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PORTERO DE NOCHE

Enrique - Tarragona

Nunca había tenido problemas con ninguno de los inquilinos o turistas de verano
que ocupaban los apartamentos del inmueble del que él era el conserje. Lo único
que se le hacía largo y aburrido era el período que iba de verano a verano. La
mayoría de los apartamentos estaban vacíos y durante todo el día su soledad era
prácticamente absoluta. Pero el mes pasado ocurrió algo que no sólo anuló esta
soledad sino que alegró su aburrida viudedad.

Soy un viudo de 55 años, me llamo Enrique y trabajo en un pueblo


costero, muy cercano a Tarragona, como conserje en un inmueble
de apartamentos. Durante los tres meses de verano, así como todos
los fines de semana y más si son largos, el trabajo es intenso pero
los otros meses y entre semana, aquello es un cementerio, pero
como muchos de los apartamentos son de compra y sus propietarios
pueden presentarse cuando quieran, yo he de estar al pie del cañón.
Aunque me muera de aburrimiento. Hace un mes, sobre las doce del
mediodía, se presentó en el inmueble la hija de los propietarios de
un apartamento del sexto piso. Rosa, que así se llama, es una
preciosidad de 19 años. Guapa de cara, muy buen cuerpo, tetas
grandes y tiesas, piernas largas y bien torneadas y el culito
respingón.
Lo único que no me gusta de ella es su carácter tan libre y su
desparpajo. Pienso que a su padre se le hubiera tenido que escapar,
alguna que otra vez, una buena bofetada. La niña lo tiene todo.
Hermosura, dinero y sobre todo el hecho de ser hija única. Como
digo, Rosa se presentó en su deportivo. Iba sola y me extrañó. No
hacía frío pero tampoco tanto calor para ir con aquella cortísima
minifalda y aquel top luciendo los hombros y el ombligo. Menos mal
que al bajar del coche se puso una cazadora de piel. Me acerqué por
si llevaba alguna maleta o bolso y efectivamente, sacó uno y al
tenderle yo la mano, me lo entregó al tiempo que nos saludábamos.
- ¿Sola, señorita? - le pregunté mientras le abría la puerta del
ascensor.
- Sí, me he cabreado con mis padres y he decidido estarme aquí
unos días hasta que me pase o me muera de aburrimiento - me
contestó - ¿No habrá nada abierto en esta época, verdad?.

Le dije que no, que excepto algunos bares, no había nada abierto.
Llegamos a la planta, abrí la puerta del ascensor, la dejé salir y
luego fuimos hacia su apartamento. Cuando abrió la puerta, me miró
y me preguntó:
- Usted también estará muy solo aquí, ¿verdad?.
- Pues sí pero ya estoy acostumbrado. Tengo mis libros, la tele...
- Pero sin nada de sexo - me cortó
- ¿Como se las arregla, matándose a pajas?.
Eso es lo que no me gustaba nada de esa chica. Su grosería, que
contrastaba con la educación que habían procurado darle sus
padres. No le contesté, dejé el bolso en el suelo y salí del
apartamento en dirección al ascensor. Oí su burlona risa a mis
espaldas. Debían de ser las dos cuando llamaron a la puerta que
hay detrás de la conserjería, o sea, la de mi piso. Yo cierro a la una y
media y no abro hasta las cuatro.
Por lo general nunca abro dentro de estas horas de mi descanso
pero imaginándome que sería ella, lo hice. Efectivamente era Rosa
que, con su mejor sonrisa, me preguntaba donde podía ir a comer
algo "decente". Tentado estuve de decirle que fuera a una pocilga,
pero me contuve. Le di el nombre y la dirección de dos o tres
tabernas, de esas que servían comidas para los paletas que
aprovechaban la ausencia de turistas para arreglar o construir pisos.
No debieron gustarle nada, como yo ya imaginaba, porque a los
veinte minutos volvía a importunarme.
- Allí yo no como
- me dijo nada más abrirle la puerta.
- Hay un super pero está bastante lejos... o vaya a uno de esos
restaurantes de carretera, hay muchos y alguno muy bueno
- empecé a decirle.
- Es igual, ya iré a cenar, estoy cansada
- y dando la vuelta añadió
- Un día que no coma tampoco será grave.
- Si no es ofenderla podría ofrecerle compartir mi mesa
- le dije para hacerme el sociable más que por tener ganas de que
aceptara.
- El olor es muy bueno
- contestó
- Ya lo había notado antes.
- Pues es un simple estofado...
- ¡Me encanta, se lo acepto!
- exclamó y se metió en mi casa.
Yo suelo hacer plato único así que preparé un poco de ensalada y
serví el estofado. Era la primera vez en muchos años que tenía
compañía. En realidad Rosa había tenido razón en lo de que me la
pelaba. No me gusta ir de conquista por ahí y menos liarme con
mujeres de pago así que la mano era, desde que me quedé viudo,
mi única compañera. Y de eso hacía seis largos años. La comida fue
divertida. La alegría de la juventud es contagiosa, aunque me
sobraba alguna expresión bastante hortera e incluso soez que salía
de aquella preciosa boca de labios sonrosados y abultados.
Al acabar me felicitó por ser tan buen cocinero.
- La soledad hace espabilarse a uno
- le dije y recordando lo que ella me había dicho antes, añadí
- Y no sólo en el terreno sexual.
- He estado un poco grosera
- me reconoció
- pero como para mí lo más importante del mundo es el sexo, pienso
que a los demás les ocurre lo mismo.
Preparé el café y como aún era muy temprano, nos sentamos los
dos en el sofá, delante de la tele. Yo hago lo mismo cada día y
acabo durmiéndome hasta las cuatro menos cuarto. Aquella tarde
intenté por todos los medios mantener los ojos abiertos pero al poco
rato perdí la conciencia de todo y entré en un estado de beatitud
perfecta. De pronto desperté con la extraña sensación de que algo o
alguien me estaba tocando los cojones. Me había olvidado por
completo de Rosa y era ella la que con la mano metida dentro de mi
bragueta, intentaba sacarme fuera la polla.
- Pero, señorita Rosa... ¡¿que hace?!
- exclamé intentando apartarle la mano.
- Tranquilo, sólo quiero chuparte la polla
- me contestó como si fuera la cosa más natural del mundo que una
chavalina de 19 años se la chupara a un viejo de 55
- Voy cachonda, estamos solos, los dos necesitamos gozar,
entonces... ¿qué mal hay en todo ello?.
No pude decir nada pues ya me la había sacado fuera y la
contemplaba con expresión muy alegre.
- ¡Es magnífica!
- exclamó
- Larga y gorda como me gustan... nunca pensé que tú la tuvieras
así y además siempre creí que a los viejos no se les ponía dura tan
pronto ni tanto
- luego, masturbándome lentamente, añadió
- Bueno, la verdad es que nunca he tenido ninguna así en mis
manos, ni en otras partes del cuerpo. Las de mis amigos son mucho
más pequeñas.
Sin dejar de mirarme a los ojos, sacó la lengua y me lamió el capullo.
Yo no podía creerme lo que me estaba sucediendo pero dejé de
pensar cuando todo el capullo desapareció entre aquellos labios tan
hermosos. Las chupadas me arrancaban gemido tras gemido
mientras que mi verga continuaba creciendo y adquiriendo la
máxima dureza.
Al mismo tiempo que me la chupaba, intentaba soltarme el cinto del
pantalón. Yo la ayudé y acabé sin pantalones ni calzoncillos con la
manos de Rosa, una agarrando mi verga mientras la chupaba y la
otra sobándome a placer los cojones. Yo le hice bajar el top hasta la
cintura, dejando aparecer dos melones increíbles. Nunca toqué nada
tan hermoso, grande y duro. Con aquel contacto y sus mamadas, yo
estaba al borde del orgasmo. Cuando se lo dije me soltó la polla, se
levantó y en un segundo se había quitado la ropa quedándose
completamente desnuda. Luego se me acercó, separó las piernas y
se sentó en mi regazo, de cara, haciendo coincidir mi capullo con la
raja de su abultado y peludo coño.
Estaba tan mojado que se la fue metiendo sin dificultad hasta que,
entre suspiros y gemidos de los dos, mis cojones se aplastaron bajo
sus nalgas. Empezó a cabalgarme lentamente, haciendo entrar y
salir mi polla de aquella cueva ardiente y húmeda a tope. Mientras
follábamos, nos dábamos la lengua y yo le sobaba los pechos con
una mano y el culo con la otra.
- ¡Que gorda la tienes, cabrón!
- exclamaba ella sin dejar de cabalgarme
- ¡Como la siento, como me llena el coño... que gusto me das... así...
así... aaah...!.
De pronto empezó a gritar más fuerte y a galopar con más violencia:
- ¡Me corro, ya... me corro... córrete tú también, quiero tu leche...
dámela, dámela toda, ya... ahora... ahora... sí, la siento... ooooh...!.
hacía años que no me corría con tantas ganas, con tanta violencia y
con tanta leche. Llené tan a tope el coño de Rosa que, incapaz de
guardarla toda, le resbaló por el interior de sus muslos cuando se la
saqué. Se quedó un rato abrazada a mí. Notaba los temblores de su
joven cuerpo mientras se lo acariciaba suavemente.
- ¡Que gusto más intenso me has dado!
- me dijo besándome los labios
- Gracias, lo necesitaba.
- Gracias, a ti
- dije yo
- Tenías toda la razón cuando me dijiste que me la tenía que pelar
mucho. Eres la primera mujer de la que puedo disfrutar en muchos
años...
- Pues vas a seguir haciéndolo, si te apetece
- me cortó besándome otra vez
- Yo una polla como la tuya no me la pierdo.
Ya era la hora de abrir la conserjería y aunque no había nadie más
en el edificio lo hice porque era mi obligación. Rosa se quedó sobre
mi cama, dormida como un tronco. Despertó sobre las siete de la
tarde, se duché en mi baño, se vistió y subió a su apartamento pero
únicamente para ir a buscar su bolsa.
- Si no te importa, voy a vivir contigo todos los días que esté aquí
- me dijo.
No me importó en absoluto.
Por la noche fuimos a cenar, emperrándose en ser ella la que me
invitara. También quiso llevarme, al acabar la cena, a una discoteca
de Tarragona pero yo me negué en redondo. De acuerdo en estar
cenando con ella en un restaurante. Podían tomarnos
tranquilamente por padre e hija pero nada de discotecas. Allí se nos
vería el plumero. Regresamos a casa. Nada más cerrar la puerta,
Rosa se quedó en pelotas.
- Piensa que yo ya no tengo tu edad
- le dije, desnudándome a mi vez
- No sé si podré complacerte tanto como tú lo deseas.
- Tú tranquilo que ya verás como este cuerpo joven que poseo te
pone a cien tras trabajarte un poco
- me contestó agarrándome de la mano y llevándome a la cama.
Me tendí en ella, boca arriba. Rosa no perdió el tiempo y empezó a
besarme entero. De vez en cuando me lamía o chupaba las tetillas y
pasaba sus pezones por mi polla. Aquel tratamiento acabó dando el
resultado que ella esperaba. Mi polla se puso dura, tiesa como una
lanza e incluso de su boquita manaba el hilo de semen transparente
que denunciaba mi excitación.
Lentamente, cuando su boca llegó a mi polla y comenzó a
besármela, se fue dando la vuelta hasta colocar su joven y caliente
coño contra mis labios. A mí nunca me había vuelto loco comerme
un coño pero sus mamadas en mi polla y la visión de aquel soberbio
culo me animó a sacar la lengua y comenzar a lamer la mojada raja.
Rosa no tardó en correrse y por primera vez en mi vida, me tragaba
yo todo lo que salía de una almeja. Ella siguió mamándomela, quizá
con intención de que me corriera en su boca, pero yo quería
follármela como mandan los cánones. La hice apartarse, la tumbé
sobre la cama, separé sus piernas y se la metí en aquel coñazo,
estrecho y caliente como un horno. Me la follé hasta que, al correrse
ella de nuevo, yo lancé toda mi leche en sus entrañas. Todo el
tiempo que estuvo allí, algo más de una semana, disfrutamos como
locos del sexo. Al despedirse de mí, pensé que todo se había
terminado. Me equivocaba.
Una vez a la semana sigue viniendo para que me la folle y me dice
que ese verano que viene, cuando estén sus padres, ya encontrará
momentos para estar conmigo. Me gusta todo eso pero también me
da cierto miedo. Tengo miedo de enamorarme de una cría que
puede ser mi hija pero más miedo me da que sea ella la que se
enamore de mí.

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