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Sesion 8 Los Aspectos de La Obra Salvadora de Cristo

obra salvadorta

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SESION 8 “LOS ASPECTOS DE LA OBRA SALVADORA DE CRISTO”

EL SACRIFICIO
Aunque ya hemos cubierto algunas ideas, necesitamos mirar más de cerca varios aspectos de la obra
salvadora de Cristo. Hay un conjunto de palabras bíblicas que la caracterizan. A nadie que lea las
Escrituras con atención se le puede escapar el hecho de que el sacrificio se encuentra en el corazón
mismo de la redención, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. La imagen de un cordero o
de un macho cabrío sacrificado como parte del drama redentor y salvador se remonta a la Pascua
(Éxodo 12:1–13). Dios veía la sangre rociada y “pasaba” por encima de aquéllos a quienes protegía
esa sangre. Cuando el creyente del Antiguo Testamento ponía las manos sobre el sacrificio, esto
significaba más que una simple identificación (es decir, éste es “mi” sacrificio); se trataba de un sustituto
en el sacrificio (es decir, sacrifico esto en mi lugar). Aunque no debemos llevar demasiado lejos las
comparaciones, este tipo de imágenes se transfiere claramente a la persona de Cristo en el Nuevo
Testamento.
Juan el Bautista lo presenta diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”
(Juan 1:29).
En Hechos 8, Felipe les aplica la profecía de que el Siervo sería llevado “como cordero … al matadero”
(Isaías 53:7) al “evangelio de Jesús” (Hechos 8:35).
Pablo llama a Cristo “nuestra pascua” (1 Corintios 5:7).
Pedro dice que fuimos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y
sin contaminación” (1 Pedro 1:19).
Aun los que se hallaban en los cielos alababan y adoraban al León de la tribu de Judá como el Cordero
inmolado (Apocalipsis 5).
Aunque algunos retrocedan ante la “sangre y crueldad” asociadas con el sacrificio, quitarlo del medio
equivaldría a arrancarle a la Biblia su corazón mismo.
Estrechamente relacionados con el concepto de sacrificio, se hallan los términos “propiciación” y
“expiación”, que intentan dar una respuesta a esta pregunta: ¿Qué efecto tiene el sacrificio de Cristo?
En el Antiguo Testamento, estas palabras reflejan el grupo de vocablos de kipper, y en el Nuevo el de
hiláskomai. Ambos grupos de vocablos tienen el significado general de “apaciguar”, “pacificar” o
“conciliar” (esto es, propiciar), y de “cubrir con un precio” o “expiar” (como para quitar el pecado o el
delito de la presencia de uno; esto es, expiar).
En algunas ocasiones, la decisión de escoger un significado sobre el otro, se relaciona más con una
posición teológica, que con el significado básico de la palabra. Por ejemplo, se puede tomar una
decisión teológica con respecto a lo que quiere decir la Biblia al hablar de la ira o el enojo de Dios.
¿Exige éste apaciguamiento? Colin Brown se refiere a “un amplio segmento de los eruditos bíblicos que
sostienen que el sacrificio en la Biblia tiene que ver con la expiación, más que con la propiciación”. G.
C. Berkouwer hace referencia a la afirmación de Adolph Harnack de que la ortodoxia le confiere a Dios
el “horrible privilegio” de no estar en “la posición de perdonar por amor”. Leon Morris expresa el
consenso general de los evangélicos, al decir: “El punto de vista constante en la Biblia es que el pecado
del hombre ha incurrido en la ira de Dios. Esa ira es alejada por la ofrenda expiatoria de Cristo. Desde
este punto de vista, es correcto llamar ‘propiciación’ a su obra salvadora”. Ni la Septuaginta, ni el Nuevo
Testamento, vaciaron la fuerza de hiláskomai en cuanto a su significado de propiciación.
La Biblia se aparta de la crudeza asociada frecuentemente con la palabra en los rituales paganos. El
Señor no es una deidad malévola y caprichosa cuya naturaleza permanece tan inescrutable, que uno
nunca sabe cómo va a actuar. Con todo, su ira es real. Sin embargo, la Biblia enseña que Dios, en su
amor, misericordia y fidelidad a sus promesas, proporcionó el medio para satisfacer su ira.
En el caso de las enseñanzas del Nuevo Testamento, Dios no sólo proporcionó el medio; Él mismo se
convirtió en ese medio.
En 1 Juan 4:10 se dice: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en
que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación [gr. hilasmós] por nuestros pecados”.
Todos los léxicos indican que kipper y hiláskomai significan “propiciar” y “expiar”. La diferencia se
encuentra en la manera en que consideremos su significado dentro de los materiales bíblicos que se
relacionan con la expiación. Si aceptamos lo que dice la Biblia acerca de la ira de Dios, se nos presenta
una solución posible. Podemos ver las palabras con un sentido vertical y otro horizontal. Cuando el
contexto se centra en la Expiación con respecto a Dios, estas palabras hablan de propiciación.
En cambio, hablan de expiación cuando el centro de atención está en nosotros y en nuestro pecado.

No estamos escogiendo entre un significado y otro, sino aceptando ambos, con sus matices
respectivos. El contexto histórico y literario determina el significado adecuado. Puede surgir ahora una
pregunta: Si Él llevó el castigo por nuestra culpa al tomar sobre sí la ira de Dios y cubrir nuestro pecado,
¿sufrió exactamente las mismas consecuencias y el mismo castigo en clase y grado, que aquéllos por
los que murió habríamos sufrido de manera acumulativa? En primer lugar, Él era sólo uno; nosotros
somos muchos. Como sucede con muchas preguntas así, no puede haber una respuesta definitiva.
La Biblia no intenta darla. Sin embargo, necesitamos recordar que en la cruz no nos enfrentamos con
un suceso mecánico ni con una transacción comercial. La obra de la salvación se mueve en un plano
espiritual, y no existen respuestas ordenadas que den una explicación completa de ella.

En primer lugar, necesitamos tener presente que el sufrimiento, por su naturaleza misma, no está
sujeto a cálculos matemáticos, ni es posible pesarlo en una balanza. En cierto sentido, sufrir la peor
rotura de huesos posible en un brazo es sufrirlas todas. Morir con una muerte atormentadora y
angustiosa es morir todas las muertes posibles.
En segundo lugar, tenemos que recordar la personalidad y naturaleza de la persona que pasó por
esos sufrimientos. Cristo era perfecto en su santidad y, por tanto no tenía sentido de culpa personal ni
de remordimiento, como los tendríamos nosotros si supiésemos que estamos sufriendo justamente por
nuestros pecados. Hay algo de heroico en la aguda reprensión que el ladrón le lanza desde su cruz a
su compañero de crímenes: “¿Ni aún temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a
la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más éste
ningún mal hizo” (Lucas 23:40–41).

La perfección de Cristo no le quitó nada a sus sufrimientos, sino que, de hecho, los ha debido
intensificar, puesto que Él sabía que eran inmerecidos. Su oración pidiendo “no beber la copa” no era
fingida. Él conocía el sufrimiento que le esperaba. Ciertamente, que haya sufrido como Dios es algo
importante con respecto a esta pregunta.
LA RECONCILIACIÓN
A diferencia de otros términos bíblicos o teológicos, “reconciliación” aparece como parte de nuestro
vocabulario corriente. Es un término tomado del ámbito social. Las relaciones rotas, de cualquier clase
que sean, claman por una reconciliación. El Nuevo Testamento es claro en cuanto a su enseñanza de
que la obra salvadora de Cristo es una obra reconciliadora. Por medio de su muerte, Él ha quitado
todas las barreras entre Dios y nosotros. El grupo de vocablos que usa el Nuevo Testamento (gr.
allásso) apenas aparece en la Septuaginta y es poco frecuente en el Nuevo Testamento, aun en un
sentido religioso. El verbo base significa “cambiar” “hacer que cese una cosa y que otra tome su lugar”.
El Nuevo Testamento lo usa seis veces sin que se trate de una referencia a la doctrina de la
reconciliación (por ejemplo, Hechos 6:14; 1 Corintios 15:51–52). Sólo Pablo utiliza este grupo de
palabras con connotaciones religiosas. El verbo katallásso y el sustantivo katallagué presentan de
manera adecuada la noción de “intercambiar” o “reconciliar”, como se reconcilian los libros en la
práctica de la contabilidad. En el Nuevo Testamento, la aplicación tiene que ver primordialmente con
Dios y con nosotros. La obra reconciliadora de Cristo nos restaura al favor divino porque “se ha hecho
balance de los libros”. Los principales pasajes pertinentes al respecto son Romanos 5:9–11 y 2
Corintios 5:16–21. En Romanos, Pablo hace resaltar la seguridad que podemos tener con respecto a
nuestra salvación. En dos declaraciones que utilizan la expresión “mucho más”, afirma que la obra de
Cristo nos salvará de la ira de Dios (Romanos 5:9) y que, aun cuando éramos enemigos (Colosenses
1:21–22), su muerte nos reconcilió con Dios; por tanto, el hecho de que Él esté vivo asegura nuestra
salvación (Romanos 5:10). Podemos regocijarnos en nuestra reconciliación con Dios por medio de
Cristo (5:11). Si bien el centro de atención en Romanos se encuentra en lo que Dios hizo “por nosotros”
en Cristo, en 2 Corintios se encuentra en Dios, como el iniciador de la reconciliación (véase
Colosenses 1:19–20). El que seamos nuevas criaturas procede de Dios, “quien nos reconcilió consigo
mismo por Cristo” (2 Corintios 5:18) y “estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (5:19).
Estos versículos hacen resaltar algo que podríamos llamar “reconciliación activa”; esto es, que para que
se produzca la reconciliación, es el ofendido quien desempeña el papel principal. A menos que la
persona ofendida se muestre dispuesta a recibir al ofensor, no se podrá producir la reconciliación.
Observemos la forma en que tiene lugar la reconciliación en las relaciones humanas, digamos entre los
esposos. Si yo pecase contra mi esposa, de manera que se produjera un rompimiento en nuestras
relaciones, aun cuando tomase la iniciativa y le pidiese ansiosamente una reconciliación — con
chocolates, flores y súplicas de rodillas — sería ella la que me debería perdonar en su corazón para
que se produjera la restauración. Sería necesario que ella tomase la iniciativa, porque su actitud sería el
factor fundamental. A través de Cristo, Dios nos da la seguridad de que Él ha tomado esa iniciativa. Él
ya ha perdonado. Ahora, nosotros debemos responder y aceptar el hecho de que Dios ha roto de arriba
abajo el velo que nos separaba de Él, para caminar osadamente hasta su presencia perdonadora. Eso
es lo que nos toca a nosotros: aceptar lo que Dios ha hecho por medio de Cristo. A menos que se
produzcan ambas acciones, la reconciliación nunca tendrá lugar.
LA REDENCIÓN
La Biblia usa también la metáfora del rescate o la redención para describir la obra salvadora de
Cristo. Este tema aparece mucho más frecuentemente en el Antiguo Testamento, que en el Nuevo.
Un gran número de usos del Antiguo Testamento se refieren a los ritos de “redención” en relación
con las personas o la propiedad (véanse Levítico 25; 27; Rut 3–4, que usan el término hebreo
ga’al). El “pariente redentor” funciona como un go’el. Yahwé mismo es el Redentor (heb. go’el) de
su pueblo (Isaías 41:14; 43:14), y ellos son los redimidos (heb. gue’ulim, Isaías 35:9; 62:12).
El Señor hizo provisión para redimir (heb. padhá) a los varones primogénitos (Éxodo 13:13–15). Él
ha redimido a Israel de Egipto (Éxodo 6:6; Deuteronomio 7:8; 13:5) y lo redimirá del exilio
(Jeremías 31:11). En ocasiones, Dios redime a una sola persona (Salmos 49:15; 71:23) o alguien
ora para pedirle a Dios que lo redima (Salmos 26:11; 69:18); no obstante, la obra redentora de
Dios es primordialmente nacional en su alcance. En algunos lugares, la redención se relaciona
claramente a asuntos morales. El Salmo 130:8 dice: “Y él redimirá a Israel de todos sus pecados.”
Isaías dice que sólo los “redimidos”, los “rescatados”, caminarán por la vía llamada “el Camino de
Santidad” (35:8–10). Dice además que la “hija de Sión” será llamada “Pueblo Santo, Redimidos de
Jehová” (62:11–12).
En el Nuevo Testamento, Jesús es tanto el “Rescatador” como el “rescate”; los pecadores
perdidos son los “rescatados”. Él mismo declara que ha venido a “dar su vida en rescate [gr. lutrón]
por muchos” (Mateo 20:28; Marcos 10:45). Se trataba de una “liberación [gr. apolytrósis], llevada a
cabo por medio de la muerte de Cristo, de la ira retributiva de un Dios santo, y del castigo merecido
por el pecado”.
Pablo une nuestra justificación y el perdón de los pecados con la redención provista por Cristo
(Romanos 3:24; Colosenses 1:14, en ambos, apolytrósis). Dice que Cristo “nos ha sido hecho por
Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30). Dice también que Cristo
“se dio a sí mismo en rescate [gr. antílytron] por todos” (1 Timoteo 2:6).
El Nuevo Testamento indica claramente que la redención que Él nos proporcionó fue por medio de
su sangre (Efesios 1:7; Hebreos 9:12; 1 Pedro 1:18–19; Apocalipsis 5:9), porque la sangre de
los toros y machos cabríos no podía quitar los pecados (Hebreos 10:4).
Cristo nos compró (1 Corintios 6:20; 7:23; gr. agorádzo) de vuelta para Dios, y el precio de compra
fue su sangre (Apocalipsis 5:9). Puesto que las palabras indican una liberación de un estado de
esclavitud mediante el pago de un precio, ¿de qué se nos ha liberado? La contemplación de estas
cosas debe ser motivo de gran gozo. Cristo nos ha librado del justo castigo divino que merecíamos
justamente, debido a nuestros pecados (Romanos 3:24–25).
Él nos ha redimido de las inevitables consecuencias del quebrantamiento de la ley de Dios, que nos
sujetó a la ira divina. Aun cuando no hagamos todo lo que exige la ley, ya no estamos sujetos a la
maldición. Cristo la tomó sobre sí mismo (Gálatas 3:10–13).
Su redención nos consiguió el perdón de los pecados (Efesios 1:7) y nos liberó de ellos (Hebreos
9:15). Al entregarse por nosotros, nos redimió “de toda iniquidad [gr. anomía]” (Tito 2:14), pero no
para usar nuestra “libertad como ocasión para la carne” (Gálatas 5:13) o “como pretexto para hacer
lo malo” (1 Pedro 2:16). (Anomía es la misma palabra que Pablo usa en 2ª Tesalonicenses 2:3
para referirse al “hijo de perdición”).
El propósito de Cristo al redimirnos es “purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”
(Tito 2:14). Pedro dice: “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de
vuestros padres” (1 Pedro 1:18). No podemos estar seguros quiénes son esos “padres”. ¿Está
dirigiéndose a paganos, o a judíos? ¿O a ambos? Probablemente a ambos, puesto que el Nuevo
Testamento consideraba vanas la manera de vivir de los paganos (Hechos 14:15; Romanos 1:21;
Efesios 4:17) y también veía una cierta vaciedad en las prácticas externas de la religión judía
(Hechos 15:10; Gálatas 2:16; 5:1; Hebreos 9:10, 25–26; 10:3–4).
También habrá una redención definitiva del gemir y la angustia de esta era presente, cuando tenga
lugar la resurrección y veamos las consecuencias de nuestra adopción como hijos de Dios por
medio de la obra redentora de Cristo (Romanos 8:22–23).

Los evangélicos creemos que el Nuevo Testamento enseña que Cristo pagó en su totalidad el
precio del rescate para liberarnos. Su obra de expiación es “la” expiación objetiva, cuyos beneficios,
cuando se nos aplican, no nos deja nada que añadir. Es una obra definitiva y no es posible
repetirla.
Es una obra única, y nunca será posible imitarla o compartirla. Si esto es así, ¿cómo explicar
entonces Colosenses 1:24? Allí dice Pablo: “Ahora me gozo en lo que padezco [gr. pazémasi] por
vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo [gr. tá hysterémata tón
zlípseon tú Jristú] por su cuerpo, que es la iglesia”. Pablo parece estar diciendo que hay alguna
deficiencia en el sacrificio expiatorio de Cristo. Por supuesto, un solo versículo no puede afectar
todo lo que afirma el Nuevo Testamento sobre la obra exclusiva y definitiva de Cristo. Es imposible
suponer que Pablo tratara de decir de manera alguna que la obra de Cristo no había sido suficiente
(véase Colosenses 2:11–15). Ahora bien, ¿qué quiso decir? La palabra que nosotros traducimos
como “aflicciones” (gr. zlípseon, plural de zlípsis, del verbo zlíbo, “oprimir”, “apretar”, “aɻigir”) se
refiere a las cargas ordinarias de la vida en un mundo caído, y no a los sufrimientos expiatorios de
Cristo.
El Nuevo Testamento escoge pásjo o pázema para referirse a esta idea (véanse Hechos 17:3;
Hebreos 13:12; 1 Pedro 2:21, 23). El fondo sobre el cual se produce esta declaración de Pablo es
el principio de nuestra unión con Cristo. Esta unión, por su naturaleza misma, implica sufrimiento.
Jesús dijo: “Seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre” (Marcos 13:13). En Hechos 9:4,
dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Véanse también Mateo 10:25; Juan 15:18–21;
Hechos 9:4–5; Romanos 6:6; 8:17; 2 Corintios 1:10; 4:10; Filipenses 3:10; etc.).
Perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesús; de esta manera, Él entra en las aflicciones
experimentadas por la Iglesia. Con todo, Pablo no está solo en cuanto a “cumplir lo que falta de las
aflicciones de Cristo”. La Iglesia entera, en solidaridad mutua y en unión con su Cabeza, las
comparte. En cuanto a Cristo, sus “sufrimientos personales han terminado, pero sus sufrimientos en
los suyos continúan”.
BIBLIOGRAFIA: TEOLOGÍA SISTEMATICA; UNA PERSPECTIVA PENTECOSTAL.
AUTOR: STANLEY M. HORTON

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