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Historia de la Península Ibérica hasta 711

Historia

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BLOQUE 1:

TEMA 1. LA PENÍNSULA IBÉRICA DESDE LOS PRIMEROS


HUMANOS HASTA LA DESAPARICIÓN DE LA MONARQUÍA
VISIGODA (711)

[Link] PREHISTORIA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Hasta época reciente los restos humanos hallados en la Península Ibérica eran escasos.
Sabemos de la existencia de homínidos por una abundante industria lítica esparcida por todo el
solar hispano. No obstante, descubrimientos recientes (de finales del siglo XX y comienzos del
actual) permiten afirmar que el poblamiento de la península es muy antiguo, pudiendo
remontarse hasta unos 800.000 años. Esto aparece atestiguado por los restos humanos hallados
en los grandes yacimientos de Atapuerca (Burgos) y otros menos conocidos, pero igualmente
importantes: Cueva Victoria (Murcia) y Venta Micena en Orce (Granada). Lógicamente estos
restos del género Homo no pertenecen a un mismo grupo humano, sino a “ensayos” en el
proceso de hominización, que finaliza con el Homo sapiens actual. Toda esta evolución se
produce en el periodo más antiguo de nuestro devenir histórico: la Prehistoria o Protohistoria. A
continuación explicaremos ésta con las divisiones clásicas de Edad de Piedra (Paleolítico,
Mesolítico, Neolítico) y Edad de los Metales (Cobre, Bronce, Hierro).

Paleolítico. La Península Ibérica estaba habitada por hombres depredadores que tallaban sus
instrumentos de piedra. Cazadores y recolectores, practicaban un nomadismo tras sus presas. El
larguísimo periodo del Paleolítico se divide tradicionalmente en tres etapas: Inferior, Medio y
Superior.

• Paleolítico Inferior (800.000-100.000 a.C.).- Aparecen los restos más antiguos en la Gran
Dolina de Atapuerca: el Homo antecessor, con una antigüedad en torno a los 800.000 años.
Este periodo se inicia en esa fecha y se da por concluido hace unos 100.000 años. Dicho
homínido comparte el solar hispano con el Homo heidelbergensis (Sima de los huesos),
ambos preneandertales. Su industria lítica se componía de lascas, choppers y hachas bifaces.
Los instrumentos de mayor antigüedad se encontraron en El Aculadero (Cádiz). Su actividad
principal era la caza de la gran fauna de la época, en la que los cazadores colaboraban entre
sí.

• Paleolítico Medio (100.000-35.000 a.C.).- Dos tipos humanos más desarrollados aparecen
en la Península: el Homo neandertalensis y el Homo sapiens. Habitan cuevas y abrigos
rocosos, conocen el fuego (de importancia capital) y su industria lítica es más perfecta y
variada (puntas de flecha, buriles, raspadores…). Por primera vez encontramos
enterramientos complejos (Cueva Morín en Cantabria), que permiten afirmar que tenían
conciencia de la muerte.

• Paleolítico Superior (35.000-10.000 a.C.).- Tras un periodo de convivencia de las especies


Neandertal y Sapiens, aquélla desaparece. Pervive únicamente nuestro antepasado más
directo, el Homo sapiens, cuya evolución a partir de ahora será simplemente cultural. Sus
útiles de piedra son cada vez más perfectos y a ellos se unen otros realizados en hueso,
marfil y madera: arpones, agujas, anzuelos, puntas de flecha. Como gran novedad, practican
una pintura parietal, cuyo sentido es aún motivo de controversia. La fauna de la época

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aparece representada en cuevas del norte peninsular como Altamira o El Castillo, en
policromías de gran naturalismo.
• Arte rupestre. Las primeras manifestaciones artísticas de la Península Ibérica tuvieron lugar
en el Paleolítico Superior (40.000 a.C. – 10.000 a.C.). Como gran novedad, practican una
pintura parietal, cuyo sentido es aún motivo de controversia. La fauna de la época aparece
representada con policromías de gran naturalismo, predominan las figuras aisladas de
animales. Se localizan en la cornisa cantábrica, de ahí que se conozca como arte rupestre
cantábrico, destacando las cuevas de Altamira y El Castillos (Cantabria), y Tito Bustillo
(Asturias). Son pinturas realizadas en cuevas y vinculadas a motivaciones mágicas o
religiosas.

Mesolítico (10.000-5.000 a.C.). Hace unos 10.000 años comenzó el actual periodo interglaciar,
cambio climático que provocó la desaparición de las grandes presas. A partir de ahora los
instrumentos de caza se adaptan al menor tamaño de los animales que sirven de sustento al
hombre (microlitos). En la zona levantina se practica una pintura monocromática y muy
estilizada, esquematizadas, donde el ser humano ya es protagonista de escenas complejas con
sentido narrativo (de caza, rituales, de la vida cotidiana…). Como ejemplos citaremos las
pinturas de Valltorta (Castellón), El Mojao (Lorca), Cogul (Lérida).

Neolítico (c.a.5.000-3.000 a.C.). Llegada por influencia cultural desde el Mediterráneo Oriental,
se produce la llamada revolución neolítica. Esta etapa se caracteriza por el descubrimiento de la
agricultura y de la domesticación de animales. Del hombre paleolítico depredador pasamos al
hombre neolítico productor. Estas nuevas actividades productivas permiten la sedentarización y
aparecen ya poblados de construcciones sencillas, aunque se sigan utilizando cuevas (Cova de
l´Or en Alicante). Para almacenar granos nace la cerámica y, ligados a la agricultura, nuevos
utensilios, como molinos de mano, hoces, cucharas de hueso o de piedra pulimentada (no tallada,
como en el Paleolítico). En esta época se practican enterramientos en sepulcros de fosa con
ajuares funerarios cuya materia prima se obtiene a veces de yacimientos mineros. Al final del
Neolítico la agricultura desplaza a la ganadería como actividad económica primordial.
Encontramos poblados de agricultores que elevan monumentos megalíticos: menhires y
dólmenes, como los de Menga en Antequera (Málaga), ligados a enterramientos colectivos.

Edad del Cobre.- En el sureste español, hacia el 2.400 a.C. aparece la metalurgia del cobre. El
principal yacimiento de esta etapa es el de Los Millares (Almería). Desde sus poblados
amurallados en colinas, explotaban los yacimientos mineros de la zona. En torno al 2.000 a.C. se
desarrolla la Cultura del vaso campaniforme, de origen europeo o incluso autóctono de la
Península.

Edad del Bronce.- A principios del II milenio a.C. se conoce ya la metalurgia del bronce
(aleación de cobre y estaño). También en Almería encontramos el poblado de El Argar, que da
nombre a una cultura de la que en Lorca existen restos abundantes. Un elemento característico es
la copa argárica. En esta misma época destacan las grandes construcciones megalíticas de las
islas Baleares (taulas, talayots y navetas) y, en Galicia, la cultura de los castros, ligada al mundo
atlántico.

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2. LOS PUEBLOS PRERROMANOS

En el primer milenio antes de Cristo llegan a la Península varias oleadas de pueblos


indoeuropeos, expertos en la metalurgia del hierro (metal que revolucionó el armamento, lo que
explica su poderío militar que les permitió llegar hasta la India). Se establecen en las llanuras
interiores. Su elemento cultural definitorio era el enterramiento en campos de urnas. Más
conocida es la llegada de pueblos procedentes del Mediterráneo Oriental (fenicios, griegos y
cartagineses), atraídos por la riqueza minera del sur hispano. Estos pueblos eran activos
comerciantes:

Pueblos colonizadores:

• Fenicios y cartagineses: establecieron factorías en la zona del Estrecho y del Mediterráneo


Sur, donde fundaron Gadir, Malaca, Sexi y Abdera. A cambio de nuestros minerales, dejaron
un legado cultural importante: el torno de alfarero, nuevas técnicas para la elaboración de
tejidos y, sobre todo, la escritura alfabética. Debido a su enfrentamiento con los griegos y a
los problemas en la metrópolis, fueron sustituidos por los cartagineses, pueblo procedente de
la gran colonia fenicia de Cartago en Túnez. Fundaron Cartago Nova.

• Griegos: llegaron desde su colonia de Massalia y se establecieron en la mitad norte de la


costa mediterránea: Rhode, Emporion, Hemeroskopeion. Ejercieron una gran influencia
sobre las poblaciones indígenas que transformó su economía y cultura. Así, conocieron el
uso de la moneda, nuevos cultivos (olivo y vid), el arado y técnicas más modernas para la
fabricación de cerámica y tejidos.

Pueblos peninsulares:

• Tartessos: pocos restos pero muchas fuentes literarias (leyendas, textos griegos e incluso
menciones en la Biblia) nos hablan de esta civilización desarrollada en el Suroeste español
(Huelva, Sevilla). Practicaron una agricultura muy evolucionada que determinó diferencias
sociales basadas en la desigualdad de la riqueza. Igualmente importante fue su comercio, que
practicaron con los colonizadores e incluso con las Islas Británicas. A partir del siglo V a.C.
se le pierde la pista a Tartessos. Quizá se fraccione en diversos pueblos que reciben el
genérico nombre de ibéricos.

• Pueblos íberos: son los primeros pueblos históricos que a partir del siglo V a.C. habitan la
costa mediterránea y el Valle del Ebro. Su denominación procede del río Iberus. En el
sustrato de su cultura se mezcla la influencia de los pueblos colonizadores con las
tradiciones tartésicas. Todas las tribus ibéricas, aunque independientes entre sí, poseen
rasgos comunes: la lengua (todavía sin descifrar por completo), tradiciones espirituales y
materiales, y manifestaciones artísticas. Se asentaban en lugares elevados, donde una
muralla encerraba viviendas de adobe o piedra y cubiertas de ramaje. Su economía se basaba
en la agricultura (trilogía mediterránea), la ganadería y el comercio, favorecido por la
creación de una moneda propia. Eran excelentes metalúrgicos del hierro (falcata) y su
estructura social estaba muy jerarquizada: régulos, guerreros, trabajadores y siervos. El
poder de los monarcas dependía de las zonas, siendo mayor en el Sur que en el Levante.
Escultura y pintura sobre cerámica son las principales manifestaciones artísticas: la Gran
Dama del Cerro de los Santos (Albacete), Dama de Baza, Dama de Elche (de clara
influencia helenística), Bicha de Balazote (Albacete).

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• Pueblos celtas: herederos de los primeros indoeuropeos llegados a la Península, los
asentados en el Noreste recibieron el influjo de los pueblos colonizadores. El resto,
distribuidos por el Norte y Centro, conservaron sus características indoeuropeas, por lo que
su cultura estaba más atrasada. Construían sus poblados en zonas altas, de fácil defensa y
con doble muralla. Su economía se basaba en la ganadería, excepto los meseteños
(agricultura cerealista) y eran buenos metalúrgicos del hierro. Su organización social se
basaba aún en lazos de sangre. Varias tribus se agrupaban en clanes y eran gobernadas por
una aristocracia guerrera. El pueblo celta más conocido era el galaico, asentado en el
Noroeste peninsular, que habitaba en castros (viviendas circulares con techumbre cónica
dentro de una muralla doble). A la ganadería se unía como recursos económicos la pesca y el
marisqueo.

3. LA HISPANIA ROMANA

3.1. La conquista romana

La llegada a la Península Ibérica y su posterior conquista por los romanos se inscribe en el


enfrentamiento de dos imperios en plena expansión para controlar el Mediterráneo Occidental:
Roma y Cartago. Tras su derrota en la primera Guerra Púnica, los cartagineses llegan a Hispania,
base de sus operaciones contra Roma y tierra de recursos (237-218 a.C.). En el 218 a.C.
desembarcan los romanos para enfrentarse a Aníbal (segunda Guerra Púnica). Tras tomar
Sagunto, Cartago Nova y Cádiz, controlaron ya el Sur y Este peninsular. Debido a los abusos de
los romanos contra los indígenas, éstos opusieron feroz resistencia, especialmente en dos
escenarios concretos: Lusitania y Numancia:
• Lusitania. Tierra de extrema pobreza, tras la traición de Galba, los lusitanos, liderados por
Viriato, mantuvieron en jaque a las tropas romanas entre el 154 y el 137 a.C. El asesinato del
jefe lusitano permitió a Roma explotar los yacimientos mineros del Noroeste peninsular.
• Numancia (154-133 a.C.), en Soria. Fue otro punto de resistencia. Tras numerosas muestras
de heroísmo de los numantinos, el general romano Escipión Emiliano toma la ciudad.
En una segunda etapa, vinculada a las guerras civiles de la República romana, las poblaciones
indígenas que apoyaron a los vencidos (Pompeyo) quedaron más sometidas al poder de Roma.
En esa época (siglo I a.C.) éste se afianzó en el Sur y se fundaron en el Valle del Guadalquivir
numerosas ciudades. Tras esto, sólo quedaba fuera del control de Roma la zona Norte peninsular
(guerras cántabras, 29-19 a.C.). A pesar del poderío imperial, Augusto no logró controlar del
todo a vascones, cántabros y astures, aunque los mantuvo en su territorio, impidiéndoles bajar a
la Meseta mediante la instalación de tropas estacionadas en León y Astorga.

3.2. El proceso de romanización

La “romanización” es el proceso de transformación gradual de los pueblos prerromanos que


habitaban en la Península en ciudadanos del Imperio Romano y la asimilación por éstos de sus
costumbres, organización política (provincias), jurídica (Derecho romano), social y, muy
especialmente, la lengua (el latín).

• Organización político-administrativa. Hispania fue dividida inicialmente en dos


provincias: la Citerior y la Ulterior, tomando como línea divisoria el eje León-Mazarrón.
Posteriormente, en el siglo III d.C. se subdividió en cinco provincias: Tarraconensis,
Cartaginensis, Baetica, Lusitania y Gallaecia. Aún se añadieron dos posteriormente, la
Balearica y la Mauritana-Tingitana. Cada una de las provincias era gobernada por un pretor

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asesorado por el Consilium. Se subdividían en conventos jurídicos como centros judiciales.
Para la cuestión hacendística estaba el cuestor, que elaboraba el censo que controlaba los
impuestos. .

• Organización económica. El aumento de la producción agrícola y del comercio redundó en


un crecimiento de la población peninsular (7 millones de habitantes). La tierra era símbolo
de prestigio y riqueza. Se crearon grandes latifundios en manos de la aristocracia senatorial y
se repartieron tierras entre colonos (antiguos soldados, por lo común, de origen italiano), lo
que supuso un crecimiento de la producción agrícola. Aumentaron los regadíos (canales de
Murcia y de Valencia), utillaje agrícola más moderno, nuevas técnicas de cultivo (abonos,
rotaciones). Hispania se convirtió en colonia comercial respecto a la metrópoli: exportaba al
resto del Imperio vinos, aceite de oliva, minerales y esclavos; a cambio, importaba productos
manufacturados: cerámica, tejidos y objetos de lujo. Las ricas minas peninsulares pasaban a
propiedad del estado: las del oro del Noroeste, plomo de Sierra Morena, plata y cobre de
Cartagena, cobre de Riotinto y mercurio de Almadén.

• Organización social. El Imperio Romano era una sociedad esclavista muy jerarquizada y
con distintos grados de derechos políticos y jurídicos. Entre la población libre encontramos:
el orden senatorial (senadores latifundistas), el orden ecuestre (puestos intermedios de la
administración y dueños de negocios), los decuriones (burguesía urbana) y la plebe
(trabajadores). No obstante, siendo libres, no todos poseían los mismos derechos. Hay
ciudadanos romanos, latinos y súbditos del Imperio. Conforme avanza el tiempo, tienden a
unificarse, culminando este proceso por la Constitutio antoniniana (Caracalla, 212 d.C.), que
concede la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del Imperio. En el último peldaño
de la escala social estaban los esclavos, sin derecho alguno, la mayoría procedente de los
ejércitos vencidos por Roma.

• Vías de comunicación. Con el objeto de controlar su amplio territorio, Roma se dotó de una
excelente red de comunicaciones. En Hispania las vías principales eran la Augusta (Valle del
Guadalquivir-Italia) y la Vía de la Plata (Gadir-Huelva, Mérida-Astorga). Estas calzadas se
convirtieron en ejes comerciales, pues enlazaban zonas y ciudades del interior entre sí y de
éstas con los puertos. Numerosos puentes de la época permitían salvar los obstáculos
naturales por donde transcurrían las carreteras romanas.

• La ciudad. En el mundo romano las ciudades se convirtieron no sólo en centros


político-administrativos, sino también económicos, sociales, culturales… Se revitalizaron las
ciudades fundadas por los colonizadores y los indígenas, y nacieron otras nuevas. Pero no
todas poseían el mismo status. Podemos distinguir:

• Colonias. Son fundaciones romanas a imagen de la Urbe: Barcino, Tarraco, Emérita


Augusta, Caesar Augusta, Bilbilis, Híspalis, Itálica. Muy populosas algunas, en ellas se
elevaban multitud de edificios administrativos, teatros, coliseos, acueductos y otros de
utilidad pública.
• Ciudades estipendiarias: Tomadas por la fuerza, por ello estaban obligadas a pagar un
estipendio o tributo, y sometidas fuertemente al pretor, máxima autoridad romana.
• Federadas: Conservaban sus derechos, pero estaban obligadas a prestar auxilio a Roma
y facilitar víveres para el ejército.
• Inmunes: Disfrutaban de gran autonomía y estaban exentas de pagar impuestos.

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• Religión, cultura y arte. La importación a la Península de los cultos romanos contribuyó a
la romanización, aunque sus dioses tuvieron que coexistir con un abigarrado politeísmo de
origen indígena, fenicio, griego y otros cultos, novedosos en esta área del Mediterráneo, de
origen oriental. Más tarde llegó el Cristianismo, que en un largo proceso de tres siglos fue
creciendo hasta convertirse en religión oficial de todo el Imperio, y de Hispania por tanto:
otro lazo común con Roma. Quizás el hecho romanizador más evidente fue la implantación
del latín, traído por soldados y comerciantes. De él derivarían nuestras lenguas, y sólo el
vasco, atrincherado tras las montañas del Norte, pudo pervivir como lengua no romance.
Prueba de esta romanización reseñada, numerosos personajes públicos de alto nivel nacieron
en nuestro suelo: emperadores (Trajano, Adriano, Teodosio), filósofos (Séneca),
historiadores (Lucano), geógrafos (Mela), Marcial el epigramista, etc. Restos del dominio
romano se conservan por doquier en infinidad de obras públicas: acueductos (Segovia),
murallas (Lugo), puentes (Alcántara), teatros (Mérida, Sagunto, Cartagena), anfiteatros
(Itálica), monumentos funerarios (Torre de los Escipiones), arcos de triunfo (Bará,
Medinaceli), templos (de Diana en Mérida), etc.

3.3. La crisis del imperio romano y el proceso de ruralización

Durante el siglo III el Imperio Romano entra en un periodo de crisis en todos los ámbitos
debido a la dificultad de administrar territorios tan amplios como había logrado conquistar en
épocas precedentes. Los elementos que caracterizan esta crisis son: debilitamiento del poder
imperial (emperadores militares), con la consiguiente autonomía de los gobernadores
provinciales; revueltas campesinas; guerras civiles localizadas; presión de los pueblos bárbaros,
etc. Diocleciano intentó atajar la crisis mediante una nueva división territorial administrativa,
pero el enorme peso impositivo del estado llevó a los grandes propietarios rurales a huir a sus
villas. Las ciudades comenzaron a decaer y, debido a la inseguridad reinante, el pueblo buscó la
protección de esos terratenientes a cambio de entregarles sus tierras y/o trabajo. Es el sistema de
colonato, antecedente del feudalismo. Esta ruralización atentaba contra las bases del Imperio y
de todo el sistema esclavista que lo caracterizó (los esclavos ya no son rentables y el
Cristianismo además critica su existencia). Paralelamente a este proceso, los pueblos germanos
(“bárbaros”) van infiltrándose en el territorio imperial, pacíficamente unas veces (como
federados de Roma) o de forma violenta.

4. LA MONARQUÍA VISIGODA

En el 409 penetran en la Península varios pueblos germánicos: suevos (Gallaecia), alanos


(Lusitania y Cartaginensis) y vándalos (Bética). En el 507 los visigodos, empujados por los
francos, entran por el Norte y desde su capital (Toledo) intentan controlar toda la Península. Este
reino visigodo resulta de la mezcla de elementos romanos (lengua, organización administrativa)
y germanos (rey electivo, derecho, etc.).

El periodo de esplendor del reino visigodo se corresponde con el reinado de Leovigildo


(573-586), que intenta unificar el mundo hispano en todos sus aspectos: unificación territorial
(suevos, vascos y bizantinos, expulsados éstos definitivamente por Suintila); unificación
religiosa en torno al arrianismo, pero lograda por Recaredo con la adopción del catolicismo
como religión oficial en el III Concilio de Toledo, 589; y la unión legislativa (culminada en el
Fuero Juzgo de Recesvinto, eliminando el código de Eurico que afectaba a los visigodos y el
código de Alarico para los hispanorromanos).

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El estado visigodo está encabezado por un rey electivo (a medias en esta época, pues el rey
asocia al trono al que será su sucesor). Su poder está muy mediatizado por la nobleza (caso de
Wamba, por ejemplo). El monarca era elegido por la Asamblea de los hombres libres, y se
ayudaba por el Officium Palatinum, con dos órganos en su interior: el Aula Regia y los Concilios
de Toledo (de cometido político-religioso). En el Officium se sentaban los cargos políticos más
importantes después del rey: comes, especie de ministros de asuntos concretos o cabeza de
territorios; duques (gobernadores provinciales); gardingos (jefes militares), comites civitates
(jueces de las ciudades), etc.

La cultura decae respecto a la época romana y está en manos de la Iglesia (San Isidoro de
Sevilla y las Etimologías). En el arte destacan la arquitectura, influenciada por la anterior
hispanorromana y la bizantina (San Juan de Baños, San Pedro de la Nave, Quintanilla de las
Viñas) y la orfebrería (típica de su pasado nómada: coronas votivas como la de Recesvinto,
fíbulas, etc. A los visigodos se les adjudica el hecho de haber formado por primera vez un reino
unificado para toda la Península, pero su debilidad fue constante, y la prueba es que apenas
opusieron resistencia ante los invasores norteafricanos que tras la batalla de Guadalete (711)
destruyeron su poder y ocuparon rápidamente todo el territorio.

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