Fainblum, Alicia
Discapacidad intelectual y proceso adolecentes: la rebelión
del entrono niño
Desnaturalizar cuestiones que, por ser insistentes en la clínica, se las suele atribuir
como patognómicas de la discapacidad intelectual. Se anticipa que las mismas serían
consecuencia del interjuego tres dimensiones entramadas de manera compleja, que
se irán desplegando para el análisis: lo intrapsíquico, la estructura familiar y los
aspectos del Otro social.
La adolescencia implica un pasaje desde la niñez hacia la vida adulta en la que se
adolecerán pérdidas y transformaciones estructurantes. Se trata de una restricción en
el despliegue de las funciones intelectuales devenidas a partir de una marca orgánica
en juego, aclarando que dicha restricción puede llegar a estar intensificada por
cuestiones de orden subjetivas. Idénticas deficiencias no generan idénticas
características psicológicas y ni siquiera idénticas discapacidades. La constitución del
aparato psíquico no depende de factores de orden biológico…”.
¿El rebelde que se revela?
El tránsito adolescente implica un proceso de desasimiento de los padres de la
infancia En el intento de separación, el sujeto se rebela. Se pronuncia desde un ataque
que descalifica la palabra parental, en un intento de migrar hacia la construcción de
una posición propia.
Transcurso que implica la toma de nuevos ideales en un escenario exogámico, como
“…una manera de abrirse a la experiencia temporal de lo social… con distintos grados
de compromiso con ese momento de apertura a la temporalidad…”, junto a otros que
atraviesan el mismo proceso.
Ahí donde el nacimiento de un hijo con discapacidad ha remitido con toda su fuerza a
aquellas instancias relativas a la propia castración, una de las formas de esquivar la
angustia concomitante, suele darse en la apuesta a la atemporalidad, la eternidad.
Niño eterno, eternamente hijo alude a padres eternos, eternamente jóvenes,
completos y fecundos. Se estaría frente a una estrategia tendiente a eludir, lo que
según Freud sería el tema más espinoso para el yo: la muerte.
Es habitual identificar en padres, que habiendo podido acompañar el proceso
adolescente de otros hijos, frente a la adolescencia del que tiene discapacidad, se
produce un “tambaleo” del marco simbólico, se observa una carencia de los recursos
significantes para responder y, soportar, haciendo soporte
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El embate del adolescente hacia la estructura parental requiere de un soporte para
desde allí devenir otro. Hacer soporte desde una doble vertiente: por un lado soportar
el ataque, el cuestionamiento y no ser destruido por ello, condición para, por otro lado,
oficiar de soporte/sostén. Compleja tarea la de los padres, de oscilar entre la
protección y el cuidado y habilitar la separación en el camino hacia el tiempo futuro de
la adultez del hijo.
En el caso de sujetos con discapacidad, ese soporte parecería no poder contener,
dada la imposibilidad de soportar la separación y la posibilidad de reinventar su nueva
posición subjetiva como padres de un hijo que ha dejado de ser niño. Es habitual
encontrarse con adolescentes con discapacidad, que al intentar expresar su malestar,
sus contradicciones, su malhumor y enojos propios de este tránsito, no encuentran
“soporte” que desde la palabra haga borde y genere un ordenamiento simbólico para
su contención. Lo que se observa es a padres que, aun habiendo podido transitar la
experiencia con otros hijos anteriores, acuden y demandan a un saber que acalle lo
que desborda.
La dificultad de los padres para poder reconocerse narcisisticamente en ese hijo, que
en tal caso no podrá ser representante de un linaje a trascender, podría generar el
riesgo en el mismo de perder el estatuto de semejante. Esto se pondrá en juego
reactualizándose en esta segunda vuelta adolescente. Puede aparecer como
dificultad, identificada en muchos adolescentes con discapacidad intelectual, para
investir como par semejante a otros adolescentes sin discapacidad. En el proceso
hacia la revelación, el adolescente requiere pasar por reconocerse en la alteridad en
tanto semejante, “haciendo masa” para, en el mejor de los casos, erigir a posteriori
revelar una identidad propia. Es usual percibir que en algunos intentos de realizar
prácticas inclusivas en donde circulen sujetos con y sin discapacidad de equivalente
franja etaria, los adolescentes con discapacidad no logran “espejarse” en quienes no
portan déficit. No suelen ubicarse como pares.
Es el Otro social quien demanda que ese “desviado” continúe en la esfera de lo
privado, lo familiar, lo endogámico.
Es habitual observar, que en ese viaje desde el proceso de rebelarse al de revelarse,
hay quienes frente a figuras parentales que no pueden hacer soporte, realizan ese
tránsito a condición de buscar escenarios no familiares en donde rebelarse, y poder
cuestionar así aquellos saberes parentales, postulados como sagrados
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Es frecuente, por otra parte, escuchar, a padres que asocian la posible circulación
social de sus hijos con discapacidad como un paso a la soledad. “No voy a dejarlo
sólo”
El tránsito hacia una posición de sujeto adulto autónomo, implica un camino que lo
conduciría a un lugar “más allá del padre”, es decir, lograr hacer algo diferente y fuera
de los lugares históricamente asignados. Se trata de un movimiento que funda y
produce el encuentro entre el sujeto y aquella marca propia, que le resulta novedosa e
inédita. Revelarse, reconociendo lo propio y diferente. Para ello primero tendrá que
haber espacio para rebelarse, momento lógico previo y posibilitador
La “joven” eternidad
La época posmoderna actual presenta una extensión de las moratorias del periodo
adolescente en quienes no tienen una discapacidad. Adolescencia tardía enmarcada
en un momento social que intenta sostener ideales de juventud y potencia en
detrimento de la vejez. El efecto que produce el impacto de la discapacidad parecería
contribuir a sostener la fantasía de un tiempo que se congela. La eternidad
garantizada se jugaría ya no en la concepción de un eterno niño, sino en un eterno
joven a condición que su circulación en tanto adulto sexuado se vea limitada, impedida
o vigilada. Se trataría pues de un deslizamiento del “eterno niño” a un “eterno joven”.
Se detiene el tiempo adolescente en dichas personas, y se rehúsa al advenimiento del
tiempo adulto en tanto no hay representación que acompañe este pasaje. Lo que se
trata de velar son las pérdidas de un futuro que carece aún de precedentes.
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