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Industrialización por sustitución de importaciones (ISI)

Crisis mundial de 1930 y sus consecuencias: El camino hacia la industrialización.


La economía argentina experimentó un crecimiento extraordinario entre 1880 y la Primera Guerra
Mundial, siendo el factor clave las exportaciones de productos primarios. La producción agropecuaria
se había convertido en el motor de la economía ya que la pampa húmeda contaba con suelos fértiles
que permitieron producir carnes y cereales demandados por los países industrializados,
especialmente por Gran Bretaña.
Sin embargo, una serie de acontecimientos internacionales sacaron a la luz las limitaciones de
esa economía dependiente de la demanda externa. Por ejemplo, a raíz de la Primera Guerra Mundial
se produjo una retracción de la economía nacional por la que disminuyeron la demanda como las
inversiones extranjera. Finalizada la Guerra, la recuperación se vio interrumpida por una crisis
financiera internacional.
En octubre de 1929, quebró la Bolsa de Wall Street, en Nueva York. El valor de las acciones
disminuyó y estas arrastraron en su caída a un conjunto de empresas. Los ahorristas retiraron sus
depósitos de los bancos, lo que obligó a paralizar los créditos y llevó a la quiebra a muchos de ellos.
De esta manera, la crisis desatada en Estados Unidos, modificó radicalmente la división internacional
del trabajo y la producción y afectó al sistema financiero internacional y los países industrializados
disminuyeron las importaciones, lo que repercutió en la economía argentina: disminuyó el volumen
exportado, bajaron los precios de los productos primarios que se exportaban y se redujeron los
créditos y las inversiones externas. Los precios de las materias primas disminuyeron y los de las
manufacturas aumentaron, esto deterioró los términos del intercambio, donde se retrae la compra de
materias primas y alimentos y decae su precio a nivel internacional, por lo que las ganancias
nacionales disminuyeron enormemente.
Como resultado de la crisis de 1930, en Argentina se produjo un gran desorden en la
administración pública y el déficit creció como consecuencia de los gastos. Esto se sintió en la
sociedad, los salarios bajaron, aumentó la pobreza y comenzaron a originarse las primeras villas
miseria. Ante esto, el gobierno comenzó a pensar que políticas debería tomar y, bajo la presidencia
de Agustín P. Justo (1932-1938) se implementó un conjunto de políticas en las que el Estado tuvo
una participación activa y directa en la economía. Este nuevo rol del estado estaba apoyado sobre
las ideas recientemente elaboradas por parte de un economista norteamericano John Keynes, que
fomentaba la inversión estatal, la generación de empleo, garantizando los derechos de los
trabajadores y mejorando su calidad de vida y la regulación de la economía por parte del estado:
Estado de Bienestar. Favoreciendo el consumo y el mercado interno.
Las exportaciones seguían pero comenzó a instalarse la idea de un desarrollo más autónomo
ante las dificultades de exportar productos e importar bienes industriales. Los proyectos y acciones
políticas apuntaron a darle un nuevo rol al sector industrial, este nuevo modelo económico se
denominó modelo de industrialización por sustitución de importaciones. Se desarrolló entre
1930 y 1970.
Sin embargo, las mejoras sociales no van a comenzar a sentirse hasta la década del 40 en
adelante, cuando el Estado comienza a establecer políticas laborales y sociales importantes en favor
de las nuevas clases obreras que comenzaron a surgir junto al proceso de Industrialización por
Sustitución de Importaciones (ISI) en nuestro país. El Estado asumió un papel más activo en la
economía. Por ejemplo, los gobiernos regularon las exportaciones y las importaciones de mercancías
imponiendo condiciones a la importación de productos que competían con los nacionales y
favoreciendo la entrada de aquellos bienes industriales que no se producían en el país, y que eran
necesarios para llevar a cabo la producción industrial nacional. En una primera etapa crecieron las
fábricas de bienes de consumo, como las ramas alimenticia y textil; luego, hacia la década de 1960,
dado el estancamiento en la base tecnológica de las fábricas, el Estado fomentó la industria de
bienes de capital con el ingreso de empresas extranjeras. Fue el comienzo de la llamada industria
nacional, apareció el movimiento obrero y el Estado se fortaleció como regulador de la economía y
garante de los derechos laborales y sociales de la población.
A lo largo de estas décadas, otras acciones políticas importantes fueron orientadas a la inversión
en obras públicas y la creación de infraestructuras básicas para servicios, de empresas estatales
proveedoras de servicios (las distribuidoras de electricidad domiciliaria) y de energía (la petrolera
YPF). Para mejorar el transporte automotor, se organizó la red vial nacional, que se constituyó en el
principal medio de intercambio de mercancías dentro del territorio y desplazó a los ferrocarriles. Se
construyeron grandes represas para la producción de energía eléctrica; en las áreas del norte y el
oeste con escasez de agua, estas obras también permitieron ampliar las zonas de cultivo recurriendo
al riego. El Estado desempeñó un rol importante como generador de empleo, no solo por las obras
públicas sino también por la oferta de puestos de trabajo en las empresas y en la administración
pública. De esta manera, con la producción nacional y el sostenimiento del empleo y el consumo, el
mercado interno adquirió mayor importancia para dinamizar la economía.
En esta etapa de sustitución de importaciones se destacan tres procesos vinculados y que se
manifiestan en distintas partes del territorio nacional: el crecimiento industrial, las migraciones
internas y la urbanización.
A escala provincial-regional, el crecimiento industrial se produjo principalmente en las
ciudades del país (Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Córdoba, La Plata, Mar del Plata, Gran Buenos
Aires) que ya habían adquirido mayor dinamismo en la etapa anterior. Hacia ellas se dirigieron
numerosos contingentes de población que migraron desde ciudades con menor desarrollo y desde
zonas rurales donde se estancaron las actividades agrarias, en parte por las dificultades para
exportar, para vender en el mercado interno o por el empobrecimiento de pequeños productores.
Las principales ciudades de la llanura Pampeana fueron los lugares donde se concentraron
las industrias. Grandes empresas localizaron sus fábricas en las ciudades más pobladas; estas, a su
vez, constituían los principales mercados consumidores y de oferta de mano de obra para las
fábricas. También eran los lugares mejor provistos de infraestructura de servicios y de transportes
básicos que necesitaban las actividades económicas más dinámicas. Las grandes plantas
industriales, como las automotrices, por el extenso espacio que necesitaban, se ubicaron en la
periferia de la gran ciudad, y colaboraron así en el proceso de expansión urbana. El área
metropolitana que se formó con la Ciudad de Buenos Aires como centro y las localidades
bonaerenses vecinas se consolidó como el principal mercado consumidor y el de mayor
concentración de industrias y de servicios. Este proceso también se produjo, aunque con menor
grado, en las ciudades de Rosario y Córdoba, que crecieron como grandes aglomeraciones. Se
produjo un gran proceso migratorio del campo a la ciudad, el movimiento fue interno. Así se
formaron los grandes conglomerados urbanos, proceso de urbanización.

Profundización de las tendencias de especialización de economías regionales.

Las áreas productivas en las provincias no pampeanas, también denominadas economías


regionales, adquirieron la función de proveedoras de materias primas e insumos industriales, energía
o alimento para el mercado interno (principalmente el de las grandes aglomeraciones urbanas de la
llanura Pampeana) y tuvieron un menor desarrollo en comparación con las de las provincias
pampeanas. Entre los productos de economías regionales para el mercado interno se destacaron,
por ejemplo, el algodón (Chaco), yerba mate, té, tung (Misiones), tabaco, caña de azúcar (Salta,
Tucumán), vinos y conservas (Mendoza y San Juan). Algunas zonas agrícolas se vincularon con el
mercado externo, como el Alto Valle del río Negro con la producción de manzanas y peras. Solo
algunas ciudades del interior se beneficiaron con la instalación industrial, en especial agroindustrias
para el procesamiento de la materia prima local como Mendoza y Tucumán. Una mención aparte
merece la Patagonia, una región muy poco poblada donde crecieron varias ciudades, en gran parte,
por el impulso que le dieron la producción de petróleo y de gas y la expansión en el Alto Valle del río
Negro.
Los procesos de esta etapa no produjeron cambios sustanciales en las asimetrías
territoriales entre las provincias o regiones gestadas en la etapa agroexportadora; la región
Pampeana siguió siendo el motor de la economía y las economías provinciales cumplieron distintas
funciones en el mercado interno de acuerdo con las actividades económicas que pudieron sostener.
En ellas se consolidó un sector de pocos grandes productores, con amplias extensiones de tierra,
junto con otro formado por familias con pequeñas explotaciones agrarias.
Las industrias no se establecieron al interior del país, siguieron desarrollándose en la región
pampeana, en grandes ciudades cercanas a los puertos y la gran cantidad de población urbana
consumidora sería su principal objetivo.

Industria y ciudad

Varios factores determinaron que la industrialización del país, comenzada a principios del siglo XX,
fuera encabezada por Buenos Aires. En primer lugar, allí estaba el puerto. Esto tenía una especial
importancia en ese momento en el que gran cantidad de insumos industriales eran importados, con lo
que la radicación de los establecimientos en zonas cercanas al puerto ahorraba tiempo y costos de
fletes. En segundo lugar, la producción industrial era destinada al consumo interno y, en Buenos
Aires, se encontraba el principal mercado. En tercer lugar, Buenos Aires tenía una base industrial
instalada, con pequeños talleres que producían con un bajo nivel tecnológico. El crecimiento
industrial se basó, en gran parte, en el aprovechamiento de la instalación preexistente. En cuarto
lugar, este territorio también contaba con una infraestructura de servicios instalada para la industria:
redes de energía eléctrica, agua y transporte fueron centrales en este proceso. En quinto lugar, la
oferta de mano de obra abundante, que aumentó como consecuencia de las migraciones internas,
desde otras provincias hacia Buenos Aires. Por último, en esta zona, había grandes espacios vacíos
aptos para la instalación de plantas industriales que requerían mucho espacio.

Ciudad y urbanización: la formación de la Región Metropolitana de Buenos Aires

La RMBA se formó a partir de una ciudad que fue englobando ciudades y pueblos vecinos hasta
formar un continuo, es decir, sin espacios libres de construcciones, en lo que podemos denominar un
proceso de conurbación en el que dos o más ciudades crecen hasta unirse. En los años treinta, el
desarrollo de la industria de sustitución de importaciones, la localización de los nuevos
emprendimientos fabriles y el surgimiento de núcleos poblacionales a su alrededor contribuyeron a la
consolidación del primer cordón industrial, también llamado primer anillo del conurbano. Esta
expansión había tenido sus antecedentes en la primera expansión metropolitana del centro de la
ciudad de Buenos Aires a los barrios. Este primer cordón industrial crece asociado al desarrollo
industrial: entre 1944 y 1948, la producción industrial se incrementa en un 40% y, por primera vez,
supera a la agropecuaria en la formación del producto bruto. Desde entonces y hasta 1960, la zona
típica de expansión industrial es este primer anillo que se localiza más allá de la Avenida General
Paz, límite de la ciudad de Buenos Aires con la provincia de Buenos Aires.
Al mismo tiempo, junto con los ejes ferroviarios se expandió la urbanización, surgieron nuevas
localidades ligadas al establecimiento de las estaciones ferroviarias y al incremento de los loteos en
los distritos del segundo cordón industrial: el segundo anillo del conurbano. Entre 1940 y 1960, la
expansión urbana adopta dos formas: en la periferia, se produce un tipo de suburbanización que
tiene como protagonistas a los trabajadores de menores ingresos. Así, los loteos económicos o
populares se transforman en un modo de acceder a la propiedad de la tierra desconocido hasta ese
momento en el que el alquiler era casi el único mecanismo para acceder a una vivienda. La principal
característica de estos lotes es que no contaban con servicios; entonces, la provisión de agua y
cloacas corría por cuenta de los propietarios que debían realizar perforaciones para acceder al agua
potable y desechar los residuos cloacales. Además, la difusión de esta tipología generó un
crecimiento no densificado, lo que hacía mucho más difícil la inversión estatal en la provisión de
estos servicios. Hoy, esta cuestión sigue siendo un problema estructural de la región. Asimismo, la
autoconstrucción es la regla general: el ahorro permitía ir construyendo las viviendas poco a poco. La
difusión del colectivo fue central en este crecimiento de la mancha urbana, ya que presentaban una
alternativa flexible en relación a la rigidez del ferrocarril en la conexión de esos espacios.

Por otra parte, en las zonas urbanas consolidadas centrales y subcentrales, en especial, en la ciudad
de Buenos Aires, se desarrolla una forma de densificación urbana de la que son protagonistas los
sectores medios: los departamentos en propiedad horizontal. Además del desarrollo industrial, las
políticas estatales acompañaron la expansión de la gran ciudad y el acceso a la propiedad de
inmuebles en la ciudad: créditos hipotecarios subsidiados por el Estado con cuotas fijas en bancos
estatales; tarifas subsidiadas en el transporte público nacionalizado en este período. Esto promovió el
del primer cordón industrial donde se concentraban las fuentes de trabajo industrial y, también, la
ausencia de regulación en relación con el control del uso del suelo residencial e industrial. Como toda
ciudad capitalista, también se producen en la gran ciudad procesos de construcción de las áreas
residenciales por fuera de los mecanismos del mercado y de las políticas estatales. Las villas de
emergencia, que luego adoptaron el nombre permanente de villas miseria, son espacios
residenciales que se establecen en la ciudad al ocupar terrenos fiscales, como terrenos ferroviarios o
portuarios, y también terrenos privados no ocupados por sus dueños. De localización central, las
villas son espacios residenciales de trazado irregular, sin dotación de servicios o apertura de calles,
construidas con materiales precarios y ocupados, por lo general, por trabajadores informales que no
logran acceder a la vivienda propia por no acceder a los requisitos para un crédito. Se localizaron, en
especial, en la ciudad de Buenos Aires y en el primer cordón del conurbano. También, se
construyeron en áreas inundables, como los bajos inundables de los ríos Matanza y Reconquista.

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