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Salvación: Amor al Prójimo y Juicio Final

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Dios es Creador de todo y a todos nos ofrece los medios para la salvación

eterna, aún en aquellos que libremente deciden no creer o seguir sus caminos,
¿Cómo quiénes? los ateos o agnósticos. ¿Qué es un ateo o agnóstico?
Quizás no desean acceder por los caminos ordinarios que administra la
Iglesia católica, pero sí lo hacen a través de otras alternativas porque también
para ellos el Hacedor esparció semillas de verdad, para que puedan
conducirse a Dios aún sin saberlo.
Nadie está exento del llamado de Dios como Creador, tal como lo
demuestra el relato del Juicio Final (31-46)
Yo pienso que es un texto que no es parábola, sino una evocación de algo
que sucederá.
Leer el texto de a poco.
Según el relato bíblico, dos grupos van emergiendo:
unos son llamados a recibir la bendición de Dios ¿Por qué? son los que se
han acercado con misericordia a los necesitados.
El otro grupo, es invitado a apartarse del Reino ¿Por qué? han vivido con
indiferencia ante el sufrimiento de los demás.
El texto afirma que, ante el Jesús compasivo, comparecen “todas las
naciones” y he aquí un detalle muy importante: Todos van a presentarse
aquel día. No se dice que se presentarán ante el Señor los cristianos, el pueblo
elegido de Israel, los evangelistas, los mormones, los Testigos de Jehová, de
la religión musulmana o las religiones orientales; nada de eso.
No se afirma que los que están a la derecha son del catolicismo y los que
están a la izquierda son los no creyentes, sino que “todas las naciones” se
presentarán en el día del Juicio.
Es decir, lo que va a decidir la suerte final de cada persona, no es la
religión en la que se ha vivido, ni la fe que ha confesado durante toda su
existencia. ¿Qué es lo que va a decidir la vida eterna de cada uno?
El modo en cómo se supo escuchar la voz de la conciencia, la cual llama a
proteger:
al inmigrante que va de un lugar a otro porque se le cierran las posibilidades,
al indefenso que en el vientre materno no tiene voz para denunciar una
crueldad,
al que está preso por una causa injusta,
a los que tienen que tocar la puerta de alguna casa pidiendo algo de comida
para llevar a los hijos;
a los niños que, en vez de comer en su hogar junto a sus padres y hermanos,
tienen que alimentarse con desconocidos en los comedores públicos.
En ese día del Juicio Final se hablará de algo muy humano y que todos han
entendido: “¿qué hiciste con aquellos que han vivido el sufrimiento?”.
Una pregunta que refleja paradójicamente el texto porque a los que están a
la derecha, el Rey les dice: “vengan benditos de mi Padre, porque tuve
hambre y me diste de comer, sed y me diste de beber, desnudo y me vestiste,
preso y me fuiste a visitar”.
Y ellos, asombrados, le preguntarán: “Señor, ¿Cuándo te dimos de comer
o de beber? (claro, porque no saben que le estaban haciendo un bien a Él);
¿cuándo te vimos desnudo y te vestimos? Y Jesús les responderá: “cada vez
que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicieron”.
Esas personas de la derecha que se están salvando, ¿dice el texto si son de
alguna creencia? De alguna manera sí: no son de ninguna religión, sino que
son todos ateos y agnósticos, porque ellos le cuestionan al Señor “¿Cuándo
te vimos con hambre y te dimos de comer?; ¿cuándo te vimos con sed y te
dimos un vaso de agua?”, o sea, ¿eso puede preguntarle un cristiano a
Jesús? Claro que no, porque un creyente sabe que cuando le hace un bien
al prójimo, en el fondo, se lo hace al mismo Jesucristo.
En cambio, estas personas están desayunando, madrugando para ir al trabajo,
limpiando la casa, saludando de buena gana al vecino, cumpliendo con sus
obligaciones de cada día, dando un buen consejo a sus hijos, estudiando para
aprobar un examen, barriendo la vereda todas las mañanas, siendo puntuales
en sus reuniones y aunque no profesen religión alguna, se están salvando;
¿solamente por qué? por amor al prójimo.
En ninguna parte del texto bíblico Jesús dice: “vengan benditos de mi Padre,
porque fueron a misa el domingo, porque rezaron el rosario y el viacrucis
durante el tiempo de cuaresma, porque leyeron la novena y peregrinaron a
Salta en el tiempo del Milagro”.
En ninguna parte se habla de que alguien se condenará por haber faltado a la
eucaristía.
Para un católico, ¿es importante acudir a las celebraciones litúrgicas,
recibir los sacramentos, realizar actos de devoción? Por supuesto que sí,
pues con ellos se fortalece para amar a su prójimo. Si no acude a misa un día
domingo, ¿de dónde sacará fuerzas para aguantar a sus compañeros de
trabajo que son unos pesados, a su vecina que es una molesta, a la familia
que a veces le exige tantas cosas o darles consejos sabios a sus hijos?
Los actos religiosos que ofrece la Iglesia en su liturgia y en las prácticas
piadosas, en sí mismos, no son fuentes de salvación absoluta, sino que
son medios (de salvación) que el Señor dejó para que el hombre se
predisponga interiormente en bien de quien lo está necesitando.
Cuando Jesús dialoga con las personas de “todas las naciones”, no les habla
con grandes palabras y conceptos abstractos como: justicia, solidaridad,
bondad, compromiso, caridad. No. El rey habla de: comida, de ropa, algo
para beber, un techo para refugiarse del frio, ¿Por qué habla así? porque
ante Dios todos son iguales y un gesto humano de ayuda a un necesitado,
puede brotar tanto de un creyente como de quien, siendo agnóstico, piensa
con un corazón que se ocupa de los demás.
En fin, la religión que más agrada al Creador no es la que llena los templos
y predica grandes doctrinas, sino la que tiene un acercamiento explícito al
necesitado.
Si existe una religiosidad o piedad que pretende inculcar un acercamiento a
Dios pero que lo lleva a desentenderse de su hermano necesitado, porque en
el fondo hay una evidente deformación de conciencia, entonces no tiene nada
que ver con el Evangelio.
Mt 25,11-12
Uno de los aspectos a reconsiderar en el mensaje cristiano porque muchas
veces se lo da por supuesto u olvidado, es saber que el Señor siempre habló
de prepararse para lo que acontecerá en la otra vida como corolario de
lo que se hizo en esta.
No solo le prometió el paraíso al ladrón arrepentido, sino que también habló
de castigo a sus seguidores, como aquella consecuencia que sobrevendrá
para quienes no estén preparados.
El cristiano generalmente suele pensar que la cuestión del castigo y de las
penas del infierno es algo que sucederá a los demás, pero no a sí mismo.
Ojalá se pudiera vivir cada día sabiendo que Dios es bueno, que siempre está
dispuesto a perdonar. No obstante, el Creador es justo y por eso es que
existen las penas del infierno para los que libremente renunciaron a sus
disposiciones divinas.
A veces, el creyente no entiende lo que es la misericordia de Dios, la gracia,
aquel don gratuito que Él hace de su vida para infundirla en el varón y la
mujer y estar éstos capacitados para obrar a su semejanza a condición de
que la comuniquen a los demás.
Ésta es la clave: saber que si quien recibió la gracia no la comparte, está
manifestando que no la ha recibido;
si alguien se confiesa diciendo que siente rabia hacia su vecino y sale del
confesionario sin estar dispuesto a perdonarlo, entonces no es verdad que se
ha confesado; no es verdad. ¿Hay castigo y por ello infierno? Sí, pero no
porque Dios lo quiere sino porque el hombre ignoto no desea recibir la
gracia.
Tomás de Aquino decía que el infierno es un monumento a la libertad
humana; ¿Qué significa? si alguien no se quiere salvar, no se lo puede
obligar. Si un conocido nuestro no ha querido ser misericordioso con su
prójimo, ¿qué se le tiene que hacer… ahorcarlo? No, se lo tiene que respetar,
pero allá él y su decisión. Así lo ilustra bien la parábola de las vírgenes
prudentes y necias: Mt 25,1ss.
«No las conozco», les dice el Creador. Pero ¿cómo si es Dios, no las va a
conocer? No obstante, sucede así porque cuando alguien golpea la puerta de
una casa, del otro lado el dueño sabe que es una persona humana pero no la
reconoce como un familiar suyo para dejarlo entrar, porque para poder
hacerlo tiene que participar de la familiaridad de la casa.
¿Con qué criterio Dios va a aceptar a unos y tachar a otros?, pareciera ser
una cosa tan arbitraria; sin embargo, no lo es porque el criterio no está en Él,
sino en el hombre. «¿Por qué no me conoces?», se le preguntará al Señor. Y
Él le dirá: «porque no has querido recibir mi apellido» (es decir, la
gracia); yo te la he ofrecido y no quisiste recibirla porque te olvidaste de tu
prójimo.
En cambio, la persona que es misericordiosa, nunca vive indiferente a los
problemas de los demás, porque cuando ve a alguien sufriendo, esa
situación clama a las entrañas de Dios y Él desde arriba provoca que la gracia
que ha dejado impresa en el corazón humano se ponga en acción.
Cuando eso sucede, las entrañas del individuo se van a conmover como lo
están haciendo en Dios y por eso el sujeto no va a parar hasta que el mísero
salga de su situación de sufrimiento. Quién realmente es misericordioso no
puede quedarse jamás en lamentos ante la desgracia ajena.
En cambio, el que ve una situación de sufrimiento y se desentiende de ello,
pero de manera permanente y consciente, entonces, esa persona deja de ser
un mísero para volverse un miserable.

Dios es misericordioso, pero también es justo y por eso recuerda


constantemente al hombre que tiene que reflexionar sobre su futuro, como
lo hace el deportista quien, al comenzar a entrenar para una competición, lo
hace pensando en ganar la carrera o el campesino el cual siembra la semilla
en su huerta, pensando ya en la cosecha. No es de insensatos pensar en el
futuro; al contrario, es de sabios

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