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Tito 3

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TITO 3:7-8, EL PROPOSITO DE DIOS AL SALVARNOS

INTRODUCCIÓN
Para mí es un gozo presentar la buenas nuevas de Dios y debe ser de mucho gozo también
en ustedes el recibirlas, La epístola de Tito es una de las llamadas pastorales, Las Epístolas
Pastorales no son sólo para pastores éstas Contienen instrucciones prácticas para todos
los miembros de la congregación, incluyendo al propio pastor. Recuerde, los pastores
también son personas. Antes de que los pastores sean pastores, son creyentes en el Señor
Jesucristo. Antes de que ellos sean pastores, son miembros de la iglesia.
El apóstol estaba muy cerca de encontrarse con su Señor y esto le conmovía a exhortar a
los demás creyentes, para que se ocuparan en lo verdaderamente importante. Entre otras
cosas, nos recuerda que nuestra salvación debería motivarnos a tener en mente que la
única razón por la que somos diferentes ahora es que Dios nos salvó. Cuando somos
bombardeados por nuestra cultura impía, por medios de comunicación impíos,
educadores impíos, políticos impíos, personas impías en el mundo del espectáculo y los
deportes, libros y revistas impíos, vecinos y compañeros de trabajo impíos, y hasta amigos
y parientes impíos, deberíamos enfocarnos por encima de todo en la gracia soberana de
Dios, quien nos libró a cada uno de nosotros de esa vida nada más que por su propia
benevolencia y por su propia gloria, no por algo deseable o digno que hubiera en
nosotros. Cada aspecto de la salvación es de Dios y solo de Dios1
Ahora bien, si nosotros tuviéramos una gran deuda con cualquier empresa y fuésemos
conscientes de ello, nos preocuparía y si esto afectara aún más nuestro patrimonio,
haríamos lo que fuera por pagarla. Y si alguien viniera y nos dijera que la deuda está
pagada, nuestro gozo sobreabundaría en nosotros. Los que no son conscientes de la
deuda que ha sido pagada, es más no son conscientes de su deuda, difícilmente podrían
estar gozosos.
En esta breve carta, y especialmente en esta sección, hemos podido encontrar un muy
breve pero profundo resumen de la doctrina de la salvación. La manera en que lo ha
hecho es de asombrarnos y alegrarnos en el más alto grado, todo ha surgido de la
iniciativa de Dios, de su bondad, de su misericordia, pero esto ¿con qué propósito?, ¿cuál
es el resultado de llevar a cabo esta salvación?, y ¿qué fruto podemos apreciar de esta
maravillosa salvación?, esto es lo que examinaremos en esta oportunidad respondiendo a
la pregunta: ¿Para qué Dios nos salvó?

I . PROPÓSITO: SER DECLARADOS JUSTOS

1
Así nuestro primer punto declara el propósito de la salvación que nos ha sido dada por
Dios, este es, Ser declarados Justos, inocentes, libres de la culpa del pecado. Es lo primero
que aborda el verso 7 de Tito 3 antes de mencionar el resultado y el fruto de esta gloriosa
salvación. La justificación es el acto de la gracia de Dios en la que se declara justo al
pecador que cree en Jesucristo. Usted debe memorizar esta definición, porque es
importante.
Y en base a esta confesión doctrinal surgen las preguntas, ¿Cuál es el método de
justificación? ¿Cómo puede un Dios santo justificar a los pecadores? ¿Cómo puede un Dios
santo pasar por alto el pecado? Bueno, Dios no pasa por alto el pecado; Dios se ocupa de
el. ¿de que manera?
A. En base a la Justicia perfecta de Cristo
Dios nos salvó con el propósito de declararnos inocentes en base a la justicia perfecta de
Cristo. Para imputarnos la justicia perfecta de Cristo a favor nuestro. A Cristo le fueron
imputados nuestros delitos, y pagó por ellos, para que a nosotros se nos imputara su
justicia y vivamos a causa de ella, 2 Cor. 5:21, Gl. 3:11-13, Rom. 4:6-8. El acto de Dios de
declararnos inocentes consiste en otorgarnos de manera libre y soberana, el perdón de
todos nuestros pecados, gracias a que Cristo pagó por ellos en la cruz, y por la fe en ese
sacrificio, recibimos gratuitamente esa declaración justicia, porque nos es otorgada esa
justicia de Cristo como si nosotros la hubiéramos hecho.
La imputación comprende dos aspectos: el negativo, al no contar nuestros pecados en
nuestra contra, y el positivo, al contar la justicia de Cristo como propia nuestra.
El diablo le acusa, usted se acusa a sí mismo, tal vez sus amigos le acusan; pero Dios
comprueba el archivo y dice: “No hay ningún registro en algún lugar de este archivo de
que Mi hijo alguna vez hizo nada malo.” Esa es la justificación, el acto de la gracia de Dios
al declarar justo a uno que cree en Jesucristo.
Los cretenses y nosotros debemos entender que Dios nos justificó siendo impíos, V. 3.
Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados,
esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia,
aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Y para que su veredicto no sea injusto, dice
2 Corintios 5:21:
“Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos
justicia de Dios en Él”.
Así, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de
esta manera: Dios trata a Jesús como impío (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al
impío como Jesús lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida
eterna).

B. este acto excluye nuestras buenas obras o rectitud


Una vez más, los cretenses con tan mala reputación como “siempre mentirosos, malas
bestias, glotones ociosos”, ni aun los que ahora hacían parte de la comunidad cristiana,
poseían rectitud propia, ni podían presumir de tenerla. Nosotros tampoco hemos sido ni
seremos poseedores de una rectitud propia, pues, “Ciertamente no hay hombre justo en
la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7:20). Esta declaración de inocencia de la
que trata la justificación por la gracia de Dios, no se debe a la falta de pruebas en nuestra
contra, pues a diario podemos darnos cuenta que somos pecadores: somos imprudentes
en lo que decimos; creyendo estar haciendo lo correcto, estamos ofendiendo a los
hermanos; creyendo estar ejerciendo nuestros derechos y defendiendo nuestra dignidad,
estamos violentado a otros; creyendo que ejercemos nuestra libertad, a veces nos
comportamos como si aún estuviéramos esclavos del pecado.
La verdad es que estamos llamados a una vida recta, pero no la poseemos por nosotros,
sino en principio, por la Justicia perfecta de Cristo. Y es en base a esa justicia de Cristo,
que Dios no tiene en cuenta ya nuestros pecados, nos declara inocentes y nos asegura que
no habrá condenación alguna para nosotros, a quienes nos ha dado gratuitamente la fe en
su Hijo Jesucristo, Rom. 8:33-34, la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la
única actitud humana que le dice a Dios: “Yo no puedo; necesito que tú me salves” (ver Lc.
18:9-14). La fe mira fuera de sí, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino
a Él y aferrándose a su capacidad para salvar. Entonces queda claro que Dios nos declara
justos no por nuestras buenas obras o rectitud que no tenemos, sino por su misericordia
como ya vimos, no por nuestra conversión propia,

C. por el lavamiento en el Espíritu Santo


Lavamiento que como estudiamos en el verso 5, es de regeneración y renovación en el
Espíritu Santo. Cuando fuimos salvados, fuimos limpiados de nuestro pecado, de toda la
descomposición y la suciedad que es producida por la condición de muerte espiritual.
Uniendo así, con la obra de la justificación: la Regeneración y la Santificación; ambas, al
igual que la justificación, son iniciativas de Dios, y no de nosotros. La regeneración hemos
dicho es hecha una vez y para siempre, la santificación de manera segura y progresiva en
el creyente hasta su perfección el día que Cristo se manifieste o sea llevado cada uno a su
presencia cuando muera. No tenemos rectitud propia, y no la tendremos. Pero gracias a la
obra constante del Espíritu Santo en nosotros, aspiramos a una vida cada vez más
conforme a la posición que Cristo nos ha otorgado como justos ante Dios por su vida y
sacrificio perfectos, Rom. 8:1. Ahora, habiéndose cumplido el propósito de habernos
declarado inocentes, no culpables del pecado, ¿cuál es el resultado? Recordemos que la
justificación es una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la
persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su
veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la
justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de
transformación interior.
Supongamos que fuera posible quedar justificados de todo pecado, y sin embargo no
recibir un cambio de corazón ni ser hechos nuevas criaturas. ¡Qué pronto que este
justificado sería como la puerca lavada, volviendo al lodazal! «A los que justificó, a éstos
también glorificó» (Ro. 8:30).
Pedro nos recuerda que hemos sido “renacidos, no de simiente corruptible, sino de
incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 P. 1:23).
Palingenesia (regeneración) alude a la idea de recibir vida nueva, de nacer de nuevo o
nacer de lo alto.
La justificación nos pone a bien con Dios para bendición adicional. La regeneración nos
hace como Dios en carácter para servicio santo. No sería una plena salvación sin haber
«nacido de lo alto».

II. HEREDEROS DE LA VIDA ETERNA


La última parte del verso 7 de Tito 3, nos declara nuestro segundo punto. El resultado de
esta salvación de Dios, es que “viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la
vida eterna”. Es decir, con derecho a abrigar esta esperanza de manera firme. Con
derecho, aunque no merecemos ni tenemos derecho a nada. Cristo ganó ese derecho
para su pueblo, de disfrutar con el Dios eterno, perfecta y dichosa vida eterna, esta es
la:

A. Esperanza de los escogidos


La esperanza que siempre ha abrigado el pueblo de Dios, tal como se deja ver en el libro
de los Salmos: Sal. 16:9-11, 17:15, 73:24-26, y es también una constante en la predicación
del apóstol Pablo, 1 Tes. 4:13-18. Esto seguramente no fue desconocido por la iglesia en
Creta, pues desde el principio Pablo habla de dicha esperanza en esta carta a Tito, Tito
1:1-3. Es una esperanza constante en nuestro diario vivir como peregrinos en este mundo,
pero es una

B. Esperanza que un día se consumará


Cuando entremos a la eternidad, por la fe en Cristo podremos disfrutar de esa vida eterna
que Dios ha preparado para los suyos, y entonces todo dolor, clamor y aflicción para el
creyente terminarán, Ap. 21:1-7. ¿Estamos esperando ese día?, ¿o seguimos peleando
porque aquí y ahora no tengamos dificultad alguna en medio de una generación maligna y
perversa?, es no es lo que ha dicho el Señor, él dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero
confiad, yo he vencido al mundo”, Jn. 16:33. Así que esta es una
C. Esperanza que transforma
Esa confianza de la que Cristo mismo habla, es la que Pablo está motivando por medio de
Tito a la iglesia en Creta, y a toda la iglesia Universal. Confianza en la obra perfecta de
Cristo, en la maravillosa gracia de Dios, nos lleva a una vida transformada aquí y ahora, y
por la eternidad. Los cretenses habían sido rescatados de su mala manera de vivir para
experimentar la gracia de Dios, que en lugar de condenarlos justamente por sus malas
obras, les ha regalado vida en Jesucristo, y ahora los ve como justos, inocentes de
cualquier mala obra, porque Cristo pagó por ellos. Así que habiendo recibido esa
maravillosa gracia y siendo hechos herederos, su vida no puede seguir igual, lo cual nos
introduce a nuestro último punto.

III. OBRAS EXCELENTES


Leamos nuevamente el vrs, 2.
El fruto de esta salvación de Dios: Obras excelentes. Lo nuestra traducción de las
Escrituras llama buenas obras. Esta es la evidencia de haber recibido la gracia de Dios, el
fruto de entender la buena noticia de ser declarados justos ante Dios en base a la justicia
perfecta de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Las buenas obras de las que Pablo habla
ahora en el verso 8 son

A. Fruto de la fiel gracia de Dios


Esta es una palabra digna de ser creía y proclamada insistentemente, con firmeza, sin
ninguna clase de temor. No debemos dejar de proclamar la gracia de Dios aunque alguno
la hayan tomado como libertinaje, no por eso debemos dejar de decir la verdad. El
creyente ahora debe ocuparse en buenas obras, que son producto de la Gracia de Dios. Ya
se los decía Pablo en otra carta a la iglesia en Éfeso, Ef. 2:8-10. El pueblo de Dios ha sido
librado de la culpa y la condenación del pecado para que pueda vivir ahora para mostrar la
grandeza, la fama, la excelencia de Dios en su vida cotidiana, en la manera cómo piensa,
habla y actúa. No es un fruto de la obediencia y abnegación propia, porque como hemos
estudiado, nuestras propias obras no son más que trapos sucios de sangre fétida para Dios
(Is. 64:6). Una persona que entiende lo que Dios ha hecho por su pueblo, y entiende que
ha sido llamado a ser parte de ese pueblo, se llena de agradecimiento, de tierno amor por
Dios, y desea a pesar de sus luchas, agradar en todo a su Señor, pero es un

B. Fruto para los que creen en Dios


Los incrédulos pueden dejar malos hábitos o vicios, pero su corazón sigue siendo el
mismo. Pero los que creen en Dios, son transformados de adentro hacia afuera, desde su
corazón hasta que este cambio sea reflejado en su conducta. Tito no tiene que insistir en
esto a incrédulos sino a los creyentes. El cambio verdadero de vida como producto de la
gracia de Dios se ve en los creyentes solamente, y Tito debe perseverar con firmeza en
enseñar estas cosas a los que creen en Dios, no solo para que conozcan lo que Dios les ha
concedido, sino para que conociéndolo, se ocupen en buenas obras. ¿En qué se ocupa
este mundo que aborrece a Dios?, ¿En qué debemos ocuparnos nosotros?, ¿en qué lo
estamos haciendo?. ¿Esto quiere decir que debemos dejar de estudiar, trabajar, y
ocuparnos en nuestros negocios? (1 Tes. 4:11), claro que no, más bien se nos manda a
desarrollar nuestra vocación como hijos de Dios en todas las áreas de acuerdo a los dones
que Dios nos ha dado en particular, y desde el papel que Dios nos ha dado en la familia, la
iglesia y la sociedad, ¿recuerdan las instrucciones de Tito 2, a los hombres, mujeres,
jóvenes y esclavos?. Cada uno manifiesta una vida transformada como fruto de la gracia
de Dios, fruto que es

C. De excelencia y provecho para todos


A todos beneficia que el creyente experimente estos frutos. Aún el mundo que aborrece
Dios encuentra alivio al haber quienes sean luz y sal aunque muchas veces solo les
expresan odio por esto mismo. ¿Qué familia no se beneficia de tener un padre
responsable?, ¿una esposa y madre prudente?, ¿qué empresa no se beneficia de contar
con empleados honestos, responsables, no respondones ni defraudadores sino fieles y
amables?. El creyente transformado por la gracia de Dios da un fruto excelente y de
beneficio para todos, empezando por él mismo. Los cretenses estaban acostumbrados a
obtener su propio beneficio sin importar a quien atropellaran y se comportaban como
bestias salvajes, ahora se les enseña que por la gracia de Dios, la iglesia en Creta al
manifestar el fruto de la gracia de Dios en su comunidad, sería de beneficio para esa
comunidad, mostrando así la excelencia de Dios mismo.

CONCLUSIÓN
¿Hemos recibido la gracia de Dios, la hemos entendido?, ¿qué fruto ha producido o está
produciendo esa gracia en cada uno de nosotros?, ¿seguimos pensando que merecemos
algo de parte de Dios porque somos muy buena gente, o porque nos esforzamos
demasiado?, ¿seguimos pensando que todos tienen que hacer las cosas como decimos
porque siempre tenemos la razón?, ¿creemos que siempre nos están ofendiendo y no nos
damos cuenta que ofendemos peor?, ¿qué clase de fruto se está viendo en nuestra vida?.
Hermanos míos, Dios no puede mentir, y Dios es digno de toda confianza. Solo por su
gracia fuimos declarados justos, y recibimos esa justicia solamente por la fe en Cristo, y
recibimos el perdón de todos nuestros pecados, la limpieza de todos nuestros pecados, y
la renovación en el Espíritu Santo, y la capacidad de morir cada día más a nuestras malas
obras, para que nos ocupemos en las buenas obras de Dios, en las instrucciones que nos
da su palabra, en sus mandamientos. Quiera Dios hacernos entender y obedecer su
palabra, de modo que estemos ocupados en nuestra salvación, siendo de provecho para
todas las personas que están a nuestro alrededor, mostrando así la bondad de nuestro
Dios.

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