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Escenas Barrocas

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EL PERRO DEL HORTELANO - LOPE DE VEGA

ESCENA CAÍDA

DIANA
En fin, Teodoro, ¿tú quieres casarte?
TEODORO
Yo no quisiera
hacer cosa sin tu gusto;
y créeme que mi ofensa
no es tanta como te han dicho,
que bien sabes que con lengua
de escorpión pintan la envidia,
y que si Ovidio supiera
qué era servir, no en los campos,
no en las montañas desiertas
pintara su escura casa,
que aquí habita y aquí reina.
DIANA
Luego ¿no es verdad que quieres a Marcela?
TEODORO
Bien pudiera
vivir sin Marcela yo.
DIANA
Pues díceme que por ella
pierdes el seso.
TEODORO
Es tan poco
que no es mucho que le pierda,
mas crea vusiñoría
que aunque Marcela merezca
esas finezas en mí,
no ha habido tantas finezas.
DIANA
Pues ¿no le has dicho requiebros
tales que engañar pudieran
a mujer de más valor?
TEODORO
Las palabras poco cuestan.
DIANA
¿Qué le has dicho, por mi vida?
¿Cómo, Teodoro, requiebran
los hombres a las mujeres?
TEODORO
Como quien ama y quien ruega,
vistiendo de mil mentiras
una verdad, y esa apenas.
DIANA
Sí, pero ¿con qué palabras?
TEODORO
Estrañamente me aprieta
vuseñoría: «Esos ojos,
le dije, esas niñas bellas,
son luz con que ven los míos,
y los corales y perlas
desa boca celestial...»
DIANA
¿Celestial?
TEODORO
Cosas como estas
son la cartilla, señora,
de quien ama y quien desea.
DIANA
Mal gusto tienes, Teodoro.
No te espantes de que pierdas
hoy el crédito conmigo,
porque sé yo que en Marcela
hay más defetos que gracias.
Como la miro más cerca...
Sin esto, porque no es limpia,
no tengo pocas pendencias
con ella... Pero no quiero
desenamorarte della,
que bien pudiera decirte
cosas, pero aquí se quedan
sus gracias o sus desgracias,
que yo quiero que la quieras
y que os caséis en buen hora,
mas, pues de amador te precias,
dame consejo, Teodoro,
ansí a Marcela poseas,
para aquella amiga mía
que ha días que no sosiega
de amores de un hombre humilde,
porque si en quererle piensa,
ofende su autoridad,
y si de quererle deja,
pierde el jüicio de celos,
que el hombre, que no sospecha
tanto amor, anda cobarde,
aunque es discreto con ella.
TEODORO
¿Yo, señora, sé de amor?
No sé, por Dios, cómo pueda
aconsejarte.
DIANA
¿No quieres,
como dices, a Marcela?
¿No le has dicho esos requiebros?
Tuvieran lengua las puertas,
que ellas dijeran.
TEODORO
No hay cosa
que decir las puertas puedan.
DIANA
Ea, que ya te sonrojas,
y lo que niega la lengua
confiesas con las colores.
TEODORO
Si ella te lo ha dicho, es necia;
una mano le tomé
y no me quedé con ella,
que luego se la volví.
¡No sé yo de qué se queja!
DIANA
Sí, pero hay manos que son
como la paz de la Iglesia,
que siempre vuelven besadas.
TEODORO
Es necísima Marcela.
Es verdad que me atreví,
pero con mucha vergüenza,
a que templase la boca
con nieve y con azucenas.
DIANA
¿Con azucenas y nieve?
Huelgo de saber que tiempla
ese emplasto el corazón.
Ahora bien, ¿qué me aconsejas?
TEODORO
Que si esa dama que dices
hombre tan bajo desea,
y de quererle resulta
a su honor tanta bajeza,
haga que con un engaño,
sin que la conozca, pueda
gozarle.
DIANA
Queda el peligro
de presumir que lo entienda.
¿No será mejor matarle?
TEODORO
De Marco Aurelio se cuenta
que dio a su mujer Faustina,
para quitarle la pena,
sangre de un esgrimidor,
pero estas romanas pruebas
son buenas entre gentiles.
DIANA
Bien dices, que no hay Lucrecias,
ni Torcatos, ni Virginios
en esta edad, y en aquella
hubo Faustinas, Teodoro,
Mesalinas y Popeas.
Escríbeme algún papel
que a este propósito sea,
y queda con Dios. ¡Ay, Dios!
(Caiga.)
¡Caí! ¿Qué me miras? ¡Llega!
¡Dame la mano!
TEODORO
El respeto
me detuvo de ofrecella.
DIANA
¡Qué graciosa grosería
que con la capa la ofrezcas!
TEODORO
Así, cuando vas a misa,
te la da Otavio.
DIANA
Es aquella
mano que yo no le pido,
y debe de haber setenta
años que fue mano, y viene
amortajada por muerta.
Aguardar quien ha caído
a que se vista de seda
es como ponerse un jaco
quien ve al amigo en pendencia,
que mientras baja, le han muerto.
Demás que no es bien que tenga
nadie por más cortesía,
aunque melindres lo aprueban,
que una mano, si es honrada,
traiga la cara cubierta.

ESCENA BOFETONES

TEODORO
Camina.
[A DIANA.]
¿Llamábasme?

DIANA
Bien ha hecho
ese necio en irse agora.
TEODORO
Un hora he estado leyendo
tu papel y, bien mirado,
señora, tu pensamiento,
hallo que mi cobardía
procede de tu respeto,
pero que ya soy culpado
en tenerle, como necio,
a tus muchas diligencias,
y así, a decir me resuelvo
que te quiero, y que es disculpa
que con respeto te quiero.
Temblando estoy, no te espantes.
DIANA
Teodoro, yo te lo creo.
¿Por qué no me has de querer
si soy tu señora y tengo
tu voluntad obligada,
pues te estimo y favorezco
más que a los otros crïados?
TEODORO
Ese lenguaje no entiendo.
DIANA
No hay más que entender, Teodoro,
ni pasar el pensamiento
un átomo desta raya.
Enfrena cualquier deseo,
que de una mujer, Teodoro,
tan principal, y más siendo
tus méritos tan humildes,
basta un favor muy pequeño
para que toda la vida
vivas honrado y contento.
TEODORO
Cierto que vuseñoría,
perdóneme si me atrevo,
tiene en el jüicio a veces,
que no en el entendimiento,
mil lúcidos intervalos.
¿Para qué puede ser bueno
haberme dado esperanzas
que en tal estado me han puesto?
Pues del peso de mis dichas
caí, como sabe, enfermo
casi un mes en una cama
luego que tratamos desto.
Si cuando vee que me enfrío
se abrasa de vivo fuego,
y cuando vee que me abraso
se yela de puro yelo,
dejárame con Marcela.
Mas viénele bien el cuento
del perro del hortelano:
no quiere, abrasada en celos,
que me case con Marcela
y, en viendo que no la quiero,
vuelve a quitarme el jüicio
y a despertarme si duermo.
Pues coma o deje comer,
porque yo no me sustento
de esperanzas tan cansadas,
que si no, desde aquí vuelvo
a querer donde me quieren.
DIANA
Eso no, Teodoro, advierto
que Marcela no ha de ser.
En otro cualquier sujeto
pon los ojos, que en Marcela
no hay remedio.
TEODORO
¿No hay remedio?
Pues ¿quiere vuseñoría
que si me quiere y la quiero
han de aprobar voluntades?
¿Tengo yo de tener puesto
a donde no tengo gusto
mi gusto por el ajeno?
Yo adoro a Marcela, y ella
me adora, y es muy honesto
este amor.
DIANA
¡Pícaro infame!
¡Haré yo que os maten luego!
TEODORO
¿Qué hace vuseñoría?
DIANA
Daros por sucio y grosero
estos bofetones.

FUENTEOVEJUNA
MONÓLOGO DE LAURENCIA

(Sale LAURENCIA, desmelenada .)

LAURENCIA
Dejadme entrar, que bien puedo,
en consejo de los hombres;
que bien puede una mujer,
si no a dar voto, a dar voces.
¿Conocéisme?
ESTEBAN
¡Santo cielo!
¿No es mi hija?
JUAN ROJO
¿No conoces
a Laurencia?
LAURENCIA
Vengo tal,
que mi diferencia os pone
en contingencia quién soy.
ESTEBAN
¡Hija mía!
LAURENCIA
No me nombres
tu hija.
ESTEBAN
¿Por qué, mis ojos?
¿Por qué?
LAURENCIA
Por muchas razones,
y sean las principales:
porque dejas que me roben
tiranos sin que me vengues,
traidores sin que me cobres.
Aún no era yo de Frondoso
para que digas que tome,
como marido, venganza,
que aquí por tu cuenta corre:
que, en tanto que de las bodas
no haya llegado la noche,
del padre, y no del marido,
la obligación presupone;
que, en tanto que no me entregan
una joya, aunque la compre,
no ha de correr por mi cuenta
las guardas ni los ladrones.
Llevóme de vuestros ojos
a su casa Fernán Gómez:
la oveja al lobo dejáis
como cobardes pastores.
¿Qué dagas no vi en mi pecho?
¿Qué desatinos enormes,
qué palabras, qué amenazas,
y qué delitos atroces,
por rendir mi castidad
a sus apetitos torpes?
Mis cabellos, ¿no lo dicen?
¿No se ven aquí los golpes
de la sangre y las señales?
¿Vosotros sois hombres nobles?
¿Vosotros padres y deudos?
¡Vosotros, que no se os rompen
las entrañas de dolor
de verme en tantos dolores,
ovejas sois: bien lo dice
de Fuenteovejuna el nombre!
Dadme unas armas a mí
pues sois piedras, pues sois bronces,
pues sois jaspes , pues sois tigres...
Tigres no, porque, feroces,
siguen quien roba sus hijos
matando los cazadores
antes que entren por el mar
y por sus ondas se arrojen;
liebres cobardes nacistes;
bárbaros sois, no españoles;
gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
Poneos ruecas en la cinta.
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra de estos tiranos,
la sangre destos traidores,
y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes,
y que mañana os adornen
nuestras tocas y basquiñas,
solimanes y colores !
A Frondoso quiere ya,
sin sentencia, sin pregones,
colgar el comendador
del almena de una torre.
de todos hará lo mismo,
y yo me huelgo, medio hombres,
porque quede sin mujeres
esta villa honrada y torne
aquel siglo de amazonas,
eterno espanto del orbe.

ESCENA JUICIO

REGIDOR
Ya las armas han llegado.
ESTEBAN
Mostrá las armas acá.
JUAN
¿Adónde se han de poner?
REGIDOR
Aquí, en el Ayuntamiento.
ESTEBAN
¡Bravo escudo!
BARRILDO
¡Qué contento!
FRONDOSO
Ya comienza a amanecer,
con este sol, nuestro día.
ESTEBAN
¡Vivan Castilla y León,
y las barras de Aragón ,
y muera la tiranía!
Advertid, Fuenteovejuna,
a las palabras de un viejo,
que el admitir su consejo
no ha dañado vez ninguna.
Los Reyes han de querer
averiguar este caso,
y más tan cerca del paso
y jornada que han de hacer.
Concertaos todos a una
en lo que habéis de decir.
FRONDOSO
¿Qué es tu consejo?
ESTEBAN
Morir
diciendo «¡Fuenteovejuna!»,
y a nadie saquen de aquí.
FRONDOSO
Es el camino derecho:
¡Fuenteovejuna lo ha hecho!
ESTEBAN
¿Queréis responder así?
TODOS
¡Sí!
ESTEBAN
Ahora pues, yo quiero ser
agora el pesquisidor,
para ensayarnos mejor
en lo que habemos de hacer.
Sea Mengo el que esté puesto
en el tormento.
MENGO
¿No hallaste
otro más flaco?
ESTEBAN
¿Pensaste
que era de veras?
MENGO
Di presto.
ESTEBAN
¿Quién mató al Comendador?
MENGO
¡Fuenteovejuna lo hizo!
ESTEBAN
¡Perro! ¿Si te martirizo?
MENGO
Aunque me matéis, señor.
ESTEBAN
¡Confiesa, ladrón!
MENGO
Confieso.
ESTEBAN
Pues, ¿quién fue?
MENGO
¡Fuenteovejuna!
ESTEBAN
¡Dalde otra vuelta !
MENGO
Es ninguna.
ESTEBAN
¡Cagajón para el proceso!

(Sale el REGIDOR.)

REGIDOR
¿Qué hacéis desta suerte aquí?
FRONDOSO
¿Qué ha sucedido, Cuadrado?
REGIDOR
Pesquisidor ha llegado.
ESTEBAN
Echá todos por ahí.
REGIDOR
Con él viene un capitán.
ESTEBAN
Venga el diablo. Ya sabéis
lo que responder tenéis.
REGIDOR
El pueblo prendiendo van
sin dejar alma ninguna.
ESTEBAN
Que no hay que tener temor.
¿Quién mató al Comendador,
Mengo?
MENGO
¿Quién? ¡Fuenteovejuna!

(Vanse y salen el MAESTRE y un SOLDADO.)

MAESTRE
¡Que tal caso ha sucedido!
Infelice fue su suerte,
estoy por darte la muerte
por la nueva que has traído.
SOLDADO
Yo, señor, soy mensajero,
y enojarte no es mi intento.
MAESTRE
¡Que a tal tuvo atrevimiento
un pueblo enojado y fiero!
Iré con quinientos hombres
y la villa he de asolar.
En ella no ha de quedar
ni aun memoria de los nombres.
SOLDADO
Señor, tu enojo reporta,
porque ellos al Rey se han dado,
y no tener enojado
al Rey es lo que te importa.
MAESTRE
¿Cómo al Rey se pueden dar
si de la encomienda son?
SOLDADO
Con él sobre esa razón
podrás luego pleitear.
MAESTRE
Por pleito ¿cuándo salió
lo que él le entregó en sus manos ?
Son señores soberanos,
y tal reconozco yo.
Por saber que al Rey se han dado
se reportará mi enojo,
y ver su presencia escojo
por lo más bien acertado.
Que puesto que tenga culpa
en casos de gravedad,
en todo mi poca edad
viene a ser quien me disculpa.
Con vergüenza voy, mas es
honor quien puede obligarme,
y importa no descuidarme
en tan honrado interés.

LA VIDA ES SUEÑO

APARICIÓN DE SEGISMUNDO

SEGISMUNDO
¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!
ROSAURA
¡Qué triste voz escucho!
Con nuevas penas y tormentos lucho.
CLARÍN
Yo con nuevos temores.
ROSAURA
Clarín...
CLARÍN
Señora...
ROSAURA
Huigamos los rigores
desta encantada torre.
CLARÍN
Yo aún no tengo
ánimo de huir, cuando a eso vengo.
ROSAURA
¿No es breve luz aquella
caduca exhalación, pálida estrella,
que en trémulos desmayos,
pulsando ardores y latiendo rayos,
hace más tenebrosa
la obscura habitación con luz dudosa?
Sí, pues a sus reflejos
puedo determinar (aunque de lejos)
una prisión obscura
que es de un vivo cadáver sepultura;
y porque más me asombre,
en el traje de fiera yace un hombre
de prisiones cargado,
y sólo de la luz acompañado.
Pues hüir no podemos,
desde aquí sus desdichas escuchemos;
sepamos lo que dice.

(Descúbrese SEGISMUNDO con una cadena y a la luz, vestido de pieles.)

SEGISMUNDO
¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber,


para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender,
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma:
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas,
gracias al docto pincel,
cuando, atrevido y crüel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto:
¿y yo con mejor distinto
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío:
¿y yo con más albedrío
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad,
el campo abierto a su ida:
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

EL ALCALDE DE ZALAMEA

ISABEL:
Ya os he dicho muchas veces,
señor don Mendo, cuán en balde
gastáis finezas de amor,
locos extremos de amante
haciendo todos los días
en mi casa y en mi calle.
MENDO:
Si las mujeres hermosas
supieran, cuanto las hace
más hermosas el enojo,
el rigor, desdén y ultraje,
en su vida gastarían
más afeite, que enojarse.
Hermosa estáis, por mi vida;
decid, decid más pesares.
ISABEL:
Cuando no baste el decirlos,
don Mendo, el hacerlos baste,
de aquesta manera: Inés,
éntrate allá dentro, y dale
con la ventana en los ojos.
Vase [ISABEL]
[...]
MENDO:
Inés,
las hermosuras se salen
con cuanto ellas quieren. (Nuño!
NUÑO:
(Oh qué desairados nacen
todos los pobres!
[...]
CRESPO:
Lo que os suplico
es que perdonéis, señor,
si no acertare a serviros;
porque en el rústico estudio,adonde rejas y trillos,
palas, azadas y bieldos
son nuestros mejores libros,
no habrá podido aprender
lo que en los palacios ricos
enseña la urbanidad
política de los siglos.
LOPE:
Ya que va perdiendo el sol
la fuerza, irme determino.
CRESPO:
Ya que yo, como justicia,
me valí de su respeto,
para obligaros a oírme,
la vara a esta parte dejo,
y como un hombre no más
deciros mis penas quiero.
Y puesto que estamos solos,
señor don Álvaro, hablemos
más claramente los dos
sin que tantos sentimientos
como tiene encerrados
en las cárceles del pecho
acierten a quebrantar
las prisiones del silencio.
Yo soy un hombre de bien;
que a escoger mi nacimiento,
no dejara, es Dios testigo,
un escrúpulo, un defecto
en mí, que suplir pudiera
la ambición de mi deseo.
Siempre acá entre mis iguales
me he tratado con respeto.
De mí hacen estimación
el cabildo y el concejo.
Tengo muy bastante hacienda,
porque no hay, gracias al cielo,
otro labrador más rico
en todos aquestos pueblos
de la comarca. Mi hija
se ha crïado, a lo que pienso,
con la mejor opinión,
virtud y recogimiento
del mundo. Tal madre tuvo
téngala Dios en el cielo!
No hemos de dejar, señor,
salirse con todo al tiempo;
algo hemos de hacer nosotros
para encubrir sus defectos.
Éste, ya veis si es bien grande,
Híncase de rodillas
que a vuestros pies os lo ruego
de rodillas y llorando
sobre estas canas que el pecho,viendo nieve y agua, piensa,
que se me están derritiendo.
¿Qué os pido? Un honor os pido,
que me quitasteis vos mesmo;
y con ser mío, parece,
según os lo estoy pidiendo
con humildad, que no es mío
lo que os pido, sino vuestro.
Mirad, que puedo tomarle
por mis manos, y no quiero,sino que vos me los deis.

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