Colección en psicoanálisis
Directora: Patricia Hamra
LUCIANO LUTEREAU
Histeria masculina
y obsesión femenina
El género en la clínica de las neurosis
Lutereau, Luciano
XXXXXXXXX
1° ed. – Buenos Aires : Letra Viva, 2018.
94 p. ; 20 x 13 cm.
ISBN 978-950-649-XXX-X
1. Psicoánalisis. I. Título
CDD 150.195
Director Editorial: Leandro Salgado
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Primera edición: XXXXX de 2018
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo
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escrito de los titulares del copyright.
Índice
Histeria masculina
P
ienso este seminario como una primera parte
de uno más amplio que, en la segunda parte
del año, se va a completar con otro encuentro
sobre neurosis obsesiva femenina. Como pueden ver,
de los títulos se desprende el cruce entre la clínica
de las neurosis y lo que llamaríamos, en sentido
amplio, la cuestión de género. La pregunta implícita
es: ¿qué incidencia tiene la cuestión de género (la
distinción masculino/femenino) sobre el tipo clínico?
A sabiendas de que, por lo general, muchas veces
pensamos como paradigmas de la obsesión, a la del
varón, y como paradigma de la histeria, a la feme-
nina o la histeria de la mujer. Por ahora digamos
“femenino” y “de la mujer” como sinónimos, luego
haremos una distinción. A veces incluso decimos
“esto es típico de la histeria”, cuando en realidad es
típico de la histeria en la mujer. Al mismo tiempo,
en ocasiones ni siquiera es algo típico de la histeria,
puede ser también algo típico de las mujeres. Ahí
es donde clínicamente se produce un solapamiento,
donde pareciera que todas las mujeres son histé-
ricas y todos los varones son obsesivos. Se trata de
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Luciano Lutereau
una simplificación, cuando usamos demasiado laxa-
mente las nociones. Perdemos de vista que histeria
y obsesión son fundamentalmente tipos de síntoma,
y masculino-femenino son posiciones sexuadas.
Lo que quisiera desarrollar como hipótesis es
que la histeria en el varón no es la misma que la
histeria de la mujer. Hay una distancia enorme
entre ellas. Recuerdo que en cierta ocasión alguien
decía, a propósito del caso de un varón, que “sola-
mente le falta la peluca”, refiriendo en chiste que
“ya es una histérica”. Lo que muestra el comen-
tario que hacía este colega es que lo que esperaba
encontrar en la histeria masculina es lo mismo
que se puede encontrar en la histeria en la mujer.
Este es un error clínico. Es lo que vamos a funda-
mentar. En cierto punto, si nos reconducimos a
la idea más propia de la histeria, la noción más
habitual que nos hacemos de dicho tipo clínico
toma como modelo síntomas que son propios de
la histeria en la mujer.
Para mí esta cuestión nace a partir de estar
pensando algo que muchas veces encuentro como
supervisor. Por un lado, la indistinción que a veces
se produce a la hora de hacer ciertos diagnósticos.
Cuando se dice “esto es una neurosis obsesiva
grave”, me llama la atención el uso de la palabra
grave en esas circunstancias. ¿Qué muestra eso?
Que es una neurosis obsesiva que no es como
las demás. En realidad, diagnosticar a alguien
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H isteria masculina
de obsesivo o de histérico grave, o a lo que fuera
agregarle “grave”, muestra un acto de impotencia.
Muestra que justamente no hay una buena preci-
sión o delimitación. No se sabe muy bien cómo
nombrar eso. Por ejemplo, cuando se dice “es
una histérica galopante”. La palabra galopante
siempre me produce gracia, muestra un problema
de diagnóstico. Muchas veces en el diagnóstico de
análisis de varones, cuando no se puede nombrar
francamente la obsesión, se nombra algún tipo
de hibrido. Usamos la palabra grave cuando no
sabemos qué decir, cuando nos falta precisión
clínica. Porque en definitiva lo que quiere decir
la palabra grave en estos contextos es que es una
neurosis que no se parece a otras neurosis. En defi-
nitiva, se está diciendo eso. Sobre todo en casos de
análisis de varones donde predomina la angustia o
hay cierta tendencia a la actuación. Incluso hasta
lo que se diagnostica a veces como psicosis ordi-
naria muestra la dificultad para diagnosticar ahí
una neurosis, pero el diagnostico de psicosis ordi-
naria termina funcionando como una “neurosis
sin neurosis”, o es un psicótico sin síntomas psicó-
ticos. Termina llevando a diagnósticos paradojales.
Por otro lado, también me sorprendió la cantidad
de veces que la histeria masculina prácticamente
no se diagnostica. No sé si ustedes escuchan por
lo general en presentaciones de jornadas o espa-
cios clínicos que alguien diga “voy a presentar hoy
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Luciano Lutereau
un caso de histeria masculina”. Prácticamente
es un tipo clínico que parece que no existiera. Es
llamativo eso. ¿Por qué no se diagnostica? Ahí
correspondería hacer una distinción, una de las
cuestiones que tenemos que separar: lo que es la
histeria masculina de lo que es la histerización de
un varón, que son dos cosas distintas. La histeri-
zación como movimiento subjetivo, de lo que es la
histeria masculina, que no es una posición subje-
tiva sino un tipo de síntoma. Son cosas distintas.
En este punto, si bien remarcaba recién que
hay una distancia muy grande entre la histeria
masculina y la femenina, deberíamos encontrar
algún tipo de definición mínima acerca de qué
es la histeria. Partí de establecer que había una
diferencia, pero también tiene que haber algo en
común, sino no podríamos nombrar las dos cosas
de la misma manera. ¿Cuál es la definición más
básica de la histeria? ¿Cómo podríamos definirla
de una forma sencilla para que sea nuestro punto
de partida? ¿Qué es lo propio de la histeria? ¿A
partir de qué hacemos un diagnóstico de histeria?
Podríamos acordar que la histeria remite a un
deseo insatisfecho. Sin embargo, el deseo insa-
tisfecho no llega a ser un elemento definitorio,
porque en realidad todo deseo es insatisfecho.
En última instancia no hace distinción, no están
los que satisfacen deseos y los que tienen deseos
insatisfechos. Todo deseo es insatisfecho por ser
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H isteria masculina
justamente un deseo. Y la queja, si quisiéramos
ver en la queja algo propio de la histeria, en cierto
punto como modo de relación con el otro, también
es algo más propio de la neurosis en general que
de la histeria en particular. Lo que permite hacer
un diagnóstico es un tipo de síntoma. Si llamamos
“tipos clínicos” a las neurosis, a la histeria y obse-
sión, es porque son tipos de síntomas. Y en ese
punto, a veces, es interesante notar cómo el diag-
nostico lo hacemos no por tipos de síntomas, sino
por rasgos mucho más ambiguos. Si uno hace el
diagnostico de histeria a partir de un deseo insa-
tisfecho o de la queja, eso seguramente nos va a
permitir encontrar muchos más casos de histeria,
podemos encontrarlos en todos lados básicamente.
El trabajo clínico es de recorte muy minucioso, hay
que poder ubicar ese punto en el que aparece un
síntoma que divide las aguas. En ese sentido la
clínica psicoanalítica siempre es discontinua, ¿cuál
es el trabajo más importante de un clínico? Poder
establecer categorías que no se solapen con otras,
que no nos quede adentro de la bolsa de la histeria
nada que no sea, justamente, histeria.
Freud pensaba esta cuestión desde el punto de
vista del mecanismo, aunque tenía una relación
ambigua con el mecanismo conversivo. Mantiene
desde el principio de su obra la idea de que a
partir de la separación del afecto de la represen-
tación, el destino del afecto en la histeria iría al
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Luciano Lutereau
cuerpo y llama a eso “conversión”. Sin embargo,
hay una definición que Freud da en el caso Dora
que es muy importante, donde dice “no dudaría en
llamar histérica a toda persona, tenga síntomas
somáticos o no [Freud en ese punto se olvida del
mecanismo conversivo, en tanto refiere que inde-
pendientemente de que esté esta aptitud para
dirigir la libido al cuerpo, él no dudaría en diag-
nosticar histeria], que en una situación en la que
debería sentir placer, siente displacer”. Es una
definición muy particular de histeria. Es una defi-
nición basada en cierta posición defensiva. En un
modo de defensa, ahí donde debería sentir placer,
siente displacer. Además es una definición muy
extraña, porque Freud lo está vinculando con
una situación muy puntual en el caso Dora. Es el
momento en que ella va a la tienda de noche, en la
que está el Señor K, y éste de prepo le da un beso.
Apoya su miembro sobre ella y Dora reacciona con
asco. Entonces Freud dice “debería sentir placer”…
¡es raro! [risas]. Imagínense que si eso pasara hoy
sería chocante. El Señor K le da un beso forzada-
mente, no es una situación de seducción, una copa
en cada mano [risas], estaban brindando y él se
acercó y la besó. Es raro lo que dice Freud, porque
dice que “debería sentir placer”. Es muy polé-
mica esa definición. Salvo si uno entiende que en
realidad Freud se está refiriendo a que Dora siente
displacer cuando confirma algo del placer del otro.
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H isteria masculina
Esto es, frente a la excitación del Señor K Dora
responde con asco, objetando ese placer que supone
en el Señor K. Y esa es una muy precisa definición
de histeria. Definir la histeria por la objeción del
goce que se supone al Otro. Por eso Freud dice que
el asco es un síntoma típico de la histeria. Síntoma
típico quiere decir ahí que es un síntoma crucial,
un síntoma que en todo caso de histeria femenina
tiene que aparecer. Freud funciona de esta forma:
el asco es un síntoma típico de la histeria. Si no
encontramos el asco en un caso de histeria, no lo
es. Si no tiene cuatro patas ni dice miau, no es un
gato [risas]. Será otra cosa. Funciona de esa forma
precisa Freud. Esto me parece importante porque
muchas veces se hacen diagnósticos de histerias
femeninas sin apoyarse en los síntomas típicos.
Otro de los síntomas típicos que ubica Freud en la
histeria son los celos. Para Freud hay dos grandes
síntomas típicos de la histeria femenina. El asco
y los celos. Subrayo esto: muchas veces, cuando se
presenta un caso de histeria, se lo hace a través de
indicadores más bien vagos, por ejemplo “la queja,
el deseo insatisfecho”, y se dice que la histérica
busca barrar al Otro. Es muy vago decir eso. Vago
en todo sentido [risas]. Ahí no se presenta un tipo
de síntoma. Piénsenlo de una forma más intuitiva.
Tratemos de pensar técnicamente. “La histérica
busca barrar al Otro”: eso es decir con términos
teóricos algo que en lenguaje cotidiano sería equi-
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Luciano Lutereau
valente a decir “la histérica sería aquella mujer
que rompe las pelotas, está todo el tiempo cuestio-
nando todo”. Una persona rompepelotas, que por
cierto existen [risas], no es una histérica necesaria-
mente. Una histérica es un tipo clínico, es un tipo
de síntoma. Otra cosa es una persona hinchape-
lotas. Es una cosa completamente distinta [risas].
Ahora bien, ¿por qué es importante para Freud
ubicar el asco o los celos? Porque son dos modos
defensivos, son dos síntomas producidos por la
defensa ¿respecto de qué? De lo central en la
histeria. Si digo que el histérico objeta el goce
que supone en el Otro, lo que está diciendo Freud
es que el histérico se defiende de una fantasía
de seducción. Esa es la definición más básica de
la histeria. ¿Qué es la histeria? Es una defensa
contra una fantasía de seducción. ¿De qué manera
se defiende la mujer histérica? Por lo general a
través del asco, o bien a partir de los celos.
Intervención: ¿cómo se defiende con el asco? Con
los celos es más evidente.
El asco puede ser muy sutil. Pienso en una
paciente que cuenta que en la primera salida con
un varón ella nunca utiliza ropa interior de encaje.
Casi al modo de un precepto. ¿Por qué no utilizar
interior de encaje en la primera salida?
14
H isteria masculina
Intervención: para no dar la idea de seducción…
Algo de eso se juega, efectivamente no sea cosa
que… Primero porque, como dice la abuela, “si una
da todo en la primera cita después no te llaman”,
si uno satisface un deseo, éste se cancela. Ahí se
ve claramente ese punto donde hay que objetar
un poquito, no hay que dar a los hombres todo
junto porque pájaro que comió… sabemos qué
pasa. Ahí se ve ese punto, pero también se trata
de no tentarse ella. Para ella ponerse ropa inte-
rior de encaje en una primera salida, es casi una
forma de confesar que estaba preparada para
coger. Que está “regalada”. Es todo un entretejido
en su forma de salir por primera vez con alguien,
que muestra toda una táctica, y una manera de
posicionarse respecto de la seducción. Y en los
celos es más claro esto, porque si tu deseo apunta
a otra, ¿qué quiere decir eso? Que la seducida no
soy yo. Los celos triangulan la fantasía de seduc-
ción. Seguro te acostás conmigo, pero pensás en
otra. Los celos no tienen que ver con estar celosa de
una mujer en particular. Los celos son la manera
en que Freud nombra aquello que Lacan llamaba
“la otra mujer de la histeria”. La otra mujer en la
histeria, lo que Lacan también llamaba “la Otra”
como aspecto central en el diagnóstico de histeria,
es una manera de interrogar el deseo del varón.
Como le pasa a otra paciente, que siempre se fija
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Luciano Lutereau
en la computadora de su novio si él estuvo mirando
páginas porno. “Seguro que cuando está conmigo
se calienta pensando en las páginas porno que
ve”, dice. Es el punto donde ella puede tener rela-
ciones con su novio, pero siempre de alguna forma
ocupando un lugar subrogado, por delegación.
Irrealiza su lugar en el encuentro sexual con su
novio porque siempre está el punto en que acecha
que la causa de la excitación de él viene segura-
mente de otra parte. Tanto el asco como los celos
son dos formas claras de defensa respecto de la
fantasía de seducción, que es lo más propio de la
histeria.
Ahora bien, la pregunta que podríamos
hacernos es “¿cómo se juega algo de esto en un
varón?”, porque es claro también que el asco y
los celos son síntomas que vamos a encontrar
privilegiadamente en histéricas mujeres. No son
síntomas que vamos a encontrar en histéricos
varones. Básicamente porque la posición del varón
relativa a la fantasía de seducción es completa-
mente distinta. La fantasía de seducción para una
mujer implica ser seducida por un varón que es
un sustituto del padre. Para un varón, la fantasía
de seducción no tiene que ver con ser seducido por
la madre, sino que también va a tener los mismos
elementos. Esto es, la defensa respecto de una
fantasía de seducción, es de la seducción respecto
del padre. Para eso tengo que hablar de la mascu-
16
H isteria masculina
linidad, a qué llamamos masculinidad. Uno de los
temas quizás menos investigados en psicoanálisis.
Es algo notable, por lo general en psicoanálisis hay
un interés muy grande por lo femenino, por el goce
femenino. Es increíble cómo a veces se dice que el
goce femenino es inefable, como el goce místico, el
goce loco de las mujeres, y se han escrito tantos
libros sobre eso… De nada hablamos más que de
eso y, sin embargo, decimos al mismo tiempo que
es sin decir algo. En cambio de la masculinidad
es difícil que encontremos textos en psicoaná-
lisis. Incluso hasta encontramos un prejuicio: que
masculino es equivalente a fálico.
Vuelvo a mi título inicial: histeria masculina.
Hablé de histeria, ahora tengo que hablar de
qué es lo masculino de la histeria. ¿Qué prejuicio
habitual encontramos cuando se habla de la
masculinidad en psicoanálisis? Juntar lo mascu-
lino y lo fálico, creer que lo masculino es igual a
fálico. Que la masculinidad tiene que ver con la
potencia fálica, como se dice a veces. De hecho
incluso muchas veces las fórmulas de la sexua-
ción se leen de esa forma: el lado macho, el lado
hembra. Esa no es una buena lectura, la distin-
ción no es fálico/no fálico en las formulas. En ese
sentido hay una complejidad mayor, es verdad que
en las fórmulas el falo está, pero que haya cruces
entre ambas partes muestra que no es un lado
el del falo y el otro no tiene nada que ver con el
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Luciano Lutereau
mismo. Pero no quiero hablar de las fórmulas de
la sexuación justamente porque quiero mantener
nuestra conversación en los términos más senci-
llos posibles.
En efecto quisiera poder ubicar algo central que
es cómo surge la fantasía de seducción, que no es
cualquier fantasía. Es la fantasía constitutiva del
sujeto. Es la primera gran fantasía. Podríamos
pensar que la posición inicial del sujeto en la
estructura es un lugar fálico. Si pensamos en la
metáfora paterna, lo que Lacan presenta como los
tiempos del Edipo, podríamos decir que el tiempo
primero es el niño como el falo de la madre. Hay
algo aquí que es constitutivo del sujeto, que es
ser el falo del Otro. Ser el falo del Otro que de
alguna manera no hace distinción clínica. Es una
posición inicial, podríamos decir, mítica incluso.
Una posición inicial –la de ser el falo del Otro–
que en determinados momentos se altera. Digo
en términos generales, claramente hay situa-
ciones en las cuales ni siquiera se constituye esa
posición fálica. Pero si partimos de cierto acuerdo
podríamos decir: inicialmente el niño está en posi-
ción de falo del Otro. ¿Qué quiere decir eso? Dos
cosas: por un lado, como le gustaba decir a Lacan,
quiere decir que el niño le presta a la madre un
servicio sexual, como define en el escrito “Del
Trieb de Freud”. Es como un service. El cuerpo
del niño es una forma de recuperar satisfacción
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H isteria masculina
para la madre, algo que claramente puede verse
en una situación de lactancia. Pero también que
el niño sea el falo de la madre es algo que puede
verse en algo que a veces notamos en ciertas
mujeres que son madres: cierta cosa casi telepá-
tica que tienen con sus bebes. Casi que funcionan
con radar incorporado, incluso a veces se anti-
cipan. “Ahora en unos minutos va a llorar y va
a pedir la teta”, y uno luego verifica que ocurre.
Hay una relación que es telepática. Cuando Lacan
dice que el niño le presta un servicio sexual a la
madre, tengan presente, ustedes conocen esa defi-
nición: “no hay relación sexual”. Sin embargo en
uno de los últimos seminarios Lacan plantea que
“no hay relación sexual… salvo entre las genera-
ciones”, es decir, hay un caso en el que hay relación
sexual, que es la relación del niño con la madre.
Es una relación bastante particular. No por nada
los niños muchas veces tienen el miedo de que
las madres les lean los pensamientos o tengan
terror de que se vayan a dar cuenta de todo. En
definitiva eso tiene un arraigo en el ser fálico del
niño. Hasta que en cierto momento eso se rompe.
Esa posición inicial de ser el falo de la madre se
interrumpe y el niño pasa de ser el falo a tener
el falo. Tener el falo que tiene un nombre muy
directo dentro de la teoría freudiana: la apari-
ción del autoerotismo, de la masturbación. El niño
pasa a tener el falo, pasa de ser el falo a tenerlo.
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Luciano Lutereau
¿Cómo es que lo tiene? Masturbándose. Lo central
en este punto es ubicar cómo este pasaje del ser
al tener introduce la primera forma de la castra-
ción: la de la madre. Cada vez que un niño, para
decirlo de una forma que quizás suene graciosa,
se masturba, está castrando a la madre. Por eso la
masturbación, tal como dice Freud, no tiene que
ver con tocarse el pito. Es autoerótica toda satis-
facción que produce culpa. Pienso en el caso de
un paciente que me comentaba el otro día que él
fuma desde los 14 años, sin embargo nunca fumó
enfrente de sus padres. Nunca lo vieron fumar sus
padres. Tiene ahora más de 30. Y de hecho empieza
a contar esto a raíz de que tampoco quiere que lo
vea fumar la mayor de sus hijas. En un primer
momento da un motivo consciente para dar cuenta
de esto, no quiere que lo vean fumar porque sería
un mal ejemplo. Al mismo tiempo se da cuenta que
ese argumento es una racionalización. Porque lo
cierto es que no todos los hijos de fumadores son
fumadores, de hecho muchos detestan el ciga-
rrillo, por lo tanto no alcanza con que los hijos te
vean haciendo algo para que entonces lo copien. Él
mismo se da cuenta de que estaba dando un argu-
mento que es una racionalización. Entonces dice
que el problema con el fumar es que él no le puede
decir a la hija, como sí dice respecto de otras cosas,
“papá tiene que hacer tal cosa”, “ahora papá tiene
que irse a jugar al futbol con los amigos”, e incluso
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H isteria masculina
le puede decir “ahora papá tiene que ir a jugar al
póker con sus amigos”. Pero no existe la posibi-
lidad de decirle “ahora papá tiene que fumar un
cigarrillo”. Él nota cómo esa actividad está sepa-
rada de cualquier tipo de normatividad. No puede
recurrir a ningún semblante para nombrar esta
actividad vinculada con el fumar, que viene ya de
su juventud. El fumar, entonces, tiene un valor
autoerótico y masturbatorio para este varón.
La masturbación no es tocarse el pito, no es la
satisfacción del órgano genital. Cuando este varón
me cuenta esto que le está pasando en relación
al fumar, me está hablando del carácter mastur-
batorio que tiene el cigarrillo para él. ¿Cómo
escucha un analista? No lo que literalmente le dice
alguien. Una persona no te habla de la masturba-
ción cuando te cuenta si se hace la paja o no. No
estamos hablando de eso. El carácter masturba-
torio lo puede tomar cualquier actividad, puede ser
trabajar incluso. Masturbatorio puede ser hasta
el encuentro con otra persona. De hecho muchos
encuentros hoy en día no son encuentros de pareja,
sino que son encuentros de autoerotismos. No por
estar con alguien se está menos sólo a veces. Sería
un tema aparte ese.
A lo que quiero volver con esto es que en el
pasaje del ser al tener aparece la masturbación y
aparece la sanción culpabilizante de la masturba-
ción, por eso aquello de lo primero que es culpable
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Luciano Lutereau
el niño es de castrar a la madre con la masturba-
ción. Culpable de su autoerotismo. ¿Y para qué
necesita al padre un niño? Para que lo castigue.
Para poder aliviarse de la culpa, para poder dejar
de ser culpable. ¿No es eso lo que dice Freud en
“Pegan a un niño”? Que “pegan a un niño” es una
fantasía masturbatoria. ¿Qué es lo que Freud no
logra explicar de pegan a un niño cuando pasa de
la fase inicial en relación al complejo fraterno y
a la rivalidad? Dice “es una fantasía que siempre
se presenta con culpa” y esa culpa tiene que ver
con un elemento inconsciente. Lo irreductible de
la culpa en la fantasía de pegan a un niño, que
muestra de qué manera el padre pega. Podríamos
decir: es padre todo aquel Otro que pega para
reducir la culpa por el autoerotismo. Está en
función paterna todo aquel Otro que representa
una instancia de castigo para reducir la culpa
autoerótica. Claro, con una derivación inmediata
como se imaginan: así como el castigo viene a
reducir la culpa, por la satisfacción autoerótica,
¿qué es lo que puede pasar inmediatamente? Que
se erotice el castigo. Algo que también muchas
veces corroboramos en niños. Esos niños que
justamente buscan ser retados. ¿No encontramos
muchas veces, en los niños que cometen torpezas
como para que alguien los rete, casos de este
estilo? Donde el castigo no puede ser representado
fantásmaticamente y se actúa en las consultas
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H isteria masculina
de muchos niños. Hoy en día en la escuela encon-
tramos este tipo de presentaciones en los niños
con situación de trastornos de la conducta. Son
niños que todo el tiempo están buscando que uno
los rete, los sancione, que los expulse. Se actúa la
fantasía de castigo, donde no se la puede inscribir
simbólicamente. Fíjense entonces cómo en esta
estructura que acabo de desarrollar tenemos el
pasaje del padre a la madre, a través de la culpa.
A través de ese elemento mediador, culpa por el
autoerotismo, por castrar a la madre, culpa que
necesita del castigo del padre.
En este punto queda constituida, a partir
de pegan a un niño, esta fantasía que mencio-
naba recién. La fantasía de seducción. En última
instancia la fantasía de seducción es una deriva-
ción de esa fantasía fundamental que es la de pegan
a un niño. ¿Qué es lo que dice Freud en el texto
“Pegan a un niño” cuando afirma que en última
instancia la fantasía de ser pegado es una desfi-
guración de otra fantasía, que cuál es? La de ser
poseído por el padre. Ser castigado por el padre es
equivalente, entonces, a ser poseído sexualmente
por el padre. De esta forma podemos ubicar clara-
mente cómo la fantasía de seducción, mucho antes
de la distinción entre neurosis y psicosis, mucho
antes de la distinción entre histeria y obsesión,
es una fantasía constitutiva del sujeto. De hecho
fíjense que la fantasía de seducción la encuentran
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Luciano Lutereau
todo el tiempo en Schreber, que termina siendo la
mujer de Dios. Insisto, la fantasía de seducción es
constitutiva del sujeto. Es lo que acabo de expresar
justamente hablando de ese pasaje de la madre
al padre. ¿Por qué el padre? Obviamente no como
el padre real, como la persona. Nombramos como
padre todo aquello que permite realizar ese pasaje
y que supone una instancia castigadora para el
autoerotismo, quedar separado del autoerotismo.
Como mencionaba recién en los ejemplos: este tipo
tiene que esconderse para fumar, tiene que ir a
fumar a solas, cuando nadie lo ve.
Ahí se ve claramente cómo el autoerotismo
divide, produce conflicto. En última instancia lo
que escuchamos muchas veces en las consultas de
pacientes neuróticos sobre todo es ese conflicto con
el autoerotismo. Lo que Freud llamaba el conflicto
con la sexualidad. Que justamente es lo que motiva
la producción de síntomas. Ahora decía recién que
la fantasía de seducción es constitutiva del sujeto.
La fantasía de seducción es al mismo tiempo la
que permite diferenciar la posición masculina de
la posición femenina. Mucho antes de pensar una
defensa contra la fantasía de seducción, tenemos
que pensar que esta fantasía se instancia de forma
diferente, según alguien sea varón o mujer. La
fantasía de seducción es constitutiva del sujeto, es
decir que es constitutiva de la posición sexuada del
sujeto. Porque en términos generales, más allá de
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H isteria masculina
la anatomía, vamos a llamar mujeres a todos aque-
llos seres que se sitúen ¿en qué polo de la fantasía
de seducción? Como objetos de la seducción. ¿Y el
varón tiene que hacer qué trabajo? ¿De qué lado
se tiene que situar? Del lado de seductor, para no
ser seducido. Porque también su posición inicial
es la de ser seducido. Tal como desarrollé recién la
fantasía de pegan a un niño que tiene en su centro
la fantasía de ser pegado por el padre, ubica que
el lugar de objeto corresponde a ambos. Para la
mujer se va a tratar de asumir ese lugar de objeto,
para el varón se va a tratar de compensar esa posi-
ción pasiva y acá es donde quiero introducir este
término. La fantasía de seducción lo que nombra es
que la posición inicial del sujeto en la estructura es
como objeto, o mejor dicho, es una posición pasiva.
Esto es algo central. Porque pasividad ahí no
quiere decir cualquier cosa. Saben que en la obra
de Freud hay diferentes momentos, y un momento
muy importante es en “Pulsiones y destinos de
pulsión”, cuando encuentra la distinción entre
metas pasivas y metas activas de la pulsión. Para
Freud las pulsiones que pueden ser reprimidas
son las pulsiones que son activas, las pulsiones de
meta pasiva no. Por ejemplo, en el caso del varón
en el Edipo positivo el deseo de la madre es una
pulsión activa y, por lo tanto, puede ser repri-
mida. Ahora bien, el Edipo negativo del varón, que
tiene que ver con la posición pasiva respecto del
25
Luciano Lutereau
padre, ¿puede ser reprimido? ¿Hay represión del
Edipo negativo en Freud? No, porque son metas
pasivas. Por lo tanto la posición pasiva, si no puede
ser reprimida, no aparece en síntomas, debido a
que el síntoma es un retorno de lo reprimido. Si
no aparece en síntomas entonces ¿cómo aparece?
Por lo general aparece en la transferencia. Por eso
Freud ubica que el fin de análisis no tiene que ver
con la histeria y la obsesión, o con la neurosis y
la psicosis. Freud nunca pensó un fin de análisis
en función del síntoma. En “Análisis terminable
e interminable”, cuando Freud piensa el fin de
análisis, ¿cómo lo está pensando? Cuando dice “la
roca dura de la castración…” ¿para quienes? Para
hombres y mujeres. Para Freud el fin de análisis
tiene que ver con la posición sexuada, no con el
síntoma. La roca dura de la castración tiene que
ver en los varones fundamentalmente con lo que él
llama la protesta masculina, con la posición pasiva
respecto de otro hombre. Lo que Freud nos está
diciendo es que en el análisis de un varón quizás
lo curemos de muchos de sus síntomas, pero tarde
o temprano se va a actualizar el conflicto transfe-
rencial en relación a la posición pasiva. Y es ahí
donde va a ser el verdadero problema del análisis,
no en la resolución de los síntomas. Pongamos
un ejemplo concreto: a un obsesivo varón muy
posiblemente lo podamos curar de sus síntomas,
de sus autorreproches desfigurados, pero de su
26
H isteria masculina
carácter supersticioso quizás no. Hay obsesivos
que se pueden analizar 20 años pero salen a la
calle y van pisando las rayitas, no sea cosa que…
[risas]. Y ni hablar de cómo eso se manifiesta, por
ejemplo, en la relación con el destino, la supers-
tición –la posición pasiva respecto del destino–.
Desde el “me puede pasar algo que yo no controle”,
yo no piso las rayitas por las dudas, como forma de
reaseguramiento respecto de que pase algo que no
estaba previsto. Eso se juega en la transferencia
respecto de la confianza con el analista, que para
un obsesivo varón con un analista varón es muy
difícil poder, en última instancia, recibir las inter-
pretaciones sin quedar pasivizado. Me parece que
muestra la complejidad que tiene la clínica psicoa-
nalítica. A veces se ordena muy rápido y se buscan
fórmulas sencillas para poder entender histeria,
obsesión, etc., pero el formulismo no resuelve los
problemas. En última instancia el problema de la
transferencia es el gran problema de los análisis.
Más allá de las fórmulas que podamos encontrar
para nombrar tal o cual cosa.
Volviendo a nuestro tema. El otro punto que
me parece importante justamente tiene que ver
con las pulsiones que son de meta pasiva, que
como tal no son reprimibles. Esto tiene que ver
con la posición pasiva en la fantasía de seducción,
establece la diferencia masculino-femenino. La
mujer tendrá que ocupar el lugar de objeto, pero
27
Luciano Lutereau
el varón también lo ocupa. En última instancia,
como nos muestran claramente los adolescentes
cuando empiezan a desarrollarse ¿a qué juegan
habitualmente? Al famoso “a que no te animás
a hacer tal cosa”. Y el que no lo hace es menos
hombre, y ahí aparecen las dos grandes fantasías
de masculinización de los varones: la homosexuali-
zación (“maricón” donde se supone al homosexual
como feminizado, porque en última instancia en
la fantasía de seducción quedar en el lugar de
objeto es feminizante). ¿Por qué los adolescentes
pueden decir “¿a que no te tomás este vaso de
vodka completo?”, si no es porque se juega algo
del orden de la fantasía? Si no lo fuera, ¿qué es
lo que sostiene eso? En última instancia el desa-
rrollo de la masculinidad tiene que ver con la
compensación de esa posición pasiva. Ser varón –
masculinizarse, para decirlo de otra manera– es
transformar esa posición pasiva en actividad. Por
ejemplo “no soy seducido, soy seductor”. Para poder
hacer ese movimiento de la posición pasiva a la
posición activa, todo varón atraviesa dos grandes
conflictos. El primero de esos conflictos tiene que
ver con la demostración de la potencia, con mostrar
que puede, lo cual confronta con la vergüenza de
no poder. Para transformar la posición pasiva en
activa hay que poder subjetivar la impotencia,
algo que nos muestran muy bien los jóvenes hoy
en día cuando sabemos que los varones adoles-
28
H isteria masculina
centes son los principales consumidores de Viagra,
lo cual es sorprendente porque uno debería estar
de acuerdo en que son aquellos que no tienen un
problema fisiológico con la erección. ¿Con qué
tienen un problema los jóvenes, si no es justamente
con la fantasía? Evidentemente no es a nivel del
órgano. La impotencia psíquica de los jóvenes tiene
que ver con el punto en que no han subjetivado
la impotencia y, por lo tanto, la vergüenza que
produce quedar en ese lugar de impotencia hace
que prefieran recurrir al Viagra como una garantía
perfecta de que eso va a funcionar. Lo encontramos
en síntomas también muy comunes de los adoles-
centes como la excesiva timidez. Algo que les pasa
sobre todo a los varones que son muy lindos, por
decirlo así; justamente por ese lugar tan fascinante
que tienen, de ser mirados. Yo atendí bastante a
varios muchachos y siempre me llamó la aten-
ción cómo los más feos son los que más levantan,
y los más bonitos son los que siempre están en ese
lugar de ser objeto de la mirada. El que es fulero
sabe que si no hace algo, no hay manera. Hay un
refrán que dice “el burro no coge por lindo”, lo cual
muestra claramente que los lindos no cogen tanto
como parece [risas]. No se trata de una cualidad
objetiva, sino de una posición de lindo, la de “lindo”
como posición subjetiva [risas]. No alcanza con ser
lindo, no alcanza la identificación al falo para que
se produzca el acto.
29
Luciano Lutereau
En ese punto, decía, un primer conflicto que
atraviesa un varón tiene que ver con la demos-
tración de la potencia donde de lo que se trata
justamente es de la subjetivación de la impotencia,
este no quedar dividido respecto de la impotencia
de forma avergonzada. Porque muchas veces la
impotencia es un signo de deseo, ¿no es algo de lo
que nos hablan muchos varones? ¿De qué manera
estuvieron con una chica, con otra, con varias, y el
día en que están con la que les gusta, ese día no
funciona? En ese punto el deseo es impotentizante
para el varón. A eso me refiero con subjetivar la
impotencia. Subjetivar la impotencia no es que no
ande. Subjetivar la impotencia es poder quedar
dividido respecto del deseo a sabiendas de que
nadie es sujeto de lo que desea. La división entre
sujeto y deseo es estructural. El deseante no es el
aquel que es el dueño de su deseo. Es una ilusión
de la conciencia creer que alguien puede decir “yo
deseo, mi deseo, el deseo del sujeto”. Sujeto y deseo
son dos cosas totalmente distintas. El deseo más
bien aparece por lo general en un lugar diferente
a donde aparece el sujeto. Este es un punto muy
importante a tener en cuenta, sobre todo cuando
se habla del sujeto de deseo o el deseo del sujeto.
Son cosas que a veces se juntan, pero que no van
por el mismo lado.
Decía entonces que un conflicto tiene que ver
con la subjetivación de la impotencia, y el segundo
30
H isteria masculina
conflicto tiene que ver nuevamente con los celos.
Pero con los celos posesivos, que no son los celos de
la histeria. Son los celos del varón. Todo varón que
en última instancia está interesado por una mujer
–o por otro cuerpo, digámoslo más general–, si está
interesado como varón, está interesado de manera
posesiva. Los varones desean posesivamente. Algo
que conocemos en todas las canciones de amor.
Todas dicen “quiero que seas mía”. Es notable eso,
en las canciones a veces cómo hablan desde ese
vocabulario que tiene que ver con el agarrar al
otro. Algo que muchas veces resulta muy proble-
mático, esa forma posesiva de amar. Cuando Freud
piensa el análisis para el varón, plantea que tanto
estos dos síntomas que transforman la pasividad
en actividad, estos dos conflictos del varón que
se encargan de dicha cuestión, lo esperable sería
que se atraviesen, no que un varón ame toda su
vida posesivamente. De la misma manera que en
algún momento atraviese la vergüenza de la expo-
sición ante al deseo. En ese sentido Freud tiene
una idea de que lo esperable sería que el análisis
produzca algún tipo de atravesamiento de eso. Por
eso Freud los presenta como conflictos de la mascu-
linidad. En ese sentido me parece que es bien
interesante el planteo de Freud, porque piensa la
masculinidad no como algo evidente, sino que la
masculinidad es una atravesamiento de conflictos.
Algo que en toda cultura existió, mediante ritos
31
Luciano Lutereau
de iniciación. Ese punto donde en toda cultura
encontramos que la diferencia entre el niño y el
hombre es discreta. Siempre hay un corte. Una
tribu donde por ejemplo lo dejan en la selva, y si
no se lo comen los lobos, recién ahí entonces puede
volver al día siguiente. A partir de ese momento
puede acceder a una mujer. En nuestra sociedad
se observó en el pasaje a usar pantalones largos en
algún momento; o que lo lleven a debutar. En abso-
luto el ir a debutar tiene que ver con una cuestión
de tener relaciones sexuales. El debut sexual en
prostíbulo es una escena vinculada a otro varón.
Tenía que ver con poder decirle al otro varón que
se pudo. Es claramente una escena relacionada
con la pasividad. Es ir a mostrarle a otro varón,
el padre, tío, los amigos o sustituto del padre, que
no se estaba en esa posición pasiva. De ahí que
muchas veces quienes cuentan su primera vez en
un prostíbulo, cuentan situaciones que son hasta
traumáticas: que no la pasaron bien, no es “qué
bien que estuvo la primera vez”. Hay una anéc-
dota muy graciosa que cuenta Jorge Luz, no sé
si lo conocen, cuando cuenta su primera vez y es
fabuloso. Lo cuenta alguien que es homosexual,
pero ser homosexual no quiere decir no ser varón,
porque la homosexualidad masculina está atra-
vesada por estos mismos conflictos. Cuenta su
primera vez de una forma que es realmente gracio-
sísima porque el tipo da cuenta de todos los hilos
32
H isteria masculina
que hay ahí, de cómo la primera vez de un varón
se trata de todo menos de estar con una mujer. En
todo caso eso vendrá después.
Decía en este punto que la fantasía de seduc-
ción es estructural para el varón. Y para la mujer
también, pero en todo caso podemos hablar de la
mujer en otro momento. En este punto, tenemos
para el varón inicialmente la fantasía de seducción
con el lugar de objeto pasivo respecto del padre
y los conflictos que trasforman esa pasividad en
actividad: subjetivación de la impotencia, atrave-
samiento del deseo posesivo, es decir, vergüenza y
celos como conflictos propios de la masculinidad,
como forma de transformación de lo pasivo en
activo.
Hay un punto donde podríamos preguntarnos,
cuando atendemos a un varón, en realidad, ni
siquiera a un varón, independientemente del
sexo anatómico, porque hoy en día algo bastante
notable es encontrarnos con mujeres que siguen
las mismas vías que los varones. De hecho ya
esto es algo que había notado Freud. Plantea que
una salida del Edipo para la mujer es el complejo
de masculinidad. Esto quiere decir: una mujer,
aunque no tenga pene, no por eso puede ser menos
varón. Fíjense como ya Freud en su momento
había notado que lo que arma la distinción mascu-
lino-femenino no tiene que ver con la presencia/
ausencia de pene. El complejo de masculinidad en
33
Luciano Lutereau
la mujer muestra claramente una mujer sexuada
masculinamente. Yo pienso en una mujer en parti-
cular, cuyo caso pensé durante mucho tiempo como
uno de histeria. Uno por defecto muchas veces
piensa apresuradamente “ah es una histeria”. Es
una mujer que se dedica al mundo de la política,
en ese entonces vinculada al mundo del poder.
Ocupa un lugar destacado en una organización
política, está acostumbrada a mandar. Ella tiene
un marido, y eventualmente un amante, rota-
tivo. Sin embargo cuida mucho a este marido,
al cual ama mucho. Pero su erotismo está total-
mente fuera de esa relación. Su erotismo pasa, por
lo general, por la relación respecto del amante.
Amantes con los cuales ella no llega a un punto
donde se engancha y piensa en dejar a su marido
por el amante. Ella tiene en claro que en última
instancia es un amante. Y hasta se da cuenta en
cierto punto que todo el enganche que hay con
estos tipos, sus amantes, no es por algo vinculado
a la transgresión, porque pasa por fuera, porque
para ella de alguna forma la imagen de la pareja
es una imagen muy desinvestida de erotismo. En
cierto punto yo me empecé a dar cuenta de que esa
es la división típica entre amor y deseo tal como la
viven los varones, sólo que vivida por una mujer.
Inicialmente, quizás de manera prejuiciosa, por
ser una mujer que me hablaba de su insatisfac-
ción sexual con su marido, yo decía “claro, típico
34
H isteria masculina
de una histeria”, incluso se ubicaba el fenómeno
de frigidez. Sin embargo cuando pude empezar a
escuchar otra cosa, ella me empezó a hablar de
otra cosa también. A veces pasa eso, cuando uno
está dispuesto a escuchar otra cosa, también te
hablan de otra cosa. Y ella me empezó a hablar
de esa división que padece entre lo público y lo
privado, cómo ella dentro de su casa necesita
cierto orden que le garantiza la relación con este
marido, que es de mucha contención, amorosa. Y
por fuera del ambiente doméstico, el deseo, pero
afuera de casa. En definitiva, uno podría decir
“como cualquier varón”. Ni siquiera esa es una
distinción de obsesivo. La división entre amor y
deseo es una división de los varones, no exclusiva
del neurótico obsesivo. Muchas veces se habla de
“la distinción entre la madre y la puta propia del
obsesivo”. Freud en su texto “Sobre la más gene-
ralizada degradación de la vida amorosa” habla
de la división de los varones. No habla de la obse-
sión. Nos olvidamos que en ese texto para hablar
de la división entre deseo y amor, Freud no está
hablando de neuróticos, está hablando de la sexua-
ción masculina.
Por eso subrayaba, al principio, cómo muchas
veces dejamos de tomar la cuestión de la diferencia
sexual, la cuestión de género o la distinción mascu-
lino-femenino, y pensamos algo que es muy común
en las supervisiones, la pregunta “¿este paciente
35
Luciano Lutereau
qué es? ¿Neurótico, psicótico, obsesivo, histérico?”.
Noto que quienes supervisan quieren saber rápi-
damente el diagnóstico, y no tienen idea de si
están frente a un hombre o una mujer. La primera
pregunta que uno tiene que hacerse es “¿qué
clase de conflicto tiene con su posición sexuada?”
Si es un varón o una mujer, es decir dónde está
posicionado. No sea cosa que yo interprete como
neuróticas cosas que tienen que ver con su posición
sexuada. Con lo cual eso sería una psicopatologi-
zación innecesaria. La división de esta mujer, en
la referencia que acabo de comentar, entre deseo y
amor, no era sintomática. No es un síntoma anali-
zable eso. Me gustaría saber su opinión hasta acá.
Intervención: a mí me confunden las pautas que
diste para diagnosticar una histeria y las pautas
de la posición masculina, el lugar de varón, porque
en las dos hablabas del asco y de los celos…
Los celos de por sí no son un síntoma. Pueden
ser un síntoma o no serlo, eso no es evidente. Los
celos son un típico síntoma histérico. Ahora bien,
los celos pueden no ser un síntoma. El tema es
cuando nos encontramos con un fenómeno clínico,
la cuestión es pensar cuál es la posición subjetiva
que sostiene esa presentación. Los celos histé-
ricos son absolutamente distintos. Ni hablar de los
celos femeninos. Sin duda las mujeres suelen ser
36
H isteria masculina
mucho más celosas que los varones. Sin embargo,
no todos los celos de las mujeres son celos histé-
ricos. El tema es cuándo son sintomáticos y cuándo
no. ¿Qué distingue a los celos histéricos? No son
comunes en el varón histérico. Son un síntoma
típico de la histeria femenina. ¿Qué hace a los
celos de la histeria?
Intervención: pensaba en el caso Dora, respecto
de la pregunta qué es ser una mujer.
Yo creo que la pregunta qué es ser una mujer no
queda muy clara. Eso es algo que Lacan menciona
en el seminario 3 y creo que, como pueden notar,
yo estoy tratando de presentar las cosas de una
forma en la que no repitamos siempre lo mismo.
A veces es agobiante que para hablar de ciertos
temas tengamos que decir siempre lo mismo.
Porque parece que es obvio. Pensémoslo de esta
forma: ¿por qué Dora enferma, cómo empieza
la neurosis de Dora? ¿En qué momento Dora
enferma? Sabemos que la escena del beso es una
escena previa a que Dora se empiece a quejar. La
pregunta que inicia el caso Dora es “si Dora se
puede bancar que un tipo le dé un beso de prepo
en un negocio e incluso la apoye, si Dora se puede
bancar eso sin decir ni ‘mu’, ¿por qué el día que
el tipo le dice ‘mi mujer no es nada para mí’, ella
estalla?”. Hay una desproporción. El momento
37
Luciano Lutereau
del inicio de la enfermedad propiamente dicha
de Dora, el desencadenamiento de su neurosis,
es el momento en que el tipo se le declara. ¿Cómo
puede ser que Dora se revuelva contra la decla-
ración de un tipo que le gusta? Porque no hay
ninguna duda de que a Dora le gusta el señor K.
De hecho le cuida los hijos, se deja dar un beso, se
deja apoyar, acepta sus regalos. ¿Y por qué es tan
escandalosa la frase del señor K?
Intervención: vos habías mencionado recién que
había algo del deseo del varón… Lacan menciona
la función del tercero en tanto tendría el poder de
resguardarla…
Entiendo lo que decís pero no lo quiero aceptar
si no me lo explicás claramente.
Intervención: la triangularidad, este tercero que
pone a resguardo de quedar totalmente del deseo
de este Otro.
¿Y qué quiere decir eso? ¿Cómo verificás clíni-
camente eso? Te estoy chicaneando [risas], te pido
disculpas por ser pesado [risas]. Pero a mí me preo-
cupa que a veces uno puede rápidamente decir
“Porque cuando el señor K le dice ‘mi mujer no
es nada para mí’, se cae la estructura ternaria de
donde ella se identifica al señor K para pregun-
38
H isteria masculina
tarse por el misterio de la feminidad”. Listo,
ahora ¿cómo ves eso en cualquier otro caso de
histeria? Lo vemos ahí porque lo dice Lacan. El
problema es: ¿nuestras certidumbres clínicas se
desprenden de nuestra experiencia o de lo que
dice Lacan? Tiene que ser nuestra experiencia la
que sostenga las cosas, no lo que han dicho otros.
En ese sentido usamos la teoría defensivamente.
Por eso te chicaneo, porque, insisto, quiero tratar
de mostrar un problema. La frase “Mi mujer no es
nada para mi” es escandalosa si uno lee el histo-
rial de Freud, porque ¿a quién le había dicho el
Sr. K esa frase antes?
Intervención: ¿no ocurre también que Dora en
ese juego ocupa un lugar de amante, y ante esa
frase ella queda fuera del lugar de amante?
Yo creo que es muy complejo verlo así. Lo que
vos estás planteando lo diría de esta forma “Dora
al pegarle una cachetada al señor K, cuando éste
le dice ‘mi mujer no es nada para mí’, lo que hace
es dejar de sostener el lugar de identificación con
ese varón para acceder a la señora K”. ¿Cuál es el
problema de esa lectura? Que supone que Dora es
histérica antes de desencadenar su histeria. Una
lectura muy problemática que hace Lacan en el
seminario 3, de la que se da cuenta que no es una
buena lectura y por eso en el seminario 5 hace una
39
Luciano Lutereau
lectura totalmente distinta. Pero la del seminario
3 es la que por lo general repetimos. El problema
en la lectura de Lacan es que aprendemos todo lo
que Lacan dijo, pero no aprendemos de cómo se
daba cuenta que se equivocaba también. La frase
“mi mujer no es nada para mi” es un problema,
porque es la misma frase que el señor K le dijo a la
gobernanta. En ese punto lo que le molesta a Dora
es que el tipo se la está queriendo levantar dicién-
dole lo que le dice a otra. A la platea femenina
del salón: ¿cuál es el reproche más común de una
mujer a un varón? “¡Sos un chamuyero!” Exacto
[risas]. Un tipo con chamuyo no alcanza. Un tipo,
si es puro chamuyo, ¿qué produce en una mujer
por lo general? Distancia, rechazo. Es claramente
una posición femenina de Dora esa, la cachetada
al señor K es lo menos histérico que tiene Dora.
En todo caso el encuentro con la fantasía de seduc-
ción en la escena del lago produce una defensa
posterior que es el desencadenamiento de una
neurosis histérica que se corrobora en el primer
sueño de Dora, donde queda dividida entre ser la
mujer de un hombre o ser la nena de papá. Ahora
bien, esa es la instancia de desencadenamiento
de la histeria. No es que alguien es histérico. Por
eso cuando empezamos a atender pacientes es tan
importante ubicar no solamente si es neurótico o
psicótico. La pregunta que tiene que hacerse un
clínico en este punto es: si tengo la sospecha de
40
H isteria masculina
que es neurótico ¿cuándo se neurotizó? ¿En qué
circunstancias se neurotizó? ¿Qué acto es el que
produjo como efecto el síntoma neurótico? Esa es
la perspectiva del clínico. Porque si no creemos que
los pacientes “son”, como si fueran formas de ser.
Los síntomas son respuestas. Dora se neurotiza en
un momento muy puntual, en el punto en el que se
encuentra con el que el tipo que le gustaba no se
sostiene, una posición muy habitual de la que se
quejan muchas mujeres hoy en día. Esta mañana
una paciente me decía de forma encantadora, a
propósito de un tipo, “de él no se puede esperar
mucho”, y enseguida se corrige y dice “¿de qué
tipo se puede esperar mucho?”. Me pareció encan-
tadora esa distinción. Porque, es verdad, los tipos
tarde o temprano decepcionan. La expectativa que
puede tener una mujer respecto de un hombre,
es cualquier cosa menos que el tipo que va real-
mente a responder a ese ideal que no es más que
la fantasía del príncipe azul, que es una fantasía
defensiva respecto de la fantasía de seducción.
¿De qué forma se defienden muchas mujeres de
la fantasía de seducción? Suponiendo que habría
uno que no sería un seductor, que sería ese prín-
cipe azul que en realidad es el que las querría,
que no las va a decepcionar ni traicionar. Esta
mujer, un poco más advertida, lo que decía en defi-
nitiva es que tarde o temprano los tipos caen. Y
entonces dice algo así como “Bueno, mucho no se
41
Luciano Lutereau
puede esperar, otra cosa sería no esperar nada”.
De hecho es una posición defensiva de muchas
histéricas de hoy en día. Para no esperar mucho,
no esperar nada. Y estamos hablando de esperar,
que en última instancia todo lo que es esperar ¿es
un sustituto de qué? ¿Cuál es la dulce espera? Un
hijo. A mí ese punto me parece tan importante
destacarlo debido a que me parece que en nuestra
lectura actual de lo que hacemos los lacanianos, en
las neurosis nos olvidamos muchísimo del lugar
de la fantasía. No leemos las neurosis a partir de
defensas respecto de fantasías. Y tenemos un voca-
bulario muy aturdido. Decimos “el goce, el falo”, y
después nos olvidamos del lugar estructurante que
tiene la fantasía y la defensa, que son los opera-
dores básicos de Freud. Lo que nos encontramos
hoy en día muchas veces es que los practicantes
no pueden reconstruir cuáles son las fantasías de
sus pacientes. Es un problema eso. ¿No les parece?
Intervención: sí, pero hay muchos que no saben
cuáles son sus fantasías…
No, uno se analiza para poder alcanzar algo
de eso. Para ubicar cuál es la fantasía de la que
goza, uno se analiza bastantes años. Me parece
que en última instancia el análisis de pacientes
es poder ubicar cuáles son las fantasías de las
que se defiende. Esto venía a cuenta de lo que
42
H isteria masculina
decía la compañera cuando hablaba de qué es ser
una mujer. La histérica no se pregunta qué es ser
una mujer. Nunca encontramos a una histérica
preguntándose qué es ser una mujer. Los celos
son claramente la forma de encarnar el misterio
de la feminidad. Pienso en una paciente en parti-
cular que en cierto momento va caminando por la
calle y se cruza con su ex. Él le pregunta qué tal, a
lo cual ella contesta “Bárbaro, estoy saliendo con
un chabón, re bien la verdad, tiene lancha en el
Tigre…” [risas]. En definitiva le refriega su nuevo
novio al ex. Y luego le repregunta “¿Y vos en qué
andas?” Y él solo le dice “Todo bien”. Furiosa vino
al consultorio [risas]. Empezó en ese momento a
stalkearlo, a tratar de ver en Facebook si estaba
saliendo con alguien. Cuando finalmente se entera
con quién sale, viene la pregunta “¿Y qué hace con
esa mina? Es fea, medio groncha además, cómo
puede ser”. Ahí tienen el funcionamiento de los
celos histéricos. Ese punto donde los celos son el
querer saber sobre el deseo del varón. “¿Qué hace
con esa? ¿Cómo puede ser que te guste Pampita
con lo ordinaria que es?” Todas cuestiones que
he escuchado. Esa es la pregunta qué es ser una
mujer.
Intervención: esto como síntoma está sustitu-
yendo la pregunta…
43
Luciano Lutereau
Esa es la pregunta qué es ser una mujer. Lo
vas a encontrar siempre sintomatizado a través
de los celos, que interrogan no cualquier cosa, sino
–y esto es lo propio de los celos histéricos– inte-
rrogan el deseo del varón. “¿Qué viste ahí?”, ese
punto donde el deseo se vuelve enigmático. Ahora
bien, quiero volver a un punto anterior. Nada que
ver entre esa estructura de celos histéricos, muy
propios de las mujeres, con los celos posesivos
de un varón. Hoy en día nos consultan muchas
veces los varones por celotipias. Los celos de los
varones son muy frecuentes hoy en día. ¿No nos
encontramos con tipos que le revisan el celular a
las parejas? ¿Que les preguntan: ‘¿A dónde vas,
así salís vestida?’”. ¿No es el pan de cada día?
Claramente se acentúan las escenas de celos pose-
sivos de los varones hoy en día cuando la mujer
tiene muchas más libertades. Evidentemente
nuestra época supone todo el tiempo un goce en
las mujeres. Además hay una diferencia abismal:
los celos posesivos de un varón suelen ser cons-
cientes. Los celos histéricos de una mujer suelen
ser inconscientes. Esto es, piensen en el caso de la
joven carnicera, el caso de Freud. Su sueño es un
sueño de celos, es una formación del inconsciente.
Quiero volver a lo que decía respecto de la
masculinidad. Se define entonces a partir de la
fantasía de seducción y como compensación de
la posición pasiva. ¿Qué es lo que hace el varón?
44
H isteria masculina
Transforma la pasividad en actividad, justamente
a través del conflicto de impotencia, a través de
la subjetivación de la impotencia y a través del
deseo posesivo. Es decir, del conflicto del deseo
posesivo. Ahora bien, esto no le pasa a todos los
varones. Para poder ubicar o hacer el pasaje de
pasivo a activo, hay que poder atravesar una
fantasía muy específica. ¿Cuál es la transfor-
mación de la fantasía de seducción para poder
masculinizarse? ¿En qué transforma un varón la
fantasía de seducción para poder masculinizarse?
En una fantasía parricida. Si yo soy seducido por
mi padre, la única manera en que yo puedo ocupar
un lugar activo es matando al padre. Es lo que le
pasa al hombre de las ratas, que es claramente
un varón, además de un neurótico obsesivo ¿Qué
es lo que le pasa después de una relación sexual?
¿Qué pensamiento le viene a la cabeza? “Por este
placer uno podría matar a su padre”, y después
aparece la culpa. Fíjense cómo tenemos inicial-
mente una posición masculina y la objeción de esa
posición masculina, obsesivamente. El autorre-
proche es claramente un síntoma de la obsesión
masculina. Como vamos a ver en el próximo semi-
nario, en la obsesión femenina no encontramos ese
mismo funcionamiento. La duda es un síntoma
típico de los obsesivos varones. Las mujeres obse-
sivas no son cavilosas, dubitativas, irresueltas.
Tienen una presentación completamente distinta.
45
Luciano Lutereau
Lo que más me importa que ustedes se lleven de
este encuentro es empezar a problematizar que la
obsesión de una mujer no es como la de un varón
en un cuerpo de mujer. Esa es una idea que no es
clínica, es un prejuicio. Que la histeria masculina
no es la histeria de una mujer en el cuerpo de un
varón. La pregunta qué es ser una mujer es una
pregunta propia de la histeria femenina. El histé-
rico varón no se pregunta qué es ser una mujer.
¿De qué manera el varón obsesivo puede trans-
formar lo pasivo en activo? A través de una fantasía
parricida. Como el varón suele quedar atrapado en
esa fantasía parricida, cree que justamente matar
al padre quiere decir, literalmente, matar al padre.
¿Se les ocurre algún ejemplo de esto?
Intervención: los Shocklender.
Hay ejemplos más sencillos, más básicos [risas].
Aquellos que eligieron dedicarse a algo completa-
mente distinto a lo que hacen sus padres. Están
aquellos que no pueden recibir nada de sus padres.
Todo un tema ese punto. Sin duda, sobre todo en
los obsesivos, la fantasía parricida aparece como
agresividad, que es la que muestra el hombre de
las ratas. Ahora bien, desde esa fantasía parri-
cida, ocupar el lugar del padre, la manera en que
el obsesivo la interpreta es “como ocupar el lugar
DEL padre”.
46
H isteria masculina
Intervención: sacarlo de lugar.
Por eso digo que el obsesivo interpreta la
fantasía parricida de forma agresiva. Esa es
una forma de sintomatizar la fantasía parricida.
Alcanza con ocupar el lugar DE padre, que es lo
que encontramos en muchos varones hoy en día,
que rechazan la paternidad. ¿Por qué muchos
varones hoy en día se neurotizan cuando están
por ser padres? En ese sentido la paternidad es
claramente una realización masculina. Hace poco
leía un artículo muy interesante que decía “por lo
general las mujeres realizaron muchos descubri-
mientos científicos en la historia de la humanidad,
solamente que, a diferencia de los varones, ellas
por lo general no le ponen su nombre a aquello que
descubren”. Hay algo del nombrar con el propio
nombre, en tanto el nombre propio es un modo
de realizar la fantasía parricida. Nombrar algo
es quedar en el lugar de padre respecto de algo.
¿Se les ocurre algún ejemplo? ¿Por qué en psicoa-
nálisis decimos Freud, Lacan, y cuando tenemos
que hablar de las mujeres decimos “Colette
soler”, “Melanie Klein”, por qué a las mujeres
las nombramos por su nombre de pila y no sola-
mente por su apellido? ¿Por qué en el caso de los
varones el apellido tiene una función claramente
nombrante y en las mujeres no? A las mujeres las
nombramos utilizando el nombre de pila. Cris-
47
Luciano Lutereau
tina es Cristina porque es mujer, otro ejemplo es
Lilita. El uso nombrante del apellido es una de las
formas en que se realiza la fantasía parricida del
varón. Pienso en el caso de un paciente que cuando
consultó estaba padeciendo ciertos síntomas, y en
cierta ocasión yo le pido que me dé su mail, para
mandarle algo por correo, y me doy cuenta que
su mail era su apellido@tanto, y le pregunto “¿Y
este mail cuándo lo abriste?” Curiosamente me
doy cuenta que coincide con el momento de apari-
ción de su síntoma. Es el punto donde el utiliza el
nombre, su mail es su “apellido@”, un equivalente
a robarle el apellido al padre. Es afirmar “Soy el
único”. Su mail no era su inicial y su apellido, o
su nombre y su apellido, sino el apellido solo. La
realización de ese acto, poder quedar ubicado en
el lugar de padre, es usar el apellido de forma
nombrante, simbolizar la potencia con el nombre
propio. De ahí que los varones suelen tener una
obsesión –no en el sentido clínico–, suelen estar
mucho más interesados en hacerse un nombre que
las mujeres. A éstas no les importa tanto. Algunas
son más masculinas y sí.
Intervención: ¿no será que el nombre de la mujer
feminiza a ese apellido que es del padre?
Yo creo que eso tiene que ver con el sistema
jurídico en términos generales. Hace un tiempo
48
H isteria masculina
conversaba con una colega que me decía que
cuando ella se casara no iba a usar el apellido de
su marido, que iba a usar el suyo, su apellido de
soltera. Y yo le decía que no existe el apellido de
soltera, es el apellido de su padre. ¿Quién querés
que te nombre, tu marido o tu padre? Pero no es tu
apellido. El apellido siempre es de otro, uno tiene
que apropiarse del apellido. ¿Vieron toda esa gente
que padece el peso del apellido? Ya sea porque no
significa nada o porque significa mucho. Siempre
hay un padecimiento. No por nada nos encon-
tramos a veces con algunos que sintomatizan su
apellido. Leía hace un tiempo que había un presti-
gioso pediatra que se llamaba Garrote de apellido,
el Dr. Garrote; o recuerdo haber escuchado en la
radio a algún abogado que se apellidaba Travieso.
Es fantástico, es toda una simbolización del
nombre, el doctor Travieso, abogado especialista
en leyes. El punto donde el nombre propio hinca,
muerde en la carne, es algo que encontramos clara-
mente en la lógica de la simbolización masculina.
Las mujeres son un poco más desprendidas con
respecto a eso.
Ahora bien, decía, el modo en que el varón
atraviesa los conflictos de la masculinidad para
salir de la fantasía de la seducción es transfor-
mándola en otra fantasía, que es la parricida.
Este movimiento es mucho más común en la
neurosis obsesiva masculina, la histeria mascu-
49
Luciano Lutereau
lina no lo realiza. Por eso la histeria masculina
sigue siendo una defensa contra una fantasía de
seducción. Conserva la misma definición de la
histeria como defensa respecto de una fantasía de
seducción. Me interesa que esto que estoy desa-
rrollando les sirva para poder ubicar fenómenos
clínicos. No que sea una cuestión teórica. Estoy
convencido de que esto que estoy desarrollando
nos sirve para ordenar mejor la clínica, les va a
permitir empezar a diagnosticar casos de histeria
masculina. Sobre todo porque tenemos la fantasía
de seducción y el pasaje a la fantasía parricida.
Este es el movimiento de la masculinización que
transforma la pasividad en actividad. La neurosis
obsesiva surge claramente en este campo. Por eso
la neurosis obsesiva suele transformar la fantasía
parricida en conflicto agresivo con el padre. Toda
la rivalidad imaginaria y la competencia del obse-
sivo surgen con esa fantasía parricida de ocupar el
lugar del otro. La histeria masculina permanece
en otro lugar. ¿De qué manera entonces se rela-
ciona el histérico con el padre, si no es a través
de la competencia? En última instancia el neuró-
tico obsesivo varón se pregunta por la potencia
del padre “¿quién es más potente, el padre o yo?
¿Soy tan potente como el padre? ¿Mi actividad es
tal como la del padre?”. Toda la sintomatología
del obsesivo varón ordenada en torno a la muerte
del padre, interroga la actividad. Ahora bien, en
50
H isteria masculina
el caso de la histeria masculina, no se trata de la
potencia del padre. Se trata del deseo del padre. ¿Y
de qué manera el histérico masculino se defiende
del deseo del padre? ¿De qué manera se defiende
el obsesivo de la posición pasiva respecto del padre
si no es con una fantasía parricida, si permanece
afincado en la fantasía de seducción, de qué forma
se defiende de eso? Fantasía de seducción es ser
objeto del deseo del padre. Se defiende con el amor.
El gran tema de la histeria masculina es el amor.
La defensa histérica respecto del deseo del padre,
en el caso del varón, no es a través del asco. Sino
que es amorosamente.
Intervención: ¿pero amorosamente hacia qué,
hacia el padre, o hacia una mujer?
En principio la defensa es amorosa, y ahora
voy a explicar un caso para que se entienda mejor.
Podría ser hacia una mujer o podría ser hacia un
varón, es lo de menos en ese punto. Si la histérica
mujer objeta al padre con el asco, rechaza al padre,
el histérico masculino objeta al padre no con el
asco sino diciendo “no todo es deseo, también está
el amor”. El amor como excepción al deseo.
Intervención: pero eso una vez superada la
fantasía del parricidio.
51
Luciano Lutereau
No, no se realiza la fantasía de parricidio. Pongo
un ejemplo. Se trata de un varón que consulta en
un momento muy particular, es llamativa su forma
de consultar. Consulta a través de un sueño que
lo lleva a interrogarse respecto de su sexualidad.
Es raro que alguien consulte por un sueño. Por lo
general los varones consultan la mayoría de las
veces cuando ya está prendido fuego todo. Ese
punto de entrada de ir a consultar a alguien, por
lo que implica de pasividad, tienen que estar en
las últimas para realizarlo. Así suelen llegar los
varones. Entonces este paciente consulta a raíz de
un sueño que tuvo en la adolescencia, que motivó
el inicio de un primer análisis. Un sueño muy
particular en el cual él está teniendo relaciones
sexuales con su madre, que se transforma luego
en otro sueño. Un sueño, y éste es el verdadero
sueño angustiante, en el que su madre tiene un
pene. Y tiene varios sueños en esa misma línea, con
mujeres que tienen pene. De hecho hace que esta
persona se pregunte en determinado momento si
es homosexual. Esa indeterminación que produce
el sueño respecto de “¿Y cuál es mi sexualidad?”.
En este punto estoy recibiendo a un varón de más
de 30 años, casado con un hijo. Es en todos los
sentidos una persona de lo más tradicional. De
hecho tiene una relación bastante particular con
su mujer. Tuvieron un hijo hace relativamente
poco, y su mujer está bastante celosa de la mamá
52
H isteria masculina
de él. Porque de alguna manera lo que le reprocha
la esposa es que él todo el tiempo favorece la rela-
ción entre el hijo y su madre. No es que la madre
viene a cuidar al nene cuando hace falta, sino que
llega la esposa de la calle y la señora está ahí. Es la
suegra que está en la casa y rompe las bolas, opina
sobre la crianza del niño. Y ese punto donde el niño
(refiriéndome al tipo) y el otro niño favorecen a
la madre respecto de la esposa, y esta última se
siente ninguneada. Él reconoce que tiene razón
la esposa en este reclamo, pero su madre es muy
particular, en un momento se refiere a ella como
“una madre que siempre le hace favores”. Pero
favores menores, tontos (ir a pagar una cuenta,
hacer un trámite). La mantiene ocupada con
pequeños favores. Ahí aparece una primera inter-
vención donde yo le marco el sentido que tiene en
nuestro idioma la expresión “hacerle el favor”. A
partir de este sueño donde él está teniendo rela-
ciones con su madre, declina este punto donde la
madre le hace el favor a él, por decirlo así. Eso lleva
a ciertas asociaciones que terminan por ubicar
(lo resumo) este punto donde estas mujeres con
pene con las que él sueña marcan claramente esto
que desarrollaba hace un momento acerca de –lo
digo teóricamente para resumirlo– si las mujeres
tienen pene, es en última instancia porque no lo
es él. Que la madre tenga un pene muestra clara-
mente que él no es el pene de la madre. Y por eso
53
Luciano Lutereau
en este punto esa relación de deuda con la madre,
a partir de la cual la tiene ocupada todo el tiempo.
En ese punto empieza un segundo momento del
análisis de este varón donde justamente uno
podría decir que no era simplemente un nenito de
mamá sino que lo que él recuerda es que el sueño
de la madre con pene aparece en un momento muy
particular, el momento en el que siendo adoles-
cente, el padre le dice algo a él, una frase que le
resulta muy traumática: “tu mamá sufre mucho el
sexo”. Lo que hace el padre es hacerle una confe-
sión, algo de la intimidad de la pareja, y para él
esa frase es devastadora. Retorno a la secuencia,
una frase del padre, donde éste le hace una confe-
sión, un padre que autoriza cierta confianza en el
hijo para que ocupe un lugar de varón, busca la
complicidad masculina de su hijo, y sin embargo él
queda totalmente separado de eso. Va a un punto
que es la culpa en la relación con la madre. La
culpa por el daño hecho a la madre. Madre que
sufre el sexo se vuelve madre castrada. Y él soste-
niendo la castración de la madre. En este punto
él empieza a hablar de algo que no había hablado
al principio. Estando casado él tiene vínculos con
otras mujeres. Amigas con las que sale, con las
que tiene relaciones sexuales, pero un vínculo muy
íntimo. En un momento yo le digo algo a propó-
sito de sus amantes “bueno, porque tu amante…”
Haciendo alusión a una de estas mujeres con las
54
H isteria masculina
que él se ve, ante lo cual él se ofende y plantea “no
es una amante”. De hecho no reconoce esa división,
lo cual muestra que claramente la división entre
la esposa y la amante es una división del obsesivo
varón. Quedaba claro ahí quién era el obsesivo de
los dos… y no era él. Es interesante cuando uno se
encuentra con una intervención que muestra algo
del propio fantasma, y es rechazada. El paciente
está diciendo “el que se divide respecto de la mujer
y la amante sos vos” y ahí claramente yo dije “este
no es un obsesivo”. Él tiene sus amigas a las que
cuida, acompaña, muchas veces tienen maridos
que no las acompañan del todo, que son brutos.
Y ahí empieza para él todo un discurso en torno
a lo que hace con estas mujeres, donde les da “la
oreja que otros no les dan”. Claramente es un
tipo excepcional, ¡es un tipo que escucha! [risas]
Es el tipo que no existe, podríamos decir. Que es
claramente la posición del histérico masculino,
que es: ser el hombre que no es como los demás.
Es ese hombre que, mientras el varón es esclavo
de su deseo, él es un trabajador del amor. Es el
que le puede dar a las mujeres un amor que los
varones no podrían darles. Su pregunta subje-
tiva, si tuviera que resumirla de alguna forma, es
“¿cómo ama un varón? ¿Qué es darle amor a una
mujer?” Donde el varón habitualmente reduce el
amor al deseo –esto es: como diría Dolina “todo lo
que hacen los tipos es en última instancia para
55
Luciano Lutereau
acostarse con una mujer”–, él separa. De hecho lo
que le pasa es que en una ocasión él está en una
fiesta de su trabajo con una compañera y empieza
a bailar con ella, pero de repente bailando tiene
una erección y no puede seguir bailando. En ese
punto donde aparece algo del deseo más estric-
tamente (¿qué mejor indicador de deseo que una
erección?) él interrumpe. De hecho es el punto
donde él tuvo que desarmar esa escena. Cuando
algo del deseo mete la cola en ese amor que él le
da a las mujeres, se detiene. No es que no tenga
relaciones con estas mujeres. Las tiene, de hecho
es un gran amante, es un tipo muy preocupado
del goce de ellas. Investiga mucho sobre el goce de
las mujeres. Mientras las mujeres se quejan de los
hombres que acaban y se van a dormir, éste es el
diferente, es el que abraza después [risas]. Queda
posicionado claramente en relación al amor. Algo
a lo que nos tienen acostumbrados las canciones
de amor, las cuales suelen ser cantadas por tipos
que no son muy masculinos, por así decir. Ahí está
el punto donde muchas veces el amor como tal, es
una defensa respecto del deseo para el varón. Por
eso el varón se defiende por lo general del amor. El
varón enamorado suele decir que está hecho “un
pelotudo”, vive sufrientemente el amor. ¿Conocen
algún varón que esté contento cuando está enamo-
rado? Porque el amor pasiviza. Los varones que
se vuelven militantes del amor es porque mucho
56
H isteria masculina
deseo ya no tienen. Recuerdo un afiche que vi en
Rosario de un show de Cacho Castaña. El nombre
del show era “Todavía puedo”. Un título en el que
uno no sabe qué es lo que puede [risas], pero algo
promete. Y sin embargo al año siguiente veo un
nuevo afiche de él en Capital, de un nuevo show
que se llamaba “Tango y chamuyo”. Si uno los
pone en serie y lee como interpretación analítica,
cuando un varón ya no puede nada, solamente le
queda tango y chamuyo. Es algo que muchas veces
pasa en los varones de 50/60 años, que se vuelven
grandes amantes justamente porque empieza a
faltar la potencia. El varón empieza a disfrutar
más el estar enamorado cuanto más grande es.
Ahora bien, ¿al histérico masculino cómo se lo
acostumbró diagnosticar en la tradición analítica?
Como homosexualidad reprimida. Este paciente
parece un homosexual reprimido, es más, él mismo
se diagnostica debido a su sueño. Ahora bien, la
clínica diferencial de la histeria masculina es
por un lado con la homosexualidad masculina, y
por otro lado con lo que se llama habitualmente
borderline, porque son casos donde justamente –al
no estar los síntomas fuertes de una neurosis obse-
siva, y el amor que como defensa es muy frágil– son
esos varones que tienen que estar enamorados
todo el tiempo porque si no están enamorados se
angustian muchísimo. Seguramente conocen la
canción de Virus que dice “todo el tiempo quiero
57
Luciano Lutereau
estar enamorado”. Justamente muestra el carácter
defensivo de ese amor. Porque la otra cara de
ese amor inflado es una angustia muy profunda.
Muchas veces nos cuesta diagnosticar la histeria
masculina porque o se nos va para el lado de la
homosexualidad, o para el lado de los border o
psicosis ordinarias. Ahora bien, si uno encuentra la
coordenada que delimité hoy de defensa contra la
fantasía de seducción y lo trata como una histeria,
con lo que implica el tratamiento de una histeria,
las circunstancias son absolutamente distintas. Se
arma un caso absolutamente distinto.
Quedó un poco sucinto el final. Esto lo vamos
a volver a trabajar cuando veamos neurosis obse-
siva femenina. Espero haberlos convencido de la
importancia de los siguientes puntos. Primero, que
no hay nada más lejos de un histérico masculino
que cuando decimos “ah es un histérico” siguiendo
las coordenadas que ubicamos al comienzo de la
clase. En segundo lugar, haber ubicado que la
histeria masculina no es la histeria femenina pero
en un varón. En tercer lugar, haber ubicado la
importancia de la fantasía de seducción y la impor-
tancia de la fantasía en los análisis, algo que hoy
en día está muy descuidado. Alguien puede tratar
durante años a un paciente y no puede ubicar
cuáles son las fantasías de este paciente. Algo que
es muy problemático, algo que quiero severamente
cuestionar porque me parece que quienes tenemos
58
H isteria masculina
una formación lacaniana rápidamente salimos
al ruedo con la teoría y decimos “bueno porque
el goce del Otro, la angustia, y algo ahí del orden
del objeto y…” y no podemos ubicar coordenadas
precisas de división en nuestros pacientes, lo cual
es muy problemático. En ese sentido los lacanianos
nos debemos una fuerte autocritica porque cada
vez conocemos más a Lacan, cada vez sabemos
mejor lo que dice Lacan, y cada vez sabemos
menos lo que le pasa a nuestros pacientes. Eso
efectivamente es una corroboración clínica. Nos
la pasamos hablando del objeto, y para presentar
un caso mantenemos un nivel de vaguedad para
referirlo. Vago en el doble sentido de la expresión:
es frágil y es de chanta [risas].
Por último, espero no solamente haber ubicado
la importancia del lugar de la fantasía sino
también los momentos fundamentales de neuro-
tización. La clínica en ese sentido se hace a partir
de síntomas, que aparecen en momentos muy
puntuales.
59
Obsesión femenina
V
amos a introducirnos hoy en la segunda
parte de este seminario. Nos toca trabajar
algunas cuestiones relativas a la obsesión
femenina, para complementar –un complemento
imposible, claro– lo que vimos sobre histeria
masculina.
Quisiera comenzar destacando que hay dos
modos diferentes, entre otros, de relación con el
Otro. Voy a decirlo fácilmente. Las distinciones
clínicas tienen que ser sencillas. Pensemos lo
siguiente: para unos, el Otro es exterior y busca
entrar; para otros, el Otro es interior y se trata
de hacerlo salir. Para los primeros, fantasías de
penetración: seducción, embarazo, violación, etc.
Para los segundos, fantasías de corte: tendencia
a la compulsión (no poder parar), dudas (hacer y
deshacer), etc. Esta es la diferencia entre histeria
y obsesión. Tener al Otro adentro, en la obse-
sión, por ejemplo, permite entender mucho de sus
rasgos típicos como la superstición, el miedo a que
el Otro se entere (¡si está adentro!), las constipa-
61
Luciano Lutereau
ciones y el erotismo anal, el duelo patológico que
hace que el obsesivo nunca se enganche más con
alguien como cuando se separa.
Hace un tiempo trato de repensar cómo se
constituye el sujeto en la obsesión. Voy a decir
algunas cuestiones sobre este aspecto, antes de
que vayamos a la participación del género (lo feme-
nino) en todo esto. Ya no me parece suficiente decir
que el sujeto en la obsesión es el efecto de la duda
como síntoma fundamental. Me interesa distinguir
entre “carácter obsesivo”, “pensamiento obsesivo”
y sujeto. Por ejemplo, toda formación carácter es,
en cierta medida, una obsesivización. Esta es una
idea de Melanie Klein. El pensamiento obsesivo
es muy común en la esquizofrenia y en las formas
actuales de histeria femenina. El sujeto de la obse-
sión, por ahora –para mí– se constituye más bien
en dos momentos: por un lado, la equivalencia
entre pago y deuda, que hace que cuanto más paga
más siente que debe; así el obsesivo cree que pagar
le da derechos, pero con cada renuncia (¡esta es su
forma de pagar!) más sumiso se vuelve... al punto
de que puede creer que los demás le deben algo por
su mierda ofrendada. Este es un aspecto central
en el manejo de la transferencia, donde se trata de
restituir la condición filiativa del pago a contra-
pelo de la renuncia; por otro lado, la equivalencia
pago-deuda se inscribe como mandamiento; no es
obsesivo quien padece obligaciones (demandas),
62
O bsesión femenina
sino quien constituye mandamientos a través de
su negación: “debés pagar (3,80 coronas)”, “¡No!”
(dice el hombre de las ratas) y, tercer tiempo: “Si
no pagas algo malo pasará”.
Esta estructura del mandamiento es la que,
luego, explica cómo funciona el sujeto dividido por
la duda. En el análisis de un obsesivo siempre es
preciso ir de la duda al mandamiento en que se
sostiene, su condición previa. Otra noción freu-
diana que tenemos que revisar es la de “creencia
obsesiva”. El obsesivo hace un gran esfuerzo para
no creer, desde el “no pasa nada” hasta la manera
en que no acepta que ella le dijo que no. No le
cree. Esto se explica por la relación con el tiempo,
la indeterminación temporal en que vive el obse-
sivo; y por su modo de relación con el Otro (al que
lleva adentro).
Para creer es necesario un corte, pero el obse-
sivo no conoce el corte. “Flaco, te dije que no me
llames más, ¿no entendés?” y él dice que sí, pero al
día siguiente la llama de nuevo [risas]. “Ah, pensé
que hoy podía llamarte”, dice [risas]. El obsesivo
recién puede creer después de negar lo que no cree.
De ahí la tendencia a la superstición. Decir que
“las brujas no existen, pero que las hay” muestra la
estructura de la creencia obsesiva. Esto explica por
qué el obsesivo necesita el temor para creer, sólo
puede creer a partir de imaginar consecuencias
negativas. El punto en que la creencia obsesiva
63
Luciano Lutereau
desborda la clínica del tipo clínico y se hace fenó-
meno social, podría ser muy útil para pensar las
campañas para evitar accidentes de tránsito (y
por qué no suelen ser eficaces).
A partir de la relectura que hice estas semanas
del caso del hombre de las ratas (para el curso de
clínica que dicto en la UBA, hace años que doy el
mismo historial en Clínica de Adultos y, la verdad,
no me canso, es un texto de una riqueza inmensa)
hay una serie de distinciones que descubrí: pensa-
miento obsesivo, carácter obsesivo, creencia
obsesiva, síntoma obsesivo. Estas distinciones
amplían un espectro de posiciones que van más
allá del tipo clínico. Por ejemplo, el pensamiento
obsesivo, para Freud, es generalizante, mientras
que la histeria declara excepción. “Eso es una gene-
ralización”, dice la histeria. En las redes sociales
lo vemos todo el tiempo, cuando alguien comenta
o pide explicaciones por algo que un posteo no
incluye. “Sí, claro, es una generalización, ¿y?
¿Tanto te agobian?” [risas]; sin embargo, para
Freud la generalización es un paso preliminar en
la construcción de la teoría, porque permite ubicar
habitualidades, lo típico que lleva a lo particular.
Ahora bien, lo singular depende del pasaje por
lo típico, sino se creería que el sujeto es histérico.
¡No! En este historial Freud muestra cómo el
sujeto tiene que ser pensado desde una generali-
zación que no sea obsesiva, que pase a lo singular,
64
O bsesión femenina
que no se quede en la teorización. Estas distin-
ciones permiten pensar que hay otra diferencia,
además del género, que incide en la produc-
ción de saber: la histeria y la obsesión realizan
contribuciones distintas: los obsesivos producen
conocimiento inútil (por eso son prolijos beca-
rios en ciencias humanas), los histéricos nunca
terminan sus tesis [risas].
El obsesivo duda; puede dudar de todo, menos
de algo: de que ese pensamiento es suyo. La certeza
del pensar en el obsesivo es la llave para el trata-
miento, aquello que lo hace un sujeto cartesiano,
dividido entre un contenido dubitable y la certeza
de una forma. Nunca el obsesivo duda de que ese
pensamiento le pertenece, jamás hará como el
paranoico que supone que puede haber un espía
en su cabeza, o el esquizo que puede suponer
una máquina que lo incita a pensar, no, el obse-
sivo es “el sujeto del pensamiento” por excelencia,
culpable por pensar incluso lo que se le impone,
que también es suyo. “Yo pienso”, donde el yo es
un objeto, es la posición subjetiva del obsesivo.
En realidad, debería decirse: “Yo pienso que [yo
pienso]”, que muestra la distancia entre el primer
yo y el segundo: si el primero es un objeto, el otro
es un supuesto, instancia apropiante de lo pensado
como yo. En última instancia, el sujeto de la obse-
sión es el que está sujeto a un pensamiento que
no tiene sujeto.
65
Luciano Lutereau
En este punto, quisiera distinguir entre obse-
siones y obsesivizaciones. Son cosas diferentes.
Cabe distinguir entre lo que es propio de la obse-
sión y lo que parece, pero no lo es. Por ejemplo,
hay un fenómeno neurótico habitual, que consiste
en una previa angustiosa, la expectativa que no
permite disfrutar del presente por pensar en
un acontecimiento inminente (un examen, una
reunión, etc.), que elabora escenarios prospec-
tivos con el deseo de saber lo que va a ocurrir.
Así alguien pierde el domingo pensando en que el
lunes tiene que hacer tal o cual cosa; otro estudia
hasta el último minuto antes de un parcial,
etc. Ese goce de la anticipación, la intención de
reducir la excedencia del tiempo a lo que podría
conocerse, no es un rasgo de obsesivo, aunque
el obsesivo es quien mejor muestra y padece la
disyunción entre el acto y el saber. No hay más
que poner el cuerpo, en ciertas circunstancias;
y la previsión indefinida (que hace creer que se
puede llegar preparado a la hora de la verdad)
genera una angustia específica, una angustia
nerviosa que es defensiva respecto de la angustia
de exponerse. El resultado es conocido: quienes
más sufren de esta reactividad neurótica, son los
que después de la situación temida dicen “¡No fue
para tanto!” o “¡Al final no la pasamos tan mal!”.
Es la moral de supervivencia en que encalla la
neurosis.
66
O bsesión femenina
Hay otro tipo de trastorno que me interesa,
una hiperexcitación del pensamiento, que algunos
llaman “obsesionarse” (sin que sea una neurosis)
y otros “darse manija”, que consiste en no poder
dejar de pensar, compulsivamente adheridos a lo
que los piensa, como objetos del pensamiento; este
trastorno es efecto del miedo, de vivir en la inde-
terminación, por aferrarse a lo imaginario de la
ilusión, al goce de lo posible, en lugar de que sean
los actos, a partir de lo que producen como resul-
tado, los que determinen la vida, la historia, el
amor. No hay nada más paralizante que el pensa-
miento cuando no realiza nada.
Por otro lado, el miedo. El miedo es un afecto
complejísimo. Además hay muchas formas,
algunas irreductibles entre sí. En particular me
interesa ese miedo supersticioso, que implica una
versión de la culpa, asociada a que algo malo va
a pasar. Tiene diferentes variantes, se destaca el
temor de que le pase algo a alguien querido. Por
lo general este temor es una interpretación de
un corte en la relación con ese otro, pero que no
puede reconocerse como tal, se espera que sobre-
venga como castigo. El caso paradigmático sigue
siendo la madre con miedo de que le pase algo a
su hijo como fantasía efecto del destete. Lo intere-
sante es que esta respuesta temerosa va más allá
de un caso que sirve como modelo. En este punto,
el temor es la realización de un límite de esa rela-
67
Luciano Lutereau
ción y la oportunidad de modificarla, pero lo que
suele ocurrir es que el miedo reproduzca la rela-
ción que se había cortado (la madre que atraviesa
la fantasía de destete volviéndose sobreprotec-
tora). Esta reedición intensificada de una relación
perdida, por efecto de la culpa inconsciente, explica
muchos de los vínculos compulsivos. Un corte
apresurado en una relación produce ansiedad
paranoide y culpa. Por eso muchas parejas nece-
sitan volver a verse compulsivamente, para repetir
el fracaso, una y otra vez, antes de separarse. Este
tipo de compulsividad culpable es uno de los males
de nuestra época, genera una especie de neurosis
religiosa (por la culpa) que se parece a la obsesión,
pero es muy diferente. Tendremos que volver sobre
la diferencia entre obsesión y compulsión.
Por último, quisiera destacar que hay cierta
moral del acto en psicoanálisis que me incomoda
últimamente y que viene bien esclarecer en el
marco de esta reflexión sobre la neurosis obse-
siva. Me refiero a cierta idea heroica de que hay
que jugarse, no muy diferente al ponerse las pilas
del voluntarismo ingenuo. Que lleva a hablar del
neurótico como quien no decide, o bien decide no
decidir, como si una decisión implicara decidirse.
Ese desprecio por la neurosis encubre una posi-
ción imperativa, superyoica, que propone “Tenés
que decidirte”, como si tomar posición fuera identi-
ficarse con uno de los términos de una alternativa,
68
O bsesión femenina
como si resolver un conflicto fuera hacer que ese
conflicto no exista más, en lugar de analizar sus
condiciones, lo que lo hace posible y, por lo general,
artificial. Tomar una decisión a veces no es más
que rechazar la alternativa, advertir la impostura
del conflicto, destituirse del acto heroico. Todo gran
acto es pequeño, apenas reconocible incluso por
quien lo produce y resulta como efecto. Cuando
alguien se pregunta qué debe hacer, la decisión
ya fue tomada y, al mismo tiempo, la objeción de
esa decisión se propone en términos superyoicos
como goce masoquista.
Asimismo, si hubiera una pasión generali-
zada en nuestro tiempo, diría que es la de querer
“controlar” todo. Sí, todo [risas]. Es impresionante.
Cuando el detalle más nimio se va de las manos,
aparece un sentimiento extraño de inquietud
urgente, la ansiedad. Esta pasión no es una forma
de obsesión, aquí vale la distinción clínica, es algo
más básico; incluso la ansiedad es su fuente: el que
busca controlar está ansioso y, como la ansiedad
lo carcome, nunca el control alcanza. El control
es una defensa blanda, se rompe todo el tiempo.
Formas actuales del control son: querer estar tran-
quilo, cumplir con lo esperado, no tener pendientes
(hacer listas de pendientes). Como nace de la
ansiedad, como el control es un desplazamiento de
la ansiedad, cualquiera de estas formas fracasa.
Un amigo lo explicaba bárbaro el otro día, cuando
69
Luciano Lutereau
me decía: “Yo nunca dejo para mañana lo que
puedo hacer hoy, pero ¡hoy no termina nunca!”.
Esto me recuerda el caso de otra paciente, para
distinguir entre lo que es obsesión y lo que no. Y así
nos vamos metiendo en la obsesión femenina. Ella
me decía que casi nunca logra comprarse cosas que
quiere porque no se decide. El otro día estaba en un
negocio y no sabía qué lavarropas llevar, dudaba,
encima el vendedor le daba más y más informa-
ción y peor era. No pudo, pero su impotencia no
se basó en la duda, como en la obsesión mascu-
lina, sino que no pudo querer, que es lo propio
de la obsesión en la mujer. Así es que cuenta que
sólo puede pagar deudas, pero si tiene que elegir
pagar algo que quiere, no puede, ese tipo de actos le
resultan insoportables, la paralizan. Incluso puede
gastar la plata en cosas sin sentido, pero elegir
algo le resulta doloroso. No es que tenga miedo a
equivocarse en la elección (esa esa una fantasía
narcisista de varón), sino que, como ella es mujer,
sabe que al elegir se elige “una forma de vida”, dijo,
¡qué expresión fantástica! La elección es totali-
zante y así recuerda esa otra expresión, de sentido
común, que dice que “una es esclava de sus pala-
bras”, entonces muchas veces ¡mejor callar! [risas]
Por eso le cuesta tanto hablar, ese acto mínimo que
la absorbe, que la aprieta, que la sofoca. Mientras
que el obsesivo tiene la duda para defenderse del
acto, la obsesiva, como es mujer, responde con el ser
70
O bsesión femenina
y padece las máximas inhibiciones. Mientras que
el varón puede traducir el conflicto en términos de
potencia e impotencia, la mujer sufre el conflicto
de tener que asumir el acto con la voluntad (que,
como muchos filósofos dijeron, es una capacidad
infinita, única que hace del humano un ser seme-
jante a Dios –los filósofos modernos dijeron que la
voluntad acerca al hombre a Dios, porque nunca se
hubieran animado a decir que una capacidad infi-
nita en varón es algo femenino; y que la voluntad
es infinita en la mujer lo muestran los hechos
cotidianos cuando la revolución la están haciendo
las mujeres y nadie las va a parar–), por eso la
histeria femenina es un dialecto de la obsesión
en la mujer, que es originaria. Si el obsesivo está
del lado del entendimiento, la obsesiva está del
lado de la voluntad, que es la capacidad de querer.
Si la histeria femenina consiste en no querer lo
que se desea, y el amor femenino es pura obsti-
nación, la obsesión en la mujer, el modo femenino
de responder al acto, es la raíz para entender esas
dos variaciones. Esto también demuestra que Dios
es mujer [risas].
Con estas consideraciones creo que habría que
releer los tres casos que están en el texto freudiano
sobre las neuropsicosis de defensa. Podemos partir
de algo que ya mencioné muchas veces: en este
manuscrito Freud plantea el conflicto, la repre-
sentación inconciliable, la división del sujeto y el
71
Luciano Lutereau
destino del afecto como el mecanismo o criterio
que establece el diagnóstico: mecanismo conver-
sivo en la histeria y para la obsesión el falso enlace.
No obstante, podríamos preguntarnos si efectiva-
mente el falso enlace es una respuesta. De hecho,
basándonos en esos tres casos, curiosamente en
un texto donde va a hablar del mecanismo de la
neurosis obsesiva, los tres son casos de mujeres.
La mayoría de las veces que Freud habla de la
neurosis obsesiva, habla de casos de mujeres. Hace
lo mismo en la conferencia 17º. Prácticamente el
varón obsesivo en la obra de Freud es el hombre
de las ratas, luego la mayoría de casos de obse-
siones que menciona, son mujeres. No pareciera
que Freud haya despreciado el lugar de la obse-
sión femenina. Sin embargo, en la obra de Freud
la obsesión femenina plantea cierto problema. Si
vemos los tres casos de neuropsicosis de defensa,
no se terminan de adecuar del todo al mecanismo
de falso enlace.
El primer caso es el de una mujer a la que le
pasa que si lee que hubo un robo en un lugar,
tiene miedo de haber sido ella la ladrona. Freud
después lo que hace es reconducir esa culpa a la
masturbación, pero es un poco artificial el modo
en que lo hace. Lo más llamativo, si pensamos el
modo en que se presenta el síntoma, es esta forma
de pensamiento extraño, la forma de pensar que
hace que esta mujer lea una noticia de un robo,
72
O bsesión femenina
sabiendo que ella no lo cometió –porque funda-
mentalmente está presente eso, lo característico
del pensamiento obsesivo: ella sabe que no fue–.
Lo interesante es que ahí la culpa no es por algo
que hizo, no hubo un acto realizado. Hubo un acto
que no hubo, y el miedo de que alguien me venga
a decir que lo hice. Lo primero que quiero ubicar
es esa problemática, que se ve muy propiamente
en los obsesivos. Cuando escuchan que alguien
habló de tal cosa y piensan “¿no estará hablando de
mí?”. Me parece importante esa cosa casi persecu-
toria, donde escuchan sobre algo y rápidamente lo
refieren a uno. Una paciente obsesiva me contaba
esta semana que le pasó que iba caminando por
la calle y una mujer le dice a otra “lo que pasa es
que si tal cosa sucede te vas a morir”, una frase
de ese estilo y ella dijo “esto me puede pasar a
mí”. Ese punto donde algo que se escucha, se lee,
es rápidamente apropiado, que no tiene que ver
con el pensamiento en el sentido tradicional del
término. El pensamiento no es estar pensando,
ni siquiera me refiero a lo que se llamaría “darse
manija”, lo que quiero reemplazar ahí es la idea
de que el obsesivo es alguien que piensa mucho.
Ser alguien que está todo el tiempo controlando
el pensamiento no te hace obsesivo. El que se da
máquina todo el tiempo, tiene que ver con una
cuestión de control, no con una de obsesión.
73
Luciano Lutereau
Intervención: me parece que antes lo dijiste al
revés.
No sé cómo lo dije antes. Ahora lo digo así
[risas]. La importante no es cómo son las cosas,
sino ir pensando. No busquen claridad, sino que
algo los haga pensar. Sigamos. En el segundo
ejemplo tenemos el caso de una mujer que tiene
miedo de hacerse pis, no puede ir a ningún lugar
porque teme hacerse pis encima. Aparece una
inhibición que es la restricción de su vida social,
y Freud reconduce esto a la situación en que
estando en un teatro tuvo que salir corriendo
de una sala porque sentía que se hacía pis, y lo
que Freud encuentra es que en realidad en ese
momento ella tuvo una excitación sexual porque
vio a un tipo que le gustaba y la excitación en la
vejiga produjo una hinchazón que seguramente
se asoció al hacer pis. Ahora bien: ¿dónde está ahí
el falso enlace? ¿Acaso el falso enlace es pasar de
“me gusta un tipo” a “me da ganas de hacer pis”?
¿Se ve que no termina de cerrar? Quizás con la
culpa sí era más claro, porque en vez de un auto-
rreproche por esto, lo hago por una estupidez. Acá
más que un falso enlace podría haber un despla-
zamiento por contigüidad, por decirlo de alguna
manera. La excitación no la rechazó, entonces, se
intensifican las ganas de hacer pis. Ahora bien,
lo cierto es que en realidad no llega a explicar
74
O bsesión femenina
lo más propio del pensamiento de esta mujer, es
como si pensara casi en términos hipotéticos, algo
que encontramos muchas veces en la obsesión:
“¿y si pasa tal cosa?”, “¿y si voy y no hay baño?”;
este punto donde piensan en términos de posibi-
lidades, que se vuelven necesarias. Pensamiento
obsesivo que, por ejemplo, está en quien tiene que
preparar un examen y dice “¿y si me preguntan
esto, la nota al pie?”. Hay un funcionamiento donde
es “y si tal cosa”, un pensamiento hipotético, a un
“va a pasar”. Es un poco lo que le pasa al hombre
de las ratas: si hago esto, algo malo le va a pasar a
alguien más. Ese punto donde se establece la nece-
sidad. Como cierta alternancia entre lo posible y
lo necesario. Lo que es posible se vuelve necesario.
En este punto se puede juntar este ejemplo con
el anterior, debido a que ambos ejemplos tienen
su fuente en cierta forma de pensar, casi diría
supersticiosa, que es lo que Freud justamente va
a empezar a trabajar a partir del caso del hombre
de las ratas, este pensamiento “y si pasa tal cosa,
podría pasar esto, ¿y si soy yo el culpable de tal
cosa?”. Lo que quiero ubicar acá es que es un modo
de pensar la obsesión. Más que un pensamiento,
más que la representación obsesiva, hay un modo
de pensar que es la obsesión.
Intervención: El otro día en la tele estaban
dando un informe acerca del último paragüero, el
75
Luciano Lutereau
hombre explicaba sobre sus paraguas en detalle,
y en un momento lo va a abrir pero luego dice “¿se
asustaron? No lo voy a abrir, trae mala suerte”.
Es un ejemplo gracioso del pensamiento “y si
hago tal cosa”. La lógica de la superstición es:
si hago tal cosa, me va a pasar tal otra. Si paso
debajo de la escalera entonces va a pasar. Si tal
cosa, entonces consecuencia necesaria. Lo posible
se vuelve necesario. El tercer ejemplo es más
particular todavía, porque el tercer ejemplo que
da Freud es uno bastante singular, de una mujer
que tiene cierto impulso homicida hacia su hijo,
específicamente tiene miedo de hacerle daño a su
hijo. Esta mujer habla con Freud respecto de su
vida sexual, y lo que le dice es que en realidad no
tiene demasiada vida sexual, entonces Freud lo
que le marca es algo en relación a que ella efec-
tivamente tiene deseos pero que no los reconoce,
entonces, de alguna manera cuenta que sí, que
efectivamente los tiene pero no los contó. Primero
ubiquemos que ya la idea de falso enlace desapa-
reció por completo, lo que hay es alguien que no
dijo algo, y Freud introduciendo la hipótesis de la
etiología sexual, y en todo caso ubicando que esos
impulsos homicidas hacia su hijo tienen que ver
con algo de ese erotismo no reconocido, pero ya el
mecanismo de falso enlace parece prácticamente
desaparecido.
76
O bsesión femenina
Lo que me parece importante es cómo en este
punto para hablar de neurosis obsesiva, Freud
introduce tres ejemplos y, en primer lugar, son
tres mujeres; en segundo lugar, los tres ejemplos
son para dar cuenta de la neurosis obsesiva a
través del falso enlace y en ninguno de los tres no
se llega a entender del todo el falso enlace. Freud
está buscando un mecanismo equivalente al de
la histeria y no lo encuentra; pareciera –si tengo
que ser concreto– que es por una cuestión de sime-
tría que Freud intenta ubicar el mecanismo de
la obsesión, como encontró el de la histeria, pero
falla un poco dentro del mecanismo de la obse-
sión. De hecho a Freud le va a fallar el mecanismo
de la histeria también, porque Freud va a definir
la histeria a partir de la posición subjetiva, en el
caso Dora va a decir literalmente “no dudaría en
llamar histérica a toda persona que tenga o no
síntomas somáticos –fíjense que ya se olvida de
la causa conversiva– que en una situación en la
que debería sentir placer, siente displacer”. ¿Es
una definición desde qué punto de vista, desde el
mecanismo? No, es una definición desde la posi-
ción subjetiva. Desde la posición del sujeto. Define
a la histeria por su posición de rechazo del goce.
En este punto quizás el mecanismo de la neurosis
obsesiva falla más temprano, y acá aparece esta
especie de pensamiento medio particular. ¿Qué
es la obsesión? Quizás es, antes que nada, una
77
Luciano Lutereau
forma de pensar. Una forma supersticiosa, caute-
losa, condicional de pensar.
Para poder entender mejor esto sería funda-
mental detenerse en el apartado teórico del caso
del hombre de las ratas, donde habla justamente
del pensar obsesivo, de lo que caracteriza al pensar
obsesivo; me importa que ubiquemos ese pensar
obsesivo, que en sentido estricto no es el pensar.
Intervención: hace poco salió un artículo tuyo
en Página 12, sobre esta cuestión del pensar, en
el que arrancás hablando de que el pensar en sí
implica un esfuerzo, y pienso que probablemente
este modo de la obsesión como modo de pensar, es
algo que realmente implica muchísimo esfuerzo,
entonces la explicación más importante a nivel
mecanismo para mí sería ubicar qué es lo que
erotiza tanto el pensamiento en ese punto. Porque
cuando hay soluciones tan exitosas como la conver-
sión no ocurre eso.
Está bien esto que vos decís, porque lo mismo
que estamos preguntando podríamos decirlo en
estos términos: ¿qué quiere decir erotización del
pensamiento? ¿Qué es un pensamiento erotizado?
Fijate que son soluciones distintas, falso enlace es
decir que el afecto pasa de una representación a
otra, lo que hay es un cambio de representación;
en la erotización del pensamiento, en cambio, más
78
O bsesión femenina
allá de cualquier contenido del pensamiento, el
pensar está erotizado. Son dos cosas distintas.
Intervención: desde ese punto es que jamás
podés acceder a la persona desde la razón.
Creo que el mejor ejemplo de eso es lo que
decía recién, que el obsesivo sabe que lo que está
diciendo, que lo que piensa es una estupidez. Es
el mejor testimonio de su obsesión, cuando dice
“ahora lo que voy a decir es una estupidez”, pero
sin embargo lo piensa. Yo sé que no robe nada,
pero, sin embargo, ¿por qué estoy pensando que
lo hice?
Intervención: incluso tal vez es solamente algo
gramatical o semántico, pero me parece más
complejo que el pensar, la cuestión del no poder
dejar de pensar en eso. Ese aspecto plenamente
compulsivo me parece algo esencial.
Ahí es distinto, vamos a verlo de la siguiente
manera. Ubiquemos, por ejemplo, en la histeria a
la insomne que no puede dejar de pensar en toda
la noche y está maquinando algo. Síntoma muy
común a veces en la histeria. La histeria también
se pone monotemática a veces. Dora y sus “pensa-
mientos hipervalentes”, Freud lo dice así, Dora
no pensaba en otra cosa más que en la relación
79
Luciano Lutereau
del padre con el señor K. ¿Eso hace de Dora una
obsesiva? Por eso separo el darse máquina, de lo
que es el pensar obsesivo. Lo que me interesa es
que no estamos pensando el pensamiento desde
el contenido del pensamiento, sino desde la forma
de pensar.
Intervención: entonces ¿lo que está erotizado en
el obsesivo es la forma de pensar?
Exacto. La obsesión es una forma de pensar.
Pensar con obsesión.
Intervención: Leyendo tu libro Celos y envidia,
encontré un caso acerca de un hombre que sentía
asco al pensar que su novia tuvo dos parejas ante-
riores, y constantemente hablaba de eso, hasta
que en su análisis lo relacionaron con la comida,
lo cual lo llevó al momento cuando la empleada
de ellos hacía la comida y tenía las manos sucias,
entonces ahí le dio asco todo.
Claro, está bueno el ejemplo. Porque yo no sé si
es un ejemplo de neurosis obsesiva. El asco como
posición está más cerca de la histeria, para mí ese
es un caso más de histeria. No veo ahí un “no puede
dejar de pensar en el asco que le da”, pero ese asco
que le da es más asco que pensamiento. Es distinto
el fenómeno de la obsesión. Ese caso es más un
80
O bsesión femenina
caso de histeria que de obsesión. En este caso el
varón rechaza a esta mujer por el asco que le da
suponerle a ella un goce. ¿Dónde está la obsesión
ahí? ¿Porque piensa mucho en eso? Yo me inclino
más a decir que es un caso de histeria masculina.
Lo que quiero ubicar es cómo en la neurosis
obsesiva hay un pensamiento basal. Fíjense cómo
ninguno de los casos que presenta Freud tiene que
ver con la duda. La vez pasada les mencionaba
que la duda es más un síntoma del varón obse-
sivo, antes que un síntoma de la mujer obsesiva.
Ninguna de estas mujeres es dubitativa. Por eso yo
decía la vez pasada que la duda es un síntoma más
del varón obsesivo, porque en todo caso la duda es
la manera en la que el varón corta con ese pensa-
miento. El síntoma siempre es un corte. Cuando
uno se sintomatiza, corta con algo. Por eso para los
analistas el síntoma siempre tiene un costado posi-
tivo. La formación de síntomas siempre es, como
le gustaba decir a Freud, un intento de curación.
¿Qué es lo que más alarma en el pensamiento
obsesivo? La sospecha de la casualidad, cuando dos
cosas se dan. Inmediatamente instala la sospecha,
es una forma de pensar. Trato de explicarlo con un
ejemplo: decía, el síntoma es un corte, una manera
de cortar algo. Todos tenemos algo de ese pensa-
miento obsesivo y el síntoma es una manera de
cortar eso. El obsesivo es claro, cuando el obsesivo
duda, se defiende de ese pensamiento obsesivo;
81
Luciano Lutereau
pongo un ejemplo, una breve secuencia clínica con
un paciente: me está contando a propósito de la
chica con la que salió, me cuenta que finalmente
tuvo una cita, y lo que me dice después es que iba
a decir “antes de coger”, pero como piensa que
todavía no tiene tanta confianza conmigo, busca
decir “antes de la relación sexual”, el punto es
que en ese momento tropieza, comete un fallido y
dice “antes de la sexión”. Antes de la sexión es un
buen ejemplo porque él condensa relación sexual
y al mismo tiempo indetermina: antes de la sexión
es antes de la sesión, de la cesión, de la sección.
Fíjense como toma claramente un valor signifi-
cante ese tropiezo, cuyo precedente es ese punto
en el que él está pensando si me va a decir algo, o
no... Porque si me cuenta tal cosa yo podría pensar,
no está dada la confianza entre nosotros, yo podría
creer en cierta grosería de él. Fíjense que previo
de eso hay un punto en el que él calcula qué cosas
va a decir y cuáles no. Ahora bien, el tropiezo lo
que produce es un corte con eso. Y la aparición de
otra cosa. Lo que quiero decir es que la obsesión
no empieza con el síntoma. El síntoma corta la
obsesión, dudar es una manera de indeterminarse
frente a la obsesión. Esto es, la duda como síntoma
fundamental de la obsesión, es un acto que está
en el lugar de otro acto. La duda es un síntoma
que está en el lugar del acto que no hubo. La duda
reemplaza un síntoma con otro acto. La duda
82
O bsesión femenina
como corte de lo sintomático de ese pensamiento
obsesionante. En ese sentido este fallido tiene el
estatuto de la duda. La duda del obsesivo es todo
lo que divide respecto del acto, produce un acto
respecto del cual queda dividido. Sexión, sesión,
sección, cesión. La duda no es alguien que está
pensando todo el tiempo en algo. La duda del que
piensa si dejó la llave de gas cerrada o abierta…
En realidad el obsesivo no duda si dejó la llave de
gas cerrada o abierta, ¿duda de qué cosa? Duda
de si la cerró. Duda del acto que pudo no haber
estado. ¿Qué interroga la duda? ¿Estuvo ese acto
o no estuvo? El obsesivo sabe que la cerró. Bueno,
la cerré, ¿pero la cerré bien? Y ahí se duplica. La
duda tiene esa distinción de ser un acto que está
en el lugar de un acto que no se sabe si estuvo o
no. La duda es el reemplazo, la sustitución de un
acto con otro acto. Lo cual se ve claramente en este
punto. La duda funciona como todo lo que duplica,
es una instancia de duplicación de un acto a través
de otro acto. Duplico un acto con otro acto.
Por eso decía hace un momento, por ejemplo,
que en el caso del fallido de este paciente, ese
fallido es equivalente a la duda, que está en el
lugar de ese acto previo cuando decía “le digo o no
le digo, no le voy a decir coger, le voy a decir” es un
acto que no se produce. La duda está en el lugar de
un acto previo, ese acto previo que aparece como
no realizado. La duda es una forma de realizar ese
83
Luciano Lutereau
acto previo. De desplazar un acto con otro acto.
Esto lo voy a explicar después, pero ¿qué quiero
subrayar con esto? Que en el caso de la obsesión
femenina, ese acto, la duda, no está. Por lo tanto,
la obsesión femenina no se puede defender del
pensamiento obsesivo con el acto. Ejemplo típico:
El obsesivo suele llegar puntual. Toca timbre, y
puede ser que dude de si toco el timbre correcto:
“Toqué de vuelta porque no sé si se escuchó” [risas].
Por ejemplo, cuando atendemos mujeres obsesivas
no suelen ser puntuales, porque justamente queda
más pegoteada por ese pensamiento. Llega tarde
y te cuenta qué estaba haciendo. No es la histé-
rica que llega tarde pero llega corriendo y te dice
“estaba haciendo tal cosa, me olvide que tenía que
venir, y entonces me acordé y corrí” y corre para
ver si el otro la espera o no. Ahí está claramente
la secuencia de la histérica. En cambio la obsesiva
está todo el tiempo pensando y llega tarde, avisa
que llega tarde y pide disculpas pero no podía salir.
Falta el corte. Me importa que se lleven hoy es que
el síntoma es corte. El obsesivo se sintomatiza para
cortar con el pensamiento. En el caso de la obse-
siva mujer, no puede cortar con el pensamiento,
con esa forma obsesiva de pensar, tan adhesiva.
Por eso en los tres casos que menciona Freud, ¿en
alguno de los tres está la duda? No. Aparece el
costado más compulsivo, más culposo, esa especie
de fondo culposo supersticioso compulsivo.
84
O bsesión femenina
Intervención: ¿de qué manera surge el síntoma
entonces en la mujer obsesiva?
No es el síntoma como corte; de hecho muchas
veces la obsesiva no se diagnostica por el síntoma
sino por la posición subjetiva. Por eso muchas
veces el diagnóstico de la obsesión femenina es tan
difícil de hacer, y que se parezcan más a pacientes
psicóticas. En el caso de histeria masculina el diag-
nóstico diferencial suele ser con homosexualidad y
con borderlines. ¿Y el diagnóstico diferencial de la
obsesión femenina? Con psicóticas y con histerias
“graves”. Cuando uno le agrega “grave” a algo, ya
perdió el sentido, no alcanza la palabra anterior.
Si digo que es una histérica grave, es porque no
es como las demás histéricas, entonces ¿para qué
me sirve el diagnóstico de histeria?
Decía que me importa que se lleven hoy el
punto donde el síntoma es corte, el síntoma es una
manera de cortar y al mismo tiempo es un acto
que sustituye a otro acto. No está esa lógica en la
obsesión femenina, por lo tanto falta el corte. No
hay división, por eso son tan difíciles de tratar. Ahí
está el punto donde teníamos dos estatutos dife-
rentes del sujeto. Una cosa es el sujeto como efecto
de división a partir del síntoma, y otra cosa es la
posición subjetiva. La posición subjetiva es una
posición padeciente, de desgarramiento psíquico
como diría Freud, pero no sintomatizada en la
85
Luciano Lutereau
obsesión femenina. No encontramos allí grandes
síntomas. Y por eso el tratamiento es más a nivel
de la transferencia que de la interpretación. Pero
no quiero seguir por esta vía ahora. Volvamos a
un punto que nos quedó pendiente, respecto del
pensamiento.
El pensamiento erotizado ya es una representa-
ción a la cual se adosó el erotismo o, mejor dicho,
la libido o el afecto proveniente de otra repre-
sentación. El pensamiento erotizado tiene cierta
forma, un ejemplo de eso es la duda del obsesivo.
En el caso del hombre de las ratas cuando se puede
ubicar cuando saca y pone la piedra, ya ese es un
efecto de su pensamiento erotizado, mejor dicho
un acto erotizado. La lógica del pensamiento eroti-
zado es que tiene un refuerzo psíquico que viene de
otra parte, hay un desplazamiento ahí. En cambio,
en la erotización del pensamiento, el pensar como
tal lo está. La diferencia ahí es la que puede haber
también respecto a la compulsión. Una cosa es “no
puedo dejar de pensar en esto”, que así suele ser
la representación obsesiva, y otra cosa es el “no
puedo dejar de pensar”.
Intervención: yo ya te había preguntado sobre
la erotización del pensamiento en la obsesión y ahí
me respondiste que no tenía por qué ser caracte-
rístico de ese síntoma –entendiendo la obsesión
como síntoma– porque en la histeria también
86
O bsesión femenina
puede haber casos de, por ejemplo, pasar la noche
pensando lo mismo sin poder conciliar el sueño.
Por eso digo que la erotización del pensamiento
no es la representación obsesiva. De hecho la eroti-
zación del pensamiento es algo clínicamente muy
complejo, porque a veces no solo aparece en casos
de histeria, sino también en formas de la psicosis.
Muchas veces el insomnio de las psicosis, un
síntoma que suele ser muy anticipatorio en dicha
estructura, es un insomnio que no consiste en el no
poder dormir, sino que implica un no poder parar
de pensar mientras están acostados.
Intervención: entonces ¿la erotización del
pensamiento sería lo compulsivo?
Hace un momento hablamos de cómo frente al
pensamiento compulsivo podía haber una forma
de corte, el síntoma como aquello que corta el
pensamiento. Ahora podemos afirmar que la repre-
sentación obsesiva es el modo en que el obsesivo se
defiende del pensamiento obsesivo. Para decirlo de
otra forma, considerando lo que estás planteando
ahora, el pensamiento erotizado es la manera en
que el obsesivo se defiende de la erotización del
pensamiento. Por eso lo que nos empezó a importar
es tomar la vía del pensar, no de este pensamiento
u otro, debido a que si nos mantenemos en esa
87
Luciano Lutereau
lógica, estamos siempre en la vía de las repre-
sentaciones. Lo que nos importa a nosotros es el
pensar, como acto que puede ser compulsivo, que
ya no consiste en este pensamiento o el otro, sino
que es el pensar mismo.
Intervención: tenía una duda respecto del
ejemplo que había traído sobre el caso que se
encuentra en Celos y envidia, del joven que
hablaba todo el tiempo de lo mismo. Decías, por un
lado, que podía pensarse como un caso de histeria
masculina, pero que el hablar siempre de lo mismo
no tiene por qué ser exclusivo de la obsesión.
No necesariamente hablar siempre de lo mismo
implica eso. En todo caso puede considerarse una
tipología o una especie de parodia de lo que es el
obsesivo “de libro”, pero ningún tipo clínico es de
libro. Ser reiterativo a lo sumo es ser aburrido,
pero no te hace obsesivo.
Intervención: entonces el pensamiento eroti-
zado sería ese acto que sintomatiza.
El pensamiento erotizado puede ser un modo de
corte, como síntoma. Lo que me importa ubicar es
el contrapunto entre el pensamiento y el pensar.
Este último como acto que se puede volver compul-
sivo, se corta con un síntoma. Les daba un ejemplo
88
O bsesión femenina
de eso al hablar de la histérica que de repente se
acuerda que tiene que venir a sesión, luego de un
olvido, y llega tarde. Cuando se dio cuenta, salió
corriendo y llegó en los últimos cinco minutos. Ahí
el síntoma de amnesia histérica sirve para cortar.
Ahora bien, por lo general el pensar compulsivo
de la neurosis obsesiva es lo que hace que muchas
neuróticas obsesivas lleguen tarde, porque se
quedan haciendo cosas y no pueden cortar. A dife-
rencia del obsesivo varón que seguramente va a
ser puntual, y una vez que llegue se va a equi-
vocar de timbre. Actualiza, porque cuenta con la
duda como síntoma. A mí me parece una distin-
ción clave, porque permite ubicar la diferencia
masculino/femenino para pensar el tipo clínico de
la neurosis obsesiva.
Ahora bien, si vamos al historial del hombre
de las ratas, en el apartado teórico hay algunas
cuestiones importantes. No vamos a poder agotar
este tema, pero al menos las dejo planteadas:
Freud empieza recordando la definición del texto
“Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis
de defensa”, donde plantea su hipótesis de las
representaciones obsesivas como reproches trans-
formados debido al retorno de la represión, es decir,
que frente a un autorreproche lo que se produce es
una modificación. Fíjense el desplazamiento que
hace el texto: empieza diciendo que las represen-
taciones obsesivas son reproches transformados,
89
Luciano Lutereau
reproches que en realidad se desplazan a otras
representaciones, pero que sin embargo dentro de
las representaciones obsesivas podemos encontrar
diferentes productos que pueden incluir: deseos,
tentaciones, impulsos, reflexiones, dudas, manda-
mientos, represiones, etc.. Acá hay una cuestión
demasiado general. Me parece que donde Freud
unifica estos productos, nosotros tenemos que
poder introducir las diferencias. No es lo mismo
un mandamiento de lo que es una duda. Me parece
que no están a la misma altura. De hecho, el caso
del hombre de las ratas lo muestra: la duda viene
después del mandamiento. Se puede dudar una
vez que el mandamiento ya estuvo pronunciado.
“Tienes que devolver las 3,80 coronas”, y después
de eso es que aparece la duda de si lo devolvió o no.
No están en el mismo nivel. Lo que me importa acá
es cómo dice “es más correcto hablar de un ‘pensar
obsesivo’ y poner de relieve que los productos obse-
sivos pueden tener el valor de los más diferentes
actos psíquico”; es como si Freud se diera cuenta
de que fue demasiado general en lo que dijo, que
la expresión representaciones obsesivas es muy
amplia debido a que incluye cosas muy distintas,
y dice “es más correcto hablar de un pensar obse-
sivo”. Me gusta esta idea porque fíjense que está
introduciendo lo que nosotros planteamos. No es
lo mismo decir “ese pensamiento obsesivo” que
decir “un pensar obsesivo”. De hecho acá es como
90
O bsesión femenina
si Freud hiciera una corrección, porque dice que
“los enfermos se afanan en general por atemperar
tales definiciones y por designar como ‘representa-
ción obsesiva’ el contenido despojado de su índice
de afecto”. Es como si Freud dijera “cuando yo dije
representación obsesiva, hice lo mismo que hace
el obsesivo”. El obsesivo dice que tuvo una repre-
sentación obsesiva y se olvida de que ésta puede
ser un deseo, un mandamiento, le quita el afecto.
Freud ubica que hizo lo mismo. Me parece genial
este punto, porque es como si Freud estuviera
diciendo que su forma de teorizar la neurosis obse-
siva hasta ese momento fue justamente una forma
obsesiva de hacerlo. Al generalizar tanto, al no ir
a las precisiones, hizo lo mismo que hace el obse-
sivo cuando mete en la misma bolsa un montón de
cosas distintas. Me parece un acto de sinceridad
tremendo, Freud reconociendo que al intentar
estudiar la neurosis obsesiva, hay que tratar de no
hacerlo siguiendo una lógica que sea la del obsesivo.
Intervención: me hiciste acordar a un texto tuyo,
en el cual en una parte se planteaba, refirién-
dose a Lacan: ¿cómo sabemos que el psicoanálisis
lacanianano no es la neurosis de Lacan, como el
psicoanálisis freudiano es la neurosis de Freud?
Es una buena pregunta, que uno tiene que
hacerse. Freud se da cuenta de que él estuvo
91
Luciano Lutereau
pensando con la misma lógica que la del obsesivo,
y por eso esta parte teórica tiene una función de
corregir lo anterior. Entonces, fíjense que, yendo
a lo más claro, volviendo a tratar de establecer
distinciones, presenta a continuación un primer
punto que le parece importante, lo que va a llamar
la lucha defensiva secundaria: “Uno se ve obligado
a confesar enseguida que hasta ahora no ha podido
apreciarse de manera conveniente ni siquiera la
fenomenología del pensar obsesivo”. Subrayo esta
frase porque muestra de qué manera Freud dice
lo poco que sabemos. Al decir que “uno se ve obli-
gado a confesar lo poco que sabe”, da cuenta de
una especie de autocrítica. Continúa con: “En la
lucha defensiva secundaria que el enfermo libra
contra las «representaciones obsesivas» que se han
filtrado en su conciencia se producen formaciones
que merecen una denominación particular. Pién-
sese, por ejemplo, en las series de pensamientos
que ocupaban a nuestro paciente durante su
viaje de regreso desde las maniobras militares”.
Como efecto de la lucha contra la representación
obsesiva aparecen formaciones muy específicas.
Es decir, en la lucha contra el síntoma. Esto es
algo que Freud mantiene: una cosa es la apari-
ción del síntoma y otra cosa es la defensa contra
el síntoma. Si algo caracteriza a la neurosis obse-
siva para Freud es el fracaso de la defensa. Se va
desplazando todo el tiempo. Frente a un manda-
92
O bsesión femenina
miento me defiendo, frente a la idea de que va
a pasar algo malo me defiendo con una medida
protectora, luego rápidamente tengo que verificar
si esa medida protectora la realicé o no, entonces
para verificarlo tengo que realizar un ceremonial.
Hay un corrimiento permanente. Ese recorrido
tenemos que poder encontrarlo para hablar de
un síntoma obsesivo o de una neurosis obsesiva.
Yo creo que eso vale más para el caso del varón.
Porque la defensa en la neurosis obsesiva del
varón es más exitosa. Nosotros vamos a distin-
guir la neurosis obsesiva del varón respecto de la
femenina porque en el varón la defensa es exitosa,
y en el caso de la mujer no. Sigue Freud: “No son
argumentos puramente racionales los que se
contraponen a los pensamientos obsesivos, sino,
por así decir, unos mestizos entre ambas varie-
dades del pensar”. Se refiere fundamentalmente,
salteo un poco, a “delirios”. El obsesivo delira. Me
parece importante esto para ubicar la diferencia
respecto de la clínica de las psicosis. El delirio
no es algo exclusivamente psicótico. Esos pensa-
mientos con los que a veces nos encontramos en
los ceremoniales autoimpuestos de un obsesivo,
son formaciones que pueden ser francamente
delirantes. Salteo un poco más. Freud vuelve a
la distinción entre la lucha defensiva primaria y
la lucha secundaria. Esta es una distinción que
ya había establecido en el texto de las neuropsi-
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Luciano Lutereau
cosis de defensa. ¿En qué consiste la diferencia?
La defensa primaria es la que produce el síntoma,
la secundaria es respecto del síntoma. Lo que
importa es que Freud plantea que muchas veces,
si bien podemos distinguir entre una defensa y la
otra, cuesta distinguir esto porque mayormente
los obsesivos “no tienen noticia del texto de sus
propias obsesiones”. Esta es una idea central.
Intervención: ¿se queda sólo con la defensa
secundaria?
No, Freud dice que uno podría creer que esta
distinción entre primaria y secundaria es clara,
pero plantea que sólo es clara para el clínico. Para
el obsesivo mismo no, porque el obsesivo no sabe
cuáles son sus obsesiones. Me parece interesante
esta idea. Salteo un poco: “ocurre sin duda que el
enfermo, quien hasta entonces se había extrañado
con terror de la percepción de sus producciones
patológicas, les presta ahora su atención y se entera
de ellas con más nitidez y detalle”. Solamente a
través del análisis es que alguien puede darse
cuenta de forma comprensiva de esto. Pongamos
un ejemplo: alguien que antes de salir cierra todo,
y lo hace de forma automática. Es sólo a través del
análisis que uno advierte que esa forma ceremo-
nial de hacer las cosas es la respuesta a una idea
obsesiva que hasta ese momento no advertía. Lo
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O bsesión femenina
que me parece interesante de esto es que Freud
está diciendo que muchas veces el síntoma obse-
sivo puede no aparecer en la conciencia.
Intervención: ¿Ssería la diferencia entre egosin-
tónico y egodistónico?
Por ejemplo. Puede ser tan egosintónico que
quizá ni siquiera lo note. Por ejemplo, alguien que
ordena todo antes de salir, y debajo de ese orden
o ceremonial está la fantasía de que podría pasar
tal cosa, y quizás desconoce esa fantasía. Muchas
veces esa fantasía de temor se introduce como
parte del análisis.
Intervención: pero, ¿quién la introduce, el
analista?
Como intervención del analista. Sigamos un
poco. Salteo un poco aquí. Sigue hablando de
la lucha primaria, esto es lo que salteo. Y acá
sí me interesa ubicar esto: el malentendido del
pensar consciente. Dice: “La oficialmente llamada
«representación obsesiva» lleva entonces, en
su desfiguración respecto del texto original, las
huellas de la lucha defensiva primaria”. La lucha
defensiva originalmente lo que hace es modificar,
la aparición del síntoma es un texto desfigurado.
“Ahora bien, su desfiguración la hace viable,
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Luciano Lutereau
pues el pensar consciente es constreñido a incu-
rrir respecto de ella en un malentendido, como le
ocurre con el contenido del sueño, que, siendo ya
un producto de compromiso y desfiguración, es
luego también mal entendido por el pensar cons-
ciente”. Lo que me importa acá es la analogía que
hay entre el síntoma y el sueño. El síntoma obse-
sivo es como un sueño desfigurado. Pero lo que
importa es lo siguiente en realidad, esa parte
no. Sigo: “Pero el malentendido del pensar cons-
ciente se puede demostrar no sólo en las ideas
obsesivas mismas, sino también en los productos
de la lucha defensiva secundaria; por ejemplo, en
las fórmulas protectoras. Para esto puedo traer
dos buenos ejemplos. Nuestro paciente empleaba
como fórmula defensiva un «aber» {«pero»} pronun-
ciado con rapidez, acompañado de un movimiento
de rechazar con la mano. Pues bien, contó que esta
fórmula se le había alterado en el último tiempo;
ya no decía «áber» {con el acento correcto}, sino
«abér». Inquirido por la razón de ese ulterior desa-
rrollo, indicó que la «e» muda de la segunda sílaba
no le daba seguridad ninguna contra la temida
intromisión de algo ajeno y opuesto, y por eso se
resolvió a acentuar la «e». Tal esclarecimiento,
dado bien en el estilo de la neurosis obsesiva,
demostró ser empero desacertado; a lo sumo
podía reclamar el valor de una racionalización. En
realidad, el «abér» era una asimilación a «Abwehr»
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O bsesión femenina
{«defensa»}, término de que él tenía noticia por las
pláticas teóricas sobre el psicoanálisis”. Fíjense
cómo no tiene que ver con la definición, sino más
bien con la desfiguración, incluso en la defensa
secundaria se ve una desfiguración posterior que
lo que muestra es la misma lógica de funciona-
miento. A mí me parece interesante este ejemplo
que da Freud porque, sobre todo, uno encuentra
que al pensar, hay dos fenómenos de pensamiento.
El pensamiento es algo bien extraño. Es algo de lo
que, por decirlo de alguna manera, hay que defen-
derse. El pensar obsesivo es un pensar del que
hay que defenderse. A mí se me ocurren dos ejem-
plos para tomar esto que está diciendo Freud. El
“pero” del hombre de las ratas me recuerda algo
que he visto en distintos obsesivos, el uso de una
especie de “bueno…” cuando hablan. Por ahí están
diciendo algo y sueltan un “bueno…” que funciona
como un corte. Es una partícula que funciona,
que no es para decir algo. Por ejemplo, se está
a solas, en silencio y de repente dice “bueno…”.
¿“Bueno” qué? [risas] Pareciera que eso corta algo.
El segundo ejemplo en la misma línea de lo que
dice Freud de pensamiento obsesivo que a mí se
me ocurre es un síntoma mío en este caso, que yo
recuerdo de mi propio análisis, en el que encontré
que muchas veces me pasa que de repente estoy
haciendo algo y tengo que frenar y decir “¿en
qué estaba pensando?”. Es el punto donde estoy
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Luciano Lutereau
pensando pero el pensamiento es tan automá-
tico que ya ni siquiera sé en qué estoy pensando.
Nuevamente es cierto punto de pensamiento que
puede ser compulsivo. Ese punto donde el pensa-
miento puede independizarse tanto que hasta
puede llegar a prescindir de la idea en la que se
está pensando.
Me interesa este punto, en el que Freud dice
que no siempre la representación obsesiva tiene
un nivel de desfiguración tan grande como el que
se encuentra en el caso del hombre de las ratas.
Que a veces alcanza, y esto es lo que me parece
interesante, con una técnica muy simple de desfi-
guración, que es la desfiguración por omisión o
elipsis, que sobre todo es conocida por el chiste.
“Una de sus ideas obsesivas más antiguas y predi-
lectas (cuyo valor era el de una admonición o
advertencia) rezaba, por ejemplo: «Si yo me caso
con la dama, a mi padre le sucede una desgracia
(en el más allá)». Intercalando el eslabón inter-
medio que se ha saltado, y que conocimos por el
análisis, la ilación de pensamiento reza: «Si mi
padre viviera, mi designio de casarme con la dama
lo enfurecería tanto como aquella vez en la escena
infantil, y yo volvería a ser presa de la ira y le
desearía toda clase de males, los que no podrían
menos que cumplirse en él en virtud de la omni-
potencia de mis deseos»”. Me interesa este punto
en el que Freud habla de la elipsis como forma
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O bsesión femenina
de desfiguración, debido a que está pasando del
criterio de desplazamiento a la desfiguración. La
represión de una idea puede ser simplemente
desfigurarla. La desfiguración ya pareciera ser
otra cosa distinta del falso enlace. Freud va aflo-
jando la idea de que la representación obsesiva
es producto de un falso enlace, por ejemplo, en
vez de sentir el autorreproche por haber tocado
a mi prima, me lavo las manos. En la desfigura-
ción, más que desplazamiento, lo que Freud está
diciendo es que alcanzaría con meterle un texto.
Le faltaría contexto a la idea obsesivo, pero fíjense
que ya no es la misma idea de desplazamiento.
Esto es algo que Freud logra explicar cuando
justamente recurre al ejemplo o la comparación
entre el síntoma y el sueño. Es decir, pensar en
términos de desfiguración empieza a permitirnos
ver cómo Freud está pensando el pensar obsesivo
y ya no tanto la lógica de producción a través del
mecanismo de falso enlace. “He aquí otro caso de
resolución elíptica, de igual modo una advertencia
o una prohibición ascética. Tenía una deliciosa
sobrinita, a quien amaba mucho. Un día le vino
la idea: «Si te permites un coito, a Ella le suce-
derá una desgracia (se morirá)»”. Fíjense que el
“si tanto, tal cosa” son formas del pensar con impe-
rativos. Con la desfiguración se logra dar cuenta
del funcionamiento a partir de imperativos, propio
de lo que Freud llama la omnipotencia del pensa-
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Luciano Lutereau
miento. Después veremos qué es un pensamiento
cargado de omnipotencia. Y la desfiguración es
criterio suficiente, ¿cómo se traduce esta repre-
sentación? “«A cada coito, aun con una extraña no
podrás menos que pensar que el comercio sexual
en tu matrimonio nunca producirá un hijo (la
esterilidad de su amada). Eso te pesará tanto que
te pondrás envidioso por la pequeña Ella y no le
consentirás el hijo a tu hermana. Y estas mociones
de envidia por fuerza provocarán la muerte de la
pequeña»”. Una linda traducción, ¿no? El miedo
de que le pase algo, plasmado en el “si tengo rela-
ciones, a mi sobrina le va a pasar algo”. Freud lo
que introduce en el medio es “si tengo relaciones,
de alguna manera no voy a poder procrear cuando
me case, por lo tanto no voy a poder tener hijos,
consecuentemente me pongo envidioso de mi
hermana, tengo deseos hostiles hacia mi hermana
por ser madre, y entonces lo que hago es a través de
la envidia…” es interesante esto. Quiero ubicar dos
cosas. En primer lugar, que en el imperativo, tanto
en el anterior “si me caso con la dama le pasará
algo a mi padre”, como en este caso “si tengo rela-
ciones, le va a pasar algo a mi sobrina”, este tipo
de pensamiento casi condicional “si tal cosa, va
a pasar tal cosa” es un pensamiento imperativo,
parece una ley lógica. En los dos casos esconde
la parte agresiva de él. En el primer caso es “yo
volveré a ser preso de la ira”, y en el segundo caso
100
O bsesión femenina
es “me voy a poner envidioso de mi hermana”. ¿Qué
es lo elidido? Los sentimientos agresivos. Esto
es algo que muy bien notó Klein, que los pensa-
miento omnipotentes tienen su carga sobre todo
de sentimientos hostiles. Y la culpa que produce
la agresión es la principal fuerza pulsionante en
la omnipotencia del pensamiento.
Intervención: Esa pregunta te quería hacer,
¿qué es primero entre el hueevo y la gallina, entre
la agresión y la culpa?
Van juntas, porque es agresivo todo lo que
genera culpa. No es que hay algo agresivo que
genera culpa. Es al revés, es agresivo todo lo que
genera culpa.
Intervención: Me hace acordar a un artículo tuyo
sobre la infidelidad, en el que citabas a Klein, en el
cual planteabas que la infidelidad era una forma
de decirle a la pareja “mirá, no dependo de vos”.
Exacto, como forma de agresividad. Ahora bien,
lo que me importa es: la técnica de desfiguración
por elipsis. Quiero ubicar esto antes en realidad:
fíjense que de alguna manera podríamos decir
que donde hay mandamiento, bajo la forma de “si
tal cosa tal cosa”, por un lado es la interpretación
de un deseo, son interpretaciones de actos. Es un
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Luciano Lutereau
acto que pasa a tener una consecuencia penosa
“si hago tal cosa entonces va a pasar esto malo”,
de acuerdo a ese pensamiento imperativo. En
ese “si entonces” que se constituye por desfigura-
ción, queda borrada la parte agresiva que implica
el acto. Esa es la desfiguración y lo que quiero
subrayar es cómo eso no tiene que ver directa-
mente con el falso enlace. Cuando dice Freud acá
“la técnica de desfiguración”, está pensando una
forma de producción de pensamientos obsesivos
que no tiene que ver con la producción de la repre-
sentación obsesiva por desplazamiento. Escuchen
esto: “La técnica de desfiguración por elipsis parece
ser típica de la neurosis obsesiva; he tropezado
con ella también en los pensamientos obsesivos de
otros pacientes”. ¿Qué está diciendo Freud? Que
hay un pensar obsesivo que puede incluso estar
en pacientes que no sean obsesivos.
Yo creo que cuando dice “pensamientos obse-
sivos de otros pacientes” uno puede entenderlo de
distintas maneras. Creo que una forma de enten-
derlo podría ser “me lo encuentro en pensamientos
obsesivos de pacientes que no son los neuróticos
obsesivos varones”. O también “me encontré con
algo de esto en pacientes que son de otros tipos
clínicos, que pueden tener pensamientos obse-
sivos”. Hay algo ahí donde la lógica del falso enlace
quizás permite entender la representación obse-
siva como autorreproche desplazado. Vuelvo a los
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O bsesión femenina
ejemplos de siempre: el autorreproche por “habré
hecho daño a mi primita cuando la tocaba” se trans-
forma en el síntoma de lavarme las manos. Ahí,
autorreproche desplazado, falso enlace. La lógica
del autorreproche desplazado es el falso enlace.
Ahora, la técnica de desfiguración por elipsis es otro
tipo. Vuelvo a lo anterior: El autorreproche despla-
zado, el mecanismo de falso enlace, permiten dar
cuenta de lo que podríamos llamar el pensamiento
erotizado. Ahora bien, la técnica de desfiguración
por elipsis permite dar cuenta de otra cosa, que
es la erotización del pensamiento, que tiene que
ver con este pensamiento omnipotente. ¿Se va
entendiendo? Porque esta distinción yo no la leí en
ningún lado. Estamos encontrando cosas que yo al
menos no leí que alguien haya subrayado antes.
A veces pasa eso, uno trabaja un montón de cosas
y después con el tiempo lee un texto que escribió
otro y encuentra que uno halló lo mismo. Pero esta
bueno, yo cuando veo que aquello que pensé, otro
lo encontró, muestra que evidentemente la clínica
misma te lleva a pensar esto. Otro se encontró
con los mismos problemas clínicos. Que, vuelvo
a nuestro origen, es pensar que de las represen-
taciones obsesivas, a un obsesivo seguramente lo
podemos curar. Ahora, de la erotización del pensa-
miento, muy difícilmente. ¿Qué se hace con eso? De
esta forma de funcionar del estilo de “si hago tal
cosa, entonces”. Ahí no hay desciframiento.
103
Luciano Lutereau
Tomemos el ejemplo siguiente. Freud vuelve a
tomar una respresentación y la analiza de acuerdo
con lo que vimos recién: “De particular transpa-
rencia, e interesante en virtud de cierta semejanza
con la estructura de la representación de las ratas,
fue el caso de una dama que padecía, en lo esencial,
de acciones obsesivas Estaba de paseo en Nurem-
berg con su marido, e hizo que él la acompañara a
una tienda donde compraría diversos objetos para
su hija, entre ellos un peine. El marido, a quien le
pareció que ella tardaba mucho en escoger, indicó
que por el camino había visto algunas monedas en
casa de un anticuario, y quería comprarlas; tras
la compra, pasaría a buscarla por la tienda. Ahora
bien, según la estimación de ella, la tardanza de
él fue excesiva. Cuando regresó, a la pregunta
sobre dónde había estado respondió: «Pues en
lo de aquel anticuario»; en ese mismo momento
le entró a la mujer la martirizadora duda: ¿No
había poseído desde siempre el peine comprado
para la niña? Desde luego, no atinó a descubrir el
simple nexo. Nosotros no tenemos más alternativa
que declarar desplazada a esta duda, y construir
así el pensamiento inconsciente completo: «Si es
verdad que sólo estuviste en casa del anticuario,
si yo debo creer eso, entonces puedo creer igual-
mente que desde hace años poseo este peine que
acabo de comprar»”. Fíjense que la martirizadora
duda en realidad no es la duda en el sentido de
104
O bsesión femenina
la indecisión, sino que lo que hay inicialmente es
la mujer que no se decide a comprar el peine. En
todo caso la duda es la irresolución para comprar
el peine. La martirizadora duda es un pensamiento
que como tal es una desfiguración, la desfigura-
ción que lo que reprime en realidad es el “vos me
estás mintiendo”, la parte hostil. “Vos fuiste al
anticuario de la misma manera que seguramente
yo el peine lo tuve desde siempre”. Es un punto
de burla. Sigue: “Por tanto, una equiparación, a
modo de irónica soflama, parecida al pensamiento
de nuestro paciente: «Sí, tan cierto como que los
dos (padre y dama) pueden tener hijos, devolveré
el dinero a A.»”. Lo que me interesa acá es cómo,
más que la duda obsesiva como forma de intede-
terminación, acá es un pensamiento que tiene
una función irónica. Lo que realiza es una ironía.
En el caso de la dama, el pensamiento martiri-
zante dependía de los celos. Y sigue abajo: “No
ensayaré en esta oportunidad una apreciación
psicológica del pensar obsesivo”. Me interesa de
vuelta cómo sigue diciendo el pensar obsesivo. No
está pensando solamente el síntoma de despla-
zamiento y de la representación obsesiva, sino
el pensar obsesivo. “Arrojaría unos resultados de
valor extraordinario y contribuiría a aclarar nues-
tras intelecciones sobre la esencia de lo consciente
e inconsciente más que el estudio de la histeria y
de los fenómenos hipnóticos”. Fíjense que Freud
105
Luciano Lutereau
dice que si estudiáramos el pensar obsesivo, encon-
traríamos elementos para pensar el inconsciente
mucho más que en el análisis de la histeria. Para
Freud el psicoanálisis era hijo de la histeria. Hay
claramente un volantazo acá. Si tomáramos cómo
funciona el pensar del obsesivo, sabríamos mucho
más sobre el inconsciente que si siguiéramos la
vía de la histeria. Hay un cambio de modelo. “Sería
harto deseable que los filósofos y psicólogos, que de
oídas o a partir de sus definiciones convencionales
desarrollan agudas doctrinas sobre lo inconsciente,
se procuraran antes las impresiones decisivas en
los fenómenos del pensar obsesivo; uno casi les
pediría que lo hicieran, si no fuera tanto más
fatigoso que las modalidades de trabajo con que
están familiarizados. Sólo he de consignar, todavía,
que a veces en la neurosis obsesiva los procesos
anímicos inconscientes irrumpen en lo consciente
en la forma más pura y menos desfigurada, que esa
irrupción puede producirse desde los más diversos
estadios del proceso de pensar inconsciente, y que
las representaciones obsesivas, en el momento de
su irrupción, pueden discernirse las más de las
veces como unas formaciones existentes desde
hace mucho tiempo”. Freud presenta una especie
de maremágnum, el cual sería el pensar obsesivo,
del cual eventualmente se desprende una repre-
sentación obsesiva. “De ahí el llamativo fenómeno
de que el enfermo obsesivo, cuando se pesquisa con
106
O bsesión femenina
él la primera aparición de una idea obsesiva, se
vea precisado a correrla de continuo hacia atrás
en el curso del análisis, descubra para ella nuevas
y nuevas primeras ocasiones”. Bueno, dejemos de
leer y pasemos a algunas conclusiones.
Hoy trabajamos, entonces, principalmente sobre
la distinción entre el pensar y el pensamiento, me
parece que ya está justificada esa distinción, y
lo que pudimos introducir como algo importante
es ese funcionamiento, ese pensar que es pensar
de acuerdo ya no a la lógica del falso enlace, sino
ese pensar que a través de desfiguración toma
esa forma casi imperativa “si…, entonces…”. Y
que tiene que ver mucho más con la lucha defen-
siva primaria que con la secundaria. En todo caso
puede ser que la lucha defensiva secundaria sea
una defensa contra eso. En realidad esa forma de
pensamiento es la compulsión del pensamiento,
un pensar compulsivo.
Creo que lo que más justifica meternos en este
tema es que los obsesivos de hoy en día están más
cerca del pensar obsesivo que de las representa-
ciones obsesivas. Y esta es la vía que lleva a la
obsesión en la mujer, como la conversamos. Que el
mecanismo de formación de síntomas a partir del
falso enlace como autorreproche no es tan común.
Intervención: yo me quedo pensando algo,
también a partir de lo que dijiste la otra vez sobre
107
Luciano Lutereau
histeria masculina, que si bien hay un modo de
entender por qué el varón es más fácilmente
obsesivo, la histeria es primaria para el varón,
mientras que ahora en la mujer parece al revés,
que si bien hay un línea directa que lleva a la
histeria, la obsesión puede ser un punto de partida.
Exacto. Podríamos decirlo de este modo, con
términos freudiano: en el varón la obsesión es un
dialecto de la histeria y en la mujer la histeria
es un dialecto de la obsesión. Con esto podemos
concluir. Muchas gracias.
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por la Colección
en psicoanálisis