¿Es posible encontrar la Atlántida?
Con el desarrollo de la exploración submarina y la arqueología, el problema
del hallazgo de la Atlántida y todos sus tesoros culturales y materiales se
convierte en un proyecto de investigación submarina, el campo más lógico tratándose
de la búsqueda de tierras sumergidas. Se han logrado grandes avances en la
utilización de hombres rana, cuyo radio de acción y profundidad a la que pueden
descender aumentan constantemente. En un futuro próximo, y utilizando combinaciones
especiales de gases, podrían alcanzar los 400 ó 500 metros.
Existen sumergibles de gran profundidad, como el Trieste II, de Picard y el
Archiméde, que son capaces de descender hasta las grietas oceánicas más profundas.
Se están construyendo otros submarinos pequeños, dotados de gran maniobrabilidad y
con capacidad de realizar trabajos como si fuesen una extensión de los brazos del
submarinista. Además, cuentan con sonar y elementos de televisión para el examen
del fondo del mar. The Alvin, perteneciente a la Union Carbide y con capacidad para
dos hombres, localizó y "rescató" la bomba atómica perdida frente a las costas
españolas.
¿Era ésta la Atlántida? Planicie elevada a lo largo de la
cordillera meso-atlántica.
En los modelos más pequeños se están introduciendo constantes modificaciones.
El Star Class I, de la General Dynamics, para dos hombres también, tiene un límite
de permanencia en el agua de seis horas y un alcance en cuanto a profundidad de 130
metros, mientras el nuevo Star Class III puede bajar hasta casi 1000 metros y han
aumentado su autonomía hasta veinticuatro horas. Jacques Cousteau ha perfeccionado
un vehículo en forma de platillo que puede operar a una profundidad de 300 metros.
En aguas menos profundas, contamos con el Pegasus, de Omitri Rebikoff, que es una
especie de torpedo en el que un submarinista cabalga como si se tratase de un
caballo submarino y que, tal como ocurre con los buenos jinetes, lo maneja con
piernas y aletas, no con las manos. Se trata de un aparato que combina movilidad
con una visibilidad óptima. El PX 15, o Benjamín Franklin, capaz de transportar una
tripulación de cinco hombres, es un vehículo utilizado para investigaciones
prolongadas, con amplias ventanas y capaz de permanecer bajo el agua durante
semanas, ya sea actuando con su propia fuente de energía o flotando y dejándose
llevar por las corrientes submarinas, a profundidades de hasta 600 metros.
El Asherah, construido por la General Dynamics, es un submarino diseñado
especialmente para llevar a cabo investigaciones arqueológicas bajo las aguas del
Mediterráneo y en relación con las expediciones de la Universidad de Pensylvania.
Es lento, sólo desarrolla una velocidad de 2,5 nudos, está equipado con elementos
para detectar objetos, circuito cerrado de televisión y cámaras estereoscópicas,
una herramienta para la investigación hecha a la medida de la arqueología
submarina. Existen planes para construir otro submarino especial, destinado a
investigar el pasado "viviente", o, más específicamente, todo lo relativo al
monstruo del Loch Ness, utilizando además unidades de sonar situadas en tierra y en
un barco como auxiliares de orientación. Tal vez la herramienta más útil con que
cuentan los submarinistas en su trabajo a grandes profundidades es el Deep Diver,
con su cámara hermética. Los submarinistas se someten a compresión en ese
compartimiento, antes de descender a determinadas profundidades y luego, al volver
a la cámara y antes de retornar al sumergible, opera la descompresión. De esta
forma pueden descender a profundidades mucho mayores y prolongar el tiempo de
exploración. Con ello se logra también simplificar el problema de la descompresión.
El proyecto Sea Lab (Laboratorio marino), que se encuentra en proceso de
experimentación, permite a los submarinistas operar durante largos períodos a una
profundidad de más de 180 metros.
Esto presenta un interés especial si se piensa que la mayor parte de la plataforma
continental tiene una profundidad de menos de 180 metros. El Sea-Lab es una "casa"
submarina que reposa sobre pilotes y a escasa distancia del fondo, con una salida
directa hacia el mar en el suelo, a la que el agua no puede pasar debido a un
mecanismo de presión y a través de la cual se deslizan los submarinistas,
utilizando equipos Mark VII, dotados de mezclas especiales de oxígeno y helio. Los
buceado-res son mantenidos a la misma presión, dentro y fuera del Sea Lab y gracias
a ello pueden permanecer durante largos períodos a grandes profundidades, antes de
someterse a descompresión.
Actualmente existe un sistema, utilizado por los submarinos, que consiste en
un "sonar" capaz de perfilar superficies o proporcionar una visión lateral, que
puede ser empleado para localizar construcciones submarinas y también formaciones
naturales. Incluso puede realizarse una investigación electrónica de promontorios
submarinos, para determinar su composición. Y, utilizando la impresión magnética
del fondo del océano, que es una técnica nueva y sorprendente, se puede llevar a
cabo la exploración para precisar la "edad" del terreno desde el propio vehículo
submarino. Además, en los últimos años se han realizado espectaculares avances en
la precisión de la época de origen de los objetos. Entre ellos, junto al uso del
carbono radiactivo figuran las nuevas técnicas de termo-luminiscencia y arqueo-
magnetismo.
Ahora que se puede contar con tales elementos, la localización de los
verdaderos vestigios de la Atlántida está más próxima que en la época en que Wm.
Gladstone trató de obtener del Parlamento británico fondos para la investigación en
el Atlántico, o cuando Donnelly sugirió que "...las naciones de la tierra podrían
utilizar sus flotas de guerra ociosas (sic) para traer a la luz del día algunas de
las reliquias de estos pueblos enterrados. Ciertas partes de la isla yacen sólo a
algunos cientos de brazas bajo el mar, y si se han enviado expediciones cada cierto
tiempo para resucitar tesoros sumergidos desde las profundidades del océano, ¿por
qué no hacer un esfuerzo para llegar hasta las maravillas de la Atlántida?..."
Las nuevas técnicas de buceo y submarinismo han permitido ya la exploración
completa de la plataforma continental que se halla a nuestro alcance, y es allí
donde sin duda habremos de descubrir restos prehistóricos y claves que permitirán
obtener una mayor precisión en torno al "misterio" de la isla-continente. Esto
debería ocurrir no sólo en la zona de las Azores, las Canarias y otras islas
atlánticas, ya que el alcance de la exploración submarina en el Atlántico cubre
todos los territorios que realmente no se sumergieron, sino que fueron anegados por
la crecida de las aguas provocada por el último deshielo de los glaciares. Estas
tierras se extienden sobre una gran parte de la plataforma continental de Europa y
del continente americano y también por los zócalos de las islas atlánticas, algunas
de las cuales pueden haber sido cubiertas por las aguas, en crecidas provocadas por
movimientos sísmicos, producidos a su vez por las erupciones volcánicas.
Estas tierras sumergidas incluyen, pues, muchas zonas donde se piensa que
estuvieron situadas ciudades y tal vez continentes perdidos. Los últimos lugares de
colonización, frente a las costas de Francia, España e Irlanda, las tierras
anegadas de la cuenca mediterránea, los restos del mar Báltico y de las culturas
prehistóricas de Norte y Centroamérica (incluso la "reaparecida Atlántida", frente
a las Bimini) y especialmente las primitivas tierras bajas y ciudades costeras de
las islas atlánticas que, de haber existido, habrían estado cerca de la vieja línea
de la costa o planicie costera que ahora, tras las inundaciones e inmersiones, se
encontraría por lo menos a 200 metros bajo el mar.
De ahí que el espectro de la investigación atlántica pueda extenderse ahora
hacia todo el litoral atlántico y también hacia las islas oceánicas y sus planicies
sumergidas. Pero resulta improbable suponer que se organicen expediciones costosas
para encontrar la Atlántida, por muy importantes o valiosos que puedan ser los
restos y utensilios sumergidos, sin tener indicios acerca de ubicaciones
específicas, dentro del otro mundo que existe bajo el mar.
Sin embargo, podemos esperar que sean descubiertos elementos arqueológicos
relacionados con el complejo cultural atlántico en el fondo del mar, gracias
principalmente al azar y a que el nuevo y más eficiente equipo de investigación
permite a los científicos realizar una mayor variedad de investigaciones
submarinas. Estas incluyen, por ejemplo, la búsqueda de buques desaparecidos, como
el submarino atómico Scorpion, que fue finalmente localizado a 130 kilómetros al
sudoeste de la isla Santa María, en las Azores; la prospección de pozos
petrolíferos u otros materiales en la plataforma continental; la confección de
mapas y la realización de estudios del fondo del mar, de las corrientes submarinas
y la población ictiológica.
El océano es el último gran tesoro del mundo y lo que se ha hundido en él o ha
sido tragado por sus aguas está allí, esperando a que dispongamos de los medios y
la capacidad para encontrarlo. Ahora, por primera vez en la larga historia de la
búsqueda de la Atlántida, tenemos esa posibilidad. La clave respecto de nuestro
pasado podría hallarse en el fondo del océano.
Una pregunta final: ¿Es posible encontrar la Atlántida?
El futuro inmediato nos dará la respuesta. Creemos que sí. Depende
fundamentalmente de los esfuerzos de los exploradores submarinos, los descendientes
psicológicos de los atlantes; el nuevo "pueblo del mar".
El hallazgo de la Atlántida
Desde la publicación de este libro se han realizado extraños hallazgos y
descubrimientos que constituyen serios indicios de que algunos edificios de la
época de la Atlántida estuvieron situados en el centro del océano Atlántico, y en
los sectores oriental y occidental. Debemos recordar que casi todas las tesis sobre
la isla-continente se han apoyado en teorías, leyendas, referencias históricas de
la Antigüedad, lingüísticas y culturales que serían difíciles de explicar de otra
forma, coincidencias geológicas y zoológicas; e incluso revelaciones psíquicas y
recuerdos heredados. Por todo ello, hay que imaginarse lo que ocurriría si se
encontrara alguna prueba concreta de la existencia de ciudades submarinas,
aproximadamente en la misma zona que indicara Platón y que han confirmado las
creencias populares desde la más remota antigüedad. Tales descubrimientos exigirían
una evolución en la perspectiva histórica, una reconsideración de nuestro propio
progreso como civilización e incluso, considerando el lapso de tiempo transcurrido
entre la existencia de la Atlántida y nuestro propio mundo, una reconsideración
acerca de las habilidades de quienes damos el nombre de "hombres primitivos".
Cabría esperar también que el mundo oficial de la ciencia restase importancia a los
hallazgos, tratando en cada caso de descartarlos mediante alguna explicación, o de
evitar en cualquier forma lo que Charles Hapgoods ha llamado "la terrible
alternativa de los continentes sumergidos".
De hecho, esto es lo que ha ocurrido. Desde 1968, cuando el doctor Manson
Valentino descubrió y exploró el "Camino de las Bimini", una muralla, pilares,
carretera o muelle sumergido que yace a una profundidad de unas seis brazas, al
este de la Bimini septentrional, las críticas de los científicos se hicieron sentir
de manera inmediata y muy severa. Se sugirió que aquellos bloques ciclópeos eran
sencillamente rocas arenosas separadas hasta dar la impresión de bloques. No
obstante, cabe hacer notar que la roca no forma grandes bloques capaces de ajustar
unos con otros hasta adquirir una forma determinada; que las rocas quebradas al
azar no forman ángulos de 90 grados ni poseen pasajes trazados regularmente que las
comuniquen y, sobre todo, las rocas "naturales" no suelen permanecer en el fondo
del mar apoyadas sobre pilares de piedra como los que existen debajo de aquellos
inmensos bloques. Cualquiera que haya observado personalmente este soberbio trabajo
en piedra desde el fondo del mar, y lo haya visto en su extensión de miles de
metros, adentrándose en la distancia color violeta y cayendo luego nuevamente sobre
la arena, para reaparecer enseguida en otros puntos de las Bimini, como si se
tratara de una ciudadela gigantesca, no tiene otra alternativa que creer que ha
sido construido por el hombre. Además, la roca tiene una composición distinta ala
de arena, y según el doctor Valentine, podría tratarse de piedras especialmente
tratadas, o incluso de una mezcla. Mar adentro, frente a las Bimini, y a una
profundidad de unos 30 metros, algunos pilotos de aviones comerciales han observado
muros verticales e incluso un gran arco. Se han divisado pirámides o bases de
pirámides sumergidas, desde distancias que varían entre algunos kilómetros frente a
la costa y cientos de kilómetros mar adentro. A unos 16 kilómetros del extremo sur
de la bahía de Andros se han fotografiado grandes especies de círculos quebrados,
de piedras monolíticas que yacen en el fondo del mar, algunas en círculos
concéntricos dobles y otras triples. Todo ello sugiere una especie de "Stonehenge"
americano, lo que tal vez pueda comprobarse cuando se investigue debidamente. Se
han encontrado docenas de curiosos vestigios arquitectónicos en distintos lugares
de la costa de las Bahamas. Algunos sólo aparecen sugeridos por la vegetación del
fondo, que crece sobre las formaciones pétreas sumergidas bajo la arena, pero que
aún muestra las líneas rectas y las formas perfectamente rectangulares o circulares
que, indudablemente, no se dan espontáneamente en la Naturaleza.
En el caso de los distintos hallazgos a los que los buceadores tienen acceso
fácilmente, se han realizado pruebas para determinar su antigüedad. Aimque las
piedras no pueden ser clasificadas dentro de ciertos períodos "históricos", como
ocurre con la materia orgánica, las raíces de mangle que crecen bajo las piedras
del camino de las Bimini tendrían entre diez y doce mil años de antigüedad. Esto
coincide, no sólo con la fecha señalada por Platón para la destrucción de la
Atlántida, sino también con la fecha geológica aceptada para el deshielo de los
últimos glaciares.
En el Caribe y en las zonas vecinas abundan las estructuras construidas por el
hombre. Cuando el agua está clara y serena pueden advertirse diques o caminos a lo
largo del fondo de las zonas costeras que parten de la zona oriental del Yucatán y
Honduras y se dirigen mar adentro hacia puntos demasiado profundos como para ser
explorados. Ciertas investigaciones con sonar han mostrado una muralla de 160
kilómetros de longitud que se extiende por el fondo del mar, frente a Venezuela.
Los geólogos sostienen que se trata de un fenómeno natural y explican que es
"demasiado grande" como para que se pueda pensar que se trata de una obra realizada
por el hombre. Esta sería también la explicación de la muralla de 16 kilómetros que
existe en el fondo del Atlántico, frente al cabo Hateras.
Al norte de Cuba existe un complejo de edificios que aparentemente han sido
explorados con la colaboración de técnicos soviéticos. La Unión Soviética ha
mostrado considerable interés en la investigación atlántica, que podría aumentar a
raíz de las nuevas maniobras que están realizando con submarinos. Una expedición
bastante reciente que los soviéticos realizaron en las Azores confirmó la tesis de
P. Termier acerca de la taquilita (un tipo de lava que se forma sobre el agua
sometida a la presión atmosférica), surgida durante el incidente de la rotura del
cable atlántico en 1898, que fue la base de su teoría de que grandes zonas
alrededor de las Azores se hallaban sobre el nivel del mar hace 15.000 años.
La mayor parte de los descubrimientos en el Atlántico Occidental y en el
Caribe se han producido en la plataforma continental, en aguas relativamente poco
profundas: es decir, desde los 10 hasta los 50 ó 60 metros. Su número ha ido en
aumento desde el período 1965-69, lo cual coincide con la predicción que hizo Cayce
antes de su muerte, en 1945, en el sentido de que la Atlántida surgiría desde el
fondo del mar. Hay varias razones que explican esto: muy raramente la superficie
del mar está absolutamente en calma: cada vez hay un mayor número de rutas aéreas;
las actividades de los submarinistas han ido en constante aumento. Pero la razón
principal es que a los arqueólogos jamás se les ocurrió buscar ruinas prehistóricas
en las aguas del océano que se extienden frente al continente americano.
Naturalmente, existen indicios de que a mayores profundidades podrían
encontrarse ruinas aún más imponentes. Una inmersión del submarino francés A-
chiméde frente a la costa de Puerto Rico reveló la existencia de escalones tallados
en los costados abruptos de la plataforma continental frente a Andros, a una
profundidad mucho mayor que en los otros hallazgos. Y, aunque no sabemos quién los
hizo o quién construyó las estructuras, hay algo seguro: el trabajo no fue
realizado bajo el agua.
Lo que podría ser una extraordinaria coincidencia en relación a estos restos
prehistóricos es el hecho de que se encuentran dentro del muy discutido Triángulo
de las Bermudas, esa región del océano que se extiende entre las Bermudas, la
Florida oriental y el este de Puerto Rico, en el que durante los últimos treinta
años han ocurrido desapariciones de centenares de aviones, grandes barcos y
pequeñas lanchas con todas sus tripulaciones y sin dejar rastro. Entre las
características de estas desapariciones podemos citar el loco girar de las
brújulas, el mal funcionamiento de ciertos instrumentos, el cese de las
transmisiones de radio y radar, una neblina resplandeciente y algunos "apagones"
electrónicos. Una de las muchas explicaciones que se han sugerido para justificar
las anomalías electromagnéticas supone que existió una avanzada civilización
atlántica que poseía fuentes de poder a base de rayos láser; cristales gigantescos,
uno más de los cuales aún estaría funcionando en el fondo de ciertas fosas
oceánicas, como la que existe en la Lengua del Océano, una zona que tiene un aura
de mal agüero y se extiende entre Andros y la cadena Exuma. Edgar Cayce informó a
través de sus trances psíquicos que, efectivamente, la Atlántida poseía dicho poder
y describió con bastante detalle ciertas operaciones realizadas con rayos láser,
varias décadas antes de que los láser se pusieran de actualidad.
Si suponemos que hemos descubierto ciertas zonas sumergidas de la Atlántida en
los alrededores de las Bahamas y de las islas del Caribe, ¿cómo quedaría la tesis
platónica de una Atlántida convencional, situada en medio del océano? Los
descubrimientos de las Bahamas no modificarían las observaciones de Platón.
Recordemos sus palabras:
En aquel tiempo, en efecto, era posible atravesar este mar. Había una isla
delante de este lugar que llamáis vosotros las Columnas de Hércules. Esta isla era
mayor que la Libia y el Asia unidas. Y los viajeros de aquellos tiempos podían
pasar de esta isla a las demás islas, y desde estas islas podían ganar todo el
continente, en la costa opuesta de este mar que merecía realmente su nombre. Pues,
en uno de los lados, dentro de este estrecho de que hablamos, parece que no había
más que un puerto de boca muy cerrada y que, del otro lado, hacia afuera, existe
este verdadero mar y la tierra que lo rodea, a la que se puede llamar realmente un
continente, en el sentido propio del término...
Debemos admitir que una parte muy considerable del relato de Platón ha
recibido un respaldo científico total con el descubrimiento del continente
americano, y es posible que pronto aparezcan pruebas que corroboren el resto del
relato. Las observaciones submarinas realizadas desde aviones han permitido
descubrir edificios y ciudades enteras, en los alrededores de las Azores, ya en
1942, cuando unos pilotos que volaban desde Brasil a Dakar observaron lo que
parecía una ciudad sumergida en la zona occidental de las montañas de la cordillera
meso-atlántica, de la cual las Azores son simplemente las cumbres más altas que
sobre salen de las aguas. Tales observaciones accidentales se producen cuando el
sol y la presión alcanzan las condiciones óptimas para la observación submarina.
Frente a Boa Vista, en las islas de Cabo Verde, y frente a Fayal, en las Azores, se
han advertido restos arquitectónicos que tal vez corresponden al área andina
central. Por otra parte, los primeros conquistadores españoles de las islas
Canarias encontraron restos sumergidos de ciudades y edificios que tal vez databan
de la época atlántica. No olvidemos que los guanches, que habitaban las islas
Canarias a la llegada de los españoles y que han conservado la tradición de una
gran civilización perdida en el Atlántico, ya no eran capaces de construir nada,
salvo simples chozas.
A lo largo de los zócalos continentales y las llanuras costeras del Atlántico
estamos empezando a encontrar restos de lo que podrían ser reliquias de la
Atlántida pertenecientes a quienes sobrevivieron a la catástrofe. Es evidente
también que las aguas que anegaron la isla-continente y las fuerzas sísmicas que
cambiaron la corteza terrestre repercutieron en toda su superficie.
En las costas de Irlanda, Francia, España y Portugal y frente a las del norte
de África existen leyendas acerca de puertos perdidos y ciudades sumergidas,
mientras hay verdaderos caminos y murallas que se extienden bajo el Atlántico. En
aguas del Mediterráneo existen dos tipos de restos submarinos: los edificios
hundidos en aguas poco profundas desde épocas remotas (21.500 años) que se
encuentran a una profundidad equivalente a 30 centímetros por cada 100 años y otro
nivel mucho más profundo, correspondiente a 10.000 e incluso más años de
antigüedad, muy anteriores a la historia de Egipto, Grecia y Roma. Gracias a las
exploraciones que se han realizado con submarinistas se han podido hallar pruebas
de la existencia de este nivel más profundo, heredado tal vez de pueblos
civilizados de la época en que el Mediterráneo era un conjunto de lagos interiores.
Un buceador que estaba persiguiendo un pez, encontró una muralla de 14 kilómetros
de largo, muy bien construida, frente a Marruecos, Cuando investigaba las ruinas
que se advertían sobre la cumbre de una montaña submarina, a 40 metros bajo la
superficie, el doctor J. Thorne pudo ver algunos caminos que descendían aún más por
la montaña, hacia la oscuridad púrpura de las profundidades desconocidas. Ocho
kilómetros mar adentro, en el Mediterráneo, exactamente al sur de Marsella, un
explorador francés, Jacques Mayol, exploró un banco de 1500 metros de largo que
yacía a una profundidad de 30 a 40 metros, en que se advertían galerías verticales,
canteras y montones de escoria apilados junto a las galerías. En otras palabras,
una mina trabajada por el hombre contemporáneo al del hombre de Cro-Magnon.
En otras palabras, gran parte de la arquitectura atlántica y un sinnúmero de
útiles yacen hoy bajo el mar, en zonas que eran planicies costeras o valles antes
de que el nivel del mar variase en todo el mundo. D. H. Lawrence traza un vivido
cuadro de un mundo primitivo en su obra The Plumea Serpent (La serpiente
emplumada), al describir una época en que "las aguas del mundo se aglomeraron en
estupendos glaciares... alto, muy alto, más allá de los Polos...". "...Las grandes
llanuras se extendían hacia los océanos, como la Atlántida y el continente perdido
de la Polinesia, de manera que los mares eran solamente grandes lagos y los
habitantes de aquel mundo, suaves y de ojos negros, podían desplazarse alrededor
del globo...".
Es posible que aún subsistan vestigios de una cultura atlántica en lugares
inesperados y a la espera de ser reconocidos. Las enormes paredes de piedra
existentes en las cumbres montañosas del Perú, cuyos bloques están unidos con
enorme perfección hasta el punto de parecer soldados, fueron un misterio tan grande
para los conquistadores españoles como para los incas, cuyo imperio estaban
invadiendo. La ciudad boliviana de Tiahuanaco, que es increíblemente antigua, fue
construida al parecer hace tanto tiempo, que sus animales prehistóricos aparecen en
los utensilios de cerámica que utilizaban sus habitantes. Los enormes edificios
erigidos a una altura de 4000 metros, con paredes de tres metros de ancho y piedras
de cimentación que pesan 200 toneladas, fueron construidos con una exactitud y un
conocimiento de física y astronomía tales, que muchos investigadores están
convencidos de que sus constructores no pueden haber sido seres de este planeta.
Ciertos descubrimientos geológicos, como las líneas de sal en las montañas,
los campos de maíz antiguos y que se hallan bajo la línea de las nieves de las
montañas de los alrededores, y las conchas marinas encontradas en las costas del
cercano lago Titicaca, indican que la ciudad no era una fortaleza montañosa sino
más bien un puerto del océano, que alcanzó su altura actual en alguna época del
pasado remoto, y durante las convulsiones volcánicas que acompañaron el deshielo de
los glaciares. Posansky, un arqueólogo especializado en el estudio de esta región,
calcula que el fenómeno se produjo hace 15.000 años.
Al plegarse la corteza terrestre, otras ciudades de Sudamérica pueden haber
sido arrojadas al abismo oceánico. Como ejemplo notable de ello podemos citar las
fotografías de la fosa Milne-Edwards tomadas por el doctor Menzies, de la
Universidad de Duke, desde el barco oceanógrafico Antón Bruun, en 1965, frente a la
costa del Perú. Las grabaciones de sonar realizadas en esta zona indicaron
configuraciones muy extrañas en el fondo del océano, que aparentemente era una
superficie cubierta de lodo. Las fotografías que se tomaron a una profundidad de
2000 metros mostraban lo que parecían enormes pilares y murallas. Algunos parecían
cubiertos de signos caligráficos. Cuando se trató de tomar otras fotografías se
advirtió que aunque la posición de la cámara especial fue modificada por las
corrientes submarinas, se obtuvieron otras placas de rocas con formas artificiales
que yacían sobre los costados, y algunas de ellas en montones, como si hubiesen
rodado unas encima de otras. Esto es tal vez lo que ocurrió en la época en que esta
misteriosa ciudad se hundió a una profundidad de más de 1.500 metros. Aun cuando
este incidente muestra las mayores profundidades del océano en que se hayan
encontrado supuestas ruinas, es probable que las futuras exploraciones submarinas,
realizadas a iguales o similares profundidades, aporten pruebas definidas, en un
futuro relativamente próximo, acerca de la existencia de una civilización mundial
cuyas florecientes ciudades yacen ahora en el fondo de los océanos del mundo.
La tarea de descubrir la Atlántida o el imperio atlántico se está llevando a
cabo ahora, gracias al nuevo equipo con que contamos, tanto para la datación de
restos y ruinas como para realizar exploraciones submarinas. Guste o no a los
historiadores convencionales o a las instituciones científicas oficiales, la
exploración submarina que se está realizando está provocando que empiecen a encajar
las piezas de un rompecabezas, o mejor dicho un mosaico que pronto resultará
demasiado concluyente como para ser ignorado o negado, incluso si gratas y
familiares nociones del tiempo y la cultura tuviesen que ser modificadas.
La observación que, según Platón, los sacerdotes egipcios hicieron a Solón en
Sais, es tan aplicable a nosotros como el filósofo quiso que lo fuera a su antiguo
público. No debemos olvidar que los antiguos griegos no pensaban que eran antiguos,
y se consideraban tan "modernos" como nosotros ahora.
Según Platón, "uno de los sacerdotes, un hombre de mucha edad" hizo el
siguiente comentario a Solón, cuando éste le visitó:
...Vosotros sois todos jóvenes en lo que a vuestra alma respecta. Porque no
guardáis en ella ninguna opinión antigua, procedente de una vieja tradición, ni
tenéis ninguna ciencia encanecida por el tiempo. Y ésta es la razón de ello. Los
hombres han sido destruidos y lo serán aún de muchas maneras...
Este sentimiento, que era común a muchos pueblos de la Antigüedad, es aún
compartido por nosotros, que somos sus modernos descendientes. Ha sido consciente y
subconscientemente conservada por leyendas, tradiciones y la memoria racial, y se
ve hoy reforzada por descubrimientos cada vez más frecuentes. Hubo sin duda
culturas anteriores a nuestro "período vital", desde el 3500 antes de C. hasta el
presente. Una de ellas, con seguridad la que precedió inmediatamente a nuestra
propia "antigüedad", fue la que llamamos Atlántida, cuyo nombre por sí solo, aun
cuando resulte incierto, ha dejado un eco tan vibrante en la historia de nuestro
mundo y en el océano que conmemora su nombre.