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Oscuridad

Cuento corto de horror

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A Marianne le gusta el sol.

Hoy han demolido la casa. Cuando venía de la clínica escuche el estruendo, me apresuré,
tuve cuidado de no entrar en la sombra del laurel de la acera y llegué a verla caer: Una grúa
inmensa movía una gran bola de hierro y golpeaba las paredes que volaban como pedazos
de cartón, algunos pedazos se pegaban a la bola y terminaban cayendo al suelo debajo
grúa.

Recordé a Ivan de nuevo; es imposible que lo olvide: se lo he dicho al doctor, y me ha


enviado nuevas pastillas. Al menos esta vez lo recuerdo bien.

Ivan era mi novio, y la casa que se está cayendo delante de mí, es parte de nuestra historia
juntos, quizás deba empezar por la casa.

Era la casa embrujada del barrio, donde los chicos iban a cumplir retos en la noche y a
pasar el día, jugando o drogándose. Contaba con su historia siniestra de un hombre muy
alto que enterró vivas a su mujer y a su hija, luego – seguía la historia – puso una mesa
encima de las tumbas y acostumbraba a tomar el té en la noche con ellas.

Cuando la policía lo agarró, contó que la oscuridad le hablaba como ellas. Después de que
se lo llevaron, el banco no encontró comprador para la casa, y el tiempo comenzó a hacer
estragos en la construcción, en algún momento los chicos del barrio rompieron la puerta y la
casa se volvió una especie de base de operaciones, aun así nadie quería pasar la noche
allí. Por eso aparecieron los retos. Creo que nadie cumplió ninguno, al menos no como
nosotros, muchos mintieron y no completaron la noche.

Ivan y yo aceptamos un reto de esos, llevábamos poco tiempo juntos. Ivan era un buenazo,
aún lo es. Tenía que tomar yo la iniciativa, porque él no hacía nada, igual me miraba con
esos ojos verdes y me derretía, siempre me llevaba flores, dulces, y se reía mucho, ya no.

Como la puerta había sido clausurada por la municipalidad, entramos por la ventana de
atrás que daba al sótano, aún había sol. Lo recuerdo porque Ivan se detuvo en el sótano
frente a la ventana jugando con la sombra que proyectaba sobre el suelo, fue cuando me
soltó aquello de que era mejor irse a ver una serie a casa, sí, Ivan también era un poco
cobarde.

Al final lo convencí y subimos la escalera. El olor es otra cosa que no se me puede olvidar,
era una mezcla entre guano de murciélagos, orina y polvo, pero no era muy fuerte, nos
acostumbramos al cabo de un rato y también yo había llevado inciensos previendo eso.
Estuvimos mirando entre la basura abandonada de los chicos que entraban regularmente;
en una caja encontramos clavos, tornillos, algunas sierras rotas y otras herramientas, había
unos tubos verdes. Ivan tomó uno de estos y lo dobló: se iluminó con una luz opaca y verde,
tomé otro de la caja y lo doble también, pero apenas encendió, Ivan me dijo que era porque
la química interna era muy vieja y estaba casi vencida. Los dejamos allí.

La noche empezó bien, lo que más nos asustaba eran los sonidos, pues las tablas del suelo
estaban un poco podridas y al caminar a veces crujían, pero no era algo uniforme, también
había algunas corrientes de aire, supongo que por ahí entraron los murciélagos. Para
esperar el sueño fumamos unos cigarros de marihuana, al final tuvimos sexo y nos
quedamos dormidos en las mantas.

No se a que hora me despertó Ivan, era tarde, el incienso se había terminado y la oscuridad
era total. Su mano estaba fría y pegajosa, me dijo en un susurro que alguien nos miraba. Un
escalofrío recorrió mi espalda, trate de ver pero solo había oscuridad, sin embargo su mano
me seguía apretando,

— Allí mira, la sombra se está haciendo grande, ya viene — me dijo con un hilo de voz casi
llorando, sus uñas clavándose en mi brazo.

Me levanté de un salto, empujándolo

— ¡Sale, pervertido de mierda, te vamos a enseñar! — grité, aunque mi voz temblaba

— ¡Marianne! — me dijo casi en un susurro, y sentí que se agarraba a mis pies por un
segundo, luego el arañazo y un sonido de arrastre, dirigí mis manos al lugar donde debía
estar y estuve tanteando con el corazón estallado, Ivan no estaba allí.

Entonces apareció la sensación, alguien me estaba mirando desde alguna parte en plena
oscuridad. Agudicé mis oídos, y no escuché nada, y cuando digo nada, me refiero a que no
escuché los murciélagos, ni las corrientes de aire. Era un silencio total como la oscuridad
que me rodeaba. Estuve escuchando hasta que sentí mi corazón y con ello un estruendo
como de gente corriendo hacia mí; luego silencio de nuevo, entonces empezaron los
susurros como de mucha gente hablando al mismo tiempo, susurrando, a mi alrededor.

Empecé a gritar, recordé la caja con los glowsticks, y corrí en la dirección donde pensé que
estarían, empecé a sacar las cosas en frenesí y las tiraba a todos lados mientras buscaba
los tubos verdes. Una puntilla se clavó debajo de una de mis uñas y me mordí los labios
para no gritar, el dolor me recorrió el brazo hasta el corazón, me arranqué el clavo y seguí
buscando. Al final saqué 4 glowsticks y partí el primero, lo lancé encendido sobre el lugar
donde habíamos estado durmiendo. Lo vi caer, pero la sombra se alejó demorada de la luz,
era como si no quisiera irse, y lo hiciera a regañadientes, se apartó despacio, pude ver
como lo hizo. Mi agitación iba creciendo, el sonido de los latidos en mis oídos aumentaba;
partí otro glowstick y alumbre a mis alrededores, de nuevo ocurrió lo mismo con la sombra:
se apartaba despacio.

Los susurros, que se habían detenido cuando eche a correr, empezaron de nuevo.
Comencé a ver mi brazo como algo externo, como se mira un candelabro macabro hecho
con un brazo y colgando en la oscuridad, mi cuerpo dejó de existir en mi mente, sentí que
me volvía loca, acerqué la luz a mi cuerpo y estaba ahí, ajeno, como una ropa prestada. Me
sentí en un vacío, sin un cuerpo que manejar.

Regresó la sensación de que no estaba sola, sino rodeada de muros de oscuridad


ocultando cosas que se querían mostrar. Traté de correr de nuevo, pero no tenía cuerpo
para hacerlo.

Gradualmente se apagó el glowstick.


Me encontraron unos chicos al día siguiente, catatónica.

Aun después de salir de ese estado no recuerdo qué pasó el resto de la noche, dice el
médico que no me atrevo a recordar.

A Ivan nunca lo encontraron, la policía presume que huyó, yo lo veo a veces en la sombra:
siempre con la cara triste, me susurra que me extraña. No se lo he contado más al doctor; lo
único que hace es enviarme medicamentos; pero Ivan siempre regresa. He logrado soportar
las sombras en casa, pero en la calle es demasiado, cuando paso cerca de una escucho
sus voces y siento el olor de la sala de la casa, no se cuanta gente hay ahí.

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