BIBLIOTECA MUNDO HISPANO
MUJERES
OTOÑO CON ESPERANZA
EDITORIAL MUNDO HISPANO
© 2006
OTOÑO
CON
ESPERANZA
ACTITUDES POSITIVAS ANTE
SITUACIONES LÍMITE
Asociación Bautista Argentina de Publicaciones
Casa Bautista de Publicaciones
© Copyright 1983, Asociación Bautista Argentina de Publicaciones, Buenos
Aires, Argentina. Todos los derechos reservados.
Contenido
1. Todos bajo un mismo techo. — Enriquecedoras experiencias al compartir
la vida familiar. — Sara B. de Alarcón, Dora D. de Guevara
2. Jardines sin flores — Respuesta a una inquietante pregunta: ¿Malogra la
felicidad del matrimonio la falta de hijos? — Violeta K. de Campderrós
3. ¡Otra vez solos! — Cuando los hijos se casan o se van del hogar por
razones de trabajo o de estudio. — Edda G. de von Leers
4. Jubilarse: ¿para qué? — Cómo enfrentar una etapa llena de atractivas
posibilidades. — Justa F. de Vázquez
5. Los abuelos — Una verdadera bendición para la familia y para la
comunidad. — Agustina V. de Canclini
6. Vivo resplandor en condiciones poco propicias — Cuando llega la
enfermedad. — José A. Pistonesi
7. Una palabra que golpea: “viuda” — Con el sostén del Señor se enfrentan
las nuevas situaciones y se toman decisiones. — Débora C. de Sedaca
8. Sobreviviendo a los hijos — Testimonio de nuevos rumbos que pueden
emprenderse con la fortaleza divina. — Ana María M. de Hulet
9. Solteras — Situaciones diferentes y una misma convicción: Dios dispuso
que quedasen solteras. — Amalia Rampoldi, Teresa A. Pluis
10. Si no hay lugar en la casa — Cuando hay que decidir en dónde se vivirá
durante la última etapa de la vida. — Sarah Wilson
Presentacion
Entre las muchas diferencias que existen entre los seres humanos están las que
provienen de las distintas maneras de vivir el tiempo de que cada uno dispone.
Los más jóvenes son conscientes de que tienen tiempo. A medida que va
llegando la adultez, el otoño de la existencia, uno se da cuenta de que falta
tiempo para hacer tantas cosas que se desean. Por lógica consecuencia, el
tiempo no puede perderse. De ahí que a menudo, más o menos al ingresar a la
segunda mitad de una vida de normal promedio de duración, se acelere el ritmo
de las habituales actividades, justamente en una etapa que tendría que
caracterizarse por serena plenitud. En contraposición, algunos se desaniman y
se sienten frustrados porque a esta altura de su existencia aun les quedan
muchos anhelos insatisfechos, o porque viven circunstancias que creen no
pueden modificarse, o porque situaciones dolorosas (en la propia vida o en la
de seres queridos) no están siendo positivamente capitalizadas.
¿Qué hace cada uno con el tiempo, con “su” tiempo? Algunos lo matan, otros
lo pierden o engañan.
“El tiempo es un algo imperceptible y silencioso que nos lleva y nos lleva ¡y
tan rápido! con sus manos de algodón, hacia la eternidad donde el tiempo no
tiene ni principio ni fin: donde el tiempo es”,
como ha afirmado Pedro Urcola, educador cristiano.
Las páginas que siguen pueden significar un alto para detenerse a pensar sobre
la manera en que cada uno está viviendo sus actuales circunstancias, “su”
tiempo. Integran este libro elocuentes testimonios de la maravillosa manera en
que Dios da significado y sentido a diversas situaciones cuando quien las
atraviesa se somete confiada y gozosamente a la voluntad de Dios “agradable y
perfecta”. La selección se realizó tratando de incluir situaciones vividas en
diferentes etapas de la vida, aunque, como se comprobará, predominan
experiencias propias de la tercera edad, etapa distinta a la que se ingresa con
renovadas expectativas y esperanzas. Etapa en la que, aunque disminuyan las
obligaciones y compromisos que motivaron la lucha, se llega a ser
existencialmente rico, en manera particular cuando se ha vivido y se vive
firmemente tomado de la mano de Dios.
Además de las experiencias personales, en el libro hay también acertadas
reflexiones y orientaciones no de tipo testimonial, como por ejemplo, en el
caso de tener que decidir en cuanto a la vivienda en la ancianidad.
Expresamos sincera gratitud a quienes, abriendo su corazón, compartieron la
riqueza espiritual obtenida en comunión con el Señor, que les mostró, a través
de diferentes circunstancias, que amando a Dios y adaptándose a sus planes
todo lo que sucede “ha de ser para el bien nuestro” (Rom. 8:28. Versión “La
Biblia al Día”).
Que la lectura y meditación de “OTOÑO CON ESPERANZA” lleve a los lectores a
exclamar con gozosa certeza:
“Tú eres mi Dios. En tus manos están mis tiempos” (Sal. 31:14 y 15).
Área de Publicaciones
CONVENCIÓN MISIONERA DE MUJERES
EVANGÉLICAS BAUTISTAS ARGENTINAS
1. Todos Bajo Un Mismo Techo
Enriquecedoras experiencias
al compartir la vida familiar.
SARA B. DE ALARCÓN
DORA D. DE GUEVARA
Aprendiendo A Compartir
Compartir. ¡Cómo le cuesta compartir a la niña! ¿Compartir? ¡Si la muñeca es
suya! ¿Por que la tiene que prestar? ¿Por qué debe compartirla? No lo entiende
y no le agrada. Esa niña se hace mujer. Y aunque ahora sabe lo que es
compartir, en muchas ocasiones esa palabra sigue no gustándole.
Ruego al Señor que sea de bendición para otros lo que relataré acerca de mi
experiencia al tener que compartir algo que, al igual que la muñeca de la niña,
consideraba muy mío: la vida familiar.
Nací en un hogar cristiano. Soy la mayor de cinco hermanos y mi hogar fue la
escuela donde, con mi madre como maestra, aprendí todo cuanto era necesario
para que, llegado el momento, fuera capaz de formar mi propia familia, mi
propio hogar. Dios puso en mi camino a un joven cristiano de otro país, con
costumbres e ideas diferentes. Y como para el amor ninguna de esas
diferencias es una barrera, con ese joven formé mi hogar.
Después de esos momentos en que pareciera que todo el mundo es nuestro,
volví a la realidad. Y ésta era un poquito triste: debía dejar mi hogar, mi
familia, mi iglesia, mi país. Llegué con un poco de miedo a la que iba a ser mi
casa, aunque era la de mis suegros. Integraban esa familia tres hermanos y una
hermana; esta última y uno de los varones, vivían en la casa porque ambos
eran solteros.
Compartir. No me gustaba compartir la mesa, la sala, mi vida familiar. Pero
era necesario. No había otra solución. Cada mañana, al despertar y enfrentarme
con esa realidad que no me gustaba, iba alimentando en mí un espíritu de
rebelión. Pero yo quería que mi hogar fuera feliz y ése era mi ruego al Señor.
Estaba segura de que él iba a darme una casa o un departamento. No sabía
cómo, pero el me iba a contestar. Lo que sí sabía era que el Señor quería
compartir, desde un comienzo, mi vida familiar. Y era difícil que lo hiciera
mientras yo no aprendiera a compartir. ¡Que difícil se nos hace a veces
comprender el amor, ese amor que todo lo puede, que todo lo espera, que todo
lo soporta! Ese amor no ideal sino realista; ese amor del que habla Pablo y que
vemos reflejado en toda la vida de Jesús. El me contestó. Y lo hizo quitando de
mi corazón la idea egoísta que tenía. Comprendí así que el amor de mi esposo
hacia su madre nunca podía chocar con el que me tenía a mí. Van en forma
paralela y, aunque diferentes, los dos son igualmente grandes. Entendí que él
nunca iba a querer a su madre como me quería a mí, ni a mí como quería a su
madre. Sé que mi suegra, una mujer verdaderamente cristiana, había pedido lo
mismo al Señor. Con su paciencia frente a mi impaciencia, con su ternura
frente a mi egoísmo y con su madurez frente a mi juventud fue ayudándome
con amor a ver claramente lo que Dios quería de mí.
Si anhelaba ser verdaderamente feliz, debía aprender a compartir. Puedo
asegurar que comprender esto nos obliga a deponer actitudes delante del
Señor, las nuestras en primer lugar. El Señor no me dio ni una casa ni un
departamento, pero considero que lo que me dio es mucho más grande, de más
valor, pues es un bien eterno.
Aquellos años quedaron atrás. Hoy, siempre que me es posible, comparto mi
experiencia tratando con ella de ser bendición para quienes me escuchan. Una
hermana que vivió una experiencia similar, pero en el papel de suegra, me
contó lo siguiente:
“En los hijos, en los compañeros que eligen y en sus vidas, nos proyectamos,
en cierta manera, hacia el futuro. Un futuro que será mejor o peor de acuerdo
con la aceptación, entrega y amor de todas las partes que componen la familia.
Cuando nos toca compartir con esos frutos de nuestros amores, estamos
edificando el porvenir inmediato o mediato de nuestras relaciones familiares.
Dependerá de cómo vamos a recibir y a aceptar a esa persona que ingresó a la
familia para formar para siempre parte de ella. Amé a mi yerno y a mi nuera
desde el momento en que mi hija y mi hijo los eligieron. A partir de ahí todo
fue fácil, natural, espontáneo. Hubo comprensión, consideración, respeto al
tener que compartir con esos seres que constituían el para que de mi existir.
Considero que soy una mujer de mucha suerte: el Señor me ha bendecido con
dos lujos maravillosos en mi yerno y en mi nuera. Ellos me han dado tres
nietas que sólo me provocan alegría y me brindan cariño. Todo el tiempo me
parece poco para dedicárselo. Alegran mi vida y me rejuvenecen.
“A pesar de haber tenido que trabajar fuera de casa, he sido una madre algo
absorbente. Mis hijos fueron buenos, obedientes y me amaban. Trataron de
complacerme en todo. Por lo tanto, los sentí muy míos. Estoy tan
acostumbrada a compartir con ellos que a veces me he sentido tentada a
entrometerme en sus asuntos. Si bien estaba guiada por buenas intenciones,
comprendí que esa intromisión no podía caer bien. He tratado de comprender
la individualidad de cada uno, pues aunque formemos una sola familia, ellos
deben y tienen la obligación de mantener sus hogares, esos pequeños núcleos
que tienen identidad propia.
“Somos felices porque Cristo hace hogares, mujeres y hombres felices.”
Así concluyó mi amiga su relato, dejando en mí el dulce sabor de una vida
plena y madura, que sólo es posible vivir teniendo a Cristo como modelo y
como maestro.
S.B. DE A.
Al Morir Mi Suegra
Ante tu muerte, Julia Velazco de Guevara, como nuera tuya siento el imperioso
deber de cumplir con un deseo que siempre albergó tu generoso corazón y que
más de una vez, muy humildemente, te animaste a expresar. Querías dejar
impreso el testimonio de tu vida, compartir lo que Cristo pudo en ti y tú en él.
Querías publicarlo, para que llegase tu testimonio a muchas vidas. No tuviste
la instrucción necesaria para escribirlo. Pero… ¡qué importa eso! Tuviste la
sabiduría de lo alto para vivirlo.
Yo quiero contar, Julia, cómo viviste en comunión permanente con tu Señor.
Deseo asegurar que fuiste una real bendición para los que te conocimos.
Allá en tu Bolivia natal, al morir tu “madrecita” (como tú la llamabas), cuando
tenías apenas cinco años, fuiste dada al cuidado de una tía amargada y
santulona, quien en vez de mandarte al colegio te utilizó para que la sirvieras a
ella y a sus hijos. Cuando siendo ya adolescente la injusticia y el maltrato te
afligieron hasta límites indecibles, huiste a campo traviesa en compañía de otra
joven oprimida como tú. Escaparon por montes salvajes hasta llegar a
Cochabamba. Tu Señor te cuidó en ese largo viaje a pie, entre las asechanzas
de animales salvajes, de indios. Pero llegaron sanas y salvas a la ciudad. Allí tu
Dios también te preservó del mal hasta que encontraste al que luego fuera tu
esposo y padre de tus hijos: don Genaro Guevara, un peruano bien nacido que,
a pesar de llevarte casi veinte años, se casó contigo, niña de quince años, para
hacer de padre y de marido a la vez. En Bolivia ambos conocieron el
evangelio; pero fue al emigrar a la Argentina, ya con tres niños, donde
consolidaron su fe. La Iglesia Bautista del Centro de Buenos Aires te contó
como miembro durante más de cuarenta años.
¡Que duros fueron esos años para ti, Julia! Pérdida del patrimonio, accidente y
enfermedad de tu marido, muerte de un hijo, enfermedad de los otros.
Finalmente, la viudez.
Quiero hacer un alto aquí para recordar lo que tantas veces te oí contar.
Cuando parecía que alrededor tuyo sólo tenías enfermedad, duro trabajo y
pobreza, se anunció la llegada de otro hijo.
Todo y todos hablaban de la “locura” de tenerlo… Todo indicaba que no
debías darlo a luz. Y tú ¿qué hiciste, Julia? Arrodillada ante tu cama, hablaste
durante varias horas con tu Señor. El sudor y las lágrimas te empaparon y
finalmente tu Señor te dijo al oído: “Julia, no deshagas el fruto de tu vientre.
Es un varón y te será de bendición”. Como enloquecida, saliste a contárselo a
tus vecinas de la casa de inquilinato de la calle Perú, donde vivías. Y se rieron
de ti. Pero tu Señor no te defraudó. Ese varón, que hoy es mi marido y el padre
de mis hijas, te fue de bendición a ti, Julia, y lo sigue siendo hoy para mí.
En los diez años que estuviste a mi lado, compartiéndolo todo, me ayudaste a
criar a mis hijas. Dejaste en nosotros una herencia tan grande de amor, de
servicio, de humildad cristiana que estoy segura perdurará siempre en medio
nuestro.
Le hablaste del evangelio al carnicero, al kerosenero, a los repartidores. Para ti
hablar de Cristo a la gente era tan natural como respirar. ¡Y que vida de
oración la tuya, Julia! ¡Siempre pidiendo para los demás!
Tu humildad y tu grandeza fueron tales que te fuiste como tú querías, “sin dar
ningún trabajo”. Cuando un agudo infarto te partió el corazón, te vestiste,
bajaste la escalera y recién cuando sobre ti tuviste el cielo tachonado de
estrellas, entregaste tu alma a tu Señor. Partiste como viviste, “de pie”, en los
brazos del hijo que no quisiste desechar.
¡Fuiste una real bendición, Julia pacificadora, Julia de amor!
D.D. DE G.
2. Jardines Sin Flores
Respuesta a una inquietante pregunta:
¿Malogra la felicidad del matrimonio
la falta de hijos?
VIOLETA K. DE CAMPDERRÓS
“—Soy la Rosa de Sarón, el lirio del valle.
—Sí, lirio entre espinas es mi amada en comparación con cualquier otra
joven.
—Mi amado es un manzano, el mejor del huerto en comparación con
cualquier otro joven. Me he sentado en su anhelada sombra y su fruto
es delicioso para comer. Me lleva a la sala del banquete y es evidente
para todos cuánto me ama”. (Cant. 2: 1-4. “La Biblia al Día”.)
Hace algunos años tuvimos en nuestro hogar, como huésped circunstancial, a
una señora que no conocíamos. Procedía de otra población y traía una tarjeta
de recomendación del pastor de su iglesia.
A las pocas horas de estar en casa, y mientras cenábamos, nos dijo:
—¡Qué hogar bonito tienen! En verdad es un jardín de amor, pero… ¡qué
lástima! ¡Sin flores (hijos)! Y luego añadió:
—Pero… ¡ni una!
Mi esposo, que siempre tenía muy buen humor, le contestó:
—Hermana, estoy muy contento de oírle decir que se encuentra en un jardín. Y
en verdad lo es. Pero eso de “ni una flor”… No es así, porque no me va a negar
que, por lo menos, hay una violeta.
Y soltó su risa, tan contagiosa, que también nosotras acompañamos.
Después de la conversación que siguió a esta escena, llegamos a la conclusión
de que, si bello es un jardín con flores, no lo es menos aquel jardín que, no
teniendo flores, tiene plantas, árboles de follaje perenne “cuya hoja no cae”
(Sal. 1: 3) y que es útil en toda época. En verano, bajo su sombra, se sienta y
descansa el cansado peregrino y aun los animales encuentran solaz. En
invierno, sirve de protección y de refugio contra los embates del viento y del
mal tiempo; los pajarillos tienen asegurados sus nidos entre sus ramas.
Apliquemos esto al hogar (el jardín) sin hijos (flores), cuando la pareja
encuentra su delicia en la Palabra de Dios y en ella medita ahondando así sus
raíces espirituales en ese gran manantial que brota del mismo corazón de Dios.
Sólo así podrán estar en su mejor forma física, emocional y espiritual; y no
serán pocos los que lleguen hasta ese hogar (jardín) buscando consuelo,
aliciente, estímulo, amor y esperanza en medio de los grandes embates de
vientos contrarios que los rodean en la vida.
He discutido este tema con muchas mujeres. Cada una ha presentado su punto
de vista y argumentos. Unas dicen que, si hubiera hijos en el hogar, serían más
felices, porque el esposo no sería tan exigente con ellas; o ellas mismas no lo
serían tanto con él, ya que se distraerían con las atenciones que los niños
requieren y no tendrían tiempo para fijarse en nimiedades. En una palabra, que
tener hijos ayuda a la felicidad del hogar. Otras dicen que, al no haber hijos,
los dos pueden salir a trabajar y, aunque están separados durante el día, no
teniendo la responsabilidad de criar hijos, pueden salir y disfrutar de hermosas
vacaciones y tienen tiempo para compartir, para cultivarse. En ambos
argumentos podría haber parte de razón. Pero Dios, al crear el matrimonio, lo
instituyó para felicidad de ambos esposos y puede hacerlo triunfar en paz y en
amor en ambas circunstancias.
Antiguamente se culpó a la mujer cuando no se tenían hijos. Actualmente se
sabe que un porcentaje grande de matrimonios no tienen hijos a causa de
problemas físicos del esposo o de ambos. Eso quita la carga de culpa que
durante siglos sólo ha llevado la mujer.
El objeto del matrimonio es la felicidad de ambos cónyuges. “No es bueno que
el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Gén. 2:18). El matrimonio
es el camino natural para la transmisión de la vida. Los hijos son la corona del
matrimonio y el medio ideal para formar una nueva generación feliz.
Cuando faltan los hijos, hay un sentido de frustración que puede ser canalizado
positivamente, como en el caso de William C. Morris, quien nunca tuvo hijos
propios, pero que volcó su amor paternal en miles de niños desamparados.
Vencer esa frustración, ese sentido de soledad y de amargura es fundamental
para lograr una personalidad equilibrada y para llegar a ser feliz. Para
alcanzarlo, hay pasos que deben seguirse:
1 — Reconocimiento del hecho de que el matrimonio permanecerá solo.
Enfrentamiento del problema con sinceridad.
2 — Aceptación.
3 — Actuación positiva y creativa.
Los matrimonios sin hijos disponen de más tiempo, que puede ser empleado de
muchas maneras positivas.
Cuando formamos nuestro hogar, las mujeres sin duda no lo hicimos tan sólo
por el hecho de estar casadas. Tampoco para sentirnos protegidas y sustentadas
por un hombre ni para tener hijos y cuidarlos para que cuando fuésemos
ancianas ellos nos devolviesen los cuidados dados, protegiéndonos y velando
por nuestras necesidades. Si fuese así, ¡qué egoístas seríamos y cuántos
fracasos y frustraciones sufriríamos! Claro está que todas estas cosas son
legítimas y buenas, pero son efectos de la verdadera causa que es el amor.
Formamos el hogar por amor y dispusimos hacerlo feliz aun a costa de
sacrificarnos en algo, para que realmente fuera un trozo de cielo aquí en la
tierra. Por lo tanto, la felicidad del hogar no depende de que haya o no hijos,
sino de que esté formado por dos vidas que se aman y que se entregan el uno al
otro, buscando cada uno el bien, no suyo, sino del compañero, gozando así de
comunión, comunicación —diálogo, adaptación e identificación. Y si ambos se
entregan al Señor, es aún más feliz, pues como dice la Palabra: “cordón de tres
dobleces no se rompe pronto” (Ecl. 4:12).
Nuestra propia experiencia
Al no gozar del privilegio de tener entre los brazos el fruto de nuestro amor,
¿pudo acaso ser eso motivo para vivir triste, abatida y sin deseos de superar esa
situación? ¿Logró esa falta frustrar el amor hacia el esposo o hacia el Señor,
porque no nos concedió un hijo? ¿Estriba en los hijos el amor hacia ellos? ¿No
es acaso el esposo antes que los hijos?
Recuerdo una ocasión, hace bastantes años y en los comienzos de nuestra vida
matrimonial, que arreglando el ropero encontré una caja donde tenía guardadas
una ropitas de bebé que había hecho antes de casarme con unos trozos de
batista que me habían quedado del ajuar de novia. Al ver esa ropita, me puse
triste y pensativa.
—¡Qué lástima!—me decía— No tener un bebé para que la use.
Mientras estaba revisando con cuidado esa ropita, para no desplancharla, llegó
mi esposo y al notarme algo pensativa, me preguntó:
—¿Qué te pasa, querida?
Le dije parte de lo que me pasaba y enseguida él me contestó:
—¡Pero si me tienes a mí…! ¿No estás contenta por ello? Estás tan ocupada:
me haces la comida, me preparas la ropa. Y… si es por travesuras, ¡también
puedo hacerte algunas! La única lástima es que no puedo usar esa ropita tan
bonita…
Pronto nos reímos juntos y guardé de nuevo la caja, aguardando el día, si el
Señor lo disponía, cuando nuestro bebé usase esa ropita, pero sin poner el
corazón en ello como condición indispensable y recordando aquel: “¡Pero si
me tienes a mí…!”.
Pasaron los años, y en un diálogo que tuvimos, coincidimos diciendo:
—¡Qué lindo sería tener un niño, poderlo llevar con nosotros a hacer visitas,
que nos acompañara en casa!
Los dos aseguramos esto, pues los niños nos gustaban mucho, como lo saben
los que conocieron a mi esposo. Comenzamos a pensar en la posibilidad de
adoptar un niño. Pero luego nos decíamos:
—¿Y si el Señor tuviera otro plan, otro propósito para nuestras vidas en el
ministerio pastoral que estamos desarrollando?
Con esta inquietud comenzamos a orar para que el Señor inclinara nuestro
corazón a lo que fuera su voluntad.
Vivíamos en la ciudad de Juárez, en la provincia de Buenos Aires. Mi esposo
era pastor allí. Un día decidimos viajar a la Capital Federal para pedir consejo
al Dr. Carlos de la Torre, pastor y gran hombre de Dios a quien amábamos y
admirábamos desde su juventud. Compartió con nosotros varias reflexiones y,
si bien no descartaba la posibilidad de que adoptásemos un niño si era tanto lo
que nos empeñábamos, recuerdo que en esas reflexiones nos presentó el pro y
el contra para decirnos al final:
—¿Ustedes son felices así como están?
Los dos contestamos a una:
—¡Sí! ¡Muy felices!
Entonces nos llevó a otra reflexión:
—¿No podría suceder que, al adoptar un niño y al no estar suficientemente
preparados para ello, viesen limitada su actividad en el servicio al Señor? —
agregando luego—: Para llevar a cabo la adopción habría que saber (cosa que
a veces no se hace) el origen del bebé, la salud física y moral de los padres y
abuelos, factores éstos importantes que intervienen para no tener que sufrir
luego consecuencias que muchas veces no se está preparado para afrontar. Por
ejemplo: retraso mental, deformación física por exceso de bebidas alcohólicas
o enfermedades hereditarias. Si bien tales inconvenientes pueden ser
atendidos, son tratamientos largos para llegar a obtener, algunas veces con
éxito, la salud. Pero el tiempo, el dolor y el costo ocuparían quizás el tiempo y
las fuerzas que el Señor necesita de parte de ustedes. Aun cuando todo
estuviera bien, probablemente se impondrían una tarea que para ustedes, que
tienen un ministerio en la obra del Señor, les resultaría una preocupación no
enviada justamente por el Señor, a menos que así lo sintieran.
Recuerdo que él mismo nos guió en oración, encomendándonos al
Todopoderoso, para que, según fuera su voluntad, aumentara en nosotros tal
deseo de adopción o, en su lugar, llenara con su paz y conformidad ese vacío.
Así seguimos orando también nosotros, buscando la voluntad del Señor. Sin
darnos cuenta, ambos sentimos gran necesidad de ensanchar el sitio de trabajo
ministerial. “Ensancha el sitio de tu tienda, y las cortinas de tus habitaciones
sean extendidas; no seas escasa; alarga tus cuerdas” (Isa. 54: 2). Fuimos
realmente partícipes de la voluntad del Señor en varios aspectos en la obra,
abriendo con verdadera bendición anexos en otros pueblos y ciudades de
alrededor. El Señor no nos dio el gozo de tener un hijo fruto de nuestro amor,
pero sí la felicidad de tener muchos “hijos espirituales”, frutos del amor y de la
consagración de los dos a nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo. El Señor
nos dio más, pues en varias ocasiones y a veces por semanas, nos concedió
tener a una sobrinita a quien llevábamos con nosotros a todas partes en la obra
misionera que realizábamos. En algunas oportunidades, vinieron también con
ella sus hermanitas y tuvimos así el gozo y el privilegio de compartir y
transmitir nuestra felicidad a esas hermosas pequeñas a quienes tanto
amábamos.
A quienes tengan un hogar como un jardín sin flores y que por ese motivo se
hallen tristes porque están pasando los años, o porque ya han pasado y han
perdido la esperanza de ser madres o padres, les sugiero que dialoguen con el
Señor. Preséntenle el deseo de compartir con un hijo la vida del hogar. Pídanle
a él que les muestre su voluntad y, si en vez de enviarles un hijo, a los dos les
hace sentir el deseo de adoptar un niñito, él también les preparará el camino y
abrirá la puerta para ello, haciéndoles sentirse felices al estar dentro del plan
divino. También suplirá él todo lo que les falta, no sólo en lo material sino
asimismo en sabiduría y en gracia para encaminar esa vida a los pies de Cristo
Jesús.
Si en lugar de acontecer esto último, ya porque tengan dudas o porque uno de
los dos, por distintas razones, no lo siente, pídanle al Señor que les incentive, y
vuelquen ese deseo y amor que tienen por un niño hacia un servicio a algún
necesitado. Estarán ocupando así sus dones en bien de algunas almas
necesitadas de conocer el amor de Dios.
Otras experiencias
Consulto el archivo de mi memoria y recuerdo a un matrimonio, miembros
ambos de nuestra iglesia. Formaban un hogar hermoso. Llevaban diez años de
casados y no tenían hijos. Los deseaban mucho y le pedían al Señor que les
concediera aunque fuera uno. Efectivamente, Dios les dio una niña que era un
encanto. A los diez meses ya caminaba y era la joyita de la familia y de la
iglesia. Se estaba criando sanita y demostraba ser inteligente; cuando mi
esposo le cantaba algunos coros haciendo los correspondientes ademanes, ella
los aprendía y cuando nos veía, enseguida sus manitos hacían ademanes,
pidiendo que cantásemos. Era muy simpática. Una madrugada fuimos
sorprendidos por una llamada telefónica. En ese hogar requerían urgentemente
nuestra presencia pues la niña, que ya había cumplido dos años, se estaba
muriendo. ¡Qué sorpresa! ¡Cómo eran los caminos, los planes de Dios! En
medio de esa tristeza, cabía la pregunta:
“¿Por qué o para qué, Señor, diste esta flor tan bella para hermosear ese
jardín, si ahora, tan rápidamente, la cortas y te la llevas?”
Pedimos al Señor que nos diera palabras de consuelo y de aliento para esos
padres en semejante aflicción, como así también la palabra oportuna para
familiares y amigos no creyentes. Llegamos a la casa y, efectivamente, la
niñita agonizaba. Junto a ella estaban sus padres y el médico de cabecera,
haciendo un intento desesperado por salvarle la vida. Ese ángel voló al cielo.
Su madre se abrazó a ella llorando, sumida en gran dolor y aflicción, pero sin
desesperarse oró diciendo:
“Perdona, mi Dios y Señor, mis lágrimas y mi gran pena, pero no puedo
decirte más que «Gracias…, gracias, mi Dios, por esta vida que nos prestaste
por dos años». Supimos lo que era amar. Ahora está junto a ti, un angelito
más; pero el perfume de esta vida nos ha quedado y quedará. Ayúdanos a
sobreponernos y que este recuerdo perfume nuestras vidas y las de
muchísimos más… Amén”.
¡Quedamos tan impresionados! No teníamos palabras. El Señor hablaba y
consolaba. Pasaron algunos meses y puedo decirles que, si bien ese
matrimonio era feliz antes de ese acontecimiento, lo fueron mucho más
después, porque como esposos se identificaron de tal manera que ni uno ni otro
ejecutaban algo en que los dos no estuvieran de acuerdo, ni tomaban iniciativa
alguna sin haber orado y hasta que ambos sintiesen lo mismo. En este sentir,
los dos decidieron trabajar como laicos con más amor y denuedo en un anexo
que tenía la iglesia. Realmente fueron instrumentos de gran valor en las manos
del Señor y muy pronto se vieron resultados y preciosos frutos de esa entrega
más profunda del uno al otro y de los dos dependiendo del Señor y de su
voluntad. Visitaban hogares enlutados, poniendo en práctica lo que el apóstol
Pablo dice en 2 Cor. 1: 4:
“El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que
podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier
tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos
consolados por Dios”.
Algunos de los hogares visitados por estos hermanos fueron abiertos para tener
allí “horas felices” (clases para niños del barrio), reuniéndose gran cantidad de
chicos; luego, en esos mismos hogares, se realizaron reuniones por las tardes.
Además de ese ministerio, la esposa ayudaba a una anciana. También le leía la
Biblia, le hacía mandados, etc. De vez en cuando, iba también a la Sala de
Primeros Auxilios del barrio y allí siempre encontraba oportunidad de servir al
Señor, ayudando a necesitados física y moralmente. No tenían tiempo estos
padres de mirar y lamentar el asiento dejado vacío por su hijita.
En una de mis frecuentes visitas a hospitales y clínicas encontré un día a una
señora completamente deprimida y desanimada, aunque su enfermedad no era
grave. Era joven, de unos cuarenta años. Me senté a su lado, pues me pareció
que tenía muchos deseos de hablar conmigo. En oportunidades anteriores,
había visto que yo me sentaba junto a otros enfermos, pero a ella sólo la había
saludado. Estaba perturbada, sin ganas de seguir viviendo. ¿Cuál era la causa?
Hacía veintiún años que estaba casada, en su matrimonio no había hijos y ya
no tenían esperanzas. Después de escucharla largo rato relatándome parte de su
vida, en un momento de desesperación me dijo:
“¡Qué desgracia tenemos, señora! ¡Tanto que hemos deseado y esperado un
hijo para que cuando lleguemos a la vejez, él vele por nosotros y nos cuide!
Ahora, ¿qué esperanza tenemos? ¿Qué nos espera en los últimos años de
nuestra vida? Tengo miedo a la vida y a la muerte. A la vida, porque después
de tantos años de matrimonio, hasta me parece que nuestro amor se opaca por
la falta de ese hijo que hemos deseado”.
La seguí escuchando con tristeza mientras oraba en mi corazón. Traté de
levantarle el ánimo para que se sobrepusiera a ese estado. Le hablé también del
gran amor de Dios. Le aseguré que él y sólo él puede llenar toda necesidad si
acudimos a él para aceptar el amor que nos da por medio de Cristo Jesús, y que
al poner a Dios en el primer lugar, todo lo demás ocupará el sitio que le
corresponde. Oré con ella y por ella, encomendándola al cuidado del Señor,
pidiendo que le diera un incentivo en la vida y que le fuera quitado el temor.
Seguí orando por ella durante mucho tiempo, dejando el resultado al Señor. A
la vez, pensaba en cuántas mujeres podrían hallarse en ese mismo trance.
Quienes estén en situaciones parecidas, con temor al futuro y a la vejez,
recuerden las palabras de Jesús:
“Fíjate en los pájaros, que no siembran ni cosechan ni andan guardando
comida, y tu Padre celestial los alimenta. ¡Para él tú vales más que
cualquier ave!” (Mat. 6:26, “La Biblia al Día”).
No permitan que el miedo invada sus corazones, porque éste inhibe y no deja
pensar claramente para buscar una salida a esa situación. Bien se ha dicho que
“la acción es el antídoto más efectivo contra el miedo”. Por lo tanto, lo primero
sería hablar a Dios de ese miedo, en un diálogo personal. Es verdad que él lo
sabe, pero como buen Padre le agrada que nosotros vayamos a él con nuestras
inquietudes y aflicciones. El solo hecho de confesarle esta situación nos ayuda
a descargar el corazón. Luego, como segundo paso, pónganse en acción
recordando que alguien los necesita.
Comprendan que su hogar (jardín) con o sin hijos (flores), puede y debe ser un
trozo de cielo, un vergel lleno de felicidad, porque hay dos vidas que se han
entregado por amor el uno al otro y los dos a Cristo. Donde él está reina la
verdadera felicidad, pues su presencia, que es luz, ahuyenta la oscuridad de la
duda, del temor, de la depresión y en su lugar pone amor, fe, optimismo,
actividad. Como pareja, contagien su felicidad y optimismo, aceptando lo que
Dios permita en y para sus vidas, cumpliendo el ministerio que él ponga en su
camino.
3. ¡Otra Vez Solos!
Cuando los hijos se casan
o se van del hogar
por razones de trabajo o de estudio.
EDDA G. DE VON LEERS
Alguien dijo, un poco en serio, un poco en broma, que la historia de un
matrimonio podría sintetizarse así: departamento chico, departamento grande,
casa chica, casa grande, casa chica, departamento grande, departamento chico.
Humorismo y dificultades habitacionales aparte, es muy cierto que el
matrimonio, que comenzó en la “dulce soledad de dos personas”, tratando de
adecuar mutuamente sus personalidades y adaptando sus caracteres para la
vida en común, se ve arrastrado con el paso de los años a una vorágine, donde
la presencia de los hijos presta animación y compañía, amén de los
correspondientes sobresaltos y problemas. Se suceden así años vertiginosos,
donde la soledad es casi una utopía, conseguida sólo tras dos vueltas de llave e
interrumpida por reclamos y golpes en las puertas.
El matrimonio, convertido en padre y madre, a veces sin haber logrado la
compenetración de marido y mujer, se ve asediado por reclamos perentorios,
que van desde una mamadera preparada a la madrugada entre bostezos y mal
disimulados rezongos, a la tarea desoladora de resolver los problemas de
quinto o de sexto grado, amén de la preparación de una dieta equilibrada o la
elaboración de un presupuesto “milagroso”. Cuando el matrimonio no ha
logrado la unidad adecuada, se aboca automáticamente a la tarea que cree le
corresponde, generalmente solucionando el padre los problemas externos y la
madre los internos del hogar.
Los años pasan veloces e inadvertidos y la misma mujer madre, que alguna
noche de crudo invierno pensó que nunca iba a dormir nuevamente de un tirón,
o que jamás terminaría de alargar ruedos o de remendar pantalones, o el mismo
hombre padre que se levantó muchas veces dolorido por hacer el caballito, o
que corrió apresurado a la farmacia a buscar un remedio, ambos encuentran
que sus hijos han crecido y, como consecuencia lógica de la vida, se han
alejado del hogar por múltiples razones. Algunos, como en nuestro caso, para
estudiar en una ciudad lejana; otros, para formar su propio hogar.
Y aquí comienzan a suceder muchas cosas que, créase o no, tuvieron su origen
en el comienzo mismo de la vida matrimonial.
Solos en compañía
Para un matrimonio que desde su comienzo aprendió el maravilloso arte de la
comunicación, a compartir y a desmenuzar ideas, a disfrutar del compañerismo
del otro, a ser sincero y honesto, sin simulaciones para salvar situaciones, el
retomar la vida en común, solos, es como reanudar una frase después de un
bello paréntesis. Aquí se aplica el principio de Eclesiastés: “Echa tu pan sobre
las aguas, porque después de muchos días lo hallarás”.
Si desde el principio el hogar fue robusto, si el matrimonio fue, por sobre todo,
unido por Dios, la soledad no constituirá un pozo de frustración o de silencio,
de desayunos “detrás del diario” o de un diálogo monosilábico de dos extraños
que comparten el mismo techo, sino que será el retomar de un ritmo más
sereno, donde el tiempo se ocupará en hacer esas cosas que por tantos anos
fueron postergadas y que de pronto se pueden realizar.
Cada época de la vida tiene su belleza y la verdadera sabiduría consiste en
vivirla como un regalo de Dios. El equilibrio se consigue a través de los años y
comienza en el instante mismo en que el joven matrimonio cruzó el umbral de
su “departamento chico”, dispuesto a conquistar la felicidad. Pero es necesario
un ingrediente para que la felicidad perdure. Es la soledad dichosa de tres. El
esposo, la esposa, y Jesús, la roca sobre la que se coloca la base del hogar.
¡Cuántas veces se olvida esto!
Cuando Jesús es el centro del hogar, nunca nadie podrá sentirse solo. El será el
lazo invisible que una a los padres con los hijos ausentes, el que acompañe y el
que logre hacer utilizar el tiempo libre para brindarse hacia afuera, hacia los
demás.
¿Dónde se ha visto a un cristiano lleno de Cristo que se sienta solo? Todos
tenemos una soledad básica que nadie, ni los seres más queridos pueden llenar;
es una soledad permitida y dispuesta por el mismo Dios. Es el lugar santísimo
de cada uno, donde sólo el Señor puede llegar. Si ese lugar está lleno con su
presencia, nunca, bajo ninguna circunstancia, nadie volverá a sentirse solo.
Podrán estar, en el caso de matrimonios con hijos grandes, solos ocasional o
permanentemente, pero nunca angustiados. Por eso mismo, no levantarán
muros de autocompasión, sino que se brindarán, a través de una comunicación
sencilla, al mundo exterior.
“Señor, ¿qué quieres que haga hoy?” será el saludo al despertar cada día. Así
iniciado, el día se transformará en una oportunidad maravillosa de servir con
todo el tiempo libre que queda al estar solos. No importa lo limitado que se
esté, por razones de salud, edad, factores económicos o por diversas
circunstancias. La soledad estará llena, conforme con el principio que el
mismo Jesús enseñara en su Palabra: “Dad y se os dará”
Una etapa que también tiene sus encantos
El hogar cristiano puede haber cambiado en su forma a través de los años, pero
nunca en su fondo. Si la viva presencia de Cristo estuvo siempre en él y no ha
habido alteraciones básicas, no hay razón para sentirse solos; si se ha logrado
un hogar estable, donde la comunicación está firmemente establecida, donde la
persona de cada uno de los componentes, padres e hijos, ha sido respetada en
su individualidad; si las relaciones se han mantenido en un clima de armonía y
de respeto, sin imposiciones o presiones sobre los hijos; si el desprendimiento
de éstos ha sido hecho en forma natural y lógica, sin una protección o dominio
que se proyecta aún estando ya ellos formando otras parejas, entonces no hay
razón para que la relación se desequilibre, dando paso a la soledad o al
resentimiento. Todo se hará en forma natural, cumpliendo etapas, creciendo en
la vida y disfrutando del momento presente, que también tiene su encanto.
Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en
abundancia”. Nunca dijo Jesús que esa vida terminaría cuando los hijos se
fuesen del hogar. Por otra parte, en un hogar donde existe la vida, los hijos
nunca se van. Vuelven siempre, multiplicados en sus hijos, en busca de todo
aquello que sólo los padres pueden dar.
El matrimonio, bien preparado, puede encarar esta nueva etapa en la vida no
considerándose despojado de su razón de ser, sino emprendiendo nuevas
conquistas hacia el mundo exterior, donde las almas urgentemente necesitan
ayuda.
Que la exclamación “¡Otra vez solos!” no traduzca un lamento ni una
frustración, sino que sea una satisfacción frente a una labor cumplida y que
haya disposición para enriquecerse, de ahora en más, con las oportunidades
que dé la vida.
4. Jubilarse: ¿Para Qué?
Cómo enfrentar una etapa
llena de atractivas posibilidades.
JUSTA F. DE VÁZQUEZ
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su
hora” (Ecl. 3: 1).
Llegar a cumplir los tiempos, concretar los trámites para jubilarse y dar
comienzo así a una etapa llena de atractivas posibilidades tendría que ser el
anhelo de quien dedicó muchos de los años de su vida al trabajo.
Es una etapa nueva, carga de interrogantes, a la que debería arribarse provisto
de las personales y adecuadas respuestas. Sin embargo, en muchos casos sus
protagonistas no están dispuestos a admitir ni a afrontar la jubilación, pues
sentimientos amargos y pensamientos adversos los llevan a conclusiones
negativas que les llenan de angustias. Debemos admitir que ese momento
puede constituirse en un período colmado de realizaciones o convertirse en un
oscuro panorama sin nada que ofrecer. Puede ser el inicio de una muy especial
manera de afrontar y de aprovechar todo el “nuevo tiempo” o la resignación a
vivir una rutina demoledora que encasille sin remedio nuestro pensar y
accionar.
Se podrá tomar conciencia de una libertad no exenta de obligaciones, pero sin
las responsabilidades de un deber que hay que cumplir; o ignorar y ser
esclavos de lo cotidiano, sin ningún atractivo ni aliciente. Puede crearse un
mundo nuevo, donde tenga cabida el dar, el compartir, el participar sin la
fantasía del joven que sueña con las grandes cosas, pero con la sensatez que
ejerce el que mucho anduvo, u optar por un resignado vegetar.
Se evaluará todo lo que se realizó, disfrutando la satisfacción que ello produce
y considerando lo mucho que se podrá hacer en relación a conocimientos,
estado de salud y nivel económico, o estancarse. Sin duda el libre albedrío de
cada uno llevará a distinguir cuál será su correcta elección.
Enfrentando la nueva situación
“Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te
desamparará; no temas ni te intimides” (Deut. 31: 8).
La nueva etapa traerá su caudal de dudas, de falsas expectativas, añoranzas y
una gran cuota de incertidumbre.
Es bastante probable que al jubilarnos captemos cierto menosprecio, porque
ante los demás nuestra imagen se deteriora por el hecho de no pertenecer ya
por ejemplo, a una importante empresa o a una renombrada fábrica o taller; por
no ser más gerente, jefe o capataz, docente u obrera calificada, por no realizar
tareas que siempre nos distinguieron. Tal vez, por idénticas razones, creamos
percibir que ya no se nos tiene la consideración que merecíamos hasta el
momento en que nos jubilamos. Será necesario aprender a llevar con dignidad
y con seguridad el papel de jubilado. Al asumirlo, seamos capaces de entender
que lo que ahora somos no terminará porque tengamos que abandonar algo. El
bagaje acumulado sale con nosotros de una vida activa y, si lo invertimos,
constituirá un capital que nos respaldará.
Alguna nueva expectativa tal vez podría ser el tomar otro empleo, aun sin la
necesidad de ganar dinero, pero que tendrá ocupadas nuestras futuras horas
libres. O, por el mismo motivo, el aprendizaje de algo que nos gusta o la
práctica de un hobby que iniciamos alguna vez y que dejamos por razones de
trabajo.
El no saber qué hacer o qué elección realizar aumentará nuestra incertidumbre.
En medio de todo este razonar y de buscar lo que deseamos o pretendemos,
admitamos que, ahora que tenemos tiempo, podremos dar para también recibir,
participar para disfrutar. Nuestra mejor elección será buscar inspiración, ayuda
y poder en nuestro Dios y Señor. El irá delante de nosotros y nos guiará con
sabiduría a ejercitar nuestra voluntad, dándonos fuerzas para que nuestra vida
útil se proyecte hacia una verdadera vocación y encuentre su auténtico norte.
Dios, en su amor, nos dará la necesaria y clara comprensión para que a tiempo
nos preparemos, pues ésa será la manera de afrontar la nueva vida, llena de
interrogantes que inquietan, pero que de este modo puede constituirse en una
feliz continuidad de cosas aprendidas y comenzadas a practicar desde mucho
antes.
Hay que prepararse
“Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y
el Dios de paz estará con vosotros” (Fil. 4: 9).
Únicamente bajo una perspectiva cristiana se puede lograr entender que la
participación en una vida activa a la que podemos aspirar es el haber
comprendido el mensaje del evangelio, que se constituye en una fuente de
sabiduría y de dirección para la aplicación de sus enseñanzas. Nuestra
experiencia personal con Cristo es el hecho más trascendente de nuestra vida y
el que en forma ineludible abre nuestro corazón y nuestra mente para dar paso
al comienzo de un ejercicio inspirado de todas las posibilidades que ofrece la
vida cristiana compartida.
Más allá de las circunstancias que nos rodean, ya sean felices o adversas,
brillantes u opacas, de abundancia o de escasez, hay un sentimiento que en
mayor o en menor grado estará presente: incertidumbre que provoca el no
saber a ciencia cierta qué vamos a enfrentar o a hacer. Pero aún así no podrá,
por fuerte que sea, anular nuestra voluntad de obedecer a la Palabra de Dios,
nuestra vocación de servicio reflejada en una fiel, edificante y ayudadora vida
congregacional. Bajo esta experiencia, existe la mejor y la más segura
posibilidad de eludir las angustias que produce el enfrentarnos a una inédita
circunstancia personal.
El Señor permitió que esto hiciera y viviera cuando dejé que él guiara mi vida.
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas
obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en
ellas” (Ef. 2:10).
Pude observar que cristianos fieles, una vez jubilados, vieron limitada su
participación en la vida congregacional por no haber tenido en cuenta, a
tiempo, una participación más activa en su iglesia. Esa falta de participación
los privó de descubrir sus dones, de ejercitarlos, de forma tal que su actividad
se constituyera en una racional continuidad en su vida congregacional.
Al conocer al Señor y llegar a formar parte de una congregación, vislumbré,
leyendo la Palabra de Dios, que valía mucho estudiarla y aplicarla, pues ella
educaba, pulía y clarificaba. Comprendí que el camino era largo y difícil, pero
constituía un verdadero desafío y valía la pena comenzar a transitarlo. En un
principio comprendí que la vida de servicio no constituía pretender orar como
el que lo hacía mejor, ni predicar como un pastor o ser el director del más
importante departamento de la iglesia. Sí comencé a tener el deseo de hacer
algo y ello constituyó la revelación de grandes y gratificantes alegrías y
satisfacciones.
¿Cómo se inició? De la forma más sencilla. Habiendo comenzado la temporada
de verano, el Jardín de Infantes de nuestra iglesia cesó sus actividades. En
aquel entonces, la directora del Jardín solicitó voluntarios para recomponer las
instalaciones y mobiliario. Una de las tantas tareas consistía en pintar las
mesitas y las sillitas usadas por los niños. Para poder hacerlo, utilicé los días
correspondientes a mi licencia anual, ya que por trabajar bajo dependencia no
disponía de horas libres para colaborar. Este hecho, tal vez poco trascendente
dentro de toda la tarea de la vida de la iglesia, resultó el inicio de querer
participar en todo lo que fuera capaz de hacer, pero siempre con el preocupante
pensamiento: “Tengo poco tiempo” o “¿Cuándo tendré más tiempo?” Esta era
mi realidad, pues ocupando de nueve a diez horas diarias en tareas seculares,
poco me quedaba para dedicar a la obra del Señor.
El descubrimiento de que cada paso que avanzaba en el ejercicio de la Palabra
requería más dedicación fue una ventana abierta al pensamiento que, con el
correr de no muchos años, daría solución a tal problema. Ella vendría con el
retiro de mis actividades en la empresa donde prestaba servicios. El Señor
mostraría cómo eso debía ocurrir. La transformación de la vieja a la nueva vida
puso de manifiesto un cambio de actitudes en mi existencia, pero, por sobre
todas las cosas, me dio el firme propósito de elaborar un plan para mi vida
futura. El término “clase pasiva” perdió toda significación, pues mi mente y
corazón preveían actividad plena. Espiritual y mentalmente admití que, al
pasar los años, esa actividad sería lo mejor que el Señor me permitiría lograr.
Pero para esa plena actividad había que prepararse; la preparación era
prioridad uno. Que debía aprender para poder enseñar fue lo que
indudablemente el Señor me mostró muy claramente, a través del
descubrimiento de dones y señalándome los verdaderos y claros caminos que
debía seguir. Y así comenzaron las clases nocturnas en el Seminario. En ellas,
a pesar de mis limitaciones y de la falta de tiempo, aprendí a estudiar la Biblia.
Por sobre todo, tenía el deseo de compartirla cuando eso fuera posible y
cuando el Señor marcara el tiempo. Y ese tiempo llegó. Aceptar ante el Señor
la responsabilidad de enseñar su Palabra fue una experiencia muy fuerte para
mí, ya que no era educadora. Llegar a realizarlo significó algo maravilloso.
Mientras tanto, el almanaque seguía dejando caer sus hojas. Y así mi vida
congregacional se pobló de hermosas actividades, guiadas todas por el Señor
que, dando claridad a mis ideas, más profundidad a mi comprensión por cada
persona que conocía, incentivando mi vocación de servicio, disfrutando del
compartir alegrías, consolada y consolando tristezas, me llevó al momento de
tener que asumir responsabilidades dentro de la vida de mi iglesia.
Otro paso, en el mismo andar, fue el conectarme a través de la correspondencia
con los misioneros, saber de ellos, de sus familias, amarlos y admirarlos por
sus vidas consagradas, llenas de renunciamientos, por su testimonio de
fidelidad que me llenó de asombro y me fue de ejemplo. Poner al servicio de la
obra del Señor conocimientos y habilidades de mi tarea secular fue para mí una
verdadera bendición que jamás hubiera podido pensar.
Cuando llega la esperada jubilación
Y llegó la mañana cuando con gran alegría, con paz espiritual y con la
seguridad de que el Señor había marcado el tiempo oportuno, cumplí con las
exigencias de las leyes vigentes: concurrí a las oficinas del Correo Central para
despachar mi telegrama de cesación de servicios. Lo hice sin la angustia de
cortar una dependencia de tantos años para convertirme en jubilada. Sin
calcular todo lo que dejaba: jerarquía, tareas, jefes, deferencias, puertas
abiertas, una vida de relación, etc. Sin que nada perdiera su valor y
significación, pero sí su vigencia. Sin pensar en sustituir una situación por otra
ni un cargo por un liderazgo, sino cerrando realmente un libro que honra y que
gratifica, para seguir escribiendo en otro páginas llenas de vivencias cristianas
en las que el Señor es Señor de señores.
Sé que en mi vida futura no tendrá cabida la rutina que entristece y que agobia.
No tendré incertidumbre porque sé lo que tengo que hacer de ahora en más,
pues mi relación de dependencia es con el Señor. Tengo la seguridad de que mi
permanente presencia en medio de mi familia será grata y dará testimonio de
vida cristiana.
Sí, sé que extrañaré a quienes compartieron una larga convivencia laboral que
cubrió etapas y edades entre logros y fracasos.
Los resultados que ya se disfrutan
“No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios” (Luc. 4: 4).
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas
cosas os serán añadidas” (Mat. 6:33).
Llegaron los días de descanso, de ordenar, de cambiar, de viajar. Terminó la
tiranía del reloj. El cumplimiento del deber, la disciplina, los horarios, la toma
de decisiones, las preocupaciones por bienes y personas, todo quedó atrás. Y
arribó la época de la comprobación íntima y personal de todo lo pensado,
preparado y deseado para este presente al cual el Señor me había permitido
arribar. ¿Dará resultado la preparación obtenida o seré también presa del
“estrés” jubilatorio? Ya transcurrió más de un año. Los duendes del “estrés”, la
incertidumbre de no saber qué hacer, la tristeza por lo que dejé, la nostalgia
por lo que fui, el extrañar el mundo que me rodeaba no han encontrado lugar
donde ubicarse en mi pensamiento y en mi espíritu. La auténtica alegría dada
por la satisfacción de haber llegado, las horas dedicadas al hogar, las
responsabilidades, tareas y participación en la vida de la iglesia, el gratificante
afecto de los hermanos, las vivencias alegres y tristes no dejaron lugar vacío
para la instalación de nada más.
El Señor me dirigió, inspiró, sostuvo, alentó. Al bendecirme, cumplió
proveyendo todo lo necesario. Suyo es el mérito. La experiencia cristiana
superó en realización la aspiración de estar preparada para una vida sin
exigencias de tiempo que me permitirá disfrutar en hechos lo que la Biblia
dice. Lo que ya hice será mi respaldo. El hacer de ahora será levantar la
cosecha. Llegó el tiempo de las ganancias espirituales, las del “ciudadano del
cielo”, que nunca se jubila.
5. Los Abuelos
Una verdadera bendición
para la familia y para
la comunidad.
AGUSTINA V. DE CANCLINI
—¡Nos hemos quedado solos! —sollozó doña Luisa al volver del templo
después de la ceremonia de matrimonio del último de sus hijos.
Han pasado cuatro años y la “soledad” la comparten con siete nietos. El mayor,
un adolescente de quince años, y la menor, una nena de dieciséis meses. Entre
los otros, hay para todos los gustos: juiciosos, estudiosos, traviesos, que se
pelean entre ellos, que se quitan las cosas y uno grande que siempre quiere
mandar. Visitan mucho a los abuelos. Veamos una semana típica.
Lunes
—Habló tu nuera. Dijo que va a traer la nena porque ella tiene que acompañar
a la madre a lo del dentista.
—Espero que no me dé demasiado trabajo. Tengo que arreglar un vestido para
Carolina.
—¡Otro vestido! Te pasas la vida cosiendo para esa chica.
—Era de la hermana; se lo hice hace dos años. Tengo que modificarlo un
poco para que no parezca el mismo.
Por la tarde vinieron la nuera y la hija. Estuvieron un rato. Una se fue con la
nena y la otra con el vestido arreglado. Fue la nuera quien exclamó:
—¡Gracias, abuela! Yo no sé qué haríamos sin tu ayuda.
Martes
Se presentó el nieto mayor, el que tiene quince años.
—Abuelo, vengo a practicar ajedrez. En el colegio van a realizar un concurso
y yo me quiero presentar.
Practicaron dos horas. En los intervalos hablaron de muchas cosas. El abuelo
no rezongó; no dijo que la juventud de hoy no es como la de antes. Lo escuchó
y llegó a una conclusión:
—Este chico sabe más que yo. Lee revistas, libros, escucha radio, mira
televisión. Está al día aun en materia de ciencia. Habla de cosas que yo a su
edad ignoraba completamente; nosotros ni las soñábamos. A mí me encanta
escuchar a Javier. ¡Aprendo tanto! ¡Qué bendición es ser abuelo!
Miércoles
Llegó Lucas, que está en el colegio secundario.
—Tengo que hacer una composición y “no me sale”. Es sobre el presidente
Roca. ¿Me la podrías hacer?
—No… ¿Cómo te voy a hacer tu trabajo? Estaría mal que yo te la hiciera.
“Por otra parte”, pensó el abuelo, “a mí tampoco me saldría bien”.
—¿Por qué no le pides ayuda a tu papá?
—El dice que ni se acuerda quién era Roca y que no tiene tiempo.
—Yo soy más viejo que él… (Y para su interior dice: “Yo tampoco me
acuerdo, pero por algo le habrán levantado una estatua”.)
—Bueno, piensa un poco; voy a volver mañana. La última que hicimos juntos
fue la mejor de la división. ¡Estaba fenomenal!
El abuelo no había sido muy fuerte en historia. Pero como ése era el tema del
día, compró una revista y allí encontró toda la ciencia.
El problema estuvo en la redacción; cada día se le complicaba más. Sólo se
acordaba que el artículo se coloca antes del sustantivo; con la gramática
moderna hasta eso pueden haber cambiado. La redactaron “a la antigua” y
abuelo y nieto quedaron muy conformes. También lo estuvo la profesora de
historia.
Intervino la abuela:
—¿Lucas no te pidió nada? Te quiere pedir algo y no se anima.
—Pobre, ¡qué tímido! A pedir siempre se anima. El abuelo se enteró de que la
división haría una excursión a un lugar histórico. La Cooperadora pagaría los
gastos…
—Y entonces, ¿qué más necesitas?
—Y… todos los muchachos llevan unos pesos para gaseosas, para pastillas y
yo estoy a cero.
El abuelo no dijo nada, pero a escondidas le puso unos pesos en el bolsillo.
—¡Pobre chico! Él no tiene la culpa si la hermanita estuvo enferma y los
padres andan escasos de fondos. Para algo tienen que servir los abuelos.
Jueves
—Vengo a regar el jardín —dijo Alejandro, entrando como una tromba.
—Pero si ha llovido toda la noche…
—Entonces voy a arreglar los diarios viejos.
Desparramó una cantidad. Se puso a recortar las tiras cómicas y se reía a
carcajadas leyendo algunas.
—Yo no sé dónde les encuentra la gracia —dijo la abuela.
—Bueno, no están pensadas para tu mentalidad, para tu edad… El chico tiene
ocho años y tú… bueno, algunos más.
Antes de irse. Alejandro colocó “todo en orden”, según su criterio, que no
coincidía con el de la abuela. No importaba.
Viernes
Por la tarde se presentó Liliana.
—Vengo a dormir a tu casa. Mañana es el cumpleaños de una profesora. Yo
tengo que llevar una torta. Empezaron la tarea.
—Pesa bien los ingredientes: la harina, el azúcar, la manteca. Separa con
cuidado las yemas de las claras. Te aconsejo hacerlo uno por uno en una taza;
así, si uno no estuviera bueno no se arruinan todos. Vamos a usar mi máquina
nueva, la que ustedes me regalaron. Mientras tanto se va calentando el homo;
hay mil menudencias para que una torta salga bien.
El abuelo, que escuchaba tantos detalles, pensaba: “¡Qué difícil es hacer una
torta! ¡Y pensar que se come en un momento!”
Mientras la torta estaba en el horno, abuela y nieta limpiaron todo con
prolijidad. Para la abuela, ésa era tarea habitual; para Liliana era la parte más
difícil de la torta. La decoraron, la pusieron en una fuente de cartón. ¡Resultó
“bárbara”! ¿Quién la había hecho?
Sabado
El hijo mayor llegó con un compañero de trabajo, un hombre lleno de
problemas que necesitaba consejos. Mientras conversaban, el hijo fue a la
cocina a instalar un enchufe para la nueva batidora y el padre quedó solo con la
visita.
Terminó simultáneamente el trabajo del electricista y la conversación.
—Vuelva cuando guste; voy a seguir orando por usted.
—Gracias, muchas gracias. Sus palabras me han orientado; las necesitaba.
Mañana voy a ir al templo. Fui cuando era chico. ¡Qué mal hice en dejar de ir!
Voy a llevar a mi hijo.
—Gracias, viejo. Ese pobre hombre necesitaba compartir tu optimismo.
—Siguen siendo actuales las palabras con que Moisés se despidió de su
pueblo:
“Acuérdate de los tiempos antiguos, considera los años de muchas
generaciones. Pregunta a tu padre, y él te declarará; a tus ancianos, y
ellos te dirán” (Deut. 32: 7, 8).
Llegó la noche. Entonces don Carlos y doña Luisa “se quedaron solos” y
conversaron.
—Oí el otro día que tu nieta te preguntaba qué cremas de belleza usabas. No
alcancé a oír tu respuesta, pero es cierto; yo también te encuentro cada día
más linda.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Te das cuenta que me has dicho un cumplido? Creo
que es el primero que dices…, bueno…, desde hace muchísimos años.
—Puede ser que tengas razón. Hice mal en no decírtelos; esa cabeza blanca
llena de rulitos se parece a la lana de una ovejita; te queda mejor que el
cabello rubio que tenías en tu juventud. Las arrugas, que son pocas, te dan
aire de sabiduría. ¡Qué hermosa estás!
Y la apretó en un abrazo.
Ella lo miró asustada.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Me daba vergüenza; me parecía una chiquilinada impropia de gente seria
como somos ahora. Pero te lo voy a decir todos los días.
Y ella se alejó para evitar un segundo abrazo.
—Yo ahora te noto más inteligente… Hablas como un filósofo…
Él no pudo contener una carcajada.
—No sé cómo hablan esos señores y no sé dónde los has escuchado. Pero
deben ser muy sabios y está bien que te hayas dado cuenta. Por otra parte,
sólo dije lo que tengo en el corazón. Es la experiencia de los muchos años, la
que sin duda también tú tienes y que nunca te has preocupado por expresar.
Puedes formular tus pensamientos mejor que yo. Tienes más vida interior que
yo. Bueno, sería largo recordar las bendiciones que recibimos estando
juntos… y que hemos callado.
—Tenemos que hacerlo. Ahora que “nos hemos quedado solos”, debemos
recordar que nunca estuvimos solos, que Dios siempre estuvo a nuestro lado.
Ni a él le dimos las gracias juntos. Ahora debemos hacerlo todos los días.
—Fue necesario que un nieto te dijera: “¡Cuánta historia sabe el abuelo!” para
que recordaras que sabes pensar y expresar lo que sientes.
—Y que una nieta creyera que tu belleza se debe a alguna crema… Bueno,
pero la usas por dentro.
Desde ese día rejuvenecieron; buscaron en la Palabra de Dios la fuente de la
verdadera belleza, de la verdadera sabiduría. La buscaron juntos. Si
envejecieron, no se dieron cuenta. Sabían que
“toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo. La hierba
se seca, y la flor se marchita;… mas la palabra del Dios nuestro
permanece para siempre”. (Isa. 40: 6-8).
No todos los casos son iguales
—Nos hemos quedado solos. El último de los hijos ha volado —y la anciana
se largó a llorar como quien afronta una tragedia.
—Tenemos que reconocer que es una bendición. Esa beca es el fruto de su
estudio, de su trabajo… —la consoló su esposo.
—Sí, ya sé, pero igual se ha ido. Miguel vive lejos, en otra ciudad. La nena
(sigue llamándola así aunque tiene veintiséis años) también se ha ido; nunca
vemos a los chicos. (El padre piensa: “Es mejor así porque la madre la
dominaría”), Y ahora Marcos se ha ido al extranjero…
—Esa beca sólo durará dos años…
—En dos años pueden suceder tantas cosas…
—No dramatices. Pueden suceder igual estando Marcos aquí.
Y después de otros lamentos se fueron a dormir. No. Se fueron al mismo
dormitorio, quedaron en silencio, pero no durmieron. ¡Qué triste! ¡Treinta años
de matrimonio y no tenían qué decirse!
Pocos días después ella expuso una idea que hacía mucho le venía trabajando
en la cabeza.
—¿Recuerdas que cuando recién nos casamos dedicábamos juntos un rato a la
lectura de la Biblia y a la oración?
—Sí, me acuerdo. Hubo que dejar de hacerlo cuando llegaron los chicos. Yo
no los había visto en todo el día, era la hora de bañarlos, de darles la última
mamadera. Después, cuando crecieron, ellos querían que yo viese su
cuaderno. Me mostraban orgullosos el “muy bien, felicitado”. Tenía que
ayudarles en los deberes…
—Eso hace mucho que pasó… Ahora podemos volver a lo que nunca
debimos dejar. Empecemos de nuevo. Acostumbrémonos a leer juntos la
Biblia. A meditar en voz alta en los pasajes que nos hacen bien. Recordemos
en oración a los tres chicos…, bueno…, ya no son tan chicos, a los cinco
nietos, cada uno con sus propias necesidades. Acordémonos de tu mamá; tiene
ochenta y dos años y sin duda poco tiempo más la tendremos con nosotros.
Recordemos a los hermanos. En privado podremos orar por muchos
nombrándolos; no estaría bien hacerlo en un culto público. ¡Hay tantas cosas
por las cuales orar los dos juntos, sin necesidad de hacerlo en público!
Hagámoslo a la hora en que ya no llegue ninguna visita, cuando nadie nos
interrumpa.
Y empezaron. Empezaron a “envejecer en pareja”. Debe ser muy triste “la
soledad de dos en compañía”. Se puede vivir como divorciados, aunque se
viva en la misma casa, aunque nunca haya discusiones ni peleas, aunque se
comparta la misma mesa y el mismo dormitorio, pero no se tenga tema de
conversación espiritual, no se comunique ninguna emoción, no sean
confidentes uno con el otro.
—Nosotros, cuando jóvenes, hablábamos del problema económico, de los
gastos, que siempre eran superiores a las entradas, de algún vestido o traje que
necesitábamos y que no podíamos comprar —comentó la esposa—
¿Recuerdas aquel vestido azul, tan paquete, que le pedí prestado a Isabel, para
las bodas de plata de tus padres? ¡Después me lo regaló! Fue el mejor vestido
que tuve en mucho tiempo.
—Los hijos eran muy reservados. Ya sabían que ante cualquier pedido la
respuesta era: “No tengo plata”. Nunca les dimos una explicación.
Ahora ambos eran “jóvenes todavía”, sólo tenían sesenta años ella y él, un
poco más. Pero tenían buena salud, y todavía podían servir para algo. Eran
felices, pero eso no bastaba.
—¿Te parece que estamos obrando con mucho egoísmo? —dijo ella, mirando
con emoción a Raúl.
—No, no lo he pensado. ¿Qué podemos hacer?
—Vayamos personalmente a visitar a los Pérez; no viven muy lejos y hace
tiempo que no asisten a los cultos. No pueden hacerlo y nosotros podríamos ir
y repetirles la lección que estudiamos el domingo.
Lo hicieron y fueron una bendición para aquella pareja que se había quedado
sola. El casi no podía caminar y ella ¡estaba tan envejecida!
Un día encontraron en la casa a un vecino que no era creyente. Se aburría y los
visitaba porque estaba cerca.
Lo invitaron a escuchar la lectura bíblica y su explicación y el vecino quedó
encantado.
—¿Puedo invitar a don Mauricio?
Era otro vecino, más o menos en las mismas condiciones. Trajo a su esposa;
eran viejos que estaban solos y a quienes nadie visitaba. Quedaron encantados;
todo les parecía bien con tal de no estar siempre solos. Pero la Palabra de Dios
les resultó fascinante. Nunca la habían escuchado.
—¿Puedo invitar a don Pedro y a su señora?
—No podrán venir… Ella casi no camina, tiene setenta y tres años…
—Yo ya los invité; viven sólo a cuatro cuadras y el hijo puede traerlos y
venirlos a buscar en su auto cuando vuelva del trabajo.
Sabían de un vecino que pertenecía a otra iglesia, cuyo templo quedaba muy
lejos. Como él y la señora vivían cerca, podrían asistir a estas reuniones
caseras. Luisa, la “inventora” de aquellas reuniones, los sorprendió a todos
diciendo un día:
—¿Saben quién quiere asistir? ¡Don Ramón! Vive a cinco cuadras, pero tiene
un nieto que se ha ofrecido a traerlo.
—¡Pero si está sordo como una tapia! —objetó alguien.
—No importa. Él sabe que no oirá nada, pero quiere pasar un tiempo con
nosotros. Yo me voy a sentar a su lado y le ayudaré a buscar los pasajes
bíblicos. Él era muy fiel a las reuniones de su iglesia y por eso las extraña
mucho.
Y don Ramón comenzó a llegar con el nieto, quien luego volvía a buscarlo; a
veces lo acompañaba alguno de los otros ancianos, porque la familia tenía
miedo que anduviera solo por la calle.
—Pero ya no cabemos más en esta pieza —exclamó alguien un día.
La alquilaban y pensaron que tal vez a la dueña de casa no le gustaba.
—A mí no me molestan —dijo encantada la dueña de casa cuando se enteró.
— Si quieren pueden utilizar el comedor de mi casa; allí estarán más
cómodos.
Y se trasladaron. Eran tres matrimonios que habían quedado solos. Algunos
tenían familia y vivían con ella pero con tal de sacarse por un rato los viejos de
encima… Uno era ciego, a otro lo llevaban en silla de ruedas y recordemos que
otro era sordo. Nunca faltaba alguien que llegaba acompañándolos y que
quería saber qué hacía en la reunión ese museo de antigüedades.
¡Cuánto bien se lograba en ese grupo! Estaban dos horas juntos; tenían
momentos de sociabilidad, en conversaciones que Raúl sabía encarar
espiritualmente. Nadie se quejaba, ni criticaba a la familia o a los vecinos,
¡aunque algunos merecían críticas!
Luisa llevaba una torta, la vecina proporcionaba los vasos y alguno, por lo
general don Mauricio que era el más rico del grupo, proveía las gaseosas.
Luego estudiaban el mismo pasaje bíblico que habían aprendido el domingo —
Raúl no se animaba a explicar otro—. Alguno agregaba un comentario, no
siempre muy acertado, pero en aquel ambiente era muy oportuno. Oraban y
también en esto alguno era algo indiscreto y le contaba a Dios algo privado.
No cantaban, eran todos viejos, pero alguna vez llevaron algún cassette con
himnos grabados. En fin. Eran muy felices.
Un día invitaron al pastor; no querían que aquella fuera una reunión
“clandestina”. El pastor los felicitó por la iniciativa y terminó con el versículo:
“El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene
ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y
caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán
alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se
fatigarán” (Isa. 40:29-31).
Y cada noche, en su culto privado, Raúl y Luisa daban gracias porque nunca se
quedaban solos.
6. Vivo Resplandor Espiritual En
Condiciones Poco Propicias
Cuando llega la enfermedad
— JOSÉ A. PISTONESI
“Señor, tú me has quebrantado, Como lo has hecho tú, bien hecho está.”
— JUAN CALVINO
Me convertí a los diecinueve años, por la predicación del pastor Juan C.
Varetto. Me identifiqué enseguida con las actividades de la iglesia, la escuela
dominical y la sociedad de jóvenes. Se convirtieron y se bautizaron mis padres,
mis tres hermanos y mis tres cuñados. Todos fuimos miembros de la Iglesia
Bautista de Berisso (Buenos Aires).
Un día el pastor predicó sobre la necesidad de obreros, basándose en el texto:
“La mies es mucha, mas los obreros pocos” (Mat. 9:37). Sus palabras
retumbaron en mi corazón y en mi mente. Estuve orando por una decisión.
Finalmente, el mismo pastor con quien me convertí, cuyo sermón conmovió mi
corazón, me orientó en mi propósito de servir al Señor en el ministerio
cristiano.
Ingresé al Seminario Teológico Bautista, donde cursé los cuatro años
completos; compartí la tarea de varias iglesias adquiriendo práctica y
experiencia.
Al terminar el curso, recibí de una iglesia la invitación para el pastorado en el
sur de la provincia de Santa Fe, en Rufino. Me casé con Eusebia Varetto, la
tercera de las cinco Varetto, quien fue una ayuda idónea en todos los aspectos
de la obra. Doy gracias a Dios porque la conservo a mi lado, después de más
de cincuenta años. Ocupé dos pastorados más, siempre con mucha bendición y
crecimiento. Finalmente fui pastor en la Iglesia Bautista de Caballito, Capital
Federal, donde estuve durante veintisiete años. Fui invitado a colaborar en el
Seminario, donde dicté varias materias y atendí la secretaría varios años.
A los sesenta y cuatro años, resolví acogerme a los beneficios de la jubilación.
Durante el tiempo de mi ministerio, gocé siempre de buena salud; no necesité
asistencia médica, salvo para algún dolor de cabeza y un resfriado.
Un día tuve que visitar al médico. Después de estudiar mi caso y de hacer los
análisis correspondientes, el resultado fue “diabetes”. El médico me animó a
seguir rigurosamente un tratamiento, especialmente un régimen y a realizar
análisis periódicos: “Haciéndolo”, aseguró, “usted tendrá una larga vida”.
Pasaba el tiempo; empecé a perder la vista. No mejoraba a pesar del
tratamiento del oftalmólogo.
Luego tuve dificultades para caminar; después de tres o cuatro cuadras, tenía
que descansar un momento. En una nueva visita, el médico me dijo:
—Es consecuencia de la diabetes.
Agregó nuevos medicamentos a los que ya tomaba, pero no dieron resultado.
En la siguiente visita, me dio una recomendación para un sanatorio particular.
Allí los médicos resolvieron sacarme una arteria y reemplazarla por una
plástica. Pasaron varios meses y contraje una infección maligna; por esta razón
me amputaron dos dedos del pie. Yo veía la preocupación del médico al hacer
las curaciones, y una noche me dijo:
—Mire, señor, la infección está muy avanzada y tendremos que amputarle la
pierna.
Quedé sin aliento. No dormí en toda la noche. Mi cabeza era un torbellino.
Venían a mi mente pasajes bíblicos. Doy gracias a Dios por el profesor del
Seminario que nos exhortaba a aprender de memoria pasajes largos de la
Biblia; ellos me consolaban en que todo saldría bien:
“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan
los días malos y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos
contentamiento” (Ecl. 12: 1).
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu
Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la
diestra de mi justicia” (Isa. 41:10).
Llegó la operación y la pierna izquierda me fue amputada arriba de la rodilla.
Tuve mucha tristeza y preocupación. Los hermanos y amigos me consolaban y
confortaban con palabras de aliento. Pensaba que pronto podría caminar; para
ello me facilitaron las muletas y me ayudaron en los primeros ejercicios.
Duró poco. Una nueva infección apareció en el pie derecho. De nuevo tuve que
internarme; pasaron varios días y la infección se extendió.
Ante la gravedad de ésta, tuvieron que hacerme tres operaciones. El temor
crecía. Mi fe empezaba a debilitarse y entonces vino a mi mente el pasaje:
“Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y
me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso
mis pies sobre la peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca
cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán,
y confiarán en Jehová” (Sal. 40: 1-3).
Los días pasaban y no mejoraba. Un día me prepararon para una nueva
operación. Ya en el quirófano me sorprendí al ver a varios médicos, entre ellos
al jefe del equipo, que se puso a mi lado con simpatía. Le dije entonces como
en un susurro:
—Doctor, no me corten la pierna.
—Haremos todo lo posible por no amputársela —me dijo con simpatía.
Me anestesiaron y desperté en mi habitación a la mañana siguiente. Al salir de
la inconsciencia y pensar en las horas pasadas, extendí mi mano para tocar la
pierna derecha: ¡no la tenía! Un lamento y muchas lágrimas brotaron de mis
ojos. En el llanto me preguntaba:
—¿Por qué, Señor? ¿Por qué?
Sin embargo siempre venía a mi memoria algún texto bíblico que contestaba a
mi pregunta.
Pero mi angustia iba creciendo cada día. Seguí perdiendo la visión, de tal
manera que necesitaba ayuda para todo. Tenía el presentimiento de que me
quedaría ciego. Ese pensamiento me perturbaba día y noche. ¡Sería lo más
tremendo!
Recurrí a la oración; me sentía más calmado cuando el Señor me decía: “No
temas ni desmayes, yo te cuidaré”. Me consolaba y he comprobado hasta el día
de hoy que él es fiel a su promesa.
Siempre me acompañaba la oración de mis hermanos y también sus visitas. Un
día, un colega que me visitaba, y que hoy está con el Señor me dijo:
—No pregunte, hermano; “¿por qué, Señor?” Cambie la pregunta y diga:
“¿para qué, Señor?”
A partir de ese momento varió mi situación. Frente a lo irreparable, me puse en
las manos del Señor para que mi vida no fuese inútil.
Era mucho lo que había perdido. No podía caminar y estaba ciego, pero
¡cuánto conservaba! No podía ver al resto de mis familiares; mi esposa, mi
hija, mi yerno, mi nietita. No podía ver a mis hermanos carnales ni a mis
hermanos en la fe pero ¡no había perdido el oído!
Podía oír a todos los que amaba y ellos me contestaban. Podía escuchar
música. Me trajeron cassettes con himnos, con mensajes evangélicos y pasajes
bíblicos grabados. Podía escuchar todas las noticias por radio, conocía muchos
acontecimientos antes que los que tienen ojos y que dependen de los diarios
para estar informados.
Podía usar el medio admirable, el don supremo que Dios ha dado al hombre y
que lo distingue de todos los demás seres creados: ¡la palabra hablada! Podía
pedir algo en alta voz y sabía que me habían escuchado porque se apresuraban
a satisfacer mi pedido. Yo no podía caminar, pero ellos corrían.
Había perdido las piernas y los ojos, pero ¡conservaba la memoria! ¡Qué
terrible hubiera sido perderla! Hay quienes la pierden. No recuerdan ni quiénes
fueron, no recuerdan el pasado; no reconocen a sus familiares ni a sus amigos.
No recuerdan las bendiciones recibidas ni las actividades a que se dedicaron.
No pueden vivir en el pasado.
Yo recuerdo mucho. Soy italiano. En mi niñez vivía en un palacio rodeado de
nobles que fueron mis padrinos. Conozco Roma; cuando chico, jugaba en el
Coliseo. Ahora no pueden entrar sino algunos turistas. Yo puedo recordarlo y
“lo veo” lleno de paganos vociferando, aullando y en el centro un pequeño
grupo de mártires cristianos, entonando himnos y pidiendo perdón para sus
enemigos.
Conservo una moneda romana, del tiempo de Tiberio César, que encontré entre
las ruinas. Sé que es auténtica, porque aprendí a conocerlas; en mi juventud
trabajé en un taller de “fabricante de antigüedades”.
Pude realizar un viaje a Tierra Santa. Conozco Atenas; estuve en el areópago
donde predicó Pablo; en el Monte Carmelo, donde Elías desafió a los
seguidores de Baal. Visité el lugar donde Jesús fue bautizado en el río Jordán.
Me detuve donde él llamó a Pedro y Andrés y a Jacobo y Juan y me bañé en
las aguas del mar de Galilea. Prediqué en la Iglesia de Nazaret… Gracias a
Dios me acuerdo de muchos lugares históricos que sería largo enumerar.
De la Argentina, conozco desde Formosa a Ushuaia, desde Mendoza al Plata;
viajé mucho sirviendo a la ex Junta de Misiones de la Convención Bautista.
Puedo decir: “Gracias, Señor, porque no he perdido la memoria. Puedo
recordar que te he servido, tal vez con fallas, pero con amor y con fidelidad”.
Puedo recordar al hermano que me hizo cambiar la pregunta: “¿por qué,
Señor?” en “¿para qué, Señor?” Y ahora puedo contestarla:
“para vivir agradeciéndote lo mucho que conservo, lo mucho que tengo, lo
mucho que me has dado y que me han dado los amigos y vecinos, lo mucho
que diariamente me dan los hermanos”.
Recuerdo a los que me cuidaron solícitamente en el sanatorio. Mi familia en
primer lugar; los que pasaron la noche a mi lado; algunos no me conocían
personalmente, pero igual querían estar a mi lado.
Los que dieron sangre para las cinco operaciones, porque nunca hubo que
insistir en el pedido.
Gracias a la hermana que se ofreció para conseguir la silla de ruedas; tuvo que
efectuar muchos trámites, gastar de su tiempo en recorrer oficinas. No la
consiguió a pesar de sus muchos esfuerzos, pero me fue provista por la Iglesia
de Caballito. Quedan allí algunos de los “viejos” que ya estaban cuando inicie
mi pastorado; quedan los que eran niños y que yo bauticé, pero hay muchos
que nunca me conocieron y que ahora me visitan.
De esta Iglesia recibo una ayuda mensual. Disculpen que lo diga, sé que puede
no gustarles que lo haga público. Pero… yo no puedo callarme. No sería justo
ni para los hermanos ni para su actual pastor, el hermano José Sami.
Además, me visitan grupos de otras iglesias, sociedades de señoras, de
jóvenes. Llegan, cantan un himno, oran y se van… a veces dejando un sobre
con dinero. Muchos hermanos, individualmente, hacen lo mismo. Nunca me ha
faltado la ayuda económica.
Cuando me jubilé. Dios me proveyó un departamento frente al Seminario. Ha
sido una maravillosa solución. Cada domingo a la mañana, me llevan a la
escuela dominical y al culto. Algunas veces me llevan a reuniones especiales o
a otras iglesias a predicar.
Son muchos los hermanos que me piden que ore por ellos. Lo hago con gran
satisfacción.
Gracias a muchos de mis vecinos, que siempre fueron serviciales; a mis
hermanos que me visitan y me llenan de regalos. ¡Lástima que sigo siendo
diabético y que no siempre puedo gozar de ellos! Gracias a los que traen
buenas noticias; gracias a los que me leen pasajes de las Escrituras y otros
libros interesantes; gracias a los que me piden que ore por ellos. ¡Gracias a
todos! ¡Gracias a los que ayudan a contestar la pregunta “¿para qué, Señor?”
Lo hago con las palabras del salmista:
“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.
Él es quien sana todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida, el
que te corona de favores y misericordias, el que sacia de bien tu boca
de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Sal. 103: 2-5).
7. Una Palabra Que Golpea: “Viuda”
Con el sostén del Señor
se enfrentan las nuevas situaciones
y se toman decisiones.
DÉBORA C. DE SEDACA
“El conoce cada uno de mis pasos;
puesto a prueba, saldré puro como el oro”.
(Job. 23:10 V.P.)
Mi experiencia personal
Ocurrió de repente. Nada pensado jamás; ni siquiera imaginado. Pero sucedió.
Y allí estaba la verdad aguda, lacerante. Había que afrontar la situación: tomé
el teléfono y comencé a llamar, primero a un diácono de la iglesia para ponerlo
en antecedentes, luego a mi familia en Rosario y en La Plata. Amigos me
acompañaron a mi casa: desde allí llamé a mis hijos. Los tres estaban en
Estados Unidos de Norte América y yo quería que oyeran mi propia voz
cuando les diera la noticia. Aun así, el shock fue tremendo. Ellos no podían
imaginar. Sólo pensar. Muchas veces mi esposo me había dicho: “Mami, hay
más esposas de pastores, viudas, que pastores viudos…”. Yo no lo quería
escuchar. Me resultaba imposible imaginar la vida sin él a mi lado, en forma
permanente. Treinta y cinco años de matrimonio me hacían sentir que siempre
seguiría así: teníamos sueños, proyectos y tenían que realizarse. Ahora había
que aceptar lo inaceptable. Todavía me maravilla cómo me sostuvo el Señor
para afrontar toda la situación y para asumir todas las decisiones.
Los hermanos de la iglesia me reconfortaron. No me dejaron sola. Mis propios
hermanos también se preocuparon por mí. Mis hijos querían verme. No podían
viajar y querían que yo fuera. David llegó, pero no a tiempo para el sepelio. En
cambio, organizó y dirigió una reunión de homenaje en la sede de la Misión a
los judíos, y escribió un artículo sobre la muerte de su padre. Lo tituló:
“Reverendo Víctor Sedaca: una bendición para muchos”. Desde el primer
momento, asumió el lugar de su padre en la Misión y a mi lado.
Las cartas de los amigos, infundiéndome aliento, fueron innumerables. Las
guardo todas en una carpeta.
Habían pasado tres meses. Los otros hijos también me necesitaban e iba a
viajar a Estados Unidos para estar un tiempo con ellos. Me hallaba en una
oficina, llenando los requisitos legales para la documentación. De pronto un
renglón: “Estado civil…”. Las piernas me temblaron; el corazón comenzó a
latir aceleradamente: “viuda”… “viuda”… “viuda”. Las letras bailoteaban. Era
la primera vez que tenía que escribir esa fría palabra que me golpeaba,
dándome conciencia de la realidad de mi situación. Después supe que otras
amigas que han vivido una experiencia semejante a la mía habían
experimentado lo mismo al escribir esa palabra.
Visitando una de las librerías bautistas en Fort Worth (Estados Unidos), con mi
hija y con mi yerno, encontré un pequeño poster con estas palabras: “What
appears to be the end, may really be a new beginning”, lo que
aproximadamente quiere decir: “Lo que pareciera ser el fin, muy bien puede
ser un nuevo comienzo”. En el paisaje que ilustra el poster, se destaca un
arroyuelo que cruza en medio de un bosque, iluminado por la luz del atardecer
o por la luna. ¡Qué a propósito para mí venían esas palabras! Cuando me
instalé en mi departamento para vivir sola, por primera vez, puse ese poster
sobre la cabecera de mi cama. Siempre que comienzo a sentirme deprimida leo
esas palabras y el ánimo se me levanta. “Dios dispone todas las cosas para el
bien de quienes le aman” (Rom. 8:28, V.P.). Es una verdad que, a través de las
sombras, se hace realidad en mi vida.
Enseñanzas bíblicas en relación con las viudas
La Biblia tiene una palabra en cuanto a las distintas situaciones que el ser
humano tiene que enfrentar. Afronta la viudez como una circunstancia normal
en la vida. En la Biblia encontramos varios pasajes en los cuales se menciona a
las viudas, ya sea exhortando acerca de la atención que ha de tenerse con ellas,
o por relatos en los cuales una mujer viuda es el personaje central.
El judío, por ley, estaba obligado a no desamparar a la nuijer viuda:
Exo. 22:22-24; Deut. 10:17, 18; Sal. 146: 9; Prov. 15:25; Isa. 1:17; Jer. 49:11;
Zac. 7:10.
En el Nuevo Testamento se dan reglas explícitas acerca de la atención especial
que debía darse a las viudas: 1 Tim. 5: 3-10; Stg. 1:27. Hay en la Biblia
interesantes relatos en los que la protagonista es una mujer viuda. Recordemos
el episodio de la viuda de Sarepta, en el primer libro de Reyes, capítulo 17,
versículos 8 al 24, cuando el profeta Elías, enviado por Dios, va a pedir agua y
pan a esta viuda pobre. Ella le dice que todo su sustento consiste en un puñado
de harina en una tinaja, y un poco de aceite en una vasija, y que cuando éstos
fueran consumidos, ella y su hijo morirían de inanición. Siguiendo las
instrucciones de Elías, ella preparó y cocinó, debajo de la ceniza, primero una
torta para el profeta y luego para ella y su hijo, “y la harina de la tinaja no
escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová
había dicho por Elías”. Esta es una prueba maravillosa de que Dios no
desampara a las viudas.
Una historia con un principio triste, pero con un final feliz, es la de Noemí, una
de las protagonistas del libro de Rut. Mucho se habla de Noemí, como de la
perfecta suegra, como en verdad lo fue; pero poco se la menciona en su papel
de viuda y en todo el libro no se la califica así pese a su condición de tal.
Noemí, con su esposo Elimelec y con sus dos hijos Mahlón y Quelión,
constituían una familia feliz. Pero murió el marido y Noemí quedó sola con sus
dos hijos, que se casaron con mujeres moabitas, extranjeras para el pueblo de
Israel. Sucede que mueren también los hijos y en un momento crucial, Noemí
queda sola y desamparada (Rut. 1: 5). Para Noemí fue como el fin de las cosas.
Para ella su vida ya no tenía sentido: “No me llaméis Noemí (Placentera), sino
llamadme Mara (Amargura); porque en grande amargura me ha puesto el
Todopoderoso” (Rut. 1:20). Lo que parecía ser el fin de las cosas fue, por el
amor de su nuera Rut, trocado en un nuevo y feliz comienzo. Noemí tuvo otra
vez un hogar y una familia con una nuera que fue para ella mejor que siete
hijos, y con un niño para criar, como si fuera un hijo aunque no fuera de su
propia sangre (Rut. 4:15, 16). Maravilloso ejemplo de cómo Dios puede trocar
la tristeza y el dolor de una viuda en alegría para sí misma y en servicio para
otros.
Dios nunca deja desamparadas a las viudas. Por eso Pablo exhorta a Timoteo:
“Ayuda a las viudas que en verdad están necesitadas” (1 Tim. 5: 3, V.P.). Y a
continuación da una serie de consejos para la atención de las viudas que tienen
hijos y nietos, que son los que deben responsabilizarse por ellas; de cómo la
iglesia debe atender a las viudas de más de sesenta años, las cuales deben
llenar ciertos requisitos: haber tenido un solo esposo, ser conocidas por el bien
que han hecho, haber criado hijos, recibido visitas en su casa, servido
humildemente a los hermanos en la fe, ayudado a los que sufren, realizado
cualquier obra buena (1 Tim. 5: 4-10, V.P.). A las familias, Pablo exhorta:
“Si algún creyente, hombre o mujer, tiene viudas en su familia, debe
ayudarlas y no dejar que sean una carga para la iglesia; así la iglesia
podrá ayudar a las viudas que en verdad están necesitadas”
(1 Tim. 5:16, V. P.).
Jesús mismo se preocupó por las viudas y las socorrió. Tuvo compasión de una
viuda de Naín: su único hijo había muerto, y él le devolvió la vida (Luc. 7:11-
17), Jesús también relató una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no
desmayar, tomando como centro de su enseñanza a una mujer viuda que
continuamente acudía al juez para pedirle justicia de su enemigo (Luc. 18: 3-
6). Alabó Jesús a una viuda pobre que en la caja de las ofrendas puso todo lo
que tenía para vivir, y no lo que le sobraba, como hacían los ricos (Luc. 21: 1-
4).
Posición de la mujer viuda en la sociedad
El hecho de que la mujer se vea privada de la compañía y apoyo del esposo no
es razón para que se aísle de la sociedad, ni para que sienta que su vida ha
terminado. Al principio, yo me sentí así, aunque continué haciendo todo el
trabajo que antes hacíamos juntos y asumí todas las responsabilidades. Sin
embargo, emocionalmente sentía como si el mundo se hubiera desplomado
sobre mí. No me di tiempo para razonar mi situación y para dar cauce a mis
sentimientos y esto afectó luego mi estado físico. Necesité la ayuda del médico
para superarme, aunque en Dios siempre tuve la fuente de mi fuerza moral y
espiritual.
Un día nos encontramos en mi casa cuatro mujeres, cuatro amigas; las cuatro,
viudas. Yo era la mayor de todas y la de viudez más reciente. Estaba
cumpliendo mi ministerio en la Misión a los judíos y en el servicio voluntario
en la Clínica Evangélica “El Buen Samaritano”, de cuya Comisión Auxiliar
Femenina era entonces presidente, además de ocupar cargos en la Convención
Misionera de Mujeres Evangélicas Bautistas Argentinas, y en actividades en
mi propia iglesia. La segunda, de edad mediana, viuda desde hace varios años,
colabora en las tareas en su iglesia y también en el servicio voluntario en la
clínica antes mencionada. Vive con su único hijo. Las otras dos mujeres, más
jóvenes, quedaron viudas a pocos años de sus respectivos matrimonios. Una de
ellas perdió a su esposo accidentalmente, mientras trataba de salvar a un chico
que se estaba ahogando y que pertenecía al Hogar de Niños que él había
formado. El niño fue rescatado pero su salvador se hundió y pereció ahogado.
La sacudida fue tremenda para su esposa, alcanzando hasta las raíces de su
vida física, moral y espiritual, pero la tragedia no logró abatirla. Crió a sus dos
hijos, los hizo estudiar y hoy todavía continúa con la conducción del Hogar de
Niños que formara con su esposo, atendiendo personalmente todos los
problemas y necesidades de cada uno de los chicos. La última de estas cuatro
mujeres, al igual que las otras, había formado su hogar promisoriamente en
amor y sobre el fundamento de la Roca inconmovible. Una maligna
enfermedad la privó del esposo en sólo tres días; quedó con un niño pequeño, a
quien crió con mucha lucha. Pero su espíritu no decayó y de inmediato se dio
al servicio cristiano para el cual antes se había preparado, encontrando así el
sentido de su vida.
En una medida o en otra, cada una de estas cuatro mujeres ha encontrado un
nuevo principio. Las cuatro, duramente probadas, permanecen en total
dependencia de Dios, fieles en la tarea de ser útiles a sus prójimos. El Nuevo
Testamento nos relata de una mujer que profetizaba, llamada Ana, muy
anciana y viuda desde hacía más de ochenta años, que estaba siempre en el
templo y que había dedicado toda su vida al servicio del Señor. Dios la premió
concediéndole ver al Niño Jesús, el Mesías esperado, cuando era presentado en
el templo a los ocho días de su nacimiento (Luc. 2:36-38).
Cada vez que Dios nos prueba, privándonos de alguien muy querido a nuestras
vidas, nos compensa con algo que viene a llenar el vacío de lo que nos ha sido
quitado. Esto nos ayuda a continuar desarrollando nuestras capacidades y
ocupando nuestro lugar en la sociedad. Es posible que las heridas continúen
lacerando, pero aun así el dolor es superado por las compensaciones que Dios
nos da y podemos seguir positivamente en nuestro cotidiano vivir. Esto es lo
que hace poco nos expresara, ante un grupo de mujeres que estábamos
planificando un trabajo, una misionera cuya vida ha tenido experiencias
tremendas: a pocos años de casada, su esposo contrajo una enfermedad cuyo
desenlace sería irreversible. Su hijita nació cuando el esposo estaba internado y
éste la conoció estando en el hospital. A pesar del rudo golpe, ella se preparó
para el servicio activo en el servicio cristiano y por años, mientras criaba a su
hija, se dedicó con devoción a preparar a las jóvenes que Dios había llamado a
su servicio. Perdió a su madre en forma sorpresiva; por años cuidó a su padre
enfermo. Se jubiló y, cuando parecía que su vida entraba en un cauce de paz y
de serenidad. Dios se llevó rápidamente a su única hija, víctima de una cruel
enfermedad, dejando dos hijos y un esposo todavía joven. Nosotras no la
habíamos visto desde la partida de su hija. No encontrábamos las palabras
adecuadas para hablarle, pero ella nos dijo: “Por cada parte de mi vida que
Dios me ha privado, me ha compensado con algo”. Dios le ha dado un lugar de
trabajo y de testimonio en el edificio en que vive, muy grande, y cuyos
ocupantes en su mayoría son todos jubilados y solos, como ella. Acuden a
compartirle sus necesidades y en su hogar encuentran un refugio acogedor.
Después de cuarenta y cinco años sin conducir un automóvil, ha podido
comprarse uno con el que concurre a las actividades de su iglesia, muy retirada
del lugar de su residencia; en su coche lleva y trae a sus vecinos. Asiste a
campamentos, habla de sus experiencias, aconseja a los más jóvenes. Vive una
vida plena de servicio y de compensaciones donde aparentemente todo había
terminado.
“Lo que pareciera ser el fin, muy bien puede ser un nuevo comienzo”.
Son incontables los ejemplos de mujeres que, en el quebranto de su
matrimonio por la partida del compañero, han superado la crisis con el trabajo,
con el servicio voluntario en bien de sus semejantes, reencontrándose a sí
mismas, dando de sus capacidades para ayudar a los menos capacitados. Es en
este arte de darse a los que la rodean que la mujer viuda encuentra la
compensación a su soledad y a su pesar, logrando así una vida útil y plena.
Gracias a Dios que nuestra moderna sociedad no sólo acepta en su medio a la
mujer viuda, sino que le ofrece las oportunidades de trabajo y de servicio que
ella necesita para sobreponerse a su pena, superándose a sí misma.
Dios usa a las viudas quebrantadas. La mujer viuda es el instrumento que Dios
reclama para bendición de la comunidad en que vive, para testimonio de su
milagroso amor y poder.
8. Sobreviviendo A Los Hijos
Testimonio de nuevos rumbos
que pueden emprenderse con
la fortaleza divina.
ANA MARÍA M. DE HULET
El viento huracanado y la fuerte lluvia de aquella madrugada del 28 de
noviembre de 1976, hicieron que mi esposo y yo nos levantáramos a las 5.00,
para cerciorarnos de que las ventanas estuviesen bien cerradas. Debíamos
impedir que el agua penetrara dentro de la casa. Nada hacía presentir la
tormenta, mucho más arrasadora, que se cernía sobre nuestro hogar.
Después de un desayuno frugal, volvimos a acostarnos, ya que el barro nos
impedía asistir a la escuela dominical. El pueblo distaba cuatro kilómetros de
nuestra casa.
Pasaron algunas horas. Nuestros hijos se levantaron. Betsie se atravesó a los
pies de mi cama para compartir las vivencias del día anterior. Nosotros
habíamos viajado ese día a la capital del Chaco para participar de una reunión.
Ella, en cambio, había ido a ayudar a una tía enferma. En realidad, ésa fue su
última obra de amor.
Luego me levanté y juntas nos dirigimos a la cocina. Cuando todo, o casi todo,
estaba preparado, Betsie me dijo repentinamente:
—Mamá, me siento mal. Me siento muy mal.
Con su papá y su hermano, hicimos lo posible o lo imposible para evitar el
desenlace fatal, pero éste se produjo en contados minutos.
Cuando todavía contaba con un rayo de esperanza, fui a orar a la habitación
contigua. Al volver, mi esposo, rodeando mis hombros con su brazo, me dijo
serenamente:
—Se nos fue la hija. Se cumplió lo que tantas veces el Señor te dijo.
Así, imprevistamente para el entendimiento humano —ya que mi hija parecía
gozar de una excelente salud—, partió a la eternidad. Desde ese momento, la
poderosa presencia del Señor se hizo visible, palpable. La serenidad que nos
acompañó en ese tiempo sólo pudo provenir de nuestro amoroso Dios. Y
también aquel presentimiento que yo tenía desde los primeros años de mi hija,
de que ella no estaría muchos años con nosotros, contribuyó a fortalecernos.
Sí. Muchas veces di gracias a Dios por ese presentimiento, porque, aunque
nunca nos creó temores, nos fortaleció en el momento de la muerte. Nos dio la
seguridad de que se cumplía un propósito eterno.
Mi responsabilidad
Quizás por ese presentimiento que aparecía en mi mente de tanto en tanto,
pensaba:
—Si mis hijos llegan a los cinco años sin la salvación, y parten de este
mundo, sentiré que no hice lo que debía.
Decidí que muy temprano les hablaría del cielo, de Jesús, y de las cosas malas
que ponen triste a Jesús. Les diría que el Señor quiere entrar en nuestros
corazones y perdonar los pecados que cometemos.
Así lo hice. Los dos niños, Pablito y Elizabeth, recibieron a Jesús muy
temprano en la vida. Su papá, por su parte, tenía un culto cada noche con ellos.
Memorizaban pasajes de la Biblia, oraban, cantaban. Supieron de Jesús.
La respuesta de Betsi
El tiempo transcurrió. Mi niña “iba creciendo”, y era “acepta delante de los
hombres”. A los once años, comenzó a pedir definidamente su bautismo. Se lo
pedía a su padre, como pastor. Me lo pedía a mí, por ser su mamá.
—¿Cuándo me va a bautizar papá? —era su impaciente manifestación.
Anotó esta petición en mi temario de oración. Por fin, el 21 de diciembre de
1975, su papá la bautizó.
¡Qué feliz se sentía! Anhelaba con expectante alegría poder participar cada vez
de la Cena del Señor.
Y en ese año, como si presintiese que tenía poco tiempo, realizó su gran tarea
evangelística. Tenía siempre a mano el folleto para entregar en el control
policial o al pasajero ocasional que recogíamos en la camioneta cuando
viajábamos por las rutas chaqueñas.
Los domingos, con una amiga, recorría la cancha de fútbol, repartiendo folletos
a los espectadores. Seguían luego la recorrida, golpeando a la puerta de
señoras ancianas que no conocía. Les leía la Biblia y oraba con ellas. Siempre
hablaba del cielo y de Jesús.
Aunque sólo tenía doce años, tenía un temario de oración propio de una
persona adulta. En él se encontraban los nombres de sus profesores de escuela
secundaria, sus compañeros más dilectos, el ministerio de sus padres,
necesidades de la iglesia y de la comunidad y, como envolviendo el mundo
entero con sus oraciones, mencionaba los seis continentes.
Habló de Cristo a sus profesores y compañeros. Enseñó a los niños. Con su
bicicleta, buscó a los perdidos, antes de los esfuerzos evangelísticos de la
iglesia. Al lado de su cama y en una de las jambas de su puerta se encontraban
dos carteles donde registró las siguientes palabras: “La venida del Señor está
cerca. Prepárate para el gran encuentro”.
Solía decirme:
—Mamá, ¿por qué no me crees? Te hablo en serio. Yo voy a ir a Cuba como
misionera.
La palabra de su hermano
Esta poesía fue escrita por su hermano Pablo, de catorce años, a los seis meses
de la partida de nuestra hija.
Esperanza
El sol no se deja ver,
como si, sin querer,
tu partida es anunciada;
pero, como si nada,
tú, sonriente estás.
De pronto te sientes mal;
corremos a socorrerte.
Fue tan rápido, que no pude más verte:
los ojos llenos de amor
llenando de dolor
a mi juvenil corazón.
Te fuiste muy lejos,
donde no te podemos ver
aunque quisiéramos tener
tu rostro y tu sonrisa,
cual suave brisa
de un nuevo atardecer.
Ya son seis meses;
seis meses de dolor,
seis meses de expectativa.
Ya son seis meses, seis meses
sin tu calor, tu sonrisa expresiva.
Pero tengo mucha fe
que encontrarte podré
en aquel lugar, donde no hay llanto ni dolor,
sino sólo el amor
de nuestro Redentor.
Otra nena para alegrar el hogar
Dos sentimientos se instalaron en nuestro corazón, ante la evidencia de su
partida: la alabanza y el dolor.
Había mucha alabanza al Señor por lo que Betsie hizo en su corta vida. Por
otra parte, un dolor que se manifestaba como una herida abierta, perduraba
durante todas las horas del día, como en cualquier despertar en la noche.
Contrastaba la felicidad que nos proporcionaba su seguridad eterna, con el
deseo profundo de tenerla, de disfrutar de su suave, cariñosa y alegre
presencia.
En esta mezcla de sentimientos, un pensamiento fue tomando forma: adoptar
una niña. Recordábamos con mi esposo cuántas veces Ana Elizabeth nos
propuso:
—Mamá, ¿por qué no adoptas un bebé?
—No. Hija, no —era mi respuesta—. Yo ya no estoy en condiciones físicas
para una tarea así.
—¿Y si te lo ofrecieran?
—Lo pensaría…
—¿Y si te lo dejaran en la puerta? —insistía.
—¡Oh! ¡Sí! —concluía yo—. ¡Entonces lo recibiría! ¿Cómo dejarlo sin hogar,
pobrecito?
Al no estar ella, pensamos que era inteligente tomar esa decisión. Lo tratamos
con nuestro hijo Pablo. Estuvimos de acuerdo. Sería una alegría para nosotros
y haríamos un gran bien a un niño sin hogar.
Lo pedimos intensamente al Señor. El día que cumplí los cincuenta y tres años,
como un regalo, llegó Miryam Eunice. No se habían cumplido siete meses de
la ausencia de nuestra querida Betsie.
¡Cuánto significó y significa Miryam para nosotros! ¡Imposible dimensionarlo!
A veces venían el recuerdo y las lágrimas, pero no podía impedir bajar mis
ojos y ver entre mis brazos ese pequeño ser que me miraba muy seria, como si
comprendiera mis sentimientos. Mis manos no estaban vacías. Era como si el
Señor me dijera:
—Me llevé a Betsie, pero te di a Miryam. Han transcurrido cuatro años desde
que tenemos a nuestra pequeña. Sé de mis limitaciones. Sé también que el
Señor me dará fuerzas para formar este precioso ser que él quiso confiarme en
un momento de dolor. ¡Felices los que siempre vuelven a empezar!
Mientras escribo, estoy disfrutando de su preciosa interrupción. Me cuenta,
con su maravillosa voz, de sus juegos y de sus amiguitas. Es cariñosa y
enérgica. Vivaz e inteligente. Sabe que Jesús la cuida y que se pone contento
cuando ella se porta bien.
Querida amiga o amigo:
He escrito estas notas para ti. Quizás has pasado por una experiencia similar.
No quiero disimular en nada el dolor que significa el alejamiento de un hijo,
pero quiero participarte, también, el consuelo seguro, de la serenidad que nos
da el Señor. Ambas cosas son necesarias. El dolor trae ante nosotros, como
ninguna cosa, la presencia del ser querido. El consuelo nos da las fuerzas para
emprender nuevos rumbos, aceptar nuevas realizaciones. Ese consuelo es de
Dios, como el dolor es de Dios.
Ambos se apoyan en la esperanza feliz de que nos habla la Biblia: el
reencuentro con los seres que han partido para estar con Cristo.
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan. 3:36).
“Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado seremos
arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en
el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:17).
Se nos abren nuevas expectativas. El Señor te revelará lo que puedes hacer en
bien de otros niños, de otros jóvenes. Al mirar un niño, un joven,
instintivamente sentirás el deseo de ayudarlo, de amarlo.
Casi todos estos años, para la época del cumpleaños de Betsie, me he
encontrado en campamentos de verano. ¿De quién crees que les he hablado en
ese día? Sí, de Betsie. El recordarla es la más preciosa manifestación de mi
cariño, la inspiración para otros como ella.
Y la pequeña manito de Miryam, metida en la mía, cuando caminamos en los
atardeceres, ¡me transmite tanto calor! Me da tanta esperanza para el futuro,
que no puedo menos que animarte a levantar la vista hacia arriba y hacia
adelante para proyectarte con firmeza hacia un futuro pleno de vivencias
felices. Dios te ayudará.
La Palabra de Dios es la fuente donde seguramente vamos para recibir fuerzas
cuando estamos en una prueba que es superior a toda fortaleza humana.
Quiero decirte que la serenidad de aquel tiempo la debo exclusivamente al
Señor. Él me sostuvo “sobre alas de águila”. Pero la Palabra de Dios, aquellos
versículos que mis queridos amigos me hacían llegar en sus cartas, fueron los
que renovaban mi resistencia cada día y suavizaban la herida que, a no
dudarlo, estaba abierta.
Transcribo algunos versículos de la Biblia con la oración que puedan ser de
ayuda a quienes pasan por el valle de la aflicción.
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las
tribulaciones” (Sal. 46: 1).
“Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”
(Job. 1:21).
“No se turbe vuestro corazón… En la casa de mi Padre muchas
moradas hay;… voy, pues, a preparar lugar para vosotros”
(Juan. 14: 1, 2).
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de
misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas
nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a
los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con
que nosotros somos consolados por Dios” (2 Cor. 1: 3, 4).
“Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a
vosotros” (Isa. 66:13).
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu
Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la
diestra de mi justicia” (Isa. 41:10).
“Dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque
esté muerto, vivirá” (Juan. 11:25).
“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! … Y la
paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Fil. 4: 4, 7).
“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios
con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios
mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de
los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá llanto, ni clamor, ni
dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21: 3, 4.).
“En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones
alegraban mi alma” (Sal. 94:19).
9. Solteras
Situaciones diferentes
y una misma convicción:
Dios dispuso que quedasen solteras.
AMALIA RAMPOLDI
TERESA A. PLUIS
Una Justificada Soltería
El 10 de diciembre de 1920, en la ciudad de Buenos Aires, nació quien esto
escribe. Existió una feliz coincidencia: ese mismo día mi madre cumplía
veintiséis años. El lapso que media entre aquella fecha y hoy, marca mi edad
cronológica.
Mis padres se separaron cuando yo era muy niña. Durante mi niñez,
adolescencia y primera juventud añoré la imagen paterna; pero mi madre
suplió con amor y abnegación esa carencia. Me educó en excelentes colegios
religiosos y, con sabiduría, me preparó para una vida dura, signada desde
siempre por la pobreza. Lo que en verdad marcó pautas en mi vida fue el
ejemplo de su vida que expresaba las enseñanzas que me daba. Este racconto
sería incompleto si no manifestara la gratitud que guarda mi corazón hacia las
maestras y los profesores que tanto hicieron por mi educación. A pesar de que
mi vida transcurrió como alumna pupila en colegios religiosos, mi vida
espiritual era inestable y compleja, limitada siempre por mis circunstancias:
recibirme lo antes posible para aliviar las pesadas tareas que cumplía mi
madre, cuyas fuerzas comenzaban a resentirse. Mi adolescencia careció de
cualquier estímulo que tuviera que ver con la alegría propia de esa etapa de la
vida. El porvenir parecía incierto para una jovencita ansiosa de abrirse camino
en un mundo difícil, para nada complaciente.
Recibida de maestra, trabajé durante seis años en los más diversos empleos.
Las necesidades eran acuciantes y era bienvenida toda tarea que significara el
más modesto ingreso al hogar. Con todo, mi meta era ejercer mi profesión: la
docencia. Sentía que había nacido para ser maestra y hacia el logro de ese
propósito apuntaban todos mis esfuerzos. Una circunstancia no imaginada puso
en mis manos el nombramiento de maestra de grado. Durante veintiocho años,
ejercí la docencia frente a grado. Fue una etapa de mi vida que me dejó los más
encontrados recuerdos: mi madre amada ya definitivamente enferma, mis
queridos alumnos, mi anhelo de superación a través de diversos estudios
(periodismo, idiomas, belleza).
¿Y Dios? Encerrado en el arcón de los recuerdos que desempolvaba en algún
Viernes Santo, o en Navidad o en alguna otra fecha significativa. Nada más.
Dos sucesos cambiaron definitivamente mi vida: la muerte de mi madre, el 24
de diciembre de 1961, y mi jubilación, el 30 de abril de 1969. La base que
sustentaba mi vida afectiva, mi madre, y mis alumnos, habían desaparecido.
Ingresé en la década del 70 dispuesta a “remendar mi cultura”, a disponer de
mí tiempo, a gozar, a paladear todo lo que me elevara culturalmente: viajes,
teatros, conferencias, exposiciones, etc. Durante tres o cuatro años, el plan
funcionó compartido con un pequeño y muy seleccionado grupo de amigas. De
pronto, sin previo aviso, comenzaron a invadirme muy tenues y leves
pinceladas de hastío y de aburrimiento. Inevitablemente llegó el momento de
hacer un replanteo total de mi vida a la luz de ese particularísimo estado de
ánimo. ¡Qué difícil y hasta qué doloroso puede resultar el diálogo entre yo y yo
en circunstancias como las que estaba viviendo! En apariencia tenía todo: un
departamento, un discreto pasar económico, salud y, para mayor
abundamiento, cumplido el plan de vida que me trazara.
La llegada al puerto
Pero mi espíritu desestabilizado clamaba por algo que no podía identificar. En
el colmo de la confusión volví a la Iglesia Católica Apostólica Romana. ¡Y
nada! Me alisté como voluntaria en el Hospital Durand. ¡Y nada!
Espiritualmente llegué a una situación límite hasta que clamé a Dios. Tal cual
lo expreso: ¡clamé a Dios! Y él se apiadó de mí. Abrió camino. Usó gente. Y el
29 de mayo de 1977, durante la reunión de clausura de la campaña de
evangelización, a cargo del predicador Luis Palau, tuve un deslumbrante
encuentro con mi Cristo. Pido al Señor ricas bendiciones para los hermanos
que el Señor usó para mi conversión: Juan y Mabel Grasso, el pastor José
Sami, cuya primera visita pastoral afirmó mi conversión; y a tantos otros
preciosos hermanos que me ayudaron a permanecer. El 4 de diciembre de
1977, el pastor José Sami me bautizó en la Iglesia Bautista de Caballito, en
Buenos Aires. Cuando la Iglesia, reunida en asamblea, me pidió testimonio, lo
único que expresé fue: “Ya llegué al puerto”.
Habían pasado para mí las tormentas y los huracanes. Presentía la calma y la
paz, el gozo de una entrega total al Señor, a partir de una experiencia única,
personal e intransferible que cambió mi vida ¡a los cincuenta y siete años! Al
aceptar a Jesús como mi Salvador tuve que afrontar un precio que sigo
pagando: la entrega permanente, y dolorosa en ocasiones, de todo lo que traía
de mi vida anterior. A medida que mi crecimiento espiritual se hacía realidad,
mi relación con el Señor se tornaba más fluida, más rica y clara. Superé miedos
y angustias. Mi espíritu se estabilizó y la paz y el gozo del Señor enriquecieron
mi vida.
¿Por qué me quedé soltera?
Algunos interrogantes tuvieron respuesta. Por ejemplo: ¿por qué me quedé
soltera? Analizando esta pregunta con criterio humano, la respuesta ofrecida
no es demasiado grata. Visto con ojos de fe, la respuesta es que únicamente así
pude escuchar la voz del Señor, quien en medio de mis angustias y de mis
desesperanzas, me llamaba tiernamente. Él me conoce completamente, desde
la eternidad, y siempre supo que, en medio del ruido y de los afanes del
mundo, no podría oírlo.
Ahora puedo decir, cada día de mi vida: “Señor, ¿quién conoce tus caminos?
¿Quién puede medir tus tiempos?” Gozo de la totalizadora presencia de Dios,
al que siento como Padre entrañable, Amigo insobornable y oportuno
consolador.
Cuando acepté a Jesús como el Señor de mi vida, hice un canje espectacular:
cambié vida muerta, vacía, sin propósito por un protagonismo venturoso que
me impulsa a hablar a otros de él, de lo que hizo en mi vida y de lo que hace en
la vida de todos los que le aceptan como Salvador personal.
Vivo sola. Pero no estoy sola. Me congrego en la Iglesia Bautista de La
Paternal, en la ciudad de Buenos Aires; es una iglesia nueva, que
recientemente acaba de inaugurar su templo. Nuestro barrio es un desafío para
llevar la Palabra de Dios. En ocasiones siento el peso de la responsabilidad y la
tarea se me antoja inabarcable. Entonces, sólo entonces, comprendo que
únicamente con la gracia de Dios podemos llevar fruto, y le digo a mi Señor:
“Yo quiero; contigo puedo”.
En la pasada Navidad nuestro templo permaneció abierto durante la
Nochebuena. Compartimos así el culto de alabanza y adoración y nuestra mesa
con los vecinos, que no sabían cómo demostrar su gratitud. Hubo emocionadas
manifestaciones de fe. Personalmente, quedé conmovida al palpar la soledad,
el desconcierto, el desencuentro en que viven seres por los que Cristo murió en
la cruz. Revaloricé la misericordia del Señor que me guardó y que me guarda
cada día.
Como obrera de la hora novena, vivo el tiempo de vida que el Señor quiera
darme, sabiendo que también recibiré un denario de gozo en la presencia de mi
Dios y que con él gozaré durante toda la eternidad.
A.R.
Soltera Por Voluntad Divina
Me estoy poniendo mayor, Señor, y al mirar el camino recorrido mi alma
agradece tu cuidado amante en todos estos años.
Gracias por haberte conocido en la niñez, porque tu misericordia y salvación
me alcanzaron y porque me has guiado según tu consejo.
Estoy soltera por tu voluntad y me siento realizada como creyente y como
mujer, porque me has dado una gran familia en la fe y en la carne. Señor,
gracias porque he sentido y siento tu especial y solícito cuidado como el de un
padre, de un esposo o de un hijo. Gracias porque tus promesas se cumplen en
los que te aman.
Gracias por los hijos espirituales, mi gozo y mi corona.
Gracias por la amistad de tantos preciosos hermanos que tengo al alcance de
una carta, de una llamada telefónica o de una visita. ¡Qué valioso es el amor de
los amigos, el compañerismo en oración, la “comunión de los santos”! Son
encuentros simples, pero ¡qué profundos! Porque tú estás con nosotros.
Gracias por el tiempo de que he dispuesto y de que dispongo para orar, para
leer tu Palabra y para adorarte. Gracias también, Señor, por el servicio que me
permites realizar en tu nombre. ¡Me parece tan insignificante frente a tu
grandeza! Pero tú lo valoras por el amor con que lo hago. Y te dignas
bendecirlo. ¡Alabado sea tu nombre! ¡Bendito seas. Señor, que tomas mi
fragilidad y me permites hacer algo en tu viña!
Gracias por la respuesta a tantas oraciones. Y gracias, Señor, por el futuro,
porque sé que allí estarás tú, y entonces será brillante y bello. Gracias por tu
fidelidad, porque tus misericordias son nuevas cada mañana.
Gracias por la vida y por estos años, por toda la dicha que disfruto en familia.
Gracias por la felicidad en la iglesia. ¡Cuántos momentos de gloria con mis
hermanos en tu presencia!
Gracias por tu Palabra y por tantos libros de inspiración y de enseñanza.
Gracias por toda la belleza con que nos has rodeado: las noches estrelladas, las
puestas de sol, el perfume de los pinos en las tardes soleadas, la inmensidad de
la pampa, las montañas, el mar. Por los pájaros y por las flores, gracias, Señor.
“Todo tiene su tiempo” dice Eclesiastés. “Tiempo de nacer, y tiempo de morir;
tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo
de callar, y tiempo de hablar”. Y luego asevera: “Todo lo hizo hermoso en su
tiempo”.
Sí, Señor, gracias por este tiempo que es tu tiempo para mí.
¡Gracias!
T.A.P.
10. Si No Hay Lugar En La Casa
Cuando hay que decidir dónde
se vivirá la última etapa
de la vida.
SARAH WILSON
“La vejez… puede ser el tiempo de nuestra dicha”, ha asegurado Jorge Luis
Borges. Aristóteles aclaró que la perfección física se logra a los treinta y cinco
años y la del alma, a los cincuenta.
El hombre enfrenta de diversas maneras la última etapa de su vida. Se ha
reconocido que la incorporación de las máquinas a la industria, a la ganadería
y a la agricultura han afectado las formas de vida de las personas de la tercera
edad, como han influido también en quienes están en otras etapas de la vida.
Los mayores cedieron, en muchos casos, su lugar a los más jóvenes en trabajos
de los que frecuentemente fueron desplazados por la automatización.
Se calcula que hay en todo el mundo 130.000.000 de personas mayores; de esa
cifra, tres millones residen en la Argentina. Un diez por ciento de los que
sobrepasan los sesenta y cinco años necesitan cuidados especiales; del dos al
tres por ciento precisan ser internados en instituciones geriátricas. Un 25 por
ciento asegura que la etapa que está viviendo constituye el peor período de su
vida; el 75 por ciento restante afirma que son tan felices como en cualquier
otra etapa anterior.
Se ha comprobado que la fuerza física de las personas mayores declina de un
quince a un 45 por ciento, según los casos. El trabajo es realizado en forma
más lenta, pero la calidad es igual o mejor que en otras etapas. Un ochenta por
ciento goza de buena salud, lo cual le permite dedicarse a actividades
normales. Se adaptan, aunque en menor proporción que los jóvenes. En el
proceso de aprendizaje comprenden muy bien pero requieren más tiempo y
reiteración. La mayoría de los adultos no viven solos. Tienen familiares,
amigos, concurren a los templos, participan de actividades de la comunidad,
conversan con otros, establecen dialogo, etc. f1
Enfrentamientos necesarios
Durante toda la vida, es necesario saber adaptarse. Cada etapa tiene sus
demandas, ya se trate de la niñez, adolescencia, juventud, adultez, ancianidad.
Lo que uno hace en los últimos años y lo que los últimos años hacen con uno
está relacionado con los años anteriores. Evidencias de esta relación pueden
obtenerse al considerar cómo uno enfrentaba antes los cambios, la adversidad,
el éxito, los accidentes, la mala salud, cómo se relacionaba con los miembros
de la familia, con los compañeros de trabajo, con los amigos; si uno fue
agresivo o sumiso, si dependió siempre de los demás o si siempre se sintió
suficiente, si fue rígido o flexible.
Es necesario enfrentar la vida en tres áreas:
1. La familia, que no es estática; en ella siempre hay movimiento. Los hijos se
mudan cuando uno más necesita sentir su proximidad. No significa rechazo,
aunque a veces pareciera serlo. Puede perderse la esposa y el esposo, y
entonces vendrán las preguntas: ¿Continuaré con las actividades que juntos
realizábamos? ¿Haré ciertas cosas que siempre desee hacer pero que no pude
por las responsabilidades anteriores?
2. Los amigos, que muchas veces se van perdiendo por fallecimiento o porque
se mudan lejos o se trasladan a otras ciudades. Conviene siempre tener muchos
amigos; mantener los que se tienen y hacerse de nuevos. En compañía las
cargas pueden ser mejor llevadas. Conviene también integrarse a agrupaciones
o instituciones formales, talos como asociaciones, sindicatos, etc., o a otras
menos formales.
3. El trabajo, que significa uso de capacidades, sostén propio y de los que
dependen de uno, provisión de status. Por lo general la jubilación, el momento
de retirarse del trabajo habitual, es fijada por otros. Son muchos los que
rechazan la posibilidad de jubilarse o de que los jubilen; quieren convencerse
ellos mismos, y tratan de convencer a los demás, de que todavía sirven. Otros
se rinden por completo. Algunos sienten que han perdido un rol muy
importante como es, por ejemplo, el de mandar. Para muchos, la jubilación
significa comenzar a depender de otros, ya que disminuirán sus recursos
económicos.
Un factor importante que debe tenerse en cuenta es el relacionado con la
salud. La gente sana tiene muchas menos posibilidades de sentirse sola. Sin
embargo, es necesario admitir que el cuerpo ya no responde como antes, que
hay que andar más despacio. Es mejor aceptar las limitaciones con alegría para
lograr un adecuado ajuste.
Romano Guardini ha reflexionado así:
“En el viejo, la vida es una supervivencia biológica donde el espíritu no hace
sino rebelarse ante la inminencia del término de la existencia; en cambio, el
anciano acepta esta tiranía del límite de ésta y si bien ya no puede lanzarse por
nuevos caminos, posee una madurez que le permite aprovechar los frutos de
su labor anterior y sentir las satisfacciones de una vida bien vivida”. f2
Febe Castrillo, asistente social argentina, ha detallado así las necesidades del
anciano:
“Sentir que los demás se interesan por él; sentirse parte de algo, útil,
necesario; sentir que se lo reconoce y que se lo trata como a una persona,
valorando su experiencia; sentir que aún tiene independencia y que puede
asumir responsabilidad, que se lo estimula y guía en la utilización del tiempo
libre, etc.” f3
También puede agregarse que el anciano necesita serenidad, amor,
reconocimiento, un sentido de realización, de utilidad. Prefiere no tanto que lo
cuiden como que se interesen por él.
Es importante su actitud hacia las posesiones. Aferrarse a ellas puede ser una
forma de aferrarse a la vida. Atesorar dinero es una manera de sentir que el
tiempo no está pasando, y el hablar del pasado es una forma de decir: “Yo fui
capaz”.
Por todo lo dicho, se comprueba que el enfrentar la posibilidad de tener que
decidir entre continuar viviendo en el propio hogar o en otro refleja toda una
filosofía de vida. Ambas posibilidades no deben enfrentarse livianamente.
Cada reacción es distinta, según la persona, la manera de vivir, las
posibilidades y las circunstancias. Lo que para uno resulta mucho, para otro
puede ser poco.
Cada uno está en todo su derecho de continuar desarrollando su potencia, en
crecimiento continuo, de seguir ofreciendo contribuciones a la sociedad en que
vive. No constituye un adorno antiguo: es un hombre, una mujer, una persona
amada por Dios. Todavía tiene capacidad de dar, de recibir y de relacionarse
como en cualquier otra etapa de su existencia.
Los que suelen adaptarse bien son los que han podido ir intercalando
actividades físicas e intelectuales; los optimistas, los extrovertidos, los que
duermen bien y que, por lo general, han sido sanos.
Ayuda mucho prepararse para esta etapa. El jubilado y su familia harán bien en
conocer las características psicofísicas, sociales, espirituales de las personas
mayores de cincuenta y cinco años. Hacen falta nuevas metas para reemplazar
las que ya no son realistas. Debe aceptarse y disfrutarse el nuevo rol como
cualquier otro de la vida. Un nuevo trabajo hará mucho bien, pero cualquiera
sea el plan que se siga, es útil probarlo primero y modificarlo de acuerdo con
las circunstancias.
Hay ciertos conceptos que ayudan a que las personas de la tercera edad piensen
en sí mismas; colaboran asimismo a que otros piensen también en ellas.
Algunos de esos conceptos son los siguientes: son personas de valor, con
derecho a ser tratadas como adultos, a decidir por sí mismos, a tener plena
ingerencia en sus propios asuntos, a decidir en cuanto a su futuro. Tienen
derecho a tener amigos e, incluso, a ser ancianos. Debe ser respetada su
capacidad de cambio y su posibilidad de introducir ajustes.
Cada país tiene diferentes sistemas de seguridad social. Generalmente incluyen
jubilación, servicio social, atención de la salud, vivienda, turismo, recreación,
educación, asesoramiento legal, etc. Por lo general, una persona aporta,
durante los años que trabaja, un porcentaje de su sueldo. Después de un
número de años y contando con cierta edad, recibe periódicamente una suma
que siempre es menor que la que recibía estando en actividad. Entre los
diversos sistemas, uno muy bueno es el de PAMI (Programa de Atención
Médica Integral), adoptado en la Argentina.
Cuando hay que decidir sobre la vivienda
En relación con la vivienda del geronte hay tres posibilidades.
1) Mantenerse en su propio hogar, dentro del núcleo familiar, en su ambiente
habitual. Esta suele ser la posición preferida.
2) Ser segregado. En algunos países, se construyen barrios o edificios de
departamentos especiales para ancianos. En esta posibilidad se incluye
también a los hogares de ancianos.
3) Combinar las dos posiciones anteriores.
Varios factores deben ser enfrentados en relación con la vivienda. Uno puede
quedarse donde está, donde siempre ha vivido, o puede mudarse a otra casa o
departamento más pequeño, o irse a vivir con los hijos. Tal vez la decisión sea
establecerse en una institución donde cubran las necesidades personales. La
solución que al respecto se tome depende de los ingresos de cada uno, del
estado de salud, de las posibilidades de los hijos, de los amigos, del clima, etc.
Vivir en la propia casa
Casi todo el mundo acepta la idea de que cada uno debe mantenerse
independiente el mayor tiempo posible. Esto implica quedarse en su propio
medio, como parte activa de la vida a la que cada uno está acostumbrado. Hay
ciertas cosas que se recomienda tener en cuenta para demorar, o evitar, la
internación en un hogar de ancianos.
Hoy se habla mucho de una segunda ocupación. Consiste en un trabajo que no
ocupa más que algunas horas por semana, pero que requiere responsabilidad.
Forzosamente no tiene por qué ser sólo recreativa, pero sí encerrar un fin
social. Puede ser un voluntariado; tener o no alguna remuneración por estar
relacionado con una empresa o por vincularse con el trabajo anterior.
Generalmente, esta segunda ocupación constituye una tarea diferente de la que
regularmente se realizaba, y logra dar a la vida nuevas metas y satisfacciones.
Otra manera de ayudar a que las personas de la tercera edad se mantengan
activas y con elevados propósitos es ofrecerles oportunidad de aprender algo
nuevo. Platón aseguró: “Aprendo sin descanso mientras voy avanzando hacia
la vejez”. f4 En Francia, Suiza e Italia existen universidades para la tercera
edad. Enseñan allí a realizar actividades técnicas, dictan cursos de contenido
humanístico tales como filosofía, historia, idiomas, economía. En algunos
casos se entregan títulos que posteriormente son reconocidos. f5
Es muy importante la actitud de las personas mayores ante recursos
emocionales, educativos, espirituales que están a su disposición. Alguien ha
asegurado:
“Una gran mayoría de ancianos se muere más por la impresión de ser viejos,
que por serlo en realidad”. f6
Una manera de mantener al geronte en su hogar es ofreciéndole asistencia a
domicilio; según los casos, esto incluye reparto de alimentos o la colaboración
para preparar las comidas en el hogar, ayudar en tareas de limpieza, realización
de compras, atención médica y legal. Estos son servicios que una iglesia podría
realizar, además de visitas, que tanto significan. Se calcula que de un cinco a
un diez por ciento de personas mayores no pueden resolver sus problemas
porque no tienen familiares o amigos que les ayuden. Se recomienda, en estos
casos, proveerles como mínimo una comida caliente por día, cobrándose,
lógicamente, su costo. Conviene que las personas que realizan este tipo de
tareas tengan una preparación especial.
También pueden proveerse a domicilio sillas de ruedas, bastones, transporte,
atención médica o de enfermeras. En algunos casos, podrán organizarse
actividades para que los ancianos participen durante el día; por ejemplo, clubes
de jubilados. Pueden proveerse actividades para una tarde, un día entero o más.
Son varios los objetivos de los clubes:
1. Proveer oportunidad de compartir con otros de la propia edad y que están
en iguales circunstancias;
2. Estar en un lugar donde pueden crear, aprender, contribuir, participar,
desarrollar la autoestima, lograr superar algunos problemas individuales a
través de experiencias vividas con el grupo.
En resumen, los clubes son lugares donde los ancianos comparten experiencias
que enriquecen la vida preservando su dignidad como seres humanos,
manteniendo vidas útiles y satisfactorias.
Si en el templo hay un salón disponible, las personas mayores de la iglesia
pueden concurrir allí y disfrutar de un lugar tranquilo para leer libros impresos
con letras grandes o para conversar, escuchar música o ver televisión. En estos
casos lo ideal es disponer de suficientes audífonos, para que los asistentes no
se molesten entre sí. Es también necesario pensar en proveer de una cafetería o
quiosco para ofrecer bebidas y comidas.
Las personas de la tercera edad suelen hacer mucho por otros: se comunican
por teléfono manteniendo, en algunos casos, círculos de oración por ese medio;
arreglan ropa para enviar a los campos misioneros, reparan elementos usados
en la iglesia, ayudan a quienes en su casa no cuentan con alguien que les
arregle algún desperfecto. Los que están en condiciones de hacerlo, visitan
enfermos y a miembros en perspectiva, participan en estudios bíblicos.
Una posibilidad más para apoyar a quienes están comprendidos en la tercera
edad la constituyen los Centros Comunitarios para Jubilados, que pretenden
proveer a todas las necesidades propias de esta etapa. Incluirán ayuda en el
hogar, rehabilitación, terapia física, servicios médicos, visitación, asistencia en
problemas de viviendas, protección, manualidades, gimnasia, consejo pastoral
o psicológico, etc.
En algunos lugares se ofrece otra posibilidad: los llamados “Hospitales de
Día”. Consiste en permanecer, si es preciso, todo el día en el hospital. Es
necesario que los pacientes sean trasladados, en medios propios de transporte,
de sus familiares o del hospital.
El primer hospital geriátrico diurno comenzó a prestar sus servicios en 1958 en
Oxford (Inglaterra), país donde hay 150 hospitales de esta clase. En muchos
casos, este servicio por día integra el programa de asistencia de un hospital
general.
En otros lugares existen conjuntos de casas o de departamentos para personas
mayores; han sido levantados al lado de las viviendas de sus hijos. En otras
partes hay edificios de departamentos construidos especialmente para vivienda
de personas mayores, o barrios enteros destinados a ellas, o departamentos en
edificios comunes. Suelen ser, en todos los casos, viviendas comunes que se
diferencian de otras construcciones por detalles, tales como: barras para
sostenerse, enchufes eléctricos a una altura apropiada, puertas anchas, placares
bien a mano, especialmente en la cocina, espacio suficiente entre las camas
para facilitar su arreglo, luz adecuada, teléfonos para establecer rápida
comunicación con el mundo exterior, etc.
Sin duda no todo lo mencionado es factible en todas partes, pero es oportuno
considerarlo como metas que se desean alcanzar.
Vivir fuera de la propia casa
Son varias las causas que, en algunos casos, aconsejan vivir fuera de la propia
casa. Febe Castrillo las enumera así:
1. Salud, ya sea física o psíquica;
2. Posición socioeconómica: puede relacionarse la situación con la familia, ya
sea porque nunca se la formó, o porque se desintegró, porque se perdió
relación con ella, porque por algún otro motivo no se cuenta con el apoyo
familiar; pueden ser problemas de vivienda o de falta de cobertura social.
Cualesquiera sean las causas, significa romper con la rutina a la que se está
acostumbrado. Ciertas personas mayores adoptan en esta etapa un
comportamiento defensivo que causa un efecto totalmente opuesto al deseado;
si no se alcanza a comprender lo que a uno le está pasando, puede llegarse a
estar separado de los demás.
Para algunos, el hecho de tener que ser incorporados a una institución significa
ser archivados, aislados, no importa lo bueno que sea el lugar. No debe
olvidarse, sin duda, que la persona que se incorpora a una institución para
ancianos permanecerá en el futuro rodeado por ellos y que se espera se
comporte como lo hacen quienes desde ahora le acompañan. Muchos prefieren
estar rodeados por personas de distintas edades. A otros, en cambio, les agrada
la vida en la institución, pues psicológicamente les demanda menos y les
ofrece seguridad: comida, vivienda, cuidado médico.
¿Por qué para algunos es tan difícil dejar su casa? Dice Fustinoni:
“El anciano que ha pasado gran parte de su existencia en una misma casa, se
muestra reacio a abandonarla porque ya es todo un archivo, todo un tesoro de
recuerdos, de alegrías o de tristezas: todos los objetos, sillas, muebles,
cuadros, alfombras, umbrales, paredes, escaleras o jardín, todo eso que no
dice nada al profano es para el anciano, que se ha visto envejecer entre esos
elementos, como un templo que guarda las reliquias de su pretérito y que lo
defiende del olvido.” f7
¿Qué se busca en una institución para ancianos? Hay varias clases de
instituciones según las necesidades de las personas. Existen hogares o
entidades que sirven a quienes requieren un grado de cuidado médico que no
puede serle brindado en su propio hogar. Hay otros donde las personas son
admitidas por su avanzada edad o por alguna razón de tipo social. En estos
casos, también se ofrece atención médica a los internados. Ante la posibilidad
de un ingreso a estas instituciones debe tenerse muy en cuenta si disponen de
suficiente personal como para atender a todos los internados, si las comidas
son adecuadas, si se otorga atención a las necesidades de tipo religioso, etc.
Lo ideal es un hogar que cuente con habitaciones individuales o para un
número reducido de personas por habitación, como asimismo con habitaciones
para matrimonios. Conviene buscar un medio que asegure un ambiente
hogareño. Para los creyentes evangélicos, hacen falta lugares donde se goce
paz y tranquilidad, nutriéndose en una activa vida devocional. Sin duda son
necesarias muchas más instituciones de carácter evangélico que combinen las
adecuadas pautas religiosas con las sociales.
En algunos hogares de ancianos, hay construcciones de tipo chalet, para
matrimonios o para pequeños grupos. Generalmente están rodeados de parques
y jardines. Si lo desean, los ocupantes pueden participar en la vida de la
institución o gozar de cierta independencia, dentro de la protección general del
hogar.
En este tipo de instituciones, son indispensables determinados sectores
destinados a dormitorios, salas de estar, comedores, enfermería, realización de
trabajos manuales; en algunos casos es útil que dispongan de lugares donde,
quienes saben hacerlo, toquen algún instrumento musical.
Es conveniente que las instituciones para personas mayores estén cerca del
lugar donde habitualmente residieron, sea en centros urbanos o rurales.
Necesitarán visitar negocios, asistir a centros religiosos, recreativos, visitar a
parientes y amigos. La iglesia cercana podrá ofrecer amistad y ayuda
espiritual, pues ambas son necesarias.
Se aconseja averiguar, previo a la internación, si la institución está vinculada
con otras del mismo tipo, pues siempre existen intereses comunes, ocupaciones
útiles, amistad. Algún paseo, por ejemplo, que el grupo de una institución no
puede realizar solo, podrá hacerlo junto con los de otra similar. En este
sentido, las oficinas de PAMI, organización anteriormente citada, pueden
ofrecer muchas posibilidades de vinculación.
Es necesario decir algo acerca de las instituciones de carácter privado. Muchas
veces tienen tan sólo fines de lucro, constituyendo ése su objetivo principal.
Debe averiguarse si hay control oficial y si son óptimos tanto el nivel de
atención como el de higiene. Si existe una institución oficial que trabaja en
este tipo de hogares, conviene asesorarse previamente; ellas pueden ofrecer
información, recomendar, aconsejar.
Existen hospitales geriátricos que atienden a gerontes. Están organizados como
tales con salas de internación, consultorios externos, especialidades en
medicina, cirugía, análisis, radiología, rehabilitación física, servicio social, etc.
Se distinguen de otros, porque los pasillos cuentan con barandas,
proveyéndose asimismo a los pacientes de fácil traslado, espacios verdes,
recreación, distracción. Pueden estar cerca o en relación estrecha con un hogar
de ancianos. Cualquier hospital puede incluir, entre sus otros servicios,
atención de tipo geriátrico. Al respecto, hay también instituciones médicas
privadas, con fines de lucro, que deben ser bien examinadas antes de decidirse
a usarlas. Al respecto, un médico de confianza puede aconsejar sabiamente.
El lugar de la vida espiritual
Hay diferentes opiniones acerca del significado de la religión en la vida de las
personas mayores. Algunos opinan que si alguien, durante toda la vida, no ha
sido religioso, tampoco lo será en la tercera edad. Otros no están de acuerdo
con esto y aceptan que aunque algunas personas antes no lo hayan practicado
mucho, en esta edad el aspecto religioso puede ser muy significativo. Tienen
oportunidad de desarrollar sus capacidades y lograr real satisfacción. Muchos
encuentran nuevos recursos en la adoración y entre quienes los acompañan en
ella, especialmente quienes han perdido familiares y amigos. Quienes realizan
tareas de voluntariado en relación con el programa de una iglesia visitan a
otros y pasan horas en compañía, no sólo con los de su propia edad, sino
también con personas de otras edades.
La Biblia habla de ancianos, hombres y mujeres, sentados en la calle, y de
niños al lado de ellos. En Zac. 8: 4-5 se ofrece este cuadro de paz y de
tranquilo bienestar:
“Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Aún han de morar ancianos y ancianas
en las calles de Jerusalén, cada cual con bordón en su mano por la multitud de
los días. Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas
que jugarán en ellas.”
El cristianismo nos ofrece la seguridad de pertenecer a algo más grande que
uno mismo; el reino de Dios, que nos eleva a las regiones más altas que el
hombre conoce. Se cuenta que cuando el misionero Morrison se jubiló llegó en
viaje de regreso a Nueva York el mismo día que Teodoro Roosevelt, que
volvía de un safari. Para dar la bienvenida al presidente había gente, carteles,
una banda. Morrison sintió un poco de lástima por sí mismo. “Tantos años en
la China”, pensó, “tratando de ganar a los hombres para Cristo… ¡Y a ninguno
le importa! Nadie ha venido a darme la bienvenida.” En ese momento,
Morrison sintió una voz interior que le decía: “Pero, Morrison, todavía no estás
en casa.”
El pasaje de Juan. 14: 1-6 nos muestra el lugar preparado para nosotros y nos
asegura que pertenecemos a algo más grande que este mundo.
Conviene reflexionar sobre las siguientes preguntas relacionadas con el lugar
de la religión en la edad madura: ¿Es resultado de una necesidad individual de
la persona misma o constituye una imitación de la experiencia de otro? ¿Es
viva? ¿Es fresca? ¿Tiene sentido de curiosidad y se maravilla, como la de un
niño? ¿Es capaz de ver sus propias fallas permaneciendo, a la vez, leal a
Cristo? ¿Está libre de supersticiones? ¿Armoniza diariamente su vida con
Dios? ¿O es una religión que solamente busca favores de Dios? ¿Es dinámica?
¿Da significado a la vida? ¿Motiva las energías totales de manera de constituir
una satisfacción en sí? ¿Es una experiencia que integra toda la vida y produce
resultados morales consistentes con sus metas y con la sociedad en general?
¿Sirve socialmente? ¿Aumenta el sentido de comunión con otros, de forma de
crear una sociedad saludable? ¿Demuestra humildad? ¿Está creciendo? ¿Está
aumentando la fe, buscando verdades más profundas? ¿Se amplía
progresivamente, incluyendo identificación con los intereses de otros? ¿Es
creativa? ¿Se distingue de las de otros creyentes? f8
En 2 Tim. 1: 5 se menciona una abuela útil, fiel al Señor. Al enfrentar las
diferentes alternativas en relación con la vivienda en la etapa de la tercera
edad, convendrá tener en cuenta a Loida, la abuela que se menciona en el
pasaje citado, conservándose útiles y fieles hasta que el Señor lo disponga. No
será fácil lomar decisiones para el futuro en una edad en que no se dispone del
control total. Pero Dios es también Dios de la tercera edad; dará las fuerzas y
la sabiduría que se necesitan para ser una bendición para él, para los demás y
para uno mismo.
Footnotes
ft1
Estudio sobre los ancianos tomado y traducido del periódico “Expositor
Metodista de Brasil”, año 95, No 18 (setiembre 1980), pág. 12. “Nuestros
Ancianos”, por Delina Díaz. “Guía del Hogar” (Revista de la Liga
Argentina de Mujeres Evangélicas), mayo-junio 1981, págs. 16-19.
ft2
Fustinoni, Osvaldo; Passanante, Domingo: La Tercera Edad, La Prensa
Médica Argentina, Buenos Aires, 1980, pág. 3.
ft3
Castrillo, Febe (Asistente Social argentina, que trabaja entre ancianos):
Servicio Social Cristiano (Manual del Departamento de Acción
Comunitaria de la Convención Evangélica Bautista Argentina), pág. 34.
ft4
Lin Yu Tang: La Importancia de Vivir.
ft5
Eustinoni, Passanante: op. Cit. pág. 46.
ft6
Vischer, A.L.: La Vejez como Destino y Plenitud, Editorial Sudamericana.
ft7
Fustinoni, Passanante: op. cit. pág. 34.
ft8
Clark, Walter Houston: The Psychology of Religión.
OTROS LIBROS CONSULTADOS
Guía de Estudio: Los Ancianos, Casa Bautista de Publicaciones, El Paso,
Texas ([Link]. de N.A.)
Fink, Anderson, Conover: The Field of Social Work, Holt, Rinehart, &
Winston, Inc. New York, 1968.