El indulto
Emilia Pardo Bazán
(Cuento completo)
De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de
una mañana de marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos
brío, la que refregaba con mayor desaliento; a veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la
mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su
tez marchita.
Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la
algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo a media voz, entretejido con
exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la
asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios; nadie ignoraba que la infeliz, casada
con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio
extramuros, y que la familia vivía con desahogo gracias al asiduo trabajo de Antonia y a los cuartejos
ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado
tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fue asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del arcón
donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro; nadie, tampoco, el horror que
infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia, según esta
misma declaraba, añadiendo que desde tiempo atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra,
con el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo el acusado hizo por probar la
coartada, valiéndose del testimonio de dos o tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el asunto
que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fue tan indulgente la opinión como la ley:
además de la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató a la vieja,
cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como la que los matachines dan a los cerdos, con un
cuchillo ancho y afiladísimo de cortar carne. Para el pueblo no cabía duda en que el culpable debió subir al
cadalso. Y el destino de Antonia comenzó a infundir sagrado terror, cuando fue esparciéndose el rumor de
que su marido «se la había jurado» para el día en que saliese del presidio, por acusarle. La desdichada
quedaba encinta, y el asesino la dejó avisada de que, a su vuelta, se contase entre los difuntos.
Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo; tal era su debilidad y demacración y la frecuencia
de las congojas que desde el crimen la aquejaban; y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar
ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho, dieron de mamar por turno a la criatura, que
creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se
aplicó con ardor al trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los
enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.
«¡Veinte años de cadena! En veinte años —pensaba ella para sus adentros—, él se puede morir o me
puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía.» La hipótesis de la muerte natural no la asustaba;
pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas vecinas la consolaban,
indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida se arrepintiese, se enmendase, o, como decían
ellas, se volviese de mejor idea: meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:
—¿Eso él? ¿De mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le
ponga otro…
Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.
En fin, veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces figurábasele a
Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, o que la ancha boca del presidio, que se había tragado al
culpable, no lo devolvería jamás; o que aquella ley, que al cabo supo castigar el primer crimen, sabría
prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y
confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora, mano de hierro que la sostendría al borde del
abismo. Así es que a sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el
tiempo transcurrido y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.
¡Singular enlace el de los acontecimientos! No creería de seguro el rey, cuando, vestido de capitán general
y con el pecho cargado de condecoraciones, daba la mano ante el ara a una princesa, que aquel acto
solemne costaba amarguras sin cuento a una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que
Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas
sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el
niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:
—Mi madre… ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!
El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó a Antonia; algunas se dedicaron a arreglar la comida
del niño, otras animaban a la madre del mejor modo que sabían. Era bien tonta en afligirse así. ¡Ave María
Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había gobierno, gracias
a Dios, y audiencia, y serenos; se podía acudir a los celadores, al alcalde…
—¡Qué alcalde! —decía ella con hosca mirada y apagado acento—. O al gobernador, o al regente, o al jefe
de municipales; había que ir a un abogado, saber lo que dispone la ley…
Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar a su marido para que le metiese un miedo al
picarón; otra, resuelta y morena, se brindó a quedarse todas las noches a dormir en casa de la asistenta;
en suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió a intentar
algo, y sin levantar la sesión, acordose consultar a un jurisperito, a ver qué recetaba.
Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto
bajo salían mujeres en pelo a preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de
protegerla, obligaba a la hija de la víctima a vivir bajo el mismo techo, maritalmente, con el asesino!
—¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran! —clamaba
indignado el coro—. ¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?
—Dice que nos podemos separar…, después de una cosa que le llaman divorcio.
—¿Y qué es divorcio, mujer?
—Un pleito muy largo.
Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acababan nunca, y peor aún si se
acababan, porque los perdía siempre el inocente y el pobre.
—Y para eso —añadió la asistenta— tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.
¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado a la madre? ¿Eso no era mal trato, eh? ¿Y no sabían
hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?
—Pero como nadie lo oyó… Dice el abogado que se quieren pruebas claras…
Se armó una especie de motín; había mujeres determinadas a hacer, decían ellas, una exposición al
mismísimo rey, pidiendo contraindulto; y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre
mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, al tercer día llegó la noticia de que el indulto era
temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo
Antonia fue la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos,
pidiendo socorro.
Después de este susto pasó más de un año, y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada a sus
humildes quehaceres. Un día el criado de la casa donde estaba asistiendo creyó hacer un favor a aquella
mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole cómo la reina iba a parir, y habría indulto,
de fijo.
Fregaba la asistenta los pisos, y al oír tales anuncios soltó el estropajo y, descogiendo las sayas que traía
arrolladas a la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. A los recados que le
enviaban de las casas, respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un
anonadamiento general, un no levantársele los brazos a labor alguna. El día del regio parto contó los
cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que
el vástago real era hembra, comenzó a esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además,
¿por qué le había de coger el indulto a su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era
horrendo; ¡matar a la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas
de oro! La terrible escena volvía a presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella
tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre
cuajada al pie del catre.
Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah!, si habían de
matarla, mejor era dejarse morir.
Sólo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.
—Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?
Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros y, tomando un lío de ropa sucia, echó a
andar camino del lavadero. A las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se
posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.
¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida e iba a
retirarse? ¿Inventola alguien con fin caritativo, o fue uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen,
que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos o los individuos, palpitan y susurran en el
aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oírlo, se llevó instintivamente la mano al corazón y se dejó caer
hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.
—¿Pero de veras murió? —preguntaban las madrugadoras a las recién llegadas.
—Sí, mujer…
—Yo lo oí en el mercado…
—Yo, en la tienda…
—¿A ti quién te lo dijo?
—A mí, mi marido.
—¿Y a tu marido?
—El asistente del capitán.
—¿Y al asistente?
—Su amo…
Aquí ya la autoridad pareció suficiente, y nadie quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la
noticia. ¡Muerto el criminal, en vísperas de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la
asistenta alzó la cabeza, y por vez primera se tiñeron sus mejillas de un sano color, y se abrió la fuente de
sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su
alegría, justa. Las lágrimas se agolpaban a sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el crimen
se había quedado cortada, es decir, sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba
tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido, que a la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía
ser falsa la nueva.
Aquella noche Antonia se retiró a su casa más tarde que de costumbre, porque fue a buscar a su hijo a la
escuela de párvulos y le compró rosquillas de jinete, con otras golosinas que el chico deseaba hacía
tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin ganas de comer, sin pensar
más que en beber el aire, en sentir la vida y en volver a tomar posesión de ella.
Tal era el enajenamiento de Antonia que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino
entornada. Sin soltar de la mano al niño, entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y
comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito
que subía a los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.
Era él; Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus
dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que
aterrado se le cogió a las faldas. El marido habló.
—¡Mal contabas conmigo ahora! —murmuró con acento ronco, pero tranquilo; y al sonido de aquella voz,
donde Antonia creía oír vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como
desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo a su hijo en brazos, echó a correr hacia la
puerta. El hombre se interpuso.
—¡Eh… chst! ¿Adónde vamos, patrona? —silabeó con su ironía de presidiario—. ¿A alborotar el barrio a
estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!
Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono
que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del
instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente; ampararse del niño. ¡Su padre no le
conocía, pero al fin era su padre! Levantole en alto y le acercó a la luz.
—¿Ése es el chiquillo? —murmuró el presidiario. Y descolgando el candil, llegolo al rostro del chico. Éste
guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara como para defenderse de aquel
padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase a su
madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.
—¡Qué chiquillo tan feo! —gruñó el padre, colgando de nuevo el candil—. Parece que lo chuparon las
brujas.
Antonia, sin soltar al niño, se arrimó a la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas alrededor, y
veía unas lucecicas azules en el aire.
—A ver, ¿no hay nada de comer aquí? —pronunció el marido.
Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los
sollozos, la madre comenzó a dar vueltas por el cuarto y cubrió la mesa con manos temblorosas; sacó pan,
una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se esmeraba, sirviendo diligentemente,
para aplacar al enemigo con su celo. Sentose el presidiario y empezó a comer con voracidad,
menudeando los tragos de vino. Ella permanecía de pie, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado
y seco que relucía con ese barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez más y la convidó.
—No tengo voluntad… —balbució Antonia; y el vino, al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de
sangre.
Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el plato más bacalao, que engulló ávidamente,
ayudándose con los dedos y mascando grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una
esperanza sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla; ella, después,
cerraría a cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oiría sus
gritos. ¡Sólo que, probablemente, le sería imposible a ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El
marido, apenas se vio saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña y encendió
sosegadamente el pitillo en el candil.
—¡Chst!… ¿Adónde vamos? —gritó, viendo que su mujer hacía un movimiento disimulado hacia la puerta
—. Tengamos la fiesta en paz.
—A acostar al pequeño —contestó ella sin saber lo que decía; y refugiose en la habitación contigua,
llevando a su hijo en brazos. De seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para
tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su madre: pared por medio dormía
antes el matrimonio; pero la miseria que siguió a la muerte de la vieja, obligó a Antonia a vender la cama
matrimonial y usar la de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba a desnudar al niño, que ahora se
atrevía a sollozar más fuerte, apoyado en su seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.
Antonia le vio echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja
y, por último, acostarse en el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar; si su marido abriese una navaja,
la asustaría menos quizá que mostrando tan horrible sosiego. Él se estiraba y revolvía en las sábanas,
apurando la colilla y suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y
limpia.
—¿Y tú? —exclamó dirigiéndose a Antonia—. ¿Qué haces ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?
—Yo…, no tengo sueño —tartamudeó ella, dando diente con diente.
—¿Qué falta hace tener sueño? ¿Si irás a pasar la noche de centinela?
—Ahí…, ahí…, no…, cabemos… Duerme tú… Yo aquí, de cualquier modo…
Él soltó dos o tres palabras gordas.
—¿Me tienes miedo, o asco, o qué rayo es esto? A ver cómo te acuestas, o si no…
Incorporose el marido y, extendiendo las manos, mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya
Antonia, con la docilidad fatalista de la esclava, empezaba a desnudarse. Sus dedos apresurados rompían
las cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En un rincón del cuarto se
oían los ahogados sollozos del niño…
Y el niño fue quien, gritando desesperadamente, llamó al amanecer a las vecinas, que encontraron a
Antonia en la cama, extendida, como muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no
logró sacarle gota de sangre. Falleció a las veinticuatro horas, de muerte natural, pues no tenía lesión
alguna. El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al
levantarse y, viendo que no respondía, echó a correr como un loco.
FIN
Resumen y análisis
Resumen de El indulto de Emilia Pardo Bazán
El cuento «El indulto» de Emilia Pardo Bazán se ambienta en la ciudad ficticia de Marineda y sigue la vida
de Antonia, una mujer trabajadora y humilde que enfrenta una existencia cargada de sufrimiento y
miedo. Antonia trabaja en un lavadero público, y desde el inicio, se nos muestra su profunda tristeza y
desesperación. Sus compañeras de trabajo conocen su dolorosa historia y sienten compasión por ella.
Antonia vivía anteriormente con su madre y su esposo, un carnicero, hasta que su madre fue brutalmente
asesinada. El asesino resultó ser su propio marido, quien cometió el crimen para robar los ahorros de su
suegra con la intención de establecer su propio negocio.
Aunque el marido de Antonia intentó evadir la justicia mediante testimonios falsos, finalmente fue
condenado a veinte años de prisión. Sin embargo, el castigo no trajo alivio a Antonia, ya que su esposo
juró vengarse de ella por su testimonio en su contra. Con el tiempo, Antonia dio a luz a un hijo, pero su
salud deteriorada y su constante angustia la dejaron incapaz de cuidar al niño adecuadamente. Las
mujeres del barrio la ayudaron, alimentando al bebé en turnos, mientras Antonia trataba de seguir
adelante con su vida.
El relato nos lleva a través de los pensamientos y temores de Antonia, quien encuentra algo de consuelo
en la esperanza de que el tiempo transcurrido y la justicia le brinden cierta protección. Sin embargo, todo
cambia cuando se anuncia que su esposo recibirá un indulto. La noticia paraliza a Antonia, llenándola de
terror ante la perspectiva de que el asesino de su madre y su verdugo quede en libertad.
Las vecinas tratan de calmar a Antonia, sugiriendo que busque ayuda legal para protegerse, pero las leyes
son desfavorables y obligan a la esposa a convivir con el esposo indultado. Aunque las mujeres del barrio
intentan ofrecer su apoyo, la angustia de Antonia es palpable. La incertidumbre sobre la llegada de su
marido y las limitadas posibilidades de obtener protección legal la sumen en un estado de desespero.
Finalmente, llega el momento que tanto temía: su marido regresa antes de cumplir la condena completa,
indultado. La primera reacción de Antonia es de incredulidad y horror, pero el encuentro con su esposo es
inevitable. El hombre, quien demuestra una frialdad y una crueldad implacables, se instala nuevamente
en la casa de Antonia, sin mostrar arrepentimiento alguno.
La tensión en la casa es insoportable, con Antonia tratando de encontrar consuelo en la presencia de su
hijo, mientras el marido se comporta de manera dominante y amenazante. La historia culmina en una
trágica escena final en la que Antonia, tras una noche de terror, es encontrada inconsciente y en un
estado crítico por sus vecinas. Aunque no presenta heridas visibles, sufre una crisis que la lleva a la
muerte en un plazo de veinticuatro horas. Su hijo, testigo de la angustia de su madre, afirma que el
hombre huyó despavorido al no obtener respuesta de Antonia.
Personajes de El indulto de Emilia Pardo Bazán
Antonia: Antonia es la protagonista del cuento. Es una mujer humilde y trabajadora que enfrenta una vida
llena de sufrimiento y angustia. Su principal característica es la resiliencia, ya que a pesar de las
adversidades, intenta seguir adelante por el bien de su hijo. La culpa, el miedo y la desesperación marcan
su vida, especialmente después del asesinato de su madre a manos de su propio esposo. Antonia
representa a las mujeres que sufren en silencio y sin protección en una sociedad patriarcal. Su temor al
regreso de su marido, una vez indultado, y la falta de apoyo institucional resaltan su vulnerabilidad y
desesperanza.
El marido de Antonia: El marido de Antonia es el antagonista principal del cuento. Es un carnicero que
asesina a su suegra para robarle sus ahorros. Su carácter violento y despiadado se revela no solo en el
acto del crimen, sino también en su actitud hacia Antonia. Tras ser encarcelado, jura vengarse de ella por
haber testificado en su contra, lo que añade una capa de terror psicológico a su ya evidente brutalidad
física. Su regreso a casa, tras ser indultado, culmina en una atmósfera de miedo y desesperación para
Antonia, lo que finalmente lleva a su muerte.
El hijo de Antonia: El hijo de Antonia es un personaje secundario pero crucial en la narrativa. Es un niño
enfermo y débil, afectado por las angustias y la mala salud de su madre desde su nacimiento. Representa
la inocencia y la vulnerabilidad en medio del drama y la violencia que rodea a su familia. Su presencia
proporciona una razón para la lucha de Antonia y, al mismo tiempo, aumenta la tragedia de su situación al
ser testigo del sufrimiento de su madre y la presencia aterradora de su padre.
Las vecinas: Las vecinas de Antonia juegan un papel importante como personajes secundarios que
representan la solidaridad y el apoyo comunitario en tiempos de crisis. Aunque intentan consolar y ayudar
a Antonia, su influencia es limitada debido a las estructuras sociales y legales que las rodean. Aportan un
contraste con la soledad de Antonia, mostrando una faceta de compasión humana que, sin embargo,
resulta insuficiente para cambiar el curso trágico de los eventos.
Análisis de El indulto de Emilia Pardo Bazán
«El indulto», cuento de Emilia Pardo Bazán publicado en la Revista Ibérica de Madrid el 1º de abril de
1883, es un relato que se despliega en la ciudad ficticia de Marineda, un escenario que refleja la España
rural y tradicional de finales del siglo XIX. Este entorno es esencial para comprender las limitaciones y los
condicionamientos sociales que enfrentan los personajes, especialmente las mujeres. La narradora
omnisciente nos guía a través de la historia con un estilo detallado y emotivo, permitiéndonos conocer los
pensamientos y sentimientos más íntimos de los personajes, en particular de Antonia, la protagonista.
Uno de los temas centrales del cuento es la opresión y la vulnerabilidad de las mujeres en una sociedad
patriarcal. Antonia, una mujer humilde y trabajadora, se encuentra atrapada en una situación de
desesperación y miedo constante debido a la violencia de su esposo. La autora utiliza a Antonia para
exponer cómo las estructuras sociales y legales de la época no solo fallan en proteger a las mujeres, sino
que a menudo las condenan a vivir bajo el yugo de sus agresores. El indulto del marido de Antonia no es
solo una medida legal, sino una sentencia de muerte para ella, mostrando la desconexión entre las leyes y
la realidad vivida por las víctimas de violencia doméstica.
El estilo de escritura de Pardo Bazán en este cuento es realista y detallado, con un tono sombrío que
refleja la gravedad de la situación de Antonia. La narración es fluida y envolvente, logrando mantener al
lector inmerso en la angustia y el terror que experimenta la protagonista. El ritmo del cuento es pausado
pero constante, permitiendo que la tensión se acumule gradualmente hasta llegar a un clímax inevitable
y trágico. Esta estructura narrativa aumenta el impacto emocional de la historia, destacando la
desesperanza de Antonia y su lucha por sobrevivir en un mundo que parece decidido a destruirla.
Pardo Bazán emplea varias técnicas literarias para contar la historia de manera efectiva. El uso de la
narración omnisciente permite una comprensión profunda de los personajes y sus circunstancias. Las
descripciones detalladas y vívidas del entorno y las emociones de los personajes crean una atmósfera
palpable de opresión y temor. Además, la autora utiliza el diálogo para revelar las dinámicas sociales y
personales, así como para destacar la falta de comprensión y apoyo que Antonia recibe de su comunidad.
El contexto histórico y cultural en que fue escrita la historia influye significativamente en su desarrollo y
mensaje. A finales del siglo XIX, España estaba marcada por una sociedad profundamente patriarcal y
conservadora, donde las mujeres tenían pocas opciones y estaban sujetas a las decisiones de los hombres
y las autoridades. Pardo Bazán, una pionera del feminismo en la literatura española, utiliza este cuento
para criticar estas estructuras opresivas y abogar por una mayor justicia y protección para las mujeres.
«El indulto» no solo es una narración de una tragedia personal, sino también una crítica incisiva de las
injusticias sociales de la época. A través de la historia de Antonia, Pardo Bazán expone la brutalidad y la
indiferencia de una sociedad que permite que las mujeres sean víctimas de la violencia sin ofrecerles un
refugio seguro. La historia se convierte así en un llamado a la reflexión y al cambio, una denuncia de las
condiciones inhumanas que muchas mujeres enfrentaban y que, en muchos casos, siguen enfrentando
hoy en día. Este cuento es un ejemplo poderoso de cómo la literatura puede servir como un espejo de la
realidad social y un catalizador para el cambio.