Reflexión sobre una intervención histórica en la ciudad de Santiago:
El caso del cerro Santa Lucía
época representaría la modernidad exógena, símbolo del desarrollo universalista y que
seduce con su discurso progresista, mientras que el espíritu de lugar se relaciona con
los valores locales propios a una realidad cultural trascendente.
Para Cristián Fernández Cox, arquitecto chileno, este conflicto no existiría dado que,
según su parecer, la influencia externa es la que ha dominado largamente en la
producción arquitectónica local.
“¿Por qué parece ser que desde fines del siglo XVIII, nuestra arquitectura ha sufrido
el sesgo recurrente a desplazar las categorías endocéntricas de su propia realidad,
hacia las categorías ajenas de los exocentros de que dependemos? ¿Es esta
enajenación una fatalidad insuperable de nuestra condición objetiva de periferia, o
hay también factores subjetivos inducidos por nosotros mismos? ¿Estamos
condenados a ser quejosos espectadores de hechos que competen siempre a
responsabilidades ajenas, o hay un margen de factores que está en nuestras
propias manos resolver? En verdad, los problemas que afronta una sociedad y sus
posibilidades de resolverlos, dependen de la interacción entre dos polos: un polo
subjetivo que es el modo peculiar como la sociedad aprecia y afronta esa realidad.
Analógicamente, para las sociedades vale lo que para las personas: su destino
depende en parte de sus circunstancias, pero también de su actitud frente a ellas”.
(Fernández Cox, 1990)
Valgan las ideas generales expresadas, como ayuda para interpretar a continuación la
historia y presencia actual de uno los lugares más característicos de Santiago: el cerro
Santa Lucía. Si bien éste no constituye una obra de arquitectura, su condición de
elemento urbanamente reconocible e históricamente significativo para nuestra ciudad,
permite asimilarlo a la idea de un ―edificio‖ inserto en la ciudad, y presumir que en él
se manifiestan problemáticas que puedan comprobar el supuesto inicialmente
planteado.
2. El caso del cerro Santa Lucía
2.1.- Primer acto: la situación original, el cerro Huelén Prehispánico
“Un día Caycayvilu, fuerza de las aguas, rompiò las fuentes del gran abismo y las
cataratas de los cielos fueron abiertas. La potente cola de Caycayvilu levantaba
mareas tan enormes que toda la tierra se inundaba. Y moría toda la carne que se
mueve sobre la tierra, así de aves como de ganado y bestias y de todo reptil que
anda arrastrándose sobre la corteza y todo hombre. Y las aguas prevalecían sobre
la tierra creciendo en gran manera; todas las montañas que había debajo de los
cielos fueron cubiertas. Y desde el hombre hasta la bestia y los reptiles y las aves
del cielo eran raídos de la faz de la tierra. Aconteció entonces que, por la boca de
los volcanes, aparecieron los Pillanes para salvar a los hombres y a las bestias. Y los
Pillanes llamaron a Trentén, fuerza de la tierra y enemigo mortal de Caycayvilu. Y la
tierra comenzó a levantar montes muy altos, empujada por la fuerza de Trentén;
los hombres subían y subían para no morir y los que no alcanzaban a ganar las
cumbres eran convertidos en peces, en anfibios, en animales marinos, en aves del
espacio y en bestias de las selvas. Fue muy larga la lucha; pero, al fin, triunfó
Trentén. En las cimas, junto a los bosques de pehuenes, los Pillanes cogieron a las
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Revista de Urbanismo N°7 - Enero de 2003
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El caso del cerro Santa Lucía
mujeres que llegado hasta ahí y se machihembraron con ellas. Y así se multiplicaron
y nació la raza mapuche que por eso significa hombres de la tierra. Y se fueron las
aguas y en los cielos gobernó el sol y con su fuego hizo crecer árboles y
vegetaciones abundantes y hermosas. Caycayvilu derrotado formó ríos y lagos que
se mantuvieron prisioneros entre los brazos de Trentrén. Entonces, el jefe de cada
familia subió solitario hasta la cumbre de la montaña y selló una alianza con las
fuerzas de la tierra y con los animales y con los árboles y con las montañas para
proteger a toda su decendencia …”
(Leyenda mapuche sobre el Diluvio Universal)
Independiente del protagonismo que le otorga de por sí su condición geográfica, la
presencia del cerro Santa Lucía, en tanto realidad significativa, se remonta al pasado
prehispánico santiaguino, cuando el valle del Mapocho era habitado por una serie de
comunidades indígenas. Es entonces cuando el cerro adquiere una primera
connotación como lugar reconocible y trascendente. Podríamos señalar que, si bien un
lugar preexiste en función de su condición física, éste adquiere la categoría de tal en el
momento que el hombre es capaz de descubrir o adjudicarle una cualidad significativa
con lo cual asume una condición cultural relevante. De esa manera, el peñón rocoso
que irrumpe en el plano del valle señalando una relación con el cielo, es considerado
como una manifestación y representación de la divinidad, algo característico de la
cosmovisión prehispánica de la parte sur del continente, en que la veneración de las
altas cumbres andinas es propio de la religiosidad de aquellos pueblos. Un historiador
contemporáneo resume muy bien dicho significado religioso:
“… Sabemos bastante acerca del culto a las altas cumbres entre los pueblos
prehispánicos, en especial los andinos. Prevalece a lo largo de todos los Andes y, lo
que es más extraordinario, el culto subsiste hasta nuestros días. En general,
aparece continuamente asociado a deidades que controlan la fertilidad en sus
diversas manifestaciones. Conforme a antiguas creencias, las montañas serían
lugares previstos de una gravitación vital muy primaria vinculada a la subsistencia
de la comunidad local que les rinde devoción. Concebidas como guardianes del
clima, de las aguas y la irrigación de la tierra, del ganado, de los minerales que se
esconden en sus entrañas, a las montañas se les dota de poderes mágicos de
cotidiana significación. Su presencia inamovible las vuelve hitos recordatorios
permanentes de dicho poder. También se les percibe como sitios donde residirían
los espíritus de los muertos. De consiguiente, suele atribuírseles la capacidad de
causar enfermedades y tormentas. No se descarta tampoco que hayan servido
como promontorios idealmente ubicados para efectuar señalizaciones. En un sentido
cosmogónico más amplio, las montañas, además, parecen hacer las veces de nexo
entre los tres mundos: el océano mediante supuestas conexiones subterráneas, la
tierra y el cielo”.
(Jocelyn-Holt, 2000).
La máxima expresión de dicha práctica religiosa tiene lugar con la cultura inca, en que
las cimas andinas adquieren la condición de ―adoratorios‖. El hallazgo de la momia de
un pequeño niño en el cerro El Plomo —ubicado en el cordón cordillerano frente a la
ciudad de Santiago con 5.400 metros de altura— dejado vivo allí como ofrenda,
testimonia el carácter sagrado del cerro.
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