Revista de Estudios e Investigación Volumen XXXIII
Instituto Teológico de Murcia O.F.M. Julio-Diciembre 2017
ISSN: 0213-4381 Número 64
SUMARIO
Agustín Hernández Vidales, OFM
Octavio Paz: «Dios, El ausente» . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 291-317
José María Contreras Espuny
El papel de la Intuición y la razón como desencadenantes en la conversión
religiosa de Manuel García Morente . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 319-339
Javier Martínez Baigorri
Emergencia y causalidad en biología. Novedad ontológica y nuevas formas
causales en el estudio de la vida como realidad emergente. . . . . . . . . . . . . . 341-376
Ricardo Aldana Valenzuela
Amor y misericordia de Dios en la óptica teológica de Hans Urs von Baltha-
sar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 377-410
Antonio Sánchez Bayón
Revelaciones conceptuales y lingüísticas de la posglobalización: Retos de
construcción moral de la sociedad del conocimiento y aportes del humanis-
mo hispánico. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 411-458
Indalecio Pozo Martínez
Volumen XXXIII - Julio-Diciembre 2017 - Número 64
Nuevos testimonios sobre las obras de la Iglesia de El Salvador de Caravaca
(1526-1539) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 459-478
Vicente Montojo Montojo
Cofradías, Familiares de la Inquisición y Oficios Reales en la Basílica Ali-
cantina y El Corregimiento de Murcia y Cartagena en 1600-1665: Los Mar-
tínez de Vera y Los Briones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 479-504
NOTAS Y COMENTARIOS
Agustín Ortega Cabrera
La moral de la Iglesia y del Papa Francisco con San Juan Pablo II . . . . . . . 505-512
José Luis Yepes Hita
La Antropología Biológica como pregunta teológica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 513-518
BIBLIOGRAFÍA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 519-565
LIBROS RECIBIDOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 567
ÍNDICE DEL VOLUMEN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 569
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conoce y ama, y nos capacita para que podamos establecer relaciones personales con Él. Por
otro lado, la creación lleva consigo la imagen y semejanza divina; aunque Israel es su hijo
amado, a quien ha elegido para manifestarse por su mediación a todos los pueblos. Con todo,
la revelación divina está abierta a ulteriores revelaciones que abrirán la historia humana a una
plenitud que está en el mismo contenido de las promesas hechas a Israel. Se da, pues, una
dialéctica entre la trascendencia y cercanía divina. No se pueden hacer imágenes de Dios,
para no dominarlo, pero su trascendencia y amor le deja la libertad de vivir en la proximidad
y cercanía de la vida humana.
Jesús descubre la forma de relacionarse del Padre con sus criaturas, con sus hijos. Jesús
desvela al Padre en su experiencia personal y en su entrega sin límites a su pueblo. Distan-
ciándose del Dios juez de Juan el Bautista, o del Dios sabio del judaísmo heleno, o de la
Ley como presencia histórica de su voluntad salvadora, Jesús, a través del Dios del Reino,
estructura la historia como una fraternidad divina, y una fraternidad que la constituyen los
marginados de la historia: pobres, niños, enfermos, endemoniados; etc.; gente sin libertad y
sin una vida digna. Desde aquí, Jesús enseña que Dios es Abbá, y es Abbá (cf Mc 14,36; Rom
8,14; Gál 6,4) porque enseña su nombre y contenido desde su experiencia materna, Immá. Es
precisamente la madre quien instruye a sus hijos a pronunciar el nombre del padre. Por eso
las dos palabras y las experiencias que muestran están unidas en Jesús y en todo el NT (85).
Porque también están unidas en la dimensión antropológica: los hijos dicen el nombre de
padre —abbá—siempre en relación con el de la madre, de forma que encuentran en su unión
el origen de la vida, su conservación y su finalidad. Y en esta perspectiva hay que pensar que
Jesús la vive y expresa; nunca aislada, sino con relación a Immá: «Su madre María le ha en-
señado a decir Abbá, y en el abbá familiar (José) ha podido descubrir el rostro de Dios Abbá,
un Padre con madre o, mejor dicho, desde la madre» (88).
Al Padre se le reza en la comunidad para respetar su nombre, para obedecerle y para
que proteja la vida de sus hijos en las tres dimensiones que la forman: alimento, fraternidad
y protección del mal (cf Padrenuestro). Para Jesús, además, Dios Padre-Madre se da en su
nacimiento y está presente en la historia (cf Lc 1,35); un Padre- Madre que Jesús ha obedeci-
do y, por consiguiente, revelado a lo largo de toda su vida, comenzando por una experiencia
personal en el bautismo por Juan (cf Mc 1,9-11); además, Dios es Padre porque le ha acogido
en su muerte, muerte buscada por los responsables religiosos de Israel y ejecutada por el po-
der romano, y le ha resucitado dándole la vida gloriosa definitiva. Dios es Padre de Nuestro
Señor Jesucristo. Jesús, pues, se relaciona con el Padre más allá de la historia, en la misma
vida divina, y se relaciona con el Padre como hombre, en la historia humana, y en la que se le
dará el título de Señor y al que se le debe el honor correspondiente a su filiación divina(126).
Es un bello y preciso ensayo sobre la identidad de Dios en nuestra tradición religiosa y
muestra la madurez teológica y creyente de nuestro querido Xabier Pikaza.
F. Martínez Fresneda
Wedderburn, Alexander J.M., Una historia de los primeros cristianos, Sígueme, Salaman-
ca, 2015. 349 pp., 21x14 cm.
Una necesidad académica impulsa la publicación de este libro. Dos razones fundamen-
tales la sustentan: de un lado, el desfase de las obras ya publicadas sobre el cristianismo pri-
mitivo; de otro, la excesiva especialización, que deja huérfanos a los discentes que pretenden
acercarse al tema al no disponer de un texto adecuado. Así lo expresa en el prefacio el autor
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del libro, Alexander Wedderburn, profesor de Nuevo Testamento en varias universidades de
Inglaterra y Alemania, y miembro de la Iglesia Reformada. El prefacio se completa con la in-
tención de la obra: mostrar las ideas y la historia de la primera comunidad cristiana de modo
legible y de proporción manejable.
Estructurado en once capítulos y un epílogo, el libro arranca con una introducción que
sitúa el nacimiento del movimiento cristiano a partir de la fe en que Dios había resucitado a
Jesús de Nazaret. Dos fuentes relevantes son necesarias para intentar reconstruir la historia de
los primeros cristianos: Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. No obstante, hay que
ser precavido en el manejo de estas fuentes, pues no son fiables en sentido histórico a partir
de análisis comparados con otros textos de la época, como los de Josefo. La tarea primordial
de la obra es ceñirse a áreas del cristianismo primitivo que contienen elementos para llevar
a cabo una reconstrucción, evitando fabricar constructos históricos a partir de la nada (p.33).
Conseguirlo supone presentar un cristianismo libre de la equívoca definición de “religión del
libro”. De ahí el interés de la obra por la historia (Geschichte) y no tanto por la historia teo-
lógica. Es más, las ideas teológicas nacen de la historia y las acompañan. Entramos en arena
con el capítulo “los comienzos”, en donde aparecen los primeros cristianos con los aconteci-
mientos de la Pascua y con el impacto que produce en los discípulos ver a Jesús resucitado.
Ellos lo creyeron y esto se convirtió en una verdad revolucionaria (p.37).
Resurrección y Pentecostés fueron los acontecimientos que instituyen la comunidad pri-
mitiva de Jerusalén, una comunidad caracterizada por dones y experiencias espirituales ex-
táticas, una comunidad afín al judaísmo de la época (más plural y variado que el posterior),
aunque recelosa de la autoridad judía, por cuanto había participado activamente en la muerte
de Jesús. El siguiente capítulo está dedicado a Esteban y su grupo. Esteban, del grupo de los
siete helenistas, es presentado como precursor de Pablo en relación al no cumplimiento de la
Ley y la apertura hacia los gentiles. La relativización de la ley para acoger a los no judíos y
su actitud respecto al Templo, condujeron a Esteban al martirio. Posteriormente, el grupo de
los helenistas sería perseguido, a diferencia de los cristianos de índole hebrea, jalonados por
los Apóstoles, quienes permanecerían en relativa paz. En este estadio inicial de cristianismo,
la persecución tenía su razón de ser por la inclusión de gentiles en la diáspora judía, y no
por la fe en Jesús de los perseguidos. A partir de estos hechos, tiene lugar una división en el
seno del cristianismo primitivo entre helenistas y hebreos, marcada sobre todo por la cuestión
lingüística y cultual, y no tanto por la doctrina o teología.
El cuarto capítulo, “la expansión del cristianismo”, nos muestra que la expansión orde-
nada y sistemática desde Jerusalén que relata Hch es irreal, pues con toda probabilidad se
dio una dispersión informal e incontrolada de la fe cristiana. El desarrollo del cristianismo
primitivo fue mucho más azaroso y aleatorio de lo que Lucas narra, y dependió de numerosos
factores externos, como el comercio y las persecuciones (p.105). Samaria y Antioquía fueron
los primeros puntos geográficos de la expansión, siendo este último lugar donde se acuña el
término “cristiano”, de origen no judío, esto es, otorgado por los vecinos gentiles que consi-
deraron a este grupo como una facción peculiar dentro de la comunidad judía. Llegamos al
punto central de la obra con tres capítulos dedicados a Pablo. La vida y la obra de Pablo tie-
nen un peso indiscutible en el estudio de los “primeros cristianos”. Sus escritos son un punto
de referencia de lo que sabemos del inicio del cristianismo. Algunas afirmaciones arriesgadas
desliza el autor acerca del apóstol Pablo. Su conversión, nos dice Wedderburn, fue fruto del
convencimiento de que el camino de los perseguidos era la forma más adecuada de seguir a
Dios, la versión más auténtica del judaísmo, de aquella fe en que se había criado. No fue el
contenido de la visión, sino la convicción de aquellos a los que perseguía lo que contribuyó
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al desarrollo de su pensamiento (p.143). Dos sucesos claves se suscitan en la obra de Pablo
y, por ende, en la historia de la Iglesia primitiva: la Asamblea de Jerusalén (Gal 2, 11-14) y
la disputa de la Iglesia de Antioquía. Tras ellos, Pablo romperá su relación con la Iglesia de
Antioquía y sus relaciones con la comunidad jerosolimitana quedarán dañadas para siempre.
Pablo, el misionero, fue uno de tantos dedicados a la tarea de predicar el evangelio, nos dice
el autor (p.193). El alcance de su misión está mucho mejor atestiguado y fue el que mayor
impacto tuvo en las generaciones venideras del cristianismo primitivo. Pablo fundará comu-
nidades sí, pero serán las más heterogéneas de todas las asociaciones cristianas habidas en el
mundo grecorromano. Las Cartas muestran en general una estructura comunitaria informal,
por lo que sorprende encontrar al comienzo de algunas epístolas (Flp) saludos a diáconos
(diakonoi) y supervisores (episkopoi). Estas referencias podrían ser añadidos posteriores o
una manera de señalar a quienes ejercían determinadas funciones en la comunidad en virtud
de sus recursos económicos, vitales para el sustento de la comunidad.
El capítulo octavo está dedicado al “cristianismo judaizante”, una forma anterior de ju-
deocristianismo. Este cristianismo pone el acento en la fe y en la praxis, más que en las
descendencia étnica. Lo representaban la Iglesia de Jerusalén y los adversarios de Pablo. Los
cristianos judaizantes vivían como judíos y trataban de imponer su interpretación del evange-
lio a los demás cristianos (gentiles). La Iglesia de Jerusalén cumplía la ley con todo su rigor.
La presión romana y el judaísmo oficial hicieron que la praxis de esta Iglesia se radicalizara.
Había que mantener fidelidad a las tradiciones del judaísmo para sobrevivir. Pero la revuelta
judía y ulterior saqueo de Jerusalén (70 d.C.) acabarán con la influencia de esta Iglesia, muy
dañada además tras la muerte de Santiago, el hermano del Señor. Así las cosas, el centro de
gravedad de la Iglesia primitiva se traslada a Roma. El influjo jerosolimitano desaparece y la
impronta paulina prevalece. Los dos siguientes capítulos, “el cristianismo paulino después
de Pablo” y “el cristianismo joánico”, plantean dos líneas de cristianismo distintas, aunque
no divergentes del desarrollo del cristianismo postpaulino, expresados en los escritos deute-
ropaulinos (Col y Ef) y el evangelio de Jn y Ap, respectivamente. En el último capítulo, “la
Iglesia en el Imperio romano”, nos encontramos ante importante literatura cristiana (año 100)
que refleja diversas actitudes hacia el estado romano y la sociedad grecorromana. Se desarro-
llan estrategias distintas y dispares encaminadas a la supervivencia en un mundo dominado
por el poder de Roma (p.304). El autor plantea el interrogante de si algunas de esas estrate-
gias, caracterizadas por posiciones cautas e irénicas, no irían encaminadas ya consolidar su
posición en el Imperio y a preparar los siglos venideros. La obra se cierra con un epílogo en
donde el autor indica la necesidad de estudiar (rastrear) con rigor la diversidad de modelos de
cristianismo primitivo para dar respuestas convincentes en la actualidad a las inquietudes de
aquellos que preguntan por el acontecimiento de Jesús de Nazaret.
Decía el racionalista Leibniz que si Dios ha querido este mundo es porque es el mejor
de los mundos posibles. Tras la lectura de esta obra, cabe preguntarse si la historia de los
primeros cristianos que conocemos es la mejor de las historias posibles. A partir de tantos
cuestionamientos, cabe preguntarse también si la configuración del cristianismo primitivo
fue la más adecuada o hubo otras concepciones más auténticas que sucumbieron ante factores
externos. En este sentido, poco o ningún margen queda a la acción del Espíritu a partir del
análisis exhaustivo que nos propone el autor, pues todo parece quedar en manos del azar o la
contingencia humana. De ahí que la lectura de este libro no parezca muy apta para dogmáti-
cos, aunque sí recomendable para espíritus deseosos de explorar una historia de los primeros
cristianos.
A. Martínez Macanás
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