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La isla de las voces: Un análisis literario

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Stevenson fue un artífice del estilo.

Creía que el ejercicio de la prosa es más


difícil que el del verso, ya que una vez compuesto un verso, éste nos da el
modelo para los otros, en tanto que la prosa exige variaciones continuas,
gratas y encadenadas. Estudió el predominio de un sonido sobre otro y el
juego eficaz de sus transiciones. El hecho de que en todas las literaturas el
verso es anterior a la prosa parece justificar su tesis.
… Dos de los cuentos de este volumen tienen por escenario los mares del
sur. Markheim ocurre en una ciudad indeterminada; Thrawn Janet en
Escocia. Los he elegido porque son los que siguen perdurando en mi vieja
memoria.
Desde la niñez, Robert Louis Stevenson ha sido para mí una de las formas
de la felicidad.

Jorge Luis Borges

ebookelo.com - Página 2
Robert Louis Stevenson

La isla de las voces


La Biblioteca de Babel - 14

ePub r1.2
orhi 06.09.16

ebookelo.com - Página 3
Títulos originales: The isle of voice
The bottle imp
Markheim
Thrawn Janet
Robert Louis Stevenson, 1893
Traducción: José Luis López Muñoz

Editor digital: orhi


Corrección de erratas: Astennu y supervisor
ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
Prólogo
Me es tan difícil escribir sobre Stevenson como escribir sobre un amigo íntimo. El
hecho es que se trata de un amigo íntimo, aunque él murió en una isla perdida del
Pacífico en 1894 y yo naciera en Buenos Aires, una ciudad perdida del sur, cinco
años después. Hay escritores cuya imagen es harto más vivida que su obra; Byron y
Goethe son ilustres ejemplos. Lo contrario ocurre con otros; a Shakespeare casi no lo
vemos entre la multitud de sus personajes y Sherlock Holmes y el doctor Watson han
conseguido que Sir Arthur Conan Doyle sea un hombre invisible. En el caso de
Stevenson, el escritor y su obra, el soñador y el sueño, perduran con pareja
intensidad.
Robert Louis Stevenson nació en Edimburgo en 1850 y, en sus muchas andanzas por
la tierra, no dejó nunca de sentir el amor de Escocia. Sus mayores fueron
constructores de faros y en uno de sus poemas celebra the towers wefounded and the
lamps we lit (las torres que fundamos y las lámparas que encendimos). Estudió
ingeniería y derecho, pero desde temprano su vocación fue la literatura. La
tuberculosis lo empujó hacia el sur; viajó por Bélgica, por Francia y por Suiza
siempre pintando y escribiendo. Esta sensibilidad visual de los primeros años de
aprendizaje ilumina toda su obra, como ocurrirá con Chesterton. En uno de sus
viajes llegaron con su hermano a una posada. Era de noche; por la ventana vieron
alrededor del fuego a un grupo de personas desconocidas. Entre ellas había dos
mujeres; Stevenson señaló la mayor y le dijo a su hermano: «¿Ves esa mujer? Voy a
casarme con ella». Cuando se conocieron se enteró que era norteamericana, casada,
que su nombre era Lloyd Osbourne y que vivía en San Francisco de California. Años
después supo que había enviudado. No le escribió, como emigrante atravesó el
Atlántico y luego, en un vagón de tercera clase, el continente. Se casaron y él la llevó
a Escocia, tenía entonces treinta años. Impulsado por la urgencia de su mal
Stevenson siempre quiso adelantarse a su destino. En un otoño lluvioso, escribió la
Isla del tesoro para su hijastro, en tantas noches como capítulos. Había empezado
dibujando en el suelo, con tiza de colores, una isla fantástica, llena de bahías, de
bosques y de montañas; ese mapa le revelaría después las acechanzas y caminos de
sus piratas. La vida de este hombre valeroso fue en buena parte una fuga, un éxodo
en busca de la salud. En 1890, su necesidad de un clima benigno lo llevó a las islas
del Pacífico, de las que no volvió. Los nativos le habían dado el apodo de Tusitala, el
Narrador de Cuentos. Ahí escribió, en colaboración con su hijastro, la menos famosa
y acaso la mejor de sus novelas, The Wrecker, El comprador de naufragios. Dejó una
vasta obra en la que conviven la historia, el drama, el ensayo crítico o
autobiográfico, el cuento, la novela y el verso. Su poesía es tan perfecta que suele
parecemos inevitable y aun fácil.
A veces, la nostalgia lo llevó a usar el dialecto de su patria. Murió súbitamente en
Vailima el 4 de diciembre de 1894.

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Según se sabe, existe en Escocia el mito celta del fetch, el doble que los hombres ven
antes de morir. Este tema, el de un doble, le inspiró trabajos de muy diversa índole;
el más famoso es El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, publicado en
1886. El título sugiere una pluralidad que luego resulta ilusoria. Quienes han
intentado la versión cinematográfica han utilizado siempre un solo actor; más eficaz
hubiera sido recurrir a dos, para que su identidad final fuera más asombrosa. Oscar
Wilde recordaría a Jekyll y Hyde cuando imaginó El retrato de Dorian Gray. Uno de
los relatos de este volumen —no diremos cuál— vuelve a esa obsesión.
Stevenson fue un artífice del estilo. Creía que el ejercicio de la prosa es más difícil
que el del verso, ya que, una vez compuesto un verso, éste nos da el modelo para los
otros, en tanto que la prosa exige variaciones continuas, gratas y encadenadas.
Estudió el predominio de un sonido sobre otro y el juego eficaz de sus transiciones.
El hecho de que en todas las literaturas el verso es anterior a la prosa parece
justificar su tesis.
El fantástico Londres que nos encanta en las ficciones de Chesterton ya había sido
descubierto por Stevenson en sus Nuevas mil y una noches (1878), que incluye la
asombrosa aventura del Club de los suicidas. La crítica ha consagrado como sus
obras maestras a The Master of Ballantrae, El Señor de Ballantrae (1889), cuyo tema
es el odio entre hermanos, y Weir of Hermiston, que narra la insalvable discordia de
un padre y su hijo y que dejó inconclusa la muerte. No quiero olvidarme de The Ebb
Tide (1894), también escrita en colaboración con Lloyd Osbourne; Bernard Shaw
juzgó que esta colaboración fue benéfica, pues obligaba a Stevenson a atenerse al
argumento e impedía que se dejara llevar por su demasiado generosa imaginación.
En la enumeración de sus libros he olvidado su epistolario que tiene la mágica virtud
de que ese hombre muerto siga ganando nuevos e íntimos amigos.
Dos de los cuentos de este volumen tienen por escenario los mares del sur. Markheim
ocurre en una ciudad indeterminada; Thrawn Janet en Escocia. Los he elegido
porque son los que siguen perdurando en mi vieja memoria.
Desde la niñez, Robert Louis Stevenson ha sido para mí una de las formas de la
felicidad.

Jorge Luis Borges

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La isla de las voces
Keola, que estaba casado con Lehua, hija de Kalamake, vivía con su suegro, el
hombre sabio de Molokai. No había nadie en la isla más astuto que aquel profeta; leía
los astros y adivinaba las cosas futuras mediante los cadáveres y las criaturas
malignas: iba solo a las partes más altas de la montaña, a la región de los duendes, y
allí preparaba trampas para capturar a los espíritus de los antiguos.
Todo esto hacía que no hubiera nadie más consultado en todo el reino de Hawaii. Las
personas sensatas compraban, vendían, contraían matrimonio y organizaban su vida
de acuerdo con sus consejos; y el rey le llamó dos veces a Kona para buscar los
tesoros de Kamehameha. Tampoco había otro hombre más temido: entre sus
enemigos, unos se habían consumido en la enfermedad por el poder de sus
encantamientos, y otros se habían esfumado en cuerpo y alma, hasta el punto de que
la gente buscaba en vano el más mínimo resto suyo. Se rumoreaba que poseía el arte
y el don de los antiguos héroes. Se le había visto de noche en las montañas,
caminando sobre los riscos; se le había visto atravesar los bosques donde crecían los
árboles más altos, y su cabeza y sus hombros sobresalían por encima de sus copas.
Este Kalamake era un hombre de extraña apariencia. Procedía de las mejores estirpes
de Molokai y Maui, sin mezcla de ninguna clase, y sin embargo tenía la piel más
blanca que ningún extranjero; su cabello era del color de la hierba seca, y sus ojos,
enrojecidos, estaban casi ciegos, de manera que “ciego como Kalamake, que ve más
allá del mañana”, era una de las expresiones favoritas de las islas.
De todas estas actividades de su suegro, Keola sabía un poco porque era del dominio
público, otro poco porque se lo imaginaba y el resto lo ignoraba por completo. Pero
había una cosa que le preocupaba. Kalamake era un hombre que no regateaba en
nada, tanto si se trataba de comer y de beber como de prendas de vestir; y siempre
pagaba con dólares nuevos muy brillantes. “Reluciente como los dólares de
Kalamake” era otra de las frases favoritas de las Ocho Islas. Sin embargo, Kalamake
no vendía, ni sembraba, ni prestaba servicios —sólo sus brujerías de vez en cuando
—, y no existía ninguna fuente conocida para tantas monedas de plata.
Sucedió que un día la mujer de Keola se fue de visita a Kaunakakai, a sotavento de la
isla, y los hombres también se marcharon a pescar. Pero Keola era un holgazán, y se
quedó en el porche contemplando cómo las olas se estrellaban contra la orilla y cómo
los pájaros volaban en torno al farallón. Siempre pensaba en una cosa sobre todo;
pensaba en los relucientes dólares de su suegro. Cuando se metía en la cama, lo hacía
preguntándose por qué abundaban tanto, y al despertarse por la mañana le intrigaba
por qué estaban todos tan nuevos; y este problema no se le iba nunca de la cabeza.
Pero aquel día entre todos los días tuvo la plena certeza de haber hecho un
descubrimiento. Porque parece ser que había visto el sitio donde Kalamake guardaba
su tesoro: un escritorio cerrado con llave junto a la pared del salón, bajo el retrato de
Kamehameha V y la fotografía de la reina Victoria con su corona; y también parece

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ser que hasta la misma noche antes no encontró ocasión de mirar dentro, y he aquí
que cuando lo hizo la bolsa estaba vacía. Y aquél era el día en que llegaba el vapor;
Keola veía el humo de su chimenea más allá de Kalaupapa; y muy pronto se
presentaría con las provisiones de un mes para Kalamake, salmón en lata y ginebra, y
otras muchas cosas extraordinariamente lujosas.
«Si paga hoy las mercancías que le traigan», pensó Keola, «tendré la seguridad de
que es un brujo, y de que los dólares salen del bolsillo del demonio».
Mientras pensaba estas cosas apareció su suegro por detrás de él, con expresión
preocupada.
—¿Es ése el vapor? —preguntó.
—Sí —respondió Keola—. Sólo le falta hacer escala en Pelekunu, y luego vendrá
hacia aquí.
—Entonces no queda otro remedio —replicó Kalamake—, y tengo que depositar en ti
mi confianza a falta de alguien mejor. Entra conmigo en la casa.
Los dos se dirigieron juntos al salón, que era una habitación excelente, empapelada,
con cuadros en las paredes, y amueblada con una mecedora, una mesa y un sofá al
estilo europeo. Había además una estantería con libros, una Biblia familiar en el
centro de la mesa, y el escritorio cerrado con llave junto a la pared; de manera que
cualquiera era capaz de darse cuenta de que aquélla era la casa de un hombre con
posibles.
Kalamake hizo que Keola cerrase las contraventanas mientras él hacía lo mismo con
todas las puertas y abría la tapa del escritorio. De su interior sacó un par de collares
con amuletos y conchas, un manojo de hierbas secas, hojas secas de árboles y una
rama verde de palmera.
—Lo que me dispongo a hacer —dijo Kalamake— es un prodigio que no admite
comparación. Los hombres de tiempos pasados eran sabios; realizaron cosas
maravillosas, y ésta no es más que una entre ellas, pero las llevaban a cabo de noche,
en la oscuridad, bajo estrellas propicias y en un lugar desierto. Yo voy a hacer ahora
lo mismo en mi propia casa, y con la luz del día por testigo.
Mientras hablaba puso la Biblia bajo el cojín del sofá para que quedara tapada por
completo, sacó del mismo sitio una esterilla de un tejido extraordinariamente
delicado, y amontonó las hierbas y las hojas sobre arena en una cazuela de hojalata. A
continuación, Keola y él se pusieron los collares y se situaron en esquinas opuestas de
la esterilla.
—Llega el momento —dijo el brujo—, no tengas miedo.
Con estas palabras prendió fuego a las hierbas y empezó a murmurar algo entre
dientes y a agitar la palma. Al principio, la luz era muy escasa debido a las
contraventanas cerradas; pero las hierbas se prendieron muy de prisa, y las llamas se
alzaron por encima de Keola, y la habitación se iluminó con su resplandor; y en
seguida salió humo, la cabeza le dio vueltas, los ojos se le oscurecieron, y el sonido
de los murmullos de Kalamake se le metió en los oídos. Y, de repente, la esterilla

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sobre la que descansaban sus pies sufrió una sacudida o un tirón que pareció ser más
rápido que el rayo. En un abrir y cerrar de ojos la habitación había desaparecido, y
con ella toda la casa, y Keola se había quedado sin resuello. Raudales de sol le
envolvieron los ojos y la cabeza, y se encontró trasladado a una playa junto al mar,
bajo un sol de justicia y con un rugiente oleaje: él y el brujo seguían de pie sobre la
misma esterilla, sin habla, jadeantes y boquiabiertos, y frotándose los ojos con las
manos.
—¿Qué ha pasado? —exclamó Keola, que fue el primero en recuperarse porque era
el más joven—. He sentido una punzada tan fuerte como la de la misma muerte.
—No tiene importancia —jadeó Kalamake—. Ya está hecho.
—Pero, ¿dónde estamos, por el amor de Dios? —exclamó Keola.
—Eso da lo mismo —replicó el hechicero—. Ahora estamos aquí, tenemos cosas que
hacer y de eso debemos ocupamos. Mientras recobro el aliento ve hasta la linde del
bosque, y tráeme las hojas de tal hierba y de tal árbol que, como descubrirás, crecen
allí en gran abundancia: tres puñados de cada. Y date prisa. Tenemos que estar en
casa antes de que llegue el vapor; parecería extraño que hubiéramos desaparecido —a
continuación se sentó en la arena sin dejar de jadear.
Keola subió por la playa, de arena y coral muy brillantes, y salpicada de conchas muy
extrañas; y mientras andaba iba pensando:
«¿Cómo es posible que no conozca esta playa? He de volver aquí a recoger conchas.»
Delante de él, una hilera de palmeras se recortaba contra el cielo; pero no como las
palmeras de las Ocho Islas, sino altas y lozanas y hermosas y con ramos ya maduros
que colgaban como oro entre los todavía verdes, y Keola pensó para sí:
«Es extraño que no haya encontrado nunca este palmeral. Vendré aquí a dormir
cuando el tiempo sea bueno.» Y en seguida pensó: «¡Qué calor hace de repente!»
Porque estaban en invierno en Hawaii, y el día había sido fresco. Y también pensó:
«¿Dónde están las montañas grises? ¿Y dónde está el picacho con el bosque en cuesta
y los pájaros que vuelan a su alrededor?» Y cuanto más cavilaba, menos era capaz de
imaginarse a qué región de las islas había ido a parar.
En la linde del palmeral, donde empezaba la playa, crecía la hierba, pero el árbol
quedaba más atrás. Pero cuando Keola se dirigía hacia allí, reparó en la presencia de
una joven que llevaba por toda ropa un cinturón de hojas.
«¡Vaya!», pensó Keola, «no se preocupan mucho de cómo visten en esta parte del
país». E hizo una pausa, suponiendo que la muchacha le vería y escaparía; pero al
notar que seguía sin fijarse en él, se irguió y empezó a tararear. La chica dio un salto
al oírle. Se quedó muy pálida; miró de un lado para otro, y en el gesto de la boca
manifestó el terror que sentía su alma. Pero era una cosa bien extraña que sus ojos no
reparasen en Keola.
—Buenos días —le dijo—. No tienes que asustarte tanto, no te voy a comer.
Pero en cuanto empezó a hablar, la joven se refugió corriendo entre la espesura.
«¡Qué manera tan extraña de comportarse!», se dijo Keola, y, sin pensar en lo que

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hacía, corrió tras ella.
Al correr, la muchacha siguió gritando en un idioma que no se hablaba en Hawaii,
aunque algunas palabras eran las mismas, y Keola supo que llamaba a otros para
advertirles de lo que sucedía. Y muy pronto vio a otras personas corriendo —
hombres, mujeres y niños—, todos juntos, corriendo y gritando como si se vieran
atrapados por un fuego. Esto hizo que el mismo Keola empezara a asustarse, por lo
que volvió junto a Kalamake llevándole las hojas. También le contó lo que había
visto.
—No debes hacer caso —dijo su suegro—. Todo esto no son más que sombras y
sueños. En seguida desaparecerá y quedará olvidado.
—Tuve la impresión de que no me veía nadie —dijo Keola.
—Y nadie te vio —replicó el brujo—. Somos invisibles a la luz del sol gracias a estos
hechizos. Sí que nos oyen, en cambio; por eso es conveniente hablar bajo, como hago
yo.
A continuación hizo un círculo con piedras en torno a la esterilla, y colocó las hojas
en el centro.
—Lo que tú tienes que hacer —dijo— es mantener las hojas encendidas, y alimentar
el fuego lentamente. Mientras se consumen (no tardarán más que unos instantes) he
de hacer mi tarea; y antes de que las cenizas se ennegrezcan, la misma fuerza que nos
trajo volverá a llevarnos. Ten ya preparada la cerilla; y avísame a tiempo, no sea que
se apaguen las llamas y yo me quede aquí.
Tan pronto como las hojas se prendieron, el brujo saltó como un gamo, abandonando
el círculo, y empezó a correr por la playa como un lebrel que se ha estado bañando.
Mientras corría, se agachaba una y otra vez para recoger conchas; y a Keola le
pareció que resplandecían al cogerlas. Las hojas ardían con una llama muy pura que
las consumía a gran velocidad; y muy pronto no le quedó más que un puñado, y el
brujo estaba muy lejos, corriendo y deteniéndose.
—¡Vuelve! —gritó Keola—. ¡Vuelve! Ya casi se han terminado las hojas.
Al oírle, Kalamake giró en redondo, y si antes había corrido, ahora echó a volar. Pero
aunque corría mucho, las hojas se consumían aún más de prisa. La llama estaba a
punto de expirar cuando, con un gran salto, Kalamake brincó sobre la esterilla. El aire
que produjo su salto se la llevó consigo; y con ella también desapareció la playa, así
como el sol y el mar, se encontraron de nuevo en la penumbra del salón con las
contraventanas cerradas, y se sintieron una vez más estremecidos y cegados; y en la
esterilla, entre los dos, había un montón de dólares relucientes. Keola corrió a las
ventanas; y allí estaba el vapor, balanceándose sobre el mar, muy cerca de la orilla.
Aquella misma noche, Kalamake hizo un aparte con su yerno y le puso cinco dólares
en la mano.
—Keola —dijo—; si eres un hombre sensato (cosa que dudo) pensarás que te
quedaste dormido esta tarde en el porche, y que soñaste mientras dormías. Soy
hombre de pocas palabras, y tengo por ayudantes a personas con muy mala memoria.

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Kalamake no volvió a decir una palabra más, ni a hacer la menor referencia a aquel
asunto, pero a Keola no se le iba ni un momento de la cabeza; si antes era holgazán,
ahora ya no hacía absolutamente nada.
«¿Por qué trabajar?», pensaba. «¡Si tengo un suegro que convierte en dólares las
conchas de la playa!»
El dinero se le acabó muy pronto. Se le gastó todo en ropa de buena calidad. Y
después lo sintió:
«Porque», pensaba, «hubiera hecho mejor comprándome un acordeón, con el que
podría distraerme durante todo el día». Y a partir de ese momento empezó a sentirse
irritado con Kalamake.
«Este hombre tiene un corazón de piedra», se dijo. «Recoge dólares en la playa
cuando le apetece, ¡y deja que yo sufra por un acordeón! Que se ande con ojo: ya salí
de la infancia, soy tan astuto como él y estoy en posesión de su secreto.» Así que fue
a hablar con su mujer, Lehua, y se quejó del comportamiento de Kalamake.
—Yo dejaría a mi padre tranquilo —le dijo ella—. Es un hombre muy peligroso
cuando se enfada.
—¡Me importa un comino! —exclamó Keola, chasqueando los dedos—. Le tengo
bien cogido. Puedo obligarle a hacer lo que yo quiera. —Y le contó a Lehua lo que
había sucedido.
Pero su mujer dijo que no con la cabeza.
—Tú verás lo que haces —le explicó—, pero si contrarías a mi padre, estáte seguro
de que nunca más se sabrá de ti. Acuérdate de fulano y de mengano; acuérdate de
Hua, aquel noble, miembro de la Cámara de Representantes, que iba a Honolulú
todos los años; y no se encontró ni un hueso ni un solo cabello suyos. Acuérdate de
Kamau, y de cómo se fue consumiendo y consumiendo, hasta que su mujer lo
levantaba con una mano. Ante mi padre no eres más que un bebé, Keola; te sujetará
entre el índice y el pulgar y te comerá como si fueras una gamba.
Es cierto que Keola tenía mucho miedo de Kalamake, pero también es cierto que era
muy presuntuoso; y las palabras de su mujer le picaron.
—Muy bien —dijo—, si es eso lo que piensas de mí, voy a demostrarte lo mucho que
te engañas. —Y fue directamente al salón, donde estaba sentado su suegro.
—Kalamake —dijo—, quiero un acordeón.
—¿Quieres un acordeón? —respondió su suegro.
—Sí —dijo Keola—, y más vale que te lo diga con toda sinceridad, estoy decidido a
tenerlo. Un hombre que recoge dólares en la playa puede sin duda permitirse un
acordeón.
—No sabía que tuvieras tanta presencia de ánimo —replicó el brujo—. Creía que eras
un chico tímido que no servía para nada; no encuentro palabras para explicarte lo
mucho que me alegra haberme equivocado. Y empiezo a pensar que quizá haya
encontrado un asistente y sucesor en mi difícil profesión. ¿Un acordeón? Tendrás el
mejor de Honolulú. Y esta noche, tan pronto como oscurezca, tú y yo saldremos en

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busca del dinero.
—¿Volveremos a la playa? —preguntó Keola.
—¡No, no! —replicó Kalamake—; has de empezar a aprender otros secretos míos. La
última vez te enseñé a recoger conchas; esta vez aprenderás a pescar. ¿Eres lo
bastante fuerte para echar al agua la embarcación de Pili?
—Creo que sí —respondió Keola—. Pero, ¿por qué no utilizamos la tuya, que ya está
a flote?
—Tengo un motivo que entenderás perfectamente antes de mañana —dijo Kalamake
—. El bote de Pili es el más adecuado para lo que me propongo hacer. De manera
que, si no tienes inconveniente, nos reuniremos junto a él tan pronto como oscurezca;
y mientras tanto vamos a guardar silencio, porque la familia no tiene por qué
enterarse de nuestros asuntos.
La miel no es más dulce de lo que fue la voz de Kalamake para Keola en aquellos
momentos y el joven apenas pudo contener su satisfacción.
«Hace semanas que podía haber tenido el acordeón», pensó; «todo lo que hace falta
en este mundo es un poquito de valentía».
Inmediatamente después vio que Lehua estaba llorando, y casi estuvo a punto de
decirle que su asunto iba perfectamente.
«Pero no», pensó; «esperaré hasta tener el acordeón; veremos qué dice entonces esa
mocosa. Quizá comprenda para el futuro que su marido no es tan tonto como ella
creía».
Nada más oscurecer, suegro y yerno botaron la embarcación de Pili e izaron la vela.
Había una mar muy fuerte, y el viento soplaba con violencia de sotavento; pero el
bote era rápido, pesaba poco, estaba bien seco y se deslizaba como un pez entre las
olas. El brujo tenía una linterna, que encendió y sostuvo pasando un dedo por la
anilla; y los dos se sentaron en la popa y fumaron cigarros puros, de los que
Kalamake estaba siempre bien provisto, y hablaron, como amigos, de magia y de las
grandes sumas de dinero que podrían ganar con ella, y de lo que deberían comprar en
primer y en segundo lugar; y Kalamake hablaba todo el tiempo como un padre.
Al cabo miró a su alrededor, a las estrellas por encima de él, y también se volvió para
ver la isla, que quedaba tapada por el mar en sus tres cuartas partes, y pareció
concluir que ya había alcanzado la posición deseada.
—¡Mira! —dijo—, Molokai queda muy lejos detrás de nosotros, y Maui se ha
convertido en una nube; y por la situación de esas tres estrellas sé que he llegado a
donde quería. A esta zona se la llama el Mar de los Muertos, es extraordinariamente
profunda y el fondo está cubierto de huesos humanos, y en los agujeros habitan
dioses y trasgos. La corriente del mar va hacia el norte, a mayor velocidad de la que
nada un tiburón, y al hombre que cayera aquí desde un barco lo arrastraría como un
caballo salvaje hasta los confines del océano. En seguida quedaría exhausto, se
hundiría, sus huesos se mezclarían con los demás, y los dioses devorarían su espíritu.
Keola se llenó de miedo al oír estas palabras, y, a la luz de las estrellas y de la

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linterna, el brujo pareció cambiar.
—¿Qué te pasa? —exclamó Keola, con voz aguda y atropellando las palabras.
—A mí no me pasa nada —respondió el mago—; pero aquí hay uno que se encuentra
muy enfermo.
Dicho esto cogió la linterna de otra forma, y he aquí que al sacar el dedo de la
argolla, se le atascó y la argolla estalló, y es que la mano de Kalamake había crecido
hasta alcanzar el tamaño de tres.
Al verlo, Keola empezó a gritar y se tapó la cara.
Pero el brujo alzó la linterna.
—¡Mírame a la cara! —dijo, y su cabeza era tan grande como un barril, pero todo su
cuerpo siguió aún creciendo como crece una nube sobre una montaña; Keola,
inmóvil, no dejaba de gritar, y la embarcación volaba hacia alta mar.
—Y ahora —continuó el hechicero—, ¿qué me dices de ese acordeón? ¿Estás seguro
de que no preferirías una flauta? ¿No? Eso está bien, porque no me gusta que los
miembros de mi familia sean poco constantes. Pero empiezo a creer en la
conveniencia de marcharme de este mezquino bote, porque mi tamaño aumenta de
manera desacostumbrada y, si no tenemos mucho cuidado, se hundirá en seguida.
Al decir estas palabras sacó las piernas por encima de la borda, e incluso mientras lo
hacía su cuerpo siguió creciendo treinta y cuarenta veces, con la velocidad de la vista
o del pensamiento, de manera que de pie en alta mar el agua le llegaba hasta los
sobacos, la cabeza y los hombros sobresalían como una isla muy alta, y el oleaje se
estrellaba contra su pecho como si lo hiciera contra un farallón. La embarcación
seguía dirigiéndose hacia el norte, pero Kalamake extendió la mano, sujetó la borda
con el índice y el pulgar, rompió el costado como si fuese una galleta y Keola cayó al
mar. Y el hechicero aplastó los trozos del bote en el cuenco de la mano y luego los
arrojó a la noche a muchos kilómetros de distancia.
—Discúlpame si me llevo la linterna —dijo—; pero tengo un largo trayecto por
delante; la tierra está lejos, el fondo del mar es accidentado y noto los huesos de los
muertos bajo los pies.
Acto seguido giró en redondo y se alejó a grandes zancadas, y cada vez que Keola se
hundía en el seno entre dos olas dejaba de verle; pero cuando el mar volvía a subirle
hasta una cresta, le divisaba de nuevo alejándose y disminuyendo de tamaño, siempre
con la linterna alzada por encima de la cabeza; y las olas, al estrellarse contra él
mientras avanzaba, se convertían en espuma blanca.
Desde que las islas surgieron del fondo del mar no había habido nunca un hombre
más asustado que Keola. Nadaba, desde luego, pero nadaba como lo hacen los
perrillos cuando se les tira al agua para que se ahoguen y no saben por qué. Sólo era
capaz de pensar en el enorme crecimiento del hechicero, en aquella cara tan grande
como una montaña, en aquellos hombros tan anchos como una isla y en las olas del
mar que se estrellaban en vano contra ellos. También pensó en el acordeón, y se sintió
lleno de vergüenza; y en los huesos de los muertos, y el miedo le hizo estremecerse.

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De repente tuvo conciencia de algo oscuro que se balanceaba contra las estrellas, de
una luz debajo y un resplandor sobre el mar hendido; y oyó hablar a hombres. Gritó
muy alto, y le contestó una voz; y en un abrir y cerrar de ojos la proa de un barco se
alzó delante de él sobre una ola como si estuviera haciendo equilibrios, y luego cayó
en picado. Se agarró con las dos manos a sus cadenas; un momento después se
hallaba sepultado en el violento mar y al siguiente alzado a bordo por marineros.
Le dieron ginebra y galletas y ropa seca, y le preguntaron cómo había llegado al sitio
donde le habían encontrado, y si la luz que habían visto era un faro, Lae o Ka Kaau.
Pero Keola sabía que los blancos son como niños y sólo se creen sus propias
historias; de manera que acerca de sí mismo les contó lo que le pareció conveniente,
y en cuanto a la luz (que era la linterna de Kalamake) aseguró que no había visto
ninguna.
Aquel barco era una goleta que se dirigía a Honolulú, para después comerciar en las
islas bajas; y afortunadamente para Keola había perdido a un marinero que se cayó
del bauprés durante una borrasca. Hablar no servía de nada. Keola no se atrevía a
quedarse en las Ocho Islas. La palabra viaja tan de prisa, y a todos los hombres les
gusta tanto hablar y dar noticias, que aunque se escondiera en el extremo norte de
Kauai o en el extremo sur de Kau, el brujo se enteraría antes de un mes, y Keola
perecería. De manera que hizo lo que parecía más razonable, y se enroló ocupando el
puesto del hombre ahogado.
En algunos aspectos, el trabajo en el barco no estaba mal. La comida era
extraordinariamente alimenticia y abundante, con galletas y carne en salazón todos
los días, y puré de guisantes y budines hechos con harina y sebo dos veces por
semana, de manera que Keola engordó.
El capitán también era un buen hombre, y en cuanto a los miembros de la tripulación,
no resultaban peor que otros blancos. El problema era el segundo de a bordo, el
hombre más difícil de contentar que Keola había conocido, y que le pegaba y le
insultaba todos los días, tanto por lo que hacía como por lo que dejaba de hacer. Los
golpes que le propinaba eran siempre certeros, porque tenía mucha fuerza; en cuanto
a las palabras que usaba resultaban muy desagradables, porque Keola procedía de
buena familia y estaba acostumbrado a que le respetaran. Y lo peor de todo, siempre
que Keola encontraba una oportunidad para dormir, allí estaba el segundo de a bordo
despierto y poniéndole en movimiento con un cabo de cuerda. Keola comprendió que
no era posible seguir así; y tomó la decisión de escapar.
Alrededor de un mes después de que hubieran zarpado de Honolulú, vieron tierra. Era
una hermosa noche estrellada, y el mar estaba tan en calma como despejado el cielo;
el alisio soplaba ininterrumpidamente; y allí estaba la isla, por la amura de
barlovento, una cinta de palmeras pegada al mar. El capitán y el segundo la
examinaron con el catalejo nocturno, dijeron su nombre y hablaron de ella junto al
timón mientras Keola gobernaba el barco. Al parecer era una isla que no visitaban los
buques mercantes. En opinión del capitán, era además una isla donde no vivía nadie;

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pero el segundo no pensaba igual.
—Me da lo mismo lo que diga la guía —explicó—. Pasé por aquí una vez en la
goleta Eugenie; era una noche muy parecida a ésta; pescaban con antorchas, y la
playa estaba tan llena de luces como un pueblo.
—Bien, bien —dijo el capitán—, es muy escarpada, eso es lo más importante; la carta
de navegación no señala ningún peligro por los alrededores, así que nos acercaremos
del lado de sotavento. ¡Cíñete todo lo que puedas! ¿No te lo he dicho ya? —le gritó a
Keola, que por escuchar con mucha atención se había olvidado del timón.
Y el segundo de a bordo le maldijo, y afirmó que los hawaianos no servían para nada,
y que si le obligaba a usar con él una cabilla de maniobra, iba a pasar un día muy
malo.
Después de estas palabras el capitán y el segundo se echaron a dormir en el puente y
Keola se quedó solo.
«Esta isla puede ser lo que yo necesito», pensó; «si aquí no viene nadie a comerciar,
el segundo de a bordo tampoco aparecerá nunca. Y en cuanto a Kalamake, no es
posible que sea capaz de llegar tan lejos».
De manera que cada vez fue acercando más la goleta a la isla. Tenía que hacerlo con
mucho cuidado, porque el problema con aquellos hombres blancos, y sobre todo con
el segundo de a bordo, era que nunca se estaba seguro de ellos; podían estar todos
durmiendo a pierna suelta, o por lo menos fingiéndolo, pero si temblaba una vela, se
ponían en pie de un salto y le caían a uno encima con un cabo de cuerda. Así que
Keola se fue aproximando poco a poco, manteniendo el barco paralelo a la costa. La
isla estuvo en seguida muy cerca, y llegó a oírse con claridad el ruido del mar al
golpear contra la orilla.
Pero esto hizo que el segundo se incorporase de pronto en el puente.
—¿Qué estás haciendo? —rugió—. ¡Vas a lograr que encalle el barco!
Dicho esto, dio un salto hacia Keola, que, a su vez, saltó por encima de la borda y
cayó a plomo en el agua centelleante. Cuando salió a la superficie, la goleta había
recuperado el rumbo, el segundo de a bordo llevaba el timón y Keola oyó sus
maldiciones. El mar estaba en calma a sotavento de la isla; además hacía buen
tiempo, y Keola tenía su cuchillo de marinero, por lo que no le preocupaban los
tiburones. A muy poca distancia se alzaban ya los árboles; había una abertura en la
línea de la costa semejante a la entrada de un puerto; y la marea, que estaba entonces
subiendo, le recogió y le hizo atravesarla. En un momento estaba fuera y al siguiente
dentro, flotando en una amplia extensión de agua de poca profundidad, que brillaba
con el reflejo de diez mil estrellas, y a todo su alrededor había un anillo de tierra con
su hilera de palmeras. Y Keola no salía de su asombro, porque era un tipo de isla del
que nunca había oído hablar.
El tiempo que pasó Keola en aquel sitio se divide en dos períodos: el período en el
que estuvo solo y cuando vivió con la tribu. Al principio buscó seres humanos por
todas partes, pero no encontró a nadie; sólo algunas casas en pie en una pequeña

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aldea y huellas de hogueras. Pero las cenizas estaban frías y las lluvias casi las habían
borrado; y también los vientos habían soplado con fuerza, y algunas de las chozas se
habían venido abajo. Fue allí donde Keola se instaló; fabricó un artefacto para
encender el fuego y un anzuelo de concha, y pescaba y cocinaba lo que capturaba, y
trepaba para conseguir cocos verdes, cuyo líquido se bebía, porque no había agua en
toda la isla. Los días se le hacían muy largos, y las noches, terroríficas. Hizo una
lámpara de cáscara de coco, y extrajo el aceite de los frutos maduros y preparó una
mecha con fibras; y cuando llegaba la noche se encerraba en su choza, encendía la
lámpara, y se tumbaba y temblaba hasta el alba. Muchas veces pensó sinceramente
que más le hubiese valido quedarse en el fondo del mar y que sus huesos rodaran allí
junto con los otros.
Durante todo este tiempo permaneció en el interior de la isla, porque las chozas
estaban en la orilla de la laguna, era allí donde mejor crecían las palmeras, y donde
abundaban los peces de buena calidad. Tan sólo una vez se aventuró hasta la costa y
contempló la playa, pero se alejó de allí temblando. Porque su aspecto, con arena
muy brillante, conchas esparcidas, un sol muy fuerte y un oleaje muy intenso, le
produjo un extraordinario desasosiego.
«No puede ser», pensó, «y sin embargo se parece mucho. Pero, ¿cómo saberlo? Los
hombres blancos, aunque fingen que saben hacia dónde se dirigen, también corren
sus albures como otras gentes. De manera que, después de todo, es posible que
hayamos navegado en círculo; quizá me encuentre cerca de Molokai, y ésta puede ser
precisamente la playa donde mi suegro recoge sus dólares».
Así que a partir de entonces se mostró muy prudente y no se alejaba del interior de la
isla. Quizá fuera un mes después cuando llegaron los nativos, que ocupaban seis
grandes embarcaciones. Eran gentes bien parecidas, y hablaban una lengua que
sonaba muy distinta de la de Hawaii, pero había tantas palabras iguales que no
resultaba difícil entenderles. Los hombres eran además muy corteses, y las mujeres,
muy acogedoras. A Keola le recibieron muy bien, le construyeron una casa y le
dieron una esposa; y lo que más le sorprendió fue que nunca le mandaran a trabajar
con los jóvenes.
Durante esta época, Keola tuvo tres períodos. Primero pasó una temporada en que se
sentía muy triste, y luego otra en la que estaba muy contento. Pero finalmente llegó la
tercera, cuando fue el hombre más asustado de los cuatro océanos.
El motivo de su primera tristeza fue la muchacha que le dieron por esposa. Tenía
dudas acerca de la isla, y también podría haberlas tenido sobre la lengua que
hablaban, que apenas había oído cuando fuera allí con el brujo sobre la esterilla. Pero
acerca de su esposa no había la menor posibilidad de error, porque era la misma
muchacha que huyera de él dando gritos por el bosque. De manera que, en lugar de
navegar tanto, le habría dado lo mismo quedarse en Molokai; y después de abandonar
hogar, esposa y amigos sin otra razón que escapar a las iras de su suegro, había ido a
parar a su coto de caza, y al sitio por donde se paseaba sin ser visto. Fue durante este

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período cuando permaneció siempre muy cerca de la laguna, y pasaba a cubierto, en
el interior de su choza, todo el tiempo posible.
El motivo de que cambiara su estado de ánimo fueron las cosas que oyó de labios de
su mujer y de los isleños más destacados. Keola, por su parte, dijo muy poco. No
estaba completamente seguro de sus nuevos amigos, porque le parecían demasiado
obsequiosos para ser sinceros, y desde la experiencia con su suegro se había vuelto
más cauto. De manera que no les contó nada sobre sí mismo, excepto su nombre y el
de sus antepasados, y que procedía de las Ocho Islas, que eran una región
maravillosa; también les habló del palacio del rey en Honolulú, y de cómo él era el
mejor amigo del rey y de los misioneros. Pero les hizo muchas preguntas y aprendió
muchas cosas. La isla donde vivía ahora se llamaba la Isla de las Voces; pertenecía a
la tribu, pero de ordinario habitaban en otra, a tres horas de navegación hacia el sur.
Allí vivían y tenían su hogar permanente, y era una isla rica, con huevos y gallinas y
cerdos, y en la que se detenían los barcos con ron y con tabaco. Hacia allí se dirigió la
goleta cuando Keola desertó; también allí había muerto el segundo de a bordo, por
ser, como era, un blanco perfectamente estúpido. Al parecer, cuando atracó el barco
comenzaba la estación malsana en la isla, ya que durante ella los peces de la laguna
se vuelven venenosos, y quienes los comen se hinchan y mueren. Al segundo de a
bordo se le explicó todo esto; vio cómo preparaban las embarcaciones, porque en esa
estación los habitantes dejan la isla y se trasladan a la de las Voces; pero era un
blanco muy estúpido, que sólo creía en sus propias historias, y pescó uno de esos
peces, lo cocinó, se lo comió, se hinchó y murió, lo que supuso una buena noticia
para Keola. En cuanto a la Isla de las Voces, estaba vacía la mayor parte del año; sólo
de vez en cuando alguna tripulación desembarcaba en busca de copra, y en la estación
mala, cuando los peces de la isla principal eran venenosos, la tribu habitaba allí al
completo.
El nombre le venía de un prodigio, porque al parecer la zona junto al mar estaba
infestada de demonios invisibles; de día y de noche se les oía hablar entre sí extrañas
lenguas; de día y de noche surgían sobre la playa pequeñas hogueras que se
extinguían poco después; y a nadie se le ocurría cuál pudiera ser la causa de aquellos
prodigios. Keola les preguntó si sucedía lo mismo en la isla donde pasaban la mayor
parte del año, y le dijeron que no, que allí no; como tampoco en ninguna del centenar
de islas de aquella zona: se trataba de algo característico de la Isla de las Voces.
También le dijeron que las hogueras y las voces aparecían siempre del lado del mar y
en la linde del bosque, y que una persona podía vivir dos mil años (si es que llegaba a
vivir tanto) junto a la laguna sin sufrir la menor molestia; y que incluso del lado del
mar los demonios no hacían daño si se les dejaba tranquilos. Sólo en una ocasión un
jefe había arrojado una lanza contra una de las voces, y aquella misma noche se cayó
de un cocotero y se mató.
Keola estuvo meditando un buen rato. Comprendió que no tendría ningún problema
cuando la tribu volviese a la isla principal y que tampoco correría peligro donde

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estaba ahora si no se apartaba de la laguna, pero tuvo una idea para disfrutar aún de
mayor seguridad si es que era posible llevarla a la práctica. Así que le dijo al gran
jefe de la tribu que había estado en una ocasión en otra isla con el mismo problema, y
que sus habitantes habían encontrado un sistema para ponerle remedio.
—Había un tipo de árbol que crecía en la espesura —les dijo—, y al parecer los
demonios acudían allí en busca de sus hojas. De manera que los nativos cortaron
aquellos árboles dondequiera que crecían, y los demonios no volvieron más.
Los otros le preguntaron qué árbol era ése, y Keola les enseñó la especie de árboles
cuyas hojas quemaba Kalamake. Les costaba trabajo creerlo, pero les gustó la idea.
Noche tras noche, los ancianos lo debatieron en sus asambleas, pero el gran jefe
(aunque era un hombre valiente) tenía miedo de lo que pudiera suceder, y hablaba
todos los días del jefe que arrojó una lanza contra las voces y murió el mismo día, y
esto hizo que no llegaran a tomar una decisión.
A pesar de no haber logrado la destrucción de los árboles, Keola se sintió bastante
satisfecho y empezó a verlo todo con más calma y a disfrutar de la vida; y, entre otras
cosas, estuvo más cariñoso con su mujer, de manera que la muchacha empezó a
quererle mucho. Pero un día, al llegar a la choza, se la encontró tumbada en el suelo,
lamentándose.
—Vaya —dijo Keola—, ¿qué es lo que te pasa?
La muchacha respondió que no era nada.
Aquella misma noche le despertó. La lámpara daba muy poca luz, pero Keola vio que
el rostro de su mujer reflejaba un gran sufrimiento.
—Acerca el oído a mi boca —le dijo ella— para que te hable muy bajo, porque nadie
debe oírnos. Dos días antes de que se empiecen a preparar las embarcaciones, vete
del lado del mar y escóndete entre la maleza. El sitio lo habremos escogido antes tú y
yo; esconde también comida; todas las noches pasaré muy cerca cantando. Así que
cuando llegue una noche en la que no me oigas, sabrás que nos hemos ido
definitivamente, y podrás salir otra vez sin peligro alguno.
A Keola se le cayó el alma a los pies.
—¿De qué me hablas? —exclamó—. Yo no podría vivir entre demonios. No se me
puede abandonar aquí. Me muero por marcharme de esta isla.
—Nunca te marcharías vivo, mi pobre Keola —dijo la muchacha—, porque si he de
ser sincera contigo, te diré que nuestra tribu es una tribu de comedores de hombres,
aunque sea un secreto que nadie conoce. Y la razón de que te maten antes de que nos
vayamos es que a nuestra isla llegan barcos, y también viene Donat-Kimaran, que
representa a los franceses, y vive en ella un comerciante blanco en una casa con
porche, y un catequista. ¡Es de verdad un sitio muy hermoso! El comerciante tiene
barriles llenos de harina; y una vez entró en la laguna un buque de guerra francés que
dio vino y galletas a todo el mundo. ¡Ah, mi pobre Keola, cuánto me gustaría llevarte,
porque es muy grande el amor que siento por ti, y no hay otro sitio más hermoso en
todos los mares con la excepción de Papeete!

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Así que Keola se convirtió otra vez en el hombre más aterrorizado de los cuatro
océanos. Había oído hablar de caníbales en las islas del sur, y siempre le habían dado
miedo; y ahora se los encontraba llamando a su puerta. Había oído además a los
viajeros hablar de sus costumbres, y cómo, cuando tenían intención de comerse a un
hombre, lo cuidaban y lo acariciaban como hace una madre con su hijito preferido. Y
comprendió que tenía que ser ése su caso y no otro el motivo de que le hubieran dado
casa, y alimento y esposa, y de que le dispensaran de todo trabajo; y el porqué de que
los ancianos y los jefes hablaran con él como si fuera una persona importante. Así
que se tumbó en la cama quejándose amargamente de su destino y sintiendo cómo la
sangre se le helaba en las venas.
Al día siguiente, la gente de la tribu se mostró muy cortés con él, como hacían
siempre. Eran personas que hablaban con elegancia, hacían hermosas poesías y
bromeaban durante las comidas, de manera que un misionero tendría que haberse
muerto de risa. Pero a Keola le interesaban muy poco sus buenos modales; no veía
más que el brillo de sus dientes blancos cuando abrían la boca, y se le hacía un nudo
en la garganta al contemplarlo; y cuando terminaron de comer, fue y se tumbó en la
espesura como un hombre muerto.
Al día siguiente sucedió lo mismo, y entonces su mujer le siguió.
—Keola —le dijo—, si no comes, ten por seguro que te matarán y te cocinarán
mañana. Algunos de los jefes más ancianos han empezado ya a murmurar. Piensan
que has caído enfermo y que debes de estar perdiendo peso.
Al oír esto Keola se puso en pie, cegado de indignación.
—La verdad es que me da todo igual —exclamó—. Estoy entre el demonio y el mar
profundo. Puesto que debo morir, déjame que muera de la manera más rápida; y
puesto que en el mejor de los casos me han de comer, que sean los trasgos antes que
los hombres. Adiós —con estas palabras la dejó y se fue a la orilla del mar.
La luz del sol lo iluminaba todo; no se veía a ningún hombre, pero en la playa había
actividad, y a su alrededor, mientras Keola avanzaba, las voces hablaban y
susurraban, y las pequeñas hogueras surgían y se apagaban. Allí se escuchaban todas
las lenguas de la tierra: francés, holandés, ruso, tamil, chino. De todas las tierras
donde se practicaba la magia había alguien susurrándole al oído. Aquella playa estaba
tan llena de vida como un mercado muy concurrido, pero no se veía a nadie; y
mientras caminaba, Keola se fijó en cómo las conchas desaparecían delante de él, sin
ninguna persona que las recogiera. Creo que al demonio le hubiera dado miedo
quedarse solo en semejante compañía; pero Keola había llegado más allá del miedo y
cortejaba a la muerte. Cuando se encendían las hogueras, se lanzaba contra ellas
como un toro. Voces incorpóreas se alzaban aquí y allá; manos invisibles derramaban
arena sobre las llamas, y los fuegos habían desaparecido de la playa antes de que él
los alcanzara.
«Es evidente que Kalamake no está aquí», pensó, «porque de lo contrario ya hace
tiempo que yo estaría muerto».

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De manera que fue a sentarse en la linde del bosque, porque estaba cansado, y apoyó
la barbilla contra las manos. Delante de sus ojos siguió sucediendo lo mismo que
antes; la playa entera parloteaba, las hogueras surgían y se esfumaban, y las conchas
desaparecían y volvían a renovarse mientras él miraba.
«No fue un día corriente cuando estuvimos aquí», pensó, «porque no era nada
comparado con esto».
Y se le nubló la cabeza al pensar en tantos millones y millones de dólares, y en los
cientos y cientos de personas que los recogían por la playa, y que volaban luego más
de prisa y más alto que las águilas.
«¡Y pensar en cómo me tuvieron engañado hablando de casas de moneda, y del
dinero que se hacía allí, cuando está bien claro que todo el dinero recién acuñado del
mundo se recoge en estas arenas! Pero, ¡la próxima vez no conseguirán engañarme!»,
se dijo para sus adentros.
Y por fin, no supo muy bien cómo o cuándo el sueño se apoderó de él, y se olvidó de
la isla y de todas sus penas.
Muy temprano al día siguiente, antes de que hubiera salido el sol, le despertó un gran
alboroto, y se sintió dominado por el miedo, ya que creyó que le había sorprendido la
tribu; pero no era eso lo que sucedía. Tan sólo que en la playa que tenía delante, las
voces incorpóreas llamaban y gritaban, interrumpiéndose unas a otras, y parecía que
todas pasaban rozándole al avanzar por la costa.
«¿Qué es lo que sucede?», se preguntó Keola. Y no le cupo la menor duda de que se
trataba de algo fuera de lo normal, porque no había fuegos encendidos ni se recogían
conchas, y sin embargo las voces incorpóreas seguían corriendo playa adelante,
dando gritos y perdiéndose a lo lejos; y después venían otras, y por el tono de las
voces se diría que los brujos estaban enfadados.
«No es conmigo con quien están enfadados», pensó Keola, «porque me pasan
rozando».
Al ver a una jauría, o a caballos en una carrera, o a la gente de la ciudad correr hacia
un fuego, todo el mundo se reúne y los sigue, y lo mismo le sucedió a Keola; y no
supo ni lo que hacía ni por qué lo hacía, pero he aquí que se encontró corriendo con
las voces.
Así que cruzó una punta de la isla, y se encontró con un nuevo panorama ante los
ojos; y de pronto se acordó de los árboles de los magos, que crecían juntos en gran
número. Desde ese lugar se elevaba un indescriptible griterío; y, por el ruido que
hacían, aquellos con quienes él corría orientaban su marcha hacia el mismo sitio. Al
acercarse un poco más empezó a mezclarse con el alboroto el ruido de muchas
hachas. Y, al oír esto, a Keola se le ocurrió por fin que el gran jefe había consentido;
que todos los hombres de la tribu se habían puesto a cortar aquellos árboles; que se
había corrido la voz por toda la isla de brujo a brujo, y que éstos se congregaban
ahora para defender sus árboles. Un deseo de extrañas cosas le dominó. Corrió a toda
velocidad con las voces, atravesó la playa, llegó a la linde del bosque y el asombro le

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inmovilizó. Un árbol había caído y otros estaban talados en parte. Y allí se encontraba
la tribu formando una piña, espalda contra espalda; había cuerpos en el suelo y la
sangre les corría entre los pies. El color del miedo marcaba sus rostros, y sus voces
subían hacia el cielo en un tono tan agudo como el grito de una comadreja.
¿Habéis visto a un niño cuando está solo y tiene una espada de madera, y lucha
saltando de aquí para allá y dando tajos al aire vacío? De la misma manera los
caníbales se apretujaban espalda contra espalda, agitaban sus hachas y atacaban, y
gritaban al hacerlo, y ¡sin embargo, no había nadie peleando con ellos! Tan sólo aquí
y allá Keola veía un hacha que se volvía contra los isleños sin manos que la
empuñaran; y de vez en cuando alguno de la tribu caía ante ella, partido en dos o
cortado por la mitad, y su alma se alejaba dando alaridos.
Keola contempló durante algún tiempo este prodigio como alguien que está soñando,
y luego el miedo le golpeó de lleno, al ocurrírsele que no debería presenciar tales
cosas. Precisamente en aquel mismo instante el gran jefe del clan le vio, le señaló con
el dedo y le llamó por su nombre. Con lo que toda la tribu le vio también, y sus ojos
lanzaron llamaradas y rechinaron sus dientes.
«Llevo aquí demasiado tiempo», pensó Keola, y echó a correr para salir del bosque y
siguió luego playa abajo, sin preocuparse de a dónde iba.
—¡Keola! —llamó una voz muy cerca, sobre la arena vacía.
—¡Lehua! ¿Eres tú? —exclamó él, y se quedó boquiabierto, buscándola en vano,
porque sus ojos no divisaban a nadie.
—Te he visto pasar antes —respondió la voz—; pero no me has oído cuando te he
llamado. ¡De prisa! Trae las hojas y las hierbas para que salgamos volando cuanto
antes.
—¿Tienes la esterilla? —preguntó Keola.
—Estoy aquí a tu lado —respondió ella. Y sintió que sus brazos le rodeaban—. ¡De
prisa! ¡Las hojas y las hierbas antes de que vuelva mi padre!
De manera que Keola corrió como alma que lleva el diablo, y recogió el combustible
del brujo; y Lehua le guió para volver, y le colocó los pies sobre la esterilla y
encendió el fuego.
Durante todo el tiempo que estuvo ardiendo, el ruido de la batalla siguió alzándose
del bosque; los hechiceros y los caníbales peleaban encarnizadamente; los magos,
invisibles, bramando como toros en una montaña, y los guerreros de la tribu con
gritos agudos y feroces por el terror que les llenaba el alma. Y todo el tiempo que
duró la hoguera, Keola estuvo allí escuchando y temblando, y viendo cómo los
invisibles dedos de Lehua derramaban las hojas. Las dejaba caer de prisa, y la llama
se alzó muy alta y chamuscó las manos de Keola; y su mujer se dio prisa y aceleró la
combustión soplando en el fuego. Cuando se consumió la última hoja, la llama se
apagó, después vino la sacudida, y Keola y Lehua se encontraron de nuevo en casa.
Así que cuando Keola pudo ver por fin a su mujer se puso muy contento, y también
se alegró mucho de estar de nuevo en su hogar en Molokai y de tener delante un

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cuenco de poi —porque no se hace poi a bordo de los barcos mercantes, ni tampoco
lo había en la Isla de las Voces—, y apenas cabía en sí de gozo por haber escapado
definitivamente de las manos de los caníbales. Pero había otra cuestión que no estaba
tan clara, y Lehua y Keola hablaron de ello toda la noche y se quedaron muy
preocupados. Era la cuestión de Kalamake abandonado en la isla. Si por la
misericordia de Dios al brujo no le quedaba más remedio que seguir allí, todo estaba
en orden; pero si escapaba y volvía a Molokai, su hija y su marido lo iban a pasar
muy mal. Hablaron del don que tenía Kalamake para aumentar de tamaño y de si
sería capaz de recorrer aquella distancia por mar. Keola ya sabía por entonces dónde
estaba la Isla de las Voces, que forma parte del Archipiélago Bajo o Peligroso. Así
que buscaron el Atlas y comprobaron la distancia en el mapa, y por lo que a ellos se
les alcanzaba, parecía que estaba demasiado lejos para que un anciano caballero
pudiera hacer a pie tanto camino. De todas formas, no había manera de estar
completamente seguro con un hechicero como Kalamake, y finalmente decidieron
pedir consejo a un misionero blanco.
De manera que Keola le contó todo al primero que apareció. Y el misionero le
reprendió severamente por haber aceptado una segunda esposa en la Isla de las Voces;
pero en cuanto a todo lo demás, juró que no le encontraba ni pies ni cabeza.
—Sin embargo —dijo—, si pensáis que el dinero de vuestro padre es un dinero
pecaminoso, mi consejo es que deis algo a los leprosos y también al fondo misionero.
Y en cuanto a este extraordinario galimatías, lo mejor que podéis hacer es no
contárselo a nadie.
Pero avisó a la policía de Honolulú de que, por lo que había podido sacar en limpio,
Kalamake y Keola habían acuñado moneda falsa, y no estaría de más vigilarlos.
Keola y Lehua hicieron lo que el misionero les había aconsejado, y dieron una
elevada cantidad de dólares para los leprosos y para el fondo.
Y no cabe duda de que el consejo fue bueno, porque desde entonces no se ha vuelto a
saber nada de Kalamake. Pero en cuanto a si murió en la batalla de los árboles o está
todavía vivito y coleando en la Isla de las Voces, ¿quién podrá decirlo?

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El diablo de la botella
Había un hombre en la isla de Hawaii al que llamaré Keawe; porque la verdad es que
aún vive y que su nombre debe permanecer secreto; pero su lugar de nacimiento no
estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos en
una cueva. Este hombre era pobre, valiente y activo; leía y escribía tan bien como un
maestro de escuela; además era un marinero de primera clase que había trabajado
durante algún tiempo en los vapores de la isla y pilotado un ballenero en la costa de
Hamakua. Finalmente, a Keawe se le ocurrió que le gustaría ver el gran mundo y las
ciudades extranjeras y se embarcó con rumbo a San Francisco.
San Francisco es una hermosa ciudad, con un excelente puerto y muchas personas
adineradas; y, más en concreto, existe en esa ciudad una colina que está cubierta de
palacios. Un día, Keawe se paseaba por esta colina con mucho dinero en el bolsillo,
contemplando con evidente placer las elegantes casas que se alzaban a ambos lados
de la calle. «¡Qué casas tan buenas!», iba pensando, «y ¡qué felices deben de ser las
personas que viven en ellas, que no necesitan preocuparse del mañana!». Seguía aún
reflexionando sobre esto cuando llegó a la altura de una casa más pequeña que
algunas de las otras, pero muy bien acabada y tan bonita como un juguete; los
escalones de la entrada brillaban como plata, los bordes del jardín florecían como
guirnaldas y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo,
maravillándose de la excelencia de todo. Al pararse, se dio cuenta de que un hombre
le estaba mirando a través de una ventana tan transparente que Keawe lo veía como
se ve a un pez en una cala junto a los arrecifes. Era un hombre maduro, calvo y de
barba negra; su rostro tenía una expresión pesarosa y suspiraba amargamente. Lo
cierto es que mientras Keawe contemplaba al hombre y el hombre observaba a
Keawe, cada uno de ellos envidiaba al otro.
De repente, el hombre sonrió moviendo la cabeza, hizo un gesto a Keawe para que
entrara y se reunió con él en la puerta de la casa.
—Es muy hermosa esta casa mía —dijo el hombre, suspirando amargamente—. ¿No
le gustaría ver las habitaciones?
Y así fue como Keawe recorrió con él la casa, desde el sótano hasta el tejado; todo lo
que había en ella era perfecto en su estilo y Keawe manifestó su gran admiración.
—Esta casa —dijo Keawe— es en verdad muy hermosa; si yo viviera en otra
parecida, me pasaría el día riendo. ¿Cómo es posible, entonces, que no haga usted
más que suspirar?
—No hay ninguna razón —dijo el hombre—, para que no tenga una casa en todo
semejante a esta, y aún más hermosa, si así lo desea. Posee usted algún dinero, ¿no es
cierto?
—Tengo cincuenta dólares —dijo Keawe—, pero una casa como esta costará más de
cincuenta dólares.
El hombre hizo un cálculo.

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—Siento que no tenga más —dijo—, porque eso podría causarle problemas en el
futuro, pero será suya por cincuenta dólares.
—¿La casa? —preguntó Keawe.
—No, la casa no —replicó el hombre—; la botella. Porque debo decirle que aunque
le parezca una persona muy rica y afortunada, todo lo que poseo, y esta casa misma y
el jardín, proceden de una botella en la que no cabe mucho más de una pinta. Aquí la
tiene usted.
Y abriendo un mueble cerrado con llave, sacó una botella de panza redonda con un
cuello muy largo; el cristal era de un color blanco como el de la leche, con
cambiantes destellos irisados en su textura. En el interior había algo que se movía
confusamente, algo así como una sombra y un fuego.
—Ésta es la botella —dijo el hombre; y, cuando Keawe se echó a reír, añadió—: ¿No
me cree? Pruebe usted mismo. Trate de romperla.
De manera que Keawe cogió la botella y la estuvo tirando contra el suelo hasta que se
cansó; porque rebotaba como una pelota y nada le sucedía.
—Es una cosa bien extraña —dijo Keawe—, porque tanto por su aspecto como al
tacto se diría que es de cristal.
—Es de cristal —replicó el hombre, suspirando más hondamente que nunca—, pero
de un cristal templado en las llamas del infierno. Un diablo vive en ella y la sombra
que vemos moverse es la suya, al menos lo creo yo. Cuando un hombre compra esta
botella, el diablo se pone a su servicio; todo lo que esa persona desee, amor, fama,
dinero, casas como ésta o una ciudad como San Francisco, será suyo con sólo pedirlo.
Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la
vendió al final y fracasó. El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas
islas; pero también él la vendió, y por eso lo asesinaron en Hawaii. Porque al vender
la botella desaparecen el poder y la protección; y a no ser que un hombre esté
contento con lo que tiene, acaba por sucederle algo.
—Y sin embargo, ¿habla usted de venderla? —dijo Keawe.
—Tengo todo lo que quiero y me estoy haciendo viejo —respondió el hombre—. Hay
una cosa que el diablo de la botella no puede hacer… y es prolongar la vida; y, no
sería justo ocultárselo a usted, la botella tiene un inconveniente; porque si un hombre
muere antes de venderla, arderá para siempre en el infierno.
—Sí que es un inconveniente, no cabe duda —exclamó Keawe—. Y no quisiera
verme mezclado en ese asunto. No me importa demasiado tener una casa, gracias a
Dios; pero hay una cosa que sí me importa muchísimo, y es condenarme.
—No vaya usted tan deprisa, amigo mío —contestó el hombre—. Todo lo que tiene
que hacer es usar el poder de la botella con moderación, venderla después a alguna
persona como estoy haciendo yo ahora y terminar su vida cómodamente.
—Pues yo observo dos cosas —dijo Keawe—. Una es que se pasa usted todo el
tiempo suspirando como una doncella enamorada; y la otra que vende usted la botella
demasiado barata.

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—Ya le he explicado por qué suspiro —dijo el hombre—. Temo que mi salud esté
empeorando; y, como ha dicho usted mismo, morir e irse al infierno es una desgracia
para cualquiera. En cuanto a venderla tan barata, tengo que explicarle una
peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la
tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró por
muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la
transacción. Si se vende por lo mismo que se ha pagado por ella, vuelve al anterior
propietario como si se tratara de una paloma mensajera. De ahí se sigue que el precio
haya ido disminuyendo con el paso de los siglos y que ahora la botella resulte
francamente barata. Yo se la compré a uno de los ricos propietarios que viven en esta
colina y sólo pagué noventa dólares. Podría venderla hasta por ochenta y nueve
dólares y noventa centavos, pero ni un céntimo más; de lo contrario la botella
volvería a mí. Ahora bien, esto trae consigo dos problemas. Primero, que cuando se
ofrece una botella tan singular por ochenta dólares y pico, la gente supone que uno
está bromeando. Y segundo…, pero como eso no corre prisa que lo sepa, no hace
falta que se lo explique ahora. Recuerde tan sólo que tiene que venderla por moneda
acuñada.
—¿Cómo sé que todo eso es verdad? —preguntó Keawe.
—Hay algo que puede usted comprobar inmediatamente —replicó el otro—. Deme
sus cincuenta dólares, coja la botella y pida que los cincuenta dólares vuelvan a su
bolsillo. Si no sucede así, le doy mi palabra de honor de que consideraré inválido el
trato y le devolveré el dinero.
—¿No me está engañando? —dijo Keawe.
El hombre confirmó sus palabras con un solemne juramento.
—Bueno; me arriesgaré a eso —dijo Keawe—, porque no me puede pasar nada malo.
Acto seguido le dio su dinero al hombre y el hombre le pasó la botella.
—Diablo de la botella —dijo Keawe—, quiero recobrar mis cincuenta dólares.
Y, efectivamente, apenas había terminado la frase, cuando su bolsillo pesaba ya lo
mismo que antes.
—No hay duda de que es una botella maravillosa —dijo Keawe.
—Y ahora muy buenos días, mi querido amigo, ¡y que el diablo le acompañe! —dijo
el hombre.
—Un momento —dijo Keawe—, yo ya me he divertido bastante. Tenga su botella.
—La ha comprado usted por menos de lo que yo pagué —replicó el hombre,
frotándose las manos—. La botella es completamente suya; y, por mi parte, lo único
que deseo es perderlo de vista cuanto antes.
Con lo que llamó a su criado chino e hizo que acompañara a Keawe hasta la puerta.
Cuando Keawe se encontró en la calle con la botella bajo el brazo, empezó a pensar.
«Si es verdad todo lo que me han dicho de esta botella, puede que haya hecho un
pésimo negocio», se dijo a sí mismo. «Pero quizá ese hombre me haya engañado». Lo
primero que hizo fue contar el dinero; la suma era exacta: cuarenta y nueve dólares en

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moneda americana y una pieza de Chile. «Parece que eso es verdad», se dijo Keawe.
«Veamos otro punto».
Las calles de aquella parte de la ciudad estaban tan limpias como las cubiertas de un
barco, y aunque era mediodía, tampoco se veía ningún pasajero. Keawe puso la
botella en una alcantarilla y se alejó. Dos veces miró para atrás, y allí estaba la botella
de color lechoso y panza redonda, en el sitio donde la había dejado. Miró por tercera
vez y después dobló la esquina; pero apenas lo había hecho cuando algo le golpeó el
codo, y ¡no era otra cosa que el largo cuello de la botella! En cuanto a la redonda
panza, estaba bien encajada en el bolsillo de su chaqueta de piloto.
—Parece que también esto es verdad —dijo Keawe.
La siguiente cosa que hizo fue comprar un sacacorchos en una tienda y retirarse a un
sitio oculto en medio del campo. Una vez allí intentó sacar el corcho, pero cada vez
que lo intentaba la espiral salía otra vez y el corcho seguía tan entero como al
empezar.
—Este corcho es distinto de todos los demás —dijo Keawe, e inmediatamente
empezó a temblar y a sudar, porque la botella le daba miedo.
Camino del puerto, vio una tienda donde un hombre vendía conchas y mazas de islas
salvajes, viejas imágenes de dioses paganos, monedas antiguas, pinturas de China y
Japón y todas esas cosas que los marineros llevan en sus baúles. Enseguida se le
ocurrió una idea. Entró y le ofreció la botella al dueño por cien dólares. El otro se rió
de él al principio y le ofreció cinco; pero, en realidad, la botella era muy curiosa:
ninguna boca humana había soplado nunca un vidrio como aquél, ni cabía imaginar
unos colores más bonitos que los que brillaban bajo su blanco lechoso, ni una sombra
más extraña que la que daba vueltas en su centro; de manera que, después de regatear
durante un rato a la manera de los de su profesión, el dueño de la tienda le compró la
botella a Keawe por sesenta dólares y la colocó en un estante en el centro del
escaparate.
—Ahora —dijo Keawe— he vendido por sesenta dólares lo que compré por
cincuenta o, para ser más exactos, por un poco menos, porque uno de mis dólares
venía de Chile. Enseguida averiguaré la verdad sobre otro punto.
Así que volvió a su barco y, cuando abrió su baúl, allí estaba la botella, que había
llegado antes que él.
En aquel barco Keawe tenía un compañero que se llamaba Lopaka.
—¿Qué te sucede —le preguntó Lopaka— que miras el baúl tan fijamente?
Estaban solos en el castillo de proa. Keawe le hizo prometer que guardaría el secreto
y se lo contó todo.
—Es un asunto muy extraño —dijo Lopaka—; y me temo que vas a tener dificultades
con esa botella. Pero una cosa está muy clara: puesto que tienes asegurados los
problemas, será mejor que obtengas también los beneficios. Decide qué es lo que
deseas; da la orden y si resulta tal como quieres, yo mismo te compraré la botella;
porque a mí me gustaría tener un velero y dedicarme a comerciar entre las islas.

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—No es eso lo que me interesa —dijo Keawe—. Quiero una hermosa casa y un
jardín en la costa de Kona, donde nací; y quiero que brille el sol sobre la puerta, y que
haya flores en el jardín, cristales en las ventanas, cuadros en las paredes, y adornos y
tapetes de telas muy finas sobre las mesas; exactamente igual que la casa donde
estuve hoy; sólo que un piso más alta y con balcones alrededor, como en el palacio
del rey; y que pueda vivir allí sin preocupaciones de ninguna clase y divertirme con
mis amigos y parientes.
—Bien —dijo Lopaka—, volvamos con la botella a Hawaii; y si todo resulta verdad
como tú supones, te compraré la botella, como ya he dicho, y pediré una goleta.
Quedaron de acuerdo en esto y antes de que pasara mucho tiempo el barco regresó a
Honolulú, llevando consigo a Keawe, a Lopaka y a la botella. Apenas habían
desembarcado cuando encontraron en la playa a un amigo que inmediatamente
empezó a dar el pésame a Keawe.
—No sé por qué me estás dando el pésame —dijo Keawe.
—¿Es posible que no te hayas enterado —dijo el amigo— de que tu tío, aquel
hombre tan bueno, ha muerto; y de que tu primo, aquel muchacho tan bien parecido,
se ha ahogado en el mar?
Keawe lo sintió mucho y al ponerse a llorar y a lamentarse, se olvidó de la botella.
Pero Lopaka estuvo reflexionando y cuando su amigo se calmó un poco, le habló así:
—¿No es cierto que tu tío tenía tierras en Hawaii, en el distrito de Kaü?
—No —dijo Keawe—; en Kaü, no: están en la zona de las montañas, un poco al sur
de Hookena.
—Esas tierras, ¿pasarán a ser tuyas? —preguntó Lopaka.
—Así es —dijo Keawe, y empezó otra vez a llorar la muerte de sus familiares.
—No —dijo Lopaka—; no te lamentes ahora. Se me ocurre una cosa. ¿Y si todo esto
fuera obra de la botella? Porque ya tienes preparado el sitio para hacer la casa.
—Si es así —exclamó Keawe—, la botella me hace un flaco servicio matando a mis
parientes. Pero puede que sea cierto, porque fue en un sitio así donde vi la casa con la
imaginación.
—La casa, sin embargo, todavía no está construida —dijo Lopaka.
—¡Y probablemente no lo estará nunca! —dijo Keawe—, porque si bien mi tío tenía
algo de café, ava y plátanos, no será más que lo justo para que yo viva cómodamente;
y el resto de esa tierra es de lava negra.
—Vayamos al abogado —dijo Lopaka—. Porque yo sigo pensando lo mismo.
Al hablar con el abogado, se enteraron de que el tío de Keawe se había hecho
enormemente rico en los últimos tiempos y que le dejaba dinero en abundancia.
—¡Ya tienes el dinero para la casa! —exclamó Lopaka.
—Si está usted pensando en construir una casa —dijo el abogado—, aquí está la
tarjeta de un arquitecto nuevo del que me cuentan grandes cosas.
—¡Cada vez mejor! —exclamó Lopaka—. Está todo muy claro. Sigamos
obedeciendo órdenes.

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De manera que fueron a ver al arquitecto, que tenía diferentes proyectos de casas
sobre la mesa.
—Usted desea algo fuera de lo corriente —dijo el arquitecto—. ¿Qué le parece esto?
Y le pasó a Keawe uno de los dibujos.
Cuando Keawe lo vio, dejó escapar una exclamación, porque representaba
exactamente lo que él había visto con la imaginación.
«Ésta es la casa que quiero —pensó Keawe—. A pesar de lo poco que me gusta cómo
viene a parar a mis manos, ésta es la casa, y más vale que acepte lo bueno junto con
lo malo».
De manera que le dijo al arquitecto todo lo que quería, y cómo deseaba amueblar la
casa, y los cuadros que había que poner en las paredes y las figuritas para las mesas;
y luego le preguntó sin rodeos cuánto le llevaría por hacerlo todo.
El arquitecto le hizo muchas preguntas, cogió una pluma e hizo un cálculo; y al
terminar pidió exactamente la suma que Keawe había heredado.
Lopaka y Keawe se miraron el uno al otro y asintieron con la cabeza.
«Está bien claro —pensó Keawe—, que voy a tener esta casa, tanto si quiero como si
no. Viene del diablo y temo que nada bueno salga de ello; y si de algo estoy seguro es
de que no voy a formular más deseos mientras siga teniendo esta botella. Pero de la
casa ya no me puedo librar y más valdrá que acepte lo bueno junto con lo malo».
De manera que llegó a un acuerdo con el arquitecto y firmaron un documento. Keawe
y Lopaka se embarcaron otra vez camino de Australia; porque habían decidido entre
ellos que no intervendrían en absoluto, dejarían que el arquitecto y el diablo de la
botella construyeran y decoraran aquella casa como mejor les pareciese.
El viaje fue bueno, aunque Keawe estuvo todo el tiempo conteniendo la respiración,
porque había jurado que no formularía más deseos ni recibiría más favores del diablo.
Se había cumplido ya el plazo cuando regresaron. El arquitecto les dijo que la casa
estaba lista y Keawe y Lopaka tomaron pasaje en el Hall camino de Kona para ver la
casa y comprobar si todo se había hecho exactamente de acuerdo con la idea que
Keawe tenía en la cabeza.
La casa se alzaba en la falda del monte y era visible desde el mar. Por encima, el
bosque seguía subiendo hasta las nubes que traían la lluvia; por debajo, la lava negra
descendía en riscos donde estaban enterrados los reyes de antaño. Un jardín florecía
alrededor de la casa con flores de todos los colores; había un huerto de papayas a un
lado y otro de árboles del pan en el lado opuesto; por delante, mirando al mar, habían
plantado el mástil de un barco con una bandera. En cuanto a la casa, era de tres pisos,
con amplias habitaciones y balcones muy anchos en los tres. Las ventanas eran de
excelente cristal, tan claro como el agua y tan brillante como un día soleado. Muebles
de todas clases adornaban las habitaciones. De las paredes colgaban cuadros con
marcos dorados: pinturas de barcos, de hombres luchando, de las mujeres más
hermosas y de los sitios más singulares; no hay en ningún lugar del mundo pinturas
con colores tan brillantes como las que Keawe encontró colgadas de las paredes de su

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casa. En cuanto a los otros objetos de adorno, eran de extraordinaria calidad; relojes
con carillón y cajas de música, hombrecillos que movían la cabeza, libros llenos de
ilustraciones, armas muy valiosas de todos los rincones del mundo, y los
rompecabezas más elegantes para entretener los ocios de un hombre solitario. Y
como nadie querría vivir en semejantes habitaciones, tan sólo pasar por ellas y
contemplarlas, los balcones eran tan amplios que un pueblo entero hubiera podido
vivir en ellos sin el menor agobio; y Keawe no sabía qué era lo que más le gustaba: si
el porche de atrás, a donde llegaba la brisa procedente de la tierra y se podían ver los
huertos y las flores, o el balcón delantero, donde se podía beber el viento del mar,
contemplar la empinada ladera de la montaña y ver al Hall yendo una vez por semana
aproximadamente entre Hookena y las colinas de Pele, o las goletas siguiendo la
costa para recoger cargamentos de madera, de ava y de plátanos.
Después de verlo todo, Keawe y Lopaka se sentaron en el porche.
—Bien —preguntó Lopaka—, ¿está todo tal como lo habías planeado?
—No hay palabras para expresarlo —contestó Keawe—. Es mejor de lo que había
soñado y estoy que reviento de satisfacción.
—Sólo queda una cosa por considerar —dijo Lopaka—; todo esto puede haber
sucedido de manera perfectamente natural, sin que el diablo de la botella haya tenido
nada que ver. Si comprara la botella y me quedara sin la goleta, habría puesto la mano
en el fuego para nada. Te di mi palabra, lo sé: pero creo que no deberías negarme una
prueba más.
—He jurado que no aceptaré más favores —dijo Keawe—. Creo que ya estoy
suficientemente comprometido.
—No pensaba en un favor —replicó Lopaka—. Quisiera ver yo mismo al diablo de la
botella. No hay ninguna ventaja en ello y por tanto tampoco hay nada de qué
avergonzarse; sin embargo, si llego a verlo una vez, quedaré convencido del todo. Así
que accede a mi deseo y déjame ver al diablo; el dinero lo tengo aquí mismo y
después de esto te compraré la botella.
—Sólo hay una cosa que me da miedo —dijo Keawe—. El diablo puede ser una cosa
horrible de ver; y si le pones el ojo encima quizá no tengas ya ninguna gana de
quedarte con la botella.
—Soy una persona de palabra —dijo Lopaka—. Y aquí dejo el dinero, entre los dos.
—Muy bien —replicó Keawe—. Yo también siento curiosidad. De manera que,
vamos a ver: déjenos mirarlo, señor Diablo.
Tan pronto como lo dijo, el diablo salió de la botella y volvió a meterse, tan
rápidamente como un lagarto; Keawe y Lopaka quedaron petrificados. Se hizo
completamente de noche antes de que a cualquiera de los dos se le ocurriera algo que
decir o hallaran la voz para decirlo; luego, Lopaka empujó el dinero hacia Keawe y
recogió la botella.
—Soy hombre de palabra —dijo—, y bien puedes creerlo, porque de lo contrario no
tocaría esta botella ni con el pie. Bien, conseguiré mi goleta y unos dólares para el

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bolsillo; luego me desharé de este demonio tan pronto como pueda. Porque, si tengo
que decirte la verdad, verlo me ha dejado muy abatido.
—Lopaka —dijo Keawe—, procura no pensar demasiado mal de mí; sé que es de
noche, que los caminos están mal y que el desfiladero junto a las tumbas no es un
buen sitio para cruzarlo tan tarde, pero confieso que desde que he visto el rostro de
ese diablo, no podré comer ni dormir ni rezar hasta que te lo hayas llevado. Voy a
darte una linterna, una cesta para poner la botella y cualquier cuadro o adorno de la
casa que te guste; después quiero que marches inmediatamente y vayas a dormir a
Hookena con Nahinu.
—Keawe —dijo Lopaka—, muchos hombres se enfadarían por una cosa así; sobre
todo después de hacerte un favor tan grande como es mantener la palabra y comprar
la botella; y en cuanto a ser de noche, a la oscuridad y al camino junto a las tumbas,
todas esas circunstancias tienen que ser diez veces más peligrosas para un hombre
con semejante pecado sobre su conciencia y una botella como ésta bajo el brazo. Pero
como yo también estoy muy asustado, no me siento capaz de acusarte. Me iré ahora
mismo y le pido a Dios que seas feliz en tu casa y yo afortunado con mi goleta, y que
los dos vayamos al cielo al final a pesar del demonio y de su botella.
De manera que Lopaka bajó de la montaña; Keawe, por su parte, salió al balcón
delantero; estuvo escuchando el ruido de las herraduras y vio la luz de la linterna
cuando Lopaka pasaba junto al risco donde están las tumbas de otras épocas; durante
todo el tiempo Keawe temblaba, se retorcía las manos y rezaba por su amigo, dando
gracias a Dios por haber escapado él mismo de aquel peligro.
Pero al día siguiente hizo un tiempo muy hermoso, y la casa nueva era tan agradable
que Keawe se olvidó de sus terrores. Fueron pasando los días y Keawe vivía allí en
perpetua alegría. Le gustaba sentarse en el porche de atrás; allí comía, reposaba y leía
las historias que contaban los periódicos de Honolulú; pero cuando llegaba alguien a
verle, entraba en la casa para enseñarle las habitaciones y los cuadros. Y la fama de la
casa se extendió por todas partes; la llamaban Ka-Hale Nui —la Casa Grande— en
todo Kona; y a veces la Casa Resplandeciente, porque Keawe tenía a su servicio a un
chino que se pasaba todo el día limpiando el polvo y bruñendo los metales; y el
cristal, y los dorados, y las telas finas y los cuadros brillaban tanto como una mañana
soleada. En cuanto a Keawe mismo, se le ensanchaba tanto el corazón con la casa que
no podía pasear por las habitaciones sin ponerse a cantar; y cuando aparecía algún
barco en el mar, izaba su estandarte en el mástil.
Así iba pasando el tiempo, hasta que un día Keawe fue a Kailua para visitar a uno de
sus amigos. Le hicieron un gran agasajo, pero él se marchó lo antes que pudo a la
mañana siguiente y cabalgó muy deprisa, porque estaba impaciente por ver de nuevo
su hermosa casa; y, además, la noche de aquel día era la noche en que los muertos de
antaño salen por los alrededores de Kona; y el haber tenido ya tratos con el demonio
hacía que Keawe tuviera muy pocos deseos de tropezarse con los muertos. Un poco
más allá de Honaunau, al mirar a lo lejos, advirtió la presencia de una mujer que se

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bañaba a la orilla del mar. Parecía una muchacha bien desarrollada, pero Keawe no
pensó mucho en ello. Luego vio ondear su camisa blanca mientras se la ponía, y
después su holoku rojo; cuando Keawe llegó a su altura, la joven había terminado de
arreglarse y, alejándose del mar, se había colocado junto al camino con su holoku
rojo; el baño la había tonificado y los ojos le brillaban, llenos de amabilidad. Nada
más verla, Keawe tiró de las riendas a su caballo.
—Creía conocer a todo el mundo en esta zona —dijo él—. ¿Cómo es que a ti no te
conozco?
—Soy Kokua, hija de Kiano —respondió la muchacha—, y acabo de regresar de
Oahu. ¿Quién es usted?
—Te lo diré dentro de un poco —dijo Keawe, desmontando del caballo—, pero no
ahora mismo. Porque tengo una idea y si te dijera quién soy, como es posible que
hayas oído hablar de mí, quizá al preguntarte no me dieras una respuesta sincera.
Pero antes de nada dime una cosa: ¿estás casada?
Al oír esto, Kokua se echó a reír.
—Parece que es usted quien hace todas las preguntas —dijo ella—. Y usted, ¿está
casado?
—No, Kokua, desde luego que no —replicó Keawe—, y nunca he pensado en
casarme hasta este momento. Pero voy a decirte la verdad. Te he encontrado aquí
junto al camino y, al ver tus ojos que son como estrellas, mi corazón se ha ido tras de
ti tan veloz como un pájaro. De manera que, si ahora no quieres saber nada de mí,
dilo, y me iré a mi casa; pero si no te parezco peor que cualquier otro joven, dilo
también, y me desviaré para pasar la noche en casa de tu padre y mañana hablaré con
él.
Kokua no dijo una palabra, pero miró hacia el mar y se echó a reír.
—Kokua —dijo Keawe—, si no dices nada, consideraré que tu silencio es una
respuesta favorable; así que pongámonos en camino hacia la casa de tu padre.
Ella fue delante de él sin decir nada; sólo de vez en cuando miraba para atrás y luego
volvía a apartar la vista; y todo el tiempo llevaba en la boca las cintas del sombrero.
Cuando llegaron a la puerta, Kiano salió a la veranda y dio la bienvenida a Keawe
llamándolo por su nombre. Al oírlo, la muchacha se le quedó mirando, porque la
fama de la gran casa había llegado a sus oídos; y no hace falta decir que era una gran
tentación. Pasaron todos juntos la velada muy alegremente; y la muchacha se mostró
muy descarada en presencia de sus padres y estuvo burlándose de Keawe porque
tenía un ingenio muy vivo. Al día siguiente Keawe habló con Kiano y después tuvo
ocasión de quedarse a solas con la muchacha.
—Kokua —dijo él—, ayer estuviste burlándote de mí durante toda la velada; y
todavía estás a tiempo de despedirme. No quise decirte quién era porque tengo una
casa muy hermosa y temía que pensaras demasiado en la casa y poco en el hombre
que te ama. Ahora ya lo sabes todo, y si no quieres volver a verme, dilo cuanto antes.
—No —dijo Kokua; pero esta vez no se echó a reír ni Keawe le preguntó nada más.

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Así fue el noviazgo de Keawe; las cosas sucedieron deprisa; pero aunque una flecha
vaya muy veloz y la bala de un rifle todavía más rápida, las dos pueden dar en el
blanco. Las cosas habían ido deprisa, pero también habían ido lejos y el recuerdo de
Keawe llenaba la imaginación de la muchacha; Kokua escuchaba su voz al romperse
las olas contra la lava de la playa, y por aquel joven que sólo había visto dos veces
hubiera dejado padre y madre y sus islas nativas. En cuanto a Keawe, su caballo voló
por el camino de la montaña bajo el risco donde estaban las tumbas, y el sonido de
los cascos y la voz de Keawe cantando, lleno de alegría, despertaban al eco en las
cavernas de los muertos. Cuando llegó a la Casa Resplandeciente todavía seguía
cantando. Se sentó y comió en el amplio balcón y el chino se admiró de que su amo
continuara cantando entre bocado y bocado. El sol se ocultó tras el mar y llegó la
noche; Keawe estuvo paseándose por los balcones a la luz de las lámparas en lo alto
de la montaña y sus cantos sobresaltaban a las tripulaciones de los barcos que
cruzaban por el mar.
«Aquí estoy ahora, en este sitio mío tan elevado —se dijo a sí mismo—. La vida no
puede irme mejor; me hallo en lo alto de la montaña; a mi alrededor, todo lo demás
desciende. Por primera vez iluminaré todas las habitaciones, usaré mi bañera con
agua caliente y fría y dormiré solo en el lecho de la cámara nupcial».
De manera que el criado chino tuvo que levantarse y encender las calderas; y
mientras trabajaba en el sótano oía a su amo cantando alegremente en las
habitaciones iluminadas. Cuando el agua empezó a estar caliente, el criado chino se
lo advirtió a Keawe con un grito; Keawe entró en el cuarto de baño; y el criado chino
le oyó cantar mientras la bañera de mármol se llenaba de agua; y le oyó cantar
también mientras se desnudaba; hasta que, de repente, el canto cesó. El criado chino
estuvo escuchando largo rato; luego alzó la voz para preguntarle a Keawe si todo iba
bien, y Keawe le respondió: «Sí», y le mandó que se fuera a la cama; pero ya no se
oyó cantar más en la Casa Resplandeciente; y durante toda la noche, el criado chino
estuvo oyendo a su amo pasear sin descanso por los balcones.
Lo que había ocurrido era esto: mientras Keawe se desnudaba para bañarse, descubrió
en su cuerpo una mancha semejante a la sombra del liquen sobre una roca, y fue
entonces cuando dejó de cantar. Porque había visto otras manchas parecidas y supo
que estaba atacado del Mal Chino: la lepra.
Es bien triste para cualquiera padecer esa enfermedad. Y también sería muy triste
para cualquiera abandonar una casa tan hermosa y tan cómoda y separarse de todos
sus amigos para ir a la costa norte de Molokai, entre enormes farallones y rompientes.
Pero ¿qué es eso comparado con la situación de Keawe, que había encontrado su
amor un día antes y lo había conquistado aquella misma mañana, y que veía ahora
quebrarse todas sus esperanzas en un momento, como se quiebra un trozo de cristal?
Estuvo un rato sentado en el borde de la bañera; luego se levantó de un salto dejando
escapar un grito y corrió afuera; y empezó a andar por el balcón, de un lado a otro,
como alguien que está desesperado.

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«No me importaría dejar Hawaii, el hogar de mis antepasados», se decía Keawe. «Sin
gran pesar abandonaría mi casa, la de las muchas ventanas, situada en lo alto, aquí en
las montañas. No me faltaría valor para ir a Molokai, a Kalaupapa junto a los
farallones, para vivir con los leprosos y dormir allí lejos de mis antepasados. Pero
¿qué agravio he cometido, qué pecado pesa sobre mi alma, para que haya tenido que
encontrar a Kokua cuando salía del mar a la caída de la tarde? ¡Kokua, la que me ha
robado el alma! ¡Kokua, la luz de mi vida! Quizá nunca llegue a casarme con ella,
quizá nunca más vuelva ni a acariciarla con mano amorosa; ésa es la razón, Kokua,
¡por ti me lamento!».
Tienen ustedes que fijarse en la clase de hombre que era Keawe, ya que podría haber
vivido durante años en la Casa Resplandeciente sin que nadie llegara a sospechar que
estaba enfermo; pero a eso no le daba importancia si tenía que perder a Kokua.
Hubiera podido incluso casarse con Kokua y muchos lo hubieran hecho, porque
tienen alma de cerdo; pero Keawe amaba a la doncella con amor varonil, y no estaba
dispuesto a causarle ningún daño ni a exponerla a ningún peligro.
Algo después de la media noche se acordó de la botella. Salió al porche y recordó el
día en que el diablo se había mostrado ante sus ojos; y aquel pensamiento hizo que se
le helara la sangre en las venas.
«Esa botella es una cosa horrible —pensó Keawe—, el diablo también es una cosa
horrible, y aún más horrible es la posibilidad de arder para siempre en las llamas del
infierno. Pero ¿qué otra posibilidad tengo de llegar a curarme o de casarme con
Kokua? ¡Cómo! ¿Fui capaz de desafiar al demonio para conseguir una casa y no voy
a enfrentarme con él para recobrar a Kokua?».
Entonces recordó que al día siguiente el Hall iniciaba su viaje de regreso a Honolulú.
«Primero tengo que ir allí», pensó, «y ver a Lopaka. Porque lo mejor que me puede
suceder ahora es que encuentre la botella que tantas ganas tenía de perder de vista».
No pudo dormir ni un solo momento; también la comida se le atragantaba; pero
mandó una carta a Kiano, y cuando se acercaba la hora de la llegada del vapor, se
puso en camino y cruzó por delante del risco donde estaban las tumbas. Llovía; su
caballo avanzaba con dificultad; Keawe contempló las negras bocas de las cuevas y
envidió a los muertos que dormían en su interior, libres ya de dificultades; y recordó
cómo había pasado por allí al galope el día anterior y se sintió lleno de asombro.
Finalmente llegó a Hookena y, como de costumbre, todo el mundo se había reunido
para esperar la llegada del vapor. En el cobertizo delante del almacén estaban todos
sentados, bromeando y contándose las novedades; pero Keawe no sentía el menor
deseo de hablar y permaneció en medio de ellos contemplando la lluvia que caía
sobre las casas, y las olas que estallaban entre las rocas, mientras los suspiros se
acumulaban en su garganta.
—Keawe, el de la Casa Resplandeciente, está muy abatido —se decían unos a otros.
Así era, en efecto, y no tenía nada de extraordinario.
Luego llegó el Hall y la gasolinera lo llevó a bordo. La parte posterior del barco

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estaba llena de haoles (blancos) que habían ido a visitar el volcán como tienen por
costumbre; en el centro se amontonaban los kanakas, y en la parte delantera viajaban
toros de Hilo y caballos de Kaü, pero Keawe se sentó lejos de todos, hundido en su
dolor, con la esperanza de ver desde el barco la casa de Kiano. Finalmente la divisó,
junto a la orilla, sobre las rocas negras, a la sombra de las palmeras; cerca de la puerta
se veía un holoku rojo no mayor que una mosca y que revoloteaba tan atareado como
una mosca. «¡Ah, reina de mi corazón —exclamó Keawe para sí— arriesgaré mi
alma para recobrarte!».
Poco después, al caer la noche, se encendieron las luces de las cabinas y los haoles se
reunieron para jugar a las cartas y beber whisky como tienen por costumbre; pero
Keawe estuvo paseando por cubierta toda la noche. Y todo el día siguiente, mientras
navegaban a sotavento de Maui y de Molokai, Keawe seguía dando vueltas de un
lado para otro como un animal salvaje dentro de una jaula.
Al caer la tarde pasaron Diamond Head y llegaron al muelle de Honolulú. Keawe
bajó enseguida a tierra y empezó a preguntar por Lopaka. Al parecer se había
convertido en propietario de una goleta —no había otra mejor en las islas—, y se
había marchado muy lejos en busca de aventuras, quizá hasta Pola-Pola, de manera
que no cabía esperar ayuda por ese lado. Keawe se acordó de un amigo de Lopaka, un
abogado que vivía en la ciudad (no debo decir su nombre), y preguntó por él. Le
dijeron que se había hecho rico de repente y que tenía una casa nueva y muy hermosa
en la orilla de Waikiki; esto dio que pensar a Keawe, e inmediatamente alquiló un
coche y se dirigió a casa del abogado.
La casa era muy nueva y los árboles del jardín apenas mayores que bastones; el
abogado, cuando salió a recibirle, parecía un hombre satisfecho de la vida.
—¿Qué puedo hacer por usted? —dijo el abogado.
—Usted es amigo de Lopaka —replicó Keawe—, y Lopaka me compró un objeto que
quizá usted pueda ayudarme a localizar.
El rostro del abogado se ensombreció.
—No voy a fingir que ignoro de qué me habla, señor Keawe —dijo—, aunque se
trata de un asunto muy desagradable que no conviene remover. No puedo darle
ninguna seguridad, pero me imagino que si va usted a cierto barrio quizá consiga
averiguar algo.
A continuación le dio el nombre de una persona que también en este caso será mejor
no repetir. Esto sucedió durante varios días, y Keawe fue conociendo a diferentes
personas y encontrando en todas partes ropas y coches recién estrenados, y casas
nuevas muy hermosas y hombres muy satisfechos, aunque, claro está, cuando les
explicaba el motivo de su visita, sus rostros se ensombrecían.
«No hay duda de que estoy en el buen camino —pensaba Keawe—. Esos trajes
nuevos y esos coches son otros tantos regalos del demonio de la botella, y esos
rostros satisfechos son los rostros de personas que han conseguido lo que deseaban y
han podido librarse después de ese maldito recipiente. Cuando vea mejillas sin color

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y oiga suspiros sabré que estoy cerca de la botella».
Sucedió que, finalmente, le recomendaron que fuera a ver a un haole en Beritania
Street. Cuando llegó a la puerta, alrededor de la hora de la cena, Keawe se encontró
con los típicos indicios: nueva casa, jardín recién plantado y luz eléctrica tras las
ventanas; y cuando apareció el dueño, un escalofrío de esperanza y de miedo recorrió
el cuerpo de Keawe, porque tenía delante de él a un hombre joven tan pálido como un
cadáver, con marcadísimas ojeras, prematuramente calvo y con la expresión de un
hombre en capilla.
«Tiene que estar aquí, no hay duda», pensó Keawe, y a aquel hombre no le ocultó en
absoluto cuál era su verdadero propósito.
—He venido a comprar la botella —dijo.
Al oír aquellas palabras, el joven haole de Beritania Street tuvo que apoyarse contra
la pared.
—¡La botella! —susurró—. ¡Comprar la botella!
Dio la impresión de que estaba a punto de desmayarse y, cogiendo a Keawe por el
brazo, lo llevó a una habitación y escanció dos vasos de vino.
—A su salud —dijo Keawe, que había pasado mucho tiempo con haoles en su época
de marinero—. Sí —añadió—, he venido a comprar la botella. ¿Cuál es el precio que
tiene ahora?
Al oír esto al joven se le escapó el vaso de entre los dedos y miró a Keawe como si
fuera un fantasma.
—El precio —dijo—. ¡El precio! ¿No sabe usted cuál es el precio?
—Por eso se lo pregunto —replicó Keawe—. Pero ¿qué es lo que tanto le preocupa?
¿Qué sucede con el precio?
—La botella ha disminuido mucho de valor desde que usted la compró, señor Keawe
—dijo el joven tartamudeando.
—Bien, bien; así tendré que pagar menos por ella —dijo Keawe—. ¿Cuánto le costó
a usted?
El joven estaba tan blanco como el papel.
—Dos centavos —dijo.
—¿Cómo? —exclamó Keawe—, ¿dos centavos? Entonces, usted sólo puede venderla
por uno. Y el que la compre… —Keawe no pudo terminar la frase; el que comprara
la botella no podría venderla nunca y la botella y el diablo se quedarían con él hasta
su muerte, y cuando muriera se encargarían de llevarlo a las llamas del infierno.
El joven de Beritania Street se puso de rodillas.
—¡Cómprela, por el amor de Dios! —exclamó—. Puede quedarse también con toda
mi fortuna. Estaba loco cuando la compré a ese precio. Había malversado fondos en
el almacén donde trabajaba; si no lo hacía estaba perdido, hubiera acabado en la
cárcel.
—Pobre criatura —dijo Keawe—; fue usted capaz de arriesgar su alma en una
aventura tan desesperada para evitar el castigo por su deshonra, ¿y cree que yo voy a

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dudar cuando es el amor lo que tengo delante de mí? Tráigame la botella y el cambio
que sin duda tiene ya preparado. Es preciso que me dé la vuelta de estos cinco
centavos.
Keawe no se había equivocado; el joven tenía las cuatro monedas en un cajón; la
botella cambió de manos y tan pronto como los dedos de Keawe rodearon su cuello le
susurró que deseaba quedar limpio de la enfermedad. Y, efectivamente, cuando se
desnudó delante de un espejo en la habitación del hotel, su piel estaba tan sonrosada
como la de un niño. Pero lo más extraño fue que inmediatamente se operó una
transformación dentro de él y el Mal Chino le importaba muy poco y tampoco sentía
interés por Kokua; no pensaba más que en una cosa: que estaba ligado al diablo de la
botella para toda la eternidad y no le quedaba otra esperanza que la de ser para
siempre una pavesa en las llamas del infierno. En cualquier caso, las veía ya brillar
delante de él con los ojos de la imaginación; su alma se encogió y la luz se convirtió
en tinieblas.
Cuando Keawe se recuperó un poco, se dio cuenta de que era la noche en que tocaba
una orquesta en el hotel. Bajó a oírla porque temía quedarse solo; y allí, entre caras
alegres, paseó de un lado para otro, escuchó las melodías y vio a Berger llevando el
compás; pero todo el tiempo oía crepitar las llamas y veía un fuego muy vivo
ardiendo en el pozo sin fondo del infierno. De repente la orquesta tocó Hiki-ao-ao,
una canción que él había cantado con Kokua, y aquellos acordes le devolvieron el
valor.
«Ya está hecho», pensó, «y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo
malo».
Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y, tan pronto como fue posible, se casó
con Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña.
Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto
como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar
las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha
se había entregado a él por completo; su corazón latía más deprisa al verlo, y su mano
buscaba siempre la de Keawe; y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies
que nadie podía verla sin alegrarse.
Kokua era afable por naturaleza. De sus labios salían siempre palabras cariñosas. Le
gustaba mucho cantar, y cuando recorría la Casa Resplandeciente gorjeando como los
pájaros era ella el objeto más hermoso que había en los tres pisos. Keawe la
contemplaba y la oía embelesado y luego iba a esconderse en un rincón y lloraba y
gemía pensando en el precio que había pagado por ella; después tenía que secarse los
ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en uno de los balcones, acompañándola
en sus canciones y correspondiendo a sus sonrisas con el alma llena de angustia.
Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se
hicieron menos frecuentes; y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los
dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la

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Casa Resplandeciente entre ellos. Keawe estaba tan hundido en la desesperación que
apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante las
que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a ocultar
un corazón enfermo bajo una cara sonriente. Pero un día, andando por la casa sin
hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza y
llorando como los que están perdidos.
—Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua —dijo Keawe—. Y, sin embargo,
daría media vida para que pudieras ser feliz.
—¡Feliz! —exclamó ella—. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente,
toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena
de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste
con la pobre Kokua; y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día
no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba a
mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojó esta nube sobre él?
—Pobre Kokua —dijo Keawe. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella
la apartó—. Pobre Kokua —dijo de nuevo—. ¡Pobre niñita mía! ¡Y yo que creía
ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te
compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas
que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es
capaz de sonreír al contemplarte.
Y a continuación le contó toda su historia desde el principio.
—¿Has hecho eso por mí? —exclamó Kokua—. Entonces, ¡qué me importa nada! —
y, abrazándole, se echó a llorar.
—¡Querida mía! —dijo Keawe—; sin embargo, cuando pienso en el fuego del
infierno, ¡a mí sí que me importa!
—No digas eso —respondió ella—; ningún hombre puede condenarse por amar a
Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te
salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees
que yo no moriría por salvarte?
—¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia? —exclamó él
—. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi
condenación.
—Tú no sabes nada —dijo ella—. Yo me eduqué en un colegio de Honolulú; no soy
una chica corriente. Y desde ahora te digo que salvaré a mi amante. ¿No me has
hablado de un centavo? ¿Ignoras que no todos los países tienen dinero americano? En
Inglaterra existe una moneda que vale alrededor de medio centavo.
¡Qué lástima! —exclamó enseguida—; eso no lo hace mucho mejor, porque el que
comprara la botella se condenaría y ¡no vamos a encontrar a nadie tan valiente como
mi Keawe! Pero también está Francia; allí tienen una moneda a la que llaman
céntimo y de ésos se necesitan aproximadamente cinco para poder cambiarlos por un
centavo. No encontraremos nada mejor. Vámonos a las islas del Viento; salgamos

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para Tahití en el primer barco que zarpe. Allí tendremos cuatro céntimos, tres
céntimos, dos céntimos y un céntimo: cuatro posibles ventas y nosotros dos para
convencer a los compradores. ¡Vamos, Keawe mío! Bésame y no te preocupes más.
Kokua te defenderá.
—¡Regalo de Dios! —exclamó Keawe—. ¡No creo que el Señor me castigue por
desear algo tan bueno! Sea como tú dices; llévame donde quieras: pongo mi vida y mi
salvación en tus manos.
Muy de mañana al día siguiente, Kokua estaba ya haciendo sus preparativos. Buscó el
baúl de marinero de Keawe; primero puso la botella en una esquina; luego colocó sus
mejores ropas y los adornos más bonitos que había en la casa.
—Porque —dijo— si no parecemos gente rica, ¿quién va a creer en la botella?
Durante todo el tiempo de los preparativos estuvo tan alegre como un pájaro; sólo
cuando miraba en dirección a Keawe los ojos se le llenaban de lágrimas y tenía que ir
a besarlo. En cuanto a Keawe, se le había quitado un gran peso de encima; ahora que
alguien compartía su secreto y había vislumbrado una esperanza parecía un hombre
distinto: caminaba otra vez con paso ligero y respirar ya no era una obligación
penosa. El terror, sin embargo, no andaba lejos; y de vez en cuando, de la misma
manera que el viento apaga un cirio, la esperanza moría dentro de él y veía otra vez
agitarse las llamas y el fuego abrasador del infierno.
Anunciaron que iban a hacer un viaje de placer por los Estados Unidos: a todo el
mundo le pareció una cosa extraña, pero más extraña les hubiera parecido la verdad si
hubieran podido adivinarla. De manera que se trasladaron a Honolulú en el Hall y de
allí a San Francisco en el Umantilla con muchos haoles; y en San Francisco se
embarcaron en el bergantín correo, el Tropic Bird, camino de Papeete, la ciudad
francesa más importante de las islas del sur. Llegaron allí, después de un agradable
viaje, cuando los vientos alisios soplaban suavemente, y vieron los arrecifes en los
que van a estrellarse las olas, y Motuiti con sus palmeras, y cómo el bergantín se
adentraba en el puerto, y las casas blancas de la ciudad a lo largo de la orilla entre
árboles verdes, y, por encima, las montañas y las nubes de Tahití, la isla prudente.
Consideraron que lo más conveniente era alquilar una casa, y eligieron una situada
frente a la del cónsul británico; se trataba de hacer gran ostentación de dinero y de
que se les viera por todas partes bien provistos de coches y caballos. Todo esto
resultaba fácil mientras tuvieran la botella en su poder, porque Kokua era más
atrevida que Keawe y siempre que se le ocurría, llamaba al diablo para que le
proporcionase veinte o cien dólares. De esta forma pronto se hicieron notar en la
ciudad; y los extranjeros procedentes de Hawaii, y sus paseos a caballo y en coche, y
los elegantes holokus y los delicados encajes de Kokua fueron tema de muchas
conversaciones.
Se acostumbraron a la lengua de Tahití, que es en realidad semejante a la de Hawaii,
aunque con cambios en ciertas letras; y en cuanto estuvieron en condiciones de
comunicarse, trataron de vender la botella. Hay que tener en cuenta que no era un

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tema fácil de abordar; no era fácil convencer a la gente de que hablaban en serio
cuando les ofrecían por cuatro céntimos una fuente de salud y de inagotables
riquezas. Era necesario además explicar los peligros de la botella; y, o bien los
posibles compradores no creían nada en absoluto y se echaban a reír, o se percataban
sobre todo de los aspectos más sombríos y, adoptando un aire muy solemne, se
alejaban de Keawe y Kokua, considerándolos personas en trato con el demonio. De
manera que en lugar de hacer progresos, los esposos descubrieron al cabo de poco
tiempo que todo el mundo les evitaba; los niños se alejaban de ellos corriendo y
chillando, cosa que a Kokua le resultaba insoportable; los católicos hacían la señal de
la cruz al pasar a su lado y todos los habitantes de la isla parecían estar de acuerdo en
rechazar sus proposiciones.
Con el paso de los días se fueron sintiendo cada vez más deprimidos. Por la noche,
cuando se sentaban en su nueva casa después del día agotador, no intercambiaban una
sola palabra y si se rompía el silencio era porque Kokua no podía reprimir más sus
sollozos. Algunas veces rezaban juntos; otras colocaban la botella en el suelo y se
pasaban la velada contemplando los movimientos de la sombra en su interior. En tales
ocasiones tenían miedo de irse a descansar. Tardaba mucho en llegarles el sueño y si
uno de ellos se adormilaba, al despertarse hallaba al otro llorando silenciosamente en
la oscuridad o descubría que estaba solo, porque el otro había huido de la casa y de la
proximidad de la botella para pasear bajo los bananos en el jardín o para vagar por la
playa a la luz de la luna.
Así fue como Kokua se despertó una noche y encontró que Keawe se había
marchado. Tocó la cama y el otro lado del lecho estaba frío. Entonces se asustó,
incorporándose. Un poco de luz de luna se filtraba entre las persianas. Había
suficiente claridad en la habitación para distinguir la botella sobre el suelo. Afuera
soplaba el viento y hacía gemir los grandes árboles de la avenida mientras las hojas
secas batían en la veranda. En medio de todo esto Kokua tomó conciencia de otro
sonido; difícilmente hubiera podido decir si se trababa de un animal o de un hombre,
pero sí que era tan triste como la muerte y que le desgarraba el alma. Kokua se
levantó sin hacer ruido, entreabrió la puerta y contempló el jardín iluminado por la
luna. Allí, bajo los bananos, yacía Keawe con la boca pegada a la tierra y eran sus
labios los que dejaban escapar aquellos gemidos.
La primera idea de Kokua fue ir corriendo a consolarlo; pero enseguida comprendió
que no debía hacerlo. Keawe se había comportado ante su esposa como un hombre
valiente; no estaba bien que ella se inmiscuyera en aquel momento de debilidad. Ante
este pensamiento Kokua retrocedió, volviendo otra vez al interior de la casa.
«¡Qué negligente he sido, Dios mío!», pensó. «¡Qué débil! Es él, y no yo, quien se
enfrenta con la condena eterna; la maldición recayó sobre su alma y no sobre la mía.
Su preocupación por mi bien y su amor por una criatura tan poco digna y tan incapaz
de ayudarle son las causas de que ahora vea tan cerca de sí las llamas del infierno y
hasta huela el humo mientras yace ahí fuera, iluminado por la luna y azotado por el

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viento. ¿Soy tan torpe que hasta ahora nunca se me ha ocurrido considerar cuál es mi
deber, o quizá viéndolo he preferido ignorarlo? Pero ahora, por fin, alzo mi alma en
manos de mi afecto; ahora digo adiós a la blanca escalinata del paraíso y a los rostros
de mis amigos que están allí esperando. ¡Amor por amor y que el mío sea capaz de
igualar al de Keawe! ¡Alma por alma y que la mía perezca!»
Kokua era una mujer con gran destreza manual y enseguida estuvo preparada. Cogió
el cambio, los preciosos céntimos que siempre tenía al alcance de la mano, porque es
una moneda muy poco usada, y habían ido a aprovisionarse a una oficina del
Gobierno. Cuando Kokua avanzaba ya por la avenida, el viento trajo unas nubes que
ocultaron la luna. La ciudad dormía y la muchacha no sabía hacia dónde dirigirse
hasta que oyó una tos que salía de debajo de un árbol.
—Buen hombre —dijo Kokua—, ¿qué hace usted aquí solo en una noche tan fría?
El anciano apenas podía expresarse a causa de la tos, pero Kokua logró enterarse de
que era viejo y pobre, y un extranjero en la isla.
—¿Me haría usted un favor? —dijo Kokua—. De extranjero a extranjera y de anciano
a muchacha, ¿no querrá usted ayudar a una hija de Hawaii?
—Ah —dijo el anciano—. Ya veo que eres la bruja de las Ocho Islas y que también
quieres perder mi alma. Pero he oído hablar de ti y te aseguro que tu perversidad nada
conseguirá contra mí.
—Siéntese aquí —le dijo Kokua—, y déjeme que le cuente una historia.
Y le contó la historia de Keawe desde el principio hasta el fin.
—Y yo soy su esposa —dijo Kokua al terminar—; la esposa que Keawe compró a
cambio de su alma. ¿Qué debo hacer? Si fuera yo misma a comprar la botella, no
aceptaría. Pero si va usted, se la dará gustosísimo; me quedaré aquí esperándole:
usted la comprará por cuatro céntimos y yo se la volveré a comprar por tres. ¡Y que el
Señor dé fortaleza a una pobre muchacha!
—Si trataras de engañarme —dijo el anciano—, creo que Dios te mataría.
—¡Sí que lo haría! —exclamó Kokua—. No le quepa duda. No podría ser tan
malvada. Dios no lo consentiría.
—Dame los cuatro céntimos y espérame aquí —dijo el anciano.
Ahora bien, cuando Kokua se quedó sola en la calle, todo su valor desapareció. El
viento rugía entre los árboles y a ella le parecía que las llamas del infierno estaban ya
a punto de acometerla; las sombras se agitaban a la luz del farol, y le parecían las
manos engarfiadas de los mensajeros del maligno. Si hubiera tenido fuerzas, habría
echado a correr y de no faltarle el aliento habría gritado; pero fue incapaz de hacer
nada y se quedó temblando en la avenida como una niñita muy asustada.
Luego vio al anciano que regresaba trayendo la botella.
—He hecho lo que me pediste —dijo al llegar junto a ella—. Tu marido se ha
quedado llorando como un niño; dormirá en paz el resto de la noche.
Y extendió la mano ofreciéndole la botella a Kokua.
—Antes de dármela —jadeó Kokua— aprovéchese también de lo bueno: pida verse

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libre de su tos.
—Soy muy viejo —replicó el otro—, y estoy demasiado cerca de la tumba para
aceptar favores del demonio. Pero ¿qué sucede? ¿Por qué no coges la botella? ¿Acaso
dudas?
—¡No, no dudo! —exclamó Kokua—. Pero me faltan las fuerzas. Espere un
momento. Es mi mano la que se resiste y mi carne la que se encoge en presencia de
ese objeto maldito. ¡Un momento tan sólo!
El anciano miró a Kokua afectuosamente.
—¡Pobre niña! —dijo—; tienes miedo; tu alma te hace dudar. Bueno, me quedaré yo
con ella. Soy viejo y nunca más conoceré la felicidad en este mundo, y en cuanto al
otro…
—¡Démela! —jadeó Kokua—. Aquí tiene su dinero. ¿Cree que soy tan vil como para
eso? Deme la botella.
—Que Dios te bendiga, hija mía —dijo el anciano.
Kokua ocultó la botella bajo su holoku, se despidió del anciano y echó a andar por la
avenida sin preocuparse de saber en qué dirección. Porque ahora todos los caminos
daban lo mismo; todos la llevaban igualmente al infierno. Unas veces iba andando y
otras corría; unas veces gritaba y otras se tumbaba en el polvo junto al camino y
lloraba. Todo lo que había oído sobre el infierno le volvía ahora a la imaginación;
contemplaba el brillo de las llamas, se asfixiaba con el acre olor del humo y sentía
deshacerse su carne sobre los carbones encendidos.
Poco antes del amanecer consiguió serenarse y volver a casa. Keawe dormía igual
que un niño, tal como el anciano le había asegurado. Kokua se detuvo a contemplar
su rostro.
—Ahora, esposo mío —dijo—, te toca a ti dormir. Cuando despiertes podrás cantar y
reír. Pero la pobre Kokua, que nunca quiso hacer mal a nadie, no volverá a dormir
tranquila, ni a cantar, ni a divertirse.
Después Kokua se tumbó en la cama al lado de Keawe y su dolor era tan grande que
cayó al instante en un sopor profundísimo.
Su esposo se despertó ya avanzada la mañana y le dio la buena noticia. Era como si la
alegría lo hubiera trastornado, porque no se dio cuenta de la aflicción de Kokua, a
pesar de lo mal que ella la disimulaba. Aunque las palabras se le atragantaran, no
tenía importancia; Keawe se encargaba de decirlo todo. A la hora de comer no probó
bocado, pero ¿quién iba a darse cuenta?, porque Keawe no dejó nada en su plato.
Kokua lo veía y le oía como si se tratara de un mal sueño; había veces en que se
olvidaba o dudaba y se llevaba las manos a la frente; porque saberse condenada y
escuchar a su marido hablando sin parar de aquella manera le resultaba demasiado
monstruoso.
Mientras tanto, Keawe comía y charlaba, hacía planes para su regreso a Hawaii, le
daba las gracias a Kokua por haberlo salvado, la acariciaba y le decía que en realidad
el milagro era obra suya. Luego Keawe empezó a reírse del viejo que había sido lo

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suficientemente estúpido como para comprar la botella.
—Parecía un anciano respetable —dijo Keawe—. Pero no se puede juzgar por las
apariencias, porque ¿para qué necesitaría la botella ese viejo réprobo?
—Esposo mío —dijo Kokua humildemente—, su intención puede haber sido buena.
Keawe se echó a reír muy enfadado.
—¡Tonterías! —exclamó acto seguido—. Un viejo pícaro, te lo digo yo; y estúpido
por añadidura. Ya era bien difícil vender la botella por cuatro céntimos, pero por tres
será completamente imposible. Apenas queda margen y todo el asunto empieza a oler
a chamusquina… —dijo Keawe, estremeciéndose—. Es cierto que yo la compré por
un centavo cuando no sabía que hubiera monedas de menos valor. Pero es absurdo
hacer una cosa así; nunca aparecerá otro que haga lo mismo, y la persona que tenga
ahora esa botella se la llevará consigo a la tumba.
—¿No es una cosa terrible, esposo mío —dijo Kokua—, que la salvación propia
signifique la condenación eterna de otra persona? Creo que yo no podría tomarlo a
broma. Creo que me sentiría abatido y lleno de melancolía. Rezaría por el nuevo
dueño de la botella.
Keawe se enfadó aún más al darse cuenta de la verdad que encerraban las palabras de
Kokua.
—¡Tonterías! —exclamó—. Puedes sentirte llena de melancolía si así lo deseas. Pero
no me parece que sea ésa la actitud lógica de una buena esposa. Si pensaras un poco
en mí, tendría que darte vergüenza.
Luego salió y Kokua se quedó sola.
¿Qué posibilidades tenía ella de vender la botella por dos céntimos? Kokua se daba
cuenta de que no tenía ninguna. Y en el caso de que tuviera alguna, ahí estaba su
marido empeñado en devolverla a toda prisa a un país donde no había ninguna
moneda inferior al centavo. Y ahí estaba su marido abandonándola y recriminándola
a la mañana siguiente después de su sacrificio.
Ni siquiera trató de aprovechar el tiempo que pudiera quedarle: se limitó a quedarse
en casa, y unas veces sacaba la botella y la contemplaba con indecible horror y otras
volvía a esconderla llena de aborrecimiento.
A la larga, Keawe terminó por volver y la invitó a dar un paseo en coche.
—Estoy enferma, esposo mío —dijo ella—. No tengo ganas de nada. Perdóname,
pero no me divertiría.
Esto hizo que Keawe se enfadara todavía más con ella, porque creía que le entristecía
el destino del anciano, y consigo mismo, porque pensaba que Kokua tenía razón y se
avergonzaba de ser tan feliz.
—¡Eso es lo que piensas de verdad —exclamó—, y ése es el afecto que me tienes!
¡Tu marido acaba de verse a salvo de la condenación eterna a la que se arriesgó por tu
amor y tú no tienes ganas de nada! Kokua, tu corazón es un corazón desleal.
Keawe volvió a marcharse muy furioso y estuvo vagabundeando todo el día por la
ciudad. Se encontró con unos amigos y estuvieron bebiendo juntos; luego alquilaron

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un coche para ir al campo y allí siguieron bebiendo.
Uno de los que bebían con Keawe era un brutal haole ya viejo que había sido
contramaestre de un ballenero y también prófugo, buscador de oro y presidiario en
varias cárceles. Era un hombre rastrero; le gustaba beber y ver borrachos a los demás;
y se empeñaba en que Keawe tomara una copa tras otra. Muy pronto, a ninguno de
ellos le quedaba más dinero.
—¡Eh, tú! —dijo el contramaestre—, siempre estás diciendo que eres rico. Que tienes
una botella o alguna tontería parecida.
—Sí —dijo Keawe—, soy rico; volveré a la ciudad y le pediré algo de dinero a mi
mujer, que es la que lo guarda.
—Ése no es un buen sistema, compañero —dijo el contramaestre—. Nunca confíes tu
dinero a una mujer. Son todas tan falsas como Judas; no la pierdas de vista.
Aquellas palabras impresionaron mucho a Keawe porque la bebida le había
enturbiado el cerebro.
«No me extrañaría que fuera falsa —pensó—. ¿Por qué tendría que entristecerle tanto
mi liberación? Pero voy a demostrarle que a mí no se me engaña tan fácilmente. La
pillaré in fraganti».
De manera que cuando regresaron a la ciudad, Keawe le pidió al contramaestre que le
esperara en la esquina, junto a la cárcel vieja, y él siguió solo por la avenida hasta la
puerta de su casa. Era otra vez de noche; dentro había una luz, pero no se oía ningún
ruido. Keawe dio la vuelta a la casa, abrió con mucho cuidado la puerta de atrás y
miró dentro.
Kokua estaba sentada en el suelo con la lámpara a su lado; delante había una botella
de color lechoso, con una panza muy redonda y un cuello muy largo; y mientras la
contemplaba, Kokua se retorcía las manos.
Keawe se quedó mucho tiempo en la puerta, mirando. Al principio fue incapaz de
reaccionar; luego tuvo miedo de que la venta no hubiera sido válida y de que la
botella hubiera vuelto a sus manos como le sucediera en San Francisco; y al pensar en
esto notó que se le doblaban las rodillas y los vapores del vino se esfumaron de su
cabeza como la neblina desaparece de un río con los primeros rayos del sol.
Después se le ocurrió otra idea. Era una idea muy extraña e hizo que le ardieran las
mejillas. «Tengo que asegurarme de esto», pensó.
De manera que cerró la puerta, dio la vuelta a la casa y entró de nuevo haciendo
mucho ruido, como si acabara de llegar. Pero cuando abrió la puerta principal ya no
se veía la botella por ninguna parte; y Kokua estaba sentada en una silla y se
sobresaltó como alguien que se despierta.
—He estado bebiendo y divirtiéndome todo el día —dijo Keawe—. He encontrado
unos camaradas muy simpáticos y vengo sólo por más dinero para seguir bebiendo y
corriéndonos la gran juerga.
Tanto su rostro como su voz eran tan severos como los de un juez, pero Kokua estaba
demasiado preocupada para darse cuenta.

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—Haces muy bien en usar de tu dinero, esposo mío —dijo ella con voz temblorosa.
—Ya sé que hago bien en todo —dijo Keawe, yendo directamente hacia el baúl y
cogiendo el dinero. También miró detrás, en el rincón donde guardaba la botella, pero
la botella no estaba allí.
Entonces el baúl empezó a moverse como un alga marina y la casa a dilatarse como
una espiral de humo, porque Keawe comprendió que estaba perdido, y que no le
quedaba ninguna escapatoria. «Es lo que me temía —pensó—. Es ella la que ha
comprado la botella».
Luego se recobró un poco, alzándose de nuevo; pero el sudor le corría por la cara tan
abundante como si se tratara de gotas de lluvia y tan frío como si fuera agua de pozo.
—Kokua —dijo Keawe—, esta mañana me he enfadado contigo sin razón alguna.
Ahora voy otra vez a divertirme con mis compañeros —añadió, riendo sin mucho
entusiasmo—. Pero sé que lo pasaré mejor si me perdonas antes de marcharme.
Un momento después Kokua estaba agarrada a sus rodillas y se las besaba mientras
ríos de lágrimas corrían por sus mejillas.
—¡Sólo quería que me dijeras una palabra amable! —exclamó ella.
—Ojalá nunca volvamos a pensar mal el uno del otro —dijo Keawe; acto seguido
volvió a marcharse.
Keawe no había cogido más dinero que parte de la provisión de monedas de un
céntimo que consiguieran nada más llegar. Sabía muy bien que no tenía ningún deseo
de seguir bebiendo.
Puesto que su mujer había dado su alma por él, Keawe tenía ahora que dar la suya por
Kokua; no era posible pensar en otra cosa.
En la esquina, junto a la cárcel vieja, le esperaba el contramaestre.
—Mi mujer tiene la botella —dijo Keawe—, y si no me ayudas a recuperarla, se
habrán acabado el dinero y la bebida por esta noche.
—¿No querrás decirme que esa historia de la botella va en serio? —exclamó el
contramaestre.
—Pongámonos bajo el farol —dijo Keawe—. ¿Tengo aspecto de estar bromeando?
—Debe de ser cierto —dijo el contramaestre—, porque estás tan serio como si
vinieras de un entierro.
—Escúchame, entonces —dijo Keawe—; aquí tienes dos céntimos; entra en la casa y
ofréceselos a mi mujer por la botella, y (si no estoy equivocado) te la entregará
inmediatamente. Tráemela aquí y yo te la volveré a comprar por un céntimo; porque
tal es la ley con esa botella: es preciso venderla por una suma inferior a la de la
compra. Pero en cualquier caso no le digas una palabra de que soy yo quien te envía.
—Compañero, ¿no te estarás burlando de mí? —quiso saber el contramaestre.
—Nada malo te sucedería aunque fuera así —respondió Keawe.
—Tienes razón, compañero —dijo el contramaestre.
—Y si dudas de mí —añadió Keawe— puedes hacer la prueba. Tan pronto como
salgas de la casa, no tienes más que desear que se te llene el bolsillo de dinero, o una

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botella del mejor ron o cualquier otra cosa que se te ocurra y comprobarás enseguida
el poder de la botella.
—Muy bien, kanaka —dijo el contramaestre—. Haré la prueba; pero si te estás
divirtiendo a costa mía, te aseguro que yo me divertiré después a la tuya con una
barra de hierro.
De manera que el ballenero se alejó por la avenida; y Keawe se quedó esperándolo.
Era muy cerca del sitio donde Kokua había esperado la noche anterior; pero Keawe
estaba más decidido y no tuvo un solo momento de vacilación; sólo su alma estaba
llena del amargor de la desesperación.
Le pareció que llevaba ya mucho rato esperando cuando oyó que alguien se acercaba,
cantando por la avenida todavía a oscuras. Reconoció enseguida la voz del
contramaestre; pero era extraño que repentinamente diera la impresión de estar
mucho más borracho que antes.
El contramaestre en persona apareció poco después, tambaleándose, bajo la luz del
farol. Llevaba la botella del diablo dentro de la chaqueta y otra botella en la mano; y
aún tuvo tiempo de llevársela a la boca y echar un trago mientras cruzaba el círculo
iluminado.
—Ya veo que la has conseguido —dijo Keawe.
—¡Quietas las manos! —gritó el contramaestre, dando un salto hacia atrás—. Si te
acercas un paso más te parto la boca. Creías que ibas a poder utilizarme, ¿no es
cierto?
—¿Qué significa esto? —exclamó Keawe.
—¿Qué significa? —repitió el contramaestre—. Que esta botella es una cosa
extraordinaria, ya lo creo que sí; eso es lo que significa. Cómo la he conseguido por
dos céntimos es algo que no sabría explicar; pero sí estoy seguro de que no te la voy a
dar por uno.
—¿Quieres decir que no la vendes? —jadeó Keawe.
—¡Claro que no! —exclamó el contramaestre—. Pero te dejaré echar un trago de ron,
si quieres.
—Has de saber —dijo Keawe— que el hombre que tiene esa botella terminará en el
infierno.
—Calculo que voy a ir a parar allí de todas formas —replicó el marinero—; y esta
botella es la mejor compañía que he encontrado para ese viaje. ¡No, señor! —
exclamó de nuevo—; esta botella es mía ahora y ya puedes ir buscándote otra.
—¿Es posible que sea verdad todo esto? —exclamó Keawe—. ¡Por tu propio bien, te
lo ruego, véndemela!
—No me importa nada lo que digas —replicó el contramaestre—. Me tomaste por
tonto y ya ves que no lo soy; eso es todo. Si no quieres un trago de ron me lo tomaré
yo. ¡A tu salud y que pases buena noche!
Y acto seguido continuó andando, camino de la ciudad; y con él también la botella
desaparece de esta historia.

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Pero Keawe corrió a reunirse con Kokua con la velocidad del viento; y grande fue su
alegría aquella noche; y grande, desde entonces, ha sido la paz que colma todos sus
días en la Casa Resplandeciente.
Apia, Upolu, Islas de Samoa, 1889

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Markheim
—Sí —dijo el anticuario—, nuestras buenas oportunidades son de varias clases.
Algunos clientes no saben lo que me traen, y en ese caso percibo un dividendo en
razón de mis mayores conocimientos. Otros no son honrados —y aquí levantó la vela,
de manera que su luz iluminó con más fuerza las facciones del visitante—, y en ese
caso —continuó— recojo el beneficio debido a mi integridad.
Markheim acababa de entrar, procedente de las calles soleadas, y sus ojos no se
habían acostumbrado aún a la mezcla de brillos y oscuridades del interior de la
tienda. Aquellas palabras mordaces y la proximidad de la llama le obligaron a cerrar
los ojos y a torcer la cabeza.
El anticuario rió entre dientes.
—Viene usted a verme el día de Navidad —continuó—, cuando sabe que estoy solo
en mi casa, con los cierres echados y que tengo por norma no hacer negocios en esas
circunstancias. Tendrá usted que pagar por ello; también tendrá que pagar por el
tiempo que pierda, puesto que yo debería estar cuadrando mis libros; y tendrá que
pagar, además, por la extraña manera de comportarse que tiene usted hoy. Soy un
modelo de discreción y no hago preguntas embarazosas; pero cuando un cliente no es
capaz de mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello.
El anticuario rió una vez más entre dientes; y luego, volviendo a su voz habitual para
tratar de negocios, pero todavía con entonación irónica, continuó:
—¿Puede usted explicar, como de costumbre, de qué manera ha llegado a su poder el
objeto en cuestión? ¿Procede también del gabinete de su tío? ¡Un coleccionista
excepcional, desde luego!
Y el anticuario, un hombrecillo pequeño y de hombros caídos, se le quedó mirando
casi de puntillas, por encima de sus lentes de montura dorada, moviendo la cabeza
con expresión de total incredulidad. Markheim le devolvió la mirada con otra de
infinita compasión en la que no faltaba una sombra de horror.
—Esta vez —dijo— está usted equivocado. No vengo a vender, sino a comprar. Ya
no dispongo de ningún objeto: del gabinete de mi tío sólo queda el revestimiento de
las paredes; pero aunque estuviera intacto, mi buena fortuna en la Bolsa me
empujaría más bien a ampliarlo. El motivo de mi visita es bien sencillo. Busco un
regalo de Navidad para una dama —continuó, creciendo en elocuencia al enlazar con
la justificación que traía preparada—, y tengo que presentar mis excusas por
molestarle para una cosa de tan poca importancia. Pero ayer me descuidé y esta noche
debo hacer entrega de mi pequeño obsequio; y, como sabe usted perfectamente, el
matrimonio con una mujer rica es algo que no debe despreciarse.
A esto siguió una pausa, durante la cual el anticuario pareció sopesar incrédulamente
aquella afirmación. El tic-tac de muchos relojes entre los curiosos muebles de la
tienda, y el rumor de los cabriolés en la cercana calle principal, llenaron el silencioso
intervalo.

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—De acuerdo, señor —dijo el anticuario—, como usted diga. Después de todo es
usted un viejo cliente; y si, como dice, tiene la oportunidad de hacer un buen
matrimonio, no seré yo quien le ponga obstáculos. Aquí hay algo muy adecuado para
una dama —continuó—, este espejo de mano, del siglo XV, garantizado; también
procede de una buena colección, pero me reservo el nombre por discreción hacia mi
cliente, que como usted, mi querido señor, era el sobrino y único heredero de un
notable coleccionista.
El anticuario, mientras seguía hablando con voz fría y sarcástica, se detuvo para
coger un objeto; y, mientras lo hacía, Markheim sufrió un sobresalto, una repentina
crispación de muchas pasiones tumultuosas que se abrieron camino hasta su rostro.
Pero su turbación desapareció tan rápidamente como se había producido, sin dejar
otro rastro que un leve temblor en la mano que recibía el espejo.
—Un espejo —dijo con voz ronca; luego hizo una pausa y repitió la palabra con más
claridad—. ¿Un espejo? ¿Para Navidad? Usted bromea.
—¿Y por qué no? —exclamó el anticuario—. ¿Por qué un espejo no?
Markheim lo contemplaba con una expresión indefinible.
—¿Y usted me pregunta por qué no? —dijo—. Basta con que mire aquí…, mírese en
él… ¡Véase usted mismo! ¿Le gusta lo que ve? ¡No! A mí tampoco me gusta… ni a
ningún hombre.
El hombrecillo se había echado para atrás cuando Markheim le puso el espejo delante
de manera tan repentina; pero al descubrir que no había ningún otro motivo de
alarma, rió de nuevo entre dientes.
—La madre naturaleza no debe de haber sido muy liberal con su futura esposa, señor
—dijo el anticuario.
—Le pido —replicó Markheim— un regalo de Navidad y me da usted esto: un
maldito recordatorio de años, de pecados, de locuras… ¡una conciencia de mano!
¿Era ésa su intención? ¿Pensaba usted en algo concreto? Dígamelo. Será mejor que lo
haga. Vamos, hábleme de usted. Voy a arriesgarme a hacer la suposición de que en
secreto es usted un hombre muy caritativo.
El anticuario examinó detenidamente a su interlocutor. Resultaba muy extraño,
porque Markheim no daba la impresión de estar riéndose; había en su rostro algo así
como un ansioso chispazo de esperanza, pero ni el menor asomo de hilaridad.
—¿A qué se refiere? —preguntó el anticuario.
—¿No es caritativo? —replicó el otro sombríamente—. Sin caridad; impío; sin
escrúpulos; no quiere a nadie y nadie le quiere; una mano para coger el dinero y una
caja fuerte para guardarlo. ¿Es eso todo? ¡Santo cielo, buen hombre! ¿Es eso todo?
—Voy a decirle lo que es en realidad —empezó el anticuario con voz cortante, que
acabó de nuevo con una risa entre dientes—. Ya veo que se trata de un matrimonio de
amor, y que ha estado usted bebiendo a la salud de su dama.
—¡Ah! —exclamó Markheim, con extraña curiosidad—. ¿Ha estado usted
enamorado? Hábleme de ello.

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—Yo —exclamó el anticuario—, ¿enamorado? Nunca he tenido tiempo, ni lo tengo
ahora para oír todas estas tonterías. ¿Va usted a llevarse el espejo?
—¿Por qué tanta prisa? —replicó Markheim—. Es muy agradable estar aquí
hablando; y la vida es tan breve y tan insegura que no quisiera apresurarme a agotar
ningún placer; no, ni siquiera uno con tan poca entidad como éste. Es mejor
agarrarse, agarrarse a lo poco que esté a nuestro alcance, como un hombre al borde de
un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si se piensa en ello; un precipicio de
una milla de altura; lo suficientemente alto para destruir, si caemos, hasta nuestra
última traza de humanidad. Por eso es mejor que hablemos con calma. Hablemos de
nosotros mismos: ¿por qué tenemos que llevar esta máscara? Hagámonos
confidencias. ¡Quién sabe, hasta es posible que lleguemos a ser amigos!
—Sólo tengo una cosa que decirle —respondió el anticuario—. ¡Haga usted su
compra o váyase de mi tienda!
—Es cierto, es cierto —dijo Markheim—. Ya está bien de bromas. Los negocios son
los negocios. Enséñeme alguna otra cosa.
El anticuario se agachó de nuevo, esta vez para dejar el espejo en la estantería, y sus
finos cabellos rubios le cubrieron los ojos mientras lo hacía. Markheim se acercó a él
un poco más, con una mano en el bolsillo de su abrigo; se irguió, llenándose de aire
los pulmones; al mismo tiempo muchas emociones diferentes aparecieron juntas en
su rostro: terror y decisión, fascinación y repulsión física; y mediante un extraño
fruncimiento del labio superior, enseñó los dientes.
—Esto, quizá, resulte adecuado —hizo notar el anticuario; y mientras se incorporaba,
Markheim saltó desde detrás sobre su víctima. La estrecha daga brilló un momento
antes de caer. El anticuario forcejeó como una gallina, se dio un golpe en la sien con
la repisa y luego se desplomó sobre el suelo como un rebuño de trapos.
El tiempo hablaba por un sinfín de voces apenas audibles en aquella tienda; había
otras solemnes y lentas como correspondía a sus muchos años; y aun algunas
parlanchinas y apresuradas. Todas marcaban los segundos en un intrincado coro de
tic-tacs. Luego, el ruido de los pies de un muchacho, corriendo pesadamente sobre la
acera, irrumpió entre el conjunto de voces, devolviendo a Markheim la conciencia de
lo que tenía alrededor. Contempló la tienda lleno de pavor. La vela seguía sobre el
mostrador, y su llama se agitaba solemnemente debido a una corriente de aire; y por
aquel movimiento insignificante, la habitación entera se llenaba de silenciosa
agitación, subiendo y bajando como las olas del mar; las sombras alargadas
cabeceaban, las densas manchas de oscuridad se dilataban y contraían como si
respirasen, los rostros de los retratos y los dioses de porcelana cambiaban y
ondulaban como imágenes sobre el agua. La puerta interior seguía entreabierta y
escudriñaba el confuso montón de sombras con una larga rendija de luz semejante a
un índice extendido.
De aquellas aterrorizadas ondulaciones los ojos de Markheim se volvieron hacia el
cuerpo de la víctima, que yacía encogido y desparramado al mismo tiempo;

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increíblemente pequeño y, cosa extraña, más mezquino aún que en vida. Con aquellas
pobres ropas de avaro, en aquella desgarbada actitud, el anticuario yacía como si no
fuera más que un montón de serrín. Markheim había temido mirarlo y he aquí que no
era nada. Y sin embargo, mientras lo contemplaba, aquel montón de ropa vieja y
aquel charco de sangre empezaron a expresarse con voces elocuentes. Allí tenía que
quedarse; no había nadie que hiciera funcionar aquellas articulaciones o que pudiera
dirigir el milagro de su locomoción: allí tenía que seguir hasta que lo encontraran. Y
¿cuando lo encontrarán? Entonces, su carne muerta lanzaría un grito que resonaría
por toda Inglaterra y llenaría el mundo con los ecos de la persecución. Muerto o vivo
aquello seguía siendo el enemigo. «El tiempo era el enemigo cuando faltaba la
inteligencia», pensó; y la primera palabra se quedó grabada en su mente. El tiempo,
ahora que el crimen había sido cometido; el tiempo, que había terminado para la
víctima, se había convertido en perentorio y trascendental para el asesino.
Aún seguía pensando en esto cuando, primero uno y luego otro, con los ritmos y las
voces más variadas —una tan profunda como la campana de una catedral, otra
esbozando con sus notas agudas el preludio de un vals—, los relojes empezaron a dar
las tres.
El repentino desatarse de tantas lenguas en aquella cámara silenciosa le desconcertó.
Empezó a ir de un lado para otro con la vela, acosado por sombras en movimiento,
sobresaltado en lo más vivo por reflejos casuales. En muchos lujosos espejos, algunos
de estilo inglés, otros de Venecia o Amsterdam, vio su cara repetida una y otra vez,
como si se tratara de un ejército de espías; sus mismos ojos detectaban su presencia; y
el sonido de sus propios pasos, aunque anduviera con cuidado, turbaba la calma
circundante. Y todavía, mientras continuaba llenándose los bolsillos, su mente le
hacía notar con odiosa insistencia los mil defectos de su plan. Tendría que haber
elegido una hora más tranquila; haber preparado una coartada; no debería haber
usado un cuchillo; tendría que haber sido más cuidadoso y atar y amordazar sólo al
anticuario en lugar de matarlo; o, mejor, ser aún más atrevido y matar también a la
criada; tendría que haberlo hecho todo de manera distinta; intensos remordimientos,
vanos y tediosos esfuerzos de la mente para cambiar lo incambiable, para planear lo
que ya no servía de nada, para ser el arquitecto del pasado irrevocable. Mientras
tanto, y detrás de toda esta actividad, terrores primitivos, como un escabullirse de
ratas en un ático desierto, llenaban de agitación las más remotas cámaras de su
cerebro; la mano del policía caería pesadamente sobre su hombro y sus nervios se
estremecerían como un pez cogido en el anzuelo; o presenciaba, en desfile galopante,
el arresto, la prisión, la horca y el negro ataúd.
El terror a los habitantes de la calle bastaba para que su imaginación los percibiera
como un ejército sitiador. Era imposible, pensó, que algún rumor del forcejeo no
hubiera llegado a sus oídos, despertando su curiosidad; y ahora, en todas las casas
vecinas, adivinaba a sus ocupantes inmóviles, al acecho de cualquier rumor: personas
solitarias, condenadas a pasar la Navidad sin otra compañía que los recuerdos del

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pasado y ahora forzadas a abandonar tan melancólica tarea; alegres grupos de
familiares, repentinamente silenciosos alrededor de la mesa, la madre aún con un
dedo levantado; personas de distintas categorías, edades y estados de ánimo, pero
todos, dentro de su corazón, curioseando y prestando atención y tejiendo la soga que
habría de ahorcarle. A veces le parecía que no era capaz de moverse con la suficiente
suavidad; el tintineo de las altas copas de Bohemia parecía un redoblar de campanas;
y, alarmado por la intensidad de los tic-tac, sentía la tentación de parar todos los
relojes. Luego, con una rápida transformación de sus terrores, el mismo silencio de la
tienda le parecía una fuente de peligro, algo capaz de sorprender y asustar a los que
pasaran por la calle; y entonces andaba con más energía y se movía entre los objetos
de la tienda imitando, jactanciosamente, los movimientos de un hombre ocupado, en
el sosiego de su propia casa.
Pero estaba tan dividido entre sus diferentes miedos que mientras una proporción de
su mente seguía alerta y haciendo planes otra temblaba al borde de la locura. Una
particular alucinación había conseguido tomar fuerte arraigo. El vecino escuchando
con rostro lívido junto a la ventana, el viandante detenido en la acera por una horrible
conjetura, podían sospechar, pero no saber; a través de las paredes de ladrillo y de las
ventanas cerradas sólo pasaban los sonidos. Pero allí, dentro de la casa, ¿estaba solo?
Sabía que sí; había visto salir a la criada en busca de su novio, humildemente
engalanada y con un “voy a pasar el día fuera” escrito en cada lazo y en cada sonrisa.
Sí, estaba solo, por supuesto; y, sin embargo, en la casa vacía que se alzaba por
encima de él, oía con toda claridad un leve ruido de pasos…, era consciente,
inexplicablemente consciente, de una presencia. Efectivamente su imaginación era
capaz de seguirla por cada habitación y cada rincón de la casa; a veces era una cosa
sin rostro que tenía, sin embargo, ojos para ver; otras, una sombra de sí mismo; luego
la presencia cambiaba, convirtiéndose en la imagen del anticuario muerto,
revivificada por la astucia y el odio.
A veces, haciendo un gran esfuerzo, miraba hacia la puerta entreabierta que aún
conservaba un extraño poder de repulsión. La casa era alta, la claraboya pequeña y
cubierta de polvo, el día casi inexistente en razón de la niebla; y la luz que se filtraba
hasta el piso bajo débil en extremo, capaz apenas de iluminar el umbral de la tienda.
Y, sin embargo, en aquella franja de dudosa claridad, ¿no temblaba una sombra?
Repentinamente, desde la calle, un caballero muy jovial empezó a llamar con su
bastón a la puerta de la tienda, acompañando los golpes con gritos y bromas en las
que se hacían continuas referencias al anticuario, llamándolo por su nombre de pila.
Markheim, convertido en estatua de hielo, lanzó una mirada al muerto. Pero no había
nada que temer: seguía tumbado, completamente inmóvil; había huido a un sitio
donde ya no podía escuchar aquellos golpes y aquellos gritos; se había hundido bajo
mares de silencio; y su nombre, que en otro tiempo fuera capaz de atraer su atención
en medio del fragor de la tormenta, se había convertido en un sonido vacío. Y en
seguida el jovial caballero renunció a llamar y se alejó calle adelante.

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Aquello era una clara insinuación de que convenía apresurar lo que faltaba por hacer;
que convenía marcharse de aquel barrio acusador, sumergirse en el baño de las
multitudes londinenses y alcanzar, al final del día, aquel puerto de salvación y de
aparente inocencia que era su cama. Había aparecido un visitante: en cualquier
momento podía aparecer otro y ser más obstinado. Haber cometido el crimen y no
recoger los frutos sería un fracaso demasiado atroz. La preocupación de Markheim en
aquel momento era el dinero; y como medio para llegar hasta él, las llaves.
Miró por encima del hombro hacia la puerta entreabierta, donde aún permanecía la
sombra temblorosa; y sin conciencia de ninguna repugnancia mental, pero con un
peso en el estómago, Markheim se acercó al cuerpo de su víctima. Los rasgos
humanos característicos habían desaparecido completamente. Era como un traje
relleno a medias de serrín, con las extremidades desparramadas, y el tronco doblado;
y sin embargo conseguía provocar su repulsión. A pesar de su pequeñez y de su falta
de lustre, Markheim temía que recobrara realidad al tocarlo. Cogió el cuerpo por los
hombros para ponerlo boca arriba. Resultaba extrañamente ligero y flexible, y las
extremidades, como si estuvieran rotas, se colocaban en las más extrañas posturas. El
rostro había quedado desprovisto de toda expresión; pero estaba tan pálido como la
cera, y con una mancha de sangre en la sien. Esta circunstancia resultó muy
desagradable para Markheim. Le hizo volver al pasado de manera instantánea; a
cierto día de feria en una aldea de pescadores; a un día gris, con una suave brisa; a
una calle llena de gente, al sonido estridente de las trompetas, al redoblar de los
tambores, y a la voz nasal de un cantante de baladas; y a un muchacho que iba y
venía sepultado bajo la multitud y dividido entre la curiosidad y el miedo, hasta que,
alejándose de la zona más concurrida, se encontró con una caseta y un gran cartel con
diferentes escenas, atrozmente dibujadas y peor coloreadas: Brownrigg y su aprendiz;
los Mannig con su huésped asesinado; Weare en el momento de su muerte a manos de
Thurtell; y una veintena más de crímenes famosos. Lo veía con tanta claridad como si
fuera un espejismo; Markheim era de nuevo aquel niño; miraba una vez más, con la
misma sensación física de náusea, aquellas horribles pinturas; todavía estaba atontado
por el redoblar de los tambores. Un compás de la música de aquel día le vino a la
memoria; y ante aquello, por primera vez, se sintió acometido de escrúpulos,
experimentó una sensación de mareo y una repentina debilidad en las articulaciones,
y tuvo que hacer un esfuerzo para resistir y vencerlas.
Juzgó más prudente enfrentarse con aquellas consideraciones que huir de ellas;
contemplar con toda fijeza el rostro muerto y obligar la mente a darse cuenta de la
naturaleza e importancia de su crimen. Hacía tan poco tiempo que aquel rostro había
expresado los más variados sentimientos, que aquella boca había hablado, que aquel
cuerpo se había encendido con energías encaminadas hacia una meta; y ahora, y por
obra suya, aquel pedazo de vida se había detenido, como el relojero, interponiendo un
dedo, detiene el latir del reloj. Así razonaba en vano; no conseguía sentir más
remordimientos; el mismo corazón que se había encogido ante las pintadas efigies del

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crimen, contemplaba indiferente su realidad. En el mejor de los casos, sentía un poco
de piedad por uno que había poseído en vano todas esas facultades que pueden hacer
del mundo un jardín encantado; uno que nunca había vivido y que ahora estaba ya
muerto. Pero de contricción, nada; ni el más leve rastro.
Con esto, después de apartar de sí aquellas consideraciones, encontró las llaves y se
dirigió hacia la puerta entreabierta. En el exterior todavía llovía con fuerza; y el ruido
del agua sobre el tejado había roto el silencio. Al igual que una cueva con goteras, las
habitaciones de la casa estaban llenas de un eco incesante que llenaba los oídos y se
mezclaba con el tic-tac de los relojes. Y, a medida que Markheim se acercaba a la
puerta, le pareció oír, en respuesta a su cauteloso caminar, los pasos de otros pies que
se retiraban escaleras arriba. La sombra todavía palpitaba en el umbral. Markheim
hizo un esfuerzo supremo para dar confianza a sus músculos y abrió la puerta de par
en par.
La débil y neblinosa luz del día iluminaba apenas el suelo desnudo, las escaleras, la
brillante armadura colocada, alabarda en mano, en un extremo del descansillo, y los
relieves en madera oscura y los cuadros que colgaban de los paneles amarillos del
revestimiento. Era tan fuerte el golpear de la lluvia por toda la casa que, en los oídos
de Markheim, empezó a diferenciarse en muchos sonidos diversos. Pasos y suspiros,
el ruido de un regimiento marchando a lo lejos, el tintineo de monedas al contarlas, el
chirriar de puertas cautelosamente entreabiertas, parecían mezclarse con el repiqueteo
de las gotas sobre la cúpula y con el gorgoteo de los desagües.
La sensación de que no estaba solo creció dentro de él hasta llevarlo al borde de la
locura. Por todos lados se veía acechado y cercado por aquellas presencias. Las oía
moverse en las habitaciones altas; oía levantarse en la tienda al anticuario; y cuando
empezó, haciendo un gran esfuerzo, a subir las escaleras, sintió pasos que huían
silenciosamente delante de él y otros que le seguían cautelosamente. Si estuviera
sordo, pensó Markheim, ¡qué fácil le sería conservar la calma! Y en seguida, y
escuchando con atención siempre renovada, se felicitó a sí mismo por aquel sentido
infatigable que mantenía alerta a las avanzadillas y era un fiel centinela encargado de
proteger su vida. Markheim giraba la cabeza continuamente; sus ojos, que parecían
salírsele de las órbitas, exploraban por todas partes, y en todas partes se veían
recompensados a medias con la cola de algún ser innominado que se desvanecía. Los
veinticuatro escalones hasta el primer piso fueron otras tantas agonías.
En el primer piso las puertas estaban entornadas; tres puertas como tres emboscadas,
haciéndole estremecerse como si fueran bocas de cañón. Nunca más, pensó, podría
sentirse suficientemente protegido contra los observadores ojos de los hombres;
anhelaba estar en su casa, rodeado de paredes, hundido entre las ropas de la cama, e
invisible a todos menos a Dios. Y ante aquel pensamiento se sorprendió un poco,
recordando historias de otros criminales y del miedo que, según contaban, sentían
ante la idea de un vengador celestial. No sucedía así, al menos, con él. Markheim
temía las leyes de la naturaleza, no fuera que en su indiferente e inmutable proceder

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conservaran alguna prueba concluyente de su crimen. Temía diez veces más, con un
terror supersticioso y abyecto, algún corte en la continuidad de la experiencia
humana, alguna caprichosa ilegalidad de la naturaleza. El suyo era un juego de
habilidad, que dependía de reglas, que calculaba las consecuencias a partir de una
causa; y ¿qué pasaría si la naturaleza, de la misma manera que el tirano derrotado
volcó el tablero del ajedrez, rompiera el molde de su concatenación? Algo parecido le
había sucedido a Napoleón (al menos eso decían los escritores) cuando el invierno
cambió el momento de su aparición. Lo mismo podía sucederle a Markheim; las
sólidas paredes podían volverse transparentes y revelar sus acciones como las
colmenas de cristal revelan las de las abejas; las recias tablas podían ceder bajo sus
pies como arenas movedizas, reteniéndolo en su poder; y existían accidentes
perfectamente posibles capaces de destruirlo; así, por ejemplo, la casa podía
derrumbarse y aprisionarlo junto al cuerpo de su víctima; o podía arder la casa vecina
y verse rodeado de bomberos por todas partes. Estas cosas le inspiraban miedo; y, en
cierta manera, a esas cosas se las podía considerar como la mano de Dios extendida
contra el pecado. Pero en cuanto a Dios mismo, Markheim se sentía tranquilo; la
acción cometida por él era sin duda excepcional, pero también lo eran sus excusas,
que Dios conocía; era en ese tribunal, y no entre los hombres, donde estaba seguro de
alcanzar justicia.
Después de llegar sano y salvo a la sala y de cerrar la puerta tras de sí, Markheim se
dio cuenta de que iba a disfrutar de un descanso después de tantos motivos de alarma.
La habitación estaba completamente desmantelada, sin alfombra por añadidura, con
muebles descabalados y cajas de embalaje esparcidos aquí y allá; había varios espejos
de cuerpo entero en los que podía verse desde diferentes ángulos, como un actor
sobre un escenario; muchos cuadros, enmarcados o sin enmarcar, de espaldas contra
la pared; un elegante aparador Sheraton, un armario de marquetería, y una gran cama
antigua, con dosel. Las ventanas se abrían hasta el suelo, pero afortunadamente la
parte inferior de los postigos estaba cerrada, y esto le ocultaba de los vecinos.
Markheim procedió entonces a colocar una de las cajas de embalaje delante del
armario y empezó a buscar entre las llaves. Era una tarea larga, porque había muchas,
y molesta por añadidura; después de todo, podía no haber nada en el armario y el
tiempo pasaba volando. Pero el ocuparse de una tarea tan concreta sirvió para que se
serenara. Con el rabillo del ojo veía la puerta: de cuando en cuando miraba hacia ella
directamente, de la misma manera que al comandante de una plaza sitiada le gusta
comprobar por sí mismo el buen estado de sus defensas. Pero en realidad estaba
tranquilo. El ruido de la lluvia que caía en la calle resultaba perfectamente normal y
agradable.
En seguida, al otro lado, alguien empezó a arrancar notas de un piano hasta formar la
música de un himno, y las voces de muchos niños se le unieron para cantar la letra.
¡Qué majestuosa y tranquilizadora era la melodía! ¡Qué agradables las voces
juveniles! Markheim las escuchó sonriendo, mientras revisaba las llaves; y su mente

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se llenó de imágenes e ideas en correspondencia con aquella música; niños camino de
la iglesia mientras resonaba el órgano; niños en el campo, unos bañándose en el río,
otros vagabundeando por el prado o haciendo volar sus cometas por un cielo cubierto
de nubes empujadas por el viento; y después, al cambiar el ritmo de la música, otra
vez en la iglesia, con la somnolencia de los domingos de verano, la voz aguda y un
tanto afectada del párroco (que le hizo sonreír al recordarla), las tumbas del período
jacobino, y el texto de los Diez Mandamientos grabado en el presbiterio con
caracteres ya apenas visibles.
Y mientras estaba así sentado, distraído y ocupado al mismo tiempo, algo le
sobresaltó, haciéndole ponerse en pie. Tuvo una sensación como de hielo, y luego un
calor insoportable; le pareció que el corazón iba a estallarle dentro del pecho y
finalmente se quedó inmóvil, temblando de horror. Alguien subía la escalera con
pasos lentos, pero firmes; en seguida una mano se posó sobre el picaporte, la
cerradura emitió un suave chasquido y la puerta se abrió.
El miedo tenía a Markheim atenazado. No sabía qué esperar: si al muerto redivivo, o
a los enviados oficiales de la justicia humana, o a algún testigo casual que, sin
saberlo, estaba a punto de entregarlo a la horca. Pero cuando el rostro que apareció en
la abertura recorrió la habitación con la vista, lo miró, hizo una inclinación de cabeza,
sonrió como si reconociera en él a un amigo, retrocedió de nuevo y cerró la puerta
tras de sí, Markheim fue incapaz de controlar su miedo y dejó escapar un grito
ahogado. Al oírlo, el visitante volvió a entrar.
—¿Me llamaba? —preguntó con gesto cordial; y con esto, introdujo todo el cuerpo
en la habitación y cerró de nuevo la puerta.
Markheim lo contempló con la mayor atención imaginable. Quizá su vista tropezaba
con algún obstáculo, porque la silueta del recién llegado parecía modificarse y
ondular como la de los ídolos de la tienda bajo la luz vacilante de la vela; a veces le
parecía reconocerlo; a veces le daba la impresión de parecerse a él; y a cada
momento, como un peso intolerable, crecía en su pecho la convicción de que aquel
ser no procedía ni de la tierra ni de Dios.
Y sin embargo aquella criatura tenía un extraño aire de persona corriente mientras
miraba a Markheim sin dejar de sonreír; y después, cuando añadió:
«¿Está usted buscando el dinero, no es cierto?», lo hizo con un tono cortés que nada
tenía de extraordinario.
Markheim no contestó.
—Debo advertirle —continuó el otro— que la criada se ha separado de su novio
antes de lo habitual y que no tardará mucho en estar de vuelta. Si se encontrara el
señor Markheim en esta casa, no necesito describirle las consecuencias.
—¿Me conoce usted? —exclamó el asesino.
El visitante sonrió.
—Hace mucho que es usted uno de mis preferidos —dijo—; le he venido observando
durante todo este tiempo y he deseado ayudarle con frecuencia.

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—¿Quién es usted? —exclamó Markheim—: ¿el Demonio?
—Lo que yo pueda ser —replicó el otro— no afecta para nada al servicio que me
propongo prestarle.
—¡Sí que le afecta! —exclamó Markheim—, ¡claro que sí! ¿Ser ayudado por usted?
¡No, nunca, no por usted! ¡Todavía no me conoce, gracias a Dios, todavía no!
—Le conozco —replicó el visitante, con tono severo o más bien firme—. Conozco
hasta sus más íntimos pensamientos.
—¡Me conoce! —exclamó Markheim—. ¿Quién puede conocerme? Mi vida no es
más que una parodia y una calumnia contra mí mismo. He vivido para contradecir mi
naturaleza. Todos los hombres lo hacen; todos son mejores que este disfraz que va
creciendo y acaba asfixiándolos. La vida se los lleva a todos a rastras, como si un
grupo de malhechores se hubiera apoderado de ellos y acallara sus gritos a la fuerza.
Si no hubieran perdido el control…, si se les pudiera ver la cara, serían
completamente diferentes, ¡resplandecerían como héroes y como santos! Yo soy peor
que la mayoría; mi ser auténtico está más oculto; mis razones sólo las conocemos
Dios y yo. Pero, si tuviera tiempo, podría mostrarme tal como soy.
—¿Ante mí? —preguntó el visitante.
—Sobre todo ante usted —replicó el asesino—. Le suponía inteligente. Pensaba,
puesto que existe, que resultaría capaz de leer los corazones. Y, sin embargo, ¡se
propone juzgarme por mis actos! Piense en ello; ¡mis actos! Nací y he vivido en una
tierra de gigantes; gigantes que me arrastran, cogido por las muñecas, desde que salí
del vientre de mi madre: los gigantes de las circunstancias. ¡Y usted va a juzgarme
por mis actos! ¿No es capaz de mirar en mi interior? ¿No comprende que el mal me
resulta odioso? ¿No ve usted cómo la conciencia escribe dentro de mí con caracteres
muy precisos, nunca borrados por sofismas caprichosos, pero sí frecuentemente
desobedecidos? ¿No me reconoce usted como algo seguramente tan común como la
misma humanidad: el pecador que no quiere serlo?
—Se expresa usted con mucho sentimiento —fue la respuesta—, pero todo eso no me
concierne. Esas razones quedan fuera de mi competencia, y no me interesan en
absoluto los apremios por los que se ha visto usted arrastrado; tan sólo que le han
llevado en la dirección correcta. Pero el tiempo pasa; la criada se retrasa mirando las
gentes que pasan y los dibujos de las carteleras, pero está cada vez más cerca; y
recuerde, ¡es como si la horca misma caminara hacia usted por las calles en este día
de Navidad! ¿No debería ayudarle, yo que lo sé todo? ¿No debería decirle dónde está
el dinero?
—¿A qué precio? —preguntó Markheim.
—Le ofrezco este servicio como regalo de Navidad —contestó el otro.
Markheim no pudo evitar la triste sonrisa de quien alcanza una amarga victoria.
—No —dijo—, no quiero nada que venga de sus manos; si estuviera muriéndome de
sed, y fuera su mano quien acercara una jarra a mis labios, tendría el valor de
rechazarla. Puede que sea excesivamente crédulo, pero no haré nada que me ligue

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voluntariamente al mal.
—No tengo nada en contra de un arrepentimiento en el lecho de muerte —hizo notar
el visitante.
—¡Porque no cree usted en su eficacia! —exclamó Markheim.
—No diría yo eso —respondió el otro—, en realidad miro estas cosas desde otra
perspectiva, y cuando la vida llega a su fin, mi interés decae. El hombre en cuestión
ha vivido sirviéndome, extendiendo el odio disfrazado de religión, o sembrando
cizaña en los trigales, como hace usted, a lo largo de una vida caracterizada por la
debilidad frente a los deseos. Cuando el fin se acerca, sólo puede hacerme un servicio
más: arrepentirse, morir sonriendo, aumentando así la confianza y la esperanza de los
más tímidos entre mis seguidores. No soy un amo demasiado severo. Haga la prueba.
Acepte mi ayuda. Disfrute de la vida como lo ha hecho hasta ahora; disfrute con
mayor amplitud, ponga los codos sobre la mesa; y cuando empiece a anochecer y se
cierren las cortinas, le digo, para su tranquilidad, que hasta le resultará fácil llegar a
un acuerdo con su conciencia y hacer las paces con Dios. Regreso ahora mismo de
estar junto al lecho de muerte de un hombre así; y la habitación estaba llena de
personas sinceramente apesadumbradas escuchando sus últimas palabras: y cuando le
he mirado a la cara, una cara que reaccionaba contra la compasión con la dureza del
pedernal, he encontrado en ella una sonrisa de esperanza.
—Entonces, ¿me cree usted una criatura como ésas? —preguntó Markheim—. ¿Cree
usted que no tengo aspiraciones más generosas que pecar y pecar y pecar, para, en el
último instante, colarme de rondón en el cielo? Mi corazón se rebela ante semejante
idea. ¿Es ésa toda la experiencia que tiene usted de la humanidad? ¿O es que, como
me sorprende usted con las manos en la masa, se imagina tanta bajeza? ¿O es que el
asesinato es un crimen tan impío que seca por completo la fuente misma del bien?
—El asesinato no constituye para mí una categoría especial —replicó el otro—.
Todos los pecados son asesinatos, igual que toda vida es guerra. Veo a su raza como
un grupo de marineros hambrientos sobre una balsa, arrebatando las últimas migajas
de las manos más necesitadas y alimentándose cada uno de las vidas de los demás.
Sigo los pecados más allá del momento de su realización; descubro en todos que la
última consecuencia es la muerte; y desde mi punto de vista, la hermosa doncella que
con tan encantadores modales contraría a su madre con motivo de un baile, no está
menos cubierta de sangre humana que un asesino como usted. ¿He dicho que sigo los
pecados? También me interesan las virtudes; apenas se diferencian de ellos en el
espesor de un cabello: unos y otras son guadañas que utiliza el ángel de la Muerte
para recoger su cosecha. El mal, para el cual yo vivo, no consiste en la acción sino en
el carácter. El hombre malvado me es caro; no así el acto malo, cuyos frutos, si
pudiéramos seguirlos suficientemente lejos, en su descenso por la catarata de las
edades, quizá se revelaran como más beneficiosos que los de las virtudes más
excepcionales. Y si yo me ofrezco a facilitar su huida, ello no se debe a que haya
usted asesinado a un anticuario, sino a que es usted Markheim.

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—Voy a abrirle mi corazón —contestó Markheim—. Este crimen en el que usted me
ha sorprendido es el último. En mi camino hacia él he aprendido muchas lecciones; el
crimen mismo es una lección, una lección de gran importancia. Hasta ahora me he
rebelado por las cosas que no tenía; era un esclavo amarrado a la pobreza, empujado
y fustigado por ella. Existen virtudes robustas capaces de resistir esas tentaciones; no
era ése mi caso: yo tenía sed de placeres. Pero hoy, mediante este crimen, obtengo
riquezas y una advertencia; la posibilidad y la firme decisión de ser yo mismo. Paso a
ser en todo una voluntad libre; empiezo a verme completamente cambiado; a
considerar estas manos agentes del bien y este corazón una fuente de paz. Algo
vuelve a mí desde el pasado; algo que soñaba los domingos por la tarde con un fondo
de música de órgano; o que planeaba cuando derramaba lágrimas sobre libros llenos
de nobles ideas, o cuando hablaba con mi madre, aún niño inocente. En eso estriba el
sentido de mi vida; he andado errante unos cuantos años, pero ahora veo una vez más
cuál es mi destino.
—Va usted a usar el dinero en la Bolsa, ¿no es cierto? —observó el visitante—; y, si
no estoy equivocado, ¿no ha perdido usted allí anteriormente varios miles?
—Sí —dijo Markheim—; pero esta vez se trata de una jugada segura.
—También perderá esta vez —replicó, calmosamente, el visitante.
—¡Me guardaré la mitad! —exclamó Markheim.
—También la perderá —dijo el otro.
La frente de Markheim empezó a llenarse de gotas de sudor.
—Bien; si es así, ¿qué importancia tiene? —exclamó—. Digamos que lo pierdo todo,
que me hundo otra vez en la pobreza, ¿será posible que una parte de mí, la peor,
continúe hasta el final pisoteando a la mejor? El mal y el bien tienen fuerza dentro de
mí, empujándome en las dos direcciones. No quiero sólo una cosa, las quiero todas.
Se me ocurren grandes hazañas, renunciaciones, martirios; y aunque haya incurrido
en un delito como el asesinato, la compasión no es ajena a mis pensamientos. Siento
piedad por los pobres; ¿quién conoce mejor que yo sus tribulaciones? Los
compadezco y los ayudo; valoro el amor y me gusta reír alegremente; no hay nada
bueno ni verdadero sobre la tierra que yo no ame con todo el corazón. Y ¿han de ser
mis vicios quienes únicamente dirijan mi vida, mientras las virtudes carecen de todo
efecto, como si fueran trastos viejos? No ha de ser así; también el bien es una fuente
de actos.
Pero el visitante alzó un dedo.
—Durante los treinta y seis años que lleva usted vivo —dijo—, en los cuales su
fortuna ha cambiado muchas veces y también su estado de ánimo, le he visto caer
cada vez más bajo. Hace quince años le hubiera asustado la idea del robo. Hace tres
años la palabra asesinato le hubiera acobardado. ¿Existe aún algún crimen, alguna
crueldad o bajeza ante la que todavía retroceda?… ¡Dentro de cinco años le
sorprenderé haciéndolo! Su camino va siempre hacia abajo; tan sólo la muerte podrá
detenerlo.

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—Es verdad —dijo Markheim con voz ronca— que en cierta manera me he sometido
al mal. Pero lo mismo le sucede a todos; los mismos santos, por el simple hecho de
vivir, se hacen menos delicados, acomodándose a lo que les rodea.
—Voy a hacerle una pregunta muy simple —dijo el otro—, y de acuerdo con su
respuesta le haré saber cuál es su horóscopo moral. Ha ido usted haciéndose más laxo
en muchas cosas; posiblemente hace usted bien; y en cualquier caso, lo mismo les
sucede a los demás hombres. Pero, aunque reconozca eso, ¿cree que en algún aspecto
particular, por insignificante que sea, es usted más exigente en su conducta, o cree
más bien que se ha dejado ir en todo?
—¿En algún aspecto particular? —repitió Markheim, sumido en angustiosa
consideración—. No —añadió después, con desesperanza—, ¡en ninguno! Me he ido
dejando arrastrar en todo.
—Entonces —dijo el visitante—, confórmese con lo que es, porque nunca cambiará;
el papel que representa usted en esta obra ha sido ya irrevocablemente escrito.
Markheim permaneció callado un buen rato, y de hecho fue el visitante quien rompió
primero el silencio.
—Siendo ésa la situación —dijo—, ¿debo mostrarle el dinero?
—¿Y la gracia? —exclamó Markheim.
—¿No lo ha intentado ya? —replicó el otro—. Hace dos o tres años, ¿no le vi en una
reunión evangelista, y no era su voz la que cantaba los himnos con más fuerza?
—Es cierto —dijo Markheim—; y veo con claridad en qué consiste mi deber. Le
agradezco estas lecciones con toda mi alma; se me han abierto los ojos y me veo por
fin a mí mismo tal como soy.
En aquel momento, la aguda nota de la campanilla de la puerta resonó por toda la
casa; y el visitante, como si se tratara de una señal que había estado esperando,
cambió inmediatamente de actitud.
—¡La criada! —exclamó—. Ha regresado, como ya le había advertido, y ahora tendrá
usted que dar otro paso difícil. Su señor, debe usted decirle, está enfermo, debe usted
hacerla entrar, con expresión tranquila, pero más bien seria: nada de sonrisas, no
exagere su papel, ¡y yo le prometo que tendrá éxito! Una vez que la muchacha esté
dentro, con la puerta cerrada, la misma destreza que le ha permitido librarse del
anticuario, le servirá para eliminar este último obstáculo en su camino. A partir de ese
momento tendrá usted toda la tarde, la noche entera, si fuera necesario, para
apoderarse de los tesoros de la casa y ponerse después a salvo. Se trata de algo que le
beneficia, aunque se presente con la máscara del peligro. ¡Levántese! —exclamó—;
¡levántese, amigo mío!; su vida está oscilando en la balanza: ¡levántese y actúe!
Markheim miró fijamente a su consejero.
—Si estoy condenado a hacer el mal —dijo—, todavía tengo una salida hacia la
libertad…, puedo dejar de obrar. Si mi vida es una cosa nociva, puedo sacrificarla.
Aunque me halle, como usted bien dice, a merced de la más pequeña tentación,
todavía puedo, con gesto decidido, ponerme fuera del alcance de todas. Mi amor al

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bien está condenado a la esterilidad; quizá sea así, de acuerdo. Pero todavía me queda
el odio al mal; y de él, para decepción suya, verá cómo soy capaz de sacar energía y
valor.
Los rasgos del visitante empezaron a sufrir una extraordinaria transformación; todo
su rostro se iluminó y dulcificó con una suave expresión de triunfo, y, al mismo
tiempo, sus facciones fueron palideciendo y desvaneciéndose. Pero Markheim no se
detuvo a contemplar o a entender aquella transformación. Abrió la puerta y bajó las
escaleras muy despacio, recapacitando consigo mismo. Su pasado fue desfilando ante
él; lo fue viendo tal como era, desagradable y penoso como un mal sueño, tan
desprovisto de sentido como un homicidio accidental… el escenario de una derrota.
La vida, tal como estaba volviendo a verla, no le tentaba ya; pero en la orilla más
lejana era capaz de distinguir un refugio tranquilo para su embarcación. Se detuvo en
el pasillo y miró dentro de la tienda, donde la vela ardía aún junto al cadáver. Todo se
había quedado extrañamente silencioso. Allí parado, empezó a pensar en el
anticuario. Y una vez más la campanilla de la puerta estalló en impaciente clamor.
Markheim se enfrentó a la criada en el umbral de la puerta con algo que casi parecía
una sonrisa.
—Será mejor que avise a la policía —dijo—: he matado a su señor.
Bournemouth, 1884.

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Janet la contrahecha
El reverendo Murdoch Soulis llevaba muchos años al frente de la parroquia de
Balweary, una zona de páramos en el valle del Dule, y era un anciano severo, de
expresión sombría, que atemorizaba a sus feligreses, y que en los últimos años de su
vida ocupaba, sin parientes, criados ni otra compañía humana, una pequeña y solitaria
rectoría debajo de Hanging Shaw. A pesar de la férrea compostura de sus facciones,
había inseguridad, espanto y un no sé qué de frenético en su mirada; y cuando se
extendía, en una exhortación privada, sobre el destino de los réprobos, parecía como
si sus ojos atravesaran las tormentas de la vida presente hasta llegar a los terrores de
la eternidad. A muchos jóvenes que acudían a él para preparar la comunión anual por
Pascua les afectaban en gran manera sus palabras. El reverendo Soulis tenía por
costumbre predicar un sermón sobre el versículo octavo del capítulo cinco en la
primera epístola de Pedro, “El demonio como león rugiente”, el primer domingo
después del diecisiete de agosto todos los años, y solía superarse a sí mismo con ese
texto tanto por la naturaleza misma de lo que comentaba como por el terror que
inspiraba su comportamiento en el púlpito. Los niños tenían paroxismos de miedo y
los ancianos se volvían más sentenciosos que de costumbre, y no cesaban de hacer,
durante todo el día, aquellas advertencias que Hamlet menospreciara. La misma
rectoría, situada junto a las aguas del Dule entre algunos árboles frondosos, con el
imponente Shaw por un lado y con numerosos oteros, que se alzaban fríos y
desolados hacia el cielo por el otro, había empezado, ya en los primeros años del
ministerio del reverendo Soulis, a ser evitada durante las horas del crepúsculo por
todos aquellos que se consideraban personas prudentes; y los hombres de bien que se
reunían en la taberna de la aldea movían la cabeza con aprensión ante la idea de pasar
tarde por aquel lugar tan peligroso. Había un sitio preciso, para ser más concretos,
que inspiraba particular espanto.
La rectoría se hallaba entre la carretera y las aguas del Dule, y alzaba un gablete por
cada lado; la parte de atrás miraba hacia la aldea de Balweary, a más de medio
kilómetro; y tenía delante un jardín casi vacío, con seto de espino, que ocupaba la
tierra entre el río y la carretera. La casa era de dos pisos, con dos habitaciones
amplias en cada uno. No se comunicaba directamente con el jardín, sino con un
camino empedrado, o travesía, que llevaba por un lado hasta la carretera, y por el otro
quedaba cerrado mediante los altos sauces y saúcos que bordeaban el río. Y era este
trozo de camino empedrado el que tan ignominiosa reputación tenía entre los
feligreses jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí con frecuencia después
del anochecer, y el ímpetu de sus oraciones sin palabras le hacía estallar a veces en
gemidos; y cuando él estaba ausente, y la puerta de la rectoría cerrada con llave, los
escolares más audaces se atrevían, con el corazón saliéndoseles del pecho, a “seguir a
la madre” atravesando aquel sitio legendario.
Esta atmósfera de terror que rodeaba a un hombre de Dios de reputación sin tacha y

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reconocida ortodoxia, era motivo de asombro y tema de indagaciones entre los pocos
forasteros que llegaban por casualidad o por negocios hasta aquellos lugares tan poco
conocidos y tan a trasmano. Pero lo cierto es que incluso muchos de los feligreses
ignoraban los extraños acontecimientos que habían marcado el primer año del
ministerio del reverendo Soulis; y entre quienes estaban mejor informados, los había
naturalmente reservados o simplemente poco comunicativos cuando se trataba de
aquel tema particular. Sólo de vez en cuando uno de los hombres de más edad se
armaba de valor después del tercer vaso y contaba la causa del extraño aspecto del
párroco y de su vida solitaria.

Cincuenta años antes, cuando el reverendo Soulis llegó a Balweary era todavía un
hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de saberes aprendidos en los libros y
muy elocuente al exponerlos, pero, como era lógico en una persona tan joven, sin
experiencia vivida en cuestiones de religión. A los feligreses de menos años les
impresionó mucho su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y mujeres de
más edad, serios, conscientes, sintieron incluso la necesidad de rezar por el joven
clérigo, que les parecía un hombre que se engañaba a sí mismo, y por la parroquia
que, con toda probabilidad, iba a estar muy mal atendida.
Todo esto sucedía antes de la época de los moderados (que Dios se apiade de ellos),
pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poquito a poco, por sus
pasos contados; e incluso entonces había ya quien opinaba que los profesores de la
universidad estaban dejados de la mano de Dios, y que los muchachos que iban a
estudiar con ellos hubieran hecho mejor viviendo en una turbera, como sus
antepasados durante la persecución, con una Biblia debajo del brazo y el espíritu de
oración en sus corazones. En cualquier caso, no cabía la menor duda de que el
reverendo Soulis había pasado demasiado tiempo en la universidad. Se interesaba y
se preocupaba de muchas cosas además de la única verdaderamente necesaria.
Poseía gran cantidad de libros: más de los que nunca se habían visto en aquella
rectoría; y arduo trabajo tuvo el recadero que se ocupó de traerlos, porque el mismo
demonio se hubiera quedado sin fuerzas acarreándolos desde Kilmackerlie. Se trataba
de libros de teología, desde luego, o por lo menos así se los llamaba; pero las
personas serias opinaban que no podía ser de mucha utilidad tener tantos cuando toda
la palabra de Dios cabía en el extremo de una capa escocesa. Luego el reverendo se
pasaba nada menos que la mitad del día y de la noche escribiendo, cosa muy poco
decorosa; al principio se temía que fuese a leer sus sermones, pero más tarde se supo
que estaba escribiendo un libro, lo que a todas luces no era apropiado para alguien de
tan pocos años y escasa experiencia.
En cualquier caso, le convenía buscar una mujer casada, honesta y entrada en años,
que cuidara la rectoría y le preparase sus frugales comidas, pero le sugirieron una que
había llevado en otro tiempo una vida poco recomendable —Janet M’Clour la
llamaban— y el párroco estaba tan abandonado a sí mismo que se dejó convencer.

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Hubo muchos que le aconsejaron en contra, porque las mejores personas de Balweary
tenían más que sospechas acerca de Janet, que había tenido un hijo de un soldado de
caballería mucho antes de todo esto, que llevaba quizá treinta años sin acercarse a
comulgar y a quien los niños habían visto mascullando consigo misma en Key’s Loan
después de anochecer, un momento y un lugar muy extraños para una mujer poco
temerosa de Dios. De cualquier modo, fue el mismo hacendado quien habló de Janet
por primera vez al párroco, y en aquellos días el reverendo Soulis habría hecho
cualquier esfuerzo por complacer al hacendado. Cuando la gente le decía que Janet
tenía parentesco con el demonio, su punto de vista era que se trataba de
supersticiones; y cuando le sacaban a relucir la Biblia y la bruja de Endor, él les
cerraba la boca diciendo que los días del maligno ya habían pasado y que
afortunadamente se hallaba muy limitado en sus actuaciones.
Bien; cuando se supo en la aldea que Janet M’Clour iba a ser la criada de la rectoría,
la gente se enfadó mucho, tanto con ella como con el reverendo; y a algunas de las
amas de casa no se les ocurrió nada mejor que ir hasta su puerta y acusarla de todo lo
que se sabía en contra suya, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John
Tamson. Janet no era muy habladora; la gente la dejaba de ordinario que se ocupara
de sus asuntos y ella les dejaba que se ocuparan de los suyos, sin darles los buenos
días ni las buenas noches; pero cuando se ponía a ello, Janet tenía una lengua capaz
de sonrojar al molinero. De manera que se puso brava, y no quedó ningún viejo
chisme en Balweary que no se lo atribuyera a alguien aquel día; y por cada cosa que
decían las otras, ella les respondía con dos; hasta que, al final, las amas de casa la
cogieron entre todas, le desgarraron la ropa, y la arrastraron desde la aldea hasta el
río, para ver si era bruja o no, si salía a flote o se ahogaba. La mujer chilló tanto que
se la oía desde Hanging Shaw, y peleó como diez; muchas amas de casa lucían aún al
día siguiente, e incluso muchos días después, las marcas que les dejó; y en lo más
acalorado de la riña, ¡he aquí que aparece (por culpa sin duda de sus pecados) nada
menos que el nuevo ministro!
—En el nombre de Dios —les dijo (y tenía una voz muy potente)— os conmino a que
la dejéis marchar.
Janet corrió hacia él —estaba completamente loca de terror—, se le agarró, y le
suplicó, por el amor de Dios, que la salvara de las comadres; y ellas, por su parte, le
contaron todo lo que sabían, y quizá algo más.
—¿Es eso cierto? —le preguntó el párroco a Janet.
—Ante Dios que me está viendo —dijo ella—, y que me creó, juro que no es verdad
ni una palabra. Excepto el hijo que tuve, he sido una mujer decente toda mi vida.
—¿Querrás —dijo el reverendo Soulis—, en el nombre de Dios y delante de mí, su
indigno ministro, renunciar al demonio y a sus obras?
Bien; parece que cuando le pidió esto, Janet hizo una mueca que heló la sangre en las
venas a quienes la vieron, y también oyeron con qué fuerza le castañeteaban los
dientes; pero no le quedaba más remedio que elegir entre aquello o el río; de manera

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que alzó la mano y renunció al demonio delante de todos.
—Y ahora —dijo el reverendo Soulis a las mujeres de la aldea—, todo el mundo a su
casa, y rezad para que Dios os conceda su perdón.
A continuación dio el brazo a Janet, aunque apenas llevaba encima más que una
camisa, y la acompañó hasta su puerta como si fuese toda una señora; y ella gritaba y
reía de tal modo que era un escándalo oírla.
Hubo muchas personas serias que prolongaron aquella noche sus oraciones; pero
cuando llegó la mañana, fue tal el miedo que se apoderó de Balweary que los niños se
escondieron e incluso los hombres miraban desde dentro de las casas. Porque allí
estaba Janet cruzando la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie sabría decirlo
—, con el cuello torcido, la cabeza hacia un lado, igual que la de un ahorcado, y una
mueca en la cara como la de un cadáver sin amortajar. Poco a poco se fueron
acostumbrando, e incluso le hicieron preguntas para saber qué le pasaba; pero desde
aquel día Janet no fue capaz de hablar como una cristiana; tan sólo babeaba y hacía
un ruido con los dientes semejante al de unas tijeras de podar; y a partir de entonces
el nombre de Dios no salió nunca de su boca. A veces trataba de decirlo, pero no le
era posible. Quienes más sabían fueron los que menos hablaron, pero nunca dieron a
aquel ser el nombre de Janet M’Clour; porque la vieja Janet, tal como ellos lo
entendían, estaba para entonces en lo más profundo del infierno. Pero el párroco ni
cambió de actitud ni se mostró más comedido; sólo predicó acerca de la crueldad de
los vecinos, que le habían provocado un ataque dejándola medio paralítica, pegó a los
niños que la insultaban y aquella misma noche la llevó a la rectoría, donde habitó
solo con ella, debajo de Hanging Shaw.
El caso es que fue pasando el tiempo, y la gente más despreocupada empezó a darle
menos importancia a aquel tenebroso asunto. El párroco estaba bien considerado;
siempre se quedaba hasta tarde escribiendo; la gente veía la luz de su vela junto al río
después de la medianoche; y parecía tan satisfecho de sí mismo y tan tranquilo como
al principio, pero todo el mundo se daba cuenta de que se estaba consumiendo. En
cuanto a Janet, iba y venía; si antes no hablaba mucho, estaba justificado que ahora
hablase todavía menos; no se metía con nadie; pero era una criatura misteriosa, y
nadie hubiera tenido tratos con ella ni por todas las tierras de Balweary.
Hacia finales de julio hizo un tiempo como no se recordaba en aquella parte del país;
nada se movía, hacía mucho calor y a todo el mundo le faltaban las fuerzas; los
rebaños no podían subir a Black Hill, y los niños estaban demasiado cansados para
jugar; y sin embargo era también un tiempo borrascoso, con ráfagas de viento cálido
que hacían un ruido sordo en los vallecitos, y breves chaparrones que no arreglaban
nada. Estábamos convencidos de que descargaría una tormenta al día siguiente; pero
amanecía y pasaba la mañana y seguíamos teniendo el mismo tiempo extraño,
desagradable para las personas y para el ganado. Entre los que se sentían más
molestos, ninguno sufría tanto como el reverendo Soulis; a las personas de más edad
les contó que no podía dormir ni comer; y cuando no estaba escribiendo su

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condenado libro, vagabundeaba de aquí para allá por los alrededores como un poseso,
cuando cualquier otra persona preferiría resguardarse del calor dentro de casa.
Enfrente de Hanging Shaw, al abrigo de Black Hill, hay un trozo de tierra con una
cerca y un portón de hierro; y parece ser que en los viejos tiempos estaba allí el
cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que la verdadera luz
brillase en este reino. Era un lugar muy visitado, al menos por el párroco; allí se
sentaba a pensar en sus sermones y, en realidad, es un sitio muy resguardado. El caso
es que un día, cuando caminaba por el lado oeste de Black Hill, vio primero dos
cuervos carroñeros, luego cuatro, y después siete, dando vueltas y más vueltas por
encima del antiguo camposanto. Volaban bajo y pesadamente, y se graznaban unos a
otros mientras giraban y giraban; y el reverendo Soulis comprendió en seguida que se
habían encontrado con algo fuera de lo corriente. No era un hombre que se asustara
con facilidad, y se fue directamente hacia la cerca; y he aquí que vio a un hombre, o
algo con apariencia de hombre, sentado sobre una tumba. Era un individuo de
aventajada estatura, tan negro como el infierno, y con unos ojos de lo más
extraordinario[1]. El párroco había oído hablar de los negros en muchas ocasiones,
pero había algo tan fuera de lo común en aquel sujeto que le atemorizó. A pesar del
calor tuvo un escalofrío que se le metió hasta la médula de los huesos; pero a pesar de
todo habló y dijo:
—Mi buen hombre, ¿es usted forastero?
El negro no respondió ni una sola palabra; se puso en pie y empezó a moverse de
forma extraña en dirección a la parte más alejada de la cerca, pero sin dejar nunca de
mirar al párroco; y el reverendo Soulis permaneció inmóvil, devolviéndole la mirada;
hasta que, en un instante, vio que el negro había saltado la tapia y corría ya hacia el
refugio de los árboles. El reverendo Soulis, sin saber apenas por qué, corrió tras él;
pero estaba muy cansado por el paseo y por el malsano calor que hacía; y por mucho
que trató de correr no pudo más que vislumbrarlo entre los abedules; pero cuando
llegó al pie de la colina, le vio atravesar el curso del Dule dando un salto tras otro y
luego perderse de vista muy cerca de su casa.
Al párroco no le pareció nada bien que aquel horrible vagabundo se tomara tantas
libertades con la rectoría de Balweary, y corrió todavía más, mojándose los zapatos
para vadear el arroyo, hasta llegar al camino empedrado; pero allí no había ningún
negro. Se acercó a la carretera, pero tampoco había nadie; cruzó el jardín, y el negro
brillaba por su ausencia. Al llegar al otro extremo, y un poco asustado como era más
que natural, corrió la aldaba de la puerta y entró en la rectoría; y allí estaba Janet
M’Clour delante de sus ojos, con el cuello torcido y no demasiado contenta de verle.
Y el párroco siempre recordó desde entonces que al mirarla tuvo de nuevo el mismo
escalofrío devastador.
—¿Has visto a un negro? —le preguntó.
—¡Un negro! —replicó ella—. ¡Cielo santo! ¡Qué cosas dice usted, reverendo. No
hay ningún negro en todo Balweary!

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Pero no lo dijo claramente, ya se dan ustedes cuenta, sino que lo masculló, como un
caballo con el bocado puesto.
—Bueno —dijo él—, si no era un negro, será entonces con el maligno con quien he
hablado.
Y se sentó como una persona aquejada de fiebre y a quien le castañetean sin
interrupción los dientes.
—Debería darle vergüenza decir una cosa así, reverendo —respondió ella, y le sirvió
un vasito de un aguardiente que siempre tenía a mano.
Después el párroco se fue al estudio donde guardaba sus libros, que era una
habitación alargada, de techo bajo, lóbrega, terriblemente fría en invierno y que,
como la rectoría que se alzaba muy cerca del agua, tampoco acababa de perder la
humedad ni en los días más calurosos del verano. El reverendo Soulis se sentó muy
abatido, y pensó en todo lo sucedido desde su llegada a Balweary, y en la casa de su
familia, y en los días en que no era más que un niño y corría feliz por los valles y los
oteros; y el recuerdo del negro le volvía siempre a la cabeza como el estribillo de una
canción. Y cuanto más pensaba, más se acordaba del negro. Trató de rezar, pero no le
salían las palabras; y dicen que intentó también escribir su libro, pero tampoco le fue
posible. Hubo momentos en que pensó que el negro estaba allí, a su lado, y tuvo un
sudor tan frío como el agua de un pozo; y hubo otras veces en que recobró la calma y
dominó el miedo, fortalecido por la gracia del bautismo.
El resultado fue que se acercó a la ventana y se quedó contemplando fijamente el
curso del río. Los árboles son extraordinariamente frondosos, y el agua queda muy
honda y negra debajo de la rectoría; y allí estaba Janet lavando la ropa con la falda
remangada. Se hallaba de espaldas al párroco, y él, por su parte, apenas sabía qué era
lo que estaba mirando. Luego Janet se dio la vuelta, y mostró el rostro; el reverendo
Soulis tuvo por tercera vez aquel día el mismo escalofrío, y por primera vez aceptó lo
que la gente decía, que Janet llevaba mucho tiempo muerta, y que aquello era un
espectro que habitaba en su carne, fría como el barro. El párroco se apartó un poco de
la ventana y la observó con detenimiento. Janet golpeaba una y otra vez la ropa
mientras canturreaba; y, Dios nos tenga de su mano, su rostro daba miedo. A veces
cantaba más alto, pero no hay hombre nacido de mujer que pudiera repetir las
palabras de su canción; y en ocasiones miraba de soslayo hacia abajo, pero no había
allí nada que mirar.
El párroco tuvo un sentimiento de rechazo que le atravesó la carne, llegándole hasta
los huesos. Era una advertencia del cielo, pero el reverendo Soulis se sintió culpable,
dijo después, por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y enferma, que no tenía
más amigo que él; así que rezó unas oraciones por los dos, bebió un poco de agua
fresca —porque se le hizo insoportable la idea de comer— y subió a acostarse en su
austero lecho mientras aún oscurecía.
Fue aquélla una noche que nadie ha olvidado en Balweary: la noche del diecisiete de
agosto de mil setecientos doce. Anteriormente había hecho calor, como ya he

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contado, pero aquella noche hizo más que nunca. El sol se ocultó entre nubes de
aspecto muy extraño; y el cielo se volvió tan oscuro como un pozo; ni una estrella, ni
un soplo de aire; no veías tu propia mano al ponértela delante de la cara, e incluso la
gente de más edad se quitaba la ropa de la cama y aun así respiraban con dificultad.
Con todas las cosas que le rondaban por la cabeza, era muy poco probable que el
reverendo Soulis consiguiera dormir mucho. Dio vueltas y más vueltas; y la cama
limpia y fresca parecía quemarle hasta los mismos huesos; a ratos dormía y a ratos se
despertaba; unas veces oía dar las horas al reloj y otras oía a un perro que aullaba en
el páramo como si se hubiera muerto alguien; hubo momentos en que creyó escuchar
a espectros que le decían cosas al oído, y otros en que vio fuegos fatuos por la
habitación. Decidió que tenía que estar enfermo; y así era, efectivamente, aunque él
no se imaginara cuál era la enfermedad.
Al final se le aclaró la mente, se sentó en camisa a un lado de la cama, y empezó a
pensar una vez más en el negro y en Janet. No podría bien explicar cómo —tal vez
fuera el frío en los pies—, pero se le ocurrió, con repentina intensidad, que había
alguna conexión entre ambos, y que uno o los dos eran espectros. Y justo en aquel
momento, de la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, le llegó un ruido
muy fuerte como de hombres que se pelearan, y luego un golpe terrible; a
continuación una ráfaga de viento sacudió las cuatro esquinas de la casa, y después,
una vez más, todo quedó tan en silencio como una tumba.
El reverendo Soulis no tenía miedo ni de los hombres ni del demonio. Encendió una
vela con el yesquero, y en tres zancadas alcanzó la puerta de Janet. Como no estaba
cerrada por dentro, el párroco la abrió de un empujón y entró sin vacilar. Era una
habitación grande, tan grande como la del mismo reverendo Soulis, llena de muebles
antiguos de gran tamaño y muy sólidos, ya que el párroco no tenía pertenencias de
otro tipo. Había una cama con dosel y pesadas colgaduras antiguas; un armario de
roble de muy buena calidad, lleno con los libros de teología del reverendo, que
habían colocado allí para que no estorbase; y unas cuantas prendas personales de
Janet tiradas por el suelo. Pero a Janet no se la veía por ninguna parte, ni había
tampoco señales de lucha. Y el párroco miró por todos los lados (y hay muy pocos
hombres que hubieran sido capaces de hacer lo mismo) y escuchó con atención. Pero
no se oía nada, ni dentro de la rectoría ni en todo Balweary; y tampoco se veía nada,
si se exceptúan las muchas sombras que giraban en torno a la luz de la vela. Y luego,
de repente, el corazón le latió con violencia y después se le paró; y sintió que un
viento frío le agitaba el cabello. ¡Y qué espectáculo tan triste vieron los ojos de aquel
pobre hombre! Porque allí estaba Janet, colgada de un clavo junto al viejo armario de
madera de roble: la cabeza inclinada como siempre sobre el hombro, los ojos
cerrados, la lengua fuera de la boca y los pies a medio metro del suelo.
«¡Que Dios tenga misericordia de todos nosotros!» pensó el reverendo Soulis, «la
pobre Janet está muerta».
Luego, al avanzar un paso hacia el cadáver, el corazón le dio un vuelco dentro del

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pecho, porque advirtió que gracias a alguna hechicería que está por encima de la
comprensión humana, Janet colgaba de un solo clavo y de un único hilo de estambre
para zurcir medias.
Es una cosa terrible estar solo de noche entre semejantes prodigios de los poderes de
la oscuridad; pero el reverendo Soulis era un hombre que confiaba en el Señor. Se dio
la vuelta, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí; paso a paso descendió al
piso inferior con las piernas pesándole como plomo y dejó la vela en la mesa que
había al pie de la escalera. No era capaz de rezar ni de pensar, estaba empapado en
sudor frío, y no oía otra cosa que el desenfrenado latir de su propio corazón. Quizá
estuviera allí de pie una hora, o tal vez dos, apenas lo recordaba después; hasta que,
de repente, oyó un extraño rumor muy suave en el piso alto; unos pasos que iban y
venían por la habitación donde estaba el cadáver; luego se abrió la puerta, aunque él
recordaba muy bien haberla cerrado con llave; y a continuación escuchó unos pasos
en el descansillo; y el párroco tuvo la impresión de que el cadáver estaba mirando por
encima de la barandilla hacia donde él permanecía inmóvil.
Cogió de nuevo la vela (porque no podía quedarse sin luz), y, lo más silenciosamente
que pudo, salió de la rectoría y se fue al extremo del camino empedrado que quedaba
más lejos de la casa. La noche seguía tan oscura como el fondo de un pozo; la llama
de la vela, cuando la dejó en el suelo, daba la misma luz y ardía tan recta como en
una habitación; nada se movía, con la excepción del río, corriendo valle abajo, y, del
otro lado, los pasos terribles que descendían pesadamente la escalera de la rectoría. El
párroco sabía muy bien de quién se trataba, porque eran los pasos de Janet; y a cada
paso que la acercaba un poquito más, el frío le atenazaba más profundamente las
entrañas. El reverendo Soulis encomendó el alma a Aquel que le había creado y le
seguía dando la vida.
«Dame esta noche la fuerza, oh Señor», le pidió, «para luchar contra los poderes del
mal».
En aquel momento los pasos avanzaban ya por el corredor hacia la puerta; el párroco
oía una mano que se deslizaba por la pared, como si aquel ser infernal buscase el
camino a tientas.
Los sauces se agitaron y gimieron, un largo suspiro llegó por encima de las colinas y
la llama de la vela se movió en todas direcciones; y allí estaba el cadáver de Janet la
Contrahecha, con su vestido de gorgorán y su cofia negra, la cabeza siempre apoyada
sobre el hombro y el rostro todavía contraído en una mueca (viva, habría dicho usted,
pero en realidad muerta, como el reverendo Soulis sabía muy bien), de pie en el
umbral de la rectoría.
Es una cosa extraña que el alma de un hombre esté tan ligada a su cuerpo perecedero;
pero el párroco vio lo que vio, y el corazón no se le rompió dentro del pecho.
Janet no estuvo inmóvil mucho tiempo; empezó en seguida a avanzar de nuevo y se
acercó lentamente hacia el sitio donde el reverendo Soulis se había refugiado bajo los
sauces. La vida de su cuerpo y la fortaleza de su espíritu brillaban en los ojos del

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párroco. Pareció que Janet se disponía a hablar, pero le faltaron las palabras, e hizo un
signo con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento, como el bufido de un gato; la
vela se apagó, los sauces se agitaron como personas y el reverendo Soulis
comprendió que aquello era el final, a vida o muerte.
—¡Bruja, tarasca, demonio! —exclamó—, te ordeno, por el poder de Dios, que si
estás muerta vuelvas a la tumba, y si estás condenada regreses al infierno.
Y en aquel momento la misma mano del Señor golpeó desde el cielo a aquel horror
en el lugar en que se hallaba; el cadáver profanado de la vieja bruja, durante tanto
tiempo fuera de la tumba, torpemente manejado por los demonios, se prendió fuego
como un trozo de azufre y cayó al suelo convertido en cenizas; estallaron los truenos,
sucediéndose sin interrupción, y en seguida empezó a caer la lluvia con gran
estrépito; y el reverendo Soulis atravesó de un salto el seto del jardín y corrió, sin
dejar de gritar un momento, hasta refugiarse en la aldea.
Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar Muckle Cairn
cuando daban las seis; se sabe que antes de las ocho dejó atrás la taberna de
Knockdown; y no mucho después Sandy M’Lellan le vio avanzando muy de prisa por
los valles que quedaban más abajo de Kilmackerlie. Nadie duda de que fuera él quien
habitó durante tanto tiempo en el cuerpo de Janet; pero finalmente se había
marchado; y desde entonces no ha vuelto a molestarnos aquí en Balweary.
Pero resultó una prueba muy difícil para el párroco; fue mucho el tiempo que pasó
delirando en la cama; y desde aquel momento hasta ahora ha sido el hombre que
usted ha conocido hoy.

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ROBERT LOUIS BALFOUR STEVENSON. (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre
de 1850 - Vailima, cerca de Apia, Samoa, 3 de diciembre de 1894) fue un novelista,
poeta y ensayista escocés.

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Notas

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[1]Era corriente en Escocia la creencia de que el demonio se aparecía como un
hombre, de raza negra. Hay constancia de ello en varios procesos por brujería, y creo
que también en los Memorials de Law, ese delicioso almacén de lo peregrino y lo
espeluznante (N. del T.). <<

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