“El sentimiento de lo fantástico” (extracto)
Julio Cortázar
[…] Yo he escrito una cantidad probablemente excesiva de cuentos, de los cuales
la inmensa mayoría son cuentos de tipo fantástico. El problema, como siempre, está en
saber qué es lo fantástico. Es inútil ir al diccionario, yo no me molestaría en hacerlo,
habrá una definición, que será aparentemente impecable, pero una vez que la hayamos
leído, los elementos imponderables de lo fantástico, tanto en la literatura como en la
realidad, se escaparán de esa definición.
[…] Ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que
es sobre todo un sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a
mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar
a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y
explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera
distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y
separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un
elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no
podía explicarse con la inteligencia razonante.
Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos
calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les
habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos
calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o
leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una
sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente,
siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. Eso no es ninguna cosa
excepcional, para gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese
extrañamiento, está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste
sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del
espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible,
seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie
de, de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar.
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[…] Lo fantástico y lo misterioso no son solamente las grandes imaginaciones
del cine, de la literatura, los cuentos y las novelas. Está presente en nosotros mismos, en
eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni la filosofía consiguen explicar más que
de una manera primaria y rudimentaria.
Ahora bien, si de ahí, ya en una forma un poco más concreta, nos pasamos a la
literatura, yo creo que ustedes están en general de acuerdo que el cuento, como género
literario, es un poco la casa, la habitación de lo fantástico. Hay novelas con elementos
fantásticos, pero son siempre un tanto subsidiarios, el cuento en cambio, como un
fenómeno bastante inexplicable, en todo caso para mí, le ofrece una casa a lo fantástico;
lo fantástico encuentra la posibilidad de instalarse en un cuento y eso quedó demostrado
para siempre en la obra de un hombre que es el creador del cuento moderno y que se
llamó Edgar Allan Poe. A partir del día en que Poe escribió la serie genial de su cuento
fantástico, esa casa de lo fantástico, que es el cuento, se multiplicó en las literaturas de
todo el mundo y además sucedió una cosa muy curiosa y es que América Latina, que no
parecía particularmente preparada para el cuento fantástico, ha resultado ser una de las
zonas culturales del planeta, donde el cuento fantástico ha alcanzado sus exponentes,
algunos de sus exponentes más altos. Piensen, los que se preocupan en especial de
literatura, piensen en el panorama de un país como Francia, Italia o España, el cuento
fantástico no existe o existe muy poco y no interesa, ni a autores, ni a lectores; mientras
que, en América Latina, sobre todo en algunos países del cono sur: en el Uruguay, en la
Argentina… ha habido esa presencia de lo fantástico que los escritores han traducido a
través del cuento. Cómo es posible que en un plazo de treinta años el Uruguay y la
Argentina hayan dado tres de los mayores cuentistas de literatura fantástica de la
literatura moderna. Estoy naturalmente citando a Horacio Quiroga, a Jorge Luis Borges
y al uruguayo Felisberto Hernández, todavía, injustamente, mucho menos conocido.
[...] Elijo para demostrar lo fantástico uno de mis cuentos, “La noche boca
arriba”, y cuya historia, resumida muy sintéticamente, es la de un hombre que sale de su
casa en la ciudad de París, una mañana, en una motocicleta y va a su trabajo,
observando, mientras conduce su moto, los altos edificios de concreto, las casas, los
semáforos y en un momento dado equivoca una luz de semáforo y tiene un accidente y
se destroza un brazo, pierde el sentido y al salir del desmayo, lo han llevado al hospital,
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lo han vendado y está en una cama, ese hombre tiene fiebre y tiene tiempo, tendrá
mucho tiempo, muchas semanas para pensar, […]; entonces se adormece y tiene un
sueño; sueña curiosamente que es un indio mexicano de la época de los aztecas, que está
perdido entre las ciénagas y se siente perseguido por una tribu enemiga, justamente los
aztecas que practicaban aquello que se llamaba la guerra florida y que consistía en
capturar enemigos para sacrificarlos en el altar de los dioses.
Todos hemos tenido y tenemos pesadillas así. Siente que los enemigos se
acercan en la noche y en el momento de la máxima angustia se despierta y se encuentra
en su cama de hospital y respira entonces aliviado, porque comprende que ha estado
soñando, pero en el momento en que se duerme la pesadilla continúa, como pasa a veces
y entonces, aunque él huye y lucha es finalmente capturado por sus enemigos, que lo
atan y lo arrastran hacia la gran pirámide, en lo alto de la cual están ardiendo las
hogueras del sacrificio y lo está esperando el sacerdote con el puñal de piedra para
abrirle el pecho y quitarle el corazón. Mientras lo suben por la escalera, en esa última
desesperación, el hombre hace un esfuerzo por evitar la pesadilla, por despertarse y lo
consigue; vuelve a despertarse otra vez en su cama de hospital […]. En el minuto final
tiene la revelación. Eso no era una pesadilla, eso era la realidad; el verdadero sueño era
el otro. Él era un pobre indio, que soñó con una extraña, impensable ciudad de edificios
de concreto, de luces que no eran antorchas, y de un extraño vehículo, misterioso, en el
cual se desplazaba, por una calle.
Si les he contado muy mal este cuento es porque me parece que refleja
suficientemente la inversión de valores, la polarización de valores, que tiene para mí lo
fantástico y, quisiera decirles además, que esta noción de lo fantástico no se da
solamente en la literatura, sino que se proyecta de una manera perfectamente natural en
mi vida propia.
Terminaré este pequeño recuento de anécdotas con algo que me ha sucedido hace
aproximadamente un año. Ocho años atrás escribí un cuento fantástico que se llama
“Instrucciones para John Howell”, no les voy a contar el cuento; la situación central es
la de un hombre que va al teatro y asiste al primer acto de una comedia[…]; en el
intervalo entre el primero y el segundo acto dos personas lo invitan a seguirlos y lo
llevan a los camerinos, y antes de que él pueda darse cuenta de lo que está sucediendo,
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le ponen una peluca, le ponen unos anteojos y le dicen que en el segundo acto él va a
representar el papel del actor que había visto antes y que se llama John Howell en la
pieza.
“Usted será John Howell”. Él quiere protestar y preguntar qué clase de broma
estúpida es esa, pero se da cuenta en el momento de que hay una amenaza latente, de
que si él se resiste puede pasarle algo muy grave, pueden matarlo. Antes de darse cuenta
de nada escucha que le dicen “salga a escena, improvise, haga lo que quiera, el juego es
así”, y lo empujan y él se encuentra ante el público… No les voy a contar el final del
cuento, que es fantástico, pero sí lo que sucedió después.
El año pasado recibí desde Nueva York una carta firmada por una persona que se
llama John Howell. Esa persona me decía lo siguiente: “Yo me llamo John Howell, soy
un estudiante de la universidad de Columbia, y me ha sucedido esto; yo había leído
varios libros suyos, que me habían gustado, que me habían interesado, a tal punto que
estuve en París hace dos años y por timidez no me animé a buscarlo y hablar con usted.
En el hotel escribí un cuento en el cual usted es el protagonista, es decir que, como París
me ha gustado mucho, y usted vive en París, me pareció un homenaje, una prueba de
amistad, aunque no nos conociéramos, hacerlo intervenir a usted como personaje.
Luego, volví a N.Y., me encontré con un amigo que tiene un conjunto de teatro de
aficionados y me invitó a participar en una representación; yo no soy actor, decía John,
y no tenía muchas ganas de hacer eso, pero mi amigo insistió porque había otro actor
enfermo. Insistió y entonces yo me aprendí el papel en dos o tres días y me divertí
bastante. En ese momento entré en una librería y encontré un libro de cuentos suyos
donde había un cuento que se llamaba “Instrucciones para John Howell”. ¿Cómo puede
usted explicarme esto, agregaba, cómo es posible que usted haya escrito un cuento sobre
alguien que se llama John Howell, que también entra de alguna manera un poco forzado
en el teatro, y yo, John Howell, he escrito en París un cuento sobre alguien que se llama
Julio Cortázar?
Yo los dejo a ustedes con esta pequeña apertura, sobre el misterio y lo fantástico,
para que cada uno apele a su propia imaginación y a su propia reflexión y desde luego, a
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partir de este minuto estoy dispuesto a dialogar y a contestar, como pueda, las preguntas
que me hagan.
FIN
Conferencia dictada en la U.C.A.B.