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Reflexiones Misioneras y Entrega a Dios

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CARTA DEL P.

LLORENTE A UN MISIONERO DEL JAPÓN (Fragmentos)

¿Quiere Ud. que le diga en confianza qué fue lo que me ayudó en los comienzos de la vida
misionera para entregarme de lleno al Señor?
Si dijera yo hoy que no le niego nada al Señor mentiría a sabiendas. La vida de perfección es un
continuo forcejeo cuesta arriba cayéndose y levantándose, pero procurando siempre subir. Hay días de
Tabor y hay días perros en los que no sabe uno si está poseído del demonio o si es que lo va a estar, por
más que allá en la médula de los huesos del espíritu confía uno que no lo está ni lo va a estar.
¡Por Dios, no me tenga a mí por un alma "entregada de lleno"! Algunas veces creo vislumbrar
que si vivo unos cuantos años, probablemente lo esté; porque ése es mi anhelo; pero hoy por hoy ando
a rastras, enlodado hasta el cogote.
Me pregunta qué me ayudó y qué me estorbó. Para los anhelos que tengo me ayudó
sencillamente el quererlo. El quererlo en serio. Y me estorbó la disipación reforzada por el intenso
orgullo.
Mire Ud: hágase cuenta que es Ud. un niño de dos años en los brazos de Dios; si lo prefiere, en
los de Cristo más concretamente. Como Ud. no se puede valer, necesita estar con El día y noche desde
hoy hasta las perpetuas eternidades. Donde está Jesús, allí está María. Ud. vive con Jesús y María; va
de los brazos del uno a los del otro. Ud. es el NIÑO, es de la familia, es parte de la casa; es el idilio de
Jesús y María. A Ud. le importa un bledo que haga frío o calor; que haya guerras o que haya paces; que
le duelan los riñones o que no sea más que un grano en la punta de la nariz. Ud. se despreocupa de si
tiene amigos o no los tiene; si le atienden o si da la impresión que quisieran verlo bajo tierra. A Ud. no
le importa que esté solo o acompañado, tentado o mimado, en el Japón o en Despeñaperros. Ud. vive
única y exclusivamente para tener contentos a Jesús y a María.
Con ellos tiene Ud. todas las caricias y muchas más que los niños con sus madres; a ellos se lo
cuenta todo, se lo dice todo, se lo da todo, se lo ofrece todo. Los comentarios que tenga que hacer sobre
los vaivenes de la vida, hágalos con ellos, y ante el Sagrario y donde quiera que esté, pues se les puede
hablar sin mover los labios. Es decir que Ud. mata el orgullo haciédose infante; pues comparado con
Dios es Ud. un pelele que no sé cómo le tolera el Altísimo.
Ofrézcase a Jesucristo totalmente y dígale que tiene permiso para desmenuzarle entre sus
divinos brazos si quiere. Hágase cuenta que Ud. ya murió. Ya no hay mundo para Ud. Es decir, nada
del mundo le puede ya ni atraer ni entretener, aunque sí repeler. Deje que Jesús haga con Ud. lo que El
quiera, y no me venga con lamentos de que las responsabilidades del nuevo estado de Misionero le dan
ciertos escalofríos. Si fuera Ud. solo el que lo tuviera que hacer, sí, me lo explico; pero procure Ud.
tener contentos a Jesús y a María haciendo lo mejor posible lo que tiene que hacer y ya verá como El le
lleva del brazo y todo le sale a pedir de boca, aunque le lleve del brazo al Calvario para desnudarlo,
crucificarlo y sepultarlo. Se viene a reducir a un punto: consolar a Jesús, agradándole en todos mis
pensamientos, palabras y obras. Claro que cada alma tiene sus peculiaridades, y el Espíritu Santo nos
lleva a cada uno por diversos vericuetos; pero todos ellos van bordeando la gran carretera que va
derecha al Corazón de Cristo y es la que le dije en el punto aquel. ¿Que no se convierte nadie? Haga lo
que esté de su parte y déjeselo a Dios.
¿Qué señales le dirán si anda por las ramas en este negocio? Si se entristece cuando fracasa; si
se vanagloría cuando triunfa; si busca consuelo en los hombres, es decir, en sólo ellos; si lo encogen
temores sobre el porvenir (puede morirse esta noche); si las morriñas le traen a mal traer (nuestra patria
es el Cielo); si se sorprende planeando para el porvenir sin consultar al Señor, como si a fuerza de
prudencia humana, de ciencia de gabinete y de astucia zorruna fuésemos a levantar una torre que llegue
al Cielo sin ayuda para nada de Dios. El día que Ud. nos venga invocando derechos o con ínfulas de
hombre superior, ese día se estrella Ud.
... no se apoltrone en las butacas, ni prefiera unos alimentos a otros, ni una cama a otra, ni se
queje de nada ni contra nadie, ni chille si le dicen que tiene un cáncer, que todo será cuestión de unos
meses para el ataúd. Ya le dije: Ud. ha muerto. No resucite...
Una vez que se haya puesto incondicionalmente en las manos de Dios, ya es Ud. libre. Hasta
entonces vivirá Ud. hecho un lío de cosas, turbado, mareado. Cuando lo haya dejado todo en las manos
de Dios, queda libre, es libre: ¡Viva la libertad! A divertirse llaman. A reírse tocan. La vida entonces es
incienso que se quema y agrada a Dios. La muerte viene a ser más bien dormición en Dios. No hay
juicio. Esa alma está ya juzgada de muy atrás y puesta a la derecha.
Estar en el Japón o en un calabozo ruso es lo mismo para el alma entregada a Dios. Pida mucha
humildad al Señor que le dé a sentir. Si lo siente una vez y se enciende en ello, y si encima derrama
lágrimas que lavan las escorias del orgullo metido en los huesos, entonces nunca se le olvidará del todo,
aunque a temporadas se le ponga muy borroso.
Mientras escribo esto azota las ventanas un temporal de nieve que nos viene alegrando la vida
todo este mes. Vivo pared por medio del Sagrario. La nieve o el sol son lo mismo para mí; es decir, me
esfuerzo en que sean lo mismo.
Anímese mucho, pues, y déjese de irse por las ramas. Vaya al tronco. Entrega total y absoluta a
Jesucristo. Quiéralo, pídalo, practíquelo.

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MUERTE (Carta de su hermano Amando)

Hace tres meses me llama:


"Amando, quiero decirte que se acabó el Segundo Llorente en este mundo y empieza el del otro.
Me han dicho que tengo leucemia, y he llamado al Provincial para decirle que no quiero tener ningún
tratamiento, pero quiero contar con él. El Provincial me ha dicho que muy bien, así que no voy a seguir
ningún tratamiento. No se te ocurra ponerte triste, porque llevo años que no sueño más que con ir al
cielo. Me han dado la noticia más feliz de mi vida, y no quiero que me quiten ni un minuto de ese cielo
al que estoy seguro de ir; no puedo dudarlo."
Decidí ir en seguida. Lo encontré plenamente consciente, increíblemente feliz y contento. Al
irle a abrazar me dijo: "No se te ocurra hacer una oración por mi salud. Olvídate de eso. Pide que sea
rápido. Estoy esperando el encuentro con nuestro Señor." Y miraba el reloj... Le pregunté a la
enfermera el por qué y me respondió: "También yo se lo he preguntado, y me ha dicho: Es que estoy
esperando la cita con nuestro Señor... tiene que venir ya, en cualquier momento."
Por supuesto, en esos tres días hablamos de todo; porque, al mismo tiempo que hablaba de Dios,
me escribía un chiste, y contaba una broma del pueblo: "Recuerdo que una vez..." ¡Y a reírnos!
Le pedí unas letras para toda la familia. Y escribió: "Muero contentísimo. Desde aquí al cielo,
¿qué más puedo esperar? Allí nos veremos todos. Amén. Os quiero mucho. Segundo."
Su alma está en el cielo. Su cuerpo lo llevaron a un lugar precioso: no lejos de allí hay un
cementerio en una reserva india. En ese cementerio no se pueden enterrar más que indios y sacerdotes
que hayan estado por lo menos veinte años al servicio de los indios. Como él había estado cuarenta
años, le pertenecía el honor de ser enterrado en ese cementerio, a unas setenta millas de Spokane, en
una loma frente a las Montañas Rocosas. Lo enterraron bajo una lápida que dice: EN VIDA Y MUERTE
CON AQUELLOS QUE AMAMOS.

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