Operacion Estrellas - Lou Carrigan
Operacion Estrellas - Lou Carrigan
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Lou Carrigan
Operación Estrellas
Brigitte en acción - 51
Archivo Secreto - 184
ePub r1.0
Titivillus 25.06.2017
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Lou Carrigan, 1966
Diseño de cubierta: Benicio
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Capítulo Primero
No era la primera vez que llegaba a Niza en avión y, por tanto, se llevó una ligera
pero lógica decepción.
Las otras veces, había llegado cuando un sol radiante bañaba el mar y la hermosa
ciudad llena de colorido.
Pero, claro, en tales ocasiones había llegado en plena estación estival, y era lógico
el sol y él calmado azul del mar. En noviembre, si bien Niza conserva la mayor parte
de su clima benigno, era de esperar aquella diferencia: un sol algo tristón, el mar no
tan azul, el cielo un poco opaco… Pero, en definitiva, era Niza, y su encanto
permanecía inalterable.
Además, ella no iba a quedarse en Niza. Tenía que llegar a Mónaco, donde, por
supuesto, el clima sería el mismo, el mar también estaría algo oscuro, y el sol seguiría
siendo tristón.
Para ir a Mónaco alquiló un taxi en Niza. El mismo taxi que tomó en el
aeropuerto. La distancia era más bien corta, y el paseo resultó agradable.
Y así, a las cinco y media de la tarde, Brigitte Baby Montfort, la espía de
categoría de lujo de la CIA llegó a Mónaco, y ya en esta ciudad se hizo llevar a una
casita con jardín y flores de otoño en La Condamine, muy cerca de la Rada.
El taxista descargó las dos maletas, ya sin molestarse en su solicitud de hacerse
cargo del bonito maletín que la bellísima viajera había llevado por sí misma en todo
momento. Luego se ofreció a entrar las maletas en la casita, pero Brigitte Montfort le
dijo que no era necesario, le pagó, le dio una más que satisfactoria propina y el
hombre tomó de nuevo el volante, dispuesto a regresar a Niza.
Si se hubiese molestado en dar una vuelta a la manzana para ver entrar a la bella
dama en la casa, se habría asombrado no poco, ya que ella no entró en la casa ante la
cual se había detenido, sino que, con una maleta en una mano y el maletín y la otra
maleta en la otra caminó casi cuarenta yardas, hasta detenerse delante de otra casita…
Muy parecida, pero no la misma. Era quizás un poco más grande, algo más moderna,
y el jardín tenía más flores: nardos, alhelíes, buganvillas, un árbol de mimosa y hasta
un par de madroños.
Muy bonito todo. La casa también era agradable, blanca y roja, con grandes
ventanales con persianas graduables de un color verde pálido, muy elegante.
Cargada con sus maletas, la espía más bella del mundo cruzó la pequeña cancela
de hierro forjado, que estaba abierta; llegó ante la puerta, dejó las maletas y, en lugar
de tocar el timbre, abrió el maletín, sacó la radio camuflada en el paquete de
cigarrillos y la accionó.
—Recién llegada en el vuelo ciento veintidós, procedente de Washington, con
destino a Niza. He llegado en un taxi a La Condamine.
Luego, con el claro gesto de quien, de pronto, decide no fumar, guardó el paquete
falso de cigarrillos y tocó el timbre.
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La puerta se abrió algunos segundos después, y un hombre alto, enjuto, de mirada
inquieta, abrió la puerta.
—¿Baby? —musitó.
—Así es. ¿Todo bien?
El hombre asintió con la cabeza, se inclinó y se hizo cargo de las maletas.
—Pase.
Brigitte entró en la casa, mirando críticamente a todos lados. Pero no pudo
encontrar ni un solo detalle de mal gusto en el vestíbulo ni, luego, en el saloncito
adonde la llevó el hombre. Había tiestos con claveles cerca del ventanal; unos tiestos
grandes, rojos, verdes y blancos. Luego había otros, más pequeños, con violetas. Los
muebles eran modernos, confortables. Había cuadros de paisajes marinos y
montañeros…
—Él no tardará —dijo el hombre, dejando las maletas junto a la entrada—.
¿Puedo servirla en algo?
—Aceptaría con gusto un coñac.
—Enseguida.
Brigitte se dejó caer en uno de los sillones, más que cansada, aburrida.
Naturalmente, esperaba que el aburrimiento terminase pronto… El hombre le llevó la
copa de coñac. Brigitte lo olió graciosamente y sonrió.
—Estupendo —dijo.
Bebió un sorbito, movió la cabeza con agrado y se quedó mirando al hombre que
acababa de aparecer en el saloncito y que se había detenido casi en el umbral para
examinarla con buena perspectiva. Era un hombre casi bajo, más bien gordito, de
mejillas sonrosadas, un poco calvo, mirada ingenua en los claros ojos, boquita
todavía un poco infantil, a pesar de sus evidentes cincuenta años, por lo menos. Tenía
todas las características del personaje de vida fácil que ya encuentra ciertas
dificultades para anudar los cordones de sus zapatos, por culpa de la barriga. Por
fortuna, podía permitirse el lujo de vestir buenos trajes, confeccionados de tal modo
que todavía resultaba elegante.
—Espero que le guste mi coñac —sonrió el recién llegado.
—Y yo espero gustarle a usted —sonrió la divina espía—. ¿Lo he logrado?
—Por el momento, su… aspecto es muy satisfactorio.
—Entonces, diré que el coñac es excelente.
—Muy amable —sonrió el hombre. Se sentó frente a ella, en otro sillón, y deseó
—: Espero que haya tenido buen viaje.
—No lo habría tenido mejor si hubiese venido en bicicleta —rió Brigitte. El
hombre también se echó a reír.
—Correcto, ésa es la clave, Baby. Le presento a uno de mis ayudantes. Entiendo
que usted tiene un nombre para todos los agentes de la CIA que intervienen con usted
en sus trabajos, de modo que nos evitaremos la presentación. ¿Le parece bien?
Brigitte miró al hombre que le había abierto la puerta, sonriendo amablemente.
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—Encantada, Simón.
—Lo mismo digo, Baby.
—En cuanto a mí —dijo el gordito—, supongo que ha sido usted informada en
Washington de mi nombre clave.
—Así es, Europa.
—Exactamente. Está claro que tengo docenas de nombres que utilizo en este
continente, pero me parece mucho más simple y seguro que mis agentes me
conozcan, simplemente, por el nombre de Europa. Excepto… Simón —lo señaló—.
Él sabe casi todos mis nombres, pero como no participa de un modo directo en las
acciones, es poco probable que lo atrapen. Llevamos una vida… tranquila aquí, Baby.
Oh, en ocasiones tengo que desplazarme para hacer algún trabajo personalmente, se
entiende.
—Lo cual no creo que suceda muy a menudo —sonrió Brigitte.
—Con más frecuencia de lo que usted cree, señorita… ¿Por qué ha dicho eso?
—Por su barriga. Creo que una más frecuente intervención en trabajos de acción
la rebajarían considerablemente. Está usted muy… saludable, Europa.
—Un conveniente aspecto burgués y pacífico. Supongo que a mucha gente le
sorprendería saber que quien posee esta barriguita tan oronda es nada menos que le
jefe del espionaje de la CIA en Europa.
—Espantosa responsabilidad, señor —musitó Brigitte—. Lo menos que merece
usted es comer bien… mientras esté vivo.
—Eso pienso yo —sonrió Europa—. Bien… Si le parece, entraremos en materia.
Mmm… Supongo que tiene usted su documentación falsa, sus datos, sus
instrucciones…
—Todo perfecto en ese sentido, señor. Soy muy meticulosa en mis trabajos.
—Y muy eficiente, según tengo entendido. Espero que bajo mis órdenes…
Brigitte alzó una manita, linda como una flor.
—Usted no entendió bien la consigna de Washington, señor. Yo no he venido a
trabajar para usted, sino con usted. Quizá no está todavía enterado de que la agente
Baby es muy personal en sus intervenciones, un poco… quisquillosa.
Europa frunció el ceño.
—Ha sido un modo de hablar, ya que estoy enterado de todo lo que para esta
misión me interesa de usted. Procuraré ser más exacto en mis expresiones de aquí en
adelante. Esto… Como le decía, vamos a entrar en materia, y empezaremos por
aclararle el motivo de que haya sido usted enviada a Europa. Se precisa de una mujer
inteligente, audaz y mundana que colabore en el plan. Una persona… delicada,
amable, y al mismo tiempo capaz de hacer frente a una situación apurada en cualquier
momento…
—Acaba de describir usted a la agente Baby —sonrió Brigitte.
—Magnífico. Ahora, veamos: hace tres semanas, uno de nuestros agentes en
Moscú envió un mensaje referente al científico espacial ruso llamado Markos
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Savarianov. Savarianov está trabajando en la Ciudad de las Estrellas, es decir, el
equivalente ruso a nuestro Cabo Kennedy, antes Cabo Cañaveral. Es un hombre
inteligente, de gran visión científica; muchos artículos suyos, previo permiso del
Gobierno ruso, han aparecido en las más importantes revistas científicas del mundo.
Naturalmente, es uno de los hombres más significativos en el programa espacial ruso.
Hay muchas esperanzas puestas en él para acelerar la llegada a la Luna de los cohetes
rusos tripulados.
—Es decir, el hombre en que más esperanzas tienen los rusos para ser los
primeros en colocar un hombre o varios en la Luna.
—Exactamente. Debo insistir en que Savarianov es excepcional en cuanto a sus
conocimientos y posibilidades. Se puede esperar cualquier cosa de él menos un fallo
mental. Es excepcional, prodigioso… y casi me atrevería a decir que es
absolutamente genial. Por tanto, ni usted ni yo vamos a sorprendernos de que su
colaboración personal en proyectos científicos fuese bien acogida, incluso con júbilo,
por cualquier país. Si tuviésemos a ese hombre en Estados Unidos, no cabría ya la
menor duda respecto a quiénes iban a ser los primeros terráqueos en llegar a la Luna.
—Ya comprendo… No me diga que tenemos que ir a Rusia a raptar a ese hombre
para que trabaje para nosotros.
—Muchísimo más simple, Baby: nuestro agente en Moscú nos informó de que
Markos Savarianov está dispuesto a trabajar para Estados Unidos en sus proyectos
selenitas.
—¡No es posible! —Brigitte no pudo contener una exclamación.
—Perfectamente posible. Tenemos la confirmación de Savarianov. Como
comprenderá, en cuanto se nos informó de esa posibilidad, efectuamos un directísimo
movimiento de acercamiento a Savarianov, el cual se ratificó en sus deseos de salir de
Rusia para trabajar en nuestro país.
—No puedo creerlo…
—Su esposa y su hija han salido ya de Rusia —sonrió Europa—. Están en un
hotel de Budapest, esperando ser recogidas para ser llevadas inmediatamente a
Estados Unidos.
—¿Ése será mi trabajo?
—En parte. Hemos hecho ya contacto con la señora Savarianov y su hija
Valentina, mientras la esperábamos a usted. Y resulta que usted va a sernos todavía
más útil de lo que esperábamos. En principio, se había pensado ofrecerles a esas
damas rusas la compañía de una agente de las cualidades que hemos mencionado;
dicha agente las acompañaría desde Roma a Washington, en avión, y debería
conseguir que en todo momento se mostrasen tranquilas y felices, apartándolas de
toda inquietud. De tal modo que, si las cosas hubiesen ido bien, usted tendría que
salir ahora mismo para Roma, reunirse con ellas y con los dos agentes que las
acompañan sin darse a conocer, como simple sistema de seguridad, y volar a nuestro
país…
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—Pero ¿las cosas no han salido bien?
—Ni mal. Ha sido un contratiempo inesperado; de poca importancia, desde luego.
Consiste en que las dos damas rusas se niegan a salir de Budapest sin Markos
Savarianov.
—¿Y él no ha llegado a Budapest?
—No.
—¿Cuándo creemos que llegará?
—Mañana, pasado… Quizá tarde tres días. La última noticia que tenemos de
nuestro agente que le acompaña hacia la frontera rusa nos señalaba su inminente
llegada a Uzgorod, en Ukrania. Uzgorod está tocando la frontera checoslovaca, y
apenas a dieciocho o veinte millas de la húngara. Esperamos que Savarianov y
nuestro agente lleguen a Uzgorod…, o hayan llegado ya mejor dicho. Luego tienen
dos caminos. Uno, cruzar inmediatamente a Checoslovaquia, y de ahí a Hungría. Dos,
continuar por Rusia hasta la misma frontera de ésta con Hungría… De un modo u
otro, una vez en Hungría, deberán ser recogidos.
—¿Será ése, por fin, mi trabajo?
—No, no… —sonrió irónicamente Europa—. Para ese trabajo tenemos el hombre
apropiado. Él está ahora con esas damas rusas. Usted irá a Budapest, ocupará su
lugar, y él partirá hacia la frontera en cuanto reciba noticias de nuestro agente que
acompaña a Savarianov para recogerlos a ambos, regresar a Budapest y arreglar el
último salto de los Savarianov hacia Roma v Washington.
—¿Yo deberé quedarme con las Savarianov en Budapest, mientras tanto?
—Precisamente. Y esperamos de su tacto y muy elogiada habilidad que a esas
damas no les ocurra nada, ni… Bueno, digamos que esperamos de usted que no les
deje tiempo para pensar. Sería… muy decepcionante que ellas, de pronto, tuviesen la
patriótica idea de regresar a Rusia. Usted deberá convencerlas de las excelencias de
nuestro país, será amable, educada, simpática… Será con ellas todo lo que convenga
para que las damas rusas sientan deseos de llegar a Estados Unidos y se… olviden lo
máximo posible de su «madrecita» Rusia. Las tendrá… como hipnotizadas. Que no
piensen, que no hablen entre ellas, que no lleguen a sentir ya, y todavía en Budapest,
el primer pinchazo de nostalgia. Hay que llevarlas a Estados Unidos, Baby.
—Entiendo. Es una misión… desagradable la mía, señor.
—¿Desagradable?
—Poco menos que un rapto.
—Un momento, un momento, señorita… Aquí no se va a raptar a nadie… Esas
damas, y Markos Savarianov, han decidido por su cuenta y riesgo trasladarse a
Estados Unidos…
—Pero deberíamos dejar que lo pensasen mejor y más detenidamente. Unos
cuantos días en Budapest, lejos de su terruño ruso, las convencería plenamente de si
en efecto quieren alejarse de su «madrecita» Rusia. Deberíamos darles la oportunidad
de pensar.
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El rostro de Europa se congestionó. Abrió la boca, pareció a punto de decir algo
violento… y optó por permanecer callado unos segundos, los suficientes para
conservar su educación.
—Me gustaría saber para quién trabaja realmente usted, Baby, si para Estados
Unidos, o… para Rusia.
—Sólo sugería la conveniencia de dejar elegir detenidamente a unas personas su
propio destino.
—¡Ya han elegido! —estalló Europa—. ¡Ellas y Savarianov han aceptado
nuestras condiciones, nuestra… invitación a ser considerados huéspedes de honor y
quizá más adelante ciudadanos norteamericanos! Sólo tenemos que recogerlos,
tratarlos amablemente… ¡y llevarlos a Estados Unidos!
—No es necesario que grite, señor. Mi oído es finísimo. Y mis ideas muy claras.
Lo entiendo todo. Y quiero decirle que no me parece muy decente deslumbrar a dos
mujeres…
—¿También hemos deslumbrado a Markos Savarianov? —ironizó secamente
Europa.
—No. Supongo que a él no. Pero es posible que si su esposa y su hija le dijesen
que prefieren continuar en Rusia, él adoptase la misma decisión…
—¡Para eso la enviamos a usted allá, para que no las deje ni siquiera concebir esa
idea! ¡Y usted estará con ellas mientras Número Uno va y viene de la frontera! ¡Y las
convencerá de que…!
—¿Voy a trabajar con Número Uno? —le interrumpió Brigitte, gratamente
sorprendida.
—Sí. Él es el hombre que está ahora con las damas rusas Observe que tanto en
Europa como en Estados Unidos han elegido los mejores agentes para este asunto
Quiero que entienda bien que si esto no fuese de una importancia que ha sido
considerada vital, Numero Uno estaría ahora en su villa de… En su villa, y no en
Budapest.
—¿Teme decirme dónde tiene su cubil privado el famoso, admirado,
peligrosísimo e invencible Numero Uno?
—No le interesa saberlo, eso es todo. Sólo él y yo lo sabemos. Bien, ¿tiene algo
más que discutirme, Baby?
—Cálmese. No estoy discutiéndole nada, señor. Solamente digo que nosotros, los
americanos, nos apresuramos a aceptar algo de unas personas que quizá luego se
arrepientan, y que una oportunidad para que lo pensasen durante algunos días…
—¡No hay que darles esa oportunidad, al contrario…! ¡Usted irá a Budapest,
Número Uno la presentara a las Savarianov, y cuando sea necesario la dejará con
ellas! Y mientras él va a la frontera que sea a buscar a nuestro agente y a Savarianov,
usted no dejará solas a esas damas en ningún momento: las vigilará, las protegerá, las
convencerá de que no hay nada en el mundo mejor que los Estados Unidos de
América. ¿Está claro?
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—Tenga en cuenta que los rusos piensan que lo mejor del mundo es Rusia.
—No parece que sea eso lo que piensa Markos Savarianov, ya que quiere
marcharse por propia voluntad.
—Bien… Claro, eso me obliga a aceptar. Usted y yo estamos discutiendo, y quizá
las Savarianov estén deseando llegar a USA. No parece que sea un rapto, claro.
—¡Aunque fuese un rapto! ¿Acaso cree que no habríamos raptado a Markos
Savarianov y a otros, por pocas oportunidades que tuviésemos? ¿Qué cree que hacen
los rusos? Ellos…
—Paz —pidió Brigitte, sonriendo—. Ya he dicho que iré a Budapest, Europa. Y
ahora, hábleme de Número Uno. ¿Cómo es él?
—El mejor espía del mundo, simplemente.
—¿De veras? —sonrió Brigitte, como una niña deslumbrada—. Oh, será
maravilloso demostrarle toda mi admiración de espía inepta… Pero lo que yo
preguntaba está referido a sus señas personales: ¿es guapo, feo, alto, bajo, gordo
como usted, flaco como Simón, rubio…?
—Ya lo conocerá.
—Pero deberé identificarlo en Budapest…
—Él la identificará a usted. Le pasaremos aviso y descripción, alójese en el hotel
Danubio, en la Prater Uteza, y deje que Número Uno haga lo demás.
—Absolutamente emocionante. Espero que no sea otro el que venga a
preguntarme si yo soy Baby y luego me degüelle.
—Usted sabrá que es Número Uno, descuide.
—¿Cómo lo sabré?
—¡Lo sabrá! Eso es todo. Y ahora, usted volverá a Niza, tomará el avión para
Budapest y se alojará en el hotel Danubio, en…
—En la calle Prater, ya lo entendí antes señor. Y le ruego que se acostumbre a no
gritarme, porque me desagrada mucho.
Europa señaló bruscamente a Simón.
—Él la llevará al aeropuerto de Niza —gruñó con tono áspero—. Le deseo un
buen viaje, Baby. Simón le dará detalles por el camino, si los necesita. Y sepa una
cosa: yo no admito fracasos.
—Yo tampoco —sonrió dulcemente Brigitte.
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Capítulo II
En Budapest hacía frío y el cielo se veía de un tono entre gris y blanco que presagiaba
nieve. Pero eso ocurre muchas veces, y la nieve se hace esperar.
Seguramente debido al gran frío que reinaba en el exterior, los hoteles de cierta
categoría eran cálidos, muy bien montados sus sistemas de calefacción. Por eso, los
clientes se permitían frecuentar el bar pasadas las diez de la noche. El bar estaba a la
derecha de la entrada, y desde el mostrador de la conserjería ofrecía un ambiente
grato y correcto.
El húngaro que había examinado el pasaporte francés de Brigitte Montfort y su
condición de periodista, la había mirado con un cierto recelo, pero eso fue todo. La
inscribió en el registro del hotel, dio la llave a un empleado que llevó también las
maletas de Brigitte, y poco después ésta se hallaba instalada en sus habitaciones.
Desde el balcón, se veía el Danubio, como una cinta de celuloide, negro, salpicado de
luces. Destacaban sobre todo las de los puentes. Luego, en el centro del río, se veía la
gran masa de luces que iluminaban la isla Margarita, un poco más arriba la isla
Grande…
Había calefacción en las habitaciones, naturalmente, y Brigitte había cenado en el
avión. Era, pues, un buen momento para acostarse y descansar del largo y apenas
interrumpido viaje desde Washington a Budapest… Sin embargo, la espía tenía plena
consciencia de su trabajo. Si ella estaba allí, no era para dormir, sino para cumplir una
misión. Obviamente, Número Uno, la estaba esperando, habida cuenta de que, en
cualquier momento, podía recibir la llamada por radio del agente que estaba
ayudando a Markos Savarianov a salir de Rusia, rumbo a Budapest… En cuanto esa
llamada se produjese, Número Uno debería partir hacia la frontera y, entonces, la hija
y la esposa de Savarianov deberían quedar en su compañía.
¿Quién aseguraba que aquella llamada no iba a producirse quizás aquella noche?
Por tanto, a fin de que Número Uno no se encontrase solo y con obligación de atender
a las damas rusas y al científico fugado de Rusia, Brigitte Montfort decidió buscar el
contacto inmediatamente, pese a que eran ya las diez y media de la noche.
Se vistió de acuerdo a la hora, con un elegante y serio vestido de noche y bajó al
bar. Europa había dicho que Número Uno la encontraría a ella, y sentía verdaderos
deseos de conocerlo. En Washington estaba catalogado como uno de los poquísimos
espías sensacionales, el más moderno, astuto y tenaz de toda la CIA, vencedor en
muchos choques contra otros espionajes. En realidad, Número Uno era poco menos
que un mito en el cual pocos agentes de la CIA misma confiaban demasiado… Se
decía que cuando Número Uno intervenía en un trabajo, en las oficinas de Resultados
de la CIA se apresuraban ya a poner el sello de Okay, es decir, resuelto, cumplido. Y
eso, antes siquiera de que Número Uno hubiese sido ni tan siquiera informado de su
misión…
Un camarero del bar casi sonrió al verla, se inclinó ante ella y le señaló
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interrogante una mesa, diciendo algo en húngaro.
—No comprendo —sonrió Brigitte tímidamente, hablando en francés—. Pero me
gusta la mesa.
Tampoco el camarero comprendió, pero captó perfectamente el significado de la
sonrisa y dejó pasar a Brigitte. Ésta se sentó, miró al hombre como desconcertada y
dijo una sola palabra:
—Grog.
El camarero asintió con la cabeza y se fue. Brigitte encendió un cigarrillo y miró
con curiosidad de turista a su alrededor. Nadie le prestaba demasiada atención.
Y ella sólo se la prestó al hombre de esmoquin que había en la barra del bar. Lo
veía de espaldas; unas espaldas amplias, de auténtico atleta, y una nuca sólida pero
fina, nervuda. El cabello quizás un poco largo. Eso era todo lo que podía ver de tan
interesante tipo de hombre…
—Grog —dijo el camarero.
—Merci beacoup —sonrió ella.
Bebió un sorbito del caliente licor, distraída. Se sentía un poco deprimida y algo
cansada, de pronto. Íntimamente, sabía que aquélla no era una de las misiones que a
ella le satisfacían, pero, a veces, era prudente aprender a adaptarse a todo. Y mantener
tranquilas a dos mujeres rusas podía ser una experiencia interesante. Y sin gran
riesgo, al parecer. Por supuesto, las damas en cuestión debían de estar en Budapest
con un motivo bien fundado, de tal modo que la MVD y sus derivaciones,
naturalmente enteradas de aquel viaje, lo hubiesen aceptado con naturalidad. De otro
modo, todo sería extremadamente difícil…
Dejó de pensar, de pronto, un poco sobresaltada por aquella presencia ante su
mesa. Se quedó mirando a aquel hombre. Era el de las espaldas tan anchas y tan
impecablemente vestido de esmoquin. Visto de frente, y de pronto, su rostro resultaba
del todo impresionante: muy bronceado, duro como si estuviese labrado en roca,
profundos ojos negrísimos, nariz aquilina, mandíbula recia, aguda, osada… Sus
manos eran grandes y nervudas. Su estatura sobrepasaba holgadamente el metro
ochenta.
En conjunto, y al primer golpe de vista, parecía un sorprendente coloso hecho de
roca y acero. Su virilidad era extraordinaria, hasta quizás un poco amedrentadora.
Y su voz, en perfecto francés, tuvo un tono profundo, varonil, recio:
—Yo soy Número Uno —dijo simplemente.
—Encantada —susurró Brigitte—. Por favor, siéntese.
—Gracias. ¿Ha tenido buen viaje desde Washington?
—Un poco cansado, pero bueno. Muy amable dé su parte.
Número Uno se sentó, y Brigitte tuvo la impresión de que todo se llenaba ante
ella. Aquella mesa, tan solitaria y vacía segundos antes, pareció cobrar vida propia,
de pronto. Era como… como si hubiese muchas personas a la mesa, en una muy
ambientada reunión amistosa. Ése fue el primer impacto fuerte que le produjo la
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arrolladora personalidad de Número Uno.
—La vi llegar —dijo Número Uno—. Parecía un poco cansada, y temí que no
bajase esta noche. Pero, como lo ha hecho, no me siento decepcionado. Supongo que
se dará cuenta de la gran responsabilidad que significa trabajar conmigo.
Brigitte parpadeó primero; luego sonrió.
—Por supuesto.
—Bien. —De pronto, Número Uno sonrió, y fue como un fogonazo alegre,
juvenil, en aquel rostro pétreo y serio—. Yo también me doy perfecta cuenta de lo
que significa trabajar con usted. Espero no decepcionarla.
—¿En qué sentido?
—En ninguno.
—No parece usted el hombre que pueda decepcionar a una mujer, Número Uno.
Ni siquiera aunque esa mujer sea una espía corriente.
—Por favor… Usted no es una espía corriente, Baby.
—¿No?
—Ni mucho menos. Me satisfizo la elección de la CIA. Y, ahora que puedo, debo
felicitarla por su última estancia en Europa.
—¿Mi última estancia? ¿A qué se refiere?
—A su viaje a Moscú. Llevaba usted entonces un bonito perro mexicano, de los
llamados chihuahuas. Era un perrillo simpático. Me alegró mucho que se lo
devolviesen… vivo.
—¿Sabe usted todo eso?
—Estuve viajando con usted a través de Europa. Fue un viaje… entretenido, ¿no
es cierto?
—Muy entretenido —casi rió Brigitte—. ¿Entiendo que estuvo usted cerca de mí,
Número Uno?
—Casi en todo momento. Me sentí tentado de ayudarla en un par de ocasiones,
pero de pronto pensé que usted era persona que no necesitaba ayuda. Cuando salió de
Moscú, desde el aeropuerto de Domodedovo, yo salí con usted. Fue una experiencia
interesante para mí: una agente femenina que no necesitaba ayuda… Es decir, no
demasiada. O, para ser más exactos, diremos que tuvo la ayuda que usted misma
improvisó sin importunar a la CIA. Y diré, por último, que sabe elegir a las personas
capaces de ayudarla.
—¿A quién se refiere?
—Usted ya lo sabe.
—Yo sí. Pero… ¿y usted?
—La ayudó el barón Wilhelm von Steinheil, un alemán que durante la Segunda
Gran Guerra fue comandante sin mando en campaña, porque estuvo muy ocupado
ejerciendo el espionaje para la Abwher. Durante la campaña de África se habló
mucho, aunque eran pocos los que sabían que el comandante Von Steinheil, era ni
más ni menos que el famosísimo espía llamado Alexandria. Un hombre… admirable.
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Una expresión de alarma apareció en los ojos de Brigitte.
—Está equivocado. No conozco a ese barón llamado Wilhelm von…
—No tema por él. Sé muy bien que lo… aprecia de un modo completo. Y ahora
dejemos esto…
—Es decir, que usted ya me conocía, Número Uno.
—Ya le digo que la vi cuando estuvo por aquí la última vez. Me pareció que
habían confiado una misión harto delicada a una mujer, y decidí estar atento por si
algo fallaba. No falló nada, la felicito; y ahora, hablemos de lo actual. El pasado no
existe, Baby.
—Creo que me estoy convenciendo de que no han exagerado acerca de usted.
—Hago mi trabajó lo mejor que puedo. —Número Uno se encogió de hombros
—. Mmmm… Parece que tuvo usted una pequeña… discusión con Europa.
—Muy pequeña. A mi manera, expuse mi opinión de que esas dos mujeres quizá
prefieran volver a Rusia.
—Es posible que así sea. Sin embargo, nuestro trabajo consiste, precisamente, en
convencerlas de lo contrario. Esto es espionaje, Baby, no un concurso de bondad. Si
no está conforme, le ruego que se vaya a descansar y mañana tome el primer avión
para Niza y luego para Washington. Prefiero trabajar solo a hacerlo con personas que
tienen dudas sobre lo que deben o no deben hacer.
Brigitte asintió con la cabeza.
—¿Cómo son ellas? —preguntó.
—Dos mujeres.
—Oh… ¿De veras?
—Quiero decir que no les veo nada especial. La madre debe de tener unos
cuarenta años; aún es bonita Se llama Katia. La hija se llama Valentina, tiene unos
veinte años, y es más bonita que la madre.
—¿Muy bonita?
—Yo diría que sí.
—Pero eso a usted, no le impresiona.
—En absoluto.
—El gran espía frío como el hielo —sonrió Brigitte—. Lo tendré en cuenta.
¿Tenemos noticias del agente que acompaña a Savarianov?
—No. Deben de estar en Uzgorod, o muy cerca. De acuerdo al más aceptable
sistema de posibilidades los rusos están ya buscando al científico Savarianov. Eso
quiere decir que habrán cerrado las fronteras de toda Rusia. O sea, más cerradas de lo
habitual. Se han retrasado demasiado…, y quizá paguemos unas consecuencias de
muy alto precio.
—Supongo que ha pensado algo al respecto.
—Claro. Saldría a buscarlos esta misma noche, pero la idea es muy mala. Hay
muchos detalles en contra de ella: puede que llamasen apenas salir yo hacia la
frontera, o que se presentasen aquí, o que llegase la noticia de que el científico
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Savarianov ha sido hallado cerca de la frontera… Mil cosas. Por eso, prefiero hacer
siempre trabajos en solitario, no depender de nadie. Pero, claro está, admito que hay
trabajos que no pueden ser realizados por un solo agente. Brigitte lo miró con agrado.
—No parece usted demasiado engreído, Uno.
—Claro que no. Sé que soy el mejor en toda Europa, por lo menos. Si es
necesario, lo digo, con toda… desfachatez. Pero, aun siendo el mejor, sé muy bien
que puedo ser engañado o vencido.
—Lo cual no ha ocurrido hasta ahora.
—Cuestión de suerte.
—Asombroso —rió Brigitte—. ¿Admite usted la suerte en el espionaje?
—Cuando uno lleva doce años de espía y todavía puede beber un buen whisky de
cuando en cuando, hay que creer en la suerte. ¿Usted no cree en ella?
—¡Desde luego que sí! Yo también tengo siempre una suerte tan enorme que a
veces, créame, hasta me da un poco de miedo.
Número Uno se la quedó mirando fijamente.
—¿También siente usted miedo? —susurró.
—Casi siempre… Pero alguien dijo que el valor es, simplemente, el dominio del
miedo.
—Tonterías. El valor es… es solamente una… un embrutecimiento de los
sentidos, un olvido de la realidad, un ofuscamiento. Nunca he sido tan valiente como
cuando me he vuelto… medio loco de rabia, al comprender que si no hacía algo iba a
morir. Y luego, cuando todo quedaba atrás, yo sentía…
Se calló. Brigitte lo miraba con mucha atención, con ojos abiertos por la
admiración y la afinidad de ideas.
—¿Usted sentía un miedo atroz, Uno? ¿Un temblor casi violento, una angustia
terrible, una sensación de vacío, de no ser nada, de no querer luchar más, de
esfumarse, de desaparecer…? ¿Sentía eso?
Brigitte vio claramente el esfuerzo de Número Uno por recuperar el ritmo normal
de su respiración. Pero, al mismo tiempo, el coloso, que parecía hecho de roca y
acero, se ponía en pie, intentando sonreír.
—Venga —dijo roncamente—. Creo que debo presentarla ahora mismo a las
Savarianov.
Brigitte se puso también en pie, recogió su bolsito y miró cariñosamente al mejor
espía de Europa.
—La CIA, por una vez, ha reunido lo mejor de lo mejor, Uno. ¿Puedo asegurarle
que triunfaremos?
—No. No puede, Baby. Ni usted ni nadie. Pero debemos intentarlo. Y… quizá ha
obtenido usted una impresión equivocada sobre mí por lo que he dicho…
—No… ¡No, de ninguna manera! He obtenido una impresión muy exacta sobre
usted. Tan exacta, que si alguna vez me encuentro en un verdadero apuro, me gustaría
que fuese usted el encargado de sacarme de él. Es… un medio como otro de
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asegurarme la supervivencia. Además, no quisiera ser de los que tengan que
enfrentarse a usted.
—Lo mismo digo. Vamos a ver a las rusas.
***
Ocupaban las dos la misma cámara. Katia Savarianov era de estatura mediana, quizás
un poquito gruesa; pero todavía hermosa, bella… Una belleza plácida, suave, que se
estaba acercando al declive. Tenía los ojos oscuros, la boca pequeña… Estaba un
poco pálida, parecía asustada. Su hija, Valentina, era una muchacha espigada, pero
con las inconfundibles formas de una bella muchacha. Sus ojos eran muy claros, entre
azul y gris, y sus rubios cabellos parecían siempre dispuestos a un simpático
desorden. La boca era alargada, sonriente… Pero, como su madre, tenía una cierta
expresión de miedo, de preocupación, al menos. Ninguna de las dos hablaban otro
idioma que no fuese el ruso, pero eso no representó ninguna dificultad para Brigitte y
Número Uno, ya que los dos lo hablaban con toda soltura, fácilmente.
Brigitte sonrió cuando le fueron presentadas las dos, inclinando ligeramente la
cabeza. Y su sonrisa se ensanchó cuando oyó la presentación que de ella hacía
Número Uno:
—Ella es mademoiselle Elodie Girart, francesa, empleada en nuestro
Departamento Francés de Relaciones Públicas. Mademoiselle Girart tendrá mucho
gusto en servirlas en todo cuanto deseen.
—¿Nos llevará ella a Roma? —musitó Katia Savarianov.
—O a París —sonrió Uno—. Depende de las circunstancias, señora.
—¿Cuáles circunstancias?
—Pues… Bueno, tenemos diversos sistemas de viaje, en ocasiones es aconsejable
uno u otro. En todo caso, todo se hará del modo que les resulte más grato y cómodo.
Precisamente, esta misma noche, a las cero horas cuarenta minutos, sale un avión
hacia Roma. Es algo tarde ya, pero si ustedes quieren tomar ese vuelo, me encargaré
de que lo hagan con…
—Ya le hemos dicho que no saldremos de Budapest sin mi padre, señor —musitó
Valentina—. A decir verdad, las dos estábamos hablando de la posibilidad de que le
haya ocurrido algo…
—No, no… Por favor, escuchen: Markos Savarianov envió un mensaje anoche,
desde Uzgorod…
—Entonces, ya tendría que haber llegado a Budapest.
—Sí… Así es, desde luego. Sin embargo —Uno sonrió con la mayor hipocresía
del mundo—. Sin embargo, ustedes conocen el sistema ruso fronterizo. No es fácil
salir de Rusia, y menos siendo una personalidad reconocida como Markos
Savarianov. Es más que probable que en la frontera hayan solicitado confirmación a
la Ciudad de las Estrellas respecto al pasaporte y vacaciones libres de su padre,
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señorita… En ese caso, muy probable, deberemos esperar veinticuatro horas. Es lo
normal.
—¿Vacaciones? —preguntó Brigitte, en inglés.
—Sí —replicó hoscamente Uno.
—Pero… ¿el científico tiene realmente vacaciones?
—No. Pero así lo dijo a su esposa e hija. Él ha escapado, está ahora en el borde de
Rusia, huyendo, en realidad; ésa es la verdad. Pero les dijo a ellas dos que salían de
vacaciones, y que lo aprovecharían para trasladarse a Estados Unidos… por una
temporada.
—¡Las estamos engañando! —protestó Brigitte.
—Él, no nosotros. Él es quien solicitó ser aceptado en Estados Unidos. Y,
naturalmente, su oferta fue aceptada en el acto. Nuestro agente en Moscú arregló la
mentira, y el científico la aceptó. Lo hizo para no asustar a su esposa e hija. Pero lo
cierto es que no piensa regresar jamás a Rusia.
—Lo cual no es lo que piensan estas dos mujeres.
—No, desde luego. Pero eso, ya le digo, es cuenta de él, no nuestra. Mmm…
Perdonen —se dirigió a las dos rusas—. La señorita Girart me preguntaba si no
podríamos acudir al encuentro del señor Savarianov, y, realmente, quizá sea eso
posible. Es probable que, no tardando mucho, si no tengo noticias, vaya a buscarlo en
un coche a la frontera. En pocas horas, ustedes y él estarán juntos.
—Debimos esperarlo en Moscú —musitó la esposa—. No comprendo por qué él
quiso qué partiéramos nosotras antes hacia Budapest… Perder un día no significaba
gran cosa, y ahora estamos aquí, en Budapest, solas…
—Por favor, señorita, nosotros estamos a su disposición…
—Ustedes son americanos.
—Sí… Por supuesto…
—No sé… No comprendo por qué Markos quiere ir a Estados Unidos. Su carta
no explica las cosas bien. Además, parece que… que estemos huyendo de algo…
—No, no… Sólo esperamos a su marido, señora.
—Pero él no llega.
Número Uno sonrió, y sólo Brigitte supo el esfuerzo que le había costado al espía
aquella sonrisa.
—Iré a llamar al puesto fronterizo más cercano —dijo Uno—. Y estoy seguro de
que me informarán que Markos Savarianov ha salido ya de Rusia rumbo a Budapest.
Venga conmigo, señorita Girart…
—Pero usted ha dicho que los dos son americanos —musitó Valentina—. ¿Por
qué la llama Girart, que parece un apellido francés? Además, si ella está en el
Departamento francés…
—Todo tiene explicación —sonrió Brigitte—. Soy francesa, pero estoy trabajando
en el Departamento francés de Relaciones Públicas que colabora con la admisión de
ciudadanos rusos en Estados Unidos. En cierto modo se puede decir que trabajo para
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los americanos, señorita Savarianov.
—Ah… Bueno, no entiendo de esto… ¿Cuándo van a preguntar si mi padre ha
salido ya de Rusia?
—Ahora mismo —tranquilizó Número Uno—. Si nos perdonan un momento,
iremos los dos a telefonear. ¿Está bien así? —sonrió de nuevo.
—Sí… Sí, sí, muchas gracias…
—Volvemos inmediatamente. Venga, señorita Girart.
Salieron los dos de la cámara 38. Número Uno caminó rápidamente hacia la 32,
abrió y señaló el interior a Brigitte. Ésta entró, él dio la luz y la espía musitó:
—Las estamos engañando muy miserablemente, Uno.
—Lo siento —gruñó Número Uno.
—Creo que no lo siente demasiado. Al igual que yo, está haciendo un trabajo, y
eso es todo. Pero, dígame, ¿por qué me ha traído aquí, dejándolas solas?
—Quiero que sepa dónde tengo la radio. Abajo hay dos coches, uno de los cuales
podrá utilizarlo usted en caso necesario… Aquí están las llaves. Venga a la ventana y
se lo mostraré.
Brigitte alzó las cejas, entre divertida y todavía molesta por el engaño que estaban
sufriendo las dos mujeres rusas.
—Es usted tremendamente frío y eficaz, Número Uno. A veces, sólo por un
segundo, parece un poco humano. Luego, de pronto, cambia, y vuelve a cambiar en
sólo un segundo más. Es hipócrita, sincero, simpático, áspero, duro, amable… Todo a
la vez según convenga. Realmente… ¿qué clase de hombre es usted?
—Soy Número Uno. Eso es todo.
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Capítulo III
Número Uno se acercó a la ventana, apartó las cortinas y señaló hacia abajo cuando
Brigitte se colocó junto a él y miró a la calle.
—Vea los dos coches negros. Están juntos, un poco más abajo de la entrada del
hotel. ¿Vistos?
—Sí.
—Éstas son las llaves del de atrás. —Se las entregó—. Cuando yo tenga que
marcharme, esté alerta. Si las cosas no fuesen bien, escápese con él, llevándose a las
rusas. Supongo que no necesita indicaciones de nadie, pero me permito sugerirle que
si tal cosa ocurre se dirija lo más directamente posible hacia Austria. Llegue a Viena,
llame a Washington, o a su contacto en Estados Unidos, y espere información
respecto a nuestro contacto en Viena, que le ayudaría a seguir viaje por cualquier
medio conveniente hacia Roma o París. ¿Entendido?
—Claro. Pero… ¿y usted?
—Agradezco su interés —sonrió Uno—. Pero no se preocupe nunca por mí. Hace
años que la MVD ha ofrecido a sus agentes una suma por mi cabeza.
—Admirable —casi rió Brigitte—. ¿Cuánto?
—Creo que cien mil rublos.
—Lo valoran muy bajo, ¿no?
—Es sólo una muestra de su tacañería —sonrió Uno—. Usted es muy simpática,
Baby.
—Usted, sólo a veces. ¿Y la radio?
—La camuflé en el armario. También estará a su disposición si yo tuviese que
marchar…, lo cual sucederá, inevitablemente. El agente de Moscú deberá llamarme,
y entonces tendré que ayudarle en Hungría. Él no habla húngaro.
—¿Usted sí?
Uno había abierto ya el armario.
—Por supuesto —admitió—. Es muy conveniente poder pasar por húngaro en
Hungría, por ruso en Rusia, por polaco en Polonia…, etcétera.
—¿Debo entender que habla todos los idiomas de Europa?
Número Uno encogió los hombros. Había abierto una caja de zapatos, simple y
corriente, y estaba colocando al pie del armario las piezas de una radio a transistores
cuyo alcance calculó Brigitte en no menos de mil millas. Aparte, era obvio que, en
otro lugar, siempre a su alcance, Número Uno debía de disponer de otra radio de
mucho mayor alcance, siempre bien escondida. Montó la de transistores rápidamente
y efectuó la llamada.
—Uno a Ciento Uno —llamó—. Desde punto H-B-Cero, Uno llamando a Ciento
Uno. Cambio.
—¡Uno! —exclamó la voz de un hombre—. ¡Estaba ya a punto de abandonar la
radio y el coche! ¡Las cosas se han estropeado, y hemos tenido que escondernos!
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¡Nos están buscando, y no podemos permanecer más tiempo junto al coche, es
demasiado fácil de descubrir! ¡Quiero saber qué es lo que hago ahora! Cambio.
—¿Has pasado ya a Hungría, Mike? Cambio.
—¡No! Estamos todavía en Rusia, en la frontera, a orillas del Szamos… No
podemos llegar al río, por ahora. Pero en cuanto abandonemos el coche lo
intentaremos. ¿Dónde estás ahora, Uno? Cambio.
—Ya te lo he dicho: en punto H-B-Cero. Pero no te preocupes: salgo
inmediatamente hacia ahí, con un coche. Dejad el vuestro abandonado… ¿En qué
punto de la frontera estáis? Cambio.
Número Uno señaló a Brigitte un mapa de carreteras que se veía en una repisa del
armario, y ella entendió.
Cogió el mapa, lo desplegó ante el espía y se quedó mirando hacia el punto donde
se juntaban las fronteras rusa, húngara y checoslovaca. El mapa era muy grande, muy
completo. Y resultó muy interesante cuando Número Uno, mientras escuchaba la
explicación del llamado Mike sacaba una pluma estilográfica, le quitaba la capucha
metálica, colocaba el plumín hacia él y lo apretaba con el pulgar, manteniendo el otro
extremo de la pluma apuntando hacia el mapa. Entonces, destacaron en éste una serie
de finísimas rayas verticales y horizontales, de color violeta brillante, que formaban
diminutos cuadritos numerados.
—Estamos en el punto mil veintidós, Uno… Está casi tocando el río. Dime si lo
tienes ya localizado. Cambio.
—Localizado, Mike. Estáis bastante cerca de la frontera, de modo que vamos a
intentarlo. Atiende: dejad el coche con la radio, ya no importa que lo encuentren;
seguid hacia el punto mil veintitrés, mil veinticuatro, mil veinticinco, etcétera… Es
decir, en dirección a Checoslovaquia. Cruzad el río en cuanto podáis. Luego busca el
punto mil ochenta y siete, que pertenece a Hungría. Procuraré estar ahí en tres horas.
Cambio.
—Lo intentaremos, Uno. Yo sé que puedo cruzar el Szamos, pero no sé si lo
conseguirá… mi acompañante. El agua debe de estar muy fría, y temo que él no lo
resista. Pero estaremos en el punto mil ochenta y siete cuanto antes. No obstante, si tú
llegas antes que nosotros, espéranos… hasta el amanecer. Sólo hasta el amanecer,
Uno. Cambio.
—Entendido, Mike. Pero estaré esperando hasta que me sea posible, tanto si es de
día como si es de noche todavía. Tú ocúpate solamente de escapar, de cruzar la
frontera. Y cuidado cuando lo hayas hecho: no creas que los «vopos» no van a
seguirte hasta Hungría. Llegarán hasta donde sea preciso con tal de cazaros…
Recuerda: punto mil ochenta y siete. ¿Algo más? Cambio.
—Nada más. Date prisa, Uno. Cambio.
—Salgo dentro de cinco segundos. Cambio y fuera.
Cerró la radio, la desmontó rápidamente, la guardó en la caja de zapatos y cerró el
armario. Ni mucho menos parecía nervioso, y Brigitte lo miraba con curiosidad
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mientras luego iba de un lado a otro de la cámara, recogiendo cosas y hablando:
—Supongo que no podré volver al hotel, Baby. Lo más probable es que los rusos
hayan pasado ya aviso a sus agentes en Budapest de lo que está ocurriendo. Con lo
cual, naturalmente, la situación cambia considerablemente. Por otro lado, la esposa y
la hija de Savarianov deben de ser conocidas; eso, aparte de que habrán enviado sus
fotografías a todos los agentes europeos de la MVD, así como la de Savarianov.
—¿Debo partir ya hacia Roma con ellas?
—Sería lo más conveniente. Pero ellas ya se han negado a salir de Budapest sin
Savarianov.
—Puedo intentar convencerlas.
Número Uno se quedó mirándola fijamente.
—Inténtelo. Pero no creo que lo consiga. Vaya inmediatamente allá… Yo pasaré a
despedirme enseguida.
—Está bien.
Brigitte salió de la cámara de Número Uno y recorrió el corto trecho que la
separaba de la de las mujeres rusas, que era la número 32. Llegó ante la puerta, y se
disponía a llamar cuando se dio cuenta de que estaba abierta, y, al mismo tiempo, oía
dentro los sollozos…
La luz había sido apagada, todo era negro dentro de la cámara 32. Y la voz de
Valentina Savarianov llegó hasta Brigitte en un grito trémolo, histérico:
—¡No! ¡No, no…! ¡No más…!
Brigitte dio media vuelta y corrió hacia la cámara 38. Llamó con los nudillos,
quedamente, aplicando al mismo tiempo la boca al quicio de la puerta.
—¡Abra, Uno! ¡Deprisa!
La puerta se abrió inmediatamente, y el duro rostro de Número Uno quedó ante
Brigitte, tenso.
—¿Qué hay?
—Valentina Savarianov está llorando y gritando… La luz está apagada… Sus
gritos van a llegar a todo el hotel si no los cortamos pronto… Algo grave ha pasado
ahí dentro.
—¿Cree que hay alguien con ellas?
—No lo sé.
Número Uno había salido ya de su cámara, y tendía a Brigitte una ganzúa plana,
mientras caminaban a toda prisa hacia la cámara que ocupaban las Savarianov. Señaló
la puerta 34.
—Abra y entre. La alquiló un viajero que jamás llegará. Está reservada. Cruce por
la terraza.
Los gritos de Valentina Savarianov empezaban ya a traspasar la puerta y las
paredes de su cámara. Era un alarido prolongado, un llanto histérico que se iba
intensificando más y más. Si no lo cortaban pronto, la alarma cundiría en todo el
hotel.
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Número Uno se detuvo ante la puerta, sacó su pistola, vaciló un instante y, por
fin, tras empujar la puerta ligeramente con los dedos, acabó de abrirla de golpe y se
tiró rodando dentro de la cámara, hacia un lado, dispuesto a disparar hacia el punto de
la oscuridad que le pareciese peligroso…
Pero todo lo que consiguió fue que Valentina Savarianov duplicase sus alaridos.
Estaba completamente presa de un ataque de histerismo, según se podía juzgar por
sus gritos. Número Uno fue velozmente hacia ella, en la oscuridad… Cuando sus
manos tocaron el cuerpo de la muchacha, supo que iba a gritar todavía más, y para
evitarlo le tapó la boca con una mano, mientras con la otra la apretaba con fuerza
contra él y le impedía todo movimiento.
—Cálmese… Cálmese, señorita Savarianov… Soy yo. Por favor, no grite más.
Valentina Savarianov quedó inmóvil entre los brazos de Número Uno, que no se
atrevía a quitar su mano de la boca femenina. Y manteniéndola así, fue hacia el
interruptor, llevándola ante él. Dio la luz al mismo tiempo que colocaba a la
muchacha hacia un costado, de modo que ella quedó protegida entre él y la pared.
Pero Valentina Savarianov no necesitaba ayuda; no al menos la que no estuviese
encaminada a calmar la histeria, que estuvo a punto de reanudarse con un nuevo
grito… La mano izquierda de Número Uno golpeó su mejilla, de pronto,
empujándola rudamente hacia la pared. Valentina quedó allí como pegada por la
espalda, muda de miedo de repente, mirando con ojos desorbitados a Número Uno,
cuya mirada se desvió entonces hacia los pies femeninos que se veían por un lado del
sofá, en posición horizontal… Los pies de Katia Savarianov. Y al fondo, sobre la
puerta del dormitorio doble, y a los lados, varias desconchaduras, diminutos cráteres
de tono rojo…
Aprovechando la súbita calma de Valentina, Número Uno fue hacia el balcón y lo
abrió. Inmediatamente, Brigitte entró en la cámara…, y se quedó mirando el cuerpo
de Katia Savarianov, tendido en el piso detrás del sofá. Luego miró a Uno, quien le
señaló a Valentina, y él fue hacia la señora Savarianov.
Brigitte llegó ante Valentina, le sonrió, le pasó un brazo por los hombros y la
llevó hacia un sillón. La muchacha lloraba ahora con fuerza, pero con naturalidad, sin
alaridos ni gritos. Brigitte la dejó sentada en el sillón, fue a la puerta y la cerró.
Cuando se volvió, su mirada buscó la de Número Uno, que estaba examinando a la
madre de la muchacha.
Y Número Uno alzó la cabeza, miró a Brigitte y la movió negativamente,
mordidos los labios, duro el gesto. No había nada que hacer. Brigitte también se
mordió los labios y regresó inmediatamente junto a Valentina.
Número Uno fue hacia la puerta, se puso de espaldas a ella, y estuvo mirando
hacia las desconchaduras de la pared, moviendo la mano hacia ellas como si estuviese
disparando con una pistola… Luego, sombrío el gesto, se acercó a la muchacha rusa
y se acuclilló ante el sillón, tomándole una mano.
—¿Qué pasó, señorita Savarianov? —musitó.
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Valentina empezó a tartamudear, con gran estrépito de dientes al chocar sus
mandíbulas, todavía estremecida de miedo. Brigitte fue al cuarto de baño, regresó con
agua y la dio a beber a la muchacha.
—Tranquilícese… Está al borde del histerismo, Valentina… Tiene que
controlarse.
—Mi… mi m-m-madre…
—¿Qué pasó? —Insistió Uno.
—No sé… La… la puerta se abrió, se… apagó la… la luz y vi… vi un hombre en
la puerta… Había un hombre…
—¿Lo conocía?
—No, no, no…
—Serénese… Las cosas ya han ocurrido —musitó Uno—. Ahora, explíquenos
con calma cómo han ocurrido.
—No lo sé… ¡No lo sé!
—Veamos: un hombre apareció en la puerta y apagó la luz… Entonces, empezó a
disparar contra usted y su madre… ¿Vio usted unos fogonazos y oyó unos ruidos
como de ventosas al ser arrancadas, y oyó los golpes contra la pared a su espalda…?
Valentina asentía con la cabeza vigorosamente, mirando a Uno con los ojos muy
abiertos.
—Oí caer a… a mi madre, y… quise ayudarla, y… y…
La muchacha se quedó mirando sus manos, que como la bata, estaban manchadas
de sangre. Empezó a temblar, pero Número Uno la sujetó por las muñecas y la
zarandeó, con fuerza, hasta que los ojos de Valentina dejaron de estar
desorbitadamente fijos en sus manos.
—No piense más en eso… Ahora, tenemos que marcharnos todos de aquí,
Valentina. ¿Lo entiende?
—No, no…
—Han matado a su madre… Eso quiere, decir que saben que estamos aquí. De
momento, ha sido un hombre solo, según parece, el que ha intervenido, pero quizás
haya muchos más cerca de nosotros. Tenemos que marcharnos inmediatamente.
—¿A… a Rusia?
—Estudiaremos ese asunto. De momento, marchémonos del hotel Danubio. Lo
demás se irá arreglando sobre la marcha.
—Pero yo… yo, yo no… no entiendo… ¿Quién ha… ha matado a mi madre, por
qué…?
—Yo diría que su padre tiene enemigos, Valentina, y que quieren vengarse de
algo. Por eso no queríamos que se quedasen muchos días aquí, en Budapest. Por eso,
su padre las hizo salir de Moscú antes que él, para evitarles peligros. Su padre, que
está viajando hacia aquí, está también en apuros… Debemos ir a ayudarle, Valentina.
¿Sí?
—Sí, sí…
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—Bien. La señorita Girart va a ayudarla a vestirse. Sólo a vestirse; no llevaremos
equipaje. Pero sí prendas de abrigo. Eso será todo. ¿Dispuesta?
—Sí… Pero mi madre…
La muchacha rusa parecía aturdida, desorientada. Número uno le dio unas
palmaditas en las manos.
—Yo me ocuparé de eso. Vaya al dormitorio con la señorita Girart, y deje lo
demás en mis manos.
La puso en pie tirando suavemente de sus manos. Luego miró a Brigitte, y ésta
entendió. Tomó a la rusa por los hombros y la llevó al dormitorio. Número Uno le
hizo señas de que cerrase aquella puerta, y le obedeció.
Entonces, Uno fue a la puerta de la cámara, la abrió y miró al pasillo. Dejó la
puerta entornada, regresó junto al ensangrentado cadáver de Katia Savarianov y lo
alzó en brazos, evitando cuidadosamente mancharse de sangre: no era tiempo para
cambiarse de ropa lo que les sobraba a los tres, desde luego.
Salió de espaldas al pasillo, girando la cabeza a ambos lados y manteniendo casi
todo el cuerpo dentro de la cámara de modo que el cadáver de la dama rusa no
pudiese ser visto por cualquier huésped del hotel.
Pero, positivamente, no era la hora más indicada para caminar por los pasillos, y,
por fortuna, parecía que los gritos de Valentina no habían alarmado lo suficiente a las
personas que ya se habían acostado…
Recorrió velozmente el trozo de pasillo y entró en su cámara, empujando la
puerta con los pies del cadáver. Lo dejó en el suelo, cerró con llave y fue a su
dormitorio.
Abrió completamente el armario, y se quedó mirando la gran maleta de piel,
vacilante. Luego miró afuera, y estuvo unos segundos contemplando pensativamente
el cadáver de Katia Savarianov. Se decidió de pronto a sacar la maleta, regresó con
ella junto al cadáver y la abrió. Gruñó algo, sacó de un manotazo las pocas prendas
que había en la maleta y las tiró a un lado.
Se mordió los labios, volvió a vacilar, y, por fin, alzó el cadáver y lo colocó
dentro de la maleta. Imposible. Salían las piernas, los brazos, la cabeza… Pero la
cabeza fue inclinada hacia un lado, los brazos cruzados ante el pecho, las piernas
dobladas… Katia Savarianov quedó dentro de la maleta, aprovechando el espacio del
mismo modo que un feto en el vientre.
Una gotita de sudor cayó sobre ella, y Número Uno se pasó la mano por la frente,
enjugándola. Cerró la maleta, pero los cierres no alcanzaban. Cerró los ojos y apretó
con fuerza. Algo debió de moverse dentro, porque la maleta pudo ser cerrada, y
puestos los cierres. Luego la cerró con llave y, finalmente, la puso vertical. Cogió el
asa y tiró hacia arriba, probando el peso. Por supuesto, podría con él, pero iba a
resultar muy difícil manejar aquella maleta ante ojos ajenos como si pesase treinta
libras en lugar de ciento veinte.
Sin embargo, había que hacerlo.
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La dejó a un lado, fue al dormitorio, recogió su ropa, luego la que había tirado al
suelo, y la dejó en un montón en un sillón, tras separar una gruesa chaqueta de piel
negra con cuello forrado…
Llamaron a la puerta, y enseguida oía la voz de Baby.
—Soy yo.
Abrió, y las dos mujeres entraron en su cámara.
—La llave del treinta y cuatro —tendió Uno la mano.
Brigitte se la devolvió, él recogió toda su ropa, salió de la cámara y regresó
apenas minuto y medio más tarde, ya sin ropa. Fue a su armario y regresó con la caja
de zapatos que contenía la radio. La entregó a Brigitte.
—Vaya a guardarla en su maleta. Quizá tengamos que volver a Budapest, y nos
será útil, entonces. Deje sus cosas ordenadas, preparada su ropa de dormir, como si
fuese a volver pronto… Luego, vuelva aquí.
Brigitte asintió con la cabeza y salió.
Cuando volvió. Uno estaba fumando un cigarrillo, impávida la expresión, fijos los
ojos en el vacío. Valentina Savarianov estaba sentada en la punta de un sillón, con las
manos en el regazo y una expresión tan ausente como la de Número Uno.
Éste parpadeó, miró a Brigitte y señaló a la rusa.
—Bajen las dos, como si saliesen juntas a dar una vuelta. Ya es algo tarde, pero
no importa. Tranquilas. Y entren en el primer coche, no en el que les asigné antes.
Aquí tiene las llaves. Simplemente, bajen y… No. Yo bajaré primero… Será mejor.
Dentro de un par de minutos empiece a mirar por la ventana, señorita Girart. Cuando
me vea caminar hacia el coche, no me pierda de vista. Si no me vuelvo, escape por
otro lado a toda prisa. Si no hay peligro, yo miraré hacia arriba al abrir la portezuela.
—Está bien. ¿Iremos hacia la frontera?
—No hay más remedio. Tenemos que recoger a Mike y al padre de ella. Y no
podemos dejarla sola en Budapest.
—Claro…
—¿Nos vamos? —musitó Valentina Savarianov.
—Así es, Valentina —dijo amablemente Uno—. No tema nada. Ya no nos
pillarán desprevenidos.
—¿Y… y mi madre…?
—Está… en lugar seguro. Un amigo mío se encargará de ella, y si usted quiere
volveremos a Budapest para… enterrarla.
Valentina Savarianov no contestó. Se quedó mirando fijamente a Número Uno. Y,
de pronto, dos gruesas lágrimas brotaron de los juveniles ojos azulgris, en silencio.
Brigitte miró de reojo a Uno, y estuvo segura de que éste no se sentía muy feliz en
aquellos momentos.
Parecía que él estuviese esperando algo más por parte de la muchacha rusa, pero
ésta se limitaba a soltar gruesos lagrimones de sus hermosos ojos, sin un solo gemido,
sin un estremecimiento, como una estatua que, sorprendentemente, pudiese llorar.
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Número Uno se inclinó, cogió el asa de la maleta y dio un suave pero firmísimo
tirón hacia arriba. Valentina seguía ahora con la mirada ausente, llorando en silencio,
pero Brigitte miró vivamente hacia la maleta, y luego a Número Uno.
Éste asintió con la cabeza, miró brevemente la maleta y luego a Brigitte. Pero el
rostro de la espía no se había alterado ante el descubrimiento de dónde estaba el
cadáver de Katia Savarianov. Número Uno salió de la cámara, llevando la maleta con
evidente soltura. Pero eso sólo podría hacerlo durante un minuto o dos. Luego, el
peso de aquellas ciento veinte libras tendría que notarse, y cualquiera que mirase la
maleta comprendería que pesaba mucho más de lo que parecía lógico.
Brigitte estuvo mirando a Número Uno hasta que éste llegó al ascensor. Entró con
la maleta, tranquilo, soportando el peso con una sola mano como si, realmente, dentro
del útil de viaje sólo hubiese ropas y cosas corrientes…
Valentina Savarianov seguía llorando, silenciosa, mansamente. Brigitte se acercó
a la ventana, y estuvo mirando hacia el coche de Número Uno hasta que éste
apareció, llevando la maleta todavía con aceptable soltura. Había tardado casi cuatro
minutos; lo cual sólo podía atribuirse a que habían tardado más de lo que él deseaba
en hacerle su cuenta.
Número Uno llegó junto a la puerta del coche, la abrió y miró hacia arriba, como
al descuido. Brigitte se volvió inmediatamente hacia la muchacha rusa.
—Vámonos.
Tuvo que tomarla del brazo y ponerla en pie. Luego, Valentina se dejó llevar,
dócilmente.
Poco más de un minuto más tarde, las dos entraban en el coche a cuyo volante
estaba Número Uno, esperando. La maleta debía de haber sido cargada en el hueco
del portaequipajes, porque no se veía allí. Número Uno consultó su reloj.
—Las once y veinte. Espero que podremos llegar al punto mil ochenta y siete
hacia las tres de la mañana. Tendremos que correr mucho, pero no hay más remedio.
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Capítulo IV
A las dos y media de la mañana dejaban atrás Tokaj, de modo que iban retrasados
sobre el horario previsto, a pesar de que Número Uno había conducido siempre a toda
la velocidad posible, con gran habilidad y decisión.
Desde Tokaj, Número Uno decidió desviarse un poco hacia el sur. Alargarían el
viaje unas cuantas millas más, pero la carretera seguiría siendo de las principales de
Hungría, de modo que no se vería forzado a rebajar la velocidad. Y, así, algunos
minutos antes de las tres, pasaban por Nyiregyháza. A partir de allí, la carretera se
lanzaba poco menos que en línea recta hacia la frontera rusa y checoslovaca, y
Número Uno apretó la marcha, hasta conseguir una velocidad no inferior a las sesenta
millas por hora.
Brigitte desdobló el mapa tras dar la luz interior del coche… Hasta la frontera,
quedaban unas cuarenta y cinco millas, que a aquella velocidad serían cubiertas en
tres cuartos de hora. Es decir, que poco después de las tres y media podrían estar en la
frontera. Y algunos minutos antes en el punto 1.087… Si el agente llamado Mike los
estaba esperando allí, todo sería fácil y rápido.
Casi a las tres y media, el coche salió de la carretera, tomando un camino más
bien estrecho y en malas condiciones para el vehículo. Pero Uno conducía
maravillosamente, y tras reducir considerablemente la velocidad, continuó impávido
hacia su objetivo, fijos los ojos en el frente. Sólo de cuando en cuando le había visto
Brigitte mirar por el espejo retrovisor, primero hacia la carretera que quedaba atrás, y
luego a la muchacha rusa, sentada junto a ella, ambas en el asiento de atrás. No
parecía que les siguiese ningún coche. En cuanto a Valentina Savarianov, parecía no
darse cuenta de nada. Iba con los ojos muy abiertos, fijos, y aunque Brigitte intentó
distraerla conversando en varias ocasiones, llegó a la conclusión de que lo mejor que
podían hacer por la muchacha era no hablarle, no molestarla en sus pensamientos
fijos.
Después de recorrida media milla por aquel mal camino, el coche se detuvo, por
fin, y Número Uno apagó todas las luces y el motor. Pero Brigitte había visto ya la
vieja granja, al fondo, a unos cien pies de distancia.
Número Uno se volvió hacia ella, le hizo un gesto de alerta y se apeó. Las dos
mujeres quedaron solas dentro del coche, rodeadas de la más completa oscuridad.
Una ráfaga de frío había entrado cuando Número Uno abrió la portezuela. Un frío
intenso, como de hielo. Dentro del coche se estaba bien, pero a Brigitte no le gustaba
estar allí inmóvil, como ciega. Ni siquiera podía ver a Valentina Savarianov, sentada a
su lado; pero oía su respiración lenta, suave…
No le gustaba aquel silencio, ni la impenetrable oscuridad. Sin embargo, estaba
convencida de que Número Uno sabía lo que estaba haciendo…
O quizá no.
Quizá no, porque todavía no hacía veinte segundos que el mejor espía de Europa
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se había marchado cuando Brigitte oía, de pronto, el ruido de la manilla de la puerta
del coche. Un chorro de luz brotó inesperadamente de la oscuridad, y dio de lleno en
su rostro y en el de Valentina. Junto al nacimiento de la luz se veía una pistola; y eso
era todo.
Alguien habló, en húngaro, y Brigitte, parpadeando, casi cerrando completamente
los ojos, movió negativamente la cabeza. Valentina había respingado, y ahora gemía
ahogadamente, asustada…
—Que bajen inmediatamente —dijeron, en ruso, ahora.
Brigitte asintió con la cabeza. Cogió una manó de la muchacha rusa y tiró de ella.
Valentina pareció encogerse en el asiento, como si quisiera quedar pegada allí. Pero
Baby Montfort sabía que lo que mejor se puede hacer inicialmente cuando a uno le
apuntan con una pistola, es obedecer, de modo que tiró con más firmeza, arrancando
a la muchacha del asiento.
Abrió la portezuela, salieron las dos, y el frío aire nocturno las estremeció.
—Las manos en el coche —dijo el mismo hombre.
Brigitte se volvió hacia Valentina, que parecía no saber qué hacer; le tomó las
manos y las colocó con las palmas apoyadas en el coche, de espaldas a ella. Luego, se
colocó en la misma postura. La luz daba en sus espaldas, pero el hombre ya debía de
haber visto con toda claridad el rostro de ambas. Si estaba trabajando para los rusos,
era más que probable que tuviese una fotografía de Valentina Savarianov, a la cual
estaba cacheando por detrás el hombre en aquel momento. Mirando de reojo, Brigitte
vio su silueta, tras la luz de la linterna.
Luego oyó los quedos pasos del hombre, y hacia ella brotó un chorro de vapor
producido por su aliento… Una mano tocó primero su costado izquierdo, luego el
seno, después se deslizó entre los dos senos, palpando sobre la ropa en busca del
contacto duro de un arma. Brigitte hizo rapidísimamente su cálculo mental: para que
aquel hombre tuviese una mano libre, era preciso que hubiese dejado la linterna o la
pistola. Pero la luz estaba allí, y no era probable que el desconocido se arriesgase a
dejar de tener su pistola en la mano… Era pues, fácil comprender que la linterna
estaba ahora bajo el sobaco derecho del hombre, la pistola en la misma mano… y la
mano izquierda la estaba utilizando para registrar a las dos mujeres…
Justo cuando la mano se deslizaba hacia su cintura, Brigitte bajó las suyas,
lanzando el codo derecho hacia abajo y afuera, y el izquierdo hacia abajo, atrás y
adentro. De tal modo que el derecho desvió la pistola del hombre, y el izquierdo se
clavó con fuerza en su costado. Inmediatamente, el codo derecho de Brigitte volvió
hacia adentro, justo cuando sonaba el apagado disparo de aquella pistola con
silenciador… La bala dio en el coche, rebotó en la curva del techo y se perdió en la
oscuridad, con seco tañido…
La linterna cayó al suelo, pero Brigitte pudo ver brevísimamente al hombre, al
volverse a toda prisa. Y pudo ver, también, cómo la pistola se orientaba hacia ella…
Su mano izquierda desvió el arma en el mismo momento en que sonaba otro
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chasquido y un fogonazo iluminaba fugazmente la escena. Ahora, la mano derecha de
Brigitte golpeó en seco la base del cuello del desconocido. Pareció rebotar, rauda,
hacia el codo derecho del hombre, de modo que el brazo masculino quedó apresado
por la muñeca y el codo por aquellas dos tiernas manitas femeninas. Se produjo el
tercer chasquido pero ya Brigitte se había colocado de espaldas al hombre pegada a
su pecho, y tiraba con fuerza del brazo, inclinándose hacia delante.
El hombre pareció desaparecer, esfumarse en la negrura de la noche. Pero
reapareció muy pronto, a unas tres yardas de allí, cayendo de espaldas y cabeza al
suelo cerca de rayo de luz que se arrastraba como una grieta amarilla. La pistola
había escapado de la mano del desconocido, que se puso gatas, aturdido, sacudiendo
la cabeza. Vio la pistola a un par pasos y gateó hacia allí… Pero una pequeña mano
enguantada se apoderaba en aquel momento del arma, que quedó apuntada a su
cabeza.
—Quieto —jadeó Brigitte.
El hombre quedó inmóvil, y Brigitte quiso ir a por la todavía encendida linterna,
pero ésta pareció alzarse sola, y su luz se dirigió hacia el hombre al tiempo que la voz
de Número Uno sonaba tras ella:
—Quietos los dos. Están cometiendo un error. ¿No reconociste mi coche, Ferenc?
—¿Es… es usted, Número Uno? —preguntó Ferenc, todavía en ruso.
—Sí. ¿Desde cuándo atacas a mis amigos?
—No sabía… Oí el coche, bajé… Reconocí su coche, pero usted no estaba
dentro, y pensé que algo le había sucedido y que venían a por mí.
—Debimos de cruzarnos cuando yo iba hacia la casa. Está bien, no hay nada que
temer, Ferenc.
—¿Quién es ella? —Gruñó el húngaro.
—Una agente que me han enviado desde Washington… y que parece muy
peligrosa. ¿No lo consideras así? Vaya a consolar a nuestra muchachita rusa, Baby,
mientras yo hablo con Ferenc. Y… devuélvale la pistola.
Brigitte asintió con la cabeza, y tiró el arma hacia el húngaro, que notó el golpe
en el pecho, y luego tuvo que inclinarse a recogerla. Seguramente, aquélla fue una de
las pocas veces que pudo oír la risa de Número Uno.
Igual sucedería con Brigitte, que estaba entrando ya en el coche, en cuyo interior
se oían los sollozos de Valentina Savarianov. La muchacha se había escondido dentro
a toda prisa, presa del pánico por la pelea, la oscuridad, el frío… Brigitte alargó sus
manos, tocó un hombro y dio allí una palmadita cariñosa. Se sentó junto a Valentina.
—Cálmese, Valentina… Todo está bien; hubo una confusión. Mi amigo está
arreglando ahora las cosas. El hombre que nos amenazó es amigo, pero no nos
conocía… Tranquilícese.
Número Uno entró en el coche cinco minutos después. Dio la luz interior y se
quedó mirando a Valentina unos segundos; luego miró a Brigitte, y movió
negativamente la cabeza.
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—Mike no ha llegado —susurró—. De modo que tendremos que ir a buscarlo.
Deben de estar los dos acorralados todavía en la otra orilla del Szamos.
—Está bien —asintió Brigitte—. ¿Ella va a venir con nosotros?
—No. Ni usted tampoco viene —replicó Uno—. Iremos Ferenc y yo a por ellos, y
dejaremos el coche bien escondido en el establo. Nadie lo verá allí. Sólo tienen que
permanecer dentro con las ventanillas cerradas y la pistola…
—No me parece acertado eso, Uno.
—¿No? ¿Por qué? Estamos a un cuarto de milla de la frontera y del río. Éste es el
punto 1.087 y Mike lo sabe. Vendrá aquí, con Markos Savarianov, en cuanto pueda.
Entonces, ustedes dos y ellos deberán marcharse sin esperarme, sin perder tiempo.
Mike los llevará a donde convenga.
—Pero si no es Mike el que viene Valentina y yo nos veremos en un apuro. No
conozco el terreno, estaremos encerradas en un establo, ni siquiera hay estrellas la
mayor parte del tiempo, de modo que no podré orientarme… Si vienen aquí los
«vopos» no creo que Valentina y yo podamos escapar, Uno.
—Es cierto —admitió inmediatamente el espía.
—En cambio, Ferenc y Valentina podrían escapar si fuese necesario… mientras
usted y yo buscamos a Mike y a Savarianov.
—Ya pensé en eso, pero me pareció que no era necesario arriesgarla a usted.
—No sea hipócrita, Uno. Lo que usted pensó es que con Ferenc iría mucho más
deprisa hacia la frontera rusa. Pero le aseguro que no voy a necesitar su ayuda para
llegar adonde usted llegue.
Los blancos dientes de Número Uno se mostraron en una breve risita.
—De acuerdo. Ya lo veremos… ¡Ferenc!
El húngaro entró en el coche, colocándose ya ante el volante. Sin encender una
sola luz, condujo el coche en la oscuridad. De pronto, Brigitte notó un intenso olor a
estiércol, y dos segundos después el motor se paraba.
—Llevaré a la rusa a la casa, señor. Yo puedo moverme con soltura por aquí.
—De acuerdo. Ferenc. Mi compañera y yo vamos a cruzar la frontera, si
podemos. Recuerda lo que te he dicho: si Mike y Savarianov llegan aquí, que se
marchen con el coche. Mike ya sabe lo que tiene que hacer, en ese caso. Si no vienen,
y te parece que hay peligro rondando, iros vosotros en el coche. Mientras no haya
peligro, permaneced aquí.
—Está bien.
—Enciende los focos.
Las luces largas del coche brotaron hacia la pared al instante de rugir el motor.
Brigitte vio a Número Uno apearse del coche e ir a un lado del establo y descolgar un
rollo de alambre blando, que dobló y se guardó en un bolsillo de la chaqueta de piel.
Número Uno la miró.
—¿Qué está esperando?
Brigitte se apeó enseguida y fue hacia la puerta, imitando a su compañero de la
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CIA. Salieron del establo y al instante el frío pareció golpear a Brigitte, que se
estremeció.
—Todavía está a tiempo de quedarse… —dijo Uno.
—Sigamos. Me abrigaré bien.
—Tenemos que cruzar el río. Espero encontrar el modo de hacerlo con cierta
comodidad, pero no le aseguro que no se moje. Y el agua…
—Sigamos, Uno. Tenemos cuatro horas hasta que amanezca, ¿no es así?
Se había subido el cuello del grueso chaquetón. Luego, Número Uno le cogió la
mano y empezaron a caminar, a oscuras. Casi a oscuras, porque en aquellos
momentos las nubes se habían roto por algunos puntos, y se veían unas pocas
estrellas. A medida que caminaba, iba entrando en calor, y notaba mayor flexibilidad
en los dedos, lo cual sería muy conveniente si fuese necesario utilizar su pistola.
Número Uno tenía la mano muy grande y cálida, y Brigitte agradecía aquel calor
varonil… Él le había dicho que el río estaba a un cuarto de milla, pero estaba segura
de que llevaban recorrido ya no menos del doble.
Y todavía recorrieron otro tanto antes de que Baby Montfort empezase a oír con
toda claridad el rumor del río Szamos. Ahora se veían aún más estrellas que antes,
pero el viento parecía más seco y más frío, procedente de los Cárpatos.
El rumor del río se fue notando más y más claramente, hasta que, por fin, los dos
se detuvieron junto a la orilla. Número Uno se apoyó de espaldas en un árbol,
encarado a la otra orilla. Colocó a Brigitte ante él, de espaldas, y señaló hacia el
frente, apenas visible su gran mano enguantada en negro.
—Tres minutos de observación —susurró.
Brigitte asintió con la cabeza y quedó inmóvil, sonriendo cuando Número Uno la
abrazó con ambos brazos, apretándola contra él y proporcionándole así un calor muy
digno de agradecimiento.
Tres minutos más tarde, Uno inquirió:
—¿Nada?
—Nada.
—Tenemos que buscar algunos troncos… Tres serán suficientes.
Tardaron casi una hora en encontrarlos y llevarlos a aquel punto de la orilla, pero
al menos entraron en calor. Número Uno sacó el rollo de alambre blando y empezó a
unir los troncos, formando una balsa pequeña, apenas de cinco pies de larga y cuatro
escasos de ancha. Luego buscó una rama gruesa como un brazo y empujó con ella la
balsa a la corriente, reteniéndola por un cabo suelto del alambre.
—Salte a la balsa.
Brigitte obedeció. La lancha se hundió ligeramente por un lado, y el agua llegó a
sus pies, pero brevemente, de modo que no pudo atravesar la piel de las botas.
Número Uno saltó inmediatamente tras ella, nivelando la balsa; pero su peso era
considerable, y los troncos se hundieron bastante, deslizándose ya, muy lentamente,
río abajo. Número Uno se sentó, colocando a Brigitte acurrucada entre sus rodillas, y
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empezó a remar con fuerza, dominando poco a poco la improvisada embarcación,
cortando diagonalmente la corriente.
Cuando llegaron a la otra orilla, el agua había saltado ya varias veces hacia ellos,
y Brigitte estaba temblando. Número Uno saltó el primero a tierra, enrolló el cabo de
alambre a su mano y tiró de la balsa hacia la orilla, hasta que Brigitte pudo saltar sin
mojarse los pies apenas. Luego, entre los dos, sacaron la balsa, la dejaron bajo unas
matas, y Número Uno señaló a sus pies.
—Estamos en Rusia —dijo en un susurro—. Punto mil cuarenta y nueve, si no me
equivoco. Es decir, que Mike y Savarianov deben de estar algo más arriba, buscando
el momento para cruzar… Así lo espero.
«Así lo espero». Esta frase era casi un epitafio. Pero, indudablemente, contenía
una gran confianza en el agente llamado Mike.
De nuevo tomó Número Uno la mano de Brigitte, y tiró de ella orilla arriba,
caminando deprisa, pero silencioso, cauto, alerta. La divina espía se encontró, de
pronto, admirando la determinación de aquel hombre tan viril, tan recio, casi hosco.
¿Había que cruzar clandestinamente la frontera rusa? Pues se cruzaba…
Pero, obviamente, en aquel lugar debía de haber una considerable vigilancia
soviética y…
Número Uno se acuclilló, de pronto, tirando de la mano de Brigitte hacia abajo.
Casi al mismo tiempo la espía veía la luz de una potente linterna a menos de ciento
cincuenta pies. Se quedó inmóvil como una estatua, conteniendo la respiración, igual
que su acompañante… La linterna se movía al ritmo del caminar de un hombre.
Pocos segundos después, hacia la derecha, aparecía otra…, y casi enseguida, dos más,
a unos trescientos pies, calculó.
La linterna que habían visto en primer lugar dirigió la luz hacia tierra adentro, de
modo que tras ella, ahora de lado con respecto a los agazapados agentes de la CIA,
pudo verse la silueta de un soldado ruso, inconfundible el grueso capote y la gorra
con orejeras.
El soldado ruso dijo algo, y, más tierra adentro, otro contestó. De nuevo habló el
primero, y el par de linternas que habían estado hasta entonces a trescientos pies,
empezó a acercarse a la orilla. Lo mismo hacía el primer soldado ruso que había
hablado. Llevaba la linterna en la mano izquierda y la derecha en el gran bolsillo,
lejos de la metralleta que colgaba del cuello por la correa. Pero, sin duda, al menor
ruido o señal de peligro, aquella mano derecha sabría cómo manejar inmediatamente
la metralleta…
Otras dos luces aparecieron, acercándose a la orilla. Y los agentes
norteamericanos no necesitaron ya más para comprender que estaban rastrillando
aquella parte. Lo cual podía significar dos cosas. Una, que el agente Mike y el
científico Markos Savarianov habían cruzado aquella cuña rusa y estaban más arriba
ya. Dos, que no habían podido cruzarla, y estaban escapando río abajo, o sea
alejándose del punto de recogida, es decir, el mil ochenta y siete, la granja de Ferenc.
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Pero, por el momento, interesaba más la seguridad de ellos mismos. El soldado
ruso que había hablado se estaba acercando tanto que, forzosamente, los vería antes
de medio minuto, ya que movía la linterna hacia la orilla del río y tierra adentro, en
un arco que lo iba abarcando todo ante él.
La mano derecha de Número Uno se apoyó en la espalda de Brigitte, apretando
suavemente hacia abajo, y ella comprendió. Se tendió en el suelo, acurrucada, y
quedó inmóvil. Número Uno se quitó el pañuelo del cuello y con un extremo se rodeó
la mano izquierda, de modo que el otro extremo quedó suelto. Se deslizó hacia el río,
a gatas, y Brigitte lo vio entrar en el agua hasta las rodillas, muy lentamente. Luego,
lo vio caminar río arriba, metido en el agua, inclinado… La luz de la linterna pasaba
por encima de él apenas cinco segundos más tarde sin iluminarlo.
El soldado ruso se iba acercando inexorablemente. Se oía su respiración fuerte,
vigorosa, y el rayo de luz pasó en dos ocasiones muy cerca de Brigitte, que había
sacado la pistola y apuntaba al ruso, dispuesta a disparar en cuanto fuese necesario.
Sólo cuando fuese absolutamente necesario, ya que comprendía que, aunque su
pistola no haría un ruido alarmante, Número Uno quería hacer las cosas todavía más
silenciosamente…
Veía las botas del ruso, acercándose, apartando la maleza con energía. La luz
continuaba describiendo aquellos arcos de búsqueda… Y, de pronto, el cono de luz
cayó sobre ella, dejando perfectamente encerrada en un círculo de luz a la más audaz
espía del mundo.
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Capítulo V
Naturalmente, el soldado ruso se sorprendió mucho más que Brigitte. Parpadeó, sus
ojos mostraron su estupefacción… Pero Brigitte no podía ver esto, ni adivinarlo. Para
ella, aquello significaba, simplemente, que un soldado ruso acababa de descubrirla,
en Rusia, tras cruzar clandestinamente la frontera con Hungría.
Y todo esto lo pensaba mientras su mano terminaba de alzarse, y el dedo
empezaba a oprimir el gatillo…
No llegó a disparar.
Una sombra surgió por detrás del soldado ruso, y Brigitte no precisó
explicaciones para comprender quién era el atacante del soviético. Se puso en pie y
corrió hacia allí, salvando la escasa distancia apenas en tres segundos…
La linterna había caído al suelo, y las dos manos del soldado fronterizo querían
arrancar aquel dogal que lo estaba estrangulando rabiosamente, a toda prisa,
implacable… Era un hombre muy alto, grueso, fuerte; pero Brigitte sabía que estaba
perdido, y se ocupó, fríamente, de lo que le pareció más indicado en aquel momento:
cogió la linterna y continuó utilizándola normalmente, describiendo arcos de luz
hacia el río y tierra firme. Detrás de ella oía los agónicos estertores del soldado ruso,
y el contenido jadear de Número Uno, cuyo esfuerzo para estrangular a aquel hombre
con su pañuelo debía de ser muy considerable.
Por fin, los jadeos cesaron…, un instante después que el ronco rumor del soldado
ruso. Brigitte se volvió y distinguió confusamente las siluetas de los dos hombres.
Número Uno estaba depositando en el suelo al soldado estrangulado.
Y, de pronto, la voz, en nítido ruso, a unas sesenta yardas:
—¿Hay algo en la orilla?
—Nada —respondió Número Uno, en ruso perfecto—. Sigue por ese lado. Yo
miro la orilla.
La luz se desvió, sin haber llegado hasta el lugar donde se había desarrollado la
mortal escena. Brigitte miró de nuevo hacia Número Uno, le vio quitando el grueso
abrigo militar al ruso. Retrocedió unos pasos siempre con la luz de la linterna
orientada hacia adelante.
—Ha sido un buen control de nervios el suyo, Baby —musitó Número Uno—.
Siga así; enseguida termino.
Número Uno se puso el abrigo del soldado estrangulado y tomó enseguida la
linterna. Brigitte se inclinó, le quitó la gorra con orejeras al muerto y se la tendió. Le
pareció ver los blancos dientes de Uno en la oscuridad, un instante tan sólo. Él cogió
la gorra y se la puso. Luego señaló al muerto y hacia el río.
Brigitte comprendió en el acto. Agarró un pie del muerto con ambas manos y lo
arrastró hacia el río, mientras Número Uno continuaba caminando río abajo. Metió el
cadáver en el agua y lo empujó cuanto pudo hacia el centro de la corriente. Todavía
pudo verlo confusamente, a la luz de las pocas estrellas, antes de que el infortunado
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ruso se hundiese en las negras aguas…
Luego fue detrás de Número Uno, hasta alcanzarlo.
—Siga detrás de mí. No se separe. Vamos a desviarnos, ahora. Yo creo que Mike
y Savarianov han pasado, de modo que iremos río arriba, por si podemos ayudarlos a
cruzar el río. ¿Tiene frío?
—¿Qué importa eso? —susurró Brigitte.
—Nada… Desde luego, nada.
Se fueron rezagando poco a poco, hasta que Número Uno se decidió a apagar la
linterna. Entonces, cogió una mano de Brigitte y tiró de ella, en dirección opuesta y
tierra adentro, señalando con la otra mano hacia un punto.
—Hay allá un grupo mayor, de enlace y control de búsqueda… Echaremos un
vistazo, por si acaso.
Se veía un resplandor mayor en aquel lugar. Y apenas desandadas cuatrocientas
yardas empezaron a oír las voces. Estaban comentando precisamente las incidencias
de aquella búsqueda de los dos fugitivos. El nombre de Savarianov llegó hasta ellos,
y Brigitte apretó la mano de Número Uno, que continuó imperturbable hacia delante.
Con su gorra y el abrigo, imponente su estatura y anchos sus hombros, Número Uno
podía ser identificado como cualquiera de aquellos recios soldados rojos encargados
de la vigilancia fronteriza.
Por fin, oyeron las voces más cerca, y el ruido de un motor, que se alejaba.
Luego, cuando asomaron entre la maleza, vieron el camión, la media docena de
soldados rusos rodeándolo. En la caja del camión, un oficial y un soldado, éste
atendiendo una potente radio instalada en el camión, en cuya portezuela se distinguía
la estrella roja soviética, gracias al resplandor de algunas lámparas de pie instaladas
en el punto de control de búsqueda.
Casi en el centro del trozo de terreno iluminado había tres jeeps, llenos de barro
helado desde la mitad de las ruedas hacia abajo.
Y en el morro de uno de aquellos jeeps, cruzado, tendido boca abajo y sujeto con
cuerdas, un hombre. Un hombre muerto, ensangrentado. Igual que una pieza de caza
mayor, que el cazador gusta de exhibir. Los brazos y piernas del hombre colgaban
sueltos, como desmembrados… La cabeza sobresalía por un lado del capó y se
apoyaba con una mejilla en la fría plancha metálica, precisamente en dirección a los
dos agazapados agentes de la CIA.
El hombre tenía los ojos abiertos, y en un lado de su boca se veía un chorrito
oscuro, ya seco. Toda su espalda parecía estar llena de balas.
—Mike —susurró Número Uno.
Y Brigitte notó aquel estremecimiento, aquella crispación en la fuerte mano que
sujetaba la suya. Un instante brevísimo, pero existió la crispación. Fue algo que la
alegró de un modo incomprensible quizá…
Sí, quizá fue porque aquel solo nombre, musitado por el gran espía de acción que
era Número Uno, demostraba que éste no era de roca y acero solamente, sino de
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carne y hueso. Tenía allá el cadáver de un compañero con el cual, sin duda, había
compartido muchos peligros. Y la visión de aquel compañero muerto no le había
dejado frío, ni siquiera con un esfuerzo. Había reaccionado. Luego aquel hombre al
que llamaban Número Uno y por el cual la MVD soviética había ofrecido a sus
agentes la suma de cien mil rublos, tenía corazón. Podría dominarlo o no siempre que
quisiera, pero lo tenía. Y eso era lo que más gustaba a Brigitte de los espías.
—¿Vamos a buscarlo? —musitó.
—¿Para qué? Está muerto.
—Podríamos intentar…
—No se intenta nada por los muertos, Baby. Sólo por los vivos. Y parece que
Markos Savarianov aún lo está, huyendo cualquiera sabe por dónde.
Bien… ¿A qué extrañarse? Había tenido un momento humano, pero su cerebro de
espía le dictaba la conducta subsiguiente. La conducta lógica. Los muertos ya no
valen nada. Los vivos, sí. Y un vivo como Markos Savarianov, por cuya colaboración
estaba arriesgando Estados Unidos tan buenos agentes, valía la pena. Por eso…
Brigitte se dejó caer de rodillas detrás de Número Uno justo una fracción de
segundo antes de que una luz muy potente cayese sobre él, delatándole a pesar de las
matas.
El oficial soviético que esperaba en el camión miró hacia allí y le gritó algo que
ninguno de los dos pudo entender bien. Pero sí pareció entenderlo uno de los
soldados de vigilancia en el puesto de control, que se acercó rápidamente a ellos,
blandiendo la metralleta.
Número Uno se dejó ver con, más claridad, entonces, haciendo señas al soldado
que se acercaba… Éste se volvió a medias y llamó a otro. Pero se le unieron tres más,
en lugar de uno solo. El primero corría hacia Número Uno, preguntándole qué hacía
allí y qué ocurría…
Número Uno insistió en sus señas de llamada y se adentró en la maleza. Las
gruesas botas soviéticas resonaban en la tierra con fuerza, veloces…
El espía se inclinó un momento junto a Brigitte.
—El primero. Sus granadas. El camión. ¿Podrá?
Brigitte asintió con la cabeza y sacó el bolígrafo que había colocado en su equipo
de acción de emergencia. Apretó el pulsador, y una delgada aguja de acero apareció
bruscamente; tenía la misma longitud que el bolígrafo, es decir, unas cinco pulgadas.
Sujetó el bolígrafo con fuerza, y cuando el soldado ruso apareció, ella brotó ante él.
El hombre quedó paralizado de asombro un instante fatal.
Y la fina aguja de acero se clavó en su garganta, justo bajo la barbilla,
hundiéndose completamente. El soldado cayó hacia delante como fulminado. Brigitte
quiso sostenerlo, pero era un gigante de más de doscientas libras, y su peso la derribó,
aplastándola luego duramente contra el helado suelo.
Sólo que Baby Montfort ya no sentía el menor frío. Salió a toda prisa de debajo
del soldado y lo cogió por una mano, tirando de él frenéticamente, más hacia la
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espesura. Número Uno debió de darse cuenta de sus dificultades, porque llamó a los
demás soldados, con seca voz, hacia donde estaba él, desviando su marcha hacia la
izquierda de Brigitte, que tiraba con todas sus fuerzas del cadáver. Apenas pudo
arrastrarlo tres o cuatro yardas, pero lo consideró suficiente. Le quitó la metralleta y
abrió sus grandes cartucheras. Efectivamente, en dos de ellas llevaba granadas de
mano, que apenas podía distinguir. Pero sus dedos, a pesar de estar cubiertos por los
guantes, tocaron el botón. Se colgó la metralleta al cuello, adelantó unos pasos y
apretó a la vez los botones de las dos granadas. Luego, separadas por el tiempo justo,
las lanzó una tras otra hacia el camión.
La primera cayó unas cinco yardas cortas, pero su explosión se confundió con la
de la segunda, que explotó bajo el camión. La noche se iluminó con un estallido rojo
y cárdeno, y los pedazos del camión saltaron incendiados cuando el depósito de
combustible fue alcanzado por la explosión de la granada.
A la izquierda de Brigitte, y algo atrás, estaba oyéndose claramente la larga ráfaga
de una metralleta rusa. La espía dio media vuelta y corrió hacia allí. Estuvo a punto
de caer al tropezar con uno de los tres soldados muertos, pero una mano de Número
Uno la cogió del brazo y le dio tal tirón que casi la levantó en vilo.
—¡Hacia el río! ¡Y tendremos que nadar!
No era una perspectiva agradable, pero resultaba mucho peor la que les rodeaba
en aquel momento. Muchas luces habían surgido, de pronto, y se dirigían todas hacia
allá. Tras ellos, mientras corrían hacia el río, quedaba la gran antorcha del camión
reventado e incendiado, iluminando no menos de doscientas yardas alrededor, de un
modo fantasmagórico, moviente, rojo y negro… Se oían voces, gritos, ruido de
pies… Las luces de muchas linternas se movían hacia todos lados El desconcierto era
grande, pero el peligro resultaba todavía mucho mayor.
Número Uno tiraba rudamente de ella, siempre hacia el río, corriendo a una
velocidad tal que Brigitte no podría sostener ni siquiera un minuto, por mucho que él
la ayudase… Pero llegaron a la orilla del río antes de que hubiese transcurrido ese
minuto.
Número Uno señaló el agua y empezó a quitarse el grueso abrigo a manotazos.
—¡Al agua! ¡Al agua, Baby! ¡Vamos!
Casi la empujó. Brigitte se hundió en el agua helada, y al instante pensó que no
saldría con vida de allí. El frío era tan intenso que lo menos que podía esperar, si salía
con vida, era una pulmonía doble. Y la corriente tenía mucha fuerza… Estaba
nadando con todas sus fuerzas, casi paralizada por el frío, cuando notó la mano de
Número Uno en un brazo.
—¡Nade recto! ¡De todos modos, la corriente nos desviará!
—Siga…, siga usted, Uno… No puedo… ¡No puedo!
—¡Nade!
Le dio un tirón, como si quisiera arrastrarla para colocarla en sus hombros. En la
orilla comenzaban a verse puntos de luz, y largas rayas amarillas que se dirigían hacia
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la corriente. Pero la confusión era demasiado grande, por el momento. Se oyeron
algunos disparos, pero probablemente habrían sido los mismos rusos quienes
disparaban contra sus compañeros… Número Uno nadaba con un vigor y una rapidez
que estaban agotando a la espía internacional, a pesar de que, además de ocuparse de
sí mismo, el espía tiraba de ella, con tal fuerza que Brigitte llegó a pensar si él no
estaría amarrado a algún cable que lo atraía hacia la orilla salvadora.
El agua pasaba en ocasiones por encima de ellos. Estaba tan absolutamente fría
que Baby Montfort empezó a notar muy pronto como un millón de agujas clavándose
en su cráneo, en sus orejas, en el cuello… Ni siquiera sentía la presencia de sus
propias manos.
En la orilla había ya no menos de ocho o diez linternas y empezaron a oírse
disparos, que quedaron cortos, pero que, paulatinamente, fueron acercándose.
Pero no importaba. No importaba nada, porque se sentía morir congelada. Tan
congelada, que ya ni siquiera sabía si el agua estaba fría o ardiendo. Pero aún se
movía, siempre medio arrastrada por Número Uno, cuya potencia había sobrepasado
ya lo asombroso para llegar a lo increíble.
Brigitte Montfort estaba ya pensando en dar un tirón para soltarse de aquel
hombre con el fin de que al menos él escapase, cuando sus pies tocaron el fondo
blando del río. Por detrás de ellos, llegaban haces de luz, y balas, que alzaban
pequeños surtidores brillantes. Número Uno la cogió por la cintura, la alzó y la tiró
de, cualquier manera a la orilla… Luego, todavía incapaz de moverse, Brigitte notó
una de aquellas viriles manos bajo su brazo izquierdo y se sintió levantada, alzada…
—Hay que correr, Baby… ¡Hay que correr! ¿Lo entiende?
Sólo pudo asentir con la cabeza, porque no tenía voz, y sus dientes chocaban con
fuerza. Tenía tal temblor que llegó a pensar que se iba a romper en pedazos
congelados. Pero Número Uno estaba tirando nuevamente de ella, y corría, corría,
corría… Ella también corría, pero no notaba el suelo bajo sus pies. En realidad…,
¿tenía pies? No notaba el menor tacto en ellos, ninguna sensación. Pero sí sabía que
no podría sostener aquel tren de marcha. Era como si le estuvieran arrancando los
pulmones, como si su cabeza fuese a estallar…
—¡Ferenc! —oyó gritar a Número Uno—. ¡El coche!
Se encontró sola en la oscuridad, tambaleante. Se daba cuenta de que volvía a
tener consciencia plena de lo que sucedía, de que notaba sus manos y sus pies… La
carrera había acelerado la circulación de su sangre de tal modo que había vencido al
frío que tan hondo había calado en su cuerpo al cruzar el río. Y supo que si se hubiese
quedado quieta en lugar de correr, habría sido en verdad inevitable la muerte por frío.
Las luces del coche le dieron de lleno. Se detuvo junto a ella. Ferenc apareció a su
lado y la empujó hacia el interior del coche. Se encontró sentada junto a la
temblorosa Valentina Savarianov, que parecía estar pasándolo peor que ella misma,
tal era su temblor y sus gemidos.
Número Uno apareció apenas quince segundos después, entró en el coche y
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Ferenc lo puso en marcha, arrancando bruscamente. Una manta cayó sobre Brigitte
abrigándola.
El coche rodaba ya, dando tumbos por el mal camino. Brigitte se envolvió con la
manta, sin dejar de mirar a Número Uno, que en el asiento delantero, junto a Ferenc,
estaba examinando la pistola que había sacado del salpicadero… Dentro del coche se
estaba bien. La calefacción empezaba a notarse a medida que el motor iba
aumentando la velocidad de sus revoluciones.
Con el cabello pegado a la frente, brillantes los negrísimos ojos, Número Uno se
volvió hacia ella.
—Quítese la ropa. Se secará antes, señorita Girart.
De nuevo frío e impersonal, metódico, inteligente. Brigitte le obedeció, en
silencio. Se quedó sólo con las prendas íntimas, envuelta en la manta. Poco a poco
empezó a temblar, cada vez con más fuerza. Número Uno se volvió cuatro o cinco
veces hacia ella, pero no dijo nada… Sólo veía el perfil de aquel hombre destacando
en la luz de las estrellas que brillaban en el cielo que se iba despejando más y más…
Y luego, de pronto, el temblor empezó a decrecer. Empezó a sentirse caliente,
confortada. El coche rodaba ahora a buena velocidad por la carretera hacia
Nyiregyháza, recorriendo el camino inverso a pocas horas antes.
Y, de pronto, Brigitte estuvo a punto de lanzar un alarido al ver un hombre junto a
Valentina Savarianov, al otro extremo del asiento.
—Uno…
—Es Markos Savarianov —dijo Uno, sorprendiéndola—. Él ha podido llegar.
Deme su mano.
Brigitte alargó la mano, mientras intentaba distinguir los rasgos del científico ruso
que había dado lugar a todos aquellos acontecimientos. Pero no pudo conseguirlo.
Veía la silueta de un hombre, y eso era todo. Un hombre que, ahora podía darse
cuenta, abrazaba a Valentina. Era un abrazo medroso. Tanto, que tuvo la deprimente
sensación de que el miedo los estaba atenazando a todos…
—Su pulso está bien, su carne caliente, y no parece que tenga fiebre. Es usted una
chica muy saludable, señorita Girart.
—¿Cómo… cómo llegó Savarianov al punto 1.087, Uno?
—Cosas de la vida. Un muchacho fuerte y veloz como Mike fue cazado y un
hombre blando y ya mayor consigue escapar. No sé… Supongo que Mike se sacrificó
para que Savarianov llegase hasta nosotros. Eso sería muy propio de Mike… Luego
nos explicará Savarianov lo que ha ocurrido. Para en cualquier sitio, Ferenc.
—¿Ahora? Pero…
—Para. Es cuestión de dos minutos. Les llevamos mucha más ventaja.
—Está bien…
Ferenc detuvo el coche casi una milla más adelante. Número Uno se apeó
inmediatamente.
—Salga, señorita Girart. Tengo que enseñarle algo.
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Brigitte obedeció. Se protegió con la manta apretándola con fuerza contra su
cuerpo y salió del coche. Número Uno estaba acuclillado junto a la rueda delantera
derecha, y una diminuta linterna lanzaba su luz hacia allí.
—Vea esto.
Número Uno arrancó el tapacubos de la rueda, dejando al descubierto parte de
una radio. Señaló por debajo del coche.
—Las baterías están en la otra. ¿Sabría manejarlas?
—No sé… Supongo que sí. ¿Cuál es la frecuencia?
—Quinientos doce. Es decir, en contacto directo con Europa, suponiendo que éste
se halle a una distancia inferior a dos mil millas. Y debe de estarlo, en estos
momentos, según lo convenido.
—De aquí a Niza no hay…
—Ya sé que no hay dos mil millas de aquí a Niza, sino menos. Pero Europa debe
de estar a menos de cincuenta millas. Así se convino…, y Europa no ha fallado
jamás. Observe.
Tiró de un diminuto rectángulo metálico, que resultó ser el micrófono, llevando
anexo un pequeño auricular, que Número uno se colocó en una oreja. Conectó la
radio e inmediatamente efectuó la llamada:
—Número Uno en punto H-874 llamando a Europa, dondequiera que se halle.
Repito: Uno llamando a Europa desde punto H-874. Cambio.
—Aquí Europa, en punto H-528 —oyó Brigitte la voz del hombre gordito y
sonrosado—. ¿Todo bien, Uno?
—Han matado a Mike. Pero tenemos a Savarianov y a su hija. En el hotel de
Budapest mataron a Katia Savarianov. Estamos viajando ahora hacia Budapest, por el
camino que admite más rapidez. Confirme unión de servicio en punto convenido.
Cambio.
—Confirmo unión. Los estaremos esperando en el punto de unión para
emergencia. ¿Algo más? Cambio.
—De momento, nada. Seguimos viaje. Cambio y fuera.
Colocó el micrófono y el auricular en su sitio, luego puso el tapacubos y se quedó
mirando amablemente a Brigitte.
—Encantado de conocerla —sonrió—. Es usted una chica valiente, Baby.
—Creo… que no he estado a la altura de las… circunstancias.
—Oh, sí… Sí que lo ha estado. ¡Ya lo creo que sí! A decir verdad, no esperaba
que me fuese tan bien con usted. Tiene una mente ágil, no vacila en matar si es
necesario, es fuerte…
—Pero estoy viva gracias a usted.
—Pues… Quizá sea cierto. Pero es bonito tener una deuda con un buen
compañero, ¿no le parece?
—Sí.
—¿Tiene frío?
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—Un poco.
—Pues adentro. —Número Uno le dio una cariñosa palmada en una mejilla—.
Usted es de las mías, Baby. Dejando aparte el hecho de que no puede exigírsele a una
mujer que tenga la misma resistencia física que un hombre como yo. Si así hubiera
sido, la cosa me parecería casi grotesca, y usted un bicho raro.
—¿Ha sentido mucho la muerte de Mike?
Número Uno tardó un par de segundos más en contestar:
—Era un espía, y ha muerto como tal. No tengo por qué sentir nada especial por
su muerte.
—Sin embargo, se jugó la vida por ayudarme a mí. Usted solo habría cruzado el
río mucho más deprisa.
—No venía de unos segundos. Vuelva al coche.
Brigitte cogió entre sus manos una de las del espía.
—Gracias, Uno. Nunca lo olvidaré.
—Vuelva al coche —gruñó Número Uno.
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Capítulo VI
Hacia las ocho de la mañana, ya casi de día, el coche pasaba por Gyongyos. Pero no
continuó hacia Budapest, sino que se desvió hacia el nordeste, rumbo a Eger, al pie de
los Montes Matra. Es decir, que retrocedieron, abandonando aquella autopista
principal que conducía directamente a la capital húngara, por una carretera
secundaria.
Y a mitad de camino entre Gyongyos y Eger, el coche abandonó esa carretera
para tomar un camino de tierra, pero en buen estado relativo. Lo siguieron durante
cuatro o cinco millas antes de detenerse, cerca de una casita de tejado de pizarra, muy
agudo.
Un hombre salió de la casa y empezó a caminar hacia el coche. Brigitte tardó
apenas un par de segundos en reconocerlo como el ayudante personal y directo de
Europa, o sea, el mismo hombre que le había abierto la puerta de aquella bonita casita
con flores de otoño en Mónaco, en La Condamine.
Y aquel hombre llegó junto al coche, se detuvo y le hizo una seña a Número Uno.
Éste se apeó, se acercó y estuvo un par de minutos charlando con él. Luego, mientras
Simón se quedaba cerca del coche. Número Uno fue a la casa.
Salió diez o doce minutos más tarde, llevando un sobre de color crema en una
mano. Regresó junto al coche, fue a la portezuela que daba al asiento del conductor y
la abrió.
—Ven, Ferenc.
El húngaro salió prestamente y los dos se alejaron unos pasos. Número Uno le
tendió el sobre.
—No creemos que puedas sernos de utilidad en Hungría, por lo menos durante un
tiempo. En este sobre tienes dinero y una documentación falsa, a nombre de Omar
Beanahares, ciudadano marroquí. Ahora, partirás hacia Eger, a pie. No tienes prisa.
Allá estarás un par de días. Luego sales hacia Budapest, y ahí tomas el avión hacia
Viena… Todo esto, con el nombre de Virgil Groyor, cuya documentación también
está en el sobre. Desde Viena, y con esa misma documentación, saltas a París cuatro o
cinco días más tarde. Desde París, tras una permanencia mínima de cuatro semanas,
te vas a Casablanca, ya con el nombre y pasaporte de Omar Beanahares. Y en
Casablanca, te dedicas a vivir tranquilamente hasta que uno de mis compañeros te
visite y te encargue algún trabajo o te dé nuevas instrucciones. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Pues buen viaje, Ferenc.
El húngaro estrechó cálidamente la mano de Número Uno.
—Gracias, señor. Y si algún día puedo serle útil…
—Sé que eres un fiel agente colaborador de la CIA, Ferenc. Lo tendré siempre en
cuenta.
—Me refería a lo personal, señor. Si alguna vez, de un modo personal, me
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necesita, yo haré todo lo que usted me mande.
—Puede que llegue ese día. Hasta entonces, buena suerte.
—Lo mismo le deseo.
El húngaro cogió el sobre, miró hacia el coche haciendo un gesto de despedida y
empezó a caminar, alejándose de la casita. Número Uno estuvo mirándolo unos
segundos, antes de acercarse al coche y abrir una puerta.
—Iremos a la casa —dijo.
***
Europa estaba sentado en un sillón, bebiendo un gran vaso de leche. Sus astutos
ojillos simpáticos concedieron primordial y casi única atención al ruso llamado
Markos Savarianov. Éste era un hombre de estatura mediana, cabellos canos, delgado,
mirada inteligente y cansada… Debía de tener unos cincuenta años, pero parecía algo
mayor, sin duda por la total ausencia de ejercicios físicos en su sistema de vida.
Mantenía a su hija abrazada por la cintura, y toda su actitud era la del hombre
asustado… Sobresaltado, más bien.
—Lamento lo sucedido —dijo de pronto Europa, en ruso—. Pero créame, señor
Savarianov, que no ha sido por falta de interés nuestro en evitar los sucesos
desagradables.
Markos Savarianov llevó a su hija hacia el sofá, y los dos se sentaron, muy juntos.
El científico soviético se pasó una mano por la frente, como si estuviese aturdido,
antes de musitar:
—Puede hablar en inglés, señor. Lo entiendo perfectamente.
—¿Y su hija no? —preguntó en el acto Número Uno.
—No, señor. —Savarianov lo miró como asustado—. Ella no tiene nada que ver
con mi profesión, con mis planes… Ni fue obligada a estudiar el inglés científico y
social.
—Perdone la extrañeza de mi amigo —gruñó Europa—. Igual que usted, ha
pasado muy mala noche, y su humor no es bueno. Sin embargo, todos nos hacemos
cargo de su dolor, señor Savarianov, créame.
Markos Savarianov abatió la cabeza.
—Yo… temía algo de esto. Sé muy bien que no es fácil escapar de Rusia, señor…
Y lo intenté. La culpa es mía, en muy buena parte. No debí intentar… intentar
abandonar la Ciudad de las Estrellas. Pero ya está hecho, y nada tiene remedio.
También ustedes han perdido un amigo. Él hizo todo lo posible para que yo pudiese
escapar…, y lo consiguió.
—¿Cómo escapó usted? —preguntó Número Uno.
—En un tronco, como él me indicó. Creí que iba a morir de frío en aquellas
aguas… Les aseguro que si llegué fue más por la esperanza de ver a mi esposa y a mi
hija que por fortaleza física…
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Europa dirigió una hosca mirada a Número Uno, el cual se retiró, no menos
hosco, hacia una ventana…, seguido por la comprensiva mirada de Brigitte, que sabía
mejor que nadie, al parecer, lo que pasaba en el ánimo de aquel espía absolutamente
excepcional.
—Lamentamos mucho lo de su esposa, señor Savarianov —insistió Europa—.
Debo admitir que fue un fallo por nuestra parte, pero… no voluntario. Cualquiera de
mis agentes que estaban con su esposa y su hija hubiesen dado la vida por resolver las
cosas de otro modo.
Markos Savarianov encogió los hombros.
—¿No podré ver a mi esposa? —musitó.
—Mmm… En Estados Unidos, sí. Le garantizo que ella saldrá hacia allá en el
mismo vuelo que ustedes dos.
Por el momento, está en lugar… seguro. Bien, quiero decir…
—Le entiendo, señor. Ya digo que la culpa es mía. Para serle completamente
sincero, le diré que estoy arrepentido de mi escapada… Muy arrepentido.
—La NASA le está esperando a usted con los brazos abiertos, señor Savarianov.
Nuestro agente de Moscú nos informó de que su más ferviente deseo era trabajar en
los adelantos espaciales a favor de Estados Unidos. Quiero que comprenda el gran
trabajo que nos ha costado sacarle a usted de Rusia. No sólo nos ha costado la vida de
uno de nuestros mejores agentes en Moscú, sino la supresión de un grupo de agentes
que han quedado «ciegos» allá, sin ese agente. Habrá que retirarlos, reestructurar una
nueva red… Eso cuesta mucho tiempo y mucho dinero… Y es peligroso. Luego,
quisiera informarle a usted de que hemos arriesgado a nuestro mejor hombre en
Europa para ayudarle. Él ha montado todo el tinglado de salida, los puntos de
contacto, ha movilizado una decena de agentes en Hungría y Rusia… Estuvo un mes
dedicado exclusivamente a estudiar su plan de salida, la ruta a recorrer, el punto por
donde usted debía cruzar la frontera; y exigió que fuese nuestro mejor hombre en
Moscú quien le acompañase a usted hasta la frontera, siempre mirando por su
seguridad personal. Aparte de eso —señaló a Número Uno—, ese hombre indicó a su
esposa y a su hija la conveniencia de abandonar Budapest hace dos días, hacia Roma.
Las dos se negaron a salir de la capital húngara sin usted. Le digo todo esto para que
comprenda que no hemos escatimado esfuerzos, gastos y recursos destinados a un
final mucho más feliz que el presente.
Markos Savarianov volvió a encoger los hombros. Se le veía cansado, vencido.
—¿Cuándo podré ver a mi esposa, señor?
—No antes de la noche, en que partirá usted hacia Estados Unidos.
—¿Esta misma noche…?
—Convendría que fuese ahora mismo. Pero eso sería muy peligroso. En cambio,
esta noche las cosas serán bastante simples para todos.
—¿Qué haremos hasta entonces?
—Ustedes, descansar. Nosotros nos cuidaremos de que no surjan más
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contratiempos. Savarianov miró a su hija y luego musitó:
—¿No será peligroso permanecer tantas horas en Hungría?
—Bajo nuestro cuidado, no. Todo habría resultado mucho mejor si hubiésemos
sido… obedecidos desde el primer momento. No es que me dedique ahora a censurar
a su esposa, señor Savarianov… Sólo quiero asegurarle que todo saldrá bien a partir
de ahora si usted y su hija siguen nuestras indicaciones.
—Las seguiremos —musitó el científico ruso.
—Será mejor que descansen ahora. Mi amigo les llevará a dos habitaciones donde
esperamos que estén confortablemente instalados durante las doce horas siguientes. Y
no se preocupen por nada.
Simón les indicó el camino, y los rusos fueron ante él hacia las habitaciones.
Europa, Número Uno y Baby Montfort quedaron solos en la estancia. El primero
miró a Brigitte con cierta ironía.
—Parece que no lo ha pasado usted muy bien, Baby.
—En cambio, usted continúa cuidándose mucho. Su barriga será cada día más
voluminosa, Europa.
—No es cosa que me preocupe. En cambio —dirigió una rápida mirada a Número
Uno, que continuaba ante la ventana, mirando al exterior—, parece que Uno está un
tanto… sombrío. ¿Es así, Uno?
El espía se volvió lentamente.
—Estoy pensando en Mike.
—¿Por qué? Ya está muerto, ¿no? Es evidente que todo tiene un precio. Nosotros
hemos pagado con una moneda llamada Mike. Los Savarianov han pagado con la
vida de esa desdichada mujer. Olvidemos a Mike y sigamos trabajando.
—Para usted es fácil olvidarlo, porque no lo vio como yo, colocado en un jeep
como… como un oso o un venado. Tenía los ojos abiertos y la espalda llena de balas.
—Los espías no mueren en la cama, Uno.
—¡Ya lo sé! Pero no me ha gustado la muerte de Mike. Sé que cientos de espías
son asesinados por la espalda… Y no me gusta. Los tiros en la espalda indican
traición o asesinato.
—O que el espía estaba huyendo —dijo secamente Europa.
—¿Qué quería que hiciese? ¿Hacer frente a cien o doscientos «vopos»?
—Usted lo hizo.
—Nosotros lo hicimos —dijo enfáticamente Uno, señalando a Brigitte y a sí
mismo—. Pero no eran doscientos, ni cien… Ni siquiera cincuenta. Fue un golpe de
suerte. Ya se lo advertí: yo tenía que haber pasado a Rusia, para ayudar a Mike.
—Mike está muerto —dijo duramente Europa—. ¡Por tanto, olvidémoslo!
—¡No es tan fácil! ¡Yo he estado tres años con Mike, en Rusia! Era… era astuto y
tenaz… Tenía una capacidad de improvisación como no he visto otra. Era uno de esos
espías… de esos espías idiotas que se encariñan con… con el compañero. En varias
ocasiones me arrastró con él… Decía que teníamos que hacer alguna pequeña cosa. Y
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esa pequeña cosa era llevar a un compañero hasta el mar del Norte, o el Negro, o
cruzarlo hasta Estambul, o llevárnoslo por los tejados rusos hacia donde esperaba un
coche, o un avión especial… ¿Qué malditos demonios es lo que usted quiere que
olvide?
—Quiero que olvide que Mike vivió alguna vez, Uno. Ya está muerto, yo lo
siento, usted lo siente, todos lo sentimos… ¿Qué espera después de esto? ¿Que lo
resucite?
—Ese… ese sabio, o científico, o lo que sea…, no vale nada. ¡No vale nada,
comparado con Mike!
—Mike no lo pensó así, puesto que dio su vida para que Savarianov pudiese
cruzar la frontera.
Número Uno cruzó los brazos y se quedó así, con el cigarrillo colgando de los
labios, inmóvil, fija la mirada en el suelo durante unos segundos. Por fin, asintió con
la cabeza.
—Sí… Eso es lo que hizo Mike… Por tanto, yo aseguro ahora mismo lo
siguiente: ese tipo ruso va a llegar a Estados Unidos, quiera él o no quiera, y pese a
quien pese.
Europa se puso en pie.
—Iré a ver si están bien acondicionados.
Brigitte esperó a que saliese Europa. Entonces fue a la mesita, cogió las cerillas,
encendió una y acercó la llama a la punta del cigarrillo que el espía tenía en los
labios. Número Uno encendió el cigarrillo y de pronto miró a Brigitte.
—¿Decepcionada? —Gruñó.
—¿Decepcionada? —sonrió la divina—. ¿Por qué, Uno?
—Creo que me he mostrado estúpidamente sentimental.
—Son puntos de vista —sonrió ella dulcemente.
—¿Sí? Y… ¿cuál es el suyo?
—Más o menos, el mismo que el de usted.
—No me diga.
Baby encendió un cigarrillo, dio una fumada y se quedó mirando el humo,
pensativamente.
—Creo que Europa es quien tiene razón, Uno —musitó—. No somos un equipo
de muchachos que se juegan la honrilla del colegio… Somos algo mucho más serio y
más… insignificante a la vez. No hace mucho, alguien me dijo que los espías no
existimos y que por tanto, cuando muere un espía que ha sido un buen compañero,
nosotros tenemos todo el derecho del mundo a ser… estúpidamente sentimentales.
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Capítulo VII
Europa señaló el gran mapa de Hungría que tenía desplegado en la mesita, a la vista
de todos.
—El plan es el siguiente en estos momentos. Un hidroplano nos está esperando
en…
—¿Un hidroplano? —musitó Uno—. Creí que saldríamos del aeropuerto de
Budapest en un avión comercial norteamericano…
—Ése era el plan inicial, Uno. Pero las cosas han cambiado considerablemente,
de modo que me he permitido modificar algunos detalles de su plan inicial. Es de
suponer que el aeropuerto estará vigilado. Lo mismo sucederá en toda Budapest, por
supuesto. En estos momentos, las fotografías de Markos Savarianov y su hija estarán
circulando con gran profusión por toda la ciudad. Y por toda Hungría, en realidad. Y
por Checoslovaquia, naturalmente. Incluso por Rumania. Éste es un juego muy serio,
en el que los rusos están jugándose demasiado. Evidentemente, han comprendido ya
que Savarianov quiere marchar de Rusia por propia voluntad. Lo demostraron al
matar a su esposa. Es posible que esperen que él se asuste y vuelva a Rusia. Pero
como eso no va a suceder, debemos transformar los planes según convenga… ¿De
acuerdo?
—Sí… Por supuesto, señor.
—Bien. Entonces, vamos a olvidarnos de ese avión comercial de nacionalidad
norteamericana y ciñámonos a la realidad que nos interesa. Entonces, digo, el plan es
el siguiente: usted, Uno, saldrá el primero, solo en el coche, hacia Budapest…
—Es más que posible que le descubran muy pronto —musitó Brigitte.
—Es posible —admitió Europa—, pero sé que eso no preocupa demasiado a
Número Uno… ¿O sí, Uno? Éste asintió con un gesto.
—Siga.
—Bien… Veamos: usted saldrá el primero, en su coche. Se va a dar unas cuantas
vueltas por Budapest, siempre en el coche. Estoy seguro de que sabrá muy pronto si
lo siguen o no. Si así fuese, dedíquese toda la noche a dar vueltas por la ciudad. Si
antes de la una está seguro de que ha despistado a quienes puedan seguirle, diríjase al
Danubio en su orilla izquierda, justo en el punto de Puente Isabel. Siguiendo esa
misma orilla hacia abajo, encontrará una lancha llamada Milosk. Es una buena lancha,
pintada de blanco y azul, veloz Cuando llegue, deberá asegurarse de que todo está
bien y entonces encenderá la luz roja. Muy poco después, apenas un minuto,
llegaremos nosotros cinco. El plan consiste en viajar Danubio abajo hasta
Dunafoldvar. De este modo evitamos utilizar el coche, vehículo que estará más
vigilado, teniendo en cuenta que se puede intentar ir con él hacia Austria, o cualquier
otro país. Una vez en Dunafoldvar, un agente residente en Hungría nos estará
esperando en su coche, y como ese coche no procederá del Norte, la cosa será más
fácil. En ese coche llegaremos a Síófok en poco más de una hora. De Siófok al lago
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Balaton hay un paso. En el lago Balaton nos estará esperando una balsa de troncos, la
cual nos llevará, sin luces, hacia el centro del lago. Y allí estaremos, sobre las aguas,
hasta que a las cinco de la mañana aparezca el hidroavión procedente del Adriático.
Cuando esté en el centro del lago, el avión lanzará una bengala verde, y nosotros
replicaremos con una roja. Luego encenderemos una amarilla en la balsa, para fijar
nuestra posición. El avión amarará, nos recogerá y nos llevará a Venecia. Desde allí,
todo será muchísimo más fácil. ¿Ha quedado bien entendido?
—Sí.
—No sé —musitó Brigitte—. ¿Por qué dejar solo a Número Uno?
—Porque, querida, él se mueve mejor solo que en compañía de cualquier persona.
Eso, en primer lugar. ¿Otro motivo? Pues aquí lo tiene: si hay alguien capaz de darse
cuenta de cómo están las cosas en Budapest ese alguien es Número Uno. ¿Usted
habla húngaro?
—No.
—¿Qué quiere, entonces? ¿Que Uno la lleve a rastras por Budapest?
—No.
—¿Cree que le sería útil a Uno, de algún modo?
—Creo que no me necesita.
—Exactamente —asintió Europa—. Número Uno no la necesita ni a usted ni a
nadie. Por tanto, vamos a dejarlo solo. Él cumplirá su parte, nosotros entraremos en
Budapest por el sur y nos apostaremos en cierto lugar ya preparado, cerca de la
lancha Milosk. Si todo va bien, abordaremos esa lancha. Si Número Uno no ha
encendido la luz roja a la una de la mañana, tendremos que valernos del coche para
llegar directamente a Dunafoldvar, a pesar del riesgo que significa. Un riesgo tan
grande como entrar en coche en Budapest todos juntos, aunque sea por el sur.
—Reconocerán a Markos Savarianov —indicó Brigitte.
—Él se va a quitar la barba y se pondrá unos lentes. Vestirá de un modo más…
juvenil. En cuanto a Valentina Savarianov, tengo ya los tintes para su cabello, y
espero que eso y otro vestido, también muy moderno, serán suficientes. Ni a mí ni a
Simón nos conocen en Budapest. En cuanto a usted, todo lo que tiene que hacer es
permanecer callada en el coche, señorita… Girart. Si todos Cumplimos nuestra parte,
le aseguro que podríamos llegar hasta cerca la de lancha Milosk, para ver si Uno hace
la señal con la luz roja o no la hace. Si la hace, todos a la lancha. Si no la hace,
seguiremos viaje hacia el sur en coche, por arriesgado que sea, y Número Uno tendrá
que arreglárselas por sí solo para salir de Budapest y de Hungría… ¿Algo más?
—No.
—¿Usted, Uno?
—No, señor. Lo he entendido bien. Pero nos vamos a complicar un poco la vida.
—¿En qué sentido?
—Podríamos llegar directamente desde aquí al aeropuerto a la hora convenida
con el piloto que trabaja para nosotros. Y allá tomar todos el avión… En poco tiempo
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dejaríamos muy lejos Hungría.
—Eso, suponiendo que el aeropuerto no esté vigilado estrechamente —masculló
Europa—. ¿Lo considera descabellado?
—No, señor. Precisamente eso es lo más probable.
—Pues entonces haremos lo que yo he dicho: coche, lancha, coche, lago Batalon,
hidroavión, y hacia el Adriático. Quiero que todos me aseguren que lo han entendido
bien, especialmente Número Uno, que tiene la parte más comprometida y difícil.
Todos asintieron con la cabeza.
—No hay más que hablar, entonces. Usted saldrá a las siete, Uno. Es decir, dentro
de cuarenta minutos. Los demás, en mi coche, saldremos media hora después. Es
decir, con tiempo suficiente para que todos podamos cumplir nuestra parte con todas
las precauciones necesarias. No creo que se puedan admitir fallos.
Brigitte le dirigió una irónica mirada.
—Los fallos, señor, nunca son voluntarios, por lo menos en nuestra profesión. Si
quiere convencerse, vaya a preguntárselo a Mike, el amigo de Número Uno.
Europa miró francamente molesto a Brigitte.
—Es usted muy impertinente, señorita Girart.
—No se enfade —sonrió la espía—. A fin de cuentas, usted también lo es, con sus
exigencias respecto a que no haya fallos. ¿Usted no ha fallado nunca?
—Nunca. Cuando tengo algo que hacer, cuando se me ha ordenado algo, cumplo
sin fallos esa orden. Cueste lo que cueste. ¿Puedo rogarle que ayude a la señorita
Savarianov a teñir sus cabellos? Simón le dará el tinte que hemos traído.
—Usted piensa en todo, ¿no?
—En todo. El señor Savarianov será tan amable de afeitarse la barba. —Lo miró,
sonriendo—. Una barba crece pronto. Yo mismo le entregaré sus nuevas rocas señor
Savarianov.
Se levantó y fue con el científico ruso. Brigitte, Simón y Valentina Savarianov
también salieron de la estancia, y Número Uno quedó solo, mirando ceñudamente el
mapa.
***
De Brigitte se despidió en último lugar, mirándola con una cordialidad muy grata a la
espía internacional. Le tendió su mano, tan grande, fuerte y cálida.
—Quizá no volvamos a vernos —musitó Uno.
Ella dejó su mano en la de él algunos segundos, sonriendo.
—¿Por qué no, Uno? Todos sabemos que los planes de Europa no fallan nunca.
Nos veremos en la lancha Milosk. Y quizás en otras varias ocasiones, más adelante.
—Sería muy agradable para mí —sonrió también Número Uno—. ¿Hasta la vista,
entonces?
—Hasta la vista. Y hasta siempre, Uno.
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El excepcional espía saludó con la mano y salió de la casa. La noche se
presentaba clara, sin nubes, y parecía que no iba a ser tan fría como la anterior.
Brigitte se acercó a la ventana y vio la alta y atlética silueta caminando hacia el
coche. Pocos segundos después oía el motor al ser puesto en marcha, y luego el coche
se alejó. Quedó con la frente apoyada en el cristal, pensativa. Se sentía inquieta,
como en tantas y tantas ocasiones en que presentía que algo tenía que salir mal.
Conocía aquella sensación que nunca le había fallado. Parecía que todo estaba en
calma a su alrededor, que todo iba bien… Pero, de pronto, al menos así le había
ocurrido en otras ocasiones, algo fallaba. Y siempre había alguien que pagaba las
consecuencias de aquel fallo…
Algo había fallado con el agente llamado Mike. Algo había fallado con la rusa
Katia Savarianov… Y algo más tenía que fallar, lo sabía.
Respecto al cadáver de Katia Savarianov, Número Uno y Simón se habían
encargado, poco antes, de pasar la maleta del coche del primero al que viajarían ellos
cinco. Ahora, el cadáver de la pobre mujer iba en el portaequipajes de otro coche,
arrugado… Sí, arrugado dentro de una maleta. La rigidez post mórtem habría hecho
ya presa en ella, y aunque no quisieran deberían mantenerla en aquella postura hasta
que, pasadas setenta y dos horas, el cadáver perdiese la rigidez, y quedase blando,
tierno, como de goma… Seguramente, conocer todo esto no sería muy del agrado de
Markos Savarianov y su hija; pero ya se cuidaría bien el hombre llamado Europa de
que no se enterasen.
Simplemente, un par de días más tarde, ya en Estados Unidos, les diría que había
llegado el cadáver y se lo mostrarían en un bonito ataúd, muy bien arreglado,
taponado de modo que ya no despidiese el hedor de la muerte…
No podía repeler aquella sensación de inquietud. Se volvió hacia Europa y
musitó:
—Algo no va a salir bien, señor.
Europa la miró fijamente unos segundos. Luego inclinó la cabeza, se sentó en un
sillón y encendió, con mano que a Brigitte le pareció temblorosa, un cigarrillo.
La espía estuvo algunos segundos esperando la réplica del jefe de la CIA en
Europa, pero la respuesta no llegó.
Veinticinco minutos más tarde, Europa se puso en pie. Tanto él como Simón
estaban tan sombríos que Brigitte se ratificó en su presentimiento de que algo iba
mal.
—Nos vamos ya —susurró Europa—. Son las siete y media, casi. Y tenemos que
recorrer unas sesenta millas.
—Hasta la una tenemos tiempo sobrado, ¿no? —dijo Brigitte.
Simón fue hacia el interior de la casa y salió con una maleta pocos segundos
después; una maleta que, obviamente, no contenía ropas, sino algunos de los
componentes del equipo de espionaje… Se dirigió a la puerta, en silencio. La abrió y
señaló al exterior. Europa miró a los Savarianov y señaló hacia la puerta.
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La penúltima en salir fue Brigitte. Y el último, Europa, que desconectó la red
eléctrica de la casita.
Poco después estaban todos en el coche, a cuyo volante se había sentado Simón.
Europa lo hizo a su lado, cada vez más sombrío.
—Vámonos —dijo roncamente.
Estuvieron viajando, a una velocidad muy moderada, durante dos horas. Es decir,
tiempo más que suficiente para haber llegado a Budapest. La noche anterior, Número
Uno había recorrido aquella carretera a velocidad que doblaba holgadamente la que
imprimía Simón al coche… A las diez, estaban cerca de Budapest, en una pequeña
colina y fuera de la carretera. Simón había parado el motor y apagado todas las luces.
—¿Qué esperamos ahora? —preguntó Brigitte.
—Tiempo.
—Pero debemos llegar a los embarcaderos, y esperar allí la señal de Número
Uno.
—Sólo son las diez y unos minutos. Tenemos tiempo. Voy a hacerle un ruego,
señorita Girart: permanezca callada hasta que yo la autorice a hablar de nuevo.
Brigitte lo miró con los ojos entornados, pero no replicó.
***
A las doce, Brigitte Montfort había demostrado ya que su temple era fuera de lo
corriente. No había hablado ni una sola vez. Igual que los demás. El silencio era casi
opresivo dentro del coche. Los Savarianov permanecían muy apretados junto a ella, y
su silencio era más natural; seguramente tenían cosas suficientes en que pensar, y
preferían eso a hablar con espías norteamericanos.
En cuanto a Europa, que tanta prisa se había dado en salir puntualmente de la
casita, había perdido esa prisa apenas se hubo alejado de ella media milla. Y no la
había recuperado…
De pronto, Europa se inclinó, cogió la maleta que tenía en el piso del coche, junto
a sus piernas, y la colocó en sus rodillas. La abrió, removió unas prendas de vestir y
sacó una radio portátil, de un tamaño considerable, que aseguraba la comunicación a
no menos de mil millas.
Y efectuó una llamada.
—Atención, Hu-19… Le habla el agente de contacto It-44, llegado anoche de
Roma. ¿Puede contestar? Cambio.
Brigitte frunció el ceño y se quedó mirando, irritada, a Europa, debido a que éste
utilizaba el idioma húngaro, del cual ella conocía poco más de una docena de
palabras Pero permaneció silenciosa, sin protestar por la actitud poco cortés y, sobre
todo, poco conveniente de Europa, el cual debía haber llevado la conversación en un
idioma que tanto Simón como ella pudiesen seguir, para evitar luego las
explicaciones. Pero Simón sí parecía entender perfectamente el húngaro. Y Brigitte,
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que lo iba mirando de perfil desde atrás y por el espejo retrovisor, lo iba viendo cada
vez más sombrío y taciturno.
Europa estuvo hablando durante casi cinco minutos. Por fin, guardó la radio, dejó
la maleta a sus pies y miró a Simón.
—En marcha.
Simón obedeció, en silencio, tan sombrío ya, que Brigitte pensó que algo malo le
estaba sucediendo.
—¿A quién ha llamado, Europa? —preguntó.
—A un agente húngaro. Ha estado trabajando con nosotros durante algún tiempo,
pero hace poco nos enteramos de que, en realidad, es un agente doble, favorable a los
soviéticos.
—Oh… ¿Lo ha citado en algún lugar, para eliminarlo?
—Por supuesto que no. Le he dicho que todo ha salido bien, que tenemos con
nosotros a Markos Savarianov y su hija y que nos dirigimos ahora a Budapest, donde,
a la una en punto, si todo va bien, abordaremos la lancha Milosk para navegar hasta
Dunafoldvar, luego viajar en coche hasta Siókof y, finalmente, que tomaremos la
balsa hacia el centro del lago Balaton, donde seremos recogidos hacia las cinco de la
madrugada.
Brigitte parpadeó.
—¿Le ha contado todo eso a un agente que nos está traicionando hace tiempo?
—Efectivamente.
—Supongo que ya ha calculado usted la… «posibilidad» de que ese hombre
comunique inmediatamente a la MVD todos los planes que tenemos.
—Así lo espero y deseo.
—¿Lo espera y desea…? Pero… ¡No comprendo, señor! Es seguro que la MVD
enviará a todos sus hombres a la lancha Milosk, y nos atraparán allí… ¡No podremos
llegar nunca al lago Balaton para ser recogidos por el hidroplano!
—No vamos al lago Balaton —gruñó sordamente Europa—, sino al aeropuerto de
Budapest, donde a la una nos podremos cobijar clandestinamente en un avión de
carga norteamericano. El piloto trabaja con la CIA. ¿No puede entender eso?
—Sí… Sí, sí, pero… Pero ése era el plan de Número Uno, y usted dijo que
convenía abandonar tal plan, y que…
Brigitte Baby Montfort palideció, de pronto. Casi se sintió mareada, y con un frío
tal en el rostro que se estremeció, casi lanzó un grito de espanto, de incredulidad, de
rabia al fin…
—¿Ya lo ha comprendido? —musitó Europa.
—¡No! ¡No quiero comprenderlo, no puedo…, no puedo creerlo…!
—Es la verdad. Lo siento.
—Pero ¡usted ha ofrecido como carnada al mejor hombre que tiene en toda
Europa!
—Ya le dije que yo nunca fallo. Tengo que llevar a Markos Savarianov a ese
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avión al aeropuerto de Budapest. Y voy a llevarlo.
—¡Pero a costa de sacrificar a Número Uno!
—Obedezco órdenes. Caiga quien caiga, tengo que conseguir que el científico
ruso llegue a Estados Unidos. En cuanto al sacrificio de Número Uno, no es culpa
mía. Se me indicó claramente que debería recurrir a ese procedimiento si era
necesario. Y yo no discuto las órdenes tanto como usted.
—Dios mío… Simón, ¿lo está oyendo todo? ¿Está de acuerdo con esta asquerosa
traición hacia nuestro mejor compañero en Europa?
—No. Pero no quiero hablar de eso. ¡Déjeme en paz, Baby!
—¡En paz…! ¡Dudo mucho que ustedes puedan estar en paz alguna vez después
de esto! ¿Están locos? Han engañado a Número Uno, le han mentido, ¡le han
vendido! Ustedes ni siquiera… ni siquiera saben negociar. Estoy segura de que entre
Uno y yo les habríamos colocado a los Savarianov donde fuese: en Washington, en
Cabo Kennedy, en Houston… ¡Lo habríamos conseguido! Pero no: ustedes no
quieren riesgos. Y caiga quien caiga, han de conseguir su objetivo, en el día y hora
señalados…
—No había otro remedio de conseguirlo, por mucho que usted diga.
—¡Pero se podía intentar!
—No se trata de intentarlo, sino de conseguirlo. Y tenga en cuenta que, una vez
más, y en cierto modo, Número Uno está prestando un servicio a la CIA.
—Y como premio, la CIA le da la más asquerosa traición de que tengo noticia.
Caiga quien caiga, queremos a Savarianov en Washington en tal fecha…
Se calló de pronto.
Miró a Markos Savarianov, que, por supuesto, lo había entendido todo, y parecía
muy impresionado. Valentina permanecía indiferente, tras la primera mueca de
sobresalto ante la discusión que ella no entendía.
Brigitte se echó atrás en el asiento, como si quisiera hundirse en aquel rincón para
siempre. Estuvo silenciosa, fruncido el ceño, durante un cuarto de hora, mientras el
coche rodaba ya por las afueras de Budapest…
De pronto, metió la mano bajo su falda, dio un tirón a la pistolita de cachas de
madreperla, y colocó la punta del cañón en la nuca de Europa.
—Dígale a Simón que pare el coche.
—¿Está loca? —Respingó Europa—. ¿Qué hace…?
—Dígale que detenga el coche, Europa, o, caiga quien caiga, el coche va a
detenerse de todos modos. Se lo garantiza Baby.
—Pare, Simón…
El agente de la CIA obedeció. El coche se detuvo junto al arbolado que flanquea
la carretera de entrada a Budapest llegando de Hatvan. Europa quiso decir algo, pero
Brigitte se apeó rápidamente y le abrió la portezuela. Fue tan rápida, que Europa no
tuvo tiempo ni de moverse.
—Baje, Europa. Y usted también, Simón. Bajen todos.
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—No sabe lo que está haciendo —musitó Europa—. Esto le costará muy caro,
Baby.
—Número Uno me ayudará a pagar. Baje, señor, o le pego un tiro en esa
barrigota. Se lo prometo. Usted baje también por aquí, Simón. Y ustedes, ¿qué están
esperando?
Markos Savarianov tradujo a su hija la orden de Brigitte, y los dos se apearon,
cuando ya lo habían hecho Europa y Simón. Brigitte miró la maleta que llevaba
Europa, y entonces señaló a Simón.
—Saque la otra maleta del portaequipajes, Simón. ¡Deprisa! Y le suplico que no
me obligue a disparar. Simón obedeció. Descargó del coche la maleta que contenía el
cadáver de Katia Savarianov, y se quedó mirando a Brigitte con una contenida
expresión aprobativa. Posiblemente, estaba de acuerdo con ella, pero no podía
decirlo.
—Ahora, caminen alejándose de aquí.
—Tenemos que llegar al aeropuerto antes de la una —musitó Europa—. Si nos
deja sin coche, no lo lograremos.
—Hagan autoestop. O roben un coche, ustedes deben de tener algunos recursos
para situaciones como ésta, ¿no? O pueden correr, señor: una buena carrera le sentará
estupendamente a su barriga. Son las doce y veinte, de modo que tiene tiempo de
llegar al aeropuerto… como sea. Y ahora, caminen. Aléjense.
Los cuatro obedecieron. Cuando estuvieron lejos, Brigitte entró en el coche, lo
puso en marcha, y salió de allí a toda velocidad. Tenía que llegar a tiempo… Y le
importaba muy poco cómo se las arreglasen unas personas cuyo lema era «caiga
quien caiga».
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Capítulo VIII
A la una menos tres minutos, Número Uno detuvo el coche en la punta de la avenida
de Ferenc-Jozse, cerca del Puente Isabel. Permaneció en el vehículo medio minuto
más, acabando el cigarrillo, vigilante. Había tenido mucha suerte… O mucha
habilidad, quizá, ya que nadie lo había estado siguiendo por Budapest durante
aquellas horas. Incluso había cenado tranquilamente en un restaurante de Rákáczi
Utcza…
A la una menos dos minutos y medio se apeó del coche, lo cerró, y se dirigió
hacia las escalinatas del embarcadero, lentamente. A la una menos un minuto había
localizado la lancha Milosk, inmóvil sobre las negras aguas del Danubio.
A la una menos medio minuto, abordaba la lancha, abría la puerta de la cabina y
entraba rápidamente. Había visto ya desde fuera que las cortinillas que adornaban los
cristales que rodeaban completamente la cabina estaban corridas, de modo que podía
encender tranquilamente su linterna, buscar el interruptor de la luz de batería de la
lancha, localizar los mandos y encender la luz roja…
Se encendió la luz de pronto. No la luz roja, sino la del interior de la cabina.
Y Número Uno ni siquiera completó el movimiento de su mano derecha hacia el
sobaco izquierdo. Se quedó mirando a los tres hombres que estaban sentados en el
pequeño saloncito de la lancha. Dos de ellos le apuntaban con grandes pistolas
provistas de silenciador. El otro lo miraba fríamente, con sosiego, fríos los ojos, que
parecían tan duros como un témpano.
—Bien venido, Número Uno.
Número Uno no se alteró. Al menos aparentemente. Tan sólo en un lado de su
boca hubo una ligera crispación. Se quedó mirando al hombre, delgado, pelo al cero,
de mejillas chupadas, boca tan delgada como un corte seco en una manzana.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?
—Siéntese —invitó siempre fríamente el otro—. Estará más cómodo, Número
Uno.
—Salgan de mi lancha. No sé de qué hablan, pero no pienso permitirles que…
—Siéntese. Y no pierda el tiempo hablando. Sabemos de usted todo cuanto
precisamos. Sea tan inteligente de entregar su pistola… con buenos modales. No me
decepcione, Número Uno.
La mano derecha del espía americano sacó la pistola y la entregó mansamente a
uno de los dos hombres que le apuntaban con las grandes automáticas.
—¿Algo más?
—Por el momento, no. Y como veo que no quiere sentarse, haremos una pequeña
prueba, que quizá destruya cierto mito sobre usted. —Miró a uno de sus compañeros
y dijo—: Pégale.
El otro obedeció. Se acercó a Número Uno y le golpeó en los riñones con la
pistola. Número Uno apenas se movió. El golpe tuvo que ser repetido, pero era como
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golpear sobre roca auténtica, sobre acero más bien. El tercer golpe, empero, aflojó un
poco su resistencia.
—En la cara —dijo el pelado al cero.
El otro pasó delante de Número Uno y le golpeó con la base de la culata de su
pistola bajo la barbilla. Número Uno apenas se movió un par de pulgadas hacia atrás.
Sus ojos permanecían fríos, inexpresivos, como congelados. Encajó un segundo
golpe, y se limitó a pestañear, a pesar de que la sangre resbaló hacia su cuello por el
corte abierto en la barbilla.
—No le pegues más —susurró el pelado al cero, con claro tono de admiración—.
Quien resiste esos cinco golpes como él, puede aguantar mucho todavía. Sin
embargo, es de esperar que Número Uno no nos obligue a dedicarle toda la noche.
¿Está de acuerdo, Número Uno?
—No sé de qué está hablando, ni quién cochinos demonios es usted… ¿Puedo
fumar?
—Fume.
Número Uno encendió un cigarrillo, mientras su negrísima mirada se deslizaba
torvamente hacia el hombre que le había golpeado, y luego hacia el otro, que le
vigilaba con absoluta atención.
—Nos gustaría que lo intentase —sonrió el pelado—. Es usted tan famoso en
todo el mundo, que todavía no podemos creer que no se le ocurra algo para salir de
ésta. ¿Ni siquiera se le ocurre algo…?
—La cosa parece difícil —sonrió prietamente Número Uno—. Pero siempre hay
una oportunidad.
—En esta ocasión, no. Es una trampa muy cerrada.
—¿Son ustedes muchos?
—Tres solamente.
—¿Tres? —Uno achicó los ojos—. ¿Y afuera?
—Afuera, nadie. De verdad. No tenemos por qué compartir los cien mil rublos
con otros agentes, Número Uno. Oh, claro, le supongo enterado de que la MVD nos
tiene prometida una recompensa de cien mil rublos a quien lleve la cabeza de usted a
Moscú.
—Cantidad roñosa, señor…
—Igor… Llámeme Igor, y es suficiente. Mire, Número Uno, las cosas pueden
presentarse de dos formas: fáciles y difíciles. Nosotros queremos que para usted todo
resulte fácil. Díganos quién es su jefe y dónde tiene su base en Europa y nos
limitaremos a matarlo de unos cuantos balazos. De lo contrario… tenemos toda la
noche por delante para «convencerle». Pero sea sensato: tome la decisión fácil.
—Si me gustasen las cosas fáciles, yo no sería Número Uno —dijo burlonamente
el americano—. Es cuanto a lo de tener toda la noche por delante…, lo dudo.
—¿Espera que algún amigo vendrá a ayudarle? —sonrió Igor, mirando su reloj—.
Pues olvide esa esperanza: ya hace unos minutos que han salido hacia Estados Unidos
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en un avión comercial americano. Mire, Número Uno, la cosa es muy simple: vamos
a matarlo a usted, ya que eso es lo que queríamos nosotros particularmente. En
cuanto al resto del asunto, es mejor que lo olvide todo. Sólo díganos quién es su jefe
en Europa y le ahorraremos molestias. Lo mataremos, le cortaremos la cabeza y nos
iremos de aquí «pacíficamente». ¿De acuerdo?
Número Uno había entornado los ojos y fruncido el ceño. Parecía muy pensativo.
—¿Qué ha querido decir con eso del «resto del asunto»?
—Vamos, vamos… ¿Un hombre tan inteligente como usted no ha descubierto
todavía la jugada? ¿Aún no la ha comprendido?
—¿Qué jugada?
—Nosotros la hemos llamado Operación Estrellas. ¿De verdad no sabe nada de
esa operación?
—No.
—Bien. —Igor se acarició la barbilla—. Podemos hacer un trato, Número Uno:
yo le explico en qué consiste la Operación Estrellas y usted contesta luego a tres
preguntas mías.
—Acepto.
—¿No se precipita demasiado?
—Puesto que de todos modos tengo que morir, al menos que sepa qué es lo que
realmente ha estado ocurriendo.
—Si luego no contesta a mis tres preguntas, lo pasará mal. No serán unos cuantos
golpes, sino algo infinitamente peor. Y, de todos modos, para serle sincero, le diré que
tengo unos grandes deseos de explicarle la Operación Estrellas… Es un plan tan
astuto, tan bien montado y desarrollado en todos sus puntos, que incluso usted tenía
que tragarse el anzuelo.
—¿Qué anzuelo?
Igor volvió a sonreír, secamente, y señaló a uno de sus compañeros.
—Ve arriba a encender la luz roja. Sabemos que Savarianov y los americanos no
van a venir aquí, pero a lo mejor pica algún pez pequeño.
El hombre se dirigió al pequeño tramo de escalones de madera y subió a cubierta.
Pero Igor sacó su pistola y apuntó con ella a Uno, de modo que éste no obtuvo
ninguna ventaja con aquella disminución de personal que le vigilaba, ya que seguían
siendo dos las pistolas que le apuntaban, y la suya había pasado a poder del hombre
que había subido a cubierta.
—La Operación Estrellas, en realidad, es simple —dijo Igor—. Se puede contar
en menos de dos minutos…
***
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Budapest. Había que saber jugar con la traición, cosa en la cual, según parecía,
Número Uno era un consumado maestro, como en otras cosas…
No vio nada sospechoso, nada que pudiese ser considerado como motivo de
alarma. De modo que fue al tablero de mandos, bajó la toldilla roja y acercó la mano
al botón que encendería la luz roja de situación obligatoria para embarcaciones en
navegación o dispuestas a zarpar.
No llegó a tocar el botón.
Un pequeño guante negro pasó velozmente ante su rostro, y la mano diminuta
pero firme tapó con fuerza su boca. Simultáneamente, algo brillante partió de abajo…
Algo brillante, delgado, agudo…, y tan duro, que se clavó bajo la barbilla del espía
ruso, un poco inclinado hacia atrás. Y se clavó con tanta fuerza, que la punta del
punzón llegó instantáneamente al cerebelo del hombre, matándolo en una fracción de
segundo. En el acto, el espía quedó inerte, sostenido ya por dos manitas enguantadas
en negro, que lo fueron depositando con sumo cuidado en la cubierta, hacia un lado,
de modo que no quedase debajo mismo del volante de la lancha.
Luego, aquellas manitas registraron al muerto y encontraron muy pronto las dos
pistolas. La más grande quedó en la mano derecha y la otra, la que había llevado
Número Uno, en la izquierda.
***
—Bien —sonrió Igor—. Éste es el plan, Número Uno. ¿No cree que está muy
adecuado el nombre de Operación Estrellas?
Número Uno estaba palidísimo.
—Sin duda —admitió con voz ronca.
—¿Y no es magnífica la Operación Estrellas?
—Debo admitir que sí. Como interesado perdedor en el asunto, Igor, lamento que
lo hayan conseguido. Como espía, tengo que patentizar mi admiración hacia la MVD.
—Usted es un gran profesional, Número Uno, de veras. Supongo que ahora va a
negarse a cumplir su promesa de contestar a mis tres preguntas.
—En efecto: no pienso contestar a ninguna.
—Lo temía, por supuesto. Pero no he podido resistir la tentación de explicarle la
Operación Estrellas. Bien… Presiento que nos espera una noche muy dura a todos.
Especialmente a usted, claro. Recapacite… ¿No cree que es innecesaria su terquedad?
De todos modos va a morir. ¿Por qué hacerlo por quienes le han vendido?
—Si fuese por ellos, le diría todo cuanto usted quisiera, Igor. Es por mí. Usted
mismo acaba de decirlo: soy un gran profesional del espionaje. Sería… sería como
traicionarme a mí mismo si yo cediese tan fácilmente. Es mi amor propio el que más
se resentiría… ¿Lo entiende?
—Por supuesto. Está bien, Número Uno, como quiera. En cuanto baje Tanov
empezaremos… —El ceño de Igor se frunció—. ¿No está tardando demasiado Tanov,
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Makra? No, no… No subas a buscarlo; simplemente, llámalo.
—¿Tiene miedo de quedarse a solas conmigo, Igor? —sonrió Uno.
—Llámalo —repitió secamente Igor.
Makra alzó ligeramente la voz, llamando a su compañero… Y en aquel instante,
uno de los cristales que rodeaban el saloncito de la lancha saltó hecho pedazos y la
cortinilla fue arrancada violentamente… Una mano enguantada en negro apareció en
el hueco y una fina voz gritó en inglés:
—¡Corra, Uno…!
Enseguida el primer disparo, que alcanzó a Makra de lleno en el pecho, tirándolo
violentamente de espaldas. Fue un chasquido apenas audible, pero la potente
automática rusa envió un pesado proyectil de contundentes efectos.
Número Uno estaba ya a mitad del corto tramo de escalones de madera cuando
Igor, tras el sobresalto y la sorpresa, disparaba contra él, contra su espalda. Número
Uno se estremeció, pareció tropezar, se asió con ambas manos a la barandilla y dio un
tirón rabioso hacia arriba. Pero Igor, fuera del alcance visual de la ventanilla
reventada, volvió a disparar contra él. Lo vio estremecerse de nuevo un instante antes
de acabar de salir a cubierta, de perderlo de vista.
Y entonces Igor alzó el rostro hacia la ventanilla reventada, lista su pistola, para
disparar… Tuvo tiempo de ver aquel hermoso rostro femenino, de grandes ojos
azules…
Sólo eso. La gruesa bala de la automática le acertó de lleno en la frente, y toda la
parte superior de la cabeza saltó en pedazos, salpicando de sangre todo el saloncito…
Inmediatamente la gran pistola con el silenciador se desvió hacia Makra, que estaba
intentando incorporarse, gimiendo, agonizante… Y otro chasquido, otro disparo, que
pareció aplastar a Makra contra el suelo de golpe.
Y afuera, Brigitte se puso en pie y corrió hacia la salida de la cabina. Todavía
pudo ver a Número Uno caminando a trompicones por la cubierta, como si los pies le
pesasen mil veces más de lo normal… Y de pronto, tras un último traspié, Número
Uno chocó con el estómago contra la borda, se balanceó un instante en ella y cayó al
agua. El chapoteo de su cuerpo fue más ruidoso que los disparos que habían sonado
en la lancha.
Brigitte Montfort, alias Baby, no vaciló ni un segundo. Se asomó a la borda, vio el
círculo de blanca espuma, y se tiró justamente en su centro, de pie, buscando la
mayor penetración en el agua con la máxima rapidez.
Hubiese gritado de alegría de no haber estado bajo el agua. Así, se limitó a asir
frenéticamente a Número Uno, aprovechando que casi había caído encima de él.
Salió a la superficie con tantas dificultades que ya estaba convencida de que no iba a
lograrlo… Pero los dos salieron a flote. Ella alzó una mano y crispó los dedos en uno
de los orificios de desagüe de la lancha, sosteniendo con la otra a Número Uno, que
tosía débilmente expulsando bocanadas de agua…
—Uno… —jadeó Brigitte—. Tiene que sujetarse aquí. Aquí con la mano… Eso
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es… Por Dios, Uno, aguante…, sólo unos segundos… No suelte la mano…
Lo soltó, lentamente, y se quedó mirando al espía herido, que ni contestaba ni
daba señal alguna de haberla oído. Pero cuando miró aquella gran mano varonil, la
vio crispada en el borde del pequeño agujero circular; crispada con tal fuerza que
parecía capaz de romper la madera. Sin embargo, sabía que esa fuerza desesperada no
duraría mucho, de modo que escaló rápidamente el costado de la lancha, encontró dos
rollos de cuerda y ató el extremo de uno de ellos al tubo de la borda. Luego dejó caer
el rollo al agua y se deslizó por la cuerda, la cual amarró bajo los sobacos de Número
Uno.
—Ya puede soltarse, Uno… Suéltese, no se canse…
La cabeza de Número Uno colgaba inerte, igual que todo el cuerpo. Todo,
excepto aquella mano, que parecía clavada en el agujero. Brigitte tiró de ella,
arrancándola de allí. Luego, ya más tranquila, volvió a bordo, ató al tubo la otra
cuerda y dejó caer el extremo. De nuevo al agua. Y allá ató la cuerda por debajo de
las rodillas de Número Uno. Si con aquello no lo conseguía, tendría que pedir
ayuda…
Otra vez a bordo. Empezó a tirar de la cuerda que sujetaba los sobacos de Uno, lo
subió unas pulgadas y ató la cuerda al tubo con un rápido nudo marinero. Luego tiró
de la otra cuerda, y las piernas del espía ascendieron considerablemente. El mismo
nudo marinero, y nuevo tirón de la cuerda que sostenía el peso del cuerpo. Otro nudo
marinero, y de nuevo un tirón a la cuerda que sostenía las piernas del espía… Y luego
otra vez a tirar de la cuerda que sostenía el torso…
Las luces de Budapest llegaban hasta allí en abundancia, pero la hora no era
demasiado propicia para el paseo por las orillas del Danubio, de modo que, con un
poco de suerte, si las fuerzas no le fallaban, conseguiría izar a Número Uno, llevarlo
abajo y marcharse de allí…
Número Uno abrió un instante los ojos. Primero vio una mancha brillante. Luego,
algo que parecía un rostro humano, y que tardó unos segundos en concretarse. ¿O
todo fue en un instante tan sólo? Pero tuvo tiempo de ver aquel rostro dulce y
hermoso, los grandes ojos azules sonrientes, la boquita sonrosada…
—Estamos navegando —oyó como de muy lejos—. Tranquilo, Uno. Baby no te
abandonará.
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Capítulo IX
Míster Cavanagh recibió hoscamente a Brigitte en su despacho de la sede central de
la CIA. Le señaló una silla, la estuvo mirando unos segundos en silencio, y al fin
musitó:
—Esto es muy engorroso para mí, Brigitte… Supongo que lo entiende. Primero,
lo de Buenos Aires. Ahora, lo de Budapest. Quiero ayudarle, y lo haré ante el
Consejo que de nuevo ha reunido usted con su comportamiento, pero… Lo que
quisiera hacerle comprender es que no me gusta que me digan que tengo la agente
más díscola y rebelde de la CIA. Los Savarianov llegaron, y eso calma un poco las
cosas… ¿Qué le ocurrió para hacer aquello nada menos que con Europa? ¿Dónde ha
estado durante esta semana? Hace siete días que tenía que estar usted en Washington,
para…
—Señor, ¿dónde está ahora exactamente Markos Savarianov?
—En Cabo Kennedy, naturalmente. Se le ha instalado en una de las residencias de
los científicos. Y podremos…
—¿Podremos disponer de un avión para dentro de diez minutos?
—¿Un avión? ¿Para qué? El Consejo la está esperando en…
—Dejemos tranquilos a esos señores. ¿Quiere escuchar esto?
La blanca y delicada mano femenina dejó sobre el escritorio un diminuto
magnetófono a pilas, que inmediatamente empezó a dejar oír una voz… Y apenas dos
minutos después, míster Cavanagh, lívido de espanto, señalaba el aparato.
—Párelo —susurró—. No necesito oír más, por ahora.
Descolgó el teléfono de línea privada, pidió conexión con Transportes, y ordenó
la inmediata entrega de un avión, el más rápido disponible, listo para despegar cinco
minutos más tarde.
Luego se puso en pie, rodeó la mesa, tomó un brazo de Brigitte, y se dirigió hacia
la puerta, cojeando ligeramente. Allá, antes de abrirla, se detuvo y miró, todavía
pálido, pero sonriente, a la divina espía.
—Querida, ¿cómo es posible que siempre gane?
***
Markos Savarianov llegó al chalé que la NASA había montado para él hacia las ocho
de la noche. Y cuando entró en el espacioso living se quedó mirando, sorprendido, a
las personas allí reunidas.
Su hija estaba sentada en el sofá, y junto a ella había un hombre de gesto adusto.
Junto a la ventana había dos hombres más, altos y fuertes, también ásperos los gestos.
Luego estaba el general Thomas H. Carpenter, adscrito a la Asesoría de Vuelos de la
NASA. Y en un sillón, mostrando las bellísimas piernas de un modo simpático y
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despreocupado, aquella muchacha de los ojos azules, fumando en una bonita
boquilla, y mirándolo con ironía tan clara que Savarianov frunció el ceño.
—Buenas noches, profesor —saludó el general Carpenter—. ¿Tiene la bondad de
sentarse?
—Emmm… Sí, claro… Vengo un poco cansado…
—Pero muy satisfecho, ¿no es cierto? —sonrió la muchacha de los ojos azules—.
Oh, profesor, en una semana le ha vuelto a crecer su bonita barba entrecana. Está
usted más… atractivo así, de veras.
—Muy… muy amable. —Savarianov miró a su alrededor, desconcertado—. Bien,
señores, no comprendo…
El hombre que estaba sentado junto a su hija se puso en pie y se acercó cojeando
ligeramente. Tenía una mirada dura, fría, hosca.
—Se lo diremos en dos palabras, profesor Savarianov. Y entonces estamos
seguros de que usted comprenderá.
—Bien… ¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué palabras son ésas?
—Operación Estrellas.
Markos Savarianov se irguió como si acabase de recibir un latigazo. Su mirada
fue inmediatamente hacia su hija, que asintió serenamente con la cabeza.
—Parece… —musitó el ruso— que saben más de lo conveniente, señores.
—Más de lo conveniente para usted, Savarianov —dijo míster Cavanagh—.
¿Tiene la bondad de escuchar?
Se volvió hacia la muchacha encantadora, la cual abrió su bolso, sacó un pequeño
objeto metálico y apretó algo con un dedito. En el acto, el living se llenó con la muy
personal y recia vez del hombre llamado Número Uno:
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estén más adelantados de lo que se admite, la URSS
decidió enterarse de ello, y, si así era, sabotearlos.
Para ello se designó a Savarianov, cuya misión, en lugar
de ayudar a la NASA, consistía en entorpecerla, apoyado
en su gran prestigio mundial. De este modo, mientras en
la Ciudad de las Estrellas se trabaja intensamente en el
proyecto definitivo, Savarianov iría frenando la buena
marcha de los científicos americanos con teorías y
pruebas que a nada conducirían. Al mismo tiempo, por
medio de su hija, iría pasando información a Rusia,
trasladándola por medio de espías que operan en Estados
Unidos. Su hija, Valentina Savarianov, ha sido educada en
una escuela de espionaje, y actualmente se la considera
como una de las muchachas más «prometedoras» de la MVD.
Ella fue, de un modo astuto, quien hizo posible que
nuestro compañero operante en Moscú, llamado Mike, se
pusiese en contacto con Savarianov, de modo que llegaron
al acuerdo de que éste escaparía de Rusia a Cabo
Cañaveral. Se resalta el detalle de que Markos Savarianov
tenía preparada la huida por la propia MVD, la cual
utilizó toda su astucia para que nosotros, la CIA,
estuviésemos convencidos de que nos llevábamos a
Savarianov. A tal fin, y para dar a este científico ruso
un tono humano, se le enviaba con su esposa y su hija.
Pero su esposa no era tal. Katia Grovenko Tar, casada con
Markos Savarianov hace veintitrés años, está moribunda,
no sé con qué enfermedad, en un hospital moscovita.
Entonces, se le «asignó» a Savarianov otra esposa, ya que
no sería digno de crédito para nosotros que el hombre
escapase de Rusia dejando moribunda a su esposa, que, en
estos momentos, debe de haber fallecido ya. La mujer que
acompañaba a los Savarianov era otra agente secundaria de
la MVD, la cual no sabía que estaba destinada a morir en
Budapest, precisamente a manos de la muchacha que pasaba
por su hija… Valentina Savarianov nos hizo creer que
habían sido atacadas, cuando en realidad, ella misma mató
a su compañera de la MVD. Siempre buscando darle
verosimilitud a la huida de los Savarianov de Rusia.
¿Cómo desconfiar de una familia cuya madre cae muerta
durante la huida? Asimismo, Markos Savarianov fue quien
disparó contra la espalda de nuestro compañero Mike
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cuando éste le hubo llevado ya hasta la frontera. Éste
era un detalle que no le gustaba a Savarianov, según
entendí, pero las órdenes eran tajantes. Luego, mientras
los «vopos» rusos verdaderamente buscaban a los dos
fugitivos, dos hombres de la MVD, pasaron a Savarianov a
Hungría, y Savarianov, que ya conocía el punto 1.087,
llegó allí y siguió en su papel de pacífico científico
que escapaba de la opresión roja. Actualmente, Markos
Savarianov y su hija deben de estar en cualquiera de
nuestros centros espaciales, posiblemente en Cabo
Kennedy, estudiando el modo de retrasar los estudios
norteamericanos, mientras en Rusia los científicos que
Savarianov dejó bien aleccionados se apresuran a
completar los detalles técnicos que les permitirán ser
los primeros en colocar un hombre en la Luna. Markos
Savarianov, tras haberle resuelto a Rusia el problema del
alunizaje, ya no podía dar más de sí en la Ciudad de las
Estrellas… Pero sí podía ser útil todavía, y fue
utilizado para llevar a cabo la «Operación Estrellas».
Éste es un informe pasado por M-7172, Número Uno.
Anexo de carácter personal: éste, mi último servicio,
lo he prestado a la CIA a instancias de la agente Baby,
esa muchacha prodigiosa. Desde este mismo instante, por
decisión propia, Número Uno deja de ser agente afecto a
los intereses de la CIA. Esto es todo.
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Este es el final
Todavía faltan algunos días, pero las Navidades están ya muy cerca… ¿No te
gustaría pasarlas conmigo en París? Tengo un Alfa Romeo, un romántico
apartamento en Montmartre, mucho dinero que supe ahorrar, y unos grandes deseos
de verte otra vez. Con un poco de suerte, estas Navidades nevará en París, ciudad
mucho más romántica que esa estrepitosa Nueva York… Te ofrezco todo cuanto soy
y tengo, Brigitte, porque si algo soy y tengo, sobre todo la vida, es gracias a ti. Sabes
que me enamoré de ti en aquel albergue donde estuviste siete días cuidándome, hasta
que yo mismo te aparté de mi lado, te dije que debías volver a «casa», dar una
explicación…
Te amo, pero no quiero que consideres mi invitación como otra cosa que…
—Señorita…
Brigitte alzó la cabeza, todavía sonriendo dulcemente…
—¿Sí, Peggy?
—El señor Grogan está aquí. Dice que viene a invitarla a cenar. Parece muy
contento.
—¿De veras está contento?
—Lo parece.
—Bueno… Dile que mañana aceptaré gustosa su invitación. Hoy tengo trabajo.
Mmm… Sí, tengo que contestar una carta. Dile que me perdone, que se lo suplico,
pero que tengo que contestar la carta de un amigo.
—¿De ese magnífico amigo de Europa, señorita?
—Así es, Peggy. Del número uno de los amigos, quizás. Oh, pero eso no se lo
digas. Sólo que me disculpe Ya sabes.
—Sí, señorita.
Peggy se retiró y Brigitte continuó leyendo la carta:
"… como otra cosa que la ilusión de verte, sin pedir nada. Eres, aparte de una
hermosa mujer, la más grata compañera que jamás conocí. En una semana, reía más
que en toda mi vida anterior. No es que yo sea un hombre amargado, ni siquiera
ahora: es que las cosas no me hacían gracia, simplemente. Contigo ha sido todo tan
diferente… Aunque me pregunto por qué me he enamorado de ti, pues siempre me
gustaron las muchachas con los cabellos color platino y los ojos de color violeta, no
de color francamente azul lleno de luz como los tuyos.
Seguramente, no estoy enamorado de ti. Sólo… embrujado. Pero es maravilloso
estar a merced de una bruja como tú, que…"
La carta era mucho más larga. Tanto, que Brigitte decidió, efectivamente, pasar la
noche leyéndola y luego contestándola. Sería un bonito epílogo para aquella astuta
«Operación Estrellas».
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FIN
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