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Recensión Bárbaros y Romanos

Pequeña recensión sobre la rivalidad entre bárbaros y romanos
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JUAN CARLOS PÉREZ GARCÍA DNI: 21487106T

En general, “Bárbaros y romanos en Hispania” es un trabajo concienzudo y exhaustivo sobre el


siglo V en la península ibérica y las relaciones que se entablan entre los recién llegados o
bárbaros y los hispanorromanos. Sin duda, un ejemplo de combinación de fuentes escritas, tanto
contemporáneas como modernas, con los datos extraídos de la cultura material que dejó el
encuentro en un momento de transición entre un mundo que se descomponía (el
hispanorromano) y otro que nacía (el hispanorromano – germano), pues de su lectura puede
extraerse la conclusión de que, más que una invasión “de las gentes del este”, se vivió una
aculturación de pueblos que ya convivían desde hacía tiempo en los estertores del esplendor
romano.

El autor dedica su introducción a analizar las fuentes que alumbrarán su trabajo. Otros
autores contemporáneos y especialmente Hydacio nos describen la llegada de los bárbaros
como parte de un escenario apocalíptico trufado de signos divinos y esotéricos, mientras las
fuentes arqueológicas nos acercan más a un mundo hispanorromano en el que la esencia de lo
romano se ha perdido ya: “el circo de Tarraco ya era un basurero”, las villae eran reocupadas y
adaptadas a nuevas funcionalidades, circos, anfiteatros y teatros ya no se utilizan; en fin, los
templos paganos o se desmontan, o se reocupan, o se dejan caer en el olvido.

Efectivamente, los bárbaros habían llegado, pero lo habían hecho a un mundo que ya no
era el mundo “romano”.

Capítulo 1

El autor hace especial hincapié en una circunstancia: cuando las tropas del usurpador
Constantino con Gerontius al mando llegan con la intención de hacerse con el poder de Hispania
(fundamentalmente, entre otras razones, por las puramente geopolíticas, evitar encontrarse entre
los fuegos del emperador legítimo y los simpatizantes de la familia teodosiana) y de las fuentes
escritas la conclusión más cercana posiblemente a la realidad que puede extraerse es que en
Hispania ya no existía un ejército. Y a esta conclusión llega con el apoyo de las fuentes escritas
(Zósimo habla de que Dídimo y Veriniano se valen del Ejército de Lusitania, pero la Notitia
Dignitatum y otras fuentes escritas y arqueológicas no permiten creer en la existencia de ningún
ejército como tal).

Y, sin embargo, es curioso el hecho de que el propio Zósimo señale que “haciéndose leva
de un gran número de sus siervos y colonos”, pusieran en peligro a los ejércitos de Constante,
lo que nos anima a destacar dos de las características del momento: mientras el ejército regular
ya no existía prácticamente en Hispania, en cambio dos ricos miembros de la familia del
emperador eran capaces de poner en riesgo al ejército del usurpador con siervos y colonos, lo
que nos habla de la enorme potencia económica de determinados miembros de la sociedad
hisparromana, capaces de poner en marcha un auténtico ejército privado. Asimismo, y en el
marco de la descomposición que sufrían las estructuras imperiales, resulta llamativo que sea un
ejército de siervos y colonos en favor del emperador legítimo el que luche contra uno regular,
pero al servicio de un usurpador.

Por otro lado, y al hilo de las reflexiones que se hacía Hydacio en su poema, Gerontius,
en lugar de seguir la tradición de vigilar la frontera de Hispania con hispanos, lo hace con tropas
formadas por “gentes galas, germanas o francas” (¿bárbaros?) y creadas por Estilicón
(¿bárbaro?) que, precisamente, como premio por su victoria sobre los familiares de Honorio,
habían visto cómo se les permitía saquear las ricas villaes y tierras de la meseta norte.

En realidad, se abría la puerta de Hispania como fruto de las tensiones y la


descomposición del sistema a suevos, vándalos y alanos, porque bárbaros (para los
hispanorromanos) eran estas tropas y bárbaros eran los que habrían de entrar por ella, pues
estas gentes de más allá de los Pirineos y también de más allá del Rhin formaban parte ya de
los ejércitos regulares de emperadores legítimos y de emperadores usurpadores. Quizá por este
motivo, podríamos preguntar a Hydacio: ¿No sería más cierto que los bárbaros no llegaron
porque los bárbaros ya estaban en el Imperio romano?

Estas tropas forman parte, efectivamente, de las intrigas y conflictos romanos, son parte
de éstas. Así, cuando Gerontius se rebela como usurpador frente al asimismo usurpador
Constantino III, va a apoyarse precisamente en suevos, vándalos y alanos permitiendo su paso
a la península y cambiando definitivamente el destino de ésta. “Inicia el fin de la España romana
y transforma su curso histórico”. Las cabezas en las picas de las lanzas de Constantino III,
Juliano, Gerontius y, finalmente, Máximo, usurpadores todos ellos y aplastados entre los
rescoldos del Imperio de Rávena y la diseminación de los 3 pueblos bárbaros, simbolizan el final
de más de seis siglos de dominio político y militar romano en la península ibérica.

Una vez la simbiosis entre lo romano y lo bárbaro se ha producido por la decadencia de


lo primero y el empuje demográfico de lo segundo, el reparto de la península que tan
exhaustivamente analiza el autor, así como los desvelos de Atáulfo (su alianza con Attalo, la
celebración con ambas comunidades presentes de su boda con Gala Placidia y su política
general de acercamiento a Roma), Valia (según Orosio, éste derrocó a Sigerico porque “se inclinó
por la paz con Roma” y, a pesar del relato dudoso del propio Orosio sobre su aventura africana,
lo cierto es que, finalmente, se inclina por buscar la paz) y, en general, los godos (Sigerico, tras
hacerse con el poder, humilla a Gala Placidia al estilo romano en una ceremonia con
“reminiscencias del ceremonial romano del triumphus”) por suceder en el dominio romano sin
destruirlo totalmente, careciendo de las condiciones adecuadas para crear un nuevo orden,
pueden resumirse en estas palabras de Javier Arce: “los bárbaros se han dado cuenta de que
no pueden vivir sin leyes, que deben aceptarlas y que ellos mismos harán las leyes imitando las
de los romanos, como de hecho así fue” o, en otra parte del texto, “los bárbaros tenían las armas
y la intimidación, pero reconocían desde hacía tiempo la utilidad y la supremacía de los romanos
y sus leyes”.

En este momento del análisis del trabajo de Arce, es necesario centrarse en un personaje
histórico de gran simbología; a pesar de las reiteradas negativas que llegaban desde Rávena al
acercamiento godo – romano y a pesar también de las propias resistencias godas que,
probablemente, llevaron al asesinato de Ataúlfo, Gala Placidia simboliza perfectamente le
acercamiento entre ambas comunidades. Sin duda, representando la continuidad del Imperio
ante la falta de descendencia de su hermano Honorio, el hecho de que el vástago que tuvo con
el godo fuese llamado Teodosio y sus idas y venidas entre una corte y otra, la convierten en un
elemento de simbiosis entre los dos sistemas, entre ambos pueblos ya casi irreconocibles en sus
diferencias (Ataúlfo vestía como un general romano, fue enterrado en una capilla, mientras el
patricio Constancius “por muy defensor de la causa romana que fuera, había nacido en Naissus
en la Dacia”). La importancia histórica de la atractiva figura de Gala Placidia habría de ponerse
de manifiesto algunos años después cuando, con toda probabilidad a juicio del autor, provocó
que los godos que habían venido con Castinus a combatir a los vándalos cambiaran de lado en
el momento decisivo de la batalla que marcaría el futuro definitivo de la parte africana del Imperio,
cayendo en manos de Genserico.

Ciertamente, fuera por razones culturales o, como se trasluce del trabajo de Javier Arce,
puramente de conveniencia, el hecho es que Valia se convirtió en un fiel aliado de Honorio y, por
ende, de Rávena, en campañas contra los bárbaros (vándalos y alanos) establecidos en Hispania
y, en recompensa, los godos conseguirán establecerse en el sur de la Galia y, desde allí, llegarán
a marcar la historia de Hispania durante dos siglos.

Al igual que el autor, en este punto conviene hacer un paréntesis para alabar el excelente
trabajo de investigación y deducción que supone el capítulo dedicado a “la carta de Honorio”,
ejemplo de análisis objetivo de los hechos que pudieron inspirar su emisión para todos los que
quieren ser historiadores, al margen del interés histórico de la propia epístola del emperador.
¿En qué momento histórico se produce? ¿A quién va dirigida? A estas preguntas y otras
cuestiones da respuesta de forma convincente el autor combinando fuentes directas más o
menos fiables, así como las propias circunstancias históricas y personales que rodean a los
personajes que las protagonizan.

En la parte final del capítulo dedicado a los acontecimientos políticos y militares que
propiciaron la llegada y el establecimiento final de estos pueblos en la península, el autor se hace
preguntas como “quiénes eran sus reyes, qué religión practicaban, qué significó su estancia en
la península, en qué medida su presencia modificó el estado de cosas existente en las provincias
romanas que ocuparon y por qué continuaron (los vándalos asdingos) su peregrinaje hacia
África”. A todas estas cuestiones, combinando fuentes históricas contemporáneas de esos
acontecimientos y posteriores, da respuesta de forma clara. La actuación al servicio de Rávena
de los godos terminaría por reducir los distintos pueblos a dos preponderantes: los vándalos
asdingos de Genserico, una vez muerto Gunderico, darían un golpe mortal al poder romano al
cruzar el estrecho de Gibraltar y asaltar el granero del Imperio en 429; por su parte, desde la
Galia los godos terminarían por dominar la península. Conforme señala Orosio, “los hispanos no
podían más que alegrarse de esta destrucción mutua entre bárbaros”. Sin embargo, algunos de
ellos, según predijo Hydacio, habían llegado… y para quedarse.

Quizá la pregunta más interesante de todas las que se hace y responde Javier Arce sobre
esta cuestión, más que cómo (los barcos con que lo hicieron) o cuántos (¿80000?), sea por qué
los vándalos cruzaron el estrecho de Gibraltar. Conforme señala el propio autor, es cierto que la
Mauritania tingitana era una tierra en su máximo esplendor, pero también la Bética era un
territorio rico y, quizá, los inconvenientes superaran a los beneficios. Probablemente, tal y como
concluye, fue fruto, una vez más, de la colaboración con los romanos, en concreto con el
nombrado comes áfrica Bonifacio.

Respecto de los alanos, aparte esa supremacía que les otorgaba Hydacio sobre suevos y
vándalos, quizá lo más reseñable de las letras que les dedica el autor sea que, efectivamente,
“no ha quedado huella ninguna en Hispania”, mientras que, a efectos históricos, quizá el mayor
interés que ofrece el Reino Suevorum sea el hecho de que, muy a su pesar, el autor del poema
que marca el prólogo del trabajo de Arce, Hydacio, hubo de convivir con ellos (su testimonio,
conforme asegura el autor del libro, les ha hecho pasar a la historia como ladrones y
saqueadores). Sus luchas fratricidas por el poder y su propia debilidad les condenó a la
decadencia, pero el propio Arce se encarga de transmitir que ellos sí dejaron huella, pues fueron
el “primer regnum bárbaro convertido al catolicismo y el primero en emitir moneda”. De hecho,
su historia en la península se extendería hasta que sus ansias de grandeza le llevaran a entrar
en conflicto con el Reino visigodo después de muchos años de pactos y convivencia.

En la larga secuencia que se dedica los godos, vuelve el autor sobre un hecho ya
analizado. Se trata de la posible defección de los godos que, de nuevo al servicio de las armas
romanas, protagonizaron en el momento (422) en que Castinus se propuso eliminar a los
vándalos de la Bética. Al margen del comentado paso del estrecho por Genserico, el autor
destaca un hecho significativo: por primera vez se manifiesta “el interés de una parte del ejército
godo de no someterse a los intereses romanos y su disponibilidad a permanecer en Hispania”,
un interés que volvería a ponerse de manifiesto con Vittus, con la expedición y derrota de los
suevos ya en 456 y ya hasta el 711 con los reinados de Eurico y Teodorico.

Capítulo 2.

Tras el poema de Cavafis podían adivinarse diferentes sensaciones que, muy


posiblemente, corrían por las mentes de esos hispanorromanos que esperaban a los bárbaros:
miedo, incertidumbre, hartazgo del presente e… incluso, esperanza. Sin embargo, el siglo V, fue
un siglo muy inseguro, aunque no el único, por supuesto.
Para ilustrar Inseguridad y resistencia, Javier Arce utiliza tres de los fenómenos que
acompañaron la llegada de los bárbaros a Hispania. El primero es, al hilo de la correspondencia
entre Agustín de Hipona y el monje Constencio acerca del priscilianismo, cuyo estudio sobre el
funcionamiento de la correspondencia de la época es muy interesante, una excusa para,
partiendo de un hecho más o menos anecdótico, el robo de unos libros heréticos por los bárbaros,
adentrarnos en la mayor o menor expansión de éstos por las provincias hispánicas, el paisaje
rural, la inseguridad de los caminos, la actitud de los propios bárbaros, sus actitudes, las propias
actitudes de los hispanorromanos ante estos extraños, etc.

En el estudio del autor tiene un interés especial el fenómeno conocido como las Bagaudas
en la Tarraconense, conocido ya en tierras de la Galia (mismo nombre, distinta naturaleza). A
través del tratamiento que estas revueltas merecen por parte del decadente Imperio y su interés
por mantener el control de esta provincia, el mayor interés reside en la relación que mantienen
especialmente con las correrías de los suevos por la península, de nuevo a través de la Chronica
de Hydacio, gran conocedor de éstos, una relación que, tomando a Orosio y Salviano de
Marsella, puede reflejarse en su afirmación de que “los hispanorromanos, o los galorromanos en
su caso, prefirieron en muchas ocasiones unirse a los bárbaros en vez de seguir sometidos a los
romanos que los habían abandonado a su suerte y seguían sometiéndoles a las obligaciones y
cargas administrativas e impositivas todavía vigentes”.

En la tercera parte de este capítulo, el autor analiza de nuevo el fenómeno de los


usurpadores; en este caso, apoyado tanto en la epigrafía como en textos escritos como la
Chronica Caesaraugustana, el mayor interés radica en que estas usurpaciones ya no se
producen contra el poder de Roma, que a finales del siglo V. ya no existe como entidad
administrativa, sino que se trata de acontecimientos de signo contrario. Es decir, determinados
estratos de la sociedad hispanorromano – goda se levantan contra el nuevo poder, quizá
añorando el pasado esplendor o, en otros casos, por puros intereses personales. También los
piratas hacen su aparición en las costas cantábricas conforme al hilo conductor de la Chronica
de Hydacio, siendo lo más interesante de las conclusiones a las que llega Javier Arce la
posibilidad cierta de que estas incursiones quizá fueran las precursoras de las más importantes
vikingas que, ya en época del Emirato, llegaron a hacer temblar sus estructuras hasta la batalla
de Tablada

Por su importancia para “la visión catastrofista y demoledora de la presencia bárbara en


Hispania en el s. V a.C.”, merece destacarse el análisis que del testimonio de Hydacio hace en
el apartado 5 Javier Arce; tas una exposición amplia y detallada de saqueos e incursiones suevas
por la geografía peninsular, siempre en el testimonio de Hydacio, el autor analiza la credibilidad
que pueden tener estos testimonios para llegar a la conclusión de que, tanto por el número de
sus tropas como por comparaciones con otras acciones como las de los godos, no pudo ser una
actividad tan destructiva y que “sus incursiones estaban destinadas a sobrevivir”.

Capítulo 3

En su poema, que sirve a Javier Arce como introducción a su trabajo, se preguntaba


Cavafis por qué cónsules y pretores se vestían con todos sus lujos para impresionar a los
bárbaros. En este capítulo se pregunta si hubo continuidad o ruptura entre la administración
romana y la que trajeron los bárbaros, a pesar de la escasez documental que acompaña estos
años, lo que le hace trabajar con la Chronica de Hydacio y, básicamente, sobre indicios.

Las usurpaciones de principios del s. V a.C solo supondrán los normales cambios de
nombres sin variar la estructura administrativa, no en vano eran romanos contra romanos. En las
provincias que desde 411 se reparten suevos, alanos y vándalos, ni las escasas fuentes ni las
comparaciones con sus actitudes en la vecina Galia permiten pensar en una desaparición
abrupta de la Administración romana. De hecho, es evidente que no les convenía y, además, los
cambios fueron muy prolongados en el tiempo y, a partir de 456, “prácticamente toda la península
estaba en manos romanas”. De hecho, y en la misma línea que en el análisis de capítulos
anteriores, del trabajo de Arce puede deducirse, tal y como afirma, que “la continuidad no solo
se dio durante el s. V, sino que continuó durante la misma presencia visigoda en los siglos
siguientes”.

Otra cosa es el ejército; tal y como hemos también analizado anteriormente; el Ejército, al
menos en Hispania o al menos como se conocía, ya no existía, según Arce. De hecho, en los
ejércitos que sucesivamente mandan los distintos emperadores para sofocar usurpaciones y
revueltas, tampoco podían mirarse los de los primeros siglos del Imperio. Aquéllos eran tropas
bárbaras al servicio de Roma o, como mucho, tropas mixtas formadas por romanos y bárbaros
y, casi siempre, mandadas por generales de origen bárbaro. El episodio ya analizado de Dídimo
y Veriniano es suficientemente esclarecedor al respecto. También el episodio de Mayoriano en
458, tan espléndidamente analizado por el autor del libro, es esclarecedor sobre un punto:
cuando el emperador se aprestaba a pasar a África con una flota en el Levante peninsular, fue
traicionado por hispanorromanos, lo que muestra “el rechazo y preferencia de mucha de la
población romana por los bárbaros” en detrimento de los romanos. Hacía tiempo que el ejército
romano no existía en Hispania. Al respecto, Bravo (Nueva historia de la España antigua), aunque
reconoce que a la entrada de los grupos bárbaros no acudieron tropas regulares a impedirla y sí
los “ejércitos privados” reclutados por los parientes del emperador, se apoya en la Notitia
Dignitatum y la arqueología para afirmar que sí existían aquéllas.

Capítulo 4

También en el capítulo 4 comienza el autor preguntándose acerca de la realidad de las


ciudades hispanas al comienzo del s. V a.C. y, de nuevo, necesita recurrir a indicios y a la
combinación de los documentos escritos con los datos que nos aporta la cultura material por las
escasas excavaciones realizadas en profundidad. Siempre en relación con los bárbaros, se
pregunta si son ciertas las destrucciones violentas de aquéllas por éstos. En primer lugar, afirma
la incapacidad manifiesta de estos pueblos para conquistarlas directamente. Especialmente
interesante es el análisis que hace de la referencia a estas destrucciones por Hydacio;
efectivamente, en un análisis lógico de su obra total, el hecho de que haya escasas alusiones a
la destrucción de ciudades comparativamente con el carácter apocalíptico del conjunto de su
obra lleva al autor a interpretar que estas destrucciones no debieron ser de gran trascendencia.

La población (¿cuánta?), su mayor o menor protagonismo en la vida social y política


(Iamona), personajes representativos (Teodoro), luchas religiosas (judíos contra cristianos, el
priscilianismo…), relaciones familiares en el seno de las propias ciudades (Severa, la hija de
Astirius) y la propia organización de los urbanitas para defender sus ciudades son temas que
desarrolla sobre la base del relato de Hydacio, epístolas como la de Severo o la de Consencio a
Agustín y multitud de referencias a otras obras de autores modernos (en Notas). Precisamente,
la carta de Consencio ilustra en gran manera la descripción de la situación de Tarraco en su
dimensión religiosa mientras se documentan asimismo descripciones de la situación de ciudades
como Ilerda o Bracara.

En su análisis de la documentación disponible sobre la situación general de las ciudades


de Hispania, Arce añade a la profusa enumeración de las fuentes escritas disponibles un análisis
de la información aportada por la arqueología: falta de uniformidad en la desarticulación de las
tramas urbanas, invasión de espacios públicos por espacios privados, reutilización de aquéllos,
abandono de grandes edificios públicos, etc, son algunas de las aportaciones que destaca. En
relación con esta información procedente de la arqueología, la información de las fuentes escritas
(cartas, Hydacio, inscripciones, etc.) sirve al autor para concluir, en general, que existe una
continuidad tanto en el gobierno de las ciudades como en su fisonomía general, si bien es cierto
que se aprecia un mayor respeto por los espacios privados en detrimento de los públicos, que
“están ahí para utilización con fines prácticos, ante la indiferencia de los poderes públicos”. Y de
nuevo con base en las crónicas de Hydacio, la epístola de Consencio y otros textos como los de
Orosio y Zósimo, además de la aportación de la arqueología, se hace un análisis de los distintos
tipos de hábitat rural de la península. Villae y nuevos recintos fortificados que anuncian el proceso
de incastellamento “constituyen el paisaje rural típico del norte de África y… a partir del texto de
Hydacio” podemos concluir que éste era también el caso de Hispania. “Un paisaje rural de
grandes y pequeñas haciendas, con enormes espacios para la explotación agrícola”.

El abandono de villae y fundi, así como los cambios en su funcionalidad, son otras de las
realidades que vivió el espacio rural en Hispania a comienzos del s. V a.C., en muchos casos
obedeciendo a un cambio en las costumbres, que se hacen pragmáticas y alejadas del ideal de
vida romano clásico. El ejemplo más claro es el de las termas, que cambian de uso (productivo,
funerario…), según atestigua la arqueología.

Capítulo 5

Cuando Cavafis se preguntaba por qué no venían “los renombrados oradores… a


recitarnos con sus discursos”, afirmaba a continuación en su poema que era porque los bárbaros
iban a llegar y “hoy y ellos se aburren con la elocuencia y los discursos públicos”. Como ejemplo
en las fuentes escritas de los cambios que se están produciendo en el ideal romano, el autor
expone el ejemplo de Thalassius, que había convertido un antiguo templo pagano en una
habitación y que, con la restauración pagana de Juliano, fue obligado a reconstruirlo. Es un
ejemplo paradigmático de lo que ocurre en el final del Imperio, con la conversión del Imperio al
cristianismo.

En esta línea de imposición del cristianismo y los problemas que comienzan a incubarse
en la Iglesia, de nuevo partiendo de Hydacio en sus últimas crónicas, concluye que tanto las
corruptelas que asoman ya en este siglo V como herejías como el Priscilianismo, son muestras
de que se había convertido en una fuente de poder y monopolizadora de la cultura y, como tal,
había perdido de vista sus orígenes. De hecho, es significativa la afirmación de Hydacio en el
sentido de que “el cargo de obispo era uno de los más codiciados del momento”. En el capítulo
dedicado a la figura de los obispos Hydacio es finalmente el gran protagonista. Su Chronica,
estudiada en clave biográfica por el autor, sirve para conocer directamente cómo era la vida de
los pastores de la Iglesia.

Capítulo 6

Caminos y vías de comunicación, vías fluviales y marítimas son analizadas a la luz de


varias fuentes escritas: Hydacio, Severus, Frontón… nos retrotraen una y otra vez a muchos de
los episodios vistos anteriormente, ejemplos en muchos casos de viajes, encuentros, naufragios,
etc. Al igual que en otras facetas, aunque son momentos de cambios especialmente por la
presencia bárbara, lo cierto es que en el aspecto productivo existe una continuidad esencial y la
agricultura sigue siendo la principal fuente de recursos, lo que demuestra que la península,
especialmente la Bética, continuaba siendo una región fértil o, al menos, que esta fama era la
que le había dado la retórica imperial, a pesar de que las minas ya no eran rentables a finales
del Imperio. Hispania sigue siendo fértil, pero la presencia bárbara, la práctica desaparición del
Estado romano, la inseguridad ya analizadas han empujado a sus gentes hacia una “producción
autosuficiente y economía autárquica” aunque, de nuevo, la escasez de las fuentes no permite
conocer en profundidad el sistema fiscal, los mercados, la moneda, aunque sí son evidentes las
muestras de que Hispania, a pesar de encontrarse en el otro extremo del Imperio, mantuvo
relaciones con otras partes de éste como pudo conocer de primera mano el hilo conductor de
este trabajo, Hydacio.

Como resume Javier Arce en su epílogo, “la historia del siglo V en Hispania… es la historia
de un siglo en transición” y, probablemente, los bárbaros, muchos de ellos insertos en las
estructuras del Imperio, son parte de esta transición sin que de este estudio de fuentes tan
transversal pueda colegirse que fueran quienes lo derruían, pues ya venía disgregándose o, al
menos en Hispania, desapareciendo en sus fundamentos económico, administrativo militar, etc.,
por lo que, en palabras del autor, “el impacto bárbaro fue muy escaso”.

A mi juicio, el aspecto más interesante de la obra de Javier Arce es la acertada


combinación de las fuentes clásicas disponibles con multitud de referencias a investigadores
modernos y a las huellas que la cultura materia de aquellos tiempos dejó en la península
obtenidas a través de la arqueología.

El ejército, las relaciones entre ambos pueblos, fenómenos desestabilizadores ante la


crisis estatal como las Bagaudes y los usurpadores, continuidades y cambios en la
administración, la economía, el ejército, las ciudades, el paisaje rural, el papel de la Iglesia, etc.,
son algunos de los muchos temas estudiados por Javier Arce en este libro a través de fuentes
de todo tipo, de una forma transversal y amena, aportando conclusiones y deducciones
coherentes y convincentes sobre una época oscura en la que solo un trabajo concienzudo de
estudio y discriminación de aquéllas puede dar luz. El enorme caudal que significa la bibliografía
citada por el autor nos habla de un trabajo riguroso y profundo, agradable y fácil de leer. Un
auténtico traslado al siglo V de la península ibérica.

De todas las reflexiones que a lo largo de su libro realiza el autor, llama la atención la
referida a las distintas mentalidades de las gentes que analiza en su libro y las que, hoy en día,
leemos su trabajo. Al hilo de los cambios en el uso y funcionalidades de templos, edificios
públicos, termas, etc., reflexiona sobre nuestros diferentes puntos de vista. Lo que a nuestros
ojos pueden parecer destrucciones de patrimonio sin sentido, en la mentalidad del
hispanorromano del siglo V es un simple aprovechamiento pragmático de mármol o de un
espacio, sin entrar a cuantificar el mayor o menor valor de lo que había para vivir de la mejor
manera posible en un mundo en transición.

Mientras “Bárbaros y romanos en Hispania” se extiende en un análisis transversal de la


situación que vivió Hispania a lo largo del siglo V (situación política, militar, luchas sociales,
subsistencia mayor o menor de las estructuras administrativas, económicas, fiscales, encuadre
de las ciudades y el paisaje rural, relaciones con el exterior, etc.), el tratamiento en “Nueva
Historia de la España antigua” se centra en los problemas políticos y sociales que acompañan a
la entrada en España de los bárbaros y la decisiva opción de los visigodos por la península. El
momento es retomado en “Introducción a la España visigoda” analizando a los suevos.

Por otro lado, mientras también Javier Arce se sirve de forma transversal de las fuentes
(escritas, epigráficas, arqueológicas, epistolares, etc.), la bibliografía básica propuesta opta por
dos opciones: el libro de Bravo es un trabajo analítico y deductivo con el fin de extraer
conclusiones de lo que pudo ocurrir en las relaciones entre romanos, bárbaros e
hispanorromanos, centrándose en la naturaleza social de las Bagaudes; por su parte, el libro de
Salinero es básicamente una narración de los hechos que conllevó la presencia sueva en la
Gallaecia y sus corredurías por la península, la personalidad de sus reyes y la implantación final
del reino visigodo en la península. Asimismo, vemos que este autor utiliza también como hilo
conductor de su narración histórica la Chronica de Hydacio, pero de una manera más acrítica
que Arce, con el fin de dar mayor consistencia narrativa a los acontecimientos que relata.

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