Drogas y Ritual - Thomas Szasz
Drogas y Ritual - Thomas Szasz
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Thomas Szasz
Drogas y ritual
La persecución ritual de drogas, adictos e inductores
ePub r1.0
Titivillus 07.10.15
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Título original: Ceremonial Chemistry. The Ritual Persecution Of Drugs, Addicts, And Pushers
Thomas Szasz, 1985
Traducción: Antonio Escohotado
Retoque de cubierta: Titivillus
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PRÓLOGO
ANTONIO ESCOHOTADO
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Los hombres están capacitados para la libertad en exacta proporción a lo dispuestos que estén a encadenar
moralmente sus propios apetitos; en la proporción en que su amor a la justicia esté por encima de su rapacidad;
en la proporción en que su corrección y sobriedad de entendimiento estén por encima de su vanidad y
presunción; en la proporción en que estén dispuestos a escuchar los consejos de los sabios y buenos antes que la
adulación de bribones. La sociedad no puede existir sin que en alguna parte exista un poder hegemónico sobre
la voluntad y el apetito, y cuando menos quede dentro, más deberá haber fuera. Está prescrito en la eterna
constitución de las cosas que los hombres de mente intemperante no pueden ser libres. Sus pasiones forjan sus
grilletes.
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AGRADECIMIENTOS
CON CADA NUEVO LIBRO crece mi deuda y gratitud hacia mi hermano George. Su
dedicación a mi trabajo está más allá del elogio, y cualquier esfuerzo por reconocerlo
está destinado a quedarse corto. Deseo también dar las gracias a mis hijas Margot y
Susan Marie por sus generosos esfuerzos localizando materiales de consulta, por la
seria crítica de mis opiniones, y por sus ideas propias; a Bill Whitehead, mi editor en
Doubleday, por la constante y concienzuda ayuda a mis libros previos y a éste en
particular; a mi colega Ronald Carino, por leer el manuscrito y por sus muchas
sugerencias de revisión; a Helen Vermeychuk por su consejo y asesoramiento sobre
fuentes y terminología griega; al personal de la biblioteca de la Universidad de Nueva
York, en el Upstate Medical Center, por sus incansables esfuerzos dirigidos a
asegurar muchas de las referencias consultadas en la preparación de este volumen; y a
mi secretaria, Debbie Murphy, por sus meticulosos y eficaces trabajos.
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PREFACIO
HAY PROBABLEMENTE UNA COSA, y sólo una, en la que están de acuerdo los líderes de
todos los Estados modernos; en la que están de acuerdo católicos, protestantes,
judíos, mahometanos y ateos; en la que están de acuerdo demócratas, republicanos,
socialistas, comunistas, liberales y conservadores; en la que están de acuerdo
autoridades médicas y científicas de todo el mundo; y en la que coincide el parecer de
la gran mayoría de los individuos en todos los países civilizados, según sondeos de
opinión y votaciones. Esa cosa es el «hecho científico» en cuya virtud ciertas
substancias que las gentes gustan de ingerir o inyectarse son «peligrosas», tanto para
quienes las utilizan como para los otros, y que el uso de tales substancias constituye
«abuso de drogas» o «toxicomanía», una enfermedad cuyo control y erradicación
constituye un deber para las fuerzas combinadas de la profesión médica y el Estado.
Sin embargo, hay escaso acuerdo —de persona a persona, de país a país, incluso de
década a década— sobre qué substancias son aceptables, considerándose su uso
«abuso de drogas» y «toxicomanía».
Mi propósito en este libro es simple y al mismo tiempo amplio. Primero, quisiera
identificar los verdaderos acontecimientos que constituyen nuestro llamado problema
de drogas. Mostraré que este fenómeno consiste, de hecho, en una vehemente
promoción y una aterrorizada prohibición de varias substancias; en el uso habitual y
la temerosa abstinencia de ciertas drogas y, normalmente, en la regulación mediante
el lenguaje, la ley, las costumbres, la religión, y cualquier otro medio concebible de
control social o simbólico, de cierta clase de comportamientos ceremoniales y
suntuarios.
Segundo, quisiera identificar la esfera conceptual y la categoría lógica a que
pertenecen estos fenómenos. Mostraré que pertenecen al reino de la religión y la
política; que «drogas peligrosas», adictos e inductores[1] son los chivos expiatorios de
nuestras seculares sociedades modernas, imbuidas terapéuticamente; y que la
persecución ritual de estos agentes farmacológicos y humanos debe enmarcarse sobre
el fondo histórico de la persecución ritual a otros chivos expiatorios, como brujas,
judíos y dementes.
Y tercero, quisiera identificar las implicaciones morales y legales de afirmar que
el uso o la abstinencia de drogas no son cuestiones de salud y enfermedad, sino
cuestiones de bien y mal; en otras palabras, que el abuso de drogas no es un
lamentable ente clínico sino una práctica religiosa repudiada. Por consiguiente,
nuestras opciones con respecto al «problema» de las drogas son las mismas que
nuestras opciones con respecto al «problema» de religiones; esto es, podemos adoptar
varios grados de tolerancia o intolerancia ante aquellos cuyas religiones —ya sean
teocráticas o terapéuticas— difieran de las nuestras.
Durante el último medio siglo el pueblo americano se ha embarcado en una de las
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guerras más despiadadas —luchada bajo los colores de drogas y médicos,
enfermedades y tratamientos— que jamás haya visto el mundo. Si hace cien años el
gobierno americano hubiera intentado regular qué substancias podían o no ingerir sus
ciudadanos, el esfuerzo habría sido ridiculizado como absurdo y rechazado por
anticonstitucional. Si hace cincuenta años el gobierno americano hubiera intentado
regular qué cosechas podían o no cultivar los granjeros en países extranjeros, el
esfuerzo habría sido criticado por injerencia y rechazado por colonialismo. Sin
embargo, ahora el gobierno americano se encuentra comprometido en la imposición
de tales regulaciones precisamente a sus ciudadanos por medio de leyes penales y
sobre salud mental, y a los otros países mediante tratados económicos e incentivos; y
estas regulaciones —llamadas «controles sobre drogas» o «controles sobre
estupefacientes»— son aclamadas y apoyadas por incontables individuos e
instituciones, tanto en casa como en el extranjero.
De este modo, hemos conseguido reemplazar coacciones y colonialismos raciales,
religiosos y militares, que ahora nos parecen indecorosos, por coacciones y
colonialismos médicos y terapéuticos, que ahora nos parecen decorosos. Como estos
últimos controles están ostensiblemente basados en la Ciencia y sólo pretenden
asegurar la Salud, y como los así coaccionados y colonizados a menudo reverencian a
los ídolos del «es-cientismo» médico y terapéutico tan ardientemente como lo hacen
los coactores y colonizadores, las víctimas ni siquiera pueden expresar su difícil
situación, y son en buena medida incapaces de resistir a sus verdugos. Quizá
semejante persecución de unas personas por otras —semejante canibalismo
simbólico, que proporciona significado a una vida privando de él a otra— sea una
parte inexorable de la condición humana y, por tanto, inevitable. Pero no es en modo
alguno inevitable que muchas personas se engañen a sí mismas hasta el punto de
creer que la persecución ritual de chivos expiatorios —en Cruzadas, Inquisiciones,
Soluciones Finales o Guerras contra el Abuso de Drogas— efectivamente
proporciona deidades o previene dolencias.
THOMAS SZASZ
Syracuse, Nueva York
1 de septiembre de 1973
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PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1985
HA TRANSCURRIDO más de una década desde que escribí el prefacio a la edición
original de este libro. Muchas cosas han cambiado en la vida americana durante estos
años, pero la «guerra contra las drogas» no es una de ellas. Todo sigue igual con
respecto al «abuso de drogas» y «políticas sobre drogas», sólo que agravado.
Incontables americanos continúan plantando y traficando, vendiendo y comprando,
ingiriendo, inhalando e inyectándose drogas ilícitas en cantidades que parecen
aumentar constantemente. Otros —o quizá parte de los mismos— continúan
promoviendo agitación contra el «abuso de drogas» y el «tráfico de drogas», con una
imbecilidad e intensidad que parecen aumentar constantemente. Mientras tanto, el
americano común va viendo cada vez más amenazada su vida diaria, tanto por
aquellos que «abusan» de las drogas como por aquellos cuyo trabajo es abusar de las
personas que «abusan de las drogas».
Sin embargo, nada de esto hace que la gente ponga en duda la validez de las
premisas sobre nuestro llamado «problema de drogas», o la legitimidad de las
políticas sociales ostensiblemente dirigidas a combatirlo. En realidad ¿por qué habría
de suceder algo así? Si la gente quiere negar que el peligro de las «drogas peligrosas»
—tales como heroína, cocaína o marihuana— no reside en las substancias en sí
mismas sino en la propensión humana a tomarlas, y en las decisiones personales de
aquellos que las usan, entonces lo negarán. Y, habiéndolo negado, procederán a
perder de vista ideas anticuadas pero eternamente válidas como tentación y
autocontrol, y terminarán por negar también la libertad y la responsabilidad personal.
Finalmente, la gente se convencerá —como ya sucede con la mayoría de los
americanos— de que nuestro «problema de drogas» es algo históricamente novedoso,
que implica nuevas enfermedades que requieren nuevos tratamientos. He ahí una
ilusión que sale cara.
Aparentemente, la gran disputa moral de nuestra época es la lucha entre el
comunismo y el capitalismo. En realidad, esa lucha encubre una disputa todavía
mayor: la batalla librada por políticos y sus lacayos intelectuales, tanto del Este como
del Oeste, contra el libre albedrío y la responsabilidad personal. Ofrecido en la
imaginería del determinismo histórico o biológico, o contemplado como «ciencia»
marxista o de la conducta, el mensaje real es el mismo: el individuo no es responsable
de su comportamiento, es una víctima que debe ser salvada (del capitalismo o de las
«drogas») por un Estado protector terapéutico.
El hecho es que mientras permanezcan en el laboratorio o en el cajón —esto es,
en cualquier parte distinta del cuerpo humano— las drogas son substancias
rigurosamente inertes. La heroína, la cocaína y la marihuana no plantean problemas a
aquellos que no las toman, y —a diferencia de las «drogas psiquiátricas» hoy de
moda— nadie está obligado a tomarlas. En consecuencia, es abusar gravemente del
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lenguaje llamar «peligrosas» a ciertas drogas (ilícitas), y algo peor aún que la
demencia declararles la «guerra».
THOMAS SZASZ
Syracuse, Nueva York
1 de noviembre de 1984
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INTRODUCCIÓN
EN SU ACTUAL USO popular y profesional, el término «adicción» no se refiere a una
enfermedad sino a una forma de desviación menospreciada. En consecuencia, el
término «adicto» no se refiere a un paciente de buena fe, sino a una identidad
estigmatizada, que normalmente se aplica a una persona contra su voluntad. De este
modo, adicción (o abuso de drogas) se asemeja a enfermedad mental o a brujería, y el
adicto (o la persona que abusa de las drogas) se asemeja al paciente mental y a la
bruja, puesto que todos estos nombres identifican categorías de desviación y a los allí
incluidos. En realidad, sería más preciso decir que la adicción está considerada como
una enfermedad mental específica, lo mismo que histeria, depresión y esquizofrenia
se consideran enfermedades mentales específicas.
Por consiguiente, las observaciones y argumentos sobre la enfermedad mental y
la empresa psiquiátrica que he presentado en otros ensayos —especialmente en El
mito de la enfermedad mental y La fábrica de la locura— son aplicables, mutatis
mutandis, a la adicción, los adictos y los llamados expertos que ejercen su profesión
incesante y abnegadamente por cuenta de ellos[2]. Intentaré no repetir estas
observaciones y argumentos aquí y limitarme, en la medida de lo posible, a los
aspectos del consumo de drogas y las persecuciones de consumidores de drogas que
caracterizan dichos comportamientos, y los distinguen de otros tipos de desviación
definida médicamente y sus persecuciones psiquiátricas.
La bruja modelo era inicialmente una mujer estrambótica, el loco modelo un
maníaco homicida, y el adicto modelo un narcomonstruo[3] trastornado; pero una vez
que estas categorías fueron aceptadas no sólo como verdaderas sino como
inmensamente importantes, los núcleos para el reclutamiento de desviados tales
crecieron rápidamente. Con el tiempo, fue posible que cualquiera —salvo quizá los
tratantes de desviados con más éxito, y sus más poderosos maestros— resultara
«descubierto» como abusador de drogas; y brujería, locura y abuso de drogas fueron
entonces declaradas «plagas» de «proporciones epidémicas», ante cuya «infección»
nadie era inmune. En el caso de los tratantes en adicciones, pueden distinguirse tres
mecanismos interconectados para crear y descubrir personas «propensas a la
adicción». El primero consiste en clasificar como «estupefacientes peligrosos» ciertas
substancias que no son ni peligrosas ni estupefacientes, pero sí particularmente
populares en grupos cuyos miembros se prestan fácilmente a la estigmatización social
y psiquiátrica (siendo tales grupos los negros y portorriqueños de suburbios, y los
jóvenes). El segundo es prohibir esas substancias y perseguir —mediante una
represión corrupta y caprichosa— a los que se asocian con su uso como criminales
depravados («camellos»), y como pacientes locos («adictos» y «narcomonstruos»). El
tercer mecanismo es la persistente pretensión de que el uso de «estupefacientes
peligrosos» está creciendo a un ritmo alarmante, lo cual supone lanzar una gigantesca
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campaña de publicidad para favorecer el consumo de drogas que, aun siendo ilegales,
se hallan fácilmente disponibles a través de canales ilícitos, y que supuestamente son
fuente de inmensos «placeres». Estos procesos aseguran una fuente ilimitada de
«materia prima», a partir de la cual pueden fabricarse tantos adictos diplomados y
etiquetados oficialmente como necesario sea.
Tal como en tiempos se enfrentó el Occidente Cristiano al problema de las brujas
se enfrenta ahora el mundo científico al problema de los toxicómanos. Las unas han
sido el producto de su creación tanto como los otros lo son ahora. La fabricación del
«problema de las drogas» genera, sin embargo, ciertos fenómenos que podrían ser
descritos o abordados de muchas maneras. Muchos de estos fenómenos —
especialmente la prohibición de ciertas substancias llamadas «drogas peligrosas», y el
hecho de que su consumo se llame «abuso de drogas» o «toxicomanía»— se
examinan ahora en los manuales de farmacología. Esto equivale a examinar el uso del
agua bendita en los manuales de química inorgánica. Pues si el estudio de la
toxicomanía pertenece a la farmacología porque la dependencia tiene que ver con las
drogas, el estudio del bautismo pertenece a la química inorgánica porque dicha
ceremonia tiene que ver con el agua.
Por supuesto, el bautismo es una ceremonia, y resulta generalmente admitido
como tal. Muchas formas de uso de drogas —por ejemplo, ciertos tipos de
automedicación— también constituyen ceremonias, pero no se admiten como tales.
En consecuencia, el estudio del uso ceremonial de las drogas pertenece a la
antropología y la religión antes que a la farmacología y la medicina, y debiera
llamarse correctamente «química ceremonial». En otras palabras, propongo distinguir
más tajantemente que hasta ahora entre el estudio de las drogas y el estudio de su uso
y evitación. Tanto la química orgánica como la química biológica y la farmacología
se relacionan con las propiedades químicas y los efectos biológicos de drogas. Por su
parte, la química ceremonial se relaciona con las circunstancias personales y
culturales del uso y la evitación de drogas. El objeto de la química ceremonial es, por
tanto, lo mágico en contraposición con lo médico, lo ritual en contraposición con las
dimensiones técnicas aparejadas al uso de drogas; más específicamente, su objeto de
estudio es la aprobación y la desaprobación, la promoción y la prohibición, el uso y la
evitación de substancias simbólicamente significativas y las explicaciones y
justificaciones ofrecidas para las consecuencias y el control de su empleo.
Las drogas adictivas guardan el mismo tipo de relación con las drogas ordinarias
o no adictivas que el agua bendita con la ordinaria o no bendita. Cuando
identificamos ciertas drogas, las llamadas «adictivas» y las clasificamos junto a otras
drogas, como los antibióticos, los diuréticos o las hormonas cometemos un error
categorial similar al que cometeríamos si distinguiésemos un tipo de agua llamada
«bendita» y la clasificásemos junto al agua destilada o al agua pesada[4]. Se sigue de
ello que intentar entender la adicción a las drogas por el procedimiento de estudiar las
drogas tiene tanto sentido como intentar entender el agua bendita estudiando el agua;
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y que regular el uso de drogas adictivas, partiendo del tipo de drogas que son, tiene
tanto sentido como regular el uso del agua bendita, partiendo del tipo de agua
empleada.
Sin embargo, esto es exactamente lo que hacemos ahora. La confusión que
generamos así en nuestras propias mentes y vidas, y en las mentes y vidas de aquellos
a quienes afectamos con nuestra legislación, tratamiento o «sentido común», no
podría ser mayor. Pues la locura en la que hemos caído es realmente de enormes
proporciones: hemos destronado a Dios y al Diablo, y los hemos reemplazado con
nuevos dioses y diablos. Nuestros nuevos dioses y diablos —creaciones nuestras,
aunque a la vez monstruos misteriosos— son las drogas que reverenciamos y
tememos.
Cuando se creía realmente que el cuerpo humano era propiedad de Dios, apenas
se permitía a los médicos actuar sobre él (excepto quizá cuidar las heridas, para
devolverlo a su estado «natural»).
Cuando no se cree realmente que el cuerpo humano pertenece a Dios, apenas hay
cosa que a los médicos no se les permita (excepto quizá destruirlo con el confesado
propósito de destruirlo).
El fundamentalismo religioso, por ejemplo, no conoce límites en su adoración de
Dios, creando una deidad todopoderosa en cuyas obras le está prohibido al hombre
interferir. Creado por y a imagen de Dios, el ser humano es una obra maestra
infinitamente valiosa que no debe ser tocada por los visitantes del Museo Divino, ni
mucho menos alterada pues alteración es aquí sinónimo de degeneración.
De forma similar, el fundamentalismo médico no conoce límites en su adoración
de la Ciencia, creando una Medicina todopoderosa capaz de operar inacabables
mejoras en toda materia biológica, y especialmente en el hombre. Creado por y a la
imagen de la Medicina, el ser humano es un modelo operativo en el laboratorio del
empleado técnico biológico, que todo operario científico debe tratar de alterar. Pues
alteración es aquí sinónimo de progreso.
Es obvio que ya sea por su concepto inmoderado de Dios, o por su concepto
inmoderado de Salud, el hombre acaba convirtiéndose en víctima de su propia
arrogancia. A mi entender, lo que el género humano necesita fundamentalmente
ahora, es moderación y templanza en todas las cosas importantes; y puesto que dos de
las cosas más importantes en la vida son la religión y la medicina, necesitamos
moderación y templanza con respecto a Dios y la Salud. Moderación con respecto a
Dios significa tolerancia religiosa, esto es: no un control del adorador, sino de
aquellos que controlarían cómo debe adorarse. En Estados Unidos la Primera
Enmienda a la Constitución y, en otras sociedades seculares libres, leyes y
costumbres análogas garantizan la protección del ciudadano frente a semejante
usurpación religiosa. De igual manera, moderación con respecto a la Salud significa
tolerancia médica; esto es, no un control sobre el usuario de drogas, sino sobre
aquellos que controlarían cómo deben usarse las drogas. Pero ni en Estados Unidos ni
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en ninguna otra sociedad moderna está el ciudadano protegido frente a semejante
usurpación médica.
En resumen, debemos rechazar las imágenes de deidades todopoderosas y de una
omnipresente salud y vida. Al mismo tiempo, debemos retener —en realidad, elevar a
niveles sin precedentes— un respeto hacia leyes «más altas» que las de los hombres,
como símbolo de que ante el tribunal de la vida una persona no puede ser al mismo
tiempo litigante y juez. Debemos en consecuencia aprender a experimentar y exhibir
un auténtico respeto hacia la salud y la vida, como símbolo de que precisamente
porque los hombres y las mujeres pueden dar y quitar, prestarle cuidado es su
principal deber. ¿Y cómo podrían las personas demostrar esto? Quizá simplemente
reexaminando y renunciando a su convicción inamovible —y a la conducta basada
sobre dicha convicción— de que el cuidado justifica la coerción, y que la coerción es
la prueba más esencial del cuidado.
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I
Pharmakos:
el chivo expiatorio
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1. EL DESCUBRIMIENTO DE LA TOXICOMANÍA
DESDE QUE LA FARMACOLOGÍA y la psiquiatría fueron aceptadas como disciplinas
médicas modernas —aproximadamente desde el último cuarto del siglo XIX—
químicos, médicos, psicólogos, psiquiatras, políticos y fabricantes farmacéuticos han
buscado todos, en vano por supuesto, drogas no adictivas para aliviar el dolor, inducir
el sueño y estimular la atención. Esta búsqueda se basa en la doble premisa de que la
adicción es un estado que causan las drogas, y que unas drogas son más y otras
menos «adictivas». Este criterio resume la confusión entre los efectos farmacológicos
de las drogas y sus usos prácticos.
Cuando una droga amortigua el dolor, induce sueño o estimula atención, y cuando
la gente sabe que hay drogas capaces de cumplir estas finalidades, algunas personas
—en función de sus circunstancias y deseos personales o sociales— quizá desarrollen
un interés por usarlas. Por qué mucha gente usa habitualmente tales drogas, e
innumerables otras substancias, no debe de momento ocuparnos aquí, salvo para
hacer notar que la razón de ello no puede atribuirse al hecho de ser «adictivas» tales
drogas. Es al contrario: llamamos «adictivas» a ciertas drogas porque las gentes
gustan de utilizarlas —tal como llamamos «combustibles» al éter y a la gasolina
porque se inflaman fácilmente. En consecuencia, es tan absurda una búsqueda de
drogas no adictivas que produzcan euforia como una búsqueda de líquidos no
inflamables que sean fáciles de encender.
Nuestra confusión contemporánea con respecto al abuso de drogas y la
toxicomanía es parte integrante de nuestra confusión con respecto a la religión. Es
religiosa cualquier idea o acto que proporcione a hombres y mujeres un sentido
acerca de la vida; que, en otras palabras, proporcione a su existencia significado y
finalidad. La ciencia, la medicina, y especialmente la salud y la terapia están
admirablemente adaptadas para funcionar como ideas, valores y afanes casi
religiosos. Es necesario pues, distinguir entre la ciencia como ciencia, y la ciencia
como religión (algunas veces llamada «escientismo»).
Desde que el uso y la evitación de ciertas substancias tiene que ver con
prescripciones y prohibiciones, con lo que es legal o lícito o ilícito, el llamado
«problema» del abuso de drogas o toxicomanía tiene dos aspectos: el religioso (legal)
y el científico (médico). En realidad, sin embargo, como los aspectos fácticos o
científicos de esta materia son insignificantes, el problema es, a todos los efectos
prácticos, casi enteramente religioso o moral[1]. Un ejemplo simple ampliará la
naturaleza de la distinción, y la confusión, a que me refiero.
Al igual que algunas personas buscan o evitan el alcohol y el tabaco, la heroína y
la marihuana, otros buscan o evitan el vino kosher y el agua bendita. Las diferencias
entre el vino kosher y el vino no kosher, el agua bendita y el agua ordinaria, son
ceremoniales, no químicas. Aunque sería idiota buscar la propiedad de la
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«kosheridad» en el vino, o la propiedad de la «santidad» en el agua, esto no significa
que no existan cosas como el vino kosher o el agua bendita. El vino kosher es vino
ritualmente puro con arreglo a la ley judía. El agua bendita es agua consagrada por un
sacerdote católico. Esto crea una cierta demanda de tal vino y tal agua por parte de
gente que desea ese tipo de cosa; al mismo tiempo, y precisamente por la misma
razón, tal vino y tal agua son rechazados por aquéllos que no tienen fe en su utilidad.
De igual manera, las importantes diferencias entre la heroína y el alcohol, o la
marihuana y el tabaco —en cuanto toca al «abuso de drogas»— no son químicas sino
ceremoniales. En otras palabras, la heroína y la marihuana no producen aproximación
o evitación porque sean más «adictivas» o más «peligrosas» que el alcohol y el
tabaco, sino porque son más «sagradas» o «profanas», según los casos.
La cuestión más importante para comprender el problema del uso y evitación de
drogas es, a mi juicio, la perspectiva médica sobre la conducta moral. Como he
mostrado en alguna parte[2], la pretensión psiquiátrica de que la conducta personal no
es volitiva sino reflexiva —en resumen, que los seres humanos no son sujetos sino
objetos, organismos y no personas— en principio fue emitida en relación con actos
que eran socialmente perturbadores y que convencionalmente podían llamarse
«enloquecidos» o «insanos».
Los pioneros «alienistas» del siglo XVIII dirigieron las primeras fábricas de locos,
y pusieron en práctica las primeras campañas publicitarias para vender «demencia»
atribuyendo a la «maldad» el nuevo nombre de «locura», y ofreciendo después
eliminarla. Los famosos «neuropsiquiatras» del siglo XIX hicieron progresos decisivos
tanto en la producción como en la promoción de locura, estableciendo la «realidad»
del concepto moderno de «enfermedad mental»: primero, presentaron
progresivamente la conducta desagradable y los deseos prohibidos bajo la metáfora
de la enfermedad, creando así más y más enfermedad mental; luego literalizaron esta
metáfora médica, insistiendo en que el comportamiento censurable no era
simplemente como una enfermedad, sino que era una enfermedad, confundiendo así a
otros, y quizá también a ellos mismos, en cuanto a las diferencias entre
«anormalidades» corporales y de comportamiento.
Ya avanzado el siglo XIX —en gran medida gracias al trabajo de Freud y los
«psicólogos» modernos— la locura había estallado atravesando los muros de los
manicomios, y estaba siendo descubierta en clínicas y consultas médicas, en la
literatura y el arte, y en la «psicopatología de la vida cotidiana». Desde la Primera
Guerra Mundial, los enemigos de esta psiquiatrización del hombre —en particular, la
religión y el sentido común— habían perdido su nervio; ahora no intentan siquiera
resistir a las teorías oportunistas y a las tecnologías opresivas de la moderna «ciencia
conductista».
De este modo, cuando los actuales «drogabusólogos», legisladores y psiquiatras
americanos entraron en escena, las lentillas que refractaron la desviación como
enfermedad se hallaban tan profundamente incrustadas en las córneas del pueblo
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americano que sólo podían desprenderse con el mayor de los esfuerzos; y sólo
dejando tanto a laicos como a profesionales tan dolorosamente heridos y
temporalmente ciegos que mal podría esperarse tolerancia hacia una interferencia
semejante en su visión, y mucho menos una autoilustración tan dolorosa.
El resultado fue que al llegar la era de la posprohibición, después de la Segunda
Guerra Mundial, vigente la calidad-química-de-vida, cuando el llamado problema de
las drogas «azotó» América los fenómenos que hizo ver sólo pudieron captarse
refractados por esas lentillas fijas. Quienes utilizaban drogas no podían valerse por sí
mismos. Puesto que eran víctimas de sus impulsos irresistibles, necesitaban de otros
que les protegieran ante esos impulsos. Eso hizo lógico y razonable que políticos y
psiquiatras abogasen por «controles de drogas». Y en vista de que nada de esto
«funcionó» —y, ¿cómo habría podido funcionar?— la culpa de todo pudo finalmente
atribuirse a los que vendían drogas ilícitas: fueron llamados «camellos», y
perseguidos de la espantosa forma que acostumbran a emplear quienes nadan en la
convicción de su propia bondad con aquellos cuya maldad resulta innegable.
Cabe presumir que algunas personas han «abusado» siempre de ciertas drogas:
del alcohol durante milenios, del opio durante siglos. Sin embargo, sólo en el siglo XX
ciertas pautas de uso han sido etiquetadas como «adicciones». Tradicionalmente, el
término «adicción» significa simplemente una fuerte inclinación hacia determinados
tipos de conducta, con poco o ningún sentido peyorativo. De ahí que el Oxford
English Dictionary ofrezca ejemplos pre-siglo-veinte sobre el empleo del término,
como ser adicto a «los asuntos civiles», «la lectura provechosa» y a «las malas
costumbres». Ser adicto a las drogas no figura entre las definiciones enumeradas.
Hasta hace relativamente poco, se daba por sentado que el término «adicción» se
refería a un hábito bueno o malo según fuera el caso, y en realidad era aplicado con
más frecuencia a lo primero. Este uso evitó a la gente la confusión a la que
inevitablemente ha conducido el significado contemporáneo de este término.
Aunque el término «adicción» todavía se emplea con frecuencia para describir
hábitos —normalmente de tipo indeseable—, su significado se ha extendido y
transformado tanto que ahora se utiliza para indicar casi cualquier clase de asociación
ilegal, inmoral o indeseable con ciertos tipos de drogas. Por ejemplo, alguien que sólo
ha fumando un cigarrillo de marihuana, o que nunca ha consumido una droga
creadora de hábito o ilegal, puede pasar por persona que abusa de las drogas o
drogadicta; no otra cosa acontece cuando una persona es descubierta en posesión de
drogas ilícitas, «examinada» por las autoridades legales y médicas por el uso (antes
que por venta o simple tenencia) de esas substancias y, finalmente, condenada
judicialmente por «abuso» de drogas o «drogadicción».
En definitiva, durante el último medio siglo —y especialmente en las últimas
décadas— el sustantivo «adicto» ha perdido su significado denotativo y su referencia
a personas comprometidas con ciertos hábitos, para convertirse en una etiqueta
estigmatizante que sólo posee significado peyorativo cuando se refiere a ciertas
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personas. El término «adicto» ha sido añadido así a nuestro léxico de etiquetas
estigmatizantes, tal como «judío» puede mentar a quien profesa cierta religión, y a un
«asesino de Cristo» que merecería ser asesinado; o como «negro» puede mentar a una
persona de piel oscura y también a un salvaje que debe ser mantenido en un status de
esclavitud efectiva o social. Más específicamente aún, la palabra «adicto» se ha
añadido a nuestro vocabulario psiquiátrico de diagnósticos estigmatizantes, ocupando
un lugar junto a términos como «demente», «psicótico», «esquizofrénico», etc.
Esta transformación conceptual, cultural y semántica en el uso y significado del
término «adicción» se refleja también en la reciente y notable aparición de aquello
que los psiquiatras contemplan como listas autorizadas u oficiales de enfermedades
psíquicas o diagnósticos psiquiátricos. La primera edición del libro de texto clásico
de Kraepelin, publicado en 1883, no enumera ni la intoxicación por drogas ni la
drogodependencia en su inventario de enfermedades mentales[3]. La segunda edición,
publicada en 1887, menciona «intoxicaciones crónicas» y detalla «alcoholismo» y
«morfinismo», pero no menciona todavía la adicción. Cuatro años después, en la
cuarta edición, el «cocainismo» se añade a las intoxicaciones, pero la adicción aún no
se menciona. (Sin embargo, la homosexualidad se ha añadido ahora a la lista). La
sexta edición, publicada en 1899, incluye tanto las intoxicaciones «agudas» como las
«crónicas», mencionando específicamente las tres drogas antes añadidas a la lista; en
la octava edición, publicada entre 1909 y 1915, se enumeran los mismos
diagnósticos, con una significativa ausencia de la adicción.
En el famoso Manual de psiquiatría de Bleuler, publicado en 1916, se incluyen
las «psicosis tóxicas», pero no la adicción. En Estados Unidos, el manicomio de
Hartford, Connecticut, tenía en 1888 un sistema de clasificación que incluía
«demencia masturbatoria» y «demencia alcohólica», pero no intoxicaciones o
adicción. En Estados Unidos el diagnóstico «toxicomanía» sólo fue reconocido
oficialmente en 1934, cuando se incluyó por primera vez entre las «enfermedades
mentales» enumeradas en la Nomenclatura oficial de enfermedades clasificadas de la
Asociación Psiquiátrica Americana[4].
El texto más respetado sobre historia de la psiquiatría y el más utilizado hoy en
escuelas médicas americanas y en programas de residencia psiquiátrica, es Una
historia de la psiquiatría de Gregory Zilboorg. En el índice de este libro, publicado
por primera vez en 1941, no hay apartados correspondientes a «adicción» o
«toxicomanía»[5].
Actos ceremoniales —como participar en la Sagrada Comunión, celebrar el Yom
Kippur o saludar a la bandera— articulan ciertos valores comunitarios. Al participar
en el ceremonial el individuo afirma su calidad de miembro dentro del grupo;
renunciando a participar en el afirma su rechazo o marginación con respecto a él.
Por consiguiente, para entender la química ceremonial debemos distinguir entre
los efectos químicos y médicos de las drogas y los aspectos ceremoniales o morales
de su uso. A primera vista, parece una distinción fácil. Pero resulta huidiza —como
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tendremos oportunidad de observar— porque es una distinción que con frecuencia
hacemos arriesgando perder nuestra valorada pertenencia a una familia, profesión u
otro grupo, del que depende nuestra propia estima cuando no nuestra substancia
misma.
Los manuales de farmacología versan sobre los efectos químicos de diversas
drogas sobre el cuerpo, y especialmente sobre el cuerpo humano; más precisamente,
versan sobre el uso de drogas para el tratamiento de enfermedades. Naturalmente,
existe una premisa ética implícita incluso en esta perspectiva —al parecer puramente
médica—, pero es tan manifiesto que normalmente no consideramos necesario
decirlo; la premisa es considerar que ciertas drogas son «terapéuticas», beneficiosas
para la persona (paciente) que las utiliza, y no para los microorganismos patógenos
que infectan su cuerpo, o para las células cancerosas a las que hospeda. Un libro de
texto de farmacología escrito para neumococos o espiroquetas no sería idéntico a uno
escrito para seres humanos. La suposición moral básica aunque tácita a la cual apunto
es que la farmacología constituye una disciplina científica aplicada, entiéndase por
ello que se aplica al bienestar del paciente enfermo, tal como ese bienestar suele
entenderse y ponerse en práctica por el propio paciente.
No obstante, todos los libros de texto recientes sobre farmacología contienen en
sus páginas un elemento totalmente incoherente e incompatible con esta finalidad y
premisa, y rigurosamente contrario a la evidente tarea intelectual del estudiante o
profesional en farmacología. Me refiero al hecho de que todos esos manuales
contienen un capítulo sobre toxicomanía y abuso de drogas.
En la cuarta edición de The Pharmacological Basis of Therapeutics, famoso
tratado de Goodman y Gilman, el psiquiatra Jerome H. Jaffe, define el «abuso de
drogas» como «… el uso, normalmente por autoadministración, de cualquier droga
cuando se desvíe de pautas médicas o socialmente aprobadas dentro de una cultura
dada»[6].
Implícitamente, pues, Jaffe, Goodman y Gilman aceptan el abuso de drogas —al
igual que ocurre con casi todos, en casi todas partes hoy— como una enfermedad
cuyo diagnóstico y tratamiento es legítima incumbencia de los médicos. Pero
observemos con cuidado qué es abuso de drogas. Jaffe lo define como cualquier
desviación «de pautas médicas o sociales aprobadas» en cuanto al consumo de
drogas. Somos, así, inmediatamente lanzados a las más recónditas profundidades de
la mitología sobre la enfermedad mental; pues si la conducta farmacológica
censurada socialmente constituye «abuso de drogas», y es oficialmente reconocida
como enfermedad por una profesión médica que constituye un organismo diplomado
por el Estado, también la conducta sexual censurada socialmente constituye
«perversión», y de igual manera se reconoce oficialmente como enfermedad; y
también, de forma más genérica, la conducta personal de cualquier clase censurada
socialmente constituye «enfermedad mental» oficialmente reconocida «como
cualquiera otra». Interesa e importa de modo particular en todas estas
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«enfermedades» —el abuso de drogas, el abuso del sexo y la enfermedad mental en
general— que muy pocos, o ninguno de quienes las sufren, reconocen estar enfermos;
y que, quizá por esta razón, estos «pacientes» pueden ser, y con frecuencia son,
«tratados» en contra de su voluntad[7].
A mi entender, y como confirma la propia definición de Jaffe, el abuso de drogas
es un asunto convencional; por tanto, es un tema que pertenece a la antropología y la
sociología, a la religión y al derecho, a la ética y la criminología; pero no, sin duda, a
la farmacología.
Por otra parte, como el abuso de drogas se relaciona con modelos desaprobados o
prohibidos del uso de drogas, no se asemeja al uso terapéutico de drogas para tratar a
pacientes enfermos, sino al uso tóxico de drogas para envenenar a gente saludable.
Ciertos «abusos de drogas» podrían, pues, ser considerados como actos de
autoenvenenamiento, que se relacionan con actos de envenenamiento criminal como
el suicidio se relaciona con el homicidio. Pero si esto es así, ¿por qué no incluir
también en manuales de farmacología capítulos sobre cómo tratar a quienes no
«abusan» de las drogas envenenándose a sí mismos, sino envenenando a otros?
Naturalmente, esto parece una idea absurda. ¿Por qué? El motivo es que quienes
envenenan a otros son criminales. Lo que hagamos con ellos no es un problema
planteado a la ciencia o la farmacología, sino una decisión a tomar por los
legisladores y tribunales. ¿Acaso es menos absurdo incluir en el campo de la
medicina o la farmacología qué hacer con quienes se envenenan a sí mismos, e
incluso con quienes hieren y simplemente violan ciertas normas sociales o reglas
legales?
Por supuesto, es evidente que tras de esta dimensión o normativa legal, en el
problema de las drogas hay una cuestión biológica que puede legítimamente ser
objeto de la farmacología. Sin considerar cómo se introduce una substancia química
en el cuerpo de una persona —bien a través de un médico (como en los tratamientos
ordinarios), o por intermedio de algún malhechor (como en los casos de
envenenamiento criminal)— esta sustancia tendrá ciertos efectos que podremos
entender mejor, y mitigar más satisfactoriamente, si contamos con conocimientos y
métodos farmacológicos. Todo esto es obvio. Lo que quizá no resulte tan obvio es
que enfocando la química de las drogas podemos oscurecer —podemos querer
oscurecer en realidad— el simple hecho de que a veces nos hallamos ante personas
que se consideran enfermas y desean ponerse bajo control médico, mientras que en
otros casos nos hallamos ante personas que no se consideran enfermas pero desean
tratarse con arreglo a su propio control. Tal como las medidas farmacológicas y de
otro tipo sirven para contrarrestar la toxicidad de las drogas, sus efectos tóxicos
pertenecen por derecho propio a un análisis de sus demás efectos biológicos; sin
embargo, las intervenciones sociales y legales impuestas a personas llamadas
«abusadores de drogas» o «toxicómanos» no tienen lugar legítimo alguno en los
manuales sobre farmacología.
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Como ciencia cuyo objeto es el uso de las drogas, no olvidemos que la
farmacología estudia los efectos curativos (terapéutico) y nocivos (tóxico) de las
drogas. Si, a pesar de ello, los manuales de farmacología contienen legítimamente un
capítulo sobre la toxicomanía, por el mismo motivo, los manuales de ginecología y
urología deberían contener un capítulo sobre prostitución, los manuales de psicología
un capítulo sobre perversión, los manuales de genética un capítulo sobre la
inferioridad racial de judíos y negros, y los manuales de matemáticas un capítulo
sobre los gremios de apostadores y, naturalmente, los manuales de astronomía un
capítulo sobre el culto al sol.
La mitología de la psiquiatría no sólo ha corrompido el sentido común y la ley,
sino también el lenguaje y la farmacología. Como acontece con todas las
corrupciones y confusiones semejantes, la presente no es algo que nos haya sido
impuesto por psiquiatras conspiradores o intrigantes; al contrario, es simplemente
otra manifestación de una necesidad humana tan profundamente arraigada como la
magia y la religión, el ceremonial y el rito, y la expresión encubierta (inconsciente)
de dicha necesidad en aquello que nos engañamos al considerar como «ciencia» de la
farmacología.
Mientras no distingamos con más claridad que actualmente entre los usos y
efectos químicos y ceremoniales de las drogas no podremos hacer una descripción
sensata ni un análisis racional del así llamado problema de la toxicomanía.
Hoy en día se reconoce y acepta que nuestro lenguaje no sólo refleja sino que
moldea nuestra experiencia. Sin embargo, esta sofisticación no ha tenido un efecto
apreciable en las actitudes y políticas contemporáneas ante problemas sociales donde
la configuración verbal del «problema» constituye por sí misma mucho o incluso
todo el ulterior problema. Aparentemente, poco o nada nos enseña el hecho de que no
tuviéramos problema alguno con las drogas hasta que literalmente nos convencimos
de tenerlo. Primero declaramos que esta o aquella droga era «mala» y «peligrosa»,
luego les dimos nombres feos como «estupefaciente», y finalmente se promulgaron
leyes prohibiendo su consumo. El resultado son nuestros actuales «problemas de
toxicomanía».
Los simples hechos históricos son que antes de 1914 no había «problema de
drogas» en Estados Unidos; no teníamos siquiera un nombre para cosa semejante.
Hoy existe un inmenso problema de drogas en Estados Unidos, y un montón de
nombres para designarlo. ¿Qué fue primero: el «problema del abuso de drogas», o su
nombre? Es lo mismo que preguntar por la gallina o el huevo. Sólo podemos estar
seguros de que cuantas más gallinas existan, más huevos habrá, y a la inversa. De
igual manera cabe afirmar que cuantos más problemas surjan, más nombres habrá
para ellos, y a la inversa. Mi opinión es simplemente que nuestros expertos en abuso
de drogas, legisladores, psiquiatras y otros guardianes profesionales de la moralidad
médica han mantenido en funcionamiento granjas avícolas y que continúan —gracias
en parte a ciertos abusos tácticos y característicos de nuestro lenguaje— fabricando y
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manteniendo el «problema de drogas» que tan ostensiblemente tratan de resolver. Los
siguientes extractos de la prensa popular y especializada —y mis comentarios sobre
ellos— ilustran y apoyan este criterio.
De un editorial aparecido en Science, titulado «Heroína mortal»:
El abuso de drogas, que otrora fue una enfermedad de Harlem, sobre todo, es ahora una plaga que se está
extendiendo a zonas residenciales acomodadas. El uso de drogas ha sido rodeado de glamour, mientras se
silencian las descripciones de sus terribles consecuencias […]. Dos métodos relativamente recientes parecen
prometedores. Uno es el uso de la metadona. La segunda propuesta, de índole psiquiátrica, hace hincapié sobre
cambios caracterológicos y utiliza exadictos para dar apoyo emocional a quienes desean dejarla. Esta nación
debería suministrar los fondos necesarios para actuar con vigor contra una creciente plaga[8].
La droga es el EN-1639A, proveniente de laboratorios en Garden City, Nueva York. Fuentes industriales
han confirmado que la firma se aproxima a la fase de experimentación clínica, último trámite previo a
comercializar una nueva droga […]. El EN-1639A ya ha sido ensayado con algunos sujetos humanos en el
centro federal de rehabilitación para toxicómanos sito en Lexington, Kentucky. Algunos funcionarios de esa
institución, creen que la nueva droga podría extirpar la adicción del mismo modo que las vacunas han
eliminado la viruela[9].
El doctor Max Jacobson, de 72 años, médico en Nueva York, ha estado durante muchos años inyectando
anfetamina —el poderoso estimulante que la cultura de las drogas llama speed— en las venas de docenas entre
los más célebres artistas, escritores, políticos y gente de la jet set en nuestro país […]. El doctor Jacobson es el
más conocido de un pequeño número de médicos neoyorquinos especializados en la prescripción y
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administración de anfetaminas pero no para tratar dolencias, sino para levantar el ánimo de pacientes
saludables. Muy lejos del típico cuadro de canallas juveniles que se administran a sí mismos drogas obtenidas
ilegalmente, la historia del doctor Jacobson y sus pacientes es la de adultos ricos y famosos que dependen de
un médico diplomado para sus inyecciones completamente legales […]. Sus pacientes más famosos fueron el
presidente Kennedy y su esposa […]. Por ejemplo, en 1961 fue con el Presidente a Viena a propósito de su
reunión con Kruschev, y Jacobson dijo en una entrevista que allí había administrado inyecciones al Presidente
[…]. En cierta ocasión, cuando el Dr. Jacobson se hallaba entre los asistentes al ensayo en Boston de On a
clear day, del señor Lerner, se volvió hacia la señora Burton Lañe, esposa del compositor, y alardeó de algo
que según muchas personas repite a menudo. La señora Lañe recuerda que el doctor Jacobson se señaló el
prendedor de corbata, una insignia Pt-109, y dijo: «¿Sabe cómo conseguí esto? He trabajado con los Kennedy.
He viajado con los Kennedy. He tratado a los Kennedy. Jack Kennedy. Jacqueline Kennedy. Nunca lo habrían
conseguido sin mí. Me dieron esto en prenda de agradecimiento» […]. Jacqueline Kennedy Onassis confirmó
a través de un portavoz que había sido tratada por el doctor Jacobson, pero se negó a dar más detalles[10].
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forma relativamente indolora. Y, por supuesto, existe una satisfacción rabínica en la
idea de que el traficante debería abandonar este mundo en las mismas circunstancias
que impuso a otros»[16].
Autoridades diversas nos dicen que los ciudadanos están encarcelados por los
traficantes, cuando lo cierto es que la seguridad de los ciudadanos es puesta en
peligro por los legisladores y políticos, que al prohibir la venta y el consumo de la
heroína crean los crímenes asociados al mercado ilegal; nos dicen que los traficantes
son «asesinos» merecedores de pena capital, cuando lo cierto es que no hacen daño
alguno y mucho menos matan, y cuando no existe pena de muerte en el Estado de
Nueva York ni siquiera para el asesinato, nos dicen que «la adicción es una forma de
genocidio», cuando lo cierto es que expresa autodeterminación; y nos dicen que los
traficantes de heroína son criminales a los que se debe matar con sobredosis de
heroína, abogando otra vez por la pena de muerte para los homicidas metafóricos, a
pesar de que no existe tal pena para los homicidas literales.
De una alocución pronunciada por el diputado James M. Hanley (demócrata, de
Nueva York) ante la Cámara de Comercio de Baldwinsville:
El diputado Hanley llamó a 60.000 toxicómanos conocidos de los Estados Unidos, «la parte visible del
iceberg», y expresó preocupación por los adictos desconocidos presentes y potenciales, preguntando:
«¿Cuántas sabandijas están infestando nuestros institutos y universidades, promocionando esa basura entre
nuestra incauta juventud?»[17].
La nueva propuesta del gobernador Rockefeller para tratar el problema de las drogas atacando a los
vendedores (con cadena perpetua a quienes vendan «drogas peligrosas») está fuertemente respaldada por la
teoría epidemiológica. En particular, la adicción a la heroína se parece mucho a una enfermedad contagiosa, a
pesar de no ser infecciosa. Existe un huésped, el hombre, un agente, la heroína y factores ambientales
identificables, igual que existen en las enfermedades contagiosas. Además, existe un vector, portador o agente
—el traficante (y el camello)— que puede o no estar infectado. De este modo, la adicción a la heroína es
similar en muchas cosas a enfermedades como la malaria con su vector identificable, el mosquito[18].
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tradicional y el médico moderno— del término «adicto» difícilmente podrían ser
mayores. En el primer caso tenemos una descripción —un nombre— no enteramente
libre de juicio valorativo, sin duda, pero que identifica principalmente un hábito
particular en la persona a quien se aplica. En el segundo caso, tenemos una
adscripción —un epíteto— no enteramente libre de facticidad, sin duda (salvo que
sea utilizado equívoca o mendazmente), pero que identifica principalmente un juicio
particular de la persona que lo está haciendo. En su sentido descriptivo, el término
«adicción» nos dice algo sobre lo que el «adicto» se hace a sí mismo; en su sentido
adscriptivo, nos dice algo sobre lo que planean hacerle los que emiten el juicio.
He hecho este mismo tipo de distinción —entre hecho y valor, descripción y
adscripción, autodefinición y definición por otros— en varios de mis trabajos previos.
En particular, he intentado mostrar que no sólo hay dos psiquiatrías diferentes —la
voluntaria y la involuntaria—, sino que son antagónicas entre sí; y he intentado
demostrar que confundir y combinar a una con otra sólo puede conducir a
mistificación para los psiquiatras e infortunio para los llamados pacientes[19]. En el
área del llamado abuso de drogas la distinción resulta sobremanera obvia, porque los
hechos son bastante simples: algunas personas quieren tomar ciertas drogas que
algunos otros no quieren que tomen. Los que utilizan las drogas —llamados
«personas que abusan de las drogas» o «toxicómanos» por las autoridades—
consideran sus drogas como aliados, y a quienes intentan privarles de ellas como
adversarios suyos; por su parte, los políticos, psiquiatras y exadictos —que se llaman
a sí mismos «expertos en abuso de drogas y toxicomanía»— consideran las drogas
prohibidas como «enemigos», las personas que las consumen como «pacientes», y
sus intervenciones coercitivas como «tratamientos». Pienso que gran parte de lo que
hoy se piensa y escribe sobre la adicción está viciado —haciéndose vacío, engañoso y
dañino— por un persistente fracaso o negativa a hacer las distinciones antes
reseñadas. Se hacen asertos, se ofrecen respuestas y se debate acaloradamente sobre
el tema, sin preocuparse nadie de investigar qué nombra con los términos «adicto» y
«adicción». Una razón para todo ello sería que resulta mucho más sencillo examinar
los efectos químicos de una droga consumida por una persona que los efectos sociales
de una ceremonia ejecutada por ella.
Se requiere inteligencia para entender la química de la droga que uno toma, pero
entender la ceremonia que uno ejecuta requiere coraje; y si hace falta inteligencia
para entender la química de la droga que otros toman, hace falta tanto coraje como
tolerancia para entender la ceremonia que ejecutan. La inteligencia, el coraje y la
tolerancia escasean y decrecen por ese orden. Mientras eso siga siendo la condición
humana, las llamadas Ciencias Humanas continuarán muy rezagadas con respecto a
las Ciencias Naturales.
Para entender el agua bendita, no debemos analizar el agua sino a sacerdotes y
parroquianos; para entender las drogas de abuso y adictivas, no debemos analizar las
drogas sino a doctores y adictos, a políticos y poblaciones. Algunas situaciones son
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claramente más favorables para semejante empresa que otras. No era fácil estudiar
muy bien el agua bendita en la Italia o España medieval, especialmente si uno era, y
tenía esperanzas de seguir siendo, un buen católico. De la misma forma, no es fácil
estudiar muy bien el opio y la heroína, o la marihuana y la metadona, en los USA o
en la URSS, especialmente si uno es, y tiene esperanzas de seguir siendo, un médico
leal cuyo deber consiste en ayudar a combatir la «plaga» de toxicomanía.
Las ceremonias sociales sirven para reunir a individuos en grupos. A menudo
desempeñan bien esta función, aunque a un alto precio para ciertos individuos del
sistema, o para ciertos valores apreciados por el grupo. Puesto que someter a examen
los ceremoniales tiende a debilitar sus poderes cohesivos, el escrutinio se percibe
como una amenaza para el grupo. En esto reside el límite básico de la viabilidad e
influencia de un análisis del ritual, ya sea mágico o médico.
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2. EL CHIVO EXPIATORIO COMO DROGA Y LA
DROGA COMO CHIVO EXPIATORIO
HACE MILES DE AÑOS —en tiempos que nos gusta llamar «primitivos» (pues nos
convierte en «modernos» sin necesidad de que nos esforcemos adicionalmente por
merecer esa calificación)— la religión y la medicina eran una empresa común e
indiferenciada: aliadas estrechamente con el gobierno y la política, el interés de
ambas era mantener la integridad de la comunidad y la de sus miembros individuales.
¿Cómo protegían las sociedades antiguas y sus sacerdotes-médicos a las gentes de
plagas y escaseces, de los peligros derivados de inminentes combates militares, y de
toda suerte de calamidades amenazadoras para las personas y los pueblos?
Generalmente lo hacían ejecutando ciertas ceremonias religiosas.
En la antigua Grecia (como en cualquier otra parte), una de esas ceremonias
consistía en sacrificios humanos. La selección, bautizo, tratamiento especial y,
finalmente, destrucción ritualizada del chivo expiatorio, constituía la más importante
y potente intervención «terapéutica» conocida por el hombre «primitivo». En la
Grecia arcaica, la persona sacrificada como chivo expiatorio era llamada el
pharmakos. ¡De ahí que la raíz de términos modernos como farmacología y
farmacopea no sea «medicina», «droga» y «veneno», como afirman erróneamente la
mayoría de los diccionarios, sino «chivo expiatorio»! Sin duda, una vez que la
práctica de sacrificios humanos fue abandonada en Grecia, probablemente alrededor
del siglo VI a. C., la palabra pasó a significar «medicina», «droga» y «veneno». En la
Albania actual, pharmak significa aún «veneno» solamente.
El lector «moderno» puede sentir la tentación de quitar importancia a todo esto,
considerándolo curiosidad etimológica. La magia en la que creían sus ancestros le
parece a él «tontería». Él no cree en la magia. Sólo «cree» en realidades, en la
ciencia, en la medicina. Fundada o no, esta caracterización crítica de la mente
moderna nos muestra palmariamente dos cosas: una es que si la anatomía y la
fisiología humana han cambiado poco o nada durante los últimos tres mil años, puede
decirse lo mismo de las organizaciones sociales y los principios del control social; la
segunda es que, al menos en algunos aspectos, el hombre moderno puede ser más
«primitivo» de lo que fue el hombre antiguo. Cuando los antiguos veían a un chivo
expiatorio, eran por lo menos capaces de reconocerlo en cuanto tal: un pharmakos, un
sacrificio humano. Cuando el hombre moderno ve a un chivo expiatorio, no lo
reconoce, o se niega a reconocerlo, en cuanto tal; en lugar de ello busca explicaciones
científicas para explicar lo obvio. De este modo, para la mente moderna las brujas
fueron mujeres mentalmente enfermas; los judíos en la Alemania nazi fueron
víctimas de una psicosis colectiva; los pacientes mentales involuntarios son gente que
ignora su propia necesidad de tratamiento, y así sucesivamente. Sostengo, y voy a
intentar demostrar, que en la larga lista de chivos expiatorios suscitada por apetito
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humano de pharmakos, al parecer insaciable, uno de los más importantes hoy en día
son ciertas substancias llamadas «drogas peligrosas» y «estupefacientes», ciertos
empresarios llamados «traficantes» o «inductores», y ciertas personas que consumen
ciertas substancias prohibidas, llamadas «toxicómanos», «personas que abusan de las
drogas» o «drogodependientes». Este lenguaje pseudocientífico y pseudomédico es al
mismo tiempo causa y resultado de la bochornosa insensibilidad actual en lo que
concierne a sacrificar seres humanos, y de la ceguera ante los chivos expiatorios
mismos. En contraste con sus ancestros primitivos, el hombre civilizado «sabe» que
el opio es un estupefaciente peligroso; que quienes lo venden son individuos
diabólicos, adecuadamente comparados con asesinos y tratados como tales; y que
quienes lo usan son a la vez enfermos y pecaminosos, y deben ser «tratados» contra
su voluntad por su propio bien; en resumen, «sabe» que ninguno de ellos es un chivo
expiatorio. Así, la promoción de la nueva ley sobre drogas de 1973, vigente para el
Estado de Nueva York, concluye con esta reveladora admonición y promesa: «Proteja
a los adictos de sí mismos y ayude a hacer de Nueva York un lugar mejor para
vivir»[1].
Los antiguos griegos hubieran reconocido la situación a la que esta ley se refiere,
y de la cual es ella misma una parte importante, como algo relacionado con
pharmakoi y no con farmacología. Es distinto nuestro caso, y eso mide la irreprimible
inhumanidad del hombre con el hombre, expresada a través de su insaciable apetito
de sacrificios humanos. Intentaré mostrar que este apetito lo satisfacemos ahora
confiando en la farmacomitología y los rituales característicos de una química
ceremonial. Para seguir mi argumento, será necesario suspender nuestra fe en la
sabiduría convencional, especialmente en cómo define y ve ahora esa Sabiduría a la
Iglesia, el Estado y la Medicina.
La Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos decreta una
separación entre la Iglesia y el Estado, lo cual implica que son instituciones separadas
y separables. De forma similar, las sociedades modernas distinguen claramente entre
religión y medicina, clérigos y médicos, lo cual implica que las empresas e
instituciones clericales y médicas son cosas separadas y separables. Dentro de ciertos
límites —bastante poco amplios— y para ciertos propósitos —bastante discretos— es
verdaderamente posible y deseable distinguir la religión de la medicina, y ambas del
gobierno. No obstante, tanto estas distinciones como los hábitos de lenguaje y
entendimiento que engendran, nos han hecho perder de vista algunas verdades muy
antiguas, simples y profundas; sobre todo, que la tarea más importantes de cualquier
sociedad es regular el comportamiento de sus miembros; que en el mundo antiguo no
había separación entre el papel del sacerdote y el del médico; y que también en el
mundo moderno la Iglesia, la Medicina y el Estado continúan colaborando para
mantener el orden social mediante una regulación de la conducta personal.
El concepto fundamental con respecto al control social es, por supuesto, la «ley»,
que antiguamente era «rabínica», «canónica» y «eclesiástica», así como «secular»,
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«política» o «legal»; y que ahora parece ser exclusivamente «secular» o «legal»,
aunque también sea «religiosa» y «política», y —cosa muy importante— «médica» y
«psiquiátrica». Atestigua llamativamente nuestros poderes de autoengaño que
creamos posible ampliar nuestras libertades civiles oponiéndonos a las amenazas que
provienen de los políticos, mientras que al mismo tiempo solicitamos y aceptamos las
amenazas a la libertad que provienen de médicos y psiquiatras.
Ilustra esas amenazas a nuestras libertades, y la unidad esencial de conceptos y
sanciones religiosas, médicas y legales en las normas que las amenazan, la nueva
legislación sobre drogas del Estado de Nueva York, que entró en vigor el 1 de
septiembre de 1973. Con grandes anuncios que ocupan casi una página entera en los
periódicos, donde se advierte a la gente con el lema «no te dejes coger con las manos
en la masa», el propósito de las nuevas leyes se explica como sigue: «Para disuadir a
la gente de la venta y posesión ilícita de drogas ilegales, y rehabilitar a quienes son, o
están en peligro inminente de convertirse en dependientes de esas drogas»[2]. La idea
de «rehabilitar» a personas del «peligro inminente de convertirse en dependientes» de
las drogas que el Estado de Nueva York no quiere ver utilizadas es, por supuesto, una
idea esencialmente religiosa, tanto con respecto a la ofensa como a las sanciones
derivadas de ello.
La amalgama de medicina, psiquiatría y ley implícita en todas estas leyes se
explícita enteramente en los anuncios mediante los nombres de las nuevas leyes:
«Ley de Salud Púbica: artículo 33; Ley de Higiene Mental: artículo 81; Ley Penal:
artículo 220». Más adelante averiguamos que «las leyes sobre drogas proporcionan
una lista de crímenes… y de sus correspondientes castigos». Los «adictos» son
instados entonces a someterse a «tratamiento». «Además de hacer cumplir la ley, el
Estado está gastando dinero en tratamientos para el abuso de drogas […]. Hay
programas de tratamiento las 24 horas del día. ¡Lo único que ha de hacer es
llamar!»[3].
El contenido de estas leyes —es decir, las conductas proscritas y las penas
prescritas para ellas— ilustran finalmente la combinación de magia, medicina y
política que informa semejante legislación. La pena para la posesión ilegal de dos
onzas o más de «cualquier sustancia narcótica» es de «15 años a perpetuidad»; la
posesión ilegal de una onza o más de marihuana, se castiga con penas de uno a quince
años de reclusión; y la posesión ilegal de cinco miligramos o más de LSD se castiga
con penas que van de un año a perpetuidad.
Para entender por qué algunas personas toman ciertas sustancias, y por qué otras
declaran «ilegales» estas sustancias, castigando ferozmente a quienes las toman,
debemos empezar por el comienzo, con los principios básicos de la integración social
y el control social.
En su estudio clásico sobre la religión griega, Jane Ellen Harrison describe lo que
considera una ley fundamental de organización social en general, y del ritual religioso
en particular: «La conservación y fomento de la vida»[4]. Esta protección de la vida,
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tanto individual como comunitaria, se realiza «de dos maneras, una negativa y otra
positiva, descartando todo lo que se considera hostil y estimulando todo lo que se
conciba como favorable para la vida»[5].
A fin de poder vivir, escribe Harrison, «el hombre primitivo tiene ante sí la doble
tarea de librarse del mal y proteger el bien. Fundamentalmente el mal para él es desde
luego el hambre y la esterilidad. El bien es alimento y fertilidad. La palabra hebrea
para “bien” significaba originalmente bien comestible»[6]. Los individuos y
sociedades procuran así incluir lo que consideran bien, y excluir lo que consideran
mal. Este principio puede también invertirse: individuos o grupos pueden, y a
menudo lo hacen, fomentar o prohibir ciertas substancias y, para justificarse,
definirlas como buenas o malas. El ritual simboliza y define el carácter de la
substancia que se busca o evita ceremonialmente, y la creencia sobre la bondad o la
maldad de la substancia mantiene a su vez el ritual. Esto explica la estabilidad social
de tales creencias y rituales, y su relativa inmunidad frente a los argumentos
«racionales» y «científicos» que intentan alterarlos. También explica por qué algunos
individuos o grupos están tan profundamente entregados al uso (ritual) de ciertas
substancias —como el alcohol o el opio, el ganado vacuno o porcino— del mismo
modo que otros se comprometen con su abstinencia (ritual).
La ceremonia del chivo expiatorio es con certeza uno de los más importantes
ejemplos y prototipos de todos los rituales de exoneración. En Grecia, durante el siglo
I a. C., no se mataba al chivo expiatorio sino que simplemente se le sometía a una
expulsión ritual. La ceremonia fue descrita por Plutarco (c. 46-120), que como primer
magistrado de su ciudad natal representó la ceremonia, haciendo naturalmente el
papel de sacrificador. Harrison describe la ceremonia como sigue: «El pequeño
municipio de Queronea en Boecia, lugar de nacimiento de Plutarco, vio representado
año tras año un ceremonial extraño y muy antiguo, llamado “expulsión del hambre”.
Un esclavo doméstico era expulsado de la casa a latigazos de agnus castus, una
planta sauciforme, y sobre él se pronunciaban las palabras “fuera con el Hambre,
adentro con la Salud y la Riqueza»[7].
Aunque esto era sólo un simulacro de sacrificio, en Grecia había sacrificios reales
del chivo expiatorio, tanto antes de Plutarco como después. Frazer nos refiere que en
cierta época los atenienses mantenían «a un cierto número de seres degradados e
inútiles a expensas públicas, y cuando alguna calamidad sobrevenía a la ciudad,
sacrificaban a dos de esos chivos expiatorios desechados»[8]. Más adelante esos
sacrificios dejaron de limitarse a ocasiones extraordinarias y se convirtieron en
ceremoniales religiosos ordinarios. Según Frazer, «en el festival de Targelia,
celebrado cada año por mayo, dos víctimas —una por los hombres y otra por las
mujeres— eran conducidas fuera de Atenas y lapidadas hasta morir. La ciudad de
Abdera, en Tracia, se purificaba públicamente una vez al año, y uno de los
ciudadanos, reservados para este propósito, era lapidado hasta morir a modo de chivo
expiatorio o sacrificio indirecto por la vida de todos los otros […]»[9].
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Como he mencionado antes, el nombre griego para personas sacrificadas así era
pharmakoi. El informe de John Cuthbert Lawson sobre estos sacrificios humanos
rituales es instructivo: «Si la calamidad alcanzaba a la ciudad a través de la cólera
divina, ya fuera hambre, pestilencia o cualquier otra desdicha, un pharmakos era
conducido a un lugar designado para el sacrificio. Se le daba queso, pastel de cebada
e higos secos. Era golpeado siete veces en las partes ocultas con esquilas, higos
silvestres y otras plantas silvestres; y finalmente era quemado con fuego de leña y de
árboles salvajes, y las cenizas esparcidas a los vientos y al mar»[10].
Este tipo de destrucción explícita del chivo expiatorio humano es desagradable
para la mentalidad más «civilizada» o «moderna», que prefiere enmascarar sus
ceremoniales de sacrificio de chivos expiatorios. Por ejemplo, Gilbert Murray
observa: «El recuerdo de la época en que los seres humanos fueron deliberadamente
sacrificados como forma de agradar a Dios pasa por la literatura del siglo V como
algo lejano, romántico, horrible. Podemos compararlo a nuestros propios recuerdos
sobre quema de herejes y brujas, hazañas llevadas a cabo bastante recientemente por
hombres muy parecidos a nosotros, aunque apenas podemos concebirlas como
psicológicamente posibles para cualquier ser humano en su sano juicio. Exactamente
de la misma forma, para el primero de los grandes atenienses, Esquilo, el sacrificio de
Ifigenia es algo monstruoso, que trasciende toda comprensión. El hombre que lo hizo
debió estar loco. Para Eurípides actos semejantes están generalmente conectados con
un estudio de las peores posibilidades de una turba salvaje, o de reyes intrigantes
manipulados por sacerdotes malignos y medio enloquecidos»[11].
Llama la atención no sólo lo profundamente difundida que se encuentra la pasión
humana de victimizar a chivos expiatorios, sino también el intento de ocultar esa
pasión atribuyéndola a la demencia.
Según Murray, la palabra pharmakos «significa literalmente “medicinas
humanas” o “chivos expiatorios”»[12]. Martin Nilsson ofrece una interpretación
similar pero todavía más reveladora. Asegura que los pharmakoi eran «como
esponjas para limpiar la mesa, que cuando han absorbido toda impureza son
totalmente destruidas para que esta impureza desaparezca con ellos: son desechados,
quemados, lanzados al mar. Y esa es la causa de que el llamado “sacrificio” no
necesite, como otros, ser sin tacha o defecto. Podría utilizarse un perro, que por otra
parte nunca se sacrificaba, o un criminal condenado. Se le llamaba pharmakos
(remedio), peripsema, (escoria) o katharmada (aquello que se elimina); esta última
palabra muestra con particular claridad el significado del rito. Podemos entender
cómo estas palabras pasaron a significar “desperdicio” y se convirtieron en los peores
tacos de la lengua griega. Una víctima de esta naturaleza es un chivo expiatorio que
carga con todo lo malo pero que en lugar de ser llevado al desierto es completamente
destruido, junto con su carga maligna»[13].
Las semejanzas entre esta imaginería y la conjurada por quemas de herejes,
brujas, judíos, libros y drogas prohibidas impresionan por su contenido. Lo mismo
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acontece con las semejanzas entre los ceremoniales suavizados del pharmakos y los
ceremoniales contemporáneos suavizados que en lugar de incinerar encarcelan a los
locos y toxicómanos.
Para describir un ceremonial de chivo expiatorio modificado, Murray hace
referencia a Ister, un historiador del siglo III, que produjo esta descripción del ritual:
«Dos personas, una para los hombres de la ciudad y otra para las mujeres, eran
llevadas como si a una ejecución se tratara. Portaban collares, uno de higos blancos y
el otro de negros. Parece que se les obsequiaba solemnemente con pasteles e higos, y
que después eran azotados y arrojados fuera de la ciudad […]. Al final, se suponía
que los pharmakoi estaban muertos, y sus cenizas eran lanzadas al mar. La ceremonia
era una “imitación”, según Ister, de la lapidación»[14].
A Murray no le impresiona este descargo, y cita ejemplos de sacrificios humanos
que contradicen a Ister. Es muy consciente de la profundidad que tiene la pasión
humana por el sacrificio ritual de chivos, tan sencilla de activar en tiempos de
angustia y aflicción pública. «De hecho —añade Murray— justamente en ocasiones
como esas tienden a ocurrir sacrificios humanos: en un ejército desorganizado o en
una multitud llena de miedo, incitada por algún sacerdote o profeta fanático. En
Roma se produjeron hechos luctuosos cuando el miedo a Aníbal estuvo en su apogeo,
con asesinatos judiciales de vírgenes vestales, así como el enterramiento en vida de
“Gallus et Galla, Graecus et Graeca” en el Foro Boario»[15].
Al comienzo de los años sesenta, una generación después de triunfar sobre todos
sus enemigos en la Segunda Guerra Mundial, el pueblo americano estaba también
lleno de temores, y era incitado por fanáticos sacerdotes de la «drogabusología». El
resultado fue la invención de nuevas fantasías de polución, por drogas, traficantes y
adictos. Y la de una nueva categoría de pharmakoi, cuya carga de maldad es,
literalmente, farmacológica.
Sin duda existe una diferencia importante entre el pharmakos de la Grecia antigua
y el farmacológico chivo expiatorio moderno americano. El primero, una persona
sacrificable, era un objeto o cosa: masculino o femenino, era una efigie o símbolo —
el chivo expiatorio— en una ceremonia de purificación, y también un partícipe —el
adicto o traficante— en una contraceremonia que celebra una substancia declarada
tabú por la ética social dominante.
Muchos de los momentos más dramáticos de la historia, tanto bíblicos como
seculares, tienen que ver con pharmakoi. Según Patón, Adán y Eva eran
pharmakoi[16], interpretación que convertiría a Dios en el primer sacrificador de
chivos expiatorios. Ciertamente, la leyenda es compatible con la necesidad que Dios
tiene de limpiar Su Jardín, polucionado por la ingestión que el Hombre hace de una
sustancia prohibida. Todos los hombres y mujeres son así chivos expiatorios. Cuando
rechazan este papel es normalmente porque se convierten en sacrificadores de chivos
expiatorios.
El sacrificio intentado por Abraham con su hijo transforma a Isaac en otro
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pharmakos, y apoya la imaginería de que el dios judío es un sacrificador de chivos
expiatorios. La autodefinición de los judíos como Pueblo Elegido por Dios puede ser
interpretada como un intento por escapar del rol de chivo expiatorio, confiriendo ese
papel a todos los no judíos a través de su status implícito de hijos espurios o
rechazados de Dios.
Resulta obvio que la figura central de las religiones cristianas es un pharmakos.
Por otra parte, Cristo era un gran curador incluso mientras estuvo «en vida».
Resucitado como una deidad, es verdaderamente la panacea cristiana, la cura de
todas las enfermedades, una función ya desempeñada, como hemos visto, mediante la
matanza ceremonial del pharmakos.
Cumplimos así un círculo completo: de pharmakoi a farmacología; de curalotodo
a través del sacrificio humano a curalotodo a través de la química. Para desembocar
en el sacrificio de pharmakoi farmacológicos, gracias a cuya expulsión el Hombre,
dios de la química, trata de purificar su polucionado Jardín Terrenal.
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3. MEDICINA: LA FE DE LOS DESCREÍDOS
HE SOSTENIDO que el principio sacrificial de la purificación por el chivo expiatorio es
básico para el mantenimiento de las sociedades humanas. Puesto que esto es,
históricamente hablando, un concepto y una ceremonia religiosa —ejemplificada por
la celebración del Yom Kippur judío y por la Sagrada Comunión cristiana— debemos
investigar el destino de este principio bajo condiciones no favorables ya a las
instituciones y prácticas religiosas, semejantes a las que predominan hoy en el
mundo. Quizá más que nadie, Kenneth Burke ha apreciado y advertido que «el
principio sacrificial de victimación (“el chivo expiatorio”) es intrínseco a la
congregación humana»[1] y ha sugerido sabiamente que nuestro deber, como
estudiosos de la conducta humana y humanistas, «no es dilucidar cómo podrían
eliminarse de una cultura científica los motivos sacrificiales revelados en las
instituciones mágicas y médicas, sino [mostrar] qué nuevas formas adoptan»[2].
He señalado, en otro lugar, que como los valores médicos han reemplazado a los
religiosos, los rituales médicos han ocupado el lugar de los religiosos[3]. El nuevo
principio es: cualquier cosa que promueva la salud —buena comida, buenas drogas,
buena herencia, buenos hábitos— debe ser incorporada o cultivada; cualquier cosa
que promueva la enfermedad —venenos, microbios, taras hereditarias, malos hábitos
— debe ser eliminada o desaprobada. En consecuencia, he sugerido que
contemplemos todo el movimiento de salud mental como un enorme ritual
pseudomédico: lo considerado bueno se define como salud mental y se adopta; lo
considerado malo se define como enfermedad mental y se repudia. La perspectiva
sobre abuso de drogas y toxicomanía que desarrollo en este libro es en realidad un
caso especial —económica y socialmente más importante hoy— de esta función
ceremonial del movimiento por la salud mental.
Es un hecho notable —y revelador, como veremos— que el carácter ritual de
nuestro llamado problema de drogas y las tentativas para controlarlo (que, por
supuesto, son dos caras de la misma moneda) sea tan firmemente ignorado o pasado
por alto.
«Alcohol y Cristiandad», dijo Nietzsche, son «los dos grandes narcóticos
europeos». «La religión es el opio del pueblo», añadió Marx. Casi todo el mundo
conoce estos aforismos. Pero, claramente, casi nadie se los toma en serio. Es esencial
entender por qué.
Para que la vida tenga sentido y sea vivible, la gente siempre ha dependido de
ciertas creencias y prácticas que solían llamarse religiones; también ha dependido
siempre de ciertas substancias, cuyo uso formaba parte de sus prácticas religiosas.
Estos hechos no han cambiado. Pero ha cambiado nuestra perspectiva, y el
vocabulario que usamos para describirlos y para intentar entenderlos. El hombre
moderno le da la espalda a la religión (qua religión), y en otro caso es consciente si
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no orgullosamente hostil a ella. En el mundo comunista, la mentalidad antirreligiosa
se cultiva deliberadamente porque la religión se considera opuesta a los principios
dialéctico-materialistas sobre los cuales se basa ostensiblemente el Estado, y que
utilizan para justificar sus políticas; en el llamado «mundo libre», por su parte, la
mentalidad antirreligiosa se estimula inconscientemente, porque la religión se
considera opuesta a los principios científico-racionales sobre los cuales se basa la
economía y la industria del Estado, y que el Gobierno utiliza para justificar sus
políticas domésticas y especialmente las de salud y bienestar.
No obstante, el hombre no puede vivir sin religión. De ahí que los objetos de su fe
y sus prácticas religiosas hayan sido transformados y rebautizados: culto al Estado
Comunista en el Este; y culto a la ciencia y al «bienestar general» en el Oeste.
Todo esto ha sido comentado y descrito a menudo. Lo que se ha descuidado y
pasado por alto, sorprendentemente, es un cambio cultural que discurre paralelo a
este sentimiento antirreligioso mundial y en realidad forma parte de él. A saber, el
sentimiento y movimiento contrario al uso ceremonial de las drogas, y especialmente
contra el uso personal de ciertas drogas modificadoras del ánimo condenadas por
médicos y criminalizadas por políticos. Como la mayor parte de la gente no puede
vivir sin drogas, del mismo modo que no puede vivir sin religión, estas auténticas
cruzadas contra drogas ceremoniales han generado acciones compensatorias para
abastecer a la gente de lo que parece tan indispensable para su existencia espiritual.
Tras su éxito a la hora de privar a muchas personas del uso legítimo de drogas a
las que habían estado acostumbradas (o por cuyo uso se habían interesado más
recientemente), los gobiernos de las naciones principales del mundo satisfacen ahora
el ansia inextinguible de su gente por las drogas ceremoniales siguiendo una o varias
de estas tres líneas: la primera es legitimar ciertas drogas definiéndolas como no
drogas y alentando su consumo, como sucede con el alcohol y el tabaco en los EE
UU y en la URSS; la segunda es fomentar indirectamente un comercio ilegal de
drogas prohibidas, como sucede con la heroína y la marihuana en los EE UU; la
tercera es promover agresivamente, gracias a recetas médicas, el uso de ciertos tipos
de nuevas (no tradicionales) drogas modificadoras del ánimo, por ejemplo,
psicofármacos sintéticos en todo el mundo civilizado.
Es cierto que los fenómenos que ahora llamamos toxicomanía y abuso de drogas
constituyen especies definidas de comportamientos ceremoniales y, por consiguiente,
que sólo pueden ser entendidas en términos apropiados al análisis de prácticas
ceremoniales, por contraposición a las técnicas. Utilizo aquí los términos
«ceremonia» y «ceremonial» en su sentido acostumbrado, que significa acción,
comportamiento o conducta gobernada por reglas prescritas, normalmente de carácter
tradicional. Las reglas pueden ser prescritas por instituciones como una iglesia,
tribunal, ejército o colegio, o por expectativas sociales transmitidas culturalmente que
se difunden por toda la comunidad. Así pues, los sinónimos de ceremonial son:
convencional, religioso, ritual y simbólico; y sus antónimos son: personal, científico,
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técnico e idiosincrásico. Unos cuantos ejemplos ilustrarán algunos aspectos de esta
distinción, tan pertinente para mi argumento ulterior.
Para sobrevivir debemos comer ciertas clases de alimentos, pero la elección de lo
que en realidad comemos está determinada más por la ceremonia social que por la
necesidad fisiológica. Por ejemplo, la carne de gatos o perros nos nutriría tan bien
como la del ganado porcino o vacuno; comemos lo segundo en vez de lo primero por
razones de convención, y no de biología. De modo similar, cuando los judíos se
abstienen del cerdo, los hindúes del ganado vacuno y los vegetarianos de carne en
general, es por razones ceremoniales propiamente dichas.
Necesitamos experimentar comunión con nuestros semejantes —y algunas veces
con las fuerzas que atribuimos a la naturaleza, el universo o una deidad—, y para
satisfacer esta necesidad utilizamos, entre otras cosas, ciertas substancias que afectan
a nuestros sentimientos y comportamiento. A veces se llama «drogas» a algunas de
estas substancias, y se dice que sus efectos sobre individuos o grupos son «mentales».
En realidad, los efectos de las llamadas drogas psicoactivas —frente a los efectos
de los antibióticos, diuréticos y muchos otros tipos de agentes farmacológicos—
están determinados en parte por su composición química y en parte por las
expectativas de quienes las usan. Son estas expectativas —especialmente en relación
con la substancia a que se dirigen, trátese de alcohol, marihuana, opio o cocaína— las
que varían de cultura a cultura y de tiempo en tiempo. Por constituir un elemento
cultural —como el lenguaje o la religión—, esas expectativas no pueden cambiarse
fácilmente, especialmente por intereses que consideran ajenos u hostiles quienes los
defienden. En realidad, tales asaltos rara vez sirven para otra cosa que fortalecer la
solidaridad común e inflamar el fervor religioso del grupo. Vemos —y generalmente
entendemos y aceptamos— este fenómeno como lo que es en casos de persecuciones
religiosas y guerras coloniales de conquistas; pero parecemos completamente ciegos
—y por lo tanto ni entendemos ni aceptamos el fenómeno— cuando topamos con él
en el ámbito de las persecuciones contra drogas de uso ceremonial. La experiencia
americana con la Prohibición fue una asombrosa ilustración de este preciso
fenómeno: un modelo de consumo de drogas profundamente arraigado y autorizado
por la tradición fue abruptamente prohibido por la ley. El resultado fue que el interés
por el alcohol, repentinamente llevado a la clandestinidad, se incrementó; la
Prohibición fortaleció, en lugar de debilitar, los aspectos ceremoniales de la bebida.
La taberna clandestina se convirtió verdaderamente en una iglesia o templo secreto; y
el vocabulario americano relacionado con la bebida, lugares de bebida y embriaguez
se amplió notablemente[4].
En la Antigüedad —cuando la cultura era un vehículo de tradición y no, como
ocurre en muchas sociedades modernas, una arena donde se adjudican conflictos
sociales y personales— la gente entendía el comportamiento ritual mejor que ahora.
La decadencia, no sólo de las ceremonias religiosas y patrióticas sino también de los
buenos modales, atestigua, a mi entender, esta observación. De todas las naciones
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modernas importantes, Estados Unidos es la menos ligada a tradiciones, y quizá por
eso los americanos son más propensos a desconocer y malinterpretar el ritual como
algo diferente: el resultado es que tomamos la magia por la medicina, y confundimos
efecto ceremonial con principio químico.
El análisis del simbolismo ritual —en el caso presente, el simbolismo ritual
asociado con el consumo y abstinencia, la promoción o prohibición de varias
substancias— requiere ciertas condiciones, entre las cuales destaca, según Mary
Douglas, que «reconozcamos el ritual como un intento de crear y mantener una
cultura particular, y un grupo determinado de suposiciones por medio del cual se
controla la experiencia». Obviamente, no podemos reconocer el simbolismo ritual en
el examen psiquiátrico de una persona acusada de asesinar a un presidente mientras
creamos que existe una enfermedad llamada «enfermedad mental», capaz de «hacer»
que una persona mate presidentes. En este caso particular, nuestras suposiciones son
las de la psiquiatría contemporánea, e interpretamos nuestros rituales como
aplicaciones de la «ciencia psiquiátrica» a la «administración del Derecho Penal».
Por lo mismo, no podemos reconocer el simbolismo ritual de nuestras declaraciones y
prácticas médicas, psiquiátricas o políticas relativas al uso de marihuana y tabaco, por
ejemplo, mientras creamos que esas declaraciones no son actos rituales dirigidos al
mantenimiento de una peculiar cultura, sino más bien actos médicos dirigidos al
mantenimiento de la salud física y mental de nuestros ciudadanos.
La necesidad de «crear y mantener una cultura particular», y el esfuerzo por
satisfacer esta necesidad, es aplicable a los colectivos más numerosos tanto como a
un individuo singular. Por regla general, el carácter y significado de tales
simbolismos rituales se reprime, manteniéndose fuera del reconocimiento, hasta que
uno compara sus costumbres diarias con respecto a la comida, bebida, forma de
hablar, consumo de drogas y así sucesivamente con las de los demás, que es lo que
los antropólogos hacen frecuentemente; o hasta que uno se enfrenta con sus «malos»
hábitos e intenta cambiarlos, que es lo que las personas bajo psicoterapia hacen
frecuentemente, o deberían hacer. Enumero unos pocos ejemplos a título de
ilustración[5].
Comemos pollo y vaca y, porque lo hacemos, nos sentimos superiores a las
personas que no lo hacen. Y no comemos gatos o perros, y como no lo hacemos, nos
sentimos superiores a quienes sí lo hacen. Por supuesto, ejemplos semejantes podrían
multiplicarse hasta la saciedad[6]. Cada uno enseña la misma lección: que nuestras
costumbres y hábitos compartidos culturalmente son cosas dadas por Dios, naturales,
científicas y saludables, mientras las costumbres de otros son heréticas, antinaturales,
irracionales y nocivas.
Uno de los ejemplos más interesantes de nuestra propensión a creer que nuestros
rituales no son un asunto de magia sino de medicina, y de que no sirven a los fines de
la ceremonia sino a los de la higiene, es la actitud hacia nuestra propia saliva.
Mientras la saliva permanece en la boca la consideramos parte de nuestro cuerpo: es
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pura y la tragamos como cosa corriente. Pero una vez fuera del cuerpo, ya no la
consideramos parte de él: llamado «esputo», ahora es impura, y nos repugna la mera
idea de volver a metérnosla en la boca, y mucho menos tragárnosla. El mismo tipo de
fantasía o idea se aplica a la comida masticada en nuestra boca comparada con la
misma materia escupida o, todavía peor, expulsada del estómago.
El punto a recordar aquí es que ceremonia y química no son lo mismo. Sería inútil
para un médico argumentar que la saliva escupida sobre un pañuelo limpio es idéntica
a la saliva de la boca y que, por tanto, no deberíamos sentirnos repelidos por ella ni
oponernos a tragarla. ¡Ese esputo no nos repele porque sea impuro, sino al revés: lo
consideramos impuro para justificar nuestro sentimiento de repulsión hacia él! Lo
mismo ocurre con el opio. Para un farmacólogo sería un despropósito decir que fumar
opio resulta menos perjudicial para el organismo humano que fumar tabaco y que, en
consecuencia, no deberíamos prohibirlo. La opiomanía no nos repele porque sea
perjudicial, sino al revés: la consideramos perjudicial para mantener justificada
nuestra prohibición.
Desde la perspectiva científico-secular de nuestro tiempo, intentamos ver toda
clase de rituales religiosos como «racionales» por las circunstancias en las que se
originaron, en lugar de genuina o verdaderamente religiosos. De acuerdo con esta
perspectiva que Douglas satiriza hábilmente, «la importancia del incienso no es
simbolizar el humo ascendente del sacrificio, sino contribuir a hacer tolerable el olor
de una humanidad sin lavar. La abstinencia de los judíos e islámicos ante el cerdo se
explica por el peligro de comer esa carne en climas calientes»[7]. Semejante
reinterpretación muestra los ilimitados poderes de la mente humana para ver lo que
quiere ver. «Aun cuando algunas entre las reglas dietéticas de Moisés fueron
higiénicamente beneficiosas —concluye Douglas— es lastimoso tratarle como a un
ilustrado administrador de salud pública y no como a un líder espiritual»[8].
Por supuesto, el tema que ahora tenemos ante nosotros, es una inversión de estos
roles: ¡tratamos a los líderes espirituales como si fueran administradores de salud
pública! Rendimos homenaje y pagamos también enormes salarios a psiquiatras y
otros profesionales en salud mental para combatir la «plaga» de la drogadicción,
como si fueran médicos de buena fe, cuando en realidad son clérigos vestidos con el
uniforme de la Medicina, indumentaria apropiada en el sacerdocio de la era científica.
Además, los conceptos mismos «limpio» y «no limpio» (sucio) son,
originalmente, conceptos religiosos. El hecho de que ahora utilicemos las mismas
palabras vinculándolas con significados médicos, al mismo tiempo oscurece y aclara
la distinción entre medicina y magia. Por ejemplo, las leyes judías sobre dietética
expuestas en el Levítico y Deuteronomio especifican una larga lista de alimentos que
se pueden comer, llamados «puros», y que no se pueden comer, llamados «impuros»
o «cosas abominables»[9]. Douglas dedica un capítulo entero a refutar los
innumerables intentos modernos por ofrecer algún tipo de interpretación, «racional»
funcional a estas reglas, incluyendo la interpretación de que fuesen pensadas como
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ejercicios morales para inculcar autocontrol a los judíos; y muestra también que todos
esos intentos se apoyan en el deseo de despojar tales reglas de su significado
simbólico como definidoras de lo «limpio» y aceptable por Dios, y lo «sucio» e
inaceptable para Él[10].
Ser puro, ser completo y ser sagrado son, en este sentido simbólico-religioso,
nociones estrechamente relacionadas. Gran parte del Levítico se dedica a enumerar
los criterios de pureza física requeridos para las personas que acuden al templo y los
animales ofrecidos en sacrificio: «Y el Señor dijo a Moisés: “Dile a Aarón, ninguno
de tus descendientes durante las generaciones que tenga mácula, se acercará a un
hombre ciego o cojo, o a uno que tenga mutilada la cara o un miembro excesivamente
largo, o a un hombre que tenga un pie o una mano heridos, a un jorobado, a un enano,
a un hombre con defecto en la vista o sarna, costras o testículos machacados; ningún
descendiente del sacerdote Aarón que tenga mácula deberá acercarse a ofrecer el pan
de su Dios, ni a lo más sagrado ni a las cosas sagradas”»[11]. En otras palabras, el
sacerdote debe ser un hombre completo, intacto y perfecto.
Douglas concluye: «Hemos dejado sentada una buena base para aproximarnos al
meollo de las leyes sobre pureza e impureza. Ser santo es ser completo, ser uno;
santidad es unidad, integridad, perfección del individuo y de la especie. Las reglas
dietéticas simplemente desarrollan la metáfora de la santidad siguiendo las mismas
líneas[12].
Las leyes americanas modernas sobre drogas tienen una función social y un
significado simbólico idéntico al que tenían, por ejemplo, las leyes dietéticas de los
antiguos judíos. La finalidad sigue siendo ser santo, que actualmente significa ser
saludable; y ser saludable significa tomar aquellas drogas que los médicos prescriben
(rabinos) y abstenerse de aquellas que el Estado prohíbe (Dios). Tal como las reglas
dietéticas de los judíos desarrollaron la metáfora de la santidad siguiendo las pautas
de la prescripción o prohibición de alimentos, las reglas sobre drogas de los
americanos (y otros pueblos contemporáneos) desarrollan la metáfora de la salud
siguiendo las pautas de prescripciones o prohibiciones de productos químicos.
Por supuesto, tales reglas pueden cambiarse sin afectar su función simbólica o
ritual. En realidad, tales cambios expresan a menudo las cambiantes necesidades
sociales de una nueva celebración ceremonial para las ideas e imágenes que sustentan
la comunidad. Así, las leyes dietéticas de los judíos fueron cambiadas por los
cristianos, del mismo modo que los criterios de limpieza exigibles al sacerdote. De
forma similar, nuestras leyes sobre drogas fueron cambiadas (en 1920 y 1933, las
relativas al alcohol; en 1937, las relativas a la marihuana), sin que dichos cambios
sirvieran para cosa distinta que fortalecer y revitalizar su función y significado ritual.
Por consiguiente, la «respuesta» a nuestro problema de drogas —hasta allí donde
uno puede hablar con sentido de tal respuesta— no reside sin duda en coordinar
nuestras leyes sobre drogas con la llamada información científica. Reside más bien en
desmitologizar y desceremonializar nuestro uso y evitación de drogas, cosa de
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improbable realización mientras no hallemos otro vehículo, esperemos que más
apropiado humanamente, para nuestra integración simbólica en la comunidad de
personas.
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4. COMUNIONES SAGRADAS Y PROFANAS
LA NECESIDAD HUMANA de contacto social, de comunión con otros de la misma
especie, cede su importancia a la necesidad orgánica de satisfacer los requerimientos
biológicos para la supervivencia. En la satisfacción de esta necesidad de sociabilidad
la ceremonia desempeña un papel indispensable.
Tal como indica el término «comunión», la celebración de la Última Cena
mediante la Sagrada Comunión al mismo tiempo simboliza y cumple la reunión en
una comunidad de todos los que participan en ella. De hecho, la situación a partir de
la cual se origina la ceremonia, y que es conmemorada por ella, era en sí misma una
comunión sociable de personas con espíritu afín: «Durante la cena Jesús tomó el pan,
y habiéndolo bendecido lo partió y se lo dio a sus discípulos con estas palabras:
“Tomadlo y comedlo, éste es mi cuerpo”. Después tomó un cáliz, y habiendo ofrecido
gracias a Dios se lo entregó con las palabras: “Bebed todos de él. Pues esta es mi
sangre, la sangre de la alianza, derramada por muchos para el perdón de los
pecados”»[1].
Para los no cristianos, por supuesto, la naturaleza metafórica o simbólica de este
ritual es transparente: pan y vino no son el cuerpo y la sangre de Cristo, sino que
solamente los representan. Por supuesto, ni sabemos ni podemos saber qué
significaban para Jesús o para sus discípulos estas frases, «éste es mi cuerpo […],
esta es mi sangre». Quizá creyeron realmente que los símbolos eran sus correlatos;
esto es, que el pan y el vino eran el cuerpo y la sangre. El caso es que si el vino puede
en la Sagrada Comunión pasar por la sangre de Cristo, el alcohol puede en otros
contextos —que algunos podrían considerar como una Comunión Profana— pasar
por una prueba de potencia o depauperación. Y lo mismo acontece con otras drogas,
desde la marihuana a la heroína. Los hombres y las mujeres son capaces de creer
cualquier cosa. Esto es simplemente una parte, una consecuencia, de la inmensa
capacidad del ser humano para simbolizar y representar cualquier cosa del mundo por
cualquier otra. Una vez que una persona ha hecho algún tipo de conexión estable
entre dos cosas, esa conexión influirá en su comportamiento posterior y generará su
propia «prueba». Esta es la razón de que sea ocioso y necio intentar «refutar»
creencias religiosas, políticas y similares con argumentos empíricos sobre correlatos
que son símbolos para el creyente, pero no para el no creyente.
De especial importancia para nosotros ahora —considerando nuestro esfuerzo por
distinguir entre aspectos ceremoniales y aspectos químicos de las drogas— es que
cuando una persona es un «creyente», cree en proporción a su fe que el símbolo es su
correlato, o cuando menos está preparada para conducirse como si lo fuera. Para
otros, la Eucaristía es simplemente un apoyo ceremonial; y esos otros —dependiendo
de las circunstancias— pueden ser considerados no creyentes, cristianos blasfemos,
infieles, herejes, etc.
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En resumen, la aceptación o no aceptación de una identidad entre símbolo y
correlato ceremonial es un asunto de pertenencia a una comunidad, y no un asunto de
realidad o lógica. Este no es el lugar apropiado para examinar hasta qué punto a lo
largo de los siglos los cristianos creyeron en la identidad literal —en la Eucaristía—
del vino y el pan por una parte y el cuerpo y la sangre de Cristo por otra; tampoco me
considero competente para emprender tal examen. A nosotros debería bastamos con
observar que uno de los efectos de la Reforma sobre la Cristiandad fue debilitar la
interpretación literal de este rito. Como consecuencia, el Concilio de Trento
promulgó en 1552 una interpretación autorizada —primera en la historia de la
Cristiandad— sobre la ceremonia de la Sagrada Comunión. Llamada «doctrina de la
transubstanciación», es la enseñanza oficial de la Iglesia Católica Romana sobre la
conversión del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo durante la Eucaristía:
Si alguien dijera que, en el Sagrado Sacramento de la Eucaristía, permanece junto con el Cuerpo y la
Sangre de nuestro Señor Jesucristo la substancia del pan y del vino, y niega esa conversión prodigiosa y única
de toda la substancia del pan en (Su) cuerpo y del vino en (Su) sangre —conversión que la Iglesia Católica
llama muy adecuadamente transubstanciación—, será anatemizado[2].
Por consiguiente, ¿qué es lo que tenemos aquí, otra vez, desde un punto de vista
no católico? Una orden, una insistencia en que se suprima la diferencia entre símbolo
y correlato, entre significado metafórico y literal. El concilio decreta que la metáfora
es la cosa metaforizada: que el pan es el cuerpo y el vino la sangre. ¿Por qué acontece
esto? Yo diría que por dos razones interconectadas. En primer lugar, tanto feligreses
como sacerdotes desean creer que así ocurre, pues sólo con esta creencia pueden
reunirse, en una «sagrada comunión», no sólo con Jesús sino entre sí; pues, en
definitiva, esta creencia es la base sobre la que se apoya su comunidad como
cristianos. La segunda razón es que atribuye al hombre una capacidad limitada para
captar la metáfora como metáfora, el ritual como ritual; si pudiera captar así estas
cosas, es probable que las viese también como profanas en lugar de sagradas, como
algo creado por el hombre en vez de creado por Dios, perdiendo así la fe en ello y el
respeto por la autoridad que simboliza.
Como en la Cristiandad, también en nuestra sociedad secularizada son necesarias
algunas creencias compartidas para mantener a la gente unida en grupos. Y muchas
de nuestras creencias compartidas —y de nuestros grupos— tienen que ver con
drogas en vez de con deidades. Así como en las religiones existen deidades buenas y
malas, benévolas y malévolas, en las religiones secularizadas de nuestra era de las
drogas existen drogas buenas y malas, terapéuticas y tóxicas.
De este modo, los seguidores de nuestras religiones mayoritarias se congregan en
cócteles y «fumaderos»; y tienen complejas ceremonias que simbolizan las virtudes
de mezclar bebidas y vinos, cigarros y cigarrillos, pipas, tabacos, etc. Estas son las
sagradas comuniones de nuestra época.
Quienes rechazan las doctrinas de nuestras religiones principales, y cultivan en
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lugar de esto varias formas heréticas de fe, se congregan en fiestas de marihuana y
ácido, y en reuniones donde se usa heroína u otras drogas incluso más esotéricas y
prohibidas; también ellos tienen complejas ceremonias que simbolizan las
contravirtudes de la marihuana y el LSD, del incienso, el misticismo oriental, etc. Son
las comuniones no sagradas de nuestra época.
Los usos rituales del alcohol —particularmente del vino— están profundamente
arraigados en las religiones judeocristianas. La Biblia menciona el uso del vino por
primera vez en el Génesis, indicando que Noé plantó un viñedo y se embriagó con
vino[3], cosa que le convierte en el primer «alcohólico» o «abusador de drogas»
conocido por la Historia. El primer uso ceremonial inequívoco del vino citado en la
Biblia aparece también en el Génesis. Melquisedec, rey y sumo sacerdote de Salem,
lo utiliza para bendecir a Abraham: «En aquel tiempo Melquisedec, rey de Salem,
trajo viandas y vino. Era sacerdote del Altísimo Dios, y pronunció esta bendición
sobre Abraham»[4].
En Éxodo las especificaciones sobre el ritual sacerdotal están expuestas como
sigue: «Para ser consagrados como mis sacerdotes este es el rito que debe observarse
[…] ofrecer sobre el altar […] la libación de un cuarto de medida de vino por el
primer carnero»[5]. Hay prescripciones similares en Levítico y en Números[6].
Saltando numerosas referencias del Viejo y el Nuevo Testamento, llegamos al
más significativo ceremonial alcohólico cuando Jesús usa vino en la cena de
Pascua[7]. El primer milagro por el que Jesús se da a conocer a sus discípulos está
relacionado con otra «transformación milagrosa», esta vez de agua ceremonial en
vino ceremonial. Jesús está en una boda, en Caná de Galilea. Los invitados no tienen
vino. «Había seis ánforas de agua situadas cerca, del tipo utilizado para los ritos
judíos de purificación; cada una tenía capacidad para veinte o treinta galones. Jesús
dijo a los sirvientes: “Llenad las ánforas con agua; y las llenaron hasta el borde.
Ahora apartad algunas”, ordenó, “y llevádselas al maestro de ceremonias”; y lo
hicieron. El anfitrión probó el agua ahora convertida en vino […]. Este milagro en
Caná de Galilea fue el primer signo a través del cual Jesús reveló su gloria e hizo que
sus discípulos creyeran en él»[8].
Es manifiesto que sólo en el primer ejemplo —cuando Noé utiliza el vino a solas
y se intoxica— se utiliza el alcohol por sus efectos puramente farmacológicos; en
todos los demás ejemplos se utiliza ceremonialmente, como parte de un rito religioso
o para celebrar una congregación de discípulos, amigos e invitados.
Los usos ceremoniales de la marihuana son igualmente antiguos. Herodoto
describe a habitantes de islas en el río Araxes que, «reunidos en compañías»
arrojaban marihuana sobre el fuego, y después «se sentaban alrededor formando un
círculo, e inhalando el fruto que había sido arrojado se intoxicaban con el olor,
exactamente igual que les ocurre a los griegos con el vino; y cuanto más fruto
arrojaban sobre el fuego, más se intoxicaban, hasta que se levantaban y danzaban, y
se entregaban al canto»[9].
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Snyder cita los siguientes pasajes de la «literatura nativa» para ilustrar el «papel
religioso» de la marihuana:
Para el hindú la planta del cáñamo es sagrada. Un guardián vive en el bhang […]. El bhang es el otorgador
de felicidad, que recorre el firmamento, el guía celestial, el paraíso de los hombres pobres, el apaciguador de
la aflicción […]. Ningún dios ni hombre es tan bueno como el bebedor religioso de bhang. Quienes estudian
las escrituras en Benarés reciben bhang antes de que se sienten a estudiar. En Benarés, Ujaim y otros lugares
sagrados los yoguis inhalan profundas bocanadas de bhang para poder centrar sus pensamientos sobre lo
Eterno […]. Con ayuda del bhang los ascetas pasan días sin alimento ni bebida. El apoyo del bhang ha
mantenido bien a muchas familias hindúes a través de las miserias del hambre[10].
Prohibir o incluso restringir seriamente el uso de una hierba tan sagrada y benigna como la marihuana
causaría un sufrimiento y un malestar muy generalizados, y a grandes grupos de venerados ascetas una
profunda rabia. Robaría al pueblo el solaz en la incomodidad, la cura en la dolencia, el guardián cuya benigna
protección salva de los ataques de las influencias malignas… ¡Un resultado enorme, para un pecado tan
pequeño![12].
Uno de los aspectos más importantes en el uso ceremonial de las drogas es que el
deseo de las drogas se experimenta como algo que emerge de lo más profundo en el
usuario; en el uso terapéutico de las drogas, por el contrario, el usuario experimenta
necesidad externa, e incluso compulsión, como motivo para tomarlas. Es
precisamente esta experiencia de una necesidad interna o «ansia» lo que justifica que
incluyamos este comportamiento en una categoría idéntica a otros modelos de
conducta y observancia religiosa: lo que todos estos comportamientos —es decir, el
uso de drogas reconocido como religioso, la «adicción» a drogas, y el «abuso de
drogas» habitual— comparten con otros tipos de comportamientos religiosos en la
experiencia de una compulsión o profundo deseo interior, cuya satisfacción gratifica
en el usuario el sentido más profundo de la existencia o de estar en el mundo. En esto
consiste también la razón de que tanto el fanático religioso como el «narcomonstruo»
lleguen a los extremos que llegan para satisfacer sus deseos; y el motivo de que cada
uno se sienta plenamente justificado por la rectitud moral de su conducta. Por otra
parte, esta «vocación» o «ansia» —que para el observador parece venir de fuera, de la
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voz de Dios o la tentación de una droga, pero que para el sujeto viene de dentro, de
reconocer la «vocación» del sujeto o del convencimiento de que sólo con la droga
está «completo»— debe ser contrastada, si queremos apreciar su verdadera
importancia, con la experiencia humana universal a la que se opone y en realidad
trata de aniquilar; es decir, con la experiencia de desamparo e impotencia, y de ser
manipulado por agentes externos y sus intereses hostiles[13].
En los incontables usos ceremoniales de las drogas, y en la oposición a ellos, se
dramatiza y ritualiza una fundamental polaridad y «problema» inherente a la
naturaleza humana: la lucha entre el hombre que se controla a sí mismo y el hombre
que es controlado por poderes extraños, entre la confianza en uno mismo o la
confianza en otros, entre autonomía y heteronomía[14].
Lo profunda y ceremonialmente que arraigan el alcohol y el tabaco en las vidas
de los angloparlantes se revela en las siguientes líneas, extraídas del notable estudio
histórico hecho por Keith Thomas sobre «creencias populares en la Inglaterra del XVI
y XVIII»: la bebida «se incorporó al tejido de la vida social. Participaba en casi todas
las ceremonias públicas o privadas, en todos los ritos profesionales, en todas las
ocasiones privadas de aflicción o regocijo […]. Como observó un francés en 1672, en
Inglaterra no había negocios que pudieran hacerse sin jarras de cerveza»[15]. Thomas
calcula que a finales del siglo XVIII el consumo de cerveza per capita era en Inglaterra
«superior a cualquier cosa conocida en los tiempos modernos»[16].
En parte, por supuesto, el alcohol se utilizaba como «un narcótico esencial que
anestesiaba al hombre ante las fatigas de la vida contemporánea». Fluyó libremente
en tiempos de peste: quienes transportaban los cuerpos a sus tumbas solían estar
borrachos. Y en las ejecuciones, según Thomas, «siempre se ofrecía bebida a los
condenados: la bruja Anne Bodenham, que fue ejecutada en Salisbury en 1653, no
dejó de pedir bebida y hubiera muerto borracha si sus perseguidores se lo hubieran
permitido»[17]. Como reveladoramente comentó un hereje del siglo XV, «había más
bien en un barril de cerveza que en los cuatro evangelios»[18].
Las observaciones de Thomas sobre el tabaco son igualmente interesantes y
pertinentes: «Fumar se introdujo en Inglaterra a principios del reinado de Isabel I, y
estaba ya bien establecido para cuando murió. Al comienzo se intentó presentar el
tabaco como algo vinculado a propósitos medicinales, pero la pretensión dejó de ser
convincente pronto»[19]. El hábito del tabaco se difundió rápidamente, el consumo
per capita se elevó desde menos de una onza a comienzos del XVII a casi dos libras a
finales de siglo[20]. Aunque no sea su principal preocupación, Thomas es bien
consciente de las funciones ceremoniales aparejadas a fumar. Comenta que «el tabaco
debió de hacer algo para calmar los nervios de los ingleses en tiempos de los
Estuardo», y añade que debió contribuir a fomentar el característico talento británico
para el compromiso político. Finalmente, cita la expresiva observación de
Christopher Marlowe: «la Sagrada Comunión se habría administrado mucho mejor en
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una pipa de tabaco»[21].
Es difícil sin duda evadir la conclusión de que el alcohol y el tabaco han pasado a
ser hábitos profundamente arraigados en países cristianos y de habla inglesa, y que
por ello consideramos buenas estas sustancias; como la marihuana (hachís) y el opio
son hábitos paganos y extranjeros, debemos considerar que estas substancias son
malas.
El criterio de que el alcohol, tabaco y café son los sacramentos seculares de
nuestras ceremonias químicas se sostiene fácilmente con observaciones al alcance de
cualquiera. Bastarán, pues, unas pocas ilustraciones dramáticas sobre el particular.
En una entrevista concedida a Playboy, Tennessee Williams comentó que «[…]
durante mucho tiempo no podía caminar por una calle a no ser que pudiera ver un
bar, no porque quisiera beber sino porque quería la seguridad de saber que estaba
allí»[22]. La substitución de la iglesia por el bar, el sacerdote por el barman, el agua
bendita por el alcohol, y la comunión con Dios por la comunión con los compañeros
de parranda se presenta aquí con una claridad inconfundible. El alcohol y el aparato
social asociado con la bebida han desempeñado una auténtica función religiosa en el
caso del Sr. Williams, como indica el siguiente pasaje de la misma entrevista: «Nunca
quise un Cadillac. De hecho, no me interesa ningún coche. Solía aterrorizarme en las
autopistas de California. Siempre llevaba una pequeña petaca conmigo y, si la
olvidaba, el pánico hacía presa en mí»[23]. Evidentemente, para el Sr. Williams, la
petaca de alcohol tenía la misma función que un icono religioso para alguien
formalmente religioso.
Puesto que existen objetos puros o sagrados en magia y religión, también debe
haber otros impuros y no sagrados. Veamos cómo entiende y expresa esta dicotomía
nuestro «sentido común» contemporáneo. «El alcohol es un bien del que se puede
abusar», escribe un lector en la sección de cartas de la National Review: «Con la
droga es diferente […]. Tomar droga es una forma de mutilación, y la mutilación está
prohibida por ley natural»[24].
Permítanme ahora reforzar mi sugestión de que no nos oponemos a las drogas
ilícitas porque sean productos químicos malos, sino porque son ceremonias malas,
citando una información periodística bastante usual sobre nuestros esfuerzos para
controlar la «epidemia de heroína». Si se lee teniendo en cuenta el posible
paralelismo entre drogas y religiones, entre uso ritual de drogas y observancia
religiosa ritual, será manifiesto que lo que llamamos una «guerra contra el abuso de
drogas» es en realidad una guerra para eliminar, si es posible de todas partes, el uso
de las drogas que desaprobamos, y al mismo tiempo fomentar en todas partes el uso
de las drogas que aprobamos.
En un reportaje del New York Times sobre la última guerra del opio en Asia —por
supuesto, esta vez para prohibir y no para fomentar la droga— vemos cómo los
campesinos laosianos se resisten a los intentos de recortar su tradicional costumbre de
cultivar adormidera, y el uso del opio como medicina popular.
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Informando desde Nam Keung, en Laos, el corresponsal del Times cuenta que
«sometido a intensas presiones por la Embajada de Estados Unidos, que incluyen la
amenaza de suspender la ayuda americana, el gobierno de Laos invirtió su política
tradicional y puso fuera de la ley la producción, venta y consumo del opio, conocido
en Laos como “medicina floral”»[25].
Para los laosianos, esto es, por supuesto, un gravísimo atropello a sus libertades.
«“Para mi pueblo es difícil entender que deben dejar de cultivar opio porque mata
americanos a miles de millas en un país extraño”, dijo Chao La, jefe Yao de Nam
Keung, a una delegación de ministros laosianos, legisladores y funcionarios
americanos que visitaron su pueblo anticipadamente esta semana»[26].
La interferencia de los funcionarios americanos en las vidas cotidianas de los
laosianos se detalla luego; y nos enteramos de que, en nombre de un «programa para
abolir estupefacientes […] respaldado por 2,9 millones de dólares de ayuda
americana», se han tomado las medidas siguientes:
Como siempre sucede con las cruzadas, esta arrogante destrucción de costumbres y
ceremonias «extranjeras» se lleva a cabo despiadadamente, y sólo por el bien de las
propias víctimas. «A los yeos de Nam Keung, un pequeño conjunto de casas de
bambú y paja levantadas en un promontorio situado frente al Mekong, la controversia
sobre el opio les parece incomprensible e injusta. Para ellos —como para muchos
grupos étnicos de Laos— el opio ha sido durante mucho tiempo el mejor remedio
para todas las enfermedades, desde la diarrea hasta los calambres menstruales o la
tuberculosis. “Somos gente pobre, que no tenemos vidas fáciles”, dijo Chao La, jefe
del pueblo, a la delegación de laosianos y funcionarios americanos. Los visitantes —
entre los cuales se hallaba Edgar Buell, Míster Pop, el casi legendario agente de la
Oficina para el Desarrollo Internacional que trabajó con las tribus montañosas
laosianas desde 1959— esperan persuadir a los yeos para que abandonen el cultivo de
opio»[27].
Si Míster Pop no pudo sin coacción americana persuadir a los yeos, de que
hicieran algo a su juicio irracional, siempre estaba en su mano, o en la de sus
patronos, hacer una oferta irrechazable. Cito este relato —que a mi entender resume
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la degeneración moral de nuestra guerra contra los estupefacientes— en parte porque
presenta un cuadro fiel de esta guerra, y en parte porque revela con nitidez hasta qué
punto esta guerra no es sólo una lucha contra «sus drogas» sino también una lucha a
favor de las «nuestras».
Antes de regresar a su base de origen, los ministros laosianos, los legisladores y
los funcionarios americanos —incluyendo, lógicamente, a Míster Pop— dieron a los
nativos asiáticos, abusadores de drogas, una demostración del decoroso rito
occidental con drogas: «Tras vaciar docenas de vasos de un mortífero whisky de maíz,
preparado caseramente, la delegación abandonó Nam Keung sin estar completamente
segura de lo convenido»[28].
Creo que lo convenido se vincula muy claramente con lo que simboliza toda esta
«visita» como ceremonial social. El poderoso invasor extranjero aparece en el
poblado y ofrece tentadores sobornos a cambio de que se destruyan las costumbres
tradicionales. (Podríamos sustituir budismo o cristianismo por opio para enfocar este
cuadro con precisión). Implícito en la visita, y en los poderes y propensiones de los
visitantes, está el mensaje ulterior de que si los sobornos son rechazados, se pueden
utilizar medios más directos y dolorosos para conseguir rigurosa sumisión.
Finalmente, el invasor se marcha, pero no antes de celebrar su propio ceremonial de
drogas, aclarando así que su verdadera finalidad es convertir a los nativos para que
pasen de su droga (opio) a la suya (alcohol).
A nivel de microcosmos —en un diminuto pueblo laosiano— vemos en toda su
amplitud la cruzada americana contra los estupefacientes. Tal como los cristianos
quemaban mezquitas y templos para difundir la palabra de Jesús, los
«drogabusólogos» modernos queman cosechas para difundir el uso de alcohol.
Además, en contraste con la Guerra de Vietnam, que ha sido condenada por
innumerables americanos y todavía más por no americanos, esta guerra en Asia (y en
otras partes) no ha recibido sino alabanzas y apoyo. No estoy enterado de que ningún
partido o grupo político de cualquier parte del mundo haya denunciado, por principio,
esta invasión —tanto ética como médicamente injustificable— de los derechos de
otros pueblos a cultivar adormidera y consumir opio. En mi opinión, esta cruzada
pseudomédica— apoyada a la par por países capitalistas y comunistas— puede a la
larga acabar siendo perjudicial para la causa de la libertad y la dignidad humana más
que cualquiera de los conflictos armados de nuestro tiempo.
Lo que hoy existe es nada menos que un pogrom mundial contra el opio y los
usuarios de opiáceos. La razón de que esta persecución sea mundial es muy simple: la
«conversión» desde el opio al alcohol simboliza la transformación de un pueblo
desde su vergonzoso pasado de «atraso» a un resplandeciente presente y futuro de
«modernidad», y es cosa respaldada por las tres superpotencias mundiales: los EE
UU, la URSS y China. (Que yo sepa, los chinos sólo han dado el primer paso en este
proceso: han proscrito el consumo del opio, pero todavía no han dado el segundo que
consiste en adoptar el alcohol como droga recreativa adecuada y rica fuente de
[Link] - Página 50
ingresos gubernamentales).
Hasta los años cincuenta el consumo de opio fue legal en Irán. En el relato hecho
a continuación por Henry Kamm, sobre la forma en que se utilizaba el opio, las
semejanzas con el uso del alcohol son dramáticas. Aunque no intente hacer ver lo
mismo que yo: «Muchos hogares de la clase alta de Teherán tenían una habitación
bien equipada, a la que se retiraban los invitados masculinos después de la cena y de
la que pronto emanaba el dulce olor del buen opio hasta llegar al salón donde estaban
las mujeres. Los afectos al opio entraban en la habitación para fumar una o dos pipas
amistosas; los no afectos se quedaban con las mujeres, tal como algunos toman un
coñac después de la cena y otros dejan pasar la bandeja con sus copas. No había
estigma alguno en la costumbre»[29].
Este último comentario parece gratuito, e incluso podría ser engañoso. Por lo que
sé y he leído sobre el tema, parece más verosímil que el estigma fuera al contrario:
probablemente se vinculaba a quienes no eran «lo bastante hombres» como para
fumar opio. Esta suposición la confirma indirectamente el propio Kamm, cuando
refiere que: «[…] la mayor parte de las casas de té solían vender opio, e incluso en el
Parlamento iraní había un salón que, sin estar decorado como fumadero, servía a los
diputados para reunirse a fumar opio»[30].
El general que acaudilló la guerra contra esta vergonzosa costumbre iraní fue un
iraní, médico sin duda y, desde luego, formado en América. Se trata del Dr.
Jehanshaw Saleh, que como Ministro de Salud Pública persuadió al Sha de que
prohibiera el cultivo y el consumo del opio en 1955. Para lograrlo hubo de
reclasificar a todos los usuarios de opio en la categoría de «adictos», una estratagema
que evidentemente estaba a su alcance. Según Kamm, Saleh dijo que «antes [de la
prohibición], si mirabas al Parlamento veías adictos al opio»[31]. Obviamente, una
forma de triunfar en el mundo de la política y las ciencias sociales es calumniar, de la
forma adecuada, a tu propio país, su pueblo y sus líderes: uno no debe calumniarles
(incluso aunque sea cierto) diciendo que son antipatrióticos, estúpidos o que roban el
dinero de los contribuyentes; en lugar de eso conviene calumniarles diciendo que
están «enfermos»; adictos al opio, adictos al alcohol, mentalmente enfermos. Así uno
será aclamado como salvador del país cuyas más importantes tradiciones y valores
uno mismo ha ayudado a destruir con un simple «diagnóstico».
¿Tuvo éxito la prohibición del opio en Irán? No exactamente. Creó un inmediato
e inmenso mercado ilegal, así como otros trastornos. Pero nada de ello menoscabó la
grandeza del Dr. Saleh o del Sha en lo más mínimo. Desde entonces se complacen en
la gloria de las siguientes consecuencias a la prohibición de 1955: en 1969
reintrodujeron el uso del opio en Irán bajo «estricta supervisión»; admitieron el
consumo de opio como una «adicción» y «se ocuparon de montar un amplio
programa de tratamiento, así como de amenazar con el pelotón de fusilamiento el
tráfico y el uso ilegal»[32]. Si la escena suena familiar, la responsabilidad no es mía
sino de la historia.
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Irán se ha mantenido como nación durante más de dos mil años, utilizando el
pueblo opio con moderación, fundamentalmente para ayudarse a sobrellevar vidas
duras e infructuosas. En tal caso, ¿por qué tuvo que promulgarse la prohibición del
opio repentinamente en 1955? «La prohibición fue motivada —escribe Kamm— en
gran medida por razones de prestigio. En una fase de modernización, lo cual significa
para la mayoría de los países en desarrollo una imitación de los modelos occidentales,
el uso del opio se consideró la vergonzosa resaca de un oscuro pasado oriental. No
casaba con la imagen de un Irán occidentalizado, sobrio, que el Sha estaba
creando»[33].
La «imitación de los modelos occidentales» es aquí la frase clave. Esta imitación
incluye los siguientes elementos principales: sustitución del opio por el alcohol;
medicalización de ciertas costumbres personales y tradiciones culturales,
especialmente aquellas que el Estado quiere prohibir; y la introducción de métodos
médicos de control social. Aunque tardíamente, Irán ha encontrado sus propios
Guillotin. Kamm observa: «El Dr. Saleh (un ginecólogo educado en Siracusa, que es
Senador) y el Dr. Azarakhsh (Director General en el Ministerio iraní de Salud
Pública) deploran el uso del opio porque como médicos y patriotas sienten pena
viendo que su pueblo se consiente un hábito perjudicial. “Es como si sacas adelante a
un niño hasta que tiene catorce años y entonces le cortas la cabeza,” dijo el Dr.
Saleh»[34].
Por supuesto, el Dr. Saleh es todavía un poco amateur por la forma en que
dramatiza las consecuencias del hábito al opio. Pero, después de todo, es un
ginecólogo, no un psiquiatra. Aunque sostiene que la utilización del opio es una
«adicción», en realidad prefiere disparar a la gente relacionada con tales cosas antes
que tratarla. Según Kamm, «el Dr. Saleh y el Dr. Azarakhsh están entristecidos por la
reanudación en el cultivo de opio tras 14 años de prohibición total, porque el
reconocimiento oficial de una adicción registrada ha devuelto aparentemente algo de
respetabilidad al hábito que ellos odian»[35]. Pero Kamm no dice, y no hay razón para
creerlo, que estos «patrióticos» doctores estén entristecidos porque en los tres últimos
años 160 «inductores» hayan sido fusilados tras juicios sumarísimos.
Los datos sugieren enfáticamente que si la crucifixión de Jesús pudo haber
fracasado a la hora de convertir a «otros» a «nuestros» modos de obrar, el alcohol
embotellado todavía puede tener éxito. Aludiendo a los «transformados de Teherán»
—es decir, a quienes se han adaptado más satisfactoriamente a la prohibición del opio
en Irán— escribe Kamm: «Ilustrando el modernismo de su clase, el joven tomó un
trago de su whisky con soda, prohibido por el Corán»[36]. «Modernismo» significa
aquí «beber alcohol», como los americanos y los rusos; como hacen los ingleses, los
franceses, los italianos y los húngaros; y, en general, todas las otras personas
«normales» del mundo.
Quizá cuando todo el mundo hable inglés (o ruso), use el sistema métrico, coma
lo mismo, se sede con whisky o vodka, se estimule con cigarrillos y publicidad
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erótica, y sea tratado por un médico de la Seguridad Social con anoréxicos,
antidepresivos, tranquilizantes y substancias antipensantes todavía por descubrir,
aprobadas por el Estado, quizá entonces todo irá bien. Obviamente, hemos depositado
nuestra fe en el salvador equivocado. Ahora nuestros «amigos» e «imitadores» nos
están enseñando que nuestro verdadero salvador no es Cristo, sino la Química.
Como organismos vivientes, percibimos y refractamos realidad física a través de
nuestros órganos sensoriales; como seres humanos, percibimos y refractamos realidad
social a través de aquellas partes de nuestro cuerpo que nos hacen específicamente
humanos; es decir, los órganos del habla, la audición y los centros superiores del
cerebro que promueven las funciones simbólicas del lenguaje. No es, pues,
sorprendente que allí donde las funciones simbólicas de la conducta humana juegan
un papel importante —como sucede en religión, arte y política— el papel del
lenguaje en ese tipo de conducta, y su interpretación, sean igualmente importantes.
Las drogas aceptadas culturalmente han sido tradicionalmente promovidas y
continúan siéndolo hoy como símbolos de edad adulta y madurez. El tabaco y el
alcohol —incluso el café y el té— son substancias que están permitidas a los adultos
pero no a los niños. Esto convierte ipso facto a tales drogas en símbolos de madurez y
competencia. En otro tiempo, los hombres lucían largos cigarros apretados entre sus
dientes —lo mismo que lucían grandes relojes de bolsillo sujetos con una cadena de
oro al bolsillo del chaleco— como símbolos de la virilidad adulta. Los largos puros
masculinos, ahora han sido ampliamente reemplazados por otros bisexuales y más
pequeños, que anuncian la igualdad de hombres y mujeres «emancipadas» y
simbolizan la edad adulta de ambos en contraste con el infantilismo de los niños, a
quienes está prohibido vender cigarros semejantes todavía. Entre los productos del
tabaco, por supuesto, los cigarrillos continúan siendo símbolos dominantes de
madurez y sofisticación, papel que comparten con la cerveza y el licor. La nicotina y
el alcohol constituyen las drogas con mayor aceptación y promoción social en
cualquier parte del mundo «civilizado».
La aprobación social de ciertas drogas recreativas se refleja y sustenta en el
lenguaje que utilizamos para describir las diversas actividades asociadas con su
fabricación, venta y consumo. Los que hacen licor son hombres de negocios, no
«miembros de una cadena internacional de refinadores de alcohol»; los que venden
licor son comerciantes minoristas, no «traficantes»; y los que compran licores son
ciudadanos, no «narcomonstruos» (dope fiends). Lo mismo sirve para el tabaco, el
café y el té.
El uso de drogas medicinales, antes que recreativas, se promueve de forma
bastante diferente, pero aplicando los mismos principios. La aspirina, los
tranquilizantes, y las drogas que hacen que una persona esté somnolienta o alerta se
promueven amparadas por la bandera de la ciencia médica. Se dice a las personas que
cualquier «aflicción» —y aquí cabe todo, desde el aburrimiento en el trabajo a
conflictos con la suegra o las innumerables dolencias metafóricas llamadas
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«enfermedad mental»— es una dolencia cuyo remedio adecuado es tal o cual droga
específica. Naturalmente, todo esto es un colosal fraude. Sin embargo no es mayor
fraude que decir a las personas que cualquier aflicción es un pecado, remediable
adecuadamente con oración, y quizá con algún sacrificio a Dios o pago a la Iglesia.
La panacea clínica es a menudo una fiel réplica de la clerical.
Si las drogas aprobadas culturalmente han sido generalmente promovidas como
símbolos de madurez, y su uso habitual visto como prueba de competencia en los
juegos de la vida, las drogas culturalmente censuradas han sido generalmente
prohibidas como símbolos de inmadurez, y su uso habitual es visto como prueba de
incompetencia en los juegos de la vida, y síntoma de enfermedad mental, perversión
moral o ambas cosas.
Así, en la literatura psiquiátrica oficial no se pone nunca en duda el dogma de que
la adicción a drogas es una enfermedad mental; tampoco la creencia de que una
persona se convierte en adicto por un «defecto subyacente» a su personalidad. En
definitiva, la mitología psiquiátrica sobre abuso de drogas es una réplica exacta de la
mitología psiquiátrica sobre el autoabuso (masturbación)[37].
Este tipo de interpretación psiquiátrica es, por supuesto, circular. La psiquiatría
tradicional ha aceptado la definición convencional de ciertos comportamientos —la
masturbación, el consumo de drogas ilícitas y así sucesivamente— como un tipo de
enfermedad que cae específicamente dentro de la competencia del «médico
psiquiatra». Habiendo hecho esto, sólo le quedaba a la psiquiatría establecer su
«etiología»: un defecto en la profundidad de la psique; describir el curso de la
«enfermedad no tratada»: constante deterioro que conduce directamente al
manicomio; y prescribir su «tratamiento»: coerción psiquiátrica con o sin consumo de
drogas «terapéuticas» adicionales (heroína por morfina; metadona por heroína;
antabuse por alcohol).
De este modo, una crítica a los lenguajes sobre consumo y abstinencia de drogas
no puede avanzar mucho antes de que uno se vea obligado a observar que no existe,
de hecho, cosa semejante a la «toxicomanía». Sin duda, algunas personas toman
drogas que las autoridades no quieren que tomen; y algunas personas se acostumbran
a tomar ciertas drogas, o se habitúan a ellas; y las diversas substancias tomadas
pueden ser legales o ilegales, relativamente dañinas o bastante dañinas. Pero la
diferencia entre alguien que «consume una droga» y el «adicto» a ella no es una
cuestión de hecho, sino una cuestión de actitud moral y estrategia política. Podemos y
debemos llegar más allá, advirtiendo que la identificación misma de una substancia
como droga no es una cuestión de hecho, sino una cuestión de actitud moral y
estrategia política: en lenguaje común, el tabaco no es considerado droga, pero la
marihuana sí; la ginebra no, pero el valium sí. Veamos brevemente cómo los cruzados
en guerra con las drogas utilizan el lenguaje del horror para incorporar reclutas a su
causa.
El título de un artículo de periódico escrito por Art Linkletter, el famoso
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animador, pregunta: «¿Cómo puedo saber si mi hijo está colgado?»[38]. El título de un
artículo de revista escrito por Ira Mothner, director de Look, pregunta: «¿Cómo puede
saber si su hijo toma drogas?»[39]. El lenguaje de estos fragmentos —empezando por
sus títulos y acabando por sus exhortaciones al engaño y la coacción en la mejor de
todas las causas posibles— narcotiza nuestra sensibilidad moral. Autores y lectores se
tranquilizan unos a otros apoyándose en la aceptación tácita —jamás cuestionada y
en realidad incuestionable— de que en la santa cruzada médica contra la adicción el
intento de controlar a otra gente por cualquier medio no sólo es moralmente justo,
sino verdaderamente encomiable. Así, primero se da por hecho y luego se estimula a
los padres a que espíen a sus hijos; a los doctores para que hagan de detectives con
sus pacientes; y al gobierno americano a que farisaicamente intervenga en los asuntos
interiores de otros países. Todo ello es razonable si tales intervenciones son
«necesarias» para «salvar» a la gente de la «plaga heroínica».
En ningún campo se expone hoy más claramente el lenguaje del sacrificador de
chivos expiatorios que en nuestra forma de escribir o hablar sobre el consumo o la
abstinencia de drogas. El chivo expiatorio más próximo es la «droga peligrosa»; uno
ligeramente más distante es el «adicto» que «infecta» a otros con su «enfermedad»; y
el más remoto es «el inductor». Esta retórica ha sido ahora intensificada hasta el
extremo de invocar el «día del fin del mundo» debido a «infección» y reclamar que
todos los otros intereses y valores humanos estén subordinados a una fantástica
búsqueda de libertad frente a la adormidera. Muchos de los principales políticos,
científicos y figuras literarias de todas partes del mundo se han unido a este coro
enloquecido.
Un titular de la Saturday Review pregunta: «¿A diez años del fin del mundo?»[40].
Por el artículo nos enteramos de que el Ministro del Interior francés, Raymond
Marcellin, piensa que «la gran mayoría de los franceses, jóvenes y viejos, son
alérgicos a las drogas»[41]. En el mismo artículo, el Dr. Gunnar Myrdal, famoso
experto sueco en economía política, declara que «son absolutamente necesarios
acuerdos internacionales sobre control de drogas»[42]. Seguramente no tenía intención
de clasificar la nicotina o el alcohol como «drogas». Para no ser menos, el experto
americano de más alto rango citado en el artículo afirma categóricamente: «No hay
nada más importante que las drogas»[43]. Esta notable opinión la expresa el Sr. Myles
Ambrose, que cuando se publicó el artículo era director del Servicio de Aduanas
americano; quizá en virtud de sus convicciones fue pronto ascendido a Consejero
Especial del Presidente para Represión de Toxicomanías.
Menos de dos años después, el Sr. Ambrose ofreció una expresión pública de
devoción a su trabajo. Fue en forma de una carta al director del New York Times,
escrita en colaboración con el Dr. Jerome H. Jaffe, Consejero Especial del Presidente
para Estupefacientes y Drogas Peligrosas. La carta de ambos fue escrita como un año
después de que los guerreros antidroga lograran presionar al gobierno turco para que
prohibiese el cultivo de la adormidera, triunfo que galvanizó a los prohibicionistas y
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les hizo concebir metas todavía mayores para su voluntad de dominio. «Pocos de
nosotros —escriben el Dr. Jaffe y el Sr. Ambrose— nos hacíamos “ilusiones” en el
sentido de que el acuerdo con Turquía para acabar con la producción de opio
resolviera el problema […]. Es necesario entender que una parte muy pequeña —
quizás el 5%— de la producción mundial de opio se requiere para abastecer a nuestra
población adicta a la heroína. El principal impulso del esfuerzo federal es desarrollar
programas de prevención eficaces, y asegurarse de que el tratamiento esté disponible
para quienes lo persigan […]. El Presidente Nixon ha solicitado 729 millones de
dólares para la guerra contra el abuso de drogas en el año fiscal de 1972, lo cual
supone un incremento del 1.000% sobre el gasto gubernamental de 65 millones de
dólares en 1969»[44].
Obviamente, la adicción ha sido la mercancía fascinadora del final de los años
sesenta y principios de los setenta, y el comercio con la adicción por parte de
«drogabusólogos» ha sido también la única industria floreciente en América durante
estos años. Desde luego, la naturaleza lucrativa de la guerra contra la adicción ha sido
advertida por numerosos observadores, aunque en su mayor parte no pongan en duda
la suposición de que la toxicomanía sea una enfermedad y, por tanto, acepten la
proposición de que puede ser «tratada». Los comentarios de Marion Sanders tipifican
la lucidez que se detiene antes de pensar lo impensable: que todo el negocio de curar
la adicción es un gigantesco engaño, un latrocinio legitimado social y
profesionalmente. Según ella, «1970 puede muy bien ser recordado como el año del
gran pánico a las drogas, el año en que la adicción fue tema permanente en prensa y
televisión, y aquel en el cual funcionarios del gobierno y buscacargos coparon
titulares dirigiendo “ataques masivos” al problema […]. El tratamiento de los adictos
se ha convertido en una industria floreciente, con defensores de teorías variadas que
rivalizan ferozmente por obtener fondos públicos que financien sus empresas. La
mayor parte de los programas de tratamiento “privados” para la adicción en Nueva
York dependen en gran medida del respaldo gubernamental»[45].
En el mundo angloparlante actual el bar el pub o la taberna son los lugares
principales donde la gente se congrega para expresar, afirmar y experimentar un
sentimiento de convivencia: de pertenecer a un grupo de personas intelectualmente
afines, gracias a un hábito personal que confirma el de todos los demás. En América
y en Inglaterra hay muchos más lugares para beber que para rendir culto; muchos más
barmans que clérigos o médicos. En Milwaukee, Wisconsin, por ejemplo, había
13.100 barmans en 1972, lo cual implica uno por cada 55 personas de la ciudad[46].
¿Puede alguien dudar de que la celebración ceremonial de comunalidad —de
totalidad, bondad y solidaridad— se expresa hoy a través de tapas y cerveza, más que
a través de pan y vino?
El juicio crítico sobre las leyes antidroga y los llamados controles de
estupefacientes suele malinterpretarse como aprobación o respaldo al consumo de
drogas o la drogadicción. Quienes interpreten así mi posición —o cualquier posición
[Link] - Página 56
de laissez faire y tolerancia con respecto al consumo de drogas— defienden
implícitamente el principio de que quien no apoya su posición apoya la de su
adversario. Nada podría estar más lejos de la verdad. Considero que la tolerancia en
materia de drogas es completamente análoga a la tolerancia en materia de religión.
Indudablemente, un cristiano que defendiese la tolerancia religiosa en el apogeo de la
Inquisición habría sido causa de herejía. Sin embargo, nadie malinterpretaría su
posición hoy, ni le tendría por alguien que respalda o defiende una religión no
cristiana o el ateísmo. El hecho de que para un americano actual —especialmente si
es médico— la tolerancia en materia de drogas se considere generalmente una
recomendación o apoyo a la licenciosidad indisciplinada en el uso de «drogas
peligrosas» significa que actualmente estamos en el apogeo de una inquisición
«antinarcótica».
[Link] - Página 57
II
Farmacomitología:
la medicina como magia
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5. CURAS LÍCITAS E ILÍCITAS: PERSECUCIONES
POR BRUJERÍA Y «DROGOMANÍA»
EN CUALQUIER SOCIEDAD, las personas recurren a ciertas autoridades para curar sus
dolencias. Tan pronto como una sociedad alcanza un grado suficiente de complejidad,
estas autoridades tenderán a monopolizar la función curativa; a partir de ahí se
definirán a sí mismos, y serán definidos por los detentadores del poder, como los
únicos terapeutas acreditados o lícitos, cayendo todos los demás en la categoría de
terapeutas ilícitos o matasanos.
Sería instructivo tener en cuenta algunas semejanzas entre las guerras medievales
contra la brujería y las guerras modernas contra la «drogomanía». En ambas luchas
presenciamos una dramatización ritualizada del desafío y la defensa de la ética social
dominante; un conflicto encubierto entre terapeutas indígenas o ilícitos y sus
competidores acreditados o profesionalizados; y, por último, una batalla entre
individuos que aspiran a cuidar de sí mismos, acudiendo a quien les parece mejor, y
colectividades o Estados que insisten en cuidar de sus miembros sometiéndoles a
procedimientos que definen como terapéuticos. Nuestro problema actual con las
drogas no puede comprenderse sin prestar una debida atención a las sutiles pero
poderosas tensiones entre terapeutas acreditados y no acreditados, médicos y
matasanos, drogas lícitas e ilícitas, medicina científica y medicina popular, pues esas
tensiones tienen profundas ramificaciones emocionales y económicas.
Las descripciones tradicionales de la historia de la medicina se remontan a
Hipócrates y Galeno en el Mundo Antiguo, prosiguen gracias a los trabajos de
médicos «regulares» —principalmente árabes y judíos— durante la Edad Media, y
acaban dando nacimiento a la medicina «científica» con el Renacimiento y la
Ilustración. Debido a una significativa omisión esta descripción falsifica la historia de
la medicina, porque ignora el papel de la «bruja blanca» medieval. (Las «brujas
blancas» eran mujeres en quienes se confiaba por sus supuestos poderes para ayudar
y curar, frente a las «brujas negras», que eran temidas por sus supuestos poderes para
causar infortunio, enfermedad y muerte). Es verdaderamente revelador que —como
en la historia judía de la Creación— el hombre tiene un padre divino pero no madre y
que en la historia cristiana el hombre tiene un padre divino pero una madre sólo
humana; igual acontece con la historia masculina de la Medicina, que tiene también
padres excelsos pero no madres. Podemos afirmar tranquilamente que esta fantasía
partenogenética masculina sobre el nacimiento de la medicina no es más que eso: una
fantasía. Aunque los ilustres sacerdotes-médicos de la Antigüedad sean sin duda los
ancestros remotos de los médicos científicos modernos, su pariente más cercano es
una madre, la bruja blanca medieval[1].
Para comprender el papel de la bruja blanca —a menudo llamada la «mujer
sabia»— como terapeuta debemos recordar que la medicina en la Edad Media, como
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otras ramas del saber, se hallaba en un estado de suspensión. Como dijo Jules
Michelet: «A excepción de los doctores árabes y judíos, contratados a alto precio por
los ricos, el tratamiento médico era algo desconocido; el pueblo sólo podía
congregarse en las puertas de las iglesias para ser rociado con agua bendita»[2].
Los terapeutas lícitos eran los sacerdotes, y los métodos de curación correctos o
acreditados socialmente consistían en la oración, el ayuno y las aplicaciones
apropiadas de agua bendita. Como es natural, esto dejaba descontentos a muchos, no
sólo porque sabían que los ricos utilizaban médicos inaccesibles para los pobres, sino
porque sabían que había hierbas y pociones, conjuros y otros rituales mágicos
ofrecidos por los terapeutas «no licenciados» o «indígenas» de su época, las brujas.
Como señala Pennethorne Hughes, «los judíos eran tachados de usureros porque el
sistema medieval no permitía a nadie que no fuera judío prestar dinero, y porque se
les permitían muy pocas otras profesiones. Del mismo modo, las brujas tenían en
buena medida un monopolio sobre los poderes terapéuticos —el poder doble de curar
y perjudicar— debido a la actitud medieval adversa a la medicina»[3]. El monopolio
al que se refiere Hughes era, por supuesto, ilícito, como el que ahora disfruta la Mafia
(o «crimen organizado») en América para la importación y distribución de heroína.
Naturalmente, esta es una de las muchas semejanzas, como enseguida veremos, entre
brujería y «drogomanía», no menos que entre las guerras convocadas contra ellas.
Las brujas utilizaban substancias farmacológicamente activas (a las que de ahora
en adelante llamaré «drogas») y se las daban a otros, lo cual supone otra semejanza
con los consumidores contemporáneos de drogas ilícitas. Las legendarias pócimas de
las brujas condensaban todos los usos complejos e incluso antitéticos a los que podía
aplicarse la tecnología farmacológica del curanderismo: la pócima confería poderes
mágicos a la bruja, y podía utilizarse tanto para envenenar al saludable como curar al
enfermo. Además, hay una abundante documentación favorable al criterio de que, si
bien los poderes terapéuticos de las brujas eran parcialmente mágicos (basados en la
fe de los «pacientes» sobre su habilidad para curar), esas mujeres poseían también
numerosas substancias farmacológicamente activas y sabían cómo utilizarlas.
Paracelso, considerado uno de los más grandes médicos de su tiempo, declaró
públicamente en 1527 que había «aprendido de las hechiceras (brujas blancas) todo
cuanto sabía»[4].
En el estudio clásico de Margaret Murray, The Witch-Cult in Western Europe, A.
J. Clark proporciona información específica sobre la composición del ungüento que
utilizaban las brujas en la celebración del sabbat. Los efectos psicoactivos
—psiquedélicos los llamaríamos ahora— de estos ungüentos son manifiestos, y
notablemente similares a los que se atribuyen con frecuencia al LSD.
El uso de ungüentos absorbidos por la piel es, desde luego, una parte de muchas
religiones. Esta práctica era por eso de naturaleza en parte ceremonial y en parte
química, pues ciertas substancias eran absorbidas por el cuerpo a través de la piel
intacta, o no intacta. Sobre el «ungüento volador», utilizado por las brujas europeas,
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Clark dice:
Las tres recetas utilizadas por las brujas para el ungüento «volador» son las siguientes: a) perejil, agua de
acónito, hojas de álamo y hollín; b) berraza, ácoro, cincoenrama, sangre de murciélago, belladona y aceite; c)
de bebé, jugo de berraza, acónito, cincoenrama, belladona y hollín.
Estas recetas muestran que la sociedad de las brujas tenía serios conocimientos sobre el arte del
envenenamiento. Acónito y belladona son dos de las tres plantas más venenosas que crecen silvestres en
Europa; la tercera es la cicuta, y con toda probabilidad el «perejil» se refiere a la cicuta y no al inofensivo,
pues se le asemeja mucho[5].
El acónito era uno de los venenos más conocidos en la Antigüedad; en realidad, su uso estaba tan
extendido entre los envenenadores profesionales de Roma durante el Imperio que se aprobó una ley que
convertía su cultivo en crimen capital […]. El uso de la belladona como veneno también se conocía en los
tiempos clásicos; era sabido que catorce bayas producían la muerte, y que una dosis moderada producía
excitación desenfrenada y delirio. También la cicuta fue un veneno bien conocido en la Antigüedad […]. No
hay duda, pues, sobre la eficacia de estas recetas y su capacidad para producir efectos fisiológicos […]. No
podría afirmar que algunas de estas drogas produzcan la impresión de volar, pero considero interesante el uso
del acónito a esos fines. La actividad cardíaca irregular de una persona que empieza a dormirse produce una
sensación bien conocida de súbita caída libre, y parece bastante probable que la combinación de un delirógeno
como la belladona con una droga inductora de actividad cardíaca irregular, como el acónito, pueda producir
una sensación de volar[6].
[Link] - Página 61
mejor —por efectivo y seguro— analgésico y euforizante. Sin embargo, al igual que
el terapeuta indígena, el opio es simple y sin pretensiones: constituye el jugo seco de
adormidera. No hace falta químico, industria farmacéutica ni médico para producirlo
o administrarlo. A mi juicio, esta es una de las razones importantes de que la
medicina moderna haya vuelto con tanta ingratitud la espalda a la adormidera, como
otrora dio la espalda a las sabias mujeres: uno y otras recuerdan al arrogante «doctor»
—cuya aspiración no es curar sino controlar al paciente— sus humildes orígenes;
peor aún, le amenazan con ser desplazado por el terapeuta indígena, por la medicina
popular y por los esfuerzos del enfermo en curarse mediante automedicación, con
virtiendo la profesión hipocrática en algo prescindible e inseguro. Esta es una de las
razones importantes para que el médico moderno haya adoptado analgésicos y
euforizantes sintéticos. ¡No puede haber transilium o valium sin químicos, industrias
farmacéuticas y médicos! Gracias a ellos el médico moderno aparece como un
científico y no como mago, convirtiéndole en un indispensable protector del paciente
contra matasanos e incluso contra sí mismo.
Sobre este fondo debemos contemplar el paralelismo entre drogas lícitas e ilícitas,
terapeutas lícitos e ilícitos, y la lucha entre ellos.
Quienes practicaban la brujería daban y tomaban drogas, como quienes hoy
practican la «drogomanía» dan y toman drogas ilícitas. En ambos casos, los
descarriados son perseguidos y castigados no sólo por lo que hacen, sino también por
lo que son: miembros desafiantes de una «contracultura».
Es innecesario repetir aquí las peripecias de la famosa caza de brujas. No
obstante, parece claro —tanto por la evidencia de la historia como de la naturaleza
humana— que si la guerra contra las brujas fue hecha tan ferozmente, se debió en
parte a que amenazaban los poderes oligárquicos de los clérigos, tal como la guerra
contra traficantes e inductores se hace ferozmente porque amenazan los poderes
oligárquicos de los médicos. Es notable y llamativo que la primera persona ejecutada
en la colonia de Massachusetts fuera Margaret Jones, un «médico femenino» acusado
de brujería[8]
Antiguamente, en las sociedades teocráticas, sólo el sacerdote estaba autorizado a
curar. Si la bruja curaba, era condenada sin consideración alguna a las consecuencias
de sus esfuerzos. En las sociedades terapéuticas actuales, sólo el médico está
autorizado a dispensar «drogas peligrosas». Si lo hace cualquier otra persona, se le
llama «inductor», y resulta condenado sin consideración alguna a las consecuencias
de sus esfuerzos.
El resultado de la rivalidad medieval entre brujas y clérigos fue la Inquisición,
con todas sus complejas consecuencias a largo plazo, entre las cuales estaba el
desarrollo de un poderoso grupo especializado en la trata de brujas, que tenía el
interés encubierto de producir cada vez más brujas para hacerse cada vez más
indispensable y rico. La persecución moderna de las personas que abusan de usuarios
y traficantes ha engendrado una Inquisición Médica similar, con consecuencias
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complejas a largo plazo, entre las cuales está el desarrollo de un poderoso grupo
especializado en la trata de adicción, que tiene el interés encubierto de producir cada
vez más adictos y hacerse así más indispensable y rico.
Estos desarrollos son en realidad inevitables, porque se inscriben en el «tejido» de
la sociedad; y porque una de las características obvias de ese tejido es que las
actividades sociales importantes e identificables son —y han sido siempre—
institucionalizadas. La religión es institucionalizada como clero; la medicina como
profesión de doctores; la dispensación de drogas como farmacia. De forma similar, la
guerra contra la herejía y la brujería fue institucionalizada como Inquisición. Y la
guerra contra drogas peligrosas, adictos y traficantes —esto es, la «drogomanía»— es
institucionalizada como Oficina de Estupefacientes y Drogas Peligrosas, Instituto
Nacional de Salud Mental y otras entidades o grupos, que se alian en una guerra
contra la «drogomanía».
Como la Inquisición, la Guerra Santa Médica contra el abuso de drogas es de
alcance internacional. Y si la Inquisición tenía dos centros principales, uno en Roma
y el otro en España, la Inquisición Médica tiene también dos centros principales, uno
en Washington y otro en Suiza. El auténtico centro espiritual de esta guerra santa
puede decirse que está en la capital americana y particularmente en el Instituto
Nacional de Esta y Aquella Enfermedad o Droga. De estos centros provienen también
los planes básicos para producción y distribución del Agua Bendita médica —
Metadona— destinada a contrarrestar la herética Pócima Brujeril llamada heroína.
El centro para las operaciones internacionales de la Inquisición Médica está
localizado en Suiza, principalmente en Ginebra, en las oficinas de las diversas
burocracias antiadicción y antiabuso de drogas de Naciones Unidas. No es necesario
mencionar que a estos organismos no les interesan hábitos como beber, fumar o
«mantenimiento en metadona», sino tan sólo los inducidos y mantenidos por personas
sin supervisión médica, con substancias que Naciones Unidas clasifican como
«drogas ilícitas».
La Iglesia, comenta Michelet, «declara en el siglo XIV que si una mujer osa curar
sin haber estudiado es bruja y debe morir»[9]. Por supuesto, «estudiar» se refiere aquí
a estudiar las Escrituras y graduarse como sacerdote. Del mismo modo, en el siglo XX
la Medicina declara que si un hombre, una mujer o un niño osan dispensar una
«droga peligrosa» sin haberse registrado en la Oficina de Estupefacientes y Drogas
Peligrosas son «inductores» y deben ser castigado severamente, quizá con cadena
perpetua.
Aunque en tiempos de la caza de brujas los inquisidores se lucraban
generosamente buscando y castigando a las brujas, ni este hecho ni la inexistencia de
problema alguno con las brujas antes del siglo XIII bastó a la gente para darse cuenta
de la horrenda farsa que estaban presenciando, y en lo que participaban. Todo esto es
más dramáticamente real todavía en la horrenda farsa contemporánea. La
«drogabusología» —una meta es crear abusadores de drogas y toxicómanos, para
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perseguirlos por medio de «tratamientos»— es un negocio floreciente. Solamente en
el Estado de Nueva York, el gobierno estatal ha empleado más de seis mil millones de
dólares en la última media docena de años[10] —sin contar los fondos federales—,
con el resultado completamente previsible de hacer que el «problema de drogas» sea,
según se dice, más grave que nunca. En el siglo XIX, cuando no existían controles
sobre drogas, no había problemas de drogas.
El pueblo —como muy bien entendió el Gran Inquisidor— adora ser entretenido
y aterrorizado por campañas que le «salven» de «enemigos», y está deseando abrazar
a los líderes que se ofrecen a descargar la losa de libertad colocada sobre sus
hombros. Por supuesto, siempre se dijo al pueblo —y éste no vio «razón» para dudar
de ello— que sus líderes sólo le estaba protegiendo de brujas y traficantes, y que le
estaba salvando para Dios y la Salud. (Véase cuadro 1).
[Link] - Página 64
[Link] - Página 65
Bajo el peso de una incesante propaganda igualitaria y anticapitalista (lo mismo
en países comunistas que no comunistas) y la presión de incesantes programas de
«educación», la mayor parte de la gente ha depositado su confianza en el desprendido
Estado y desconfía de quienes se «lucran» con la venta y el consumo de «drogas
peligrosas». Esto permite a la Inquisición Médica aumentar gradualmente tanto la
intensidad como el alcance de sus operaciones, sin caer en serios conflictos con la
prensa popular ni con grupos profesionales. Ningún creador de opinión «serio»
protestó a tiempo, cuando las primeras mentiras sobre «estupefacientes» se
entronizaron como verdades oficiales, y cuando los derechos civiles fueron
pisoteados inicialmente por celosos prohibicionistas desocupados.
Mucho antes de que se propusieran las dos «soluciones finales» contemporáneas
para la adicción a la heroína —esto es, metadona obligatoria para los adictos y cadena
perpetua para los inductores-traficantes— había en la guerra contra la «drogomanía»
armas que despejaban cualquier duda sobre la orientación de esa campaña. Los
médicos o sus substitutos analizaban subrepticiamente sangre y orina en busca de
drogas ilegales, usando principalmente a niños, militares y pacientes de clínicas
psiquiátricas. No hubo protestas. Se registraban personas y coches, detenidos por
agentes de la ley en virtud de razones no relacionadas con drogas, y si se hallaban
drogas eran perseguidos por violar las leyes sobre estupefacientes. No hubo protestas.
A finales de los sesenta muchas comunidades del Estado de Nueva York iniciaron un
nuevo «programa» para «resolver» el problema de las drogas. Llamado TIP, consistía
en ofrecer recompensas monetarias a quien «entregase a un traficante». Así, el
antiguo arte de denunciar a amigos, vecinos y enemigos de uno a las autoridades —
sin duda por el interés público— fue redescubierto en el Estado ejemplar. Y no hubo
protesta.
Cuanto más descarados y extravagantes se hicieron los métodos de los
perseguidores, más entusiásticamente se entendieron las persecuciones como
desinteresados actos de funcionarios públicos «preocupados». Los institutos de
enseñanza media recibieron conferenciantes que hablaban sobre abuso y control de
drogas. Los colegios médicos organizaron «programas de urgencia» sobre abuso de
drogas y su tratamiento. La mayor parte de la gente —profanos y profesionales—
estuvo de acuerdo con todo lo que dijeron las autoridades. Algunos tenían más
información pero guardaban silencio temiendo, con razón, por su propia posición,
buen nombre y seguridad financiera. Unos pocos expresaron disconformidad, siendo
generalmente ignorados.
Sin duda, hubo muchos que se quejaron y discreparon. Pero como ocurrió durante
los terrores crecientes de otras cruzadas, movimientos de masas y revoluciones, casi
todos los que se quejaban, se quejaban indebidamente, fortaleciendo en vez de
debilitar las premisas intelectuales y morales básicas de los perseguidores. Esto lo
ejemplifican hoy quienes protestan contra la cadena perpetua prevista para traficantes
de drogas como algo «excesivo», perdiendo de vista la fundamental ilegitimidad
[Link] - Página 66
moral y legal de castigar en absoluto. A mucha gente le escandaliza la idea de que los
traficantes no deban ser castigados en absoluto. Su reacción a esta sugestión es muy
parecida a la de la gente una vez que la Inquisición y el programa nazi estuvieron
bien establecidos: no cabía duda —incluso en las mentes de los más «liberales» y
«bien intencionados»— de que «había que hacer algo» con las brujas y los judíos. La
gente «razonable» se limitaba a deliberar qué debía ser ese «algo». La sugestión de
que nada debería hacerse habría sido herejía y antinazismo. En el caso de las drogas
se consideraba abogar por la heroinización de niños indefensos, desde Harlem hasta
Honolulu.
Quizás sea necesario que estas «locuras colectivas»[11] sigan su curso, y que
grandes masas las padezcan antes de que un número suficiente de personas las
comprendan como tales y las rechacen.
El 2 de febrero de 1973, el New York Times publicó uno de sus innumerables
informes sobre la guerra contra la «drogomanía». Naturalmente, no se llamaba así. Su
título era «Proyecto del Gobernador contra el abuso de drogas»[12]. Ocupaba la mejor
parte de una página. La semejanza entre este programa, que repasaré, y los programas
de los cazabrujas de hace varios siglos no puede ser más aparente.
El informe comienza con esta frase: «Las propuestas del Gobernador Rockefeller
sobre las medidas que deben ser adoptadas con respecto a los traficantes de drogas
han dominado hasta ahora la reunión del Legislativo, que hoy concluía su quinta
semana de trabajo»[13]. La principal incumbencia de la Inquisición Médica queda
expuesta: los inductores «responsables» de la calamidad de la «drogomanía».
«Las propuestas del Gobernador se desarrollaron básicamente a raíz de su
frustración ante el fracaso [el énfasis es mío] de una de sus propias creaciones —la
Comisión sobre Control de Adicción a Estupefacientes— para contener la epidemia
de estupefacientes»[14].
La palabra «fracaso» es aquí significativa, porque expresa de forma sumamente
condensada toda la ideología sobre la guerra a la «drogomanía» las autoridades —que
crearon el «problema»— alegan que intentaron «resolverlo», pero «fracasaron». Si
desechamos esa ideología y mitología, diremos que la «creación» del Gobernador
Rockefeller no fue un rutilante fracaso, sino un éxito descomunal: logró exacerbar
todavía más el «problema» que aparentemente intentaba remediar. No obstante, las
autoridades definen ahora el negocio de tratar y perseguir adictos como lo contrario
de aquello que en realidad es, exactamente igual que hicieron antes con el negocio de
tratar y perseguir brujas. Puesto que son las autoridades, pueden imponer su
definición a la prensa y la opinión pública. El redactor del Times parece admitirlo,
cuando termina su información con esta reveladora frase: «Pero hay general acuerdo
en que cualquier ley dura finalmente votada llevará el Sello del Gobernador, puesto
que él —por la fuerza de su cargo y el enorme aparato de relaciones públicas a su
mando— atrajo y sigue atrayendo una intensa atención sobre el tema»[15].
«“El mero tratamiento [continúa la información del Times] no puede detener la
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diseminación de drogas duras y la destrucción gradual de nuestra sociedad”, dijo el
Sr. Rockefeller a los legisladores. “Lo necesario ahora”, añadió, “es frenar de modo
realmente eficaz la inducción al uso de drogas”»[16]. Desde este punto de vista, la
premisa de que los «traficantes» son gente mala, y de que de alguna manera son
«responsables» no sólo del consumo de drogas duras sino también de «la destrucción
de nuestra sociedad» ya no es discutible. Tampoco disuadió al Gobernador
Rockefeller, a la hora de ofrecer esta sugerencia, el hecho de que unas pocas semanas
antes la policía de Nueva York fuera denunciada en la prensa por haber «traficado»
—¿o debería uno decir «perdido»?— heroína y cocaína por valor de muchos millones
de dólares[17].
«El Sr. Rockefeller ha pedido cadena perpetua para los vendedores de droga dura
y los traficantes de drogas que cometan atracos y crímenes de sangre […]. El
Gobernador ha pedido que el Estado pague gratificaciones de 1.000 dólares a quienes
informen sobre un traficante que sea declarado culpable […]. La legislación
considera drogas duras la heroína, la cocaína, la morfina, el opio, el hachís, el LSD y
las anfetaminas. La marihuana no está incluida»[18].
El drama de la competición entre los tentadores acreditados y no acreditados
(sacerdotes, curanderos, vendedores de drogas, etc.) se expone aquí con claro detalle:
quienes tientan a otros ofreciendo vender drogas ilegales son condenados y
envilecidos como inductores; quienes tientan a los adictos de la heroína para que se
conviertan en adictos a la metadona, quienes tientan a informantes para que
denuncien a personas ofreciendo gratificaciones, y quienes tientan a médicos para
que se prostituyan convirtiéndose en mercaderes de adicción pagados con dinero
público son exaltados y deificados como «terapeutas», y como luchadores abnegados
en la «guerra contra el abuso de drogas».
Las críticas a estas propuestas se han centrado enteramente, como observé antes,
en la «excesiva severidad» de algunas penas. Así, algunos críticos han advertido que
condenas tan duras pueden «incitar a un adicto a disparar a un testigo y de este modo
imponer riesgos adicionales a las víctimas de los adictos. “Es un riesgo”, dijo el
Gobernador recientemente»[19].
Las otras objeciones han sido parejamente débiles, por no decir lamentables.
«Algunos abogados y legisladores piensan, —continúa diciendo la información de
Times— que la gratificación incitaría a individuos deshonestos y vengativos a
colocarle estupefacientes a otros, abriendo así la posibilidad de que sean condenadas
a perpetuidad personas inocentes»[20].
Este pasaje revela que los americanos —¡incluso los abogados y legisladores!—
tienen ahora completamente aceptado que no deberían tener derecho a comprar y
vender ciertas drogas. Si un pueblo quiere privarse de un derecho —que poseía antes
de 1914, y cuya pérdida ni siquiera ha notado, mucho menos entendido— con toda
certeza la hará. Uno no puede hacer libre a otra persona, y mucho menos a toda una
nación. Pero entonces esa nación debe hacer frente a las consecuencias de su
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decisión: debe en lo sucesivo castigar a quienes deseen ejercitar estas libertades
«ilegales»; debe reconciliar su fervor anticapitalista ante las drogas con sus ideologías
e instituciones capitalistas; y debe vivir consigo misma en esas horas lúcidas de la
mañana con la conciencia de que persigue salvajemente a «inductores» que, como los
abortistas de un pasado tan próximo, simplemente ofrecen un producto o servicio
muy solicitado, mientras muestra una indecisa indulgencia hacia quienes cometen
innumerables actos de violencia directa contra sus conciudadanos.
Por supuesto, muchas autoridades saludan cualquier intensificación adicional de
la batalla como un bienvenido paso «hacia delante» y piden con insistencia la
escalada armamentista. Así, un editorial del Syracuse Herald-Journal no sólo
aprueba todo lo propuesto por Rockefeller sino que se queja de que «esos planes son
para los traficantes. ¿Qué hay de los que sacan un claro beneficio indirecto con
productos derivados del tráfico de drogas? Los que venden accesorios como pipas de
agua, cucharas para cocaína, pipas de hachís y máquinas para liar porros de
marihuana, ¿no son al menos tan culpables como cualquier individuo acusado de
contribuir a la delincuencia de un menor? […]. Sucia participación en el lucro,
¿verdad?»[21].
El 5 de febrero de 1973, el Partido Conservador de Nueva York superó al
Gobernador Rockefeller en su fervor por hacer la guerra santa contra la
«drogomanía»: aunque sugirió que la cadena perpetua estuviese «disponible» en
lugar de ser obligatoria para «traficantes callejeros», recomendó también pena de
muerte para «los grandes importadores y mayoristas de drogas ilícitas»[22]. Tal como
en otro tiempo los cristianos más fieles favorecieron la más anticristiana ferocidad
ante las brujas, los capitalistas más fieles recomiendan ahora la más anticapitalista
ferocidad contra empresarios que comercien con «drogas peligrosas».
Los Papas convencieron al pueblo de que las brujas eran los principales
malhechores de su sociedad, y que merecían por eso ser castigadas despiadadamente.
De igual manera, los políticos han convencido al pueblo de que los inductores al
consumo de drogas son los principales malhechores de nuestra sociedad y merecen
ser castigados despiadadamente. Lo que el pueblo no tuvo en cuenta entonces es que
las brujas y los embrujados eran él, y lo que ahora no tiene en cuenta es que los
traficantes y los adictos son él. Con monótona regularidad, el pueblo teme
neciamente a inofensivos chivos expiatorios, y confía ciegamente en peligrosos
profesionales del sacrificio.
[Link] - Página 69
6. EL OPIO Y LOS ORIENTALES: EL MODELO
AMERICANO DE CHIVO EXPIATORIO
TAL COMO LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA desplazó la ideología religiosa por una ideología
médica, la revolución tecnológica nacida de ella desplazó el trabajo humano por el
«trabajo» de la máquina. Esta transformación tuvo también una influencia inmensa en
las pautas personales de consumo de drogas y en las reacciones culturales con
respecto a ello. Hasta el advenimiento de la máquina, la mayoría de los hombres tenía
que trabajar la mayor parte del tiempo para sobrevivir. Por lo tanto, casi todas las
grandes drogas con influjo sobre el comportamiento —en particular, marihuana, opio
y cocaína— eran utilizadas para lograr que los hombres trabajasen mejor, más duro y
durante más tiempo. Estas drogas eran para el hombre pretecnológico lo que las
máquinas para el hombre tecnológico: le ayudaban a incrementar la «productividad»
o el «rendimiento». Naturalmente, estos hechos han sido ignorados, negados y
falsificados, en realidad, por los evangelistas de nuestras farmaco-mitologías
modernas.
A mediados del siglo XIX la oferta de trabajo humano saturaba el mercado. En las
economías de mercado relativamente libre habituales entonces esto quería decir que
quienes trabajaban más duro estaban en ventaja con respecto a competidores menos
productivos. Se abrió una etapa de la historia moderna caracterizada por las más
brutales guerras de exclusión y exterminio lanzadas por los menos dotados e
industriosos en contra de los más dotados e industriosos.
Los americanos blancos entraron en contacto y tuvieron que competir con tres
grupos raciales principales, cuyos hábitos diferían fundamentalmente de los suyos:
los indios, los negros africanos y los orientales, que al principio fueron especialmente
chinos y luego japoneses. Por razones obvias para el lector contemporáneo, los indios
y los negros no podían —excepto en unos pocos campos— mantenerse a la altura o
superar a los americanos blancos. En consecuencia, eran tratados como vagos y
estúpidos, degenerados miembros de una raza inferior. Los americanos blancos
encontraron en los chinos a su primer rival, y la forma en que reaccionaron es
esencial para comprender nuestro «problema de drogas».
Los chinos empezaron a llegar a los Estados Unidos en gran número a partir de
1850. Pronto superaron en diligencia y producción a todas las otras razas y
nacionalidades, en las lavanderías y granjas, minas y ferrocarriles. ¿Cómo lo
hicieron? No puedo responder a esta pregunta mejor que cualquier otra persona. Sólo
puedo señalar dos hechos —uno evidente, y el otro no— pertinentes para la
explicación: la tradición y el opio. Los chinos siempre han sido considerados
inteligentes, industriosos y bien disciplinados. También consumían opio,
principalmente fumado, tanto como los americanos fumaban tabaco. ¡Si el opio no les
ayudaba a trabajar mejor —aunque la mayoría de quienes lo fumaban afirmaban que
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sí— evidentemente no se lo impedía! Si los blancos americanos hubieran pensado
que se lo impedía, hubieran fomentado —o al menos permitido— su consumo de
opio, como permitieron y fomentaron el consumo de alcohol entre los indios y los
esquimales. Como veremos, no fue esto lo que ocurrió. Al contrario, los americanos
intentaron excluir a los chinos para no tener que competir con ellos, e intentaron
obstaculizarles como competidores privándoles del opio, cuyo consumo habitual pero
moderado les ayudaba a hacer frente a la vida y sus vicisitudes. La persecución de los
chinos, que abarca aproximadamente entre 1880 y la Primera Guerra Mundial,
constituye uno de los capítulos más instructivos no sólo de la historia americana, sino
de la historia del consumo de drogas y la psiquiatría. Citaré solamente sus hechos
más sobresalientes.
Desde el principio, el movimiento antichino en América fue impulsado por los
sindicatos obreros, primero por los de la costa Oeste, y luego por sindicatos de
alcance nacional. Principalmente como resultado de sus esfuerzos, en 1889, el
Congreso promulgó el Chinese Exclusion Act, impidiendo la inmigración ulterior de
chinos a los Estados Unidos[1]. Por supuesto, esta ley no tenía validez para los
aproximadamente 100.000 chinos que quedaban en los Estados Unidos, y en lo
sucesivo la agitación antichina fue dirigida contra dicho grupo. En el curso de la
guerra contra este pueblo excepcionalmente trabajador y obediente a la ley, su hábito
característico —fumar opio— se convirtió en el símbolo fundamental de su
«peligrosidad». Después de todo los americanos no podían admitir que odiaban y
temían a los chinos porque éstos trabajaban más y estaban deseando trabajar por
salarios más bajos que los suyos; les resultaba tan difícil hacerlo como a los alemanes
admitir que odiaban y temían a los judíos porque éstos trabajaban más y eran más
ahorrativos que ellos. En cada caso —en todos los casos semejantes— una mayoría
menos competente atribuye un mal a una minoría más competente, justificando así la
persecución de los segundos por los primeros.
Que tales cargos sean falsos; que, en realidad, sean lo que normalmente los
psiquiatras llaman «proyecciones» —atribuir cualidades que faltan en las víctimas
pero se hallan muy presentes en sus victimizadores— hace tanto más útil esta táctica.
Pues debemos recordar que esa estrategia sólo puede ser utilizada por una mayoría
poderosa y hablante contra una minoría impotente y muda. La mayoría define a la
minoría colocada en la posición del chivo expiatorio, y le impone esa definición. Así
difamaron los americanos no sólo a los chinos sino al opio. Curiosamente, mientras
las personas incultas todavía creen las feas tonterías atribuidas a los chinos durante
décadas por destacados próceres americanos, la mayor parte de las personas cultas
todavía creen las feas tonterías atribuidas al opio. El éxito asombroso de esta
campaña antiopio se revela yuxtaponiendo dos autorizadas opiniones americanas
sobre esta droga, una de 1915 y otra de 1970.
En 1915, la frase principal en el principal artículo del Journal of the American
Medical Association caracteriza al opio así: «Si tuviésemos que elegir una sola droga
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entre la totalidad de la materia médica disponible, estoy seguro de que muchos —si
no la mayoría— elegiríamos el opio; y estoy convencido de que si debiésemos elegir
media docena entre las drogas más importantes de la farmacopea todos colocaríamos
al opio en primera posición»[2].
En 1970, durante una conferencia de Naciones Unidas reunida para preparar
nuevos tratados antidroga, el director de la Oficina de Estupefacientes y Drogas
Peligrosas americana, que actuaba como primer delegado de su país en la
conferencia, ofreció este criterio sobre el opio: «Las consecuencias sociales de la
producción de opio continuada exceden con mucho a las ventajas médicas o
económicas de tenerlo disponible. Las medidas parciales no serán suficientes; sólo la
total prohibición mundial, lo antes posible, puede eliminar esta plaga de la
humanidad»[3].
Los efectos farmacológicos del opio no han cambiado entre 1915 y 1970. Es
evidente que sólo ha cambiado la opinión oficial y popular americana sobre él.
Algunos hechos ulteriores del movimiento antichino mostrarán no sólo la pauta
estereotipada de tales persecuciones, sino también su estrecha conexión con el
tránsito del opio panacea a panapatógeno[4].
En su primera reunión, celebrada en 1881, el primer acto de la Federación de
Comercios Organizados y Sindicatos Obreros fue condenar a los cigarreros chinos de
California, e instar a que solamente se comprasen cigarros etiquetados por el
sindicato. Pero los líderes del organismo, que se convertiría en la American
Federation of Labor no se limitaron a sancionar el movimiento contra los chinos.
Según Herbert Hill, se convirtieron «en los campeones más elocuentes de la causa
antioriental en América»[5]. El general que acaudilló esta guerra de los trabajadores
americanos contra el peón chino fue Samuel Gompers, presidente de la American
Federation of Labor desde su fundación hasta su muerte en 1924. Aunque fue un
emigrante judío que abrazó ideales socialistas y declamó la retórica de la solidaridad
entre las masas trabajadoras, se convirtió en el principal portavoz de América sobre
conceptos de superioridad racial, especialmente en materia laboral.
En 1902 Gompers publicó un panfleto en colaboración con Hermán Gutstadt, otro
miembro de la AFL, titulado Algunas razones para la exclusión china: carne versus
arroz. Virilidad americana contra el «culismo» (coolieism) asiático. ¿Qué
sobrevivirá? El panfleto fue escrito a instancia de la Convención para la Exclusión
China de 1901, siendo su propósito persuadir al Congreso de que renovara la ley, que
debía expirar al año siguiente. (Fue renovada). En este documento, Gompers declara
que «las diferencias raciales entre los blancos americanos y los asiáticos jamás se
podrán salvar. Los blancos superiores deben excluir a los asiáticos inferiores por ley,
o en caso necesario por medio de las armas […]. El hombre amarillo considera
natural mentir, estafar y asesinar, y 99 de cada 100 chinos son jugadores»[6].
Gompers nunca se cansó de repetir estas mentiras racistas, embelleciéndolas —
como mostraré de inmediato— con la amenaza del opio. En 1906, por ejemplo,
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salmodia que «el mantenimiento de una nación depende del mantenimiento de la
pureza racial»[7]; y argumenta que es contrario al «interés nacional» permitir la
inmigración de «mano de obra barata que no podrá ser americanizada, y no podrá ser
enseñada a prestar el mismo servicio inteligente y eficaz que proporcionan los
trabajadores americanos»[8].
Anticipándose en muchas décadas a la manipulación de la prensa típica de los
propagandistas totalitarios, Gompers crea a partir de sus fantasías dictadas por el odio
la imagen del maligno chino opiómano, una imagen cuyo impacto posiblemente haya
sido superior al de las famosas mendacidades nazis. Según Hill, «Gompers evoca un
cuadro terrible de cómo los chinos engatusan a niños y niñas blancos para que se
conviertan en monstruos opiómanos. Condenados a pasar sus días en las trastiendas
de lavanderías, estas pequeñas almas perdidas entregarán sus cuerpos vírgenes a sus
maníacos raptores amarillos. “Es demasiado horrible imaginar los crímenes
cometidos en esos oscuros lugares hediondos”, escribe Gompers, “cuando estas
pequeñas víctimas inocentes de los viles chinos se hallaban bajo la influencia de la
droga […]. Hay cientos, o mejor dicho miles de niñas y niños americanos que han
adquirido el letal hábito, y están condenados, condenados sin esperanza, allende
cualquier sombra de redención”»[9].
Nixon y McGovern, Rockefeller y Lindsay, los burócratas de la American
Medical Association y de la American Bar Association[10], todos los guardianes de
nuestra moral y salud de cualquier partido o profesión, repiten ahora esta fantasía
antichina sobre el opio como si fuera el Evangelio. Porque es «evangelio». El
tentador —sea un chino, un granjero turco o un «inductor» americano— es el diablo
en cuyas garras queda atrapado el puro e inocente americano, tan indefenso como una
mosca en una tela de araña. No es un cuadro bonito: tanto si uno se lo cree —y se
siente impelido a cometer los actos más atroces justificado por visiones de
«terapia»— como si uno no se lo cree, y es inducido a rechazar incondicionalmente a
autoridades tan privadas de sentido común y simple decencia.
Que las primeras actitudes americanas antiopio fueran iniciadas por
consideraciones raciales en lugar de médicas es la lección ineludible de esta historia.
Incluso el informe de la Unión de Consumidores llamado Drogas lícitas e ilícitas,
fuertemente prejuiciado contra las drogas, y especialmente los opiáceos, reconoce
este hecho. El siguiente pasaje del informe apoya este argumento, y revela también
que la persecución antichina en América no solamente se dirigió contra los chinos
como seres humanos, sino también contra su hábito característico, un hábito que
formaba parte de su «estilo de vida» y les permitía ser «íntegros», eficaces y producir
más que los blancos americanos.
«Para resumir los datos analizados hasta ahora —escriben Edward M. Brecher y
sus colaboradores— los opiáceos tomados diariamente en grandes dosis […] no
constituían una amenaza social bajo las condiciones del siglo XIX, y no eran
considerados como amenaza […] y había poca demanda de prohibición para los
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opiáceos. Pero hubo una excepción a esta generalizada tolerancia hacia los opiáceos.
En 1875, la ciudad de San Francisco (que incluso entonces estaba abierta “de par en
par”) adoptó una ordenanza prohibiendo fumar opio en “fumaderos”. Las raíces de
esta ordenanza fueron racistas más que guiadas por criterios de salud […]»[11].
Estas y otras prohibiciones similares fracasaron en su intento de detener el
consumo de opio; en lugar de eso, según observadores contemporáneos, «parecieron
añadir placer a [su] disfrute»[12]. Pronto el Congreso tomó cartas en el asunto, y en
1887 promulgó una ley prohibiendo la importación de opio a los chinos ¡pero no a los
americanos! ¡En 1890 se aprobó una ley que restringía la producción de opio fumable
a los ciudadanos americanos![13]. En 1909 se prohibió por completo la importación de
opio para fumar. En lo sucesivo, los opiáceos usados y «abusados» fueron morfina y
heroína, hábitos que para los chinos no tenían interés.
La guerra americana contra los chinos en los Estados Unidos fue una tragedia
terrible, aunque este drama continúe siendo representado a menudo en el escenario de
la historia. A pesar de que «nosotros» no tuvimos éxito en el intento de vencerles, por
lo menos les privamos de algo que «ellos» atesoraban y les ayudaba a tener una vida
mejor. Los envidiosos perseguidores agradecen tanto las victorias pequeñas como las
grandes. Los turcos tuvieron más éxito en su guerra contra los armenios; los alemanes
en la suya contra los judíos; y los ugandeses en la suya contra los asiáticos. Sostengo
que cada una de estas guerras fue atizada ampliamente —si no completamente— por
la envidia de una mayoría inferior hacia una minoría superior[14]. Esta es la trama:
una mayoría define nuevamente a la minoría como inferior y degradada, siendo por
tanto un peligro contra su propia «pureza»; cuando ha encubierto y justificado así sus
propósitos agresivos contra sus competidores con éxito, la mayoría se libra de su
«agente contaminador» expulsando o liquidando a la minoría.
Mientras esta guerra contra los chinos y su hábito al opio —¡que había de tener
consecuencias tan asombrosamente profundas un siglo después!— tenía lugar en los
Estados Unidos, gran número de personas estaban consumiendo drogas que ahora son
ilegales —especialmente opio y cocaína— en un esfuerzo por ayudarse a salir
adelante con las exigencias de la vida. Entre esas personas estaban dos médicos
mundialmente famosos. Su consumo de «drogas peligrosas» proporciona una
dramática refutación de las afirmaciones «científicas» contemporáneas sobre los
efectos de estas drogas. Estos dos hombres utilizaban las drogas para permitirse
satisfacer sus ambiciones de éxito, y de éxito en la medicina precisamente.
Uno de estos doctores fue Sigmund Freud (1856-1939). Cocaína era la droga que
consumía. La historia, expuesta en el libro de Ernest Jones Vida y obra de Sigmund
Freud, es concisamente la siguiente:
«He estado leyendo sobre la cocaína, el ingrediente esencial de las hojas de coca,
que algunas tribus indias mastican para resistir privaciones y fatigas», escribe Freud a
su prometida Martha Bernays, el 21 de abril de 1884[15]. Freud prueba entonces
cocaína en pequeñas dosis, y descubre que alivia su depresión sin robarle ninguna
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energía para el trabajo. El 25 de mayo de 1884 escribe a Martha Bernays: «Si todo va
bien escribiré un ensayo sobre ella, y espero que obtendrá un puesto en terapéutica
junto a la morfina, como droga superior a ella. Tengo otras esperanzas e intenciones
con respecto a la cocaína. Tomo dosis muy pequeñas regularmente contra la
indigestión, y con el más brillante éxito»[16].
En julio de 1884 Freud publica su ensayo sobre la cocaína, en el que analiza la
literatura sobre el tema y refiere sus propias experiencias con la droga, que Jones
resume como sigue: «Escribió sobre la “alegría y la euforia constante, que no difiere
en modo alguno de la euforia normal en la persona saludable […]. Se percibe un
incremento en el autocontrol, y más vitalidad y capacidad para el trabajo […]. En
otras palabras, uno se encuentra absolutamente normal, y pronto se hace difícil de
creer que está bajo la influencia de una droga […]. El trabajo prolongado e intenso,
mental o físico, se realiza sin fatiga alguna […]. Este resultado se disfruta sin
ninguno de los incómodos efectos secundarios del regocijo producido por el
alcohol”»[17].
Freud recomienda en este ensayo usar cocaína para el tratamiento de la
«neurastenia». Él consume la droga durante tres años, y después la abandona sin
ninguna dificultad.
Esta historia apenas requiere comentario. Solamente me gustaría señalar que
Freud utilizó la cocaína de dos maneras diferentes pero muy emparentadas a nivel
psicológico, una distinción que ha sido notablemente descuidada en la literatura sobre
drogas psicoactivas. En primer lugar utilizó la droga consigo mismo, para
proporcionarse una energía útil a su ambición ilimitada de dejar una huella en el
mundo. En segundo lugar, utilizó la droga con pacientes e hizo extravagantes
afirmaciones sobre su éxito terapéutico con ella. En resumen, la cocaína le hizo un
hombre más fuerte y un médico más eficaz. Cuando encontró otras formas de ser
fuerte y eficaz —como persona y como terapeuta— abandonó este método particular
de arreglárselas con el stress. Que una persona encuentre fácil o difícil abandonar el
hábito a una droga no reside en la droga, por tanto, sino en aquello para lo cual la
emplea esa persona, y en los sustitutos que puede o quiere emplear.
Es interesante resaltar aquí que el trabajo de Freud con la cocaína, y su uso de
ella, desconcertaban evidentemente a su respetuoso biógrafo Jones. Quizá
precisamente porque el propio Freud era un «adicto» a la cocaína en el sentido actual
de este término, y porque también estaba «adiccionado» a los cigarros, los
psicoanalistas han mantenido opiniones tan peculiares y sencillamente engañosas
sobre la adicción, siendo la más reveladora entre ellas que Freud sencillamente no fue
para nada un adicto. Jones le quita importancia a su consumo de cocaína con la frase
«el episodio de la cocaína», y con su notable reafirmación de la «salud mental» del
maestro: «[…] ahora sabemos que se necesita una disposición especial para
desarrollar una adicción a las drogas, y afortunadamente Freud no la poseía»[18].
Exactamente de la misma forma, ni Jones ni otros psicoanalistas «ortodoxos»
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consideraban o clasificaban la forma de fumar de Freud como una adicción. Por el
contrario, el cigarro de Freud, como su canapé, se convirtió en un símbolo importante
de la identidad profesional del psicoanalista.
Estos dos hábitos de Freud, y su interpretación por respetados historiadores de la
psiquiatría y teóricos del psicoanálisis exigen, a mi juicio, la mayor atención. Pues
cuando el fundador del psicoanálisis dejó la cocaína después de consumirla durante
tres años, ¡sus seguidores citan esto como evidencia de su salud mental! Y cuando
Freud fuma cigarros inmoderadamente y no puede funcionar sin ellos, ¡eso les
sugiere incorporarlos a la química ceremonial del ritual psicoanalítico! Quizás Freud
pudo dejar la cocaína pero no los cigarros porque podía sentirse «sí mismo» sin
cocaína en su cuerpo, pero no era «sí mismo» sin un cigarro en la boca.
Cuando las personas averiguan que una droga que usan para hacer frente a la vida
como ellas quieren hacerle frente les obstaculiza en lugar de ayudar, dejan de usar esa
droga, y la dejan fácilmente. Como el modo de «hacer frente» que aquí consideramos
es a menudo un asunto de adquirir superioridad sobre otros, cabe esperar que casi
todo cuanto ayude a una persona a controlar o superar a otros —especialmente si
tiene un poderoso impulso dirigido a dominar o aventajar— le ayudará a abandonar
ciertos hábitos de drogas; de igual manera, casi cualquier cosa que ayude a rebajar a
otros —a convertirles en inferiores, subordinados o seres con estigma— también
ayudará a esa persona a abandonarlos. Esta interpretación no sólo explica que la
«adicción a las drogas» sea común entre gente joven, que a menudo abandona su
hábito al ir madurando, sino también con las biografías de muchos consumidores de
drogas famosos como Freud y Malcolm X[19], pues ambos abandonaron fácilmente su
particular y socialmente desaprobado hábito cuando desarrollaron su distintivo y
socialmente aprobado hábito al trabajo, gracias al cual pudieron dejar su huella en el
mundo, el uno a través del movimiento psicoanalítico y el otro a través del Poder
Negro.
El caso de otro médico famoso que estuvo adiccionado a la «más dura» de las
drogas «duras», la morfina, demuestra que incluso esta droga puede, dependiendo de
las aptitudes y motivos del sujeto, ser usada para ayudar al «adicto» a enfrentarse con
sus responsabilidades en lugar de evitarlas.
El Dr. William Stewart Halsted (1852-1922), uno de los más grandes y famosos
cirujanos de América, y uno de los fundadores de la Facultad de Medicina John
Hopkins, fue adicto a la morfina toda su vida. Poco después de iniciar el ejercicio
privado de la profesión, en Nueva York y durante la década de 1870, Halsted se
adiccionó a la cocaína, un hábito que sólo pudo romper convirtiéndose en adicto a la
morfina. Así pues, cuando en 1886 el Dr. William Henry Welch le invitó a unirse al
grupo que fundaría la John Hopkins, Halsted —que contaba entonces con treinta y
cuatro años— era un morfinómano. Esta información sólo estuvo disponible a partir
de 1969 cuando, al cumplirse los ochenta años de la inauguración del Hospital John
Hopkins, se hizo pública la «historia secreta» de la entidad, escrita por otro de sus
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fundadores, Sir William Osler. «Cuando le recomendamos como cirujano titular —
escribió Osler en ese documento— […] creía, como Welch, que ya no era adicto a la
morfina. Había trabajado tan bien y tan enérgicamente que no parecía posible que
pudiera tomar la droga y hacer tanto»[20].
En realidad, no era a pesar de su consumo de morfina sino gracias a ella por lo
que podía hacer tanto. Después de que Osler ganara su confianza, averiguó que
«[Halsted] nunca fue capaz de reducir la cantidad a menos de tres granos (180
miligramos) diarios; con esto podía trabajar cómodamente y mantener su excelente
vigor físico […]. No creo que nadie lo sospechara, ni siquiera Welch»[21].
Siendo morfinómano, «Halsted emparentó con una distinguida familia del Sur; su
esposa había sido enfermera jefe de quirófano en el Hopkins. Vivieron juntos en
“completa devoción mutua” hasta que Halsted murió treinta y dos años después»[22].
En 1898, a la edad de cuarenta y seis años, Halsted redujo su dosis diaria de morfina
a un grano y medio (90 miligramos). Según Edward Brecher, «continuó en buen
estado de salud, activo, estimado y con toda probabilidad adicto hasta el final»[23].
Quizá sea este el momento de añadir una entre las anécdotas legendarias sobre el
Hopkins. Cuando se establecieron las bases para el ingreso en dicha Facultad, Sir
William Osler comentó al Dr. Willam H. Welch: «Welch, es una suerte que entremos
como profesores; jamás podríamos haber entrado como estudiantes»[24]. Aunque
estos venerables médicos están ahora en su bien merecido lugar de descanso celestial,
podríamos imaginar al Dr. Halsted diciéndole al Dr. Welch: «Welch, es una suerte que
me admitiera como profesor; ahora solamente me dejaría entrar como paciente del
Phipps [la división psiquiátrica del Hospital John Hopkins], con el diagnóstico de
“trastorno de la personalidad: adicción a la morfina”».
Los datos precedentes justifican claramente la conclusión de que las adicciones
son hábitos; que los hábitos nos capacitan para hacer algunas cosas y nos incapacitan
para hacer otras; y que, por tanto, podemos y en realidad debemos juzgar las
adicciones como buenas o malas de acuerdo con el valor que atribuyamos a lo que
nos capacitan o incapacitan para hacer. Además, aquello para lo que cualquier hábito
particular capacita o incapacita puede ser —como hemos visto— una cuestión de
hecho o una cuestión de atribución. Aunque esto sea obvio, conviene volver a
recalcarlo debido a la constante tendencia humana —ahora dirigida especialmente
hacia ciertos agentes farmacológicos— a hacer atribuciones groseramente falsas de
lesividad a chivos expiatorios. (Existe una tendencia similar a hacer atribuciones
falsas de beneficiosidad a panaceas, que consideraré más adelante)[25].
Todo esto apunta hacia los demasiado bien conocidos poderes de la autoridad
para definir qué es bueno y qué es malo, y es por ello una realidad social en sí misma.
Me gustaría aplicar este principio a las adicciones como capacitadoras o
incapacitadoras de hábitos, volviendo a examinar brevemente la Parábola de la Caída
como ejemplo de adquisición de una «adicción».
Según la mitología judeo-cristiana de la creación, el primer «mal hábito» que los
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hombres y las mujeres adquirieron fue hacer juicios morales. Habiendo comido el
fruto prohibido, normalmente identificado con una manzana, Adán y Eva
«comprenden» que están desnudos y cubren sus órganos genitales. En lo sucesivo,
ellos —¡como Dios!— hacen juicios morales sobre lo que es bueno o malo, sobre lo
que les gusta y disgusta. Están sujetos al dolor y al sufrimiento, pero también
experimentan placer y amor a la vida. Copulan y disfrutan de ello, pero ¿cómo
podrían disfrutar si no sintieran también deseo y frustración?
Así pues, el pecado original engendra el «hábito original» que capacita a Adán y
Eva para hacer algunas cosas que no podían hacer antes de adquirirlo.
Específicamente, a consecuencia de comer la manzana Adán y Eva se hacen lo
bastante fuertes como para vivir una existencia independiente y libre, totalmente
distinta de la vida indolente a que Dios les tenía acostumbrados en el Jardín del Edén.
Como las hojas de coca de los indios sudamericanos o, más recientemente, el opio de
las amas de casa norteamericanas[26], la manzana hace posible para el hombre y la
mujer soportar la vida y cumplir con sus obligaciones domésticas. De hecho, la
manzana —el Fruto Prohibido— es el primer encuentro del hombre con una droga
«ilegal» o «prohibida»; comerla le ayuda a arreglárselas con la vida, a no rehusar
comprometerse como había hecho antes de tomarla.
Además, para mantener su autoridad al prohibir el fruto, Dios evidentemente se
siente justificado mintiendo al hombre. La liberación del hombre de la servidumbre a
la autoridad comienza así con dos actos simultáneos: el desafío ante una prohibición
que supone comer la manzana, y el hecho de no caer en el farol de Dios, que implica
desenmascarar el Engaño Divino[27].
Por engaño divino me refiero a la exposición inicial de Dios en cuanto a sus
reglas para gobernar la conducta del hombre: «El Señor Dios tomó al hombre y lo
puso en el Jardín del Edén para que lo cultivara y cuidara. Y el Señor Dios dio una
orden al hombre, diciendo: “Puedes comer libremente de todos los árboles del jardín;
pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no debes comer, pues el día en que
comas de él morirás”. La Serpiente aconseja a Eva que coma el Fruto, exhortándola
explícitamente: “No morirás. Pues Dios sabe que cuando comas de él tus ojos se
abrirán, y serás como Dios, conociendo el bien y el mal”»[28].
En resumen, Dios miente al hombre, en tanto que la Serpiente le dice la verdad.
Aquí hay un indicio de profunda penetración en el nexo entre poder y falsedad, e
independencia y sinceridad. Para mantener su dominio sobre el subordinado, la
autoridad recurrirá tanto a la fuerza como al fraude. En contraste, quien carece de
poder para oprimir pero en cambio posee independencia —un don del que no
disfrutan ni el superior ni el subordinado— puede permitirse el lujo de ver y decir la
verdad.
El argumento de que Dios engaña al hombre —amenazando con que la
consecuencia de comer el Fruto será la muerte cuando en realidad es la vida— no
sólo se confirma por el hecho de que Adán y Eva no perecieran después de su
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transgresión, sino también por toda la nueva colección de castigos que Dios
distribuye a los culpables: maldice a la Serpiente y hace que se arrastre sobre su
vientre, determina que el parto sea doloroso y la mujer esté subordinada al hombre,
condena al hombre a una vida de trabajo incesante, ¡y hace mortales al hombre y la
mujer![29].
En las sociedades teocráticas, las autoridades han utilizado a Dios y la Religión
para amedrentar al hombre y hacerle sumiso; en las sociedades terapéuticas se
utilizan a esos fines la Ciencia y la Medicina. Exactamente igual que en otro tiempo
Dios y los sacerdotes han engañado al hombre, sostengo que la Ciencia y los médicos
le engañan ahora. «¡Comed el fruto y moriréis!», advirtió falazmente Dios.
«¡Consumid droga, y os quedaréis enganchados, os volveréis malos y locos, y
moriréis!», advierte ahora falazmente la Ciencia. Sólo desafiando a Dios y
desenmascarando el engaño divino pudieron nuestros antepasados derrocar la tiranía
de Dios; sólo desafiando a la Ciencia y desenmascarando el engaño terapéutico
podrán los hombres y mujeres modernos derrocar la tiranía de la Ciencia. Este
desafío al engaño —de Dios, del Papa, del Rey, de la Mayoría, de la Ciencia— ha
sido siempre, y quizá siga siéndolo siempre, el más alto deber del individuo.
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7. DROGAS Y DEMONIOS: LA CURA POR
CONVERSIÓN DE MALCOLM X
A JUZGAR POR EL TESTIMONIO de los antropólogos, historiadores y estudiosos de la
religión, la mayor parte de la humanidad ha estado, y continúa estando, deslumbrada
por el espectáculo de la tragedia humana como una especie de reciclaje cósmico del
vicio en virtud, del mal en bien y viceversa. El resultado es que los temas de
purificación, difamación y glorificación, y en general de demonificación y
deificación continúan ejerciendo una influencia hipnótica sobre individuos y grupos.
En el pasado, el argumento corriente de este drama estaba basado en la imaginería
religiosa, y particularmente de la religión cristiana: el pecador era salvado; el pagano,
el judío y el mahometano eran convertidos a la verdadera fe; el Mesías venía a salvar
a la humanidad, y, al final, después de la muerte, a todos se les ofrecía la posibilidad
de redención y salvación —en realidad una especie de «vida» inmortal como
«hombres muertos»— en una «vida ulterior».
Hoy, el argumento de la misma trama es médico y racial: el paciente es curado; el
homosexual se convierte en heterosexual; el alcohólico y el adicto pasan a ser
exalcohólico y exadicto; el temeroso judío europeo se convierte en valiente israelí; la
tímida ama de casa pasa a ser feminista tenaz; y el humilde negro se convierte en
orgulloso musulmán negro.
En resumen, así como en la Era de la Fe el héroe era el pecador redimido, en la
Era de la Demencia y el Racismo el héroe es el exadicto y el racista invertido. Entre
los principales héroes de un tipo tan característico en nuestra época, y en nuestro país,
está Malcolm X.
La metamorfosis de Malcolm X de drogadicto a líder revolucionario y santo
asesinado compendia el tema de polución y purificación en los conceptos que
actualmente están de moda, con la retórica de las drogas y el racismo.
La portada de la edición de bolsillo de su Autobiografía —que es la fuente de mis
comentarios siguientes— le describe de esta forma: «Se alzó siendo un maleante,
ladrón, camello de drogas, proxeneta […] para convertirse en el líder más dinámico
de la Revolución Negra»[1]. Existen puntos de contacto considerables —que sólo
quiero señalar aquí y no trataré ulteriormente— entre las vidas de Jean Genet y
Malcolm X, y especialmente entre el espléndido Saint Genet[2] de Sartre y la
conmovedora Autobiografía de Malcolm X. Sin embargo, como rito de purificación,
la conversión de un abandonado, maltratado e ineducado huérfano francés en un gran
escritor, o la de un hombre avergonzado de su homosexualidad en alguien que se
siente orgulloso de ella, simplemente no se compara en encanto e impacto dramático,
especialmente para los americanos, con la conversión de un impulsivo maleante
negro en un pantera negra soberbiamente autodisciplinado, de un lastimoso
drogadicto y un despreciable inductor al consumo de drogas en un ministro
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musulmán con la dignidad y el autocontrol de un filósofo estoico o un general
espartano. Es el curso de esta transformación y autotransformación lo que deseo
trazar.
Tras una infancia espantosa, Malcolm X abandonó el colegio en octavo curso
para convertirse en un «buscavidas» adolescente, que antes de cumplir los veintiuno
había sido condenado a diez años por robo a mano armada. En los años previos a su
detención y encarcelamiento fumaba y vendía marihuana, esnifaba cocaína,
alcahueteaba, vivía a expensas de mujeres blancas, hurtaba y robaba, estuvo a punto
de asesinar y a punto de ser asesinado en ¿numerables ocasiones. No podía hundirse
mucho más, ni alzarse mucho más tampoco.
Fue salvado por su conversión al islamismo negro, y en especial gracias al líder
del movimiento, Elijah Muhammad. Alex Haley, a quien Malcolm X dictó su
autobiografía, relata que antes de empezar a trabajar en el libro Malcolm escribió una
declaración a modo de dedicatoria para el libro. Decía: «Este libro está dedicado al
Honorable Elijah Muhammad, que me encontró aquí en América entre la escoria y el
fango de la más inmunda civilización y sociedad que hay sobre la tierra, y me sacó de
allí, me limpió y me puso en pie, haciendo de mí el hombre que ahora soy»[3]. De
esta purificación, embellecimiento y limpieza trata la mayor parte del libro. Como al
final ni siquiera Elijah Muhammad podía compararse a las pautas de pureza de
Malcolm X, esta dedicatoria no aparece en la portada del libro.
Durante algún tiempo antes de su encarcelamiento, Malcolm X utilizó grandes
cantidades de marihuana. Escribe: «Shorty fue el que originalmente me introdujo a la
marihuana, y mi actual consumo le dejó pasmado»[4]. También esnifaba cocaína, sin
precisar cantidades. No obstante, comenta que «veía los estupefacientes como la
mayor parte de la gente ve la comida. Llevaba mis pistolas como hoy llevo la corbata.
En el fondo, creía que después de vivir de modo tan pleno como era humanamente
posible, uno debía morir violentamente»[5]. En resumen, las drogas y la violencia
eran su estilo de vida o religión. En aquel tiempo esta era para él la forma adecuada
de vivir.
En febrero de 1946, poco antes de cumplir 21 años, Malcolm X fue detenido y
condenado a diez años de prisión. Para entonces, dice, había descendido hasta «el
mismísimo fondo de la sociedad de los hombres blancos americanos»; y añade: «En
prisión encontré a Alá y la religión del Islam, que transformaron completamente mi
vida»[6].
Pero no inmediatamente. Durante los primeros meses de prisión Malcolm
continuó, lo mejor que pudo, el estilo de vida que había llevado en el exterior. Utilizó
todo lo posible las drogas y la profanidad. Los compañeros de galería le llamaban
«Satán» debido a «mi actitud antirreligiosa»[7]. En cuanto a drogas, nos dice que «con
algún dinero enviado por Ella [su hermana], pude finalmente comprar a los
guardianes material para colocarme mejor. Conseguí cigarrillos de marihuana,
nembutal y bencedrina. Hacer contrabando con los presos era la actividad
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complementaria de los guardianes, cualquier inquilino de la prisión sabe que es así
como se ganan la mayor parte de la vida»[8].
La iniciación de Malcolm a la religión de los musulmanes negros empezó con
cartas de su hermano Reginald. El primer paso crucial, decía —y yo le creo— fueron
estas instrucciones: «Malcolm, no comas más cerdo y no fumes más cigarrillos. Te
enseñaré cómo salir de la prisión»[9]. Unos días después, cuando se sirvió cerdo al
mediodía, Malcolm no lo probó y estuvo alto por primera vez debido a la abstinencia
y la purificación. «Dudé con la fuente en vilo; entonces se la pasé al recluso que
esperaba a mi lado. Empezó a servirse y se detuvo bruscamente. Recuerdo cómo se
volvió mirándome sorprendido. Le dije: “No como cerdo”. La fuente siguió mesa
abajo. Lo más gracioso fue la reacción y la forma en que se difundió. En una prisión
donde tan pocas cosas rompen la monótona rutina, lo más mínimo provoca
chismorreo. Al llegar la noche toda la galería comentaba que Satán no comía cerdo.
De alguna extraña forma, me sentí muy orgulloso. Una de las imágenes universales
del negro, tanto en prisión como fuera era no poder estar sin el cerdo. Comprobar que
no habérmelo comido sorprendía especialmente a los presos blancos hacía que me
sintiera bien»[10].
Era una pasión abrasadora de Malcolm X: observado, admirado, temido y
respetado. Antes del encarcelamiento, intentó obtener respeto y reconocimiento
usando las únicas formas que conocía: consumiendo y vendiendo drogas, forzando a
mujeres blancas y por medio de una abierta violencia. Estos métodos todavía tienen
severos límites en nuestra sociedad, especialmente en manos de negros pobres. Con
la abstinencia del cerdo Malcolm vislumbró todo un nuevo repertorio de formas de
impresionar y controlar a otros; y de este modo descubrió el autocontrol. Siendo
hombre sumamente ambicioso y enérgico, no sólo descubrió el autocontrol sino que
lo cultivó y se hizo tan bueno en ese terreno como Joe Louis en el boxeo. Superó en
autodisciplina a todos los que se hallaban a su alrededor, incluyendo finalmente a
Elijah Muhammad. Ésta fue probablemente una de las razones por las cuales le
asesinaron. No obstante, me limitaré aquí a la conversión de Malcolm X de
consumidor de drogas desenfrenado a estoico musulmán negro.
Los siguientes pasos cruciales en la metamorfosis personal de Malcolm X —que,
por supuesto, no fue tanto un cambio en sus valores morales como en las
consecuencias sociales de su acción sobre ellos— fueron su descubrimiento de que
los mayores placeres de la autocomplacencia pueden nacer de la autodenegación, y
que el mayor refuerzo para la autoestima es ser capaz de degradar, denostar y
convertir en chivo expiatorio al prójimo. Así, abrupta y aparentemente sin esfuerzo,
Malcolm dejó de fumar cigarrillos y de consumir drogas, y no comió más cerdo. Y, lo
que aún es más importante, aprendió de la religión musulmana —a la que primero su
hermano y después de propio Elijah Muhammad le habían convertido— que «el
hombre blanco es el demonio»[11]. Esto puede parecer absurdo, o serio. Malcolm X lo
tomó como la verdad más literal e importante que jamás había poseído. Y actuó en
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consecuencia.
Su conversión era ahora completa. Había pensado que la marihuana, la cocaína y
las pistolas eran buenas, y que sabía cómo vencer con ellas al hombre blanco en su
propio terreno. Pero comprendió que había estado gravemente equivocado. El joven
perturbador había madurado en el fanático autodisciplinado. Ya no estaba poseído —
por el demonio, las drogas, las pasiones incontrolables. Había dado la vuelta a las
posiciones completamente: ahora era él quien estaba en posesión de sí mismo, de «la
verdad» y de la probidad que da saber que su odio hacia el hombre blanco, justificado
previamente con pretextos frívolos, se asentaba firmemente en el «hecho» de que el
blanco era el demonio.
«La propia atrocidad de mi previa vida delictiva me preparó para aceptar la
verdad»[12], escribe. La modestia nunca fue uno de los defectos de Malcolm, aunque
intentó, y aparentemente pensó que lo había logrado, ocultar su ambición de poder
tras la habitual retórica política y religiosa del altruismo y la devoción hacía el
colectivo, representado por la Nación del Islam. De cualquier modo, prosigue, la
verdad «sólo puede ser recibida por el pecador que sabe y admite ser culpable de
haber pecado mucho […]. No me acerco ahora, ni me acercaba entonces [cuando por
primera vez leyó sobre él] a Pablo. Pero entiendo su experiencia»[13].
La conversión de la noción cristiana del pecado como requisito para la salvación
en noción médica de la enfermedad como requisito para la salvación médica y el
éxito en el mundo reglamentado por la religión de la medicina tiene implicaciones
portentosas que ignoramos en nuestro propio riesgo. Si esta premisa ideológica queda
sin verificar, representa una incitación, una seducción, para que la gente asuma el
papel de enfermo y lo represente con todas sus fuerzas, aunque sólo sea para ser
redimido mediante curas milagrosas que luego conducen directamente a posiciones
de prestigio y poder. Santificado por las recuperaciones —del alcoholismo, la
drogodependencia y la obesidad hoy, de quién sabe qué enfermedades mañana— el
expaciente se convierte en profeta y soberano que al fin puede dominar y explotar, y
ser admirado y glorificado, en lugar de ser perseguido y calumniado.
A través de los años, y especialmente tras salir de la prisión después de cumplir
siete años de su condena de diez, Malcolm practicó los rituales de los musulmanes
negros, que se centran mucho en el proceder metódico y la pulcritud. Esta es su
descripción de su lavado matutino rutinario: «En el nombre de Alá, realizo esta
ablución» decía el musulmán en voz alta antes de lavarse primero la mano derecha y
luego la izquierda. Los dientes se lavaban concienzudamente, haciéndose a
continuación tres enjuagues. Las ventanas de la nariz también se enjuagaban tres
veces. Después, una ducha completaba la purificación total del cuerpo antes de la
oración»[14].
Si no odiasen tanto a los blancos, y viceversa, los musulmanes y los puritanos
blancos de la escuela de la-limpieza-acerca-a-la-santidad obviamente se habrían
llevado muy bien. El problema es que ambos han encontrado al demonio y están
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seguros de quién es: el otro.
Claramente, los musulmanes negros estaban imitando a los puritanos —el nombre
es significativo al respecto—, y sencillamente se apropiaban de la ética puritana
como si fuese su propio descubrimiento. (Quizá todos los individuos o grupos
oprimidos hacen esto cuando quieren utilizar algo que pertenece a sus «enemigos»).
Así explica Malcolm X «el código» por el cual se espera que vivan los musulmanes:
«Cualquier fornicación estaba absolutamente prohibida en la nación del Islam.
Cualquier ingestión de cerdo inmundo o de otros alimentos perjudiciales e insanos;
cualquier consumo de tabaco, alcohol o estupefacientes. Ningún musulmán que
siguiera a Elijah Muhammad podía bailar, jugar, alternar, ver películas, practicar
deportes o tomarse largas vacaciones del trabajo. Los musulmanes no dormían más
de lo requerido por la salud. Cualquier disputa doméstica, cualquier descortesía, en
especial a las mujeres, estaba prohibida. No mentir o robar, y no insubordinarse ante
la autoridad civil, excepto en terrenos de obligación religiosa»[15].
En resumen, el código musulmán contiene algunos de los mejores preceptos sobre
confianza en uno mismo que se hayan expuesto desde los antiguos griegos hasta
Emerson, y a partir de entonces; no obstante, ha sido fanatizado y obligado a servir
una finalidad última, no de respeto hacia uno mismo por el respeto hacia los demás,
sino de respeto hacia uno mismo mediante la deshumanización de todos cuantos no
sean «negros».
Antes de su ascensión meteórica al liderato en el movimiento del poder negro,
Malcolm X fue un ministro concienzudo. Era frugal y abstinente en todos aspectos:
«Como en el caso de todos los ministros de la Nación, mis gastos estaban pagados y
tenía algún dinero de bolsillo. Aunque en otro tiempo hubiera sido difícil encontrar
algo que no hiciese por dinero, ahora el dinero era la última cosa que se me pasaba
por la imaginación»[16].
Sin embargo, el poder es una amante celosa. «Siempre me he cuidado mucho de
mantenerme completamente apartado de Cualquier cercanía personal con las
hermanas musulmanas», continúa Malcolm. «Mi compromiso total con el Islam
exigía no tener otros intereses y, en especial, ninguna mujer». El Islam tiene leyes y
enseñanzas muy estrictas en cuanto a la mujer, siendo su núcleo que la verdadera
naturaleza del hombre es ser fuerte, y la verdadera naturaleza de la mujer ser débil, y
«que él debe controlarla si espera conseguir su respeto»[17].
Toda concepción del mundo representa, por fuerza, las preferencias del grupo que
la expresa y utiliza para justificar su supremacía. El criterio judeo-cristiano
tradicional de Occidente, por ejemplo, es la teoría táctica del varón blanco: tanto su
teología como su ciencia proclama y «prueba» la superioridad del hombre blanco
sobre el negro, y la del hombre sobre la mujer. Mutatis mutandis, cuando el hombre
negro intenta dominar al blanco, inventa sus propias mitologías teológicas y
científicas para explicar sus ideas y justificar sus intenciones. Lo mismo hacen las
mujeres que desean dominar al hombre[18].
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A este respecto, debemos recordar que las Escrituras han sido utilizadas durante
mucho tiempo para explicar y justificar la supremacía tanto del blanco como del
varón. Es mucho menos sabido, y en realidad ha sido notablemente ocultado, que
Benjamín Rush —uno de los «padres» no sólo de la América blanca sino también de
la Psiquiatría Institucional— formuló una teoría para explicar porque el Negro es
negro que hoy casi todo el mundo consideraría grotesca, y que quizá ya entonces
suscitó la burla de muchos. Curiosamente, esta teoría —que expongo íntegramente en
La fábrica de la demencia[19]— es asombrosamente parecida a la teoría de Elijah
Muhammad sobre por qué el hombre blanco es blanco.
Las semejanzas entre la teoría de Rush y la de Muhammad —que ostensiblemente
explican la creación de la humanidad, engrandeciendo su propia raza y disminuyendo
la del otro, por congénitamente leprosa en el primer caso y por demoníaca en el otro
— quizás no sean tan sorprendentes después de todo. La gente detesta la monotonía y
anhela la variedad. Pero, así como hay muchas formas de que el hombre y la mujer
puedan estimularse sexualmente el uno al otro o a sí mismos, sólo hay algunas formas
de que los hombres y las mujeres —de raza blanca, negra, amarilla o roja— puedan
glorificarse a sí mismos y vilipendiar a otros. En realidad, precisamente porque estas
formas son limitadas en número el estudio de la antropología y la historia muestra
pautas tan notablemente recurrentes en la conducta humana, tanto individual como
colectiva. Los franceses tienen una máxima a este respecto: «Cuanto más cambian las
cosas, más siguen siendo lo mismo». Esta es quizá una de las razones por las que el
hombre no sólo olvida la historia, sino que a menudo se niega absolutamente también
a aceptarla. Anhelando y buscando obstinadamente la novedad en una vida donde —
salvo para las ciencias naturales y la tecnología— tal novedad es la más rara entre las
rarezas, el hombre no recuerda la historia para así poder, como dijo Santayana,
«redescubrirla mientras la repite».
Benjamín Rush (1746-1813), uno de los firmantes de la Declaración de
Independencia, fue médico y abolicionista declarado. «Amo incluso el nombre de
África —escribió a Jeremy Belknap— y nunca veo a un negro esclavo o libre sin
emociones que rara vez siento con la misma intensidad hacia mis desafortunados
semejantes de tez blanca»[20]. En tal caso, ¿qué tenía Rush contra los negros?
¡Únicamente que todos padecían lepra! ¿Cómo lo sabía Rush? Se lo dijo la ciencia
médica. El hombre negro, insistía Rush, padece «lepra congènita […] de un carácter
tan benigno que el exceso de pigmentación constituye su único síntoma»[21]. Puesto
que se trataba de una enfermedad congénita, el negro seguía siendo inofensivo como
sirviente, pero fue declarado peligroso y —por tanto— tabú como compañero sexual.
En resumen, Rush mantenía que Dios creó al hombre blanco, siendo negro solamente
cuando tenía lepra. Rush ni siquiera se molestó en considerar colores de piel distintos
del blanco y negro, y de este modo no tuvo que conciliar la piel roja de los indios con
su teoría médica de la Creación.
Elijah Muhammad descubrió y enseñó otra teoría de la Creación, alarmantemente
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parecida a la de Rush. M. S. Handler, que al parecer ignora la teoría de Rush, hace un
esfuerzo extraordinario, en su Introducción a la Autobiografía, para registrar su
sorpresa ante el «absurdo» de esta evidente «anti-teoría» de la creación blanca. «La
exposición de Malcolm sobre sus ideas sociales fue clara y cuidadosa», escribe
Handler, «aunque algo chocante para el iniciado blanco, pero lo más desconcertante
de nuestra charla fue la fe de Malcolm en la historia de los orígenes humanos de
Elijah Muhammad, y en una teoría genética ideada para probar la superioridad del
negro sobre el blanco, teoría que me asombra por su naturaleza completamente
absurda»[22].
Este pasaje apunta al corazón del problema de la ciencia como religión. Creemos
que «nuestra» ciencia es una verdad indiscutible, y rechazamos las «suyas» (quienes
quiera que «ellos» sean) por absurdas. Sin embargo, la «ciencia» que ahora enseñan
nuestro gobierno y las escuelas médicas sobre el alcoholismo y el abuso de drogas
como «enfermedades», y los tratamientos que proponen y practican para curarlas, no
son un ápice menos absurdas que la teoría de Muhammad o la de Rush.
¿Cuál es, pues, esta «absurda» teoría negra de la creación? La resumiré en lo
posible con palabras del propio Malcolm. «Elijah Muhammad enseña a sus
seguidores [lo que él llama la Historia de Yacub] que, primero, la luna se separó de la
tierra. Después, los primeros humanos, el Hombre Original, fue un pueblo negro.
Ellos encontraron la Ciudad Santa de la Meca. Entre esta raza negra había
veinticuatro sabios científicos. Uno de estos científicos, en desacuerdo con el resto,
creó la tribu negra especialmente fuerte de Shabazz, de la que descienden los
llamados Negros americanos»[23].
Con el tiempo nació un niño —llamado Yacub— que se convertiría en un
científico especialmente brillante. Descubrió cómo «procrear razas científicamente».
No obstante, a causa de su orgullo abrumador, y su desacato a la autoridad
establecida, fue finalmente exilado de la Meca a la isla de Patmos. En Patmos Yacub
continuó trabajando en el demonio, justo aquello que evidentemente había estado
faltando en la religión musulmana hasta ese punto. «Aunque era un hombre negro, el
Sr. Yacub, ahora resentido contra Alá, decidió como revancha crear sobre la tierra una
raza demoníaca: la descolorida raza de la gente blanca»[24].
Y esto hizo el Sr. Yacub. Pasaron seiscientos años «antes de que esta raza
regresase al continente, mezclándose con el pueblo negro natural. El Sr. Elijah
Muhammad enseña a sus seguidores que en menos de seis meses, por medio de
mentiras que hicieron que los hombres negros lucharan entre sí, esta raza demoníaca
transformó lo que había sido un apacible paraíso sobre la tierra en un infierno
[…]»[25].
Tal historia de la Creación no termina con esta triste nota. Continúa con la versión
musulmana negra de «los últimos serán los primeros»: «Fue escrito que después de
que la descolorida raza blanca de Yacub hubiese gobernado el mundo durante seis mil
años —hasta nuestro tiempo— la raza negra original daría nacimiento a uno cuya
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sabiduría, conocimiento y poder serían infinitos […]. Elijah Muhammad enseña que
el más grande y poderoso Dios que apareció sobre la tierra fue el Maestro W. D.
Fard»[26].
Las ideas que esta leyenda debieron inspirar en Malcolm X no son difíciles de
imaginar. Sostiene que creía casi literalmente en el satanismo del hombre blanco. Que
creyera igualmente al pie de la letra, o sólo un poco menos, en su propia divinidad, no
es demasiado importante, al menos para nuestra comprensión del llamado problema
de drogas.
Los musulmanes negros tienen, como ya hemos visto, una política clara y
coherente sobre drogas: creen en la estricta abstinencia de todos los placeres
derivados de la autocomplacencia. En un sentido importante, pues, es bastante
engañoso hablar de una aproximación de los musulmanes negros al «tratamiento» del
adicto, pues si es musulmán no puede ser un adicto, lo mismo que si es un judío
ortodoxo no puede comer cerdo. Así de sencillo.
En otras palabras, el criterio musulmán sobre el consumo y la abstinencia de
drogas es, como el mío, moral y religioso. Esto no significa, por supuesto, que
partiendo de este criterio lleguemos todos a las mismas conclusiones.
La pasión de Malcolm por la honestidad y la verdad emerge en algunas
desmitificaciones interesantes sobre drogas, esto es: en afirmaciones que desafían
algunos dogmas científicos y médicos corrientes sobre drogas «duras» o «peligrosas»
y sus poderes «adictivos». «Algunos presuntos musulmanes —comenta Malcolm
como si se tratase de un insignificante aparte— encontraron más difícil renunciar al
tabaco que otros renunciar al hábito de drogas»[27]. Uno deduce que para los
musulmanes no hay mucha diferencia entre un hombre que fuma tabaco o marihuana;
saben que lo que cuenta es el hábito a la «autocomplacencia», no la farmacomitología
de los altos[28] o pelotazos[29]. Obviamente una buena mitología por persona es
suficiente: si uno cree —realmente cree— en la mitología musulmana negra, o en la
judía o la cristiana, no necesita la mitología artificial del estamento médico o
terapéutico.
Los musulmanes no sólo hacen hincapié en que la adicción es mala, sino en que
—como todos los males del mundo, aunque quizás incluso más— es uno de los
vicios impuestos deliberadamente por el hombre blanco al negro. «El programa
musulmán comienza reconociendo que color y adicción tienen una conexión
indudable. No es accidental que en todo el Hemisferio Oeste la mayor concentración
de adictos esté en Harlem»[30]. El mono que llevan los adictos a la espalda es, según
la realidad musulmana, de piel blanca. «Todo adicto —explica Malcolm— toma
droga para escapar de algo […]. La mayor parte de los yonquis negros están
intentando narcotizarse para olvidar que son hombres negros en la América del
hombre blanco. Pero el musulmán dice que el hombre negro que toma drogas sólo
está ayudando al hombre blanco a “demostrar” que el hombre negro no es nada»[31].
Esto convierte la lucha contra la tentación de la droga en una verdadera lucha por
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la «liberación nacional» de la opresión blanca: politiza un problema personal,
invirtiendo hábilmente la táctica psiquiátrica de personalizar problemas políticos,
declarando dementes a los disidentes embarazosos. (En mi opinión, ambas son
tácticas, y nada más que tácticas).
Así, los musulmanes creen que se puede acabar con el hábito a las drogas
haciendo que el adicto pase el coid turkey (mono), que significa una repentina y
completa separación de las drogas, teniendo el adicto que soportar el sufrimiento
asociado a este proceso. En realidad, esta ordalía ayuda luego a dramatizar y
ritualizar la liberación del adicto con respecto al blanco mono. «Cuando comienza la
abstinencia del adicto —escribe Malcolm— y está chillando, maldiciendo y
suplicando “¡sólo un fije, amigo!”, los musulmanes están a su lado hablándole en
jerga de yonquis. “¡Chico, quítate ese mono de la espalda!” “¡Sacúdete al mono
blanco de la espalda!” […]. “¡Deja que el blanquito se marche, amigo!”»[32].
En realidad, los musulmanes negros dicen ahora exactamente lo que dijeron los
médicos blancos hace cincuenta años: que la adicción a las drogas no es una
enfermedad, sino una forma de comportamiento que ellos desaprueban. El doctor
Alfred C. Prentice, miembro del Comité sobre Drogas Estupefacientes de la
Asociación Médica Americana, escribiendo en 1921 en el Journal of the American
Medical Association, expresó el criterio «oficial» de aquel tiempo sobre la adicción:
«La opinión pública con respecto al vicio de la drogadicción ha sido corrompida
deliberada y firmemente por la propaganda de la prensa médica y la no profesional
[…]. La vacía pretensión de que la toxicomanía es una “enfermedad” […] ha sido
afirmada y propugnada en volúmenes de “literatura” por supuestos
“especialistas”»[33]. Los musulmanes mantienen ahora los mismos valores, y se
comportan poco más o menos igual que entonces los doctores; en cambio, tanto los
médicos como sus «pacientes» negros tratados con metadona cultivan ahora las
modas y maneras de la «contracultura».
Malcolm X llevaba el pelo cortado al cepillo, se vestía con la rigurosa sencillez y
elegancia de un abogado triunfador de Wall Street y era cortés y puntual. Según
Haley, los musulmanes tenían «costumbres y aspecto adecuados a la disciplina
personal espartana que la organización exigía […]»[34]. Malcolm odiaba al hombre
blanco por demonio, pero despreciaba al hombre negro «débil» que se negaba al
esfuerzo de mejorarse a sí mismo: «Los hombres negros de los ghettos deben
empezar a corregir sus propios defectos y maldades materiales, morales y
espirituales. El hombre negro necesita poner en marcha su propio programa para
librarse de la embriaguez, la toxicomanía y la prostitución. El hombre negro de
América tiene que elevar su propio sentido de los valores»[35].
Este es un tema peligroso. Los liberales y los psiquiatras necesitan al débil de
voluntad y al enfermo mental para tener a alguien de quien cuidar, y algo que hacer.
Si Malcolm se hubiese salido con la suya, todos estos «auxiliadores» quedarían sin
empleo, o algo peor. Aquí radica, pues, el conflicto y la contradicción básica entre el
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musulmán y la metadona; el primero elimina el problema y por tanto la necesidad del
hombre blanco y el doctor, haciendo que el negro sea autorresponsable y tenga
confianza en sí mismo; la segunda hace al hombre blanco y al doctor indispensables,
haciendo del negro un inválido médico permanente y un paciente vitalicio, según el
modelo establecido mucho tiempo atrás por Benjamín Rush.
Malcolm, por supuesto, entendió y afirmó —como verdaderamente pocos
hombres blancos o negros pudieron o quisieron— que los hombres blancos desean
que los negros estén metidos en drogas, y que la mayoría de los negros metidos en
drogas quieren seguir así. La libertad y la autodeterminación no sólo son preciosas
sino trabajosas; la mayor parte de los hombres, especialmente si no se les ha
enseñado a valorar estas cosas, no quieren saber nada de ellas. Malcolm X y Edmund
Burke coincidieron en apreciar una importante intuición: la dolorosa verdad de que el
Estado prefiere los hombres débiles y tímidos, antes que fuertes y orgullosos.
Esto nos enfrenta a la dimensión política del llamado problema de drogas, que
Malcolm evalúa de esta forma: «Si algún hombre blanco, u hombre negro
“aprobado”, creara un programa para curar el hábito de estupefacientes que tuviera
tanto éxito como el conducido bajo la regla de los musulmanes, habría subvención
gubernamental, elogio, notoriedad y titulares. Pero en lugar de eso fuimos
atacados»[36].
Lo que Malcolm evidentemente no vio, o no vio con claridad suficiente, fue que
articulando y organizando este programa estaba en realidad iniciando una guerra
religiosa contra fuerzas muy superiores. No me refiero a una guerra religiosa contra
el Cristianismo. Rechazando el Cristianismo y abrazando el Islam, los musulmanes
explicitaron claramente su oposición a la «religión del hombre blanco». Pero el
Cristianismo no es el poder que solía ser, especialmente en los Estados Unidos. La
guerra religiosa que Malcolm declaró y emprendió, sin casi darse cuenta, era una
guerra contra la religión de la Medicina. Después de todo, no sólo los blancos, sino
también la mayor parte del pueblo y los líderes negros creían —y continúan creyendo
— que el abuso de drogas es una enfermedad. Por eso exigen y hasta se manifiestan a
favor de programas de desintoxicación gratuitos, poniéndose en fila para recibir
programas de metadona como los judíos para las cámaras de gas. Malcolm vio esto,
pero no estoy seguro de que alcanzara a comprenderlo en toda su atrocidad. Quizá sí.
Al final, poco antes de ser asesinado, rechazó también a los musulmanes negros, a
quienes hasta entonces atribuía su resurrección de la muerte en vida, y se convirtió al
islamismo ortodoxo. Y se cambió el nombre, esta vez a El Haj Melik Shabazz,
adoptando como apellido el nombre de los antepasados legendarios de los negros
americanos en la Historia de Yacub.
Los conflictos más graves de la sociedad soviética se desarrollan entre individuos
y grupos disidentes —como intelectuales, escritores o judíos— y el Estado; en
nuestra sociedad, se desarrollan entre individuos y grupos disidentes —como
personas que abusan de las drogas, mujeres y negros— y el Estado. En ambos casos,
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quienes experimentan el conflicto son aquellos que se sienten oprimidos o
perseguidos por el Estado como ente investido de carácter moral o religioso; y, en
ambos casos, el Estado intenta negar esta experiencia y redefinir el conflicto como
político o preferiblemente médico, y a menudo lo consigue. El gobierno ruso intenta
narcotizar a sus disidentes con alcohol, tabaco, trabajo y comunismo; cuando esto
fracasa los declara antipatrióticos, enemigos del Estado o enfermos mentales; y les
trata como corresponde, encarcelándolos en prisiones o manicomios. De forma
similar, el gobierno americano intenta narcotizar a sus disidentes con alcohol, tabaco,
trabajo, dinero y metadona; cuando esto fracasa, les declara dementes incurables o
adictos permanentes, y se encarga de ellos como corresponde, encarcelando a algunos
en prisiones, a otros en hospitales mentales y poniendo al resto en «mantenimiento
con metadona».
En resumen, la adicción a la heroína, o cualquier otro consumo de drogas ilícitas,
no es «el problema» aquí más de lo que puedan ser la disidencia intelectual o el deseo
de emigración «el problema» en Rusia. Estos «problemas» son más bien los pretextos
para los últimos asaltos en las guerras perennes que los gobernantes lanzan contra sus
súbditos. Quizás tampoco pueden aflojar demasiado en su presión, porque los
gobernados —el pueblo, los negros, los blancos, los judíos deseosos de abandonar
Rusia, todos nosotros— podrían olvidar su «propio sitio» y volverse «altaneros». Si
hubiera habido un programa de mantenimiento en metadona cuando Malcolm era
joven, los americanos podrían haberse ahorrado infinidad de problemas. ¡Qué fácil
habría sido seducirle para que entrase en semejante programa!
¿En qué lugar deja esto a nuestros presidentes, nuestros gobernadores, nuestros
institutos nacionales de Salud Mental, nuestra Asociación Médica Americana y, en
general, a todos cuantos inducen al consumo de metadona?
Es irónico, pero quizá esperanzador en el fondo —en el área del consumo y
control de drogas (así como en muchas otras)— que reafirmando la supremacía de los
controles internos sobre los externos, los musulmanes negros están en realidad
defendiendo la autodeterminación individual contra la infantilizante interferencia
estatal. Reafirmando la sabiduría tradicional de que «abusar de las drogas» es
simplemente tener malas maneras —como ser descortés, impuntual o desaseado— los
musulmanes se acercan a grupos tan diversos —y en otro sentido tan opuestos—
como libertarios y conservadores, patriotas y puritanos. Aún está por ver cuántos
negros americanos quieren competir libre e imparcialmente con sus compatriotas
blancos americanos, y viceversa; y cuántos de cada grupo prefieren conquista o
capitulación a competencia. En este equilibrio puede residir el futuro de nuestra
nación. Sea cual fuere el resultado, a mi juicio ahora está claro, y lo estará incluso
más en el futuro, que —sea cual fuere lo propugnado por estos grupos sobre estas
cuestiones, sobre abuso de drogas y toxicomanía— la postura de la medicina y la
política americana organizada contradice todos los principios y prácticas sobre los
que fueron fundados los Estados Unidos. La postura de los musulmanes negros, en
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cambio, coincide con la mejor tradición americana.
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8. EL ABUSO DE ALIMENTO Y LA
«ALIMENTOMANÍA»: DEL CUIDADO DEL ALMA
AL CUIDADO DEL PESO
ANTES HICE ALGUNAS OBSERVACIONES sobre el argumento moral básico del hombre: el
dramático ciclo de polución y purificación. Naturalmente, el alimento y el acto de
comer tienen un papel destacado en este guión: la ceremonia más universal de
purificación es el ayuno; y la ceremonia más común de autocomplacencia o polución
es el festín. En general, la respuesta religiosa tradicional al dolor y la aflicción, y el
método para sobrellevarlos es el ayuno. Lo equivalente para la alegría y la felicidad
es el festín.
La importancia del ayuno en el Cristianismo proviene de la intensa imaginería
relativa al carácter esencialmente pecaminoso de la humanidad en esta ideología; de
aquí también la importancia del ayuno como método de autopurificación. El
significado de estas ideas y actos se refleja en nuestro lenguaje. El vocablo «ayuno»
ocupa ocho columnas y media en el Oxford English Dictionary, más que casi
cualquier otra palabra. El vocablo «festín» sólo ocupa dos columnas y media.
Por otra parte, esta actitud religiosa básica hacia el ayuno y el festín se ha
mantenido inalterada —con los cambios lingüísticos y ceremoniales apropiados— en
la actitud médica moderna hacia la dieta. En realidad, el Diccionario de Oxford
define el ayuno como «abstinencia de alimento […] motivada por una observancia
religiosa», y la dieta como «curso prescrito de alimentación por razones médicas o
penales». Del mismo modo que la medicina ha reemplazado a la religión (como una
religión), la dieta ha reemplazado al ayuno, y el tratamiento de la obesidad ha
reemplazado a la absolución del pecado de glotonería. Por supuesto, todo esto no es
sino una faceta de la generalizada medicalización de la moralidad producida durante
los tres últimos siglos.
De todas formas, por muy obvios que sean los paralelos entre nuestras antiguas
posiciones religiosas y nuestras actuales posiciones médicas con respecto a la
comida, el ayuno y el festín han escapado al examen de casi todos los científicos y
médicos modernos que han escrito sobre el tema. Por ejemplo, la preocupación por el
llamado problema del exceso de peso, y la concomitante mayor atención prestada a
reducir peso en vez de adquirirlo se atribuye universalmente a consideraciones
«científicas»; en particular, a la mayor incidencia de la «sobrealimentación» frente a
la «desnutrición» en sociedades opulentas, y a los efectos patógenos de la obesidad.
Además, todas las autoridades atribuyen la tendencia a la obesidad, al menos en
parte, a la deficiencia de ejercicio aparejada al estilo moderno de vida. No discuto
que estas interpretaciones sean ciertas. Pero creo que cada una de esas «explicaciones
científicas» oculta más que explica.
El énfasis médico actual en la reducción de peso guarda un estrecho paralelismo,
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como he comentado, con el énfasis religioso antiguo sobre el ayuno. En la Edad
Media, como es natural, la comida no era tan abundante ni fácil de preparar como
hoy; ni la gente hacía tan poco ejercicio. Lo que quiero decir es que el ayuno cumplía
entonces, y la dieta cumple ahora, la importante función ceremonial de
autopurificación, pero que esta función ahora se oculta con argumentos técnicos
favorables a la reducción de peso.
La perspectiva puramente médica sobre la dieta no puede explicar que la mayor
preocupación por la delgadez se dé entre las mujeres. Explicar esto invocando
consideraciones estéticas es, por supuesto, no explicarlo en absoluto; la cuestión
sigue siendo ¿por qué ha de causar más trastorno a la mujer que al hombre tener unos
pocos kilos de «sobrepeso»? ¿Será porque el hombre trata a la mujer
«corpóreamente», es decir, como a un objeto sexual? Cada respuesta se limita a
desplazar algo más abajo los signos de interrogación, sin contestar realmente. A mi
juicio, oculta bajo toda la retórica dietética, psicoanalítica y viril-chauvinista yace la
antigua presunción —el temor masculino y la aceptación femenina— de que la mujer
es una persona especialmente «polucionada» que necesita ritos especiales de
«purificación».
El concepto de «polución femenina» es una creencia antigua[1]. Sus explicaciones
y justificaciones han cambiado con los tiempos, pero la creencia no ha sido abolida.
De hecho, en su forma actual no puede ser abolida porque nadie reconoce —ni las
mujeres como individuos ni los antropólogos y médicos como expertos— que la
excesiva preocupación de las mujeres por el exceso de peso y por seguir una dieta
guarda relación alguna con ser «impuras». Sostengo que la «mujer obesa» es
simplemente nuestra versión contemporánea de la mitología de la polución femenina;
algunas versiones anteriores fueron menstruación, poderes sexuales superiores,
brujería y «familiaridad» con el diablo, cada una acompañada por su apropiada
precaución purificatoria. Ahora reflexionamos sobre los antiguos ceremoniales de
polución-purificación, y los reconocemos como tales; pero como si fuéramos afásicos
contemplamos nuestros ceremoniales contemporáneos —los salones de masaje y los
clubs para la vigilancia del peso, los manuales de dietética, los alimentos saludables,
los médicos fraudulentos, los «anoréxicos», y todo tipo de parafernalia médico-
religiosa para el moderno culto al peso— y ¡continuamos tratando el asunto como si
fuese un problema puramente médico!
Nada de esto tiene el propósito de negar algún hecho fisiológico, ni que ciertos
principios o procedimientos médicos puedan ayudar a algunas personas a perder (o
ganar) peso. Pero de que las técnicas médicas sean utilizadas para regular el peso del
cuerpo no se sigue que la regulación del cuerpo sea un problema médico; tampoco de
que la silla eléctrica pueda ser utilizada para ejecutar criminales se sigue que la
ejecución de criminales sea un problema de ingenieros electrónicos.
El peso del cuerpo se presta perfectamente a la pasión contemporánea por definir
las cualidades humanas en términos de normas médicas. Las tablas de estatura y peso
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que a todo el mundo le son hoy familiares encarnan estos patrones. Sin embargo,
llama la atención que, si bien es posible apartarse de estas normas en cuatro
direcciones diferentes, una de esas desviaciones posea un estigma mucho más severo
que las otras tres. Aunque «estadísticamente anormal», la persona que es más alta,
más baja o menos pesada de lo normal (salvo cuando es por un margen muy amplio)
es aceptada socialmente, sobre todo porque no resulta definida como médicamente
anormal o enferma. Pero ¡ay! del que se desvíe en la cuarta dirección, siendo más
pesado que la media. Su estigma proviene de ser socialmente «obesos», estéticamente
«repulsivos» y médicamente «enfermos». En realidad, hay algunas semejanzas
notables en las actitudes de la sociedad, y especialmente de la profesión médica,
hacia quienes tienen pensamientos equivocados (el demente), quienes toman drogas
equivocadas (el adicto), y quienes poseen un peso equivocado (el obeso).
En el siglo XVII se creó una nueva especialidad médica para estudiar y controlar a
quienes se desviaban de las normas médicas sobre conducta social, naciendo así la
psiquiatría. En el siglo XX se creó una nueva especialidad médica para estudiar y
controlar a quienes se desviaban de las normas médicas sobre consumo de drogas,
naciendo así la «drogabusología». En la década de los años sesenta se creó una nueva
especialidad médica para estudiar y controlar a quienes se desviaban de las normas
médicas sobre peso corporal, naciendo así la medicina bariátrica. La
profesionalización de estos ejercicios de maliciosa intromisión médica en los hábitos
personales es importante por varias razones. En efecto, cada una de estas empresas
pseudomédicas redefine la preferencia personal como un problema científico y
médico; oculta la coacción médica en forma de tratamiento; y, cosa quizá más
importante aún a largo plazo, crea enormes intereses económicos entre los médicos
que tergiversan fraudulentamente simples juicios morales presentándolos como
sofisticados diagnósticos médicos, llamando a toscas coacciones refinadas
intervenciones terapéuticas.
Cuando la psiquiatría era joven, por ejemplo, sus practicantes eran por lo menos
llamados correctamente «médicos de locos» y «directores de manicomio»; pero a
medida que esos matasanos adquirieron poder sus nombres sencillos e informativos
fueron sustituidos por los profesionalismos pomposos del «psiquiatra», el
«psicoanalista» y el «científico de la conducta». De forma similar, los médicos que
aconsejaban a la gente comer menos o que intentaban ayudarles a reducir peso de
otro modo (o aparentaban ayudarles) eran llamados hasta hace poco «médicos de
gordos» y «traficantes de píldoras»; ahora existe un movimiento que les ha bautizado
con el nuevo nombre de «bariatras». En 1970 la Sociedad Americana de Médicos
Bariatras (de la palabra griega batos, peso) tenía un modesto número de miembros:
eran treinta. En 1972, ese número creció hasta la notable cifra de cuatrocientos
cincuenta[2].
El principal negocio de los bariatras es, por supuesto, fabricar «pacientes» que
padezcan la «enfermedad» llamada «obesidad». El doctor Wilmer A. Asher,
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Presidente de la Junta de la Sociedad Americana de Médicos Bariatras,
evidentemente sabe cuál es su cometido, y piensa —como sus «pacientes» comen— a
gran escala. Su cálculo inicial sobre el número de «pacientes» que requieren su
cuidado y el de sus colegas es asombroso. «Un número entre treinta y sesenta
millones de americanos adultos —escribe Asher— son obesos. Si el mismo número
de nuestros ciudadanos padeciera sarampión o viruela, se consideraría una
epidemia»[3].
Asher no ha hecho realmente estos cálculos; se los hicieron otros médicos y
expertos en nutrición dedicados, con éxito considerable, a convencer al pueblo
americano de que la obesidad es nuestra enfermedad más común. La siguiente frase
de la introducción a un prestigioso congreso sobre obesidad, celebrado en el Centro
Médico de San Francisco en 1967, bajo los auspicios de la Universidad de California
es típica: «Indudablemente, en Estados Unidos la obesidad es el signo más grave de
nutrición defectuosa, si tenemos en cuenta que del 25% al 36% de la población adulta
americana tiene un exceso de peso del 10% o más»[4].
En una addenda al congreso llamada «Obesidad: un Producto Nacional Bruto»[5],
gran parte de la culpa de esta «enfermedad» se atribuye a la opulencia decadente de
América, aunque nos recuerda también los intereses financieros que tienen los
médicos y las industrias de drogas y alimentación en este tipo de latrocinio médico.
Veamos algunos de los datos más interesantes: la industria alimenticia emplea más de
mil millones de dólares al año en publicidad; al mismo tiempo, las ventas de dietas
bajas en calorías se incrementan rápidamente, junto con las ventas de Metracal (un
suplemento nutritivo especial, hoy olvidado) se elevan a 150 millones de dólares a los
dos años de su introducción; la venta de vitaminas asciende a un total de 200 millones
de dólares anuales, y la de drogas que supuestamente suprimen el apetito alcanza los
80 millones de dólares. En relación con esto último vale la pena resaltar que si bien
las anfetaminas han entrado ahora en el Valhalla de Drogas Peligrosas, cuya posesión
ilícita puede ahora acarrear en Nueva York prisión perpetua, el uso médico de estas
drogas y otras afines continúa siendo un gran negocio. Así, la edición del Physicians’
Desk Reference de 1973, guía reglamentaria de todos los preparados farmacéuticos
americanos, enumera en su índice no menos de treinta y cuatro diferentes preparados
clasificados como «anoréxicos»; estas drogas están también catalogadas como
«preparados contra la obesidad»[6].
El breve repaso previo al actual estado del conocimiento para controlar la
obesidad sugiere que la medicina bariátrica puede tener un futuro mucho mejor que la
psiquiátrica: los bariatras podrán reclamar fácilmente a cualquiera como paciente
suyo; y la posibilidad de que puedan diagnosticarse y tratarse involuntariamente
problemas de peso basta para excitar la imaginación. Obviamente, para un bariatra
concienzudo cualquiera más pesado que Gandhi puede ser un «caso de obesidad»,
actual, latente o potencial; y cualquiera como Gandhi un «caso de anorexia nerviosa»
o «repulsa patológica del alimento» y, por tanto, un sujeto apropiado también para el
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tratamiento médico. Cualquier desviación que no detecte la psiquiatrización de la
sociedad americana será sin duda detectada y corregida por su bariatrización.
Como otros chivos expiatorios, y especialmente como los pacientes mentales
involuntarios que no desean ser pacientes en absoluto, el «obeso» también rechaza a
menudo —si no de palabra, de hecho— el papel de paciente. Sus acciones expresan
un deseo de ser o seguir siendo gordos o, quizás más exactamente, de pesar más de lo
que los otros piensan que deberían. Aunque pide más autoridad para practicar el
tratamiento de la gordura, y quizás para excluir a otros de dicha práctica, el propio
Asher caracteriza a sus pacientes potenciales con palabras reveladoras: «Los
pacientes obesos son difíciles. No son constantes con las dietas; mienten a sus
doctores; faltan a las visitas. Si sus médicos son demasiado duros con ellos, van a
otro doctor. Si son demasiado complacientes, no adelgazan. A menudo el médico
fracasa en su intento de ayudar al paciente obeso»[7]. De este modo, Asher dice
prácticamente dos cosas aunque no llega a decirlas realmente: una es que en vista de
su actitud poco cooperativa los pacientes obesos —como los dementes y los adictos
— estarían mejor tratados involuntariamente en instituciones cerradas; la otra es que
los médicos fracasan a menudo en el intento de ayudar a sus pacientes obesos, pero
nunca a la hora de ayudarse con el dinero del paciente (o de la compañía aseguradora,
o de algún tercero).
Como en la psiquiatría, aquí también encontramos al médico que etiqueta al
paciente como «mentiroso», cuando es en realidad el propio médico (así como su
organización y profesión) quien participa en la máxima mendacidad. Pues es el
médico quien llama «enfermo» a la gente que come inmoderadamente, si es esa la
razón por la cual están gordos; quien llama «pacientes» a los que no desean verle,
como indican sus «incomparecencias»; y quien llama «tratamiento médico» advertir a
la gente que coma menos, a base de darles «dietas».
Ciertos paralelismos entre obesidad y adicción son, por supuesto, bastante obvios,
y a menudo reconocidos —algunas veces incluso destacados— por laicos y
profesionales también. A las personas que tienen exceso de peso se les llama
«carbohólicos» y «alimentómanos»[8]; muchos se declaran tan incapaces de dejar la
comida como los alcohólicos de dejar el alcohol, y anhelan liberarse de su
sometimiento a autoridades cuyas coacciones buscan y sugieren
desvergonzadamente. Natallie Allon —incidentalmente, una de las pocas personas
que escriben sobre la obesidad rechazando claramente la fraudulenta medicalización
de este problema— comenta que «los grupos de adelgazamiento ofrecen un atractivo
sistema alternativo de curación de la “enfermedad” o “pecado” del peso excesivo.
Muchas de las personas que siguen dietas se encuentran a gusto obedeciendo a la
autoridad externa del grupo»[9]. Las semejanzas entre los «vigila pesos» (y otros
grupos similares) con Alcohólicos Anónimos son evidentes, salvo en el hecho de que
los «alimentómanos», no pueden abstenerse completamente de comida; sin embargo
—y esto va más al fondo del asunto— el «alimentómano» puede adoptar el hábito
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sustitutivo («adicción») de seguir una dieta, al igual que el alcohólico puede adoptar
el hábito sustitutivo («adicción») de la abstinencia. Allon cita a una trim-downer que
se describe a sí misma de este modo: «Creo que estoy colgada de por vida a la dieta,
y siempre ando buscando la cura mágica, el fin definitivo a mi manía de seguir una
dieta cuando sea delgada para siempre»[10].
Además de los expertos médicos, la mayoría de los reductores de peso —como la
mayoría de los rehabilitadores de alcohólicos y la mayoría de los
«drogabusólogos»— son exadictos. Su cualificación reside en haber sido
«pecadores» que se han convertido en «santos». Este proceso mítico-religioso de
«purificación» por superación de la «polución» —que he descrito ya antes[11]— se
representa en el acto de seguir dietas quizás incluso más clara y dramáticamente que
en la abstinencia de alcohol u otras drogas. El relato de Allon sobre ello es tan
instructivo como preciso: «El trim-downer moralmente válido es el que intenta
perfeccionar cada vez más y más el cuerpo. Para alcanzar semejante bien supremo, la
cura final de un cuerpo delgado debe partir de un cuerpo gordo. La santidad está en el
acto de limpiar. Para ser un santo, uno debe empezar siendo un pecador»[12].
Siendo coherentes con este modelo, los pecadores redimidos intentan redimir a
otros, y a tantos como sea posible: «Los dispensadores del Trim-Down fueron
expertos autoformados cuya cualificación básica para dirigir grupos de
adelgazamiento se basaba en el hecho de haber sido curados de su propia obesidad
mediante la dieta Trim-Down […]. Además de una dieta [básica], el servicio casi
religioso de practicar la dieta en grupo fue el método operativo primario del sistema
de curación Trim-Down[13].
La aparición y aceptación en el escenario médico moderno de una clase de
expertos «científicos» supuestos o manifiestos, cuya autoridad depende
exclusivamente de haber sido «pecadores médicos» —es decir, de haber sido
alcohólicos, drogadictos o alimentómanos— no ha recibido la atención que merece,
salvo quizá al nivel del humor. He oído a colegas comentar burlonamente, más de una
vez, que ya no aconsejan a sus hijos hacerse doctores o abogados; al contrario,
sugieren que se conviertan en «exadictos».
La importancia y el impacto real del exalcohólico, exadicto y exalimentómano
como expertos paramédicos se concentra en varios puntos: cada uno simboliza para la
profesión médica una abdicación en cuanto a los verdaderos marcos científicos y
técnicos de la evaluación de conductas; estimula a los médicos, a pesar de los
notables progresos científicos recientes de su profesión, a rechazar su confianza en la
evidencia y en la inferencia, la tecnología y la verdad, poniendo en su lugar la pompa
y gloria de una falsa religión; y, finalmente, proyecta cada vez más la medicina hacia
el Estado, cuyo aplastante abrazo primero la idiotiza por anoxia cerebral y luego la
ahoga misericordiosamente.
He argumentado que la manía contemporánea sobre el abuso de drogas, y la
persecución asociada a personas que abusan de drogas, es una versión moderna de lo
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que Charles Mackay llamó «ilusión popular extraordinaria o locura colectiva»[14]. Si
este criterio es válido, cabe esperar que encontraremos ciertos paralelos, además de
los ya señalados, entre la persecución de quienes abusan de las drogas y la
persecución de brujas y judíos; concretamente, debiéramos encontrar la imposición
de una identidad como chivo expiatorio que se extiende desde un grupo inicial
definido —tal como mujeres indefensas, judíos pobres o negros adictos a la heroína
— a otros grupos, como cristianos cismáticos, notarios de todo tipo o personas
jóvenes con pelo largo.
Una vez aceptado que un grupo particular de personas —por ejemplo, brujas o
judíos— es «peligroso», la cruzada para eliminar a todos y cada uno de sus miembros
tiende a generar también víctimas en otros grupos. Cada oleada importante de
sacrificio ritual ha presentado esta característica, que es sin duda una consecuencia de
desencadenarse las viles pasiones humanas de la envidia, la codicia, la venganza y la
simple intención asesina. Lo que empezó como persecución de unas pocas brujas y
herejes se convirtió, en manos de los inquisidores, en campañas de largo alcance
contra disidentes cristianos de todas clases, judíos, mahometanos, pobres, ricos y
cualquiera que provocase la ira y la envidia de otros.
En la guerra americana contra las drogas ha habido ya dos períodos claramente
discernibles, durante los cuales la identidad de la droga convertida en chivo
expiatorio fue al principio desplazada de una a otra y después extendida de una a
otras varias. El primero de estos periodos es quizá un caso especial, aunque relevante.
Me refiero a la transformación de la guerra contra el alcohol, tras derogarse la
Prohibición, en la guerra contra la marihuana y luego contra otras «drogas
peligrosas». La segunda difusión de la identidad del chivo expiatorio comenzó hacia
1960, momento a partir del cual vimos que la guerra contra las drogas se desplegaba
desde marihuana y LSD a heroína, cocaína, barbitúricos y anfetaminas.
¡La escalada de esta «guerra contra substancias nocivas» ha alcanzado finalmente
el punto donde el «enemigo» es simple alimento! La metáfora marcial no es mía,
como muestra el siguiente ejemplo.
El 6 de octubre de 1971 la Associated Press divulgó una noticia con el siguiente
titular: «La fritura de pescado y patatas, el enemigo de la Fuerza Aérea americana en
su “Batalla contra la Panza”». La metáfora marcial descansa aquí parcialmente en el
hecho de que uno de los combatientes en esta batalla es la Fuerza Aérea de los
Estados Unidos. La identidad del otro combatiente, del enemigo —que no ha sido
puesto entre comillas en la información y se presume por eso enemigo literal, en
lugar de metafórico— es comida; ciertamente, comida extranjera, como sabemos
incluso antes de leer esta noticia, que reproduzco algo resumida a continuación:
La Fuerza Aérea de los Estados Unidos está librando la batalla del vientre entre su dotación de tierra en
Gran Bretaña. Uno de los objetivos es la fritura de pescado con patatas. Los trozos de bacalao frito con patatas
fritas a la francesa están prohibidos en dos de las seis grandes bases de los Estados Unidos: Lakenheath y
Mildenhall. Los puestos más próximos del producto han sido expulsados del perímetro de las bases. Medidas
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similares pueden ser adoptadas en otras partes. «El problema es que el personal recién llegado de los Estados
Unidos encuentra el pescado con patatas fritas bastante apetecible», explicó un sargento […]. Todos los
soldados de la base de South Ruislip, en las afueras de Londres, están siendo pesados para evaluar el perjuicio
causado por la comida inglesa. Los gordinflones recibirán órdenes previniéndoles contra los platos. «Cientos
de soldados de la Fuerza Aérea en toda Gran Bretaña padecerán obesidad», dijo un portavoz. Salvo quienes
tengan problemas médicos, los gordinflones que desobedezcan órdenes y todavía cedan a la tentación del
bacalao con patatas fritas serán confinados en hospitales de las Fuerzas Aéreas hasta que se libren del
hábito[15].
Uno a duras penas sabe por dónde empezar a «analizar» este pasaje, que se
compara favorablemente con algunas de las escenas más imaginativas de 1984 o
Rebelión en la granja de George Orwell. Permítanme empezar comentando que
incluso después de ser publicada la misma historia de forma algo abreviada en
Parade[16] (revista leída, al parecer, por 25 millones de americanos), no recuerdo
haber visto una sola denuncia o protesta contra esta increíble usurpación de las
libertades civiles no sólo de los supuestos «gordinflones» sino de los tenderos
británicos cuyos establecimientos fueron boicoteados por una orden de la Fuerza
Aérea norteamericana. En realidad, no sólo no hubo ninguna objeción, sino que esta
historia fue presentada —especialmente en Parade— dando a entender claramente el
apoyo de la revista a aquello que para la mayoría debía ser una política «obviamente»
razonable y bienintencionada: «Para ayudar a sus hombres a ganar la batalla contra la
panza, las autoridades […] han denunciado las tiendas locales de pescado con
patatas», dijo Parade.
Aunque esta clase de espíritu servicial pueda resultar obvio para los que aprueban
este tipo de intromisión médica, no lo es en absoluto para quienes no la aprueben. Y
como yo no la apruebo, encuentro un caudal de información interesante tanto en el
contenido como en el lenguaje empleado en esta historia.
Primero, los ciudadanos americanos son privados de la ingestión de una
substancia que no es droga sino alimento; sin embargo, son privados de ello en base a
argumentos que son indiscernibles de los utilizados para justificar la prohibición de
las llamadas drogas peligrosas.
Segundo, la comida prohibida es comida extranjera. En realidad, uno de los platos
nacionales de un amistoso país extranjero donde están alojados los soldados de la
Fuerza Aérea. El argumento de que el bacalao con patatas fritas está prohibido por su
alto contenido en grasas es, desde luego, bastante poco convincente. Los perritos
calientes, el pastel de manzana y el helado no se mencionan en los despachos de
prensa, y presumiblemente siguieron estando al alcance de los aviadores en sus
propias bases. De hecho, la información de la Associated Press se refiere
explícitamente al «daño que ha causado la comida inglesa» a los soldados de
aviación. La comida inglesa, no la americana. Hay un estrecho paralelo aquí con la
promoción del tabaco porque es americano y la prohibición de la marihuana porque
es extranjera. Los perritos calientes deben ser «legalizados» porque forman parte de
nuestra herencia cultural, pero el bacalao con patatas fritas debe declararse
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«peligroso» y prohibido (y quizás accesible por receta médica como tratamiento a la
enfermedad de anglofobia) porque no es americano.
Tercero, el lenguaje utilizado para describir esta comida tiene impresionantes
parecidos con el lenguaje utilizado para describir drogas «peligrosas». El pescado
«anidado» en patatas fritas, «perjudica» a los aviadores que caen en su «tentación»;
los que se convierten en chivos expiatorios son llamados «gordinflones», se les
prohíbe comer bacalao con patatas y son encarcelados en hospitales de la Fuerza
Aérea hasta que «se libran del hábito».
Cuarto, nadie parece haber considerado el aspecto de los derechos morales,
legales y civiles aparejados a esta situación, tanto de los soldados como de los
comerciantes británicos. Los soldados de la Fuerza Aérea reciben exactamente el
mismo trato que los locos peligrosos o los adictos: encarcelamiento en hospitales. A
los comerciantes se les ataca exactamente igual que si fuesen enemigos en tiempos de
paz: boicoteando sus productos. Sin embargo, que yo sepa, no ha habido protesta
alguna contra este insulto a los hábitos gastronómicos británicos ni contra la
infracción de los derechos británicos.
Además, prohibir las tiendas de pescado y patatas fritas a los militares americanos
que están en Inglaterra, pero no prohibirles las tiendas de Kentucky Fried Chicken —
o la cadena de Lums, que también vende pescado y patatas fritas— en América,
indudablemente no ha servido para controlar el peso de los americanos; sobre lo que
haya podido hacer a su sentido de la equidad y el juego limpio, de la libertad y de la
dignidad —en resumen, al aprecio de todos aquellos valores por cuya defensa se
supone que están uniformados— uno sólo puede hacer conjeturas.
Quinto, y último, quiero protestar contra el absoluto envilecimiento —la
politización, psiquiatrización y criminalización— de la medicina y las instituciones
médicas implicadas en los modos de proceder aquí descritos. Comer comida británica
en contraste con la americana es tratado aquí como si fuese un problema médico
especialmente grave que requiere «hospitalización». En una conclusión extravagante
de la historia se nos informa de que los soldados de la Fuerza Aérea que «caigan en la
tentación del pescado con patatas fritas […] excepto los que tengan problemas
médicos […] serán confinados en hospitales de la Fuerza Aérea […]» [cursivas mías].
Esta política, caso de ser cierta, condena a todos los responsables de ella como
médicos mendaces y criminales. En la psiquiatría institucional americana clásica, y
en las modernas prácticas soviéticas en materia de salud mental, las «prostitutas»
médicas del sistema cuando menos pretenden que sus víctimas están enfermas, y que
se las confina porque están enfermas. Sin embargo, aquí se destaca que los
auténticamente enfermos serán excluidos de cuidados hospitalarios (que
presuntamente no necesitan, siendo el tratamiento ambulatorio más apropiado para
ellos), mientras la «hospitalización» se reserva para los que no tienen problemas
médicos.
Verdaderamente, la «plaga» del abuso de drogas y la toxicomanía amenaza a
«Farmacracia»:
la medicina como control social
En 1680 Sydenham escribió: «Entre los remedios que Dios Todopoderoso ha querido dar al hombre para
aliviar sus sufrimientos, ninguno es tan universal ni tan eficaz como el opio». Este elogio es todavía válido
hoy. Si fuese necesario restringir las diversas drogas a unas pocas, la gran mayoría de los médicos colocaría a
los alcaloides del opio, particularmente la morfina, a la cabeza de la lista. La morfina es inigualable como
analgésico, y sus usos indispensables en medicina y cirugía están bien definidos[12].
Echemos un vistazo al llamado problema de la bebida, pequeña subdivisión del problema más amplio de
salvar al hombre de su innata e insaciable voracidad. ¿Cuál es el factor sobresaliente en la discusión del
problema de la bebida, tal como uno la ve discurrir eternamente en estos Estados? El factor sobresaliente es
que muy pocos hombres honestos e inteligentes toman parte jamás en este asunto, que los mejores hombres de
la nación, distinguidos por su sentido común en otros campos, rara vez muestran interés hacia él. Por una parte
lo trabaja una horda de evidentes imbéciles, seguro cada uno de poder solucionarlo en un abrir y cerrar de
ojos. Por otra parte es enmascarado y oscurecido por un grupo de tipos oblicuos, alquilados por partes
interesadas, cuyo deseo secreto es mantenerlo irresuelto. En un lado están los gladiadores profesionales de la
Prohibición; en el otro, los agentes de los cerveceros y los destiladores. ¿Pero por qué eluden el asunto todos
los hombres ecuánimes e inteligentes? ¿Por qué oye uno tan poco de ello en boca de quienes no tienen
especiales intereses en la empresa y por eso mismo podrían opinar precisa e imparcialmente?[22]
En China, la panacea médica era el té. He aquí una descripción del té vendido en
Cantón durante la segunda mitad del siglo XIX:
El infalible Té del Mediodía: su sabor y su aroma son puros y fragantes, sus cualidades templadas y suaves
[…]. El estómago se fortalece con su consumo: crea apetito, disuelve las secreciones, mitiga la sed más
ardiente, evita los resfriados, disipa los vapores; en una palabra, todos los desórdenes internos y los males
externos se alivian con este té. ¿No es divino? […]. Las hierbas medicinales que lo componen son
seleccionadas con la más escrupulosa atención […]. No es aventurado afirmar públicamente que, si bien no
siempre resulta positivamente beneficioso en la enfermedad, es maravilloso por lo que respecta a la
longevidad[8].
El lenguaje utilizado para las afirmaciones sobre los efectos perniciosos de los
panapatógenos, y el mundo de imágenes que evoca, es paralelo al lenguaje y el
mundo imaginario de las panaceas. Hasta el Renacimiento los panapatógenos
occidentales básicos eran el demonio, las brujas y los judíos. Desde entonces lo han
sido la locura, la masturbación y, más recientemente, las drogas peligrosas, los
adictos y los traficantes.
La transformación de panaceas en panapatógenos es al mismo tiempo una causa y
una consecuencia de la transformación ideológica que expresa. Aunque
aparentemente sea un cambio radical, tal transformación no es a menudo más que un
cambio en los símbolos ceremoniales, que deja intacta la estructura básica de la
organización y el control social. Por ejemplo, con el tránsito en Rusia del zarismo al
comunismo las panaceas religiosas de la Cristiandad se convirtieron en
panapatógenos; pero la naturaleza oligárquica, tiránica, del gobierno ruso continuó
igual. Con el tránsito de la sexología médica de Krafft-Ebing y Freud a la de Masters
y Johnson, la masturbación fue transformada de panapatógeno en panacea; pero el
gobierno paternalista de los médicos sobre los pacientes continuó igual.
Esta metamorfosis —cuyo mejor ejemplo es la degradación del opio y la cocaína
— progresa siguiendo una pauta definida por distintas fases. Primero la substancia —
llamémosla x— es de libre disposición. Al comprender los gobernantes que el público
la quiere y pagará dinero por ella, aunque no sea necesaria para la supervivencia, se
apresuran a aceptarla como fuente de ingresos; el gobierno impone ahora un impuesto
sobre x, sometiendo esa substancia a una regulación económica. Luego x es definida
como droga, restringiéndose su uso legítimo al tratamiento de la enfermedad; con el
celoso apoyo de la profesión médica, el gobierno circunscribe su uso a la prescripción
por parte de un doctor, sometiendo la substancia a controles médicos. Esto crea tanto
un mercado negro de x como «abusos» en su distribución médica por «exceso de
recetas», dando pie a la petición política y popular de controles más rigurosos sobre
c. 5000 a.C. Los sumerios consumen opio, según sugiere el hecho de que tienen un ideograma para él
traducido por HUL, que significa «alegría» o «regocijo»[1].
c. 3500 a.C. Primer dato histórico sobre la producción de alcohol: descripción de una fábrica de cerveza en
un papiro egipcio[2].
c. 3000 a.C. Fecha aproximada del supuesto origen del consumo de té en China.
c. 2500 a.C. Primer testimonio histórico sobre ingestión de semillas de adormidera entre los habitantes de
construcciones lacustres de Suiza[3].
c. 2000 a. C. Primer registro de enseñanza prohibicionista, debida a un sacerdote egipcio que escribe a su
pupilo: «Yo, tu superior, te prohíbo ir a las tabernas. Estás degradado como las bestias»[4].
c. 350 a.C. Proverbios, 31: 6-7: «Da bebida fuerte a quien está pereciendo, y vino a quienes padezcan
amarga aflicción; permíteles beber y olvidar su pobreza, y no recordar ya su miseria».
c. 300 a.C. Teofrasto (371-287 a. C.), naturalista y filósofo griego, registra lo que perdura como primera
referencia irrefutable sobre el consumo del jugo de adormidera.
c. 250 a.C. Salmos, 104:14-15: «Haz que crezca hierba para el ganado, y plantas para que el hombre
cultive, que pueda producir alimentos de la tierra y vino para alegrar el corazón del hombre».
350 d.C. Primera alusión escrita al té, en un diccionario chino.
Siglo IV San Juan Crisóstomo (345-407), Obispo de Constantinopla: «Oigo gritar al hombre: “¡Ojalá no
hubiese vino!” ¡Oh insensatez! ¡Oh locura! ¿Es el vino la causa de este abuso? No. Pues si
dices “¡ojalá no hubiese vino!” a causa de la embriaguez, entonces debes decir, sucesivamente,
“¡ojalá no hubiese noche!” a causa de los ladrones, “¡ojalá no hubiese luz!” a causa de los
delatores, y “¡ojalá no hubiese mujeres!”, a causa del adulterio»[5].
c. 450 Talmud babilonio: «El vino está en cabeza de todas las medicinas; donde falta el vino, son
necesarias drogas»[6].
c. 1000 El consumo del opio se encuentra muy extendido en China y Extremo Oriente[7].
1229 Las autoridades eclesiásticas de Toulóuse declaran: «También prohibimos a los laicos que
posean cualquiera de los libros del Antiguo o Nuevo Testamento […]. Prohibimos
estrictamente que cualquiera tenga estos libros traducidos a lengua vulgar»[8].
1382 John Wycliffe completa su traducción de la Biblia al inglés.
1974 Un artículo en el American Journal of Psychiatry propone tratar el alcoholismo de los indios
americanos con peyote (una droga ilícita) porque «ofrece al indio alcohólico una terapia tanto
ocupacional como cultural, incluyendo participación en los servicios de la Iglesia Nativa
Americana (“reuniones peyoteras”)»[1].
1975 Jerome H. Jaffe, antiguo responsable máximo para abuso de drogas en la Casa Blanca, «insta a
que quienes fuman un paquete [de cigarrillos] al día o más sean descritos como personas que
sufren de un “desorden compulsivo”», y explica a una Conferencia del Tercer Mundo sobre
Tabaco y Salud, que «un nuevo término —“síndrome compulsivo de fumar”— ha sido
propuesto como trastorno a incluir en el Manual de Diagnóstico y Estadística de la Asociación
Psiquiátrica Americana»[2].
1976 Rosalynn Carter, esposa del candidato demócrata a la presidencia Jimmy Carter, dice a la
prensa que «sus tres hijos mayores “han fumado marihuana: así me lo dijeron” […]. Las
declaraciones de la Sra. Carter, parecidas a algunas hechas por Betty Ford, son consecuentes
con su posición previa de que “la marihuana debería ser descriminalizada pero no legalizada”,
según dijo a un ayudante de Carter»[3].
1977 Una crónica británica sobre la guerra contra la droga refiere que: «Los comisarios federales de
Estados Unidos incautaron 50 toneladas de huesos de albaricoque […], probablemente la mayor
captura de un precursor de droga ilegal en la historia de Estados Unidos»[4].
1977 El Departamento de Trabajo sugiere a los patronos con contratos federales «que adopten