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Cap 8 Cvienc

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Marina Camejo

8. Conceptos fundamentales
de la teoría copernicana19
I. A modo de introducción
Se conoce con el nombre de Revolución Copernicana al cambio a nivel científico y
conceptual que supone la hipótesis propuesta por Nicolás Copérnico en su obra Sobre las
revoluciones de las esferas celestes, (De Revolutionibus orbium coelestium) que fue publicada
en 1583 de forma póstuma por Andrea Osiander, según la cual es el Sol quien ocupa el
centro del universo y no la Tierra. Esta revolución supone pasar de una concepción geocén-
trica y geoestática teniendo en cuenta el modelo de Aristóteles (384-322 a.C.) y Ptolomeo
(100-170 d.C.), a un modelo heliocéntrico, cambio que es impulsado por Copérnico pero
que es continuado por Galileo, Kepler, y culminado por Newton tras la conciliación de los
resultados obtenidos por los científicos anteriores. Esta revolución no solo conlleva diferen-
cias en el plano científico sino también en el plano antropológico ya que implica un cambio
de perspectivas y valores en la propia concepción del hombre, iniciada en cierta manera por
René Descartes en el terreno de la filosofía.
Entre los problemas de carácter antropológico podemos mencionar los vinculados a la
fe cristiana. Si como planteaba la teoría copernicana la tierra no era más que uno de seis
planetas, entonces qué sentido poseían ahora las historias de la caída y de la redención,
o también, si la tierra es un planeta, y por consiguiente un cuerpo celeste situado fuera
del centro del universo, ¿qué se hace de la posición intermedia, pero central, del hombre,
situado entre los demonios y los ángeles? [...] Y lo peor de todo: si el universo es infinito,
tal como piensan muchos copernicanos, ¿dónde puede estar situado el trono de Dios?
¿Cómo van a poder encontrarse el hombre y Dios en el seno de un universo infinito?
Comisión Sectorial de Enseñanza

(Kuhn, 1996)
La teoría copernicana al ubicar a la Tierra en una nueva posición respecto al Sol, trajo
consigo cuestionamientos vinculados al lugar que el hombre ocupa en la Tierra, en el universo
y respecto a su relación con Dios, afectando las bases de su moral.
Alberto Coffa (1969) menciona que Copérnico ha resultado uno de los escalones más
importantes en el proceso de transformación de la cosmología clásica y medieval; idea que

19 Una versión preliminar y abreviada del presente artículo fue incluida en Camejo (2007).
203
es compartida entre otros por Alexander Birkenmajer (1973) quien entiende que la obra de
Copérnico es decisiva en la historia de la astronomía, pues gracias a ella la humanidad pudo
resolver un enigma de vieja data. Copérnico al igual que otros hombres de ciencia intenta
explicar los complejos movimientos de los astros que se advertían en el firmamento.
Durante la Edad Media (siglos V-XV d.C.) la física de Aristóteles logra dar cuenta del
mundo empírico por medio de un sistema donde filosofía y física gozan de una relación
armoniosa. Pero a su vez, los pilares físicos comienzan lentamente a ser socavados por las
críticas que desde esta misma época comienzan a realizarse a los errores aristotélicos.
La Edad Media hereda la visión griego-aristotélica según la cual podemos dividir el cos-
mos en dos sectores: la región supralunar y la región sublunar. La región sublunar es material,
finita e imperfecta, ocurriendo en ella la generación y la corrupción. Aquí podemos observar
la presencia de cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua.
En esta región se dan distintos tipos de movimientos, hay cuerpos que poseen un mo-
vimiento «natural» (como las piedras cuando caen), o cuerpos que poseen un movimiento
«forzado» (como los proyectiles), esta distinción dio lugar al desarrollo de una teoría de los
movimientos. Los movimientos naturales dependen de la materia en que se dan, de esta ma-
nera elementos pesados como el agua y la tierra tienden naturalmente al centro de la Tierra,
mientras que los elementos livianos como el aire y el fuego tienden naturalmente a ir hacia
arriba, en dirección opuesta al centro del universo. Para Aristóteles todo lo que se mueve es
movido por algo, por lo que no hay movimiento sin fuerza que lo genere20.
Es importante notar que el esquema griego aristotélico poco a poco comienza a ser
blanco de discusión respecto a su teoría de los movimientos forzados en su aplicación al
movimiento de los proyectiles. El caso paradigmático consiste en explicar cómo dar cuenta
del movimiento de la flecha una vez que ha cesado su contacto con el arco. Para Aristóteles
esto era posible porque la cuerda del arco no solo imprimía movimiento a la flecha sino tam-
bién al aire circundante, además el aire tenía capacidad de engendrar nuevos movimientos.
Juan Filopón (siglo VI d.C.) plantea que el aire más que causar los movimientos forzados
parece ser un factor de resistencia a los mismos. Filopón expone que los movimientos for-
zados son provocados por un motor interno al móvil en lugar de externo tal como entendía
Aristóteles. Es decir la mano que impulsa la flecha le imprime a la misma una fuerza motriz
que permanece en ellos y que decrece en el transcurso del movimiento hasta que se anula en el
punto en el que cesa. Buridán en el siglo XIV retoma las críticas de Filopón así como las rea-
lizadas por Averroes, Avicena y Avempace, desarrollando la teoría del ímpetu (Coffa, 1969).
Para él el aire no puede ser el responsable del movimiento forzado, porque si esto fuera
así entonces al cubrir un disco que gira sobre su eje este debería detenerse por estar aislado
del aire, sin embargo no es así. Si el disco continua moviendo se debe, plantea Buridán, a
que el motor le ha impreso al móvil un ímpetu que se conserva salvo que actúen fuerzas que
tiendan a reducirlo.
Mediante esta hipótesis pueden explicarse tanto los movimientos forzados de la región
sublunar como el movimiento natural supralunar, porque la rotación de las esferas celestes
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se puede atribuir a un impulso original otorgado por Dios, que tiene la capacidad de con-
servarse debido a la ausencia de resistencias en las regiones etéreas. Para Buridán el ímpetu
es proporcional a la masa y a la velocidad del móvil. Es decir la masa de un cuerpo se puede
describir como la relación entre ímpetus y velocidad, la fórmula es correcta si la entendemos
20 Véase en este mismo volumen el artículo de Elena Diez de la Cortina Montemayor, «Ciencia y método
en Aristóteles» (comps.).
204
como la relación entre fuerza y aceleración. Sin embargo, los teóricos del ímpetu no lograron
matematizar las descripciones, tal vez a consecuencia de su visión aristotélica de la naturaleza
(Zupko, 2006).
Es importante hacer notar que la influencia de la teoría del ímpetu llegó en el siglo XVI
hasta la Universidad de Padua, universidad en la que se encontraba Galileo Galilei. No ex-
pondremos aquí la teoría de Galileo, solo diremos que Galileo desarrolla los fundamentos
de la ciencia nueva, basándose en la teoría del ímpetu y en sus lecturas de las obras tradu-
cidas de Arquímedes. De esta manera Galileo logra oponerse a Aristóteles al plantear que
lo natural en los cuerpos no es el reposo sino la persistencia en los estados de movimiento.
Para él no hacen falta fuerzas ni al interior ni al exterior del móvil para explicar la constancia
del movimiento. Lo que debe ser explicado es la variación de los estados de movimiento,
esta preocupación le permitirá llegar al principio de inercia: lo ‘natural’ es que los cuerpos
perseveran en su estado de movimiento21.
La región supralunar por el contrario es incorrupta y perfecta, siendo lo natural el movi-
miento circular. Los griegos consideraban en esta región la presencia de un quinto elemento
denominado éter. El éter posee también el movimiento circular, y al igual que los objetos
celestes gira espontáneamente en torno al centro de la Tierra. No hay que olvidar que pro-
pio de este esquema es sostener que la Tierra es inmóvil y que se encuentra en el centro
del universo. Esta tesis se fundamenta en la experiencia cotidiana de nuestros sentidos. A
pesar de la aparente perfección de la región supralunar, los griegos habían observado que
la marcha de los cuerpos celestes se veía perturbada por la presencia de cinco planetas que
desarrollaban un trayecto diferente.
Estos cinco planetas parecían retrasarse en su marcha, en relación a la posición que
mantenía el resto del universo una vez que reaparecían cada veinticuatro horas. Además de
este retraso, los griegos habían observado que llegaba cierto momento en el que los planetas
reducían su marcha hasta detenerse, para reiniciar la marcha en sentido contrario. Luego se
observaba desaceleración y detención para retomar la dirección original. Este movimiento
de retrogradación se observaba solo en los planetas, y coincidía con el incremento de la
luminosidad en el astro.
Estas observaciones provocan en los griegos la necesidad de salvar esa «aparente» falta
de armonía introducida por el movimiento retrógrado. El problema consiste en cómo dar
cuenta de los hechos astronómicos «rebeldes» por medio de movimientos que sean circulares
y de velocidad uniforme. La solución a este problema fue dada por hombres como Eudoxio,
Calipo o el mismo Aristóteles que basándose en la tesis de la inmovilidad de la Tierra, así
como en la tesis de la circularidad del movimiento celeste crearon un sistema astronómico
conocido con el nombre de «sistema de esferas homocéntricas».
Según este sistema la Tierra se encuentra inmóvil en el centro del universo, girando
alrededor de ella esferas homocéntricas cuyo centro coincide con el de la Tierra. La esfera
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exterior es la mayor de ellas, y gira con velocidad angular invariable alrededor del eje del
mundo, lo que es suficiente para que se dé el movimiento de las estrellas fijas adheridas a esa
esfera. Para explicar los movimientos de los planetas, se recurre a varias esferas concéntricas
con la Tierra, cada una de estas esferas gira con velocidad uniforme, pero cada una de ellas
lo realiza alrededor de un eje distinto, con distinta velocidad angular y en muchas ocasiones
en un sentido contrario al de la esfera más próxima. Atribuyéndole a estos ejes inclinaciones
21 Véase en este mismo volumen el artículo de Godfrey Guillaumin «Galileo Galilei. Evidencia experimental
matemáticamente analizada en la Filosofía Natural de principios del siglo XVII» (comps.)
205
apropiadas y a las velocidades adecuados valores numéricos, se puede reproducir de una
forma bastante aproximada el movimiento irregular de los planetas en el firmamento.
Sin embargo este sistema no lograba explicar todos los fenómenos, de hecho no daba
cuenta de porqué algunos cuerpos celestes se encontraban a veces más cerca de la Tierra
y otras más lejos, como es el hecho de que los eclipses de sol a veces son totales y a veces
anulares. En su intento de explicar este problema Ptolomeo crea un sistema para explicar el
movimiento de los cuerpos celestes con algún otro mecanismo que concordara mejor con
los fenómenos observados. Ese mecanismo es conocido en la historia de la ciencia como
«sistema de excéntricos y epiciclos».
En el Almagesto Ptolomeo expone que el mecanismo de los movimientos planetarios
está compuesto por círculos o esferas de dos tipos, los excéntricos (o círculos deferentes),
con órbitas circulares cuyos centros no coinciden exactamente con el centro de la esfera
de las estrellas fijas, como tampoco con el centro de la Tierra que permanece inmóvil en
el centro del universo. Y los epiciclos que son círculos cuyos centros se desplazan sobre las
órbitas excéntricas22.
El sistema ptolemaico no logró sustituir totalmente al sistema aristotélico, eso se de-
bió en buena medida al prestigio de la física aristotélica, de todas formas hacia el 1200 la
pugna entre ambos sistemas se trasladó al ámbito de la Europa cristiana, esa pugna estaba
representada por los astrónomos que seguían a Ptolomeo, y por los filósofos que seguían a
Aristóteles.
Tras este breve recorrido podemos concluir que llega un momento entre los siglos XV
y XVI en que este proceso de cuestionamiento genera que los pilares de la física clásica,
la astronomía y la teoría general de los movimientos, sean reemplazados por concepciones
incompatibles con las de Aristóteles. Esto ocurre de la mano de Galileo Galilei en el terreno
de la física (mecánica), y de Nicolás Copérnico junto más tarde a los desarrollos realizados
Johannes Kepler en el dominio de la astronomía, cuyos aportes serán conciliados por Isaac
Newton en un nuevo sistema.
Poco a poco comienza a desarrollarse en Europa una nueva actitud mental decidida a dis-
cutir a los teólogos y a los filósofos su injerencia a la hora de discutir, de explicar, de describir
fenómenos naturales. Ya no será suficiente que se construyan teorías para salvar los fenómenos,
es decir teorías que supongan una construcción correcta de los aspectos observables del mundo,
porque como señala Coffa «La ciencia comienza a reclamar derechos gnoseológicos. Al astróno-
mo no le bastará con ‘salvar los fenómenos’, predecir la marcha aparente de trazas luminosas en
el cielo: ahora querrá decir también si la Tierra, en realidad se mueve.» (Coffa, 1969: 6).
Resumiendo podemos decir que los astrónomos del siglo XVI heredan dos tradiciones
diferentes, las cuales resultan ser: un conjunto de técnicas de cálculo que no habían cambia-
do desde Ptolomeo, y un cuadro cosmológico general que consiste en el andamiaje entre la
física de Aristóteles y los epiciclos de Ptolomeo. Es en este contexto que se enmarca la obra
de Nicolás Copérnico.
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II. Breve Reseña biográfica


Nicolás Copérnico nace en Torun en 1473 en el seno de una familia burguesa, clase so-
cial que desempeñaba un papel muy importante en la vida política y económica de la época.

22 Véase en este mismo volumen el artículo de Christián C. Carman, «La teoría planetaria de Claudio
Ptolomeo» (comps.).
206
La primera infancia de Copérnico parece haber transcurrido en la casa familiar, ubicada
primero en la calle Santa Ana (hoy llamada Copérnico) desde 1480 junto a la Plaza Mayor
de la Ciudad Vieja23.
Se considera que sus primeras enseñanzas las recibió en la escuela municipal adyacente
a la catedral de San Juan. Esta escuela poseía cierto reconocimiento en la enseñanza de la
astronomía, además había sido dirigida durante varios años por Lucas Watzenrode (1447-
1512), tío de Copérnico. Después de estudiar en Cracovia, Colonia y Bolonia, Watzenrode
supo ocupar numerosos cargos eclesiásticos y fue desde 1489 obispo de Warmia. Fue uno
de los políticos más brillantes de la época, y tras la muerte del padre de Copérnico (1483)
influyó notablemente sobre la vida de su sobrino.
Luego Copérnico prosiguió sus estudios probablemente en la escuela de los Hermanos
de la Vida en Común, en Chelmno. Hacia el año 1491, Copérnico comienza a estudiar en la
Universidad de Cracovia tal vez siguiendo los pasos de su tío. Allí permaneció cuatro años,
y estudió en la facultad de artes liberadas (artium) sin obtener ningún título académico.
El programa de la facultad de artes liberadas incluía una sólida formación en matemática.
Copérnico pudo asistir a clases de astronomía sobre los Sphaera de Juan Sacrobosco (ele-
mentos de cosmografía) y sobre Theoricae novae planetarium de Peuerbach, así como a los
cursos preparatorios para la aplicación de las tablas astronómicas, por ejemplo de la versión
cracoviana de las Tabulae resolutae, las tablas de eclipses de Peuerbach, las efemérides de
Regiomontano, etcétera. Junto con las clases de astronomía se dictaba un curso astrológi-
co, siguiendo el Quadripartium de Ptolomeo, y el tratado astrológico de Alí Aben Rabel
(Yañez, 2003).
Es importante resaltar que las Theoricae novae realizaban una descripción simplificada
de los mecanismos orbitales, no estando presente el complicado aparato matemático propio
de la teoría ptolemaica, y haciendo omisión de los métodos que llevaban de la observación a
la generalización geométrica. Además las clases sobre las tablas astronómicas proporciona-
ban recetas de cálculo para satisfacer necesidades de corte astrológico, pero sin referir a las
teorías contenidas en tales tablas (Dobrzycky, 1973).
De todos modos la formación científica de Copérnico se nutrió de la adquisición de
conocimientos matemáticos junto con el descubrimiento de las contradicciones existentes
en la teoría astronómica enseñada. Esto en parte fue posible por el clima científico que
reinaba en la Academia de Cracovia, este lugar era famoso por el nivel de las matemáticas.
Allí Copérnico tuvo la oportunidad de conocer los problemas de la astronomía geocéntrica.
En 1495 Copérnico deja Cracovia para dirigirse a Frombork, donde es nombrado ca-
nónigo del capítulo de Warmia, con residencia junto a la catedral de Frombork. Una vez
allí, en 1496 marchó hacia Bolonia a estudiar Derecho en la célebre escuela de juristas de la
Universidad de Bolonia. En 1497 observó la ocultación de Aldebarán por la Luna, entrando
al servicio del astrónomo Domenico Maria de Novara (1464-1514), no «… como discípulo
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sino como ayudante y testigo de sus observaciones.» (en Vernet, 2000: 35). Novara explicó
a Copérnico que había comprobado la disminución de la oblicuidad de la eclíptica y que
creía haber descubierto un aumento sistemático de las latitudes desde la época de Ptolomeo.
La observación de la ocultación de Aldebarán por la Luna resultaba importante para ve-
rificar la teoría de Ptolomeo sobre el movimiento de la misma, dicha teoría contenía un error
esencial respecto a los cambios de distancia entre la Luna y la Tierra. Poder dar cuenta de

23 Todos los datos extraídos de Dobrzycky (1973) y Birkenmajer (1973), salvo indicación contraria.
207
un error presente en la teoría ptolemaica no era suficiente para derribar el sistema geocén-
trico, pero probaba que es posible cuestionar las afirmaciones de autoridades reconocidas
basándose en los resultados de observaciones realizadas.
Hacia el 1500 realizó una corta estadía en Roma, relacionada con un periodo de prác-
tica legal en la Curia. Parece ser que allí dio una serie de conferencias sobre astronomía, y
a las que asistió Miguel Ángel, y observó el eclipse de Luna del 6 de noviembre de 1500.
Copérnico regresa a Polonia para solicitar permiso al capítulo para continuar estudiando en
Padua en su escuela de Medicina. Dos años de estudios le prepararon para ejercer tal pro-
fesión hasta el último día de su vida. En Padua Copérnico toma contacto con la filosofía y
la filología humanista, conoce la lengua griega y profundiza sus conocimientos de literatura
clásica.
Es en esta época que se puede situar la fase constructiva de la revolución copernicana,
en su Commentariolus expone que fue en su estancia en Italia donde se le ocurrió la idea de
desarrollar las doctrinas heliocéntricas de la antigüedad provistas de un soporte matemáti-
co. Se propone la búsqueda de soluciones geométricas que al ser aplicadas a la astronomía
cumpliesen con los postulados de homogeneidad y armonía del Cosmos, librando a la astro-
nomía de incoherencias como la del ecuante.
Regresa a Polonia a hacerse cargo de su diócesis, sin ser sacerdote ni religioso sino tan
sólo humanista. Lleva a cabo tareas propias de su cargo y de sus títulos. Fue secretario y
médico de su tío Lucas y vivió con él en el palacio episcopal de Lidzbark hasta la muerte del
mismo (1512), además fue administrador de los bienes del capítulo y delegado de éste en el
gobierno de la diócesis de Warmia (1516-1521) que rigió desde Olsztyn.
Solicitó auxilios a Segismundo I (rey de Polonia, 1506-1548) y logró poner a la ciudad
en condiciones de defensa (1520) ante un posible ataque de los caballeros teutónicos y se
preocupo de mejorar las condiciones económicas de sus vasallos, ya que la Orden Teutónica
había realizado emisiones de moneda de baja ley.
Su permanencia en Lidzbark se relaciona con un acontecimiento importante para la
historia de la ciencia, allí preparó un pequeño tratado denominado Fundamentos de la
Astronomía donde se expone por primera vez la teoría heliocéntrica. Jerzy Dobrzycky
(1973) plantea que no podemos estar seguros ni de las circunstancias ni de la fecha en que
la obra surge, así como tampoco podemos estar seguros de su título original. Las copias
de fechas posteriores que se han conservado tienen un título dudoso Nicolai copernici de
hypothesibus motuum coelestium a se constitus commentariolus. Se ha podido establecer con
aproximación la época en que apareció gracias a los estudios de Birkenmajer (1973). Por
lo que Birkenmajer establece que el Commentariolus fue redactado aproximadamente hacia
1507, este tratado circuló en forma manuscrita entre algunos de sus allegados en Cracovia,
pero no estaba destinado a la imprenta.
Al comienzo del Commentariolus hay una referencia al principio fundamental del mo-
vimiento absoluto (movimiento uniforme) y una crítica a los sistemas astronómicos que
dominaban hasta el momento.
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Para desarrollar las hipótesis expuestas en el Commentariolus Copérnico necesitaba de


un observatorio, por lo que el 31 de marzo de 1513 compró al capítulo ochocientas pie-
dras y un barril de cal para levantar una pequeña torre en la que instalar sus instrumentos.
Sus observaciones fueron creciendo en número, su obra cumbre De Revolutionibus orbium
coelestium comenzó a ser escrita hacia el 1520, y hacia el año 1530-1531 culminada. En las

208
observaciones que realizaba el método que empleaba no se diferenciaba demasiado de los
utilizados comúnmente en la época, y empleaba instrumentos tradicionales.
En el Revolutionibus describe tres de los instrumentos utilizados, para medir las decli-
naciones utilizaba el cuadrante solar y el instrumento paraláctico, este último sobre todo en
las observaciones lunares. Mediante la esfera armilar establecía las coordenadas angulares
de la Luna y el Sol como de otros cuerpos celestes de forma directa. Copérnico inventó la
Tabla solar (1517) durante su estadía en el castillo de Olsztyn, la luz solar reflejada por un
espejo horizontal caía sobre la pared del claustro, de manera tal que las líneas trazadas sobre
la pared permitían precisar la posición del Sol con respecto al ecuador celeste, y determinar
el período que mediaba entre la fecha de la observación y el equinoccio.
Las observaciones realizadas parecen responder a un programa previamente establecido
así como a necesidades de orden teórico. Entre 1515 y 1516 realiza una serie de observacio-
nes del Sol que debían precisar la teoría del movimiento aparente del mismo, sin embargo le
permiten verificar la variación de la excentricidad de la órbita terrestre, y el desplazamiento
de las líneas de los ápsides. Estas observaciones le permitieron darse cuenta que las tesis
geométricas del Commentariolus necesitaban ser corregidas. Esto se puede ver por ejemplo
en la modificación que introduce en el De Revolutionibus respecto a la órbita terrestre,
donde el movimiento de la Tierra fue presentado a través de círculos excéntricos y no por
medio de un círculo concéntrico con epiciclos.
Se estima que De Revolutionibus fue terminada hacia el 1531 porque en ella no son
utilizadas las observaciones que consta que Copérnico realizó a partir de 1532. Por lo que
se especula que a partir de ese momento Copérnico realizó retoques a la teoría y procuró
averiguar como sería acogida la misma en el caso que se decidiera a publicarla.
Copérnico era reticente a la publicación de la misma porque temía las críticas incompe-
tentes: «el miedo a la burla, que cabía esperar debido a la novedad difícilmente comprensible
de mi obra, me inclinó casi enteramente a abandonar los propósitos que había tenido con
respecto a la presente obra.» (en Dobrzycky 1973: 45).
En 1535 tras la visita de Bernard Wapowski en Forombork, accede a publicar el al-
manaque que contenía la posición de los cuerpos celestes para un determinado periodo
calculadas sobre la base de las tablas de De Revolutionibus. Sin embargo este proyecto no
se llevó a cabo por la muerte del promotor del mismo, y el manuscrito con los cálculos de
Copérnico se perdió.
En 1539 llega a Frombork el joven profesor Georg Joachim de Porris, más conocido
como Rethicus. Era matemático y astrónomo, y llegó a Frombork con el propósito de co-
nocer a Copérnico de cuyas teorías había escuchado hablar en Wittemberg. Rápidamente
se convirtió en discípulo de Copérnico, permaneciendo a su lado algunos meses, tiempo que
empleó para estudiar parcialmente al De Revolutionibus y para hacer un resumen en la De
Libriris revolutionum nicolai Copernici narratio prima (conocido como Narratio prima)
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que envió a su maestro Johannes Schöner, editado en 1540 en Gdansk.


Rethicus abandona Frombork en el año 1541, pero el manuscrito de De Revolutionibus
no estaba pronto, las correcciones y enmiendas introducidas por el propio Rethicus permi-
ten inferir que éste debía llevar a cabo la corrección final del manuscrito antes de publicarlo.
La publicación de la obra de Copérnico se vio demorada por diferentes razones, por
un lado Melanchton había rechazado la teoría de Copérnico por oponerse a las Sagradas
Escrituras, además también confluyó con la publicación de la obra las propias obligaciones
que Rethicus poseía como decano. De todas formas Rethicus publicó una Trigonometría
209
de Copérnico que no era susceptible de causar controversias, esta trigonometría constituía
la parte final del primer libro.
Rethicus viaja a Nuremberg en la primavera de 1542, y en el taller de Petreius se co-
mienza a imprimir de De Revolutionibus. El manuscrito que le deja Rethicus a Petreius
poseía errores numéricos, pero el problema más grave consiste en que Rethicus al abandonar
Nuremberg después de dos meses deja la publicación en manos de Andreas Osiander.
Osiander mantenía correspondencia tanto con Rethicus como con Copérnico desde
1540, y le sugiere a Copérnico que para aplacar la oposición que ante el escrito los peripa-
téticos y los teólogos pudieran desarrollar, presentase la teoría como una hipótesis formal,
y no como una descripción real del mundo. Ante esto Copérnico se negó aludiendo a la
Epístola Dedicatoria que escribió en junio de 1542 y que fue enviada al editor.
Sin embargo Osiander introdujo cambios en la obra, agregó en primer lugar un prefacio
anónimo «Al lector sobre las hipótesis de esta obra», marcando claramente el terreno respec-
to al valor con las que debe considerarse estas ideas agrega:
Y no es necesario que estas hipótesis sean verdaderas, ni siquiera que sean verosímiles,
sino que bastan con que muestren un cálculo coincidente con las observaciones […]
Está suficientemente claro que esta ciencia no conoce completa y absolutamente las
causas de los movimientos aparentes desiguales […] Y no espere nadie, en lo que res-
pecta a las hipótesis, algo cierto de la astronomía, pues no puede proporcionarlo; para
que no salga de esta disciplina más estúpido de lo que entró, si toma como verdad lo
imaginado para otro uso (Copérnico, 1994: 3-4).
Osiander también modificó el título del libro, que se amplió en el impreso, quedando
convertido en De Revolutionibus orbium coelestium, eliminó la introducción de Copérnico
al libro primero donde elogia a las ciencias astronómicas. El libro terminó de imprimirse en
marzo de 1543 poco antes de la muerte de Copérnico que ya contaba con 70 años.
Copérnico fallece el 24 de mayo de 1543 en Frombork, siendo enterrado en la catedral
de Frombork, aunque se ignora en que lugar exacto reposa, puesto que poco antes de la
Segunda Guerra Mundial (1939), se exhumó lo que se creía que eran sus restos para realizar
un estudio antropométrico de los mismos, pero se extraviaron durante el conflicto.

III. Revolución Copernicana


La Revolución copernicana o científica como le denominamos comienza como hemos
dicho anteriormente con la publicación en el año 1543 del De Revolutionibus Orbium
Coelestium. Esta obra inaugura cambios dentro del pensamiento astronómico y cosmológico.
Para Kuhn (1996) es revolucionaria porque de ella se deriva un enfoque fundamentalmen-
te nuevo de la astronomía planetaria, donde se da la primera solución simple y precisa al
problema de los planetas e inaugura una nueva cosmología al adicionar nuevos elementos al
modelo propuesto.
Es importante destacar que en esta obra no aparecen aquellos elementos que se suelen
asociar a la revolución copernicana, es decir no aparecen en ella los cálculos fáciles y pre-
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cisos de las posiciones planetarias, la desaparición de los epiciclos y de las excéntricas, la


desaparición de las esferas, como tampoco aparece la idea de un universo infinito o la del Sol
semejante a las estrellas. Salvo en lo que se refiere al movimiento terrestre, que es el aporte
desarrollado en el De Revolutionibus, el resto es desarrollado por los astrónomos posteriores
a Copérnico a partir de su obra. Por eso De Revolutionibus es una obra que se encuentra
anclada a las obras de astrónomos y cosmólogos de la antigüedad y de la Edad Media, pero
210
a su vez en ella pueden encontrarse algunas novedades que son las que permiten romper con
la tradición antigua; y por consiguiente desarrollar una revolución.
Como afirma Kuhn, De Revolutionibus es un texto provocador, generador de revolución
más que revolucionario en sí mismo; ya que la importancia del mismo radica «… menos en lo
que dice por sí mismo que en lo que ha hecho decir a otros.» (Kuhn, 1996:186). Copérnico
escribe De Revolutionibus lo teniendo en cuenta el Almagesto de Claudio Ptolomeo, no obs-
tante Toulmin y Goodfield (1963) consideran que Copérnico ataca la teoría de Ptolomeo
no necesariamente porque éste ubicara a la Tierra en el centro del universo sino básicamente
por razones teóricas. Para Copérnico los principios en los que se basa Ptolomeo son inacep-
tables, y se propone reemplazarlos por otros más razonables. Su crítica principal consiste
en que las teorías anteriores a él son asistemáticas y contradictorias; y violan el principio de
regularidad. La falta de sistematicidad y la presencia de contradicción son resultado de que
dichas teorías consisten en una mezcla de construcciones inconexas e incoherentes desde el
punto de vista matemático; mientras que su planteo si goza de sistematicidad.
La regularidad se encuentra violada, a través de los métodos geométricos empleados los
cuales se oponen a los principales principios desarrollados por la física. Si bien Ptolomeo
rinde homenaje verbal al movimiento uniforme propuesto por Aristóteles como movimiento
ideal, introduce ciertas irregularidades a través de los ecuantes, que no explica. El ecuante
es el punto en torno al cual se mueve el planeta en su trayectoria, aparentemente. Para ex-
plicar la irregularidad del movimiento de los planetas, Ptolomeo afirmaba que si desde la
Tierra la velocidad planetaria no parece ser regular, sí lo era desde el punto ecuante. En el
Commentariolus Copérnico establece que
Nuestros antepasados supusieron la existencia de gran número de esferas celestes por
una razón especial: explicar el movimiento aparente de los planetas por el principio de
regularidad. Ya que pensaban que es enteramente absurdo que un cuerpo celeste no deba
moverse siempre a una velocidad uniforme en un círculo perfecto. (en Koestler, 1986)
Lo que Copérnico observa en la teoría ptolemaica es que un planeta se mueve en círculos
perfectos pero no a velocidad uniforme, dicho de otra forma el planeta no recorre distancias
iguales en tiempos iguales al ser observado desde el centro de su círculo; sólo parece hacerlo
cuando se lo observa desde el punto denominado ecuante. El ecuante es el ardid que introduce
Ptolomeo para proteger el principio del movimiento uniforme. Ante esto Copérnico plantea:
Visto lo cual comencé a preguntarme si no sería posible idear un sistema de círculos
más acertado, en el cual fuese posible explicar cualquier irregularidad aparente del
movimiento con el uso de los solos movimientos uniformes, como lo exige el principio
fundamental del movimiento absoluto (en Koestler, 1986).
La motivación de Copérnico consiste en extirparle al sistema ptolemaico aquellas im-
perfecciones o rasgos que no encajaban con los conservadores principios aristotélicos, los
ecuantes no eran un problema tan terrible, pero eran un síntoma de la artificialidad del
sistema ptolemaico24.
El sistema copernicano es coherente y está exento de contradicciones, además está li-
Comisión Sectorial de Enseñanza

bre de las violaciones del principio de regularidad que originan el uso de ecuantes, los

24 Rethicus en Narratio Prima plantea lo siguiente: «Veréis que aquí, en el caso de la Luna, nos liberamos de
un ecuante con la adopción de esta teoría… Mi maestro suprime también los ecuantes de los otros planetas…
Mi maestro vio que tan solo en su teoría podía conseguirse que evolucionaran satisfactoriamente, de modo
uniforme y regular sobre sus propios centros y no sobre otros centros, todos los círculos del universo,
propiedad esencial del movimiento circular... el movimiento circular no uniforme en torno a un centro es
una relación que la naturaleza aborrece.» (en Koestler, 1986: 135, 137, 166).
211
movimientos del Sol, la Luna y los planetas forman un sistema genuino, cuyos movimientos
son circulares y uniformes.
Copérnico se ve en la tarea de tener que reordenar el Cosmos, la pregunta que surge
es cómo. Para ello comienza a leer a todos aquellos filósofos que pudo conseguir con el
fin de encontrar si había alguno que defendiera otros movimientos de los cuerpos celestes
además de los ya supuestos por los matemáticos. Así descubre en Cicerón, que Hicetas
había apoyado la creencia de que la Tierra se mueve, y añade:
Algunos piensan que la tierra permanece quieta, en cambio Filolao el pitagórico dice
que se mueve en un círculo oblicuo alrededor del fuego, de la misma manera que el Sol y
la Luna. Heráclides el del Ponto y Ecfanto el pitagórico piensan que la Tierra se mueve
pero no con traslación, sino como una rueda, alrededor de su propio centro, desde el
ocaso al orto (Copérnico, 1994: 10).

Figura 1. Scenographia Systematis Copernicani, 1660.


Autor desconocido. Wikimedia Commons.

Lo anterior nos permite plantear que Copérnico rechaza el dogma defendido por los
aristotélicos y por Ptolomeo de la inmovilidad de la Tierra, de esta forma desplaza a la
Tierra del centro del cosmos para colocar en ese lugar al Sol. No sólo coloca al Sol en el
centro sino que además ordena a la Tierra y a los demás planetas girar alrededor de él.
Sin embargo Copérnico no fue el primero en sugerir el movimiento de la Tierra, de hecho
en el prefacio menciona a todos aquellos sabios de la antigüedad que habían defendido o pos-
tulado la movilidad de la Tierra. En manuscritos más antiguos había referido a Aristarco de
Samos, quien planteaba un sistema cuyo centro era el sol.
Si bien Copérnico no menciona de forma explícita los trabajos de sus predecesores más
inmediatos (a saber Nicolás de Oresme, o Nicolás de Cusa) que creyeron que la Tierra es-
taba o podía estar en movimiento, es lícito suponer que tuvo conocimiento de los mismos.
Sin embargo, aunque Copérnico sugiere el movimiento de la Tierra, esto no es suficiente
para que abandonara «el axioma de Platón», aquel principio fundamental según el cual toda
la cinemática del cosmos se reduce a movimientos uniformes de trayectoria circular25. De
todas formas en el sistema de Copérnico el mecanismo de los movimientos es más simple
y claro, lo cual se debe a la desaparición de los ecuantes y con ellos esos movimientos apa-
rentemente uniformes, aunque no prescindió de la aplicación de los círculos deferentes y de
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los epiciclos.
Kuhn (1996) plantea que Copérnico fue el primero —si no tenemos en cuenta a
Aristarco—, en formular que el movimiento de la Tierra podía resolver un problema astronó-
mico existente, es decir un problema estrictamente científico; esto se debe a que Copérnico

25 Véase en este mismo volumen el artículo de Pablo Melogno, «Astronomía y Física en Platón» (comps.).
212
es el primero en exponer las consecuencias astronómicas que se derivan del movimiento de la
Tierra. Lo que distingue a Copérnico de sus antecesores la matematización que acompaña a
sus hipótesis, siendo esta matematización lo que para Kuhn inaugura una revolución.

IV. Hipótesis fundamentales de la teoría copernicana


IV.a. El Commentariolus
Como hemos dicho anteriormente es difícil establecer con precisión la fecha hacia la
cual se escribió el Commentariolus, obra que se considera como uno de los documentos más
importantes en la Historia de la ciencia, y que ha pasado a la historia como un resumen
de De Revolutionibus. Se data la escritura del Commentariolus hacia el 1507 y no hacia el
1533 o 1539 como han hecho la mayoría de los biógrafos (Dobrzycky, 1973: 38). La im-
portancia de esta datación consiste en que Copérnico elabora un sistema heliocéntrico en el
Commentariolus diferente al que aparece en su obra definitiva, el De Revolutionibus.
El Commentariolus empieza con una breve exposición histórica donde Copérnico mues-
tra como filósofos o pensadores antepasados utilizaron un gran número de esferas celestes
para salvar el movimiento aparente, atendiendo al principio de regularidad. Para ellos es
absurdo pensar que los cuerpos celestes que son esferas perfectas no tengan un movimiento
uniforme. Por ejemplo Eudoxio (390-337 aC) usa esferas concéntricas para explicar todos
los movimientos de los planetas, con lo cual intenta esclarecer no sólo los movimientos apa-
rentes sino que también el hecho de que en ocasiones veamos los cuerpos más altos o más
bajos en los cielos. Esto se presenta como incompatible con el principio de concentricidad,
por lo cual se emplean epiciclos y excéntricos.
En el sistema de Eudoxio se basa Aristóteles. En el sistema geocéntrico, tanto la Luna
como el Sol daban vueltas alrededor de la Tierra describiendo círculos con movimiento uni-
forme. La Luna describe un círculo pequeño mientras que el Sol uno más grande. El círculo
descripto por el Sol tiene un radio mayor en relación a la Luna, debido principalmente a que
al observar los eclipses de Sol, la Luna se encuentra siempre delante del disco solar. Además
la Luna cumple su revolución alrededor de la Tierra en un mes, mientras que el Sol lo realiza
en un año. Para los antiguos el período de revolución de un astro es mayor, cuanto más lejos
se encuentra de nosotros.
Sin embargo el movimiento de las estrellas fijas era una excepción al principio anterior-
mente establecido. Las estrellas fijas se encontraban ubicadas en una sola esfera, la mayor de
todas, cuya revolución se completaba cada veinticuatro horas. Los antiguos al creer que la
Tierra se encontraba inmóvil atribuían el movimiento a la esfera de las estrellas fijas así como
al resto de los cuerpos celestes. Para Aristóteles eso era posible porque el éter que es un
fluido invisible llena que todo el universo, transmitiendo su movimiento a todos los astros.
La esfera de las estrellas fijas, lograba arrastrar con ella a todo el cosmos, de esta manera los
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planetas giraban conjuntamente con el cielo.


A su vez Ptolomeo si bien sus cálculos parecen correctos, incurren en ciertas dificul-
tades; las cuales tienen que ver con que los planetas no se movían con velocidad uniforme
ni con respecto al deferente ni con respecto al centro de su epiciclo. Mientras Eudoxio
o Aristóteles habían utilizado esferas para dar cuenta del movimiento de los astros, en
Ptolomeo encontramos «ruedas o norias». No olvidemos que el modelo de Ptolomeo pre-
tende resolver por un lado el problema de la retrogradación de los planetas y el aumento
213
del brillo asociado a la retrogradación; por otro lado la distinta duración de las revoluciones
siderales.
Para Ptolomeo el planeta no describe un círculo en el espacio sino que describe una curva
producida por una combinación de movimientos circulares. El planeta visto desde la Tierra
que constituye el centro de la rueda, se mueve en el sentido de las agujas de reloj hasta alcanzar
un punto estacionario S1, luego retrocede en sentido contrario a las agujas, hasta otro punto
estacionario S2, para volver a avanzar hasta otro punto S3, y así sucesivamente. El borde de la
rueda se llama deferente, y el círculo descripto se llama epiciclo.
En otras palabras el planeta P se encuentra sobre un círculo, el epiciclo, y gira con movi-
miento uniforme alrededor del centro, que se halla a su vez dispuesto en una segunda circun-
ferencia a la cual se denomina deferente, el cual es recorrido también en movimiento uniforme.
El centro del deferente coincide con la Tierra. La combinación de estos dos movimientos
circulares y uniformes va a servir para calcular la trayectoria del planeta a través de la eclíptica.
Pero además Ptolomeo introduce el ecuante, según el cual la velocidad angular del centro del
epiciclo, en su movimiento por el deferente es uniforme con respecto a un punto de ecuación
(ecuante) que no coincidía con el centro del deferente ni con el centro de la Tierra, desde el
ecuante (B) se podía observar al planeta desplazarse por el epiciclo (A) con velocidad constan-
te sobre el círculo deferente (C) (ver figura 2).

Figura 2. Wikimedia Commons.

Como hemos dicho estas son las razones que hacen que Copérnico considere que estos
sistemas no satisfacen la razón, en el sentido que violan la regularidad y la sistematicidad an-
tes desarrollada en la sección Revolución Copernicana. Esto es lo que lo impulsa a creer que
puede encontrar una composición de círculos más razonable, con la que pueda justificar la
aparente desigualdad y salvar el movimiento uniforme.
En el Commentariolus Copérnico expone la teoría heliocéntrica, la cual va precedida de
siete postulados o axiomas que son los siguientes (en Coffa, 1969: 31-32):
1. No hay ningún centro único de todos los círculos o esferas celestes.
2. El centro de la Tierra no es el centro del universo sino el centro de la gravedad (en-
tendiendo por gravedad peso y no «fuerza gravitacional»).
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3. Todas las esferas rotan alrededor del Sol, que está en el punto medio; por consiguien-
te el Sol es el centro del universo.
4. La distancia de la Tierra al Sol es imperceptible... cuando se la compara con la altura
del firmamento (de las estrellas fijas).
5. Todo movimiento aparente del firmamento es resultado, no del movimiento del fir-
mamento mismo, sino del movimiento de la Tierra. Ésta, junto con los elementos

214
materiales que se encuentran cerca de ella, cumple una rotación completa alrededor
de su eje cada día, mientras que el firmamento y los cielos superiores permanecen
inmóviles.
6. Lo que se nos aparece como el movimiento (anual) del Sol es el resultado, no del
movimiento de este, sino del movimiento (lineal) de la Tierra y su esfera, por el cual
viajamos alrededor del Sol al igual que cualquier otro planeta. Por consiguiente la
Tierra tiene más de un movimiento.
7. Las retrogradaciones y (las reanudaciones de) los movimientos directos aparentes de
los planetas son el resultado, no de su propio movimiento, sino del de la Tierra. El
movimiento de la Tierra por sí solo, por lo tanto basta para explicar muchas anoma-
lías aparentes en los cielos.
En el primer capítulo enumera el orden de las estrellas celestes, entendiendo que la más
alta corresponde a la esfera de las estrellas fijas, que contiene y proporciona la posición a
todas las demás. A la esfera de las estrellas fijas le siguen Saturno, Júpiter, Marte y la esfera
en que se encuentra la Tierra, Venus y Mercurio. Alrededor de la Tierra encontramos la
esfera de la Luna, quien se mueve alrededor del centro de la Tierra como un epiciclo. En el
mismo orden superan unos planetas a otros en la velocidad de la revolución, según que su
órbita sea mayor o menor.
Los postulados anteriormente presentados parecen poseer un orden arbitrario, sin em-
bargo se los puede explicar fácilmente en relación con las correspondientes afirmaciones
que preceden a la exposición astronómica de Ptolomeo en el Almagesto, tal como Peuerbach
en el Epitome in Almagestum le confirió. En el Epitome de Peuerbach, este dice con-
juntamente con Ptolomeo «la Tierra en relación al firmamento es como un punto.» (en
Dobrzycky, 1973: 40), Copérnico trasladó esta tesis ptolemaica a la órbita terrestre en el
cuarto postulado, donde plantea las enormes dimensiones de la esfera de las estrellas fijas,
incomparablemente mayores que la distancia Tierra-Sol.
La afirmación respecto a que la distancia de la Tierra al Sol es imperceptible pretende
ser una respuesta a aquellos que alegan ausencia de paralaje estelar. En la sección correspon-
diente a las objeciones a la teoría copernicana desarrollaremos más en profundidad el pro-
blema de la paralaje, de todas formas es importante explicar de qué se trata. Con el nombre
de paralaje26 se conoce al desplazamiento aparente de una estrella cercana sobre el fondo de
otras estrellas más lejanas, a medida que la Tierra se mueve a lo largo de su órbita alrededor
del Sol. Dicho de otra forma la paralaje corresponde al ángulo formado por la dirección
de dos visuales relativas a la observación de un mismo objeto desde dos puntos distintos,
suficientemente alejados entre sí y no alineados con él. Estas observaciones se realizan con
una diferencia de seis meses cuando la Tierra se encuentra en los dos extremos opuestos de
su órbita. Si la hipótesis de Copérnico es correcta y la Tierra se encuentra en movimiento
debería poder observarse la paralaje.
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Como podemos visualizar Copérnico no cree que haya un centro absoluto, único del uni-
verso; si bien el Sol es el centro del universo no es el centro de todos los planetas. Con este
postulado Copérnico se está oponiendo explícitamente a Ptolomeo, quien en el Almagesto
plantea que la Tierra se encuentra en el centro del firmamento.
Pongamos por caso la Luna, cuyo centro es la Tierra. Esta dualidad de centros del sistema
planetario es considerada por algunos, como una de las objeciones al sistema copernicano,

26 <http://www.astromia.com/glosario/paralaje.htm>
215
junto con el problema de la paralaje anual de las estrellas fijas, el movimiento de rotación y
traslación de la Tierra, y las fases de Venus. Esto sin mencionar las objeciones desde el punto
de vista teológico que recibió. Estas objeciones serán desarrolladas en otra sección.
Es por esta razón que resultan tan importante las observaciones llevadas a cabo por
Galileo Galilei (1564-1642) en el año 1610 de los «planetas mediceos» o satélites de
Júpiter: «Pues ahora no solamente tenemos un planeta que gira alrededor de otro, a la par
que ambos recorren una vasta órbita alrededor del Sol, sino que nuestra vista nos muestra
cuatro satélites que giran alrededor de Júpiter, al igual que la Luna alrededor de la Tierra,
mientras todo el sistema viaja a través de una enorme órbita alrededor del Sol en el lapso de
doce años.» (Galilei, 1984) Decimos que estas observaciones realizadas a partir del telesco-
pio son sumamente importantes porque hacen imposible seguir sosteniendo que todos los
cuerpos deben girar alrededor de un centro único.
Este segundo postulado, además salva la distinción aristotélica entre mundo sublunar
y supralunar, puesto que la Tierra sigue siendo el lugar natural al que tienden los cuerpos
pesados (agua, tierra), ya que para Aristóteles grave debe entenderse como pesado.
Para aquellos que creen que la afirmación del movimiento de la Tierra está tomada de los
pitagóricos, él promete exponer pruebas rigurosas; a la vez que les recuerda a los filósofos
de la naturaleza que la argumentación de la inmovilidad de la Tierra está sustentada en las
apariencias. Desde el punto de vista copernicano la Tierra no sólo rota sino que además des-
cribe una órbita alrededor del sol (es decir se traslada) (desarrollado en el capítulo tres «De
los movimientos aparentes del Sol». Plantea que la órbita de la Tierra es una circunferencia
excéntrica al Sol, aunque tanto la dirección de las líneas de las ápsides (por ápside se conoce
a los puntos extremos de la órbita de un cuerpo celeste en su movimiento alrededor de otro,
en el caso de la órbita terrestre hoy en día a esos puntos le llamamos: Perigeo y Apogeo)27
como la excentricidad de la órbita, son constantes para Copérnico.
El primer movimiento que la Tierra realiza es el movimiento uniforme de la Tierra sobre
su órbita circular alrededor del Sol, el segundo movimiento que la Tierra realiza es el de ro-
tación, el cual justifica mediante las siguientes ideas «en los polos en el orden de los signos,
es decir, de oeste a este. En virtud de esta rotación, el Universo entero parece girar con velo-
cidad enorme. De este modo gira la Tierra junto con las aguas y la atmósfera que la rodean.»
(Commentariolus, en Coffa, 1969: 99).
Respecto al de traslación considera que el hecho de que los astros errantes se perciban
más cercanos o alejados de la Tierra prueba que el centro de la Tierra no es necesariamente
el centro de tales círculos. Para esto Copérnico se apoya en Filolao el pitagórico quien creía
en el movimiento de traslación (Copérnico, 1994:10).
Copérnico postula un tercer movimiento «Pues el eje de la rotación diaria no es para-
lelo al eje del círculo mayor, sino que se haya inclinado respecto de él con un ángulo que,
en nuestro tiempo, intercepta una porción de circunferencia de aproximadamente 23 ½º.»
(Commentariolus, en Coffa, 1969: 100), para poder explicar la precesión de los equinoccios
de una forma más económica, dicho movimiento consistiría en la declinación o desviación
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del eje de la Tierra, como si este eje se viera amenazado por la traslación. Este movimiento
explicaba el hecho de que el eje terrestre, cuya inclinación es de unos 66 º con respecto al
plano de la órbita, mantiene su dirección en el espacio mientras en planeta se mueve alre-
dedor del Sol.

27 <http://www.astromia.com/glosario/apsides.htm>
216
Como expresa el postulado séptimo expuesto por Copérnico, muchas de las irregulari-
dades que se le atribuyen a los planetas no son más que ilusiones ópticas. Es por esto que las
retrogradaciones del movimiento de los planetas no son más que aparentes y no movimientos
verdaderos sino que se deben a la traslación de la Tierra alrededor del Sol. Por lo que al no ser
la Tierra el centro del universo sino el Sol, alrededor del cual gira en un movimiento anual, se
explica con facilidad: 1.los movimientos aparentes de avance y retrogradación de los planetas,
2. las distancias variantes de los planetas a la Tierra, y 3. explica también la conversión de
Mercurio y Venus de estrellas vespertinas en matutinas, los ortos (salida o aparición de un astro
por el horizonte) y los ocasos del Sol y de las estrellas fijas.
Por consiguiente el movimiento irregular del Sol y de los planetas se explica admitiendo
que el Sol no ocupa exactamente el centro del Universo, aunque está próximo al mismo. A
su vez los planetas y la Tierra describen círculos excéntricos a su alrededor.
Respecto al movimiento de la Luna también difiere del formulado por Ptolomeo, expo-
ne que está constituido por tres círculos. El círculo mayor o deferente tiene su centro en el
centro de la Tierra, al deferente lo recorre un círculo menor —el epiciclo— en el período de
un mes. Por último el perímetro de ese epiciclo es recorrido a una velocidad similar, pero en
dirección contraria por el centro de otro epiciclo menor. Esta composición de movimientos
por el deferente y el epiciclo responde a una órbita circular excéntrica. El segundo epiciclo
es recorrido por la Luna durante dos semanas, lo que permite determinar que las máximas
desviaciones de la Luna en relación con la posición media coinciden con el primer y el tercer
cuarto. Así, de esta forma Copérnico logra explicar la irregularidad del movimiento de la
Luna sin la necesidad de introducir ecuantes.
En el Commentariolus Copérnico se preocupa, como hemos dicho por eliminar los
ecuantes, cuya introducción impide que se cumplan los axiomas básicos de uniformidad y
circularidad de los movimientos. Los grandes epiciclos también desaparecen, porque son
reemplazados por el movimiento de traslación de la Tierra. En busca de la sencillez y la
economía, intenta reducir los círculos para explicar fenómenos semejantes a los de la teoría
geocéntrica.

Comisión Sectorial de Enseñanza

Figura 3. En Layzer (1989).


217
Del uso del ecuante fue liberado no sólo el movimiento de la Luna sino también el de los
planetas, para los planetas Copérnico introduce un pequeño epiciclo que junto con el deferen-
te cumple con la función de círculo excéntrico. El segundo epiciclo de radio tres veces menor y
recorrido por el planeta dos veces durante una revolución alrededor del Sol, aproxima la órbita
real al la elipse que más tarde propondría Kepler28. El mecanismo utilizado por Copérnico
en este asunto es desde el punto de vista matemático equivalente al ecuante, de forma tal que
cumple con el principio fundamental del movimiento absoluto, puesto que el movimiento del
planeta es en él la resultante de movimientos circulares uniformes (Dobrzycky, 1973: 42).
En todas las órbitas planetarias presentes en el Commentariolus, se destaca la constancia
de excentricidades, salvo Mercurio, así como por una posición constante de la línea de las
ápsides.
Esta obra termina postulando que Mercurio se mueve sobre siete círculos en total; Venus
sobre cinco; la Tierra sobre tres; finalmente Marte, Júpiter y Saturno sobre cinco cada uno.
Lo cual suma un total de treinta y cuatro círculos que él considera suficientes para explicar
la estructura completa de los planetas. Concluye que son suficientes 34 libros para explicar
todo el mecanismo del mundo junto con todas las revoluciones de las estrellas errantes
(Copérnico, 1939).
Sin embargo en De Revolutionibus modifica bastantes afirmaciones y se ve obligado a
aumentar el número de círculos para poder salvar de manera adecuada las apariencias. Sólo
mostraremos algunas modificaciones a modo de ejemplo.
Diversas son las razones que llevan a Copérnico a introducir variaciones en el De
Revolutionibus en relación al Commentariolus. Una de las mismas fue mencionada en el apar-
tado Breve reseña biográfica, allí se señala las consecuencias para el movimiento terrestre que
trajo consigo ciertas observaciones del Sol realizadas entre 1515 y 1516.
Al comparar sus observaciones (comenzó con la de Marte en 1523) con las cifras de
Ptolomeo, descubre la movilidad de las líneas de las ápsides planetarias, lo cual le lleva a
pensar la falsedad de la afirmación vertida en el Commentariolus respecto a que la orienta-
ción de las órbitas planetarias en el espacio permanece invariable. Además en el libro sexto
donde expone el movimiento de los planetas en longitud, establece para las mismas órbitas
compuestas un círculo excéntrico con un epiciclo, en lugar del círculo concéntrico con dos
epiciclos.

IV.b. De Revolutionibus orbium coelestium


Como ya hemos mencionado en De Revolutionibus, Copérnico retoma las tesis ya desa-
rrolladas en el Commentariolus, siendo algunas modificadas. A continuación se formularan
algunas de ellas.
En el primer libro Copérnico postula la esfericidad del universo (mundo) «… hemos de
señalar que el mundo es esférico, sea porque es la forma más perfecta de todas…» (Copérnico,
1994: 15), así como también postula la esfericidad de la Tierra. Para esto último expone
argumentos de naturaleza diversa. Podemos decir que los tres primeros argumentos tienen
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un carácter astronómico, como el siguiente:


marchando hacia el norte, desde cualquier parte, el vértice de la revolución diurna se
eleva poco a poco, descendiendo el otro por el contrario otro tanto, y muchas estrellas
alrededor del septentrión parecen no ponerse y algunas hacia el punto austral parecen no

28 Véase en este mismo volumen el artículo de Inmaculada Perdomo Reyes, «J. Kepler (1571-1630): la
creatividad y el rigor en la búsqueda de la armonía del mundo» (comps.).
218
salir más. Así, en Italia no se ve Canopius, visible desde Egipto. Y en Italia se ve la última
estrella de Fluvius, que no conoce nuestra región de clima más frío. Por el contrario, para
los que marchan hacia el sur se elevan aquéllas, mientras que descienden las que para
nosotros están elevadas (Copérnico, 1994: 16).
A este argumento le sigue uno de naturaleza náutica:
También se deduce porque las aguas surcadas por los navegantes tienen esta misma
figura: puesto que quienes no distinguen la tierra desde la nave, la contemplan desde la
parte más alta del mástil; desde la tierra, a los que permanecen en la orilla, les parece
que desciende poco a poco al avanzar la nave, hasta que finalmente se oculta, como
poniéndose (Ídem).
Otra de las hipótesis planteadas refiere al movimiento de los cuerpos celestes donde ex-
pone que el mismo es regular, y circular, perpetuo o compuesto por movimientos circulares.
En este caso distingue varios tipos de movimientos debido a la multitud de órbitas, de hecho
establece que uno de estos movimientos es el diurno:
La más conocida de todas es la revolución diaria, la que los griegos llaman nuxqhme-
ron, esto es, un espacio de tiempo de un día y una noche, por eso se piensa, equivoca-
damente, que todo el mundo se desliza desde el orto hacia el ocaso, excepto la Tierra.
Esta revolución se entiende como la medida común de todos los movimientos, puesto
que medimos el tiempo sobre todo por el número de días (Ibídem: 18-19).
Otro de los movimientos mencionados es el que realiza el Sol anualmente y el que realiza
la Luna mensualmente:
Así, el Sol nos proporciona el año, la Luna los meses, los períodos de tiempo más di-
vulgados; así, los otros cinco planetas realizan cada uno su propio ciclo. Sin embargo,
las diferencias son múltiples: primero porque no giran alrededor de los mismos polos a
través de los que se desenvuelve aquel primer movimiento, avanzando por la oblicuidad
de la eclíptica; después, porque en su propio ciclo no parecen moverse con regularidad.
Pues el Sol y la Luna se observan a lo largo de su curso unas veces lentos, otras veces
más rápidos (Ibídem: 19).
Respecto al movimiento planetario acota:
mientras el Sol avanza constante y directamente por su camino, aquellos (los planetas)
andan errantes de diversos modos, vagando unas veces hacia el norte, y otras hacia el
sur. Pero, percibimos también que los planetas retroceden a veces y después se detie-
nen: por eso son llamados planetas. Añádase también el que unas veces se presentan
más cercanos a la Tierra y se llaman perigeos y otras más alejados, y se les llama apo-
geos (Ídem).
En el capítulo cuatro formula que como la Tierra tiene forma de globo, entonces tiene
que explorarse que consecuencias trae esto, es decir si el movimiento de la misma es circular,
y qué posición ocupa. Plantea que la Tierra lleva a cabo un movimiento de rotación «…si se le
atribuye algún movimiento a la Tierra, el mismo aparecerá igual en el universo que le es exte-
rior, pero como si pasaran por encima en sentido opuesto, tal es en primer lugar la revolución
diaria.» (Ibídem: 20), más delante agrega:
Y siendo el cielo el que contienen y abarca todo, el lugar común de todas las cosas, no
aparece claro inmediatamente, por qué no se atribuye el movimiento más al conteni-
Comisión Sectorial de Enseñanza

do que al continente […]. Con razón eran de esta opinión los Pitagóricos Heráclides,
Ecfanto, y Nicetus de Siracusa, según Cicerón, que suponían a la tierra dando vueltas
en el centro del mundo (Ibídem: 21).
Además del movimiento de rotación sugiere el movimiento de traslación, para lo cual
apela a Filolao el Pitagórico, quién opino que «la Tierra giraba, e incluso que se movía con
varios movimientos, y que era uno más entre los astros.» (Ibídem: 21). Más adelante en el
capítulo nueve del libro I, desarrolla que al no ser la Tierra el centro del universo sino el Sol,
es mucho más fácil explicar por ejemplo (esto también se encuentra en el Commentariolus),
219
la distancia variante de los planetas a la Tierra «que no es el centro de todas las revoluciones
lo manifiestan el aparente movimiento irregular de los errantes y sus distancias variables
a la tierra, que no pueden entenderse mediante un círculo homocéntrico sobre la tierra.»
(Ibídem: 29), también es más fácil comprender la conversión de Mercurio y de Venus de
estrellas vespertinas a estrellas matutinas, así como los movimientos aparentes de avance y
retrogradación de los planetas. Termina este capítulo reafirmando lo siguiente «el Sol ocupa
el centro del mundo. Todo esto nos enseña la razón del orden, según la cual se suceden unas
cosas tras otras, y la armonía de todo el mundo, si como dicen, con los dos ojos contempla-
mos esta cuestión.» (Ibídem: 30). Como vemos en este cierre de capítulo, Copérnico vuelve
a reafirmar lo que para él sería un axioma de su desarrollo teórico: el orden, la armonía y en
definitiva la perfección, rasgos que no estarían presentes en las teorías astronómicas que le
precedieron.
En el capítulo diez Copérnico expone el orden de las órbitas celestes tras realizar una crítica
al orden asignado a las órbitas en la teoría ptolemaica. En primer lugar presenta que las órbitas
de Mercurio y Venus quienes giran alrededor del Sol son menores a las de la Tierra, «Venus y
Mercurio giran alrededor del Sol que está en el centro y juzgan que por esta causa no se apar-
tan de él más de lo que les permite la convexidad de sus orbes: por lo que no rodean a la tierra»
(Ibídem: 32). También expone que Saturno, Júpiter y Marte realizan sus órbitas alrededor del
Sol pero más allá de la Tierra:
Si alguien, aprovechando esto como ocasión, relacionará también Saturno, Júpiter y
Marte con aquel mismo centro, entendiendo su magnitud tan grande que puede con-
tener lo que en ellos hay y rodear a la Tierra, no se equivocará. Esto lo demuestra la
relación existente en la tabla de sus movimientos. Pues, consta que están siempre más
cerca de la Tierra alrededor de, su salida vespertina, esto es, cuando están en oposición
al Sol, mediando la Tierra entre ellos y el Sol, en cambio, están más lejos de la Tierra
en el ocaso vespertino, cuando se ocultan cerca del Sol (Ídem).
Presenta a la Tierra como un planeta que gira alrededor del Sol, y a la Luna a su vez
girando alrededor de la Tierra (es importante para Copérnico reafirmar la idea de que no
hay un centro único de mundo, ejemplo de ello es la relación Tierra-Luna), por ello dice:
Pero al sustentarse todos en un sólo centro, es necesario que el espacio que queda
entre el orbe convexo de Venus y el cóncavo de Marte, sea considerado también como
un orbe o una esfera homocéntrica con aquellos, con respecto a las dos superficies, y
que contenga a la Tierra, a su acompañante la Luna y todo lo que está contenido bajo
el globo lunar. De ningún modo podemos separar de la Tierra la Luna que está, fuera
de toda discusión, muy próxima a ella, sobre todo habiendo hallado en este espacio un
lugar adecuado y suficientemente amplio para ella (Ibídem: 33).
Adelantándose a las posibles objeciones que pudieran surgir respecto al movimiento de
la Tierra desde flancos geocentristas, responde correctamente al problema del paralaje al
exponer lo siguiente:
por lo que permaneciendo el Sol inmóvil, cualquier cosa que aparezca relacionada con el
movimiento del Sol puede verificarse aún mejor con el movimiento de la tierra, pero la
magnitud del mundo es tan grande que, aunque la distancia de la tierra al Sol tenga una
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dimensión bastante evidente con cualquier otra órbita de las estrellas errantes en razón
de sus magnitudes, no aparece como perceptible con respecto a la esfera de las estrellas
fijas (Ibídem: 33).
Para Copérnico entonces el orden de las órbitas celestes es el siguiente (no olvidar la
finitud del universo, cuyo límite está representado por la esfera de las estrellas fijas): la esfera
de las estrellas fijas es la primera y más altas de todas las esferas, a ésta le sigue la órbita de
Saturno que completa su circuito en treinta años, después le toca el turno a Júpiter quien se
220
mueve en una revolución de doce años. Marte gira en dos años, la Tierra realiza su revolución
de forma anual, junto con la órbita de la Luna como epiciclo. En quinto lugar encontramos a
Venus quien en nueve meses vuelve al punto de partida, por último Mercurio que se mueve
en un espacio de ochenta días. Y en el medio encontramos al Sol de quien dice «¿quién en
este bellísimo templo pondría esta lámpara en otro lugar mejor, desde el que iluminar todo?
Y no sin razón unos le llaman lámpara del mundo, otros mente, otros rector.» (Ibídem: 34).
La siguiente figura ilustra el ordenamiento:

Figura 4. Wikimedia Commons.

Para Copérnico este ordenamiento es ejemplo de una admirable simetría del mundo, así
como de un nexo seguro de armonía entre el movimiento y la longitud de las órbitas. Los ca-
pítulos que continúan en el libro son exposiciones de trigonometría plana y esférica. Esto ya
había sido publicado por Rethicus en 1542 como tratado.
A continuación sólo referiremos que es lo expuesto por Copérnico en los libros siguien-
tes sin detenernos a desarrollar el contenido de los mismos. En el libro segundo desarrolla
temas de astronomía esférica, aunque no están vinculadas con sus tesis astronómicas básicas
(Dobrzycky, 1973: 50). En el tercer libro se desarrolla la teoría de la precesión, refiriéndo-
se al sistema formado por la esfera de las estrellas fijas, los fenómenos relacionados con el
movimiento aparente del Sol. Cabe señalar que el descubrimiento de las verdaderas causas
de los fenómenos observados en el movimiento de precesión del eje terrestre resulta ser uno
de los puntos más importantes de su teoría. La teoría del tercer movimiento de la tierra,
demostrada matemáticamente se basa en más de mil ochocientos años de observaciones, esta
teoría permitió establecer con cierta precisión el velocidad del movimiento de precesión.
También en este libro desarrolla la magnitud básica de la teoría del Sol, concluyendo que era
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el año sideral (el período entre dos pasos consecutivos del Sol por la misma estrella) en lugar
del año trópico (medido entre los pasos consecutivos del Sol por los puntos equinocciales
en irregular traslación).
En el siguiente libro expone la teoría del movimiento de la Luna, y los métodos para
calcular los eclipses. Lo expuesto aquí ya había sido anticipado en el Commentariolus, don-
de expone que el deferente concéntrico a la Tierra lleva un epiciclo mayor recorrido por
un epiciclo menor. Por el perímetro del epiciclo menor se mueve la Luna a una velocidad

221
dos veces mayor que la velocidad del epiciclo por el deferente. Esto permite observar que
los epiciclos causan desviaciones en la órbita de la Luna, debidos por un lado al carácter
elíptico de la órbita real, y también a la desigualdad descubierta por Ptolomeo respecto al
epiciclo menor, denominada evección.
La explicación de la trayectoria lunar tal como fue explicada no aparece por primera vez
de la mano de Copérnico, de hecho en el siglo XVI Ibn as Shair (1304-1376), propuso una
solución idéntica, (concéntrico con dos epiciclos) con proporciones muy similares entre los
diferentes elementos de la órbita (Dobrzycky, 1973: 52).
Los dos últimos libros de esta obra refieren a los planetas, en el libro quinto presenta el
astrónomo el movimiento de los planetas en el plano de la eclíptica, analiza el movimiento
de cada planeta en relación a la latitud, debido a las diferentes inclinaciones de las órbitas
planetarias. En el último libro (sexto) describe los fenómenos observados en el movimiento
de los planetas como consecuencia del movimiento de la Tierra. En este desarrollo logra
liberar al sistema planetario de los grandes epiciclos presentes en el modelo geocéntrico.
En De Revolutionibus Copérnico da una solución geométrica diferente, ya que modifica
el círculo concéntrico con dos epiciclos (Commentariolus) por el círculo excéntrico con un
único epiciclo pequeño.
Para terminar con esta exposición retomaremos las palabras formuladas por Dobrzycky
(1973), quien dice que Copérnico defendía con toda firmeza sus descubrimientos, a saber el
triple movimiento de la Tierra, y el sistema heliocéntrico, como imágenes reales del mundo
más allá de lo expuesto por Osiander. Por otro lado Copérnico asume una actitud diferente
cuando se trata de referir al Sol, La Luna y Mercurio, ya que propone dos modelos (no
desarrollados aquí) para representar los fenómenos. Lo interesante es que presenta a ambos
sistemas como válidos, sin especificar cuál de ellos corresponde a la realidad. Drobrzycky
considera que esto se debe a que no los consideraba soluciones definitivas, sino que pruebas
de solución en el marco del sistema heliocéntrico.

V. Objeciones a la teoría copernicana


Por su carácter neoplatónico Copérnico concluye que el problema planetario debe tener
una solución simple y precisa, por eso todo su desarrollo tiene como objetivo la búsqueda
de la armonía, la sistematicidad y la regularidad.
Sin embargo, sus teorías matemático-astronómicas no le permiten resolver todos los
problemas que había visualizado en la teoría geocéntrica desarrollada por Ptolomeo, además
del hecho que el sistema heliocéntrico predice el movimiento de los planetas a lo sumo igual
al de Ptolomeo, y tampoco era más sencillo.
El sistema copernicano posee tantas complejidades de detalle como el de Ptolomeo.
En el Commentariolus promete no utilizar más de treinta y cuatro esferas, pero para poder
adecuarse a los hechos se ve obligado a introducir doce más. Si bien su sistema carece de
ecuantes no puede prescindir de los epiciclos y de las excéntricas, y como si fuera poco no
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puede ubicar geométricamente al Sol en el centro de ninguno de los círculos planetarios.


Si bien mantiene al Sol estacionario en el centro de las estrellas fijas, tiene que referir los
círculos de todos los planetas a un punto vacío del espacio. Este punto se mueve periódica-
mente alrededor del Sol en una trayectoria epicíclica, que a su vez es el centro moviente del
movimiento de la Tierra.

222
Como vemos en la figura, la Tierra recorre un círculo cuyo centro no es el Sol, sino un
punto exterior a este. El centro de la órbita de la Tierra es un punto en movimiento que gira
alrededor de Eė (ver figura 5), el cual a su vez se mueve alrededor del Sol. Esta imposibili-
dad de ubicar al Sol en el centro, así como el hecho de que a la hora de calcular no supone
siempre un sistema ventajoso provocó críticas.

Figura 5. El movimiento de la
Tierra en el sistema copernicano.
En Toulmin; Goodfield (1963:
200).

Figura 6. Paralaje estelar.

Esto junto con algunos problemas que desarrollaremos a continuación, convierten a la


teoría propuesta por Copérnico es blanco de severas críticas las cuales se realizan desde una
óptica ptolemaica y, consisten principalmente en los siguientes ítems: 1) la paralaje anual
de las estrellas fijas; 2) el movimiento de rotación y de traslación de la Tierra; 3) las fases de
Venus.

V.a. La paralaje de las estrellas fijas


Tycho Brahe (1546-1601) astrónomo danés, nunca aceptó totalmente el sistema astro-
nómico propuesto por Copérnico tanto es así que buscó conciliar el sistema copernicano
con el sistema ptolemaico. En relación a esto plantea una seria crítica al movimiento terres-
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tre, referente a la paralaje estelar. Esta objeción consiste en que si el eje de la Tierra se man-
tuviera paralelo a sí mismo durante el movimiento anual que realiza no apuntaría siempre al
mismo lugar sobre la esfera celeste por ser el tamaño de la órbita heliocéntrica de la Tierra
no despreciable frente a la distancia de las estrellas (Thoren; Christianson, 1990).
Dicho de otra manera si la hipótesis del movimiento de la Tierra es correcta, al realizar dos
observaciones respecto a la misma estrella con una diferencia de seis meses entre observa-
ción y observación, se debería conformar un ángulo resultado de la variación de la posición
223
de la estrella en la esfera de las estrellas fijas. Por lo tanto una estrella fija no se observaría en
la misma dirección mientras la Tierra gira alrededor del Sol.
Si nuestro planeta recorre un enorme órbita en torno al Sol, la observación de una mis-
ma estrella desde la Tierra en un periodo de seis meses primero en la posición T y luego
T’ debería dar como resultado diferentes ángulos para las correspondientes visuales. En un
periodo de seis meses se desplazaría un ángulo (2 ); A la mitad de dicho ángulo se le llama
paralaje.
El ángulo 2 de las visuales en posiciones extremas es una medidas de la paralaje estelar.
Sin embargo las mediciones más precisas no lograban dar cuenta de tal fenómeno, ya que los
valores obtenidos de eran siempre nulos, lo que a las claras parece indicar la inmovilidad
de la Tierra.
Para Copérnico que no se observe paralaje se debe a que la esfera de las estrellas fijas se
encuentra muy lejos al compararse con la distancia de la Tierra al centro del universo. La
Tierra puede girar alrededor del Sol, sin violar las apariencias siempre que su órbita no se
aleje mucho del Sol, comparado con la distancia a las estrellas fijas (Copérnico, 1994: 33).
Copérnico admite un universo mucho más grande que el que se admitía en su época.
El proponer la extensión casi indefinida de los límites del universo, trae como consecuen-
cia que no sólo se le proponga al hombre que la Tierra abandone el centro del universo y
la dignidad del reposo sino que quede rebajado a ser un planeta más entre otros, sino que
además se pretende alejar la esfera de los cielos hasta distancias que los hombres no pueden
concebir.
Si bien Copérnico considera que las estrellas están más lejos que lo que estaban dispues-
tos a admitir en su época, igual está errado ya que la estrella más cercana que es Centauri,
se encuentra 240 veces más alejada de lo que Copérnico supone, es decir su distancia se
cifra en 270.690 veces la distancia Sol-Tierra.
Entre 1725 y 1728, James Bradley (Papp, 1996) intentando descubrir la paralaje se
encuentra con un nuevo fenómeno que se denomina aberración de la luz, que consiste en un
desplazamiento similar a la paralaje pero veinte veces más grande. Este fenómeno demos-
tró por primera vez el movimiento anual de la Tierra. En 1838 recién fue descubierta por
Bessel la paralaje anual de las estrellas fijas.

V.b. El movimiento de rotación y de traslación de la Tierra


El movimiento de la Tierra se muestra incompatible con la física vigente de inspiración
aristotélica. Tanto las elaboraciones propias de la tradición filosófica como la observación em-
pírica sugieren que todo movimiento debe ser generado por fuerzas y producir además efectos
físicos esencialmente diferentes de los propios del reposo. Dicho de otro modo, el movimiento
terrestre es contrario a la razón y a la experiencia.
En contra del movimiento de rotación de la Tierra se arguyó (podríamos poner por
ejemplo nuevamente a Brahe) que, conocido su radio, debería recorrer un punto de su su-
perficie situado en el Ecuador, 40.000 Km. en 24 horas, viajando a 1.700 km/h, así que las
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nubes y todo cuanto no estuviese en contacto con la Tierra, debería retroceder a idéntica
velocidad. Un objeto dejado caer se debería desviar de la vertical por efecto de la rotación.
Cosas estas que eran contrarias a la experiencia. Y la propia Tierra girando a dicha velocidad
debería precipitarse en el cielo por la propia fuerza centrífuga de tan rápido giro. Hoy en
día estos argumentos ya no cuentan, pero hubiera alcanzado con pensar que la atmósfera

224
también goza del movimiento de rotación y que la gravedad se opone a la fuerza centrífuga
con un valor quince veces mayor, lo que en aquel momento resultaban argumentos muy
sólidos.
Más grave aún es explicar el movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol.
Como ya sabemos se intenta explicar el mismo haciendo referencia a la posibilidad del
paralaje estelar (lo que Copérnico explicó correctamente). Si la Tierra está en movimiento
se debería reflejar en el movimiento de las estrellas fijas. Sin embargo no es por medio de
la paralaje estelar que logra argumentarse a favor de la traslación, sino que a través de otro
fenómeno: la aberración de la luz. La aberración de la luz fue descubierta por Bradley, y
consiste en lo siguiente: pongamos por caso que la luz de una estrella sea como las gotas de
la lluvia, que caen de forma vertical. Si pretendo no mojarme y estoy quieta debo poner en
paraguas vertical, de modo similar el telescopio se debe colocar vertical en dirección de la
estrella para recibir la luz. Sin embargo si comienzo a moverme para no mojarme debo colo-
car el paraguas de forma inclinada hacia delante, e inclinarlo más en relación a la velocidad
del movimiento. De igual modo, por efecto de la velocidad de la Tierra para recoger la luz
de una estrella debemos colocar el telescopio de forma inclinada en un ángulo que sea la
relación entre la velocidad de la Tierra y la de la Luna.

V.c. Las fases de Venus


Otra de las principales objeciones de las que fue objeto la teoría copernicana tiene que
ver con las fases de Venus. Si Venus y Mercurio giran alrededor del Sol en órbitas internas
entonces deberíamos poder observar un sistema completo de cambios de fases al igual que
observamos con la Luna. El inconveniente reside en que estas fases no pueden ser observadas
a simple vista.
Las fases de Venus no serían descubiertas hasta el siglo XVII de la mano de Galileo
Galilei, quien a fines de setiembre de 1610 con su telescopio de treinta aumentos observa lo
pronosticado por la teoría heliocéntrica (Galilei, 1984).
A simple vista tales fases no pueden ser observadas, y el sistema copernicano predice
para Venus un sistema completo de fases al igual que el de la Luna. Pero esto también era
predicho en la teoría ptolemaica. El sistema ptolemaico que sitúa a los planetas inferiores en
una órbita egocéntrica por debajo de la solar también considera que Venus posee un sistema
de fases aunque no completo, ya que faltaban las fases cercanas a las de nuestra Luna llena.
Para Galileo las fases de Venus, unidas a su variación de tamaño, son sólo compatibles
con el hecho de que, gire alrededor del Sol, ya que presenta su menor tamaño cuando se
encuentra en fase llena y el mayor, cuando se encuentra en la nueva; más precisamente
cuando está entre el Sol y la Tierra. Es importante señalar que el hecho que, sin la ayuda del
telescopio, no se apreciaran las necesarias variaciones de luminosidad de Venus, suponiendo
que este girase en torno al Sol, se explicaba entonces por la disminución de la superficie
iluminada visible desde la Tierra cuando el planeta está más próximo a ella. De esta manera
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Venus resultaba ser al igual que la Luna un cuerpo oscuro.

V.d. Objeciones Teológicas


La teoría de Copérnico también recibe objeciones desde el punto de vista teológico.
No podemos olvidar que dicha teoría atenta contra tres fundamentos de la ciencia
de época: la Biblia, el aristotelismo, y la experiencia sensorial. Lo más difícil de superar

225
resultan las contradicciones entre las tesis básicas del heliocentrismo (sobre el movimiento
de la Tierra) y algunos pasajes de las Sagradas Escrituras.
Entre los textos más controvertidos encontramos:
1. Los versículos 12-14 del capítulo 10 del Libro de Josué, donde se dice que Dios
a pedido de Josué mandó al Sol detenerse para que los israelitas pudieran triunfar
sobre los gabaonitas.
2. En Eclesiastés, capítulo 1, versículos 4-6, Salomón dice que la Tierra siempre per-
manece en su lugar y que el Sol sale y se pone, volviendo al lugar desde el cual vuelve
a nacer.
3. En el Salmo 92, versículo 1, se dice que Dios afirmó tan bien el mundo que este no
se moverá.
4. En el Libro del Profeta Isaías, capítulo 38, versículo 8, Jehová dice: «He aquí que
yo vuelvo atrás la sombra de los grados, que ha descendido en el reloj de Achaz por
el Sol, diez grados. Y el Sol fue tornado diez grados atrás, por los cuales había ya
descendido.»
Si interpretamos de forma literal estos fragmentos y otros similares de la Biblia, es clara
la contradicción entre ella y la teoría heliocéntrica; lo cual descartaba toda discusión posible
entre los teólogos y los astrónomos. Sobre esta base el heliocentrismo fue condenado como
blasfemia por los dirigentes de la Reforma y de la Iglesia Católica, tanto es así que en 1616
el De Revolutionibus fue colocado en el «Índice de libros prohibidos».
Dado los aportes de la nueva teoría, que se presentaron cada vez con mayor evidencia y
que impedían rechazarla de forma a priori, los científicos se ven obligados a buscar líneas de
conciliación entre las verdades científicas y las verdades reveladas. Esto lleva a que la posible
solución sea una explicación alegórica (y por lo tanto no literal) de las Sagradas Escrituras.
La idea de una explicación alegórica y metafórica de las Sagradas Escrituras se expresa
en: 1) Interpretar los fragmentos de diferentes maneras a veces de forma muy complicada y
otras de forma muy ingeniosa, para demostrar que estos comprendidos de forma adecuada
en su sentido más profundo no contradicen el heliocentrismo. Esto a su vez conjugado con
otros fragmentos que son tomados y citados literalmente contradicen la teoría ptolemaica.
2) Considerar la Biblia como incompetente en formas científicas, por tratarlas solo de forma
superficial, con el objetivo de hacerlas accesibles a todo el mundo, por consiguiente esto lle-
va a la afirmación de que ninguna afirmación de la Biblia puede utilizarse como argumento
en pro o en contra del heliocentrismo, por carecer de carácter científico.
En apoyo de las dos ideas recién desarrolladas podemos poner como ejemplo a Galileo
Galilei quien en carta dirigida en el año 1615 a Cristina de Lorena, Gran Duquesa de Toscana,
expone dos puntos: en primer lugar la separación de poderes en este caso entre Iglesia y
Ciencia, cada uno de estos poderes tiene para el físico pisano su propio ámbito en el cual debe
desarrollarse, sin inmiscuirse en el ámbito del otro. En segundo lugar plantea una aparente
contradicción, Galileo considera que el milagro de Josué se entiende mejor desde el sistema
copernicano (Galilei, 1995).
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Si la Iglesia Cristiana hubiera aceptado a principios del siglo XVII la idea de interpre-
tar alegóricamente los pasajes cosmológicos de la Biblia habría desaparecido el punto más
combustible de la controversia. Pero a partir del año 1616, con la condena de Galileo la
Iglesia Católica comprometió toda su autoridad en la defensa de la interpretación literal
de la Biblia. Sólo en 1757, bajo la presión de hechos científicos incuestionables, el Papa
Benedicto XIV emitió un decreto que atenuó la posición de la Iglesia. Pero la idea de una
226
interpretación alegórica de los «fragmentos científicos» de la Biblia no fue reconocida como
doctrina oficial de la Iglesia Católica sino por León XIII, en el año 1897 (Benítez, 1998).
También los representantes de las Iglesias Protestantes, en el siglo XVI y principios del
XVII, estuvieron en contra de la interpretación alegórica de las Sagradas Escrituras. En
este aspecto la oposición protestante no fue menos violenta que la católica, pero adquirió
formas menos autoritarias y fue superada relativamente más pronto por los más teólogos
heterodoxos.
Como ya hemos dicho la obra de Copérnico es uno de los hitos más importantes en el
proceso de renovación intelectual que culmina en la revolución científica del siglo XVII.
Sin embargo en su momento los informes de Copérnico que habían intranquilizado a cató-
licos y protestantes, hizo que la publicación del De Revolutionibus se diera en una circuns-
tancia bastante particular.
Como ya hemos mencionado en el prólogo a De Revolutionibus Osiander trata al trabajo
de Copérnico de mero trabajo hipotético, presentando al conocimiento que se desprende
del mismo con carácter instrumental, convencido del mérito matemático de la teoría insiste
en la necesidad de que se la presente como un mera fantasía que de ninguna forma pretende
representar la realidad.
Copérnico no afirma el movimiento de la Tierra de forma gratuita, o simplemente para
tener una base para el cálculo, mientras que para Osiander debe aparecer como una ficción
útil y no como una descripción física adecuada. De forma contraria a lo que Osiander cree,
Copérnico afirma que es posible descubrir por investigación racional la verdad acerca de
los cielos.
Por otro lado, Copérnico no hizo ningún descubrimiento notable en los cielos, sólo
registró unas pocas docenas de mediciones astronómicas, las necesarias como para poder
relacionar sus propios cálculos con los registros heredados de Ptolomeo. Frente a esto la
pregunta que surge es por qué se considera a Copérnico un revolucionario. Para Toulmin
y Goodfield (1963) se debe a que su teoría fue presentada en el lugar adecuado y en el
tiempo adecuado. Sobre todos si tenemos en cuenta que en casi todas sus facetas Copérnico
era un astrónomo anticuado, de ninguna manera «moderno». Sus ideas están más cerca de
Aristóteles y Ptolomeo que de Kepler y Newton. Algunos historiadores de la astronomía
entienden que el trabajo de Copérnico supone una «vana fatiga», vana porque hasta el últi-
mo de sus días Copérnico creyó sin criticar «el axioma de Platón», que exponía la circulari-
dad de las órbitas planetarias. Esto se magnifica si tenemos en cuenta que tan solo 75 años
después de su muerte, Johannes Kepler (1751-1630) abandona el axioma metafísico de la
circularidad de las órbitas celestes, y en su lugar publica en 1609 la primera de sus célebres
leyes, que establece que la órbita de cada planeta es una elipse en cuyo foco se encuentra el
Sol. Sin embargo, ante esto último Birkenmajer plantea que nada nos autoriza a considerar el
trabajo de Copérnico como una «vana fatiga», ya que las elaboradas construcciones geomé-
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tricas desarrolladas en De Revolutionibus, le sirvieron justamente a Kepler como escalón


para dar una imagen más adecuada del universo. De todas maneras lo importante es que
Copérnico puso a la astronomía en el camino de la física, y como afirma Birkenmajer
Hasta ahora no ha sido —y seguramente nunca será— terminado aquel gran Almagesto
nuevo en que soñó Copérnico cuando se disponía a escribir De Revolutionibus. Pero
esto no cambia en nada el hecho de que el espléndido edificio del saber astronómico
de nuestros tiempos se apoya, como en un fundamento, precisamente en esta obra
(Birkenmajer, 1973: 69).

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