Comité Central Pro Indigena
Comité Central Pro Indigena
CARLOS ARROYO
CETAL, Uppsala
[email protected]
En uno de sus ensayos más conocidos y citados —"Lo que ha significado la Pro-
Indígena" (1926)—, Dora Mayer presentó a la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo
como el fruto de la prédica indigenista que ella y sus compañeros en esa agrupación
habían impulsado durante gran parte de la década de 1910: "Aunque la Asociación
Pro-Indígena —dice— no tuvo evidentemente en Lima más vida que la que le
dábamos Zulen y yo, ella había echado raíces mayores en provincias. Allá perduraron
en vida autónoma algunas de las delegaciones, oyéndose hablar en los sitios más
inesperados de una 'Pro-Indígena', cuando la Institución Madre ya no existía, y poco a
poco, estos rezagos de la vida fundamental dieron su flor en el Comité Pro-Derecho
Indígena, constituído en Lima en 1919, y en el Primer Congreso Indígena
Tahuantinsuyo, una verdadera revelación de auténtica iniciativa indígena, celebrado
en Lima para el Centenario de la Independencia Nacional, en 1921. Lo que era
deseable que sucediera, estaba sucediendo; que los indígenas mismos, saliendo de
la tutela de las clases ajenas, concibieran los medios de su reivindicación". 3 Lo cierto,
sin embargo, fue que el surgimiento de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo no
sólo tuvo que ver con el noble trabajo que la Pro-Indígena había desarrollado entre
1
1909 y 1916, sino también con el influjo de las propuestas indigenistas de Manuel
González Prada, la abnegada labor a favor de la redención social del indio que desde
1904 venían desplegando los anarquistas y, sobre todo, con el despertar de los
mismos indígenas.
Resulta que, ya desde los últimos tramos de la década de 1910, diversos líderes o
mensajeros indígenas habían comenzado a viajar hasta Lima con la finalidad de, por
un lado, relacionarse con la Pro-Indígena y, por el otro, conocer cómo los
trabajadores de la ciudad venían organizándose en clubes de estudios, centros
culturales, sindicatos, federaciones y comités de huelga. Se dio incluso el caso en
que algunos de ellos viajaron hasta la capital sólo porque habían oído hablar de
Pedro S. Zulen, Dora Mayer o Joaquín Capelo, los dirigentes más representativos de
la Pro-Indígena, pero, al final, terminaron encontrándose con el anarquismo y el
sindicalismo, que justamente entre 1918 y 1919 vivía uno de los mejores momentos
de su historia: son los años de la fundación de la Federación Obrera Local de Lima, la
huelga general por la conquista de la jornada de ocho horas, la formación del Comité
Pro-Abaratamiento de las Subsistencias y el famoso "paro de las subsistencias".4
Eso fue lo que le ocurrió a Juan Hipólito Pévez, que más tarde se convertirá en uno
de los principales dirigentes de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo. Así, en 1918,
por acuerdo de su organización —el Centro de Campesinos y Obreros de Parcona,
del departamento de Ica—, Pévez viajó a Lima y pudo descubrir el palpitante mundo
del sindicalismo y conocer a dirigentes de la talla de Abelardo Fonkén, Nicolás
Gutarra, Hipólito Salazar o los hermanos Julio y Moisés Caycho. Como buenos
seguidores de Manuel González Prada, estos líderes obreros se sentían solidarios
con los indios, los comprendían y se identificaban con sus reivindicaciones, pero les
interesaba, antes que nada, que ellos mismos tomasen conciencia de la necesidad de
luchar por su autoemancipación y empezaran a organizarse. A Pévez, por su parte, le
impactó muchísimo la receptividad de estos obreros y, sobre todo, la actitud que
adoptaban ante el problema del indio. Poco después, a principios de 1919, Pévez
tuvo la oportunidad de viajar de nuevo a Lima y pudo ver de cerca las grandes
manifestaciones obreras que se desarrollaban en la capital. En ese entonces, los
obreros protestaban por la carestía de los artículos de primera necesidad, el sistema
esclavizante de trabajo que se empleaba contra ellos y los bajos salarios que apenas
les alcanzaban para su subsistencia vital. En esa ocasión, también pudo presenciar
las luchas de la Federación de Trabajadores Portuarios del Callao, que se
manifestaron en una serie de concentraciones de masas pidiendo la ley de las ocho
horas de trabajo y el aumento de sus salarios.
Por eso, varias décadas después, refiriéndose al impacto que entre 1918 y 1919 le
produjo su encuentro con el mundo del sindicalismo y el anarquismo, Pévez recordará
entre melancólico y emocionado: "Ellos nos alentaban. Organizaban las huelgas,
salían a las calles con banderas, gritaban, y yo al pie de ellos. Yo me fogueé al lado
de esa gente enérgica, que no tenía miedo. Recuerdo a los hermanos Julio y Moisés
Caycho, de Chilca, a Hipólito Salazar. Los anarcosindicalistas nombraron una
delegación al congreso [el Primer Congreso Indígena de 1921]. Ellos me alentaron,
sobre todo templaron las fibras de mi rebeldía". 5 Más tarde, en su libro Memorias de
un viejo luchador campesino (1983), Pévez evocará de nuevo este episodio de sus
primeros viajes a la capital y el descubrimiento del anarcosindicalismo:
2
Los grandes dirigentes de las masas organizadas de la clase trabajadora de Lima —
recuerda allí— eran anarcosindicalistas. Iniciaron estos grandes movimientos y
plasmaron las primeras organizaciones de los trabajadores a raíz de las enseñanzas
de Manuel González Prada. Él era el intelectual que orientaba a la clase trabajadora
para sacudirse del yugo de miseria en que vivíamos. Hasta ahora recuerdo a Fonkén,
Gutarra, Hipólito Salazar, Barrientos, Arturo Sabroso y los hermanos Julio y Moisés
Caycho. ¡Parecían unos verdaderos abogados hablando en defensa de la clase
trabajadora!; eran dignos de oírse. Porque no eran hombres que, digamos, incitaran a
la clase obrera al crimen. ¡No!, sino a la unificación para sacudirse de esa miseria en
que se vivía, de ese atraso. Yo pensaba en esos momentos, ¡cómo quisiera que mis
hermanos campesinos estuvieran aquí para que oigan como hay hombres que saben
defender a su clase!...6
Por esos mismos años, otro de los futuros dirigentes de la Pro-Derecho Indígena
Tahuantinsuyo, Carlos Condori Yujra, que más tarde adoptó el nombre de lucha de
Carlos Condorena, vivió una experiencia similar a la de Juan Hipólito Pévez. Hijo de
unos chacareros de la provincia de Huancané, en el departamento de Puno,
Condorena, cuando todavía era muy niño, asistió a la escuelita de Año Año, que
funcionaba en Wancho, y pudo aprender a leer y escribir. Después, a mediados de la
década de 1910, unos amigos de sus padres lo llevaron a Lima, donde, para poder
ganarse la vida, trabajó como barredor eventual de la Baja Policía. Por ese entonces,
se hizo muy amigo de Pedro Antonio Silva, un humilde carpintero del Rímac, que le
enseñó lo que era el universo de las ideas libertarias. Por eso, más tarde, entre 1919
o 1920, después que vuelve a su tierra natal, Condorena se referirá también a los
obreros, las fábricas, el anarcosindicalismo y la lucha por la jornada de las ocho horas
cada vez que tenga oportunidad de hablar sobre lo que ya se había convertido en una
de las principales obsesiones de su vida: la necesidad de acabar con el imperio del
gamonalismo y la feudalidad. Al respecto, Mariano Larico Yujra, su primo hermano, lo
recuerda de esta forma: "Seguramente —dice— tendría 19 años, a esa edad Carlos
Condorena ya hablaba sobre derechos del trabajo, había conocido a muchos
dirigentes de los anarcosindicalistas, hablaba de los dirigentes de Italia, Francia,
contaba las luchas de los trabajadores y obreros, sobre gente que trabajaba en las
fábricas, de quiénes luchaban para que no hayan más horas de trabajo, Carlos
Condorena fue el primer campesino que habló sobre las ocho horas".7
La gran porosidad que ante al problema indígena mostraron los dirigentes obreros
que Juan Hipólito Pévez o Carlos Condorena conocieron en la Lima de 1918 o 1919
tuvo mucho que ver con el magisterio de Manuel González Prada, que desde fines del
siglo XIX había insistido que la cuestión indígena era el problema nacional y
permanente del Perú.8 González Prada desarrolló esta idea tanto en sus propios
libros —sobre todo Páginas libres (1894)— como en las colaboraciones que
periódicamente enviaba a Los Parias (1904-1909), la publicación con la que el
anarquismo logró anclar definitivamente en el Perú. La manera en que los seguidores
de González Prada se interesaron por la cuestión indígena se reflejó claramente en el
contenido de los diversos números de Los Parias, donde Glicerio Tassara y otros
anarquistas menos conocidos e influyentes que el autor de Páginas libres redactaron
artículos como "La raza desgraciada", "Taitas curas", "Tráfico inhumano", "Pongos y
mitas", "Uaccha Kuyac", "Clero y servidumbre" y "Raza indígena e inmigración".
En estos textos, cuando se refirieron a las posibles soluciones del problema indígena,
los anarquistas de Los Parias se mostraron bastante próximos al González Prada de
3
la época del "Discurso en el Politeama" (1888), que era un ferviente partidario del
poder emancipador de la razón y la ciencia y creía firmemente que el alfabeto y la
educación podían redimir al indio. Así, todavía en 1909, Tassara manejaba este tipo
de propuesta, donde el racionalismo ilustrado y el anarquismo terminaban dándose la
mano: "Es necesario levantar a esa raza del abatimiento y abyección en que yace.
Dotarles maestros que le enseñen a leer y escribir; agrónomos que le revelen los
modernos procedimientos para aumentar el rendimiento de sus tierras".9
4
Protesta, E. Arquet invocaba ardientemente por el advenimiento de un nuevo Túpac
Amaru que, reeditando la gran gesta anticolonial de 1780, pusiese fin a la dominación
impuesta por los descendientes de los conquistadores españoles y redimiese
definitivamente al indio peruano: "Si un nuevo José Gabriel Condor Canqui (Túpac
Amaru) —dice— no viene a redimir esta raza expoliada, a ser descuartizado por
cuatro caballos después de presenciar la hoguera de su mujer y la horca de sus hijos,
seguido el descuartizamiento de la eliminación de toda una familia y la matanza de
más de 100.000 desventurados (recuérdese la rebelión de aquel 1780) la raza
aborigen seguirá bajo la explotación y el exterminio de los descendientes de Pizarro y
Valverde".12
Además, al igual que el González Prada de "Nuestros Indios" (1904), los anarquistas
de La Protesta dejaron entrever la gran admiración que sentían por la antigua
organización social de los Incas y lamentaron profundamente que la conquista
española destruyese este sistema "comunista". Este tema tan caro para el
anarquismo peruano fue expuesto en el artículo ya mencionado de Arquet:
Los invasores destruyeron el comunismo imperial incaico, para explotar a los indios
en nombre de un amo; desolaron su civilización en nombre de una fementida, más
bien barbarie, demolieron sus monumentos para erigir iglesias a un dios malhecho;
exterminaron, en fin, la raza [...] ¿Qué decirles a los indios? Bajo el comunismo y
gobierno autoritario de los Incas vivieron felices. Con los virreyes y presidentes ya
sabemos cuál fue y es la suerte de estos desventurados.13
Incluso, por momentos, el colectivo de La Protesta llegó a pensar que las raíces
históricas y vitales de la acracia, la sociedad comunista o la forma de trabajo en
común se remontaban hasta la antigua época de los Incas, que era presentada como
una especie de Arcadia: "Bajo el gobierno paternal de los Incas —escribe en 1912 M.
Caracciolo Lévano, que aparentemente se econtraba tan dominado por las ideas de
la ciencia y la razón—, los habitantes del vasto imperio practicaron la sabia y humana
forma del trabajo en común, cuyo producto se repartían según sus necesidades entre
danzas y alegrías al son de flautas y tamboriles, bajo los ardientes besos del padre
Sol que enviaba sus caricias fecundantes a un pueblo casi feliz y a una naturaleza
pródiga".14 La misma idea-fuerza, de una u otra forma, también fue sustentada en
1921 por E. Aguila: "La organización agraria comunista del imperio, que daba como
resultado el bienestar económico del pueblo, hacía imposible la miseria y sus
inevitables consecuencias, los delitos y los crímenes. Y como el bienestar económico
es la base de todo otro bienestar moral, social, etcétera, los indios no tuvieron sin
duda los grandes sufrimientos que durante el coloniaje y la república, les han
aniquilado y aún aniquilan. La organización social depende de la económica y es
natural que la solidaridad y la armonía social florecían en el imperio, en tanto que el
más feroz individualismo y antagonismo de clases han descollado en el coloniaje y la
república".15
5
anarquistas pudieron confluir, primero, allá en 1919, en la fundación de la Pro-
Derecho Indígena Tahuantinsuyo y, después, ya en 1923, en la constitución de la
efímera Federación Indígena Obrera Regional Peruana. Desde este punto de vista,
los libertarios no exageraron la nota cuando en 1924 ellos mismos reivindicaron
cómo, desde hacía veinte años, venían trabajando en pro de la emancipación social
del indio:
Quienes conozcan Los Parias y La Protesta y las otras publicaciones libertarias que
existieron en Lima y provincias, no podrán desconocer nuestra labor en pro de la raza
indígena desde hace veinte años […] Nuestra acción se ha dirigido directamente a las
masas campesinas. En Huacho, Huaral, Huánuco, Jauja, Apurímac, Cusco, Puno,
Arequipa, nuestros camaradas han hecho tanta labor como pudieron y su deber les
aconsejaba. Aquí, en Lima, en el primer congreso indígena [de 1921], estuvimos
también nosotros al lado de ellos, orientando sus acuerdos, fijando sus programas.17
Entonces, no fue fortuito que los más activos dirigentes de la Pro-Derecho Indígena
Tahuantinsuyo proviniesen precisamente de las canteras del anarcosindicalismo
peruano. Tal fue el caso de Hipólito Salazar, natural del departamento de Puno, quien
fue —para usar las palabras de Juan Hipólito Pévez, que lo conoció por ese tiempo—
una mezcla de "propagandista excelente" y "anarquista ilustrado". 18 Durante varios
años, Salazar actuó como dirigente del Comité, realizó una vasta campaña de
organización y esclarecimiento entre los indios y fue el que más alentó a las
delegaciones que concurrieron a Lima. Sin embargo, en diciembre de 1923, debido a
una serie de discrepancias que básicamente tuvieron que ver con la posición que se
debía asumir frente al gobierno de Augusto B. Leguía, Salazar se alejó de la Pro-
Derecho Indígena Tahuantinsuyo y, con el fin de aplicar a la organización de los
indios los principios y los métodos del anarcosindicalismo, fundó la Federación
Indígena Obrera Regional Peruana, de la que fue su primer Secretario General.
Posteriormente, a fines de 1924, después de canalizar el pliego que venía tramitando
Anselmo Turpo, delegado de las parcialidades de Ccollca, Lauramarca, Andamayo,
Icora y Tinki, del departamento del Cusco, Salazar fue apresado y a los pocos días
tuvo que abandonar el país como desterrado político.
6
de paño, y comenzó a vestirse como los indios con los que tanto se identificaba: con
ojotas, poncho, chullo o sombrero ovejón.
De modo que fueron anarquistas como Hipólito Salazar y Ezequiel Urviola, a los que
se podría sumar el nombre de Carlos Condorena, los que concretaron ese salto
cualitativo que Dora Mayer y sus compañeros de la Pro-Indígena tanto anhelaban:
que los indígenas mismos, saliendo de la tutela de las clases ajenas, empezacen a
concebir los medios de su reivindicación social.
II
La idea que animó a los fundadores del Comité Central Pro-Derecho Indígena
Tahuantinsuyo fue tratar de unificar a nivel nacional a todos los indios del Perú,
principalmente a los de las comunidades de indígenas, y hacerles conocer sus
derechos políticos, económicos y sociales con el objetivo de inculcarles un
sentimiento de igualdad frente a las leyes y la Constitución de la República. De allí
que, en la "Declaración de Principios" —aunque dejaron abiertas las puertas para que
pudieran afiliarse también los "hermanos indígenas de la costa, sierra y montaña, que
trabajaban en las haciendas, minas y otras industrias"—, los líderes del Comité se
dirigieron sobre todo a los indios que vivían en las comunidades y los animaron a
defender sus tierras: "Siendo las comunidades de indígenas de la República el
coeficiente de su propia existencia, los miembros de este Comité tienen la obligación
de llevar a todos los rincones del país a sus hermanos indígenas la convicción de que
es necesario exigir del Estado el respeto de su integridad territorial de todas las
comunidades del país".21
7
indígena o el obrero para poder denunciar ante el Comité los abusos de las
autoridades y los hacendados o gamonales: "Todo indígena u obrero residente en
cualquier punto de la república puede coadyuvar la obra de restauración social que se
propone realizar este Comité Central, de acuerdo con la Constitución de la República:
Título I. Comunidades de indígenas: —Artículos 207, 208. 209, 210, 211, 212, y de
acuerdo también con la Declaración de Principios de esta asociación indígena, en
beneficio de los indígenas en general; por lo que debe denunciarse los abusos
cometidos por las autoridades de cualquier orden o gamonales (hacendados) del
lugar o sus agentes. En las denuncias por despojo, atropello u otros abusos, a falta
de otras personas que testifique el Comité, es suficiente testimonio para que los
personeros de la asociación indígena de ésta, o del lugar donde funcione un
subcomité, tramiten inmediatamente ante las autoridades superiores, la
responsabilidad y el castigo del o de los culpables".22
Desde un inicio, la misma denominación que tuvo esta nueva organización —Comité
Central Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo— dejó entrever la orientación que sus
animadores trataron de imprimirle: mientras que la connotación inmediata del nombre
remitía a la anterior Asociación Pro-Derecho Indígena, organizada por Pedro S.
Zulen, Dora Mayer y Joaquín Capelo, el añadido de "Derecho" y "Tahuantinsuyo",
además de su autodefinición como "Comité" —que había sido copiada de las
organizaciones políticas y sociales urbanas de carácter popular que por esos años
impulsaban los anarquistas—, le daba un tono más radical. 23 Otro factor que, en cierta
forma, también contribuyó a la radicalidad de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo
fue el mismo discurso que manejaron algunos de sus principales dirigentes,
especialmente los que estaban vinculados al anarcosindicalismo, cuya prédica sobre
la justicia social aparecía casi siempre entremezclada con la utopía o el sueño
milenarista de la restauración del Incario, que por ese entonces todavía rondaba en el
imaginario colectivo de muchas de las comunidades de indígenas de la sierra
peruana.
8
llegó a dar una charla sobre la vida de este héroe indígena en la Universidad Popular
"González Prada", que impactó tremendamente en la conciencia de los asistentes:
"Cada vez que Urviola explicaba la historia de Túpac Amaru, hacía soñar muchas
veces con Túpac Amaru, yo le he escuchado explicar la vida de Túpac Amaru en la
Universidad González Prada".26
Para poder cumplir con los objetivos que se habían fijado, los organizadores de la
Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo procedieron a constituir un Comité Central, que
funcionó en Lima, en el número 365 de la calle Puno, en una oficina en un segundo
piso de un local que estaba ubicado frente al Congreso de la República, adonde
venían delegaciones indígenas de casi todos los rincones del Perú y, por lo
concurrido que siempre andaba, parecía que era "una especie de Ministerio". 27 La
forma en cómo se laboraba en este pequeño local ha sido vívidamente reseñada por
Juan Hipólito Pévez, quien desde un primer momento se incorporó al Comité Central
de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo, donde: "[...] se trabajaba día y noche.
Teníamos que turnarnos en el día unos, y a partir de las seis de la tarde o siete de la
noche, otros, para poder atender la cantidad de quejas. Nadie ganaba sueldo, todo el
mundo tenía que hacerlo en forma gratuita, ese era el juramento que se hacía cuando
uno ingresaba a la institución y aceptaba algún cargo en la Junta Directiva. No
podíamos cobrar, ni tampoco tratar mal a ningún delegado. Teníamos que observar
una norma ejemplar, para que sirviese también de modelo de conducta a ellos, e
hicieran lo mismo en sus respectivos pueblos. Ese era nuestro sistema de trabajo y
esa la función que teníamos que cumplir allí".28
Sea como fuese, lo cierto fue que, en su mejor momento, los subcomités de la Pro-
Derecho Indígena Tahuantinsuyo alcanzaron la cifra de doscientos setenta y cuatro. 31
De ellos, el más activo llegó a ser el subcomité departamental de Puno, que fue
conformado por Julián Nina, del distrito de Paratía; Jorge Ticona, de Macusani;
Francisco Flores, de Acora; Ezequiel Urviola, de Muñani; Carlos Condorena, de
Huancané; y Eduardo Quispe Quispe, de Santiago de Pupuja. 32 Otro tanto se puede
decir de los diversos subcomités que se constituyeron en el departamento del Cusco,
que fueron animados por figuras de la talla de Francisco Chillihuani, delegado de las
9
parcialidades de Lauramarca, o Domingo Huarca, líder de los comuneros de
Tocroyoc, de la provincia de Espinar, que a comienzos de 1921 fue asesinado de
manera brutal por los gamonales de esa localidad.33
10
Tribunal Arbitral de revisión de títulos, la reforma del artículo 53 de la Constitución
sobre la libertad de la Iglesia y del Estado, la supresión de los tributos eclesiásticos, la
abolición de la conscripción vial, la formación de un Tribunal Arbitral de Justicia
permanente de indígenas y la prohibición de venta de terrenos de Cofradía y de
Comunidad.
III
11
apoyo que Leguía les había brindado, los dirigentes de la Pro-Derecho Indígena
Tahuantinsuyo llegaron a concederle un voto de aplauso, gesto que el mandatario
agradeció en una carta que el 6 de setiembre de 1922 envió al Comité.40
De modo que no fue raro que, entre 1919 y 1922, muchos de los indios, incluyendo
naturalmente a los dirigentes de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo, viesen con
buenos ojos a este hombre que fungía de nuevo como "Wiracocha" y trataba de
hablarles en su propio idioma. Es cierto que, durante este período, las comunidades
se oponían a la llamada Ley de Conscripción Vial, sancionada en 1920, y que el
Comité supo criticar su principal defecto: no haber comprendido ni querido
comprender que esta tributación de trabajo personal para construir caminos, que
aparentemente se basaba en una costumbre netamente comunal, sólo iba a pesar
sobre el pobre indio y no se iba a utilizar para modernizar el país, sino exclusivamente
para favorecer los intereses particulares de los gamonales y los grandes
propietarios.42 Además, la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo vio con cierto recelo
al Patronato de la Raza Indígena, que el gobierno de Leguía creó en mayo de 1922,
sobre todo porque estaba presidido por un cura, "y los curas —como decía Pévez—
eran aliados de los gamonales".43 Pero también es verdad que ambos puntos (la
crítica a la Ley de Conscripción Vial y la desconfianza ante el Patronato de la Raza
Indígena) no llegaron a convertirse en una especie de muralla china ni llevaron a que
el Comité se enfrentase al gobierno de Leguía.
Sin embargo, esta situación cambió en forma radical a partir de 1923, cuando el
gobierno de Leguía terminó capitulando ante los gamonales que había prometido
combatir y, paralelamente, se convirtió en una administración que se apoyó en la
burguesía industrial y dependía fundamentalmente del capital norteamericano. 44 Fue
en ese momento, después de comprobar que Leguía no estaba dispuesto a afectar ni
un ápice del poder económico de los gamonales, que algunos dirigentes de la Pro-
Derecho Indígena Tahuantinsuyo se sintieron profundamente defraudados y
decidieron oponerse abiertamente al gobierno. Por eso, durante el Tercer Congreso
Indígena, que se llevó a cabo en agosto de 1923, ya se pudo percibir cómo el punto
de las relaciones con el gobierno de Leguía generaba serias fricciones en el Comité.
12
Así, después de varios días de discusiones, los que simpatizaban con Leguía
decidieron invitarlo a la clausura de aquel Congreso, mas esta iniciativa motivó la
airada protesta de Ezequiel Urviola, quien renunció de manera irrevocable a su cargo
de Secretario General del Comité e hizo entrega del timbre, sello y tampón de la Pro-
Derecho Indígena Tahuantinsuyo. En su reemplazo, fue elegido Juan Hipólito
Pévez.45 Por esa misma época, Hipólito Salazar asumió una posición similar a la de
Urviola, se alejó de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo y fundó la efímera
Federación Indígena Obrera Regional Peruana. Pero no todos los dirigentes del
Comité llegaron a desengañarse de Leguía. De allí que, durante un buen tiempo más,
algunos de ellos todavía siguiesen pensando que el mandatario tenía intenciones de
proteger a la raza indígena, pero no podía hacer nada porque se lo impedían los
"malos" funcionarios que lo rodeaban o los gamonales que no acataban las
decisiones de su gobierno.
Como era previsible, los resultados del desencuentro definitivo entre la Pro-Derecho
Indígena Tahuantinsuyo y el gobierno de Leguía no se hicieron esperar. De modo
que, cuando se desarrolló el Cuarto Congreso Indígena, en octubre de 1924, la
situación legal de la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo ya era bastante precaria.
Refiriéndose al acoso policial que desde ese entonces comenzó a sufrir el Comité,
Mariano Larico Yujra recuerda: "El Cuarto Congreso fue muy difícil hacerlo, llegó la
policía, tomó presos, ya los campesinos estaban perseguidos, no se podía hablar, las
reuniones tampoco se podían hacer con tranquilidad".49 Por esa misma época,
Hipólito Salazar, que hacía poco había fundado la Federación Indígena Obrero
Regional Peruana, fue detenido y posteriormente deportado. Simultáneamente, con el
fin de apresarlos o deportarlos, la policía empezó a buscar a los dirigentes más
13
radicales del Comité. Por eso, algunos de ellos, como Ezequiel Urviola, que
posiblemente también fue desterrado —a Chile, en este caso—, después de
deambular un tiempo por Tacna, Moquegua y Arequipa, tuvo que irse a Chincha,
donde fue protegido por un grupo de trabajadores anarcosindicalistas. 50
Posteriormente, Urviola pudo regresar a Lima, pero como no se había alimentado
bien, se agravó su proceso de tuberculosis y no dejaba de toser. Por un período muy
corto, todavía siguió leyendo y escribiendo, como si no tuviese nada. Sin embargo, ya
se encontraba muy mal de salud y sus amigos más cercanos, en su mayoría
trabajadores de la Baja Policía, tuvieron que internarlo en el Hospital Dos de Mayo y
turnarse para poder cuidarlo, pues estaban convencidos que los gamonales podían
atentar contra su vida. Allí, en plena agonía, Urviola siguió hablando de la lucha de
los indios y antes de expirar les dijo: "Sigan la palabra libertad, muero por nuestros
hermanos, muero por defender nuestros derechos, muero porque la libertad debe ser
también para nosotros".51 Urviola falleció el 27 de enero de 1925.
Tal fue el nivel de la persecución política que por ese entonces desató el gobierno de
Leguía que cuando enterraron a Urviola varios de los dirigentes de la Pro-Derecho
Indígena Tahuantinsuyo, debido a que estaban presos o, en el mejor de los casos, se
encontraban con orden de captura, ni siquiera pudieron asistir a su velorio en el local
de la Federación de Choferes, en la calle Sandia, cerca del Parque Universitario. El
mismo acabó convirtiéndose en un multitudinario acto público, donde se dieron cita la
mayoría de los sindicatos de Lima, los alumnos y profesores de las Universidades
Populares "González Prada" y una serie de delegaciones de provincias, entre las que
se encontraban los anarcosindicalistas de Chincha que lo protegieron cuando estuvo
perseguido. Se cuenta incluso que Francisco Sánchez Ríos, un conocido y combativo
dirigente sindical, tuvo que evadirse de la isla San Lorenzo —uno de los tétricos
lugares donde Leguía solía recluir a los presos políticos— para poder venir al
Cementerio General de Lima y rendir homenaje postrero a Urviola, que era uno de
sus mejores amigos.52 Fue así cómo la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo,
después de haber sido legalmente reconocida, terminó convirtiéndose en una
organización proscripta e ilegal.
IV
14
Lo de "ramonales", naturalmente, fue una réplica un tanto banal por lo de
"gamonales", que fue el epíteto con el que desde la época de Manuel González
Prada, o quizás antes, campesinos e indigenistas designaban a los terratenientes
feudales y en general a todos sus servidores. Pero, con este epíteto de "ramonales",
Noriega aludía también a una cuestión más específica: la "rama", es decir, a las
colectas que la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo organizaban entre los
campesinos. Sólo que estos fondos no iban a parar al bolsillo de sus dirigentes —los
supuestos "ramonales"—, tal y como tendenciosamente afirmaba Noriega, pensando
seguramente que todos los hombres eran de su misma condición, sino servían para
sufragar las actividades del Comité, la prensa, las escuelas, los litigios judiciales u
otras cosas parecidas. Se trataba, en realidad, de colectas voluntarias, donde los
campesinos apoyaban con lo que podían a la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo:
dinero, comida, coca, alcohol y a veces también alojamiento. Los que se encargaban
de cobrar la "rama" eran conocidos, entre los campesinos, con el nombre de
"ramalistas". Además, la "rama" era una costumbre de origen colonial que llegó a
difundirse mucho entre las comunidades indígenas del sur del Perú, al extremo que
algunos historiadores, como Alberto Flores Galindo, sostienen que fue alrededor de
estas colectas que empezaron a conformarse los núcleos dirigentes de la gran
rebelión campesina que estalló entre 1920 y 1923. 54 En ese sentido, lo único que hizo
la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo fue apelar a la "rama" con el objetivo de
poder autofinanciar sus actividades.
Con el tiempo, los gamonales se dedicaron a atacar con más furia a la Pro-Derecho
Indígena Tahuantinsuyo, pues temían que los indios pudiesen sublevarse y
comenzacen a atacar las grandes haciendas. Esta preocupación afloró claramente en
la denuncia que, en marzo de 1922, el hacendado Juan Aleman Cornejo hizo en el
diario El Siglo, de Puno: "Se ha formado la institución de El Tahuantinsuyo bajo
formas y bases que indudablemente son inmejorables. Pero, ¡oh engaño! Se comete
en su nombre toda clase de ignominias. Los delegados son criminales avezados,
como el que hoy capitanea la indiada de Huancané, Carlos Condorena, reo por varios
homicidios. Y está inculcando en el indio la errónea creencia de que matando a los
blancos podrá apoderarse de las propiedades y repartirse toda las tierras del altiplano
y que al desalojar a los mistis se debe arrasar cuanto exista, pues, no es de ellos,
sino de los indios".55 Meses después, en La Crónica, uno de los diarios más
conocidos de Lima, un diputado vinculado a los terratenientes repitió una acusación
similar a la de Aleman Cornejo: "Se ha fundado una asociación titulado El
Tahuantinsuyo compuesto por personas de la masa obrera que han encontrado fácil
acomodo y pingües utilidades en la defensa de la raza indígena y secundados por
conocidos explotadores de ellos, se han extendido vertiginosamente por todo el país
[…] Esta Asociación persigue fines de suyo socialistas y se ha comprobado que sus
miembros forman parte de un gremio obrero sindicalista".56
15
Puno, Monseñor Cossío, constató la acción vandálica de los terratenientes que
sistemáticamente habían destruido por "incendios a más de sesenta locales
escolares".58 Por eso, el 25 de junio de 1925, en un memorial que dirigió a las
autoridades de Puno, Carlos Condorena denunció lo siguiente:
[Los gamonales] no sólo son los amos, dueños de vida y patrimonio de nosotros sino
que han abierto una campaña contra la cultura del indio: impiden encarnizadamente
la concurrencia de los niños indios a las escuelas fiscales; destruyen hasta los
cimientos, los locales y edificios construidos por cuenta de las comunidades
indígenas para escuela de indios; encarcelan, torturan y hasta castran a los
preceptores contratados particularmente por nuestra cuenta; castigan y abalean como
si fueran cachorros de fieras a nuestros niños indígenas que concurren a las escuelas
o lugares de educación; y a los padres nos imponen una serie de cargas por vías de
castigos por el empeño que tenemos de aspirar la instrucción de nuestros hijos.59
Pero no contentos con quemar las escuelas que organizaba el Comité y asesinar a
sus profesores o alumnos, los gamonales presionaron a las autoridades locales para
que apresasen a los delegados indígenas y reprimiesen a los campesinos que los
apoyaban. Fue así cómo, entre 1921 y 1922, diversos Prefectos y Subprefectos
perpetraron una serie de crímenes y atropellos tanto en Canas y Espinar, en el
Cusco, como en otros lugares de Puno.62 Además, hubo casos donde fueron los
mismos gamonales los que se encargaron de asesinar a los delegados de la Pro-
Derecho Indígena Tahuantinsuyo. El más conocido de ellos fue el de Domingo
Huarca, delegado de los comuneros de Tocroyoc, en el departamento del Cusco,
quien antes de que fuese brutalmente asesinado había estado en Lima tramitando
una serie de memoriales. Así, de acuerdo a la denuncia que el 28 de agosto de 1921
16
apareció publicada en El Tahauntinsuyo, el órgano de la Pro-Derecho Indígena
Tahuantinsuyo, se sabe que los gamonales primero lo maltrataron cruelmente,
después le sacaron los ojos y finalmente lo colgaron de la torre de una iglesia. 63 Otro
caso similar fue el de Vicente Tinta Ccoa, del subcomité de Macusani, en el
departamente de Puno, que fue muerto por los gamonales del lugar sólo por buscar
justicia para sus hermanos indígenas.64
Más tarde, a partir de 1924, el mismo Augusto B. Leguía, después de haber apoyado
la iniciativa de la realización de los congresos indígenas, terminó dándose la mano
con los gamonales y comenzó a perseguir a los dirigentes más radicales del Comité.
Finalmente, en agosto de 1927, la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo dejó de
funcionar luego que, mediante una resolución suprema, el gobierno de Leguía
prohibió su funcionamiento en todo el país. Sintomáticamente, esta resolución repitió
casi al pie de la letra las mismas acusaciones que desde 1921 la "Liga de los
Hacendados" había lanzado contra el Comité: desde que éste explotaba a los indios
con el pretexto de tramitar sus reclamos, hasta que, debido a la ignorancia de sus
dirigentes, sólo provocaba rozamientos con las autoridades y entorpecía o
desvirtuaba la labor del gobierno. Pero, antes de que esta forzada disolución
ocurriese, gran parte de la promoción de líderes indígenas que se forjó con la Pro-
Derecho Indígena Tahuantinsuyo pasó a engrosar los nuevos movimientos sociales
que iban a desembocar en la formación del Partido Comunista y el Partido Aprista.
Tales fueron los casos de Ezequiel Urviola, Hipólito Salazar y Eduardo Quispe y
Quispe, que fueron atraídos por la prédica socialista de José Carlos Mariátegui; o de
Juan Hipólito Pévez y Demetrio Sandoval, que se acercaron a Víctor Raúl Haya de la
Torre y el Partido Aprista. Más tarde, en 1931, uno de estos líderes campesinos —
Eduardo Quispe y Quispe—incluso llegó a ser lanzado como candidato a la
Presidencia de la República por Eudocio Ravines y el Partido Comunista. De esta
manera, si algún mérito tuvo la Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo dentro de la
historia social del Perú, fue el de haber sido una de las primeras organizaciones de
"auténtico origen campesino".65
NOTAS
17
8. Ver Arroyo Reyes, Carlos: "Manuel González Prada y la cuestión indígena",
Cuadernos Americanos, Año XVI, Nº 91, México, enero-febrero de 2002, pp. 164-179.
16. Ver Kapsoli, Wilfredo: Ayllus del Sol. Anarquismo y utopía andina, Lima, Tarea,
1984, especialmente las pp. 172-196; y Leibner, Gerardo: "La Protesta y la
andinización del anarquismo en el Perú, 1912-1915", E.I.A.L., Vol. 5, Nº 1, Tel Aviv,
1994, pp. 83-102.
17. Sin autor: "El problema indígena y nosotros", La Protesta, Nº 125, Lima, 1924.
18. Pévez, Juan Hipólito: "Entrevista" [Lima, febrero de 1983], en Kapsoli, Wilfredo:
Op. cit., p. 204.
19. Ramos Zambrano, Augusto: Tormenta altiplánica. Rebeliones indígenas de la
provincia de Lampa-Puno 1920-1924, Lima, 1990, pp. 65-66.
20. Kapsoli, Wilfredo: Op. cit., p. 141.
21. Comité Central Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo: "Declaración de
Principios" [Lima, 16 de junio de 1920], reproducido en Pévez, Juan Hipólito:
Memorias de un viejo luchador campesino, p. 354.
22. Ibíd., pp. 354-355.
23. Leibner, Gerardo: El mito del socialismo indígena. Fuentes y contextos
peruanos de Mariátegui, Lima, PUCP, 1999, p. 207.
24. Ayala, José Luis: Op. cit., p. 92.
25. Ibíd., p. 137.
26. Ibíd., p. 141.
27. Pévez, Juan Hipólito: Op. cit., p. 107.
28. Ibíd., p. 140.
29. Ibíd., pp. 166-167.
30. Pévez, Juan Hipólito: "Entrevista" [Lima, febrero de 1983], en Kapsoli, Wilfredo:
Op. cit., p. 208.
31. Castro Pozo, Hildebrando: Nuestra comunidad indígena [1924], 2ª Edición,
Lima, 1979, p. 87.
18
32. Kapsoli, Wilfredo: Op. cit., p. 209.
33. Piel, Jean: "Soulévemment rural peruvien: Tocroyoc (1923)", Revue d’histoire
moderne et contemporaine, tomo XIV, París, 1967.
34. Castro Pozo, Hildebrando: Op. cit., p. 87.
35. Ayala, José Luis: Op. cit., p. 93.
36. Castro Pozo, Hildebrando: Op. cit., p. 69.
37. Ibíd., p. 141.
38. Ibíd., p. 77.
39. Pévez, Juan Hipólito: "Entrevista" [Lima, febrero de 1983], en Kapsoli, Wilfredo:
Op. cit., p. 206.
40. Kapsoli, Wilfredo: Op. cit., p. 231.
41. Burga, Manuel / Flores Galindo, Alberto: Apogeo y crisis de la República
Aristocrática (Oligarquía, aprismo y comunismo en el Perú 1895-1932), Lima,
Ediciones Rikchay Perú, 1980, pp. 133-134.
42. Castro Pozo, Hildebrando: Op. cit., p. 81.
43. Pévez, Juan Hipólito: Op. cit., p. 191.
44. Burga, Manuel / Flores Galindo, Alberto: Op. cit., p. 134.
45. Kapsoli, Wilfredo: Op. cit., pp. 154 y 227.
46. Ayala, José Luis: Op. cit., p. 90.
47. Ibíd.
48. Ibíd., p. 91.
49. Ibíd., pp. 92-93.
50. Ibíd., p. 143.
51. Ibíd.
52. Kapsoli, Wilfredo: Op. cit., p. 138.
53. El Tiempo, Lima, 25 de diciembre de 1921, citado en Kapsoli, Wilfredo: Op. cit.,
p. 217.
54. Flores Galindo, Alberto: Buscando un inca: Identidad y utopía en los Andes,
Lima, Instituto de Apoyo Agrario, 1987, p. 263.
55. El Siglo, Puno, 1º de abril de 1922, citado en Kapsoli, Wilfredo: Op. cit., p. 28.
19
60. Ayala, José Luis: Op. cit., p. 77.
61. Ibíd., p. 85.
62. Kapsoli, Wilfredo: Op. cit., p. 240.
63. El Tahuantinsuyo, Lima, 28 de agosto de 1921, citado en Kapsoli, Wilfredo: Op.
cit., p. 47.
64. Pévez, Juan Hipólito: Memorias de un viejo luchador campesino, p. 140. Ver
también Ramos Zambrano, Augusto: "El liderato de Vicente Tinta Ccoa en la
Asociación Pro-Indígena de Macusani", Boletín del Instituto Francés de Estudios
Andinos, Año IX, Nº 1-2, 1980, pp. 131-133.
65. Kapsoli, Wilfredo: Los movimientos campesinos en el Perú, 3ª Edición, Lima,
Ediciones Atusparia, 1987, p. 53.
20