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Historia de la nación peruana y su imagen

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quedan en este país.

Con las pequeñeces, miserias, penurias y frus-


traciones que tenemos que cargar a cuestas. Este país, y la univer-
sidad nacional en particular, masacra y destruye a todos aquellos
que sobrepasan los 50 años. Pablo M acera ha enfrentado con ente-
reza esta realidad, de acuerdo con su propia estrategia intelectual.
Ser socialmente útil y un crítico comprometido con nuestro país
ha sido su elección. A unque esta grandeza, por la mediocridad
imperante y por la voracidad de la crisis actual, termine produ-
ciendo precariedad, marginación y soledad en nuestro país.
33
16. La imagen nacional del Perú en su historia

Este breve ensayo tiene como finalidad discutir algunos aspectos


relacionados con la historia del nacimiento de la imagen del Perú
como nación. En realidad debería ser un ensayo sobre historia de
las mentalidades o de la formación de un imaginario nacional don-
de pueda percibirse la interacción creativa entre la realidad, el ima-
ginario y el trabajo intermediador de los historiadores, intelectua-
les y políticos. Los conceptos de nación, nacionalismo, sentimiento
nacional o conciencia nacional serán utilizados como instrumentos
de análisis y no como conceptos rígidos y bien establecidos.
El título escogido tiene referencia con el seminario para el cual
este ensayo fue preparado, por eso lo conservaré y desde allí for-
mularé algunas preguntas que nos permitan estudiar y discutir los
hechos más significativos de este proceso. En consecuencia, trata-
ré de responder, entre otras, a preguntas como las siguientes: ¿Qué
es la nación dentro de la historia universal, dónde y cuándo surge?
¿Cuál es la simultaneidad entre la realidad y las imágenes en el
proceso de construcción de la nación peruana? ¿Cómo se ha cons-
truido esa imagen nacional en la historia peruana? ¿Quiénes han
sido los artífices de esta creación: el Estado, sus élites o sus mayo-
rías sociales? También me gustaría responder a la pregunta ¿Cuál
ha sido el significado de la creación de la nación peruana? Final-
mente, quiero referirme a la situación actual de Ecuador y Perú,
como naciones, en el contexto del mundo globalizado.

33
Presentado por el autor en el seminario: «Ecuador-Perú, bajo un mismo sol»
organizado por FLACSO-Ecuador y DESCO. Lima, octubre de 1998.

156
a. La naci ón moderna: una real i dad y un model o

Las naciones son relativamente modernas en el contexto de la his-


toria universal. H an surgido recién, aunque algunos puedan di-
sentir, en la Europa del último cuarto del siglo XVIII en reemplazo
de las viejas monarquías dinásticas y cuando se había agotado el
modelo medieval de la Oecumene Christiana que tenía pretensiones
de construir una sociedad homogénea y universal. La vieja co-
munidad cristiana europea, donde el latín, las dinastías reales y
la religión cristiana disolvían las diferencias regionales por efecto
de un largo proceso que se acelera en los siglos XVI y XVII , se frag-
menta hasta permitir el surgimiento de un mosaico de naciones
modernas, organizadas como repúblicas soberanas, con sus fron-
teras precisas, sus propias lenguas, historias, culturas y pobladas
por ciudadanos con iguales derechos.
Federico Chabod, en su libro La idea de nación (1961), estudia
este proceso a través del análisis de la «idea» de nación, no tanto
de las realidades políticas, económicas o culturales; en los textos
de intelectuales de los siglos XVIII y XIX de A lemania, Francia e Italia;
tales como H erder, Rousseau, M azzini y M ancini. El autor estable-
ce una estrecha relación entre el Romanticismo y la populariza-
ción de la idea de nación. N os recuerda que el Romanticismo es
propio del siglo XIX y aparece como contrapartida a la Ilustración .
M ientras el primero enfatiza lo singular, la imaginación, los senti-
mientos, la fantasía, el individuo, el héroe; la Ilustración hace lo
propio con lo universal, las leyes sin fronteras, el pensamiento, lo
racional y la historia como obra de las colectividades y no de los
individuos.
El libro de Benedict A nderson, Comunidades imaginadas, cuya
edición original es de 1983, propone un concepto de nación y una
manera de explicar su origen. Es un libro diferente al de F. Chabod,
de mayores pretensiones, excéntrico a Europa, que basa el análisis
en el sudeste asiático y alude periféricamente a la experiencia lati-
noamericana del siglo XIX. Llama la atención su persistencia —por
el año de la publicación de este libro— en los países socialistas del
sudeste asiático, donde teóricamente la nación no tenía lugar, ni
sentido. Es un libro complejo en su organización, en el discurso y
en el tratamiento de los temas; es una entrada desde la cultura y el

157
imaginario colectivo, donde —al parecer— se sitúa esa experien-
cia difícil de definir que se llama la nación, a la cual define como
una comunidad imaginada, inherentemente limitada y soberana.
Comunidad implica una colectividad de individuos iguales,
solidarios y fraternos. Imaginada porque esa comunidad es fun-
damentalmente una realidad singular: cuando los miembros de
una colectividad la pueden imaginar entonces se convierte en
realidad. Limitada porque tiene fronteras precisas, que se defien-
den con la vida; y soberana porque el poder de sus gobiernos ema-
na de la voluntad general de sus ciudadanos que delegan el po-
der a sus gobernantes, quienes no obedecen a poderes extraños,
sino a esa voluntad general. Los dos libros coinciden en aspectos
fundamentales que interesan en este ensayo, entre ellos, que las
naciones emergen a fines del siglo XVIII e inicios del XIX; que el
concepto de nación tiene que ver más con cuestiones imaginadas
antes que con realidades materiales; que las naciones se constru-
yen, son «artefactos culturales», emergieron en Europa al final de
largos procesos, y luego se convirtieron en productos modulares
exportables.
N os interesa una constatación final: Chabod parece sostener
que este modelo no se exporta y A nderson —coincidiendo de algu-
na manera— sugiere que cuando no hay condiciones adecuadas en
los países receptores se termina «pirateando» el modelo y dando
vida a engendros peligrosos, lo que, según este autor, parece haber
ocurrido en A mérica Latina. En Europa, ejemplo clásico, las nacio-
nes reemplazan a las anteriores sociedades del ancien régime, donde
los estamentos sociales mantenían a cada uno en su lugar, como
individuos diferentes e intransferibles, creando una sensación de
inalterabilidad. En las naciones modernas, las clases sociales re-
emplazan a los estamentos y se difunde la impresión de que todos
los ciudadanos son individuos iguales y que habitan, como dice
A nderson, comunidades limitadas geográficamente y políticamen-
te soberanas. En conclusión, las naciones se construyen en Europa
como desenlace de un largo proceso histórico, y luego esta forma de
convivencia colectiva se convierte en un esquema modular que se
exporta a otras partes del mundo y en particular a A mérica Latina
entre 1810 y 1825.

158
b. La i dea de patri a en el Perú

La idea de «patria» es muy antigua y constituye arqueología pre-


via, mezcla de sentimientos, creencias, solidaridades que confor-
man lo que Eric H obsbaw m llama «protonacionalismo popular»,
lo que precede y facilita el surgimiento de la «comunidad imagina-
da nacional». Con frecuencia se confunde la idea de «patria» con
la idea de «nación», y por eso algunos historiadores peruanos,
asimilando ambas nociones, encuentran los orígenes de la nación
peruana en las primeras altas culturas indígenas que existieron en
el período anterior a la llegada de los europeos. Otros, más mode-
rados y conscientes de lo que en la modernidad se entiende por
nación, convierten al Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), cro-
nista mestizo, quien nació en el Cusco y vivió gran parte de su vida
en España, en el fundador de la idea de nación en el Perú, por
ciertos escritos del cronista, como por ejemplo, cuando dice en 1587,
en la dedicatoria al monarca español de su traducción de los Diá-
logos de amor de León H ebreo, «Que mi madre, la Palla doña Isabel,
fue hija del Inca Gualpa Tupac, uno de los hijos de Topac Inca
Yupanqui y de la Palla M ama Ocllo, su legítima mujer, padre de
H uayna Capac Inca, último rey que fue del Perú». Para luego agre-
gar, «También por la parte de España soy hijo de Garcilaso de la
Vega, vuestro criado, que fue conquistador y poblador de los Rei-
nos y Provincias del Pirú». Con estas palabras, según algunos,
resumía los orígenes mestizos del Perú moderno; haciendo de su
biografía personal, la biografía de toda una colectividad, la «na-
ción peruana».
El Inca Garcilaso de la Vega indudablemente era un mestizo
biológico, hijo de una mujer indígena y de un capitán español, y
afirmaba, con evidente sustento en el proceso real de la historia, que
su patria que antes se llamaba Tahantinsuyo, los españoles la bau-
tizaron como el virreinato de N ueva Castilla y que finalmente sus
habitantes lo comenzaron a llamar Pirú, o Perú como se dice actual-
mente. Pero lo que describe este cronista es la metamorfosis de la
vieja noción de patria, en cuyos inicios algunos historiadores pue-
den encontrar equivocadamente la etapa fundacional de la nación
peruana y confundir así un proceso de fusión de razas, culturas y
sensibilidades, con lo que más tarde será la invención de un «arte-

159
facto cultural» como la nación peruana. Entonces, lo que se suele
hacer es confundir la noción de «patria» con la de «nación moder-
na»: el Inca Garcilaso de la Vega cuando se refiere al Perú habla de
su «patria», del lugar donde había nacido y cuando utiliza la pala-
bra «nación» —en muy pocas oportunidades— lo hacía pensando
en sus orígenes étnicos, en sus afinidades familiares, en su restringi-
da comunidad de parientes incas o cusqueños.
Sin embargo, si queremos indagar más sobre la construcción
de la «imagen» del Perú como una realidad singular, única, pode-
mos referirnos a varios cronistas españoles de la segunda década
del siglo XVII , quienes expresan iniciales sensibilidades criollas que
aparecen tímida y furtivamente en los textos del Inca Garcilaso,
entendiendo lo criollo, en este caso, como la identificación de los
españoles nacidos en los A ndes con un nuevo mundo original,
distinto del mundo peninsular, pero no menor, ni inferior, sino
poseedor de sus propias bellezas y bondades. Esto lo encontramos
en el M emorial de las historias del Nuevo M undo Pirú (1630) de F.
Buenaventura de Salinas y Córdoba, quien «[...] dedica buena par-
te de su obra, en particular seis capítulos de su segundo discurso,
a la exaltación de su patria, bien es verdad reducida al oasis lime-
ño mientras que el resto del país sólo es evocado de una manera
lejana, alusiva y en ningún caso geográfico» (L A VA LLE 1988: 112).
A lgo semejante encontramos en la obra de su hermano F. Diego de
Córdoba Salinas, Crónica franciscana del Perú y su teatro de la Santa
Iglesia metropolitana de Los Reyes (1635-1650) y en otros cronistas
conventuales de estas décadas iniciales del siglo XVII . Pero, habrá
que esperar el siglo XVIII para que estas ideas criollas se manifiesten
con mayor nitidez y busquen definir el territorio colonial de N ueva
Castilla como un territorio sui géneris, original, diferente de la me-
trópoli, con sus propias plantas, animales, paisajes, hombres y
una historia propia.
En los textos del jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán (1748-
1798), escritos en los años 1780, y con mayor nitidez en su famosa
Carta a los españoles americanos, escrita en 1791 y publicada en 1799,
es donde se empieza a esbozar la idea de «patria» soberana, pobla-
da por ciudadanos con iguales derechos y conducida por criollos,
independientemente de una metrópoli extranjera. Estas mismas
ideas, aunque quizá de manera más embrionaria, se elaboraron en

160
la Sociedad A cadémica de A mantes del País (1791-1795) y en los
estudios de los colaboradores más destacados de la revista de esta
sociedad, el M ercurio Peruano, como José Baquíjano y Carrillo,
Hipólito Unanue, Toribio Rodríguez de M endoza y Jerónimo Diego
Cisneros, que insinuaban nítidamente la idea de una patria inde-
pendiente o soberana.
David Brading, parafraseando y citando a Vizcardo y Guzmán,
nos dice: «Era una blasfemia imaginar que el N uevo M undo hubie-
se sido creado para el enriquecimiento de “ corto número de píca-
ros imbéciles” llegados de España. H abía sonado el momento his-
tórico en que los españoles de A mérica debían unirse para liberar
al N uevo M undo de la tiranía española y crear “ una sola grande
Familia de H ermanos” , unidos en la busca común de la libertad y
la prosperidad» (BRA DIN G 1991: 576). Vizcardo y Guzmán, polemi-
zando con Raynal, Robertson y Ulloa, describe una A mérica his-
pana como una región próspera y a los indígenas como una «raza
laboriosa, que se ocupaba de la agricultura y el tejido» (BRA DIN G
1991: 577); elogia a los incas y por supuesto a los criollos; no cen-
sura la rebelión de Túpac A maru (1780-1781), pero no la elogia,
situándose así en los límites del discurso criollo como lo indica
Brading: «El que definiera el N uevo M undo y no al Perú como su
patria, el que se dirigiera a los criollos y no a todos los habitantes
de la A mérica española, el que se remontara a Las Casas y Garcilaso
en busca de textos precedentes, y el que guardara silencio acerca
de Túpac A maru: todo esto indicó el carácter peculiarmente ambi-
guo de su empresa ideológica» (1991: 581).

c. Etapas en l a construcci ón de l a naci ón peruana

M e referiré sobre todo a la construcción de la imagen de nación en


el imaginario peruano de los siglos XIX y XX, pues la naturaleza de
esta ponencia no me permite hacer una discusión técnica y minu-
ciosa para detectar la existencia de esta «imagen nacional», la mis-
ma que supondría el análisis de la narrativa literaria, los periódi-
cos y los discursos políticos de estos dos siglos, al igual que las
transformaciones económicas, políticas y sociales que crean las
estructuras materiales nacionales. M e limitaré, en este caso, a pre-
sentar las «imágenes de nación» que las élites urbanas, principal-

161
mente limeñas, crearon, difundieron y convirtieron en ideología
oficial de Estado para así construir la nación desde arriba, desde
el Estado.
La primera imagen, la «nación criolla», tiene un largo recorri-
do colonial y es una de las herencias hispánicas que los criollos
adoptaron de manera casi universal luego de la Independencia. La
ideología colonial, producto de los afanes españoles por gobernar
mejor a los indígenas, consideraba que la occidentalización/
cristianización había sido un éxito. La meta era liquidar lo indíge-
na, en tanto no-cristiano, e imponer lo occidental, lo cristiano con
todas sus implicancias y concomitancias «civilizadoras». Esta
occidentalización aparecía como inevitable y los criollos la asu-
mieron a plenitud, como una medida natural y progresiva, benefi-
ciosa para todos los «ciudadanos» dentro de un programa homo-
geneizador. Luego surgirá la imagen de «nación mestiza», cuando
se comienza a admitir que lo nacional es un producto nuevo, en-
cuentro de lo indígena y lo occidental, no un producto aculturado,
sino sincrético. El último paso será la «nación múltiple», que im-
plica el reconocimiento de que lo indígena no está muerto, ni obso-
leto, sino que son vitales, activos dentro de la «nación moderna».
Lo indígena y lo occidental, sea lo tradicional y lo moderno, cons-
truyen un producto mestizo que rescata lo tradicional a través de
lo moderno. Esta nación múltiple construye su índice, como lo in-
dica Raúl Romero (1990), a través de una dialéctica muy especial,
donde lo moderno promueve lo tradicional y permite que marca-
dores propios de las identidades regionales contribuyan progresi-
vamente a la construcción de una identidad realmente nacional.

d. I ndependenci a (1821-1824)

H ay una gran discusión sobre este tema. A lgunos, como ya indica-


mos, encuentran los orígenes de la nación peruana en épocas muy
remotas; pero una buena mayoría considera que la nación aparece
con la Independencia criolla de 1821. A sí tenemos que teóricamen-
te, desde la perspectiva de los patriotas criollos, el modelo nacio-
nal se instala en el Perú con la proclamación de la Independencia
el 28 de julio de 1821; según el general José de San M artín, todos los
indios, antes considerados súbditos del Rey, comienzan a llamar-

162
se «peruanos» y adquieren el estatus de ciudadanos con derechos
plenos. El Perú paralelamente se convierte en una nación sobera-
na, independiente de España y con un gobierno que responde a la
voluntad general del pueblo. Los elementos fundamentales de la
definición ensayada por Benedict A nderson parecen encarnados
en la organización política que emerge de la batalla de A yacucho
(9 de diciembre de 1824), con la que culmina la independencia del
Perú y de los demás países latinoamericanos.

e. La «naci ón cri ol l a» (1827-1883)

Sin embargo, luego de San M artín y Bolívar (1821-1826), la nación


peruana parece más bien una «república criolla» que niega los
derechos de las mayorías indígenas y no una nación moderna que
consagra los derechos de la totalidad de la comunidad. H ay super-
vivencias del ancien régime andino que impide a los criollos pensar
al Perú como una nación moderna. A sí por ejemplo, una política
fiscal de tipo colonial que subsiste con una denominación diferen-
te, pero que, como antes, recae fundamentalmente en los indíge-
nas. M ás aún, esta república criolla parece construirse solamente
para los criollos, negando la universalización de los derechos ciu-
dadanos en el país: son ellos quienes consideran y reclaman ser
los verdaderos dueños de las nuevas repúblicas, sin otorgar los
mismos derechos a las poblaciones indígenas. Es decir, la nación
aparece solamente en el imaginario de los criollos, como una ver-
dad a medias, y por eso A nderson sugiere que el modelo «se pira-
teó» en A mérica Latina.
También es evidente que se expande el gamonalismo, un sis-
tema que consagra a los criollos como los propietarios terrate-
nientes y a los indígenas como siervos o propiedad de hacenda-
dos. Los criollos son quienes están detrás del primer militarismo
(1827-1868), hasta que se produjo el advenimiento del Civilismo,
época en que se impulsa un proceso de secularización y moderni-
zación del Estado y de la sociedad peruana.

f . Guerra y cri si s de i denti dad (1879-1890)

Sin lugar a dudas que la derrota militar frente a Chile (1879-1883)


profundiza la crisis económica, social y política en el Perú. Los

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yacimientos de guano habían perdido ya su deslumbrante riqueza
a fines del gobierno de M anuel Pardo (1876) y habían aparecido
sustitutos al guano, como el salitre de los desiertos del sur. Estas
riquezas pasaron a manos de los chilenos después de la guerra. El
Perú queda, como consecuencia de la derrota militar y de una mala
conducción de las finanzas en la época del guano (1845-1872),
postrado económicamente y sin un proyecto de desarrollo econó-
mico para el futuro inmediato.
La crisis política se manifiesta en un duro enfrentamiento en-
tre civilistas y pierolistas a tal punto que, esta disidencia política
central, multiplica las pugnas que terminan facilitando la victoria
militar chilena. Pero esta polémica política e intelectual desenmas-
cara una profunda crisis social que estaba desencadenando fuer-
zas entrópicas y centrífugas que ponían en riesgo la existencia
misma del Perú. Todos se preguntaban ¿Por qué perdimos la gue-
rra? ¿El caos del militarismo, producto de la Independencia y de
gobiernos controlados por ignorantes caudillos militares, era el
responsable de la derrota? ¿El fracaso de la política económica en
la época del guano tenía responsabilidad? ¿Qué papel jugó el fra-
caso del Civilismo y la ausencia de una inteligente política mi-litar
peruana? M uchas preguntas a las cuales interesa responder, espe-
cialmente a la primera. Para esto, la discusión necesariamente des-
bordó el ámbito del gobierno y de las políticas gubernamentales,
para buscar respuestas en el análisis del conjunto de la sociedad y
esa delicada relación entre mayorías y sus élites.
Sin embargo, los indígenas, rebautizados como «peruanos»
desde la Independencia de 1821, continuaban bajo un régimen
colonial, pero ya sin la protección de una legislación hispánica
que los consideraba como personas de segunda categoría. El indí-
gena aparece como un personaje desafortunado en la narrativa
indigenista de la segunda mitad del siglo XIX, explotado por los
criollos, las autoridades políticas (que representaban al Estado) y
por los párrocos (que representaban a la Iglesia). En este siglo no
habrá ningún Túpac A maru, ni ninguna de sus manifestaciones
acompañantes. Se evidencia el ocultamiento del indio. El Inca
Garcilaso de la Vega es duramente criticado y desautorizado por
los intelectuales criollos de esta época.

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