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Libro La Revolución de La Sangre (OK)

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LA REVOLUCIÓN
DE LA sangre

1
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Provincia de La Pampa

rebolleda@[Link]

Todos los derechos de este material son reservados para el


Señor, quién los ofrece con la generosidad que lo caracteriza
a todos aquellos que desean capacitarse más y lo consideran
de utilidad.
No se permite la transformación de este libro, en cualquier
forma o por cualquier medio, para ser publicado
comercialmente.
Se puede utilizar con toda libertad, para uso de la enseñanza,
sin necesidad de hacer referencia del mismo.
Se permite leer y compartir este libro con todos los que más
pueda y tomar todo concepto que le sea de bendición.
Edición general: EGE
Revisión literaria: Autores Argentinos
Revisión solamente ortográfica IA
Diseño de portada: EGEAD
Todas las citas Bíblicas fueron tomadas de la Biblia versión
Reina Valera, salvo que se indique otra versión.

2
CONTENIDO

Introducción………………………………………………5

Capítulo uno:

La Palabra nos dirige a la Sangre……………………….10


Rodolfo Arnedo

Capítulo dos:

La enseñanza de Jesús sobre la Sangre…………………25


Osvaldo Rebolleda

Capítulo tres:

La obra del Calvario (Parte 1)………………………….37


Rodolfo Arnedo

Capítulo cuatro:

La obra del Calvario (Parte 2)…………………………..49


Rodolfo Arnedo

Capítulo cinco:

La enseñanza apostólica sobre la Sangre………………65


Osvaldo Rebolleda

3
Capítulo seis:

Redimidos por la Sangre………………………………...76


Osvaldo Rebolleda

Capítulo siete:

Activando e poder de la Sangre…………………………88


Rodolfo Arnedo

Capítulo ocho:

La comunión por la Sangre……………………………..99


Rodolfo Arnedo

Capítulo nueve:

Acerquémonos a Su presencia…………………………107
Osvaldo Rebolleda

Reconocimientos………………………………………..120

Sobre los autores……………………………………......123

4
INTRODUCCIÓN

“El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y


trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos
redención por su sangre, el perdón de pecados”.
Colosenses 1:13 y 14

En la vida del Reino, la sangre ocupa un rol


fundamental, aunque es muy probable que en los primeros
años como cristianos no comprendamos los motivos de esto.
Desde nuestra conversión, mencionar la sangre se vuelve
algo absolutamente normal y creemos que es poderoso, pero
la verdad es que no entendemos las razones, porque no
conocemos la realidad espiritual que se esconde en la sangre.

Lo que nos ocurre, es que escuchamos las palabras de


nuestros líderes respecto a que “la sangre de Cristo tiene
poder”, y generalmente lo repetimos, pero pocas veces vemos
hermanos con una verdadera comprensión de lo que eso
implica. De hecho, es muy común que, ante algún conflicto
o situación de peligro, algún hermano declare: “¡Me cubro
con la sangre de Cristo!” El problema es que si le
preguntamos cuál es el motivo de dicha acción, generalmente
no saben por qué lo dicen.

Pensar en cubrirse con sangre, o en beber sangre tal


como declaramos en la Santa Cena, es algo muy impactante,
y aunque sabemos que esto obedece al plano espiritual,

5
debería causarnos un impacto suficiente como para averiguar
los motivos y la dinámica de todo esto.

Este libro persigue el objetivo de profundizar en este


apasionante tema de la sangre de Cristo. Entendemos muy
bien, que ya existen otros libros que tocan este tema con
profundidad, pero nos propusimos intentarlo nosotros
también, por lo que genera en el mundo espiritual el genuino
poder de la sangre de Cristo, y consideramos que nuestra
serie de libros sobre la revolución no podía prescindir de un
tema tan profundo y extraordinario como este.

Además, entendemos que contribuir con un libro más


sobre este tema no solo no afecta a los demás autores, sino
que puede ocupar de manera diferente algunos conceptos que
ellos pueden no cubrir. Por otra parte, entendemos que hay
algunas personas que, a través de los años, han permitido y
permiten que nosotros podamos ser un canal de enseñanza
confiable para ellos, y con ellos cumplimos. Esto nos deja
muy claro que no seremos novedosos al escudriñar este tema,
pero tampoco tenemos dudas de que haremos una valiosa
contribución al llegar a hermanos que hasta el momento no
han leído, o desean aprender más, sobre los misterios de la
preciosa sangre de Jesucristo.

Lo primero que se nos ocurre pensar cuando


mencionamos la sangre, es lo que conocemos de manera
natural, como un líquido rojo que recorre nuestras venas, y
que, a pesar de que la mayoría no comprendemos muy bien
sus componentes, sabemos que sin ella no podríamos vivir.

6
En realidad, existe una especialidad dentro de la medicina
llamada Hematología, que se encarga del estudio,
diagnóstico, tratamiento y prevención de las enfermedades de
la sangre y los órganos que la producen y la trasladan por el
cuerpo.

La ciencia ha comprobado que la sangre circula a


través de todo nuestro cuerpo en apenas veintitrés segundos
y que está en constante movimiento, circulando por el
corazón, las arterias, venas y aun a través de los vasos
capilares. Dios nos ha creado de tal manera que nuestra vida
depende absolutamente de que la sangre tenga acceso a cada
órgano y parte de nuestro cuerpo.

Cuando la sangre no llega a un órgano vital, o cuando


ha sido contaminada de manera que el cuerpo no ha logrado
purificarla, no solo enfermamos, sino que podemos morir,
porque “la vida de toda carne está en la sangre” (Levítico
17:11). A diferencia de las células, que se mantienen fijas en
los respectivos órganos o tejidos del cuerpo, la sangre,
impulsada por los latidos del corazón, se mantiene en
constante movimiento a través de todo el cuerpo, para
abastecer de nutrientes a las células y eliminar las toxinas o
productos inservibles para nuestro cuerpo.

Por otra parte, la médula ósea es la que produce toda


la sangre existente, y es reciclada y limpiada por ella misma
cientos de veces al día. La cantidad de sangre en el cuerpo
humano varía según la persona y se estima que oscila entre
los 4,5 y los 6,5 litros. En general, la sangre representa

7
alrededor del 7 u 8 % de nuestro peso corporal. Si esto ya es
un misterio, imaginemos lo que implica el trasfondo
espiritual que tiene la Sangre de Cristo.

La sangre es bombeada por el corazón y oxigenada por


los pulmones. Lleva nutrientes y oxígeno a las células, así
como hormonas y otras sustancias; expulsa el dióxido de
carbono y otros desechos; y sus agentes atacan y destruyen
los gérmenes y otros invasores. Esto es como decir que la
sangre es purificada para purificar y es recibida por cada
parte de nuestro cuerpo para otorgarle vida.

También la sangre es la que nos genera fortaleza; y


hace posible el crecimiento de los huesos, músculos de todo
el cuerpo; y como hemos visto, es la protectora de nuestro
organismo. La sangre es como la línea de defensa interna de
nuestro cuerpo, porque es la que combate las enfermedades,
las bacterias, los gérmenes y los microorganismos dañinos.

La sangre juega un rol fundamental en nuestro sistema


inmunológico y nos permite mantener una temperatura
relativamente constante en el cuerpo. Por lo tanto, la sangre
es la precursora de la salud y del bienestar de nuestro cuerpo
y de nuestro ser. Dios la creó de una manera especial y la
ciencia todavía no entiende completamente cómo funciona;
pero todos coinciden en que sin la sangre, la vida
simplemente se termina.

Ahora simplemente meditemos que Cristo se hizo


carne en Jesús, y vivió como hombre durante treinta y tres

8
años. Luego murió en la cruz como sacrificio por los pecados
de toda la humanidad. Él derramó Su sangre y la presentó
ante el Padre, quien la aceptó como perfecta, purificando a
los hombres y dándonos vida. ¿No es esto un misterio
extraordinario y digno de ser escudriñado?

Este libro persigue este objetivo y esperamos que sea


muy revelador para muchos, porque esa sangre no solo tiene
un incalculable valor y una inigualable tarea diaria, sino que,
en estos más de dos mil años desde el suceso del Calvario, ha
provocado una verdadera revolución en el mundo espiritual,
y ciertamente todavía no ha concluido. Es por eso que los
invitamos a leer con atención y entrega cada página de este
valioso material.

“¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del


conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios
e inescrutables sus caminos!”
Romanos 11:33

Autores:
Rodolfo Arnedo
Osvaldo Rebolleda

9
Capítulo uno

LA PALABRA NOS
DIRIGE A LA SANGRE
Rodolfo Arnedo

¡Vengan, pongamos las cosas en claro!


- dice el Señor -
¿Son sus pecados como escarlata?
¡Quedarán blancos como la nieve!
¿Son rojos como la púrpura?
¡Quedarán como la lana!
Isaías 1:18

Anhelo mostrar lo que las Escrituras enseñan


concerniente al glorioso poder de la sangre, porque ella
contiene el magnífico poder de la redención. Es evidente que
no hay una idea más continuada, constante, poderosa y
prominente que la expresada por la Palabra. Por lo tanto,
nuestra búsqueda es lo que las Escrituras nos enseñan acerca
de la sangre.

El registro sobre la sangre comienza a las puertas del


Edén. No voy a entrar en los misterios no revelados del Edén.

10
Pero, sin duda, encontramos rápidamente la conexión entre
el pecado de los padres de la humanidad y el poder de la
sangre.

Inmediatamente después de que Adán y Eva


desobedecieron la orden de Dios, ambos se dieron cuenta de
que eran culpables. Trataron de cubrir su culpa y vergüenza
ante Dios, pero escogieron una forma muy absurda de
taparse, dejando en claro que las soluciones humanas para
resolver las consecuencias del pecado y la culpa nunca
funcionaron.

Las hojas de higuera, al igual que las obras religiosas,


nunca cubrirán al pecador culpable ni lo harán correcto ante
Dios. Es por eso que Dios mismo eligió pieles para cubrir a
Adán y Eva: “Y Jehová Dios hizo para el hombre y su mujer
túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis 3:21). En todas partes
de las Escrituras, las prendas son símbolos de la justicia; toda
la justicia suficiente de Dios o la justicia pretendida por los
hombres.

El profeta Isaías escribió: “En gran manera me


gozaré con Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque
me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto
de justicia, como a novio me atavió, y como a novia
adornada con sus joyas” (Isaías 61:10). El profeta también
habla de la justicia propia en la siguiente declaración: “pues
todos nosotros somos como cosa impura, todas nuestras
justicias como trapo de inmundicia. Todos nosotros caímos

11
como las hojas y nuestras maldades nos llevaron como el
viento” (Isaías 64:6).

Las túnicas de piel con las que el Señor vistió a Adán


y a Eva representan la justicia proporcionada por Él, en la
cual ellos podrían estar en Su santa presencia. Detrás de esas
prendas, lo que Dios hizo para Adán y Eva implicó sacrificio
y muerte. Sin duda, Dios les dio instrucciones de algún tipo
de sacrificio, porque al avanzar en la lectura encontramos el
altar de Abel, con el cual podemos extraer evidencias con
relativa facilidad.

Abel trajo de los primogénitos de sus ovejas, de lo más


gordo de ellas, y Dios lo tomó como un verdadero acto de
adoración. Ese fue su sacrificio para el Señor, y allí derramó
sangre en el primer acto de adoración registrado en la Biblia.
Aprendemos que fue por la fe que Abel ofreció a Dios un
sacrificio aceptable, y así su nombre permanece primero en
el registro de aquellos a quienes la Biblia llama los héroes de
la fe.

“Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que


Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo. Así
tuvo el testimonio de haber agradado a Dios. Y miró
Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda”.
Hebreos 11:4

A la luz de la revelación de Dios, este testimonio, dado


en el mismo comienzo de la historia de la humanidad, es de
profunda significación. Muestra que no puede haber

12
acercamiento posible a Dios, ni comunión con Él por la fe, ni
recibimiento de Sus dádivas y favores, aparte de la sangre.

La Escritura da solamente una breve información sobre


los dieciséis siglos siguientes. Entonces llega el diluvio,
como el juicio de Dios sobre el pecado, destruyendo así el
mundo y la humanidad de aquella época. Pero de aquel
terrible bautismo de agua, Dios creó una nueva tierra.

Sin embargo, la nueva tierra debe ser bautizada


también con sangre. La primera acción de Noé, después de
abandonar el arca, fue el ofrecimiento de un sacrificio
quemado a Dios. Al igual que con Abel, un nuevo principio
de la historia con Noé no pudo ser sin la sangre.

Pero una vez más prevaleció el pecado, y Dios


restableció un fundamento completamente nuevo para Su
reino en la tierra. Por medio del llamado divino a Abraham y
el milagroso nacimiento de Isaac, Dios emprendió la
formación de un pueblo que le sirviera. Pero este propósito
no fue llevado a cabo separadamente del derramamiento de
sangre. Esta fue, sin duda, la hora más solemne en la vida de
Abraham.

Dios ya había entrado en relación con Abraham por


medio del pacto; su fe había sido probada en forma muy
severa, y había soportado y aprobado el juicio, lo cual le fue
contado por justicia. Pero aún debía aprender que Isaac, el
hijo de la promesa, quien pertenecía totalmente a Dios, podía
ser ofrecido a Él solamente por medio de la muerte. Isaac

13
debía morir. Para Abraham, lo mismo que para Isaac,
solamente por medio de la muerte podía obtenerse la
verdadera vida. Abraham debía ofrecer a su hijo sobre el
altar. ¿Por qué? Porque todo lo que muere lleva fruto; si no
muere, queda solo y sin fruto (Juan 12:24).

Esto no constituía para Abraham un mandato arbitrario


de Dios. Era la revelación de una verdad divina: que
solamente a través de la muerte, una vida puede ser
consagrada verdaderamente a Dios. Pero era posible para
Isaac morir y levantarse de la muerte; puesto que, por la paga
del pecado, la muerte debía de retenerle.

Pero veamos que, cuando su vida fue rendida a Dios,


Él le procuró como sustituto un carnero. La vida de Isaac se
conservó por medio de un sacrificio de sangre. Por esa
sangre, sin embargo, él fue, en un sentido figurado, levantado
de la muerte. La gran lección de la sustitución aparece en este
pasaje con prominente importancia y claridad. Por la muerte
de Jesucristo y el derramamiento de su Sangre, nosotros
fuimos redimidos del pecado y de la condenación. Jesucristo
fue el sustituto perfecto.

Pasaron cuatrocientos años, y de Isaac surgió en Egipto


el pueblo de Israel. A través de su liberación de la esclavitud
egipcia, Israel se reconocería como el primogénito de Dios
entre las naciones. Ni la gracia de la elección de Dios, ni Su
pacto con Abraham, ni el ejercicio de Su omnipotencia, el
cual podría fácilmente haber destruido a todos sus enemigos,

14
podrían dispensarse sin la necesidad de derramamiento de
sangre.

Lo que la sangre llevó a cabo en el monte Moriah para


una persona, quien fue el padre de las naciones, debía ahora
ser experimentado por dicha nación. Por medio del
rociamiento de la sangre del cordero pascual en los dinteles
de las puertas, de la celebración de la Pascua y de aquellas
palabras: “Veré la sangre y pasaré de vosotros”.

El pueblo fue enseñado que la vida solo podía


obtenerse por medio de una vida cuya sangre se derramara en
su lugar. La vida era posible para el pueblo de Dios solamente
por medio de otra vida ofrecida por ellos, y apropiada por el
renacimiento de aquella sangre derramada.

Cincuenta días más tarde, esta lección fue enfatizada


en forma sobresaliente. Israel había llegado al Sinaí. Dios les
había dado Su Ley como fundamento para el pacto. Este
pacto debía ahora ser establecido, como está expresado en
Hebreos [Link] “No sin sangre”. La sangre del sacrificio debía
ser rociada, primero sobre el altar, y luego sobre el libro del
pacto, representando la parte de Dios en dicho pacto; después
sería rociada sobre el pueblo, con la declaración: “He aquí la
sangre del pacto” (Éxodo 24:8).

Fue en esa sangre donde el pacto tenía su fundamento


y su poder. Es solamente por medio de la sangre que Dios y
el hombre, podían ser traídos a un pacto donde existiera la
comunión entre ambos. Y exactamente eso fue lo que

15
consiguió nuestro Señor Jesucristo al comprarnos con Su
sangre (1 Pedro 1:18 y 19).

Lo que había sido esbozado en el huerto del Edén, en


el monte Ararat, en el monte Moriah y en la nación de Egipto,
fue confirmado en el Sinaí de una manera mucho más
solemne. Sin la sangre, el hombre pecador no podía tener
acceso a la presencia de Dios. El sacrificio para tener tal
acceso debía ser con derramamiento de sangre.

Hay, sin embargo, una diferencia bien marcada entre


la manera en que se aplicó la sangre en los primeros casos
comparados con el último. En el monte Moriah, la vida fue
redimida por el derramamiento de sangre. En Egipto, fue
rociada sobre las mismas personas. El contacto era más
estrecho, más próximo, y por lo tanto, su aplicación fue más
poderosa.

Inmediatamente después del establecimiento del pacto,


fue dado el mandamiento: “Y harán un santuario para Mí,
y habitaré en medio de ellos”. Disfrutarían así de la
bendición de tener al Dios del pacto morando entre ellos. A
través de Su gracia, podían encontrarle y servirle en Su casa.

Dios mismo dio los detalles más específicos, las


directivas y órdenes para el arreglo y servicio de aquella casa.
Pero notamos que la sangre era el centro y razón de todo esto.
Acerquémonos en forma imaginaria al vestíbulo del templo
terrenal del reino celestial, y la primera cosa que veremos es
el altar para la ofrenda quemada, donde continuaba teniendo

16
lugar el rociamiento de la sangre, sin cesar, desde la mañana
hasta el anochecer.

Entremos al lugar santo, y lo más sobresaliente que


veremos será el altar de oro del incienso, el cual también,
juntamente con el velo, era rociado constantemente con la
sangre. ¿Qué es lo que está más allá del lugar santísimo? Es
el lugar más santo de todos, donde mora Dios. Si nos
preguntamos: ¿cómo mora Dios allí y cómo puede el hombre
acercársele? Sabremos que esa acción, no podía llevarse a
cabo a menos que fuera por medio de la sangre.

El trono de oro donde brilla Su gloria también era


rociado con la sangre una vez al año, cuando el sumo
sacerdote entraba solo para llevar la sangre y adorar a Dios.
El acto más elevado y sublime en esa adoración era el
rociamiento de la sangre. Siempre, y para cada ocasión, la
sangre era lo indispensable.

En la consagración del templo, o de los sacerdotes, en


el nacimiento de un niño, en la más profunda penitencia y
ofrenda por el pecado, en la festividad más importante,
siempre, y en toda ocasión, el camino a la adoración a Dios
era sola y únicamente mediante la sangre.

Ese plan continuó por mil quinientos años. En el Sinaí,


en el desierto, en el monte Moriah, hasta que nuestro Señor
vino para acabar con la sombra de las cosas venideras y traer
consigo mismo la verdadera sustancia que establecería la
comunión con Dios, en espíritu y en verdad.

17
En el servicio de Dios tal como fue ordenado por
Moisés para Israel, había dos ceremonias que debían
observarse por parte del pueblo en preparación para poder
acercarse a Dios. Estas eran las ofrendas o sacrificios y las
limpiezas o purificaciones. Ambas debían observarse de
diferente manera, y tenían el propósito de recordar al hombre
cuán pecador era y los requisitos necesarios para acercarse a
un Dios Santo.

Ambas tipificaban la redención por la cual el Señor


Jesucristo restauraría la comunión entre el hombre y Dios.
Las ofrendas que se llevaban al altar solamente pueden ser
vistas como figura típica de la redención por medio de Cristo.
La epístola a los Hebreos, sin embargo, enfatiza la mención
de la purificación al limpiar nuestras conciencias de toda
culpa para servir al Dios vivo (Hebreos 9:12).

Si podemos imaginarnos la vida de un israelita,


podremos entender que la conciencia de pecado y la
necesidad de redención eran despertadas de igual forma por
la necesidad de purificación ante Dios, igual que por las
ofrendas que se ofrecían.

La purificación era algo que la persona podía sentir y


experimentar. Se sabía puro, y se sentía puro a causa de la
sangre que había sido derramada a su favor. Acarreaba
consigo un cambio, no solo en la relación del pecador con
Dios, sino en la condición del mismo pecador. En la ofrenda
del animal se hacía algo para él; en la purificación se hacía
algo en él. La ofrenda era respecto a su culpa; la ofrecía por

18
su sentimiento de culpa ante Dios. La purificación tenía que
ver con la contaminación del pecado. Ahora ya no se sentía
una persona contaminada por el pecado.

“Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más


blanco que la nieve”.
Salmo 51:7

La palabra usada por David es la que se usa más


frecuentemente para la limpieza o purificación del que
hubiera tocado un cuerpo muerto. El hisopo se usaba en tales
casos. David oraba por algo más que el perdón. Él confesó
que había sido formado en iniquidad, esto es, que él
reconocía que su naturaleza era pecaminosa.

David pedía a Dios que pudiera hacerlo puro. “Lávame


de mi pecado”, decía el salmista. Más tarde usa la misma
palabra cuando hace la siguiente oración: “Crea en mí, oh
Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro
de mí” (Salmo 51:10). En otras palabras, vuélveme puro
delante de Ti. Por tanto, la purificación es mucho más que el
perdón. Es saberse limpio delante de Dios, a causa de que
hubo una sangre derramada a su favor.

De la misma manera esta palabra es usada por


Ezequiel, y se refiere a una condición interna que debe de
sufrir un cambio. Esto es evidencia en el capítulo 24:11 al 13
“En tu inmundicia lujuria padecerás, porque te limpié, y tú
no te limpiaste de tu inmundicia; nunca más te limpiarás,
hasta que yo sacie mi ira sobre ti”. Más tarde, hablando del

19
nuevo Pacto Ezequiel 36:25 dice: “Esparciré sobre vosotros
agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras
inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré”. Esto
tiene que ver con el fuego purificador que menciona
Malaquías: “Y se sentará para afinar y limpiar la plata;
porque limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a otro
como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia”
(Malaquías 3:3).

La purificación o limpieza por medio del agua, de la


sangre, del fuego, eran todos tipos de lo que tendría lugar
bajo el nuevo pacto; una limpieza interior y liberación total
de la mancha o contaminación del pecado.

En el Nuevo Testamento se menciona menudo de un


corazón limpio y puro. Nuestro Señor Jesucristo dijo:
“Bienaventurados los de limpio corazón” Mateo 5:8. El
Apóstol Pablo habla de “el amor nacido del corazón limpio”
1 Timoteo 1:5, y también habla de una “buena conciencia”.

Pedro exhorta a sus lectores a amarse con un corazón


puro: “Habiendo purificado vuestras almas por la
obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor
fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente,
de corazón puro” (1 Pedro 1:22). Aquí se usa a misma
palabra para puro y purificar. En otra parte de la Palabra de
Dios, leemos de aquellos a quienes se los describe como
pueblo de Dios, lo cual nos incluye, que Dios ha purificado
nuestros corazones por la fe (Hechos 15:9).

20
“Quien se dio a Sí mismo por nosotros para redimirnos de
toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso
de buenas obras”
Tito 2:14

A nosotros los creyentes se nos aplica esta palabra:


“Así que, amados, puesto que tales promesas, limpiémonos
de toda contaminación de carne y de espíritu,
perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2
Corintios 7:1). Todas estas citas nos enseñan que la
“purificación” es una obra interior en el corazón y que sigue
al perdón de pecados. Esta obra purificadora se produce a
través de la sangre. En 1 Juan 1:7 leemos que: “La sangre de
Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.

Esta palabra “limpiar” no se refiere a la gracia del


perdón recibido en la conversión; sino al efecto de la gracia
de quienes andamos en la luz. Se nos dice que: “Si andamos
en luz, como Él está en luz, tenemos comunión unos con los
otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpió de todo
pecado”. Este versículo se refiere a algo más que el perdón,
y parece tener su lógica continuación en el versículo 9: “Si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonar nuestros pecados, limpiarnos de toda maldad”.

La limpieza es algo que viene después del perdón, es


decir, como resultado de tal, por la recepción interna y
experimental del poder de la sangre de Jesús en el corazón de
cada creyente.

21
Esto tiene lugar, de acuerdo a la Palabra de Dios,
primero, en la purificación de la conciencia. ¿Cuánto más la
sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se
ofreció a sí mismo sin manchas a Dios, limpiará vuestras
conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?
(Hebreos 9:12).

La mención que hicimos de las cenizas de la becerra


rociadas sobre el pecador, tipifica una experiencia personal
con la preciosa sangre de Cristo. La conciencia no sólo es un
juez que da sentencia a nuestros hechos, es también la voz
interior que lleva testimonio de nuestra relación con Dios, y
de la relación de Dios hacia nosotros. Cuando nuestra
conciencia está purificada por la sangre, entonces lleva
testimonio de que estamos agradando a Dios.

A través del Espíritu recibimos la experiencia interior


que nos testifica que la sangre nos ha libertado de tal modo
de la culpa y el poder del pecado, que podemos asegurar que
en nuestra naturaleza regenerada, hemos escapado
definitivamente de toda condenación.

El pecado aún mora en nuestra carne y nos asaltan


diversas tentaciones, pero ya no tiene poder para
gobernarnos. En otras palabras, ya no somos esclavos del
pecado, y si en algún momento pecamos en algo, la sangre de
Jesucristo nos mantiene puros.

La conciencia está “purificada”, y no hay ni sombra de


separación entre Dios y nosotros, pues podemos mirarle en el

22
poder de la redención que ya fue efectuada a nuestro favor.
“Más por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha
sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y
redención, para que, como está escrito: El que se gloría,
gloríese en el Señor” (1 Corintios 1:30).

La toma de conciencia purificada por la sangre lleva


testimonio de una total y completa rendición. Si la conciencia
está purificada, también lo está el corazón, del cual la
conciencia es el centro.

En Hebreos 10:22 leemos acerca de tener el corazón


purificado de mala conciencia. Además, el corazón también
debe ser purificado, incluyendo por tanto el intelecto, el
entendimiento, que llevó a Cristo hasta la muerte. Y por la
virtud del poder que le llevó de nuevo a los cielos, la muerte
y resurrección de Cristo tienen un efecto eterno y siempre
vigente. “La sangre de Jesucristo Su Hijo nos limpia de
todo pecado”, implica el pecado heredado de Adán, así como
todo pecado que cometamos durante nuestra vida en la tierra.
Esto es de importancia capital en este tema.

Dios, por medio de la sangre, trata con el pecado en su


totalidad. Cada operación de la sangre manifiesta su poder
simultáneamente sobre la culpa y la contaminación del
pecado. La reconciliación y la purificación van siempre
juntas, y la sangre está operando continuamente a nuestro
favor.

23
Muchas personas piensan que la sangre está estática
allí, de manera que si hemos pecado otra vez, podemos
volvernos nuevamente a ella para ser limpiados y
purificados, pero no es así. De igual manera que una fuente
natural, cuyo fluir es continuo y siempre mantiene fresco y
purificado el sitio por donde corre, así ocurre con la gran
Fuente abierta para el pecador (Zacarías 13:1). El poder
eterno de la vida del Espíritu eterno obra a través de la sangre.
Por medio de Él, el corazón puede habitar siempre bajo el
torrente purificador de la sangre de Cristo.

En el Antiguo Testamento, la purificación era


necesaria para cada pecado. En el Nuevo Testamento
depende de Jesucristo, quien vive para siempre para
interceder por nosotros. Cuando la fe ve y desea los
beneficios de este hecho, el corazón puede morar cada
momento bajo el poder protector y purificador de la sangre.

“Pero ahora a Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, se le ha


dado un ministerio que es muy superior al sacerdocio
antiguo porque él es mediador a nuestro favor de un
mejor pacto con Dios basado en promesas mejores”.
Hebreos 8:6

24
Capítulo dos

LA ENSEÑANZA DE JESÚS
SOBRE LA SANGRE
Osvaldo Rebolleda

Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo: Si no coméis


la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis
vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.
Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre,
en mí permanece, y yo en él”.
Juan 6:53 al 56

Con la venida de Jesús, la historia se dividió en dos.


Las cosas viejas pasaron a ser un plano de enseñanzas, y todo
se hizo nuevo a través de la revelación soberana. Cuando
Juan el Bautista anunció Su venida, habló de Él como aquel
que desarrollaría una doble tarea: quitar el pecado del mundo
(Juan 1:29) y bautizar con Espíritu Santo y fuego (Mateo
3:11).

El derramamiento de la sangre del Cordero de Dios,


con la cual se podrían quitar los pecados del mundo, debía

25
ocurrir antes del derramamiento del Espíritu Santo.
Solamente cuando todo lo que el Antiguo Testamento
enseñaba acerca de la sangre se hubiera cumplido, podría
comenzar la dispensación del Espíritu. En otras palabras,
Pentecostés no podría llegar antes que Getsemaní.

El mismo Señor Jesucristo declaró que Su muerte en la


cruz era el propósito por el cual había venido al mundo; que
le era necesario padecerla como requisito de redención. Las
palabras registradas en Juan, capítulo seis, ciertamente
sacudieron a todos Sus oyentes, incluidos Sus discípulos,
varios de los cuales, después de oír esta enseñanza,
decidieron no caminar más con Él (Juan 6:66).

No hay duda de que Sus palabras estremecieron a


todos, no solo golpeando la razón de Sus detractores, sino
también la de aquellos que habían visto Sus milagros y
recibido con agrado Sus enseñanzas. Indudablemente, Jesús
decidió pronunciar palabras trascendentes, capaces de
generar dudas, enojo y traición. Estuvo dispuesto a decirlas
más allá de las consecuencias. Esto nos lleva a preguntarnos:
¿Por qué decidió hacerlo?

Jesús era el Hijo de Dios, por tanto, agradó al Padre


que en Él habitara toda la plenitud y que, por medio de Él,
reconciliara consigo todas las cosas, tanto las que están en la
tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz
mediante la sangre de Su cruz (Colosenses 1:19 y 20). Es
decir, el Padre usó el medio de Su sangre para unir la

26
naturaleza humana y la divina. Por medio de esta sangre se
produciría la reconciliación.

Según Isaías 59:2, los pecados produjeron una


división entre Dios y los hombres, porque la paga del pecado
es muerte (Romanos 6:23). Sin embargo, la vida está en la
sangre (Levítico 17:11), y lo que el pecado rompió, solo la
sangre podía restaurarlo. El problema era que esa sangre
debía derramarse en muerte para producir vida. En otras
palabras, no bastaba con el derramamiento de la sangre de
Jesús, también era necesaria Su muerte.

El diseño de Dios no solo implicaba impartir vida


eterna, sino también la complejidad de comunicarnos Su
misma naturaleza, penetrando nuestra humanidad para
formar con nosotros un solo ser, nada menos que el Nuevo
Hombre. El Hijo de Dios se hizo carne y habitó entre
nosotros. Pero al morir, resucitar e impartirse a Sí mismo,
continuó manifestándose espiritualmente a través de Su
cuerpo: la Iglesia.

Esto nos ayuda a comprender por qué Jesús dio una


enseñanza tan extraña y profunda a Sus discípulos. Estaba
tratando de decirles, y decirnos a todos, que no solo era
necesario tener fe en Él, sino también comprender las
dimensiones de Su sangre y Su carne. Por eso Jesús no solo
mencionó creer, sino también comer Su carne y beber Su
sangre para obtener la vida eterna.

27
Hoy estamos acostumbrados a estas expresiones de
Jesús, porque las leemos y enseñamos continuamente. Pero
en aquella época, decir algo así era perturbador. Imaginemos
a un pueblo judío, con un claro mandato de no consumir
sangre animal ni ciertos alimentos, escuchar de pronto que
debían comer carne humana y beber sangre humana. Ellos no
entendieron aquello, y probablemente nosotros tampoco lo
entenderíamos si un líder espiritual nos pidiera algo similar.

Lo que Jesús estaba enseñando no era algo natural,


sino espiritual. Su vida eterna llegaría a través de Su muerte
y resurrección, y Su Espíritu se haría uno con cada persona
alcanzada por la regeneración. De la misma manera que el
cuerpo necesita alimento, nuestro espíritu también necesita
ser nutrido para la vida de resurrección.

Tal vez esto no se tenga muy en cuenta hoy en día, pero


nuestro espíritu necesita alimentarse al igual que lo hace
nuestro cuerpo. Por esta razón, Jesús hizo una analogía con
lo que ocurrió durante el peregrinaje del pueblo en el
desierto, diciendo: “De cierto, de cierto os digo: No os dio
Moisés el pan del cielo, más mi Padre os da el verdadero
pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió
del cielo y da vida al mundo” (Juan 6:32). Ante la
incertidumbre y el escepticismo de ellos, también les dijo:
“Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y
murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que
el que de él come, no muera” (Juan 6:49-50).

28
Debemos notar que el gran problema de la humanidad
comenzó con una mala alimentación por parte de Adán y Eva.
Por lo tanto, la redención incluye, de manera fundamental, la
buena alimentación.

Era necesario que Jesús entregara Su vida, no solo


como salvación, sino también como el buen alimento: “el Pan
de Vida”. Todo ser viviente necesita, además de nacer,
alimentarse para sobrevivir; de lo contrario, se debilitará y
morirá. Lo que es una realidad en el plano terrenal, también
es una verdad en el plano espiritual.

“Porque mi carne es verdadera comida,


Y mi sangre es verdadera bebida.”
Juan 6:55

Jesús estaba entregando una enseñanza tan sencilla y


lógica como espiritualmente profunda. No estaba procurando
establecer una nueva liturgia religiosa, como algunos
pretenden; simplemente estaba utilizando la lógica de la vida
con respecto a comer y beber. Lo que nos cuesta comprender
es la dinámica espiritual. Entendemos con facilidad cómo
funciona nuestro cuerpo, pero muchas veces no
comprendemos nuestro espíritu.

Nuestro espíritu, al igual que nuestro cuerpo, necesita


alimentarse cada día para vivir y permanecer fortalecido. No
necesitamos que nadie nos insista para alimentarnos de forma
natural; de hecho, ocurre lo contrario: debemos controlar

29
nuestros deseos para no comer de más o ingerir alimentos
perjudiciales para nuestra salud.

De la misma manera, Jesús desea no solo hacerse


presente en nuestro ser por Su Espíritu, sino también
nutrirnos espiritualmente todos los días. Él no estaba
enseñando la eucaristía ni la transustanciación, sino la lógica
de la vida diaria. Estoy convencido de que la intención del
Señor no era instituir el ritual de la Santa Cena para
celebrarse una vez al mes o dos veces al año, sino que
buscaba transmitir la verdadera comprensión de lo que
significa una buena alimentación espiritual.

No tengo dudas de que una revelación de la vida vale


mucho más que miles de liturgias religiosas. La Iglesia del
primer siglo recibió esta enseñanza sin grandes protocolos, y
por eso fue tan efectiva. Lamentablemente, la intervención
humana terminó calando en la esencia de los actos,
estableciendo estructuras que ocultaron la verdad de la vida
que Jesús nos entregó. Creo que, de cara a los tiempos finales,
será necesario que todas esas estructuras caigan
definitivamente.

“Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo


que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino
porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la
comida que perece, sino por la comida que a vida eterna
permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a
éste señaló Dios el Padre. Entonces le dijeron: ¿Qué
debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?

30
Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que
creáis en el que él ha enviado”.
Juan 6:26 al 29

La fe en Su vida es la recepción de Su ser, no solo


como la vivificación de nuestro espíritu, sino también como
el sustento y fortalecimiento diario. Jesús no es alguien que
conocimos en una campaña evangelística y que simplemente
“aceptamos” como Señor y Salvador. Ese concepto es el
resultado de una enseñanza religiosa errónea. Nosotros no
“aceptamos” a Cristo; Él nos dio Su vida aun cuando
estábamos muertos en delitos y pecados (Efesios 2:5).

La regeneración no tiene que ver con una aceptación


humana, sino con una elección y determinación divina.
Nosotros no lo encontramos a Él, porque los perdidos éramos
nosotros. No lo elegimos, sino que Él nos escogió a nosotros
(Efesios 1:4 al 6). Su llegada produjo nuestra regeneración:
Él se introdujo en nuestro ser, y nosotros fuimos introducidos
en Su cuerpo. Esto implica que la llegada de Cristo a nuestra
vida no genera simplemente una relación con Dios, sino una
comunión verdadera con Su Espíritu (1 Corintios 6:17).

Cuando el Señor nos otorga entrada a Su Reino a través


de la regeneración, el Espíritu de Dios se une a nuestro
espíritu, transformándonos en nuevas criaturas. A partir de
ese momento, crecemos y nos fortalecemos mediante el
alimento espiritual, que es la Palabra de Dios revelada. Lo
que nos alimenta no es solo leer la Biblia, aunque ciertamente

31
debemos hacerlo, sino recibir la vida que proviene de la
Palabra revelada.

La letra por sí sola no produce vida; genera estructuras


mentales, intelectuales y religiosas que no contribuyen al
Reino. Sin embargo, la Palabra ministrada por el Espíritu
Santo produce vida y luz. Esto desarrolla y fortalece nuestro
espíritu, permitiéndonos comprender la importancia de
recibir espiritualmente la carne y la sangre de Cristo.

Por ejemplo, cuando los elementos utilizados en la


Santa Cena son santificados para la comunión espiritual, la
presencia de Cristo se hace real en el plano espiritual. No se
trata de la transubstanciación, un término filosófico que la
Iglesia Católica usa para explicar lo que consideran un
milagro en el misterio de la Eucaristía.

La idea de la transubstanciación fue originada por


Santo Tomás de Aquino y es una doctrina de la Iglesia
Católica Romana que describe el cambio que ocurre en el pan
y el vino durante la consagración de la misa. Según esta
creencia, la sustancia del pan se convierte literalmente en el
cuerpo de Cristo, y la sustancia del vino, en Su sangre,
mientras ambos elementos conservan su apariencia, olor y
sabor.

Los católicos interpretan el pasaje de Juan capítulo 6


de manera literal y lo aplican a la Cena del Señor, a la que
llaman la “Eucaristía”. Sin embargo, Jesús aclaró en Juan
[Link] “El espíritu es el que da vida; la carne para nada

32
aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu
y son vida.” Esto deja claro que Sus palabras son espíritu.
Jesús usaba conceptos físicos, como comer y beber, para
enseñar una verdad espiritual. Así como consumir comida y
bebida sostiene nuestros cuerpos físicos, nuestras vidas
espirituales son sostenidas y edificadas al recibir a Jesucristo
por gracia mediante la fe.

Las Escrituras declaran que la Cena del Señor es un


memorial del cuerpo y la sangre de Cristo (Lucas 22:19; 1
Corintios 11:24 y 25), no la consumición literal de Su cuerpo
y sangre física. Además, cuando Jesús habló en Juan capítulo
6, aún no había instituido la Cena del Señor con Sus
discípulos, lo que refuerza que no debemos asignarle esta
interpretación.

La transubstanciación debe ser rechazada


principalmente porque, según la Iglesia Católica Romana, se
trata de un “re-sacrificio” continuo de Jesucristo por nuestros
pecados, como si en cada misa se volviera a realizar el
sacrificio. Esto contradice directamente lo que dice la
Escritura: que Jesús murió “una sola vez” y no necesita ser
sacrificado nuevamente (Hebreos 10:10; 1 Pedro 3:18).

“Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente,


sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más
sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día,
como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero
sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del

33
pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre,
ofreciéndose a sí mismo.”
Hebreos 7:26 y 27

En la creencia judía, el pan era comparado con las


Escrituras, y “comerlo” significaba leer y entender los pactos
de Dios (Deuteronomio 8:3). En Juan 6, Jesús declara que
Él es superior a la letra: “Yo soy el pan de vida; el que a mí
viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá
sed jamás” (Juan 6:35). No está ordenando a las personas
comer literalmente Su carne y beber Su sangre, sino que está
señalando el corazón de toda la doctrina cristiana: creer en
Jesús Mismo. “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que
Él ha enviado” (Juan 6:29).

En este pasaje también hay una analogía clara con los


días de Moisés y el maná. En ese tiempo, el maná era la
provisión de Dios para alimentar a los israelitas durante su
peregrinación en el desierto. En Juan 6, Jesús clama ser el
verdadero maná, el Pan del cielo, la completa provisión de
Dios para la salvación. Así como el maná debía ser
consumido para preservar la vida física de los israelitas, Jesús
debe ser consumido espiritualmente para la preservación de
la vida eterna.

Es evidente que Jesús se refería a Sí mismo como “el


Pan de Vida” e instaba a Sus seguidores a “comer Su carne”,
pero esto no debe interpretarse como un mandato literal
relacionado con la Santa Cena o con la doctrina católica.

34
No cabe duda de que compartir el pan y el vino en la
Cena del Señor es una bendición extraordinaria, y debemos
practicarlo con frecuencia. Si comprendiéramos su verdadera
trascendencia espiritual, no la veríamos como un mero ritual
o ceremonia. La Santa Cena es mucho más que eso.

“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo


partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es
mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias,
les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi
sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada
para remisión de los pecados.”
Mateo 26:26 al 28

La declaración de nuestro Señor en la última noche de


Su vida terrenal es enfática. Antes de completar Su obra de
redención, instituyó la Santa Cena con estas palabras, y
debemos considerarlas con gran profundidad.

El Señor invita a “beber Su sangre”. Aunque parece


una locura, Él nos está revelando el Nuevo Pacto. Su sangre
derramada nos libera de la culpa y condenación del pecado,
de la muerte y del castigo eterno. Por la fe, Su sangre nos
confiere Su vida y nos introduce en Él. Esta sangre, primero
presentada al Padre, también es aplicada a nuestra vida y
tiene el poder de frenar al enemigo.

La sangre de Cristo nos une como renacidos en un solo


Cuerpo, que se sustenta espiritualmente y se expande de la
misma forma. El discernimiento planteado por el apóstol

35
Pablo en 1 Corintios 11:29 se refiere a los hermanos en la fe
que comparten este vínculo con nosotros.

Lo que la sangre unió formando un Cuerpo sustentado


espiritualmente no puede ser separado por ninguna fuerza
infernal. Si logramos comprender estas verdades, como
Iglesia alcanzaremos nuevas dimensiones de poder.

“Cuán grande y sin límites es su poder, el cual actúa en


nosotros los creyentes. Este poder es el mismo que Dios
mostró con tanta fuerza y potencia cuando resucitó a
Cristo y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, poniéndolo
por encima de todo poder, autoridad, dominio y señorío, y
por encima de todo lo que existe tanto en este mundo
como en el venidero. Sometió todas las cosas bajo los pies
de Cristo, y a Cristo mismo lo dio a la iglesia como cabeza
de todo. Pues la iglesia es el cuerpo de Cristo, la plenitud
de Cristo, que es quien lleva todas las cosas a su plenitud”
Efesios 1:19 al 23 DHH

36
Capítulo tres

LA OBRA DEL
CALVARIO Parte 1
Rodolfo Arnedo

“Con su cruz a cuestas, Jesús salió al Clavario, o Lugar


de la Calavera, que en hebreo es Gólgota, y allí lo
crucificaron”.
Juan 19:17 y 18 RVC

El propósito por el cual Jesús vino a la tierra fue para


hacernos uno con Él por medio de su muerte y resurrección;
vino a impartirse, a dispensarse, a derramarse dentro nuestro,
para que nosotros, a través de la fe en Él, no solo fuéramos
salvos para vida eterna, sino que recuperáramos el estado
original, que Adán y Eva perdieron en el huerto del Edén por
la desobediencia. O sea, cuando nos convertimos, Dios nos
vuelve a Génesis uno, donde puso su imagen y semejanza
dentro del hombre. Pero el hombre falló…

Y al hombre dijo:
“Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del
árbol de que te mandé diciendo:

37
No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con
dolor comerás de ella todos los días de tu vida.”
Génesis 3:17

Esta primera pareja gozó de la abundancia, bienes,


misericordia y bondad de Dios. Tristemente, cayeron en
pecado y, con eso, la humanidad cargó con las consecuencias
de este agravio delante de Dios, hasta que llegó Jesús para
redimir a la humanidad del yugo del pecado por medio de su
muerte en la cruz, y de su sangre derramada que limpia de
toda maldad e iniquidad los corazones.

En el huerto no había enfermedad ni pobreza. Cuando


Adán obedecía a Dios, tenían todo lo que necesitaban. Vivían
literalmente en una tierra donde fluía leche y miel. Dios no
creó al hombre y a la mujer para maldecirlos, sino para
bendecirlos; pero el pecado trajo como consecuencia un
estado de maldición.

Recordemos esto: “Dios no nos creó para ser malditos,


pero el pecado abrió esa puerta sobre la humanidad, trayendo
enfermedad, pobreza y muerte”. Cuando Adán desobedeció a
Dios, cayó en maldición y el Señor tuvo que declarar juicio
sobre su vida; y es ahí cuando ese pecado vino también sobre
la tierra a consecuencia de su transgresión.

Aquí no solo fueron afectados los hombres, sino los


animales, la tierra, y la forma como el hombre ganaría el fruto
de su trabajo. Antes de la maldición, no estaba decretado que

38
la tierra produjera espinos y cardos; estos comenzaron a
germinar como consecuencia de la maldición.

Todo aquel que ha recibido a Cristo en su corazón ha


sido regenerado, limpiado, redimido, rescatado y vuelto al
lugar original en el que Dios creó al hombre. Lo que redimió
al hombre del pecado y lo devolvió a su estado original fue
la sangre de Cristo. Hay un antes del pecado y un después del
pecado. La sangre de Cristo trae redención del pecado, y de
la maldición que este produce.

Si no reconocemos que la sangre de Cristo tiene el


poder para redimir la vida y nuestro entorno de la maldición,
toda la tierra seguirá bajo ese efecto de maldición. Cuando
Adán pecó, ya no pudo seguir viviendo bajo el efecto de la
abundancia y le tocó sobrevivir con sudor, fatiga y cansancio
extremo. Desde ese día hasta hoy, al hombre le ha tocado
sudar por todo lo que ha ganado en la vida.

La corona de espinas:

“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas,


y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla
delante de él, le escarnecían, diciendo:
¡Salve, Rey de los judíos!”.
Mateo 27:29

¿Cómo era la corona de espinas? Las espinas de las


zarzas medían entre 8 y 10 cm y su espesor era de 1 cm.

39
Después de que le incrustaron aquella corona, no fue sudor
lo que salía de su cabeza, sino sangre.

El símbolo de la escasez, limitación, enfermedad,


pobreza y miseria fue colocado en una corona de espinas que
representaba el pecado, la maldición de la tierra (espinas y
cardos producirá la tierra), y lo único poderoso para romper
esa maldición no eran las espinas, sino la sangre de Cristo.
Cuando las espinas traspasaron la cabeza de Jesús, estaban
liberando a la humanidad de la maldición de la pobreza,
miseria, escasez, el rechazo y el doble ánimo.

El hombre había recibido la miseria por el pecado de


Adán, pero ahora estaba recibiendo la redención de la
pobreza, la enfermedad y la muerte, por medio de la corona
de espinas puesta en Jesús.

Lo que Satanás quiso usar para mal, Dios lo usaría para


el bien de los que le aman. Cuando los soldados tomaron esas
espinas, sin saberlo, y se las pusieron en la frente de Jesús, lo
que hicieron fue un acto profético.

Por el poder de esa sangre no solo quedó roto el poder


de la maldición de la pobreza, sino que los que hoy reclaman
su sangre son ungidos para ser libres aún de la negatividad,
del fracaso, la derrota y toda maldad que el enemigo haya
colocado por medio de pensamientos cautivantes en lo más
profundo de la mente de cada ser humano.

40
Una corona de espinas también representa las heridas
del rechazo. Una frente herida significa que ha sido
rechazada, no aceptada por su familia, vecinos, comunidad y
compañeros. Su herida en la frente es señal del rechazo de su
personalidad y, por qué no, del rechazo a sí mismo. La corona
de espinas que cargó Jesús es una fuente de sanidad para
nosotros.

La corona de espinas fue la que quebrantó nuestro


doble ánimo. La palabra griega para doble ánimo es
“dipsuchos”, que significa literalmente “doble alma”. Una
persona en esta condición siempre está vacilante, indecisa,
dubitativa, cambiante e inconsistente. Los sinónimos de
doble ánimo incluyen: indeciso, inconsistente, impredecible,
vacilante, dudoso, retrasado e inestable.

Las personas de doble ánimo tienen problemas para


tomar decisiones y apegarse a ellas. También están siempre
cambiando de opinión con respecto a las relaciones, carreras,
ministerios e iglesias debido a la inestabilidad.

La doble mentalidad es el polo opuesto de la


estabilidad, lo que significa que no es probable que cambie o
falle, que está firmemente establecida, que no se mueve ni se
altera con facilidad, que no pierde el equilibrio con facilidad.
¿Cuántos pueden decir que encajamos en esta descripción?

La doble mentalidad está relacionada con el trastorno


psicótico llamado esquizofrenia, en el que la mente y la
personalidad de un individuo se fragmentan y atormentan

41
tanto con delirios e inestabilidad que finalmente se vuelve
incapaz de funcionar en sociedad.

La esquizofrenia a veces significa personalidad o


mente divididas. Hay diferentes grados de esquizofrenia, y la
mayoría de los grados no requieren hospitalización.

Pero la esquizofrenia severa es tratada por la


psiquiatría con drogas y, como muestra la historia, incluso
con tratamiento de choque debido a alucinaciones y delirios.
Aunque la esquizofrenia y el doble ánimo no son
exactamente lo mismo, utilizo el término doble ánimo porque
la esquizofrenia generalmente se ve como una enfermedad
mental grave y la mayoría ni siquiera consideraría la idea de
que pueden ser esquizofrénicos.

La mayoría de las personas de doble ánimo se las


arreglan para funcionar en la vida y tienen algunos éxitos,
pero todavía tienen características de un espíritu de
esquizofrenia, lo que hace que sean constantemente
inestables en todas las áreas, sin tener nunca paz acerca de
quiénes son o lo que pueden lograr. Es posible que no siempre
lleguen al punto de locura que el mundo etiqueta como
esquizofrenia.

Desobediencia, duda y orgullo:

Las tres formas principales que Satanás usa para


mantenernos con doble ánimo son: desobediencia, duda y

42
orgullo. Notemos las mismas clases de conductas en las
siguientes Escrituras:

Estas fueron tres respuestas que trajeron culpa a los


hijos de Israel: “Este pueblo malo, que no quiere oír mis
palabras, (desobedientes a la palabra de Dios) que anda en
las imaginaciones de su corazón, (dudando de la provisión
de Dios) y que va en pos de dioses ajenos…” (Siguiendo y
exaltando otras cosas además de Dios) (Jeremías 13:10).

Estas son también las mismas tres cosas que Satanás


usó para tentar a Eva en el jardín del Edén: desobedecer la
palabra de Dios, dudar que Él había provisto y hacer lo que
quieran (Génesis 3:1 al 7). También son las mismas tácticas
que muestra Mateo 4 cuando Satanás tienta a Jesús en el
desierto: desobedecer la palabra de Dios, confiar en Satanás
(no en Dios) y darse totalmente a Satanás (no a Dios).

Finalmente, son las tres mismas tentaciones de las que


nos advierte el Apóstol Juan en su primera carta: “Porque
todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, (que
nos alejan de Su palabra) los deseos de los ojos, (dudar de Su
provisión) y la vanagloria de la vida, (idolatrar otras cosas
además de Dios) no proviene del Padre, sino del mundo” (1
Juan 2:16).

Duda:

Una segunda forma en que el enemigo trata de


mantenernos en doble ánimo es hacernos dudar del poder de

43
Dios para llevar a cabo Su palabra en nuestras vidas.
Podemos definir “duda” (incredulidad) simplemente como
no confiar en que Dios mantendrá Sus promesas (o que hará
lo que prometió) y buscar en nosotros mismos, otras personas
o cosas para satisfacer nuestras necesidades.

Primero, el enemigo trata de que desobedezcamos la


palabra de Dios y no llevemos todo pensamiento cautivo. Si
eso no funciona, entonces trata de hacernos dudar de la
fidelidad de Dios en llevar a cabo Su palabra en nuestras
vidas. Al enemigo le encanta carcomer nuestra confianza en
Dios. Es un maestro en esto y conoce todas nuestras
debilidades.

Nuestras necesidades básicas:

Esta duda en la honradez de Dios es una de las razones


principales por las que tantos matrimonios cristianos están
rompiéndose en este tiempo. Muchos de nosotros estamos
buscando horizontalmente (el uno al otro) para llenar todas
nuestras necesidades, en lugar de buscar verticalmente para
que Dios por sí solo provea para nosotros.

No hay forma en el mundo en que podamos llenar las


necesidades básicas de otra persona, sin importar con qué
súper hombre o mujer estemos casados. Solo Dios puede
hacer eso por nosotros. Y es solo cuando volteamos la mirada
a Él y confiamos en que suplirá todas nuestras necesidades
que seremos cristianos felices y contentos.

44
Dios nos promete en Su palabra que si “llevamos
cautivo todo pensamiento” y le damos a Él todos nuestros
temores, heridas, disgustos, ansiedades, confusiones,
inseguridades, etc. Él entonces las quitará de nosotros “tan
lejos como está el oriente del occidente”, alineará nuestros
sentimientos con nuestras decisiones y llenará todas nuestras
necesidades.

Filipenses 4:19 promete: “Mi Dios, pues, suplirá todo


lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo
Jesús”. Esta es Su promesa y Él será fiel en hacer esto en
nuestras vidas, si simplemente confiamos en Él. La duda
ahoga Su Espíritu y bloquea lo que Él quiere hacer.

Orgullo:

La última forma en que Satanás trata de mantenernos


con doble ánimo es el orgullo. El orgullo es una de las
estrategias más mortales, porque afecta a muchas otras
personas. El orgullo es simplemente entregarnos y seguir lo
que pensamos, sentimos y deseamos en lugar de entregarnos
totalmente a Dios. El orgullo es amar “agapao” a nosotros
mismos y no a Dios. Es el “Yo” antes que Dios.

William Law en su libro “El poder del Espíritu” dice:


“Los hombres están muertos a Dios porque viven para sí
mismos. Amor a sí mismos, autoestima, búsqueda de sí
mismos, son la esencia principal y la vida del orgullo; y el
diablo, padre del orgullo, nunca está ausente de esas
pasiones, y tampoco pierde su influencia en ellas. Sin la

45
muerte de mi ser, no hay escape del poder de Satanás en
nosotros”. No es de extrañar que tengamos tantos problemas
grandes en el cuerpo de Cristo en estos tiempos.

La esencia del orgullo es la aseveración “Yo voy a”.


Recordemos a Lucifer en el Antiguo Testamento, que tenía
un gran problema con el “Yo voy a”. Leamos Isaías 14:13 y
14 y escuchemos los cinco “Yo voy a” de Satanás.

“Te decías a ti mismo: “(Yo) voy a subir hasta el cielo, allí


(Yo) pondré mi trono por encima de las estrellas de Dios.
(Yo) reinaré desde la montaña donde viven los dioses. (Yo)
subiré más allá de las nubes, y (Yo) seré como el Dios
altísimo”.
Isaías 14:13 y 14 BLS

Algunos de nuestros pensamientos personales de


orgullo pueden ser: “No merezco esto”, “Estoy cansado de
ser lastimado por esta persona”, “¿Por qué debería amarlo?”,
“Ya no me importa”, “Puedo hacerlo por mí mismo”, “Tengo
derecho a pensar por mí mismo”, “Tengo derecho de vivir mi
propia vida”, “No necesito la ayuda de Dios”, etc.

Lo que estamos diciendo en esencia es que “mi” propia


felicidad (yo mismo) es más importante que lo que Dios
quiere. Aun si no nos damos cuenta, lo que estamos haciendo
es ponernos sobre Dios diciendo “Yo soy el que cuenta y
nadie más” (Isaías 14:14). Ahora bien, como cristianos, no
deberíamos nunca ponernos conscientemente antes que Dios.
Pero, lo queramos o no, cada vez que decidimos seguir

46
nuestros propios pensamientos y nuestros propios caminos,
en lugar de lo que Dios nos dice, estamos cometiendo el
pecado de orgullo, y Satanás se regocija.

El orgullo no es solamente desobedecer a la palabra de


Dios y dudar de Su poder para cumplirla, sino no tener la
voluntad para seguir a Dios. El orgullo es estar tan
endurecido por nuestra propia forma de pensar que
rechazamos ser corregidos o cambiados.

Humildad:

El orgullo entonces, es simplemente lo opuesto a la


humildad. Humildad es poner a Dios y lo que Él quiere sobre
lo que nosotros queremos, sin importar cómo nos sentimos,
lo que pensamos o cuáles sean nuestras circunstancias. La
esencia de la humildad es “Tu voluntad” en lugar del “Yo voy
a…” del orgullo.

Una de las razones por las que Dios odia tanto el


orgullo es porque automáticamente ahoga la vida de Dios y
no se muestra en nuestras almas. Ciertamente nos hace vivir
una mentira: nuestras palabras y hechos no son iguales. El
resultado final es que el evangelio no es transmitido. Y, por
supuesto, eso es justamente lo que Satanás quiere.

Entonces, de nuevo, estamos en una batalla de la


mente. Quien controle nuestros pensamientos, controlará
nuestras vidas. Cuando no entendemos cómo renovar
nuestras mentes o ponernos la mente de Cristo, tenemos

47
doble ánimo, nos conformamos con el mundo y corremos el
riesgo de fracasar estrepitosamente.

Sin embargo, si podemos aprender a quitarnos la


basura y ponernos a Cristo (aun cuando no sentimos o
pensamos que va a funcionar), entonces tenemos una
oportunidad de ser de una sola mente, transformados a la
imagen de Cristo y podremos estar firmes contra el enemigo
de nuestras almas.

Por lo tanto, de nuevo, nuestros esfuerzos para cambiar


no deben estar enfocados en nuestras acciones incorrectas,
sino en nuestros pensamientos incorrectos. Tener una sola
mente es la única cosa que nos libera de las mentiras de
Satanás. Solo cuando “llevamos cautivo todo pensamiento”
constantemente, quitando los desperdicios y poniéndonos la
mente de Cristo, vamos a poder ganar la batalla contra el
enemigo de nuestras almas y podremos caminar en una vida
cristiana victoriosa.

“Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que
tienen el poder divino para derribar fortalezas. Destruimos
argumentos y toda altivez que se levanta contra el
conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo
pensamiento para que se someta a Cristo”.
2 Corintios 10:4 y 5

48
Capítulo cuatro

LA OBRA DEL
CALVARIO Parte 2
Rodolfo Arnedo

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de


Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo,
santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No
os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de
la renovación de vuestro entendimiento, para que
comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable
y perfecta.”
Romanos 12:1- 2

Esta es la fórmula del éxito en la vida cristiana:

La sangre de Jesucristo que causó afrenta en su cabeza


es la misma sangre que nos libra del doble ánimo. Es el poder
de esa sangre el que se hace efectivo cuando lo creemos y lo
vivimos. Nos revestimos de la sangre de Cristo que en todo
momento nos da la victoria.

Desobediencia:

49
La primera forma en que Satanás pretende engañarnos
es tratar de hacernos desobedientes. La palabra de Dios dice
que debemos: “Llevar cautivo todo pensamiento a la
obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda
desobediencia...”

En otras palabras, debemos quitarnos constantemente


nuestros vanos pensamientos y funcionar en el poder de la
mente de Cristo (2 Corintios 10:5 y 6). El enemigo está
determinado a mantenernos consumidos y dependientes de
nuestros propios pensamientos, heridas, temores, dudas,
culpas, pasiones, recuerdos, preocupaciones, juicios,
autocompasión, amargura, falta de perdón, murmuraciones,
etc. Si él puede hacer esto, entonces solo iremos con la
“marea de emoción” y terminaremos confundidos,
desanimados y endurecidos de forma que no haremos nada
de lo que dice la palabra de Dios.

Satanás pretende afectar nuestros sentidos, o susurrar


a nuestros oídos constantemente: “Haz lo que sientas hacer.
Haz lo que creas que es lo mejor. No escuches a Dios. A Él
no le importas. Él no te ama…” La misma trampa que en el
Edén: “De cierto no moriréis…” (Génesis 3:4). Satanás
quiere que veamos todo lo que nos pasa desde nuestro punto
de vista emocional y horizontal, no desde el punto de vista de
Dios.

Pero así como estaba profetizado que Jesús moriría


crucificado y no a latigazos, por eso solo le golpearon treinta
y nueve veces. En ese momento se cumplió la profecía de

50
Isaías que había declarado seiscientos años antes, cuando
dijo:

“Sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por


azotado, por herido de Dios y abatido”.
Isaías 53:4

Las heridas en la espalda representan el sentimiento de


desprecio, indignidad e inutilidad. O sea, representan la falta
de valor de la persona. Las personas heridas en sus espaldas
se sienten apocadas, inútiles, indignas y sin valor. Por haber
sido golpeadas, pierden el respeto y valor a sí mismas.

Se ha comprobado que existen treinta y nueve


enfermedades llamadas “básicas” y que de ellas se derivan
todas las otras enfermedades que existen, acompañadas por
virus y bacterias. Cuando los romanos castigaban a los
prisioneros con latigazos, estos desgarraban la piel, músculos
y tejidos; en cada látigo que le dieron a Jesús se estaba
rompiendo la maldición de la enfermedad que había venido
como consecuencia del pecado. En cada azote se estaba
proporcionando la sanidad para cada enfermedad. No era un
látigo normal; tenía metal y huesos puntiagudos. Cada una de
las enfermedades fue vencida por la sangre que salía de las
llagas de su espalda. El autor a los hebreos escribió:

“Jesucristo es el mismo ayer,


Hoy y por los siglos de los siglos”.
Hebreos 13:8

51
Negar que Jesús sana hoy en día, es invalidar lo que Él
hizo en la cruz, cuando tomó nuestro lugar y sufrió los azotes.
Negarlo es decir que el pacto de Jesús con el Padre no fue
verdadero. Él hizo un pacto de Sangre, que no solo incluye
redención del alma, sino de la enfermedad y de la voluntad
perdida.

La redención no solo tiene que ver con ser perdonado,


sino con ser sanado, ser restaurado. La salvación es la sanidad
en todo sentido, de las emociones, los traumas, las heridas
emocionales y físicas; es sanidad integral o plena. Jesús se
entregó voluntariamente para que el látigo pudiera flagelar su
espalda, y como consecuencia de ello, nosotros recibiéramos
sanidad física.

Una de las peores oraciones que puede salir de la boca


de un cristiano es: “sáname Señor, si es Tu voluntad”.
Debemos estar seguros de que es Su voluntad sanarnos,
entonces podemos pedir con fe. El látigo de Roma flageló la
espalda de Jesús treinta y nueve veces, y esa Sangre
derramada te da la sanidad que nuestro cuerpo necesita
cuando creemos en Él.

“Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por


nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y
por su llaga fuimos nosotros curados”.
Isaías 53:5

La palabra “llaga” significa el golpe que desgarra. Es


decir, cuando oramos “por sus llagas hemos sido curados”,

52
estamos diciendo que por el golpe que desgarró la espalda
flagelada de Jesús, tú has sido sano. El látigo con el que
azotaron a Jesús estaba formado por varias tiras de cuero
sueltas o trenzadas, de diferente largo, que tenían atadas a
intervalos bolitas de hierro o pedazos afilados de hueso de
oveja, con un pedazo de plomo en la punta.

Cuando el soldado romano azotaba vigorosamente la


espalda de Jesús, las bolas de hierro causaban contusiones
profundas y las tiras de cuero con huesos de oveja cortaban
la piel. La sangre salía de la espalda de nuestro Salvador. Es
muy probable que el mismo soldado romano que lo estaba
lacerando fue salpicado con esa Sangre y haya sido sanado,
pues en esa Sangre había poder.

Toda enfermedad viene de Satanás. Dios no creó a un


Adán imperfecto; el pecado y la desobediencia generaron en
el hombre todo tipo de enfermedades terribles, psicológicas,
mentales, emocionales, sentimentales y físicas. Si estamos
pasando por una prueba de dolor y enfermedad, debemos
pelear la buena batalla de la fe, debemos apropiarnos del
derecho legal que nos corresponde, y orar para que por la
Sangre de Cristo derramada en su espalda flagelada, seamos
sanados.

Él llevó nuestro dolor, nuestro azote, nuestra


enfermedad, nuestras heridas, y no tenemos por qué seguir
cargándolas. Esto es una cuestión de fe. No nos enojemos con
Dios por lo que nos esté sucediendo; creamos en las promesas
de Dios y peleemos por nuestra bendición.

53
Las manos traspasadas:

Así como para algunos las manos simbolizan calor,


seguridad, protección, autoridad y amor, para otros que
fueron maltratados, esas heridas simbolizan inseguridad,
vulnerabilidad y desprotección. Normalmente, esas son
personas que han sufrido en las manos de sus padres o algún
familiar; simplemente fueron los que recibieron violencia
familiar, ya sea física, psicológica o verbal.

Hay personas que no pueden cumplir sus labores


habituales porque vienen de hogares con maltrato, donde
eran castigados de alguna forma cuando no cumplían con los
deberes cotidianos; luego se sienten amenazados,
intimidados o asustados frente a un jefe que los trató mal o
los ofendió.

¿Cuántos se sienten intimidados o amenazados porque


no saben lo que es sentir el calor, la protección, el amor y la
seguridad de un hogar sano? ¿Cuántos se sienten vulnerables
e inseguros porque vivieron en hogares disfuncionales?
¿Cuántos temen la cercanía de otras personas porque fueron
abusados en sus mismos hogares?

Debemos hacer énfasis en que la palabra redención


quiere decir rescatar, comprar, recuperar y devolver las cosas
a su estado original con las que Dios las creó. El Señor no
creó al hombre para que sea esclavo de Satanás ni del pecado,
sino para que la humanidad fuera gente con destino y
propósito suyo sobre la tierra.

54
Jesús derramó su sangre para que nosotros
recuperáramos el dominio perdido y fuéramos más que
vencedores. Los clavos incrustados en las manos estaban
logrando que nos fuera devuelto el dominio, el poder y la
autoridad. Muchos hermanos andan huyendo del enemigo y
tratando de esconderse de él; los cristianos no debemos
operar con temor, no debemos estar a la defensiva ni
quedarnos pasivamente ante la hostilidad espiritual.

Las manos de Jesús no fueron traspasadas por


casualidad, ¡No! Esas manos fueron traspasadas por el
pecado del hombre. No importa cuánta maldad u oposición
encontremos, nosotros tenemos la autoridad y dominio en el
Nombre de Jesús, para hacerle ofensiva y destruir aquello que
el diablo quiere hacer para mal.

“Tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa


mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán
sus manos, y sanarán”.
Marcos 16:18

Es tiempo de imponer manos sobre nuestros hijos y


romper toda la iniquidad de nuestra familia en el poderoso
Nombre de Jesús. Ponga sus manos sobre la almohada de su
hijo y declare que aunque él esté lejos o esté rebelde, va a
servir a Dios. Asimismo, levante sus manos hacia la escuela
de su hijo y declare que nada malo que ahí se enseñe podrá
venir sobre su generación.

55
Recordemos que nos ha sido devuelto el dominio
espiritual por medio de la sangre derramada en las manos del
Señor. Lo que Dios nos dice a través de Su Palabra es que
hemos sido redimidos por la sangre de Jesús. Eso quiere decir
que hemos sido rescatados y hemos vuelto al estado original.
Necesitamos imponer las manos, imponerlas sobre todas las
cosas, reclamar las bendiciones de Dios con autoridad y
poder, en el Nombre de Jesús, y por la sangre de Jesús.
Declarando que Sus manos derramaron vida y son de
bendición.

Las heridas de los pies:

Estas heridas representan el temor que tiene


paralizadas a muchas personas. Ese temor busca
permanentemente deseos de escapar, de escondernos, de
irnos de ciertas personas y lugares, lo que al mismo tiempo
produce una sensación de angustia y soledad. Adán hizo
exactamente eso:

“Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo


porque estaba desnudo y me escondí”.
Génesis 3:10

El temor destruye todo tipo de crecimiento y conquista,


destruye todo avance y prosperidad. La persona herida en sus
pies no puede progresar, no puede alcanzar propósito alguno,
no puede crecer, porque no puede caminar hacia adelante,
simplemente está herida.

56
Las personas heridas en los pies están amedrentadas, o
sea, controladas, manipuladas y dominadas por este espíritu
de temor. Las personas heridas en los pies son personas que
se sienten solas. Atravesar las vicisitudes de la vida solo es
muy traumático. Todos necesitamos estar acompañados, pero
las personas heridas sienten temor de que otros los dañen y
no se permiten avanzar acompañados.

¿Dónde existe la primera proclamación del evangelio


del Reino? Bueno, diría que en el mismo Génesis. En el
momento en que el Señor estableció juicio en el Edén y
describió las consecuencias del pecado, también dio una
palabra profética para redimir a la humanidad. En Génesis
3:15 dice que Dios pondrá enemistad entre Satanás y la
mujer, y entre la simiente de él y la simiente de ella. El Señor
dijo:

“Ésta te herirá en la cabeza,


Y tú le herirás en el calcañar...”
Génesis 3:15

Aquí se puede ver una profecía doble; Dios está


maldiciendo a la serpiente natural (animal) y también le habla
a la serpiente espiritual (Satanás) que luego se convertirá en
el gran dragón.

Cuando Dios dice: “Y pondré enemistad entre ambas


simientes”, es porque el Señor maldijo a la serpiente
espiritual (Satanás) declarándole que sería aplastada por el
poder de Dios. En medio del juicio de Dios, Él trae un

57
resplandor de esperanza; la descendencia de la mujer
(Jesucristo), un día derrotaría a la serpiente.

Antes de que Adán fuera expulsado del Edén, ya le


estaba dando una promesa de liberación. Satanás solo podría
herir el talón de Jesús, hacerle sufrir y causarle padecimiento
y dolor, mientras que Cristo – dice la Palabra Profética –
heriría la cabeza de Satanás, es decir, la destruiría con un
golpe fatal y aplastante. Jesús sufrió el efecto de aquella
herida hecha en el calcañar; Pablo, por ejemplo, les dice a los
creyentes de Roma:

“Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo


vuestros pies”.
Romanos 16:20

El Señor, al destruir la serpiente, a su vez indicaba que


destruiría las maldiciones heredadas por ella: muerte,
enfermedad, escasez, miseria. Aunque la simiente de la mujer
estaría lastimada y herida en el calcañar, dejó la promesa de
que la cabeza de la serpiente sería aplastada.

La palabra “herir”, “cuhf” significa en hebreo


“aplastar, el que está al acecho de alguien”. Aplastar la
cabeza es mucho más grave que lastimar el talón, porque si
la cabeza está aplastada, el cuerpo no puede funcionar.

La batalla no comenzó en el cielo sino en el Edén. De


ahí siguió a la tierra, donde Jesús derrotó a Satanás, y al final
derrotará al maligno en el fin del gobierno del anticristo.

58
La palabra “pisar” en hebreo es “darash” y significa
“caminar, marchar, pisotear”. La palabra “pisaréis” aparece
60 veces en el AT y significa “una manera intensa de saber en
dónde estamos caminando”.

La sangre derramada por sus pies también nos redimió


de nuestra falta de dominio, seguridad y autoridad; porque
cuando Adán cayó en pecado, no solo perdió el dominio de
sus manos, sino que fue expulsado del huerto del Edén, donde
estaba su estabilidad, prosperidad y seguridad.

El hombre fue creado para ser la cabeza y corona de la


creación. Los pies de Jesús y sus heridas nos devolvieron ese
dominio que perdió el primer hombre.

El Señor le entregó este dominio a Adán y él lo perdió.


Se lo dio a Israel y lo perdió; ahora se lo da a la Iglesia de
Cristo. Gracias a la sangre derramada desde los pies de
Cristo, estamos recibiendo el dominio que se nos había
perdido. Si tenemos una actitud de agradecimiento hacia la
sangre derramada de Jesús, estaremos reconociendo lo que
sus pies hicieron por nosotros y por eso nunca más debemos
dejarnos pisotear por Satanás.

Los heridos en el corazón:

Jesús murió con el corazón quebrantado por el peso de


la agonía, la carga, el dolor y la desesperación del pecado.
Hay un fenómeno físico que sucede en el cuerpo, cuando una
persona muere, le estalla el corazón y le sale agua y sangre.

59
Se cree que la lanza atravesó no solo el costado sino también
su corazón.

Cuando los soldados romanos necesitaban asegurarse


de que la persona crucificada estaba muerta, clavaban una
lanza en el costado, en el quinto espacio entre las costillas,
directamente al corazón. La palabra nos dice que Jesús ya
había perecido cuando su costado fue traspasado. La herida
en el costado era el golpe de gracia, la forma final de
asegurarse de que el reo había muerto.

Cuando Jesús, luego de haber resucitado, se apareció a


sus discípulos asustados y escondidos. O al día siguiente
cuando los encontró pescando, imaginemos qué situación tan
vergonzante que habrán sufrido aquellos hombres, que ante
los procesos de su líder, no tuvieron resiliencia, no se
adaptaron a la adversidad que estaban viviendo y se llenaron
de desesperanza, no superaron su estado adverso y escaparon
volviendo a sus antiguas tareas de pesca.

Así son las personas que están heridas en el corazón,


ante cualquier crisis o estado adverso retroceden, se
marginan y pierden las esperanzas. Se rinden y se dan por
vencidas. Se auto convencen de que ya no hay posibilidades
u oportunidades y se rinden ante tal situación.

Los discípulos vivieron esto, aquellos valerosos


hombres que habían dejado todo por seguirle, a causa del
dolor y la angustia, se llenaron de desesperanza y volvieron
a la pesca. Cuando perdemos las esperanzas, nos hacemos la

60
idea y nos auto convencemos de que ya no hay más
posibilidades. “Nada va a cambiar, ya no lo intento más”, “Ya
nada será igual”. ¿Les suena familiar?

Es precisamente la esperanza en un futuro diferente la


que traerá cambios positivos a nuestras vidas. Las situaciones
que hoy parecen imposibles de resolver, mañana serán solo
un recuerdo de superación. Las personas heridas no pueden
ver o creer en un futuro diferente, han perdido toda
motivación y visión para creer que un día alcanzarán
bendiciones.

Los discípulos escaparon a sus rutinas anteriores por


miedo a que los líderes religiosos judíos los persiguieran y
mataran también a ellos. El plan parecía no haber funcionado,
y aunque Jesús se los había dicho varias veces, ni siquiera
habían creído que realmente resucitaría...

“Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos


sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y
dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo
habían visto resucitado”.
Marcos 16:14

Estaban heridos en el corazón, se sentían totalmente


derrotados, sin deseos de volver a sus respectivos llamados,
y aceptando su desencanto. ¿Cómo vamos a enfrentar nuestra
vida sin proyectarnos a un objetivo y sin esperanza para
lograrlo?

61
Jesús no solo vino para dar buenas nuevas a los pobres
y a pregonar libertad a los cautivos, sino también para sanar
a los quebrantados de corazón. Realmente, Jesús fue ungido
con el poder de Dios, no solo para sanar la enfermedad y
romper las cadenas de opresión que Satanás había colocado
sobre el género humano, sino que también para quitar las
cargas y los yugos de opresión, sanando a los quebrantados
de corazón.

El Señor quiere que su pueblo viva en una actitud de


gozo continuo y no en la angustia, ni en el agotamiento y el
vacío que produce la vida de pecado. Las tinieblas que
gobiernan el sistema, han hecho el perverso trabajo de
impedir que la gente pueda ver la verdad. Nosotros podemos
considerarnos privilegiados, al ser alcanzados por la gracia
soberana del Señor. Debemos valorar eso y disfrutar todos los
beneficios del Reino.

Cuando el costado de Jesús fue abierto y su corazón


traspasado por la lanza romana, se cumplió una de las
profecías que hasta el momento no se había cumplido: “que
Él había venido a sanar a los quebrantados de corazón”. Por
su costado abierto se desató la bendición, para que no hubiese
personas tristes, resentidas, desesperanzadas y abatidas, sino
que pudieran recibir el gozo y la alegría del Señor.

“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir;


yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan
en abundancia”.
Juan 10:10

62
Lo que Satanás más desea robar, es el gozo y la
esperanza de la gente; de hecho, después de todo lo que el
Señor ha hecho por la humanidad y por nosotros los
creyentes, si no tenemos el gozo que produce la esperanza,
no podemos disfrutar de las bendiciones de Dios. Si no hay
gozo y esperanza, no se tiene nada. Jesús vino a sanar a los
quebrantados de corazón, a restaurarnos el gozo y la
esperanza, y a renovar nuestras fuerzas.

Veamos Algunos detalles de los Beneficios:

1. Elegidos para ser rociados (1Pedro 1:2)


2. Remisión de pecados (Mateo 26:28)
3. Nos da vida (Juan 6:53)
4. Permanencia en el hijo (Juan 6:56)
5. Fuimos comprados por su sangre. (Hechos 20:28)
6. Recibimos justificación (Romanos 5:9)
7. Tenemos comunión (1 Corintios 10:16)
8. Entrada al lugar Santísimo (Hebreos 10:19)
9. Nos santifica (Hebreos 10:29)
10. Limpia la conciencia (Hebreos 9:13)
11. Limpia de todo pecado (1 Juan.1:7)
12. Trae paz (Colosenses 1:20)
13. Hace pastor a Cristo/Nos hace aptos (Hebreos 13:20)
14. Abre el nuevo pacto (Lucas 22:20)
15. Trae propiciación (Romanos 3:25)
16. Trae redención (Efesios 1:7)
17. Nos acerca a Dios (Efesios 2:13)
18. Quita el pecado (Hebreos 10:4)
19. Pide misericordia (Hebreos 10:24)

63
20. Rescata de la vana manera de vivir (1Pedro 1:18-19)
21. Lava de pecado (Apocalipsis 1:5)
22. Emblanquece (Apocalipsis 7:14)
23. Vencemos por la sangre (Apocalipsis 12:11)
24. Obtenemos salvación (Éxodo 12:7)
25. Expiación (Ezequiel 45:19)
26. Resurrección (Juan 6:54)
27. Tiene precio (Mateo 27:6)
28. Es verdadera bebida (Juan 6:5)

64
Capítulo cinco

LA ENSEÑANZA APOSTÓLICA
SOBRE LA SANGRE
Osvaldo Rebolleda

“De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie


conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos
según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si
alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
2 Corintios 5:16 y 17

Después de su redención y ascensión, dejo de importar


si nuestro Señor había sido conocido por sus apóstoles
“según la carne”; de hecho, ningún cristiano debería ser
conocido o juzgado de esa manera. Es natural que nuestro
entorno no cristiano nos vea físicamente tal como éramos y
tal vez, sientan incredulidad respecto de ciertos cambios de
conductas y valores que mostramos, pero debemos tener
claro que estos no son meras modificaciones de una vieja
naturaleza, sino el surgimiento y desarrollo de una nueva
naturaleza recibida en Cristo.

65
Para la Iglesia que surgió después del Pentecostés, todo
aquello que había sido simbólico e histórico para los judíos,
había quedado atrás. Las profundas verdades espirituales,
antes expresadas mediante símbolos y figuras, comenzaron a
revelarse claramente a través del Nuevo Pacto, inaugurado
cuando Jesucristo proclamó: “Consumado es”.

El Nuevo Pacto es, en esencia, el Pacto Eterno, pues el


Cordero fue inmolado desde antes de la fundación del mundo
(Apocalipsis 13:8). Sin embargo, este Pacto fue revelado a
la humanidad a partir del Calvario. Este glorioso acuerdo nos
otorga en Cristo, el perdón definitivo de los pecados y la
purificación a través de su sacrificio, y mediante su propia
sangre, a todos los que somos alcanzados por Su gracia
soberana.

El elemento central del Nuevo Pacto es la sangre de


Jesucristo. Como vimos en el Antiguo Testamento, se
requerían sacrificios de sangre para la limpieza y la expiación
cuando se transgredía la Ley. Pero bajo el Nuevo Pacto,
Jesucristo ofreció su propio cuerpo en la cruz como un
sacrificio único y perfecto, capaz de purificar de una vez por
todas a quienes recibimos la gracia de la Fe (Hebreos 10:10,
14).

Este cambio profundo llevó a los apóstoles, que eran


judíos, a replantearse lo que les estaba ocurriendo tras la
resurrección de Jesús, e interpretar correctamente las
Escrituras que conocían. Recordemos que, después de la
crucifixión, todos ellos huyeron atemorizados. Fue entonces

66
cuando el Señor se les apareció, mostrando sus heridas y
soplando sobre ellos el Espíritu por primera vez (Juan
20:22).

Después de esto, Jesús volvió a manifestarse a sus


discípulos junto al mar de Tiberias, donde los encontró
pescando nuevamente. Allí trató con Pedro, restaurándolo de
la vergüenza y la culpa por haberlo negado públicamente.
Luego los comisionó para la predicación del evangelio a
todas las naciones.

No obstante, les pidió que no salieran de Jerusalén


hasta recibir el poder que les concedería el Espíritu Santo,
para ser testigos eficaces en toda Judea, Samaria y hasta lo
último de la tierra (Hechos 1:8). Comprender el significado
de la frase “recibirán poder” requiere reflexionar sobre la
pregunta que los discípulos hicieron en Hechos [Link] “Señor,
¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?”.

El reino que ellos esperaban seguía siendo uno de


naturaleza política y militar. Durante esa época, el poderío
físico del imperio romano había dominado al pueblo judío
durante décadas. Israel ya había sido ocupado antes, y la
última vez un grupo de rebeldes logró expulsar a los
invasores por la fuerza. Los discípulos, al igual que muchos
de sus contemporáneos, esperaban que Jesús realizara algo
igualmente heroico: un acto que demostrara la grandeza de
Israel ante el mundo.

67
Esa era la expectativa que muchos seguidores de Jesús
tenían antes de la crucifixión. Lo veían como un posible
Mesías, un nuevo rey con la grandeza de David. Lo
recibieron en Jerusalén con júbilo, pero al no ver que liderara
una revolución armada, muchos lo abandonaron o incluso
apoyaron su muerte.

Por esto, la crucifixión fue un golpe devastador para


ellos, generando desilusión y una profunda confusión.
Ninguno interpretó inmediatamente la cruz como un acto
espiritual de expiación y salvación. Incluso después de la
resurrección, algunos seguían esperando un gobierno terrenal
y no la expansión de un Reino espiritual.

Sin embargo, la visión de poder que tenía Jesús era


completamente distinta. Ellos recibirían poder, pero no para
ejercer dominio político ni para emprender conflictos
militares. El poder prometido era el del Espíritu Santo, que
transformaría sus vidas en verdaderas moradas de Dios. Este
poder sería extraordinario y fundamental para la expansión
del evangelio. Pero, como observamos, los discípulos todavía
no comprendían plenamente la dinámica del mensaje del
evangelio, ni la magnitud de su misión.

“En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas


las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el
día en que fue recibido arriba, después de haber dado
mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que
había escogido; a quienes también, después de haber
padecido, se presentó vivo con muchas pruebas

68
indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y
hablándoles acerca del Reino de Dios”.
Hechos 1:1 al 3

Algunos teólogos enseñan que el pacto mosaico fue


defectuoso debido a la incapacidad de las personas para
cumplir con su parte del trato. Sin embargo, creo firmemente
que el pacto, según Dios, era muy bueno; los imperfectos
eran los hombres. La incapacidad de salvar no residía en el
pacto, sino en la debilidad humana. De hecho, la perfecta
santidad de Jesús le permitió cumplir el pacto, y así no pudo
ser retenido por la muerte.

El pacto establecido en la Ley de Dios no fue un error,


sino una herramienta que expuso la perversión humana y
permitió la exaltación de Jesucristo. Por el amoroso diseño
de Dios, las promesas hechas al patriarca Abraham volvieron
a resurgir, reemplazando las demandas del pacto mosaico.
Dios eliminó el antiguo pacto y estableció el Nuevo Pacto en
la sangre de Cristo (Hebreos 8:8 al 13).

Bajo los términos del Nuevo Pacto, Dios ejecutó


justicia en la persona de Jesucristo para extender su
misericordia sobre toda la humanidad. También prometió
poner su Ley en la mente de quienes habrían de creer y
escribirla en sus corazones (Jeremías 31:33). Esta profecía
se refería a la venida del Espíritu Santo, quien moraría en
todos los que, hasta el día de hoy, somos alcanzados por la
gracia soberana, enseñándonos y ayudándonos a seguir los
mandamientos del Señor (Juan 14:26; Romanos 8:9 al 11).

69
Aunque después de Pentecostés hubo una gran
expansión de la fe entre judíos y gentiles, no existía aún una
clara comprensión del diseño del Nuevo Pacto. Los apóstoles
predicaban a Jesucristo como Señor y Salvador, y
comenzaban a recordar sus enseñanzas, tanto las impartidas
en los días de su carne como las posteriores a su resurrección.
Asociaban estas enseñanzas con las Escrituras y poco a poco
iban comprendiendo los verdaderos alcances del Nuevo
Pacto.

La falta de entendimiento inicial sobre el rol de la


sangre de Jesús no impidió su aplicación ni la expansión de
la vida de la Iglesia. Los gentiles, al desconocer las Escrituras
judías, no eran responsables de esta falta de claridad. Sin
embargo, los apóstoles tuvieron un papel crucial en la
correcta interpretación del mensaje del Nuevo Pacto.

La sangre de Cristo ocupa un lugar central y


prominente en el Nuevo Pacto, siendo determinante para
impartir vida y luz a cada cristiano. Los apóstoles fueron
entendiendo esta verdad, aunque no sin dificultades.
Recordemos el caso de Pedro, quien, influenciado por las
presiones de los judíos, enseñaba a los creyentes gentiles a
observar la Ley, fomentando la judaización.

Por supuesto, no debemos subestimar las dificultades


de aquella época para interpretar el Nuevo Pacto. Incluso
después de dos mil años, persisten desafíos interpretativos
dentro del liderazgo de la Iglesia. Fue en este contexto que la

70
llegada de un nuevo apóstol llamado Pablo, resultó
fundamental para la comprensión espiritual del Pacto Eterno.

Pablo recibió el evangelio por revelación y, con una


profunda comprensión teológica, logró interpretar los
misterios del Nuevo Pacto. Escribió algunas de las epístolas
más esclarecedoras del Nuevo Testamento, incluyendo la
carta a los Romanos. Tras una breve introducción, Pablo
declara que todos los seres humanos, sin importar su origen
o nacionalidad, son pecadores y, por tanto, no pueden tener
comunión con Dios (Romanos 1:18 a 3:20).

Más adelante, Pablo explica de qué manera Dios, en


Su justicia, trató con el pecado, haciendo posible la
reconciliación con los hombres por medio de la sangre de
Jesús: “A quien Dios expuso públicamente como
propiciación por su sangre, mediante la fe, para manifestar
su justicia. Porque en su paciencia, Dios había pasado por
alto los pecados cometidos anteriormente” (Romanos 3:25).

Pablo enfatizó que la fe en la obra de Jesús en la cruz,


es fundamental para nuestra justificación y salvación: “Con
mucha más razón, ahora que hemos sido justificados por
su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él”
(Romanos 5:9). Con estas palabras, Pablo buscaba dejar claro
que la justicia de Jesús nos proporciona seguridad, para que
nadie dependa de su propia justicia.

En su epístola a los Efesios, Pablo profundiza en las


riquezas del evangelio. Es en esta carta donde escribe: “En

71
él tenemos redención por su sangre, el perdón de los
pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7).

En la misma carta, Pablo se dirige a los miembros


gentiles de la Iglesia (Efesios 2:11), posiblemente conversos
recientes sin gran conocimiento de las Escrituras, que podían
ser influenciados por los judaizantes. Escribió esta epístola
para fortalecer su espiritualidad y testimonio, promoviendo
la unidad entre judíos y gentiles. Les recordó: “Pero ahora,
en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos,
habéis sido acercados por la sangre de Cristo” (Efesios
2:13).

Esa unidad no sería posible a través de la Ley, sino por


medio de la gracia reconciliadora de Jesucristo. Por ello,
Pablo volvió a destacar el poder redentor de la sangre en su
carta a los colosenses escribiendo: “Él nos ha librado del
dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su
amado Hijo, en quien tenemos redención, el perdón de los
pecados” (Colosenses 1:13-14).

Este traslado de gobierno fue efectuado por la sangre


de Jesucristo, que asegura el perdón de los pecados para
todos. Tanto los gentiles como los judíos podían descansar
confiados en la obra integral de Cristo y en la paz garantizada
por Su sangre preciosa:

“Porque agradó al Padre que en Él habitara toda la


plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas
consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de

72
su cruz, por medio de Él, repito, ya sean las que están en
la tierra o las que están en los cielos”
Colosenses 1:19 y 20 RVR95

También encontramos en las epístolas de Juan, claras


referencias a la encarnación de Cristo (1 Juan 5:6), y al poder
redentor de su sangre, derramada por nuestros pecados. Juan
resalta la gracia constante que fluye de ella: “Pero si
andamos en luz, como Él está en luz, tenemos comunión
unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia
de todo pecado” (1 Juan 1:7).

Pedro, quien en sus inicios mostró una tendencia hacia


el judaísmo, llegó a comprender con profundidad los
fundamentos del Nuevo Pacto basado en la sangre de Cristo.
En su primera epístola, menciona con vehemencia el
incomparable poder de esa sangre, destacando la inutilidad
de los esfuerzos humanos para alcanzar la redención:

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera


de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas
corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa
de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin
contaminación.”
1 Pedro 1:18 y 19

Sin embargo, la mayor revelación acerca de la sangre


de Cristo probablemente la encontramos en la epístola a los
Hebreos. Aunque no se menciona explícitamente al autor,
existen indicios de que podría haber sido Pablo. Aun así,

73
respetamos el anonimato intencional del autor, quien escribió
esta carta para los hebreos expatriados, conocedores de las
Escrituras y de la dinámica sacerdotal del Antiguo Pacto.

Uno de los propósitos principales de esta carta fue


mostrar que el servicio del templo había quedado obsoleto,
ya que Dios había introducido la verdadera esencia de
aquello que los ritos antiguos prefiguraban: “Cristo mismo”
(Hebreos 7:22 al 25; 10:11 al 14).

En este escrito, el Espíritu Santo subraya la


espiritualidad del propósito de Dios y exalta la sangre de
Cristo, que otorga un valor eterno a todo lo que de ella se
recibe. Sobre la obra perfecta de Jesucristo y los beneficios
que nos proporciona, el autor escribe:

“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los


bienes venideros, por el más amplio y más perfecto
tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta
creación, y no por sangre de machos cabríos ni de
becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para
siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna
redención.
Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y
las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos,
santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la
sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se
ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras
conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios
vivo?

74
Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto…”
Hebreos 9:11 al 15

Estas palabras revelan la clara enseñanza del Espíritu


Santo, respecto al poder central de la sangre de Cristo en
nuestra redención. La expresión del Antiguo Pacto “No sin
sangre” sigue siendo tan válida y vigente como entonces,
mostrando la gracia divina y el poder transformador de la
sangre de Jesucristo.

Nada, salvo la sangre de Jesús derramada en Su


sacrificio por el pecado, puede cubrir nuestra culpa ante Dios,
y eliminarla de nuestra conciencia. Depositar nuestra fe y
confianza total en el poder de la sangre de Cristo, es lo que
nos habilita para saber que hemos sido completamente
perdonados, rescatados y redimidos.

“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre


a los santificados”
Hebreos 10:14

75
Capítulo seis

REDIMIDOS
POR LA SANGRE
Osvaldo Rebolleda

“Porque Dios los libró de ese modo de vida, que es poco


provechoso, y que ustedes aprendieron de sus
antepasados. Y bien saben ustedes que, para liberarlos,
Dios no pagó con oro y plata, que son cosas que no duran;
al contrario, pagó con la sangre preciosa de Cristo.
Cuando Cristo murió en la cruz, fue ofrecido como
sacrificio, como un cordero sin ningún defecto”.
1 Pedro 1:18 y 19 BLS

El derramamiento de la sangre de Jesús fue la


culminación de sus sufrimientos y la máxima expresión de su
sacrificio redentor. La eficacia expiatoria de esa entrega
radica en la perfección de Su sangre. Por lo tanto, no debemos
quedarnos satisfechos únicamente con la verdad de que
hemos sido redimidos o comprados para Dios Padre; más
bien, debemos anhelar un entendimiento más profundo de lo
que esto realmente significa.

76
Los efectos de la obra comenzada en el Calvario y
consumada en el Trono celestial son innumerables. Como
hemos visto, la reconciliación con Dios fue alcanzada a
través de la sangre; nuestra justificación es posible a través
de la sangre; la santificación es un fruto de la sangre; nuestra
comunión con Dios y entre los creyentes se sostiene a través
de la sangre; el triunfo sobre las tinieblas se logra a través de
la sangre; incluso la renovación de nuestra mente y la luz de
la revelación llegan a nosotros a través de la vida que emana
de la sangre de Cristo.

Estas verdades eternas forman parte de nuestra


realidad espiritual y constituyen las riquezas incluidas en la
redención por medio de la sangre. Es solo cuando obtenemos
una revelación de este alcance que podemos experimentar
plenamente el poder del "Nuevo Hombre" en Cristo.

Hacer las preguntas correctas puede llevarnos a una


comprensión más clara de los misterios de la redención. Por
ejemplo: ¿Dónde radica el poder de la sangre de Cristo?
Como mencioné al principio, hablar, orar o cantar sobre el
poder de la sangre es algo común entre los creyentes
alcanzados por la gracia soberana de Dios. Sin embargo, la
realidad es que muchos no saben explicar las razones detrás
de este poder.

La sangre de Cristo tiene el poder de expiar un número


infinito de pecados cometidos por un número infinito de
personas a lo largo de los siglos. Todos aquellos que hemos
depositado nuestra fe en esa sangre hemos sido salvados y

77
preservados para lo perfecto. Cuando Jesús derramó Su
sangre en la cruz, eliminó la exigencia de la Ley de un
continuo sacrificio de animales. La sangre ofrecida durante
siglos nunca fue suficiente para limpiar permanentemente los
pecados del pueblo; solo los cubría temporalmente, porque el
pecado contra un Dios santo e infinito requiere un sacrificio
santo e infinito.

Aun así, los sacrificios de animales servían como un


recordatorio constante de las consecuencias del pecado y
además fueron como una sombra de lo que habría de llegar
en Cristo. Mientras que la sangre de toros y machos cabríos
recordaba al pueblo su pecado, la sangre preciosa de Cristo,
como un cordero sin mancha ni defecto, pagó completamente
la deuda del pecado que debíamos a Dios. Gracias a este
sacrificio perfecto, ya no se necesitan más sacrificios por el
pecado.

Jesús, al proclamar “¡Consumado es!”, declaró que la


obra de redención había sido completada para siempre
(Hebreos 9:12).

El apóstol Pablo explicó que “la paga del pecado es


muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo
Jesús, nuestro Señor” (Romanos 6:23). El pecado es una
rebelión contra Dios y contra Su voluntad. Este nos separa
del Creador (Isaías 59:2) y del único que puede sustentarnos
con verdadera vida (1 Juan 5:12).

78
El pecado nos condena a la muerte, primero espiritual
y luego eterna. Sin embargo, al ser alcanzados por la gracia
divina, somos rescatados de la muerte espiritual y
preservados para la vida eterna, incluso más allá de la muerte
física. Pablo reafirma esta verdad al decir que: “La dádiva de
Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”
(Romanos 6:23).

La sangre de Cristo nos asegura y nos preserva


limpios, pero, aun así, cuando pecamos, experimentamos
síntomas de oscuridad. Es posible que nos sintamos
culpables, vacíos, confundidos o desconectados de Dios.
Actuar de manera contraria a la justicia que hemos recibido
en Cristo es profundamente perturbador, porque la vida en el
Espíritu nos revela lo que deseamos verdaderamente, pero
todavía luchamos con los deseos pecaminosos de nuestra
carne y nuestra alma.

Nuestros pecados, aun como creyentes, ofenden


nuestra comunión con Dios y contristan al Espíritu Santo
(Efesios 4:30). Aunque el pecado no anula la gracia que
hemos recibido, enfrentarlo es doloroso porque conocemos
la profundidad de su maldad y, sin embargo, muchas veces
nos sentimos incapaces de evitarlo. Los deseos y emociones
que florecen en desobediencia solo producen amargos frutos
de dolor y sufrimiento.

Pensemos en la relación entre un niño y su padre.


Cuando el niño desobedece, la relación con su padre se tensa.
Aunque el amor del padre permanece inquebrantable y su

79
bienestar por el niño sigue intacto, el niño sabe que ha
quebrantado la confianza de su padre y enfrenta las
consecuencias de su acto. Al final, la relación será restaurada,
pero la vergüenza, la culpa y el dolor son inevitables.

De manera similar, así ocurre con nuestro Padre


celestial. Cuando nos rebelamos contra Su voluntad o Su
santidad, nos alejamos de la Vida misma y experimentamos
el dolor y el vacío que resultan de la separación. Sin embargo,
cuando nos volvemos a Dios en arrepentimiento, somos
restaurados a la vida espiritual, a la comunión con Él, y a un
sentido renovado de propósito, justicia y libertad. Aun así, es
mucho más glorioso y satisfactorio mantenernos en fidelidad
constante hacia Él.

La paga del pecado es muerte, pero la vida está en la


sangre (Levítico 17:11). Aquí radica el incomparable valor
de la sangre perfecta de Jesús: el valor de la vida está
directamente ligado al valor de la sangre que la contiene. En
el Antiguo Pacto, la vida de un cordero o un macho cabrío
tenía menos valor que la de un buey, y, por ende, la sangre de
estos animales en los sacrificios también tenía menor valor
(Levítico 4:3, 14, 27).

Por otro lado, la vida de un hombre tiene mucho más


valor que la de cualquier animal. ¿Qué podemos decir,
entonces, de la sangre de Jesús? Esa sangre preciosa y sin
mancha proviene de la vida del Hijo Santo de Dios. En esa
sangre está la vida eterna de la Deidad misma (Hechos

80
20:28). Con esa sangre, Jesucristo compró y santificó a Su
Iglesia.

El poder de esa sangre no es nada menos que el poder


eterno de Dios, y sobrepasa todo poder existente. Este poder
no solo cubre el pecado, sino que lo elimina por completo. Al
ofrecer su sangre en el altar celestial, Jesús aseguró la
redención, rescatando a todos aquellos que se acercan a Él
con arrepentimiento y fe.

Cuando pensamos en la sangre derramada,


inevitablemente pensamos en la muerte. El derramamiento de
sangre en los sacrificios del Antiguo Testamento era un
diseño divino que simbolizaba la vida rendida a la muerte
como expiación por el pecado. La sangre derramada en el
altar cubría los pecados del transgresor, quien transfería
simbólicamente su culpa al animal sacrificado. El pecado era
contado sobre la víctima, cuya muerte sustituía el castigo que
correspondía al pecador.

La sangre, entonces, representaba la vida ofrecida en


obediencia al mandamiento de Dios, santificando Su Ley. El
pecado era expiado y cubierto de tal manera que ya no era
contado como culpa al transgresor. La sangre, por lo tanto, se
convertía en un medio de preservación y restauración.

La sangre de Cristo, sin embargo, no solo cubre el


pecado; lo despoja completamente de su poder. Esta sangre
perfecta tiene un maravilloso poder para quitar el pecado y
abrir los cielos para los pecadores. A quienes limpia y

81
santifica, los hace también plenamente aptos para la
eternidad, asegurándoles una comunión eterna con Dios.

Algunos piensan que ante una confesión nuestra, la


sangre aparece mágicamente para limpiarnos y, por tal
motivo, creen que necesitamos la confesión continua de todo
para ser salvos, pero eso no es así. Sería una tortura tener que
confesar todo mal pensamiento, toda palabra, actitud o hecho
pecaminoso en cada momento.

Es verdad que debemos confesar porque eso es


reconocimiento y nos mantiene en justicia; de hecho, es
indispensable para nuestra libertad si hemos cometido algún
pecado de muerte. Pero nuestra salvación no permanece
pendulando por causa de pensamientos, palabras y vanas
acciones. La sangre no va y viene; la sangre nos ha limpiado
de todo pecado pasado, presente y futuro.

Juan el Bautista no clamó en el desierto anunciando la


llegada de un Cordero capaz de tapar pecados ni de limpiar
pecados, sino de quitar los pecados del mundo (Juan 1:29).
Esa es la garantía de la sangre, que es capaz de quitar
definitivamente los pecados, y ese es el fundamento del
evangelio del Reino que debemos predicar.

“Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro


Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la
sangre del pacto eterno”.
Hebreos 13:20

82
Este es el glorioso diseño de la muerte expiatoria de
Jesucristo: no solo murió en nuestro lugar, sino que, después
de ofrecer Su propia sangre, se levantó de entre los muertos,
porque el pecado no encontró en Él ninguna deuda que saldar.
Jesús murió por nuestros pecados, pero resucitó por Su
justicia. Nos condujo a la muerte con Él, pero nos introdujo
definitivamente en la vida.

Fue por la virtud de Su sangre perfecta que Dios levantó


a Jesús de entre los muertos. Aunque Dios utilizó Su
magnífico poder para resucitarlo, lo hizo también en perfecta
coherencia con Su justicia divina. El Señor Jesucristo vino a
la tierra como el sustituto por el pecado, y al derramar Su
sangre sin mancha, conquistó la muerte, obteniendo el
derecho, como hombre, de acceder al poder de la
resurrección.

La sangre de Cristo satisface por completo la ley y la


justicia de Dios. Con ello, venció el poder del pecado,
trayéndolo bajo Su dominio, y derrotó a la muerte, cuyo
aguijón es el pecado. Así también destruyó al diablo, que
tenía el poder de la muerte. Al derramar Su sangre, Jesús
anuló el derecho del enemigo sobre nosotros. La muerte, el
diablo y el infierno han sido derrotados para siempre.

“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?


¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?
Ya que el aguijón de la muerte es el pecado,
Y el poder del pecado, la ley.

83
Más gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por
medio de nuestro Señor Jesucristo”.
1 Corintios 15:55 al 57

Todo verdadero creyente puede reconocer la íntima


conexión que existe entre la sangre de Cristo y el poder de
Dios. Es exclusivamente a través de la sangre que Dios ejerce
Su gran poder al tratar con los pecadores. Donde se aplica la
sangre, el poder de la resurrección abre las puertas a la vida
eterna. La sangre de Cristo ha puesto fin al dominio del
pecado, la muerte y el infierno, y sus efectos trascienden toda
comprensión humana.

“Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino


por su propia sangre, entró una vez para siempre en el
lugar santísimo, habiendo obtenido eterna redención”.
Hebreos 9:12

En el tabernáculo del Antiguo Testamento, la presencia


manifiesta de Dios habitaba detrás del velo. Ningún poder
humano podía apartar ese velo. Solo el sumo sacerdote, una
vez al año, podía entrar en el lugar santísimo, y únicamente
si llevaba consigo sangre, de lo contrario, moriría. Esto
simbolizaba el poder del pecado sobre la carne, que separaba
a la humanidad de Dios. La justicia eterna de Dios protegía
la entrada al lugar santísimo, impidiendo que ninguna carne
pudiera acercarse.

Pero ahora ha venido nuestro bendito Señor. No entró en el


antiguo tabernáculo terrenal, sino en el verdadero, en el

84
celestial. Como nuestro sumo sacerdote y representante,
Cristo solicitó para Sí y para todos los hijos de Adán el
derecho de entrar en la presencia del Santísimo. Al hacerlo,
nos confirma esta poderosa verdad: “Padre, aquellos que me
has dado, quiero que donde Yo estoy, también ellos estén
conmigo” (Juan 17:24).

El Señor pidió al Padre que los cielos puedan estar


abiertos para todos sus escogidos, incluso para el más perdido
y malvado pecador alcanzado por la gracia. Este resultado
glorioso está garantizado por medio de la sangre. Es
únicamente a través de Su sangre que podemos acercarnos al
Trono del Padre, en medio de las grandes realidades
celestiales (Hebreos 12:22 al 24).

El poder siempre vigente de esa sangre mantiene


abiertos los cielos para los pecadores y hace descender
torrentes de bendición sobre la tierra. Es a través de la sangre
de Jesús, como mediador, que se lleva a cabo la obra
intercesora. El trono de la gracia existe por siempre gracias
al poder de Su sangre.

Así como la sangre ha anulado los poderes del pecado,


de la tumba y del infierno, también ha abierto las puertas de
los cielos para que podamos estar donde Él está. Esto nos
sostiene en plena comunión espiritual, ya que Dios, por
medio de esa sangre, lleva a cabo toda Su obra redentora con
el hombre pecador, por quien fue derramada.
Las palabras: redimido, rescatado o comprado, tienen
un profundo significado. Estas indican la liberación de la

85
esclavitud mediante el precio pagado. El pecador estaba
esclavizado bajo el poder hostil de Satanás, pero la sangre
que nos justifica ante el Padre también nos preserva de los
ataques del mal.

La sangre es el documento legal de nuestra redención,


la proclamación de libertad en el mundo espiritual.
Dondequiera que la sangre es proclamada, es reconocida
como el derecho legal de ingreso al Reino. En esta
proclamación comienza la redención, que incluye una
verdadera liberación de la vana manera de vivir.

El término redención abarca todo lo que Dios hace por


un pecador: desde el perdón de los pecados hasta la total
liberación que culmina en el cuerpo de resurrección. Tal
como escribió el apóstol Pedro, somos elegidos según la
presciencia de Dios Padre, en santificación del Espíritu, para
obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo (1 Pedro
1:2).

Fuimos predestinados por Dios antes de la fundación


del mundo. Su gracia nos trajo convicción mediante la verdad
de Su Palabra. La proclamación de la vida en la sangre tocó
nuestros corazones, produciendo luz (Juan 1:4). Nos otorgó
arrepentimiento, despertó la fe y llenó nuestro ser de vida y
gozo espiritual. ¿Qué más podemos hacer que alabarle y
glorificarle por tanto amor?

El término redimir significa “comprar”, y en su


contexto original hacía referencia al pago para liberar a un

86
esclavo. Aplicado a la muerte de Cristo en la cruz, significa
exactamente eso. Si somos redimidos, nuestra condición
previa era de esclavitud. Pero el Señor pagó nuestra libertad,
y ya no estamos bajo el yugo del pecado. Por ello, debemos
estar firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, sin
volver jamás al horrendo yugo de la esclavitud (Gálatas 5:1).

Pablo escribió que en Cristo tenemos redención por Su


sangre, el perdón de pecados según las riquezas de Su gracia
(Efesios 1:7). Esto asegura que en Él, tenemos una redención
segura. En Cristo somos libres espiritualmente y capaces de
experimentar esa libertad en todo nuestro ser.

Además, Pablo deja claro que el Padre logró esto para


Su propia gloria (Efesios 1:6, 12, 14). Nuestra redención está
en Sus manos, no en las nuestras, porque Él está
comprometido con Su gloria. Pablo también afirma a los
colosenses que en Cristo tenemos la redención, que es el
perdón de nuestros pecados (Colosenses 1:14). Finalmente,
si queda alguna duda sobre la seguridad de nuestra redención,
Pablo nos recuerda que estamos sellados como propiedad
exclusiva de Dios.

“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual


fuisteis sellados para el día de la redención”.
Efesios 4:30

87
Capítulo siete

ACTIVANDO EL PODER
DE LA SANGRE
Rodolfo Arnedo

¿Cómo obra este glorioso poder?

O podemos hacernos otra pregunta: ¿en qué


condiciones y bajo qué circunstancias puede ese poder
asegurar en nosotros los resultados que promete?

Es por la fe:

La fe depende en gran medida del conocimiento. Si el


conocimiento de lo que la sangre puede hacer por nosotros es
escaso o imperfecto, la fe no puede alcanzar su máximo
potencial. Los efectos poderosos y maravillosos de la sangre
se tornan inalcanzables. El conocimiento es la puerta de
entrada, que luego desciende al corazón. Como escribió el
apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “Porque con el
corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para
salvación” (10:10):

Aquellos que desconocen que las palabras de Dios, al


igual que Él mismo, son inagotables, imperecederas y

88
todopoderosas, y que en cada una de ellas se esconde una
bendición, no pueden experimentar una verdadera vida de
gozo y victoria en el Reino.

Cuando el Espíritu Santo habla de la limpieza por la


sangre, utiliza expresiones humanas imperfectas para
describir los efectos y experiencias por los cuales la sangre
revela su poder de dar vida espiritual. Las concepciones
débiles y limitadas sobre su poder impiden que se
manifiesten sus efectos más profundos y poderosos.

A medida que profundizamos en lo que enseñan las


Escrituras acerca de la sangre, comprendemos que la fe en
ella, incluso con el entendimiento limitado que tenemos
ahora, puede producir en nosotros resultados mucho mayores
de los que hemos experimentado hasta hoy. Además, promete
innumerables bendiciones futuras.

Nuestra fe debe fortalecerse mediante un estudio


cuidadoso sobre lo que la sangre ha logrado por nosotros.
Tanto el cielo como el infierno dan testimonio de ello. La fe
crecerá cada vez más al ejercitar la confianza en la fuerza
infalible y la fidelidad de las promesas de Dios.

Cuando nos bañamos en agua y entramos en contacto


con ella, nuestro cuerpo se limpia. De manera similar, la
sangre de Jesús se describe como un manantial abierto para
la purificación del pecado y la inmundicia (Zacarías 13:1).
El contacto con esta sangre purifica nuestra alma. Por el
poder del Espíritu Santo, las bendiciones fluyen como

89
torrentes desde el templo celestial. Por la fe, nos colocamos
en estrecho contacto con este manantial celestial que es la
sangre de Cristo, con la seguridad de que producirá sus
maravillosos efectos en nosotros.

La relación entre el Espíritu y la sangre:

La Escritura conecta la sangre de Cristo muy


estrechamente con el Espíritu Santo. Solo donde el Espíritu
obra, el poder de la sangre puede manifestarse en todos sus
maravillosos efectos. Como dice 1 Juan [Link] “Tres son los
que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la
sangre; y estos tres concuerdan”. Aquí, el agua se refiere al
bautismo como testimonio público de arrepentimiento y
muerte a la vieja vida, mientras que la sangre testifica de
nuestra redención en Cristo. Es el Espíritu quien da poder
tanto al agua como a la sangre.

“¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el


Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios,
limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que
sirváis al Dios vivo?”
Hebreos 9:14

Fue por medio del Espíritu eterno que nuestro Señor


ofreció Su sangre, dándole valor y poder. Es siempre a través
del Espíritu que la sangre tiene un testimonio viviente, tanto
en el cielo como en los corazones de los hombres. Nuestra
revelación del poder de la sangre es producto de la operación
del Espíritu Santo.

90
La sangre y el Espíritu siempre dan testimonio en
unidad. Donde se honra la sangre mediante la fe o la
predicación, el Espíritu está obrando; y donde Él obra,
siempre guía las almas hacia la bendita sangre del Hijo. El
Espíritu Santo no fue derramado hasta que la sangre fue
ofrecida en el Calvario. Los lazos entre el Espíritu y la sangre
son indisolubles: trabajan juntos en perfecta armonía.

Si deseamos que el poder de la sangre se manifieste en


nuestras almas, debemos colocarnos bajo las enseñanzas
benditas del Espíritu de Dios. Debemos creer firmemente que
Él mora en nosotros, llevando a cabo Su obra en nuestros
corazones, y vivir con la plena convicción de que el Espíritu
Santo habita en nosotros como la semilla de la vida. Él mismo
perfeccionará los poderosos efectos de la sangre en nuestras
vidas.

A través del Espíritu, la sangre nos limpiará, santificará


y nos unirá con Dios. Como escribió el apóstol Pedro, cuando
deseaba que los creyentes escucharan la voz de Dios: “Sed
santos, porque Yo soy Santo”. Por medio de esta
exhortación, recordaba a sus lectores que habían sido
redimidos y rescatados con la preciosa sangre de Cristo. Por
consiguiente, la vida de santidad es accesible gracias a la
limpieza permanente que brinda la sangre de Cristo.

El conocimiento necesario:

Los creyentes debemos recordar que hemos sido


redimidos, y que la redención es la liberación de la

91
esclavitud. Pero lo más importante es que hemos sido
redimidos “no con cosas corruptibles, como oro o plata,
sino con la sangre preciosa de Cristo”.

Tener una percepción correcta del valor y poder de la


sangre significa comprender tanto la perfecta redención
como el poder para vivir una vida nueva y santa.

Amados hermanos, esta declaración nos concierne a


todos los que hemos creído. Debemos entender que solo con
un profundo conocimiento de la redención y de la sangre
podemos experimentar plenamente su poder.

A medida que crecemos en nuestra comprensión del


significado real de la redención y de la sangre, nuestra
experiencia espiritual se enriquecerá. Pongámonos bajo la
enseñanza del Espíritu Santo, quien nos guiará hacia un
conocimiento más profundo de la redención a través de la
preciosa sangre de Cristo.

Necesidad y deseo: los elementos esenciales

Dos cosas son necesarias para experimentar


plenamente el poder de la sangre.

Primero: Sentido de necesidad y deseo profundo

Es fundamental tener un profundo sentido de


necesidad, acompañado por un deseo ferviente de
comprender mejor estas verdades. La sangre fue derramada

92
para quitar de en medio el pecado, la muerte y la vida de
derrota espiritual. Su poder neutraliza toda fuerza espiritual
que actúe en nuestra contra.

He sido testigo, en el contexto de liberaciones, de que


no existe demonio, por grande o fuerte que sea, que pueda
resistir al poder de la sangre de Cristo. Sin embargo, con
frecuencia, nos conformamos con un conocimiento inicial
sobre la liberación del pecado, creyendo que no hay nada más
que recibir de la sangre de Cristo.

Roguemos al Señor que todo aquello que sea pecado


en nosotros se vuelva intolerable a nuestra conciencia. No
nos conformemos con la idea de que, como redimidos, aún
podemos vivir en contradicción con la voluntad de Dios.

Que el deseo de consagración y santidad crezca cada


día más en nosotros. ¿No nos mueve el pensamiento de que
la sangre preciosa de Cristo tiene maravillas aún más
profundas por revelarnos? Si no tenemos un deseo vivo y real
por la santidad, la liberación del pecado y una comunión más
estrecha con Dios, nos será imposible recibir las bendiciones
más sublimes que emanan de la preciosa sangre.

¡Cuánto perdemos al no recibir esta


revelación plena de la sangre de Cristo!

Segundo: Esperanza y expectativa activa

93
El deseo debe transformarse en esperanza y
expectativa. A medida que profundizamos en la Palabra y la
fe respecto a lo que la sangre ha hecho por nosotros, debemos
mantener siempre presente lo que esta puede obrar en
nuestras vidas.

Ni el sentido de indignidad, la ignorancia o la debilidad


deben generar duda. La sangre actúa con un poder incesante
en una vida rendida.

“Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que


siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues
mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él
seremos salvos de la ira.”
Romanos 5:8 y 9

Durante su vida, Jesús tomó nuestro lugar y cumplió


todos los requisitos de la ley por nosotros. Obedeció en
nuestro lugar. En su muerte, cargó con las consecuencias de
nuestras transgresiones, cumpliendo así la ley por completo
(Gálatas 3:13).

Gracias a su obra perfecta, Dios nos acepta como


justos a través de Jesús. Esto significa que el diablo ya no
tiene autoridad sobre nosotros. Los cargos que pesaban en
nuestra contra han sido completamente anulados.

El segundo golpe que Jesús dio al enemigo en la cruz


fue hacernos propiedad de Dios. Ahora sabemos que le
pertenecemos.

94
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu
Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y
que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por
precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en
vuestro espíritu, los cuales son de Dios”
1 Corintios 6:19 y 20

A través del proceso de redención, Dios nos compró al


precio de la sangre de su Hijo. Esto es lo que representa la
salvación: poner nuestra confianza en la sangre de Jesús
como el pago final por nuestros pecados. Él llevó sobre sí el
juicio que merecíamos; no solo pagó por nuestros pecados,
sino que nos compró. Ahora somos de Su propiedad.

“Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera


de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas
corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa
de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin
contaminación. Ya destinado desde antes de la fundación
del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por
amor de vosotros.”
1 Pedro 1:18 al 20

No somos salvos “a crédito”. El expediente de nuestra


deuda lleva el sello: “Pagado por completo”. El precio que
Jesús pagó con su sangre perfecta y sin pecado fue suficiente
para cubrir toda la deuda de pecado, pasada, presente y
futura. Ese es el poder eterno de su sangre.

95
Los santos del Antiguo Testamento miraban hacia el
futuro en espera de esta redención. Nosotros, como creyentes
del Nuevo Pacto, miramos hacia atrás, a la cruz, donde todo
fue consumado.

“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la


incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente
con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta
de los decretos que había contra nosotros, que nos era
contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz,
y despojando a los principados y a las potestades, los
exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”.
Colosenses 2:13 al 15

La pregunta que debemos hacernos ahora es: ¿Cómo


permanecemos en la Palabra de Dios, la perfecta ley de la
libertad? La respuesta radica en aceptar lo que Dios dice
acerca de nosotros en Su Palabra y hacer de ello nuestra
realidad, porque esa es nuestra verdadera identidad en Cristo.
Aquí hay algunos ejemplos de cómo Dios nos ve reflejados
en el espejo de Su Palabra:

Somos la justicia de Dios (2 Corintios 5:21).


Aceptados en el Amado (Efesios 1:6).
Santos, escogidos y real sacerdocio (1 Pedro 2:9).
Sal y luz (Efesios 5:8).
Reyes y sacerdotes (Apocalipsis 1:6).
Hijos de Dios (1 Juan 3:1-2).
Ungidos (2 Corintios 1:21).
Llamados, justificados y glorificados (Romanos 8:30).

96
Muertos al pecado (1 Pedro 2:24).
En sanidad física (1 Pedro 2:24).
Vivos para Dios (Romanos 6:11).
Crucificados con Cristo (Gálatas 2:20).
Muertos, sepultados y resucitados en Él (Colosenses 2:12).

Tomar estos versículos y hacerlos nuestra confesión


diaria, puede tener un impacto profundo en nuestras vidas.
Confesar significa “decir lo mismo” o “estar de acuerdo
con…” Cuando confesamos lo que la Palabra de Dios dice
acerca de nosotros como verdad, y comenzamos a actuar y
vivir de acuerdo con esa realidad, estamos permaneciendo en
la “ley de la libertad”. Así, no seremos oidores olvidadizos,
sino hacedores de la Palabra, como enseña Santiago 1:22 al
25.

Estas son solo algunas de las muchas cosas que Dios


declara sobre nosotros en Cristo. Permanecer en Su Palabra
implica confesar que esa persona que Él describe allí somos
nosotros y actuar en consecuencia. Jesús prometió que
conoceríamos la verdad, y esa verdad nos haría libres del
pecado. Debemos comenzar a vernos como nuevas criaturas
en Él, muertos al pasado. Al hacerlo, seremos liberados de la
conciencia de pecado que nos esclaviza a los errores pasados.

“Así también vosotros consideraos muertos al pecado,


pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.”
Romanos 6:11

97
El término “considerar” significa “mirar” o
“reflexionar”. Por tanto, debemos mirarnos a nosotros
mismos como muertos al pecado. Jesús dijo: “Si vosotros
permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis
discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará
libres” (Juan 8:31 y 32).

Si seguimos hablando de nuestro pasado, reviviéndolo


en nuestra mente y viviendo en constante remordimiento por
nuestros errores, nunca seremos realmente libres.

Rindámonos a Cristo. Fijemos nuestros ojos y


corazones en la sangre de Jesús. Abramos nuestro ser interior
a Su poder. La sangre, sobre la cual está fundado el Trono de
Gracia en los cielos, puede convertir nuestros corazones en
el templo y trono de Dios.

Cobijémonos bajo el continuo rociamiento de la


sangre. Oremos al Cordero de Dios para que haga Su sangre
eficaz en nuestros corazones. Entonces experimentaremos
que no hay nada comparable al maravilloso poder de la
sangre de Jesús.

98
Capítulo ocho

LA COMUNIÓN
POR LA SANGRE
Rodolfo Arnedo

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el


Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el
camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto
es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa
de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena
certidumbre de ge, purificados los corazones de mala
conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.”
Hebreos 10:19 al 22

En estas palabras encontramos un resumen de los


principales puntos que abordan las Buenas Nuevas acerca de
la gracia de creer en el poder de la sangre de Cristo. Este
mensaje también incluye la enseñanza del Espíritu Santo,
tanto para los hebreos como para nosotros.

Cómo hemos analizado con Osvaldo, a causa del


pecado, la humanidad fue apartada del paraíso, perdiendo la
comunión con Dios. Sin embargo, desde el principio, en Su

99
infinita misericordia, Dios buscó restaurar esa comunión
interrumpida.

Para este propósito, durante la era del Tabernáculo,


Dios dio a Israel la promesa de un tiempo futuro en el que el
velo de separación sería removido, permitiendo que Su
pueblo habitara nuevamente en Su presencia. Este anhelo de
comunión profunda también era el clamor de los santos del
Antiguo Testamento, por eso los salmistas escribieron:
“¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?”
(Salmos 42:2).

Aún hoy, algunos hijos de Dios bajo el Nuevo Pacto


desconocen plenamente que el lugar santísimo ha sido abierto
y que cada creyente tiene derecho a morar en la presencia de
Dios. Por supuesto, comprendiendo que ahora ese santo lugar
no es físico, sino espiritual.

Mis queridos hermanos y hermanas, quienes


anhelamos experimentar el poder total de la redención
lograda por nuestro Señor Jesús, atendamos cuidadosamente
a lo que Dios nos ha preparado: En primer lugar ese lugar
santísimo, que no es otro ámbito en el cual mora Su
presencia. Un camino vivo y nuevo, que es la senda abierta
por Jesucristo, quien además oficia de Sumo Sacerdote para
interceder por nosotros.

Nos otorga personalmente el acceso por medio de Su


la sangre preciosa de Jesús, nos otorga un corazón sincero,
libre de dobleces y culpa. No otorga plena certidumbre de fe,

100
para que vivamos en una confianza inquebrantable respecto
de sus promesas. Nos purifica la consciencia de todo mal
deseo y de toda culpabilidad. Nos da acceso al lavamiento de
la regeneración, es decir de la vida nueva que hemos recibido.

El propósito final de la redención lograda por


Jesucristo es conducirnos al llamado lugar santísimo. Quien
desconoce la plenitud de este acceso no puede disfrutar
completamente de los beneficios de la redención por Su
sangre, permanecer en una íntima comunión con el Padre.

En este Pacto, el lugar santísimo no es un espacio


físico, sino espiritual y celestial; es la morada misma de Dios,
donde Su presencia se revela de manera íntima, al cual
tenemos acceso al entrar en Jesucristo y el que podemos
disfrutar en nuestro corazón a través del Espíritu Santo.

Algunos señalan la plataforma delantera del salón de


reunión como el altar del templo, pero el Pacto cambió y el
templo somos nosotros, y el altar está en nuestro corazón a la
vez que está en el tercer cielo. Reitero, bajo el Antiguo Pacto,
el santuario era material y limitado a un lugar específico
(Hebreos 9:1, 8:2). Los sacerdotes servían en la presencia de
Dios dentro de este santuario terrenal. Sin embargo, bajo el
Nuevo Pacto, el lugar santísimo es espiritual, accesible a
través de la obra consumada de Cristo y el poder revelacional
del Espíritu Santo. Ya no hay sacerdotes especialmente
ungidos, todos somos sacerdotes y todos tenemos acceso en
Cristo.

101
“Dios es Espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en
espíritu y en verdad”
Juan 4:24

El Espíritu Santo nos capacita para entender y


experimentar en nuestra vida la obra redentora de Cristo.
Entrar y morar en el lugar santísimo significa caminar
diariamente en la presencia de Dios, disfrutando de Su
comunión y bendición. Dicha admisión a Su presencia
pertenece a Dios, quien lo ha preparado para nosotros. Por
medio de la sangre de Cristo, tenemos el derecho y el
privilegio de acceder a Él con confianza.

“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo


estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre
de Cristo”
Efesios 2:13

Por esta razón, la Escritura exalta el poder de la sangre:


su valor radica en que contiene la vida del Hijo de Dios y fue
derramada por nuestra redención. Ahora, los creyentes
tenemos libertad para acercarnos confiadamente a Dios,
gracias a esa preciosa sangre de Jesucristo.

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el


lugar santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino
nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de
su carne”
Hebreos 10:19 y 20

102
La sangre de Cristo nos da el derecho de entrada; el
camino nuevo y vivo nos otorga el poder para recorrerlo. Este
camino, consagrado por Su carne rasgada, simboliza el
sacrificio de Jesús, quien quitó el pecado y destruyó el poder
de la carne.

El pecado, que había erigido el velo de separación, fue


eliminado por Su muerte. Así como Cristo pasó por el velo
rasgado, nosotros también debemos seguirle, aceptando la
crucifixión de nuestra carne. La obra de la sangre de Cristo
implica el sometimiento de la carne. Allí donde la sangre
opera poderosamente, la carne es vencida y sometida bajo
muerte.

Esto no se logra con esfuerzo humano, sino en el poder


de Cristo. Los creyentes que están en Cristo han sido
crucificados juntamente con Él, y la cruz es el lugar de la
carne. Solo así podemos entrar al lugar santísimo,
experimentando comunión plena con Dios.

¡Qué glorioso camino ha abierto Cristo para nosotros!


Este camino, consagrado por Su sangre, nos conduce al lugar
santísimo, donde podemos morar con Dios. Que el Espíritu
Santo nos guíe en esta senda, permitiéndonos vivir en el
poder del Espíritu, disfrutando de la comunión íntima con
Dios, en la seguridad de Su presencia dentro del velo.

“Y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,


acerquémonos...”
Hebreos 10:21 y 22

103
¡Alabado sea Dios! No solo contamos con la obra
redentora de Cristo, sino también con la presencia del más
santo y perfecto Sumo Sacerdote, nuestro Señor Jesús.
Entramos al lugar santísimo no solo por la sangre y el camino
nuevo y vivo, sino también porque Cristo mismo es nuestro
Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios.

En el santuario terrenal, los sacerdotes podían entrar


únicamente por su relación con el Sumo Sacerdote.
Solamente los hijos de Aarón podían ejercer este sacerdocio.
De igual manera, nosotros tenemos acceso al lugar santísimo
gracias a nuestra relación con Jesús, quien declaró al Padre:
“He aquí, Yo y los hijos que Dios me dio” (Hebreos 2:13).

Cristo es el Gran Sumo Sacerdote, el verdadero


Melquisedec, el Hijo eterno con un sacerdocio eterno e
inmutable. La Epístola a los Hebreos nos enseña que Él está
sentado en el trono, viviendo para interceder continuamente,
y que “puede también salvar perpetuamente a los que por
Él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25).

Como Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios, Jesús ha


sido designado para presidir sobre todo el ministerio del lugar
santísimo. Él es quien nos recibe y nos presenta al Padre,
completando en nosotros el rociamiento de la sangre. A
través de Su sangre, Cristo ha entrado al lugar santísimo y
nos lleva consigo a habitar allí.

El Señor Jesús nos enseña todo lo relacionado con


nuestro ministerio y deberes dentro del lugar santísimo. Aun

104
cuando nuestras oraciones y ofrendas espirituales sean
débiles, Él las presenta ante el Padre, aceptándolas en Su
perfecta intercesión. Cristo, como Sumo Sacerdote, nos
imparte Su luz y poder celestial. Él nos concede vida en el
Espíritu Santo, nos fortalece y nos guía por el camino nuevo
y vivo que Su sacrificio abrió.

Cuando sintamos que el lugar santísimo parece


demasiado elevado o que nos resulta difícil comprender el
poder de Su sangre y cómo caminar en “el camino nuevo y
vivo”, debemos mirar a Jesús. Él es nuestro Salvador, nuestro
maestro, quien nos guía y hace posible nuestra permanencia.

Como Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios, Él es


nuestro auxilio en todo momento, dándonos la confianza y el
poder necesarios para acercarnos a Dios.

Con la visión del lugar santísimo ante nosotros,


recordemos que Dios nos espera allí. La sangre de Cristo nos
otorga libertad, el camino nuevo y vivo nos lleva con
seguridad, y el Sumo Sacerdote es nuestro constante apoyo.
No permitamos que nada nos impida disfrutar de estas
maravillosas bendiciones que Dios ha preparado para
nosotros. Entremos con valentía al lugar santísimo. No
dudemos ni retrocedamos. Estemos dispuestos a sacrificarlo
todo por esta causa.

“Jesús es nuestro gran sacerdote que está al frente de la


casa de Dios. Acerquémonos, pues, a Dios con un corazón
sincero y una fe completamente segura, limpios nuestros

105
corazones de mala conciencia y lavados nuestros cuerpos
con agua pura. Mantengámonos firmes, sin dudar, en la
esperanza de la fe que profesamos, porque Dios cumplirá
la promesa que nos ha hecho. Procuremos ayudarnos
unos a otros a tener más amor y hacer el bien. No dejemos
de asistir a nuestras reuniones, como hacen algunos, sino
animémonos unos a otros; tanto más cuanto que vemos
que el día del Señor se acerca”.
Hebreos 10:21 al 25 DHH

106
Capítulo nueve

ACERQUÉMONOS A
SU PRESENCIA
Osvaldo Rebolleda

“Teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios,


acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre
de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y
lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme,
sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel
es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para
estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de
congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino
exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se
acerca”.
Hebreos 10:21 al 25 VRV

Como expresamos anteriormente, no se tiene certeza


de quién fue el escritor de la carta a los Hebreos. Aunque
parece un escrito paulino, pudo haber sido redactado por
Apolos, Bernabé, Silas, Felipe, Aquila o incluso Priscila,
según afirman algunos estudiosos. Lo que sí podemos
apreciar es que esta carta fue escrita por un hebreo para otros

107
hebreos, exhortándolos a dejar de actuar como tales en cuanto
a las prácticas religiosas del antiguo pacto.

En la iglesia de los primeros siglos, muchos judíos


creyentes cedían ante las presiones de los religiosos más
ortodoxos, volviendo a los ritos y rituales del judaísmo para
escapar de la creciente persecución. Por esta razón, la carta
es una exhortación a que estos creyentes perseguidos
continúen en la gracia de Jesucristo.

Como desarrolló Rodolfo en el capítulo anterior, la


comparación clara entre el sacerdocio abolido y el nuevo
sacerdocio en Cristo es absoluta. Así, se certifica que el gran
Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios es Jesucristo, y que en
Él tenemos la soberana oportunidad de acercarnos al Padre
con confianza, algo que nadie podía lograr en un pacto
humanamente deficiente como el anterior.

El autor de la carta exhorta a que, aprovechando este


extraordinario sacerdocio, nos acerquemos al Padre cuidando
cuatro cosas fundamentales:

- Un corazón sincero.
- La plena certidumbre de fe.
- La purificación de los corazones de toda mala conciencia.
- Lavados los cuerpos con agua pura.

Observemos detenidamente qué significa cada uno de


estos aspectos.

108
La predicación del Evangelio siempre comienza con
un llamado al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo. El
hombre no puede recibir la gracia de Dios por fe, si sus
pecados no le son perdonados. Existe una relación directa
entre la fe y un “corazón sincero”, que solo puede lograrse
mediante la operación del Espíritu Santo.

Es la gracia del Señor la que impulsa nuestra


convicción, comprensión y aceptación de la verdad eterna.
No podríamos acceder a esta verdad si la vida no nos tocara
primero, otorgándonos luz. Las tinieblas y la muerte
espiritual nos tenían impedidos de tal virtud (Efesios 2:5).
Por esta razón, necesitamos de la gracia soberana.

A partir de entonces, nuestro corazón, despojado de la


operación de las tinieblas, se vuelve sincero, transparente,
íntegro y honesto con Dios, lo que nos permite rendirnos
enteramente en cuerpo, alma y espíritu. Ningún pacto, desde
el principio de la humanidad, hizo posible un acercamiento
seguro a Dios para los hombres.

El corazón de un verdadero hijo de Dios desea


sinceramente abandonar todo lo que sea necesario para
rendirse a la autoridad y el poder del Reino. Las batallas
siempre estarán presentes, pero la pasión por transitar el
camino nuevo y vivo hacia la presencia del Padre será
siempre más fuerte.

El nuevo corazón que Dios nos otorga en Cristo es un


corazón sincero, gracias al poder del Espíritu Santo que mora

109
en nosotros. Solo debemos colocarnos celosamente del lado
de la piedad, ejercitando nuestra voluntad contra las
tentaciones y el pecado que aún mora en nuestra carne.

En las profundidades de nuestro ser, o incluso en la


superficialidad de nuestros sentidos, el pecado procura
imponerse despiadadamente, ya sea mediante formas
conocidas o tratando de sorprendernos con sus engaños. El
pecado no se rendirá jamás mientras tengamos como
habitación este cuerpo de muerte. Sin embargo, debemos
gozarnos en la gracia que nos sostiene y nos preserva cada
día.

Dios ha hecho provisión para esta condición limitada


que aún padecemos. El Espíritu Santo es la luz que nos
advierte y la fuerza que nos sustenta, ya sea para no caer o
para levantarnos todas las veces que sea necesario. Es la guía
bajo la cual debemos someternos para que nos revele todo
aquello que está oculto en nuestro corazón.

El Espíritu Santo es quien da testimonio a nuestro


espíritu, ayudándonos a identificar y abandonar
voluntariamente todo pensamiento, actitud o intención
pecaminosa. Incluso cuando somos sorprendidos por
nuestras bajezas, el Espíritu Santo nos afirma en el poder
redentivo de la sangre de Cristo y nos sostiene en un estado
de gracia permanente.

Debemos ser conscientes de nuestra dependencia y


acercarnos confiadamente al trono de la gracia, sabiendo que

110
Dios no nos juzga según la perfección de nuestras acciones,
sino según la honestidad y franqueza con que nos rendimos a
la verdad de la obra consumada por Jesucristo. Esto no es una
licencia para pecar, sino una virtud que nos otorga Su sangre
perfecta para vivir en el Reino.

La fe ocupa un lugar fundamental en la relación de


Dios con el hombre. “Sin fe es imposible agradar a Dios”
(Hebreos 11:6). Es imprescindible tener una plena
certidumbre de fe en la conquista de la sangre sobre el pecado
y la muerte, lo que nos permite vivir en una profunda
comunión espiritual con Dios.

Nuestra certidumbre de fe es la certeza de lo que


esperamos y la convicción de lo que no vemos (Hebreos
11:1). También debe sostenernos en el hecho de que nuestro
gran Sumo Sacerdote nos ha abierto un camino nuevo y vivo
por medio de Su sangre. Él no solo nos salva, sino que
también intercede diariamente por nosotros, y Su Espíritu
Santo nos provee todo lo necesario para una vida plena en Su
cuerpo.

La fe viene por el oír la Palabra y crece por medio de


ella, pero esto ocurre únicamente cuando recibimos la
Palabra como la verdadera y viva voz del Señor. Él dijo: “Mis
palabras son espíritu y son vida” (Juan 6:63). Por ello,
debemos dedicar tiempo de calidad para meditar en la
Palabra y atesorarla en nuestros corazones, siempre en
dependencia de la impartición del Espíritu Santo.

111
La Palabra que llevamos al Señor en oración y sobre la
cual dialogamos con Él es la que resulta efectiva. Hagamos
uso de la fe que tenemos: ejercitándola, declarándola y
permitiendo que nuestra fe y confianza en Dios sean la
ocupación más importante de nuestra vida. Dios desea hijos
que crean en Él, pues la fe está entre las cosas que más le
agradan.

Para entrar en el lugar santísimo es necesaria una plena


certidumbre de fe. La redención por medio de la sangre de
Cristo es tan perfecta y poderosa, Su amor y gracia son tan
abundantes, y es tan maravilloso habitar junto a Dios en el
lugar santísimo de la intimidad espiritual, que nuestro
corazón debe anhelar con todas sus fuerzas apropiarse de
estas dádivas que Cristo ha obtenido por Su obra perfecta.

El corazón es el centro de la vida humana, y la


conciencia es el núcleo del corazón. Por medio de ella, Dios
nos señala cuando algo no está bien en nuestra comunión con
Él. Esto no solo incluye nuestros pecados concretos, sino
también nuestro estado pecaminoso. Una conciencia buena o
limpia, da testimonio de que no solo nuestros pecados han
sido perdonados, sino también de que nuestro corazón es
sincero delante de Dios.

Aquellos que desean acceder espiritualmente a los


ámbitos de profunda intimidad, deben tener corazones
purificados de mala conciencia. Es la permanencia de la
sangre de Cristo lo que tiene valor ante el Padre. La sangre

112
de Cristo puede purificar completamente nuestra conciencia
para servir al Dios vivo.

Sin embargo, no basta con saber esto. Existe otra


enseñanza muy importante figurada en el Antiguo pacto: los
sacerdotes que ministraban cerca de Dios no solo eran
reconciliados mediante el rociamiento de sangre en el altar,
sino que también sus propias personas debían ser rociadas.
De manera similar, la sangre de Cristo es aplicada
directamente en nuestro corazón por medio del Espíritu
Santo, para limpiarnos completamente de una mala
conciencia. La sangre quita toda condenación.

La sangre limpia nuestra conciencia, que entonces


lleva el testimonio de que la culpa ha sido eliminada por
completo y ya no hay separación entre el hombre y Dios. La
sangre de Cristo no solo nos limpia de todo pecado, sino
también de toda mancha y contaminación que este haya
dejado. La sangre evidencia la muerte para la Nueva vida,
nuestro pasado fue sepultado y la vida de resurrección
comenzó a expresarse, y lo hará cada vez más, hasta el día de
la plenitud.

A través de la sangre de Cristo podemos armarnos de


poder para que nuestra vieja naturaleza no abra camino al
pecado, y para que nuestra Nueva vida, así como una fuente
de agua pura, brote en santidad y frutos espirituales. De
forma continua, y de manera siempre vigente y maravillosa,
la sangre de Cristo purifica continuamente nuestro corazón y

113
conciencia de pecado. Todo nuestro ser interior es limpiado
gracias a esta extraordinaria operación divina.

Honremos la sangre de Cristo confesando delante de


Dios, que es quien nos limpia de todo pecado y
contaminación. El Gran Sumo Sacerdote, por medio de Su
Espíritu Santo, nos hará comprender plenamente el
significado y poder de estas palabras. La confesión nos
mantiene en justicia y la fe, nos permite recibir la seguridad
de dicha justicia.

Ahora bien, ¿qué significa que debemos acercarnos


con los cuerpos lavados con agua pura? Nosotros
pertenecemos a dos mundos: el visible y el invisible.
Tenemos una vida interior, oculta, mediante la cual nos
relacionamos con Dios, y una vida exterior con la que nos
conectamos con los demás seres humanos. Si estas palabras
se refieren al cuerpo, aluden entonces a toda la vida del
cuerpo con sus actividades.

El corazón debe ser rociado con sangre, y el cuerpo


lavado con agua pura. Cuando los sacerdotes eran
consagrados, se lavaban con agua y eran rociados con sangre
(Éxodo 29:4, 20, 21). Además, al entrar al lugar santo, no
solo estaba el altar con su sangre, sino también el agua para
purificarse. Cristo vino por agua y sangre: Él se bautizó con
agua y luego con sangre (Lucas 12:50).

El poder limpiador de la sangre no puede


experimentarse a menos que también nos limpiemos de toda

114
corrupción e impureza de la carne. La obra divina de limpiar,
mediante el rociamiento de la sangre, y la colaboración
humana al abandonar voluntariamente el pecado, siempre
van de la mano.

Debemos estar limpios para permanecer en el lugar


santísimo. Así como nunca pensaríamos en presentarnos ante
un rey en una condición indigna, no podemos acercarnos a
un Dios Santo sin habernos limpiado de todo pecado y
contaminación. El lavarnos con agua pura no es una práctica
natural que debamos realizar diariamente, es la revelación de
apoderarnos de todo lo consumado en la persona de
Jesucristo.

¡Gloria a Dios, que Él desea tenernos allí! Como Sus


sacerdotes, debemos ejercer nuestro ministerio ante el Padre
en adoración, y ante la gente como ministros de la
reconciliación (2 Corintios 5:18). Él anhela nuestra pureza
para que disfrutemos de las bendiciones de los ámbitos de
íntima comunión con Su presencia. Además, Él ha provisto
los medios para que, a través de la sangre y del Espíritu,
podamos ser completamente limpios, pudiendo sostener esa
hermosa comunión en todo tiempo. Debemos creer
diariamente en esa gloriosa gracia que hemos recibido.

Los ámbitos de profunda comunión espiritual están


abiertos incluso para aquellos que aún no se han vuelto
sincera y verdaderamente al Señor. Sin embargo, nadie puede
acceder a estos lugares sin Cristo, pues Él es el único camino,
la única verdad y la única vida. Esto no significa que la obra

115
no haya sido consumada para todos; el gran problema de los
hombres no es una posibilidad vedada, sino su incapacidad
para un arrepentimiento genuino.

Esta es la buena nueva del evangelio: debemos


predicar sobre los cielos abiertos para todos, y que el
arrepentimiento de corazón y el reconocimiento de Jesucristo
nos permiten el perdón eterno y la comunión con el Padre
¡Eso es un hecho! Luego, Dios se encargará de tocar el
corazón que deba ser tocado, pues esa no es nuestra
asignación. Él es soberano, y solo debemos confiar en el
poder de Su gracia.

No importa cuán lejos del Señor estén nuestros amigos,


familiares o conocidos. La gracia de Dios, que ha abierto un
camino nuevo y vivo hacia el lugar santísimo, es más que
suficiente para salvar a todos los que se acerquen a Él por fe.
Sin embargo, como nadie se acerca por sí mismo, el Señor
atrae hacia Él, a quienes extiende Su misericordia.

La invitación debe llegar a todos, pero la vida eterna


será para quienes Dios soberanamente determine. No
pretendo explicar esto en breves palabras, porque ciertamente
es un tema amplio y profundo, pero lo desarrollo en mi libro
titulado “Salados por gracia”, libro que recomiendo y está
disponible para todos en mi página personal.

Una vez alcanzados por Su gracia, podemos gozarnos


en Su presencia. Aun así, no debemos quedarnos satisfechos
solo con acariciar la esperanza eterna, sino que debemos

116
buscar todo lo que Dios tiene para nuestras vidas hoy y vivir
con plenitud las arras de nuestra herencia.

Todo aquel que se consagra y que muere


voluntariamente a sí mismo, rindiéndose sincera y
completamente a Dios, experimentará por medio del Espíritu
Santo, todo lo que la Palabra promete. Nuestra debilidad en
la fe proviene de una dualidad en el corazón. Acerquémonos
con un corazón sincero para que la gracia de Su presencia sea
nuestra realidad presente.

Recibamos en nuestro corazón la seguridad del poder


perfecto de la sangre, y apartemos todo lo que no esté en
conformidad con la pureza que nos habilita para una
profunda comunión con el Señor. Deleitándonos en Su
presencia, habituémonos a Su convicción y dirección como
si vinieran de alguien a quien pudiéramos ver.

Este llamado al disfrute de Su presencia tiene una


especial referencia a la oración, no como un monólogo
personal, sino como un acto de abandono ante Su presencia.
Hay momentos en los que la comunión y el acercamiento a
Dios son tan íntimos que el alma y el espíritu se vuelven
enteramente a Él para estar únicamente con Él.

¡Cuántas veces nuestras oraciones son solo un llamado


distante a Dios! No es sorprendente que estas oraciones
carezcan de poder. Acerquémonos al Señor con un corazón
sincero y tengamos la certeza de que, antes de orar, ya

117
estamos en los profundos lugares de comunión, gracias al
poder de la sangre.

Acerquémonos con fe sólida en la obra consumada de


Cristo y presentemos nuestros deseos al Padre con la
seguridad de que cada oración es un ejercicio santo de
acercamiento a Dios.

Oremos por nuestros anhelos y necesidades; hagamos


también un ministerio eficaz de intercesión por los demás.
Sin embargo, no perdamos de vista nuestra máxima
asignación: “deleitarnos en Su presencia”. Quienes pueden
morar en el lugar santísimo a través del poder de la sangre no
deben descuidar este privilegio.

Permitamos que la revelación del “lugar santísimo” del


Antiguo Testamento, sea nuestro ámbito de profunda
comunión con el Señor. Que sea el lugar donde las verdades
eternas se conviertan en realidades presentes; la fuente de
vida que nos sustenta, que nos llena de fortaleza, que nos
reviste de triunfo y que nos cubre con Su gloria.

¡Cómo me alegro en el Señor!


Me lleno de gozo en mi Dios, porque me ha brindado su
salvación, ¡me ha cubierto de victoria!
Soy como un novio que se pone su corona o una novia
que se adorna con sus joyas.
Porque así como nacen las plantas de la tierra y brotan los
retoños en un jardín, así hará el Señor que brote su

118
victoria y que todas las naciones entonen cantos de
alabanza”.
Isaías 61:10 y 11 DHH

119
RECONOCIMIENTOS
Osvaldo Rebolleda:

“Quisiera agradecer por este libro a mi Padre celestial,


porque me amó de tal manera que envió a su Hijo Jesucristo
mi redentor.
Quisiera agradecer a Cristo por hacerse hombre, por morir
en mi lugar y por dejarme sus huellas bien marcadas para
que no pueda perderme.
Quisiera agradecer al glorioso Espíritu Santo mi fiel amigo,
que en su infinita gracia y paciencia,
me fue revelando todo esto…”

“Quisiera como en cada libro agradecer a mi compañera de


vida, a mi amada esposa Claudia por su amor y paciencia
ante mis largas horas de trabajo, sé que es difícil vivir con
alguien tan enfocado en su propósito y sería imposible sin
su comprensión”

120
Rodolfo Arnedo:

Al que me inspira, me direcciona, me guía, me da


revelación y me contiene. ¡Gracias Espíritu Santo!

A mi esposa Ginesa que hace 46 años que juntos peleamos


todas nuestras batallas.

A mis hijas Raquel y Natalia, mis yernos Darío y Mosisés, y


mis cuatro nietos, Jaaziel, Lisette, Mateo, y Anette.

A mis consiervos y hermanos en la fe, por todo lo que me


enseñaron, y me siguen enseñando aún.

Al Apóstol Osvaldo Rebolleda, compañero de milicia,


maestro, pastor, y amigo personal. Agradecido y honrado de
poder compartir las páginas de éste libro.

121
Para la realización de este libro, hemos tomado
muchos versículos de la Biblia en diferentes versiones. Así
como también hemos tomado algunos conceptos,
comentarios o párrafos de otros escritos de referencia. Lo
hacemos con libertad y no detallamos cada una de las citas,
porque tenemos la total convicción de que todo,
absolutamente todo, en el Reino, es del Señor.

Los libros de literatura, obedecen al talento y la


capacidad humana, pero los libros cristianos, justamente son
el resultado de la gracia divina. Ya que nada, podríamos
entender sin Su soberana intervención.

Por tal motivo, tampoco reclamamos la autoría o el


derecho de nada. Este libro se podrá bajar gratuitamente en
la página [Link] y en cualquier otra
plataforma que determine compartirlo. Todos lo pueden
utilizar con toda libertad. Los libros no tienen copyright,
para que puedan utilizar toda parte que les pueda servir.

El Señor desate toda su bendición sobre cada lector y


sobre cada hermano que, a través de su trabajo, también haya
contribuido, con un concepto, con una idea o simplemente
con una frase. Dios recompense a cada uno y podamos todos
arribar a la consumación del magno propósito eterno en
Cristo.

122
Maestro
Osvaldo Rebolleda

El maestro Osvaldo Rebolleda hoy cuenta con miles de


títulos en mensajes de enseñanza para el perfeccionamiento
de los santos y diversos Libros de estudios con temas
variados y vitales para una vida cristiana victoriosa.

El maestro Osvaldo Rebolleda es el creador de la Escuela de


Gobierno espiritual (EGE)
Y ministra de manera itinerante en Argentina
Y hasta lo último de la tierra.

rebolleda@[Link]

[Link]

123
Apóstol
Rodolfo Arnedo

El Apóstol Rodolfo Arnedo, es Bachiller en Teología, con


25 años de experiencia en la labor ministerial pastoral,
magisterial, y apostólica. Junto a su esposa iniciaron cinco
obras desde el living de una casa, y levantaron 19
matrimonios al ministerio pastoral.
Actualmente lleva sus prédicas y enseñanzas a diferentes
lugares e iglesias.
Tiene un programa radial muy escuchado los días miércoles
a las 10 y 30 hs en F.M. Manantial de Vida Caleta 90.5
Caleta Olivia Santa Cruz. Programa titulado:
“A la luz de la Palabra”.
Es esposo, padre de dos hijas y cuatro nietos.

Mail: rolex1861@[Link]

WhatsApp: +54 9 2976 24 3771

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Este libro de Rodolfo Arnedo y Osvaldo Rebolleda
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Y desde cada plataforma que determine compartirlo, la idea
es bendecir a todo el pueblo de Dios.

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“Este libro contiene un recorrido magistral, sobre la gracia
en el poder revelado de la cruz. Contiene dos enfoques
absolutamente claves. Por un lado, las virtudes de la obra
consumada en el Calvario. Por el otro, la revelación de la
cruz aplicada en la vida de la Iglesia presente. Sin duda, es
una herramienta que todo pastor y líder deberían leer..."

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