botas de trabajo. No importaba, el dolor era una
breve distracción del resplandor que se acercaba. No
permitiría que nada la disuadiera de presenciar su
fulgor.
Cecily anticipó la explosión antes de que sucediera,
y no se inmutó cuando la puerta principal de la
Refinería Cuatro estalló hacia adentro con una fuerza
que sacudió su cabello hasta los hombros y la cubrió
con escombros. La emoción la envolvió mientras la
366
figura liberada entraba en la sala, transportada en
andas por figuras musculosas.
Era una figura mítica: un ser de las profundidades
de su infancia, de los relatos y la historia de su
mundo.
Tenía la misma estatura imponente que Sarquil,
aunque tal vez un poco más pequeña, y al igual
que los hermanos que la acompañaban, llevaba una
armadura que oscilaba entre el intenso púrpura y los
suaves tonos rosados, adornada con joyas, borlas, y
cadenas.
Pero era distinto a sus hermanos. Tan claramente
diferente que Cecily se tambaleó ante su presencia,
como impactada. Trató de asimilarlo. Tenía el
cabello largo y oscuro, que enmarcaba sus finos
rasgos y la nariz recta, como una escultura que
cobraba vida.
Más que eso. Era resplandeciente. Incluso sin usar
su poder, podía verlo. Podía sentirlo, una presencia
abrumadora en la cámara que pesaba en su cabeza.
Osó trazar su mente sobre la suya y le ofreció el
más leve toque, como dedos sobre seda. Se retiró
al instante, como si estuviera quemada. Algo en su
interior brillaba tanto que le causaba dolor: hería
sus ojos, sus oídos, todos sus sentidos. Solo quedó
una silueta, grabada en su mente como una imagen
sobreexpuesta. Ligera, grácil, con ojos almendrados
como los de un felino. Le habló, planteándole la
367
pregunta que había escuchado en sueños.
¿Qué es lo que deseas?
Sabía que no era de este mundo. No era extrater-
restre como los xenos que habían surgido en su
juventud, sino algo más antiguo, algo más puro, algo
perfecto. Susurraba de mil imperios, de un millón de
planetas, de mil millones de almas. Había surcado
las estrellas durante milenios y ansiaba hacerlo de
nuevo.
Cecily vislumbró una salida de aquel antro de mu-
gre, calor y muerte. Lo vio con claridad, elevándose
entre las nubes rosadas, atravesando el azul hasta
alcanzar el negro. El frío del vacío, fresco y curativo
para alguien tan maltratado y magullado por su
existencia.
Por su parte, ella tenía algo que ofrecerle. Conocía
sus deseos, porque eran los mismos que los suyos,
un anhelo desgastado y eterno.
Poder.
En la penumbra intermitente del taller infernal de
Sarquil, Cecily pasaba desapercibida. Vestida con
harapos y pantalones holgados, se abría paso entre
los soldados y Sofisticantes como un barco surcando
el agua, apartándolos con suavidad con leves toques
en los hombros o las caderas. Eran guardianes de sen-
saciones, entrenados para reaccionar con extrema
violencia ante cualquier amenaza contra su señor, y
ninguno se volvía para mirarla mientras avanzaba
368
hacia su objetivo.
Descubrió que pasar desapercibida era una de sus
habilidades más útiles: hacerse casi invisible para
todos excepto para los observadores más agudos.
Ni siquiera Fedra la notó al principio. Cuando fi-
nalmente lo hizo, la bruja parecía despertar de una
pesadilla, escudriñando frenéticamente su entorno.
Los ojos de Cecily captaron su atención y escuchó un
terrible chillido. De la boca abierta de la bruja brotó
fuego negro, que se bifurcó como electricidad hasta
envolver a Cecily en una oscuridad ondulante.
Las llamas deberían haberla consumido, pero Ce-
cily las repelió con la mente, disipando su calor y su
poder. La abrazaron como agua purificadora, fría
y oscura como el vacío, dejándola imperturbable e
inmaculada, a pocos pasos del guerrero que había
visualizado como su salvador.
—Me llamo Cecily —anunció—. Y puedo ayudarte.
El guerrero la observó como si presenciara algo que
no había visto en mucho tiempo.
—Quiero salir de aquí —dijo Cecily—. Quiero que
me lleves contigo.
—Ayúdame a derrotar a mi traidor hermano
—propuso Xantine—, y te concederé cualquier deseo.
369
Como Fedra antes que ella, Xantine percibió fortaleza
en Cecily. Sus habilidades psíquicas eran evidentes,
pero incluso sobrevivir en un lugar tan desolador
demostraba poder. S’janth, el ente dentro de Xantine,
se alimentaba del sufrimiento de miles como si fuera
néctar, agitándose extasiado dentro de él mientras
luchaba por contenerla.
Los Adorados irrumpieron en la cámara, de-
splegándose en un abanico de caos. Sus objetivos no
se elegían por la prioridad de la amenaza o la eficacia
de las armas, sino por el placer potencial. Dirigirlos
era una tontería, y Xantine les permitió sembrar el
caos entre las fuerzas de su hermano. Sin embargo,
su atención estaba en otro lugar.
Se conectó a la frecuencia de voz de Sarquil y lanzó
un grito sónico desafiante.
—¡Sarquil, serpiente! Sal y afronta tu destino
—la única respuesta fue el sonido de mortales ag-
onizando.
—Tus esclavos están muriendo, Sarquil. Observa
a mis leales hermanos. Dejan de lado sus mezquinas
disputas y luchan por mí, por el honor y el orgullo
de la Tercera Legión. Tú fuiste como ellos, una vez,
antes de que la ambición y la traición envenenaran
tu alma.
No hubo respuesta. Xantine profundizó su ataque.
—Pero ahora eres un cobarde, escondiéndote de-
trás de tus esclavos en este asqueroso agujero. Tu
370
única redención será enfrentar tu destino ante tus
resplandecientes hermanos.
Una voz crepitó en el vox, profunda y lúgubre.
—Ellos están ciegos, y tú eres patético.
—¡Qué veneno, hermano! —Respondió Xantine
con fingida indignación—. Te he dado tanto, ¿y así
es como me lo devuelves?
—No me diste nada —replicó Sarquil mientras
emergía de la cámara octogonal, en lo alto del suelo
de trabajo—. Tu lamentable banda de guerra no tenía
nada que ofrecer. Vivíamos como mendigos, rascando
las sobras: munición, esclavos, placer. Tan obsesionados
estaban con esa cosa que compartía tu cuerpo que ni
siquiera podías verlo.
S’janth siseó en respuesta.
—Un alma materialista, esta. La podredumbre se ha
instalado, su mente está perdida en la obliteración. No
puede ver lo sublime.
—¿Entonces por qué no lo mataste cuando tuviste
la oportunidad?
—¿Y perderme este placer? Mi amor, te estás
volviendo tedioso en tu vejez.
Xantine proyectó su voz hacia su hermano.
—He visto la perfidia arraigada en tu alma mar-
chita. He vislumbrado tu traición mucho antes de
que tuvieras el descaro de actuar en consecuencia. Te
he desenmascarado, hermano. Lo veo todo.
—Categóricamente falso —replicó el Exterminador
371
con tono exasperante—. De lo contrario, no habrías
caído en mi trampa.
—No mientas, Sarquil. No posees ni la astucia ni
la elegancia para hacerlo.
—No miento. He aprovechado la sangre vital de tu
mundo y la he asfixiado hasta casi extinguirla. Sabía
que vendrías en un intento fallido por salvarlo, y ahora
te sepultaré junto a él. De las cinco mil cuatrocientas
noventa y ocho almas de este factorum, todas morirán
aquí hoy —declaró Sarquil—. Y será una misericordia.
Es preferible reducir este mundo a cenizas que vivir un
momento más bajo tu dominio.
Las colosales tuberías a lo alto de la refinería, que
transportaban la esencia vital del planeta desde la su-
perficie hasta las instalaciones, habían sido transfor-
madas en conductos de desolación. Sarquil, con un
gesto de su imponente Puño de Combate, invirtió las
antiguas bombas, inundándolas con metal fundido:
la misma materia prima que había utilizado para
forjar su arsenal. Las tuberías fulguraron primero
en rojo, luego en amarillo, antes de fundirse y des-
bordarse. Gotas plateadas se precipitaban al suelo,
inicialmente en un goteo y luego en un torrente. El
metal ardiente engullía a los hombres y mujeres al
contacto, quemándolos en un instante. Luchaban
contra sus ataduras mientras el metal se acumu-
laba a su alrededor, desgarrando manos, tobillos y
muñecas con cuchillas improvisadas, mientras los
372
charcos crecían, alcanzando primero la altura de una
espinilla, luego la cintura y, finalmente, la cabeza.
Los Adorados también se vieron atrapadas en el cat-
aclismo. Poron Faest aulló de dolor y éxtasis cuando,
distraído por su propio reflejo mientras intentaba
saltar entre los bancos de trabajo elevados, recibió
un disparo en la espalda con una pistola automática
y cayó en el lago de metal líquido. Se hundió bajo la
superficie y su cuerpo se cocinó rápidamente dentro
de su armadura rosa.
Xantine, en un punto más elevado, se apartó del
creciente charco de metal fundido.
—Tonto insensible, ¿condenarías a tu creación por
mera perversidad? —Cuestionó Xantine.
—No importa —dijo Sarquil, extendiendo un
enorme brazo sobre la infernal escena—. Nada
de esto importa. Los catorce coma cinco millones de
cartuchos, las siete mil noventa y dos granadas, las
trece mil y…
Sarquil se estremeció y comenzó a contar de nuevo,
como si se reiniciara.
—Catorce coma cinco millones de municiones.
Su cañón de cadena comenzó a parlotear, dis-
parando ráfagas entrecortadas, no hacia Xantine,
sino hacia objetivos aparentemente aleatorios.
—Catorce punto…
El cañón perforador de una multimelta surgió del
pico de su pecho izquierdo, apartando tendones y
373
piel para romper la superficie de su armadura.
—Catorce.
Un cañón láser carnoso emergió de su estómago,
disparando cegadores rayos de luz desde su punta
reluciente. También surgieron armas más extrañas:
dientes de latón rodeaban unas fauces chirriantes
que lanzaban bolas de fuego verde; vainas carnosas
de munición sobresalían de los músculos agrupa-
dos, proporcionando a las armas de todo tipo balas,
proyectiles y paquetes de energía extraídos de la
propia disformidad.
—Ca-ca-ca…
La palabra se perdió para siempre, reemplazada
por un metronómico thump-thump-thump cuando
el inconfundible cañón acorazado de un pesado ból-
ter emergió del interior de la garganta de Sarquil,
haciendo crujir su mandíbula al comenzar a disparar.
La ceramita y los músculos se retorcieron como
la masilla mientras el cuerpo de Sarquil se reconfig-
uraba, su obsesión tomando forma en el plano físico
mientras el virus obliterador latente hacía estragos
en su ser. Por encima de ellos, las últimas tuberías
se abrieron y una lluvia plateada cayó.
374
mientras danzaban, chisporroteando contra sus ar-
maduras de ceramita en las raras ocasiones en que
se dejaban atrapar por ella. Los guerreros dejaban
tras de sí un rastro de humanos mutilados mientras
luchaban, y los amplios golpes de sus afiladas es-
padas cortaban la carne desprotegida con facilidad.
Torachon rugió mientras luchaban.
—¿Por qué has elegido esta miseria como tu des-
tino? —Retumbó en la refriega.
Orlan siseó, sus mandíbulas temblaban salvaje-
mente. Hablar era un esfuerzo evidente para la
criatura, y sus palabras emergieron cuidadosamente
de su boca fruncida.
—Me da lo que deseo.
—¿Y qué anhela una bestia como tú? —Interrogó
Torachon.
—Quiero matar. Quiero devorar. Quiero ser
poderoso —respondió Orlan, apuntando su espada
hacia Torachon—. Como tú, ¿verdad? Como tú.
Se enfrentaron en un terreno más elevado mientras
la marea de metal ardiente ascendía. Los bancos
de trabajo se convirtieron en islas en el fulgurante
mar metálico, y Torachon utilizaba a los ocupantes
humanos como escalones improvisados para buscar
refugio temporal. Orlan, ahora más ágil gracias a los
dones que deformaban su cuerpo, saltaba entre las
islas antes de que el metal fundido pudiera alcanzarlo
con sus garras.
375
Un brazo humano emergió desde abajo, aferrán-
dose débilmente al tobillo de Torachon mientras su
dueño se hundía lentamente en el metal fundido.
Torachon, repelido, alzó el pie y pisoteó la extrem-
idad, rompiendo el hueso y liberándose del débil
agarre. La breve distracción brindó a Orlan una
oportunidad, y con un salto, su espada envenenada
arañó otra cicatriz en la armadura de Torachon.
—¡Cobarde! —Gritó Torachon—. ¿Intentas
matarme por la espalda? Eso no es el camino del
Tercero.
Orlan volvió a sisear, pero esta vez de manera
diferente: más húmeda.
—¿Te estás burlando? —Preguntó Torachon.
—Ingenuo. Siempre ha sido así —dijo el desfig-
urado marine, jadeando entre palabras—. No hay
honor. Solo orgullo. Xantine lo sabe bien. Ya ha
traicionado a su maestro antes, al igual que Sarquil lo
traicionó a él —otra inhalación húmeda—. Xantine
es débil. Se esconde detrás de hermanos más fuertes
—Orlan alzó su espada envenenada, apuntando a
Torachon—. Como tú. Eres más fuerte, más rápido,
pero estás atado a él. Siempre débil bajo su sombra.
—Estás celoso de que haya llegado tan lejos
—afirmó Torachon.
—¡Ja! —Orlan rió nuevamente—. Solo te usa a
ti. Lacayo. Marioneta. Perro faldero —saliva gris
goteaba de sus fauces al escupir la última palabra.
376
—¡No! —Rugió Torachon. Se lanzó hacia adelante,
superando en velocidad a Orlan, y aferró el cuello
de su hermano desfigurado, sus dedos blindados de
ceramita hundiéndose profundamente en la carne
blanda. Elevó al Espacial Marino más pequeño en el
aire, girando su monstruoso rostro de un lado a otro
mientras examinaba su corrupción. Las mandíbulas
de Orlan se extendieron hacia la muñeca de Torachon,
en un intento infructuoso de liberarse.
—Asqueroso —espetó Torachon. Golpeó a Orlan
con la otra mano, haciendo que uno de sus enormes
ojos saliera de su órbita. Se posó en su mejilla,
balanceándose como un péndulo en el agarre de Tora-
chon. Aun así, las mandíbulas seguían moviéndose,
la boca fruncida trabajaba.
—No toleraré la falta de respeto —gruñó
Torachon—. Ni siquiera de mis propios hermanos.
Ni de nadie.
Lentamente, bajó a Orlan, con los pies por delante,
hacia el creciente mar plateado. La criatura deforme
se retorció entre sus garras, gorgoteando mientras
el metal fundido le abrasaba el cuerpo por debajo de
la cintura. Finalmente, con el olor a carne quemada
invadiendo sus fosas nasales, Torachon soltó a su
hermano de los Hijos del Emperador, dejando que se
deslizara bajo la superficie junto a tantas otras almas
destrozadas.
El joven marine Espacial quedó solo en el brillante
377
lago. Sus hermanos habían perecido o se habían
retirado, el fracaso y la cobardía su merecido castigo.
En la entrada, su Maestro de Guerra permanecía de
pie, con la mirada fija en el gigante de la pasarela
superior, ajeno a la batalla que se libraba abajo. Una
vez más, Xantine se llevaba la gloria, ignorando a
los hermanos que luchaban y morían en su nombre.
Torachon se mofó.
Esta vez no.
Sarquil era un punto de luz, en lo alto, su cuerpo
mutante expandiéndose y llenándose de nuevas ar-
mas.
—Lo mataré —decidió Torachon—. La gloria de
su muerte será mía, y solo mía. Xantine lo verá.
La cadena resistió el peso de las enormes cubas de
savia mientras se elevaba hacia su destino.
378
del vox, lo suficientemente alto como para que el
joven Marine Espacial lo oyera—. ¡Torachon! ¡De-
tente! ¡Es una orden de tu Maestro de Guerra! De tu
superior. Sarquil es mío.
Un crujido en el vox precedió a la voz de Torachon
inundando los oídos de Xantine.
—Has demostrado ser incapaz de acabar con esta
serpiente, Xantine, así que esta vez seré yo quien le dé el
golpe final —su voz apenas mostraba esfuerzo.
—Tiene hambre de tu gloria —susurró S’janth. Una
admiración velada en su tono.
—¡No! —Rugió Xantine—. Te libré de las fauces
del Señor de los Clones, te colmé con todas las
sensaciones que la galaxia puede ofrecer, te exalté
a mi lado, ¿y así es como me pagas? ¿Usurpas mi
posición? Te lo he dado todo.
—No me has dado nada. Solo has tomado. Y ahora,
yo te arrebataré la gloria. Observa, mi señor, cómo un
verdadero hijo del Tercero abate a sus enemigos.
Xantine aulló de frustración y desenfundó el Placer
de la Carne de su cadera.
—Derríbenlo —ordenó, mientras disparaba ráfa-
gas una tras otra, no hacia Sarquil, sino hacia la
figura de armadura púrpura que ascendía por la
cadena hacia el pórtico.
—Traición —cantó S’janth en la mente de
Xantine—. Como te prometí.
—¡Mátenlo! —Gritó Xantine.
379
—Pero no hay nadie aquí. Debemos irnos.
—No importa. Debemos revisar cada habitación,
eliminar a todas las alimañas.
Tres colosos se encontraban en la entrada, mur-
murando entre sí. Sus voces rugían, su discurso era
tosco, como si el simple acto de hablar les costara.
Eran gigantes. Arqat los observaba, sus siluetas
delineadas por la luz del exterior mientras abrían
la puerta de su encierro.
Una antorcha, sostenida en un sofisticado mon-
taje de arma láser, escudriñaba el interior de la
habitación, iluminando sus escasos enseres: una
cama, un cubo y un libro. Un libro ilustrado, con la
cubierta adornada con la imagen de los cuatro brazos
del Salvador de Serrine. Uno de los Sofisticantes en-
tró y se aproximó al libro que reposaba en la cama. Un
trofeo, quizás, por un trabajo bien hecho. Se inclinó
para recogerlo y se volvió hacia sus compañeros para
mostrarlo.
Desde su escondite bajo la cama, Arqat empuñaba
su machete. Había sacado el arma de su baúl tan
pronto como despertó con el estruendo de las ex-
plosiones, contando los instantes hasta que los at-
acantes llegaran, una mezcla de temor y excitación
revolviéndole el estómago.
380
Observó los tobillos envueltos en cuero de la mujer
y blandió el machete con toda su fuerza, cortando los
tendones de Aquiles del sofisticante.
Ella gritó y se desplomó, soltando su pistola láser y
cayendo al suelo. Su rostro giró hacia un lado y Arqat
vislumbró a su agresor: era colosal, casi tan alto
como los propios gigantes, y poderoso, con músculos
abultados que se asomaban bajo su túnica magenta.
En su rostro portaba una máscara que representaba
el semblante del Salvador, bañado en oro. La nariz
era recta, con una leve curvatura hacia arriba en la
punta, y los labios formaban una sonrisa burlona.
Incluso aquí, incluso en la oscuridad de su mundo,
no podía escapar de su ejecutor.
Arqat le atravesó la sien con la espada y se deslizó
fuera de debajo de la cama. Atraído por el ruido, un
segundo sofisticante entró en la habitación. Al igual
que la mujer, llevaba el mismo rostro: el Salvador, en
oro. Arqat emergió desde abajo y hundió su espada en
el hombro del hombre, atravesando carne y tendones
hasta alcanzar el hueso. La arrancó de un tirón,
empujando al enmascarado dorado hacia adelante,
antes de clavarla tres veces en su cintura. Cada
golpe destrozaba órganos vitales, y el sofisticante se
derrumbó al suelo, sus manos resplandeciendo con el
carmesí vivo de sus propias entrañas en la penumbra.
Solo quedaba uno. Este era imponente, aún más
grande que los otros, y se desplazaba con una agilidad
381
que sorprendió a Arqat. Cambiaba su lanza de mano
con destreza mientras se enfrentaban, girando en
un baile mortal, idénticos en todos los aspectos
excepto en sus expresiones: donde la máscara dorada
mostraba serenidad, el Salvador ofrecía una sonrisa
compasiva y ojos de ópalo, el rostro de Arqat estaba
contorsionado por la furia. No luchaba por Sarquil,
sino por Sanpow, por Cecily, por su brazo arrebatado
y su vida arrebatada.
—¡Muere! —Gritó, lanzándose hacia el Sofisti-
cante. La lanza giró en el aire y su extremo golpeó a
Arqat en la espalda, haciéndolo caer al suelo mien-
tras el Sofisticante hábilmente esquivaba su espada.
Arqat se levantó rápidamente y desvió la punta de
la lanza con un movimiento rápido. Avanzó nue-
vamente, canalizando toda su fuerza en un golpe
desesperado, con la ira nublando su juicio y su equi-
librio. El soldado con la máscara dorada respondió
con su propio ataque y golpeó el estómago de Arqat
con la empuñadura de su lanza. Las piernas de Arqat
cedieron y cayó de rodillas contra el catre. El Sofisti-
cante volvió a hacer girar su lanza, burlándose del
hombre derrotado mientras luchaba por recuperar
el aliento. Estaban jugando con él.
—Vamos —jadeó Arqat—. Mátame.
El Sofisticante se rió detrás de su máscara, un
sonido oscuro, cruel y burlón. Pronunció una sola
palabra.
382
—Débil.
Por un instante, volvió a ser un niño. Solo por
un instante, un niño, con sus miembros delgados
empequeñecidos por la voluminosa túnica que estaba
obligado a llevar. Lloraba con frecuencia. Lloraba por
su madre, pero más a menudo lloraba por su niñera.
Anhelaba que ella le acariciara el pelo por última vez,
que le dijera que todo estaría bien.
Los otros se burlaban de él, y él lo entendía. Tam-
bién odiaba a ese niño. Odiaba su debilidad, odiaba
su vulnerabilidad. Él sería fuerte.
—Débil —repitió el Sofisticante, con la lanza
sostenida firmemente con ambas manos y la punta
apuntando a la garganta de Arqat. Arqat apoyó las
manos en el suelo de la celda y encontró algo sólido
y cálido bajo el catre. Deslizó las manos alrededor de
la pistola, sintiendo su peso, y la movió lentamente
detrás de su espalda.
El zumbido del rayo láser llenó la celda cuando
Arqat apretó el gatillo. En un instante, el aroma a
tela quemada y carne chamuscada inundó el aire. El
Sofisticante miró hacia abajo, observando el agujero
humeante en su pecho, su rostro impasible sin rastro
de emoción. Arqat disparó de nuevo, iluminando la
cámara con un resplandor rojo infernal mientras el
rayo atravesaba el músculo del Sofisticante.
Poniéndose en pie, Arqat mantuvo la pistola láser
entre él y su adversario. Se mofó mientras avanzaba
383
y seguía disparando.
—¿Quién es el débil ahora? —Preguntó, burlán-
dose del soldado mientras los rayos perforaban su
túnica magenta y carbonizaban su piel. A pesar de
todo, el Sofisticante se mantenía firme.
Finalmente, Arqat llegó hasta él y lo golpeó en la
barbilla con la culata de la pistola engastada en oro.
El hombre cayó al suelo como un saco de arena, y
Arqat se sentó sobre su pecho, acercando su rostro a
la máscara dorada.
—Eres débil. Yo soy fuerte —declaró Arqat mien-
tras golpeaba con el codo la máscara dorada. Esta se
levantó, revelando la piel desnuda debajo. Con los de-
dos, arrancó la máscara de su torturador, revelando
al hombre que había debajo.
Los pómulos eran anchos, demasiado promi-
nentes, y los labios delgados se tensaban sobre una
mandíbula que había sido moldeada artificialmente
por años de tratamientos genéticos. Pero reconocía
ese mentón, orgulloso y desafiante, esa nariz torcida.
Aun recordaba la curva del puente nasal, fracturada
cuando aquel hombre lo defendió del matón que
amenazaba con quemar sus libros.
Sobre todo, reconocía esos ojos. Iris del mismo
marrón profundo, aún portando la misma melan-
colía que siempre habían tenido.
—Un alma antigua —Nanny solía decir de Telo,
mientras los dos niños jugaban a su alrededor. Su
384
hermano siempre fue el juicioso, el servicial, el
protector.
—No…
La luz de la vida se apagaba en los ojos de su
hermano. Escupía sangre, sus amplios hombros
temblaban con una última tos mientras luchaba por
respirar con unos pulmones destrozados. Arqat
retrocedió, el pánico congelando su corazón. Pero
pronto, ese miedo se transformó en furia ardiente.
Agarró el cuello del traje acanalado de su hermano y
lo sacudió, gritándole.
—¡Despierta! ¡Despierta, maldito cobarde! —Le
propinó una bofetada al rostro de su hermano
moribundo—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué, maldita
sea? ¿Por qué?
El aliento abandonó el cuerpo de su hermano,
sin responder a su pregunta. La pesada cabeza del
Sofisticante cayó hacia atrás, golpeando el suelo de
hormigón con un sonido sordo.
385
una marca profunda en la mente de Torachon, su
orgullo herido sangraba libremente.
Él, Torachon, había sido criado para ser el Hijo
del Emperador más perfecto. ¿Qué era Xantine sino
un vestigio amargo y roto de una vieja guerra? Los
guerreros Primaris del Emperador Cadáver, el auge
del Ojo del Terror y la fractura de la galaxia en dos: la
existencia había avanzado, dejando a Xantine atrás.
Torachon era el único capaz de guiar a los Adorados
hacia un futuro glorioso, de llevar a este mundo hacia
la perfección.
Esta libertad era embriagadora, ardía en sus pul-
mones y en su corazón mientras corría por el pórtico,
por encima del mar fundido.
Demasiado tarde, Sarquil se dio la vuelta, y Tora-
chon hundió su espada profundamente en el vientre
de su desobediente hermano. Cayeron juntos.
386
colapsaban bajo el daño irreparable, pero la fuerza
invasora seguía atacando, con sus disparos dirigidos,
al menos nominalmente, hacia la figura vestida de
púrpura que se acercaba a su antiguo hermano.
—¡Que muera! ¡Ahora mismo! —rugió Xantine,
pero sus palabras eran meros ecos en el caos cre-
ciente. Torachon se acercaba rápidamente a Sarquil,
cegado por la locura inducida por el virus Obliter-
ador, incapaz de escuchar los pasos sigilosos de su
hermano o de percibir el peligro inminente. Xantine
apartó con un golpe a un soldado, fracturándole la
columna vertebral, y agarró el cañón láser caído. Con
el arma en su hombro, apuntó hacia el joven Marine
Espacial, pero sus reflejos sobrehumanos le permi-
tieron esquivar el ardiente haz de luz. En su lugar,
el disparo golpeó la estructura central, impactando
algo explosivo en su interior. La explosión destrozó
las ventanas de cristal y liberó la superestructura de
sus anclajes.
Torachon alcanzó a Sarquil en un instante, y las dos
figuras parecían fusionarse en una. Se precipitaron
desde la pasarela, el impacto de Torachon derribó
al Obliterador de sus pies mutados, y cuando regre-
saron a la cubierta metálica, lo hicieron en un ángulo
diferente. Su masa combinada lo desestabilizó aún
más, desprendiendo por completo un soporte del
techo, que cayó con una lluvia de metal fundido y
escombros.
387
Sarquil cayó de cabeza al lago. El metal sobreca-
lentado derritió su característico gorro de plata en
cuestión de instantes; años de meticuloso trabajo se
deshicieron en un abrir y cerrar de ojos. Su cerebro
fue abrasado al momento siguiente, antes de que el
resto de su cuerpo se hundiera, con sus armas de
carne y metal aún disparando, incluso en la muerte.
Xantine vio cómo su traicionero hermano desa-
parecía de su vista, cómo le arrebataban la gloria de
su propia muerte. Había sido traicionado no una,
sino dos veces, por ambos hermanos, y su ira ardía
con más intensidad que el horno en el núcleo de la
refinería.
Exploró la habitación, pero no encontró rastro
alguno de Torachon. No había tiempo para más.
Un temblor sacudió toda la cámara, y la estructura
comenzó su inexorable caída hacia el creciente lago
fundido debajo. Con cada segundo que pasaba, el
techo se desplomaba más, precipitándose hacia la
incandescente superficie.
El techo de la Refinería Cuatro se desplomó con
estruendo, el peso del mundo sobre ella resultó
abrumador para la estructura. Enormes fragmentos
de metal y hormigón rocoso destrozaron los tan-
ques de almacenamiento y la maquinaria subyacente,
aniquilando a los desafortunados humanos que se
encontraban en su trayectoria, mientras otros eran
abrasados por el metal incandescente que caía desde
388
las grietas del techo. Un bloque de hormigón rocoso,
más grande que un Baneblade31 , se estrelló contra
el suelo, aplastando a seis Sofisticantes y pasando a
escasos centímetros de Xantine. Este se apartó y se
abrió paso entre Sofisticantes y milicianos mientras
corría hacia una salida, pero una lluvia de metal
fundido que caía desde una rejilla en lo alto bloqueaba
su camino. En medio del caos, la desesperación
crecía, y Xantine se sentía como si estuviera en
Harmony nuevamente, entre las agujas de cristal
de Ciudad Cántico. La belleza era asombrosa, pero
efímera; sabía que no podía perdurar. Al alzar la
vista, divisó el crucero Tlaloc, enviado por Abaddon
al corazón de su mundo. Recordó haber sobrevivido a
esa atrocidad, rescatado de la ciudad en ruinas por su
hermano Vavisk. Ahora, con el cielo desplomándose
una vez más, Xantine se hallaba solo. Entonces, hizo
lo único que podía: se echó a reír. Una risa que
brotaba del más profundo abismo de su ser, hasta
que las lágrimas llenaron sus ojos.
31
Baneblade: Es el principal modelo de Tanque Superpesado
utilizado por la Guardia Imperial, y es uno de los tanques
más grandes y antiguos empleados por el Imperio. Es más
una fortaleza móvil que un tanque. Icono inconfundible de la
supremacía blindada del Imperio, una sola de estas máquinas
de guerra superpesadas puede servir como el puño acorazado
de una ofensiva del Astra Militarum, o como el eje inexpugnable
de hasta la más desesperada de las defensas.
389
—Corre —susurró S’janth en su mente, urgente y
frenético. Era como una bestia salvaje, ansiosa por
liberarse de su jaula, y aulló ante su rendición. Ambos
comprendían que, después de las maquinaciones de
los aeldari, la muerte en un cuerpo de carne sig-
nificaba la aniquilación—. Criatura débil —rugió—.
¡Déjame entrar! — Pero Xantine se negó. Optó por
experimentar la sensación final, traspasar la última
barrera de su propio cuerpo. Cuando la oscuridad
descendió y el mundo parecía derrumbarse sobre él,
esperó la aniquilación. Sin embargo, esta no llegó.
El estruendo de la destrucción de la Refinería Cuatro
se atenuó, y Xantine levantó sus ojos turquesa. Se
encontraba dentro de una burbuja de realidad, como
una gota de aceite en el agua, a través de la cual los
escombros del techo no podían penetrar. En el centro
de esta burbuja, una pequeña mujer permanecía de
pie, con los brazos en alto.
—Gracias —pronunció Xantine con una gratitud
genuina que le resultaba extraña.
La mujer pareció agobiada por un peso inde-
scriptible, pero logró articular sus palabras.
—He cumplido mi parte del trato —dijo—. Ahora
te toca a ti.
390
Habían devastado su hogar, forzado a acabar con la
vida de su propio hermano y arrebatado a la mujer a
la que amaba por encima de todas las demás. Sin
embargo, al menos los invasores eran fáciles de
rastrear. Sus voces resonaban estridentes y sus risas
retumbaban en los estrechos corredores de la ciudad
de las tuberías. Y podía olerlos: la sangre en sus
armas, las cenizas impregnadas en su armadura.
Arqat los siguió, reptando agazapado por los túne-
les laterales y conductos de ventilación. La ciudad
subterránea era su terreno, no el de ellos, y conocía
cada ruta, cada escondite. No estaba solo; compartía
su mundo con otros nativos, como los Gasser, cuyos
rostros enmascarados asomaban de los conductos
y recovecos, sus ojos oscuros y abiertos como los
de insectos. La tentación de atacarlos era fuerte, de
vengarse por la sangre derramada de sus primos, de
sentir el crujido de sus huesos bajo su espada.
Pero Arqat se mantuvo firme, persiguiendo al
pequeño grupo de guerreros vestidos de rosa y sus
secuaces más pequeños. Lo hacía por Cecily. Los
ángeles le habían arrebatado un brazo, y ahora se
llevaban a la mujer que le había salvado. Su castigo
sería la muerte.
Los invasores avanzaban con determinación hacia
los grandes ascensores, la única ruta funcional que
quedaba hacia la ciudad. Habían dejado un rastro de
muerte tras ellos; Arqat dedujo, por la conversación
391
de los soldados, que cientos habían perecido en el
colapso de la Refinería Cuatro.
Justo castigo, pensó. Él mismo solo había
sobrevivido porque se había refugiado en un tanque
de savia volcado cuando el techo se vino abajo,
emergiendo solo cuando el estruendo cesó.
La mayoría de los pandilleros no se atrevieron a
enfrentarse a los invasores; aquellos que lo inten-
taron fueron abatidos sin contemplaciones. Arqat
encontró sus cuerpos, destrozados por proyectiles
explosivos o quemados por láser. Algunos presenta-
ban signos de muertes más macabras: uno estaba
desmembrado por un solo golpe, otro había sido
desollado a medias, su piel colgando como un manto.
Finalmente, llegaron al gran ascensor y as-
cendieron. Arqat les seguiría pronto, emergiendo
de las profundidades para vengarse, cueste lo que
cueste.
392
Capítulo 21
T
raidor —rugió Xantine, destrozando un jarrón
de nueve mil años de antigüedad que repre-
sentaba la primera llegada de los barcos del diezmo
de Terra a Serrine. Los fragmentos de cerámica
crujieron bajo su bota mientras los aplastaba—
. ¡Incompetente! —Giró su estoque en un arco,
atravesando esculturas y estatuas con su punta
monomolecular—. ¡Ese despreciable, ese infeliz,
ese… traidor!
—Como siempre ha sido —susurró S’janth.
—¡Silencio, demonio! — Gritó Xantine. Sus pal-
abras pusieron fin a la orgía de destrucción, dejando
la cámara en silencio. Solo el pecho agitado de
Xantine indicaba la tensión mientras permanecía de
pie frente a su consejo. Tres de las sillas estaban
vacías. Las de Torachon y Sarquil permanecerían así
para siempre, mientras que la de Xantine temblaba,
esperando el regreso de su amo.
El Maestro de Guerra se calmó, controlando su
tono.
393
—Torachon desobedeció mis órdenes e intentó
reclamar la gloria de la muerte para sí mismo. El
Señor de los Clones deberá rendir cuentas la próxima
vez que lo vea. Que así se recuerde.
Qaran Tun, incapaz de leer la atmósfera, fue el
primero en hablar.
—El Mar de las Almas lo reclamó con un propósito
—dijo el Portador de Palabras, con una ecuanimidad
erudita que no encajaba en la tensa sala. Xantine se
giró hacia su primo tatuado, con un destello de rabia
en sus ojos turquesa.
—Silencio —rugió—. Ese necio no tenía ningún
propósito. Era un desperdicio, nuestros restos
genéticos amalgamados en una forma patética.
Una grotesca sombra del Tercero, sin nuestra
gracia ni nuestro esplendor —Xantine escudriñó
la habitación—. Y luego tuvo la audacia de arrojar su
vida por la borda. El último insulto: ni siquiera fue
capaz de traicionarme —sacó a Placer de la Carne de
su cadera y disparó uno, dos, tres virotes contra la
silla vacía de Torachon.
Xantine dejó escapar un largo suspiro.
—¿Cuántos hemos perdido? —Preguntó mientras
escudriñaba la sala. Vavisk lo miró con su habit-
ual estoicismo, mientras que los párpados tatuados
de Qaran Tun permanecían cerrados, el diabolista
probablemente en comunión tácita una vez más con
sus mascotas Nunca Nacidas. Fedra evitaba cuida-
394
dosamente su mirada, concentrada en los brazaletes
que adornaban sus delgadas muñecas. No recibiría
respuesta de los que quedaban—. Por los dioses, ¿por
qué todos mis súbditos tienen que fallarme? Pierod,
¡dame un recuento de las bajas, ahora!
El gobernador de Serrine se adelantó vacilante
desde su posición en el borde del círculo de sillas.
Había sido un participante incómodo en estas re-
uniones del consejo, pero Xantine descubrió que
podía confiar en el corpulento mortal para llevar
a cabo tareas básicas, sobre todo porque el miedo
de Pierod a perder su posición superaba su temor a
cualquier otro peligro.
—Unos cuatrocientos soldados, mi señor —informó
Pierod.
—Detalles —rugió Xantine, levantando su pistola
hacia Pierod. Antes de que el mortal pudiera re-
sponder, el servocráneo que revoloteaba sobre su
hombro tomó la palabra—. Trescientos noventa y
dos milicianos, cuarenta y tres Sofisticantes y trece
de los Adorados, que descansen en paz, perecieron
en el asalto a la Refinería Cuatro.
—¿Trece? Creía que eran doce —balbuceó Pierod.
—El maestro Quant sucumbió a sus heridas hace
aproximadamente setenta y tres minutos, gober-
nador —informó el Servocráneo.
Pierod se encogió cuando Xantine lanzó un busto
de bronce de su propia cabeza a través de una ventana
395
acristalada, gimiendo en silencio mientras el aire frío
entraba por el agujero que había creado.
—Fracasos. Estoy rodeado de fracasos. A pesar
de todos mis esfuerzos, estoy bloqueado por mi
propia gente, por mis propios hermanos —murmuró
Xantine mientras se dirigía hacia el fondo de la cá-
mara, hacia el trono de mármol que utilizaba durante
sus llamadas meditaciones—. No importa —dijo
Xantine, respirando hondo y pasándose una mano
enguantada por la cara—. No importa —repitió,
tratando de convencerse a sí mismo—. Lo que he
perdido lo olvidaré. Y además —agregó mirando a
Cecily—, en mi nueva musa, puede que haya encon-
trado un premio mayor.
396
sospechado que existieran tales lugares en su ciudad
natal, pero ahora comprendía por qué: estas viejas
estructuras estaban ocultas detrás de pasarelas, bal-
cones y terrazas. Habían sido relegadas al olvido por
las generaciones posteriores, que usaron la riqueza
de los mundos prósperos para disfrazar su modesto
pasado con monumentos opulentos. Pero el pecado
original seguía latente, enterrado bajo la superficie,
conformando los cimientos de esta ciudad de torres
y estatuas.
Aquí y allá, los vestigios de la ciudad superficial
se filtraban. A veces, trozos de mampostería de
mármol bloqueaban su camino, con sus superficies
manchadas de incrustaciones de oro y plata. Edouard
se dio cuenta de que habían sido arrojados durante el
ataque de los xenos años atrás, y siguió su descenso
hasta esta capa subterránea por los rasguños y mar-
cas que dejaron en las estructuras antiguas.
Estos escombros nunca habían sido removidos
por las cuadrillas del barón Sarquil, ni siquiera se
había reparado en ellos. Eso no era sorprendente en
Serrine, ni siquiera ahora. El propio Lord Xantine
había prometido que Serrine se convertiría en la
ciudad más bella de la galaxia y había ordenado a
su gobierno reparar todos los daños causados por
el ataque. Edouard había creído en él, ¿qué joven
no habría creído en el ángel resplandeciente que
había descendido del cielo para salvarle la vida?
397
Pero una década después, la gente todavía vivía en
edificios habitacionales semidestruidos y negocios
bombardeados.
—¿Qué estoy haciendo? —Se preguntó. Desde aquí
abajo no podía ver el cielo nocturno, ni distinguir
las estrellas, ni las lunas, ni siquiera los destellos de
colores que a veces percibía.
Sin embargo, escuchaba algo. Un sordo golpeteo
de metal contra metal y, al esforzarse en la oscuridad,
el murmullo de voces elevadas. Las siguió, avan-
zando con precaución sobre la mampostería rota y
sorteando trozos de hormigón, hasta que encontró
la entrada del templo.
398
Capítulo 22
E
l mundo no tenia nombre.
O, eso pensaba.
La voz estaba en lo cierto. Aunque el mundo poseía
un nombre, éste se había deslizado en las profun-
didades de su memoria, devorado por las criaturas
susurrantes que lo habitaban. El hombre también
tenía un nombre, pero éste había sido borrado de su
mente. No tenía relevancia. Rara vez era mencionado.
Incluso para sus propios hijos, el hombre era el
Virrey: un título más que un nombre. Un título de
poder, de influencia. Era más trascendental que un
simple nombre. Era superior a algo tan trivial como
un hijo.
El chico ostentaba una melena larga. Era una cos-
tumbre arraigada en su clase social llevar el cabello
largo, cortándolo únicamente al ascender a alguna
de las numerosas altas posiciones en el mundo. Y
así, su cabello había crecido y crecido hasta que pudo
atarlo con una cinta. La cinta era de color púrpura, el
color de los héroes. Su cabello era tan negro como la
399
noche.
El muchacho había observado a sus hermanos y
hermanas cortarse el pelo a medida que crecían, com-
pletaban sus estudios y partían de la villa familiar.
Pero él no seguiría sus pasos. Era el decimocuarto
hijo, y aun en su tierna edad, sabía que llevaría el pelo
largo de por vida.
El hombre conversaba. El chico lograba escucharlo
a través del suelo, presionando un vaso contra su
oreja para captar mejor el sonido. Había tomado
prestado el vaso de la cocina, diciendo que lo había
roto accidentalmente, y había limpiado los restos
antes de que lo descubrieran. Era una mentira, pero
incluso a su corta edad, el chico había perfeccionado
el arte del engaño.
—¿Es resistente?
—Sí, las terapias funcionaron con sus hermanos.
—Él nunca regresaría.
—Según tengo entendido. Nuestra familia tiene
una rica tradición de proporcionar reclutas a la
Legión.
—Puede que no sobreviva a las pruebas.
—No me preocupa. No lo necesito.
—Entonces está acordado.
Hubo un alboroto, para esconder el vaso, para
volver a la cama, para simular el sueño. La puerta
se abrió, dejando una rendija de luz que señalaba la
salida.
400
—Levántate —dijo su padre.
401
menosprecio apenas disimulado. Su mente estaba
blindada, sus propios poderes psíquicos prodigiosos
significaban que sus pensamientos eran apenas un
torbellino inaccesible incluso para las intrusiones
más intrépidas de Cecily.
—Eres una mariposa, revoloteando sobre alas de
cristal —espetó a Cecily, mientras su señor dormía
recuperándose de una de las bebidas embriagantes
de su prima—. Una distracción, pero si se escruta
más de cerca —añadió, inclinándose tanto que Cecily
percibió su aliento a través de sus dientes amarillen-
tos, cálido y rancio, como los vapores que emana el
estómago de un cadáver—, sigues siendo un insecto,
frágil y repulsivo —Fedra dio un paso atrás y fingió
inspeccionarse las uñas cuidadas. Eran largas, y
Cecily sabía que cada una había sido arrancada de
los dedos de otras mujeres—. Pronto se aburrirá de
ti y te precipitarás del cielo. Cuando eso ocurra, te
aplastaré bajo mis pies y nadie recordará tu nombre.
Entre los Adorados, sus hermanos mostraban
cierta complacencia, aunque rara vez exhibían
calidez. Qaran Tun la examinaba con ojo analítico,
como lo hacía con toda forma de vida, mientras que
Vavisk la miraba con indiferencia brusca. Para él, ella
era solo una de las muchas curiosidades mortales
que su hermano había acogido.
El Marine Ruidoso le intrigaba, a pesar de su dis-
tanciamiento, sobre todo por su evidente vínculo con
402
el Maestro de Guerra. El Portador de la Palabra, la
hechicera, los demás mortales altivos que merode-
aban por los pasillos del palacio… todos sufrían a
menudo el arrebato de Xantine, culpados por su
supuesta falta de talento o devoción. Sin embargo,
rara vez Vavisk era blanco de la furia de su hermano, y
sus consejos, de alguna manera, siempre resultaban
aplacadores, a pesar del coro de gemidos, lamentos,
y alaridos que brotaban de su cuerpo retorcido. De
hecho, las ocasiones en que Xantine buscaba su
compañía eran de las pocas en que se apartaba de
él.
De resto, prefería perderse en sus meditaciones.
Cecily desconocía lo que acontecía tras las puertas de
madera de la cámara de Xantine durante esos perio-
dos: esclavos aceitados la sacaban de la habitación
antes de que comenzaran las ceremonias. Solo sabía
que Qaran Tun participaba en esos ritos, que dejaban
a su señor incapacitado durante horas, o incluso días.
La mayoría de las veces, regresaba lentamente,
aturdido por su trance, con los ojos y el aura opacados
por el esfuerzo mental en algún reino invisible. Pero
en otras ocasiones, despertaba transformado.
Esta era una de esas ocasiones. Cecily retrocedió,
soltando el paño de seda humedecido, cuando la
enorme cabeza de Xantine se alzó. Sus rasgos esta-
ban velados por mechones de pelo negro desaliñado,
pero pudo distinguir una sonrisa dentada que sur-
403
caba la mitad inferior de su rostro.
—¿Mi señor? —Preguntó Cecily—. ¿Ha vuelto?
La voz que emanó de la boca de Xantine era suya,
pero no del todo. Más sinuosa, más sensual.
—Sí, querida —respondió.
Su lengua asomó de su boca, larga y oscura. Sa-
boreó el aire. Se incorporó con suavidad, y ella notó
en la penumbra de su alcoba que sus ojos habían
perdido su brillo turquesa. Ahora, los iris eran de
un rosa lechoso, como las nubes que obstaculizaban
su visión del cielo.
—Creo que esta noche me despediré y me reuniré
con mis súbditos —anunció antes de que ella pudiera
replicar.
Cuando regresó, horas después, tenía las manos
manchadas de sangre.
404
Capítulo 23
E
douard se encontró con la mirada impasible
de la sacerdotisa con máscara de cobre. La luz
del fuego danzaba sobre el metal pulido, mientras
dos cuernos cónicos se alzaban desde su tocado. Le
conferían un aire de otra esfera, pero la voz que
brotaba detrás de la máscara era innegablemente
humana.
—Aceptamos su ofrenda —pronunció una voz de
tono bajo. Antes, habría rechazado obedecer a una
figura como ella, pero ahora aceptaba cualquier cosa
que le otorgaran. Había asimilado las prácticas del
templo desde su primera visita y las había adoptado
sin vacilar. Tanto, que optó por no regresar a la
parte alta de la ciudad, prefiriendo alojarse en las
espartanas literas que ofrecían los sacerdotes. La
ironía le arrancó una risa: un culto muy distinto, pero
había vuelto a la religión.
Sintió el filo del cuchillo presionando contra la
palma de su mano, primero el mango. La hoja
curva mostraba una ejecución poco diestra, con
405
notables imperfecciones en el metal, pero estaba lo
suficientemente afilada como para cortar la piel. Eso
era lo único que importaba.
Hombres y mujeres se encaminaron hacia el
caldero, situado en el centro de la estancia, cada
uno empuñando su propia espada. Edouard se unió
a ellos, colocándose a su lado y encontrando un
hueco en el perímetro del caldero de latón. Ya había
entregado sus riquezas una vez, había honrado a
un falso dios que no le había concedido nada. En
comparación, este ritual era un precio ínfimo a
pagar. Un poco de dolor, un poco de sangre, y estaba
satisfecho. Al menos, por esta noche.
Edouard deslizó el cuchillo por la palma de su mano.
Un instante de dolor agudo, seguido de un dolor
sordo al brotar la sangre, surgiendo desde lo más
profundo de su ser para gotear…gotear…gotear sobre
el áspero metal. Docenas de personas se sumaron a
él, y percibió el sabor metálico de su propio sacrificio
cuando su sangre se entremezcló con la de los demás
en el hondo recipiente del caldero.
—¿Por qué hacemos esto? ¿Para qué necesitan
nuestra sangre? —La voz pertenecía a una joven
de grandes ojos, esbelta como un rayo. La habían
llevado junto a Edouard al borde del caldero.
—A mí no me importa —respondió él—. Lo único
que necesito saber es que recibiré Runoff si ofrezco
mi sangre. Podrían tener mis ojos si me propor-
406
cionaran suficiente suero para que valiera la pena.
—¿Todos aquí arriba hacen esto?
—¿A qué te refieres?
Con un gesto del cuchillo que sostenía, ella señaló.
—Esto.
—No todos —respondió Edouard.
—¿Hay otro lugar donde pueda conseguirlo? Esto
hace demasiado ruido —las cabezas enmascaradas
de cobre se volvieron hacia ella.
—Antes sí. Ya no.
—Por favor —rogó ella—. Dime. Esto no está bien,
hay algo extraño en este lugar.
—Shh —dijo Edouard, intentando ignorar a la
recién llegada y concentrarse en su propio dolor—.
Da tu sangre y no hagas ruido.
La mujer vaciló, con el cuchillo tembloroso sobre
su muñeca.
—No quiero —declaró, y dejó caer el cuchillo en
el caldero. Chocó contra el metal, deslizándose
por el borde poco profundo hasta detenerse, con la
hoja sumergida en el creciente charco de sangre—
. Esto es extraño, no me siento bien. Tengo que
irme —intentó alejarse, pero unas manos ásperas
la detuvieron antes de dar dos pasos. Cuatro sac-
erdotisas con máscaras de cobre la levantaron, una
en cada extremidad, y la llevaron de vuelta al borde
del caldero. Edouard mantuvo los ojos en su propia
muñeca, en su propio dolor, mientras posicionaban
407
el cuello de la mujer contra el borde del caldero de
latón. Ahora ella gritaba promesas y disculpas que
él sabía que no podría cumplir. Un quinto acólito
se adelantó y le cortó el cuello con una hoja ritual.
Sus gritos cesaron al mismo tiempo que su vida, y
su sangre se unió a la de aquellos que la habían dado
voluntariamente. No importaba, Edouard lo sabía.
No les importaba de dónde fluía la sangre.
408
las puertas dobles de la gran cámara. Al instante,
escuchó la voz lastimera de su amo, llamándola.
—¿Cecily? —Se dio la vuelta y permitió que los
esclavos abrieran las puertas. Xantine estaba sentado
en su trono, con la espalda recta y los dedos trazando
suaves líneas sobre el fino mármol—. Quédate un
momento, ¿Quieres? Esperaba que pudiéramos dis-
cutir nuestra asociación.
—Por supuesto, mi señor —respondió ella. Xan-
tine había eludido la conversación en semanas re-
cientes, y estaba ansiosa por insistir en el tema
de su escape de Serrine. Su nave estaba destruida,
y Xantine aún no había revelado cómo planeaba
cumplir su parte del trato.
Cecily estaba a punto de adentrarse en la habitación
cuando Qaran Tun le agarró la muñeca. Su enorme
mano rodeó su antebrazo con un agarre tan frío
e inflexible como el acero. Emitió un leve grito y
encontró la mirada de su rostro tatuado. Sus ojos
dorados la perforaron como los de una serpiente
acechando a su presa para devorarla. Tras una pausa
incómodamente larga, habló. Su voz era áspera,
como la arena.
—¿Te has topado con un Nunca Nacido, psíquica?
—¿Nunca Nacido? —Preguntó Cecily, con un
temblor en la voz. Intentó liberar su muñeca, pero
el agarre permanecía tan firme como una tenaza.
Consideró gritar en busca de ayuda, intentar es-
409
capar, pero no quería ofender al hermano de su amo.
Además, Xantine estaba presente. Él no permitiría
que le hicieran daño.
Qaran Tun soltó una risa.
—Te hayas cruzado con ellos, lo sepas o no en ese
momento —liberó su muñeca y se volvió hacia su
colección de artefactos—. Tal vez los hayas llamado
demonios alguna vez, o simplemente monstruos.
Son términos simplistas, pero no inexactos. Los
Nunca Nacidos son el reflejo de nuestras necesi-
dades y deseos, de nuestros miedos y anhelos —Tun
trazó gestos en el aire, y las runas de su armadura
comenzaron a brillar con una luz dorada—. Eres una
psíquica de talento prodigioso, así que te lo pregunto
de nuevo: ¿Has hablado con demonios?
—No lo sé —respondió ella con franqueza. Desde
hacía mucho tiempo, había sido testigo de cosas en
los bordes de su visión, sintiendo el roce de manos
que no podía ver, escuchando susurros en la hierba.
¿Eran esas las voces de los Nunca Nacidos de los que
hablaba Tun?
—Estoy seguro de que sí —afirmó Tun—. Los de tu
estirpe son faros para los Nunca Nacidos, ofreciendo
portales desde su realidad hacia este reino —se
volvió hacia Cecily, su movimiento rápido la tomó
por sorpresa—. Es un don, tu talento. Son cosas
hermosas, y ser su canal es un verdadero privilegio,
especialmente para un mortal.
410
—He escuchado voces —dijo Cecily—. La hierba.
Me habla. Me guía. ¿Los demonios ayudan a la gente?
Tun rió.
—A veces, si los propósitos coinciden. A veces —su
sonrisa fría no alcanzaba a sus ojos, mientras sacaba
un objeto cilíndrico plateado de su bolsa. Tan largo
como el antebrazo de Cecily y claramente antiguo.
—Pero también tienen su utilidad —continuó Tun,
llevándose un extremo del objeto a los labios. So-
pló, sus mejillas se hincharon ligeramente, y de la
punta emergió humo, una neblina aceitosa de color
verde negruzco, más densa que el aire circundante.
Descendió lentamente sobre la alfombra manchada
de la habitación, adoptando una forma definida,
moviéndose con una extraña intención. Cecily ob-
servó cómo tomaba la forma de una figura humana,
con dos brazos, dos piernas y una cabeza cuyo rostro
sin rasgos se retorcía, desafiando todos los intentos
de enfocarlo. Completamente formado, se alzaba
frente a ella, una sombra viviente, ondeando suave-
mente en el aire cargado.
—Esta criatura es una de las más útiles de mi
colección —declaró Tun—. Es capaz de detectar a los
psíquicos más poderosos. Aquellos con las mentes
más flexibles —el Portador de la Palabra habló con
orgullo mientras contemplaba la envergadura de
la criatura—. Para los potenciales normales, una
simple prueba física sería suficiente, pero Xantine
411
no aprobaría un uso potencialmente derrochador de
su última adquisición.
El soberano de Serrine bajó la mirada desde su
trono, su sonrisa rígida permanecía inmutable en
su rostro. Aunque Cecily se mostraba evidentemente
incómoda, él mantenía un extraño silencio.
Tun prosiguió.
—Y así, los servicios de esta magnífica criatura
han sido asegurados. Por favor, siéntese —dijo,
indicando la silla junto a Xantine—. Será mejor que
permanezcas lo más quieta posible mientras real-
izamos la prueba. Cualquier movimiento inesperado
podría ser bastante… doloroso para ti.
—Espera —dijo Cecily, retrocediendo. La figura de
humo imitó sus movimientos, avanzando mientras
ella se alejaba—. Xantine no lo permitiría.
—Estoy cumpliendo órdenes directas de Xantine
—afirmó Tun—. ¿No es así, mi señor?
La voz de Xantine fue suave y sibilante.
—Sí —afirmó desde su trono, con los ojos aún
envueltos en la oscuridad.
—¿Lo ves? —Preguntó Tun.
—¿Qué quieres de mí? —Inquirió Cecily.
—Creo que puedes tener la clave para sacarnos
de este mundo intrascendente. Quiero probar mi
suposición.
Cecily retrocedió nuevamente y la criatura de humo
la siguió. Parecía distinguir ojos en su cabeza ar-
412
remolinada, blancos como la leche y negros como
el carbón. Dominada por el miedo, Cecily intentó
repelerlos con su mente, luchando de la única manera
que podía contra tales criaturas. Pero en un instante,
fue rechazada, una fuerza mental mantuvo a raya sus
poderes. Conocía esa sensación.
—Fedra —dijo. La bruja se quedó a unos metros,
su piel erizada por el frío de la habitación.
—Ah, sí —asintió Tun—. Había informado a
Lady Fedra de que este proceso puede ser bastante
doloroso —su amplia sonrisa mostraba unos dientes
grabados con runas de araña—. Ella quería observar.
No puedo negarme a una mente curiosa.
Cecily golpeó la silla cuando la criatura de humo se
aproximó a ella. Gritó llamando a su amo cuando el
olor a piel quemada y fuego eléctrico la envolvió, pero
Xantine simplemente la observaba, con una sonrisa
amplia y los ojos de un rosa pálido.
413
halló al niño, apenas más joven que el hombre en el
que se había convertido.
—¿Edouard?
—Creía que habías perecido —Edouard agarró
al hombre, mucho más fornido, por el brazo y lo
arrastró hacia un rincón de la calle. Los transeúntes
que habían volteado para mirarlos volvieron a ocu-
parse: jugando con monedas de plata, fumando pipas
humeantes de sustancias narcóticas o lanzando mi-
radas hambrientas a través de ventanas empañadas
a las figuras semidesnudas que se deleitaban en su
interior.
—¿Te has mantenido en pie? ¿Cómo has llegado
hasta aquí? ¿Dónde has estado?
Arqat parpadeó. Era más interacción de la que
había tenido en mucho tiempo y no sabía por dónde
empezar.
—Abajo —murmuró, titubeante.
—¿En las alcantarillas? —Preguntó Edouard,
incrédulo—. ¿Y has sobrevivido? Pero, por los cielos,
mírate. ¿Qué te ha ocurrido en el brazo? —Edouard
rozó ligeramente el muñón, y Arqat se retiró al sentir
su contacto.
—Hace tiempo… —gruñó Arqat, recordando el
dolor y al ser celestial que le había arrebatado el
miembro—. Hace mucho tiempo —añadió en un
murmullo.
Edouard lo observó fijamente.
414
—Debes de estar hambriento. Ven, acompáñame.
Conozco un lugar donde puedes reponerte.
—Hermana.
Un millar de voces entonaron como una sola. Her-
moso e infinitamente triste, un coro de pérdida.
—Hermana, regresa con nosotros.
S’janth podía oírlo ahora, más fuerte que nunca.
Sus hermanas y hermanos, a través del tiempo, la dis-
tancia y la realidad, se unían en una armonía perfecta
de desesperada añoranza. Deseaba fervientemente
reunirse con ellos, volver al palacio de su Príncipe,
recorrer sus pasillos fractales, servir una vez más a
su lado.
Pero no podía. Aún no. Su receptáculo era astuto,
por eso lo había escogido, pero también era capri-
choso. A lo largo de los años juntos, había logrado
recuperar parte del poder que una vez fue suyo, pero
también había aprendido a proteger su esencia y su
forma. Ella podía influir cuando él bajaba la guardia,
o en las raras ocasiones en que él lo permitía, pero
aún no tenía el dominio total sobre su cuerpo, como
sí lo tenían muchos de los suyos.
—Me siento demasiado débil —suspiró.
—Entonces, toma fuerza.
415
Para ellos, esos seres, era tan simple. Ella había
sido mucho más que ellos. Poderosa e imponente,
había sido una leyenda entre las razas de carne de
la realidad mundana. La temían y la adoraban en
igual medida, y el mero susurro de su existencia
había inspirado la destrucción de mundos. Millones
de personas encontraron la muerte con su nombre
en los labios, su toque en la piel, cediendo a las
sensaciones, a los excesos.
Hasta que la derrotaron. No fue fácil orquestar su
caída, incluso para una raza tan longeva como los
aeldari. Les llevó generaciones ejecutar su plan. Sus
videntes conspiraron, poniendo en marcha mecan-
ismos que sabían que sus descendientes no verían
realizados. Sin embargo, gracias al destino y a las
maquinaciones de algunos de su propia especie, al-
canzaron su objetivo: la privaron permanentemente
de su forma daemónica y dividieron su conciencia,
uniendo fragmentos a objetos enterrados en las
profundidades de un mundo que luego se conocería
como Kalliope.
Ahora, era solo una fracción de lo que fue, y el
recipiente que había escogido pasaba su tiempo in-
miscuido en juegos de poder. La ira la invadió, su
orgullo herido, mientras la melodía de sus hermanos
la envolvía. Se reuniría con ellos, pero no dentro del
caparazón de Xantine.
Había otra opción. El joven marine espacial, el
416
vástago de su padre genético. Lo había visto ascender,
crecer y florecer en poder como una nube de polvo
que da forma a una estrella. Ahora, ardía con ambi-
ción y orgullo, la fuerza recorría sus venas como un
río. Había sido forjado por el dolor, esculpido y tem-
plado como una hoja afilada, listo para convertirse
en la herramienta que ella necesitaba. Un recipiente,
aguardando su reclamo. Un ser de dolor y placer, de
placer y dolor.
Contempló el alma hinchada y la convocó. Él sería
suyo, y ella sería suya.
—Ven a mí.
Las palabras lo sacaron del letargo, pero no
emergió en la oscuridad. La realidad a la que regresó
era una luz deslumbrante, tan pura en su resplandor
que todo lo demás se desvanecía. Sus sentidos
volvieron lentamente, como un cogitador ejecutando
sus rutinas de inicio, y la luz deslumbrante se
transformó en un dolor abrumador. Sus nervios
gritaron con una agonía perfecta, quemados casi
hasta la destrucción. Casi hasta la muerte. Aquella
agonía habría sido fatal para una criatura menor,
demasiado primaria, demasiado absoluta para
comprenderla.
417
Pero él había sido diseñado para soportar el sufrim-
iento: su piel endurecida, sus órganos mejorados,
su esqueleto reforzado. Y así, lo soportó. Lo dejó
golpear su forma corporal y retroceder, como las olas
del mar golpeando la costa.
¿Por qué resistirlo? El dolor no era el enemigo,
no había necesidad de luchar contra él o rechazarlo.
Era simplemente una gama de sensaciones, placer
con otro nombre. Aquí, ahora, estaba explorando los
límites de la sensación, alcanzando alturas de expe-
riencia que ningún ser vivo había experimentado.
Así que abrazó el dolor. Se sumergió en él como
en un festín, devorándolo, saboreando su ardor,
su dulzura. Disfrutó de su aroma y dejó que sus
innumerables matices se posaran en su lengua, luego
lo tragó y dejó que alimentara su cuerpo destrozado.
—Ven a mí.
Melódica y dulce, la voz fue un bálsamo para su
alma abrasada. El dolor era extático, pero la voz
prometía algo más: podría tener lo que deseaba, todo
y más, si simplemente hacía lo que se le pedía.
Por primera vez en su inmortalidad, tuvo claro su
propósito. Se alzó desde la luz, con la piel chamus-
cada y la sangre hirviendo, y comenzó su ascenso
hacia la oscuridad.
418
El viento levantó la arena. Al principio solo unos
pocos granos, pero pronto la ráfaga se convirtió en
un vendaval, y una negrura arremolinada llenó su
campo de visión. Cuando se calmó, la oscuridad
persistió.
No era una oscuridad total. Una pizca de luz era
visible por encima de él. El sonido se filtraba a
través de la apertura, amortiguado y distante. Pendía,
una conciencia, flotando una vez más en su propio
cuerpo.
Un punto de apoyo. Era todo lo que tenía, pero era
todo lo que necesitaba. El demonio estaba ocupado,
su atención estaba en otro lugar, y él recuperaría su
cuerpo.
419
Capítulo 24
X
antine captó las palabras de Qaran Tun antes
de poder visualizar a su prima; sus sentidos se
reajustaron al recuperar el dominio sobre su cuerpo.
—Es compatible —murmuró el Portador de la
Palabra, observando la loza de piedra apoyada en el
pliegue de su imponente brazo. Sus palabras, seme-
jantes al murmullo del viento, resonaron. Cecily des-
cansaba desmayada en una exquisita chaise longue;
los esporádicos estremecimientos de su figura eran
el único indicio de vida—. Su mente es única entre
las que hemos hallado en este mundo: poderosa pero
desprotegida. Se conectará con Ghelia. Reactivará
Exhortación —afirmó Tun, alzando la mirada con sus
ojos dorados brillando—. Nos permitirá abandonar
este sitio.
—Sí —lamentó S’janth—. Anhelamos seguir la
melodía, regresar al Príncipe Oscuro…
En la mente compartida, imágenes parpadeaban:
campos de seda, lagos de vino y bosques de carne. El
jardín de Slaanesh. Ella se rejuvenecería en el abrazo
420
del Príncipe Oscuro. Y él… sería desechado, un mero
recipiente cuyo contenido sería vertido.
La distracción de Tun fue todo lo que Xantine nece-
sitó. Había aprendido a esperar esos momentos de
vulnerabilidad, cuando la lucha por el dominio sobre
su cuerpo de carne se intensificaba, deslizándose
nuevamente en su forma como traje corporal. Miró a
Tun con ojos turquesa y habló.
—No —declaró con firmeza.
—¿No? —Inquirió Tun, genuinamente desconcertado—
. Hemos esperado este momento. Mis ritos han
confirmado la compatibilidad de la chica. No… no lo
entiendo.
—¡No! —aulló S’janth al darse cuenta de que
Xantine había retomado el control. Se contorsionó en
su cuerpo, como una serpiente, buscando debilidades
en su conciencia para aprovecharlas. Él las bloqueó.
Poseía un propósito único, una determinación que
no dejaba lugar a dudas. Usaría su poder, pero no
permitiría su entrada.
—Tu señora se ha marchado, diabolista. Habla
ahora con tu Maestro de Guerra y ruega que encuen-
tre piedad en mi alma por tu traición.
Tun parpadeó, con sus párpados tatuados ocul-
tando los ojos dorados. Para su crédito, no se retiró
del trono.
—¿Qué significa esto, mi señor? Simplemente he
cumplido tus órdenes.
421
—¡Cállate, hechicero! —Rugió Xantine—. Has
conspirado a mis espaldas con el ser que habita
mi cuerpo. Puede ser poderoso, pero no puede
ocultarme todo. Conozco tu alma traicionera.
—Mi señor, yo…
—La chica es mi inspiración, mi musa, Portador de
la Palabra. Mía. Ni tú ni el demonio me arrebatarán
lo que es mío.
Tun señaló hacia la figura tendida en la chaise
longue. Parecía frágil en la vasta cámara.
—Es solo una mortal, Xantine. En este mundo
hemos hallado miles de psíquicos, más poderosos
que esta desafortunada. Toma a uno de ellos como
tu musa, y permítenos restaurar tu amada nave.
—Sus habilidades no importan. ¿Lo entiendes,
diabolista? No te la llevarás.
—Pero…— titubeó Tun—. ¿Por qué? Con ella
podríamos dejar este lugar, conquistar la galaxia,
saborear sus vivencias. ¿No deseas mostrar tu ver-
dadero poder como señor de los Adorados?
—Por supuesto —afirmó Xantine.
—¡Mientes! —Rugió S’janth—. Mientes, mientes,
mientes —repitió, golpeando la prisión de su cuerpo.
—Entonces déjame llevarme a esta criatura y hacer
lo que sea necesario con ella.
—No lo haré.
Tun intentó hablar, pero la tablilla del Portador
susurró nuevamente, y su rostro se endureció.
422
— Entiendo —dijo—. No tienes la intención de
abandonar a Serrine. Nunca la has tenido.
Xantine juntó las manos y aplaudió con sarcasmo.
—Muy bien, primo —dijo, clavando una mirada
felina en el Portador—. Aunque me decepciona tu
tardanza. Siempre te ha resultado más fácil comuni-
carte con tus mascotas que con tus iguales —dejó que
una sonrisa se dibujara en sus labios oscurecidos—.
¿Por qué habríamos de dejar este mundo? En el vacío,
apenas sobrevivo, lidiando con piratas y renegados,
perseguido por el traidor Abaddon y los escasos
restos de la gloriosa Tercera. Aquí, en cambio, soy
verdaderamente venerado. Aquí, soy un dios.
—No eres un dios —susurró S’janth.
—Millones me rinden culto. Mi nombre resuena
en los labios al despertar y al dormir. Tengo cada
pensamiento con mi esencia. ¿Qué más es un dios
sino eso?
—Un dios posee poder.
—Tengo poder sobre ti, demonio. Resides en mí
porque lo permito. Fui yo quien te invocó a este
mundo, quien te retuvo aquí.
—Nos atacaron —intervino Tun—. Inutilizaron la
nave. No tuvimos elección.
La crueldad deformó el rostro de Xantine mientras
se abalanzaba hacia el Portador de la Palabra.
—¿Acaso crees que permitiría que mi nave fuera
inutilizada por simples mortales? ¿Por adoradores
423
de xenos? Primo, tu ingenuidad me asombra.
Xantine extendió los brazos como si dirigiera una
sinfonía.
—Fui yo, por supuesto. Yo planeé el “accidente”
disforme que nos trajo a este mundo, yo planeé el
ataque a Exhortación. Fue simple: colocar cargas en
puntos críticos de la nave y hacerlas estallar cuando
detectaran un fallo en la superficie.
—Ghelia. Tú la mataste.
Xantine movió la muñeca con desdén.
—Un precio insignificante por el premio que he
ganado.
Tun observó, horrorizado por las revelaciones.
S’janth aulló y escupió.
—¿Nos encerrarías aquí, a los dos, para obtener este
juguete? ¿Cómo pudiste traicionarme así? ¿Después de
todo lo que te he dado?
Xantine se dirigió al demonio, hablando en voz alta
para la sala.
—Y tú, querida. ¿Crees que tu conciencia es la
única que he buscado durante nuestros largos años
juntos? Hay muchos de tus hermanos y hermanas
que conocen las rutas a través de las tormentas que
separan Serrine de la galaxia, y estarían encantados
de compartir ese conocimiento a cambio de su propio
beneficio. Pero tú nunca lo permitirías, ¿Verdad?
Cualquiera de ellos podría decidir que eres una presa,
encontrándote aquí, vulnerable como estás.
424
—¡Vulnerable, repugnante criatura! —Gritó S’janth.
Eran sensaciones más que palabras.
—No puedes hacer esto, Xantine —dijo Tun.
—¡Silencio! —Rugió Xantine—. Te he brindado
tanto. Te salvé de hermanos dispuestos a sacrificarte
y te resguardé de los verdugos de tu desdichada
Legión. Te proporcioné un hogar, compañeros de
armas a los que llamar hermanos y un líder digno
de seguir en cualquier batalla —se inclinó hacia
adelante, clavando su mirada turquesa en Tun—. ¿Y
así me lo agradeces? ¿Aliándote con la criatura que
comparte mi cuerpo, a mis espaldas? —se alzó de su
trono, recobrando el total dominio sobre su cuerpo,
con los músculos aún vibrando con el resplandor
del poder demoníaco. Extendió un dedo hacia Cecily
mientras se cernía sobre Qaran Tun.
—¿Quién más está al tanto de esto? —Preguntó
Xantine.
Tun inclinó la cabeza tatuada.
—Nadie, señor.
—Muy bien —asintió Xantine—. Al menos has
mantenido tu fracaso en secreto.
Hundió su estoque en el vientre de Tun. El Portador
de la Palabra retrocedió tambaleándose, susurros
incoherentes escapando de unos labios manchados
con la sangre negra, y Xantine extrajo el arma de
lo más profundo de su primo. Tun no cayó de
inmediato. Se tambaleó hacia un pedestal de mármol,
425
haciéndolo añicos mientras se apoyaba en la columna
dórica.
—Este es el precio de la traición, Tun —sentenció
Xantine, acercándose al diabolista—. Tú te lo has
buscado —el Portador de la Palabra se deslizó sobre
un charco de su propia sangre y cayó de rodillas.
Antes de que pudiera levantarse, Xantine le aplicó
una bota en el estómago. Presionó la ceramita contra
la herida supurante, y Tun se estremeció—. Solo
quería lo mejor para cada uno de ustedes, y así es
como deciden pagármelo —espetó Xantine, su boca
ennegrecida frunciendo el ceño con exageración—
. Tú me obligaste a hacerlo —agregó a su primo,
mientras levantaba a Angustia para el golpe final.
La espada descendió, pero Tun detuvo el golpe con
su lápida de piedra antes de que alcanzara su cuerpo.
La hoja monomolecular mordió la roca oscura, y la
lápida estalló con un grito que rasgaba el alma.
Xantine fue lanzado hacia atrás por una fuerza
impía, arrojado por la cámara y cubierto con un
hediondo icor que olía a carne podrida y plasma
caliente. Del líquido oscuro emergieron formas: ten-
táculos viscosos, ojos inmóviles, lenguas estriadas y
músculos tensos. Se aferraron a los puntos débiles
de su armadura, la garganta, las axilas, la ingle,
maullando y gorgoteando mientras él los repelía con
un manotazo.
—Buen truco, primo —dijo Xantine—. ¿Qué más
426
tienes en tu repertorio?
Se puso en pie y vio a Tun torcer el tapón de
uno de sus recipientes con runas antes de lanzarlo
como una granada. La criatura que emergió del
contenedor era delgada y larga, demasiado para
encajar en los límites de su prisión si hubiera nacido
en esta realidad. Su parte inferior estaba sostenida
por cuatro poderosas patas terminadas en garras
negras como el ébano. Una armadura de cuero
tachonado envolvía su vientre, ajustada contra los
músculos hinchados y sujeta por ganchos y púas que
tiraban dolorosamente de la piel pálida y morada.
Dos brazos colgaban de sus hombros musculosos,
terminados en enormes garras curvadas, mientras
una cola con cuchillas se arqueaba sobre su cabeza
en forma de cuña. Sus cuernos brillaban mientras
una larga lengua palpitaba el aire, goteando saliva
corrosiva al suelo y quemando la gruesa alfombra.
—Los demonios de Slaanesh —murmuró Xantine,
recordando los juegos con tales bestias en los jar-
dines del Príncipe del Placer.
Los ojos del demonio, de un azul brillante, giraban
enloquecidos mientras escudriñaban el entorno. Su
hedor era una mezcla agria y dulce, caliente y pega-
josa, que emanaba como el calor de un horno. Brilla-
ban con la inteligencia de un depredador, midiendo
a Xantine antes de lanzarse al ataque.
—No es demasiado tarde, Xantine —dijo Tun
427
desde su escondite—. Esto es un malentendido. Te
seguiré a donde me lleves.
—Mentiroso —espetó Xantine—. Tus faltas no
tienen perdón.
El demonio se abalanzó antes de que Tun pudiera
replicar. Era ágil como el viento y cubrió la distancia
en un abrir y cerrar de ojos, emitiendo un ulular dis-
cordante y hermoso mientras avanzaba con las patas
flexionadas hacia dentro: un sonido que resonaba en
todos los sentidos de Xantine, desde los oídos hasta
la lengua, desde los dedos hasta la nariz. Lo percibía
en su mente, un cosquilleo psíquico, como caricias
suaves sobre su piel. En ese instante, deseó rendirse
a él, permitir que le arrancara la piel, le tallara los
huesos y devorara sus órganos.
El demonio arañó la alfombra, preparando otro
ataque. Xantine sabía que no podría vencerlo en
fuerza bruta, pero como ser de sensaciones puras,
tal vez podría engañarlo. Manteniendo la atención
en la bestia, se aproximó sigilosamente a la gran
mesa de madera sobre la cual Tun había dispuesto los
recipientes que contenían su variada colección de de-
monios. Sin apartar la mirada del demonio, Xantine
se aproximó lentamente, casi imperceptiblemente,
al recipiente más grande.
El estampido de la pistola bólter resonó un instante
antes de que la explosión estallara sobre el hombro de
Xantine. Indicaba que Tun había recuperado tanto su
428
arma como su ingenio, disparando desde su posición
reclinada al otro lado de la cámara. Xantine planeaba
acabar con él, pero el demonio representaba una
amenaza más inmediata. Se sobresaltó al oír el
sonido y la luz del proyectil y se lanzó hacia él. Volcó
la pesada mesa mientras la bestia se abalanzaba,
dispersando los recipientes profanos y golpeándola
con toda su fuerza en la cabeza puntiaguda. El
demonio titubeó, aturdido, destrozando ánforas,
alambiques y reliquias bajo sus garras.
En un instante, la cámara se llenó de sonidos y
colores, y los Nunca Nacidos se liberaron de sus
prisiones, gritando en éxtasis tras milenios de con-
finamiento por el tumulto. Corrió el fuego dejando
tras de sí estelas de brasas, mientras los nodrizas
apestosos se trepaban unos sobre otros en un intento
de huir por las largas patas del demonio, cacareando
mientras eran aplastados o cortados por sus garras.
Las Furias se lanzaban desde sus jaulas, chillando de
furia y deleite mientras se elevaban en alas coriáceas
hacia los techos de la cámara o salían a la noche de
la ciudad a través de las ventanas de cristal.
—¡Qaran Tun! —Xantine gritó por encima del
estruendo—. ¡Controla a tus bestias, si es que al-
guna vez pudiste! —La respuesta del Portador de
la Palabra fue una calavera dorada, lanzada en di-
rección a Xantine. Se posó de lado, escupiendo un
humo negro que empezó a tomar la forma de un
429
gusano largo y delgado que se enroscaba alrededor
de su brazo derecho. Atacó al demonio, pero resultó
frustrantemente difícil desalojarlo, ya que mantenía
un estado semicorpóreo que le permitía escurrirse
entre los dedos enguantados en seda. Casi había
llegado a su garganta cuando el demonio se apartó
repentinamente. Xantine levantó la vista y vio la cola
del gusano de humo en las manos con garras de un
homúnculo de ojos negros y piel roja. El pequeño
Nunca Nacido se llevó el gusano a la boca y empezó a
devorarlo con evidente regocijo, mientras su presa
se agitaba contra su entorno, dejando bocanadas de
humo negro y aceitoso con cada golpe.
Tun lanzó más de sus recipientes, quitándoles las
tapas y rompiendo sus sellos para cebarlos como lo
haría con un fragmento o una granada perforante32 .
Xantine conocía bien a algunos de ellos, pues había
32
Granada Perforante: Conocidas comúnmente entre los
Guardias Imperiales como Granadas Krak, son armas an-
titanque, el opuesto de la granada anti-personal de frag-
mentación. Están diseñadas para penetrar objetivos blindados,
como los vehículos, mediante una carga hueca cuya explosión
se concentra en un pequeño punto perforando el blindaje
y exterminando lo que hay detrás. Aunque una granada
perforante puede matar fácilmente a un hombre,carece del
material fragmentario de las grandas anti-personales. Por
ello sólo son usadas para destruir tanques y otros vehículos
blindados. Son muy efectivas para destruir objetivos duros,
edificios y estructuras defensivas.
430
luchado junto a ellos durante sus largos años juntos.
Sintió un parpadeo de lástima al atravesar con An-
gustia el cuerpo hinchado de una criatura de enormes
ojos negros y fauces succionadoras. La carne se
marchitó e hirvió cuando la punta de la espada la
atravesó. El arma había sido fabricada para contener
a un demonio de inmenso poder y, como tal, su efecto
sobre un Nunca Nacido tan bajo era catastrófico.
El demonio, sin embargo, seguía representando
un riesgo significativo. Arremetió con su cola, astil-
lando madera y piedra mientras buscaba a su presa
transhumana. Xantine se lanzó sobre la mesa vol-
cada, sujetando a Angustia para asestarle un golpe
mortal, pero el demonio torció su cuerpo nervudo y
la hoja se estrelló contra el suelo enmoquetado de la
cámara. Xantine trabajó durante un segundo para
sacarla de su posición, y el demonio, veloz como un
rayo, le propinó una patada. Las garras se clavaron en
su pectoral, cortando profundamente el ala de águila
de platino de su Legión y la ceramita que había debajo.
Hizo una pirueta alrededor del estoque, sacándolo
por fin de su funda, y dirigió un golpe salvaje hacia
el demonio. Éste rechazó el ataque con una garra
quitinosa y le golpeó la cara con la lengua. Olió el
sabor del veneno y se llevó la mano a la mejilla. El
guante blanco se tiñó de un color enfermizo, sangre
roja mezclada con pegajosidad púrpura, y sintió el
dolor cuando el veneno llegó a su torrente sanguíneo.
431
Su cuerpo reaccionó con precisión quirúrgica, las
glándulas que había mejorado durante sus años
de servicio se activaron al instante: suprarrenales,
de Betcher33 y otras, desplegando cantidades ex-
traordinarias de estimulantes y neutralizadores para
combatir el veneno del demonio. Mientras que
tal toxina habría dejado inconsciente a un Marine
Espacial común, incluso a uno de los formidables
Primaris del Emperador Cadáver, Xantine apenas
experimentó un leve empañamiento en sus ojos
antes de que su sistema biológico purgara el peligro.
Después de todo, él era un Hijo del Emperador, y los
remanentes de la gloriosa III tenían una resistencia
33
Glándula de Betcher: Durante la Fase 17 del desarrollo de
un aspirante a Marine Espacial se implantan dos de estas
glándulas, ya sea en el labio inferior, al lado de las glándulas
salivares, o en el paladar. La Glándula de Betcher funciona
de manera similar a la glándula de veneno de los reptiles
venenosos, sintetizando y almacenando un veneno letal.
Los Marines son inmunizados por la presencia de la propia
glándula. La glándula permite al Astartes escupir un veneno
cegador al contacto. Este veneno, además, es corrosivo. Un
Marine aprisionado tras unas barras de hierro podría abrirse
paso al exterior en unas pocas horas. El uso más común de estos
implantes es ayudar en la digestión de cosas inusualmente
difíciles o imposibles de digerir, como la celulosa. En la semilla
genética de varios primarcas , como la de Rogal Dorn, este
órgano se ha atrofiado y ya no es tan eficaz o simplemente
ha dejado de funcionar por completo en los Astartes de los
Capítulos que utilizan la semilla genética de esos primarcas.
432
especial a tales productos químicos.
El demonio inclinó la cabeza, perplejo por la re-
sistencia de su presa ante su golpe, antes de que
su lengua volviera a atacar. Enganchó Angustia y,
con un tirón, el arma se desprendió de las manos de
Xantine. Sin perder tiempo, Xantine se lanzó hacia
adelante, pero perdió el equilibrio y rodó al otro lado
del demonio, que respondió con una patada de sus
patas traseras dobladas hacia atrás, golpeándolo en
la espalda y haciéndolo resbalar sobre la alfombra
chamuscada.
—No valoraste a mis descendientes, Xantine
—dijo Tun, mientras sus demonios arrasaban lo
que quedaba de los tesoros de Serrine—. No me
valoraste a mí. Tanto ellos como yo… fuimos meros
instrumentos para tu disfrute egoísta —Tun tosió,
un sonido húmedo, y el Portador de la Palabra
recuperó el aliento—. Siglos de abuso. De crueldad.
De negligencia. Ahora, unidos, nos vengaremos.
La cola del demonio cortó el aire con crujidos audi-
bles, obligando a Xantine a retroceder sobre manos
y pies mientras las puntas amenazaban su carne
desnuda. Aunque rápido, cada golpe se acercaba más
a su estómago expuesto y muslos desprotegidos por
la armadura de cuero engrasado.
Al moverse, las manos de Xantine encontraron
algo sólido que rodó y distrajo momentáneamente al
demonio. Aprovechando la oportunidad, se levantó
433
de un salto, sosteniendo el objeto: un gran tonel que
había resistido el golpe al caer de la mesa. Lo em-
puñó con el brazo izquierdo mientras con el derecho
desviaba la atención de las Furias. El barril estaba
sellado con un grueso tapón verde de una sustancia
cerosa que olía a pus, y Xantine clavó en él las hojas
de ala de águila de su Brazalete, desgarrando el sello.
Avanzó mientras el demonio se acercaba, pero
apenas lo hizo, lamentó haberlo intentado. El hedor
era abominable: a carne gangrenada y tumbas recién
desenterradas, tan penetrante que eclipsó instan-
táneamente el dulce aroma del demonio, obligándolo
a retroceder. Xantine dejó caer el barril y echó a
correr, procurando aumentar la distancia entre él
y el objeto, y solo cuando se volvió vio al origen del
fétido olor.
Una masa putrefacta, de unos dos metros y medio
de longitud, emergía del barril repleto de mugre.
Era una criatura deformada, con brazos regordetes
apenas esbozados que terminaban en uñas amaril-
lentas parecidas a pezuñas, y carecía de pies. En su
lugar, se arrastraba sobre una poderosa cola, cuyo
extremo liberaba un líquido incoloro que burbujeaba
y estallaba al tocar el suelo. Sin cuello visible, su
cabeza sobresalía de la masa de su cuerpo, apenas
distinguible gracias a los dos ojos acuosos y los
tentáculos gruesos y ondulantes que surgían en lugar
del cabello humano. A primera vista, Xantine no vio
434
su boca, pero cuando sus ojos se encontraron con los
del demonio, su vientre hinchado se abrió, revelando
una dentadura que simulaba una sonrisa.
El demonio atacó de inmediato, destrozando la
piel pútrida y la grasa expuesta de la criatura con
garras y cola, pero la bestia de Nurgle solo emanaba
satisfacción con cada golpe. Enlazó el cuello de la ágil
criatura con sus brazos flácidos y apretó hasta que la
cabeza bovina del demonio se separó completamente
del cuerpo con un chirriante grito.
—Buh —lamentó la bestia con tristeza, mientras
su boca abdominal se curvaba hacia abajo en un gesto
de pesar por la pérdida de su potencial amigo.
Xantine encontró a Qaran Tun postrado contra
la pared más alejada de la cámara. Las piernas del
Portador de la Palabra le habían fallado, cortadas por
el paso de la espada. Intentó hablar, pero Xantine
le estrelló el puño en la cara antes de que pudiera
pronunciar palabras de magia. El sonido del hueso
fracturándose resonó satisfactoriamente con el im-
pacto. Luego, Xantine retiró el puño, preparándose
para otro golpe.
—Espera —gruñó Tun. Su voz goteaba, las pal-
abras apenas emergían de una mandíbula colgante y
fracturada.
—¿Una disculpa? —Preguntó Xantine. —Si re-
conoces tu traición, te concederé la muerte con el
honor que tu sangre corrompida merece.
435
—No… —musitó Tun. Sus ojos brillaban como
charcos dorados en su rostro marcado—. Déjame…
—tosió, sangre oscura manchando sus labios—. Per-
míteme al menos caer bajo su mano.
S’janth se agitaba dentro de él, pero la furia im-
placable de Xantine era una barrera insuperable. El
demonio clamaba por libertad, ansioso de dominar
su cuerpo y consumir a este devoto acólito. Sin
embargo, aún estaba demasiado débil, y Xantine, con
su ira palpitante, lo reprimió.
—Incluso en tu último aliento, me traicionas
—espetó. Se arrodilló frente al Portador de la Palabra,
aferrándolo por el cuello hasta que sus rostros
quedaron a centímetros de distancia—. Recuerda
esto mientras exhales tu último suspiro —susurró
antes de dejar que Tun se desplomara contra la
pared—. Yo. Soy. Tu. Señor —cada palabra golpeaba
como un mazo en la mente de Tun—. ¡Obedéceme,
adórame, ámame!
Qaran Tun tosió sangre, milagrosamente aún con
vida. La conmoción atrajo la atención de la bestia de
Nurgle, que se agitaba excitada al observar a los dos
Marines Espaciales. Tun miró a Xantine, con un ojo
hinchado y cerrado, y siguió la mirada de su Señor de
Guerra hacia el daemonio, que reptaba lentamente
por la habitación dejando un rastro de mucosidad.
Sus ojos goteantes reflejaban su emoción, y su boca
hinchada expulsaba burbujas de flema rancia. Xan-
436
tine se volteó hacia Tun con una sonrisa burlona y se
levantó.
—Por favor, no —suplicó Qaran Tun, finalmente
mostrando un atisbo de miedo en sus ojos dorados—.
Acábame. Concede al menos esa misericordia.
—Pensé que eras el dueño de tu colección de bes-
tias —dijo Xantine mientras se alejaba lentamente
de su primo.
—Por favor, Xantine, me disculparé. Te serviré.
Pero no me abandones a merced de la bestia.
—Ya es demasiado tarde para eso, compañero.
Además, creo que a tu mascota le gustaría un poco
de diversión.
Mientras sacaba a Cecily de su escondite, Xantine
observó cómo la bestia de Nurgle se acercaba al
hechicero que la había encadenado, mientras su
primo gritaba.
437
Capítulo 25
A
rqat emergió de un estado que no reconocía
como sueño. La oscuridad lo envolvía, aunque
podía distinguir contornos. Se hallaba en un espacio
angosto, algo así como una celda o un armario. Un
catre duro lo recibía, demasiado corto para que se
estirara completamente. Un cubo en la esquina
explicaba el fétido olor, y unas débiles líneas de luz,
teñidas de verde, delineaban la forma de una puerta
frente a él.
Al intentar levantarse, su cuerpo protestó con
dolor y fatiga, cada músculo se quejaba. De pronto,
una visión del pasado lo asaltó en la penumbra: su
amigo Sanpow, caído por mano de los Gasser, la piel
desgarrada para revelar un cráneo sonriente. Arqat
cerró los ojos y se golpeó la cabeza con la mano, como
si quisiera expulsar la imagen. Su otro brazo siguió
el gesto involuntariamente, y se detuvo cuando algo
frío y duro tocó su frente. Al abrir los ojos, observó
su antebrazo faltante, reemplazado por una hoja
larga y dentada, sujeta al muñón con correas y cables.
438
Intentó desprender el extraño objeto de su cuerpo,
pero un alambre de púas se enredó en su hombro,
clavándose en su piel desnuda y haciéndolo jadear de
dolor.
—El luchador necesita un arma —sibiló una voz—.
No tenías una, así que te la hemos provisto. De nada.
—¿Quiénes son ustedes? —Preguntó Arqat.
—No importa —respondió la voz—. Es hora.
Un siseo más insistente y artificial resonó en la
habitación. Un olor dulce y enfermizo llenó el aire,
infiltrándose en las fosas nasales de Arqat y en su
paladar. Se tapó la nariz y la boca con la mano
mientras el gas impregnaba la celda.
—No puedes esperar para siempre, Gladiador. Deja
que la furia te guíe.
Arqat contuvo la respiración hasta que sus pul-
mones protestaron y su visión se nubló. Cuando el
instinto humano lo inundó, se arrodilló en la estrecha
celda. Inhaló el aire viciado y esperó la muerte. Sin
embargo, se sorprendió al sentir una oleada de júbilo.
Sus músculos, antes entumecidos y casi inútiles,
ahora vibraban con una energía eléctrica, tensionán-
dose con fuerza. Su visión, aguda y clara, captó la
rejilla metálica en el techo, a través de la cual se
había infiltrado el gas. Observó el transmisor de vox,
groseramente soldado a su lado, por donde había
llegado la voz.
La puerta se movió apenas perceptible antes de
439
abrirse. Una luz fría y tenue se filtró, revelando un
espacio abierto frente a él. Podía haber sido un taller,
pero ahora su propósito estaba claro en su mente
alerta.
Cadenas cruzaban las paredes, cada eslabón ador-
nado con púas. La sangre salpicaba el suelo en tonos
rojos y marrones, desde el rojo ardiente hasta la
costra oscura. Arqat percibió el olor a sangre, el
penetrante aroma a hierro, y lo sintió en sus fosas
nasales. Lo excitó. Un sonido también llenaba el
aire: un golpeteo sordo y rítmico que se mezclaba con
un rugido. Levantó la vista y vio cientos de figuras
dispuestas alrededor de la fosa. Aunque no podía ver
sus rostros, escuchó sus voces. Cantaban, todos ellos,
clamando lo mismo:
—¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!
Había matado para sobrevivir. Ahora, mataba por
venganza. Siempre había albergado ira, ardiendo en
su interior. ¿Cómo no podría hacerlo? Le arrebataron
el brazo, su vocación, su familia y su vida los mu-
tantes y monstruos. Su Salvador lo había condenado.
Y era bueno en eso. Disfrutaba del desgarrar de
la carne y el sabor metálico de la sangre derramada;
encontraba placer en el momento de poder cuando
quebraba la voluntad de un oponente, cuando supli-
caban por sus vidas. Se empapaba en la adoración de
la multitud mientras desgarraba y aplastaba cráneos.
¿Por qué no habría de disfrutar matando?
440
A Arqat no le importaba quién caía ante su es-
pada. En el foso, combatía contra todo tipo de
adversarios. Los gaseadores eran moneda corriente:
presas fáciles para las pandillas que merodeaban
por las calles, atrapando o arrancando a potenciales
luchadores como él. Pero también había enfrentado
criaturas más exóticas. Había luchado contra bestias
de las vastas praderas de Serrine: felinos y cánidos
acechando entre las hierbas altas. Lo más extraño
de todo eran los pox, gente afectada por una viruela
grotesca. Eran seres patéticos: arrastrándose, con
una inteligencia lenta, apenas capaces de blandir sus
oxidadas herramientas agrícolas cuando se abalanza-
ban sobre él. Había atravesado sus estómagos con su
espada y se había vuelto hacia la multitud para recibir
su alabanza, pero cuando se volvió de nuevo, los pox
habían resurgido. Continuaron atacándolo hasta que
separó sus cabezas de sus cuerpos. Incluso entonces,
sus cadáveres seguían avanzando hacia él, retor-
ciéndose y convulsionándose mientras avanzaban
inexorablemente. La multitud rugía de entusiasmo y,
para Arqat, la repulsión se convirtió en pragmatismo.
Solo cesaron cuando cortó sus cuerpos en pedazos
lo suficientemente pequeños como para que sus
interminables dedos y ojos giratorios ya no fueran
una amenaza. Después, estuvo enfermo durante
un mes, con bubones amarillos en los hombros y
la espalda que el Cirujano del foso cortaba con un
441
cuchillo caliente y sin anestesia.
442
strumentos; su música estaba grabada en su mente.
La efervescencia ácida de los proyectiles láser, el
estallido de las ráfagas de proyectiles y el golpe
húmedo de las cuchillas contra la carne.
No era un asalto de pandillas; los atacantes eran
soldados de Xantine. Podía distinguirlos por sus ar-
mas: pistolas láser en lugar de armas contundentes,
cuchillas afiladas en lugar de herramientas romas.
Un equipo poco común.
Sus sospechas se confirmaron un instante después,
cuando un hombre habló, su voz carrasposa amplifi-
cada por algún dispositivo.
—En nombre de Lord Xantine —proclamó el
hombre—, deben abandonar sus actividades sedi-
ciosas y entregar inmediatamente sus reservas de
savia de Solipsus, o serán ejecutados sumariamente.
Arqat pegó la cara a la puerta de su celda, tratando
de vislumbrar la batalla. Su espada se crispó y se dio
cuenta de que ansiaba empapar su hoja con la sangre
de los secuaces de Xantine. Maldijo y golpeó su frente
contra los barrotes de la celda.
—¡Dejenme salir! —Rugió. En las celdas cercanas,
escuchó a sus compañeros gladiadores unirse al grito,
algunos con miedo, otros con ira, otros con un júbilo
desenfrenado.
Pero estaban atrapados, al igual que él. Arqat ob-
servó cómo arrojaban al foso a figuras con máscaras
de bronce, cuyas túnicas negras se empapaban como
443
la sangre al caer sobre la arena teñida de rojo. Los
soldados tenían la ventaja.
—¡Dejenme salir! —Volvió a rugir. Su propia
sangre manaba de su frente, tiñendo su visión de
rojo—. ¡Déjenme salir!
Se escuchó un susurro, apenas audible por encima
de la cacofonía. Una voz sibilante, la misma que le
había dado su arma, habló.
—Vamos, Gladiador —dijo—. Derrama su sangre
y acaba con sus vidas.
Las puertas de su celda se abrieron de golpe. El
sonido resonó en todo el foso, mientras las celdas de
sus compañeros gladiadores se separaban y revela-
ban a los prisioneros.
Arqat salió tambaleándose hacia la arena y se
encontró rodeado de Gassers y monstruos, guerreros
enloquecidos por la sangre y enemigos mortales. En
circunstancias normales, los habría aniquilado en
un instante, pero en ese momento, bajo el asedio
de los matones de Xantine, todos eran hermanos y
hermanas de Serrine. El verdadero Serrine, antes de
que el supuesto Salvador envenenara este mundo.
Los cuerpos se amontonaban al lado de la fosa, lo
suficientemente alto como para escalarlos, y Arqat
vio su camino desde allí.
—¿Qué hacemos? —Preguntó un gladiador
grotescamente musculoso, su voz apenas audible.
—¡Gladiadores! —Gritó Arqat por encima
444
del estruendo. Levantó su espada en alto, en
reconocimiento al derramamiento de sangre que
se avecinaba—. Lucharemos.
445
Capítulo 26
L
a restauración de la sala del trono de Xantine
llevó unos tres meses, dedicando al menos la
mitad de ese tiempo a limpiar la inmundicia dejada
por la bestia de Nurgle. Los desafortunados mortales
enviados a la cámara se convirtieron en juguetes,
como Qaran Tun en sus últimas horas, sus gritos se
transformaron en toses espasmódicas bajo el asalto
de las enfermedades del Dios de la Peste. Semanas
después, los Sofisticantes encontraron los cadáveres
andantes hinchados que devoraban lo que quedaba
del Portador de la Palabra, pero de la bestia misma
no había ni rastro.
Cecily evitó la sala del trono durante al menos un
mes.
—¿Qué quiso decir? —Preguntó al finalizar la
noche—. Tu hermano dijo que podría sacarnos de
Serrine. ¿Qué quería decir? Si puedo ayudarnos a
escapar, lo haré.
—Tun estaba equivocado.
S’janth, por otro lado, parecía genuinamente afec-
446
tado por sus revelaciones sobre el destino de Ex-
hortación. Aunque el daemonio había sido petulante
por naturaleza, apenas luchaba por el control de su
cuerpo tras la muerte de Tun.
—Has demostrado tu fuerza —dijo ella cuando,
intrigada, él le preguntó directamente por qué había
cambiado de táctica. Incluso cuando cedía volun-
tariamente el control de su cuerpo, como durante su
búsqueda entre los restos de la colección de Qaran
Tun para que los Nunca Nacidos los devoraran du-
rante sus meditaciones, S’janth no se aprovechaba
como antes.
Ella le ofrecía todo lo que deseaba: su fuerza, su
sabiduría, sus conocimientos. Yacieron entrelazados
en su conciencia compartida durante largos días,
deleitándose con el placer de sus súbditos, felices
por su cercanía, tanto física como inmaterial. Era
perfecto.
Casi perfecto. A veces, S’janth parecía distraída,
su atención no se centraba en él, sino en otro lugar.
Captaba susurros en su mente, palabras arrebatadas
y ruidos confusos que resonaban como la mitad
de una conversación, distantes, con su significado
perdido.
—Nada, mi amor —murmuró ella cuando él la pre-
sionó sobre el tema—. Solo ecos. Ecos de sensaciones,
resonando a través del empíreo. No les prestes atención.
Pero no podía. Esos susurros lo perseguían. En su
447
alcoba, en la noche más oscura, dio su propia inter-
pretación a los sonidos, y pronunciaron palabras que
desgarraron la perfección como un afilado cuchillo.
—Engañador —susurraban—. Mentiroso.
Traidor.
La sala del consejo era un espectáculo lamentable.
Con las muertes de Sarquil, Torachon y Qaran Tun,
el espacio apenas se utilizaba.
Xantine había contemplado promover a los
mejores guerreros de los Adorados que quedaban
para llenar los puestos vacantes, pero con su
dominio absoluto de Serrine y su banda de guerra,
había decretado que el consejo era superfluo
para sus necesidades, y lo había disuelto por
completo. No mencionó que, de los Adorados que
quedaban, pocos eran capaces de mantener una
conversación completa, y mucho menos de ofrecer
ideas estratégicas o consejos militares.
Sin embargo, seguía eligiendo ese lugar para sus
conversaciones con Vavisk. Últimamente veía a su
hermano con muy poca frecuencia. El Marine Rui-
doso vivía una existencia eremítica, habiéndose en-
tregado casi por completo a su coro, morando dentro
de los confines de su aullante fortaleza. La Catedral
de la Cosecha Generosa había crecido junto a su mae-
stro de coro, y su estructura se había vuelto casi tan
deformada y retorcida como la de Vavisk. Grandes
tubos estriados brotaban y se elevaban desde el
448
antiguo exterior de la estructura, y las enormes
piedras utilizadas en su construcción se volvían
blandas y esponjosas a medida que adoptaban nuevas
formas. Los fluidos goteaban de sus paredes, re-
cubriendo protuberancias crecientes que parecían
órganos sensoriales —dedos, narices, orejas y ojos—
como si la propia catedral estuviera desesperada por
absorber la música creada dentro de sus confines.
Xantine sabía que abandonar un lugar tan hermoso
dolía a Vavisk. Y, sin embargo, aquí estaba.
—Gracias por venir, hermano.
—Eres mi Señor de la Guerra. Solicitaste mi pres-
encia —dijo Vavisk. Incluso en una conversación
directa, su voz era lo suficientemente alta como para
hacer temblar la puerta tallada en su marco. Un
esclavo copero dejó caer una copa dorada asustado,
derramando vino oscuro por el suelo de madera
pulida.
—Tu lealtad no ha pasado desapercibida —declaró
Xantine, deteniéndose para inspeccionar sus nuevos
guantes, confeccionados con el cuero de los rayos
depredadores que surcaban los cielos sobre los cam-
pos de hierba de Serrine, blanqueados a un blanco
puro—. Esta cámara se siente diferente sin nuestros
hermanos fallecidos, ¿no lo crees?
—Es más tranquila —respondió Vavisk. La ironía
de sus palabras no escapó a Xantine, quien sabía
que la voz de Vavisk tenía el poder de detener hasta
449
un transporte Rhino34 . Sin embargo, notó que su
hermano no estaba bromeando y le respondió con
una expresión de interés fraternal.
—¿Cuántos años hemos viajado juntos, Vavisk?
Unos ojos inyectados en sangre lo miraron desde
un rostro deformado. La rejilla vox en la parte
inferior del cráneo de Vavisk goteaba líquido, una
amalgama de saliva, lubricantes y otros ungüentos.
Las bocas en su cuello susurraron sus respuestas,
cada una ofreciendo una cuenta diferente.
—Durante largos milenios —afirmó finalmente
Vavisk.
—¿Demasiado tiempo?
—El tiempo ha perdido sentido para mí —declaró
Vavisk—. El Príncipe Oscuro no mide su canción
con un ritmo o compás que pueda registrarse en un
cronómetro.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Xantine.
34
Rhino: El Transporte Blindado de Personal Rhino, es un
vehículo de uso común entre los Capítulos de Marines
Espaciales. Desde la Gran Cruzada ha dado cobertura a las
fuerzas de ataque del Imperio, llevándolas a salvo hacía sus
objetivos al frente del campo de batalla, y trayendo destrucción
a los enemigos de la Humanidad. Robusto y versátil, capaz de
soportar los ambientes más hostiles, el Rhino se ha convertido
en el vehiculo de transporte común para las Escuadras de todos
los Capítulos de Marines Espaciales, aunque también sirve
entre las filas de otros leales ejércitos del Imperio, como lo
son el Adepta Sororitas, el Adeptus Arbites y la Inquisición.
450
—¿Qué? —Preguntó Vavisk, irritado por la
aparente burla.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan filósofo, her-
mano?
Las deformidades en el rostro de Vavisk se
suavizaron en la medida en que lo permitían.
—A duras penas lo soy. Simplemente escucho la
canción e intento seguir su ritmo.
—¿Y hacia dónde te lleva?
—A las cimas de la alegría y a las profundidades de
la depravación. A los extremos de la sensación, en el
servicio de nuestro dios.
—¿Y qué hay de mí, hermano? —Preguntó Xantine,
con voz grave y ronca—. ¿Seguirías la canción si te
llevara en contra de tu Señor de la Guerra?
—¿Qué estás insinuando?
—Muchos de nuestros hermanos me han fallado.
¿Te unirías a ellos?
—Xantine, yo…
—Yo saboteé el Exhortación —interrumpió
Xantine—. Ordené colocar explosivos en los puntos
débiles del casco de la nave. Arreglé el fallo de las
armas, el escudo de vacío, el motor disforme, el
soporte vital —las palabras fluían sin freno. Con
Qaran Tun, habían sido armas, cuchillas clavadas en
la espalda del Portador de la Palabra. Aquí, dichas a
su verdadero hermano, eran catarsis—. Me confiné
a esta existencia en este mundo. Y lo haría de nuevo
451
sin titubear.
Los ojos de Vavisk, enrojecidos y enigmáticos,
permanecían impenetrables. Las bocas en su cuello
permanecieron en silencio, hasta que finalmente
habló.
—Lo sé —afirmó el marine Ruidoso.
Xantine quedó boquiabierta.
—¿Lo sabes?
—Lo sé —repitió Vavisk simplemente—. Te
conozco, hermano. Este mundo no es como
Harmonía, y nunca lo será. Tampoco lo fueron
los anteriores. Esto ha sucedido antes, y volverá a
suceder.
—¿Me traicionarás? —Preguntó Xantine.
—Una vez te dije que te seguiría a dondequiera que
fueras. Todavía te sigo, Xantine, incluso si decides
caminar en soledad.
—Las celebraciones del Día de la Liberación llevan
catorce minutos de retraso, mi señor —anunció
Corinto.
—Pensarías que no lo sé —murmuró Pierod, con
los ojos fijos en su pizarra de datos mientras repasaba
listas de nombres y horarios—. La troupe de Mistress
Polfin aún está demasiado ebria para ejecutar la
Danza del Latigazo Puntiagudo… Haz algo útil y
consígueme algunos estimulantes.
Corinto asintió y se retiró, fingiendo desenten-
derse.
452
Después de todo, quizás hoy sería un día tolerable.
Había mucha gente, lo cual era un punto a favor,
aunque no sorprendente. Pierod había entregado
los últimos suministros de Solipsus a la milicia de la
ciudad, con la condición de que se encargaran de una
multitud que, según Xantine, debía estar formada
por cientos de miles de personas. Pierod no estaba
dispuesto a decepcionar a su amo, especialmente
después de enterarse de lo que le había sucedido
a Tun, así que había autorizado a la milicia para
que asustara a la gente necesaria. Lo último que
había escuchado era que a aquellos que se negaran a
cooperar se les mutilaría, se les quitarían los dedos de
las manos y los pies uno por uno hasta que accedieran
a colaborar en la celebración.
El día prometía bailes, actuaciones, música y, por
supuesto, duelos en vivo, y comenzaría con un dis-
curso del propio Xantine. Pierod había intentado
persuadir a su señor de lo contrario, sin éxito.
—Mi señor, en mi más humilde opinión, sería
prudente reconsiderar su presencia física en la cere-
monia.
—¿Por qué? —Xantine lo miró con suspicacia—.
¿No merece mi pueblo el placer de ver a su Salvador
en persona?
—Por supuesto, mi señor —balbuceó Pierod—.
Pero tu magnificencia puede ser abrumadora para al-
gunos. Tu resplandor es deslumbrante, como pueden
453
atestiguar aquellos que han tenido el privilegio de
estar cerca de ti. ¿Quizás sería más prudente para ti
observar las festividades desde la distancia? Tal vez
desde tus aposentos o desde lo alto de la catedral?
—Tonterías —desestimó Xantine—. El día es
mío, ¿Y quién eres tú para negarle a mi pueblo la
oportunidad de adorar a su ídolo?
Y así fue. Xantine debía subir al estrado exac-
tamente al mediodía, cuando el sol y la cicatriz
alcanzaban su punto más alto, para conmemorar la
derrota de la amenaza xenos y recibir la adoración de
cientos de miles de ciudadanos de Serrine. Y Pierod,
su gobernador, sintió un nudo en el estómago.
454
en un torno. Sus ventanas ya no contenían vidrio;
en su lugar, parecían albergar ojos gigantes, negros
y brillantes, parpadeando con párpados húmedos y
rosados.
Era una visión desoladora. Pero aún más escalofri-
ante era la figura que se alzaba ante él, imponente y
soberbia. El autodenominado Salvador de Serrine no
mostraba ni un solo signo de envejecimiento desde su
llegada al mundo. Su armadura se enredaba en tonos
de rosa y púrpura, un movimiento tan inquietante
como las ondulantes paredes de la catedral. Hablaba
con una voz tan dulce como el néctar y tan clara
como el cielo nocturno, de alguna manera audible
por encima del gemido de la catedral.
—Mis súbditos —proclamó Xantine—. Hoy cele-
bramos. Celebramos la histórica liberación de este
mundo y mi liberación de su pueblo. Durante gen-
eraciones, han sufrido bajo el yugo del moribundo
Imperio, trabajando para un amo indiferente en la
lejana Terra —Xantine esperó una reacción y fue
recompensada con una entusiasta ronda de abucheos
por parte del grupo de nobles en la tribuna. Entre
el público, la respuesta fue más moderada—. Y
entonces, justo cuando parecía que su destino estaba
sellado, los gusanos xenos emergieron de la inmundi-
cia de la que habían surgido.
Arqat se movía mientras Xantine hablaba, abrién-
dose paso entre la multitud con facilidad, sus anchos
455
hombros y músculos hinchados tras meses en el foso.
Sus gladiadores, aquellos que veían justicia en su
causa, lo seguían con soltura, apartando a cualquiera
que se interpusiera en su camino. Irradiaban rabia
mientras avanzaban, y su mera presencia parecía
incitar a la violencia entre la multitud. Peleas estal-
laban, estiletes y puñales se usaban sin restricciones
en medio de la aglomeración humana.
Xantine continuó, acostumbrado a que su audien-
cia se viera envuelta por la emoción.
—Como planeta, como pueblo, han sufrido. Pero
a través de ese sufrimiento, han encontrado la lib-
eración. Han encontrado la salvación —el líder alzó
los brazos, una réplica perfecta de la gran estatua
del mítico Salvador que se erguía en la fachada
de la Catedral de la Cosecha Generosa—. Y me
encontraron a mí.
—¡Estábamos mejor sin ustedes! —Gritó un
hombre, vitoreado por los que lo rodeaban. Otros
aprovecharon la oportunidad para expresar quejas
más específicas.
—¿Dónde está nuestra comida? —Exclamó una
mujer a la izquierda de Arqat.
Pero Xantine no se detuvo.
—Y así lo celebramos, porque este día es vuestro
tanto como el mío. Un día para contar sus bendi-
ciones por haber elegido responder a sus plegarias
y cumplir su profecía —Xantine señaló la estatua
456
con la palma de la mano antes de volverse hacia
la multitud—. Aun así, hay quienes desean mi
destrucción. Para arrebatarme este mundo, para
arrebatarte a ti. Incluso mis propios hermanos, ¡Los
dioses maldigan sus almas!, han endurecido sus
corazones y se han alejado de mi luz.
Un esclavo avanzó, su cuerpo aceitado y envuelto
en correas de cuero negro. Las correas cubrían
su rostro, dejando solo la boca visible. Todos sus
dientes habían sido extraídos. Xantine aceptó una
caja dorada del hombre y la alzó.
—Sepan esto, gentes de Serrine: mientras yo
respire, no permitiré que nadie se apodere de este
mundo. ¡Observen! —Abrió la tapa de la caja y
la inclinó hacia adelante, dejando caer la cabeza
decapitada sobre el mármol pulido que yacía debajo—
. El traidor Qaran Tun ha muerto.
La cabeza rebotó una y otra vez antes de detenerse,
con el rostro mirando hacia la multitud. Su piel
estaba tan seca que parecía pergamino, adornada
con intrincados tatuajes que ahora se habían vuelto
grisáceos tras la muerte.
—¿Eso es todo? —gritó un hombre—. ¿Dónde
está nuestro Runoff? —Otro, desaliñado y sucio,
retomó la pregunta, exigiendo la sustancia narcótica,
hasta que los reclamos de la multitud eclipsaron los
aplausos de los nobles.
El ángel escudriñó la masa con desprecio escrito
457
en sus rasgos. Pareció encontrarse con la mirada de
Arqat por un momento, y este rogó por un destello
de reconocimiento, algo que demostrara que el ángel
había arruinado su vida, su mundo, con un propósito.
Pero en aquellos orbes turquesa no había más que
arrogancia.
El brazo-espada de Arqat se tensó. Ansiaba
blandirla, pero incluso en su furia, comprendía que
habría una oportunidad, un momento, para ascender
los escalones y hundir su hoja en la garganta del
ángel. Ahí mismo, entendió que había vivido para ese
instante, había derramado sangre para ese instante.
Estaba dispuesto a morir en el intento, seguro de que
la venganza valía cada sacrificio. Por su hermano.
Por Cecily. Por Sanpow. Por sí mismo.
—Soy un amo benévolo —declaró el ángel, con un
evidente desprecio en su voz ante la reacción de la
muchedumbre—. No merecen uno tan magnífico.
Un hombre se desligó de la masa y derribó a los
guardias que custodiaban el perímetro. Era esbelto,
con una melena oscura que ondeaba detrás de él
mientras avanzaba, sin portar ninguna arma visible.
—¡Comida, por favor! —Gritó mientras se abría
paso corriendo hacia Xantine por los escalones de
mármol—. ¡Salvador, mi familia, por favor!
Xantine le disparó en el estómago. La fuerza del
impacto hizo que su cuerpo girara hacia la multitud
y, por un instante, Arqat alcanzó a ver su rostro,
458
pálido como el de un espectro, antes de que cayera,
esparciendo sus entrañas sobre el mármol blanco de
los escalones.
El efecto fue como el desbordamiento de una presa.
La multitud se movió al unísono, avanzando. Los
primeros subían los escalones o eran aplastados por
la marea humana. Arrastrado por su corriente, Arqat
avanzaba con ellos hacia su objetivo, acompañado
por cientos, miles, de almas afines.
La ira bullía en la muchedumbre, tan palpable
como el hedor de los cuerpos sucios. Pierod intentaba
calcular cuántos intentaban subir las escaleras, pero
pronto desistió: eran demasiados.
—Mi señor —gritó a Xantine—. Sugiero que nos
pongamos a salvo.
—¿A salvo? —Preguntó Xantine, incrédula—. Este
es mi mundo, no el suyo, y no me esconderé de mi
propia gente. Han olvidado quién los salvó, quién los
hizo lo que son. Yo les recordaré.
—Entonces, ¿qué sugiere, mi señor?
—Me han traicionado. El único castigo para la
traición es la muerte.
459
la Abundante Cosecha, igual que el agua al borde
de un precipicio. La milicia de la ciudad disparaba
descontrolada, olvidando toda disciplina, mientras
sus compañeros se abalanzaban sobre el escenario.
La energía recalentada y la metralla afilada des-
garraron la primera línea de cuerpos humanos, pero
estos avanzaban, escalando por encima de cadáveres
mutilados y heridos que gimoteaban en agonía para
alcanzar su objetivo. Algunos, con el paso bloqueado
o con una depravación desesperada por encontrar
una salida, se volvían unos contra otros, arreme-
tiendo con cuchillos, dagas, garrotes con púas y
machetes afilados.
Arqat siguió adelante, utilizando el peso de la hu-
manidad como escudo. El hombre que tenía delante
cayó, con el estómago estallado por una ráfaga de
balas, y Arqat agarró su cuerpo por el cuello de la
túnica, absorbiendo los impactos de los proyectiles
con la carne del cadáver. Sentía la vibración y el
temblor de cada golpe a través del cuerpo del hombre
mientras avanzaba por los escalones hacia su obje-
tivo.
El Salvador estaba cerca. Los Sofisticantes, los
mudos y musculosos soldados del ejército de Xantine,
formaban un anillo protector alrededor de su mae-
stro, con las lanzas en diversas posiciones de com-
bate. Entre ellos, Arqat divisó una figura imponente,
con su piel perfecta y su largo cabello negro sujeto
460
por una corona dorada. Una corona, autoimpuesta,
sin mérito alguno.
No era un rey. No era un dios. Solo era un hombre.
Y moriría como todos ellos.
Arqat preparó su espada. El filo dorado resplan-
decía bajo el sol. Hermoso. Lo teñiría con la sangre
del impostor.
Una Sofisticante descendió para enfrentarlo, su
lanza en espiral, su máscara una burla macabra de
la criatura que protegía. Ella luchaba con rapidez y
destreza, pero él tenía la fuerza de un titán y atrapó el
mango de su arma en el antebrazo. La punta mordió
profundamente y el impacto magulló la carne, pero
no importaba. El dolor era pasajero, y al Dios de la
Sangre no le importaba de dónde manara la sangre.
Trabó la lanza con su espada y tiró, empujando al
guerrero enmascarado hacia él, hacia su filo dorado.
La fina hoja se clavó profundamente en el esternón
de la Sofisticante, que cayó, chillando tras su plácida
máscara.
Más adelante. Lo bastante cerca para distinguir
los ojos turquesa, la armadura púrpura, los labios
ennegrecidos. Arqat retiró su espada, listo para
hacerla morder la carne de su torturador. Por fin,
llegaría su venganza.
—¡No!
La voz resonó pequeña, casi imperceptible entre el
interminable canto fúnebre y los gritos dementes de
461
la multitud enloquecida, pero Arqat la captó como si
fuera el único sonido del mundo.
—No —volvió a decir, esta vez en un susurro.
Tan suave como las caricias de Nanny cuando le
acariciaba el cabello para dormirlo.
—No lo hagas, Arqat —dijo Cecily—. No me prives
de esto.
—Cecily —murmuró él, incrédulo—. ¿Por qué
estás aquí? ¿Qué te ha hecho?
La batalla se desataba a su alrededor, guerreros
vestidos de rosa y sus secuaces asesinando a cientos,
miles de hijos de Serrine. Y, sin embargo, hablaban
como si estuvieran solos en una habitación vacía.
—Hice un trato. Él es nuestra única oportunidad
de escapar, Arqat, mi única salida de esta roca. Aun
antes de su llegada, la vida aquí era una tortura. No
es tarde. Ven con nosotros.
—No huiré —gruñó Arqat—. Ha envenenado
nuestro mundo. ¿No lo ves? Debe morir.
—No puedo permitirlo —dijo Cecily, con profunda
tristeza en su voz—. Por favor, Arqat. No me obligues
a detenerte.
—Nadie puede detenerme ahora.
—Mi dulce niño —susurró Cecily, y Arqat sintió su
dolor en lo más profundo de su ser—. Eres un alma
entre un millón. Podría detenerte tan fácilmente
como respirar.
—Entonces, inténtalo —gruñó.
462
Arqat no vio venir el golpe. Lo golpeó en el pecho
con una fuerza tan brutal que salió disparado por
encima de las cabezas de la multitud, recorriendo
diez, veinte, treinta pasos mientras volaba. Los
cuerpos amortiguaron su caída, la masa blanda de
muertos y vivos seguía creciendo mientras la multi-
tud, presa del pánico, excitación, locura y terror, se
agolpaba en la plaza central frente a la catedral.
Tendido boca arriba entre la maraña de extremi-
dades, Arqat contemplaba el cielo. La cicatriz en el
firmamento palpitaba, brillante incluso bajo la dura
luz del sol: un torbellino de púrpura, rosa, verde y
azul.
Y rojo.
Rojo intenso.
Rojo de sangre.
Rojo abrasador.
Entonces, el mundo se desplomó sobre sí mismo.
Los pilares fundamentales habían sido minados
con meticulosa precisión, explosiones controladas
durante meses asegurando el máximo daño. Lady
Ondine había dirigido la operación con maestría.
Solo necesitaba una masa crítica: el peso de los
cuerpos humanos sería demasiado para que la ciudad
resistiera. A medida que la multitud se congregaba
en la plaza central, ese límite se alcanzó, tal como
había planeado Katria y sus cómplices.
Calles enteras se desplomaron, llevándose consigo
463
las estructuras construidas apresuradamente. Dece-
nas de miles de almas también cayeron, atrapadas
por las fauces que se habían formado debajo. De-
scendieron de la luz a la oscuridad, gritando de miedo
hasta que sus cuellos se rompieron, sus espaldas se
fracturaron o sus cráneos se estrellaron contra los
antiguos cimientos de la sobreciudad de Serrine.
Era la muerte a una escala monstruosa. La extin-
ción de tantas vidas, el clímax de años de violencia,
no pasó desapercibida.
Arqat también cayó. A diferencia de los débiles que
gritaban a su alrededor, no desperdició su energía en
el miedo o el pánico. Ahora tenía sentido, en estos
últimos momentos, por qué había regresado a este
lugar, a la sombra de la catedral, la fuente de su ira,
de su dolor.
La venganza no había sido suficiente. Necesitaba
más. Más poder, siempre más poder, para derramar
la sangre de sus enemigos, tomar sus cráneos y
triturar sus huesos.
Y así, mientras caía, canalizó cada gramo de su
alma, de su ser, en puro odio. Sintió el odio de
otros, millones, un océano de dolor y furia que
había fermentado bajo el dominio de Xantine. Cada
muerte en Serrine llegaba a él. Concentró su ira,
convirtiéndose en una criatura de furia tan perfecta
que, mientras sus órganos se desgarraban y sus hue-
sos se fracturaban, en su momento de total olvido,
464
encontró una conexión con otro ser.
El Sediento de Sangre, Ma’ken’gorr, era temido
como el Sepulturero por las incontables vidas que
había segado. Era una encarnación de la venganza,
buscando a los agraviados y destrozados. Encon-
tró en Arqat un núcleo ardiente en un universo de
sufrimiento, su furia tan pura, su sed de venganza
tan insaciable.
Ma’ken’gorr tomó aquel cuerpo, aquel niño muti-
lado, y lo forjó en un guerrero formidable, en nombre
de la venganza y del Dios de la Sangre.
El momento de la muerte de Arqat se convirtió
en su apoteosis; mientras caía, renació sobre alas
negras como el carbón.
465
seguidores habían abandonado el recinto y se
adentró en la parte trasera de la cámara, pasando
junto al gran caldero central. El olor a sangre llenó
sus fosas nasales al aproximarse, y no pudo resistir
la tentación de mirar dentro.
La sangre estaba espesa, brillando bajo la luz del
brasero. Percibió sonidos desde su interior, el eco de
la batalla: el choque de espadas, el desgarrar de la
carne, los alaridos de los moribundos. La superficie
tembló y Edouard divisó una mano, garras al frente,
emergiendo de las sombras. Tras ella, una calavera
estriada, con cuernos oscuros y penetrantes. Sus ojos
destellaban con un brillo asesino, empuñando una
espada de azufre puro.
El demonio atrapó a Edouard. Reconoció que
aquella criatura, de piel rosada, lo había ayudado
a ingresar en este reino. Si pudiera sentir gratitud,
pero el bloodletter solo conocía una cosa. Mientras
más de los suyos surgían del caldero de sangre,
blandió su espada ígnea y cercenó la garganta de
Edouard. Otra calavera para el trono de su señor.
466
en el reino físico lo golpeó como un golpe de maza
de combate, y cayó de rodillas. Un dolor agudo se
apoderó de él mientras su mente se adaptaba a la
cercanía de algo antiguo y monstruoso, mientras
resonaban en sus oídos los gritos acusadores de
innumerables almas.
«¡Tú eres el culpable!», Parecían rugir. Sabían que
él era responsable de la llegada de esa bestia, que la
barrera entre el mundo real y la disformidad se había
debilitado durante años bajo su gobierno. Que había
fomentado su llegada, como si ignorara las terribles
consecuencias que podían surgir al otro lado.
Xantine sintió indignación ante esa idea. Pero
también experimentó otra sensación, una que rara
vez visitaba en su larga existencia.
El miedo. Surgía desde lo más profundo de su ser, el
mismo cuerpo que compartía con su propio demonio.
S’janth también estaba temblando de miedo.
Se puso en pie lentamente, sus piernas tem-
blorosas. El abismo se abría ante la catedral, y de
él emergía la criatura que tanto había atemorizado
a S’janth. Se alzaba a nueve metros sobre pezuñas
hendidas, su pelaje gris ceniza parecía la brasa de
una pira funeraria, salpicado de sangre. Su cabeza,
enorme y en forma de cuña, ostentaba cuatro cuernos
masivos, afilados como navajas y cubiertos de bronce.
Una boca llena de colmillos imponentes no podía
cerrarse por completo. Sus brazos musculosos
467
parecían seres impíos, pero uno de ellos se truncaba
en el codo, reemplazado por una hoja de cadena
zumbante y humeante que rivalizaba con la Espada
Sierra de un Caballero Expoliador.
—Se llama Sepulturero —musitó S’janth, su voz
marcada por el resentimiento y el terror. Xantine
entendió su odio hacia el demonio. Su brutalidad y
crudeza contrastaban con la sutileza y la sensualidad,
y los seguidores de Khorne preferían una muerte
rápida y sangrienta en lugar de los tormentos pro-
longados que disfrutaban los devotos de Slaanesh.
A su vez, Slaanesh despreciaba a Khorne más que a
cualquier otro rival en el gran juego cósmico, y sus
campeones habían luchado enemistados a través de
los siglos.
—Lo he visto antes —respondió S’janth a la
pregunta silenciosa—. Es una abominación. Es la
aniquilación del placer. El fin de la sensación. Una
venganza interminable y sin sentido.
El Sepulturero dejó marcas de fuego al aterrizar
en los restos de la terraza de mármol de la Plaza
de la Liberación. Pequeños demonios de Khorne
emergieron del agujero en el tejido del mundo tras
su campeón, letras de sangre y sabuesos de carne
desgarrando a los ciudadanos que no habían sido
arrojados a la muerte como parte del ritual de in-
vocación. La monstruosidad movió su espada en
arcos perezosos, cortando a humanos y demonios
468
por igual mientras avanzaba inexorablemente hacia
el escenario.
—¡Disparen! —Ordenó Pierod, con la voz entrecor-
tada por el terror. Al gobernador se le había otorgado
un asiento en el escenario para las celebraciones del
Día de la Liberación, un honor del cual, según había
declarado a Corinto, no habría renunciado, bajo pena
de muerte. Ahora, frente a la posibilidad inminente
de la muerte, deseaba poder retractarse tanto de su
declaración como de su sentimiento.
Los proyectiles láser de la milicia se sumaron al
fuego de los pocos marines espaciales de los Ado-
rados que aún quedaban. Uno de los guerreros
de armadura rosa, a quien Pierod había empezado
a llamar “Sonriente” porque siempre llevaba una
sonrisa en su rostro, empuñó una fundidora35 , apun-
tando su cañón manchado de calor hacia el enemigo.
El marine espacial activó la alimentación de com-
bustible del arma, ululando de expectación mientras
zumbaba en sus manos y sus mecanismos arcanos
35
Arma de fusión (Fundidora, Vaporizadora): Armas que
utilizan el calor y que se basan en una agitación subatómica del
aire. Los objetivos que reciben el impacto se calientan hasta
el punto de ser evaporados. El efecto en la carne es temible
por no decir menos, mientras que los vehículos pueden ser
reducidos a chatarra fundida. Desafortunadamente, debido a
su alto consumo de energía y a su disipación, el arma solo es
efectiva a distancias cortas, pero cualquier cosa dentro de su
alcance es prácticamente destruida.
469
acumulaban energía letal. Instantes después, apretó
el gatillo. Pierod sintió el abrasador retroceso incluso
a metros de distancia, mientras una ráfaga de calor
extremo rugía desde las entrañas del arma hacia la
bestia. Una fundidora podría destrozar un tanque
Rhino, pero cuando la neblina de calor se disipó, no
dejó ningún rastro en el cuerpo del monstruo más
allá de algo de pelaje chamuscado.
Sonriente, con un gesto de tristeza, estaba ex-
aminando el arma, preparándose para un segundo
disparo, cuando la hoja de cadena de la bestia conectó
con su hombro. La enorme arma atravesó la ceramita
reforzada como si fuera papel y partió al marine
espacial por la mitad de un solo golpe.
—Debemos marcharnos de aquí —declaró Pierod,
escudriñando el entorno en busca de vías de escape.
Aunque el escenario se había levantado sobre los
escalones monumentales que llevaban a la catedral,
aún existían pasajes traseros hacia la parte posterior
de la estructura: antiguos pasadizos y senderos que
habían resistido el paso del tiempo, sin ser devorados
por el crecimiento orgánico de la catedral.
—¿Y Lord Xantine? —Preguntó Corinto, a su lado.
—Lord Xantine podrá enfrentarse a esta abomi-
nación por sí mismo. En ese caso, necesitará a su
gobernador intacto, o… —Pierod dejó que la posibil-
idad flotara en el aire, en lugar de pronunciarla en
voz alta.
470
Corinto vaciló demasiado y Pierod prefirió no es-
perar a su ayudante. Se lanzó a correr sin titubeos,
dejando atrás a los soldados humanos aterrados y a
los Sofisticantes vestidos de magenta que apuntaban
sus armas hacia el gigante de proporciones colosales.
La catedral se erguía ante él, sus muros resonaban
con la música que emanaba desde su interior. Protu-
berancias similares a dedos lo alcanzaban mientras
se abría paso a través de una puerta lateral esponjosa,
la música alcanzaba un terrible crescendo mientras
avanzaba por claustros y callejones hacia la oscuri-
dad, lejos de la luz del sol.
471
adada, irreflexiva y sin honor. Vio a un niño, cortado
en su inocencia por un ángel del dolor. Vio la sangre
que fluía de su herida.
Roja.
Su herida. Su sangre. Su alma.
Juró venganza.
—Sangre para el Dios de la Sangre —rugió con una
voz que había llevado la condena a un millón de
mundos.
472
psíquicas.
Solo Xantine se mantuvo firme, desafiante ante
uno de los mayores demonios de Khorne.
—Este mundo es mío —rugió—. No permitiré que
nadie me lo arrebate.
La certeza inundó sus corazones mientras per-
manecía en su posición en el centro del escenario
creado para él, en el mundo que gobernaba. Ya había
sido su salvador antes y volvería a serlo.
—Te desafío, demonio —llamó, proyectando su
voz quirúrgicamente mejorada para que sus súbditos
pudieran oír sus palabras sobre los sonidos de la
batalla—. Soy el Adorado. Soy el Señor de Serrine,
su Salvador. He subyugado a mil Nunca Nacidos por
pura fuerza de voluntad. Soy Xantine de los Hijos del
Emperador, y no seré derrotado por una criatura tan
bruta —hizo girar su estoque en la mano derecha y
levantó la izquierda en un gesto tosco de desprecio
dirigido al enorme Sediento de Sangre.
—¡Rómpete sobre mí, demonio, y ruega por que
yo…!
El impacto fue como el derrumbe de un edificio.
Xantine fue lanzado hacia atrás con una velocidad
que casi parecía teleportación. Primero, su espalda
chocó contra la pared de la catedral, seguida rápida-
mente por su cabeza. Un zumbido llenó sus oídos,
ensordeciendo los gritos a su alrededor.
Llevó una mano enguantada a su nariz, ahora
473
chorreando sangre. Se lamió los labios manchados de
negro, saboreando el sabor metálico, y se puso en pie.
Para su disgusto, el Sediento de Sangre le había dado
la espalda, ocupado en atravesar la caja torácica de un
Sofisticante demasiado audaz o demasiado aturdido
para huir.
Xantine disparó con Placer de la Carne, pero los
proyectiles reactivos de la pistola resonaron en el
torso del Sediento de Sangre sin dejar ninguna huella.
La pistola chilló al ser disparada, temblando en
su mano, aterrorizada y excitada por haber sido
utilizada contra semejante criatura.
Los Desangradores36 se lanzaron hacia Xantine
mientras avanzaba a grandes zancadas, pero él cortó
a los soldados de menor rango de Khorne sin apartar
la vista del imponente Sediento de Sangre. La carne
de los Nunca Nacidos chisporroteó y se desvaneció
36
Desangradores (blodletters):Los Desangradores son los
guerreros más numerosos de Khorne, los soldados de a pie de
sus legiones daemoníacas. Su aspecto horripilante es un ataque
contra la sensibilidad de los mortales. Su piel es del color de
la sangre caliente, y sus ojos airados parecen brasas ardientes.
Los Desangradores tienen una fuerza inhumana; pueden
acabar con un mortal a sangre fría y blanden largas espadas
infernales de hojas serradas que brillan por las energías de la
disformidad. Se dice que estas espadas atroces son tan afiladas
como el odio de Khorne. A medida que cortan carne y hueso,
se cubren de sangre y brillan cada vez más, vigorizadas por el
delicioso sabor de la muerte.
474
donde el estoque lo atravesó, la antigua arma ael-
dari expertamente afinada y bendecida cien veces
para desterrar la forma corpórea de los demonios.
Sus espadas golpearon el suelo de mármol al ser
arrancadas del plano físico; sus armas y el olor de
la sangre hirviente en el aire eran el único rastro de
su existencia.
El Sediento de Sangre se acercaba, lo suficiente-
mente cerca para atacar. Xantine hundió Angustia
en el muslo del demonio gigante. Sepulturero aulló
de sorpresa y dolor, girando para enfrentarse a su
agresor.
—¡Contempla! —gritó Xantine mientras un humo
negro surgía de la herida en la pierna del demonio—.
Soy Xantine, y te postrarás ante mí…
Otro golpe lo derribó de nuevo. Sepulturero agarró
el estoque, aún clavado en su muslo, y lo arrancó,
liberándolo con un chorro de sangre demoníaca que
ardía como magma. La bestia lanzó la espada lejos,
rugiendo de frustración hacia su dios en su trono
craneal. Se volvió y fijó sus ojos de fuego en Xantine,
quien se levantó una vez más.
—Ahora tengo toda tu atención, bestia —proclamó
Xantine con triunfo, la sangre manando de su boca
como una advertencia escarlata.
475
Un nuevo tono de rojo se añadió al panorama: el
rojo del sufrimiento, un punzante dolor. El Sepul-
turero se extrajo la espina del muslo y buscó a su
provocador. Lo localizó, lo identificó: una figura
frágil. Con cabello largo, una armadura reluciente
y adornos sin sentido; uno de esos arrogantes. Lo
alzó del suelo donde se encontraba, retorciéndose en
su agarre, mientras las cuchillas trazaban surcos en
sus enormes dedos. La sangre cálida que emanaba
de las heridas olía a incontables conflictos, a un mar
de muerte. Aunque el hombre hablaba, sus palabras
caían en oídos sordos. El Sepulturero lo examinó,
contemplando cómo encontraría su fin.
La bestia había llegado, tal como S’janth había
previsto. No, como ella había sabido que lo haría.
Había habido tanta sangre derramada que el velo
entre su reino y el de los mortales se había vuelto
delgado como una hoja.
La sangre vertida en los innumerables campos de
batalla de la ciudad y en las profundidades de la urbe;
la sangre vertida en los calderos oscuros que ahora
vomitaban los siervos de Khorne. La sangre de Dama
Katria y Dama Arielle, cuya ira había condenado a
sus amigos y familias, sumiendo a su ciudad en el
olvido; y, lo más importante, la sangre del niño
destrozado que ahora se alzaba sobre alas de ceniza
476
y fuego. Había sido el recipiente perfecto: vacío pero
rebosante de furia.
Ella no había hecho más que permitir que los acon-
tecimientos se desarrollaran. Simplemente había
esperado a que alcanzaran su punto culminante, el
momento en que encontraría a su verdadero com-
pañero, el alma lo suficientemente fuerte como para
llevarla de vuelta a su dios.
—Ven ahora, mi amor —llamó S’janth.
—Ya voy —respondió Torachon.
El joven marine espacial se deshizo de su tosca
capa, revelando su figura. Su rostro estaba cubierto
de piel rosada y en carne viva, marcada por las cica-
trices de la verdadera muerte en la caverna de metal
fundido de Sarquil. Sus rasgos finos habían sido
quemados: las orejas se reducían a pequeños nódulos
de cartílago y la nariz aguileña había desaparecido,
dejando solo dos agujeros oscuros en el centro de
su cara. Sin cabello en su cabeza, su armadura de
plata bruñida había perdido la pintura rosa y púrpura,
primero por el calor del metal y luego por la espada
de Torachon en rechazo a su asociación con Xantine.
—Sí, más cerca —susurró S’janth mientras su
nuevo huésped se acercaba, sosteniendo su larga
espada con manos llenas de ampollas—. Ven a mí, mi
amor. Libérame de esta prisión.
477
El Sepulturero acercó a Xantine a su rostro. El
marine percibió el olor a azufre cuando el demonio
abrió la boca, mezclado con la fría suciedad de la
tumba. Los ojos del demonio ardían, sin pestañear,
escudriñando su cuerpo.
—He derramado la sangre de innumerables como
tú, la escoria de la habilidad de tu señor —resopló el
Sediento de Sangre con palabras lentas y difíciles. Las
motas de saliva volaban como ascuas infernales, y
Xantine se estremecía con cada una—. Tú no eres…no
eres nada.
El orgullo herido ardió en el pecho de Xantine,
superando incluso el dolor aplastante del agarre del
demonio.
—Yo lo soy todo, demonio —jadeó Xantine,
luchando por respirar contra el férreo agarre—.
No hay nadie más magnífico que yo en este mundo,
en esta galaxia, y ahora te mostraré mi verdadero
poder.
Con un esfuerzo consciente, abrió su mente, su
alma, y transmitió un pensamiento a la criatura que
compartía su cuerpo.
—Me rindo ante ti —le dijo a S’janth—. Unamos
nuestras fuerzas.
No hubo respuesta. Solo susurros, como si estu-
478
viera dialogando con otra entidad en un rincón lejano
de su mente.
—No temas, mi amor —intentó nuevamente—.
Juntos podemos enfrentar esta monstruosidad, como
hemos superado a nuestros más grandes enemigos.
Una vez más, el silencio le respondió.
—¡Te aplastaré! —rugió el Sediento de Sangre—.
¡MUERE AHORA Y CONOCE TU FIN!
El Sepulturero arrojó a Xantine al suelo de mármol,
sintiendo cómo un hueso de su espalda se fracturaba.
—Ayúdame —suplicó Xantine entre toses de san-
gre. Aunque su cuerpo flaqueaba, sabía que podía
sobrevivir, como en innumerables ocasiones anteri-
ores, rogando al daemonio dentro de él que viniera
en su auxilio.
En un instante de silencio, un paréntesis en el
flujo cósmico donde se apagaron todos los sonidos,
Xantine escuchó el latido de sus dos corazones, y
luego llegó la respuesta.
—No —declaró S’janth. La sensación de miedo que
emanaba del demonio se desvaneció, reemplazada
por un desprecio palpable. Una risa cruel y burlona
resonó en su mente.
—¿Crees que temo a esta criatura? ¿A un ser tan
sublime y transcendental como yo, como siempre he
sido?
—¿Por qué? —preguntó Xantine, simplemente.
—Porque eres débil. Porque merezco ser más
479
poderoso. Merezco algo mejor. Y lo he encontrado.
El dolor trajo consigo una claridad repentina y
penetrante, y Xantine vislumbró la exaltación del
daemonio por su victoria. La comprensión lo siguió.
—Porque no permití que me dominaras. Porque
no pudiste arrebatarme lo que yo no consentía.
—¡Mentiras infames! No fuiste más que un servidor
para mí, mortal. Y ahora, conocerás la verdadera
perfección.
El Sediento de Sangre lo inmovilizó bajo una
pezuña abrasadora del tamaño de la escotilla de
entrada de un Rhino. La ceramita chirrió y los
circuitos crepitaron mientras el demonio ejercía
su peso sobre el marine espacial, fracturando
la armadura como el caparazón de un crustáceo
quejumbroso. Levantó su hoja de cadena y la sierra
zumbante arrojó vísceras y fragmentos de hueso en
el aire cargado de ceniza. Sus alas eclipsaron el sol y
Xantine aguardó el momento de su fin. Sabía que el
dolor sería su compañero constante en ese instante
final.
La espada sierra descendió sobre Xantine, como el
golpe de un verdugo, como el ocaso en un mundo en
llamas, como la ira de Abaddon en Ciudad Cántico,
oscura y colosal, sellando su destino.
Dolor. Un sufrimiento insondable, una agonía a
nivel atómico, un tormento que desgarraba su ser
hasta lo más profundo. Pero no era solo el dolor físico
480
de la hoja de cadena; era el abandono.
—¡Está aquí! —exclamó S’janth, rebosante de
júbilo—. ¡Él está aquí! ¡Mi Salvador!
Ella lo dejaba. El demonio se alejaba, y él intentaba
retenerla, aferrándose a su esencia. En su agonía, en
su debilidad, ya no pudo retenerla. Se deslizó entre
sus dedos, tan etérea como la niebla y tan esquiva
como la seda.
—Estoy en camino, mi amor —susurró ella, pero
sus palabras resonaron vacías en su mente.
—¡No! —Gritó él—. No me abandones. Te nece-
sito. Por favor, te necesito.
Pero ella ya no estaba. En su lugar, una terrible
ausencia lo envolvía, un vacío de desolación y os-
curidad infinita. Estaba solo, agonizando, bajo la
opresión de un monstruo al que ya no podía esperar
vencer.
La muerte parecía inevitable, pero no llegó. Xan-
tine abrió los ojos y vio la hoja de la cadena sus-
pendida a escasos centímetros de su rostro. Los
dientes ensangrentados se encontraron con un es-
toque de plata, deteniendo su avance. La antigua
arma humeaba y luchaba por avanzar, pero el estoque
resistía. Xantine siguió el arma, su arma, hasta su
portador.
La armadura plateada resplandecía con la luz re-
flejada del demonio en llamas. El cabello blanco,
largo y liso, caía de nuevo en cascada desde la cabeza
481
del guerrero. Había sido restaurado por la gracia de
S’janth: apuesto y elegante, fuerte y ágil, con unos
ojos violeta profundos como el abismo. La figura
se alzaba alta, más alta que Xantine, más alta que
cualquier otro Astartes. Un coloso, tan alto como…
—¿Padre? —Jadeó Xantine, mientras la pezuña del
Sediento de Sangre le oprimía la garganta—. ¿Has
vuelto?
Con una risa que resonaba como el eco de un ángel,
la figura se rió, estridente y prolongadamente. Fue
el último sonido que Xantine percibió antes de que
su consciencia se desvaneciera.
482
tatura se alargó, sus músculos y huesos crecieron en
perfecta armonía con su torso esbelto, ascendiendo
por encima de sus hermanos que permanecían en
la promenade teñida de sangre. Su armadura se
tornó maleable, ajustándose con gracia a su cuerpo
cambiante, deslizándose sobre su piel desnuda con
suavidad. Donde antes el fuego había chamuscado el
metal hasta dejarlo sin adornos, ahora resplandecía
en un amatista radiante: el color de los soberanos,
de los monarcas y emperadores.
—Te concederé la galaxia —susurró la voz como la
seda, y Torachon vislumbró las infinitas y deliciosas
posibilidades que se extendían ante él—. Todo lo que
te pido a cambio es tu cuerpo.
—Sí —exclamó Torachon, extasiado—. Juntos
seremos perfectos.
Unidos, se volvieron hacia el Sediento de Sangre. El
demonio se cernía sobre una figura más pequeña, em-
palada en el mármol del patio de la catedral. La figura
apenas era más que un hombre, ataviado con una
armadura de tonos morados y rosados desiguales.
Murmuraba algo, y por un instante sintieron un
destello de compasión hacia él: compasión por lo
que podría haber sido, por la limitación de sus ambi-
ciones. Pero esa compasión se transformó en furia.
Esta criatura, este ser inútil, les había entorpecido
con su ego y su estrechez de miras. Lo matarían,
pero antes lo castigarían, y esta vil bestia no les
483
estropearía la fiesta.
El Sediento de Sangre avanzaba con lentitud, tan
pausado que cada gota de su babosa saliva parecía
suspendida en el aire, oscura y pulcra como el ónice
pulido. Una de estas gotas fue perforada por un
dedo, estallando contra la piel desnuda con un calor
reconfortante, seguido de una sonrisa de placer
ante la sensación momentánea de dolor, pronto
reemplazada por un alivio líquido.
Sin darse cuenta de la cercanía de su enemigo,
el demonio de Khorne alzó su espada de cadena,
listo para desgarrar a la diminuta figura que se le
acercaba con una velocidad asombrosa. Una luz
brillante en el suelo capturó su atención: un objeto
afilado, hermoso y lleno de agonía. Lo tomaron
con sus manos recién adquiridas, sintiendo el peso
y el equilibrio de Angustia en un instante mientras
interceptaban la hoja de cadena con la punta del
estoque xenos. Absorbieron el poder del golpe con
gracia, permitiendo que la energía fluyera a través
de su ser equilibrado. Sepulturero, el Sediento de
Sangre, volteó la cabeza con sorpresa al reconocer al
nuevo oponente.
—¡TÚ! —Rugió.
Era un enemigo nuevo, otro ángel, pero este era
diferente. Fuerte. Brillaba con una luz fría que
lastimaba sus ojos y se movía como el mercurio.
Empuñaba la espina con destreza, su filo cavando
484
surcos en la carne impía del demonio. Forzándose a
contemplar el rostro de su adversario, el Sediento
de Sangre reconoció una figura familiar. Rasgos
perfectos. Cabello largo y blanco. Armadura púrpura
resplandeciente.
Para el demonio, era simplemente otro insecto que
aplastar. Pero para el joven, era algo más.
Un mito. Una leyenda. Un dios.
Un mentiroso. Un traidor. Un mutilador.
Una imagen surgió en su mente: el ángel que
tomó su brazo, su mundo, su vida en la catedral. No
había sido Xantine, comprendió entonces, sino este
ser. Lo vio en esos ojos violetas, la misma crueldad
e insensibilidad. Ahora estaba frente a él, el hijo
profetizado de Serrine, finalmente regresado.
Arqat se vengaría. Y lo disfrutaría.
El estridente chirrido de la sierra del Sediento de
Sangre resonó cuando sus afilados dientes de hierro
se encontraron con la punta plateada de Angustia,
pero el arma aeldari se mantuvo inquebrantable.
Sepulturero gruñó de frustración y liberó su pe-
sada arma, apuntando hacia su nuevo oponente y
destacando los tejidos torturados y los tendones
distorsionados donde la hoja se había unido a la carne
del demonio.
—¡FUISTE TÚ! —Rugió el Sediento de Sangre—.
¡TE MATARÉ!
—Puedes intentarlo —respondió Torachon, con
485
una sonrisa felina curvando sus labios sin esfuerzo.
Sepulturero blandió su espada de cadena en un
segundo golpe, dirigido esta vez hacia su reciente
adversario. Los nombres de mundos olvidados y
los recuerdos de sus últimas víctimas inundaron
la mente de Torachon. Lagos de sangre, torres de
cráneos, civilizaciones enteras reducidas a nada por
las cuchillas de este monstruo. Una vida de matanza
sin propósito, sin arte ni perfección.
Torachon no podía soportar esa monotonía. Había
probado muchos excesos en la galaxia, pero entregar
su cuerpo a S’janth lo había llevado a experiencias in-
imaginables. Juntos, buscarían nuevas sensaciones,
pero primero acabarían con esta abominación.
Esquivaron el mortal arco de la hoja de cadena y
hundieron Angustia profundamente en el costado
del Sediento de Sangre. El daemonio rugió de dolor
y se tambaleó hacia un lado, aplastando a dos de
sus congéneres más pequeños. Los desangradores
gritaron mientras eran aplastados, sus cuerpos rotos
bajo las ardientes pezuñas. Sepulturero golpeó el
estoque con su brazo, pero solo logró profundizar
la herida, tiñendo de negro su costado con sangre
hirviente.
Aturdido por el dolor y la rabia, el Sediento de
Sangre se volvió y cargó. Torachon intentó rodar
para esquivar el golpe, pero la brutal ferocidad del
ataque fue demasiado para él. Ambos combatientes
486
cayeron juntos, destrozando el mármol y sacudiendo
los cimientos al impactar contra el suelo. La hoja de
cadena del Sediento de Sangre silbó cerca del oído de
Torachon, llenando su nariz con el penetrante hedor
a muerte del aliento del demonio.
—TÚ —gruñó nuevamente, aplastando el cuerpo
de Torachon bajo su peso ineludible. La mano del ma-
rine encontró un arma desechada: el sable charnabal
curvado de uno de sus hermanos caídos. Sus dedos se
aferraron a la espada a dos manos, y con un esfuerzo
descomunal, el Marine Espacial poseído empujó
hacia arriba, hundiendo el sable en la axila del Se-
diento de Sangre. La bestia rugió en respuesta, pero
Torachon no vaciló, aprovechando la oportunidad
para liberarse de sus garras, arrancando Angustia del
cuerpo del demonio. La sangre hirviente salpicó el
suelo de mármol blanco al liberarse el estoque.
—¿Me reconoces, bestia? —inquirió Torachon,
haciendo girar el arma aeldari entre sus manos con
destreza, convirtiéndola en un rápido resplandor
plateado. La punta monomolecular cortaba el aire
con un siseo afilado, añadiendo su lamento al caos
circundante.
—ME TRAJISTE AQUÍ, LA SANGRE QUE DER-
RAMASTE —retumbó el demonio, reviviendo los
recuerdos de Arqat, la imagen de Torachon atrav-
esándolo con su sable.
Jadeante, Sepulturero se lanzó de nuevo al ataque,
487
pero Torachon esquivó sus embestidas con agilidad,
deslizándose fuera de su alcance y arremetiendo con
sable y estoque hacia los tobillos del Sediento de
Sangre. Ambas espadas mordieron profundamente,
desgarrando la piel rojiza y los tendones, haciendo
que la bestia cayera de rodillas sobre el suelo de
bronce. Lentamente, se levantó frente a la majestu-
osa Catedral de la Cosecha Generosa, donde la estatua
del Salvador se alzaba en lo alto, reflejando la forma
retorcida de Torachon. El Marine Espacial poseído
desenvainó su pistola bólter.
El Sediento de Sangre rugió, desplegando sus vas-
tas alas.
—YO SOY EL ASESINATO. SOY LA CARNICERÍA.
SOY LA MUERTE.
—Eres aburrido —respondió Torachon, apun-
tando su pistola bólter hacia arriba. Disparó uno,
dos, tres tiros contra la fachada de la catedral. La
enorme estatua del Salvador, desplazada por la
explosión de los proyectiles, empezó a tambalearse
desde lo alto.
—¿ABURRIDO? —Bramó Sepulturero—. TE AR-
RANCARÉ LA PIEL Y ME COMERÉ TUS HUESOS, TE…
La estatua se desplomó sobre el Sediento de Sangre,
aplastando sus piernas y estrellándose contra su
cuello con un estruendo que hizo temblar el suelo de
mármol. La luz en sus ojos ardientes se desvaneció
mientras su cuerpo quedaba inerte bajo la masa de
488
piedra. El clamor de los Ruidosos Marinos alcanzó
su punto álgido, un instante de victoria.
Torachon avanzó lentamente hacia el demonio
derrotado, sosteniendo Angustia en alto como un
símbolo de justicia. Con un movimiento preciso, él y
S’janth clavaron la hoja en la frente del Sediento de
Sangre, atravesando su cráneo con determinación.
Sepulturero rugió de dolor y confusión mientras la
hoja monomolecular cortaba sus conexiones con el
mundo físico.
Era un Maru Skara37 auténtico, un golpe mortal.
La herida emanaba vapor y humo, y el cuerpo del
demonio empezó a desintegrarse, desmoronándose
hasta que no quedó nada más que cenizas y rescoldos.
37
Maru Skara: De las innumerables formaciones y tácticas que
utilizaban los Hijos del Emperador, una que gozaba del favor de
los pretores de la Legión que buscaban una victoria impecable
-y con ello la gloria a los ojos de sus pares y del primarca-
era el Maru Skara o “Golpe Mortal”. Llamado así por uno
de los golpes más difíciles en la tradición de los cultos de
duelos paneurópicos terranos, consistía en una finta rápida y
sincronizada con precisión, diseñada para activar la guardia
del oponente y asestarle un segundo golpe, invariablemente
mortal, del que no pudiera defenderse.
489
el viento caliente en espirales danzantes.
Los gritos de los demonios de Khorne, los lamentos
de los moribundos, y el eco sombrío de la catedral
llenaron el aire. Xantine observó cómo el gigante
con armadura púrpura derrotaba a la bestia. Era una
visión impresionante, como una figura legendaria,
una figura de la historia.
—¿Padre? —Murmuró débilmente.
El dolor lo invadió, sus nervios ardiendo con una in-
tensidad que apenas podía soportar. Se dio cuenta de
que S’janth había aliviado su cuerpo herido, y sin ella,
cada fractura y cicatriz se hizo presente. Cada herida,
cada golpe, cada trauma sufrido mientras compartía
su cuerpo con el demonio, ahora le causaba un dolor
casi insufrible.
Pero incluso esa angustia palidecía ante el tor-
mento de su espíritu. Sentía un abismo voraz y gélido,
tan profundo y oscuro como el vacío del cosmos.
Ella se había marchado. S’janth lo había abandon-
ado en su momento de mayor necesidad.
El coloso de armadura púrpura disfrutaba de los
vestigios de la batalla, pero con uno de sus líderes der-
rotado, los demonios restantes del Dios de la Sangre
eran ahora presas fáciles. Con la gracia de un dan-
zarín, el gigante se deslizaba entre los sanguinarios
que aún quedaban y los mortales enloquecidos que
osaban acercarse demasiado, ofreciendo una dulce
liberación al final de su espada. Xantine no podía
490
hacer más que observar el espectáculo, su cuerpo y
voluntad demasiado debilitados para intervenir.
Cuando la representación llegó a su fin, el gigante
se aproximó para rendir homenaje al soberano de
Serrine. Xantine percibió claramente su porte noble
y su aplomo refinado, tan característicos de su padre.
El gigante se arrodilló ante él, y Xantine lo miró a los
ojos.
Ojos violetas.
Eran del mismo tono que los de Fulgrim, pero
carecían de la calidez que solían tener. Ahora eran
felinos, y mientras los contemplaba, se oscurecieron
hasta adquirir el color de la medianoche.
S’janth habló con la voz de Torachon.
—Por fin —dijo—. Un anfitrión digno.
Una pregunta surgió espontáneamente en la mente
de Xantine. Quería hacérsela tanto al demonio como
a la imagen de su padre, Fulgrim. También de-
seaba preguntárselo a sus hermanos, aquellos que
se habían vuelto en su contra. Por último, ansiaba
preguntárselo al mundo mismo, a esas personas en
las que había depositado tanta confianza.
Xantine intentó contenerse, pero estaba tan
adormecido por la fatiga y las heridas que no
pudo evitar que la pregunta escapara de sus labios
ensangrentados.
—¿Por qué me traicionaste?
La risa burlona de S’janth resonó en su mente,
491
evocando las agujas de cristal de Ciudad Cántico der-
rumbándose. Una pregunta más pertinente: ¿por qué
me asocié tanto tiempo con alguien tan imperfecto?
—Me elegiste a mí —exhaló Xantine.
—Elegí a un peón. Una marioneta cuyo armazón pude
manipular hasta encontrar un servidor más adecuado
—S’janth se giró en el acto, admirando su nueva
forma—. Creo que esto es una mejora, ¿No crees?
Xantine permaneció en silencio, sintiendo cómo el
latido de su corazón secundario se desaceleraba con
el paso del tiempo. La herida era grave y necesitaría
atención médica pronto para asegurar que el órgano
continuara funcionando. Sin embargo, S’janth no
estaba dispuesto a dejar el tema.
—¿Crees que fuiste mi primera opción? Oh, niñito
—dijo S’janth, deteniéndose sobre su cuerpo con la
misma fuerza y vitalidad que había tenido Fulgrim—
. Fuiste una de las muchas almas a las que llegó mi
mensaje —se arrodilló una vez más, deslizando un
largo dedo de una de las nuevas manos de Torachon
por la mejilla de Xantine, la cual se sentía fría al
tacto—. Eras simplemente un recipiente. Un recipiente
para algo más poderoso y hermoso de lo que podías
imaginar —proclamó al levantar sus brazos hacia el
cielo—. Yo.
—Entiendo —respondió Xantine, utilizando su
dolor para alimentar su orgullo. Inclinó su rostro
hacia el de Torachon y lo desafió con la mirada—
492
. No pudiste tomar el control. Lo intentaste, por
el Príncipe Oscuro, ambos sabemos cuánto lo in-
tentaste, pero yo era demasiado fuerte. No pudiste
manipularme —declaró, tosiendo y manchando sus
labios con una sangre brillante—. Así que encon-
traste a otro. Maleable. Débil. Estúpido —forzó una
carcajada—. Se merecen el uno al otro.
—El hedor de tus celos es embriagador —replicó
ella—. El Señor de la Carne demostró su habilidad con
éste, te lo aseguro —enderezó los brazos, mostrando
sus abultados músculos como si se probara una ar-
madura por primera vez, y asintió con aprobación—.
Te odia, Xantine, ¿sabes? Te odia de verdad. Te amó una
vez, pero tus malos tratos endurecieron su alma contra
ti.
—Yo no lo maltraté. Él me traicionó.
—Lo abandonaste. Le dejaste morir en las entrañas
de este mundo y, aún así, todavía conserva un destello
de amor por ti. Puedo sentirlo ahora, dividido entre
sus emociones —dijo S’janth, llevándose las manos
al corazón como si sintiera pena, antes de volver
a reír—. Este amor engendra el odio más picante, la
traición más dulce. Por eso nos sentimos atraídos por los
de tu especie. Después de todo lo que podemos ofreceros,
su hermandad sigue codificada en su carne.
El suelo tembló de nuevo y Angustias fue lanzada
hacia Xantine. Este agarró el estoque y lo utilizó para
impulsarse mientras su visión se oscurecía. Como
493
un insecto iridiscente, Xantine se arrastró, con una
cacofonía de dolor llenándole los oídos mientras
avanzaba hacia la fisura.
—Ahora, mi amor —dijo S’janth, tapando el bril-
lante sol con su forma mientras se colocaba junto a
Xantine—. ¿Qué vamos a hacer contigo?
Al borde de la sima, la trampa en la que había
caído y que había derramado tanta sangre que trajo la
muerte a su reino, los dedos de Xantine se enroscaron
alrededor de su borde, encontrando ferrocemento
roto y barras de refuerzo bajo la superficie de mármol.
Xantine miró el rostro de su hermano.
—Vas a ver mi gloria —afirmó, y se lanzó al agu-
jero.
Xantine cayó, su cuerpo roto dando vueltas en la
oscuridad.
494
Capítulo 27
F
lotaba en el vacío, inmerso en un océano de
dolor. Millones de estrellas de sufrimiento lo
rodeaban, cada una destellando su propia agonía
en el vasto firmamento de su tormento. Algunas
eran como brasas rojas, ardientes y persistentes;
otras, punzantes y agudas como agujas amarillas.
Pero las peores, sin duda, eran las azules, tan
intensas que desafiaban la realidad misma. Estas
estrellas del dolor nacían, morían y explotaban en
supernovas de sufrimiento, pintando un cuadro
cambiante de agonía que él soportaba en silencio,
como un espectador solitario en el abismo.
Enfocó su atención en un punto de luz que se
desvanecía lentamente. Se encogía ante sus ojos y él
luchaba por mantenerla.
—No te vayas —susurró, pero la estrella se
desvaneció, dejándolo caer en la oscuridad.
495
La arena negra se extendía ante él. Hundió la mano
en ella, viendo cómo se filtraba entre los dedos de
su guantelete blindado. El sol abrasador lo cegaba,
obligándolo a resguardar los ojos.
Este mundo se llamaba Kalliope, aunque los aeldari
lo conocían por otro nombre, uno que había caído en
el olvido junto con aquellos que lo habían nombrado.
Solo quedaban estatuas semienterradas en la arena,
testigos del paso del tiempo y del destino implacable.
Pero los nombres eran irrelevantes. Este mundo
baldío era solo el escenario de su destino. Había sido
elegido, convocado por una fuerza mayor hacia una
reunión con la perfección encarnada al otro lado de
la duna de arena.
Cerca de la cima, los sonidos de la guerra llenaban
el aire. El estruendo de los disparos, el retumbar
de los cañones, los gritos de los moribundos y los
rugidos de los combatientes resonaban como una
sinfonía de caos y destrucción, suficiente para avivar
el fuego en su alma y desatar su sed de conquista.
Superó la cresta de la duna. La oscuridad se ex-
tendía ante él como un manto implacable. Cuerpos
yacían esparcidos por el paisaje, envueltos en ar-
maduras oscuras, su sangre, un río oscuro que se
mezclaba con la arena negra. La entrada del templo
se abría ante sus ojos, una boca oscura que devoraba
496
la luz, prometiendo solo profundidades sombrías y
sin retorno.
Sin embargo, avanzó, desafiando el destino como
lo había hecho en otra vida.
Xantine se adentró en el templo, descendiendo a
sus entrañas en la más profunda oscuridad. En el
núcleo del recinto, encontró una figura que conocía
bien, sentada en un trono de obsidiana. Euforos, su
antiguo Señor de la Guerra, lo recibió con indiferen-
cia mientras entraba en la cámara.
—Esto no es lo que aconteció aquí —declaró Xan-
tine.
—¿De veras? —Inquirió Euforos. Su semblante,
fiel reflejo de su antigua vida, permanecía inalterable:
armadura negra y rosa, ojos vidriosos, boca repleta
de colmillos. A pesar de que Xantine lo había derro-
tado tras liberar a S’janth y traerla a su lado, Euforos
aún mostraba una arrogancia imperturbable.
—Fue aquí donde encontré al demonio.
—Y con su poder, me mataste.
—Los débiles ceden ante los fuertes. En este lugar,
hallé mi fuerza y la reclamé para mí.
—¿Y dónde está esa fuerza ahora?
—Se ha marchado con otro —confesó Xantine. No
tiene sentido mentir a un espíritu.
—Los débiles ceden ante los fuertes.
—No, esto fue traición. Mi hermano conspiró
contra mí. Yo nunca… —comenzó Xantine.
497
—¡Lo has hecho! —Rugió Euforos, su voz reso-
nando en las paredes del templo—. Esta traición es
parte de nosotros, Xantine. Un cáncer que no pode-
mos extirpar. Ni siquiera nuestro padre era inmune
a su veneno. Traicionó a su propio hermano por
el poder. No puedes luchar contra eso —sentenció
Euforos—. Es lo que somos.
—Entonces forjaré mi propio destino —afirmó
Xantine, desafiante.
498
mando.
En cuestión de semanas, la bruma volvía a cubrir
la ciudad, un recordatorio de la antigua actividad
industrial de Serrine. A pesar de que el cielo ya no
era visible, Cecily no lo echaba de menos. Bastaba
con que extendiera su percepción más allá del velo de
niebla rosada para sentir el cielo y el vacío más allá,
fríos y distantes.
Los capataces voceaban en las esquinas, forzando
el vigor en los trabajadores con sus látigos y azotes,
mientras los matones de Torachon sembraban el
terror, dejando cadáveres en las alcantarillas para
obstruir los rudimentarios sistemas de desagüe de
la ciudad. Sin embargo, Cecily se movía entre ellos
como un espectro. Dominaba el arte de la invisibili-
dad, pasando desapercibida incluso en medio de la
muchedumbre de una calle concurrida.
Ya había empleado estas habilidades para escapar
el día de la celebración, después de presenciar la as-
censión del monstruo alado y la traición de Torachon.
Mientras los cultistas histéricos y los ciudadanos
aterrorizados abarrotaban las calles, ella se deslizaba
entre ellos como si fuera invisible, dirigiéndose con
determinación hacia el único lugar que tenía sentido
para ella: su ciudad natal.
Había tardado días en llegar a la ciudad subter-
ránea, durmiendo en bloques habitacionales en ru-
inas y en sótanos quemados hasta llegar a uno de los
499
muchos subelevadores que se habían utilizado para
transportar suministros desde arriba hacia abajo.
Una vez abajo, se escondió de fanáticos con máscaras
de latón y brutos con cicatrices, de desertores de la
milicia con túnicas manchadas y cosas grasientas de
ojos rojos que apestaban a sangre seca y maldad.
Siguió la voz. Al principio pensó que era la hierba,
que le hablaba una vez más, pero a medida que se
agolpaba en su mente, se dio cuenta de que hablaba
con un timbre diferente. Susurraba como un soñador,
medio dormido y medio despierto, y le prometía un
futuro mejor, una vida mejor, si la seguía.
—Xantine —susurró, la primera vez que lo oía,
temblando en el sótano de un bloque habitacional
en ruinas—. Aún estás vivo…
Cecily encontró a Xantine en un pozo abandonado
en los barrios bajos de la ciudad. Su armadura rosa
y púrpura estaba manchada de sangre y polvo, pero
seguía resplandeciente entre la mugre, con su larga
cabellera negra enmarcando a la perfección su noble
rostro.
Perdía y recuperaba el conocimiento. Cecily no
estaba familiarizada con los trances hipnagógicos
que los Marines Espaciales podían utilizar para acel-
erar sus propios procesos de curación, pero trazó su
mente sobre su cuerpo, y comprendió por el toque
psíquico que su cuerpo se estaba reparando a sí
mismo.
500
Se quedó con él y sólo se marchó para recoger agua
para Xantine y escasas cantidades de comida para
ella, lo suficiente para mantenerse con vida y poder
curarle las heridas más graves.
—No morirás —dijo mientras le echaba pequeñas
cantidades de agua en la boca floja—. Hicimos un
trato. Me prometiste una vida mejor. Me prometiste
escapar de este infierno —los ojos de Xantine
parpadeaban mientras ella hablaba, y sentía que
su mente se agitaba—. Sé que me oyes —dijo Cecily
al gigante dormido—. Me lo prometiste.
Xantine emergió del letargo al tercer día, desple-
gando sus ojos turquesa para escrutar su lúgubre
entorno.
—Este lugar apesta —murmuró, con la voz áspera
por la falta de uso.
—Cecily —musitó, respondiendo a la figura que se
acercaba—. ¿He regresado?
—Sí, mi señor —asintió Cecily—. Ha vuelto.
Xantine se humedeció los labios agrietados con la
lengua. Si estaba sorprendido por su presencia, no
lo dejó ver.
—¿Dónde me encuentro?
—Estamos en los bajos fondos —informó Cecily.
—Y Torachon… ¿Qué ha sucedido con él? —La
pregunta flotó en el aire cargado.
—Ha tomado el control del planeta —respondió
Cecily sin titubear—. Nos ha convertido a todos en
501
esclavos y ha reactivado las cosechas. Las cosechado-
ras de la hierba han vuelto a funcionar, y la savia
de Solipsus fluye nuevamente desde las refinerías
hasta la ciudad. También ha suprimido el sistema de
desafíos.
—Lo entiendo —murmuró Xantine—. Supongo
que mi gente se habrá rebelado contra él.
Cecily reflexionó antes de responder con cuidado:
—No, mi señor. Celebran su nombre, como alguna
vez celebraron el suyo.
Xantine cerró los ojos brevemente, inhalando pro-
fundamente. Un atisbo de tristeza se deslizó por su
ser antes de ser reemplazado por una determinación
inquebrantable.
—¿Y Vavisk? ¿Dónde está mi hermano? ¿También
él me ha traicionado?
—No lo sé —confesó Cecily.
—Entonces, no me queda más opción —declaró
Xantine, incorporándose sobre piernas que habían
sanado—. Este mundo me ha decepcionado. Su gente
me ha decepcionado. Mis propios hermanos me
han decepcionado —inclinó la cabeza hacia Cecily—.
Todos menos tú, querida. Tienes la rara visión para
reconocer la verdadera grandeza, y cumpliré nuestra
promesa.
—¿Qué planes tiene, mi señor? —Preguntó Cecily.
—Abandonaré este lugar. Te llevaré conmigo y
empezaré de nuevo: construiré un mundo perfecto,
502
con súbditos dignos y guerreros leales. Superaré
incluso los logros de mi padre, y será conocido como
el paraíso.
—¿Y qué pasará con Serrine?
—Si no puedo reclamar este lugar —dijo Xantine,
su mano posada sobre el estoque que pendía de su
cadera—, me aseguraré de que nadie más lo haga.
503
de la ciudad.
—¿Sí? —Susurró—. Pierod, al habla.
La voz al otro lado del comunicador fue un alivio
momentáneo.
504
eta —rugió Torachon, desenvainando su sable de
energía. Sus movimientos eran frenéticos, abriendo
grandes heridas en el cadáver ensangrentado de
Ghelia. De su garganta, modificada quirúrgicamente,
surgieron gritos primitivos mientras la frustración
se transformaba en una furia abrasadora.
Rhaedron, experimentado en estos momentos
tumultuosos, optó por no intervenir. Retrocedió
cuando el sable centelleó, evitando los cadáveres
esparcidos por la cubierta de observación de la nave
Exhortación.
Mañana, probablemente, se repetiría la escena.
Torachon, ansioso por abandonar el planeta, exigía
más psíquicos para intentar revivir a la difunta Ghelia
y restaurar Exhortación a pleno rendimiento.
Fedra, ahora al mando de los cazadores, había
bajado sus estándares, reclutando a cualquier
ciudadano de Serrine con una pizca de habilidad
psíquica. Cada día, cientos eran llevados a la
nave, donde muchos compartían el destino del
hombre decapitado que yacía en el suelo, sangrando
suavemente.
—No queda ningún mortal capaz de comunicarse
con la nave en este mundo —susurró Fedra, su voz
penetrante enviando escalofríos por la espalda de
Rhaedron—. No importa cuán fuerte sea su poder
psíquico.
—Silencio, bruja —gruñó Torachon. Había
505
aprovechado la utilidad de la musa de Xantine,
manteniéndola cerca por su disposición a servir
a un nuevo amo. Sin embargo, su paciencia estaba
llegando a su límite—. Hay uno.
—¿Quién? —preguntó Fedra con hostilidad.
—La mascota de Xantine. La psíquica Cecily.
Fedra escupió, y el aire de la cámara se enfrió.
—¿Ella sigue viva? —Siseó.
Rhaedron la recordaba: una joven modesta de los
bajos fondos, a la que Xantine había tomado bajo su
protección. Apenas podía recordar el rostro de Cecily.
—¿Cómo llegaste a saber esto, mi señor?
—Preguntó Rhaedron.
—Tun evaluó sus habilidades y las encontró ade-
cuadas, pero Xantine nos impidió continuar con la
prueba.
—¿Por qué? —Inquirió Rhaedron, desconcertado.
—Era un hombre de voluntad frágil. No se
atrevería a aprobar su ejecución, aunque eso
significara que sus hermanos pudieran volver
a saborear las delicias de la galaxia. Su última
venganza, mezquina, sería encerrarme de nuevo
en este mundo yermo.
—¿Cecily aún respira? —Preguntó Rhaedron.
—No lo sé —gruñó Torachon—. Desapareció el
mismo día que mi desdichado hermano —la furia lo
envolvió de nuevo, clavando la punta de su sable en
el suelo carmesí—. Esperaba encontrar una salida
506
por mis propios medios, pero el espectro de Xantine
sigue obstruyendo mi camino. Solo me queda una
alternativa —miró fijamente a Fedra—. Recorrere-
mos este mundo en busca de ella y, si está viva, la
tomaremos como nuestra.
507
una manera peculiar de desplazarse: entre el pánico
y la apatía, se dirigían a los campos para su duro
trabajo o regresaban a sus hogares exhaustos. Pierod
imitó sus pasos mientras avanzaba con cautela hacia
su destino designado.
Fue un breve trayecto. Al llegar, seleccionó su
momento, se ocultó tras un muro bajo y aguardó
durante minutos interminables, escudriñando los
pasillos para asegurarse de su total soledad y de que
ningún ojo curioso los observaba. La precaución era
esencial en este submundo donde la vida no valía
nada, pero se cuestionaba si tal grado de paranoia
era excesivo.
—No —murmuró para sí—. Más vale prevenir que
lamentar.
Se puso manos a la obra con sigilo, levantando
con cautela las cuchillas oxidadas, haciendo girar las
ruedas abolladas y deslizando las láminas de metal
maltrecho, procurando no hacer ruido para no atraer
la atención de los capataces en la calle contigua.
Finalmente, encontró su recompensa: una puerta. Su
superficie, gruesa y pintada de rojo, estaba marcada
por generaciones de encuentros accidentales con la
maquinaria de la cosecha. Pero guardaba un secreto.
Pierod se llevó la mano a la boca y soltó una muela
dorada. Una expresión de dolor cruzó su rostro
mientras saboreaba su propia sangre, introduciendo
el extremo de la raíz del diente en un pequeño orificio
508
a la derecha del marco de la puerta. Escuchó un
chasquido y un siseo, y con la lenta liberación de
un gas desconocido, la puerta se abrió, revelando
unas escaleras metálicas que descendían bajo el
suelo arcilloso. Pierod echó un último vistazo a su
alrededor y se adentró en las profundidades.
Una tenue luz verde iluminaba la sala por la que
descendía Pierod, otorgando a los recipientes, tubos,
tanques y cables un aspecto enfermizo. En otro
tiempo, había sido una instalación biológica, donde
científicos y técnicos habían extraído y desarrollado
cepas de hierba que prosperarían en el clima partic-
ular de Serrine. Pero con la llegada de los ángeles,
cayó en el olvido y su entrada quedó sepultada por el
crecimiento de las chabolas de los recolectores. Ya no
era necesario estudiar la hierba; ahora solo se debía
seguir el ciclo de plantación, crecimiento y cosecha.
Un ciclo que había perdurado durante milenios. Un
ciclo que ahora había sido reavivado por el nuevo
amo del planeta.
Las garras de la criatura se abalanzaron hacia
adelante, veloces como la grasa en un líquido viscoso.
El cilindro se resquebrajó y su cristal se agrietó,
dejando escapar un pequeño chorro de líquido de
suspensión que se filtró hasta el suelo.
—¡Por el Trono! —Gritó Pierod, retrocediendo
ante la criatura. Tropezó con un cable de ali-
mentación, soltando un silbido de aire al caer de
509
espaldas al suelo.
Un segundo golpe hizo añicos por completo el
cristal. El líquido fluía lentamente del cilindro, como
la sangre que se congela en una herida, acercándose a
Pierod mientras él luchaba por incorporarse. Intentó
levantarse, correr, pero el líquido lo envolvía: denso,
aceitoso, con un hedor a carne podrida. El suelo
estaba resbaladizo y, al intentar levantarse de nuevo,
su pie se deslizó y cayó, torciéndose el tobillo.
La criatura, impasible ante el líquido que había
sido su hábitat, emergió de los cristales rotos y
se desplegó, extendiendo los cuatro brazos como
una mariposa saliendo de su capullo. Con los ojos
amarillos fijos en Pierod, se acercó con las garras
chasqueando al clavarse en el metal.
—No —jadeó el antiguo gobernador de Serrine.
Hizo un último intento de levantarse, pero el dolor
punzante en su pierna lo doblegó. Golpeando su
pecho, abrió un canal vox, una frecuencia que no
debería conocer, y llamó a su Salvador.
El silencio fue su única respuesta.
510
—Siempre hay que tener un espécimen —dijo Xan-
tine, observando una hilera de tanques de cristal. Las
criaturas suspendidas en ellos lo miraban fijamente,
con sus ojos amarillos siguiéndolo mientras cam-
inaba delante de ellos—. Ese ha sido durante mucho
tiempo uno de mis mantras —proclamó, dirigiendo
la mirada al genestealer cautivo más cercano.
En realidad, fue Fabius Bilis quien le había incul-
cado la importancia de conservar muestras de lo
nuevo, por si acaso resultaban útiles o placenteras
en el futuro. El Señor de los Clones podía ser una
compañía desagradable en los mejores momentos,
pero en este aspecto tenía razón.
Lordling no parecía apreciar la sabiduría que se
le impartía, y Xantine rodó los ojos. La buena com-
pañía era otro de los placeres que Torachon le había
arrebatado.
Observó a los híbridos, la escoria de la rebelión
que había sofocado casi una década atrás. La especie
carecía de un instinto evidente de autoconservación y
lucharía hasta el fin, pero Xantine había seleccionado
criaturas gravemente dañadas para incluirlas en su
colección. Aun así, se defendían pobremente.
—Recuerdo los problemas que tuviste para con-
seguir estos sujetos de prueba —comentó Xantine
a Lordling, buscando entablar conversación con el
imponente marine espacial. Lordling lo miró y,
comprendiendo las expectativas de Xantine, asintió
511
vigorosamente, extendiendo los brazos para simular
su esfuerzo por contener a los organismos letales.
Xantine apretó los dientes. La mayoría de sus
Adorados se habían unido a Torachon en cuanto el
usurpador se alzó al poder, y aquellos que se oponían
a su liderazgo lo hacían porque creían que podían
tomar el control del planeta, no por lealtad a Xantine.
Sin embargo, Lordling permanecía.
Se preguntó si Lordling sería consciente de la
traición de Torachon. Incluso antes de la traición
de Sarquil, Lordling se había sentido más cómodo en
el fango y la mugre de los barrios bajos de Serrine,
merodeando por sus calles la mayor parte del tiempo.
Xantine había notado su preferencia y le había en-
comendado una tarea que lo mantendría ocupado y
leal en ese entorno.
—Te necesito, hermano —le había dicho,
apoyando la palma de la mano en el brazo de Lordling
en un gesto de camaradería—. Solo tú eres capaz
de llevar a cabo esta tarea, pero no puedes decírselo
a nadie —se había llevado un dedo a los labios, en
señal de silencio, y Lordling había hecho lo mismo—.
¿Lo has entendido?
Como respuesta, Lordling emitió un gruñido gutu-
ral.
—Este lugar. Lo protegerás con tu vida. La ciu-
dad subterránea se convertirá en tu coto de caza, y
podrás atiborrarte de cualquier criatura que intente
512
profanarla.
Lordling había ladeado la cabeza.
—¿Guh? —preguntó.
—Estas criaturas son armas y deben permanecer
en nuestras manos —dijo Xantine, dándose un
golpecito en un lado de la cabeza para recordarlo—.
Espero no tener que usarlas, pero un señor de los
Hijos del Emperador siempre va un paso por delante
de sus enemigos.
Lordling carcajeaba al oír eso, aplaudiendo. Desde
entonces desempeñó su tarea admirablemente,
como Xantine sabía que haría, manteniendo las
instalaciones secretas y a salvo de cualquier gángster
que intentara violar sus defensas o liberar a sus
prisioneros.
Ahora, Xantine había venido a realizar esa tarea él
mismo. Pasó las manos por los cogitadores, tirando
de palancas y girando diales hasta que la cámara
se llenó con el siseo de la liberación del sistema
hidráulico. Una vez completada su tarea, desen-
ganchó el Placer de la Carne y lo disparó una y otra
vez contra el banco de maquinaria, hasta que todo lo
que quedó fue una ruina humeante. De los tanques
goteaba fluido, al agitarse su contenido vivo. No eran
una especie inteligente, estos genestealers, pero eran
astutos. Pronto escaparían.
—Vamos, Lordling —dijo Xantine, apartándose
del daño que había causado—. Abandonemos este
513
lugar. Te necesito de nuevo.
514
la forma de las puertas se unió en la oscuridad, se
dio cuenta de que colgaban abiertas, mostrando la
oscuridad que había dentro. Los barriles de savia
yacían volcados en las inmediaciones, goteando su
rosado contenido en las rejillas de las alcantarillas.
—Los traidores ya han huido —Handeville sonrió.
Se quedaría con esas cargas. ¿Quién sabía para qué
podrían ser útiles?
El escuadrón se había preparado para una resisten-
cia organizada, pero sólo encontraron silencio mien-
tras avanzaban por la refinería. De la mano de obra
humana no había ni rastro.
Handeville condujo a su escuadrón a través de los
comedores y vestuarios, a través de las plantas de
trabajo y entre las máquinas de embalaje, hasta que
llegaron a las viviendas situadas en la parte inferior
de la refinería. Por alguna razón, los focos luminosos
instalados en las paredes no funcionaban, así que
Handeville ordenó a su escuadrón que encendieran
sus lámparas. Proyectaron una fantasmagórica luz
verde sobre las estancias y Handeville sintió que su
excitación se convertía en miedo.
—Barrido final, luego salimos de aquí e infor-
mamos. Habrán dejado alguna pista de adónde han
ido y los sacaremos de su madriguera.
—Movimiento, señor —llamó uno de su escuadrón
desde atrás.
—¿Dónde? —gritó Handeville—. ¡Busquen obje-
515
tivos!
El soldado comenzó a hablar, pero su voz fue
cortada por un grito estrangulado. Handeville se
giró y vio las siluetas de su escuadrón desaparecer,
cayendo como succionadas por el vacío. En ese
momento comprendió que una mano de largas garras
le rodeaba el pie y tiraba de él.
—Están debajo de nosotros —gritó.
Nunca vio a la criatura que se lo llevó, pero sintió
sus largos tentáculos palpándole la cara, serpenteán-
dole por la nariz hasta las orejas, forzándole a abrir la
boca. Sintió que algo húmedo y carnoso le empujaba
entre los dientes, que se retorcía contra su lengua
por un momento, antes de abrirse camino por su
garganta hasta su pecho.
Handeville se desmayó.
Cuando recobró el conocimiento, días después, ya
no era el capitán Handeville.
516
estrellas. Está por llegar. Prepárense para su llegada.
Con una sugerencia aquí, un empujón allá, des-
cubrió que podía dirigir a cientos, a miles, hacia el
abrazo del culto xenos. Se les unían en túneles y
capillas, entre la hierba y en los abismos de la urbe,
cediendo sus mentes y sus cuerpos a la voluntad de la
mente colmena. El culto resurgió, como lo había he-
cho anteriormente, multiplicándose y propagándose
cada semana que transcurría.
Torachon intentó sofocarlo, pero nuevas células
surgían tan rápidamente como eran erradicadas, en
distintas partes de la ciudad, asaltando arsenales de
armas y depósitos de savia, sembrando el terror y el
caos entre las poblaciones de ambas ciudades. Ese
temor, a su vez, llevaba a más personas a los brazos
de los xenos. El culto estaba arraigado profunda-
mente: Xantine se había asegurado de ello, liberando
a sus cautivos en las ciudades de arriba y de abajo.
—Soy un Hijo del Emperador —le dijo a Cecily—
. Mi Legión libró su guerra desentrañando y
masacrando a los líderes del enemigo.
—Pero si hay muchos líderes… —replicó ella.
—Exactamente, querida —respondió Xantine, es-
bozando una sonrisa en sus labios oscurecidos—. Te
he enseñado bien.
Este mundo nunca podría ser perfecto, no mientras
ese cáncer permaneciera en su núcleo.
517
En las profundidades del frío vacío, resonó el men-
saje. El grito cruzó billones de kilómetros, atraves-
ando sistemas solares y conglomerados estelares,
pasando por imperios y reinos. Pero para la mente
receptora, todas esas distancias eran irrelevantes.
Nada importaba más que el mensaje.
Esa mente, más que enviar palabras, se ordenó a
sí misma, a cada una de sus millones de partes, mo-
verse, cambiar de rumbo, dirigirse hacia la fuente del
mensaje. Solo eso le importaba: el mensaje. Simple,
directo. Si pudiera sentir emociones humanas, tal
vez habría hallado consuelo o alivio. Pero no era así;
solo conocía un hambre eterno.
El mensaje no llegó con palabras, sino con signifi-
cado.
—Estamos aquí.
El tentáculo de la Flota Enjambre se desplazó,
apuntando hacia la fuente del mensaje.
Unas semanas después de que la secta alcanzara
su punto crítico, las bionaves tiránidas llegaron al
sistema. Se deslizaban como enormes bestias mari-
nas, moviéndose con una extraña gracia en el vacío.
Se balanceaban hasta que sus vientres señalaban la
perla rosa del planeta, entonces liberaban una marea
de esporas micóticas. Atrapadas por la gravedad del
518
mundo, las esporas descendían hacia su superficie,
al principio lentas, pero acelerando con el tiempo.
Xantine observaba las esporas en el cielo, ardiendo
como flores invertidas con pétalos de fuego. Cada
una de ellas transportaría una legión de criaturas
xenos, depredadoras y de mente simple, indiferentes
al arte o la cultura del mundo condenado. La hierba,
la gente, sus hermanos restantes, S’janth. Todo sería
devorado. Los xenos asolarían el planeta y partirían,
dejando solo demonios que deambularían por los
desiertos, hambrientos de sensaciones.
Una sonrisa se formó en los labios ennegrecidos de
Xantine. Era su culpa. Todo lo que tenían que hacer
era amarlo, y habían fracasado.
—Ven, querida —dijo a Cecily mientras se lev-
antaba del lecho en el refugio—. Es hora de partir.
519
Capítulo 28
E
ra una reliquia antigua, forjada para perdurar.
Su extraño compuesto xeno desafiaba los em-
bates del tiempo y la naturaleza, resistiendo milenios
de abrasión por arena y viento. Incluso ahora, con
el poder destructivo del Imperio concentrado a su
alrededor, se mantenía erguida. Un oasis de quietud
en medio del pandemónium. A través de sus pasillos
de piedra surcaban los Hijos del Emperador, del
Escuadrón Estoques de la 37ª Compañía, portando
espadas de combate y Espadas de Energía. Tras ellos,
se arrastraban Manos de Hierro, Guardias Cuervo
y salamandras heridas, buscando cobijo entre sus
muros. La victoria se celebraba entre asesinatos, con
alardeos y blasfemias que resonaban en la vox.
—Me llevo un recuerdo de este, ¡es un maldito
bastardo!
Intentó apuñalarme mientras yo le cortaba el
cuello, pero fui más rápido.
—Deja que viva un poco más, quiero verlo sufrir.
Qué extraño era hablar de esa manera. Xantine
520
observaba a los Hijos del Emperador, mientras se
deleitaban en su macabra labor. Una vez la estruc-
tura quedó libre de Marines Espaciales con vida, el
escuadrón se reagrupó.
—Buen trabajo, Escuadrón Rapier —dijo el
sargento—. Recarguen y pasemos al siguiente
objetivo de mi…
Vavisk levantó su bólter y disparó a su sargento
por la espalda. El proyectil encontró su blanco
entre la armadura del torso y el cinturón del marine,
partiendo su columna al instante. Tardó un mo-
mento en desplomarse, partido en dos, pero Vavisk
no se detuvo. Avanzó entre los restantes Hijos del
Emperador del escuadrón, mutilando extremidades
y desgarrando vientres.
Auctilion intentó reaccionar, alzando su propio
bólter. Xantine lo conocía bien: era el único cama-
rada del mismo mundo de reclutamiento que él y
Vavisk. Había llegado unos meses antes al despliegue
en Isstvan V, con la Legión. Tenía un aspecto juvenil,
cabello blanco y una barba sin rastro de afeitar.
Siempre sonriente, aficionado a la poesía.
Vavisk lo eliminó de un tiro en la cabeza. El casco
estalló cuando la bala reactiva encontró su destino en
lo más profundo de su cráneo, y el cuerpo enfundado
en armadura púrpura cayó pesadamente sobre la
arena negra.
—¡Detente! —Gritó Xantine, pero su voz se perdió
521
en las explosiones retumbantes, mientras Vavisk
continuaba lanzando proyectiles hacia los cuerpos
agonizantes de sus hermanos.
—¡Detente!
Quandros se arrastraba penosamente hacia
adelante, sus manos aferradas a la arena mientras
su pierna izquierda colgaba inerte desde la rodilla.
Vavisk disparó tres proyectiles que perforaron su
columna, provocando la explosión del reactor de su
mochila. El torso estalló con un estruendo similar al
de un motor al encenderse.
—¡Detente!
Vavisk se volteó y apuntó su bólter directamente al
pecho de Xantine. Sin embargo, no apretó el gatillo.
Xantine sostuvo la mirada fija en los ojos verdes que
se reflejaban en el casco de su hermano, antes de
alzar la mano y desactivar los seguros de su propio
casco. Lentamente, lo retiró para revelar su rostro:
nariz aguileña, pómulos altos, ojos radiantes. Su
larga cabellera caía sobre la gorguera de su impecable
armadura de batalla. Tan parecido a su padre.
—Vavisk. Hermano. No sé qué ha sucedido aquí,
pero sé que la decisión que tomemos ahora marcará
el rumbo de nuestras vidas —levantó la mano, un
gesto demasiado rápido que hizo retroceder a Vavisk,
quien mantenía su bólter apuntando al torso de
Xantine. Ralentizó el movimiento, demostrando
que no representaba una amenaza—. Ambos somos
522
Hijos del Emperador. Puedes matarme por el pecado
de ser como tú, y luego enfrentarte a la muerte a
manos de nuestros hermanos por tu traición —la
última palabra hizo que Vavisk se tensara, y Xantine
continuó rápidamente—. O podemos confiar en que
nuestro padre sabe lo que es mejor para nosotros. Sea
lo que haya visto, sea lo que sepa, debe ser digno de
nuestra confianza, incluso si se ha vuelto contra su
hermano más cercano.
La mano de Vavisk titubeó, y Xantine supo que
sobreviviría a ese día. Extendió la mano y la posó
suavemente sobre el cañón del bólter, sintiendo su
calor a través de sus guanteletes reforzados.
—No ocurrió nada malo aquí, Vavisk. Nos
emboscaron y acabaron con nuestro escuadrón.
Luchamos con valentía y vencimos a nuestros
enemigos. Verdaderos Hijos del Emperador, la
más noble de todas las Legiones —bajó el bólter,
apuntando hacia la arena oscura—. Confía en
nuestro padre, Vavisk. Confía en mí.
Vavisk levantó la mirada. Dejó caer el bólter y se
quitó el casco, revelando unos ojos oscuros en un
rostro empapado por las lágrimas.
—Te seguiré, hermano. Te seguiré a donde sea que
vayas.
En el campo de batalla, Fulgrim sostuvo la cabeza
decapitada de su amado hermano.
—¿Qué he hecho? —Rugió el primarca de los Hijos
523
del Emperador.
—Has sellado nuestro destino, padre —pronunció
Xantine—. Has condenado a tus propios hijos.
524
y Lordling asintió solemnemente. Xantine sostuvo
la mirada del gigante, sumergiéndose en sus ojos
oscuros—. Debe llegar a Exhortación. ¿Comprendes?
Lordling parpadeó y Xantine repitió su pregunta.
—¿Entiendes? —Lordling asintió de nuevo, con
determinación.
Luego se dirigió a Cecily.
—Ve con Lordling. Utiliza tus poderes para abrirte
paso. Nos reuniremos en Exhortación.
—¿Qué? —exclamó ella—. ¿A dónde vas tú?
—Pronto me reuniré con ustedes, pero primero
debo encontrar a mi hermano —respondió Xantine—
. ¡Ve!
Alzó la vista y observó las llamaradas atmosféricas
de las esporas que caían por todo el planeta. Se volvió
y se encaminó hacia la catedral.
525
se entregaba a sus más bajos instintos.
Se hizo añicos cuando Xantine lo atravesó con
su hombrera. Los demás Marines Espaciales le
siguieron apenas un instante después.
Xantine había cedido la catedral a Vavisk, con-
virtiéndola en el hogar para su grupo de Marines
Ruidosos. A lo largo de los años, el interior de la
Catedral de la Cosecha Generosa permaneció casi
inalterado desde la llegada de los Adorados al plan-
eta, con ligeras modificaciones. La gran tubería
que ascendía desde la subciudad ahora se nutría de
afluentes dorados: conductos que descendían hasta
vainas colocadas en el suelo de la catedral. De estas
vainas colgaban cables y tubos que se conectaban a
puertos y orificios en los cuerpos de seis Marines
Ruidosos, menos de un tercio de los que habían
formado el coro de Vavisk.
Continuaban tocando, estas figuras deformadas,
ejecutando la música del apocalipsis con una fasci-
nación infinitamente mayor que la súbita intrusión
de una figura de su pasado reciente. En la parte
frontal, había una gran cápsula dorada que dominaba
la sala: un espacio reservado para un director, capaz
de dirigir a su orquesta en su desgarrador canto.
La cápsula estaba vacía.
Xantine se apresuró hacia la cápsula más cercana
y agarró por los hombros al marine Ruidoso llamado
Tragus.
526
—¿Dónde está? —Gritó Xantine por encima de la
música—. ¿Dónde está Vavisk?
Los ojos de Tragus rodaron en sus órbitas. Eran
opacos, blancos como la leche y marchitos. Su nariz
se había hundido, colapsando sobre sí misma mien-
tras la deformidad alteraba su cuerpo, centrando
su existencia en sus sentidos auditivos. La boca le
colgaba abierta, flácida e inútil.
Xantine lo sacudió con tal fuerza que temió
romperle el cuello.
—¡Ayúdame, hijo de los Adorados! Soy tu Maestro
de Guerra. Me conoces, soy Xantine, hermano de
Vavisk —Tragus lo miró con ojos sin vida—. ¿Dónde
está? —Volvió a gritar Xantine en los oídos estriados
de Tragus. Hubo un destello de reconocimiento y la
melodía cambió, lenta al principio. Adquirió un tono
melancólico, una sensación de despedida, y Xantine,
confeso experto en música, escuchó las palabras en
la melodía.
—Se ha ido —decía la canción.
527
indescifrables. A S’janth no le proporcionaba ningún
placer matarlos.
Sus compañeros Adorados parecían disfrutar un
poco más. Luchaba junto a Euratio, quien gritaba
de júbilo. El voraz Vordarelle se lanzó sobre la
masa de carne alienígena retorciéndose bajo sus gar-
ras, disparando sus pistolas bólter. Mientras tanto,
Kaedes se deslizaba entre los xenos cuadrúpedos con
sus espadas gemelas, cortándolos en pedazos que
escupían sangre.
Al principio había dejado la lucha en manos de la
milicia reorganizada, pero pronto se hizo evidente
que no era solo una incursión aleatoria, sino una
invasión total. Entonces, reunió a los guerreros
de élite que le quedaban: sus Sofisticantes y los
remanentes de los Adorados, y decidió plantarse
frente al edificio central del consejo.
Era un buen lugar para enfrentarse. El entre-
namiento codificado de Torachon se lo había en-
señado, extraído de los recuerdos de los Marines
Espaciales. Ocupaban un terreno elevado, protegidos
de las bioformas más grandes por altos muros que
desviaban los torrentes de ácido y las llamaradas.
Solo las cepas más pequeñas podían alcanzarlos, y los
Marines Espaciales los habían convertido en zonas
de exterminio, presa fácil para el bólter y la Espada
Sierra.
Sin embargo, los tiránidos seguían llegando,
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trepando sobre los cuerpos de sus caídos para
acuchillar con sus garras y morder con sus
dientes. S’janth se encontró en combate con
una monstruosidad de cuatro brazos, cada uno
terminado en garras malévolas que goteaban ichor.
Un solo golpe habría partido por la mitad a un
mortal, pero su forma combinada le otorgaba una
fuerza sobrenatural. S’janth rechazó el primer
golpe de la bestia con su sable de poder. Se agachó
lo suficiente para estar al alcance, viendo las
membranas nictitantes de sus ojos. Colocó ambas
manos contra sus costillas quitinosas y tiró, abriendo
a la bestia como si fuera un crustáceo marino.
—¡Muere! —gritó con exultación, pero tan pronto
como su víctima caía, otro ocupaba su lugar.
Piernas y garras, dientes y ojos: la ciudad se veía
invadida por la sombra de la disformidad. El culto
había invocado a este enemigo incesante. Habían
eliminado a su líder hace tiempo, pero no habían
erradicado la mancha de este mundo, y había crecido,
como la sombra, hasta abarcarlo todo.
Era demasiado pronto. S’janth había planeado
hacer de Serrine un imán para atraer a piratas,
herejes o contrabandistas al mundo, reiniciando
su cosecha con la esperanza de tomar un barco y
navegar hacia el Ojo del Terror para reunirse con sus
hermanas.
—Hemos tenido éxito en esa primera fase
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—observó Torachon con malévola diversión desde lo
más profundo de su conciencia.
Una cepa tiránida disparó una saliva siseante en
su dirección. Impactó en su hombrera y se prendió
fuego, brillando con un resplandor fosforescente.
S’janth la atravesó limpiamente con un disparo en
el pecho, y cayó, goteando fluidos indescriptibles.
Tres más tomaron su lugar, lanzando más proyectiles
desde sacos ondulantes en sus costados.
—¡Retirada! —Llamó a sus guerreros, a los
Sofisticantes y a los fragmentos de los Adorados.
La mochila de salto de Vordarelle se abrió de par
en par y las turbinas fallaron estrepitosamente,
lanzándolo sobre el muro y hacia las calles abajo. Un
instante después, su armadura rosa se perdió entre
la maraña de tiránidos, con la ceramita desgarrada y
la carne y los huesos descompuestos en biomasa.
—¡Retirada! —Gritó nuevamente.
—¿Hacia dónde vamos? —Preguntó Kaedes, mien-
tras sus espadas de cadena comenzaban a ralenti-
zarse por el peso de las vísceras que sostenían.
De repente, una luz atravesó la sombra. Sintió la
presencia de Fedra en su mente: un mensaje psíquico,
enviado desde muy lejos.
—La he encontrado —dijo la hechicera.
—¡A Exhortación! — S’janth llamó—. ¡A mi nave!
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Exhortación se alzaba como una cicatriz en el paisaje
perfecto, una amalgama negra y cancerosa entre la
exuberante vegetación rosa. Los poblados de chabo-
las de esclavos apenas sobrevivían, sus habitantes
marcados por uniformes desgastados. Xantine atrav-
esaba entre ellos, observados por ojos hundidos.
No hubo bienvenida heroica ni resistencia evidente,
solo silencio mientras la multitud se abría paso,
demasiado fatigada para más.
Dentro de la nave, el ambiente era gélido y sombrío,
impregnado por un olor dulzón y enfermizo de deca-
dencia. A pesar de la falta de luz, Xantine conocía
cada rincón; lo había explorado mil veces. Se dirigió
a la plataforma de observación, buscando escapar de
aquel mundo.
La plataforma estaba desierta, salvo por el hedor
de la carne en descomposición. O no del todo. Al
entrar en el puente de mando, vio a Cecily tendida en
el suelo, frente a los visores principales.
Fedra se erguía sobre ella, una sonrisa cruel en sus
labios. Antaño, esa sonrisa le agradaba; ahora, le
enfurecía.
—Fedra —dijo con una formalidad fingida.
—Xantine —respondió ella—. Mi antiguo mae-
stro.
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—¿Dónde está Lordling?
—Abajo. Fue sencillo atraer espíritus para que
luchara. Debes haber estado desesperado para re-
currir a él.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó.
—¿No es obvio? —inquirió Fedra—. Siempre
fuiste más lento que tus compañeros. Te lo explicaré.
Necesitamos a esta mortal, mi nuevo señor y yo, para
escapar de este mundo.
—No puedes tenerla.
Fedra rió, un aroma a carne quemada flotando en
el aire.
—Olvidas, Xantine, que exploré tu mente antes de
que aceptaras a esta desafortunada. Sé que también
la necesitas. Pero has perdido, Xantine. Estás solo,
en una nave muerta, en un mundo agonizante. Tu
demonio te ha abandonado. Tus hermanos te han
abandonado. Tu poder te ha abandonado —riéndose
nuevamente, añadió—. Incluso tú debes ser capaz
de verlo.
La ira ardió en la mente de Xantine.
—Te equivocas, Fedra —dijo, avanzando hacia la
bruja.
—¡Ah-ah! —trinó ella, alzando el dedo en una
amenaza flamígera—. Reduciré todo a cenizas si te
aproximas más, y entonces nadie obtendrá lo que
desea —las llamas se extendieron por sus dedos,
oscureciendo su piel.
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Xantine modificó su estrategia.
—Ven conmigo —dijo, extendiendo la palma de
la mano como si fuera a tomar la de Fedra—. Si me
conoces, comprendes las tentaciones de las almas
mortales y perdonaré tus indiscreciones. Únete a mí
nuevamente como mi musa.
—Eres nada —le espetó—. Ahora sirvo a otro,
mucho más poderoso y maravilloso de lo que jamás
serás —sus ojos ardían con la misma intensidad que
lamía sus dedos, mirándolo con odio, una mirada tan
inflamable que parecía a punto de estallar en llamas.
Xantine ignoró el movimiento de Cecily. Resistió el
impulso de bajar la mirada hacia ella, manteniendo
sus ojos fijos en la bruja que había arrastrado de entre
las sombras.
—Siempre serás mi musa, querida —afirmó Xan-
tine con calma—. Nada más.
Cecily se abalanzó, hundiendo sus dientes en el
tobillo de Fedra. El fuego en la mano de la bruja
se extinguió mientras gritaba de dolor. Fue una
distracción momentánea, pero Xantine aprovechó
la oportunidad, sacó el Placer de la Carne y disparó a
Fedra en el corazón con la pistola. La bala reactiva
atravesó el cuerpo diminuto de la bruja como si
fuera de papel, y ella cayó, sus brazaletes y joyas
desparramándose como estrellas sobre el suelo.
533
Cecily aún tenía el sabor de la sangre de Fedra en
la boca, seca y ácida como veneno, y sintió arcadas,
escupiendo bilis amarilla sobre el suelo mullido.
—¿Dónde estoy? —Preguntó.
—En Exhortación —respondió Xantine desde las
sombras de la habitación oscura.
—Gracias al Trono —murmuró al levantarse—.
Y gracias, mi señor, por salvarme. ¿Por qué no me
mató?
—Querían devorarte. Afirmaron que eras su única
vía de escape de este mundo, y que te consumirían
en el proceso. Decidieron matarte para salvarse a sí
mismos —espetó Xantine, su voz resonando con un
tono de desdén mientras Cecily escupía nuevamente,
limpiándose la boca de la sangre de Fedra, y lo miraba
fijamente—. El problema —continuó Xantine con
solemnidad—, es que tenían razón.
Cecily apenas sintió algo cuando Xantine le colocó
el casco plateado en la cabeza. El dispositivo emitió
un suave zumbido al activarse.
—Es lo mejor —declaró Xantine—. No he olvidado
nuestro pacto, y ahora esta es la única manera de
cumplirlo. Verás las estrellas.
Xantine se retiró, apartándose de Cecily y des-
viando la mirada mientras el zumbido crecía en
534
intensidad. Escuchó el jadeo de Cecily, pero no pudo
distinguir si era de dolor, sorpresa o miedo. Por
primera vez, no deseaba saberlo.
—Ha llegado el momento —anunció, incorporándose—
. Qaran Tun tenía razón en una cosa. Es un honor.
Xantine abandonó la cubierta de observación por
última vez mientras el cuerpo de Cecily comenzaba a
transformarse.
535
La hierba desvelaba sus secretos en la oscuridad de
la noche. Y era noche. No podía ver la oscuridad, ni
la luz, pero lo sabía, de alguna manera.
Podía sentirlo. La hierba le susurraba. Le acari-
ciaba el cuerpo y le envolvía la piel, mientras sus
movimientos ondulantes trazan suaves caricias al
compás del viento.
—Estás segura —murmuró la hierba—. Estás en
casa.
Pero no se sentía así. Estaba vacía. Estaba helada.
Una vez había sido el hogar de cientos, quizás miles.
Había compartido su interior con ellos.
Empujó esos recuerdos lejos. No le pertenecían. ¿O
sí?
Reconocía el aroma de la hierba, el caricia de la
brisa. Conocía las ciudades, unas encima, otras
debajo. Sabía de sus calles. Se deslizaba por ellas,
pequeña y oculta.
Pero era colosal.
Sentía la hierba. La alzaba con miles, con millones
de brazos, elevándola, elevándola, elevándola. Se
movió con ella, al principio con esfuerzo, como
si emergiera de un sueño profundo. Las sinapsis
chisporroteaban, los músculos se contraían, el placer
del movimiento, y ella ascendió. Vio la neblina, como
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savia sin refinar, rosada y sin mácula, y se encaminó
hacia ella.
Esperaba que fuera rígida, una barrera que le
vedara el acceso al cielo, pero la recibió con un suave
beso. Navegó en su perfección durante un rato, con
volutas y remolinos rosados danzando a lo largo de
su ser, hasta que los tonos pastel se diluyeron y se
oscurecieron, y pudo vislumbrar el cielo. Todo el
firmamento.
Nunca había contemplado el cielo.
Lo había visto mil veces. Había surcado su negrura
y ahora la oscuridad le dolía. Había pasado tanto
tiempo, y la sensación del vacío era deliciosa, fría y
fresca en su casco.
¿Casco? ¿A qué se refería? ¿Al cuerpo? ¿No?
Su cuerpo. Conocía sus contornos, sus fortalezas.
Era ella. Intentó mover los brazos, las piernas, los
dedos de las manos y los pies, sentir el crujido de
las articulaciones, buscar la cicatriz en el dorso de
la muñeca derecha, la marca de nacimiento en el
estómago.
No pudo. Su cuerpo no le resultaba familiar. No
solo desconocido, sino imposible. Dentro de él,
se agitaban cosas, seres con mentes y voluntades
propias. Le hablaban, le dictaban su curso. Intentó
cerrar los ojos, pero ya no tenía párpados. Podía verlo
todo.
Cecily, lo que quedaba de su conciencia, lanzó un
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grito de terror.
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Ondulaba y se arremolinaba alrededor de su cabeza,
atrapado por las corrientes de la lluvia de plasma.
—¿Crees que puedes escapar de mí? —Rugió
Torachon—. Gusano insolente. Esta es mi nave, mi
mundo —se acercó a Xantine, disparando una pistola
bólter desde la cadera.
Los primeros disparos rebotaron en la armadura de
Xantine, pero uno explotó en su hombro, haciéndolo
caer hacia atrás. Sintió el dolor de inmediato y luego
el olor a sangre.
Incapaz de levantarse, Xantine alzó su espada y la
apuntó hacia el Torachon que se aproximaba.
—Te he dado lo que querías, demonio: un anfitrión
débil y complaciente. Deberías estar agradecido.
—No me diste nada —escupió Torachon—. Todo
lo que soy, lo he tomado. Soy S’janth, tentador de
mundos, bendecida por Slaanesh…
—Oh, venga entonces —irrumpió Xantine,
haciendo girar su espada en la mano. Veía una
oportunidad. Si lograba provocarlos con un golpe
demasiado confiado, tendría la fuerza suficiente
para esquivar; solo necesitaba una oportunidad para
contraatacar—. Mátame, si puedes. Estoy harto de
tus interminables discursos.
—Lo haré —respondió Torachon, cerrando la
brecha entre ellos—. Y lo disfrutaré.
Un estruendo como el rugido de un Titán resonó,
y Xantine casi dejó caer su espada cuando el sonido
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concentrado golpeó la coraza de plata de Torachon.
Giró la cabeza y vio a quien una vez fue conocido
como el pequeño Ferrus, con su pistola sónica en
alto y lista para desatar la música del apocalipsis
sobre Torachon. El sonido surcó el espacio entre ellos
como un rayo, comprimiendo el aire y desgarrando
la realidad a su paso.
Una descarga directa debería haber sido suficiente
para paralizar al guerrero, para agitarle los órganos
dentro del cuerpo, pero Torachon estaba inflado por
el poder del demonio. En lugar de eso, el golpe
fue como un puñetazo, conmocionante, haciéndole
perder el equilibrio. Se tambaleó en la rampa mien-
tras Exhortación se elevaba aún más, acercándose a
la bruma rosada que se cernía sobre la superficie del
planeta.
Vavisk dio un paso adelante mientras disparaba,
ajustando el blaster sónico a través de las frecuencias
mientras la música aumentaba de volumen. La visión
de Xantine se tambaleó en respuesta, la realidad y la
sensación se distorsionaron ante la presencia de un
arma tan poderosa.
Pero había otro sonido, perceptible entre el estru-
endo. Vavisk estaba cantando. Cien voces salían
de sus numerosas bocas, uniéndose al coro y canal-
izando la discordia, el éxtasis, la maravilla. El her-
mano de Xantine entonaba las emociones más puras:
desesperación y alegría, amor y odio, orgullo y en-
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vidia, elevando su canto hacia Slaanesh en lo alto.
El inmenso cuerpo de Torachon se tambaleó, sacu-
dido por fuerzas inimaginables, pero aún así man-
tuvo el equilibrio. Se requeriría algo más que una
ráfaga sónica para desestabilizar su cuerpo poseído.
Xantine balanceaba su espada en el brazo fuerte.
Forjada a partir de la astilla de la lanza que había
contenido a S’janth, un recordatorio de su encierro
contra el que había luchado. Era un arma formidable,
equilibrada con precisión y afilada como una
guadaña, pero podría encontrar otra más adelante.
Con un movimiento preciso, la arrojó hacia Tora-
chon. La hoja monomolecular atravesó la armadura
de plata de Torachon, perforando su pecho. Cortó
piel y músculo, atravesó órganos y huesos, y su
fuerza lanzó el cuerpo que albergaba tanto al de-
monio como al marine espacial desde la rampa de
Exhortación, proyectándolos hacia las nubes rosadas.
Mientras caían, no estaban solos. Compartieron
todas las sensaciones: el frío beso del aire helado, el
suave roce de las nubes rosadas, la aguda agonía de la
hoja hundida en su piel y la ardiente rabia que hervía
en su interior.
En el cielo, tampoco estaban solos. Las esporas
tiránidas caían junto a ellos, amalgamas de carne,
hueso y quitina, del mismo tono rosa que la hi-
erba que pronto sería consumida por estos intrusos
orgánicos.
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Y al morir, tampoco estaban solos: compartieron
su destino mientras sus cuerpos rotos eran devora-
dos por seres xenos que apenas distinguían entre
músculo y hueso y la vegetación que los rodeaba.
El daemonio había sido separado de su forma de
disformidad por los videntes aeldari milenios atrás,
y con esta muerte, esta muerte final y humillante, no
habría resurrección. Débil y despojado, algo del más
allá reclamaría su poder para sí.
A estos xenos no les importaban sus gestas y glo-
rias, ni las civilizaciones que la habían reverenciado,
ni las culturas que había corrompido. Y el único
hombre que había compartido estas experiencias,
que había compartido su cuerpo y su poder, ya no
pronunciaría su nombre mientras viviera.
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Epílogo
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los sistemas centrales operativos —respondió Rhae-
dron. Aunque mayor, mantenía su digna postura—.
Parece que la recién llegada se ha adaptado bien a su
nuevo hogar.
—Bien —musitó Xantine, mientras observaba
la perla rosa pálida de Serrine encogiéndose en la
ventana—. Nave. Cecily, ¿qué ves?
—Es…—la voz resonó en el puente, titubeante.
Luego, con más confianza—. Es perfecto.
—Podría haberlo sido —murmuró Xantine.
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Sobre la traducción
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About the Author
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