HISTORIA CONTEMPORÁNEA E HISTORIA DEL PRESENTE:
PRECISIONES CONCEPTUALES Y RASGOS CARACTERÍSTICOS
Capítulo 6 del libro: Alted Vigil, A. y Sánchez Belén, J.: Métodos y técnicas de
investigación histórica. Madrid, Editorial Universitaria Ramón Areces, 2005, pp.
125-147, Segunda parte: Historia Contemporánea
“Mi primera contestación a la pregunta de
qué es la historia, será pues la siguiente:
un proceso continuo de interacción entre
el historiador y sus hechos, un diálogo sin
fin entre el presente y el pasado.”
(E. H. Carr, ¿Qué es la Historia?, 1961)
En la primera edición de su obra sobre Teoría e historia de la historiografía
aparecida en 1915, el filósofo e historiador italiano Benedetto Croce se interrogaba
sobre la esencia de la historia contemporánea, “término –escribía- que designa
generalmente la historia de un espacio de tiempo que pertenece a un pasado muy
próximo: los cincuenta últimos años, el último decenio, el último año, mes o día, o
incluso la última hora o minuto. Pero siendo rigurosos no se debería calificar de
contemporánea más que aquella historia que nace directamente del acto que se lleva a
cabo: la conciencia misma del acto”. Esta consideración le llevaba más adelante a la
formulación del aserto de que “toda historia digna de este nombre es contemporánea”,
en el sentido de que todo historiador escribe siempre desde su presente vivencial. Frente
a este punto de vista está el de aquellos que piensan que la historia contemporánea no
existe por cuanto se da una contradicción etimológica entre ambos términos, historia
concebida como el conocimiento de algo pasado y contemporánea identificada con lo
coetáneo o simultáneo, con lo vivido por alguien en un lapso de tiempo determinado.
En cierto sentido la historia contemporánea está en el origen de la configuración
de la historia como ciencia en la Grecia clásica. Historiadores como Herodoto y sobre
todo Tucídides creían que era posible una reproducción fiel de hechos pasados y para
ellos los testimonios orales de sus coetáneos constituían una fuente veraz para el
conocimiento de esos hechos, en todo caso cercanos al presente del historiador y que no
debían caer en el olvido de las generaciones futuras. De otro lado, la concepción cíclica
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que se tenía del tiempo, suponía una ausencia de ruptura entre pasado, presente y futuro.
Así, para los antiguos, dado que el pasado podía volverse a reproducir en el futuro, los
historiadores debían proporcionar a sus contemporáneos un conocimiento de los hechos
que tenía que servir de modelo de actuación y que era tanto más veraz cuanto más
cercano fuera en el tiempo a aquellos.
El Renacimiento supuso una primera ruptura con el modelo heredado de los
historiadores grecorromanos. Por una parte se iba a aplicar la teoría de la perspectiva al
conocimiento histórico en el sentido de que el relato ya no aparecía como un “espejo”
fiel del pasado sino que estaba influido por la perspectiva adoptada por el historiador, lo
que introducía el concepto de relativismo en el conocimiento, que adquirió gran
importancia sobre todo a partir del siglo XVIII. Por otra, se produjo una preocupación
progresiva por entroncar la historia con las ciencias de la naturaleza o experimentales, lo
que llevó a un desarrollo de los estudios sobre erudición y crítica de fuentes en los
siglos XVII y XVIII, que estuvo en la base de la configuración de la hermenéutica o
arte de interpretación de los textos con la ayuda de ciencias auxiliares como la
paleografía, la diplomática o la numismática.
En un deseo de abandono de la concepción cristiana de la vida que había
impregnado el Medioevo, los humanistas de los siglos XV y XVI consideraron que la
historia no se ocupa de recoger hechos resultado de la acción divina, sino que aquella es
el relato de acciones producto de la actuación de los seres humanos. A la vez la historia
se convierte en parte esencial de la educación de un caballero por ser fuente de
formación moral, medio de entretenimiento que ilustra, en contraposición a las novelas
de amor y a las novelas de caballería o de aventuras de la época, y fuente que enseña
acerca de la naturaleza del hombre y de su acción política. Esta mentalidad sobre la
función de la historia perduraría hasta finales del siglo XIX y en cierto sentido incluso
hasta nuestros días. Por último y sobre todo en relación con lo que nos ocupa, ya en los
escritos de los humanistas italianos se comienza a abandonar la concepción cíclica del
tiempo y a mostrar la existencia de una serie de discontinuidades en el interior del
“eterno” Imperio Romano. De esta manera se fue configurando la idea de un “medio
aevum” o edad media distinta de la antigüedad y de la época en la que vivían. Esta idea
fue recogida por el filólogo y geógrafo alemán Christophorus Cellarius, (1638-1707)
que publicó en 1688 su obra Historia meddi aevi a Costantino magno usque ad
Constantinopolim a Turcis captam. En la misma se configuraba una historia medieval
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limitada por una historia antigua que tenía su final en el año 311 dc y una historia
moderna que se abría en el año 1453 tras la caída de Constantinopla en poder de los
turcos. A pesar de que hubo discrepancias en cuanto a las fechas, esta periodificación
tripartita se convirtió a partir de entonces en la más aceptada sobre todo por su utilidad
normativa y pedagógica. Pero no se puede olvidar que esta división en periodos no tenía
ningún fundamento científico y se basaba en una visión eurocéntrica de la historia.
Tenía validez para la historia europea, pero no se podía aplicar a la historia de otros
países de los continentes americano, asiático o africano.
La noción de historia contemporánea como época de la historia universal
diferenciada de la edad moderna a la que ha sucedido, es tardía, y va unida a las
transformaciones que ha sufrido el oficio del historiador desde las primeras décadas del
siglo XX. No obstante, en los siglos XVIII y XIX los historiadores ya expresaron su
curiosidad por conocer la historia de los hechos contemporáneos. Con ese carácter de
referencia a una época coetánea a la del historiador, la historia contemporánea hizo su
aparición en el ámbito historiográfico a mediados del siglo XIX. En su Historia
Universal (1838-1843) el italiano Cesare Cantú se refiere a la historia contemporánea
como historia de la época presente a la vez que identifica la historia moderna con la
historia de las naciones que se han formado desde el siglo XVI. En 1862 el Diccionario
Enciclopédico de la Lengua Española en su voz “Historia”, se refería a la historia
contemporánea como historia de los acontecimientos de lo que se es testigo y en la
edición de 1882 del Dictionnaire de la Langue Française que Paul Émile Uttré
publicara por primera vez entre 1868 y 1878, se definía la historia moderna como la
etapa histórica que abarca desde el Renacimiento en el siglo XVI hasta nuestros días,
mientras que la historia contemporánea es la historia coetánea de los hombres y
acontecimientos acerca de los cuales se escribe. De acuerdo con esto la historia
contemporánea se fundamenta en los testimonios directos, no puede ir más allá de la
experiencia vivida y tiene su anclaje en la memoria que recuerda. Concebido así
enlazaba con la percepción que de la historia se tenía en la antigüedad greco-latina.
A lo largo del siglo XIX y de forma creciente en su segunda mitad, se produjo la
profesionalización de los estudios históricos. Al socaire de las revoluciones liberales y
del auge de los movimientos nacionalistas, la historia entró en la Universidad donde
empezaron a estudiar y a impartir clases las primeras generaciones de historiadores
especialistas, formados, siguiendo las líneas metodológicas fijadas por el historiador
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alemán Niebuhr a principios del siglo XIX. Esta configuración de la historia como
disciplina profesional y autónoma implicó una serie de presupuestos que iban a
condicionar la labor del historiador y que fueron claramente desarrolladas por uno de
los historiadores que ha ejercido una mayor influencia en la historiografía: Leopold von
Ranke. Al igual que otros “historiadores profesionales”, Ranke era consciente de que
toda historia se escribe en tiempo presente, por ello era necesario distanciarse de ese
presente, establecer una separación clara entre el mundo de los muertos y el de los
vivos, entre la historia y la memoria viva, porque consideraba que era imposible llegar a
conocer realmente el pasado si se “miraba” y trataba de explicar con categorías
“actuales”. De esta manera había que reflejarse en la “contemporaneidad” del pasado y
tratar de comprenderlo con los mismos ojos de quienes lo vivieron. Para ello había que
llevar a cabo un riguroso análisis basado en fuentes escritas, que se conservaban en
archivos públicos institucionales, y a las que se debía someter a una exigente crítica
textual a la par que aplicar un método producto de un largo proceso de aprendizaje. Esto
a su vez se asentaba en los principios de la perspectiva o distancia temporal que
acentuaba esa neta separación entre el pasado y el presente del historiador, y en la
obligada objetividad o imparcialidad solo posible si se había producido aquel
distanciamiento que convertía los hechos históricos que se estudiaban en algo concluso,
cerrado, lejano de las preocupaciones vivenciales a las que se veía abocado el
historiador como sujeto inserto en una época histórica determinada.
Estos postulados estuvieron en la base de la corriente historiográfica historicista,
y en Alemania y otros países europeos sus representantes se pusieron al servicio de la
construcción de los estados nacionales, de ahí que los aspectos políticos predominaran
en esta forma de hacer historia, en la que los documentos escritos conservados en
archivos oficiales se convertían en las fuentes esenciales para la reconstrucción del
pasado.
En Francia se produjo una situación paradójica, pues mientras los historiadores
universitarios partidarios de la República centraban sus investigaciones en la historia
antigua y medieval, los historiadores “literarios”, que en gran parte pertenecían a los
partidos conservadores y católicos y a las clases privilegiadas de la sociedad, escribían
sobre los periodos moderno y contemporáneo, y ello porque para los detractores de la
República el estudio de lo contemporáneo servía para rehabilitar al Antiguo Régimen
frente a la Revolución y a la República. Reflejo de esta concepción de la labor del
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historiador es la obra de Hippolyte Taine Los orígenes de la France contemporaine
(1875-1893). Esta incidencia en lo contemporáneo se vio reforzada por la creación de la
Revue des questions historiques en 1864 y de la Societé d’historie contemporaine
(1890) que coordinaría los esfuerzos de múltiples sociedades en donde los componentes
conservador y católico eran los dominantes.
Ante esta situación los dirigentes republicanos reaccionaron, pues para ellos los
historiadores universitarios no sólo debían centrarse en el estudio de un pasado “alejado
de sus preocupaciones”, sino que tenían que contribuir a la construcción de una
memoria nacional basada en los postulados del nuevo régimen. Acorde con ello en 1876
los historiadores “metodistas” Gabriel Monod y Gustave Fagniez fundaron la Revue
Historique con el objetivo de acabar con el historiador “literario” para convertirlo en
“científico”. Además, desde los años ochenta se crearon en la Universidad de la
Sorbona varias cátedras dedicadas a las épocas moderna y contemporánea y se introdujo
la historia contemporánea en los programas oficiales de la enseñanza secundaria.
En 1898 los profesores de la Sorbona Charles-Víctor Langlois y Charles
Seignobos, significados representantes de la escuela metódica, publicaron las lecciones
que habían impartido en el curso 1896-1897 con el título Introduction aux études
historiques. Este libro que ejerció una gran influencia en su época, constituía una
reflexión sobre el quehacer del historiador y los principios y procedimientos que debían
orientar la investigación, alejados de una filosofía de la historia o “historia literaria” al
estilo de la practicada por Jules Michelet o Hippolyte Taine. Para Langlois y Seignobos
el historiador era un profesional que recogía, seleccionaba y ordenaba documentos
escritos y a partir de ellos trataba de explicar de manera objetiva los hechos históricos
de acuerdo con unas reglas rigurosas, que constituían el método, pero sin la pretensión
de buscar constantes y leyes dado que los acontecimiento habían sido protagonizados
por seres individuales en un pasado al que ya sólo se podía acceder a través del
documento escrito, que “no es el acontecimiento mismo, ni siquiera su huella inmediata
en el espíritu de quien lo presenció; no es más que un signo convencional del efecto que
el acontecimiento produjo en el ánimo del testigo”. Evidentemente esta concepción se
oponía a la idea de la historia como ciencia capaz de formular leyes o constantes a partir
del análisis de los hechos. Langlois y Seignobos se convirtieron así en los adalides de
una forma de hacer historia que influyó en generaciones de historiadores, a la vez que
provocaban las críticas de numerosos detractores.
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En lo que respecta a la historia contemporánea ambos historiadores la concebían
como materia de enseñanza, de divulgación, pero no como objeto de investigación. En
el prefacio a su Histoire politique de l’Europe contemporaine (1897), Seignobos
afirmaba que “la vida de un hombre no era suficiente –no digo para estudiar y criticar–
sino para leer todos los documentos incluso de un único estado europeo. Es pues
materialmente imposible escribir una historia contemporánea de Europa conforme a los
principios de la crítica”. Esto le llevaba a apoyarse en su obra en documentos de
“segunda mano”, tratando de aportar nuevas interpretaciones a hechos ya conocidos.
Esta idea no estaba muy lejos de lo que pensaban otros historiadores republicanos para
quienes resultaba imposible aplicar las reglas del método histórico al período
contemporáneo. En este sentido, a finales del siglo XIX sólo la historia de la época
moderna y de la Revolución Francesa se habían integrado en el ámbito de la historia
científica. Esto no obstante, la historia contemporánea se hallaba ya en el centro de las
preocupaciones de los “historiadores republicanos” que la enseñaban y sobre la que
escribían en el órgano de la Sociedad de Historia Moderna creada en 1898: la Revue
d’Histoire moderne et contemporaine.
La idea de la separación radical entre el pasado y el presente empezó, por otra
parte, a ser cuestionada en el cambio de siglo lo que implicó una nueva forma de
afrontar “lo contemporáneo” en historia. En este sentido los primeros análisis más
elaborados los llevaron a cabo el sociólogo Émile Durkheim y algunos de sus discípulos
como François Simiand que, en el debate que mantuvo con Charles Seignobos (1903),
criticó la concepción “empirista” del tiempo tal y como la mantenían entonces la
mayoría de los historiadores, que lo consideraban como una categoría histórica
impuesta al investigador que debía seguir forzosamente un hilo secuencial cronológico
en los fenómenos que estudiaba. Para Simiand y otros sociólogos seguidores de las
ideas de Durkheim, la categoría tiempo no garantizaba la objetividad en el acercamiento
al pasado ya que el historiador dirigía su mirada hacia ese pasado desde su propio
tiempo presente, y era desde este a partir del cual se interrogaba sobre épocas anteriores.
Ello hacía que no fuera necesaria la consulta de toda la documentación de archivo
disponible sobre un período determinado para poder elaborar una obra objetiva y
científica, pues era en función del estado actual de su disciplina como los historiadores
formulaban una serie de interrogantes que trataban de responder a partir de aquellos
documentos que, en la medida de lo posible, les permitían dar respuesta a esas hipótesis.
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Este planteamiento propiciaba la “reconciliación” entre pasado y presente y permitía
que se pudiera estudiar de manera objetiva tanto un pasado remoto como uno cercano.
Pero para Durkheim y sus seguidores la objetividad y el carácter científico de la
investigación acometida por un historiador sólo era posible si trascendía de lo particular
a lo general para establecer constantes de validez general, lo que privilegiaba la
importancia del uso de las técnicas estadísticas.
En los primeros años del siglo XX estas ideas influyeron de forma notable en el
campo de la historiografía y permitieron el desarrollo de investigaciones sobre temas
diversos de la historia contemporánea, a partir de una seria crítica de fuentes y de la
aplicación de los principios del método histórico. Así, la historia contemporánea fue
precisando sus contornos como período histórico definido y legitimado por mor de los
historiadores que investigaban sobre él, exponiendo sus resultados en asociaciones y
reuniones científicas y en publicaciones especializadas.
Estas nuevas perspectivas sobre la “contemporaneidad” y la “historia
contemporánea” adquirieron carta de naturaleza gracias a Lucien Febvre y Marc Bloch
que, en 1929, fundaron la revista Annales d’histoire économique et sociale a partir de la
que surgió la Escuela de los Annales. En sus Combats pour l’histoire (1931) Febvre
subrayaba el hecho de que con la historia el hombre trata de responder a las preguntas
que se plantea sobre su presente; es, pues, en función de la vida como se interroga al
pasado y Marc Bloch en su Apologie pour l’histoire (1949) cuestionaba el principio de
que la historia sea la “ciencia del pasado”, ya que no hay ninguna ruptura entre pasado y
presente pues “en la duración infinita el presente es siempre ya pasado”. Bloch insistía
en el hecho de que no se puede conocer el presente si se ignora el pasado y a la inversa
es imposible comprender el pasado si se desconoce el presente. Esta dialéctica pasado-
presente fue una de las aportaciones más importantes de Annales junto a la definición de
su disciplina como historia-problema, en la que el alejamiento o perspectiva temporal
para el estudio de hechos pasados no constituye ninguna garantía de objetividad.
Convencidos del anclaje de la historia con el tiempo vital del historiador, los creadores
de Annales abogaron por una necesaria interdisciplinariedad entre las distintas ciencias
sociales y humanas, una de las cuales es la historia. Sin embargo, a pesar de esta
renovada perspectiva sobre las relaciones entre el pasado y el presente, las generaciones
de historiadores que sucedieron a Febvre y Bloch no dieron una respuesta satisfactoria
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al problema de la contemporaneidad, más bien iban a desinteresarse por la historia
contemporánea y a focalizar su atención en la época moderna.
En el ámbito anglófono la categoría historia contemporánea nunca se asumió y
se siguió utilizando la denominación de modern period, a lo sumo con dos
subdivisiones: early y late modern period. Aquí el término historia contemporánea se ha
empezado a utilizar en las últimas décadas para designar lo que se entiende hoy día en
los países latinos por historia del presente, tal y como se va ver a continuación. De esta
guisa, en 1987 se fundaba en Londres el Instituto of contemporary british history con el
propósito primordial de “promover la comprensión de la era de la posguerra” y “de
estimular la investigación y el análisis de los años posteriores a 1945”. Con
anterioridad, el historiador británico Geoffrey había recogido en forma de libro una
serie de conferencias que se publicaron en 1964 con el título An introduction to
contemporary history. Uno de los principales propósitos que le animaban era demostrar
como la historia contemporánea difería “en calidad y contenido” de la historia moderna.
“Atalayando el pasado desde el alto mirador del presente –escribe- podemos apreciar
que los años transcurridos entre 1890, en que Bismarck se retiró del escenario político,
y 1961, en que Kennedy ocupó la presidencia de los Estados Unidos, constituyen una
vertiente entre dos edades. Una de estas da a la era contemporánea, que está todavía en
sus comienzos, mientras que la otra se extiende a todo lo largo del paisaje de la historia
moderna con sus tres cumbres conocidas: Renacimiento, Enciclopedismo y Revolución
Francesa. Este libro pretende estudiar esa gran vertiente que separa dos edades en la
historia de la humanidad; porque ahí es donde cristalizaron las fuerzas que han
moldeado el mundo contemporáneo”.
De esta manera Barraclough delimitaba una etapa contemporánea con unas
características propias, tal y como exponía de manera detallada a lo largo de su obra.
Sin embargo, este planteamiento seguía sin dar una respuesta satisfactoria a la
sempiterna cuestión de la división en épocas de la historia, a la vez que introducía una
nueva línea divisoria en los límites marcados por la historiografía francesa que hacía de
su Revolución de 1789 el acontecimiento alumbrador de una nueva era. Pero para
complicar más un problema no resuelto como era el de la delimitación de los
contornos temporales de una edad contemporánea con entidad propia, tras la barbarie
que supuso la Segunda Guerra Mundial empezó a abrirse camino un nuevo ámbito que,
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para la historiografía francesa y en general de los países latinos, supondrá una
diferenciación con la que entonces se considerará historia contemporánea “clásica”.
Las secuelas provocadas por lo ocurrido en la Europa de entreguerras y durante
los años de 1940-1945 habían conmocionado a las sociedades occidentales. Los
supervivientes y los poderes públicos de los distintos países dirigieron entonces su
mirada hacia los historiadores para que trataran de explicar porqué se había llegado a
aquello. En Francia este clima dio lugar a la creación del Comité d’histoire de la
seconde guerre mondiale que, en 1980, se transformó en el Institut d’histoire du temps
présent (IHTP). En Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos se produjo una evolución
paralela. En el primer país comenzó a desarrollarse la zeitsgeschichte o historia
contemporánea en el seno de diferentes institutos universitarios, y en Gran Bretaña y
Estados Unidos se empezó a diferenciar, en el marco de la modern history, un período
centrado en la época más reciente y que se configuraba con unas características
específicas. Esto se reflejó en la aparición del Journal of Contemporary History en
1966. Pero hasta principios de la década de 1980 no se comenzó a ver de forma clara la
emergencia de un nuevo dominio de la investigación histórica que en el mundo latino
tendría diferentes denominaciones: del tiempo presente, del presente, coetánea, actual,
reciente, inmediata, de nuestro tiempo, del mundo actual, de lo muy contemporáneo…;
términos que, con matizaciones, aluden a realidades similares. De todas ellas, la
denominación que me parece más acertada y que utilizaré es la de historia del presente.
Antes de precisar que se entiende por esta nueva forma de hacer historia hay que
insistir en que continua abierto el debate sobre lo contemporáneo y la
contemporaneidad. Para una mayor clarificación pedagógica y por influencia de la
historiografía francesa se suele diferenciar entre la historia contemporánea “clásica” y la
historia del presente. La primera tiene su límite temporal inicial en el año 1789 y su
límite final avanza en función de lo que entendemos por historia del presente, como se
verá. En el mundo anglosajón y germano se siguen utilizando los términos
contemporary history y zeitsgeschichte para el estudio de épocas recientes, aunque
podemos encontrar una publicación de divulgación histórica con el título de History
Today.
En España no existe ninguna institución similar al IHTP que se dedique a la
historia del presente, que, sin embargo, está recogida en los planes de estudio de la
segunda enseñanza y universitarios. Pero la disciplina que en el ámbito docente se
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denomina “Historia del mundo actual” (desde 1945 hasta el presente) no tiene que ver
con lo que se entiende por historia del presente ya que no supone una nueva forma
metodológica de análisis y explicación de temas que hasta hace unos años se estudiaban
dentro de la historia contemporánea. En esta misma línea, en 1993 el grupo de Historia
16 inició una colección: “Cuadernos del Mundo Actual”. El número 1 se abría con una
presentación sobre “la historia de hoy” escrita por Hugh Thomas. La colección se
iniciaba tras la Segunda Guerra Mundial y finalizaba a principios de la década de 1990.
En los cien cuadernos publicados se abordaban con un carácter de divulgación seria
temas candentes y “vivos” que siguen interactuando en nuestro presente más inmediato
y contribuyen a explicarlo, pero el planteamiento de los mismos no implicaba tampoco
ninguna innovación metodológica.
Sin embargo, en los últimos años se está avanzando en la configuración
institucional de la llamada historia del presente, siempre en el marco de centros
universitarios y por mor de historiadores que, a la vez que tratan de precisar sus
principios teóricos y metodológicos, centran sus investigaciones en temas referidos a
este dominio del conocimiento histórico sobre la base de nuevos enfoques, perspectivas
y fuentes. En este sentido hay que mencionar la labor pionera de Josefina Cuesta de la
Universidad de Salamanca en estrecho contacto con las actividades del IHTP; las
investigaciones y reuniones científicas promovidas desde mediados de los años noventa
por el Seminario de Historia del Presente de la Universidad de Extremadura (Cáceres);
las distintas convocatorias, desde 1996, de los Simposios de Historia Actual llevadas a
cabo por el Instituto de Estudios Riojanos y la Universidad de la Rioja (Logroño), el
último de los cuales (el quinto simposio) se celebró en noviembre de 2004; la creación
en el año 2001 de la Asociación de Historiadores del Presente en el seno del
Departamento de Historia Contemporánea de la UNED (Madrid) que edita la revista
Historia del Presente; la constitución en el año 2003 de la Asociación de Historia
Actual vinculada al Grupo de Estudios de Historia Actual de la Universidad de Cádiz,
que publica Historia Actual on-line y la Revista de Historia Actual y, por último, la
creación en el año 2005 de una Cátedra de la Memoria Histórica en la Universidad
Complutense de Madrid.
En este punto, quiero aludir a dos de las matizaciones que se hace a la historia
del presente desde la Asociación de Historia Actual (AHA) y desde el Groupe de
Recherche sur l’Histoire Inmediate (GRHI) creado en 1989, y que tiene su sede en la
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Maison de Recherche de la Université de Toulouse-Le Mirail; ambas matizaciones
vienen implícitas en la utilización de los términos actual e inmediata en vez de presente.
En el número 1 (primavera de 2003) de la revista Historia Actual on-line, Julio
Pérez Serrano, responsable del Grupo de Estudios de Historia Actual, escribía: “La
Historia Actual no es una nueva disciplina, ni reclama una cronología propia, ni
tampoco aspira a poseer los derechos sobre un determinado tiempo histórico. Si hubiera
que definirla cabría hacerlo como una corriente que se nutre, por un lado, de la
importante ampliación del marco teórico de la historia promovida por la historia del
tiempo presente y, por otro, de las aportaciones que la prospectiva y los estudios de los
futuros han realizado en la vía de restaurar la unidad de la secuencia pasado-presente-
futuro”.
Por su parte en la “Definición” de sus contenidos el GRHI considera que prefiere
utilizar la expresión de historia inmediata en lugar de historia del tiempo presente, “en
primer lugar porque esta nos parece menos convincente que la de historia inmediata.
Hablar de tiempo presente para evocar la Segunda Guerra Mundial o incluso la Guerra
de Argelia no parece muy convincente. Por otra parte, deseamos desmarcarnos de los
investigadores que limitan el periodo llamado del tiempo presente a la fecha tope de
accesibilidad a los archivos públicos (30 años los más frecuentes) […], pensamos que
con o sin archivos oficiales, la historia puede y debe ser escrita y que el trabajo del
historiador es posible, bajo ciertas condiciones, hasta una fecha muy próxima a
nosotros. En suma, entendemos por historia inmediata la parte final de la historia
contemporánea, englobando tanto la del llamado tiempo presente como la de los últimos
treinta años; una historia que tiene como característica principal haber sido vivida por el
historiador o sus principales testimonios-protagonistas”.
En ambos casos se quiere ir más allá de la historia del presente, pero los
argumentos que se aducen para ello no suponen una superación de esta última, primero
porque la visión de futuro está implícita en las formulaciones tradicionales de lo que se
entiende por historia del presente, al igual que la de coetaneidad con el presente del
historiador y de los protagonistas-testimonios, y, en segundo lugar, porque esa
delimitación de los treinta años puede ser válida para algunos historiadores que se
mueven en los márgenes del presente, pero en ningún momento se ha aducido como uno
de los elementos configuradotes de la historia del presente. Precisaré ahora que entiendo
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por historia del presente y cuales son los rasgos que, a mi modo de ver, personalizan
esta forma de hacer historia.
De acuerdo con la definición que da François Bédarida (“La memoire contre
l’histoire”, Esprit, París, 1993), la historia del presente va unida a la noción de tiempo,
de temporalidad. Así, no se corresponde con una época histórica determinada y no tiene
que ver con la división tradicional de la historia en etapas cronológicas. Su referencia es
el tiempo. Nace cuando el pasado empieza a cristalizar en la memoria de un testigo vivo
y se mantiene mientras ese pasado permanece como tal memoria viva. Es pues el lugar
donde pasado, presente y futuro se encuentran o convergen. En su deseo de impregnar
de historicidad al presente, Bédarida se remonta a San Agustín, de esta forma define el
presente como “el lugar de una temporalidad expandida que contiene la memoria de las
cosas pasadas y la expectativa de las cosas por venir”. Presente, pues, que se proyecta
hacia los márgenes de un pasado cercano y de un futuro próximo en el marco temporal
de la experiencia vivida; presente, en suma, que coincide con la duración de una vida
humana. En este sentido, a partir del momento en que no existe ningún superviviente de
una época determinada, deja de considerarse como historia del presente para convertirse
en historia contemporánea “clásica”.
Concebida de esta manera, la historia del presente va unida a la memoria de los
testigos vivos y sus testimonios se convierten en fuente esencial (evidentemente junto a
otras) para la reconstrucción de una historia que estudia “procesos en curso”, que
analiza fenómenos inacabados o bien cerrados en un tiempo muy cercano al presente del
historiador. Esto hace que sea una historia dinámica, en continuo movimiento, unida al
período cronológico en el que confluyen los protagonistas y los historiadores. Historia
viva, que tiene su anclaje fundamental en una experiencia recordada, reactualizada por
la memoria de protagonistas que han vivido unos hechos históricos concretos. Pero aquí
tenemos que tener en cuenta dos aspectos importantes, la utilización de los términos
generación y memoria.
Con respecto al primero hay que considerar que en un “presente actual” siempre
confluyen varias generaciones de protagonistas y de historiadores. Por ejemplo, todavía
estudiamos la Guerra Civil española de 1936-1939 como una historia del presente
porque podemos recurrir a testimonios de jóvenes combatientes o civiles, aquellos que
nacieron en torno a 1915-1920, así como de los que eran adolescentes o bien niños y
conservan recuerdos de esos años. En cuanto a los historiadores, son también distintas
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las generaciones que se pueden acercar en un momento dado al análisis de ese periodo
con un bagaje de experiencias y una formación diferente si nos atenemos a esta variable
de la edad. Al respecto, es diversa la percepción sobre la guerra de un joven historiador
que empieza su camino en el ámbito de la investigación histórica, de aquél que lleva ya
años escribiendo e impartiendo docencia e incluso de quien, en una etapa madura, es
considerado un gran especialista en el estudio de esa parcela de la historia española
reciente. En consecuencia el factor de la edad, aunque obvio, no puede dejar de tenerse
en cuenta por la historiografía del presente.
En lo relativo al tema de la memoria, esta se constituye en objeto fundamental de
la historia del presente, pero no puede confundirse con la historia. El historiador francés
Jacques Le Goff considera que hay al menos dos historias, la de la memoria colectiva y
la de los historiadores. La historia vivida o la de la memoria colectiva, así denominada
por Maurice Halbwachs (1968) y a la que alude Le Goff (1988), construye su propio
sistema de representación no en función de argumentos lógicos, sino de acontecimientos
que marcan la conciencia de los individuos de una colectividad, acontecimientos
insertos en un doble espacio geográfico y temporal concretos en torno a los cuales el
grupo social va definiendo su identidad. Es una historia compartida, que debe poco al
documento escrito, es además selectiva y se apropia del olvido como elemento
consustancial ya que sin olvido no puede haber memoria; memoria que bascula entre la
“memoria común” o conjunto de recuerdos vividos por un grupo social y la “memoria
histórica” que es la apropiación de recuerdos históricos por parte de aquel. Ambos
niveles de recuerdos (los subjetivos individuales y los históricos) son reinterpretados
por el grupo en función de sus propias necesidades.
Junto a esta historia vivida o de la memoria colectiva, la historia que hacen los
historiadores orientada por los principios de la veracidad y de la objetividad y asentada
en el análisis crítico y contrastado de las fuentes. Historia centrada en un pasado
inmediato, mediato o remoto; asumida o cuestionada por la comunidad científica,
utilizada por los medios de comunicación y consumida por un público diverso. Historia
que se asienta en todo tipo de documentos que se signifiquen como huella o indicio del
pasado, pero frágil y volátil porque cada nueva generación necesita repensar el pasado
en función de sus necesidades y aspiraciones presentes.
En la actualidad la historia del presente tiene ya un status aceptado por la
historiografía, aunque bien es cierto que a los historiadores que centran su quehacer en
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este ámbito de lo histórico, se les hacen una serie de objeciones que persiguen
cuestionar su validez. Veamos cuales son las más usuales y como se pueden contra
argumentar.
1. Ausencia de distanciamiento temporal o perspectiva corta.
La aceptación de este principio tan querido para la historiografía tradicional
lleva a que se pierda el conocimiento que una generación tiene de su época. La historia,
como todo conocimiento, es un saber acumulativo. Una generación de historiadores
siempre continua la labor desarrollada por sus predecesores, pero a su vez tiene derecho
a pensar, hacer y escribir su propia historia. Como ya dijera Lucien Febvre es en
función de la vida como se interroga al pasado, y hoy más que nunca es necesaria una
historia del presente que de sentido a la época de cambios acelerados en la que vivimos.
2. Carencia de objetividad
Si uniéramos la necesidad de distancia temporal a la de objetividad, estaríamos
negando la condición de ciencia al conjunto de las ciencias sociales, pues en cualquiera
de ellas, y la historia es una ciencia social, el sujeto por su propio carácter se implica
con su objeto de estudio. Como cualquier persona, el historiador no puede abstraerse de
su ser y circunstancias, es hijo de un lugar y un tiempo determinados y debe interrogar
al pasado en función de sus inquietudes por el presente en el que vive y actúa. Por tanto,
al margen del período objeto de interés de un historiador, la subjetividad es una cualidad
inherente a sí mismo. Lo importante es ser consciente de ella y objetivar esa
subjetividad en el quehacer profesional, al igual que cualquier otro científico social.
3. Desconocimiento del final o historia inacabada.
Esto es cierto, pero también lo es el hecho de que muchos de los procesos de los
que se ocupa la historia del presente ya están cerrados. De todas formas, aunque un
historiador del presente no pueda ver todas las repercusiones de un hecho histórico
inconcluso, no es un motivo para que no trate de interpretarlo desde una perspectiva de
coetaneidad. Esto le permitirá transmitir a las futuras generaciones conocimientos y
percepciones que ellas ya no podrán captar. Especial relevancia reviste en este sentido la
posibilidad de trabajar con testimonios orales y con “archivos vivos” (los de los propios
protagonistas)
4. Debilidad de los instrumentos epistemológicos y metodológicos
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La profesionalización de los estudios históricos en la segunda mitad del siglo
XIX, llevó a la consolidación de unas disciplinas auxiliares que debían ayudar al
historiador a determinar la autenticidad y veracidad del documento escrito conservado
en un archivo público. La aceleración vertiginosa de los acontecimientos a lo largo del
siglo XX, la mundialización de los fenómenos, su inmediatez y presencia en cualquier
lugar del planeta gracias a unos medios de comunicación cada vez más poderosos, los
rápidos avances científicos y tecnológicos…; todo ello hace que el científico social y
por ende el historiador tengan que enfrentarse a una ingente cantidad de nuevas y
variables informaciones, que les obligan a revisar de forma continuada los
planteamientos teóricos y metodológicos de sus disciplinas. Problema que no sólo
afecta al historiador del presente, también el que investiga épocas lejanas en el tiempo
tiene que replantear sus presupuestos epistemológicos y su metodología de trabajo, pues
los avances tecnológicos han modificado las formas de acceso al conocimiento de
manera impensable hace unas décadas.
Por otra parte, las fuentes que maneja el historiador están sometidas a cambios
tecnológicos que conducen de forma continuada a redefinir las bases sobre las que
tradicionalmente se han asentado las disciplinas auxiliares. A esto se une la necesaria
interdisciplinariedad de la historia (no sólo de la historia del presente) con otras ciencias
sociales y la utilización de métodos y técnicas de estas últimas. Esto no se debe ver
como una limitación para la historia sino como una fuente de enriquecimiento. Además
el historiador cuenta con tres elementos metodológicos que le permiten ir más lejos que
cualquier otro científico social: la temporalidad, la globalidad y la capacidad de síntesis.
En cuanto a la temporalidad, la historia no es una ciencia del pasado sino de las
“sociedades en el tiempo”. Esto hace que no excluya de su objeto de estudio ningún
período cronológico y que potencie la visión de lo temporal como un “continuum” hacia
atrás y hacia delante desde el presente. En segundo lugar el historiador, a diferencia de
otros científicos sociales, necesita aunar todos los elementos que intervienen en un
proceso, para ver como se interrelacionan e influyen entre sí. Esta percepción global de
los fenómenos históricos le permite, por último, desarrollar la capacidad de síntesis
necesaria para poder dar sentido e interpretar el conjunto de factores que se encuentran
en la base de todo fenómeno histórico.
5. El historiador del presente no hace historia sino periodismo.
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Es frecuente acusar al historiador del presente de que escribe como un
periodista. De otro lado, muchos periodistas consideran que actúan como historiadores.
Es evidente que entre periodismo e historia del presente se da una estrecha relación. El
periodismo de investigación bebe sus fuentes en la historia y a su vez la historia del
presente es tributaria de algunos aspectos de la metodología que utiliza el periodista.
Pero un historiador siempre se diferenciará del periodista, al margen de la época que
analice, porque: trabaja con los conceptos de temporalidad y cambio; trata de “agotar”
las fuentes sobre aquello que investiga; analiza e interpreta y aborda el estudio de los
hechos históricos con un sentido de globalidad y síntesis como ya he destacado.
6. Limitación de las fuentes en especial las de archivo.
Aunque resulte paradójico, el historiador del presente se tiene que enfrentar al
doble problema del tipo de fuentes y de su sobre abundancia. Esto último se debe a que
en las sociedades post industriales y de masas, dominadas por la tecnología, las fuentes
de información crecen en progresión geométrica. De otro lado, se aduce que el
historiador del presente no tiene acceso a la documentación que se conserva en archivos
públicos por no haber transcurrido el tiempo preciso para su consulta. Esto es cierto en
parte, pues sólo la documentación de carácter personal presenta unas reservas legales
temporales más estrictas para su consulta. Con respecto a otro tipo de documentación,
las limitaciones que establece la legislación varían según el organismo de quien dependa
el archivo y los países. Se podría indicar de forma genérica en torno a los veinticinco o
treinta años, lo que permite su consulta para el estudio de hechos que están dentro de lo
que se considera todavía como historia del presente. Esto en cuanto a los archivos
públicos. Los archivos privados tienen su propia regulación y en el caso de los
personales dependen sobre todo de la voluntad de sus propietarios. De todas maneras,
este acceso restringido a los archivos se palia con la posibilidad que tiene el historiador
del presente de trabajar con un tipo de fuentes al que no podrá recurrir un historiador en
el futuro: los testimonios orales o memoria viva.
Páginas arriba señalé como el basamento de la historia del presente es la
memoria viva, que se recupera a través de la reactualización en tiempo presente de los
recuerdos de un protagonista de los hechos que el historiador quiere estudiar. En este
sentido es una fuente contemporánea a este último, no a los hechos que se evocan,
mientras que el documento escrito de archivo es coetáneo de los acontecimientos a los
que hace referencia. Por otra parte, la intersubjetividad que se establece entre un
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historiador y un testigo que “crean” una fuente, supone una doble labor de crítica para
los historiadores que acceden a archivos orales. Pero además, los testimonios vivos
tienen sus propios archivos privados o personales que, en algunos casos, resultan
esenciales para el análisis de determinados fenómenos históricos. Aparte, el historiador
del presente utiliza otras fuentes como la prensa, radio, fotografía, cine, televisión… y
objetos de todo tipo; porque para él como para otro historiador que investiga una época
lejana, todo indicio puede ayudarle en la reconstrucción del pasado. Esta amplitud de
fuentes tan diversas contribuye a darle una visión amplia y compleja del proceso
estudiado.
Por ello y como se ve no hay, en realidad, barreras entre el historiador del
presente y aquel que dirige su mirada hacia más atrás. Son formas diferentes de hacer
historia. En cualquier caso, el compromiso con el presente es algo que atañe a todo
historiador que quiere “trascender” el mero oficio de historiar.
PARA PROFUNDIZAR
- [Link]. (1992): Écrire l’histoire du temps présent. En hommage à François
Bédarida. CNRS Editions, París.
- AROSTEGUI, J. (2004): La historia vivida. Sobre la historia del presente.
Alianza, Madrid.
- BARRACLOUGH, G. (1985): Introducción a la Historia Contemporánea.
Gredos, Madrid.
- BLOCH, M. (1998): Apología para la historia o el oficio del historiador.
INAH-FCE, México.
- CARRERAS, J. J. (2000): Razón de historia. Marcial Pons, Madrid.
- CUESTA, J. (1983): Historia del presente. Eudema, Madrid.
- DÍAZ BARRADO, M. P. (coord.) (1998): Historia del tiempo presente.
Teoría y metodología. Publicaciones de la Universidad de Extremadura,
Salamanca.
- LANGLOIS, Ch.-V. y SEIGNOBOS, Ch. (2003): Introducción a los estudios
históricos. Publicaciones de la Universidad de Alicante.
- LE GOFF, J. (1988): Histoire et mémoire. Éditions Gallimard, París.
17
- NAVAJAS ZUBELDIA, C. (ed.) (2004): Actas del IV Simposio de Historia
Actual. Instituto de Estudios Riojanos, Logroño, 2 vols.
- NOIRIEL, G. (1998): Qu’est-ce que l’histoire contemporaine?. Hachette,
París.
- PASAMAR, G. (2000): La Historia Contemporánea. Aspectos teóricos e
historiográficos. Síntesis, Madrid.
- PROST, A. (2001): Doce lecciones sobre la historia. Cátedra - Universidad de
Valencia, Madrid.
LECTURA
TODOROV, Tzvetan (2002): Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el
siglo XX. Ediciones Península, Barcelona, pp. 146-155. (3. La conservación del pasado.
Fragmentos extraídos del epígrafe: “Los tres estadíos”)
Los acontecimientos pasados dejan dos clases de huellas: unas, denominadas
“mnésicas”, en el espíritu de los seres humanos; otras en el mundo, en forma de hechos
materiales: un rastro, un vestigio, una carta, un decreto (también las palabras son
hechos). Estas distintas huellas tienen varios rasgos comunes: primero, constituyen sólo
una pequeña parte de los acontecimientos pasados, habiéndose perdido el resto; luego,
la elección de la parte restante no es, por regla general, producto de una decisión
voluntaria sino del azar o de pulsiones inconscientes en el espíritu del individuo (siendo
la excepción, precisamente, los tiranos antiguos o modernos que se esfuerzan por
controlar estrechamente esta inevitable selección). La erupción del Vesubio, al suprimir
la vida en algunas ciudades vecinas al volcán, preservó sus huellas para la eternidad;
respetó las demás ciudades y aldeas que, luego, desaparecieron de la memoria. Lo
mismo ocurre con los individuos: lo lamentemos o no, no podemos elegir entre recordar
u olvidar. Por mucho que hagamos para expulsar ciertos recuerdos, vuelven a
obsesionarnos en nuestros insomnios. Los antiguos conocían bien esta imposibilidad de
someter la memoria a la voluntad; según Cicerón, Temístocles, célebre por su capacidad
de memorizar, se lamentaba: “Recuerdo incluso lo que no quiero recordar, y no puedo
olvidar lo que quiero olvidar” i.
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Si pretendemos, por el contrario, hacer revivir el pasado en el presente, el trabajo
pasará necesariamente por varias etapas. En la práctica, éstas se confunden entre sí o se
suceden en desorden; las enumero aquí separadamente por razones de claridad.
Establecimiento de los hechos. Es la base sobre la que deben reposar todas las
construcciones ulteriores. Sin este primer paso, ni siquiera es posible hablar de un
trabajo sobre el pasado. Antes de hacerse otras preguntas, es preciso saber: ¿de dónde
procede el expediente de Dreyfus, y éste traicionó o no? ;Quién ordenó el fusilamiento
en el bosque de Katyn, los alemanes o los rusos? ¿Quiénes estaban destinados a las
cámaras de gas en Auschwitz, los hombres o los piojos] Por ahí pasa, irreductible, la
frontera entre hístoriadores y fabuladores. […]
Sin embargo, no basta con buscar ese pasado para que se inscriba
mecánicamente en el presente. De todos modos, sólo subsisten algunas huellas,
materiales y psíquicas, de lo que fue: entre los hechos en sí mismos y las huellas que
dejan, se desarrolla un proceso de selección que escapa a la voluntad de los indíviduos.
Ahora se añade a ello un segundo proceso de selección, consciente y voluntaria ésta: de
todos los rastros dejados por el pasado, decidiremos retener y consignar sólo algunos,
considerándolos, por una razón u otra, dignos de ser perpetuados. Este trabajo de
selección es, necesariamente, secundado por otro, de disposición y, por lo tanto, de
jerarquización de los hechos así establecidos: algunos serán puestos de relieve, otros
rechazados hacia la periferia […]
Construcción del sentido. La diferencia entre la primera y la segunda fase en la
labor de apropiación del pasado es la diferencia entre la constitución de los archivos y la
escritura de la historia propiamente dicha. Una vez establecidos los hechos, hay que
interpretarlos, es decir, relacionarlos unos con otros, reconocer las causas y los efectos,
establecer parecidos, gradaciones, oposiciones. Aquí se encuentran, una vez más, los
procesos de selección y combinación. Pero el criterio que permite juzgar este trabajo ha
cambiado. Mientras que la prueba de verdad (¿se produjeron estos hechos?) permitía
separar a los historiadores de los fabuladores, a los testigos de los mitómanos, una
nueva prueba permite ahora distinguir a los buenos historiadores de los malos, los
testigos notables de los mediocres. El término “verdad” puede servir otra vez aquí, pero
siempre que le demos un nuevo sentido: ya no una verdad de adecuación, de
correspondencia exacta entre el discurso presente y los hechos pasados (“4.400 oficiales
polacos fusilados por las tropas del NKVD en el bosque de Katyn en 1940”), sino una
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verdad de desvelamiento, que permite captar el sentido de un acontecimiento. Un gran
libro de historia no sólo contiene informaciones exactas, nos enseña también cuáles son
los resortes de la psicología individual y de la vida social. Sin duda, verdad de
adecuación y verdad de desvelamiento no se contradicen sino que se complementan.
No podría medirse del mismo modo esta nueva forma de verdad. El
establecimiento de los hechos puede ser definitivo, mientras que su significado es
construido por el sujeto del discurso y puede, pues, cambiar. Una determinación de
hecho es verdadera o falsa. Una interpretación de los hechos puede ser insostenible –
refutable–, pero no tiene, en el otro extremo, un umbral superior. Saber si Stalin era un
genio, un tirano o un perverso depende de la determinación de los hechos. Una
interpretación brillante no impide que otra, más brillante aún, pueda intentarse aún. Pero
no disponemos de ningún instrumento impersonal de medida para juzgar el “brío” de
ésa o aquélla interpretación histórica. Ocurre aquí con los historiadores como con los
novelistas y los poetas: el índicio de que han alcanzado una más profunda verdad de
desvelamiento se encuentra en la adhesión de sus lectores, próximos o lejanos, presentes
y posteriores; el criterio último de la verdad de desvelamiento es intersubjetivo, no
referencial. Sin embargo, la ausencia de una verdad fáctica no implica que, en el plano
del significado, todas las interpretaciones equivalgan.
La construcción del sentido tiene como objetivo comprender el pasado; y
comprender –tanto el pasado como el presente– es propio del hombre […]
Podríamos preguntarnos si, cuando el objeto que debe conocerse está formado
por males tan extremos como los del siglo XX, sigue siendo recomendable la actitud de
comprensión. ¿No corremos, acaso, el riesgo de trivializar el mal al intentar
comprenderlo? Un testigo tan escrupuloso como Primo Levi ha podido escribir,
refiriéndose a Auschiwitz: “Tal vez lo que ocurrió no deba ser comprendido, en la
medida en que comprender es casi justificar” ii. Procecende de un autor de tamaña
probidad, la advertencia merece relexión. Habría que recordar primero, sin embargo,
que no impidió al propio Levi pasar la mayor parte de su existencia intentando
comprender, extraer todas las lecciones de su experiencia de un campo de concetración.
[…] [porque] comprender el mal no significa justificarlo sino, más bien, darse los
medios para impedir su regreso.
Una dificultad aparece ante aquel que debe, a la vez, comprender y juzgar. Pues
juzgar es trazar una separación entre el sujeto que juzga y el objeto juzgado, mientras
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que comprender es reconocer nuestra común pertenencia a la misma humanidad. Ambos
actos no se sitúan en el mismo plano: se intenta comprender a los seres humanos,
susceptibles de una multitud de acciones, mientras que se juzgan las acciones
efectivamente cometidas, en cierto momento y en un medio dado. Que todos estemos
hechos de la misma pasta no significa que debamos ignorar el abismo que separa lo
posible de lo real: sin duda somos todos egoístas, pero no nos volvemos todos racistas y,
entre los racistas, sólo los nazis, en Europa, llegaron a ese extremo que es el exterminio
racial. Todos los hombres son potencialmente capaces del mismo mal, pero no lo son
efectivamente, pues no han tenido las mismas experiencias: su capacidad de amor, de
compasión, de juicio moral ha sido cultivada y ha florecido o, por el contrario ha sido
ahogada y ha desaparecido. […]
Por mucho que los hombres sean semejantes, los acontecimientos son únicos;
ahora bien, la Historia está hecha de acontecimientos y sobre ellos debemos meditar y
juzgar. […]
Puesta en servicio. Podría designarse con esta expresión algo irreverente un
tercer estadio de la vida del pasado en el presente, que es su instrumentalización con
vistas a objetos actuales. Tras haber sido reconocido e interpretado, el pasado será
ahora utilizado. Así proceden las personas privadas que ponen el pasado al servicio de
sus necesidades presentes, pero también los políticos, que recuerdan hechos pasados
para alcanzar objetivos nuevos.
A los historiadores profesionales les repugna, por lo general, admitir que
participan en este tercer estadio; prefieren considerar que su misión ha terminado en
cuanto han hecho revivir los acontecimientos en su materialidad y su sentido. Semejante
rechazo de cualquier uso es, naturalmente, posible, pero lo creo excepcional. El trabajo
del historiador es inconcebible sin una referencia a valores. Estos son los que le dictan
su conducta: si formula algunas preguntas, determina algunos temas, es porque los
considera útiles, importantes, que exigen incluso un examen urgente. Luego, en función
de su objetivo, selecciona –de entre todos los datos que le facilitan archivos, testimonios
y obras– los que le parecen más reveladores y los coloca, más tarde, en el orden que
considera propicio para su demostración. Finalmente, sugiere la enseñanza que puede
extraerse de ese fragmento de historia, aunque su “moraleja” no sea tan explícita como
la del fabulista. Los valores están por todas partes. Y eso no escandaliza a nadie. Pero
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quien dice valores dice también deseo de actuar en el presente, de cambiar el mundo y
no sólo de conocerlo.
La utilización que puede hacerse del pasado motiva, abiertamente, acciones
políticas, pero también, de modo menos flagrante, las que se adornan con las bazas de la
ciencia. Lo que distingue a los historiadores de tantos otros productores de discurso es,
ciertamente, la exigencia básica de verdad y, por lo tanto, también la escrupulosa
recolección de informaciones; pero esta orientación no excluye en absoluto la puesta en
servicio de su saber. […] El trabajo del historiador, como cualquier trabajo sobre el
pasado, nunca consiste exclusivamente en establecer ciertos hechos, sino también en
elegir algunos de ellos como más sobresalientes y más significativos que otros y
relacionarlos entre sí; ahora bien, ese trabajo de selección y combinación está
necesariamente orientado a la búsqueda no sólo de la verdad sino también del bien. La
ciencia no se confunde con la política, es cierto; pero eso no impide que la propia
ciencia humana tenga finalidades políticas y que éstas puedan ser buenas o malas.
En la práctica, los tres estadios que acabo de distinguier existen
simultáneamente; se empieza, más a menudo, no por la búsqueda desinteresada de los
hechos sino por el proyecto de un uso. Puesto que se propone actuar en el presente, el
individuo busca en el pasado ejemplos susceptibles de legitimarlo. O, más bien, estas
distintas fases del trabajo histórico, como de cualquier resurreción del pasado, coexisten
en el mismo instante. Puesto que la memoria es selección, fue necesario encontrar
criterios para elegir entre todas las informaciones recibidas; y esos criterios, fueran o no
conscientes, servirán también, verosímilmente, para orientar la utilización que haremos
del pasado.
i
Citado por H. Weinrich, Léthé: Art et critique de l’oubli, Fayard, 1999, p. 29.
ii
Si c’est un homme, Julliard, 1987, p. 261. [Hay traducido al castellano: Si esto es un hombre, Muchnik
Editores, 1987].
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