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Historias y cuentos de Galicia

Emilia Pardo Bazán

[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de OO.CC. (Madrid, Aguilar,


1963, 4ª ed., T. I, pp. 1304-1391) y cotejada con la edición crítica de Juan
Paredes Núñez (Cuentos completos, La Coruña, Fundación Pedro Barrié de la Maza,
Conde de Fenosa, 1990, T. II, pp. 5-96.]

Un destripador de antaño

La leyenda del "destripador", asesino medio sabio y medio brujo, es muy antigua
en mi tierra. La oí en tiernos años, susurrada o salmodiada en terroríficas
estrofas, quizá al borde de mi cuna, por la vieja criada, quizá en la cocina
aldeana, en la tertulia de los gañanes, que la comentaban con estremecimientos de
temor o risotadas oscuras. Volvió a aparecérseme, como fantasmagórica creación de
Hoffmann, en las sombrías y retorcidas callejuelas de un pueblo que hasta hace poco
permaneció teñido de colores medievales, lo mismo que si todavía hubiese peregrinos
en el mundo y resonase aún bajo las bóvedas de la catedral el himno de Ultreja. Más
tarde, el clamoreo de los periódicos, el pánico vil de la ignorante multitud, hacen
surgir de nuevo en mi fantasía el cuento, trágico y ridículo como Quasimodo,
jorobado con todas las jorobas que afean al ciego Terror y a la Superstición
infame. Voy a contarlo. Entrad conmigo valerosamente en la zona de sombra del alma.

- I -

Un paisajista sería capaz de quedarse embelesado si viese aquel molino de la


aldea de Tornelos. Caído en la vertiente de una montañuela, dábale alimento una
represa que formaba lindo estanque natural, festoneado de canas y poas, puesto,
como espejillo de mano sobre falda verde, encima del terciopelo de un prado donde
crecían áureos ranúnculos y en otoño abrían sus corolas moradas y elegantes lirios.
Al otro lado de la represa habían trillado sendero el pie del hombre y el casco de
los asnos que iban y volvían cargados de sacas, a la venida con maíz, trigo y
centeno en grano, al regreso, con harina oscura, blanca o amarillenta. ¡Y qué bien
"componía", coronando el rústico molino y la pobre casuca de los molineros, el gran
castaño de horizontales ramas y frondosa copa, cubierto en verano de pálida y
desmelenada flor; en octubre de picantes y reventones erizos! ¡Cuán gallardo y
majestuoso se perfilaba sobre la azulada cresta del monte, medio velado entre la
cortina gris del
humo que salía, no por la chimenea -pues no la tenía la casa del molinero, ni aun
hoy la tienen muchas casas de aldeanos de Galicia-, sino por todas partes; puertas,
ventanas, resquicios del tejado y grietas de las desmanteladas paredes!
El complemento del asunto -gentil, lleno de poesía, digno de que lo fijase un
artista genial en algún cuadro idílico- era una niña como de trece a catorce años,
que sacaba a pastar una vaca por aquellos ribazos siempre tan floridos y frescos,
hasta en el rigor del estío, cuando el ganado languidece por falta de hierba. Minia
encarnaba el tipo de la pastora: armonizaba con el fondo. En la aldea la llamaba
roxa, pero en sentido de rubia, pues tenía el pelo del color del cerro que a veces
hilaba, de un rubio pálido, lacio, que, a manera de vago reflejo lumínico, rodeaba
la carita, algo tostada por el sol, oval y descolorida, donde sólo brillaban los
ojos con un toque celeste, como el azul que a veces se entrevé al través de las
brumas del montañés celaje. Minia cubría sus carnes con un refajo colorado,
desteñido ya por el uso; recia camisa de estopa velaba su seno, mal desarrollado
aún; iba descalza, y el pelito lo llevaba envedijado y revuelto y a veces mezclado
-sin asomo de
ofeliana coquetería- con briznas de paja o tallos de los que segaba para la vaca en
los linderos de las heredades. Y así y todo, estaba bonita, bonita como un ángel,
o, por mejor decir, como la patrona del santuario próximo, con la cual ofrecía -al
decir de las gentes- singular parecido.
La célebre patrona, objeto de fervorosa devoción para los aldeanos de aquellos
contornos, era un "cuerpo santo", traído de Roma por cierto industrioso gallego,
especie de Gil Blas, que, habiendo llegado, por azares de la fortuna a servidor de
un cardenal romano, no pidió otra recompensa, al terminar, por muerte de su amo,
diez años de buenos y leales servicios, que la urna y efigie que adornaban el
oratorio del cardenal. Diéronselas y las trajo a su aldea, no sin aparato. Con sus
ahorrillos y alguna ayuda del arzobispo, elevó modesta capilla, que a los pocos
años de su muerte las limosnas de los fieles, la súbita devoción despertada en
muchas leguas a la redonda, transformaron en rico santuario, con su gran iglesia
barroca y su buena vivienda para el santero, cargo que desde luego asumió el
párroco, viniendo así a convertirse aquella olvidada parroquia de montaña en pingue
canonjía. No era fácil averiguar con rigurosa exactitud histórica, ni apoyándose en
documentos
fehacientes e incontrovertibles, a quién habría pertenecido el huesecillo del
cráneo humano incrustado en la cabeza de cera de la Santa. Solo un papel
amarillento, escrito con letra menuda y firme y pegado en el fondo de la urna,
afirmaba ser aquellas las reliquias de la bienaventurada Herminia, noble virgen que
padeció martirio bajo Diocleciano. Inútil parece buscar en las actas de los
mártires el nombre y género de muerte de la bienaventurada Herminia. Los aldeanos
tampoco lo preguntaban, ni ganas de meterse en tales honduras. Para ellos, la Santa
no era figura de cera, sino el mismo cuerpo incorrupto; del nombre germánico de la
mártir hicieron el gracioso y familiar de Minia, y a fin de apropiárselo mejor, le
añadieron el de la parroquia, llamándola Santa Minia de Tornelos. Poco les
importaba a los devotos montañeses el cómo ni el cuándo de su Santa; veneraban en
ella la Inocencia y el Martirio, el heroísmo de la debilidad; cosa sublime.
A la rapaza del molino le habían puesto Minia en la pila bautismal, y todos los
años, el día de la fiesta de su patrona, arrodillábase la chiquilla delante de la
urna tan embelesada con la contemplación de la Santa, que ni acertaba a mover los
labios rezando. La fascinaba la efigie, que para ella también era un cuerpo real,
un verdadero cadáver. Ello es que la Santa estaba preciosa; preciosa y terrible a
la vez. Representaba la cérea figura a una jovencita como de quince años, de
perfectas facciones pálidas. Al través de sus párpados cerrados por la muerte, pero
ligeramente revulsos por la contracción de la agonía, veíanse brillar los ojos de
cristal con misterioso brillo. La boca, también entreabierta, tenía los labios
lívidos, y transparecía el esmalte de la dentadura. La cabeza, inclinada sobre el
almohadón de seda carmesí que cubría un encaje de oro ya deslucido, ostentaba
encima del pelo rubio una corona de rosas de plata; y la postura permitía ver
perfectamente la
herida de la garganta, estudiada con clínica exactitud; las cortadas arterias, la
laringe, la sangre, de la cual algunas gotas negreaban sobre el cuello. Vestía la
Santa dalmática de brocado verde sobre túnica de tafetán color de caramelo, atavío
más teatral que romano en el cual entraban como elemento ornamental bastantes
lentejuelas e hilillos de oro. Sus manos, finísimamente modeladas y exangües, se
cruzaban sobre la palma de su triunfo. Al través de los vidrios de la urna, al
reflejo de los cirios, la polvorienta imagen y sus ropas, ajadas por el transcurso
del tiempo, adquirían vida sobrenatural. Diríase que la herida iba a derramar
sangre fresca.
La chiquilla volvía de la iglesia ensimismada y absorta. Era siempre de pocas
palabras; pero un mes después de la fiesta patronal, difícilmente salía de su
mutismo, ni se veía en sus labios la sonrisa, a no ser que los vecinos le dijesen
que "se parecía mucho con la Santa".
Los aldeanos no son blandos de corazón; al revés, suelen tenerlo tan duro y
callado como las palmas de las manos; pero cuando no esta en juego su interés
propio, poseen cierto instinto de justicia que los induce a tomar el partido del
débil oprimido por el fuerte. Por eso miraban a Minia con profunda lástima.
Huérfana de padre y madre, la chiquilla vivía con sus tíos. El padre de Minia era
molinero, y se había muerto de intermitentes palúdicas, mal frecuente en los de su
oficio; la madre le siguió al sepulcro, no arrebatada de pena, que en una aldeana
sería extraño género de muerte, sino a poder de un dolor de costado que tomó
saliendo sudorosa de cocer la hornada de maíz. Minia quedó solita a la edad de año
y medio, recién destetada. Su tío, Juan Ramón -que se ganaba la vida trabajosamente
en el oficio de albañil, pues no era amigo de labranza-, entró en el molino como en
casa propia, y, encontrando la industria ya fundada, la clientela establecida, el
negocio entretenido y
cómodo, ascendió a molinero, que en la aldea es ascender a personaje. No tardó en
ser su consorte la moza con quien tenía trato, y de quien poseía ya dos frutos de
maldición: varón y hembra. Minia y estos retoños crecieron mezclados, sin más
diferencia aparente sino que los chiquitines decían al molinero y a la molinera
papai y mamai, mientras Minia, aunque nadie se lo hubiese enseñado, no los llamó
nunca de otro modo que "señor tío" y "señora tía".
Si se estudiase a fondo la situación de la familia, se verían diferencias más
graves. Minia vivía relegada a la condición de criada o moza de faena. No es decir
que sus primos no trabajasen, porque el trabajo a nadie perdona en casa del
labriego; pero las labores más viles, las tareas más duras, guardábanse para Minia.
Su prima Melia, destinada por su madre a costurera, que es entre las campesinas
profesión aristocrática, daba a la aguja en una sillita, y se divertía oyendo los
requiebros bárbaros y las picardihuelas de los mozos y mozas que acudían al molino
y se pasaban allí la noche en vela y broma, con notoria ventaja del diablo y no sin
frecuente e ilegal acrecentamiento de nuestra especie. Minia era quien ayudaba a
cargar el carro de tojo; la que, con sus manos diminutas, amasaba el pan; la que
echaba de comer al becerro, al cerdo y a las gallinas; la que llevaba a pastar la
vaca, y, encorvada y fatigosa, traía del monte el haz de leña, o del soto el saco
de castañas,
o el cesto de hierba del prado. Andrés, el mozuelo, no la ayudaba poco ni mucho;
pasábase la vida en el molino, ayudando a la molienda y al maquileo, y de riola,
fiesta, canto y repiqueteo de panderetas con los demás rapaces y rapazas. De esta
temprana escuela de corrupción sacaba el muchacho pullas, dichos y barrabasadas que
a veces molestaban a Minia, sin que ella supiese por qué ni tratase de
comprenderlo.
El molino, durante varios años, produjo lo suficiente para proporcionar a la
familia cierto desahogo. Juan Ramón tomaba el negocio con interés, estaba siempre a
punto aguardando por la parroquia, era activo, vigilante y exacto. Poco a poco, con
el desgaste de la vida que corre insensible y grata, resurgieron sus aficiones a la
holgazanería y al bienestar, y empezaron los descuidos, parientes tan próximos de
la ruina. ¡El bienestar! Para un labriego estriba en poca cosa: algo más del
torrezno y unto en el pote, carne de vez en cuando, pantrigo a discreción, leche
cuajada o fresca, esto distingue al labrador acomodado del desvalido. Después viene
el lujo de la indumentaria: el buen traje de rizo, las polainas de prolijo
pespunte, la camisa labrada, la faja que esmaltan flores de seda, el pañuelo majo y
la botonadura de plata en el rojo chaleco. Juan Ramón tenía de estas exigencias, y
acaso no fuesen ni la comida ni el traje lo que introducía desequilibrio en su
presupuesto,
sino la pícara costumbre, que iba arraigándose, de "echar una pinga" en la taberna
del Canelo, primero, todos los domingos; luego, las fiestas de guardar; por último
muchos días en que la Santa Madre Iglesia no impone precepto de misa a los fieles.
Después de las libaciones, el molinero regresaba a su molino, ya alegre como unas
pascuas, ya tétrico, renegando de su suerte y con ganas de arrimar a alguien un
sopapo. Melia, al verle volver así, se escondía. Andrés, la primera vez que su
padre le descargó un palo con la tranca de la puerta, se revolvió como una fiera,
le sujetó y no le dejó ganas de nuevas agresiones; Pepona, la molinera, más fuerte,
huesuda y recia que su marido, también era capaz de pagar en buena moneda el
cachete; sólo quedaba Minia, víctima sufrida y constante. La niña recibía los
golpes con estoicismo, palideciendo a veces cuando sentía vivo dolor -cuando, por
ejemplo, la hería en la espinilla o en la cadera la punta de un zueco de palo-,
pero no llorando
jamás. La parroquia no ignoraba estos tratamientos, y algunas mujeres compadecían
bastante a Minia. En las tertulias del atrio, después de misa; en las deshojas del
maíz, en la romería del santuario, en las ferias, comenzaba a susurrarse que el
molinero se empeñaba, que el molino se hundía, que en las maquilas robaban sin
temor de Dios, y que no tardaría la rueda en pararse y los alguaciles en entrar
allí para embargarles hasta la camisa que llevaban sobre los lomos.
Una persona luchaba contra la desorganización creciente de aquella humilde
industria y aquel pobre hogar. Era Pepona, la molinera, mujer avara, codiciosa,
ahorrona hasta de un ochavo, tenaz, vehemente y áspera. Levantada antes que rayase
el día, incansable en el trabajo, siempre se la veía, ya inclinada labrando la
tierra, ya en el molino regateando la maquila, ya trotando, descalza, por el camino
de Santiago adelante con una cesta de huevos, aves y verduras en la cabeza, para ir
a venderla al mercado. Mas ¿qué valen el cuidado y el celo, la economía sórdida de
una mujer, contra el vicio y la pereza de dos hombres? En una mañana se bebía Juan
Ramón, en una noche de tuna despilfarraba Andrés el fruto de la semana de Pepona.
Mal andaban los negocios de la casa, y peor humorada la molinera, cuando vino a
complicar la situación un año fatal, año de miseria y sequía, en que, perdiéndose
la cosecha del maíz y trigo, la gente vivió de averiadas habichuelas, de secos
habones, de pobres y héticas hortalizas, de algún centeno de la cosecha anterior,
roído ya por el cornezuelo y el gorgojo. Lo más encogido y apretado que se puede
imaginar en el mundo, no acierta a dar idea del grado de reducción que consigue el
estómago de un labrador gallego y la vacuidad a que se sujetan sus elásticas tripas
en años así. Berzas espesadas con harina y suavizadas con una corteza de tocino
rancio; y esto un día y otro día, sin sustancia de carne, sin gota de vino para
reforzar un poco los espíritus vitales y devolver vigor al cuerpo. La patata, el
pan del pobre, entonces apenas se conocía, porque no sé si dije que lo que voy
contando ocurrió en los primeros lustros del siglo décimonono.
Considérese cuál andaría con semejante añada el molino de Juan Ramón. Perdida la
cosecha, descansaba forzosamente la muela. El rodezno, parado y silencioso,
infundía tristeza; semejaba el brazo de un paralítico. Los ratones, furiosos de no
encontrar grano que roer, famélicos también ellos, correteaban alrededor de la
piedra, exhalando agrios chillidos. Andrés, aburrido por la falta de la
acostumbrada tertulia, se metía cada vez más en danzas y aventuras amorosas,
volviendo a casa como su padre, rendido y enojado, con las manos que le
hormigueaban por zurrar. Zurraba a Minia con mezcla de galantería rústica y de
brutalidad, y enseñaba los dientes a su madre porque la pitanza era escasa y
desabrida. Vago ya de profesión, andaba de feria en feria buscando lances,
pendencias y copas. Por fortuna, en primavera cayó soldado y se fue con el chopo
camino de la ciudad. Hablando como la dura verdad nos impone, confesaremos que la
mayor satisfacción que pudo dar a su madre fue
quitársele de la vista: ningún pedazo de pan traía a casa, y en ella solo sabía
derrochar y gruñir, confirmando la sentencia: "Donde no hay harina, todo es
mohína".
La víctima propiciatoria, la que expiaba todos los sinsabores y desengaños de
Pepona, era..., ¿quién había de ser? Siempre había tratado Pepona a Minia con
hostil indiferencia; ahora, con odio sañudo de impía madrastra. Para Minia los
harapos; para Melia los refajos de grana; para Minia la cama en el duro suelo; para
Melia un leito igual al de sus padres; a Minia se le arrojaba la corteza de pan de
borona enmohecido, mientras el resto de la familia despachaba el caldo calentito y
el compango de cerdo. Minia no se quejaba jamás. Estaba un poco más descolorida y
perpetuamente absorta, y su cabeza se inclinaba a veces lánguidamente sobre el
hombro, aumentándose entonces su parecido con la Santa. Callada, exteriormente
insensible, la muchacha sufría en secreto angustia mortal, inexplicables mareos,
ansias de llorar, dolores en lo más profundo y delicado de su organismo, misteriosa
pena, y, sobre todo, unas ganas constantes de morirse para descansar yéndose al
cielo... Y el
paisajista o el poeta que cruzase ante el molino y viese el frondoso castaño, la
represa con su agua durmiente y su orla de cañas, la pastorcilla rubia, que,
pensativa, dejaba a la vaca saciarse libremente por el lindero orlado de flores,
soñaría con idilios y haría una descripción apacible y encantadora de la infeliz
niña golpeada y hambrienta, medio idiota ya a fuerza de desamores y crueldades.

- II -

Un día descendió mayor consternación que nunca sobre la choza de los molineros.
Era llegado el plazo fatal para el colono: vencía el término del arriendo, y, o
pagaba al dueño del lugar, o se verían arrojados de él y sin techo que los
cobijase, ni tierra donde cultivar las berzas para el caldo. Y lo mismo el holgazán
Juan Ramón que Pepona la diligente, profesaban a aquel quiñón de tierra el cariño
insensato que apenas profesarían a un hijo pedazo de sus entrañas. Salir de allí se
les figuraba peor que ir para la sepultura: que esto, al fin, tiene que suceder a
los mortales, mientras lo otro no ocurre sino por impensados rigores de la suerte
negra. ¿Dónde encontrarían dinero? Probablemente no había en toda la comarca las
dos onzas que importaba la renta del lugar. Aquel año de miseria -calculó Pepona-,
dos onzas no podían hallarse sino en la boeta o cepillo de Santa Minia. El cura si
que tendría dos onzas, y bastantes más, cosidas en el jergón o enterradas en el
huerto...
Esta probabilidad fue asunto de la conversación de los esposos, tendidos boca a
boca en el lecho conyugal, especie de cajón con una abertura al exterior, y dentro
un relleno de hojas de maíz y una raída manta. En honor de la verdad, hay que decir
que a Juan Ramón, alegrillo con los cuatro tragos que había echado al anochecer
para confortar el estómago casi vacío, no se le ocurría siquiera aquello de las
onzas del cura hasta que se lo sugirió, cual verdadera Eva, su cónyuge; y es justo
observar también que contestó a la tentación con palabras muy discretas, como si no
hablase por su boca el espíritu parral.
-Oyes, tú, Juan Ramón... El clérigo sí que tendrá a rabiar lo que aquí nos
falta... Ricas onciñas tendrá el clérigo.
¿Tú roncas, o me oyes, o qué haces?
-Bueno, ¡rayo!, y si las tiene, ¿qué rayos nos interesa? Dar, no nos las ha de
dar.
-Darlas, ya se sabe; pero... emprestadas...
-¡Emprestadas! Sí, ve a que te empresten...
-Yo digo emprestadas así, medio a la fuerza... ¡Malditos!... No sois hombres, no
tenéis de hombres sino la parola... Si estuviese aquí Andresiño..., un día..., al
oscurecer...
-Como vuelvas a mentar eso, los diaños lleven si no te saco las muelas del
bofetón...
-Cochinos de cobardes; aún las mujeres tenemos más riñones...
-Loba, calla; tú quieres perderme. El clérigo tiene escopeta... y a más quieres
que Santa Minia mande una centella que mismamente nos destrice...
-Santa Minia es el miedo que te come...
-¡Toma, malvada!...
-¡Pellejo, borranchón!...
Estaba echada Minia sobre un haz de paja, a poca distancia de sus tíos, en esa
promiscuidad de las cabañas gallegas, donde irracionales y racionales, padres e
hijos, yacen confundidos y mezclados. Aterida de frío bajo su ropa, que había
amontonado para cubrirse -pues manta Dios la diese-, entreoyó algunas frases
sospechosas y confusas, las excitaciones sordas de la mujer, los gruñidos y chanzas
vinosas del hombre. Tratábase de la Santa... Pero la niña no comprendió. Sin
embargo, aquello le sonaba mal; le sonaba a ofensa, a lo que ella, si tuviese
nociones de lo que tal palabra significa, hubiese llamado desacato. Movió los
labios para rezar la única oración que sabía, y así rezando, se quedó traspuesta.
Apenas le salteó el sueño, le pareció que una luz dorada y azulada llenaba el
recinto de la choza. En medio de aquella luz, o formando aquella luz, semejante a
la que despedía la "madama de fuego" que presentaba el cohetero en la fiesta
patronal, estaba la Santa, no
reclinada, sino de pie, y blandiendo su palma como si blandiese un arma terrible.
Minia creía oír distintamente estas palabras. "¿Ves? Los mato". Y mirando hacia el
lecho de sus tíos, los vio cadáveres, negros, carbonizados, con la boca torcida y
la lengua de fuera. En este momento se dejó oír el sonoro cántico del gallo; la
becerrilla mugió en el establo, reclamando el pezón de su madre... Amanecía.
Si pudiese la niña hacer su gusto, se quedaría acurrucada entre la paja la mañana
que siguió a su visión. Sentía gran dolor en los huesos, quebrantamiento general,
sed ardiente. Pero la hicieron levantar, tirándola del pelo y llamándola holgazana,
y, según costumbre, hubo de sacar el ganado. Con su habitual pasividad no replicó;
agarró la cuerda y echó hacia el pradillo. La Pepona, por su parte, habiéndose
lavado primero los pies y luego la cara en el charco más próximo a la represa del
molino, y puéstose el dengue y el mantelo de los días grandes y también -lujo
inaudito- los zapatos, colocó en una cesta hasta dos docenas de manzanas, una pella
de manteca envuelta en una hoja de col, algunos huevos y la mejor gallina ponedora,
y, cargando la cesta en la cabeza, salió del lugar y tomó el camino de Compostela
con aire resuelto. Iba a implorar, a pedir un plazo, una prórroga, un perdón de
renta, algo que les permitiese salir de aquel año terrible sin abandonar el lugar
querido, fertilizado con su sudor... Porque las dos onzas del arriendo..., ¡quia!
en la boeta de Santa Minia o en el jergón del clérigo seguirían guardadas, por ser
un calzonazos Juan Ramón y faltar de la casa Andresiño..., y no usar ella, en lugar
de refajos, las mal llevadas bragas del esposo.
No abrigaba Pepona grandes esperanzas de obtener la menor concesión, el más
pequeño respiro. Así se lo decía a su vecina y comadre Jacoba de Alberte, con la
cual se reunió en el crucero, enterándose de que iba a hacer la misma jornada, pues
Jacoba tenía que traer de la ciudad medicina para su hombre, afligido con un asma
de todos los demonios, que no le dejaba estar acostado, ni por las mañanas casi
respirar. Resolvieron las dos comadres ir juntas para tener menos miedo a los lobos
o a los aparecidos, si al volver se les echaba la noche encima; y pie ante pie,
haciendo votos porque no lloviese, pues Pepona llevaba a cuestas el fondito del
arca, emprendieron su caminata charlando.
-Mi matanza -dijo la Pepona- es que no podré hablar cara a cara con el señor
marqués, y al apoderado tendré que arrodillarme. Los señores de mayor señorío son
siempre los más compadecidos del pobre. Los peores, los señoritos hechos a
puñetazos, como don Mauricio, el apoderado; esos tienen el corazón duro como las
piedras y le tratan a uno peor que a la suela del zapato. Le digo que voy allá como
el buey al matadero.
La Jacoba, que era una mujercilla pequeña, de ojos ribeteados, de apergaminadas
facciones, con dos toques, cual de ladrillos en los pómulos, contestó en voz
plañidera:
-¡Ay comadre! Iba yo cien veces a donde va, y no quería ir una a donde voy.
¡Santa Minia nos valga! Bien sabe el Señor Nuestro Dios que me lleva la salud del
hombre, porque la salud vale más que las riquezas. No siendo por amor de la salud,
¿quién tiene valor de pisar la botica de don Custodio?
Al oír este nombre, viva expresión de curiosidad azorada se pintó en el rostro de
la Pepona y arrugóse su frente, corta y chata, donde el pelo nacía casi a un dedo
de las tupidas cejas.
-¡Ay! Sí, mujer... Yo nunca allá fui. Hasta por delante de la botica no me da
gusto pasar. Andan no sé qué dichos, de que el boticario hace "meigallos".
-Eso de no pasar, bien se dice; pero cuando uno tiene la salud en sus manos... La
salud vale más que todos los bienes de este mundo; y el pobre que no tiene otro
caudal sino la salud, ¿qué no hará por conseguirla? Al demonio era yo capaz de ir a
pedirle en el infierno la buena untura para mi hombre. Un peso y doce reales
llevamos gastados este año en botica, y nada; como si fuese agua de la fuente; que
hasta es un pecado derrochar los cuartos así, cuando no hay una triste corteza para
llevar a la boca. De manera es que ayer por la noche, mi hombre, que tosía que casi
arreventaba, me dijo, dice: "¡Ei!, Jacoba: o tú vas a pedirle a don Custodio la
untura, o yo espicho. No hagas caso del médico; no hagas caso, si a manos viene, ni
de Cristo Nuestro Señor; a don Custodio has de ir; que si él quiere, del apuro me
saca con sólo dos cucharaditas de los remedios que sabe hacer. Y no repares en
dinero, mujer, no siendo que quiéraste quedar viuda." Así es que... -Jacoba metió
misteriosamente la mano en el seno y extrajo, envuelto en un papelito, un objeto
muy chico- aquí llevo el corazón del arca... ¡un dobloncillo de a cuatro! Se me van
los "espíritus" detrás de él; me cumplía para mercar ropa, que casi desnuda en
carnes ando; pero primero es la vida del hombre, mi comadre..., y aquí lo llevo
para el ladro de don Custodio. Asús me perdone.
La Pepona reflexionaba, deslumbrada por la vista del doblón y sintiendo en el
alma una oleada tal de codicia que la sofocaba casi.
-Pero diga, mi comadre -murmuró con ahínco, apretando sus grandes dientes de
caballo y echando chispas por los ojuelos-. Diga: ¿cómo hará don Custodio para
ganar tantos cuartos? ¿Sabe qué se cuenta por ahí? Que mercó este año muchos
lugares del marqués. Lugares de los más riquísimos. Dicen que ya tiene mercados dos
mil ferrados de trigo de renta.
-¡Ay, mi comadre! ¿Y cómo quiere que no gane cuartos ese hombre que cura todos
los males que el Señor inventó? Miedo da el entrar allí; pero cuando uno sale con
la salud en la mano... Ascuche: ¿quién piensa que le quitó la reúma al cura de
Morlán? Cinco años llevaba en la cama, baldado, imposibilitado..., y de repente un
día se levanta, bueno, andando como usté y como yo. Pues, ¿qué fue? La untura que
le dieron en los cuadriles, y que le costó media onza en casa de don Custodio. ¿Y
el tío Gorio, el posadero de Silleda? Ese fue mismo cosa de milagro. Ya le tenían
puesto los santolios, y traerle un agua blanca de don Custodio... y como si
resucitara.
-¡Qué cosas hace Dios!
-¿Dios? -contestó la Jacoba-. A saber si las hace Dios o el diaño... Comadre, le
pido de favor que me ha de acompañar cuando entre en la botica...
-Acompañaré.
Cotorreando así, se les hizo llevadero el camino a las dos comadres. Llegaron a
Compostela a tiempo que las campanas de la catedral y de numerosas iglesias tocaban
a misa, y entraron a oírla en las Ánimas, templo muy favorito de los aldeanos, y,
por tanto, muy gargajoso, sucio y maloliente. De allí, atravesando la plaza llamada
del pan, inundada de vendedoras de molletes y cacharros, atestada de labriegos y de
caballerías, se metieron bajo los soportales, sustentados por columnas de
bizantinos capiteles, y llegaron a la temerosa madriguera de don Custodio.
Bajábase a ella por dos escalones, y entre esto y que los soportales roban luz,
encontrábase siempre la botica sumergida en vaga penumbra, resultado a que
cooperaban también los vidrios azules, colorados y verdes, innovación entonces
flamante y rara. La anaquelería ostentaba aún esos pintorescos botes que hoy se
estiman como objeto de arte, y sobre los cuales se leían, en letras góticas,
rótulos que parecen fórmulas de alquimia: "Rad. Polip. Q.", "Ra, Su. Eboris",
"Stirac. Cala", y otros letreros de no menos siniestro cariz. En un sillón de
vaqueta, reluciente ya por el uso, ante una mesa, donde un atril abierto sostenía
voluminoso libro, hallábase el boticario, que leía cuando entraron las dos
aldeanas, y que al verlas entrar se levantó. Parecía hombre de unos cuarenta y
tantos años; era de rostro chupado, de hundidos ojos y sumidos carrillos, de barba
picuda y gris, de calva primeriza y ya lustrosa, y con aureola de largas melenas,
que empezaban a encanecer: una cabeza
macerada y simpática de santo penitente o de doctor alemán emparedado en su
laboratorio. Al plantarse delante de las dos mujeres, caía sobre su cara el reflejo
de uno de los vidrios azules, y realmente se la podía tomar por efigie de
escultura. No habló palabra, contentándose con mirar fijamente a las comadres.
Jacoba temblaba cual si tuviese azogue en las venas y la Pepona, más atrevida, fue
la que echó todo el relato del asma, y de la untura, y del compadre enfermo, y del
doblón. Don Custodio asintió, inclinando gravemente la cabeza: desapareció tres
minutos tras la cortina de sarga roja que ocultaba la entrada de la rebotica;
volvió con un frasquito cuidadosamente lacrado; tomó el doblón, sepultólo en el
cajón de la mesa, y volviendo a la Jacoba un peso duro, contentóse con decir:
-Úntele con esto el pecho por la mañana y por la noche -y sin más se volvió a su
libro.
Miráronse las comadres, y salieron de la botica como alma que lleva el diablo;
Jacoba, fuera ya se persignó.
Serían las tres de la tarde cuando volvieron a reunirse en la taberna, a la
entrada de la carretera donde comieron un "taco" de pan y una corteza de queso
duro, y echaron al cuerpo el consuelo de dos deditos de aguardiente. Luego
emprendieron el retorno. La Jacoba iba alegre como unas pascuas; poseía el remedio
para su hombre; había vendido bien medio ferrado de habas, y de su caro doblón un
peso quedaba aún por misericordia de don Custodio. Pepona, en cambio, tenía la voz
ronca y encendidos los ojos; sus cejas se juntaban más que nunca; su cuerpo, grande
y tosco, se doblaba al andar, cual si le hubiesen administrado alguna soberana
paliza. No bien salieron a la carretera, desahogó sus cuitas en amargos lamentos;
el ladrón de don Mauricio, como si fuese sordo de nacimiento o verdugo de los
infelices:
-"La renta, o salen del lugar." ¡Comadre! Allí lloré, grité, me puse de rodillas,
me arranqué los pelos, le pedí por el alma de su madre y de quien tiene en el otro
mundo. Él, tieso: "La renta, o salen del lugar. El atraso de ustedes ya no viene de
este año, ni es culpa de la mala cosecha... Su marido bebe, y su hijo es otro que
bien baila... El señor marqués le diría lo mismo... Quemado está con ustedes... Al
marqués no le gustan borrachos en sus lugares." Yo repliquéle: "Señor, venderemos
los bueyes y la vaquiña..., y luego, ¿con qué labramos? Nos venderemos por esclavos
nosotros..." "La renta, les digo... y lárguese ya." Mismo así, empurrando,
empurrando..., echóme por la puerta. ¡Ay! Hace bien en cuidar a su hombre, señora
Jacoba... ¡Un hombre que no bebe! A mí me ha de llevar a la sepultura aquel
pellejo... Si le da por enfermarse, con medicina que yo le compre no sanará.
En tales pláticas iban entreteniendo las dos comadres el camino. Como en invierno
anochece pronto, hicieron por atajar, internándose hacia el monte, entre espesos
pinares. Oíase el toque del Ángelus en algún campanario distante, y la niebla,
subiendo del río, empezaba a velar y confundir los objetos. Los pinos y los
zarzales se esfumaban entre aquella vaguedad gris, con espectral apariencia. A las
labradoras les costaba trabajo encontrar el sendero.
-Comadre -advirtió, de pronto y con inquietud, Jacoba-, por Dios le encargo que
no cuente en la aldea lo del unto...
-No tenga miedo, comadre... Un pozo es mi boca.
-Porque si lo sabe el señor cura, es capaz de echarnos en misa una pauliña...
-¿Y a él qué le interesa?
-Pues como dicen que esta untura "es de lo que es"...
-¿De qué?
-¡Ave María de gracia, comadre! -susurró Jacoba, deteniéndose y bajando la voz,
como si los pinos pudiesen oírla y delatarla-. ¿De veras no lo sabe? Me pasmo. Pues
hoy, en el mercado, no tenían las mujeres otra cosa que decir, y las mozas primero
se dejaban hacer trizas que llegarse al soportal. Yo, si entré allí, es porque de
moza ya he pasado; pero vieja y todo, si usté no me acompaña, no pongo el pie en la
botica. ¡La gloriosa Santa Minia nos valga!
-A fe, comadre, que no sé ni esto... Cuente, comadre, cuente... Callaré lo mismo
que si muriera.
-¡Pues si no hay más de qué hablar, señora! ¡Asús querido! Estos remedios tan
milagrosos, que resucitan a los difuntos, hácelos don Custodio con "unto de moza".
-¿Unto de moza...?
-De moza soltera, rojiña, que ya esté en sazón de poder casar. Con un cuchillo le
saca las mantecas, y va y las derrite, y prepara los medicamentos. Dos criadas
mozas tuvo, y ninguna se sabe qué fue de ella, sino que, como si la tierra se las
tragase, que desaparecieron y nadie las volvió a ver. Dice que ninguna persona
humana ha entrado en la trasbotica; que allí tiene una "trapela", y que muchacha
que entre y pone el pie en la "trapela"..., ¡plas!, cae en un pozo muy hondo, muy
hondísimo, que no se puede medir la profundidad que tiene..., y allí el boticario
le arranca el unto.
Sería cosa de haberle preguntado a la Jacoba a cuántas brazas bajo tierra estaba
situado el laboratorio del destripador de antaño; pero las facultades analíticas de
la Pepona eran menos profundas que el pozo, y limitóse a preguntar con ansia mal
definida:
-¿Y para "eso" sólo sirve el unto de las mozas?
-Sólo. Las viejas no valemos ni para que nos saquen el unto siquiera.
Pepona guardó silencio. La niebla era húmeda: en aquel lugar montañoso
convertíase en "brétema", e imperceptible y menudísima llovizna calaba a las dos
comadres, transidas de frío y ya asustadas por la oscuridad. Como se internasen en
la escueta gándara que precede al lindo vallecito de Tornelos, y desde la cual ya
se divisa la torre del santuario, Jacoba murmuró con apagada voz:
-Mi comadre..., ¿no es un lobo eso que por ahí va?
-¿Un lobo? -dijo, estremeciéndose, Pepona.
-Por allí..., detrás de aquellas piedras... dicen que estos días ya llevan comida
mucha gente. De un rapaz de Morlán sólo dejaron la cabeza y los zapatos. ¡Asús!
El susto del lobo se repitió dos o tres veces antes de que las comadres llegasen
a avistar la aldea. Nada, sin embargo, confirmó sus temores, ningún lobo se les
vino encima. A la puerta de la casucha de Jacoba despidiéronse, y Pepona entró sola
en su miserable hogar. Lo primero con que tropezó en el umbral de la puerta fue con
el cuerpo de Juan Ramón, borracho como una cuba, y al cual fue preciso levantar
entre maldiciones y reniegos, llevándole en peso a la cama. A eso de medianoche, el
borracho salió de su sopor, y con estropajosas palabras acertó a preguntar a su
mujer qué teníamos de la renta. A esta pregunta, y a su desconsoladora
contestación, siguieron reconvenciones, amenazas, blasfemias, un cuchicheo raro,
acalorado, furioso. Minia, tendida sobre la paja, prestaba oído; latíale el
corazón; el pecho se le oprimía; no respiraba; pero llegó un momento en que Pepona,
arrojándose del lecho, le ordenó que se trasladase al otro lado de la cabaña, a la
parte donde dormía el
ganado. Minia cargó con su brazado de paja, y se acurrucó no lejos del establo,
temblando de frío y susto. Estaba muy cansada aquel día; la ausencia de Pepona la
había obligado a cuidar de todo, a hacer el caldo, a coger hierba, a lavar, a
cuantos menesteres y faenas exigía la casa... Rendida de fatiga y atormentada por
las singulares desazones de costumbre, por aquel desasosiego que la molestaba,
aquella opresión indecible, ni acababa de venir el sueño a sus párpados ni de
aquietarse su espíritu. Rezó maquinalmente, pensó en la Santa, y dijo entre sí, sin
mover los labios: "Santa Minia querida, llévame pronto al Cielo; pronto, pronto..."
Al fin se quedó, si no precisamente dormida, al menos en ese estado mixto propicio
a las visiones, a las revelaciones psicológicas y hasta a las revoluciones físicas.
Entonces le pareció, como la noche anterior, que veía la efigie de la mártir; solo
que, ¡cosa rara!, no era la Santa; era ella misma, la pobre rapaza huérfana de todo
amparo,
quien estaba allí tendida en la urna de cristal, entre los cirios, en la iglesia.
Ella tenía la corona de rosas; la dalmática de brocado verde cubría sus hombros; la
palma la agarraban sus manos pálidas y frías; la herida sangrienta se abría en su
propio pescuezo, y por allí se la iba la vida, dulce, insensiblemente, en oleaditas
de sangre muy suaves, que al salir la dejaban tranquila, extática, venturosa... Un
suspiro se escapó del pecho de la niña; puso los ojos en blanco, se estremeció...,
y quedóse completamente inerte. Su última impresión confusa fue que ya había
llegado al cielo, en compañía de la Patrona.

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