Lazarus Filo de La Enemistad
Lazarus Filo de La Enemistad
Lazarus: Filo de la
Enemistad
First published by Proyecto Scriptorum 2024
First edition
Proyecto Scriptorum v
Warhammer 40k vi
Capítulo 1 1
Capítulo 2 19
Capítulo 3 57
Capítulo 4 68
Capítulo 5 83
Capítulo 6 109
Capítulo 7 122
Capítulo 8 138
Capítulo 9 156
Capítulo 10 168
Capítulo 11 188
Capítulo 12 204
Capítulo 13 221
Capítulo 14 249
Capítulo 15 281
Capítulo 16 306
Capítulo 17 324
Capítulo 18 346
Capítulo 19 367
Capítulo 20 380
Capítulo 21 391
Capítulo 22 404
Capítulo 23 435
Capítulo 24 452
Capítulo 25 465
Capítulo 26 485
Capítulo 27 515
Capítulo 28 539
Capítulo 29 559
Epílogo 573
About the Author 576
Proyecto Scriptorum
Traductores: Tigurius
Portada: Tijeras
v
Warhammer 40k
vi
gritos de desesperación y dolor sofocados por las
carcajadas ávidas de oscuros dioses.
vii
Capítulo 1
L
azarus se erguía en la áspera ribera, contem-
plando un cielo teñido de un azul mancillado,
como los labios de un difunto. Finas líneas
negras dibujaban el horizonte, anunciando lo que
se avecinaba. Los canales vox reservados para
sus exploradores permanecían en silencio, pero el
Maestro de la Quinta percibió las columnas de humo
ascendente y comprendió. Los orkos se aproximaban,
sus rudimentarias máquinas de guerra surcaban las
cicatrices de este mundo venenoso, dirigiéndose
hacia él y sus Ángeles Oscuros congregados.
—Bien —la palabra resonó dentro de su yelmo
alado, Escudo Espiritual1 , un pensamiento para sí
mismo que no saturó los canales vox utilizados por
la Quinta Compañía. Ya estaban lo suficientemente
1
Escudo Espiritual: Es un casco de los Ángeles Oscuros que
lleva el Maestro Lazarus. Contiene un fragmento de uno de
los Guardianes de Piedra de Calibán, y proyecta un campo de
fuerza que protege tanto a Lazarus como a los guerreros que le
rodean.
1
ocupados con las voces profundas de sus hermanos
trabajando en conjunto, fortificando esta desdichada
brecha.
Lazarus se volvió, y las suelas de ceramita2 de
su armadura pulverizaron la frágil piedra bajo sus
pies, que elevándose lentamente, se mantuvo sus-
pendida en el aire a su alrededor. Este mundo se
llamaba Husk, un nombre adecuado para un lugar
desagradable, frío y estéril, envenenado por siglos
de industrialización. El mar cercano tenía el tono
de la flema enfermiza, y su superficie apenas se
movía con el viento. La costa contra la que se apoy-
aba estaba formada por piezas desmoronadas de
roca roja oscura, haciendo que el suelo pareciera
una herida sin cicatrizar. Esas piedras se alzaban
abruptamente formando una cresta, una hilera de
2
Ceramita: Es un tipo de material cerámico resistente al
calor y a los golpes que se utiliza por todo el Imperio de la
Humanidad. Los ejemplos de mayor calidad se utilizan en las
armaduras más resistentes de sus fuerzas armadas, incluyendo
la armadura de caparazón, la servoarmadura y la armadura
de Exterminador. La ceramita no conduce apenas el calor,
por lo que es especialmente resistente al mismo y supone una
protección efectiva contra las armas basadas en la energía. La
ceramita de menor calidad se utiliza para producir en masa
armaduras antifrag para la Guardia Imperial. Existe también
un material de construcción barato y resistente hecho a base de
pasta de madera aglomerada en torno a un núcleo de ceramita
de baja calidad, que se usa para la construcción de bloques de
viviendas en muchos mundos colmena.
2
montañas con picos afilados, coronadas por nieve
ocre y sucia, como encías sangrantes con restos de
dientes destrozados.
Esta áspera ribera entre las montañas y el mar era
el camino más corto hacia Varpitt, la colmena hu-
mana semi-enterrada en el desierto más allá. Cientos
de millones de humanos excavaban en la corteza
de Husk, comiendo, durmiendo, reproduciéndose,
soñando. Era el corazón palpitante del vasto imperio
galáctico del Emperador, y si los orkos tenían la
oportunidad, los arrancarían de su ciudad como una
bestia despoja el tuétano de un hueso.
Lazarus y su Quinta encarnaban la firme negación
de aquella destrucción.
—Escuadrón de mando, informen —Lazarus no
articuló las palabras en voz alta. Era una orden
subvocalizada que fluía dentro del caparazón ne-
3
gro3 implantado bajo su piel durante la extensa y
dolorosa transformación en Ángel Oscuro. Aquel
órgano sagrado de semillas genéticas se había fu-
sionado con su sistema nervioso; sus largos hilos
de neuronas artificiales envolvían su cerebro y su
columna vertebral, convirtiéndose en la interfaz en-
tre Lazarus y su armadura de combate. Los sistemas
del traje se habían convertido en extensiones de su
cuerpo y sus sentidos; controlar la unidad de vox
incorporada era cuestión de voluntad, no requería
más esfuerzo que respirar.
La orden silenciosa abrió un canal que conectó a
Lazarus con el corazón de la Quinta. El Hermano
3
Caparazón Negro: Es el último implante aplicado a un Marine
Espacial, y el más característico. Parece una película de plástico
negro cuando crece en los tanques de cultivo. Se extrae de la
solución del cultivo y se corta en pedazos que se implantan
directamente bajo la piel del torso del marine. En unas pocas
horas, el tejido se expande y se endurece en el exterior y
envía manojos de nervios hacia el interior del cuerpo del
marine. Después de algunos meses, la membrana madurará
por completo y al receptor se le conectarán sensores neurales y
puntos de transfusión practicados en la membrana endurecida.
Estos «enchufes» artificiales se enlazan con algunos circuitos
integrados en la servoarmadura, como las unidades de
seguimiento, las medicinales y las de mantenimiento. Sin este
caparazón, la armadura de un marine espacial es relativamente
inútil.
4
Demetrius, Capellán Interrogador4 , el hombre que
le había salvado la vida innumerables veces, y el
alma al menos una. El Hermano Asbeel, Apotecario
responsable de su segunda vida. Los hermanos Amad
y Zakariah, sus tenientes. El Hermano Ephron, el
más veterano de los Tecnomarines de la Quinta. Y
por último el Anciano Jequn, portador del estandarte
de la Quinta y el único hombre de la compañía que
podría igualar las habilidades de Lazarus con la
espada.
—Hermano Ephron —comenzó, sus palabras lle-
garon a los sistemas ahora conectados a través del
vox de sus armaduras—. Informe de flota.
—Despliegue de estado —los Marines Espaciales
del escuadrón de mando de Lazarus habían captado
hacía tiempo su estilo de hablar entrecortado. A
4
Capellán Interrogador: Son Capellanes especiales del Capítulo
de los Ángeles Oscuros. Juramentados al Círculo Interior
a través de una compleja ceremonia en la Cámara de los
Secretos, cada Capellán Interrogador ha superado la Prueba
de Fe, tomado el solemne voto del Ala de Muerte y aprendido
los oscuros secretos de la historia del Capítulo. Son los
terribles deberes que acompañan al cargo lo que convierte a los
Capellanes Interrogadores en figuras lúgubres y melancólicas.
Cuando los Caídos son capturados y retornados a las oscuras
celdas en las profundidades de la Roca, es el Capellán
Interrogador quien debe asegurar su confesión mediante el
medio que sea necesario. Esto requiere de una voluntad
inquebrantable, ya que los horrendos métodos de tortura a
los arrepentidos no son una carga fácil de soportar.
5
Ephron, más cómodo con sus máquinas que con los
hombres, no le costaba ser conciso. El tecnomarine
transmitió una pictografía, un esquema del espacio
alrededor de Husk.
—La barcaza de batalla5 Furia Implacable ha en-
trado en órbita geosíncrona justo encima —continuó
el Hermano Ephron, etiquetando las trayectorias
5
Barcaza de batalla: Es la nave de combate más grande
de los Marines Espaciales y está diseñada para apoyar los
aterrizajes planetarios, portando numerosas torretas artilladas
y tubos de torpedos. La mayoría de Capítulos controlan dos
o tres Barcazas de Batalla configuradas para desplegar una
fuerza de combate sobre un planeta rápidamente. Grandes
cantidades de espacio están destinadas a hangares para
naves intrasistema y Cápsulas de Desembarco que permiten
desplegar simultáneamente hasta 3 Compañías. La nave está
extremadamente blindada y protegida por escudos de vacío,
para atravesar las defensas planetarias y a la vez proteger
su carga. También es un poderoso enemigo, especialmente
durante las acciones de abordaje, pero también posee potencia
de fuego suficiente para destruir a las naves de guerra más
poderosas. Las Barcazas de Batalla son unas de las naves más
poderosas que el Imperio tiene a su disposición, tanto por su
propio poder como por las tropas que transporta.
6
orbitales—. El crucero de asalto6 Espada de Calibán
la protege, mientras que el crucero de asalto Muerte de
Misericordia apunta a las naves de combate orcas que
huyeron al sistema de anillos del tercer gigante gaseoso.
Lazarus contempló la carta detenidamente, satis-
fecho con la disposición de los puntos luminosos, y
luego la hizo desaparecer de su vista.
—Hermano Demetrius. Anciano Jequn. Hermano
Asbeel. Estado de la Quinta.
—Fortificaciones casi completadas —comenzó Je-
qun. Al Anciano no le importaba que sus informes
fueran breves; prefería inspirar a sus hermanos con
6
Crucero de Asalto: La mayoría de Capítulos de Marines
Espaciales posee dos o tres poderosas Barcazas de Batalla
cada uno, pero es raro que sean desplegadas habitualmente.
En cambio, los Cruceros de Asalto del Adeptus Astartes son
mucho más comunes y aunque no son tan numerosos como
los Cruceros de la Armada Imperial, son una visión mucho
más habitual. Son naves rápidas y ligeras, incluso más que
los Cruceros Ligeros imperiales de clase Intrépido, siendo
las primeras en llegar a un planeta amenazado. Pueden
transportar aproximadamente la totalidad de una Compañía
de Marines Espaciales (incluidos los vehículos de apoyo) y se
ha observado que una vez estacionado el Crucero en órbita,
el despliegue de las tropas solo tarda unos veinte minutos en
completarse.
7
acciones más que con palabras—. Los Segadores7 y
los Rhinos8 están atrincherados, con campos de fuego
superpuestos con nuestros venerables hermanos Dread-
7
Segadores (Reapers): Es una cañonera veloz y letal similar
al Expoliador. Su esbelto y aguzado casco envuelve una
única arma monstruosamente poderosa, que desata un
impulso electromagnético en cascada. Cuando este proyector
de vórtices de tormenta se combina con la velocidad y
maniobrabilidad del Segador, este se convierte en un arma
elegante pero devastadora. El Segador cuenta con un proyector
de vórtices de tormenta y un velamen etéreo mejorado.
También puede equiparse con una proa de choque, un
lanzagranadas tormento, retromotores, ganchos colgantes,
trofeos atroces, filos envenenados, una pantalla de oscuridad
o un campo parpadeante.
8
Rhino: El Transporte Blindado de Personal Rhino, es un
vehículo de uso común entre los Capítulos de Marines
Espaciales. Desde la Gran Cruzada ha dado cobertura a las
fuerzas de ataque del Imperio, llevándolas a salvo hacía sus
objetivos al frente del campo de batalla, y trayendo destrucción
a los enemigos de la Humanidad. Robusto y versátil, capaz de
soportar los ambientes más hostiles, el Rhino se ha convertido
en el vehiculo de transporte común para las Escuadras de todos
los Capítulos de Marines Espaciales, aunque también sirve
entre las filas de otros leales ejércitos del Imperio, como lo
son el Adepta Sororitas, el Adeptus Arbites y la Inquisición.
8
noughts9 .
—Esta es la disposición de la compañía, Maestro
Lazarus, con los emplazamientos de vehículos y de-
spliegue de escuadrones —el deber del Capellán In-
terrogador Demetrius era inspirar a la Quinta con
palabras y hechos, y en la batalla sus palabras eran
armas tan potentes como el mortífero arcano croz-
ius que portaba. Pero por ahora, se limitó a emu-
lar la concisión de su comandante y, al igual que
Ephron, utilizó una pictografía para transmitir su
informe. La detallada imagen cobró vida en la visión
de Lazarus cuando aceptó su emisión, una vista aérea
que mostraba los vehículos atrincherados y las líneas
pulcramente talladas de trincheras y fortificaciones.
9
Dreadnought: Encabezando los asaltos de los Marines
Espaciales, los Dreadnoughts son temidos por todos los
enemigos del Imperio. Se dice que algunos Dreadnoughts
tienen incluso decenas de miles de años y datan de la Gran
Cruzada, cuando el Emperador todavía caminaba entre los
suyos. Son una encarnación viviente del Dios Máquina y
representan la unión definitiva entre lo biológico y lo mecánico,
ya que cada Dreadnought contiene una entidad consciente
en su interior. Cuando un Dreadnought se unía a la forma
apenas viva de un Marine Espacial herido prácticamente
hasta la muerte, representaba el ejemplo definitivo de las
creencias de los Mechanicus. Los pilotos encerrados en el
sarcófago de un Dreadnought a menudo tienen recuerdos que
se remontan a varios miles de años atrás. Estos antiguos
guerreros representan un lazo tangible con el pasado de un
Capítulo y su herencia.
9
La ubicación de cada escuadrón estaba marcada con
prolijas runas, y Lazarus las examinó, esbozando
mentalmente los campos de fuego.
—Bien —dijo Lazarus—. Pero refuercen el flanco
izquierdo. Los orkos intentarán superar nuestras
líneas con sus vehículos por ese acantilado.
—Eso sería un suicidio —comentó el hermano Za-
kariah. El teniente, recién ascendido y el único ma-
rine Primaris10 del grupo, aparte de Lazarus después
de la resurrección. Era un luchador letal, pero su
experiencia aún era limitada en algunos aspectos,
entre ellos la comprensión de la locura de los xenos.
—De acuerdo —concedió Lazarus—. Pero los
orkos no lo verán así. Verán la oportunidad de
sobrevolarnos, disparando, y los restos de su in-
tento lloverán sobre nuestras líneas. Desplaza al
Escuadrón Invis cincuenta metros más cerca de ese
lado, y ordénales que destruyan todo lo que se ac-
erque.
—Entendido, Maestro Lazarus —respondió Demetrius—
10
Marines Espaciales Primaris: Son una nueva especie de
guerreros sobrehumanos, desarrollados durante diez milenios
por el Archimagos Belisarius Cawl en Marte, por encargo del
Primarca Roboute Guilliman de los Ultramarines, a partir de
los Marines Espaciales creados por el Emperador para su Gran
Cruzada. Estos guerreros son el siguiente paso en la evolución
de los Ángeles de la Muerte del Emperador, genéticamente
alterados de sus hermanos para ser más grandes, más fuertes
y más rápidos.
10
. ¿Hermano Asbeel?
—La munición y otros suministros están asegurados
—El Apotecario no tuvo que esforzarse para ser breve;
Asbeel siempre era preciso, y marcó los lugares
donde había escondido las provisiones con rápidas
marcas en la pictografía. Lazarus estudió el mapa
con detenimiento, fijándose en todas las marcas que
habían añadido y en su cambio. Era todo piedra,
runas y líneas estáticas, pero en su cabeza podía
ver cómo se desarrollaba la batalla a medida que los
orkos se acercaban: las zonas de fuego, los puntos
de estrangulamiento, las emboscadas. Todo estaba
en su lugar. Sus hombres conocían su trabajo.
Y también aquellos que no eran suyos.
—Tenientes, ¿informes de los exploradores?
La Quinta contaba con dos escuadrones de ex-
ploradores de la Décima Compañía asignados para
esta misión. Aunque no eran hombres de Lazarus,
pertenecían a los Ángeles Oscuros, y en ese momento
su labor era crucial, por lo que el Maestro de la Quinta
había asignado a cada teniente la supervisión de
un escuadrón para coordinar estrechamente a los
exploradores con el resto de la compañía.
El teniente Zakariah fue el primero en hablar.
—El escuadrón Jotha ha inspeccionado el valle que
tenemos detrás y el segundo estrechamiento a lo largo
de la orilla. Lo han cartografiado con todo detalle,
incluido el grosor y la resistencia del hielo —los datos
11
aparecieron ante los ojos de Lazarus en forma de un
complicado mapa topográfico de la tierra detrás de
su posición actual. Números y senderos indicaban
las rutas por las cuales el equipo pesado, como los
tanques Segador y los transportes de tropas Rhino,
podían moverse sin quedar atrapados o romper el
hielo que cubría el ancho río que se adentraba en el
mar tras ellos.
En caso de una retirada necesaria, podrían hacerlo
rápidamente.
—Que establezcan posibles posiciones en el se-
gundo estrechamiento —con el favor del Emperador
y suficiente munición, la fuerza orka se estrellaría
contra el muro que habían construido aquí y se
desangraría en ese feo mar. Pero la base más sólida
de un plan era otro plan, y Lazarus consideraría todas
las posibilidades. Si la Quinta tuviera que retirarse
de este campo de batalla, se dirigirían a ese segundo
punto de estrangulamiento entre la siguiente cadena
montañosa y el mar, para desangrar nuevamente a
los xenos verdes.
—¿Teniente Amad?
—El escuadrón de exploración Daral se ha replegado
—informó el hermano Amad. A este le gustaba
hablar, a veces demasiado, pero había servido bajo
las órdenes de Lazarus durante mucho tiempo y
sus palabras eran claras y rápidas—. Se mantienen
lo más cerca posible, pero el frente de los orkos está
12
desorganizado, como siempre. Pondrán sus ojos en la
columna principal cuando puedan.
Cuando puedan. Lazarus volvió a dirigir su mi-
rada hacia el horizonte. Los penachos de gases
de escape se habían vuelto más densos, y en sus
bases se vislumbraba el primer indicio de la nube
de polvo levantada por las máquinas de guerra orkas.
Ese polvo, cargado de metales pesados y partículas
radiactivas, estaba causando estragos en los sensores
auspex montados en las naves que orbitaban en lo
alto. Los datos que enviaban eran casi inútiles; el
ejército orko aparecía como una masa cambiante de
anomalías magnéticas y brillantes colores térmicos.
Necesitaba los ojos de sus exploradores.
Abrió los informes enviados por Amad, las lec-
turas recopiladas por el Escuadrón Daral. Los orkos
avanzaban por las llanuras en motos de guerra y
carros de combate, pero había otras formas ocultas
en el polvo removido, insinuadas por los brillantes
colores de las imágenes térmicas. Lazarus solo podía
especular sobre lo que podrían ser. Necesitaba más
información.
«Se planifica con lo que se tiene», le había dicho
una vez el maestro Baltasar, quien lideró la Quinta
antes que él. Aquellas palabras se habían convertido
en una letanía que Lazarus repetía para sí mismo
cuando buscaba más información, lo cual era en cada
batalla, pues siempre había sorpresas entre la sangre
13
y el estruendo.
—El plan de batalla sigue igual —comunicó a su
escuadrón de mando—. Detendremos a los orkos
aquí, en esta orilla, y luego descargaremos nuestra
ira sobre ellos.
—¡Por el León!— respondieron al unísono—. ¡Por
el Emperador! ¡Para siempre!
11
Gladiador: Es un carro de combate principal Imperial
antigravitatorio destinado a proporcionar apoyo blindado
pesado a los Marines Espaciales Primaris de muchos Capítulos
diferentes. Basado en el chasis del transporte de asalto
Impulsor, es rápido y flexible, proporcionando un mortífero
apoyo de fuego pesado a las fuerzas de los Marines Primaris
sobre el terreno. Como muchos de los nuevos vehículos y
armamento creados para los Marines Primaris, el Gladiador
está disponible con varias cargas de armas diferentes para
maximizar su flexibilidad táctica.
14
a la mitad de la normal, y la arenilla contaminada
levantada por el ejército orko se elevaba en el aire
y quedaba suspendida como un banco de niebla
venenosa. Aun así, Lazarus podía distinguir algún
que otro destello en la base de la nube de polvo: el
brillo del sol naranja apagado de Husk reflejado en
las púas y el blindaje de los vehículos más pequeños
y rápidos que corrían delante del resto del ejército
orko.
Los orkos carecían de disciplina. Su estrategia era
la cantidad, su táctica, la ferocidad. Los vehículos
más rápidos, como las motocicletas de guerra y las
ágiles máquinas de cuatro ruedas, encabezaban la
marcha, con la esperanza de aplastar a cualquier
enemigo que se cruzara en su camino. La Quinta
tendría que aniquilarlos a la espera del grueso del
ejército, que avanzaba más lentamente.
Una vez que llegaran, los orkos se agruparían,
concentrando su fuerza en una masa tumultuosa de
espadas y armas, para encontrarse con los Ángeles
Oscuros que les aguardaban. La horda verde les
golpearía como un tsunami, un torrente de músculos
y metal oxidado. Sería una lucha brutal, y los orkos
derramarían ríos de sangre mientras avanzaban,
pero probablemente lograrían abrirse paso. Con-
taban con el abrumador número para respaldar su
ferocidad.
Sin embargo, Lazarus quería cambiar ese equilibrio
15
de fuerzas.
Observó el cielo claro y desagradable. En algún lu-
gar detrás de ese azul magullado, la Furia Implacable
aguardaba, con sus armas listas. Aunque el ejército
orko estaba disperso y en gran parte oculto tras una
nube de polvo que interfería con el espíritu máquina
del sistema de puntería en la barcaza de batalla, los
Ángeles Oscuros los reunirían y los convertirían en
un blanco perfecto, deteniéndolos ante sus líneas.
Es posible que la Furia Implacable no pudiera usar
sus armas más poderosas sin arrasar también la
Quinta, pero tenía muchas otras opciones. Cuando
Lazarus lo ordenara, caería sobre los orkos un doble
puñado infernal, y de los invasores no quedaría más
que un inmenso cráter de cristal, otra cicatriz en la
maltrecha piel de Husk.
—Maestro Lazarus —llamó el Hermano Ephron—.
El Hermano Domitius al vox. Urgente.
«Piensa en el demonio y se te aparecerá», reflex-
ionó Lazarus. Domitius era el comandante de la Furia
Implacable, lo que explicaba por qué sus transmi-
siones llegaban a través del vox más sofisticado de
Ephron. La nube de polvo levantada por los orkos no
era amiga de las transmisiones vox de largo alcance.
Lazarus activó el canal que Ephron había abierto para
él, permitiendo que la voz de Domitius llenara sus
oídos.
—Maestro Lazarus —resonó el tono inconfundible
16
del comandante a través del vox—. Estoy sacando la
Furia Implacable de órbita y preparándome para saltar
a la disformidad.
—Repita —dijo Lazarus, con voz repentinamente
firme.
—La Furia Implacable abandona la órbita geosín-
crona ahora mismo. Tengo órdenes de máxima pri-
oridad, dadas por el Gran Maestre Supremo Azrael en
persona. La Furia Implacable es crucial, y por eso parto.
Era indispensable. Aquí. Los orkos estarían sobre
ellos pronto, y sin la Furia Implacable y sus armas…
Lazarus cortó la furiosa espiral de sus pensamien-
tos. Lo estaban retrasando, y el tiempo siempre era
un enemigo.
—Agradezco su servicio, hermano comandante.
Vaya y sirva a los hijos del León que más le necesiten.
—Lo agradezco, Maestro Lazarus. Que el Emperador
guíe su espada, y el León camine con usted —respondió
el hermano comandante.
—Y contigo —respondió Lazarus. El canal de voX
se silenció y Lazarus permaneció en la escabrosa
orilla, mirando el muro de polvo que se alzaba ante
él. Los orkos se acercaban, y sin las armas en lo alto
no estaba seguro de poder detenerlos. Así no.
El tiempo era su enemigo, pero también lo era la
ira. Lazarus recitó las Letanías del Enfoque hasta
que su mente estuvo despejada, con la mano en
la empuñadura del Filo de la Enemistad, la antigua
17
Espada de Energía12 que colgaba de su cadera. Los
pensamientos le daban vueltas en la cabeza, los
planes reemplazaban a los planes, y dio la espalda
a la creciente tormenta y se quedó mirando el valle
que se extendía entre las montañas, y el río cubierto
de hielo que se deslizaba por su centro hasta el mar.
—Escuadrón de mando —dijo, con voz entrecor-
tada pero serena—. El plan ha cambiado.
12
Armas de Energía (energizadas): Son un tipo de arma
avanzada de combate cuerpo a cuerpo que adopta diversas
formas pero utiliza los mismos principios tecnológicos básicos.
Cuando se activan, la hoja del arma se envuelve en un campo
de energía que altera la materia sólida, lo que permite al
arma atravesar armaduras con facilidad, incluso la armadura
Exterminador. El tipo básico de arma de energía (que suele
adoptar la forma de espadas y hachas) es utilizado por
varias razas, incluidos los humanos, mientras que los tipos
especializados tienen un uso más exclusivo.
18
Capítulo 2
L
a Quinta Compañía bullía de actividad. Se
cargaban municiones y suministros en seis
de los Rhinos, vehículos blindados listos para
transportar todo de vuelta al segundo punto de
estrangulamiento al otro lado del valle. Los demás
vehículos permanecían atrincherados, pero las líneas
de los escuadrones de Marines Espaciales estaban
siendo ajustadas. Lazarus observaba a sus hombres
mientras volvía a trazar en su mente los campos de
fuego superpuestos.
Dos Gladiadores modelo Reaper. Cuatro Rhinos.
Dos Dreadnoughts. Cuarenta Ángeles Oscuros.
Menos de la mitad de la fuerza con la que había estado
trabajando la última vez que trazó las emboscadas en
esta costa rocosa, pero era lo máximo que se atrevía
a dejar. El Maestro de la Quinta levantó los ojos
hacia el ejército que se acercaba moviéndose como
una tormenta por la llanura. El tiempo casi se había
acabado.
—Teniente Amad —llamó.
19
—Están listos, Maestro Lazarus —respondió
Amad—. ¿Debo…?
—No —ordenó Lazarus, y abrió el enlace de voz
con los exploradores ocultos en los páramos que
tenía ante él.
—Escuadrón Daral.
—Maestro Lazarus. Sargento Javan, Escuadrón
Daral.
—Reporte, Sargento.
—Estamos atrincherados. Las primeras motos
de guerra nos pasan ahora —Javan estaba enviando
fotos mientras hablaba, de una llanura de piedra roja
rota, nieve ocre y polvo gris. Los Orkos la atravesaban
en una variedad de motos de dos y tres ruedas, todas
con armas—. Vienen más motos y vehículos ligeros.
Aún no hemos visto nada más grande, pero oímos
sus motores.
—Esperen a la primera línea de vehículos —le dijo
Lazarus—. Luego hagan volar sus cargas y muévanse
—Eso no les salvaría. Lazarus lo sabía, y Javan
también. Pero cuanto más vivieran los exploradores,
más tiempo ganarían el resto de los Ángeles Oscuros.
Tenía que darles algo a cambio de su sacrificio—.
Cuando los atrapen, manténganse firmes y llévense
a tantos xenos como puedan.
—Entendido —dijo el Sargento Javan—. Gracias,
Maestro Lazarus.
—El León camina con ustedes, Escuadrón Daral.
20
Serán recordados —Lazarus cortó la voz. Observó las
motos de guerra avanzando desde el polvo, apenas
visibles ahora pero acercándose rápidamente. Detrás
de ellas había sombras, pequeños vehículos orkos
medio ocultos por el rastro de polvo levantado por la
primera oleada. Entonces se oyó un estampido lejano
y una onda de fuego atravesó el polvo, revelando a
través de la cortina ocre un vehículo orko de ataque
rápido, destrozado. Se detuvo bruscamente, una
rueda en llamas rebotó y rodó hasta el mar. Los
demás vehículos y algunas motos de guerra giraron
con los neumáticos levantando polvo, y se alejaron a
toda velocidad persiguiendo a los exploradores que
habían colocado aquellas minas improvisadas.
Los habían atacado demasiado pronto.
—Cumplen con su deber —comentó el Capellán
Interrogador Demetrius, con la máscara de calavera
pulida de su armadura girada hacia el enemigo. Su
ojo derecho brillaba en rojo, como los de los demás
Ángeles Oscuros, pero el izquierdo era verde, el color
cibernético que sustituía al que había perdido por el
plasma hacía casi dos siglos.
—Lo tienen —respondió Lazarus. Les hicieron
ganar tiempo. Pero no lo suficiente. Los Rhinos
cargados se retiraban, sus orugas levantaban polvo
de roca y abanicos de fea nieve, pero por encima
del rugido de sus motores se oía el chasquido de los
bólters y el feo estruendo de los cañones orkos—.
21
Utilizaremos lo que nos otorge su sacrificio —volvió
la mirada hacia el Capellán Interrogador cuando los
distantes bólters empezaron a silenciarse—. ¿Estás
preparado?
—¿Para servir y morir por el Emperador? Siempre
—dijo Demetrius—. ¿Para decirle al Anciano Jequn
que debe retirarse? Esa será una tarea más desalen-
tadora.
—Él escuchará —aseguró Lazarus—. Y guía a
Amad como me has guiado a mí.
—Lo haré —Demetrius clavó sus ojos desiguales
en Lazarus—. Pero ahora es cuando más necesita
que tú lo guíes.
—No hay tiempo —dijo Lazarus.
—Tu plan depende tanto de él como del tiempo.
Lazarus frunció el ceño, pero asintió con la cabeza,
y las grandes alas doradas y blancas de su casco
se movieron a la par. Se alejó de Demetrius hacia
donde el teniente Amad observaba al escuadrón de
exploradores trabajando en los acantilados.
—¿Terminaron?
—Pronto, maestro Lazarus. Sé que los necesita,
pero…
—Pero también necesito esto —afirmó Lazarus—.
No tengo la intención de sacrificarte a ti ni a los re-
unidos aquí, como el Escuadrón Daral. Necesito que
retengas a los xenos aquí el mayor tiempo posible,
pero es igual de importante que retrocedas cuando
22
sea necesario. Por eso te dejé al mando.
—Y al Interrogador Capellán Demetrius, y al An-
ciano Jequn.
—No —dijo Lazarus—. A ellos los dejé para inspi-
rar. Jequn con estandarte y espada, Demetrius con
palabras. A ti te dejé para liderar, lo que implica saber
cuándo es el momento de que termine la inspiración y
comience el cálculo. Tienes que aguantar aquí, pero
más importante, tienes que aguantar esa segunda
línea. Cuando llegue el momento, te retirarás. Y
no te agradará porque eres un Ángel Oscuro, pero
lo harás porque eres mi teniente, y sabes que servi-
mos con nuestras mentes tanto como con nuestra
sangre. La forma de hacer la guerra del León fue
nuestra herencia cuando lo perdimos en Calibán hace
mucho tiempo. Es en su nombre que hacemos lo que
hacemos.
—Maestro Lazarus —dijo Amad—. Gracias
—Detrás de él, un Segador se abrió, su cañón
llenando el aire con el trueno.
—El enemigo viene y yo debo marcharme —dijo
Lazarus, justo cuando el escuadrón Jotha empezó a
saltar desde el acantilado, con las armaduras apenas
flexionándose al chocar contra la piedra en la ligera
gravedad. Saludaron a Lazarus con la cabeza mien-
tras corrían hacia su siguiente misión en el valle—.
El legado del León camina contigo, Hermano Amad.
—El espíritu del León camina con todos nosotros
23
—respondió el teniente, y se dirigió a las líneas, ya
ladrando órdenes.
—Bien hecho —resonó la voz de Demetrius en el
yelmo de Lazarus.
—Ha llevado tiempo —admitió Lazarus mientras
se movía, caminando rápido sobre la piedra, con la
túnica fluyendo a su alrededor.
—Dio confianza —la pistola de cerrojo del Capellán
Interrogador sonó por el vox—. No tenemos miedo.
Pero eso no significa que no tengamos incertidumbre.
Lazarus gruñó. Había pasado mucho tiempo apren-
diendo esa lección tras su renacimiento.
—Te agradezco tu guía, hermano.
—Nos guía el Emperador —entonó Demetrius, y
su voz grave se abrió paso entre el estruendo de los
cañones automáticos y el rugido de los proyectiles—.
Nos guía el León. Nos guían los que nos precedieron. Si
seguimos el camino que nos han trazado, conoceremos
la victoria.
Lazarus avanzaba con paso acelerado, sus largas
piernas se estiraban mientras se movía sobre la
áspera piedra, alejándose de la batalla, adentrándose
en la guerra.
«Te entiendo, Hermano Capellán —se repetía
mientras corría para reunirse con el resto de la
Quinta—. Pero el camino que ahora tomamos es un
sendero hacia la ruina.»
Una iluminación tenue y turbia envolvía a Lazarus,
24
en conjunción con el frío y el silencio. Pero dentro de
su armadura, estaba envuelto en luz y furia.
—Tres vehículos más en movimiento en…
—Somos sus manos, somos sus armas, somos la
salvación de la humanidad. Somos los Ángeles Oscuros,
y…
—Dos sobrevivieron al salto. El Anciano Jequn se
mueve para atacar…
Las voces se agolpaban en su mente, y su visión se
llenaba de los relés de pictografías y las lecturas de
auspex de cada sargento de escuadrón, el Anciano
Jequn, el Capellán Interrogador Demetrius y el Te-
niente Amad, junto con los de los Segadores y los
Rhinos y los dos Dreadnoughts que seguían en la
línea. Era un caos visual y sonoro, pero Lazarus
respiró lenta y profundamente, su cuerpo se relajó
mientras absorbía los datos e hilaba estrategias en
su cabeza.
Los orkos estaban golpeando con fuerza a los
Ángeles Oscuros que había dejado atrás. Lazarus
podía verlos a través de los ojos de sus hermanos,
monstruosas formas con púas que se precipitaban
por el polvo, motores rugiendo, neumáticos y oru-
gas destrozando el suelo. Los vehículos orkos se
envolvían en una pantalla opaca de arenilla a la deriva
que interfería con los ojos y el auspex. A los xenos les
molestaba menos, ya que su táctica habitual consistía
en lanzar un muro de proyectiles por el campo de
25
batalla y suponer que algo impactaría.
Medio ciegos y en inferioridad numérica, Amad
y los escuadrones que Lazarus había dejado con él
seguían defendiéndose bien. Los restos se amontona-
ban ante ellos y los cuerpos de los orkos yacían espar-
cidos por el desierto, destrozados por las balas de los
bólter. Pero las probabilidades estaban cambiando.
Los orkos se acercaban a medida que su ejército se
unía ante la delgada línea de la Quinta. Y esa línea
era cada vez más delgada. Ya había dos hermanos
muertos por los disparos de los xenos, y uno más que
había tenido que arrastrarse hasta los Rhinos, con
las dos piernas destrozadas por un misil que había
salido disparado de la tormenta de polvo.
Amad debía retirarse pronto. Las ecuaciones de
la batalla siempre eran despiadadas, y los números
se inclinaban lenta pero constantemente hacia el
lado equivocado. Pero Lazarus había dejado esa
decisión en sus manos, en las manos del hombre que
se encontraba en medio de esa tormenta de fuego y
acero, y tenía que confiar en que el teniente supiera
cuándo era el momento adecuado.
—Los xenos se están preparando para otra oleada
—la voz del teniente Amad resonaba firme a través
del vox, incluso mientras pisoteaba el vientre de un
enorme orko, inmovilizándolo mientras sacaba su
Espada de Energía del pecho del guerrero de piel
verde. Lazarus se concentraba en su pictografía,
26
la cual creció, llenando su visión. Amad apartó la
espada, la sangre de los xenos chisporroteó y se
disolvió en el parpadeante campo púrpura de energía
disruptiva que envainaba su hoja, y giró la cabeza
para observar la orilla pedregosa, llena ahora de
siluetas voluminosas de luchadores orkos y sombras
más grandes y rápidas de vehículos. Sin embargo,
delante de Amad había algo que no era una sombra.
Era luz, chispeante y parpadeante como un arco
eléctrico, pero verde, que hacía brillar la arenilla a
la deriva como piedras preciosas. Entonces la luz
se apagó, atravesando el auspex de Amad, y todo se
perdió en esmeralda por un momento.
A kilómetros de distancia, los músculos de Lazarus
se tensaron cuando le recorrió un recuerdo de lla-
mas ardientes de colores brillantes, pero respiró
las Letanías de los Horrores Pasados y ahuyentó la
agonía abrasadora de aquel recuerdo. La pictografía
de Amad se estaba aclarando, el espíritu máquina de
la armadura del teniente compensaba la explosión
de luz. Luz que no procedía de un arma, sino de un
orko.
El xenos era más delgado que sus hermanos, y
en lugar de armadura llevaba una capa de un ma-
terial áspero, cortado y destrozado en una masa de
zarcillos desgarrados. En la punta de cada tira había
algo atado: huesos y engranajes oxidados, joyas y
utensilios rotos, trozos de cristal roto y pedazos de
27
tablas de cogitador. El orko sostenía las garras sobre
la cabeza, pero en ellas no había ningún cuchillo
ni arma empuñados, sólo un bastón con calaveras
pintadas sujetas a cada extremo con tiras de palos
raídos. El bastón tenía un aspecto horrible y ridículo,
pero las cuencas de los ojos de cada calavera brillaban
con una luz verde crepitante, la misma luz que
resplandecía en los ojos del orko. Era un psíquico,
que acababa de abrir un túnel en el polvo con sus
poderes malignos para poder ver.
Para que su Kaudillo pudiera ver.
El líder orko se erguía detrás del psíquico, una im-
ponente figura envuelta en una megaarmadura negra
decorada con llamas rojas. Era casi tan grande como
uno de los Dreadnoughts de los Ángeles Oscuros, y
ocupaba gran parte del espacio trasero del vehículo
en el que estaba montado, un carro de guerra que
los orkos habían modificado a partir de una máquina
minera saqueada. El carro de guerra estaba cubierto
de tantos pinchos que habría resultado cómico de
no ser por los macabros trofeos que colgaban de él:
cráneos, huesos largos, manos y orejas amputadas,
dentaduras y largas tiras de piel curtida. Eran los
despojos del devastador ataque de esta banda a Husk.
Un estandarte ondeaba sobre el Kaudillo, rojo y
amarillo brillante, mostrando un sol con colmillos
resplandeciendo sobre un mar de sangre.
Detrás del estandarte se erguía una enorme
28
máquina pintada de rojo óxido. Con la silueta
tosca de un orko, predominaban su cabeza maciza
y hombros encorvados, con un cuerpo en forma de
barril y patas en forma de pistón. Era una especie de
Bípode de Combate, expulsando humo y adornado
con luces que brillaban como ojos furiosos. La
criatura levantó un brazo, y la colección de cañones
montados en su puño comenzó a girar. Un rugido
ensordecedor resonó, y una ráfaga de proyectiles
atravesó la piedra en capas y se estrelló contra
uno de los Segadores. Los proyectiles abollaron el
blindaje del tanque y destrozaron uno de los bólters
montados en su costado, convirtiendo el arma en una
ruina humeante. Luego, el polvo se agitó de nuevo,
cerrando la breve ventana que había proporcionado
el psíquico.
En algún lugar de la oscuridad, los orkos aullaban
y entonaban un cántico gutural, preparándose para
el asalto.
—Ahora, Amad —murmuró Lazarus en su
comunicador, en medio de la oscuridad, justo
cuando hablaba su teniente—. Escuadrón Shivam,
Escuadrón Jerash. A sus Rhinos y retrocedan.
Escuadrones Mehian y Anjou, dispersión y cobertura
de flancos. Hermanos Dreadnought Azmodor y
Jehoel, aseguren las líneas. Segadores, prepárense
para el bombardeo.
Lazarus activó el Espíritu Máquina de su armadura,
29
abriendo las fuentes de pictografía de cada sargento,
los dos Venerables Dreadnoughts, el Anciano Jequn
y el Capellán Interrogador Demetrius. Un torrente
de imágenes llenó sus ojos, un caos de movimiento y
color, pero Lazarus dejó de resistirse y permitió que
todo fluyera hacia él, tal como le habían enseñado.
Azrael mismo lo había instruido en esto, recordando
cómo el Gran Maestro Supremo lo había comparado
con la lucha con espadas en un campo de batalla.
La capacidad de ampliar la concentración a toda
la batalla, de seguir todas las amenazas, lejanas y
cercanas, mientras fluyes a través de tus propios
ataques, era necesaria para guiar a las tropas en
medio del caos de la batalla.
Aunque no estaba luchando en ese momento, esa
sensación lo inquietaba. No le gustaba esta parte
del plan, pero sus preferencias eran irrelevantes.
Lo crucial era que el plan se llevara a cabo, y las
piezas se movían rápidamente. Los escuadrones
Shivam y Jerash habían cargado, sus Rhinos avanz-
aban rápidamente con las orugas levantando polvo.
Pero esta vez el polvo los ayudaría, ocultando su
retirada de los orkos. Los escuadrones Mehian y
Anjou disparaban rápidamente, seleccionando obje-
tivos cuando podían, pero principalmente creando la
ilusión de una férrea defensa. Los dos Dreadnoughts
habían tomado posiciones en los extremos de la
línea, sus armas disparando selectivamente. Los
30
Segadores, por su parte, habían abandonado sus
emplazamientos. Aunque apuntaban al enemigo,
mantenían el silencio para conservar munición. El
Dreadnought alcanzado por el bombardeo orko se
movía con dificultad, su campo antigravitatorio vac-
ilaba, pero seguía avanzando.
Entonces, los orkos llegaron.
Avanzaban en una marea roja que golpeaba el polvo
como sangre en el agua. Los motores rugían y los
neumáticos chirriaban sobre la piedra. El canto
gutural de los orkos se mezclaba con el estruendo
de su avance, creciendo en intensidad a medida que
se acercaban.
—¡Segadores, fuego a discreción! —vociferó Amad
por los altavoces, y los tanques abrieron fuego con
sus cañones gatling. Los proyectiles rugieron y
se lanzaron contra los xenos que avanzaban. Una
moto de tres ruedas fue hecha añicos y un buggy
explorador recibió un impacto en una de sus ruedas
delanteras. La explosión hizo que el tosco vehículo
diera una voltereta y saliera despedido por las llamas,
estrellándose contra el lateral de un camión pesado,
un vehículo minero de fabricación humana que había
sido saqueado y modificado por los orkos. Una lluvia
de xenos cayó de él, algunos envueltos en llamas,
pero todos se levantaron y continuaron avanzando,
aunque varios fueron arrollados por otros vehículos
orkos. En respuesta a los tanques, los orkos comen-
31
zaron a disparar también, usando todas sus armas.
—¡Hermanos, retrocedan todos! —ordenó Amad—.
¡Eliminen a los xenos a medida que avancen!
—¡Entendido y cumplido! —respondió el Capellán
Interrogador Demetrius por el vox, su voz atraves-
ando el estruendo de las armas y el rugido de los
motores—. Somos el filo de la furia del Emperador,
¡y los desangraremos a todos!
Y así lo hicieron. Lazarus observó con sus ojos
mejorados y su mente aguda absorbiendo cada de-
talle. La horda de orkos avanzaba como un tsunami
de sangre, mientras que frente a ellos, un puñado de
Ángeles Oscuros con sus armaduras verdes se movían
con precisión. Las escuadras se turnaban: una
retrocedía rápidamente mientras la otra se detenía y
giraba para disparar contra los orkos con los bólters.
Se retiraban con eficacia, y los Dreadnoughts los
seguían, manteniendo su patrón de movimiento y
fuego. Sin embargo, su cohesión bien entrenada
tenía un límite. Un hermano caía, luego otro, y dos
más después. El Hermano Jehoel se interpuso frente
a uno de los heridos, recogiéndolo con una enorme
garra, pero cuando retrocedió, un láser abrasador ilu-
minó el polvo y dejó una marca en la pesada armadura
de la parte inferior de su cuerpo. El Dreadnought
se tambaleó, casi cayendo al doblarse una pierna,
pero se dirigió hacia los Rhinos, esperando mientras
los demás se adentraban en ellos. Cargados, los
32
vehículos se pusieron en marcha, los cañones monta-
dos en sus gruesos cascos chisporroteaban mientras
avanzaban, y Jehoel disparó mientras cojeaba junto
a ellos.
Los Segadores también retrocedían, con los gen-
eradores antigravitatorios aullando, pero los orkos
ya casi los alcanzaban. Uno de los tanques encendió
sus motores, sus cañones se silenciaron mientras
avanzaba, pero el otro, el dañado, hizo chocar su
casco blindado contra la piedra mientras su campo
antigravitatorio vacilaba y fallaba. Los orkos estaban
casi sobre ellos, las motos de guerra giraban en
círculos a su alrededor. El bólter tempestad13 del
Segador superviviente se abrió, destrozando una de
las motos, y los cañones gatling giraron hacia los
orkos y dispararon. El tanque lanzó un torrente de
fuego, atronando hasta que un misil lo alcanzó y lo
hizo retroceder, con el casco ennegrecido y perforado
por un lado como si el pesado blindaje de ceramita
no fuera más que madera. Pero tras un segundo de
silencio, la torreta volvió a moverse, sacudiéndose
lentamente mientras retrocedía hacia la oleada de
vehículos más grandes que se preparaban para entrar
13
bólter tempestad: Es un arma de bólter de largo alcance y
disparo rápido con cuatro cañones, a menudo desplegada
en vehículos de los Marines Espaciales como el tanque de
gravedad Gladiador modelo Reaper, que están específicamente
diseñados para un papel anti-infantería.
33
en el estrecho paso entre la montaña y el mar.
El cañón gatling disparó, con una tos irregular
y tartamudeante. Pero los proyectiles siguieron
volando, alcanzando a un carro de guerra orko
y haciéndolo virar enloquecidamente, con humo
saliendo del agujero que tenía en el costado.
Luego, una tormenta de disparos alcanzó al tanque
moribundo, pesados proyectiles que lo desplazaron,
empujando su inmenso peso hacia atrás. Hubo un
momento, y entonces la mortífera máquina explotó,
haciéndose pedazos en una tormenta de metralla,
fuego y polvo.
—Encuéntrense con el León, hermanos míos
—entonó Demetrius—. Ahora caminan con él en
la muerte —Y ese fue todo el tiempo que tuvieron
para llorar al Segador destruido y a su tripulación.
Los orkos hervían junto a los restos, sus vehículos
saltaban por encima de las fortificaciones que
habían construido los Ángeles Oscuros, decididos
a perseguir al último Segador y a los Rhinos que
huían de ellos. Corriendo, pero no lo bastante rápido
para escapar de la horda. Serían derribados como
presas, despedazados por los xenos, un final feo y
vergonzoso para los elegidos del Emperador.
Pero eso no sucedería.
—Si os golpean, devuelvan el golpe mil veces
—expresó el teniente Amad por el vox. Las palabras
del León resonaron en el aire. En ese instante,
34
los acantilados que dominaban la costa estallaron.
Láminas de roca se partieron y cayeron, tronando y
estrellándose contra los orkos, formando un muro de
piedra hecha añicos que se interponía en su camino
hacia la orilla. A través de los ojos de sus hombres,
Lazarus vio cómo el ejército orko vacilaba y se detenía
ante aquella nueva barrera irregular. Luego la vista
desapareció, borrada por el polvo.
Se oyó un estruendo en lo alto, como un trueno
lejano. Lazarus pudo oírlo a través del hielo, y a
través de los ojos del teniente Amad pudo ver lo que
originó el ruido: una columna de vehículos, rojos
de pintura y con el polvo de la piedra destrozada del
color de la sangre vieja, avanzando por el río helado
que se extendía en el valle entre las dos líneas de
montañas.
Los orkos estaban locos, a su manera xenos, pero
no eran estúpidos, al menos no de forma terminal.
Después de despejar los escombros del acantilado
que los Ángeles Oscuros habían dejado caer sobre
ellos, salieron en persecución del teniente Amad y sus
tropas. Al principio se abrieron en abanico, cargando
a través del valle, pero cuando los orkos llegaron
al río helado, volvieron a agruparse. Los carros de
combate formaron una línea, siguiendo las huellas de
los vehículos pesados de la Quinta, sabiendo que era
allí donde el hielo era más grueso, ya que los Ángeles
Oscuros habían conseguido cruzarlo. Era el camino
35
más rápido a seguir, con al menos un vago guiño a la
precaución.
Fue un error.
Lazarus activó el vox, conectándolo con Amad.
—Lo has hecho bien, hermano.
—¿Bien? —La voz del teniente era ahora amarga—
. Perdí un Gladiador modelo Reaper y una docena de
hermanos. Cuatro más están al cuidado del Hermano
Asbeel, y el Hermano Jehoel no puede caminar. Yo no
llamaría a eso “bien”.
—Yo lo haría —dijo Lazarus, con voz firme—. Y yo
soy el amo de esta compañía, teniente. Te di órdenes
y las cumpliste. Hiciste lo que te dije, y lo hiciste bien,
hermano. El costo de todo esto es mío.
—Sí, amo Lazarus —La amargura al menos había
disminuido en su voz, si no había desaparecido por
completo—. ¿Qué órdenes hay ahora?
—Esperar —dijo Lazarus. La columna principal de
vehículos orkos pesados se ceñía al camino trazado
por los Ángeles Oscuros. Sin embargo, los más
pequeños, como las motos de guerra y los buggies
de ataque rápido, se habían arriesgado y dispersado
para avanzar más rápido por el hielo. Habían perdido
a unos cuantos en los puntos más delgados, pero la
mayoría había logrado cruzar y ahora daban vueltas
frente a las fortificaciones de los Ángeles Oscuros que
se habían levantado en la siguiente estrecha franja de
piedra entre los acantilados y el océano—. Eviten que
36
los flanqueen. Algunos de los pesados los alcanzarán.
Eviten que se abran paso…
—Con la bendición del Emperador, es posible.
Por el ejemplo del León, sabemos que podemos
prevalecer —respondió uno de los soldados.
—Por la fuerza y el coraje de mis hermanos, sé
que la victoria está asegurada —afirmó Lazarus—.
Han enorgullecido a los Ángeles Oscuros en este día.
Aguanten un poco más y triunfaremos.
Lazarus cortó el enlace de vox, pero mantuvo la
pictografía el tiempo suficiente para ver cómo Amad
recorría con la mirada una vez más el ejército que
se dirigía hacia él, el ejército que ya casi lo había
destruido una vez, antes de volverse para acordar la
colocación de las tropas con el Capellán Interrogador
Demetrius y el Anciano Jequn, que sostenía en alto el
estandarte de la Quinta.
Entonces Lazarus lo cerró y extendió la mano para
coger otro.
—Sargento Asher, Escuadrón Jotha. ¿Estás en
posición?
—Un minuto, maestro Lazarus —respondió el ex-
plorador de la Décima Compañía.
Lazarus seleccionó la pictografía del explorador y
su casco se llenó de la luz naranja de la estrella de
Husk. La vista giró mientras Asher saltaba por la
pared del acantilado por encima de la nueva posición
de Amad. El resto de su escuadrón estaba con él,
37
todos trepando por el escarpado acantilado a saltos.
La vista se estabilizó cuando Asher llegó a la cima.
Desde la altura, mirando a través de la óptica in-
tegrada en el visor del explorador, Lazarus podía ver
a todo el ejército de orkos que había debajo, a los
coraceros zumbando sobre los emplazamientos de
Amad y a la columna moviéndose por el hielo. El
primero de los carros pesados acababa de llegar a
la orilla del río y sus neumáticos habían pasado del
hielo sucio a la grava. El resto de la columna los
seguía de cerca, con los motores rugiendo mientras
los orkos los acribillaban, impacientes por llegar a
la tracción segura del suelo pedregoso para acelerar
hacia los Ángeles Oscuros, ansiosos por estrellarse
contra ellos de nuevo.
«Pronto». La palabra resonó en la mente de
Lazarus mientras observaba cómo avanzaban los
toscos vehículos orkos. La vista cambió cuando Asher
se movió, sacando los rifles de francotirador Mark III
con patrón de Alcaudón con los que entrenaban los
Exploradores Primaris. Eran mortíferos a distancia,
y la segunda razón por la que Lazarus había ordenado
a los exploradores subir a los acantilados. La primera
era para poder tener esta vista, para saber cuándo
era el momento adecuado.
Los orkos avanzaron, los vehículos que seguían
sobre el hielo crujían unos contra otros mientras
se disputaban la posición. El Kamión del Kaudillo
38
iba detrás, el enorme caminante se movía a su lado.
Intentar atraparlos a ellos y a la mayoría de los demás
iba a ser un ejercicio de equilibrismo, pero Lazarus
dejó a un lado la incertidumbre y las dudas. Se
tomó su tiempo, esperando, y entonces le llegó el
momento, igual que cuando luchaba con su espada.
Con un pensamiento, introdujo la mano a través de
su negro caparazón y activó el anillo de bombas de
melta que había ordenado al escuadrón Jotha fijar a
la parte inferior del hielo.
Las bombas melta estaban destinadas a los blin-
dados. Si se colocaba una sobre un tanque o forti-
ficación enemigos y se activaba, desataba una ex-
plosión dirigida de energía térmica capaz de derretir
el blindaje más grueso y reducir a escoria y cenizas
todo lo que quedaba al otro lado. Utilizado contra el
hielo, el resultado era la devastación.
Las bombas estallaron y Lazarus sintió un pulso
de calor procedente de las explosiones, incluso con
toda el agua helada que había entre ellos. Entonces
se produjo una onda de presión que hizo que el agua
se arremolinara alrededor de Lazarus, hasta el punto
de que tuvo que moverse para mantenerse en pie. Un
instante después se produjo otro impulso, seguido
de una segunda ola de presión que hizo que el agua
volviera a arremolinarse a su alrededor.
Fue la vista desde Asher lo que permitió a Lazarus
comprender lo que estaba ocurriendo. Desde lo alto,
39
podía ver el infierno que habían desatado las bombas.
Cuando estallaron, una gran nube blanca de vapor
estalló mientras toneladas de hielo se convertían
repentinamente de sólido a gas. Las bombas habían
sido la primera ola de calor, y la expansión masiva del
vapor al chocar contra el hielo y el agua, la primera
onda expansiva. Pero incluso mientras la nube de
vapor se precipitaba hacia los acantilados donde se
agazapaban los exploradores, la luz había empezado
a crecer en ella. El calor de las bombas de fusión había
roto las moléculas de agua en sus elementos básicos,
y el corazón de la nube de vapor se convirtió en una
mezcla volátil de hidrógeno y oxígeno que explotó de
nuevo, causando la segunda ola de calor y presión.
—La ira del Emperador —respiró Asher por el
vox, justo cuando el vapor se arremolinaba sobre
él, tragándose su vista. Lazarus dejó caer los
alimentadores de pictografía para que lo único que
viera fuera el caos de agua turbia e hirviente que le
rodeaba.
—Ángeles Oscuros —gritó, y su voz llenó el vox—.
Levántense.
Sus hombres escucharon y obedecieron. Los cables
metálicos ocultos bajo el río se tensaron cuando
seis escuadrones de Adeptus Astartes salieron de
las turbias aguas. Sólo tardaron unos segundos en
atravesar el hielo poco profundo cerca de la orilla
contaminada. Se alzaron, con armaduras verde
40
oscuro que goteaban toxinas, bólters en las manos,
ojos que brillaban en rojo a través del vapor que
llenaba el aire.
—Auspex —ordenó Lazarus cuando llegó a la su-
perficie y su visión cambió. La nube arremolinada de
vapor caliente inutilizaba la óptica normal, pero los
agudos sensores de su armadura le proporcionaron
lo que necesitaba: objetivos.
Ante Lazarus se formaron manchas de color y
líneas nítidas, fuentes magnéticas y objetos en
movimiento. Podía distinguir a los orkos que
se agitaban en el río, intentando nadar en agua
sobrecalentada envueltos en la armadura. Densos ya
de músculos y huesos, los xenos no parecían tener
mucho éxito. Lazarus podía ver los cadáveres que ya
cubrían el fondo fangoso, mezclados con los restos
de los carro de guerras y carros de combate que
habían caído en picado cuando el hielo que tenían
debajo se transformó en vapor.
Pero no todo había desaparecido en el río. Algo
enorme se movía a través de la bruma, brillando
intensamente en los sensores magnéticos. El cami-
nante, se dio cuenta Lazarus, todavía en pie y tam-
baleándose hacia la orilla.
—Escuadrón Bethel, conmigo —ordenó—. El
resto de escuadrones, en marcha. Aplasten a los
xenos entre ustedes y el Teniente Amad. ¡Adelante,
por el León!
41
Gritaron:
—¡Por el León! —y Lazarus cambió su percepción,
dejando la ubicación de sus tropas en un rincón de
su mente mientras se centraba en el escuadrón que
tenía delante.
—Escuadra Bethel. Quiero…— Lazarus se detuvo.
Algo estaba sucediendo cerca del caminante orko, un
resplandor de luz esmeralda que estaba creciendo
lo suficiente como para penetrar la nube de vapor.
La luz destelló, bañando el mundo de verde, y luego
desapareció, y con ella la niebla. De repente, el aire
era claro, una enorme burbuja de visibilidad centrada
alrededor de un trozo de hielo que flotaba en el río
junto a la gigantesca máquina de guerra orka. En
equilibrio sobre esa placa de hielo había un carro
de guerra, cuyo motor retumbaba. El orko Kaudillo
estaba de pie sobre su espalda, mirando a Lazarus
a través del agua sembrada de cadáveres, y en el
techo junto a él estaba agazapado el psíquico, la cara
de la criatura manchada de ampollas por el vapor
abrasador.
—Escuadrón Bethel —dijo Lazarus—. Tenemos
nuestros objetivos.
—¡Por el Emperador! ¡Por el León! ¡Para siempre!
El escuadrón se movió, extendiéndose mientras
levantaban sus bólters. Aunque el caminante y el
carro de guerra estaban a larga distancia, empezaron
a disparar, los pernos explosivos alcanzaron a los
42
orkos que se aferraban al caminante. Pero la dis-
tancia no estaba lejos para el Hermano Silas, que
portaba el arma pesada del escuadrón, un enorme
cañón de plasma. Lo levantó, el aire silbando a su
alrededor mientras se cargaba, y luego envió un rayo
de materia sobrecalentada que hizo un cráter en la
espalda blindada del caminante.
—¡No! —gritó Lazarus—. Destruye el hielo.
El Hermano Silas asintió, cambiando su puntería.
Los orkos que se aferraban al caminante disparaban
sus toscas armas contra los Ángeles Oscuros. La
mayoría de sus proyectiles dieron en el barro de la
orilla o zumbaron por encima de ellos, pero unos
pocos dieron en el blanco, silbando en la armadura
verde. Una alcanzó el hombro de Lazarus, apenas
arañó la pesada ceramita antes de rebotar. Pero los
orkos no sólo tenían armas de fuego.
Silas estaba preparando su disparo cuando el orko
psíquico hizo girar su tosco bastón de calaveras y le
apuntó, bramando. Una mota verde salió disparada
de la garra del orko, surcando el aire. Alcanzó al
Hermano Silas en el pecho, atravesando su gruesa
armadura de ceramita como si no fuera más que
una sombra. Silas se puso rígido, su cuerpo sufrió
espasmos mientras la brillante óptica que cubría
sus ojos se resquebrajaba y se rompía, hecha añicos
desde el interior. Delgadas estelas de humo verde
venenoso surgieron de aquellas grietas y Silas cayó
43
de rodillas. El cañón de plasma siseó y disparó una
vez, la materia ardiente abrasó la superficie del río
e impactó en un extremo del témpano de hielo. La
lámina se resquebrajó y giró, derramando orkos en
el agua.
—¡Silas!— exclamó Lazarus mientras se lanzaba
hacia adelante, recogiendo el cañón de plasma de las
manos inertes de su hermano. El nombre resonaba
en su cabeza mientras levantaba el arma pesada
y apuntaba al psíquico orko. Se unía a todos los
demás, a la larga lista de hermanos que Lazarus
había visto abatidos por los poderes antinaturales de
los psíquicos enemigos durante los largos años que
había luchado. Aquella lista traqueteaba en su cabeza,
nombre tras nombre repitiéndose, y entretejidos en
todos ellos el dolor abrasador y la luz multicolor de
las llamas que los habían matado. Dejó que el dolor
lo invadiera, que los nombres rugieran en su interior,
y apretó los gatillos del cañón.
No ocurrió nada, el arma pesada permaneció en
silencio en las manos de Lazarus. Había grietas en la
robusta carcasa del cañón de plasma donde Silas lo
había agarrado, una huella rugosa del agarre mortal
del marine espacial muerto.
Lazarus apenas tuvo tiempo de ver los daños antes
de que otra mota verde saliera disparada hacia él
desde el psíquico. Lo vio venir, un diminuto trozo de
la disformidad que convertiría su alma en polvo, arro-
44
jado hacia él por el orko aullante y lleno de ampollas.
Entonces sintió que su Yelmo Escudo de Espíritus se
enfriaba, que el poder que había acumulado en él
hacía mucho tiempo lo envolvía como un bálsamo. La
mota asesina se acercó a un palmo de su placa facial,
luego se deshizo, se convirtió en humo y desapareció.
—¡Hermano Ephron!— espetó Lazarus. El tecno-
marine le había ayudado a hacer los cálculos para
colocar las bombas de fusión y se había quedado
cerca cuando Lazarus y todos los demás se habían
escondido bajo el hielo. Ephron estaba junto al
Maestro de la Quinta antes de que Lazarus terminara
de pronunciar su nombre. Cogió el arma pesada y la
acunó, repasando los daños con las manos.
Lazarus se enderezó y miró a través del agua sucia
y marrón. El psíquico seguía allí, encaramado al
carro de guerra, discutiendo con el kaudillo, que
se agachaba sobre su subordinado. El orko grande
de la megacoraza agitó una garra contra la capa de
hielo que mantenía al carro de guerra fuera del agua.
Se estaba resquebrajando, dañada por el calor y el
golpe de plasma. El psíquico levantó los brazos,
gruñendo, y el Kaudillo dio un zarpazo, haciendo
que el escuálido orko corriera a esconderse al abrigo
de la cabina del carro de guerra.
El Kaudillo bramó al caminante, que había estado
luchando por sacar los pies del fondo fangoso del
río sin caerse al agua profunda. La máquina giró su
45
gran cabeza para mirar al jefe, con las articulaciones
chillando, y extendió una enorme garra. Se agarró al
vehículo y sus garras crujieron contra los laterales
metálicos.
—Arma, Efrón —dijo Lazarus, extendiendo la
mano. Podía ver al psíquico, apenas, a través del
sucio Cristal Blindado de la parte delantera del carro
de guerra, y los nombres aún corrían por su cabeza.
—¡Toma!— El Tecnomarine le entregó el cañón de
plasma, y Lazarus sintió que su espíritu revitalizado
tocaba el de su armadura. Levantó el arma, apuntó
al carro de guerra y disparó.
El rayo de plasma salió disparado mientras el
caminante levantaba al Kaudillo y su vehículo del
trozo de hielo. El movimiento hizo que el plasma
sobrecalentado golpeara el brazo del caminante en
lugar de atravesar la ventana del carro de guerra. La
garra del caminante se sacudió, casi dejando caer
el vehículo, pero aguantó lo suficiente. Cuando las
garras se separaron, el carro de guerra cayó a la
orilla del río y rebotó sobre sus sobredimensionados
neumáticos. Una lluvia de gretchin, los llorones
primos pequeños de los orkos, cayeron de la cosa,
chillando y maldiciendo mientras el Kaudillo bram-
aba de nuevo y el carro de guerra disparaba su motor,
arrancando.
Entonces el caminante se volvió hacia los Ángeles
Oscuros.
46
Su cañón había empezado a girar después de soltar
al carro de guerra, y levantó el brazo que portaba
la ridícula masa de cañones y disparó un chorro de
proyectiles a través de la orilla, levantando un muro
de barro y humo. Un proyectil alcanzó a un Marine
Espacial, haciéndolo retroceder para estrellarse con-
tra una roca, y luego el torrente se estrelló contra
Lazarus. Los proyectiles volaron hacia él, un torrente
de muerte, pero se mantuvo firme, confiando en que
el don otorgado a su Capítulo hace mucho tiempo por
los maestros de guerra de Marte lo protegería a él y
a los hombres que venían detrás. Y así fue. El Halo
de Hierro integrado en su armadura, una reliquia de
la Edad Oscura de la Tecnología, zumbó al recibir
los proyectiles. El antiguo dispositivo desintegró los
proyectiles e hizo girar su letal energía cinética en
una tormenta de fotones y neutrinos, convirtiendo
una muerte segura en una tormenta de luz y viento
imperceptible. El rugiente cañón se cortó, y Lazarus
quedó de pie entre el barro y el humo, oculto de
aquella cosa, pero vivo e impaciente.
—Toma esto —dijo, entregándole el cañón de
plasma a Ephron, que se había resguardado detrás
de una roca para evitar la descarga—. Manten a la
bestia ocupada —Luego se lanzó al río.
El agua se cerró sobre su cabeza, sepultándolo
en la oscuridad. En esa negrura, Lazarus confió
en su auspex para distinguir al caminante. Este
47
avanzaba por el barro hacia la orilla, dirigiéndose
hacia él. El estruendo de sus cañones agitaba el
agua a su alrededor, y Lazarus concentró parte de su
atención en la pictografía del Hermano Ephron, ob-
servando cómo el Tecnomarine se desplazaba de roca
en roca, disparando al caminante y buscando refugio
mientras los proyectiles y los cohetes se estrellaban
contra él. Ephron estaba sobreviviendo y atrayendo
la atención de la máquina de guerra, lo cual era justo
lo que Lazarus necesitaba. El agua frente a él estaba
ennegrecida por la vieja y nueva contaminación, y
aún se agitaba con los últimos restos de calor de las
bombas de fusión. Pero cada pierna del caminante
era una masa magnética brillante, clara como un faro
para él, y Lazarus avanzó hacia ellas, desenvainando
su espada.
Le parecía un sacrilegio usar el Filo de la Enemistad
para lo que equivalía a un trabajo de demolición, pero
la ira de Lazarus lo dominaba. Al tocar la tachuela
de la empuñadura de su espada, la energía fluía
sobre la hoja de adamantina, una corona intermi-
tente de poder oscuro que desgarraba las moléculas
de agua a su alrededor, haciendo que sus bordes
chisporrotearan y brillaran con la misma destrucción
térmica que había derribado al caminante en el barro.
Tiró de la espada hacia atrás y abrió un camino
de fuego y vapor a través del agua, desgarrando la
gruesa armadura que cubría la articulación del tobillo
48
del caminante.
Los orkos construían armaduras toscas pero re-
sistentes. El primer golpe arrancó trozos de metal,
pero apenas causó daños. El segundo solo se clavó
un poco más. Pero Lazarus conocía el arte de la
espada, e incluso en la oscuridad, con el caminante
avanzando a trompicones, podía alcanzar el mismo
blanco una y otra vez. Cortó la articulación hasta
que, de repente, se rompió, y la enorme máquina de
guerra se tambaleó, casi cayendo.
Fue en ese momento cuando el piloto percibió que
algo no iba bien. El caminante se detuvo, luchando
por mantener el equilibrio, y el gran brazo barrió a su
alrededor, disparando salvajemente su cañón al agua.
Lazarus se acercó a la máquina y esperó, dejando que
su propio blindaje absorbiera los proyectiles que se
acercaban. Cuando el caminante dejó de disparar,
retrocedió y golpeó la pierna una vez más, clavando
su hoja crepitante en la articulación rota hasta que
finalmente se cortó y la pierna se soltó del enorme
pie. Pesado y desgarbado, el caminante no podía
mantener el equilibrio con tanto daño. Con un crujido
quejumbroso, se inclinó hacia un lado y cayó de
bruces al río.
Lazarus retrocedió mientras el gigante caía, ale-
jándose de sus miembros agitados. Rodeó al gigante
y se acercó a su espalda expuesta. Allí estaba el
lugar donde Silas había golpeado, y Lazarus podía
49
ver claramente el cráter en la armadura de la cosa.
Trepó por el cuerpo y su yelmo rompió el agua. Hubo
vítores en el vox, lo que quedaba del Escuadrón Bethel
alabando su muerte, pero él los ignoró. Esta bestia
aún no estaba muerta.
—¡Escuadrón Bethel! ¡Muévanse para apoyar a
sus hermanos! Estaré allí pronto —Se paró sobre
el agujero en la armadura del caminante y sintió el
picor de la electricidad de los cables de alimentación
cortados chispeando en el agua. Levantó el Filo
de la Enemistad y hundió la espada, dejando que
su campo desgarrara puntales y cables, perforando
profundamente hacia cualquier corazón que pudiera
encontrar. Entonces, la punta se abrió paso hacia un
espacio abierto.
Lazarus sacó la espada y, por un momento, pudo
oír los bramidos enfurecidos del piloto orko. No
había encontrado el corazón, sino el rugiente cerebro
de aquel monstruo de metal, y el agua, fría una vez
más, se vertía en él, llenándolo. Una corriente de
burbujas se elevó y el caminante se estremeció y se
sacudió bajo él, convulsionándose como el ser mori-
bundo que era. Lazarus activó los cierres magnéticos
de las suelas de su armadura y esperó a que la cosa
se quedara quieta.
Entonces cortó sus cierres magnéticos, saltó a las
aguas poco profundas del río y se dirigió hacia la
última pieza de la batalla, con la espada crepitando
50
en la mano.
51
Saltó sobre los restos humeantes de un tanque
destrozado, sus siniestros adornos carbonizándose.
Un orko sin piernas emergió rodando de debajo de
los despojos de una moto de guerra y abrió fuego.
Los dos primeros proyectiles de su imponente arma
impactaron contra la armadura del Maestro de la
Quinta, pero pronto su Halo de Hierro resplandeció,
deteniendo los siguientes. La luz cegadora descon-
certó al orko, permitiendo a Lazarus acabar con él
con un certero golpe de su espada mientras avanzaba.
Redujo su percepción al entorno, enfocándose única-
mente en los objetivos que tenía delante: sus propios
ojos y los del teniente Amad. El carro de guerra
se acercaba rápidamente, su parabrisas lleno de
impactos, a solo unos veinte metros del teniente y a
toda velocidad. Amad permaneció firme, disparando
hasta que uno de sus proyectiles logró atravesar el
parabrisas y detonar en la cabina.
—Somos los Ángeles Oscuros —retumbó la voz de
Amad a través del vox, impregnada de triunfo—.
¡Somos los Primeros! Somos la furia del soberano de
toda la humanidad.
El carro de guerra se sacudió bruscamente,
desviándose de su rumbo mientras su conductor
se llevaba un golpe en la cara, ahora salpicada de
cristales rotos y metralla incandescente. Las pesadas
ruedas del vehículo se deformaron y el carro dio una
vuelta de campana. Amad se movió rápidamente,
52
apartándose justo a tiempo mientras el vehículo se
deshacía y pasaba por encima de donde él estaba.
Pero en medio de su esquiva, el orko Kaudillo fue
lanzado y se estrelló contra el teniente. Ambos
rodaron por el suelo, y la imagen que Lazarus veía
a través de los ojos de Amad se convirtió en un
torbellino negro y rojo y verde, el imponente orko
rugiendo mientras golpeaba la cabeza del Ángel
Oscuro contra el suelo.
Lazarus esquivó una espada lanzada por un orko
con las entrañas al aire y saltó sobre una hilera de
rocas que formaban un muro. Estaba casi allí, pero
el kaudillo estaba retirando su brazo, la pesada garra
de poder que cubría su mano se abría, el campo de
energía que rodeaba sus cuchillas chisporroteaba
con pulsos de luz amarilla enfermiza. El Kaudillo la
descendió, intentando arrancarle la cabeza a Amad,
pero el teniente levantó su Espada de Energía, in-
sertándola entre las hojas de la garra y bloqueán-
dola. El orko se inclinó hacia adelante, gruñendo,
sus colmillos goteando espuma, y dos puntas de
garra rasgaron la placa frontal del casco de Amad,
arrancándola.
La imagen se desvaneció y volvió en la mente
de Lazarus, pero eso no importaba. Podía verlos
claramente, podía ver el rojo brillante de la sangre de
Amad cuando la punta de la garra le arañó la frente,
el campo disruptor que la rodeaba desgarrando la
53
carne y dejando una marca en el grueso hueso de su
cráneo. Lazarus sabía que llegaría demasiado tarde,
que el kaudillo estaba a punto de abrirle el cráneo a
Amad, pero entonces, con un destello verde y blanco,
otra figura se lanzó sobre el líder orko desde un lado.
El gigantesco orko blindado rodó por el suelo,
alejándose de Amad, y el anciano Jequn se detuvo
junto al teniente, con el estandarte de la Quinta
ondeando sobre su cabeza. Envuelto en su armadura
verde oscuro y sus ropajes blancos, con reliquias
colgando de su cinturón y sosteniendo la enorme
Espada de Energía con ambas manos, Jequn era el
arquetipo del ángel guerrero. Entonces avanzó, la
espada descendió, y el Kaudillo apenas logró levantar
su garra de energía a tiempo para bloquear el golpe.
Lazarus llegó junto a Amad, extendió la mano para
agarrar el guantelete del teniente y lo levantó.
—Terminemos con esto —le espetó Lazarus.
—Nuestro Anciano no estará contento —respondió
Amad, sonriendo a través de la capa de sangre que
cubría su rostro.
—Hay suficiente furia para todos —Lazarus soltó
la mano de Amad y comenzó a dar vueltas, el Filo de
la Enemistad gruñendo mientras hacía chasquear la
espada en el aire, y luego golpeó: una mota verde,
repulsiva y familiar, y Lazarus sintió de nuevo el
bendito toque frío de su Yelmo Escudo de los Espíritus.
La mota se alejó girando, disolviéndose, pero a través
54
de su disolución, Lazarus vio otro destello de luz
verde venenosa tocar a Amad. Desapareció bajo su
coraza, y Amad se puso rígido, arqueando la espalda.
La boca del teniente se abrió mucho, demasiado, y
Lazarus escuchó el chasquido de la mandíbula. Una
luz verde flameó por la boca de Amad como un rayo
esmeralda, bifurcándose y partiendo a medida que
envolvía cada diente. Entonces estallaron, cada uno
de ellos rompiéndose como un cristal, la metralla
de esmalte blanco cavando surcos en la lengua, los
labios y las encías de Amad, añadiendo más sangre a
su rostro, antes de que finalmente le siguiera el crá-
neo. Se rompió en la cabeza de Amad, desmenuzán-
dose en mil pedazos que enviaron astillas de hueso a
través de su piel. La cara de Amad se contrajo, todo su
cráneo se deformó y luego desapareció, deslizándose
hacia su armadura mientras sus vértebras estallaban
y se fracturaban. Todos los huesos del cuerpo del
Ángel Oscuro se deshicieron, hasta que lo único que
quedó fue su armadura, erguida, con el casco vacío
marcado por la sangre. El hombre que lo había
llenado, el hombre que había sido mucho más que
un hombre, había desaparecido, destrozado desde el
interior, convertido ahora en una papilla líquida que
se deslizaba por las piernas de la armadura que una
vez llevó.
Lazarus contempló el casco vacío y luego se volvió.
Detrás de él, el orko psíquico se había arrastrado
55
desde las ruinas del carro de guerra. El rostro del
xenos era una máscara de heridas, ampollas rotas en-
trecruzadas con cortes de metralla y cristal, pero sus
ojos seguían intactos, y miraban torvamente al Mae-
stro de la Quinta, con chispas verdes parpadeantes
destellando en sus profundidades amarillas. Lazarus
levantó el Filo de la Enemistad y la corona negra
de poder lamió la hoja, siseando y chasqueando
mientras los sucios copos de nieve de Husk se desin-
tegraban contra ella.
—Amad —murmuró Lazarus en voz baja, pero en
su casco, en su cabeza, resonaba el nombre. Otro
nombre. Otro maldito nombre. La lista de ellos corría
por su mente como una letanía mientras avanzaba
por la piedra color sangre, con la espada en la mano
y la rabia en el corazón.
56
Capítulo 3
F
uera de su ventana, en el intrincado laberinto
de setos que cercaban la morada de Wyrbuk, un
coro de pájaros daba concierto, e Ysentrud creyó por
un momento hallarse ya ante su escritorio. Por ende,
cuando Heze le zarandeó el brazo para despertarla,
se zafó con un murmullo:
—Estoy en plena labor, Erudito Thiemo. Déjame.
—¿Erudito Thiemo? —la voz de Heze cortó el
velo del sueño, e Ysentrud se incorporó de súbito,
intentando reaccionar, mas el intento fue vano. Heze
ya había despojado a Ysentrud de la ligera sábana que
la cubría, arrancándola con brusquedad. Ysentrud se
precipitó desde el lecho angosto al suelo, golpeán-
dose la rodilla contra el gastado azulejo.
—Maldición de emperadores —lamentó, aferrán-
dose a la rodilla lastimada.
Heze, aproximándose a la orilla de la cama, inició:
—Ante nada, si el Erudito Thiemo te escucha pro-
ferir tales maldiciones, te flagelará las plantas de los
pies y te atiborrará las botas con sal. Segundo, ¿qué
57
demonios significa eso?
—Tú ignoras el arte del improperio —replicó Ysen-
trud, y Heze soltó un bufido, visiblemente molesta.
La joven, con apenas catorce primaveras a sus es-
paldas frente a los dieciocho de Ysentrud, ostentaba
únicamente líneas negras tatuadas sobre su calva tez
cobriza, y le repugnaba la idea de que alguien, en
algún confín del mundo, pudiera comprender algo
que a ella le era ajeno.
—Tú ignoras el arte de despertar a tiempo —Heze
se volteó, su túnica blanca flotando en un halo
dramático a su alrededor. Ysentrud alguna vez había
sorprendido a la joven practicando aquel ademán;
sin embargo, ¿acaso no era una costumbre entre los
wyrbuk? Si el destino era portar eternamente tales
túnicas, convendría dotarlas de cierto dramatismo—.
Son las siete y cuarto, y vas a perderte el desayuno.
De nuevo.
Ysentrud le mostró la lengua, gesto que Heze
replicó antes de abandonar la estancia con premura.
Mientras se ponía en pie, Ysentrud no pudo sino
sacudir la cabeza. Aunque Heze representaba su
amistad más significativa, de hecho, la única en la
Casa Wyrbuk, por momentos se comportaba como
una infante insufrible. Especialmente cuando tenía
razón. Con un gesto de dolor, Ysentrud estiró la
pierna y observó la hora. Efectivamente, las siete
y cuarto. Exhaló un suspiro y, acercándose al lava-
58
manos, tomó su paño, deteniéndose un instante para
contemplar la tinta que adornaba su piel.
La oscuridad que enmarcaba sus ojos era tan pro-
funda que engullía casi todo resplandor, permitiendo
que sus iris de un rojo incandescente parecieran
suspendidos en el vacío. Toda su cabeza, desprovista
de cabello, estaba marcada con tinta: nariz, cuello,
orejas, contorno de labios y mandíbula, transfor-
mando su rostro en el de una calavera escarlata
que flotaba sobre su simple vestimenta nocturna.
La indumentaria completa de un Wyrbuk, el sello
distintivo de un Erudito, recién impresa sobre su piel,
era tanto la culminación de su aprendizaje en aquel
lugar como el premio a su perseverancia.
Al menos, eso se suponía.
Sin embargo, la Casa Wyrbuk aún guardaba prue-
bas para ella, ¿no es así?
Ysentrud movió su cabeza en un gesto de negación,
se pasó las manos por el rostro y se cubrió con su
túnica blanca, cuya tela áspera rozaba su piel. Si se
daba prisa, alcanzaría a saborear algo de gachas antes
de que el Erudito Thiemo volviera a saturar su mente
de historia.
—¿Listas?
59
El Erudito Thiemo se erguía ante Ysentrud, un
cúmulo de huesos pronunciados, piel encendida y
tatuajes negros que se entrelazaban. Los wyrbuks
poseían una delgadez espectral, acorde con los dibu-
jos que adornaban sus cráneos, efecto del veneno
del manto rojo que alteraba el metabolismo, entre
otros síntomas. Pero Thiemo, además, era de alta
estatura, lo que le daba el aspecto de un zancudo
depredador, observándola intensamente mientras
sostenía el punctrón entre sus dedos elongados.
—Sí, Erudito Thiemo —respondió ella, inclinando
su cabeza. Con delicadeza, él le amarró el punctrón
al cuero cabelludo y lo ajustó con precisión hasta
que sus puntas cristalinas penetraron las cavidades
ocultas entre la tinta sombría de su cráneo. Un largo
suspiro escapó de Ysentrud al sentir el aguijón del
dispositivo; el tormento de aquella perforación jamás
disminuía, a pesar de repetirse día tras día.
La náusea la asaltó luego, cuando el artefacto
se ancló en su cerebro, e Ysentrud contuvo la res-
piración, al umbral del trance memen. Thiemo
conectó el cable que descendía del punctrón hasta
el macizo escritorio negro frente a Ysentrud, extrajo
un alargado holocristal de su bata y lo enlazó también
al mueble.
—Compilación histórica del Archipiélago Menor
y las Islas Circundantes, desde el año 9.223.181.M36
hasta nuestros días.
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—Fabulosas narraciones de capturas y extrac-
ciones de Prometio —murmuró Ysentrud entre
dientes, agachando la cabeza para esconder su
disgusto. A medida que el Erudito Thiemo avanzaba
hacia el siguiente escritorio, extrajo un nuevo
holocristal de su túnica y lo insertó con destreza tras
el anterior. A su lado, un bufido de desaprobación
capturó su atención, y Heze la fulminó con la mirada.
Los ojos de esta última se dilataron, teñidos de una
indignación alarmada.
Con un movimiento cauteloso, evitando el cable
que la vinculaba al escritorio, Ysentrud se acercó a
ella y susurró:
—Solo más relatos macabros.
—Esos registros insignificantes no deberían per-
petuarse —siseó Heze con desdén.
—¿Insignificantes? —replicó Ysentrud—. ¿Y tú
qué dices?
—Estas listas de carga de Starport —confesó Heze,
torciendo el gesto—. Tienen casi medio milenio de
antigüedad.
—Eso sí es irrelevante. Al menos las crónicas de
los Grises entretienen…
Heze cortó su réplica al escuchar la tos inten-
cionada del Erudito Thiemo. El imponente mentor
había concluido la distribución de cristales y se erigía
ahora en el corazón del aula. La escasez de ocupantes
en los escritorios servía de sombrío recordatorio del
61
declive wyrbuk, pero esa misma pérdida de prestigio
impulsaba a los más veteranos, como Thiemo, a
ceñirse aún más a las tradiciones. Las escrutó con
severidad hasta que todos se alinearon correcta-
mente en sus asientos, y entonces dio inicio al rito
de grabación.
Con la ceremonia arrancando entre velas encen-
didas, incienso disipándose y cánticos elevándose,
Ysentrud permanecía, indiferente como nunca, hasta
que Thiemo se aproximó al final y se apoderó del
interruptor anclado al pilar central. Inspiró pro-
fundo, cerró sus ojos en anticipación. El clic sordo
del interruptor precedió un torrente de música y
tormento que inundó su ser.
Externamente, todos los Wyrbuks compartían el
mismo aspecto —figuras esbeltas, su distintiva piel
rubí, marcados como esqueletos sobre sus vestiduras
blancas, diferenciados meramente por su estatura—,
pero en la esencia de sus cráneos residía una diversi-
dad tan amplia como la encontrada en el resto de la
humanidad. Y cada cerebro recibía de manera única
el alud de datos emanados del punctrón.
Heze le había pintado a Ysentrud el proceso de
grabación como un huracán de catedrales de cristal,
una tormenta embellecedora que a su vez laceraba sin
piedad. Para Ysentrud, no obstante, la experiencia se
materializaba en aves. Con la activación del interrup-
tor, se le acercaban, un enjambre fulgurante de aves
62
cuyas plumas, irisadas, danzaban en un tumulto de
colores. Giraban en torno a ella, entonando melodías
mientras sus garras y picos la desgarraban.
Así resonaba la melodía de la inscripción, entre
la sublimidad y la laceración de ser marcada con
el cúmulo de sabiduría, de transformarse en una
Wyrbuk, un compendio viviente de erudición. Era
un sentimiento que abrazaba y rechazaba con igual
intensidad, un éxtasis mezclado con tortura, que la
abrasaba repetidas veces. Cada sesión de grabado
parecía un infinito, y a menudo Ysentrud sentía
como si hubiera trascendido milenios en vez de sus
escasas dos décadas de vida. Pero, como era de
esperarse, todo concluía. Las aves enmudecían, se
disipaban y dejaban a Ysentrud inclinada sobre el
oscuro escritorio, con lágrimas deslizándose por su
rostro, sangre manando de sus orejas, ojos y nariz.
Instintivamente, tomó la palangana con agua tibia
y un paño suave previamente dispuestos sobre el
escritorio por uno de los infantes acogidos.
Con meticuloso cuidado, se despojó de las marcas
de sangre y llanto, para después desprenderse del
punctrón con delicadeza.
—Recolecta los cristales —pronunció el Erudito
Thiemo. Ysentrud aborrecía escuchar esa frase,
repetida incesantemente a lo largo de casi una dé-
cada, pero optó por el silencio. Aunque improbable,
criticar podría acarrear un castigo, un riesgo innece-
63
sario, especialmente al almacenar conocimiento pro-
hibido. Extrajo ambos cristales, ocultando con espe-
cial cuidado aquel de color gris en su bata, deseando
fervientemente que Thiemo no lo detectara. Luego,
se dirigió hacia el centro del salón para depositar
el cristal suministrado por Thiemo en una bandeja
revestida de terciopelo.
—Espera, Ysentrud —intervino Thiemo justo
cuando ella comenzaba a retirarse, provocando
un sobresalto en su corazón. Él había percibido el
segundo cristal o notado su prolongada absorción de
la información suministrada.
—Sí, Erudito… —articuló ella, luchando por
sostener un tono de voz sereno y despreocupado.
Con un ademán, Thiemo le instó a mantenerse
en silencio, aguardando mientras los demás hacían
entrega de sus cristales. Heze, en último lugar,
le lanzó una mirada cargada de inquietud antes
de extenderle furtivamente su mano. Se ofrecía a
tomar el cristal oculto en su túnica, comprendió
Ysentrud, sintiendo una oleada de agradecimiento
tan punzante como el dolor del grabado. No obstante,
con un leve movimiento de cabeza, rechazó la oferta.
Heze exhaló un suspiro y se esfumó de la estancia,
dejándola a solas con Thiemo.
—Contrabando —pronunció él, fijando su mirada
en ella, y el corazón de Ysentrud se sobresaltó.
—Yo… ¿Qué? ¿Contrabando? —balbuceó ella.
64
Thiemo extendió su mano, esperando con una
expresión impasible que ella le entregara el cristal.
Al examinarlo, leyó los glifos inscritos en su base.
—Historias de los grises —comentó, sacudiendo
la cabeza—. Milenios de historia en Reis, junto
con las obras maestras del Imperio, y tú prefieres
empaparte de cuentos fantasmales de cultivadores
de hongos ignorantes. Sería más honorable hurtar
obscenidades.
La actitud desdeñosa de Thiemo era lo de menos
para Ysentrud; su poder, en cambio, le preocupaba
enormemente.
—¿Qué piensa hacer?
—¿Hacer? —repitió Ysentrud, parpadeando—.
Temes un castigo. Tranquila. Si gastara mi tiempo
castigando a cada joven insensato por saturarse de
necedades, mi brazo azotador quedaría exhausto. En
realidad, venía a notificarte que has sido asignada.
—Asignada —la ansiedad de Ysentrud cedió paso
a un torrente de excitación—. ¿Se ha determinado
que estoy preparada para servir al Regente Primero?
Thiemo entrecruzó sus manos.
—Se ha resuelto que estás preparada para servir al
Regente por venir.
—¿Sebastián? —inquirió Ysentrud, incrédula.
—El Regente por venir Sebastián Halven—.
—¡El Regente apático Sebastián Halven!— Ysen-
trud se llevó una mano a la cabeza, lamentando
65
por primera vez en años la ausencia de cabello para
arrancarse—. Desprecia la historia de Reis. Des-
precia Reis. ¿Por qué me asigna a él? Siete años de
grabados, mi mente abarrotada de cada fragmento
de la historia de este mundo, ¿para acabar relegada a
un rincón olvidado a acumular polvo?
—La opinión del Regente por venir es irrelevante
en este asunto —sentenció Thiemo con firmeza—
. Los Wyrbuk son posesión exclusiva del Regente
Primero. Fue él quien ordenó tu creación, y única-
mente a su criterio se debe tu destino. Considera que
tu influencia podría avivar el interés de Sebastián por
el reino que eventualmente gobernará.
Ysentrud deslizó su mano por el rostro, reprim-
iendo un exabrupto con una rápida corrección:
—Que el Emperador… lo bendiga —había dedicado
años a mentalizarse para un servicio directo bajo el
Regente Primero. Pese a sus peculiaridades, ¿qué
miembro de la nobleza carecía de ellas? Al menos,
su fascinación por la historia, específicamente, la
bélica, le daría un sentido de propósito a los vastos
conocimientos de Ysentrud. Ser arrancada de su
hogar, soportar el tormento de su envenenamiento,
los largos años de formación, todo ello cobraría
significado. Pero ser relegada al servicio de su de-
scendiente… se convertiría en un volumen olvidado,
condenado a desintegrarse en el olvido, y todo el
tesoro de historia acumulada en su mente bien po-
66
dría haber permanecido sellado dentro de su cristal,
indiferente a su abandono.
—Debí sustraer más historias grises —murmuró
para sí misma con un hálito de resignación—. No
poseo suficientes para sobrellevar una eternidad en
el ostracismo.
67
Capítulo 4
S
urcando el inmaterium, el crucero de ataque
Espada de Calibán se adentraba cual destello de
realidad perforando el caos del ojo de la tormenta
disforme. En la vanguardia del navío, protegido
por el envoltorio de Campo Geller14 y un blindaje
14
Campo Geller: Sistema de protección utilizado en las naves
estelares del Imperio durante sus viajes más rápidos que la luz
a través de la Disformidad. La tecnología que genera estos
campos protectores se inventó a la par que los motores de
Disformidad. Dicha tecnología permite a las naves capaces
de realizar tránsitos a través del Inmaterium y a los ocupantes
de las mismas sobrevivir al entorno extremadamente hostil
que representa el espacio Disforme. Protegen tanto a la nave
como a sus ocupantes de las agresiones de la psíquicamente
reactiva Disformidad, así como de los estragos que pudieran
causar las entidades que habitan en el Inmaterium.
68
de adamantio15 , Lazarus ocupaba una austera silla
en el vértice de un camarote de forma triangular.
Se encontraba absorto, delineando pensamientos
en las gruesas páginas de un tomo forrado en
piel, con la ayuda de una electropluma. Frente a
él, balanceándose en el penumbroso límite donde
convergían las dos paredes más extensas del recinto,
un servocráneo flotaba, su cráneo de un opaco
gris resaltando apenas bajo el tenue fulgor carmesí
proyectado por las ópticas de sus cuencas.
—…y así, la bestia hizo su entrada en Droslin,
desmoronando murallas bajo sus garras, tiñendo
de carmesí los suelos, hasta que los campos circun-
dantes se transformaron en vastos mares de sangre,
ahogando a quienes en vano huían. La noticia de tal
espanto se diseminó por los dominios como chispas
de pavor, impulsadas por el nefasto hálito de la
criatura, hasta alcanzar la Fortaleza del Alba, donde
los caballeros allí congregados…
—Silencio —A la orden de Lazarus, el cráneo calló,
15
Adamantio: Es quizás el material más fuerte usado por el
Imperio, impenetrable para la mayoría de las armas comunes.
La Puerta de la Eternidad del Palacio Imperial en Terra está
hecha enteramente de este metal, y a menudo se lo usa
junto al plastiacero y la ceramita, como en la estructura de
la armadura de Exterminador o de los Titanes Imperiales.
Muchos objetos fabricados antiguamente con adamantio no
pueden ser copiados por el Adeptus Mechanicus debido a que
su carcasa es tan dura que no puede ser desmontada.
69
y el Maestro de la Quinta concentró su mirada en
las anotaciones. “Chispas de pavor, impulsadas por
el nefasto hálito de la criatura”. Transformar tal
frase del rudo dialecto de la vieja Calibán al refinado
alto gótico se erigía como un desafío que había
confundido incluso a los cogitadores encargados de
su primera traducción, y ahora, sumido en la semiob-
scuridad, ninguna revelación asistía a Lazarus.
Chispas.
Por un instante, pudo visualizarlas, escarlatas y do-
radas, danzando en el aire cual polvo precioso, antes
de extinguirse, todas excepto una que se desvanecía…
y luego, resurgía, vibrante, con un venenoso verdor.
—No —articuló, poniéndose de pie, su voz grave
reverberando en el reducido espacio, pero la chispa
ignoró su comando. Sobrevoló hacia la pared más
corta, donde el emblema del Capítulo de los Ángeles
Oscuros se imponía como único adorno sobre el
desnudo muro. Un espadón que se extendía de suelo
a techo, flanqueado por dos alas brotando del mango.
La partícula rozó la espada, precisamente en la unión
de las alas, y súbitamente, todo se envolvió en llamas,
un incendio de verdes y morados, rojos y naranjas,
azules y dorados, un fulgor que englobaba todos
los matices del arcoíris. El calor emanado abrasaba
el ambiente, y Lazarus sentía cómo lo consumía,
quemando cada fibra de su ser.
—No —negándose a ceder ante el ardor, des-
70
oyendo el sufrimiento, Lazarus cerró sus ojos y su
mente se inundó con la Letanía de los Horrores
Pretéritos. Las conocidas invocaciones fluyeron por
su ser, desvaneciendo tanto el calor como el dolor. Al
abrir sus ojos, solo la pureza de las alas y la espada,
inmunes a las llamas, lo saludaban con su resplandor
inalterado.
Hacía eras que no se veía así, cercado por las
llamas.
Con reverencia, Lazarus murmuró de nuevo la
letanía, inclinándose ante la espada aligerada. Junto
a su hoja, se alineaban su fiel pistola de cerrojo y
las granadas, dispuestas meticulosamente a lo largo
del Filo de la Enemistad, que relucía bajo el tenue
brillo de una Luminaria. Al otro extremo, se erigía
su armadura, las robustas piezas suspendidas de
una estructura labrada. Bajo la iluminación de otra
luminaria, el verde oscuro de la ceramita centelleaba.
Pese a su reciente mantenimiento después de Husk,
el ligero desfase era palpable bajo esa luz. El Yelmo
Escudo de los Espíritus, coronado por majestuosas
alas blancas, recién forjado, desentonaba con la
uniformidad de su armadura Mark X. En su interior,
reposaba una reliquia venerada del Capítulo, un trozo
de los guardianes pétreos de Calibán, impregnado de
la sacralidad de incontables batallas.
Su antigua coraza pereció en Rimenok, devorada
por las llamas profanas de un hechicero servidor de
71
los Poderes Ruinosos16 . Se consumió, y con ella, él
también, hasta morir y, posteriormente, renacer.
Las resurrecciones, como todo en este universo,
exigían su tributo.
Un precio que Lazarus pensó haber saldado. Mas,
la existencia rara vez es tan simple. Sacudiendo
la cabeza, recogió el tomo y la electropluma, re-
tomando su asiento. Se dedicó a la ardua tarea
de decodificar la metáfora de la chispa, trazando
precisos glifos con sus imponentes manos, para
luego dejarlo estar.
—Continúa —instruyó al servocráneo, que lo es-
peraba en silencio, sus ópticas rojas emitiendo un
brillo tenue, testigo mudo de todo, sin captar esencia
alguna.
—Y así, los caballeros se alzaron, armándose para
el combate y la inminente caída, ante una bestia de
magnitud y ferocidad inusitadas, conscientes de que
muchos no prevalecerían. No obstante, el honor y la
sangre tejen fuertes lazos de deber, así que…
16
Dioses del Caos: También llamados Dioses Oscuros, Poderes
Ruinosos o Cuatro Antiguos, son poderosos seres del universo
psíquico conocido como Disformidad, creados y alimentados
por las emociones y las almas de todo ser vivo del universo
material. Aunque son seres divinos, son por naturaleza
monomaníacos y se componen cada uno de una única
emoción o concepto, y además dependen absolutamente de
las emociones de las criaturas mortales para obtener poder y
seguir existiendo.
72
El timbre resonó y el servocráneo, obediente, cesó
en su murmullo.
—Pase —ordenó Lazarus al tiempo que se erguía.
El Capellán Interrogador Demetrius ingresó, atavi-
ado con una túnica blanca de capucha, similar a la
de Lazarus, con la insignia de los Ángeles Oscuros
cosida en su pecho y el número cinco bordado con
hilo dorado justo debajo. Un minucioso trabajo
artesanal realizado por uno de los numerosos siervos
capitulares que moraban en la Roca.
—Maestro Lazarus —saludó Demetrius, des-
viando su mirada más allá del hombro de Lazarus
hacia el silente servocráneo—. ¿Interrumpo su
labor?
—Esta labor siempre está sujeta a interrupciones
—respondió Lazarus—. Si el Capítulo hubiese de-
seado que fuera puntual, se lo habría encomendado
a un escriba, no a uno de sus Señores.
—Pero es una tradición que lo realices tú
—Demetrius se adentró en la penumbra de la
estancia, acercándose al cráneo flotante envuelto
en su manto cibernético. Una reliquia ancestral,
el cráneo de algún fiel servidor de los Ángeles
Oscuros transformado en receptáculo de sabiduría—.
Maestro de la Quinta. Guardián del Ritual Invisible.
—Traductor de metáforas exageradas. Intento de
traductor —Lazarus fijó su mirada en el servocráneo,
evitando encontrarse con los ojos de su hermano.
73
Demetrius había perdido el lado izquierdo de su ros-
tro en una explosión de plasma hace mucho tiempo.
Aunque músculos y piel se habían regenerado, no
coincidían del todo; la nueva piel tenía un tono negro
intenso, más oscuro que el cálido marrón del resto
de su cutis. Su ojo original había sido reemplazado
por un implante cibernético que brillaba en la os-
curidad. No compartía el mismo matiz de las motas
lanzadas por el psíquico orko, pero se asemejaba
lo suficiente como para evitar la mirada. Al darse
cuenta de su evasión, Lazarus se forzó a volver a
mirar hacia adelante. Permitir que la preocupación
por un posible recuerdo dictara sus movimientos
era una debilidad, y la debilidad, en la formación
de un Ángel Oscuro, debía enfrentarse, abordarse
y erradicarse de inmediato. Esa era la lección forjada
en el yunque del entrenamiento de un Ángel Oscuro.
—Es un título y una tarea que le sientan bien, Mae-
stro Lazarus. Hubiese sido un destacado académico,
en otra vida.
Era imperativo que Lazarus se encargara de esta
tarea, y no solo porque los relatos antiguos fueran
fuentes de sabiduría histórica y táctica. La traduc-
ción de la sagacidad popular de Calibán recaía en el
Maestro de la Quinta no porque fuera un erudito, sino
porque formaba parte del Círculo Interior, el consejo
en las sombras que constituía el auténtico núcleo
de los Ángeles Oscuros. Conocía el pecado secreto
74
cometido por su Capítulo hace tanto tiempo, y una
parte fundamental de su labor consistía en rastrear
en las viejas leyendas cualquier indicio que pudiera
haber crecido en el relato para sugerir ese secreto y
enterrarlo.
—Tuve otra vida antes de esta —confesó Lazarus—
. A veces la recuerdo por la noche, cuando sueño que
cazo serpientes sierra y hombres en los pantanos del
mundo que me vio nacer —inclinó la cabeza y miró
al capellán—. ¿Qué te trae por aquí, hermano? No es
para hablar de mis traducciones.
—No —respondió el Capellán Interrogador, ne-
gando con la cabeza. Observó la silla y Lazarus le
hizo un gesto con la mano. Demetrius movió libro y
pluma, y se sentó—. Si tengo que mirarte, prefiero
una excusa. Después de ser más alto que tú durante
un siglo, este cambio aún me incomoda.
—Tampoco has venido a hablar de eso —señaló
Lazarus.
—Sí —admitió el Capellán Interrogador—. De un
modo tortuoso.
—Ya conoces mi afición por el lenguaje indirecto
—comentó Lazarus, contento de haber cedido la silla.
La conversación ya le inquietaba y empezó a pasearse
de un lado a otro. Si hubiera sido cualquier otro
hermano de la Quinta que no fuera Demetrius, les
habría hecho revisar una y otra vez los inventarios de
munición como lección sobre la pérdida de tiempo.
75
Pero Demetrius era otro miembro del Círculo Inte-
rior, su amigo más íntimo y el Capellán Interrogador
de la Quinta, su confidente espiritual. No había nada
que no pudieran decirse mutuamente, pero en ese
momento, ese conocimiento resultaba inquietante.
Lazarus se volvió y clavó la mirada en Demetrius—.
¿Por qué estás aquí, hermano?
Demetrius alzó la mano. El Capellán Interro-
gador nunca admitiría la derrota en el campo de
batalla, seguiría adelante mientras sus dos corazones
latiesen, pero cedería ante el líder de su compañía.
—Hablemos sobre tu resurrección. Tu travesía del
Rubicón Primaris y lo que ese viaje ha dejado en ti.
—Ya tuvimos esa conversación —respondió
Lazarus—. Mi muerte y mi renacimiento en un
nuevo cuerpo… me dejaron perturbado.
“Perturbado” era una palabra demasiado leve para
describirlo. La batalla en Rimenok había sido un
desastre. La Quinta Compañía se enfrentaba a un
enemigo abrumador tanto en número como en ha-
bilidad, con fuerzas antinaturales que devastaban
y quemaban a sus hombres. Al final, lo único que
les salvó fue su astucia y la arrogancia del enemigo.
Lazarus se lanzó contra ellos, internándose en el
corazón de sus líneas para enfrentarse al hechicero
traidor que diezmaba sus fuerzas. Con su fuerza y
los sacrificios de sus hermanos, pudo derrotar al
psíquico, pero pagó esa victoria con su propia vida.
76
Lazarus había alcanzado al hechicero, matándolo,
pero había pagado un precio alto por esa victoria: fue
consumido por las llamas.
Sin embargo, sus hombres no lo habían abandon-
ado. Demetrius le había contado la historia de cómo
Jequn los había guiado a través de garras y fuego
para encontrarlo, y cómo Amad lo había llevado de
vuelta, su cuerpo una ruina carbonizada dentro de
la armadura destrozada. En cierto sentido, seguía
vivo. El fuego hechicero le había atravesado el cuerpo,
pero no había tocado su mente, ya fuera por la
protección del Yelmo Escudo de los Espíritus o por
algún capricho de los hechizos. Tenía el corazón y los
pulmones carbonizados, sus músculos eran cenizas
envolviendo huesos agrietados y ennegrecidos. Pero
en su cerebro, aún había una actividad débil. Una
parte de él seguía luchando por la vida, gracias a
las sagradas cirugías que le habían realizado cuando
era un niño. Contenía las bendiciones de la semilla
genética, que había forjado nuevos órganos en su
cuerpo y lo había convertido en un Adeptus Astartes,
un hombre más allá de los hombres. La muerte no
podía llevárselo fácilmente. Así que su cerebro seguía
vivo, y el espíritu de Lazarus, encadenado en esa
carne, también. Pero esa conexión frágil con la vida
empezaba a desvanecerse cuando el teniente Amad
entregó su cuerpo al hermano Asbeel.
El Apotecario de la Quinta solo veía una posible
77
salvación. Para impulsar la regeneración masiva
que Lazarus necesitaría para sobrevivir, Asbeel le
implantó órganos Primaris, forjados con semillas
genéticas elaboradas por el Archimago Dominus
Belisarius Cawl a lo largo de diez mil años. Se
pensaba que lo mataría, y así fue. Durante horas,
lo que quedaba de su cuerpo permaneció en silencio,
muerto. Luego, los nuevos órganos se fusionaron con
los antiguos, y Lazarus renació. Se alzó, un arma aún
más potente para imponer la voluntad del Emperador
en la galaxia. No obstante, estuvo al borde de caer de
nuevo.
La operación parecía un éxito, pero al igual que su
armadura y yelmo, Lazarus había sido sutilmente
desajustado; el nuevo cuerpo no encajaba con su
recuerdo de lo que una vez fue. Esa discrepancia
lo hizo lento, lo hizo débil, y al intentar erradicar
esa debilidad… ¿qué iba a agarrar? Asbeel no encon-
traba defectos. Lazarus había cruzado el Rubicón
Primaris, un procedimiento terrible y peligroso, y
había emergido no solo vivo, sino más fuerte que
antes. Así que luchó con esa sensación de cambio, de
disminución, esforzándose por reconectar mente,
cuerpo y espíritu por mera fuerza de voluntad. Y
fracasó.
Hasta que finalmente habló con Demetrius al re-
specto. El Capellán Interrogador le dio la clave para
recomponerse, para volver a estar completo, aunque
78
a veces aún pudiera sentir las llamas.
—Me ayudaste a seguir adelante, hermano.
Tu consejo me condujo a la verdad de estas
historias —expresó Lazarus mientras saludaba al
servocráneo—. Una verdad que me dio propósito,
que me hizo completo. Te doy las gracias por ello.
Pero ya está hecho.
—¿Es ese el caso?— Demetrius se recostó en la
silla prestada—. Te he visto luchar. Eres uno contigo
mismo. Pero te vi después. Vi tu rabia.
Lazarus dejó de caminar, y su túnica se arremolinó
a su alrededor.
—¿Mi rabia? ¿Te preocupa eso? Esa rabia era justa.
Era la rabia que pretendes inspirar en todos nosotros
cuando luchamos contra los enemigos del Imperio.
—Conozco mi propósito, cómo sirvo a mi com-
pañía y al Emperador. Y sé lo poco que te afecta
—Demetrius sonrió—. No eres fuego, hermano; eres
hielo. Cuando te enfadas, te envuelves aún más en
la armadura de tu voluntad. No eres un berserker:
controlas tu ira, la manejas, la utilizas. Pero al final,
allí en Husk, tras la muerte de Amad, vi que tu ira te
controlaba.
—Maté al psíquico. Auxilié a Jequn en la caída del
Kaudillo. Concluí esa batalla —declaró Lazarus—.
¿Qué vicio observaste?
Demetrius lo examinó desde la penumbra de su
capucha, con sus ojos desiguales resplandeciendo.
79
Lazarus le devolvió la mirada, resistiendo la
tentación de apartarse, mientras el fulgor verde
de los ojos de Demetrius titilaba, convirtiéndose en
chispa, en llama.
—Estaba enfurecido —comentó finalmente.
—Enfurecido por el conflicto. Por lo sucedido a
nuestros hermanos. Enfurecido por lo acontecido a
Amad —la voz profunda del Capellán Interrogador
era serena, ecuánime. Su tono, habitualmente tan
agradable, resonó incómodo en los oídos de Lazarus.
—Todo eso, sí. Y más. Sabes lo que pienso de los
psíquicos. Sobre los nombres que cruzan mi mente.
Sumé dos más, y me enfurecí.
—Y más —insistió Demetrius.
—¿Y qué? —replicó Lazarus—. ¿Qué significa
esto? Se supone que debes ayudarnos a encender
la ira, a convertirla en una piedra de afilar que nos
prepare para la lucha. No para cuestionarla, no para
embotarla.
—Mi cometido es aguzar la ira y guiarla. Y más.
¿Quién más?
Los puños de Lazarus se cerraron, y el fulgor verde
del ojo de Demetrius se había transformado en una
antorcha, cuyo calor alcanzaba hasta él. Sin embargo,
se forzó a mantener la mirada, recorriendo mental-
mente la Letanía de los Horrores Pasados hasta que
solo quedó la suave luz del ojo de Demetrius, flotando
como una estrella en la oscuridad de su capucha.
80
—Estaba airado con Azrael, mi Supremo Gran
Maestre, comandante de los Ángeles Oscuros y
Guardián de la Verdad —Lazarus abrió las manos,
liberando la tensión al hablar. Y al hacerlo, la sintió,
la ira que había sepultado en su interior, que había
alimentado los recuerdos tanto o más que los poderes
asesinos de aquel psíquico orko—. Estoy enfadado
con Azrael por arrebatarme la Furia Implacable, y
por todo lo que ocurrió después. Y estoy enfadado
por Amad.
Observó a su hermano. Sus palabras se colaban
como insubordinación, y Demetrius tendría la obli-
gación de informar al Gran Maestre Supremo. No
obstante, esa consideración no le inquietaba. Aquella
ira… ignorarla, pretender que no existía, constituía
otra vulnerabilidad, y debía ser extraída, como la
metralla de una herida.
Demetrius alzó las manos y se despojó de la ca-
pucha.
—Conocerse a sí mismo es conocer al primer en-
emigo. Las palabras de nuestro primarca, León El-
Jonson.
—Las expresiones del León —recalcó Lazarus.
Demetrius extendió la mano, y Lazarus la tomó,
tirando del Capellán Interrogador para que se pusiera
de pie.
—Ven, hermano. Dirijámonos a las salas de com-
bate y purguemos nuestras emociones con puño y
81
espada. Nos quedan apenas unos días para regresar
a casa, y necesitas desahogarte antes de enfrentarte
de nuevo al Gran Maestre Supremo.
—Eres sagaz, Capellán—afirmó Lazarus—. ¿Pero
qué furia debes liberar tú?
—La misma que la tuya —declaró Demetrius, as-
intiendo solemnemente. La ira de un hermano hacia
otro—. Prepárate, maese Lazarus, porque mi cólera
está dirigida hacia ti por osar crecer más que yo.
82
Capítulo 5
83
primarca de los Ángeles Oscuros.
A la deriva en el espacio como un asteroide, la Roca
era evidente en su singularidad, distante de ser un
simple grumo de polvo cósmico moldeado por las
estrellas a lo largo de los eones. Aldurukh, la Roca, se
originó de una montaña que llevaba consigo el evo-
cador nombre de —la Roca de la Eternidad— en uno de
los antiguos dialectos de Calibán. En sus escarpadas
laderas se alzaba la fortaleza-monasterio Angelicasta,
donde León había reclamado como propias a las
Ángeles Oscuros.
Lazarus observó la abrupta cima de la imponente
montaña. Bajo escudos que destellaban como lu-
ciérnagas atrapadas en una tormenta, yacían las
ruinas de aquella fortaleza. Historias yacen aquí,
resguardadas bajo llave.
—Sabiduría y misterios. Misterios y sabiduría
—pronunció Lazarus las palabras casi en un susurro,
ajustando su equilibrio mientras la Espada de Calibán
encendía sus propulsores, reduciendo la velocidad
para deslizarse a través del vasto Escudo de Vacíos
que protegía la Roca. A esta proximidad, no era
posible abarcar toda la fortaleza de un vistazo, pero
se podían discernir los detalles: altas torres, cúpulas
majestuosas y contrafuertes de catedrales poderosas
que se extendían por extensas áreas de la Roca, ador-
nadas con titánicas tallas que narraban la historia
de los Ángeles Oscuros. Caballeros Dreadnoughts
84
cargando contra colosales bestias a caballo, con
espadas sierra enarboladas sobre sus cabezas. Flotas
inmensas enfrascadas en batallas sobre gigantes
gaseosos anillados. Marines espaciales desafiando a
hordas de monstruos xenos con estandartes en alto
y cañones rugiendo.
Esto, esto era su hogar, y ante ellos, Lazarus
contempló cómo la zona de atraque se expandía.
Las luces guía centelleaban como llamas danzantes
bajo la punta de una espada colosal, la insignia
del Capítulo de los Ángeles Oscuros grabada en un
lienzo de roca cruda de kilómetros de largo y ancho.
Su hogar. Lazarus lo escrutó con intensidad hasta
que la pictografía del casco de la Espada de Calibán
se oscureció, el crucero de ataque eclipsado por la
piedra y el Plastiacero mientras avanzaba hacia su
muelle. Un escalofrío recorrió la nave cuando las
abrazaderas de atraque la aseguraron, y así, estaban
de vuelta.
La Quinta Compañía había regresado, vivos y muer-
tos, al sitio que les pertenecía. Sin embargo, Lazarus
había comprendido desde hacía tiempo que la paz era
una ilusión en esta galaxia en llamas, y dondequiera
que fueran, la guerra los acecharía. Apartándose del
sombrío proyector de pictografía, se despojó de su
túnica.
—Armadura —declaró, y la puerta de la cabaña
se abrió; los servidores del Capítulo entraron en
85
silencio mientras el complicado soporte comenzaba
a desplegarse hacia él como una majestuosa araña de
metal. Juntos, servidores y máquinas lo envolvieron
en un capullo de adamantina y ceramita, de tradición
y tecnología, de honor y secretos.
86
bría reunión en honor a los caídos. Las glándulas
progenoides17 habían sido devueltas solemnemente
al Capítulo, aguardando para ser utilizadas en la
creación de la semilla genética de la siguiente gen-
eración de Ángeles Oscuros, y luego habían sido
consignadas a las llamas sagradas del crematorio
de la Roca. En cuestión de segundos, ardieron, y
Lazarus condujo los relicarios con sus cenizas al
vasto columbario que albergaba los últimos vestigios
de innumerables generaciones de su linaje.
Los relicarios, portadores de vidas, resultaban
sorprendentemente livianos. Siempre lo eran, pero
en esta ocasión, esa sensación parecía más intensa.
Indudablemente, había demasiadas pérdidas para
17
Glándula progenoide: Existen dos glándulas progenoides, una
situada en el cuello y la otra dentro de la caja torácica, que
se implantan en la Fase 18 del desarrollo de un aspirante a
Marine Espacial. Estas glándulas son importantes para la
supervivencia del Capítulo. Cada órgano crece en el interior del
Marine mediante la absorción de los estímulos hormonales y
del material genético procedente del resto de implantes. Estas
glándulas representan la única fuente de semillas genéticas
del Capítulo. Cuando están maduras, cada glándula contiene
una semilla genética de cada uno de los diecinueve órganos
que son implantado en el Marine receptor. Cuando se retira
mediante métodos quirúrgicos, la glándula progenoide debe
prepararse con cuidado: se deben comprobar sus genes por si
hubiera habido una mutación y se deben almacenar las semillas
genéticas sanas, que pueden conservarse indefinidamente en
las condiciones adecuadas.
87
encapsularlas en una caja de cilindros dorados que
Lazarus podía sostener con una mano. La reflexión
sobre esto no lo abandonaba, especialmente después
de las ceremonias, cuando se sumía en los rituales
de reconciliación. Repasaba minuciosamente cada
episodio de su misión, cada triunfo y cada pérdida,
para que quedaran meticulosamente grabados en la
memoria.
Cada pérdida.
En el centro de una cámara circular, en la en-
crucijada de dos pasillos, Lazarus se detuvo. Los
techos abovedados se elevaban hacia una cúpula, la
piedra pulida que resplandecía con la luz reflejada.
Encastrado allí reposaba un esqueleto, una bestia
gigante que había permanecido enterrada en la Roca
durante millones de años, lo suficiente para que sus
huesos se petrificaran. Estos huesos y muchos otros
se descubrían al excavar la Roca, siendo comunes or-
namentos en las salas. Este era particularmente lla-
mativo, todo garras, dientes y espinas, una grotesca
figura que se enroscaba sobre su cabeza como el
cadáver de una pesadilla. Lazarus lo contempló,
trazando las líneas de los huesos petrificados del
monstruo. Los servidores que se desplazaban por
los pasillos se detuvieron, recostándose contra las
paredes curvadas de la cámara. Mantuvieron silencio,
evitando interrumpir, aunque Lazarus percibió sus
movimientos furtivos bajo las capuchas mientras
88
volvían sus rostros hacia arriba, persiguiendo con
la mirada lo que él veía.
—Perdición —murmuró, y siguió su camino, de-
jándolos observando tras él.
En realidad, aquellos huesos eran antiquísimos.
La bestia había vivido y perecido mucho antes de
la llegada de los humanos a Calibán. Sin embargo,
los contornos del cuerpo que una vez sustentaron
esos huesos evocaban la imagen del monstruo de
la leyenda que estaba traduciendo. Aunque aquella
estructura esquelética pudiera no ser la Perdición
de Droslin, le recordó vívidamente esa sombría nar-
rativa. No es que él hubiera estado distante de
ella, no desde sus conversaciones con el Capellán
Interrogador de la Quinta.
Lazarus recorrió ascensores y corredores, de-
scendió por escaleras en espiral y cruzó salones que
evocaban catedrales. La muchedumbre de sirvientes
se disipó a su alrededor hasta que caminó solo por
un pasaje, cuyas paredes y suelos estaban revestidos
de ónice negro pulido. Culminaba en una puerta de
madera oscura, ricamente vetada, esculpida con la
reconocida insignia del Capítulo: la espada alada. A
medida que Lazarus se acercaba, la puerta se deslizó
abierta sin un sonido, revelando su robustez. La
madera actuaba como un revestimiento sobre la
adamantina, una máscara artística sobre un blindaje
impenetrable. Así como el hombre que ocupaba
89
esos aposentos, era una fina capa de urbanidad
pulida sobre una determinación inquebrantable, una
dualidad que no simplificaba la tarea que Lazarus
estaba a punto de emprender. Las estancias más allá
eran sagradas, y la privacidad del hombre que las
habitaba debía mantenerse inviolada. Sin alterar
su paso, Lazarus traspasó el umbral, y el firme
crujir de sus pasos se transformó al posarse sobre
el suelo de malaquita verde y ónice negro de los
aposentos privados del Guardián de la Verdad, Azrael,
el Supremo Gran Maestre de los Ángeles Oscuros.
—Maestro Lazarus —pronunció Azrael, apartando
una pizarra de datos y levantándose de su silla, con
la túnica ondeando alrededor de su eterna armadura.
Esta era la sala de audiencias, una estancia hexag-
onal revestida de madera oscura, con las cuatro
paredes laterales talladas con la imagen de uno de
los majestuosos árboles autóctonos de la perdida
Calibán. Delante de ellos se disponían robustas sillas
dispuestas en grupos, ideadas para la conversación,
con atriles intercalados que sostenían tomos volu-
minosos que detallaban las gestas del Capítulo desde
su fundación hace más de diez mil años. Cada uno de
estos libros era una obra maestra, redactada a mano y
elaborada durante siglos por los siervos del Capítulo.
Todas las escrituras habían sido minuciosamente
seleccionadas por anteriores Guardianes del Ritual
Invisible.
90
En la pared tras Azrael se encontraba otra puerta,
que duplicaba la entrada. Estaba esculpida con la
figura de un ángel alado ataviado con una túnica con
capucha, sosteniendo una espada con la punta hacia
abajo en una mano, y levantando la otra con la palma
hacia fuera. Su rostro permanecía oculto, pero unos
ojos brillantes asomaban en la oscura capucha. La
madera había sido esculpida con suficiente profun-
didad para dejar entrever el núcleo adamantino de la
puerta.
Jamás Lazarus había contemplado lo que yacía tras
esa puerta. Según su conocimiento, solo Azrael y los
Grandes Maestros Supremos que lo precedieron lo
habían visto. Ellos y los Vigilantes en la Oscuridad.
En la sala, dos diminutas figuras humanoides
custodiaban la puerta interna. Una de ellas portaba el
Yelmo del León, un casco adornado con plumas rojas
que identificaba al Gran Maestre. La otra sostenía la
Espada de los Secretos, una venerable hoja que fungía
como arma letal y emblema del rango. A pesar de su
estatura, la criatura con túnica y capucha manejaba
la espada con gracia, a pesar de que la hoja era casi el
doble de larga que alta. El misterio radicaba en cómo
podía sostenerla sin fatigarse ni moverse durante
horas. Sin embargo, estas interrogantes eran solo
una faceta del enigma que rodeaba a estas diminutas
criaturas. ¿Eran una especie xenos nativa de Calibán?
¿Una cepa mutante de la humanidad? ¿O tal vez
91
algún tipo de Servidor, una creación cibernética
similar a los servocráneos? Nadie lo sabía. La
oscuridad antinatural que emanaba de sus capuchas
desafiaba la visión y los auspex incluso de los Marines
Espaciales. Sus manos, al asomar desde las mangas
de las túnicas, estaban cuidadosamente envueltas en
tiras de tela que formaban guantes completos.
Solo se vislumbraban sus túnicas, similares a las
que Lazarus y Azrael llevaban sobre sus armaduras.
Túnicas provenientes de los caballeros de Calibán
conocidos como la Orden, de quienes los Ángeles
Oscuros heredaron muchas de sus tradiciones. ¿Los
Observadores los imitaban, o acaso la Orden había
tomado prestadas las costumbres de los Vigilantes?
Historias que se remontaban tan lejos, una incógnita
que Lazarus ansiaba formular, pero nadie dialogaba
con los Vigilantes, y los Vigilantes no intercambiaban
palabras con nadie.
Con paso decidido, Lazarus ingresó a la estancia,
y la puerta se cerró tras él mientras inclinaba la
cabeza ante su líder. A pesar de sentirse extraña-
mente alto en comparación con Azrael —el Gran
Maestre Supremo apenas había sido ligeramente
más alto antes de su renacimiento— la mirada a
su comandante Primogénito seguía siendo algo a
lo que Lazarus no se acostumbraba. Obligándose a
despejar esa sensación, enderezó la postura, alzó la
mano para retirarse el yelmo, y en un instante, otro
92
Vigilante en la Oscuridad apareció en la habitación,
de pie a su lado con los brazos extendidos. Lazarus,
comprobando sus agudos reflejos, evitó golpearlo
con uno de sus puños enguantados. Los Vigilantes
eran conocidos por su habilidad de no estar presentes
cuando algo los golpeaba. En lugar de eso, entregó
su Yelmo Escudo de los Espíritus, extrajo el Filo de la
Enemistad de su cadera y se lo entregó a otro Vigilante
que materializó a su otro lado. Estaba seguro de que
ninguno de ellos estaba allí antes; no los había visto,
oído ni percibido rastro alguno de su peculiar olor
frío y seco. Pero ahora estaban allí, recibiendo la
espada y el yelmo, retrocediendo para flanquear la
puerta de entrada, reflejando a sus pares al otro lado
de la sala.
—Siéntese, hermano —invitó Azrael, indicando
una de las sillas en un rincón de la sala, cerca de una
mesa adornada con una jarra y finos vasos. Cuando
Lazarus tomó asiento, el Gran Maestre Supremo se
encargó personalmente de llenar cada vaso con un
líquido dorado y delicado. Era un gesto de respeto:
el mayor honraba al menor. Lazarus tomó el vaso
entre sus manos con cuidado, sintiendo la suavidad
y el frescor a través de los sensores integrados en su
armadura, penetrando el caparazón negro y alcan-
zando su interior. El aroma agudo y dulce lo invadió;
el órgano neuroglótico genéticamente modificado
en su boca lo identificó como ligeramente venenoso,
93
pero seguro para el consumo. Un tipo de alcohol
robusto, destilado de una fruta desconocida.
—Lo llamamos “Quemadura de Hielo” —reveló
Azrael—. Proviene de Estigia. Las tribus allí lo beben
para resistir el frío.
Lazarus probó un sorbo, sintiendo el ardor en la
garganta. Sin embargo, la sensación desapareció
rápidamente cuando la bebida alcanzó su preomnor,
el órgano de semillas genéticamente implantado
sobre su estómago. En cuestión de segundos, este
eliminó la toxina, convirtiendo la quemadura en
algo inofensivo. Un Marine Espacial podía con-
sumir alcohol puro en grandes cantidades sin em-
briagarse. Compartir estas bebidas no solo era un
ritual, sino también una conexión con el pueblo del
cual provenían y al cual se dedicaban a defender.
Aunque también consideraba que era una pérdida
de tiempo.
La ira, enrollada en su pecho como el esqueleto
fosilizado que adornaba la cúpula de granito, se hacía
presente en Lazarus. Esperaba su regreso, anhelando
que explotara en el próximo encuentro, a pesar
de las numerosas prácticas de combate que había
enfrentado en los últimos días. Sin embargo, se man-
ifestaba con mayor fuerza de lo anticipado, ardiendo
en él con más intensidad que la propia quemadura
de hielo. Dio otro sorbo a su vaso, aprovechando el
momento para recitar la Letanía de Concentración. Al
94
finalizar y encadenar firmemente su ira, agradeció en
silencio a su Capellán Interrogador. Si Demetrius no
lo hubiera instado a enfrentar la rabia latente, habría
estallado en ese momento, aquí, frente a Azrael, y
la vergüenza subsiguiente lo habría atormentado
indefinidamente. La ira formaba parte de ser un
guerrero, otra arma útil en su arsenal. Pero perder el
control representaba una debilidad diferente.
Entonces, cuando finalmente habló, su voz resonó
tan controlada como fría.
—¿Es esto para celebrar mi victoria?
Azrael lo contempló intensamente desde su
asiento, con sus ojos oscuros penetrantes bajo el
cabello cuidadosamente recortado.
—Podría serlo —afirmó finalmente—. De hecho,
podría argumentar que debería serlo. A diferencia de
la mayoría de los informes de los mortales a los que
protegemos, las autoridades de Husk subestimaron
tanto la cantidad como la formidable armamentística
de los invasores. Habrían representado un desafío
para dos compañías, y ustedes los erradicaron por
completo.
—A un alto precio.
—En efecto —asintió Azrael—. Un costo que
asumí, pero que hice pagar a la Quinta —terminó
su copa y la depositó en la mesa—. Fuiste conciso en
tus informes, como siempre, hermano. Sin embargo,
sé cómo interpretarlos. Pude discernir tu plan de
95
batalla y cómo se vino abajo cuando recordaste la
Furia Implacable. Aunque compensaste esa pérdida,
convirtiendo lo que podría haber sido una derrota
en victoria, tu compañía sufrió por ese cambio. El
teniente Amad fallecido y cuatro escuadrones de Án-
geles Oscuros muertos o necesitados de regeneración
extensa. Un Venerable Dreadnought que requerirá
meses para su reconstrucción. Un Gladiador modelo
Reaper y dos Rhinos destruidos, el otro Segador y tres
transportes gravemente dañados. Fue un recuento
sombrío, y al final, Azrael miró a Lazarus con ojos
severos. ¿Cuánto de eso se debió a mis órdenes?
¿Cuánto se habría salvado si hubieras ejecutado tu
plan original?
—Es imposible determinarlo —respondió Lazarus—
. Habría habido pérdidas, independientemente del
plan.
—¿Habría sido menos la pérdida? —cuestionó
Azrael sin titubear.
—Sí.
—¿Significativamente menos?
—Sí —volvió a confirmar Lazarus.
—Lo sabes —afirmó Azrael—. Y esa verdad te pesa,
así como me pesa a mí. La muerte de cada uno de
nuestros hermanos nos afecta profundamente. Pero
era necesario hacerlo.
—Era inevitable —Lazarus dejó su copa, medi-
tando sobre esas palabras, mientras la ira que ardía
96
en su interior se desvanecía—. Comprendo la muerte,
Gran Maestre Supremo. Comprendo el sacrificio. No
mencionaste al Escuadrón de Exploradores Daral de
la Décima Compañía. También se perdieron, por
mi orden. Todos murieron solo para ganar unos
minutos más. Entiendo dar órdenes que traen la
muerte a nuestros hermanos, pero tienes razón, tu
decisión me inquieta. La forma en que afirmas que
debía hacerse me preocupa —Lazarus fijó su mirada
en la de Azrael—. Enviaste la Furia Implacable a cazar
a los Caídos, ¿verdad?
Azrael asintió, y aunque la confirmación no sor-
prendió a Lazarus, una tormenta de emociones recor-
rió al Maestro de la Quinta. Los Caídos. Eran el
oscuro secreto de los Ángeles Oscuros. Hace diez mil
años, cuando el Imperio se desgarró en una guerra
civil, capítulos enteros de Marines Espaciales, la
esperanza de la humanidad, los incorruptibles se
corrompieron. Se volvieron contra su pueblo y su
líder, unieron fuerzas con las monstruosas mentes
demoníacas que moraban en la disformidad, los
Poderes Ruinosos, y declararon la guerra al Emper-
ador de la Humanidad. Los Caídos eran Ángeles
Oscuros que habían hecho lo mismo.
Se habían rebelado contra el León, el Primaris
Angelus Mortis, su líder, e intentaron matarlo.
La batalla que siguió devastó Calibán, y entonces,
cuando los leales Marines Espaciales triunfaron, el
97
planeta fue devorado por una tormenta disforme,
un acto de venganza que destruyó el mundo natal
de los Ángeles Oscuros y permitió que los traidores
supervivientes escaparan a través del espacio y el
tiempo.
Desde entonces, se les conoce como los Caídos,
pero solo para los Ángeles Oscuros, y ni siquiera
para todos ellos. El León fue abatido en la lucha,
una pérdida incalculable, y sin líder, sin hogar, los
Ángeles Oscuros que quedaron optaron por enterrar
su vergüenza. Ocultaron lo ocurrido a todos los
forasteros y también a sus propios hermanos. La
traición de los Caídos se convirtió en un secreto, y
mantener ese secreto se volvió tan crucial para los
pocos que lo conocían como cazar a todos los Caídos
supervivientes para arrastrarlos gritando de vuelta a
la luz, donde admitirían su traición y su error antes
de ser ejecutados.
Los Caídos constituían el oscuro misterio en el seno
de los Ángeles Oscuros, la esencia que justificaba la
existencia del Círculo Interior, la instancia que regía
todos los aspectos del Capítulo. De alguna manera,
se habían convertido en la razón misma de ser de los
Ángeles Oscuros, y esa verdad era la fuente de la ira
que ardía en Lazarus.
—Eso hice —declaró Azrael—. Había cuatro Caí-
dos en el Sistema Pentel, escondidos a bordo de
una nave que había hecho escala para reabastecerse.
98
Consciente de que su estancia sería breve, ordené que
la nave más cercana se lanzara tras ellos. La Furia
Implacable asumió ese papel.
—La Espada de Calibán y el Inmisericorde estaban
presentes —señaló Lazarus.
—Ninguna de las dos poseía el armamento de la
Furia Implacable.
—Lo sé —Lazarus mantuvo un tono sereno,
aunque el semblante de Azrael se endurecía. El
Gran Maestre Supremo era un líder sabio que
ponderaba cuidadosamente sus decisiones, pero
una vez tomadas, tenía poca paciencia para
cuestionamientos. Aun así, Lazarus prosiguió.
Aunque los comandantes de esas naves no formaban
parte del Círculo Interior, Domitius había sido
miembro del Ala de Muerte antes de dirigir una de las
mayores fuerzas de la flota del Capítulo tras soportar
mil heridas. El hermano Domitius comprendía, al
menos en parte, la verdad. Entendía la importancia
de los Caídos.
Lazarus percibía cómo la desconfianza crecía en
su líder y sabía que estaba a punto de llamarlo,
pero continuó. Necesitaba su enojo para seguir
adelante, controlado, aunque era consciente de lo
que se avecinaba.
—En los últimos días, he realizado algunas inves-
tigaciones sobre la ubicación de la Furia Implacable y
las demás naves cercanas a ese sistema. No fue difícil:
99
la Furia Implacable se dirige de regreso, siguiendo un
plan de saltos lento y cuidadoso. Esto indica que no
dieron con el Caído.
—Así es. Ni rastro de su paradero —Azrael se
apoyó en el brazo de su silla, y la pesada madera crujía
bajo su peso—. Ese fracaso me disgustó. Me disgustó
aún más saber el precio que pagó la Quinta. Aunque
esos hombres sean parte de tu compañía, todas las
compañías de Ángeles Oscuros me pertenecen. Te
invité aquí, hermano, para conmemorar su pérdida.
Pero, en lugar de eso, me enfrento a… esto. Sea lo
que sea esto. Dime, hermano Lazarus. ¿Qué es esto?
Desafiar con la mirada aquellos ojos oscuros, afi-
lados y concentrados en él, parecía una suerte de
suicidio. No obstante, Lazarus se aferró al núcleo de
gélida ira que anidaba en su interior y habló.
—Me encumbraste como Maestro de la Quinta.
Líder de cien hermanos de batalla, una décima parte
de la más colosal fuerza de combate jamás forjada
para servir al Emperador. Pero también me hiciste
Guardián del Ritual Invisible. Historiador de nuestro
Capítulo. Sabes que eso me rescató.
A Azrael le había revelado lo que le aconteció
después de su muerte. Después de cruzar el Rubicón
Primaris y renacer. Después de reconstituirse, se
había dirigido al Gran Maestre Supremo y le narró
cómo fue débil y cómo recobró su fortaleza.
—Nuestra historia me salvó, Gran Maestre
100
Supremo. Estaba sumido en el dolor de la muerte
y la resurrección, mi fuerza me fue arrebatada,
pero las crónicas de los caballeros de Calibán me
indicaron mi sendero. Me hicieron comprender
nuestro propósito como hijos del León. Como
defensores de la humanidad. Somos los Ángeles
Oscuros, somos los Caballeros de Calibán, somos los
exterminadores de los monstruos que amenazan a la
humanidad.
—Ya me habías relatado esta historia —espetó
Azrael—. En aquel entonces, te manifesté mi
alegría al ver que hallaste un camino a través de
nuestro pasado. No obstante, albergaba inquietudes,
temores que callé y que ahora creo que debí expresar.
En ocasiones, hemos tenido entre nosotros, Lazarus,
individuos que cuestionaban nuestro propósito.
Nuestra dedicación a la erradicación de los Caídos.
¿Este nuevo propósito tuyo te ha llevado a dudar del
juramento que hiciste al unirte al Círculo Interno?
¿Eliminar esta maldición de entre nosotros?
—No —Lazarus negó con la cabeza—. ¿Qué son
los Caídos sino monstruos? El destino del traidor es
idéntico al de los xenos y los demonios. La muerte.
—No compartía esa creencia. Agradezco al Em-
perador por haber acertado —Azrael le observó con
el ceño fruncido, aún molesto pero ahora también
intrigado—. Te lo pregunto nuevamente. ¿Qué es
esto, Lazarus? Hay algo que te inquieta, algo más allá
101
de la muerte de tus hombres, y siento que también
pretendes inquietarme con ello.
—Así es —afirmó Lazarus—. Es una historia,
Azrael, de nuestra historia. El “La Perdición de
Droslin”.
Azrael frunció el ceño pero hizo un gesto con la
mano.
—Adelante, entonces. Pero mantén la concisión
que tanto valoras.
Lazarus asintió con solemnidad, entrelazó las
manos y ajustó los guanteletes.
La Perdición de Droslin sirve como advertencia,
como las narrativas que absorbimos al ingresar al Cír-
culo Interior, cuando los Interrogadores Capellanes
comenzaron a desvelar nuestros secretos. Similar
a la mayoría de las historias de los caballeros de
Calibán, esta gira en torno a una bestia. Una criatura
colosal que surgió y arrasó con una fortaleza llamada
Droslin.
»Droslin estaba defendida por los Caballeros del
Primer Día. En esa era, destacaban entre las ór-
denes caballerescas más preeminentes, temidos y
respetados por su fuerza y destreza, y se enorgul-
lecían ferozmente de ello. Cuando Droslin cayó, se
armaron y marcharon hacia la bestia que los pocos
supervivientes bautizaron como la Perdición. Sin
embargo, al contemplar los Caballeros del Primer
Día la ciudad devastada y la bestia enroscada entre
102
las ruinas humeantes, se toparon con una verdad in-
aceptable. Era un desafío insuperable, un monstruo
invencible. A pesar de este conocimiento, avanzaron
para atacarla, un acto suicida. Los Caballeros del
Primer Día cabalgaron con espadas y pistolas en alto,
pereciendo a dentelladas, aniquilados hasta el último
hombre. El miedo a ser tildados de débiles prevaleció
sobre el temor a la muerte.
Lazarus tomó la jarra y dirigió su mirada hacia
Azrael. El Gran Maestre Supremo asintió, y Lazarus
les sirvió más a ambos. Aunque el alcohol no afectara
su organismo, beberlo aún podía aliviarle la garganta
y otorgarle tiempo para reflexionar sobre lo que debía
expresar.
—La enseñanza que subyace en esta historia es la
futilidad del orgullo desmesurado. Los Caballeros del
Primer Día no pudieron aceptar la noción del fracaso,
y, por ende, se dejaron aniquilar, traicionando la
misma promesa de protección a la que se habían
comprometido. La Perdición continuó su existencia,
matando y alimentándose, hasta que más de una do-
cena de órdenes de caballeros de Calibán se unieron
para enfrentarla. Aunque triunfaron, el costo fue
desgarrador, una carga que habría sido mucho menor
si los Caballeros del Primer Día hubieran estado
presentes para luchar, en lugar de yacer muertos
entre las piedras fracturadas de Droslin.
—Ahora recuerdo algo de esta narración —expresó
103
Azrael—. La contienda despedazó a muchos, pero
otros emergieron de ese cataclismo fortalecidos.
—Así es. Y evolucionaron como nuestros ante-
cesores. Debo ser conciso al referirme a los Án-
geles Oscuros y a los Caídos —bebió otro sorbo y
prosiguió—. Si desea conocer el motivo de mi inqui-
etud, es esta: al escuchar esta historia, veo reflejados
en los Caballeros del Primer Día a nosotros mismos.
Guerreros orgullosos y nobles que se enfrentaron a
un aspecto de sí mismos que no podían aceptar, así
que tomaron una decisión. Una trágica.
Azrael dejó su copa con un sonido firme. Su sem-
blante volvía a endurecerse, ya sea por la ira, la
sospecha o ambas cosas.
—¿Y qué elección trágica piensas que hemos
tomado, hermano mío? Ya has afirmado que
los Caídos son nuestros monstruos, destinados a
ser erradicados. ¿En qué yerro, entonces, hallas
conexión entre esta historia y las pérdidas que acabas
de experimentar?
—El yerro del orgullo —respondió Lazarus—. So-
mos los Ángeles Oscuros. Los primeros Adeptus As-
tartes. Este orgullo nos infla y nos llena de cólera ante
la caída de nuestros hermanos. Debido a este orgullo,
nos arriesgamos a que la promesa de aniquilar a los
Caídos se convierta en una obsesión. Y las obsesiones
tienen el poder de desviar. De distorsionar. De
destruir.
104
—Obsesión —la voz de Azrael se volvió grave—.
¿Consideras que estamos yendo demasiado lejos en
nuestra cruzada contra la nidada de traidores que ha
surgido en nuestras filas?
—Sí —aseveró Lazarus.
—¿Estos traidores que nos arrebataron un mundo
entero, nuestro mundo, Calibán, en un conflicto
contra nuestros propios hermanos?
—Así es.
Azrael se puso de pie, deslizando su silla sobre las
baldosas negras y verdes.
—¿Y vienes a mí con esto, ahora, a raíz de una
revelación extraída de un relato?
Lazarus lo encaró, desafiando la ira que destilaba
de sus ojos, de su semblante, de todo su ser.
—Así es.
Azrael sostuvo su mirada, las manos enfundadas
en guanteletes cerrados con puños apretados.
—Cuando retornaste de Rimenok, tras ser salvado
por el Apotecario Asbeel, quien te obligó a atravesar
el Rubicón Primaris, hubo aquellos que temieron
por lo que tu muerte y esa extraña resurrección
pudieran haber sembrado en tu mente. Yo te defendí,
Lazarus, porque confiaba en ti. En tu sagacidad, en tu
resistencia, en tu determinación. Pensé que saldrías
adelante. Y creí que tenía razón, incluso después de
tus contratiempos. Pero ahora, te presentas ante mí
con esta insensatez.
105
—No es insensatez, Señor Azrael —Lazarus per-
maneció en su asiento, pero pudo sentir la gélida
ira creciendo en su interior, fortaleciéndolo—. Es
una estrategia. Debemos enfrentarnos a los Caídos.
No son únicamente nuestros adversarios, sino en-
emigos de todo el Imperio y del Emperador que lo
resguarda. No obstante, no debemos obsesionarnos
tanto con ellos que perdamos de vista el panorama
completo. Estamos rodeados de enemigos, mi señor,
todos ansiosos por derribarnos, por destruirnos, y
si permitimos que nuestra lucha contra los Caídos
se convierta en el epicentro de todo, en nuestra
única misión, nos debilitará. Nos convertiremos en
una presa fácil para nuestros enemigos, y ¿con qué
propósito?
—Para expiar nuestra vergüenza —Azrael dejó
escapar las palabras, su voz profunda llenó la
estancia—. Para redimir nuestro honor. Para
demostrar que somos dignos de servir al Emperador
como su primera, su más antigua, su más grande
Legión.
—Todo eso —replicó Lazarus, con tono duro y
frío—. Y porque temíamos que el Imperio, nuestros
hermanos y el Emperador descubrieran que, a pesar
de nuestra historia, nuestra semilla genética y nues-
tra fuerza, seguimos siendo humanos y falibles, y
que podemos fracasar.
Azrael se aproximó a él, un rápido movimiento,
106
y Lazarus luchó contra sus reflejos para manten-
erse inmóvil. El Gran Maestre Supremo agarró la
armadura de Lazarus, con la ceramita chirriando
contra la ceramita, y lo elevó para que Azrael lo
mirara directamente a los ojos.
—Somos Adeptus Astartes. Somos los elegidos. No
conocemos el miedo.
Lazarus sostuvo su mirada, ojo a ojo, imper-
turbable. En silencio. Hasta que Azrael finalmente lo
soltó.
—Eres uno de los más destacados entre mis ca-
maradas, hermano. Y también eres uno de mis
retos más formidables —Azrael había contenido su
furia, pero ésta aún persistía, serpentenando bajo la
máscara momentáneamente apacible de sus rasgos—
. Nuestra estrategia, mi estrategia, permanecerá in-
alterada. Los Caídos siempre serán nuestro objetivo
primordial, nuestra empresa más trascendental. No
cesarán después de diez mil años de cacería, trabajo
y sufrimiento simplemente porque hayas perdido
cuatro escuadrones y un soldado. ¿Comprendes?
—Sí, Gran Maestre Supremo —replicó Lazarus,
con palabras rígidas y protocolarias—. Y me some-
teré a su voluntad.
—Mi voluntad —afirmó Azrael—, y la voluntad
de todos los Grandes Maestres Supremos que me
precedieron —la ira desapareció abruptamente de
los ojos de Azrael, dejando entrever un destello de
107
algo más, algo que podría haber sido un agotamiento
profundo—. No comprendes lo que dices, hermano.
Estamos inmersos en los días más oscuros, rodeados
por una fuerza malévola que no se manifestaba desde
la Herejía. No captas la magnitud de la fuerza y
traición que se han alzado en contra nuestra.
«No lo entiendo —reflexionó—. Por tantos enig-
mas envueltos en secretos». Sin embargo, Lazarus
guardó silencio y asintió. Se volvió, y los Vigilantes
en la Oscuridad alzaron yelmos y espadas para que
los tomara, la oscuridad bajo sus capuchas tan vasta y
vacía como el abismo más allá de los muros de la Roca.
Le observaron alejarse en silencio, envueltos en más
secretos, más misterio. Aunque no esperaba menos
de aquel encuentro, Lazarus sintió que la gélida ira
empezaba a transformarse en una ardiente furia.
108
Capítulo 6
E
rguíos —la mano esquelética del Erudito
Thiemo golpeó a Ysentrud en la parte baja de
la espalda, y ella se enderezó de golpe. Los hombros
hacia atrás. Cabeza baja.
—¿Cómo podré ver mi camino si mantengo la
cabeza baja? —murmuró Ysentrud, exasperada.
Thiemo llevaba toda la mañana importunándola, y
estaba harta de sus constantes comentarios e insis-
tencias.
—Ten cuidado con el dobladillo de mi túnica —le
espetó. Intentó corregir el cuello de Ysentrud, y
ella retrocedió, apartando la mano. En ese mo-
mento, Ysentrud sintió un destello de pánico, pero lo
reprimió. Su última sesión de grabado había ocurrido
dos días atrás, cuando se convirtió en una verdadera
Wyrbuk, autorizada por el Regente Primero. Ahora
era la aprendiz de Ysentrud, y Thiemo ya no podía
reprenderla por desobediencia.
Cabizbaja, notó que sus labios se estiraban en una
sonrisa. Debería haber apartado su mano de un
109
manotazo, en lugar de simplemente empujarla.
La puerta de la pequeña antecámara donde aguard-
aban se abrió. Thiemo le dio la espalda de inmediato,
se enderezó y comenzó a avanzar lentamente. Sus
zancadas seguían siendo largas, y ella tuvo que
apresurarse para seguirlo. Sin dar la impresión de
que se apuraba.
La Sala de los Caídos era un vasto espacio, con
paredes y techo de madera blanca pulida. De las altas
vigas del techo pendían engranajes, puntales y frag-
mentos de paneles de cogitador, todos manchados de
hollín. Eran los restos de los Caballeros que habían
caído mucho tiempo atrás, durante la Guerra de la
Puerta Roja. Ysentrud bajó nuevamente la cabeza al
darse cuenta de que estaba contemplando las piezas
colgantes, nombrando en silencio las partes y a qué
Caballeros habían pertenecido, y volvió a dirigir su
mirada al dobladillo de la túnica de Thiemo.
La estancia se hallaba prácticamente desierta en
esta tarde. Los procesadores de aire volvían a fallar,
y la vasta sala, saturada de esporas danzantes que
centelleaban bajo la luz del sol que se filtraba por
las largas rendijas de las ventanas, estaba sofocante
y húmeda. Solo unos pocos cortesanos, desespera-
dos, sudaban en sus vistosos atuendos, junto a un
solitario erudito wyrbuk, recostado en su rincón
al fondo de la sala, impotente ante cada tedioso
momento. El propio Regente Primero ocupaba su
110
trono desvencijado. La intrincada silla, en otro
tiempo un Mecanismo de Trono, el asiento donde el
piloto de un Caballero interactuaba con su máquina
de guerra, se había rescatado de uno de los Caballeros
caídos durante la Guerra de la Puerta Roja. El Erudito
Thiemo la condujo hasta él y se inclinó, un gesto que
ella imitó apresuradamente, aunque sin la misma
elegancia.
—Regente de Oskaran Halven —anunció Thiemo,
reincorporándose—. Te presento a la erudita Ysen-
trud Wyrbuk, guardiana de la historia completa de
Reis, desde sus primeros asentamientos hasta el
presente. Como lo deseabas, así te lo han brindado
los Wyrbuk.
Ysentrud se aventuró a alzar la mirada. El Regente
Primero rondaba los tres siglos, pero las drogas
rejuvenecedoras le conferían una delicada apariencia
de juventud y vitalidad. De estatura media, con la
complexión de quien alguna vez fue atlético, sus
músculos estaban ahora cubiertos por una fina capa
de grasa. Poseía la típica tez morena clara de Reis y
un cabello negro intenso, corto y rasurado a ambos
lados, revelando las cavidades neurales detrás de
cada oreja. Tapones protectores incrustados en
esas cuencas llevaban zafiros brillantes, a juego
con el polvo azul resplandeciente que adornaba sus
párpados. Esta, junto con un toque de colorete en los
labios, constituía su única indumentaria facial. Su
111
atuendo amarillo, cosido con hilo carmesí, destacaba
por su elegancia, aunque era más sobrio que el
de la mayoría de los cortesanos. No alzó la vista
mientras Thiemo hablaba, ignorando al Erudito con
una minuciosidad que habría proporcionado a Ysen-
trud cierto placer mezquino si no estuviera también
incluida en ese desdén. En cambio, la atención del
Regente se centró en la pantalla de un lanzador de
pictografía situado a un lado de su trono. Ysentrud
no podía ver lo que mostraba, pero alcanzaba a
escuchar débilmente los gritos de alguien y el crujido
de armas pesadas. ¿Era un informe desde el interior
de Sudsten? Circulaban rumores de enfrentamientos,
de otra rebelión, incluso de un resurgimiento de los
grises. Sin embargo, cuando el Regente Primero
finalmente los miró, parecía casi jubiloso mientras
murmuraba para sí mismo.
—Necios. Pensaron que podían menospreciar a
esos Armígeros, pero les dieron caza por la reta-
guardia —Parpadeó, como si finalmente se percatara
de su presencia—. Ah, los Wyrbuks. ¿Es ella? ¿La
narradora de la historia? —inquirió, señalando a
Ysentrud.
—Así es —afirmó Thiemo, con una leve nota de
nerviosismo al corregir tan sutilmente al Regente
Primero—. La erudita Ysen…
—No necesito el nombre —Observó a Ysentrud con
el ceño fruncido—. Necesito…
112
Se detuvo, y su expresión se transformó en una
mueca ceñuda al mirar más allá de ellos. Un mur-
mullo se propagó entre los cortesanos y sus murmul-
los se extinguieron cuando todos se volvieron para
contemplar al hombre que se dirigía hacia el trono.
Vestía un traje verde con puños y chaleco de un oro
reluciente, lo suficientemente deslumbrante como
para destacar entre los cortesanos, aunque su pelo
negro, más largo de lo común, se recogía en una cola
que le caía hasta la mitad de la espalda. Su rostro
joven y atractivo también estaba al descubierto, un
hecho que habría sido escandaloso si no fuera por
el hecho de que era el Regente por venir. Aunque
probablemente aún era objeto de los murmullos
que revivían entre los cortesanos, junto con las
especulaciones sobre la mujer que lo seguía como
su sombra.
Era ella de mediana edad, con el pelo corto y
oscuro que enmarcaba un rostro estrecho y resuelto,
también al descubierto. Pero lo que más destacaba
era su atuendo. Vestía el uniforme oficial de las
Milicias Domésticas de Reis, un negro sombrío que
contrastaba con los vivos colores del resto de la corte.
Era Petra Karn, la asistente y amante del Regente
por venir, según las habladurías. Ysentrud dirigió la
mirada hacia Thiemo, indecisa sobre cómo actuar, y
el alto wyrbuk le devolvió la mirada mientras se de-
splazaba lo más sigilosamente posible hacia un lado.
113
Agradecida, lo siguió, apartándose justo a tiempo
antes de que el Regente por venir se aproximara a su
progenitor.
—Regente Primero Halven —La voz de Sebastián
resonó en la Sala de los Caídos—. ¡Debemos hablar!
—¿Debemos? —Oskaran se reclinó en su trono,
aún con el ceño fruncido—. La evidencia es difícil
de encontrar. La Sala de los Caídos ha estado abierta
durante horas, conmigo y mis oídos aquí, ¿y dónde
has estado tú? No aquí.
—He visitado el cuartel general de las Milicias
Domésticas de Reis. Nuevamente, los grises acechan
las selvas, y su número crece. Los grises se alzan y
no cesarán hasta aniquilarnos a ustedes y a mí, así
como a todos los demás en Kap Sudsten.
—Qué dramático —expresó Oskaran con desdén—.
Son solo unos granjeros mohosos.
—Los granjeros mohosos, como tú los llamas, han
tomado control de la Puerta Roja.
Los murmullos aburridos de los cortesanos en-
mudecieron y luego resurgieron, discutiendo sobre
la batalla y la distancia de la puerta. Ysentrud podría
haberlo relatado al dedillo, pero no importaba. La
Puerta Roja. Ningún lugar era seguro en Sudsten si
alguna vez se abría.
—Los grises son insignificantes, sin sentido
—afirmó Oskaran, elevando la voz por encima de
los murmullos temerosos—. Y la Puerta Roja está
114
sellada. No importa que hayan invadido el puesto
avanzado. Simplemente lo recuperaremos.
—No sabemos nada de los Grises, excepto que
están vinculados a los demonios. Y no recuperaremos
la puerta tan fácilmente, no con la cantidad de grises
que… —la voz de Sebastián quedó sepultada bajo el
gruñido de Oskaran.
—Soy el Regente de Sudsten y de todo el sur de Reis.
Si los grises fueran una amenaza, yo habría sido el
primero en ser informado.
—Y así fue —espetó el Regente por venir, cada
palabra con dureza—. Tan pronto como llegaron los
informes esta mañana, te los enviaron a ti, aquí, mar-
cados con la máxima urgencia —Sebastián señaló
la pictografía que colgaba junto al trono—. Los
ignoraste. Y cuando enviaron mensajeros aquí, en
persona, los rechazaste. Tuve que venir para que
me escucharas. Dime, padre, ¿qué era tan impor-
tante? ¿Qué antiguo registro de entrenamiento de
Caballeros Imperiales interrumpimos?
¿Era la grabación de pictografía que había estado
visualizando?, se preguntó Ysentrud. Concuerda con
los sonidos, y el interés del Regente Primero por
las grandes máquinas de guerra podría etiquetarse
más como obsesión. Una obsesión, sin duda, con-
siderando el papel que esas imponentes máquinas
de guerra jugaron en la historia de Reis y en la de
su familia. ¿Qué había mencionado? Armígeros.
115
Ysentrud cerró los ojos, entrelazó las manos y activó
el memen. La información le vino instantáneamente
a la mente. Los Armígeros eran una variante de
los Caballeros Imperiales, más pequeños, rápidos
y ligeros en armamento. Esperaba más detalles, imá-
genes, diagramas, tácticas… No se había preparado
para ser una experta militar, pero los Caballeros
ocupaban un lugar tan destacado en este mundo que
la información estaba a su alcance. Sin embargo,
Ysentrud apartó esos pensamientos y se centró de
nuevo en el momento.
—Si hubieras estado aquí, en el vestíbulo, durante
la inauguración —Oskaran seguía de pie y había
elevado su voz casi hasta el grito—. Te estaba
esperando. Por eso no respondía.
—¿Y esperarme es tan complicado que no pudiste
responder a un mensaje codificado como urgente?
¿Ni siquiera te molestaste en darte cuenta de que la
mitad de los mensajes eran de mi parte? —cuestionó
Sebastián.
Todos los cortesanos retrocedieron, inclinándose
hacia adelante, en suspense. La oficial de las pes-
tañas permanecía imperturbable, con el rostro sin
expresión, pero Ysentrud creía detectar una nueva
chispa en sus ojos. Al mismo tiempo, el semblante
de Oskaran se oscurecía cada vez más.
Dio un paso al frente, quedando a escasos centímet-
ros de su hijo. Eran de la misma estatura, y tan cerca
116
era fácil ver la semejanza en sus rasgos.
—Siempre insistes —dijo finalmente. Su voz era
más sosegada, pero aún así un gruñido, e Ysentrud
anhelaba que Erudito Thiemo estuviera a su lado,
entre ella y los Regentes—. Siempre crees que sabes
más —continuó Oskaran. Extendió la mano y aferró
el cabello de su hijo. La ira se reflejó en el rostro
de Sebastián, pero permaneció inmóvil mientras su
padre apartaba los mechones, revelando las cuencas
neurales ocultas por el largo cabello, con un destello
metálico alrededor de los tapones negros que las
resguardaban—. Ignoras el pasado, desprecias tu
herencia y tu derecho de nacimiento, y piensas que
eso te hace más astuto. Más listo que yo.
—No permito que el pasado nuble mi visión del
presente —expresó Sebastián—. Los Caballeros se
desvanecieron hace mil años. Los demonios de la
Puerta Roja se encargaron de eso. ¿O acaso no han
notado los fragmentos de sus cadáveres colgando a
nuestro alrededor?
—Conozco las ruinas de la Guerra de la Puerta Roja
—afirmó el Regente Primero—. Conozco nuestra
historia mucho mejor que tú. Y también sé que los
Caballeros de la Casa Halven aún pueden renacer.
—¿Como despojos envenenados y oxidados del
fondo del mar? —Sebastián se aproximó y tocó la
mano de su padre. Por un instante, Oskaran pareció
dispuesto a mantener su agarre, a arrancar el largo
117
cabello de su hijo, pero al final no lo hizo.
—Conozco nuestro pasado —insistió Oskaran—
. Pensé que tú también lo conocías. Pero estás
en la oscuridad —Movió la mano, ahora liberada,
hacia atrás, señalando a Ysentrud, quien tuvo que
luchar para no estremecerse—. He preparado un
regalo para ti, para suplir tus carencias. ¿Por qué
no te familiarizas con ellos, mientras yo atiendo
estos patéticos grises? —El Regente Primero se alejó,
dejando la sala llena de cortesanos que susurraban,
a su hijo, al silente comandante de los latigazos, y a
Ysentrud y Thiemo.
—¿Qué debo hacer ahora? —musitó Ysentrud al
alto Wyrbuk.
—¿Ahora? —repitió el Erudito Thiemo—. Síguele
—Indicó al Regente por venir, quien también aban-
donaba la sala, con el comandante de los latigazos
aún a su lado—. Ahora él es tu protector. El Regente
Primero te lo presentó.
¿Fue una presentación? Ysentrud temía quedarse
encerrada en un sótano, abandonada. ¿Podría ser
abandonada si nunca la habían reconocido?
El Erudito Thiemo se encogió de hombros, imper-
turbable.
—¿Qué más te queda? Estás destinada a él. Ve.
Frunció el ceño y volvió a mirar al Regente por
venir. Él cruzaba la puerta, desapareciendo. Maldijo
en silencio, recogió su bata y lo siguió.
118
Fuera del recinto, Ysentrud avistó a Sebastián
adentrándose en un pasillo lateral junto al oficial
del Reis Militarum, y se apresuró a seguirlos. No
obstante, se movían con celeridad, y los años de
entrenamiento de Ysentrud habían sido mayormente
sedentarios. La adelantaron, y cuando llegó al final
del pasillo, ya se hallaban fuera, desapareciendo
entre los jardines que se extendían más allá del
Palacio del Regente. Maldijo nuevamente, pero inició
la marcha por un sendero, persiguiéndolos.
A la luz de la tarde, el Jardín Nocturno no resultaba
impresionante. Los diversos hongos cultivados allí
crecían en enredaderas voluminosas y cuerpos es-
porulados enormes por doquier, pero ostentaban
tonos pálidos de grises, blancos y marrones. En
la oscuridad, brillaban con una paleta de colores
deslumbrante, un espectáculo bioluminiscente es-
pectacular, pero ahora se asemejaban a los colosales
y desinflados cadáveres de babosas gigantes.
Ysentrud deambulaba por los senderos, obser-
vando, escuchando, deseando poder regresar a su
habitación en la Casa Wyrbuk, el lugar del que había
anhelado escapar durante años. Finalmente, oyó
voces y se apresuró a buscarlas.
El Regente por venir se encontraba de pie con
la comandante del látigo bajo un árbol marchito
cubierto por grandes sábanas blancas de hongos.
—No puedo creerlo —expresaba la oficial—. Me
119
lo dijiste, pero ¿cómo pudo ignorar mensajes tan
urgentes?
—Aquí en Reis, Petra. No ha habido nada real-
mente urgente para que responda… nunca, creo
—Sebastián negó con la cabeza, e Ysentrud se man-
tuvo en las sombras congregadas bajo las amplias
capuchas de las setas gigantes que rodeaban el patio.
Escuchaba.
—Bueno, ahora ha ocurrido algo urgente —mencionó
Petra—. ¿Qué haremos?
—No —afirmó Sebastián, y su boca se torció en una
mueca—. Los demonios de la disformidad son solo
una leyenda en su mente. Los Marines Espaciales son
muy reales, y pensar en ellos aquí, donde podrían
trastornar su vida cuidadosamente preparada, eso le
aterra mucho más.
—Es un insensato —señaló ella, frunciendo el
ceño—. Entonces, ¿cómo conseguiremos que…?
—¿Activar la baliza? —preguntó Sebastián—. No
lo haremos. Pero eso no importa. Ya está hecho. Lo
hice justo antes de venir aquí.
—Tú…— La mujer clavó la mirada en el Regente a
continuación—. Tu padre se molestará.
Sebastián se encogió de hombros.
—Déjalo. Ya es demasiado tarde —se aproximó
a ella, como si estuviera a punto de abrazarla, pero
Ysentrud carraspeó y salió al patio, haciéndose notar
antes de que llegaran a tocarse.
120
—Regente por venir —dijo, realizando una
reverencia—. Soy la Erudita Ysentrud Wyrbuk,
portadora de la historia completa de Reis, desde sus
primeros asentamientos hasta el presente, y estoy a
su disposición por el beneplácito de su padre —alzó
la mirada a tiempo para ver cómo se distanciaba del
comandante del látigo. Ella parecía molesta, pero él
parecía encontrarlo divertido.
—Por supuesto que sí, y, naturalmente, lo ha
hecho —acomodó su atuendo y se puso en marcha—.
Es momento de regresar a la base. Mi padre ya habrá
sido informado de mis acciones y, con suerte, se
quedará sin voz —al pasar junto a Ysentrud, le dio un
golpecito en la cabeza, y ella luchó contra el impulso
de agacharse—. Ahora no dispongo de tiempo para
tus relatos, Erudita, pero quédate con nosotros. Te
enseñaremos que la historia se construye, no se
memoriza.
121
Capítulo 7
E
l recinto de la sala de operaciones emanaba
un ambiente imponente, sus muros revestidos
con basalto de la Roca, esculpido con las figuras
serpenteadas de antiguos monstruos de Calibán. La
misma piedra componía la mesa central y los bancos
adyacentes, marcados y desgastados por el roce de
una armadura más robusta que la propia piedra.
Suspendido en el aire, sobre la mesa, descansaba un
mapa del sistema solar, un único sol rodeado por
las órbitas entrelazadas de seis planetas, en medio
de un diseño estelar sumamente simplificado. El
equipo de mando de la Quinta congregaba alrededor
de la mesa, analizando en silencio el gráfico cuando
Lazarus hizo su entrada. El Interrogador Capellán
Demetrius, el Anciano Jequn, el Apotecario Asbeel,
el Teniente Zakariah, el Tecmarine Ephron… y un
forastero. Un individuo que no respondía al nombre
de Amad.
La mirada de Lazarus recorrió a cada uno de ellos,
sin detenerse en el recién llegado. No era necesario;
122
ya había registrado en su memoria los rasgos afila-
dos, los ojos hundidos, el cabello oscuro, ligeramente
más largo que el de cualquier otro miembro del
equipo de mando. Raziel. El Bibliotecario Raziel,
perteneciente a la clase Lexicanium. La Quinta había
sufrido una derrota en Husk, perdiendo a un teniente
y a suficientes hombres como para abastecer a cuatro
escuadrones, y Azrael había enviado a este hombre,
este psíquico, para ocupar ese vacío. Lazarus se
preguntó si la necesidad o la furia impulsaban tal
decisión. No tenía certeza. Después de su reunión
privada, el Gran Maestre Supremo no le había di-
rigido la palabra. Las órdenes de Azrael para la
Quinta llegaron tres días después, transmitidas por
un servocráneo.
Lazarus estaba convencido de que, al menos en
parte, la decisión estaba teñida de ira.
—Compañeros —pronunció, indicándoles que se
sentaran. Lo hicieron, con sus armaduras resonando
contra la piedra. En las paredes detrás de ellos, sus
yelmos descansaban en nichos, acechando en las
sombras como las imágenes de dioses en reposo—.
Nuestra próxima encomienda —sus manos enguan-
tadas manipularon los controles de la holopantalla
integrada en la mesa, y el gráfico cambió. El segundo
planeta se expandió hasta llenar el espacio, una red
de líneas que delineaban un globo dominado por
el agua. Solo dos continentes estaban presentes,
123
situados tan distantes como podían estar, uno en
el hemisferio norte y otro en el sur. Glifos de datos
flotaban en el aire alrededor del planeta, señalando
que se trataba de un mundo de tipo Terrano, colo-
nizado hace al menos trece mil años, perdido durante
la Herejía de Horus y recuperado por el Imperio hace
seis mil años.
—Reis era un bastión de Caballeros cuando fue re-
descubierto —comunicó Lazarus—. La Casa Halven,
dueña de las máquinas de guerra que resguardaban
y pacificaban a su gente, aunque estas se encon-
traban en decadencia. Como parte del proceso de
reintegración al Imperio, se estableció una forja del
Adeptus Mechanicus en el septentrional continente
de Norsten.
»Reis ha llevado una existencia relativamente
sosegada según los cánones de este sector, y durante
milenios no fue necesario que las fuerzas de los
Marines Espaciales intervinieran allí. No hasta hace
un poco más de mil años, cuando en el continente
meridional, Sudsten, se abrió una brecha en la
realidad, hasta entonces inadvertida. Este portal
al Inmaterium, la Puerta Roja, liberó una legión
de demonios que avasallaron a la Casa Halven,
aniquilando sus máquinas y causando pérdidas
significativas de vidas civiles. El planeta habría
sido aniquilado si no hubiera sido por la intervención
de la Primera, Cuarta y Séptima Compañías. Los
124
Ángeles Oscuros eliminaron a los demonios, sellaron
la puerta y dejaron una señal para activarla en caso
de una nueva apertura.
Lazarus manipuló los controles y una marca
carmesí apareció en el continente sur, pulsando
como un pinchazo sangriento.
—La baliza ha sido activada —el Capellán Inter-
rogador Demetrius la observó, frunciendo el ceño—
. Un portal que liberó una horda de demonios, que
requirió la intervención de tres compañías de Ángeles
Oscuros, incluida el Ala de Muerte, se reabre, y solo
nos envían a nosotros. Me halaga la confianza del
Supremo Gran Maestre en la Quinta —especialmente
una Quinta que estaba menguada, que apenas había
tenido tiempo en casa para reparaciones básicas y
una reposición parcial—. Se estableció contacto
astropático con Reis después de que la Roca recibiera
la baliza —explicó Lazarus—. El Regente Primero
de Reis, descendiente de la destruida casa Caballero,
afirma que la baliza fue activada por un subordinado
demasiado entusiasta en respuesta a alguna plaga.
Al menos, eso es lo que nuestro astrópata interpretó
de lo que fue enviado a través de la disformidad.
Pero el Gran Maestro Supremo está preocupado.
Nos han enviado para inspeccionar la Puerta Roja
personalmente, para asegurarnos de que sus sellos se
mantengan. En caso afirmativo, debemos recordar al
Regente y a sus entusiastas subordinados que los Án-
125
geles Oscuros no deben ser invocados salvo en casos
extremos. Ese recordatorio debe ser contundente.
El teniente Zakariah asintió, pero sus ojos se afer-
raron a esa marca carmesí.
—¿Y si la puerta no está sellada? ¿Y si estas
garantías son artificios, fruto de algún ardid?
—Entonces evaluaremos la situación, nos comu-
nicaremos con la Roca y empezaremos a enfrentar al
enemigo que nos encontremos.
Lazarus les permitió reflexionar en silencio. La
misión podía resultar mortal; cualquier vínculo con
los habitantes del Inmaterium lo era. Pero eso no
les induciría a titubear. Eran Ángeles Oscuros y su
cometido era vencer en batallas que aniquilarían a
cualquier otra fuerza de la humanidad. Lo inqui-
etante radicaba en que podría no ser una empresa
de muerte, sino simplemente una tarea menor, una
tarea que no estuviera a su altura.
¿Estaba tan indignado Azrael? ¿O consideraba el
Gran Maestre Supremo que lo más adecuado era
enviarlos a él y a su Quinta a otro conflicto para
despejar su mente de las ideas que había expresado
en su última conversación?
No. Lazarus apartó ese pensamiento. Era inútil.
Peor aún, era signo de debilidad. Confiaba en sus
órdenes porque confiaba en su líder. Podían no estar
siempre de acuerdo, pero compartían una convicción:
los Poderes Ruinosos representaban la mayor ame-
126
naza para la humanidad en la galaxia, y cualquier
indicio de su presencia debía ser erradicado de la
realidad como una plaga.
—Dada la naturaleza de esta amenaza, el Gran
Maestre Supremo Azrael nos ha otorgado un nuevo
hermano —Lazarus dirigió la mirada hacia Raziel,
quien asintió. El hombre era de altura igual a la suya y
a la del teniente Zakariah. Un marine Primaris, algo
que hasta hace poco resultaba inaudito dentro del
Librarium—. El bibliotecario Raziel se encargará de
sellar la brecha. Le doy la bienvenida a la Quinta.
—Bienvenido, hermano —entonaron los demás,
observándolo con especulación. Los bibliotecarios
poseían un valor incalculable, pero eran diferentes,
incluso más que los tecnomarines. Eran psíquicos,
y a pesar de las cintas y las insignias de purificación
que lucía Raziel en su armadura, seguían obteniendo
su poder de la misma fuente que los Poderes Ru-
inosos, y nadie olvidaba eso.
Especialmente Lazarus. No presenció las llamas
al dirigir su mirada a Raziel, pero experimentó la
impronta del calor del hombre en su presencia.
—Doy gracias al Emperador por la oportunidad de
servir —la voz de Raziel era suave, uniforme, pero
sus ojos se posaron en Lazarus mientras hablaba.
No desafiantes, sino curiosos, como si el hombre
estuviera repasando lo que había escuchado sobre la
aversión del Maestro de la Quinta hacia los psíquicos.
127
Lazarus respondió con un gesto de cabeza, estu-
diando su expresión, pero sintió cómo su mano se
aferraba a la empuñadura de su espada mientras el
dolor de la quemadura resurgía bajo su piel. Pasó por
alto esa sensación mientras impartía sus órdenes,
delineando cómo funcionaría la compañía ahora
sin Amad. Cuando concluyó, los despidió, pero
Demetrius se quedó.
—Es una misión peculiar, hermano —comentó el
Interrogador Capellán cuando estuvieron solos.
—Hemos tenido otras más inusuales —replicó
Lazarus.
—Cierto. Pero ninguna encomendada por un Gran
Maestre Supremo enfadado.
—El Gran Maestre Supremo y yo nos encontramos
en su propio despacho. ¿Cómo puedes conocer su
estado de ánimo?
—¿Has olvidado cómo era antes de que te as-
cendieran, hermano? —preguntó Demetrius—. El
estado de ánimo del Gran Maestre Supremo resuena
en la Roca como una campana. Todos los hermanos
de batalla pueden discernir las corrientes que se
desplazan entre las filas de nuestros líderes tan
hábilmente como pueden leer las corrientes de la
batalla. Suelen ser —dijo reflexivamente— habili-
dades similares .
Lazarus frunció el ceño. Eran marines espaciales.
Humanos pero más, herederos del poderío forjado
128
por los genes de su primarca, uno de los veinte
hijos inmortales del mismísimo Emperador. Y eran
Ángeles Oscuros, los maestros de los secretos. Sin
embargo, los rumores persistían, desgarrándolos
como si fueran personajes de un drama de pictografía
destinado a las masas obreras de una ciudad colmena.
—Esta misión no es un castigo —afirmó, con voz
irritada. Pero suavizó el tono, recordando sus pro-
pios pensamientos—. Mi discusión con Azrael fue…
apasionada. Como a veces pueden serlo las palabras
entre hermanos. Pero el Gran Maestre Supremo es
un estratega maestro, y un líder que prácticamente
no tiene rival más allá de los propios primarcas. No
permitiría que un desacuerdo interfiriera con sus
planes para el Capítulo. Estamos aquí porque él
necesita que estemos aquí.
«Y quizá también para mantenerme callado y ale-
jado de la Roca con mis nociones heréticas», añadió
en silencio.
—Por supuesto —respondió Demetrius—. Nosotros,
los Ángeles Oscuros, no nos entrometemos en
política —sin embargo, los ojos desorbitados del
Capellán Interrogador se clavaron en Lazarus, y sus
labios esbozaron la más leve de las sonrisas, apenas
perceptible antes de desvanecerse—. Pero esta
misión parece estar teñida por las intrigas políticas
de ese planeta. Un Regente Primero, descendiente
de una casa caballeresca que perdió a sus Caballeros,
129
controla la mitad del mundo mientras que la otra
está en manos del Fabricante Locum de una forja del
Adeptus Mechanicus. Una forma incómoda e inusual
de compartir el poder.
—Lo incómodo e inusual parece ser la norma en
el Imperium, al parecer —comentó Lazarus—. La
invasión daemónica ha reconfigurado la estructura
de poder en Reis. Eso es asunto de la burocracia. Lo
que me preocupa es esa baliza. Si la Puerta Roja se
ha abierto de nuevo, cuando ellos afirman que no…
—Entonces la población podría haber sido cor-
rompida. Convertida en cómplice de los Poderes
Ruinosos, o poseída por ellos —objetó el Capellán
Interrogador Demetrius sacudiendo la cabeza—. Si
eso es cierto, podríamos vernos obligados a erradicar
a toda la población para purgar la infección.
—Haremos lo que sea necesario —afirmó
Lazarus—. La contención de la Puerta Roja es
nuestra única prioridad en ese planeta.
—Por eso está el Hermano Raziel —añadió
Demetrius, dirigiendo su mirada a Lazarus—. Estás
implicado en esto.
—Estoy implicado —asintió Lazarus, y Demetrius
correspondió con un gesto afirmativo.
—Así es. Eres la perdición de los psíquicos, her-
mano. Y un hechicero del Caos era la perdición para
ti.
—Él es nuestro hermano, psíquico o no. Y es
130
necesario para esta misión. Haré uso de él, y valoraré
sus contribuciones, al igual que hago con ustedes y
los suyos.
—Lo sé. Pero no soy yo a quien tienes que tranquil-
izar —señaló Demetrius—. Además, él es Primaris.
—¿Y qué importa eso?— cuestionó Lazarus.
—Es otro nivel —explicó Demetrius. No había
nada sutil ni pequeño en la sonrisa que ahora cruzaba
el rostro del Interrogador Capellán—. Después de
varios días luchando contra mí en las salas de prácti-
cas, deberías saber lo que sentimos los Primogénitos
al enfrentarnos a hombres más altos que nosotros.
—Intenciones homicidas —murmuró Lazarus,
recordando los furiosos combates en los que habían
participado, llevándose uno al otro al límite.
—Una palabra más precisa, hermano —corrigió
Demetrius—, es fratricidas.
131
y nieve; solo su costa meridional presentaba un matiz
verde por la presencia de vegetación. Incluso desde
la órbita, se vislumbraban cicatrices que surcaban
su superficie, las marcas de las extensas minas ex-
cavadas por el Adeptus Mechanicus en el planeta.
Entre esas minas, en el corazón del continente, una
nube de humo y una maraña de pequeños trazos,
como glifos desagradables apilados unos sobre otros,
señalaban la forja. Según los archivos, el Adeptus
Mechanicus empleaba los recursos de las minas para
fabricar sirvientes y otras herramientas cibernéticas.
Al otro lado del globo terráqueo estaba Sudsten,
una mancha verde que se desplegaba justo bajo el
ecuador de Reis. Caluroso y húmedo, era un vergel
de flora, un tapiz de selvas que cubría cada rincón
de tierra excepto las cimas más elevadas y la oscura
cicatriz de Kap Sudsten, la capital y puerto espacial.
Mientras Norsten era un núcleo manufacturero, Sud-
sten y el resto de Reis se dedicaban a la agricultura,
siendo la fuente de alimentos y productos botánicos.
Los océanos se convertían en extensas granjas de
peces y algas, cuyos productos se transportaban para
ser procesados en pasta nutritiva y exportados a los
mundos colmena cercanos. Las junglas terrestres
albergaban hongos, algunos beneficiosos y otros
altamente tóxicos. Ambos eran recolectados para di-
versos fines, pero la exportación principal era un tipo
de moho capaz de transformarse en una potente var-
132
iedad de estimulante. Este poderoso estupefaciente
eliminaba el dolor y potenciaba la fuerza y la vitalidad
de quienes lo consumían, permitiéndoles luchar a
pesar de sus heridas extensas. Sin embargo, esta
variedad particular tenía un efecto secundario que
nublaba la mente de los soldados, convirtiéndolos
en berserkers homicidas casi incontrolables. Esto la
convertía en inútil para los Marines Espaciales, pero
altamente valorada por ciertos sectores del Astra
Militarum y el Adeptus Ministorum.
Un mundo de gran utilidad. Reis había cumplido
sus cuotas para el tributo imperial durante los mil
años posteriores a la invasión daemónica que casi lo
consume. Por lo tanto, fue ignorado, permitiendo
que su población viviera, se reprodujera, trabajara
y muriera en una tranquila oscuridad. Hasta que
resonó la baliza.
Hasta que arribaron los Ángeles Oscuros.
El selecto grupo al mando de Lazarus se congregó
alrededor de la mesa, contemplando con intensidad
el planeta que giraba lentamente, aguardando con
expectación. Todos, excepto el Tecnomarine Ephron,
cuya mirada se perdía en la nada, absorto en las
corrientes de conocimiento que la Espada de Calibán
inyectaba en su oscuro caparazón, y el Bibliotecario
Raziel, con los ojos cerrados y las manos cruzadas
ante él. Podría haber estado en un acto de oración
si no fuera por los movimientos esporádicos de su
133
cuerpo, como si estuviera luchando por mantenerse
inmóvil. A veces se movía como si esquivara un golpe
invisible o golpeara a un enemigo que solo él podía
ver. Detrás de sus párpados cerrados, sus ojos se
movían y parpadeaban, nunca permanecían quietos.
El silencio de la espera se vio interrumpido por una
voz grave que resonó en el sistema de vox de la nave.
—Empuje final en diez segundos. Cinco segundos.
Tres segundos. Dos segundos. Uno —el crucero de
ataque tembló cuando sus imponentes motores se en-
cendieron. En la mesa, los Ángeles Oscuros apenas se
inmutaron, resistiendo el cambio de impulso. Luego,
en un instante, la nave quedó quieta, en silencio, sin
las profundas vibraciones de sus motores—. Órbita
establecida —Lazarus aguardó un momento y luego
habló—. Hermano Ephron.
—El sistema está despejado, a excepción de un car-
guero, el Orgullo de Texcalca. Han descargado cinco
mil condenados a la forja del Adeptus Mechanicus
para ser procesados y convertidos en servidores, y
ahora están preparando la carga para su distribución.
Un pequeño ícono apareció en el vacío sobre el plan-
eta, indicando la nave de carga al otro lado del globo
en comparación con el símbolo que representaba la
Espada de Calibán.
—Nos hemos integrado en la Noosfera de Sudsten
y hemos establecido nuestros códigos de dominio
sobre la burocracia local y el Militarum —Ephron se
134
estremeció, luego sus ojos se iluminaron, el Tecno-
marine volvió a la conciencia de la sala que lo rodeaba
mientras emergía del mundo angular y rígido de
los cogitadores—. La actividad en el planeta parece
normal. Hay enfrentamientos alrededor de la Puerta
Roja, pero se limitan a armas cortas, en concordancia
con las afirmaciones del gobierno local de que se trata
de una acción policial contra los ciudadanos.
Ephron dirigió su mirada hacia Lazarus.
—También me he presentado ante la forja del
Adeptus Mechanicus. El fabricante Locum Gretin Lan
entabló conversación conmigo y me otorgó un acceso
limitado a su Noosfera. Todo parece estar en orden
allí.
—¿Limitado? —interrogó Lazarus.
—Por razones protocolarias precisas —respondió
Ephron—. Pero nada más.
Los Adeptus Mechanicus eran así. Pero si Ephron
hubiera tenido inquietudes, las habría expresado, y
Lazarus asintió.
—¿Y tú, Hermano Raziel?
El Bibliotecario se estremeció nuevamente y luego
quedó inmóvil. Su respiración profunda cambió y sus
ojos dejaron de moverse tras los párpados; luego los
abrió de par en par.
—Maestro Lazarus —dijo. Su voz era meticulosa,
cada palabra pronunciada con precaución. No sonaba
tímido, más bien parecía reflexionar sobre cada
135
palabra antes de expresarla. Esto contrastaba con
el estilo rápido y contundente de Lazarus—. He
explorado el inmaterium local. He encontrado la
cicatriz que nuestros hermanos dejaron al sellar
la puerta en el planeta de abajo y he rastreado las
corrientes que la presionan. Hasta ahora, no he
detectado ninguna fisura en su trabajo.
—¿El sello sigue intacto? —cuestionó Lazarus.
—Por lo que puedo percibir desde esta distancia,
sí.
Por lo que puede percibir. Lazarus frunció el ceño y
golpeó con un dedo blindado la mesa de piedra mar-
cada. No podía captar los flujos de conocimiento de
las máquinas como un tecnomarine, al igual que no
podía sentir las corrientes psíquicas del inmaterium
como un bibliotecario. Ambas eran formas de per-
cepción cerradas para él, pero aunque no le costaba
creer en la palabra de Ephron, le molestaba tener que
escuchar a un psíquico describir sus percepciones del
inmaterium, aunque fuera un Hermano Bibliotecario.
Era un prejuicio que debía reconocer y aceptar, pero
aún así le resultaba molesto.
—Hasta el momento, los informes provenientes
del Regente Primero han sido confirmados —el dedo
de Lazarus continuaba golpeando el tablero de la
mesa, la ceramita crujía contra la piedra—. Podría
tratarse de una falsa alarma, pero no hemos viajado
hasta aquí para dar media vuelta inmediatamente
136
—la roca bajo su dedo se volvió áspera, su golpeteo
cavó un agujero poco profundo. Reposó la mano y se
levantó—. Descenderemos para dialogar con el indi-
viduo y después nos dirigiremos al emplazamiento
de la Puerta Roja. El Hermano Raziel examinará sus
sellos, y limpiaremos la zona de posibles hostiles.
—¿Piensa intervenir en su pequeña contienda?
—preguntó el Capellán Interrogador Demetrius.
—Pretendo alejar la lucha de esa puerta —respondió
Lazarus—. Si no está alterada, nos aseguraremos
de que permanezca así. Entonces, juzgaremos a
quienes nos hayan traído aquí de manera innecesaria.
Aprenderán que los Ángeles Oscuros no son sus
perros a los que llamar cada vez que escuchan un
ruido en la oscuridad. Somos los Caballeros de
Calibán, forjados para enfrentarnos a monstruos, y
el miedo cabalga con nosotros.
137
Capítulo 8
138
comunicaciones del Reis Militarum transmitidas por
el auricular en su oído. Habían tenido conocimiento
del crucero de asalto de los Marines Espaciales que
orbitaba su mundo unos minutos antes de que la nave
de desembarco se desprendiera de él y descendiera
en espiral hacia la ciudad. Un fallo de inteligencia que
había enfurecido al Regente Primero… bueno, más
enfurecido, según lo que Ysentrud podía deducir. El
hombre había estado furioso desde que se enteró de
la aproximación de los Ángeles Oscuros.
De repente, un estruendo resonó, un trueno que
sacudió el palacio. Ysentrud se detuvo, paralizada
por el sonido. ¿Acaso el Regente Oskaran tenía razón?
¿Estaban los Marines Espaciales molestos por haber
sido convocados? ¿Estaban atacando? Sin embargo,
frente a ella, Petra y Sebastián no frenaron su paso,
aunque dirigieron la mirada hacia las ventanas al
pasar.
—Es un estampido sónico —explicó Petra—. Están
descendiendo con fuerza y rapidez.
—Dudo que conozcan otra forma de aterrizar
—añadió Sebastián—. Probablemente hayan roto la
mitad de las ventanas de la ciudad. Padre tendrá otro
motivo para su enojo.
Ysentrud se puso en marcha nuevamente, sigu-
iéndolos, cuestionándose por décima milésima vez
qué les sucedía. Tras la farsa de la presentación,
había seguido a Sebastián cuando este se lo per-
139
mitía, lo cual ocurría con frecuencia. Aunque le
había explicado que su propósito no era retener
cada palabra pronunciada frente a ella, ya que no
era una grabadora sino una erudita Wyrbuk. Sin
embargo, Sebastián no parecía comprender ni le
importaba la diferencia. Así que, sin otra ocupación,
lo seguía mientras discutía con Petra, se enfrentaba a
su padre y merodeaba cerca de la base de las Milicias
Domésticas de Reis, observando cómo las fuerzas
de su progenitor lidiaban con su guerra esporádica
contra los grises en las selvas centrales de Sudsten.
Aunque la mayor parte del tiempo, Sebastián se
mostraba sobrio, reflexivo y comprometido, a veces,
cuando quedaban a solas, o con él y Petra, la máscara
caía y parecía observar todo con divertida petulancia.
Era inquietante, pero ella lo seguía con obstinación,
a pesar de no entender qué se suponía que estaba
haciendo, a pesar de que Sebastián la ignoraba en
su mayoría, a pesar de su cansancio, molestia y
confusión, y anhelaba sentarse en algún lugar tran-
quilo para repasar los cuentos populares que había
almacenado en su mente. Aunque en ese momento,
las historias grises le resultaban demasiado cercanas.
Al llegar a la Sala de los Caídos, el amplio espacio
abovedado estaba extrañamente silencioso, a pesar
de estar lleno de cortesanos. Todos los miembros
de la élite de Reis se encontraban allí, ataviados con
sus mejores y más brillantes trajes, a pesar de que
140
los sistemas de aire acondicionado aún no se habían
reparado y el calor era sofocante. Aunque la multitud
sudaba y se movía, permanecía apretujada en los
laterales de la sala, dejando un amplio pasillo vacío
en el centro para lo que estaba por suceder.
A pesar del bullicio, los cortesanos cedieron es-
pacio para el avance de Sebastián, Petra e Ysentrud.
El Regente por venir apenas disminuyó su paso al
abrirse paso entre la multitud, dirigiéndose hacia
su padre en el trono. Ysentrud se sentía nerviosa;
estar cerca de Sebastián durante lo que se avecinaba
podía ser peligroso. Al menos, esa era la opinión
de Oskaran, quien le había advertido a su hijo que
los Ángeles Oscuros exhibirían su cráneo junto a la
baliza como advertencia para el próximo insensato
que tuviera la tentación de desafiarlos.
Sin embargo, ella se colocó detrás de él y Petra,
atrapada entre ellos y el administrador de las pes-
querías del sur. El hombre vestía su mejor traje, con
las insignias de su cargo colgadas del cuello. Ysen-
trud se preguntó si todos habían estado esperando,
completamente vestidos, desde que apareció la nave
de los Marines Espaciales. Seguramente. Todos
estaban nerviosos, aterrados, de hecho, y el olor a
sudor era palpable. Eran los gobernantes de este
planeta, pero ahora había surgido un poder mayor,
uno sobre el que no tenían control. Aunque los
Ángeles Oscuros pudieran convertirse en los héroes
141
de la historia de Reis, en ese momento todos reunidos
anhelaban que permanecieran donde se encontraban,
a salvo en el pasado.
Pero ya era demasiado tarde. En el exterior, resonó
el rugido de los motores de una nave que aterrizaba
en la plaza ante el palacio, el lejano estruendo del
tren de aterrizaje sobre la piedra. Las puertas de
ambos extremos del pasillo que conducía a la plaza se
abrieron de par en par, y la infantería de las Milicias
Domésticas de Reis se alineaba a ambos lados con sus
mejores uniformes, la tela negra empapada de sudor
y polvorienta de esporas. Frustrantemente, Ysentrud
no podía ver por aquel pasillo, así que mantuvo la
vista fija en el Regente Primero y su hijo. Sabía
cuándo los Ángeles Oscuros salían de su nave por
la forma en que palidecía el rostro de Oskaran, la
forma en que sus manos se aferraban a los muslos,
arrugando el oro brillante de sus pantalones. Su
hijo, en cambio… Sebastián parecía tranquilo, sereno,
concentrado. Atento. Estaba esperando, y ella se
preguntó a qué, pero la atención de Ysentrud se vio
desviada por un sonido, como un trueno lejano.
El estruendo descendía por el pasillo, aumentando
su resonancia, el crujir de pesadas botas metálicas
que rechinaban contra la piedra. El suelo vibraba bajo
los pies de Ysentrud, quien sentía que su corazón latía
acelerado. Una sombra se perfilaba en la puerta, y
luego, allí estaban. Uno, cinco, seguidos por más
142
de una docena, llenaban el espacio central de la
sala. Aunque parecía amplio y vacío, ahora estaba
abarrotado de gigantes con ojos rojos envueltos en
armaduras verde oscuro, e Ysentrud los contemplaba
con una mezcla de terror y asombro.
La forma en que se movían era sorprendente. To-
das las historias que guardaba en su mente los de-
scribían como enormes. Si hubiera querido ingre-
sar a la memoria colectiva, podría haber recitado
exactamente sus alturas a partir de tablas tácticas
anotadas a pie de página en las historias. Su tamaño
era abrumador, con cabezas con casco sobresaliendo
por encima de todos los presentes, y sus hombros
blindados parecían casi tan anchos como la altura
de los Ángeles Oscuros, lo cual no debería haber
sido sorprendente. Alguien tan grande, envuelto en
una armadura tan gruesa, debería haber parecido un
monstruo torpe, tosco y tambaleante. Sin embargo,
se movían con determinación, elegancia y rapidez.
Demasiado rápidos. Verlos acercarse era como obser-
var a un depredador acechando. Ysentrud sintió que
se quedaba inmóvil, absolutamente quieta, como si
estuviera frente a una bestia dispuesta a devorarla
de un rápido mordisco si se fijaba en ella.
El líder se detuvo justo delante del trono, tan cerca
de Ysentrud que pudo percibir el aroma a metal
caliente y electricidad de su armadura. También
pudo observar el sutil movimiento de su gran yelmo
143
alado mientras los observaba a todos a través de
las rendijas de sus ojos carmesí. Entonces, quedó
inmóvil, centrándose en el Regente Primero. Una
de sus manos con guanteletes descansaba sobre la
empuñadura de la gigantesca espada que llevaba en
la cintura, una hoja que debía ser tan larga como
Ysentrud de alto; la otra estaba a un pelo de la
empuñadura de la enorme pistola que colgaba de su
otro costado. Podría haber sido confundido con una
estatua, si no fuera por el ondear de la túnica que
llevaba sobre la armadura, más blanca que la de ella
aunque mostraba signos de mucho uso y reparación.
Cuando finalmente habló, el repentino sonido de su
profunda voz hizo que Ysentrud y la mayoría de los
nobles se sobresaltaran.
—Hemos llegado. Los servidores del Emperador,
los guardianes del Imperio. Somos los Primeros, los
hijos del León, somos los Ángeles Oscuros, y ustedes
nos han convocado —el Marine Espacial esperó hasta
que los últimos ecos de su atronadora voz se extin-
guieron, hasta que Oskaran se recuperó finalmente,
preparado para hablar. Entonces pronunció una
palabra más—. ¿Por qué lo hicieron?
El Regente Primero estaba pálido, sudoroso, debil-
itado. Sin embargo, se mantuvo erguido en su trono
y, de alguna manera, sostuvo el tono de su voz.
—Campeón del Imperio. Te lo digo con gran pesar
en mi corazón, hubo un error.
144
—Un error —la voz del marine espacial era dura
y afilada como un diamante. Ysentrud solo quería
alejarse de él y esconderse, y ni siquiera era el centro
de atención del marine espacial. Se obligó a respirar
hondo, luchando contra la hiperventilación. En la
multitud de nobles, ya había ondas donde algunos
se habían desmayado. Esa sería su victoria, se dijo
a sí misma. Permanecería aquí de pie, observaría lo
que sucedía y no se desmayaría, por aterrador que
fuera. Puede que no fuera una grabadora, pero este
encuentro la acompañaría siempre. Pero a pesar de
esa determinación, tuvo que luchar para no apartar
los ojos cuando el comandante se quitó el yelmo.
El yelmo alado siseó y chasqueó cuando sus palmas
lo tocaron, y luego se apartó con facilidad. El marine
espacial lo guardó bajo el brazo, e Ysentrud pudo
ver su rostro. Era… un rostro. Parecía un hombre,
apuesto pero no inhumano. Tenía la piel suave de la
juventud, pero su pelo corto era gris. También tenía
los ojos grises, los pómulos anchos y la mandíbula
cuadrada. Era un rostro robusto, pero había una
inteligencia en sus ojos que le hacía parecer más
reflexivo que despiadado. Un guerrero erudito, no un
berserker, y ella sintió el primer indicio de algo que
no era miedo al mirarlo. Este hombre era un arma,
pero estaba forjado para luchar contra monstruos,
no contra mortales como ella.
O al menos, eso era agradable de intentar creer.
145
—Soy Lazarus, Maestro de la Quinta Compañía, y
afirmo lo siguiente. No tolero errores. Ustedes han
convocado al Adeptus Astartes, la última defensa del
hombre. Expliquen por qué, ahora.
—¡Comandante Lazarus! —exclamó el Regente
Primero, antes de ser interrumpido.
—¡Maestro Lazarus! —la corrección provino del
marine espacial que estaba posicionado detrás y a la
izquierda de Lazarus. Iba blindado como los demás,
pero su traje estaba teñido de negro y la túnica que
cubría las pesadas placas era de un verde oscuro. La
placa frontal de su casco relucía como un espejo y
tenía forma de calavera, sombría entre las sombras
de su capucha. Sus ojos no coincidían; uno brillaba en
rojo, el otro en verde, y sostenía un garrote de aspecto
brutal que terminaba en una calavera plateada que
sujetaba entre sus dientes una espada de dos hojas.
Era una figura de terror, y el destello de ira que pasó
por los ojos del Regente Primero al ser corregido
desapareció en un instante, sofocado por el miedo y
la autopreservación.
—Maestro Lazarus —dijo Oskaran, salvándose a
duras penas de un tartamudeo—. Te lo explicaré.
Una despreciable infección ha afectado a Reis, y sus
inmundas víctimas atacan a mis ciudadanos y a mis
fuerzas. Los infectados, conocidos como los grises,
han invadido un territorio en el centro de Sudsten,
pero aún no hay consecuencias. Mis Milicias Domés-
146
ticas se están moviendo para recuperarlo incluso
ahora.
—No me importa tu territorio. No me importan tus
aflicciones —dijo Lazarus, dejando caer cada palabra
como un bloque de hielo—. Los Ángeles Oscuros
vinieron a este mundo hace más de mil años para
luchar contra una incursión demoníaca proveniente
de la Puerta Roja. Después de aniquilar a los siervos
de los Poderes Ruinosos, sellaron la puerta y dejaron
una baliza que se activaría solo si se rompía el sello.
Entonces, dime, Regente Primero de Reis, ¿los sellos
siguen en pie? ¿O la Puerta Roja está abierta de nuevo
para derramar el infierno sobre este mundo?
Oskaran intentó devolver la mirada al Marine Es-
pacial, pero no pudo. Ysentrud lo vio fallar, vio cómo
sus ojos evitaban el rostro del Maestro Lazarus. El
Regente Primero bajó la mirada, claramente en busca
de palabras, e Ysentrud se sorprendió de que aún
no hubiera culpado simplemente a Sebastián. Pero,
aparentemente, a Sebastián no le servía de nada esta
posible clemencia.
—Los sellos pueden estar intactos, o no, no lo sabe-
mos —dijo el Regente por venir—. Pero sabemos que
están bajo ataque. Nuestro enemigo lleva el moteado
gris, la marca de los grises, y han tomado el terreno
que alberga la Puerta Roja. Quieren abrirlo de nuevo
para liberar el mal que los creó.
—¡Sebastián!— exclamó Oskaran—. ¡Silencio!
147
Sin embargo, el Maestro Lazarus alzó su mano y
se giró para encarar al Regente por venir. Ysentrud,
justo detrás de su hombro, tuvo que contenerse
para no agacharse completamente detrás de él, uti-
lizando a Sebastián como escudo. ¿Había pensado
que Lazarus parecía un hombre? Quizás, en la dis-
posición de sus rasgos. Pero había algo en sus ojos,
una luz tras aquellos iris grises que la abrasaba y la
hacía desear arrodillarse y pedir perdón por ser tan
imperfecta, tan humana.
—¿Quienes son estos “grises”?— inquirió con voz
grave, pero tan profunda que llenó la sala.
—Los grises —respondió Sebastián con suavidad—
son el moho que se arrastra. Los suaves merodeadores.
—Son nombres —señaló Lazarus—. No respues-
tas.
—Por supuesto. Permítame que se lo explique
—Sebastián se echó hacia atrás, y entonces su mano
reposaba en el hombro de Ysentrud, tirando de ella
hacia adelante. Ella se quedó inmóvil, resistién-
dose, pero él era mucho más fuerte, y se encontró
tropezando con él. Habría caído si él no la hubiera
agarrado por detrás de la túnica y la hubiera levan-
tado, justo delante del Ángel Oscuro.
Estaba tan cerca. Por los huesos ennegrecidos
del Emperador, estaba tan condenadamente cerca.
Apenas le llegaba a la cintura y tuvo que inclinar
la cabeza hacia atrás para verle la cara. Lo hizo
148
solo por un segundo, antes de bajar la cabeza para
contemplar los dedos de sus gigantescas botas verdes.
Sin embargo, en su mente, clara como si estuviera
grabada, aún podía ver la imagen de sus propios
ojos rojos reflejados en los de él. Bajó la mirada,
intentando respirar, y apenas oyó hablar a Sebastián.
—Esta Wyrbuk conoce la historia.
Quería que ella se lo contara. Era imposible, una
locura, no podía hablar con esa… esa cosa que era más
que un hombre. No podía, no podía, pero al mismo
tiempo podía sentir el entrenamiento moviéndose a
través de ella, podía sentir su respiración caer en los
patrones que necesitaba para entrar en memen. El
estado de recuerdo se apoderó de ella y, de repente, se
quedó a la deriva, con todas las emociones relegadas
a algún rincón lejano de su mente. No levantó la
cabeza, pero cruzó las manos, enderezó la espalda y
habló.
—Mi señor, el primer encuentro con un gris
quedó registrado hace seiscientos treinta y ocho
años en Reis, o aproximadamente 9.411.371.M41
del Imperium, aunque existen relatos no oficiales
y parciales que datan hasta cuarenta y seis años
antes de esa fecha. En esa era, se creía que solo
existía un gris, y los avistamientos de la criatura
eran dispersos y escasos. Los testigos describían a
un colosal ser humanoide, envuelto en moho gris,
que se desplazaba por la selva evitando el contacto.
149
En un principio, se le consideraba como folclore,
pero con el tiempo quedó claro que se trataba de
una criatura o criaturas de origen desconocido. A
medida que los avistamientos aumentaban, se volvía
evidente que había más de uno, con apariencias
diversas; algunos se asemejaban casi a humanos,
solo con manchas de moho gris.
»Con el transcurso de los años, la frecuencia de
encuentros con los grises se incrementó, y estos
se volvieron mortíferos. Los grises atacaban a ciu-
dadanos solitarios o a pequeños grupos, segándoles
la vida y llevándose consigo sus cerebros, médulas
espinales y otras partes de sus sistemas nerviosos
centrales. El propósito de estos componentes orgáni-
cos robados sigue siendo desconocido. Tres dé-
cadas después del primer encuentro oficial, los grises
comenzaron a asaltar ciudades y granjas de stimm.
En ese momento, el Regente Primero Arin III ordenó
a las Milicias Domésticas de Reis que purgaran a estas
criaturas. La campaña se prolongó durante veintisi-
ete años y se cobró la vida de mil trescientos setenta
y ocho militares, al menos once mil setecientos doce
civiles, y un número indeterminado de grises.
»Durante la campaña, las Milicias Domésticas
de Reis hicieron prisioneros a varios grises. Se
descubrió que cada uno de ellos había sido, en algún
momento, humano, ahora infectado con una especie
de hongo no identificada previamente, designada
150
como el “gris pálido” por sus descubridores de-
bido a las similitudes morfológicas entre ella y la
especie de hongo conocida como negro pálido. El
negro pálido es el hongo saprófito utilizado para
producir el estimulante conocido como STX5789-
G, también denominado comúnmente como Bola
Negra, Colerizador, Ardor Mental y Fuego Fervoroso.
Este gris pálido afectaba al sistema nervioso de los
infectados de formas que parecían similares a los
efectos estimulantes del negro pálido, pero había
otros efectos que no se comprendían.
»El análisis biológico fue inconcluso. Todos los in-
fectados fallecieron poco después de su captura, por
causas desconocidas. Los intentos de interrogación
resultaron infructuosos, ya que los infectados se
mostraban herméticos, aunque ejecutaban acciones
complejas y coordinadas. Surgieron teorías acerca de
la formación de una mente grupal entre ellos, pero
nunca fueron confirmadas.
»El origen del moho gris y el inicio de la infec-
ción permanecen sin descubrirse. Surgieron espec-
ulaciones sobre la posibilidad de que la influencia
daemónica, de alguna manera, estuviera relacionada,
con su energía disforme provocando una mutación
letal. Sin embargo, esta teoría nunca fue…
—Basta —exclamó Sebastián, y el flujo de pal-
abras de Ysentrud se detuvo de inmediato. El estado
memen llegó a su fin, y ella inhaló profundamente,
151
alzando la mirada. Olvidó por un momento lo que
tenía delante y parpadeó al encontrarse con el Mae-
stro Lazarus durante un prolongado instante. Sus
emociones empezaron a resurgir, y sintió cómo
regresaba el escalofrío del miedo. Sin embargo, por
un breve instante, logró observarlo casi con calma.
«Tiene la presencia de un maestro —pensó—,
a pesar de esos ojos aterradores». Luego, perdió
la compostura y dejó de mirarlo, con las manos
entrelazadas, aterrada de llamar su atención.
—Pueden ver mi preocupación por la resurgencia
de los grises —Sebastián tomó a Ysentrud por el hom-
bro y la hizo retroceder, y ella se alejó agradecida.
—Los grises han sido derrotados —espetó el Re-
gente Primero. Parecía encontrar fortaleza al discu-
tir con su hijo—. Siempre hay criaturas horribles
en la jungla, atacando a los desprotegidos. Este
resurgimiento es simplemente…
—Suficiente —Lazarus se dirigió a la Regente
Primero con la misma contundencia con la que Se-
bastián se había dirigido a Ysentrud, y ella sonrió
al escucharlo—. Han convocado, hemos venido, y
ahora actuaremos. Nos dirigiremos a esta Puerta
Roja y la aseguraremos, eliminando a cualquier ob-
stáculo. Allí, evaluaré si han desperdiciado su lla-
mada y malgastado mi tiempo, imponiendo el castigo
que sea necesario.
Esas palabras borraron la sonrisa de Ysentrud.
152
Castigo necesario. Luchó por no estremecerse, aunque
aparentaba calma. ¿Era realmente intachable? Sin
duda, era impotente, pero eso no calmaba la ansiedad
que giraba en su cabeza. Si el Maestro Lazarus
decidía que Sebastián merecía un castigo, ¿hasta
dónde llegaría? ¿Incluiría a ella? Estaba a su lado, y
él había captado la atención del comandante de los
Ángeles Oscuros sobre ella, y…
—Vendrás conmigo.
Ysentrud alzó la mirada. Lazarus levantó un
colosal guantelete señalándola con el dedo, haciendo
que su corazón casi se detuviera. Después de un
instante eterno, se dio cuenta de que dirigía sus
palabras al Regente por venir.
—Que se haga su voluntad, maestro Lazarus
—afirmó Sebastián, inclinándose con voz clara y
serena. Aunque sudaba, Ysentrud estaba segura de
que se debía principalmente al calor. El Regente por
venir parecía ser el único en la Sala de los Caídos,
aparte de los Marines Espaciales, que aún conservaba
un ápice de confianza—. ¿Debo traer a mi guardia?
—No. Me cederán el campo —replicó Lazarus.
Oskaran aclaró la garganta, con el rostro enrojecido
por un torbellino de emociones apenas contenidas.
—Informaré a las Levas del Hogar de Reis para que
colaboren con usted, Maestro Lazarus —dijo.
—¿Qué parte de “me cederán el campo” no ha
quedado clara? —el Maestro Lazarus hablaba con
153
calma, pero la total falta de respeto al dirigirse
al Regente Primero parecía una bofetada en aquel
lugar—. Ordénenles que se retiren. Todo lo que esté
armado cerca de esa puerta será exterminado.
—Entendido, Maestro Lazarus —dijo Oskaran con
rigidez—. ¿Puedo preguntar cuánto tiempo tienen
para retirarse?
—El tiempo que nos lleve llegar al campo de batalla
en nuestro Thunderhawk. Nos vamos. Ahora —el
Regente Primero parecía querer protestar, pero cerró
la boca y asintió. Con una mano señaló a la admin-
istradora jefe de las Milicias Domésticas de Reis, le
hizo un gesto con la cabeza y se retiró, colocando
un dedo en el auricular que llevaba en la oreja y
susurrando.
—¿Ahora? —preguntó Sebastián, con voz suave—
. Comprendo la necesidad de apresurarse, pero
¿podría disponer de unos minutos para ponerme algo
más adecuado para la jungla?
—No —dijo Lazarus, levantando su yelmo alado.
Mientras se lo colocaba, dos de los Ángeles Oscuros
se adelantaron para flanquear a Sebastián.
—Vamos —ordenó uno, con su voz grave conver-
tida en un gruñido mecánico por el casco. Sebastián
asintió y empezó a alejarse, rozando con la mano
a Petra antes de partir. Ysentrud lo vio marchar, y
el nudo en su vientre empezó a relajarse, al menos
un poco. Si los Ángeles Oscuros decidían imponer
154
alguna disciplina a su protector, al menos estaría
lejos. Y, con suerte, la habrían olvidado.
Los Ángeles Oscuros se giraron y abandonaron el
vestíbulo con la misma elegancia fluida que parecía
contradecir el pesado y retumbante sonido de sus
pasos. Pero cuando Lazarus se volvió, con la túnica
ondeando a su alrededor, miró por encima del hom-
bro. Esta vez, sus ojos carmesíes se encontraron con
los de Ysentrud.
—Tú también.
Ysentrud lo observó fijamente, sintiendo de nuevo
el terror, y sus pies se negaron a moverse hasta
que el comandante Karn le dio un empujón. Al
verla moverse, Lazarus le dio la espalda y se alejó.
Ysentrud quedó rezagada, envuelta en su túnica y su
miedo.
155
Capítulo 9
M
ientras Lazarus aguardaba a que el último
integrante de su unidad ascendiera al Thun-
derhawk, exploró a través de su armadura oscura
y extrajo los informes provenientes de la Espada
de Calibán. Nada había alterado el panorama
en las proximidades de la Puerta Roja. Aunque
los constantes escáneres auspex habían teñido
ligeramente los mapas tácticos, la jungla ocultaba
gran parte bajo su dosel, entre su calor y las
señales abrumadoras de vida. Sin embargo, Lazarus
contaba con suficiente información para notar un
cambio significativo en la dirección del conflicto:
el repliegue de las Milicias de Reis. Se retiraban,
distanciándose de la arremetida desgarradora hacia
la montaña volcánica que sostenía la Puerta Roja. Ya
no intentaban reclamar ese territorio, no después de
recibir la orden de retirada.
Lazarus observó su retirada abrupta y desordenada,
comparándola con el tiempo de viaje previsto que
Ephron, el tecnomarine, había calculado. Aunque
156
fueran incompetentes, las fuerzas locales aún de-
berían haber desocupado la zona cuando aterrizaran.
Eso era positivo. No tenía sentido acabar con ellos.
Al retirarse, llegó el momento de reunir a sus fuerzas,
y abrió un canal de comunicación para dialogar con
el otro Thunderhawk que aún sobrevolaba la región.
—Ustedes, escuadrones en la Furia de Ángeles,
presten atención. Estamos avanzando para asegurar
la Puerta Roja. Las fuerzas de las Milicias Domésticas
están en retirada —el wscuadrón Jotha de Explo-
radores, que nunca había sido reasignado a la Décima
Compañía, aún tenía su utilidad. Aunque la misión
pudiera parecer una pérdida de tiempo, persistían
suficientes incertidumbres para que Lazarus valorara
tenerlos—. Exploren la zona alrededor de la puerta.
Identifiquen y clasifiquen a las fuerzas enemigas,
sin comprometerse si es posible. No quiero que
anticipen lo que les espera —hizo una pausa y miró
a través de la compuerta de la nave de desembarco.
La mujer que había mencionado a los grises estaba
allí, luchando por abrocharse uno de los asientos de
salto, que resultaba demasiado grande para ella—
. Estos herejes están contaminados por un moho
repugnante, infectados por los Poderes Ruinosos. Su
piel debería reflejar la marca de su corrupción, con
manchas grises de hongos.
—Entendido —respondió el Sargento Asher—.
El escuadrón Jotha se infiltrará y evitará la con-
157
frontación.
—Escuadrones Lameth y Hazin, aguarden sus asig-
naciones. Nuestros hermanos que aún se encuentran
a bordo de la Espada de Calibán permanecerán en
reserva.
Aunque el Teniente Zakariah estaría desilusion-
ado, Lazarus no solo contaba con el escuadrón de
Exploradores, Lameth y Hazin, sino también con el
escuadrón Bethel y el Venerable Dreadnought Az-
modor, junto con todos los miembros de su escuadra
de mando, excepto Zakariah, a quien dejó con las tres
escuadras esperando en el crucero de ataque. Ya era
suficiente.
La escotilla del Thunderhawk se cerró de golpe,
y en la cabina, el Hermano Ephron finalizaba la
bendición de los comienzos mientras iniciaba los
motores de la nave, preparándolos.
—Prepárense para el despegue, hermanos. Alas
de Adamantina está lista para surcar el aire —la voz
del Tecnomarine resonó por toda la nave, y Lazarus
observó cómo Sebastián se aferraba a las correas que
lo sujetaban a su asiento. Mientras tanto, la mujer
continuaba luchando con las hebillas, cada una más
grande que sus manos. Lazarus aflojó las correas
lo suficiente como para inclinarse hacia delante y
retirar las hebillas. Pronunció el acto de contrición
por el mal manejo al Thunderhawk y las abrochó.
—Prepárate —le dijo mientras el sonido de los
158
motores del Alas de Adamantina aumentaba hasta
convertirse en un chillido.
—Mi señor… —empezó ella, y en ese momento,
el Thunderhawk se elevó, toneladas de armadura
y armas impulsadas rápidamente por potentes mo-
tores. El impulso intentó aplastar a Lazarus contra el
mamparo, pero la fuerza de su cuerpo mejorado y su
bendita armadura lo mantuvieron inmóvil como una
roca. La mujer, sin embargo, quedó arrojada hacia
atrás, incapaz de hablar, con la piel roja y brillante
de la cara presionada contra los huesos, otorgándole
un aspecto más semejante al de una calavera.
Lazarus había recorrido cientos de mundos en su
vida, el primero y el segundo. Había visto a mortales
ataviados y adornados de todas las maneras posibles,
desde pieles desnudas y pintadas hasta enormes
vestimentas confeccionadas con suficiente seda para
fabricar un paracaídas para un Rhino. Esta mujer no
era la más extravagante que había visto, ni de lejos,
pero destacaba por su falta de cabello, su piel carmesí
y los tatuajes negros que conferían a su rostro la
apariencia de una calavera flotando sobre su túnica
blanca.
Era como si intentaran que pareciera un servocrá-
neo. Y así la había tratado el hijo del Regente Primero,
Sebastián. Por eso, Lazarus había decidido llevarla
consigo.
Interrogarla en ese instante, mientras luchaba por
159
su aliento, no rendiría frutos significativos, así que
Lazarus introdujo su mano a través de la armadura y
se conectó a las grabadoras de pictografía instaladas
en el casco del Alas de Adamantina. Ascendían en
un arco, alejándose de la ciudad de Kap Sudsten y
adentrándose en la jungla que cubría la mayor parte
del continente. Sin embargo, él volvió su atención
nuevamente a la ciudad, acercándose hasta hallar
lo que buscaba, y congeló allí la pictografía. Para
entonces, Ephron ya había nivelado el Thunderhawk
y se dirigía hacia la lejana cicatriz de la realidad que
constituía un portal hacia la disformidad. Las cam-
biantes fuerzas de aceleración habían disminuido,
y la mujer se encontraba ahora más erguida en su
asiento, respirando con dificultad pero respirando.
Lazarus levantó la mano y extrajo una pizarra de
datos de un compartimento superior, luego trans-
firió la pictografía de su armadura a la pizarra.
—¿Qué es esto? —preguntó, mostrándole la
pizarra.
Ella la miró, temerosa, indecisa, pero cuando se
enfocó en la pictografía, su respiración se calmó y
comenzó a hablar.
—Mi señor. Esta imagen corresponde a los restos
del caballero paladín Orgullo de Reis.
Orgullo de Reis. Qué macabro sentido del humor
tenía el destino. La antigua máquina de guerra debía
de medir cerca de diez metros, pero ahora se de-
160
splomaba hacia atrás contra una pared de hormigón
rocoso como una muñeca rota. La única razón por la
que no había caído al barro era la enorme lanza de
bronce que atravesaba su grueso pecho, justo debajo
de su cabeza en forma de casco. Esa lanza había
perforado los motores de la máquina, destrozando su
corazón y derramando la brillante y venenosa sangre
de su combustible. Mil años después, nada crecía
a su alrededor, ni plantas, ni flores, ni musgo. Era
una cosa muerta, rodeada de tierra envenenada, su
armadura antaño reluciente recubierta de siglos de
corrosión y polvo.
El Caballero era un cadáver, profanado por el
tiempo, los demonios y el veneno.
—El Orgullo de Reis fue derribado durante la
Guerra de la Puerta Roja, la invasión de Reis por
fuerzas daemónicas vinculadas al Poder Ruinoso
comúnmente conocido como Khorne, el Dios de la
Sangre —afirmó la mujer con precisión, calma y
uniformidad—. Cuando el ejército daemónico asoló
Sudsten, la Casa Halven desplegó el contingente sur
de sus Caballeros frente a la ciudad de Kap Sudsten,
con la determinación de detener su avance. Sin
embargo, fueron derrotados, y cada Caballero fue
destruido. La ciudad fue saqueada, y el setenta por
ciento de la población fue masacrada. Mi señor,
¿desea alguna aclaración sobre alguno de estos
temas?
161
—Negativo —expresó Lazarus. La observó
detenidamente, percibiendo el cambio en su
respiración, la contracción de sus pupilas y la tensión
en sus músculos faciales. En cuestión de segundos,
pasó de estar perfectamente relajada a un estado de
pánico mal disimulado—. ¿Cómo se llama usted?
—Maestro Lazarus. Esta no es más que una Wyr-
buk, no necesita… —Sebastián fue interrumpido
cuando el Interrogador Capellán Demetrius se inclinó
hacia él, con sus ojos rojos y verdes brillando a través
de su máscara de cráneo.
—No le digas al Señor de la Quinta lo que necesita
—Aunque resonaba alto en el Thunderhawk, la pro-
funda voz de Demetrius resultaba fácilmente audible.
El Regente por venir permaneció en silencio, des-
viando la mirada. Temeroso, pero también furioso.
—Ysentrud Wyrbuk, señor. Mi señor, Maestro —la
voz de la mujer era apacible y mucho más insegura
de lo que había sido cada vez que Lazarus la había
escuchado. Se giró hacia ella y notó que tenía los ojos
muy abiertos. Sin embargo, permanecía sentada, er-
guida, esforzándose por mirarlo, al menos a sus pies.
«Bien —pensó—. La debilidad debe ser enfrentada,
y el miedo es la mayor debilidad de la humanidad».
—“Señor” está bien —le aseguró—. Explíqueme.
¿Qué es un Wyrbuk?
Ysentrud juntó las manos, respiró hondo y… cam-
bió. Lazarus observó cómo se relajaban sus músculos,
162
cómo dilataban sus pupilas, cómo desaparecía el
hedor a miedo impregnado en su sudor.
—Mi señor. Los Wyrbuk son los guardianes de
la información de Reis. Inicialmente, el término
se refería a los narradores e historiadores orales
que seguían prácticamente el mismo patrón que el
resto de la historia humana. Sin embargo, unos
siglos después de la colonización de Reis, el nombre
comenzó a aplicarse a aquellos que sobrevivieron
a ser envenenados por las toxinas de la cepa de
hongos llamada manto rojo. Al igual que las otras
cepas de pall, las esporas del manto rojo ejercen un
fuerte efecto tóxico sobre el sistema nervioso central
humano. Sus efectos suelen ser mortales, pero
aproximadamente el 5% de las víctimas del manto
rojo sobreviven. Esos supervivientes sufren cambios
sustanciales. Físicamente, pierden todo el pelo, y su
piel y color de ojos se vuelven rojos. Mentalmente,
los supervivientes están dotados de una mayor ca-
pacidad de recordar, y son aquellos que hoy llevan el
nombre de Wyrbuk. Existen dos tipos principales.
Los primeros, llamados grabadores, poseen una
memoria perfecta de todo lo que experimentan tras
recuperarse del veneno de la nube roja. Son útiles
como dispositivos de grabación, pero están limitados
en el sentido de que después de aproximadamente
una década sus cerebros se saturan de recuerdos,
y empiezan a experimentar psicosis informativa.
163
El segundo tipo se llama Aprendiz, y es capaz de
asimilar grandes cantidades de información perfecta
y rápidamente cuando se le administra a través
de un dispositivo de comunicación neural llamado
punctrón. Cuando se les entrena adecuadamente,
los Wyrbuk Eruditos pueden recordar y repetir esa
información de forma organizada y adecuada para la
enseñanza o la consulta.
«Mutantes —reflexionó Lazarus—. Mutantes
creados, de alguna manera». Esas desviaciones del
modelo humano estaban bajo estricta regulación,
pero siempre había elementos que escapaban a esa
normativa.
—Ysentrud —pronunció, y aguardó. En un in-
stante, su respiración experimentó un cambio, sus
pupilas se contrajeron y el miedo regresó, aunque de
manera atenuada—. ¿Puedes comunicarte sin entrar
en ese estado alterado?
—Estado Memen, mi señor —respondió ella—. Así
se denomina. Y sí, pero podría ser necesario acceder
a él para un conocimiento más profundo.
Él asintió.
—¿Por qué te crearon de esta manera?
—Mi señor, ¿se refiere a ser un Wyrbuk erudito?
—Cuando él asintió, ella llevó un dedo a sus labios—.
Para esto. Para responder preguntas. Para enseñar,
utilizando la información almacenada en nosotros.
—Hay formas más simples de hacerlo. Láminas de
164
datos. Servocráneos.
—Sí, mi señor —afirmó—. Pero Reis perdió la
capacidad de fabricar tales cosas poco después de
su fundación. La nave de la colonia resultó dañada
al atravesar la disformidad, y se perdió gran parte de
la sabiduría popular. Cuando los colonos se dieron
cuenta de lo que podía hacer el manto rojo, susti-
tuyeron aquellas máquinas por Wyrbuks —Ysentrud
tocó su cabeza desnuda, tatuada de negro para con-
vertir su piel roja en una calavera—. Pero recordaron
las antiguas máquinas. Por eso estamos marcados
así.
—¿Y cuando Reis fue redescubierto y reintegrado
al Imperio?
Ysentrud encogió los hombros.
—Para entonces, mi señor, la gente ya estaba
acostumbrada a los Wyrbuks. Los habían utilizado
durante miles de años. Y… hubo una lucha por el
poder que comenzó en aquellos primeros días. La
casa caballeresca no confiaba en el Adeptus Mechan-
icus y no quería depender exclusivamente de sus
dispositivos, así que preservaron las tradiciones de
los Wyrbuk.
Preservaron. Lazarus reflexionó sobre la palabra.
Si este manto rojo mataba al noventa y cinco por
ciento de aquellos a quienes infectaba, ¿cuántos
habían sido sacrificados para crear estas parodias
de servocráneos? Miles, al menos. Probablemente
165
muchos más. Un inmenso sacrificio de vidas debido
a la desconfianza. Por miedo.
—¿Qué información contiene, Erudita Ysentrud?
—Mi señor, tengo la historia completa de Reis,
desde su asentamiento hasta el presente.
La epopeya completa de Reis. Lazarus escudriñó
las imágenes que fluían desde el proyector de pic-
tografía. Árboles y hongos, pantanos y selvas se
extendían hasta donde alcanzaba la vista. Superpuso
un mapa sobre la imagen, delineando el resplande-
ciente arco del recorrido del Thunderhawk hasta el
punto rojo de la Puerta Roja. La Furia de Ángeles
ya había dejado atrás al escuadrón de exploradores
Jotha y se deslizaba en círculos sobre el objetivo, lo
suficientemente alto como para eludir la detección.
Lazarus no ansiaba desentrañar la historia de este
lugar. Su interés se centraba en el presente y el fu-
turo inmediato, lo necesario para determinar cuánta
retribución debía dispensar con Filo de Enemistad y
hacia quién. No obstante, siempre había buscado ávi-
damente información; un conocimiento sutil había
alterado el curso de muchas batallas. El pasado se
convertía en guía para el porvenir. Esta Wyrbuk aún
podría ser de utilidad.
—¿Por qué la Casa Halven desconfiaba del Adeptus
Mechanicus? —cuestionó mientras revisaba los
primeros informes de los exploradores, las imágenes
de la Furia de Ángeles, los escaneos auspex de la
166
Espada de Calibán y los mapas locales del área. Buscó
posibles puntos para estacionar los Thunderhawks,
permitiendo que los demás escuadrones comenzaran
a cerrar el cerco sobre las fuerzas grises.
—Necesitaban al Adeptus Mechanicus para
mantener sus Caballeros, señor. Estaban en
un lamentable estado de deterioro después de
tanto tiempo aislados del Imperio, y el Adeptus
Mechanicus era la única entidad capaz de restau-
rarlos. Pero con cada acuerdo, se fortalecía más
la unión, cada juramento hecho a cambio de las
reparaciones necesarias se convertía en otro grillete
de resentimiento para los Caballeros, hasta que
el Adeptus Mechanicus insistió en establecer una
base permanente en Norsten. A la Casa Halven no
le agradaba compartir su mundo con otra fuerza
externa. Fue entonces cuando estalló la Guerra de la
Puerta Roja.
—¿Qué aconteció después? —inquirió Lazarus,
marcando estratégicamente donde deseaba que cada
escuadrón actuara y cómo lo hiciera.
—Fue cuando el Adeptus Mechanicus aniquiló a
los Caballeros de la Casa Halven.
167
Capítulo 10
C
on una potencia majestuosa, Alas de Adamantina
se dejó caer sobre un prominente peñasco,
asomando sobre las aguas de un ancho y caudaloso
río. La nave se posó con la suficiente calma para
permitir que Lazarus guiara a sus hombres hacia la
penumbra.
Siguiendo al líder, su escuadrón de mando avanz-
aba, con el Anciano Jequn imponente a sus espaldas y
el estandarte de la Quinta cuidadosamente enrollado
para la travesía a través de la densa jungla. Detrás de
él, el Capellán Interrogador Demetrius continuaba,
la luminiscencia verde y roja de sus ojos oculta tem-
poralmente por los filtros activados para camuflarse
ante posibles enemigos. Al menos, por el momento.
Le seguía el Apotecario Asbeel, y cerrando la marcha,
el Bibliotecario Raziel. Descendieron ágilmente entre
las piedras, persiguiendo a Lazarus hacia la oscura
lejanía, alejándose del Thunderhawk. Al llegar a
la ribera de grava del río, Raziel detuvo su avance,
inclinando su casco como si intentara discernir algún
168
sonido entre el coro nocturno de insectos y animales.
A sus espaldas, el escuadrón Bethel seguía el rastro,
sus armaduras verde oscuro confundiéndose con las
sombras nocturnas. Diez Primogénitos Astartes, vet-
eranos cuyos movimientos reflejaban la experiencia
acumulada a lo largo de incontables enfrentamien-
tos. El último en descender del Thunderhawk fue el
Hermano Azmodor, el Venerable Dreadnought, que
avanzó con una gracia inusual, moviéndose como
una bestia monstruosa. Su enorme Puño de Combate
le ayudaba a estabilizarse mientras descendía hasta
la orilla del río para unirse al grupo.
A sus espaldas, la nave se elevó en el aire
mientras el Techmarine Ephron retomaba el Alas de
Adamantina, circulando en el cielo con el auspex
explorando la jungla bajo ellos. Los mortales
permanecieron en sus asientos, atados, aguardando
el final de la batalla. Una batalla que apenas sería
una pizca de resistencia.
—Escuadrón Bethel, en marcha —la orden apenas
resonó cuando los guerreros ya se habían aden-
trado entre los colosales árboles, siguiendo la ruta
trazada por Lazarus en el mapa táctico. Pronto
se desviarían de ella, conscientes de que ningún
escáner o instantánea podía captar completamente
la realidad del terreno, pero Lazarus confiaba en que
se aproximaran a su objetivo y avanzaran en espiral
hacia la principal concentración enemiga.
169
Ya había dispuesto que el Escuadrón Hazin iniciara
su espiral. El terreno al otro lado de la Puerta Roja
presentaba mayores desafíos, y Furia de Ángeles
necesitaba soltarlos a una distancia mayor. Aunque
Hazin era una de las unidades más recientes de la
Quinta, Lazarus confiaba en que estarían a la altura
de el escuadrón Bethel. Eran Marines Espaciales
Primaris, una escuadra de Intercesores18 capaz de
desatar feroces salvas de fuego de bólter. Iniciarían
la espiral desde el otro lado, colaborando con el es-
cuadrón Bethel para eliminar los piquetes defensivos
que los grises habían establecido alrededor de la
puerta o para dirigirlos hacia ella. Los exploradores
del Escuadrón Jotha se encargarían de cualquier resto
que intentara escapar hacia el exterior.
Esto dejaba un camino abierto para Lazarus y su
escuadrón de mando. El sendero rugoso y embarrado
que llevaba directamente a la baja montaña donde
se encontraba la Puerta Roja. La milicia del Regente
Primero había intentado abrirse paso por ese camino
durante semanas, pero los bloqueos se lo impedían.
Lazarus consultó el cronómetro de su yelmo. Queda-
ban ocho horas para el amanecer, el momento en que
18
Escuadras de Intercesores: Son las escuadras de línea de los
Marines Espaciales Primaris, que suelen formar el flexible
núcleo de combate de los Capítulos Primaris recién fundados.
Muchos Capítulos ya establecidos las despliegan junto a sus
Escuadras Tácticas.
170
esperaba encontrarse con los escuadrones Bethel y
Hazin en la última línea de defensa de los grises. Era
hora de avanzar.
—Ángeles Oscuros —dijo, fijando la mirada en su
escuadrón de mando y en el robusto Dreadnought.
Las nubes habían cubierto el cielo, oscureciendo las
estrellas y las dos lunas de Reis. Incluso en la orilla
del río, la oscuridad era casi absoluta. Sin embargo,
Lazarus podía distinguirlos con claridad, incluso sin
los filtros de visión de su yelmo. La semilla genética
que lo había transformado en marine espacial había
alterado sus ojos, fusionándolos con el octóculo que
los apotecarios le habían implantado en el cerebro
cuando era un neófito. Le otorgaba una visión capaz
de penetrar las sombras—. Conmigo —anunció, y
se encaminó hacia el sendero que los conduciría a la
guerra.
171
Las enredadas lianas de hongos que pendían de las
ramas estallaron, ardiendo como mechas, y una
centelleante nube de esporas se dispersó por el aire.
La noche estaba densa de esporas y humo, impreg-
nada con el olor penetrante de barro y sangre. El caos
del tiroteo se fusionaba con la luz parpadeante de las
llamas, los chasquidos agudos y los destellos de los
proyectiles, así como el rugido grave y profundo de
los bólters. Era la cacofonía familiar de la batalla,
pero para Lazarus, pasó desapercibida mientras se
refugiaba tras el retorcido armazón de una media
Chimera19 . Este vehículo blindado de transporte
había pertenecido a las fuerzas de Reis antes de ser
despedazado por múltiples misiles, los mismos que
habían detenido el avance de Lazarus y su escuadrón
de mando.
Previo a este enfrentamiento, habían pasado por
dos puntos de control en la carretera, estrechamien-
tos donde árboles recién talados se apilaban y zanjas
fangosas se cavaban. Eran fortificaciones rudimen-
19
Chimera: Es el transporte blindado de tropas más común
en la Guardia Imperial. Estos vehículos casi ubicuos son
extremadamente duraderos y prácticos, capaces de llevar una
amplia variedad de armas de apoyo. Desde el interior del
Chimera una escuadra de infantería puede usar las armas
instaladas en el casco para desatar una letal oleada de disparos
sobre el enemigo, mientras permanece protegida de casi todas
las armas de pequeño y mediano calibre.
172
tarias y apresuradas, abandonadas recientemente. El
enemigo había retrocedido ante ellas, moviéndose
sigilosamente durante la oscura noche.
Un resplandor azul intenso rompió la oscuridad
cuando Azmodor disparó su cañón de plasma, lan-
zando una esfera de materia sobrecalentada que
impactó contra el montón al otro lado del camino. El
metal fundido salpicó, el barro se convirtió en vapor
y llamas, y esa sección de la tosca barrera se movió,
pero no se derrumbó. No era una simple pila de
troncos, sino contenedores de carga llenos de barro,
vehículos militares y de construcción destrozados,
así como losas de hormigón rocoso, apilados en
capas. Una zanja llena de agua sucia, proveniente
del pantano a ambos lados de la carretera, había
sido excavada frente a la barricada. El agua del
pantano era profunda, y el barro bajo ella, aún más.
Atravesarlo significaría hundirse hasta la mitad de
la corteza del planeta.
—Hermano Azmodor —anunció Lazarus a través
del altavoz cuando otro misil surcó el aire—. Ven a
mí.
El Dreadnought giró y se dirigió hacia él, su cañón
de plasma aún humeante. Las chispas que saltaban
de su coraza se dispersaban ineficazmente.
—Protégete. No hay tiempo para derribarlos de
esta manera.
—Entonces, ¿cómo lo harán? —resonó Azmodor
173
mientras sostenía el casco destrozado del Chimera
con su gigantesca mano. Desde la barrera, una
ráfaga de luz iluminó otro misil que se lanzó en
dirección al Dreadnought, pero un estruendo de
disparos de bólter provino del lugar donde el resto
del escuadrón de mando se resguardaba detrás de un
camión volcado. Estaban anticipando otro ataque,
y las ráfagas explosivas de sus cañones impactaron
contra la pared que rodeaba la abertura por la cual
el misil había salido, intentando atrapar al enemigo
que había apretado el gatillo en una lluvia de metralla.
Lazarus desconocía si habían tenido éxito, porque,
por la voluntad del Emperador, uno de sus proyectiles
alcanzó al misil a solo unos metros de la pared. Se
escuchó un golpe sordo y los charcos de agua en el
camino embarrado temblaron y salpicaron bajo la
onda expansiva. Entonces, la luz se hizo presente,
el carmesí y el amarillo destellaron en la armadura
del Hermano Azmodor cuando el Venerable Dread-
nought volcó el Chimera roto sobre un costado.
—No estamos destinados a escondernos como la
infantería mortal —afirmó Azmodor, agachándose
junto a Lazarus detrás de los restos volcados.
—No —respondió Lazarus—, pero no permitiré
que tu fortaleza sea aniquilada por mortales con
lanzamisiles robados. Hemos hecho lo necesario,
hermano, y hemos inmovilizado al objetivo. Ahora
apretamos el gatillo —a través del vox, se comunicó
174
con la Furia de Ángeles, que volaba en círculos en
lo alto. Los altos árboles que se curvaban sobre
la carretera hacían impracticable un ataque aéreo,
pero la artillería que deseaba no se vería afectada—.
Escuadrón Lameth, descendan.
El sargento de escuadrón confirmó, y Lazarus
intervino en su alimentación. El escuadrón Lameth
saltó del Thunderhawk, cayendo como bombas hacia
la selva. Bengalas iluminaron la oscuridad mientras
activaban sus paquetes de salto, sin frenar aún, pero
guiando su descenso hacia las coordenadas estableci-
das por Lazarus. Observó su caída, cronometrándola,
y luego se dirigió a su escuadrón de mando.
—Fuego de supresión total. Ahora.
Lazarus se movió desde detrás de los restos
del Chimera, su pistola de proyectiles resonando.
Aunque no había blancos evidentes en la áspera
barrera frente a él, había identificado las grietas
desde donde disparaba el enemigo y las había
marcado en su sistema de puntería. Ahora les
disparaba, probablemente sin alcanzar su objetivo,
pero las balas explosivas evitarían que el enemigo
respondiera.
El resto del escuadrón de mando emulaba la táctica,
descargando una lluvia de disparos de bólter hacia
la barrera, resguardando las ubicaciones propensas
a un contraataque enemigo. En el centro de la
acción, entre Jequn y Demetrius, Raziel mantenía
175
su atención en el camino, su pistola de proyectiles
a su alcance. Levantó una mano vacía, señalando
la pared, y a su alrededor se congregó una luz blan-
quecina, reflejo del brillo de las lentes que cubrían
sus ojos. La luz se materializó en una esfera, cuyo
núcleo brillaba en blanco mientras lágrimas azules
de fuego goteaban, disparándose hacia la pared.
Impactó contra uno de los paneles de hormigón
rocoso, desvaneciéndose en la superficie agrietada
de gris. Instantes después, una figura se desprendió
desde lo alto de la pared, una mujer cuyo esqueleto
resplandecía a través de su piel como si sus huesos
fueran iluminados por un fuego eldritch. Lazarus la
observó arder desde adentro hacia afuera, sintiendo
cómo su propia piel se calentaba. Desestimó la
sensación y la pizca de rabia que la acompañaba,
susurrando las Letanías de los horrores pasados
mientras la mujer caía en picada sobre el muro,
colisionando con el barro y quedando inerte, sin
emitir sonido alguno.
El estruendo de los bólters y el siseo del aire
acompañaron al Hermano Azmodor mientras vertía
plasma en la pared. Un chorro de fuego y humo
surgía del hombro del venerable Dreadnought al
lanzar un misil, y su cañón de tormenta retumbaba,
perforando con proyectiles los contenedores de carga
apilados y creando grandes agujeros en sus flancos.
Con un poco más de tiempo, el venerable guerrero
176
habría hecho un boquete en la pared por sí mismo,
permitiendo que Lazarus y su escuadrón de mando
avanzaran para eliminar a los grises infectados. Sin
embargo, el riesgo de perder al Dreadnought por
un misil era demasiado alto. La Quinta ya estaba lo
suficientemente afectada incluso antes de llegar a
este mundo, y no había necesidad de correr riesgos
innecesarios. Así que Lazarus mantuvo a raya al
enemigo con sus hombres, hasta que el Escuadrón
Lameth se lanzó desde la retaguardia.
Los diez integrantes del escuadrón de asalto Pri-
mogénito habían empleado sus mochilas de salto
para aterrizar detrás del enemigo, cargando contra
su flanco desprotegido y desatando el estruendo
de sus pistolas de proyectiles. Poco después, el
sonido fue eclipsado por el retumbar de las espadas
mecánicas en acción. Posteriormente, el chirrido de
los dientes adamantinos al morder metal y hueso
se amalgamó con el estruendo de las pistolas de
proyectiles. Apenas transcurrieron unos instantes
antes de que la voz del sargento de Lameth resonara
a través del vox de Lazarus.
—Objetivo asegurado. Ninguna baja. Que el Emper-
ador les proteja.
—Y que el León triunfe —Lazarus saludó a sus
compañeros—. Vengan, uno más.
177
Cuando la Puerta Roja se abrió mil años atrás, creó
un portal en la realidad justo sobre la caldera de un
volcán pequeño pero activo. Con el transcurso de
los siglos, el flujo de magma cesó, y el volcán quedó
inerte, su núcleo fundido enfriándose y solidificán-
dose. Ahora se alzaba sobre la selva como un cono
rugoso, cubierto de árboles bajos y maleza. En su
base, Lazarus se encontraba con su escuadrón de
mando y tres unidades de la Quinta, contemplando la
carretera esculpida en el empinado flanco del volcán
extinto. La senda ascendía en zigzag por la montaña
y luego se perdía en una grieta áspera a dos tercios
de la cima, un angosto barranco que se adentraba
en el silencioso corazón de la montaña como una
puñalada.
En ese barranco, los grises habían congregado
sus fuerzas, listos para desatar la muerte sobre los
Ángeles Oscuros.
—¿Nos dejarán alguno de ellos, Maestro Lazarus?
—preguntó Jequn, con ojos hambrientos fijos en la
trampa, una mano en la espada y la otra sosteniendo
el desplegado estandarte.
—Tendrás unos pocos, hermano mío —aseguró
Lazarus.
—Sobras —murmuró el Anciano, sacudiendo la
178
cabeza—. Tus tácticas son sabias, pero mi espada
sigue demasiado pulcra gracias a ellas.
—No te preocupes. El Emperador siempre provee
—Lazarus examinó el camino, comparando lo vis-
ible a la luz del amanecer con las imágenes e in-
formes recopilados por los Thunderhawks y sus
exploradores—. Escuadrón Jotha —los exploradores
continuaban en la selva, explorando la zona que
habían despejado—. ¿Hay algo?
—Nada —respondió el sargento Asher—. Todos
los enemigos se han retirado. No hemos encontrado
rezagados.
Una expresión de perplejidad cruzó el rostro de
Lazarus al escuchar aquello, su mirada aún fija en el
distante barranco. Los informes tanto del escuadrón
Bethel como del escuadrón Hazin confirmaban la
extraña situación. Habían aniquilado el primer grupo
de objetivos, y luego todos los demás se habían
desvanecido, arrastrados de regreso a través de la
selva hasta el volcán. En cierto modo, era precisa-
mente el plan de Lazarus: eliminar a los grises
que acechaban en la selva y expulsar a los super-
vivientes hacia aquí, hacia la Puerta Roja. Sin em-
bargo, todo había sucedido con demasiada rapidez,
sin contratiempos. Aun con comunicación por vox,
debería haber habido más caos. Otros escuadrones
deberían haber encontrado a algunos enemigos aún
en sus campamentos, o al menos no muy lejos de
179
ellos. La eficiencia con la que habían huido le preocu-
paba, y más aún, el hecho de que no se encontrara
ningún equipo de vox en los cadáveres ni en el
campamento detrás de la barricada capturada por
los Ángeles Oscuros.
Lo que sí hallaron fueron marcas en los cuerpos.
Parches grises que se extendían por la cara y las
manos, cubriendo toda la piel expuesta, especial-
mente concentrados alrededor de los ojos, formando
máscaras grotescas. El Regente por venir los llamó
“manto gris”, la infección que transformaba a sim-
ples granjeros y soldados en estos sigilosos guer-
reros, los grises. Silenciosos, pero no desprovistos
de voz.
Estos grises se comunicaban de alguna manera.
Aunque quizás eso no tuviera relevancia para sus
planes, la incertidumbre lo perturbaba. Un poco de
conocimiento puede cambiar el curso de una batalla,
pero la ignorancia a menudo golpea con más fuerza,
y este caso parecía ir más allá de una simple duda.
Ansiaba poder interrogar a la Wyrbuk sobre estas
teorías no confirmadas acerca de una mente grupal
compartida entre los infectados por hongos.
No. Dejaría las preguntas para la Inquisición, en
caso de que alguna vez visitara este rincón. Su deber
era abordar el cáncer, no diagnosticarlo. Así lo haría,
con fuego y acero. Rápidamente, emitió sus órdenes
y se puso en marcha con su destacamento.
180
Permitieron que los grises observaran su llegada.
Los Ángeles Oscuros ascendieron por el camino,
con el estandarte extendido y los brillantes ojos
desprovistos de sus filtros. Eran titanes armados,
cuyas sombras monstruosas se proyectaban ante
ellos mientras el sol de Reis rompía el horizonte e
iluminaba el mundo con su luz. Estaban a escasa
media milla de la entrada del barranco, ascendiendo
por la ladera como lobos hasta alcanzar el punto
marcado por Lazarus en el mapa táctico, momento en
que estallaron en acción. El escuadrón Lameth activó
sus mochilas de salto, elevándose desde el suelo y
arqueándose por la ladera a la derecha del sendero.
Lazarus se desplazó hacia la izquierda, seguido por
su escuadrón de mando, el escuadrón Bethel y el
escuadrón Hazin. Un sendero áspero y estrecho
se extendía aquí, creado por los peludos animales
pardos que pastaban en las laderas volcánicas. Se
trataba de un camino sinuoso que serpenteba hasta
la cima, atravesando un laberinto de piedras rotas y
tubos de lava colapsados. Lazarus avanzaba veloz y
silencioso en su armadura, con un ojo en los calcos de
pictografía provenientes de los Thunderhawks que
giraban en círculos sobre él.
Furia de Ángeles llegó primero, emergiendo del
181
sol en un picado hacia el volcán extinto. Aunque
la nave se precipitaba por el aire como una piedra,
casi no se oía ruido. Los Tecnomarines le habían
mencionado a Lazarus que las naves de transporte
eran gráciles como ladrillos, pero el impulso cubría
muchos pecados. A medida que la nave se aprox-
imaba, los motores rugieron y llevaron a Furia de
Ángeles sobre la cima desgarrada del volcán, justo
sobre la salida del barranco. Mientras pasaba, el
rugido de los motores se mezclaba con el estruendo
de sus cañones.
Los bólters pesados lanzaban ráfagas de proyec-
tiles contra las paredes rocosas, donde estallaban,
creando tormentas de metralla, mientras que los dos
cañones láser de la nave trazaban líneas de luz en
el cielo que culminaban en las piedras al rojo vivo
que caían y goteaban por el barranco. Sin embargo,
fue el cañón Thunderhawk montado en la parte su-
perior de la nave el que infligió el verdadero estrago.
Sus proyectiles, al impactar contra la frágil piedra
volcánica, esculpían profundos cráteres y desataban
avalanchas de rocas rotas que se precipitaban hacia
el fondo del desfiladero.
La Furia de Ángeles apareció y desapareció en un
terrible espectáculo de ruido y destrucción repenti-
nos. En cuestión de segundos, Alas de Adamantina
emergió desde la dirección opuesta, siguiendo la
misma coreografía. Se lanzó sobre el barranco, sus
182
cañones láser y proyectiles pesados devoraban el
paisaje, mientras su cañón de batalla desgarraba
la piedra como el martillo de un gigante. Luego,
como un espectro, se elevó. Un solitario misil intentó
perseguir la nave desde el barranco, pero su com-
bustible se agotó antes de llegar a mitad de camino
hacia el Thunderhawk, cayendo para explotar en
algún lugar de la jungla.
En el amanecer, un momento de paz estremece-
dora se apoderó del entorno. Todos los animales e
insectos enmudecieron tras el estruendo, dejando
solo la respiración uniforme de Lazarus y el gemido
y chasquido de las piedras al caer por el barranco.
Entonces, el lejano aullido de los motores rompió
el silencio, y los Thunderhawks regresaron a toda
velocidad para su siguiente pasada.
Volvieron justo cuando Lazarus emergía del áspero
montón de piedra que cubría el flanco de la montaña
y llegaba a un claro cerca de la cima del volcán. Desde
allí, observó las naves, Alas de Adamantina golpeando
un extremo del barranco mientras Furia de Ángeles
atacaba el otro. El barranco se desmoronaba, la roca
caía en cascada, sepultando el camino bajo toneladas
de piedra rota. Cualquier gris que esperara a los
Ángeles Oscuros ahora estaba atrapado, si es que no
había perecido ya. Los Thunderhawks realizaron una
última pasada, lanzando bombas de racimo en forma
de barril entre las paredes escarpadas. Las bombas
183
estallaron detrás de los transportes, y las llamas
consumieron el barranco. Luego, solo quedaba el
humo, elevándose en una columna imponente hacia
el cielo, como si el corazón de la montaña se hubiera
encendido de nuevo.
Lazarus observó la columna elevarse, y cruzó por
su mente la idea de que el Escuadrón Lameth se
sentiría tan decepcionado como Jequn. Los había
enviado para que barrieran y tomaran a los grises
por el costado después de que los Thunderhawks
terminaran su tarea. Sin embargo, al ver el polvo
y el humo que se alzaban, dudaba que tuvieran
alguna función ahora. Y eso era precisamente lo que
había planeado. Con la Quinta ya afectada, no iba a
arriesgarse. Dejaría que esos grises perecieran bajo
el fuego del cielo y se desharía de los restos.
Lazarus llegó a la cima del volcán y contempló la
caldera, un cráter cubierto de líquenes y rodeado
por rocas y maleza. En su fondo, se vislumbraba
un edificio, un búnker de hormigón rocoso con un
tejado de metal oxidado. A medida que los Ángeles
Oscuros avanzaban por el cráter, sorteando rocas
y desprendimientos, empezaron a surgir disparos
desde las estrechas rendijas de las ventanas del
edificio. En su mayoría, eran proyectiles, con algunas
pistolas automáticas de potencia limitada y puntería
deficiente. La mayoría de los disparos se perdían
en la grava circundante, y los pocos que alcanzaban
184
un blanco apenas hacían mella en la armadura de
ceramita. Entonces, la luz hizo su entrada.
Un rayo láser casi alcanza a Lazarus en el pecho;
sin embargo, se apartó a tiempo al notar el destello
de energía que se acumulaba en una de las rendijas
frente a él. En cambio, el rayo pasó velozmente,
abriendo un profundo agujero en la piedra detrás de
él. Era un láser minero, poderoso pero complicado de
apuntar. Siguiendo su movimiento y saltando entre
las rocas, evitó el siguiente disparo desviado.
—Hermano Azmodor —llamó, pero el Dread-
nought ya estaba disparando, lanzando una bola de
plasma sobrecalentada contra la pared del edificio.
Aunque dejó un cráter humeante en la pesada roca
de hormigón, el láser volvió a disparar, trazando una
línea ardiente bajo los pies blindados de Azmodor.
—Destruya el tejado —ordenó Lazarus, ex-
trayendo su pistola mientras continuaba corriendo.
Aunque tenía poco alcance, disparó mientras
avanzaba, tratando de llenar el aire frente al edificio
con polvo y metralla. Detrás de él, Azmodor avanzaba
por la empinada ladera, disparando ráfagas de
plasma que impactaban en el tejado del edificio.
Al principio, parecía no surtir efecto, absorbiendo
el calor y el impacto, pero los paneles de acero
comenzaron a brillar en rojo y luego en blanco,
convirtiéndose en metal fundido que caía como lluvia
ardiente sobre la estructura. Pronto, el edificio se
185
envolvió en humo negro y maloliente, y los disparos
cesaron, dejando al edificio sumido en un infernal
silencio.
Una puerta en una esquina se abrió, y una línea de
mortales emergió. Los primeros humeaban, mien-
tras que los rezagados ardían en llamas, las cuales se
deslizaban por sus cabellos y espaldas mientras se
dirigían hacia adelante, portando picos y taladros
mineros en sus manos. Lazarus se detuvo, dis-
parando con su pistola bólter, y el sonido de las armas
de los escuadrones Bethel y Hazin estalló detrás de él.
Los grises cayeron, sus cuerpos destrozados por los
pernos explosivos, hasta que solo quedó un puñado.
Jequn pasó junto a Lazarus, levantando su espada
y estandarte en alto, para luego zambullirse entre
ellos. El Anciano se movía como un torbellino, la
hoja crepitante de su Espada de Energía cortó el duro
metal de las herramientas y la tierna carne de los
cuerpos con la misma facilidad, hasta que ninguno
quedó en pie.
Lazarus avanzó y giró el cuerpo de un hombre
atravesado, con el abdomen destrozado por la espada
de Jequn. Era joven, vestido con harapos negros de
un uniforme de las Milicias Domésticas de Reis. Su
rostro estaba manchado de gris, con manchas difusas
y húmedas alrededor de los ojos, goteando por las
mejillas como lágrimas. Se estaba desangrando
rápidamente, pero cuando Lazarus lo puso boca
186
arriba, sonrió con los dientes teñidos de rojo.
—Mis Ángeles Oscuros —graznó, la sangre
salpicándole la boca con cada palabra—. Han vuelto
por mí.
187
Capítulo 11
D
esde la perspectiva de Ysentrud, el vuelo fue
una sucesión de giros brutales, movimientos
vertiginosos y estremecimientos aterradores que
sacudían el Thunderhawk cada vez que sus armas
disparaban.
Las secuelas, en cambio, resultaron mucho más
desagradables.
Ysentrud permaneció de pie en la caldera junto
a Sebastián, tratando de apartar la mirada de los
cuerpos esparcidos ante el edificio en llamas que
solía albergar el pequeño destacamento de guardias
apostados aquí. Cuando Alas de Adamantina aterrizó,
ella salió tambaleándose de la nave, agradecida de
pisar tierra firme nuevamente, y observó con curiosi-
dad las manchas rojas en el suelo, preguntándose
qué podrían ser. Cuando se dio cuenta de que eran
personas, cuerpos destrozados por las enormes ar-
mas de los Marines Espaciales, tuvo que sumirse en
memen y recitar en silencio las estadísticas de la
cosecha de manto negro de los últimos tres siglos
188
para evitar vomitar. Funcionó, y cuando volvió en sí,
casi se le había calmado el estómago, pero el olor a
carne y sangre quemadas amenazaba con devolverle
las náuseas, así que respiró por la boca y mantuvo la
cabeza apartada.
—¿Es este el manto gris? —preguntó Lazarus,
pero se dirigía a Sebastián, así que Ysentrud no tuvo
que mirarle. Lo cual era bueno, porque estaba de pie
en medio de los restos ensangrentados.
—Sí —respondió el Regente por venir. Parecía im-
perturbable ante los cadáveres, con el rostro sereno
y decidido. Así había estado durante toda la batalla,
aunque Ysentrud había notado una sonrisa de sat-
isfacción cuando Lazarus anunció que el combate
había terminado—. El gris alrededor de los ojos es
común. A menudo también aparece alrededor de la
boca y en las manos, y luego se extiende por todo el
cuerpo a medida que la infección empeora.
—Hablas de infección —dijo el líder de Ángeles
Oscuros—, pero no parece preocuparte estar cerca
de ellos.
A Ysentrud le dio un vuelco el corazón y, de repente,
contuvo la respiración, bloqueando las esporas que
pudiera haber en el aire con el humo y el hedor. Pero
mientras Sebastián hablaba, encontró la información
en su mente y volvió a respirar.
—Por mucho que se extienda el manto gris, no lo
hace con facilidad —dijo Sebastián—. Nadie la ha
189
contraído nunca, salvo aquellos a los que los grises
se llevan. No sabemos cómo los infectan.
El Marine Espacial emitió un sonido, un estruendo
grave que para alguien común podría haber sido
un simple “hmm”. Le siguió un sonido húmedo,
aplastante y desgarrador.
—Lo que sea que sea eso —comentó Lazarus—,
está afectando sus mentes.
Ysentrud sintió que su estómago se revolvía nue-
vamente cuando imaginó vivamente lo que el Marine
Espacial podría estar presenciando. Volvió a sumer-
girse en la memoria, recorriendo todas las genera-
ciones de la Casa Halven, desde la Guerra de la Puerta
Roja hasta el presente. Al recobrar la conciencia,
Lazarus se encontraba a medio camino del cráter con
la mayoría de sus hombres y Sebastián. Un Marine
Espacial se había quedado atrás, el individuo con la
máscara de calavera que cubría su rostro y unos ojos
rojos y verdes.
—¿Te has recuperado?— preguntó. Aunque no
hablaba alto, las palabras de esos gigantes sona-
ban como gruñidos monstruosos a través de sus
armaduras.
—Yo… yo solo… —comenzó ella y luego se encogió
de hombros. ¿De qué serviría intentar impresionar a
un hombre así?— Necesitaba un momento para no
vomitar.
—¿Estás recuperada? —insistió.
190
—Sí, si puedo alejarme de… esto —dijo señalando
hacia los cuerpos sin mirarlos.
—El Emperador provee —señaló hacia donde los
demás se reunían cerca del centro del cráter. Ella
asintió y se dirigió hacia ellos, consciente de que él
caminaba justo detrás de ella.
Los conocimientos almacenados en la mente de
Ysentrud tenían poco que decir sobre los soldados
del espacio. Solo hacía referencia a ellos en la medida
en que describía su aparición durante la Guerra
de la Puerta Roja, cuando aniquilaron la marea de
demonios que devastaba Reis. Por lo poco que sabía,
pensó que la máscara de calavera indicaba que el
hombre era un capellán. No tenía idea de lo que eso
significaba, pero el nombre sugería algún tipo de guía
espiritual. Uno que llevaba una máscara de calavera
sobre unos ojos brillantes y desparejados…
Se estremeció y luego se sintió tonta por hacerlo,
preguntándose si él se habría dado cuenta. El tor-
bellino inútil de sus pensamientos se interrumpió
cuando alcanzó al grupo. El Maestro Lazarus tenía a
Sebastián de pie a un lado y otro Marine Espacial de
pie al otro, con una armadura marcada con una calav-
era cornuda. El resto de los Ángeles Oscuros habían
establecido un perímetro a su alrededor, la mitad
mirando hacia dentro y la otra mitad hacia afuera,
perfectamente quietos excepto por el lento barrido
de sus cascos de un lado a otro mientras sus ojos rojos
191
escudriñaban… ¿enemigos? ¿Qué enemigos? Habían
eliminado todo en esta montaña. Pero eran Ángeles
Oscuros y probablemente nunca dejaban de buscar
amenazas.
Ese pensamiento inquietó a Ysentrud, quien in-
tentó focalizarse en la atención de los demás. No
era gran cosa, solo un círculo de piedra más oscura
y lisa incrustada en la lava congelada. Un disco de
obsidiana, de unos cuatro metros de diámetro, con
los bordes enterrados en el suelo de la caldera, como
si hubiera estado flotando en la lava que alguna vez
fluyó por allí, pero ahora estaba atrapado y contenido
en la piedra enfriada. Su superficie era lisa pero
sin pulir, de un negro opaco como la pupila de un
difunto. Grietas y marcas dentadas se ramificaban
como relámpagos sobre la superficie, emanando de
un punto a unos dos metros del centro de la piedra.
—¿Es esto…? —comenzó a preguntarse, pero el
hombre junto a Lazarus intervino.
—Puedo sentirlo. Sigue aquí, sigue fuerte. Siento
la voluntad de los hombres que lo crearon, como una
cicatriz que une la realidad.
—¿Sientes algún debilitamiento, Hermano Raziel?
—preguntó Lazarus—. ¿Algún indicio de que estos
grises estuvieran tratando de abrirse paso?
—No —respondió Raziel, y Lazarus giró el yelmo
hacia Sebastián. Ysentrud se preguntó hasta qué
punto sería cobarde decirles que los había llamado
192
antes de que ella se viera obligada a ponerse a su
servicio. No obstante, Sebastián permanecía tan
sereno como siempre—. Lo habrían hecho —dijo—
si hubieran tenido la oportunidad.
—Tuvieron la oportunidad —afirmó Lazarus, y
algo en su profunda voz hizo que Ysentrud deseara
pasar desapercibida—. Los grises llevan aquí se-
manas y no han hecho más que mantener el lugar
contra su ejército —El Maestro de la Quinta se cernía
sobre Sebastián, con el chasquido de la armadura de
sus guanteletes mientras rodeaba con una mano la
empuñadura de su espada—. Esa baliza…
—Maestro Lazarus —interrumpió el marine espa-
cial Raziel levantando la mano, pero tenía la cabeza
baja, como si pudiera ver algo en las grietas fractales
que recorrían la obsidiana—. Hay algo.
Lazarus se giró, y de nuevo el movimiento fue
demasiado rápido, demasiado ágil para alguien tan
grande y envuelto en una armadura tan pesada.
—¿En este lugar?
—En parte. Pero hay algo más —Raziel negó con la
cabeza—. He percibido algo, algo que me acompaña
desde que abandoné el Thunderhawk. Una corriente
en la disformidad. Tenue, pequeña, pero presente
—Dirigió la mirada hacia Lazarus—, y conduce hasta
aquí.
—¿Poderes Ruinosos? —La mano de Lazarus aún
reposaba sobre su espada, pero la quietud del Marine
193
Espacial había cambiado a algo amenazante— ¿Algo
intenta atravesar?
—No —afirmó Raziel—. El flujo va del plano
material a la disformidad. Algo más allá de esta
Puerta Roja está siendo… alimentado.
Alimentado. Fuerzas oscuras. Ysentrud los ob-
servaba detenidamente, tratando de comprender
lo que ocurría, qué había hecho que esos hombres
intrépidos se volvieran tan vigilantes y cautelosos.
De repente, lo entendió. Raziel era un adivino, lo
que los Marines Espaciales llamaban un Bibliotecario.
Y las Fuerzas Oscuras… Así debían denominar a las
abominaciones que se desbordaron por el la Puerta
Roja y mataron hace muchos siglos. No. Por una
vez, la maldición la abandonó, y buscó en su mente
durante un momento, tan llena de datos superfluos,
y finalmente halló lo que necesitaba en un relato de
la Guerra de la Puerta Roja, una súplica al Emperador
para que la librara de las cosas más allá de los muros
de lo real, lo cuerdo y lo verdadero.
El Adivino seguía examinando las grietas, como si
pudiera vislumbrar otro mundo a través de ellas.
—Este es el epicentro. Donde se desgarró la dis-
formidad. Este es el sello —levantó las manos y
extendió los dedos sobre la roca negra—. Esto
era calor, luz y fuego. Con la fuerza del León, lo
congelaron en piedra y sellaron la herida en lo real.
Pero hay un defecto, tan fino como un alma, y a través
194
de él fluye la corriente, como una brisa fría por una
rendija.
—¿Qué es? —preguntó Lazarus, y Raziel final-
mente alzó la vista de las finas grietas.
—Dolor —dijo—. Desesperación. Miseria. Eso es
lo que siento, fluyendo hacia la disformidad. Una
corriente de sufrimiento recorre este lugar, y cuanto
más tiempo permanezco aquí, más me convenzo de
que siento algo más. Una sombra de algo terrible,
acechando al otro lado de esa sala.
—Una oscuridad —El Maestro de la Quinta frunció
el ceño—. ¿Puede reparar este defecto, Bibliotecario
Raziel?
—No —Raziel negó con la cabeza. Cuatro Bibliote-
carios entrelazaron este sello, colaborando. Para
corregirlo, para detenerlo, habría que deshacer el
sello y volver a entrelazarlo—. No estoy seguro de
tener la fuerza para romperlo, pero sé que no tengo
la fuerza para reconstruirlo.
—¿Qué sientes, Raziel? —Ysentrud no podía verle
la cara a Lazarus, y eso la reconfortó. Parecía en-
fadado, y ella no quería ver esa ira en sus ojos grises—
. ¿Se abrirá paso esta oscuridad?
—No —el psíquico negó con la cabeza—. El sello
podría romperse desde este lado, pero en la disformi-
dad es muy poderoso. Esta puerta está bloqueada,
y la sombra en su umbral se mantiene a raya. Pero
puede alimentarse de esta corriente de miseria que,
195
de algún modo, se canaliza a través del defecto.
—Se lo dije —intervino Sebastián, interrumpiendo
a los Marines Espaciales—. Son los grises. Esos
infectados estaban haciendo algo aquí.
—Si todo lo que tienen son conjeturas, su voz es
innecesaria, Regente por venir —la mano de Lazarus
volvió a encontrar la empuñadura de su espada, e
Ysentrud se preguntó si habría una frase para indicar
a alguien que cierre la maldita boca. No lo sabía,
pero quizás bastara con la fuerza de voluntad, porque
Sebastián no dijo más y mantuvo cuidadosamente en
silencio su suspiro de alivio cuando Lazarus volvió a
centrar su atención en Raziel.
—¿Es esto obra de los grises? —preguntó Lazarus.
—No puedo asegurarlo —dijo Raziel—. Pero esa
sería mi sospecha.
Lazarus permaneció inmóvil, observando la piedra
agrietada. Lo único que se movía era el vaivén de su
túnica al viento y el lento golpeteo de un dedo contra
la empuñadura de su espada.
—Esto no me gusta —dijo finalmente, y esas
simples palabras, pronunciadas con tanta calma
en su profunda voz, parecían transmitir más ira
que un torrente de blasfemias—. Hermano Raziel,
prepararás una misiva para tu superior, el Gran
Maestre Ezequiel, contándole lo que has encontrado
aquí. Él podrá determinar si es necesario volver y
rehacer este sello. En cuanto a la Quinta, nosotros…
196
—hizo una pausa, luego se movió, girando el yelmo
mientras miraba algo que Ysentrud no podía ver—.
Volvemos con los Thunderhawks. Los Exploradores
han encontrado más herejes que intentan huir de
nuestra venganza, y me parece que tengo preguntas.
20
Drogras de combate (Stimm): Las Drogas de Combate o
Estimulantes de Combate proceden de una variedad de fuentes,
y tienen un amplio rango de efectos, usualmente alterando
temporalmente el estado mental del usuario o incrementando
el desempeño físico o mental de distintos modos. Suelen verse
por lo general como algo de mal gusto, en parte porque los
métodos de fabricación pueden incluir el asesinato de víctimas
humanas. Dichos métodos suelen asociarse con los cultos
de Slaanesh o a los psicofármacos de combate de los Cultos
de Brujas de los Drukhari. Invariablemente tienen efectos
secundarios relacionados con su uso, causando en muchos
casos daños serios físicos o mentales en los usuarios regulares.
197
de malla que cubrían los cuerpos en descomposición
al sol, manteniendo a raya a los carroñeros. Aunque
la malla era densa para bloquear a los insectos más
grandes, Ysentrud podía entrever a través de ella las
cosas que se descomponían en su interior. Mayor-
mente, eran animales o sus restos desmembrados,
pero también se hallaban cadáveres humanos. Los
estimulantes eran la mercancía más preciada de
Sudsten, y su tono pálido y oscuro era un saprófito,
un carroñero que se alimentaba exclusivamente de
carne, ya fuera animal o humana. Así que, cuando
alguien moría, su cuerpo era llevado directamente
a las granjas para contribuir al cultivo de la próx-
ima cosecha. De esta manera, incluso la muerte se
había convertido en un deber para los habitantes de
Sudsten, quienes entregaban sus cuerpos al servicio,
a excepción de los obscenamente ricos que podían
costearse una cremación y una muerte más limpia.
Era afortunado que las pantallas estuvieran bien
cerradas, permitiéndole solo vislumbrar el interior.
Sin embargo, las jaulas de alambre no hacían nada
para mitigar el hedor. Ysentrud se detuvo al pie de la
rampa, tratando de calmar su estómago, anhelando
que este viaje hubiera involucrado muchas menos
náuseas.
—¿Por supuesto? —dijo Demetrius. El Capellán,
o mejor dicho, Capellán Interrogador según lo que
había oído llamar al Maestro Lazarus, y las impli-
198
caciones de ese título le causaban temor, no estaba
muy lejos de ella, pero sí lo suficiente como para
sorprenderse de que la hubiera oído. Los marines
espaciales tenían las orejas tan grandes como sus
músculos.
—Es un rancho de podredumbre —dijo Ysentrud,
utilizando el término coloquial para referirse a la
granja.
—Un nombre apropiado —Demetrius giró la
cabeza y observó a su alrededor—. He olido campos
de batalla más atroces que este. Pero solo con orkos.
—¿Con eso puesto, puedes percibir olores?— pre-
guntó Ysentrud. Había asumido que la armadura
bloqueaba esa capacidad.
—Mucho mejor que tú —contestó él. Sebastián se
movió junto a ellos, descendiendo por la rampa, y
Demetrius le indicó que continuara avanzando. De
alguna manera, el enmascarado se había convertido
en su protector. Ese hecho tampoco ayudaba a su
sensación de mareo.
En el centro del campo de cadáveres aguardaba otro
grupo de marines espaciales. Eran igual de colosales,
pero su armadura no era tan abultada, y llevaban
la cabeza al descubierto. Eran los exploradores de
Lazarus. Dos personas yacían en el suelo frente a
ellos, con máscaras grises de hongos rodeando sus
ojos y cubriendo sus rostros. Uno era un anciano
vestido apenas con pantalones y botas desgastadas,
199
mientras que la otra era una mujer de mediana edad
que llevaba el uniforme desgarrado de un oficial
subalterno de las Milicias Domésticas de Reis. El
uniforme negro estaba manchado de barro, sangre y
esporas. Una manga rasgada dejaba al descubierto
un brazo marcado con vetas grises, moratones y
picaduras de insectos. Ambos miraban fijamente al
vacío, con los ojos en blanco y rostros sin expresión.
Lazarus se detuvo frente a ellos, y sus hombres se
agruparon a su alrededor, observando. Demetrius
llevó a Ysentrud hasta ponerse al lado de Sebastián,
un poco apartados del Maestro de la Quinta. Luego
rodeó al enmascarado y se acercó a su líder.
—¿Les harás la pregunta? —preguntó Demetrius.
—¿Crees que será fructífero?
Demetrius agarró al anciano por el pelo, inclinán-
dole la cabeza hacia atrás. El hombre miró a través
de su máscara gris, con los ojos abiertos y vacíos.
—Soy bastante persuasivo. Pero, para ser honesto,
creo que sería perder el tiempo. No hay nada detrás
de estos ojos, y no vi nada en ninguno de los otros.
—Tampoco oí nada —dijo Lazarus—. Ninguno
de ellos pronunció una palabra, ni un grito, ni una
maldición. Ninguno emitió ni un solo sonido, ex-
cepto ese último hombre. Tus habilidades se des-
perdician con estos.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí? —preguntó
Demetrius. Ysentrud también se hizo la misma
200
pregunta, apartando las moscas mientras observaba
en silencio.
—Porque, aunque guarden silencio, creo que algo
desea expresarse —dijo Lazarus.
Fue en ese momento que Ysentrud notó un cambio
en la mujer. Sus ojos parpadearon, y de repente,
cobraron vida, revelando un propósito. La exoficial
giró la cabeza y fijó la mirada en Lazarus, e Ysen-
trud casi gritó una advertencia. En esos ojos recién
conscientes, había algo oscuro, algo aterrador. Una
mezcla de diversión, amargura, odio y certeza. Pero
Lazarus también giró la cabeza para encontrarse con
la mirada de la mujer justo cuando ella apartaba los
ojos de él.
—Sí —dijo la mujer—. Antes, teníamos muy poco
tiempo, ¿verdad, Ángel Oscuro?
—La muerte interrumpe muchas cosas —mientras
hablaba, Lazarus desenvainó la espada, extendién-
dola de manera que la punta de su hoja oscura
quedara a pocos centímetros de la garganta de la
mujer. Sin embargo, sus ojos no se despegaron de su
rostro.
—La muerte concluye, la muerte inicia —ella elevó
las manos hacia la imponente espada. Ysentrud se
estremeció al verla tocar la hoja, pero el campo de
la espada no se activó, y su mano no fue desgarrada
por sus energías destructivas. Aun así, la hoja de
adamantina tenía el filo de una navaja, y cuando la
201
mujer la tocó, la sangre brotó de sus dedos y corrió
por su muñeca hasta gotear en el suelo—. La muerte
nutre —inhaló profundamente el aire corrupto del
claro y sonrió, revelando dientes cubiertos de hongos
grises—. La muerte es necesaria para la nueva vida.
¿Pero saben una cosa, Ángeles Oscuros?
La mujer movió la mano hacia la espada, la sangre
brotó de ella al cortarse la palma hasta el hueso.
Luego se lanzó hacia adelante. Su garganta chocó
contra la espada y se partió, la piel y el músculo se
desprendieron del afilado filo, y entonces brotó más
sangre, mucha más, de su carótida seccionada al
ritmo de los latidos de su corazón. La sangre salpicó
el brazo blindado del Maestro de la Quinta, y un
chorro de gotas moteó su túnica, formando un dibujo
de rojo brillante sobre aquel blanco impoluto.
Ysentrud se enfocó en esos puntos, tratando de
respirar, de no gritar, de no escuchar el horrible
sonido burbujeante que provenía de la garganta de
la mujer mientras la sangre fluía por su tráquea
seccionada y llenaba sus pulmones. La Wyrbuk oyó
el sordo ruido que hizo el cuerpo de la mujer al caer
al suelo, y no pudo contenerse. Ysentrud miró y la
vio, extendida sobre su propia sangre, con el rostro
desfigurado por la muerte y uno de sus ojos, de
mirada penetrante, medio oculto por ese charco de
sangre.
—La muerte duele —las palabras brotaron de los
202
labios del anciano, cuya cabeza aún era sostenida por
la mano de Demetrius. Sus ojos resplandecían ahora,
repletos de la misma mezcla horrible de emociones
que habían animado a la difunta mujer—. No se
olvida nunca cuánto duele.
—Lo sé —afirmó Lazarus, apartando la espada y
limpiando la hoja de sangre.
—¿De veras? —inquirió el hombre, e Ysentrud
lo miró, enferma y confundida. Nunca había pres-
enciado la muerte de nadie, y mucho menos de esa
manera, tan violenta, tan repentina, tan horrible-
mente intencionada y, al mismo tiempo, tan carente
de propósito. ¿Por qué la mujer se había quitado la
vida de esa manera? ¿Sobre qué hablaban ese hombre
y Lazarus?
—Tal vez lo sepa —dijo el anciano—. Y si es así,
entenderá por qué hago esto.
—No —respondió Lazarus—. No sé nada acerca
de quién eres ni de tus intenciones. Solo sé que eres
una abominación, un monstruo, y te extinguiré de
este mundo.
El hombre soltó una risa que hizo retumbar los
oídos de Ysentrud. Quiso cubrirse los oídos, pero él
interrumpió su intento para pronunciar sus últimas
palabras.
—Ya lo has intentado, Ángel Oscuro.
Entonces, todo estalló.
203
Capítulo 12
T
odo se sumió en la oscuridad, acompasado por
un estruendo ensordecedor. Ysentrud percibió
el sabor de la suciedad, el humo y la sangre. De
repente, alguien la alzó, y sus ojos se abrieron de
par en par. A su alrededor, caos y dolor.
Humo, polvo y esporas tejían cortinas asfixiantes
que ocultaban el sol. A través de la penumbra, destel-
los brillaban, grandes y pequeños, acompañados
por un estruendo distante, como si alguien golpeara
a lo lejos. Sin embargo, el agudo zumbido que
llenaba su cabeza amenazaba con ahogar todo lo
demás. Ysentrud parpadeó, intentando comprender
lo que sucedía, por qué le dolía tanto la cabeza y el
estómago, por qué todo parecía dar vueltas y, lo más
crucial, ¿por qué el mundo estaba del revés?
De repente, una sombra surgió a su lado,
emergiendo del humo, algo enorme e inhumano.
Ysentrud parpadeó. Podría haber entrado en pánico,
pero estaba demasiado desconcertada para sentir
miedo, demasiado aturdida para hacer algo más que
204
observar en silencio mientras la monstruosa figura
se abalanzaba hacia ella. Entonces lo reconoció. Era
la forma acorazada del Dreadnought, la máquina de
guerra andante apodada Azmodor por Lazarus. Una
especie de Servidor, mitad hombre, mitad máquina,
aunque entre tanto metal y armamento apenas se
vislumbraba la humanidad. Sin embargo, un trozo
de humanidad se aferraba al pesado puño mecánico
de Azmodor, un hombre que descendía una y otra vez
con una cuchilla de hoja ancha, intentando cortar el
blindaje mientras Azmodor disparaba a algo a través
del humo. La hoja chisporroteó al encontrarse con el
metal, pero eso fue todo: chisporrotear y destellar
mientras el hombre giraba hasta que Azmodor apretó
el puño.
Un crujido resonó, húmedo y empapado, como
pisar un montón de ramas. Un chorro de sangre
manó de la nariz y la boca del hombre, más de lo que
Ysentrud habría imaginado que podría haber en una
persona, provocándole una nueva oleada de náuseas.
Esta vez, sin embargo, las náuseas se desvanecieron
en la distancia, eclipsadas por el dolor y el humo,
del mismo modo que los golpes apenas se percibían
entre el zumbido que llenaba su cabeza.
«Disparos», pensó, observando cómo Azmodor
arrojaba el cuerpo destrozado del hombre y levantaba
el otro brazo, disparando el arma montada en él.
Desde tan cerca, los impactos casi lograban silenciar
205
el zumbido, e Ysentrud pudo sentir las vibraciones
de los disparos en sus pulmones. Sus pulmones.
El humo y la arenilla en el aire también llenaban
sus pulmones, y tosió, tosió y tosió. Entonces, las
náuseas se apoderaron de ella, y vomitó, arrojando el
contenido de su estómago por la espalda del hombre
que la sostenía.
La sostenía… Ysentrud volvió a retorcerse y apretó
contra la espalda del hombre. Era una muralla ancha
y pesada; sus robustos músculos se clavaban en sus
entrañas. Él sostenía sus piernas con firmeza y se
movía rápidamente. Corrían a través del humo, ale-
jándose de Azmodor con el puño ensangrentado y las
armas temblorosas, dirigiéndose hacia… Ysentrud
se retorció, se impulsó y echó un vistazo por encima
del hombro. El hombre se abría paso entre el humo,
avanzando hacia un agujero rodeado de jaulas de
alambre rotas y los restos destrozados y cubiertos de
moho de lo que había debajo de ellas. Justo frente a
ella, un grupo de al menos una docena de personas
vestidas con harapos corría hacia el mismo agujero,
arrastrando torpemente algo enorme envuelto en
una lona manchada de sangre. Alcanzaron el agujero,
saltaron dentro y desaparecieron.
No era un simple agujero; la llevaba hacia una
oscura abertura. Ysentrud cerró el puño, lo levantó
y golpeó con fuerza la parte baja de la espalda del
hombre, justo encima del riñón.
206
El hombre gruñó, y sus pasos titubearon, pero con-
tinuó corriendo, así que Ysentrud prosiguió golpeán-
dolo. Aunque no se detuvo, logró girarse y la agarró
con la otra mano. Le propinó una bofetada y ella se
retorció, aprovechando el movimiento para agarrarle
el pelo de la parte superior de la cabeza. Lo tiró hacia
atrás y hacia abajo con toda su fuerza, retorciéndole
la cabeza, y él se tambaleó hacia un lado. Ysentrud
siguió tirando, poniendo todo su peso, pero él la
sujetaba con una mano y la desgarraba con la otra,
intentando liberarse de su agarre. Entonces su pie
chocó contra una de las jaulas para cadáveres que aún
estaban ancladas al suelo, y él cayó, desparramán-
dose por el suelo.
Ysentrud se desplomó y rodó por el suelo. Aún
resonaba el mundo a su alrededor, continuaba sin-
tiéndose mareada y tosiendo, pero se incorporó y
arrancó una de las estacas conectadas a la jaula para
cadáveres de la tierra. La alzó mientras se ponía de
pie: un pedazo de metal corroído de medio metro de
largo, grueso como un dedo y con un extremo tan
roma como la cabeza de Erudito Thiemo. Pero era
algo, y lo mantuvo entre ella y el hombre mientras se
levantaba. Era mucho más alto y corpulento cuando
se cernió sobre ella, se llevó la mano al cinturón
y sacó un martillo. Lo alzó, y en su cabeza roma
Ysentrud pudo ver sangre y cabellos medio secos.
Sintió que las náuseas volvían a envolverla, pero
207
mantuvo la estaca en alto. Ahora podía ver el gris
de su cara, la franja que le cruzaba los ojos, las rayas
que le bajaban de la nariz, las orejas. El manto gris ,
y ella caería sobre esta maldita estaca antes de dejar
que la arrastrara hacia la oscuridad.
Dio un paso hacia ella, con el martillo empezando
a descender, y de repente algo impactó contra él,
haciéndolo caer al suelo como un juguete deshecho.
Se detuvo junto a la jaula de un cadáver, su mano
aún aferrando el martillo con fuerza, pero el gris de
su rostro se había desvanecido, convertido en una
ruina roja. Ysentrud apartó la vista del cadáver y
contempló la figura con armadura y yelmo alado que
se interponía ante ella.
Lazarus.
—Ponte detrás de mí, Ysentrud.
Se movió antes de pensar, lo cual resultó ser lo
mejor. Aferrando aún la estaca, se colocó detrás de él,
buscando refugio tras la armadura. Lazarus tenía la
espada desenvainada, y ella esquivó la mirada, pero
aún sentía un extraño hormigueo en la piel debido
al campo crepitante, a los destellos oscuros que se
deslizaban por la hoja como relámpagos de color
azabache. Sostenía otra arma en la mano, una pistola
de proyectiles tan grande que probablemente no
habría podido empuñarla, y mucho menos dispararla.
Una vez detrás de él, se percató de que había más
208
personas. Demetrius, con su crozius21 y un enorme
cráneo entre los dientes. De la empuñadura se de-
splegaban dos espadas manchadas de sangre, con
un campo crepitante alrededor, destellando dorado
como los reflejos del sol en el agua. El Capellán
Interrogador también sostenía un arma en la otra
mano. Jequn, apodado Antiguo, portaba una espada
similar a la de Lazarus, que parpadeaba con destellos
de un profundo azul noche, junto con un estandarte
que representaba una figura alada con una espada en
una mano, un libro en la otra, de pie sobre una piedra
21
Crozius Arcanum: Es tanto como un cetro sagrado de oficio
como un arma para los Capellanes de los Marines Espaciales.
Unas pocas versiones utilizan iconografía propia de su Capítulo,
como el martillo de herrero de los Salamandras o el cráneo de
lobo alado de los Lobos Espaciales. Ortan Cassius, Maestro
de Santidad de los Ultramarines, ha modificado su Crozius
Arcanum incluyendo en él un cráneo Tiránido, en recuerdo de
la invasión de Macragge. Incorporado al cetro se encuentra un
poderoso campo de energía capaz de afectar a la materia de
un modo muy similar al de un arma de energía. Los Crozius
también son utilizados aún por los corruptos Apóstoles Oscuros
de los Portadores de la Palabra, la única Legión de Marines
Espaciales del Caos que aún mantiene un cuerpo de Capellanes.
Sin embargo, sus armas son conocidas como Crozius Malditos,
formas profanadas y retorcidas para convertirlas en iconos
de adoración a los Dioses Oscuros. No sólo siguen siendo
poderosas armas, sino que también representan la bendición
del portador por su Dios patrón, lo que le da una protección
física así como una conexión más cercana con los Demonios
de la Disformidad.
209
bajo un cielo estrellado. Por último, estaba Raziel.
El Bibliotecario también llevaba una espada, pero la
suya era más fina y ligeramente curvada. Cuando
se movía, no crujía, sino que producía un sonido
lúgubre, como el viento acariciando las piedras. La
otra mano de Raziel estaba en alto, y entre sus dedos
brillaba una luz azul, como si hubiera arrancado
un fragmento de cielo y lo sostuviera en un puño.
Los ojos del Bibliotecario, que antes brillaban rojos
fuera de su armadura como los de los otros Ángeles
Oscuros, ahora resplandecían con ese mismo azul,
emitiendo un escalofrío como si Raziel estuviera
esculpido en hielo.
—Quédate entre nosotros —le ordenó Lazarus,
y los cuatro Marines Espaciales se separaron, for-
mando un círculo protector a su alrededor. Se movían
con precisión, alejándose del agujero, cada uno man-
teniendo su distancia, fuertes y disciplinados.
El zumbido en la cabeza de Ysentrud se desvanecía
lentamente, el retumbar silencioso de las armas se
transformaba en un estruendoso trueno lejano, y
podía escuchar las palabras de Lazarus resonando en
su mente. Las obedecía, agradecida por tener a esos
guerreros resguardándola de la carnicería. El humo
se disipaba, el polvo y la arenilla se depositaban
en el suelo. Ahora, aunque no quisiera, podía ver
claramente. Había gente por todas partes, vestida
con harapos, con la piel y las extremidades grises,
210
ojos y boca del mismo tono nauseabundo que el
vómito.
Los grises, con sus atuendos monocromáticos… ¿y
cómo podía haber tantos? La pregunta resonaba
sin respuesta en la mente de Ysentrud mientras
giraba tratando de abarcar todas las direcciones.
Campesinos, soldados y comerciantes untados de
gris se levantaban del suelo y emergían de los agu-
jeros en el campo de cadáveres. Túneles, pensó.
Túneles ocultos bajo tierra, llenos de cargas explosi-
vas, listos para ser activados cuando ellos llegaran.
Una trampa.
Había centenares de grises, cada uno armado con
pistolas, picos, perforadoras, cuchillos de combate
o simplemente herramientas de metal y palos de
madera astillados. A pesar del tumulto, los grises
permanecían en silencio, con sus respiraciones sibi-
lantes y sus pies corriendo y golpeando el suelo. Con
bocas cerradas y ojos vacíos.
Su silencio era aterrador, al igual que su número y
su indiferencia implacable mientras avanzaban hacia
la muerte. La horda se estrelló contra los Ángeles
Oscuros como las olas golpean las rocas. Los grises
sin protección se deshacían al ser alcanzados por
los proyectiles de los bólters, sus cuerpos infectados
por hongos explotaban en fragmentos, esparciendo
vísceras y extremidades en una lluvia de sangre. Sin
embargo, la marea no cesaba, y los Ángeles Oscuros
211
continuaron su implacable matanza.
En medio del caos ensordecedor, los Ángeles Os-
curos ejecutaban su misión con una eficacia letal y
disciplinada. Se dividieron en escuadrones, cada uno
enfocado en una tarea específica. Los Exploradores
escalaban los Thunderhawks, eliminando a los grises
uno tras otro con disparos precisos, sus rostros im-
perturbables mientras cumplían con su deber. Bajo
las corpulentas alas de las naves, otro escuadrón de
Ángeles Oscuros, completamente blindado, sostenía
sus imponentes bólters, rugiendo cada vez que un
gris enmascarado intentaba atacar las naves.
Los otros dos escuadrones trabajaban en los cam-
pos de cadáveres, incrementando el número de cuer-
pos esparcidos por la zona. Uno de los escuadrones
se movía de agujero en agujero, eliminando a los
enemigos a su paso. Al llegar a una abertura, uno
de los Ángeles Oscuros avanzaba y lanzaba una lla-
marada. Mientras Ysentrud observaba, el marine
espacial con el lanzallamas dejó de disparar a los
túneles y retrocedió. En ese momento, dos figuras
envueltas en fuego se arrastraron desde el agujero,
consumiéndose mientras avanzaban. A pesar de esto,
los grises seguían avanzando torpemente, blandi-
endo sus armas contra los Ángeles Oscuros. Un par
de disparos precisos de las enormes armas de los
Marines Espaciales abrieron agujeros en sus pechos
en llamas, y luego, uno de ellos pateó los cadáveres
212
de vuelta al agujero, lanzando una granada después.
Un sordo estruendo resonó desde las profundidades,
y la tierra y las vísceras ardientes cayeron alrededor
de los Ángeles Oscuros mientras avanzaban hacia el
próximo túnel.
El último escuadrón, conocido como el escuadrón
de asalto, acechaba entre los campos de los muertos.
Se desplazaban por el terreno roto, con sus espadas
sierra produciendo un chirrido apenas audible hasta
que se encontraban con un grupo de grises. Entonces,
los sonidos cambiaban a medida que los filosos
dientes atacaban la carne y el hueso, desgarrándolos.
Ysentrud apartó la vista, decidida a no sucumbir a la
repugnancia.
En el campo de batalla, solo quedaban Azmodor,
despejando el camino entre los grises, y el grupo
que rodeaba a Ysentrud. Buscó a Sebastián con la
mirada, pero no lo avistó. Quizás estaba en las naves,
a donde se dirigían los Marines Espaciales que la
protegían. Mientras avanzaban, notó que los grises
cambiaban de posición, acercándose y presionando
para bloquear su avance. Se aproximaban en una
confusión caótica, moviéndose como un enjambre
de pájaros, cargando contra los Ángeles Oscuros
dispersos alrededor de Ysentrud.
Las pistolas de proyectiles en manos de Lazarus
y Demetrius retumbaban, disparando ráfagas. Las
enormes balas abrían heridas profundas, atraves-
213
ando a algunos grises y alcanzando a otros que venían
detrás. La metralla de los proyectiles explotando
hería a otros, pero seguían avanzando, indiferentes.
Un rayo de luz azul pasó junto a ella, sin tocarla,
pero dejando una terrible sensación de frío, como si
sus huesos se hubieran convertido en hielo. Luego
desapareció, golpeando a uno de los grises que se
aproximaban. El hombre se detuvo, su aliento con-
virtió el aire en blanco, y por un momento su cráneo
brilló azul a través de su piel antes de caer. Al
impactar, chocó contra otro gris, quien también cayó
con el fulgor azul letal resplandeciendo a través de
su piel.
A pesar de los esfuerzos de los Ángeles Oscuros,
quedaba una gran multitud de grises, ensangrenta-
dos, embarrados, silenciosos, avanzando hacia ellos
con las armas en alto. Ysentrud retrocedía, el pánico
que había estado conteniendo volvía a aflorar, hasta
que una gran mano tocó su hombro. Al mirar hacia
atrás, dispuesta a gritar, se encontró con la mirada
fija de Raziel.
Ysentrud se detuvo, recordó su lugar, y volvió la
cabeza hacia la multitud que se acercaba. Estaban
lo suficientemente cerca como para oler su hedor, y
Lazarus blandió su espada, con los destellos oscuros
de su campo deformando el aire a su alrededor.
Sus movimientos eran veloces y curiosamente
delicados. A pesar de su imponente tamaño y la
214
gigantesca espada que empuñaba, Ysentrud esperaba
que ejecutara golpes colosales, partiendo a los hom-
bres como si fueran piezas de un rompecabezas. Sin
embargo, la realidad era diferente: sus movimientos
eran ágiles y precisos. Golpeaba con rapidez, reti-
rando la espada de inmediato para atacar a otro, y
otro más, dejando detrás un rastro de devastación. Su
fuerza doblegaba a los hombres y quebraba huesos,
potenciada por el mortífero campo de energía que
envolvía la hoja de Lazarus. Cada impacto desgarraba
la ropa, incendiaba los hilos alrededor. Al cortar la
carne, superaba la mordida afilada de las espadas
sierra. La piel se desgarraba como si manos invisibles
la estiraran en direcciones opuestas. Bajo la piel,
las vainas musculares se desgarraban, las hebras
chisporroteaban y siseaban mientras el agua que
contenían hervía. La grasa explotaba como burbujas,
los órganos se retorcían y agitaban, salpicando las
cavidades torácicas, y los huesos se astillaban y
rompían, llenando el aire de metralla ensangrentada.
Los demás también se batían en combate, rodeados
de montones de cadáveres y vísceras. Jequn mane-
jaba su espada al estilo de Lazarus, con un ritmo
un poco más pausado pero una finalidad contun-
dente. El garrote con cabeza de calavera que sostenía
Demetrius era aún más sanguinario que las espadas.
En lugar de abrir heridas en largas hendiduras, se
estrellaba contra los grises como un martillo cuya
215
pesada cabeza roma estaba rodeada por un enjambre
de dientes invisibles que destrozaban y desgarraban.
A sus espaldas, Ysentrud escuchaba a Raziel enfren-
tándose a los grises que lo rodeaban, acompañado
por el sonido sordo de cuerpos y algo más: un aullido
lastimero que fluctuaba, y un viento gélido que le
acariciaba la espalda. No se giró para presenciar lo
que la espada del Bibliotecario hacía a aquellos que
tocaba, prefirió no hacerlo. Ya era lo suficientemente
duro observar a Lazarus y a los demás en la refriega.
No obstante, mantuvo los ojos abiertos y la cabeza
en alto, asegurándose de que los enemigos caían y no
se lanzaban sobre sus protectores Ángeles Oscuros
para arrastrarla de nuevo hacia una de las fosas.
El cerco de esos guardianes se cerraba rápidamente.
A pesar de los esfuerzos incansables de Lazarus y los
demás para diezmar sus filas, siempre surgía más,
una interminable marea de grises enmascarados
avanzando. Se abalanzaban sobre los Ángeles Os-
curos con lo que tenían, algunos intentando contener
a los Marines Espaciales con las manos desnudas,
desafiando la fuerza numérica y arrastrándolos con
su masa. Se aproximaban, y justo frente a Ysentrud,
Lazarus se vio obligado a retroceder, uno, dos pasos,
su imponente armadura empujada hacia ella por la
marea silenciosa de fanáticos. Fue entonces cuando
uno de ellos se infiltró.
Este hombre vestía harapos y estaba cubierto de
216
barro. Su barba desigual enmarcaba su rostro, y el
pelo se mezclaba con las manchas de hongos grises
que marcaban su piel. Un brazo sangrante, la piel
abierta por el paso de la espada de Lazarus, pero
en la otra mano sostenía un cuchillo que blandía
hacia ella, la hoja cortando el aire hacia su rostro.
Ysentrud emitió un sonido, ya sea un gruñido, un
quejido o una negación, y levantó la estaca que
aún sostenía. De alguna manera, por la gracia del
Trono Dorado, logró que el trozo oxidado de metal
se interpusiera entre ella y el cuchillo descendente.
La hoja se deslizó de la estaca, golpeando dolorosa-
mente contra sus nudillos y, finalmente, la punta
cortó su antebrazo, abriendo un surco en su piel
enrojecida. Apenas sintió la herida, pero el golpe
le hizo soltar la estaca, despojándola de la escasa
protección que proporcionaba el oxidado metal. El
barbudo volvía a apuntarle el cuchillo directamente
al vientre. Ysentrud intentó jalar de la estaca para
bloquearlo, pero fue demasiado lenta y el hombre
estaba allí, con el olor de su aliento envolviéndola.
En ese interminable instante en el que el cuchillo
avanzaba, se encontró mirando fijamente la máscara
gris que cubría los ojos del hombre. Estaba húmeda,
brillaba a la luz del día y estaba formada por círculos
de moho que se superponían, cubriendo la piel debajo.
Pudo ver los hilos grises del hongo estriando el
blanco de los ojos del hombre y marcando el marrón
217
de sus pupilas. Luego, los ojos se abrieron de par en
par cuando una oleada de sangre estalló en un gran
halo alrededor de la cabeza del hombre.
Ysentrud parpadeó; la sangre salpicó sobre ella, pe-
gajosa y sorprendentemente cálida. El hombre cayó
de rodillas, dejando caer el cuchillo de su mano. A lo
lejos, Lazarus ejecutaba otro giro con su espada, con
la empuñadura manchada de sangre tras estrellarla
contra la nuca del hombre, aplastándole el cráneo
como si fuera un huevo. Una parte de Ysentrud
sintió la urgencia de vomitar, pero estaba demasiado
ocupada cayendo de rodillas, buscando el cuchillo
que se le había caído, sin dejar de mirar al Maestro
de la Quinta.
El yelmo de Lazarus permanecía sin girar. Había
derribado al hombre sin mirar, transformando ese
movimiento en el inicio de un poderoso arco cortante
a dos manos, similar a los que ella le había imaginado
realizando. Traspasó a los grises que se abalanz-
aban sobre él, cercenando miembros y torsos, sin
detenerse ante el desgarrador trayecto a través de
músculos y huesos. Al final del arco, Lazarus detuvo
la enorme espada, sosteniéndola a la altura de su cin-
tura, y luego se impulsó hacia adelante. Chocó contra
la multitud, que se estrelló contra él, quedando
inmóvil por un largo instante, como una piedra
blindada golpeada por una marea de humanidad
silenciosa y con los ojos muertos. Sin embargo,
218
su espada crepitó, y su campo de energía mordió
y desgarró la primera fila de atacantes, partiendo
pechos y rompiendo costillas, cortando gargantas y
desgarrando clavículas y mandíbulas. Los grises se
deshicieron ante aquella hoja terrible, mantenidos
inmóviles por el Ángel Oscuro, y entonces dio un
paso adelante, empujando a la multitud, haciéndola
retroceder. Uno tras otro, Lazarus los forzaba a
retroceder, despedazándolos con determinación. Sus
botas aplastaban cuerpos, muertos y casi muertos, y
de repente se deshicieron.
Los grises fueron despedazados por proyectiles
y cuchillas, yacían en montones de cadáveres con
su sangre formando charcos en la tierra. Algunos
aún se movían y retorcían, pero en su mayoría, los
cuerpos eran manchas rojas destrozadas, apenas
reconocibles como humanos. Ysentrud sostenía el
cuchillo ensangrentado con ambas manos, mirando
al hombre que Lazarus había matado con su pomo.
La cabeza estaba ladeada, deformada por el golpe, y
a través de la maraña de pelo y hueso que formaba
la parte posterior de la cabeza, podía vislumbrar
los restos destrozados de su cerebro. Blancos y
grises, los hilos de hongos mezclados con él no
eran inmediatamente evidentes, pero estaban allí,
una red que recorría toda la corteza del muerto.
Lo contempló en silencio, apretando con fuerza el
cuchillo, con la cara pegajosa de sangre seca, luego
219
giró la cabeza y volvió a tener arcadas.
220
Capítulo 13
L
azarus, con Filo de la Enemistad aún manchada
de la batalla, se ocupó de limpiar el cuerpo de
uno de los caídos, esperando pacientemente a que
superara el malestar. Al finalizar, enfundó su espada
y le ofreció ayuda para levantarse. La mirada intensa
de ella se encontró con la suya antes de soltar el
cuchillo y aceptar la mano extendida.
—¿Puedes caminar? —inquirió Lazarus, obte-
niendo un asentimiento como respuesta. Dirigió a
la mujer hacia las naves, donde los demás Ángeles
Oscuros se congregaban—. Hermano Asbeel —el
Apotecario concluyó de suturar la herida irregular
en el cuello de un explorador y se acercó. Lazarus
condujo con suavidad a Ysentrud hacia él, y Asbeel
tomó su mano, girándola para exponer la herida
sangrante en su antebrazo. El servo escáner se curvó
sobre su espalda, zumbando y chasqueando, con
sus ojos de cristal fijos en ella, las varitas sensoras
acariciando el aire sobre la herida como antenas de
insecto.
221
—No es gran cosa, incluso para un mortal
—comentó el Apotecario—. Quédate quieta —a
pesar del deseo de moverse de Ysentrud, Asbeel la
retuvo mientras el narthecium22 zumbaba sobre la
herida. La mujer cerró los ojos, esperando. Una
aguja penetró con un chasquido agudo, e Ysentrud
se relajó al sentir que la droga eliminaba el dolor—.
Solo tomará un momento suturar.
—¿Bajas? —preguntó Lazarus.
Asbeel, mientras los servos del narthecium hacían
su trabajo, informó sobre una explosión que abrió
los túneles justo debajo de el escuadrón Bethel.
—Dos de ellos con heridas leves, pero Variel perdió
gran parte de su brazo izquierdo. Necesitará reem-
plazo. El Escuadrón de Exploradores Jotha fue fuerte-
mente golpeado antes de retirarse a las naves. Dos de
ellos con heridas que afectarán su rendimiento en las
próximas horas. Dos desaparecidos. No sé si están
22
Narthecium: Es el equipo médico de campo de un Apotecario
Marine Espacial. Es un kit de primeros auxilios que contiene
toda la tecnología y herramientas necesarias para tratar a
los Marines heridos y permitirles volver al combate lo antes
posible. Está integrado en un voluminoso módulo para el
guantelete o en unos armazones articulados que emergen
de la mochila de su portador. Contiene antídotos, agentes
sanadores y packs de estimulantes, además de material
quirúrgico incorporado y hojas de sierra. El Apotecario usa este
último para abrir armaduras, realizar transfusiones, reparar
ligamentos rotos, taponar agujeros en órganos y cerrar heridas.
222
vivos o muertos.
—Ellos hacen eso —susurró Ysentrud, apartando
la vista del trabajo del Apotecario—. Mi señor, en
las historias y cuentos, los grises se llevan a la gente.
Cuerpos enteros, a veces solo cerebros. No sabemos
por qué —frunció el ceño, sintiéndose mareada—.
Vi a un grupo de grises arrastrando algo grande y
ensangrentado. Lo llevaron a uno de los agujeros.
Faltaban dos Ángeles Oscuros. Lazarus observó
los agujeros aún humeantes, rodeados de cadáveres
destrozados. Cada explorador desaparecido repre-
sentaba al menos cien muertos, y eso no era sufi-
ciente. Pero sus hombres no eran los únicos obje-
tivos.
—Los toman vivos para infectarlos —declaró
Lazarus. Aunque la infección no amenazaba a un
Marine Espacial, no significaba que los Grises no lo
intentaran.
Ysentrud asintió, pero enseguida experimentó un
estremecimiento.
—Sí —murmuró, escudriñando su entorno con
una súbita percepción—. El Regente por venir… No
lo veo.
—Se lo han llevado —respondió Lazarus.
Ysentrud lo observó intensamente, sus ojos ampli-
amente abiertos, fijos en la marca roja de la calavera
en su rostro.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella.
223
—¿Hacer? —dijo Lazarus, levantando la mano
mientras su yelmo alado siseaba al ser retirado—.
Estos grises nos tendieron una trampa, hirieron a
mis hermanos, se llevaron a dos de ellos. Haremos
lo necesario. Los mataremos hasta que no quede
ninguno.
—¡Por el León!
El rugido resonó entre los Ángeles Oscuros con-
gregados, tan profundo y potente que Lazarus lo
sintió en los huesos de su pecho. Sin embargo, el
grito pareció estremecer a Ysentrud, quien tembló
al finalizar, su frágil figura temblando bajo las an-
drajosas túnicas que la envolvían. Se aferró a ellas,
parada a su lado con la cabeza baja y los ojos en el
suelo. Era frágil, más que la mayoría de los mortales,
pero detrás de sus extraños ojos rojos se ocultaba
información crucial que él necesitaba.
Mis Ángeles Oscuros, han venido a buscarme de nuevo.
Había algo en este mundo, algo tras los grises. Ella
los conocía y deseaba verlos muertos. Necesitaba
conocer más sobre este lugar, y el Emperador se lo
había revelado. Dirigió la mirada hacia la mortal,
quien aún temblaba bajo su sombra.
—Has actuado bien, erudita Ysentrud.
—No hice nada, mi señor —respondió ella, y él
percibió el miedo en su sudor, la tensión agotadora
en su cuerpo.
—Sobreviviste —afirmó.
224
Ella lo miró de nuevo, indecisa, pero asintió, y
su temblor se disipó. Lazarus apartó la mirada y
convocó a su escuadrón de mando, así como a los
sargentos de cada uno de los escuadrones.
—Hemos librado la primera verdadera batalla de
esta guerra —anunció cuando se reunieron a su
alrededor—. Habrá más —se dirigió al sargento
Asher, con el rostro tenso por la ira—. ¿Qué has
descubierto?
—Ingresamos a los túneles cavados por los grises,
aquellos que no logramos destruir. Todos convergían
en un pasadizo, a menos de media milla del límite
de esta granja —Asher indicó la espesa selva que se
extendía hacia el oeste, alejándose del volcán—. Ese
túnel era más amplio que los demás, más antiguo,
más profundo. Sin embargo, no llevaba a ninguna
parte. Los grises lo cerraron tras ellos, lo colapsaron
para evitar que los persiguiéramos.
—Claro que lo hicieron —reflexionó Lazarus, di-
rigiendo la mirada hacia Ephron—. ¿Podemos ras-
trear estos túneles con el auspex? ¿Delinear su
madriguera desde lo alto?
El tecnomarine negó con la cabeza.
—La tierra aquí perturba los escáneres auspex.
No avanzaremos más allá de unos metros sin que
nuestras lecturas se vuelvan tan poco confiables que
resulten inútiles —Ephron hizo una pausa, y Lazarus
pudo escucharle murmurar en el peculiar y zumbante
225
lenguaje privado de los tecnomarines—. Quizás sea
viable rastrearlos mediante ondas acústicas. Con-
tamos con explosivos para enviar un pulso, pero
necesitaríamos el equipo de la Espada de Calibán para
construir un receptor y tiempo para instalarlo.
De la nave. Tiempo para instalarlo. Tiempo, ¿y qué
harían los grises mientras Ephron llevaba a cabo su
labor? Pero era un punto de partida.
—Comunícate con la Espada de Calibán. Obtén lo
que necesites.
—Maestro Lazarus —anunció Ephron con su voz
aguda—. No será necesario. La Espada de Calibán se
ha puesto en contacto conmigo. Han recibido una
transmisión de emergencia del Fabricante Locum.
Asegura que el Regente Primero ha enviado tropas de
las Milicias Domésticas de Reis para atacar su forja
en Norsten.
226
descensos de combate. Inconscientemente, se movió
con los vaivenes de la nave, manteniendo su rostro
centrado en las vistas del holocaster que se aferraba
como una araña al techo de la bodega del transporte.
—Desde aquí, Lazarus, Maestro de la Quinta. ¿Qué
necesita?
En el estrecho pasillo que se extendía por el centro
de la bodega, una sibilante nube de luz se materializó,
proyectada por las numerosas lentes del holocaster.
La luz parpadeaba, cobrando forma de repente, con-
figurando partículas tenues que delineaban el rostro
de una mujer. La imagen era hermosa, pulcra, sin
defectos, una máscara de marfil inmutable excepto
por la melena blanca que la rodeaba y los ojos. Estos
eran de un profundo color vino, impecables salvo por
un círculo oscuro en el centro, como una pupila. Sin
embargo, esta pupila se dividía en dos, luego en tres;
los puntos negros danzaban uno alrededor del otro
como estrellas cambiantes, para luego fusionarse
de nuevo en uno, antes de volver a dividirse. Un
juego cambiante que la absorbía mientras observaba
a Lazarus.
—Respuestas —La voz de la Fabricante Locum
Gretin Lan resonaba con claridad, pero tenía un
tono ondulante, como una música suave detrás de
las palabras—. Maestro Lazarus, usted y sus Ángeles
Oscuros fueron convocados para enfrentarse a una ame-
naza que mi propio auspex no pudo detectar. Ahora
227
mis posesiones son atacadas por miembros de la Milicia
del Regente Primero. Los horarios han sido alterados.
Personal se ha perdido. Las cuotas están en peligro.
Preciados materiales tecnológicos han sido dañados.
Todo esto ha sucedido sin señal ni provocación. He
respondido a la situación, pero busco esclarecer las
causas. La comunicación con el Primer Regente ha sido
infructuosa. Por lo tanto, me dirijo a usted, Maestro
Lazarus de la Quinta Compañía.
Quizás la Fabricante Locum buscara respuestas,
pero la concisión no parecía importarle. Lazarus
decidió ofrecerle ambas cosas.
—¿Tienen datos de pictografía sobre el ataque?
—Por supuesto. Se los proporcionaré —Su rostro
se desvaneció del holocampo; el marfil y el blanco
se transformaron en una nube de estática, y luego
la luz se redibujó en una pictografía plana de una
nave de transporte aéreo bulbosa posada en un
campo cubierto de nieve, con montañas escarpadas
al fondo. La pictografía tembló, con líneas de
estática danzando sobre ella, para luego resolverse
nuevamente. La estática se transformó ahora en
copos de nieve, que caían pesadamente sobre la
pictografía, espolvoreando la piel metálica marcada
del transporte. En el borde de la imagen, algo se
movía, un borroso contorno que se resolvió en
una multitud de sirvientes que se acercaban a la
nave, sus huellas agitando la nieve. Eran unidades
228
de carga, con torsos cicatrizados y arrugados
de lo que alguna vez fueron hombres y mujeres,
sobresaliendo de pesadas bases mecánicas. Sus
cabezas se balanceaban, sus bocas cerradas con
alambres o abiertas, babeando, pero orientadas hacia
la nave, con ojos vacíos en movimiento. Entonces,
una escotilla se abrió en el lateral curvado del
transporte. La luz brilló en el oscuro interior, y
la nieve a la deriva salpicó el suelo en líneas nítidas
hasta alcanzar a los sirvientes. Las balas que salían
de la nave se estrellaban contra la carne y el acero, y
la sangre y las chispas eléctricas surcaban el aire.
Los sirvientes se detuvieron bruscamente,
chocando entre ellos. Los que iban adelante
intentaron retroceder, mientras los de atrás
continuaban avanzando. Un arma, una especie
de ametralladora pesada, se movió de un lado a
otro, destrozando metal y desgarrando carne. A su
paso, dejó una ruina de máquinas rotas y cuerpos
ensangrentados, todos inertes, excepto un solitario
servidor que giraba lentamente en círculos sobre
su oruga dañada, con la cabeza humana ladeada y
sangre goteando de la herida en su sien. Más allá de
los ciborgs destrozados, algunas figuras comenzaron
a salir corriendo del transporte, hombres y mujeres
vestidos con el uniforme negro de las Milicias
Domésticas de Reis, corriendo por la nieve con las
armas en alto, los ojos…
229
—Alto —ordenó Lazarus, y la escena holográfica
se congeló ante él. Casi en su centro brillaba el rostro
de una mujer. Un respirador negro cubría su boca
y nariz, pero la parte superior de su cara estaba al
descubierto. Sus ojos marrones parecían apagados,
vacíos, rodeados por una máscara gris resplande-
ciente de hongos—. ¿Conocen estas marcas?
—No me resultan familiares —respondió la Fab-
ricante Locum. La pictografía se desvaneció y fue
reemplazada por la imagen holográfica de su rostro,
perfectamente inmóvil, con los labios pálidos cer-
rados en una sonrisa diminuta y enigmática incluso
mientras hablaba—. Se supone que es una forma de
camuflaje cosmético.
—No lo es —Lazarus observó a la líder de la forja
y vio cómo sus pupilas se dividían, giraban y se
movían—. ¿Están al tanto del levantamiento, del
enemigo que tomó la Puerta Roja? La gente de
Sudsten los llama los grises.
Gretin Lan parpadeó, las membranas nictitantes
semitranslúcidas moviéndose lateralmente sobre
sus ojos.
—Mis bases de datos indican que son figuras míticas,
parte de una especie de fábula de terror contada por la
población civil de Sudsten. Un horror sobrenatural y
acechante destinado a asustar a niños e ingenuos.
Hace seiscientos años, el Regente Primero de la
época había declarado la guerra a los grises. Y
230
durante todo este tiempo, nunca habían informado
a la forja del Adeptus Mechanicus de la existencia
de los grises. Aunque pudiera creer que no eran
una amenaza, era inconcebible mantener oculta su
existencia. Lazarus se sentó en su asiento, con el
rostro serio y un dedo golpeando la empuñadura del
Filo de la Enemistad.
—Requieren información —expresó Lazarus con
firmeza—. Y la obtendrán —señaló a Ysentrud
con una mano enguantada, y la mira del holocáster
enmarcó la estilizada calavera roja de su rostro.
—Un Wyrbuk —la voz de la Fabricante Locum
resonaba con repugnancia—. Un sistema orgánico
infectado, una copia despreciable de un elegante cogita-
dor. Un mutante.
—Y la persona a la que escucharán mientras reviso
toda la información que han recopilado sobre la
disposición y ubicación de las fuerzas que les atacan
—añadió Lazarus con voz profunda, a punto de con-
vertirse en un gruñido—. Los atacantes son grises,
y he hecho la promesa de erradicar su infección de
este mundo. Vamos, ahora.
—Maestro Lazarus —Las pupilas de los ojos de la
Fabricante Locum Lan se separaron rápidamente y
luego se volvieron a juntar—. Cuando contacté con
su nave, no fue un grito de ayuda marcial. La única
razón por la que mis fuerzas no han erradicado a estos
atacantes es la naturaleza sensible de la zona donde se
231
han refugiado. Podremos…
—Vamos. Ahora —Lazarus dirigió su mirada hacia
el mortal—. Erudita Ysentrud, por favor, informa a
la Fabricante Locum Lan sobre los grises —la joven
parpadeó, con los ojos rojos bien abiertos, pero luego
asintió. Se volvió hacia la máscara color marfil
de Gretin Lan, y su rostro carmesí se volvió liso y
parecido a una máscara mientras entraba en trance
de enseñanza.
—Se registró el primer encuentro oficial con los
grises… —comenzó a decir, y Lazarus cogió una
pizarra de datos, apagando su voz mientras estu-
diaba la información que le llegaba del Adeptus
Mechanicus.
232
lante. Intentaba mantener su ira bajo control. Había
pasado las últimas horas revisando la información
de la Fabricante Locum, intercalando el envío de
órdenes al teniente Zakariah en la Espada de Calibán.
Estaba ocupado y tenía poca paciencia con aquel
hombre.
—¿En la Puerta Roja? —Los ojos del Regente
Primero se abrieron de par en par, luego su imagen
se disolvió y volvió a formarse lentamente; el miedo
del mortal era evidente incluso cuando las líneas de
su rostro volvieron a dibujarse en su sitio.
—Si los demonios de la disformidad volvieran a
arruinar este mundo, ¿cree que me tomaría la mo-
lestia de discutirlo con usted? —preguntó Lazarus.
Ignoró las contorsiones del rostro distorsionado
del Regente Primero y continuó—. La puerta está
sellada. Destruimos a los grises que la sostenían.
Pero se movieron contra nosotros, tendiéndonos una
emboscada. Capturaron a dos Ángeles Oscuros y al
Regente por venir.
—¿Capturados? —la cara de Halven se torció, luego
se relajó, pero su expresión seguía siendo difícil de
leer—. Malditos sean los grises —el Regente Primero
miró a Lazarus con ojos anaranjados y llenos de
estática—. Debe traerlos de vuelta.
Lazarus se inclinó hacia delante, asegurándose de
que los duros rasgos de su rostro quedaran claros
para el mortal, por muy mal que estuviera su equipo.
233
—Hay un problema con su transmisión, Regente
Primero. Creo que estoy oyendo cosas que no oiría si
estuviera delante de usted.
El rostro del Regente Primero se crispó de nuevo,
pero cuando se recompuso su expresión era bastante
clara a pesar de la estática. Frustración, miedo e ira
frustrados por una impotencia desconocida.
—Ese chico ha traicionado la herencia de nuestra casa
y es un tonto infiel que ha abandonado todo lo que
hemos defendido. Pero si los grises lo contaminan…
—hizo una pausa, su rostro se torció—. No deben.
—Entonces deberías haberlos matado hace tiempo
—dijo Lazarus—. En lugar de eso, los dejaste crecer a
tu sombra. Ahora atacan desde sus lugares ocultos y
ponen en peligro a tu pueblo y al Adeptus Mechanicus,
que nunca fueron advertidos de los Grises, ni por tus
antepasados ni por ti.
—Hombres máquina traidores —gruñó Halven—
. No se merecen nada de nosotros. Nada. Ocupan la
mitad de nuestro mundo, adorando a su falso dios, y
nosotros lo permitimos porque así nos lo ordenaron tus
antepasados, Ángel Oscuro. Tus antepasados salvaron
a esas monstruosidades desalmadas de la justicia que
merecían tras la Guerra de la Puerta Roja y nos pidieron
que les dejáramos continuar en lo que, por derecho, eran
nuestras tierras. Y así lo hicimos, pues estamos obligados
a servir al Emperador y a sus siervos. Pero no les damos
nada más que el diezmo que se nos ordenó hace mil años.
234
¡Nada más!
—Les has dado sus tropas infectadas por el ene-
migo que no lograste destruir, liberándolas en su
forja —expresó Lazarus—. Demasiados de los grises
contra los que hemos luchado eran en otro tiempo
soldados de su ejército. Existe una inteligencia detrás
de esta infección, una que nos reconoce a nosotros
y a los nuestros. Alguien ha cavado túneles bajo sus
tierras, ha robado sus soldados y su equipo, y ha
lanzado un ataque al otro lado de su mundo. Hay
un plan aquí, Regente Primero, y una mente lo está
dirigiendo, y me propongo destruir ambos. Para
lograrlo, mantendrán silencio y escucharán.
Con un toque en la pizarra de datos, Lazarus envió
las órdenes que había preparado al Regente Primero.
—Estoy convocando al resto de mis fuerzas. El
teniente Zakariah, con los escuadrones Revir y Nabis,
será enviado a Kap Sudsten. Seguirán sus instruc-
ciones hasta que regrese de purgar al enemigo de
esta forja.
—Pero…— tartamudeó Halven, luego se recuperó,
haciendo al menos un intento de humildad
apropiada—. Maestro Lazarus. El Adeptus Mechanicus
tiene sus propios soldados. Mi hijo…
—Cuestionar mis acciones me hace perder el
tiempo y la paciencia —dijo Lazarus, con un gruñido
retumbante—. Me encargaré de tu hijo.
El otro escuadrón que acompañaba al Hermano
235
Zakariah, Invis, estaba descendiendo al planeta con
el Tecnomarine Cadus. Se reunirían con el Anciano
Jequn y el Escuadrón Jotha, que se habían quedado
en la granja de estimulantes en ruinas a la sombra
del volcán muerto. El Hermano Cadus recopilaría
el equipo solicitado por el Techmarine Ephron y
empezaría a cartografiar los túneles de los Grises,
para que Jequn pudiera iniciar la búsqueda de sus
hermanos Exploradores perdidos y del Regente por
venir. Era un plan que Lazarus podría haber expli-
cado al Regente por venir si no estuviera cansado de
perder el tiempo con aquel imbécil.
—Me ocuparé de los grises. Luego me ocuparé de
ti —el rostro anaranjado del holocampo empezó a
abrir la boca, pero Lazarus le cortó el paso—. ¿Qué
piensas hacer?
Durante un largo momento, el Regente Primero
permaneció en silencio, sus rasgos parpadeando, el
sonido zumbando con estática. Cuando por fin habló,
sus labios no coincidían con las palabras y éstas es-
taban distorsionadas por la retroalimentación. Pero
eran comprensibles.
—Seguiré las instrucciones de su teniente hasta
que regrese.
Lazarus asintió.
—Que el Emperador los proteja a ustedes y a
todos los que le sirven aquí —cortó la transmisión,
y el holocampo se colapsó en chispas que se
236
desvanecieron en la sombra.
—Disculpe, señor Lazarus —exclamó Ephron
desde la cabina—. Hay interferencias en todas las
bandas. Pueden ser las tormentas que atravesamos.
Mis oraciones están teniendo poco efecto.
—Entendido, hermano. ¿Cuánto falta?
—Faltan treinta minutos para el aterrizaje.
Tiempo suficiente —respondió Ephron.
Lazarus echó un vistazo a la mortal que estaba
sentada a su lado, sosteniendo una cantimplora con
ambas manos. Era del tamaño de su cabeza y luchaba
por beber de ella sin derramar agua por todas partes.
Cuando la bajó de los labios, él se la quitó.
—Tengo preguntas.
—Mi propósito es responder, mi señor —dijo
Ysentrud. A pesar del agua, su voz era áspera. Puede
que la Fabricante Locum la mirara con desdén, pero
la había interrogado detenidamente una vez que el
Wyrbuk le hubo expuesto la historia de los grises. El
interrogatorio pareció calmar a Ysentrud, borrando,
tal vez, el shock de la batalla y su herida. Incluso con
su voz ronca, parecía contenta de enfrentarse a más
cosas. Pero vaciló, justo cuando estaba a punto de
respirar—. Un momento y entraré en estado memen.
—¿Tu trance? No te molestes, a menos que sea
necesario —dijo Lazarus. Había estado en ese trance
impasible mientras respondía a las preguntas de
Lan, y la Fabricante Locum parecía apreciarlo, pero
237
a Lazarus le parecía un efecto innecesario, un mortal
intentando imitar a un servocráneo. Ya había tratado
bastante con aquellas máquinas necróticas. Y para
lo que estaba a punto de preguntar, algún matiz
emocional podría ser útil—. ¿Qué ocurre entre el
Regente Primero y el Fabricante Locum? ¿De qué
herida surgió esta mala sangre?
—Una muy antigua, Maestro Lazarus —explicó
Ysentrud—. Mil años. Pero demasiado grande para
curarla, incluso en ese tiempo —frunció el ceño y
sacudió la cabeza—. Pero empezó antes, con los celos
y la economía. Cuando el Imperio regresó a Reis, el
planeta estaba controlado por la Casa Halven. Halven
gobernaba a través del poder de sus Caballeros, con
un contingente en cada continente, pero su poder iba
decayendo a medida que sus máquinas de guerra se
volvían más decrépitas. Estar aislados del Imperio
degradó la mayor parte de los conocimientos tec-
nológicos de Reis, y la Casa Halven fue incapaz de
mantener sus máquinas. Las rebeliones eran cada
vez más frecuentes y cada vez más difíciles de sofocar.
La casa podría haber caído, pero entonces regresó el
Imperio.
La aprendiza hizo una pausa para tomar un respiro
más profundo. Aunque sonaba como cuando estaba
en trance, Lazarus notó cómo movía los ojos y la
cabeza mientras hablaba. Estaba reflexionando so-
bre su historia en lugar de simplemente repetir los
238
hechos.
—El Imperio se regocijó al reafirmar el dominio
de la Casa Halven sobre Reis después de que juraran
lealtad al Emperador. Enviaron al Adeptus Mechan-
icus para llevar a cabo las reparaciones necesarias,
pero el Adeptus Mechanicus… quería más que lealtad.
Negociaron por el control de la riqueza mineral de
Reis y finalmente lo consiguieron, además de terri-
torio para una forja en Norsten. Sin embargo, la Casa
Halven despreciaba el trato. Querían a sus Caballeros
intactos, pero también querían técnicos entrenados
que les debieran algo. El Adeptus Mechanicus negó
ese deseo y guardó sus secretos. Halven tuvo que
aceptar sus condiciones si quería que sus Caballeros
siguieran funcionando, pero se defendieron como
pudieron.
—¿Hubo enfrentamientos? —preguntó Lazarus—.
¿Se enfrentaron al Adeptus Mechanicus?
—No como usted, mi señor —dijo ella, estreme-
ciéndose. Pero continuó rápidamente, reuniendo
fuerzas para hablar—. Hicieron que los suministros
que proporcionaban a la forja fueran costosos y se
negaron a aceptar tanta tecnología en el comercio
como pudieron. A lo largo de los siglos sin apoyo
imperial, aprendieron a arreglárselas sin muchas de
las herramientas disponibles para la mayoría de los
ciudadanos. O las sustituían —se dio un golpecito
en el cuero cabelludo tatuado—. Wyrbuk como yo, o
239
trabajadores con estimulantes en lugar de servidores.
—Se limitaron a sí mismos —señaló Lazarus—.
Por rencor.
—Y por orgullo —añadió Demetrius. El Capel-
lán Interrogador estaba limpiando su bólter pero
prestaba atención.
—Sí, mis señores —dijo Ysentrud—. Y por miedo
—miró la máscara de calavera de Demetrius y luego
la apartó rápidamente—. La Casa Halven no confiaba
en los dispositivos del Adeptus Mechanicus. Pensa-
ban que la tecnología podría usarse para espiarlos o
volverse contra ellos.
—Temían eso y, sin embargo, permitieron que el
Adeptus Mechanicus mantuviera a sus Caballeros
—preguntó Lazarus.
Ysentrud asintió.
—No tenían elección. Las máquinas se desmoron-
aban. Necesitaban al Adeptus Mechanicus, y eso les
daba aún más miedo. Entonces llegó la Guerra de
la Puerta Roja. Cuando los demonios empezaron
a surgir de la Puerta Roja, la Casa Halven movió
al contingente sur de sus Caballeros para proteger
Kap Sudsten —relató Ysentrud—. Pero cuando se
enfrentaron a los demonios, sufrieron una derrota
abrumadora —guardó silencio, frunciendo el ceño—.
Mi señor, permítame disculparme. La información
que les proporcioné es exacta, pero no del todo cierta.
Al grabar estos registros, me advirtieron mucho
240
sobre cómo abordar este tema. Sin embargo, no
pertenecen a la Casa Halven, así que les diré esto.
Los Caballeros de Sudsten fueron aniquilados por
los demonios en una batalla que apenas duró unos
minutos, una contienda que apenas afectó al ejército
que se desplegó a través de la Puerta Roja. La mitad
de los Caballeros de la Casa Halven fueron derrotados
tan severamente y tan rápidamente que gran parte
de la población de Kap Sudsten pereció, aplastada
por los demonios mientras intentaba escapar.
—Y así se perdió el continente de Sudsten junto con
la mitad de las fuerzas de la Casa Halven —comentó
Lazarus. Una parte de él se preguntaba sobre la
utilidad de esto, si solo estaba satisfaciendo su afán
de recopilar historia y conocimientos. Sin embargo,
la voz del hombre con la máscara gris lo atraía
de nuevo. Aquí había algo de historia que le era
desconocida, y los secretos le rasguñaban como el filo
de navajas. Ahora tenía algo de tiempo, y lo invertiría
en esto—. ¿Y qué hay de Norsten y esa otra mitad de
la casa?
—La parte norte de la Casa Halven se puso en mar-
cha para prestar ayuda en cuanto se enteró de la ame-
naza —explicó Ysentrud—. Aunque necesitaron que
el Adeptus Mechanicus trasladara a sus Caballeros
a través del océano hasta Sudsten. Cuando llegaron,
los Caballeros del sur ya habían sido derrotados y los
demonios saqueaban Kap Sudsten. Los Caballeros
241
del norte desembarcaron, sus pilotos abordaron… y
luego perecieron —se aclaró la garganta, y Lazarus
vertió un poco de agua en el tapón de la cantimplora
antes de entregársela. Ysentrud pareció sorprendida
por el gesto e intentó hacer una pequeña reverencia
mientras cogía el tapón, casi derramándolo. Sentán-
dose, continuó— Gracias, señor —y bebió—. Todos
y cada uno de ellos perecieron —continuó—. Los
Caballeros de Halven que quedaron permanecieron
junto al mar, nada más que tumbas. Así que, la
condena de Reis parecía sellada. Pero, finalmente,
los Ángeles Oscuros llegaron y salvaron este mundo.
La manera en que lo expresó sugirió cierta duda
acerca del valor del mundo. Lazarus pasó por alto
eso, más preocupado por la historia que acababa de
relatar.
—¿Qué sucedió con los pilotos del norte de la Casa
Halven?
—Traición, señor mío —afirmó—. Un ingeniero
encargado de la reparación y mantenimiento de los
Caballeros del Norte de la Casa Halven, llamado Heris
Amis, fue corrompido por las fuerzas daemónicas.
Saboteó el Mecanismo de los Tronos de los Caballeros
del Norte de la Casa Halven, de manera que cuando
los pilotos se conectaban a sus máquinas, quedaban
envenenados, sus sistemas nerviosos devastados, lo
que les provocaba delirios y, finalmente, la muerte.
Otros ingenieros detectaron los cambios más tarde,
242
pero lograron identificar al culpable.
—¿Qué pasó con él? —preguntó Lazarus.
—Los Ángeles Oscuros se encargaron de él, junto
con todos los demás que enloquecieron y se unieron
al ejército de demonios —Ysentrud frunció el ceño—.
Parecían ser muchos. Nunca lo entendí.
—La locura y la desesperación son senderos hacia
la ruina y hacia los Poderes Ruinosos —declaró el
Interrogador Capellán Demetrius—. Por eso nos
protegemos de ellos con fe y justa furia.
—Dices la verdad, hermano —afirmó Lazarus.
Miró a Ysentrud—. ¿Y qué sucedió con los Caballeros?
Supongo que la chatarra en el salón del Regente
Primero es lo que queda de las máquinas sureñas de
la Casa Halven, junto con el casco atravesado por la
lanza. Pero, ¿qué hay de los Caballeros del continente
norte?
—Perdidos, señor —respondió ella—. Tras la
batalla, después de los descubrimientos y ejecu-
ciones, la Casa Halven quería declarar la guerra al
Adeptus Mechanicus. Se negaban a creer que un solo
Visioingeniero fuera el responsable de su ruina. Sin
embargo, los Ángeles Oscuros los detuvieron. Los
separaron, ordenaron al Adeptus Mechanicus que
regresara a Norsten, y a la Casa Halven le dijeron
que ellos gobernarían Sudsten a partir de ahora.
Luego, instruyeron al Adeptus Mechanicus a reparar
a los Caballeros y deshacer el daño causado por
243
su Visioingeniero23 . Esto provocó protestas de los
sobrevivientes de la Casa Halven. No querían que el
Adeptus Mechanicus volviera a tocar a sus Caballeros,
pero los Ángeles Oscuros revocaron su objeción. Sin
embargo, cuando los Caballeros fueron llevados de
vuelta a Norsten para reparaciones, una tormenta
azotó el barco que los transportaba y se hundió en
una de las partes más profundas del océano. Tanto
el Adeptus Mechanicus como el recién nombrado
Regente Primero se culparon mutuamente por ese
desastre, pero eso no cambió el hecho de que las
máquinas que habían sido el corazón del poder de
Halven durante incontables generaciones habían
desaparecido —sacudió la cabeza tatuada—. Pero
no fueron olvidadas.
Lazarus reflexionó sobre su encuentro con el Re-
gente Primero, en esa sala desgastada adornada
con los restos desfigurados de las máquinas bélicas
destrozadas. Recordó al hombre sentado en aquel
Trono Mecánico averiado, con sus implantes inútiles
brillando en la tenue luz.
23
Visioingenieros: Místicos-ingenieros, miembros del Tec-
nosacerdocio del misterioso Adeptus Mechanicus y su culto.
A diferencia de la mayor parte del sacerdocio del Adeptus
Mechanicus, los Visioingenieros pueden ser vistos sirviendo
en casi todas las instituciones imperiales, y a menudo son
asignados a la Guardia Imperial, la Flota Imperial u otras
secciones del Adeptus Terra.
244
—¿El Regente Primero realmente cree en la posi-
bilidad de encontrarlos? —Era una noción absurda,
después de tantos siglos, pero los seres mortales
cometían numerosas tonterías.
—Así es, señor —respondió Ysentrud—. Existen
leyendas que hablan de la resurrección de los Ca-
balleros de Halven. Son relatos ambiguos y contra-
dictorios, pero están arraigados en la tradición, y
el Regente Primero parece depositar su fe en ellos
—hizo una pausa y tomó aire—. Maestro Lazarus. Si
yo… quiero decir, podría ofrecer…
—Si posees algún conocimiento relevante sobre
este asunto, adelante —interrumpió Lazarus, y
aunque ella bajó la mirada, continuó hablando.
—Sí, señor. Durante mi formación, a veces ex-
ploraba conocimientos no oficialmente permitidos
por el Regente Primero. Mayormente, eran relatos
folclóricos. Sin embargo, una de las teorías más
arriesgadas que me enseñaron proviene de los líderes
de una breve rebelión, que fue sofocada rápidamente,
hace cuatro siglos. Sostenían que estas historias
sobre el regreso de los Caballeros fueron fabricadas
por la Casa Halven para justificar su dominio sobre
Sudsten. Yo… creo que podría haber algo de verdad en
ello. Pero puedo asegurarle que el Regente Primero…
es un ferviente creyente. Para él, los Caballeros de su
casa están perdidos pero no destruidos, y algún día
regresarán a su hogar.
245
—¿Entonces es un ingenuo? —preguntó Lazarus.
La mujer titubeó y finalmente asintió. Había un
matiz de temor en su aroma y tensión en los mús-
culos del cuello y el rostro. Temía pronunciar estas
verdades, pero lo hizo porque creía que Lazarus debía
conocerlas—. ¿Y su hijo?
—Maestro Lazarus, Sebastián no comparte esa
creencia —explicó la Erudita—. Recibió los im-
plantes desde bebé, como todos los herederos de la
Casa Halven, y durante su infancia se entrenó con
su padre en el simulador que la casa trajo a Reis
hace siglos. Es la única tecnología que han adoptado.
Pero a medida que crecía, rechazaba los… ideales de
su padre. Incluso los cuestionaba abiertamente, lo
suficiente como para despertar la ira de su padre,
pero no su censura. No se atrevió a hacerlo hasta que
te invocó a ti.
«Así que Azrael me envió aquí —reflexionó
Lazarus—. Confesé mis dudas sobre nuestros
secretos, y me ordenan venir a este lugar, solo para
encontrarme sumergido en los secretos de estos
mortales»
—¿Hubo algo más en la tensión entre la Casa
Halven y el Adeptus Mechanicus?
—No. Sí. Quiero decir… perdón, mis señores.
Existía un odio de mil años entre ellos, pero era un
odio frío. El Adeptus Mechanicus y la Casa Halven
se repartieron este planeta, pero hacían lo posible
246
por ignorarse mutuamente, excepto como blanco de
pequeñas desavenencias.
El Thunderhawk se sacudió, e Ysentrud se aferró a
las amplias correas que la dividían por la mitad.
—Eso es todo, señor, además de las disputas sobre
límites e intercambios de materias primas. Puedo
entrar en detalles sobre todos ellos, si lo desean.
No. Especialmente porque Lazarus vio a Ephron
revisando los rituales de aterrizaje. Casi habían
llegado a la forja del Adeptus Mechanicus.
—Gracias, Erudita Ysentrud, eso es todo —lo dijo
sinceramente, aunque no estaba seguro de por qué
debía estar agradecido. Ahora comprendía mejor
la enemistad entre las potencias del planeta, pero
eso no importaba. No importaba en esta batalla con-
tra los grises, que parecían completamente ajenos
a esos acontecimientos. Lazarus frunció el ceño,
pensativo, pero de alguna manera se alegró. La
historia era como una batalla. Parecía un caos cuando
te sumergías en ella, pero al mirar a tu alrededor
podías trazar las líneas, ver las tácticas, entender los
objetivos. Eventualmente, si no te mataban.
—Desembarco en diez minutos, hermanos
—llamó de nuevo Ephron.
Lazarus agarró su casco y lo ajustó en su lugar. Las
pantallas del interior se iluminaron, mostrando imá-
genes del complejo superpuestas a mapas y planos
proporcionados por la Fabricante Locum. Los in-
247
formes de batalla de cada escuadrón indicaban su
nivel de preparación, y Lazarus podía ver las trayecto-
rias de los demás Thunderhawks descendiendo desde
la Espada de Calibán hasta la superficie de este mundo
problemático.
La historia podía matar a su manera, tan rápida-
mente como la batalla. Pero en la batalla, al menos,
Lazarus sabía que podía devolver la violencia.
—¡Capellán Interrogador Demetrius! —gritó, y el
guerrero alzó su crozius arcanum, el cráneo del arma
resplandeciendo en la tenue luz de la bodega.
—¡Hermanos! —exclamó Demetrius—. ¡Prepárense!
Vamos a luchar de nuevo contra estas cosas
inmundas, estos infectados, monstruosos grises,
¡traidores del Imperio! Los hemos marcado, ¡y
de nuestras manos la única misericordia que
encontrarán será la liberación de la muerte!
—¡Muerte al mutante! ¡Muerte al rebelde! ¡Muerte
al impuro! —respondieron los Ángeles Oscuros, en
la bodega y a través de la vox de Furia de Ángeles.
—Por el León. Por el Emperador. Por nuestros her-
manos —Lazarus pronunció las palabras lentamente,
su voz casi tranquila después del grito—. Somos los
Ángeles Oscuros. La sombra de nuestras alas es la
muerte.
248
Capítulo 14
L
os pilares de aterrizaje del Alas de Adamantina
acababan de tocar suelo cuando la compuerta
de la bodega se abrió, dejando entrar una pálida luz
solar y un viento seco y amargo en la nave. En su
asiento, Ysentrud se estremeció ante la ráfaga de aire.
Le dolía. Nacida y criada en las selvas de Sudsten,
estaba acostumbrada a una atmósfera saturada de
calor, humedad y esporas, rica en aromas de vida,
fragancias florales y el hedor de la descomposición.
El aire gélido de Norsten era como cuchillas en sus
pulmones y su piel. Le arrebataba el calor y la
hacía sufrir. Un escalofrío la recorrió y volvió a
temblar, pero no era como el temblor provocado por
la conmoción de la batalla. Era un estremecimiento
de cuerpo entero que le hacía castañetear los dientes.
Entonces percibió el olor. Ácido, punzante, era
el amargo aroma del metal, la electricidad y los
productos químicos, y le hizo toser mientras su
cuerpo se sacudía y se crispaba.
Cuando se repuso, los Marines Espaciales
249
ya habían abandonado la nave. Habían salido
precipitadamente, a plena luz del día, y ella se
encontraba sola. ¿Debía quedarse? Quería saber
si debía, si podía. No le interesaba participar en
otra batalla. Pero estaba tan ocupada respondiendo
preguntas para el Señor de la Quinta que no había
tenido oportunidad de preguntar.
Probablemente podría. Después de todo, la habían
dejado atrás. Probablemente debería. Era inútil en
un combate, más que inútil, un estorbo, y la idea de
refugiarse detrás de las paredes blindadas de este
Thunderhawk resultaba tentadora. Pero la escotilla
estaba abierta, y el susurro del viento que penetraba
por ella parecía estar hecho de cuchillos.
Si se quedaba allí, se congelaría, una posibilidad
que conocía por las historias grabadas en su mente,
pero que nunca había considerado probable. Ahora
parecía casi seguro. Sin dejar de castañetear los
dientes, se envolvió en su inadecuada túnica, se
levantó del asiento y salió.
De inmediato, le pareció un error.
El exterior era vasto. No había árboles majestuosos
ni selvas que se interpusieran en el cielo infinito,
de un azul pálido y salpicado de algunas bandas
de nubes blancas. El horizonte se interrumpía por
montañas de picos afilados y elevados, pero estaban
muy distantes. El Adeptus Mechanicus había erigido
su forja en una extensa llanura de piedra y nieve.
250
Parecía que todo lo que había en el suelo era blanco y
arenoso. Nieve. Hielo que había caído del cielo, tanto
que se acumulaba en montones a su alrededor. La
nieve relucía bajo la luz del sol, que no parecía emitir
calor, pero había grandes manchas de color gris,
negro y rojo, marcadas por la lluvia de las chimeneas
del factorum. Estas sobresalían de la nieve por todas
partes, formando un bosque achaparrado de hollín
negro o óxido rojo. Entretejidos con ellos se encon-
traba un vasto laberinto de tuberías que surgían y se
escondían, junto con haces de cables, algunos col-
gados de postes, otros simplemente tendidos por el
suelo. Había grupos de tanques de almacenamiento
pintados en una desconcertante variedad de colores:
algunos redondos, otros cuadrados, algunos altos,
otros bajos, grandes y pequeños. Pero de la factoría
de forja en sí no se veía rastro, excepto por las
enormes puertas construidas en una colina baja,
inclinadas hacia atrás contra el suelo, abriéndose
hacia un túnel que se sumergía bajo la tierra helada.
Un túnel que brillaba con luz y emanaba humos
nocivos. Se escuchaban ruidos, un traqueteo lejano
como el de cadenas, un chirrido grave como el de
las olas golpeando las rocas y, de vez en cuando, un
chirrido agudo como el llamado de un pájaro gigante
trastornado. La factoría del Adeptus Mechanicus
estaba enterrada, una vasta madriguera subterránea
que serpenteba bajo la piedra, el hielo y la nieve.
251
Ysentrud contempló esas puertas mientras
destellaban con luces extrañas, y recordó parte
del folclore que había absorbido. La mayoría eran
relatos de fantasmas e historias espeluznantes, pero
algunas trataban sobre demonios y su hogar en
la disformidad, descrito universalmente como un
lugar de fuego y humo. Las puertas de la bodega del
Adeptus Mechanicus evocaban esas descripciones,
aunque en ese momento lo único que podía pensar
era que probablemente hacía más calor allí abajo.
—Maestro de la Quinta —la voz atravesó el viento
y los sonidos que se propagaban a través de las
puertas. Era aguda y dulce, las palabras líricas, y
distrajo a Ysentrud del dolor del frío. Se alejó de la
nave y miró más allá de su bulto para ver a Lazarus
y su escuadrón de pie en filas ordenadas, con sus
letales armas colgadas a escasos centímetros de sus
manos enfundadas en guanteletes. Frente a ellos se
encontraba un escuadrón de… entidades.
Adoptaban una forma aproximada a la humana
y eran más o menos del mismo tamaño. Vestían
capas marfil con capucha, lisas excepto por una
insignia roja en el lugar donde estaría el corazón de
un humano. Las insignias tenían la delicada forma
del cráneo de un pájaro de pico largo. Bajo esas capas
y capuchas, brillaban lentes y destellaban metales.
Tubos largos de algo flexible y correoso se enrosca-
ban y movían, algunos de ellos expandiéndose y
252
contrayéndose al desplazar aire o líquido a través
de ellos. Pequeños actuadores de latón giraban y se
movían, y las articulaciones plateadas se flexionaban.
Puede que alguna vez fueran humanos, pero habían
sido tan alterados por la biónica y la cibernética
que ahora no quedaba rastro de humanidad en los
rostros y las garras que sus capas no cubrían. No eran
como los monstruosos sirvientes ciborg de los que
Ysentrud había oído hablar. Eran otra cosa, al igual
que la criatura que estaba delante de ellos, hablando
con Lazarus.
La voz de la criatura la identificó como la Fabri-
cante Locum Gretin Lan. Su rostro, inmóvil y per-
fecto, también era reconocible, pero era distinta, tan
diferente a la luz del sol que cuando lo había visto en
un holocaster. Seguía siendo una máscara de marfil
perfectamente simétrica de rasgos delicados, pero
ahora Ysentrud podía percibir su intrincada filigrana,
las pequeñas aberturas en el marfil que dejaban
entrever algo que brillaba en carmesí bajo su rostro.
Era toda blanca de diferentes maneras, excepto por
aquellos ojos color vino y aquel rojo casi oculto. Su
cabello era largo, pero no estaba compuesto por
mechones. Más bien, parecían plumas estrechas
que se arqueaban hacia atrás desde su cara como
un amplio tocado. Tenía los hombros y los brazos
desnudos, con la misma filigrana de marfil que
en su rostro, pero los agujeros finamente labrados
253
eran lo bastante grandes para revelar lo que había
debajo. Eran haces estriados de carne, músculos
carmesí cosidos con hilos de cable plateado y nervios
blancos relucientes. Se estiraban y se movían bajo su
caparazón ornamentado, tan hermosos desde lejos
como horribles de cerca.
Vestía un traje de seda con tonalidades de cáscara
de huevo. Este se ajustaba a sus pechos y vientre,
cubriendo la intricada filigrana inquietante. Sin
embargo, en su cintura, se ensanchaba en una im-
ponente falda dividida en numerosos paneles de tela
resbaladiza que, de alguna manera, se adherían entre
sí, ocultando completamente sus piernas. Aunque
el torso y la cabeza de la Fabricante Locum eran
más o menos del tamaño de Ysentrud, su altura casi
igualaba la de Lazarus.
Su escolta, que Ysentrud supuso debían ser las
máquinas, portaban largas armas al hombro, con
culatas pesadas y cañones que parecían brillar liger-
amente a la luz del sol. Gretin Lan no llevaba armas,
pero un pájaro mecánico se aferraba a uno de sus
brazos. Con alas, cabeza con pico y cresta, cuerpo de
hueso metálico y músculo carmesí en bandas, y patas
intrincadamente articuladas, su cola era tres veces
más grande que su cuerpo, una longitud de plumas
estrechas similar a las de la cabeza de la Fabricante
Locum. Todas sus extravagantes plumas eran de
distintos tonos de blanco, y era difícil distinguir
254
dónde terminaba el pájaro y comenzaba Gretin Lan.
A pesar de la plateada y maléficamente afilada garras
de sus patas, sus ojos compartían el mismo color
rojo vino que los de Gretin Lan. ¿Una mascota? ¿Un
adorno? ¿Una herramienta? Ysentrud no podía ni
empezar a adivinarlo.
Algo más llamó la atención de Ysentrud en la
Fabricante Locum, algo fácil de ver pero difícil de
identificar. Objetos pequeños giraban a su alrede-
dor, cráneos no humanos, como los servocráneos
tatuados en Ysentrud, sino cráneos de aves. Pe-
queños y delicados, con sus picos parecidos a finas
lanzas. En cada cuenca ocular amplia, una chispa roja
centelleaba, y había al menos una docena de ellos,
balanceándose y dando vueltas alrededor de Gretin
Lan, nunca quietos.
Ysentrud absorbió todo, una ráfaga de informa-
ción tan rápida y extraña que parecía estar siendo
registrada. Observó y escuchó mientras la Fabricante
Locum continuaba hablando con su voz extraña-
mente armoniosa.
—Ángeles Oscuros, bienvenidos a mi forja. Su
oferta de ayuda es una graciosa bendición que debe-
mos discutir —la melodía de su voz confería a sus
palabras un tono de agradecimiento y hospitalidad,
pero subyacía una melodía más oscura, un sutil toque
de advertencia. Lazarus también lo percibió, según
indicaba la severidad en su profunda voz.
255
—No venimos a ofrecer tratos. Estamos aquí para
aniquilar a esa abominación monstruosa. Les diré
lo que necesitan saber cuando nos acerquemos al
ataque gris —declaró con firmeza.
La máscara de la Fabricante Locum permaneció im-
perturbable, pero la ligera elevación y la inclinación
de su cabeza al Maestro de la Quinta decían más que
las palabras.
—Esta es mi forja, noble Marine Espacial. Mis
circuitos serán los que sufran si no se cumplen mis
cuotas. No permitiré que tú y tus armas provoquen
estragos balísticos en mi factoría.
—No permitiré que desobedezcan mis órdenes
—replicó Lazarus con una frialdad equiparable al aire
que quemaba la piel de Ysentrud—. Acabar con estas
criaturas impuras es mi propósito, el propósito para
el cual fui creado por el mismísimo Emperador, y
perseguiré esa misión como crea conveniente. Tienes
una elección, Fabricante Locum. Haz lo que te digo o
enfréntate a la ira de los herederos del Emperador y
los hijos del León.
Los delicados brazos de Gretin Lan se cruzaron
sobre su pecho, y su cabeza se inclinó, sus ojos
oscurecidos mientras las pupilas crecían en número
y forma. Sin embargo, se postró en una elegante
reverencia y, al levantarse, volvió a ser tan alta como
Lazarus, ni más ni menos.
—Doy la bienvenida a los Ángeles Oscuros a Forja
256
Norsten, y les saludo en nombre del Omnissiah. Que
nos bendiga tanto en nuestra producción como en
nuestra destrucción.
—Y en nuestra destrucción —añadió secamente
Lazarus. Gretin Lan le parpadeó y se apartó, levan-
tando el dobladillo de su falda, revelando piernas
parecidas a las de un ave, musculosas y atadas con
fibras rojas crudas. Sus pies terminaban en garras
rechonchas, excepto por el dedo central, que sostenía
una garra en forma de hoz de plata reluciente. Cada
garra estaba tensa, esperando para ser activada por
la Fabricante Locum.
—Todo y todos aquí son armas —murmuró Ysen-
trud con los labios entumecidos—. Y apenas puedo
moverme.
No obstante, se movió, tambaleándose casi
corriendo, mientras la Fabricante Locum guiaba
a Lazarus y a los Ángeles Oscuros a través de las
puertas hacia las luces y el humo. A pesar del aspecto
aterrador de Forja Norsten, parecía cálida.
Era cálida.
Cuando Ysentrud cruzó la entrada, una ráfaga de
viento proveniente de ventiladores empotrados en
las paredes del túnel la envolvió. Estos ventiladores
creaban una barrera de aire que bloqueaba el frío, y
al atravesarla, sintió un alivio que casi la hizo caer de
rodillas. No era tanto calor como en su hogar, pero lo
suficiente como para que dejara de sentir la muerte
257
acechándola, como sombras que se intensifican al
atardecer. Sin embargo, tuvo poco tiempo para
apreciar el calor. Al otro lado de la cortina invisible
y revuelta, inhaló profundamente por primera vez,
y el aire cargado de gases corrosivos le golpeó los
pulmones como ácido. Se desplomó, sus rodillas
golpearon el suelo de hormigón manchado, mientras
su cuerpo temblaba con toses violentas.
—Su mutante está sufriendo una insuficiencia
respiratoria —apenas pudo oír a la Fabricante Locum,
pero sintió la enorme mano en su espalda, agarrán-
dola por la túnica y poniéndola de pie.
—Contén la respiración y cierra los ojos —la pro-
funda voz de Lazarus retumbó en su interior, y ella
trató de seguir sus instrucciones, pero no pudo dejar
de toser—. Necesita un respirador.
Una eternidad pasó mientras luchaba por controlar
las toses y trataba de evitar inhalar más aire tóxico.
Entonces, algo le cubrió la cara, y el aire frío le llegó,
silbando en su piel. Inhaló y sintió el aire seco,
insípido y sin vida, pero libre de las duras toxinas que
habían invadido sus alvéolos. Después de toser un
par de veces más, logró calmarse. Levantó la mano
y tocó la gigantesca mano blindada que sostenía la
máscara en su rostro, la cual se apartó, dejándola con
el respirador en la mano. Se lo quitó por un momento,
conteniendo la respiración mientras se limpiaba la
cara con la manga sucia de lágrimas y mocos. Luego,
258
se volvió a colocar la máscara y ajustó las correas
alrededor de su cabeza.
—¿Estamos listos? —preguntó Gretin Lan—. Creo
que ustedes están ansiosos por llevar a cabo su purga
destructiva.
—Lo estamos —dijo Lazarus con voz grave y di-
recta, e Ysentrud se preguntó cómo la Fabricante
Locum podía soportar que le hablaran así. Ser casi
una máquina debe tener sus ventajas, pensó—. Con-
tinúa —le dijo a Lan, y luego miró a Ysentrud—.
Necesitamos rapidez, Erudita. El hermano Asbeel
te guiará.
Antes de poder responder, Ysentrud sintió que
algo la tomaba por la espalda. El Apotecario la
alzó en el aire y la colocó sobre su hombro, con
un servobrazo asegurándola. No era la posición
más cómoda, pero con las largas zancadas, sabía
que nunca habría sido capaz de mantener el ritmo
por sí misma. Era demasiado pequeña, demasiado
débil en comparación con esos transhumanos con
sus armaduras o los fanáticos cibernéticos del Dios
Máquina. Olviden mantener el ritmo; ni siquiera
podía respirar aquí abajo, a diferencia de todos ellos.
«Y me llaman mutante», murmuró para sí misma.
Solo tenía un pequeño aditamento en el cerebro que
mejoraba su memoria, le jugaba con el pelo y se lo
ponía rojo. Ellos…
—¿Necesita algo?— le preguntó Asbeel.
259
—No, señor Apotecario —respondió rápidamente,
con la voz aún áspera. También poseía sentidos tran-
shumanos que recordaba mejor con sus habilidades
mutantes. Frunció el ceño tras la máscara transpar-
ente de su respirador, molesta por su malestar. Pero
al menos era una distracción de lo que les esperaba.
Habría otra batalla, y no estaba segura de poder
soportarla de nuevo, a pesar de tener el estómago
vacío, vaciado por el tiempo y los vómitos.
Giraron por un desvío en el túnel de entrada,
bajaron por otro, tomaron otro giro, adentrándose
siempre más en la tierra. Los túneles enormes
hacían parecer pequeños a Gretin Lan y a los Ángeles
Oscuros, e incluso el Dreadnought parecía pequeño
caminando por los pasillos de hormigón rocoso.
Estaban iluminados por lúmenes blancos colgantes
del techo, como estrellas espaciadas uniforme-
mente. La luz era tan intensa como deslumbrante,
desvaneciendo los colores y desfigurando todo,
excepto a la Fabricante Locum con sus tonos blancos
variados. Pero la luminosidad convertía los túneles
en lugares estériles e interminables, con paredes
grises perfectamente lisas y uniformes, salvo por dos
franjas de grabados: una a unos tres metros del suelo
y la otra a unos sesenta. La franja más alta estaba
compuesta por imágenes de máquinas y partes de
máquinas, ecuaciones matemáticas y fórmulas
químicas, densas líneas de texto en un idioma
260
ilegible para ella. Parecía más un texto técnico o
un manual de instrucciones que arte. Las tallas
inferiores eran solo puntos y rayas, repitiéndose
sin patrón discernible. Ysentrud no tenía ni idea
de lo que significaban hasta que vio a un Servidor
avanzar por uno de los túneles que se cruzaban con
el suyo. Una fina línea de luz láser roja surgía del
cíborg y recorría las tallas mientras pasaba, y de
altavoces ocultos emanaba un canto bajo y melódico,
mezclado con un extraño susurro mecánico. El
sonido cambiaba de ritmo cuando el cíborg reducía
la velocidad para esquivar una máquina de limpieza,
y volvía a aumentar cuando el cíborg aceleraba. Las
tallas eran como una caja de música que ella había
visto una vez, y sus formas extraían esas canciones
de los sirvientes a su paso.
¿Oraciones? ¿Música? ¿Rutas? Quizás las tres.
Sin duda, necesitarían algún tipo de guía. A pesar
de dar solo algunas vueltas, se habían internado
en innumerables túneles que se extendían en to-
das direcciones, e Ysentrud se daba cuenta de que
estaba irremediablemente perdida. Debería haber
tenido una memoria fotográfica para recordar la
ruta. Sin embargo, la Fabricante Locum avanzó
decididamente por los pasadizos hasta detenerse
frente a una sólida puerta de metal. Estaba cerrada,
pero deformada en su marco, con el metal curvado
y retorcido. Diez hombres máquina más esperaban
261
afuera, armados y listos.
—Factorum C-433 —anunció Gretin Lan, girán-
dose hacia la puerta con sus ojos rojos fijos en ella.
Las calaveras de pájaros que revoloteaban a su alrede-
dor permanecían inmóviles, con picos afilados y ojos
carmesí puntiagudos apuntando al portal dañado—.
las Milicias Domésticas de Reis, ahora marcados por
el gris, irrumpieron en el complejo, corrieron por
él y se encerraron aquí —indicó la puerta dañada—.
Las imágenes holográficas muestran que las puertas
fueron dañadas por explosivos de baja potencia y
luego selladas desde el interior mediante la destruc-
ción de nuestro equipo de montaje —la rabia bullía
en su tono.
—Había nueve entradas principales y diecisiete
secundarias en los planos de este factorum —señaló
Lazarus—. ¿También las sellaron?
—Todos los portales estaban protegidos —respondió
la Fabricante Locum—. Rápidamente. Los hostiles
también dañaron todos los lanzadores de pictografía
y los escáneres de auspex pasivos del factorum,
provocando su mal funcionamiento. Conocían
la ubicación de cada sensor. La comprensión de
los designados grises sobre el funcionamiento de
mi forja es tan desconcertante como inaceptable.
Requiero información sobre esto.
—Lo sabremos más tarde. Ahora es el momento de
concluir —mientras Lazarus hablaba, Asbeel alzó a
262
Ysentrud y la bajó al suelo. Los Marines Espaciales se
estaban formando, cambiando las armas, preparán-
dose para… algo. Ysentrud vaciló. Quería distanciarse
lo más posible de lo que estos enormes guerreros
estaban a punto de hacer, pero al mismo tiempo, no
quería alejarse de su resguardo.
—¿Han colocado guardias en cada entrada, como
ordené?— preguntó Lazarus.
—El cumplimiento de esas órdenes se logró in-
cluso antes de pronunciarlas —afirmó Gretin Lan—.
Una patrulla estándar de diez skitarii24 como estos
—señaló a sus guardianes cíborg— están posiciona-
dos antes de cada entrada principal. Las entradas
24
Skiitari: Son el corazón biónico de las legiones del Adeptus Me-
chanicus. Sus incansables cohortes defienden los Mundos Forja
del Imperio, aniquilando los enemigos de los Tecnosacerdotes
y luchando en la vanguardia a la Búsqueda del Conocimiento.
Al igual que con gran parte de la industria del Culto Mechanicus,
las verdades de la creación Skitarii se mantienen en secreto.
Algunos son cultivados en cubas de crecimiento o clonados,
mientras que otros son reacondicionados a partir de los
convictos lobotomizados o los guerreros entregados como
castigo por el fracaso o la deserción. Independientemente del
origen, todos encuentran una fe fanática en el Omnissiah poco
después de su inicio. Es entonces cuando empieza su verdadera
transformación. La Tecnoguardia Skitarii es la fuerza más
antigua del Adeptus Mechanicus, formada en los primeros
días de conflicto cuando el Culto Mechanicus peleaba por su
existencia contra los degenerados merodeadores mutantes de
los yermos marcianos.
263
menores están vigiladas por patrullas de servocrá-
neos armados. Si los designados grises intentan
algún movimiento, lo sabremos de inmediato.
—Entonces, comenzamos —Mientras hablaba
Lazarus, el Dreadnought Azmodor avanzó. El puño
del cíborg de los Ángeles Oscuros se alzó, y el aire
alrededor de él centelleó, chasqueando y estallando
como si fuera cristal a punto de romperse.
—Por el Santo Hacedor de Máquinas —murmuró
la Fabricante Locum, e Ysentrud no supo si estaba su-
plicando o rezando. Sin embargo, se giró y se colocó
suavemente entre el Dreadnought y las puertas—. El
curso de acción que está proponiendo no puede ser…
—Espera —interrumpió Lazarus—. He revisado
sus estrategias de ataque en la información que me ha
enviado. No tenemos tiempo para esperar a que sus
respiradores fallen, o a que aumente la temperatura
del factorum lo suficiente como para acabar con ellos.
No hay tiempo para ninguno de sus otros métodos
asépticos y sin confrontación. Los grises conocen
su disposición, y tomaron ese factorum por alguna
razón. Tal vez cinco mil razones.
¿Cinco mil? Ysentrud miró confundida a Lazarus.
¿De qué estaba hablando?
—Me refiero a los malhechores designados que nos
ha enviado el Imperio para ser procesados y conver-
tidos en servidores mineros y multitarea con patrón
de torno. Su preparación aún está en las primeras
264
fases —explicó Gretin Lan, agitando la mano, con los
músculos flexionándose bajo la filigrana—. El pro-
ceso de criogenización apenas ha terminado hace do-
scientos años, y esas unidades estaban en pleno pro-
ceso de acondicionamiento quirúrgico. Este tipo de
tratamiento las vuelve inútiles desde el punto de vista
funcional. Incluso si los designados grises intentaran
descongelar las unidades heréticas restantes para in-
fectarlas, tal acción requeriría múltiples operaciones
complejas. Por lo tanto, tenemos tiempo…
—No —cortó Lazarus—. Su tiempo ha terminado.
Hermano Azmodor.
El Dreadnought avanzó, y la Fabricante Locum
tuvo que retroceder para no ser aplastado.
—Afirmación aceptada —dijo, con la música de
su voz aguda y rápida—. Permítame proporcionarle
más información pertinente. Ya he colocado cargas
alrededor de esta entrada para facilitar la retirada
de las puertas dañadas. Pueden activarse cuando lo
ordene.
—Lo exijo ahora —Lazarus desenvainó su espada,
que resplandeció y parpadeó, con su campo de en-
ergía danzando a su alrededor como sombras. De-
trás de él, el pelotón de Marines Espaciales con es-
padas sierra se formó mientras Azmodor permanecía
agazapado frente a la puerta. Apenas se habían
colocado en posición cuando la Fabricante Locum
pronunció una sola palabra.
265
—Ignus.
Se oyó un chisporroteo en los bordes del metal
y unas líneas blancas se dibujaron en las costuras.
Incluso a través del Respirador, Ysentrud percibió el
olor a metal quemado, y entonces la gran puerta se
movió y cayó hacia el vestíbulo.
Azmodor no se apartó. Levantó su gran puño y
su campo de poder hizo que el metal chirriara y se
deformara mientras atrapaba la puerta que caía por
un borde al rojo vivo. La cogió y se dio la vuelta,
lanzándola por el ancho pasillo. Aterrizó en el suelo
con un estruendo similar al de un trueno, chispas
saltando mientras se deslizaba por la roca y aplastaba
un Servidor de mantenimiento que había estado
fregando una mancha oscura en el suelo. Ysentrud
seguía boquiabierta mirando la puerta corrediza
cuando el Dreadnought avanzó y golpeó con el puño
la maquinaria apilada al otro lado de ella. El túnel se
llenó de ruido, una avalancha de ecos estruendosos,
mientras la barrera improvisada estallaba en escom-
bros y salía volando hacia el vasto espacio más allá
de la puerta.
Sin darse cuenta, Ysentrud había retrocedido hasta
la pared del fondo, con las manos apretadas sobre los
oídos, pero no podía escapar de aquella tormenta de
sonido. El Dreadnought retiró el puño y lo cerró con
fuerza, arremetiendo contra él y atravesando lo que
quedaba de la barrera. Ysentrud vislumbró el otro
266
lado, pero estaba lleno de sombras, un agujero negro
comparado con la sala brillantemente iluminada.
Entonces no vio más que las espaldas de los Ángeles
Oscuros, que seguían a Lazarus en la oscuridad.
—Recuerda tu misión —la voz profunda era la
de Demetrius, el Capellán Interrogador que estaba
frente a Gretin Lan, con sus ojos verdes y carmesí
clavados en sus pupilas divididas—. Nada atraviesa
esta puerta, ya sea para huir o para entrar. ¿Enten-
dido?
—Soy plenamente consciente de la tarea que se me
ha asignado —respondió ella, igualando su mirada.
—Por el Emperador, deberás —gruñó Demetrius.
Señaló a Ysentrud, y solo la pared que tenía detrás le
impidió retroceder—. Vigílala y mantenla a salvo. El
Maestro de la Quinta te lo ordena.
Después se retiró, desvaneciéndose con el último
de sus compañeros en la penumbra. Más allá de las
puertas destrozadas, el factorum era una caverna
esculpida en piedra, similar al vestíbulo pero mucho
más extensa. Sumida en la oscuridad, con casi todas
sus luces apagadas salvo algunas parpadeantes, la
luz del vestíbulo se reflejaba en enormes máquinas
que parecían extrañas bestias inmóviles, conectadas
por redes de cables y cintas transportadoras largas.
Alrededor se apreciaban montones de suministros,
pilas de materiales, cajas y barriles, creando sombras
colosales en la penumbra.
267
Aquella oscuridad comenzaba a fragmentarse,
atravesada por destellos de luz, el estruendo del
Arma de proyectiles, el fulgor intermitente de los
bólters, y con esas ráfagas luminosas llegaban los
sonidos de disparos y el agudo quejido de las espadas
sierra. Ysentrud se estremeció por el estrépito, y
luego se percató de la presencia de Gretin Lan. Sus
cyborg skitarii se habían organizado en formaciones
disciplinadas, la mayoría resguardando la puerta
abierta del factorum, listos para enfrentarse a
cualquier gris que intentara huir. Otros se habían
posicionado en el vestíbulo para protegerse de
posibles ataques desde otras direcciones. No
obstante, la Fabricante Locum permanecía en el
centro de la sala, dando la espalda a la puerta
abierta, rodeada por su enjambre de pequeños
cráneos y con los brazos cruzados. Su cuerpo
estaba inmóvil, tanto como su semblante, pero
en su brazo, aquel ave blanca se movía, agitando
la cabeza y extendiendo ligeramente las alas, sus
músculos expuestos contrayéndose al ritmo de los
sonidos de la batalla. A menudo coincidiendo con
los estremecimientos de Ysentrud. El movimiento
del pájaro hizo que Ysentrud se preguntara si la
Fabricante Locum aborrecía esos sonidos de guerra
tanto como ella.
El ave la descubrió observándola y se desplazó
sobre el brazo de Gretin Lan, con sus ojos oscuros
268
y rojos clavados en ella. Gretin giró la cabeza, sigu-
iendo la mirada de su mascota.
—Erudita Ysentrud Wyrbuk. Tu mente alterada
conserva una historia de este mundo. Realiza la
siguiente consulta: ¿se ha incumplido alguna vez
la cuota imperial en Reis?
Ysentrud inhaló profundamente. Adentrarse en
sus recuerdos era tentador. Podría dejar atrás su
miedo, perderse en la historia. Sin embargo, no podía
permitirse ser vulnerable de esa manera, rodeada
de aliados en los que apenas confiaba más que en
el enemigo. Así que exploró sus recuerdos, pero
permaneció presente.
—Existen dos instancias, poco después de que Reis
se reincorporara al Imperio, en las que la Casa Halven
quedó justo por debajo del requisito del diezmo. En
ambas ocasiones, se quedaron a un escaso cinco por
ciento, y en ambas se les otorgó clemencia medi-
ante mortificación corporal. El Adeptus Mechanicus
maneja un sistema de diezmo diferente, y carezco
de registros directos sobre ellos. No obstante…
—titubeó. El resto se sumergía en la especulación,
y el Erudito Thiemo había desaconsejado tales con-
jeturas. Pero no le importaba hacer dudar a la Fab-
ricante Lan. O al menos a su ave—. Sin embargo,
hace setecientos años, datos circunstanciales indican
que se produjo una significativa acumulación de
gas durante las operaciones mineras en Norsten.
269
Supuestamente, la mayor parte de la mina colapsó.
No hay información sobre si esto afectó o no a la
cuota, pero parece probable. Meses después del
accidente y el envío del tributo, se informó que el
Fabricante Locum de la época había perecido en la
explosión. Más tarde, llegó un nuevo Locum.
—Fue dado de baja—. Gretin Lan negó con la
cabeza—. Sus funciones cesaron como sanción por
incompetencia. Aunque quizás no cesaron por com-
pleto. Los análisis indican que partes sustanciales de
su corpus se incorporaron al sistema de cogitación
principal de la forja.
Ysentrud no sabía cómo reaccionar ante eso, así
que permaneció en silencio. No hubo más sonido
que el lejano retumbar de un bólter y el susurro de
su respiración a través del Respirador. Entonces, las
luces parpadearon.
Gretin Lan alzó la cara hacia los brillantes globos
que se erguían sobre ella, y sus pequeños músculos
se movieron bajo la máscara de filigrana mientras
sus ojos se entrecerraban. Cuando las luces volvieron
a titilar, sumiéndose en la oscuridad el tiempo sufi-
ciente para que Ysentrud parpadeara, la Fabricante
Locum retrocedió hacia la puerta rota del factorum.
Los skitarii se desplazaron a su alrededor, formando
una línea de diez entre ella y el oscuro interior, mien-
tras el resto se dividía y penetraba en el vestíbulo,
la mitad a un lado de las puertas y la otra al otro.
270
Se alinearon sobre la roca: los que iban adelante se
arrodillaron con las armas encendidas en alto, y los
que estaban detrás apuntaron sus armas por encima
de sus cabezas.
—¿Qué está sucediendo? —Ysentrud se alejó de la
pared, sintiéndose vulnerable. En este túnel despe-
jado, no había más protección que los propios skitarii
o las faldas del Fabricante Locum.
—La Noosfera de la forja ha colapsado. La conex-
ión con los fundidores de pictografía y los sensores
de auspex se ha perdido. Pero algo se avecina.
Ysentrud apenas comprendía las palabras de la
Fabricante Locum, pero detectaba un tono de temor
en la extraña melodía de la voz de la mujer máquina.
Se apresuró por el pasillo, deslizándose tras Gretin
Lan. Aunque no confiaba plenamente en Gretin
Locum, al menos Demetrius le había ordenado a Lan
que la protegiera. Ysentrud se movió justo a tiempo,
porque cuando se acomodaba entre las amplias faldas
blancas y los skitarii embozados, las luces volvieron
a apagarse y permanecieron así. La sala quedó
sumida en la oscuridad total, la única iluminación
provenía de las chispas carmesí que resplandecían
en las cuencas oculares de las calaveras de pájaros
flotantes alrededor del Fabricante Locum, y el suave
resplandor de las armas de su escolta, azules en la
oscuridad.
—Objetivos aproximándose —anunció la Fabri-
271
cante Locum, y de repente, la luz regresó, una luz
carmesí que recorría el pasillo. Provenía de su ban-
dada de calaveras, cuyos rayos rojos de luz dividían
la oscuridad. En la brumosa penumbra alcanzada por
los rayos, se distinguía el destello de algo reflectante
y, después, movimiento. Formas, sombras corpulen-
tas al límite de la luz. Ysentrud no lograba entender
lo que veía: piel pálida y metal resplandeciendo al
rojo vivo; luego se percató de que eran las deformes
figuras de los sirvientes. Experimentó un alivio al
saber que esas criaturas perturbadoras y cadavéricas
servían a la Fabricante Locum, pero esa sensación
se desvaneció con una oleada de iluminación. Un
haz de luz láser atravesó el pasillo desde la derecha
y alcanzó la doble fila de skitarii de ese lado. Dos de
ellos cayeron, con un agujero humeante en la cabeza
de uno y en el vientre del otro. Apenas tocaron el
suelo, los skitarii respondieron al fuego.
De sus armas surgieron relámpagos, lanzas den-
tadas que se abrían paso entre las sombras teñidas
de rojo, casi tan brillantes como el rayo láser. Alcan-
zaron al Servidor, y el metal chisporroteó mientras
la carne crujía y burbujeaba. El Servidor se detuvo
abruptamente, pero había más detrás de él, sombras
de formas inusuales que se movían en la oscuridad.
Había aquellos con cuerpos retorcidos montados
sobre orugas y patas de araña, pero entre ellos se
presentaba algo distinto. Criaturas de cuatro patas
272
construidas como bestias. Quizá alguna vez fueron
bestias, pero ahora eran una amalgama de placas
blindadas y mangueras retorcidas, extremidades
metálicas con garras afiladas y sensores brillantes.
Ysentrud observó aterrada a estos nuevos engen-
dros, y enseguida cargaron hacia adelante, terrible-
mente veloces, con sus garras resonando en la roca.
A medida que se acercaban, lanzaron fuego desde sus
hocicos metálicos, llamas amarillas anaranjadas que
se desbordaron sobre la línea de skitarii. Los guardias
de Gretin Lan cayeron, zumbando y humeando, con
el olor a sintéticos quemados mezclado con la carne
chamuscada. Después, las bestias cíborg se abalan-
zaron sobre los skitarii, desgarrando con sus garras
a los sobrevivientes.
—¿Qué…?— jadeó Ysentrud, quien se volteó
cuando las llamas se propagaron por el pasillo. Más
monstruos cíborg y sirvientes se congregaron allí,
corriendo hacia adelante para atacar a esa línea de
skitarii.
—Sabuesos de azufre cooptados. Posición in-
sostenible —espetó Gretin Lan. Las calaveras gira-
ban a su alrededor, proyectando finas líneas de luz
que se precipitaban por el pasillo hacia los sirvientes.
El pájaro en su brazo había desplegado las alas, y
los bordes de sus plumas brillaban como cuchillas—.
¡Retrocedan al factorum C-433!
Retrocedan. Apenas escuchó Ysentrud la orden
273
entre el estruendo, pero entendió de qué se trataba
cuando todos se movieron a su alrededor. Los skitarii
asignados a vigilar la puerta se retiraban, deslizán-
dose sobre los escombros dejados por la violenta
entrada de los Ángeles Oscuros. Gretin Lan se giró, y
su falda se abrió, revelando las mortíferas garras de
sus patas de ave. Ysentrud tuvo que apresurarse para
seguirla, agarrándose a las faldas de la Fabricante
Locum mientras entraban en el factorum. La nube
de cráneos de pájaros la rodeaba, surcando el aire
en complejos patrones, sin colisionar entre sí ni con
nada mientras giraban alrededor de su dueña. Uno
de ellos disparó un láser al pasar zumbando junto a
Ysentrud, y el brillante rayo atravesó el aire tan cerca
de su cara que pudo sentir su calor. Se desvaneció en
la oscuridad, apuntando a un objetivo desconocido,
y luego la calavera desapareció, volando. Ysentrud
anhelaba poder volar ella también mientras trataba
de esquivar los escombros, pero la esquina de su
túnica se enganchó en un puntal retorcido mientras
corría hacia el factorum.
Ysentrud fue bruscamente tirada hacia un lado
cuando la fina tela de su túnica se negó a rasgarse
y cayó, aterrizando torpemente. Un trozo roto de
roca se clavó en sus costillas, dejándola sin aliento.
Jadeante, intentó levantarse, pero al estirar la mano,
la herida del brazo causada por la granja de estímulos
le lanzó un agudo dolor, la mano le dio un espasmo
274
y solo pudo arrodillarse, tratando en vano de retro-
ceder.
Gretin Lan se había desvanecido, su blancura se
perdía en la penumbra teñida de rojo, y de repente,
los skitarii rodeaban a Ysentrud. Los cíborgs retro-
cedían, ágiles entre los escombros como insectos
de largas extremidades. Sus pistolas de rayos bril-
laban en sus manos, disparando proyectiles a sus
perseguidores, pero los cristales de sus ojos res-
plandecían con el fuego láser y las llamas de sus
adversarios. Uno cayó, emitiendo un olor a metal
y carne chamuscados, con una línea ardiente trazada
en medio de su pecho por una barra de luz. Otro
se desplomó, temblando mientras los proyectiles
impactaban en su cuerpo. Mientras Ysentrud in-
tentaba levantarse, forcejeando para liberarse de
los escombros que atraparon su túnica, los skitarii
avanzaban, dejándola atrás, hasta que sintió una
mano en su cuello.
El skitarius que la agarró olía a aceite y ozono, y el
contacto de su mano en su nuca era como cuero frío.
Ysentrud se apartó instintivamente, pero el guerrero
cibernético no parecía darse cuenta.
—El destino mortal les acompaña —Su voz era
una estática áspera convertida en palabras. Al tirar
de su cuello, la parte inferior de su túnica se rasgó,
liberándola, y el skitarii la arrastró por el suelo tras
él. Apenas había dado unos pasos cuando uno de los
275
sabuesos de azufre saltó sobre los escombros y se es-
trelló contra ella, con sus garras cortando la espalda
del skitarii. Un chorro de sangre salpicó a Ysentrud
mientras el skitarii caía a su lado, y sintió la pata del
cíborg golpear su hombro mientras el cadáver sufría
espasmos y convulsiones. Al menos, el impacto la
liberó de su agarre, alejándola del bestial cíborg que
estaba despedazando a la guardia de Gretin Lan. Pero
bajo la luz roja, pudo ver que la criatura se detenía y
giraba la cabeza, y el brillo ámbar de sus sensores la
seguía mientras ella intentaba alejarse a rastras.
Ysentrud permaneció inmóvil, pero el sabueso de
azufre retiró las garras de la espalda del skitarius en
ruinas y se acercó a ella. Podía olerlo, el hedor del
metal caliente y los productos químicos cáusticos
mezclados con la sangre, y el tintineo de sus garras
contra el suelo de alguna manera silenciaba el sonido
de la batalla detrás de ella. Mirándolo fijamente, con
la respiración contenida, congelada, Ysentrud esperó
hasta que lo vio agacharse y comenzó a girarse,
sabiendo que sería demasiado lenta, que la derribaría
antes incluso de que pudiera ponerse en pie.
Entonces, un delicado cráneo de pájaro surcó el
aire, una cosa diminuta no más grande que su ojo.
Se lanzó directo hacia el cíborg, su afilado pico
perforando el pecho de la monstruosa bestia. Aunque
impactó y se clavó, aparte de provocar un pequeño
rastro de sangre, parecía no hacer nada en absoluto.
276
El sabueso de azufre se estremeció, pero ignoró la
calavera y se preparó para saltar, extendiendo las
garras mientras se abalanzaba hacia Ysentrud… y
luego la pequeña calavera estalló. La violencia con-
tenida en ese minúsculo artefacto fue limitada pero
cuidadosamente aplicada, la fuerza dirigida hacia el
pecho del sabueso de azufre. Se oyó el horrible ruido
húmedo del tejido desgarrándose mezclado con el
crujido del hueso, y el pecho del cíborg desapareció,
dejando una herida roja y carne viva sostenida por
algunas piezas metálicas. Estas se doblaron, se
deformaron y la bestia cayó hecha añicos al suelo.
A pesar de sentir náuseas, Ysentrud apenas las
registró entre la estática del miedo y la sombría
determinación de sobrevivir. Se levantó, y tan pronto
como estuvo de pie, el pájaro blanco de Lan apareció
frente a ella, con las alas desplegadas y los ojos
brillantes. El pico abierto, escupía proyectiles, finas
agujas de muerte.
—Avanza, mutante, o mi garantía para tu señor
Ángeles Oscuros quedará anulada por tu vacilación
—era la voz de la Fabricante Locum, pero salía del pá-
jaro incluso cuando este se zambullía alrededor, sus
largas plumas de la cola convertidas en una cortina
blanca a la deriva y los ojos centelleantes mientras
disparaba proyectiles en la oscuridad. Ysentrud lo
siguió, esperando sentir el dolor de algún golpe
mortal en su espalda, pero nunca llegó. En cuestión
277
de segundos, estaba esquivando skitarii, moviéndose
a través de la línea irregular que formaron entre
los escombros, agachándose detrás de la cobertura
disponible. La Fabricante Locum estaba más allá de
ellos, resguardado por una enorme pila de bobinas
de alambre de cobre.
—Si busca protección, debe quedarse conmigo
—dijo Gretin Lan. Aunque su rostro seguía tan
inexpresivo como siempre, los músculos detrás de
la filigrana se crispaban y su voz contenía una nota
gruñona de irritación—. Siempre —su pájaro se posó
en su brazo, y ella lo levantó, con las pupilas de sus
ojos girando y desdoblándose mientras examinaba a
su mascota en busca de posibles daños.
—Lo intento —respondió Ysentrud, anhelando
sonar enfadada en lugar de desesperada. Una línea
de luz se precipitó sobre una bobina, e Ysentrud se
apartó del montón para esquivar las salpicaduras de
cobre fundido—. ¿Qué diablos son estas cosas? ¿Por
qué nos atacan?
Primero los grises, ahora estos monstruos medio
máquina. ¿Estaban luchando juntos o era otra cosa,
una rebelión de ciborgs esclavizados contra sus
creadores? ¿Y qué podría ser peor?
—Las entidades designadas son una mezcla de
sirvientes fabricados y sabuesos de azufre recién ter-
minados, armas cyborg producidas para las fuerzas
del Adeptus Mechanicus. Preguntan, ¿por qué han
278
atacado? Respuesta desconocida —la ira de Gretin
Lan resonaba en su voz. A su alrededor, los ski-
tarii comenzaron a lanzar una lluvia de disparos,
sin apuntar, simplemente arrojando una sábana de
relámpagos a la entrada donde ahora se agrupaban
los sirvientes.
—¿Qué hacemos? —gritó Ysentrud por encima
del estruendo de las armas skitarii. La respuesta
de la Fabricante Locum fue agitar una mano hacia
la puerta. Cuatro de los cráneos de pájaro que or-
bitaban a su alrededor se elevaron hacia el techo. Se
estrellaron contra la mampostería que estaba sobre
la abertura, clavando sus picos profundamente, y
luego explotaron.
La roca se resquebrajó y el polvo estalló, formando
una nube opaca que cubrió la puerta. Dentro de la
nube se oyó un trueno, el sonido de la piedra al caer
y romperse. Los skitarii dejaron de disparar, y los
destellos del Arma de proyectiles de los sirvientes
desaparecieron. La luz ahora era solo un apagado
resplandor rojo que se derramaba desde dos de los
cráneos de pájaro del Fabricante Locum y una neblina
blanca y apagada proveniente de las lejanas lumbres
del factorum. Los únicos sonidos eran el asen-
tamiento de la piedra y la respiración de Ysentrud.
Gretin Lan se quedó contemplando el polvo a la
deriva y el montón de hormigón roto que cubría el
lugar donde estaba la puerta.
279
—Las variables de este ataque han cambiado sig-
nificativamente. Debemos encontrar a los Ángeles
Oscuros y discutir la estrategia de nuestra super-
vivencia.
280
Capítulo 15
L
os corredores eran estrechos, bajos y húme-
dos, enrollándose por debajo del suelo como
venas, una amplia telaraña de pasajes malolientes
impregnados de barro y moho. Inclinado debido
a su imposibilidad de mantenerse erguido, el
Anciano Jequn se desplazaba por ellos, ajustando
su perspectiva con cada paso cauteloso mientras
acechaba a los grises.
—Nox —susurró en voz baja, transmitiendo la
palabra a su armadura, y la visión oscura de su
yelmo trazó líneas blancas y plateadas a lo largo
del pasadizo, resaltando cada marca de herramienta
tallada en las paredes suaves. Logró que los charcos
irregulares del suelo brillaran como el mercurio y
delineó el agujero en la pared, ubicado a diez metros
de distancia, donde otro túnel se entrelazaba con el
suyo.
—Thermis —manchas de color reemplazaron al
blanco cuando la armadura de Jequn le reveló los
rastros de calor adheridos a las paredes. En su
281
mayoría eran azules tenues, pero se notaban algunos
verdes y amarillos, indicando lugares donde los
grises habían dejado su calor, un rastro térmico.
—Ultra —la mayor parte del pasaje era de un
blanco opaco, una especie diferente de ceguera, pero
había manchas que teñían su pureza. Gotas oscuras
marcaban el suelo y, en ocasiones, manchaban las
paredes, formando un rastro irregular de sangre.
Esto era lo que Jequn había estado persiguiendo
desde que habían penetrado en los túneles grises con
una explosión estruendosa.
El plan de Ephron había dado resultado. Pocas ho-
ras después de que el tecnomarine Cadus aterrizara
con un Thunderhawk sobre las ruinas enlodadas de la
granja de estimulantes, una red de artefactos arcanos
se extendió por la jungla, largos pinchos clavados
en el suelo por miembros de el escuadrón Jotha y el
escuadrón Invis. Invis había descendido con Cadus y,
con la asistencia de los exploradores, el tecnomarine
había conectado rápidamente todos los pinchos con
un cordón neurus, una red negra de cables que con-
vergían en una caja metálica adornada con oraciones
y sellos de pureza. Un cogitador sancionado, su
intrincado Espíritu máquina ansioso por vislumbrar
el mundo a través de la violencia, cumplió el deseo de
la máquina detonando una carga de demolición que
Cadus había colocado cuidadosamente en el suelo.
—Tracen un mapa sonoro de la Tierra utilizando
282
las ondas de choque —había indicado el Tecnoma-
rine, pero Jequn había pasado por alto su explicación,
concentrándose en el mapa que el cogitador trazaba
en un holocampo parpadeante. Una representación
de la red de túneles que los grises habían utilizado
para asaltar la Quinta. Un mapa que les permitiría
encontrar una manera de eludir el bloqueo dejado
por los grises, una ruta para infiltrarse en su guarida
y cazarlos.
Pero eso implicaba arrastrarse por estos malditos
túneles.
—Visiblis —la gama normal de luz, aquella que
capta la mirada mortal, y una vez más, como había
sucedido durante tantos ciclos antes, solo la oscuri-
dad acariciaba su visión, un panorama tan oscuro
como la nada. Era hora de agudizar sus otros senti-
dos, de saborear el aire y sentir las paredes, de es-
cuchar si algo, cualquier cosa, se movía hacia ustedes.
Ese ciclo constante de cambio entre sentidos, entre
tipos de percepción, era una habilidad que había
perfeccionado hace mucho tiempo en el Ala de la
Muerte.
—Nox —volvió a susurrar, y recuperó una especie
de visión, líneas brillantes que resplandecían en la os-
curidad, delineando las paredes, y por un momento
un recuerdo le nubló la vista. Un estrecho pasillo de
acero, no de tierra, un laberinto negro que se retorcía
en las entrañas de una enorme nave, un armatoste
283
espacial a la deriva en la vasta oscuridad. Un lu-
gar de silencio, oscuridad y quietud, hasta que las
bestias xenos se precipitaron por los pasillos hacia
ustedes, monstruos con fauces abiertas y garras que
se extendían por demasiados miembros, criaturas
con ojos brillantes y saliva incandescente, gritando
mientras cargaban, disparos de bólter rebotando en
sus caparazones blindados…
No. Jequn apartó el recuerdo, repasando la Letanía
de los Horrores Pasados, concentrado en ver las
paredes curvas del túnel que tenía ante sí, no los
pasadizos cuadrados de la nave muerta hacía tiempo.
Su estancia en el Ala de la Muerte se remontaba a un
siglo atrás, y fueran lo que fueran esos grises, no
eran genestealers con garras y dientes capaces de
desgarrar la más gruesa ceramita.
—Thermis —finalmente había llegado a la aber-
tura en la pared del pasaje por el que estaban empu-
jando. Las marcas de calor eran más intensas aquí,
brillando verde y amarillo en la pared como more-
tones, y cuando le dijo a su visión que se moviera
a ultra, pudo ver las manchas negras de sangre
manchando el suelo del nuevo túnel. Activó su vox.
—Compañeros —expresó Jequn en voz baja—. Por
aquí.
Siguió la sangre, moviéndose con precaución, y
pudo sentir a sus compañeros a su espalda. Este túnel
era más estrecho, y se preguntó si los Marines Es-
284
paciales Primaris del Escuadrón Jotha conseguirían
atravesarlo. Pero la armadura de los Exploradores
carecía del volumen de los Marines Espaciales Pri-
mogénitos del Escuadrón Invis, y todos siguieron
la pista de Jequn con solo unos pequeños ruidos
de tierra raspando hasta que el túnel comenzó a
ensancharse.
La perspectiva de Jequn volvió al espectro visible,
y ya no estaba en penumbras. Una tenue luz se
vislumbraba al frente, así que el Anciano indicó
a su armadura que permaneciera en ese rango de
luz. Los ojos agudos de Jequn distinguieron lo que
parecía ser una puerta rudimentaria, construida
con tablas de madera y colocada al final del pasillo.
La luz se filtraba por los huecos entre las tablas y
alrededor de sus bordes, brillando con intensidad.
Jequn avanzó con precaución, con la espada en mano,
el campo de energía crepitante apagado pero con el
dedo en el botón de activación, listo. Sin embargo,
no había nada entre él y la puerta: ni guardias, ni
indicios de trampas o vigilancia. Solo eran esas
toscas tablas, nada más, aunque desde tan cerca
podía notar que las paredes cambiaban aquí. Pasaron
de ser tierra húmeda a hormigón rocoso, manchado y
roto, a lo largo de medio metro. La abertura cubierta
por la rudimentaria puerta era una grieta en una
pesada pared, lo suficientemente gruesa como para
pertenecer a una fortaleza.
285
El Anciano extendió la mano para tocar las tablas,
probándolas con cuidado, y se tambalearon como
un diente suelto. La puerta no estaba fijada en su
sitio; los tablones simplemente se apoyaban en el
hormigón rocoso para formar una áspera barrera. Su
fragilidad resultaba casi decepcionante, pero Jequn
decidió romperla de todos modos.
Esperó a que el resto de sus compañeros se acer-
caran lo más posible.
—Prepárense para liberar su ira —les dijo, y
comenzó a contar desde tres. Al llegar a uno, levantó
la bota y pateó la tosca barrera. Las tablas volaron
por los aires y Jequn avanzó, con el campo de poder
ardiendo alrededor de la hoja de su espada. el
escuadrón Invis permaneció unida, con sus bólters
en alto, mientras que el escuadrón Jotha se dispersó,
con las carabinas bólter que habían traído a los
túneles listas.
Más allá de la puerta destrozada había otro túnel,
pero superaba en tamaño a los retorcidos pasadi-
zos de tierra de los que habían emergido. Era un
rectángulo sólido con paredes de hormigón rocoso,
de sesenta pies de alto y ancho. El túnel se aden-
traba en la oscuridad a la izquierda de Jequn, pero
a cuarenta metros a la derecha terminaba en un
conjunto de puertas blindadas. Las gruesas paredes
estaban afectadas por el paso del tiempo, agrietadas y
combadas en algunos puntos, por donde se filtraban
286
suciedad, raíces gruesas y hilos de agua. El liquen y
el moho se extendían por la roca, manchándola con
feas tonalidades verdes, amarillas y marrones. El
suelo estaba cubierto de barro que se había colado
por las grietas; solo las puertas parecían intactas,
libres de toda mancha corrosiva. Su metal plateado
brillaba a la luz que se derramaba desde una línea
de luminarias que recorría el centro del techo del
túnel. Las más lejanas de las puertas estaban oscuras,
agrietadas y rotas, pero las más cercanas empezaban
a mostrar signos de vida. Muchas eran tenues,
con la luz apagada, o parpadeaban y se encendían
intermitentemente, oscilando entre la claridad y la
oscuridad con chasquidos zumbantes. Las últimas
aún brillaban como nuevas y proyectaban una luz
dura e industrial sobre las puertas blindadas y la
muerte que se extendía ante ellas.
Jequn no podía determinar la cantidad de cuerpos
esparcidos allí. El moho que cubría los cadáveres
los convertía en una masa grotesca. Entre ellos, al-
gunos pertenecían a animales, pero la gran mayoría
eran restos humanos. Despojados de sus ropas, los
cadáveres más recientes en los bordes del montículo
mostraban manchas de piel a través del moho que los
cubría. Marcas irregulares de tonos rojos y negros se
percibían, pero predominaba el gris, el mismo tono
gris que las desagradables máscaras que ocultaban
los rostros de los grises. Cerca de las puertas, donde
287
los cuerpos se acumulaban, el moho formaba una
gruesa manta gris, ocultando casi por completo los
cuerpos debajo de formas grotescamente sugerentes
que se ondulaban bajo la capa aterciopelada de po-
dredumbre.
Todo esto fue percibido por Jequn al estrellarse
contra el túnel, catalogándolo rápidamente y deján-
dolo de lado para centrarse en el enemigo inmediato.
Dentro del túnel yacían los grises, figuras desal-
iñadas con ropas y pies embarrados, la piel manchada
por crecimientos grises. Estaban dispersos o yacían
en el barro como juguetes abandonados por un niño.
Pero, al ingresar a través de la puerta, todos cobraron
vida como un solo organismo, volviéndose para
enfrentar a los Ángeles Oscuros con ojos vacíos y
armas en alto. Uno de ellos, un hombre vestido con
harapos de un uniforme de las Milicias Domésticas de
Reis, se encontraba justo frente a Jequn, levantando
su Pistola automática para apuntar al pecho del
Anciano. El portador del estandarte de la Quinta
blandió su Espada de Energía en un golpe formidable
que dividió al gris en dos.
—¡Por la Fuerza del León! —exclamó Jequn—. Por
la fuerza de su sangre.
De repente, el túnel resonó con truenos, los agudos
retumbos de las carabinas de los exploradores y el
rugido de los incineradores de plasma cuando sus
estallidos crepitantes sobrecalentaron el aire. Entre
288
ese estruendo, se mezclaban los crujidos más tenues
de los cañones grises y el rugido de las herramientas
mineras que algunos empuñaban: taladros, picos y
cuchillas. En medio del caos de la batalla, las únicas
voces audibles eran los chasquidos de las órdenes
a través de la vox mientras los sargentos de ambos
escuadrones coordinaban a sus hombres. Resultaba
desconcertante; Jequn había enfrentado a innumer-
ables enemigos, y todos habían sido estridentes a
su manera, llenando el campo de batalla con sus
palabras o rugidos. Sin embargo, estos grises eran
silenciosos, ya sea avanzando o siendo aplastados
por proyectiles explosivos o ráfagas de plasma.
Jequn se abrió paso por el túnel, despejando su
camino entre las figuras impregnadas de gris que
se le cruzaban. Chocó contra un individuo ataviado
con un mono de trabajo, quien le apuntaba con un
pico eléctrico. Con un pisotón, le quebró la pierna
antes de arrancarle la garganta con la punta de su
espada. Otro gris se lanzó hacia él mientras retiraba
la espada, golpeándolo con la punta giratoria de un
taladro de roca. Jequn se deslizó habilidosamente
hacia un lado, evitando que la afilada broca dañara su
armadura. Tiró hacia abajo su espada, despedazando
la herramienta. El taladro se hizo añicos, y el eje gira-
torio arrojó esquirlas que rebotaron en la armadura
de Jequn, desgarrando la carne del gris. El infectado
cayó en silencio, y su sangre salpicó la coraza del
289
Anciano.
El conflicto disminuía alrededor de Jequn, con los
cuerpos de los adversarios esparcidos en el suelo
embarrado. El amplio túnel que habían adentrado
estaba lleno de humo y el penetrante olor a carne
quemada y moho. La mayoría de los grises estaban
destrozados, y la sangre goteaba de las paredes tras
ellos, marcada por las esquirlas de los proyectiles.
el escuadrón Invis se congregaba en el centro del
túnel, cerca de la pila de cadáveres cubiertos de
gris, con las luces de la puerta reflejándose en sus
armaduras. el escuadrón Jotha se movía entre las
sombras, buscando posibles sobrevivientes.
Jequn se agachó y tomó la camisa de un gris falle-
cido, limpiándola en su peto para resaltar la impura
sangre del águila imperial que portaba. Observó
con desinterés el montón de cadáveres cubiertos de
moho.
—Escuadrón Jotha, aseguren el perímetro
—ordenó, lanzando la prenda.
Los exploradores obedecieron, rodeando el túnel
y revisando en busca de enemigos en la penumbra.
Mientras avanzaba hacia las puertas, pasó junto a
la pila de cuerpos en descomposición y notó una
fila de seres vivos encadenados entre los restos
putrefactos. Eran casi indistinguibles de los muertos,
hasta que uno alzó la cabeza y gritó con voz ronca y
desesperada:
290
—¡Ayuda! ¡Socorro! Sáquenme de aquí.
Eran cinco individuos, vestidos con harapos, con
las muñecas esposadas y el cuello erguido. Cadenas
pasaban por los lazos de sus ataduras, sujetándolos
al suelo. Cuatro de ellos permanecían inmóviles, en
silencio, aparentemente muertos en el lodo, pero sus
pechos aún se movían. El quinto intentó ponerse de
rodillas cuando Jequn se acercó, pero las ataduras lo
retuvieron.
—Libérame —graznó—. Rápido. No están muer-
tos.
—¿Quién…? —empezó Jequn, pero antes de poder
articular más palabras, los cuerpos en el centro de la
pila estallaron.
Una nube de moho se elevó en la luz como una
explosión, una tormenta de esporas que ocultaba la
violencia que había ocurrido debajo. Envuelto en ella,
Jequn quedó cegado, al igual que el Escuadrón Invis.
En la súbita oscuridad, formas grises, vagamente
humanas pero demasiado grandes, se abalanzaron
desde la penumbra. Desde el fondo, resonó el es-
truendoso chasquido de las armas de el escuadrón
Invis, y un proyectil de bólter pasó rozando a Jequn,
a menos de un metro de distancia.
—Invis, saquen los cuchillos —gritó Jequn mien-
tras atravesaba la nube. De repente, la niebla que lo
rodeaba se disipó lo suficiente como para revelar a
un hermano marine espacial, atrapado por algo gris,
291
una figura casi informe en la niebla, cuyos límites no
estaban bien definidos. Era más o menos humanoide:
dos brazos, dos piernas, un torso con una masa
abultada en la parte superior que se asemejaba a una
cabeza, pero era descomunal; la parte superior de la
cabeza alcanzaba hasta la barbilla del Primogénito
al que se había aferrado. Su cuerpo estaba cubierto
por un sudario de sábanas grises y borrosas que
exudaban una mucosidad espesa.
Grises. Lo que Jequn había pensado que eran
grumos grises que cubrían los cuerpos resultaron
ser hongos. Habían sido estas criaturas en su lugar,
alimentándose, durmiendo o acechando; no sabía
cuál, ni le importaba. La única línea que el portaes-
tandarte de la Quinta necesitaba conocer ahora era la
que separaba a esa cosa nacida de gris de su hermano
de batalla, para poder blandir su espada.
La cabeza era el blanco más evidente. Jequn se
aproximó y dejó caer su espada en el espacio entre la
armadura de su hermano y el cuello de la cosa gris.
Luego activó la Espada de Energía y retiró el arma
hacia atrás.
La crepitante hoja de energía destructora atravesó
los pliegues grises, cortando profundamente. Más
líquido gris brotó a borbotones, cubriendo a Jequn
y al otro marine espacial, y el espeso fluido estalló y
silbó al hervir en la hoja de la espada. Pero a mitad
del camino hacia el cuello del monstruo, la espada
292
se retorció en la mano de Jequn, como si hubiera
chocado con algo tan sólido como una armadura
en el centro de la masa grisácea. Jequn apretó la
empuñadura, pero la espada permaneció inmóvil,
zigzagueando y silbando en medio de la criatura,
hasta que finalmente se movió… hacia atrás, en la
otra dirección, deslizándose en pequeños tirones
hacia su hermano.
—Soy un vástago del León —gruñó Jequn entre
dientes apretados. Colocó la otra mano en la em-
puñadura de su espada y se posicionó para concentrar
toda la fuerza de su cuerpo y su armadura en el arma,
haciéndola retroceder. Quedó inmóvil, zumbando y
crepitando en su posición, a medio camino del cuello
de la criatura gris, con el filo mortal de su campo
a escasos centímetros de su hermano de batalla—
. Su fuerza está en mi cuerpo. Su voluntad está
en mi alma —Jequn tiró con todas sus fuerzas, los
robustos músculos de su espalda se tensaron, los
servomecanismos de su armadura se ajustaron con
él, hasta que la espada comenzó a moverse hacia
donde él quería. Un centímetro, luego otro más, y
con un tirón atravesó el cuello del gris. Fue un corte
desgarrado y miserable, que no se asemejaba en nada
a las líneas precisas de muerte que solía esculpir
entre sus enemigos, pero para este propósito serviría.
Con un último tirón, Jequn retiró la espada, y la
cabeza de la criatura cayó por su espalda, arrastrando
293
largas tiras de moho hecho jirones. Del muñón
del cuello brotó una fuente de baba gris, viscosa y
pegajosa. La mayor parte cayó sobre el otro Ángel
Oscuro, pero suficiente se adhirió a Jequn como para
nublarle la vista a través del casco. Aun así, pudo ver
que las manos del gris decapitado seguían aferrando
a su hermano de batalla. Sin cabeza, rezumando su
baba gris, se mantenía en pie mientras el otro marine
espacial le asestaba grandes heridas en el vientre y
el pecho con su cuchillo de combate. Tendrían que
desmembrar a esta criatura para detenerla. O…
Con un gruñido profundo, Jequn extendió la mano
y agarró al ser decapitado por el muñón del cuello.
Sus dedos enguantados se adentraron y sintieron una
baba fría y músculos que se retorcían y flexionaban,
y luego algo duro, algo parecido al hueso pero difer-
ente, quebradizo y espinoso, pero era algo a lo que
aferrarse. Jequn apretó la mano en torno a ello y tiró
hacia atrás y hacia abajo, separando la cosa de un
tirón.
—Arma lista —gritó mientras retrocedía. El gris
se retorció, con una mano inerte intentando atrapar
a Jequn, pero el Anciano dio un paso atrás, lo soltó
y estampó su espada contra el vientre de la criatura.
La hoja la desgarró, esparciendo baba por el suelo
de roca y haciendo que el gris retrocediera otro paso,
pero no cayó. Sin cabeza, destripado, el gris se aferró
a sí mismo y comenzó a tambalearse hacia adelante,
294
con los brazos extendidos.
—¡Fuego! —exclamó Jequn dando un paso atrás,
con la espada aún en alto, despejando el tiro para
su hermano. La metralla de los proyectiles podría
alcanzar a los supervivientes que Jequn había en-
contrado, pero no dudó en dar la orden. Cualquier
información que pudieran tener los mortales no era
nada comparada con la vida de uno de sus hermanos.
El marine espacial levantó su arma y disparó, y media
docena de proyectiles de bólter se clavaron en el
pecho de la criatura gris, y luego explotaron.
Otro chorro de baba salpicó las lentes del casco
de Jequn, pero cuando se despejaron, pudo ver lo
que quedaba del gris en el suelo, solo un brazo y dos
piernas, los muñones humeantes. Las extremidades
habían sido arrancadas del torso, y aquel bulto de
carne infectada de hongos había desaparecido, hecho
jirones y baba por los proyectiles explosivos del
bólter.
Jequn giró la cabeza y oyó el chasquido despiadado
de las otras ametralladoras. La neblina de esporas y
moho se había disipado, y pudo ver más de las criat-
uras grises que caían o habían caído, despedazadas
por los cuchillos y luego desgarradas por las balas
de los bólter. Pero esparcidas entre los cadáveres
humeantes, cinco figuras verdes se desperezaban.
Ángeles Oscuros, sus armaduras intactas salvo por
una capa de aquel viscoso limo gris. Estaban in-
295
móviles, pero cuando Jequn llegó a través de su vox
no oyó el sombrío coro de dolor que emitían las
armaduras cuyo portador había muerto.
Jequn se acercó al más cercano, se arrodilló a su
lado y tocó con cuidado su casco, accionando los
cierres manuales. Se abrió, con un trinquete en los
cierres, pero no se oyó el silbido de la presión igual-
adora. Jequn frunció el ceño y observó el rostro del
hombre que llevaba dentro. Tenía los ojos abiertos,
pero quietos, mirando a la nada. El doble pulso de su
corazón latía, pero lentamente, y su respiración era
constante pero superficial. El Ángel Oscuro estaba
vivo pero inconsciente, y Jequn no sabía por qué.
—¿Qué son estas cosas? —se levantó, se giró y
se acercó al hombre atado. Se agachó, rompió las
cadenas que lo sujetaban y lo levantó. Tan cerca,
a pesar del barro, Jequn lo conocía. Era Sebastián
Halven, el Regente por venir.
—Gris —dijo—. Tal vez las personas infectadas
tanto tiempo que son en su mayoría moho. No lo
sé. Los vi infectar a los otros —señaló a los que aún
yacían atados e inmóviles en el suelo. En sus caras
empezaban a aparecer manchas diminutas, como
pecas, pero grises y húmedas, que les manchaban la
piel alrededor de los ojos.
Jequn clavó la mirada en el Regente por venir,
escudriñando a través de unas lentes salpicadas de
baba, pero no descubrió indicios de moho en el rostro
296
de Sebastián. Sin embargo, Jequn extendió la mano y
sujetó al humano, llevándolo bajo la luz más intensa.
—No me infectaron —afirmó Sebastián. Tenía
los ojos muy abiertos, pero su voz permanecía baja,
casi sosegada, incluso cuando pendía de la mano del
Anciano—. Te lo dije, los vi hacerlo. Les vi poner sus
manos sobre las bocas de esa gente, les vi luchar, les
oí gritar y retorcerse hasta que cayeron, con el rostro
cubierto de esa sustancia. Vi a los grises hacerlo, pero
no me lo hicieron a mí. No sé por qué no lo hicieron.
Tal vez me estaban reservando para algo, tal vez… no
lo sé. Pero agradezco al Trono que no lo hicieran. Doy
gracias al Trono.
Sus palabras resonaron en Jequn, pero el Anciano
no estaba prestando atención. Se inclinó cerca de
Sebastián e inhaló el aroma del hombre. Estaba
el hedor de su sudor, rugoso por la excitación y el
miedo; el olor de su sangre, cargada de adrenalina; el
acre perfume que se había aplicado tras su última
ducha y la leve putrefacción de restos de comida
atrapados entre los dientes. Pero no había rastro
de moho ni gris. Jequn se volvió y soltó al hombre
delante del sargento de la Brigada Invis.
—Vigílalo —ordenó. Luego avanzó por la fila
de infectados atados, decapitándolos, rompiendo
cadenas y pateando los cadáveres para amontonarlos
aún más—. Y aleja a nuestros heridos de estos
muertos inmundos.
297
Heridos. Puso fin al último infectado y observó
a sus hermanos en estado inerte. Los Marines Es-
paciales no perdían el conocimiento, no por mucho
tiempo. Superaban las conmociones con curación y
estimulación. Esta inmovilidad le recordaba a An-
sus, el estado de hibernación al que podía entrar un
hermano si resultaba gravemente herido. Pero no
estaban heridos. Las toxinas en el manto gris debían
haber causado esto, de alguna manera. Pero eso le
inquietaba.
—Sí, Antiguo —indicó el sargento—. ¿Quemamos
los grises?
—Sí —respondió Jequn—. Después.
—¿Después?
—Después de que encontremos la forma de abrir
estas puertas —dijo, mirando más allá de los cuerpos
hacia el brillante metal de las puertas blindadas
selladas.
Detrás de él, se escuchó un ruido y el Antiguo se
volvió. Sebastián estaba allí, cubierto de barro, pero
con la espalda recta y los ojos brillantes mientras
contemplaba las puertas.
—Creo que puedo hacer eso por ustedes.
298
plio círculo sobre Kap Sudsten, y el teniente Zakariah
lo contempló desde las alturas, frunciendo el ceño.
La ciudad se extendía como una mancha rugosa de
hormigón y cristal en medio de una densa jungla, con
carreteras irradiando desde ella, algunas asfaltadas
y otras de tierra roja, conectando la urbe con las
granjas de estimulantes diseminadas por la selva.
Todo parecía abierto y desprovisto de fortificaciones,
a excepción de la base de las Milicias Domésticas
de Reis, que se erigía en el lado opuesto del amplio
campo de aterrizaje, separándola de la ciudad. Las
defensas de este lugar eran más un mero simulacro
que una barrera efectiva. Desde su perspectiva, podía
idear al menos una docena de estrategias mediante
las cuales la Quinta podría tomar el lugar en un día.
Sin embargo, él estaba aquí para defenderlo.
Habría preferido ocuparse de los grises que habían
atacado la forja del Adeptus Mechanicus o buscar a
sus hermanos desaparecidos en los túneles. Pero
en lugar de eso, se encontraba preparándose para
enfrentarse a un posible ataque que quizás nunca
sucediera, protegiendo a mortales gobernados por
un necio.
—El Regente Primero solicita una audiencia
—anunció Meshach, el Tecnomarine, desde el
asiento del piloto, conectado a la nave por intrin-
cadas redes de cables que se entrelazaban con los
puertos ocultos bajo las placas de su armadura,
299
formando parte integral de la nave.
Una audiencia. ¿Qué podría querer el Regente
Primero que no pudiera ser manejado por vox?
—Aterriza donde el Amo Lazarus derribó sus naves
—indicó Zakariah, y el Thunderhawk se alejó del
campo de aterrizaje, descendiendo en la plaza frente
al palacio del Regente Primero, justo sobre las mar-
cas dejadas por las naves que estuvieron allí apenas
unas horas antes.
—Escuadrón Revir. Escuadrón Nabis —Zakariah
desabrochó su arnés de seguridad y se puso en pie,
con la cabeza rozando la parte superior de la bodega.
El Thunderhawk, diseñado miles de años atrás con
Marines Espaciales Primogénitos en mente, no se
adaptaba tan cómodamente a la nueva generación
de Marines Primaris. Aunque se acostumbraron, los
miembros de el escuadrón Revir bajaron la cabeza
instintivamente alrededor suyo. Los escuadrones
Primaris, como Revir, se volvían más comunes en el
Capítulo Ángeles Oscuros, pero la Quinta tenía más
de ellos que cualquier otra compañía, probablemente
debido a su líder. Los Ángeles Oscuros, la más
antigua de las Legiones de Marines Espaciales, eran
conservadores, pero un cambio tan grande como
la introducción de los Primaris tenía sentido con
Lazarus. No solo porque él mismo había atravesado
el Rubicón Primaris. El líder de la Quinta exhibía un
tipo de pragmatismo que lo hacía propenso al cambio
300
si percibía una ventaja. Otros Ángeles Oscuros, espe-
cialmente entre los Primogénitos, solían enfrentar
más dificultades ante la idea del cambio.
Una de las razones por las cuales Zakariah había
desarrollado una lealtad feroz hacia su comandante
era clara.
—No hay enemigo afuera contra el cual luchar.
Aún. Y quizás no tengan que enfrentarse a ninguno
en esta misión —era una posibilidad desagradable,
pero Zakariah sabía que era mejor plantearla desde
el principio—. Pero en cada acción que realicemos,
representamos a la Quinta, a los Ángeles Oscuros
y al Emperador. No dejemos nunca de mostrar por
qué somos los hijos del León y los más grandes del
Emperador.
—Por el León y el Trono —exclamaron los hom-
bres de Revir y Nabis, siguiéndolo por la rampa hasta
el patio. Atravesaron el largo pasillo que conducía
al palacio del Regente Primero, imponentes formas
acorazadas diseñadas para la devastación, mientras
los pocos mortales que cruzaban sus caminos se
apartaban con ojos amplios, llenos de terror y asom-
bro.
La Sala de los Caídos estaba repleta de personas,
hombres y mujeres vestidos con ropas de colores
llamativos apiñados contra las paredes. El teniente
Zakariah los pasó por alto, concentrándose en el
hombre sentado en el trono de líneas severas. Os-
301
karan Halven se hallaba recostado contra los desgas-
tados cojines, con una expresión de resentimiento
marcado, como un niño privado de un dulce. A su
lado, una mujer vestida con el uniforme local fruncía
el ceño. A pesar del ruido de su entrada y de los
murmullos de los cortesanos, el oído aguzado por
el auspex de Zakariah captó su susurro al Regente
Primero.
—Sebastián. Eso es lo único que importa. ¿Dónde
está tu hijo?
Oskaran le hizo un gesto con la mano para que se
retirara, con una expresión que cada vez se tornaba
más agria. Zakariah suavizó deliberadamente su
rostro, transformándolo en un frío desdén mientras
se detenía frente al peculiar trono y se quitaba el
casco. El aire de la sala le golpeó, cálido y húmedo,
impregnado de olores a sudor y descomposición.
—Regente Primero —declaró, permitiendo que el
asco que le provocaba el hedor orgánico del lugar se
mezclara con su desdén—. Por orden del Maestro
Lazarus, comandante de la Quinta Compañía de los
Ángeles Oscuros, estamos aquí.
—Eso es… evidente —murmuró Oskaran con lenti-
tud. Los ojos del Regente Primero estaban enroje-
cidos, y su aliento desprendía el agrio aroma del
alcohol. Al ponerse de pie, titubeó sobre sus pies y
tuvo que aferrarse al trono para no caerse—. Ustedes
están aquí. Mi hijo no lo está. Y eso… —se detuvo,
302
frunciendo el ceño. Luego, miró más allá de Zakariah
y de los Ángeles Oscuros, a sus espaldas, fulminando
con la mirada a los cortesanos que se apiñaban en las
paredes de la sala.
—Fuera —ordenó—. Todos ustedes. Todos menos
los marines espaciales. Salgan. Ahora.
Hubo un breve silencio y luego, con murmullos
silenciosos, los cortesanos se retiraron rápidamente,
lanzando miradas furtivas por encima del hombro.
Una vez que se fueron, los únicos mortales restantes
eran la mujer, la guardia del Regente Primero y un
hombre delgado sentado en un nicho a un lado del
trono, tan tatuado que su cabeza sin cabello parecía
una calavera.
—Tú también, Petra —indicó Oskaran a la mujer—
. Y llévate a mis guardias y al grabador —señaló con
el pulgar al hombre tatuado.
—Pero, mi señor… —protestó ella—, la ley es-
tablece que el grabador…
—Llévenselo y váyanse, o haré que los cuelguen a
todos de estas vigas —gritó el regente. A pesar de la
ira que ardía en los ojos de Petra, saludó y se llevó
en silencio a los guardias y al hombre tatuado. Las
puertas se cerraron, dejando solo al Regente Primero
de pie ante su trono, mirando al suelo, justo delante
de las botas de Zakariah.
—Debes traerlo de vuelta —exigió.
—Demuestras una grave incomprensión del or-
303
den de la galaxia al dirigirme esa palabra, Regente
Primero —respondió Zakariah—. O a cualquier
Ángel Oscuro. No estamos bajo su mando —El
teniente avanzó. Aún en el estrado del trono, el
Regente Primero era más bajo que él, y Zakariah
lo observó con firmeza—. Independientemente del
poder que ostentes a través de la burocracia imperial,
debes entender esto. Para nosotros, no significa nada
—su mano enguantada rozó la espada alada pintada
en su hombro—. Somos los Ángeles Oscuros. Somos
los Primeros. Y donde estamos, mandamos.
Los ojos de Oskaran se encontraron con los suyos,
inyectados por la bebida y la rabia, pero no pudieron
sostener la mirada. El mortal apartó la vista, se dobló
y su cuerpo cayó en el trono como una muñeca de
trapo que un niño deja caer.
—Lo sé —murmuró en voz baja—. Lo sé. Aquí no
tengo poder —levantó la vista hacia los Caballeros
desmembrados que colgaban en lo alto, como gigan-
tescos relicarios—. Mi casa murió hace mil años. No
somos más que fantasmas, nuestros cuerpos están
enterrados bajo tierra.
Zakariah, ya hastiado de la voz del Regente
Primero, comenzó a girarse, pero Oskaran levantó
una mano, desesperado.
—El Maestro Lazarus ha enviado sus instrucciones,
lo tengo claro. Para vigilar por si aparecen los grises.
Pero él no lo sabía. No podía saberlo. Solo yo
304
tengo esa información, y Sebastián también. Por eso,
necesitan encontrarlo y eliminarlo.
Zakariah frunció el ceño.
—¿No es esto un intento de rescate?
—¿Rescate? —el Regente Primero se rió—. ¿Ese
insensato del Trono? No quiero que lo rescaten, lo
quiero muerto. Ahora mismo. Ahora —Oskaran lev-
antó la vista nuevamente, y esta vez su desesperación
le dio fuerzas para enfrentar la mirada de Zakariah—.
No comprendemos cómo opera el gris. No sabemos
qué recuerdan aquellos que son capturados por él.
Pero no puedo correr ese riesgo. Ni ustedes, ni Reis
pueden. Él sabe dónde están, y si el gris se lo lleva,
podría descubrirlo también —bajó la mirada, pero
Zakariah percibió el horror en sus ojos—. También
podría descubrirlo.
—¿Qué? —Zakariah dio dos pasos y su mano re-
posó sobre el hombro del Regente Primero, cubrién-
dolo hasta la mitad de su espalda. Lo tenía sujeto,
listo para apretar si no dejaba de hablar con rodeos—
. ¿Qué sabe tu hijo que los grises no saben?
—Sabe dónde están enterrados nuestros cuerpos
—dijo Oskaran—. Sabe dónde reposan los Caballeros
de la Casa Halven, aguardando resurgir.
305
Capítulo 16
A
zmodor se abría paso entre las pilas de
maquinaria amontonada frente a las puertas
del factorum. Avanzaba con determinación, sorte-
ando las piezas que bloqueaban su camino. Lazarus,
por su parte, se detuvo brevemente, dejando que
los escombros se desplomaran, y luego se unió a la
marcha. Su escuadrón de mando lo seguía de cerca,
mientras los escuadrones Lameth, Hazin y Bethel
marchaban a la zaga.
El factorum, en comparación con el resplandor del
vestíbulo, era un abismo oscuro, pero los sensores
auspex en el casco de Lazarus, junto con sus sentidos
agudos, disipaban las sombras. Atravesaba la os-
curidad, comparando los montones de suministros
y las enormes máquinas con el detallado esquema
proporcionado por la Fabricante Locum. Más allá de
la puerta, donde los grises habían desmontado todo
para construir la barrera, el mapa coincidía con la
realidad de la sala, aunque no indicaba la ubicación
de los enemigos. Esta información se reveló cuando
306
los enemigos comenzaron a disparar a Azmodor. Los
grises se habían apostado en una compleja red de
pasarelas suspendidas del techo, aprovechando su
posición para disparar al Dreadnought. Sin embargo,
los disparos de sus autorifles apenas hacían mella en
el grueso blindaje de Azmodor, rebotando como la
lluvia sin causar daño significativo.
—Escuadrón Lameth —ordenó a través del vox—.
Suban.
El rugido de las mochilas de salto resonó, seguido
del brillante destello de los propulsores mientras
el escuadrón Lameth arrasaba las pasarelas. El
estruendo de las pistolas de proyectiles eclipsaba casi
por completo los disparos de las autofusiles y los
rebotes quejumbrosos de las balas contra el blindaje
de ceramita. Sin embargo, luego resonó el chirrido
de las espadas mecánicas.
El sonido de las cuchillas desgarrando carne
provenía desde lo alto. El metal crujía al doblarse una
pasarela y algo se desplomaba. Lazarus lo percibió
antes de verlo, una alteración en el aire, y se apartó
justo a tiempo para evitar ser golpeado cuando un
cuerpo se estrelló contra el suelo. Mientras el cuerpo
caía, Lazarus pudo distinguir los restos de un hombre
vestido con lo que quedaba del uniforme de las
Milicias Domésticas de Reis, con el torso abierto
desde el hombro hasta la cadera. La sangre y los
órganos salpicaban el suelo, creando un panorama
307
caótico y ensangrentado. En medio de ese carmesí,
Lazarus notó filamentos grises, vestigios de una
infección fúngica que se extendía por el tejido.
—Escuadrón Hazin —pronunció Lazarus mientras
rodeaba el caos—. Formen el perímetro exterior —el
factorum se extendía como un colosal cubo excavado
en la corteza de Reis. La tarea del escuadrón Hazin
era clara: moverse con agilidad para cerciorarse de
que el enemigo no intentara escapar por alguna otra
salida. El escuadrón Bethel permaneció a su lado
junto con el escuadrón de mando, desplazándose en
formación por la retaguardia, siguiendo el patrón de
infiltración delineado sobre el esquema. Su misión
era barrer el centro del factorum, desplazándose
de un lado a otro, focalizando en una jaula impo-
nente en la pared más alejada. Una prisión enrejada
donde los condenados, castigados por sus pecados,
despertaban de su criosueño para convertirse en
muertos vivientes, condenados a trabajar para el
Imperio hasta que su último aliento se extinguiera.
Posteriormente, sus restos orgánicos se reciclaban
en nutrientes, y sus almas enfrentaban el juicio
pendiente, a menos que ya hubieran sido aniquiladas.
Lazarus avanzó ágilmente, esquivando las
enormes máquinas mientras se dirigía hacia la
pared más distante. El estruendo resonaba desde
su escuadrón de mando y el escuadrón Bethel, las
suelas de ceramita de sus armaduras marcando el
308
compás sobre el suelo de hormigón rocoso. Aunque
el espacio era vasto, no pasó mucho tiempo antes de
que distinguyera el brillo de los barrotes. La jaula. En
su mano, el Filo de la Enemistad crepitó y chasqueó,
los límites de su campo de poder cortando el aire.
Recordó las líneas grises de hongos que serpentean
por el cadáver destrozado en el suelo frente a él. Sea
lo que fuere esa infección, Lazarus tenía la cura en
sus manos.
Una ráfaga de luz surcó la oscuridad justo frente
a él, seguida por otra. Un láser, disparado desde la
ubicación de la jaula. Azmodor, tambaleándose con
su armadura humeante, retrocedía ante el ataque.
—¡Hermano, aquí! —Lazarus alcanzó la última
máquina que se interponía entre él y la pared más
alejada del factorum, un bloque colosal lleno de
conductos y tuberías. Era suficientemente grande
para dar refugio a Azmodor cuando el Dreadnought
girara y volviera hacia Lazarus, bloqueando cualquier
otro rayo láser. Golpes como el que habían dejado
una cicatriz que atravesaba la parte delantera del
blindaje del Dreadnought, una herida profunda que
aún resplandecía en sus bordes..
—¿Hay daños?— preguntó Lazarus. El resto de
su escuadrón de mando se aproximaba a él: Asbeel,
Demetrius, Ephron y Raziel.
—Nada —afirmó Azmodor, señalando con su pe-
sada mano a Ephron mientras el tecnomarine ex-
309
aminaba la herida tallada en la ceramita del Dread-
nought.
—Tienes una piel gruesa, hermano —dijo
Ephron—. No pudieron perforarla, aunque
estuvieron al borde. Pero otro golpe aquí podría
atravesar tu sarcófago.
—No les daremos la oportunidad —retumbó Az-
modor. El Dreadnought se movió, con sus disposi-
tivos de auspex apuntando a Lazarus—. Los grises
se han refugiado tras los barrotes de esa jaula, pero
eso apenas me retrasará. Empezaré a romperla.
—Hermano —dijo Lazarus—, tu determinación es
una fuente de inspiración para nosotros. Pero eres
más que un ariete —revisó las pantallas de su timón.
el escuadrón Lameth estaba eliminando a los últimos
francotiradores ocultos en las vigas, y el escuadrón
Bethel se abría camino por la sala, explorando min-
uciosamente sin hallar rastro alguno. el escuadrón
Hazin continuaba patrullando, sin detectar indicios
de que los grises hubieran huido. Lo más probable
era que el enemigo se hubiese apoderado de la jaula,
la parte más vulnerable del factorum, y estuviera a
la espera.
Lo que implicaba que estaban atrapados.
—Hermano Ephron —llamó Lazarus, y cuando
el tecnomarine dejó de inspeccionar los daños de
Azmodor y se volvió hacia él, Lazarus continuó—
Granadas de humo.
310
—Tengo cuatro, hermano —Ephron extrajo las
granadas lisas y ovaladas con pasadores de su cin-
turón. Lazarus tomó dos y se las entregó a Demetrius.
—Tú vienes conmigo —indicó a Ephron—. En-
traremos por la derecha con la mitad del escuadrón
Bethel. El Interrogador Capellán Demetrius y el
Bibliotecario Raziel guiarán a la otra mitad de Bethel
por la izquierda —Lazarus señaló las dos granadas
que Ephron aún sostenía—. Cuando lo ordene, las
soltamos. Dos, y luego dos, y luego avanzamos.
Demetrius y yo lideraremos el camino. Atravesare-
mos la jaula y los aniquilaremos.
—¿Y yo?— preguntó Azmodor.
—Sal después de las granadas. Proporciona fuego
de cobertura. Si intentan usar esos láseres, destrúye-
los.
El Dreadnought cerró la mano en un puño, clara-
mente deseando liderar la carga, pero todo lo que
dijo fue:
—Entendido.
—Maestro Lazarus —el bibliotecario Raziel clavó
su mirada en Lazarus, aunque parecía como si sus
ojos traspasaran al líder, llegando más allá de la
imponente maquinaria que los resguardaba, hacia
la misteriosa jaula—. Esa corriente de angustia que
sentí en la Puerta Roja. También está presente aquí,
flotando en el aire como un torrente de sufrimiento
que se aleja de este lugar.
311
¿Y qué implicaba eso? Solo el Emperador sabía. Las
afirmaciones de los psíquicos solían adquirir sentido
únicamente cuando el horror que predecían ya se
había desencadenado, lo cual las convertía en más
desquiciantes que útiles. Aun así, Lazarus asintió a
Raziel antes de desplazarse hacia el extremo opuesto
de la colosal máquina, seguido por Ephron y la mitad
del Escuadrón Bethel.
—Listos —Lazarus tomó una de las granadas,
tiró de la anilla, observó el destello de sus luces de
activación y vio a Ephron hacer lo propio mientras
susurraba una plegaria al Dios Máquina.
—Comiencen —Lazarus se alejó lo suficiente de la
máquina para tener una visión clara de la jaula. Era
una sala cuadrada esculpida en piedra, una antesala
unida a la gran caverna del factorum, con barrotes en
la parte frontal para contener a los prisioneros que
intentaran escapar durante el breve intervalo entre
el despertar del criosueño y la lobotomización. La
jaula no tenía más accesos que el enrejado frontal,
lo que la convertía en un punto defensivo ideal. Sin
embargo, también significaba que era una trampa
mortal, donde todos los grises encontrarían su fin.
Desde la pared enrejada surgieron rayos láser, uno
dirigido a Lazarus y otro a Demetrius, pero las manos
que los empuñaban eran demasiado lentas. Las
potentes armas solo lograron marcar el suelo, atrav-
esando uno de los conductos que conectaban con
312
la máquina donde Lazarus ya se había resguardado
tras lanzar la granada. El conducto desató chispas
como una cascada, brillantes en el tenue factorum,
hasta que su luz fue abruptamente aniquilada por la
oscuridad.
Las granadas de humo liberaron una nube negra
que serpentó por el factorum. Su oscuridad ocultó
la jaula, pero Lazarus dio la orden, y Ephron y Ra-
ziel avanzaron, soltando las granadas que portaban.
Ningún láser los alcanzó, pero Lazarus esperó hasta
que una segunda oleada de humo envolvió el espacio
entre ellos y la jaula. Si iba a cegar a esos grises, iba a
hacerlo por completo, sin arriesgarse a que el humo
se disipara mientras avanzaban.
—¡Ángeles Oscuros! Por el León —exclamó
Lazarus mientras doblaba la esquina de la inmensa
maquinaria. Sostenía el Filo de la Enemistad en
una mano y la pistola de proyectiles en la otra. Se
encaminó hacia la jaula, cuyos barrotes de acero
resplandecían ante los sensores magnéticos de su
auspex. A sus espaldas, podía visualizar las toscas
plataformas metálicas construidas para sostener
los láseres mineros y, de forma más vaga, los
componentes metálicos de los propios láseres. Se
movían, balanceándose de un lado a otro, mientras
los grises que los controlaban buscaban objetivos a
tientas.
Los grises no podían ver, pero escuchaban. El
313
artillero más cercano a Lazarus giró su láser hacia
él mientras sus botas blindadas resonaban contra
la roca. Una llamarada de luz atravesó el humo en
su dirección, abriendo un surco en el suelo a unos
metros a su derecha y fundiendo dos de los barrotes
de la jaula. Lazarus no tenía intención de dar una
segunda oportunidad al gris y disparó su pistola
bólter.
No podía ver al artillero, pero sí el metal del láser, y
eso fue suficiente. Su pistola retumbó en su mano, y
las balas explosivas atravesaron el arma, destruyén-
dola y dispersando metralla al gris que la controlaba.
Entonces, Lazarus se abalanzó sobre la jaula, blandi-
endo el Filo de la Enemistad.
La espada golpeó los barrotes y el metal se desgarró
como si huera del filo crepitante. Recortó un gran
arco sobre su cabeza y se agachó mientras asestaba
un golpe de revés en la parte inferior. Los barrotes
cortados cayeron al suelo con estrépito, y Lazarus
había terminado. Cambió su auspex a thermis, y de
repente pudo ver a los grises a su alrededor, el calor
de sus cuerpos brillando a través del humo.
Intensos destellos de luz blanca provenían del otro
lado, donde las barras resonaban, y Demetrius en-
tonaba una letanía de destrucción mientras las atrav-
esaba con su crozius. El escuadrón Bethel seguía los
pasos de Lazarus, con los cuchillos desenvainados,
y la antecámara se convirtió en un remolino lleno
314
de espadas centelleantes y sangre. Con el rostro de
piedra tras el yelmo, Lazarus avanzó, liderando a sus
Ángeles Oscuros en la sombría carnicería.
—Todos están muertos —informó el Hermano
Asbeel.
Lazarus dejó el paño que había usado para limpiar
la sangre del Filo de la Enemistad y miró al Apotecario
con el ceño fruncido.
—No me refiero a los grises —el Apotecario señaló
la jaula con un gesto de la mano. La última morada
de los grises era un matadero silencioso y empa-
pado en sangre—. Me refiero a los prisioneros.
A aquellos que el Adeptus Mechanicus estaba con-
virtiendo en sirvientes. A los que ya habían sido
extraídos del criosueño, los degollaron y arrojaron
en un rincón apartado. A los que aún permanecían en
criosuspensión… —indicó con la cabeza la gigantesca
máquina que habían utilizado como resguardo al
subir a la jaula. Desde este lado, Lazarus pudo
observar bastidores integrados en ella, fila tras fila
de estrechas cajas alineadas en su interior. Una luz
roja y palpitante brillaba en cada una de ellas—. Era
la unidad de soporte que mantenía los crio-ataúdes
en funcionamiento. Un láser de los Grises cortó el
conducto de alimentación y todos fallaron. Los 4800
prisioneros restantes se ahogaron en criofluido.
—Una tragedia que hayan perecido antes de
tener la oportunidad de redimirse de sus crímenes
315
—comentó Demetrius—. Pero al menos fue a
manos de los grises. El Fabricante Locum no podrá
recriminarnos por la pérdida de su material.
—Tienes demasiado optimismo detrás de esa más-
cara de calavera, hermano —afirmó Lazarus. Frun-
ció el ceño ante la gran máquina y observó el líquido
transparente que fluía de ella y se dirigía hacia un
desagüe en el suelo. El ligero olor a mortal impreg-
naba el aire. Con este calor, pronto emanaría un
hedor a descomposición—. ¿Por qué vinieron aquí?
Si no buscaban infectar a los prisioneros, ¿por qué
volar hasta aquí, luchar hasta llegar a esta sala en
particular y morir?
—Es difícil comprender las mentes de los demo-
nios, los xenos o los rebeldes —expresó el Capellán
Interrogador—. Y ni siquiera sabemos cuál de ellos
son estas cosas.
—Las tres o ninguna —afirmó Lazarus—. No
importa. Hay algún tipo de inteligencia detrás de
estas cosas, lo que significa que hay algún tipo de
plan —volvió a enfundar la espada, pero sus dedos
golpearon la empuñadura, ansiosos por liberarla de
nuevo—. Estoy ganando todas las batallas, pero
comienzo a temer que estoy perdiendo la guerra.
Destruimos a estos grises cada vez que los encon-
tramos, pero debemos arrancar sus raíces del suelo.
Necesito…
—Maestro Lazarus —la voz a través del vox
316
provenía del Escuadrón Hazin, que continuaba ex-
plorando el factorum en busca de cualquier enemigo
oculto—. Hemos localizado a los visioingenieros del
factorum. Y hay algo más que debería ver.
317
posaron en los huecos rojos y vacíos de sus cráneos,
adornados en algunos puntos con sus implantes
cibernéticos, cables y conexiones rotas, destrozados
por una extirpación violenta de tejido.
—El tercero está aquí —indicó el sargento del es-
cuadrón Hazin, señalando hacia el agujero. Lazarus
miró hacia abajo y, a tres metros de distancia, divisó
al Visioingeniero. Este reposaba boca arriba, con
los brazos extendidos como si intentara alcanzar
algo. Ambos brazos eran mecánicos; el izquierdo
presentaba una apariencia casi humana, mientras
que el derecho estaba equipado con tres servoma-
nipuladores multiarticulados. Aún llevaba su túnica,
desordenada y holgada, pero sus pies ya no calza-
ban botas; estaban desnudos y sorprendentemente
humanos. Hilos de alambre se enredaban en cada
dedo, con extremos de cobre retorcidos y atascados
bajo las uñas. De ellos emanaban vestigios de sangre,
mayormente coagulada, aunque Lazarus percibió un
hilillo fresco de rojo que brotaba debajo de una uña
fracturada y goteaba en el barro circundante.
Alrededor de la cabeza del Visioingeniero, yacía
más barro impregnado de sangre, revelándose junto
a una caja de empalmes que emergía con la ex-
cavación. La caja, de acero inoxidable y sin or-
namentos, enlazaba dos cables tan gruesos como
el brazo de Lazarus. La parte superior de la caja
de empalmes había sido cortada, dejando salir una
318
maraña de cables que se enroscaban en el cuero
cabelludo del Visioingeniero. Algunos se conectaban
a los implantes del tecnosacerdote, mientras que
otros se clavaban en los pocos fragmentos de piel
que aún se vislumbraban en su rostro, rodeados por
costras de sangre seca. Los restantes alambres y
cables habían sido trenzados en una gruesa cuerda
que se introducía en la ensangrentada cuenca de su
ojo izquierdo. Antes había habido un implante en
ese lugar, pero lo habían arrancado y descartado
para dar paso al grueso cable que se adentraba en la
cabeza del Visioingeniero. Delgadas luces se habían
dispuesto alrededor de la trenza, parpadeando en
extraños patrones. Sus colores se reflejaban en la
piel apagada del Visioingeniero y en la máscara gris
de moho que rodeaba sus ojos.
—¿Qué es esto? —preguntó Lazarus, manteniendo
su pistola de proyectiles elevada, apuntando a la
cabeza del Visioingeniero infectado. No auguraba
nada bueno. Deseaba apretar el gatillo y poner fin a la
grotesca amalgama de cerebro, hongos y cables, pero
antes dirigió su mirada hacia Ephron, preguntándose
qué contemplaría el tecnomarine en esa horrorosa
fusión.
Ephron se inclinó junto al agujero, y un servobrazo
se desplegó desde su espalda, serpenteando sobre
su hombro. Un haz de luz brillante surgió de él,
iluminando la caja de conexiones abierta.
319
—Son cables de comunicación. Parte de la columna
vertebral de la cogitación de la forja —la luz jugaba
sobre los cables, desapareciendo en la tierra—. Esta
caja de conexiones no está protegida contra la in-
trusión, como lo estaría si estuviera cerrada. Por
eso vinieron aquí. Los Grises de alguna manera
sabían que esta unión estaba enterrada aquí y sería
vulnerable a… lo que sea esto.
—El trabajo de su maestro. ¿Y quién era?
—Lazarus reflexionó sobre la sombra mencionada
por Raziel que estaba detrás del sello de la Puerta
Roja. Qué era exactamente podría ser una pregunta
más pertinente. Pero el recuerdo de la sombra lo hizo
reflexionar—. Bibliotecario —llamó, y Raziel giró la
cabeza hacia él. Sostenía la espada en la mano, con la
hoja blanquecina humeante y pequeños carámbanos
goteando de la empuñadura—. ¿Qué sientes?
—Aún percibo esa corriente. Se encuentra en
todas partes donde los grises han estado o están.
En este momento, es más intensa aquí —comentó
Raziel, señalando al mutilado Visioingeniero—. Pero
la siento a nuestro alrededor —hizo un gesto con
la mano, indicando el factorum y la forja que lo
rodeaban—. Está expandiéndose allí afuera.
—Quiero hablar.
La voz era hueca, un gruñido bajo y áspero, no alta.
Pero para los sentidos de un Marine Espacial era clara,
y todos los Ángeles Oscuros apostados alrededor
320
del agujero alzaron sus armas. Lazarus, parado en
el borde del agujero, nunca había bajado la suya.
Mirando por encima de sus miras, pudo observar el
ojo inyectado en sangre del Visioingeniero abrirse y
parpadear, la boca retorcerse en una fea sonrisa.
—A ti, Ángel Oscuro. Quiero hablarte a ti.
—¿Por qué querrías hablar contigo, abominación?
—preguntó Lazarus.
La sonrisa del Visioingeniero se amplió. Cuando
volvió a hablar, su voz era una parodia burlona de la
de Lazarus.
—No sé nada de lo que eres ni de lo que quieres.
Solo sé que eres una abominación, un monstruo, y
te borraré de este mundo —luego su voz retomó
su antigua aspereza—. Qué bonito hablas de tu
ignorancia. Una voz como la de un ángel, un ángel
oscuro y sombrío. Pero luego, estaba esto —volvió
a burlarse de Lazarus—. Hay alguna inteligencia
detrás de estas cosas, lo que significa algún tipo
de plan —la sonrisa del Visioingeniero adquirió un
tono socarrón—. Eso casi sonó a curiosidad. Como
una admisión de que podría haber algo más allá
del bólter y la espada que hiciera avanzar tu causa.
Algo parecido al conocimiento. ¿Quieres conocerme,
Lazarus, Maestro de la Quinta? Porque siento que
quiero conocerte.
—Juegas con mi tiempo —dijo Lazarus, y apretó
el gatillo. Una ráfaga explosiva desvaneció la cabeza
321
del Visioingeniero, convirtiéndola en una masa de
sangre, cables, fragmentos de hueso y placas de
circuitos destrozadas. Los trozos sólidos aún caían
por los aires cuando las pocas luces que aún quedaban
encendidas en lo alto parpadearon una y otra vez
antes de apagarse definitivamente. El factorum cayó
en la oscuridad, absoluta, y las bandas luminosas
visuales desaparecieron del auspex de Lazarus. El
calor y el magnetismo aún resplandecían ante sus
ojos, pero a pesar de ello, solicitó lúmenes por el
vox. Cada uno de los Ángeles Oscuros se iluminó, y
sus armaduras de poder proyectaron nítidos rayos
blancos sobre el factorum.
—Matar al Visioingeniero gris no debía haber
tenido ese efecto —expresó Ephron—. La columna
vertebral de cogitación forma la Noosfera de la
forja, que está vinculada a funciones básicas como la
iluminación, pero no de manera directa. Yo…
—Basta —interrumpió Demetrius. El Capellán
Interrogador observaba a los sirvientes reunidos al
otro lado del foso. Sus cabezas inclinadas se alzaron,
y sus ojos sin vida se centraron en Lazarus.
—Yo no juego, Ángel Oscuro —la voz resonó en
todos los Servidores—. He tenido mil años para
planear mi venganza. Los he pasado todos sufriendo.
Si me tomo el tiempo de hablar contigo es porque
tengo el tiempo para hacerlo.
Desde el extremo opuesto del factorum, por donde
322
habían ingresado, se escucharon disparos, cañones
láser y paralizadores, junto con el chisporroteo dis-
tintivo de los rifles de arco de los skitarii. Sin apartar
la vista de los sirvientes, Lazarus dio sus órdenes por
el vox.
—Demetrius, Azmodor. Regresen a las puertas con
los escuadrones Lameth y Bethel. Escuadrón Hazin,
conmigo —sus hombres se alejaron estruendosa-
mente, y sus luces se desvanecieron en la oscuridad.
Lazarus miró fijamente a los sirvientes y luego habló
en voz alta—. Pasa tu tiempo muriendo, gris.
Luego, dio la orden de fuego al Escuadrón
Hazin. Los Ángeles Oscuros alzaron sus bólters,
y los cañones entonaron su poderoso himno. Los
sirvientes se despedazaron, la carne se desintegró, y
sus fragmentos metálicos cayeron al suelo mientras
los restos de sus cuerpos humanos se desintegraban.
Cuando el último fragmento tocó tierra, Lazarus se
volvió y guió al resto de la Quinta de regreso a las
puertas.
323
Capítulo 17
F
ue sencillo para Ysentrud dar con los Ángeles
Oscuros. Emergieron rápidamente, el Inter-
rogador Capellán Demetrius, el Dreadnought y dos
escuadrones surgiendo de la oscuridad que envolvía
el factorum. La Fabricante Locum y Demetrius
apenas tuvieron tiempo de intercambiar palabras
antes de que Lazarus se les uniera, con su armadura
centelleante y el resto de sus hombres a sus espaldas.
Al verlo, Ysentrud sintió que su tensión se disipaba,
sin comprender del todo por qué. La llegada de ese
hombre había desencadenado todo lo que había ocur-
rido en ese desastroso… Hizo una pausa, confundida.
¿Cuántos días habrían pasado? ¿Dos? Parecían una
eternidad. Se sentía como si hubiera envejecido una
eternidad. Aun así, experimentó alivio al ver el yelmo
alado y la túnica blanca que cubría la armadura verde
oscuro. Pase lo que pase, a ese marine espacial, a
ese transhumano, parecía importarle que ella so-
breviviera, y eso le parecía crucial en ese momento.
Aunque él parecía no haber notado su presencia
324
mientras se dirigía a la Fabricante Locum.
—Explícate —fue la única palabra que él pronunció
mientras señalaba la puerta obstruida por escom-
bros.
La Fabricante Locum se puso de pie con los brazos
cruzados y el pájaro en el hombro, con las alas medio
desplegadas.
—La Noosfera de la forja ha sido comprometida. Se
han apoderado del control de las funciones críticas;
mis propios sirvientes y cyborgs se han vuelto en mi
contra. Una agencia externa ha usurpado mi dominio
sobre nuestro sistema sagrado.
—Los Grises —afirmó Lazarus.
—Una suposición —respondió la Fabricante
Locum—. Una suposición que parece creíble, pero
esa solución es inviable en última instancia. La
Noosfera de mi forja está protegida contra toda
intrusión.
—Amplía tu definición de “toda” —replicó
Lazarus con desgana. Cuando ella empezó a hablar,
él levantó una mano—. La tecnomarine Ephron te
llevará al lugar donde ocurrió. Allí podrá examinar
la ruptura de sus defensas e intentar reafirmar su
control. Mientras tanto, aseguraremos este espacio.
Ve, y que el Emperador te guíe.
Gretin Lan le lanzó un parpadeo con sus extraños
ojos y luego se retiró, con sus guardias skitarii
correteando a su alrededor como un cordón de
325
depredadores insectiles. Lazarus se volvió y miró a
Ysentrud.
—¿Todo en orden?
Más o menos. Ysentrud enderezó su postura lo
mejor que pudo, luchando por ocultar el dolor. Es-
taba maltrecha, magullada, cortada… en realidad,
estaba peor de lo que admitía. Le dolía todo el cuerpo,
temblaba por la resaca de adrenalina, la máscara del
Respirador se le clavaba en la cara, y Gretin Lan le
había gritado. No estaba bien, ni siquiera cerca. Sin
embargo, simplemente asintió y respondió:
—Sí, mi señor —una mentira tan grande que
probablemente el Emperador mismo frunciría el
ceño.
—De acuerdo —dijo él, luego se volvió para diri-
girse a sus hombres, darles órdenes, y enviarlos a
cumplirlas. Una vez que terminó, se alejó a grandes
zancadas, con el séquito de Marines Espaciales que
siempre lo rodeaban, orbitándolo como los cráneos
de pájaros de Gretin Lan. Ella lo vio partir y suspiró,
comenzando a caminar detrás de ellos, pero uno
de los grupos de luces se quedó, y reconoció al
Apotecario Asbeel esperándola.
Él le ofreció la mano y, cuando ella comenzó a
protestar, él simplemente la tomó y volvió a colocarla
sobre su hombro.
—No te dejaremos en la oscuridad ni te haremos
correr para seguirnos.
326
Ysentrud cerró la boca. Intentar argumentar que
no necesitaba ayuda resultaba ridículo, sobre todo
porque estaba sentada sobre su hombro, exhausta
y maltrecha. Sintió un repentino pinchazo en la
espalda.
—Señor, ¿qué fue eso? —giró la cabeza y vio que
su servobrazo se replegaba. Algo le quemaba en el
hombro, casi doloroso, pero a medida que se extendía
por ella, el ardor se convertía en calor.
—Sobre todo, estimulantes —cuando ella emitió
un sonido de interrogación, él negó con la cabeza
bajo el casco—. No sus estimulantes negros. Los
Ángeles Oscuros no necesitan ni usan esas cosas. Es
el mismo estimulante que usamos nosotros, pero en
una dosis mucho menor.
Mucho menor. La sensación de calor la invadió,
borrando sus dolores y su cansancio, junto con el
temor que la había abrumado. Sabía que la repentina
euforia no era más que producto químico, pero eso no
la impidió suspirar de alivio y enderezarse en el hom-
bro del Apotecario. Su estado de ánimo mejoró tanto
que ni siquiera se sobresaltó cuando las luces de la ar-
madura de Asbeel iluminaron una máscara de calav-
era plateada. El Capellán Interrogador Demetrius
se había detenido a esperarlos. Extendió un brazo y
Asbeel se lo entregó. Incluso con el ánimo mejorado
por el estímulo, que la trataran como a una niña le
resultaba molesto. Sin embargo, patalear y enfur-
327
ruñarse solo la haría sentir ridícula.
—Ahora que mi salud está asegurada, al menos por
el momento, ¿estás aquí para atender a mi espíritu?
¿Señor?
—En cierto modo —respondió Demetrius. La luz
verde de su ojo izquierdo brillaba entre sus ropas
rotas y mugrientas—. El Maestro Lazarus quiere
saber cómo te encuentras.
—Dile que estaba fatal, pero que luego tu Apote-
cario me dopó con lo mejor del Imperio y ahora me
siento de maravilla. Imagino que cuando se me pase
me pasaré seis meses deseando morirme.
—Son más bien seis horas, pero podría ser peor
para los mortales.
—Lo más probable es que lo sea —admitió ella,
aunque ese pensamiento no logró afectar su ánimo—
. Capellán Interrogador —dijo alegremente, igno-
rando el hecho de que una parte distante de su
cerebro temblaba por el simple hecho de dirigirse
al gigante de la máscara amenazadora—. ¿Por qué le
importo tanto al Maestro Lazarus?
—Tienes conocimientos sobre esta situación. Eso
te convierte en una valiosa herramienta táctica.
—Una valiosa herramienta táctica. Qué bonito
—Ysentrud lo decía en serio. La habían educado en la
creencia de que su valía residía en ayudar a los demás
con los conocimientos que había adquirido. Saber
que era útil no solo para un Marine Espacial, sino para
328
el líder de toda una compañía de Marines Espaciales,
era mejor que ayudar a un señor a averiguar la mejor
manera de exprimir los impuestos de los granjeros
de estimulantes—. Le gusta saber cosas, ¿verdad?
—Así es. El Maestro de la Quinta es un gran
luchador, pero lo más importante es que es un mae-
stro de la táctica. Esto requiere conocer a las tropas
que le sirven, el campo de batalla en el que lucha y el
enemigo al que se enfrenta.
—Qué pena —dijo ella—. Todas esas discusiones,
secretos y mentiras, todas esas cosas extrañas con
los grises. Debe de estar volviéndose loco.
Demetrius emitió un sonido que podría haber sido
una carcajada, aunque cortado.
—Al Maestro de la Quinta no le gustan esas cosas,
no. Y estoy seguro de que apreciaría mucho tu
preocupación, Erudita. Pero se ha ocupado de cosas
más difíciles.
—¿Como la muerte?— se volvió para mirarle. Era
lo único bueno de ser llevada a hombros de los
Marines Espaciales: no tenía que estirar el cuello
para mirarlos—. Cuando el gris estaba hablando
con él en la granja de estimulantes, toda esa locura
sobre la muerte, la forma en que el Maestro Lazarus
respondió… ¿Qué le pasó?
—Lo mismo que nos pasa a todos, salvo a nuestro
Emperador eterno. Murió —la voz de Demetrius se
apagó. Sombría—. Se sacrificó por nosotros y cayó
329
en las llamas. Maese Lazarus cumplió con su deber,
el único deber que se nos exige a todos: murió por
sus hermanos y por el Emperador. Pero el deber no
se cumplió con él, y renació.
—Qué gente tan extraña son. Mi señor. Luchar,
morir y renacer —sacudió la cabeza, y por un mo-
mento el gran factorum giró a su alrededor. Pero
todo estaba bien. Ahora todo estaba más que bien—.
Parece mucho. ¿Alguna vez tienen la oportunidad de
hacer algo divertido?
—Servimos al Emperador. Protegemos el Imperio.
Destruimos a los enemigos del hombre. Somos la
espada de la venganza para los indefensos y los
temerosos. Somos los Ángeles Oscuros —la miró—.
Somos los primeros Adeptus Astartes. Es el mayor
honor que puede alcanzar un hombre. Y, sólo de vez
en cuando, somos capaces de experimentar lo que tú
llamas diversión.
—Creo que te estás burlando de mí —dijo Ysentrud,
y se encogió de hombros. Así era, y eso la hizo
sentirse aún mejor. Estos Marines Espaciales eran
tan serios. Pero si uno de ellos, uno de ellos tan
aterrador como el Capellán Interrogador Demetrius,
podía burlarse… Fuera lo que fuese, tal vez estos
Ángeles Oscuros seguían siendo humanos. Al menos
un poco.
—Hablaste de secretos y mentiras —el paso de
Demetrius se ralentizó, poniendo distancia entre
330
ellos y el resto del grupo. Caminaban casi solos,
rodeados por la oscura mole del equipo—. ¿Qué
querías decir?
—¿Además de la lucha entre el Regente Primero y
el Adeptus Mechanicus? —Ysentrud se encogió de
hombros—. ¿O todo el folclore sobre los grises? ¿Re-
cuerdan cuando sólo había uno, una figura cubierta
de moho que emergía de la tierra para llevarse a los
niños? Probablemente no, a nadie le importa eso.
Tal vez se refieran a los planes del Regente Sebastián
—dudó, luego sonrió—. Tenía miedo de compartir
algo sobre él con alguien. Sebastián era mi protector,
aunque no mostrara ningún interés en mí, y es, era, el
siguiente Regente, uno de los más poderosos de Reis.
Pero probablemente ahora esté cubierto de moho, y
ahora mismo no le tengo miedo a nada —Ysentrud
hizo una pausa, pensativo—. ¡Por eso estás hablando
conmigo! Estás preparado para los interrogatorios.
Señor.
—Tengo algo de entrenamiento —dijo secamente
el Capellán Interrogador.
Ella asintió
—Odiaba a Sebastián —intentó ordenar sus pen-
samientos, pero no lo consiguió. No eran recuerdos
grabados en ella, y con el estímulo fluyendo, el estado
memen probablemente sería imposible. Pero los
recuerdos de su tiempo bajo la custodia del siguiente
Regente eran recientes y crudos—. Sólo serví a
331
Sebastián durante un tiempo, pero… había algo en él.
Algo petulante, y conocedor, y burlón. Lo ocultaba
bien en público, pero en sus apartamentos, emergía
—se estremeció al recordar la forma en que sonreía,
la risa que a veces brotaba de él sin motivo—. Me
hacía mantenerme alejada de él, lo cual era fácil, ya
que creo que se olvidaba de mi existencia la mayor
parte del tiempo. Así que, aunque no espiaba, oí
muchas cosas que probablemente no debía oír. Cosas
que se decía a sí mismo y cosas que pasaban entre
él y el comandante Lash Karn —se estremeció—.
Quiero decir, además de que eran amantes. No hacían
ningún esfuerzo por ser discretos. Especialmente en
sus apartamentos —volvió a estremecerse—. Todo
el mundo sabía que Sebastián no se llevaba bien con
su padre. Tampoco era un secreto. Pero no creo que
nadie se diera cuenta del desprecio que sentía por
el Regente Primero. Cómo pensaba que era débil,
que era un tonto. Sebastián discutía con su padre
en público, pero en privado se burlaba de él. Podría
haber pensado que estaba a punto de declararse en
rebelión, pero lo único que parecía odiar más que
al Regente Primero era el propio Reis. A veces le
hablaba a Petra como si no fueran a quedarse aquí.
Como si planease salir del planeta de algún modo.
Quiere irse, lo sé. Dice que Reis apesta.
—Y es cierto —afirmó Demetrius—. Pero hay
cosas mucho peores en la galaxia. ¿Qué más han
332
escuchado sobre el Regente por venir?
—¿Qué más aparte de la traición y el abandono de
su cargo? —preguntó Ysentrud—. Poco. Traición,
quejas y…— pensó por un momento—. Pasó mucho
tiempo hablando con el comandante de la Milicia de
Reis. Preguntas sobre su lucha con los grises, pero
también le preguntaba las cosas más aburridas sobre
qué fuerzas estaban dónde. Quería saber la ubicación
de cada patrulla, de cada campo de entrenamiento.
No sé por qué, y no sé si importa, pero era extraño
que estuviera tan interesado en conocer esos detalles,
cuando le importaba tan poco cualquier otra cosa que
tuviera que ver con Reis.
Rodearon un montón de suministros, y allí estaba
Lazarus con la Fabricante Locum , de pie junto a
un agujero que había sido arrancado del suelo del
factorum. A su alrededor se habían colocado luces
de emergencia brillantes que creaban sombras mon-
struosas en las paredes. Demetrius se agachó e
inclinó el hombro, dejando que Ysentrud se deslizara
hasta el suelo.
—Los grises están en todas las puertas —le in-
formaba Lazarus a la Fabricante Locum—. No hay
salida.
Lazarus escaneó las pantallas que su yelmo de-
splegaba ante sus ojos, los informes de todos los
escuadrones que había enviado a sondear los bordes
del factorum. Podía ver las imágenes de todos, las
333
amplias salas de la forja abarrotadas de sirvientes,
esperando con los ojos muertos y las armas en alto.
Entre ellos estaban los sabuesos de azufre, armas
salvajes destinadas a ser monturas de batalla skitarii.
Cada salida de este lugar era una caja de muerte,
esperando a que entraran en ella.
—¿Cuántos sirvientes pertenecen a esta forja?
—preguntó.
La Fabricante Locum tenía los brazos cruzados y
su rostro, una máscara perfecta, estaba vuelto hacia
la fosa donde yacía el Visioingeniero muerto.
—Seis mil sirvientes designados trabajaron para
nosotros. Unidades laborales y técnicas —había
un deje de frustración en aquella voz musical. No
tenía expresión, ni latidos, ni feromonas, ninguna
de las señales habituales que Lazarus podía leer en un
mortal. Sólo estaba su voz, pero ya era suficiente—.
Además, mil unidades mineras de nueva creación,
actualmente en preparación para su envío.
—¿Cuántas llevan láseres mineros?
—Cuatrocientas unidades —afirmó—. Pero la
Forja Norsten tiene actualmente setecientos tres
láseres mineros más montados y a la espera de ser
instalados.
—Cuatrocientos listos. Setecientos tres más que
podrían ser utilizados por las fuerzas grises. Más de
mil armas capaces de penetrar blindajes de ceramita.
Y luego están los sabuesos de azufre. ¿Cuántos hay?
334
—Hay doscientos doce que pueden ser utilizados.
Otras unidades están en las primeras fases de mon-
taje.
—Sólo doscientos doce —gruñó Lazarus.
—Soy muy consciente de las capacidades de todo
el equipo que crea mi forja, maestro Lazarus —la
música en la voz de Gretin Lan era dura—. La
comprensión del peligro de las armas y herramientas
que fabricamos está integrada en lo más profundo de
mi sistema. Estas cosas complican nuestra circun-
stancia actual. Sin embargo, la probabilidad indica
que es poco probable que nos enfrentemos a tales
probabilidades. El designado gris debe tener algún
límite en la suma de entidades que puede controlar.
—¿Debe tenerlo? —preguntó Lazarus—. No tienes
ni idea de cómo está ocurriendo. ¿Cómo puedes estar
segura de ello?
Gretin Lan se volvió, con las faldas arremolinadas,
y se encaró con él.
—Mi comprensión de este ataque habría mejorado
mucho si no hubieras optado por destruir su apli-
cación.
—¿Destruirla? —Lazarus hizo un gesto al fac-
torum oscuro—. Sólo destruí la herramienta que
utilizaron para infiltrarse en esta forja. Cualquiera
que sea la implementación que esa herramienta
haya conseguido, sigue sin verse afectada. Eso debe
cambiar.
335
Ella hizo un siseo, pero asintió.
—De acuerdo. Debemos determinar una solución
para esta trampa.
—No se resuelve una trampa. Se rompe —Lazarus
golpeó la empuñadura de su espada—. Mis es-
cuadrones sondearán las puertas. Que los grises
piensen que buscamos debilidades.
—Distracción dirigida a los grises. ¿Cuál es la
intención real?
—Buscar debilidades. Pero no en las puertas.
Ella asintió.
—Posees otras fuerzas, más allá de esta forja.
—He intentado comunicarme con ellos —afirmó
Lazarus—. Los grises nos están interfiriendo.
Comenzó en algún momento después de que tomaran
el control de su forja. Mi Tecnomarine no puede
llegar a nuestros Thunderhawks. No puedo alcanzar
a mis escuadrones. Toda nuestra comunicación
vox se ha ido. Mis escuadrones solo pueden enviar
hermanos para que me informen.
—Omnissiah, corrígeme —maldijo, y las pupilas
de sus ojos se movieron y giraron—, pero mis fun-
ciones de comunicación también están interrumpi-
das. Supuse que se debía al control que el designado
gris ejercía sobre la Noosfera de la forja. Pero la
dificultad debe ser mayor si también ataca a los
equipos de los Marines Espaciales.
—¿Puedes detenerlo?— preguntó Lazarus. Ephron
336
no tenía respuesta para él. La interferencia de los
grises lo abarcaba todo, y nada de lo que pudiera
hacer la tecnomarine parecía tocarla.
—No —respondió ella, y había ira en sus
palabras—. Me han despojado de mis herramientas,
de mis vestiduras. Sin la Noosfera, no puedo
averiguar qué ha hecho el designado gris ni cómo
contrarrestarlo.
—¿No tienes una conexión física con tu Noosfera?
—Lazarus señaló el agujero.
—Ya no —respondió—. Ese nodo se ha separado
del sistema. Todos los nodos equivalentes se encuen-
tran más allá de este factorum.
Agitó las manos y una de las pequeñas calaveras de
pájaro proyectó luz en el aire. Era un holoproyector y
dibujó un esquema de la forja ante ellos. Unos puntos
de luz se iluminaron en el mapa, señalando puntos de
la inmensa instalación. Algunos estaban cerca, pero
todos estaban más allá de las puertas vigiladas del
factorum. Lazarus frunció el ceño ante el mapa, ante
el laberinto de conductos, respiraderos, conductos y
pasillos.
—Señala el más cercano —dijo. Tres de las marcas
se iluminaron en el esquema. Una estaba directa-
mente sobre ellos, en la superficie, a través de 150
metros de piedra. Otra estaba a su nivel, pero a un
kilómetro de distancia, en un conducto de menos
de un metro de ancho. Demasiado pequeño para
337
cualquier Ángel Oscuro, o incluso para un skitarii.
El último estaba debajo de ellos y a un lado, a través
de casi trescientos pies de roca. Lazarus consideró
la posibilidad de cavar, y luego sacudió la cabeza.
Ese tipo de trabajo sería demasiado fácil de detectar
por auspex, incluso fuera de este factorum. Los
grises tendrían tiempo de reaccionar simplemente
cortando aquellos cables. Miró de nuevo al del medio.
—Tu pájaro es lo bastante pequeño para alcanzarlo
—dijo.
Las dimensiones de Avix Alfa lo permitirían, pero
su cognición no. Sus cogitadores no son lo bastante
complejos para realizar las acciones necesarias y
conectarme a ese nodo —Gretin Lan acarició las
largas plumas de la cola del pájaro—. También carece
de potencia. Si lo tuviera, le conectaría una línea de
neurus y lo dirigiría a través de ella. Pero esa carga
estaría más allá de sus capacidades.
—No es lo bastante fuerte —señaló Lazarus, volte-
ando la mirada hacia atrás. Aunque había notado a
Demetrius regresar con Ysentrud al hombro, le había
prestado poca atención a la mortal. Ahora la evaluaba
con una mirada intensa, midiendo cada aspecto.
Los rasguños marcaban la piel rojiza de la mujer
y la sangre medio seca resaltaba los tatuajes negros
que adornaban su cuello. Su túnica, antes blanca,
estaba desgarrada, sucia y raída, y el Respirador
que llevaba en la cara estaba cubierto de polvo, con
338
luces de advertencia ámbar destellando alrededor
de las tomas del filtro. Pero sus ojos resplandecían,
intensos, y se animó al darse cuenta de que la estaba
observando.
—¡Maestro Lazarus! ¡Señor! ¿Qué está sucedi-
endo? —sus palabras se entremezclaban y, por el
rastro de sudor en su piel, Lazarus pudo percibir el
familiar aroma del estimulante—. ¿Estás planeando
salir por ese conducto? —observó fijamente el mapa
que flotaba en el aire detrás de él, señalando el
estrecho pasadizo que aún estaba intacto—. ¿Hay
algo en lo que pueda ayudar?
—Sí, Ysentrud —respondió él—. Creo que sí.
339
conductos, Erudita, y asegura el cable con esto.
—Sencillo —dijo Ysentrud con entusiasmo.
Ahora lo expresaba todo con entusiasmo. Cuando
Lazarus había interrogado al Hermano Asbeel, el
Apotecario había insistido en que le había admin-
istrado a la Aprendida una ínfima cantidad de es-
tímulo. Pero la propia mortal era diminuta, ¿ver-
dad? En esa falta de tamaño residía el plan, y debía
funcionar. Lazarus no concebía otra opción que
no implicara precipitarse por esos pasillos bajo una
lluvia de fuego láser.
Los Marines Espaciales no temían. La idea de
lanzarse en una carga como esa y morir no frenaría a
ninguno de los hermanos de batalla bajo sus órdenes.
Sin embargo, esa misma falta de miedo les impedía
lanzarse a cualquier cosa que pudiera mermar sus
fuerzas mientras existiera otra oportunidad. Lazarus
observó cómo Gretin Lan entregaba el lazo del cordón
neurus a Ysentrud. La mortal se tambaleó bajo el
peso y fue sostenida por el Capellán Interrogador
Demetrius.
Cualquier oportunidad, pensó Lazarus. Incluso las
más escasas.
—Lo tengo —dijo ella, a duras penas enderezán-
dose. Demetrius la soltó y Ephron le tendió una
pequeña funda de cuero.
—Un láser cortante —dijo el tecnomarine—. Lo
bastante pequeño para ti —cuando Ysentrud cogió
340
la funda, inmediatamente dejó de parecerle tan
pequeña—. Puede usarse como arma si es necesario,
pero su alcance es extremadamente limitado y debes
conservar al menos el treinta por ciento de la carga
para abrir el conducto.
—Deberías tener un arma mejor —dijo Lazarus.
Sin embargo, no tenían ninguna que ofrecer. Incluso
sus espadas de combate habrían sido enormes para
ella, como grandes espadas con empuñaduras que
apenas podría agarrar con las dos manos. Pero no
estaba hablando con Ephron.
Gretin Lan lo miró fijamente con sus extraños ojos,
las pupilas cambiantes, luego su mano se movió, me-
tiendo la mano en sus faldas y sacando un pequeño
cuchillo enfundado en blanco con un mango de marfil
tallado.
—Presenta tu mano —le dijo a la Erudita. Cuando
Ysentrud lo hizo, la Fabricante Locum colocó el
mango de la hoja en ella y cerró su propia mano
en torno a la del mortal. Gretin Lan entonó algo
que sonó como el canto de los pájaros, y los ojos de
Ysentrud se abrieron de par en par.
—Se ha movido.
—Arma vinculada —la Fabricante Locum no
mostraba alegría, pero continuó de manera abrupta.
La hoja es adamantina con filo monomolecular.
No permitan que toque su cuerpo; sufrirían daños
considerables. La hoja también alberga un paquete
341
de energía de choque miniaturizado. Al golpear
con éxito, el perno se engancha en la empuñadura
y el voltaje se descarga. Asegúrense de no entrar
en contacto con ninguna parte del cuerpo de la
víctima, o podría arder. El daño es grave. Hay energía
suficiente para tres descargas.
—Peligroso —dijo Ysentrud, intentando equilibrar
la bolsa de herramientas y la hoja sin tambalearse
por el peso del cordón neurus.
—Lo es —Lazarus se arrodilló, con la cabeza aún
más alta que la de ella. Tomó la espada que Gretin
Lan le había dado a Ysentrud y la ató a una de las
trabillas de su cinturón con una fina tira de tela que
arrancó del dobladillo andrajoso de su túnica—. Pero
usted también lo es, Erudito. Es humana, la especie
más peligrosa que ha producido esta galaxia, y con
fe y valor no hay nada que no puedan hacer.
Parpadeó con sus ojos cobrizos y sonrió. Agarró su
pequeña mano con la suya, la levantó y se dirigió al
estrecho conducto que le había indicado la Fabricante
Locum. Un skitarii había hecho un agujero, y Lazarus
levantó a Ysentrud para que pudiera arrastrarse por
él. A duras penas cabía, y colocó el cordón neurus
donde pudiera arrastrarlo por detrás. Encendió la
pequeña luminaria que colgaba de su cuello, respiró
hondo y cantó en voz baja.
—En la oscuridad, en la noche. Si me pierdo, reza
para encontrar la luz —miró a Lazarus y sonrió con
342
un poco menos de brillo—. Es tradición.
Él asintió.
—Y es justo. El Emperador protege.
—El Emperador protege —repitió ella, y comenzó
a arrastrarse hacia adelante, con la cuerda desenrol-
lándose lentamente tras ella. Cuando su luz desa-
pareció, Lazarus comenzó a darse la vuelta, pero se
detuvo al oír un leve susurro que descendía por el
conducto.
—Probablemente voy a morir aquí. Alabado sea el
Trono, me he vuelto loca.
El tiempo se arrastraba como el Erudito, pero
Lazarus se afanaba en organizar incursiones de son-
deo con sus escuadrones en una salida y luego en
otra, probando las defensas de cada una de ellas sin
malgastar sus hombres ni su munición.
—No hay prisa —dijo Demetrius.
—Nos quieren contenidos y vivos —expresó
Lazarus mientras revisaba nuevamente los planos,
calculando las distancias a la superficie y señalando
las zonas propensas a derrumbarse ante posibles
explosiones—. De lo contrario, habrían colapsado
el techo de esta caverna desde arriba. O la habrían
llenado de Prometio y encendido la chispa.
—¿Por qué? —cuestionó el Capellán Interrogador.
—Para apoderarse de nosotros —respondió—.
Como hicieron con los mortales de las Levas del
Hogar de Reis. Quieren convertirnos en grises.
343
—Imposible. El apotecario Asbeel estaba con ellos,
junto al bibliotecario Raziel. Nuestros sistemas
inmunológicos destruirían ese hongo antes de que
pudiera hacer algún estrago en nosotros. Somos
inmunes a este manto gris.
—Así es como debería funcionar. Pero del mismo
modo en que buscamos puntos débiles en esta
trampa, los grises nos buscan a nosotros. Es
probable que por eso nos emboscaron en la granja de
estimulantes, para reclamar a nuestros hermanos de
la Décima Compañía. Nos están examinando, de la
misma forma que examinaron a los mortales aquí
para determinar cómo apoderarse de ellos.
—Puede haber sido más que eso —apuntó
Demetrius—. Antes pregunté a la Erudita por el
Regente por venir. Me dijo que odiaba a su padre
y este lugar, una traición bastante fácil de leer.
Pero también mencionó que estaba extrañamente
concentrado en la ubicación y disposición de las
Milicias Domésticas de Reis.
Lazarus se tomó un momento para reflexionar,
dejando que las piezas del rompecabezas encajaran.
—Hay demasiados soldados de las Milicias Domés-
ticas entre los grises. Muchos más de los que de-
berían tener solo por los prisioneros de guerra que
podrían haber capturado. Pero si un espía les in-
dicara a los grises dónde llevar patrullas o acampar
en lugares remotos… —Lazarus lo consideró. Las
344
pruebas eran escasas, pero encajaban—. Sebastián
trabajando para los Grises explicaría cómo ocurrió
la emboscada en la granja de estimulantes —dijo
el Capellán Interrogador Demetrius—. Y cómo de-
sapareció tan rápido en esa pelea. Habría sido un
rescate para él, no una captura.
—Un rescate —comentó Lazarus con una sonrisa
cínica—. Sebastián es quien nos llamó aquí, en
contra de las estrictas órdenes de su padre. Para
rescatar a Reis. Así que los grises nos querían aquí
—concluyó Demetrius—. ¿Por qué?
—Una pregunta importante —respondió Lazarus—
. Preguntemos a alguien que pueda saberlo.
345
Capítulo 18
E
l sonido estático llenaba el casco del teniente
Zakariah, crepitando en el vox.
—¿Cuánto tiempo lleva así, hermano?— preguntó,
desplazándose entre las frecuencias. Solo encon-
traba ruido, el grito electrónico sin sentido de las
estrellas.
—Solo unos minutos —El Tecnomarine Meshach
estaba a su lado en la cabina del Venganza en Plegaria,
fijando una cinta de oración a la unidad vox del
Thunderhawk mientras ajustaba sus controles—.
Acababa de recibir un informe del Hermano Ephron,
informando que habían enfrentado y derrotado a la
fuerza gris que atacó la forja del Adeptus Mechanicus.
Y un momento después, esto. No puedo contactar
con el Maestro Lazarus en el norte, ni con el Anciano
Jequn en la Puerta Roja, ni con la Espada de Calibán
—soltó la mano del vox, sacudiendo la cabeza—. Esto
no es un problema con nuestro equipo. Algo está
interfiriendo.
—Algo —repitió Zakariah—. ¿Los Grises?
346
—Ellos son nuestro enemigo aquí —dijo Meshach—
. Pero bloquearnos tan completamente muestra una
afinidad con la tecnología que no habían mostrado
antes.
Zakariah asintió.
—Haz que esto funcione, hermano. Debemos
informar al Maestro Lazarus y al Anciano Jequn lo
que hemos aprendido —Caballeros, toda una com-
pañía de ellos, oculta durante siglos. Y uno de los
dos hombres que sabía dónde estaban había sido
capturado por un enemigo que se apoderaba de sus
prisioneros desde adentro—. Los Caballeros de la
Casa Halven. ¿Qué piensas, Hermano Techmarine?
—Sé poco, teniente —dijo Meshach—. Los in-
formes que he visto indican que la interfaz con los
pilotos fue saboteada, lo que puede significar que
están en su mayoría intactos, y esas máquinas fueron
hechas para durar. Sus espíritus son feroces. Pero es
obvio que no han funcionado durante mil años.
—Si no, el Regente Primero estaría en una ahora
—dijo Zakariah—. La Casa Halven codicia ese poder,
ese prestigio.
Meshach asintió.
—No entiendo cómo han podido renunciar a él
durante tanto tiempo. El Adeptus Mechanicus podría
haber arreglado sus máquinas de guerra hace siglos.
—Pero para hacerlo, tendrían que admitir el robo
—afirmó Zakariah. Desde que el Regente Primero
347
reconociera que los Caballeros aún existían y que
la Casa Halven los había arrebatado al Adeptus Me-
chanicus que debía repararlos, respondió todas las
preguntas de Zakariah, revelando el secreto que su
casa había ocultado durante mil años.
—Deberían confesar que habían desafiado los man-
damientos de sus antepasados, los Ángeles Oscuros
que los acababan de salvar, fingiendo la pérdida de
los Caballeros. Además, tendrían que admitir que no
pudieron aprender a reparar sus propias máquinas
después de siglos de estudio con los Adeptus Mechan-
icus, los rivales que creían haberlos traicionado y
atacado. Si hacían todo eso, se arriesgarían a ser
juzgados como incompetentes en el mejor de los
casos, traidores en el peor. La herencia que habían
protegido y ocultado durante mil años podría serles
arrebatada por el Imperio. No. Sus motivaciones
son bajas, las acciones de los cobardes, pero eso
es lo que el miedo hace a los hombres. Por eso
el Emperador nos lo quitó. Pero este Oskaran, y
todos sus antepasados, no tenían tal bendición, y
no es de extrañar que el Regente Primero sea un
hombre amargo, enojado. Prefiere aferrarse a la
esperanza de que sus Caballeros resuciten a través
de algún tipo de milagro que arriesgarse a perderlos
haciendo cualquier cosa. El Omnissiah trabaja en
formas misteriosas. Pero no ilógicas. Ese es un
talento de los mortales. Secretos y mentiras que se
348
remontan a tanto tiempo atrás —Zakariah sacudió
la cabeza. Era mejor ser un Ángel Oscuro y caminar
a la clara luz del Emperador—. Volveré con Oskaran
y veré si puedo sonsacarle algo más de verdad. Y
mientras lo hago, interrogaré al Regente Primero
sobre su red de comunicaciones.
Meshach estaba envuelto en su armadura, sentado
en el sillón del piloto, pero aún así, Zakariah podía
percibir su desdén.
—Estoy seguro de que los lugareños tendrán una
respuesta —murmuró el tecnomarine.
Zakariah sonrió, pero se desvaneció antes de aban-
donar la nave. Perder el vox ya era malo. Que se lo
quitaran era peor. Esta misión había sido un enredo
desde el principio, con un enemigo que se negaba a
salir al campo y luchar. Le hizo casi echar de menos
a los orkos.
Regresó al palacio, virando antes de alcanzar la
Sala de los Caídos. El Regente Primero se había reti-
rado a su despacho, una estancia revestida de madera
dorada con un intrincado diseño de rayas oscuras.
Holoimágenes antiguas de Caballeros Imperiales que
alguna vez pertenecieron a la casa decoraban las
paredes, reviviendo batallas ocurridas hace más de
un milenio. Debería resultarle devastador a Oskaran
Halven ver esos Caballeros yacer inmóviles e inútiles,
muertos para él y su casa, a menos que decidiera
revelarlos, arriesgándose a perderlos para siempre
349
al hacerlo.
El Regente Primero estaba sentado detrás de un
escritorio, con la mirada perdida en el vacío. Al entrar
Zakariah, logró ponerse de pie e inclinar la cabeza,
pero su piel pálida y facciones inexpresivas indicaban
que revelar su secreto había quebrantado algo en su
interior, quizás su última esperanza de preservar el
legado de su familia.
—¿Los han encontrado? —preguntó, con esper-
anza y amargura entrelazadas en sus palabras.
—Todavía no —respondió Zakariah.
El Regente Primero se dejó caer de nuevo en su silla,
aún más derrotado.
—Ese chico… ha pasado de ser más fanático de
nuestra herencia que yo a negarla. Se presentó ante
mí, donde tú estás ahora, temible Ángel Oscuro, y
me dijo que nuestra profecía era una mentira. Una
vez me dijo que la única manera de que yo montara a
un Caballero en la batalla era en la planta de su pie,
¿crees…?
—No podemos llegar a ellos, Regente Primero
—interrumpió Zakariah, desinteresado en sus dis-
putas familiares—. Los grises han hecho algo para
interferir nuestras señales de voz. ¿Cuál es el estado
de sus comunicaciones?
—¿Comunicaciones? —dijo el Regente Primero,
confundido—. Yo… Alguien vino a decirme que
el Comandante Karn había desaparecido. Y que
350
nuestras comunicaciones estaban fallando. Les dije
que se fueran.
Definitivamente, a veces los orkos eran mejores,
pensó Zakariah. Su incompetencia no te hacía daño,
y podías dispararles en cuanto los veías, sin perder
tiempo con sus tonterías.
—Haz que vuelvan —dijo, en lugar de desenfundar
su pistola de plasma—. Y…
Hubo un sonido, débil pero familiar para sus oídos
entrenados. El crujido de un disparo. El Regente
Primero no mostró señales de haberlo escuchado.
Sin embargo, al girarse, el teniente vio a un mortal
que irrumpía en el despacho tras él.
—Mi señor, la Milicia… —el hombre se detuvo al
notar a Zakariah y quedó paralizado, boquiabierto e
inmovilizado.
—¿Están atacando o siendo atacados? —preguntó
el teniente de los Ángeles Oscuros, esperando unos
frustrantes segundos mientras el hombre luchaba
por encontrar su voz.
—¿Ambos? Mi señor.
—Por supuesto —respondió Zakariah. Los grises
habían tomado a algunos contra los que no, pero
tenía pocas expectativas de que los soldados locales
pudieran notar la diferencia en la batalla, incluso con
las máscaras de hongos grises que cubrían los rostros
de los invasores—. Regente Primero…
De repente, un chirrido emergió de la unidad vox
351
en la esquina del escritorio del Regente Primero, y en
el casco de Zakariah, las alertas se iluminaron. Algo
había superado la interferencia de los grises y estaba
saturando todas las bandas. Era una transmisión de
vox, y el teniente pudo escucharla a través del vox
del Regente Primero y, probablemente, de otros más
fuera de la sala.
—Ciudadanos de Reis. Esta es una advertencia
de emergencia de las Milicias Domésticas de Reis.
¡Escuchen y atiendan!
—Es la oficial Petra Karn —dijo el Regente Primero.
Hubo un crujido de estática, y luego la voz de la mujer
regresó—. Abierta. Repito, la Puerta Roja ha sido
reabierta. El Regente Primero nos ha traicionado.
Ha vendido Reis a los Poderes Oscuros, y ahora
sus sirvientes están aquí. Nuevamente, el Regente
Primero nos ha traicionado y ahora es perseguido
por los Ángeles Oscuros. Por su culpa, los Marines
Espaciales han declarado este mundo contaminado,
nuestra población impura. Están bloqueando nues-
tras comunicaciones mientras se preparan para ex-
terminarnos —la estática volvió a llenar el aire, pero
esta vez el Regente Primero no habló. Observaba fi-
jamente el vox como si este se hubiera transformado
en una serpiente venenosa, enroscada en la esquina
de su escritorio. Luego, la estática se desvaneció una
vez más.
—Huyan. Encamínense a los refugios en las mon-
352
tañas occidentales o busquen un escondite en la selva.
Repito, se aconseja a todos los habitantes de Kap
Sudsten que huyan. Los Grises están infiltrados en
la ciudad, disfrazados de soldados de la milicia. Los
demonios se congregan en la puerta para avanzar
hacia nosotros. Los Ángeles Oscuros nos han mar-
cado como enemigos. ¡Su única esperanza ahora
es la fuga! Repito. La única esperanza que tienen
es… —luego, solo quedó estática.
—Ella está mintiendo —jadeó Oskaran—. Miente.
Está…
—Está minando la moral de tu pueblo —afirmó
Zakariah—. Muchos huirán y caerán fácilmente en
las manos de los grises. Otros se volverán contra ti,
contra tus soldados y contra nosotros. Siembran el
caos y tu pueblo morirá por ello.
—¿Qué debo hacer? —jadeó el Regente Primero.
—Calla, sígueme y escucha —espetó Zakariah al
salir del despacho para reunirse con sus hombres y
ver qué orden podría imponer en este caos.
353
nicarse con el Hermano Cadus, a quien había dejado
atrás para tripular el Thunderhawk que aguardaba en
la granja de estímulos donde habían sido atacados, y
para enviar mensajes al Maestro Lazarus utilizando
el potente sistema de vox de la nave. Le había in-
formado al tecnomarine sobre lo sucedido hasta ese
momento: los extraños y mortíferos grises, los her-
manos que habían caído en letargo y la recuperación
del Regente por venir. El vox había funcionado, y
los esporádicos crujidos y chasquidos de estática
no eran inesperados cuando había tanta distancia
y suciedad entre ellos. Pero entonces, justo al final,
el vox se había deshecho en estática y ruido, y Jequn
ni siquiera podía usarlo para comunicarse con los
Ángeles Oscuros que estaban a su alrededor.
Quizá había sido un error dejar a Cadus arriba. El
Tecnomarine podría haber corregido el problema con
habilidad y rezos. Pero Jequn desechó esa duda. Que
el vox fallara así, ahora, no era una avería. Se trataba
de un ataque, algo que los grises estaban haciendo de
alguna manera para cortarles el paso. Cadus haría lo
que pudiera desde la nave para corregirlo. Mientras
tanto…
Mientras tanto, verían qué era este lugar y por qué
los Grises acampaban a sus puertas.
Sebastián se encontraba ahora frente a esas puer-
tas, clavando una mirada ansiosa en ellas. Mientras
Jequn se había ocupado de los vox, el Regente por
354
venir solo había hecho esto, permanecer en silencio
pero impaciente.
—¿Conoces este lugar? —preguntó Jequn.
—Mi padre me trajo aquí. Una vez —Sebastián
abrió un panel de las puertas, revelando un cuadrado
oscuro de lo que parecía ser cristal ahumado—. Me
dijo que este lugar se construyó cuando Reis se
asentó por primera vez. Fue el primer hogar de los
Caballeros de la Casa Halven. Abandonado un siglo
después, cuando una pluma de magma surgió desde
las profundidades y el volcán comenzó a elevarse.
Abandonado, pero no olvidado —sacó un cuchillo de
un bolsillo interior de su traje, un arma de juguete
incrustada de joyas, y presionó la punta contra su
dedo. Cuando la sangre empezó a fluir, impregnó el
panel oscuro con ella—. Después de la guerra de la
Puerta Roja, volvimos a reclamarlo. Para nuestros
caballeros.
—Los Caballeros que se suponía que estaban per-
didos —comentó Jequn.
—Esa es la historia que contamos a nuestro pueblo
y al Adeptus Mechanicus. Que nuestros Caballeros
se habían perdido bajo las olas, para siempre. Pero
solo era una historia —el panel oscuro se deslizó
silenciosamente hacia un lado, revelando un tablero.
Sebastián levantó un dedo para tocar las teclas, pero
Jequn le puso una mano en el hombro, y sus dedos
casi rodearon al mortal.
355
—¿Qué hay más allá?
—Mi herencia. Los Caballeros de la Casa Halven,
ocultos durante mil años. Inquebrantables, pero
inaccesibles. Todo nuestro poder, a nuestro alcance,
pero fuera de nuestro alcance —el mortal lo miró
con ojos ardientes, pero luego se apagaron—. Los
Grises no estaban aquí cuando llegamos. Está claro.
Encontraron este lugar de alguna manera. Puede que
estuvieran intentando entrar. Necesito ver… necesito
asegurarme de que nuestros Caballeros siguen allí,
esperando y preparados.
Los caballeros eran armas formidables. Los grises
nunca deberían poder controlarlos; el Espíritu
Máquina que los animaba era feroz, celoso del honor
de su casa. Pero su enemigo infectado de moho había
demostrado cierta astucia al robar armas y equipo.
Si hubieran encontrado alguna forma de entrar en
la base, podrían haber despojado a las máquinas de
guerra de su letal armamento.
—Ábrelo —dictaminó Jequn—, pero seré el
primero en entrar —elevó la voz, asegurándose
de que todos sus hermanos pudieran escucharlo—
. Escuadrón Invis justo detrás, Escuadrón Jotha
cubriéndonos las espaldas. Volvió a dirigirse al
mortal. ¿Entendido?
—Sí —asintió el Regente por venir, y cuando Jequn
levantó la mano, Sebastián ingresó un código en el
panel.
356
Las puertas empezaron a retumbar y se deslizaron
a un lado, abriéndose por la mitad. Tras ellas se
encontraba una sala, sombría y vasta, un amplio
círculo de hormigón rocoso coronado por una in-
mensa cúpula. Las paredes medían doce metros de
altura, y la cúpula se elevaba otros quince metros
por encima. Grandes contrafuertes la sostenían, y
de ellas pendían enormes luminarias, la mayoría os-
curas, sus lentes grises y ciegas como cataratas, pero
unas pocas aún funcionaban, derramando suficiente
luz para que Jequn pudiera ver, incluso con todo el
equipo que llenaba la sala.
En el centro, destacaba un tipo de ascensor enorme,
con grandes raíles que se extendían desde el suelo
hasta lo que parecía ser una escotilla en el centro de la
cúpula. En los bordes de las paredes, se encontraban
estaciones de acoplamiento gigantescas. En cada
una de ellas, una figura permanecía alta y quieta. Los
Caballeros, aguardando.
Eran gigantes Dreadnoughts, aproximadamente
humanoides, con cabezas en forma de yelmo colo-
cadas entre enormes hombros. Se balanceaban sobre
pesadas piernas con grandes garras, diseñadas para
caminar entre escombros. Sus brazos eran armas:
enormes cañones de batalla, impulsores láser y diez-
madores de plasma. Algunos tenían armas cuerpo
a cuerpo, como lanzas, Puños de Combate o gigan-
tescas espadas sierra. Variaban en tamaño, desde
357
el doble de la altura de Jequn hasta más del triple,
pero cada uno de ellos era una sombra imponente y
corpulenta que permanecía inmóvil como la piedra,
gárgolas a la espera de cobrar vida.
Jequn irrumpió en la sala, levantando su espada y
escaneando el entorno con la cabeza de un lado a otro.
Las estaciones de acoplamiento de los Caballeros
eran un enredo de vigas de acero, cables, puntales
y equipo arcano. Muchos de ellos parecían inac-
tivos, pero alrededor de cada máquina de guerra, al-
gunos paneles aún funcionaban, con luces de colores
parpadeantes y pantallas de pictografía que mostra-
ban números y runas, o representaban gráficos de
ondas y líneas puntiagudas. Era un juego de luces y
sombras, con amplios espacios y rincones estrechos,
donde mil grises podrían haberse ocultado. Sin em-
bargo, mientras Jequn avanzaba, solo veía oscuridad
y destellos de pantallas. Solo oía el suave roce de
sus pies contra la roca y el zumbido electrónico de
los equipos. Solo olía a metal, fluido hidráulico, el
penetrante aroma de la electrónica y el polvo seco,
junto con el desagradable olor del montón de moho
monstruoso más allá de las puertas. Progresó con
precaución, sintiendo la presencia del Escuadrón
Invis justo detrás de él.
—Jotha —murmuró en voz baja, pero los explo-
radores lo escucharon y se colocaron a ambos lados,
extendiéndose en la penumbra con movimientos
358
silenciosos. Jequn llegó al enorme ascensor en el
centro de la sala. Se detuvo en el borde y giró en
círculo, buscando de nuevo. Nada. De vuelta a la
puerta, Sebastián esperaba con una sombra inquieta
en el umbral—. Vigila —dijo al sargento de la Brigada
Invis. Luego, haciendo señas a los exploradores,
se frustró nuevamente por la inutilidad del vox—.
¿Algo?
—Nada —respondió el sargento Asher—. Este
lugar es una tumba.
Jequn observó a los Caballeros silenciosos que
los rodeaban. Una docena de ellos permanecían
inmóviles como cadáveres crucificados, con los
cañones de sus armas colgando y la heráldica en
sus escudos oscurecida por el polvo. Aunque las
máquinas parecían inactivas, no hacía falta ser un
Tecnomarine para saber que sus Espíritus Máquinas
seguían enroscados en su interior, apagados pero
no extintos. A pesar de que esta sala podía parecer
una tumba, una docena de fantasmas adormilados
acechaban en su interior.
—Busca otras formas de entrar o salir —ordenó a
un explorador que se alejó, y Jequn llamó a Sebastián
para que se acercara. El mortal avanzó rápidamente,
esquivando a el escuadrón Invis cuando se colocaron
cerca de la puerta—. ¿Es inviolable? —preguntó
Jequn cuando Sebastián finalmente lo alcanzó.
—Perfectamente —afirmó el Regente por venir,
359
examinando detenidamente a los Caballeros. Giró
en círculo, observando ansiosamente cada figura
imponente—. Desde la primera vez que los vi, han
sido todo lo que he anhelado. Todo ese poder
—detuvo su mirada en un imponente Caballero
Valiente, de espaldas a Jequn—. No puedes
comprenderlo, Ángel Oscuro. Ser un simple mortal,
frágil e impotente. Pero en eso… —se apartó la
larga cabellera, revelando las tachuelas incrustadas
a los lados de su cabeza, cada una coronada con
ónice negro—. En eso sería tan poderoso como
toda tu compañía. ¿Te lo puedes imaginar? ¿Ser tan
vulnerable pero estar tan cerca de toda esa fuerza,
de todas esas posibilidades, y no poder aferrarte a
ellas?
—No —murmuró Jequn con voz apagada. Ya había
pasado suficiente tiempo en la cripta de la Casa Hal-
ven. Era hora de sellarla de nuevo y seguir adelante,
de localizar a los grises restantes y erradicarlos para
poder dejar atrás este mundo infecto—. Tengo toda
la fuerza que necesito a través del Emperador y sus
dones.
—Doy gracias al Trono por lo que nos otorga y por
lo que nos oculta —expresó Sebastián en voz baja—.
Esa es una oración que funciona para ti, Ángel Oscuro.
No tanto para los mortales como yo.
—Te acercas a la herejía —gruñó Jequn.
—No tienes ni idea.
360
Jequn escuchó las palabras y su espada se alzó para
golpear al hombre. Sin embargo, cuando comenzó a
blandirla, notó movimiento por el rabillo del ojo y se
volvió para observar.
En el otro extremo de la cámara, un Caballero se
movía en su cápsula, y la boca de la enorme flama
que colgaba de uno de sus hombros fuertemente
blindados se movió para apuntarle.
—¡Cuidado con los Caballeros! —gritó el Anciano,
justo cuando el gigante disparó.
Esperaba llamas. Una inmensa llamarada que
atravesara la sala para alcanzarle, aunque se
apartaba, tratando de esquivar la línea de fuego.
Pero en lugar de eso, lo que llegó fue un chorro de
limo gris, un líquido denso como la sangre de los
grises con los que había luchado en el túnel. La
mayor parte pasó volando junto a Jequn y salpicó
el suelo, pero aún así lo alcanzó lo suficiente como
para cubrir su armadura. Su Espada de Energía silbó
y chasqueó como una sartén caliente sumergida
en agua mientras quemaba el limo que intentaba
cubrirla, y Jequn cerró los guanteletes alrededor de
la empuñadura mientras se agachaba detrás de uno
de los soportes del ascensor.
Se detuvo un momento y giró la cabeza. El Ca-
ballero se había liberado, saliendo del armazón que lo
retenía, y se había orientado de tal manera que estaba
rociando el viscoso fluido gris sobre el escuadrón
361
Invis. Salpicó sobre ellos, cubriendo armaduras
y armas, haciéndoles tambalear. A pesar de ello,
se mantuvieron firmes y, al unísono, alzaron sus
armas. El rugido de las ametralladoras cortó el aire,
y entonces fueron atacados por la retaguardia.
Sus atacantes irrumpieron a través de la puerta
como un torrente, sus contornos fusionándose en
una masa de moho y limo. Más de esos grises
monstruosos, pero junto a ellos había algo más, algo
mucho más aterrador. Figuras blindadas, Ángeles Os-
curos, los guerreros que habían estado inconscientes,
inmóviles. Ahora estaban en pie, con sus armaduras
verde oscuro goteando limo gris, avanzando para
agarrar a sus propios hermanos y desgarrarlos hasta
hacerlos caer al suelo con el gris.
—¡Por el Trono, no! —exclamó Jequn.
La visión de sus hermanos mezclados con esas
criaturas inmundas, atacando a otros Ángeles Os-
curos, desató algo en su interior. Se lanzó hacia
adelante, con la espada en alto. Consumido por su
furia, no vio las figuras que se precipitaban hacia
él desde las sombras hasta que chocaron contra él,
casi derribándolo. No obstante, el Anciano resistió y
permaneció en pie. Se volvió, blandiendo su espada
y haciendo retroceder a sus atacantes, y los vio. Dos
de sus hermanos, uno de ellos el guerrero al que le
había arrebatado el casco. Aunque no le crecía moho
en la cara y no llevaba la máscara gris de los mortales
362
grises, sus ojos estaban vacíos, sin vida.
—Sacrilegio —gruñó Jequn, y se dirigió hacia los
Ángeles Oscuros infectados, con la espada cortando
el aire.
No vaciló: la muerte era preferible a lo que fuera
aquello. Sus adversarios sacaron cuchillos en un
intento de detener sus golpes, pero las hojas de
combate no eran rival para su Espada de Energía.
Partió una de sus espadas por la mitad y luego blandió
la espada hacia atrás, alcanzando al que aún llevaba
el casco en el pecho y atravesándolo. Sin embargo, su
espada quedó atrapada, atascada entre la armadura
y el denso hueso. A pesar de ello, Jequn continuó
moviéndose, girando su cuerpo para liberar la es-
pada, pero el otro marine espacial gris se abalanzó
sobre él, agarrándolo y derribando al anciano.
Con un rugido, Jequn se deshizo del agarre de su an-
tiguo hermano y lanzó un codo blindado hacia arriba,
impactando contra el rostro al descubierto del Ángel
Oscuro, rompiéndole la mandíbula. Sin soltar su
espada, Jequn rodó y se puso de pie nuevamente. El
marine espacial al que había golpeado se reincorporó,
mientras el que estaba herido continuaba de pie,
mostrando órganos internos y tejidos desgarrados.
A pesar de la ausencia de hilos grises en ellos, Jequn
percibía el inconfundible hedor del moho, avivando
su furia. De alguna manera, el gris había corrompido
a sus hermanos, convirtiéndolos en enemigos. La
363
obscenidad de la situación impulsaba cada uno de sus
golpes al enfrentarse al marine al que había desmem-
brado, decapitándolo y dejándolo caer, manchado de
gris.
Se giró para enfrentarse al otro, pero fue sorpren-
dido por el chorro de fluido gris proveniente del
Caballero. El líquido lo hizo tambalearse, y sus pies
resbalaron en el suelo cubierto de limo. Jequn cayó
de rodillas, girándose para encontrarse con la impo-
nente máquina de guerra de pie sobre él. A sus pies se
libraba una batalla caótica entre figuras acorazadas,
Marines Espaciales enfrentándose a otros Marines
Espaciales y Grises. La lucha estaba llegando a su
fin. El último miembro de el escuadrón Invis yacía
en el suelo, y la Ángeles Oscuros infectada volvía su
atención hacia Jequn, con los ojos rojos brillando a
través del gris.
—Por el León y el Emperador que lo creó, esto no
terminará así —gruñó Jequn.
—Invoques a los muertos para que te protejan de
los resucitados —fue la voz de un hombre, áspera
y ligeramente burlona. Jequn apartó la mirada de
sus hermanos infectados por el gris, lo suficiente
para identificar a dos figuras que se acercaban por un
lateral. Una de ellas era Sebastián, con los ojos llenos
de satisfacción. La otra, más imponente, era una
horrenda figura gris, similar a las criaturas con las
que habían combatido en los túneles, pero de mayor
364
tamaño, aproximadamente del tamaño de Jequn. Las
repugnantes capas de moho que cubrían su cabeza se
replegaron hacia atrás al avanzar, revelando el rostro
que yacía debajo. Era humano, aunque despropor
cionadamente pequeño para esa cabeza enorme y
deformada. La piel gris, los dientes, las encías y los
ojos compartían el mismo tono grotesco, a excepción
de los implantes cibernéticos que rodeaban la frente,
las orejas y las mejillas, oscurecidos y corroídos,
probablemente por el líquido espeso que goteaba
constantemente de los ojos, la nariz y la boca.
—Hay una simetría en eso que me agrada
—continuó—, pero es una tontería. Sus fallecidos
no les serán de ayuda aquí. Mis resucitados —el
rostro del hombre mostraba una sonrisa, los labios
curvados y sellados burbujeaban fluidos viscosos—
están listos para darles la bienvenida con los brazos
abiertos.
Jequn rugió, sin cánticos de guerra, dominado por
la rabia y el odio, y se incorporó desde el suelo. Se
lanzó hacia la criatura, el gris, con la espada en alto.
Sin embargo, al blandirla, el monstruo gris extendió
una mano y capturó la hoja. La espada se hundió en
el pesado brazo, zumbando y silbando. Pero la hoja
chocó contra un núcleo sólido en algún lugar dentro
de toda esa masa de moho y se detuvo; la criatura
torció el brazo. Con un tirón, la espada fue arrancada
de las garras del Anciano, y la otra mano del gris se
365
estrelló contra su casco, fría y espesa de baba. Era
poderoso, más que los demás, más fuerte que Jequn,
y lo estampó contra el suelo con tal fuerza que el
anciano pudo escuchar el gemido de su armadura, el
silbido del aire escapando al romperse los sellos de
presión.
—Únete a nosotros, Ángel Oscuro —escuchó Jequn
mientras sentía que un líquido penetraba en su ar-
madura, recorriendo su piel como una mucosidad
helada. Llenó su casco en cuestión de segundos,
presionó sus labios, empañó sus ojos, subió por su
nariz y taponó sus senos paranasales antes de llegar
a los pulmones. Tosió, ahogándose, y apenas pudo
escuchar las últimas palabras que le dirigió el gris—.
Sé uno con mi venganza y mi sufrimiento.
366
Capítulo 19
Y
sentrud se deslizaba por el estrecho conducto,
envuelta en sombras y abrazada por paredes
que la comprimían desde todos los ángulos. Los
únicos sonidos que rompían el silencio eran el
constante susurro de su Respirador, el roce de
su túnica contra la roca y el suave susurro del
neurus. Afortunadamente, la carga se iba aligerando
gradualmente a medida que avanzaba.
Era una mejora, ya que su ánimo se volvía cada vez
más sombrío.
—Maldito estimulante —murmuró. La droga
había perdido su efecto justo cuando se ofreció
voluntaria para esta misión. La sensación de
invencibilidad se desvanecía, y el miedo estaba al
acecho. Aún no la había envuelto por completo, pero
la rodeaba como la oscuridad.
—Está bien. Casi allí —O al menos eso esperaba.
La bobina del neurus se reducía considerablemente.
Solo quedaba un tercio, y la Fabricante Locum le
había dado de más, así que debía estar cerca. Tenía
367
que estarlo.
Se enjugó el sudor de las manos y extendió el brazo,
impulsándose una vez más hasta que escuchó un
sonido. Un chasquido lejano resonó en el túnel, con-
gelándola en su lugar. Buscó frenéticamente la lumi-
naria que llevaba consigo, encontró el interruptor y
la apagó. Todo quedó en la oscuridad, y ella se quedó
quieta, conteniendo la respiración. Pasó un largo
momento en la penumbra, hasta que un destello
de luz azul oscuro apareció lentamente. Ysentrud
observó con los ojos bien abiertos, esperando que
la luz se desvaneciera, se alejara, pero en cambio,
creció hasta que pudo identificar su fuente terrible.
A quince metros de distancia, dos ojos de zafiro
destellaron mientras atravesaban el conducto. Brill-
aban en las cuencas de un cráneo deformado por la
cibernética. La horrenda criatura se movió de un lado
a otro en la oscuridad y desapareció entre las som-
bras. El resplandor azul se desvaneció lentamente,
y casi desapareció cuando Ysentrud se dio cuenta de
que moriría si no comenzaba a respirar.
Con precaución para no jadear, inhaló profunda-
mente y esperó hasta que la oscuridad volvió a ser
total. Luego, comenzó a arrastrarse hacia adelante,
manteniendo la luz apagada. Después de lo que
parecieron horas, las paredes se abrieron a ambos
lados y otro conducto se cruzó con el suyo. Observó a
su alrededor, pero solo encontró oscuridad. Con una
368
mano en el cuchillo, encendió la luz.
Solo se extendía ante ella el concreto áspero y una
tubería pesada que corría a lo largo del lateral del
conducto de cruce. Rápidamente se deslizó debajo,
sintiendo el metal áspero raspar su túnica. Por un
instante, temió quedar atascada, pero con apoyo en
las paredes, avanzó, añadiendo otra abrasión a las
ya existentes. El pasadizo continuaba; apagó la luz
y se deslizó lo más rápido posible, hasta que algo la
frenó: el cordón neurus. Necesitó desenrollarlo más
para continuar, pero eso revelaba un rastro evidente.
¿Lo notaría el servocráneo? ¿Lo comprendería? No
tenía certeza, ya que nunca antes había visto uno de
esos. Sin embargo, no tenía alternativa. Ysentrud
prosiguió, desenrollando la bobina, esperando que
el servocráneo no notara su ausencia y que el estim-
ulante no se disipara aún más.
Descubrió que la Fabricante Locum no le había
proporcionado mucho cordón adicional. Ysentrud
yacía en el conducto, observando la caja de empalmes
que sobresalía de una pared y sostenía el diminuto
cráneo de pájaro conectado al extremo del cordón
neurus. Apenas alcanzaba.
—Alabado sea el Emperador —murmuró, sacando
el soplete de corte. El tecnomarine le había enseñado
a usarlo, pero se quedó un momento contemplándolo,
temiendo quemarse la cara. El maldito estimulante
se estaba desvaneciendo, pero el soplete de corte era
369
relativamente sencillo. Se colocó las gafas oscuras
que venían con él y encendió la llama.
En el estrecho espacio, el calor la envolvió como
una ola. Si tuviera cabello, se habría chamuscado,
pero agradeció las gafas tanto por su visión clara
como por proteger sus ojos. Con precaución, apuntó
el soplete hacia la caja de empalmes y comenzó a
cortar, la llama blanca dibujando una línea negra
sobre el metal. Después de cortar tres lados de un
cuadrado en la caja, hizo una pausa para limpiar sus
manos ahora sudorosas. Subió las gafas y observó el
conducto. ¿Había un destello? Era difícil de discernir,
ya que había perdido su visión oscura con la linterna,
incluso con las gafas. Pero no, estaba oscuro. Debía
estar oscuro. Bajó las gafas y volvió al trabajo,
realizando el último corte. El metal chisporroteaba y
tintineaba bajo la antorcha, y casi había terminado
cuando el trozo que estaba cortando se rompió y su
borde abrasador cayó sobre su muñeca.
Un grito escapó de los labios de Ysentrud mientras
retiraba la mano bruscamente, y el reflejo casi hizo
que dejara caer la antorcha sobre su vientre. Con de-
streza, logró retenerla en el último instante, soltando
maldiciones entre dientes. Después de forcejear
con los controles, consiguió apagar la antorcha sin
causarse daño mortal. Jadeando entre el dolor y el
alivio, llevó la mano hacia su brazo herido cuando un
zumbido lastimero se hizo más audible. El pánico la
370
invadió y se quitó las gafas.
Sin las gafas oscuras, de repente pudo distinguir
los ojos azules resplandecientes en las cuencas del
cráneo que se precipitaba hacia ella. En el segundo
previo a que la alcanzara, el tiempo pareció ralen-
tizarse e Ysentrud pudo observar con claridad im-
pactante. El hueso del servocráneo tenía el tono del
marfil pulido, salpicado con tachuelas esmaltadas de
negro, mientras diminutas luces parpadeaban y dan-
zaban sobre sus oscuras superficies, reflejando su
luminosidad en el brillante hueso. La mandíbula de la
calavera se abría bajo esos ojos luminosos, revelando
unos dientes de metal negro esmaltado. Brillaban
bajo la luz azul, planos y estriados como tenazas,
dientes diseñados para aplastar, agarrar y retener.
Detrás de ellos, algo se movía: una lengua blanca
como el hueso pero flexible, con bordes recubiertos
de diminutas cuchillas que se desplazaban como los
dientes de las espadas sierra horripilantes de los
Marines Espaciales. La lengua se enrollaba como una
serpiente, lista para atacar con todas esas cuchillas
desgarradoras.
Ysentrud apretó los dientes, conteniendo el grito.
Cada fracción de segundo se alargaba, permitiendo
que cada horrendo detalle de hueso antiguo y tec-
nología mortífera se grabara agonizantemente en su
mente. A pesar de la aparente lentitud, la calavera
estaba sobre ella unos instantes después de quitarse
371
las gafas, con la lengua mortal preparada para des-
garrar su carne. En esos segundos, logró levantar las
piernas y arrastrar los pies, evitando por poco que
los dientes se cerraran sobre sus dedos. Luego, lanzó
una patada al suelo con la bendición del Emperador,
conectando con el talón en la frente del servocráneo,
haciéndolo retroceder y sacar la lengua.
Su patada impidió que las numerosas hojas se
enredaran en su pierna, pero la punta de la lengua
la alcanzó, arrancándole una sandalia. De repente,
un frío atroz subió por su pierna. Todo continuaba
moviéndose lo suficientemente despacio como para
que Ysentrud viera cómo los dos últimos dedos de su
pie derecho se desprendían en un instante, sustitui-
dos por sangre y una aguda punzada de dolor.
El dolor rasgó su cuerpo, pero no la inmovilizó.
La adrenalina, o el último impulso del estimulante,
estalló dentro de ella. Ysentrud levantó los pies de
un tirón, retorciéndose en el estrecho conducto, gi-
rando de alguna manera para encarar al servocráneo.
Este había rebotado contra una pared, con el hueso
crujiendo contra la roca, y volvía a la carga cuando
Ysentrud alzó el soplete cortante y lo encendió.
La llama rugió, una lanza de fuego de unos pocos
centímetros, intensamente ardiente y resplande-
ciente. La cegó, pero Ysentrud la mantuvo en alto,
con el brazo bloqueado, ignorando el calor que le
ampollaba los dedos hasta que el chorro de fuego
372
titubeó y el combustible se agotó. Retiró el dedo
del gatillo y se quedó parpadeando y jadeando en
la repentina oscuridad.
¿Estaba muerto? ¿Destrozado? Estas preguntas
superaban el dolor en su pie y mano. ¿O simplemente
se había retirado? ¿Acaso se acercaba, con la lengua
afilada lista para envolverle la garganta? Pero los
segundos pasaron y ella no pereció. Sus ojos em-
pezaron a adaptarse de nuevo a la oscuridad y vio la
luz. La espantosa luz azul de los ojos de la calavera,
pero ahora solo había uno.
Ysentrud parpadeó y alzó la pequeña luminaria que
aún colgaba de su cuello. Con su tenue brillo, pudo
ver al servocráneo a poca distancia en el conducto.
Su llama lo había alcanzado en el lado izquierdo,
chamuscando un ojo hasta convertirlo en un trozo
de metal retorcido y cristal, ennegreciendo el an-
tiguo hueso circundante y medio fundiendo uno de
los componentes cibernéticos que sobresalían del
cráneo pulido. Lo había golpeado, dañado, pero no
estaba muerto. El otro ojo seguía brillando, y las
mandíbulas continuaban flexionándose, mostrando
sus horribles dientes planos mientras la lengua afi-
lada se movía. No se dirigía hacia ella. Estaba
suspendido en el aire en un ángulo extraño, inclinado
hacia su lado dañado, y se sacudía y balanceaba,
yendo de un lado a otro, torciéndose a medida que
avanzaba. Era como observar un velero luchando
373
por avanzar en medio de una tormenta, e Ysentrud
se dio cuenta de que debía haber dañado el campo
antigravitatorio de ese engendro.
—Gira en tu lugar hasta que las estrellas se
apaguen, pesadilla maldita del Trono —Ysentrud
retrocedió, aumentando la distancia entre ellos.
Su pie comenzaba a latir, y pudo vislumbrar uno
de los dedos debajo de la calavera, con la uña
resplandeciendo en azul a la luz de esta. De repente,
las náuseas se mezclaron con el dolor y apartó la
mirada. Entonces, vio la pequeña calavera que
descansaba a su lado, con la oscura línea de neurus
que se extendía desde ella. Eso. Casi olvidó la razón
por la cual se encontraba en ese maldito lugar.
Ysentrud agarró la calavera de pájaro y, sin dejar
de observar al servocráneo que giraba lentamente,
se acercó a la caja de conexiones.
El pedazo de metal que había cortado de la tapa de
la caja seguía colgando de una esquina, pero se había
movido lo suficiente para que pudiera ver el grueso
cable debajo. Las instrucciones de la Fabricante
Locum habían sido claras: debía clavar el pico del pe-
queño cráneo de pájaro en el aislamiento del cable. Le
preocupaba dañar el cable, pero Gretin Lan le había
indicado que lo clavara con fuerza suficiente para
que se mantuviera en su lugar. Luego, la calavera se
encajaría sola. Bastante sencillo. Excepto…
La tapa estaba mayormente abierta, y ella podía
374
meter la mano en ella, sosteniendo el cráneo de
pájaro. Sin embargo, no podía mover el brazo para
golpear. En cambio, yacía de lado, manipulando
débilmente con el pico el cable, tratando de que se
insertara, pero no lograba clavarse, no se clavaba… y
entonces Ysentrud recordó al servocráneo.
Había dejado de prestarle atención mientras
luchaba con el cable, pero ¿por cuánto tiempo?
Solo unos segundos. Pero cuando volvió a mirar,
se había movido. Aunque continuaba balanceándose
y girando torpemente, mientras Ysentrud lo
observaba, la cosa sacó la lengua, se aferró a la pared
y se impulsó hacia ella. Era lento, podría alejarse de
él gateando, pero primero debía clavarle el maldito
cráneo de pájaro.
—Vamos. Vamos, maldita cosa. Que el Trono te
maldiga a ti, a tu estúpido pico, a tu estúpido dueño,
y a este cable xenos, maldito por la disformidad,
bendito por el Emperador y parido de un mutante
—Ysentrud empujó el cráneo de pájaro con toda la
fuerza, retorciendo el pico contra lo que parecía
una chapa de acero, hasta que de repente se hundió
un poco y las luces rojas de las cuencas oculares
del pequeño cráneo se encendieron. Finas agujas
salieron disparadas del pico, perforando el grueso
aislamiento del cable y arrastrando tras de sí me-
chones de alambre. Ysentrud se soltó y retrocedió,
justo a tiempo para ver cómo el servocráneo atrapaba
375
la pared y se lanzaba hacia ella, con el aire silbando
alrededor de la cadena de cuchillas que rodeaban la
larga lengua, azotándola directamente en la cara.
Sin tener oportunidad de gritar, levantó el soplete
e intentó apretar el gatillo. Pero cuando alzó el
brazo, la lengua le rodeó la muñeca. Con un tintineo,
el soplete cayó al suelo con la mayor parte de la
mano derecha todavía enredada en él. Gritó de dolor,
miedo y rabia. Sin pensar, golpeó la mandíbula del
servocráneo con el muñón del brazo, tratando de
hacerlo retroceder, pero el monstruo se aferró a ella
con aquellos dientes planos de metal, sintiendo cómo
los huesos del antebrazo crujían y estallaban en su
agarre. El dolor se apoderó de ella, agonía sobre
agonía, y aulló mientras golpeaba al monstruo contra
la pared, rompiéndole el cráneo contra la roca. Sin
embargo, el monstruo resistió, su único ojo palpitó
mientras su lengua se enroscaba en la parte superior
del brazo de la mujer. La sangre estalló donde la
tocaba y empezó a hundirse, desapareciendo entre
sus músculos destrozados.
El dolor era abrumador. El mundo se oscurecía en
los bordes, el shock cerraba su visión, e Ysentrud
sabía que iba a morir. Aquel cíborg monstruoso y
necrótico, esa cosa horrible que la habían marcado
para que se pareciera a ella por alguna retorcida
tradición, estaba a punto de cortarle el brazo y luego
iría por el resto, descuartizándola como Lazarus
376
había hecho con los grises…
Lazarus. Lazarus había atado la hoja que Gretin
Lan le había dado a su túnica.
Sin pensarlo, se sumió en el estado memen.
—Los Ángeles Oscuros constituyen la élite de los
guerreros transhumanos conocidos como Adeptus
Astartes, o simplemente, Marines Espaciales —las
palabras surgieron con gracia mientras se agach-
aba, desenfundando la daga blanca con la mano
izquierda—. Los Ángeles Oscuros han forjado una
reputación de más de diez mil años basada en su
inquebrantable fe y honor —la suavidad de sus pal-
abras se vio interrumpida por un gruñido al blandir
la espada. La afilada punta impactó contra el ser-
vocráneo, abriendo una profunda brecha en el hueso.
El servocráneo se estremeció, y la lengua se apretó
más, las hojas rozando el hueso en la parte superior
de su brazo. El cuchillo se deslizó justo cuando
Ysentrud golpeó el espárrago, y el sonido del aire
chisporroteando alrededor de la hoja resonó.
La frustración y el terror rondaron los bordes de
su mente, pero las emociones no lograron penetrar
en el estado memen.
—Los Ángeles Oscuros son conocidos en Reis por
su oportuna intervención durante la Guerra de la
Puerta Roja —retiró la hoja y la hundió de nuevo, esta
vez encontrando el brillo azul del único ojo restante
del servocráneo. Ysentrud la clavó, y el cristal se
377
dobló y se hizo añicos bajo el filo.
El servocráneo se retorció, intentando liberarse,
pero la lengua estaba demasiado ajustada.
—Sin su intervención —declaró Ysentrud con voz
tranquila en el centro de su trance—, el pueblo de
Reis habría caído.
Volvió a golpear el perno. Esta vez, el crepitar
de la descarga eléctrica se transformó en un chill-
ido zumbante cuando la daga se descargó en el ojo
del servocráneo. La electricidad se propagó por
la cibernética que se proyectaba desde el hueso,
haciendo que las luces se encendieran y luego se
apagaran a medida que los circuitos estallaban y se
hacían añicos. La lengua cortante dio un último
apretón convulsivo, y las cuchillas repiquetearon
contra el húmero de Ysentrud. Sintió un zumbido
de electricidad que recorría la lengua, pero se detuvo
cuando la horrible arma se apartó de ella, se enderezó
y se quedó inmóvil mientras el servocráneo caía.
Rodó sobre su espalda, los ojos destrozados y muer-
tos, una línea de humo saliendo de las mandíbulas
que gritaban en silencio.
Estaba muerto, e Ysentrud guardó silencio. Se
recostó en el suelo manchado de sangre y contempló
la opción de dejarse llevar por la muerte. Le dolía,
sentía la sangre del Emperador escurrirse, el frío la
envolvía, faltándole algunas partes, algunas esen-
ciales y ensangrentadas. Quedarse allí, tumbada, de-
378
jando que la oscuridad la reclamara, parecía tentador
de alguna manera. Pero era terca, y maldición, no
entendía qué demonios estaba sucediendo, y quería
perdurar al menos lo suficiente para averiguarlo.
Tiempo suficiente para descubrir qué trama el en-
emigo, por qué, de qué manera, y… maldita sea, no
quería irse todavía, no sin dejar algo tangible de su
existencia, sino con la cabeza llena de las historias
vividas por otros.
Ysentrud anhelaba seguir viviendo, aunque se an-
tojara complicado. Principalmente porque se desan-
graba.
—Nunca hay un Apotecario cuando se le necesita
—murmuró. Luego, palpó con la mano izquierda
hasta encontrar la derecha, aún tibia, aferrándose
al soplete. Apartó la mirada mientras deslizaba la
mano derecha por el soplete y lo levantaba. Tocó el
gatillo, lo justo para que la llama chisporroteara. Aún
funcionaba bastante bien. La llama era demasiado
intensa, pero la punta metálica de la antorcha se
iluminó de rojo un instante después de pasar. Tomó
aire, examinó su brazo ensangrentado y apuntó hacia
la fuente principal de la hemorragia.
Cuando presionó la punta ardiente de la her-
ramienta contra los vasos sanguíneos desgarrados,
el estrecho conducto resonó con su grito.
379
Capítulo 20
C
ree que tendrá éxito?
Lazarus apartó los esquemas que examinaba y
fijó la mirada en Demetrius. El Capellán Interrogador
observaba la estrecha escotilla por la que Ysentrud
se había deslizado. Dos guardias skitarii agachados
junto a ella ayudaban a desenrollar la larga cuerda
de neurus mientras se perdía lentamente en la
oscuridad.
—Podría ser —afirmó Lazarus—. Y el costo del
fracaso es asumible. Así que es una oportunidad que
vale la pena tomar.
La máscara de cráneo del Capellán Interrogador
permanecía imperturbable, el brillo rojo y verde de
sus ojos no parpadeaba, pero Lazarus podía percibir
la insatisfacción de su hermano con su respuesta
categórica.
—¿Has adoptado a este extraño mortal, Capellán
Interrogador Demetrius? ¿Encontraste algún par-
entesco en el rostro de calavera que compartís?
—Me preocupa su éxito —dijo Demetrius—. Tus
380
tácticas son sólidas, Lazarus, pero las probabilidades
están en nuestra contra y una batalla como esta
es un juego de números. Perderemos a muchos si
tenemos que luchar para salir de este agujero. Pero…
—encogió la enorme armadura de sus hombros—
. Me he encariñado con nuestro pequeña Erudita.
Los mortales, en su mayoría, son simplemente des-
preciables. Pero a veces su valentía, su voluntad de
sacrificarse, pueden causar impresión. Su fragilidad
puede llegar a ser entrañable.
—¿Te estás ablandando, hermano mío?
—No es debilidad preocuparse por mis hermanos
—dijo Demetrius—. Rezar por su supervivencia.
Todos tenemos un gran potencial, una luz que no
quiero que se apague, así que me preocupo por ellos.
Y a veces los mortales también tienen potencial
—inclinó la cabeza y miró a Lazarus—. Tú también
te preocupas por nuestros hermanos. Después de su
pérdida.
«Cuando puedo permitírmelo», pensó Lazarus,
pero no lo dijo. De todos modos, Demetrius conocía
esa verdad. Apartó la mirada de la pila de cables que
desaparecía lentamente y la dirigió a Gretin Lan. Era
una estatua pálida en la penumbra, hermosa a su
manera alienígena, perfectamente inmóvil salvo por
la danza retorcida de las múltiples pupilas de sus
ojos.
—Antes de que destruyera sus marionetas, el gris
381
intentó hablar conmigo —le dijo—. Dijo que quería
conocerme.
—Una inclinación que no compartías —ella no le
miró, la máscara inmóvil de su rostro enigmática
como siempre, pero el pájaro de su hombro ladeó la
cabeza hacia él—. Perdiste la oportunidad de obtener
información.
—Al igual que el gris —dijo Lazarus—. La infor-
mación que tenía para mí creo que ya la conozco.
Al menos en parte. Pero puedes completar el resto.
Dime lo que sabes de Heris Amis.
Ahora ella lo miró.
—Ese Visioingeniero fue dado de baja hace mucho
tiempo.
—Mil años —asintió Lazarus—. Eso es lo que el
gris me contó. Mil años para maquinar su venganza.
También me dijo que había fallecido. De manera
enigmática.
—Es muy probable que esta información esté con-
taminada y provenga de una fuente no confiable.
—Puede ser —dijo él—. Pero esa fuente poco
fiable poseía un conocimiento extraordinariamente
detallado sobre tu forja y la ubicación de su in-
fraestructura. ¿Alguna vez han tenido a alguien
capturado por los grises?
—No. Estos designados grises se limitaron previ-
amente a Sudsten antes de este enfrentamiento, y
ningún Adeptus Mechanicus… —ella se detuvo, su
382
música de palabras llegó a un abrupto final.
—¿Nadie del Adeptus Mechanicus ha estado en
el continente meridional en mil años? —preguntó
Lazarus—. Desde la Guerra de la Puerta Roja, desde
la ejecución de Heris Amis. Él fue la causa de ese
destierro, ¿verdad? ¿Un traidor que saboteó a los
Caballeros de la Casa Halven y mató a sus pilotos
antes de que pudieran entrar en batalla?
—Correcto —afirmó ella—. Pero ese acto de
traición no fue obra del Adeptus Mechanicus. Fue
ejecutado por las acciones aisladas de un designado
renegado que fue eliminado sumariamente.
—¿Cómo lo hizo? —preguntó Lazarus.
—Introdujo una toxina en el Mecanismo de los
Caballeros, el sistema que facilita la conexión entre
el Espíritu Máquina del Caballero y la mente del
piloto —se giró y lo miró directamente, mientras
los paneles de su falda se movían—. La toxina se
elaboró a partir de una especie de moho endémico
del continente meridional. Manto gris.
—Manto gris —repitió él, y la Fabricante Locum
cruzó los brazos sobre el pecho.
—Sé de la conexión —dijo—. Sin embargo, el
hecho de que Heris Amis haya fallecido hace un
milenio contradice tu teoría.
—Algunas cosas son demasiado persistentes para
morir —señaló Demetrius.
Lazarus lo miró con el ceño fruncido, pero el
383
Capellán Interrogador no añadió nada más. Entonces
desvió la mirada hacia su Bibliotecario.
—Bibliotecario Raziel. En la Puerta Roja, men-
cionaste que sentías algo. Una sombra. ¿Podría hacer
algo así? ¿Levantar a los muertos? ¿Mantenerlos
vivos durante siglos?
—No lo sé —dijo Raziel—. Pero esa falla es mínima.
Dudo que la sombra que sentí pudiera reunir sufi-
ciente poder como para realizar un oscuro milagro
como la resurrección.
—¿Y si no estaba muerto? —planteó Lazarus.
—Los registros del Adeptus Mechanicus indican
que Heris Amis murió cuando los Ángeles Oscuros
le dispararon un proyectil en el tórax —informó
secamente Gretin Lan.
—Parece improbable que un mortal, incluso un
miembro del Adeptus Mechanicus, sobreviva a eso
—comentó Raziel—. Pero si lo hizo, tal vez la som-
bra pudo curarlo y mantenerlo. Aunque no puedo
imaginar en qué estado.
—Un estado de ira —sentenció Lazarus—. Los
Ángeles Oscuros juzgaron a Heris Amis, lo ejecutaron,
y fue traído de vuelta con dolor —por un momento, el
Maestro de la Quinta revivió las llamas de su primera
muerte. Gretin Lan tenía razón con su escepticismo,
pero esto le parecía verdadero a Lazarus. Hacía que
las piezas que tenían del feo rompecabezas de este
planeta casi encajaran—. Regresó de la muerte que
384
le dimos y ahora quiere devolvernos su dolor.
A continuación, el silencio se apoderó del lugar,
roto finalmente por la voz grave y zumbante de uno
de los skitarii que manipulaban el cordón neurus.
—El humano se ha detenido.
Lazarus observó al hombre máquina y la cuerda
que descansaba en el suelo a su lado. Había desapare-
cido casi por completo. Mientras lo miraba, se movió
un poco y luego se detuvo de nuevo.
—Tu Erudita ha alcanzado el nodo —dijo Gretin
Lan—. Si…
La cuerda se movió de repente y se introdujo en el
túnel. Se retorció y agitó, para luego quedar inmóvil.
Durante largos momentos, no sucedió nada, y en
el silencio, Lazarus pudo escuchar las bendiciones
susurradas del Capellán Interrogador Demetrius.
Entonces, con un sonido similar al canto de un
pájaro, la Fabricante Locum se puso de pie.
—Conexión con la noosfera establecida —anunció,
luego cerró los ojos y se replió sobre sí misma; la nube
de cráneos que la rodeaba formó órbitas cerradas y
rápidas, mientras el pájaro blanco extendía las alas
sobre ella para protegerla.
—Los pasillos —exclamó Lazarus, dirigiéndose
a la entrada más cercana. El escuadrón Lameth
custodiaba esta, y mientras Lazarus corría hacia
ellos, maldiciendo la estática que llenaba la vox, pudo
oír el sonido de sus armas. Aceleró el paso, con la
385
pistola bólter en una mano y la espada en la otra.
Cuando alcanzó a Lameth, el escuadrón estaba en la
puerta abierta, resguardándose tras barricadas im-
provisadas y disparando cuidadosamente al pasillo.
—¡Maestro Lazarus! —exclamó el sargento de
Lameth, levantando el brazo para hacerle señas—
. Los cyborgs han retrocedido.
—¿Retroceden? —Lazarus apenas podía distinguir
más allá del humo y los escombros en la enorme sala.
—Inició una carga hacia las puertas. Abrimos
fuego, nos preparamos para resistir, pero luego se
volvieron unos contra otros, los sabuesos de azufre
atacando a los sirvientes —informó el sargento
mientras sacudía la cabeza—. Hemos estado
eliminando a los que se acercaban.
—Bien —respondió Lazarus, anhelando tener vox
para confirmar si esto también ocurría en otras
salidas. Sin embargo, la constante ráfaga de dis-
paros decayó y se apagó. En el vestíbulo exterior,
todo quedó inmóvil, hasta que se escuchó un suave
zumbido y las luminarias superiores se encendieron,
iluminando el factorum y el vestíbulo.
La voz de Gretin Lan resonó en el factorum a través
del sistema orato.
—Habla la Fabricante Locum Gretin Lan. La forja
Norsten ha sido objeto de un ataque, que he con-
trarrestado. El enemigo ha sido purgado de nuestro
sistema sagrado. Visioingenieros, comiencen la
386
evaluación inmediata de daños.
—Ha contrarrestado el ataque —comentó
Demetrius, uniéndose a Lazarus con su voz grave.
—Ha sido contrarrestado —afirmó Lazarus—. Eso
es lo que importa —se dirigió al sargento—. Prepara
a tus hombres. Reuniremos al resto y nos marchare-
mos.
—¿A dónde?— preguntó Demetrius.
—Al lugar del que los grises nos han estado ale-
jando desde que desembarcamos. Vamos a Kap
Sudsten y vamos a acabar con esto.
387
densidad que apenas podía verla, pero el olor a sangre
era evidente.
—La función cognitiva no se ha detenido —afirmó
Gretin Lan. Hizo un gesto con la mano y los sirvientes
en forma de araña retrocedieron, revelando un
cuerpo tendido sobre una especie de camilla
improvisada. Ysentrud estaba acostada en ella, con
los ojos cerrados, la piel pálida y sin vida, apenas
respirando. Su brazo derecho estaba destrozado,
apenas unido, y el olor a carne quemada y sangre
impregnaba el aire. Junto a ella, estratégicamente
colocado en un rincón de la manta, se encontraba
un servocráneo. Una lengua similar a la de Espada
Sierra se asomaba entre sus mandíbulas, y el cuchillo
del Fabricante Locum sobresalía de la lente rota de
un ojo—. Luchó —comentó Gretin Lan.
Lazarus frunció el ceño y llamó al Hermano As-
beel para que se acercara. El Apotecario se agachó
junto a ella, con los servobrazos retorciéndose sobre
sus hombros como colas de escorpión, zumbando
y chasqueando mientras su narthecium hacía su
trabajo.
—Pérdida de sangre y shock —diagnosticó con
tono cortante—. El brazo tendrá que ser amputado
—se oyó un desagradable sonido de cortes y el silbido
de inyecciones y aerosoles. Asbeel se retiró, y el brazo
de Ysentrud ya no estaba, pero el muñón se cubría con
un tegumento líquido que se transformó en una capa
388
similar a la piel. El Apotecario repitió el proceso con
los muñones de los dedos de los pies y otros cortes.
—Le administré analgésicos, regenerativos y es-
timulantes, no tantos —informó a Lazarus—. Prob-
ablemente sobrevivirá, aunque con los mortales es
difícil asegurarlo. Sería mejor que se quedara aquí.
Está demasiado débil para hacer mucho.
—Puedo enseñar —murmuraron las palabras que
salían apenas de los labios de la mujer. Aunque había
abierto los ojos y miraba fijamente a Lazarus, con la
cabeza erguida aunque inestable—. Es para lo único
que he servido.
—Parece que sirves para algo más, Erudita
—comentó Lazarus.
—Tal vez —respondió ella—. Solo una pequeña
calavera… Los dientes, por el Emperador, me duelen
—luego parpadeó—. Mis disculpas, Capellán Inter-
rogador. Le pido perdón.
—Los estimulantes le afectan a todos —dijo
Demetrius.
—No tanto —siseó ella y luego dejó caer la cabeza
hacia atrás.
Asbeel miró a Lazarus, esperando.
—Tráela —indicó—. Decidiré qué hacer con ella
en los Thunderhawks.
El Apotecario asintió y recogió a la mujer, lleván-
dola fácilmente en un brazo, envuelta en la cubierta
ensangrentada. Descendieron por el túnel hacia la
389
salida y el aire frío y claro.
Pero al llegar al campo de aterrizaje cubierto de
nieve, los Thunderhawks ya no estaban.
390
Capítulo 21
N
o hay manera!
El hermano Ephron estaba erguido en el
centro del despejado campo de aterrizaje, contem-
plando las huellas de quemaduras marcadas por los
Thunderhawks en el pavimento. Las líneas oscuras
se encontraban ahora frías, cubiertas por la nieve
que soplaba sobre ellas como serpientes blancas y
retorcidas.
—Nuestras máquinas espirituales jamás habrían
permitido la entrada de los grises, ¡y mucho menos
les habrían concedido el privilegio de volar!
Ya estoy harto de escuchar lo que los grises no
pueden hacer después de que ya lo han hecho.
Lazarus exploraba el campo vacío, observando los
hangares que lo rodeaban. La mayoría tenía las
puertas abiertas y vacías, pero dos ardían en llamas.
—No hay tiempo para eso. No tenemos tiempo.
Los grises se están moviendo y estamos atrapados
aquí, de nuevo —se volteó para mirar a la Fabricante
Locum, quien fijaba la mirada en los hangares en
391
llamas—. ¿Y tus otras naves?
—Los grises han tomado o destruido casi todas
nuestras aeronaves designadas.
—¿Casi? —preguntó Lazarus, y ella asintió. A poca
distancia, un enorme disco metálico incrustado en el
pavimento comenzó a abrirse como un iris.
—Hay beneficios nominales al dirigir esta forja. Al
menos podría permitirme dos desviaciones de mis
funciones habituales —Gretin Lan avanzó hacia el
portal, que ahora estaba abierto, mientras una figura
elegante de blanco emergía de él—. Fabricación y
aviación. Kestrel nunca fue incluido en los mani-
fiestos de la forja porque lo fabriqué personalmente.
Por eso se descuidó su destrucción.
Lazarus pasó junto a ella, apenas prestando aten-
ción mientras observaba la nave que ascendía del
suelo. Era un dardo, delgado y largo, con alas cur-
vadas hacia atrás, una forma que sugería velocidad.
Muy diferente de las estructuras cuadradas y fuerte-
mente blindadas de los Thunderhawks, pero esos
eran transportes. ¿Esta cosa?
—¿Cuántos puede transportar? —preguntó
cuando el ascensor se detuvo y se fijó en su posición.
—Cinco de ustedes, con armas y armaduras
Cinco. Por el Trono. Cinco.
—Mi equipo de liderazgo —exclamó, y ellos se
congregaron a su alrededor: el Capellán Interrogador
Demetrius, el Tecnomarine Ephron, el Bibliotecario
392
Raziel y el Apotecario Asbeel, quien aún sostenía
a Ysentrud en un brazo—. Vienen conmigo —giró
la vista hacia los demás, los escuadrones Lameth,
Hazin y Bethel, y el Dreadnought Azmodor—. El
enemigo nos ha superado. Otra vez —sintió la ira
brotar en su interior, fría y cortante, como una
hoja que le rasgaba las entrañas—. Lo lamento,
hermanos, pero tendrán que pagar por mi fracaso. La
batalla está lejos de aquí, y mientras yo me apresuro
hacia ella, ustedes se quedarán atrás. Sepan que haré
todo lo posible por reunirlos conmigo, pero también
comprendan que no puedo prometer cuándo.
No podía prometer nada, ya que aún desconocía
los planes del enemigo. ¿Intentarían los Grises
conquistar todo Kap Sudsten? ¿O forzar la apertura
de la Puerta Roja? La hoja de la ira se retorcía
en su interior, pero recitó la Letanía de Enfoque,
controlando la emoción y tomando su decisión.
—Vigilen y manténganse aquí. Somos los Ángeles
Oscuros. Los descendientes del León, y prevalecere-
mos.
Respondieron con un rugido, y Lazarus sintió una
oleada de orgullo. A pesar de todas las frustraciones,
no se habían amilanado y seguían confiando en él.
Honraría esa confianza y vería sus frustraciones
redimidas con sangre.
—Sargentos —hizo gestos para que se acercaran
y les proporcionó instrucciones, indicándoles los
393
códigos que utilizaría con los Thunderhawks que
enviaría en su búsqueda.
Códigos secretos. No podían confiar en sus propias
naves, ya que los Grises controlaban al menos dos de
ellas ahora. La helada hoja de rabia seguía enterrada
en su ser mientras se dirigía hacia la nave. Sus
hombres aguardaban fuera de la escotilla mientras
Gretin Lan trabajaba en el interior. Por los sonidos
y los objetos que salían disparados por la escotilla,
estaba despojando de todo lo innecesario para el
vuelo.
—Maestro Lazarus —Asbeel asintió hacia su brazo,
donde reposaba Ysentrud. Envuelta en una im-
provisada manta, continuaba temblando—. ¿La
llevamos?
—No quiero quedarme —expresó la Erudita, con la
voz temblorosa por el frío—. Moriré congelada aquí
fuera o asfixiada allí dentro. Todo en este lugar es
espantoso.
—Vamos la batalla —sentenció Lazarus.
—¿Vamos, mi señor?— preguntó ella—. Hemos
estado en la batalla desde tu llegada. Pronto, el
mundo entero será un campo hostil. Preferiría pere-
cer en un lugar cálido, donde pueda respirar.
—Nos podemos permitir al mutante —indicó
Gretin Lan, arrojando una última silla por la escotilla
y haciendo gestos para que subieran a bordo—. Su
peso es insignificante.
394
—¿Y usted? —cuestionó Lazarus.
La Fabricante Locum se apartó de la escotilla y se
dirigió a la cabina. Su nave despegó, voló hacia las
puertas de la forja y se perdió en su interior.
—Les transportaré —respondió.
—Mi tecnomarine puede pilotar esto —con la
Fabricante Locum fuera podría llevar a otro hermano.
Quizás dos.
—No —dijo ella, acomodando su cuerpo mejorado
en los extraños confines de la cabina—. Kestrel solo
me reconoce a mí.
Su irritación le provocó el deseo de discutir, pero
la lógica sugería que no valía la pena perder tiempo.
Lazarus abordó junto al resto y encontró un lugar
para asegurarse el cinturón en medio de la cabina
desmantelada. El resto del escuadrón de mando hizo
lo mismo, pero la escotilla no se cerró tras ellos.
Permaneció abierta mientras Gretin Lan manipulaba
interruptores y entonaba algo que sonaba a plegaria,
y de repente la cabina se llenó de alas y huesos.
El ave de Gretin Lan se lanzó al vuelo, seguida
por otros dos idénticos. Tras ellos, un enjambre de
cráneos de pájaros se acomodó en pequeñas ranuras
de la cabina. La escotilla se cerró y el vehículo
comenzó a desplazarse.
—Por favor, designen un destino —solicitó la
Fabricante Locum. Con la cabeza, las manos y las
piernas incrustadas en la cabina, envuelto todo en
395
equipo cibernético que lo conectaba directamente a
la nave.
—Kap Sudsten —indicó Lazarus. Todas las ac-
ciones del enemigo hasta el momento habían bus-
cado alejarlo de la capital. Los instintos acumulados
tras siglos de batallas le decían que allí se uniría
finalmente esta guerra.
—Kap Sudsten —repitió Gretin Lan—. Con pre-
mura.
—Por el Emperador y Su hijo, el León, sí —gruñó
Lazarus, y entonces sintió la enorme mano de la
inercia presionándole mientras Kestrel se lanzaba,
dejando atrás Forja Norsten y la mitad de su Quinta.
396
rostro, y cuando la comisura de sus labios se torció,
ella pareció casi triunfante.
—¿Qué pasa?
—Sonreíste —ella se recostó hacia atrás y esbozó
una sonrisa—. Es la primera vez que veo a un marine
espacial sonreír.
Puede que el Apotecario no le hubiera dado tanta
droga, pensó Lazarus, pero tampoco estaba seguro de
haber acertado con la dosis. Sin embargo, se alegraba
de que Ysentrud se moviese y hablara. Los mortales
eran tan frágiles que situaciones como perder un
miembro a menudo resultaban mortales para ellos.
—Nos has hecho un favor. Es algo que aún menos
mortales pueden decir.
—Sí. Bueno —se movió incómoda—. Hice lo
que tenía que hacer. Cualquiera de ustedes podría
haberlo hecho sin perder un brazo, si hubiera podido
alcanzarlo.
—Y por eso no pudimos hacerlo —dijo—. Lo hi-
ciste bien, Erudita. Y has hecho bien en tu enseñanza.
Por lo que me has contado, creo que conozco al
hombre que hay detrás del gris.
Los ojos de Ysentrud, extrañamente coloreados, se
abrieron de par en par.
—¿Quién?
Pero antes de que pudiera responder, Ephron ex-
clamó:
—¡Maestro Lazarus! Hay algo en el vox.
397
—Yo también lo tengo —afirmó Gretin Lan desde
la cabina—. En todas las bandas, la misma señal.
Escucha.
Una voz llenó la cabina, emergiendo del vox del
piloto. Una voz de mujer.
—Esta es una advertencia de emergencia de la Milicia
Doméstica de Reis.
—Es la oficial Petra Karn —dijo Ysentrud. Lazarus
levantó la mano, indicándole que callara mientras
escuchaba las palabras. Mentiras, no muy sutiles,
destinadas a inquietar a la población civil y a las
Milicias Domésticas de Reis. Lo harían bien, estaba
seguro. Siempre lo hacían. La razón era la primera
víctima del miedo. Lazarus escuchaba para entender
cómo los grises estaban moldeando el campo de
batalla, tratando de vislumbrar cómo el enemigo
quería dirigir las cosas. Pero se distrajo cuando
Ephron habló. No se dirigió a él, sino al vox, y
en los chasquidos ininteligibles del canto binario
de los tecnomarines. Permaneció así hasta que la
emisión se cortó bruscamente, y entonces él también
enmudeció.
—Lo conocemos. Está aliándose con los grises.
Con Sebastián.
—¿Cómo lo saben?
—Fue usted quien nos informó —replicó Demetrius,
su tono notablemente más suave que con Sebastián
o el Regente Primero. Silencio.
398
—¿Lograron comunicarse?— Lazarus interrogó a
su Tecnomarine.
—Bajo la gracia del Emperador, así fue —contestó
Ephron—. Los grises no lograron bloquear nuestras
transmisiones durante su diálogo. Establecí contacto
con el Hermano Meshach y el Hermano Cadus. Les
narré nuestro encuentro, nuestras revelaciones y
nuestro inminente arribo.
—¿Qué noticias trajeron? —Lazarus se adelantó,
ávido de información.
—Una mezcla de alivio y preocupación. El Her-
mano Cadus reveló que descubrieron los túneles
excavados por los grises para emboscarnos en la
granja de estimulantes, y que el Anciano Jequn lideró
a sus escuadras, dejando a Cadus resguardando su
nave.
—Una elección acertada —afirmó Lazarus con
ironía.
—Les informé sobre la pérdida de nuestros Thun-
derhawks. Tanto él como Meshach estarán alerta con
los suyos y buscarán el Alas de Adamantina y Furia
de Ángeles —Ephron hizo una pausa—. El Anciano
Jequn dio con un bastión de Grises en los túneles, y
algo más. Halló la entrada a una instalación antigua,
desocupada desde hace eones. Y dentro, al Regente
por venir.
—Vivo —declaró Lazarus, más como una certeza
que como una pregunta.
399
—Así es —prosiguió Ephron—. Jequn reportó que
los grises habían capturado al Regente por venir, sin
embargo, no parecía estar infectado. He compar-
tido nuestras sospechas con Cadus, y él a su vez,
las comunicará al Anciano Jequn, tan pronto como
restablezca contacto por vox. El Hermano Jequn
también reportó un nuevo tipo de gris, más robusto
y revestido completamente de moho. Sebastián
sugirió que estos grises infectaron a otros cautivos.
Asimismo, Sebastián aseguró que podría facilitar el
ingreso de Jequn a la instalación abandonada.
—Una emboscada —dedujo Lazarus.
—Pero, ¿de qué índole? —indagó Demetrius.
El líder de la Quinta desconocía los hechos,
luchando por contener su furia ante los rebeldes
vox. Anhelaba que, con Gretin Lan retomando el
mando de su forja, las perturbaciones cesaran; sin
embargo, persistían. Los grises no manipulaban la
tecnología de la forja directamente, sugiriendo el
bibliotecario Raziel un origen psiónico por parte de
los grises, teoría ante la cual, incluso el psíquico se
hallaba impotente.
—Especulo sobre algo —intervino Ephron ante
Demetrius—. Tras intercambiar palabras con Me-
shach, he llegado a dos descubrimientos clave: La
dinastía de Sebastián se ha enredado en engaños
por milenios. Los nobles guerreros que proclama-
ban perdidos, jamás lo estuvieron. La Casa Halven
400
los reclamó, eludiendo su entrega al Adeptus Me-
chanicus, y los ocultó en una instalación desolada,
aspirando a restaurarlos por su cuenta. Aunque,
abandonaron tal ambición hace eras.
—¿Qué? —La voz de la Fabricante Locum vi-
braba entre la furia y el asombro—. Que los juzgue
el Omnissiah. ¿Condenan al Adeptus Mechanicus
por una pérdida provocada por su propia traición,
usurpando esas sacras creaciones para intentar sus
reparaciones?
—Así es —confirmó Ephron, ignorando el bufido
de desdén de Gretin Lan—. El Regente Primero y
Sebastián son los únicos conscientes de la ubicación
secreta de los Caballeros.
—Lo que implica que los grises están al tanto
—Lazarus fijó su mirada en Ephron—. ¿Es posible
que los grises los dominen?
—Usted me instruyó a no descartar las capaci-
dades de los grises como imposibles, señor Lazarus
—replicó Ephron.
—Heris Amis se encargaba de esos caballeros en
vida —musitó Lazarus, golpeando la empuñadura de
su espada—. Someterlos no parece tan descabellado,
dadas sus proezas.
—Aún así, es cuestionable —comentó Gretin Lan—
. El alma de un Caballero está intrínsecamente unida
a su linaje, con su Trono de Mando grabando los
ecos cognitivos de cada piloto que ha fusionado su
401
mente con él. Estas huellas ancestrales no se desvían
fácilmente de sus antiguos ideales. Sin embargo,
parece que al menos un integrante de dicho linaje
podría estar conspirando con el infame Heris Amis.
—Sebastián. Quien, actualmente, dirige a mi
Antiguo y los Escuadrones Invis y Jotha hacia unas
ruinas ancestrales, presumiblemente, el escondite de
estos Caballeros —reflexionó Lazarus, volviéndose
hacia Ysentrud—. ¿Cuántos Caballeros poseía la Casa
Halven?
—Era un linaje menor —respondió ella—. Con-
taban con veinticuatro caballeros, repartidos igual-
mente entre el sur y el norte. Con los del sur aniquila-
dos, solo nos quedan doce.
—Solo doce —murmuró con un sabor amargo—.
Dos escuadrones y mi Anciano no serán suficientes.
Tal vez ni siquiera toda la Quinta lo sea. ¿Y la otra
información?
—Los Grises han asaltado el bastión de los Reis
cerca de Kap Sudsten. El teniente Zakariah lideraba
el contraataque.
Lazarus asintió, su expresión inmutable. Dudaba
que el objetivo fuera abrir la Puerta Roja y liberar otra
horda demoníaca. Heris Amis ya tuvo esa chance y no
la aprovechó. Comenzaba a vislumbrar el verdadero
esquema de los Grises: Sebastián y los Caballeros
interceptarían a Jequn y sus fuerzas. Luego, estas
máquinas de guerra se dirigirían hacia Kap Sudsten,
402
atrapando al teniente Zakariah en un mar de con-
flictos con los infectados por los Grises. Finalmente,
regresarían a Norsten para aniquilar lo que quedara
de la Quinta.
«Dividir para conquistar, tan sencillo como eso»,
caviló Lazarus. Pero intuía que bajo esa estrategia
se ocultaba un plan aún más oscuro, potencialmente
más devastador que la mera destrucción de su com-
pañía.
Esa sospecha le impulsaba a empuñar el Filo de
la Enemistad y abrirse camino a través del caos con
su hoja negra y chispeante. No obstante, ese era el
impulso de un novato, un Marine Espacial aún verde
en su poder. Como comandante, su fuerza debía
emanar de algo más que su espada.
Debía comprender a su adversario, anticipar el
verdadero golpe de Heris Amis, en vez de caer en sus
distracciones. Lazarus se inclinó sobre su espada,
sumergido en sus pensamientos y estrategias.
Hasta que el estruendo del Alas de Adamantina
rasgó el cielo detrás de ellos, sus motores dibujando
estelas de fuego en el firmamento.
403
Capítulo 22
A
través de la entraña de la tierra se extendía un
túnel, oscuro como la noche sin luna, donde el
contacto con las ásperas paredes desprendía el aroma
terroso del barro y el tenue hedor del moho al aire
viciado.
Un corredor sombrío y angosto se adentraba en el
corazón de una nave estelar olvidada. El roce contra
sus muros de acero desgastado liberaba partículas
de óxido, fusionándose con el penetrante olor a
metal corroído que dominaba el ambiente, un aroma
que apenas lograba opacar el hedor pútrido de las
criaturas ocultas en su vientre de hierro.
En una estancia bañada por la luz, resplande-
cientes nombres grabados en piedra se erigían ma-
jestuosos. Era el columbario de los Ángeles Os-
curos, último reposo de diez milenios de caídos,
impregnado del aroma del incienso y el polvo. Jequn
inhaló profundamente, pero un olor sutil, ácido y
perturbador se colaba entre las fragancias sagradas.
Era el aroma del gris.
404
El presagio de la infección.
Ese olor lo arrancó del velo de oscuridad y delirio
que lo había envuelto, y el Anciano abrió los ojos.
Se encontraba en un pasaje de hormigón, donde las
paredes agrietadas lloraban barro y raíces. Era el
mismo túnel donde habían enfrentado a los grises
anteriormente, el que conducía a la cámara de los
Caballeros, pero este tramo mostraba mayor de-
terioro, con un suelo desigual bañado en lodo y
luces destrozadas sumiendo todo en penumbras. No
obstante, una luz se filtraba, cada vez más intensa,
revelando que era llevado hacia la superficie. Era
arrastrado al exterior.
Jequn intentó moverse, retorciéndose, pero es-
taba aprisionado por una cadena pesada, enroscada
férreamente a su alrededor. Los eslabones gruesos
raspaban su armadura, y notó que uno de los sellos
de pureza en su hombrera se había enganchado entre
los eslabones oxidados, manchados con la viscosa
sustancia gris.
No estaba limpio. La corrupción gris se había
infiltrado en su ser, batallando contra su inmunidad
transhumana, esforzándose por expandirse a través
de su carne y mente, amenazando con destruirlo
como había hecho con sus hermanos. Este pen-
samiento encendió una furia desesperada en Jequn,
quien se agitó con todas sus fuerzas intentando
liberarse de su prisión de metal. Pero el acero,
405
aunque corroído, resistía firme, y sus movimientos
resultaban erráticos, descoordinados. Por primera
vez desde que había sido bendecido con la semilla
genética de los Ángeles Oscuros, se sintió débil,
desconectado, errado. Aun así, persistió en su lucha
por la libertad.
—¿Está convulsionando? —la voz de Sebastián
resonó desde algún punto detrás de Jequn, añadi-
endo una nota helada de realidad a su desesperado
esfuerzo.
—No. Se resiste —la voz de Heris Amis, profunda
y espesa, resonó en el aire, mientras Jequn percibía
que aquel abominable gris lo retenía firmemente,
desafiando el volumen y el peso de su armadura para
transportarlo—. Lo llevaré conmigo, como hice con
sus hermanos. Aunque tu fuerza demandará tiempo.
—¿Tiempo?— replicó Sebastián con una chispa de
impaciencia—. Nos ponemos en marcha tan pronto
como los Caballeros emerjan. ¿De cuánto tiempo
disponemos?
—Tiempo —repitió Amis, su tono bañado
en desdén—. He aguardado este instante por
milenios. Sería prudente que aprendieras algo de
paciencia, Regente por venir. Este Ángel Oscuro
estará preparado cuando lo requiramos. Por
ahora, su agonía, saturada de ira y deshonra, es
exquisitamente placentera.
Amis avanzó por una cuesta de tierra y concreto
406
fracturado, sorteó una franja de helechos y emergió
bajo la claridad del día. La entrada del túnel se abría
como una herida ruda en la cara de un acantilado,
custodiando un lago menor, cuyas aguas, cubiertas
de algas, capturaban el brillo solar. El aroma espeso
y putrefacto del ambiente luchaba por dominar el
persistente olor a corrupción gris que atormentaba
los sentidos de Jequn. Un esfuerzo vano, por cierto.
Heris Amis se detuvo justo antes de salir a la luz,
oculto tras la cortina de helechos altos, mientras que
Sebastián se adelantaba, inspeccionando el lago bajo
el sol.
—La dilación solo incrementa el riesgo de fracaso
—advirtió.
—No habrá tal fracaso; ya hemos invertido de-
masiado tiempo en esto —aseguró Amis, soltando
a Jequn, quien impactó contra el suelo rocoso. A
pesar de la armadura, la caída le obligó a rodar para
poder observar su entorno. El gesto fue torpe, su
cuerpo resistiéndose, combatiendo cada movimiento.
Deshonra y furia, ciertamente, colmaban a Jequn.
Sin embargo, se prometió utilizar esas emociones
para erradicar la infección que lo consumía. Así
sería. Este juramento silencioso vibraba en su mente,
incluso cuando una sensación siniestra se enroscaba
en su cerebro, enredando recuerdos, tironeando de
su voluntadCAPÍTULO VEINTIDÓS
A través de la entraña de la tierra se extendía
407
un túnel, oscuro como la noche sin luna, donde el
contacto con las ásperas paredes desprendía el aroma
terroso del barro y el tenue hedor del moho al aire
viciado.
Un corredor sombrío y angosto se adentraba en el
corazón de una nave estelar olvidada. El roce contra
sus muros de acero desgastado liberaba partículas
de óxido, fusionándose con el penetrante olor a
metal corroído que dominaba el ambiente, un aroma
que apenas lograba opacar el hedor pútrido de las
criaturas ocultas en su vientre de hierro.
En una estancia bañada por la luz, resplande-
cientes nombres grabados en piedra se erigían ma-
jestuosos. Era el columbario de los Ángeles Os-
curos, último reposo de diez milenios de caídos,
impregnado del aroma del incienso y el polvo. Jequn
inhaló profundamente, pero un olor sutil, ácido y
perturbador se colaba entre las fragancias sagradas.
Era el aroma del gris.
El presagio de la infección.
Ese olor lo arrancó del velo de oscuridad y delirio
que lo había envuelto, y el Antiguo abrió los ojos.
Se encontraba en un pasaje de hormigón, donde las
paredes agrietadas lloraban barro y raíces. Era el
mismo túnel donde habían enfrentado a los grises
anteriormente, el que conducía a la cámara de los
Caballeros, pero este tramo mostraba mayor de-
terioro, con un suelo desigual bañado en lodo y
408
luces destrozadas sumiendo todo en penumbras. No
obstante, una luz se filtraba, cada vez más intensa,
revelando que era llevado hacia la superficie. Era
arrastrado al exterior.
Jequn intentó moverse, retorciéndose, pero es-
taba aprisionado por una cadena pesada, enroscada
férreamente a su alrededor. Los eslabones gruesos
raspaban su armadura, y notó que uno de los sellos
de pureza en su hombrera se había enganchado entre
los eslabones oxidados, manchados con la viscosa
sustancia gris.
No estaba limpio. La corrupción gris se había
infiltrado en su ser, batallando contra su inmunidad
transhumana, esforzándose por expandirse a través
de su carne y mente, amenazando con destruirlo
como había hecho con sus hermanos. Este pen-
samiento encendió una furia desesperada en Jequn,
quien se agitó con todas sus fuerzas intentando
liberarse de su prisión de metal. Pero el acero,
aunque corroído, resistía firme, y sus movimientos
resultaban erráticos, descoordinados. Por primera
vez desde que había sido bendecido con la semilla
genética de los Ángeles Oscuros, se sintió débil,
desconectado, errado. Aun así, persistió en su lucha
por la libertad.
—¿Está convulsionando?— La voz de Sebastián
resonó desde algún punto detrás de Jequn, añadi-
endo una nota helada de realidad a su desesperado
409
esfuerzo.
—No. Resiste —La voz de Heris Amis, profunda y
espesa, resonó en el aire, mientras Jequn percibía
que aquel abominable gris lo retenía firmemente,
desafiando el volumen y el peso de su armadura
para transportarlo—. Te llevaré conmigo, como hice
con tus hermanos. Aunque tu fuerza demandará
tiempo—.
—¿Tiempo?— replicó Sebastián con una chispa de
impaciencia—. Nos ponemos en marcha tan pronto
como los Caballeros emerjan. ¿De cuánto tiempo
disponemos?—
—¿Tiempo?— repitió Amis, su tono bañado en
desdén—. He aguardado este instante por mile-
nios. Sería prudente que aprendieras algo de pa-
ciencia, Regente Next. Este Ángel Oscuro estará
preparado cuando lo requiramos. Por ahora, su
agonía, saturada de ira y deshonra, es exquisita-
mente placentera—.
Amis avanzó por una cuesta de tierra y concreto
fracturado, sorteó una franja de helechos y emergió
bajo la claridad del día. La entrada del túnel se abría
como una herida ruda en la cara de un acantilado,
custodiando un lago menor, cuyas aguas, cubiertas
de algas, capturaban el brillo solar. El aroma espeso
y putrefacto del ambiente luchaba por dominar el
persistente olor a corrupción gris que atormentaba
los sentidos de Jequn. Un esfuerzo vano, por cierto.
410
Heris Amis se detuvo justo antes de salir a la luz,
oculto tras la cortina de helechos altos, mientras que
Sebastián se adelantaba, inspeccionando el lago bajo
el sol.
—La dilación solo incrementa el riesgo de fracaso
—advirtió.
—No habrá tal fracaso; ya hemos invertido de-
masiado tiempo en esto —aseguró Amis, soltando
a Jequn, quien impactó contra el suelo rocoso. A
pesar de la armadura, la caída le obligó a rodar para
poder observar su entorno. El gesto fue torpe, su
cuerpo resistiéndose, combatiendo cada movimiento.
Deshonra y furia, ciertamente, colmaban a Jequn.
Sin embargo, se prometió utilizar esas emociones
para erradicar la infección que lo consumía. Así
sería. Este juramento silencioso vibraba en su mente,
incluso cuando una sensación siniestra se enroscaba
en su cerebro, enredando recuerdos, tironeando de
su voluntad. Mil…
—Años de tormento —interrumpió Sebastián—.
Ya lo he escuchado. Pero pese a tus cálculos, te faltó
anticipar algo —La mirada del Regente Next, clavada
en el lago teñido de verdor, irradiaba una urgencia
silente. Con un rápido vistazo a Jequn, añadió: —Él
te desafía. Y aquellos otros te superaron—.
—No lograron someterme —La voz de Amis res-
onaba con un tono gutural, cargada de una furia
viscosa—. Los Primaris, esos guerreros, presentan
411
un desafío mayor. Aunque no pude subyugarlos
completamente, fracturé sus psiques y extraje sus
secretos—.
Un vislumbre de entendimiento cruzó la mirada
de Jequn. Con esfuerzo, giró para encarar al gris,
batallando contra las ataduras corroídas que re-
stringían su físico y las adherencias viscosas que
buscaban dominar su espíritu—. Lazarus es un
Primaris —articuló con dificultad, cada palabra un
desafío a su captor.
Amis se inclinó hacia Jequn, su forma goteando
decadencia. Extendió una mano descomunal hacia
el yelmo del guerrero, y, de manera inverosímil, lo
retiró, dejándolo a un lado. Luego, sujetó el rostro
de Jequn entre sus manos deformes, presionando su
piel en descomposición contra la del veterano en un
gesto grotesco que Jequn intentó, infructuosamente,
evitar—. Estoy al tanto —susurró el gris—. He
arrancado esos datos de las mentes de tus camaradas.
Pronto, haré lo mismo con tu maestro —Una sonrisa
deformó su ya horrendo semblante gris, marcado por
la mucosidad—. Secretos, códigos. Los procedimien-
tos de un maestro de los Ángeles Oscuros caerán en
mis manos, utilizados para desatar la devastación,
hermano Jequn—.
—No eres mi hermano —replicó Jequn con desdén.
—¿No?— Amis ajustó su presa en la nuca de Jequn,
forzando su vista hacia él—. Pero lo seré. Me
412
convertiré en tu escuadra, luego en tu Capítulo entero.
Encarnaré a los Ángeles Oscuros—.
—¡No! —quiso protestar Jequn, intentando vo-
calizar su rechazo, mas una fuerza invisible sellaba
sus labios, coartaba su voz. Su cuerpo vibraba con el
esfuerzo de resistir esa mordaza impuesta, esa orden
de silencio que lo asfixiaba. Con una determinación
feroz, logró vencerla—. No —susurró, una negativa
tenue que casi se perdía ante el exclamo triunfante
de Sebastián.
—¡Listo! Al fin—.
La expresión de Amis se deformó en una sonrisa
cargada de cinismo—. Recuerda bien esas palabras,
Ángel Oscuro; serán las últimas que pronuncies
—Acto seguido, se alejó con desdén.
Jequn se volcó hacia un lado, su mirada clavada
en Amis, luchando por lanzar un grito de rebeldía
que su garganta oprimida no le permitía formular.
Privado de voz por Amis, se dio cuenta de que las
palabras carecían de importancia frente a la acción.
Mientras Amis y Sebastián contemplaban el lago,
Jequn meditaba su ataque.
El lago se transformaba; su agua verde y pestilente
se agitaba en múltiples remolinos, drenándose hasta
revelar solo un lecho de lodo. En el centro, una
compuerta gigante se abría entre chirridos metálicos
y el chapoteo del barro desplazándose, y desde esa
brecha emergía, bajo el sol, una figura imponente:
413
un Caballero Valiente, una bestia de metal y cerámica
destinada a la aniquilación. Surgía como un coloso,
un ente de armadura imponente listo para devastar
ciudades, erigiéndose sobre ellos. A medida que el
elevador se detenía, la máquina avanzaba sobre el
fango, haciendo vibrar la tierra bajo Jequn y espan-
tando a una bandada de aves en la jungla con sus
graznidos.
El Caballero, portando un estandarte que ondeaba
tras él, se aproximaba a la ribera del ya desvanecido
lago. El estandarte, simple y tosco, un cuadrado de
tela gris sobre blanco, se agitaba al viento.
—¿Gris? —dijo Sebastián, su voz triunfal tornán-
dose en tensa ira, entremezclada con miedo—. ¿Pre-
tendes quedártelos?—
—Solo hasta que Kap Sudsten caiga —contestó
Amis, su voz áspera teñida de burla—. Cumpliré
nuestro trato —Entonces, dio un paso al sol mientras
el Caballero Valiente se inclinaba sobre sus robustas
extremidades metálicas ante ellos. Una escotilla
se abrió en su trasera, y de su interior cayó uno
de los monstruos grises, en un grotesco despliegue
que parecía un nacimiento aberrante. Aterrizó en el
lodo con un sordo golpeteo, arrastrándose hacia un
costado.
—El Caballero Rovoko será tu instrumento
—señaló Amis, extendiendo una mano deformada
hacia la imponente figura mecánica—. Con él,
414
podrás devastar el reino de tu progenitor. Después,
toma lo que desees, incluso la nave diezmera que
trajo los pertrechos del Adeptus Mechanicus. Esta es
tu recompensa por brindarme lo necesario para
engañar a sus entidades Espíritu y someterlas.
Embárcate hacia el cosmos, asume el rol de
mercenario, de corsario, o cualquier identidad
que elijas. Aunque en su momento creí que estas
máquinas representaban el pináculo de las armas,
mi perspectiva ha evolucionado, expandida por
el inmenso mar de mis padecimientos —Amis se
giró hacia Jequn—. ¿Qué significa un puñado de
Caballeros frente a mis nuevos aliados?—
Jequn, incapaz de verbalizar su desdén, optó por es-
cupir, aprovechando que Amis le había despojado de
su casco. Gracias a la glándula de Betcher implantada
en su boca al convertirse en Marine Espacial, su saliva
se transformó en un proyectil ácido que, al impactar
en el torso de Amis, siseó al corroer la espesa capa
fúngica. Sin embargo, el ácido se dispersó, y el daño
comenzó a repararse con un siseo. Amis apenas
registró el ataque mientras se inclinaba de nuevo
sobre Jequn.
—Qué simples herramientas sois —comentó, colo-
cando una mano sobre la boca del Guerrero Eterno—.
Reclamaré a todos los Primogénitos posibles, junto
con vuestros servidores, vuestro arsenal, naves y
hasta vuestra fortaleza. Esto apenas marcará el
415
comienzo de mi vendetta. Dejaré una estela de dolor
a través de la galaxia que la hará llorar lágrimas de
sangre por milenios—.
Con furia renovada, Jequn intentó escupir de nuevo.
Pero esta vez, el ácido apenas burbujeó al mezclarse
con una secreción que brotaba de la mano de la
criatura y se introducía en su boca. Atrapado en
una mezcla de saliva y furia impotente, el Guerrero
Eterno se asfixió hasta que la oscuridad lo engulló
por completo.
Oscuridad.
No había túneles esta vez, solo un vacío absoluto,
desprovisto de todo salvo de Jequn y la caja que yacía
en sus manos.
—¿Qué es esto?—
Las palabras gruesas y guturales resonaban desde
la oscuridad, provenían de todas partes, pero Jequn
las desestimó y apretó la caja contra su pecho.
—Siempre quieres hablar cuando te lo prohibo
—siseó Amis al oído, un susurro repugnante y
ahogado—. Pero no necesito tu voz aquí —Unas
manos tocaron los costados de la cabeza de Jequn y
el dolor lo desgarró. Era como si aquel agarre frío y
viscoso le hubiera clavado cien mil agujas en la piel,
en el cráneo, en lo más profundo del cerebro. Cada
aguja le desgarraba la mente, girando sus recuerdos:
su vida previa a convertirse en Ángel Oscuro, su
entrenamiento, sus batallas, siglos de existencia
416
destrozada. Y no había nada que pudiera hacer para
detenerlo.
Atrapado en la oscuridad, Jequn era diseccionado
por Heris Amis, pieza a pieza, con sus manos mo-
hosas despojando la vida del Guerrero Eterno, su
mente reducida a nada más que rabia y desafío, y
la caja aferrada entre sus manos.
—Existe algo… —dijo Amis. Lo soltó y se posicionó
frente a él, y a pesar de la oscuridad, Jequn pudo verlo,
de pie ante él, contemplando fijamente la caja negra
que el Antiguo sostenía contra su pecho—. Algún
último secreto al que te aferras. Algo que te impulsa
a luchar—.
Jequn agarró la caja con fuerza, sintiéndola tan re-
sistente como el adamantio bajo sus guanteletes, una
caja de seguridad blindada con el símbolo grabado
en su costado: una espada alada, el emblema de su
Capítulo. Lo comprendió. Era parte del Círculo Inte-
rior y guardaba un secreto más allá de él. Pertenecía
a su Capítulo, a sus hermanos, y había hecho los
juramentos más profundos para protegerlo.
—Nunca lo obtendrás —pensó Jequn, res-
guardando las palabras en su cabeza, selladas en
su interior como aquel último secreto. Sin embargo,
Amis se las arrancó, conociéndolas como si el
Antiguo las hubiera grabado con su sangre sobre
el negro.
—Lo conseguiré, hermano. Cuando Amis habló,
417
una baba goteó de sus labios, oliendo a putrefacción
y desesperación, y las agujas en la cabeza de Jequn se
clavaron más profundamente. Te quebrarás, Adeptus
Astartes, y me entregarás todo. Tus secretos y a
ti mismo. Pero por ahora…— Amis dio un paso al
frente, su terrible rostro gris se expandió hasta llenar
la visión de Jequn, bloqueando el negro, obstruyén-
dolo todo—. Por ahora, sufrirás, y…
El semblante de Jequn se petrificó y retrocedió
abruptamente—. No —susurró Heris Amis, con sus
ojos grises oscuros fijos en la oscuridad—. No—.
Con esa objeción, el dolor en la cabeza de Jequn
decreció, como si las agujas se hubieran retirado
de golpe. El Ángel Oscuro observó cómo el gris
retrocedía y el rostro gris de Amis se retorcía de ira y
frustración.
—Gretin Lan, miserable cara blanca —le espetó—
. ¡Esclavo de dioses falsos e impotentes! No has
ganado nada con esto, solo has prolongado tu dolor—
.
Jequn no tenía ni idea de lo que Amis quería decir,
pero entendió que algo había salido mal. No podía
hablar, no quería, pero su risa brotó, baja, agrietada
y horrible. Algo había fallado para el gris. Y Jequn
intuía qué. Lazarus, y el Quinto.
Heris Amis le lanzó una mirada, y las agujas regre-
saron, clavándose profundamente. Jequn las aceptó,
abrazó el dolor y esperó que, en su furia, Amis lo
418
matara, llevándose consigo ese último secreto a la
oscuridad de la muerte.
Pero esa gracia le fue negada.
Jequn regresó de golpe a la vida, con la cabeza pul-
sante, tumbado en el fango, a la orilla de lo que solía
ser un lago. La cadena que lo había atado reposaba a
su lado, un montón de eslabones fangosos y oxidados.
Al verla, intentó moverse, levantarse para atacar,
pero su cuerpo no respondía. Se estremeció una
vez, poco más que un escalofrío, pero permaneció
inmóvil. Heris Amis le había arrebatado el cuerpo y la
voz, y aún sentía las agujas en la cabeza, escarbando,
intentando alcanzar ese último secreto que protegía
con tenacidad. Cerró los ojos y recitó la Letanía de la
Resistencia. Heris Amis aún no lo había vencido. Y
aunque ya había perdido el control una vez, tal vez
volviera a suceder, y aún más. Jequn resistiría hasta
entonces.
Era un Ángel Oscuro.
Resistiría.
—¡Lo sabía! Este plan era demasiado complicado,
demasiado peligroso —Era la voz de Sebastián, y
Jequn abrió los ojos. Logró girar la cabeza con
esfuerzo, y vio al Regente por venir de pie en el
barro debajo del Caballero Valiente Rovoko. Heris
Amis estaba cerca, con los pliegues grises de su
cuerpo mohoso humeando al sol—. Deberíamos
haber despertado a los Caballeros, haber derrotado
419
a mi padre y habernos marchado, y nunca haber
involucrado a los Ángeles Oscuros—.
¿Dudas de mí? cuestionó Amis con una voz grave y
amenazadora, pero Sebastián no titubeó.
Por supuesto que dudo de ti, replicó el Regente
Next. No soy ingenuo. Eres una masa de moho,
resucitado por un demonio. Me necesitas para ven-
garte, y si no te necesitara para llevarme a los Ca-
balleros, te habría reducido a cenizas.
—Es bueno que nos comprendamos —declaró
Heris Amis, moviéndose con su largo brazo exten-
dido para agarrar a Sebastián por la parte delantera
de su traje embarrado y levantándolo en el aire,
manteniendo al Regente por venir frente a él. El
gris ignoró la pistola que apareció en la mano de
Sebastián y lo miró fijamente a través de unos ojos
cubiertos de baba. Nos necesitamos mutuamente,
Regente por venir. La siguiente parte de mi plan
depende de esos Caballeros, así que usted me es
necesario. Pero no creas que eso significa que no
puedo hacerte daño. Incluso ahora, tu amante lidera
un ataque contra las Milicias Domésticas de Reis, una
finta para atraer a los Ángeles Oscuros más lejos. No
necesito a Petra Karn para eso. En un instante, podría
decirle a mi gris que la destroce. O infectarla. Lo que
me apeteciera. Lo que pensara que te haría sufrir
más.
Las palabras de Sebastián se vieron interrumpidas,
420
bajó el arma, frustrado. Heris Amis lo dejó en el suelo,
y Jequn gruñó en silencio con su propia frustración.
Quería ver cómo el gris le arrancaba la cabeza al
traidor mortal.
¿Qué piensas hacer? preguntó Sebastián, frun-
ciendo el ceño ante la baba que cubría la parte de-
lantera de su mugriento traje. Lazarus ha escapado
de la trampa que le tendieron tú y el Adeptus Mechan-
icus. ¿Qué piensan hacer?
Nada ha cambiado, respondió Amis. Seguiré
dividiéndolos. Los debilitaré. Acabaré con ellos.
Lazarus está libre, pero ha dejado gran parte de sus
fuerzas en el norte. Hablaré con él, me burlaré de
él y me aseguraré de que las pocas fuerzas que le
quedan se dividan aún más. El gris giró su cuerpo
hacia Jequn, y el Anciano pudo ver el rostro de Amis,
rodeado como una horrible flor por los grises y
carnosos colgajos de moho que lo cubrían. Y sé
exactamente cómo hacerlo.
Amis se volvió hacia Sebastián. Prepara a los
caballeros. Marcharemos pronto, con el mismo plan.
Yo tomaré la base de la Milicia Doméstica, tú la
ciudad. Pero tú llevarás un pasajero contigo, y yo
llevaré un estandarte, y veremos a qué Lazarus huye.
Cualquiera que sea, el Maestro de la Quinta será
capturado vivo. ¿Entendido?
—Lo entiendo —dijo Sebastián fríamente. De la
misma manera que tú entiendes que mi padre me
421
pertenece.
De acuerdo. La palabra fue dicha en un tono que
probablemente pretendía ser tranquilizador, pero la
terrible voz de Heris Amis hizo que cada afirmación
fuera horripilante. Ambos tendremos venganza,
Regente por venir. Tú en su totalidad, mientras que
la mía apenas comienza.
No tendrás nada. Nada más que otra muerte fi-
nal, cuando los Ángeles Oscuros te purguen de este
mundo. Pero aquellas palabras desafiantes solo
resonaban en la cabeza de Jequn, un voto silencioso
ahogado por las agujas que seguían clavándose en él,
desgarrando, tirando y alcanzando. En su interior,
Jequn envolvió con su alma el último secreto que le
quedaba y pronunció la Letanía del Desafío una y
otra vez, esperando alguna oportunidad, cualquier
oportunidad, para atacar—. Mil…
—…años de tormento —interrumpió Sebastián—
. Ya lo he escuchado. Pero pese a tus cálculos, te
faltó anticipar algo —la mirada del Regente por venir,
clavada en el lago teñido de verdor, irradiaba una
urgencia silente. Con un rápido vistazo a Jequn,
añadió— — Él te desafía. Y aquellos otros te super-
aron.
—No lograron someterme —la voz de Amis res-
onaba con un tono gutural, cargada de una furia
viscosa—. Los Primaris, esos guerreros, presentan
un desafío mayor. Aunque no pude subyugarlos
422
completamente, fracturé sus psiques y extraje sus
secretos.
Un vislumbre de entendimiento cruzó la mirada de
Jequn. Con esfuerzo, giró para encarar al gris, batal-
lando contra las ataduras corroídas que restringían
su físico y las adherencias viscosas que buscaban
dominar su espíritu.
—El Maestro Lazarus es un Primaris —articuló
con dificultad, cada palabra un desafío a su captor.
Amis se inclinó hacia Jequn, su forma goteando
decadencia. Extendió una mano descomunal hacia
el yelmo del guerrero, y, de manera inverosímil, lo
retiró, dejándolo a un lado. Luego, sujetó el rostro
de Jequn entre sus manos deformes, presionando su
piel en descomposición contra la del veterano en un
gesto grotesco que Jequn intentó, infructuosamente,
evitar.
—Estoy al tanto —susurró el gris—. He arrancado
esos datos de las mentes de tus camaradas. Pronto,
haré lo mismo con tu maestro —una sonrisa de-
formó su ya horrendo semblante gris, marcado por
la mucosidad—. Secretos, códigos. Los procedimien-
tos de un maestro de los Ángeles Oscuros caerán en
mis manos, utilizados para desatar la devastación,
hermano Jequn.
—No eres mi hermano —replicó Jequn con desdén.
—¿No? —Amis tomó la nuca de Jequn, forzando
su vista hacia él—. Pero lo seré. Me convertiré en tu
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escuadra, luego en tu Capítulo entero. Encarnaré a
los Ángeles Oscuros.
—¡No! —quiso protestar Jequn, intentando vo-
calizar su rechazo, mas una fuerza invisible sellaba
sus labios, coartaba su voz. Su cuerpo vibraba con el
esfuerzo de resistir esa mordaza impuesta, esa orden
de silencio que lo asfixiaba. Con una determinación
feroz, logró vencerla—. No —susurró, una negativa
tenue que casi se perdía ante el exclamo triunfante
de Sebastián.
—¡Listo! Al fin —la expresión de Amis se deformó
en una sonrisa cargada de cinismo—. Recuerda bien
esas palabras, Ángel Oscuro; serán las últimas que
pronuncies.
Acto seguido, se alejó con desdén. Jequn se volcó
hacia un lado, su mirada clavada en Amis, luchando
por lanzar un grito de rebeldía que su garganta
oprimida no le permitía formular. Privado de voz
por Amis, se dio cuenta de que las palabras carecían
de importancia frente a la acción. Mientras Amis y
Sebastián contemplaban el lago, Jequn meditaba su
ataque.
El lago se transformaba; su agua verde y pestilente
se agitaba en múltiples remolinos, drenándose hasta
revelar solo un lecho de lodo. En el centro, una
compuerta gigante se abría entre chirridos metálicos
y el chapoteo del barro desplazándose, y desde esa
brecha emergía, bajo el sol, una figura imponente: un
424
Caballero Valiente25 , una bestia de metal y cerámica
destinada a la aniquilación. Surgía como un coloso,
un ente de armadura imponente listo para devastar
ciudades, erigiéndose sobre ellos. A medida que el
elevador se detenía, la máquina avanzaba sobre el
fango, haciendo vibrar la tierra bajo Jequn y espan-
tando a una bandada de aves en la jungla con sus
graznidos.
El Caballero, portando un estandarte que ondeaba
tras él, se aproximaba a la ribera del ya desvanecido
lago. El estandarte, simple y tosco, un cuadrado de
tela gris sobre blanco, se agitaba al viento.
—¿Gris? —dijo Sebastián, su voz triunfal tornán-
dose en tensa ira, entremezclada con miedo—. ¿Pre-
tendes quedártelos?
—Solo hasta que Kap Sudsten caiga —contestó
Amis, su voz áspera teñida de burla—. Cumpliré
nuestro trato —entonces, dio un paso al sol mientras
el Caballero se inclinaba sobre sus robustas extremi-
dades metálicas ante ellos. Una escotilla se abrió en
25
Caballero Valiente: Es un modelo de Caballero Imperial, y
es junto al Caballero Castellano, uno de los Caballeros más
pesados fabricados por el Adeptus Mechanicus. Incluso un
solo Caballero Valiente puede destrozar una horda enemiga,
o destruir el centro de la línea de batalla del enemigo como
un ariete atravesando la puerta de un castillo. El armamento
principal del Caballero Valiente son su cañón de conflagración
y su arpón espiral de trueno.
425
su trasera, y de su interior cayó uno de los monstruos
grises, en un grotesco despliegue que parecía un
nacimiento aberrante. Aterrizó en el lodo con un
sordo golpeteo, arrastrándose hacia un costado.
—El Caballero Rovoko será tu instrumento
—señaló Amis, extendiendo una mano deformada
hacia la imponente figura mecánica—. Con él,
podrás devastar el reino de tu padre. Después,
toma lo que desees, incluso la nave diezmera
que trajo los pertrechos del Adeptus Mechanicus.
Esta es tu recompensa por brindarme lo necesario
para engañar a sus Espíritu Máquina y someterlas.
Embárcate hacia el cosmos, asume el rol de
mercenario, de corsario, o cualquier identidad
que elijas. Aunque en su momento creí que estas
máquinas representaban el pináculo de las armas,
mi perspectiva ha evolucionado, expandida por
el inmenso mar de mis padecimientos —Amis se
giró hacia Jequn—. ¿Qué significa un puñado de
Caballeros frente a mis nuevos aliados?
Jequn, incapaz de verbalizar su desdén, optó por
escupir, aprovechando que Amis le había despojado
426
de su casco. Gracias a la glándula de Betcher26
implantada en su boca al convertirse en Marine
Espacial, su saliva se transformó en un proyectil
ácido que, al impactar en el torso de Amis, siseó al
corroer la espesa capa fúngica. Sin embargo, el ácido
se dispersó, y el daño comenzó a repararse con un
siseo. Amis apenas registró el ataque mientras se
inclinaba de nuevo sobre Jequn.
—Qué simples herramientas son —comentó, colo-
cando una mano sobre la boca del Guerrero Eterno—.
Reclamaré a todos los Primogénitos posibles, junto
con sus servidores, su arsenal, naves y hasta su
fortaleza. Esto apenas marcará el comienzo de mi
26
Glándula de Betcher: Durante la Fase 17 del desarrollo de
un aspirante a Marine Espacial se implantan dos de estas
glándulas, ya sea en el labio inferior, al lado de las glándulas
salivares, o en el paladar. La Glándula de Betcher funciona
de manera similar a la glándula de veneno de los reptiles
venenosos, sintetizando y almacenando un veneno letal.
Los Marines son inmunizados por la presencia de la propia
glándula. La glándula permite al Astartes escupir un veneno
cegador al contacto. Este veneno, además, es corrosivo. Un
Marine aprisionado tras unas barras de hierro podría abrirse
paso al exterior en unas pocas horas. El uso más común de estos
implantes es ayudar en la digestión de cosas inusualmente
difíciles o imposibles de digerir, como la celulosa. En la semilla
genética de varios primarcas , como la de Rogal Dorn, este
órgano se ha atrofiado y ya no es tan eficaz o simplemente
ha dejado de funcionar por completo en los Astartes de los
Capítulos que utilizan la semilla genética de esos primarcas.
427
vendetta. Dejaré una estela de dolor a través de la
galaxia que la hará llorar lágrimas de sangre por
milenios.
Con furia renovada, Jequn intentó escupir de nuevo.
Pero esta vez, el ácido apenas burbujeó al mezclarse
con una secreción que brotaba de la mano de la
criatura y se introducía en su boca. Atrapado en
una mezcla de saliva y furia impotente, el Guerrero
Eterno se asfixió hasta que la oscuridad lo engulló
por completo.
Oscuridad.
No había túneles esta vez, solo un vacío absoluto,
desprovisto de todo salvo de Jequn y la caja que yacía
en sus manos.
—¿Qué es esto?
Las palabras gruesas y guturales resonaban desde
la oscuridad, provenían de todas partes, pero Jequn
las desestimó y apretó la caja contra su pecho.
—Siempre quieres hablar cuando te lo prohíbo
—siseó Amis al oído, un susurro repugnante y
ahogado—. Pero no necesito tu voz aquí —unas
manos tocaron los costados de la cabeza de Jequn y
el dolor lo desgarró. Era como si aquel agarre frío y
viscoso le hubiera clavado cien mil agujas en la piel,
428
en el cráneo, en lo más profundo del cerebro. Cada
aguja le desgarraba la mente, girando sus recuerdos:
su vida previa a convertirse en Ángel Oscuro, su
entrenamiento, sus batallas, siglos de existencia
destrozada. Y no había nada que pudiera hacer para
detenerlo.
Atrapado en la oscuridad, Jequn era diseccionado
por Heris Amis, pieza a pieza, con sus manos mo-
hosas despojando la vida del Guerrero Eterno, su
mente reducida a nada más que rabia y desafío, y
la caja aferrada entre sus manos.
—Hay algo… —dijo Amis. Lo soltó y se posicionó
frente a él, y a pesar de la oscuridad, Jequn pudo verlo,
de pie ante él, contemplando fijamente la caja negra
que el Antiguo sostenía contra su pecho—. Algún
último secreto al que te aferras. Algo que te impulsa
a luchar.
Jequn agarró la caja con fuerza, sintiéndola tan re-
sistente como el adamantio bajo sus guanteletes, una
caja de seguridad blindada con el símbolo grabado
en su costado: una espada alada, el emblema de su
Capítulo. Lo comprendió. Era parte del Círculo Inte-
rior y guardaba un secreto más allá de él. Pertenecía
a su Capítulo, a sus hermanos, y había hecho los
juramentos más profundos para protegerlo.
—Nunca lo obtendrás —pensó Jequn, res-
guardando las palabras en su cabeza, selladas en
su interior como aquel último secreto. Sin embargo,
429
Amis se las arrancó, conociéndolas como si el
Anciano las hubiera grabado con su sangre sobre
el negro.
—Lo obtendré, hermano —cuando Amis habló,
una baba goteó de sus labios, oliendo a putrefacción
y desesperación, y las agujas en la cabeza de Jequn
se clavaron más profundamente—. Te quebrarás,
Adeptus Astartes, y me entregarás todo. Tus secretos
y a ti mismo. Pero por ahora… —Amis dio un paso al
frente, su terrible rostro gris se expandió hasta llenar
la visión de Jequn, bloqueando el negro, obstruyén-
dolo todo—. Por ahora, sufrirás, y…
El semblante de Jequn se petrificó y retrocedió
abruptamente.
—No —susurró Heris Amis, con sus ojos grises
oscuros fijos en la oscuridad—. No.
Con esa objeción, el dolor en la cabeza de Jequn
decreció, como si las agujas se hubieran retirado
de golpe. El Ángel Oscuro observó cómo el gris
retrocedía y el rostro gris de Amis se retorcía de ira y
frustración.
—Gretin Lan, miserable cara blanca —le espetó—
. ¡Esclava de dioses falsos e impotentes! No has
ganado nada con esto, solo has prolongado tu dolor.
Jequn no tenía ni idea de lo que Amis quería decir,
pero entendió que algo había salido mal. No podía
hablar, no quería, pero su risa brotó, baja, agrietada
y horrible. Algo había fallado para el gris. Y Jequn
430
intuía qué. Lazarus, y la Quinta.
Heris Amis le lanzó una mirada, y las agujas regre-
saron, clavándose profundamente. Jequn las aceptó,
abrazó el dolor y esperó que, en su furia, Amis lo
matara, llevándose consigo ese último secreto a la
oscuridad de la muerte.
Pero esa gracia le fue negada.
Jequn regresó de golpe a la vida, con la cabeza pul-
sante, tumbado en el fango, a la orilla de lo que solía
ser un lago. La cadena que lo había atado reposaba a
su lado, un montón de eslabones fangosos y oxidados.
Al verla, intentó moverse, levantarse para atacar,
pero su cuerpo no respondía. Se estremeció una
vez, poco más que un escalofrío, pero permaneció
inmóvil. Heris Amis le había arrebatado el cuerpo y la
voz, y aún sentía las agujas en la cabeza, escarbando,
intentando alcanzar ese último secreto que protegía
con tenacidad. Cerró los ojos y recitó la Letanía de la
Resistencia. Heris Amis aún no lo había vencido. Y
aunque ya había perdido el control una vez, tal vez
volviera a suceder, y aún más. Jequn resistiría hasta
entonces.
Era un Ángel Oscuro.
Resistiría.
—¡Lo sabía! Este plan era demasiado complicado,
demasiado peligroso —era la voz de Sebastián, y
Jequn abrió los ojos. Logró girar la cabeza con
esfuerzo, y vio al Regente por venir de pie en el
431
barro debajo del Caballero Valiente Rovoko. Heris
Amis estaba cerca, con los pliegues grises de su
cuerpo mohoso humeando al sol—. Deberíamos
haber despertado a los Caballeros, haber derrotado
a mi padre y habernos marchado, y nunca haber
involucrado a los Ángeles Oscuros.
—¿Dudas de mí? —cuestionó Amis con una voz
grave y amenazadora, pero Sebastián no titubeó.
—Por supuesto que dudo de ti —replicó el Regente
por venir—. No soy ingenuo. Eres una masa de
moho, resucitado por un demonio. Me necesitas para
vengarte, y si no te necesitara para llevarme a los
Caballeros, te habría reducido a cenizas.
—Es bueno que nos comprendamos —declaró
Heris Amis, moviéndose con su largo brazo exten-
dido para agarrar a Sebastián por la parte delantera
de su traje embarrado y levantándolo en el aire,
manteniendo al Regente por venir frente a él. El
gris ignoró la pistola que apareció en la mano de
Sebastián y lo miró fijamente a través de unos ojos
cubiertos de baba—. Nos necesitamos mutuamente,
Regente por venir. La siguiente parte de mi plan
depende de esos Caballeros, así que usted me es
necesario. Pero no creas que eso significa que no
puedo hacerte daño. Incluso ahora, tu amante lidera
un ataque contra las Milicias Domésticas de Reis, una
finta para atraer a los Ángeles Oscuros más lejos. No
necesito a Petra Karn para eso. En un instante, podría
432
decirle a mis grises que la destrocen. O la infecten.
Lo que me plazca. Lo que piense que te hará sufrir
más.
Las palabras de Sebastián se vieron interrumpidas,
bajó el arma, frustrado. Heris Amis lo dejó en el suelo,
y Jequn gruñó en silencio con su propia frustración.
Quería ver cómo el gris le arrancaba la cabeza al
traidor mortal.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Sebastián,
frunciendo el ceño ante la baba que cubría la parte
delantera de su mugriento traje—. Lazarus ha
escapado de la trampa que le tendieron tú y el
Adeptus Mechanicus. ¿Qué piensas hacer?
—Nada ha cambiado —respondió Amis—. Seguiré
dividiéndolos. Los debilitaré. Acabaré con ellos.
Lazarus está libre, pero ha dejado gran parte de sus
fuerzas en el norte. Hablaré con él, me burlaré de él y
me aseguraré de que las pocas fuerzas que le quedan
se dividan aún más —el gris giró su cuerpo hacia Je-
qun, y el Anciano pudo ver el rostro de Amis, rodeado
como una horrible flor por los grises y carnosos
colgajos de moho que lo cubrían—. Y sé exactamente
cómo hacerlo —Amis se volvió hacia Sebastián—
. Prepara a los caballeros. Marcharemos pronto,
con el mismo plan. Yo tomaré la base de la Milicia
Doméstica, tú la ciudad. Pero tú llevarás un pasajero
contigo, y yo llevaré un estandarte, y veremos a qué
Lazarus huye. Cualquiera que sea, el Maestro de la
433
Quinta será capturado vivo. ¿Entendido?
—Lo entiendo —dijo Sebastián fríamente—. De
la misma manera que tú entiendes que mi padre me
pertenece.
—De acuerdo —la palabra fue dicha en un tono que
probablemente pretendía ser tranquilizador, pero la
terrible voz de Heris Amis hizo que cada afirmación
fuera horripilante—. Ambos tendremos venganza,
Regente por venir. Tú en su totalidad, mientras que
la mía apenas comienza.
«No tendrás nada. Nada más que otra muerte
final, cuando los Ángeles Oscuros te purguen de
este mundo». Aquellas palabras desafiantes solo
resonaban en la cabeza de Jequn, un voto silencioso
ahogado por las agujas que seguían clavándose en él,
desgarrando, tirando y alcanzando. En su interior,
Jequn envolvió con su alma el último secreto que le
quedaba y pronunció la Letanía del Desafío una y
otra vez, esperando alguna oportunidad, cualquier
oportunidad, para atacar.
434
Capítulo 23
435
—Esa sería mi deducción —respondió Ephron—.
No quieren que nos comuniquemos, pero aparente-
mente desean hablar contigo. Y mucho.
—El auspex ahora detecta el rastreo. Los sistemas
de armas del Thunderhawk apuntan a Kestrel
—anunció el Fabricante Locum con calma, casi
indiferencia—. Exigen diálogo continuo, amenazan
con atacar si se rechaza la conversación.
Lazarus observó la imagen de su nave robada, sin-
tiendo una rabia fría que amenazaba con encenderse
en su interior. Si Heris Amis estaba ansioso por
hablar, Lazarus estaba tentado a rechazarlo. Sin
embargo, no disponía de tiempo para jugar al gato
y al ratón con su propia nave robada. Y definitiva-
mente, no estaba dispuesto a perder la vida. Aunque
Kestrel era más ágil, un impacto del cañón principal
del Thunderhawk podría despedazar el volador.
—Transfiere el control de ese canal a mí —ordenó
Lazarus.
En la ciberenclave de su cabina, Gretin Lan asintió.
Una runa se materializó en el yelmo de Lazarus, quien
la activó, abriendo la comunicación con el Alas de
Adamantina.
Un susurro llenó su casco, seguido de una voz. Un
barítono rico, casi jovial, pero extrañamente grueso
y gutural.
—Lazarus. Maestro de la Quinta. Por fin —hubo un
extenso silencio, la voz esperaba una respuesta que
436
Lazarus no ofreció—. Debería haber previsto el silencio
—dijo finalmente la voz—. Es lo único que me dieron
tus hermanos hace mil años, cuando les rogué que me
escucharan, que creyeran. Silencio, roto finalmente por
el chasquido de un bólter.
Lazarus permitió que su silencio se extendiera una
vez más. Su principal objetivo en este intercambio
era ganar tiempo, darle a Kestrel la oportunidad
de cubrir la distancia. Sin embargo, la furia de
su enemigo también era un objetivo secundario.
Extendió ese silencio hasta que escuchó un sonido
parecido a un gruñido espeso y líquido, y luego
habló. Sus palabras eran uniformes, medidas, casi
aburridas, salvo por un sutil estremecimiento de
desprecio.
—Eres un traidor, Heris Amis. Una vez que com-
prendas esto, lo único que importará es tu extinción.
Se escuchó un murmullo de enfado, un preludio de
algún estallido, pero se detuvo, y la voz volvió a su
jovialidad anterior, aunque ahora parecía más tenue,
una máscara ligera sobre la ira amarga.
—Pero esos Ángeles Oscuros no lo entendieron. No
quisieron entender, y yo no podía hacerlos escuchar.
Pero a ti, eterno Maestro de la Quinta, puedo hacerte
escuchar. Y con tu historia, quizás incluso puedas
comprenderla. No fui un traidor, Lazarus. Mi alma
estaba inmaculada cuando tus hermanos me ejecutaron
por el pecado de mi pueblo, del Adeptus Mechanicus
437
—se rió, un sonido feo, espeso y líquido como el
barro—. Eres un hombre inteligente. Has descubierto
mi nombre. Pero no sabes nada de mi historia, de
por qué me sacrificaron. Podría decírtelo, pero parece
que aborreces el sonido de mi voz. Así que te dejo que
preguntes al Adeptus Mechanicus al respecto. Tal vez
ellos te lo dirán. Tal vez mil años sean suficientes para
aflojar incluso sus lenguas traicioneras. Pero no he
venido a hablarte de eso, Lazarus, mi hermano en la
muerte.
Esto le provocó ganas de gruñir, pero Lazarus
mantuvo fría su ira, la sostuvo con firmeza, bajo
control. Amis estaba provocándolo. No le daría esa
satisfacción.
—Derramas palabras como mi espada derrama
sangre —declaró con firmeza.
La risa en esta ocasión fue más áspera, forzada, y
cuando Amis habló, su ira cortó su falsa alegría.
—Hablo porque debes escuchar. Como te he dicho,
no sabes nada de mi historia. Parece que la estás
reconstruyendo con tu amiguita Erudita. Disfruta de
ese rompecabezas. Cuando finalmente lo resuelvas, me
divertirá ver cuántas piezas colocas correctamente. Pero
hay una pieza de mi vida, una pieza clave que nunca
encontrarás a menos que yo la comparta contigo, y
estoy ansioso de compartirla. Porque aunque nunca
he creído en nada, ni en el Trono ni en el Dios Máquina,
ni en la misericordia ni en la justicia ni en el perdón,
438
sí admiro algunas cosas, y una de ellas es la simetría.
Quiero hablarte de mi muerte, amo Lazarus. Quiero
contártelo porque, al igual que yo, has visto la oscuridad
que hay más allá, el vacío que todo lo engulle, y has
vuelto de él. Somos hombres muertos, hermano mío,
que hemos nacido en cuerpos nuevos, vidas nuevas, y
ahora nos enfrentamos, un Ángel Gris y un Ángel Oscuro,
decidiendo entre los dos el destino de este pequeño y feo
mundo y mucho más.
—Tú no eres mi hermano —espetó Lazarus. Su
voz seguía siendo afilada, imperturbable, cargada de
desprecio; su rabia apenas se contenía—. Esa palabra
es para hombres de honor, algo que tú no conoces.
—La palabra “hermano” pertenece a aquellos que
son mis esclavos, hermano —siseó Amis—. ¿Cómo
crees que descubrí tu renacimiento? ¿Tu caída en el
fuego y tu resurrección en un cuerpo aún mejor que el
anterior? Arranqué esos recuerdos de sus mentes con el
tacto de mi nuevo cuerpo. Esta grotesca forma de hongo
me permite vivir, vivir, y vivir para siempre, adoptando
la apariencia de un monstruo que me han dado para
sembrar sufrimiento y cosechar dolor y venganza.
Aquello casi desató a Lazarus, casi rompió la férrea
coraza que había impuesto a su ira. Por un instante,
vislumbró las llamas y sintió su contacto, pero dejó
que el calor y el dolor lo invadieran, utilizó eso y
una letanía para concentrarse en lugar de dejarse
desbordar. Permitió que el dolor recordado lo llenara,
439
convirtiendo su rabia en el filo de una navaja, algo
con lo que cortar.
—Morí como un Ángel Oscuro. Renací como un
Ángel Oscuro. Un hijo del León. Un cazador de
monstruos.
—Deshiciste tu obra y fuiste devuelto. Un espectro,
mantenido vivo por el odio y el deber. Igual que yo.
Como dije, Lazarus. Simetría.
En el yelmo de Lazarus surgió una imagen que
atravesó el haz de luz. Un rostro que acompañaba a la
voz, casi humano pero terriblemente falso. Un rostro
gris, con la piel, los ojos y todo lo demás, marcado
en sus bordes con los fragmentos corroídos de la
cibernética, goteando un fluido gris viscoso.
—Ahora soy un monstruo. Este es el cuerpo que debo
soportar —afirmó Heris Amis con una sonrisa, y el
fluido goteó entre sus dientes grises—. Sufro, sufro
y sufro. La herida que me mató nunca deja de doler.
El dolor de esa traición no tiene fin. No soy más que
sufrimiento, y sufrimiento es lo que doy. Ese fue mi
trato. Eso es lo que quiero que sepas, que comprendas,
mi hermano Lazarus. Esta es la simetría. Morí, y
algún espíritu del inmaterium, algún príncipe demonio
o entidad divina, atravesó la pequeña grieta que Ángeles
Oscuros dejó en el velo de la Puerta Roja. Me encontró
flotando hacia la muerte y me reconstruyó. Llenó mi
cuerpo con un manto gris, mi propia creación fortalecida
por el toque de esa cosa abominable, y me devolvió a
440
la vida. Porque quería alimentarse. De mi dolor, de
mi odio, de mi miseria, de mi sufrimiento. Y de todo el
sufrimiento que infligiría a los demás. Igual que ustedes.
—Eres un monstruo sádico, esclavo de un amo
sádico —expresó Lazarus con desdén—. No hay
similitud alguna entre nosotros.
—Nada —concordó Amis—, salvo que los trajeron
de vuelta a la vida, sin darles la opción de huir al vacío,
para que pudieran infligir dolor, sufrimiento y muerte a
un amo que se alimenta del mismo sustento aterrador.
¿Y aprendiste a vivir con ello, verdad? A justificar el
monstruo en que te has convertido, el horror que causas.
Simetría, Lazarus. Simetría, hermano. Somos más
semejantes que diferentes. Lo entenderás cuando venga
por ti portando tu estandarte. Cuando te capture, cuando
te destroce. Cuando te haga sufrir, hermano, como yo lo
he hecho. Cuando haga sufrir a todos ustedes.
441
entre las nubes. Ahora lo sostenía en las manos
y lo observaba detenidamente mientras su mente
rumiaba las palabras del traidor.
Arranqué esos recuerdos de sus mentes…
Daban vueltas en su cabeza, una y otra vez, y el
yelmo alado que tenía en las manos se convirtió en
el más sencillo que llevaban los Ángeles Oscuros de
el escuadrón Invis. El casco de el escuadrón Jotha. El
yelmo con cresta del Anciano Jequn.
Jequn. Anciano Jequn. Que había sido miembro
de la Primera Compañía, el Ala de Muerte. Que fue
miembro del Círculo Interno de Ángeles Oscuros. Que
conocía una parte de la historia oculta de Ángeles
Oscuros y los Caídos.
Si se habían llevado a Jequn, si Heris Amis lo tenía,
¿qué sabía ahora el gris?
Era una pregunta terrible, como casi todas sus
respuestas.
—¿Cuánto falta para Kap Sudsten? —preguntó,
como si no supiera la respuesta.
—Setenta y tres minutos —contestó la Fabricante
Locum.
Exactamente lo que había pensado. Demasiado
tiempo. Demasiado tiempo.
Cuando te haga sufrir, hermano, como lo he hecho.
Finalmente, dirigió la mirada hacia Ysentrud. El
humano descansaba en el lateral de la cabaña, en-
vuelto en mantas, con una calavera de tono rojo
442
cobrizo que le observaba con los ojos bien abiertos.
—¿Cuáles son los más antiguos relatos de los
grises?
Ysentrud parpadeó, sus extraños ojos observando
a Lazarus, con párpados rojos deslizándose sobre los
iris más brillantes.
—¿Los más antiguos?
—Los que no han crecido con los cuentos
—respondió Lazarus, recordando su papel como
Guardián del Ritual Invisible. Pensó en cómo las
historias cambiaban, y el significado se ocultaba y
se perdía—. Háblame de los primeros relatos de los
grises.
Ysentrud asintió.
—No son muchos. Solo leyendas de algo que
la gente del campo llamaba el “grizen spist”. Es
un nombre en la lengua antigua, la lengua que el
Bajo Gótico reemplazó cuando Reis se reintegró al
Imperio. El “grizen spist” era un espíritu sufri-
ente, una figura gris que vagaba sola por el bosque,
aterradora y horrenda, llorando constantemente de
dolor. El nombre se volvió “gris” cuando la gente
del campo recurrió a las Milicias, suplicando ayuda
porque aquel espíritu dejó de vagar solo y comenzó
a atacar a la gente —frunció el ceño, su expresión
retorciendo el tatuaje de la calavera—. Es más o
menos en esa época, cuando empiezan los ataques,
cuando cambia el nombre, cuando comienzan las
443
historias más tradicionales de los grises.
El “grizen spist”. El gris. El espíritu sufriente. Por
el Trono, haría sufrir a Heris Amis.
—Fabricante Locum —exclamó Lazarus, mirando
a la figura blanca envuelta en cibernéticos—. ¿Por
qué ejecutaron a Heris Amis? —No podía ver la más-
cara en su rostro, pero captó el pequeño movimiento
de sus hombros, la señal de movimiento de los haces
de músculos rojos bajo la filigrana blanca que le
habría hecho saber que se estaba defendiendo si
estuvieran luchando.
—Por traicionar a la Casa Halven y al Adeptus Me-
chanicus —respondió—. Por servir a los demonios
del Caos.
—Secretos, secretos y secretos —gruñó Lazarus.
Todos se envolvían en secretos, y ahora estaba atra-
pado en el mayor de ellos, conocido por los Án-
geles Oscuros, obligado a tenerlo en cuenta en su
estrategia—. Nos aferramos a ellos como a una
armadura mientras la galaxia arde, cuando la may-
oría de las veces no son más que Prometio para las
llamas —Demetrius le miró, pero Lazarus ignoró a
su Capellán Interrogador—. Gretin Lan. ¿Por qué
ejecutaron a Heris Amis?
Ella permanecía quieta, mientras los pájaros blan-
cos posados en la cabina agitaban sus plumas y flex-
ionaban los músculos carmesí, con garras plateadas.
Dos de ellos giraron la cabeza, fijando sus ojos color
444
vino en él. Cuando habló, su tono no era de rencor,
como él esperaba, sino más bien cansado.
—Mis superiores podrían atarme a esta roca fétida
por otro siglo debido a la revelación no autorizada.
Pero mil años parecen suficientes, y esta situación
es calamitosa. Heris Amis fue ejecutado porque
obedeció órdenes. Órdenes que no provenían de los
Poderes Ruinosos, sino del Adeptus Mechanicus.
—¿Entonces la Casa Halven tenía razón? —preguntó
Ysentrud—. Ustedes los atacaron.
—No —respondió la Fabricante Locum—. La falla
con los Caballeros fue el resultado de un experi-
mento desesperado. Heris Amis, un Visioingeniero
encargado de los rituales de mantenimiento de los
Caballeros de la Casa Halven, tenía otras tareas. Con
habilidades en biología y formación previa como
genetor, un erudito de la ciencia de la vida, comenzó
a estudiar las formas de vida de Reis. Su enfoque
se centró en una entidad menor, el moho conocido
como manto gris.
»La neurotoxina de esa cepa de moho se convirtió
en el principal interés de Heris. El Visioingeniero
creía que, con ciertos refinamientos, podría conver-
tirse en un fármaco capaz de potenciar la integración
entre sistemas biológicos y cibernéticos. Heris Amis
había persuadido a su Fabricante Locum de esto justo
antes de la Guerra de la Puerta Roja.
»He estudiado los registros. La secuencia de er-
445
rores que llevó a la ejecución de Heris Amis es evi-
dente en retrospectiva, y no puedo censurar a mis
predecesores por las consecuencias no intencionadas.
Excepto por la abrogación de su responsabilidad y la
traición a Heris Amis. Cuando la Puerta Roja se abrió
y los demonios de la disformidad hostil iniciaron su
incursión, los Caballeros de Sudsten fueron destrui-
dos, y la Casa Halven preparó sus fuerzas del norte.
Pero el Adeptus Mechanicus de Forja Norsten ya sabía
cuál sería el resultado. Los Caballeros del norte de
la Casa Halven serían destruidos también, y este
planeta caería. La situación era calamitosa. Así que
el Fabricante Locum propuso una solución desesper-
ada. Los experimentos con sirvientes que utilizaban
cepas genéticamente alteradas de manto gris habían
mejorado significativamente el rendimiento. Se
conjeturó que si estas cepas se introducían en los
Caballeros restantes de la Casa Halven, lograrían
resultados equivalentes entre el Caballero y el piloto,
produciendo una ejecución mejorada que podría
permitir a los Caballeros alcanzar la victoria en el
conflicto o al menos reducir lo suficiente a los de-
monios para que las fuerzas del Adeptus Mechanicus
pudieran alejarlos de la forja.
»Según las transcripciones, Heris Amis tuvo sus
dudas, pero al final accedió al intento. Sin embargo…
—Gretin Lan, envuelta en sus cibernéticos, se
encogió de hombros—. Los resultados fueron
446
lamentables. La cepa de manto gris que creó
apresuradamente para los Caballeros funcionó al
principio, pero luego resultó tóxica, y las vidas de los
pilotos terminaron abruptamente.
Las vidas cesaron, y el pueblo de Reis quedó com-
pletamente desprotegido hasta la llegada de los Án-
geles Oscuros. El resto era demasiado fácil de prever.
—¿El Adeptus Mechanicus inventó la historia de
que Heris era un siervo de los Poderes Ruinosos?—
preguntó Lazarus.
—No —respondió Gretin Lan—. La situación no
evolucionó tanto. Los Ángeles Oscuros acusaron al
Visioingeniero de traición, y el Fabricante Locum
simplemente guardó silencio. No negaron la
acusación, y Heris Amis fue ejecutado. Los registros
indican que el Fabricante Locum pensó que tal
proceder simplificaría la situación y aliviaría las
tensiones con la Casa Halven.
—Se simplificó para ellos —murmuró Ysentrud,
disgustada, y Lazarus levantaba una mano para
silenciar a la Erudita.
—¿Y eso fue todo?
—En esencia —respondió Gretin Lan—. Después,
el Adeptus Mechanicus reclamó el cuerpo del Visioin-
geniero. Los exámenes preliminares indicaron la
presencia de al menos una cepa de manto gris en
su organismo, que infectaba su sistema nervioso y
su cerebro. Esto se consideró el resultado de una ex-
447
posición accidental durante su creación. Se impidió
realizar más exámenes después de que el cadáver
desapareciera por razones desconocidas. Yo había
teorizado que el Fabricante Locum lo incineró, para
evitar investigaciones detalladas. Ahora conjeturo
que Heris Amis pudo haberse marchado.
—Es probable —dijo Lazarus, volviendo a mirar
su yelmo. Heris Amis tenía motivos para estar
enfadado, pero no importaba. Nunca había una razón
suficiente para entregarse a los Poderes Ruinosos,
para convertirse en un monstruo que se alimenta de
la humanidad.
—No se ha dado respuesta a la consulta origi-
nal propuesta por tu mutante —dijo el Fabricante
Locum—. Con respecto a lo que dijo el gris.
—¿Crees que el Maestro de la Quinta te debe algo,
Fabricante Locum? —La voz de Demetrius era baja,
pero la amenaza retumbante que contenía era clara.
Lazarus lo interpeló con firmeza, y aunque su
hermano simplemente asintió, el gesto fue suficiente
para que se retirara en silencio.
—Responderé por Ysentrud. Y por mis hermanos.
Y por usted, Fabricante Locum, por finalmente ser
honesto conmigo —sentenció con determinación—
. El gris es Heris Amis. Heris Amis es el gris. Al
parecer, algún poder del inmaterium pudo atravesar
la falla en el parche sobre la Puerta Roja y tocarlo
cuando estaba muriendo. Este poder fusionó su sucia
448
hechicería con la ciencia de Heris Amis, transfor-
mando la cepa de manto gris que había creado en
algo repugnante. Algo que lo devolvió a la vida y le
permitió infectar… casi cualquier cosa, al parecer.
Puede controlar a la gente, a los sirvientes, a los
cogitadores de la forja del Adeptus Mechanicus… y
tal vez incluso a los Marines Espaciales. Al menos
puede matarnos y tomar nuestros recuerdos. Heris
Amis se ha convertido en un monstruo, no solo en
su cuerpo, sino en muchos cuerpos. Es una infección
que se extiende por el planeta, una enfermedad que
se tragará a todo ser pensante que lo pise. Y cuando
lo haya hecho, creo que su intención es propagarse.
—¿Marines Espaciales? —expresó Ysentrud
horrorizada—. ¿Incluso a usted?
—Debemos aceptar esa posibilidad —afirmó
Lazarus—. Lo que significa que puede haberse
llevado a algunos o a todos los escuadrones que
envié a erradicar el nido bajo el volcán.
—¿Podría controlar a Jequn? —inquirió Demetrius,
y Lazarus asintió. Las manos de Demetrius se
cerraron en puños, y la ceramita crujió. Lazarus
sabía que no solo pensaba en un hermano perdido,
sino también en los secretos que guardaba el Anciano.
Secretos que, de perderse, atraerían a Azrael y a todos
los Ángeles Oscuros a este mundo, para arrasarlo en
llamas.
—No puedo creerlo —exclamó el Apotecario As-
449
beel, sacudiendo su cabeza con el casco—. Afirme
lo que afirme este traidor, Maestro Lazarus, no
puedo creer que este gris pueda afectarnos. No
somos mortales. Nuestros cuerpos son a prueba de
la infección más mortífera.
—Nuestros cuerpos pueden estar a prueba de ella
—dijo Ephron sombríamente—, pero esta creación
del Adeptus Mechanicus, esta mutación, fue dis-
eñada para facilitar la unión de carne y máquina.
Puede que el gris no sea capaz de infectar nuestros
cuerpos como lo hace con los mortales, pero puede
que sea capaz de atacarnos de otra forma. A través
de nuestro caparazón negro, el órgano sagrado que
nos une a nuestra armadura.
—Sacrilegio —siseó Asbeel, y Lazarus asintió—
. Todo esto, desde que Heris murió, desde que su
manto gris fue tocado por los Poderes Ruinosos, es
eso. Sacrilegio. Sufrimiento. Venganza.
—Venganza —los tres pájaros blancos de Gretin
Lan lo observaban ahora—. Venganza con alcance,
crees. Maestro Lazarus, consideras que Heris Amis
tiene planes de expansión, lo que implica que no
crees que esta venganza termine contigo. Con mi
forja. Con Reis.
—No —afirmó Lazarus—. Heris Amis ha tenido
mil años para concebir su venganza. Creo que sueña
con una retribución aún más vasta. No puedo decir
cuál es, pero me encargaré de que llegue a su fin
450
—Lazarus sostuvo el yelmo entre las manos, y por un
instante, el verde y el dorado parecieron arder. Sin
embargo, cuando las llamas retrocedieron, el metal
no mostraba señales de quemaduras; en cambio,
presentaba costras de moho y sangraba un líquido
gris y espeso como la sangre. Sus manos se tensaron
sobre el yelmo, apartando la visión, pero en su mente
resonaba la voz de Heris Amis.
Un Ángel Gris.
¿Qué estaría sucediendo con los hombres que había
dejado atrás? ¿Con Jequn, su Antiguo, guardián del
mismo terrible secreto que los había enviado aquí,
aunque de manera indirecta? Un secreto cuya sombra
distorsionaba esta misión, aunque los Caídos no
tuvieran nada que ver con ella.
Ángel Oscuro. Ángel Gris.
—Veré que esto termine ahora —gruñó, y su voz
llenó la pequeña nave—. Veré a mis hermanos
regresar, a los Grises destruidos y a Heris Amis
realmente, finalmente, muerto.
451
Capítulo 24
E
l transporte de la Fabricante Locum se retorció
en el aire, e Ysentrud se sentó en el suelo de su
cabina destruida, agarrando un puntal con la única
mano que le quedaba mientras el mundo giraba. Los
gigantes acorazados que se agolpaban a su alrededor
parecían girar y bailar mientras arriba y abajo se
convertían en cosas nominales, sugerencias que aún
no se habían decidido, y ella cerró los ojos, esperando
que la oscuridad ayudara a calmar las cosas.
De hecho, empeoró las cosas.
—¿Estás bien, Erudita?
Al abrir los ojos, sólo pudo ver una calavera col-
gando ante ella, un horror sonriente como el que
la había atacado en el conducto, y se estremeció.
Pero esta calavera era mucho más grande y sus ojos
brillaban en rojo y verde, no en azul. Demetrius se
había inclinado tanto que ella pudo ver el reflejo de su
propia cara de calavera roja en el metal pulido de su
máscara. Parecía una cosa muerta, resucitada para
atormentar a los vivos con su dolor, lo que parecía
452
una descripción exacta de su estado actual, pero ella
se limitó a asentir.
—Estoy bien, mi señor —una enorme mentira,
pero era todo lo que podía decir, y el mundo se detenía
lentamente a su alrededor, arriba y abajo decidiendo
finalmente sus lugares una vez más.
—Kap Sudsten está cerca —dijo Gretin Lan desde
su nido cibernético en la cabina—. El humo ascen-
dente indica una combustión significativa.
—Acércate —ordenó Lázaro—. Quiero ver lo que
está pasando.
La Fabricante Locum asintió, e Ysentrud sintió
que el volante empezaba a inclinarse. Una pequeña
escotilla se abrió en el techo de la cabina y un delicado
conjunto de relucientes puntales se desplegó desde el
interior. Parecían las delgadas antenas de un insecto,
cada una con un ojo nublado y facetado en la punta.
Cuando se hubieron desplegado, los ojos se volvieron
transparentes y empezaron a brillar, y bajo ellos una
nube de luz cobró vida. Era un holoproyector, se dio
cuenta Ysentrud cuando la imagen de la tierra tomó
forma, pero sus proyecciones eran mucho más claras
que las que había visto nunca. La imagen apocalíptica
que dibujaba era horriblemente detallada.
Kap Sudsten ardía.
La ciudad en la que Ysentrud había nacido y crecido
era un mosaico de fuego, humo y disturbios. El
distrito industrial era un mar de llamas, con fábricas
453
y almacenes ardiendo, vertiendo grandes torres de
negro hacia el cielo. Los incendios se extendían a
otros distritos, engullendo lentamente bloque tras
bloque manchados de moho. Donde no había fuego,
las calles estaban abarrotadas de gente, huyendo de
las llamas y luchando entre sí.
—¿Todo eso por una sola transmisión? —dijo
Ysentrud, observando horrorizada el holograma.
Podía ver la sala del Wyrbuk, aún distante de
las llamas, pero las calles circundantes estaban
abarrotadas, repletas de multitudes agitadas.
—No —afirmó Lazarus. Sus ojos cibernéticos y
mejorados podían distinguir detalles que los de ella
no alcanzaban—. Hay grises en esas multitudes.
Luchando y saqueando. Deben haber tenido túneles
bajo la ciudad. Heris lleva siglos planeando este día.
Ysentrud apartó la mirada de la sala circundada,
su hogar durante tanto tiempo. No quería ver si sus
puertas habían sido forzadas, no quería saber si el
Erudito Thiemo o Heze estaban luchando por sus
vidas en esa turba. Mirando al suelo, susurró una
plegaria de salvación al Trono.
—El teniente Zakariah está en la base de las Mili-
cias Domésticas de Reis —dijo Lazarus—. Puedo ver
las ráfagas de plasma. Vamos a…
—Dos firmas han aparecido en el auspex —anunció
Gretin Lan, su voz rápida y aguda—. Thunderhawks,
en aproximación rápida.
454
Ysentrud miró hacia atrás a tiempo de volver a
marearse cuando el holocampo giró de repente y
se convirtió en una ventana al cielo. Dos manchas
negras surcaban el aire, aumentando a medida que
se acercaban y resolviéndose en las formas en bloque
de los transportes de Ángeles Oscuros.
—El que va en cabeza es Garra, la nave del Her-
mano Cadus —explicó Ephron—. La que va detrás,
intentando derribar a Talon, es Alas de Adamantina.
Destellos de luz láser y ráfagas de llamas surgían
de Alas de Adamantina mientras el transporte robado
disparaba a Garra, que se retorcía y rodaba por el
aire, intentando esquivar todos los disparos, pero
algunas marcas negras cruzaban su blindaje y uno
de sus motores tartamudeaba, echando humo. El
esquive no siempre funcionaba, y cuando las naves
se acercaron, un Lanza Brillante de energía alcanzó
a Garra en un ala, fundiendo un surco en su blindaje.
El Thunderhawk se tambaleó y se recuperó, pero ya
no esquivaba. Se sacudía y traqueteaba de un lado a
otro, luchando obviamente por no entrar en barrena,
al tiempo que perdía altitud de forma lenta pero
perceptible. Alas de Adamantina se alineaba detrás de
él, con las armas en ristre, cuando Lazarus habló.
—¡Fabricante Locum!
—Ya estoy calculando —dijo con calma—.
Prepárense para maniobrar.
Y eso fue todo lo que Ysentrud consiguió antes de
455
sentirse aplastada contra la pared de la cabina. El
volador empezó a ascender e Ysentrud empezó a caer
hacia atrás, pero una mano con guanteletes la agarró,
tiró de ella y la acunó con sorprendente suavidad
contra una coraza blindada.
—Estabas invocando su protección, ¿verdad?—
retumbó Demetrius, pero Ysentrud se mordió la
lengua, sin ganas de mentir ni de vomitar. Todo
se movía, giraba, excepto el holograma que tenían
delante, que se ajustaba suavemente a la trayectoria
del volador a través del cielo. La nave del Fabricante
Locum surcó el aire y se situó justo encima de Alas de
Adamantina, igualando exactamente la velocidad del
transporte mientras se cernía sobre la nave, mucho
más grande.
Una escotilla se abrió en el suelo de la cabina, cerca
de donde estaba sentado Gretin Lan. El viento, la luz
y el estruendoso sonido se colaron por la pequeña
abertura, y en esta tormenta dos de los diminutos
cráneos de pájaro cayeron y desaparecieron. La
escotilla se cerró tras ellos, y entonces el volador se
despegó, retorciéndose y zambulléndose mientras
las dos calaveras se clavaban en el espacio donde el
cañón principal de Alas de Adamantina se unía a su
casco. Explotaron, dos pequeños destellos de fuego,
y Gretin Lan se alejó en picado del Thunderhawk tan
rápido como pudo. Aun así, el volador se agitó y
tembló cuando la onda expansiva de otra explosión lo
456
golpeó. Las calaveras debieron golpear la munición
del cañón y desencadenar una reacción en cadena
que desgarró las entrañas del transporte.
Ephron rezó por el Thunderhawk perdido mientras
se despedazaba, y grandes trozos blindados caían
del cielo envueltos en llamas para estrellarse contra
un grupo de bloques habitacionales muy por debajo,
sembrando más fuego y muerte en la ciudad mori-
bunda.
Ysentrud susurró y se desmayó.
—Estará bien.
Ysentrud reconoció la voz grave de Apotecario
Asbeel y se incorporó con dificultad.
—Estoy bien —aceptó, tal vez, si era de ella de
quien hablaban. Sus pensamientos estaban un poco
confusos, pero se sentía mejor; los dolores palpi-
tantes de su cuerpo casi habían desaparecido, ex-
cepto por la molesta sensación de que el brazo dere-
cho que le faltaba seguía allí, envuelto en un manto
de espinas calientes. Pero no ardían, y las espinas
eran pequeñas—. Me has dado más estimulante —su
voz era débil y áspera, pero junto al Trono se sentía
mucho mejor.
Demetrius, que se cernía sobre ella como una
montaña con cara de calavera, gruñó, y Asbeel se
encogió de hombros. Sus servobrazos se replegaron
tras él.
—Dijiste que la necesitabas despierta.
457
—Y lo está, hermano —dijo el Capellán Interrogador—
. Gracias.
Asbeel se alejó e Ysentrud se puso en pie. El mundo
giraba a su alrededor, el vértigo no se veía afectado
por la droga, pero eso le importaba un bledo. Se
limitó a ver bailar el mundo mientras intentaba
averiguar dónde estaba.
Estaban en el campo de aterrizaje que se extendía
entre Kap Sudsten y la base de las Milicias Domés-
ticas de Reis. Era una amplia extensión de roca
agrietada, cubierta de baches y llena de hongos y
maleza. Había dos Thunderhawks a la vista, uno
a unos cientos de metros, volcado de lado y medio
enterrado en el enorme agujero que se había abierto
bajo él, el otro mucho más cerca. Reconoció a aquel
como Garra, que descansaba boca abajo sobre la roca,
con los puntales de aterrizaje rotos. Humeaba por
media docena de heridas en su piel blindada. Nadie
iba a escapar de ellas.
Ysentrud apartó la mirada de las naves destrozadas
y la dirigió hacia Kap Sudsten. La ciudad era un
montón de edificios agazapados bajo una inmensa
torre de humo negro, y de ella salía sonido. Las voces
de miles, cientos de miles, gritando y chillando.
—¿Qué está pasando, mi señor? —preguntó, con
los ojos fijos en el terrible espectáculo de aquella
ciudad moribunda.
—La Fabricante Locum nos ha soltado y se ha ido
458
—dijo Demetrius—. Está dando vueltas, por si viene
el otro Thunderhawk capturado. Y para mantenerse
alejado del suelo. Los Grises tienen túneles bajo
todo este lugar. Aparecieron en la ciudad y en la
base de la Milicia Doméstica, y minaron al Venganza
en Plegaria antes de que el Tecnomarine Meshach
supiera siquiera que estaban allí. Gretin Lan no
arriesgaría su Kestrel, y es bueno tener aunque sea
un poco de cobertura aérea.
De la dirección de la base de la Milicia Doméstica
llegó un sonido como un trueno, un estampido bajo y
ondulante que cubrió el terrible ruido de Kap Sudsten.
—¿Y eso? —preguntó.
—El teniente Zakariah está terminando de despe-
jar el cuartel general de la Milicia de Reis con los
escuadrones Revir y Nabis —respondió Demetrius—.
Los grises están huyendo hacia sus túneles.
—¿Han cogido a Petra Karn?— preguntó Ysentrud.
—No —la voz procedía de un lado, alta y débil en
comparación con la del marine espacial, e Ysentrud
apenas la reconoció. Apenas reconoció al hombre
cuando lo vio. Su traje de colores brillantes estaba
manchado y andrajoso, y el polvo y la ceniza le
marcaban la cara y el pelo. El Alto Señor Oskaran
Halven parecía un niño perdido y sucio al lado de
Ángeles Oscuros. Sus ojos, sin embargo, brillaban de
odio—. El oficial Lash Karn huyó como la mayoría
de las alimañas, de vuelta a los túneles que habían
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cavado, con las armas que robaron. Volvieron a la
ciudad, lo sé, lo sé —miró más allá de ella, a través de
la tierra agrietada y fangosa del campo de aterrizaje,
hacia la ciudad humeante que se extendía detrás de
ellos—. Cazándome a mí y a cualquiera que me sea
leal.
—Espero que arda —dijo Ysentrud, pensando en
aquel día no tan lejano en el que Petra había sonreído
mientras Sebastián se jactaba de que ellos harían su
propia historia.
—Los quemaremos —dijo Demetrius, y sus pal-
abras gruñeron con amenaza y promesa—. A Heris
Amis, todos sus grises y todos los que se alíen con
ese mal. Los quemaremos hoy y tú nos ayudarás.
Ysentrud desvió la mirada de Kap Sudsten hacia
el Capellán Interrogador. Podía ver la ciudad apoc-
alíptica en su brillante máscara, la calavera pulida
de su casco deformando el reflejo de los distantes
espectros oscuros y brillantes de humo y fuego. En
lo más profundo de su ser había miedo y dolor, y la
certeza de que si entraba en aquel infierno, no saldría
viva de él. Pero el estimulante era brillante y fuerte, y
la ayudaba a mantener el ánimo, si no tan alto como
un Marine Espacial, al menos cerca de su corazón.
—Bien —respiró Ysentrud.
Envuelta en el estímulo y en cualquier otra cosa que
Asbeel le hubiera dado, Ysentrud estaba despierta,
con la mente casi dolorosamente clara. Por eso le
460
resultaba casi imposible mirar a Lazarus, a pesar
de que estaba sentada lejos de él, medio escondida
entre un montón de suministros despojados de los
Thunderhawks derribados.
El Amo de la Quinta se desplazaba, acechando de
un lado a otro por la roca calcinada y manchada de
esporas del campo de aterrizaje como una bestia al
borde de la violencia. Sus ojos grises irradiaban una
ira severamente contenida pero aterradoramente
clara. Su escuadrón de mando se alineaba a su
alrededor: Demetrius, Asbeel y el Bibliotecario Ra-
ziel, junto con los Tecnomarines Cadus, Meshach
y Ephron. También se encontraba un nuevo Ángel
Oscuro, el teniente Zakariah, con la capucha de su
túnica levantada sobre un rostro marcado por el
hollín y la sangre. Habían eliminado recientemente
a los grises de la base de la Milicia Doméstica, como
indicaba la ausencia de ruidos aterradores en esa
dirección.
Todos esos hombres de semblante adusto per-
manecían en silencio, observando el paso de su líder
con la mano en la espada hasta que finalmente habló.
—Informe, Cadus —la voz del maestro de Ángeles
Oscuros era tan firme como su expresión.
—Hermano —respondió el tecnomarine—, poco
después de la transmisión enemiga, cuando tuvimos
la oportunidad de comunicarnos, nuestros sensores
colocados para mapear los túneles de los grises detec-
461
taron nueva actividad. Los grises estaban excavando
bajo Talon. Despegué antes de que la nave pudiera
ser socavada. Poco después de despegar, los vi.
El tecnomarine llevaba el casco quitado y miraba
en la misma dirección que Lazarus.
—Una docena de Caballeros de diversos patrones,
pero todos mortales. Los dos más grandes, Ca-
balleros Valientes, llevaban estandartes grises y más.
Uno sostenía el estandarte de batalla de la Quinta,
marcado con limo. Y en el otro… —los ojos del Tecno-
marine se dirigieron a Lazarus, luego se apartaron—.
En el otro, encadenado a su pierna, estaba nuestro
Antiguo. El Hermano Jequn.
—¿Vivo? —preguntó Lazarus con la voz baja.
—Sí —dijo Cadus—. El limo cubría su armadura.
Su cara. Lo vi toser y escupirlo por la boca —el tecno-
marine hizo una pausa, con la cara torcida—. Vi a los
Grises moverse alrededor de los Caballeros. Algunos
de nuestros hermanos estaban con ellos, hombres
del escuadrón Invis. Ninguno del Escuadrón Jotha,
los Exploradores.
—Por la sangre del León, no puede ser —expresó
Asbeel, pero el Apotecario guardó silencio cuando
Lazarus cortó el aire con una mano.
—¿Cuál fue la ruta de los Caballeros? —preguntó
el Maestro de la Quinta, e Ysentrud se estremeció,
tratando de acurrucarse más entre el montón de
provisiones, como si las cajas pudieran protegerla de
462
la ira en su voz.
—La fuerza se estaba dividiendo cuando los vi
—afirmó Cadus—. El Caballero Valiente con nuestro
estandarte dirigía a la mitad de los Caballeros hacia
esta base. El Caballero Valiente con Jequn dirige a los
demás hacia Kap Sudsten.
—Heris Amis busca dividirnos. Otra vez —dijo
Demetrius. En su voz profunda resonaba la misma
rabia.
Lazarus dejó de moverse, mirando al vacío, con
los dedos golpeando la empuñadura de la espada.
Cuando Ysentrud se atrevió a mirarlo, notó algo más
que ira en sus ojos. También había cálculo, frío y
preciso.
—Y se lo permitiremos —el Maestro de la Quinta
se encontró con la mirada silenciosa de su Capellán
Interrogador—. Irás a Kap Sudsten con el Escuadrón
Nabis y el Tecnomarine Meshach. Encontrarás a
Jequn y al resto de nuestros hermanos, y los liberarás.
Por los medios que sean necesarios.
—Y liberarnos a nosotros mismos —dijo Demetrius—
. Si nos infectamos como ellos.
Ysentrud levantó la cabeza para ver cómo Lazarus
miraba fijamente la reluciente máscara de calavera
de su hermano y asentía.
—Mejor la tumba que la traición.
—Las palabras del León —entonó el Capellán
Interrogador, y los Ángeles Oscuros reunidos
463
respondieron repitiendo sus palabras en un canto
profundo—. Las palabras del León.
—¿Y qué haréis, Maestro Lazarus? —preguntó
Demetrius cuando se hizo de nuevo el silencio.
Lazarus se volvió y miró hacia la jungla.
—Heris Amis me dijo que vendría por mí, portando
mi estandarte. Le creo. Así que me reuniré con él en
este campo y acabaré con esto.
Era una locura. Ysentrud no sabía nada de lucha,
pero conocía a los Caballeros, sabía por las historias
lo que podían hacer, y había doce de las grandes
máquinas contra el doble de Marines Espaciales. Dos
docenas de Ángeles Oscuros, por muy poderosos que
fueran, no podrían vencer a tantos Caballeros.
Pero mirando fijamente al Maestro de la Quinta, a
la pura certeza de su ira, ella le creyó.
464
Capítulo 25
E
l de calavera —declaró el Regente Primero—.
¿Va rumbo a Kap Sudsten, verdad?
Los Ángeles Oscuros estaban desmantelando los
suministros que habían obtenido de los Thunder-
hawks, desechando partes de equipo arcano y repar-
tiéndolas entre ellos. El montón donde Ysentrud
había estado oculta disminuía constantemente, y el
Regente Primero la localizó sin dificultad.
—Interrogador Capellán Demetrius —dijo. Hace
poco, antes de la llegada de los Marines Espaciales,
le habría aterrado dirigirse así al Regente Primero.
Ahora, parecía más humano, más vulnerable,
especialmente con su traje sucio, sus cosméticos
desvanecidos por el sudor y sus ojos cansados. Sin
embargo, su entrenamiento perduraba, y él le había
planteado una pregunta—. Sí. Pronto, el Escuadrón
Nabis se dirigirá allí.
—Tengo que acompañarlos —Oskaran la observó
intensamente, y ella le devolvió la mirada, dubita-
tiva, hasta que se dio cuenta de que esperaba que
465
intercediera por él.
—Si piensa que el Capellán Interrogador debe
hacer algo —dijo—, es libre de hablar con él.
El Regente Primero la miró con ceño fruncido y
finalmente ella, encogiéndose de hombros, bajó de
su asiento. Lazarus no la necesitaba para esta batalla
final. Era mejor que viera cómo se desarrollaba.
—Lord Demetrius —anunció, cojeando hacia el
Capellán Interrogador, con Oskaran a su espalda—.
El Regente Primero quiere hablar con usted.
Demetrius la miró con ojos desorbitados y luego
miró a Oskaran por encima de su hombro.
—El Regente Primero debería hablar por sí mismo.
Oskaran se encogió de hombros, inquieto, pero
habló.
—Se dirigen a Kap Sudsten. Quiero ir también. He
oído que mi hijo se dirige allí. Quiero hablar con él.
La tensión y las emociones de ira, frustración
y tristeza se reflejaron en el rostro apretado del
Regente Primero, visible a través de la brillante
máscara de cráneo del Capellán Interrogador mien-
tras consideraba la petición. Desapareció cuando
Demetrius se dio la vuelta.
—Tu deseo de enfrentamiento no justifica que
ralentice mi misión llevándote contigo.
La expresión de Oskaran se oscureció, e Ysentrud
lo observó, preguntándose si sería lo bastante impru-
dente como para decir algo, pero entonces otra voz
466
intervino.
—Podría ser útil, hermano —Lazarus se aproximó
con grandes zancadas, e Ysentrud se enderezó. El
Maestro de la Quinta se había mantenido en con-
stante movimiento, dando órdenes a los Ángeles
Oscuros y a los soldados de las Milicias Domésticas de
Reis. Dirigiéndolos mientras se agolpaban alrededor
de los Thunderhawks y trabajaban en las fortifica-
ciones de la base de las Milicias Domésticas—. Es
probable que Sebastián esté en el Caballero Valiente
que lleva nuestro Anciano. Su padre sería una forma
de asegurar su atención.
—Carnada entonces —señaló Demetrius—. Puedo
ver su utilidad, Maestro Lazarus.
La expresión de Oskaran se volvió aún más som-
bría, pero sabiamente se contuvo. Lazarus lo evaluó
por un momento.
—Sin comunicación, perdimos acceso a ciertos
registros sobre su mundo, Regente Primero. Esto
incluye mapas detallados de su ciudad. Puedes ayu-
dar a guiar al Capellán Interrogador a través de ellos.
El Regente Primero asintió, pero Ysentrud notó
un destello de duda en sus ojos. Se imaginó que
este hombre nunca había salido de su palacio sin un
chofer y una escolta de guardias. Probablemente no
tenía ni idea de cómo estaba dispuesto Kap Sudsten.
Pero ella sí.
—Maestro Lazarus —se obligó a hablar, confiando
467
en que el impulso le daría el valor para captar su
atención. De repente, se dio cuenta de que, a pesar de
todo lo que le había sucedido, a pesar de su debilidad
y dolor, quería ser útil, ayudar de nuevo, de alguna
manera. Estar acostada aquí, observando, era como
esperar la muerte—. Mi memoria almacena mapas
detallados de la ciudad. Podría ser de ayuda.
Sus ojos grises se posaron en ella, y ella imaginó
lo que veía: una mortal medio muerta, sin un brazo,
con tatuajes ridículos y túnicas rotas y embarradas.
Estaba segura de que pensaría que era demasiado
débil y le diría que se escondiera en algún agujero
mientras su mundo ardía. Pero asintió.
—Has demostrado que puedes, Erudita. Adelante.
—Allí, Capellán Interrogador —Ysentrud señaló
un rudimentario almacén con techo de metal oxidado
que se erguía donde el árido campo de aterrizaje
se transformaba en ciudad. Demetrius la sostenía
mientras los Marines Espaciales corrían por la ex-
tensa extensión de hormigón rocoso, sosteniéndola
como a un niño—. La calle a la izquierda, señor. Nos
llevará al palacio del Regente Primero —era una ruta
estrecha y sinuosa, menos directa que los grandes
bulevares que llevaban al mismo lugar, pero con
suerte evitaría lo peor de los disturbios y haría un
poco más difícil que los grises los descubrieran.
Hasta que decidieran ser descubiertos.
Ysentrud esperaba sentirse menos vulnerable al
468
entrar en la ciudad y verse rodeada de edificios,
pero la realidad era otra. Las calles estaban llenas
de gente corriendo en todas direcciones, con sus
posesiones desordenadas, buscando desesperada-
mente refugio. Ysentrud escrutó a cada individuo
en busca de la distintiva presencia de los grises,
pero aunque no los vio, la cantidad de ventanas,
cornisas, nichos y tejados ofrecían múltiples lugares
donde los infectados podían ocultarse y observar. A
lo lejos, divisó al Regente Principal, incómodo en
hombros del Tecnomarine Meshach, con un potente
servobrazo que lo mantenía en su sitio. Miraba a su
alrededor con la misma mezcla de terror y rabia que
ella.
Ni ella ni el Regente Principal notaron al primer
gris. Fue un Marine Espacial de el escuadrón Nabis
quien lo vio y, con un estruendo, su bólter disparó. El
sonido se perdió en la explosión húmeda y crujiente
cuando el proyectil impactó en el pecho del hombre
manchado de moho. Cuando Ysentrud giró la cabeza,
solo pudo ver un par de piernas desplomándose
desde el alféizar de una ventana, retorciéndose al
caer. La ventana, ahora manchada de sangre y carne
desgarrada, revelaba la presencia pasada del gris.
—Saben que estamos aquí —comentó Ysentrud.
—Siempre lo han sabido —respondió Demetrius—
. Acaban de rastrear nuestra posición. Debemos
cambiar de ruta.
469
—Por aquí, a la izquierda, por este callejón
—indicó ella, conduciéndolos por el estrecho y
maloliente pasadizo entre una fábrica y un almacén
convertido en precarios alojamientos y puestos
de comida. A pesar del hedor a sangre, esporas y
humo, algo voló sobre la estrecha franja de cielo
visible. Detrás de ellos, se escucharon golpes sordos,
mezclados con nuevos gritos.
—Misiles —afirmó Meshach—. Cayeron donde
pensaban que estaríamos. Pero no hubo explosiones.
¿Para qué eran entonces?
—Daño —declaró Demetrius al salir al final del
callejón. La calle, más amplia, estaba llena de gente
peleando, golpeándose con cuchillos, palos y objetos
rotos. A su llegada, los Marines Espaciales disper-
saron a la multitud, que olvidó la batalla al ver a los
imponentes guerreros.
—Por este camino, señor —Ysentrud se sumergió
en memen, navegando por el mapa mental—. Con-
tinúen siguiendo la curva —su voz se quebró al
elevarse sobre los gritos, y el Ángel Oscuro asintió,
avanzando sin vacilar. Subieron por una calle y
descendieron por otra, cruzando la ciudad a toda
prisa. ¿Cuánto tiempo les restaba? ¿Cuánto faltaba
para que Sebastián llevara a sus Caballeros a la ciudad
y comenzara la destrucción? Ysentrud no lo sabía
y no quería preguntar. Simplemente, se aferró a
Demetrius, indicándole direcciones cuando él lo
470
solicitaba, tratando de pasar por alto los gritos que
saturaban el aire, el pánico reflejado en los rostros
de la gente que huía por las calles.
Los Ángeles Oscuros eliminaron a otro gris antes de
que ella pudiera verlo, dejando otro rastro de sangre
en la pared de un callejón, y Demetrius le preguntó:
—¿Qué dirección?
—Allí —señaló una intersección, y los Ángeles
Oscuros avanzaron velozmente, mientras un grupo
de saqueadores se apartaba de su camino. Doblaron
la esquina e Ysentrud escuchó los gritos de los saque-
adores cuando un misil impactó en el lugar que
acababan de abandonar. Sin embargo, sus alaridos
se perdieron entre los exclamaciones de un Ángel
Oscuro. El marine espacial levantó su arma mientras
avanzaban, apuntando a un monstruo gris cubierto
de moho. Un gris, se dio cuenta Ysentrud, uno de esos
grises de las leyendas, no simplemente una persona
enmascarada de moho, sino las criaturas grises, ater-
radoras e inhumanas de la mitología. Sin embargo,
no parecía triste y desdichado, como cuentan las
historias. Más bien, era horrible, inclinándose sobre
un hombre, con su mano deformada sobre la cara y
su cabeza bulbosa girando en su dirección.
—¡Muerte a los impuros! —gritó Demetrius, dis-
parando su pistola bólter con la otra mano, alcan-
zando al ser en la espalda. Una lluvia de disparos
lo alcanzó, desapareciendo en el moho y explotando
471
después. Le abrieron grandes agujeros, arrancándole
un brazo, pero la criatura aún se levantó y echó
a correr, desvaneciéndose en un pasaje estrecho.
La visión de su repugnante y grotesca carrera, con
pedazos de moho y baba gris cayendo de su cuerpo
mientras se movía, provocó que a Ysentrud le dieran
arcadas, pero se obligó a reprimir las náuseas para
gritar más indicaciones al Capellán Interrogador.
Continuaron corriendo, y el estrépito de otro misil
al caer resonó detrás de ellos, aunque una vez más
no hubo explosión. Era un misterio, pero no tenían
tiempo para reflexionar. Doblaron otra esquina, y su
destino apareció de repente ante ellos.
La plaza frente al palacio del Regente Principal
estaba inusualmente quieta. Los edificios del Admin-
istratum en los otros tres lados ya habían sido saque-
ados, con puertas derribadas y formularios y placas
de datos esparcidos por las calles. El monumento a
los caídos en la Guerra de la Puerta Roja que se erguía
en medio del amplio espacio estaba destrozado, y la
fuente que se alzaba frente a él estaba colmada de
limo gris. No obstante, el palacio aparentaba estar
vacío.
Pero solo aparentaba. Aún sostenida por
Demetrius, Ysentrud sentía ojos posados sobre
ella. Muchos ojos. No obstante, intentó ignorarlos
mientras señalaba la fuente sucia.
—Allí —dijo, con voz ronca. Junto al palacio, el
472
Jardín Nocturno permanecía en pie, con sus enormes
formas de hongos ascendiendo. En la penumbra
diurna envuelta en humo, su resplandor se divisaba
vagamente. Demetrius asintió, y los Ángeles Oscuros
cruzaron la plaza rápidamente con los bólter en alto.
A medio camino, Ysentrud notó algo en uno de los
balcones del palacio, una figura que desapareció
instantes después de que los Aprendices la vieran.
Sin embargo, Ysentrud la reconocía.
—La comandante Petra Karn está dentro —gritó
cuando pasaron junto a ella.
—Se ocuparán de ella a su debido tiempo —dijo
el Capellán Interrogador al cruzar la puerta y aden-
trarse en el Jardín Nocturno.
—Esto será suficiente —afirmó Demetrius, de-
teniéndose y contemplando el laberinto de caminos
y las majestuosas plantas.
—Los Caballeros arrasarán este lugar de una vez
por todas —protestó Oskaran.
—Pueden hacerlo. Pero no lo harán —Demetrius
bajó a Ysentrud al suelo, quien trató de ignorar
cómo el mundo giraba a su alrededor—. Todas las
maniobras de Heris Amis indican que nos quiere
vivos. Enviará a sus esclavos a este laberinto tras
nosotros, y los mataremos. A todos. Incluso a
aquellos que alguna vez fueron nuestros hermanos.
Especialmente a aquellos que alguna vez fueron
nuestros hermanos. Nuestra sagrada obligación es
473
liberarlos, en nombre de nuestro Emperador, de
nuestro Capítulo, de ellos. Bajo nuestra vigilancia,
ningún Ángel Oscuro será entregado a este enemigo,
esclavizado por un poder oscuro o usado como arma
contra nosotros. Somos la espada del Emperador,
la armadura que protege a la humanidad. Somos
los Ángeles Oscuros, y no somos juguetes para los
Poderes Ruinosos.
Los Marines Espaciales congregados golpearon
sus puños contra sus corazas, generando un sonido
atronador. Y luego resonó. Un estruendo llenó
la plaza más allá del jardín. Luego otro, y otro.
Ysentrud sintió que el suelo temblaba bajo sus pies,
y observó cómo los árboles fúngicos a su alrededor
comenzaban a mecerse.
—Los Caballeros —dijo Oskaran, y en sus ojos se
reflejaba una mezcla de angustia y éxtasis.
—El enemigo se acerca —comunicó Demetrius a
sus camaradas—. Dispérsense. Mantengan viva su
fe. Un instante de descuido engendra una vida entera
de herejía. Hijos del León, ¡prepárense!
Nuevamente chocaron los puños y se desvanecieron,
adentrándose en la maraña de los jardines. Demetrius
miró a Ysentrud.
—Has cumplido bien, Erudita. Ve y ocúltate. De lo
contrario, perecerás en esta contienda.
—Quizá, señor —respondió ella. Antes no había
buscado esto. Ahora tampoco lo deseaba—. Tal vez
474
sea el impulso el que hable, pero no quiero recluirme
y permitir que la historia avance sin conocer su
desarrollo. Quiero presenciarla. Quiero ser parte de
ella.
—La historia es una bestia voraz, sanguinaria
en sus dientes y garras —afirmó el Capellán
Interrogador—. Pero has ganado el derecho de
elegir. ¿Puedes permanecer cerca y en silencio?
Ella contempló la calavera roja en su rostro, refle-
jada en la pulida superficie metálica, y asintió. Él
respondió con el mismo gesto, y ella experimentó
una oleada de orgullo que le devolvió la sensación al
mundo que giraba a su alrededor. Cuando él se alejó,
ella lo siguió, tropezando solo un poco.
475
este planeta.
—El Emperador protege —dijo Lazarus—. Pero
el universo rara vez es generoso. Trabajamos con lo
que tenemos.
En su mente, repasó los preparativos. Los tecno-
marines habían instalado sensores en toda la base
y sus alrededores, y habían destruido la mayoría
de los túneles que los grises usaban para invadir la
base. La mayoría. Ahora, los trabajadores levantaban
nuevas fortificaciones a toda prisa. Podía verlos más
allá del muro, cavando trincheras en el suelo embar-
rado. Había reclutado a todos los sobrevivientes del
ataque de los grises, pero el progreso era lento. Si la
Casa Halven no hubiera tenido prejuicios contra los
sirvientes, ya estarían trabajando.
O aquí no habría ciudadanos para reclutar, y
Lazarus estaría asaltando otro bastión invadido
por los Servidores.
Lazarus cerró los ojos, apretando la empuñadura
del Filo de la Enemistad. Cada recuerdo de la ha-
bilidad de Heris Amis para dominar a otros con su
capa gris, creada por genes y potenciada por el Caos,
le traía a la mente una imagen. La del Anciano
Jequn, encadenado a la pierna de un Caballero, con el
rostro deformado por la ira y el dolor, y la armadura
salpicada de gris.
El Tecnomarine Cadus había capturado imágenes
con su Thunderhawk al pasar junto a los Caballeros,
476
y Lazarus podía visualizarlas en su mente. Una
docena de bestias adamantinas avanzaban a grandes
zancadas por la jungla; las primeras destrozaban los
árboles con enormes espadas sierra. Los estandartes
grises ondeaban desde los dos más imponentes,
los Caballeros Valientes. Y Jequn, encadenado a
una de esas máquinas, y el estandarte de la Quinta,
manchado de gris, colgando del otro.
Lo entenderás cuando venga por ti llevando tu es-
tandarte.
Heris Amis se había llevado a sus hombres. Se
había llevado su estandarte. Y si quebrantaba la
mente de Jequn, se llevaría los secretos de los Caídos.
El maestro gris debía ser consumido por las llamas,
y cada vez que lo pensaba, Lazarus se veía envuelto
en el fuego, percibía su contacto en lo más profundo
de su ser y ansiaba la furia.
Pero se contuvo. Su momento llegaría. Pero aún
no.
Desde abajo resonaron gritos y el estruendo de
motores cuando dos enormes cargueros 8 entraron
en el recinto. En equilibrio sobre sus estructuras
reforzadas yacía Garra. Con lentitud, entre el quejido
del metal bajo la carga, los transportes arrastraron
la nave hasta la posición actual de Venganza en Ple-
garia. Ningún Thunderhawk podía alzarse al vuelo,
pero sus cañones estaban operativos y eran los más
grandes disponibles.
477
Lazarus revisó su cronómetro, que marcaba la hora
estimada de llegada de los Caballeros. Ya faltaba poco.
Cerca, y volvió a sentir las llamas.
—Pronto estarán sobre nosotros —reprimió el
fuego interior— ¿Está preparado, teniente?
—Preparado— Zakariah observó la jungla, en si-
lencio y expectante—. Contamos con un escuadrón
de hermanos, unos cientos de combatientes irregu-
lares, dos Thunderhawks en tierra y ningún vox. En-
frentamos a seis Caballeros, un número desconocido
de milicianos mortales, y tal vez algunos de nuestros
propios hermanos, esclavizados a la voluntad de este
traidor enemigo. El destino ha dispuesto un sombrío
tablero para la Quinta hoy, pero no debemos flaquear.
Y no lo haremos. Estaremos preparados.
—Somos los hijos del León. Vivimos para luchar.
Luchamos hasta que morimos —Lazarus esbozó una
sonrisa, pero no había rastro de humor en ella—. Y a
veces nos levantamos y volvemos a la batalla.
Zakariah inclinó la cabeza.
—Que todos luchemos tanto y tan bien como usted,
maestro Lazarus —en sus palabras se percibía una
vacilación, una pregunta sin formular.
—Lucharías mejor si no hubiera enviado a la mitad
de nuestras ya fragmentadas fuerzas con nuestro
Capellán Interrogador —comentó Lazarus.
Zakariah frunció el ceño.
—No estoy cuestionando su decisión, maestro
478
Lazarus.
—Lo sé. Solo desearías entenderlo —Lazarus in-
haló profundamente. Le gustaría poder explicárselo
a su teniente, pero Zakariah no era parte del Círculo
Interior. Odiaba no poder revelar por qué había en-
viado a Demetrius tras Jequn. Demasiados secretos
los ataban, tirando de ellos en direcciones opuestas.
Odiaba esos secretos, pero allí estaba, arriesgando la
caída de la Quinta, tal vez la caída de todo el Capítulo,
para protegerlos. Porque eso era lo que había jurado
hacer.
—Entiende esto —expresó—. Es crucial que este
enemigo no capture a ninguno de nosotros, porque
ver a un hermano esclavizado así es algo monstruoso.
Pero es de suma importancia que ni el Anciano Jequn,
ni el Capellán Interrogador Demetrius, ni yo mismo
seamos capturados. Si sucediera, asegúrense de cen-
trar su misión en nuestra eliminación. No permitan
que el enemigo haga uso de nosotros.
—Entiendo, Maestro Lazarus.
No lo entendía del todo, pero seguiría las órdenes,
Lazarus lo sabía. Incluso aquellas que detestaba.
—Te he preparado para enfrentarte a estos Ca-
balleros, hermano, y al ataque de Heris Amis. Creo
que su estrategia inicial será retroceder y atacarte
a distancia primero. Las armas de los Caballeros
superan a todas las nuestras, excepto los cañones
de los Thunderhawks. Y si puede hacer algo para
479
propagar su infección, lo intentará también. Debes
resistir todos sus ataques —se detuvo, frunciendo
el ceño. Tenía muy poca información—. Tienes lo
que tienes. Planifica en consecuencia —las palabras
del maestro Baltasar resonaron en su cabeza una vez
más—. Resistirás y distraerás —le indicó Lazarus a
su teniente—. Atraerás el fuego del enemigo sobre ti
y eliminarás a las tropas terrestres que encuentres.
Incluso si son nuestros hermanos. Especialmente si
son nuestros hermanos. Esto me dará la oportunidad
de enfrentarme a Amis.
Su única oportunidad.
—Maestro —expresó Zakariah—, podríamos
acompañarle. Yo y la mayor parte de el escuadrón
Revir, solo necesitaríamos dejar atrás a la Tecno-
marine Cadus para que se encargue de los cañones
—dudó—. Quizá algunos más para vigilar a las
Milicias Domésticas.
—Requerirá que todos ustedes los vigilen. De
lo contrario, se romperán en el momento en que
aparezcan los Caballeros —afirmó Lazarus—. Y
tengo otro deber para ti. Si fallo, si caigo, tú y el
Escuadrón Revir tienen que retroceder —el Maestro
de la Quinta notó el cambio en Zakariah, la ira y la
negación presentes en la forma en que su teniente
se sostenía—. No hemos visto a ningún Primaris
capturado por los Grises. Quizá sea casualidad, pero
tal vez Heris Amis no pueda infectarnos. Por eso el
480
Escuadrón Revir está contigo, y por eso, si me matan,
te retirarás y te centrarás en enviar un mensaje a
nuestra nave o a la Roca. Deben saber lo que pasó aquí
—Azrael entendería exactamente el peligro. Todo el
poder de los Ángeles Oscuros caería sobre Heris Amis,
concentrado por el Círculo Interior.
En este caso, Lazarus tuvo que reconocer que su
obsesión por proteger sus secretos resultaría muy
útil.
—Haremos lo que nos ordene, maestro Lazarus
—dijo Zakariah, con la voz cuidadosamente
controlada—. Pero no llegaremos a eso. El León
te verá victorioso.
—El León me verá —respondió Lazarus. Su pri-
marca vería a su hijo furioso. Exigiendo retribución.
Lazarus rezó para que eso fuera suficiente mientras,
a lo lejos, los puntos negros de los pájaros surgían
de la jungla. Un árbol enorme, uno de los gigantes
que alzaban sus ramas por encima del resto de la
copa, tembló y desapareció de repente, arrastrado
bajo los demás árboles—. Heris Amis está aquí
—Lazarus miró a lo que quedaba de su escuadrón de
mando: el Apotecario Asbeel, el Tecmarine Ephron y
el Bibliotecario Raziel—. Iremos a su encuentro.
481
Bajaron atronadoramente las escaleras del cuartel
general de las Milicias Domésticas. El marino técnico
Ephron condujo a Lazarus y a los demás al sótano,
a través del subsótano mohoso y goteante, y luego
por una rampa fangosa a uno de los túneles que los
grises habían torcido a través de la tierra para llegar
a la Milicia de Reis.
—Mapeamos estos túneles, al igual que el Her-
mano Cadus cartografió los cercanos a la Puerta
Roja —informó Ephron. El tecnomarine extendió
la mano y tocó a Lazarus, conectando sus armaduras
para transmitir información a pesar de la confusión
que bloqueaba sus canales de vox. Un esquema
parpadeó dentro del casco de Lazarus, revelando un
intrincado mapa de túneles que se retorcían como
capilares a través de la carne de este mundo. Aunque
Lazarus había ordenado el derrumbe de algunos,
había asegurado que otros permanecieran abiertos,
especialmente aquellos que se extendían bajo el
claro calcinado de la selva que rodeaba la base de
las Milicias Domésticas de Reis. Era en este claro
donde Lazarus anticipaba que Heris Amis llevaría a
sus Caballeros—. Los sensores sísmicos detectan
la aproximación de los Caballeros —añadió Ephron.
Su otra mano tocaba un cable conectado a la red de
sensores desplegada apresuradamente alrededor de
la base, creando un enlace directo.
—Llévanos tan cerca como puedas, hermano
482
—indicó Lazarus, y Ephron asintió, avanzando
por los estrechos túneles mientras los demás se
quedaban atrás.
Cuando venga a por ti portando tu estandarte.
Las palabras resonaron en la mente de Lazarus.
Aunque consideraba la posibilidad de que el desafío
con el estandarte fuera un truco de Amis, sabía que
la realidad no se preocupaba por sus creencias.
—Hermano Raziel —llamó en voz baja, pero
resonó en el oscuro túnel—. ¿Sientes algo?
Aunque la respuesta de Raziel no tardó en llegar,
Lazarus aún sentía sus puños cerrándose con ira. Su
resentimiento hacia el psíquico podría ser irracional,
pero persistía, y la rabia fría que lo envolvía solo lo
intensificaba. Finalmente, Raziel habló.
—Las corrientes del sufrimiento aún fluyen, miles
de hilos entrelazándose hacia la Puerta Roja. El lugar
donde convergen está ante nosotros, en la jungla,
cada vez más cerca. Estoy seguro de que Heris Amis
es el punto focal de esa miseria, el recolector que la
devuelve a la sombra más allá de la puerta, y está por
llegar.
Eso era suficiente, junto con el desafío del es-
tandarte. Tenía que ser suficiente. Sabía lo que debía
hacer. Este plan era una apuesta desesperada, pero
todas las opciones se habían agotado, y esto era lo
que le quedaba.
—Pronto entonces, hermanos —afirmó—. Pronto
483
pondremos fin a esta cacería, recuperaremos nue-
stro estandarte, liberaremos a nuestros hermanos y
mataremos a este monstruo que se atreve a esclavizar
a los nuestros y a quienes protegemos. Porque somos
los Ángeles Oscuros, somos los hijos del León, el
Primero del Emperador, y no fallaremos.
Sus palabras resonaron con certeza, y empuñó el
Filo de la Enemistad con una furia fría y concentrada.
A pesar de ello, Lazarus podía sentir el espectro de
las llamas danzando sobre su piel, esperando para
consumirlo a él y sus valientes promesas.
484
Capítulo 26
D
emetrius e Ysentrud hallaron un escondite en
lo alto de la muralla, oculto tras una maraña de
enredaderas, que daba a la plaza. Se acomodaron,
atentos al creciente rugido de los Caballeros que
resonaba como un estruendo persistente, eclipsando
los distantes sonidos del tumulto.
Ysentrud se agachó detrás del Capellán Interro-
gador, cuya corpulencia formaba un escudo entre ella
y lo que se avecinaba. Al otro lado de la plaza, más
allá del monumento despedazado, algo colosal se de-
splazó, emergiendo de entre dos edificios contiguos.
Se detuvo, envuelto en una penumbra humeante, y
el estruendo cesó. Luego, reinició su marcha, y todo
el jardín tembló cuando el primer Caballero ingresó
a la plaza, seguido por los demás.
Eran seis, imponentes máquinas bélicas de metal
que avanzaban a grandes zancadas. Monstruos gi-
gantes surgidos de la mitología: entidades antiguas y
deformes, con colosales cabezas con forma de yelmo
encerradas entre enormes blindajes, brazos que no
485
eran sino armas y piernas como columnas de metal.
Aunque recordaba sus nombres sin necesidad del
memen, estos habían sido los protagonistas de gran
parte de la historia de Reis; sin embargo, ninguna
antigua narrativa describía adecuadamente la ater-
radora presencia que manifestaban. Su tamaño
resultaba abrumador, pero se movían con precisa
elegancia, sus patas con garras avanzaban inex-
orablemente, cual grandes aves cuyos pasos hacían
temblar el suelo. Sus cabezas con yelmo se movían,
girando de un lado a otro mientras sus sistemas de
auspex exploraban la ciudad a su alrededor, y sus
brazos siempre estaban en movimiento, rastreando
posibles objetivos.
Sus pilotos permanecían ocultos. Sea lo que fuere
que los controlara, ya sea humano o micelio, o una
horrorosa amalgama de ambos, estaba enterrado
en algún lugar dentro de ese entramado metálico,
resguardado por un torso fuertemente blindado. No
obstante, estaban ahí, los corazones silenciosos de
las máquinas bélicas, guiando su aterradora danza,
e Ysentrud pudo percibir un indicio de su presencia.
Un moho gris serpenteador surcaba las costuras de
los Caballeros, rellenando las grietas entre las placas
de blindaje y recorriendo sus piernas con grandes
zancadas. Goteaba de los ojos brillantes como lá-
grimas y se deslizaba desde el fondo de sus cabezas
como espuma gris, una marea enfurecida de moho
486
que chorreaba y salpicaba los ancestrales escudos de
la Casa Halven, los intrincados galardones grabados
en las placas de ceramita.
Dentro de esas criaturas moraban los grises, pilo-
tos infectados que se habían convertido en amos de
los Caballeros y sus Espíritus Máquina. Esto signifi-
caba que cada uno de ellos era una creación de Heris
Amis, un arma de su venganza. Una venganza que ya
se estaba cobrando contra los Ángeles Oscuros.
Ahora, a los pies de los Caballeros, podía distinguir
a los infectados moviéndose. Aunque parecían dimin-
utos ante esas imponentes máquinas, ella conocía
muy bien sus proporciones. Marines Espaciales,
Ángeles Oscuros. Uno de ellos carecía de casco, su
rostro al descubierto, e Ysentrud podía percibir la
indiferencia en sus rasgos. Su piel no mostraba
la máscara gris ni signos evidentes de la infección,
excepto por la opacidad aterradora de sus ojos. Sin
embargo, resultaba evidente que él y los demás
Marines Espaciales a su alrededor estaban vinculados
al plan de Heris Amis. Se movían con soltura entre
las colosales máquinas de guerra, sincronizándose
con ellas mientras atravesaban la plaza.
Pero había otro.
Este estaba sujeto a la placa de blindaje en la parte
inferior de la pierna del Caballero más imponente,
una gigantesca máquina que portaba un estandarte
gris con el escudo de la Casa Halven. Le habían
487
despojado del casco, exponiendo un rostro de fac-
ciones marcadas, con el cuero cabelludo sin cabello
y una hilera de tachuelas de servicio que destellaban
sobre un ojo oscuro. Aunque era la primera vez que
Ysentrud veía su rostro, no necesitó que Demetrius
susurrara —Jequn— para reconocer al antiguo porta-
dor del estandarte de la Quinta. Aunque ahora carecía
de su emblema, su cabeza al descubierto oscilaba
con cada paso firme del Caballero. Sin embargo,
no estaba muerto. A medida que los imponentes
Caballeros se acercaban, Ysentrud pudo notar que
tenía los ojos cerrados, los dientes apretados y los
músculos del cuello y la cara tensos. Jequn estaba
vivo y luchaba, resistía contra algo que lo hacía mover
la cabeza y gruñir, y no era difícil imaginar qué. Una
sustancia gris cubría su cuero cabelludo, descendía
por su rostro hasta el cuello y burbujeaba en las
comisuras de los labios. El gris lo poseía, Heris Amis
lo tenía, intentando infectarlo, pero Jequn luchaba
contra ello. Resistía como solo un Marine Espacial
podría hacerlo.
—Viniste aquí por él —murmuró Ysentrud.
Aunque su voz era un susurro, sabía que Demetrius
lo escucharía. Había presenciado las conversaciones
intensas y sigilosas entre Lazarus y Demetrius, sus
planes meticulosos. A pesar de que Heris Amis
ya había dividido y debilitado sus fuerzas con sus
artimañas, ahora, justo cuando los grises parecían
488
más fuertes, volvían a dispersarse. ¿Por qué?
—Por él y por cualquier otro hermano —respondió
el Capellán Interrogador. Hubo una breve vacilación
antes de la confesión—. Pero sobre todo, por él.
—¿Por qué?
—Porque los Ángeles Oscuros nunca abandonan a
un hermano —gruñó Demetrius—. Incluso si el ene-
migo se lo ha llevado. La semilla de la herejía nunca
arraigará en nuestros corazones. La erradicaremos,
o confiaremos en nuestros hermanos para que lo
hagan por nosotros. Los liberaré a todos, de una
forma u otra. Pero especialmente a Jequn, porque
en él reside un antiguo conocimiento que no debe
caer en manos de ningún enemigo, para que no sea
utilizado contra nosotros. Y porque es mi amigo.
Los Caballeros se detuvieron ante ellos, seis
máquinas de la muerte que permanecían en silencio
frente a un muro de piedra que podrían atravesar
tan fácilmente como Ysentrud rompería una tela
de araña. ¿Cómo podrían Demetrius y sus hombres
luchar contra eso? Sería una masacre.
El pensamiento debería haber sido aterrador, pero
con el estimulante, era como el dolor para ella: una
preocupación distante y molesta, fácil de ignorar.
Especialmente cuando las cosas sucedían. Al otro
lado del muro, la gente salía del palacio. Una veintena
de grises, sus rostros cubiertos con máscaras grises,
y otras dos criaturas. Bestias arrastradas y viscosas,
489
casi del tamaño de los Ángeles Oscuros. Más que
simples grises, aquellos de los cuentos, no solo
personas marcadas con hongos, sino entidades que
parecían estar compuestas por ellos. Se estremeció
al verlos, pero el miedo se disipó entre el estimulante,
la fascinación y… y la ira cuando divisó la figura que
caminaba detrás de ellos. Petra, la comandante de
los azotes, la amante de Sebastián, la traidora.
Aún estaba vestida con su uniforme de las Mili-
cias Domésticas, negro y perfectamente limpio, sin
rastro de gris, igual que su rostro. Petra no estaba
corrompida por el gris, había sido poseída por él. Ella
y Sebastián habían hecho un pacto con Heris Amis.
Juntos habían ayudado al resucitado Visioingeniero
a orquestar esta catástrofe, e Ysentrud deseaba verla
muerta.
El comandante avanzó para colocarse frente al
Caballero más grande, flanqueado por los grises.
—Los Marines Espaciales están allí —señaló hacia
el Jardín Nocturno, y la máquina inclinó la cabeza,
pareciendo fijar su mirada en el escondite de Ysen-
trud. El Caballero líder mostraba mucho menos
moho gris, solo unas pocas líneas alrededor de la
cabeza y el cuerpo.
—¿Se esconden? —la voz retumbó desde el Ca-
ballero, amplificada hasta lo abrumador, pero aun así
era claramente la de Sebastián—. ¿Ángeles Oscuros?
¿Se esconden de mí? —el Caballero giró la cabeza
490
hacia el jardín—. Antes tan ansiosos por ponerme
en mi lugar, por menospreciarme cuando vestía
el traje de Regente por venir. ¿Dónde están sus
órdenes para mí ahora que he reclamado mi derecho
de nacimiento, que he triunfado donde mi padre
y todos los necios que le precedieron fracasaron y
que me he revestido de una magnífica destrucción?
—La máquina de guerra extendió sus grandes brazos,
uno portando una enorme arma de tres cañones, el
otro un arpón gigantesco—. Abandono mis viejos e
inútiles títulos. No soy el Regente por venir. Soy
Sebastián Halven de la Casa Halven, maestro del
Caballero Valiente Rovoko, y son ustedes quienes se
inclinarán ante mí, Ángeles Oscuros.
Incluso estando detrás de él, Ysentrud podía sentir
la rabia en el Capellán Interrogador. Tanto que, a
pesar del estimulante, a pesar de saber que no iba
dirigido a ella, dio un paso atrás. Pero mientras se
movía, vio algo abajo. Un hombre salió por la puerta
del jardín y entró en la plaza. Un hombre con sucio
atuendo regio, sin armas ni armadura, que caminaba
con la cabeza alta, directo hacia el Caballero que
llevaba a su hijo.
—Tú no eres de nuestra casa —gritó el Primer
Regente Oskaran Halven. Solo, el hombre debió de
escabullirse de los demás Marines Espaciales cuando
ocupaban sus puestos en el jardín—. Eres un traidor.
Eres un cobarde. No tienes honor y no eres mi hijo.
491
—¿Traidor? ¿Cobarde? —El Caballero Valiente
de Sebastián se adelantó, haciendo que Petra se
apartara—. Tú eres el cobarde, el último de la estirpe
de cobardes que no hicieron nada durante mil años.
Eres el traidor que dejó que nuestro legado se pudri-
era en la oscuridad —Rovoko se movió de nuevo, las
garras de sus patas de metal agrietando el pavimento
ante Oskaran, pero el Regente Primero no dio un
paso atrás—. Mira esta fuerza, este poder —gritó
Sebastián—. Me lo enseñaste cuando era un niño.
Me dijiste que era mi herencia, mi derecho. Luego
me dijiste que nunca lo tendría. Porque tú y toda tu
estirpe tenían demasiado miedo de recurrir a alguien
más para ver restaurados a nuestros Caballeros. Pero
yo no, no. Yo no iba a ser como tú, satisfecho
con jugar a las simulaciones, de ver holodramas, y
esperar algún milagro. Iba a reclamar el poder que
era mío, así que encontré a alguien que me ayudaría.
Alguien que pudiera hacer que nuestros Caballeros
se movieran de nuevo.
—Y has encontrado a un monstruo —replicó
Oskaran—. Has corrompido a nuestros Caballeros.
Míralos. Goteando veneno y podredumbre.
—¡Observa cómo se mueven, padre! —exclamó
Sebastián. El arpón gigante en el extremo de uno de
los brazos del Caballero Valiente giró para apuntar al
Regente Primero—. Lloras porque me ves triunfar en
lo que tú fallaste. Lloras porque estoy cumpliendo el
492
sueño que tú eras demasiado patético para alcanzar.
Lloras porque sabes que estabas equivocado, sabes
que has perdido y que al final morirás a los pies de los
Caballeros que soñaste que algún día controlarías.
—No —afirmó Oskaran. Levantó la vista hacia
la cabeza del Caballero que le miraba fijamente—
. No lloraré. No moriré. Porque conozco a estos
Caballeros. He estudiado su historia toda mi vida.
Conozco los espíritus que los habitan. Fieros y llenos
de honor. ¡Rovoko! Mírame, el verdadero heredero
de la Casa Halven, y escucha mis palabras. El hombre
que se ha apoderado de tus controles no es digno de
ti. ¡No es digno de nada! Expúlsalo y únete a mí, y
reconstruiremos nuestra casa matando al monstruo
al que Sebastián se ha jurado.
El caballero lo miró en silencio. Pasaron los segun-
dos, e Ysentrud empezó a preguntarse. Empezó a
tener esperanzas. Observó cómo el arpón vacilaba y
caía a un lado de la gran máquina.
—¿Lo ves? —Oskaran dijo, su voz feroz—. ¿Lo
ves? Rovoko lo sabe. ¿Tuviste esto en cuenta en tu
traición? ¿El honor de los Caballeros que intentaste
robar? ¿O pensaste que lo abandonarían, como tú
abandonaste el tuyo?
—Lo único que abandoné fue mi debilidad —dijo
Sebastián—. Y la tuya. ¿Dices que tienes honor?
Mentiste sobre nuestros Caballeros, los escondiste
en la oscuridad, los abandonaste cuando tus planes se
493
vinieron abajo. Le fallaste a Rovoko como le fallaste
a tu familia, como me fallaste a mí —el Caballero
Valiente se inclinó hacia delante, levantando una
pierna, y luego la bajó. Oskaran no tuvo tiempo de
moverse, no tuvo tiempo de gritar, antes de que el pie
con garras de Rovoko lo aplastara con un estruendoso
chasquido. El Caballero Valiente clavó el pie en la
piedra y retrocedió, dejando una mancha roja—. He
dejado atrás la debilidad, padre —la voz de Sebastián
era casi suave, incluso saliendo del Caballero—. Y
contigo, y con este apestoso planeta. Tengo un billete
de salida, y me voy —el Caballero Valiente se movió,
inclinándose hacia atrás, apuntando sus armas hacia
el jardín—. Todo lo que tengo que hacer es acabar
con esto contigo.
Con un rugido chirriante, el estante de misiles
en la parte superior del Caballero se encendió. Los
cohetes salieron disparados hacia el jardín. Ysentrud
se agachó hacia adelante, apretándose contra el
blindaje de Demetrius, mientras los misiles chocaban
contra el jardín y… se rompían. No estallaron en
fuego y llamas, sino que se deshicieron en grandes
fajos de limo gris que cayeron del cielo como un
aguacero de pus. El espeso líquido, frío y apestoso a
moho, salpicó el bosque de hongos, el techo del pala-
cio, el suelo húmedo. Gran parte de esa espantosa
lluvia caía detrás de Ysentrud, sobre la parte principal
del jardín, y la armadura de Demetrius bloqueaba la
494
mayor parte del resto, pero aun así sintió que unas
gruesas gotas le caían en la nuca. Siseó y se las quitó
de un manotazo.
En el exterior, oyó la voz de Sebastián que salía del
Caballero.
—Vamos.
A través de las enredaderas pudo ver a los grises,
a los humanos normales y a los Ángeles Oscuros
corriendo hacia la puerta del jardín. Vio que el
caballero de Sebastián también se movía, con un
brazo hacia donde Jequn estaba atado a su pierna,
usando la punta de su arpón para romper las cadenas.
El Anciano cayó al suelo junto a la máquina de guerra.
Aún tenía la cara crispada, pero desenvainó la espada
y miró fijamente al caballero de Sebastián.
—Amis me dice que por fin has terminado de
luchar, Anciano. Demuéstralo y trae a tus hermanos
ante mí.
Ante ella, Demetrius levantó su crozius.
—Por el León. Por mis hermanos. Por todos los
que vinieron antes que yo y se mantuvieron fieles. Yo
cazo —luego saltó de la muralla y se adentró en el
bosque, aún empapado de gris.
—Por la sangre y la saliva del Emperador —susurró
Ysentrud. Y como no tenía otra cosa que hacer que
sentarse aquí y morir, lo siguió.
495
El estrecho túnel de tierra tembló, y una pequeña
avalancha de tierra cayó desde arriba, rebotando en
la armadura de Lazarus. En algún lugar más arriba,
los Caballeros se movían, saliendo de la jungla y
adentrándose en el claro que rodeaba la base de las
Milicias Domésticas de Reis. Heris Amis se acercaba,
preparándose para desatar su asalto contra los Án-
geles Oscuros allí reunidos, y el Maestro de la Quinta
sintió una sombría satisfacción al saber que estaba a
punto de volver contra él las tácticas de su enemigo.
Entonces, otro temblor retumbó en el túnel y la
tierra húmeda cayó; parte del pasaje se derrumbó
bajo la temblorosa pisada de los Caballeros. Lazarus
sacudió la cabeza, limpiando la suciedad embarrada
de las lentes de su yelmo, y se preguntó cuán in-
teligente se sentiría si este plan lo dejara a él y a lo
que quedaba de su escuadrón de mando enterrados en
una tumba antes incluso de que comenzara la lucha.
La mano de Lazarus apretó con fuerza su espada.
Este plan. Esta apuesta. Heris Amis le había superado
desde el principio. Reis era una trampa. La Quinta
había sido dividida una y otra vez, debilitada para que
los grises cayeran sobre ella mientras Amis reunía
fuerzas, y Lazarus había caído en la trampa. Y ahora
se estaba separando de lo que quedaba de la Quinta
496
justo cuando se acercaba el enemigo. Heris Amis
estaba en su punto más fuerte, y Lazarus había vuelto
a debilitar a la Quinta.
Lazarus comprendió lo que estaba ocurriendo. Al
final, la táctica era algo sencillo. Se trataba de
quitarle opciones al enemigo, despojarlo de posibili-
dades hasta que solo tuviera una, que era enfrentarse
a ti en el combate que tú querías. Obligarlos a entrar
en un campo de batalla que tú habías preparado
para la victoria. Pero Lazarus había aprendido algo
más a lo largo de los siglos. Era casi imposible
comprender todo de lo que era capaz tu enemigo
cuando se le acorralaba. Imposible saber realmente
lo que podría hacer cuando se le arrebataban todas las
oportunidades de sobrevivir. Eso quebró a muchos,
pero algunos… algunos arremetieron de formas in-
esperadas y peligrosas. Y después de siglos de lucha,
después de morir una vez y volver a la vida, Lazarus
comprendió una cosa sobre sí mismo. Él nunca se
rompería.
La pesada pisada de los Caballeros se detuvo por
fin. Pasó un largo rato mientras la suciedad seguía
cayendo sobre Lazarus, pero poco a poco disminuyó
y todo quedó quieto, en silencio.
—Heris Amis ha tomado su posición —dijo Asbeel
en voz baja.
El Apotecario tenía razón. Pero ¿cuál era la posi-
ción de Amis? Lazarus estaba ciego en estos túneles,
497
y maldijo a los grises por tumbar sus comunicaciones,
por despojarle de su capacidad de ver a través de los
ojos de cada hombre a su mando. Estaba acostum-
brado a ver todo el campo de batalla con una claridad
divina. Ahora estaba tan ciego como un gusano. Pero
no estaba solo.
—Necesito sus ojos, hermanos.
—Estoy restaurando mi conexión a la red de sen-
sores —anunció Ephron. El tecnomarine escarbaba
en la pared semiderrumbada, extrayendo un cable
delgado de la tierra caída, uno de los cables que había
dejado caer en los túneles al instalar los sensores
previamente. Aunque ahora estaba roto, aplastado
por la temblorosa llegada de los Caballeros, Ephron
hábilmente tejió las hebras rotas en una nueva conex-
ión para incorporarla a su armadura.
Mientras Ephron trabajaba, Raziel se acercó a
Lazarus, su presencia como una corriente de aire
frío en la espalda del Maestro de la Quinta, a la vez
bienvenida e inquietante.
—Puedo sentirlo —afirmó el Bibliotecario—.
Heris Amis es un nudo de sufrimiento, un coágulo
de dolor. Siento que está cerca, pero la red de agonía
espiritual que teje distorsiona el inmaterium a su
alrededor.
«Claro que sí», pensó Lazarus. ¿Cuándo no se ha
distorsionado el inmaterium, la materia misma del
Caos? Pero lo único que dijo fue:
498
—Necesito precisión. No sensaciones.
—La obtendré, amo Lazarus —aseguró Raziel con
voz decidida, y Lazarus esperó que el Bibliotecario
tuviera razón. Tal vez un psíquico serviría para
algo más que para agregar otro nombre a la lista de
muertos que tenía en la cabeza.
Ephron había concluido su tarea. Lazarus puso la
mano en la espalda de su hermano y abrió un enlace
en su casco.
—Estoy correlacionando datos con el cogitador
de la red de sensores. Intento trazar un mapa de la
ubicación de los Caballeros en relación con nosotros
—un mapa se materializó ante Lazarus, una repre-
sentación espacial alrededor de la base. Parpadeaban
marcas que el cogitador interpretaba como posibles
ubicaciones de las máquinas de guerra que se alzaban
sobre él. Las marcas cambiaban y se volvían borrosas,
imprecisas, sin indicar qué Caballero era cuál. La
voz de Ephron estaba tensa por la concentración—
. También intento obtener precisión. Uno de los
pictoemisores de la red ha sobrevivido.
Una ventana brillante se abrió en el yelmo de
Lazarus, una imagen del mundo superior. Aunque
inclinada en un ángulo extraño y borrosa por la mala
óptica, era visión, era conocimiento, y Lazarus lo
absorbió con avidez.
Los Caballeros se mostraban al descubierto, una
formación de seis gigantes mortales. El del cen-
499
tro, portador del estandarte gris, destacaba como
el Caballero Valiente. Desde su cabeza colgaba el
estandarte de la Quinta, manchado de moho. Los
otros Caballeros flanqueaban al líder, con el moho
goteando por sus armaduras como sangre gris. A
sus pies, un grupo de grises mortales con máscaras
grises y algunas criaturas monstruosas completaban
la escena. Sin embargo, a los ojos tácticos de Lazarus,
no eran suficientes.
«Deberías haber respaldado tu armadura con tu
infantería de manera más efectiva —reflexionó—.
Puede que hayas tenido mil años para planear, Amis,
pero deberías haber dedicado parte de ese tiempo a
estudiar cómo luchar».
Los Caballeros se detuvieron frente a la base, justo
al alcance de los cañones de los Thunderhawks y
en el límite de las armas de largo alcance de la
Quinta. Entonces, Heris Amis habló con su voz
amplificada resonando desde el Caballero central,
lo suficientemente fuerte como para retumbar en la
tierra como un trueno apagado.
—Ríndanse ahora, Ángeles Oscuros. Entréguense a
mí y que comience su sufrimiento.
Nada de juegos, sin mentiras, solo desprecio
burlón. Amis estaba demasiado confiado, y en
los túneles de abajo, Lazarus apretó con fuerza
su espada, preparándose. Pronto descubriría si
este último plan suyo era un golpe mortal o un
500
último fracaso que podría destruir la Quinta y verlo
finalmente muerto de verdad.
Zakariah dio la única respuesta que un Ángel Os-
curo daría a semejante desafío. Los cañones de los
Thunderhawks retumbaron, y un proyectil se estrelló
contra el suelo a una docena de metros a un lado de
la línea de Caballeros, mientras que otro impactó
en el suelo unos treinta metros delante de ellos.
Las poderosas máquinas de guerra permanecieron
intactas, y la infantería reunida a sus pies solo fue
salpicada por el barro que brotó de los impactos.
Los Tecnomarines sabían que apuntar con las armas
desde el suelo sería difícil. Pero lo que Lazarus
quería era el estruendo de los cañones, la amenaza,
la distracción.
Esta distracción la consiguió cuando el Caballero
Valiente de Heris Amis devolvió el fuego. Misiles
salieron disparados desde la coraza blindada de su
espalda, arqueándose hacia el campamento. A unos
quince metros del suelo, los misiles se desintegraron
y estallaron en una nube gris que cayó sobre la base.
Estaba claro que se trataba de una especie de guerra
biológica potenciada por el inmaterium, una forma
en que los grises pudieran matar o infectar. Lazarus
podía fácilmente imaginarse el caos que se desataba
en la base mientras las tropas de la Milicia de Reis
entraban en pánico bajo la lluvia gris. Mientras tanto,
los Thunderhawks dispararon nuevamente, con tiros
501
que parecían más precisos, impactando cerca de los
pies de los Caballeros y causando poco o ningún daño
a ellos, pero afectando severamente a la infantería,
dispersándola y causando bajas. Exactamente como
Lazarus había planeado.
Los Caballeros comenzaron a moverse lentamente,
acercándose, y sus escudos iónicos chisporroteaban
al ser alcanzados por los disparos de armas ligeras.
Aún no respondían al fuego, pero Heris Amis prob-
ablemente creía que ya había ganado, que podía
asediar el campamento y destruirlo en menos de un
día. Para el traidor, los Ángeles Oscuros de la Quinta
y las Milicias Domésticas no eran una amenaza a
combatir, sino un recurso que podía aprovechar.
Era el momento de mostrarle a ese traidor su error.
Era el momento, finalmente, de la rabia.
—¿Dónde, Ephron? ¿Dónde está?
—Calculando, Maestro Lazarus —el suelo tem-
blaba a su alrededor, saltando por los impactos de
los cañones de los Thunderhawks, temblando por los
impactos de los pies de los Caballeros—. El fuego
entrante está reduciendo la red de sensores, pero…—
Hubo un chisporroteo repentino, y los pictogramas
y la información que llegaban a través de la Techma-
rine a la consola de Lazarus se volvieron negros—
. Cogitador destruido —dijo Ephron—. La última
posición conocida de Heris Amis es…— Ephron se
quedó en silencio, intentando calcular, y los túneles
502
se sacudieron a su alrededor, cayendo tierra como
granizo.
—Por aquí —indicó Raziel, su voz abriéndose paso
entre el trueno sordo de la batalla y el estruendo del
lento derrumbamiento de los túneles. Por una vez, la
voz del Bibliotecario fue rápida y segura, y Lazarus
lo siguió sin vacilar mientras el Ángel Oscuro se
adentraba por estrechos pasadizos, serpenteando a
través de la temblorosa oscuridad. La ira del Maestro
de la Quinta borró su habitual desconfianza hacia
los psíquicos y sus habilidades. Fuera cual fuera
el sentido que condujera a Raziel a esta dirección,
Lazarus lo seguiría.
Corrieron por los estrechos túneles, con las luces
de sus armaduras apenas cortando las cortinas de
piedra y tierra que caían. Raziel tomaba turnos
sin vacilar, moviéndose lo más rápido que podía, y
Lazarus lo perseguía de cerca con Asbeel y Ephron
siguiéndoles.
—Adelante —soltó Raziel—. Puedo sentir su tri-
unfo a través del dolor —el Bibliotecario interrumpió
la conversación y se detuvo en seco cuando el túnel
se derrumbó y la tierra cedió al estrellarse contra el
suelo otro proyectil de los cañones de los Thunder-
hawks.
Lazarus no podía ver más allá de Raziel; no había
nada más que suciedad, oscuridad y ruido. Entonces,
un guantelete le golpeó en el hombro.
503
—¡Ahí! —gritó Asbeel, y Lazarus lo vio, una barra
de luz solar que parpadeaba entre el polvo a un lado.
—¡Ángeles Oscuros! —gritó—. Arriba —cargó
hacia la luz, abriéndose paso a arañazos por una
pared medio derruida. La luz del sol se colaba por
un agujero apenas mayor que su puño, pero él lo
rasgó, abriéndolo, y luego salió, libre, rodeado de
luz y guerra.
Los demás salieron detrás de él, desenvainando
sus armas y balanceando sus cascos mientras ob-
servaban la lucha. Estaban en medio del claro, una
zona llana quemada por la selva y cubierta de hongos.
Los Caballeros los rodeaban, gigantes de metal que
se alzaban sobre ellos, y sus pesados pies hacían
estallar los hongos carnosos que crecían en el suelo
como cadáveres putrefactos cada vez que daban un
paso. Lazarus pasó la vista por encima de los mon-
struos blindados y encontró al Caballero Valiente. La
máquina era una fortaleza andante, con su pesado
caparazón negro dorado, cosido ahora con líneas
grises. De su espalda ondeaba un enorme estandarte
gris, y bajo los ojos brillantes de su cabeza acorazada
colgaba el estandarte de la compañía de Lazarus,
manchado de barro y lodo.
—Hijos del León —gruñó—. Derríbenlo —entonces
Lazarus echó a correr.
No podía oír a los demás; el sonido de sus botas
se perdía en el inmenso ruido de la marcha de los
504
Caballeros y en la tormenta siseante y estruendosa
de los Caballeros Valiantes, que lanzaban otra oleada
de misiles a través del cielo. Pero él sabía que
estaban allí, siguiéndole a través de aquella manada
de gigantes, totalmente entregados a su locura.
Fue el orko caminante el que había desencadenado
este plan. Había derrotado a ese monstruo en Husk
con nada más que su espada y un río. Aquí no había
río, pero tenía los túneles, su rabia y el Filo de la
Enemistad, crepitando en su puño como un horizonte
de sucesos. Era suficiente. Tenía que ser suficiente.
Los Caballeros no los vieron mientras corrían. El
despegue de los misiles, el temblor del suelo, el
fuego de armas ligeras que salía de la base distante,
el rugido de los proyectiles de los cañones de los
Thunderhawks que rebotaban en los escudos de iones
del Caballero Valiante, todo aquel caos era camuflaje,
una cacofonía que abrumaba los sensores de los
Caballeros. Los Ángeles Oscuros eran demasiado
pequeños y estaban demasiado cerca. Eran la razón
por la que Heris Amis debería haber traído más
infantería.
Pero había traído unos pocos. Más adelante, entre
él y el Caballero Valiente, Lazarus vio una forma gris
que avanzaba arrastrándose. Tenía su pistola bólter,
pero la mantuvo enfundada y se inclinó hacia delante,
con el Filo de la Enemistad en alto. La cosa lo sintió
venir y empezó a girar, levantando los brazos, pero
505
Lazarus se agachó y se agachó para esquivarlos. Su
espada negra y crepitante atravesó las patas de la
cosa como una sombra, sin apenas frenar, dejando
que el monstruo cayera.
Entonces oyó un grito detrás de él.
El Maestro de la Quinta giró y vio a Apotecario
Asbeel tendido en el suelo, luchando con otro de los
monstruos grises. La cosa mohosa le estaba desgar-
rando el cuello, ignorando las cuchillas cortantes y
las sierras zumbantes del narthecium de Apotecario
mientras el kit médico cibernético le destrozaba la
espalda. Sin pensárselo, Lazarus cargó contra él y
el barro voló bajo sus pies blindados. El gris había
arrancado el casco de Asbeel, se lo había echado al
hombro y presionaba la boca del Apotecario con una
mano viscosa.
Entonces Lazarus estaba allí, blandiendo su es-
pada, cortando la cabeza de la cosa justo antes de
que su hombro chocara contra ella, derribando el
pesado cuerpo.
—Arriba, hermano —Lazarus tiró del Apotecario
para ponerlo en pie, tirando de él mientras echaba
a correr de nuevo. Heris Amis sabía que ya estaban
aquí y que tenían poco tiempo.
—Deberías haber seguido adelante —dijo Asbeel—
. No deberías haber venido a por mí.
—Viniste a por mí cuando me quemé, hermano
—dijo Lazarus—. No te dejaré para que estos mon-
506
struos te infecten.
El Caballero Valiente de Heris Amis seguía movién-
dose, poniendo distancia entre ellos, pero la gran
máquina de su flanco derecho estaba girando, el
suelo desgarrándose bajo sus garras metálicas mien-
tras giraba para enfrentarse a ellos. Era un Ca-
ballero Galante27 con una Espada Sierra en un brazo
y una gran mano con garras en el otro. Un campo
de energía parpadeante cubría esa mano, pero se
desvaneció cuando la cosa avanzó hacia ellos.
—Infección —afirmó Asbeel, lanzando otro hac-
hazo y provocando que más baba escapara de su
boca. De repente, el Apotecario tropezó, cayendo
de rodillas y sufriendo arcadas. Lazarus lo observó
caer, mientras el Caballero Galante avanzaba hacia
ellos.
—Abominación —musitó el Apotecario, luchando
por respirar—. Infección. Puedo sentirla —Asbeel
lo miró con ojos encendidos—. Vete, hermano. Esta
enfermedad debe ser erradicada desde su origen
—luego se lanzó hacia adelante, convulsionando en
27
Caballero Galante: El modelo de Caballero conocido como
Galante se especializa en el combate cuerpo a cuerpo. Ya
sea troceando, pisoteando o aplastando, un Caballero Galante
golpeará al enemigo como un maremoto. Un escudo iónico y
una gruesa armadura ayudan a asegurar que tan colosal bípedo
alcance su objetivo, mientras que la ametralladora pesada le
permite cortar en seco cualquier contraataque de infantería.
507
el lodo.
Lazarus se retorció, deseando regresar y salvar al
hombre que una vez lo había rescatado de la muerte.
Sin embargo, un grito resonó en el aire, la voz de
Raziel en tono de advertencia.
—¡Lazarus! —de manera que se apartó del Apote-
cario. Frente a él, el Caballero Galante se agachaba
y extendía la mano, su gran garra aferrándolo como
un niño que intenta atrapar un insecto.
La sombra de aquella enorme mano eclipsó el sol, y
Lazarus comenzó a agacharse, intentando rodar bajo
ella. Pero entonces una ola de frío lo invadió, paral-
izándolo. Por un momento, el mundo entero pareció
detenerse a su alrededor, la batalla se silenció, todo
quedó inmóvil. En esa fracción de claridad, Lazarus
vislumbró una docena de futuros diferentes. Intentó
agacharse para esquivar la mano, pero fue aplastado
contra el suelo. Intentó moverse a un lado, pero fue
atrapado por la mano. Se retorció, esquivó, se lanzó
hacia atrás, atacó… todos los intentos terminaron
igual, con aquellos enormes dedos cerrándose a su
alrededor como una prisión. Excepto uno. En el que
saltó.
Entonces, de repente, el tiempo volvió a su curso,
el sonido inundó sus oídos y saltó. Por poco un
dedo logró atraparlo, pero dio una patada y voló
sobre el brazo del Caballero. Cayó al suelo y rodó,
esquivando por poco un gran pie. Se puso de pie
508
y vio a Raziel mirándolo fijamente por un instante,
con los ojos rojos de su armadura brillando en un
tono azulado. Luego, el Caballero Galante intentó
golpearlo nuevamente con su mano.
Esta vez Lazarus logró esquivar el golpe, cortando
la palma del Caballero con el Filo de la Enemistad
mientras pasaba, dejando una cicatriz. Sin em-
bargo, el Caballero seguía persiguiéndolo con de-
terminación, intentando atraparlo. Aunque Lazarus
lo esquivara, estaba retrasándolo, manteniéndolo
alejado de Heris Amis. Hasta que Ephron corrió por
debajo de él, cargando un explosivo en las manos, y
lo colocó en la articulación del tobillo de la máquina
de guerra.
Lazarus hacía referencia al Caballero Valiente, pero
no tenía intenciones de discutir con su Tecnomarine.
Se esquivó de otro intento de agarre, y los dedos en
forma de garra del Caballero rasparon la tierra, afer-
rándose al vacío. La máquina giró, y una sustancia
grisácea salpicó a su alrededor, rezumando de su
cabeza como una espuma enfermiza; entonces, la
carga de la mochila estalló.
La explosión destrozó el tobillo del Caballero Va-
liente, haciéndolo tambalearse. Su sombra cubrió a
Lazarus, quien se volteó y se alejó corriendo, evi-
tando su colapso. Observó que Ephron también
corría, a un lado y adelante de él, aparentemente
a salvo, pero cuando el Caballero se estrelló contra
509
el suelo, lanzó su gigantesca Espada Sierra. Las
cuchillas giratorias atravesaron los hongos, la tierra,
y la punta se estrelló contra el Tecnomarine. Cayó,
con una de sus piernas arrancada y lanzada por un
enorme diente ganchudo.
Lazarus no tuvo tiempo de maldecir. Heris Amis
seguía en movimiento, su Caballero se alejaba, y
todos morirían si él no caía. Así que corrió, pre-
cipitándose más allá de donde yacía su hermano,
dejándolo como había dejado a Asbeel. El Caballero
Valiente estaba justo delante, la gran máquina se
detenía y comenzaba a girar, alzando su gigantesco
lanzallamas.
—Por el León —exclamó Lazarus, corriendo hacia
adelante con todas sus fuerzas, y se oyó repetir.
—Por el León —Raziel estaba en su hombro, y
ambos saltaron en el aire justo cuando el lanzallamas
les arrojaba un chorro de baba gris. Pero cayeron
debajo de ellos cuando alcanzaron al Caballero y
activaron los cierres magnéticos de sus armaduras,
sujetándose a la parte trasera de la máquina de
guerra. Lazarus se movió, trepando hasta situarse
exactamente donde quería, entre los enormes con-
ductos de escape que expulsaban calor del Caballero,
justo encima de la escotilla blindada del piloto. La
escotilla sobre la que Lazarus levantaba la espada y
golpeaba con el filo, clavando el campo crepitante en
el blindaje.
510
Astillas de adamantina al rojo vivo salieron despe-
didas por el impacto, y Lazarus pudo ver la herida que
había abierto en la espalda del caballero. No era tan
profunda como deseaba, pero estaba justo al lado de
uno de los pesados pestillos de la escotilla. Raziel se
aferró a la espalda del Caballero por el otro lado, man-
teniéndose alejado del Filo de la Enemistad. No había
espacio suficiente para que ambos se balancearan,
pero él miraba fijamente a los demás Caballeros, con
un parpadeante globo de luz blanquiazul recogido
en una mano. Por el rabillo del ojo, Lazarus lo vio
ponerse rígido de repente.
—Puedo ver a Asbeel —afirmó el Bibliotecario.
Una bala rebotó en la espalda del Caballero y estalló,
resonando la metralla contra la armadura de Raziel—
. Los grises nos cazan. Esa es su meta.
—Maldición, Heris Amis —maldijo Lazarus mien-
tras golpeaba una vez más con el Filo de la Enemistad.
—Lo siento, hermano —dijo Raziel, con la mano
en alto y el orbe blanquiazul parpadeando en ella.
Comenzó a descenderlo para lanzarlo. Sin embargo,
cuando lo hizo, un proyectil bólter lo alcanzó,
golpeándolo en el pecho, seguido por otro, y la bola
de luz desapareció de la mano del Bibliotecario.
Éste se desvaneció mientras tambaleaba y caía,
sostenido únicamente por los cierres magnéticos
de su armadura. Entonces, se oyó el sordo golpe de
algo pesado que impactaba contra el Caballero bajo
511
Lazarus.
Éste se giró, con los pies resonando contra el
adamantio, y Asbeel estaba de pie bajo él, con sus
cerrojos zumbando, una pistola de proyectiles en
una mano y el narthecium arqueado sobre un hom-
bro como la cola de un escorpión, zumbando con
cuchillas. El rostro del Apotecario estaba apagado, in-
expresivo, pero sus ojos no estaban muertos. Seguían
horriblemente vivos de dolor, aún no embotados por
la posesión de Amis.
Lazarus vio esos ojos y frenó el movimiento de su
espada.
—Hermano Asbeel —dijo, esperando que el nom-
bre rompiera el control de Amis. Entonces, Asbeel
disparó su pistola.
El proyectil explosivo voló hacia el Maestro de la
Quinta y le habría alcanzado a quemarropa en el
pecho, pero justo antes de impactar, el Halo de Hierro
incorporado a la armadura de Lazarus se encendió y
desgarró el proyectil, convirtiéndolo en luz.
Luz que dejó ciego al Apotecario, con esos ojos
llenos de dolor parpadeando, y entonces Lazarus giró.
El Filo de la Enemistad crepitó, y la punta de la espada
se clavó en la garganta del hombre que una vez
había resucitado a Lazarus. Asbeel se arqueó hacia
atrás, con la espina dorsal seccionada, el narthecium
retorciéndose, la sangre y la baba brotando de su boca
mientras caía. Los cierres magnéticos de sus botas
512
se soltaron y él cayó, desvaneciéndose.
Lazarus observó fijamente el espacio donde había
estado, sintiendo el olor de la sangre de su hermano
que chisporroteaba en su espada, y luego se volvió
y clavó la hoja en la espalda del Caballero de Heris
Amis.
Impulsado por la furia, el Filo de la Enemistad se
adentró más a fondo, y algo brotó de la herida que
había rasgado en la espalda del Caballero, un lodo
gris que emanaba un olor a moho y descomposición.
Lazarus permitió que la rabia lo invadiera mientras
asestaba otro golpe.
—Ya eres mío, Heris Amis —gritó—. Te arrancaré
esa armadura saqueada y extraeré lo que queda de tu
corazón corrompido.
—No lo creo —la voz resonaba desde el Caballero
que yacía debajo, profunda y potente como un trueno.
La imponente máquina se detuvo, quedando inmóvil,
mientras una sombra se proyectaba sobre Lazarus.
—Viene otro caballero —Raziel se puso en pie con
dificultad. Su armadura estaba abollada y marcada
por la sangre, pero otro destello de luz blanquiazul se
acumulaba en su palma. La lanzó, con los ojos azules
brillando intensamente, pero luego se estremeció y
se llevó la mano al costado, donde una nueva gota de
sangre se filtraba a través de su armadura—. ¡Ataca!
—La voz del Bibliotecario titubeó, apretó el puño,
pero la luz que danzaba alrededor de sus dedos era
513
débil y no se unió.
Lazarus ignoró la advertencia de Raziel, desatendió
la voz de Heris Amis, y se concentró únicamente en
el vaivén de su espada. Sin embargo, en el rincón
de su visión, percibió al otro Caballero preparando
una llamarada masiva. A través de su furia, Lazarus
sintió una punzada de dolor, el recuerdo de su carne
ardiendo. Estaba a punto de arder de nuevo, pero
también lo haría Amis. Pronunció la Letanía de la
Furia mientras bajaba la espada, hundiéndola más
profundamente cuando el Caballero desató su ataque.
Sin embargo, no eran llamas lo que los envolvía.
Era el lodo gris, el mismo que goteaba de la herida
que había abierto en la espalda del Caballero Valiente.
Los envolvió como una ola, cubriéndolos, y Lazarus
quedó ciego, sordo. A pesar del desvanecimiento de
sus sentidos, aferró con fuerza el Filo de la Enemistad
y continuó clavando la espada. Entonces, las lecturas
en su yelmo parpadearon. Parpadearon ante sus
ojos y luego se extinguieron al morir su armadura,
encerrándolo en su interior como en una tumba.
514
Capítulo 27
E
l jardín se había convertido en un camposanto,
impregnado con el hedor de la sangre y la
descomposición, mientras Ysentrud se desplazaba
en completa discreción. A su alrededor reson-
aban sonidos: los bólters chasqueaban, voces
profundamente graves proferían gritos y cuchillos
chocaban contra las armaduras. Entre las sombras,
esforzándose por ser lo más invisible posible,
Ysentrud buscaba a Demetrius. Rechazaba la idea
de esconderse, de pasar el día oculta en algún rincón
oscuro. Ya había tenido suficiente en el conducto con
el servocráneo. Anhelaba poner fin a todo esto, pero
si no encontraba a Demetrius o a otro Ángel Oscuro,
su destino podía ser la muerte o algo aún peor.
A resguardo bajo la sombra de un árbol marchito
decorado con incontables crestas de hongos
carmesíes, Ysentrud observó un pequeño claro. Este
se encontraba desierto, a excepción de los restos de
una estatua de bailarina que yacía destrozada en el
suelo. La cabeza de piedra de la estatua le sonreía
515
desde el suelo, y ella la miró con el ceño fruncido,
sopesando la posibilidad de abandonar las sombras.
De repente, la cabeza desapareció, aplastada bajo la
bota blindada de un gigante.
Era un marine espacial, una mole de músculos
envuelta en armadura. Se descolgó de las alturas
entre los arcos, portando una espada tan larga como
la pierna de Ysentrud. Aunque daba la espalda a ella,
las manchas grises que lo marcaban eran evidentes,
señalando su infección. Era gris, estaba justo allí,
y en cualquier momento sus sentidos mejorados la
detectarían…
Ysentrud buscó el cuchillo que Gretin Lan le había
entregado, pero un fallo en su cerebro hizo que lo
agarrara con la mano que ya no tenía, mientras la
otra se movía a su lado como si estuviera moribunda.
¿Qué habría sucedido si hubiera optado por la espada?
Había estado a punto de morir enfrentándose a un
servocráneo; luchar contra un Marine Espacial ni
siquiera sería una opción. Por lo tanto, se quedó
quieta, conteniendo la respiración, esperando a que
el gigante empezara a girar lentamente. Entonces,
sonidos de disparos bólter resonaron desde el otro
extremo del jardín, y el Ángel Oscuro infectado de-
sapareció, alejándose velozmente. Ysentrud quedó
sola, intentando recuperar el aliento.
Cuando pudo volver a moverse, cojeó hacia el
otro lado sin preocuparse por el sigilo, ignorando
516
el dolor que pulsaba en su maltrecho cuerpo. Avanzó
hasta que escuchó un sonido, un ruido terrible y
chisporroteante similar al de una sierra desgarrando
la seda. Era el sonido que la espada de Lazarus
había hecho cuando la energía oscura destellaba a su
alrededor. El mismo sonido que producía el crozius
de Demetrius cuando lo blandía en combate.
Volviéndose, se encaminó hacia el estruendo, y
solo desaceleró cuando notó que el jardín se revelaba
ante ella, antes un intrincado laberinto de setas bajas,
ahora un campo de batalla revuelto y embarrado.
Allí se encontraba Demetrius, y frente a él, sin
casco ni estandarte, con la armadura manchada
de gris, Jequn. Los Ángeles Oscuros permanecían
inmóviles como estatuas, enfrentándose hasta que,
de súbito, se lanzaron al ataque, blandiendo sus
armas. La energía chispeó en el aire, resonando
un crujido como un trueno repentino cuando la
espada y el crozius colisionaron. Las armas silbaron
mientras el Anciano y el Interrogador Capellán ejer-
cían presión en sus golpes, cada uno esforzándose
por hacer retroceder al otro, antes de separarse,
moviéndose a una velocidad imposible para volver
a enfrentarse. Demetrius permaneció inmóvil, su
crozius crepitando de energía entre las manos, el
rostro craneal salpicado de barro. Jequn se desplazó
sobre sus pies, la espada extendida y baja, el barro
bajo su punta burbujeando, rozado por el campo
517
mortal que rodeaba el arma.
—Lucha, hermano —pronunció Demetrius con
dificultad pero con firmeza, su voz grave y áspera
resonando desde detrás del yelmo—. Sé que esta
cosa aún no te posee.
—Sí lo hace —Jequn no se asemejaba al otro gris.
Sus ojos no estaban muertos. Estaban vivos de dolor,
su rostro retorcido por la agonía. Su sufrimiento
estaba a flor de piel, era fácil de percibir; Heris
Amis aún no lo había consumido para alimentar
a su horrendo patrón, al acecho al otro lado de la
Puerta Roja—. Esta maldita cosa se ha arraigado
profundamente. No puedo erradicarla. No puedo.
Con eso, el Anciano se lanzó nuevamente al ataque,
blandiendo su espada. Demetrius se apartó, su croz-
ius elevándose para bloquear. Hubo un grito sibilante
cuando las armas chocaron, un rugido crepitante
como el fuego cuando sus campos se enfrentaron.
Los Marines Espaciales forcejeaban, igualados en
fuerza, y de repente se separaron, enfrentándose en
el campo abierto.
—Estás luchando —gruñó Demetrius—. Lo sé.
Eres uno de los elegidos del Emperador, la sangre
del León está en ti. Eres un Ángel Oscuro. No eres
esclavo de ningún hombre, de ningún monstruo, de
ningún Poder Ruinoso. Estás luchando, ¡y puedes
vencer!
—Lucho solo para mantener alejada a esta abomi-
518
nación de la última fortaleza de mis pensamientos
—declaró Jequn, elevando su espada. A pesar de su
rostro contorsionado, su cuerpo se movía con una
precisión elegante—. Conocen los secretos que me
fueron confiados, eso es lo que oculto a los grises. Es
todo lo que me queda. Heris Amis posee mi cuerpo y
reclama mi alma. Lucharé contra ustedes, hermanos.
Los venceré y los entregaré a él. No tengo opción.
Mi única resistencia son estos últimos pensamientos
que compartimos, y me estoy desmoronando. Pronto
los soltaré y estaré verdaderamente perdido. En-
tonces… seré… —Su rostro se torció, su mandíbula
se trabó como si hubiera una palabra que luchaba
desesperadamente por no decir. Luego se lanzó de
nuevo contra Demetrius, golpeándolo con la espada.
—No pueden permitirlo —rugió Jequn—. Deben
acabar conmigo ahora, antes de que esté verdadera-
mente perdido. Antes de que todos lo estemos.
—¿Adivinen quién va a ganar?
La voz, fría y silenciosa detrás de ellos, hizo que
Ysentrud se volviera. Petra Karn estaba de pie tras
ella, la oficial de latigazos aún pulcra en su vestido
negro. Pero detrás de ella se alzaban monstruos,
montones grises de moho goteante. Los monstruos
que llenaban las historias grises que Ysentrud había
grabado en su cabeza con impaciencia y estupidez.
—Nosotros —afirmó Petra, y sus ojos se fijaron
momentáneamente en Ysentrud antes de volver a la
519
lucha—. Es increíble que sigas viva, pequeña Erudito.
Aunque un poco mermada por tus aventuras.
—También es irritante que sigas viva —espetó
Ysentrud—. Si hubiera justicia en el universo, ya
te habrían reducido a cenizas.
Petra negó con la cabeza.
—No te pongas así. No hay justicia, porque tal cosa
no existe. Es una galaxia grande y estúpida, Erudita,
y lo único que importa es la fuerza. Sé fuerte y harás
historia. Sé débil… —Se encogió de hombros—. Y tú
serás historia.
—Petra —dijo Ysentrud, mirando a la mujer y
moviendo la mano izquierda—. Que sepas que prob-
ablemente sean mis últimas palabras. Que el Emper-
ador y todos sus santos se orinen sobre ti y Sebastián
por toda la eternidad —desenvainó entonces la daga
blanca con la mano que le quedaba y arremetió contra
ella.
Ysentrud se desplazó con rapidez, evadiendo las
lentas manos grises que se extendían demasiado
tarde. Sin embargo, al bajar su hoja, Petra se apartó
lo suficiente para que el cuchillo pasara de largo.
Ysentrud comenzó a tambalearse y la comandante le
propinó una patada en la pierna, derribándola. Acto
seguido, Petra golpeó la espalda de Ysentrud con una
bota, inmovilizándola.
—Débil —espetó Petra—. Pero los grises te atra-
parán. Los Amis reclutan a cualquiera, siempre que
520
sufra. Y parece que eso se te da bien.
Ysentrud forcejeaba bajo la bota de Petra, tratando
de retorcerse para apuñalar a la mujer al menos en
el tobillo, pero apenas podía respirar. Entonces,
una sombra se cernió sobre ella, y llegó el olor a
putrefacción y moho, tan denso que podía saborearlo.
Uno de los grises se agachó junto a ella y le acercó la
mano a la cara. Ella retrocedió, pero el gris le tapó la
boca y la nariz con la palma cubierta de baba.
—Deberías haberte quedado con nosotros, Eru-
dita —Ysentrud apenas podía oír mientras el limo
le oprimía los labios, le subía por la nariz, se le
introducía y la ahogaba—. Vamos a abandonar este
planeta mohoso y nos convertiremos en una fuerza
en las estrellas, un ejército que sacudirá esta galaxia
y dejará una marca en la historia como una garganta
cortada, mientras que tú y toda tu inútil historia
serán olvidados. Para siempre.
Eso fue lo último que escuchó Ysentrud mientras
su cuerpo se convulsionaba y la oscuridad se la
llevaba, devorando la visión de Demetrius que seguía
luchando, mientras los otros grises se aproximaban
sigilosamente por detrás.
521
Rugía a su alrededor, llamas de todos los colores
devoraban su armadura, fundían la ceramita y lo
cocían vivo. Podía oler su carne quemándose, el dulce
aroma de la carne mezclado con el acre sabor del
plástico derretido y el metal sobrecalentado. Sus
miembros se retorcían cuando los ligamentos se
tensaban por el calor y luego se rompían. Se le
revolvían las tripas, se le carbonizaban los huesos y
se le llenaba la garganta de vapor mientras le ardían
los pulmones. Todo se volvía negro.
Lazarus estaba muriendo. Otra vez. Otra vez. Otra
vez.
Pero nunca murió.
Las llamas a su alrededor tomaron tonos grises,
y el dolor desapareció, aunque persistió como un
zumbido constante y atroz en sus nervios. Ahora
podía centrarse en la figura que avanzaba hacia él a
través del fuego. Una entidad que se desplazaba como
si en algún momento hubiera sido humana, pero
la malicia y la decadencia se habían infiltrado tan
profundamente que ahora se manifestaba como algo
monstruoso. Deteniéndose frente a él, en el centro
del fuego, la baba que la cubría se desprendió como
una piel horrenda, revelando debajo a un hombre.
Vestía una túnica gris, con una capucha profunda
que ocultaba su rostro. Su cabello también era gris,
un tono apagado como las nubes. Al igual que sus
ojos, sin el negro de las pupilas ni el blanco de la
522
esclerótica, solo un gris apagado y uniforme como
la niebla, llenando cada cuenca. Su rostro era liso y
aburrido, con la piel pálida, y en la línea del cabello
había formaciones que podrían haber sido implantes
o crecimientos filamentosos que se enraizaban en el
cuero cabelludo. Era algo insulso y monstruoso, pero
las llamas no lo tocaban.
—Lazarus. Maestro de la Quinta. Qué placer darte
la bienvenida a mi venganza.
—No me des la bienvenida a nada, Heris Amis —la
voz de Lazarus era áspera, un gruñido entre dientes
apretados mientras ardía—. Lo único que obtendrás
de mí es tu propia muerte.
Heris sacudió la cabeza.
—Hablas como si pudieras elegir. Entiende esto:
estás en el vientre de la bestia, Lazarus. Estás siendo
digerido, y yo te despedazaré y usaré tus fragmentos
a mi antojo. No tienes más elección que un trozo
de cartílago disolviéndose en el ácido del estómago.
Eres mío, Lazarus. Aunque no pueda controlarte,
aunque no pueda resolver el rompecabezas de tu
resistencia Primaris, te mataré y me llevaré tus
recuerdos, y vivirán en mí. Para siempre.
El grito de Lazarus se extinguió cuando el fuego
invadió su garganta y quemó sus cuerdas vocales
hasta hacerlas estallar:
—Ya me tienes harto.
Amis ladeó la cabeza, con los ojos en blanco fijos
523
en Lazarus.
—Si quiero hablar, me escucharás. Eres in-
teligente. Siento la forma de tus recuerdos. Borrosos
ahora, pero suficientes. Adivinaste la mayor parte
de mi historia, de mi futuro. Pero hay algo más,
algo que quiero que entiendas, desde tu piel ardiente
hasta tus huesos carbonizados. Quiero que sepas por
qué.
Atrapado entre las llamas, Lazarus agonizaba, en
un constante morir sin alcanzar nunca la muerte
física. Su único deseo era desgarrar la entidad que
Heris Amis había convertido en sí mismo. Sin em-
bargo, sus piernas permanecían inmóviles, sus bra-
zos sin respuesta, y su armadura yacía rota, fundida,
como un horno que cocinaba su carne desde adentro.
Vulnerable y atrapado, ahora experimentaba otro
tipo de tormento: el gris, que se infiltraba en su
ser como pequeños gusanos masticando su piel,
excavando en su cuerpo y penetrando sus nervios.
Se abrían paso hacia su cerebro.
—Lo que sientes ahora —expresó Heris— es lo
que yo padecí durante casi dos siglos. Cuando morí,
cuando los Ángeles Oscuros me arrebataron la vida,
esa entidad más allá de la puerta me alcanzó y atrapó
mi alma. Me observaba, esperando que la muerte
me envolviera, y luego me ofreció una solución: una
suerte de supervivencia a través del sufrimiento. Se
alimenta de él y siempre tiene hambre. Experimenté
524
mis peores dolores y recuerdos durante siglos, so-
porté y viví. Convirtió mi sufrimiento en fuerza, en
resistencia, en una sed de venganza. Comprendes ese
anhelo, ¿verdad, Lazarus? Esa hambre de venganza.
La siento aquí.
Uno de los gusanos mordió más profundo, abrién-
dose camino hacia su cerebro.
—Psíquicos. Hechiceros. Los detestas profunda-
mente. Siento tu desconfianza, incluso hacia aquel
a quien llamas hermano, aquel que trajiste contigo,
y al cual desmantelo mientras te desmantelo a ti. Al
igual que desmonté al Apotecario que mataste tan
cruelmente. Has experimentado el repugnante poder
de un psíquico demasiadas veces. Has sentido sus
llamas. Enfrentándote a ellas, tu ira crece y golpeas
con fuerza —Heris lo miró, con su rostro sencillo
retorcido en una sonrisa—. Lo entiendo. La magia…
duele. Ya sea cuando mata o cuando salva. Pero mi
verdadera furia está dirigida a las criaturas de este
lado de la realidad. A la gente que me etiquetó de
traidor y me destruyó.
«Eres un traidor», pensó Lazarus, pero le costaba
enfocarse. Las llamas lo consumían por fuera, mien-
tras el gris lo devoraba desde dentro. El dolor de la
quemadura era abrumador, pero de alguna manera,
el dolor del gris que lo atravesaba, que lo consumía,
era diferente. Podía sentirlo penetrando en sus
pensamientos, llegando más profundo, y cerró su
525
voluntad en torno a las cosas que sabía que debía
mantener en secreto. La historia prohibida de su
Capítulo. El conocimiento de los Caídos. A pesar
de cualquier disputa con Azrael, había hecho sus
juramentos. Ningún enemigo arrancaría esa infor-
mación. Ninguno. Selló esos secretos en medio de su
dolor mientras el gris lo desgarraba.
—Un traidor —dijo Heris. Sus ojos inexpre-
sivos se clavaron en Lazarus, y su sonrisa había
desaparecido—. Sí, un traidor al Imperio, al
Emperador, al Dios Máquina, al Adeptus Mechanicus,
a la humanidad —se inclinó hacia delante, y las
llamas danzaron alrededor de Lazarus, abrasándolo
profundamente—. Soy el resultado de lo que los
Ángeles Oscuros y el Adeptus Mechanicus hicieron
de mí. Fui leal, fiel, un verdadero siervo del Imperio,
¿y cuál fue mi recompensa? Mentiras y traición,
abandono y sufrimiento. Rescatado de la muerte
por un limo que yo mismo creé y un demonio,
sentenciado a mi propio infierno privado por la
eternidad. Así que sí, Maestro Lazarus, me convertí
en un traidor a todo lo que me traicionó. Hice un
pacto con un demonio para convertir mi sufrimiento
en una carga para aquellos que me traicionaron.
Ustedes me hicieron un traidor, Ángeles Oscuros,
y ahora yo te convertiré en uno. ¿Recuerdas, mi
querido Lazarus, mi amor por la simetría? Soy un
traidor, y tú, tu compañía, todo tu Capítulo, también
526
serán traidores. Tomaré a tus hermanos, a los que
llamas Primogénitos, y los haré míos. Arrebataré sus
recuerdos y secretos para que sean míos. Tomaré su
nave, iré a la Roca, Azrael caerá, y yo seré el nuevo
Supremo Gran Maestro. Los Ángeles Oscuros serán
míos, y con ellos destruiré todo lo que pueda del
Adeptus Mechanicus —la voz de Amis gruñó con
ira y locura en la cabeza de Lazarus—. Asediaré el
mismísimo Marte y escupiré en los dientes del Dios
Máquina, ¡y eso no será suficiente sufrimiento para
pagar lo que me han hecho! —Heris Amis enmudeció,
el estruendo de su voz se desvaneció en el cráneo
de Lazarus, y cuando volvió fue un susurro, una
cuchilla de dolor retorciéndose en la mente del Amo
de la Quinta—. Te utilizaré a ti y a los tuyos para
lograr todo eso, y el nombre de los Ángeles Oscuros
será sinónimo de traición hasta que el Imperium se
reduzca a cenizas y lágrimas.
Se desvaneció en la nada. La última palabra de
Heris resonó en la mente de Lazarus, quien quiso
gritar pero no pudo, quiso luchar pero no pudo. Lo
único que le quedaba era arder mientras los gusanos
de decadencia y traición desgarraban su cerebro,
devorando los candados que protegían el núcleo más
profundo de su honor.
527
Era como el dolor del grabado, no solo presente en
su mente sino también en su carne y huesos, en cada
rincón de su ser: un dolor que consumía en lugar de
construir. Un tormento incesante.
Ysentrud retornaba al conducto, el servocráneo
enrollando su terrible lengua alrededor de su brazo,
cortando su carne. Tenía cuatro años, su pequeño
cuerpo retorciéndose por la tos mientras la fiebre de
las esporas destrozaba sus pulmones, convirtiendo
cada respiración en una agonía. Tenía doce años,
el manto rojo desgarrándola, el hongo creciendo a
través de su piel y cerebro, reconstruyéndola con
dolor. Tenía siete años, su padre abandonando la
sala de los Wyrbuk con los créditos en la mano, y ella
gritándole que no la dejara con esa gente de calavera
roja.
Cada recuerdo, cada sufrimiento pasado, la invadía,
y ahora había uno nuevo. Ysentrud sentía el gris
penetrando su mente, como una larva festinando en
un tronco podrido. Heris Amis intentaba apoderarse
de ella, sabía que lo lograría, convirtiéndola en es-
clava y forzándola a sufrir durante la eternidad que
le quedaba.
—Te doy la bienvenida a mi venganza, Erudita.
El hombre era sencillo, excepto por sus ojos grises.
De vez en cuando, se desvanecía, transformándose
528
en una silueta enorme de algo terrible, carnoso y casi
informe, goteando baba viscosa, impregnado de lu-
gares abandonados, muerte olvidada y desesperación
putrefacta.
Cuando el gris habló, el dolor disminuyó un poco,
dejando a Ysentrud con la mente lo suficientemente
clara para procesar las palabras. ¿El maestro del
sufrimiento aliviando su dolor? Pero no. Sea lo que
fuera lo que él le diría, Ysentrud estaba segura de que
solo le causaría más dolor. Sin embargo, no pudo
evitar sentir alivio.
—Eres la primera Wyrbuk que reclamo —dijo
Heris—. Es un honor.
Ysentrud se sintió todo menos ella misma. Se
percibía degradada, utilizada, como un fragmento
triturado entre los colmillos de Heris. A pesar de
ello, se enfocó, y en los restos de su mente surgió un
pensamiento.
—¿Cómo puedes hacerlo? —espetó—. ¿Cómo
puedes controlar a toda esta gente?
Él sonrió, una mueca amable bajo sus horribles
ojos.
—No los controlo. Los absorbo. Ahora eres mía,
Erudita. Todo en ti me pertenece. Lucha contra ello
todo lo que quieras, pero tu mente, tu alma, son mías
ahora.
Son mías ahora. Las palabras resonaron en su
interior, y se preguntó si Demetrius ya habría caído,
529
derrotado por Jequn o por el monstruoso gris que
había llegado con Petra. ¿Y Lazarus? ¿Seguiría
luchando? ¿O también habría sucumbido? ¿Habrían
caído todos los Ángeles Oscuros? Y si así fuera, ¿qué
destino le aguardaba a este planeta? Ninguno. El
sufrimiento florecería de esta derrota como esporas,
y esas semillas de miseria se dispersarían por el
espacio, propagándose sin control…
Era esto lo que buscaba Heris Amis. La razón por
la cual permitía que el tormento de sus recuerdos
se aliviara, para cultivar el nacimiento de un nuevo
sufrimiento en su mente. Intentó resistirse, trató de
evitar que esa dolorosa desesperación se apoderara
de ella, pero podía sentir su voracidad horadando a
través de ella, desgarrando su cerebro, avanzando…
Y notó que una parte de sí misma se la devolvía.
Era la Erudita de Ysentrud Wyrbuk. Estaba dis-
eñada para recibir información y poder devolverla.
Era una biblioteca viviente, una maestra. Retenerla
era ajeno a su naturaleza. Podía sentir cómo el estado
memen la dominaba, convirtiéndola en un conducto,
en un torrente de información, y al hacerlo, experi-
mentaba alivio. En memen no había cabida para las
emociones. No existía espacio para el sufrimiento.
Ysentrud permitió que la calma memen la invadiera
con un gemido de alivio, y toda la historia que se
había grabado en ella, esos miles de años de hechos
y detalles densos en información y completamente
530
desprovistos de emoción, los vertió a través de las
ansiosas bocas que los grises habían abierto en ella y
los introdujo en Heris Amis.
Y a través de su tranquilidad memen, sintió que se
ahogaba.
531
aún no le habían sido arrebatados, el conocimiento
que había jurado no dar a conocer jamás. Resistía,
ardía, moría, ardía, moría, y cada vez se preguntaba:
¿debería intentar abrazar la ilusión de la muerte
para sumergirse en la auténtica oscuridad? Ya había
estado allí una vez. Quizá podría alcanzarla de nuevo,
perderse en ese abismo negro, negar su cuerpo, su
mente, su conocimiento y su alma a este enemigo.
Así, la bestia llegó a Droslin, y bajo sus garras se
desplomaron los muros…
Un fragmento de la historia que Lazarus había
estado traduciendo resonó en su cabeza, una frase
desconectada, un recuerdo desarticulado. ¿Era algún
efecto secundario de lo que Heris Amis le estaba
haciendo, una migaja que caía de las fauces del gris
mientras consumía su mente?
No. No. Lazarus sacudió la cabeza entre las lla-
mas y recordó La Perdición de Droslin. La lección
transmitida por esa historia, la que había intentado
comunicar a Azrael. La tentación del orgullo, de
la obsesión. El pecado de creer que él era la única
respuesta posible. La Perdición había llegado a Reis,
tomando la forma de Heris Amis, y había derribado
los muros. Había derribado sus muros. Pero no lo
enfrentó solo. Sus hermanos estaban allí afuera, más
allá de las llamas, luchando. Demetrius. Zakariah.
Raziel.
Sus hermanos aún resistían, y mientras lo hacían,
532
persistía la esperanza. Luchó incansablemente, ex-
tendiendo cada momento hasta que solo quedaba
dolor, una amarga rabia y la necesidad de venganza.
Simetría, podría decir Heris Amis, pero a Lazarus
no le importaba. Solo ansiaba tener el Filo de la
Enemistad en sus manos y la cabeza de Heris Amis a
sus pies.
Así que ardió, ardió y ardió, hasta que las llamas
vacilaban a su alrededor. La gran conflagración
parpadeó como una vela en el viento, luego regresó.
Todo el dolor, todo el calor, estaba de nuevo presente.
Otra interrupción, y entre las llamas emergió barro
y hierba, el hedor de la podredumbre y el sabor de
la sangre en la boca. Aunque las llamas volvieron,
Lazarus se erguía contra ellas, tratando de liberarse
de la cabeza. No eran reales, y cuando volvieron
a titilar, estaba de rodillas, buscando el Filo de la
Enemistad.
Llamas.
Sus dedos rodeando la empuñadura.
Llamas.
De pie.
Llamas.
Lazarus se levantó, mientras los Caballeros per-
manecían a su alrededor, tan inmóviles como es-
tatuas. Explosiones, armas y gritos resonaban, y se
vislumbraba a Raziel arrodillado en el barro, tratando
de ponerse de pie. Luego, las llamas… llamas que él
533
impulsaba y que titubeaban y se descomponían como
una mala holografía, desmoronándose. Lazarus
estaba de pie, respirando, con la espada en mano, la
rabia y el dolor fluyendo en su memoria como ácido
a través de sus venas. Sin embargo, los controló, los
concentró y encontró lo que necesitaba.
El Caballero Valiente de Heris Amis, con pechos
grises, se alzaba frente a él, quieto excepto por un
temblor que agitaba sus enormes miembros y hacía
vibrar su cabeza en forma de casco, como un hombre
presa de un ataque.
Con un gruñido, Lazarus saltó en el aire, escalando
el Caballero. Sus botas chocaron contra la gruesa
armadura mientras corría por ella, con las cerraduras
magnéticas sujetándolo a la espalda del gigante
metálico. Allí estaba la escotilla y el agujero que había
labrado. Con un golpe, tiró del Filo de la Enemistad
destrozando el dañado pestillo de la puerta blindada.
Sangraba icor gris, pero lo ignoró y se dirigió al
otro pestillo, golpeándolo nuevamente con la espada.
El Filo de la Enemistad desgarró la armadura, y el
Caballero se estremeció bajo él.
—¡Lazarus! —era Raziel. El Bibliotecario se tam-
baleaba, pero estaba en pie, su armadura salpicada
de limo gris y sangre.
—Heris Amis… Lo siento…
—¿Qué está sucediendo?
—Trata de apoderarse de mí. De llevarnos. A todos
534
nosotros —gruñó Lazarus, descendiendo con el Filo
de la Enemistad—. Pero no lo ha logrado. Y así morirá.
A medio camino de la última bisagra de la escotilla,
el gigante se detuvo, rígido. Lazarus volvió a sentir
las llamas, el ardor bajo su piel, desgarrando sus
músculos, abrasándolo dentro de su armadura, pero
no se detuvo. No notó el dolor mientras golpeaba
una y otra vez hasta que rompió el último pestillo.
Extendió la mano hacia abajo y abrió la escotilla,
mientras sus músculos ardientes gritaban de dolor.
Dentro del Caballero, en la parte más gruesa del
pecho, estaba el Trono Mecánico, el centro de la
máquina, su corazón, su cerebro, el lugar donde se
sentaría el piloto humano. Excepto que aquí había
algo más, un montón de moho que intentaba tomar
la forma de un hombre. Estaba apretujado en la silla,
demasiado grande para el trono, pero la cosa se había
comprimido como un muñeco de barro, y cables y
cordones umbilicales salían del interior del Caballero
hacia esa masa gris como puntas brillantes clavadas
en un cerebro putrefacto.
Con los dientes apretados contra el dolor, Lazarus
levantó el Filo de la Enemistad. Pero el mundo volvía
a parpadear a su alrededor, tartamudeando. Las
llamas grises intentaban hacerle retroceder, y tuvo
que esperar hasta que pudo ver, hasta que pudo
estar seguro de su golpe. Cuando su visión se aclaró,
cuando el mundo volvió, pudo oír algo, un gran
535
rugido que sacudió el aire, pero lo ignoró, clavando
su espada en el centro del pecho del gris.
El moho gris se aplastó bajo el Filo de la Enemistad,
salpicando e hirviendo al contacto con el campo de
poder. Era más barro que carne, y Lazarus hundió la
espada hasta que la sintió crujir contra el Mecanismo
del Trono. Las chispas rasgaron el espacio, y el Ca-
ballero volvió a sufrir espasmos mientras la horrible
forma de Heris Amis también se contorsionaba, y
Lazarus observó cómo la cabeza abultada del maestro
gris se desplazaba, se dividía, se abría como una
horrible flor, para revelar el rostro gris de Amis.
—No —rugió el monstruo que alguna vez fue
hombre, mientras unas manos medio formadas se
aferraban al Filo de la Enemistad. Chisporrotearon
contra la hoja, haciéndose añicos, pero seguían afer-
radas mientras Lazarus intentaba retirar la espada
para asestar otro golpe.
Lucharon, con la espada moviéndose entre ellos,
hasta que aquel rugido que Lazarus había oído se
convirtió en un muro de sonido, vasto y terrible, y
algo cayó del cielo como una gran piedra. La Furia
de Ángeles, el último Thunderhawk que los grises
habían reclamado, caía del cielo derramando fuego y
humo. La nave de Gretin Lan estaba justo detrás, una
sombra blanca que seguía su terrible descenso. La
nave moribunda se precipitaba directamente hacia
los Caballeros, hacia donde Lazarus seguía luchando
536
con Heris Amis, luchando por apartar el Filo de la
Enemistad para poder clavar su punta en la cara del
gris.
—¡Lazarus!— gritó Raziel desde abajo, y al final
de ese grito, Lazarus volvió a sentirlo. La fría y
perfecta quietud mientras el mundo se congelaba a
su alrededor, mientras el Bibliotecario deformaba el
tiempo y abría una visión de una docena de caminos
posibles en la cabeza de Lazarus.
En muchos de ellos, Heris Amis ganaba. El gris
arrancaba el Filo de la Enemistad de la mano de
Lazarus y lo destrozaba. O envolvía de nuevo a
Lazarus en el recuerdo de las llamas y se apoderaba
de su mente, quemándolo por dentro, robándole
cada recuerdo, cada secreto de los Ángeles Oscuros.
Sólo había un puñado de caminos en los que Lazarus
escapaba. Sobrevivía sólo para ver triunfar a Heris
Amis. Pero había uno, un camino muy corto con una
oportunidad de venganza. Y con llamas certeras.
Sin dudarlo, Lazarus eligió ese camino, y el tiempo
volvió a apoderarse de él. Heris Amis alargó una
mano roma para agarrarle el yelmo y echarle la
cabeza hacia atrás, cuando el ruido del barco al caer
se convirtió en un grito que sacudió el mundo, y
Lazarus tiró de su espada hacia un lado. El Caballero
Valiente se movió, tambaleándose cuando la espada
rasgó sus controles, desplazándose hasta situarse
directamente en la trayectoria de la caída de Furia
537
de Ángeles. Los restos del moribundo Thunder-
hawk golpearon al Caballero y lo hicieron retroceder,
volteándolo por los aires como si fuera un juguete.
Lazarus fue arrancado, enviado a volar como otro
trozo de metralla rodeado de llamas, hasta que se
estrelló contra el suelo y todo se volvió negro una vez
más.
538
Capítulo 28
I
nmersa en su estado memen, Ysentrud flotaba,
tranquila, mientras desgranaba la crónica de
todos los regimientos de la Guardia Imperial que Reis
había producido desde que el planeta se reintegró al
Imperio. Cada batalla, cada enfrentamiento, cada
elogio y reprimenda fluían. Seguían fluyendo fuera
de ella. Fuera.
Aunque no podía ver ni oír, eso resultaba insignifi-
cante. Los recuerdos dolorosos que habían llenado
su mente se desvanecieron, expulsados por el impla-
cable torrente de hechos que brotaban de ella. Esto
era para lo que había sido creada, la culminación de
su infección del manto rojo, de su entrenamiento,
de toda su vida hasta el momento. Era una Wyrbuk
y la estaban desglosando de principio a fin; la sat-
isfacción que eso le proporcionaba la colmaba por
completo.
Excepto por un pequeño rincón. Una pizca de
personalidad que se apartó del gran estruendo de
información que la inundaba. Una pequeña parte
539
de ella que simplemente se mecía en la oscuridad,
riendo maliciosamente mientras le entregaba al gris
exactamente lo que quería. Y entonces, la oscuridad
se quebró.
Hubo un destello de luz, un titubeo de algo similar
a un pictoemisor roto intentando calentarse. En los
pequeños destellos de luz, vio árboles de hongos.
Vio a uno de los monstruos grises, tambaleándose.
Vio a Demetrius, tambaleándose hacia atrás, con la
máscara del cráneo agrietada y marcada por un lodo
gris parecido a la sangre. Vio a Jequn tambaleándose
como un borracho, con su espada silbando mientras
su punta se arrastraba por el barro.
«No».
La voz resonó en su cabeza, el único sonido, ajeno
a las imágenes que pasaban.
—Sí —dijo entre risas, y de memoria se dirigió a
las cifras de los impuestos de la región oriental.
La luz a su alrededor parpadeó, tartamudeó más
rápido, hasta que volvió, expulsada de la oscuridad de
su cabeza. Estaba tumbada en el suelo, parpadeando
ante los trozos de cielo teñido de humo que podía ver
a través de las frondas de hongos que ondeaban en
lo alto. Al inclinar la cabeza, vio a Petra a su lado,
maldiciendo y gritando:
—¿Qué pasa, qué coño pasa, bestia mohosa? Lucha
—se dirigía a uno de los monstruos grises que la
acompañaban como guardianes. El monstruo no le
540
respondió, solo permaneció en silencio en el claro
mientras el Capellán Interrogador levantaba su croz-
ius y lo estrellaba contra el cuerpo deforme de la
criatura.
—¡Ella! —era la voz de Jequn. El Anciano estaba
de pie, temblando, con el cuerpo agitado por las
convulsiones, y esa palabra fue todo lo que dijo antes
de gruñir y retorcerse, con los dientes cerrados, los
ojos brillantes de odio, un hombre luchando consigo
mismo.
—¿Quién? —Petra miró a su alrededor.
En su mente, en su cuerpo, a lo largo de su sistema
nervioso, Ysentrud podía percibir cómo el gris que la
contaminaba intentaba liberarse, distanciarse.
—No —la voz de Heris Amis resonó en su cabeza—.
Detente.
«¿Detente? —su cabeza cayó sobre el suelo blando
y soltó una risita—. No. Oh, no, no, no. Tú me
querías, maldito por el Trono, montón de mierda
de demonio con sangre mutante. Pues tenme. Todo
de mí».
Sentía cómo se agitaban los zarcillos en su inte-
rior, pero el gris solo sabía consumir, escarbar, no
soltar. Las sondas que el gris había clavado en su
mente tenían púas, estaban diseñadas para clavarse
profundamente, y Heris Amis no podía liberarla más
de lo que ella podía forzarlo a salir; su boca se torció
en un rictus de humor rencoroso.
541
—¿Ella? —El rostro de Petra estaba confuso,
frustrado, enfadado. Heris Amis estaba demasiado
ocupado para responder con alguna de sus mil
bocas, así que Petra sacudió la cabeza y desenfundó
su pistola automática—. Maldita sea —gruñó,
apuntando el arma a la cabeza de Ysentrud—. Te dije
que este plan era demasiado complicado, Sebastián
—su dedo empezó a apretar el gatillo mientras
Ysentrud la miraba fijamente al cañón del arma,
incluso cuando la información salía de su interior.
Ella era incapaz de moverse, incapaz de hacer otra
cosa que reírse y esperar a que le volaran la cabeza… y
entonces algo se estrelló contra Petra.
Pesado y gris, la golpeó como un saco de carne
podrida, haciéndola perder el equilibrio. La co-
mandante cayó con un gruñido, sin aire. Ysentrud
parpadeó y se dio cuenta de que lo que había golpeado
a Petra era la cabeza de uno de los monstruos grises,
arrancada de su cuerpo.
Entonces Demetrius estaba allí, de pie junto a ella,
con su maltrecha máscara de calavera parpadeando
con la luz del sol reflejada y su crozius crepitando en
las manos.
—Petra Karn. Has ayudado a una criatura del
inmaterium. Has traicionado a toda la humanidad.
Hay una sentencia para eso.
Petra se había puesto de rodillas, con el arma aún
en la mano. Hizo un disparo salvaje y la bala se
542
estrelló inútilmente contra la armadura del pecho
del Capellán Interrogador.
—Muerte —entonó el Ángel Oscuro, y blandió su
crozius.
Ysentrud cerró los ojos, el tiempo suficiente para
no ver lo que ocurrió cuando aquella terrible arma
golpeó a la comandante. Pero no pudo dejar de
oír el horrible y chisporroteante crujido, ni evitar
el horrible olor a carne y sangre hirviendo en el
campo dorado. Cuando volvió a abrir los ojos, vio
a Demetrius balanceando el crozius de regreso con la
cabeza inclinada hacia ella, el brillo verde y rojo de
sus ojos brillando sobre ella. Un gigante, una presen-
cia abrumadora, aterradora y buena, protegiéndola.
Pero entonces tropezó.
No pudo ver qué le había movido. Había demasi-
adas cosas sucediendo, y la mayor parte de su cabeza
estaba ocupada con las cifras de las contribuciones
al diezmo imperial de Reis para el primer siglo tras
la reunificación. Vio que Demetrius se movía, que su
crozius caía y se estrellaba contra el suelo junto a ella,
y que su campo mortal la salpicaba de barro y vapor.
Su mano aún lo sujetaba, pero estaba de pie, y se dio
cuenta de que le habían cortado el brazo a la altura
del bíceps. Su armadura brillaba, su carne humeaba
y su sangre roja salpicaba el suelo. Demetrius estaba
girando, sacudido por el golpe que lo había mutilado,
el golpe de la espada del Anciano Jequn.
543
—No estoy libre —siseó el portaestandarte de la
Quinta—. Casi. Casi. Entonces vino a por mí otra
vez. Se centró en mí. Para matarla —Jequn levantó
su espada sobre Ysentrud—. No quiero, hermano.
No quiero hacer nada de lo que esta cosa quiere que
haga, pero no puedo detenerlo. Tienes que hacerlo.
Tienes que matarme.
Jequn se quedó helado sobre Ysentrud, terrible en
su tamaño, en su ferocidad, portando su terrible es-
pada, y por segunda vez ella esperó la muerte. Esperó
mientras Jequn luchaba. Esperó mientras Demetrius
se recuperaba del golpe que le había arrancado el
brazo. Esperó, aún derramando sus enseñanzas,
mientras la gran espada finalmente comenzaba a
caer, cortando directamente hacia ella hasta que
Demetrius arremetió y estrelló una pierna blindada
en una patada despiadada contra la rodilla del An-
ciano.
El suave tajo de la espada vaciló y su hoja golpeó,
siseante, la tierra junto a su cadera. Tan cerca.
Demasiado cerca. Con un rugido chisporroteante,
el campo de ella la tocó, desgarrando su carne, des-
garrándola, tocándole el hueso y destrozándole la
articulación de la cadera. En el barro, Ysentrud
se convulsionó, gritando, y en su cabeza el estado
memen vaciló, la información se ralentizó a medida
que el dolor abrumaba su cerebro.
«No», murmuró en su interior, batallando por
544
contener el dolor, luchando por mantenerse en el
estado memen. Sin embargo, el dolor aullaba en
su interior, colosal, resonando con todos los demás
dolores, derribando las frágiles barreras que el es-
timulante había erigido contra ellos. La engullía,
alimentándose de ella como había intentado hacer
el gris, y aun cuando intentaba resistirse, aguantar,
sentía que se ahogaba en él.
—¡Lucha! —La orden emanaba de la máscara
de calavera que se cernía sobre ella, con sus ojos
brillantes clavados en ella. Una palabra, tan pro-
funda que retumbó a través del dolor, y ella com-
prendió. Este Ángel Oscuro. Todos los Ángeles
Oscuros. Demetrius, Jequn y Lazarus. La necesitaban.
La necesitaban, a ella. Y entonces, por primera vez
en mucho tiempo, quizás por primera vez en su vida,
entendió que tenía un propósito, que su vida tenía un
significado, y la asombrosa verdad de eso le permitió
rechazar el dolor, agarrar los jirones de su estado
memen y recomponerlos.
—Lucha—susurró, y sonrió, y luego desafió las
reglas y normas de empaquetado del stimm según
las estrictas directrices imperiales de los últimos
ochocientos años.
La información volvió a fluir desde ella y, por
encima de ella, Jequn se balanceó. Luego dejó a un
lado la espada y extendió los brazos, desprovisto
de arma y estandarte, mientras miraba fijamente a
545
Demetrius.
—Hermano —graznó él con su cuerpo tembloroso,
luchando por no moverse.
El Capellán Interrogador se agachó y recogió su
crozius, tomándolo de su mano derecha amputada
con la izquierda.
—Hermano… —dijo, y luego alzó el arma, estrel-
lándola contra la cara del Anciano, aplastándole el
cráneo.
Ysentrud cerró los ojos, sintiendo la sangre salpi-
carle, cálida sobre la piel, percibiendo cómo el dolor
continuaba rugiendo por todo su cuerpo, pero siguió
empujando, siguió dándolo todo a Heris Amis. Con-
centrando su memen y enseñando al gris una nueva
forma de sufrir.
546
con el combustible ardiendo devorando su fuselaje
blindado.
Ante él, el Caballero Valiente descansaba en el
suelo, con una de sus extremidades sobresaliendo
torpemente hacia un lado. La parte frontal de la
imponente máquina estaba aplastada, como si un
furioso dios la hubiera golpeado con su puño.
Lazarus sacudió la cabeza para despejarse. Su
cuerpo dolía como si lo hubieran martillado, pero
ese dolor ya se volvía opaco y se disipaba gracias al
Horno de Belisarius28 , que vertía su mezcla curativa
y estimulante en su torrente sanguíneo. Su fisiología
transhumana trabajaba para curar el trauma que lo
había golpeado por dentro y por fuera.
El Yelmo Escudo de Espíritus ya no estaba, arrancado
por Heris Amis o debido al impacto de su caída, y
aún resonaba en su cabeza aquel golpe. Su visión se
28
Horno de Belisarius: También apodado el Revitalizador, es
un órgano durmiente conectado a los dos corazones de los
Marines Espaciales Primaris. Junto con el magnificat y los
tendones bobina, es uno de los tres órganos artificiales que los
distingue de los Marines Espaciales comunes. En momentos
de tensión extrema, o cuando el cuerpo del guerrero sufre
un trauma violento y dañino, este órgano expulsa grandes
dosis de sustancias químicas que él mismo fabrica y acumula,
un hipercóctel que imita los efectos de los estimulantes de
combate al tiempo que ayuda a regenerar rápidamente tejidos,
huesos y músculos. Agotadas sus reservas, la glándula vuelve
a quedar latente, y tarda un tiempo en volver a poder activarse.
547
nublaba, pero se agudizaba rápidamente a medida
que se recuperaba. Una herida sangrante marcaba
su rostro, desde el cuero cabelludo hasta la ceja,
cruzando el ojo y siguiendo por la mejilla. Aunque
profunda y ancha, con hueso expuesto en la frente,
no era nada. Su ojo permanecía ileso, y la sangre se
coagulaba mientras la herida cicatrizaba.
Comenzó a moverse, observando con cautela a
los Caballeros que aún permanecían a su alrededor.
Ignoraban el fuego y los escombros, inmóviles como
grandes bestias dormidas. Lo que le sucedía al gris
seguía su curso, y Lazarus se movió más rápido,
abriéndose paso entre los restos hacia el Caballero
Valiente caído. No divisó nada que se moviese cerca,
salvo las llamas; ninguna forma gris emergía de los
restos. ¿Qué haría si Heris Amis aún se encontrara en
el pecho del Caballero, sepultado bajo una montaña
de armaduras?
Lo despedazaría con sus manos y aplastaría al
monstruo que albergaba en su interior. Lazarus
flexionó los guanteletes, avanzó hacia el fragmento
de escombro más cercano que no ardía y se encaramó
en él. No estaba el Gris ni Heris. Tampoco Raziel.
¿Habrían sepultado a su hermano entre los escom-
bros? ¿O se habría arrastrado? No podía saberlo, no
podía ver ni a él ni a Ephron. Estaba solo.
Y así llegó la bestia…
No estaba solo, pensó, mientras las palabras de la
548
historia parpadeaban de nuevo en su interior. Algo
le había ocurrido a Heris Amis. Algo había roto
su control sobre Lazarus y sobre todos los demás
que controlaba. Algo. A alguien. Y por el León,
aprovecharía esa oportunidad. De pie en el barro, a
medio camino entre él y el Caballero abatido, Lázaro
vio el instrumento de su venganza, esperando. El
Filo de la Enemistad, parcialmente clavado en el
suelo. Gracias al Trono no había quedado cubierto de
escombros. Se bajó del montón y se dirigió hacia
él, zigzagueando entre los trozos esparcidos del
Thunderhawk en llamas. Ahora no necesitaría usar
las manos para matar a Heris Amis. Lazarus podría
cortarlo en pedazos hasta que el gris se disolviera
en limo. Pero cuando el Maestro de la Quinta rodeó
el último trozo de escombros, vio a Heris Amis allí
de pie, esperándole, con la hoja negra del Filo de la
Enemistad en sus manos.
La cabeza deforme del gris colgaba hacia abajo, y la
baba goteaba de él, cayendo al suelo como grandes lá-
grimas grises. Se decía algo a sí mismo, murmurando
un torrente interminable. Cuando Lazarus salió al
exterior, Heris levantó la cabeza y Lazarus vio que
tenía la cara al descubierto, con carnosos pliegues de
hongos colgando abiertos alrededor de su piel gris.
Sus labios se movían, murmurando, y sus ojos grises
y vacíos estaban entrecerrados por la ira.
—Tú me has hecho esto —gruñó, dejando de
549
murmurar—. Tú me diste ese veneno con cara de
calavera. Pero no va a funcionar. Masticaré a esa
Wyrbuk y la escupiré, y aprenderás lo que es el
sufrimiento, Ángel Oscuro —le apuntó con la propia
espada de Lázaro, su agarre torpe, y volvió a su
murmullo.
¿Wyrbuk? El nombre pasó por la cabeza de Lázaro,
y por primera vez empezó a sacar palabras de la
corriente verbal del gris. Cosas sobre el tamaño de
los lotes y la capacidad de las cajas y las medidas
del relleno de los lotes de estimulantes para el Adep-
tus Militarum frente al Adeptus Ministorum. Eran
tonterías densas y burocráticas, y Lázaro sonrió. Se
había olvidado del pequeño y extraño mortal cuando
se había estado obligando a recordar qué aliados le
quedaban. Al parecer, no debería haberlo hecho,
porque, fuera lo que fuera lo que había hecho la
Erudita Ysentrud, había roto el control de Heris Amis
y ahora Lázaro iba a romperlo a él.
—Lo que la Erudita te hizo, lo logró por sí misma,
utilizando sus propias fuerzas —dijo acercándose
lentamente—. Hay poder en tener aliados, gris.
Ayudar a los demás para que eventualmente ellos
les ayuden a ustedes. Un poder más grande que el
que proviene de esclavizar a otros a tu voluntad.
—Ella no tiene fuerza. No es nada. La eliminaré
—respondió Heris Amis, sacudiéndose y esparciendo
baba a su alrededor. Todos los Caballeros también se
550
estremecieron, cada uno temblando en un extraño
eco del gris—. Tampoco eres nada, Ángel Oscuro. He
visto dentro de sus mentes. Dicen ser hombres sin
miedo. Tienen temor. Puedo sembrarlo en ustedes,
con tiempo, con paciencia, y lo haré. Mi venganza
no se ha detenido. Acaba de empezar. Voy a cortarte
con tu propia espada, maestro Lazarus, y luego te
devolveré a tus llamas para que sufras eternamente.
—Las palabras son la única acción de un cobarde,
Heris Amis —contradijo Lazarus, metiendo la mano
entre los escombros y extrayendo un puntal, un
trozo de metal ennegrecido de cuatro metros. Estaba
retorcido por el calor, mal formado para su mano,
pero lo sostenía con mejor gracia que Amis manejaba
su espada—. Ven aquí y demuestra que puedes hacer
realidad tus sueños viciosos.
Amis lo fulminó con la mirada, con una máscara
de odio alrededor de sus ojos grises. Sin embargo,
la ferocidad de esa expresión quedaba desmentida
por los movimientos de sus labios, el incesante
murmullo de tonterías que parecía no poder detener.
Pero el murmullo no frenó a Heris Amis cuando cargó
contra Lazarus, con el Filo de la Enemistad cobrando
vida en sus manos rezumantes.
Lazarus se mantuvo firme y, cuando el gris estuvo
a tiro, movió el puntal entre sus brazos y lo dejó
caer de modo que su extremo dentado alcanzó a la
monstruosidad en pleno pecho. El arma improvisada
551
se hundió en los suaves pliegues fúngicos, pero luego
se detuvo, chocando contra un núcleo más duro de
resistencia. Heris gruñó, manteniéndose fuera del
alcance del metal, y estampó el Filo de la Enemistad
contra el puntal, atravesándolo, y luego volvió a
presionar hacia delante.
Para hallar la nada. Lazarus eludió con destreza el
torpe golpe del gris y estrelló con fuerza el extremo
del puntal cortado contra el dorso de la mano de
Heris. Aunque el gris no experimentara dolor, ese
golpe debería haber destrozado sus huesos, pero
simplemente impactó contra la carne blanda y luego
dura, rebotando sin alterar su agarre. Amis pasó de
largo y giró para enfrentarse nuevamente a Lazarus.
Era fuerte y más veloz de lo que debería, monstruosa-
mente resistente, y empuñaba la espada de Lazarus.
Una espada que el gris ni siquiera tendría que tocar,
y mucho menos blandir. Heris Amis corrompía todo
lo que tocaba con su molde contaminado, y la furia
de Lazarus era tan afilada como el filo de su espada
usurpada.
Lazarus hizo girar el puntal en su mano y atacó.
Dirigió un golpe alto hacia la cabeza de Heris, y el
gris levantó la espada robada para bloquearlo. Pero
el golpe era una finta, y Lazarus se agachó ante el
torpe contraataque de Heris, clavó el puntal entre los
tobillos del gris y se dio la vuelta. Solo recordaba
de manera vaga su niñez, la época anterior a ser
552
seleccionado por los Ángeles Oscuros, pero había
recuerdos enterrados profundamente sobre el entre-
namiento con bastones, y su cuerpo recordaba cómo
moverse, a pesar de lo mucho que había cambiado.
La punta de su arma se enredó en los pies del gris,
atrapándolos y derribando a Heris Amis al suelo. El
gris rodó, intentando ponerse de pie, pero Lazarus
estaba sobre él, golpeando el puntal hacia abajo,
impactando sobre la masa gris del cuerpo, la cabeza,
los pesados brazos y las piernas, manteniendo al
monstruo en el suelo.
—Eres el débil, traidor —declaró Lazarus. Rechazó
un golpe seco, y el metal de sus manos chisporroteó
y se deformó al contacto con el campo de energía—.
Y esa espada es mía.
—¡Entonces ven y recógela, Ángel Oscuro!
—gruñó Heris Amis, clavando la punta en el pecho.
Lazarus soltó el trozo de metal y se movió, dando un
paso para recibir la estocada en lugar de alejarse de
ella. Se retorció y permitió que el Filo de la Enemistad
pasara a su lado, lo suficientemente cerca como para
que su armadura crujiera. Luego cerró las manos
sobre las pesadas plumas de la espada, agarró el
travesaño y empujó el Filo de la Enemistad hacia él.
La espada resbaló en la empuñadura de Heris Amis,
a punto de soltarse, pero el gris apretó las manos,
intentando hacerla retroceder. Estaban congelados,
tensándose el uno contra el otro, casi como antes de
553
que la Furia de Ángeles cayera del cielo y los separara.
—Todas las herramientas infectadas han caído,
traidor —espetó Lazarus—. Ahora solo estamos tú
y yo, Amis. ¿Quieres venganza? Ven y tómala. Si
puedes.
—Me aseguraré de que las llamas regresen por ti
—replicó Amis.
El monstruo gris agarró con ambas manos el pomo
del Filo de la Enemistad y, con un impulso de fuerza,
empujó a Lazarus hacia atrás, hacia un montón de
escombros en llamas. El Maestro de la Quinta intentó
detenerse, pero sus botas blindadas no podían agar-
rarse al barro resbaladizo. Estaba siendo empujado
hacia atrás, y podía sentir el calor creciendo detrás
de él, oír el crepitar de las llamas.
—Hombres sin miedo —gruñó Heris Amis, y sus
palabras tropezaron con la letanía de susurros sin
sentido que aún brotaban de sus labios—. Vi tu
miedo, vi las llamas, vi la muerte que sufriste escrita
en tu cerebro, Lazarus. Y todo eso te lo daré de nuevo.
Amis no dejaba de empujar mientras hablaba, ll-
evando a Lazarus hacia el fuego. El Ángel Oscuro
empujaba hacia atrás, con los músculos tensos, pero
el calor crecía y el pelo de la nuca empezaba a arder,
el cuero cabelludo debajo comenzaba a ampollarse.
Pero Lazarus no tenía miedo. Nada en absoluto,
incluso cuando sintió que Heris Amis lo empujaba
hacia el fuego con todas sus fuerzas.
554
—Tiene razón, Amis. Tengo miedo —gruñó,
clavando los pies y apuntalándose con todas sus
fuerzas—. Pero no temo a las llamas ni a la muerte.
Un Ángel Oscuro solo teme al fracaso, y no hay
fracaso en lo que hago hoy.
Sonrió, enseñando los dientes al monstruo que
tenía delante. Era un cazador de monstruos. No había
fracaso alguno en ello. Entonces dejó de resistirse,
y con todas sus fuerzas tiró hacia atrás, arrastrando
la espada que sostenían entre ambos, y llevó a Heris
Amis hacia las llamas consigo.
El gris se percató de lo que sucedía, pero ya era
demasiado tarde. Amis no era hábil en combate, y
cuando Lazarus dejó de resistirse repentinamente,
se precipitó hacia adelante, arrojando toda su fuerza
hacia el fuego. Chocó contra el Maestro de la Quinta,
y Lazarus se retorció, revolviéndose entre las llamas,
ignorando la agonía del contacto con el fuego mien-
tras arrojaba a Amis más allá de él, hacia el centro de
las llamas. El gris gritó mientras la baba hervía de
su cuerpo y sus manos se convulsionaban, soltando
la espada. En el momento en que lo hizo, Lazarus
se movió, saltando fuera del fuego con el Filo de la
Enemistad firmemente agarrado, el mortífero campo
negro que rodeaba su hoja extendido y alejado para
que no lo destrozara mientras rodaba por el suelo
embarrado.
Se puso de pie con la espada en las manos. El
555
fuego titilaba entre los pocos mechones de pelo que
le quedaban en el cuero cabelludo, pero lo ignoró,
mirando hacia los restos donde había arrojado a
Amis.
—Ven, bestia —gruñó, con la voz áspera por el
humo, el dolor y la rabia—. Sal del fuego y enfréntate
a mi furia.
Heris Amis escuchó. El gris salió tambaleándose de
entre los escombros, con los pliegues grises de moho
que cubrían su cuerpo humeantes y chisporroteantes,
la baba hirviendo hasta convertirse en vapor. Amis
se alejó tambaleándose del fuego, con las manos
deformes sobre la cara, y luego se le cayeron. Los
flácidos pliegues de moho que habían cubierto la cara
del gris eran muñones humeantes, y en su centro no
había más que ruinas carbonizadas. El fuego había
chamuscado los rasgos de Amis, hirviendo aquellos
ojos vacíos como nubes de tormenta. Cuando el gris
bajó las manos, no había nada más que una calavera
detrás de ellas, una cosa carbonizada que corría con
baba hirviendo, pero esa calavera se movió. Abrió
las mandíbulas y Heris Amis aulló. No tenía labios
ni lengua, y el sonido que brotó de aquella garganta
hecha de moho no fue más que un alarido de crudo
dolor y frustración.
—Heris Amis —dijo Lazarus, dejando que su rabia
se apoderara de él—. Dijiste que tendrías toda la
vida para enseñarme a sufrir. Lo único que quiero
556
enseñarte yo a ti es a sufrir en silencio.
Entonces se movió, corriendo hacia adelante, su es-
pada alzándose mientras liberaba su rabia, poniendo
cada pizca de ira en su golpe. Cegado, ensordecido,
el aullante Heris Amis no se movió, y el Filo de la
Enemistad lo alcanzó por debajo de la mandíbula,
cortando el limo y el moho. Todos los músculos y
la rabia de Lazarus habían estado detrás del golpe, y
éste se hundió profundamente, el campo gruñendo
mientras atravesaba el cuerpo del gris, convirtiendo
el limo en vapor, el hongo doblado en ceniza. La
cabeza de Heris Amis se desprendió con un sonido
nauseabundo y cortante, como el desgarro de una
gran hoja de piel.
Lazarus continuó su movimiento, ondeando el Filo
de la Enemistad mientras la cabeza de Heris rodaba,
rebotando en el suelo desgarrado. Luego se detuvo,
inmóvil, inhalando profundamente, y el dolor de la
quemadura en su piel se convirtió en un susurro de
sensación, menos que un recuerdo, casi nada. Se
acercó a la cabeza, con la hoja de su espada zumbando
y chasqueando, y alzó la horrenda cosa. El cráneo
lo miraba fijamente, con las cuencas de los ojos
llenas de baba, y la mandíbula inferior se movía,
flexionándose como si intentara gritar. Miró sobre su
hombro hacia el cuerpo, que permanecía de pie, con
el muñón del cuello goteando baba gris, las manos
flexionadas y las placas de moho temblando.
557
El cuerpo no mostró movimiento mientras llevaba
la cabeza, que chillaba en silencio, de vuelta al fuego
y la arrojaba dentro. La observó desde las llamas con
las cuencas de los ojos vacías, la baba disolviéndose
en vapor mientras el molde se carbonizaba y se
desprendía, y el hueso gris se ennegrecía, con la
boca aún abierta. Gritaba hasta que la mandíbula
se desprendió y la cabeza se disolvió en carbones
chisporroteantes. Luego, el cuerpo se estremeció,
extendió las manos y cayó al suelo con un golpe
sordo. Detrás de él, los Caballeros dejaron de temblar,
quedaron inmóviles, y después, todas las escotillas
se abrieron a sus espaldas, vomitando un torrente
gris de cada una de ellas. Cada uno llevaba consigo un
cuerpo, algún humano infectado de gris con humo
saliendo de sus cabezas.
Finalmente, todo quedó en silencio, solo inter-
rumpido por el crepitar de las llamas y las columnas
de humo que se elevaban hacia el cielo cada vez más
oscuro.
558
Capítulo 29
C
on la llegada de la noche, la ciudad incendiada
de Kap Sudsten fue bendecida por una lluvia
torrencial que extinguía las llamas y despejaba el
cielo del humo. Kestrel se abrió paso a través de
la tormenta, aterrizando con gracia en la espaciosa
plaza frente al palacio del Regente Primero. Las
luces de aterrizaje atravesaron la lluvia, reflejándose
en los Caballeros que permanecían inmóviles como
estatuas frente al medio palacio en ruinas.
Cuando la Fabricante Locum abrió la escotilla,
Lazarus emergió solo, avanzando rápidamente con
un fardo sobre el hombro, saltando con cada paso. La
lluvia le empapaba el cuero cabelludo, deslizándose
sobre las quemaduras que sanaban, pero eso no le
importaba. Era una limpieza final, eliminando los
últimos rastros de suciedad gris.
Frente a él se encontraba el Jardín Nocturno, con
sus puertas destrozadas y un pabellón decorado entre
hongos brillantes. Iluminado con lámparas y luces
coloridas tomadas del jardín, el lugar destacaba bajo
559
las luces festivas. En ese entorno inusualmente
alegre, figuras acorazadas se movían.
—Debemos ser veloces, Gretin Lan —instó
Lazarus.
La Fabricante Locum lo siguió, sus garras reso-
nando en las piedras lisas de la plaza. La lluvia
bañaba su rostro pálido, mojando los músculos rojos
que se movían debajo. Sus pájaros reposaban en
silencio sobre sus hombros, con alas cubriendo los
pequeños cráneos que normalmente la rodeaban,
protegiéndolos de la lluvia.
La Fabricante Locum había liderado la batalla
guiando la Furia de Ángeles por los cielos, mantenién-
dola alejada del combate hasta que el gris perdió el
control y el Thunderhawk se estrelló. Luego, se puso
manos a la obra para establecer comunicaciones y
organizar una respuesta a los disturbios e incendios
en Kap Sudsten. Con la caída de la Casa Halven,
este mundo se convertiría en suyo, un Mundo Forja
unificado y controlado por el Adeptus Mechanicus.
—Esto es de suma importancia —declaró, avan-
zando por la plaza.
—Lo es también ese —respondió Lazarus, sin dejar
de observar las luces del pabellón. Sin embargo, se
volteó y siguió a la Fabricante Locum hacia los Ca-
balleros que permanecían en silencio en la oscuridad.
Cada inmenso mecanismo albergaba un cuerpo gris
cubierto de moho, con cicatrices negras marcando las
560
cabezas. El único sin cadáver era el más imponente,
el Caballero que ocupaba el centro.
Era otro Caballero Valiente, y Lazarus frunció el
ceño ante la imponente máquina. Detrás de ella, se
hallaba una plataforma elevadora. Una vez dentro,
Gretin Lan manejó los controles, y el ascensor reso-
pló, esforzándose por elevar el pesado conjunto. Al
final, alcanzaron la altura de la escotilla trasera del
Caballero. La armadura no mostraba marcas, era lisa.
Cuando el ascensor se detuvo, la escotilla se abrió
en silencio. En su interior, las luces parpadeaban,
revelando a Sebastián Halven sentado en el Trono
del Caballero Mechanicum. Tenía los ojos cerrados,
y una fina línea de sangre fluía por su nariz, descen-
diendo sobre los restos secos de sangre más antigua.
Cables y cordones umbilicales se enroscaban alrede-
dor de su cabeza, vibrando cada vez que se movía.
—¿Vive? —preguntó Lazarus, y Sebastián abrió
los ojos. Brillaban demasiado, con pupilas enormes.
—Tú eres Lazarus. Maestro de la Quinta Compañía,
Ángeles Oscuros. Contigo está la Fabricante Locum
Gretin Lan, Adeptus Mechanicus. ¿Es correcta mi
identificación? —la voz era de Sebastián, pero la
cadencia no. El discurso era agudo, las palabras
pronunciadas en un staccato pop que sonaba incor-
recto. Al igual que la manera en que los observaba,
apenas parpadeando, sin emoción. No como el
gris, sino más bien como una araña, estudiando
561
desapasionadamente a su presa.
—Somos nosotros. ¿Y quién eres tú?— preguntó
Lazarus.
—Soy Rovoko, Caballero Valiente de la Casa Halven.
He tomado el control de mi piloto. Hay algo mal
aquí. Mis sistemas fallan. Mi piloto… —la extraña
voz se cortó, considerando, aunque la expresión de
Sebastián no cambió—. Creo que mi piloto tiene un
problema.
—Así es —respondió Lazarus—. Y sus sistemas
están contaminados.
—Explique, por favor.
Lazarus miró a Gretin Lan, y ella asintió.
—Puedo informarle, honorable caballero.
—Por favor —dijo Rovoko a través de Sebastián.
La Fabricante Locum volvió a asentir, y de ella
brotó el sonido sibilante y chasqueante de la tecno-
lingua29 . Continuó durante unos minutos, inter-
29
Lingua tecnis (tecno-lingua): Es el idioma oficial del Adeptus
Mechanicus. Es un lenguaje binario consistente en ráfagas
de estática emitidas a través de los implantes biónicos de los
miembros del Mechanicus y que no puede ser entendido por
humanos no mejorados con implantes augméticos. Ha sido
modificada y optimizada para transmitir velozmente datos
técnicos y órdenes a los servidores. Generalmente está repleta
de autoreferencias y alusiones a los conocimientos secretos
compartidos solo entre los miembros del Mechanicus, y es
muy raro que una persona ajena al Tecnosacerdocio de Marte
la utilice.
562
rumpido ocasionalmente por preguntas de algún
instrumento junto al Trono Mecánico. Luego, el
silencio se hizo presente.
—Rovoko ha sido informado de todos los eventos
históricos significativos que han tenido lugar desde
la Guerra de la Puerta Roja. El Caballero ha llegado
a la conclusión de que la Casa Halven ha llegado a
su fin y que él y los demás Caballeros se unirán al
Adeptus Mechanicus para proteger este mundo. ¿Es
eso aceptable?
Lazarus se preguntó cuánto había compartido real-
mente con el Espíritu Máquina. Probablemente todo.
Un tecnosacerdote guardaría secretos fácilmente de
un humano, pero nunca de una máquina.
—Es su mundo, pueden manejarlo como deseen
—dijo Lazarus. Excepto con el asunto de la Puerta
Roja. El sello de esa puerta sería retirado y recreado,
sin defectos, lo antes posible.
—Concurrencia lograda. Rovoko entrará en modo
de espera hasta que los contaminantes sean ex-
pulsados de sus circuitos. Pero antes de que eso
ocurra, desea hacer una solicitud —Gretin Lan indicó
hacia el individuo sentado en el trono—. Rovoko
solicita el permiso para encargarse personalmente
del traidor que lo controlaba, el designado Sebastián
que manchó el honor de la Casa Halven.
—Puede hacerlo —dijo Lazarus—. Siempre y
cuando las consecuencias sean equivalentes a las que
563
nosotros pagaríamos por semejante traición.
—Ten la seguridad de que así será —afirmó Ro-
voko a través de Sebastián. Hubo un instante, luego el
rostro del joven cambió. Se animó, se llenó de miedo,
sus ojos de repente se volvieron desesperados.
—No —gritó—. No, no puedes. Soy el heredero de
la Casa Halven y soy tu maestro…
Se oyó un zumbido, y las luces que rodeaban el
trono se atenuaron mientras chispas parpadeaban
sobre los cables que llegaban hasta la cabeza del
Regente por venir. Se oyó un chisporroteo y un olor a
carne quemada, y Sebastián se puso rígido. Luego se
desplomó. Los cables umbilicales se desprendieron
de los humeantes enchufes de su cuero cabelludo, y
las luces se apagaron en la pequeña cámara. En la
penumbra, Lazarus se quedó observando el cadáver,
recordando al niño arrogante que alguna vez desafió
a su padre por la existencia de los Caballeros, pen-
sando en la simetría.
564
los grises y sometido. Con la muerte de Heris Amis
habían sido liberados, pero el recuerdo de lo que les
habían hecho, de su sufrimiento, persistía nítido.
Otros sobrevivientes se congregaban en los alrede-
dores del pabellón, humanos que también habían
sido esclavizados. Aquellos capturados más reciente-
mente se habían recuperado, solo delatados por sus
ojos atormentados y las marcas en carne viva de la
piel, resultado de sus esfuerzos por eliminar el moho
gris. Los que llevaban más tiempo infectados yacían
inmóviles, contemplando la lluvia sin reaccionar.
Sus mentes se habían perdido en la entidad que aún
podría acechar al otro lado de la Puerta Roja.
—¡Lazarus! —La profunda voz resonó en el jardín,
y el Maestro de la Quinta aumentó el paso. Demetrius
estaba frente a él, con una cadena de luces azules
parpadeando en su máscara craneal, y Lazarus ex-
tendió la mano para cogerla. Sin embargo, se detuvo
al observar el lugar donde debería estar el brazo del
Capellán Interrogador.
—Dijiste que no estabas gravemente herido
—afortunadamente, Heris Amis también había
dejado de interferir con su vox, y todas las fuerzas
separadas de la Quinta habían restablecido la
comunicación. El último Thunderhawk de la Espada
de Calibán ya había descendido para recoger a los
escuadrones restantes con el Adeptus Mechanicus.
—Tengo dos brazos, y este no se ha ido del todo
565
—dijo Demetrius—. Así que estoy herido, pero no a
la mitad —levantó la mano que le quedaba y se quitó
el casco en forma de calavera. En la penumbra, su ojo
cibernético brillaba suavemente—. Será mejor que
te muevas rápido. La Muerte ha sido paciente, pero
no esperará mucho más.
Lazarus siguió a Demetrius a través del pabellón,
regresando a un rincón apartado. Allí estaba Ephron,
frunciendo el ceño ante el equipo que lo mantenía
con vida. La enorme Espada Sierra del Caballero le
había arrancado una pierna y destruido gran parte
del bajo vientre, pero su fisiología de Marine Espacial
y su armadura le habían salvado.
Junto al tecnomarine, Raziel estaba envuelto en su
túnica con capucha, con la cabeza entre las manos.
Al pasar Lazarus, levantó la vista y se puso en pie.
—Maestro Lazarus —dijo, con la voz entrecortada.
El proyectil de Asbeel no había causado daños graves
al Bibliotecario, ciertamente nada comparado con lo
sufrido por Ephron. Sin embargo, el poder utilizado
para ralentizar el tiempo y asistir a Lazarus no era
algo que pudiera ejercer con facilidad, especialmente
después de ser herido. Raziel apenas podía manten-
erse en pie cuando Lazarus lo encontró entre el barro
y los escombros. Ahora estaba más firme, pero sin
el casco, Lazarus pudo ver que su pelo negro estaba
salpicado de plata y que sus ojos oscuros estaban
marcados por finos hilos de color blanco azulado.
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—Quería decírtelo, maestro Lazarus —dijo
Raziel—. El susurro del dolor. La corriente de
sufrimiento que lo llevó a la Puerta Roja. Ha
desaparecido.
Lazarus se detuvo, mirando fijamente los ojos
dañados del Bibliotecario. Recordando el toque
frío de su poder, ofreciéndole opciones. Oportu-
nidades sin las cuales todos estos sacrificios, toda
esta muerte, habrían sido en vano.
—Gracias, hermano, por hacerme saber —dijo,
y lo dijo con sinceridad. Tanto su gratitud por el
conocimiento como la palabra “hermano”, y tal vez
era la primera vez que sentía verdaderamente a un
psíquico como un hermano. Estrechó la mano de
Raziel, asintió a Ephron y siguió a Demetrius hasta
el último jergón.
Era algo pequeño, colocado bajo un grupo de luces
doradas, pero la figura sobre él también era pequeña.
Ysentrud yacía allí, con la piel roja de su máscara
craneal perlada de sudor, pero quieta, muy quieta.
No olía a muerte y Lazarus la escuchaba respirar,
pero cada respiración era débil y superficial. Aun así,
cuando se agachó junto a ella, sus ojos se abrieron.
—Lazarus —dijo en voz baja—. Has perdido tu
elegante yelmo, mi señor. Y el pelo.
—El pelo volverá a crecer —dijo él—. Y he encon-
trado mi yelmo. Pero habrá que repararlo antes de
que pueda ponérmelo. Tiene peor aspecto que yo.
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—Veo que tienes un rasguño —dijo ella, mirando
la nueva cicatriz que le marcaba la cara.
—Me contaron que usted también se ganó una
—tenía una manta sobre la herida, pero Lazarus
no necesitaba verla para saber que estaba allí.
Podía percibir el olor a carne quemada, la sangre
coagulada—. Siento que el Apotecario Asbeel no
haya podido venir — no explicó por qué.
—No importa —dijo Ysentrud en voz baja—
. Tengo la sensación de que ningún estimulante
ayudará.
La aprendiz parpadeó, moviéndose en el jergón,
con la respiración entrecortada por el dolor. Inclinó
la cabeza y lo miró fijamente, como si le costara verlo,
a pesar de que estaba allí mismo.
—¿Lo has matado? ¿Está muerto de verdad?
—Heris Amis arde en el infierno, donde quiera que
esté —Lazarus había arrojado el resto del cuerpo del
gris a los restos de la hoguera de la Furia de Ángeles—.
No volverá a resucitar —el Maestro de la Quinta
extendió la mano y la posó suavemente en su delgado
hombro—. Puede que no lo hubiera matado de no
ser por usted, Erudita Ysentrud Wyrbuk. Ha ayudado
a salvar su planeta y la Quinta, y quizás mucho más.
Ha luchado como un león.
Parpadeó e intentó sonreír.
—No sé si habla en serio. Así que creeré que sí.
Gracias, maestro Lazarus —guardó silencio durante
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un largo rato, mirando las lucecitas—. Una vez me
dijeron que podía ver cómo se hacía la historia, en
lugar de limitarme a recopilarla. Al final, supongo
que ayudé a hacerla, ¿no?
—Lo hizo —dijo él.
—Bien —sus ojos miraron más allá de las luces,
perdiendo el enfoque, y su voz se convirtió en un
susurro—. ¿Es duro, Lazarus? ¿Morir?
—No —dijo él en voz baja. En la quietud, podía oír
cómo vacilaba el corazón de ella—. Cuando ha vivido
con honor, es lo más fácil del mundo.
—Bien —susurró de nuevo, y entonces ella y su
corazón callaron.
—Se acabó —dijo Lazarus, sus palabras apenas
más fuertes que la lluvia que caía fuera del pequeño
edificio donde se encontraban, un rincón en el jardín
donde habían depositado a los muertos del Adeptus
Astartes, todo lo que pudieron recuperar. En el
extremo más alejado, junto al cuerpo de Asbeel,
estaba Jequn, con un paño verde cubriendo las ruinas
de su cabeza—. Es una de las peores guerras en las
que he luchado, una de las peores amenazas a las que
me he enfrentado, y qué cosa más dispersa y díscola.
—En nuestras mentes, hermano, se libran muchas
de las grandes batallas —Demetrius estaba a su lado,
ambos contemplando los cuerpos de los hombres que
habían sido su deber derribar. Los hermanos que la
misión les había obligado a eliminar—. Dentro de
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nuestras almas, estas luchas dejan heridas profundas
que tal vez nunca lleguen a cicatrizar —el Capellán
Interrogador negó con la cabeza—. Mi brazo será
sustituido, al igual que lo fue mi ojo. Pero, ¿cómo
reemplazamos a ustedes, Anciano? ¿O a ti, Apote-
cario? El dolor de nuestras heridas ya se desvanece,
pero el dolor de lo que tuvimos que hacer sigue siendo
agudo —Demetrius respiró hondo—. Quería darle
consuelo, hermano Lazarus —se detuvo, guardando
silencio, pero Lazarus pudo ver cómo movía los
labios. Pronunciando las palabras de la Letanía de
los Hermanos Perdidos. El Capellán Interrogador la
susurraba para sí mismo una y otra vez.
Heridas. Sí. Lazarus podía sentirlas en su psique.
Pero al mismo tiempo, sentía el fuego en él, el fuego
que lo había matado, parpadeando a través de ellas.
Cauterizándolas. Las llamas ya no dolían. ¿Era eso
positivo? ¿Había finalmente hecho las paces con
su muerte y resurrección? ¿O simplemente había
optado por quemar su alma en lugar de sufrir más?
Era imposible saberlo.
Levantó la mano y desató las ataduras que su-
jetaban el fardo sobre su hombro. Lo desplegó con
cuidado y lo colgó de una de las vigas bajas del techo.
El estandarte de la Quinta, libre de la suciedad gris
que lo había manchado, se balanceaba con la brisa de
tormenta, y sus hilos brillaban en la penumbra.
—Nuestro secreto mató a Jequn —dijo Lazarus,
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y a su lado Demetrius detuvo su letanía—. Si no
hubiera temido que ese conocimiento se perdiera,
nunca te habría enviado tras él. No habrías tenido
que matarlo.
—Y si no me hubieras enviado, Heris Amis nunca
habría intentado llevarse a la Erudita, y no habría
podido darnos nuestra última oportunidad.
Demetrius se giró hacia él, con un semblante som-
brío y melancólico bajo el suave resplandor verde de
sus ojos.
—No tengo las respuestas para aconsejarte,
Lazarus. No puedo ofrecerte soluciones a los enigmas
del orgullo, la obsesión, la rabia y el miedo. Esas
incógnitas debes resolverlas por ti mismo, si alguna
vez logras hacerlo, y adquirir el conocimiento que
puedas en el proceso. Pero te diré esto: hoy venciste
a un monstruo. Acepta esa victoria. Hoy perdiste a un
Anciano, a un Apotecario y a demasiados hermanos
de la Quinta. También perdimos a un mortal, alguien
lo suficientemente valiente como para recordarnos
su valía. Acepta ese dolor. Acepta ambos aspectos y
sigue adelante, porque mañana habrá otra victoria,
más dolor y después de eso, aún más, una y otra
vez. Porque, al igual que los Eruditos, nosotros
escribimos la historia. Y al final, como ella expresó a
su manera, eso significa que somos los que sufrimos.
Lazarus observó a Demetrius, al cuerpo del An-
ciano Jequn, y finalmente levantó la mirada hacia
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el estandarte.
—Tienes razón, hermano. Somos la crónica de esta
galaxia y forjamos el destino de este Imperio. Somos
los cazadores de monstruos. Los defensores de la
humanidad. Somos los Ángeles Oscuros, y pase lo
que pase, no nos dejaremos caer.
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Epílogo
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tareas más urgentes que culminar que esta traduc-
ción. Aun así, alargó la mano para tomar una pluma
eléctrica y trazó los elaborados símbolos del alto
gótico sobre una pizarra de datos. Escribir, hasta
llegar al final de la historia. Un cierre, limpio y
ordenado. Las historias lo tenían. La vida no.
Para recordárselo, llamaron a la puerta.
—Adelante —dijo Lazarus, levantándose. Esta
sería una de las otras mil cosas. Pero cuando la puerta
se abrió, no era uno de sus hermanos que venía a
informar, ni un siervo del Capítulo buscando órdenes.
Era la Astrópata Líder de la Espada de Calibán, una
mujer demacrada y pálida, envuelta en sus ropas de
oficina, con las cuencas vacías de sus ojos ocultas
tras una tira de tela blanca.
—Mi señor —su voz era un susurro, un sonido
casi perdido en el suspiro de los procesadores atmos-
féricos. Sostenía un trozo de pergamino, cuidadosa-
mente doblado y sellado con el símbolo de máxima
importancia, de la máxima urgencia, que la obligaba
a llevárselo directamente. Lazarus tomó el papel,
rompió el sello y leyó el mensaje escrito apresurada-
mente. Y lo hizo de nuevo.
«La vida no concluye de forma ordenada —reflexionó—.
La historia continúa, se reconstruye constantemente.
¿Y qué pensará de nosotros? ¿Qué opinará de
nosotros?»
Lazarus abrió un canal a toda su compañía.
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—Mis hermanos de la Quinta. Nos llaman de vuelta
a la Roca con urgencia.
Se detuvo un momento, releyendo el mensaje por
última vez, pero la historia seguía siendo la misma.
—El León nos pide que regresemos a casa.
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