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**La alianza de las sombras**

En lo más profundo del Valle de las Sombras, donde los ríos cantaban canciones olvidadas y
los árboles susurraban secretos a la luna, vivían dos poderosos hechiceros. Al norte, en una
torre oscura envuelta en niebla perpetua, residía el brujo Darius, maestro de la magia oscura.
Al sur, en un brillante palacio de cristal, vivía Amara, una maga cuyas habilidades con la luz
eran legendarias. Se odiaban como el fuego odia al agua, y su enemistad se había convertido
en leyenda entre los pueblos cercanos.

Todo comenzó cuando ambos eran jóvenes aprendices. Durante un duelo mágico, un
malentendido sobre quién había robado un antiguo grimorio provocó que se convirtieran en
enemigos acérrimos. Durante décadas, se sabotearon mutuamente: hechizos alterados,
criaturas mágicas enviadas a causar estragos, y rumores que dañaron su reputación en los
círculos mágicos. Sus nombres juntos eran sinónimo de discordia.

Sin embargo, un día el cielo sobre el valle se oscureció de manera antinatural. Una grieta se
abrió en el horizonte, y de ella comenzaron a surgir criaturas de pesadilla, formadas de
sombras vivientes. Estas entidades no obedecían las leyes de la magia y destruían todo a su
paso. Ni Darius ni Amara podían enfrentarse a ellas por sí solos.

Un mensajero del Consejo de Magos llegó con una noticia que ninguno deseaba escuchar:
—Solo juntos podréis cerrar la grieta. Si no unís vuestras fuerzas, todo estará perdido.

El primer encuentro fue tenso. Amara se presentó con una túnica dorada que brillaba como el
sol al mediodía, mientras que Darius emergió de la niebla con su capa negra ondeando, su
expresión llena de desdén.
—No pienso colaborar contigo —espetó Amara.
—Créeme, la idea me resulta igual de repugnante —respondió Darius.

Pero las sombras avanzaban, y el tiempo se agotaba. Así, con una mezcla de desconfianza y
resentimiento, comenzaron a trabajar juntos.

El plan era sencillo en teoría pero complejo en práctica: Amara debía canalizar la luz de las
estrellas más antiguas, mientras que Darius invocaría las raíces más profundas de la
oscuridad. Solo combinando ambos poderes podrían cerrar la grieta.

Durante las primeras sesiones de preparación, sus discusiones eran constantes:


—¡No toques mi círculo de invocación! —gruñía Darius.
—¡Tu magia apesta a muerte! —replicaba Amara, agitando su varita.

Sin embargo, poco a poco, ambos comenzaron a notar algo extraño. A pesar de su odio,
compartían un respeto mutuo por la habilidad del otro. Amara se sorprendió al ver la precisión
con la que Darius manejaba sus hechizos oscuros, y Darius no pudo evitar admirar la gracia y
el poder con los que Amara invocaba la luz.
La noche de la batalla final llegó. La grieta rugía, y las sombras se arremolinaban a su
alrededor. Amara y Darius, con sus energías opuestas, crearon un hechizo conjunto. Ella lanzó
un rayo de luz cegadora, mientras él lo envolvía con una esfera de oscuridad absoluta. Cuando
ambos poderes chocaron contra la grieta, el valle tembló, y las sombras comenzaron a
desvanecerse.

Al final, exhaustos pero victoriosos, se miraron en silencio. Por primera vez, no había odio en
sus ojos, sino algo parecido a la comprensión.
—Eres bastante buena, para alguien tan insoportable —murmuró Darius con una pequeña
sonrisa.
—Y tú no eres tan inútil como pensaba —respondió Amara, alzando una ceja.

Aunque nunca se convirtieron en amigos, algo había cambiado entre ellos. Cada uno regresó a
su hogar, sabiendo que, a pesar de sus diferencias, juntos habían salvado el mundo. Y, aunque
jamás lo admitirían, de vez en cuando se encontraban en el bosque, compartiendo silencios
cómodos y preparando hechizos que ningún otro mago habría podido comprender.

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