Moral Fundamental
Moral Fundamental
1. El concepto de moral
“Mira, hoy pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Elige la vida y vivirán
y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a él, pues
él es tu vida y el que garantiza tu permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus
antepasados, a Abrahán, Isaac y Jacob” (Dt. 30, 15. 19b-20).
Actualmente es difícil abordar el concepto de moral. A veces nos suena a un
conjunto de normas más o menos externas que es necesario cumplir, como las leyes de
un país. Además tendemos a aferrarnos a ellas como elementos de seguridad o a
relativizarlas como, en ocasiones, hacemos con las leyes sociales. Muchas veces en esta
confusión se manifiesta, nuestra dificultad para integrar la fe y la vida. Nos cuesta
vincular la moral al conjunto de nuestro ser cristiano y a nuestra experiencia de Dios, y,
por eso, tendemos a juzgar y valorar las “normas morales” en sí mismas, sin buscar sus
raíces profundas.
Sin embargo, la moral cristiana es la concreción cotidiana de nuestra experiencia de
fe. Es decir, la forma de manifestar, en lo que hacemos o dejamos de hacer, nuestra
experiencia de Jesús como salvador. Por tanto, en nuestro comportamiento moral nos
jugamos la coherencia fe-vida.
Asumir la moral desde esta perspectiva implica profundizar en los fundamentos de
la vida moral cristiana. Creemos en un Dios que tiene una propuesta de vida y de
plenitud para el ser humano y que lo ha hecho libre y responsable. La experiencia moral
supone esta libertad y responsabilidad. Por ello, toda la vida del ser humano tiene una
dimensión moral ineludible, que tiene que ver con lo bueno y lo malo, lo justo y lo
injusto.
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cada uno de nosotros hemos de descubrir y discernir en nuestra vida cotidiana. Una
propuesta y un proyecto para la humanidad en el que estamos llamados a participar.
1.2 La persona es libre
“Elige la vida, y vivirás” (Dt 30, 19b). El proyecto de Dios para la persona incluye
la libertad pues Dios lo creó a su imagen y semejanza, como sujeto capaz de elección, como
ser libre y capaz de autonomía. Sin libertad, no tendríamos la posibilidad de “ser malos”
pero tampoco la posibilidad de “ser buenos”.
La persona se ve enfrentada diariamente a la necesidad de tomar decisiones y
aunque las opciones seas pocas, estas siempre existen. La libertad radica en esta capacidad
inherente al ser humano, que también cosiste en no decidir, lo que derivará en
consecuencias distintas.
El mal en el mundo es una problemática teológica de no fácil solución y
desearíamos que no lo hubiera. Pero Dios no quiere un mundo de esclavos sino un mundo
de hijos y hermanos libres, y está en nosotros la posibilidad de adherir o rechazar el
proyecto de Dios. Somos hijos de Dios y, al igual que nuestros hijos, podemos optar
libremente por abandonar la casa paterna. Porque Dios es un Padre bueno que vincula a sus
hijos en el amor.
1.3 La persona es responsable de su vida
“Y creó Dios a los seres humanos a su imagen, a imagen de Dios los creó; varón y
mujer los creó. Y los bendijo Dios diciéndoles: Crezcan y multiplíquense; llenen la tierra y
sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se
mueven por la tierra” (Gen 1, 27 -28).
La otra cara de la libertad es la responsabilidad. Si la persona es libre de elegir,
también es responsable de lo que elige, de lo que elige, de lo que hace con su vida y con
todos los bienes que le fueron confiados. Dios confía en la persona: le entrega el mundo y
lo deja en sus manos. Pero también le ofrece la guía y la orientación que necesita para que
lo logre.
La libertad hace a la persona un sujeto responsable, que debe responder de sus
opciones. Esta libertad y responsabilidad lo hacen un sujeto moral que puede elegir hacia la
vida o hacia la muerte.
La persona responsable de su propia vida y también de la de los demás. Dios no nos
ha puesto en el mundo solos, sino en relación, y su proyecto se orienta hacia la construcción
de un mundo de fraternidad, a imagen del mismo Dios que es relación y comunidad de
amor. El proyecto de Dios se realiza en las relaciones entre los seres humanos, y de éstos
con la creación. La acogida o rechazo de este proyecto para por ejercer nuestra
responsabilidad con los demás. Las consecuencias que tiene nuestros actos, y cómo estos se
orientan a la construcción de un mundo de hijos y hermanos, es la referencia fundamental
para discernir cómo estamos ejerciendo nuestra libertad y nuestra responsabilidad. La moral
cristina nunca puede ser una moral individualista.
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En este módulo queremos profundizar, partiendo de esta perspectiva, en los criterios
y herramientas que pueden ayudarnos a comprender con mayor profundidad la moral
cristiana para asumirla con mayor libertad y responsabilidad en nuestra vida cotidiana.
1.4 Conclusión
Buscando una definición más precisa, podríamos decir que la Moral es la ciencia
que trata de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia. “la ciencia de lo que el
hombre debe ser en función de lo que ya es”1. Esta definición nos señala lo siguiente:
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2.1 Los actos morales
En el hombre hay dos series de operaciones, de acuerdo a la manera como han sido
realizadas:
Las “acciones humanas”, que tienen su raíz en el centro mismo de la persona que
recibe el valor moral, lo percibe en forma lúcida y decide libremente en consecuencia; y,
Las “acciones del hombre”, más biológicas o instintivas, sustraídas a la
responsabilidad personal ya que se realizan sin la advertencia y sin la necesaria libertad y
por tanto no son objeto directo de la reflexión moral.
La “acción humana” incluye elementos esenciales para serlo:
a) En primer lugar el conocimiento, tanto de la acción en sí misma como de su
realización con los valores morales que están en juego. Ese conocimiento o
advertencia, puede estar presente en varios grados de intensidad. No basta
cualquier conocimiento para que haya un acto humano, pero puede decirse que,
en general, es necesario y suficiente con que el sujeto tenga advertencia del acto
que va a realizar y de su conveniencia o inconveniencia: así el sujeto puede ser
dueño de ese acto.
b) En segundo lugar, la voluntad. El acto voluntario puede dirigirse a una realidad
o a una acción querida en sí misma (voluntario directo) o bien a una realidad en
cuanto vincula a un valor pretendido y buscado (voluntario in causa o indirecto).
c) En tercer lugar, la libertad. Para que haya un acto verdaderamente humano se
requiere prestar atención a la decisión libre y la misma realización no
coaccionada de la acción propuesta.
Los actos humanos se califican como buenos o malos en razón de su referencia al
fin último, que es, como se ha dicho, la felicidad.
Ayudada por un diálogo con la filosofía personalista, la Teología Moral comprende
que, en la base de la acción humana se encuentra concretamente la motivación subjetiva, es
decir aquel “conjunto de factores internos a la persona que da energía y dirección a su
comportamiento; es el dinamismo de la persona proyectado hacia un valor futuro. El motivo
se encuentra ante todo en las necesidades tanto fisiológicas (experimentadas de modo
cíclico por períodos: ej. El hambre) como no fisiológicas (que admiten sólo satisfacción
parcial: ej. Curiosidad, afirmación de sí). El motivo selecciona entre las conductas posibles
las que se demuestran más eficientes para el propio fin; mantienen la propia actividad hasta
que el motivo quede satisfecho. La motivación conduce una acción a su fin, haciéndola
apropiada respecto a él, persistente e indagadora5.
Dando todavía un paso más, habría que considerar este análisis del actuar humano a
la luz de la revelación cristiana. La Teología Moral ha de dialogar con el análisis
psicológico, pero ha de remitirse continuamente a la novedad de la vida redimida por
Jesucristo.
5 J.R. Flecha [Link]., 193.
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El conocimiento propio de los actos humanos se completa así con el discernimiento
que es obra del Espíritu de Dios (CF. 1Cor 8,3). Ya no se trata de un mero conocimiento
teórico, sino de una relación de familiaridad y sintonía con el objeto conocido, una relación
de amor a los valores éticos que realizan a la persona amada por Dios. (cf. Ez 20, 10-20;
Os 13, 4; Miq 6,5). Conocer la voluntad de Dios (cf. Hech 22, 14; Rom 2,18) o conocer el
juicio de Dios (cf. Rom 1,32) es más que un saber teórico (cf. Jn 7 49). Para Pablo, conocer
a Dios implica alabarlo (cf. Rom. 1,21) y prestar obediencia a Cristo (Cf. 2Cor 10,5).
La voluntad, por su parte, es sanada por la gracia y pos sus dones. Y la operación
libre es dictada por “la ley perfecta de la libertad” (Sant 1,25; 2,12), una libertad para la
cual nos ha liberado Cristo (cf. Gál 5,1) y que está íntimamente orientada a la caridad 6.
2.2 La actitud moral
En el último tiempo, a partir de la sociología y de la psicología, ha comenzado a
utilizarse la categoría de la actitud, como sustituyendo a la categoría clásica de los hábitos.
La actitud moral no debe ser confundida con la intención, como sucede a veces. Se
la puede entender como “el conjunto de disposiciones adquiridas que nos llevan a
reaccionar positiva o negativamente ante los valores éticos” 7. En cuanto a la moral cristiana,
esta descripción se ha de complementar con una reflexión sobre sus motivaciones de gracia,
sus referencias a la realidad y su aspiración tendencial hacia la perfección, pedida por Jesús
a los suyos.
La actitud moral comprende todo el mundo cognoscitivo y el volitivo, el ámbito de
los sentimientos humanos y el campo operativo de la persona. Se puede decir que la ética
tradicional ya estudiaba de algún modo las actitudes morales, sobre todo al dedicar su
atención a los hábitos y a las virtudes cardinales desde la Ética a Nicómaco de Aristóteles.
Pero, en la práctica, la moral tradicional concedía una enorme importancia a los actos, al
menos en cuanto a espacio de tratamiento y de atención.
2.2 Fuentes de la moralidad
Se denominan así los diferentes elementos de la acción humana, que se han de
medirse por la norma ética y que determinan la moralidad de la acción. Santo Tomás de
Aquino las redujo a tres: el objeto de la acción misma, el fin que con ella se persigue y las
circunstancias que la sitúan en un lugar y en un momento concreto.
Una acción humana será buena cuando los tres elementos lo sean. Y será mala
cuando al menos uno de ellos choque contra los valores éticos que reflejan las normas de la
moralidad.
a) El objeto del acto moral es la primera y fundamental fuente de moralidad. Si el
objeto es malo, el acto será siempre malo, aunque las circunstancias y el fin sean
buenos; “nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien”8; el fin, junto
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con el objeto, determina la sustancia del acto moral. El fin es la intención
subjetiva que pretende el agente con la acción.
b) El fin del acto moral es el objeto al que el agente ordena sus actos, es decir lo
que se propone conseguir. Este fin, junto con el objeto, determina la sustancia
del acto moral. El fin es la intención subjetiva que pretende el agente con la
acción.
c) Las circunstancias del acto moral son aquellos aspectos accidentales del objeto o
de la intención del agente, que afectan de algún modo a la bondad de la acción,
pero sin cambiar su sustancia. Por ejemplo, el cariño con que se da una limosna.
Si el acto es bueno o malo por su objeto y fin, las circunstancias acrecientan o
disminuyen accidentalmente su bondad o maldad.
2.4 Actos intrínsecamente malos
El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las
circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea bueno. así,
rezar, ayudar, a alguien o dar limosna, siendo actos buenos en sí mismos, no tienen validez
si el fin de la acción es para ser visto por los hombres”. Ninguna finalidad buena justifica
un acto malo.
El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de todo el acto.
Comportamientos concretos como el adulterio, calumnia, homicidio, siempre son error
porque su elección comporta un desorden de los valores éticos objetivos.
Es un error juzgar la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención
subjetiva que los inspira o las circunstancias que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí
mismos, independientemente del fin del que actúa o de la intención, son gravemente ilícitos
por razón de su objeto. Otra cosa es que las circunstancias modifiquen, cuantitativa o
cualitativamente, la responsabilidad personal del agente. No está permitido hacer un mal
para obtener un bien9.
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determinados prescindiendo de la intención por la que la elección es hecha o de la totalidad
de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas”13.
13 Ibid., 79.
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3.1.1 Moral de la ley
Señalaremos algunas características propias de la moral que se expresa en la ley del
Antiguo Testamento.
Se trata de una moral profundamente religiosa
Una moral que parte de la experiencia de Dios que elige a su pueblo, al que Yahveh “dicta”
sus leyes. No es una moral mítica o mágica.
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Cuando Israel sufre el exilio babilónico no se mantienen la monarquía, el sacerdocio
y el profetismo. Por eso, lo único que permanece como especificidad del pueblo de Israel y
que le da su identidad como tal es la “Torah”, la ley.
3.1.2 Moral de los profetas
La moral de los profetas parte de unos determinados presupuestos que orientan sus
énfasis:
La santidad de Dios (Cf. Os 11,9; Is 6.3; Jer 50, 29)
Dios es distinto, irreductible a los deseos de los hombres. Los profetas tienen
conciencia de la grandeza, de la majestad, de la santidad de Dios. Su experiencia religiosa
los coloca ente el Santo, toralmente diverso de los hombres, cuya gloria llena la tierra toda.
Esta conciencia de la grandeza de Dios está acompañada en los profetas de la conciencia de
la bondad misericordiosa de Dios (Hesed). Dios “Hesed”: Dueño (Cf. Is 5), Pastor (cf. Ez
34), Padre (cf. Os 11) y Esposo (Cf. Ez 16 y 23).
El pecado
En los profetas hay una fuerte conciencia de pecado frente a la santidad de Dios.
Para ellos, el pecado separa al hombre de Dios (cf. Is 59,2), del Dios del a justicia (Amós),
del Dios del amor (Oseas), del Dios de la santidad (Isaías). Al considerar al hombre en
relación con sus hermanos, se puede decir que el pecado quiebra sus vínculos sociales y
comunitarios (cf. Jer 13, 23).
La interiorización de la alianza
La moral de los profetas insiste en la necesidad de una interiorización de la alianza.
No es suficiente apoyarse en el culto ofrecido en el templo o en la ley escrita. Dios busca
mayor sinceridad y ofrece una alianza nueva y eterna.
A) La iniciativa del perdón viene de Dios (cf. Jer 1,34)
B) Respuesta personal (v. 29)
C) Interiorización de la ética (v. 33)
El esfuerzo de interiorización de algunos, chocará con el vació ritualismo del
pueblo. Los que buscan a Dios con corazón sincero, serán los “siervos de Yahveh”,
los “anawin”.
3.1.3 Moral de los sapienciales
Hay diferencia entre los judíos que viven en Palestina y los que viven en la diáspora.
En los libros sapienciales, hay dos características que llaman la atención: su secularidad y
su carácter profundamente humanista. Los sapienciales tratan de resolver las preguntas que
sobre la vida diaria se hace un hombre que vive en la diáspora. La moral de los sapienciales
nace de la experiencia.
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Se pueden descubrir dos raíces imprescindibles en la base de su razonamiento
moral: una dimensión teologal de la existencia y otra antropológica.
La sabiduría de Israel nos presenta un Dios que es Señor de la Historia y Salvador
del hombre de su mundo (cf. Job, Ecle, Sab) pese a los obstáculos como el límite humano,
el pecado y sus consecuencias.
Por otro lado, existe la dimensión antropológica. Saben de la debilidad y de la
dignidad del hombre, y de la posibilidad de salvación por ser imagen de Dios. En el mundo
de la diáspora el criterio moral fundamental es la elección de aquella conducta que realiza
automáticamente al ser humano. “¿Qué saca e hombre de toda la fatiga con que se afana
bajo el sol?” (Ecl 1,3). Es una moral de la felicidad: Eclo 14, 20-15,10; Sab 7, 8-12, que
nace de la búsqueda de la sabiduría. Una moral de la búsqueda de la perfección: Sa 4, 8-9.
Una mora abierta a la cultura
La moral de los sapienciales es una ética de la experiencia enraizada en una cultura
ajena: la griega en el libro de la Sabiduría y la babilónica en el libro de Job. Esta reflexión
aunque sigue una línea de fidelidad a la tradición de Israel, intenta un proceso lógico y
racional. También podría estar dirigida a los no hebreos. Se abre a la universalidad: a un
cierto ecumenismo ético basado en una nueva antropología que tiene más en cuenta la
creación y el cosmos.
Una moral en la historia: retribución por la conducta
Los esquemas éticos están más basados en la racionalidad y la experiencia cultural
que en el oráculo de Yahveh o los imperativos de la Torah. En los libros sapienciales entra
en crisis el antiguo concepto de retribución: consideraba que el hombre bueno es
recompensado por Dios en este mundo con bines materiales que se pueden disfrutar. Ésta
no es una afirmación evidente, y por eso se impone un nuevo planteamiento. Así, la
sabiduría bíblica, pese a estar en medio de una cultura que le es extraña, da un paso que la
vincula a su propia tradición de origen: en la dinámica del recuerdo y la promesa se abre a
la historia de la salvación.
El libro de Job apela la fe en un Dios incomprensible, pero fiel a sí mismo.
Eclesiástico reúne tanto la creación como la historia en un diseño de la historia salvífica. En
el Eclesiastés se confrontan los valores morales habituales con la experiencia crítica de la
muerte. El libro de la Sabiduría considera necios, no sabios, a los que piensan que la vida
termina con la muerte. En los llamados Salmos místicos, se confiesa la fe en una vida
ultraterrena, salvada y glorificada por Dios (cf. 16,10; 49,16; 73, 24).
Los libros sapienciales vislumbran la posibilidad de una retribución que, partiendo
del encuentro personal con Dios, da al proceder moral dimensiones insospechadas.
Por todo lo ya visto, se comprenderá que es absolutamente imposible para un
cristiano ignorar la fuerza e importancia que tienen las orientaciones y las enseñanzas
morales del Antiguo Testamento.
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3.2. Moral del Nuevo Testamento
Como resultado de la deportación a Babilonia e pueblo israelita ve que todo lo que
constituía su identidad se derrumba: no existe la monarquía ni el rey, el culto y el templo
están destruidos, los profetas no los oyen. Sólo la ley permanece como el núcleo que les da
identidad. Es así como, con frecuencia, prevalece la letra sobre el espíritu que la inspiró. Es
una ley a la que le falta espiritualidad.
3.2.1 exigencias morales de Jesús
Jesús es un profeta, EL PROFETA, que anuncia un mensaje religioso. El heraldo del
EVANGELIO. ES en esa buena Noticia en la que se fundamenta sus exigencias morales:
Exigencia de totalidad e interioridad
La obediencia moral se entiende a partir de la nueva imagen de Dios que presenta a
Jesús.
De cara al reino de Dios que se acerca se requiere obediencia de la forma más
apremiante.
La obediencia se define como seguimiento de Jesús
En adelante será posible la obediencia en cuento vida en el espíritu.
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del corazón (Cf. Mt 5, 27-30). De la misma manera, no basta devolver el bien al
bienhechor, sino que también se debe amar a los enemigos (cf. MT 5, 43-58).
Nueva imagen de Dios
Nadie puede pedir tanto a cambio de nada. La radical disyuntiva entre el creador y
lo creado supone una conciencia profundamente religiosa. DIOS ES ÙNICO. Se entrega
total y gratuitamente en su amor a los hombres. DIOS ES PADRE que ama y cuida a sus
criaturas (cf. Mt 6, 25-34). Ante un Dios que es Padre y ama desde la absoluta gratuidad al
que no puede “merecer” su amor, la exigencia ética fundamental se apoya en la imitación de
Dios. Sólo así se puede sustentar el “sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”
(Mt 5,48). Vivir la perfección de Dios: amor en la pura gratuidad.
Cercanía del reino de Dios
Toda la predicación de Jesús, su experiencia y exigencia, se resumen en el mensaje
que nos transmite San Marcos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca; convertíos
y creed en la Buena Noticia” (Mc 1, 15). Ha llegado el tiempo del cumplimiento de las
promesas y de la hora de la visita de Dios. Es hora de vigilar; el momento de ponerse en la
buena con el adversario (cf. Mt 5, 25-26), de desprenderse de todo para adquirir la perla y el
tesoro (cf. Mt 13, 45-46).
Se acerca el reinado y la soberanía de Dios (cf. Lc 16,16). El reino de Dios no es
solamente una realidad escatológica, la intervención salvadora, la síntesis de todos los
bienes salvíficos, el concepto central de la beatitud.
Las parábolas del reino deben interpretarse tanto en sentido escatológico como
mesiánico, indicando que ya está presente, en la persona de Jesús y su obra (cf Mc 4, 11;
13,28-29; Lc 17,20) y continúa creciendo. En las parábolas se hace presente una
moralización del mensaje. Al lado de la buena semilla, que es acogida, coexiste la cizaña de
los que rehusan la palabra de Dios. Jesús identifica la apertura al reino (cf. Mc 10, 13-16;
Lc 18, 15-17; Mt 19, 13-15) con la acogida a su propia persona (cf. Mc 9, 37; Mt 18,15; Lc
9,48).
La actitud que posibilita la entrada en èl es la conversión, que se implica el hacerse
como niños, recibiendo el reino de Dios como un don absolutamente gratuito, distinto es el
caso de los que se tienen por “justos” (cf. Lc 18, 9-14)
El seguimiento de Jesús
Jesús llama a algunos discípulos y ellos le siguen (Cf. Mt 4, 22). Después este
seguimiento se convertirá en exigencia ética (Cf. Mt 10,38): deben asumir en su vida la
aceptación de los valores e ideales de vida de Jesús, su estilo de servicio (cf. Mc 10,45).
Este seguimiento no se reduce a gestos superficiales sino que conduce hasta la
entrega salvadora. A Jesús no lo eligen, como en las escuelas rabínicas: Él elige a sus
discípulos. La condición de discípulo de un rabino es transitoria, mientras que para el
discípulo de Jesús está marcada por un destino que se realiza en la comunión de vida y de
muerte con su Maestro.
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No es extraño que el tema del seguimiento de Cristo, ocupe un lugar tan central en la
encíclica Veritatis Splendor, para la cual: “seguir a Cristo es el fundamento esencial y
original de la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el
desierto hacia la tierra prometida (cf. Ex 13,21), así el discípulo debe seguir a Jesús, hacia
el cual lo atrae el mismo Padre (cf. Jn 6,44)14.
La vida en el Espíritu
Jesús actúa toda su vida bajo la acción del Espíritu (cf. LC 3,22; 10, 21; 4, 1.14-18),
por lo tanto también lo recibirán los que siguiendo su ejemplo han aprendido a invocar al
Padre (cf. Lc11,13). La vida de sus discípulos se verá enriquecida, si es que lo piden, por el
don y la presencia del Espíritu Santo, quien les enseñará todo lo que deban decir.
La teología joànica enfatizará que los hombres que nacen de lo alto y aspiran a ver
el reino de Dios son precisamente los que aceptan ser arrastrados por el soplo del Espíritu
(Cf, Jn 3-38). Santo Tomás afirmará siglos más tarde que la ley nueva es la gracia misma
del Espíritu Santo, otorgada al creyente por medio de la fe en Cristo.
En los evangelios se nos demuestran que para el cristiano la pregunta por la bondad
ética no se da por satisfecha con respuestas abstractas. La bondad es alguien, no algo. Ser
bueno es seguir a Jesús, el Maestro y el Señor glorificado. La ética evangélica es una ética
personal, vivida por el sujeto que la predica. Jesús es el predicador moral, un hombre de su
tiempo pero que trasciende la historia.
Jesús es el ideal y el prototipo que nos “revela” el rostro de Dios y el verdadero
rostro del hombre. La ética evangélica es plenamente humanizadora. Los ideales de Jesús
son exigentes y normativos por ser profundamente humanos.
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Pablo considera la vida cristiana, desde el bautismo hasta la gloria, como una unión
progresiva con Cristo Señor. En Cristo, los creyentes han sido salvados, de modo que la
salvación es una mera revelación con Dios por Cristo en el Espíritu. En Cristo, el Padre ha
querido ya reconciliarlos (cf. 2Cor 5,18; Col 1,20; Ef 2,16) esa vinculación a Cristo se
convierte en fuente del ser cristiano y del actuar cristiano.
Pero, además, su moral se puede calificar de personal en otro sentido. Pablo, que
tiene clara conciencia de haber sido llamado a anunciar la Buena Nueva a los “gentiles” (no
judíos” del mundo helenístico (crf. Gàl 1, 15) y es consciente de que en Dios no hay
acepción de personas (cf. Gal 2.6), se esforzará por sacar los conclusiones del Evangelio
para judíos y griegos, circuncisos e incircuncisos (cf Gàl 6 15; 1 Cor 5,17; Rom 2, 25-29),
esclavos o libres, hombres o mujeres (cf Gàl 3,28).
Una moral de la libertad
Pablo repite constantemente que Cristo ha “redimido”, “recomprado” y rescatado al
hombre de los poderes del mal para devolverlo a Dios (cf. Rom 6, 15-23) al redescubrir en
Cristo el sentido de la alianza con Dios, el cristiano queda liberado del yugo de la ley que
lo esclavizaba: de la fuerza que lo ataba y condenaba (cf Gàl 5,1).
En el interior del cristiano, el Espíritu clama “abbà, Padre”, de forma que no se
esclavo, sino hijo y viva con la libertad alegre y confiada que brota de la conciencia de la
filiación (cf. Gàl 4,7; Rom 8,14-17). El cristiano es llamado e impulsado a una libertad que
nunca puede confundirse con la depravación del libertino. No ha sido liberado para vivir
según la carne, es decir, en una dimensión ajena a las orientaciones del Espíritu, sino para
poder entregarse a sus hermanos.
Una moral vivida en el Espíritu
Gracias al favor divino, el cristiano, según Pablo, ha sido liberado de la ley del
pecado y de la muerte (cf. Rom 5, 12) por una nueva ley: la del espíritu que da la vida en
Cristo Jesús (cf. Rom 8,2) con Cristo, nuevo Adán, comienza para el hombre un mundo
nuevo y una nueva creación, un nuevo modo de vivir la existencia.
De ahí la continua contraposición entre vivir en la carne y vivir en el espíritu. Vivir
en la carne significa un modo de existencia no guiado por el espíritu que guió a Jesús. Para
Pablo, “los que viven según la carne desean lo carnal” y “no pueden agradar a Dios”. Pero
en los creyentes habita el Espíritu, que los llama a vivir en otra dimensión, suscita
tendencias de vida y de paz, y les confiere la pertenencia a Cristo (cf. Rom 8,12-13).
El Espíritu recibido trae consigo la existencia de una vida moral renovada: “Así que,
hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís
según la carne moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis”.
(Rom 8,2) constituye por una parte el anuncio de la novedad de la vida en Cristo, pero
también la afirmación de la posibilidad del comportamiento moral gracias a la fuerza del
Espíritu de Dios15.
15 Ibid., 23.
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Una moral de las virtudes teologales
Pero la moral paulina no es una invitación puramente negativa a “hacer morir las
obras del cuerpo”, es decir, el pecado, sino que orienta constantemente a vivir unas
actitudes nuevas.
La novedad de la moral cristiana, enraizada en la normatividad de Cristo, se
concreta en un rasgo fundamental: vivir de la fe (cfr. Rom 1, 16-17). La fe funda y unifica a
las comunidades (cf. Rom 10, 9-10). Ya no son las palabras de la ley las que salvan, sino
esta fe que lleva a alcanzar el fin que la ley se proponía: la santidad y “justicia” del hombre
(cf. Rom 1, 17; 3, 27-31; Gál 2,16).
La esperanza en Jesús que ha de venir se ha convertido, junto con el abandono de los
ídolos, en signo de la conversión a la fe cristiana (cf. 1 Tes 5, 1-11). La esperanza es objeto
de la oración (cf. Rom 15, 4-13).
La caridad es considerada el primero de los “carismas” o dones del Espíritu para la
edificación de la comunidad (cf. 1 Cor 13, 1-7). La caridad así caracterizada por Pablo
puede ser considerada como el resumen de la ley de Dios (Cf Rom 13, 8-10, Gál 5,14; Flp
2, 2-3; Ef 1, 15) y da el verdadero sentido moral a la vida del creyente (cf. Flp 1, 9-11).
Una moral entre dos tiempos
Pablo no olvida que el cristiano vive en entre el “ya” y “el todavía no”, en la tensión
del que ya sido liberado, pero todavía no ha alcanzado la plenitud de su interna libertad, la
moral paulina oscila entre el indicativo de la salvación ya anunciada y el imperativo del
esfuerzo moral para realizarla en la vida. El cristiano se sabe todavía situado en este mundo
de pecado. La moral paulina también está marcada por la conciencia del lento esfuerzo y la
necesaria ascesis de los itinerantes (cf. Cor 6, 9; 15, 33; Gál 6,7).
Pablo describe la moralidad de la vida cristina según el esquema de las virtudes
comunes en el mundo griego de su época, aunque con una referencia absolutamente nueva a
Jesucristo.
1
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Una moral del mandamiento
La moral de Juan parece centrada en la observancia no de la ley, sino del
mandamiento dado por Jesús a la comunidad creyente: Jn 14, 21-24: 1Jn 3, 22-24. El amor,
pedido ya por la ley de Moisés, se convierte ahora, de modo singular y especifico, en el
“mandamiento” del Señor.
Al comparar los pasajes citados 1Jn 2, 5-7 se descubre que el mandamiento es
presentado en estrecho paralelismo con la palabra de Jesús el Señor, que es el camino, la
verdad y la vida (cf. Jn 14,6). Y así también coloca Juan la exigencia de caminar en la
verdad (Cf. 2 Jn 4) y caminar conforme al mandamiento, que equivalen a vivir en el amor
(cf. 2 Jn 6).
El mandamiento recibido del Padre
El cristiano sabe que las palabras de Jesús son germen de vida eterna (cf. Jn 6,6368).
Jesús también ha recibido del Padre un mandamiento: “Yo no he hablado por mi cuenta sino
que el Padre que me ha enviado, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo é que
su mandato es vida eterna” (Jn 12, 49-50). La obediencia al mandato es vida eterna” (Jn 12,
49-50). La obediencia al mandato de hablar viene ratificada por una obediencia aún más
radical: la que acepta “voluntariamente” la orden del Padre de entregar su vida como el
siervo de Yahvéh (Cf. Jn 10,17-18).
En Jn 14, 31 Jesús proclama: “El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro
según el Padre me ha ordenado”. La orden es la de entregar su vida. Pero permite a Jesús
decir: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,10).
La exigencia del amor no es una imposición arrojada sobre los hombros del
creyente. Jesús hace saber que ama al Padre y actúa como el Padre le ha ordenado (cf. Jn
14,31). Eso no le hace ser menos hombre. Ese es su camino, el sentido de su venida. (Cf.
Jm 6,38). Esa es la vida que es Él (Cf. Jn 14,6). Una vida que no puede producir frutos si no
vive en unión con el Señor, como los sarmientos con la vid. Los discípulos saben que deben
estar unidos con Cristo permaneciendo en él.
El mandamiento de esta unión con Cristo es el gran motivo en que se fundamente el
esfuerzo moral de la perseverancia en la verdad recibida (Cf. Ijn 2, 24; 4,15), así como la
obediencia a los mandamientos (Cf. Jn 14,23) que se concreta en la imitación del ejemplo
de Cristo (cf. 1 Jn 2, 4-6; Jn 13, 14-15).
El mandamiento recibido de Jesús
Jesús habla con frecuencia de sus propios mandamientos: “si me amáis, guardareis
mis mandamientos” (Jn 14,15). “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor,
como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (2 8Jn
15,10). Les deja a sus discípulos un mandamiento particularmente “suyo”: “éste es el
mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12;
13,34-35).
1
6
Pero no basta amar al hermano, es necesario amarlo como el Señor ha amado a los
suyos (cf. Jn 13,34), es decir, hasta la entrega de la vida (cf. Jn 15, 2 -13). Hasta ahí llega el
conocimiento y la identificación con el Maestro: “en esto hemos conocido lo que es amor:
en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los
hermanos” (1Jn 3, 16). El mandamiento peculiar de Jesús es el del amor fraternal (cf. Jn 15,
12-17). Toda la moral joánica se fundamenta en este mandamiento del amor. El
mandamiento del amor no tiene sentido si se desvincula de la entrega amorosa que es la fe
(cf. 1 Jn 3, 22-23).
3.3 conclusiones
La moral bíblica es una moral religiosa, es decir, brota del llamado de Dios
expresado en la Sagrada Escritura y espera una respuesta de la persona a quien va dirigido
ese llamado. Ahora bien, como la persona es libre, puede responder positivamente y estará
obrando bien (conforme lo que Dios quiere); de lo contrario obrará mal. Es lo que permite
explicar la etimología de la palabra “religión” que significa volver a ligar, volver a unir
llamado con respuesta.
Consecuentemente es una moral que brota de un indicativo (o hecho de la salvación)
y culmina en un imperativo (o exigencia normativa). En efecto, Dios toma la iniciativa. Eso
es lo que llamamos indicativo o “hecho de salvación” y que da pie para exigir el imperativo
o norma moral. En el Nuevo Testamento ocurre algo parecido pero con la acción redentora
de Jesucristo que nos libra de pecado.
En la Sagrada Escritura hay momentos “fuertes” o importantes de contenido moral:
en el Antiguo Testamento es el Decálogo (los diez mandamientos) y en el Nuevo
Testamento está la moral del sermón del Monte y la novedad del mandamiento del amor.
Para un cristiano, la moral bíblica del Antiguo Testamento debe ser mirada desde la
perspectiva de Nuevo Testamento. Esto permite entender un proceso de progresiva cercanía
de Dios hacia nosotros en que el primer momento es el de la mayor lejanía: el momento del
Sinaí en que parece que lo más importante es temer a Dios. Luego Dios continúa
acercándose y viene el momento de los profetas donde nos muestra un Dios más próximo a
nosotros. Por eso nos invitan a imitar a Dios en sus virtudes (ser justos, misericordiosos y
fieles como lo es Dios). Finalmente Dios se ha acercado tanto a nosotros que se ha hecho
hombre (la encarnación del Hijo de Dios).
4. La ley moral
La ley, según Santo Tomás es “la ordenación de la razón dirigida para el bien común
y promulgada por quien tiene a su cargo la comunidad” 16. Brota de la razón e incluye en sí
el concepto de norma, pero además remite a la voluntad competente, que manifiesta e
impone la norma como obligatoria. Como ordenación racional y como tendencia a un fin, es
también expresión de una voluntad libre.
16 J.R. Flecha [Link]., 238
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7
En la Teología Moral el término ley dice relación a la mediación objetiva de la
moralidad.
4.1 La ley moral
La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico,
como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las
reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del
mal que apartan de Dios y de su amor. Es, a la vez, firme en sus preceptos y amable en sus
promesas.
La ley es una regla de conducta proclamada por la autoridad competente para el bien
común. La ley moral supone el orden racional establecido entre las criaturas, para su bien y
con miras a su fin, por el poder, la sabiduría y la bondad del Creador. Toda ley tiene en la
ley eterna su verdad primera y última. Es declarada y establecida por la razón como
participación en la providencia del Dios vivo, Creador y Redentor de todos.
“El hombre es el único entre todos los seres animados que puede gloriarse de haber
sido digno de recibir de Dios una ley: Animal dotado de razón, capaz de comprender y de
discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y de su razón, en la sumisión al
que le ha entregado todo”17.
Sus expresiones son diversas y todas están coordinadas entre sí: la ley eterna, fuente
en Dios de todas las leyes; la ley natural; la ley revelada, que comprende la ley antigua y la
ley la ley nueva o evangélica; las leyes civiles y eclesiásticas.
Tiene en Cristo su plenitud y su unidad. Jesucristo es en persona el camino de la
perfección. Es el fin de la ley, porque sólo Él enseña y da la justicia de Dios: “Porque el fin
de la Ley es Cristo para justificación de todo creyente” (Rom 10,4).
4.2 La ley moral natural
El hombre participa de la sabiduría y la bondad del Creador que le confiere el domino
de sus actos y la capacidad de gobernarse con miras a la verdad y al bien. La ley natural
expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que
son el bien y el mal, la verdad y la mentira.
La ley “divina y natural”19, muestra al hombre el camino que debe seguir para
practicar el bien y alcanzar su fin. Contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la
vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así
como el sentido del prójimo como igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales
preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los
seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la
naturaleza humana.
1
8
Presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón es universal en sus
preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la
persona y determina la base de sus derechos y deberes fundamentales.
Su aplicación varía mucho: puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de
las condiciones de vida según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en
la diversidad de culturas, ella permanece como una norma que une entre sí a los hombres, y
les impone, por encima de la diferencias inevitables, principios comunes.
Es inmutable18 y permanece a través de las variaciones de la historia; subsiste bajo el
flujo de ideas y costumbres, y sostiene su progreso. Las normas que la expresan
permanecen sustancialmente valederas. Incluso cuando llega a renegar de sus principios, se
la puede destruir ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en la vida de
individuos y sociedades.
Obra maravillosa del Creador, proporciona los fundamentos sólidos sobre los que el
hombre puede construir el edificio de las normas morales que guían sus decisiones.
Establece también la base moral indispensable para le edificación de la comunidad de los
hombres. Finalmente, proporciona la base necesaria a la ley civil que se adhiere a ella, bien
mediante una reflexión que extrae la conclusión de sus principios, bien mediante adiciones
de naturaleza positiva u jurídica.
Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos de una manera clara e
inmediata. En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador
para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas “de todos y sin dificultad,
con una firme certeza y sin mezcla de error” 19. La ley natural proporciona a la ley revelada
y a la gracia un cimiento preparado por Dios y armonizado con la obra del Espíritu.
4.3 La ley antigua
Dios, nuestro Creador y Redentor, eligió a Israel como su pueblo y le reveló su ley,
preparando así la venida de Cristo. La ley de Moisés contiene muchas verdades
naturalmente accesibles a la razón. Éstas están declaradas y autentificadas en el marco de la
Alianza de la Salvación.
La ley antigua es el primer estado de la ley revelada. Sus prescripciones morales están
resumidas en los Diez mandamientos. Los preceptos del Decálogo establecen los
fundamentos de la vocación del hombre, formando a imagen de Dios. Prohíben lo que
contrario al amor de Dios y del prójimo, y prescriben lo que le es esencial. El Decálogo es
una luz ofrecida a la conciencia de todo hombre para manifestarle la llamada y los caminos
de Dios, y para protegerlo contra el mal.
“La importancia que tiene el Decálogo para la moral es enorme. En primer lugar, para
los judíos resume lo más importante que tienen que cumplir para ser fieles a la Alianza con
Dios. Los cristianos también van a considerar central el Decálogo y será parte de la
enseñanza de la moral hasta el día de hoy, unida, a la moral que se desprende del Sermón de
18 Cf. Ibid., 10.
19 Catecismo de la Iglesia católica, 1960 citando a la Humani Generis de Pio XII.
1
9
la Monte. El Decálogo es una base moral para toda la humanidad. En efecto, sus exigencias
tiene que ver con elementos fundamentales de la moral natural de todos los hombres y
también puede ser vistas como una base ética para la Declaración Universal de los
Derechos Humanos20.
Según la tradición cristiana, la ley santa (Rom 7,12), espiritual (Rom 7,14) y buena
(Rom 7,16) es todavía imperfecta. Como un pedagogo (Gál 3, 24), muestra lo que es
preciso hacer, pero no da de suyo la fuerza, la gracia del Espíritu para cumplirlo. A causa
del pecado, que ella no puede quitar, no deja de ser una ley de servidumbre. Según San
Pablo, tiene por función principal denunciar y manifestar el pecado, que forma una “ley de
concupiscencia” (Rom 7), en el corazón del hombre. No obstante, constituye la primera
etapa en el camino del reino. Prepara y dispone al pueblo elegido y a cada cristiano a la
conversión y a la fe en el Dios Salvador. Proporciona una enseñanza que subsiste para
siempre, como la Palabra de Dios.
La ley antigua es una preparación para el Evangelio. “La ley es profecía y pedagogía
de las realidades venideras”21. Profetiza y presagia la obra de la liberación del pecado que
se realizará con Cristo; suministra al Nuevo Testamento las imágenes, los “tipos”, los
símbolos para expresar la vida mediante el Espíritu. La ley se completa según la enseñanza
de los libros sapienciales y de los profetas, que la orienta hacia la nueva Alianza y el reino
de los cielos24.
2
0
preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón donde el
hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf. Mt 15, 18-19), donde se forman la fe, la
esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El evangelio conduce así la ley a su
plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre Celestial (cf. Mt 5, 44), mediante
el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la
generosidad divina.
La moral del sermón del Monte es un punto central de la moral cristiana. Es la
propuesta o programa de conducta moral que Jesús propone a todos los que creen que Él es
el Hijo de Dios25.
Las frases que resumen el mensaje del Sermón del Monte (SM) 22 se encuentren en San
Mateo 5, 20 donde se expresa: “ Y les digo que si vuestra conducta no es mejor que la de
los maestros de la ley y de los fariseos, no entrarán en el reino de los Cielos” y en Mateo 6,
33: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura”
son citas que resumen todo el sentido del SM porque la primera plantea el cambiar de
conducta (no vivir igual que los fariseos) y la segunda plantea las prioridades: para el
seguidor de Cristo está primero la causa del Evangelio (los valores del reino) y luego
vienen las preocupaciones de este mundo.
2
1
5. La conciencia moral23
2
2
“Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso que nos condene nuestra conciencia,
pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (Jn 3,19-20).
El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar
personalmente las decisiones morales: “no debe ser obligado a actuar contra su conciencia.
Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa” 24.
2
3
conciencia…, pecáis contra Cristo” (1Cor 8,12). “ lo bueno es… no hacer lo que sea para tu
hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad” (Rm 14,21).
5.4 El juicio erróneo
La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase
deliberadamente contra éste último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la
conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicio erróneos
sobre actos proyectados o ya cometidos.
Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así
sucede “cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por
el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega” 31. En estos casos, la persona es
culpable del mal que comete.
El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de
otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la
conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión
y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral.
Si por el contrario, la ignorancia es invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad
del sujeto moral, el mal cometido por la persona no puede ser imputado. Pero no deja de ser
un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia
moral de sus errores.
La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera. Porque la caridad
procede al mismo tiempo “de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe
sincera” (1Tm 1,5; 3,9; 2Tm 1,3; 1P 3,21; HCH 24,16).
La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera. Porque la caridad
procede al mismo tiempo “de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe
sincera” (1Tm 1,5; 3,9; 2 Tm 1,3; 1P 3,21; Hch 24,16).
“cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los
grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de
moralidad”26.
6. Los valores27
El valor es una realidad compleja. Se define como aquello que es (o hace a un objeto)
apetecible, amable, digno de aprobación, de admiración…; lo que provoca sentimientos,
juicios o actitudes de estima y recomendación; lo que es útil para un fin determinado. El
valor dice relación a la persona humana en cuanto hace referencia a su condición de ser
indigente (deseos, aspiraciones, necesidades): la experiencia humana de la exigencia de
satisfacer un número de necesidades (biológicas, psicológicas, sociales, espirituales).
26 Ibid.
27 Cf. T. Midsuf, libres para amar.
2
4
La limitación característica del ser humano y su carencia radical le vuelven menesteroso
y necesitado en todos los niveles de su personalidad. Toda realidad que satisface esas
exigencias o aspiraciones se hace valiosa; es decir, constituye un valor hacia el que se
experimenta una inclinación natural y espontánea. El valor viene a llenar una ausencia, a
satisfacer una necesidad, a ofrecer precisamente lo que falta.
El valor designa lo que dice perfección o bien; por tanto lo apreciable, lo preferible, lo
deseable, el objeto de una anticipación o de una espera normativa. A la vez, a nivel objetivo,
dice relación a aquella cualidad intrínseca del objeto que suscita la admiración, la estima, el
respeto, el afecto, la búsqueda y la complacencia.
Todos los valores dicen relación dicen relación a la persona humana en cuanto
constituyen un bien para ella. Sin embargo, el valor ético tiene un talante totalizante, yq que
no promociona una sola dimensión sino la totalidad de la existencia en cuanto interpela a la
libertad del sujeto como responsable de su proyecto de vida. Así, a título de ejemplo, una
persona inteligente siendo la inteligencia un valor) no es necesariamente una persona
honrada (el valor moral que abarca todas las dimensiones de la vida relacionada con la
honradez). Sólo el valor moral otorga el adjetivo de bondad o maldad a la persona.
Si el valor ético dice relación a la auténtica realización de la persona humana, como un
llamado correspondiente a su propia dignidad, ¿cuál es el referente fundante? Depende de
cuál es el valor supremo dentro de un pensamiento ético desde el cual se organiza la
jerarquización de los valores éticos dentro de su sistema moral particular.
En la Teología Moral se han presentado distinto referentes fundantes: la caridad, el
reino de Dios, la imitación de Cristo, el cuerpo místico de Cristo, el seguimiento de Cristo.
Desde la realidad latinoamericana se puede presentar otra formulación: el valor
supremo de la ética cristina en cuanto cristiana es la persona de Jesús el Cristo, y en cuanto
ética es la caridad que se expresa en el respeto por la dignidad de cada y toda persona
humana (bioética), la opción por el amor (moral de la sexualidad) y la exigencia de la
solidaridad (moral social) teniendo al pobre como referente de autenticidad práxica.
6.2 Valor y juicio moral
El juicio moral se pronuncia sobre la presencia o la ausencia de un valor ético en una
situación o un comportamiento concreto. La integración de distintos juicios, a partir de su
estructura racional aplicada al mayor número posible de situaciones, permite la formulación
de principios para orientar el comportamiento humano responsable.
Los principios morales han de ser entendido como directores de valor, mediante las
cuales la experiencia ética archivada ayudada, y no anula, la decisión original e irrepetible
del individuo en la situación concreta.
Los principios éticos orientan al sujeto en las situaciones conflictivas porque asumen la
realidad concreta en cuanto consideran las consecuencias de una acción, identificando en
ella la presencia de un valor que puede entrar en conflicto con otro.
2
5
En la reflexión moral, tradicionalmente se distinguen cuatro principios y cuatro
distinciones.
6.3. Principios
a) El principio de doble efecto, supone un contexto en que una acción determinada
provoca simultáneamente dos consecuencias: una positiva y la otra negativa. Se
establecen cuatro condiciones: debe ser una acción buena en sí misma, o al menos,
indiferente; la honestidad del fin; la independencia del efecto bueno del malo; y una
razón proporcionalmente grave.
b) El principio de totalidad asume la relación existente entre la parte y el todo,
privilegiando el significado más completo que posee el todo con respecto a la parte.
El valor de la totalidad tienen una preferencia cuando entra en conflicto con el valor
de una parte.
c) El principio del bien posible o del mal menor presume una colisión de deberes o
de conflicto de valores, ya que la observación de una norma llevaría a
consecuencias aún más graves, comprometiendo valores de igual o mayor jerarquía
(como por ejemplo en el caso de la legítima defensa). En el horizonte de lo ideal
(una tensión inherente a lo ético) no se puede desconocer lo real (la posibilidad
concreta) en una situación conflictiva.
d) El principio de la epiqueya tiene un talante ético jurídico dado que presupone una
situación donde la perspectiva moral no coincide con la jurídica vigente. Se trata de
una situación concreta no prevista ni previsible por el legislador, justamente para
poder ser fiel al espíritu del legislador contenido en la ley promulgada. En este caso
hay una interpretación, por parte del sujeto agente, de la voluntad del legislador o
del espíritu de la ley, para hacerla coincidir con la perspectiva dentro del cual se ha
formulado la ley misma. El recurso a la epiqueya supone equilibrio, madurez y
rectitud.
6.4 Distinciones
a) Voluntario-Involuntario: se emplea principalmente en el contexto del principio de
doble efecto, subrayando la voluntad de realizar el efecto positivo mientras tan sólo
se tolera el efecto negativo. Esta distinción dice relación a la actitud.
b) Directo-Indirecto: el efecto negativo debe seguir sólo indirectamente de la
realización del acto de doble efecto, pero no pude ser su fin directo que sólo puede
identificarse con el efecto positivo. Este criterio hace referencia al acto.
c) Activo-Pasivo: básicamente esta distinción sólo difiere de la anterior por la
terminología y el ámbito en el cual se aplica habitualmente (la licitud ética de dejar
morir con dignidad se llamaba eutanasia pasiva y la condena ética se dirige a una
intervención activa o directa encaminada a abreviar la vida).
d) Inocente-Culpable: cuando se juzgaba lícito realizar una acción que tuviese como
consecuencia involuntaria (no deseada) e indirecta la muerte de un inocente
(interrupción del embarazo en el caso de un útero afectado por un tumor).
2
6
Si el valor es un bien ético (la justicia), el principio es una explicación direccional del
valor que posibilita su consecución (entonces, la justicia implica la perspectiva y la causa
de los pobres).
2
7
perspectiva teocéntrica (oposición a Dios y deformación a su obra) y la antropológica (una
deformación humana en su realidad personal, social y cósmica). “Al negarse con frecuencia
a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin
último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su persona como a las
relaciones con los demás y con el resto de la creación”36.
2
8
*** Contra la comunidad humana. La persona que no reconoce sus propios
límites (ya que el pecado es la reivindicación de la autonomía absoluta) tampoco los
reconocerá delante de los demás33. En las narraciones bíblicas, la ruptura con Dios
conduce a la ruptura entre las personas: en el primer pecado la ruptura de Adán y
Eva con Yahveh produjo la ruptura en la pareja (cf. Gén 3,12) y más adelante el
homicidio entre hermanos (cf. Gén 4,2-16). Por tanto “el hombre pecador, habiendo
hecho de sí su propio centro, busca afirmarse y satisfacer su anhelo de infinito
sirviéndose de las cosas: riquezas, poder y placeres, despreciando a los demás
hombres a los que despoja injustamente y trata como objetos o instrumentos. De
este modo, contribuye por su parte a la creación de estructuras de explotación y de
servidumbre que, por otra parte, pretende denunciar”41.
33
Cf. Ibid., 39.
41
Ibid., 42.
34 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1851
2
9
8.1 La conversión en la Sagrada Escritura
La Sagrada Escritura no se entendería si se niega la experiencia del pecado como
rechazo del pueblo de Israel y de los seres humanos al ofrecimiento del amor de Dios. La
Escritura prácticamente se abre con una gran iniciativa de amor que es la Creación y con
una gran negativa de parte de la primera pareja humana que desconfía de Dios y desea
hacer su propia vida.
Pero si la Escritura nos habla del pecado es para hablarnos del amor de Dios que nos
vuelve a invitar una y otra vez a volver a Él que es misericordioso, lento a la ira y rico en
piedad. Ya desde el pecado en el paraíso, lento a la ira y rico en piedad. Ya desde el pecado
en el paraíso, junto con el anuncio del castigo está el anuncio de la derrota de Satanás (cf.
Gen 3, 1-5), y una y otra vez los profetas denuncian el pecado del pueblo y lo llaman a
volver a su amor. Este volver a aceptar el amor de Dios y volver a caminar por sus caminos
es la conversión.
La conversión siempre nace por una iniciativa de Dios que nos envía mensajeros,
que nos invita y nos mueve. Juan el Bautista proclama en el desierto: “conviértanse porque
el reino de Dios está cerca”. Él llama a transformar las actitudes que son incompatibles con
la llegada del reino y a expresar esta transformación del corazón en obras nuevas como el
hacer justicia, compartir la ropa, etc. (cf. Lc 3, 7-18).
Las palabras con que Jesús inicia su predicación coinciden con las de Juan: “El
tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena
Noticia” (Mc 1, 14-15). Jesús nos llama a no estar más centrados en nosotros mismos y en
nuestros propios proyectos y abrirnos a amor de Dios, creyendo y confiando en Él. Nos
llama a cambiar la orientación profunda de nuestra vida y no sólo, aunque eso también, a
dejar de hacer obrar malas.
8.2 La conversión como opción fundamental35
35 Cf. Ibid.
3
0
La conversión implica, por lo tanto, el abandonar una opción fundamental de
centramiento en nosotros mismos y de cerrazón a Dios y al hermano, para asumir la opción
de vivir abiertos a Dios, al Evangelio y al amor hacia los hermanos.
La exhortación apostólica de Juan Pablo II Ecclesia in America refiriéndose a la
conversión dice que la santidad es la meta, “pues ésta <no es fin en sí misma, sino proceso
hacia Dios, que es santo. Ser santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que
realizamos en nuestra vida (cf. Mt 5, 16)>. En el camino de la santidad Jesucristo es el
punto de referencia y el modelo a imitar: Él es <el Santo de Dios y fue reconocido como tal
(cf. Mc1, 24). El mismo nos enseña que el corazón de la santidad es el amor, que conduce
incluso a dar la vida por los otros (cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal
como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la
historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss)”36.
3
1
8.4 La dimensión social de nuestra conversión39
3
2
espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones
concretas.
Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales
del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y
guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para
llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.
Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los
gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano
para armonizarse con el amor divino51.
“Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se las llama ‘cardinales’ (del
latín “cardine”, que significa efe de la puerta); todas las demás se agrupan en torno a
ellas”42. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
“La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a
Dios y al prójimo lo que les es debido, la justicia para con Dios es llamada la virtud de la
religión. Para con los hombres, la justicia dispone respetar los derechos de cada uno y
establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las
personas y al bien común”44.
“La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura
el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los
instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad”46.
42 Ibid., 1805.
43 Ibid., 1806
44 Ibid., 1807
45 Ibid., 1808
46 Ibid,. 1809
3
3
“Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristina
informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los
fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la
garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano” 47
Bibliografía General
ARTEAGA J. S.J., Apuntes de Moral Fundamental, Santiago de Chile.
Catecismo de la Iglesia Católica, Barcelona 1993
FLECHA ANDRES J.R., Teología Moral Fundamental, Madrid 1997
JUAN PABLO II, Encíclica Veritais Splendor, Roma 1999
Exhortación Apostólica Ecclesia in America, Roma 1999
MIFSUD T.s.j., Libres para amar, Santiago de chile 1994
47 Ibid., 1813
3
4