Grau en Criminologia 2022/2023 Psicologia Social
Marqués, J. V. (1983). Casi todo podría ser de otra manera. Dins No es
natural. Para una sociología de la vida cotidiana. (1ª ed., p. 13-18) Barcelona:
Anagrama.
Algunas formas de vida distintas de las vigentes tienen gracia,
indudablemente. Para mejor y para peor, las cosas podrían ser de otra manera,
y la vida cotidiana de cada uno y cada una, así como la de los “cadaunitos”,
sería bastante diferente. La persona lectora no obtendrá de este libro recetas
para cambiar la vida ni –sin que vayamos a hilar demasiado fino sobre la
cuestión - grandes incitaciones a cambiarla, pero sí algunas consideraciones
sobre el hecho de que las cosas no son necesariamente naturalmente, como
son ahora y aquí. Saberlo le resultará útil para contestar a algunos entusiastas
del orden y el desorden establecidos, que a menudo dicen que “es bueno y
natural esto y aquello”, y poder decirles educadamente “veamos si es bueno o
no, porque natural no es”.
Consideremos un día en la vida del señor Timoneda. Don Joseph
Timoneda I Martínez se ha levantado temprano, ha cogido su utilitario para ir a
trabajar a la fábrica, oficina o tienda, ha vuelto a casa a comer un arroz
cocinado por su señora, y más tarde ha vuelto de nuevo a casa, después de
tener un pequeño altercado con otro conductor a consecuencia de haberse
distraído pensando en si le asciende o no de sueldo y categoría. Ya en casa,
ha preguntado a los críos, bostezando, por la escuela, ha visto un telefilme
sobre la delincuencia juvenil en California, se ha ido a dormir y, con ciertas
expectativas de actividad sexual, ha esperado a que su mujer terminara de
tender la ropa. Finalmente, se ha dormido pensando que el domingo irá con
toda la familia al apartamento. Lo último que recuerda es a su mujer diciéndole
que habrá que hablar seriamente con el hijo mayor porque ha hecho no se
sabe qué cosa.
Éste es el inventario banal de un día normal de un personaje normal. La
vida, dicen. Pero, ¡atención!, si el señor Timoneda es un personaje “normal”,
“medio” y éste es un día normal, es porque estamos, en una sociedad
capitalista de predominio masculino, urbana, en etapa que llaman de sociedad
de consumo, y dependiente culturalmente de unos medios de comunicación de
masas subordinados al imperialismo. El personaje “normal”, si la sociedad
fuera otra, no tendría que ser necesariamente un varón, cabeza de familia,
asalariado, con una mujer que cocina y cuida la ropa, y con un televisor que
pasa filmes norteamericanos.
Hablando de José Timoneda Martínez, consideremos ahora cómo incluso su
nombre está condicionado por una red de relaciones sociales. Oficialmente no
se llama Joseph Timoneda I Martínez sino José Timoneda Martínez, vuelve la
cabeza cuando alguien lo llama Pepe, se cabrea en silencio cuando es el jefe
de personal quien le llama Timoneda sin el señor delante, y enérgica y
explícitamente cuando es un subordinado suyo quien lo hace; insiste, o no, en
hacerse llamar Pepe por una mujer según el aspecto que ella tenga, y se siente
bastante orgulloso de ser cabeza de familia, porque así los niños han de
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nombrarlos según su cargo doméstico de “papá”. Hay mucho más, sin
embargo, en su nombre mismo. No diré simplemente que si hubiese nacido en
África quizá se llamaría Bambayuyu, que es un nombre muy sonoro y de un
exotismo justificable por la diferencia de lengua. Sin salirnos de nuestro ámbito,
observaremos que no naturalmente habría de componerse su nombre del
nombre de un santo de la Iglesia católica, de un primer apellido que transmitirá
a sus hijos y que le vincula al padre de su padre, y un segundo que no
transmitirá y que le vincula al padre de su madre. Es solamente una forma.
Podría llamarse Joseph hijo de Joan Timoneda o hijo de Empar Martínez,
Timoneda Josep, o tomar el nombre de su origen y resultar Joseph Timoneda
de Borriana, o haber podido elegir, al llegar a mayor, el nombre o cuál de los
dos apellidos prefería llevar adelante. Podría ser de otra manera, pero ésta es
la que le ha correspondido, ya que vive aquí. Son costumbres. ¡Atención, sin
embargo! Hay quien dice “son costumbres” como si, reconocido el carácter no
natural de las maneras de vivir, éstas fueran resultado de un puro azar, cuando
en realidad nos reenvían una y otra vez a los datos fundamentales de la
sociedad.
El nombre del señor Timoneda nos da pistas sobre la influencia de la Iglesia
católica sobre el hecho de que los padres “pintan” más que los hijos, y el padre
más que la madre. Eso en el nombre solamente. Los actos cotidianos del señor
Timoneda nos proporcionan muchas más pistas.
El señor Timoneda podría haber pasado el día de muchas otras maneras.
Nada en su biología se lo impide. Podría haber trabajado en su casa, si es que
se puede hablar de casa al mismo tiempo a propósito de un espacio de 90
metros cuadrados, en un sexto piso y a propósito de un edificio que la casa de
los antepasados y sigue siendo taller. La mujer del señor Timoneda podía
haber estado haciendo parte de la faena del taller y el hijo mayor también
mientras aprende el oficio del padre. El más pequeño de los críos podía haber
pasado el día en la calle o en casa de otros vecinos, sin noticia ni deseo de
escuela alguna.
O bien, el señor Timoneda podía haber pasado el día cocinando para la
comuna, por ser el día que le tocaba el trabajo de la casa, mientras los demás
trabajaban en el campo, en la granja o en los talleres grandes o pequeños,
todos proporcionalmente a sus fuerzas y habilidades; y hacia el atardecer
reunirse todos para reírse ante una televisión más divertida o para discutir ante
emisiones más informativas.
O el señor Timoneda podía haber trabajado aquel día doce horas –seis en
las tierras del amo y seis en las que el amo le dejaba cultivar directamente- y
haber regresado a la barraca donde vive amontonado con familiares diversos
para comentar que el amo les había vendido junto con las tierras y preguntarse
que tal sería el nuevo señor. O escucha al abuelo recitar historias, seguro de
ser escuchado, seguro de ser el personaje principal de la familia.
El día del señor Timoneda podía haber sido, pues, muy distinto, y también
el de las personas que le rodean. Sería un error pensar que sólo podría haber
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sido distinto de haber nacido en otra época. Con el nivel tecnológico actual son
posibles diferentes formas de vida.
Esta pequeña introducción impresionista a una sociología de la vida
cotidiana insistirá siempre sobre esa misma idea de qué cosas podrían ser –
para bien o para mal- distintas. Dicho de una manera más precisa: que no
podemos entender cómo trabajamos, consumimos, amamos, nos divertimos,
nos frustramos, hacemos amistades, crecemos o envejecemos, si no partimos
de la base de que podríamos hacer todo eso de muchas otras formas.
A menudo, cuando se muere un pariente, te atropella un coche, le toca la
lotería a un obrero en paro, se casa una hija o te hacen una mala jugada, la
gente dice:
-¡Es la vida!
O bien:
-Es la ley de la vida.
Lo que hacemos no es, sin embargo, La Vida. Muy pocas cosas están
programadas por la biología. Nos es preciso, evidentemente, comer, beber y
dormir, tenemos capacidad de sentir y dar placer, necesitamos afecto y
valoración por parte de los otros, podemos trabajar, pensar y acumular
conocimientos. Pero cómo se concreta todo eso depende de las circunstancias
sociales en las que somos educados, maleducados, hechos y deshechos. Qué
y cuántas veces y a qué horas comeremos y beberemos, cómo buscaremos o
rechazaremos el afecto de los otros, qué escala y de qué valores utilizaremos
para calibrar amigos y enemigos, qué placeres nos permitiremos y a cuáles
renunciaremos, a qué dedicaremos nuestros esfuerzos físicos y mentales, son
cosas que dependen de cómo la sociedad –una sociedad que no es nunca la
única posible, aunque sean posibles todas- nos las define, limite, estimule o
proponga. La sociedad nos marca no sólo un grado concreto de satisfacción de
las necesidades sino una forma de sentir esas necesidades y de canalizar
nuestros deseos.
Así, pensar una bomba nueva, desear una lavadora de otro modelo, comer
más a menudo platos variados aunque congelados, valores a los demás por el
número de objetos que poseen y dedicar los esfuerzos afectivos a asegurar el
monopolio sentimental sobre una persona, nos es más “humano”, no es más “la
vida” no es más “natural” que pensar nuevos trucos de magia recreativa,
desear más sonrisas, hacer una fiesta el día en que sí comes pollo o valorar a
una persona porque tiene más capacidad de gozar que tú y está dispuesta a
enseñarte.
El amor, el odio, la envidia, la timidez, la soberbia... son sentimientos
humanos. Pero, ¿en qué cantidad y a propósito de qué los gastaremos? ¿Es lo
mismo odiar a los judíos que a los subcontratistas de mano de obra? ¿Es igual
envidiar ahora la casa con jardín y pinada de un poderoso, cuando quedan ya
pocos árboles, que cuando eso sólo representaba un símbolo de poder o
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prestigio? ¿Es igual amar a una persona sometida que a una persona libre?
¿Se puede ser tímido del mismo modo en un mundo donde es conveniente ser
presentado para hablar con otro, que en una sociedad donde todos se tutean,
tratando de imponer una familiaridad que no siempre deseamos?
Nacer, crecer, reproducirse y morir. De acuerdo. Eso hacemos. Pero ¿acaso no
importa cómo y cuándo nacer, qué ganas y qué pierdes al crecer, por qué
reproduces y de qué y con qué humor te mueres?
El señor Timoneda se levanta cuando el satélite artificial se hace visible en el
cielo de su ciudad. Antes de salir de su cápsula matrimonial mira a su
compañero, dormido todavía, y se coloca la escafandra individual. Despierta a
patadas a la mutante que le sirve de criada y le da órdenes en inglés. Hoy es
un día especial: la lotería estatal sortea simultáneamente los quince que serán
autorizados para procrear; los mil treinta y uno que se someterán a las pruebas
de guerra bacteriológica, y sesenta y dos viajes a los carnavales de Río para
dos personas y una mutante. Sale a la calle ya dentro de su aeromóvil y choca
enseguida con otro. Se matan los dos conductores y el viudo del señor
Timoneda es obligado a seguir la costumbre de suicidarse en la pira funeraria.
¿Es natural eso?
Esa sociedad imaginaria resulta ser capitalista, postnuclear, despótica, de
atmósfera precaria y homosexual-machista. Es una sociedad posible. Podría
ser anticipada proyectando y acentuando los rasgos de la sociedad capitalista
actual y suponiendo que hubiese tenido lugar, tras una rebelión feminista
aplastada, una eclosión de la homosexualidad reprimida acompañada de un
explícito culto al macho.
La persona lectora tiene ante sí ahora otra sociedad. ¿Es la única posible?
Tal vez diga que no, porque personalmente apuesta por el socialismo ¿Un
socialismo donde sólo cambie la forma de gestión del capitalismo? ¿Una
sociedad igual a ésta excepto en el precio más barato de los
electrodomésticos? ¡Ah! Un poco de distancia respecto de su entorno no le
vendría nada mal al lector o a la lectora.