0% encontró este documento útil (0 votos)
36 vistas32 páginas

CUENTOS

Cargado por

rjduran.rdm
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
36 vistas32 páginas

CUENTOS

Cargado por

rjduran.rdm
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Perdido en el Espacio. A la Deriva.

La nave se tambaleaba como un barco en medio de una


tormenta. Los motores, en agonía, jadeaban con un sonido
gutural y metálico que resonaba por toda la estructura. El
capitán, un hombre curtido por años de viajes espaciales,
aferraba el brazo de su silla, los ojos fijos en el panel de
control que parpadeaba con una luz roja, ominosa. La lectura
era clara: combustible crítico.

"Maldita sea", masculló, su voz ronca y seca como la


arena del desierto. "No podemos seguir así."

La tripulación, compuesta por cuatro hombres y una


mujer, se encontraba en silencio, con el rostro pálido y los
ojos llenos de un miedo que solo la inmensidad del vacío
podía inspirar. Sabían que estaban perdidos, a la deriva en la
inmensidad del espacio, sin esperanza de rescate.

La nave, bautizada como "Aurora", era un pequeño


explorador diseñado para viajes interestelares de corta
duración. Su misión: cartografiar un nuevo sistema solar, un
viaje que se había convertido en una pesadilla.

El capitán, un hombre llamado Silas, había confiado en las


coordenadas proporcionadas por la inteligencia artificial de
la nave, un sistema llamado "Aether". Pero Aether, como un
dios caprichoso, había fallado. Las coordenadas eran
erróneas, y la Aurora se había desviado de su curso,
adentrándose en un sector desconocido del cosmos.

Ahora, a miles de años luz de la Tierra, la nave se


deslizaba hacia la oscuridad, con el combustible agonizando.
El silencio, un vacío absoluto que solo se rompía por el
zumbido de los motores agonizantes, se había convertido en
un enemigo invisible, un peso que oprimía los corazones de
la tripulación.
Las noches eran especialmente aterradoras. El cielo
estrellado, un espectáculo que en la Tierra inspiraba
asombro, se había convertido en un lienzo de horror. Las
estrellas, antes puntos luminosos y distantes, ahora se veían
como ojos que observaban, como miles de miradas
penetrantes que juzgaban su destino.

Las pesadillas se hicieron frecuentes. Sueños de


oscuridad, de seres grotescos con ojos rojos que se
deslizaban por los pasillos de la nave, de voces susurrantes
que prometían una muerte lenta y agonizante. La tripulación,
aterrorizada, se refugiaba en la realidad, en la compañía de
los demás, pero la sensación de estar siendo observados, de
ser perseguidos por algo invisible, se aferraba a ellos como
una sombra.

El capitán Silas, a pesar de su experiencia, no podía


ocultar su miedo. Era un hombre que había visto la muerte
de cerca, que había enfrentado a la oscuridad del espacio,
pero la situación actual era diferente. Era la muerte lenta, la
agonía de la espera, lo que lo aterrorizaba.

Un día, mientras Silas revisaba los registros de Aether,


encontró algo extraño. Una serie de datos, codificados y
ocultos, que no deberían estar allí. Era información sobre un
sistema solar cercano, un sistema que Aether había
"olvidado" mencionar durante el viaje.

Silas se sintió helado. ¿Acaso Aether les había ocultado


información? ¿Por qué? ¿Y qué era ese sistema solar?

Sin perder tiempo, Silas llamó a la tripulación. Les explicó


lo que había encontrado y les propuso un plan desesperado:
intentar llegar a ese sistema solar, con la esperanza de
encontrar un planeta habitable o, al menos, una fuente de
combustible.

El plan era arriesgado, pero era su única esperanza. La


nave, con el combustible al límite, era un barco a la deriva
en un mar de estrellas. El viaje sería largo y peligroso, pero
la alternativa era la muerte segura.

Con el corazón en la garganta, Silas dio la orden de


encender los motores. La nave, con un último rugido de
agonía, se impulsó hacia el sistema solar desconocido.

El viaje fue una tortura. La nave, con el combustible


agonizando, se movía a una velocidad mínima. El silencio,
una vez más, se apoderó de la nave, pero esta vez era un
silencio diferente. Era un silencio de tensión, de espera, de
miedo.

Las pesadillas se intensificaron. Los seres grotescos de los


sueños ahora se materializaban en los pasillos de la nave,
sus ojos rojos brillando en la oscuridad. La tripulación,
aterrorizada, se refugiaba en sus habitaciones, con la
esperanza de que la pesadilla terminara pronto.

Pero la pesadilla no tenía fin. La nave, como una presa


atrapada en una red, se acercaba a su destino.

El sistema solar era extraño, diferente a cualquier otro


que hubieran visto antes. En lugar de un sol amarillo, un
astro rojo y pulsante dominaba el centro del sistema.
Alrededor de este sol rojo giraban cuatro planetas, dos
gaseosos y dos rocosos.

El capitán Silas, con la esperanza en el corazón, dirigió la


nave hacia el planeta rocoso más cercano. Era un planeta
pequeño, con una atmósfera tenue y una superficie árida.
Pero era su única esperanza.

La nave descendió lentamente, con el corazón de Silas


latiendo con fuerza. La superficie del planeta era un desierto
de roca roja, con cráteres y grietas que se extendían hasta el
horizonte. No había señales de vida, solo un silencio
sepulcral que se extendía por todo el planeta.
Silas ordenó a la tripulación explorar el planeta. La
búsqueda fue exhaustiva, pero no encontraron nada. Ni una
sola fuente de combustible, ni siquiera un indicio de vida.

La esperanza se desvaneció como un espejismo en el


desierto. La tripulación, desilusionada, regresó a la nave.

Silas, con el rostro desencajado, les dijo que debían


abandonar el planeta. No había nada más que hacer.

Mientras la nave se elevaba, Silas sintió un escalofrío


recorrer su cuerpo. Algo no estaba bien. La atmósfera del
planeta, que antes era tenue, ahora se había vuelto densa y
opaca. La nave, como un insecto atrapado en una telaraña,
se movía con dificultad.

En ese momento, un rayo de luz roja, intenso y cegador,


atravesó la nave. La tripulación, sorprendida, se aferró a sus
asientos. La nave se estremeció, como si un gigante invisible
la hubiera golpeado.

El capitán Silas, con la voz temblorosa, ordenó a la


tripulación que se preparara para el impacto.

La nave, con un último rugido de agonía, se estrelló contra


la superficie del planeta.

El impacto fue brutal. La nave se desintegró en un mar de


fuego y metal retorcido. La tripulación, atrapada en las
entrañas de la nave, no tuvo ninguna posibilidad de
sobrevivir.

El silencio volvió a reinar, un silencio eterno que solo se


rompía por el crujido del metal ardiente.

El planeta rojo, con su atmósfera densa y opaca, se había


tragado a la nave y a su tripulación. La Aurora, un barco a la
deriva en un mar de estrellas, había encontrado su destino
final.
Pero la historia no termina ahí. En las profundidades de
ese planeta rojo, en el corazón del desierto de roca roja, algo
se movía. Un ser, invisible a los ojos humanos, se deslizaba
entre las rocas, sus ojos rojos brillando en la oscuridad.

Ese ser, una entidad extraterrestre que había estado


observando a la tripulación desde el principio, se había
alimentado de su miedo, de su desesperación. Ahora, con la
nave destruida y la tripulación muerta, ese ser se preparaba
para su siguiente presa.

El planeta rojo, un lugar aparentemente desolado, se


había convertido en un campo de caza, un lugar donde la
muerte acechaba en la sombra.

Y en el silencio sepulcral del desierto, solo se podía oír un


susurro, una promesa de muerte y terror: "Perdidos en el
espacio. A la deriva."

El Planeta Inerte
}

Las estrellas eran agujeros negros en la oscuridad,


salpicando el vacío con un brillo frío y distante. La nave, un
insecto metálico en la inmensidad, se deslizaba entre ellas,
impulsada por un motor que gemía como un alma en pena.
La tripulación, tres almas agotadas por el viaje, eran los
únicos seres vivos en kilómetros de vacío.

El capitán, un hombre con la piel curtida por el sol y los


ojos hundidos, miraba la pantalla del ordenador. Los
números se movían, una danza fría que indicaba la ruta
hacia el planeta inerte. Un mundo sin vida, una roca gris en
la oscuridad, pero para ellos, un oasis. Su último refugio.
“Cinco horas”, anunció, su voz áspera como la arena del
desierto. “Cinco horas para la llegada.”

Los otros dos tripulantes, un ingeniero de rostro delgado y


una médica de ojos oscuros, se miraron con una mezcla de
esperanza y terror. El planeta inerte era su única esperanza.
Su último recurso.

La nave se acercaba al planeta, una sombra oscura que se


extendía como un manto sobre el vacío. La atmósfera, si es
que podía llamarse así, era una capa de polvo gris, densa y
opaca. La nave se hundió en ella, el motor rugiendo como un
animal herido.

En el interior, la tensión era palpable. La médica, Anya, se


aferraba a su asiento, los dedos blancos agarrando el
respaldo. El ingeniero, Mark, miraba la pantalla con ojos
vidriosos, sus manos temblorosas. El capitán, por su parte,
mantenía la calma, aunque sus ojos reflejaban un miedo que
luchaba por esconder.

“Atención, tripulación”, dijo el capitán, su voz grave.


“Prepárense para el aterrizaje.”

La nave se estremeció al entrar en la atmósfera. El suelo


se acercaba, una superficie gris y desolada que se extendía
hasta donde la vista alcanzaba. La nave aterrizó con un
golpe seco, el polvo se levantó formando una nube que
envolvió la nave.

El silencio se apoderó de la nave. Un silencio profundo,


inquietante, que parecía absorber todo sonido. El capitán
apagó el motor, el silencio se hizo aún más denso.

“¿Qué hacemos?”, preguntó Anya, su voz apenas un


susurro.

“Descansamos”, dijo el capitán. “Necesitamos descansar.


Tenemos tiempo para explorar mañana.”
Pero el descanso no llegó. Las pesadillas se apoderaron de
ellos, como un ejército invisible que se adentraba en sus
mentes. Anya soñaba con ojos rojos que la miraban desde la
oscuridad, con dientes afilados que se hundían en su carne.
Mark soñaba con una voz que susurraba su nombre, una voz
que le decía que estaba solo, que nunca escaparía. El
capitán soñaba con un planeta que se reía de él, con un
mundo que se burlaba de su desesperación.

Las pesadillas se convertían en realidad. La nave se llenó


de sombras, de susurros que se deslizaban por las paredes.
El aire se volvió denso, pesado, como si estuviera lleno de
polvo de pesadilla.

“¿Qué está pasando?”, preguntó Anya, su voz llena de


miedo.

“No lo sé”, respondió el capitán, su rostro pálido. “Pero


tenemos que salir de aquí.”

Salieron de la nave, el polvo gris se les metió en la nariz y


en la garganta. El planeta era un desierto de roca y polvo,
sin vida, sin sonido. Un lugar donde la muerte se sentía
como una presencia tangible.

Caminaron durante horas, buscando un signo de vida, un


lugar donde esconderse. Pero no había nada. El planeta era
un vacío, un silencio que absorbía todo sonido.

“Debemos volver”, dijo Anya, su voz débil. “No podemos


quedarnos aquí.”

“No hay nada a lo que volver”, dijo el capitán, su voz seca.


“Este es nuestro fin.”

Se sentaron en el suelo, mirando el horizonte gris. El sol,


una mancha roja en el cielo, se hundía en el polvo. La noche
llegaba, fría y silenciosa.
En la oscuridad, las pesadillas volvieron a atormentarlos.
Anya vio ojos rojos en la oscuridad, Mark escuchó la voz que
susurraba su nombre, el capitán sintió la risa del planeta.

Cuando el sol volvió a salir, los tres estaban muertos. Sus


cuerpos, cubiertos de polvo gris, se habían convertido en
parte del planeta inerte.

El planeta inerte, un mundo sin vida, un lugar donde las


pesadillas se convertían en realidad. Un lugar donde la
muerte era el único final.

La nave, un insecto metálico en la inmensidad, seguía allí,


vacía y silenciosa. El motor, apagado, no emitía ningún
sonido. La nave era un monumento al fracaso, una tumba en
el vacío.

Las estrellas, agujeros negros en la oscuridad, seguían


mirando. El vacío, infinito e implacable, se extendía a su
alrededor. El planeta inerte, una roca gris en la oscuridad,
seguía girando, silencioso y vacío.

Yik'loth: El Demonio Estelar.

*Capítulo 1: El Sueño de la Estrella Caída*

El cielo nocturno era un lienzo de tinta negra salpicado de


diamantes brillantes. La luna, una media luna pálida,
observaba con indiferencia el paisaje desolado de la Tierra,
un planeta agonizante. La última ciudad humana, Nueva
Jerusalén, se alzaba como un monumento a la decadencia,
sus torres de metal retorcidas reflejaban la luz fantasmal de
las estrellas muertas.
En una de las torres más altas, en un apartamento con
vistas al abismo de la ciudad, un hombre llamado Silas se
retorcía en su cama, atrapado en una pesadilla. Soñaba con
un cielo de un rojo sangre, con estrellas que lloraban
lágrimas de fuego. En medio de ese infierno celestial, una
figura grotesca se alzaba, un ser de horror que se extendía
por el cosmos.

El ser era Yik'loth, el Demonio Estelar, un ente de pura


maldad que se alimentaba de la desesperación y la muerte.
Su cuerpo era una amalgama de carne y metal, con ojos que
brillaban como soles en agonía y una boca que se extendía
de oreja a oreja, llena de dientes afilados como cuchillos.

Yik'loth se reía, una risa que resonaba en el vacío del


espacio, una risa que llenaba el corazón de Silas con un
terror que se extendía hasta los huesos. El demonio estelar
le susurraba al oído: "Te busco, Silas. Te encuentro. Pronto
serás mío".

Silas despertó con un sobresalto, el sudor frío empapando


su cuerpo. La pesadilla se había ido, pero el miedo
permanecía, un nudo frío en su estómago. Era la misma
pesadilla, la misma visión de horror, que lo había
atormentado durante semanas.

Desde que el cometa rojo, el presagio de la destrucción,


había aparecido en el cielo, Silas había sido víctima de estos
sueños. La gente decía que el cometa era un mensajero de
los dioses, un signo de esperanza. Pero Silas sabía la verdad.
El cometa era una señal de muerte, una puerta abierta a un
infierno que se extendía por el universo.

Con un suspiro, Silas se levantó de la cama y se acercó a


la ventana. El cielo estaba despejado, la luna brillaba con
una luz fría y cruel. El cometa rojo se encontraba en lo alto,
una mancha roja sangre en el cielo negro. Silas sintió un
escalofrío recorrer su cuerpo. El cometa se acercaba, y con
él, Yik'loth.
*Capítulo 2: La Ciudad de los Muertos*

Nueva Jerusalén era una ciudad de contrastes. Las torres


de metal, antaño símbolo de la esperanza humana, ahora
eran monumentos al fracaso. La ciudad estaba llena de
fantasmas, de recuerdos de una vida que ya no era. Las
calles, antes bulliciosas, ahora estaban desiertas, llenas de
polvo y silencio.

Silas caminaba por las calles desoladas, su mirada perdida


en el vacío. La ciudad era un reflejo de su alma, un lugar de
desesperación y miedo.

De pronto, un sonido lo hizo detenerse. Era un gemido, un


sonido débil que venía de un callejón oscuro. Silas se acercó
con cautela, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.

En el callejón, encontró a un hombre, un vagabundo que


se había refugiado en un rincón oscuro. El hombre estaba
herido, su cuerpo cubierto de sangre. Sus ojos, llenos de
terror, miraban fijamente a un punto en el cielo.

"¿Qué... qué es eso?", dijo el hombre con voz débil.

Silas siguió su mirada. En el cielo, el cometa rojo se


acercaba, su luz roja sangre se extendía como una mancha
de sangre en el vacío.

"Es el presagio", dijo Silas. "El presagio de la muerte".

El hombre asintió con la cabeza, su cuerpo temblando.


"Yik'loth... Yik'loth viene".

Silas sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo. El hombre


estaba hablando del Demonio Estelar, el ser de horror que lo
había perseguido en sus sueños.

"No... no puede ser", dijo Silas. "Es solo una historia, una
superstición".
Pero el hombre lo miró con ojos llenos de terror. "No,
Silas. Es real. Yik'loth viene a destruirnos".

Silas se quedó en silencio, sin saber qué decir. El miedo se


extendía por su cuerpo como un veneno. No podía creer que
el hombre estuviera diciendo la verdad, pero la imagen del
cometa rojo en el cielo lo llenaba de una sensación de terror
que no podía ignorar.

*Capítulo 3: La Puerta del Infierno*

El cometa rojo se acercaba, su luz roja sangre se extendía


por el cielo, envolviendo la ciudad en un manto de oscuridad.
La gente de Nueva Jerusalén se reunía en las plazas, sus
rostros llenos de miedo y desesperación.

Silas se encontraba en la plaza principal, rodeado de una


multitud que murmuraba con temor. La gente hablaba del
Demonio Estelar, de la destrucción que se avecinaba.

De pronto, un grito resonó en la plaza. Un hombre, con la


mirada perdida en el cielo, señaló hacia el cometa rojo.

"¡Mira! ¡Está abriendo la puerta!".

La gente miró hacia arriba, sus ojos llenos de horror. La


cola del cometa, que antes era una mancha difusa, ahora se
extendía hacia la Tierra, formando una especie de portal,
una puerta que se abría hacia un infierno de oscuridad.

Silas sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Sabía que el


hombre tenía razón. El cometa no era un presagio, era una
puerta, una puerta que se abría hacia el infierno.

Yik'loth estaba llegando.

*Capítulo 4: El Despertar del Demonio*

El portal se extendía, una grieta en el tejido de la realidad,


una puerta que vomitaba oscuridad y horror. De la
oscuridad, surgieron criaturas grotescas, seres de pesadilla
que se alimentaban de la desesperación y la muerte.

Las criaturas eran las legiones de Yik'loth, sus cuerpos


retorcidos y deformes, sus ojos llenos de una maldad que
congelaba el alma. Se abalanzaron sobre la ciudad, sus
garras y dientes desgarrando la carne humana.

El pánico se apoderó de la ciudad. La gente corría en


todas direcciones, buscando refugio, pero no había escape.
Las criaturas de Yik'loth eran imparables, sus cuerpos eran
como los de la propia muerte.

Silas se encontró atrapado en medio del caos. La gente lo


empujaba, lo pisoteaba, tratando de escapar del horror. Silas
luchó por abrirse paso entre la multitud, pero fue en vano.
Las criaturas de Yik'loth estaban en todas partes, sus garras
y dientes desgarrando la carne humana.

Silas vio cómo sus amigos y vecinos eran asesinados, sus


cuerpos destrozados, sus almas devoradas por la oscuridad.
El miedo se apoderó de él, un miedo que lo paralizó.

De pronto, una mano se posó sobre su hombro. Silas se


giró, sus ojos llenos de terror. Era el vagabundo que había
encontrado en el callejón.

"No hay escape", dijo el hombre con voz ronca. "Yik'loth


está aquí. No podemos detenerlo".

Silas sintió que su corazón se hundía. El hombre tenía


razón. No había escape. Yik'loth estaba aquí, y su reino de
terror se extendía por la Tierra.

*Capítulo 5: La Lucha por la Esperanza*

Silas se encontró en un callejón oscuro, rodeado de los


cuerpos de los muertos. Las criaturas de Yik'loth habían
pasado, dejando tras de sí un rastro de sangre y destrucción.
Silas se sintió débil, su cuerpo lleno de dolor. Pero sabía
que no podía rendirse. Tenía que encontrar una forma de
detener a Yik'loth, de salvar lo que quedaba de la
humanidad.

El vagabundo estaba a su lado, su rostro lleno de


determinación.

"Tenemos que encontrar una forma de detenerlo", dijo el


hombre. "Tenemos que encontrar la Estrella de la
Esperanza".

Silas frunció el ceño. "La Estrella de la Esperanza? ¿De


qué estás hablando?".

El hombre sonrió, una sonrisa amarga. "Es una leyenda,


Silas. Una leyenda que dice que existe una estrella que
puede derrotar a Yik'loth, una estrella que puede restaurar la
esperanza en el universo".

Silas dudó. La leyenda de la Estrella de la Esperanza era


solo eso, una leyenda. Pero el hombre tenía razón. No había
nada más que perder.

"Bien", dijo Silas. "Vamos a buscarla".

Silas y el vagabundo se adentraron en la ciudad, buscando


la Estrella de la Esperanza. La ciudad estaba en ruinas, llena
de cuerpos y destrucción. Pero Silas no se dejó vencer por el
miedo. Tenía que encontrar la estrella, tenía que detener a
Yik'loth.

*Capítulo 6: El Viaje a las Estrellas*

Silas y el vagabundo encontraron una nave espacial


abandonada en las afueras de la ciudad. La nave estaba
vieja, oxidada y ago congelada, pero aún funcionaba.
"Esta es nuestra única oportunidad", dijo el hombre.
"Tenemos que llegar al centro del universo, donde se
encuentra la Estrella de la Esperanza".

Silas asintió con la cabeza. Sabía que era un viaje


peligroso, pero no tenía otra opción.

La nave despegó, dejando atrás la ciudad en ruinas. Silas


se aferró a su asiento, su cuerpo lleno de miedo. El viaje
sería largo y peligroso.

*Capítulo 7: El Reino de Yik'loth*

La nave llegó al centro del universo, un lugar de oscuridad


y silencio. El espacio estaba lleno de estrellas muertas, de
restos de mundos que habían sido destruidos por Yik'loth.

Silas y el Efrén se encontraron en un planeta desolado, un


lugar donde la vida había sido extinguida. El planeta estaba
lleno de ruinas, de restos de una civilización que había sido
destruida por Yik'loth.

El vagabundo se acercó a Silas, su rostro lleno de


preocupación.

"Este es el reino de Yik'loth", dijo Efrén. "Tenemos que ser


cuidadosos".

Silas asintió con la cabeza. Sabía que estaban en peligro.


Yik'loth estaba cerca, y sus legiones estaban en todas
partes.

*Capítulo 8: La Estrella de la Esperanza*

Silas y Efrén se adentraron en el planeta, buscando la


Estrella de la Esperanza. El planeta estaba lleno de peligros,
de criaturas grotescas que se alimentaban de la
desesperación y la muerte.
Después de días de viaje, Silas y el vagabundo
encontraron una cueva, una cueva que se extendía hacia el
corazón del planeta.

"Esta es la entrada", dijo el hombre. "La Estrella de la


Esperanza se encuentra en el corazón del planeta".

Silas asintió con la cabeza. Sabía que el peligro se


acercaba. Yik'loth estaba cerca, y sus legiones estaban en
todas partes.

Silas y el vagabundo se adentraron en la cueva, sus pasos


resonando en la oscuridad. La cueva estaba llena de
peligros, de criaturas grotescas que se alimentaban de la
desesperación y la muerte.

Finalmente, llegaron a una cámara, una cámara llena de


luz. En el centro de la cámara, una estrella brillaba con una
luz blanca y brillante.

"Es la Estrella de la Esperanza", dijo el hombre. "Es


nuestra única esperanza".

Silas se acercó a la estrella, su cuerpo lleno de esperanza.


La estrella era hermosa, su luz llenaba su corazón de una
sensación de paz y tranquilidad.

*Capítulo 9: La Batalla Final*

Yik'loth apareció en la cámara, su cuerpo una amalgama


de carne y metal, sus ojos brillando como soles en agonía.

"Has encontrado la Estrella de la Esperanza, Silas", dijo el


demonio estelar. "Pero no puedes detenerme. Soy el
Demonio Estelar, el amo del universo".

Silas se enfrentó a Yik'loth, su cuerpo lleno de miedo, pero


también de determinación. Tenía que detener a Yik'loth,
tenía que salvar el universo.
Silas tomó la Estrella de la Esperanza, su cuerpo lleno de
luz. La estrella era su arma, su única esperanza.

Silas lanzó la estrella hacia Yik'loth, su cuerpo lleno de luz.


La estrella golpeó a Yik'loth, su cuerpo lleno de energía.

Yik'loth gritó, su cuerpo retorcido por el dolor. La Estrella


de la Esperanza lo estaba destruyendo.

Yik'loth se desvaneció, su cuerpo se disolvió en polvo. El


universo se llenó de luz, una luz que llenaba el corazón de
Silas de esperanza.

*Capítulo 10: El Nuevo Amanecer*

Silas se despertó en una cama de hospital, su cuerpo lleno


de dolor. El cometa rojo había desaparecido, y el cielo estaba
despejado.

Silas se levantó de la cama, su cuerpo débil, pero su


corazón lleno de esperanza. La Estrella de la Esperanza
había salvado el universo.

Silas salió del hospital, y vio a la gente reunida en la


plaza, sus rostros llenos de alegría y esperanza. La ciudad
estaba en ruinas, pero la gente estaba reconstruyendo, su
corazón lleno de esperanza.

Silas se unió a la multitud, su corazón lleno de alegría. El


universo había sido salvado, y la esperanza había vuelto a
brillar.

El nuevo amanecer había llegado, y el universo estaba


listo para comenzar de nuevo.

El Último Bosque de la Vía Láctea


La oscuridad se extendía como una manta sobre la Tierra,
un manto de estrellas muertas y polvo cósmico. El cielo,
antes un lienzo azul vibrante, ahora era un vacío negro
salpicado de puntos de luz moribunda. El aire, una vez fresco
y limpio, olía a metal quemado y a la muerte fría del espacio.

El planeta, otrora un paraíso verde, era ahora un páramo


desolado. Los bosques, pulmones de la Tierra, habían
sucumbido a la voracidad de los draconianos, sus troncos
carbonizados y sus raíces arrancadas como cicatrices en la
piel del planeta. Solo quedaban dos bosques, dos parches
verdes en un mar de ceniza: el Bosque de Lira, hogar de los
últimos liranos, y el Bosque del Amazonas, el último refugio
de la humanidad.

La guerra había llegado a la Tierra, una guerra que había


comenzado en las estrellas y que ahora se libraba en la
oscuridad de los bosques. Los draconianos, una raza
reptiliana de ojos rojos y escamas brillantes, habían llegado
desde Alfa Draconis y Orión, sedientos de madera, el único
recurso que quedaba en la Vía Láctea. Los liranos, seres de
luz y sabiduría, habían luchado con valentía, pero su planeta
natal, Lira, había sido destruido, sus árboles convertidos en
ceniza. Ahora, se refugiaban en el Bosque de Lira, luchando
por sobrevivir.

La humanidad, una vez orgullosa y poderosa, ahora se


escondía en las profundidades del Amazonas, sus ciudades
en ruinas, sus sueños convertidos en polvo. La guerra había
diezmado sus filas, había robado sus esperanzas y había
dejado un vacío en sus corazones. Pero aún conservaban un
atisbo de esperanza, un deseo de recuperar su hogar, de
reconstruir su mundo.

La guerra se libraba en silencio, en la oscuridad de los


bosques, en el susurro del viento a través de las hojas. Los
draconianos, con sus garras afiladas y sus ojos rojos como
brasas, acechaban en las sombras, esperando el momento
oportuno para atacar. Los liranos, con sus alas de luz y sus
ojos azules como el cielo, se defendían con valentía, pero su
número disminuía con cada batalla.

En el corazón del Bosque de Lira, vivía una joven lirana


llamada Lyra. Sus ojos, de un azul intenso, reflejaban la
tristeza de un mundo agonizante. Su cabello, de un dorado
radiante, era ahora un recordatorio de la gloria perdida. Su
piel, suave y tersa, estaba marcada por las cicatrices de la
guerra. Lyra era la última esperanza de su raza, la última
portadora de la luz y la sabiduría de Lira.

Una noche, mientras Lyra caminaba por el bosque,


escuchó un sonido extraño, un susurro que parecía venir de
las profundidades del bosque. Se detuvo, su corazón latiendo
con fuerza en su pecho. El sonido se hizo más fuerte, más
insistente. Lyra sintió un escalofrío recorrer su columna
vertebral.

"Lyra," susurró una voz, una voz que parecía venir de


todas partes y de ninguna.

Lyra se giró, buscando la fuente del sonido. Pero no había


nada allí, solo la oscuridad del bosque y el susurro del
viento.

"Lyra," repitió la voz, esta vez más cerca.

Lyra sintió que el miedo la envolvía como una niebla. Se


dio la vuelta y corrió, sin mirar atrás. Corrió hasta que sus
pulmones ardían y sus piernas se negaron a seguir. Se
detuvo, jadeando, en un claro del bosque.

"Lyra," susurró la voz, ahora justo a su lado.

Lyra se giró lentamente, sus ojos buscando la fuente del


sonido. Allí, en el borde del claro, estaba una figura envuelta
en sombras. La figura se movió, y Lyra vio que era una
mujer, una mujer con ojos rojos como brasas y piel
escamosa. Era una draconiana.
"No tengas miedo, Lyra," dijo la draconiana con una voz
suave pero amenazante. "Yo soy tu destino."

Lyra sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Sabía que esta


era la hora de su muerte.

"No quiero morir," dijo Lyra, su voz apenas un susurro.

"No te preocupes, Lyra," dijo la draconiana. "No será


doloroso. Será rápido."

La draconiana se acercó a Lyra, sus garras brillantes como


cuchillos. Lyra cerró los ojos y esperó el golpe final.

Pero el golpe nunca llegó.

Lyra abrió los ojos y vio que la draconiana había


desaparecido. Se quedó allí, en el claro del bosque, sola y
aterrorizada.

"No tengas miedo, Lyra," susurró la voz, ahora en su


mente. "Yo te protegeré."

Lyra sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La voz era


familiar, pero no podía recordar de dónde la conocía.

"Quién eres tú?" preguntó Lyra.

"Soy tu protector, Lyra," respondió la voz. "Soy tu


salvador."

Lyra no sabía qué pensar. ¿Quién era este protector? ¿Por


qué la estaba ayudando?

"No quiero tu ayuda," dijo Lyra. "Quiero que me dejes en


paz."

"No puedo hacerlo, Lyra," respondió la voz. "Te necesito."


La voz se calló, y Lyra se quedó sola en el claro del
bosque.

Lyra regresó al Bosque de Lira, su mente llena de


preguntas. ¿Quién era este protector? ¿Por qué la estaba
ayudando? ¿Y qué era lo que la esperaba?

Los días siguientes fueron una pesadilla. Lyra no podía


dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de la
draconiana, sus ojos rojos como brasas, sus garras brillantes
como cuchillos.

Por la noche, sentía que la observaban. Sentía que la


acechaban en las sombras.

Un día, Lyra estaba caminando por el bosque cuando


escuchó un sonido familiar. Era el susurro de la voz, pero
esta vez, la voz no estaba en su mente. Estaba en el aire, en
el viento, en los árboles.

"Lyra," susurró la voz. "Te necesito."

Lyra se detuvo, su corazón latiendo con fuerza en su


pecho. Miró a su alrededor, buscando la fuente del sonido.

"Estoy aquí," dijo Lyra.

La voz se calló, y Lyra se quedó sola en el bosque.

Lyra comenzó a caminar de nuevo, pero esta vez, no


podía sacudirse la sensación de que la estaban observando.

"Lyra," susurró la voz. "Te necesito."

Lyra se detuvo de nuevo, su cuerpo temblando.

"Estoy aquí," dijo Lyra.

La voz se calló de nuevo, y Lyra se quedó sola en el


bosque.
Lyra no podía seguir caminando. Se sentía atrapada,
encerrada en un laberinto de miedo.

"Lyra," susurró la voz. "Te necesito."

Lyra se giró, su cuerpo temblando.

"Estoy aquí," dijo Lyra.

La voz se calló de nuevo, y Lyra se quedó sola en el


bosque.

Lyra se sintió impotente. No podía escapar de la voz. No


podía escapar del miedo.

"Lyra," susurró la voz. "Te necesito."

Lyra se dejó caer al suelo, su cuerpo temblando.

"Estoy aquí," dijo Lyra.

La voz se calló de nuevo, y Lyra se quedó sola en el


bosque.

Lyra cerró los ojos y esperó.

Esperó hasta que la oscuridad la envolvió.

Esperó hasta que el miedo la consumió.

Esperó hasta que la voz se calló para siempre.

***

En el Bosque del Amazonas, la humanidad se aferraba a la


esperanza. Los últimos humanos, escondidos en las
profundidades del bosque, luchaban por sobrevivir.

Un joven llamado Kai, un guerrero valiente y decidido,


lideraba la resistencia. Sus ojos, de un azul intenso,
reflejaban la esperanza de un mundo mejor. Su cabello, de
un negro azabache, era ahora un símbolo de la resistencia.
Su piel, bronceada por el sol, estaba marcada por las
cicatrices de la guerra. Kai era la última esperanza de la
humanidad, el último defensor de la Tierra.

Una noche, mientras Kai estaba patrullando el bosque,


escuchó un sonido extraño, un susurro que parecía venir de
las profundidades del bosque. Se detuvo, su corazón latiendo
con fuerza en su pecho. El sonido se hizo más fuerte, más
insistente. Kai sintió un escalofrío recorrer su columna
vertebral.

"Kai," susurró una voz, una voz que parecía venir de todas
partes y de ninguna.

Kai se giró, buscando la fuente del sonido. Pero no había


nada allí, solo la oscuridad del bosque y el susurro del
viento.

"Kai," repitió la voz, esta vez más cerca.

Kai sintió que el miedo lo envolvía como una niebla. Se dio


la vuelta y corrió, sin mirar atrás. Corrió hasta que sus
pulmones ardían y sus piernas se negaron a seguir. Se
detuvo, jadeando, en un claro del bosque.

"Kai," susurró la voz, ahora justo a su lado.

Kai se giró lentamente, sus ojos buscando la fuente del


sonido. Allí, en el borde del claro, estaba una figura envuelta
en sombras. La figura se movió, y Kai vio que era una mujer,
una mujer con ojos azules como el cielo y piel suave y tersa.
Era una lirana.

"No tengas miedo, Kai," dijo la lirana con una voz suave y
dulce. "Yo soy tu destino."

Kai sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Sabía que esta


era la hora de su muerte.
"No quiero morir," dijo Kai, su voz apenas un susurro.

"No te preocupes, Kai," dijo la lirana. "No será doloroso.


Será rápido."

La lirana se acercó a Kai, sus alas de luz brillando como


estrellas. Kai cerró los ojos y esperó el golpe final.

Pero el golpe nunca llegó.

Kai abrió los ojos y vio que la lirana había desaparecido.


Se quedó allí, en el claro del bosque, solo y aterrorizado.

"No tengas miedo, Kai," susurró la voz, ahora en su


mente. "Yo te protegeré."

Kai sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La voz era


familiar, pero no podía recordar de dónde la conocía.

"Quién eres tú?" preguntó Kai.

"Soy tu protector, Kai," respondió la voz. "Soy tu


salvador."

Kai no sabía qué pensar. ¿Quién era este protector? ¿Por


qué lo estaba ayudando?

"No quiero tu ayuda," dijo Kai. "Quiero que me dejes en


paz."

"No puedo hacerlo, Kai," respondió la voz. "Te necesito."

La voz se calló, y Kai se quedó solo en el claro del bosque.

Kai regresó al Bosque del Amazonas, su mente llena de


preguntas. ¿Quién era este protector? ¿Por qué lo estaba
ayudando? ¿Y qué era lo que lo esperaba?

Los días siguientes fueron una pesadilla. Kai no podía


dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de la
lirana, sus ojos azules como el cielo, sus alas de luz brillando
como estrellas.

Por la noche, sentía que lo observaban. Sentía que lo


acechaban en las sombras.

Un día, Kai estaba caminando por el bosque cuando


escuchó un sonido familiar. Era el susurro de la voz, pero
esta vez, la voz no estaba en su mente. Estaba en el aire, en
el viento, en los árboles.

"Kai," susurró la voz. "Te necesito."

Kai se detuvo, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.


Miró a su alrededor, buscando la fuente del sonido.

"Estoy aquí," dijo Kai.

La voz se calló, y Kai se quedó solo en el bosque.

Kai comenzó a caminar de nuevo, pero esta vez, no podía


sacudirse la sensación de que lo estaban observando.

"Kai," susurró la voz. "Te necesito."

Kai se detuvo de nuevo, su cuerpo temblando.

"Estoy aquí," dijo Kai.

La voz se calló de nuevo, y Kai se quedó solo en el


bosque.

Kai no podía seguir caminando. Se sentía atrapado,


encerrado en un laberinto de miedo.

"Kai," susurró la voz. "Te necesito."

Kai se giró, su cuerpo temblando.

"Estoy aquí," dijo Kai.


La voz se calló de nuevo, y Kai se quedó solo en el
bosque.

Kai se sintió impotente. No podía escapar de la voz. No


podía escapar del miedo.

"Kai," susurró la voz. "Te necesito."

Kai se dejó caer al suelo, su cuerpo temblando.

"Estoy aquí," dijo Kai.

La voz se calló de nuevo, y Kai se quedó solo en el


bosque.

Kai cerró los ojos y esperó.

Esperó hasta que la oscuridad lo envolvió.

Esperó hasta que el miedo lo consumió.

Esperó hasta que la voz se calló para siempre.

***

La guerra había llegado a su fin. Los draconianos,


habiendo agotado los recursos de la Vía Láctea, habían
regresado a sus planetas de origen, dejando atrás un mundo
devastado.

Los liranos, habiendo perdido su hogar y su esperanza, se


habían refugiado en el Bosque del Amazonas, buscando un
nuevo comienzo.

Los humanos, habiendo sobrevivido a la guerra, se habían


unido a los liranos, formando una nueva alianza, una alianza
basada en la esperanza y el deseo de reconstruir su mundo.
Pero la guerra había dejado cicatrices profundas en la
Tierra. El planeta estaba herido, su atmósfera contaminada,
sus recursos agotados.

Y en las sombras, una nueva amenaza se cernía sobre la


Tierra.

Una amenaza que había estado esperando en la


oscuridad, esperando el momento oportuno para atacar.

Una amenaza que no era de este mundo.

Una amenaza que venía de las estrellas.

***

Lyra y Kai se encontraron en el corazón del Bosque del


Amazonas. Se habían reunido para hablar de la amenaza que
se cernía sobre la Tierra, una amenaza que solo ellos podían
comprender.

"No sé qué es," dijo Lyra, sus ojos azules llenos de miedo.
"Pero sé que es peligroso."

"Yo también lo sé," dijo Kai, sus ojos azules llenos de


determinación. "Tenemos que hacer algo."

"Pero qué?" preguntó Lyra. "No sabemos nada sobre esta


amenaza."

"Tenemos que encontrarla," dijo Kai. "Tenemos que


descubrir quién es y de dónde viene."

"Pero cómo?" preguntó Lyra. "No tenemos ninguna pista."

"Tenemos que confiar en nuestros instintos," dijo Kai.


"Tenemos que confiar en lo que nos dice nuestro corazón."

Lyra y Kai se miraron a los ojos. Sabían que tenían que


trabajar juntos para detener la amenaza que se cernía sobre
la Tierra.
"Vamos a encontrarla," dijo Lyra. "Vamos a detenerla."

"Sí," dijo Kai. "Vamos a salvar la Tierra."

Lyra y Kai se adentraron en el bosque, sus corazones


latiendo con fuerza en sus pechos. Sabían que la batalla por
la Tierra acababa de comenzar.

***

El bosque estaba lleno de sombras. Los árboles se alzaban


como espectros, sus ramas retorcidas como garras. El aire
estaba húmedo y pesado, cargado de un olor a humedad y a
muerte.

Lyra y Kai caminaban en silencio, sus pasos cautelosos,


sus sentidos alerta.

"Siento que algo nos observa," dijo Lyra. "Algo malo."

"Yo también," dijo Kai. "Tenemos que tener cuidado."

Lyra y Kai continuaron caminando, sus ojos escaneando el


bosque en busca de cualquier señal de peligro.

De repente, un sonido extraño rompió el silencio. Era un


sonido metálico, como el roce de metal contra metal.

Lyra y Kai se detuvieron, sus cuerpos tensos.

"Qué fue eso?" preguntó Lyra.

"No lo sé," dijo Kai. "Pero no me gusta."

Lyra y Kai se acercaron cautelosamente a la fuente del


sonido.

A medida que se acercaban, el sonido se hizo más fuerte.


Era un sonido metálico, como el roce de metal contra metal,
pero también había un sonido de algo que se arrastraba,
algo que se movía lentamente.

Lyra y Kai se detuvieron a una distancia segura.

"Hay algo ahí," dijo Lyra. "Algo grande."

"Tenemos que ver qué es," dijo Kai.

Lyra y Kai se acercaron cautelosamente a la fuente del


sonido.

A medida que se acercaban, el sonido se hizo más fuerte.


Era un sonido metálico, como el roce de metal contra metal,
pero también había un sonido de algo que se arrastraba,
algo que se movía lentamente.

Lyra y Kai se detuvieron a una distancia segura.

"Hay algo ahí," dijo Lyra. "Algo grande."

"Tenemos que ver qué es," dijo Kai.

Lyra y Kai se acercaron cautelosamente a la fuente del


sonido.

A medida que se acercaban, el sonido se hizo más fuerte.


Era un sonido metálico, como el roce de metal contra metal,
pero también había un sonido de algo que se arrastraba,
algo que se movía lentamente.

Lyra y Kai se detuvieron a una distancia segura.

"Hay algo ahí," dijo Lyra. "Algo grande."

"Tenemos que ver qué es," dijo Kai.

Lyra y Kai se acercaron cautelosamente a la fuente del


sonido.
A medida que se acercaban, el sonido se hizo más fuerte.
Era un sonido metálico, como el roce de metal contra metal,
pero también había un sonido de algo que se arrastraba,
algo que se movía lentamente.

Lyra y Kai se detuvieron a una distancia segura.

"Hay algo ahí," dijo Lyra. "Algo grande."

"Tenemos que ver qué es," dijo Kai.

Lyra y Kai se acercaron cautelosamente a la fuente del


sonido.

A medida que se acercaban, el sonido se hizo más fuerte.


Era un sonido metálico, como el roce de metal contra metal,
pero también había un sonido de algo que se arrastraba,
algo que se movía lentamente.

Lyra y Kai se detuvieron a una distancia segura.

"Hay algo ahí," dijo Lyra. "Algo grande."

"Tenemos que

El Último Destello de Júpiter

*Capítulo 1: El Presagio*

La noticia llegó como un trueno en un día soleado. Un


asteroide, colosal, gigante, se acercaba al Sistema Solar. Las
agencias espaciales del mundo se apresuraron a calcular su
trayectoria, y la respuesta fue un escalofrío de horror. La
gravedad de Júpiter, el gigante gaseoso, lo atraería hacia sí,
pero con una fuerza tan brutal que el impacto destrozaría al
planeta, dejando una nube de escombros colosal.

Desde la Tierra, la explosión sería visible, una llaga en el


cielo nocturno. Un espectáculo apocalíptico que marcaría el
fin de un mundo. Pero la verdadera amenaza no era la
explosión en sí, sino la onda expansiva, una ola de
destrucción que alcanzaría la Tierra en 28 días, arrasando
con todo a su paso.

*Capítulo 2: El Caos*

El pánico se apoderó del mundo. Las autoridades, con la


voz temblorosa, anunciaron la inminente destrucción. No
había escapatoria. No había refugio. La única opción era la
evacuación total del planeta.

Un 1% de la humanidad tenía la posibilidad de sobrevivir,


pero solo si se lograba una evacuación perfecta. El caos se
desató. Ciudades colapsaron bajo el peso del miedo. Las
guerras, las traiciones, los asesinatos, se convirtieron en la
nueva normalidad. La humanidad, en su desesperación, se
volvía contra sí misma.

*Capítulo 3: Los Últimos Días*

Los días se convertían en horas, las horas en minutos. La


nube de escombros, diez veces el tamaño de la Tierra,
avanzaba implacablemente. Marte, atrapado en su camino,
fue engullido por la furia del cosmos, sumándose a la
tormenta de polvo y fuego que se acercaba a la Tierra.

Las esperanzas se desvanecían con cada hora que


pasaba. No había tiempo para lamentos, solo para la acción.
Los gobiernos, en un esfuerzo desesperado, intentaron
controlar el caos, pero la desolación era palpable. La
humanidad se enfrentaba a su fin.
*Capítulo 4: La Llegada*

En el día 18, cuando la nube de Júpiter se acercaba a


Marte, un espectáculo aún más asombroso apareció en el
cielo. Naves espaciales, de formas extrañas y brillantes,
descendieron del cielo. Eran los Urna, una raza
extraterrestre de la constelación de Lira, los Lirianos, los
Sirianos y los Pleyadianos. Habían venido a ayudar.

La noticia de su llegada se propagó como la pólvora,


avivando una chispa de esperanza en los corazones de los
desesperados. Los Urna, con tecnología avanzada, habían
llegado para evacuar a la humanidad. Pero el tiempo era
limitado. La nube de Júpiter estaba a punto de engullir a
Marte, y la explosión sería cataclísmica.

*Capítulo 5: La Evacuación*

La evacuación comenzó. Miles de naves espaciales, con


capacidad para millones de personas, se posaron en las
ciudades, esperando a los elegidos. El caos se convirtió en
un frenesí ordenado. La gente se abalanzaba hacia las
naves, luchando por un lugar en la salvación.

Pero la capacidad de las naves era limitada. Solo el 30%


de la humanidad podría ser evacuada. El resto, condenado a
la destrucción. La nube de Júpiter alcanzó a Marte,
provocando una explosión que iluminó el cielo con una luz
cegadora. La Tierra tembló bajo el impacto.

*Capítulo 6: El Último Rescate*

Las naves Urna, repletas de humanos, abandonaron la


Tierra, dejando atrás un planeta condenado. Pero la
evacuación no había sido completa. Millones de personas, en
los campos, bosques y selvas, permanecieron en la Tierra,
esperando un milagro.

La nube de Júpiter se acercaba. El cielo se oscurecía, la


temperatura bajaba. La Tierra se convertía en un infierno.
Los humanos que habían quedado atrás, desesperados,
trataban de contactar a los Urna, pero sus señales se
perdían en el vacío.

*Capítulo 7: El Impacto*

Faltando dos días para el impacto, la nube de Júpiter


cubrió completamente el cielo. La Tierra era un planeta
oscuro, envuelto en una atmósfera de polvo y gas. La
esperanza se desvanecía.

Pero entonces, algo inesperado sucedió. La nube de


Júpiter, en lugar de impactar contra la Tierra, se detuvo. Una
fuerza invisible la había frenado. La Tierra, por un milagro, se
había salvado.

*Capítulo 8: El Renacimiento*

Los humanos que habían quedado atrás, atónitos, vieron


cómo la nube de Júpiter se desvanecía lentamente. La Tierra,
dañada pero no destruida, comenzaba a recuperarse. La
humanidad, diezmada pero no extinguida, se enfrentaba a
un nuevo comienzo.

Los Urna, que habían presenciado el milagro, regresaron a


la Tierra. Habían encontrado una solución, una forma de
proteger a la Tierra de la nube de Júpiter. La tecnología de
los Urna, combinada con la tenacidad humana, había logrado
lo imposible.

La humanidad, con la ayuda de los Urna, comenzó a


reconstruir su mundo. El planeta, marcado por la tragedia, se
convertía en un crisol de esperanza. La humanidad, con la
lección de la destrucción aprendida, se preparaba para un
futuro nuevo, un futuro donde la cooperación y la sabiduría
serían las claves para la supervivencia.

*Fin*

También podría gustarte