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Nuestros Ancestros Dicen - Fragm

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Nuestros ancestros dicen.

Pervivencias, trashumancia y los intentos de inclusión.


Nuestros ancestros habitaron en estas regiones actualmente
conocidas como “Chaco” sin ninguna otra preocupación más que
no fuera la de sobrevivir, aunque tal vez haya sido otro tipo de
sobrevivencia, propio de aquellos tiempos.
Tal vez se pensaría que, al no existir delimitaciones, los nativos
recorrerían el lugar de cabo a rabo, sin embargo, era fundamental
reconocer los límites. Muchos de ellos eligieron vivir en una tierra
árida, de escaso bosque, vegetación particular, una fauna afín,
como todo ser humano supieron interactuar con ello. Otros en los
bosques tupidos, de abundancia de árboles de tronco leñoso. Y no
nos olvidamos de quienes eligieron vivir en las laderas de los
cursos y riberas de los ríos que recorren el territorio desde el
occidente.
Considerar recurso desde lo más mínimo como una oportunidad
de vida ha llevado a adquirir ciertos aspectos para la existencia de
la vida misma, pues esa sería la importancia principal: existir.
Por tal razón fueron adquiriendo habilidades, destrezas, pericias y
prácticas que la posibilitaban sin la intervención de ninguna
tecnología o una mínima de ella.
Reconocer en profundidad el territorio es tan necesario que se
adquiere a lo largo de la existencia de cada individuo saber
examinar los espacios, paisajes, identificar los solapamientos que
comparten con otros grupos, entre otros aspectos; en el primer
tramo de la vida de las personas corresponde a la interpelación de
aquellos conocimientos para luego interpretarlos cuando llegue a
la adultez. La prueba de ello lo demuestra la toponimia, una
información transmitida por generaciones.
El espacio geográfico como tal, advertía a los grupos existentes
circuitos que respetar rigurosamente. El límite exhortaba al
habitante en su recorrido hacer un alto y regresar. Este sitio en
wichí se llama n'olhäpnhawet término que significa lugar de
retorno, deriva del verbo yäpil que significa volver a casa o
regresar al hogar.
El tiempo es otro factor que decreta el recorrido. Cuando en
determinado momento el cazador advierte que ese instante,
consignando la inclinación del sol evoca que ha llegado a ese
intervalo del punto de retorno seguro, no hará otra cosa más que
emprender el regreso. Las condiciones climáticas adversas
siempre son un latente riesgo de desorientación y peligrar la vida
del individuo.
La luz del día es esencial, en épocas de prolongadas lluvias o
exceso de humedad previos al tiempo del invierno chelhchup, la
actividad de recolección y coincide con el inicio de la época de
escasez de frutos silvestres. Afortunadamente entre las épocas
anuales este período no es prolongado.
Y la pervivencia de nuestros ancestros se debió en gran manera el
adoptar esta práctica. Cada persona es amparada por la
comunidad siempre y cuando fuera respetuosa con los códigos
establecidos. Al traspasar a aquellos límites, esta persona será
responsable de sus actos ante eventual peligro o desventura se las
manejará solo.
En estos territorios (lhipey) habitaban solo los indígenas
(n'o'yhäj), lugar que alguna vez fuera recóndito, inmenso,
formado por una variedad de paisajes, suelos y espacios, y de ello
una gran diversidad de denominaciones que solo ellos conocían.
El grupo wichí le otorgó a cada uno de ellos un nombre, los más
reconocidos son: alhotaj, tewokw y tayhi al igual que otros
grupos en sus respectivas lenguas.
Alhotaj
Alhotaj cuyo significado es lugar abierto y en sentido figurado
‘gran patio’. Terreno difícil de transitarlo. Las matas recubren
estas planicies ocultándose entre los interminables aibales
(Elionus_muticus), debajo de esa cobertura de hierbas se
encuentran las madrigueras de chenaj el tuco-tuco [ctenomys]
también conocido con el nombre en criollo como oculto; el único
animal catalogado con el epíteto de “presa” en la cosmogonía
wichí.
En esa inmensa extensión resume un paisaje donde parecen
tocarse el cielo con la tierra, en determinadas épocas del año, a
menudo, la caza del tuco-tuco se convertía en una atracción
deportiva para los hombres de diferentes edades. Si bien, este tipo
de zona albergaba a personas que estaban dispuestas a vivir bajo
circunstancias adversas; de allí las habilidades de utilizar armas
como boleadoras (tuntey), la destreza de lanzar proyectil (lafwot)
para las presas menores a distancias considerables, el arte de las
trampas de cimbra, y por supuesto la maestría con el arco y la
flecha. Prácticamente la intemperie no brinda muchos elementos
para construir una casa en donde resguardarse de los avatares
climáticos, o confiar en ello de algunas pertenencias. A lo sumo
ramas o arbustos que aún no hayan cobrado robustez se prestaban
para ser utilizados como la estructura de las chozas, sin embargo,
aquello no era impedimento para establecerse, habitar y arraigarse
por generaciones.
El avistaje hacia el horizonte era la práctica más usual de alerta.
Esto se debe al constante hostigamiento de disputas o contiendas
entre otros grupos vecinos o bien de animales grandes que
representen peligro para la integridad de niños, mujeres y
hombres.
La costumbre de compartir el alimento en ronda alrededor del
mismo, responde a estas peculiaridades es decir que cada
comensal es responsable de la seguridad del que tiene en frente.
No siempre se espera del fruto maduro para poder subsistir, la
habilidad de generar recurso a largo plazo consistía en un trabajo
conjunto. En tiempos de la sequía para obtener el agua
demandaba caminar distancias considerables. Ya sea para
conseguir el yacón (iletsaj), excavar antiguos lechos de arroyos o
juntar agua en piel de animales desde las aguadas más próximas;
todo eso hasta que la época de lluvias despunte nuevamente.
Tewokw
Tewokw es el río propiamente dicho, o los espacios y adyacencias
de las riberas de los ríos.
El ambiente cálido de los ríos es el hábitat de una gran diversidad
de especies. La flora y la fauna de las proximidades del cauce es
difícil de contabilizar, como así lo que hay en sus recodos, sus
barrancos, sus playas, albardones e islotes. La pesca en el lecho
del río es la actividad más conocida sin embargo la habilidad del
pescador hace que pueda completar la faena también con
vegetales y animales a la mesa de los alimentos al final del día. A
menudo se podía detectar el más hábil en cada una de esas
actividades y considerado literalmente como el gurú de esa
presteza, lhileyej o también niyatej.
Aunque todo parece indicar que la naturaleza ya ha determinado
el lugar que corresponde cada forma de vivir de acuerdo a los
recursos existentes, a menudo el río cambiaba de cause sin ningún
aviso previo. Podía dejar a la deriva poblaciones enteras de
humanos, cardúmenes encerrados en espejos de agua (lawomek)
condenados a la muerte luego convertidos en festines de aves
carroñeras y demás animales que encuentran de vez en cuando
una bondad inesperada de la naturaleza. El río, este recurso
traicionero, padre y madre de los habitantes del territorio al que
cruza a su antojo ostentando su majestuosidad, es su amigo
cuando está manso, pero cuando está bravo ni se arriman.
Entonces, cada vez que ocurría esta situación en que el río
desaparecía, se encomendaba a los cazadores a hombres o
mujeres que salían de recorridas a “buscar el río que se ha ido” ya
que la mayor preocupación es que el elemento líquido vital se
disminuía apresuradamente, las aldeas se están quedando sin
agua. Unos tomaban hacia el norte, otros en sentido contrario.
Algunas veces demoraban en regresar los averiguadores puesto
que no retornaban hasta no darse con el nuevo cauce. Una vez
localizado el nuevo río la salida era imperiosa.
El río es la salvación y también la perdición. Sus aguas turbias
envuelven a las más oscuras historias de terror y misterio. Todo lo
incierto puede estar bajo las aguas del río, criaturas salvajes, seres
fabulosos y míticos.
Contiene el alimento necesario y el preciado elemento para vivir,
pero alberga también mitos y leyendas, historias de hombría, de
héroes y de vencidos. El río es casi venerado, porque es
majestuoso, no tiene comparación es bravo. En su quietud,
nuestros ancestros recurrían a él, hasta se instalaban cerca de sus
barrancos porque era manso y acogedor. En invierno los pocos
peces alternan la dieta de carnes rojas y blancas pues estas ya se
vuelven desabridas, la presa con cebo se torna escasa a falta de la
fruta silvestre y la vegetación se empobrece. Si bien, la época de
frío es relativamente corta pero la espera se hace larga hasta las
primeras señales de la lluvia (ispeyak) previa al florecimiento de
las plantas, árboles y arbustos (inawop) cuando el sol
paulatinamente vuelve a tomar el recorrido que marcará el inicio
de los calores que irán de moderado a perjudicial.
Cuando las primeras flores se dejan ver en las orillas del río
después del frío invierno (fwiy’etil) las aves y los animales
vuelven a poblar los lugares de siempre. En el ambiente vuelve a
reinar, junto al canto del río, el de los pájaros, el zumbido de las
abejas, y la fragancia de las flores se esparcen a lo largo de las
barrancas.
Los caminos que bajan hacia el río desde los hogares que se
alinean al curso del río vuelven a cubrirse de vegetación. Las
mujeres con sus cántaros y botijas acompañadas de niños, otras
con hijos en brazos bajan al lecho del río por un poco de agua
fresca. El ancho río parece estar dormido a veces parece sin vida
que la habite, pero si uno observa detenidamente encontrará a
algún pescador taciturno bajo la barranca camuflado entre marrón
terroso y barroso acechando la presa con una fija sin despertar la
menor sospecha. Hábil nadador que, si prefiere, puede
zambullirse y permanecer prolongados momentos bajo el agua
buceando los peces y pescarlos sin mayores dificultades.
Tayhi
Cuando decimos tayhi automáticamente traducimos al castellano
esa palabra como monte. A esta altura de las circunstancias, este
término del español, como muchos otros, ya se ha incorporado al
vocabulario del indígena, aunque tal vez, de su oculto significado
no.
Desde la mirada del indígena, Tayhi es “el” lugar de recurso para
la subsistencia.

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