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Adán y Eva: La Promesa de Redención

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CAPÍTULO 2

EL HIJO DE LA MUJER
TRIUNFANTE COMO EL HIJO DE LA MUJER
Donde Adán se ubica, al comienzo de la historia del hombre, vemos a
Jesucristo. Él es el Hijo que porta la imagen de Su Padre. Él vence en
la tentación y Su iliación se demuestra en la obediencia. La mentira
de Satanás se contradice de manera maravillosa en Él. La serpiente
les había dicho a Adán y Eva: “Llegarán a ser como Dios” (Gn 3:5).
Ellos creyeron esa mentira y por lo tanto regresaron al polvo del que
fueron tomados. Lejos de probar la gloria con el fruto prohibido, la
primera pareja probó el miedo y la vergüenza.
Pero en Jesús se da el cumplimiento de la gloria celestial, en la
promesa de la creación del hombre a imagen de Dios. Desde el
principio la voluntad de Dios determinó que el hombre fuese como
Dios, no en rebelión, sino en unión con la iliación de Cristo. La
creación del hombre a la imagen de Dios no solo hizo posible la
encarnación; fue el propio diseño de Dios de acuerdo con Su
propósito de la encarnación. La creación de Adán, la formación de
Eva, la prueba en el jardín -todo esto nos preparó para Jesucristo-.
No sabemos de qué manera Dios hubiera reconocido Su imagen en el
hombre, por medio de Cristo, si Adán y Eva no hubieran
desobedecido. Seguramente Adán, como un hijo obediente, hubiera
sido llevado a conocer al Hijo amado. Pero sí sabemos que el pecado
del hombre no frustró el plan de Dios. De hecho, el triunfo de Dios
por medio de Cristo sobre el pecado es tan glorioso que somos
llevados a concluir que si no hubiera sido por el pecado, tal amor y
misericordia increíbles que estaban en el corazón de Dios nunca se
hubieran mostrado. Casi podemos estar de acuerdo con Agustín que
clamó: “¡Felix culpa!” (¡Bendita transgresión!).
La maravilla de la victoria de Dios en Cristo sobre el pecado apareció
inmediatamente después de la caída. Adán y Eva estaban
avergonzados ante Dios y entre ellos. Usaron como cubiertas hojas
de árbol para tratar de esconder su sexualidad el uno del otro y sus
personas de la presencia de Dios. Pero la obra de sus manos no podía
restaurar la unidad que una vez habían tenido entre sí; sus obras
tampoco los podían proteger del juicio de Dios. Dios los buscó en el
jardín y tuvieron que responder a los llamados de Su voz.
Se instituyó la escena de un juicio. Dios hizo una investigación sobre
su transgresión. Pero entonces ellos buscaron refugiarse detrás de
otra cubierta endeble: las excusas por medio de las cuales se echaron
la culpa entre ellos. Adán culpó a Eva, convirtiéndose así en su
acusador en vez de en su abogado. En el proceso él también culpó a
Dios: “La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo
lo comí” j q p p ,yy
(Gn 3:12). Eva, a su vez, culpó a la serpiente: “La serpiente me
engañó, y
comí” (Gn 3:13).
Lo que marcó la respuesta de los pecadores en el Edén no fue el
arrepentimiento, sino el temor y la evasión. El Juez, habiendo
investigado el caso, pronunció Su sentencia. Comenzó con la
serpiente, a quien apuntaba el testimonio de Eva; después Él juzgó a
Eva y inalmente a Adán. Lo que sorprende mucho del juicio de Dios
es su restricción y su misericordia. El castigo por la desobediencia
fue la muerte; pero Adán y Eva no cayeron muertos al pie del árbol.
La pena en efecto se decretaría: “Polvo eres, y al polvo volverás” (Gn
3:19). Pero antes de esa temida sentencia el Señor habló palabras de
esperanza.
La serpiente fue juzgada antes que Eva y Adán y el juicio sobre la
serpiente cambió todo. Dios daría un gran revés, es decir, cambiaría
por completo las circunstancias, dando una ventaja a los que
parecían estar perdiendo. Aunque Eva se había hecho amiga de
Satanás y enemiga de Dios, Dios revertiría la situación. Él pondría la
enemistad, no entre Dios y el hombre, sino entre el hombre y
Satanás. La soberanía de la palabra de Dios brilla en medio de la
promesa. Dicha en tiempo futuro es, a pesar de eso, la palabra del
poder de Dios, el Dios que puede dar vida a los muertos y llamar las
cosas que no son como si ya existieran (Ro 4:17).
Especí icamente fue la mujer y la descendencia de la mujer las que se
hicieron enemigas de Satanás a través de generaciones de con licto
que seguirían. No Adán, sino la futura descendencia de Adán, sería la
enemiga de Satanás. Los términos del oráculo no aclaran si la
simiente prometida de la mujer sería su primer hijo o una larga lista
de sus descendientes. Parece que Adán entendió que la promesa de
Dios implicaba el cumplimiento del encargo de poblar la tierra
porque él llamó a su esposa Eva (“viviente”), como la madre de todos
los seres vivientes (Gn 3:20). Tal nombre contrasta con la sentencia
de muerte que Dios había pronunciado; pero fue dicho, no como un
desa ío, sino como el reclamo de Adán de la promesa de Dios. Eva
también habló en fe cuando su primer hijo nació: había dado a luz a
un hombre con la ayuda del Señor. (Gn 4:1 se podría traducir “He
dado a luz a un hombre: el Señor”).
La promesa de Dios fue más allá de una declaración de enemistad
entre la simiente de la mujer y la descendencia de la serpiente.
Habría un resultado decisivo: la cabeza de la serpiente sería
aplastada y el talón del hombre sería herido. La igura encaja con la
maldición de la serpiente; corresponde a la aversión que el hombre
les tiene a las serpientes venenosas. Pero así como la serpiente no es
solo una bestia del jardín, sino la boca de Satanás, así también, el
juicio apunta, más allá de la experiencia del hombre con las
mordeduras de la serpiente, al cumplimiento inal de esta profecía: el
con licto y la victoria en la que el Hijo de la mujer sufriría pero la
serpiente sería aplastada.
Pablo apoya esta interpretación cuando les escribe a los cristianos de
Roma: “Muy pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo los pies
de ustedes” (Ro 16:20). La victoria de Cristo sobre Satanás daría la
victoria al pueblo de Dios: los designios de Satanás serían
completamente frustrados. Juan reporta las palabras de Jesús en la
víspera del Calvario: “El juicio de este mundo ha llegado ya, y el
príncipe de este mundo va a ser expulsado” (Jn 12:31). Pablo se goza
en el triunfo que Dios consiguió en la cruz sobre todos los “poderes y
potestades”, las fuerzas demoniacas del reino de Satanás (Col 2:15).
La suprema ironía del Calvario es que la aparente victoria de Satanás
fue su derrota. El libro de Apocalipsis retrata a Satanás, no solo como
una serpiente, sino como un gran dragón rojo de pie ante la mujer
que está a punto de dar a luz “para devorar a su hijo tan pronto como
naciera” (Ap 12:4). Aunque el propósito de Satanás fue derrotado
cuando Jesús escapó de la matanza de los niños de Belén ordenada
por Herodes, parecía que Satanás lograba su objetivo en el Gólgota.
Con las burlas inspiradas por Satanás, Jesús pendía de la cruz en
aparente indefensión y ahí murió.
Pero Jesús no solo se había levantado de los muertos y había sido
exaltado a la diestra de Dios (Ap 12:5; Hch 2:32-33). Él venció en Su
propia muerte. Fue Su muerte la que expió el pecado, satis izo las
demandas de la ley y trajo la salvación a los pecadores. Por medio de
la
muerte de Cristo, Dios desarmó a los poderes y potestades,
triunfando sobre ellos en la cruz (Col 2:15). A la sombra de la cruz
Jesús pudo decir: “El juicio de este mundo ha llegado ya, y el príncipe
de este mundo va a ser expulsado” (Jn 12:31).
Jesús prevaleció por Su vida y por Su muerte. Él cumplió el llamado
que se le había dado a Adán. El mandato a Adán y Eva fue gobernar
sobre la tierra. Cristo ahora ejerce el gobierno de Adán. Como tantas
otras veces en la obra de salvación, el cumplimiento supera por
mucho las expectativas creadas por la promesa. Cristo ejerce un
dominio mucho mayor que el dado a Adán. Él es Señor, no solo de
este planeta, sino del cosmos.
El Señorío de Cristo se ejerce con una franqueza e inmediatez que re
leja Su divino poder así como Su autoridad siendo el Segundo Adán.
Él puede mandar al viento y al mar y ellos lo obedecen. Los peces
llenan las redes a Su voluntad; el agua se convierte en vino; un
pedazo de pan en Su mano alimenta a una multitud. Puesto que Jesús
no usa medios tecnológicos para manifestar Su superioridad sobre la
creación, fallamos al dejar de apreciar lo absoluta que es esa
superioridad. Nos podemos maravillar con las conquistas técnicas
que el hombre ha hecho del mar y del aire, pero nadie es capaz de
caminar sobre el agua como lo hizo Jesús; mucho menos ascender al
trono del Padre.
Jesús también lleva a cabo el mandato dado a Adán de llenar la tierra.
Pablo usa los términos “llenar” así como “dominio” para describir el
actuar del Señorío de Jesucristo (Ef 1:20-23; 4:10). Jesús no solo
viene a rescatar al hombre de las profundidades de su pérdida. Él
viene a conseguir por nosotros el llamado de nuestra humanidad.
Suyo es el dominio perfecto y inal del hombre sobre el cosmos. Él, el
Segundo Adán, puede decir: “Aquí me tienen, con los hijos que Dios
me ha dado” (Heb 2:13; Is 8:18).
Una gran multitud que ningún hombre puede contar se ha reunido de
toda tribu y pueblo en el nombre de Jesús. Él, quien llena todas las
cosas con Su poder, reúne la plenitud de Israel y la plenitud de las
naciones en el día de Su gloria (Ro 11:12, 25; Ap 7:9). El hecho de
que Él haya llevado a cabo el llamado de Adán no hace vano nuestro
servicio. Al contrario,
solo porque Él ha logrado llevar a cabo el llamado del hombre,
nuestra obra puede tener sentido porque nuestra comunión es con
Él. Su victoria es nuestra esperanza. Con humildad, no con
arrogancia, recibimos del victorioso Señor un llamado renovado para
hacer Su voluntad en este mundo.

LA SIMIENTE ESCOGIDA
La gran promesa de Dios permanece. La “simiente” de la mujer
aplastará la cabeza de la serpiente (Gn 3:15); la rebelión del hombre
será vencida. Esta promesa le da signi icado a los siguientes capítulos
de Génesis. La cláusula: “Estos son los orígenes de...” (Gn 2:4 RVC)
marca la estructura del libro, llevándonos del tema de la humanidad
como el “origen” del cielo y la tierra, al tema de los descendientes de
Jacob, su “origen” o “generación”.
Basta con observar la lista de Génesis de las fuentes de los “orígenes”
o “generaciones”: cielo y tierra (Gn 2:4); Adán (5:1); Noé (6:9); los
hijos de Noé (10:1); Sem (11:10); Taré, el padre de Abraham (11:27);
Ismael (25:12); Isaac (25:19); Esaú (36:1, 9); Jacob (37:2). El punto
en hacer énfasis en las generaciones es que Dios no ha olvidado Su
promesa. El linaje escogido de los descendientes de la mujer debe
continuar. A través de la oscura y sangrienta historia del pecado y la
violencia del hombre, Dios prolonga el linaje de la promesa.
La promesa continua comprende una separación continua. La
separación se mani iesta en seguida, ya que Dios se complació con la
ofrenda de Abel y no con la de Caín. En un ataque de celos, Caín
asesina a su hermano Abel. Una vez más es evidente la sorprendente
paciencia de Dios, como lo había sido en el Jardín del Edén. A Caín se
le perdona la vida, aunque es llevado al exilio, así como Adán y Eva
fueron echados del jardín.
Se registran los descendientes de Caín. Se describe su progreso en la
tecnología y en la urbanización. Pero a pesar de que liberan el
potencial de la creación de Dios, siguen siendo rebeldes. Se
desarrollan la metalurgia, la poesía y la música; pero el fruto de esta
cultura es el himno de Lamec: la canción de la espada que
conmemora las amenazas del primer militar del mundo (Gn 4:23-
24).
Génesis no presenta el linaje de Caín como un libro de las
“generaciones”. En vez de eso la narrativa se vuelve a Set. Dios les da
a Adán y Eva otro hijo. Él levanta otra tradición en la humanidad a
diferencia de la violencia urbanizada del linaje de Caín. El nombre
“Set” se vincula con el verbo que signi ica designar o establecer. Dios
ha designado otra simiente en lugar de Abel (Gn 4:25). Este verbo es
el que se usa en la promesa de Dios: “[Designaré] enemistad entre tú
y la mujer, y entre tu simiente y la de ella” (Gn 3:15). El eco de la
palabra apoya nuestra comprensión de que Eva no solo se está
gozando por tener otro hijo en lugar de Abel, sino que la cuestión es
la promesa de Dios, y es la idelidad de Dios la que es aclamada.
División, juicio y bendición continúan a través de las secciones de
“generación” de Génesis. Quizá el linaje de Set se corrompió por los
matrimonios mixtos con el linaje de Caín. La maldad y la violencia del
hombre alcanzan tal grado de degradación que Dios interviene con el
juicio del gran diluvio. Esa separación de la humanidad por medio de
un cataclismo reduce la historia de las generaciones de Noé y de sus
hijos. Otra vez los tres hijos se dividen. Dios da la bendición a Sem
con extraordinaria plenitud: se debe alabar a Dios como el Dios de
Sem. Su hermano Jafet habitará en las tiendas de Sem,
presuntamente para compartir la bendición de la que goza Sem.
Luego siguen las generaciones de Sem en el relato.
La división se mani iesta una vez más cuando los descendientes de
Noé se unen en la construcción de la ciudad y la torre de Babel. Como
en los días de los cainitas, la ciudad se construye, no para la gloria de
Dios, sino para exaltar el nombre del hombre. Otra vez Dios juzga.
Para impedir el crecimiento del mal totalitario en una humanidad
unida, Dios confunde el idioma de los habitantes de la llanura. Las
naciones se dividen y esta división provee los antecedentes para el
registro de las generaciones de Taré, la historia de Abraham y sus
descendientes.
Con claridad el libro de Génesis provee un relato de las
“generaciones” que lleva de la creación a la identidad diferente de los
descendientes de Jacob en Egipto. Con todo, la historia no es una
mitología fantástica de una súper raza. El pueblo de Israel no es una
opción, sino una elección. Sus pecados y sus fracasos se describen
con dolorosa honestidad. El enfoque no es en las hazañas de los
patriarcas, sino en la idelidad de Dios quien llamó a los patriarcas
para que Su promesa no pudiera ser anulada. El alcance del vasto
panorama avanza hacia un cumplimiento más allá del éxodo, a una
redención que alcanzará a las naciones.
El término “simiente” es ambiguo en hebreo: se puede referir a los
descendientes como un grupo social o a un descendiente en lo
individual. Génesis no resuelve de manera especí ica esa
ambigüedad. Pero ya que pone delante de nosotros el linaje de
padres e hijos, seguramente apunta al Segundo Adán, una Simiente
que es designada como Set, llamada como Noé, escogida como Sem y
hecha una bendición para toda la tierra como la Simiente de
Abraham.

Preguntas sobre el estudio


1. ¿Cuál fue el resultado de la prueba de Adán y Eva?
2. ¿Cuál fue la voluntad de Dios para el hombre desde el principio?
3. ¿Qué piensas de la opinión de Agustín de “Felix Culpa” (Bendita
Transgresión o Feliz Pecado)?
4. ¿Cómo trataron de escaparse Adán y Eva del juicio de Dios?
5. ¿Cuál fue el resultado del oráculo (o promesa) que Dios
pronuncióen medio del juicio?
6. Lee Romanos 16:20. ¿Cuál es el argumento que Pablo está
apoyando?
7. ¿Cuál es la suprema ironía de la cruz?
8. ¿De qué manera cumple Jesús el mandato que una vez se le dio
aAdán?
9. Compara y contrasta los linajes de Set y de Caín.
10. Explica: “El pueblo de Israel no es una opción, sino una
elección”.
11. Describe la ambigüedad de la palabra “simiente”. ¿De qué forma
laambigüedad puede ser tanto confusa como útil al interpretar
la Biblia?
Preguntas de aplicación
1. ¿Cómo tratas de escaparte o de protegerte de Dios cuando
sabesque has pecado?
2. La promesa de la victoria de Dios sobre Satanás es para ti.
¿Experimentas esta verdad en tu vida o eres una indefensa
víctima del pecado? De una manera u otra, la forma en que
contestes esta pregunta afectará la manera en que vives,
evangelizas y sirves en la iglesia. Da ejemplos.
3. Aplícate la siguiente declaración poniendo tu nombre en el
espacio:
“___________no es una opción, sino una elección”. ¿Cómo cambia esto tu
opinión de ti mismo(a)? ¿Cuáles son tus pecados y fracasos a pesar
de los cuales Dios te ha escogido y te ha mostrado Su idelidad?

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