Plagas – Rubén Leva
Dorita fue la primera en dejar de saludarlo. Él solía encontrarla en el ascensor y hasta
llegar al quinto, donde ambos tenían su departamento, alguna palabrita, como para
sostener una esperanza, cruzaban. Pero un día notó que ella comenzaba a evitar su
compañía y empezó a hacer el viaje hacia el quinto en soledad. Y después de Dorita fue
el resto de los vecinos los que también lo eludían y hasta el portero que antes
derrochaba amabilidad y sonrisas miraba para otro lado cuando lo veía venir. Y por qué
pasaba eso, Osvaldo García, hombre de mediana edad, respetuoso de las leyes y la
naturaleza, no alcanzaba a explicárselo. Hasta que una tarde vio a varios vecinos
reunidos en la vereda señalando hacia la ventana de su dormitorio. Poco tiempo después
lo echaron del consorcio y del edificio.
Algunos ponen redes en ventanas y balcones para impedirles el paso y otros hasta
cuelgan viejos cedés en la creencia de que eso las ahuyentará al ver su imagen reflejada
en la cara brillante del disco y confundirla con un pájaro enemigo, no falta, incluso,
quien confía en no sé sabe qué líquido repelente de olor espantoso, pero él no hacía
nada de eso, él dejaba a las palomas llegar hasta su ventana con toda libertad. Son una
plaga, dice la gente, no hacen más que cagar cabezas perfumadas o ropa blanca recién
tendida cuando no autos apenas salidos del lavadero y hasta bonitos rostros que
profesan la antigua costumbre de mirar al cielo con la poética intención de desentrañar a
qué se parecen las nubes. Pero él las dejaba llegar sin oposición alguna a su ventana. Y
sí que la cagaban, cómo no, y sí que él la limpiaba, no todos los días, es cierto, pero
cuando lo hacía lo hacía más que bien. Procedía de la siguiente manera: quitaba toda la
caca reseca con una espátula de pintor y la amontonaba en un rincón, luego, con la
misma espátula y bastante paciencia y pericia la recogía en la palma de su mano, detalle
más bien asqueroso pero que a él no lo perturbaba en absoluto, y la guardaba en una
bolsita de papel madera para utilizarla como abono del helecho que cultivaba en el
balcón y que estaba cada día más verde y frondoso.
Su amor por las palomas se inició aquella vez que estaba encerando el piso cuando,
vaya a saber por qué se le ocurrió mirar hacia afuera y la vio venir enfilando
directamente hacia su ventana, parecía una paloma común, una paloma gris plomo con
un poco de azul brillante en su plumaje. Algo traía en el pico, no esperaba él que fuera
un mensaje de amor de Dorita ni una rama de olivo, el amor era, por ese entonces,
apenas una esperanza incierta y la paz, en su opinión, no más que un cuentito para
tranquilizar ingenuos a la hora de dormir. Y ahí estaba, Frufrú. Detenida en el alfeizar
mirándolo con su ojo amarillo. Traía en el pico una pajita reseca y trataba de
acomodarla en un ángulo de la ventana, está tratando de construir un nido, pensó. La
pajita resbalaba sobre el metal y Frufrú insistía en acomodarla con el pico y una pata, su
pata verde, esa patita que hacía que Osvaldo nunca la confundiera con alguna de las
amigas que Frufrú pronto empezó a traer a su ventana con mucha frecuencia, pero una
brisa que surgió de pronto hizo volar la pajita que cayó desde el quinto piso. Él abrió
una de las hojas y se asomó, entonces vio caer la pajita, vio que el aire primero la
sostenía, vio que luego, en un soplo, la elevaba, la vio hacer una pirueta y enseguida,
como si abriera sus manos, vio que el aire la soltaba y ahí vio cómo retomaba su caída
y vio cómo se depositaba en el sombrero de una señora entrada en carnes y en años que
pasaba distraída, allá abajo, por la vereda. Y ahí fue la pajita rumbo a quién sabe qué
destino. Pensó que ese sombrero hubiera sido un buen nido para la paloma, a quien él
todavía no llamaba Frufrú, eso vino después, cuando un día, durmiendo la siesta, la
paloma se detuvo una vez más en su ventana y a él se le ocurrió llamarla así porque su
arrullo le evocaba el amoroso sonido del frotar de las sedas de ciertas ropas íntimas
femeninas.
La dificultad de Frufrú en construir su nido y el sombrero de aquella señora fue lo que
le trajo el recuerdo de tía Liboria y sus sombreros. Recordó, en particular, uno de los
sombreros de aquella tía, la Liboria, hermana de su mama, bruja y curandera de gran
prestigio en la zona
El sombrero que recordaba era de felpa verde, aludo y profundo, ese sombrero volvió a
su memoria, y era como si lo estuviera viendo, un sombrero ideal para nido que además
haría juego con la patita verde de Frufrú. Tía Liboria era ya bastante vieja pero vivía
aún ¿y si le hacía una visita? A partir de ahí fue que la cosas empeoraron de manera
irremediable.
La tía se lo cedió encantada y no sólo el sombrero de felpa verde sino otros cinco de
diversos colores y materiales que formaban parte de su colección,
—No, tia, esto es demasiado, con lo que vos querés a tus sombreros.
—Te los doy con gusto, no te preocupes, yo ya no los colecciono. Últimamente sólo me
ocupo de mis hormigas, por eso es que ves todos esos montoncitos de azúcar
diseminados por ahí. Estoy tan sola ¿viste? No sabés lo compañeras que son mis
chiquitas. Además a mí ya me está llegando la hora, ya me lo avisó San Cipriano. No
pongas esa cara, querido, vos seguí con tu vida, yo te voy a ayudar aunque no esté.
Pocos días después hubo que ocuparse ¡qué fastidio! de la cremación de los restos
mortales de tía Liboria, justo cuando Osvaldo acababa de instalar los sombreros en su
ventana a puro taladro y tornillo autoperforante y se disponía a descansar tomándose
una cerveza con maníes salados. Pero, en fin, así son las cosas, pensó resignado,
primero los deberes funerarios con los finados de la familia.
Y ahí fue como al volver de cumplir con tan penoso deber, Osvaldo, se encontró con
toda la comunidad del edificio “León I” mirando hacia arriba, hacia la ventana de su
dormitorio, donde se afanaban decenas de palomas en la ímproba tarea de construir sus
nidos en los sombreros multicolores de tia Liboria.
Al día siguiente de que en reunión extraordinaria el consorcio lo expulsara por
indeseable y mugriento y la inmobiliaria le informara que, por orden del propietario, no
se le renovaría el contrato que estaba a punto de expirar, recibió una nota del municipio
donde se le comunicaba que, por razones, de salubridad pública, debía arbitrar los
medios necesarios para desalojar y/o ahuyentar a sus palomas del edificio.
Osvaldo recogió sus sombrernidos y se mudó con Frufrú a la casa de altos de tía Liboria
que, siendo soltera y sin hijos, le había donado la propiedad ante escribano público.
Todo legal. Antes de dejar el departamento, asegurándose de que nadie lo viera, dio un
último paseo por el sótano y otros lugares recónditos del edificio. Junto a una pared
medianera de revoque descascarado esparció las cenizas de la tía. Ahora las invencibles
hormiguitas coloradas están ya invadiendo las cocinas, construyendo intrincadas
galerías subterráneas y mordisqueando, implacables, los cimientos del León I.