GURDJIEFF: EL CUARTO CAMINO
El “Cuarto Camino”, es el nombre con que se conoce a la vía de autoconocimiento y desarrollo
personal introducida por G. I. Gurdjieff en Occidente, y que es la columna vertebral de su doctrina
y enseñanza.
Esta vía o método ponía a disposición de todas aquellas personas interesadas en una nueva y
particular experiencia de orden metafísico un sistema de entrenamiento basado en el trabajo
sobre las tres dimensiones fundamentales – Gurdjieff las denominaba “centros”- constitutivas de la
persona: la naturaleza física, el mundo de las emociones y la capacidad intelectual o racional. Un
camino que exigía un duro trabajo pero que no comprometía, al menos en teoría, las actividades
cotidianas comunes al hombre y a la mujer de hoy. Precisamente el atractivo fundamental de este
método consistía en que no es preciso ningún aislamiento o confinamiento en un lugar especial
con el objeto de desarrollar las supuestas e innatas capacidades ocultas en lo más recóndito de la
naturaleza del ser humano, lo cual resultaba bastante novedoso e interesante en el panorama
existente en este campo de actuación sobre todo teniendo en cuenta que el sistema tiene sus
raíces en la mística oriental.
Vamos a realizar un esbozo de este método o guía mencionando algunas de sus particularidades
así como ciertos aspectos tanto teóricos como experimentales primordiales dentro del esquema
general de estudio.
El método para el Desarrollo Armónico del Hombre que Gurdjieff introdujo en Occidente supuso
en su día una aportación significativa a los procedimientos habituales en el campo de la práctica
pseudoreligiosa, en principio porque la enseñanza del maestro llegado del Cáucaso no procedía de
una única fuente de conocimiento inspirada por una creencia religiosa concreta, sino que provenía
de una tradición común a todas ellas que de alguna forma subsistía en su más íntima esencia.
Además, su modus operandi se alejaba de las prácticas religiosas ortodoxas manteniendo no
obstante la misma finalidad de progreso y crecimiento espiritual.
El magisterio de Gurdjieff giraba en torno a la idea de un hombre no realizado, manejado por las
circunstancias exteriores y sus impulsos interiores, que debía renacer a una vida real donde el
verdadero protagonista y director fuera él mismo. Sólo un hombre que se gobierna -afirmaba
Gurdjieff- puede ser capaz de ayudar a otros, pues reconoce la posibilidad de alcanzar la libertad
interior que en modo germinal está presente en la naturaleza humana.
La enseñanza de Gurdjieff nos dice que el auténtico poder cognitivo se logra mediante el
conocimiento armónico del mundo; es decir, cuando el intelecto, el sentimiento y la sensación
instintivo-motora participan de modo consciente y sincrónico en la percepción del hombre.
Respecto a esta sincronización explica Ouspensky:
“No comprendemos que hay cuatro seres independientes en nosotros, cuatro mentes
independientes. Siempre tratamos de reducir todo a una sola mente. El centro instintivo puede
existir absolutamente aparte de los otros centros; los centros motor y emocional pueden existir sin
el intelectual… Podemos imaginar cuatro personas que viven en nosotros. La que llamamos centro
instintivo es el hombre físico. El hombre motor es también un hombre físico, pero con diferentes
inclinaciones. Luego está el hombre sentimental o emocional, y el hombre teórico o intelectual.”
Gurdjieff no desarrolló teoría alguna en relación a la noción o al conocimiento de Dios, aunque su
discurso deja entrever la idea de un Ser Absoluto por encima de todo. Su método no contempla,
en un principio, la necesidad de Dios. Su enseñanza, eminentemente práctica, enfatizaba casi
exclusivamente las potencialidades latentes en la naturaleza humana que podrían revelarse con un
entrenamiento adecuado, debidamente dirigido por alguien adelantado en el conocimiento de sí
mismo. En realidad, el hombre común en el estado de evolución interior en el que se encuentra es
del todo incapaz de tener una idea objetiva de Dios, pues ni siquiera sabe quién es él mismo. Por
tanto, el ser humano debería atender prioritariamente y de modo consciente a la necesidad de
crecimiento espiritual, pues según Gurdjieff, Dios está demasiado “alto” para nuestra conciencia
ordinaria.
Gurdjieff comparaba al hombre con una gran fábrica en la que varias máquinas trabajan
inarmónicamente, cada una ocupándose de producir cierto tipo de sustancia, en pugna entre sí
por alimentar las necesidades del compuesto orgánico llamado persona. Ouspensky afirma en su
libro “Fragmentos de una enseñanza desconocida”:
“…Todas las personas que usted ve, todas las personas que usted conoce, todas las personas que
pueda llegar a conocer, son máquinas, auténticas máquinas que trabajan únicamente bajo la
fuerza de las influencias externas… Nacen máquinas, y como máquinas mueren… Incluso ahora, en
este preciso instante, mientras usted y yo estamos hablando, varios millones de máquinas están
tratando de aniquilarse unas a otras. ¿Qué diferencia existe entre ellas? ¿Dónde están los salvajes
y dónde los intelectuales? Son todos iguales…”
El punto crucial del mensaje de Gurdjieff radica en el célebre “conócete a ti mismo”, máxima
fundamental presente en los cánones de todas las hermandades esotéricas. Cuando un hombre
empieza a conocerse interiormente adquiere la auténtica responsabilidad de sus actos. Entonces
supuestamente es cuando comienza a percibir -gradualmente- en la textura íntima de su ser un
sentimiento de libertad (o autonomía), que va acrecentándose hasta capacitarlo para la acción,
nacida de una libertad consciente. Conquistada esta “voluntad de la voluntad” el individuo podrá
enlazarse de manera permanente con la energía del Universo, sintonizar con ella y vivir con
plenitud sus días. Mientras tanto continuamos siendo complejas máquinas, programadas
aleatoriamente e incapaces de decidir por nosotros mismo
El apelativo de “cuarto camino” hace referencia a una cuarta vía de autoconocimiento alternativa
a las tradicionalmente propuestas, que son:
El camino del Faquir. El trabajo de desarrollo y autosuperación se realiza sobre el cuerpo físico
(centro motor).
El camino del Monje. Requiere sobre todo fe (el trabajo se efectúa sobre el centro emocional). Es
un camino más corto y definido que el anterior.
El camino del Yogui. Es el camino del conocimiento y de la consciencia (corresponde al centro
intelectual).
Según Gurdjieff, en el primer caso -el Faquir- el hombre no desarrolla los centros emocional e
intelectual. En el segundo caso -el Monje- están subdesarrollados los centros motor e intelectual. Y
en el tercer caso -el Yogui- se ha desarrollado exageradamente el centro intelectual, pero se olvidó
trabajar los centros motor y emocional. En definitiva, no son hombres completos. Gurdjieff
muestra un camino especial, un Cuarto Camino, que no ha de entenderse como una combinación
de los anteriores sino un método cuya característica fundamental es que la dirección del trabajo, el
desarrollo y el cambio se interiorizan, sin renunciar a las vicisitudes cotidianas del mundo que nos
rodea ni evitar nuestra actividad mundana, aunque nos parezca poco útil para el progreso
espiritual. Gurdjieff enfatizó en la no necesidad de abandonar la vida cotidiana para seguir el
camino de perfeccionamiento que vino a mostrar, al menos al principio de dicho camino. Por el
contrario insistía en la absoluta importancia de llevar una existencia acorde a los requerimientos
de tiempo y lugar, atendiendo obligaciones comunes como la familia, el trabajo, la participación en
la vida pública, etc… Únicamente hay un requisito fundamental: hacerlo todo desde el interior, sin
prejuicios faltos de valor, esforzándose por comprender las debilidades propias y ajenas, en
definitiva dando total prioridad al deseo de autoconocimiento y perfección personal.
En el Cuarto Camino no entra la fe. El individuo debe hallar por sí mismo las pruebas de todo. Al
encontrarlas, entonces puede creer; este proceso implica a su vez la compresión más íntima y
objetiva de la experiencia vital, lo cual es lo que realmente impulsa el crecimiento interno. Otra
particularidad está en el tiempo. Por esta vía un mayor desarrollo del ser es logrado con una
inversión de tiempo menor. Los caminos tradicionales son más largos, pues en ellos el
conocimiento ocupa un lugar más reducido. No todos pueden ir por el Cuarto Camino, pues
requiere esfuerzos constantes y entendimiento que va incrementándose progresivamente, fruto de
la adquisición de nuevas ideas, del fortalecimiento de la atención y la voluntad.
Gurdjieff denominó a esta vía de trabajo interior como Haida-Yoga. No siendo en absoluto una
forma más de yoga tradicional, en cierto modo tiene puntos en común con esa disciplina, aunque
por supuesto difiere en el método. El maestro describió en una ocasión al Cuarto Camino en los
siguientes términos: “un camino contra la naturaleza y contra Dios”.
También decía: “Los yoguis son idealistas; nosotros somos materialistas. Yo soy un escéptico. La
primera norma escrita en las paredes del Instituto es: ‘No creas nada, ni siquiera a ti mismo’. Yo
creo solamente si tengo una prueba estadística; esto es, solamente si he obtenido el mismo
resultado una y otra vez. Yo estudio, trabajo para obtener una dirección, no por creencia.”
Gurdjieff empleaba una jerarquía numérica para clasificar al hombre según su nivel de
consciencia. Por lo general, el ser humano “común” se mueve en los tres primeros estados que
corresponden al hombre físico, al hombre emocional y al racional, aunque en todos nosotros
predomina una faceta sobre las otras. Como ya vimos “funcionamos” a partir de tres centros
psíquicos fundamentales (motor/ instintivo, emocional y mental) que rara vez operan
armónicamente.
Repasemos esa jerarquía, que asciende desde el hombre número 1 al 7:
Los hombres números 1, 2 y 3 constituyen la humanidad mecánica. Como se ha mencionado en los
ejemplos del faquir, el monje y el yogui, el hombre 1 tiene el centro de gravedad de su vida
psíquica en el centro motor. Es el hombre del cuerpo físico en el cual las funciones del instinto y del
movimiento siempre predominan sobre las funciones del sentimiento y del pensar. El hombre 2
está en el mismo nivel de desarrollo, pero el centro de gravedad de su vida psíquica está en el
centro emocional; es entonces aquel hombre en quien las funciones emocionales predominan
sobre todas las otras, es el hombre del sentimiento, el hombre emocional. El hombre 3 también
está en el mismo nivel de desarrollo, pero el centro de gravedad de su vida psíquica se encuentra
en el centro intelectual; es un hombre en quien las funciones intelectuales predominan sobre las
funciones emocionales, instintivas y motrices; es el hombre racional, que tiene una teoría para
todo lo que hace, que parte siempre de consideraciones mentales.
Cada hombre nace como hombre 1, 2 ó 3 aunque mediante cierto esfuerzo dirigido puede
desarrollarse integralmente y mejorar. Cuando el nivel de “ser” aumenta debido al sufrimiento
consciente, libremente elegido, accedemos a lo que Gurdjieff denomina el ámbito del hombre
número [Link] hombre a este nivel ha dado el primer paso en orden al aniquilamiento de su propio
“yo”, y realiza los sacrificios necesarios para lograr su objetivo. Este hombre es aún limitado;
permanece sujeto a las leyes que gobiernan la existencia en el mundo, pero no a las limitaciones,
en particular de espacio y tiempo.
El siguiente nivel corresponde a los hombres números 5 y 6; estos pertenecen al “círculo interior
de la humanidad”. Tanto su lenguaje como sus actos están regidos por una decidida determinación
de permanencia en el camino hacia la plena consciencia. El hombre número 5 es un ser cuya
existencia es un ejemplo de equilibrio entre el mundo material y el espiritual. El hombre número 6
se ha sustraído a las limitaciones de este mundo material: ha muerto antes de morir. Sin embargo
este hombre, aparentemente no diferenciado del resto, permanece en un estado, de “ser” muy
alejado del que nos encontramos la inmensa mayoría de los individuos. El lenguaje del hombre
número 6 es incomprensible para nosotros y su discernir discurre en un nivel ajeno al común,
pues está instalado en el estado propio de la “Razón Objetiva”. Posee la totalidad del saber, aunque
todavía puede perderlo.
El siguiente y último escalón en el itinerario espiritual del ser humano es el hombre número 7; ha
alcanzado la “liberación en vida”, mediante la total destrucción de su propia individualidad . Se
puede decir que este hombre es enteramente imparcial y destruyó los pares de opuestos. Es el
Hombre Perfecto.
LAS LEYES DEL UNIVERSO
Según Gurdjieff el “accidente”, definido como suceso eventual o casual, controla la mayoría de los
acontecimientos mundanos. En realidad: “estamos rodeados por posibilidades de accidente; si no
sucede uno, sucede otro. Debemos entender nuestra situación. En los hombres nº 1, nº 2 y nº 3
no hay control; prácticamente en su vida, todo es determinado por el accidente…”.
La única forma de quedar exentos de la “ley del accidente” es desarrollar en nosotros una
auténtica voluntad. Aunque -puntualiza Gurdjieff- esto queda muy lejano para la mayoría. En
torno a esta teoría del “accidente”, explicó los siguientes conceptos:
La ley del accidente.
La ley del destino.
La ley de la voluntad.
La segunda ley -del destino- queda referida al nacimiento, a los antecedentes familiares,
capacidades físicas, salud, a la muerte. Afirma Gurdjieff que existe la rara posibilidad de que
importantes acontecimientos puedan ocurrir bajo esta ley. La predestinación, por tanto, existe.
Pero no para todo el mundo. El hombre vive separado de su destino -bajo la ley del accidente,
también llamada de la casualidad- que para Gurdjieff es el resultado de influencias planetarias
correspondientes a un tipo determinado de hombre.
Existe el accidente individual y el colectivo o general, cuyo mecanismo es idéntico, así como
también existe el destino general o colectivo.
Para sustraerse a estas leyes generales el individuo debe seguir una línea de trabajo en base al
ejercicio de la voluntad; sin embargo, Gurdjieff sostiene que se debe someter la voluntad propia a
la de alguien que pueda dirigirle o conducirle hasta el punto de que una auténtica voluntad haya
podido formarse en él. De este modo será capaz de hacer frente al accidente y, si es necesario, al
destino.
“La cuestión de la voluntad es mucho más compleja de lo que parece a primera vista. Un hombre
no tiene suficiente voluntad para hacer, es decir, para dominarse a sí mismo y controlar sus
acciones, pero tiene suficiente voluntad para obedecer a otra persona. Y sólo de esta manera se
puede escapar a la ley del accidente”
Además de la mencionada ley del accidente, Gurdjieff hizo hincapié en otras leyes fundamentales
que en teoría gobiernan y regulan la existencia del ser humano y todo lo que le rodea. Estas leyes
no son exclusivas del armenio, ya que se pueden rastrear ciertos precedentes en las antiguas
teorías gnósticas, sufíes o incluso en movimientos religiosos más antiguos, por lo que
probablemente el las descubrió en sus viajes iniciáticos y las incorporó a su doctrina integrándolas
convenientemente para que resultaran útiles y comprensibles en su sistema de enseñanza.
LA LEY DE TRES
Según la enseñanza de Gurdjieff la ley del tres es “la ley fundamental que crea todos los
fenómenos, en toda la diversidad o la unidad de todos los universos”. Esta ley afirma que todo
fenómeno, a cualquier escala y en cualquier lugar, es el resultado de la combinación de tres fuerzas
diferentes y opuestas pero activas por sí mismas. Para Gurdjieff, una fuerza, o dos fuerzas, no
pueden producir un fenómeno. Es necesaria la presencia de una tercera, denominada
neutralizadora. La primera fuerza puede denominarse positiva o activa; la segunda, negativa o
pasiva.
Según un relato de lo acontecido durante una reunión en Nueva York (1924) con un grupo de
personas interesadas en las ideas de Gurdjieff , este explicó así la ley del tres:
“Tome una cosa simple, el pan. Tiene harina, tiene agua. Los mezcla. Una tercera cosa es necesaria,
calor, entonces tiene pan. Así en todo. Tres fuerzas, tres principios son necesarios. Entonces tiene
resultado.”
Las dos primeras fuerzas podemos comprenderlas, pero la tercera fuerza no es fácilmente
accesible a una observación directa, ni siquiera la comprendemos. En la vida del hombre -ocurre
en toda iniciativa que emprende- estas tres fuerzas actúan permanentemente. Cuando, por
ejemplo, actúa de algún modo para cambiar algo en sí mismo, para poseer un nivel de ser más
elevado, esto es la fuerza activa. La mecanicidad o inercia de su vida (sobre todo psicológica) que
muestra oposición al cambio, es la fuerza pasiva. En este punto puede ocurrir que una de ellas
venza completamente a la otra, o bien se contrarresten, sin producir resultado alguno. Según
Gurdjieff esto puede continuar durante toda la vida. La tercera fuerza, hace su aparición, en
ocasiones, apoyando y fortaleciendo a la iniciativa (fuerza activa). Y ello puede producirse o
manifestarse bajo la forma, por ejemplo, de un nuevo saber o experiencia que se convierte en un
oportuno impulso para evolucionar. Para comprender esta Ley debemos recordar que las personas
no podemos observar los fenómenos como manifestaciones de tres fuerzas, porque nos es
imposible observar el mundo objetivo en nuestro estado de conciencia subjetiva. En nuestro actual
estado vemos la manifestación de una o dos fuerzas. La tercera fuerza es una propiedad del mundo
real, o realidad objetiva, entendiendo estos términos tal y como la enseñanza de Gurdjieff los
revela: la apreciación de la realidad de cada uno es diferente, aunque sea una misma realidad
(conciencia subjetiva). La única forma de ver y percibir las cosas de forma “real” para todos, es
percibir la realidad de forma objetiva absoluta, que sería por así decirlo, de la misma forma que la
“realidad” se percibe a sí misma. Lógicamente este es un estado mental trascendente bastante
alejado del estado habitual del ser humano. Gurdjieff hacía extensivo este calificativo de “objetivo”
a todas las facetas y manifestaciones del ser humano (arte objetivo, pensamiento objetivo, moral
objetiva…) y afirmaba que todo lo que el hombre produjera por debajo de ese estado habría de
ser forzosamente muy imperfecto y vulgar.
LA LEY DE SIETE
Esta ley, complementaria y extensión natural de la ley de tres, era considerada por Gurdjieff como
la espina dorsal o el armazón sobre el que se desarrolla la vida en todo el Universo.
La ley de siete o la ley de octavas explica básicamente que ningún proceso marcha en el mundo sin
interrupciones. Si no existiera esta ley todo proceso iría directamente hacia su conclusión final,
pero debido a su ineludible efecto todo se desvía. En palabras de Ouspensky:
“…Por ejemplo, si empezase a llover, seguiría sin parar; si empezasen las inundaciones, lo cubrirían
todo; si empezase un terremoto, proseguiría indefinidamente. Pero se detienen debido a la Ley de
Siete, porque, ante cada semitono que falta, las cosas se desvían, no marchan por líneas rectas.”
Gurdjieff explica que todo está en movimiento hacia arriba (evolución) o hacia abajo (involución),
tanto la vida orgánica como la inorgánica. Pero la evolución al igual que la involución tiene sus
límites. Para explicarlos Gurdjieff utiliza como ejemplo la escala musical de siete notas. De una
nota do a otra, existe un lugar donde hay una interrupción. Cuando tocamos las teclas de un piano
empieza un do: una vibración que contiene cierto momentum (porción de tiempo en que se
mantiene la vibración). Por medio de su vibración puede seguir cierta distancia hasta que hace que
comience a vibrar otra nota, re, y luego mi. Hasta ese punto las notas tienen una posibilidad
intrínseca de proseguir (entre do y re hay un tono; entre re y mi también lo hay), pero en este
instante si no hay un impulso exterior, la octava se rompe (mi no tiene posibilidad de pasar a fa,
pues entre ambas notas hay un semitono). Si recibe un impulso adicional, puede seguir por sí
misma y prolongarse un cierto tiempo.
Dice Ouspensky, en “El cuarto camino”:
“Es fácil observar la Ley de los Siete en las acciones humanas. Usted puede ver cómo cuando las
personas empiezan a hacer algo (estudiar, trabajar), luego de algún tiempo, sin ninguna razón
visible, sus esfuerzos disminuyen, el trabajo mengua, y si en un momento dado no se efectúa algún
esfuerzo especial, la línea cambia su dirección. Hay un cambio pequeño pero real en la fuerza
interior. Entonces, luego de algún tiempo, hay otra vez un aflojamiento, y nuevamente, si no hay
un esfuerzo especial, cambia la dirección. Puede cambiar por completo e ir en una dirección
diametralmente opuesta, que parece aún ser la misma cosa.”
A fin de comprender la ley del Siete o de la Octava, Gurdjieff comienza explicando el Universo
como formado en última instancia por vibraciones (similares en su funcionamiento a las
vibraciones físicas pero de distinto carácter y esencia), vibraciones en continuo movimiento que
provienen de diversas y determinadas fuentes y se fortalecen, se expanden, se debilitan, cambian
de dirección, chocan y así sucesivamente.
Aquí entra el Principio de Discontinuidad de Vibraciones. Para poner un ejemplo entendible
evocaremos un paralelismo o comparación: la física occidental hablaba de que las vibraciones
(materiales, mensurables) progresan de forma continua, ininterrumpidamente de forma
ascendente o descendente hasta que la resistencia del medio en el que se desarrollan las hace
declinar gradualmente agotando la fuerza del impulso original. El Principio de discontinuidad de
Vibraciones significa que las vibraciones en la naturaleza esencial, ya sean ascendentes o
descendentes, se caracterizan por desarrollarse con aceleraciones o retardaciones periódicas,
independientemente de la fuerza del impulso (que no cambia la naturaleza de la vibración como
discontinua y sólo permanecen regulares por un tiempo que es determinado por la naturaleza del
impulso así como por el medio en el que se desarrollan, resistencia, etc.). En cierto momento
ocurre una variación: las vibraciones dejan de responder a esta fuerza y durante un periodo de
tiempo se retardan, cambiando de dirección, las progresiones se hacen más lentas y, después,
retoman su curso anterior ascendiendo o descendiendo regularmente hasta que, de nuevo, otra
detención se produce en su desarrollo. Hay que tener en cuenta que los periodos de acción
uniforme de la inercia no son iguales ni los periodos en los que se retarda la vibración tampoco son
simétricos.
Todo cuanto el hombre se propone hacer puede considerarse el comienzo de una octava. Cuando
resuelve hacer algo, emite metafóricamente el sonido do. Si este do suena débil no sucederá nada
(no habrá efectos en el mundo material). Pero si el sonido es más fuerte puede llegar hasta re o
incluso a mi. Pero aquí llega al lugar del semitono faltante y es necesario un choque o impulso
adicional para que alcance la nota fa. Este impulso puede ocurrir accidentalmente pero rara vez
sucede así. Hay que recordar que el hombre es un organismo que se desarrolla a sí mismo, lo cual
implica esfuerzo consciente. No hay lugar para la evolución mecánica.
Las tríadas (ley de tres) se refieren a acontecimientos concretos, de modo que si hablamos de cada
acontecimiento por separado, sea grande o pequeño, hemos de entender a qué tríada pertenece
cada uno de ellos. Pero una sucesión de acontecimientos procede según la Ley de los Siete o la Ley
de las Octavas.
Gurdjieff hizo hincapié en el simbolismo de la figura del eneagrama, o circunferencia dividida en
nueve partes iguales. Sostenía que esta figura tenía una gran importancia y que, bajo un cierto
análisis, expresa la ley del siete en su unión con la ley del tres.
Básicamente, la existencia de una cosa o de un fenómeno que se examina es el círculo cerrado de
un proceso de eterno retorno desarrollándose sin interrupción, el círculo mismo es el símbolo de
este proceso. Los puntos que dividen la circunferencia simbolizan las etapas de este proceso y se
pueden estudiar a la luz de la ley del siete. Para Gurdjieff, el eneagrama sintetiza cualquier forma
de conocimiento existente; Es el símbolo universal de movimiento perpetuo y una herramienta
clave para la comprensión de cualquier cosa que se analice bajo su perspectiva.
En cuanto a la cosmogonía explicada a través de la enseñanza de Gurdjieff, un somero
acercamiento nos permite intuir claras influencias de movimientos religioso-filosóficos orientales
como el budismo, el hinduismo o el sufismo. Esta cosmogonía, por lo demás bastante definida y
sorprendentemente coherente, tenía como base fundamental lo que el maestro denominaba el
efecto del rayo cósmico, o rayo de la creación, el cual explicaba a partir del siguiente esquema:
El Universo a partir del rayo de la creación:
-El Absoluto, regido por una sola fuerza o ley.
-Todos los mundos, regidos por tres fuerzas u órdenes de leyes.
-Todos los soles, regidos por seis fuerzas u órdenes de leyes.
-El Sol, regido por doce fuerzas, u órdenes de leyes.
-Todos los planetas, regidos por veinticuatro fuerzas u órdenes de leyes.
-La Tierra, regida por cuarenta y ocho fuerzas u órdenes de leyes.
-La Luna, regida por noventa y seis fuerzas u órdenes de leyes.
Por regla general, mientras más leyes haya en un mundo dado, tanto mayor será su mecanicidad
por estar más lejos de la voluntad del Absoluto. En el Absoluto hay una única ley, su voluntad
independiente. Se podría decir que a partir del segundo nivel, regido por tres leyes, el Absoluto
crea un plan general para todo el Universo que de ahí en adelante se desarrolla mecánicamente, o
dicho de otra forma, la voluntad del Absoluto no puede manifestarse fuera de las leyes mecánicas
que correspondan. La idea de un milagro en el sentido de una violación de leyes por la voluntad
que las ha creado no puede ser factible, en tal caso sería algo que se produce bajo la manifestación
de ciertas leyes que el hombre ignora. No obstante, existe para el hombre la posibilidad de
liberarse gradualmente de estas leyes e ir ascendiendo en los sucesivos niveles.
En una acepción elemental, lo que es permanente se podría considerar como materia, y los
cambios que intervienen en el estado de lo que es permanente serían manifestaciones de fuerza o
de energía. Todos estos cambios pueden considerarse como la resultante de vibraciones o
movimientos ondulatorios que parten del centro, es decir del Absoluto, y van en todas direcciones
hasta el fin del rayo de la creación donde se detienen todos. La velocidad de las vibraciones está en
razón inversa a la densidad de la materia, haciéndose por tanto más lentas conforme descienden
por los niveles del rayo.
Gurdjieff considera a los cuerpos celestes como entes vivos en evolución, susceptibles de
desarrollarse y ascender en los grados de la propia creación. Y también contempla la influencia
planetaria sobre los acontecimientos mundanos.
En sus propias palabras:
“Es imposible estudiar un sistema del universo sin estudiar al hombre. Al mismo tiempo es
imposible estudiar al hombre sin estudiar el universo. El hombre es una imagen del mundo, ha sido
creado por las mismas leyes que crearon el mundo entero. Si el hombre se conociera y se
comprendiera a sí mismo, conocería y comprendería el mundo entero, todas las leyes que crean y
gobiernan el mundo, y lo mismo a la inversa. Por lo tanto, el estudio del hombre y el estudio del
mundo se deben conducir paralelamente, uno ayudando al otro.”
SUPERESFUERZO Y STOP
El método de Gurdjieff poseía un importante componente práctico que consistía en un variado
despliegue de ejercicios físicos y mentales que todos los alumnos debían aprender y practicar sin
excepción y que, según el maestro, debían ejecutarse con la máxima precisión y destreza y siempre
bajo la tutela de un guía bien preparado. Esto debía ser así para que dichos ejercicios surtieran el
efecto deseado, que era principalmente tomar el control del cuerpo y de la mente para favorecer
un desarrollo coherente e integral del ser.
Los ejercicios de memoria eran sumamente importantes, así como la lectura y el aprendizaje de
textos, la relajación profunda y la introspección. Y el aspecto físico incluía ejercicios gimnásticos
muy diversos escogidos por el propio Gurdjieff y que él mismo enseñaba a los alumnos; estos
ejercicios tenían similitudes con el yoga o también con ciertos movimientos inspirados en los
rituales de los derviches. Además, Gurdjieff instruyó a sus acólitos en dos ejercicios a los que daba
la máxima prioridad y consideración: el superesfuerzo y el stop.
Gurdjieff definió el superesfuerzo como “un esfuerzo físico más allá de lo que es necesario para
alcanzar una meta dada”. En la práctica esto se entiende como, por ejemplo, en el caso de que yo
llegara a casa después de una gran caminata en condiciones intempestivas, en lugar de sentarme a
reposar el superesfuerzo consistiría en volver a salir a caminar, es decir, un esfuerzo añadido
innecesario. Esto sería más complicado si tenemos en cuenta de que debe ser un maestro o guía
el que nos imponga el superesfuerzo cuando él lo considere oportuno, no a nuestro antojo. Otra
variante del superesfuerzo consiste en efectuar cualquier trabajo a una velocidad mayor de lo
normal, o de la que su naturaleza exige. Si hacemos en media hora el trabajo que normalmente
nos ocupa una hora, eso sería un superesfuerzo.
El otro ejercicio, el stop, tenía la finalidad de adquirir control sobre las posturas y movimientos de
los centros funcionales, para evitar que estos sigan siendo mecánicos y automatizados; esto es
debido a que nuestros movimientos no son voluntarios, sino que se corresponden de manera
precisa con el propio automatismo y mecanicismo de nuestros pensamientos y emociones. El
ejercicio consiste en lo siguiente: a una palabra o señal del maestro, convenida de antemano,
todos los alumnos que la oyen o la ven en ese mismo instante deben suspender sus gestos, sean
los que sean, e inmovilizarse donde estén en la misma posición en que les sorprendió la señal. No
sólo deben dejar de moverse, sino que mantendrán los ojos fijos sobre el mismo punto que
miraban en el momento de percibir la señal y suspenderán cada uno el flujo de sus pensamientos,
concentrando la atención en las diferentes partes del cuerpo. Se debe mantener este estado y
posición hasta que otra señal convenida le permita volver a tomar una actitud normal o hasta que
se caiga por efecto del cansancio. Lógicamente el maestro debe vigilar que no ocurra ningún
accidente en el transcurso del ejercicio.
Todos estos ejercicios tenían su máximo exponente en las representaciones del ballet de Gurdjieff,
quien desarrolló personalmente la coreografía aleccionando a los asombrados danzantes,
habituados al entrenamiento al uso y desconocedores de estos métodos, quienes debían ejecutar
movimientos estrictamente estudiados y aplicados por el mismo Gurdjieff y siempre bajo su atenta
mirada y dirección.
Como colofón expondremos una sencilla “declaración de intenciones” manifestada por el propio
Gurdjieff al comienzo de su libro Encuentros con hombres notables:
“Me propongo dar al conjunto de las ideas que voy a exponer una forma accesible a todos, con la
esperanza de que estas ideas puedan servir como elementos constructivos y preparar el consciente
de las criaturas, mis semejantes, a la edificación de un mundo nuevo (mundo real en mi opinión y
susceptible de ser percibido como tal, sin el menor impulso de duda, por todo pensar humano), en
lugar de este mundo ilusorio que se representan nuestros contemporáneos.
En efecto, el pensamiento de un hombre contemporáneo, sea cual fuere su nivel intelectual, no
toma conciencia del mundo sino a partir de datos que desencadenan en el toda clase de
fantásticos impulsos. Y esos impulsos, modificando a cada instante el ‘tempo’ de las asociaciones
que se desarrollan sin cesar en él, desarmonizan completamente el conjunto de su
funcionamiento. Hasta diría que todo hombre capaz de aislarse de las influencias de la vida
ordinaria y de reflexionar de manera más o menos sana, debería horrorizarse de las consecuencias
de esa desarmonía, que llega hasta a comprometer la duración de su propia existencia.”