"Has llegado hasta aquí porque buscas algo que no puedes encontrar en tu reino.
Este lago
guarda un secreto, un deseo profundo de tu alma. Si te sumerges en sus aguas, verás lo que
más anhelas."
Elara, llena de curiosidad y esperanza, se acercó al lago. Cuando sus pies tocaron el agua,
todo a su alrededor comenzó a brillar con luz plateada. Cerró los ojos, y cuando los volvió a
abrir, se encontró en un paisaje completamente diferente: un mundo lleno de criaturas
fantásticas, árboles gigantes que susurraban historias y montañas que parecían tocar el
cielo.
Este lugar, pensó Elara, era lo que siempre había estado buscando: un mundo lleno de
maravillas y magia, un lugar donde pudiera vivir nuevas aventuras y ayudar a aquellos que
lo necesitaban.
La anciana apareció una vez más, sonriendo con dulzura. "Este es el reino que siempre
estuvo en tu corazón, Elara. Aquí podrás ser tú misma, sin las limitaciones de tu corona ni
las expectativas de los demás. Si decides quedarte, el reino será tuyo."
Elara miró el lugar con una sonrisa serena. Sabía que no podía abandonar a su gente, pero
también comprendió que este mundo mágico siempre estaría allí para ella, como un refugio
donde podría ser libre.
Regresó al castillo, llevando consigo el secreto del lago y la magia en su corazón. Con el
tiempo, Elara transformó su reino, inspirando a su pueblo a vivir con más amor, curiosidad
y respeto por la magia que siempre había estado en su mundo, solo esperando ser
descubierta.
Y aunque gobernó con sabiduría, nunca dejó de visitar el lago, donde las estrellas y el
viento siempre la guiaban hacia nuevas maravillas.
Fin.