Pgina de Julin del Casal
Prosa Modernista
LA CASA DEL POETA I Atardeca. El disco rojo del sol, como redonda mancha de sangre cada en manto de terciopelo azul, rodaba por la bveda celeste hacia el fondo del mar. El aire estaba impregnado de aromas suaves, sutiles y embriagadores. La niebla envolva entre sus pliegues, a manera de sudario de gasa, agujereado a trechos, las verdes cumbres de las montaas lejanas. Se oa a lo lejos, entre el ruido de los carruajes, el mugido imponente del mar, cuyas ondas verdinegras, franjeadas de espumas blancas, se hinchaban monstruosamente, se erguan colricas y se estrellaban contra las rocas puntiagudas. Deseoso de hacer ejercicio, yo haba salido, en la tarde aquella, a recorrer las calles, experimentando ese bienestar que produce la ausencia de ideas en el cerebro y la terminacin de las labores cotidianas. Nada me preocupaba. Distrado por el aspecto de las cosas, haba andado ms de una hora, sin rumbo fijo, hasta llegar a una de las alamedas centrales de la poblacin, donde un grupo de nias, rubias unas y morenas otras, bailaban en torno de una fuente, mientras las ayas, con sus cofias de encajes y con sus delantales blancos, permanecan alejadas a cierta distancia, dirigiendo frecuentemente sus miradas melanclicas a los transentes. Ancha nube cenicienta se interpuso ante el sol. Detrs de ella, impulsado por el aire, se precipit un ejrcito de nubecillas rseas, verdes, moradas, purpreas y amarillas, fundindose en una sola de color gris, de un gris metlico, que se fij, como enorme murcilago de alas abiertas, en mitad del firmamento azul. Una rfaga de viento, salida del mar, se extendi por la ciudad, levantando un remolino de polvo que envolvi las siluetas de las torres, palacios, rboles y paseantes. La lluvia empez a caer. A los pocos minutos no se escuchaba ms que el ruido montono del agua que descenda incierta sobre las calles tristes, lodosas, desiertas. Antes de empezar a llover, haba formado el proyecto de encaminarme a una casa prxima, donde habitaba, en compaa de sus hijos, la viuda de un compaero de colegio, poeta de fantasa poderosa y de estilo irreprochable, muerto prematuramente sin haber realizado las esperanzas que hiciera concebir. Pero la lluvia no me permiti llegar. Huyendo de ella me guarec en un caf inmediato, resuelto a hacer la visita tan pronto como acabara de llover. Mientras aguardaba que escampase, sent surgir en mi memoria la figura del poeta rodeada de esa bruma melanclica que el recuerdo de los muertos esparce en nuestro corazn. Record su carcter enigmtico, sus aventuras amorosas, su s gustos aristocrticos, sus proyectos literarios, su matrimonio realizado
en pocos das, sus triunfos artsticos y, ms que nada, la inercia inexplicable en que cay despus de haber alcanzado esos triunfos. Sintiendo que este enigma me torturaba demasiado el pensamiento, me levant de la mesa y sal a la calle, porque el aguacero estaba a punto de cesar. II Poco despus llamaba a la casa. Era de aspecto sencillo y vulgar. Junto a la puerta pintada de color marrn, tena una ventana alta, tras cuyos barrotes de hierro, manchados por los lunares rojizos de la oxidacin, se vean dos postigos completamente cerrados. Ningn ruido interno llegaba al exterior. Al cabo de algunos momentos, una criada se asom por uno de los postigos, lo cerr de seguida y me abri la puerta. Envi mi tarjeta y me sent a esperar. La criada se alej, reapareci de nuevo, encendi el gas y me dijo que la seora iba a venir. Durante el tiempo que tard en aparecer, me puse a examinar el interior, donde nunca haba penetrado, poco despus del matrimonio de mi amigo, yo me haba ido a viajar. Conoca a su mujer porque me la haba presentado en un teatro. Pero no haba ido a visitarla. De vuelta de mis viajes supe que l haba muerto, a los tres aos de matrimonio; de una enfermedad del corazn. Y aplazando la visita de un da para otro, no la haba ido a hacer hasta entonces. La sala era pequea, bastante incmoda, de forma cuadrangular. Las paredes estaban sucias, hmedas y salitrosas. En las esquinas, cerca del techo, se vean manchones negros, semejantes a telaraas humedecidas. Tena el piso de ladrillos, mitad rojos, mitad amarillentos, sobre el cual haban quedado impresas las huellas de los pies mojados de la criada que me acababa de abrir. Frente a la ventana de la calle se alzaba un estrado vulgarsimo, compuesto de un sof y seis butacas, bajo el cual se abra una alfombra de fondo rojo, jaspeada de flores casi descoloridas por los aos. Encima del sof colgaba un espejo oval, rodeado de marco negro, cubierto de un velo de tarlatana verde, donde un enjambre de moscas se haba detenido a reposar. Debajo de ste, un retrato de mujer. Sobre la mesa del centro, dos bcaros de porcelana ordinaria, repletos de papeles hasta los bordes, cuyos filetes dorados se empezaban a descolorear. Alrededor del estrado se alineaba una docena de sillas pegadas a la pared. De cuando en cuando llegaba hasta la sala, por una puerta lateral, un vaho repugnante de cocina que, mezclado al lloriqueo de un chiquillo, me haca insoportable la permanencia en aquella sala donde yo buscaba vanamente algn detalle que me recordara el gusto fino, aristocrtico y refinado de aquel camarada de mi juventud y que, a la par de recrearme la vista, disipara la tristeza que el recuerdo del desaparecido haba amontonado en mi corazn.
Una mujer se present ante mis ojos. Era alta, robusta, de fisonoma estpida, repulsiva a simple vista y ms repulsiva despus. Vena envuelta en peinador blanco, completamente liso, que moldeaba lo ancho .de su cintura y la redondez de sus caderas. Su rostro, manchado de pecas, careca de expresin. Estaba algo acatarrada y se llevaba frecuentemente el pauelo a las narices. Sus modales eran ordinarios. Hasta el timbre de su voz me repela. Todo revelaba que era una mujer vulgar, una gallina humana, como dira un discpulo de Schopenhauer, apta slo para cuidar la casa y dar a luz cada nueve meses. Intil fue que pretendiera hacerla hablar de su marido. Cada vez que trataba de llevar por ese camino la conversacin, me responda vagamente, como si nada recordara, demostrando siempre la misma calma estpida en su espritu y la misma sinceridad grosera en sus palabras. Despus de media hora de visita, tom el sombrero y me desped de ella, sabiendo solamente que mi amigo le haba dejado tres hijos. III La lluvia haba recomenzado a caer Era una lluvia fina, montona y silenciosa, una de esas lluvias de las tardes otoales, que cubren de lodo el pavimento de las calles, saturan la atmsfera de humedad y engendran una melancola intensa en los temperamentos nerviosos. A travs de las gotas que formaban una especie de cortina de hilos perlados, las luces amarillas de los faroles encendidos que brillaban en las alamedas, entre filas de rboles, parecan blandones fnebres agitados por rfagas glaciales. Un coche pasaba y me introduje en l. Mientras llegaba al punto de mi direccin, no pude apartar de mi memoria el interior de la casa que acababa de abandonar. Y no slo me expliqu que mi amigo dejara de cultivar las letras, en los albores de su gloria, despus de haber alcanzado triunfos ruidosos, sino que me asombr tambin, dados su carcter, sus gustos y sus cualidades, de que hubiera podido vivir tres aos al lado de aquella bestia, de aquella mujer.