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La Última Transmisión: Un Misterio Espacial

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La Última Transmisión

En el año 2147, la humanidad había alcanzado las estrellas. Colonias espaciales otaban alrededor
de planetas lejanos, y las naves exploradoras viajaban más allá de lo conocido. Sin embargo, en
medio de este avance, un misterio mantenía a los cientí cos despiertos por las noches: una
transmisión que llegaba desde un punto remoto del universo, una señal constante y regular que
nadie podía descifrar.

La señal, apodada "La Última Transmisión", llevaba décadas siendo estudiada. Se repetía cada 27
horas y 53 minutos, con un patrón de pulsos que recordaba a un lenguaje. Los mejores criptógrafos
y lingüistas trabajaron en vano para entenderla, hasta que un día, sin previo aviso, la señal cambió.

Mara Kint, una joven ingeniera en la estación espacial Vanguard-12, fue la primera en notarlo.
Mientras ajustaba los sistemas de comunicación, la señal dejó de ser un simple patrón y se convirtió
en algo aterrador: una voz, clara y humana, diciendo su nombre.

—Mara... estás escuchando.

El mensaje se repitió tres veces antes de desaparecer, dejando a Mara con un escalofrío recorriendo
su cuerpo. Nadie le creyó al principio, pero cuando la grabación fue analizada, no quedó duda:
alguien, o algo, al otro lado de la galaxia, conocía su nombre.

Un equipo de exploración fue rápidamente organizado, y Mara, como descubridora del cambio, fue
asignada como parte de la misión. La nave Odisea VII partió hacia las coordenadas de origen de la
señal, un sistema estelar llamado Epsilon-3, ubicado en una región del espacio donde nunca antes
había llegado la humanidad.

El viaje duró meses. Durante ese tiempo, la señal continuó, pero ahora cada mensaje era diferente.
La voz hablaba de un lugar llamado "El Umbral", describiéndolo como una puerta hacia algo más
grande que el universo conocido. También advertía sobre un peligro inminente, pero sus palabras
eran fragmentadas, como si algo las estuviera bloqueando.

Cuando nalmente llegaron a Epsilon-3, lo que encontraron desa ó toda lógica. En el centro del
sistema otaba una estructura gigantesca, una esfera metálica que parecía absorber la luz de las
estrellas. Al acercarse, la voz en la transmisión se hizo más fuerte, casi ensordecedora.

—No entren... aún no están listos.

Pero la curiosidad humana es más fuerte que cualquier advertencia. Contra las súplicas de la voz, el
equipo decidió explorar la esfera. Mara fue la primera en cruzar la entrada, un portal negro como el
vacío. Al otro lado, encontró algo que ninguna palabra podía describir: un paisaje in nito, donde el
tiempo y el espacio se doblaban sobre sí mismos. Era como si estuviera dentro de un pensamiento,
una idea materializada.

Allí, una gura apareció ante ella, una forma hecha de luz y sombra.

—Eres la primera en llegar, Mara —dijo la gura—. Pero también podrías ser la última.

La gura le explicó que la esfera era una creación de una civilización antigua, un experimento para
trascender el universo físico. Pero algo había salido mal. Ahora, la esfera estaba atrapada entre
dimensiones, y su energía amenazaba con desestabilizar el espacio-tiempo. La voz que escucharon
era un eco de los últimos sobrevivientes, una advertencia que nadie había entendido hasta ahora.
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Mara tenía que tomar una decisión: activar el mecanismo de autodestrucción de la esfera, lo que
podría salvar al universo pero destruir todo dentro de ella, o intentar repararla, arriesgándose a
desatar un caos inimaginable.

El equipo debatió, pero Mara sabía que la decisión nal era suya. Mientras miraba el horizonte
imposible de ese mundo extraño, entendió que no había respuestas fáciles.

Y entonces, tomó una decisión.

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