El Bosque de los Susurros Eternos
En lo profundo de una región olvidada, existía un bosque que ningún mapa mostraba,
conocido solo en susurros como El Bosque de los Susurros Eternos. Aquellos que se
aventuraban dentro nunca regresaban, y los lugareños aseguraban que el bosque podía
hablar, revelando secretos que nadie quería escuchar.
Lía, una joven aventurera, no creía en las historias. Desde pequeña, había oído a los
ancianos del pueblo advertir sobre el bosque, pero para ella, eran solo cuentos para asustar
a los niños. Un día, motivada por su deseo de descubrir algo extraordinario, decidió
adentrarse en el bosque, armada únicamente con una linterna, una brújula y un viejo diario
que había pertenecido a su abuela.
El diario contenía un único mensaje críptico:
"El bosque no es enemigo, pero tampoco amigo. Escucha con cuidado y camina con
respeto."
El primer paso dentro del bosque fue como entrar en otro mundo. Los árboles eran
altísimos, sus copas tan densas que apenas dejaban pasar la luz del sol. A pesar de la
aparente calma, el aire estaba lleno de sonidos: murmullos que parecían venir de todas
partes. Al principio, Lía pensó que era el viento, pero pronto se dio cuenta de que eran
palabras, suaves como un susurro al oído.
—Lía... no sigas.
Se detuvo en seco. El susurro había dicho su nombre. Un escalofrío recorrió su espalda,
pero decidió ignorarlo.
—Son solo trucos de mi mente —murmuró para sí misma, avanzando más profundamente.
Mientras caminaba, los murmullos se intensificaban. Algunos eran advertencias:
—Regresa. No perteneces aquí.
Otros, más extraños, parecían contar historias:
—Una vez fui como tú. Ahora soy solo un eco.
Lía trató de mantener la calma, recordando las palabras de su abuela. Sabía que el bosque
tenía fama de probar a los intrusos, y estaba decidida a demostrar que no tenía miedo.
Horas después, llegó a un claro donde un árbol inmenso se alzaba en el centro, sus raíces
formando intrincados patrones en el suelo. Era diferente a todos los demás árboles: su
tronco parecía brillar con una luz tenue, y sus hojas emitían un sonido como el tintineo de
campanas lejanas. Lía sintió una atracción inexplicable hacia él.
Cuando se acercó, una voz profunda, más clara que los susurros, resonó desde el árbol:
—Has venido buscando respuestas, pero primero debes enfrentarte a lo que has olvidado.
De repente, el suelo bajo sus pies pareció desvanecerse, y Lía se encontró en un lugar
completamente distinto. Era su antiguo hogar, pero no como lo recordaba. La casa estaba
llena de risas, y vio a una versión más joven de sí misma jugando con su hermana menor,
Emma.
Emma había muerto años atrás en un accidente, algo que Lía siempre había culpado al
destino, pero ahora estaba reviviendo ese día. Vio cómo Emma la seguía al río, cómo Lía la
alentaba a cruzar las piedras resbaladizas y cómo, en un instante de descuido, su hermana
cayó.
Lía gritó, corrió hacia Emma, pero no pudo hacer nada. El agua se la llevó, como había
ocurrido entonces. Solo que esta vez, la voz del bosque resonó con fuerza:
—Tu culpa es una raíz que ha crecido dentro de ti. Hasta que no la enfrentes, serás
prisionera de tu propio corazón.
De regreso en el claro, Lía cayó de rodillas. Las lágrimas brotaban sin control mientras
admitía algo que nunca había dicho en voz alta:
—No fue el destino. Fue mi error. Yo debía protegerla, y fallé.
El árbol brilló más intensamente, y las raíces se movieron, formando un círculo a su
alrededor. La voz volvió a hablar, esta vez con un tono más suave:
—Aceptar no significa olvidar. Amar no significa cargar con el peso para siempre. Ella no te
culpa, Lía. Ahora libérate.
Por primera vez en años, Lía sintió un peso levantarse de sus hombros. El bosque dejó de
murmurar, y una paz profunda llenó el aire. Al levantarse, notó que el árbol había dejado
caer una pequeña semilla, que brillaba con la misma luz que su tronco.
—¿Qué es esto? —preguntó en voz alta.
—Es tu nuevo comienzo —respondió la voz—. Llévala contigo y siémbrala donde el amor
pueda crecer.
Cuando Lía salió del bosque, ya no era la misma. Regresó al pueblo y plantó la semilla junto
a la tumba de su hermana, donde creció rápidamente en un árbol similar al del claro. Los
susurros del bosque nunca más la llamaron, pero ella sabía que el bosque había cambiado
su vida para siempre.
Desde entonces, Lía se dedicó a proteger la naturaleza y a compartir lo que había
aprendido: que enfrentar el pasado es la única forma de liberar el corazón y encontrar paz.