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Georges Lapassade. “Socioanálisis y potencial humano”.

Primera Parte: “El movimiento institucionalista”.


El movimiento institucionalista se caracteriza por el desarrollo del análisis
institucional generalizado y las prácticas basadas en el uso de los analizadores construidos:
psicoterapia, pedagogía y socioanálisis.
Por análisis institucional generalizado se entiende: el esclarecimiento del inconsciente
político gracias a la acción de los analizadores sociales.
El socioanálisis es el trabajo de intervención en los grupos y las organizaciones
sociales dentro de una relación de consulta.
El socioanálisis institucional tiene por objeto específico la exploración activa del
inconsciente político merced a la disposición de un dispositivo analizador construido que
define a la institución del análisis como lugar de reproducción de los conjuntos
institucionales.
1962 aparece el concepto de pedagogía institucional en relación con las técnicas de
grupos autoadministrados.

1. La psicoterapia institucional.
El desarrollo de la psicoterapia institucional en Francia ha pasado por tres etapas. En
la primera, a partir más o menos de 1940, médicos psicoterapeutas que trabajaban en
hospitales psiquiátricos procuraron modificar las relaciones instituidas.
En la segunda etapa se busca resocializar a los enfermos mediante la vida de grupo. Y
por fin, en el curso de la tercera y última etapa, se elabora el concepto de institución.
De Moreno en adelante se habla pues de “revolución sociométrica”, basada en la
terapia de grupo, que implica una comunidad terapéutica. Entonces aparecen en la práctica
hospitalaria las reuniones de síntesis, los colectivos atendedores, los talleres, toda una red
de encuentros que dan a la organización hospitalaria una nueva forma y que transforma las
relaciones sociales dentro de la institución.
Así se comienza a “socializar la institución”, es decir, el conjunto del personal de
atención y “responsable” era necesario; lo es, si se quiere progresar en la “resocialización
de los atendidos”.
Y se llega, por fin, a la idea de hacer participar a los propios enfermos en la “gestión”
de tan complejo proceso de cura.
En 1950 comienza una fase de elaboración teórica más intensa. La novedad teórica y
práctica es el descubrimiento de la dimensión inconsciente de la institución.
De Moreno y Marx a Freud y Lacan vamos a intentar mostrar la búsqueda de una
nueva teoría institucionalista que no siempre es clara pero que está en marcha y en vías de
elaboración. La fase socializante dentro de la teoría institucionalista en psicoterapia era el
momento, que ya hemos mencionado, de la revolución sociométrica. Es la fase del
microsocialismo. Es el momento en que se identifica la alienación mental, con la alienación
social.
Y por su parte René Loureau comenta esa evolución: “He ahí el punto ciego de la
actitud que, desde las mejoras de las relaciones humanas hasta las técnicas de grupos y
hasta la multiplicación de las reuniones en la institución, conduce al movimiento hacia el
psicoanálisis y hacia el análisis institucional”.
Así se descubre ahora que el problema fundamental radica en el hecho mismo de
instituir la terapia en sus diferentes formas: relacional e institucional. En la fase
socializante, el club era la autogestión por los enfermos de su propia vida. El club se
presentaba como una herramienta nueva y eficaz de la cura.
Ahora se hace visible que es la sociedad quien instituye. Es el sistema social exterior
quien instituye el corte hospitalario mismo si los muros son simbólicamente destruidos,
aunque las puertas permanezcan abiertas permanentemente. También instituyen la
jerarquización del personal de atención (que persiste, no obstante “la vida comunitaria”).
Mantiene un sistema de normas y compulsiones que atraviesan al más “liberado” hospital:
desde el exterior, constituye todo lo instituido de la institución.
Lo que si cambia, con el esclarecimiento del inconsciente institucional, es la
estrategia terapéutica, al mismo tiempo que la teoría de tales “instituciones”.
A partir de ese giro, el dispositivo construido como instrumento activo de la
socialización terapéutica se define más bien como un dispositivo analizador.
Consiguientemente “la actividad de los enfermos solo es en sí misma un soporte entre otros
y no una técnica curativa en sí... el análisis del lenguaje y de los actino out, y no la
actividad institucional de los atendedores y los atendidos, se convierte en el soporte de la
cura”.
¿Significa ello que el análisis institucional deja atrás a las técnicas institucionales, a
las que parece reemplazar, y que la terapia no se efectúa ya más que por el descifre, por la
lectura analítica de los acontecimientos? En verdad, la realidad es mucho más compleja, el
problema consiste ahora, al parecer, en construir la teoría de las relaciones entre los
analistas y los analizadores; éstos últimos son las herramientas (analizadores construidos)
de la terapia, así como los elementos del campo institucional (el “enfermo” síntoma, al que
J. P Majestre define también como un “analizador”), o los acontecimientos de la vida
diaria, etc.
En la fase actual de las investigaciones en psicoterapia institucional se han elaborado
nuevos conceptos, como los de analizador, transversalidad, transferencia y
contratransferencia institucionales, que aparecen en el primer número de Psychotherapie
institutionnelle.

2. La pedagogía institucional.
En ambos casos, la psicoterapia y luego la pedagogía, se trata, en efecto, de organizar
dentro de los “establecimientos” o “colectivos” de atenciones y enseñanza dispositivos
denominados institucionales y destinados a facilitar, ora la cura, ora la formación.
En el curso de los últimos 10 años las técnicas socioanalíticas de intervención han
intentado tener en cuenta el aporte de las otras técnicas institucionales, para lo cual han
procurado construir nuevos dispositivos técnicos de intervención, en especial el del balance
institucional.
Una escisión ocurrida en 1964, iba a hacer aparecer dos orientaciones en el interior
mismo de la pedagogía institucional: la orientación a la que Loureau llama “pedagogía
terapéutica”, por una parte (con Fernand Oury y Aída Vasquez), y, por la otra la orientación
autogestionaria y socioanalítica.

a. La orientación psicoanalítica:
La noción de institución adquiere significaciones diferentes. Por ejemplo, “¿qué
entendemos por instituciones? La simple regla que permite utilizar el jabón sin pleitear ya
es institución. El conjunto de las reglas que determinan “lo que se hace y lo que no se hace”
en determinado lugar y en cierto momento, lo que llamamos “las leyes de la clase”, es
otra”.
Esta definición de la institución es muy legalista. Debido a ello se une a la gran
tradición clásica del institucionalismo sociológico, que otorga privilegio al que ya esta
instituido, o sea, el conjunto de las reglas de funcionamiento de un grupo, de una
organización, de una sociedad.
Los mismos autores añaden enseguida: “pero también llamamos “instituciones” a lo
que instituimos: la definición de los lugares, de los momentos, de los estatutos de cada cual,
de acuerdo con su nivel de comportamiento, es decir, de acuerdo con sus posibilidades, las
funciones (servicios, puestos, responsabilidades), los papeles (presidente, secretario), las
diversas reuniones (jefes de equipo, clases de nivel, etc.) y los ritos que aseguran su
eficacia”.
En el libro de Oury y Vásquez encontramos esta definición: “Llamamos pedagogía
institucional a un conjunto de técnicas de organización de métodos de trabajo, de
instituciones internas, nacidas de la praxis de clases activas.

b. La orientación socioanalítica y autogestionaria:


Esta orientación toma por base técnica ciertos datos de la dinámica de grupo aplicada
a la formación. Del grupo de formación (T. Group) se ha pasado al grupo autoadministrado.
Se descubren las posibilidades de una “autorregulación de grupo”: un grupo es capaz de
tomar a su cargo, no sólo su análisis o, más exactamente, su autoformación por el análisis,
sino también muchas otras actividades.
El paso del “consejo de cooperativa” al “consejo de clase” ha sido un elemento
determinante.
Así, la autogestión pedagógica se origina en la encrucijada donde se cruzan los
métodos nuevos de self-goberment, la escuela de Freinet y la dinámica de grupo. Es el
lugar en el que se puede definir una situación en la que el conjunto del colectivo docente –
educandos administra la formación decide respecto de los métodos, de los objetivos, de los
horarios, de los programas.
Conviene subrayar que la autogestión pedagógica se ha presentado desde un primer
momento como una nueva técnica de grupo.
En efecto, la autogestión ha consistido ante todo a partir del requerimiento del grupo y
respondiendo a este requerimiento, que debe ser analizado.
Michel Lobrot: “La pedagogía institucional se define, por una parte, por la vacante del
poder en un grupo dado y, por la otra, por la posibilidad concedida al grupo de procurarse
instituciones satisfactorias, gracias a las iniciativas divergentes de los participantes”.
En conclusión Loureau escribe: “la autogestión de la tarea y el análisis permanente de
la autogestión dentro del sistema de referencia de la institución: tal es el proyecto que se
propone la pedagogía institucional”.
Los pedagogos institucionalistas imaginaban una sociedad íntegra y autoadministrada;
no imaginaban una sociedad sin escuela.

II. El antinstitucionalismo.

1. La antipisquiatría:
Hacia 1960, una nueva corriente nace y se desarrolla: la antipsiquiatría.
La vieja psiquiatría tradicional se había visto “impugnada” en un primer tiempo, por
ideas más liberales para con la locura.
Después, en oportunidad de la guerra del ’40 y de la ocupación alemana, la
psicoterapia institucional sustituyó a “la impugnación y el encierro psiquiátrico y abrió
nuevos horizontes, al principio sobre bases políticas y enseguida, a partir de 1956, sobre
bases psicoanalíticas”.
Basaglia “quien proclama en Gorila (Italia) que todo asunto de funcionalidad técnica
(tal el del la psicoterapia institucional, que intenta la interpretación curativa de las
posiciones del sujeto en el seno de un colectivo dueño de sus posiciones
contratransferenciales), evita, en rigor, el verdadero problema: el de la enfermedad como
producto social.
Para la psiquiatría institucional, la creación de una microsociedad tiene valor
terapéutico, pero a costa de la exclusión y la segregación del loco. La antipsiquiatría, solo
ella... plantea el problema del habla y del discurso de la locura como cuestionamiento de la
sociedad y sus defensores, aun cuando la locura yerre el tiro. Entonces se presenta el
problema de la politización del movimiento psiquiátrico y psicoanalítico: tiene un sentido
en la medida en que permite abrir los asuntos que la ideología burguesa ha tratado de
clausurar.

2. La antipedagogía:
En Francia y en otras partes se ve a parecer una antipedagogia cuyos militantes son a
menudo reprimidos, mientras que la pedagogía institucional, ahora enseñada en las
escuelas, se inscribe en los programas de facultades.
La crisis institucional generalizada se inscribe tanto en la institución educacional
como en las demás instituciones. Ahora se reconoce e identifica a la crisis institucional:
determina la apertura de un espacio crítico al que el análisis institucional intenta explorar.
También la antipedagogía se halla vinculada en su desarrollo al análisis político de la
institución escolar y universitaria, un análisis que, en la práctica, comenzó en la UNEF en
1962; entonces oponía el movimiento estudiantil al mandarinato universitario. Con
posterioridad a mayo del `68 se desarrolló el debate teórico.
Jacques Ranciére, 1962 sostiene que el saber sólo tiene existencia institucional como
instrumento de dominación de una clase.
Llama expresamente institución lo que para el análisis institucional no es más que un
aspecto; efectivamente, los “mecanismos de selección” y las “relaciones dicentes-
educandos” están en la institución del saber. Cuando, en el mismo texto, Ranciére distingue
las “instituciones” y las “formas de transmisión”, confirma el hecho, muy habitual, que
consiste en hablar de instituciones como lo hace el lenguaje corriente.
Baudelot y Establet muestran como la institución escolar reproduce las relaciones
sociales y hasta puede producirlas en una sociedad que haya aparentemente destruido las
“bases materiales” de la división de clases sociales.
Estos análisis han hallado su primer origen en el movimiento de mayo; son el fruto de
mayo, es decir, de una nueva lucha institucional activa dentro de la institución universitaria.
El trabajo de los analizadores sociales produce el análisis institucional. La superación de las
tesis de Althusser no se podía realizar tan sólo mediante un debate teórico dentro de la
Escuela. Se necesitaba una práctica social orientada en las instituciones para hacer estallar
las contradicciones del texto de 1964, tanto como, por lo demás, los atolladeros ideológicos
de la UNEF: la no directividad, el grupismo, expresiones torpes de una crítica institucional
que se buscaba en una práctica crítica.

3. La antiescuela.
Ivan Illich declara –y en ello estriba su idea central- que ha llegado el tiempo de rever,
no ya los métodos, sino el principio mismo de la escuela en su carácter de institución. “Las
deserciones se han multiplicado, en particular entre los alumnos de la enseñanza secundaria
y entre los docentes”. “Por el momento, la desescolarización de la sociedad sigue siendo
una causa sin defensores organizados”.
Antes de 1968, la autogestión pedagógica era una idea minoritaria y reprimida, pero
expresaba aspiraciones y un proyecto. Hoy, el proyecto tropieza con la apatía y la
deserción.
Illich desplaza la problemática institucional. Sostiene, por ejemplo, que el campo
institucional es un campo autónomo con respecto a los sistemas económicos y políticos. Es
uno de sus temas fundamentales: “las escuelas son fundamentalmente semejantes en todos
los países”. Este principio de la identidad institucional no deja de traer a la memoria la idea
de que la dinámica de los grupos y las organizaciones debe de ser igualmente idéntica en
los diferentes sistemas sociales, o bien que los mecanismos del inconsciente según el
psicoanálisis son universales. Pero cabe precisar que, en rigor, las instituciones descritas
por Illich son las del modo de producción capitalista en todas partes donde domine,
inclusive en la variable denominada “socialista”.
Un segundo tema es la similitud, aseverada por nuestro autor, entre la decadencia de
la Iglesia y la desescolarización.
Un tercer tema vendría a ser la constitución de utopías institucionales: “Las
instituciones educativas que yo querría bosquejar pertenecen, por el contrario, a una
sociedad que no existe aún; contribuirían a crearla.
Un cuarto tema es el de la reproducción. Illich define la escuela como “agente
reproductor de una sociedad de consumo”.
Quinto tema: la crítica de las “herramientas educativas”.
Un sexto tema del institucionalismo illichiano –que acaso sea su tema central- es el de
la muerte inscrita en las instituciones.
La aparente diferencia entre Marx e Illich consiste en que el primero insiste respecto
de la interrelación de las estructuras dentro del modo de producción, mientras que el
segundo propone una autonomía de la instancia institucional, que puede declinar en el
interior mismo del modo de producción actual. Pero Illich no emplea la noción de modo de
producción; para él, la sociedad capitalista es “la sociedad de consumo” y de “alienación
institucional del hombre institucionalizado”.

La autonomía del campo institucional.


Ivan Illich sostiene la tesis de la autonomía institucional de la escuela. Pero es, a decir
verdad, una autonomía relativa, ya que la escuela prepara para consumir instituciones en
una sociedad del consumo institucionalizado. En otros términos, el fondo crítico del análisis
desarrollado por Illich apunta a lo que Fourier llamaba “la civilización” y que es, en rigor,
una anticivilización. Así es como Illich intenta definir el papel de la institución-escuela en
“nuestra cultura en descomposición”.
La ideología de la escuela, “fuera de la cual no hay salvación”, se ha apoderado ahora
de todo el mundo. “Aun aquellos que sólo pasan unos pocos años por la escuela aprenden a
sentirse culpables como consecuencia de su “subconsumo escolar”.
La escuela representa, así, “la nueva religión planetaria”.

La escuela: ¿servicio público?


La escuela crea una demanda de consumo para la gama completa de las instituciones
modernas que se encuentran a la derecha del espectro institucional: “las escuelas tuercen la
inclinación natural que os lleva a crecer y a aprender; hacen de ella una demanda de
escolaridad... Y esta demanda para una “madurez” fabricada de la cabeza a los pies
conduce a renunciar a la iniciativa personal, sea cual fuere”.
La escuela se sitúa, por tanto, completamente del lado del asilo-prisión... Illich analiza
enseguida los fenómenos de convergencia institucional.
Y en conclusión declara: “Todas las instituciones tienden a volverse una sola
“burocracia” postindustrial... Todo debe comenzar por una renovación del estilo de las
instituciones y, antes que nada, por un florecimiento de la educación”.

III. Institucionalismo y antinstitucionalismo.

a. La psicoterapia institucional en cuestión.


Para concretar mejor la oposición entre el primer movimiento institucionalista francés
y las corrientes “anti”, partiremos ahora de una crisis colectiva en una UTB de la cínica de
la Borde.
Con sus slogans, esas “publicaciones antipsiquiátricas” han “trastornado la cabeza” de
los dimitentes. Pero podemos preguntarnos si la crisis no tiene razones más complejas,
vinculadas a un tiempo, por ejemplo, al desarrollo de la crisis institucional generalizada y
de las ideologías que intentan informar acerca de ésta, así como a ciertas dificultades (¿o
atolladeros?) teóricas y “técnicas” que aparecen progresivamente en el interior mismo de la
psicoterapia institucional.

b. Pedagogía institucional y represión sexual.


“El educastrador es ciertamente quien le impide al chico convertirse en un hombre o
una mujer”.
Para Fernand Oury, esa institución es, desde luego, represiva; es la “escuela-cuartel”.
Para Celma, en cambio, la institución escolar, aun reformada, instituye la castración
en todos los sentidos que se puede dar al término: sexual, por supuesto, pero también social
y político. Consiguientemente se trata de demostrar, a partir de lo que dicen los propios
usuarios, y denunciar esa función de castración.
Ahora bien, ¿qué se hace entonces? Se “infantiliza” al niño, nos dice Fernand Oury.
La separación entre “lo normal” y “lo patológico” da fundamento a la represión
psiquiátrica y legitima la existencia de las instituciones hospitalarias de encierro; del mismo
modo, la separación niño-adulto legitima el encierro escolar y la represión de la infancia,
del habla y de su sexualidad.
A parir de este ejemplo, como del anterior, se advierten los límites ideológicos de la
primera corriente institucionalista. De 1968 acá, movimientos de liberación, entre ellos el
“movimiento de liberación de la escuela” y los de liberación sexual, han contribuido a
despejar los límites de esta primera corriente.
Dentro de este contexto se sitúa el movimiento antinstitucionalista actual, que
significa una manera nueva de formular el problema institucional, en vinculación con las
nuevas formas de los movimientos sociales.
La “politización” del análisis institucional conduce, así, a profundizar el concepto de
institución, tal cual se lo había primeramente desarrollado en la escuela francesa de la
psicoterapia institucional. Al mismo tiempo, investigaciones realizadas fuera de Francia
contribuyen igualmente a redefinir el concepto.

c. Un desplazamiento.
Cooper, Illich, Basaglia: he aquí nuevas formas, más radicales, de análisis
institucional. Pero esta vez ya no hay “tecnología institucional”: las “instituciones” ya no
son herramientas terapéuticas y pedagógicas.
La diferencia entre el primer movimiento institucionalista (en el hospital, en la
escuela) y el segundo (antipsiquiatría, antiescuela) radica en que en el primero se
permanece dentro de cierto marco institucional (la clínica o la escuela), mientras que en el
segundo (inglés-italiano) se sale de él. En el primero (el movimiento institucionalista
francés) se ataca sólo a los métodos; así, la pedagogía institucional ataca a la escuela-
cuartel, pero mantiene la escuela, cambiando sólo las “instituciones internas”.
En el segundo enfoque institucionalista (el de los anglosajones) se ataca a los
principios. Este movimiento internacional se halla explícitamente ligado, desde 1967 al de
la contracultura.
El pensamiento institucional ha recibido la marca de un desplazamiento fundamental.
En lugar de tratar de transformar las instituciones desde el interior a fin de hacerlas
terapéuticas o educativas, se renunciaba a semejante tentativa. El problema se había
desplazado a otra parte: se interrogaba a las instituciones a partir del exterior, lo cual
significaba que las instituciones eran irrecuperables. Hoy, el análisis institucional, si
todavía es posible seguir empleando este término, ha adquirido, con trabajos como el de
Cooper, Basaglia e Illich, así como con nuevas formas de lucha (“izquierdismo
pedagógico”, antipedagogía), un contenido nuevo.

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