“L a heredad de un hombre rico
había producido mucho. Y él
pensaba dentro de sí, diciendo:
‘¿Qué haré, porque no tengo dónde
guardar mis frutos?’
Y dijo: ‘Esto haré: derribaré mis gra-
neros, y los edificaré mayores, y allí
guardaré todos mis frutos y mis bienes;
y diré a mi alma: Alma, muchos bienes
tienes guardados para muchos años;
repósate, come, bebe y regocíjate’. Pero
Dios le dijo: ‘Necio, esta noche vienen a
pedirte tu alma; y lo que has provisto,
¿de quién será?’” (Lucas 12.16-20).
Este agricultor había prosperado, tenía
visión hacia el futuro, entendía la
posibilidad de vivir de sus rentas, y era
buen empresario. Pero cometió tres
errores:
• Confundió su alma con su cuerpo.
• Confundió a Dios con el hombre.
• Confundió la eternidad con el tiempo.
Él pensaba que su alma era su cuerpo.
Comenzó bien su discurso a sí mismo:
“Alma…”, pero pensó sólo en la como-
didad de su cuerpo: reposo, comida,
bebida y lujuria.
¡Oh! si se hubiera hecho la pregunta:
¿Qué aprovechará al hombre, si ganare
todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O
qué recompensa dará el hombre por su
alma?
Además este señor confundió a Dios
con el hombre. Nuestro protagonista
pensaba sólo en “mío” y “yo”: “mis
frutos… yo derribaré”, etc. Planificó
consigo mismo, no imaginándose que
Dios estaba por tocarle el hombro y
decirle de planes divinos enteramente
fuera de su control.
Esta parábola bíblica nos enseña que:
(i) La vida es más que la comida, y el
cuerpo más que el vestido, pues, las
cosas que se ven son temporales. Las
que no se ven son eternas. (ii) Se debe
buscar primeramente el reino de Dios, y
las demás cosas le serán añadidas.
El reino de Dios será visto solamente
por el que nazca de nuevo. Lo que es
nacido de la carne, carne es; lo que es
nacido del Espíritu Santo, espíritu es.
No envió Dios a su Hijo al mundo para
condenar al mundo, sino para que el
mundo sea salvo por Él. El que acepta a
Jesucristo como Salvador de su alma no
es condenado. Pero el que no ha creído,
dijo Cristo, “ya ha sido condenado”,
Juan 3.18.
Así fue con el pobre rico: “Vienen a
pedirte tu alma…” Murió sin la salva-
ción, condenado para siempre.
Él confundió la eternidad venidera con
el tiempo presente, y por eso pensaba
que todo estaba bien. Está establecido
para los hombres que mueran una
sola vez, y después de esto el juicio.
Sin embargo el mensaje del evangelio
es mucho más halagador: Cristo fue
ofrecido una sola vez para llevar los
pecados de muchos.
Quizás usted no sea un agricultor rico,
pero lo importante es que tampoco
confunda los frutos perecederos de hoy
con su fin eterno, sea con creyentes en
gloria o con incrédulos en la perdición.
Donald R. Alves, padre
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