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Victoria

(Escrito en octavo semestre.)

Estoy recostada en la cama de mi habitación, sin estar dormida. Tengo puesto un

vestido que me llega hasta las rodillas y sostengo en mi pecho, con las dos manos, un

ramo de flores amarillas. El tapiz de la pared, como siempre, está en perfecto estado, y

los muebles, particularmente finos, también están bien cuidados.

Alguien toca la puerta y abro los ojos.

—¿Diga? —contesto desde la cama.

Nadie contesta. Después de un rato, se escuchan nuevamente los toquidos. Me

enderezo y camino descalza hasta la puerta, con mis flores todavía en las manos.

—¿Diga? —repito con mayor fuerza.

Todo es muy extraño, y nadie me responde. Tocan de nueva cuenta y, antes de

que termine el sonido, abro la puerta. No veo a nadie ante mí. Escruto, con mis ojos

azules, el entorno. Tengo miedo. Me sobreviene un escalofrío.

Salgo de la habitación y comienzo a caminar por el pasillo. Miro con cautela

todas las puertas y los cuadros que penden de ambas paredes. ¿Es mi imaginación o

me parece ver más puertas de las que usualmente hay? ¿Es mi imaginación o alguien

viene caminando hacia mí?

No es mi imaginación. No puede serlo. Es un niño, que se dirige desde el otro

extremo del corredor. Lleva puesto un vestido sucio, viejo y manchado con pinturas

de diferentes colores. Sus pies están desnudos y llenos de lodo. En las manos, también

pintadas con color, sostiene una paleta de madera. Cuando estamos frente a frente,

preguntamos al unísono:

—¿Tú fuiste quien tocó?


Ambos arqueamos las cejas y negamos con la cabeza. ¿Qué yo toqué? No me

lo parece.

Nos observamos de pies a cabeza sin parpadear.

—¿Quién eres? —volvemos a preguntar al mismo tiempo.

El niño se echa para atrás y resbala con su mismo lodo. Luego, con la paleta

aún en sus manos, se levanta con rapidez, me empuja y yo caigo al suelo. Se

introduce, tembloroso, en una de las habitaciones más cercanas. Da un tremendo

portazo que me deja un ruido extraño en los oídos.

Con manchas de pintura en el pecho y terriblemente enojada, me levanto y me

sacudo el vestido. Es en vano; la pintura, adherida como cicatrices, no se quita.

Observo en el piso mis flores destruidas y grito desesperada. ¡Eran tan bonitas que

había conseguido hasta ahora! No se por qué, pero un sentimiento de odio congelado

se apodera de mí. Abro la puerta por la que se introdujo el niño, pero esta está cerrada.

Pruebo abrir otras puertas, pero todas están igualmente cerradas.

Estoy en shock. Permanezco como estatua un momento y luego comienzo,

curiosa, a seguir las pisadas de lodo dejadas por el maldito niño. Para asegurarme de

que nada extraño suceda, mientras voy caminando, observo con cautela las demás

puertas y cuadros que penden de ambas paredes. Y miro a mis espaldas, preventiva.

Finalmente las pisadas me dirigen a una habitación… sucia. Las ventanas están

cubiertas con trapos; los muebles, polvorientos; y el papel tapiz, despegado de algunas

partes. Desde el rellano, distingo en el centro un caballete y un lienzo ya terminado.

Me dirijo hacia él con rapidez y contemplo la obra un largo tiempo.

En la pintura, una persona está sentada sobre un gran sillón. No logro

descifrarla en un primer momento, pero luego resuelvo que es un retrato mío. Los

rizos castaños me caen hasta los hombros y la expresión de mi rostro destella alegría.
Tengo los ojos azules y los pequeños labios color durazno. Mantengo una postura

elegante, la espalda perfectamente erguida. Ambas manos, embarradas de color, las

apoyo en mi regazo. En ellas sostengo un ramo de flores amarillas y una paleta de

madera. Llevo puesto un vestido sucio y viejo que me llega hasta las rodillas y que

tiene manchas de diferentes colores. Mis pies descalzos están llenos de lodo y se

mantienen flotando en el aire…

Sé que la expresión que tengo ahora mismo, ante la vista del cuadro, es de puro

terror. Abro la boca al máximo y siento los ojos como dos esferas. Toco la pintura con

una de mis manos temblorosas y paso sus dedos por toda la figura. Nada acontece y

mi respiración comienza a agitarse. ¿Es una broma? ¿Cómo sucede esto?

Yo no conocía a ese niño…

No lo conocía…

No le conocía…

No me conocía…

Junto a mi retrato, lanzo un grito de horror y doy inicio al llanto.

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