El Cristal Roto
El Cristal Roto
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Hermosillo, Sonora
México
1 “Salvo” es una palabra bíblica que Jesús usó para describir a una persona que ha
confiado en Él y que tiene sus pecados perdonados.
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En segundo lugar, pensé: “No tienes un versículo de la Biblia para
apoyarte. David Kember, el primero que te habló de la salvación,
tenía un versículo: Romanos 10.9. El predicador Norman Crawford
te contó cómo fue salvo por medio del mensaje de Juan 3.16. Martin
Prins te visitó y te contó cómo fue salvo por medio de Juan 3.16
también”. Pero yo no tenía un versículo y eso me preocupaba. “¿Cómo
puedes haber sido salvo sin tener un versículo?”
Desde entonces, me he dado cuenta de que lo que importa es el
Salvador, no simplemente un versículo. Yo he adoptado un versículo
con un mensaje que encaja perfectamente con mi caso. Es Romanos
5.6: “Cristo… murió por los impíos”. Ese es un versículo maravilloso,
porque si Él murió por los impíos, entonces no cabe la menor duda de
que murió por mí.
La tercera razón era que yo no tenía una historia. A otras personas
les tomaría una hora contar cómo habían sido salvas, pero alguien
me preguntara: “Max, ¿cómo fue salvo usted?” Yo le contestaría: “En
un minuto yo no creía el mensaje del Evangelio, y al siguiente sí”.
Difícilmente eso se puede considerar como una historia, ¿cierto?
Y yo había escuchado que, si uno es salvo, podía decir cuándo, dónde
y cómo sucedió. Yo podía decir cuándo; había mirado el reloj y eran las
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11 p.m. También podía decir dónde; fui salvo en una habitación del
segundo piso de una casa vieja que estábamos rentando en Penfound.
Pero ¿cómo sucedió? Esa era la cuestión. Yo pensaba que no tenía una
historia. Sólo sabía que tenía un Salvador. Y eso, por supuesto, era
todo lo que realmente importaba. Pero al reflexionar sobre mi vida y
cómo Dios había obrado a lo largo de los años me di cuenta de que sí
tengo una larga historia. Voy a tomarme unos minutos para contarle
cómo Dios llegó a mi vida descuidada y la cambió para siempre. Eso
es lo que la Biblia quiere decir cuando habla de “nacer de nuevo” o ser
“salvo”.
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Capítulo 2
El camino “equivocado”
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nosotros estábamos corriendo y jugando afuera ese cálido día de
verano cuando mi hermana mayor salió corriendo y comenzó a
llamarnos a gritos, agitando los brazos: “Mami se está muriendo.
¡Vengan rápido!”
Cuatro niños desesperados nos juntamos y nos miramos con
impotencia. “¡Se está poniendo morada y ya dejó de respirar!”
Una vocecita aconsejó: “¡Vamos a orar!”
“Oh Dios, Mami se va a morir. ¡Ayúdanos, por favor!” Todos dijimos
“Amén”, y yo salí corriendo al establo que estaba a la vuelta. “Dios”,
oré con sencillez, “querido Dios, no dejes que Mami se muera, por
favor. Papi siempre sale a beber. No vamos a tener a nadie si Mami se
muere. ¿Qué vamos a hacer?”
¿Oiría Dios la oración de cuatro niñitos?
Justo en ese momento escuché un fuerte grito. “¡Ahí viene un carro!”
Corrí con mis pequeñas piernas hacia la calle junto a los demás y le
hicimos señas al carro. Todos gritamos a la misma vez. Debe haber
sido algo confuso, pero aquel desconocido escuchó una cosa: “Mami
se está muriendo”. El hombre entró corriendo a la casa. Nosotros
nos quedamos a un lado, con los ojos bien abiertos y casi sin respirar,
mientras él actuaba rápidamente para ayudarla. Con la destreza de un
doctor, finalmente logró que ella respirara nuevamente. ¡Y realmente
era un doctor!
No podíamos agradecerle lo suficiente. ¿Por qué había pasado por
ahí justo en ese momento? Me di cuenta de una sencilla verdad:
Hay un Dios, y Él contesta las oraciones. Después supimos que ese
amable doctor, al regresar de otro pueblo, se encontraba en el camino
equivocado. Aquel agradable día de verano, él había estado soñando
despierto mientras manejaba y por eso se había pasado la calle donde
debía dar vuelta. Así que decidió seguir hasta la siguiente esquina.
Pero no fue una coincidencia. Dios lo había mandado en el momento
preciso, y el camino “equivocado” realmente era el camino “correcto”
para todos nosotros ese día.
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Otro evento importante sucedió cierto día en la escuela dominical, una
de las cosas más importantes de mi vida. La maestra se levantó, tomó
su Biblia, y la pasó delante de nuestros ojos. Poniendo la mano sobre
la Biblia, dijo: “Niños, esta es la Palabra de Dios y todo lo que dice
es verdad”. Yo tenía como seis años, y jamás olvidaré ese momento.
Desde entonces, nunca dudé que la Biblia fuera la Palabra de Dios.
Eso es algo muy importante que hay que saber y creer, que la Biblia es
la Palabra de Dios. En aquel entonces nunca la leía, ni obedecía lo que
decía, pero aún así creía que era la verdad.
Nuestro hogar era un hogar normal y feliz, excepto por una cosa: a
mi papá le gustaba beber alcohol y muchas veces se emborrachaba.
Recuerdo que mi papá nunca se sentaba con nosotros para la cena
de Navidad; siempre estaba demasiado borracho como para caminar
hasta la mesa. Eso entristecía mucho a mi mamá, y a todos nosotros
también. Yo amaba a mi papá, pero detestaba el alcohol.
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A mi papá le gustaba ir por los pueblos cercanos para comprar cerdos
y ganado de otros granjeros y llevarlos a las subastas para venderlos,
porque ganaba dinero haciendo eso. Un día, cuando estaba en el
pueblo de Oil Springs, su camioneta necesitaba una reparación.
Así que fue al salón de billar para jugar mientras esperaba que le
arreglaran su camioneta. Mientras conversaba con el dueño del salón,
que también tenía una barbería, descubrió que aquel hombre quería
jubilarse. Mi papá regresó a casa esa noche y nos dijo que había
comprado un salón de billar y una barbería en Oil Spring, y que
venderíamos la granja y nos mudaríamos. Eso fue durante el invierno
de 1945 y yo estaba muy contento porque ya no tendría que ordeñar
las vacas.2
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Capítulo 3
Por la ventana
Tenía 12 años cuando nos mudamos, ¡y qué gran cambio fue para
nosotros! Ahora teníamos electricidad y plomería dentro de la casa, y
nos divertíamos mucho prendiendo todas las luces con sólo pulsar un
botón. Pero me daba miedo ir a las afueras de la ciudad. Sentía como
que estaba en Nueva York, aunque en realidad era un niño del campo
en un pueblo de 700 habitantes. Mi papá conservó el salón de billar
por unos tres años, pero ese tipo de trabajo no le gustaba, así que lo
vendió, compró unas hectáreas de tierra fuera de la ciudad y volvió a la
compraventa de cerdos y ganado.
Él nunca dejó de beber, pero ahora andaba por la calle manejando
y llegaba tarde a casa, lo cual estresaba mucho a mi mamá. Como
resultado, cuando tenía 16 años abandoné la escuela y comencé a
manejar su camioneta para que él llegara a casa con bien. Trabajaba
cinco días a la semana y salíamos de la casa como a las 9 a.m. para
que los granjeros tuvieran suficiente tiempo para terminar de ordeñar.
Todas las mañanas, sin necesidad de que él me lo dijera, yo manejaba
unos 11 Km a Petrolia, un pueblo cercano y más grande que tenía una
licorería. Mi papá compraba dos botellas de ginebra cada mañana, se
bebía una y cerraba muchos negocios con la otra, compartiendo un
trago con los granjeros.
Un día salió de la licorería, entró en la cervecería de al lado y salió
con una caja de cervezas. Nunca había hecho eso, pero pronto nos
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encontrábamos manejando lentamente por los caminos laterales
mientras él buscaba si alguien tenía cerdos en sus corrales. Luego abrió
una botella de cerveza y me la dio. Yo tomé mi primera cerveza de la
mano de mi papá. Como no me gustó, sin que él se diera cuenta la tiré
por la ventana mientras manejaba.3
No pasó mucho tiempo hasta que mi hermano y yo comenzamos
a ir a los bailes, pero éramos demasiado tímidos como para sacar a
bailar a alguna muchacha. Alguien nos dijo que, si nos tomábamos
un trago de cerveza, eso nos daría el valor para pedirle a alguna joven
que bailara con nosotros. ¡Y tenía razón! Así que me las ingenié para
obtener cerveza gratis. Decidimos comprar la misma marca de cerveza
que mi papá había comprado. Todos los días yo sacaba una botella
llena de la caja de mi papá y la reemplazaba con una botella vacía mía.
Cuando él veía la botella vacía pensaba que ya se la había bebido, pero
ahora nosotros teníamos cerveza para el baile del viernes por la noche.
Mi papá todavía me estaba “comprando” cerveza. Lo que no me
imaginaba en ese entonces era que yo seguiría sus pasos pecaminosos y
que a los 27 años ya sería casi un alcohólico.
Cuando tenía 18 años dejé de trabajar para mi papá y conseguí un
empleo en una fábrica en Sarnia, a unos 40 Km, porque necesitaba un
mejor salario. Me había comprado un carro y necesitaba más dinero.
Así que comencé a trabajar como obrero en la planta química Polymer
(que después se llamó Polysar) y continué ahí por 42 años. Me casé a
los 21 años y tuvimos 5 hijos. No voy a hablar sobre el tiempo entre
mis 18 y 27 años porque no vale la pena y estoy muy avergonzado
de esos años de mi vida. Fueron nueve años de fiestas, bares y mucho
alcohol. Las cosas que mi papá hacía y que yo tanto despreciaba, ahora
las hacía yo. Jamás me imaginé que ese sería el rumbo que mi vida
tomaría.
Hay un incidente que recuerdo bien y que todavía me estremece. En
ese entonces teníamos un carro viejo que habíamos reparado para
participar en carreras, algo que disfrutábamos mucho. Una noche
3 Muchos años después, mi papá fue salvo a los 78 años y por 3 años más vivió una
vida diferente.
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yo estaba en la pista justo antes de que comenzara la carrera cuando
otro carro se estacionó a mi lado. Cuando el chofer, Pic Young, me
vio fumando, saltó de su vehículo y se me acercó para pedirme fuego.
Mientras yo lo ayudaba a prender su cigarrillo con el mío, él miró la
puerta del conductor por dentro y me preguntó: “¿Qué es esto?”
Había un tubo de 5 cm que le habíamos puesto al carro por la parte de
adentro del techo y de los lados porque a veces el carro se volcaba en
las carreras. También le habíamos soldado una hoja niveladora de 10
cm en la parte de adentro de la puerta para que, si alguien nos chocaba
por el lateral, no nos matara.
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miré hacia el otro lado y él me chocó. Después, Pic se me acercó y me
preguntó: “Entonces, ¿resistió la soldadura?” La hoja se había doblado
bastante, pero si no hubiera soportado el impacto, yo estaría hoy en la
eternidad, en el infierno.
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Capítulo 4
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me estaba mirando, tomé uno de los cristales rotos y lo dejé caer al
piso de concreto. Hubo un fuerte estallido cuando el vidrio se hizo
añicos.
Nunca me hubiera imaginado que incluso antes de que los trozos de
vidrio dejaran de dispersarse por el piso, mi vida había dado un giro.
Fingí que había sido el cristal bueno el que se había destrozado y
comencé a maldecir sólo para llamar su atención. Yo conocía a muchos
cristianos hipócritas, que bebían conmigo el sábado por la noche y
pasaban la colecta en la iglesia el domingo por la mañana. Así que
pensé: “Si él es un verdadero cristiano, no le va a gustar escucharme
maldecir”.
En seguida se me acercó y me dijo: “No deberías hacer eso”.
“¿Hacer qué?”, le contesté.
“No deberías hablar así”.
“Lo sé, pero Dios sabe que no me refiero a eso”.
Me miró fijamente y me dijo: “¿Alguna vez has oído que debes nacer
de nuevo para ir al cielo?”
“No”, le dije de mala gana, pero por dentro me decía: “Tú no has
nacido de nuevo”.
Yo no había oído eso antes y él me habló un poco más, pero no
recuerdo nada, excepto que me dijo: “Yo sé con certeza que iré al
cielo cuando muera”. No le dije nada, pero eso era algo que había
querido saber toda mi vida. Recuerdo que incluso de niño, al ver a dos
sacerdotes saliendo de una tienda, pensé: “Esa debe ser una manera
de vivir horrible. No me gustaría vivir como ellos. Pero sí me gustaría
morir como ellos, porque seguramente ellos sí saben que van al cielo”.
Ahora no podía sacarme de la cabeza que este hombre me hubiera
dicho que él lo sabía con certeza.
Terminé mi trabajo, regresé al taller y completé mi jornada laboral.
Había sido interesante y divertida, pero eso era todo. Esa noche,
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mientras miraba un partido de hockey, alguien tocó a la puerta. Pensé
que era mi vecino que venía para ver el partido conmigo, así que grité:
“Pasa”.
La puerta se abrió y ahí se encontraba un hombre bien vestido y con
una Biblia grande en la mano. “¡Oh no! Esto no me gusta. Está bien
en el trabajo, pero esta es mi casa”, pensé. Sin embargo, él ya había
entrado y se había sentado. Pensé que podía ignorarlo y que él se
iría, pero realmente no conocía a David Kember. Dios había enviado
exactamente al tipo de hombre que yo necesitaba, uno atrevido,
porque yo hubiera pisoteado a cualquier otra persona sin carácter.
Continué mirando el partido de hockey y contestaba sus preguntas
con una sola palabra: “Sí… no”, pensando que eso sería suficiente.
Como nunca aparté la mirada de la televisión, él movió su silla un
poco más cerca de la tele para que yo lo viera. Podía darme cuenta de
que no se iría pronto, así que fui al refrigerador, saqué una botella de
cerveza y me volví a sentar. Cada vez que él me hacía una pregunta, yo
tomaba un trago y le contestaba bruscamente.
Al ver que no le estaba prestando atención, tomó su silla y la puso
justo en frente de la televisión. Ahora yo estaba bastante molesto, así
que le pregunté: “¿Qué es lo que quieres en mi casa?”
Max y David
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Me habló por un rato y luego dijo: “Me gustaría leerte un versículo de
la Biblia. ¿Está bien?” “Sí, adelante”.
Abrió su Biblia en Romanos 3.23 y lo leyó: “Todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios”. Luego me preguntó: “¿Lo crees?”
“No somos paganos; creemos la Biblia”.
“Muy bien, vamos a examinarlo. ‘Todos pecaron’. ¿Lo crees?”
“Sí. No conozco a nadie que no haya pecado”.
“‘Y están destituidos de la gloria de Dios’. ¿Lo crees?”
Entonces pensé: “Si le digo que sí, eso me deja mal parado”. Entonces
le dije: “Pues, tú tienes tu interpretación y nosotros tenemos la
nuestra”.
“Bueno, ¿qué significa para ti?”
Obviamente, no quería contestarle. Para ganar tiempo, subí al segundo
piso, busqué nuestra pequeña Biblia y volví a bajar.
Él me preguntó: “¿Qué haces?”
“Pues, hay gente que anda por ahí y no tiene la Biblia correcta.
Nosotros tenemos la Biblia correcta”.
Busqué Romanos en el índice y cuando lo encontré, me dijo: “Lee
el versículo en voz alta”. Así que lo leí: “Todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios”. Entonces pensé: “Eso es exactamente
lo que él leyó en su Biblia. Son iguales”. Él habló un poco más y luego
me preguntó: “¿Puedo orar antes de irme?”
“Sí, claro”. Pensé que simplemente iba a inclinar la cabeza como yo,
pero no fue así. Él se arrodilló y comenzó a orar. En ese momento sentí
un gran desprecio hacia él, porque pensaba que él estaba tratando de
ponerme en ridículo porque yo no me había arrodillado para orar.
Cuando se fue pensé que no lo volvería a ver, especialmente después de
haberlo tratado tan mal. Pero no conocía a David Kember.
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Él regresó unos días después, y vino en otras ocasiones también. Una
noche había tanta neblina que yo no podía ver nada fuera de la casa,
pero él había manejado 40 Km para visitarme.
Yo me preguntaba por qué venía. Él nunca me pedía dinero ni que me
uniera a su iglesia. Me costaba comprender que él solo venía por amor
hacia mi alma perdida.
Algo que me preocupaba era que en toda mi vida nunca había
escuchado nada sobre la necesidad de “nacer de nuevo” y había asistido
a la escuela dominical por casi once años, hasta que cumplí los 16.
Sentía que necesitaba preguntarle a algún ministro. Así que tomé el
directorio telefónico y busqué las diferentes iglesias en Sarnia. Dios me
guio, porque yo no conocía ninguna iglesia ni lo que creían. Y “por
casualidad” llamé a una iglesia bautista.
Cuando el pastor contestó el teléfono, fui directamente al punto:
“Señor, solo quiero hacerle una pregunta. ¿El ser humano tiene que
nacer de nuevo, o no, y puede uno estar seguro?
Él me contestó: “Si usted no nace de nuevo, jamás podrá ir al cielo. Irá
al infierno. ¿Con quién hablo?”
Le colgué sin contestarle. Estaba atónito. ¡Esta gente también creía lo
mismo!
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Capítulo 5
Todo es cierto
Una noche me fui a beber con mis amigos y, como regresé tarde a
casa, traté de entrar sigilosamente. Mi esposa les había comprado un
libro a los niños que se llamaba The Golden Treasury of Bible Stories
(Una valiosa colección de historias bíblicas). Cuando abrí el libro, las
páginas se abrieron en una ilustración de Elías subiendo al cielo. Al
ver el precioso dibujo de dos caballos blancos con un carruaje y todo
rodeado de fuego pensé que era una imagen dramática. Entonces me
pregunté: “¿Será cierto todo eso? ¿Estará eso en la Biblia?”
Así que tomé el directorio telefónico, busqué el número de David
Kember y lo llamé. Era más de la medianoche y él contestó el teléfono
bastante somnoliento. Pero yo no perdí tiempo y le pregunté: “David,
¿eso es cierto? ¿Está en la Biblia?”
“Sí”, me contestó. “Eso está en la Biblia, ¡y es totalmente cierto!”
Cuando colgué el teléfono, el temor a Dios se apoderó de mi corazón.
Entendí que, si eso era cierto, entonces un día tendría que dar cuenta
a un Dios mucho más grande de lo que me imaginaba, y por primera
vez temí a Dios. Ahora sabía que era un pecador que iba al infierno y
eso me daba miedo. Quería ser salvo.
David me invitó a cenar a su casa una noche. Manejé unos 30 Km al
trabajo ese día y mi plan era ir a su casa después de la jornada. Pero
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cometí el error de decirle a alguien, y él me dijo: “Oh, vamos a las
afueras de la ciudad. Necesito que me lleves”.
Mientras manejábamos, me dijo: “Vamos al hotel a tomarnos una
cerveza”. Yo sabía que era muy temprano para ir a la casa de los
Kember, así que pensé: “Está bien. No hay problema si es una sola
cerveza”. Así que fuimos al hotel. Como a las 5 p.m. llamé a la señora
Kember y le dije que llegaría a las 5:30. A las 5:30 llamé y le dije que
llegaría a las 6. Y después ya no llamé más. Estaba molesto conmigo
mismo, porque por haber estado bebiendo no había ido a la cena.
Yo realmente quería ser salvo y ellos ya me habían dado algunos
folletos para que los leyera. Uno de los folletos me impactó: “El plan
divino de salvación”. Se trataba de las excusas que pone la gente y
abordaba cada una con un versículo de la Biblia. El folleto terminaba
con cuatro puntos:
Uno necesita “nacer de nuevo”.
“Pasar la página” no quita el pasado.
Dios está dispuesto a salvarlo a usted ahora.
La salvación es un regalo y, por lo tanto, no se puede ganar ni comprar
con las buenas obras. Esto es lo que enseña claramente la Escritura.
“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16.31).
Llamé a David por teléfono para ver si podía ir a su casa, pensando
que, si me daban más folletos, quizás podría ser salvo al leerlos. Pero
él tenía que salir. Yo sabía dónde vivía su hermano Juan, pero no tenía
su número de teléfono. Así que tomé a mi pequeña hija Tami, la subí
al carro y manejé hasta su casa. Cuando toqué la puerta salió Felipe,
el hijo de Juan. Yo no quería pasar para no molestarlos, así que le
pregunté: “¿Está tu papá?”
Él asintió, y Juan se acercó a la puerta. “Pasa”, me dijo. Pero yo no
quería entrar.
“Necesito que me des más folletos”. Él fue a buscarlos y yo saqué un
billete para pagarle. Por supuesto, él no quiso aceptar el dinero y yo no
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quería pasar a su casa. Entonces él se dio cuenta de que mi pequeña
hija Tami estaba en su sillita, así que fue, la tomó y la metió en su casa.
No me quedó otra opción más que entrar en la casa también.
Había cuatro hombres sentados en la sala y uno de ellos me dijo: “Es
una bonita noche, ¿verdad?” Con toda sinceridad lo miré y le dije:
“Señor, yo voy rumbo al infierno y esta noche no es nada bonita”.
Ellos me hablaron como por una hora, hasta que la señora Kember se
acercó y nos invitó a pasar a comer algo. Todos nos sentamos a la mesa
y yo tomé una galleta. Cuando ya me había comido la mitad, alguien
dijo: “Vamos a dar gracias por los alimentos”. Sentía tanta vergüenza
que pensé: “¿Piensas que Dios te va a salvar y tú ni siquiera puedes
esperar hasta que ellos den gracias por los alimentos?” Esa noche
regresé a casa con más convicción de pecado que cuando salí.
Por aquel entonces mi hermano Don
había estado enfermo por un par de
meses y había sido hospitalizado.
Un día sonó el teléfono y, cuando
contesté, escuché a mi mamá
gritando. Colgué en seguida y salí
corriendo calle abajo hasta su casa.
Al entrar, encontré a mi papá y mi
mamá en medio de la sala llorando.
“¿Qué pasó?”
Mi mamá contestó: “Don tiene
cáncer de pulmón y no va a salir de
esta”.
Don tenía 31 años, estaba casado y tenía dos hijas pequeñas. Su deseo
era morir en casa.
Yo no quería ir a visitarlo, pero él era mi único hermano y éramos muy
unidos. Yo sabía que tenía que ir, así que manejé hasta el pueblo donde
vivía, entré a su casa y me senté en la cocina. Don estaba en un catre
en la sala y el doctor estaba ahí también. Era un amigo cercano de la
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familia. “Don”, dijo el doctor tocándose el codo, “me cortaría el brazo
hasta aquí si supiera que eso te va a ayudar en algo”. Poco después se
fue.
Podía escuchar el llanto y sabía que tenía que entrar en la sala, aunque
no quería. Por fin entré; allí estaba Don acostado, con su esposa y
sus dos hijas pequeñas a su lado. Todos estaban llorando. Don, que
ya estaba consumido por la enfermedad, simplemente levantó los
brazos hacia mí. Yo me arrodillé y besé a mi hermano por última vez.
Mientras manejaba de regreso a casa, no dejaba de pensar: “Esto no es
justo. Yo debería ser el enfermo, no Don. Él es el bueno”. A Don lo
llamaban Simón, porque iba a la iglesia todos los domingos. Pero yo
nunca iba.
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Capítulo 6
Ahora más que nunca quería ser salvo. A veces iba manejando y, al ver
un árbol grande a la orilla de la calle, decía: “Si ese árbol cayera sobre
mi carro, iría al infierno”. Pero al pasar por debajo del árbol sin que
nada me sucediera, entonces escogía otro árbol. Otras veces, mientras
estaba acostado en mi cama, contenía la respiración y me decía a mí
mismo: “Simplemente haz esto por tres minutos más y estarás en el
infierno”.
David me invitó a la predicación del Evangelio en el local de Sarnia y
el siguiente domingo fui a mi primera reunión. Ellos sabían que yo iría
y pusieron a sus mejores predicadores. Pero yo entré y me senté, y no
escuché ni una palabra de lo que dijeron. Lo único que vi fueron los
textos en la pared, que eran versículos de la Biblia. Nunca había ido a
una iglesia que tuviera algo así. Esa era la Palabra de Dios y yo lo sabía,
lo cual hizo que me estremeciera. “Dios está en este lugar”, pensé, y
estaba impaciente por salir de ahí y estar solo.
La noche siguiente fui salvo, aunque cuando me levanté aquel lunes
no me imaginaba lo que sucedería. Tenía que ir al trabajo con un
hombre que no manejaba muy bien y pensé: “Si Bill cruza un poquito
la línea blanca y nos estrellamos con otro carro, iré al infierno”. Así
que cuando Bill pasó a recogerme, le dije que me iría en mi propio
carro. Manejé al trabajo ese día con las dos manos en el volante y sin
sobrepasar el límite de velocidad.
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Louie era mi compañero de trabajo y mi mejor amigo. Estábamos
trabajando juntos planta eléctrica y teníamos un descanso a las 9 a.m.
Esa mañana salimos tarde y cuando llegamos al comedor no quedaban
asientos vacíos. Finalmente encontramos dos puestos y nos sentamos.
Dios permitió que en la mesa estuviera sentado frente a nosotros
David Kember, aunque ni Louie ni yo lo habíamos visto.
Louie me dijo algo chistoso que me hizo reír, y le contesté con una
mala palabra. David me escuchó y me dijo: “¡Max!” Eso captó mi
atención. Lo miré y le dije sinceramente: “Lo siento, David. No era mi
intención decir malas palabras”.
Eso hizo que Louie explotara. “Kember, déjalo en paz. Si él dice malas
palabras, eso no es asunto tuyo”.
Todos me estaban mirando y yo sólo quería que bajaran la voz.
Normalmente nuestro descanso de 15 minutos se tornaba en 25,
pero ese día Louie estaba enojado y, como estábamos sentados frente
a David, comimos en unos 8 minutos. Louie se levantó sin haberse
fumado un cigarrillo, como era su costumbre, así que yo me levanté
también y salimos. Caminamos hasta el elevador para ir a nuestro lugar
de trabajo, pero Louie estaba caminando tan rápido que difícilmente
podía seguirle el paso. Louie se detuvo de repente, se dio la vuelta y me
agarró el brazo. Pensé que iba a golpearme.
Me dijo: “Max, ¿tú vas a la iglesia?”
“No, no voy”.
Él contestó: “Yo casi no voy, pero te digo algo, Max. Aléjate de esas
cosas, ¿oíste?”
Entonces le dije: “Louie, quiero que vengas conmigo al comedor y me
oigas cuando le diga a Kember que no quiero que me vuelva a hablar
del cielo o del infierno. Vamos ahorita mismo, pero primero quiero
que me digas una cosa”. Él frunció el ceño. “¿Qué quieres que te diga?”
“¿Uno tiene que nacer de nuevo para ir al cielo o no?”
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Nos miramos a los ojos fijamente por unos 20 segundos. ¡Esos
momentos me parecieron una eternidad! Finalmente, Louie se dio la
vuelta y continuó caminando hacia el elevador.
Yo me quedé ahí parado y tomé una decisión que cambiaría mi vida.
Ahora bien, una decisión nunca va a salvar a nadie. Sin embargo, antes
de que uno sea salvo va a tomar una decisión. Y yo la tomé en ese
momento.
Me dije: “Si existe la posibilidad de que Dios salve a un pecador como
yo, entonces voy a buscarlo con todo mi corazón”. Decidí no seguir a
Louie y más bien regresé al comedor y me acerqué a David. Él levantó
los ojos y me dijo con algo de sarcasmo: “¿Y ahora qué quieres?”
“Quiero ser salvo, David”.
“Ok, voy a ir a visitarte esta noche”.
Esa noche lo estaba esperando ansioso. Cuando llegó, David abrió su
Biblia en Romanos capítulo 3 y comenzó a leerme esas Escrituras. Pero
lo interrumpí y le dije: “Olvídate de los versículos. Solo dime cómo ser
salvo”.
Él me dijo: “Si no aceptas la responsabilidad por todos estos pecados
en Romanos 3, Dios nunca te va a salvar”.
Cuando él se arrodilló para orar, yo también me arrodillé. Era la
primera vez que lo hacía, y pensé que, si David oraba por mí, Dios me
salvaría gracias a él. Pero no sucedió nada.
26
Capítulo 7
David se fue como a las 9:00 p.m., después de decirme que leyera
la lista de pecados de Romanos 3. “No vas a poder ser salvo hasta
que reconozcas tu responsabilidad por tus pecados”. Fui difícil subir
las escaleras para ir a mi recámara. La carga de mis pecados era muy
pesada. Tomé mi pequeño Nuevo Testamento, me acosté y comencé
a leer Romanos 3. “Todos se desviaron… No hay quien haga lo
bueno, no hay ni siquiera uno… Su boca está llena de maldición y de
amargura… No hay temor de Dios delante de sus ojos”. Parecía que
todo el capítulo se trataba de mí. Yo era culpable. Así que me levanté
de la cama, me arrodillé y le pedí a Dios que me salvara.
Me sabía de memoria un solo versículo de la Biblia, Juan 3.16, así que
lo recité y luego dije: “Señor, sálvame. Amén”. Esperé y no sucedió
nada, así que me acosté de nuevo y volví a leer Romanos 3. Luego le
levanté, me arrodillé y le pedí a Dios que me salvara. Esta vez recité
Juan 3.16 con mucha elocuencia y después dije amén. Pero no pasó
nada.
Entonces me acosté una vez más y comencé a leer de nuevo el capítulo
3. Cuando iba como por la mitad, me detuve y dije: “Ya sé por qué
no soy salvo y nunca podré serlo”. Al examinar toda mi vida, me di
cuenta de que no había ni una sola cosa que pudiera presentarle a Dios
y decirle: “Yo sé que no es mucho, pero ¿podrías salvarme porque hice
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esto?” No había ni una sola cosa buena que pudiera ofrecerle a Dios.
Así que cerré mi Biblia y me dije: “Si tú fueras Dios, ¿me salvarías?” La
respuesta era obvia: “Claro que no. Nunca. Tendré que ir al infierno”.
En ese momento deseé no haber conocido a David Kember. Mi mente
no dejaba de dar vueltas. “¿Cómo voy a poder disfrutar la vida otra
vez? Cuando esté bailando, sabré que tengo que disfrutarlo porque a
donde voy no hay bailes. O el juego de hockey, sabré que tengo que
disfrutarlo, porque a donde voy no hay felicidad”. Ahora ya no estaba
pensando en ser salvo. Sabía que estaba perdido e indignado tomé la
almohada y estaba a punto de tirarla.
Pero me detuve y dije: “Max, no seas tonto”.
“¿Por qué?”
“Pues, tú dices que eres un pecador, ¿cierto?”
“Sí, porque lo soy”.
“¿Y cómo lo sabes?”
“Porque la Biblia lo dice”.
“Además, tú dices que eres un pecador que merece ir al infierno. ¿En
verdad lo crees?”
“Por supuesto. Eso es lo que dice la Biblia”.
“¿Y tú tratas de creer que eres un pecador?”
“No, soy pecador y merezco ir al infierno. Yo simplemente acepto esa
verdad”.
“Entonces, ¿por qué no puedes aceptar la otra mitad del mensaje? Hay
versículos en la Biblia que dicen que Jesús murió por tus pecados y
que, si crees ese mensaje y confías en Él, serás salvo”.
Así que simplemente exclamé: “¡Yo lo creo!”, y sabía que lo creía de
todo corazón.
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Me senté en la cama porque sabía que algo había sucedido. Esto era
algo diferente. Lo primero que noté es que la carga de pecado y culpa
había desaparecido.
Miré el reloj y vi que eran las 11:00 p.m. Prendí un cigarrillo y traté
de pensar en cualquier otra cosa que no fuera religiosa. Traté de pensar
en cualquier cosa para despejar la mente. Apagué el cigarrillo y me
pregunté: “¿Qué es lo que me acaba de pasar?”
No sabía lo que era una “profesión falsa”, cuando alguien inventa una
historia de cómo fue salvo para poder impresionar o engañar a alguien.
Pero me dije a mí mismo: “Te voy a hacer la pregunta más importante
de tu vida. ¿Realmente crees que cuando Jesús murió en la cruz lo hizo
por tus pecados?”
Tenía ganas de decir que no, porque temía que quizás no estaba
creyendo como era. Pero dije: “¡Sí, lo creo!”
¿No ve? Yo no quería simplemente tener algo que contarle a David
Kember. Quería tener algo para cuando el doctor dijera: “A Max le
quedan cinco minutos de vida”. Quería algo que fuera real para ese
momento crítico que todo el mundo tiene que enfrentar: la muerte. ¡Y
lo que yo tenía era real!
Me acosté de nuevo y poco después escuché a mi esposa subiendo
las escaleras. Fingí que estaba dormido, porque no quería decirle
nada. Pensaba que esta experiencia tal vez se desvanecería durante la
noche. Pero estuve despierto como hasta las 3 a.m. Tuve que voltear
la almohada porque estaba demasiado mojada por las lágrimas. Yo
no estaba llorando de gozo porque no iría al infierno; eso todavía no
lo sabía. Tampoco estaba llorando de gozo porque iría al cielo; eso
tampoco lo sabía. Lo único que sabía era que Jesús había muerto por
mí y que tenía lo que eso me daba. Tenía algo que nunca había tenido
y sentía un profundo amor por el Señor Jesús.
Entonces, ¿por qué estaba llorando? Esa noche no podía entender por
qué el Señor Jesús había muerto por un pecador como yo. Entendía
que Él muriera por una buena persona, pero ¿por un pecador como
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yo? No lo podía entender esa noche y 59 años después todavía no lo
puedo entender.
A la mañana siguiente cuando me levanté, me pregunté: “¿Todavía
lo crees?” Sí, todavía lo creía. Y todavía sentía paz. Estaba contento y
me fui al trabajo decidido a no decirle a nadie, porque David Kember
iba a comenzar a decirle a la gente. Yo no quería que se burlaran de
mí como se burlaban de él. David cerraba los ojos para dar gracias
por sus alimentos y cuando los abría, había corazones de manzanas y
cáscaras de plátanos que le habían tirado en su plato. Yo sabía que no
aguantaría algo así, y pensé que sería mejor guardarme este secreto.
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Capítulo 8
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inconcebible tener menos de una docena. Entonces pensé: “¿Cuándo
fue la última vez que me tomé una?”.
Solía beber todos los días y no podía recordar si la última vez que había
bebido había sido tres o cuatro días antes. Así que saqué una botella
y la observé; se veía como siempre. La destapé y el olor de la cerveza
era el mismo de siempre. Pero ya no tenía ganas de beberla. Tiempo
después mi esposa me dijo que cuando ella me vio con la cerveza en la
mano, pensó: “¿Va a empezar a beber otra vez?”.
Saqué las otras dos botellas, se las di a mi esposa y le dije:
“Probablemente esto te ha causado más problemas a ti que a mí”. Nos
dirigimos al fregadero y vaciamos las botellas.
Así comenzó un capítulo nuevo de mi vida, más feliz de lo que jamás
hubiera imaginado. Por eso puedo cantar con convicción:
Esta es mi historia,
de Dios es la gloria;
sólo por gracia salvo soy.
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Capítulo 9
Poco después de que sucedieran estas cosas tuve una experiencia que
nunca olvidaré. Nunca había leído la Biblia y la única vez que le había
echado un vistazo fue después de ver la película de “Sansón y Dalila”.
Al final, un hombre había dicho: “Así está escrito en el libro de Jueces”.
Cuando regresé a mi casa, tomé la Biblia, busqué en el índice y leí la
historia en Jueces. Quedé muy asombrado de que sí se encontrara en la
Biblia. Esa es la única vez que recuerdo haber leído la Palabra de Dios.
Pero ¡cómo había cambiado ahora! Ni siquiera sabía lo que era una
epístola, pero tomaba la Biblia y la leía sin parar hasta la madrugada.
Tenía que levantarme a las 6 a.m. para ir al trabajo, pero no podía
dejar de leer. Una noche, como a las 11, estaba sentado a solas leyendo
las Escrituras por primera vez cuando llegué a las palabras de Romanos
12:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que
presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios,
que es vuestro culto racional”.
Eso me impactó, así que lo volví a leer. Luego cerré la Biblia y comencé
a caminar alrededor del cuarto. Estaba completamente atónito.
Cuando por fin lo entendí, me detuve. “Dios no está interesado en lo
que yo le pueda dar, ni en lo que yo pueda hacer para Él. Él me quiere
a mí. ¡A mí!”. Nunca lo olvidaré.
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“Dame, hijo mío, tu corazón”.
Proverbios 23.26
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La Biblia
Juan capítulo 3