O como dijo el Capitán Louis Renault en Casablanca: “Detengan a los sospechosos
habituales”.
Como escribe María Negroni en su ensayo Film Noir (La Marca), en el cine negro
también hay tópicos, tan fijos como recurrentes. La ciudad, los submundos, crimen y
castigo, deseo y culpa.
La memoria de los testigos, su distorsión y fragilidad, dos décadas de personas
sentenciadas injustamente nos lo demuestra en 2018, la fundación Innocence Project
continúa documentado más de 150 condenas revocadas, en las cuales, en el 75% de los
casos, el error judicial se produjo por falsas identificaciones que hicieron las víctimas o
testigos presenciales de un hecho. las únicas pruebas contra los acusados eran las
declaraciones de los testigos
En el poemario de Juan Gelman, Valer la pena, se lee: “Se pasa de inocente a culpable /
en un segundo”.
Anatomía de una caída, thriller policial-jurídico francés dirigido por Justine Triet
ganador de un Oscar y considerado como una de las mejores de los últimos meses,
presenta a Sandra como una reconocida escritora que disfruta de su casa de los alpes
franceses cuando lo siniestro invade el hogar. No todo parecía tan idílico, en verdad: su
pareja estaba en crisis y el aparente orden estalla en el momento que Daniel,hijo que
sufre una disminución visual, regresa de una caminata con su perro y descubre el cuerpo
del padre muerto sobre la nieve.
Ante la ley, Sandra se presume inocente aunque queda en el blanco de las miradas. Pero
Sandra parece culpable antes de que se demuestre lo contrario.
¿El tópico del falso culpable se cierne inexorablemente sobre ella tras la revelación del
complejo entramado emocional de su matrimonio y la perseguirá socialmente con el
peso del patriarcado pese a su absolución judicial?
“A veces una pareja es una especie de caos, donde todos se sienten perdidos. A veces
peleamos juntos y otras tantas peleamos solos, y a veces peleamos entre nosotros”, le
dice Sandra al jurado, que la ausculta como la sospechosa perfecta ante la falta de datos
y pruebas. Triet juega con otro género popular en el universo audiovisual, el true crime
–que hoy puebla las pantallas, desde a sitcom como Only Murders in the Building-,
llenando la pantalla de “reconstrucciones” posibles del accidente/crimen.
El drama judicial y el tópico del falso culpable, con sus dilemas éticos y morales que
más allá de toda individualidad son un espejo de la sociedad, eran bien conocidos por el
maestro Alfred Hitchcock en gran parte de su obra, con perlas como Sabotaje (1942),
donde un hombre es acusado por un crimen que no cometió y debe buscar al verdadero
responsable para demostrar su inocencia, o la mismísima Falso culpable (1956),
también traducida como El hombre equivocado, con un Henry Fonda común y
corriente, músico de jazz que, confundido con un asesino, cae preso. El falso culpable
constituye el chivo expiatorio ideal, alguien que siente cómo arruinan paulatinamente su
vida y es incapaz de cualquier desobediencia. Ese mismo Estado omnipresente, a lo
1984 de Orwell, que hoy es signo de enemigo de la ultraderecha: el Estado que somete
al individuo y coarta sus libertades, no casualmente creció durante la pandemia.
Desconcertante, abismal, es el semblante de Joseph K cuando lo detienen en El Proceso
(Orson Welles, 1962), ese universo kafkiano que hoy se traduce en la innumerable
cantidad de presos inocentes que pueblan las cárceles cuando no los que padecen causas
armadas, sentencias parciales o caen en las garras del método Bukele de encarcelar sin
pruebas y que dramáticamente parece extenderse en la región bajo una tendencia cruda,
a lo Milei, de no respetar las reglas democráticas. “Los cientos de millones de
ñamericanos empiezan a creer que es más importante solucionar sus problemas que la
herramienta o el sistema con que se solucionen: desean, exigen la eficacia”, escribe el
periodista Martín Caparrós.
Joseph K se resigna, se desmoraliza: uno termina siendo culpable pero no se termina
sabiendo por qué. La interrogación policial y luego el peso de la justicia sobre sus
hombros como una burla amarga: todos estamos bajo la mira, todos tenemos que pagar
alguna culpa frente a un sistema -o Estado- omnipresente. Hoy o mañana la ruleta puede
tocar a cualquiera.
Otro clásico: Furia (1936), primera película del gran Fritz Lang en Estados Unidos
huyendo del nazismo, arquitecto moderno del falso culpable. Allí Spencer Tracy es
detenido por el sheriff de un pequeño pueblo cuando iba a encontrarse con su novia.
Primer eslabón de la cadena punitiva, el agente cree que puede estar implicado en un
caso de secuestro de una joven, lo encarcela y los pueblerinos incendian la comisaría.
Spencer zafa del incendio pero sale rudo contra la comunidad; desconfiado de las
instituciones sólo busca venganza: de víctima se convierte en victimario. “Ningún
inocente va a prisión”, era el rumor de los lugareños confirmando que la peor condena,
siempre, es la social: dan lo mismo las evidencias y no hay más vuelta que darle.
En otro de clásicos del cine de juicios, Anatomía de un asesinato (1959), de Otto
Preminger, el abogado Paul Biegler aparece como un personaje capaz de utilizar
cualquier truco para ganar el caso y hacer que su cliente sea declarado inocente, tal
como ocurría con el bufete de abogados en el célebre caso de O.J.Simpson. Es el
reverso del falso culpable.
Un suceso supone un culpable. Un suceso horrible exige un monstruo. Un monstruo
debe ser encerrado. “Ese simplismo en el análisis traduce un movimiento de fondo en
nuestra sociedad: la necesidad de asignarles a todo crimen, a todo accidente, a toda
enfermedad un responsable ante el cual desviar la propia rabia. El estigma del culpable
va acompañado de la sublimación de la víctima: esta es tanto más inocente cuanto que
aquel es abyecto. Esta interpretación apunta al advenimiento de una sociedad de buenos
y malos”, advertía sobre la espectacularización de los femicidios el historiador y escritor
Iván Jablonka, autor del aclamado libro Läetitia o el fin de los hombres (Anagrama)
luego convertido en la serie Laëtitia (Max).
“El último en ver a un muerto se convierte auténticamente en un sospechoso”, le dice
Ripley a una mujer cuyo novio mató recientemente.
“El otro que es culpable y yo que soy la víctima es una gran marca de estos tiempos”,
escribe el filósofo francés Eric Sadin.
O como en la Edad Media, sometidos a un juicio de Dios, en el que el acusado, para
demostrar su inocencia, debía superar una determinada prueba como llevar en las manos
un hierro candente a la largo de una impiadosa distancia.
Una arista singular e
Perrone observa que la cárcel, el poder policial y el sistema judicial funcionan como
factores complementarios en la preservación de la desigualdad social y en la producción
de delincuentes.
El tópico del falso culpable abarca toda la ficción contemporánea. desenvolverá una
oscura trama de perversiones, asuntos políticos y familiares.
En Canción de Alicia en el país, Charly García escribió: “Los inocentes son los
culpables” y “No tendrás poder, ni abogados, ni testigos”. “He sido condenado
injustamente", dice el personaje de La invención de Morel.
MISÁNTROPO: Por un lado, un clásico de otros tiempos: la inoperancia de los altos
mandos y el choque entre la velocidad de la investigación y las necesidades políticas del
momento, que llevan a cometer un par de errores garrafales ante la presión pública. Ese
también es uno de los núcleos de la notable Criminal record (Apple TV, Paul Rutman),
donde después de que la policía quedara en falta ante la opinión pública por una serie de
saqueos, hay que recuperar la narrativa y equilibrar la balanza: un nuevo crimen en los
suburbios de Londres necesita un rápido culpable en la cárcel. Con la consecuencia,
lógica para estos casos, que pronto se descubrirá un falso culpable y esta vez es una
mujer detective quien desenmascara internamente la densa y oscura investigación, con
el crimen como emergente social y su resolución como responsabilidad institucional
ante el ciudadano.
JABLONKA- PARA FALSO CULPABLE
Un suceso supone un culpable. Un suceso horrible exige un monstruo. Un monstruo
debe ser encerrado. Ese simplismo en el análisis traduce un movimiento de fondo en
nuestra sociedad: la necesidad de asignarles a todo crimen, a todo accidente, a toda
enfermedad un responsable ante el cual desviar la propia rabia. El estigma del culpable
va acompañado de la sublimación de la víctima: esta es tanto más inocente cuanto que
aquel es abyecto. Esta interpretación apunta al advenimiento de una sociedad de buenos
y malos".
Documental que ganó el Oscar; aquella mañana de ...del director la serie Laetitia
Minority report: adelantarse al crimen, perfil de futuros culpables
Hasta en V13, se habla de los diversos grados de culpabilidad entre los acusados (son
los padres de los terroristas responsables??)
Presunción de inocencia, el beneficio de la duda
La película La Cacería:
https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-28933-2013-06-
14.html
Todos posibles sospechosos. Todos posibles criminales. Todos posibles inocentes. El
falso culpable, un tópico tan antiguo como moderno, dominó el caso en un torbellino
arrasador que superó en tapas de diarios al Juicio a las Juntas.
Los ricos soñaban el Paraíso como uno de sus jardines cerrados de la cortesía. Así ha
pensado desde siempre Claudio Piñeiro el caso: countrys como castillos y palacios
medievales, siempre replegados en sí mismos, siempre defendidos del afuera, erigidos
para resistir los asedios, los asaltos.
Un mundo que se derrumba. Y que parece luchar por no derrumbarse.
La teoría de la conspiración paranoica recogida por Piñeiro -sobre la tesis de Ricardo
Piglia— donde esgrime que en el género policial necesitamos saber cuánto antes quién
mató y porqué: no nos aguantamos la incertidumbre.
“Estás acabado una vez que se te condena, sobre todo si el sistema no lo ha hecho bien”,
dice el abogado de Chester Weger, un hombre estadounidense que fue condenado en
1960 por el asesinato de tres mujeres y que en 2022 una prueba de ADN demostró su
inocencia.
¿Todos mienten en el caso García Belsunce? ¿Quién dice la verdad? ¿Qué se dice y qué
se esconde? ¿Quién es realmente cada uno? ¿Toda la verdad está realmente en los
expedientes?
“Hay gente en Argentina que piensa que Nisman se mató, otros que Yabrán está vivo. A
los argentinos nos encantan las teorías conspirativas”, suelta Virginia Messi.
¿Y si los inocentes son los culpables, como decía Charly García?
****
“¿Qué sucedió? ¿Cómo pudo ser posible?”, se preguntan familiares, investigadores y
curiosos en la serie “La escalera” (HBO), que guarda notables similitudes con el caso
García Belnsuce. Y el abogado del acusado -Michael Peterson- por el asesinato de su
esposa -Kathleen Peterson-, dice: “Tenemos dos historias para contar. La historia de lo
que pasó aquella noche. Y la historia de amor entre Michael y Kathleen”. En “La
escalera”, inspirado en un hecho real en Estados Unidos, hay una condena, una posterior
absolución y también falta el arma homicida.
No hay caso con más archivo y referencias en Argentina que el caso García Belsunce.
Allí está a la mano, listo para una eventual toma de posición.
La memoria de los testigos, su distorsión y fragilidad, dos décadas de personas
sentenciadas injustamente nos lo demuestra en 2018, la fundación Innocence Project
continúa documentado más de 150 condenas revocadas, en las cuales, en el 75% de los
casos, el error judicial se produjo por falsas identificaciones que hicieron las víctimas o
testigos presenciales de un hecho. las únicas pruebas contra los acusados eran las
declaraciones de los testigos
En el poemario de Juan Gelman, Valer la pena, se lee: “Se pasa de inocente a culpable /
en un segundo”.
Anatomía de una caída, el thriller policial jurídico francés dirigido por Justine Triet y
que acaba de ganar un Oscar al mejor guion original, presenta a Sandra como una
reconocida escritora que disfruta de su casa de los alpes franceses cuando lo siniestro
invade el hogar. No todo parecía tan idílico, en verdad: su pareja estaba en crisis y el
aparente orden estalla en el momento que Daniel, su hijo que sufre una disminución
visual, regresa de una caminata con su perro y descubre el cuerpo del padre muerto
sobre la nieve.
Ante la ley, Sandra se presume inocente aunque queda en el blanco de las miradas. Pero
Sandra parece culpable antes de que se demuestre lo contrario.
¿El tópico del falso culpable se cierne inexorablemente sobre ella tras la revelación del
complejo entramado emocional de su matrimonio y la perseguirá socialmente con el
peso del patriarcado pese a su absolución judicial?
“A veces una pareja es una especie de caos, donde todos se sienten perdidos. A veces
peleamos juntos y otras tantas peleamos solos, y a veces peleamos entre nosotros”, le
dice Sandra al jurado, que la ausculta como la sospechosa perfecta ante la falta de datos
y pruebas. Triet juega con otro género popular en el universo audiovisual, el true crime,
llenando la pantalla de “reconstrucciones” posibles del accidente/crimen.
El drama judicial y el tópico del falso culpable, con sus dilemas éticos y morales que
más allá de toda individualidad son un espejo de la sociedad, eran bien conocidos por el
maestro Alfred Hitchcock en gran parte de su obra, con perlas como Sabotaje (1942),
donde un hombre es acusado por un crimen que no cometió y debe buscar al verdadero
responsable para demostrar su inocencia, o la mismísima Falso culpable (1956),
también traducida como El hombre equivocado, con un Henry Fonda común y
corriente, músico de jazz que, confundido con un asesino, cae preso. El falso culpable
constituye el chivo expiatorio ideal, alguien que siente cómo arruinan paulatinamente su
vida y es incapaz de cualquier desobediencia. Ese mismo Estado omnipresente, a lo
1984 de Orwell, que hoy es signo de enemigo de la ultraderecha: el Estado que somete
al individuo y coarta sus libertades, no casualmente creció durante la pandemia.
Desconcertante, abismal, es el semblante de Joseph K cuando lo detienen en El Proceso
(Orson Welles, 1962), ese universo kafkiano que hoy se traduce en la innumerable
cantidad de presos inocentes que pueblan las cárceles cuando no los que padecen causas
armadas, sentencias parciales o caen en las garras del método Bukele de encarcelar sin
pruebas y que dramáticamente parece extenderse en la región bajo una tendencia cruda,
a lo Milei, de no respetar las reglas democráticas. “Los cientos de millones de
ñamericanos empiezan a creer que es más importante solucionar sus problemas que la
herramienta o el sistema con que se solucionen: desean, exigen la eficacia”, escribe el
periodista Martín Caparrós.
Joseph K se resigna, se desmoraliza: uno termina siendo culpable pero no se termina
sabiendo por qué. La interrogación policial y luego el peso de la justicia sobre sus
hombros como una burla amarga: todos estamos bajo la mira, todos tenemos que pagar
alguna culpa frente a un sistema -o Estado- omnipresente. Hoy o mañana la ruleta puede
tocar a cualquiera.
Otro clásico: Furia (1936), primera película del gran Fritz Lang en Estados Unidos
huyendo del nazismo, arquitecto moderno del falso culpable. Allí Spencer Tracy es
detenido por el sheriff de un pequeño pueblo cuando iba a encontrarse con su novia.
Primer eslabón de la cadena punitiva, el agente cree que puede estar implicado en un
caso de secuestro de una joven, lo encarcela y los pueblerinos incendian la comisaría.
Spencer zafa del incendio pero sale rudo contra la comunidad; desconfiado de las
instituciones sólo busca venganza: de víctima se convierte en victimario. “Ningún
inocente va a prisión”, era el rumor de los lugareños confirmando que la peor condena,
siempre, es la social: dan lo mismo las evidencias y no hay más vuelta que darle.
En otro de clásicos del cine de juicios, Anatomía de un asesinato (1959), de Otto
Preminger, el abogado Paul Biegler aparece como un personaje capaz de utilizar
cualquier truco para ganar el caso y hacer que su cliente sea declarado inocente, tal
como ocurría con el bufete de abogados en el célebre caso de O.J.Simpson. Es el
reverso del falso culpable.
Un suceso supone un culpable. Un suceso horrible exige un monstruo. Un monstruo
debe ser encerrado. “Ese simplismo en el análisis traduce un movimiento de fondo en
nuestra sociedad: la necesidad de asignarles a todo crimen, a todo accidente, a toda
enfermedad un responsable ante el cual desviar la propia rabia. El estigma del culpable
va acompañado de la sublimación de la víctima: esta es tanto más inocente cuanto que
aquel es abyecto. Esta interpretación apunta al advenimiento de una sociedad de buenos
y malos”, advertía sobre la espectacularización de los femicidios el historiador y escritor
Iván Jablonka, autor del aclamado libro Läetitia o el fin de los hombres (Anagrama)
luego convertido en la serie Laëtitia (Max).
“El último en ver a un muerto se convierte auténticamente en un sospechoso”, le dice
Ripley a una mujer cuyo novio mató recientemente.
“El otro que es culpable y yo que soy la víctima es una gran marca de estos tiempos”,
escribe el filósofo francés Eric Sadin.
O como en la Edad Media, sometidos a un juicio de Dios, en el que el acusado, para
demostrar su inocencia, debía superar una determinada prueba como llevar en las manos
un hierro candente a la largo de una impiadosa distancia.
Una arista singular e
Perrone observa que la cárcel, el poder policial y el sistema judicial funcionan como
factores complementarios en la preservación de la desigualdad social y en la producción
de delincuentes.
El tópico del falso culpable abarca toda la ficción contemporánea. desenvolverá una
oscura trama de perversiones, asuntos políticos y familiares.
En Canción de Alicia en el país, Charly García escribió: “Los inocentes son los
culpables” y “No tendrás poder, ni abogados, ni testigos”. “He sido condenado
injustamente", dice el personaje de La invención de Morel.
MISÁNTROPO: Por un lado, un clásico de otros tiempos: la inoperancia de los altos
mandos y el choque entre la velocidad de la investigación y las necesidades políticas del
momento, que llevan a cometer un par de errores garrafales ante la presión pública. Ese
también es uno de los núcleos de la notable Criminal record (Apple TV, Paul Rutman),
donde después de que la policía quedara en falta ante la opinión pública por una serie de
saqueos, hay que recuperar la narrativa y equilibrar la balanza: un nuevo crimen en los
suburbios de Londres necesita un rápido culpable en la cárcel. Con la consecuencia,
lógica para estos casos, que pronto se descubrirá un falso culpable y esta vez es una
mujer detective quien desenmascara internamente la densa y oscura investigación, con
el crimen como emergente social y su resolución como responsabilidad institucional
ante el ciudadano.
JABLONKA- PARA FALSO CULPABLE
Un suceso supone un culpable. Un suceso horrible exige un monstruo. Un monstruo
debe ser encerrado. Ese simplismo en el análisis traduce un movimiento de fondo en
nuestra sociedad: la necesidad de asignarles a todo crimen, a todo accidente, a toda
enfermedad un responsable ante el cual desviar la propia rabia. El estigma del culpable
va acompañado de la sublimación de la víctima: esta es tanto más inocente cuanto que
aquel es abyecto. Esta interpretación apunta al advenimiento de una sociedad de buenos
y malos".
Documental que ganó el Oscar; aquella mañana de ...del director la serie Laetitia
Minority report: adelantarse al crimen, perfil de futuros culpables
Hasta en V13, se habla de los diversos grados de culpabilidad entre los acusados (son
los padres de los terroristas responsables??)
Presunción de inocencia, el beneficio de la duda
La película La Cacería:
https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-28933-2013-06-
14.html
Todos posibles sospechosos. Todos posibles criminales. Todos posibles inocentes. El
falso culpable, un tópico tan antiguo como moderno, dominó el caso en un torbellino
arrasador que superó en tapas de diarios al Juicio a las Juntas.
Los ricos soñaban el Paraíso como uno de sus jardines cerrados de la cortesía. Así ha
pensado desde siempre Claudio Piñeiro el caso: countrys como castillos y palacios
medievales, siempre replegados en sí mismos, siempre defendidos del afuera, erigidos
para resistir los asedios, los asaltos.
Un mundo que se derrumba. Y que parece luchar por no derrumbarse.
La teoría de la conspiración paranoica recogida por Piñeiro -sobre la tesis de Ricardo
Piglia— donde esgrime que en el género policial necesitamos saber cuánto antes quién
mató y porqué: no nos aguantamos la incertidumbre.
“Estás acabado una vez que se te condena, sobre todo si el sistema no lo ha hecho bien”,
dice el abogado de Chester Weger, un hombre estadounidense que fue condenado en
1960 por el asesinato de tres mujeres y que en 2022 una prueba de ADN demostró su
inocencia.
¿Todos mienten en el caso García Belsunce? ¿Quién dice la verdad? ¿Qué se dice y qué
se esconde? ¿Quién es realmente cada uno? ¿Toda la verdad está realmente en los
expedientes?
“Hay gente en Argentina que piensa que Nisman se mató, otros que Yabrán está vivo. A
los argentinos nos encantan las teorías conspirativas”, suelta Virginia Messi.
¿Y si los inocentes son los culpables, como decía Charly García?
****
“¿Qué sucedió? ¿Cómo pudo ser posible?”, se preguntan familiares, investigadores y
curiosos en la serie “La escalera” (HBO), que guarda notables similitudes con el caso
García Belnsuce. Y el abogado del acusado -Michael Peterson- por el asesinato de su
esposa -Kathleen Peterson-, dice: “Tenemos dos historias para contar. La historia de lo
que pasó aquella noche. Y la historia de amor entre Michael y Kathleen”. En “La
escalera”, inspirado en un hecho real en Estados Unidos, hay una condena, una posterior
absolución y también falta el arma homicida.
No hay caso con más archivo y referencias en Argentina que el caso García Belsunce.
Allí está a la mano, listo para una eventual toma de posición.
Huuricane, Bob Dy lan
La culpa se siente antes del asesinato , no después (Freud, ¿Dostoievisky?)
Loso culpables son los que menos culpa sienten (Fernández Blanco)
Ordalía
Serie Gregory
Hasta Polanski ha incurrido en su última película.
Si hay dos autores oesionados por el falso culpable, son King y Hitch. No casulamente
son autores norteameicanos. Los tintes racistas, la e spectualirdad de la justicia yanqui,
etc.
En The Outsider, detienen rápidamente a un profesor de softball, en medio de una
práctica. El infierno aparece en la condena social: la escuela, el pueblo. El doble de
identidad. El toque sobrenatural donde, como en Twins Peaks, invierte la mirada: de
poner el foco en un individuo, la sospecha se cierne sobre el pueblo. Toda pista puede
dar a un nuevo culpable. La desintegración ocurre a doble escala de víctima: la víctima
directa y las víctimas de los falsos culpables. Un mal que se extiende –donde una
persona parece estar en dos lugares al mismo tiempo-.
A veces etiquetamos a un demonio humano y tal vez no era tan así: la ciencia lo
descarta, pero si pasa la ciencia se erquivocó?
RATCHED/
SSenderos de gloria, laberinto kafkiano…
Tesrigo de cargo. Si el culpable es inocente, o si el inocente es el culpable. Un
melodrama de tribunales, con una ambigüedad notablemente construida.
En la HBO del palestino falso inocente: Tuturro como el abogado de las causas
perdidas.
Tribunal (Mubi), puedo destruirte (HBO),
El «true crime» es un género que funciona muy bien entre las comunidades online que
respiran teorías conspirativas. En algunos casos lo hacen por curiosidad, buscando
entretenimiento o hasta tratando sanamente de colaborar con alguna investigación. Pero
en muchos otros se trata de una serie de personas con ideas bastante absurdas que no
solo complican cualquier investigación sino que involucran (o acusan) a personas que
no tienen nada que ver y a quienes pueden arruinar la vida. Y lo hacen, convengamos,
por dinero (millones de visitas a YouTube pueden ser muy redituables) o por necesidad
de atención. En ese sentido, no son tan distintos a algunos medios de comunicación que
explotan, estiran y deforman los casos policiales para seguir vendiendo ejemplares o
generando clics.
En The Undoing aparece otro clásico: si vos no fuiste, ¿quién la mató? Entonces, es
necesario crear un sospechoso.
En un momento de la serie, la abogada de la pareja le dice a Nicole Kidman:
Perturbador
Un mundo que se derrumba. Y que lucha por no derrumbarse.
El lenguaje crea la realidad, y no al revés.
El 26 de agosto Cristina Vázquez, de 38 años, se suicidó en su vivienda de Posadas,
Misiones. Sus familiares dijeron que atravesaba una profunda depresión. “Cristina
Vázquez pasó 11 años presa por un crimen que no cometió y fue absuelta por la Corte
SJN recién en diciembre pasado. Víctima de un sistema patriarcal, condenada por ser
mujer y pobre”, twitteó, de inmediato, la ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad,
Elizabeth Gómez Alcorta.
La historia de Cristina Vázquez fue contada por el documental “Fragmentos de una
amiga desconocida" (www.youtube.com/watch?v=u9iZcYBwrso) (Magda Hernández,
2019), donde la directora se pregunta "¿cómo se condena a una persona a prisión
perpetua sin pruebas?". Y el trágico derrotero de Cristina se marcó a fuego con, tal vez,
la más despiadada de todas las condenas: la condena social. Así fue operando -en la
prensa, en el rumor vecinal, en la letra chica del expediente- la construcción de un
estigma, la de Cristina como una mujer marginal, adicta a los vicios, la sospechosa
perfecta del crimen de una jubilada en Misiones, aún sin que ninguna evidencia cayera
en su contra. Hace tres meses, Cristina aparecía en una entrevista periodística por Zoom
junto a la directora. La noticia de su muerte aún conmueve y deja un pesado
interrogante sobre la maquinaria judicial:
¿Qué pasaría si un día llega la policía
A continuaciónVolvió a funcionar el transbordador Nicolás Avellaneda entre Isla
Maciel y La Boca tras 60 añosTélamCANCELARLa reproducción automática está en
pausa
0:31 / 0:31
¿Qué pasaría si un día llega la policía a tu casa y te acusa de un crimen que no
cometiste?
El caso del suicidio de Jara (INDIRA) (hablar del DOCUMENTAL)
ESPADA ENÉRIZ, Arcadi Raval. Del amor a los niños Barcelona:
Anagrama/Empúries, 200º
El libro es una amarga lección del periodismo. Desmontar a mentira policial y
periodística. El círculo vicioso de la prensa no es personal, es una maquinaria que opera
como sistema. En primer lugar, me ha enseñado Espada que a nuestra forma de hacer
periodismo le falta sensibilidad, respeto, amor. Nos lanzamos sobre la presa de una
historia sin importarnos quien caiga a nuestras espaldas. Nos creemos lo que dice la
autoridad imperante —léase policía, jueces, psicólogas— y dejamos de hablar con los
niños, que —junto con los borrachos— son los únicos que dicen la verdad. A los niños
les quitamos los nombres y apellidos y los dejamos en meras iniciales para preservar su
futuro. Pero no escuchamos lo que nos tienen que decir: su verdad. (En este caso, ni
siquiera se escuchó a los abogados defensores de sus padres.) Sólo contamos su
«versión» de los hechos a través del tamiz de declaraciones arrancadas como verdades a
costa del miedo. Y es porque no amamos a los niños. No hemos aprendido de ellos que
la única forma de saber es preguntar. Espada me ha enseñado también a desconfiar de la
Justicia, con mayúscula de poder del Estado, y tanto de su brazo armado como del
togado. También he aprendido de Espada a dudar de la mítica objetividad y otras
«palabras mayores» que pueden cobijar mentiras periodísticas. El escándalo —dice—
no fue que en el barrio del Raval funcionara una red de pederastia en la que unos padres
pobres consiguieran algunos billetes dejando a sus hijos en manos de quienes iban a
abusar de ellos, sino que las acusaciones policiales y los titulares de prensa
enchironaron a personas inocentes que tuvieron que padecer además la humillación
pública, que se vieron separados de sus hijos, puestos en manos de las beneméritas
instituciones de acogida. Y todo ello producto de un cúmulo de errores policiales,
judiciales, administrativos y periodísticos. Todo este libro —concluye Bonilla y asumo
su opinión— es un homenaje al único periodismo lícito: el que no se deja manejar, el
que hace preguntas y no da las cosas por sabidas, el que se opone por principios a la
versión de la policía y tiene entre sus méritos el de dejar que la duda haga su trabajo
ante cualquier manifestación. Sólo así se alcanza algo que se acerque a la verdad. Sólo
así pueden ser contadas las cosas, sólo así se es responsable y digno. Tan responsable,
tan digno y tan brutal como este libro de Arcadi Espada…»5.
El falso culpable. Un tópico tan antiguo como moderno.
El caso de Mario Salas, el latino que estuvo 20 años en el corredor de la cuerte siendo
incoente
¿Dónde se enciende la simple mecha que podría culminar en incendio? ¿Cuál es la
lógica que rige la instalación y circulación de un rumor o de una historia exagerada e
incomprensible a la vez? ¿Cómo es que un suceso expande el morbo y los prejuicios del
pueblo hasta movilizarlos, sacarlos a la calle, volver colectivo lo que ha empezado
como hecho aislado?
La película Sueños de Libertad
La presunción de inocencia, un principio básico del derecho positivo,
“Recibimos miles de cartas todos los días, pero sólo podemos responder el uno por
ciento. Somos el último tribunal”, dice uno de los responsables de la miniserie
documental Proyecto Inocencia. ¿Cuáles son las evidencias para condenar a un
culpable? ¿Qué convierte a alguien en el sospecho perfecto? ¿La ciencia puede fallar?
La ciencia forense, mal aplicada, es el arma letal. La cadena es sistemática: un perito
falla, el otro que revisa falla, y así.
El falso culpable, en efecto, puede convertirse fácilmente en el chivo expiatorio para
resolver el caso. Ante la presión mediática, . Franky Carrillo es sentenciado a dos
cadenas perpetuas. La lógi ca del testigo estrella, alimentado por un agente policial que
incide en el contexto para lograr una declaración –la famosa manipulación de escena- y
luego una fiscal incisiva, que descarta otras hipótesis y que vuelve a esa prueba como la
más trascendente.
Y allí opera el sistema, porque una vez que se demostró que Carillo había sido inocente,
hacían lo posible para no liberarlo y evitar una demanda –en 2016, Carrillo recibió una
indemnización de 10 millones de dólares-. Y una humillación.
“Lo mejor que puede hacer una abogada por u licencia es sacar a una persona inocente
de prisión”, dice la abogada que se puso al hombro el caso, durante cinco años, antes
que a Carillo le dieran la libertad tras 30 años de cárcel.
Tal vez la serie más impactante. En Making a murderer, hasta las víctimas son falibles:
sus testimonios, no por haber sufrido una aberración, son irrefutables. Es Javier Cercas,
con su notable “El impostor” –donde una supuesta víctima del holocausto se inventa
una identidad engañando -, un relato sobre la . “
Curiosamente, uno de los responsables integró el grupo estelar de abogados de OJ
Simpson. En la serie “The people vs”, las imágenes de archivo refieren a noticieros de
época con rebeliones en Los Angeles por la violencia policial,y el pararelo con las
marchas recientes en todo el país por la muerte de George Lloyd no son casuales.
El ADN no existía antes de mediados de los ´90.
El tópico del falso culpable es, sin dudas, una de las obsesiones de la narrativa
contemporánea. A cada anuncio de una nueva serie o del estreno de un documental, no
hay cosas menos atractivas que una trama que se vende desde la intriga clásica del
inocente que puede ser culpable y del culpable que puede resultar inocente.
Pero también hay matices, y culpables e inocentes figuran mezclados en densos como la
notable “The Undoing” (HBO), donde semana a semana la sospecha sobre el asesino se
cierne sobre la alta sociedad neyorquina, o para poner un caso local, en “Carmel “
(Netflix), la serie del momento -que, como toda sensación, pronto será reemplazada por
otra, así funciona el mercado audiovisual actual: certero, rápido y furioso-, otra trama
donde las miserias de la clase alta salen a la luz con un violento y enigmático crimen en
el medio.
Lo cierto es que un breve repaso Grace y Jonathan viven una vida idílica. En el ensayo
para una recaudación de fondos de la escuela de su hijo, Grace nota el mal trato hacia
Elena, una madre nueva del grupo. La noche del evento Grace es sorprendida por la
noticia de una tragedia.
https://elpais.com/politica/2020/11/03/cronica_negra/1604408713_466258.html
Quién mató a Phillip Garrett?
Marío Ovando
Cuando lo escuche nombrar por primera vez, una noche comiendo un asado en la casa de
Alejandro, un poco me pareció salido de una peli yanqui. Tan equivocada no estaba porque, en
efecto, Innocence Project Argentina se funda a partir de una película, en este caso
argentina, The Rati Horror Show. Película que da cuenta de la historia de Fernando Ariel
Carrera, un ciudadano argentino que fue condenado a 30 años de prisión en el 2007 por robo y
homicidio agravado en un hecho que mediáticamente se conoció como la “Masacre de
Pompeya”. La sentencia que lo condenaba a 30 años de prisión fue revocada por la Corte
Suprema en el 2012, que al mismo tiempo ordenó revisar lo actuado en ese juicio. La Cámara
de Casación Federal en el año 2013 revisó entonces el juicio y condenó a Carrera a “solo” 15
años de prisión por robo y homicidio culposo. Sentencia que fue apelada nuevamente ante la
Corte Suprema, que en el 2016 consideró que Carrera había sido erróneamente condenado y
lo absolvió. Nueve años para que el Poder Judicial aplicara las reglas y principios del Debido
proceso.
La página de la fundación expresa en el apartado “Nuestra historia” que “la investigación de la
causa seguida contra Fernando Carrera pone en evidencia la discrecionalidad de la policía para
el uso ilegítimo de la fuerza letal, el fraguado de causas y la anuencia judicial para incorporar
esas pruebas como válidas, teniendo como consecuencia condenas injustas a personas
inocentes en una estructura judicial deficiente”.
“Luego del estreno de la película, la productora Aquafilms recibió numerosos llamados de
personas que sufrían la problemática de condenas erradas. Esta situación motivó a Enrique
Piñeyro a crear una fundación que se ocupara específicamente del problema con la ayuda de
especialistas en justicia y seguridad”.
¡Error! Nombre de archivo no especificado.
El jueves 8 de octubre de 2020 Innocence Project Argentina logro la absolución en la Corte
Suprema de Jorge González Nieva, quien llevaba 14 años en prisión por un delito que no
cometió. Otra vez, las aristas del mundo sin reglas aplicando su rigor sobre las personas.
Hace no mucho publiqué una nota sobre la absolución dictada en el caso de Cristina Vázquez y
Cecilia Rojas y volví a leer la nota de Mariana Carbajal sobre la muerte de Cristina. Esa nota
empieza con este párrafo: “’A Cristina la mató la Justicia’, dice Cecilia Rojas, su amiga desde los
15 años. Las dos estuvieron presas y fueron condenadas injustamente a prisión perpetua, sin
pruebas, por un crimen que no cometieron. Cristina Vázquez pasó 11 años privada de su
libertad. Cecilia, 14. Las dos, con 38 años, fueron absueltas en diciembre por un fallo de la
Corte Suprema. ‘Se sentía muy sola, estaba deprimida. Me decía: todos tienen un título, yo
nada. Yo también siento eso, pero lo trato de sobrellevar’, dice Cecilia en la puerta de la
Funeraria Díaz, donde recién acababa de llegar el cuerpo de su amiga, después de haber sido
sometido a una autopsia, para clarificar las causas de su muerte. El termómetro marca 33
grados en la tarde del jueves en la capital misionera” [1]. Esas con las consecuencias de un
mundo sin reglas.
El caso del suicidio de Jara (INDIRA) (hablar del DOCUMENTAL)
ESPADA ENÉRIZ, Arcadi Raval. Del amor a los niños Barcelona: Anagrama/Empúries, 200º
El libro es una amarga lección del periodismo. Desmontar a mentira policial y periodística. El
círculo vicioso de la prensa no es personal, es una maquinaria que opera como sistema. En
primer lugar, me ha enseñado Espada que a nuestra forma de hacer periodismo le falta
sensibilidad, respeto, amor. Nos lanzamos sobre la presa de una historia sin importarnos quien
caiga a nuestras espaldas. Nos creemos lo que dice la autoridad imperante —léase policía,
jueces, psicólogas— y dejamos de hablar con los niños, que —junto con los borrachos— son
los únicos que dicen la verdad. A los niños les quitamos los nombres y apellidos y los dejamos
en meras iniciales para preservar su futuro. Pero no escuchamos lo que nos tienen que decir:
su verdad. (En este caso, ni siquiera se escuchó a los abogados defensores de sus padres.) Sólo
contamos su «versión» de los hechos a través del tamiz de declaraciones arrancadas como
verdades a costa del miedo. Y es porque no amamos a los niños. No hemos aprendido de ellos
que la única forma de saber es preguntar. Espada me ha enseñado también a desconfiar de la
Justicia, con mayúscula de poder del Estado, y tanto de su brazo armado como del togado.
También he aprendido de Espada a dudar de la mítica objetividad y otras «palabras mayores»
que pueden cobijar mentiras periodísticas. El escándalo —dice— no fue que en el barrio del
Raval funcionara una red de pederastia en la que unos padres pobres consiguieran algunos
billetes dejando a sus hijos en manos de quienes iban a abusar de ellos, sino que las
acusaciones policiales y los titulares de prensa enchironaron a personas inocentes que
tuvieron que padecer además la humillación pública, que se vieron separados de sus hijos,
puestos en manos de las beneméritas instituciones de acogida. Y todo ello producto de un
cúmulo de errores policiales, judiciales, administrativos y periodísticos. Todo este libro —
concluye Bonilla y asumo su opinión— es un homenaje al único periodismo lícito: el que no se
deja manejar, el que hace preguntas y no da las cosas por sabidas, el que se opone por
principios a la versión de la policía y tiene entre sus méritos el de dejar que la duda haga su
trabajo ante cualquier manifestación. Sólo así se alcanza algo que se acerque a la verdad. Sólo
así pueden ser contadas las cosas, sólo así se es responsable y digno. Tan responsable, tan
digno y tan brutal como este libro de Arcadi Espada…»5.
El falso culpable. Un tópico tan antiguo como moderno.
El caso de Mario Salas, el latino que estuvo 20 años en el corredor de la cuerte siendo incoente
¿Dónde se enciende la simple mecha que podría culminar en incendio? ¿Cuál es la lógica que
rige la instalación y circulación de un rumor o de una historia exagerada e incomprensible a la
vez? ¿Cómo es que un suceso expande el morbo y los prejuicios del pueblo hasta movilizarlos,
sacarlos a la calle, volver colectivo lo que ha empezado como hecho aislado?
La película Sueños de Libertad
La presunción de inocencia, un principio básico del derecho positivo,
“Recibimos miles de cartas todos los días, pero sólo podemos responder el uno por ciento.
Somos el último tribunal”, dice uno de los responsables de la miniserie documental Proyecto
Inocencia. ¿Cuáles son las evidencias para condenar a un culpable? ¿Qué convierte a alguien
en el sospecho perfecto? ¿La ciencia puede fallar? La ciencia forense, mal aplicada, es el arma
letal. La cadena es sistemática: un perito falla, el otro que revisa falla, y así.
El falso culpable, en efecto, puede convertirse fácilmente en el chivo expiatorio para resolver
el caso. Ante la presión mediática, . Franky Carrillo es sentenciado a dos cadenas perpetuas. La
lógi ca del testigo estrella, alimentado por un agente policial que incide en el contexto para
lograr una declaración –la famosa manipulación de escena- y luego una fiscal incisiva, que
descarta otras hipótesis y que vuelve a esa prueba como la más trascendente.
Y allí opera el sistema, porque una vez que se demostró que Carillo había sido inocente, hacían
lo posible para no liberarlo y evitar una demanda –en 2016, Carrillo recibió una indemnización
de 10 millones de dólares-. Y una humillación.
“Lo mejor que puede hacer una abogada por u licencia es sacar a una persona inocente de
prisión”, dice la abogada que se puso al hombro el caso, durante cinco años, antes que a
Carillo le dieran la libertad tras 30 años de cárcel.
Tal vez la serie más impactante. En Making a murderer, hasta las víctimas son falibles: sus
testimonios, no por haber sufrido una aberración, son irrefutables. Es Javier Cercas, con su
notable “El impostor” –donde una supuesta víctima del holocausto se inventa una identidad
engañando -, un relato sobre la . “
Curiosamente, uno de los responsables integró el grupo estelar de abogados de OJ Simpson.
En la serie “The people vs”, las imágenes de archivo refieren a noticieros de época con
rebeliones en Los Angeles por la violencia policial,y el pararelo con las marchas recientes en
todo el país por la muerte de George Lloyd no son casuales.
El ADN no existía antes de mediados de los ´90.