RENOVADOS
SALMOS 51:10
David había quebrantado 2 de los diez mandamientos: el séptimo mandamiento,
que dice: no cometerás adulterio, y lo hizo con Betsabé, la esposa de Urías heteo.
Y luego, quebrantó el sexto mandamiento, que dice: no matarás. Lo quebrantó
indirectamente porque fue él quien hizo poner a Urías, el marido de Betsabé, al
frente de la batalla para que fuera muerto.
Luego, después de este terrible incidente, David no hizo ni dijo nada. Ambos
incidentes eran considerados normales y habituales en Egipto, en Babilonia, en
Edom o en Moab. Lo que David había hecho era una práctica común y más o
menos aceptada. Por ello al compararle con los demás, no parece tan malo. Pero
para Dios fue un pecado grave.
A primera vista, pareció como si David se hubiera salido con la suya. La realidad
fue que durante el período de tiempo en que él permaneció en silencio, fue un
hombre atormentado. Más tarde, él mismo nos diría lo que pasó por su corazón.
En el Salmo 32:3 dijo: Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo
el día. Y en el mismo Salmo 32:4 y 4, continuó diciendo: Porque de día y de noche
se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Estas
palabras describen sus sentimientos durante ese período.
Cuando el profeta Natán hubo señalado a David su pecado, David tenía tres
opciones: La primera alternativa era que él podía negar la acusación. O David
podía haber hecho otra cosa, señalar a Natán con su cetro sin pronunciar ni una
sola palabra, y sus soldados lo habrían sacado de ese lugar y ejecutado
sumariamente. No habría necesitado decir nada ni dar explicaciones a nadie.
Ahora, la tercera alternativa por la que David podría haber optado era la de admitir
la acusación. Y eso fue lo que efectivamente hizo; él confesó su pecado.
Después de este incidente, David se retiró a la privacidad de sus habitaciones e
hizo la confesión que este salmo ha registrado.
Este salmo se divide en tres partes: (1) El clamor de la conciencia y la convicción
del pecado, en los versículos 1 al 3; (2) El clamor de la confesión del pecado y
pedido de clemencia o compasión a Dios, en los versículos 4 al 8 y (3) El clamor
por limpieza y comunión, en los versículos 9 al 19.
El clamor de la conciencia y la convicción del pecado
"Ten piedad de mí, Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus
piedades borra mis rebeliones. ¡Lávame más y más de mi maldad y límpiame de
mi pecado!, porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre
delante de mí" (Sal 51:1-3). “El pecado que cometí no se quita de delante de mí”.
En primer lugar, David llamó a sus pecados rebeliones, o transgresiones.
Transgredir es sobrepasar los límites establecidos por Dios. Dios ha colocado
ciertos límites en esta vida. Él tiene ciertas leyes físicas, morales y espirituales.
Cualquiera que intente sobrepasar dichos límites, tendrá que sufrir las
consecuencias. El hacer esto es lo que se llama una transgresión.
La experiencia de David consistió en que sintió una profunda convicción de
pecado. Se sintió totalmente sucio, impuro. Su conciencia se sintió indignada. Su
alma se llenó de angustia. Su conciencia le estaba señalando con su dedo
acusador, era como un clamor de su conciencia en su interior, diciéndole que
había actuado con maldad.
Alguien podría decir que la conciencia no es una buena guía. Es cierto. Pero
reconozcamos que la conciencia tiene una función; su función no consiste en
decirnos lo que está bien y lo que está mal. Ese no es el propósito de la
conciencia. Su propósito y su función, después de haber hecho algo, es más bien
decirnos que nosotros hemos actuado bien, o mal.
Un clamor de confesión y clemencia (compasión) a Dios
"Contra ti, contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos, para que
seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio" (v. 4).
David esta diciendo: Señor con esta acción y mi actitud en este tiempo solo he
venido pecando y pecando contra ti.
En el versículo 5 vemos que David dejo en claro que su pecado provenía de su
naturaleza pecaminosa. "En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi
madre".
David, como cada uno de nosotros, llegó al mundo con una naturaleza
pecaminosa. El apóstol Pablo, reconociendo esta realidad dijo en Gálatas 6:1:
Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, no sea que tú también
seas tentado. Y Pablo también dijo de sí mismo: Y yo sé que, en mí, es decir, en
mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita.
Y continuó su confesión en el versículo 6 diciendo:
"Tú amas la verdad en lo íntimo y en lo secreto me has hecho comprender
sabiduría".
Y continuó diciendo en el versículo 7:
"Purifícame con hisopo y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve".
Dios dio el primer paso; envió al profeta Natán. Creemos que David hubiera
continuado en su estado si Natán no hubiera ido a verle. Quizás no hubiera
resistido mucho tiempo, pero él no dio el primer paso. Dios tomó la iniciativa.
Recordemos que David dijo Purifícame con hisopo y quedaré limpio. Lávame y
seré más blanco que la nieve. En el Antiguo Testamento, el hisopo se usó para
tres propósitos. En Éxodo 12:22, cuando Dios liberó a los israelitas de Egipto, el
hisopo se usó para rociar con la sangre el dintel y los dos postes de la puerta
durante la pascua. En segundo lugar, en Levítico, 14:6 se utilizó en la purificación
de un leproso, y en tercer lugar, en Números 19:6, se usó durante la travesía del
desierto, en el sacrificio de una vaca alazana, para purificación del pecado.
En la cruz Cristo dijo: Padre, perdónalos (Lucas 23:34) ¿Cómo podía El
perdonarlos? ¿Cómo puede extender Su misericordia a millones de personas?
¿Cómo puede perdonar tanta maldad? ¿Cómo pudo perdonar a David? ¿Y cómo
puede perdonarnos a usted y a mí? Es que, como dijo Pablo en Efesios 1:7, que
en El tenemos redención mediante su sangre, y el perdón de nuestros pecados,
conforme a las riquezas de su gracia. Y así, cada vez que en el Nuevo
Testamento se habla de perdón, la sangre de Cristo se encuentra cerca. Y Dios
nunca perdona aparte del hecho de la muerte de Cristo. Nunca. Dios no está
perdonando los pecados por que tenga un gran corazón, un corazón generoso. El
perdona porque Su Hijo pagó la pena, el castigo. Y hoy, con los brazos abiertos,
puede decirle: "puedo extenderte mi gracia y misericordia porque mi Hijo murió por
ti". Realmente, David conocía el camino para llegar al corazón de Dios, cuando
dijo: Purifícame con hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que
la nieve.
Leamos los versículos 9 y 10 de este Salmo 51, donde se comienza a hablar
sobre
Un clamor por limpieza y comunión
"Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis maldades. ¡Crea en mí, Dios,
un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí!"
Aquí se habla de borrar porque él necesitaba quitar esa mancha de su vida. La
palabra para crear es la misma que se usó en la creación de Génesis 1, para una
creación a partir de la nada. En otras palabras, no había nada en el corazón de
David que Dios pudiera usar. David no estaba pidiendo una renovación o una
reforma. Estaba pidiendo algo nuevo. Y lo que David está pidiendo aquí es un
trasplante de corazón.
Leamos el versículo 11:
"No me eches de delante de ti y no quites de mí tu santo espíritu".
El Espíritu había venido sobre David como rey, para que pudiera ser un siervo de
Dios. Un cristiano hoy no puede hacer esta oración porque es habitado por el
Espíritu de Dios, que nunca le dejará. Puede contristar al Espíritu o estorbarlo,
pero no hacer que se vaya. En Efesios 4:30 leemos: no contristéis al Espíritu
Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Por lo
tanto, un hijo de Dios no puede perder el Espíritu. Sin embargo, el Espíritu puede
permanecer inoperante en la vida de un cristiano. Y eso fue lo que le sucedió a
David. El estaba pidiendo que el Espíritu de Dios continuara actuando en su vida.
Y luego dijo, en el versículo 12 de este Salmo 51:
"Devuélveme el gozo de tu salvación y espíritu noble me sustente".
David no perdió su salvación sino la alegría de la salvación. Quería restaurar su
compañerismo con Dios. Como el hijo pródigo había descubierto la miseria de la
vida al encontrarse lejos, y deseaba disfrutar nuevamente de la casa de su Padre.
Y leemos en los versículos 13, 15 y 19:
"Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos y los pecadores se
convertirán a ti. Señor, abre mis labios y publicará mi boca tu alabanza, entonces
te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada;
entonces se ofrecerán becerros sobre tu altar".