De Lo Alto en Lo Bajo: Carl Schmitt y La Representación Teológico-Política de Los Valores
De Lo Alto en Lo Bajo: Carl Schmitt y La Representación Teológico-Política de Los Valores
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Resumen: Si la teología política es uno de los temas centrales que recorre la obra de Carl Schmitt,
el problema de los valores —a pesar de los pocos trabajos dedicados al tema— no deja de tener
importancia en relación con las reflexiones de este autor. El propósito de este trabajo es, precisamente,
mostrar el vínculo existente entre uno y otro, entre la teología política schmittiana y su reflexión en
torno a los valores. Para ello, nos proponemos recorrer, por una parte, sus textos tempranos, que nos
permitirán dilucidar la relación entre teología y política en la modernidad y, por otro lado, la crítica
a la filosofía de los valores elaborada en La tiranía de los valores. A partir de ese recorrido bifurcado
intentaremos trazar la continuidad existente entre la teología política y los valores que, a nuestro juicio,
puede rastrearse ya en El valor del Estado y el significado del individuo.
Palabras clave: Teología política; valores; Schmitt; catolicismo; protestantismo; representación.
[en] From Top to Bottom: Carl Schmitt and the Theological-political Rep-
resentation of Values
Abstract: If political theology is one of the central themes running through the work of Carl Schmitt,
the problem of values —in spite of the few studies devoted to the subject— is a significant matter in
Schmitt’s thinking. In consequence, the purpose of this paper is to show the link between the two, namely
between Carl Schmitt’s political theology and his reflections on values. To this end, his early texts are
examined here, which will allow us to elucidate the relationship between theology and politics within
modernity and then to critique the philosophy of values developed in The Tyranny of Values. From that
forked path, the continuity which exists between political theology and values will be analysed and
found to be located to a large extent in The Value of the State and the Significance of the Individual.
Keywords: Political theology; values; Schmitt; Catholicism; Protestantism; representation.
Cómo citar: Franco Castorina, “De lo alto en lo bajo: Carl Schmitt y la representación teológico-
política de los valores”: Foro Interno. Anuario de Teoría Política, vol. 17 (2017), pp. 15-33.
Uno de los conceptos que ha signado la interpretación cabal del pensamiento filosó-
fico-político moderno ha sido la noción de secularización. Si bien no es posible ago-
tar este concepto en una definición, desde una lectura tradicional se ha comprendido
1
Instituto Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires (Argentina)
E-mail: [email protected]
como un proceso que lleva a término la separación entre los diversos dominios con-
cretos del pensamiento y de la acción humana; esto es, como un desarrollo que es-
cinde, finalmente, lo moral, lo político, lo religioso y lo económico como esferas
presuntamente autónomas y autofundantes. Según este esquema, y en virtud de otra
interpretación también tradicional, se ha leído la obra de Niccolò Machiavelli (1469-
1527) —aunque desde una perspectiva filosófico-política o teórico-política— como
aquella que inaugura este modo de pensar la política como esfera autónoma separada
de la moral y de la religión, inscribiendo su pensamiento en el linaje de los grandes
fundadores. Ahora bien, sabemos gracias a Leo Strauss (1899-1973) que esta sepa-
ración entre esferas autónomas, entre dominios específicos del pensamiento, entre
“provincias de la cultura”, es tan solo una premisa liberal2.
Es en este marco donde la lectura schmittiana de la secularización ingresa para
denunciar el desplazamiento operado por el liberalismo. En este sentido, la ya exi-
mia fórmula de Carl Schmitt (1888-1985) que da inicio al capítulo III de su obra
Teología política. Cuatro capítulos sobre la doctrina de la soberanía (1922) puede
ilustrar su comprensión: “Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del
Estado son conceptos teológicos secularizados”3. La crítica al liberalismo —gesto
schmittiano par excellence— consiste en minar la presunta autonomía y autofun-
damentación de la modernidad, develando que la génesis de los conceptos jurídico-
políticos modernos tienen su raíz en una secularización de los conceptos teológicos4.
De acuerdo con esta lectura sutil de la modernidad, el liberalismo no solo es incapaz
de concretar la imposible separación entre la religión y la política, sino que su propio
modo de pensar se deriva de la Reforma, es decir, de la teología protestante que,
como veremos más adelante, al separar a Dios del mundo, propicia un viraje hacia
el individuo como soporte fundamental para el desarrollo de la racionalidad formal
2
Cf. Leo Strauss, “Comentario sobre El concepto de lo político, de Carl Schmitt”, en Heinrich Meier, Carl
Schmitt, Leo Strauss y El concepto de lo político. Sobre un diálogo entre ausentes, Katz, Buenos Aires, 2008,
pp. 133-168.
3
Carl Schmitt, Teología política, Trotta, Madrid, 2009, p. 37.
4
La referencia al liberalismo como blanco de la crítica de Schmitt aparece matizada por Leo Strauss, cuando en el
último párrafo del “Comentario sobre El concepto de lo político, de Carl Schmitt” referenciado en la nota 2, se-
ñala que: “Ya hemos dicho (en A 14) que Schmitt emprendía la crítica del liberalismo en un mundo liberal; y con
ello queríamos decir que su crítica del liberalismo se desarrolla en el horizonte del liberalismo; que su tendencia
antiliberal permanece contenida por la ‘sistemática del pensamiento liberal’, que ‘aún no ha sido reemplazada
por ningún otro sistema’. La crítica al liberalismo sólo podrá consumarse si se logra conquistar un horizonte más
allá del liberalismo”. Citado en Meier, Carl Schmitt, Leo Strauss y El concepto de lo político, p. 168. Si bien
esta indicación es plausible sobre todo teniendo como marco de referencia el hecho de que Schmitt subraya la
autonomía y especificidad de lo político respecto de otras esferas como la estética, la moral o la religión, esto no
significa que lo político se halle en la práctica librado de toda referencia moral, estética o religiosa. En efecto,
para Schmitt, los motivos de una guerra no pueden ser evaluados bajo la óptica de lo bueno o lo malo, de lo bello
o lo feo, sino desde la distinción entre amigo y enemigo. Ahora bien, la lógica amigo-enemigo se vuelve efectiva
en la medida en que una comunidad política ponga en riesgo la forma de vida de otra comunidad política. Véase
Carl Schmitt, El concepto de lo político, en Héctor Orestes Aguilar, Carl Schmitt, teólogo de la política, Fondo
de Cultura Económica, México, D.F., 2001, pp. 169-223. La pregunta que se impone ante esta afirmación es de
qué modo se configuran esas formas de vida que permiten la convivencia humana al interior de un territorio,
forma que podemos denominar de modo muy general “comunidad” (Gemeinschaft en alemán), concepto que
abre toda una serie interminable de debates que no podemos tratar aquí. Con esto no pretendemos desacreditar
la crítica de Strauss a Schmitt, sino, simplemente, sostener que la noción de lo político, y la distinción específica
sobre la que se asienta, conviven tanto en la práctica como en la teoría con nociones propias de la teología de
las que no pueden desprenderse totalmente (tal como se evidencia en los textos “teológico-políticos” de Schmitt
que vamos a reponer).
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 17
5
Esta ascendencia protestante del liberalismo ya es recuperada por Max Weber (1864-1920) en su célebre y
clásico escrito La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905), en donde se constata que la racionalidad
técnico-instrumental que informa la modernidad capitalista tiene como punto de referencia el desencantamiento
o desmagificación operado por las modulaciones protestantes en torno al cristianismo. Véase Max Weber, La
ética protestante y el espíritu del capitalismo, Alianza, Madrid, 2011.
6
Esta idea de una representación de lo trascendente en lo inmanente —y que alude a la metáfora espacial de la
representación de “lo alto” en “lo bajo”— será desarrollada más adelante en el apartado dedicado al concepto
de representación teológico-político.
18 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
I. La representación teológico-política
7
Véase Leo Strauss y Joseph Cropsey, Historia de la filosofía política, Fondo de Cultura Económica, México, D. F.,
2004.
8
Carl Schmitt, “La visibilidad de la Iglesia. Una reflexión escolástica”, trad. Román García Pastor: Daimon.
Revista de Filosofía, n.º 13 (1996), p. 11.
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 19
Esto significa que si bien Dios y la Iglesia son ajenos a este mundo, no dejan de per-
tenecer a él al visibilizarse. Es en virtud de esta jerarquía de las mediaciones y de la
comprensión de que el mundo es bueno porque antecede al pecado, que se puede co-
legir que lo visible y lo mundano tengan como fundamento y origen lo invisible y lo
divino9. Solo así es posible comprender que “el hombre funde sobre él la legalidad,
atribuyendo a Dios su origen. Porque de ese modo el cristiano, al acatar la autoridad
por su origen divino, límite y fundamento de la misma, es a Dios a quien obedece, y
no a la autoridad”10. De allí se deriva, también, la comprensión de que el hombre no
está solo en el mundo, pues “la individualidad del hombre subsiste en la medida en
que Dios la sostiene en el mundo y el hombre es individuo en el mundo y, por tanto,
en la comunidad. Su relación ad se ipsum no es posible sin relación ad alterum”11.
Por lo tanto, el hombre no deja el mundo librado a su suerte, sino que es responsable
ante el mismo y también ante sus congéneres con los que funda la comunidad:
Dado, por tanto, que ser en el mundo, para el hombre, significa ser con los otros,
la consideración del significado espiritual de la visibilidad debe partir de la consti-
tución de una comunidad. En la medida en que sus miembros reciben su dignidad
directamente de Dios, la comunidad no podrá anularlos, pero del mismo modo,
únicamente a través de la comunidad puede relacionarse con Dios. Es así como se
constituye la Iglesia visible12.
Dado que Dios asiste al hombre, evitando que el mundo lo engulla, este no solo
no se encuentra solo, sino que debe permanecer atado a la comunidad en virtud de la
obligación que lo vincula.
Decíamos antes que la forma en la cual el catolicismo comprende el vínculo entre
Dios y el mundo diverge respecto de la teología protestante. De acuerdo a la lectura
que Schmitt hace del protestantismo —deudora, en buena medida, de las reflexiones de
Weber—, este produce la desvinculación entre Dios y el hombre, asentando tal ruptura,
fundamentalmente, en la concepción de la total corrupción de la naturaleza humana.
En este sentido, la teología protestante se apoya sobre una metafísica deísta que niega
la posibilidad del milagro en el mundo en virtud del desgarramiento que existe entre la
naturaleza y la gracia. Esta diferencia respecto del catolicismo —que no solo no niega
la separación entre Dios y mundo, sino que, como vimos, los vincula a partir de la
mediación eclesiástico-institucional, creada por la venida de Cristo, quien así volcó la
gracia en el mundo—, es fundamental, puesto que, de esta manera, el hombre presume
acceder a Dios —y por ello, a su salvación— de manera directa e individual y no a tra-
vés de la mediación eclesiástico-sacramental. Al respecto, enuncia Schmitt in extenso:
También sería un sofisma, síntoma del más rudo materialismo o de una temeraria
confusión entre el hombre y Dios, concluir de la soledad divina que el hombre,
9
Al respecto, anota Schmitt: “Una institución que haga valer lo invisible en lo visible tiene que arraigar en lo
invisible y manifestarse en lo visible. Es el mediador quien desciende, porque la mediación sólo puede darse
desde arriba y en sentido descendente, nunca al contrario, pues la salvación consiste en que Dios se hace hom-
bre y no en que el hombre se convierta en Dios”. Ibid., p. 14. Cursivas nuestras.
10
Ibid., p. 13.
11
Ibidem.
12
Ibidem.
20 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
El verdadero cristiano no lo es por la impaciencia con que quiere llegar hasta Dios,
sino por el camino que se propone para ello. Ese camino lo determina la ley de
Dios; eso es el “pan rema”, lo que Cristo opone al tentador cuando este le exige
que convierta en pan las piedras. Su significado es el rechazo de la inmediatez, que
quisiera saltar por encima del Mediador, de Cristo, y su instrumento, la Iglesia,
para acallar el hambre de Dios16.
13
Ibid., p. 12.
14
Aquí la pregunta se hace evidente: Quis interpretabitur?, es decir, si el individuo es quien se relaciona con
Dios y su libro sagrado, la Biblia, ¿quién tiene la potestad de la decisión última respecto del contenido de las
Escrituras? Mantenemos en suspenso la respuesta, pues guarda analogía con el problema de la relación entre el
individuo y los valores en el texto La tiranía de los valores, que será tratado en el apartado siguiente.
15
Este doble movimiento tiene sus raíces en la lectura que Ernst Troeltsch (1865-1923) hace del protestantismo.
Troeltsch, teólogo contemporáneo y amigo de Weber, ya había advertido en el protestantismo la afirmación de
una separación entre Dios y mundo y el concomitante rechazo de la mediación eclesiástica. De esta manera,
el individuo se convierte en el juez último de las decisiones en torno a lo divino; de ahí que Troeltsch entienda
que la fuerza vinculatoria con lo divino “se funda en primer lugar, en la última convicción personal y no en la
autoridad dominante como tal”, cuyo corolario es “un individualismo creciente de las convicciones, opiniones,
teorías y fines prácticos”. Ernst Troeltsch, El protestantismo y el mundo moderno, Fondo de Cultura Económica,
México, D.F., 1979, p. 15. Insistimos: el protestantismo niega la fuerza vinculatoria de la mediación exterior, de
la visibilidad de la Iglesia y de la autoridad papal y la sustituye por “la letra de la Biblia, captada por la fe” y, de
este modo, “por una decisión personal de fe”. Ibid., pp. 39 y 41.
16
Ibid., p. 12. Cursivas nuestras.
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 21
17
Si bien en su obra temprana Schmitt encuentra en la filosofía política de Hobbes la puerta de acceso para vincu-
lar “el Cielo y la Tierra” a partir de la continuidad jurídico-política que guardan Iglesia y Estado, no podemos
soslayar el hecho de que Schmitt descubra en el Leviatán de Hobbes el germen de la propia destrucción del Es-
tado. En un libro de 1938 titulado El Leviatán en la doctrina del Estado de Thomas Hobbes, Schmitt encuentra
en la distinción entre fuero interno y fuero externo la supresión del alma del Leviatán y, consecuentemente, la
neutralización y tecnificación que Schmitt rastrea en textos anteriores como El concepto de lo político o La épo-
ca de las neutralizaciones y despolitizaciones. Este socavamiento del Estado se le imputa al judaísmo, en una
sombría lectura sobre el presunto origen judío del símbolo del Leviatán. Asimismo, es el “judío liberal Spinoza”
el responsable de poner a la luz la brecha entre el fuero interno y el externo que mina las bases del Estado: “Ya
pocos años después de la publicación del Leviatán, cayó la mirada del primer judío liberal sobre la fisura apenas
visible…También en Hobbes, la separación de interno y externo está presente, en los pasos citados sobre la fe en
los milagros y la profesión de fe. Pero el filósofo judío desarrolla al máximo este germen hasta alcanzar lo con-
trario y el Leviatán queda privado de alma, desde adentro”. Carl Schmitt, El Leviatán en la doctrina del Estado
de Thomas Hobbes, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, 1997, pp. 111-112. Las constantes
invectivas de Schmitt contra el “frente judío” (ibid., p. 133) pueden comprenderse sobre la base de la filiación
política del Jurist con el nacionalsocialismo y de la leyenda antisemita de la época. La literatura sobre la lectura
que Schmitt dedicó a Hobbes es muy amplia y es imposible agotarla en nuestras pocas referencias: sobre el pro-
blema de la tecnificación del Estado, véanse John McCormick, “Fear, Technology and the State: Carl Schmitt,
Leo Strauss, and the Revival of Hobbes in Weimar and National Socialist Germany”: Political Theory, vol. 22,
n.° 4, (1994), pp. 619-652; y Marco Estrada Saavedra, “¿Protección a cambio de obediencia? El Leviatán en la
lectura de Carl Schmitt”: Estudios Sociológicos, vol. XXI, n.º 62 (2003), pp. 363-398. Para una visión crítica de
la lectura schmittiana de Hobbes y, fundamentalmente, de su aversión a manifiesta al espíritu judío véanse Yves
Charles Zarka, “Carl Schmitt, una lectura antimoderna de la modernidad: la triple traición a Hobbes”: Eikasia.
Revista de filosofía, n.º 45 (2012), pp. 57-70; y Paul Bookbinder, “Carl Schmitt, ‘Der Leviathan’, and the Jews”:
International Social Science Review, vol. 66, n.° 3 (1991), pp. 99-109.
18
Jorge Dotti, “Algunas consideraciones sobre el concepto hobbesiano-schmittiano de representación”, en Do-
nato R. Oscar Mauricio y Pablo Elías González Monguí (comps.), Memorias del Simposio Internacional Carl
Schmitt. Análisis crítico a su obra jurídica, política y filosófica, Universidad Libre, Bogotá, 2010, p. 4. En este
paso textual no parece quedar suficientemente claro si el Estado moderno se legitima dado que representa efec-
tivamente la sustancia divina fundadora; sin embargo, otros pasajes de otro texto del autor abonan esta exégesis,
verbi gratia: “El Estado, entonces, se legitima en su condición de estructura inmanente en que se representa la
sustancia trascendente sobre la cual se legitima como ejercicio soberano. Si así no fuera, el sentido del orden
estatal quedaría reducido al de un mero dispositivo utilitario que la exacerbada subjetividad moderna construye
en aras de la obtención de la máxima utilidad personal de sus constructores”. Jorge Dotti, “La representación
teológico-política en Carl Schmitt”: Avatares filosóficos, n.º 1. (2014), p. 30. Cursivas nuestras. Compárese esto
con Carlo Galli, para quien, si bien existe una continuidad entre teología y política, esta no refiere al fundamento
sustancial divino, sino a la necesidad del orden: “Ésta es la teología política en sentido estricto: para Schmitt,
no es la deducción de la política de la teología, sino más bien la teoría según la cual la política moderna (sus
conceptos, sus instituciones) conserva algo de la religión, y precisamente lo que conserva es el vaciamiento y
no la superación de sus conceptos teológicos (sobre todo de la unidad del orden y de su creación soberana). En
resumen, conviene repetirlo, la relación entre la política (moderna) y la tradición teológica es doble: por una
parte, a diferencia de la teología, la política se estructura sobre la ausencia de sustancia divina fundativa, pero
22 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
por otra parte reproduce de ésta, aunque sólo de manera formal y racional, la función ordinativa monista”. Carlo
Galli, La mirada de Jano, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2011, p. 79. No es una apuesta de este
trabajo zanjar la discusión, pero sí dejar planteado el problema.
19
Dotti, La representación teológico-política en Carl Schmitt, p. 33.
20
Este giro hacia el individuo operado a partir del liberalismo sigue, como hemos sugerido al principio de este
trabajo, la estela de la teología protestante y su comprensión sobre la relación entre el individuo, el mundo y
Dios, tal cual hemos restituido, grosso modo, unos párrafos más arriba.
21
Ibidem.
22
Ibid., pp. 32-33.
23
Carl Schmitt, Catolicismo romano y forma política, Tecnos, Madrid, 2000, p. 17. Con esta afirmación Schmitt
permite trazar una analogía entre la forma romana de la Iglesia católica y la forma política del Estado moderno,
asentando dicha analogía en el derecho canónico, vehículo a partir del cual se secularizan las ideas políticas.
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 23
su persona, sino porque “se liga, en una cadena ininterrumpida, al encargo personal
y a la persona de Cristo”24. En este sentido, el soberano es al Estado lo que el Papa es
a la Iglesia y sus funciones se dignifican pues representan y realizan la Idea —Idea
del Reino de Dios o la Idea del Derecho—, en suma, la realización de lo trascendente
en lo inmanente, de lo alto en lo bajo.
Es en este punto —en la cuestión de la Idea del Derecho, de la pregunta por lo
justo y lo bueno— donde podemos vincular la representación teológico-política ya
desarrollada con el problema de los valores. Pero antes, debemos esbozar la crítica a
la filosofía de los valores que Carl Schmitt suscita en Die Tyrannei der Werte. Para
ello, restituiremos, en el próximo apartado, los argumentos que allí se indican en
torno a la problematicidad de esa comprensión de la relación entre el individuo y
los valores, planteando, asimismo, una vía de escape de carácter teológico-político.
El interés por los valores tiene su origen en una “situación histórico-filosófica” muy
precisa: la crisis nihilista del siglo diecinueve. Para Carl Schmitt —mediado por
la lectura de Martin Heidegger (1889-1973)— es Friedrich Nietzsche (1844-1900)
quien en sus escritos fue capaz de popularizar el discurso sobre los valores. Al res-
pecto anota Schmitt in extenso:
Una ciencia cuyas leyes son causales y que es, por ello, prescindente de valores,
amenazó la libertad del hombre y su responsabilidad religiosa, ética y jurídica.
La filosofía del valor respondió a este desafío al contraponer al ámbito de un ser
determinado de modo puramente causal un ámbito de los valores, es decir: un
ámbito del valer ideal. Fue un intento de afirmar al hombre como un ser libre y
responsable, no por cierto a partir de un Ser, pero sí al menos a partir de la validez
de aquello que se dio en llamar valor25.
De lo citado es preciso notar algo: “el valor no es, sino que vale”26, es decir, no es
preciso que tenga ser, sino que requiere validez. Porque el valor vale, debe hacerse
valer. Esto que parece un pleonasmo nos dice algo más del valor; a saber, que este
implica un impulso a su realización o, dicho de otro modo, supone que el valor an-
sía su actualización. En suma, supone que el valor, para estar referido a la realidad,
precisa ser ejecutado y cumplido. Ante esto, surge un interrogante: ¿quién pone los
valores? O, dicho más schmittianamente, ¿quién decide sobre los valores? Frente
a esta pregunta, Schmitt recupera, en primer lugar, la figura de Weber. Para Weber,
es el individuo humano, quien, completamente libre para decidir, pone los valores.
Pero esta postura cae víctima de un problema palmario: “la libertad puramente sub-
jetiva de la posición de valores conduce empero a una lucha eterna de los valores y
las cosmovisiones, a una guerra de todos contra todos, a un eterno bellum ómnium
Dicho en otras palabras, el racionalismo que permite al Estado adoptar la forma secularizada de la Iglesia cató-
lica, es un racionalismo jurídico-institucional, apoyado sobre la forma jurídica del derecho canónico.
24
Ibidem.
25
Carl Schmitt, La tiranía de los valores, Hydra, Buenos Aires, 2010, p. 129.
26
Ibid., p. 125.
24 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
contra omnes”27, donde hombres desesperados por tener razón luchan entre sí, mas
ahora acompañados por espantosos medios de exterminio, abominables productos de
la ciencia prescindente de valores. En suma, una lucha de valores en dónde “[l]o que
para uno es el Diablo, para otro el Dios”28.
Schmitt ubica una segunda respuesta a la pregunta en torno a quién pone los valo-
res en la filosofía material de los valores de Max Scheler (1874-1928). Este autor, en
su intento de escapar del subjetivismo weberiano de los valores —que no constituía
una respuesta adecuada al nihilismo, pues caía ella misma en el nihilismo—, erigió,
de acuerdo con la lectura de Schmitt, un sistema ascendente de valores organizado
según niveles, yendo de lo útil a lo santo. Era un intento por superar la doctrina
neokantiana de los valores, cuyo formalismo, subjetivismo y relativismo impedía el
acceso a lo que se buscaba, esto es: “el sustituto científico para un Derecho Natural
que ya no proporcionaba legitimidad”29. Sin embargo, como recalca el propio Schmitt,
“sean los valores tan elevados o santos como se quiera, sólo valen como valores para
algo o para alguien”30. Esto significa que los valores son nulos si no se imponen.
Como afirmamos con anterioridad, la validez de los valores debe ser constantemente
actualizada, lo que significa que a los valores se los tiene que hacer valer para no
quedar disueltos en una mera apariencia. En el decir de Schmitt: “quien dice valor
quiere hacer valer e imponer…a las normas se las aplica; las órdenes se ejecutan;
pero los valores se ponen e imponen. Quien afirma su validez tiene que hacerlos va-
ler. Quien dice que valen sin que un hombre los haga valer, quiere engañar”31.
Si la filosofía material del valor ha sido desechada por Schmitt, debemos suponer
que los valores son puestos por el individuo y, en virtud de ello, toda filosofía del
valor es una filosofía formal y subjetiva del valor. En este sentido apunta Schmitt
cuando dice que “la filosofía del valor es una filosofía de lo puntual, la ética del valor
es una ética de lo puntual”32. De este modo, el valor de algo sólo puede ser determi-
nado a partir del punto en el que nosotros miramos. Por ello, los valores no son más
que puntos, puntos ubicables en un sistema de referencias, donde incluso el valor
supremo ocupa solo una ubicación. “Por ello la expresión ‘transvaloración de todos
los valores’ pudo entrar en circulación sin sobresaltos”33. Toda vez que cambiamos
de punto de posicionamiento, de punto de mirada, la transvaloración tiene lugar. Una
vez aceptado el puntualismo inmanente a todo pensamiento según valores, Schmitt
evoca nuevamente el pensamiento de Weber e introduce un concepto que pertenece,
también, a la estructura de todo valor, a saber, el punto de ataque. Para Weber, las
valoraciones presentan puntos de ataque, que develan, en toda posición de valor,
una agresividad que le es inmanente. A partir de esta idea de agresividad Schmitt
pretende borrar el relativismo, el perspectivismo y la tolerancia a la que fue asocia-
do el pensamiento según valores. Sin embargo, el “fatal envés de los valores” es su
27
Ibid., p. 130.
28
Ibidem. Este problema al que conducía el planteo weberiano de los valores ya había sido observado de un modo
casi idéntico por Leo Strauss. Véase Leo Strauss, “Derecho natural y la distinción entre hechos y valores”, en
Derecho natural e historia, Prometeo, Buenos Aires, 2014. En efecto, nos aventuramos a decir que Schmitt hace
un uso parafrástico del análisis straussiano del pensamiento de Weber.
29
Schmitt, La tiranía de los valores, p. 108.
30
Ibid., p. 131.
31
Ibid., p. 132.
32
Ibidem.
33
Ibid., p. 133.
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 25
Nadie puede valorar sin desvalorizar, valorizar o poner en valor. Quien pone valores
ya confronta con los no-valores. La ilimitada tolerancia y neutralidad de posiciones y
puntos de vista arbitrariamente intercambiables se convierte al punto en su contrario,
en enemistad, tan pronto como las cosas se ponen seriamente concretas con el imponer
y el hacer valer. El impulso hacia la validez del valor es irresistible y la contienda de
quienes valoran, desvalorizan, valorizan y ponen en valor, inevitable34.
El fatal envés de los valores radica, por tanto, en que para hacerse valer somete
los valores más bajos y aniquila los no-valores. De esta fatalidad se desprende el
concepto de “tiranía de los valores” que Schmitt recupera de la filosofía de Nicolai
Hartmann (1882-1950). La tiranía de los valores está a la vista, pues los valores,
para hacerse valer aniquilan el disvalor y someten a los valores más bajos. La tiranía
de los valores solo devela y evidencia la honestidad del diagnóstico weberiano: “que
la doctrina del valor en su totalidad sólo atiza e incrementa la antigua y prolonga-
da lucha de las convicciones y los intereses”35. Bajo la tiranía de los valores, el fin
justifica los medios y la aniquilación del no-valor por el valor está justificada. “La
negación de un valor negativo es un valor positivo”, decía Scheler. El Jurist respon-
de: “aquella proposición de Max Scheler permite devolver mal por mal y de este
modo convertir nuestra tierra en un infierno; al infierno, empero, en un paraíso de
valores”36. Fiat iustitia, pereat mundus.
La locución latina que culmina el párrafo precedente cobija en sí misma gran
parte del problema que la filosofía de los valores plantea para el jurista alemán. El
problema reside, como es evidente, en que el diagnóstico weberiano respecto de los
valores parece insuperable: el individuo es quien decide sobre el valor a imponer,
cuyo corolario es la ya mentada lucha eterna entre los valores, la guerra de todos
contra todos en torno al valorar. Aquí lo esencial es detectar que la filosofía de los
valores se apoya sobre una metafísica que se remonta a la teología protestante y al
liberalismo37, en la medida en que, como vimos, la teología protestante, al negar la
mediación eclesiástico-instrumental, instituye, consecuentemente, la autoridad de la
Biblia; y el liberalismo, al negar la mediación estatal, establece una relación directa
entre el individuo y la Idea de lo justo (el valor). Ahora bien, esto supone dos cuestio-
nes: (i) o bien Dios y la Idea de lo justo son racionalmente cognoscibles en virtud de
la transparencia de las Sagradas Escrituras y de la Idea de lo justo; o (ii) la pluralidad
34
Ibid., p. 138. Cursivas nuestras.
35
Ibid., p. 140.
36
Ibid., p. 143.
37
En su “Filioque” Dotti elabora una interesante genealogía económica —de raigambre judía— respecto de la
lógica del valor, en donde Marx y Schmitt dialogan entre sí. Véase Jorge Dotti, “Filioque: Una tenaz apología
de la mediación teológico-política”, en Carl Schmitt, La tiranía de los valores, Hydra, Buenos Aires, 2010,
pp. 9-86. Por cuestiones que exceden el marco de este trabajo, no podemos analizarlo aquí. No obstante, sí
tomamos la indicación de Dotti de que “la lógica del valor, en cuyo seno se genera un topo específico de
representación inmanentista, lejos de ofrecer una suerte de refuerzo doctrinario a las posiciones contrarias al
positivismo cientificista, al economicismo y al relativismo, lleva a conclusión la liquidación de la mediación
teológico-política como respaldo sustancial de la institucionalidad moderna (El Estado) en su período clásico,
previo a la era de masas”. Ibid., p. 72.
26 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
Esta enigmática cita puede ser aclarada si volvemos hacia los primeros textos de
Carl Schmitt, fundamentalmente a aquel de 1914, El valor del Estado y el significa-
do del individuo, donde la pregunta por el valor, por la Idea de lo justo, contrasta de
modo palmario con la recuperación que el Jurist realiza de la filosofía de los valores
en La tiranía de los valores. Concluiremos este trabajo, entonces, recuperando los
argumentos allí trazados para dar cuenta de lo que hemos dado en llamar “la teología
política de los valores”.
Una de las premisas que guía a El valor del Estado y el significado del individuo es
la relación que se establece en la serie tríadica entre Derecho, Estado e Individuo. Al
respecto, anota Schmitt:
38
Ibid., p. 84.
39
Schmitt, La tiranía de los valores, p. 146. Cursivas nuestras.
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 27
mundo ideal y el mundo de los hechos reales y constituye el único sujeto del ethos
jurídico. El individuo, por último, en tanto ser empírico y único, desaparece, den-
tro del Derecho y el Estado, para ser considerado sólo función de la realización
del Derecho y recibir así su significado de un deber y su valor de un mundo ideal
encerrado en sus propias normas40.
Este extenso paso alberga el núcleo central del argumento. Una de las preocu-
paciones que anuda el texto gira en torno a la relación entre el Derecho y el Poder.
Si el Derecho se asienta simplemente en la violencia de las relaciones fácticas de
poder, este permanecería en la pura positividad de la ley. Sin embargo, hemos de
constatar que cuando se afirma “que quien tiene Poder tiene Derecho…, lo que en
realidad se manifiesta en esa misma afirmación implícitamente, palabra por palabra,
es la confianza en un reconocimiento más alto; y lo que en verdad significa es que
no hay Poder establecido que no esté justificado”41. De ambas citas se constata que
el Derecho pertenece a un plano más alto, a un plano ideal, esto es, a la Idea del De-
recho, a la pregunta por lo justo y lo bueno, y que por ello no puede deducirse de la
pura inmanencia de lo dado. En suma, esto supone que todo orden, para concretarse,
supone la distinción entre lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo; supone, pues, que
“estamos ante dos mundos situados frente a frente”42: por un lado, la Idea del Dere-
cho; por el otro, la realidad empírica. La inmanencia de lo concreto es horadada por
una trascendencia que le da sentido. De este reino del Derecho se deriva der Wert, el
valor: “El reino del Derecho no conoce de ningún tipo de límites fácticos: la factici-
dad maneja causas y consecuencias, pero no valores, lo alto y lo bajo”43. Ahora bien,
“el Derecho es un pensamiento abstracto, no es deducible de hechos ni puede afectar
a hechos; sujeto de la ‘realización’ del Derecho, del querer recto, sólo podrá ser, por
tanto, una realidad”44. El Derecho —el valor— no puede realizarse a sí mismo, re-
quiere de una realidad concreta que enlace ambos reinos, que consiga “realizar en el
Ser la ejecución de las normas en su recto sentido”45: ¿quién es este sujeto portante
del ethos jurídico? Ya lo hemos anticipado más arriba: el Estado.
En este punto es donde somos capaces de vislumbrar el carácter teológico-políti-
co del valor. Si este depende de la realización del Derecho, a cargo de la mediación
del Estado, solo el concepto de representación teológico-política que hemos repues-
to permite su comprensión. De hecho, el valor del Estado se deriva precisamente del
encargo que le fue solicitado, esto es, de la realización del Derecho:
40
Carl Schmitt, El valor del Estado y el significado del individuo, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales,
Madrid, 2011, p. 4. Cursivas nuestras.
41
Ibid., p. 19. Cursivas nuestras.
42
Ibid., p. 24.
43
Ibid., p. 27. Cursivas nuestras.
44
Ibid., p. 28.
45
Ibidem.
28 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
46
Ibid., p. 38.
47
Ibid., p. 61. Cursivas nuestras.
48
Ibid., p. 62. Cursivas nuestras.
49
Ibid., p. 65. Cursivas nuestras.
50
Ibid., p. 58.
51
Ibid., p. 56.
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 29
El modo en el que Carl Schmitt configura su teología política de los valores ha sido
estructurada en tres apartados. En el primero hemos recuperado la noción de repre-
sentación teológico-política a través de la contraposición que el jurista alemán rastrea
entre catolicismo y protestantismo en función de su acceso a Dios. Si la Reforma pro-
testante, de acuerdo a la reconstrucción que Schmitt hace de las lecturas de Weber y
Troeltsch, permite el acceso inmediato del individuo a Dios en virtud de la negación
de los sacramentos y de la institución mediadora de la Iglesia, erigiendo las Escrituras
bíblicas como la máxima autoridad e introyectando la religiosidad al fuero interno in-
dividual, el catolicismo, por su parte, establece el vínculo entre Dios y el individuo por
medio de la institución eclesiástica. En este sentido, el hombre no vive en soledad; an-
tes bien, convive en comunidad con otros hombres, una comunidad dotada de sentido,
porque, mediada por la representación de la Iglesia, participa de lo alto, de lo divino, de
la gracia de Dios. Y de esa continuidad formal con la representación eclesiástica, como
vimos, deriva la representación teológico-política del Estado, cuya estructura en cruz
permite la convivencia de los individuos en la comunidad política.
En el segundo apartado hemos reconstruido el debate en torno a los valores pro-
piciado en Alemania durante fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte.
Ahí descubrimos la dificultad en la que se encontró la filosofía de los valores para
superar el diagnóstico weberiano del pluralismo axiológico. Es que el intento de ir
más allá de un relativismo axiológico sostenido sobre la base de un individualismo
valorativo solo condujo hacia un nihilismo de mayores proporciones, culminando en
los aciagos episodios de exterminio y totalitarismo nazis. La puesta en valor, como
dejamos señalado, tenía su reverso en la desvalorización del otro, cuyo único final se
jugaba en su aniquilación. De ahí la elocuencia de Nicolai Hartmann (1882-1950) al
acuñar el término “tiranía de los valores”53. De ahí, también, la lucidez de Weber, al
señalar el relativismo axiológico y la consecuente guerra de todos contra todos en
torno a los valores.
De modo que ante la pregunta por los valores, Weber no pudo ofrecer más que
desesperanza: si a pesar de su brillante lucidez, quedó atrapado bajo una concepción
individualista de los valores y declaró, en consecuencia, su carácter irresoluble, fue
Schmitt quien, tomando como punto de partida el diagnóstico weberiano respecto
de los valores y sus investigaciones en torno a las religiones y los modos de vida
—legado weberiano que, insistimos, no podemos dejar de observar en la obra del
Jurist—, supo encontrar en la tradición católico romana una vía de acceso a la reso-
lución del problema de los valores. Ante la neutralidad axiológica y su anverso, la
guerra de todos contra todos en torno a la imposición de los valores, Schmitt, como
52
Schmitt, Catolicismo romano y forma política, p. 21.
53
Nicolai Hartmann, Ética, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, pp. 612-615.
30 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
vimos en el tercer apartado, nos invita a pensar en una relación mediada del hombre
con los valores, apoyada sobre la representación de la persona soberana, esto es,
sobre la autoridad del Estado.
A la vista de estos tres ejes a partir de los cuales se delineó lo que hemos deno-
minado una teología política de los valores, resulta interesante recuperar la pregunta
que formulamos al comienzo respecto del vínculo entre los valores y una de las
obras centrales de Schmitt, El concepto de lo político54. Se decía entonces que la
posibilidad de la guerra devenía efectiva en la medida en que una unidad política
ponía en riesgo el modo de vida de otra unidad política y, en virtud de ello, nos
interrogábamos respecto de la configuración de ese modo de vida. En este sentido,
si bien El concepto de lo político parece guardar silencio respecto de la cuestión
de los valores que dan sentido a la comunidad política, es muy tardíamente, en una
nota al pie que Schmitt incorpora a una nueva edición de El concepto de lo político,
cuando él provee una clave hermenéutica a partir de la cual interpretar ese texto en
línea con la cuestión axiológica. Hacemos alusión a la referencia sobre der Hobbes-
Kristall55, introducida por Schmitt en 1963, en donde, en razón de una discusión en
torno al problema de la “naturaleza” del hombre y el origen de las guerras, Schmitt
construye un sistema, inspirado en la filosofía política de Hobbes, en cuyo pináculo
se distingue la apertura a la trascendencia. Sobre lo alto de la estructura en forma de
cristal Schmitt coloca la veritas “Jesús es el Cristo”. Sin embargo, esta verdad exige
la pregunta Quis interpretabitur?, esto es, requiere una interpretación, a la cual se
responde con la máxima Auctoritas, non veritas, facit legem; es decir, se responde
con la evocación de una potestas directa, capaz de garantizar protección a cambio
de obediencia, creando una cadena que de lo alto a lo bajo nos guía de la verdad del
culto público hacia la obediencia y la protección del individuo. De modo inverso,
como indica Schmitt, “la cadena parte de la exigencia de protección y de seguri-
dad del hombre aislado, ‘por naturaleza’ necesitado de consejo y de ayuda, y de la
obediencia de él conseguida, y conduce, a lo largo del mismo camino pero en una
situación invertida, a la puerta abierta hacia la trascendencia”56. Es el Estado, por lo
tanto, quien interpreta el culto público que da sentido a la unidad política y en virtud
del cual se neutralizan los conflictos civiles. Sin embargo, Schmitt va aún más allá al
dejar entrever que la verdad del culto público es permutable:
De inmediato surge la cuestión de si tal neutralización puede ser extendida, más allá
de la común creencia en Jesucristo, también a la común fe en Dios —en tal caso el
primer punto podría también sonar: Alá es grande—, o directamente también a algu-
na de las muchas verdades necesitadas de interpretación, a los ideales sociales, a los
valores y a los principios supremos, en cuya realización y aplicación se originan los
conflictos y las guerras: por ejemplo “libertad, igualdad, fraternidad”57.
54
Vide supra nota 4.
55
Schmitt, El concepto de lo político, pp. 211-212, nota 53.
56
Ibid., p. 212, nota 53.
57
Ibidem. Cursivas nuestras.
Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33 31
58
Aquí destacamos a Chantal Mouffe y Franz Hinkelammert. Véanse Chantal Mouffe, En torno a lo político,
Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007; y Franz Hinkelammert, “El concepto de lo político según
Carl Schmitt”, en Norbert Lechner, Cultura política y democratización, CLACSO-FLACSO-ICI, Santiago de
Chile, 1987, pp. 235-251.
59
Hinkelammert, “El concepto de lo político según Carl Schmitt”, p. 242.
60
Ibid., p. 245.
32 Castorina, F. Foro interno 17 (2017): 15-33
atenta al problema de los valores no puede soslayar los aportes de Carl Schmitt.
Sus reflexiones en torno a los valores presentan una formulación teórico-política
especialmente valiosa del problema. En este sentido, aunque parece plausible que su
crítica del concepto humanidad, como se desprende del artículo de Hinkelammert,
abole la posibilidad de valores humanos, su teología política de los valores pone en
evidencia el carácter eminentemente axiológico de la naturaleza humana, el hecho
de que somos seres axiológicos. Por ello, en esa intuición se funda nuestra necesidad
de abrazar la democracia y la pluralidad como un valor inclaudicable, en cuya reali-
zación el Estado ocupa un lugar eminente.
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