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JL Bastero de Eleizalde El Espiritu Santo y Maria

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Reseñas

[Link]
An. teol. 13.1 (2011) 285-288 ISSN 0717-4152

J.L Bastero de Eleizalde, El Espíritu Santo y María. Reflexión histórico


teológica, EUNSA, Pamplona 2010, 356 pp., ISBN: 84-313-2683-2.

Esta obra forma parte de la colección teológica de la Universidad de Nava-


rra. Juan Luis Bastero de Eleizalde es profesor ordinario de la Facultad de
Teología de esta Universidad, miembro de la Sociedad Mariológica Espa-
ñola y de la Pontificia Academia Mariana Internacional. Entre otros títulos
de escritos mariológicos podemos mencionar: Virgen Singular (Madrid
2001), María, Madre del Redentor (Pamplona 2009). Por estos mismos
antecedentes no nos sorprende el interesante aporte que constituye el libro
que ahora comentamos.
El autor pretende mostrar el estrecho e indisoluble vínculo que existe
entre el Espíritu Santo y María, en los hechos salvíficos propiamente tal
y en la reflexión teológica a lo largo de toda la vida de la Iglesia. Padres,
doctores y teólogos se han referido, de diversas maneras, a esta relación.
Por otra parte, esta relación no siempre ha sido bien comprendida, espe-
cialmente en el ámbito protestante. Para estos es un abuso la profusión de
la literatura mariana en desmedro de la acción del Espíritu Santo. El ob-
jetivo de este libro es, precisamente, “mostrar cuál ha sido a lo largo de la
historia el tratamiento que primeramente los Padres y después los doctores
y teólogos de los siglos siguientes han hecho de la relación existente entre
el Paráclito, la Tercera Persona de la Trinidad Beatísima, y la Santísima
Virgen María, Madre del Verbo encarnado” (p. 23).
El libro está estructurado en cinco capítulos: I. El Espíritu Santo y Ma-
ría en al Nuevo Testamento; II. El Espíritu y María en la Patrística; III. El
Espíritu Santo y María en la Edad Media; IV. El Espíritu Santo y María
en la Edad Moderna; V. El espíritu Santo y María en la Edad Contempo-
ránea. El primer capítulo constituye el punto de partida sobre el cual se
edifica la reflexión teológica en torno a María. Los textos neotestamenta-
rios son de una riqueza doctrinal inagotable lo que de manera muy sintética
es destacado en este capítulo.
Ya desde el capítulo II encontramos un aspecto novedoso que el pro-

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fesor Bastero de Eleizalde nos presenta. El detallado y exhaustivo trabajo


que ha significado consultar y citar a 149 autores nos ofrece sin duda un
panorama amplio y rico. La amplitud de estas fuentes nos permite conocer
lo que han dicho de este tema autores de sobra conocidos (los Capadocios,
San Bernardo, Santo Tomás de Aquino) como otros cuyos nombres para la
mayoría son totalmente desconocidos (Tito de Bostra, Godescalco de Lim-
burg), pero que con su reflexión nos iluminan desde prismas muy variados.
Muchas de estas citas no están tomadas de tratados teológicos, sino de
homilías u oraciones y nos muestran la vida del creyente de cada época,
es la reflexión que brota de lo más vital en donde encontramos aspectos
que reflejan una unidad creyente a lo largo de la historia. Esta unidad está
matizada o alterada por los problemas (también vitales) de cada época en
particular, así en la patrística el problema gnóstico y un lenguaje aun no
técnico ni desarrollado teológicamente se reflejan en los diversos autores,
estas realidades son las que se enfrentan e intentan responder. Y, aun pro-
fesando una fe correcta en torno al Espíritu Santo, “estaban faltos de una
terminología adecuada y una estructura conceptual apta para afirmar sin
ambages y con claridad que el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la
Santísima Trinidad” (p. 94). Aun con estas limitaciones se aprecia al final
de la patrística con bastante nitidez que María no sólo es Templo del Es-
píritu Santo sino que, por su fiat, “se canaliza toda la acción del Espíritu
Santo” (p. 95), acción que interviene en la génesis humana de Cristo con
una acción creadora.
El capítulo tercero es el más extenso, por lo extenso del periodo de
la Edad Media. En continuidad con la tradición patrística los aportes de
Oriente y Occidente son muy valiosos. El material con el que se cuenta es
prolífico, hay abundantes tratados y homilías que profundizan en el mis-
terio trinitario, lo que significa un desarrollo en la reflexión en torno a la
divinidad del Paráclito. Así como encontramos una profusión de oraciones
laudatorias a la Persona del Espíritu Santo, encontramos también oracio-
nes referidas a la veneración e intercesión de Santa María, al ser la criatura
que ha sido depositaria de la manera más plena de la efusión del Espíritu
de Cristo. Un elemento muy interesante que se aprecia con fuerza en esta
época es la idea muy extendida que el pueblo tiene de acudir a María a su
“auxilio y protección, porque percibe que la acción santificadora del Espíri-
tu pasa por sus manos” (p. 99). No es extraña esta reacción del pueblo fiel

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en momentos en que se encontraban particularmente desvalidos por los


avatares de la historia que les correspondió vivir.
Ante el cuestionamiento que motiva, en parte, al autor de este libro en
el Medioevo los teólogos “no pretenden suplantar al Espíritu Santo por la
Virgen en la acción santificadora de los hombres. Al contrario, todos con-
sideran a María como la obra perfecta del Paráclito… La misión de María
en la salvación siempre está subordinada a la acción del Espíritu Santo y
nunca entra en competencia con Él” (p. 193).
La Edad Moderna (capítulo IV) está marcada por el humanismo y la
reforma protestante. Esta última, que en un comienzo no debatió la doc-
trina mariana, terminó negando “a radice” la cooperación de María en la
redención de su Hijo. Se Rechazó la mediación y la intercesión marianas.
Se atacó directamente el culto mariano y sus manifestaciones de piedad,
llegando, con el tiempo, a acusar de mariolatría al culto mariano popular”
(p. 196). Esta nueva realidad significó una reacción en donde se destaca la
piedad y las devociones marianas (Santo Rosario, Angelus) y, junto a esto,
se inserta la figura de María en la Teología, “donde se exalta la dignidad
de la Madre de Dios y la obra del Espíritu Santo en ella” (p. 260). Entre
el s. XVII y XVIII es digno de destacar el barroco que se caracteriza por
“una efervescencia de la imaginación que se siente libre de ataduras rígi-
das de lo establecido” (p. 217). Esto se refleja en las diversas devociones,
las procesiones y todo el culto litúrgico. Diversas órdenes religiosas fueron
protagonistas de la renovación espiritual del pueblo cristiano de la mano
de una explosión del fervor mariano. Surgen así numerosas congregaciones
marianas y el desarrollo teológico da pasos importante (Francisco Suárez,
Plácido Nígido).
Por último el capítulo V, El Espíritu Santo y María en la Edad Con-
temporánea, está dividido en dos capítulos que tratan los siglos XIX y
XX respectivamente. El XIX está marcado por el Romanticismo, con gran
preponderancia del sentimiento y un marcado subjetivismo e individualis-
mo. Ante esta exaltación de lo instintivo y sentimental surgen reacciones
para demostrar los valores trascendentes del cristianismo. Por otra parte
el Liberalismo rechaza la dependencia de Dios y se afirma de manera ab-
soluta la libertad individual, la autonomía absoluta de la razón y la sobera-
nía absoluta de la Naturaleza. En este contexto post Revolución francesa,
claramente antirreligioso y particularmente anticatólico, en donde se pro-

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dujeron numerosas persecuciones y supresiones de congregaciones, surge


un renovado fervor mariano “debido al magisterio papal y a las diversas
apariciones marianas que tuvieron lugar en Francia” (p. 263). También un
hecho significativo que marcó esta época y la posterior fue la definición
dogmática de la Inmaculada Concepción. Esta renovación de la devoción
fue unida a una mirada a María que “se contempla a la luz de los primeros
siglos de la Iglesia, como la Nueva Eva, la Theotokos, la Panaghía, la Madre
de los vivientes” (p. 264).
El tratamiento al siglo XX se hace comenzando con una descriptiva si-
tuación de la realidad. La particular situación de Italia, el liberalismo na-
cionalista, el socialismo marxista fueron situaciones que marcaron la vida
de la Iglesia y el actuar de sus pontífices. Se divide este siglo en un antes y
un después del Concilio Vaticano II, en donde la doctrina pneumatológica
contenida en el capítulo dedicado a la Virgen en la Lumen Gentium tiene
una valoración desigual, ya que se “echa en falta en el texto conciliar un
parágrafo específico en el que se determine y puntualice la relación entre el
Espíritu Santo y María y un desarrollo más sistemático de la acción del Es-
píritu Santo en la doctrina conciliar” (p. 339). En esta última parte del libro
no encontramos una larga lista de autores que se mencionan, sino que es el
magisterio pontificio el protagonista a través de exhortaciones, Congresos
Marianos y encíclicas.
Junto a lo ya dicho se puede insistir en destacar que, tal vez, lo más
original de este trabajo sea las numerosas fuentes consultadas y puestas a
disposición del lector. Finalmente señalemos que, junto al exhaustivo reco-
rrido que se hace por estos numerosos autores, nos encontramos en cada
capítulo con una lúcida introducción que nos sitúa en el contexto histórico,
se destacan las principales cuestiones diputadas y se ilumina acerca de los
caminos que va tomando el devenir de la reflexión teológica. También en
cada capítulo tenemos una conclusión en donde de manera ágil, breve y
clara el autor da sus juicios en donde se extrae toda la riqueza del material
investigado. No es una simple recopilación de textos, lo que en sí mismo
tiene un gran valor, sino que, como el mismo título lo indica, se hace una
interesante reflexión histórico-teológica.

Claudio Soto H.
Instituto de Teología UCSC

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