DOMINGO IV DE ADVIENTO.
CICLO A
“En aquellos días, el Señor habló a Acaz: “Pide una señal, al Señor, tu Dios:
en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.” (Is 7, 10)
Acaz es el rey de Judá. Ha sido amenazado por Rezin y Pekah (reyes de
Damasco e Israel, respectivamente). Acaz tiene miedo. Se ve perdido sin
remedio porque estos reinos son más poderosos que el suyo. Yahveh llamó
a Isaías para asegurarle a Acaz que no tenía nada que temer, porque Rezín
y Pekah fracasarán en su intento de atacar a Jerusalén, lo que quiere decir
que Yahveh evitará que derroten a Jerusalén. Lo único que Yahveh requiere
de Acaz es que confíen su promesa. Por eso el Señor mismo invita a Acaz a
pedir una señal que confirme esta promesa.
Las señales son comunes tanto en el Antiguo como en el Nuevo
Testamento. El arcoíris fue una señal para Noé de la promesa de Dios de no
volver a destruir el mundo con un diluvio (Gen 9,12-17); la sangre del
cordero pascual fue una señal para Israel de que Dios eximiría a Israel de la
muerte del primogénito (Ex 12,7-13); el fuego del ángel fue una señal para
Gedeón de que había hallado gracia ante el Señor (Jc 6,17-22). En el Nuevo
Testamento, los milagros de Jesús son a menudo llamados señales,
particularmente en el Evangelio de Juan (Jn 2,11, 23; 3,2; 4,54; 6,2, 14; 7,31;
9,16; 11,47; 1,18, 37; 20,30). Dios/Jesús proporcionó señales para dar
seguridad a las personas y ayudarlas a creer (Jn 20,30-31).
El Sheol es la morada de los muertos se creía que estaba ubicada en lo
hondo del abismo; por su parte, Dios habita en lo más alto del cielo. Con
esta expresión, el mismo Dios está dando a Acaz “carta blanca”: ¡Puede
pedir lo que quiera! Dios está de parte de Acaz y quiere que éste no tenga
dudas de ello. ¡Pídeme lo que quieras! ¡Pídeme una señal de que yo estoy
contigo! ¡No tengas miedo!
Pero atención: A diferencia de los Israelitas que caminaban por el desierto
y pidieron agua a Moisés “tentando así al Señor Dios” (Ex 17,1-7), aquí es
Dios mismo el que quiere dar una señal a Acaz. La iniciativa la toma Dios.
¿Por qué? Porque, si Acaz pide una señal y Yahveh realiza esa señal,
entonces Acaz tendrá que reconocer el poder de Yahveh y aliarse con
Yahveh. Así que Yahveh está invitando a Acaz a que “pruebe” que está de
su lado. ¿Aceptará Acaz el reto?
No. No lo acepta. Sigue enrocado. Tiene miedo. Este es el asunto: El miedo.
Acaz tiene miedo a ser derrotado, a ver su ciudad destruida y sus habitantes
muertos a espada. Tiene miedo a la muerte.
En la carta a los hebreos leemos: “… por cuanto los hijos participan de carne
y sangre, El igualmente participó también de lo mismo, para anular
mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es
decir, el diablo, y librar a los que, por el temor a la muerte, estaban sujetos
a esclavitud durante toda la vida”. (Hb 2, 14-15) Es decir que el hombre por
el miedo que tiene a la muerte (y la muerte no es solo física, sino también
moral) vive como un esclavo. ¿Qué quiere decir como un esclavo? Un
esclavo está sujeto a la voluntad de su amo. Un esclavo vive pendiente de
lo que su amo le indique pues su vida depende de él. El amo ejerce poder
sobre el esclavo y, lo hace, porque tiene poder. ¿Quién es este amo que
tiene ese poder? El diablo. ¿por qué? Porque el diablo es “el que tiene el
poder de la muerte”, como leemos en el evangelio de San Mateo: “…Temed
más bien a aquél que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en
el infierno”. (Mt 10,28)
Así es como vive la humanidad. Los hombres, por el miedo que tenemos a
morir, a dejar de ser, (y esto es fácil de entender porque basta que nos
quiten la razón en una simple conversación y ya nos sentimos mal, es como
si hubiésemos perdido algo de nuestro ser…) pues bien, los hombres por el
miedo que tenemos a esa sensación hacemos lo que sea por no tenerla. Y
dentro de lo que sea, está el pecado. Por ejemplo: si me ofenden yo
respondo con ira o con rabia; si me hacen daño, igualmente responderé
vengándome de un modo u otro; y esto no lo puedo evitar. ¡Me sale solo!
Es como un mecanismo de resorte. No lo puedo evitar y a esto es a lo que
la carta a los hebreos llama “esclavitud”: estoy obligado (como lo está un
esclavo) a responder con el mal al mal que me hacen.
Esta forma de vivir se convierte en la pescadilla que se muerde la cola
porque “el salario del pecado es la muerte”: experimento la muerte, quiero
salir de esa experiencia, pero necesito algo que me conforte de alguna
manera, que calme ese vacío, que me consuele de esa sensación de
muerte… y ¿qué puedo hacer? ¡Ya se!: Mi propia voluntad, aquello que me
complace, o como dice San Pablo: vivir para mi mismo. Pero, cada vez que
hago mi propia voluntad compruebo otra cosa: la frustración. Aquello que
yo pensaba que me iba a librar de la sensación de muerte resulta que no
dura para siempre y se acaba y por eso me frustra. Y vuelta a empezar.
¿Qué puedo hacer? O, en palabras de San Pablo: "… pero advierto otra ley
en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley
del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de
este cuerpo que me lleva a la muerte?" (Rom 7, 22-23)
Pero no solo Acaz tiene miedo: También José tiene miedo. Así lo declara el
ángel que se le aparece en sueños: “José, hijo de David, no temas de recibir
a María tu mujer” (Mt 1, 20)
José es justo, pero no es un santurrón, es decir, vive en este mundo y le
preocupa entre otras cosas lo que puedan pensar de él. En una sociedad
como la judía de la época y en poblaciones tan pequeñas donde todo se
sabe, la gente hace preguntas, comenta y señala con el dedo. José tiene
miedo. Tiene miedo a quedar en entredicho, a ser finalmente excluido. Pero
José, a diferencia de Acaz, es justo. ¿Qué significa esto? Que quiere vivir
sujeto a la ley de Israel, quiere ajustarse a la voluntad de Dios. Entonces
debe denunciar a su mujer, pero, al mismo tiempo, no quiere hacerle daño.
Así que decide tirar por la calle de en medio: la repudiaré en secreto.
Ahora es cuando entra en escena el ángel. Mateo no incluye en su evangelio
la anunciación a María (esto es propio del evangelio de San Lucas). En
cambio, si hay una anunciación… pero a José. Y esto no es un caso aislado.
Esta anunciación tiene raíces profundas en el Antiguo Testamento. Allí, un
ángel le anunció a Abrahán que Sara daría luz a un hijo cuyo nombre sería
Isaac (Gen 17,15); un ángel le anunció a Manoaj que daría luz a un hijo cuyo
nombre sería Sansón (Jueces 13,2-25). Ya en el Nuevo Testamento un ángel
anunciará a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista.
Pero no perdamos el hilo: estábamos hablando del miedo. Como Moisés
ante la zarza ardiente, José intuye que algo raro pasa, pero no sabe qué es.
Tampoco sabe qué hacer porque se encuentra entre la espada y la pared,
entre el sufrimiento interior que le produce esa situación y el sufrimiento
que está por venir de parte de la gente. Por eso el ángel, en sueños, se le
aparece para decirle: lo que hay dentro del vientre de María viene del
Espíritu Santo, que es como decir: yo estoy detrás de esta situación así que,
¡adelante! Porque yo soy tu avalista. Pero, además, el ángel añade que el
que va a nacer “librará a su pueblo de los pecados”.
Entonces, si la causa verdadera de los sufrimientos de la humanidad es el
pecado y aquí hay uno que libra de los pecados, de la esclavitud y de la
muerte al fin… ¡no hay nada que temer!
Es lo que escuchamos hoy a San Pablo en la segunda lectura: “… constituido
según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de
la muerte: Jesucristo, nuestro Señor.
Más arriba San Pablo hacía una pregunta: ¿Quién me librará de este cuerpo
que me lleva a la muerte? La respuesta la encontramos hoy en el evangelio
en la actitud de José: “cuando José se despertó, hizo lo que le había
mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer”
La forma de librarnos de la esclavitud del pecado que nos lleva a la muerte
es OBEDECER a la voz del ángel cuando habla en sueños. Pero entonces
alguno dirá ¿cómo? ¿quieres decir que Dios habla mientras dormimos? No.
No me refiero a eso. Este sueño, no es el sueño natural sino, aquél al que
se refiere San Pablo en su carta a los Efesios: “Por esta razón dice: Despierta,
tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo”.
(Ef 5,14) y en otro lugar “Y haced todo esto, conociendo el tiempo, que ya
es hora de despertaros del sueño; porque ahora la salvación está más cerca
de nosotros que cuando creímos. La noche está muy avanzada, y el día está
cerca. Por tanto, desechemos las obras de las tinieblas y vistámonos con las
armas de la luz.… (Rom 13, 11-12)
Pues sí; muchos de nosotros no avanzamos en el conocimiento de Dios y en
la santidad porque seguimos dormidos, como si la cosa no fuera con
nosotros. Y terminamos por amar al mundo y lo que hay en el mundo.
Somos mundanos. Y esto es peligroso porque ya lo decían los griegos
antiguos: “El sueño es hermano de la muerte”
Por eso viene en nuestra ayuda la figura de José.
¿Qué fue lo que hizo José? José obedeció la palabra del ángel porque
obtuvo la respuesta a su pregunta: ¿Quién me librará del miedo? Cristo
Jesús, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la luz del mundo
y el salvador. José no obedeció a ciegas, sino sabiendo ya de antemano el
plan que Dios había proyectado realizar por Cristo y del que él (y tu y yo)
formamos parte.
Espero os ayude. La paz.